The Project Gutenberg eBook, Los argonautas, by Vicente Blasco Ibez


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Title: Los argonautas


Author: Vicente Blasco Ibez



Release Date: May 30, 2008  [eBook #25640]
[Last updated: May 17, 2015]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ARGONAUTAS***


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LOS ARGONAUTAS

VICENTE BLASCO IBEZ







I


Al sentir un roce en el cuello, Fernando de Ojeda solt la pluma y
levant la cabeza. Una palmera enana mova detrs de l con balanceo
repentino sus anchas manos de mltiples y puntiagudos dedos. Para
evitarse este contacto avanz el silln de junco, pero no pudo seguir
escribiendo. Algo nuevo haba ocurrido en torno de l mientras con el
pecho en el filo de la mesa y los ojos sobre los papeles hua lejos, muy
lejos, acompaado en esta fuga ideal por el leve crujido de la pluma.

Vio con el mismo aspecto exterior cosas y personas al salir de su
abstraccin; pero una vida interna, ruidosa y mvil pareca haber nacido
en las cosas hasta entonces inanimadas, mientras la vida ordinaria
callaba y se encoga en las personas, como poseda de sbita timidez.

Sus ojos, fatigados por la escritura, huan de las ampollas elctricas
del techo, inflamadas en plena tarde, para reposarse en los rectngulos
de las ventanas que encuadraban el azul grisceo de un da de invierno.
La blancura de la madera laqueada temblaba con cierto reflejo hmedo que
pareca venir del exterior. Dos salones agrandados por la escasez de su
altura eran el campo visual de Ojeda. En el primero, donde estaba l,
mezclbase a la blancura uniforme de la decoracin el verde charolado de
las palmeras de invernculo, el verde pictrico de los enrejados de
madera tendidos de pilastra a pilastra y el verde amarillento y velludo
de unas parras artificiales, cuyas hojas parecan retazos de terciopelo.
Sillones de floreada cretona en torno de las mesas de bamb formaban
islas, a las que se acogan grupos de personas para embadurnar con
manteca y mermeladas el pan tostado, husmear el perfume del t o seguir
el burbujeo de las aguas minerales teidas de jarabes y licores.

Camareros rubios de corta chaqueta azul y botones dorados pasaban con
la bandeja en alto por los canalizos de este archipilago humano
sorteando los promontorios de los respaldos, los golfos y pennsulas
formados por las rodillas. Una vidriera, de pared a pared, formada de
pequeos cristales biselados, dejaba ver el saln inmediato, blanco
tambin, pero con adornos de oro. Los asientos tapizados de seda rosa,
igual a la que adornaba los planos de las paredes, estaban ocupados por
seoras. El ambiente era ms limpio que en el jardn de invierno, donde
una atmsfera de humo de habano y tabaco oriental con perfume de opio
flotaba sobre las plantas. Ms all de estos corros femeninos en torno
de las mesas de t, media docena de msicos, uniformados lo mismo que
los camareros, agrupbanse sobre una tarima, alrededor de un piano de
cola. Sus cabezas rubias de germanos y los arcos de sus violines
destacbanse sobre los rectngulos luminosos de cuatro ventanas que
cerraban la perspectiva. Al otro lado de los cristales, ligeramente
turbios por la humedad exterior, movase, pasando de una a otra ventana,
con lento balanceo, una especie de columna, esbelta, amarilla, de
invisible trmino, acompandola fieles en este cambio de situacin,
regular y acompasado como el de un pndulo, unas lneas negras y
oblicuas semejantes a cuerdas.

Todo estaba lo mismo que una hora antes, cuando el t humeaba en la taza
de Ojeda, ahora vaca, y blanqueaban sobre la mesa los pliegos,
cubiertos al presente de compactas lneas. Las personas cercanas a l
fumaban silenciosas o seguan sus conversaciones con lentitud
soolienta. Del fondo del segundo saln llegaban, confundidos con risas
de mujeres y choque de bandejas, los tecleos del piano y los gemidos de
los violines; del techo, coloreado a la vez por el reflejo azul de la
tarde y el fro resplandor de las ampollas elctricas, descendan
gorjeos de pjaros, como una evocacin campestre que pareca animar la
artificial rigidez del jardn contrahecho. Por la parte exterior se
deslizaban de ventana en ventana los bustos de unos paseantes, siempre
los mismos, ocultndose para volver a aparecer con regularidad casi
mecnica; como si se moviesen en un espacio reducido, con los pasos
contados. Nios rubios, sostenidos por criadas cobrizas, adheran a los
cristales las rosadas ventosas de sus labios, empandolos con crculos
de vaho, y agitaban las manecitas para saludar a las madres y hermanas
que estaban en los salones.

Algo nuevo haba sobrevenido, sin embargo, mientras Ojeda escriba. Su
silln, antes inmvil, con slida estabilidad, pareca agitado por
estremecimientos nerviosos, lo mismo que una bestia que jadea afirmada
sobre sus patas. La raza, como si la animase de pronto un alma
traviesa, iba a pequeos saltos, repiqueteando en su plato, de un
extremo a otro del velador. Unas jaulas de bronce pendientes del techo
empezaban a balancearse, y dentro de ellas saltaban los canarios, sin
dejar de cantar, buscando en el vaivn de su prisin un punto inmvil.
Las cortinillas de las ventanas, sujetas por sus abrazaderas, agitbanse
bajo un soplo invisible. El suelo de mosaico, liso, unido, inerte a la
vista, pareca ondular como si por debajo de l mugiese un huracn. Al
sordo zumbido de la gente que ocupaba los dos salones unase un retintn
continuo de platos, vidrios y maderas. Todo cantaba de pronto, como si
una vida extraa resucitase los objetos inanimados, hacindolos
conversar con voces y golpeteos: el cuchillo contra el vaso, la cuchara
contra la botella, el silln contra la mesa, la fosforera de loza contra
el bcaro de flores.

En un rincn del invernculo, alineadas sobre un aparador, las cafeteras
y teteras parecan deliberar con la solemnidad de un consejo de
ancianos, chocando gravemente sus barrigas metlicas. Un cesto de lilas
blancas colocado en el centro de la pieza estremecase como un montn de
nieve tocado por un remolino. Las paredes inmviles, firmes, de un
espesor considerable a juzgar por los profundos quicios de puertas y
ventanas, estaban prontas a animarse igualmente a impulsos de esta vida
misteriosa. Permanecan en silencio, con la calma de las construcciones
que desafan a los siglos; pero Ojeda, vindolas, se acordaba de ciertas
personas que aun estando calladas inspiran la certeza, no se sabe por
qu, de que tienen buena voz y aman el canto. Estas paredes blancas, que
parecan de una sola pieza, podan crujir tambin con internos roces,
uniendo sus crepitaciones y quejidos al concierto de los objetos.

Una puerta sin cerrar se movi por unos instantes como un abanico loco,
hasta que con un golpe igual a un pistoletazo avis a los domsticos,
que corrieron a asegurarla. Y este estremecimiento de huracn invisible
pareca ms extrao en el ambiente cerrado y bien calafateado de los
salones, cada vez ms denso y tibio por la respiracin de las gentes, el
humo de los cigarros y el vaho de las tazas. Los nios rubios haban
desaparecido de las ventanas; los paseantes, cada vez ms escasos,
transitaban por el exterior con el busto inclinado, llevndose una mano
a la gorra y ladeando la cara para defender los ojos y las narices de
algo molesto; los velos femeniles crujan lo mismo que banderas o se
elevaban en espirales de color, mantenindose rebeldes a las manos
enguantadas que pretendan aprisionarlos. Algunos que avanzaban
abombando el pecho con aire de reto y la cabeza descubierta sentan en
torno de su frente el trgico despeinamiento de Medusa: un llamear de
cabellos echados atrs, como si una fuerza invisible intentase
arrancarlos.

Transcurran ahora largos espacios de tiempo sin que los vidrios
reflejasen el paso de una persona. Pero algo nuevo vino a asomarse a la
vez a todos ellos. Era una faja de color azul, mate y opaca, que
empezaba por marcarse levemente en el filo interior de las ventanas.
Luego suba y suba lentamente con la ascensin del agua que hierve,
hasta llenar la mitad del rectngulo de cristal; permaneca inmvil un
momento, temblando en ella lejanos redondeles de espuma, ojos curiosos
que intentaban contemplar el interior de los salones, y poco despus se
iniciaba su descenso con gran lentitud, cediendo el paso a la triste
claridad de una tarde sin sol. Y cuando las ventanas de un lado quedaban
libres de este testigo azul, las del lado opuesto estaban
invariablemente ocupadas por l.

Ojeda vio correr ante su mesa, con angustiosa premura, a una seora
plida que se llevaba un pauelo a la boca. Luego pas tras ella,
apoyada en el brazo de un domstico, una dama sexagenaria que hablaba en
portugus con voz doliente. Algunos de sus vecinos se levantaron,
deslizndose por la gran escalera con balaustres de tallada caoba, que
vena a terminar en la puerta del jardn de invierno. Abranse grandes
claros en la concurrencia. Desaparecan las gentes con discrecin, en
suave retirada, sin que se enterasen los dems de por dnde haban
escapado. La pequea orquesta pareci adquirir mayor sonoridad al quedar
vacos los salones: los instrumentos de cuerda lloraban como si
anunciasen una desgracia en la melancola azul de la tarde. En torno de
las mesas languidecan las conversaciones. Muchos cerraban los ojos como
si les preocupasen tristes recuerdos. Dos puertas abiertas al mismo
tiempo dieron entrada por un instante a una manga de aire fro,
arrollador, cargado de humedad y emanaciones salitrosas, que hizo
arremolinarse flores y plantas y volar algunos papeles sobre las mesas.

Defendi Fernando los suyos entre ambas manos, y al restablecerse la
calma, se arrellan en el silln con un regodeo voluptuoso. Senta el
orgullo de su salud, la certeza de que sta no poda turbarse en medio
de la zozobra creciente que se revelaba en la tristeza de muchos ojos y
la palidez de muchos rostros. Era el placer egosta del que contempla el
peligro ajeno desde un lugar seguro. Adems, experimentaba una
satisfaccin animal al apreciar su asiento mullido, el ambiente tibio,
las plantas y flores que le rodeaban. As deban ser las grandes
alegras de los esquimales, encogidos en su vivienda apestosa durante
el invierno, mientras afuera sopla el huracn y cae la nieve.

Aspir el humo de su cigarro, llam a un camarero para que se llevase el
servicio de t, que le molestaba con sus incesantes tintineos, y busc
en los papeles el pliego interrumpido.

--Qu estaba yo escribiendo?...

Al murmurar acaricibase el bigote con el cabo del estilgrafo, mientras
sus ojos recorran las pginas emborronadas para restablecer la ilacin
de sus ideas. Olvidse instantneamente del lugar dnde estaba; pas de
golpe a un mundo distinto, un mundo slo de l, que pareca latir en los
pliegos ennegrecidos por su escritura. A impulsos del deseo avanzaba por
stos, releyendo su pensamiento como si fuese de otro, encontrando una
deleitacin melanclica y dolorosa al unirse de nuevo con sus recuerdos.

     En Lisboa slo pude escribirte unas lneas en una postal. Me falt
     el tiempo. El tren lleg con retraso; luego el registro de los
     equipajes en la Aduana y el trasatlntico que estaba ya fondeado en
     el ro, mugiendo a cada instante como el que no quiere esperar. Y
     yo que soy tan torpe para los menesteres vulgares de la vida!...
     Recuerda cuntas veces te has redo de mi inutilidad en nuestros
     viajes... Nuestros viajes ay! tan lejanos, tan lejanos! que no s
     cundo volvern a repetirse... Por fortuna, encontr en el tren a
     un compaero: un tal Isidro Maltrana, tipo curioso, al que conoc
     vagamente en mis tiempos de bohemia heroica, y que va, como yo, a
     Buenos Aires. La identidad de nuestros destinos nos ha hecho
     intimar rpidamente. Hace unas sesenta horas que estamos juntos, y
     no parece sino que hemos andado apareados toda la vida. l dice que
     quiere ser mi secretario, o ms bien, mi escudero, en esta aventura
     estupenda que acabo de emprender. En Lisboa entr en funciones,
     encargndose de las tareas enojosas del embarque... Pero por qu
     te cuento esto? Tal vez por distraerme, por engaarme, por miedo a
     evocar los recuerdos de nuestro ltimo da, que an parecen
     envolverme como esos perfumes intensos y tenaces que nos siguen a
     todas partes. El domingo pasado! Te acuerdas?, te acuerdas?...
     Slo han transcurrido tres das: an me parece sentir en mis manos
     el contacto de tus cabellos; an escucho tu voz; an veo tus ojos.
     Te respiro en esta soledad. Llevo en el bolsillo, sobre mi pecho,
     tu ltimo pauelo. Vienes conmigo... Y estamos ya tan lejos el uno
     del otro!...

Ojeda ces de leer unos momentos, conmovido por sus propias palabras.
Frases vulgares, de una frivolidad antigua como el mundo: todos los
enamorados dicen lo mismo. Tal vez aquellos camareros de chaqueta azul
escriban en su idioma los mismos conceptos a las _fraulein_ rubias de
Hamburgo y de Brema. Pero el amor es como la muerte y como todos los
grandes accidentes de la existencia. En otros parece regular, ordinario,
sin que merezca atencin; pero cuando se experimenta en la propia
persona adquiere las proporciones inauditas de uno de esos
acontecimientos que deben influir en la suerte del mundo.

Para l haba ocurrido tres das antes en Madrid, al anochecer de un
domingo, un suceso enorme, igual a los que cambian el curso de la
humanidad o el aspecto del planeta. Y convencido de esto, quera abarcar
con la pluma la grandeza infinita de su desolacin.

     Aparentbamos serenidad, confianza en el porvenir, certeza de
     volver a vernos; pero de pronto nos fue imposible fingir por ms
     tiempo, y haba lgrimas en nuestros ojos y en nuestra voz... Y sin
     embargo, este dolor casi no era nada; haba en l ms preocupacin
     que realidad. An podamos vernos; an podamos hablarnos.
     Llorbamos como se llora en la casa de un muerto cuando est
     todava de cuerpo presente. El dolor parece anestesiado por el
     aturdimiento de la catstrofe; hay todava una realidad que sirve
     de consuelo; queda an el cuerpo ante la vista: se llora ms por el
     futuro que por el presente. Lo terrible es cuando se lo llevan, y
     no queda nada y hay que abrazarse para siempre al recuerdo... Yo me
     consideraba el otro da, al separarme de ti, el ms infeliz de los
     hombres, y ahora pienso con envidia en aquellos instantes. Te vea
     an!... Y ahora cada momento que transcurre me aleja ms de ti;
     cada vuelta de las hlices establece una separacin mayor entre
     nosotros; un minuto representa centenares de metros; una hora una
     distancia enorme, que no podramos salvarla en un da aunque
     marchsemos apoyados el uno en el otro, mirndonos en los ojos,
     olvidados del mundo. Nuestros cielos van a ser distintos; nuestras
     estrellas sern otras: cuando t vivas en los esplendores de la
     primavera, yo sentir los fros del invierno; cuando t despiertes
     como una alondra, con el sol que entrar por tus balcones, yo
     gemir en medio de la noche murmurando tu nombre... Y ser en
     vano! La desesperante extensin de una mitad del planeta va a
     interponerse entre nosotros... Ay! quin me devolver tus ojos
     amados de reflejos de oro, tus brazos suaves de blancura de hostia,
     tu voz ceceante de infantil arrullo, tu boca de lacre, tu pecho
     neumtico, cojn de ensueos y de olvido!...

Evocaba en su memoria, con el relieve de las cosas vivientes, su ltimo
da en Madrid... Una gran mancha roja temblaba sobre el empapelado de
una pared: era el reflejo de incendio del carbn amontonado en la
chimenea, nica luz del dormitorio. Y sobre el fondo rojo, parpadeante,
una sombra horizontal, de contornos humanos. Ojeda conoca bien las
lneas de este cuerpo: era ella, pegada a l, bajo las cubiertas de la
cama, empequeecida, humilde por el dolor de una desesperacin
silenciosa. l tambin permaneca callado, con la nuca en las almohadas;
percibiendo entre sus brazos el dulce contacto de unas espaldas sedosas
revueltas en blondas; sintiendo en un hombro la leve pesadumbre de su
cabeza, que pareca querer ocultarse, hundirse. Una caricia hmeda
refrescaba su cuello: tal vez era el contacto de su boca abandonada; tal
vez eran lgrimas. Y los dos permanecan en dolorosa inmovilidad,
temiendo que sus ojos se encontrasen, evitando una palabra que hiciese
estallar la callada pena; pero los dos, al fingir esta indiferencia
heroica, se adivinaban mutuamente.

Sus caricias haban sido tristes, desesperadas; algo semejante--pensaba
Ojeda--a los amores de un condenado a muerte en vsperas del suplicio.
El goce animal les haba hecho olvidar la realidad por algn tiempo;
pero al sobrevenir el cansancio y la hartura, los dos experimentaban la
misma decepcin del enfermo que ve reaparecer sus dolores luego de un
paliativo con el que crea sanar para siempre... Y no haba ms! Y la
hora terrible estaba ms prxima que antes!...

Al travs de los balcones cerrados llegaban los ruidos de la estrecha
calle popular. Un vendedor pregonaba patatas asadas, llamndolas
"chuletas de huerta", con melanclico quejido, como si cantase una
desgracia. Ojeda le salud mentalmente, con cierta emocin, y pens que
tal vez haca ella lo mismo. Nunca le haban visto; no saban
ciertamente si era un hombre, un nio o una vieja, pero durante cuatro
aos le oan todas las tardes de cita amorosa, siempre a la misma hora,
sirvindoles su grito de aviso cronomtrico. Seguramente eran las seis y
media. Adis!, adis! Cundo volveran a orle!... Luego pas un
tropel de chicuelos voceando los peridicos de la tarde, con la resea
de la corrida de toros. Un piano de manubrio rompi a tocar, en medio de
la calle, un vals de opereta vienesa, con apresurado tecleo y
acompaamiento de timbres. Se oa la voz del organillero pidiendo a
gritos que le echasen algo de los balcones. Cuando callaba el piano
vena de lejos un runruneo de guitarra con choque de castauelas y
frreo retintn de tringulo. Una voz brava de cantor nmada entonaba
una jota, venerable msica del terruo, miedosa de aventurarse en el
centro de Madrid y que se extingue lentamente en el refugio de los
barrios populares. Igualmente les haba visitado muchas tardes este
canto medieval, evocando en el cerrado dormitorio un recuerdo de
excursiones en automvil por las altiplanicies de Castilla: una visin
de llanuras de rastrojo con hilos de agua bordeados de lamos; cubos de
fortaleza sostenindose erguidos entre montones de ruinas; pueblos de
color pardo; torres de iglesia con nidos de cigeas en el remate.
Adis! Tambin adis!

De pronto, un sonido metlico, de mstica vibracin, suave como la voz
de una mujer, cort el aire, envolviendo los ruidos de la calle. Era
para Ojeda la ms amada de todas las visitas invisibles que venan a
buscarles en su encierro amoroso.

--La campana de don Miguel--murmur tristemente una boca junto a su
cuello.

S; la campana de don Miguel, la que todas las tardes les avisaba el
momento de sacudir la dulce pereza, de levantarse y comenzar los
preparativos de partida... Don Miguel era Cervantes, y la campana la
de un convento inmediato donde aqul haba sido enterrado. Nadie conoca
su tumba. Sus huesos se pulverizaban revueltos con los de los
sacristanes y antiguos vecinos del barrio; pero era indiscutible que
all haban dado tierra a su cadver, y esto bastaba para Fernando. Y
desconociendo la personalidad del convento y de sus habitantes
femeninos, la campana de las pobres monjas era siempre para los dos
amantes la campana de don Miguel.

Sentan gran satisfaccin y hasta orgullo ingiriendo en sus ocultos
amores el recuerdo del famoso hidalgo. Ojeda, que era poeta, haba
decidido tomar aquella casa, para sus encuentros amorosos, slo por la
vecindad del convento. Adems, este barrio popular y sucio haba sido el
de los grandes autores del Siglo de Oro, el llamado barrio de los
poetas. En el espacio ocupado por tres calles pequeas haban vivido
casi a un tiempo los hombres ms clebres de la literatura castellana.

Cuando al cerrar la noche sala Fernando, sintiendo en su brazo el brazo
de la amante y en la mueca el dulce cosquilleo de sus dedos juguetones,
detenase algunas veces en la angosta acera antes de ganar las calles
amplias del centro de la ciudad. sta era la casa de Lope de Vega...
sta no; era otra que ocupaba el mismo sitio y tena un huerto, y en
l, a la sombra de contados rboles, escriba aquel trabajador
portentoso comedias a centenares y versos a millones... Vesta la
sotana; pero llevaba bajo de ella, por la noche, su buena espada de
Toledo para poner en fuga a los enemigos que le salan al encuentro.
Galante y desalmado en su juventud, como don Juan, habase acogido,
viendo prxima la vejez, al seguro de la Iglesia para decir su misa
entre un acto terminado de escribir y otro que empezaba a versificar.
Las hojas secas de su huerto crujan bajo las amplias sayas de
pizpiretas comediantas que venan en busca de madrigales improvisados
por el maestro a puerta cerrada. Y en una casa prxima haba vivido
Quevedo, y ms all otros poetas de menos renombre...

El respeto del viajero por las ruinas donde ha ocurrido algo sentalo
Ojeda al pasar por estas calles angostas, con el pavimento desigual
cubierto de suciedades, grupos de chicuelos jugando al toro en las
esquinas, comadres sentadas ante las puertas, por las que se esparcan
vahos de puchero pobre, y balcones que goteaban una humedad de ropa
vieja puesta a secar. Por estos mismos lugares haba pasado tambin,
siglos antes, un sacerdote de alta frente remangndose la sotana en los
charcos y llevndose la otra mano a los bigotes y la perilla con gesto
de antiguo soldado. Era don Pedro Caldern. Las procesiones del barrio
haban visto formar muchas veces en ellas a un anciano enjuto, de
barbillas blancas, tartamudo, con una mano mutilada, el hidalgo
Cervantes, veterano de guerras famosas, que aguardaba la hora de la
muerte con melanclica resignacin sin otro ttulo que el de Esclavo de
la Hermandad del Santo Sacramento.

--La campana de don Miguel!--repiti una voz junto a Ojeda--.Hay que
tener resolucin... Arriba!

Y entre el revoloteo de las cubiertas repelidas, pas sobre l un cuerpo
de satinados y firmes contactos. La vio de pie ante la chimenea,
envuelta en fulgores de horno que inflamaban con tono arrebolado las
nacaradas blancuras de su desnudez. Protest, como siempre, al notar que
el amante, incorporndose en la cama, buscaba el conmutador elctrico.
Nada de luz: ella gustaba de comenzar sus arreglos al fulgor de la
chimenea. Ms adelante podra encender. Y vag por la habitacin,
buscando de mueble en mueble las piezas de ropa esparcidas al azar en la
locura pasional del primer momento. Pasaba del resplandor de la chimenea
a los rincones de sombra, preocupada con estas rebuscas, mostrando, en
su impdica distraccin, al agacharse y erguirse, las ms recnditas
intimidades. Cada vez que tornaba al crculo de luz, una nueva prenda
cubra su cuerpo.

Fernando la segua con su vista desde el fondo del lecho, iluminada
inferiormente de rojo y con el busto perdido en la penumbra. Bregaba
jadeante y frunciendo el ceo con la angostura del cors, que se
resista a encerrarla en su molde. Siempre ocurra lo mismo: su cuerpo,
despus de los supremos espasmos, pareca dilatarse en el reposo de la
ms noble de las fatigas. La vea encerrada en un medalln de seda,
vestido interior impuesto por la estrechez de los trajes de moda, con
cierto aire masculino y gracioso de doncel medieval, agitando sus
crenchas cortas de gruesos bucles negros, su pelo verdadero, libre de
los postizos del peinado, que esperaban sobre el mrmol de la chimenea
el momento del acople. La dama elegante, de gesto altivo e irnico,
tomaba en la intimidad un aspecto de paje.

Despus l se vea de pie, yendo hacia ella, con la voz ronca y temblona
de emocin. Paje adorado!... Y no verte ms! Perderte dentro de
poco!...

Pero la amante, arreglndose el pelo ante el espejo, hablaba con una
frialdad fingida, temblndole la voz. Vstete... Vmonos pronto. Y
pensar que una noche como sta tengo que ir con ta al Real!... Qu
rabia!

Un estrpito de metales golpeados arranc a Ojeda de su ensimismamiento.
Esta impresin le hizo temblar, mientras su memoria retrogradaba al
presente.

De nuevo se encontr en el invernculo, ante los pliegos de la carta
empezada. Los camareros recogan del suelo las teteras y bandejas,
inmviles poco antes sobre un aparador. El movimiento de las cosas era
cada vez ms violento. Casi toda la gente haba desaparecido mientras
soaba Fernando con los ojos entornados. Algunos sillones mecanse
solos, como si quisieran juguetear entre ellos al verse sin ocupacin;
las mesas, abandonadas, crujan ladendose lo mismo que en las
evocaciones de espritus. Slo quedaba en las ventanas un dbil
resplandor lvido: la luz elctrica descenda conquistadora de los
techos, invadiendo hasta los ltimos rincones. En el saln de lujo,
algunas seoras pelirrubias, de mejillas rojas, hacan labores, o con
las gafas caladas lean peridicos ilustrados. La msica continuaba
sonando imperturbable para ellas y los camareros.

Quiso arrancarse Fernando este paladeo de recuerdos melanclicos. A
escribir! Necesitaba terminar la carta, pues al amanecer del da
siguiente llegaran a puerto... Pero la msica le retuvo, paralizando su
voluntad con la vibracin de algo conocido. Qu cantaba el
violoncelo?... Vio de pronto, como trazada en el aire por los sones
graves de dicho instrumento, la varonil figura de Wolfram de Eschembach,
el noble trovador consejero de Tannhauser el maldito, y su imaginacin
puso palabras al canto melanclico de las cuerdas. Oh t, mi dulce
estrella de la tarde, que lanzas desde el fondo del cielo tu suave
resplandor!... El wagneriano canto le hizo recordar otra estrella
aparecida en un momento doloroso de su existencia, y de nuevo olvid el
presente y qued inmvil en su asiento, como un cuerpo sin alma, como un
fakir en rgida meditacin, en torno del cual crecen las lianas y se
enroscan las serpientes mientras su espritu vive a miles de leguas.

Se vio en una calle mal alumbrada, levantndose el cuello del gabn
mientras ella se estremeca en su abrigo de pieles. Les haca temblar el
brusco trnsito del dormitorio caldeado al vientecillo glacial del
anochecer. Salieron de la casa con cierto encogimiento, sin atreverse a
mirar los muebles y los cuadros, modesta decoracin reunida al azar
cuatro aos antes. Guardaban demasiados recuerdos para ser contemplados
con indiferencia, y ellos se haban propuesto mantener hasta el ltimo
momento su fingida serenidad. Ojeda dio unos duros a la portera, que les
sala al paso arrebujada en un mantn para abrir los cristales del
zagun. La adelantaba la propina del prximo mes.

--Que Dios se lo pague, seoritos! Tpense bien, que hace mucho fro...
Hasta maana, seoritos!

Fernando se conmovi con las palabras de la buena mujer. Cundo sera
ese maana!... Maana vendra su viejo criado a levantar la casa, a
llevarse aquellos muebles que l le regalaba para evitar la profanacin
de una venta.

Ella, al dar algunos pasos en la calle, se detuvo y orden
imperiosamente:

--Escupe!...

Por qu?... Pasada la sorpresa, l obedeci. Recordaba que en todos sus
viajes, cada vez que se crean felices en un lugar, formulaba su amante
el mismo deseo. Escupe para que volvamos. Equivala a dejar algo de
sus personas que alguna vez haba de atraerlos irresistiblemente. Hizo
lo mismo ella, y sbitamente tranquilizada se agarr de su brazo. Los
menudos pies, montados en altos tacones, vacilaban doloridos cada vez
que descendan de la acera al arroyo empedrado con guijarros desiguales.
Por esto se apoyaba con fuerza en Ojeda, hacindole sentir del hombro a
la rodilla el adorable y firme contacto de su cuerpo.

--Volvers, Fernando--murmuraba--. Se lo he pedido... a quin t sabes,
y as ser. T te res de estas cosas, t eres un impo, pero para eso
estoy yo: para pedir por ti y que salgas en bien de esta aventura que se
te ha metido en la cabeza.

Volver a Madrid?... Ojeda recordaba las palabras de su amante cuando al
empezar la tarde se haban juntado. Ya que l se iba en la misma noche,
ella saldra para Pars dos das despus.

--Y as lo har!--afirmaba la mujer--. Oh, Madrid! cmo lo odio! qu
horror quedarme aqu para siempre!... Y bien mirado, lo que temo es
vivir en l... sin ti... Pobrecito Madrid! Yo que lo quiero tanto! yo
que te he conocido viviendo en l!... Pero no, no podra estar aqu una
semana ms. Te vera por todos lados; cada calle nos guarda un recuerdo.
No; decididamente... lo detesto. Pero t volvers, dime que volvers
pronto. Piensa que has escupido para volver, y eso es importante. No
vendrs aqu mismo... conforme... Pero volvers a Europa. Y esto es
Europa, Fernando!... Nos juntaremos en Pars, y si no en Suiza... o si
te parece mejor en Italia, o tal vez en Atenas o El Cairo. Todo lo
conocemos. Hemos sido felices en tantos lugares!... Pero dime cundo
vas a volver. Dmelo cierto!... no me engaes!

El rostro de Fernando se crisp con una risa dolorosa. Volver! An no
haba emprendido el viaje y al trmino de l le aguardaba lo
desconocido, con sus aventuras y misterios. Volvera pronto; cuando ms,
tardara un ao. Palabra!

--Un ao!...--murmur ella--. Maldito dinero!

Pasaban ante el convento y tuvieron que bajar de la acera cediendo el
paso a unas devotas enmantilladas de negro que se dirigan a la iglesia.
Ojeda inclin la cabeza. Adis, don Miguel! Se despeda mentalmente
del ilustre vecino. Aqul haba sido un hombre completo, un hombre
representativo de su poca: soldado de mar y tierra, cautivo rebelde,
hroe ignorado, creyente y mujeriego, adulador sin xito de nobles y
ricos. Slo haba faltado en la vida intensa del gran hidalgo el
embarque para las Indias.

En las calles en cuesta que descendan a la Carrera de San Jernimo,
unos terrenos sin edificar dejaban abierto un ancho espacio de cielo
entre las casas. Los ojos de los dos se fijaron al mismo tiempo en una
estrella que resaltaba sobre las otras con brillo extraordinario. l,
volviendo la mirada hacia su compaera, crey ver el reflejo del astro,
como un punto de luz, en el temblor de una lgrima. A travs del velillo
del sombrero columbraba su plido perfil, empequeecido por un gesto de
dolorosa timidez, los labios apretados, las alillas de la nariz
dilatadas por la angustia, una raya profunda entre las cejas: la arruga
vertical que anunciaba siempre sus preocupaciones y sus enfados.

--Oye, y no te burles--dijo ella rompiendo el silencio--. Quera pedirte
que cuando ests all y te acuerdes un poco de m contemples a esta
misma hora esa estrella. Lo pens anoche... lo he pensado todas estas
noches. T la mirars acordndote de m, y yo la mirar al mismo tiempo.
Ser como en las novelas... y quien sabe si algo de nosotros llegar a
encontrarse! Hay en el mundo cosas tan misteriosas!...

Lo deca con acento de desesperada humildad, como un condenado a muerte
que se acoge a la ms absurda esperanza, y Ojeda, despus de
contestarle, se arrepinti de su franqueza Pobre Mara Teresa! Cuando
ella contemplase la estrella al anochecer, l estara viendo el sol de
las primeras horas de la tarde. Y aunque para los dos fuese de noche al
mismo tiempo, quin sabe si lucira sobre sus cabezas el mismo
astro!... Cada hemisferio de la tierra tiene su cielo y sus
constelaciones.

Ella baj la frente, anonadada. Tan lejos! tan lejos!... Con voz
queda sigui haciendo preguntas, curiosa por conocer la distancia que
iba a separarlos y atemorizada al mismo tiempo por su magnitud. Y era
cierto que una carta tardara cerca de un mes en establecer la
comunicacin entre sus pensamientos? Y transcurrira un espacio de
tiempo igual para obtener la respuesta?... Ellos que se haban credo
infelices cuando en sus cortas separaciones, viviendo el uno en Madrid y
el otro en Pars, pasaban dos das sin noticias.

--yeme bien--dijo acortando el paso y fijando sus ojos en los de
Fernando con imperiosa resolucin--. No quiero que te vayas. No te
irs, no debes irte!... Me dice el corazn que va a ocurrir algo malo.

Golpeaba el suelo con un pie; apretaba convulsivamente con su garrita
enguantada una mueca de Ojeda, como si temiese verlo desaparecer.

l tuvo un movimiento de impaciencia. Quedarse!... Era imposible, le
aguardaban all. Cmo poda ocurrrsele esto en el ltimo momento?...
Adems, nada adelantaran con tal resolucin. Unas horas de felicidad
con la esperanza de que no iban a separarse, y luego, al da siguiente,
las mismas exigencias que le obligaran a partir, la misma necesidad de
rehacer su vida.

--No, Teri; t sabes que debo marcharme. T misma me lo aconsejaste; te
pareci bien que fuese como un valiente a la conquista de la fortuna.
Hace un mes que hablamos del viaje con relativa tranquilidad, y ahora...
ahora te opones como una nia. Valor; mrame a m. Crees que no sufro
como t?...

Pero ella bajaba la cabeza con obstinacin. Haban hablado del viaje
durante un mes tranquilamente porque todava estaba lejos. Confiaba...
sin saber en qu: no quera pensar. Era algo como la muerte, que todos
sabemos que vendr a su hora; pero la vemos tan lejos... tan lejos!...
Guardaba cierta calma cuando el viaje era slo un motivo de
conversacin; pero ahora era una realidad, un hecho que iba a ocurrir
dentro de unas horas, y no poda resignarse.

--Y no te ver, Fernando; pinsalo bien! No te ver, y pasarn das,
semanas, meses, quin sabe si aos!... Y t tampoco me vers, y slo
habr entre nosotros pedazos de papel en los que intentaremos poner el
alma y slo pondremos letras. Seor! Terminar as... tal vez para
siempre, cuando hemos pasado cuatro aos juntos, creyendo morir si
transcurran unas semanas sin vernos!...

Estaban en la Carrera de San Jernimo, marchando en direccin contraria
a la gran corriente de gento que remontaba la calle hacia el interior
de la ciudad. Las familias burguesas, endomingadas, llevaban blanqueados
los zapatos por el polvo de los paseos. Grupos de hombres comentaban con
enrgica gesticulacin los incidentes de la corrida de novillos de
aquella tarde. Mujeres del pueblo, tirando de la mano de sus pequeos,
seguan al marido, que iba con la capa cada, la gorra ladeada y los
ojos brillantes, canturreando todos algn coro de la zarzuela de moda.
Venan de merendar en las Ventas y paladeaban la ltima alegra del vino
barato, la tortilla de escabeche y la contemplacin del msero paisaje
de las afueras, ms abundante en techos de cinc, polvo y pianos de
manubrio que en aguas y rboles.

--Qu rabia me da esta gente!--deca Teri mirndolos con hostilidad y
evitando su contacto--. No, rabia no; pobrecitos! Tal vez envidia...
Pensar que ellos se quedan y que t te vas!... Son ms dichosos que
nosotros: vivirn aqu, donde tan felices hemos sido.

Luego aadi, con un acento de infantil ligereza que contrastaba con su
mscara trgica y el brillo lunar de sus ojos:

--Mira, en vez de irte a Amrica, de escribir versos y todas esas
ambiciones de judo que te vienen de pronto por ganar dinero debas ser
uno de stos; albail, por ejemplo: no, albail no; podas caerte de un
andamio, pobrecito mo!... Carpintero; eso es; o ebanista... Ebanista
mejor. Y estaras de lo ms guapo con tu capa y tu gorra; y yo con
mantn y moo alto, lleno de peinetas. Y ahora nos iramos a nuestro
barrio cogiditos del brazo; no como vamos, sino ms alegres, y maana de
buena maana, t al taller y yo a buscar a mi hombre a medioda con la
cestita llena, y comeramos juntos en un banco de paseo o al borde de
una acera... Y mi hombre, como es buen mozo, seguramente que gustara a
otras, y yo me peleara con ellas y les arrancara el moo... Di, no me
crees capaz de reir por ti, para que no se te lleve otra?... Pero el
mundo est mal arreglado. Y pensar que estas pobres gentes tal vez nos
envidien a nosotros!... A ti, que te vas sin saber por qu ni para qu!
A m, que seguramente voy a morir!... No hay justicia, Seor, ni pizca
de justicia.

Este deseo de vida popular transform repentinamente sus ademanes y su
lenguaje.

--Dinero cochino!... dinero indecente! El tiene la culpa de todo lo
que nos pasa. Por l te vas t y me quedo yo muerta de pena. Pero
Seor! no podra ser ese dinero canalla como el sol, como el aire, que
es de todos y para todos? Las mujeres no entendemos de muchas cosas,
pero yo creo que as deba arreglarse el mundo para que las gentes
fuesen felices... Y si no puede ser as, que lo supriman al muy
ladrn... No, no hables; no me irrites con tus palabrotas de sabio; no
me hagas la contra, mira que estoy muy nerviosa. Di conmigo: Muera el
dinero!.

Y como si con estas palabras hubiese desahogado toda su indignacin,
aadi mansamente:

--El caso es que hago mal en insultar a ese bandido. Huye de nosotros,
pero l volver; volver pronto y seremos felices. Deja que se termine
mi pleito con los hijos de mi marido; va a ser de un momento a otro y
acabar bien, todos me lo dicen. Entonces no llevar esta vida de
pobreza disimulada, de bohemia elegante; no tendr que ceirme a mi
viudedad y a los regalos de mi ta; y ser rica y t no sufrirs ms, no
trabajars, pues te mantendr yo... yo!, tu Mara Teresa, que ser tu
mujercita!

Sinti cmo el brazo de Ojeda se estremeca bajo su mano; cmo su
cuerpo, pegado a ella en el ritmo de la marcha, pareca repelerla con
sobresalto.

--No vayas a empezar como siempre, Fernando. Mira que no lo sufro... S
seor, te mantendr; ser mi mayor gloria. T te marchas por m, por
hacerte rico, por rodearme de lujos y comodidades, y vas pobrecito mo!
como un soldado va a la guerra, a sufrir, a matarte de fatiga. Y no
quieres que si yo llego a ser rica te d lo mo?... A callar! Ya sabes
que no te aguanto cuando te pones tonto con tus caballeras... S seor,
te mantendr, te guardar como un pjaro en su jaula, y hars versos o
no hars nada. Cumplirs conmigo slo con quererme mucho. Y yo me dar
el gusto de sostener a mi hombre, de regalarlo y mimarlo, de preocuparme
con sus cosas y llevarlo hecho siempre un brazo de mar. Sers mi chulo;
sers mi socio, como dicen las de los barrios bajos... A veces me
acuerdo de algunas vendedoras que he visto en la plaza de la Cebada, con
sus enaguas muy almidonadas y sus buenos pendientes de oro. Ellas
venden, trabajan, manejan el dinero, y el hombrecito est a sus espaldas
sin hacer otra cosa que proporcionar a la razn social su autoridad de
macho o guardar el puesto cuando la socia se ausenta. Qu delicia! As
te quisiera yo. Todo lo mo para ti!... Mi chulo rico, djame soar.
Djame forjarme ilusiones. No me contradigas. No me gustas cuando te
pones tan digno, tan caballeresco. Ms te querra si fueses ladrn; me
pareceras ms interesante... Ay!, me siento tan triste!... tan
triste!

Estaban ahora en el Saln del Prado, alejados del movimiento de la gran
calle, caminando entre macizos de verdura, por una avenida solitaria en
cuyo suelo trazaban los focos de luz grandes redondeles blancos.

Callaba Mara Teresa, como si la excitacin de su falsa alegra hubiese
cesado de golpe al ponerse en contacto con esta soledad. Apret ms
fuertemente el brazo de Fernando, y rozndole el rostro con el ala de su
sombrero, murmur:

--Di, y si me fuese contigo?...

Era una splica, un murmullo tmido, la peticin que se considera
imposible, pero se formula como ltima esperanza.

Ojeda sonri tristemente. Partir juntos!... Una felicidad que haba
pensado muchas veces; pero l ignoraba cul iba a ser su vida all.
Seguramente de penalidades y miserias sin cuento. Y ella, criatura de
lujo, acostumbrada a las comodidades del dinero, quera seguirle en su
incierta aventura!... No; estas resoluciones extremas nicamente son
aceptables en el teatro. La vida tiene otras exigencias. Es posible el
sacrificio como algo momentneo, heroico, que slo puede durar poco
tiempo: pero el sacrificio por toda una existencia!...

--Recuerda, Teri, tu frase habitual: La vida es la vida. Hay que darla
lo que es suyo. Vendras conmigo valerosamente, y a los primeros pasos
la escasez de dinero, la falta de consideracin de las gentes, el
escndalo que dejaramos a nuestras espaldas, la prdida de los
intereses que ests defendiendo, se encargaran de demostrarnos nuestra
locura. Y t callaras porque me quieres, y lo soportaras todo con
resignacin; lo creo; te conozco bien... Pero el remordimiento de haber
accedido yo a tu locura! La tristeza de no haberme opuesto con mi
experiencia de hombre! El miedo de adivinar en una palabra tuya, en una
mirada, la lamentacin del pasado! Entonces sera cuando nos
perderamos para siempre. No; mejor es separarnos ahora. Yo volver
pronto, te lo juro. Y quin sabe!... T vendrs all... ms adelante:
cuando yo sepa cul puede ser mi suerte.

Ella se solt bruscamente de su brazo, anduvo algunos pasos titubeante,
y casi se desplom sobre un banco. Su diestra, oprimiendo un minsculo
pauelo, pas entre el velillo y el rostro para cubrirse los ojos.
Lloraba; lloraba silenciosamente, sin estremecimientos ni hipos de
dolor, como si su llanto fuese una funcin natural largamente
contrariada. Por fin se abra paso la desesperacin, adormecida toda la
tarde, engaada por los momentos de olvido voluptuoso. Y las lgrimas
sucedan a las lgrimas, trazando luminosas tortuosidades sobre el fondo
mate de su cutis. Al alzarse el velo para enjugarlas, Ojeda vio un
tringulo de arrugas en las comisuras de sus ojos, un cerco de negrura
cadavrica en torno de ellos. La nariz pareca ms afilada, a boca ms
profunda: era una mujer distinta a la que media hora antes buscaba sus
ropas a la luz de la chimenea. Diez aos haban cado de golpe sobre su
cabeza. Su faz pareca araada por el cansancio y la pena.

Fernando suplic como un nio atemorizado. Valor! Deba sobreponerse a
sus emociones. Teri era valiente cuando quera.

--Te vas--gimi ella, sin escucharle--. Ahora me convenzo. Hasta este
instante no haba visto claro. Es cierto que te vas. Y no hay
remedio!... Qu cosa tan horrible!

As permanecieron mucho tiempo: Mara Teresa, apoyada en el respaldo del
banco, con una mano en el rostro y la otra perdida en el manguito;
Fernando de pie, intentando infundirla valor con palabras incoherentes.
Los dos temblaban de fro sin darse cuenta de ello, estremecidos por el
viento glacial que haca oscilar los focos de luz. El dolor los mantena
como alejados de sus cuerpos, sordos a sus sensaciones, insensibles a
toda impresin externa.

Avanzaban lentamente, por una calle inmediata al paseo, las rojas
linternas de un coche de alquiler.

--Llmalo--dijo ella con resolucin, incorporndose--. Acabemos pronto;
esto no puede durar ms tiempo... Mejor que nos separemos aqu.

l asinti con la cabeza. S; mejor sera. Para qu prolongar este
martirio!...

Y cuando el coche se detuvo, Mara Teresa march hacia l, irguiendo el
busto, pero con paso vacilante, torciendo el rostro para no ver a Ojeda.
Titube un momento al poner el pie en el estribo, y acab por
retroceder.

--Pgale y que se vaya... Iremos a pie hasta la Cibeles. Nos veremos un
momento ms.

Fernando aprob otra vez. El dolor anulaba su voluntad, y por esto
acept como una dicha la prolongacin de su tormento.

Volvieron a tomarse del brazo y caminaron silenciosos, lentamente. Sus
ojos se rehuan. Evitaban hablarse, temiendo despertar con las palabras
su desesperacin. Les bastaba sentirse el uno junto al otro, percibir
las vibraciones de sus dos vidas con el roce de sus cuerpos puestos en
contacto. Teri pareca obsesionada por sus recuerdos y murmur unas
palabras, como si se hablase a ella misma, con una voz montona y
vagorosa, igual a la de los que suean:

--La semana que viene... te acuerdas? La semana que viene har cuatro
aos que nos conocimos.

Ojeda sinti disiparse su torpeza con este recuerdo, pero continu
marchando en silencio. Cuatro aos... slo cuatro aos! Y haban sido
tan largos y nutridos como todo el resto de su vida... Ms, mucho ms!
Su existencia anterior apenas contaba para l; era como un limbo de
sucesos incoloros. Su verdadera vida haba empezado junto a Mara
Teresa.

Pensaba con irnica conmiseracin en su existencia antes de conocerla.
Crea entonces haber paladeado todas las variedades y complicaciones del
amor, y hasta se consideraba hastiado de ellas. Haba tenido por suyas
mujeres de alto precio, arrebatndolas en una puja de generosidad a los
amigos ms ntimos con quebranto de su fortuna. Lo que haba malgastado
aos antes, cuando al morir su madre se vio en posesin de una fortuna
algo mermada por sus prodigalidades de hijo de familia!... Sus amores en
la buena sociedad haban alcanzado igualmente cierta resonancia. An
guardaba en el pecho una ligera cicatriz, un puntazo recibido en un
duelo con cierto seor que, despus de tolerar ciegamente todos los
amigos anteriores de su esposa, se haba sentido de pronto terriblemente
celoso de Ojeda. El amor le haca encogerse de hombros en aquella poca
de su vida: un pasatiempo como la ambicin o como el juego; un dulce
engao para entretenerse. l estaba de vuelta, a los treinta y dos aos,
de esta mentira que llena el mundo, mantiene la vida y es la principal
ocupacin de la humanidad.

Todo le haba sido fcil en los primeros tiempos. Recordaba a su madre,
una seora plida y corts, de personalidad algo borrosa, que pareca
encogerse como oprimida por la majestad del esposo. Su amor a Fernando,
el hijo primognito, era el nico sentimiento vehemente que desdoblaba
y haca vibrar con energa su dulce pasividad. Recordaba tambin a su
padre, imponente personaje triunfador en el Parlamento durante veinte
aos por la correccin con que saba llevar la levita as como por sus
discursos solemnes, que duraban tardes enteras ante los escaos vacos.
Hablaba ingls y alemn, lo que le proporcionaba cierto prestigio
misterioso, indiscutible, y cada vez que su partido era llamado al
poder, su nombre figuraba el primero en la lista de ministros. Nadie
osaba disputarle la direccin de las relaciones diplomticas. Jams se
haba sorprendido la ms pequea mota en su levita ni el ms leve rastro
de idea propia en sus palabras. Y junto con todo esto, una correccin
hidalga, que le acompaaba hasta en los menores actos de su vida, una
rectitud seoril y bondadosa que pareca ennoblecer su rimbombante
mediocridad intelectual.

Ojeda le haba admirado hasta los veinte aos, dndole preferencia en
sus afectos sobre la madre buena, dulce e insignificante. Haba
paladeado en las tribunas del Congreso tardes de orgullo y de gloria,
pensando que aquel seor que desde el banco azul haca resonar la cpula
con su voz grave y mova los brazos con tanta elegancia, era el autor de
su existencia. Luego, cuando la aficin a los versos le sac del crculo
solemne y entonado en que se mova su familia y vivi en el Ateneo y en
las redacciones de los peridicos, su facultad admirativa fue
achicndose, y sin dejar de sentir cierta veneracin por la personalidad
moral de su padre, crey menos en la vala de su inteligencia.

Al morir este personaje, en vsperas de ser ministro por sptima vez,
Fernando acababa de ingresar en el cuerpo diplomtico, como si con esto
siguiese una tradicin de familia. Apenas cesaron de hablar los
peridicos de la irreparable prdida que haba sufrido el pas con la
muerte del hombre ilustre, hzose el silencio en torno de su recuerdo,
con esa facilidad de olvido que acompaa a los hombres del teatro y de
la poltica. Siempre que Fernando encontraba al jefe del partido o algn
otro personaje ilustre amigo de su padre, era objeto de presentaciones.
ste es el chico de Ojeda... Pobre Ojeda! Un hombre que vala mucho.
Y tras este responso continuaba su pltica sobre accidentes de la
poltica. Mientras tanto, la madre viva encerrada en la estupefaccin
dolorosa que le haba producido aquella muerte, considerndola algo
inaudito, inexplicable, como si los personajes del calibre de su esposo
no pudiesen morir, y se imaginaba a todo el pas en el mismo estado de
nimo.

Quiso avanzar Fernando en su carrera, ir destinado a una Legacin, y la
buena seora no se atrevi a oponerse a sus deseos. Ella quedara en
Madrid con su hija, mientras el primognito daba en el extranjero nuevo
lustre al apellido del padre. Los graves seores volvieron a evocar por
unos momentos a su olvidado compaero. Hay que hacer algo por el chico
de Ojeda. Y Fernando pas diez aos fuera de Espaa como secretario de
Legacin, con frecuentes traslados que le hicieron viajar desde las
naciones del Norte de Europa a las repblicas de la Amrica del Sur,
siempre acompaado por la proteccin de los amigos del malogrado
personaje. Pero esta proteccin se mostraba cada vez ms lejana, ms
tenue, como el recuerdo ya esfumado del grande hombre. El hijo del
eterno ministro, habituado a la adulacin y a la influencia social desde
los tiempos en que era estudiante, iba notando el vaco de la
indiferencia en torno de su personalidad diplomtica. Nada significaba
ya ser el chico de Ojeda. Ahora eran los chicos de otros personajes
de gloria ms reciente los que merecan los empujones del favor. Adems,
una falta absoluta de adaptacin le haca chocar con los superiores, que
le consideraban intolerable por su independencia. Empezaba a hablar con
desprecio de la carrera. En una Legacin, el ministro, que haba
alcanzado sus ascensos, antes de que se inventasen las mquinas de
escribir, por el primor caligrfico con que copiaba los protocolos,
deca a Ojeda con irnica superioridad: Qu letra tan psima la
suya!... Y usted hace versos? Y usted presume de literato?. Otros
jefes le echaban en cara sus aficiones ordinarias, su marcada
intencin de evitar las reuniones entonadas del mundo diplomtico para
juntarse con la bohemia del pas, juventud melenuda que recitaba versos
y discuta a gritos, en torno de los ajenjos, bajo nubes de tabaco. Un
ministro haba escrito durante un ao entero a Madrid para que sacasen
de su Legacin al secretario Ojeda, individuo peligroso que muchos
tenan por socialista. En realidad, slo deseaba alejarlo para que la
seora ministra recobrase su calma de buen tono y no se comprometiese
con un inferior cantando romanzas y recitando poesas en la penumbra del
anochecer.

Su fama lleg hasta el Ministerio de Estado. Lstima de chico! La
maldita literatura! Si el grande hombre levantase la cabeza! Y todos,
jefes de seccin, ministros de diversas categoras, secretarios y hasta
agregados, repetan lo mismo: Tiene talento, es un original; pero le
falta _el pliegue_. El tal pliegue significaba su falta de adaptacin a
la carrera, su rebelda a moldearse en las tradiciones y frivolidades
de la vida diplomtica... Para lo que vala la dichosa carrera! Su
madre le enviaba todos los meses una cantidad tres o cuatro veces
superior al sueldo que l perciba. Su hermana Lola, a pesar de que vea
en l un conjunto de todas las gallardas y seducciones varoniles,
protestaba contra las maternales larguezas. Todo para el hijo que andaba
por el extranjero paseando su casaca dorada, y para ella, que haba de
buscar un marido, los regateos y estrecheces. Armonas de familia!...
En algunos pases de Amrica, l y sus compaeros se lamentaban de que
un conductor de automvil o un encargado de hotel ganase mayor sueldo
que un diplomtico. Por esto las ilusiones de su vida de miseria
esplendorosa giraban siempre en torno del matrimonio, ambicionando todos
una novia rica para hacer buena figura en la carrera.

El deseo de no contrariar a su madre, que vea en la diplomacia la nica
ocupacin digna, fue lo que mantuvo a Fernando en su puesto; pero al
morir la pobre seora, present la renuncia. Habituado a recibir ayudas
pecuniarias sin ocuparse directamente del manejo de sus intereses, Ojeda
se crey rico, muy rico, vindose propietario de una casa en Madrid y
muchas tierras en Andaluca. Su hermana estaba casada con un ingeniero,
hombre formal, que haba hecho su fortuna en la Amrica del Sur, ayudado
por algunos parientes. Era el talento administrativo de la familia, y
Fernando se burlaba de su honrada simplicidad, sin dejar por eso de
admirarle. Dominbalo su mujer con el prestigio del nacimiento: estaba
orgulloso de ser el yerno pstumo del ilustre seor Ojeda, y recordaba
sus glorias con ms frecuencia que los hijos. La familia de la suegra
proporcionaba igualmente grandes satisfacciones a su vanidad. Aunque
aqulla no haba disfrutado otro ttulo honorfico que el de esposa de
un grande hombre, estaba emparentada con varias condesas, marquesas y
grandes de Espaa, de cuyos honores y distinciones llevaba cuenta exacta
el ingeniero. Su orgullo bonachn crea haber perdido lamentablemente el
tiempo cuando terminaba el ao sin haber hecho noventa visitas a estas
ilustres damas, a las que llamaba por antonomasia nuestras tas.

Ojeda le confi sus bienes para seguir sin preocupaciones una vida doble
de placeres. Pasaba sin transicin del mundo en que le haba colocado su
nacimiento a otro ms humilde, hacia el cual le empujaban sus aficiones
artsticas. En un mismo da charlaba de mujeres, juego y caballos con la
juventud desocupada y elegante de los clubs aristocrticos; luego pasaba
la tarde en el pobre estudio de algn artista independiente y
desconocido, tutendose con melenudos de botas destrozadas que tal vez
no haban almorzado; asista despus a un t, donde flirteaba con damas
de fama contradictoria, y coma en un palacio o en una taberna de
bohemios, puesto de frac, para ir luego al Teatro Real.

El amanecer le sorprenda en los gabinetes de Fornos con camaradas de
infancia y hembras de alto precio, y otras veces en los camarotes de un
colmado con guitarristas, toreros, socias de mantn y fraternales
amigos que le tuteaban y cuyos apellidos no conoca bien: hombres con
brillantes enormes, rumbosos, dicharacheros, que haban estado algunas
veces en la crcel o bordeaban con frecuencia sus puertas.

Tena cierta reputacin entre la gente literaria de escalera abajo, que
grita y pugna por subir. Un muchacho simptico y de talento... Lstima
que sea rico! Y los que se compadecan de su riqueza le llamaban al
mismo tiempo simptico por la facilidad con que se prestaba a un
donativo de cinco duros. Reuni en un volumen impreso sus poesas...
Magnfico! Era Musset. Lanz otro tomo... Soberbio! Era Baudelaire.
Public un tercer libro... Colosal! Era... el mismsimo Espritu Santo
hecho poesa. Los versos no estorban a nadie y son ocupacin de gran
seor, por lo mismo que no dan dinero. Escribi un drama heroico, un
drama caballeresco, la epopeya de los conquistadores en las Indias
vrgenes, con estrofas sonoras en las que vibraba un tintineo de espadas
y corazas, y los profesionales recibieron sonriendo como hienas a este
nio de buena familia que vena a quitarles el pan de la mesa. Muy
bonitos los versos, pero aquello no era teatro. Resultaba demasiado
poeta para la escena.

En ese tiempo encontr a Mara Teresa. Fue en casa de una de las
parientas de su madre; en el t de una condesa que figuraba entre las
veneradas tas del marido de Lola. Iba a estas reuniones Fernando
cuando de cinco a siete de la tarde no encontraba mejor distraccin a su
aburrimiento. Saba de antemano lo que le preguntaran sus ilustres
parientas, viejas pretenciosas de pelo teido y dentadura semejante a un
juego de domin. Pero grandsimo perdido, cundo te casas?... Y si l
se resignaba a asistir a estas reuniones, era justamente para no
casarse, para aprovechar el tedio de alguna seora que se trasladaba
humillada de un saln a otro sin encontrar compaa, iniciando con ella
plticas sentimentales que terminaban a veces en algo ms positivo.

En la pieza donde estaba instalado el _buffet_ encontr a Mara Teresa.
Acababa de llegar de Pars, donde viva largas temporadas. Una rpida
aparicin en Madrid, y luego a huir otra vez. La molestaban y la hacan
rer a un tiempo la curiosidad malsana y la altivez miedosa de sus
amigas. Fingan sorpresa al verla, la abrazaban, admiraban su traje,
hacan elogios de su hermosura, le pedan datos sobre las ltimas modas,
y escapaban, procurando no tropezarse con ella otra vez.

Ojeda la conoca vagamente. Su marido haba sido de la carrera, un
antiguo plenipotenciario que actualmente vegetaba retirado en una ciudad
de provincia. Aos antes la haba visto en una comida en la Embajada de
Espaa en Pars, cuando ella estaba recin casada e iba con su marido a
ocupar la Legacin espaola en una corte de la Europa septentrional.
Fernando la haba deseado con su vida admiracin juvenil. Qu
mujer!... Pero ella, orgullosa de su belleza y de su nuevo rango, apenas
se fij en el modesto secretario de una Legacin americana, de paso en
Pars. Slo tena sonrisas para los personajes importantes que la
rodeaban, y un gesto de agradecimiento para aquel viudo rico y viejo
que, contrariando a sus hijos, la haba hecho su esposa. Procedente de
una familia de militares pobres y gloriosos, vease convertida de
pronto, por el entusiasmo casi senil de su marido, en una gran seora
diplomtica, rodeada de todas las comodidades de la riqueza, sin tener
ya que sufrir el tormento de una mediocridad con la que haban pugnado
desde la niez sus gustos de mujer elegante.

Luego, Fernando no la vio ms. Pero haba odo tantas cosas de ella!...
Los hijos del marido se encargaban de propalarlas, y todas las amigas de
Mara Teresa las repetan con la secreta fruicin de demoler a una
compaera que inspira envidia. Quin podra conocer la verdad! Lo
cierto fue que el viejo marido, dimitiendo de pronto su plenipotencia,
se vino a vivir a Espaa, unas veces en Madrid, evitando el contacto con
sus hijos, a los que guardaba cierto rencor, otras en provincias,
dedicndose, segn decan, a grandes empresas agrcolas. Ella permaneci
en Pars, y de tarde en tarde escapaba a la Pennsula para ver a su
marido, restablecindose entre los dos por breves das cierto simulacro
de reconciliacin; pero en realidad--segn las amigas--, estos viajes
eran nicamente para procurarse dinero.

Los ojos de Mara Teresa parecieron atraerle, y los dos se saludaron
como antiguos conocidos. Ella le felicit sonriente y maternal por sus
versos, que indudablemente no haba ledo, y por su drama, que no
conocera nunca. Casi era un grande hombre. Cmo poda imaginrselo as
cuando le haba visto por primera vez en Pars!...

--Adems, me han dicho que es usted un grandsimo golfo.

Ojeda se inclin sonriente, con exagerada cortesa.

--Y usted tambin, segn dicen, parece un poco golfa.

Dud ella un momento con el ceo fruncido, no sabiendo si enfadarse por
estas palabras, y al fin acab por lanzar el gorjeo de su risa.

--Venga usted y nos sentaremos en aquel rincn. Con usted es imposible
enfadarse. Qu tipo tan interesante! Vamos a burlarnos un poco de toda
esta gente... Nosotros hemos visto otras cosas.

Pasaron la tarde hablando de los pases que llevaban visitados, de las
gentes de la carrera que haban conocido, interrumpiendo estos
recuerdos para rer a do de los que pasaban por el comedor y
comunicarse sus maledicencias. Al hablar se miraban de frente con una
fijeza curiosa, como extraados de no haberse conocido antes, adivinando
cada uno con rpida clarividencia lo que pensaba el otro; pensamientos
que se desarrollaban fuera del curso de sus palabras. Al da siguiente
sintieron la necesidad de verse... y al otro... y al otro. Ella se
preocupaba de la vida de su vida; le acosaba con preguntas para
conocerla con todos sus detalles; la hacan rer mucho sus relatos de
aventuras en los bajos fondos de Madrid.

--Quisiera ver eso; conocer sus bohemios, sus cantaoras. Llveme con
usted, Fernandito; sea usted bueno. Yo conozco algo de Pars, pero lo de
aqu es indudablemente ms interesante, ms tpico... Debe oler a
puchero.

Estos deseos caprichosos desaparecieron de golpe despus de la cada...
si es que hubo cada. Fueron el uno del otro casi sin saber cmo, por
impulso natural y fcil, sin enterarse ciertamente de cul de los dos
apunt el primer intento y cundo se inici la realizacin. Ella no se
tom el trabajo de fingir la ms leve resistencia, de coquetear con
negativas sonrientes acompaadas de ojos aprobadores.

--Desde que te vi, adivin que esto iba a ser... y ha sido. T pensars
lo que quieras; tal vez me crees ms fcil de lo que soy. Pero contigo,
para qu fingimientos!...

Como Teri se marchaba a Pars, l se fue tambin, y empez lo que
llamaba Fernando la mejor poca de su existencia: una vida de
concentracin egosta, una vida a dos, de ceguera y olvido para todo lo
que estaba ms all de ellos, cortada por frecuentes viajes emprendidos
al azar de una lectura o de un recuerdo histrico. Qu hermoso
besarnos entre las columnas del Partenn! Y emprendan un viaje a
Grecia. Qu delicia ver el desierto, los dos juntitos, desde lo alto
de las Pirmides! Y salan para Egipto. Y as fueron a contemplar,
tomados del talle y con las cabezas juntas, el sol de media noche en
Noruega, el Kremlin cubierto de nieve, las palmeras del oasis de Biskra
y las azules corrientes del Bsforo, sin contar otras excursiones ms
vulgares en busca del canal veneciano la colina toscana o el lago suizo
como fondo decorativo de un amor que ansiaba abarcar todo el viejo mundo
en su insolente felicidad. Pronto not Ojeda una transformacin en el
carcter de Teri. Perda por momentos su alegre inconsciencia de pjaro
loco. Era ms grave en sus palabras; mostraba una mesura conservadora en
sus juicios sobre el amor. Ella, que al principio le incitaba a narrar
las aventuras de su pasado, riendo gozosa cuanto ms incontables eran,
palideca ahora con un gesto de protesta.

--No quiero orte--deca tapndose los odos--. Calla, por Dios! Me
repugnas cuando recuerdo esas cosas... Acabar por no quererte.

En sus viajes la acometan repentinos celos cada vez que Fernando miraba
a una viajera de buena presencia. Luego fue l quien se sorprendi,
preguntando con sorda irritacin para desentraar los misterios del
pasado. Qu existencia haba sido la de Teri antes de que ellos se
conociesen? Por qu murmuraban tanto de su vida en aquella corte
septentrional? Por qu se haba separado de su marido?... Deba hablar
sin miedo; l lo aceptaba todo por adelantado: no haba sido en su
tiempo.

Pero Teri mova la cabeza negativamente, con una tenacidad reflexiva en
el gesto y unos ojos de misterio, como mujer que sabe que en amor las
confesiones francas no se olvidan ni se perdonan.

--Todo mentiras... calumnias. Nada tengo que contarte. Olvida eso; no te
atormentes... No hubo nada; y aunque algo hubiese... yo no te conoca
entonces, no te conoca!

Y con esta exclamacin cerraba y justificaba todo su pasado.

Ella miraba a Fernando como algo propio que le perteneca para siempre.
Ms de una vez haba protestado en los hoteles de la facilidad con que
daban alojamiento a ciertas aventureras, con grave peligro de la paz
matrimonial. A fuerza de titularse Madame Ojeda haba olvidado su
verdadera situacin, y se indignaba, con todo el fervor que inspira el
derecho de propiedad, slo al pensar que alguna mujer pudiera
arrebatarle su marido.

Cuando fatigados de tantos viajes recalaban en Madrid y vivan separados
por algn tiempo, l en casa de su hermana, ella con una ta a la que
consideraba como una segunda madre, esta separacin pareca enardecer
sus celos. Al verse Teri por las tardes en el cerrado dormitorio, adonde
llegaba suave y quejumbroso el sonido de la campana de don Miguel,
tena de pronto exabruptos colricos.

--Ya vives en tu Madrid, donde has hecho tantas picardas... A saber si
estars engandome con alguna, grandsimo ladrn!

Despus de estas explosiones de ira se apelotonaba contra l, humilde y
tmida.

--Es porque tengo miedo de perderte, de que otra me quite a mi hombre.
Quisiera asegurarte para siempre, tenerte atado de una patita como un
jilguero. Di: si nos casramos, qu tranquilidad!... T que sabes
tanto, contesta: llegaremos a casarnos alguna vez?...

Tambin Fernando, que durante los primeros meses slo vea en Mara
Teresa una conquista ms, una mujer elegante y hermosa que halagaba su
masculina vanidad, sufra de pronto iguales cleras. l, que al
principio no deseaba saber y olvidaba voluntariamente el pasado con
todas las vaguedades calumniosas que haba odo acerca de Teri, sentase
posedo de pronto por una curiosidad dolorosa y malsana, un deseo de
gozar cruelmente hacindose dao, y aprovechaba los momentos de abandono
para hacerla hablar, queriendo conocer sus amores antiguos.

--Cuando te digo que no he tenido ninguno!...--protestaba ella--.
Creme: t has sido el primero y sers el ltimo.

Pona en sus ojos el asombro ingenuo y en su voz la infantil humildad de
la mujer que necesita ser creda... Ojeda tambin necesitaba creer.
Para qu fatigarse en esta cacera del pasado! Y con repentina
confianza, deseaba lo mismo que su amante, un casamiento que
consolidara su felicidad.

El egosmo del amor estallaba en Mara Teresa con deseos crueles.

--Ay, cundo se morir Joaqun!... Para lo que sirve en el mundo!

Joaqun era el marido, y ella, por informes de sus amigos o por las
cortas entrevistas que tena con el viejo al volver a Espaa, calculaba
las probabilidades de su muerte.

--Est peor; casi chochea. Esto va a terminar de un momento a otro.

La sensible Mara Teresa, que se apiadaba de los perros abandonados en
la calle y rea con los cocheros cuando levantaban el ltigo sobre las
bestias, hablaba framente de la muerte, como si nicamente tuviera
entraas para su amor y el resto del mundo careciese de inters. Ojeda
la escuchaba con cierto remordimiento. Desear la muerte de un pobre
seor que no les haba hecho dao alguno y al que inferan desde lejos
diariamente un sinnmero de misteriosas ofensas! Qu cobarda!... Pero
el egosmo amoroso acab por despertar en l igualmente, con una
crueldad implacable. Aquel viejo estpido, por el privilegio de su
riqueza, la haba posedo el primero, haba paladeado las mismas dichas
que l pero con el encanto de la novedad. Bien poda morirse... Que se
muera!

Y se muri de pronto, mientras ellos estaban muy lejos; y al regresar a
Madrid a toda prisa, aturdidos por la feliz noticia, les sali al
encuentro algo que no haban conocido hasta entonces: el valor del
dinero, lo difcil que es echarle la mano encima cuando se empea en
huir, la necesidad material y prosaica sobre la que descansan todas las
ilusiones y deseos de la vida.

Don Joaqun se haba ido del mundo sin dejar a su mujer otra renta que
una pensin del gobierno como viuda de ministro plenipotenciario: un
poco ms de lo que ella pagaba a su doncella en Pars. Una parte de su
fortuna proceda de la primera esposa y pasaba a los hijos; la otra
parte, que era considerable, apareca donada en vida a los mismos hijos,
que haban vuelto a su gracia en los ltimos aos.

La primera idea de la impetuosa Mara Teresa fue comprar un revlver e
ir matando por turno a los hijos y las hijas de su marido, a ms de
yernos y nueras, sin perdonar a los nietos. Raza maldita! Ladrones! Y
para esto haba sacrificado los primeros aos de su juventud a un viejo
tonto, renunciando al amor?... Pero no; l era bueno y la quera. Muchas
veces le haba asegurado que dejaba las cosas bien arregladas para
despus de su muerte. Eran los otros, que intentaban robarla... Y
desistiendo de la compra del revlver, se lanz en las aventuras de un
pleito con el fervor apasionado que despiertan en algunas mujeres los
incidentes, embrollos y peleas de todo litigio. Ella demostrara que la
familia de su marido haba abusado de la flojedad mental de ste en los
ltimos meses, para despojarla con documentos falsos.

Fernando acogi el contratiempo con frialdad. En el fondo de su nimo le
haba repugnado siempre que el dinero del viejo entrase en su casa al
unirse l legalmente con Mara Teresa.

--No te apures; tal vez sea mejor as. Cuenta slo conmigo. Yo trabajar
si es preciso.

Pero tambin a l le aguardaba otra sorpresa por boca de su cuado,
hombre de orden que haca algn tiempo deseaba rendirle cuentas. Varias
hipotecas pesaban sobre sus bienes desde la poca en que Fernando
llevaba una vida alegre, y a esto haba que aadir las fuertes
cantidades que adeudaba a la familia. Los viajes con Teri haban
devorado mucho dinero. Ojeda qued perplejo, como si despertase ante el
montn de papeles que le presentaba el ingeniero, y lo repeli con
gesto de gran seor. Nada adelantaba con examinarlos; lo que deca su
cuado deba ser cierto. El pobre hombre se excus con humildad. Haba
tardado en hablar, por miedo a que Fernando se disgustase; l estaba
dispuesto a todos los sacrificios; pero tena dos hijos, Lola andaba en
trmites para darle el tercero, y tema sus protestas de mujer ordenada
y econmica que no quiere dejarse arruinar por un hermano. El ingeniero
tena un proyecto... Por qu no se casaba con una mujer rica? Con su
figura y su nombre! Un Ojeda!... l saba mejor que nadie lo que
representaba este apellido.

--No; prefiero trabajar. Yo saldr adelante.

Y vendiendo bienes para reunir fondos, Fernando se lanz en los negocios
con una ceguera que no admita consejos. Adems, jug fuerte en el club
hasta la madrugada, en busca de fugitivas ganancias. Ay, su amor!, su
pobre amor humillado y envilecido por las preocupaciones del dinero!...
Adis las inconsciencias del pjaro errante, el desprecio por las
previsiones del maana!... Sus besos tenan muchas veces el crispamiento
de caricias desesperadas; quedbanse de pronto absortos los dos y tenan
miedo de preguntarse en qu pensaban. Algunas tardes, en el desorden del
lecho, el taido de la campana de don Miguel sorprenda a Ojeda
hablando seriamente de un gran negocio, de una combinacin con amigos
del club, indiferente y fro ante la carne adorada que no poda
contemplar en otros tiempos sin cubrirla de fogosas caricias.

Ella, por su parte, hablaba del pleito, la gran empresa de su vida, con
todas las vehemencias del inters material y del odio. Pasaban por su
boca adorable palabras curialescas, trminos del procedimiento,
aprendidos con pronta asimilacin en sus conferencias con los abogados.
El triunfo era seguro, pero habra que esperar un poco. Y mientras
tanto, su exterior seoril iba sufriendo una transformacin, que no se
escapaba a los ojos de Fernando. Transcurran meses y meses sin que algo
fresco viniera a adornar su belleza, vida en otra poca de costosas
novedades. Al sucederse las estaciones reaparecan los mismos vestidos
del ao anterior, hbilmente retocados. Su guardarropa de Pars poda
sacarla de apuros por mucho tiempo. Hablaba con entusiasmo de pobres
costurerillas de Madrid que, bajo sus indicaciones, hacan prodigios en
el arreglo de ropas y sombreros. Las joyas vistosas, primeros regalos
con que el marido haba domado sus esquiveces de jovenzuela, slo se
mostraban de tarde en tarde, despus de misteriosos cautiverios en poder
de prestamistas. Algunas haban desaparecido para siempre.

Mara Teresa haca elogios de la generosidad de su ta. Ella se ocupaba
de su mantenimiento y sus diversiones, orgullosa de ostentarla a su lado
en teatros y fiestas. Era capaz de darle toda su fortuna: pero tena
hijas, y stas batallaban a todas horas contra la influencia de su
prima.

A veces, con una timidez ruborosa y huyendo la vista, preguntaba a Ojeda
por el estado de sus negocios. Si tuvieras un dinero que necesito!...

Y cuando l, con apresuramiento, satisfaca su demanda, Mara Teresa
pareca arrepentirse.

--Qu vergenza! Yo pidindote dinero!... Es para algo importante; ya
sabes... el pleito. Pero en fin, como hemos de casarnos, todo lo nuestro
debe ser comn. Cuando yo salga con la ma, ya no tendrs que trabajar,
pobrecito mo!, ya no penars con tus negocios.

Los tales negocios no podan marchar peor. En menos de un ao haba
sufrido Fernando dos prdidas considerables en empresas ilusorias a las
que le arrastraron ciertos amigos del club tan inexpertos como l. El
juego contribua igualmente a disminuir su fortuna. De tarde en tarde
una ganancia le inspiraba gran fe en el porvenir, y traa como
consecuencia regalos y generosidades para Teri. Despus de estos breves
perodos de optimismo, reapareca la silenciosa clera al ver
desmoronarse lentamente sus esperanzas.

En esta situacin, cuando no saba qu hacer y se senta dominado por un
desaliento mortal, pas por Madrid un espaol rico, residente en Buenos
Aires, to de su cuado. Aquel hombre, que haba huido de su tierra
acosado por la pobreza treinta aos antes, hablaba de millones con
asombrosa familiaridad y se burlaba de la mediocridad de los negocios
peninsulares. Las conversaciones con este seor, que coma muchas veces
en casa de su sobrino, escuchado y admirado por toda la familia cual un
hroe triunfante, fueron para Ojeda como otros tantos latigazos
aplicados a su voluntad dormida. La ascensin realizada por este antiguo
rstico y otros muchos de su clase, por qu no intentarla l?... Y con
esfuerzo corajudo, temblando como si confesase una infidelidad amorosa,
expuso sus propsitos a Mara Teresa. Quera partir; necesitaba ser rico
para ella, slo para ella. Aquel pariente de su cuado prometa
ayudarle, y l, con los restos de su fortuna, poda intentar en Amrica
algo fructuoso y de rpido xito.

Fernando insista especialmente en la rapidez de su viaje. Asunto de un
ao, o dos cuando ms; y an as, podra ir y volver algunas veces.
Ella deba hacerse la ilusin de que amaba a un militar que sala para
la guerra, pero una guerra sin peligro de muerte.

Teri le escuchaba plida, con los ojos lacrimosos, pero acab por
aprobar su resolucin. S, deba partir; era mejor que trabajase en un
ambiente ms propicio y favorable que el del viejo mundo.

Para amortiguar su pena intentaron embellecer el prximo viaje con
reminiscencias romnticas y optimismos tradicionales. l iba a ser como
los paladines de los viejos romances, que salan a correr luengas
tierras para hacer presentes a su dama. Volvera trayendo millones, y
otra vez conoceran la existencia opulenta, con viajes de lujo por todo
el mundo, grandes hoteles, automvil a perpetuidad, y podran sacar del
cautiverio de la usura los collares de perlas y las joyas luminosas. Un
sacrificio de dos aos: ni uno ms. Todos saben que en Amrica basta
este tiempo para que un hombre inteligente conquiste riquezas. Las
consiguen all tantos imbciles!... Recordaban algunas comedias en las
que el protagonista enamorado sale al final del primer acto camino del
Nuevo Mundo para hacer fortuna, y al empezar el segundo ya es millonario
y est de vuelta. Se notan en l algunas transformaciones que no le van
mal: unas cuantas canas prematuras, la faz tostada, las facciones ms
enrgicas y angulosas; pero slo han transcurrido quince minutos desde
que baj el teln hasta que vuelve a subir. En la realidad, no seran
quince minutos, seran quince meses: tal vez dos aos; pero bien poda
hacerse el sacrificio de este tiempo a cambio de afirmar la felicidad.

As haban pasado las ltimas semanas, hablando del viaje, discutiendo
sus preparativos, forjndose ilusiones sobre los resultados, pero
vindolo siempre en lontananza; hasta que, de pronto, les avisaba el
zarpazo de lo inmediato, de lo inevitable. Y Ojeda, al despertar de esta
vertiginosa evocacin de recuerdos que slo haba durado algunos
segundos y abarcaba todo un perodo de su existencia, se vio caminando
por el Saln del Prado, en una noche fra, al lado de una mujer que
marchaba con desmayo, como si al trmino del paseo la esperase la
muerte, evitando las palabras de l, evitando su mirada.

--Hasta aqu nada ms--dijo Teri al llegar cerca de la fuente de
Cibeles--.No, no me beses: me hara mucho dao; no tendra fuerzas para
irme... La mano tampoco... No; adis!, adis!

Lo apart de ella como si fuese un extrao; volva la cabeza por no
verle. De pronto, llamando a un coche para que la aguardase, huy.

Fernando qued inmvil largo rato viendo cmo se alejaba con lento
traqueteo el vehculo de alquiler hacia la Puerta de Alcal. Dentro de
la caja vetusta y crujiente se alejaban sus esperanzas, la razn de ser
de su vida. Y as eran en realidad las grandes separaciones, los hondos
dolores: sin palabras sonoras, sin frases elocuentes; completamente
distintas de como se ven en los teatros y en los libros!...

Las horas anteriores a la partida, transcurridas en el hotelito de su
cuado, all en lo alto de la Castellana, se le aparecan ahora como un
tormento de la intimidad familiar. En su habitacin el equipaje en
desorden y su viejo sirviente ocupado con los ltimos preparativos; en
el comedor los hijos de Lola, que no queran acostarse sin despedirse de
l. To, trenos un loro... To, una mona... Cuando vuelvas, acurdate,
to, de traer un negrito... Y su hermana, que haba tomado un aire
protector con la emocin de la partida, le sermoneaba maternalmente. A
ver si haca all una vida ms seria y remediaba sus locuras. El marido
aprobaba la cordura conyugal con afirmaciones optimistas. Tena la
certeza de que Fernando iba a triunfar: su to le aguardaba all, y era
hombre que poda ayudarle mucho. Y llevado de su exactitud en los
negocios, aburrale una vez ms con el relato de las gestiones que
estaba haciendo para liquidar en efectivo los restos de su fortuna, y
los plazos y forma en que ira remitindole las cantidades.

A las once de la noche se vio Ojeda dentro de un automvil camino de la
estacin del Norte, pasando por calles solitarias y dormidas, en las que
empezaban a estacionarse los serenos. No haba querido que le
acompaasen su hermana y su cuado, evitndose as las ltimas
expansiones familiares. Cerca de la estacin vio, al doblar una esquina,
el Teatro Real. Adis, recuerdos! Adis, Mara Teresa! Ella estara
all en un palco, rodeada de luz, con su ta y sus amigas, tal vez bajo
las hambrientas miradas de codicia varonil fijas en las tersas blancuras
de su escote. Y l, lejos!, cada vez ms lejos!...

Al bajar del automvil encontr desiertos los alrededores de la
estacin. Era un tren el suyo de escasos viajeros: un simple
coche-dormitorio que por la lnea de cintura iba a unirse con el expreso
de Portugal en la estacin de las Delicias. Cerca de la entrada vio
algunos mozos que venan hacia l para apoderarse de sus maletas, y un
coche de alquiler inmvil, con el cochero sooliento y el caballo
husmeando el suelo. Algo blanco, encuadrado por una ventanilla, se
agitaba en su obscuro interior. La luz de un farol de gas arranc de
este bulto un reflejo irisado, un fulgor de piedras preciosas. Ojeda,
sin darse cuenta de su avance, se vio junto a la portezuela del
carruaje... Era ella, envuelta en una capa de seda y pieles, con las
plumas de su peinado dobladas por la exigua altura del techo; ella,
empolvada, pintada para disimular su palidez, con gruesos brillantes en
los lbulos de sus orejas y una fijeza trgica en los ojos
desmesuradamente abiertos.

--Quera verte sin que t me vieras--murmur con voz quejumbrosa--.Verte
una vez ms. Me he escapado del Real... No poda vivir pensando que an
estabas aqu. Y ahora, adis!... No; besos, no. Adis!

El cochero, obedeciendo sin duda a una orden anterior, dio un latigazo
al caballo, y Fernando tuvo que apartarse. Una rueda pas junto a sus
pies. Al borrarse instantneamente la visin blanca, columbr la
agitacin de un pauelo y crey or un gemido.

Los andenes de la estacin estaban desiertos, lbregos. Slo brillaban
las estrellas rojas de unos cuantos faroles, astros perdidos en las
tinieblas, bajo el enorme caparazn de hierro de la techumbre. En la va
central una locomotora y un vagn, que, aislados, parecan un juguete.

Fernando vio que slo iba a tener por compaeros de viaje a los
individuos de una familia. Pero qu familia!... Llenaba casi todos los
compartimientos del vagn, y en torno de ella y de una montaa de
equipajes agitbanse ms de doce servidores: porteros de hotel,
camareros movilizados, mozos de carga, automovilistas.

Sintise contento de esta vecindad: empezaba a estar entre los suyos.
Aquella familia necesariamente deba ser argentina; una de esas familias
que ocupa todo el piso de un gran hotel, llena un vagn entero, alquila
el costado de un buque, y estrechamente unida se desplaza de un
hemisferio a otro sin abandonar otra cosa que los muebles. El jefe de la
tribu daba rdenes y propinas; la seora, alta, carnuda, majestuosa, con
el talle algo deformado por la maternidad, lea la gua de ferrocarriles
a travs de sus lentes de oro. Cerca de ella tres jvenes elegantes, las
hijas, y dos igualmente adornadas, pero de mayor edad: las cuadas del
seor. Un poco ms lejos la suegra, venerable matrona vestida de negro,
de aire aseorado y resuelto, que cuidaba de las nias ms pequeas.
Luego los hijos varones, que eran muchos, y a Ojeda le producan el
efecto visual de una tubera de rgano cuando por casualidad se
colocaban en fila, de mayor a menor. El ms grande con la cara afeitada,
fumando, y un aire resuelto de hombre que lo sabe todo y nada le queda
por ver. Pens Fernando al examinarle que tal vez llevaba en sus maletas
algunas fotografas de bellezas profesionales de Pars con dedicatorias
de pasin: _ mon cher coco de Buenos Aires_. Los hermanos pequeos
exhiban regocijados varias panderetas adquiridas recientemente, con
suertes de toreo pintadas en el parche, y algunas banderillas
ensangrentadas procedentes de la corrida de la tarde.

Despus vena el personal auxiliar de la familia: un ayuda de cmara
andaluz, que lanzaba un _che_ a cada dos palabras para que no le
confundiesen con los de la tierra; una institutriz britnica, roja y
malhumorada; una doncella gallega, con vestido negro y cuello y puos
masculinos; otra de pelo cerdoso, achocolatada de tez, los ojos
achinados, oblicuos. Y la familia entera con un aspecto de audacia
tranquila, de inmutable atrevimiento; robustos, duros y grandes por la
alimentacin carnvora desde el momento del destete; mirndolo todo con
descaro, llamndose a gritos, introducindose por las puertas en
irrupcin arrolladora, como si todo fuese suyo.

Se consider Ojeda empequeecido por el nmero y el esplendor de sus
compaeros de viaje. El dinero que costara mover esta tribu,
acostumbrada a vivir siempre en un cuadro de abundancia y comodidades!
Lo que tendra detrs de l aquel caballero puesto de chaqu y sombrero
de media copa, jefe de la caravana, al que los sirvientes llamaban
doctor!... A lo que se presta el trigo! Lo que puede dar el vientre
de las vacas!...

Pero una confianza repentina se apoder de l pensando en los
ascendientes de esta gente lujosa, toda ella uniformada con arreglo a
las ltimas novedades de Pars. Los abuelos, o quin sabe si los padres,
haban salido, como l, camino de las tierras nuevas, en busca de
fortuna. Como l no, indudablemente peor: en un buque de vela, llevando
bajo el brazo los zapatos para prolongar su uso, aceptando los ranchos
de a bordo como un regalo desconocido... Tal vez llegaba l un poco
tarde, pero raro sera que no le hubiesen dejado alguna migaja. Y
mirando a la banda feliz, cual si una simpata de oculto parentesco le
uniese de pronto a todos ellos, murmur alegremente, con la primera
alegra que haba experimentado en mucho tiempo: All vamos todos,
queridos amigos.

El recuerdo de la noche pasada en el tren, noche de insomnio en compaa
de la imagen de Teri envuelta en su capa blanca, con las plumas
ondulantes sobre el peinado y dos astros en las orejas, le hizo recordar
que tena ante l una carta sin concluir; y otra vez concentrando su
mirada, se vio en el jardn de invierno del trasatlntico.

Estaba solo. No quedaba en el saln ninguna de las extranjeras
rubicundas que hacan labores y hojeaban revistas. Los msicos haban
desaparecido. El silencio nocturno slo era cortado por leves crujidos
de la madera y el balanceo de los objetos.

Ojeda se decidi a escribir.

     Ten fe en nuestro destino. No desesperes: tal vez nuestro amor
     necesitaba de esta prueba para fortalecerse. Lo importante es que
     me ames, pues si t me amas, no hay potencia adversa en el mundo
     que pueda separarnos... Te acuerdas de aquella tarde en el Real,
     cuando escuchamos juntos el primer acto de _El ocaso de los
     dioses_? Nuestras cabezas, casi unidas, parecan beber la msica
     del mago, y con la msica las palabras: palabras de poeta, de uno
     de los ms grandes poetas de amor que han existido, grandiosas y
     fuertes, dignas de hroes. La walkyria, convertida en mujer,
     estremecida an por la sorpresa de la iniciacin carnal, se despide
     de Sigfrido, el hroe virgen que acaba igualmente de conocer el
     amor. El afn de aventuras, de nuevas empresas, le impulsa a correr
     el mundo. El hombre no debe permanecer en estril contemplacin a
     los pies de su amada eternamente. Debe hacer grandes cosas por
     ella; debe aprovechar la fe y la energa que vierte el amor en el
     vaso de su alma. Al separarse conocen, lo mismo que nosotros, las
     primeras amarguras del alejamiento, pero son inconmovibles como
     semidioses.

--Oh si Brunilda fuese tu alma para acompaarte en tus
     correras!--dice ella, ansiosa de seguirle.

--Es siempre por ella que se inflama mi coraje--contesta el hroe.

--Entonces, sers t Sigfrido y Brunilda juntos?

--All dnde yo me halle, los dos estarn presentes.

--La roca donde yo te aguardo quedar entonces desierta?

--No! Porque no haciendo ms que uno, all dnde ests t
     estaremos los dos.

--Oh dioses augustos, seres sublimes, venid a saciar vuestras
     miradas en nosotros!... Alejados el uno del otro, quin nos
     separar?... Separados el uno del otro, quin podr alejarnos?...

--Salud a ti, Brunilda, resplandeciente estrella! Salud,
     valiente amor!

--Salud a ti, Sigfrido, lumbrera victoriosa! Salud, vida
     triunfante!

Ellos no lloran, Teri, y se muestran grandes y serenos en su
     despedida, no porque son hijos de dioses, sino porque tienen una
     confianza de nios, una fe ingenua y sana en la eternidad de su
     amor. Seamos como ellos; enjuguemos nuestra lgrimas y miremos de
     frente las sombras del porvenir sin miedo alguno, con la certeza
     de que hemos de ser ms poderosos que el destino. Digamos
     igualmente: Alejados el uno del otro, quin nos separar?...
     Separados el uno del otro, quin podr alejarnos?. All dnde yo
     me halle, estaremos los dos; porque los dos no somos ms que uno, y
     dnde t te encuentres, mi alma ir contigo. Salud, oh Teri,
     resplandeciente estrella! Salud, radiante amor!...

Cuando hubo cerrado la carta, sali del jardn de invierno con paso algo
inseguro por lo movedizo del suelo. Abri una puerta de gran espesor,
semejante a un portn de muralla, y tuvo que llevarse una mano a la
gorra al mismo tiempo que le envolva una tromba glacial. Se vio en uno
de los paseos del buque. A un lado, paredes blancas y charoladas
reflejando la luz de los faros elctricos del techo, y sillones
abandonados en larga fila; al lado opuesto, una barandilla forrada de
lona, ostentando entre columna y columna, como adorno decorativo, unos
rollos salvavidas de color rojo con el nombre del buque pintado en
blanco: _Goethe_. Ms all de la baranda, el misterio: una intensa
negrura que devoraba el resplandor elctrico, no dejndole avanzar ms
que algunas pulgadas en sus entraas sombras; espumarajos
fosforescentes, rumor sordo de fuerzas invisibles que avisaban su
presencia con choques y rebullimientos.

Ojeda vio venir hacia l con paso vacilante a un hombre vestido de
_smoking_ que le salud desde lejos.

--Cmo se mueve el amigo _Goethe_! Ni que acabase de beber en la
taberna de Auerbach con los alegres compadres de su poema.

Era Maltrana, que se haba preparado para la comida, satisfecho de esta
ordenanza suntuaria del buque, de gran novedad para l. Confesaba a
Fernando que tena hambre y se haba vestido con anticipacin, creyendo
adelantar de este modo la llamada al comedor. El aire del mar--segn
l--converta su estmago en una jaula de fieras.

--Esta noche va a bailar un poco el vapor, pero al amanecer fondearemos
en Tenerife. Fjese en m, noble amigo: creo que para un hombre que se
embarca por vez primera, no lo hago del todo mal.

De espaldas al mar, abarcaba en una mirada de satisfaccin la ntida
brillantez del buque, la limpieza del suelo, la prodigalidad del
alumbrado, los fragmentos de saln que se vean a travs de las
ventanas.

--Qu vida, eh, amigo Ojeda?... La comida a sus horas, a toque de
trompeta; la mesa puesta cuatro veces al da; un ejrcito de camareros
y doncellas, la mayor parte de los cuales me entienden con dificultad,
lo que es una ventaja para prolongar la conversacin y conocerse mejor.
Cada uno revestido con sus mejores ropas, como si el _smoking_ fuese la
casulla del culto del estmago; cerveza fresca como el hielo, msica
gratis a cada instante, y una adorable sociedad: una sociedad condenada
a vivir junta, as se enfade o est alegre, a mostrarse cada uno con su
verdadera fisonoma, pues no hay comediante que sostenga sus
fingimientos en una representacin tan larga y continua... Y nadie puede
huir; y nadie est obligado a pensar ni a hacer nada; y todos nos
ofrecemos en espectculo tales como somos. Comer bien y... lo otro, si
es que se presenta una buena ocasin; he aqu el programa... Lstima
que nuestra vida no haya sido as siempre!... lstima que no lo sea
cuando lleguemos a la otra acera de esta calle azul!




II


Una marcha militar despert a Ojeda sonando sobre su cabeza con gran
estrpito de marciales cobres. Por la ventana del camarote entraba un
rayo de sol, trazando sobre la pared temblonas y cristalinas
ondulaciones, reflejo de las aguas invisibles. El buque avanzaba
lentamente, y al fin qued inmvil, mientras arriba continuaba rugiendo
la msica su marcha triunfal, que pareca evocar un desfile de guilas
bicfalas con las alas extendidas sobre masas de cascos puntiagudos.

Tenerife. Mir Fernando por entre las cortinillas, y slo vio un mar
azul y tranquilo: las aguas unidas y luminosas de una baha en calma. La
tierra estaba al otro costado del buque. Y como conoca la isla, por
haber bajado a ella en anteriores navegaciones, volvi a acostarse para
gozar despierto del regodeo de la pereza, mientras en los camarotes
inmediatos chocaban puertas, se cruzaban llamamientos en distintos
idiomas, y sonaba en los corredores un trote de gentes apresuradas,
atradas por el encanto de la tierra nueva.

Una hora despus subi Ojeda a las cubiertas superiores. El buque, al
inmovilizarse, pareca otro. Haba perdido el aspecto de mansin cerrada
y bien calafateada que tena en los das anteriores. Puertas y ventanas
estaban abiertas, dejando entrar a chorros, junto con el sol, un aire
cargado de efluvios de vegetacin caliente. Los pjaros cantaban en sus
jaulas con repentina confianza al sentirlas inmviles. Las plantas del
invernculo parecan expandirse moviendo acompasadamente sus manos
verdes, como si saludasen a las hermanas de la orilla prxima. Flores
frescas, que an mantenan en sus ptalos el roco de los campos,
agrupbanse sobre las mesas del comedor. Los pasajeros asentaban sus
pies con extraeza y satisfaccin en el suelo inmvil y firme como el de
una isla, despus de la inestabilidad ruidosa de la noche anterior.

Al salir Fernando a la cubierta de paseo, sinti enredarse sus piernas
en un montn de telas vistosas extendidas junto a la puerta, al mismo
tiempo que zumbaba en sus odos el gritero de una muchedumbre. Le
pareci estar en una feria de las que se celebran semanalmente al aire
libre en los pueblos de Espaa. Haba que abrirse paso con los codos
entre los grupos compactos. Bancos y sillas estaban convertidos en
mostradores.

Invada el suelo un oleaje multicolor de clidas tintas, remontndose
hasta lo alto de las barandillas y los huecos de las ventanas. Eran
manteleras con calados sutiles semejantes a telas de araa; pauelos de
seda de tonos feroces que daban a los ojos una sensacin de calor;
kimonos con aves y ramajes de oro; leves pijamas que parecan
confeccionados con papel de fumar; almohadones multicolores como
mosaicos; velos blancos o negros recamados de plata que traan a la
memoria las viudas trgicas de la India subiendo al son de una marcha
fnebre a la hoguera conyugal. Los productos de aguja de las isleas
canarias mezclbanse con la pacotilla chillona venida de Asia.
Vendedores andaluces o indostnicos gesticulaban entre los grupos de
pasajeros, alabando sus mercaderas con sonora hiprbole espaola o con
un balbuceo mezcla de todas las lenguas.

Ojeda se vio asaltado por unos hombres cobrizos y pequeos, de cara
ancha y corta, mostachos de brocha, ojos ardientes con manchas de tabaco
en las crneas. Tenan el aspecto de perros de presa chatos y bigotudos;
pero buenos perros, humildes, que agarrados a l ladraban con suavidad:
Seor, compra la ma colcha bonita para la tuya madama. Seor, una
echarpa: todo barato.

Los vendedores de la tierra pasaban ofreciendo cajas de cigarros
empapelados de plata, con las marcas ms famosas de Cuba, a pesar de que
procedan de las fbricas de Tenerife. A cada momento abordaban nuevas
barcas al trasatlntico cargadas de fardos. Sus conductores suban la
escala con agilidad simiesca, y tendiendo una cuerda izaban las
mercancas, estableciendo a continuacin un nuevo puesto. Las frutas de
la isla esparcan en el paseo su perfume tropical: la banana impregnaba
el ambiente con la esencia de su pulpa de miel. Algunos vendedores iban
de un lado a otro ofreciendo hamacas de hilo o grandes sillones de junco
trenzado, enormes y majestuosos como tronos. No se poda caminar por el
buque sin recibir empellones de la gente, golpes de sillas cambiadas de
lugar, o enredarse los pies en los montones de telas. Fernando se
refugi en el final del paseo que daba sobre la proa, acodndose en la
barandilla, junto al bombo y los instrumentos de cobre abandonados por
los msicos.

Alzaba la isla en el fondo su escalonamiento de montaas volcnicas, con
cuadrilteros de tierra cultivada moteados de blancas casitas. En la
parte inferior, junto a la masa azul del mar, extendan las
fortificaciones espaolas sus viejos baluartes, rematados los ngulos
por garitas salientes de piedra. La ciudad era de color rosa, v sobre
ella se erguan los campanarios de varias iglesias con cpulas de
azulejos. Cuatro torres radiogrficas marcaban en el espacio las lneas
de su cuerpo casi inmaterial, dejando ver el cielo a travs del frreo
tramaje.

Ms arriba de la ciudad, en una arruga de la montaa, ondeaba la bandera
de un castillo moderno: un hotel elegante al que venan a respirar los
tsicos septentrionales. Entre el muelle y el trasatlntico, un
anchuroso espacio de baha con gabarras chatas para el transporte del
carbn abandonadas sobre su amarre y cabeceando en la soledad; vapores
de diversas banderas, en torno de cuyos flancos agitbase el movimiento
de la carga con chirridos de gras y hormigueo de embarcaciones menores;
veleros de carena verde, que parecan muertos, sin un hombre en la
cubierta, tendiendo en el espacio los brazos esquelticos de sus
arboladuras; rugidos de sirenas anunciaban una partida prxima y otros
rugidos avisaban desde el fondo del horizonte la inmediata llegada;
banderas belgas que en lo alto de un mstil iban a las desembocaduras
del Congo; proas inglesas que venan del Cabo o torcan el rumbo hacia
las Antillas y el golfo de Mjico; buques de todas las nacionalidades
que marchaban en lnea recta hacia el Sur, en busca de las costas del
Brasil y las repblicas del Plata; cascos de cinco palos descansando en
espera de rdenes, de vuelta de la China, el Indostn o Australia;
vapores de pabelln tricolor en ruta hacia los puertos africanos de la
Francia colonial; goletas espaolas dedicadas al cabotaje del
archipilago canario y las escalas de Marruecos.

La isla, risuea e indolente en mitad de la encrucijada de los grandes
caminos que llevan a frica y Amrica, parecan contemplar impasible
este movimiento de la navegacin mundial, mientras proporcionaba por
unas horas el alimento negro del carbn a los organismos humeantes, que
llegaban y partan sin conocerla; festoneada en su costa por una spera
flota de chumberas y pitas; guardando tras las volcnicas montaas de su
litoral el secreto de sus ocultos valles tropicales; escalando el cielo
con una sucesin de cumbres sobre las cuales flotaban las blancas
vedijas de las nubes, y ostentando sobre esta masa de vellones el pico
del Teide, un casquete cnico estriado de nieves, que era como la borla
o botn de este inmenso solideo de tierra emergido del Ocano.

Alrededor del _Goethe_ habase establecido un pueblo flotante y movible
que se deslizaba por sus flancos con acompaamiento de choques de proas,
enredos de palas y continuos llamamientos a las filas de cabezas
curiosas que orlaban los diversos pisos del trasatlntico. Eran lanchas
de remo, barcas de vela, pequeos vaporcitos, robustas gabarras con
montones de carbn.

Filas de hombres blancos que parecan disfrazados de negros penetraban
en el buque por las portas abiertas en sus dos costados llevando al
hombro grandes cestos que esparcan polvo de hulla. En las embarcaciones
menores haba mercaderes que, puestos de pie y agitados como
polichinelas por las ondulaciones de la baha, regateaban sus telas
exticas con la muchedumbre de tercera clase amontonada en las bordas a
proa y a popa. De otras barcas cargadas con pirmides de frutas partan
al vuelo en ruda trayectoria naranjas y racimos de bananas hacia las
manos vidas de los emigrantes, que retornaban monedas envueltas en
papeles. La nacionalidad del buque influa en las transacciones
comerciales, y los mercaderes de acento andaluz lo vendan todo por
_marcos_ y por _pfenings_.

Canoas poco ms grandes que artesas iban tripuladas por muchachos
desnudos, de color de chocolate, relucientes con el agua que se escurra
de sus miembros. Mientras uno bogaba moviendo unos remos cortos como
palas, otro, acurrucado en la popa por el fro de las continuas
inmersiones, ruga a todo pulmn: Caballero, eche dos marcos, y los
alcanzo!. Caballero, cinco marcos, y paso por debajo del buque!
Caballero... caballero! Era un gritero que emerga incesantemente a
ras del agua; una continua apelacin al caballero para que pusiese a
prueba la agilidad natatoria de la pillera del puerto. Y cuando la
pieza blanca caa en el abismo, el nadador iba a su alcance con la
cabeza baja y las manos juntas en forma de proa, dejando la piragua
balanceante detrs de sus pies con el impulso del salto. El cuerpo
bronceado tomaba una claridad de marfil en el cristal verde de las aguas
removidas. Se le vea agitar los miembros junto al casco de la nave,
como unas tijeras blancas que se abran y cerraban acompasadamente;
hasta que, volviendo a la superficie con la moneda en la boca y
echndose atrs el mechn hmedo que caa sobre su frente, ganaba la
canoa con una agilidad de mono y volva a temblar de fro, implorando a
todo pulmn la generosidad del caballero.

Ojeda, ocupado en seguir las evoluciones de los pequeos buzos, sinti
de pronto que le tocaban en un hombro y alguien vena a acodarse en la
baranda junto a l.

--Pero usted no ha querido bajar a tierra?...

Maltrana levant los hombros. Para qu?... Haban salido a primera hora
algunos vaporcitos llenos de pasajeros: familias mareadas an por el
balanceo de la noche y vidas de asentar el pie en suelo firme; damas
rubias que soaban con excursiones al interior, olvidando que el buque
slo iba a detenerse el tiempo necesario hacer carbn: unas cuatro
horas. Hasta un seor alemn que todos llamaban doktor, sin saber
ciertamente el porqu del ttulo le haba preguntado, al enterarse de
que Tenerife era isla espaola, si tendra tiempo para presenciar una
corrida de toros. Y Maltrana rea pensando en la posibilidad de una
corrida imaginaria a las siete de la maana, organizada a toda prisa
para dar gusto al doktor. Nadie le haba invitado a bajar a tierra, y
l deseaba evitarse gastos. El amigo Fernando estaba enterado del poco
dinero con que emprenda su viaje. En fuerza de importunar a los amigos
que tena en los peridicos de Madrid, haba podido conseguir un billete
de favor, un pasaje de primera clase pagando lo que pagaban los de
tercera.

--En justicia yo deba ir abajo comiendo rancho con ese rebao de judos
y cristianos, rusos, alemanes, turcos, espaoles y... demonios
coronados!, pues aqu vienen gentes de todos los pases. Pero soy lo que
llaman un pobre de levita, y alguna vez haba de servir para algo bueno
la santa desigualdad social, base, segn dicen, del orden y las buenas
costumbres.

De contar con ms tiempo para la visita del interior de la isla, no se
habra quedado en el buque. Pero para ver la ciudad y sus vecinos?...
Bastantes espaoles llevaba conocidos en Espaa y sobradas veces haba
tenido que escribir de asuntos de las Canarias sin haberlas visto nunca.
Ahora slo le interesaban los pases nuevos.

Y Maltrana aadi, mirando la isla:

--Esto es la portera de Europa. Le hallo cierta semejanza con los
perros caseros que surgen al paso de los que salen y los que entran.
Cuando creemos estar en el Ocano sin lmites, aparece la isla ante el
buque y lo detiene para husmearlo. Al que se va, le dice: Anda con
Dios, hijo, y no vuelvas por aqu si no traes dinero. Antes que te parta
un rayo. Y al americano que viene, lo saluda con amabilidad de portera:
Bien venido sea usted a la casa de su abuelita si trae plata que
gastar.... No me interesa esta tierra, que es como el rabo de un mundo
que dejamos atrs. Deseo verme cuanto antes en el otro hemisferio, a ver
cmo pinta por all la suerte. Soy lo mismo que esos enfermos que van de
balneario en balneario, siempre con la esperanza de que en el prximo
les espera la salud.

Todos en el buque deseaban llegar al trmino del viaje, Maltrana vea un
signo de impaciencia en la rapidez con que los pasajeros cambiaban de
vestido, creyendo haber avanzado considerablemente, cuando an estaban
cerca de Europa. Todava era invierno; pero muchos, ilusionados por la
marcha hacia el Sur, haban credo oportuno, al tocar en Tenerife, subir
a cubierta con trajes de verano, gorras blancas o sombreros de paja. Las
seoras, que en los das anteriores iban por el buque con gruesos
palets hombrunos y envueltas en velos como odaliscas, mostraban ahora
la rosada pulpa de su carne a travs de los encajes de las blusas.

--Empieza para nosotros el verano--dijo Maltrana--, y con el verano las
ilusiones. Los que venimos por vez primera camino de Amrica, sentimos
el mismo prejuicio de los sabios del tiempo de Coln, que afirmaban que
slo poda encontrarse oro all donde hubiese negros e hiciera mucho
calor... Al sentir que el sol nos quema con ms fuerza que en Europa,
creemos estar menos alejados de la fortuna.

Permanecieron los dos amigos largo rato en silencio. Llegaban hasta
ellos las ondulaciones del gento al abrir crculo en torno de los
vendedores que exhiban nuevas mercaderas. Ojeda se sinti molestado
por esta confusin de gritos y empellones. Si nos fusemos arriba?...
Y por una de las escaleras que arrancaban de la cubierta de paseo,
subieron al ltimo piso del buque, llamado en el lenguaje de a bordo
cubierta de botes.

Nadie. Los ojos, habituados a la suavidad de los tabiques blancos del
piso inferior, a su penumbra ligeramente azul, que le daba el aspecto de
un paseo conventual, parpadeaban por exceso de luz en esta cubierta de
arriba, donde vastos espacios quedaban a cielo libre, caldendose las
tablas bajo el fulgor solar. Algunos toldos extendan sombras
rectangulares y negruzcas sobre el suelo amarillento.

Por primera vez suba Ojeda a esta cubierta. El fro los haba retenido
a todos abajo en los das anteriores. Slo Maltrana, inquieto y curioso
por las novedades de la navegacin, haba ido de un lado a otro, desde
el puente del capitn a los profundos sollados, iniciando
conversaciones, lo mismo en las salas de los pasajeros de primera clase
que en los departamentos de proa y popa donde se hacinaban los
emigrantes.

--Me gusta esta cubierta--dijo con entusiasmo--porque es el nico lugar
donde uno se entera de que va en un buque. Abajo, salones, comedores,
majestuosas escaleras, camareros de corbata blanca, pasillos con
habitaciones numeradas: un verdadero hotel. A no ser porque el piso se
mueve de vez en cuando, creera uno vivir en un balneario de moda. Hay
que levantarse del asiento dar un paseo y asomarse a la barandilla para
convencerse de que se est en el mar. Aqu, no: aqu se siente uno
marino; puede abarcarse por entero el redondel del Ocano, que no
termina nunca, y en el que siempre ocupamos el centro, por ms que
avancemos. Mire usted, Ojeda, qu cosas tan majestuosas lleva en su
cabeza el amigo _Goethe_.

Y con el orgullo de un descubridor, fue mostrando las maravillas de esta
cubierta, por la que haba paseado en los das anteriores, cuando el mar
era de un tono lvido, el cielo plomizo y un viento cortante soplaba de
proa a popa.

--Fjese usted en la chimenea: esa torre amarilla y enorme, que vista de
cerca casi da miedo. El dinero que expele convertido en humo! Tiene
algo de campanario y abajo, en lo ms profundo del buque, est el
templo, el santuario del fuego, con sus altares inflamados que producen
el vapor. Eh?, qu le parece la imagen? Se la brindo para unos
versos... Y con ser tan robusta la chimenea, mire cmo est aprisionada
y sostenida por varios tirantes, para que no la tumbe el viento. Vea
usted esos cuatro ventiladores que la rodean como si fuesen su pollada:
cuatro trombones amarillos, con la boca pintada de rojo, por los que
podramos colarnos los dos a la vez. Llevan el aire a las profundidades
de las mquinas y los hornos. Digamos que son las ojivas que ventilan
esta catedral de acero y hulla.

Luego, echando la cabeza atrs, remontaba su mirada hasta lo alto de los
dos mstiles del buque.

--Distingue usted cuatro hilos que, sujetos a dos trastes, van de un
palo a otro? Parecen un cordaje de guitarra y son la red de la
telegrafa radiogrfica. Los hilos bajan a la casilla del telegrafista,
y si se acerca usted oir un chirrido semejante al de los huevos en
aceite: algo as como si el empleado friese los despachos antes de
servirlos al pblico... Y todas esas cajas enormes de cristales
deslustrados, esas cpulas alambradas, son claraboyas que dan luz a
salones y escaleras. Vistas de abajo, brillan con dibujos de mosaicos
complicados, escudos de naciones, y aqu arriba Parecen estufas opacas
como las de los invernculos... Esta cubierta tiene sus habitantes; es
un pueblo aparte, el barrio alto, la Acrpolis donde viven los Arcontes
que dirigen nuestra repblica movible. Mire usted a proa esa manzana de
camarotes, con paredes blancas y zcalos grises. All estn las
viviendas del soberano comandante y sus ministros los oficiales. En
torno de ellos, los camarotes de la gente rica, la aristocracia, que
busca siempre la sombra de la autoridad. Sobre el techo, un pequeo
paseo, la ltima toldilla del buque; en la parte delantera, el puente,
algo as como el Ministerio del Interior, donde se vigila da y noche
por el mantenimiento del orden; cerca de l, la oficina telegrfica, o
sea el Ministerio de Relaciones Exteriores. Insubordnese usted, y
sonar un pito en el puente que har surgir por una escotilla, como
diablos de teatro, cuatro rubios forzudos, con anclas azules tatuadas en
los bceps, que le llevarn a dormir en la barra... Que un peligro
amenace la estabilidad de nuestro pequeo Estado, y el Poder Ejecutivo
lanzar una circular elctrica a las otras potencias que navegan
invisibles, reclamando su pronta intervencin.

Maltrana volvi los ojos hacia la popa, ms all de la chimenea y los
ventiladores de las mquinas.

--All tiene la Acrpolis otra manzana de viviendas, pero slo la
habitan gentes ordinarias: algo as como las chozas villanescas que se
alzaban lo mismo que verrugas ante las puertas de los castillos. Es
nuestra Direccin General de Higiene: los lavaderos, el taller de
planchado y el gimnasio, con un sinnmero de aparatos movidos por la
electricidad, invenciones diablicas que le estiran a usted, le encogen,
le rascan la espalda y le cosquillean como un rosario de hormigas.

--Cosa de ver el lavadero, amigo Ojeda!--continu tras una pausa--.
Lstima que est ahora cerrado! Hay unas mquinas con cilindros, lo
mismo que rotativas de peridicos; slo que en vez de largar pliegos
impresos, sueltan camisas, sueltan pantalones, sueltan sbanas, montaas
de ropa blanca, como slo se veran si desalojasen de golpe toda una
calle de tiendas... El planchado an es ms interesante. Imagnese tres
mozas rubias y metidas en carnes, la falda corta, y sobre ella una blusa
larga rayada que deja al descubierto unos brazos de blancura germnica y
una pechuga a lo Rubens. Ayer pas con ellas la tarde, viendo cmo
sudaban las pobrecitas dndole a las planchas elctricas y cmo rean al
orme hablar horas enteras sin entender una palabra. Les largaba
dicharachos de los nuestros, con algn que otro pellizco para apreciar
la dureza de sus blusas. Cuestin de pasar el rato! Y ellas abran los
ojos y se sonrojaban diciendo: _Ia... Ia..._. Le he de llevar a usted
maana, cuando no nos vean. Yo le presentar: no tenga usted miedo. Si
soy lo ms amigo!...

Luego, Isidro se fij en los costados de la cubierta, donde estaban
pendientes de sus pescantes de acero dos filas de botes.

--Hermosas balleneras de madera pulida y lustrosa como el piso de un
saln. En cada una de ellas podemos meternos cincuenta personas; y el
mstil, la vela, los remos, todo lo necesario, esta guardado en su
vientre, bajo la caperuza de lona que lo cubre. Cuando nos acerquemos al
trmino del viaje descansarn dentro del buque, amarradas entre esas
cuas que hay en el suelo; pero durante la navegacin van suspendidas
afuera, prontas a ser echadas al agua en caso de peligro... Y ese
bosque de trombones amarillos con boca roja que surge por todos lados,
como gargantas de dragn? Son tentculos que el vientre del buque echa
en el espacio para cazar oxgeno, trompas de acero que con el impulso de
la marcha van chupando vida... No extrae, Ojeda, que me ponga lrico.
Yo no he viajado como usted. Todo es nuevo para este pobrete que pas su
vida rodando por casas de huspedes de las ms baratas, y en cuanto a
buques, no ha visto otros que las barquillas del estanque del Retiro...
Y esto es grande, muy grande!

Call un instante, como si concentrase su pensamiento para apreciar
mejor tanta grandeza, y luego continu:

--Lo que nos rodea an es ms enorme. Se sabe por los libros que el mar
es inmenso; pero la inmensidad en la lectura no es ms que una palabra.
Hay que colocarse en ella, sentir el extravo de la imaginacin ante el
espacio sin lmites, hacer comparaciones... Ayer me paseaba yo por el
buque. Para recorrer la cubierta de abajo, que slo ocupa el centro,
necesitaba doscientos pasos: unas cuantas vueltas, y se siente uno
fatigado como despus de una marcha. Grandes salones, un caf igual a
los de las ciudades, comedores en los que caben cientos de personas,
largos y complicados pasillos, lo mismo que en los hoteles, dormitorios
de alta numeracin, almacenes, msicas, y la gente formando clases
separadas, estableciendo divisiones sociales, lo mismo que si
estuviramos en tierra. Qu enorme!, todo qu enorme!... Y esto
mirando solamente los barrios privilegiados, el castillo central del
buque, con sus recovecos, escaleras, baos, gabinetes de aseo y tubos de
calor y de fro. La blancura de la luz elctrica surge en todo rincn
donde puede aglomerarse un poco de sombra; el agua manando de los grifos
cada tres metros para una minuciosa limpieza; las alfombras mullidas
amortiguando los pasos; un olor higinico de droguera esparciendo
perfumes desinfectantes all donde las tristes necesidades humanas se
desembarazan de su suciedad. Esto es un palacio encantado.

Sigui Isidro la descripcin del buque. Haba que contar adems los
barrios populares de proa y de popa: las aglomeraciones de emigrantes,
que comen y beben con ms abundancia tal vez que en su tierra, y cantan
y suean porque van hacia la esperanza. Y bajo de ellos, mquinas que
encadenan y obligan a trabajar a las fuerzas misteriosas y malignas;
almacenes de vveres como los de una ciudad que se prepara a ser
sitiada; depsitos de mercaderas, fardos de telas, maquinarias
agrcolas, artculos de construccin, riquezas de la moda; todo lo que
necesitan los pueblos jvenes para el desarrollo de su adelanto
vertiginoso. Y esta grandeza de hotel monstruo, de caravanserrallo, de
pueblo flotante, infunda a todos los pasajeros un sentimiento de
seguridad, como si estuviesen en tierra firme. Quin podra destruir
los gruesos muros de acero, las ventanas slidas, los muebles pesados,
las maquinarias de arrolladores latidos? Nada importaba que el suelo se
moviese; esto no poda disminuir su confianza: era un incidente nada
ms. Vivan de espaldas al Ocano y slo tenan ojos para los grandes
inventos de los hombres. Todos acababan por olvidar el abismo que estaba
debajo de sus pies y hacan la misma vida que en tierra. nicamente
cuando en sus paseos llegaban a la proa o la popa y se encontraban con
el mar inmenso, sentan la impresin del que despierta tendido junto a
un precipicio. Nada! Nada ms que un azul intenso hasta la raya del
horizonte y un azul ms claro en el cielo. Algunas veces, all en el
fondo, un punto negro casi imperceptible, un jironcito tenue de vapor,
un buque igual al otro, tal vez ms grande...

--Y sin embargo--continu Maltrana--, con menos valor que una hormiga en
medio de las llanuras de la Mancha... Las mquinas, los salones, las
murallas de acero, nada, absolutamente nada ante la inmensidad del
majestuoso azul. Un simple bufido suyo, y se nos sorbe... Y para
evitarnos esta mala impresin, cesamos de mirar el Ocano y nos metemos
buque adentro a or msica en los salones, a tomar cerveza en el caf, a
escuchar chismorreos de los que parece que depende la suerte del mundo.
Qu animal tan interesante el hombre, amigo Ojeda!... Como bestia de
razn, conoce la enormidad del peligro mejor que las otras bestias; pero
vive alegre, porque dispone del olvido, y tiene adems la certeza de que
existe una Providencia sin otra ocupacin que velar por l.

Contemplando otra vez las enormes proporciones del buque, pareci
arrepentirse de sus palabras.

--A pesar de la grandeza del mar, esto tambin es grande. Nuestras
apreciaciones son siempre relativas; nunca nos falta un motivo de
comparacin con algo mayor para humillar nuestra soberbia. La tierra es
grande, y los hombres, para perpetuar su recuerdo en ella, llevan miles
de aos degollndose, inventando nuevas maneras de entenderse con los
dioses o escribiendo en tablas, pergaminos y papeles para que su nombre
quede con unas cuantas lneas en el libraco que llaman Historia... Y la
tal tierra es en el mar del espacio menos, mucho menos que el _Goethe_
en medio del Ocano; menos que un grano de carbn perdido en las tres
mil toneladas de hulla que pasan por sus carboneras. Ms all del forro
de la atmsfera nos ignoran, no existimos. Y planetas cien veces, mil
veces ms grandes que la tierra, son ante la inmensidad una porquera
como nosotros; y el padre sol que nos mantiene tirantes de su rienda, y
al que bastara un leve avance de su _coram-vobis_ de fuego para
hacernos cenizas, no es ms que un pobre diablo, uno de tantos bohemios
de la inmensidad, que a su vez contempla otro planeta reconocindolo por
su seor... Y as hasta no acabar nunca.

Call Isidro unos instantes, como si reflexionase, y luego aadi:

--Pero todo es igualmente relativo si miramos hacia abajo. A este
_Goethe_ se lo puede tragar una tempestad, conforme; pero con su panza
de acero y su triple quilla, es como una isla en medio de estos mares
que hace menos de un siglo se llevaban lo mismo que plumas a las
fragatas y bergantines en que fueron a Amrica los ascendientes de los
millonarios actuales. El buen Pinzn, arreglador de las famosas
carabelas, se santiguara con un asombro de marino devoto si resucitase
en este buque y viese sus brujeras. Y l y los grandes navegantes de su
tiempo, que avanzaron con los ojos en la brjula, podan rerse a su vez
de los nautas fenicios, griegos y cartagineses, que no osaban perder de
vista las montaas. Y stos, a su vez, debieron mirar con lstima a los
hombres desnudos y negros que en las costas africanas salan al
encuentro de sus trirremes sobre canoas de cueros o de cortezas. Y el
primero que a fuerza de hacha y de fuego vaci el tronco de un rbol y
se ech al agua en l, fue un semidis para los infelices que haban de
pasar ros y estuarios nadando como anguilas... Miremos siempre abajo,
amigo Ojeda, para tranquilidad nuestra, y digamos que el _Goethe_ es un
gran buque y que en l se vive perfectamente. Entendamos la existencia
como una respetable seora que anoche, cuando ms se mova el buque y en
esta ltima cubierta haba una obscuridad que meta miedo, chillando el
viento como mil legiones de demonios, se escandalizaba de que muchos
hombres fuesen al comedor sin _smoking_ y las artistas alemanas fumasen
cigarrillos en el invernculo.

Ojeda se complaca en escuchar la facundia exuberante de su amigo. Las
novedades de aquella vida martima le infundan una movilidad
infatigable.

--Es usted el duende del buque--dijo--. En pocos das lo ha corrido por
completo, y no hay rincn que no conozca ni secreto que se le escape.

Maltrana se excus modestamente. An le faltaba ver mucho, pero acabara
por enterarse de todo: luengos das de navegacin quedaban por delante.
En cuanto a los pasajeros, pocos haba que l no conociese. Luchaba en
algunos con la falta de medios de expresin; ciertas mujeres slo
hablaban alemn, pero en fuerza de sonrisas y manoteos, l acabara por
hacerse comprender. De los que podan entenderle en espaol o
francs--que eran la mayor parte--se tena por amigo, pero amigo ntimo.
Y Ojeda sonri al orle hablar con entusiasmo de esta intimidad que
databa de tres das.

--Conozco el buque mejor que la casa de doa Margarita, mi patrona,
donde he vivido ocho aos. Puedo describirlo sin miedo a equivocarme.
Este hotel movible tiene diez pisos. Los tres ltimos, los ms
profundos, estn cerrados. Son las bodegas de transporte, donde se
amontonan fardos voluminosos, pedazos de maquinaria metidos en cajones
que bajan las gras por las escotillas y se alinean como los libros de
una biblioteca. Todas estas mercaderas ocupan dos secciones del buque a
proa y a popa, y en medio se halla el departamento de mquinas. La luz
elctrica se encarga de iluminar este mundo, que puede llamarse
submarino, pues se halla ms abajo de la lnea de flotacin: los
ventiladores que remontan sus bocas hasta aqu son sus pulmones... Luego
viene lo que llaman cubierta principal, con los dormitorios de la gente
de tercera: a proa unos cuatrocientos, a popa muchos ms; y entre ellos
los almacenes de ropa del servicio del buque y los depsitos de
equipajes, la cmara fuerte para guardar paquetes y muestras, los
camarotes del bajo personal, las cmaras frigorficas, que son enormes y
guardan gran parte de nuestra alimentacin, y el depsito de la
correspondencia, un almacn repleto de sacos que contienen... quin
puede saberlo! noticias de vida y de muerte (como dira usted en sus
versos), riquezas, juramentos de amor, el alma de todo un continente que
va al encuentro de otro continente...

Se detuvo un momento para aadir con expresin de misterio:

--Y adems hay el cuarto del tesoro. Ah no he entrado yo, amigo Ojeda.
Es un cuarto blindado, en el que no penetra ni el comandante. Un oficial
responsable guarda la llave. Pero he estado en la puerta, y le confieso
que sent cierta emocin. Sabe usted cunto dinero llevamos bajo de
nuestros pies? Quince millones; pero no en papelotes, sino en oro
acuado y reluciente, en libras esterlinas y monedas de veinte marcos.
Los embarcaron en dos remesas en Hamburgo y Southampton: es dinero que
los Bancos de Europa envan a los de la Argentina para hacer prstamos a
los agricultores, ahora que se preparan a recoger las cosechas. Y en
todos los viajes de ida o vuelta nunca va de vaco el tal tesoro. Me han
contado que los millones estn en cajas de acero forradas de madera y
con precintos, de lo ms monas: quince kilos cada una; ochenta mil
libras apiladitas en el interior... Diga, Fernando, no le tienta a
usted esta vecindad? No le conmueve?...

Ojeda hizo un movimiento de hombros, como para indicar la inutilidad de
una respuesta.

--Con mucho menos que tuviramos--continu Maltrana--, usted no se vera
obligado a meterse en aventuras de colonizacin y yo vivira hecho un
personaje. Lstima que no estemos en los tiempos heroicos y romnticos,
cuando Lord Byron y Espronceda cantaban el pirata! Sublevbamos usted y
yo a la gente de tercera, echbamos al mar al capital y a todos los
tripulantes, desembarcbamos en una isla a los pasajeros serios,
destapbamos los miles de botellas y toneles que hay en los almacenes, y
nos bamos... ya se vera adonde, con todas las mozas rubias, polacas y
vienesas de la compaa de opereta que viene abajo. Por supuesto que
usted y yo dormiramos en el cuarto del tesoro, sobre esas cajas
interesantes. Qu le parece la idea?

--Hombre, me gusta--dijo Fernando riendo--. Es todo un programa;
reflexionar sobre ello.

--Pero los tiempos presentes no son de acciones grandes--aadi
Maltrana--, y los hroes tienen que expatriarse, para remover terrones o
lustrar zapatos, al otro lado del Ocano... No pensemos en ser
superhombres gloriosos; seamos mediocres y continuemos nuestra
descripcin... Sobre la cubierta principal est la que llaman cubierta
superior. En la proa y la popa alojamientos de marineros, hospitales,
almacenes de tiles de navegacin, cocinas para los emigrantes, y entre
ambos extremos, camarotes y ms camarotes para la gente de primera
clase, peluqueras, baos y gabinetes de aseo por todos lados. Y aqu
termina el verdadero caso del buque, lo que puede llamarse el vaso
navegante, la construccin igual y uniforme de una punta a otra, sin
desigualdades en la cubierta.

Qued perplejo Isidro, como si le ocurriese un pensamiento nuevo.

--No s si habr notado lo que yo, amigo Ojeda; pero apenas sub a este
trasatlntico me fij en una particularidad, tal vez por mi
desconocimiento de la navegacin actual y por la costumbre de ver barcos
antiguos en los libros. En otros tiempos, cuando se navegaba batallando,
el hombre coloc torres en los dos extremos de la nave y quedaron
establecidos los castillos de proa y de popa. En el de delante iban los
combatientes; en el centro, bajo e indefenso, la chusma; en la popa, el
jefe y su squito. Al venir tiempos de paz y seguridad, los progresos de
la arquitectura naval fueron rebajando los castillos esculpidos como
altares, con mascarones, tritones y ondinas; pero la popa continu
siendo el lugar de honor, el aposento de los privilegiados. Y tal es la
fuerza de la rutina, que, hasta hace pocos aos, en los buques de vapor
el sitio de preferencia era la popa, sobre la hlice que lo hace temblar
todo y donde es ms violento el balanceo. Slo ayer, como quien dice, se
han enterado de que en una nave en movimiento el punto medio es el que
menos oscila, y los antiguos castillos de proa y de popa se han corrido
uno hacia otro, juntndose en el centro, que es para el pasajero el
lugar de mayor estabilidad. Ahora los buques parecen montaas vistos
desde lejos; antes eran monstruos de dos cabezas unidas por un cuerpo
casi a flor de agua... Desde lo alto de esta cubierta central no
adivinamos siquiera la existencia de la popa y de la proa, que estn
tres pisos por debajo de nosotros. El castillo central es un mundo
aparte. Las gentes viven en sus compartimientos sin enterarse de lo que
pasa en el resto de la embarcacin. Tal vez sea yo el nico que salga de
l en todo el viaje. Los privilegiados encuentran satisfechas sus
necesidades sin abandonar este barrio lujoso, y ni por curiosidad bajan
las escaleras que conducen a los barrios pobres... Pero hay que
reconocer que en stos el vecindario es sucio y hay en ellos un hedor de
rancho agrio.

Maltrana hizo un movimiento de hombros, como indicando que iba a
terminar su descripcin.

--Lo dems ya lo conoce usted, pues pertenece al radio en que nos
movemos. La cubierta llamada de saln, porque en el lado de proa tiene
el saln-comedor, y despus de el los camarotes de lujo, y las cocinas
de las gentes de primera, con la repostera, la panadera, las bodegas y
frigorficos para el servicio diario. Yo voy siempre despus de media
noche a echar una ojeada a la cocina. Espectculo interesante ver cmo
sacan el pan de los hornos: un perfume suculento! Una noche vendr
usted conmigo... Sobre esta cubierta est la que llaman de paseo, con el
saln de msica y el jardn de invierno; ms all, el comedor de los
nios y los domsticos particulares de los pasajeros; y en la parte que
mira a popa, el _fumoir_, o mejor para nosotros, el caf, que parece
uno de los establecimientos de su clase en tierra firme. Sobre la
cubierta de paseo, la de los botes, en la que estamos ahora; y ms por
encima, esta toldilla que sirve de techumbre a los camarotes del alto
personal del buque y tiene en la parte delantera el puente, con su
cuarto de derrota para el oficial de guardia y su depsito de cartas de
navegacin.

Call Isidro, como si ya no encontrase nada qu contar; pero luego
aadi sonriente:

--Y todava hay alguien que vive ms arriba de esta montaa de pisos: el
muecn del buque, el viga o serviola que va de noche en lo que llaman
el nido. El tal nido es esa especie de plpito de acero en el que slo
cabe una persona y que est adosado al palo trinquete. De noche, cuando
la campana del puente marca el paso de cada media hora, el viga
contesta all arriba con otra campana y grita a travs de la bocina unas
palabras que, en la obscuridad, parece que vienen de las nubes. Es un
bramido en alemn como los que suelta el dragn que mata Sigfrido en la
selva. Anoche me explicaron lo que dice el serviola al oficial del
puente. Sin novedad; todas las luces van encendidas. Las luces son las
de posicin del buque. Y si calla, porque se duerme, va a terminar el
sueo amarrado a la barra.

--Todo eso lo s; yo he navegado algo...--dijo Ojeda--. Pero ms que el
buque me interesa los que van en l. Usted, en su calidad de duende,
debe conocerlos a todos.

Isidro levant la cabeza con orgullo. A todos, s seor! No haba en el
barco pasajero mejor relacionado que l. Por las maanas abordaba a los
primeros que suban a la cubierta. Buenos das, seor. Qu tal la
noche? Haba gentes afectuosas que le contestaban con agradecimiento,
entablando amistosa conversacin, como si se conociesen de larga fecha;
otros, recelosos y huraos, respondan con gruidos o continuaban su
paseo. Las familias argentinas haban acogido al principio su
desbordante familiaridad con una extraeza altiva. Viajan tantos
aventureros hacia su pas!... Pero al notar que no era _gringo_, sino
_gallego_ puro, se ablandaban, mostrndose ms comunicativas, como si
encontrasen algo en l que les haca recordar a sus ascendientes.
Algunas nias hasta le haban preguntado si era amigo del rey y en qu
poca del ao se daban los bailes de corte... Con los que no podan
entenderles se expresaba en fuerza de cortesas y guios, que provocaban
risas comunicativas. Las artistas de opereta prorrumpan, al verlo, en
carcajadas y frases incomprensibles.

--Aunque parezca inmodestia, debo declarar que aqu he cado de pie.
Soy de lo ms simptico a estas gentes; si presentase mi candidatura
para algo, ni uno slo me negara el voto. Todos amigos... Y qu
mezcla! Vienen ricos de fortuna indiscutible, como ese doctor y su
inmensa tribu que hicieron el viaje con nosotros desde Madrid; la viuda
de Moruzaga, otra argentina, con sus cinco hijas, unas nias modositas y
simpticas que recitan monlogos en francs, se entienden entre ellas en
ingls, y a veces, por condescendencia, hablan conmigo en castellano; y
con ellos otros propietarios de menos brillo, pero igualmente slidos,
que vuelven a sus estancias del interior. Gentes interesantes y buenas!
Yo las venero. Si pusieran de dos en dos sus vacas y ovejas, de seguro
que llegaran de aqu a Buenos Aires; si colocasen en fila las gavillas
de trigo que cosechan al ao, podra formarse con ellas un cinturn que
abarcase el globo terrqueo.

Ojeda acoga con sonrisas estas hiprboles, y su amigo pareci
amoscarse.

--S seor; as es, y no rebajo nada. Da orgullo tener amigos como
stos... Viene tambin un archimillonario, un _gringo_, que es rey de no
s qu; creo que del carbn en el puerto de Buenos Aires, o del lino, o
del maz; no lo recuerdo. Los dems ricos se alejan de l porque no es
de su clase, porque an queda memoria de cuando iba con zapatones de
clavos y coma, _polenta_ en las tabernas del muelle. Es un fundador de
dinasta; un Bonaparte que lucha por hacerse reconocer de las otras
familias reales, ennoblecidas por la tradicin. Sus nietos sern gentes
distinguidas, pero l paga su triunfo aguantando murmuraciones y
desprecios. Me alegro de que lo traten mal. Hombre ms orgulloso!
Apenas me contesta cuando lo saludo; parece que tenga miedo de que le
pida algo. Su mujer, ms joven que l, es una especie de cocinera
frescachona, en la que usted seguramente se habr fijado. Yo creo que no
se despoja ni para dormir del uniforme de su riqueza: a las siete de la
maana ya est en la cubierta con un collar de perlas, tamaas como
huevos de gorrin, y tan escandalosamente llamativas que cualquiera, a
no conocer su fortuna, las creera falsas... Y para completar la
cuadrilla de los ricos, vienen tres compatriotas nuestros, dos de Buenos
Aires y uno de Montevideo, antiguos tenderos que llevan cuarenta aos en
Amrica... Excelentes personas; honradotes, campechanos y un poco
burdos. Me regalan buenos consejos, no me prestaran cinco duros si se
los pidiese, y dejan que pague yo cuando tomamos algo. Se los presentar
un da de stos. Empiezan invariablemente sus sermones morales de un
modo que inspira entusiasmo. Ustedes los periodistas, que son medio
locos... Usted, que no har nada en Amrica porque es hombre de
pluma... Y todos ellos convienen en que para hacer camino hay que
haberse educado detrs de un mostrador, inicindose en el sublime arte
de vender por cincuenta lo que vale diez, gastando slo dos de los
cuarenta de ganancia.

Reflexion Maltrana un buen rato para reunir sus recuerdos.

--Y de los ricos de Amrica creo haber terminado la lista. Pero an
viene gente ms interesante. Un obispo italiano que viaja a expensas de
una familia acomodada. Son gentes establecidas de antiguo en un barrio
de all que llaman la Boca. Lo traen a todo gasto, para ensearlo a sus
amigos y conocidos y decirles: No crean que somos cualquiera cosa en
nuestro pas. Miren este Monseor, que es pariente nuestro. Y lo rodean
con veneracin, como si fuese la bandera de la familia; lo llevan del
brazo, Monseor, por aqu, Monseor, por all; y el pobre jornalero
eclesistico llegado a obispo parece un sonmbulo, aturdido por tantos
cuidados y honores. Yo creo que le obligan todas las noches a que se
ponga la cruz de oro sobre el pecho para entrar en el comedor, y si se
olvida le rien... Viene otro cura, un abate francs de barbas luengas,
con aire de marino, que ha sido contratado para dar conferencias
catlicas en un teatro de Buenos Aires. Iniciativa de las seoras
argentinas residentes en Pars, que desean borrar el sabor de impiedad
que han dejado otros oradores viajeros. Y tambin tenemos un
conferencista de temas sociolgicos, que creo es italiano. Hay para
todos los gustos... Y cinco o seis cocotas francesas, que van all por
sexta vez porque han recibido buenas noticias de la cosecha, las
personas ms tranquilas, calladas y modositas de a bordo; y todo el
rebao de cabras rubias y locas de la compaa de opereta; y un
sinnmero de comisionistas de modas y joyera, machos y hembras; y unas
dos docenas de comerciantes alemanes establecidos en Amrica, cuadrados,
bonachones, calmosos, pero que sacan unas uas de tigre cuando hablan de
negocios... y judos, muchos judos. Segn he ledo, en el primer viaje
de Coln ya se embarcaron dos en las carabelas, y desde entonces no han
cesado de ir. En el Nuevo Mundo slo hay preocupaciones de raza para el
negro, y como nadie se fija en los judos, stos pierde el rencor que
inspira la persecucin y acaban por confundirse con los dems... A
propsito; tambin viene un barquero de Pars, un seor condecorado, de
barbas rojas y largas, que usted habr visto por las maanas en el paseo
con las piernas envueltas en una piel y estudiando mamotretos llenos de
cifras. Va al Brasil por sus negocios. Su mujer ostenta a todas horas un
collar enorme de perlas; pero son menores que las de la esposa del
_gringo_, y esto hace que las dos se miren con el rabillo del ojo
apretando los labios...

Vacil un momento para reconstituir en su memoria la lista de los
ausentes.

--Hay tambin unos americanos del Norte, en los que habr usted reparado
por el ruido que mueven. Van afeitados, con pantalones anchos y un botn
en la solapa, insignia de no s que Sociedad de su pas. A todas horas
destapan champaa en el fumadero; piden la caja de cigarros, y meten la
mano para abarcar muchos de una vez, cantan a gritos y son el tormento
de los msicos, pues siempre estn exigiendo que toquen: _Miusic!
Miusic!_... Viene tambin sola una dama yanqui, alta, buena moza. Su
marido la espera en Ro Janeiro; tiene no s qu negocios en el interior
del Brasil... Y varias muchachas alemanas que van a casarse a Amrica
sin conocer a sus novios. El matrimonio, segn parece, se arregla por
cartas y retratos. El colono o el mecnico que llega a establecerse en
los pueblos de la Argentina o las selvas brasileas, enva una carta a
su pueblo: Remtanme una muchacha de stas y las otras condiciones. Ah
van tres mil marcos para ropa y el pasaje. Y la muchacha se embarca sin
conocer al futuro esposo ms que en un busto fotogrfico, y su nica
preocupacin es que al verle resulte de buena estatura... Hay tambin...
Pero aqu, amigo Ojeda, no s qu decir...

Pareci dudar Maltrana, y al fin aadi:

--Hay una seorita que va con sus padres, la gentil Nlida, mezcla de
caracteres y sangres que desorienta al ms listo, y le confieso que me
da mucho que pensar. Su padre es alemn, su madre de una de las
repblicas del Pacfico; ella naci en la Argentina, pero desde los
nueve aos ha vivido en Berln. Es esa muchacha que usted habr visto en
el paseo, acompaada siempre de hombres; muy alta, esbelta, con la falda
corta, tan ceida, que no puede dar un paso sin que la tela moldee todo
su cuerpo. Lleva el pelo cortado como una melena de paje, lo mismo que
las cupletistas... Yo no he conocido hasta ahora pjaros de esta
especie. All en Madrid la gente es de menos complicaciones... Tenemos
tambin unos cuantos muchachos bien trajeados, de vaga nacionalidad, que
hablan con soltura diversos idiomas. No los he calado bien. Pueden ser
comisionistas de comercio que fingen aires de personaje, barones
arruinados en busca de una americana rica, o ladrones elegantes como los
de las novelas. Vaya usted a saber!... Pero aqu termina mi relato por
ahora. Ya vuelve la gente de tierra. Vamos abajo a or sus impresiones
de Tenerife.

En la cubierta de paseo continuaba la bulliciosa feria. Los pasajeros
haban terminado sus compras, y eran ahora las camareras del buque y los
_stewards_ los que aprovechaban los ltimos momentos para hacer sus
adquisiciones con mayor baratura. En el viaje de regreso el _Goethe_ no
tocaba en Tenerife para hacer carbn, y ellos, con el pensamiento puesto
en Hamburgo, compraban vistosas telas, pauelos y manteles, para hacer
regalos a los que les esperaban all.

Maltrana se detuvo junto a un indostnico que regateaba con una joven.
Estaba ella en el quicio de una puerta, temerosa de dejarse ver a la luz
del sol y mostrando al mismo tiempo su casi desnudez, cubierta con un
simple kimono rosa que transparentaba el contorno de su cuerpo. Los
brazos y parte del pecho delataban la frescura de un bao reciente. Se
haba levantado tarde y acababa de subir a toda prisa a la cubierta para
hacer sus compras antes de que se marchasen los vendedores. El hombre
cobrizo ensalzaba la riqueza de una tnica azul con ramajes y pjaros
blancos que ella tena entre sus manos.

--Me pide dos libras, qu le parece?--dijo la joven sonriendo a
Maltrana, mientras ste daba con el codo a su compaero.

Ojeda adivin por esta seal que era Nlida. Ella le mir sonriente, con
la misma sonrisa que dedicaba a todos los hombres. Por primera vez se
fijaba en l. Fernando la vio ms alta, ms joven que Teri, pero con un
aspecto vulgar y atrevido que le fue antiptico. Slo sus ojos de
pupilas de mbar, que tomaban con la luz un reflejo de oro, le
recordaron ay! los otros. Tal vez no eran iguales; pero l los llevaba
abiertos y brillantes en su imaginacin, y la ms leve semejanza le
haca creer en una identidad completa.

--Me quedo con esto--dijo Nlida mirando amorosamente la asitica
vestidura--. Pero no tengo dinero: habr que pedir las dos libras a
mam... No han visto ustedes a mam?

Y sin aguardar respuesta, desapareci escalera abajo entre el revoloteo
de la tela rosa, semejante a tenue nube, que transparentaba la firme
silueta de su cuerpo desnudo.

Aparecieron en el paseo los excursionistas llegados de tierra. Pegbanse
a los flancos del trasatlntico las lanchas de vapor para devolverle su
cargamento humano. Las mujeres, llevando grandes ramos de flores,
corran hacia sus camarotes o charlaban con las amigas que se haban
quedado en el buque, lo mismo que si regresasen de una larga expedicin.
Venan de Espaa!, ya conocan Espaa! Un pas ms que aadir a sus
relatos de viajes.

Los hombres, con sus anchos sombreros empolvados, los gemelos
pendientes de un hombro y empuando todava el bastn de paseo, hablaban
solemnemente de su viaje. Para muchos, era el primer suelo que haban
pisado despus de su salida de Hamburgo o de Pars. El buque se haba
detenido muy poco en Vigo y en Lisboa. Comentaban a coro el atraso y la
pereza de aquella tierra. Todas las lecturas antiguas sobre Espaa,
todos los prejuicios y errores tradicionales reaparecan de golpe con
slo un paseo de dos horas por una isla de frica. El doktor alemn
que peda una corrida de toros a las siete de la maana, alardeaba de
sus conocimientos hispnicos llamando cuadrilleros a todos los que
haba encontrado en tierra vistiendo uniforme militar. Tambin hablaba
de familiares de la Inquisicin, recordando a los curas gordos y morenos
que salan de la iglesia, en busca del casero chocolate, luego de decir
su misa.

Se lamentaba un joven belga, al que muchos llamaban barn, de las
calles en cuesta y de los coches. Ni un solo automvil!... Las mujeres,
asomadas a las ventanas como odaliscas.

--Y pensar--dijo Ojeda a su amigo--que tal vez alguno de stos escribir
un artculo titulado Mi viaje a Espaa.

Un hombre subido de color, con vistosa corbata y pantalones recogidos a
la inglesa, esforzaba su acento lento y meloso para expresar
indignacin.

--No me diga!... Valiente zoquete fui en bajar! Cuatro veces he ido a
Europa, y nunca he querido conoser la Espaa. Ah no hay adelantos: ah
no hay nada. A m dme usted la Inglaterra... Ojal nos hubiesen
descubierto los ingleses. Yo estoy por la sivilisasin, sabe, amigo?...
Mucha sivilisasin.

Maltrana sonri, al mismo tiempo que lo mostraba a su amigo.

Ese que habla es Prez... Prez de no s qu republiquita de las que dan
cara al Pacfico. Me han dicho que en su pas para ser algo hay que
probar que se desciende de ocho abuelos indios y media docena de negros.
El blanco queda abajo. Desde la bendita independencia no han podido
rascarse con tranquilidad. Todos los aos corren a un presidente, y de
vez en cuando fusilan al que alcanzan y queman el cadver para que no
deje semilla. Y yo estoy por la sivilisasin, sabe, amigo?... Vmonos
all para no orle.

Se sentaron en el extremo del paseo que daba sobre la proa, entre las
ventanas del saln y una gran vidriera desde la cual se abarcaba toda la
parte anterior del navo. En el castillo de proa algunos marineros
empezaban los preparativos para levar el ancla. Oficiales y
contramaestres recorran la cubierta empujando a los vendedores
hacindoles cerrar a toda prisa sus fardos, cortando bruscamente la
tenacidad de los ltimos regateos. Deslizbanse los paquetes colgando de
cuerdas desde las bordas a los botes que cabeceaban en torno de la
escala. Los nadadores lanzaron sus ltimos gritos: Caballero, un marco.
Eche un marco, caballero, que va el vapor.

--Confieso, amigo Ojeda--dijo Maltrana--, que siento la emocin del que
ve ante la boca negra de una caverna y se pregunta: Qu habr
dentro?.... Aqu, la caverna es azul y luminosa, pero la inquietud no
por esto resulta menor... Qu voy a encontrar ms all de esta isla?
Cundo volveremos por aqu? Afortunadamente, contamos con el apoyo de
la esperanza... la esperanza buena y equitativa para todos, pues a todos
los que vamos en este cascarn nos asiste por igual... Yo hago este
viaje por ganar dinero, por el ansia de saber qu es eso de la riqueza;
y no lo hago slo por m. Tengo un hijo, y aunque uno se ra de ciertos
burgueses que justifican sus malas acciones y sus latrocinios con la
cualidad de padres de familia, crea usted que esto de la paternidad nos
impulsa a grandes cosas y nos hace valerosos como hroes... Usted
tambin va all por el ansia de dinero. Un hombre de su clase, que tiene
lo que usted tena en Madrid (yo lo s todo!), no cambia de vida sin un
motivo poderoso.

--Yo...--dijo Fernando con perplejidad--s... por el dinero, como
usted... Y quin sabe! Tal vez por algo que no es la riqueza; por otros
deseos menos explicables.

Haba reflexionado mucho durante la noche anterior, y ahondando en sus
decisiones, encontraba en ellas motivos inconscientes, no sospechados
hasta entonces, que le hacan avanzar con un empujn tan rudo como el
deseo de riqueza. Pareca cantar en sus odos la potica romanza de
Heine, en la que describe cmo el caballero Tannhauser se arranc de los
brazos de Venus por slo el gusto de conocer de nuevo del dolor humano.
Oh Venus, mi bella dama! Los vinos exquisitos y los tiernos besos
tienen ahto mi corazn. Siento sed de sufrimientos. Hemos bromeado
mucho, hemos redo demasiado: las lgrimas me dan ahora envidia, y es de
espinas y no de rosas que quiero ver coronada mi cabeza... El hombre
vive en eterno descontento. Tal vez huya l tambin, como el poeta
amante de la diosa, por hartura de felicidad y sed de dolores.

De pronto, junto a ellos, rompi a tocar la banda de msica una marcha
triunfal. El techo del paseo y los gruesos cristales del mirador
temblaron con el rugido armonioso de los cobres.

--Ya zarpa el buque--dijo Maltrana levantndose de un salto--. Mire
usted cmo se va moviendo la isla. Nos vamos!, nos vamos!... Eso que
toca la msica es magnfico; jams he odo nada tan solemne; es el
saludo a la esperanza, la gran marcha triunfal de la ilusin.

Y como posedo de un irresistible deseo de movilidad, huy de su amigo.

La esperanza!... Ojeda, sin abandonar su asiento torn a verse lejos,
muy lejos, como en la tarde anterior. Estaba en Pars, y Mara Teresa
volva de una excursin a las tiendas de modas. Esta vez era un libro su
nica compra. Lo haba adquirido en los almacenes del Louvre,
entusiasmada por su baratura y hermosa encuadernacin. Adorable Teri!
Siempre mujer! Ella, a la que conceda Fernando ms talento que a
muchas hembras literarias, compraba sus libros en las tiendas de modas
entre una pieza de encajes y una docena de guantes.

Era una traduccin francesa de las tragedias de Esquilo. En das
sucesivos leyeron con las cabezas juntas, como los amantes adlteros del
poema dantesco. Qu hermoso!--exclamaba ella--. Y dices que esto
tiene miles de aos? Si es de lo ms moderno! Si parece de ahora!...
Llevada de su caprichosa imaginacin, lamentaba que las palabras nobles
y melanclicas de Prometeo no fuesen acompaadas de msica. Una msica
de Wagner, me entiendes?, de nuestro amado don Ricardo... O mejor de
Beethoven: algo as como la _Novena sinfona_. Fernando recordaba la
escena que los haba hecho comulgar a los dos en el estremecimiento de
la admiracin. Prometeo est encadenado a la roca, y en torno de l,
chapoteando las olas, las clementes ocenidas, las ninfas del mar, se
apiadan del suplicio del hroe. Qu has hecho, desgraciado, para que
as te castiguen los dioses? He enseado a los mortales a que no
piensen en la muerte contesta Prometeo. Y cmo lo conseguiste? Les
he hecho conocer la ciega esperanza.

Y durante miles y miles de aos reinaba sobre el mundo la divinidad
benfica y consoladora que el hroe sombro haba dado a los humanos,
pagando esta generosidad con el tormento de sus entraas rasgadas por el
guila, perro alado de Zeus. Ella conduca los rebaos de hombres en
armas; ella haba aleteado ante las proas de los descubridores; ella
conmova con su paso quedo el silencio cerrado donde meditan sabios y
artistas; ella guiaba las muchedumbres ansiosas de bienestar y amplio
emplazamiento que se descuajan de un hemisferio para ir a replantarse en
el otro.

Fernando la vio; la vio venir, con sus ojos entornados, por encima del
azul del mar, como una burbuja de oro desprendida del sol, como un
harapo de luz que acab por detenerse sobre el filo de la proa, lo mismo
que las imgenes divinas que adornaban las naves de los primeros
argonautas.

Sus alas se tendan majestuosas en el ter como velas cncavas; su
tnica arremolinbase atrs, en pliegues armoniosos, impelida por el
viento. Era igual a la Victoria de Samotracia, y lo mismo que a ella, le
faltaba la cabeza.

Por esto acab de conocerla Ojeda. Ella no piensa, ella no tiene ojos...

Era la esperanza, la ciega esperanza que con el avance de su torso
sealaba al Sur.




III


Despus del almuerzo, los pasajeros del _Goethe_ oyeron sonar a proa la
banda de msica, con la lejana soolienta que infunde la inmensidad del
Ocano a todas las vibraciones.

--Van a vacunar a los de tercera--dijo Maltrana, siempre enterado de lo
que ocurra en el buque.

Estaban an frente a la isla, costeando sus rugosas montaas, ptreo
oleaje de antiguas erupciones llegadas hasta el mar. Bajaban por las
laderas, como ovejas en tropel, blancas viviendas, medio ocultas algunas
de ellas en los repliegues sombreados de verde. Por encima de las
cumbres iba pasando la caperuza nevada del Teide como una cabeza
curiosa, ocultndose o apareciendo, segn el buque marchaba cerca o
lejos de la costa.

Maltrana no poda mantenerse tranquilo en el jardn de invierno mientras
tomaba el caf con Fernando. Ocurra a bordo algo extraordinario sin que
l lo presenciase.

--Le parece que vayamos a ver la gente de tercera?... Debe ser
interesante.

Descendieron las escaleras de dos pisos, y saliendo del castillo central
vironse en la explanada de proa, al pie del palo trinquete. Bajo el
gran toldo que sombreaba este espacio aglomerbase el hedor sudoroso de
una muchedumbre. El mdico del buque y varios ayudantes, todos con
blusas blancas, ocupaban el centro junto a una mesa cargada de
botiquines. Y al son de la msica pasaban los emigrantes en interminable
fila, todos con un brazo descubierto que presentaba a la lancera del
vacunador. El primer oficial, secundado por los ayudantes de la
comisara, organizaba el desfile, cuidando de que todos, despus de
arremangarse el brazo, presentasen con la otra mano el papel de su
pasaje.

El acto de la vacunacin era a la vez un recuento. Al partir de
Tenerife, ltima escala del viejo mundo, empezaba el gran viaje; nadie
haba de entrar en el buque hasta Amrica, y la comisara necesitaba
conocer el nmero de las gentes que iban a bordo. Los marineros
recorran los sollados, los obscuros pasadizos, las bodegas, hasta los
ms apartados rincones, en busca de viajeros ocultos empujando a los
fugitivos que pretendan evitarse esta operacin.

Los oficiales alemanes llamaban a cada momento para dar sus rdenes a un
empleado de la comisara, hombre grueso y de bigotes canos que se
expresaba en distintos idiomas, pasando de uno a otro con asombrosa
facilidad. Maltrana y l se saludaron afectuosamente.

--se es don Carmelo--dijo Ojeda--, un compatriota nuestro. Habla todas
las lenguas de Europa; adems el rabe, y creo que un poco de japons. Y
con toda su sabidura aqu le tiene usted ganando unos cuantos marcos,
sin otra satisfaccin que ostentar una gorra de uniforme y que los
emigrantes le llamen oficial. Le busco todos los das en su despacho,
que est abajo, siempre con la luz encendida, y charlamos de lo que
ocurre en el buque. Qu hombre! Ah donde le ve, hizo sus estudios en
Mlaga, l solito, yendo por el puerto de barco en barco y diciendo a
todo marino que encontraba aburrido: Vamos a echar un prrafo en su
idioma, compaero.

Mientras hablaba Isidro de la mujer y los hijos de su amigo, andaluces
trasplantados a Hamburgo, y de las escaseces pecuniarias de ste, que le
obligaban a buscar entre los pasajeros ricos uno que quisiera entretener
los ocios de la travesa estudiando idiomas, don Carmelo grit con el
acento de su tierra:

--Too Dios con er pap en la mano!, que se vea bien!

Y repeta la orden en italiano, en francs, en portugus y en rabe.

Haban desfilado los hombres, y eran ahora las mujeres, con una escolta
de chiquillos, las que se iban presentando a recibir la vacunacin.
Pasaban ante el mdico brazos membrudos con la blancura y la firmeza de
la carne septentrional; brazos grasosos en los que se hundan los dedos
de los operadores; brazos de redondez ambarina, semejantes a los de las
mujeres de Tiziano, pero que ostentaban en su parte alta un obscuro
tringulo de roosa suciedad.

Luchaban al destaparse las mujeres con las mangas de la camisola o de la
gruesa elstica, y en este forcejeo se les abra el pecho, mostrando
escapularios y medallas sobre las flacideces de la maternidad. Las
hembras rabes, morenas y huesosas, iban casi desnudas bajo sus barones
rayados; las gruesas napolitanas, de cabello revuelto y ojos de brasa,
devolvan al corpio con tranquilo impudor las saltonas exuberancias
surgidas al desabrocharse; las castellanas angulosas de pelo aceitoso y
retinto, peinadas como vrgenes prerrafaelistas, cubran prontamente su
brazo con triples forros y se alejaban ruborizadas, moviendo la corta y
bailarinesca balumba de sus zagalejos trasudados. Unos chiquillos
berreaban agarrndose a sus madres, trmulos de pavor al ver las blusas
blancas de los operadores; otros, con el sombrero en el cogote y
mostrando la sonrisa marfilea de sus dientes de lobo, se disputaban por
quin avanzara primero el brazo, como si aquello fuese una fiesta.

Maltrana explicaba a su amigo el orden en que iban divididos los
emigrantes. La proa era para los latinos: espaoles, italianos,
portugueses, franceses, rabes, judos del Medioda y hasta egipcios.
Nadie poda adivinar el latinismo de estas ltimas gentes; pero as los
haba encasillado la comisara. En la parte de popa se aglomeraban otras
naciones: alemanes, rusos y judos, muchos judos de diversas
procedencias, polacos, galitzianos, rutenos, moscovitas y balcnicos,
cocinando aparte, segn las preocupaciones y ritos de su religin. Los
israelitas llevaban carne sacrificada por los rabinos de Hamburgo. La
bulliciosa latinidad gozaba el privilegio sobre las otras castas de
beber vino en las comidas dos veces por semana y tomar chocolate al
amanecer otras dos veces, en vez del caf habitual.

Las lamentaciones de don Carmelo, que juraba para l solo con grandes
aspavientos, interrumpieron a Maltrana.

--Mardita sea mi arma! Ya me extraaba yo que hisisemos er viaje sin
sorpresas. Pero camar, que no haya medio de librarse de esa gente!...

Cambi algunas palabras en alemn con el primer oficial y luego grit a
unos camareros espaoles que estaban al servicio de los latinos:

--A ve esos genos mozos; triganlos pa ac!

Avanzaron seis jvenes, con la cabeza descubierta, las ropas haraposas y
los pies metidos en zapatos rotos o alpargatas deshilachadas.

--De moo que no tenis pasaje y os habis meti aqu de polisones sin
m ni m, como si esto juese la casa e toos? Y creis que esto va a
quear ans?... T, de nde eres?

Y los seis _polisones_ fueron contestando al interrogatorio de don
Carmelo. Uno era de Tenerife y los restantes procedan de Andaluca y
Galicia. Se haban introducido ocultamente en varios buques, que los
echaron en tierra al llegar a Canarias. Y a buscar de nuevo un
escondrijo en la bodega de otro barco!... As pensaban llegar, fuese
como fuese, adonde se haban propuesto. Los seis queran ir a Buenos
Aires; y como bestias humildes, resignadas de antemano a los golpes que
crean merecer, bajaban la cabeza contentos con su desgracia si lograban
alcanzar el trmino del viaje.

Don Carmelo habl en voz baja con el primer oficial.

--Est bien--dijo solemnemente--. Pero como aqu nadie viene sin pasaje
y el buque no pu retroceer por vosotros, vais a golveros nadando a
Tenerife. La isla est all cerquita.

Y sealaba la costa que se vea en lontananza, entre la borda del buque
y el filo del toldo. El oficial se acariciaba impasible la barba rubia
mientras el intrprete traduca sus rdenes. Las mujeres abran los ojos
con asombro y terror.

--Que pongan una escaleriya pa que sartn con ms fasili--orden don
Carmelo.

Los camareros le obedecieron, colocando una pequea escalera contra la
borda, mientras el intrprete repeta la orden. Al agua, muchachos! E
un remojonsito na ms.

Los _polisones_ de ms edad seguan con la cabeza baja, entre incrdulos
y aterrados, dudando de que esta orden pudiese ser cierta pero dudando
igualmente de que todo fuese una burla, habituados a durezas y castigos
en los buques que les haban servido de refugio. Uno que era casi un
nio se atrevi a mirar por encima de la borda, apreciando con ojos de
espanto la distancia enorme que se extenda entre el buque y la costa.

--Yo no quiero!... No quiero morir!... Yo quiero ir a Buenos Aires!
Madre!... Mamita!...

Y se ech al suelo gimiendo, agitando las piernas para repeler a los que
se acercasen. Comenzaron a partir suspiros y exclamaciones de los grupos
de mujeres. Don Carmelo mir al primer oficial que segua acaricindose
la barba.

--Geno, nios; ser p ms tarde. A la noche os iris nadando. Mientras
tanto, que os vacunen, y luego comeris... A ver unos pantalones viejos
pa estos genos mozos; no es caso de que vayan enseando las vergensas
al pasaje... Pero queda convenido eh, nios? a la noche os marcharis
nadando.

Sbitamente tranquilizados, los _polisones_ se dejaron llevar por los
marineros, que los empujaban rudamente, acogiendo este trato con
humildad y agradecimiento.

--Hay que ser enrgico--dijo don Carmelo a los dos amigos poniendo un
gesto feroz--. Si no fuese as, too er buque se llenaria de gente sin
pasaje. Cuatro van a ir a las mquinas; siempre hasen farta fogoneros; y
los dos ms pequeos ayudarn a la limpiesa de las cubiertas. Podamos
desembarcarlos en Ro Janeiro. Pero er comandante es geno, y de seguro
que los yevaremos hasta Buenos Aires. Los tunantes van a salirse con la
suya.

La msica continuaba sonando y se reanud el desfile de los brazos
arremangados ante el grupo de blusas blancas.

Ojeda estaba impresionado por la escena anterior. Crea or an los
gemidos del mozuelo pataleando en la cubierta: Yo no quiero morir! Yo
quiero ir a Buenos Aires!.... El vagabundo de los puertos tena la
misma ilusin que l y casi todos los que habitaban las cubiertas
superiores. Dormitando entre los fardos y barricas de un muelle, haba
visto tambin a la diosa alada y sin cabeza; haba sentido la caricia de
la esperanza. Y all marchaban todos, afrontando la nostalgia del
recuerdo o las necesidades del presente; revueltos, confundidos,
igualados por la ilusin comn... Buenos Aires! Qu magia poderosa la
de este nombre, que haca correr a los miserables, como ratones
hambrientos, para ocultarse en las entraas de los buques!...

Se impacient Maltrana ante la monotona del desfile.

--Despus de stos vacunarn a los de popa: gente menos limpia y
presentable que los latinos, con largas melenas y gabanes de piel de
carnero. Arriba estaremos mejor.

Y subieron a lo ms alto del buque, a la cubierta de los botes, buscando
la sombra de un toldo y dos sillones libres para descansar en la soledad
azul impregnada de luz. La mayora del pasaje prefera quedarse abajo,
refugiada en la suave penumbra de la cubierta de paseo.

Maltrana salud a una seora que lea tendida en un largo silln, la
espalda sobre un cojn, mostrando entre la flor nvea y rizada de su
faldamenta el arranque de unas piernas enfundadas en seda blanca y los
altos tacones de los zapatos. Fernando, advertido por el codo del
compaero, se fij en sus cabellos, de un rubio obscuro, recogidos en
forma de casco; en sus ojos claros y temblones como gotas de agua
marina, que se elevaron unos instantes del libro para mirarle con
tranquila fijeza; en el color blanco de su cuello, una blancura de miga
de pan ligeramente dorada por el sol y la brisa del mar.

--Es la yanqui, la seora que come cerca de nuestra mesa--murmur
Isidro--. Habla con poca gente; apenas se saluda con algunas viejas de a
bordo; rehye el trato de los dems... Yo soy el nico hombre con quien
cambia el saludo, pero cuando intento hablarla finge que no me
entiende... Y sin embargo, adivino en ella un carcter alegre y varonil:
debe ser un agradable compaero; no hay ms que ver con qu gracia
sonre. Qu hoyuelos tan cucos se le forman junto a la boca!, cmo se
le aterciopelan los ojos!... Pero no hay confianza todava entre las
gentes de a bordo; parece que estamos todos de visita.

Sentronse a alguna distancia de la norteamericana y sta volvi a bajar
los ojos sobre el libro, ladendose en su silln para ignorar la
presencia de los recin llegados.

Tenan ante ellos el azul del Ocano, liso, denso, sin una arruga y en
el fondo, por la parte de popa, un tringulo de sombra que empaaba el
horizonte, una especie de nube gris y piramidal, que era la isla...
Calma absoluta... Sentados en mitad de la cubierta, no alcanzaban a ver
las espumas que la velocidad de la marcha arremolinaba contra los
flancos del buque. Desde esta altura sus ojos abarcaban nicamente el
segundo trmino, o sea el mar inmvil, que pareca cubierto de una
costra difana y transparente, una costra de vidrio reflejando el azul
denso y pastoso de la profundidad. A no ser por las vedijas negras que
se escapaban de la chimenea, para quedar flotando en la calma bochornosa
de la tarde, se hubiese podido creer que el buque no marchaba... Y la
isla siempre a la vista, como los pases encantados de las leyendas, que
parecen avanzar detrs de los pasos del que huye.

Un silencio de sesteo extenda su paz abrumadora sobre la cubierta
inundada de luz. Bajo los toldos se perciban leves ronquidos,
acompasadas respiraciones, dorsos vueltos al exterior sobre las sillas
largas, cabezas incrustadas en almohadas o descansando sobre el
respaldo, con los ojos entornados y la boca abierta a la frescura de la
sombra. Cruja el piso en los lugares caldeados, bajo el paso tardo de
algn transente. Suban los ecos de la msica, lejanos, adormecidos,
como si surgiesen de las profundidades del mar. Venan del otro lado de
la chimenea gritos de nios y choques de maderas, revelando los diversos
incidentes de un juego deportivo. El sol de la tarde incendiaba todo el
Poniente con su lluvia cegadora.

--Por qu llamaran a esto el Mar Tenebroso?--dijo Maltrana, que no
poda permanecer callado largo tiempo.

Estas palabras despertaron en los dos el recuerdo de antiguas lecturas.
Ojeda pens en su drama potico de los conquistadores cuya preparacin
le haba obligado a estudiar la epopeya de los navegantes que
descubrieron las tierras vrgenes. Isidro se acord de los trabajos
realizados en su poca de mercenario de la literatura, cuando andaba a
caza de notas en bibliotecas y archivos para la confeccin de un libro
que firmara luego cierto personaje ansioso de entrar en una Academia.

--Siempre es tenebroso lo que ignoramos--contest Ojeda--. Una nube en
el horizonte o varios das sin sol bastaron para llamar Tenebroso un mar
en el que se avanzaba con indecisin, temiendo las sorpresas del
misterio y el perder de vista las costas. Yo confieso que la geografa
del Mar Tenebroso antes de que la brjula hiciera posibles las largas
exploraciones, es una geografa que me encanta y rejuvenece: algo as
como esos cuentos de hadas que nos deleitan como un perfume de flores
marchitas al evocar las primeras impresiones de la niez.

Y los dos enumeraron en su animada conversacin todos los intentos de
los hombres, desde remotos siglos, por romper el misterio del Mar
Tenebroso.

Los nautas cartagineses bajaban hacia el Sur por las costas de frica,
trayendo, despus de un periplo de varios aos, colmillos de elefantes
que suspendan de los templos, adornos vistosos, pellejos de hombres
peludos y con rabo que debieron ser envolturas de grandes orangutanes. Y
tal valor conceda el Senado a tales descubrimientos, que guardaba como
un secreto de Estado la ruta de los navegantes, viendo en las tierras
lejanas un seguro refugio para su pueblo si una guerra infortunada haca
necesaria la expatriacin.

En este mar de tinieblas, ms all de las columnas de Hrcules, haban
colocado Homero y Hesiodo el Eliseo, morada de los bienaventurados, las
Gorgonas, tierra de eterna primavera, y las Hesprides, con sus manzanas
de oro, guardadas por un dragn de fuego. Luego eran los navegantes
rabes los que se lanzaban en el mar de las tinieblas, y sus gegrafos
poblaban el misterio de las soledades marinas con poticas invenciones,
aderezando los descubrimientos lo mismo que un cuento de _Las mil y una
noches_. El emir Edrisi hablaba de las islas de Uac-uac, ltimo trmino
del mundo en el siglo XII por la parte de Oriente: islas tan abundantes
en riquezas, que los monos y los perros llevaban collares de oro. Un
rbol, del que haba grandes bosques, daba su nombre a las islas; el
_uac-uac_, llamado as porque gritaba o ladraba con iguales sonidos a
todo el que pona por vez primera el pie en el archipilago. Y este
rbol tena en la extremidad de sus ramas, primero, abundantes flores, y
luego en vez de frutas, hermosas muchachas, beldades vrgenes, que
podan ser objeto de exportacin para los harenes.

Por el Occidente haban avanzado los hermanos Almagrurinos, ocho moros
vecinos de Lisboa, que mucho antes de 1147--ao en que los musulmanes
fueron expulsados de la ciudad--juntaron las provisiones necesarias para
un largo viaje, no queriendo volver sin penetrar hasta el extremo del
Mar Tenebroso. As descubran la isla de los carneros amargos y la
isla de los hombres rojos, pero se vieron obligados a tornar a Lisboa
faltos de vveres, ya que no podan comer por su mal sabor los carneros
de las tierras descubiertas. En cuanto a los hombres rojos, eran de gran
estatura, piel rojiza y cabellera no espesa, pero larga hasta los
hombros; rasgos que hicieron pensar a muchos si los hermanos
Almagrurinos habran llegado a tocar efectivamente en alguna isla
oriental de Amrica.

Al mismo tiempo que la geografa rabe haca surgir tierras del Mar
Tenebroso, la leyenda cristiana lo poblaba con islas no menos
maravillosas. Cuando los moros invadan la Pennsula derrotando al rey
Roderico, una muchedumbre de cristianos, llevando a su frente a siete
obispos, se haba embarcado, para huir Ocano adentro hasta dar con una
isla en la que fundaba siete ciudades. Muchos navegantes portugueses,
arrebatados por la tempestad, haban ido a parar a esta isla, donde eran
magnficamente tratados por gentes que hablaban su mismo idioma y tenan
iglesias. Pero as que intentaban volver a su tierra, se oponan los
habitantes, deseosos de que se guardase secreta la existencia de la
Isla de las Siete Ciudades. Unos que haban logrado regresar enseaban
arenas de aquellas playas, que eran de oro casi puro. Pero al armarse
nuevas expediciones para ir a su descubrimiento, jams acertaban stas
con el camino.

Otra isla, la de San Brandn, o San Borombn, ocupaba a las gentes de
mar durante varios siglos; isla fantasma que todos vean y en la que
nadie llegaba a poner el pie. San Brandn, abad escocs del siglo VI,
que lleg a dirigir tres mil monjes, se embarcaba con su discpulo San
Maclovio para explorar el Ocano en busca de unas islas que posean las
delicias del Paraso y estaban habitadas por infieles. Durante la
navegacin, un da de Navidad, el santo ruega a Dios que le permita
descubrir tierra donde desembarcar para decir su misa con la debida
pompa, e inmediatamente surge una isla ante las espumas que levanta su
galera. Terminados los oficios divinos, cuando San Borombn vuelve al
barco con sus aclitos, la tierra se sumerge instantneamente en las
aguas. Era una ballena monstruosa que por mandato del Seor se haba
prestado a este servicio.

Despus de vagar aos enteros por el Ocano desembarcan en una isla, y
encuentran, tendido en un sepulcro, el cadver de un gigante. Los dos
santos monjes lo resucitan, tienen con l plticas interesantes, y tan
razonable y bien educado se muestra, que acaba por convertirse al
cristianismo y lo bautizan. Pero a los quince das el gigante se cansa
de la vida, desea la muerte para gozar de las ventajas de su conversin
entrando en el cielo, y solicita permiso cortsmente para morirse otra
vez, peticin razonable a la que acceden los santos. Y desde entonces
ningn mortal logra penetrar en la isla de San Borombn. Algunos
marineros de las Canarias la ven de muy cerca en sus navegaciones; los
hay que llegan a amarrar sus bateles en los rboles de la orilla, entre
restos de buques cubiertos de arena; pero siempre surge una tempestad
inesperada, un temblor de tierra, y el mar los arroja lejos. Y pasan
siglos y siglos sin que nadie ponga el pie en sus playas. Los habitantes
de Tenerife la vean claramente en ciertas pocas del ao y se
presentaban a las autoridades cientos de testigos declarando su
configuracin: dos grandes montaas con un valle verde en el centro.

--Amrica estaba descubierta por entero--dijo Ojeda--cuando todava
enviaban los vecinos de Tenerife expediciones a su costa, por estas
aguas, en busca de la famosa tierra de San Borombn. Y la isla, que se
dejaba ver perfectamente desde lo alto de las montaas, difuminbase en
el horizonte y acababa por perderse cuando alguien iba a su encuentro en
un buque. Hubo muchas expediciones, unas pagadas por los regidores de la
isla, otras de particulares, pero todas sin xito; y la gente, cada vez
ms convencida de la existencia de San Borombn, achacaba estos fracasos
a la impericia de los expedicionarios antes que renunciar al encanto de
lo maravilloso. Casi todos los mapas de la poca situaban esta isla en
las inmediaciones de las Canarias, y ochenta aos antes de a
independencia de las colonias, cuando la Amrica espaola iba ya
pensando en declararse mayor de edad, todava sali de Tenerife una
expedicin mandada por un caballero respetable, y como se trataba de una
empresa misteriosa, iban dos frailes en su buque. Algunos crean que
esta isla fantasma era el lugar del Paraso terrenal donde viven en
bienaventuranza eterna Elas y Enoch... La santa poesa se aprovecha
siempre de las ficciones populares, y por esto el Tasso, al encantar al
caballero Rinaldo en los mgicos jardines de Armida, los coloca en una
isla de las Canarias, recordando sin duda la tradicin de la de San
Borombn.

Luego los dos amigos hablaron de la Atlntida, tierra sorbida por las
convulsiones del lecho del Ocano y que slo haba dejado como recuerdo
de su existencia una tradicin de poderosos gigantes en diversas
teogonas: Hrcules batiendo sus columnas entre Espaa y frica y
juntando dos mares; Dhoulcarnain (_El de los dos cuernos_) y Chidr (_El
personaje verde_), hroes de la fbula rabe inspirada en las
tradiciones fenicias, abriendo un canal entre el Mar Tenebroso, o sea el
Atlntico, y el Mar Damasceno, el Mediterrneo.

La ciencia helnica haba adivinado a travs de las poticas ficciones
la verdadera forma del planeta. En los primeros tiempos era la tierra un
disco que flotaba sobre las aguas del ro Ocano, ligeramente inclinado
hacia el Sur por el peso de la abundante vegetacin del trpico. Pero
los pitagricos sustituan esta hiptesis con la afirmacin de la
esfericidad del planeta, y despus de esto no haba que hacer grandes
esfuerzos para imaginarse la posibilidad de navegar desde el extremo de
Europa, o sea desde Espaa, a las costas orientales de Asia, siguiendo
el rumbo de Occidente. Aristteles y Estrabn hablaban de un solo mar
que baaba a la vez las costas opuestas de los dos continentes,
aadiendo que en muy pocos das poda ir un buque desde las columnas de
Hrcules a la parte ms oriental de Asia.

Estas ideas se conservaban y propagaban a travs de la Edad Media entre
los hombres de estudio. Muchos Padres de la Iglesia siguieron
considerando la tierra como una superficie plana, con arreglo a la
fantstica geografa del monje bizantino Cosmas Indicopleustes, pero en
conventos y universidades se transmitan pequeos grupos las tradiciones
de la antigedad, las doctrinas de Aristteles, comentadas y difundidas
por los rabes de Espaa, los rabinos arabizantes, Alberto el Grande y
otros sabios cristianos. La geografa de Ptolomeo era admitida por los
hombres cultos.

Preocupaba el continente asitico a la Europa medieval, puesta en
contacto con l por las invasiones de los musulmanes y las expediciones
de los cruzados. Se conocan por relatos antiguos las conquistas de
Alejandro hasta el Ganges y las correras de algunos procnsules
romanos, pero quedaba una parte del continente misteriosa y desconocida:
el Asia ultra-Ganges, la ms grande y la ms rica. El lujo de las cortes
europeas haca cada vez ms necesarios los productos de la India,
trados por las caravanas a travs de las ridas mesetas asiticas: las
especieras, el marfil y la seda. Los sacerdotes budistas y cristianos,
por religioso proselitismo, realizaban atrevidos viajes que iban
ensanchando el horizonte geogrfico y el de las ideas. Con la llegada de
las caravanas se difundan las asombrosas noticias del reino del Preste
Juan y las maravillas de las ciudades de mrmol y oro, enormes como
naciones, que se levantaban junto a los ros del Catay o en las islas de
Cipango. Pisanos, venecianos y genoveses, aprovechadores de la brjula
inventada por los rabes, iban en busca de los productos del Asia
siguiendo el mar Rojo o cruzando el mar Caspio. Osados aventureros
escriban con espritu romanesco el relato de sus largos aos de
aventuras, y los viajes de Marco Polo y Nicols Conti interesaban como
un libro de caballeras.

El entusiasmo religioso hablaba de embajadas dirigidas a los papas por
el Preste Juan o el Gran Kan de la Tartaria, poderosos seores que desde
el fondo de sus palacios queran entrar en relacin con la cristiandad y
convertirse a la verdadera fe. Pero las embajadas quedbanse siempre en
el camino, y nicamente llegaba como disperso algn europeo renegado que
iba describiendo las maravillas de las ciudades asiticas con una
exuberancia que enardeca las imaginaciones. La lectura de los libros
santos haca revivir en los doctores cristianos la memoria de las ricas
tierras del Asia oriental. Se recordaban las flotas enviadas por Salomn
al monte Sopora, que otros llamaban Ofir y algunos crean ser la isla de
Trapobana. Las naos del sabio rey, despus de tres aos, volvan
cargadas de oro, plata, piedras preciosas, pavones y colmillos de
elefantes. San Isidoro afirmaba que la isla Trapobana herva de perlas
y elefantes, y que en ella el oro era ms fino, los elefantes ms
grandes y las margaritas y perlas ms preciosas que en la India. Junto
a la Trapobana haba dos islas, la de Chrise, que era toda de oro, y la
de Argyra, toda de plata. Estas islas de montaas preciosas estaban
pobladas de hormigas grandes como perros y venenosas como grifos, que
sacaban con sus patas el oro de la tierra y hacan bolas, abandonndolas
en la playa. Los marinos de Salomn aguardaban mar afuera a que las
bestias se alejasen en busca de comida, y entonces desembarcaban, y con
gran prisa iban cargando las bolas de oro, para hacer al da siguiente
la misma operacin.

Llegar a la India, ponerse en contacto con sus riquezas, apoderarse de
sus pedreras y sus especias de extico perfume, entrar en la ciudad de
Quinsay, urbe monstruosa de treinta y cinco leguas de mbito con
doscientos puentes de mrmol, sobre gruesas columnas de extraa
magnificencia, fue el ensueo con que empez su vida el siglo XV, para
no finalizar hasta haberlo realizado.

La parte de Europa ms avanzada en el Ocano, la pennsula Ibrica, era
el lugar de partida de todas las intentonas para descubrir la ruta
misteriosa de la India por Oriente y por Occidente. El contacto con los
rabes espaoles haba acostumbrado a sus navegantes al uso de la
brjula, impulsndolos a apartarse de las costas. Los marinos
portugueses, gallegos y cntabros comerciaban con las Islas Britnicas y
las repblicas anseticas del Bltico; los marinos catalanes y
mallorquines, rivales de los italianos en el comercio de Oriente, usaban
cartas de navegar desde mediados del siglo XIII. Las Ordenanzas de
Aragn disponan que cada galera llevase dos cartas marinas, cuando los
dems buques de la cristiandad navegaban sin otros rumbos que el
instinto y la costumbre. Raimundo Lulio hablaba de la fabricacin en
Mallorca de instrumentos nuticos, groseros sin duda, pero asombrosos
para aquella poca, los cuales servan para determinar el tiempo y la
altura del Polo a bordo de las naves. Un marino cataln, Jaime Ferrer,
avanzando en el Mar Tenebroso, lleg a Ro de Oro, cinco grados ms al
Sur del cabo Non, que los portugueses, ochenta y seis aos despus,
creyeron ser los primeros en haberlo doblado.

El infante don Enrique de Portugal, gran protector de descubrimientos,
fundaba en el Algarbe la Academia de Sagres para los estudios
geogrficos, y los individuos de ella, viejos navegantes y mdicos
hebreos aficionados a la cosmografa, elegan como presidente a un
piloto cataln, maese Jacobo de Mallorca. Espaoles y portugueses, al
explorar las costas de frica o arriesgarse Ocano adentro, se
establecan en las islas, que eran como puestos avanzados en esta guerra
tenaz con el misterio del Mar Tenebroso. El Archipilago de las
Canarias, las islas, de los Azores, Madera y Cabo Verde, convertanse en
lugares de parada y descanso para los nautas atrevidos y al mismo tiempo
en lugares de observacin para los que soaban con nuevas expediciones.
El misterio del Ocano los retena all, y se casaban con isleas hijas
de europeos, constituyendo nuevas familias de marinos.

Eran los pobladores de aquellas islas a modo de los ejrcitos destacados
largos aos en una frontera, que acaban por crear ciudades y producir
generaciones aparte. El Mar Tenebroso, violado por estos intrusos en su
huraa soledad, iba librndoles a regaadientes, poco a poco, el secreto
de sus lejanos horizontes inexplorados. En los hogares isleos se
hablaba de los hallazgos que haca todo navegante que por tomar vientos
mejores se alejaba de las islas conocidas. Martn Vicente recoga en su
navo un madero labrado por artificio y a lo que juzgaba no con hierro
luego de haber venteado durante muchos das el poniente. Pero Correa
casado con una cuada de Coln, encontraba en la isla de Puerto Santo un
madero labrado en la misma forma, adems de varias caas tan gruesas,
que en un cauto de ellas podan caber tres azumbres de agua o de
vino.

Los vecinos de la islas de los Azores, siempre que soplaban recios
vientos de Poniente o Noroeste encontraban en sus playas grandes pinos
arrastrados por las olas. En la isla de las Flores, una de este
archipilago, haba echado la mar dos cuerpos de hombres muertos que
parecan tener las caras muy anchas y de otro gesto que tienen los
cristianos. Tambin se hablaba de que en las cercanas de la isla
haban aparecido ciertas almadas con casas movedizas, embarcaciones
extraas que no podan hundirse y que al ser arrastradas por una
tempestad haban perdido tal vez sus tripulantes.

Un Antonio Leme, habitante de Madera, corriendo con su barco un mal
tiempo hacia Poniente, juraba haber divisado tres islas; otro vecino de
Madera enviaba peticiones al rey de Portugal para que le diese una nave,
con la que descubrira una isla que afirmaba haber visto todos los aos
en determinadas pocas. Y en las Canarias, as como en las Azores,
tambin vean los habitantes tierras nuevas que surgan en el horizonte
al llegar ciertos meses, y que para el vulgo eran las de las tradiciones
martimas: la isla de las Siete Ciudades y la de San Borombn, pintadas
por algunos cartgrafos en sus mapas con los ttulos de Antilla y
Mano de Satn. Los de mayores conocimientos explicaban con arreglo a
los escritores antiguos, la naturaleza de estas tierras tan pronto
visibles como ocultas y que frecuentemente cambiaban de lugar. Plinio
haba hablado de enormes arboledas del Septentrin que el mar socava, y
como son de grandes races, flotan sobre las olas y de lejos parecen
islas. Sneca haba descrito la naturaleza de ciertas tierras de la
India, que por ser de piedra liviana y esponjosa van sobrenadando en el
Ocano.

La Antilla sala al encuentro de los marinos extraviados por la
tempestad, dando lugar con su rpida aparicin a nuevas expediciones.
Diego Detiene, patrn de carabela, que llevaba como piloto a un Pedro de
Velasco, vecino de Palos, sala de la isla de Fayal cuarenta aos antes
de los descubrimientos de Coln, y avanzando cientos de leguas mar
adentro, encontraba indicios de tierra; pero a fines de agosto haba de
retroceder, temiendo la proximidad del invierno. Vicente Daz, piloto de
Tavira, realizaba otra expedicin hacia Poniente, pero haba de volverse
por la escasez de sus provisiones. Otros navegantes salan a la
descubierta de estas islas ocultas, y nadie volva a saber de ellos.

Se hablaba mucho de un piloto que haba conseguido pisar las tierras
ignotas. Unos le consideraban vizcano, de los que hacan comercio con
Francia e Inglaterra; otros portugus, que navega de Lisboa a la Mina;
los ms le tenan por andaluz y le llamaban Alonso Snchez de Huelva.
Una tempestad haba sorprendido barco entre Canarias y Madera,
llevndolo hasta una gran isla, que se crey luego fuese la de Santo
Domingo. Desembarc Snchez tom la altura, hizo agua y lea, y volvi
hacia las tierras conocidas; pero tan penoso fue el viaje, que murieron
de hambre y cansancio doce hombres de los diez y siete que formaban su
tripulacin, y los cinco restantes llegaron en tal estado a las Azores,
que fallecieron al poco tiempo. Esto ocurra en 1484, ocho aos antes
del descubrimiento de las Indias. Cuando las primeras expediciones
espaolas desembarcaron en las costas de Cuba, sus naturales, en
frecuente comunicacin con los de la isla Espaola o Santo Domingo, les
hablaron de otros hombres blancos y barbudos que algn tiempo antes
haban llegado sobre una nave.

--Gente interesante la que se reuna en estas islas avanzadas del Mar
Tenebroso--dijo Maltrana--. Navegantes vidos de novedad, hombres de
estudio que a la vez eran hombres de accin, sentanse atrados todos
ellos por el misterio del Ocano. Luego de navegar desde los hielos de
la isla de Thule al puerto de San Jorge de la Mina (donde los lusitanos
hacan acopio de negros para venderlos en Lisboa), acababan por
establecerse en los archipilagos portugueses o espaoles, sin que nadie
supiese gran cosa de su existencia anterior. Se parecan a los
aventureros de vida novelesca y obscura que en nuestros tiempos viven en
las minas del frica del Sur, en las praderas de Australia, en el Oeste
de los Estados Unidos o en las pampas de la Argentina, vagabundos cuya
verdadera nacionalidad se ignora, que llevan con ellos un ensueo, una
energa latente, y se introducen por medio del matrimonio en familias
poderosas que les ayudan, acabando por triunfar. Despus de la victoria
ocultan an con ms cuidado su origen, amontonando sobre l testimonios
contradictorios e inverosmiles.

--En las Azores--dijo Ojeda--vivi durante diez y seis aos, casado con
una hija del gobernador de Fayal, el cosmgrafo Martn Behan,
constructor del primer globo terrestre que se conoce, y el cual es
considerado por unos caballero bohemio de raza eslava, por otros noble
portugus dado a las aventuras, y por los ms, simple mercader de paos
nacido en Nuremberg. Y al mismo tiempo, casado con una hija de Muiz de
Pelestrelo, antiguo gobernador de la isla de Puerto Santo, viva otro
aventurero, navegante en diversos mares y de obscuro pasado, un tal
Cristbal Coln...

--Usted que ha estudiado las cosas de aquella poca, amigo
Ojeda--pregunt Maltrana--, cmo ve al famoso Almirante?...

--Le advierto que yo tengo una opinin muy personal. Siento por l una
simpata de clase: era un poeta. En su libro de _Las Profecas_ se han
encontrado versos mediocres, pero ingenuos, que indudablemente son de
l. Adoro su imaginacin, que infunde a muchos de sus actos cierto
carcter potico; su amor a lo maravilloso, su religiosidad extremada de
marinero metido en teologas, que le hace decir cosas herticas sin
saberlo y le impulsa a escoger libros religiosos poco aceptados...
Admiro su coraje, su tenacidad para realizar un ensueo. Y lo que en l
me inspira ms afecto es que no fue un verdadero hombre de ciencia, fro
y lgico, de los que usan la razn como nico instrumento y desdean las
otras facultades, sino un intuitivo, de ms fantasa que estudios,
semejante a Edison y a otros inventores de nuestra poca, que tampoco
son verdaderos hombres de ciencia y saltan del absurdo a la verdad,
produciendo sus obras por adivinacin, lo mismo que los artistas... Este
hombre extraordinario y misterioso lo veo lleno de contradicciones y
complejidades como un hroe de novela moderna; y lo prueba el hecho de
que, transcurridos cuatro siglos, todava se discute sobre su persona y
no se sabe con certeza su origen.

--Yo odio el Coln convencional fabricado por el vulgo--dijo Isidro--.
Ese Coln que ven todos, lo mismo que en las estatuas y los cuadros, con
el capotillo forrado de pieles, una mano en la esfera terrestre (que
conoca menos que cualquier escolar de nuestra poca) y con la otra
sealando a Poniente, como quien dice: All est _Amrica_; la veo y
voy a ir por ella.... Y Coln muri sin enterarse de que las tierras
descubiertas eran un mundo nuevo y desconocido; diciendo en su carta al
Papa que haba explorado trescientas leguas de la costa de Asia y la
isla de Cipango, con otras muchas a su alrededor... Las trescientas
leguas asiticas eran las costas atlnticas de la Amrica Central, y
Cipango (o sea el Japn) la isla de Santo Domingo. l fue quien menos
valor cientfico dio al descubrimiento, viendo en sus viajes una simple
empresa poltica y comercial. De la novedad de las tierras encontradas
no tuvo la menor sospecha: eran para l las costas orientales de Asia,
la India ultra-Ganges, y por esto las bautiz con el nombre de Indias. Y
en la carta en que daba cuenta del primer descubrimiento a su amigo y
protector Luis Santngel, ministro de Hacienda de la corona de Aragn y
judo converso, declaraba que de las tierras descubiertas haban
hablado otros muchos antes que l, pero por conjetura y sin alegar de
vista, refirindose a los viajeros que haban hablado y escrito sobre
los misterios de Asia.

La contemplacin del mar y la calma de la tarde incitaron a los dos
amigos a seguir all, continuando su pltica, en la que evocaban pasadas
lecturas, interrumpindose muchas veces el uno al otro para aadir un
nuevo dato.

Coln haba encontrado el resumen de toda la ciencia de su poca en el
tratado _De imagine mundi_, del cardenal Pedro de Aliaco, telogo,
matemtico, cosmgrafo, astrlogo, y uno de los que asistieron al
Concilio de Constanza, donde fue quemado Juan Huss. El ejemplar _De
imagine mundi_ le acompaaba en todos sus viajes. Las Casas haba visto
este libro, ya ajado y cubierto de anotaciones en los ltimos aos de
Coln. ste encontraba reunido en la obra de Aliaco todo lo que poda
animarle en su propsito de pasar al Asia por breve camino navegando
hacia Occidente. Las afirmaciones de Aristteles y su comentador
Averroes, y las de Sneca daban todas ellas por segura la posibilidad de
llegar en pocos das con viento favorable desde el extremo ms avanzado
de Espaa a la India. La escasa distancia entre los dos extremos del
mundo conocido afirmbala igualmente el cardenal con el testimonio de
Plinio, que da a la India una grandeza desmesurada, la tercera parte del
mundo habitado, con ciento diez y ocho naciones; de modo que Asia
ocupaba todo el mar Pacfico, todo el Atlntico, y avanzaba hacia
Europa, llenando parte de la Amrica.

Oponanse a esto otras doctrinas, afirmando que en el planeta era ms el
espacio ocupado por el mar que el de la tierra firme; pero Coln, como
todos los que se sienten posedos de una idea fija desechaba lo que no
pareca de acuerdo con su opinin, rebuscando nuevos y extraos
argumentos para afirmarla. l desenterr--dndole el valor de un libro
santo--el _Apocalipsis_ de Esdras, judo visionario del siglo primero
que viva fuera de Palestina. Y apoyndose en Esdras, que afirmaba que
seis partes del mundo estn en seco y slo la sptima la ocupan los
mares, todava, poco antes de morir, cuando llevaba hechos tres viajes
de descubrimiento, escriba Coln a los Reyes Catlicos: Digo que el
mundo no es tan grande como dice el vulgo, y el conjunto de ello es seis
partes y la sptima solamente cubierta de agua.

Tambin en los libros sagrados y en la literatura clsica encontraba
argumentos en su apoyo. Unos versos de la tragedia _Medea_, de Sneca,
eran para l profeca indiscutible. Vendrn los das--dice el coro--en
que el Ocano aflojar sus lazos y surgir una nueva tierra, y un
marinero semejante a Tifis, el que gui a Jasn, ser el descubridor, y
ya no aparecer la isla de Thule como la ltima de las tierras. Buscaba
apoyo igualmente en el Antiguo Testamento, interpretando obscuras
palabras de Isaas; y al dar cuenta de su descubierta, deca que con
ella se haban cumplido simplemente las predicciones de aquel profeta.

Su misticismo fantaseador y la conviccin de que las tierras nuevas
encontradas por l tocaban con el Oriente asitico le impulsaban a dar
por realizados los ms bizarros descubrimientos. En la costa de
Venezuela, al notar en el Ocano la gran extensin de agua dulce de la
desembocadura del Orinoco, declaraba este ro uno de los cuatro que
baan el Paraso terrenal. Y para dar emplazamiento al Paraso, que,
segn sus autores favoritos, est situado en la cumbre de una gran
montaa, escriba a los Reyes Catlicos afirmando que el mundo no es
redondo en la forma que dicen los antiguos, sino en la forma de una
pera, que es toda muy redonda, salvo all donde tiene el pezn, que es
lo ms alto; o como quien tiene una pelota muy redonda y encima de ella
coloca una teta de mujer, y esta parte del pezn es la ms alta y ms
propincua al cielo. El pezn del mundo estaba en la costa de Paria,
cerca del Orinoco, y en esta altura inaccesible vivan Elas y Enoch
esperando el Juicio final.

Las arenas de oro encontradas en La Espaola le hacan adivinar el
verdadero nombre de esta isla. Era la Cipango de Marco Polo y de los
viajeros asiticos; pero antes haba sido la tierra de Ofir, adonde
Salomn enviaba sus navos.

En todas sus cartas, el deseo de riquezas y la esperanza de encontrarlas
mezclbanse con un entusiasmo religioso por sus viajes, que iban a
proporcionar a la Iglesia la conquista de millones de almas perdidas en
la idolatra. El oro es bueno, Seora--escriba a la reina--; y tal es
su poder, que saca las almas del Purgatorio y las lleva al Paraso. Y a
la vez que ingenuamente expona esta impiedad, deseaba reunir mucho oro
para armar un ejrcito a su costa de cien mil infantes y diez mil
caballos, con el cual prometa al Papa rescatar el Santo Sepulcro del
poder de los infieles y contener el avance de los turcos. Cuando al
final se convenca de que el oro no era abundante y costaba mucho de
acopiar, propona, para la obra santa de la conquista de Jerusaln,
establecer un comercio de esclavos indios en la Pennsula, trfico que
poda dar una ganancia anual de cuarenta millones de maravedes. Y a
continuacin enviaba las primeras muestras de indgenas al mercado de
Sevilla.

--Todo era extraordinario y contradictorio en aquel hombre--dijo
Ojeda--. Se nota en l ese desequilibrio que, segn parece, es condicin
de los genios.

--An es ms misterioso su origen--contest Maltrana--, bigrafos e
historiadores llevan cuatro siglos disputando sobre los diversos lugares
de su nacimiento en el seoro de Gnova. Algunos hasta le creen
gallego, nacido en Pontevedra, y se fundan en que en la poca de su
nacimiento existan familias de marineros en aquella costa llamados unos
Coln y otros Fonterrosa (los dos apellidos del Almirante), y todos
ellos, segn parece, de origen judo. Yo doy poca importancia en la vida
de un hombre al lugar de su nacimiento. Cada uno nace donde puede, donde
le dejan nacer, y esto nada significa en la formacin de nuestro
carcter.

--As es. Nuestra patria verdadera est all donde esbozamos el alma,
donde aprendemos a hablar, a coordinar las ideas por medio del lenguaje
y nos moldeamos en una tradicin.

--Recuerde, amigo Ojeda, los documentos que nos quedan del Almirante. No
hay un solo escrito en italiano; ni la ms insignificante palabra de su
idioma natal se escapa en ellos; siempre usa el latn o el castellano, y
al castellano le llama nuestro romance. l, tan aficionado a las citas
literarias y los versos, nunca menciona un autor de la rica literatura
italiana, que parece ignorar. Amrico Vespucio, que era de Italia, saca
a colacin, en sus relaciones geogrficas, al Dante y a Petrarca. Coln
cita nicamente a los autores de la antigedad: el Aristteles,
Plinio, Sneca, etc., y con ellos los rabes espaoles, San Isidoro, el
rey Alfonso y muchos rabinos hispanos, en cuyas doctrinas parece muy
versado. Este genovs ilustre, cuando escribe a Micer Nicolao Oderigo,
embajador de Gnova en Espaa, le escribe en castellano, como escriba a
todos, cuando no usaba el latn. Muchos aos antes, al planear en Lisboa
su empresa de descubierta, se dirige a Toscanelli, el anciano cosmgrafo
florentino, para conocer nuevos datos de la ciencia de entonces que le
afirmasen en sus propsitos. No se sabe qu dijo en la carta de
peticin; lo natural era recomendarse a su benevolencia como
compatriota, y sin embargo, Toscanelli, el famoso Paulo fsico, cuando
le contesta desde su tierra envindole el plano geogrfico que tanto le
vali para los descubrimientos, da a entender que lo cree portugus y le
habla del esforzado valor de los navegantes de su pas... Alegan muchos,
para justificar ese desconocimiento del italiano, tan extraordinario en
un genovs, que Coln sali de su patria a los catorce aos para no
volver ms. Pero el idioma natal puede olvidarse tan por completo
cuando se le ha hablado hasta los catorce aos?...

--A m tampoco me apasiona el lugar de su nacimiento--dijo Ojeda--. Ya
he dicho que el hombre es del pas donde se forma y cuya lengua habla.
Me interesa la persona ms que la cuna... Pero tenemos el testimonio del
mismo Coln, que no deja lugar a dudas. En sus cartas, en la institucin
del mayorazgo para su descendencia, en su testamento, en todo papel que
escribe en los ltimos aos, muestra cierto inters en hacer saber que
es de Gnova, como si adivinase las objeciones de la posteridad sobre su
origen.

--Lo dice hartas veces--interrumpi Isidro maliciosamente--, lo repite
con sobrada insistencia, para creer en su sinceridad. Exhibe la
condicin de ligur, pero no aade lo ms mnimo sobre sus ascendientes o
la parentela que indudablemente le quedara en Italia. La nica vez que
menciona familia, es para dar a entender de un modo velado que bien
pudiera ser pariente de los Colombos, famosos almirantes de Gnova. En
esta declaracin ven algunos el secreto de su genovesismo. El vagabundo
Coln y Fonterrosa, marino gallego, portugus, judo o lo que fuese,
pudo ver grandes ventajas en este parentesco por la semejanza de
apellido, y ms an si deseaba ocultar su origen en una poca en que el
cristianismo pegaba duro sobre los de raza hebraica y preparaba su
expulsin de muchas naciones. Se ha demostrado que es puramente ilusorio
este parentesco con los Colombos almirantes, y falsos tambin los
relatos de los combates de su mocedad en las galeras genovesas frente al
puerto de Lisboa, as como su milagrosa salvacin sobre un madero. Por
qu no podra serlo igualmente el genovesismo de ese italiano que ignora
su lengua y no se acuerda de cmo es su pas, pues jams lo alude para
compararlo con las tierras descubiertas?...

--Ciertamente, fue un hombre enigmtico. Su vida se asemeja a esas
montaas altsimas que reciben en la cumbre los rayos del sol, mientras
abajo los valles y laderas estn en la sombra. Sabemos de l con certeza
a partir de sus cincuenta y seis aos, cuando emprende el primer viaje:
los ocho aos anteriores pasados en la Corte de Espaa solicitando apoyo
estn en la penumbra; los de su vida en Portugal an son ms inciertos,
y todo el resto, hasta el nacimiento, queda envuelto en una obscuridad
absoluta, que se ha prestado y se prestar a las hiptesis ms diversas.
Su existencia en Espaa es un misterio. Desde cundo vivi en ella?...
Los bigrafos lo hacen pasar nicamente por Andaluca y Castilla en sus
tiempos de solicitante; y sin embargo, Coln, siendo viejo, contaba a
Las Casas cmo le haban servido de apoyo en sus planes ciertas plticas
con Pedro Velasco, un marinero que haba hecho grandes navegaciones, y
al que conoci en Murcia.

--Hay que tener en cuenta, amigo Ojeda, que en ciertos pases la calidad
de extranjero da gran prestigio a todo el que ofrece una idea nueva. En
aquellos tiempos, los marinos genoveses eran los de ms fama, los que
haban llegado ms lejos en sus exploraciones. Entonces no haba
telgrafo, ni peridicos de informacin, y un hombre movedizo y viajero
poda cambiar fcilmente de personalidad y vivir largos aos sin que
nadie le reconociese. Mientras estaba abajo, no corra peligro de que la
superchera fuese descubierta; y si llegaba el xito para l, la patria
que se haba atribuido era la primera en enorgullecerse de este
ciudadano hasta entonces ignorado... Yo no tengo empeo en sostener que
Coln fuese genovs o no lo fuese: me es igual. A m, como a usted, lo
que me interesa es el hombre que por su misticismo extrao y su carcter
contradictorio es como un resumen de la fusin de razas en la Espaa
medieval: un conjunto de fanatismos, ambiciones de gloria y codicias de
mercader. Veo en l una mezcla de rabino avaro, moro fantaseador y
guerrero romntico, ansioso de rescatar los Santos Lugares para devolver
millones de almas a su Dios. Pero reconozco que, de ser cierta la
hiptesis del cambio de nacionalidad, fue ste uno de los mayores
aciertos de su vida.

Isidro haca memoria de la existencia en Espaa de aquel aventurero,
Colombo para unos, Colome para otros, pero que siempre se apellid Coln
en sus propios escritos. Consegua alojamiento y mesa en la casa de un
personaje como el contador Quitanilla, favorito de los reyes; le
protegan los priores de ricos conventos; tena plticas con la gente de
la corte, y al fin le escuchaban los monarcas, mientras Espaa andaba
revuelta en las ltimas guerras con los moros, haba de atender a los
choques polticos en Francia e Italia, tena poco dinero y necesitaba
tiempo y reflexin para cosas ms urgentes e inmediatas que buscar un
nuevo camino que llevase a la tierra de las especieras... Si se
hubiese presentado como espaol! El mismo Almirante contaba a sus amigos
cmo en los puertos de la Pennsula haba encontrado viejos marineros
que navegando hacia Poniente columbraron seales indudables de nuevas
tierras. En Puerto de Santa Mara haba hablado con un marinero tuerto
que, cuarenta aos antes, en un viaje a Irlanda, alejado de esta isla
por el mal tiempo, vio una gran tierra que imaginaba fuese la Tartaria.
En Cdiz y en el puerto de Palos hablbase de los pases desconocidos
como de algo indiscutible; pero los navegantes andaluces, gallegos o
levantinos, gentes rudas y humildes, se hubieran asustado ante la idea
de ir a la corte para exponer su opinin. Los mismos Pinzones, que eran
en su tierra notabildades de campanario por haberse hecho ricos con
los viajes a Oriente y al Norte de Europa y se mostraban tan convencidos
como Coln de la posibilidad de los descubrimientos, no habran
conseguido ser escuchados al proponer la gran empresa sin profecas
bblicas y textos clsicos, basndose nicamente en su experiencia de
pilotos.

--Pienso yo ahora--interrumpi Ojeda--en la _Vida del Almirante_,
escrita por su hijo don Fernando, el hijo bastardo, el hijo del amor,
habido con una seora cordobesa cuando Coln era casi anciano, y que tal
vez por eso fue mirado siempre por ste con especial predileccin... A
la edad de catorce aos acompa a su padre en el ltimo viaje de
descubrimiento, el ms penoso de todos. Estuvo a su lado en las largas
navegaciones, cuya monotona incita a hablar; pas con l horas de
peligro, que son horas de confesin; pudo conocer mejor que nadie las
obscuridades de su primera vida, antes de la celebridad, y sin embargo,
al escribir los orgenes del Almirante muestra una visible
incertidumbre, como si poseyese un secreto que teme hacer pblico. El
mismo don Fernando afirma que su padre, as como fue ascendiendo en
fama, tuvo empeo en que fuese menos conocido y cierto su origen y su
patria... Reconoce que el Almirante era genovs, porque as lo afirmaba
l; pero se nota en sus palabras cierto misterio.

--Cuando don Cristbal dispone de sus bienes--continu Maltrana--ordena
que se destine cierta cantidad al mantenimiento de uno de la familia
para que se establezca en Gnova y tome all mujer, con el fin de que
existan siempre Colones en la ciudad. No le quedaban parientes en
Liguria?... Parece que l y sus hermanos sean producto de una generacin
espontnea, sin ascendientes ni colaterales, lo que le obliga a este
trasplante de una rama de la familia para dejar bien demostrado que
Gnova fue su nacin... En el testamento reparte sus bienes entre hijos
y hermanos y deja varias mandas para genoveses o personas de origen
genovs... pero todos residentes en Portugal y alejados muchos aos de
su pas de origen, mercaderes que conoci y trat durante su permanencia
en Lisboa cuando estaba casado con la hija de otro genovs,
circunstancia que bien pudiera haber influido en la decisin de su
nacionalidad. Estas mandas se adivina que son restituciones por
prstamos que le hicieron en sus aos de miseria. Hasta ordena que se le
entregue cierto dinero a un judo que moraba a la puerta de la judera
de Lisboa, el nico en todo el testamento que figura sin nombre.
Parientes de Gnova no menciona uno siquiera, ni deja nada para
residentes en Italia. Sus recuerdos de genovs no van ms all de la
colonia genovesa establecida en Portugal... A m me inspiran poca
confianza las afirmaciones del Almirante en lo de su nacionalidad... y
en otras muchas cosas.

Ojeda acogi estas palabras con un gesto de asombro.

--No quiero decir--continu Isidro--que el grande hombre fuese embustero
a sabiendas, pero tena el defecto o la cualidad de todos los que,
viniendo de abajo, llegan a una altura gloriosa. Arreglaba a su gusto
los sucesos de la vida anterior, desfiguraba el pasado de acuerdo con sus
conveniencias. Era como algunos millonarios del presente, que en sus
primeros tiempos de riqueza confiesan con orgullo las miserias de los
aos juveniles; pero luego, cuando crecen sus hijos y forman dinasta
empiezan a avergonzarse de su origen e inventan parientes opulentos y
capitales ilusorios con los que iniciaron sus primeras empresas. El
Almirante, al dictar su testamento, habla con amargura de que los reyes
slo dedicaron a su obra un milln o cuento de maravedes, y que l
tuvo que gastar el resto... Y eso lo deca a la hora de su muerte, en
un pas donde todos le haban conocido yendo tras de la corte como
parsito solicitante, sin dinero y sin hogar, alojado en conventos,
implorando pequeos subsidios para poder moverse de una ciudad a otra...
Haban bastado catorce aos para una falta de memoria tan estupenda.

--A m me sorprende el poco caso que hicieron de l durante su vida los
que llamaba compatriotas suyos. En la coleccin de sus cartas hay
algunas quejndose al embajador genovs Oderigo porque no le contestan
de all. Enva al Banco de San Jorge de la ciudad de Gnova todos sus
papeles en depsito, y los seores del Banco, slo despus de algn
tiempo, le dan una respuesta por indicacin de Oderigo; y esta
respuesta, aunque amable, no prueba que el gobierno genovs se
entusiasmase mucho con sus hazaas. Parece natural que, tratndose de un
hijo del pas que haba descubierto un nuevo camino para el Oriente
asitico, la Seora genovesa celebrase esto de algn modo. Y sin
embargo, la gran Repblica comercial permanece callada, ignora a Coln,
y solo uno de sus funcionarios le escribe para darle las gracias cuando
hace un regalo valioso a la ciudad que llama su patria... Que Coln era
extranjero lo tengo por indudable; lo prueba, adems, la carta de
naturalizacin que dieron los Reyes Catlicos a su hermano menor, don
Diego, que era sacerdote, para que pudiese gozar en Castilla de
beneficios y rentas. Pero en ese documento hay algo tambin que se
presta al misterio. Se naturaliza espaol a Coln el menor por haber
nacido fuera de Espaa y ser extranjero, pero no se dice una palabra de
su nacionalidad primitiva, del lugar de su cuna; no se menciona a Gnova
para nada... Qu haba de raro en el origen de estos Colones, todo lo
referente a sus personas tendiese siempre a la confusin?...

--En los ltimos aos--dijo Maltrana--tena el Almirante visible empeo
en aparecer como extranjero, y por esto insiste tanto en su origen
ligur. Adivinaba prximo el pleito que tuvieron despus sus
descendientes con la Corona. Hombre astuto y precavido, daba por cierto
el incumplimiento de los derechos exorbitantes que a cambio de sus
descubiertas le haba reconocido la buena reina Isabel, generosa e
imprevisora como todas las mujeres de alta idealidad cuando se meten en
negocios... Ya sabe usted que a Coln, por el compromiso que firmaron
los reyes, le corresponda la dcima parte de todo lo que descubriese y
de lo que tras l pudieran descubrir los que siguiesen su camino. Es
absurdo imaginarse una familia, la familia de los Colones, propietaria
absoluta de la dcima parte de todo el continente americano, y a ms de
esto, la dcima parte de las islas de Oceana, cuyo hallazgo fue
consecuencia del de Amrica... Por esto el rey Fernando, experto hombre
de negocios, mir siempre con recelo los tratos entre el Almirante y la
reina. No fue enemigo de la empresa, como dicen algunos, pero le pareci
insensata la facilidad con que su esposa haba accedido a todas las
peticiones del navegante... Y Coln, en los ltimos aos, adivinando las
dificultades en que se veran sus descendientes para sostener la absurda
herencia, repeta en todos los documentos que era de Gnova, aconsejaba
a sus hijos que se pusiesen en contacto con el gobierno de la Repblica,
y se vala de halagos y splicas para conquistar su favor y el de los
poderosos mercaderes del Banco de San Jorge.

--Y usted, Maltrana, es tambin de los que le creen judo?

--Yo no creo nada cuando faltan pruebas y slo hay inducciones. Pero los
que opinan as no se apoyan en el vaco. Aquel hombre extraordinario
tena todos los caracteres del antiguo hebreo: fervor religioso hasta el
fanatismo; aficiones profticas; facilidad de mezclar a Dios en los
asuntos de dinero. Para descubrir la India, segn l dijo en sus cartas
a los reyes, no me vali razn ni matemtica; llanamente se cumpli que
dijo Isaas....

Y lo que haba dicho Isaas en uno de sus salmos era, segn Coln, que
antes de acabarse el mundo se haban de convertir todos los hombres, y
que de Espaa saldra quien les ensease la verdadera religin. Adems
de Isaas, apelaba a la autoridad de Esdras, judo olvidado, y en varios
de sus escritos figuraban cartas de rabinos conversos. Viejo ya,
redactaba su famoso libro de _Las Profecas_, desvaro mstico en el que
hizo clculos sobre la duracin de la tierra, tomando como base los
profetas bblicos. Y el resultado de sus reflexiones fue anunciar que
slo le quedaban al mundo ciento cincuenta aos de vida, pues haba de
perecer seguramente en 1656.

--Se nota en l--dijo Ojeda--algo de la exaltacin feroz a los antiguos
hebreos, que siempre que constituan nacionalidad, perseguan y
degollaban por querellas religiosas. En nuestra historia, los
inquisidores ms temibles fueron de origen judo, y quin sabe si una
gran parte del fanatismo espaol no se debe a la sangre hebrea que se
ingiri en la formacin definitiva de nuestro pueblo!... El judo de
aquellas pocas no perda jams de vista el negocio en medio de sus
ensueos msticos, y apreciaba el oro como a algo divino. As fue Coln.

Tena visiones divinas, como la de Jamaica, en la que le habl Dios en
persona, y al mismo tiempo afirmaba: El oro es excelentsimo, y con l,
quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo; tal es su poder que echa
las almas al Paraso. Emprenda sus viajes en nombre de la Santsima
Trinidad, afirmando que su obra era lumbre del Espritu Santo, pues lo
enviaba a la India para que esparciese el Evangelio y salvase las almas,
y luego propona la venta de indgenas hasta que diesen una renta de
cuarenta millones anuales. Cargaba dos navos de esclavos para venderlos
en Espaa y recomendaba a su hermano don Bartolom que tuviese gran
cuidado con la mercanca y llevase justa cuenta en lo que correspondiese
a cada uno, pues hay que mirar en todo la conciencia porque no hay otro
bien mejor, salvo servir a Dios, y todas las cosas de este mundo son
nada, y Dios es para siempre.

--Adems--interrumpi Maltrana--, basta leer la descripcin que hacen
Las Casas y otros historiadores del tipo fsico del Almirante: bermejo,
cariluengo, la nariz aguilea, pecoso, enojadizo, elocuente y muy duro
para los trabajos.

--La codicia es notoria en l; pero codiciosos fueron igualmente todos
los que intervinieron en sus descubrimientos. Es verdad que los otros
iban francamente por el oro, y Coln, adems del oro, deseaba servir a
su religin conquistando millones de almas. En realidad, nadie pens que
estas expediciones pudiesen tener un resultado cientfico. Iban a la
India porque era rica; iban en busca de la tierra del Gran Kan, soberano
de la China, preocupados nicamente con sus tesoros. Coln se embarc
llevando una carta de los reyes para el Gran Kan, escrita en latn,
carta que le acreditaba como embajador extraordinario, y apenas en las
costas de Cuba (que l crea tierra firme) pudo entender por la mmica
de los indgenas que en el interior viva un gran monarca, mostrse
regocijado, adivinando en este cacique humilde al rico emperador de
Catay.

Enviaba tierra adentro con sus papeles diplomticos a un judo converso
en Murcia, que por conocer algunas lenguas orientales iba con l de
intrprete, y este mensajero, despus de larga marcha, slo encontraba
un jefe de tribu a la sombra de su techumbre de hojas, rodeado de
concubinas bronceadas.

--Yo admiro--continu Ojeda--la ilusin casi infantil que acompaa a
Coln hasta la muerte, hacindole encontrar en todas partes riquezas y
recuerdos bblicos. La isla Espaola es el Ofir de Salomn con sus
ureas minas; un gran ro forzosamente debe venir del Paraso; una
montaa es una pera, centro del mundo, y en el pezn est la cuna del
gnero humano; la costa de Veragua es el urea de donde sac el rey
David tres mil quintales de oro, dejndolos en testamento a su hijo. No
ve una tierra nueva sin cantar _Salve Regina_ y otras prosas, como l
dice en su lenguaje... Y este mismo soador piadoso da lecciones de
astucia y traicin a su teniente el caballero aragons Mosn Pedro
Marguerit para que prenda a Caonabo, belicoso cacique, y le recomienda
que le enve emisarios con buenas palabras hasta que ste venga a
visitarle. Y como por ser indio anda desnudo--le dice poco ms o
menos--, y si huyese sera difcil haberlo a las manos, regaladle una
camisa y vestdsela luego, y un capuz, y un cinto por donde le podis
tener e que no se os suelte.

Pas ante los dos amigos, muy erguida, con el libro bajo el brazo, la
dama norteamericana, que hasta entonces haba estado leyendo en su
silln. Varias veces sorprendi Fernando, por encima del volumen, unos
ojos claros fijos en l, y que al encontrarse con los suyos volvan
hacia las pginas.

--La hora del t--dijo Maltrana--. Estas inglesas la adivinan con una
exactitud cronomtrica... Si le parece, no bajaremos hasta luego. Debe
estar repleto el jardn de invierno.

Encendieron cigarrillos y quedaron los dos con los ojos entornados
contemplando las espirales de humo que se desarrollaban sobre el fondo
azul.

--Otra mentira que me irrita--dijo Isidro a los pocos momentos--es la de
las persecuciones que la ignorancia de la Iglesia hizo sufrir al
Almirante. Yo no tengo nada que ver con la Iglesia, pero reconozco que
esta invencin es una de las necedades ms grandes, si no la mayor, que
podemos apuntarnos en nuestra cuenta los que figuramos en el gremio de
los impos. El vulgar extranjero, que tiene un patrn hecho, siempre el
mismo para las cosas de Espaa, pens que al haber descubierto Coln un
nuevo mundo del que no tena noticia el Dios de la Biblia, forzosamente
debieron perseguirle las gentes de Iglesia con mortales odios. Hasta hay
cuadros clebres que representan el llamado Congreso de Salamanca, con
obispos muy puestos de mitra y bculo (algo as como el coro episcopal
de _La Africana_) que discuten geografa y gritan anatema contra el
impo, apartndose de l. Y Coln se muestra arrogante y sereno, como un
tenor que sabe de antemano que triunfar en el ltimo acto...

Ojeda rio de las palabras de Maltrana.

--Imagnese--continu ste--el salto que hubiese dado el autor de _Las
Profecas_, el amigo de Isaas y de Esdras, al ocurrrsele la idea de
que poda existir un nuevo mundo desconocido por el Dios del Gnesis, y
cuyos habitantes no procedan de Adn y Eva, ni de la dispersin de los
hijos de No. Cuando menos, se habr credo objeto de una alucinacin
diablica, y de atreverse a enunciar su pensamiento, no hubiera sufrido
pena mayor que la de encierro por demencia... Pero Coln slo hablaba de
ir al antiguo mundo conocido por el camino de Occidente, y esto nada
tena de hertico, fundamentndolo adems en autores clsicos y Padres
de la Iglesia. No hubo otro congreso que una controversia por encargo
real, con los profesores de la Universidad de Salamanca, y en esta
disputa cientfica, celebrada en el convento de San Esteban, el
profesorado se mostr contrario al descubridor, mientras los monjes
dominicos y otros religiosos aceptaban sus planes como verosmiles. Esto
se comprende. Los frailes miraban al mismo Coln como un allegado suyo,
y adems eran sacerdotes de vida popular, habituados al contacto con las
poblaciones de la costa que hablaban frecuentemente de tierras nuevas.
La ciencia fue la nica que se opuso a los proyectos del descubridor,
como tantas veces la hemos visto oponerse a toda innovacin...

Call Maltrana, como para reflexionar mejor, y luego aadi:

--Yo no me burlo por eso de los catedrticos de Salamanca ni los
considero ignorantes. Saban lo que poda saberse en su poca y
defendan sus conocimientos. Un nio de hoy sabe ms que ellos y puede
rerse de su ciencia; pero falta saber cmo reirn los escolares del
siglo XXV de los sabios que ahora veneramos. Nadie ha guardado un
extracto de esta disputa de Salamanca; nicamente se sabe que los
catedrticos negaban a Coln que en unos aos pudiese ir y volver, como
afirmaba, desde Espaa a la costa oriental de Asia. Y en esto tenan
razn: ellos estaban en lo cierto. Posean una idea ms exacta del
tamao de Asia y del tamao de la tierra; daban al Ocano desconocido un
espacio semejante al que ocupan el Atlntico y el Pacfico juntos, y lo
tenan por inmenso e infranqueable para los medios de navegacin de
entonces. Pero los pobres sabios de Salamanca, lo mismo que Coln,
ignoraban la existencia de Amrica, y Amrica, cansada de vivir en el
misterio, sali al paso del navegante, el cual muri ignorndola. Y
result que los que tenan una nocin de la tierra ms aproximada a la
verdad quedaron ante la Historia como unos borricos, y el visionario que
basaba sus planes en que el mundo es ms chico que dicen, y seis partes
de l estn enjutas y una sola con agua, aparece como un sabio
consagrado por el triunfo...

--As es--dijo Ojeda--. Hay que imaginar por un momento que no hubiese
existido Amrica; suprimir en hiptesis el Nuevo Mundo, y ver a Coln,
que crea la tierra una tercera parte ms pequea y las costas de Asia a
unas setecientas leguas de las Canarias, lanzndose con sus barquitos
Ocano adelante, teniendo que navegar por todo el Atlntico y todo el
Pacfico hasta encontrarse con las islas del Japn o las costas de la
China.

--Un absurdo!--interrumpi Maltrana--. Una cosa imposible, teniendo en
cuenta lo que eran las carabelas, su escaso repuesto de vveres y la
necesidad de descansar en oportunas escalas. Hubiesen perecido al
insistir en la empresa, o lo que es casi seguro, se habran vuelto. Para
llegar solamente a las Antillas, el mismo Coln sinti desmayar su
voluntad en el primer viaje ms de una vez, lo que no es raro, pues la
fe ms slida flaquea al verse sumida en lo desconocido. Cuando llevaba
navegadas setecientas leguas, comenz a pensar con inquietud si el Asia
estara ms lejos de lo que l crea, y fue entonces cuando Pinzn el
mayor, el frreo Martn Alonso, con la testarudez de los hombres
enrgicos, que esperan salir de un mal paso atropellndolo todo, le
gritaba desde su carabela: Adelante, adelante!.

--Ah tiene usted otra patraa, amigo Isidro: la pretendida mala fe de
Pinzn con el descubridor; sus manejos para sublevarle la gente; el
intento de las tripulaciones espaolas de echar al agua al Almirante,
volvindose luego a su pas; el plazo de tres das que concedieton para
morir si no encontraba tierra...

--Qu leyenda estpida!--exclam Maltrana--. Al vulgo le place ver los
personajes histricos a su gusto, como hroes de novela folletinesca que
arrostran toda clase de asechanzas para que al fin triunfe su inocencia
en el ltimo captulo. La actuacin de un traidor, de un personaje
sombro y fatal, es necesaria para que por un efecto de contraste
resalte con mayor relieve la grandeza magnnima del protagonista. Y en
esta novela colombiana, el traidor es el honrado Martn Alonso, que lo
puso todo en la empresa del descubrimiento para no sacar nada y perder
encima la vida. Usted conoce la verdadera historia. Cuando Coln,
vagabundo de incierta nacionalidad, andaba por Palos no sabiendo qu
hacer, Pinzn le escuch y le anim con sus informes de viejo navegante
del Ocano convencido de la existencia de nuevas tierras.

Los reyes concedan su licencia al aventurero para el primer viaje, pero
con esto no se adelantaba su realizacin. La Tesorera real haba
librado con gran esfuerzo un milln de maravedes, procedente de unos
censos de Valencia, pero la cantidad era insuficiente. Coln llevaba una
orden para que en el puerto de Palos le facilitasen embarcaciones, pero
nadie le obedeca. En aquellos tiempos de nacionalidad apenas formada y
comunicaciones difciles, el podero de los monarcas slo era verdadero
all donde ellos estaban presentes. Las rdenes reales, cuando iban
lejos, se acababan y no se cumplan. Coln, con el mandato de los
monarcas, intent alistar gente, pero los marineros reclutados a la
fuerza se desbandaban y huan. Tal fue su desesperacin, que hasta pens
en tripular las naves con hombres sacados de las crceles.

Y en este apuro, cuando vea su empresa prxima al fracaso, Martn
Alonso Pinzn, el rico de Palos, el armador, que poda descansar para
siempre de las penalidades del Ocano, se ofreci con gallardo arranque
a interesarse en la expedicin y aventurar en ella parte de sus bienes,
la mitad de lo que haban dado los monarcas. l busc y prepar buenas
embarcaciones y puso mesa, segn el lenguaje de la poca, para alistar
marineros, ofrecindose confianza a los que quisieran hacer el viaje y
anunciando que l ira tambin. Esto bastaba para que acudiera la mejor
gente de toda la costa y todos los preparativos se efectuasen con
rapidez...

--Tenemos el relato del primer viaje escrito por el mismo Almirante, su
Diario de navegacin, que no puede ser ms montono. Viento favorable,
buena mar, indicios de tierra, maderas que flotan, pjaros que cantan en
los mstiles de las carabelas como anunciando la proximidad de costas
invisibles. Pero esto era un fondo poco interesante para la figura del
hroe, y muchos aos despus de su muerte, ciertos historiadores ganosos
de dar emocin trgica a sus relatos, inventaron lo de la sublevacin de
las tripulaciones que, asustadas, queran retroceder, y la amenaza al
Almirante de echarlo al agua si no descubra tierra en el plazo de tres
das. Y Pinzn juega en todo esto el papel de un traidor cauteloso, que
fomenta los miedos ridculos de una marinera acostumbrada a
navegaciones ms azarosas... En el relato de su viaje, el Almirante, que
era de carcter receloso y muy dado a ver traiciones y asechanzas en
todas partes, no dice una palabra de intentos de revuelta, y varias
veces, durante la navegacin, aproxima su nave a la de Martn Alonso, le
llama, entablan amistosa pltica desde el puente, y se envan con una
cuerda la famosa carta de Toscanelli para esclarecer sus dudas.

--Coln--dijo Ojeda--era de mayores conocimientos cientficos que su
consocio el marino de Palos; pero reconoca en ste ms pericia en el
arte de navegar, en el manejo de los buques y de los hombres... Hubo,
efectivamente, un plazo de tres das; pero este plazo no se lo dieron al
Almirante sus marineros, sino que fue l quien se lo concedi a Pinzn,
que solicitaba cambiar de rumbo. Notbase a ambos lados de los buques
seales de tierra, pero el Almirante continuaba siempre en la misma
direccin, creyendo estar entre las islas de Cipango, o sea en el
archipilago japons. Todo aquello se vera a la vuelta. l deseaba
llegar cuanto antes a tierra firme, al Imperio de Catay, a la China,
para visitar al Gran Kan, entregarle sus credenciales y hacer acopio de
oro. Pero Martn Alonso, menos iluso, consideraba necesario tocar cuanto
antes en alguna tierra, y don Cristbal acab por acceder a que cambiase
de rumbo, con la condicin de que si en tres das no encontraban costa
volveran al primitivo...

Y apenas se sigue la ruta de Pinzn, surge la pequea isla antillana,
etapa primera del gran descubrimiento, que dura luego ms de un siglo...
Tal vez nadie hizo tanto por la gloria de Coln como su consocio al
cambiar de rumbo. Imagnese usted si el Almirante, en su prisa de ver al
Gran Kan, sigue la primera direccin y va a dar en las costas actuales
de los Estados Unidos. De seguro que no vuelve, y el mundo se queda sin
tener noticia de su descubrimiento.

--S; no vuelve--dijo Ojeda--. Es muy probable, es casi seguro. Para la
pequea expedicin, que sumaba en conjunto unos noventa hombres, y no
haba hecho verdaderos preparativos de guerra, fue una suerte abordar en
los archipilagos paradisacos del mar de las Antillas, con sus
poblaciones mansas, tmidos rebaos humanos en los que cazaban su
alimento los canbales de las otras islas. Si los tres barquitos con su
puado de tripulantes se encuentran, al tocar tierra, con los indios
feroces de la Amrica del Norte o los belicosos aztecas de Mjico, de
seguro que no vuelven... y se acab Coln!

--Slo al final del viaje--continu Maltrana--habla el Almirante de su
compaero, con cierto encono. Al navegar por las costas de Cuba tuvieron
mal tiempo, y Coln se refugi con su carabela en un abrigo de la costa,
mientras el otro, marinero ms atrevido y confiado en su habilidad,
segua adelante. Estuvieron separados unos das, y esto bast para que
Coln sospechase que Martn Alonso haba tenido de los indios noticias
de mucho oro e iba a buscarlo por su cuenta, como un amigo infiel.
Disputa de consocios que se temen y se vigilan!... Y el caso fue que
iguales riquezas encontraron el uno y el otro... nada! A su vuelta, el
Almirante, que montaba una carabela, por haber perdido su nave mayor en
un bajo, tiene que refugiarse en las Azores (donde intentan prenderle
los portugueses), y luego en Lisboa, donde otra vez corre el peligro de
verse preso. Mientras tanto, Martn Alonso afronta la tormenta sin hacer
escala alguna y llega directamente a Espaa, pero tan derrotado y
enfermo, que muere inmediatamente. Y nadie le devuelve el medio cuento
de maravedes que puso en la empresa (cantidad que fue sin duda la que
se atribuy a Coln en su testamento como gasto hecho por l); se
esparce el silencio en torno de su nombre; luego, cuando reaparece, es
para que algunos autores le atribuyan intentos poco leales; y el vulgo
se ha imaginado, durante siglos, al honrado Martn Alonso como una
especie de bartono de pera barbudo, sombro, envidioso que intriga,
rodeado de un coro de marineros, contra la gloria y la vida del tenor.

--Pero usted no negar, Maltrana, que el Almirante fue perseguido y
maltratado de resultas de su gobernacin en Santo Domingo. Acurdese de
Bobadilla, el comisionado de los reyes, acurdese de cmo lo envi con
grillos a Espaa.

--S; reconozco que lo trataron con descortesa, stas fueron las
palabras de la reina Isabel, su decidida protectora. Lo trataron sin
respeto a su edad y sus mritos; con arreglo a los duros procedimientos
judiciales de aquella poca; procedimientos que el mismo Coln empleaba
igualmente con sus inferiores. Pero que fuese una injusticia caprichosa,
como quiere la leyenda, esto es discutible. Se puede ser un gran
argonauta descubridor de tierras y un psimo gobernante.

--Hay, adems, que tener en cuenta las ilusiones que haba fomentado en
todos los que le siguieron en el segundo viaje, gente aventurera,
levantisca y ansiosa de enriquecerse. Iban a las minas del rey Salomn,
a Ofir, a Cipango; no haba ms que agacharse para recoger bolas de oro.
Y se encontraron all con que todo faltaba, y para recolectar un poco de
oro haba que sufrir horriblemente. El gobernador, con el ansia de
amontonar riquezas y contrariado por los obstculos, mostrbase hurao,
atribuyendo la falta de xito a la pereza de los individuos de la
colonia. Y hubo rebeliones, batallas entre los conquistadores; y Coln,
que tena la mano pesada y el carcter autoritario, castig duramente a
sus inferiores.

--Los castigaba como si quisiera vengarse en ellos de persecuciones
sufridas por sus ascendientes... Cuando Bobadilla lleg a la isla,
enviado por los reyes en vista de las splicas y quejas de los colonos,
el Almirante haba ahorcado en la semana anterior siete espaoles, cinco
ms estaban en la fortaleza de Santo Domingo esperando el instante de
morir con la cuerda al cuello, y su hermano el Adelantado tena otros
diez y siete metidos en un pozo, para enviarlos igualmente a la horca.
Bobadilla no fue, en sus procedimientos, ms que un justiciero
expeditivo a estilo de la poca. El mismo Las Casas, amigo del
Almirante, reconoce que era persona de rectitud. Al ser enviado Coln
a Espaa preso y con grillos, la reina lament mucho tal descortesa,
pero no lo repuso en el gobierno de la isla, prohibindole adems que
volviese a ella. Se ech tierra al asunto, porque doa Isabel deseaba,
segn un autor de la poca, que las verdaderas causas de lo ocurrido
quedasen ocultas, pues ms quera ver a Coln _enmendado_ que
maltratado. Y el mismo Coln, en una carta, confesaba haber cometido
faltas que necesitaban el perdn de los reyes, porque mis
yerros--deca--no han sido con el fin de hacer mal.

Maltrana aadi, despus de una breve pausa:

--Tambin existe otro embuste legendario: la muerte de Coln en
Valladolid, en plena miseria, pobre vctima de la ingratitud del rey
Fernando. Qu ms poda hacer ste por l? El antiguo vagabundo era
Almirante, cargo el ms honorfico de la nacin, pues lo haba creado un
monarca para uno de sus tos. Su hijo, de obscuro origen e incierta
sangre, lo haba casado el rey Fernando con una sobrina suya. Gozaba,
adems, Coln, por capitulaciones pblicas, la dcima parte de todo lo
que se ganase en la India. Pero como de all no vena nada, segn
confesin del mismo don Cristbal, de aqu que no poseyese riquezas. En
cuanto a morir en la miseria, como supone el vulgo, basta decir que el
testamento de Coln lo firman siete criados suyos, y este lujo de
servidumbre no significa indigencia.

--Tiempos eran aqullos de pobreza--dijo Ojeda--. Los mismos reyes
andaban siempre apurados de dinero, la Hacienda pblica era menos
regular que ahora, y la nacin, esquilmada por las guerras con los moros
y la de Npoles, no poda ayudar mucho a unos descubrimientos que slo
haban dado como resultado el hallazgo de islas improductivas en las que
moran los hombres. Algo olvidado muri el Almirante. La gente, en
Espaa y fuera ella, no prest atencin al suceso: el descubridor se
haba sobrevivido a su fama. En los ocho aos que siguieron al primer
descubrimiento se habl mucho de l; luego, en los cinco ltimos, el
silencio y la indiferencia. Haba ido a conquistar las riquezas de
Oriente, y nadie vea las tales riquezas: era simplemente el descubridor
de unas islas de la extrema Asia. l tambin lo crea as; y slo aos
despus, cuando Nez de Balboa encontr el Pacfico llamado mar del
Sur, fue cuando Europa pudo enterarse de el Asia de Coln era un mundo
nuevo que tena otro Ocano a espaldas.

--La facilidad con que Europa entera acogi los relatos de un obscuro
piloto italiano, Amrico Vespucio, el cual, atribuyndose glorias
ajenas, bautiz con su nombre el nuevo continente, demuestra cun
olvidado estaba Coln, no en Espaa, sino fuera de ella. Este bautizo de
Amrica es injusto, pero no carece de lgica. Coln slo haba
descubierto el Asia, y en esta fe muri. Amrico Vespucio fue el primero
que hizo saber al mundo (gracias a las sucesivas exploraciones de los
marinos espaoles) que esta mentida Asia era un continente nuevo, y los
editores franceses, alemanes; italianos de sus escritos dieron su nombre
a las lejanas tierras. Un cnico atrevimiento de librera que ha
triunfado para siempre... Pero el vulgo, amigo Ojeda, quiere que sus
hroes sean desgraciados, para amarlos con la simpata de la
conmiseracin. Vea usted a Goethe el ms grande tal vez de los poetas de
nuestra poca. Lo admiramos pero no nos inspira una simpata familiar,
porque fue dichoso en su existencia; tuvo amores con grandes damas,
desempe altos cargos palaciegos, gobern un pas, vivi en la hartura.
Nos gusta ms Homero, ciego y vagabundo; Cervantes, que, segn la gente,
no tuvo qu cenar cuando termin el _Quijote_; Shakespeare, cmico de
lengua y empinando el codo en las cerveceras; Beethoven, pobre sordo...
y Coln, muriendo de hambre sobre unas pajas, sin haber recibido blanca
por sus descubrimientos.

--Mucho hay de eso--dijo Ojeda con exaltacin--pero yo admiro al
Almirante, fuese de donde fuese y tuviera la sangre que tuviera, como un
soador enrgico, que no descans hasta levantar una punta del misterio
que envolva al mundo. Admiro en l sus errores estupendos y las teoras
bizarras que por caminos tortuosos le llevaron hasta la verdad. Es el
ltimo grande hombre de la Edad Media, el nieto de los alquimistas, de
los viajeros maravillosos, de los sabios rabnicos, de los navegantes
rabes, de los iluminados cristianos, que abre a la vida moderna la
mitad del planeta para que se ensanche. A m me conmueven sus candideces
y sus ignorancias cuando va por el mundo nuevo viendo en todas partes
los vestigios del mundo antiguo. Me causan deleite las descripciones que
hace en sus cartas de la tierras que descubre: los suelos follados por
las patas de misteriosas animalas; la caza en las selvas a los gatos
pales, nombre que en su tiempo se daba a los monos; la visita que
recibe a bordo, en el ltimo viaje, de dos muchachas muy ataviadas, la
ms vieja de once aos, que traan _polvos de hechizos_ escondidos, y
ambas, segn dice el viejo Almirante a los reyes, con tanta
desenvoltura que no haran ms unas p.... Y qu energa la del hombre!

Ojeda hablaba con cierta emocin del ltimo viaje del nauta, siempre en
busca del oro que hua ante l; viaje de trgico dolor, en plena
ancianidad, con una pierna ulcerada, los ojos casi ciegos, teniendo a su
lado al hijo pequeo, pobre infante que cree haber arrastrado a la
muerte. Los buques estn encallados, las tripulaciones hambrientas y
sublevadas, los indios de Jamaica se muestran hostiles; nada puede
esperar ya de los hombres, pero se consuela con visiones celestes que se
le aparecen de noche sobre el alczar de popa y le hablan... Tambin lo
admiraba en los peligros del regreso de su primer viaje; peligros en los
que le iba algo ms que la existencia: la prdida de la gloria que
consideraba entre sus manos. Una tempestad que volcaba muchos navos
dentro del ro de Lisboa alcanzbale en pleno Ocano montando una
carabela maltratada por la navegacin en los mares de la India y que
haca agua por todas partes.

--Cree que Pinzn se ha perdido en el otro buque y que slo queda l
para dar al mundo la gran noticia: la gran noticia que todos ignorarn
si l perece. Tal vez otros descubridores del Mar Tenebroso sufrieron
este revs del destino luego de reconocer las tierras nuevas. Morir con
el secreto!...

Y Coln escribe en varios pergaminos la resea de su descubrimiento, los
mete en toneles y arroja stos a las olas, sin que los marineros
sospechen lo que encierran, pues creen que se trata de un acto de
devocin para apaciguar a los elementos. La tempestad arrecia, y el
Almirante hace traer tantos garbanzos como personas van en la carabela;
seala uno con un cuchillo, y revolvindolos en su bonete, invita a la
chusma a meter la mano. El que saque el garbanzo marcado con una cruz
ir de romero a Santa Mara de Guadalupe llevando un cirio de cinco
libras... Y es el Almirante el que saca el garbanzo. Luego echan las
mismas suertes para ir en romera a Santa Mara de Loreto, en la Marca
de Ancona, tierra del Papa, y como le toca a un simple proel, Coln le
promete ayudarle con sus dineros para el viaje. La borrasca va en
aumento; al da siguiente vuelven a echar suertes para velar toda la
noche en Santa Clara de Moguer, y otra vez designa el garbanzo al
Almirante.

Pero como estas promesas no logran domar a las potencias hostiles del
Ocano y la carabela se tumba, falta de lastre--una imprevisin del
Almirante--, y los bastimentos de comida estn casi agotados, hacen el
voto de ir todos, apenas lleguen a tierra, en procesin y en camisa
hasta la primera iglesia que encuentren bajo la advocacin de la Virgen.

--Y cuando el temporal los echa al fin en Lisboa, llevaba Coln ms de
doce das de inmovilidad en su banco de popa, dormitando a ratos, con
las piernas mojadas por la lluvia y las olas. Esa prueba fue la ms
tremenda de su vida. Poseer una verdad que iba a conmover al mundo y
morir con ella!... Pero basta de Coln amigo Maltrana. Ya hemos hablado
bastante; vamos a tomar el te.

Abandonaron sus asientos, y al dirigirse a una de las escalerillas para
descender al paseo, notaron en el mar varias curvas negras y veloces que
asomaban un instante sobre el agua, sumindose y reapareciendo ms lejos
entre burbujeo de espumas.

--Son atunes--dijo Maltrana--. O tal vez sean delfines... Quin sabe!

--De seguro que no son sirenas--repuso Ojeda.

Caminaron algunos pasos, y aadi:

--Es lstima que no queden sirenas. Y sin embargo, an las haba en
tiempos de Coln... No sabe usted eso? l vio salir tres muy altas
sobre el mar, cerca de la embocadura de un ro de Santo Domingo. Y dice
Las Casas que al Almirante no le llamaron la atencin, porque haba
visto otras muchas en sus navegaciones de mozo, por las costas de Guinea
y la Manegueta, y que las sirenas no son tan hermosas como las pintan,
pues en cierto modo tienen forma de hombre en la cara.




IV


Erguidos ante sus atriles con militar rigidez, entonaban los msicos una
marcha solemne, que serva de acompaamiento a los pasajeros en su
entrada al comedor. Los hombres vestan de frac o de _smoking_,
guardando en una mano la gorra de viaje. Algunos se detenan en las
puertas formando grupos para ver a las seoras que iban saliendo de los
camarotes de preferencia o venan de los de abajo por la gran escalera
de doble rampa, con un roce de finas ropas interiores.

Deslizbanse rpidas todas ellas, entre saludos y sonrisas, para
sumirse, ms all de las mamparas de cristales, en un mar de luz en el
que nadaban los colores de inquietas banderas. Una estela de polvos de
tocador y vagas esencias de jardn artificial segua el aleteo de las
faldas desmayadas y flcidas, con brillantes pajuelas de oro o plata; el
crujiente arrastre de los tejidos sedosos; el brillo de las espaldas
desnudas suavizadas con una capa de blanquete; la tersura de las nucas,
sobre las que se elevaba el edificio de un peinado extraordinario, el
primero de una navegacin que nicamente se haba prestado hasta
entonces a exhibir sombreros de paseo y velos de odalisca.

En el antecomedor luca un gran cartel pintarrajeado con una pareja
danzante y una inscripcin gtica en alemn y en espaol: Esta noche
baile. Y el anuncio pareca esparcir por todo el buque un regocijo de
colegio en libertad. Esta noche baile, repetan las personas de grave
aspecto, como si se prometiesen un sinnmero de misteriosas
satisfacciones.

Saludbanse por vez primera con espontneos movimientos de cabeza gentes
que ignoraban todava sus respectivos nombres. Durante la tarde habanse
contrado grandes amistades en la cubierta de paseo. Muchachas de
diversa nacionalidad, que no se haban visto nunca y tal vez no
volveran a verse al salir del buque agrupndose atradas por la
simpata que les inspiraba el gnero de belleza de la nueva amiga o la
distincin de sus vestidos. Empezaban hablando en varios idiomas, para
expresarse al fin en castellano. Caminaban tomadas del talle, lo mismo
que si fuesen compaeras de pensin, y antes de que terminase la noche
iban a tutearse, entusiasmadas por una amistad que consideraban eterna y
databa de unas cuantas horas. Las madres se sonrean unas a otras sin
conocerse--arrastradas por las afinidades de sus hijas--con una
complicidad de compaeras de profesin, y acababan igualmente formando
grupos, para hablar de los dolores y satisfacciones que proporciona la
familia, de las brillantes cualidades de sus retoos, de los desengaos
e ingratitudes que tal vez les reservaba el porvenir a las pobrecitas...
como si las compadeciesen y envidiasen al mismo tiempo. Algunas,
vestidas de negro con una austeridad monjil, acometan desde las
primeras frases el elogio o el lamento de sus difuntos maridos.

Verificbase una aproximacin general, como si todos en el buque
despertasen de pronto, reconocindose antiguos parientes. Hasta
entonces, los que haban salido de Hamburgo fingan ignorar a los
embarcados en Boulogne, navegando juntos sin saludarse por el mar de
Gascua y de Cantabria, extensin de lvido azul bajo un cielo gris. La
vista de pequeas ballenas chapoteando en el golfo entre surtidores de
espuma les haba hecho cruzar algunas palabras nada ms, replegndose a
continuacin en su hurao aislamiento. Juntos haban acogido con un
mutismo de altivez a los que subieron en Lisboa, sospechosos intrusos
para la tranquilidad de los primeros ocupantes; y as haban navegado
hasta Tenerife. Pero ahora empezaba el verdadero viaje: la vida comn
lejos de toda tierra, sin que un nuevo chorro de extraos pudiese turbar
la paz del convento flotante, y todos se sentan unidos por repentina
fraternidad.

Hasta el Ocano pareca reflejar bondadosamente la alegre camaradera de
los pasajeros. El tapiz tena bajo el pie la consistencia de la tierra
firme; los objetos mantenanse en grave inmovilidad y penetraba por las
ventanas la brisa ocenica en suaves rfagas; una brisa discreta que no
haca saltar la velutina de la epidermis ni pona en desorden los
peinados; una brisa regulada, domesticada como la que refresca los
salones en las playas de moda. Los estmagos, encogidos hasta entonces
por la ruda novedad de la navegacin, se dilataban con voluptuoso
desperezo, admirando en el comedor las prodigalidades del servicio.
Crujan en los camarotes las cerrajas de las maletas; desatbanse
correas y paquetes, abandonaban las ropas sus encierros, y las manos
diligentes sacudan pliegues y ordenaban piezas con toda calma, sin
miedo al vahdo del cansancio y a la movilidad que arroja personas y
objetos de un ngulo a otro de la inquieta habitacin.

Todos pasaban el contenido de los equipajes a los armarios y las
perchas, cuidando despus del arreglo de sus personas. Diez das para
llegar a Ro Janeiro, la escala ms prxima: diez das de vida comn!
Toda una existencia cuyo vaco haba que poblar con diversiones y
nuevas amistades!... Y la fiesta del cumpleaos del Emperador, la
primera del viaje, difunda por el buque un regocijo de escolares que
empiezan sus vacaciones.

Entre las pilastras del comedor ondulaban abullonadas las banderas de
diversos pueblos. Guirnaldas de rosas contrahechas y bombillas
elctricas de varios matices tendanse de capitel a capitel. Al final
del saln, sobre una columna rodeada de plantas y teniendo como fondo el
pabelln alemn, erguase un gran busto de yeso, el del hroe de la
fiesta, con fieros y majestuosos bigotes. Sobre las mesas aleteaban
pequeas banderas, una por cada comensal: la de su respectiva
nacionalidad.

El culto a los trapos de colores--religin de ltima hora, adorada con
fanatismo por el pblico de hoteles cosmopolitas, trasatlnticos y
trenes internacionales, gente que vive gustosa fuera de su
patria--extenda por todo el comedor, como una primavera de percalina,
la floracin de sus diversos tonos. La bandera germnica, sombreada por
su faja negra, mezclbase con el bullicioso tricolor de la francesa, la
prpura britnica, el verde de la italiana, que parece un reflejo de mar
latino, la cruz blanca suiza, las barras y enrejados de las escandinavas
y el reventn de cohete rojo y dorado de la espaola. Sobre las otras
mesas, como hijas vistosas que en la frescura de su juventud no temen la
bizarra de lo llamativo, lucan el verde y mbar brasileos, de un tono
igual al de los frutos tropicales; el sol majestuoso y las barras de la
ribera uruguaya; el aleteo primaveral albo y celeste del pabelln
argentino; la blanca estrella chilena sobre un cielo de intenso azul, y
la gran constelacin de la Amrica del Norte amontonando en el arranque
del rojo septagrama su rebao de asteroides.

Antes de servirse el primer plato surgieron protestas. Se negaban
algunos pasajeros a sentarse, mirando iracundos la bandera que cubra
con intrusos colores el montn de platos de su cubierto. Queran la
suya, la de su pas. Ellos pagaban lo mismo que los dems: a bordo todos
eran iguales, y su repblica vala tanto como cualquiera otra de
Amrica... Los camareros, azorados cual si fuese a estallar una
conflagracin internacional, salan a toda prisa al comedor y regresaban
trayendo con ellos al mayordomo, sonriente y confuso a la vez, como un
gerente de restorn de moda que implora perdn por olvidos en el
servicio.

--No tenemos su bandera, seor: desolado, completamente desolado... Yo
le prometo que en el prximo viaje cuidar de tenerla... Por el momento,
si el seor quiere, hgame el honor de contentarse con esta otra... Al
fin todos vamos a Buenos Aires.

Y sustitua la bandera de la protesta con otra argentina, que era la ms
abundante, la que adornaba los cubiertos de todas las personas de
problemtica nacionalidad. El hombre acababa por conformarse, vencido
tal vez por el perfume de la sopa que humeaba en los platos, pero
atacaba su comida con un mohn de pena, como un seor a quien le han
amargado la noche.

Pasaban los camareros sosteniendo con ambas manos vasijas de metal, de
cuyas bocas surgan golletes de botellas entre pedazos de hielo. Sonaban
incesantemente los estampidos del vino espumoso. Muchos se crean en una
posicin equvoca si no acompaaban su comida con champaa en esta noche
de fiesta.

La nutricin era la misma para todos, como si se hubiesen trastornado
las bases sociales y vivieran sometidos a un rgimen igualitario. Pero
el afn de singularizarse asombrando al vecino tomaba su desquite en los
lquidos, y equivalan a ttulos de suprema distincin las botellas que
figuraban en las mesas: unas, blancas y puntiagudas como agujas gticas,
cuyas etiquetas evocaban la imagen del padre Rhin pasando entre
castillos y peinando sus barbas de espuma en los puentes medievales;
otras, negras, con la cabezota de corcho afirmada en un casco de
alambres y de lminas metlicas, llevando sobre los hombros, cual regio
toisn, el collar obscuro y las letras de oro de su champaesco origen.

Ojeda y Maltrana ocupaban una mesa en el centro del comedor con otros
dos pasajeros: un seor de patillas blancas, parco en el hablar, que
siempre llegaba con retraso a las comidas y pasaba el resto del tiempo
encerrado en su camarote. Era el doctor Rubau, viejo mdico residente en
Montevideo. El otro, con la cabeza gris y el bigote extraamente rubio,
pequeo de cuerpo y de un perfil aquilino, se deca francs y viva en
Pars; pero hablaba el alemn con tanta soltura y estaba tan habituado a
los usos germnicos, que los del buque, creyndolo compatriota, haban
colocado ante su cubierto la bandera del Imperio. Todos los aos iba a
Amrica para visitar las joyeras de varios pases, de las que era
proveedor, y al mismo tiempo importaba en Europa pieles y plumas.
Mostrbase preocupado desde que entr en el vapor con la busca de
compaeros para una partida de _bridge_, y su tristeza era grande al ver
que en el fumadero slo jugaban al _poker_. Todos los das, al sentarse
a la mesa, el seor Munster quedaba pensativo, sin dejar por esto de
mover las mandbulas, y acababa por formular la misma pregunta, en un
castellano gangoso:

--Pero de veras que ninguno de ustedes conoce el _bridge_?... Un juego
tan distinguido!

Maltrana, que se haba familiarizado con l atrevidamente desde los
primeros momentos, creyendo encontrar en su vaga nacionalidad cierto
perfume de sinagoga, le invitaba a monstruosas partidas de _poker_, en
las que deban arriesgarse miles y miles de francos. Y lo deca con un
aplomo desdeoso, como si tuviese a su disposicin todos los millones
encerrados en el fondo del buque.

Aprovech Isidro esta comida extraordinaria para ir mostrando a Ojeda
las gentes mencionadas por l en conversaciones anteriores. Por encima
de las banderas, las cabezas inclinadas ante los platos y las guirnaldas
de verdura, pasaba revista a todos los que titulaba pomposamente mis
amigos.

--Hoy no falta nadie; sala llena. Bien se ve que tenemos buen tiempo...
Los buques son como los muebles viejos, que, despus de una sacudida,
sueltan, al quedar inmviles, un rosario de bichos cuya existencia nadie
sospechaba. Qu de caras desconocidas!... Han estado ocultos como
cucarachas en el agujero de sus camarotes, aguantando el mareo, y hoy es
la primera vez que suben al comedor. Mire usted el abate de las
conferencias; hermosa cabeza de corsario con sus barbazas negras. Nadie
adivinara su sotana, que desde aqu no puede verse. Mire tambin a las
seoras viejas sentadas junto a l; con qu arrobamiento le contemplan
mientras come!... Fjese en la mesa del centro, la ms grande del saln;
es para catorce pasajeros, y la ocupa el doctor Zurita con su familia.
Hombre generoso y campechano! Como si nos conocisemos toda la vida!
Siempre que hablo con l, me ofrece un puro magnfico: _Che_, Maltrana,
oiga, galleguito simptico.... Y crea usted que es un hombre de gran
sentido, que sabe ver las cosas como pocos... Eche una mirada al obispo,
con toda su familia de admiradores tirnicos. Le han obligado a ponerse
la sotana de seda con faja carmes. Y cmo le brilla la cruz! Sin duda
la han limpiado en comn para quitarle el vaho del mar...

Maltrana continu, despus de una breve pausa:

--Esa seora que entra retrasada, tan alta y buena moza, es una chilena,
Qu mujer!, eh, Ojeda? Qu cuello, qu andares de reina, qu
brillantes!... Pero no hay ilusiones posibles. El barbudo hermosote que
avanza pisndole la cola del vestido es el esposo: dos metros de talla;
se ruboriza cuando tiene que hablar con un extrao, pero se le adivinan
unos msculos de boxeador y una gran facilidad para dar puete, como
l dice... Los que ocupan la mesa con ellos son todos del mismo pas:
muchachos grandotes y buenazos, que vuelven de Alemania; gente simptica
y franca que me quiere y distingue. Siempre que me encuentran en los
alrededores del caf, me saludan del mismo modo: Vamos a tomar una
copa. Y dos noches seguidas les oigo hablar de curarse antes de ir a
dormir: ellos tan sanotes, que parecen desafiar a las enfermedades. Me
gustara saber qu demonio de cura es sa.

Call por unos instantes, mientras sus ojos seguan explorando el saln
entre el boscaje de adornos multicolores. El viejo mdico coma
lentamente, preocupado con el funcionamiento de su dentadura, de una
regularidad y una brillantez equvocas. El joyero, entre plato y plato,
calbase los lentes para examinar a las seoras, como si inventariase el
valor de sus diamantes. Maltrana continu, en voz ms tenue:

--Aquellas tres damas guapetonas, de perfil majestuoso, con los ojos
negros y grandes, son de la Repblica Oriental. Fjese en los brazos,
amigo Ojeda; qu blancura!, qu armnica carnosidad! Son Tizianos de
pelo negro. Y pensar que en Montevideo los hombres se divierten armando
una guerra cada dos aos como si les aburriese vivir en tan buena
compaa!... All en las mesas del fondo se mantienen las argentinas en
grupo aparte. Parecen haberse escapado de las lminas de un peridico
_chic_; esbeltas y elegantes como las artistas de los teatros de Pars
que lanzan la ltima moda; pero menos... etreas, ms slidas, mejor
nutridas, sin trampantojos ni mentiras en su construccin como hijas de
un pueblo joven que tiene su suerte confiada a los flancos de la
mujer... Y en las dems mesas, qu de cabezas rubias!... Las grandes
damas de la opereta han sacado lo mejor de su vestuario teatral. Sus
trajes podran cantar solos _La viuda alegre_ y todas las obras en las
que figura un baile del gran mundo. Y en las otras mesas, rubias y ms
rubias, pero hinchadas de grasa, con el talle cuadrado, las manos
cuadradas y la cara barnizada por el sol. Despus las ver usted arriba.
Trajes de gala que datan de un matrimonio remoto; medias blancas con
zapatos negros; collares de nodriza entre joyas valiosas... Son las
compaeras de los germanos esparcidos por Amrica; valerosas seoras que
despus de un viaje por Europa vuelven a fregar los platos de la
estancia o de la tienda. Unas se quedan en el almacn de Buenos Aires.
Otras irn a las costas del Pacfico, al Paraguay o al corazn de Brasil
a continuar su vida de ahorro.

Sonri despus maliciosamente, designando una mesa junto a la entrada.

--Es la mesa de la cuarentena; y la llamo as porque en ella encorrala
el mayordomo a todo el pasaje sospechoso. Ah estn las cocotas
francesas, tan dignas, tan modositas, tan bien criadas. Van vestidas
como siempre, para que conste que no desean llamar la atencin. Algunas
no se han peinado siquiera y llevan la cabeza oculta en un turbante de
velos. Adems, guardan lo mejor del equipaje para sus empresas de tierra
firme... Con ellas est Conchita, una paisana nuestra, una madrilea,
que come estirada y seria, pues la pobre slo puede entender por seas a
sus compaeras. Algunas veces, volviendo la cara, habla con don Jos, un
cura espaol que ocupa la mesa inmediata. Y mezclados con este rebao
femenino comen varios muchachos alemanes, rubios, orejudos y de
mandbula fuerte, nios tmidos que al hablar se cuadran como reclutas,
lo que no les impide meterse Amrica adentro a difundir valerosamente la
quincalla de Hamburgo y de Berln, en mula, en piragua o a pie, llevando
el muestrario a la espalda lo mismo que una mochila.

--Qu interesante el comisionista alemn!--dijo Ojeda--. Tal vez con el
tiempo haya quien lo cante lo mismo que a los paladines medievales que
corran el mundo por difundir la gloria de su dama. Hoy la dama es la
industria, y la gloria la nota de pedidos. All donde existe, en todo el
globo, un grupo de hombres recin instalado que lucha con la selva, los
pantanos, las fiebres y las bestias, all se presenta inmediatamente el
comisionista rubio con su muestrario; y para no perder el tiempo,
aprende durante el camino a balbucear el idioma del pas.

--Las latas que me dan estos muchachos--exclam Maltrana--y las que me
darn, para evitarse el pago de un maestro!... Han bajado en Tenerife
nicamente para comprar libros espaoles, y pasan las horas con ellos,
rumiando las breves lecciones tomadas en Berln. Cuando tienen una duda,
me buscan por todo el barco o consultan la sabidura gramatical de
_fraulein_ Conchita, su compaera de mesa... Gente tenaz, que no conoce
el cansancio ni el ridculo! Sus triunfos obscuros van a ser ms
positivos que las victorias de los feldmariscales de su ejrcito. A la
larga, resultar que descubrimos y colonizamos nosotros un mundo nuevo
para gloria y provecho del libro mayor de Hamburgo y de Brema.

Interrumpi Isidro su charla para examinar un nuevo plan que el camarero
acababa de colocar ante l. Pero a los pocos momentos volvi la cabeza
hacia el gran busto blanco.

--Qu cambio el de nuestros tiempos, amigo Ojeda! Qu transformacin
de valores!... El oro y el comercio, que en otras pocas slo eran para
la gente despreciable acorralada en las juderas, reinan ahora como
fuerzas directoras del mundo... Y si lo duda usted, ah tiene al amigo
de los bigotes tiesos que nos preside, mstico y guerrero como
Lohengrin, msico y genial como Nern, siempre con coraza y casco de
aletas, y que, sin embargo pasar a la Historia con el ttulo de primer
viajante de comercio de nuestra poca.

Ojeda escuchaba con ojos distrados la charla de su compaero.

En los largos intermedios que dejaba el servicio, beba el champn de su
copa, sin percatarse de su insistencia. Isidro cuidaba de la botella
amorosamente, hacindola girar en el cubo de hielo para su enfriamiento.
Llenaba luego apresuradamente las copas, como si su vaco le infundiese
horror, y apenas senta disminuir el peso de la botella, reclamaba con
vigilante previsin el envo de otra. Diriga equitativamente este gasto
extraordinario: las buenas cuentas mantienen las amistades. Una botella
la pagara el doctor Rubau, que apenas haba tomado algunas gotas
mezcladas con agua mineral; otra, su gran amigo Munster; otra, Ojeda...
y l se reservaba modestamente para el banquete siguiente. Sus ojos,
cada da vez ms animados y saltones, acompaaron la mirada distrada de
su amigo hasta la prxima mesa, ocupada por una mujer sola.

--Mire usted a nuestra vecina la yanqui! Una real moza: tal vez la ms
elegante de todas. No parece la misma que vemos arriba puesta siempre de
gran sombrero y gabn largo... Qu escote! Y qu hermosa torre de
pelo, entre rubio y ceniciento!... Le advierto camarada, que ella
tambin le ha mirado muchas veces, as como la que no quiere mirar, con
el rabillo del ojo... Usted le interesa, amigo Ojeda, me consta. Esta
tarde, despus del t, he hablado con ella, si es que nuestra
conversacin puede llamarse hablar. Sabe un poquito de francs y otro
poquito de espaol. Yo no conozco una palabra de ingls; pero al fin nos
hemos entendido por adivinacin. Y mansamente, como quien no quiere
saber nada, me ha preguntado por mi amigo; y yo, figrese!... le he
dicho que era usted un gran poeta, un notable personaje; he hablado de
su familia, de su gran fortuna, de que va a Amrica por el solo gusto de
pasear, y de las muchas seoras que se deja en Madrid muertas de
pena...

Fernando hizo un movimiento de protesta.

--No se enfade, Ojeda; no se queje. Estas cosas no hacen dao y dan
prestigio. Djeme a m, que conozco la vida... Que no le interesa a
usted esa seora? No importa; siempre es bueno adquirir importancia a
los ojos de una mujer... Est bien; no se irrite. Beba un poco.

Y llen la copa de Ojeda, despus de una rpida discusin en la que no
parecieron fijarse sus compaeros de mesa. Un zumbido de conversaciones
cada vez ms fuerte dilua los sonidos de la msica llegados del
antecomedor. El vaho de los platos, las respiraciones humanas, la
radiacin de las luces, iban densificando el ambiente. Maltrana, para
desvanecer la contrariedad de su amigo, sigui hablando:

--Ese matrimonio que come dos mesas ms all, es tambin norteamericano:
los esposos Lowe. l ha vivido en el Japn, en China, en Australia, en
El Cabo; aqu en el buque vive en el gimnasio, y cuando sale de l, se
pasea con unas chaquetas a rayas de colores, de lo ms extraas: unas
chaquetas de _clown_, que son, a lo que parece, los uniformes de famosos
clubs esportivos. Ella canta romanzas italianas, y slo espera que la
inviten para hacernos or su voz. Mistress Power (porque le advierto que
se es el nombre de nuestra vecina) slo se trata en el buque con esta
pareja de compatriotas. Se mantiene en un aislamiento sonriente; algunos
saludos con las seoras ms respetables, y nada ms... Y sin embargo,
sabe mejor que yo los nombres y la categora social de casi todos los
pasajeros. Mujer ms hbil!... Tal vez por esto mantiene a distancia a
los otros americanos.

Y designaba con los ojos a los ocupantes de la mesa inmediata.

--Gente buena, pero escandalosa--continu--; _cow-boys_ en traje de
domingo, que van a estudiar la ganadera de las Pampas; comisionistas de
Nueva York, que sacan a puados los billetes de Banco de los bolsillos
del pantaln y necesitan cantar a cada momento para que se fijen en
ellos... Ya se han bebido seis botellas y roto dos. Ahora, con el
entusiasmo del champn, se llevan a los labios las banderitas que tienen
ante los platos y ponen los ojos en blanco gritando: _Americain!
Americain!..._ En la mesa siguiente est Martorell, aquel muchacho con
lentes y bigote rubio: un cataln, del que creo haberle hablado. Tambin
es poeta: lleva ganadas no s cuntas rosas naturales y englantinas de
oro en Juegos Florales; pero siempre en cataln, porque este ruiseor es
mudo cuando se sale del jardn de su tierra. En Castilla (cmo l llama
a todos los pases que hablan espaol), el poeta se dedica a la banca.
Una fiera, amigo mo, para asuntos de dinero. Le aconsejo que no se meta
a luchar con este camarada potico en un certamen de tanto por ciento,
porque de seguro que le roba hasta la lira. En Madrid nos hablaba mucho
de Buenos Aires, donde ha estado dos veces. Parece que hay grandes
reformas que hacer en eso de los Bancos, ideas nuevas que implantar para
que el dinero se multiplique; y all va Martorell, como un Mesas del
descuento... Tambin se lo presentar: es buen muchacho. Quin sabe a
lo que puede llegar!...

Luego, Maltrana hizo un gesto exagerado de horror, una mueca que fue
como la caricatura del miedo.

--Y junto al cataln... el hombre misterioso; ese vecino mo de
camarote, del que le he hablado algunas veces. Es el que va con traje de
luto, todo afeitado. No habla con sus vecinos y come con una gravedad
sacerdotal, lo mismo que si estuviese celebrando un rito. Quin cree
usted que puede ser?... Huye de la gente, y cuando yo le hablo en
francs, que parece ser su idioma, me contesta con mucha cortesa, con
demasiada cortesa, y de repente se aleja muy estirado, como si
existiese entre nosotros una diferencia social que no permite la
familiaridad... Y vaya usted a adivinar, con esa cara afeitada que lo
mismo puede ser de magistrado que de cmico, sacerdote o mayordomo de
casa grande!... Yo lo encuentro lgubre como un doctor de los cuentos de
Hoffmann. Adems, me preocupa el camarote misterioso, ese camarote entre
el suyo y el mo, siempre cerrado, y cuya llave guarda l
cuidadosamente. Una vez al da abre la puerta, entra, inspecciona unos
minutos, vuelve a salir, y hasta el da siguiente... Ni una palabra, ni
un grito, ni el ms leve ruido; y eso que yo muchas noches aplico la
oreja a la madera del tabique, o miro en el corredor por el ojo de la
cerradura. Nada!... Quin cree usted que podr ser?

Call Isidro, frunciendo el ceo bajo la preocupacin de este misterio.

--Tal vez un diplomtico que va en misin secreta, y por eso huye de la
gente; algn financiero que viaja para comprar de golpe todas las vas
frreas de Amrica y teme que le pillen el secreto; un empleado infiel
que se lleva la caja y tiene el camarote abarrotado de sacos de oro.
Lstima no saberlo con certeza!... Aqu hay misterio, un misterio
gordo, a lo Sherlock Holmes; y lo ms extrao es que cuando le pregunto
al mayordomo del buque, l, tan amigacho mo, se hace el tonto, como si
no me comprendiese... Ver usted, Ojeda, cmo algo ocurre con este
hombre antes de que termine el viaje. En cualquier puerto lo reciben con
msicas, discursos y banderas, o sube la polica y le asegura las manos
con esposas... Parece orgulloso, y al mismo tiempo revela una timidez
incompatible con el mucho dinero. Quien ser?...

Maltrana llen su copa y bebi, como si con esto quisiese acelerar sus
averiguaciones sobre el hombre misterioso. Despus, el champn y la
buena comida parecieron ejercer sobre l una influencia benvola.

--Confieso a usted, Ojeda, que nunca me he sentido mejor, y por mi
voluntad poda prolongarse este viaje hasta el fin del mundo. Ojal
fuese el _Goethe_ vagando por el Ocano, como el Holands errante,
siempre que no se agotasen sus repuestos de vveres y bebida!... Qu
falta aqu?... Mujero elegante y hermoso que puede verse de cerca y le
dirige a uno la palabra como a un amigo antiguo; buena mesa, fiestas,
bailes y ausencia total de moneda. Todo se paga con bonos, o se arreglan
cuentas en el despacho del mayordomo al final del viaje. Y este tiempo
de primavera! Y este buque que es una isla!... Nunca me he visto en
otra: ni en Madrid, cuando me convidaban a comer los polticos de
segunda clase para que escribiese bien de ellos; ni en Pars, cuando
haca traducciones espaolas para las casas editoriales y engaaba el
hambre en los bodegones del Barrio Latino... Y pensar que doa
Margarita mi patrona, con un cario que data de ocho aos, rezar por el
pobre don Isidro que va navegando por los mares! Y pensar que a estas
horas, en nuestro caf de la Puerta del Sol, se preguntarn aquellos
chicos melenudos que lo saben todo y no han visto el mundo por un
agujero: Qu ser del sinvergenza de Maltrana?. Y el ms gracioso
contestar seguramente: Debe estar en la panza de un tiburn....
Pobrecitos!

Servan los camareros el helado, cuando son el fuerte repiqueteo de un
cuchillo contra una copa. Qued inmvil la servidumbre, circularon
siseos imponiendo silencio, y todas las cabezas se volvieron hacia un
mismo punto del comedor.

--El amigo Neptuno va a hablar--dijo Isidro.

Este Neptuno era el comandante del buque; enorme como un gigante cuando
estaba sentado, e igual a los dems si se pona en pie, irguiendo el
hercleo tronco sobre unas piernas cortas. La barba dorada y canosa
invada, arrolladura, una parte de su rostro rubicundo, esparcindose
luego sobre el pecho; y en medio de esta cascada fluvial abrase una
sonrisa de bondad casi infantil. Cuando pasaba por las cubiertas le
rodeaban los nios, colgndose de su levita, danzando ante sus rodillas,
pidiendo que los levantase lo mismo que una pluma entre sus brazos
membrudos. Al encontrarse con Isidro extremaba su sonrisa, como si
adivinase en l un ingenio gracioso, a pesar de que no podan entenderse
bien, pues en sus plticas no iban ms all de unas cuantas palabras de
italiano mezcladas con otras tantas de espaol.

Vistiendo un _smoking_ azul con galones de oro, brillndole la calvicie
sudorosa y acaricindose las barbas, iba desenredando lentamente su
madeja oratoria. Una gran parte del auditorio no le comprenda, pero
todos conservaban la mirada puesta en l, con la fijeza de la
incomprensin, aumentndose con esto los titubeos verbales del marino.

--No parece que se explica mal Neptuno--dijo Maltrana en voz baja--.
Ahora est hablando de su emperador. Ha dicho _kaiser_ dos veces; eso lo
entiendo... Raza notable! Creo que a los capitanes alemanes les dan
lecciones de oratoria en Hamburgo y adems les ensean a bailar. Sin
tales requisitos, la Compaa no entrega un buque a uno de estos padres
de familia... Lo mismo son los msicos de a bordo. Por la maana
preparan los baos y limpian las escupideras; antes del almuerzo tocan
instrumentos de metal; por la noche instrumentos de cuerda; y todo lo
hacen gratis, pues no cuentan con otra remuneracin que las propinas de
los pasajeros. Cualquiera se mete en concurrencia con estas gentes!...
Pero por que se entusiasman tanto los alemanes, Fernando? Qu dice
ahora el amigo Neptuno?

--_Deutschland, Deutschland ber alles, ber alles in der Welt._

--Y qu es eso?

--Alemania sobre todo, sobre todo lo del mundo.

El capitn elev su copa, dando por terminado el discurso y los que le
comprendan pusironse de pie, hombres y mujeres, instantneamente,
alzando tambin sus copas. _Hoch!_, grit Neptuno; y todos
contestaron lo mismo, con una regularidad mecnica, como el grito de un
regimiento que responde a la voz de su coronel. _Hoch!_, volvi a
decir; pero esta vez, amaestrados por el ejemplo, contestaron los
pasajeros en masa con un alborozo discordante; y el tercer _Hoch!_
fue un cacareo general, repitiendo muchos con delectacin la palabra,
por lo mismo que ignoraban su significado.

Un rugido de trompetera guerrera salud desde el antecomedor el final
del brindis, y los criados reanudaron apresuradamente el servicio.

--Aqu ya no dan ms--dijo Maltrana despus de los postres--. Subamos al
jardn de invierno a tomar el caf.

Ocuparon los dos amigos una mesita inmediata a una de las puertas.
Desde all vean la ascensin por la amplia escalera de todos los que
abandonaban el comedor. Pasaron ante ellos los hijos mayores del doctor
Zurita con otros jvenes argentinos que regresaban de Pars. Todos
saludaron a Maltrana con amigable familiaridad. Sonrean al verle,
recordando tal vez los cuentos con que amenizaba sus tertulias en el
fumadero a altas horas de la noche, cuando finalizaban por cansancio las
partidas de _poker_.

--Hermosa juventud--dijo a Ojeda su compaero--. Fjese en los tipos:
altos, musculosos, esbeltos y con una gran agilidad en los miembros.
Deben ser famosos bailarines de tango. Excelentes muchachos, todos
amigos mos!... Vea sus dientes sanos de lobo joven; su pelo, tan
abundante, que necesitan aplastarlo con pomada hasta formar dos
almohadillas lustrosas. No queda en sus cabezas dnde plantar un cabello
ms. Son hermosos ejemplares del cultivo intensivo de la pilosidad... Y
las manos finas, aunque estn deformadas por los ejercicios de fuerza; y
los pies pequeos, reducidos, altos de empeine, cuidados con
meticulosidad; de da siempre encerrados en charol con caas de colores,
de noche con forro de seda calada y escarpines que martirizaran a
muchas seoras. Son pies que parecen tener una vida aparte, pies sabios
que pueden seguir sin error las ms difciles combinaciones del baile...
Y ellas igualmente qu finura de extremidades!... En esta Arca de No,
amigo Fernando, se reconoce el origen tnico de cada uno slo con mirar
al suelo... Mire esos otros que suben.

Y sonrieron los dos viendo ascender por los peldaos algunos pies de
masculina dimensin, a pesar de que asomaban bajo una corola de faldas
recogidas. Tras ellos suban enormes zapatos de hombre, embetunados y de
fuerte morro, que dejaban en la alfombra una huella de pesadez. Muchos
comerciantes que se haban endosado el frac en honor del soberano,
guardaban sobre su abdomen la gruesa cadena de oro, cargada, como un
relicario, de medallones, dijes, lpices y fetiches, y en los pies los
fuertes botines de uso diario.

Ojeda acogi con incrdula sonrisa las consideraciones de su amigo
acerca de la superioridad de una raza sobre otra por la finura de las
extremidades.

--Los latinos, como usted dice, Maltrana, somos bellamente ligeros,
ms alados que estas gentes del Norte. Se ve la influencia
aristocrtica de los conquistadores andaluces en los pies breves y
graciosos de las sudamericanas. El indio tambin tiene el pie pequeo...
Pero quin sabe si el mundo no est destinado a ser una presa de los
pies grandes! Fjese con qu autoridad insolente y ruidosa van
avanzando esos navos de cuero y cartn. All donde se detienen se
incrustan, y la pesada voluntad que los habita tiene que hacer un
esfuerzo para cambiarlos de lugar. Marchan sin gracia y con lentitud,
pero lo que ellos cubren es suyo y no lo abandonan. Nuestros pies son
ms graciosos, tienen algo del salto del pjaro, pero dejan poca huella.

Son una risa femenil, ruidosa, petulante, en la que se adivinaba un
deseo de hacer volver las cabezas. Ascendi por la escalera un vestido
de color de sangre, y detrs de su cola, majestuosamente suelta, varios
fracs parecan correr para alcanzarlo y dominarlo.

--Nlida, nuestra amiga Nlida, con su escolta de admiradores--dijo
Maltrana--. Todas las naciones de a bordo estn representadas en este
squito amoroso. Slo faltamos nosotros; pero tengo la certeza de que si
usted no va a ella, ella le buscar.

Admiraba su boca de tigresa en celo, segn l deca; boca de hmedo
carmes, en la que brillaba luminoso el ncar de una dentadura voraz. Al
abrirse con el desperezo de la risa, sus dientes, un tanto agudos,
parecan surgir de este estuche rojo, como salen las uas de la zarpa de
un felino.

Ocup una mesa ella sola, e inmediatamente la rodearon sus acompaantes.
Hablaba en alemn, ingls, francs y espaol con todos ellos, llevndose
a los labios un cigarrillo sin encender. Uno de los adoradores se
inclin ofrecindole la llama de un fsforo.

--se es el que llaman el barn--dijo Maltrana--: un belga que nos
abruma con su hermosura de Antinoo, petulante e insufrible lo mismo que
esas muchachas que alcanzan en un concurso el premio de belleza... Por
el momento, es el preferido.

--Nlida!... Nlida!--grit una voz de mujer.

Era la mam, que, desde una mesa cercana, pretenda corregir con este
llamamiento la audacia de su hija. Poda tolerarse que fumasen las
artistas, pero no una seorita que viaja con sus padres. Bastaba ver la
actitud de las damas que estaban en el jardn de invierno: fingan no
reparar en ella, pero se adivinaba en sus ojos una impresin de
escndalo... Todo esto pareci decirlo la madre con su mirada y su breve
llamamiento. Pero Nlida se limit a contestar framente: Mam!, y
encogindose de hombros sigui fumando. La madre se repleg vencida,
cruz los brazos sobre el vientre y qued en la inmovilidad de una
esfinge cobriza al lado de su esposo, que hablaba con un vecino.

--Ese padre es admirable--dijo Isidro--, tan admirable como la nia. Vea
su aire de patriarca, sus barbas y sus melenas canas, la mansedumbre con
que habla y la deferencia con que escucha. Por dos veces se declar en
quiebra hace aos; pero en Amrica se olvidan pronto estas cosas, y
segn parece, vuelve ahora para reanudar sus antiguos trabajos.

Haba perdido en Europa gran parte de su fortuna, pues lo que obtiene
xito a un lado del Ocano no lo obtiene en el otro, y regresaba,
despus de catorce aos de ausencia, con el propsito de explotar varios
negocios estupendos, segn l, que an le quedaban por all.

--Creo que es una mina--continu--en el Norte de la repblica, cerca de
Bolivia, no s si de petrleo, de diamantes o de libras esterlinas
recin acuadas. Ha olido que soy pobre, y no se digna exponerme sus
planes; pero ya ver cmo se le aproxima as que se percate de que usted
desea trabajar en Amrica y lleva dinero para eso. Le va a proponer
algn negocio, como se lo est proponiendo en este momento a Prez, el
que se sienta a su lado; Prez el anglmano, que se indignaba esta
maana en Tenerife; el amigo de la civilizacin... Y si el seor
Kasper se digna interesar a usted en sus asuntos, intil es decirle que
su fortuna est hecha. Padre extraordinario!...

Y Maltrana contempl al bondadoso patriarca con una admiracin irnica.

--De vez en cuando se da cuenta de que existe su hija, y la acaricia
bondadosamente. La madre, con el buen sentido que ha podido salvar de la
oleada de grasa que invade su cuerpo, llama la atencin de su marido
sobre la conducta de Nlida. Los escrpulos y preocupaciones de una
educacin recibida en una repblica del Pacfico la hacen protestar de
los escndalos de esta muchacha, que nada tiene suyo, que fsica y
moralmente pertenece al padre, y que mira con cierta superioridad, cual
si fuese una nodriza o una criada vieja, a la mulatona que la llev en
el vientre... Y el padre se conmueve y abraza a Nlida. Pobrecita! Las
personas atrasadas no saben cmo debe educarse una joven moderna. Es la
ignorancia, el fanatismo de la gente que habla espaol... Y Nlida, que
a su vez se acuerda de que tiene un padre, le acaricia las melenas con
manoseos de gata amorosa y suspira agradecida: Pap... pap.... La
familia ms interesante de todo el buque. Y an falta el otro, el
guardia de corps.

Y sealaba un jovencito moreno, subido de color, sentado entre los
adoradores de Nlida.

--Es el hermano pequeo, el nico que se asemeja a la madre. Acompaa a
Nlida por todo el buque, y ella lo acepta como una prolongacin de la
familia, porque esta vigilancia honorable le permite ir sola entre los
hombres. El muchacho es medio imbcil, le dan ataques epilpticos, habla
con incoherencia. Cuando ella tiene inters en quedarse sola lo enva al
camarote para que busque cualquier cosa, y el chico se resiste
recordando que debe obedecer a mam. Pero intervienen los adoradores de
la hermana, amigos que le dan champn y buenos cigarros, y acaba por
ausentarse, hasta que se tropieza con la madre, que le rie por haber
olvidado sus deberes...

Ojeda, sintiendo un inters repentino por este relato, miraba a Nlida.

--Los dos hermanos--continu Maltrana--se odian con un odio de raza, y
por la noche disputan y se pegan. Ella ensea a sus amigos las marcas de
los golpes; l oculta los araazos bajo una capa de polvos, pero afirma
con un rencor balbuciente que se lo contar todo a su hermano el mayor,
el nico equilibrado de la familia, un centauro de la Pampa, un
estanciero, al que respeta el padre, adora la madre y tiene un miedo
horrible la hermosa Nlida. Cuando habla de l se pone plida. Se ve que
este mozo del campo no cree en la educacin de una joven a la moderna,
y arregla a palos los problemas de honor. La nia tiembla al pensar en
la futura entrevista y en lo que pueda decir el hermanito, que la
amenaza con sus revelaciones; por ella no llegaramos nunca a Buenos
Aires... Pero sus terrores pasan pronto: los olvida apenas se ve rodeada
de hombres. Cuando se acaricia los labios con su lengua de gata, es
capaz de saltar por encima del vengador de la Pampa que tanto miedo le
infunde.

Otra vez los ojos negros de la madre, ojos abultados y dulces, que
recordaban la mirada lacrimosa de los llamados andinos, se fijaron en la
hija con una severidad titubeante. Nlida!, volvi a gritar. Pero
Nlida no se dign responder, y bebiendo el resto de su taza psose de
pie, encendiendo otro cigarrillo. El grupo de fieles se levant tras
ella. Iban a pasear por la cubierta hasta la hora del baile. Salieron en
tropel, y el hermano quiso reunirse con su madre, pero sta se indign:

--Anda vos con Nlida, grandsimo zonzo. A qu vens ac?... No la
perds de vista.

Con ste, que era de su color y su sangre, mostrbase autoritaria la
buena seora, obligndolo a correr detrs de Nlida.

El doctor Zurita, arrellanado en un silln, segua con los ojos
entornados las espirales de humo de su gran cigarro. Las damas de su
familia hablaban con otras argentinas de las mesas inmediatas.

--Le hago falta a mi buen doctor--dijo Maltrana--. Se est aburriendo
con la charla de las seoras... Yo tambin siento la falta del magnfico
cigarro que seguramente me guarda... Usted sale a la cubierta,
Ojeda?... Voy en busca del tributo.

Al aproximarse al doctor, ste pareci despertar, al mismo tiempo que
rebuscaba en los bolsillos de su _smoking_.

--_Che_, Maltrana; venga para ac, galleguito simptico... Tome uno de
hoja.

Y le entreg un cigarro enorme, al mismo tiempo que aada en voz baja:

--Sintese, amigo, y conversemos... Diga qu le pareci esta fiesta de
los gringos. Qu pavada! no?...

Ojeda sali a la cubierta. La luz de los reverberos incrustados en el
techo de las dos calles iluminaba de alto a abajo a los paseantes, sin
que sus cuerpos proyectasen sombra en el suelo. Caminaban
apresuradamente, con una movilidad de bestias enjauladas, lo mismo que
se camina en los colegios, los conventos y los presidios, buscando
suplir con la rapidez de la locomocin lo limitado del espacio. Las
mujeres desfilaban masculinamente, a grandes zancadas, temiendo la
exuberancia adiposa de una digestin inmvil. Desafibanse los grupos a
quin dara los pasos ms largos, y circulaban con una rapidez de fuga
entre las ventanas de los salones y los grupos acodados en las barandas.

Ms all del nimbo de luz lctea en que iba envuelto el buque, extendan
el mar y la noche el misterio de su obscuro azul punteado de
fosforescencias de agua y fulgores siderales. Algunos miraban las
estrellas, discutiendo sus nombres. Gentes del otro hemisferio ojeaban
impacientes el horizonte, creyendo ver asomar a ras del agua la famosa
Cruz del Sur... No se distingua an; pero dentro de cuatro o cinco das
la veran elevarse majestuosa en el firmamento. Y muchos parecan
entusiasmados con esta esperanza, como si al contemplar la constelacin
admirada desde su niez se creyesen ya en sus casas.

La noche era calurosa. Muchas gorras haban quedado abandonadas en las
perchas del antecomedor. Las cabezas erguanse descubiertas sobre el
albo tringulo de las pecheras, brillando al pasar junto a los
reverberos con reflejos de laca negra. Ni el ms leve soplo de brisa
desordenaba la armona de los peinados femeninos. Al cruzarse los grupos
en su apresurada marcha, se saludaban, como si no se hubiesen visto en
mucho tiempo. Cambiaban sonrisas y guios, lo mismo que en el paseo de
una ciudad. Todas las mesas del fumadero estaban ocupadas. Algunos
grupos tenan ante ellos un pequeo mantel verde y paquetes de naipes.
Ojeda, en una de sus vueltas, vio al seor Munster a la puerta del
caf. Al fin iba a realizar sus deseos; ya tena medio formada su
partida de _bridge_. Haba conquistado en el saln a la madre de Nlida,
y crea poder contar igualmente con Mrs. Power. A pesar de esto, volvi
a repetir, con una tenacidad de manitico:

--Qu extrao que usted no sepa, seor! Un juego tan distinguido!...

Fernando, cansado de circular entre los grupos, que al encontrarse en
sus vueltas se inmovilizaban obstruyendo el paso, se detuvo en la parte
de proa, apoyndose en la barandilla. Sus ojos experimentaron la
voluptuosidad del descanso al sumirse en el obscuro azul poblado de
suaves luces. Circulaba a su espalda el movimiento humano acompaado de
vivos resplandores; ante l la silenciosa calma del mar tropical,
dormido como un lago sin riberas.

Estaba triste. La alegra del champn que le haba acompaado al
levantarse de la mesa, convertase ahora, al quedar solo, en una
melancola inexplicable. Ojeda se comparaba a ciertas vasijas en cuyo
interior los lquidos ms dulces se agran, perdiendo su perfume. Ay,
el doloroso recuerdo de lo que dejaba atrs!...

Un sentimiento confuso de despecho y envidia unase a su tristeza. As
como el buque iba entrando en los mares tranquilos de inmvil esmeralda,
en las noches clidas pobladas de titilaciones de espuma y de luz,
pareca transformarse. Un ambiente de dulce complicidad, de bondadosa
proteccin, extendase desde los salones lujosos a los ms profundos
camarotes. Hombres y mujeres de idiomas diferentes, que haban subido al
trasatlntico en distintos puertos y lo abandonaran en diversas
tierras, se buscaban, se saludaban, se sonrean, para acabar paseando
juntos, hablando en alta voz palabras sin inters, y mirndose al mismo
tiempo fijamente en las pupilas, inclinando la cabeza el uno hacia el
otro como impulsados por una atraccin irresistible. Obscuros instintos
servan de gua a la gran masa para seleccionar sus afectos,
fraccionndose en grupos de dos seres, segn las afinidades de sus
gustos o las ocultas atracciones reflejadas en los ojos. Se modelaba
aquella noche el boceto de lo que iba a ser esta sociedad lejos del
resto de la tierra, vagabunda sobre una cscara de acero en el desierto
de los mares. Este mundo efmero, que slo poda durar diez o doce das,
ofrecera los mismos incidentes de un mundo que durase siglos. Los diez
das iban a representar en la vida de muchos tanto como diez aos.

Alguien haba saltado al buque en las ltimas escalas. No era la
esperanza sin cabeza y con alas la nica intrusa. Vena oculto en los
profundos sollados--como aquellos vagabundos descubiertos a la salida de
Tenerife--, y al verse en pleno mar de romanza, tranquilo y luminoso,
deslizbase furtivamente de su escondrijo, iba examinando las caras de
sus compaeros de viaje, los aparejaba segn sus gustos, e invisible y
benvolo, empujbalos unos hacia otros. Una atmsfera nueva se esparca
por las entraas del buque. Respiraban los pechos otro aire, provocador
de inexplicables suspiros. Los que hasta entonces haban dormitado
tranquilamente, arrullados por las ondulaciones del Ocano, se
revolveran en adelante inquietos durante las noches tranquilas y
estrelladas, no pudiendo conciliar el sueo.

Los ojos femeniles iban a descubrir inesperadas atracciones en el mismo
hombre contemplado con aversin o indiferencia durante los primeros das
del viaje. Las mujeres se transformaban con una valorizacin creciente,
apareciendo ms seductoras a cada puesta de sol, como si el trpico
comunicase nueva savia a las hermosuras decadas, como si la proa del
navo, al partir las olas buscando las soledades del Ecuador, se
aproximase a la legendaria Fontana de Juventud soada por los
conquistadores.

Ojeda conoca a este intruso invisible y juguetn que revolucionaba el
trasatlntico, y el intruso lo conoca igualmente a l desde algunos
aos antes. Tal vez le rozase, como a los otros, con sus alas de
mariposa inquieta, pero al reconocerle, seguira su camino. Nada tena
qu hacer con l... Y esta certeza de permanecer al margen de la vida
pasional que iba a desarrollarse en medio del Ocano amargaba a
Fernando. Viajero por amor, tendra que contemplar la felicidad ajena
como los eremitas del desierto contemplaban las rosadas y fantsticas
desnudeces evocadas por el Maligno. Ay, quin podra darle en viviente
realidad la imagen algo esfumada que lata en su recuerdo!... Pasear
sintiendo el dulce brazo en su brazo; soar arriba, en la ltima
cubierta, ocultos los dos detrs de un bote, las bocas juntas, la mirada
perdida en el infinito; vivir toda una vida en tres metros de espacio,
entre los tabiques de un camarote, despertando del amoroso anonadamiento
con la campana del puente, que sonaba, en la inmensidad ocenica,
discreta y tmida, como la otra campana monjil!... Y sumiendo Fernando
su mirada en los borbotones de espuma moteados de puntos de luz que
resbalaban por el flanco del navo, gimi mentalmente, con un
llamamiento angustioso:

--Oh, Teri!... Alegra de mi existencia!

Una ligera tos le hizo volver la cabeza, y vio junto a l, apoyada en la
baranda, a Mrs. Power, su vecina del comedor. Un tul verde cubra la
desnudez de su escote. Llevbase a la boca el cabo dorado de un
cigarrillo, y un surtidor de humo parta de sus labios, tomando reflejos
de iris bajo el resplandor elctrico antes de perderse en la obscuridad.

El primer movimiento de Ojeda fue de molestia y de clera, como el que
en mitad de un ensueo dulce se ve despertado. Aborreca a esta mujer
hermosa, por su tiesura varonil; no poda soportar la mirada de sus ojos
claros, de fijeza insolente, que parecan retar a un duelo a muerte.

Quiso volver la cabeza hacia el Ocano, pero ella no le dio tiempo.

--Es la luna?--pregunt en ingls sealando una leve mancha lctea a
ras del horizonte.

--Tal vez--respondi Fernando en el mismo idioma--. Pero no... Creo que
la luna sale ms tarde.

Y tras este cambio breve de palabras, que recordaba los dilogos
incoherentes de un mtodo para aprender lenguas, los dos se vieron
sbitamente aproximados. Ojeda no supo si fue l quien avanz por
instinto, o ella con la varonil intrepidez de su raza; pero sus codos se
tocaron en la barandilla y sus cabezas quedaron separadas nicamente por
una pequea lmina de atmsfera.

Mrs. Power pregunt a Fernando por su amigo, sonriendo al recordar su
movilidad y el lenguaje hbrido y pintoresco con que la saludaba todas
las maanas. Un tipo interesante mster Maltrana; lstima que ella no
pudiese entender muchas de sus palabras!... Y el recuerdo de las
dificultades de lenguaje que se sufran a bordo le sirvi para
justificar su aproximacin a Ojeda. Necesitaba un amigo que conociese su
idioma. Conversaba de vez en cuando con los Lowe, aquel matrimonio de
compatriotas suyos; pero... Y haca un gesto de altivez para indicar que
no eran de su clase.

A la tropa de americanos ruidosos la mantena alejada. Eran viajantes de
comercio, ganaderos de las praderas, gente ordinaria. Se aburra con las
seoras de otras nacionalidades que hablaban ingls. Ella haba gustado
siempre de la sociedad de los hombres... Luego interrumpi el curso de
la conversacin para preguntar a Ojeda cunto tiempo haba vivido en los
Estados Unidos; y al enterarse de que nunca haba estado all,
prorrumpi en una exclamacin de asombro: _Ah!_. Se echaba atrs,
como si la acabase de ofender una falta imperdonable de respeto. Pero se
repuso inmediatamente de esta impresin de desagrado.

--_All right!_ Usted me ensear el espaol y yo le perfeccionar en el
ingls. Se adivina que lo aprendi en Londres. Los americanos lo
hablamos mejor; eso lo sabe todo el mundo.

Y convencida de la superioridad de su pas sobre todo lo existente,
propuso a Fernando que fuese su amigo con igual gesto que si contratase
un buen servidor para su casa. A impulsos de su franqueza dominadora, no
ocultaba que se haba enterado de la historia de l, as como de la de
todos los que en el buque atraan su atencin.

--Usted es poeta, lo s, y yo nada tengo de _poetical_: se lo
advierto... Mi padre s; mi padre era alemn y muy dado a las cosas del
sentimentalismo. Yo he nacido para los negocios, y ayudo a mi marido.
Si no fuese por m!...

Un paseante interrumpi la conversacin. Era el seor Munster, que,
llevndose una mano al casquete, suplicaba humildemente:

--Seora, acurdese de su promesa... La aguardamos en el saln para
nuestra partida de _bridge_. Usted slo falta para que empecemos.

Mrs. Power sonri con una amabilidad feroz. Luego ir.

Y Munster, comprendiendo lo enojoso de su presencia, se retir
discretamente antes de que la dama le volviese la espalda.

Ella sigui hablando de su carcter; un carcter prctico, incompatible
con la ilusin _poetical_. Atacaba ferozmente el odiado fantasma de la
poesa, como si viese en l un motivo de errores y desgracias. Luego
habl de su marido con un entusiasmo tenaz, molesto para Ojeda. Era ms
alto que l y de una distincin que conquistaba el respeto de todos.
Haba nacido en la Quinta Avenida de Nueva York, hijo de un famoso
banquero; pero la familia estaba arruinada.

--Usted, seor, es de los ms distinguidos de a bordo, y por esto hablo
con usted... Pero no llega ni con mucho a mster Power. Le falta algo.
Usted lleva la corbata de un color y el pauelo de otro. Mi pas es el
nico dnde el hombre puede llamarse elegante. Mster Power no saldr a
la calle si no lleva del mismo tono la corbata, el pauelo y los
calcetines. Es lo menos que puede hacer un _gentleman_ que se respeta.

Pero Fernando apenas escuchaba estas lecciones, expuestas con gravedad
cientfica. Sentase perturbado por una embriaguez ascendente, como si
el vino que poco antes pareca contraerse con tristeza en su interior
hiciese explosin de nuevo, avasallando sus sentidos. Fijbase en los
ojos de la norteamericana, en sus pupilas lquidas y temblonas, que se
destacaban del ncar de las crneas con el brillo de una luz cambiante,
reflejo mixto de malicia y candidez.

Acaricibale un perfume que vena de ella como una msica lejana y
conocida. Tal vez fuese ilusin de sus sentidos, excitados por el
recuerdo; tal vez una errnea semejanza al encontrarse por vez primera,
luego de su embarque, al lado de una mujer elegante. Aquella americana
ola lo mismo que la otra; esparca uno de esos perfumes indefinibles
que no pueden adquirirse, pues carecen de nombre; un perfume irreal, que
es como el uniforme impalpable que envuelve a las mujeres de todos los
pases acostumbradas a una vida de comodidades y refinamientos; perfume
de carne cuidada con amor, de epidermis pulida por el frote higinico;
olor de agua, segn deca Ojeda.

Oh, Teri!... Teri! Sus ojos encontraban tambin una semejanza
fraternal en el cuello esbelto y ligeramente inclinado, lo mismo que el
vstago de una flor que se ladea graciosamente bajo su peso; en las
manos de blancura de hostia, con uas abombadas y brillantes, parecidas
a ptalos de rosa.

Era Mrs. Power; bastaba ver sus ojos de agua conmovida, escuchar su
palabra glacial de mujer de negocios, para convencerse de su identidad;
pero al mismo tiempo era la otra, por la lnea majestuosa de su cuerpo,
por el ademn suelto y despreocupado de hembra elegante segura de su
poder de seduccin, por el halo de perfume luminoso que pareca
envolverla. Ojeda escuchaba su voz sin saber qu deca, pensando en
Teri, vindola junto a l bajo una nueva forma. Miraba a Mrs. Power como
si fuera una mscara que acabase de encontrar en un baile y de la cual
conoca el secreto a pesar de la voz fingida y el rostro desfigurado.

Llevaba varios das poblando la vida solitaria de a bordo con la imagen
de Teri. Se haba paseado con ella por el desierto de la ltima
cubierta, oprimiendo su brazo areo, oyendo el leve crujido de sus pasos
invisibles, murmurando dulces palabras que slo obtenan una respuesta
mental. Ella ocupaba un silln vaco junto a sus libros en las largas
tardes de lectura, y por la noche, al abrir el camarote, deslizbase
detrs de sus huellas, misteriosa y sonriente, para no abandonarle en
las horas de insomnio y ser lo ltimo que vean sus ojos, esfumndose
como una visin que se aleja cuando al fin le rozaba la mano del sueo.

Ahora, la mujer impalpable y luminosa que le segua a todas partes haba
desaparecido, pero era para ocultarse indudablemente dentro de aquella
otra real y tangible que tena a su lado. Esta reencarnacin se haca
sentir con un contacto menos ilusorio; pero en el misterio de su
encierro la delataba su perfume. Oh, Teri!... Teri! Su nica
preocupacin por el momento era que la americana no dejase de hablar,
que no huyese, llevndose con ella su oloroso nimbo.

Quiso Ojeda conocer su nombre de nacimiento, libre del apellido marital;
y al or que se llamada Maud, experiment cierto descontento. Estaba
esperando, no saba por qu, otro nombre, una revelacin que justificase
sus ilusiones.

Maud sigui hablando de su marido, haciendo elogios de sus condiciones
fsicas y compadeciendo al mismo tiempo su simpleza de nio grande,
versado nicamente en elegancias y juegos atlticos. Ella era el varn
fuerte, la cabeza directora de la asociacin matrimonial. Haba ido a
Nueva York en busca de nuevos capitales para un negocio de caucho que
tenan en el Brasil. Su marido slo serva para admirarla y obedecerla,
y ella haba de hacer frente a los accidentes del comercio, empleando la
palabra melosa, la sonrisa enigmtica y el gesto de enojo en esta pelea
por el dlar.

Los quince das pasados en Pars al regreso de los Estados Unidos haban
sido los mejores de su viaje. Una vida de muchacho aturdido con varias
compatriotas libres como ella de las viejas ataduras del sexo; una
existencia de estudiante; teatros, cenas hasta altas horas de la noche,
sin ms hombres que algn _gentleman_ viejo, que acompaaba a esta tropa
de emancipadas lo mismo que un guardin de harn sigue a las odaliscas
en vacaciones. Y nada de visitas a los Bancos o de conferencias feroces
como las que haba tenido dentro de un escritorio inmediato a las nubes,
en el piso treinta y cuatro de un rascacielos neoyorkino. Lo que cuesta
cazar el dlar, tan necesario para la vida!... Pero regresaba satisfecha
de su viaje, pensando en el suspiro de alivio que exhalara mster Power
cuando en el muelle de Ro Janeiro le explicase que el peligro de ruina
quedaba conjurado gracias a ella. Adorable nio grande! Qu hara el
pobre en el mundo sin su mujer?...

Y en esta charla surga a cada momento el elogio del marido, el tierno
entusiasmo por su vistosa inutilidad, lo que produca en Fernando cierta
irritacin... Y para esto se le haba acercado con aire de _flirt_
aquella seora?...

Una trompeta lanz a guisa de llamada el toque arrogante y provocador
del hroe Sigfrido. Corrieron los paseantes con el alborozo que
despierta todo suceso extraordinario en la vida tranquila de a bordo.
Era la seal para el baile. Mrs. Power y Ojeda fueron tambin hacia el
fumadero, en cuyos alrededores se aglomeraba la gente.

Formbanse los msicos de dos en dos, y tras ellos se agit el
comandante dando rdenes en varias lenguas, acaricindose la amplia
barba y saludando a las seoras. Rogaba a todos que se agrupasen en
parejas. Iba a empezar la fiesta con la polonesa tradicional, solemne
paseo por las cubiertas antes de llegar al comedor convertido en saln
de baile.

El amigo Neptuno--cmo le llamaba Maltrana--pareci dudar algunos
segundos antes de escoger su acompaante. Quera dedicar este honor a la
ms alta dama del buque, y sus ojos iban indecisos del collar de perlas
de la esposa del millonario gringo a los lentes y la majestuosa
corpulencia de la seora del doctor Zurita. Pero el santo respeto a la
autoridad y las categoras sociales le sac de dudas. El doctor haba
sido ministro en su pas, y esto bast para que el hombre de mar,
inclinndose sobre sus piernas cortas con una galantera versallesca,
ofreciese su brazo a la matrona argentina.

Tras de ellos se form la fila de parejas, escogindose unos a otros
segn anteriores preferencias o al azar de la proximidad con bizarros
contrastes que provocaban risas y gritos. Las seoras viejas, los nios
y los domsticos presenciaban el arreglo de esta procesin agolpados en
puertas y ventanas. Isidro daba el brazo a la tiple noble de la compaa
de opereta, duea voluminosa, de cara herptica, que ostentaba sobre la
pechuga una condecoracin turca.

Maud contempl la formacin con mirada irnica, pero de pronto sintise
arrastrada por la alegra general: Nosotros tambin. Y tomando el
brazo de Ojeda, se introdujo en la fila.

Rompi a tocar la msica una marcha solemne, una de tantas Marcha de
las antorchas escritas para natalicios y matrimonios de pequeos
prncipes alemanes, y la procesin se puso en movimiento, contonendose
las parejas al comps del ritmo.

Corran del interior del buque las camareras con gorrito de blondas y
los _stewards_ de corbata blanca para presenciar este desfile, riendo
con una buena fe germnica al ver a los seores agarrados del brazo y
marchando con las caderas balanceantes. La cabeza de desfile desapareci
de pronto, y el ruido de cobres fue debilitndose. La polonesa,
saliendo del paseo al aire libre, se introduca en los salones,
serpenteando entre mesas y sillas hasta desembocar en el paseo de la
banda opuesta, donde los instrumentos recobraban su primitiva sonoridad.
Otras veces la msica se perda gradualmente, como si la absorbiesen las
entraas del buque, y el desfile iba descendiendo por las amplias
escaleras a los pisos inferiores.

Delante de Mrs. Power iba Nlida, la nica que se apoyaba al mismo
tiempo en los brazos de dos hombres. Un joven alemn que se haca pasar
por pariente suyo, y el barn, el belga hermosote, la escoltaban,
hablndose afectuosamente como amigos que beben juntos y juegan al
_poker_, pero con un rencor en la mirada de hombres bien educados que
consideran la mayor de las distinciones saber ocultar sus sentimientos.
Y ella mostrbase contenta por este doble deseo que tiraba de sus brazos
y la envolva en un ambiente de sorda pelea; se dejaba llevar casi a
rastras, encorvada su esbelta figura, riendo sin saber de qu, con la
boca seca, abarcando a los dos varones en la mirada de sus ojos hmedos
y vidos, que parecan englobarlos en una predileccin idntica, sin
poder distinguir el uno del otro.

La compaera de Fernando fue transformndose al marchar entre los gritos
y risas de este alborozo general. Perciba l ahora con mayor intensidad
el perfume misterioso escapndose de las profundidades del escote. Hasta
crey sentir en el puo una ligera crispacin de la mano de Maud, un
movimiento tal vez inconsciente, un leve roce despertador que se
ensanchaba en ondas de emocin hasta los extremos de su organismo, y
unas veces le haca caminar como si volase y otras pareca clavarle en
el suelo. Era tal vez una caricia irreal, imaginada ms bien que
sentida, pero idntica a otras que perduraban en su recuerdo... Adems,
el mismo roce de curvas armoniosas al marchar; igual encontrn con unas
durezas de contacto fulminante. La pesadumbre del brazo femenil se haca
por momentos ms sensible. Un hombro desnudo se apoyaba en l, dejando
sobre el pao negro del _smoking_ tenues manchas de velutina.

Al volver hacia ella una mirada vida y encontrarse con sus ojos no
senta extraeza, como si los conociera desde mucho antes. Eran grises;
los que l llevaba en su recuerdo eran negros, con reflejos de mbar;
pero unos y otros le miraban de igual modo, con una expresin
invitadora. Fernando sinti el temblor que avisa la llegada de la
fortuna, la emocin que precede a los grandes triunfos... La vida es
hermosa!... Y un estremecimiento del brazo adorable pareci responderle
ensalzando mudamente la belleza de una existencia que puede elevarse,
gracias al amor, por encima de todas las realidades.

Se vieron de pronto debajo de las banderas y las guirnaldas elctricas.
La msica, apelotonada en un extremo del comedor, haba cambiado de
ritmo, y las parejas, as como iban entrando, giraban enlazadas
siguiendo las caricias de un vals.

Instintivamente se recogi Maud la cola del vestido, apoy Ojeda un
brazo en su talle, y experimentaron cierta sorpresa al verse entre los
danzarines demasiado numerosos, que chocaban con rudos encuentros de
codos y de grupas. La ilusin, el champn y el deseo, fermentando
sordamente en l, parecieron explotar de pronto, removidos por las
vueltas de la danza. Su brazo retena enrgicamente el talle de Maud,
como temeroso de que pudiese huir; mirbanse en las pupilas con una
fijeza agresiva, lo mismo que los luchadores que quieren reconocerse
bien en el ltimo instante, antes de caer el uno en brazos del otro.

Balbuceaba Ojeda sin saber ciertamente lo que deca. Hablaba ahora en
castellano, y su splica incoherente era una especie de msica sin
palabras, cuya vaguedad produca en l cierta emocin.

--Di que s... di que quieres... Sera yo tan dichoso... tanto!...

Ella sonri, agradeciendo tal vez que hablase en su idioma, lo que le
evitaba la obligacin de entenderle y de ruborizarse. Al mismo tiempo,
sus ojos se entornaban para mirarlo con una expresin de caricia
anticipada.

Ces la msica; las parejas se retiraron dndose el brazo. Maud se
inclin un momento para corregir un desorden de su falda, y al
incorporarse mostr un gesto de altivez, como si hubiese recordado algo
que le devolva a su glacial serenidad.

Se dirigi a la puerta seguida de l, que en su exaltacin no se daba
cuenta de este cambio repentino. Continuaba hablando en espaol,
repitiendo la misma splica con un tuteo pasional. Y ella, por dos
veces, sonriendo de las dificultades de su pronunciacin, le dio la
respuesta en el mismo idioma:

--No compregndo... no compregndo.

En el antecomedor le tendi una mano para despedirse. Se retiraba a su
camarote: gustaba de acostarse temprano; esta noche haba sido
extraordinaria. Ojeda se lade como si intentase cortarla el paso, al
mismo tiempo que su voz se haca ms suplicante. Irse? Dejarlo en la
soledad de aquella fiesta, donde todo le era extrao y antiptico?... Se
senta enfermo.

Pero ella le ataj con su irona helada.

--Debe ser el estmago. Vea al mdico... A m no me impresionan esas
quejas; ya sabe que no soy _poetical_.

Fernando insisti. Le esperaba una noche horrible: no podra dormir.

--Yo le enviar con la doncella unos sellos que dan sueo.

Oh, si ella quisiera!... Si le permitiese ir detrs de sus pasos al
encuentro de la felicidad!

--No compregndo... no compregndo.

Repiti su splica en ingls, y ella lo mir entonces de abajo arriba,
sin odio, sin escndalo, con extraeza, como en presencia de un atentado
a las buenas formas sociales, asombrada de la rapidez con que aquel
hombre pretenda suprimir de golpe todas las esperas prudentes
establecidas por la costumbre.

--_Good night_--dijo framente.

Y le volvi la espalda, alejndose por el corredor que conduca a los
camarotes de preferencia, erguida y majestuosa.

Desconcertado por esta escena que nadie haba visto, sinti Ojeda un
deseo de huir, como si fuese a estallar en torno de l una explosin de
carcajadas. Arriba, en la cubierta, slo quedaban los paseantes tenaces,
y en el caf los jugadores de _poker_, para los cules no haba msicas
ni bailes que pudiesen alejarlos del tapete verde. La familia italiana
rodeaba a su prelado, empujndolo cariosamente. nimo, ilustrsima!
Deba descender al saln para echar un vistazo a la fiesta y lucir la
cruz de oro. Aqu no estaban en tierra, y la vida de a bordo permite
mayores libertades. Hasta el abate de las conferencias andaba por las
cercanas del baile, asomando su cara barbuda. El mar... es el mar,
Monseor.

Persisti en Fernando la misma sensacin de desconcierto y de miedo al
tropezarse con los paseantes, cual si stos pudiesen adivinar lo que
haba ocurrido abajo. Le molestaba la msica, por creerla igual a una
risa burlona. Otra vez necesitaba huir en busca de obscuridad y
silencio. Y tom una de las escaleras que conducan a la cubierta de los
botes.

Arriba crey despertar con el fresco de la noche, como los ebrios que
reciben de pronto una corriente de aire. Hasta all le haba acompaado
un sentimiento de despecho; la clera de su orgullo varonil herido por
el fracaso; el escozor de una situacin ridcula. Pero ahora le
atormentaba el remordimiento; senta vergenza de l mismo, deseaba
empequeecerse, desaparecer, como si una mirada iracunda le espiase en
la sombra.

--Muy bien, seor Ojeda--murmur irnicamente--; se est usted portando
como un caballero.

Y dejndose caer en un banco, aadi con rabia:

--Eres un canalla; un canalla que merece la muerte!

Slo haban transcurrido unos minutos, y se preguntaba con extraeza si
era l mismo el que danzaba abajo, enloquecido por el perfume de una
seora a la que slo conoca desde unas horas antes, balbuceando como un
mozuelo atrevidas proposiciones. Ah, miserable sin voluntad!...
Abandonaba con rudo tirn su vida anterior, marchaba aventuradamente al
otro hemisferio, todo por una mujer, y a las primeras jornadas, cuando
an brillaban sobre sus cabezas las mismas estrellas, arrastrbase con
splicas viles ante una desconocida a impulsos de un deseo fulminante
que haca rer.

Senta vergenza al recordar las palabras que haba escrito en la tarde
anterior, imitando la firmeza de los hroes wagnerianos. Y cuando
estemos alejados, quin podr separarnos?... Un solo da haba bastado
para que olvidase sus juramentos. An no habra salido a aquellas horas
su carta de Tenerife, y ya estaba lo mismo que Sigfrido, olvidado de
Brunilda, humillndose amoroso a los pies de una Gotunda que se burlaba
de l. Y esto lo haba hecho por voluntad espontnea, sin necesitar
filtros de olvido.

Cerraba los puos amenazndose a s mismo; pero un sentimiento de
tristeza y desaliento suceda a esta indignacin. Deseaba ocultarse,
como si en su vergenza necesitase ms sombra, ms silencio, y huy otra
vez, siempre hacia lo alto, remontando la escalera de la ltima
toldilla, cerca del puente.

Aqu, calma absoluta; la escasez de luz haca ms visible el azul
profundo del cielo, ms intenso el fulgor de los astros. La torre de la
chimenea destacaba su obscura masa sobre el espacio punteado de
resplandores; las vedijas de humo, al escaparse de su boca, empaaban
por unos instantes el brillo de las constelaciones. El balanceo del
barco haca pasar las estrellas de un lado a otro de los mstiles, como
lucirnagas juguetonas que saltasen entre palos y cordajes.

Ojeda experiment la sensacin de paz que desciende del cielo nocturno
sobre los grandes dolores. Haba momentos en que deseaba llorar, lo
mismo que un nio que implora perdn. Teri!... Teri! Ella vivira a
aquellas horas seguramente pensando en l. Tal vez estaba ya en Pars, y
en medio de los ruidos del bulevar, en un teatro o en una fiesta, su
imaginacin se apartaba de lo inmediato para seguir con angustia la
marcha de un buque que slo conoca de nombre. Ay, si ella supiese! Si
ella pudiese ver!...

Se analizaba Ojeda con una minuciosidad cruel. No era digno de la dicha
que haba acompaado los mejores aos de su existencia. Y sin embargo,
l no se crea responsable; era su alma, el sexo de su alma,
completamente distinto y divergente de su sexo material. Hombre como los
otros, agitado y dominado por una virilidad rpida en sus impulsos,
bestia de presa capaz de atropellar y matar, lo mismo que los varones
prehistricos, cuando le perturbaba la embriaguez del deseo, reconoca
sin embargo que su alma era femenil, como las de la mayor parte de los
humanos. Bastaba la visin de una carne desconocida, una sonrisa, una
ojeada, para que diese al olvido juramentos y compromisos.

Se insultaba framente, y para aminorar su culpa, inclua en esta
vergenza a todos sus semejantes. Nos consideramos muy hombres, y
tenemos un alma de cortesana. Estamos a la espera de lo que llega,
crdulos y fatuos para aceptar como una fortuna la primera hembra que
nos mire, giles y prontos para nuevos deseos, olvidando el ayer con la
inconsciencia de una profesional...

De nuevo el recuerdo de la carta con los juramentos de Sigfrido volvi a
su memoria. Aquel hroe membrudo, que con la espada parta yunques y
mataba dragones, tena igualmente un alma de mujer. Apenas separado de
Brunilda, la olvidaba, fijando sus ojos en otra. En cambio, ella, la
femenina walkyria, era el hombre en esta asociacin amorosa. Su alma
varonil y fuerte perteneca a la aristocracia de los que prolongan un
amor nico hasta el ms alto idealismo, ennobleciendo de este modo los
instintos de la carne. Era el andrgino de las remotas leyendas, hombre
y mujer a un tiempo; la personificacin del verdadero amor, que domina
la sed de nuevos deseos, desconoce la curiosidad que inspira lo extrao
y anhela confundirse con el ser que ama, hasta suprimir toda dualidad y
que los dos sean eternamente uno solo.

Y Teri era as. Con su charla de pjaro y su carcter en apariencia
frvolo, era el varn fuerte e inconmovible. Expuesta a las tentaciones
de otros hombres que la deseaban, no haba vacilado jams. Y l era la
mujer sin voluntad, el alma dbil y vulnerable a todo deseo, el instinto
caprichoso que haba que vigilar de cerca y tener siempre de la mano
como a un nio enfermo.

Cuando juraba ser fiel con los ms solemnes juramentos, poniendo por
testigos el amor y la vida, nunca estaba seguro de decir verdad. Senta
la sospecha de que al da siguiente una blancura entrevista, un
revoloteo de faldas, lo armonioso de una lnea, el ritmo de un paso, la
simple novedad de lo ignorado, podan hacerle correr fuera de su camino
lo mismo que una bestia en celo. Y as era l: as la mayora de sus
semejantes. Y este animal, que, enloquecido por lo que considera amor,
tiene en el momento supremo de su dicha movimientos simiescos,
gesticulaciones demonacas, zarpazos de fiera, es el ms noble de la
creacin, el nico depositario de la verdad. Qu diran de los hombres
las tranquilas estrellas si alguna vez haban seguido sus actos con sus
guios luminosos!... Ah, miseria!

Pasaba el tiempo sin que tuviese fuerzas para abandonar aquel banco
lejos de la luz. Tema volver al ruido de abajo. Retardaba el instante
de entrar en su camarote, como si de los tabiques pudieran desprenderse,
saliendo a su encuentro, los recuerdos que haba clavado con la fijeza
de sus ojos en las horas nocturnas de melancola.

Tres veces son la campana mientras l estaba all, inmovilizado por el
abatimiento, y otras tantas contest desde lo alto del trinquete el
baladro del serviola anunciando que las luces de posicin seguan
encendidas. Un oficial paseaba por el puente con la espalda algo
encorvada y las manos en los bolsillos, detenindose a cada vuelta para
sondear con sus ojos la obscuridad. Fernando le encontr cierto aire de
monje yendo y volviendo con igual nmero de pasos por su claustro de
acero. Junto a una luz oculta, que esparca una tenue mancha rojiza--el
resplandor de la bitcora--, estaba otro hombre, con los brazos en cruz,
abarcando la rueda reguladora de la direccin del buque. Y acurrucado en
su minarete, en medio de las tinieblas perforadas por luminosos
parpadeos, exista el centinela invisible, el ronco cantor de las horas,
espa avanzado que escrutaba los hostiles misterios de la noche y del
mar.

Contemplbalos Ojeda con respeto y envidia, sumidos en su gravedad
silenciosa que tena algo de sacerdotal; insensibles a la msica y los
rumores de fiesta que venan de abajo; huyendo de los reflejos luminosos
que esparca el buque sobre sus costados como un halo de gloria;
avanzando la cabeza en la noche para husmearla mejor; indiferentes al
mundo alegre y variado que invada las entraas de la nave en cada
viaje; slidamente adheridos al testuz del monstruo cuya marcha guiaban,
como el cornac gua al elefante montado en su frente. Eran hombres
ocupados en algo ms importante que balbucear deseos al paso de una
hembra. La vida les haba impuesto una obligacin y la cumplan
severamente, sin conocer arrepentimientos ni vergenzas.

El trabajo disciplinado por la responsabilidad se le apareci como la
funcin ms noble y envidiable. Estos ermitaos del puente y de la cofa
tendran, a no dudar, su vida de pasin lo mismo que todo el mundo;
conoceran el amor, que es algo indispensable para la existencia;
llevaran en su alma la flor del recuerdo. Tal vez el oficial iba
acompaado en sus paseos por la imagen de alguna _fraulein_ rubia y
sensible que contaba los das en un puerto ansetico aguardando la
vuelta del buque; tal vez los marineros contemplaban en el espejo de su
rudimentaria imaginacin a la compaera ventruda y mal calzada con su
grupo de pequeuelos carillenos y peliblancos.

Desde su asiento, a travs del marco de una ventana, vea tambin al
telegrafista escribiendo con la cabeza baja e interrumpiendo su
escritura para escuchar el lenguaje chirriante de los aparatos. Atenda
mecnicamente a otros pensamientos perdidos en la noche a una distancia
de centenares de millas, y apenas terminada la conversacin recuperaba
su pluma. Bien poda ser que escribiese a su amada llenando el papel con
versos ingenuos y simples, como la florecilla azul que apunta en el alma
de toda pasin germnica.

Y al adivinar el amor en estos esclavos de la responsabilidad que
velaban por la suerte del pueblo flotante, lo vea nico, noble,
rectilneo, lo mismo que el deber y la disciplina que mantenan a todos
en sus puestos.

Oy pisadas en la toldilla. Una silueta avanzaba titubeante, explorando
los rincones. Era Maltrana, que al reconocerlo se dirigi hacia l,
lamentando su desaparicin... Qu haca all? Por qu no estaba
abajo?... Y acompaaba sus palabras con grandes risas y cariosos
palmoteos. Fernando vio en sus ojos el brillo de una extraordinaria
agitacin. Al hablar esparca su boca un vaho alcohlico.

--La gran noche, amigo Ojeda; y eso que an estamos, como quien dice, al
principio. Esos muchachos son encantadores. Tenemos concertada una
pequea reunin con varias chicas de la opereta para cuando termine el
baile y se acueste la gente seria. Y Nlida? Una valiente. Se ha
deslizado fuera del saln, mientras emborrachaban a su hermanito los
amigos de la banda. Su primer _flirt_, el alemn que se titula pariente
y viene con ella desde Hamburgo, anda loco por todo el buque sin poder
encontrarla. Yo soy el nico que sabe dnde est: yo lo s todo! La he
visto entrar cautelosamente en su camarote, como una gata estremecida, y
llegar despus de ella al barn belga... Y el otro busca que busca. Lo
ms divertido!... Pero qu tiene usted? Por qu esta triste?...

Fernando experiment un deseo egosta de comunicar su desaliento y su
amargura a este amigo regocijado.

--Soy un miserable que siente asco de s mismo. Un verdadero miserable.

Qued Maltrana indeciso, no sabiendo qu gesto adoptar ante una
afirmacin tan inesperada... Luego se encogi de hombros y volvi a
rer, como si leyese en el pensamiento de Ojeda.

Un miserable!... Y qu? l tambin lo era; y todos en el buque lo eran
igualmente. Y as como el viaje fuera hacindose ms largo y avanzase el
_Goethe_ la proa en los mares luminosos y clidos, todos iban a sentirse
posedos por esta miseria que avergonzaba a Fernando... Quin sabe si
alguno llegara a rugir y a andar a cuatro patas, como los libertinos de
las leyendas convertidos en bestias!...

--Ya nos limpiaremos de pecados al llegar a tierra, amigo mo. Aqu
debemos vivir con arreglo al ambiente. La responsabilidad no es nuestra.
El culpable es se... el gran impuro, el eterno fecundador que an
guarda en sus entraas el secreto gensico de los primeros latidos de la
vida.

Y Maltrana, borracho, sealaba el mar obscuro, increpndolo con una
furia cmica... Pasaban sobre su lomo, lo araaban cruelmente con la
quilla, bien comidos, el pensamiento en reposo, los miembros en huelga,
y l se vengaba de este rudo despertar envindoles un hlito excitante
que esparca el deseo y la locura.

--Ah, grandsimo tentador!... Galeoto con mostachos de algas!...
Celestina de arrugas verdes!

Por algo haban florecido en las islas mediterrneas los pueblos
adoradores de Afrodita, que hicieron vibrar todas las cuerdas del arpa
de la voluptuosidad; por algo se haban elevado en las costas las
blancas columnatas de los santuarios de amor, con sus rebaos de
cortesanas sagradas; por algo los poetas sacerdotales haban hecho nacer
a Venus de la espuma de las olas.




V


A las diez de la maana iban colocando los msicos sus atriles al final
de la cubierta, entre el fumadero y una barandilla, sobre la explanada
de popa. Ensanchbase el paseo en este lugar, ofreciendo el aspecto de
una terraza de caf con mesas al aire libre y arbolillos redondos
plantados en cajones verdes.

Rompa a tocar la banda una Marcha granadera del tiempo de Federico el
Grande, con estruendosos alaridos de trompetera, y poco a poco la gente
iba poblando el paseo.

El buque, hmedo, sombreado, limpio, pareca sonrer como un dormiln
que se despabila con las fras abluciones matinales. Desde mucho antes
caminaban los madrugadores por la azulada penumbra de la cubierta,
saludndose al paso y comunicndose noticias de la noche anterior.
Algunos, vestidos con pijamas o medio desnudos bajo un largo gabn,
descendan del gimnasio y se deslizaban rpidamente en busca de sus
camarotes.

Aparecan las primeras seoras, yendo tras breve paseo a arrellanarse en
los sillones. Bandas de muchachos aprovechaban la ausencia de los
mayores para hacer suya toda la cubierta. Nieras de diversa
nacionalidad, con una criatura al brazo, formaban amigables grupos,
mirndose sonrientes sin entenderse. Otras empujaban cunas con ruedas,
en cuyo interior una cabeza abultada, de suaves cabellos, apareca medio
dormida entre puntillas y lazos. Una tropa de nios con fusiles de latn
daba la vuelta al buque, golpeando el hmedo entarimado con marciales
patadas. Eran rubios, morenos o bronceados, mostrando en la variedad de
sus tipos la amalgama tnica del continente americano, en el que sus
padres les haban hecho nacer. Un hijo de doctor Zurita, que iba al
frente sable en alto marcando el paso, gritaba con el imperio de una
casa triunfadora: A ver gringo, avanza un poco... Un... dos. Un... dos.
T, gallego, hazte pa atrs.

Fernando, apoyado en la barandilla a corta distancia de los msicos,
segua con los ojos el lento balanceo del castillo de popa, sobre el
cual aleteaba una ronda de gaviotas. Eran aves enormes repletas de
pescado y desperdicios de los buques, con alas poderosas, blancas y
combadas, semejantes a velas.

Seguan al trasatlntico desde Canarias, habituadas a esta soledad azul,
inmensa para los ojos del hombre, y en la que su instinto husmeaba la
vecindad invisible de la costa de frica y del archipilago de Cabo
Verde. Volaban en espiral sobre la popa, abanicando algunas veces con
sus alas a los pasajeros de tercera clase. Otras se tendan en fila
sobre el camino blancuzco y espumoso que dejaban abierto las hlices en
la llanura del Ocano. Parecan inmviles sobre el vapor, que marchaba y
marchaba con el jadeante mpetu de sus pulmones de acero, y cuando
quedaban atrs bastbales un par de aletazos para volver a colocarse
verticalmente sobre l. Sonaba el chapoteo de un objeto en el mar: una
espuerta de residuos de cocina, un madero, un bote de conservas vaco, e
inmediatamente se desplomaban, con las plumas encogidas, balancendose
sobre las ondulaciones ocenicas lo mismo que los cisnes de un lago. Y
as que terminaban la exploracin del objeto flotante o engullan los
residuos, retornaban al buque impetuosas como proyectiles.

Un murmullo de gente invisible suba hasta el paseo en las breves pausas
de la msica. Ojeda, al inclinarse sobre la baranda, recibi en su
olfato un hedor de comida agria. La vasta explanada de popa, libre a
aquella hora de toldos, apareca ocupada por los emigrantes
septentrionales. Formaban cuadros sentados en los camarancheles de las
escotillas. Otros, por encima de ellos, ocupaban, como si fuesen bancos,
los mstiles de las gras colocados horizontalmente. Algunos, con aire
seoril, dorman arrellanados en sillones plegadizos de lona vieja,
recuerdo de anteriores viajes.

Correteaban bandas de muchachos medio desnudos, yendo a refugiarse entre
las rodillas femeninas en los azares de su persecucin. Viejos con
luengas barbas, gorros de piel de cordero y peludos gabanes, permanecan
en cuclillas mirando el mar, como fakires en xtasis. Unos jvenes
tendidos sobre el vientre, con la quijada entre las manos, escuchaban la
lectura en alta voz de un camarada. Junto a la borda, otros hombres
barbudos fumaban en largas pipas, y de vez en cuando sus manos rojas y
escamosas se hundan bajo las sotanas forradas de pieles para agitar con
fuertes rascuones los harapos invisibles.

Tenan que abrirse paso los marineros en esta muchedumbre compacta e
inmvil que beba sol y aire fuera del encierro de los sollados. Sobre
un montn de cables, un emigrante de cabeza rapada mova el arco de su
violn, sin que el ms leve sonido llegase hasta el paseo donde rugan
los cobres. En la plataforma del castillo de popa, entre botes, maromas
y salvavidas, pululaban los pasajeros de tercera clase que gozaban de
preferencia: tenderos ambulantes; rusas y alemanas con grandes sombreros
de paja, que, agarradas del talle, hablaban de sus diplomas acadmicos y
de la posibilidad de entrar en el seno de una familia del Nuevo Mundo
para ensear idiomas a los nios; jvenes melenudos con trajes de buen
corte, pero de rada tela, siempre con un libro en la mano. Eran los
aristcratas de esta parte del buque, que, aislados en su altura,
miraban con desdeosa conmiseracin al rebao de abajo y con envidia
revolucionaria a los del castillo central.

Filas de ropas puestas a secar se balanceaban en la explanada sobre los
grupos de cabezas. El suelo, regado a plena manga poco antes, estaba
cubierto de cscaras de frutas, secreciones de garganta y residuos de
alimentos. Cabelleras femeniles tendidas al sol reciban la exploracin
venatoria de los peines. De la blancura incierta de algunas camisas,
rgidas y acartonadas por el lquido seco, emergan ubres como harapos,
adaptando su arrugada flacidez a las bocas lloronas de los pequeos.
Otras madres, con el hijo en las rodillas, desenvolvan tranquilamente
sus fajas y paales, dando a la luz los olvidos hediondos de la
inconsciencia infantil.

No tena Fernando ms que ladear un poco la cabeza, volviendo los ojos
al interior de la cubierta, y reciba en su olfato inmediatamente la
esencia de los licores que burbujeaban con mezcla de soda en las mesas
del caf, el perfume de agua de Colonia que iban esparciendo las
mujeres, como un recuerdo de su bao matinal. Pareca ser de un planeta
distinto la vida que se desarrollaba cuatro metros por encima de la
muchedumbre emigrante. Los camareros iban de grupo en grupo ofreciendo
grandes bandejas cargadas de emparedados y tazas de caldo: el segundo
refrigerio de la maana. Las seoras exhiban con afectada modestia sus
trajes de verano recin extrados de los cofres y cambiaban mutuos
cumplimientos. Muchos pasajeros iban vestidos de blanco de pies a
cabeza, e igualmente de blanco los domsticos del buque, los msicos y
los oficiales. Haba momentos en que el castillo central pareca
invadido por una tripulacin de Pierrots.

Pas Mrs. Power, sola como siempre en sus matinales paseos, erguida y
sin mirar a nadie, con un sombrero de tul elegante y vistoso. Fernando
sinti al verla indecisin y timidez; pero ella, detenindose un
momento, vino en su auxilio. Le salud, preguntando con un retintn
irnico cmo haba pasado la noche. Sonrea protectoramente, dando a
entender que perdonaba a Ojeda su travesura de nio grande. Todo estaba
olvidado... Y le tendi una mano antes de alejarse, continuando su
marcha de ritmo varonil.

Transcurra el tiempo sin que la cubierta se viese tan poblada como en
otras maanas. Muchos sillones permanecan vacos. Las graves seoras
alejaban a sus hijas para conversar entre ellas con voz de misterio y
gestos de indignacin, como si comentasen algo escandaloso. No haba
aparecido an ninguno de aquellos jvenes de cuya amistad hablaba
Maltrana con entusiasmo. Tambin l permaneca invisible, y lo mismo
Nlida con su escolta de adoradores.

El doctor Zurita pas junto a Ojeda aspirando el humo de su tercer
cigarro matinal.

--Poca gente--dijo--. Anoche, segn parece, hubo _farra_ larga. Debe
haber abajo un tendal de muertos y heridos... Qu muchachada tan viva!
Cosas de la edad!...

Y sigui adelante, sonriendo con una tolerancia de veterano al pensar en
las locuras de la muchachada. Estaba tranquilo por haberle dicho su
ayuda de cmara andaluz que los hijos mayores roncaban en sus camarotes
con la fatiga de una noche pasada en claro, pero sin desperfectos
visibles.

La msica sigui desarrollando su programa matinal como si sonase en el
vaco. Pasaban las seoritas formando grupos, lo mismo que en las plazas
de las pequeas ciudades alrededor del kiosco de los conciertos; pero
les faltaba en este continuo girar el encuentro con los jvenes, el
acompaamiento de un amigo, miradas curiosas y simpticas que las
persiguiesen.

Slo quedaban ellas en la cubierta. Los hombres graves eran buscados por
el mayordomo, que a fuerza de invitaciones y ruegos consegua meterlos
en el fumadero. Se iba a formar all por aclamacin el comit
organizador de las fiestas con que se celebrara el paso de la lnea
equinoccial.

Termin el concierto, retirndose los msicos con atriles e
instrumentos, y entonces fue cuando Maltrana hizo su aparicin. Lo vio
Fernando asomar la cabeza por la puerta de una escalera tmidamente.
Despus de largos titubeos avanz al fin con cierto encogimiento. Vesta
un traje blanco, rutilante, majestuoso, sobre el cual pareca destacarse
con mayor relieve la fealdad grandiosa de su cara, a la que encontraban
algunos cierta semejanza con la de Beethoven viejo.

En su marcha cautelosa, torca el rostro hacia el lado del mar, bajando
los ojos como si temiese ser visto. Ante los grupos de nobles matronas,
su cortesa pudo ms que el miedo. Buenos das... Pero las damas
contestaron su saludo a flor de labios, siguindole con ojos severos y
mirndose despus entre ellas... Tambin ste era de los culpables. Y
todo el peso de su indignacin se descarg mudamente sobre Maltrana, el
primero que osaba presentarse ante ellas.

Ojeda, al estrecharle la mano, se fij en su tendencia a volver la cara
hacia el mar, rehuyendo el lado izquierdo, y con sbito movimiento le
hizo ponerse de frente.

--Pero criatura qu tiene usted ah?...

Sealaba, riendo, una hinchazn lvida de la sien que se extenda hasta
un ojo.

--No es nada--balbuce Isidro--; poca cosa... Ya le explicar.

Y para desviar la conversacin, se mir de los pies al pecho con gesto
de orgullo.

--Eh?... qu me dice del trajecito? Tengo otro a ms de ste...
Cualquiera adivina que es obra de doa Margarita, mi patrona!

Pero Ojeda no se dej desorientar por tales palabras, y sigui riendo
con los ojos puestos en la contusin que desfiguraba a su amigo.

--Cuando se canse de rer, avise--dijo Maltrana, algo amostazado--. Pero
no ve usted que nos estn mirando esas dignas seoras?... Las conozco,
y no quiero perder su amistad. Hablan con mucha soltura de los
escndalos de Europa; tienen el propsito decidido de no asustarse de
nada, para que no las tomen por unas atrasadas; pero todo es puro
exterior, y cuando se despojan de los trajes y los aadidos de Pars,
resultan idnticas a nuestras damas de provincias... Al pasar frente a
sus camarotes miro algunas veces por la puerta entreabierta: en el
lavabo, marquitos porttiles con imgenes milagrosas nacionales o de
importacin; en un boliche de la cama, un rosario y ms estampas...
Tengo miedo de que me echen la culpa a m, que soy el ms infeliz. Me
temo que por dejar en buen lugar a sus nios y a los amigos de sus
nios, digan que fui yo quien organiz lo de anoche... Y yo tengo
inters en estar bien con todo el mundo, en conservar mis amistades.

Fernando no pudo contener su impaciencia. Pero qu era lo de
anoche?... Maltrana sonri, como si recordase algo, y dijo, remedando a
su amigo, con entonacin dramtica:

--Soy un miserable... Un miserable que siente asco de s mismo.

Pero antes de que Fernando pudiera enojarse por este recuerdo, se
apresur a aadir:

--Lo de anoche fue una leccin; una leccin de cosas y de nombres: una
farra, una remolienda, como dicen mis amigos de varias repblicas.
Anoche supe tambin lo que es curarse, y me cur tan prolijamente, que
aqu me tiene con una sed infernal y este adorno junto a un ojo... Pero
no me arrepiento: qu muchachos simpticos! Da gloria tener amigos tan
cariosos. Unos me llamaban _gallego_, otros me apellidaban _godo_. Ha
notado usted qu variedad de motes amorosos gozamos los espaoles en la
Amrica que habla espaol?

--S; y en otras repblicas nos llaman _gachupines_, _patones_,
_sarracenos_ y no s qu ms. Podra escribirse un tratado
geogrfico-apodesco para mayor claridad en las relaciones
hispanoamericanas... Pero son bromas de familia que no merecen atencin:
adelante.

Y Maltrana describi la fiesta ntima en el fumadero despus del baile,
cuando las graves damas con sus hijas se haban retirado a los camarotes
y slo quedaba en la cubierta algn que otro seor entregado a su paseo
habitual antes de irse a la cama. Los jugadores de _poker_ haban
terminado sus partidas, prudentemente, al ver invadido el saln por una
banda de locos que gritaban discursos subindose a las mesas, ensayaban
suertes de gimnasia con las sillas o se tendan en los divanes colocando
los pies entre las copas.

--El pobre mozo del bar, amigo Ojeda, ese rubio con bigotes a lo
_kaiser_, se mova incesantemente de una mesa a otra, descorchando
botellas de champn, llenando copas, recogiendo del suelo vidrios rotos.
Al principio estaban por grupos: a un lado los sudamericanos, al otro
los yanquis y los ingleses, ms all los alemanes, pretendiendo cada uno
sobrepujar al vecino en generosidad. Una mesa peda dos botellas, la
otra tres, la otra cuatro; y todos cantaban, intercalando en su msica
gritos de animales conocidos o fantsticos... Esperbamos la llegada de
las damas: unas cuantas coristas que haban prometido no s a quin, tal
vez a nadie, su interesante presencia. Pasaba el tiempo y no venan.
Unos amigos hablaron seriamente de ir al camarote de Nlida para traerla
a la fiesta y darle una paliza al hermano, proposicin que puso foscos
al belga y al alemn, como si cada uno por su parte se creyese el
depositario del honor de la muchacha.

Call Maltrana, cual si temiera decir demasiado; pero ante la curiosidad
de su amigo sigui adelante.

--Un chileno forzudo, gran amigo mo, se levant con resolucin. Oiga,
_godito_: vamos a ver si nos traemos a algunas de esas damas. Abajo, en
un corredor, cazamos a dos coristas polacas que iban tranquilamente
desde cierto lugar a su camarote, y mi amigo el atleta las subi casi en
volandas sin entender sus palabras. Gran xito! Las dos son negruzcas,
flacas, con aire de gitanas, pero jams se vern en toda su vida tan
admiradas y obsequiadas. Y cuando las pobrecitas llevaban bebidas no s
cuntas copas, mirndonos a todos con la superioridad que proporciona la
escasez del artculo, y se debatan entre los seores aglomerados en
torno de ellas, chillando y contrayndose en el asiento como si por
debajo de la mesa las cosquillease una tropa de ratas, entra el
mayordomo, el _oversteward_, mirndolas fijamente, sin vernos a
nosotros, como si no existisemos; y bastaron unas cuantas palabras
suyas en alemn para que saliesen cabizbajas y temerosas, lo mismo que
unas nias ante la reprimenda del maestro... Bien dicen que la sociedad
del mujero dulcifica la rudeza de los hombres. Apenas nos quedamos
solos... batalla. Unos increparon a otros por haber sido demasiado
audaces, hacindolos responsables del susto y los aleteos de las dos
palomas inocentes. De pronto, un puetazo... y el fumadero fue la venta
del _Don Quijote_. Todos sentan la necesidad de pegar sin saber a
quin: dos hermanos se aporrearon sin conocerse; los _bocks_ y las copas
iban por el aire. Yo dudaba entre huir o poner paz, y en medio de mis
vacilaciones me alcanz esta caricia... Crea usted que me duele, pero el
espectculo vala la pena de ser visto. Lstima que usted no lo
presenciase.

Ojeda se inclin con irnico agradecimiento. Muchas gracias.

--La tranquilidad se restableci gracias a la intervencin de algunos
marineros que limpiaban la cubierta y a la amenaza del mayordomo de
introducir por las ventanas las mangueras del riego... Con la calma
renaci el buen acuerdo; todos pedan lo mismo: ms champn. Y como era
la hora en que se cierra el bar, muchos hacan provisiones, guardando
las botellas debajo de las mesas. Una ternura conmovedora se apoder de
la asistencia. Cada uno se rascaba los chichones o se arreglaba los
rasguos del traje, mirando amorosamente al vecino. Argentinos y
chilenos cruzaban as copas con ruidosa fraternidad. No ms Andes!
Ellos solos se bastaban para comerse el mundo! Y sbitamente coligados,
miraban a los dems fieramente.

--Y qu decan los dems?--pregunt Ojeda.

--El amigo Prez y otros de diversas repblicas exigieron copa en mano
entrar en la confederacin. Hermanos, todos hermanos! Y se abrazaron
con lgrimas de ternura, dando vivas a las tierras hispanoamericanas. Un
brasileo insinu dulcemente con lenguaje mesurado y corts: _Se os
senhores do licena..._. Y el Brasil entraba igualmente en la gran
alianza. Viva la Amrica latina!... Alguien se fij en mi humilde
persona y en el adorno que llevo junto a un ojo. Ah, pobre galleguito
simptico! Y prorrumpieron en vivas a la madre patria, a la vieja
Espaa, ensalzndola melanclicamente, como si hablasen de una abuela
que se les hubiese muerto hace aos. Las copas me venan a la boca por
docenas, como si quisieran ahogarme. Algunos se abrazaron a m,
mojndome el cuello con lgrimas de embriaguez. Tienen en la Pennsula
no s cuntos parientes duques y marqueses; an guardan en su casa
papelotes antiguos de nobleza, y me pedan mis seas en Buenos Aires
para envirmelos, como si esto pudiese interesarme... Luego, no s cmo,
los yanquis vinieron a chocar igualmente sus copas. Hurra a los Estados
Unidos! Amrica sobre el resto del mundo!...

Pero este huracn de fraternidad haba sido demasiado impetuoso para
mantenerse en los lmites de un continente, y pasando los mares se
difunda por Europa entera. Al final, ingleses, alemanes, franceses y
belgas entraban en la gran alianza. Viva la confederacin universal!

--Y un ingls pequeito--continu Maltrana--, que usted habr visto con
su traje a cuadros y su pipa, derramaba lgrimas en la copa, repitiendo
con una incoherencia obstinada de beodo: Yo he entrado en el buque con
el corazn puro, y puro quiero sacarlo de l.... El mayordomo entraba a
cada rato para decirnos que eran las dos, que eran las tres, que eran
las cuatro, y haba que cerrar el fumadero; pero nadie le entenda.
Algunos roncaban tirados en las banquetas; otros se alejaban titubeando,
para volver poco despus plidos, con la pechera de la camisa manchada.
De pronto se apagaron las luces y salimos empujndonos, entre un
gritero de protesta. Se habl un poco de matar al mayordomo, pero haba
desaparecido.

--Y se fueron ustedes a dormir?--pregunt Ojeda.

--No, seor; una fiesta de esta clase no termina tan pronto. Yo me vi,
no s cmo, en un corredor de abajo con dos botellas en las manos y un
amigo a cada lado. Al marchar, con las piernas blandas como si fuesen de
algodn, nos llevbamos por delante todos los zapatos depositados a la
entrada de los camarotes... Vimos unos cuantos amigos que golpeaban
unas puertas, encorvndose para hablar por el ojo de la cerradura. Eran
los camarotes de las francesas, seoritas ordenadas y de buenas
costumbres, que se acostaron sin presenciar el baile y estaban durmiendo
con la honrada tranquilidad de un industrial en vacaciones. Cien
marcos, propona uno. Quinientos cincuenta, insinuaba otro,
enfurecido por el silencio. Mil... Dos mil... Los dejamos soltando
cifras ante las puertas obscuras e inmviles. Era lo mismo que si
hicieran proposiciones a un panten.

Isidro hablaba cada vez con ms lentitud, como si se aproximase a la
mayor dificultad de su relato y pensase en el medio de sortearla.

--Luego encontramos a un amigo alemn que iba a despertar al mdico, con
la cabeza chorreando sangre. Se haba cado de una escalera, golpendose
en los filos de los peldaos, que son de bronce... Tambin yo me sent
atrado por las puertas y empec a golpear la de mi vecino, el hombre
misterioso, el personaje de Hoffmann. Necesitaba hablar con l: le
invitaba a levantarse, para que bebisemos una copa juntos y presentarle
a mis amigos. Sal, no tengas miedo: te conozco. T eres Sherlock
Holmes... Una mana de borracho que a ltima hora se apoder de m. Y
luego empec a aporrear la puerta vecina, la del misterio, pugnando por
abrirla. Se me haba metido en la cabeza que el amigo Holmes llevaba
oculta en este camarote a una princesa rusa que viaja de incgnito y va
a casarse con un jefe de tribu del Gran Chaco. Fantasas del alcohol,
querido Ojeda. Y los dos acompaantes, menos ebrios que yo, pretendan
disuadirme arrancndome de all. Mi amigo, no haga leseras...
Compaero, no sea empecinado. Y al fin pudieron meterme en mi camarote
y acostarme, y all he estado hasta que me despert la msica... Un bao
a toda prisa, y a enfundarme en este traje de marinerito amoroso que
guardaba con impaciencia desde que nos embarcamos, Pocas ganas que
tena yo de lucirlo!... Eh? qu le parece el trajecito de mi
patrona?...

Ojeda le mir con fingida severidad.

--Muy bien, Isidro. Bonito modo de ir en busca de una vida nueva. Se
est usted amaestrando para el trabajo.

--Bah! Es el mar, la influencia desmoralizadora del mar. Ya me oy
usted anoche. Aqu somos otros que en tierra; tal vez ms espontneos,
ms verdaderos. El aislamiento, la vida en comn, nos despojan de
nuestros envoltorios y la bella bestia aparece tal como es, excitada por
el fastidio, ansiosa de entretenerse en algo. Y as como se prolongue
la navegacin, nos sentiremos ms iguales, ms hermanos, con mayor
cantidad de animala... El hombre siempre ha sido lo mismo en el mar.
Acurdese de los antiguos viajes a las Indias y la Oceana. Los maestres
de las naos recogan las espadas de los hidalgos, para no devolvrselas
hasta el final del viaje. Todo desafo concertado durante la navegacin
no tena validez al saltar a tierra. Aquellos viajes eran de meses y los
nuestros son de das; pero representan lo mismo, pues nosotros vivimos y
sentimos con mayor velocidad que nuestros abuelos... No pase usted
cuidado: recobrar mi cordura al llegar al ltimo puerto, y todos harn
lo mismo. Tal vez por eso dice usted que las amistades hechas en un
buque rara vez se prolongan en tierra. Se ven las gentes con demasiada
intimidad, y luego, cuando se encuentran, se saludan de lejos con la
sonrisa de un buen recuerdo; pero se evitan a la vez, como si se
hubiesen conocido en una aventura poco honorable.

Un bramido monstruoso sobresalt a muchas seoras en sus asientos. Era
el silbato del buque, que daba la seal del medioda.

--La hora del almuerzo--dijo Maltrana alegremente--. Tengo un
hambre!... Ha notado usted cmo abre el apetito la mala conducta?

En el antecomedor agolpbanse los viajeros frente a una larga mesa
cubierta de platos diversos: vasijas con ensaladas; jamones y piezas de
embutido exhibiendo en sus caras rojizas el negro mosaico de las trufas;
anguilas enormes enterradas en gelatina; salchichas alemanas de color de
rosa y leve perfume de droguera; anchoas flotantes en sal lquida;
botes que mostraban entre los dientes del latn recin cortado el
granulento verde del caviar. La mano de un cocinero iba de un extremo a
otro de la mesa, armada de un tenedor, colocando en los platos estos
entremeses del almuerzo a gusto de los pasajeros.

Muchos curiosos se detenan frente a un gran reloj regulado desde el
puente por una corriente elctrica, y modificaban sus cronmetros con
arreglo al salto atrs que acababan de dar las agujas. Todos los das,
al llegar el sol a su altura mxima, haba que retrasar la marcha del
tiempo diez minutos. Otros pasajeros discutan ante un tabloncillo en el
que estaba la carta de navegacin, examinando la mancha azul del Ocano
punteada de alfileres con banderitas germnicas. Cada alfiler era
colocado a las doce del da, y el espacio abierto entre dos de ellos
representaba una singladura, veinticuatro horas de navegacin. Las
banderitas salan del mar del Norte, e iban alinendose a lo largo de la
costa de Europa hasta avanzar en pleno Atlntico. La ltima recin
clavada erguase: entre Canarias y Cabo Verde. Ms abajo, el mar limpio,
el mar inmenso, la mancha azul no ms grande que la palma de la mano,
pero cruzada por las lneas negras de los grados, que representaban das
y das. Faltaban tantos para que cada uno llegase a su destino!... Y
dominados por la preocupacin de la velocidad, criticaban la marcha del
buque, acusando a la Compaa de avaricia en el gasto de carbn,
disputando el nmero de millas que deba correr, haciendo apuestas sobre
la singladura del da siguiente.

Al entrar en el comedor, Maltrana se vio saludado por sus compaeros de
mesa con guios maliciosos. El viejo doctor Rubau, siempre de negro,
pareca compadecerse, con un gesto de cansancio, de las falsas ilusiones
de la vida. Ah, juventud, juventud!... No le haban dejado dormir
tranquilamente gran parte de la noche. Tambin haban llamado a su
camarote, equivocndose de puerta, para proponerle por el ojo de la
cerradura algo monstruoso, que no acab de entender en la torpeza de su
sueo interrumpido.

Munster ocultaba su clera con una sonrisa de resignacin. Haba
renunciado al _bridge_ en la noche anterior por falta de compaeros,
refugindose en el _poker_ forzosamente, y cuando despus de perder cien
marcos empezaba a recobrar su dinero, la invasin de una tropa de locos
le expulsaba del caf como a las dems personas serias.

--Y usted, seor Maltrana, no es un nio, y deba dejar para los
muchachos estas hazaas impropias de su edad.

El joyero, sordamente irritado contra su cabeza blanca y sus arrugas,
gustaba de envejecer a los dems, creyendo remozarse de tal modo, y por
esto insisti en aumentar los aos de Isidro, sin hacer caso de sus
protestas.

Entraban en el comedor poco a poco todos los jvenes que se haban
mantenido ocultos hasta entonces en sus camarotes. Unos avanzaban a toda
prisa, fingindose preocupados con algn pensamiento de importancia.
Otros desafiaban la curiosidad, ostentando arrogantemente las erosiones
mal disimuladas por el peluquero con polvos de arroz. Los
norteamericanos destapaban champn en el almuerzo y gritaban lo mismo
que en la noche anterior, insensibles al cansancio y al trasiego de
lquidos. En las mesas de familia, las mams acogan a sus hijos con
ojos de severidad y labios apretados; pero aqullos salan del paso
saludando a sus viejos con aire indiferente, como si los hubiesen
visto momentos antes.

Al terminar el almuerzo, Fernando se encontr con Mrs. Power en la
escalera del jardn de invierno, y juntos fueron a sentarse en el sitio
que ocupaba ella habitualmente con la pareja de compatriotas. Ojeda,
despus de ser presentado a los esposos Lowe, permaneci all como si
estuviese en familia.

Ya lo acapararon los yanquis--pens Maltrana--. Ahora la seora le
muestra un abanico y le invita a escribir en l... Desea versos; tal vez
versos de amor. Dejemos al amigo Ojeda que siga su destino.

Y cuando dudaba entre ocupar una mesa libre o irse al fumadero en busca
de sus amigos los comerciantes espaoles, se vio llamado por el doctor
Zurita que, repantingado en un silln, le mostraba un papel.

--_Che_, Maltrana, venga para ac. Pero ha visto qu graciosos son
estos gringos?...

Le mostraba la lista del comit organizador de las fiestas ecuatoriales,
constituido una hora antes bajo las indicaciones del mayordomo. Una
ocasin para ste de vender a buen precio, en clase de premios, todos
los objetos de pacotilla adquiridos previsoramente en Hamburgo.

--Fjese, _che_, en los presidentes de honor. Qu abundancia!

Eran el doctor Zurita, el obispo, el abate francs, el conferencista
italiano y Ojeda. Y qu de ttulos!... El obispo era Su Grandeza,
Zurita Su Excelencia, y Ojeda, por ser algo, apareca con el ttulo de
doctor.

--Pero qu graciosos estos gringos!

Rea Zurita con una mezcla de burla democrtica y satisfaccin infantil.

--Vea, Maltrana: yo fui ministro, sabe?... ministro de la provincia, en
mis tiempos de muchacho, cuando andaba mezclado en los batifondos de la
poltica. Adems, he sido diputado nacional. Ahora no me meto en nada;
mis negocios no ms, y a vivir tranquilo. Pero tal vez por esto me
tratan de Su Excelencia. Qu demonios de alemanes! Todo lo averiguan...
Bueno, seor; esto va a costarme algunas libras ms.

Y volva a rer, contemplando con una mirada entre irnica y amorosa
aquella diablura de los _gringos_ tan aficionados a categoras y
honores.

Maltrana, en su inquieta movilidad, sali del jardn de invierno para
dirigirse al caf. En torno de una mesa vio sentados a sus tres
compatriotas, los graves y honrados comerciantes que le regalaban buenos
consejos.

--Saludo a sus respetables firmas sociales--dijo tomando asiento junto a
ellos.

Pero como interrumpa una conversacin interesante, slo mereci varios
gruidos a guisa de saludo. Estaba hablando el seor Goycochea, un vasco
de ojos claros, membrudo, bajo de estatura, la cabeza cana y el bigote y
la barbilla teidos de rubio con cierto descuido que dejaba visible el
blanco de las races capilares. Maltrana le tena por el ms rico de los
tres. Bastaba ver el respeto de sus compaeros, que callaban apenas
tosa l indicando su deseo de hablar.

Aparte del prestigio que deba a su fortuna, gozaba entre los amigos de
cierta consideracin social por su matrimonio y su gnero de vida. La
esposa era una dama imponente, con triple mentn y quevedos de oro, que
antes de acomodarse en la cubierta de paseo se haca buscar por la
doncella su asiento propio, una poltrona comprada en Pars, la nica de
a bordo que poda contener las amplitudes de su respetable maternidad.
Nacida en la Argentina, su origen y su apellido parecan irradiar un
halo de gloria sobre la prole, borrando la insignificancia del origen
paterno. La familia resida en Pars, y cada dos o tres aos regresaba a
Amrica para que el jefe viese de cerca la marcha de sus negocios.
Habitaban un hotelito propio en las inmediaciones de los Campos Elseos,
y posean dos estancias en la provincia de Buenos Aires, a ms de la
gran casa de comercio en la capital, que diriga un antiguo dependiente
convertido en socio. Un personaje importante el tal vasco... La seora
infunda respeto a los dos compatriotas del esposo, siempre con la
cabeza alta, parca en palabras, llamando a Goycochea por su apellido,
como si fuese un amigo en visita, mirndolo todo insolentemente con sus
ojos de miope. Las tres nias hablaban ingls y alemn e iban escoltadas
por una institutriz roja y pecosa que miraba con tanto desprecio como la
seora a los amigos del seor. De toda la familia, encerrada en su
altivez triunfante, l era el nico comunicativo y simple de carcter...
cuando los suyos no estaban presentes.

Tena yo entonces diecinueve aos--continu diciendo Goycochea luego de
la interrupcin de Maltrana--, y me fui a pie con otro muchacho desde mi
pueblo a Bayona, donde tomamos pasaje en un bergantn francs. Nos
faltaban papeles para embarcarnos en Espaa: tenamos miedo a lo de la
quinta... Un viaje de sesenta y cinco das. Y pensar que ahora nos
quejamos por si el vapor se atrasa un par de horas!

Yo vine en una fragata de Barcelona cargada de vino, hace cuarenta
aos, y echamos dos meses y medio en el viaje--dijo Montaner, el
residente en Montevideo.

--A m me trajeron en una goleta de Cdiz con cargamento de sal--declar
Manzanares, antiguo amigo de Goycochea--. No s cunto tiempo estuvimos
quietos en la lnea por las malditas calmas. Y qu alimentacin!... El
mejor librado era yo, que por ser muchacho ayudaba a los de la cocina y
poda rebaar las sobras de los calderos... Y ahora, seores, nos damos
el gusto de venir aqu. Nosotros hemos conocido los malos tiempos; nos
ha costado sudar la plata. No como otros, que llegan con toda clase de
comodidades y quieren de golpe conquistar una fortuna; como si la
fortuna estuviese ah, esperndoles en el muelle.

Y miraba a Maltrana con sbito rencor, cual si le irritase verlo rodeado
de los lujos de un gran trasatlntico, mientras ellos, hombres ricos,
haban ido a Amrica sufriendo hambre en buques de vela.

Un seor malhumorado el tal Manzanares, de esqueltica delgadez y el
bigote gris cado sobre las mandbulas salientes. Sus ojos turbios slo
se animaban con los fulgores de la rabia. Una dolencia del estmago
agriaba an ms su carcter y le haca emprender frecuentes viajes a
Europa, siempre en busca de nuevas aguas curativas. Era un erudito en
anuncios de especficos y catlogos de farmacia: conoca todos los
remedios, y siempre tena uno, el ltimo lanzado a la circulacin, que
le mereca hiperblicas alabanzas, al mismo tiempo que abrumaba con sus
ferocidades verbales a los ladrones inventores de los otros. Este
enfermo crnico coma con una voracidad pantagrulica, y para vencer la
torpeza de sus digestiones caminaba a todas horas por el buque,
ensalzando las ventajas de la marcha. nicamente en el caf se le vea
sentado: el resto del da lo pasaba dando vueltas en la cubierta; y
cuando la afluencia de gentes dificultaba su tenaz ambulacin, circulaba
abajo por los pasillos de los camarotes. Al encontrar a Maltrana
saludbalo invariablemente con el mismo ofrecimiento: Le invito a que
demos un paseo.... Muchas gracias--contestaba aqul--; es a lo nico
que usted convida.

Senta Isidro contra este seor una hostilidad irresistible. Era el que
ms le ofenda cada vez que intentaba darle buenos consejos. Ustedes
los periodistas, que son medio locos... Usted, que no har nada en
Amrica porque es escritor... Manzanares admiraba la brutalidad como la
ms grande de las facultades, y se haca lenguas de un gobernante cuando
amenazaba con perseguir a la canalla popular.

--Con se no se juega--deca entusiasmado--; se tiene la mano dura...
Pega fuerte...

Y peda el fusilamiento inmediato a un lado y otro del Ocano de todos
los que escriben en los papeles, oficio que slo sirve para que los
obreros pidan menos horas de trabajo y aumento de jornal.

--Cuando pagu mi pasaje--continu Goycochea--no me quedaba nada,
absolutamente nada, ni dos reales. Para lo que me hubiese servido el
dinero en aquel barco!... La comida era poca y psima; la galleta tena
gusanos y haba que tragarla sin verla; en el rancho nadaban al
principio unas piltrafas de tocino; luego, alubias solas. Yo no tena
otro equipaje que dos camisas y un pantaln, adems del que llevaba
puesto; un pantaln nuevo, azul, con muchos botones: la nica prenda que
pudo hacerme mi madre... An lo estoy viendo!...

Y al mismo tiempo que Goycochea pareca admirar imaginativamente con la
ternura del recuerdo este pantaln, nico lujo de su pobreza,
contemplaba en una de sus manos el centelleo de un brillante lmpido y
tembloroso como una gota de luz.

--Tena yo un gran amigo en el barco, un chico de Aragn, compaero de
cama y caldero, listo, muy listo, y eso que no saba leer... Pobre!
Muri hace dos aos, luego de haber hecho una buena fortuna y educar a
la familia como Dios manda. Un hijo suyo es doctor y dicta clases en la
Universidad. Muchas veces he ledo su nombre all en Pars, cuando doy
un paseo hasta la Avenida de la pera y echo un vistazo a los diarios
argentinos en el Banco Espaol. Creo que es diputado o que va a serlo:
tal vez algn da lo veamos ministro... El padre pareca bruto porque no
tena letras, pero guardaba algo en la mollera. Dormamos bajo la misma
lona, al pie del palo mayor; nos ayudbamos al lavar lo que tenamos
puesto; ramos como hermanos... Y un da, l se enamora de mi pantaln.
Que te lo compro... Que te doy tres pesetas por l... Y vinimos
regateando desde Cabo Verde al ro de la Plata.

El millonario sonrea al recordar su testarudez.

--El era de Aragn, baturro de verdad, figrense ustedes!, pero yo soy
vasco. Que te doy tres y cuartillo... Que te doy tres y un real... Tres
y media... Los amigos intervenan en la venta del pantaln. De proa a
popa mediaban expertos, examinando el cosido de la prenda, la solidez de
los botones, la duracin de la tela. Y con las alabanzas de los
inteligentes crecan los deseos de mi amigo. Remoo, no seas
cabezota!... Dmelo por cuatro, que es lo que vale. Deseaba ponerse
majo al bajar a tierra; hablaba de cierta chica de su pueblo que estaba
sirviendo en Buenos Aires... Al embocar el ro de la Plata casi lloraba
de rabia. Me alargo hasta cinco. Mira, mao, que no tengo ms. Y el
trato qued cerrado en un duro, un napolen, como se deca entonces,
el nico dinero con que llegu a Buenos Aires. Y gracias que hubiese
entrado con l!... Ustedes se acuerdan de cmo se desembarcaba en
aquellos tiempos. No haba muelle; del barco a una lancha, y de la
lancha a una carreta hundida en el agua hasta el eje, que le arrastraba
a uno a las costas de la orilla. Catorce reales me llevaron por
desembarcar, y entr en Buenos Aires con peseta y media y un pantaln
viejo que no lo hubiese querido un pobre... Luego pasaron muchos aos
sin que nos visemos mi amigo y yo. Un da nos encontramos en una junta
patritica de comerciantes espaoles.

Goycochea se entristeca recordando a su compaero.

--Cuando por sus negocios pasaba cerca de mi tienda, entraba a
saludarme. Tena un modo suyo de anunciarse: un garrotazo sobre el
mostrador. Quin est aqu? Y al salir yo del escritorio, la misma
pregunta: Cmo ests, mao? Cmo tienes a la maa y tus
cachorricos?... La ltima vez que le vi, fue antes de retirarme yo a
Pars. ramos los dos del Directorio de un Banco. Llegaba don Mateo
apoyado en su bastn, renqueando una pierna por el reuma. Los empleados
y mozos del Banco lo adoraban, y eso que al menor enfado los trataba de
sarnosos levantando el garrote. Pero en el Directorio peda siempre
aumento de sueldo para ellos y disminuciones en el amueblado. Se
irritaba con las poltronas de los directores, las mesas de Consejo, las
lmparas elctricas. Deca que eran _punteras_ indignas de hombres. l
tena un buen pasar y no necesitaba de estas cosas en su casa. Mejor era
distribuir la plata a los que abran las puertas: badulaques cargados de
hijos. Se senta morir. Mao, esto va mal; dentro de poco, al pocico.
Pero se consolaba pronto. La verd es, mao, que hemos hecho camino.
Hemos educao a nuestras familicas, las dejamos un cuscurro de pan, y
podemos irnos en paz. Quin nos hubiera dicho en el barco que nos
veramos aqu! Te acuerdas del pantaln? Te acuerdas del duro que me
sacaste, vasco del moo?... Y ya no le vi ms.

Manzanares, que escuchaba con un orgullo de clase el relato de su amigo,
mir luego a Maltrana.

--Aprenda usted, joven. En el mundo existen hombres de mrito aunque no
hayan escrito en los papeles. Ah tiene el ejemplo en don Antonio
Goycochea. Entr en Buenos Aires con peseta y media, y hoy tiene ocho
millones de pesos... tal vez diez... tal vez doce.

Goycochea le interrumpi modestamente. Un mediano pasar nada ms: una
situacin decente para la familia.

--La casa s que es fuerte: la firma Goycochea y Mazpule tiene algn
crdito. Giramos al ao unos veinte millones. Pero nos deben mucho...
Hay tantas quiebras!

Y los tres prorrumpieron en exclamaciones, elevando las miradas al techo
para expresar los riesgos y aventuras del comercio en Amrica,
nicamente compensados por las enormes ganancias, muy superiores a las
del viejo mundo.

Sintise humillado Maltrana por el aislamiento en que le dejaban
aquellos seores. Acalorados por la comunidad de sus intereses, no le
vean, se haban olvidado de l. Era un profano que osaba injerirse en
la francmasonera del negocio. Quiso levantarse, pero se detuvo al notar
que Manzanares senta la emulacin de hablar igualmente de sus
esfuerzos.

Haba empezado la vida comercial en el desierto argentino, cuando los
indios ocupaban los territorios cruzados ahora por el ferrocarril, y el
_maln_, con su reguero de saqueos, incendios y rapto de personas,
asolaba los pequeos campamentos, transformados actualmente en ciudades
de importancia. El blanco centauro de las llanuras, con su poncho, su
facn y sus grandes espuelas, resultaba tan peligroso como el jinete
cobrizo de larga lanza. Manzanares haba sido dependiente en un boliche
aislado sirviendo vasos de caa a travs de una fuerte reja que
resguardaba el mostrador de las manos vidas y los golpes de cuchillo de
los parroquianos. A lo mejor pasaban corriendo, con la celeridad del
espanto, mujeres, nios y rebaos, y tras ellos los hombres, que
preparaban sus armas mirando inquietos el horizonte. Poco despus
asomaba en el ltimo trmino de la Pampa una nube de polvo. Dentro de
ella cabalgaban sobre caballos en pelo los guerreros de la horda
indgena en insolente avance sobre los ncleos de civilizacin pastoril
enclavados audazmente en el desierto. Eran demonios cobrizos, de lacias
y aceitosas melenas sujetas por una cinta, vidos de aumentar con nuevas
vacas y hembras blancas la fortuna de bestias y esclavas que guardaban
en sus tolderas.

Cerrbase el establecimiento lo mismo que una fortaleza, y se armaban el
patrn y sus dependientes con trabucos y fusiles viejos guardados debajo
del mostrador como herramientas profesionales. A esta guarnicin unanse
los parroquianos de los ranchos inmediatos, que corran a refugiarse con
sus familias en el boliche, nico edificio de ladrillo en muchas leguas
a la redonda. Con ellos entraban los tripulantes de los rosarios de
carretas sorprendidos por el _maln_ en su marcha lenta, chirriante, que
duraba semanas y semanas.

Unas veces pasaba de largo la tromba cobriza, atrada por el ganado de
lejanas estancias; otras pona sitio al almacn, codiciando ms que el
dinero los barriles de caa. Herva la horda en torno del boliche, que
por sus aberturas barriqueadas lanzaba relmpagos de plomo. Los
asaltantes, arrastrndose, intentaban poner fuego a sus puertas. En los
momentos de descanso mataban las yeguas robadas en las inmediaciones y
se beban la sangre entre el gritero de una borrachera feroz. Y esta
situacin duraba das y das, hasta que llegaba la noticia a los
fortines y otra tropa se sealaba en el horizonte, compuesta de jinetes
con viejos uniformes, peor armados y montados que el enjambre de indios,
los cuales solamente huan por hartura, deseosos de poner en salvo su
botn.

Y as haba reunido Manzanares sus primeros centenares de pesos,
aguantando golpes y hurtando el cuerpo al facn de los parroquianos
ebrios, ms temibles que los indios. Al volver a Buenos Aires, por uno
de esos desvos de profesin tan comunes en las tierras nuevas, el
servidor de vasos de caa y pedazos de _charqui_ haba entrado en una
tienda de ropas de lujo. Su patrn lo enviaba en viaje por todo el pas,
y as haba conocido, yendo en diligencia, los asaltos en los caminos,
unas veces por las bandas de indgenas, otras por montoneras de
guerrilleros que robaban a las gentes en nombre de un caudillo de
provincia o de un partido poltico. La nacin herva entonces en
revueltas civiles, antes de cristalizarse definitivamente. Haba dormido
a la intemperie, sin ms cama que el recado de su caballo, bajo el
fro de las tierras del Sur, o rodeado de nubes de mosquitos en los
campos del Norte. Haba ayudado muchas veces, con los compaeros de
viaje, a tirar de la diligencia atascada en un barrizal al que llamaban
carretera. En otras ocasiones le haba sorprendido una creciente de
aguas, que ahogaba a las bestias de tiro.

--Yo creo, seores, que entonces pill para el resto de mis das esta
enfermedad del estmago, que terminar conmigo... Acab por
establecerme, y poseo mi depsito en la calle Alsina, ya saben ustedes
dnde; uno de los mejores depsitos al por mayor de ropa fina para
seoras; y tengo clientes en toda la Repblica y trescientas muchachas
trabajando en los talleres. Nosotros no giramos lo que usted, amigo
Goycochea: seis millones por ao nada ms, pero la ropa blanca es
artculo que deja ms que otros. Yo voy a Europa con frecuencia, visito
a nuestros proveedores de Hamburgo, Miln y Pars, me entero de las
novedades, y cada cinco o seis aos me asomo a Espaa y vivo en mi
pueblo por unos das. El cura me saca unas pesetas con pretexto de
reparaciones en la iglesia; el alcalde me pide para la escuela, para el
lavadero, para un camino; los gaiteros se estn toda la noche ante la
casa, toca que toca, esperando la sidra. Las sobrinas, que son no s
cuntas, siempre tienen a punto un chiquillo que soltar al mundo cuando
yo llego, y quieren que el to de Amrica lo apadrine. Todos parecen
encantados de que mi seora no haya tenido hijos. Cuando estuve all la
ltima vez, hablaba el alcalde de ponerle mi nombre a una calle y una
lpida al casucho donde nac... Yo no tengo su posicin, seor
Goycochea, pero he hecho la ma y me ha costado sudarla como a usted.
Puedo retirarme cuando quiera; para los hijos que he de mantener!...
Pero le tengo ley a mi establecimiento, que empez siendo una miseria y
hoy ocupa un cuarto de manzana. Adems, cuento con el socio, que corre
con todo el trabajo: un antiguo dependiente al que di participacin. Ya
conocen ustedes la firma: Manzanares y Mendizbal.

La falta de hijos pareca amargar su triunfo, colocndole en rencorosa
inferioridad ante el prolfico vasco. Pero como una compensacin, hizo
el elogio de su esposa, valerosa compaera de los primeros aos de
pobreza y ahorro. No poda compararse con la seora de Goycochea, que l
vea como una gran dama de majestad imponente--otro motivo de envidioso
rencor--. Era una muchacha de la tierra, que haba gobernado la casa con
economa feroz, cuidando de que cada dependiente comiese lo
estrictamente necesario para mantenerse en pie, sin hartazgos que
perjudican a la salud. El hbito del ahorro persista en ella al vivir
en plena fortuna, con una aficin a mezclar sus brazos arremangados en
las ms bajas tareas de la casa. Y Manzanares, que haba corrido
mundo, y todos los aos, en su viaje a Pars, conoca el Montmartre de
noche, porque el hombre debe verlo todo, empezaba a creer que esta
compaera no estaba a nivel de sus triunfos comerciales, y por esto
haba de privarse de exhibirla--como Goycochea ostentaba la suya--,
temiendo ciertos descuidos de su lenguaje. Pero un viejo sentimiento de
gratitud y los propios gustos estticos le hacan prorrumpir en elogios
de su personalidad fsica. Adems de ser muy buena, todava se conserva
hecha una real moza.

--Es algo parecida a su seora, amigo Goycochea. La ma pesa cien kilos.
Y la de usted?

Goycochea hizo un gesto de tristeza. Haba llegado a pesar algo ms,
pero en Pars se haba puesto a rgimen. Ahora estaba de moda la
delgadez.

--La ma pesa ciento seis--declar Montaner, el comerciante de
Montevideo.

--Buena!--afirm Manzanares con autoridad--. Buena debe ser!

Este hombre esqueltico admiraba con un entusiasmo concentrado, casi
religioso, la desbordante exuberancia femenina como signo de salud, buen
honor y virtudes domsticas... Pero Montaner, que se consideraba
humillado por el silencio en que le dejaban sus compaeros, interrumpi
a Manzanares.

l tambin haba hecho lo suyo. La Repblica Oriental se prestaba
menos que la Argentina a los vaivenes de fortuna y los rpidos triunfos.
El dinero era ms lento en sus avances, y tal vez por esto de paso ms
slido: la gente pensaba en retener ms que en adquirir. No poda hablar
de millones como los compaeros, pero gozaba de un buen pasar, y a su
muerte, los hijos, si no eran unos ingratos, se acordaran de que el
viejo haba trabajado...

--Aqul es un gran pas, ms pequeo que la Argentina, pero rico, muy
rico. Lstima que sea la tierra de las revoluciones!... El uruguayo es
bueno, caballeresco, aficionado a las cosas de pensamiento, pero
demasiado valiente, demasiado guapo, convencido de que falta a su deber
cuando se mantiene unos cuantos aos sin salir al campo a matarse. Todos
somos all blancos o colorados; y no s qu demonios hay en el
ambiente, que los que llegan, sean de donde sean, apenas aprenden a
hablar toman partido por unos o por otros. Yo mismo, seores, soy
blanco, ms blanco que el papel, ms blanco... que la leche; y mis
hijos lo son tambin. Dos de ellos se me fueron al campo en la ltima
revolucin. Y si ustedes me preguntan qu es eso de ser blanco, les
dir que luego de tantos aos no estoy todava bien enterado... Tal vez
me hicieron blanco a la fuerza.

Y relat su llegada a Montevideo, cuarenta aos antes, sin ms fortuna
que una carta de presentacin para un cataln establecido en el
interior. El pas estaba en revuelta, pero la ciudad presentaba su
aspecto normal. Las gentes se abordaban en la calle sonriendo: Qu
noticias hay de la revolucin? lo mismo que si hablasen de la lluvia o
del buen tiempo. Y Montaner sali en una diligencia, como nico
pasajero, hacia el pueblo dnde estaba su compatriota.

--A las pocas horas, unos hombres a caballo, armados de lanzas, con
pauelos rojos al cuello, rodearon la diligencia. Era una patrulla de
colorados. El jefe habl con el mayoral. Qu llevas ah? Y al saber
que no llevaba otro pasajero que un pobre muchacho espaol, algunos
jinetes avanzaron su cabeza por las ventanillas. Ah, galleguito;
blanco de mier... coles! Djate crecer el pelo para que te cortemos
mejor la cabeza cuando seas grande!... Lo decan riendo; pero yo, que
slo tena trece aos, me acurruqu en un rincn y deseaba meterme
debajo del asiento. Se fueron, y dos horas despus, cerca de un rancho,
encontramos otra partida de jinetes, con lanzas tambin, y con esos
caragelles bombachos que parecen enaguas recogidas en las botas; pero
stos llevaban al cuello pauelos blancos. Y la misma pregunta: Qu
llevas ah? Y al saber que era yo espaol, sonrisas en la portezuela lo
mismo que si me conociesen toda la vida. Baje, jovencito, baje y
descanse, que est entre amigos. Tmese una copa de caa... Desde
entonces no tuve duda: saba lo que me tocaba ser en aquella tierra:
blanco, siempre blanco. Ahora, los aos han trado cierta confusin, y
gentes de todos los orgenes figuran en los dos bandos. Pero en mis
tiempos, los gringos eran todos colorados, y los gallegos y vascos
blancos, tal vez porque en las filas de stos haban combatido muchos
espaoles procedentes de la primera guerra carlista... La sangre que se
ha derramado! Los combates sin cuartel, en los que no se admitan
prisioneros!... Yo he visto degollar docenas de hombres lo mismo que
ovejas.

Montaner qued silencioso, como si le obsesionasen sus recuerdos.

--Ahora han cambiado las cosas--aadi--. Los antiguos escuadrones con
lanzas son ejrcitos provistos de artillera; se respetan los
prisioneros, se hace la guerra con ms civilizacin; pero la guerra
sigue, y la gente se mata creo yo que por pasar el rato... El pas se ha
acostumbrado a esta vida, y se desarrolla y progresa a pesar de las
revoluciones. Es como algunos enfermos, que acaban por entenderse con su
enfermedad y viven con ella de lo ms ricamente. Pero al que le tocan
de cerca las consecuencias de estas luchas!...

Hablaba con resignacin de los retrasos sufridos en su fortuna por culpa
de las guerras. Blancos y colorados, en sus correras, se le haban
comido los mejores animales de su estancia. Muchos iban a la guerra por
el placer de mandar sable en mano, como si fuesen dueos, en las mismas
tierras donde trabajaban de peones en tiempos de paz, por el gusto
seorial de matar un novillo y comerse la lengua, abandonando el resto
a los cuervos. l llevaba largos aos formando en su estancia una cabaa
de caballos finos, con reproductores costosos adquiridos en Europa.
Cuando descansaba, satisfecho de su obra, surga una de tantas
revoluciones, y un grupo de partidarios vivaqueaba en sus tierras,
cambiando los extenuados caballejos de la partida por los mejores
ejemplares de la cabaa. Y los animales de pura sangre moran en la
guerra o quedaban abandonados en los caminos, lo mismo que si fuesen
bestias rsticas de exiguo precio.

--Total, algunos centenares de miles de pesos perdidos en unas
horas--dijo con tristeza--. Muchos se entusiasman con las hazaas de
ambos bandos, y ven en ellas una continuacin del valor espaol. Es la
herencia de Espaa, dicen blancos y colorados para justificar esa
necesidad que sienten de revoluciones y de golpes. Y yo me digo: Seor,
otras repblicas de Amrica descienden igualmente de espaoles, y viven
sin considerar necesaria una revolucin cada dos aos.... Se han
fijado ustedes que en la Amrica de origen espaol todas las cosas malas
son siempre cosas de Espaa!, y rara vez se les ocurre atribuir a la
pobre vieja alguna de las buenas?...

--As es--interrumpi Maltrana--. Yo he tratado en Pars americanos de
origen espaol de todas alturas y latitudes, y salvo una minora que ha
hecho estudios, todos discurren de idntico modo; como si les inculcasen
esta manera de pensar en la escuela de primeras letras. Espaa es la
culpable de todos sus defectos, la responsable de todas sus faltas. Ella
es la autora de sus revoluciones; de la pereza propia de los climas
clidos; de la embriaguez a que incitan los climas fros; de la aficin
desmedida al juego en gentes que nunca gustaron del placer de la
lectura; de la imprevisin y falta de ahorro en pases acostumbrados a
la abundancia. Algunos hasta la increpan porque su repblica tiene pocos
ferrocarriles...

Los tres oyentes asintieron, reconciliados de pronto con l. Estos
hombres de pluma!... Qu simpticos cuando no se metan en negocios!...

--En cambio--continu--, si alaban una buena cualidad de su raza la
atribuyen a los indios, y los que tal dicen son nietos o biznietos por
padre y madre de gallegos y vascos que llegaron a Amrica a fines del
siglo XVIII... Y si los indios no son los autores de lo bueno, le
cuelgan el milagro a la raza latina, que no es ms que una ficcin
histrica. La raza espaola, algo positivo cuya realidad perciben
todos en el idioma y las costumbres apenas ponen el pie en Amrica,
slo existe y merece recuerdo cuando hay que anatematizar lo malo del
pasado. La gloria se la lleva la raza latina que nadie sabe qu es y
en qu consiste. Yo conozco una civilizacin latina; pero raza latina?
en dnde est fuera de Italia?... En fin, seores, no hay que
irritarse. Tal vez estas injusticias no pasan de ser una manifestacin
instintiva de viejo cario... desorientado, de amor filial vuelto del
revs.

Se interrumpi Isidro, saltando de su asiento al ver que pasaba ante las
ventanas la gorra blanca del mdico de a bordo. La contusin de la sien
le hizo recordar de pronto con una picazn dolorosa su propsito de
consultarle. Sali del caf despidindose de sus compatriotas con rpido
saludo, y alcanz al doctor, para mostrarle el lvido chichn. Rio
bondadosamente el alemn al examinarlo. Tambin l haba sacado su
parte de la fiesta de la noche? Llevaba curados a algunos pasajeros que
se mantenan invisibles en sus camarotes. Lo de Maltrana era
insignificante. Despus de la hora del t le esperaba en la botica.

Al quedar solo se aproxim al jardn de invierno, mirando al interior
por una de las ventanas. Todos seguan ocupando los mismos sitios: Ojeda
con Mrs. Power y el matrimonio Lowe; el doctor Zurita hablando con dos
compatriotas suyos de las cosas del pas. El padre de Nlida sonrea a
travs de sus barbas de patriarca, dando explicaciones a un grupo de
amigos con insinuantes y suaves manoteos. Tal vez expona los grandes
negocios que le aguardaban en Buenos Aires, y de los cuales quera dar
participacin a los dems, generosamente. Algunos pasajeros se
retiraban, con los ojos entornados por el exceso de luz, en busca de sus
camarotes para dormir la siesta.

Maltrana sintise atrado por el rumor de avispero que zumbaba bajo el
gran toldo del combs, entre el castillo central y la proa. Veanse por
los intersticios de las lonas gentes tendidas sobre el vientre,
dormitando con la cabeza entre los brazos; mujeres que recosan ropas
viejas, chicuelos persiguindose. Sonaba a lo lejos una gaita con dulce
sordina, semejante a un lamento pastoril que lagrimease la melancola de
su destierro lejos de las praderas verdes.

--Hagamos una visita a nuestros amigos los latinos.

Sali a la explanada de proa por un corredor de la cubierta baja. Al
abrir la reja tuvo que apartar a un grupo de emigrantes que se agolpaban
contra los hierros. Era gente moza, muchachos que se sentan atrados
por este obstculo, smbolo visible de la separacin de clases.

Pasaban gran parte del da pegados a ella, explorando el largo corredor
alfombrado de rojo, con grandes intervalos de sombra y manchas
blanquecinas de elctrica luz. Las puertas de los camarotes de primera
clase se abran a ambos lados de este pasadizo, que a ellos les pareca
interminable y magnfico, como un bulevar habitado por millonarios.
Espiaban desde all las entradas y salidas de los pasajeros. Seguan con
mirada de admiracin la marcha rtmica de las seoras que surgan de las
pequeas viviendas para perderse en un ddalo de calles alfombradas,
ascendiendo a los pisos altos del buque, que ninguno de ellos haba
alcanzado a ver, y de los que llegaban rumores de msicas y fiestas. El
respeto a la jerarqua social les impulsaba a amontonarse contra la
reja, como si por ella se columbrara un mundo superior, mantenindose en
envidioso silencio cada vez que una seora pasaba por cerca de ellos sin
mirarlos. Cuando las necesidades del servicio hacan transcurrir junto a
esta barrera a las camareras rubias, de limpio delantal y albo gorro,
los mozos contemplativos parecan desesperarse y un rumor de palabra
mascadas y de relinchos contenidos agitaba su cuerpo.

Apareca con frecuencia cerca de la verja una niera alemana cuidando de
un chiquitn peliblanco y cabezudo, que jugueteaba a gatas sobre la
alfombra con un osezno de peluche. Al verla, los muchachos sonrean con
repentina confianza. Era de su misma clase social, y esto bastaba para
desatar las lenguas e iluminar los ojos con el fulgor del deseo.

Rica!... Monsima!... Acrcate, prenda, que tengo que decirte una
cosa!... _Oh carina tanto bella!_

Cada mocetn usaba de su idioma para exteriorizar el entusiasmo. Algunos
rabes de bronceada y nerviosa delgadez permanecan silenciosos, pero
avanzaban el cuello lo mismo que los caballos de carreras, brillando sus
ojos de brasa con un fulgor homicida, mostrando sus dientes ansiosos de
morder. La _fraulein_, de un rubio pajizo, regordeta, blanca y apretada
de carnes, sonrea con ingenuidad, mantenindose a distancia de la reja,
a travs de cuyos hierros manoteaban las fieras. Pero no por esto se
decida a huir, prefiriendo a los paseos superiores, abiertos al aire y
la luz, la permanencia en este pasillo medio obscuro, donde reciba el
homenaje tembloroso y exacerbado del deseo viril. Sus ojos grises y su
rostro de una blancura tierna, semejante a la de un merengue, acogan
con visible complacencia estas palabras de brutal homenaje en idiomas
que no poda entender.

Algunos de los muchachos, que eran espaoles, trataban con respetuosa
familiaridad a Maltrana, que por algo se crea el hombre ms popular
del buque.

--Don Isidro, triganos pa aqu a esa gena moza... Retrechera!...
Cachonda!

Otros, que haban vivido en la Argentina, se unan a este coro de
entusiasmo murmurando con arrobamiento:

--Preciosura! Lindura!

Un napolitano suplicaba a Maltrana, con humildad, como si fuese el dueo
del buque:

--Sior, que nos la echen!... Mande que nos la echen!

Isidro volvi a cerrar la verja y fue avanzando entre los jvenes.

--Orden, muchachos!... Orden y formalidad. A ver si viene un alemanote
de sos y os larga un par de mamporros por sinvergenzas.

Las fieras enardecidas volvieron a agolparse en la verja, mientras la
ingenua _fraulein_ les volva la espalda y se arrodillaba en la alfombra
para juguetear con el pequeuelo, mostrando la blancura de sus medias
repletas de carne firme, la curva pecadora de su falda abombada por
ocultas esfericidades.

El avance de Maltrana produjo entre los emigrantes un movimiento de
curiosidad simptica y obsequiosos saludos: algo parecido a lo que
despierta la entrada de un orador poltico en una reunin popular. Don
Isidro, buenas tardes... Venga por aqu, don Isidro. Y todas las
miradas, aun las de los latinos de Asia, que no podan entenderle, le
acariciaban con la suavidad del agradecimiento. Aqul era un hombre! Un
rico que gustaba de mezclarse con la gente pobre; no como los otros
seores, que slo se dejaban ver en los balconajes de los puentes para
echar una mirada de lstima, huyendo apenas se volvan hacia ellos
algunas cabezas, cual si no quisieran concederles ni el goce de la
curiosidad.

Recosan unas mujeres sus ropas; otras, patiabiertas dentro de sus
batones sucios y repantingadas en pobres sillones de lona, se agarraban
con las manos a lo ms alto del respaldo. Algunas se quejaban de dolores
en el brazo que haba recibido la vacunacin. Los rabes permanecan
acurrucados en el caramanchel de las escotillas, mirando el mar con
expresin pensativa... sin pensar en nada.

Un grupo de hombres jugaba a los naipes. Varios italianos, con fuertes
manoteos y gritos, lo mismo que si mandasen un ejrcito militar,
amaestraban a otros espaoles en el juego de _la morra_. Fogoneros
libres de servicio, rubios muchachotes vestidos de blanco, permanecan
erguidos en medio de esta muchedumbre, contemplando de lejos, tmidos y
sonrientes, a ciertas beldades morenas, como si esperasen hacerse
entender con su inmovilidad silenciosa. En el fondo, junto al castillo
de proa, continuaba sonando la gaita invisible su gangueo pastoril.

Sali una mujer al paso de don Isidro, saludndolo con familiaridad. Era
grande y obesa, con el amplio rostro sombreado por una ptina rojiza. La
gran abundancia de zagalejos y faldas haca an ms imponente su
volumen. Tena cierto aire de resolucin y miraba siempre de frente,
acompaando sus palabras con un movimiento de brazos autoritario, como
hembra acostumbrada a mandar la primera en su casa.

--Usted es la de Astorga verdad?--dijo Maltrana, que pretenda recordar
los nombres y el origen de todos los del buque--. Espere... Usted es la
_se_ Eufrasia.

--Justo--dijo la mujer, satisfecha y orgullosa de la buena memoria de
aquel personaje--. Yo soy la Ufrasia, y ste es mi marido.

Y sealaba a un hombre sentado cerca de ella, grande tambin, con el
abdomen mantenido por las complicadas vueltas de una faja negra. Su cara
llena, de mejillas colgantes, asomaba majestuosa, como la de un prelado,
bajo las alas del sombrern.

La _se_ Eufrasia, cuarentona de incansable verbosidad, hablaba con
aire protector de sus compaeros de viaje. Los compatriotas, los de la
tierra, le inspiraban lstima.

--Probes! Tenemos aqu gentes de mucha necesi, don Isidro. Hay que ver
cmo van esas mujeres y cmo llevan a sus cros... Nosotros, aunque me
est mal el decirlo, no vamos a las Amricas por hambre. Tenamos all
en el pueblo nuestro buen pasar; pero a nadie le amarga subir, y ste
(sealando al marido) me dijo un da: Ufrasia, por qu no nos vamos a
ver eso del Buenos Aires de que hablan tanto?. Y como no tenemos hijos,
yo dije: Hala, amos en segua!. Y ste vendi los cuatro terrones y
la casa, y, gracias a Dios, llevamos algo, por si un por si acaso
aquello no nos gusta y queremos volvernos. De este modo, en el barco
puede una darse mejor vida que las otras y dormir aparte, y comprar en
la cantina lo que se le apetece, y hasta hacer una cari, que crea usted
que viene aqu gente bien necesit de que la ayuden. Y all vamos toos,
don Isidro!... Dicen que aquello del Buenos Aires es muy hermoso, y que
no hay ms que agacharse en las calles pa dar con una onza de oro.

Lo deca sonriendo, pero a travs de su incredulidad adivinbase cierto
respeto por la ciudad lejana y misteriosa, urbe de maravillas y tesoros
de la que hablaban continuamente los emigrantes.

El marido movi la cabeza con autoridad, y sus ojos parecan decirle:
Mujer, que ests cansando al seor... Vosotras no entendis nada de
nada.

--Usted que sabe tantas cosas, don Isidro--sigui la Eufrasia--: ste y
yo tuvimos esta maana una porfa. Dice que en Buenos Aires no hay monea
de oro, ni de plata, ni otra cosa que unos papelicos con figuras, a modo
de estampas, con lo que se compra too... Y eso no pue ser, verd que
no, don Isidro? Una tierra tan rica y no tener dinero!... Vamos, que no
pue ser.

--Pues as es, _se_ Eufrasia--dijo Maltrana.

Y el marido, saliendo de su mutismo por este triunfo extraordinario
sobre la esposa siempre dominadora, dijo solemnemente:

--Lo ves, mujer!... Las hembras no sabis na de na y queris meteros en
too.

Pero la Eufrasia, sin prestar atencin al marido, bajaba la cabeza como
para seguir mejor el curso de sus pensamientos.

--De manera que no hay pesetas... ni duros... ni siquiera perras
gordas?... Malo; eso no me gusta. Tal vez tenga razn ste, y las
mujeres no sepamos na de na; pero yo digo que esto no me gusta. La monea
es siempre monea, y los papelicos, papelicos.

Y tras esta afirmacin indiscutible, suspiraba resignadamente.

--En fin; veremos cmo pinta aquello, y si no nos gusta, la puerta la
tenemos abierta... Peor estn los dems, que van tan a ciegas como
nosotros y a la fuerza han de quearse all, pues no tien pa volverse.

Haca el elogio de las pobres gentes que ocupaban la proa. Los moros,
como ella llamaba a los sirios, eran buenos muchachos y sus compaeras
unas pobres que infundan lstima. Los italianos le merecan no menos
simpata, porque acataban en ella cierta superioridad, vindola gastar y
vivir mejor que los otros, y la llamaban seora. Sus carios
malogrados de hembra infecunda iban hacia todos los nios de diversas
nacionalidades que vivan cerca de ella, tratndolos con varonil dureza
de palabra al mismo tiempo que los cuidaba y acariciaba.

--Ande vas t, cabezota?--grit deteniendo a un pequeo que correteaba
perseguido por otros--. Fjese, don Isidro, qu guapo: paece el niico
Jess. Su madre es una italiana con ocho hijos, y anda malucha, tendida
por los rincones, sin poer la probe ocuparse de ellos. Si no fuese por
m!... Ah, ladrn! Ya tienes otro siete en los calzones que te remend
ayer. Qu has hecho de la perra gorda? Te has comprado ms caramelos
en la cantina?... Pero mire usted, don Isidro, qu sucio y qu hermoso!
Guarro!... Cochinote!... Ham!... ham! Deja que te muerda esos
hocicos de cerdo de leche.

Y tenindolo en alto con sus brazos poderosos, lo besuqueaba, lo
apretaba contra la pechuga ingente, mientras el nio se defenda de esta
avalancha de caricias y palabras ininteligibles pata l, gritando:
_Mama... mama_ y golpeando con los pies el abdomen que le serva de
mnsula. El marido, inmvil en su asiento, miraba a Maltrana como
implorando disculpa por estas ruidosas expansiones.

--Lo robara!--clam la _se_ Eufrasia--. Si ste quisiera, lo
tomaramos como nuestro... Me llevara todos los chicos que veo.

Las voces de la mujerona hicieron volver la cabeza a otros grupos
lejanos, despegndose de ellos algunos hombres al reconocer a don
Isidro. Se aproximaron a l, en espera de los cigarrillos con que
acompaaba sus apariciones, y poco a poco lo fueron llevando hacia el
castillo de proa. Un hombretn se levant del suelo, tendindole la mano
con ese aire protector de ciertos jaques que hablan y accionan lo mismo
que si perdonasen la vida al que los escucha.

--Sal, don Isidro--dijo con acento andaluz--. Ya nos extrabamos un
poquiyo de no verle esta tarde por aqu.

Volvi a sentarse entre un grupo de jvenes espaoles, unos con boina,
otros con amplio sombrero, que le escuchaban, sonriendo,
admirativamente. Era malagueo, segn deca, y bastaba sostener con l
un breve dilogo para enterarse a las primeras palabras de su nombre,
lugar de nacimiento y apodo. Todas sus afirmaciones, aun las ms
insignificantes, las rubricaba con la misma declaracin: Y esto se lo
ice a ost su seguro servior Antonio Daz, natural de Mlaga, por otro
nombre el se Antonio el _Morenito_. Y acompaaba esta firma verbal
con una mirada de superioridad y conmiseracin que pareca decir: Al
que sostenga lo contrario le rebano e pescuezo.

El _Morenito_, que ya pasaba de los cuarenta, senta cierto respeto por
don Isidro, un seorito como Dios manda, y no como los otros
fantasiosos que huan de tratarse con los pobres.

A impulsos de esta simpata haba llegado a considerar a Maltrana hombre
de grandes arrestos, tan corajudo casi como l, y cada vez que pensaba
en la posibilidad de hacer un disparate para vengarse de la gente del
barco o de los pasajeros orgullosos, expona de idntico modo su
discurso: Entre don Isidro y yo.... Y don Isidro escuchaba y aprobaba
con su sonrisa estos planes destructivos, halagado en el fondo de su
nimo de que aquella fiera le considerase digno de su colaboracin.
Tena aterrados a muchos de los emigrantes con sus amenazas y
explosiones de mal humor. Otros admirbanle por la insolencia con que
protestaba a gritos de la calidad del rancho y de todos los servicios
del buque, atrevindose a insultar a los oficiales, que no podan
entenderle. No obstante tanta bravura, Maltrana notaba en l cierto
encogimiento al llevarse la mano a la gorra para saludar cierta timidez
felina en los ojos cuando algn superior le diriga la palabra.

--Este to saluda de mal modo--pensaba Isidro--. Es el mismo
encogimiento medroso y vengativo con que los presidiarios saludan a sus
jefes.

El trato con los rabes del buque haca acordarse al _Morenito_ de los
moros de Marruecos, contando algunas de sus correras por las costas de
frica. Por las maanas, cuando se lavaba al aire libre, desnudo de
cintura arriba, producan admiracin los costurones y profundas
cicatrices que constelaban su cuerpo, recuerdos, segn l, de heroicos
combates por mar y tierra contra la tirana de las aduanas. Otro motivo
de respeto era el saberle poseedor de una gran navaja a pesar de los
registros que hacan los tripulantes del buque en la gente peligrosa;
navaja que nadie haba visto, pero que mencionaba con frecuencia en sus
bravatas. Maltrana, conocedor de las costumbres del presidio,
imaginbase en qu lugar indeclarable podra guardar el valentn esta
arma, que era como el cetro de su amenazadora majestad.

--Sintese un poquiyo, don Isidro, y descanse... T, dale un asiento ar
cabayero... Les estaba proponiendo a estos chicos un negosio; un modo
seguro de haserse ricos.

Maltrana, desde su silln de lona, vio acurrucados a la redonda, con la
mandbula entre las manos, a todos los admiradores del _Morenito_, lo
mismo que una tribu de guerreros en Consejo. El malagueo hablaba con la
boca torcida, expeliendo las palabras por una de sus comisuras, para
hacer sentir al auditorio toda la grandeza de su bondad de maestro.

--Estos mozos son unos palominos, don Isidro, que van a Amrica a rabiar
y haser ricos a los dems... lo mismo que en su tierra. Pero ven ac,
arrastraos, peleles! Pa eso os habis embarcao ustedes?... Fjese, don
Isidro: unos piensan dir ar campo a sudar camisas trabajando; otros
quieen meterse a criaos de casa grande... Y yo les propongo a estas
genas personas que hagamos una parta: una parta como las que haba
endenantes. All no habrn visto eso nunca; cosa nueva. Qu le
paese?...

Y expona su plan con entusiasmo.

--Una parta, y agarramos a un richachn de all y lo secuestramos; le
pemos a la familia unos cuantos millones, con la amenasa de que le
vamos a cort las orejas; nos dan los millones, nos los repartimos como
genos hermanos, y antes de seis meses estamos de gerta y ricos. Una
parta que tendra mucho que ver. Ust, don Isidro, sera er capitn.
(Aqu Maltrana salud agradeciendo, excusndose con un gesto de
modestia.) No; no se nos jaga er chiquito. Yo s que ti ust lo suyo mu
bien puesto... y crea que yo entiendo de esas cosas. Adems, ti talento
pa too, y yo soy hombre que respeta la sabidura... El _Morenito_,
Antonio Daz, un servior, sera er teniente, toos estos mozos ya se
despabilaran con tan genos directores. Eh? qu le paese? No es un
verdaero negosio?

Isidro asinti con imperturbable gravedad. S; un buen negocio que vala
la pena de ser estudiado detenidamente; la explotacin de una nueva
industria. Casi habra que pedir patente de invencin, para evitar las
imitaciones. Y los crdulos muchachos, que oan al _Morenito_ en
silencio porque estaban en el mar, lejos de toda posibilidad de accin,
pero abominaban interiormente de estos planes que pugnaban con las
preocupaciones de su honradez, mirbanse indecisos al ver que un seor
como don Isidro no se escandalizaba.

--Lo os, panolis?--exclam el valentn--. Mir cmo un cabayero que lo
sabe too encuentra que mi idea es gena... Pero si es que os fartan
riones pa sacarle el dinero a un rico, poemos hacer la parta pa
perseguir a los indios. All hay muchos, muchos! En Amrica atacan los
ferrocarriles y las diligencias y hasta los tranvas en las afueras de
las poblasiones; yo lo he visto muchas veces en los sinematgrafos. Y
Buenos Aires est en Amrica, y all hasen farta hombres de resolusin
que les digan a esos gachs de color de chocolate con plumas en la
cabesa: Ea, se acab; ya no molestis ustedes ms a la reunin, porque
no nos da la gana. Y los cazamos como conejos, y el gobierno,
agradeso, nos paga a tanto la cabesa, y en unos cuantos aos nos
jasemos ca uno con una fortunita pa golver a la tierra. No ser uno rico
tan aprisa como con el secuestro, pero argo es argo, y siempre es mejor
que destripar terrones o servirles er chocolate en la cama a los
seores. No le paese, don Isidro?

Y don Isidro aprob otra vez. Una idea tan buena como la anterior;
tambin habra que pedir privilegio, para que el gobierno no permitiese
matar indios ms que a la partida del seor Antonio el _Morenito_.

Admiraba los heroicos expedientes discurridos por este hombre hacerse
rico sin apelar a la vulgaridad del trabajo ordinario, reservado a los
otros mortales. Y as permaneci Isidro algn tiempo, escuchando los
planes del aventurero desorientado que iba a Amrica con cuatro siglos
de retraso. La honradez en alarma de sus oyentes formulaba tmidas
observaciones.

--Pero all hay presidios--dijo uno--. All hay policas.

--No sern ms bravos que los seviles y los carabineros de nuestra
tierra--contest el _Morenito_ con arrogancia--. Yo s lo que es eso...
Bah! Me los como!

--Pero los indios no se dejarn zurrar as como as--arguy otro. Deben
ser gente brava... gente salvaje.

--A sos--dijo el matn despectivamente--, a sos tambin me los como.

Se aproxim al grupo un nuevo oyente, saludando a Maltrana, con fina
sonrisa, en la que haba algo de burla para el valentn.

--Aqu tenemos a don Juan--dijo Isidro--. ste no entra en nuestra
partida: no es hombre que sirva para el caso.

--No se, no entra--contest el _Morenito_--. A don Juan, en sacale de
sus librotes no sirve pa mardita la cosa... Mu gena persona, mu
cabayero, pero no va a gan en su vida dos pesetas.

Era alto y enjuto de carnes, con luengas barbas que a pesar de su
juventud le daban un aspecto venerable. Hablaba con voz dulce y ademanes
reposados, interpolando en sus palabras una risa discreta, que era el
eterno acompaamiento de su conversacin. Segn Maltrana, este amigo
respiraba optimismo y confianza en la vida, esparciendo en torno de su
persona un ambiente de contento. Y sin embargo, viva en el entrepuente,
mezclado con el rebao inmigrante, sin otras consideraciones que las que
le concedan sus compaeros de viaje, cautivados por la dulzura de su
carcter y la superioridad de educacin. Sus trajes, viejos y rados,
eran de buen corte; se notaban en su persona los vestigios de una
situacin ms prspera. En sus manos finas quedaba como recuerdo
familiar una antigua sortija, salvada de los apremios de la pobreza.

El curioso Maltrana conoca algo de su vida. Juan Castillo era un
agrnomo que haba intentado en las tierras de panllevar heredadas de
sus padres la realizacin de todos los adelantos aprendidos en una gran
escuela de Blgica; ensueos de poeta agrcola realizados con el mpetu
de una voluntad entusistica y crdula. La usura le haba proporcionado
un pequeo capital para su empresa, y luego de batallar algunos aos con
la rutina de los campesinos, de habituarlos a vivir en paz con las
mquinas y de extraer de las profundidades del subsuelo las venas
lquidas para esparcirlas en redes de irrigacin, cuando la tierra
empezaba a responder a estos esfuerzos con sus primeros productos, los
acreedores haban cado sobre l, ejecutndolo con glacial ferocidad.

--Conozco el procedimiento--haba dicho Maltrana al orle por vez
primera--. Es el mismo de las tribus antropfagas. Le dieron a usted
alimento, le dejaron tranquilo para que echase caries, y cuando estuvo a
punto, zas! el degello y banquete canibalesco.

Hua de la ruina, perdida la herencia de sus padres, perdido el crdito,
deshonrado por deudas a las que daban sus acreedores un carcter
delictuoso; todo ello por querer innovar con arreglo a sus estudios una
agricultura estacionaria casi igual a la de los primeros tiempos de la
humanidad. Y en su fuga haba mirado al Sur, como todos los que
navegaban en aquella cscara de acero, presintiendo ms all del crculo
ocenico renovado diariamente una tierra remozadora de existencias,
donde las vidas destrozadas se contraan virginalmente lo mismo que
capullos para empezar el curso de una nueva evolucin. La esperanza le
haba rozado tambin con su aleteo ilusorio. Casi celebraba esta ruina
que le haba desarraigado de la tierra paterna. Quin poda saber lo
que le esperaba al otro lado del Ocano?...

Abandonando el grupo del _Morenito_, avanzaron hacia la proa Maltrana y
Castillo. Una voz quejumbrosa les hizo detenerse.

--Don Isidro!... Buenas tardes, don Isidro y la compaa!

Un hombre sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la borda,
avanzaba su rostro plido entre los pliegues de una manta.

--Eres t, enfermo?--dijo Maltrana--. Cmo va ese nimo?

Con voz doliente murmur una queja interminable contra el mar. Desde su
entrada en el buque, la salud pareca haber huido de su cuerpo. Otros
cantaban a todas horas, como si el aire salino y la inmensidad azul les
diesen nuevas fuerzas, excitando su apetito. l se haba embarcado
sintindose fuerte, y de pronto todas sus energas le abandonaban.

--Estoy muy enfermo, don Isidro. Ayer an pude subir solo a la cubierta;
hoy han tenido que empujarme escalera arriba unos amigos. Debo estar
blanco como un papel, verdad, seor?... No tengo fuerzas para andar, ni
deseos de comer. Esto no marcha... Los dems se quejan de calor; dicen
que cada vez pica ms el sol, y yo tiemblo si me quito la manta... Y lo
que me da ms rabia es que el mdico, don Carmelo el oficial y otros me
miran como si les hubiese engaado, y dicen que si llegan a saber esto
no me dejan embarcar, porque all en Buenos Aires no quieren enfermos...
Pero seor, si yo me embarqu sano y bueno!, si es este maldito mar
que no me prueba!...

Creyendo ver en Maltrana el mismo gesto de duda de los empleados del
buque, se apresur a aadir:

--Yo he sido un roble, don Isidro. Reumatismos nada ms, segn deca el
mdico de mi pueblo, por haber dormido al raso en el campo muchas
noches. Pero fuera de esto... nada. Lo juro por mi nombre: Pachn
Muios. Y ahora, de pronto, me veo hecho un trapo, y me ahogo, seor,
las piernas no pueden tenerme y me faltan fuerzas para ir de un rincn a
otro. Qu ganas tengo de salir de aqu!... Estoy seguro de que apenas
salte a tierra ser otro, volver a sentirme fuerte como en mi pueblo...
Diga, seor: cundo llegamos a Buenos Aires?

Haca la pregunta vidamente; se incorporaba para mirar ms all de la
borda. Al esparcir su vista por la inmensidad, esperaba encontrar en el
horizonte el negro perfil de la tierra ansiada.

--Tardaremos dos das?--sigui preguntando.

--Ms, un poquito ms--dijo Maltrana suavemente para engaar su
impaciencia.

--Como cuntos ms?--continu con tenacidad el enfermo.

Y al adivinar en las palabras evasivas de Maltrana que an quedaban
muchos das de viaje, el pobre Muios volvi a sumirse en la
desesperacin... Buenos Aires! Deseaba llegar cuanto antes al trmino
del viaje, y repeta el nombre de la ciudad, como si encontrara en l un
poder milagroso igual al de las antiguas palabras cabalsticas.

Isidro, luego de consolarle con engaosas afirmaciones, asegurando que
antes de una semana veran la tierra ansiada, retrocedi con Castillo
hacia la reja de salida.

--La esperanza!--dijo con tristeza--. Ese pobre est muy enfermo, le
faltan fuerzas para tenerse en pie, y se traslada, sin embargo, de un
hemisferio a otro en busca de salud y dinero. Qu de ensueos van en
este cascarn con todos nosotros!...

--Y si fuese solo!--contest Castillo--. Pero le acompaan su mujer y
tres hijos.

La ilusin de la salud le haba hecho desarraigarse de su pueblo. All
en Galicia no poda trabajar una semana entera sin que el esfuerzo
atrajese la enfermedad. La imagen de Amrica haba pasado por su miseria
como un resplandor de esperanza. En aquella tierra de fortuna, donde
todos se transformaban, l sera otro hombre. Y repuesto por unos meses
de descanso y holgura, a causa de haber vendido su casucho y unas vacas,
Muios entr en el buque con un aspecto engaador de hombre sano. El
ambiente del mar y la vida de a bordo haban sido fatales para l: cada
da transcurrido marcaba un descenso de su salud.

--Lo que l cree reumatismo--aadi Castillo--es, segn el mdico del
buque, una insuficiencia cardaca, que empieza a complicarse con una
bronquitis alarmante. A saber en lo que parar! La mujer y los chicos,
acostumbrados a sus enfermedades, no se fijan en l. Ella comadrea con
las otras mujeres, y los muchachos juegan o aguardan con impaciencia la
hora del rancho. Y el pobre Muios, cuando se ahoga en el entrepuente,
sube a la cubierta envuelto en su abrigo para tenderse al sol, y
pregunta cuntos das faltan para llegar, cuando an estamos al
principio del viaje... Intil decirle la verdad. Su ilusin, que se ha
concentrado en Buenos Aires, le hace olvidar el tiempo y la distancia.
Cree que le engaan cuando le dicen que an faltan muchos das. Al
avistar Tenerife pregunt con emocin si ya estbamos en Buenos Aires.
Maana, al ver de lejos las islas de Cabo Verde, volver a creer que
hemos llegado... Infeliz! De todos los que vamos en el buque es el que
ms piensa en Buenos Aires, y bien podra ocurrir que fuese el nico que
no llegase a verlo.

Maltrana se despidi de Castillo junto a la verja divisoria de clases,
frontera inviolable que parta en dos Estados diversos el microcosmos
flotante.

Arriba, en la cubierta de paseo, encontr a Fernando junto a una de las
ventanas del saln que daban luz a la plataforma interior, ocupada por
el piano.

Quiso hablarle Isidro, pero su amigo se llev un dedo a los labios
imponiendo silencio. Mir entonces por la ventana y vio a una mujer
sentada al piano. Lleg a sus odos al mismo tiempo una msica en
sordina y el susurro de un canto a media voz.

--Es de _Tristn_--murmur quedamente Ojeda en su odo--. El lamento
desesperado de Iseo.

Los dos permanecieron en silencio a ambos lados de la ventana,
escuchando el canto que vena del interior con lejanas de ensueo.
Maltrana, menos sensible a la emocin musical, examinaba de espaldas a
esta mujer, fijndose en su nuca blanca, ligeramente sombrecida como el
marfil antiguo. El casco de su cabellera tena junto a las races un
dorado tierno, que iba colorendose hasta tomar en la superficie el tono
rojizo del cobre fregoteado. Su cuello se inclinaba hacia delante con
una esbeltez anmica, una fragilidad que marcaba bajo la piel los
tendones y arterias, dilatados por la tenue emisin de la voz.

De pronto, la cara invisible se volvi hacia ellos, como si acabase de
notar su presencia. Vieron unos ojos cuyas pupilas de color de ceniza
estaban dilatadas por la sorpresa; un rostro de palidez verdosa, algo
descarnado, que se colore instantneamente con un acceso de rubor.
Pareca asustada de que alguien pudiese orla. Con un gesto de timidez y
contrariedad cerr el instrumento, psose de pie y march hacia la
puerta del saln para huir de los dos importunos.

Ojeda la sigui con la vista. Era alta, y su enfermiza delgadez estaba
disimulada en parte por lo recio del esqueleto. Las caderas marcaban su
sea firmeza bajo una falta de dril claro. La cabellera amontonada con
gracioso descuido, los zapatos blancos algo usados, la blusa modesta de
confeccin casera, la falta total de alhajas, daban a su figura un
aspecto de pobreza sufrida animosamente, de incertidumbre bohemia
sobrellevada con resignacin.

--Usted que conoce aqu a todo el mundo--pregunt Ojeda--: quin es?

--Hace rato que lo sabra usted si me hubiese dejado hablar... Es la
mujer del director de orquesta de la compaa de opereta: un rubio de
cara granujienta, que se pasa da y noche en el caf tomando _bocks_ con
los de su tropa. Buen colador; hay veces que los redondeles de fieltro
se amontonan en su mesa como una columna... Y cuando no toma cerveza,
admite _whisky_ o lo que caiga. No tiene otra ocupacin en el buque que
empinar el codo.

--Es una mujer interesante--murmur Ojeda--. Y tan tmida!...

Aguardaba todas las tardes a que el saln quedase desierto. Descendan
las familias a sus camarotes para dormir la siesta; otros pasajeros se
acostaban en las sillas largas del paseo; slo permanecan algunos en el
jardn de invierno. Entonces, casi de puntillas, iba hacia el piano, y
apenas colocaba los dedos en el teclado, pareca olvidar su timidez,
aislndose del mundo exterior, con los ojos vagos y sin luz, como si su
mirada se concentrase interiormente y su canto fuese un dbil escape, un
lejano eco de otra msica de recuerdos que sonaba dentro de ella.

Al verla Fernando en el piano, haba sentido curiosidad por conocer su
msica. Tal vez una romanza dulzona y sensiblera de opereta!... Y an
le duraba la sorpresa que haba experimentado al escuchar las grandiosas
frases del dolor de Iseo.

--Debe tener una voz magnfica, no lo cree usted, Isidro?... Quisiera
ser su amigo... Usted debe conocerla.

Maltrana se excusaba, algo contrariado de que por esta vez no le fuese
posible alardear de una amistad. Apenas se haba fijado en ella: pchs!
la mujer de aquel borrachn director de orquesta!... Era algo arisca;
hua de la gente; apenas se trataba con las otras damas de la compaa.
Viva para su hijo, un pequen de cabeza enorme, siempre agarrado de su
mano. A los saludos de Maltrana responda siempre con una inclinacin de
cabeza y un manifiesto deseo de huir. Adems, como mujer no vala gran
cosa: pareca enferma. La primera vez que se fij en ella fue por las
burlas de unas nias elegantes que comentaban su palidez verdosa: Ah
va esa de la opereta. Se le ha reventado la hiel y la tiene revuelta por
todo el cuerpo.

--Pero esto no importa, Ojeda; ya que la seora le interesa por lo del
canto wagneriano, yo se la presentar. Conozco algo al marido; hemos
bebido juntos. l se llama Hans... Hans Eichelberger, eso es; el maestro
Hans. Y ella... aguarde usted, ella se llama Mina. Ahora recuerdo que el
marido la llama as, y segn me dijo, es un diminutivo de Guillermina.
El maestro habla algo el espaol: ha andado por la Argentina y Chile en
otras correras musicales. Ella creo que muy poco.

Avanzaron los dos amigos hacia la popa, detenindose en la baranda
cercana al caf, sobre la cubierta de los de tercera clase. Haban
levantado los marineros una parte del toldo y se vea abajo el rebullir
de la emigracin septentrional, gentes melenudas que a pesar del calor
conservaban sus abrigos de pieles. Sonaba el gangueo de un acorden con
el apresurado ritmo de la danza rusa. Una muchacha de falda corta, botas
polonesas y pauelo verde, por cuya punta asomaba una trenza de pelos
rojos, daba vueltas al comps de la msica. En torno de ella, un mocetn
de camisa purprea danzaba de rodillas o se sostena en portentoso
equilibrio con las piernas casi horizontales y las posaderas junto al
suelo. Los gritos y palmadas de los otros rusos acompaaban estas
agilidades de loca danza gimnstica. Los judos polacos y galitzianos,
envueltos en sus hopalandas de carcter sacerdotal, contemplaban el
espectculo rascndose las barbas luengas, contrayendo los matorrales de
sus cejas casi unidas.

--Las gentes que venimos aqu!--dijo Fernando--Y pensar que es el
nombre de una ciudad desconocida, el vago prestigio de una tierra
lejana, lo que nos ha juntado a personas de tan diverso nacimiento!...

--Veintiocho pueblos, segn afirma don Carmelo el de la comisara,
venimos en el buque; y lo mismo ocurre en otros trasatlnticos. No es
verdad, Ojeda, que esto se parece al avance en masa de los pueblos de
Europa cuando las Cruzadas?... Hace poco, me acordaba yo, abajo, de las
muchedumbres que siguieron a Pedro el Ermitao. Marchaban enfermas,
desfallecidas de hambre, y cada vez que avistaban una pequea ciudad
prorrumpan en alaridos de gozo: Jerusaln! Es Jerusaln!. Y estaban
an en el centro de Europa: en Alemania o en Hungra. Abajo, en la proa,
tiene usted a un heredero de aquellos hroes de la esperanza. Va enfermo
de cuidado, es posible que no llegue al trmino del viaje, y cada vez
que vemos una isla, una costa, se galvaniza y pregunta si es Buenos
Aires.

--La humanidad vive de ilusin, Maltrana. Necesitamos poner nuestro
deseo lejos, en tierras desconocidas, pues la distancia borra la duda y
da certeza a lo ms inverismil. Para los europeos, el lugar de
maravillas fue Bagdad, la de _Las mil noches y una noches_; en cambio,
en mis viajes por Oriente, he visto a judos y mahometanos suponer
tesoros y magias en la antigua Toledo. Cuando los poetas del Sur
imaginan algo prodigioso, sitan el escenario en las fortalezas del Rhin
o los fiordos escandinavos. Al soar Wagner el castillo de Monsalvat,
coloca la mansin del Santo Grial en los Pirineos espaoles y da un
palacio rabe a Klingsor el encantador. El ambiente que nos rodea es
demasiado real para que podamos cultivar en el nuestras ilusiones.

--As es, Fernando. Pero la esperanza humana, que en otras pocas fue
puramente mstica y por eso tal vez miraba a Oriente, es ahora positiva,
cifra sus anhelos en el bienestar material y se dirige hacia Occidente.
Todos queremos ser ricos, necesitamos serlo, y esta esperanza comunica a
las tierras lejanas el prestigio de la ilusin. Hace siglos, la gente de
empuje iba al Per; ayer soaba la humanidad con los tesoros de
California, y all corran en masa los hombres de aventura; hoy empieza
a mezclarse con el esplendor de los Estados Unidos la irradiacin que
surge de una nueva ciudad-esperanza: Buenos Aires.

Maana--interrumpi Ojeda--, los peregrinos de la riqueza, torciendo su
camino, se derramarn por las islas de la Oceana, y tal vez la
Jerusaln del porvenir estar dentro de millares de aos en algn lugar
del Pacfico donde en este momento colean los tiburones y se hinchan y
deshinchan las olas solitarias.

El deseo humano colocara la ciudad de la esperanza sobre alguna tierra
sacada del fondo de las aguas por una convulsin del planeta; tal vez
sobre atolones que los infusorios madrepricos estaban petrificando en
aquel momento con lenta y paciente labor multimilenaria... Nunca
faltara en el globo un lugar que atrajese a los hombres inquietos y
enrgicos, descontentos con su destino, ansiosos de cambiar de postura.

--Cada vez ser ms grande esta peregrinacin--dijo Maltrana--. Sentimos
la imperiosa necesidad del dinero como no la sintieron nuestros abuelos;
y los que vengan detrs la experimentarn con mayor mpetu que nosotros.
Yo deseo ser rico: no tengo rubor en confesarlo; es lo nico que me
preocupa. Necesito saber qu es eso de la riqueza, y a conseguirlo
voy... sea como sea. Y usted, Fernando?...

Sonri ste levemente. Tambin quera ser rico, y su deseo imperioso le
haba desarraigado del viejo mundo, lanzndolo en plena aventura, como
los miserables que se aglomeraban en los sollados de la emigracin.
Necesitaba una gran fortuna para creerse feliz. Y sin embargo... quin
sabe!, la riqueza no es la dicha, no lo ha sido nunca; cuando ms, puede
aceptarse como un medio para afirmarla... Tal vez ni aun esto era
cierto. Recordaba la wagneriana leyenda del anillo del Nibelungo, el
milagroso oro del Rhin, smbolo del poder mundial. Quien lo posea era
seor del universo, dueo absoluto de todas las riquezas; pero para
conquistarlo haba que maldecir el amor, renunciar a l eternamente.

--Y el amor, Maltrana, y otros sentimientos, valen ms que un tesoro. Yo
soy pobre y marcho en busca del dinero porque veo en l una garanta de
seguridad y de reposo para ocuparme tranquilamente en otras empresas de
mi gusto. Pero si alguien me hiciese ver que la riqueza deba pagarla
con la renuncia del amor, le juro que saltaba a tierra en el primer
puerto para volverme a Europa.

Isidro levant los hombros desdeosamente. Fantasas de artista!
Cavilaciones de poeta! Qu tenan que ver el amor y la riqueza para
que los colocasen juntos, como antitticos e inconfundibles?... l
quera ser rico por serlo, por conocer las dulzuras del ms irresistible
de los poderes, las satisfacciones orgullosas y egostas que proporciona
la llamada potencia de dominacin. Y si para ello haba de renunciar a
las gratas tonteras del amor y a otros sentimientos que el mundo
considera con un respeto tradicional, pronto estaba al sacrificio. Le
irritaba el menosprecio con que durante siglos y siglos religiones y
pueblos haban tratado a la riqueza, como si sta fuese algo diablico y
vil, incompatible con la elevacin de alma y la nobleza de la vida.

--Usted dice que es pobre, Fernando, y otros como usted lo dicen
igualmente. Todo el que no es millonario se cree en la pobreza, y habla
de ella como de algo agradable y hermoso que debe proporcionarle una
aureola de simpata. No; usted no ha sido pobre jams, ni sabe lo que es
eso. Usted necesita ser rico, conforme; pero no tiene una idea de lo que
es la miseria. Le habrn hecho falta miles de duros, pero jams al
llevarse una mano al bolsillo ha dejado de sentir el contacto de las
rodajas de plata... Pobre lo he sido yo, lo soy an, lo he sido toda mi
vida. Y como he visto de cerca la verdadera pobreza, fea y calva como la
muerte, la detesto, y deseo que no me siga tenazmente, como hasta ahora,
fuera del alcance de mi odio. Quiero que algn da se me aproxime, se
coloque a mi lado, para acogotarla, para romperle a puetazos los
costillares, para convertir en polvo el andamiaje de su esqueleto.

Comenz a rer Fernando con estas palabras, pero se contuvo al notar la
sincera vehemencia con que hablaba Isidro y el vaho de lgrimas que
empaaba sus ojos repentinamente.

--Yo s mejor que nadie lo que es la pobreza, y por eso me irrito cuando
en Espaa y otros pases que llaman, no s por qu, caballerescos e
idealistas, oigo decir a las gentes con orgullo: Yo que soy pobre,
pero muy honrado. Y tal prestigio debe tener la frase, que muchos que
no son pobres se jactan de serlo, como si esto fuese un testimonio de
honradez... Mentira! Ningn pobre puede considerarse honrado, ya que la
pobreza es una deshonra, un certificado de incapacidad. Cierto que habr
siempre pobres, como hay en el mundo feos, contrahechos o imbciles.
Pero el que tiene un defecto fsico o intelectual no hace gala de l,
antes procura remediarlo; y el pobre que se resigna con su suerte y no
busca hacerse rico, sea como sea, a las buenas o las malas, es un
cobarde o un intil, y no puede convertir su vileza en un mrito.

Ojeda acogi con aspavientos de cmico terror estas palabras.

--Repita usted, Isidro, tales cosas a los de tercera clase, y
seguramente que no llegamos a Buenos Aires. Se van a sublevar, a hacerse
dueos del buque.

Pero Maltrana, dominado por su emocin, no le escuchaba y sigui
hablando:

--La miseria!... S lo que es, y quiero evitar que la conozcan aquellos
que yo amo. Usted, Fernando, ignora mi vida.[1] Tal vez le hayan dicho
que una parte de ella anda por ah en relatos novelescos... Pero la
verdad es siempre ms cruda, ms intragable que los pequeos trozos
realistas de los libros, aderezados con salsas de fantasa... La mujer
que me trajo al mundo pereci como un animal, cansada de trabajar. Un
pobre hombre que me serva de padre muri asesinado, por la imprevisin
de unos contratistas, en una catstrofe del trabajo, y su cadver fue
bandera revolucionaria para otros tan desdichados como l. Yo he comido
las bazofias que comen los perros. Mis nobles ascendientes eran traperos
y se mantenan con las sobras de las cocinas de Madrid. He crecido
sabiendo con qu punzadas y retortijones avisa el estmago el dolor de
su vaco... He sufrido privaciones y vergenzas, hasta que un da...

[Nota [1] _Vase La horda_]

Call un momento. Temblaba su voz, sbitamente enronquecida. Se llev
una mano a los ojos como si le molestase la luz.

--Un da, cuando fui hombre, una infeliz me escuch: una compaera de
miseria, ansiosa de ideal a su modo. La pobre crea encontrarlo en m,
seorito hambriento que hablaba de cosas que ella no poda entender. Mi
vida floreci por vez primera; conoc la alegra, la verdadera alegra,
durante unos meses; luego, el idilio acab en el hospital. Y aquel
cuerpo gracioso, cuerpo de pobre, en el que luchaba la juventud con un
raquitismo hereditario, baj a la tierra despedazado: lo hicieron
cuartos, como una res de matadero, sobre el mrmol de la sala de
diseccin... Usted, Ojeda, debe amar a alguien como am yo. Todos
encontramos una posada de amor en el camino de la vida: hasta los ms
infelices. Imagnese el cuerpo que usted adora, con el orgullo de la
posesin, desnudo sobre una mesa; las blancas intimidades, slo por
usted conocidas, expuestas ante la insolencia juvenil; la epidermis
arrancada de los msculos como el forro de un libro; las manos pasando
de mesa en mesa; los pechos como unas piltrafas, nadando en un cubo; la
cabeza a un lado, las piernas a otro... No puedo, no puedo pensarlo! Es
un recuerdo que me amarga muchas noches... Pero por qu hablo de esto?

Frunci Ojeda el ceo, emocionado por las palabras de Maltrana. Haca
mal en acordarse del pasado; era mejor ir adelante sin volver la cabeza.

--As termin nuestro amor--dijo Isidro despus de larga pausa,
levantando la frente de entre las manos--. As termin, porque ramos
pobres... Me qued un hijo, y la primera vez que lo tuve entre mis
brazos, en una casucha de las afueras de Madrid, cre nacer de nuevo,
pero ms fuerte, con una voluntad que nunca haba sospechado... El pobre
rollo de manteca, con sus ojitos como dos punzadas, me hizo sentir la
impresin de una fuerza misteriosa que me insensibilizaba
interiormente. Desde entonces estoy fabricado con algo muy duro: soy de
acero, soy de bronce. Slo puedes contar conmigo, pobrecito--le dije al
pequeo--. No tienes a nadie ms en el mundo, pero yo trabajar por ti.
Fui tmido y flojo para defender a la madre; pero el chiquitn me dio
una fiereza de tigre... Esta segunda parte de mi vida la conoce usted
mejor que la otra. No es ningn secreto. Isidro Maltrana: un canallita
simptico, un sinvergenza que conoce la manera de vivir...

Ojeda intent protestar.

--No mueva la cabeza, Fernando; no diga que no, por amabilidad: djeme
la gloria de mi mala fama, que es muy justa y me enorgullece. Pens en
ser ladrn, pues contaba con buenas relaciones para emprender la
carrera; pero soy cobarde; tampoco poda alquilar mis brazos como
matachn, porque son dbiles. Pero alquil mi pluma y mi bilis, y tal
fue mi desvergenza, que hasta tengo admiradores. He fabricado libros
para que los firmasen graves personajes y estudios laudatorios de esos
mismos autores, sobre cuyas nobles cabezas escupira de buena gana. He
insultado a hombres que respeto y admiro, amontonando contra ellos
infamias y mentiras, cuando, de seguir mis deseos, me hubiese
arrodillado para implorar su perdn. He recibido golpes y me los he
guardado tranquilamente cuando el ofendido era ms fuerte que yo. Otras
veces, acorralado como un gato que no encuentra salida, he hecho el
papel de tigre, batindome como un caballero de la Tabla Redonda en
defensa de cosas que no me interesaban. He vivido en la crcel por
artculos de peridicos que no tuve la curiosidad de leer. Cuando haba
que atajar alguna opinin justa con una nota insolente y discordante,
Maltranita se encargaba de ello, siempre por cuanto vos
contribusteis. Qu no he hecho yo para ganar dinero?... Hasta me he
prestado a ser intermediario en los amores secretos de ciertos
personajes y he servido de honorable acompaante a sus queridas... No se
asombre, Ojeda; convnzase de que lleva por compaero a uno de los
canallas ms notables que ha tenido Madrid.

A pesar del tono de esta afirmacin, que hizo sonrer otra vez a
Fernando, el bohemio continu, con gesto fosco y ojos enternecidos:

--Y no crea que me arrepiento de mi pasado. Desconozco el rubor y la
vergenza: son lujos que slo pueden permitirse los felices... Cada vez
que comet una mala accin, me bast para olvidarla hacer una visita al
colegio de ricos donde se educa mi Feliciano gracias a los esfuerzos de
su padre, tan nobles y tan heroicos como los de cualquier duque antiguo
que sala lanza en mano a robar en las encrucijadas. Mi hijo me cree un
gran personaje porque ve que mi nombre figura en los peridicos; sus
maestros no me admiran menos y permiten que algunas veces me retrase en
el pago de mis obligaciones. Soy para ellos un seor de cierto poder,
que trata familiarmente a los ministros y pasea todas las tardes por los
pasillos del Congreso. Y esta devocin de mi hijo y sus allegados me
compensa de todas mis vilezas: hasta de las numerosas bofetadas que
llevo recibidas por mis atrevimientos... Yo quiero que mi Feliciano, el
hijo del bohemio y de la gorrera despedazada en el hospital, sea rico,
muy rico; y por esto, slo por esto, me he alistado en la cruzada al
Nuevo Mundo. En m se han contrado y achicado todos los afectos, para
dejar espacio nicamente al de la paternidad, que me ocupa por entero...
Usted, Fernando, no sabe lo que es el sentimiento paternal y hasta dnde
llega su santa ferocidad. Perezca el mundo y slvese la carne de mi
carne.

--No tanto--dijo Ojeda--; no exagere usted.

--S: Robemos a los hijos de los dems para que nuestro hijo sea
rico.... Y yo soy un padre. S bien que esta paternidad no es ms que
un sentimiento egosta, como el amor, como el patriotismo, como tantas
ideas respetables e indiscutibles que traen revuelto al mundo... Pero la
vida no es ms que una urdimbre de egosmos, y yo carezco de fuerzas
para reformarla. Voy a trabajar por el pequeo, y en nombre de mis
sacrosantas ternuras de padre de familia, reventar si me es posible a
otros padres de familia que se me pongan por delante, dispuestos como yo
a toda clase de porqueras para asegurar el bienestar de su prole.
Quiero hacer rico a mi hijo... y caiga el que caiga!

--Cuando llegue usted a enriquecerse--interrumpi Ojeda--, es muy
probable que su hijo sea como los hijos de casi todos los ricos: un ser
intil para la sociedad, un ente de lujo que gaste sin tino lo que el
padre amonton en fuerza de sacrificios.

--Lo he pensado muchas veces; y qu?... Yo tengo tanto derecho como
cualquier burgus a producir un hijo inservible y decorativo. No todo en
el mundo debe ser til. Es una satisfaccin para el egosmo paternal
haberse matado trabajando en un extremo del mundo para que el hijo vaya
al otro hemisferio a mantener cocotas de precio y sostener el juego en
los clubs elegantes. Un orgullo tan legtimo como el de los criadores de
caballos de carreras, hermosos e intiles, que no sirven para arar un
campo ni pueden tirar de un carretn, pero corren y corren sin objeto
entre los entusiasmados epilpticos de la multitud... Adems, Fernando,
amo el dinero por ser dinero con un respeto casi religioso. Yo, que no
he credo en nada, creo en su majestad irresistible, en su poder
benfico, que revoluciona nuestra existencia, hacindola ms cmoda y
fcil... El dinero es tambin poesa, una poesa sobria, enrgica,
intensa, ms humana y conmovedora que la insincera y manida que ustedes
vienen repitiendo hace siglos en sus versos.

Esta afirmacin provoc en Ojeda una risa franca.

--A ver, siga usted: eso me interesa; suelte su bagaje de paradojas. Es
divertido, y le har olvidar el recuerdo de sus tristezas pasadas.

Pero Maltrana, insensible al regocijo de su amigo, sigui hablando. Un
movimiento universal, semejante al nacimiento de una religin poderosa,
se estaba apoderando de los destinos del mundo. Pero muy pocos se daban
cuenta de este suceso, que iba a abrir en la Historia una era nueva.

--Siempre ha ocurrido as. Los hombres tardan siglos en conocer las
fuerzas recientes que los mueven; han de transcurrir varias generaciones
para que un da lleguen a enterarse de que son completamente distintos
de como fueron sus abuelos... Si resucitase un romano de los dos
primeros siglos de nuestra era y le preguntsemos qu se hablaba en su
tiempo de los cristianos, nos mirara con extraeza. Nada sabra de
ellos; su poca fijaba la atencin en otros asuntos ms importantes. Y
sin embargo, bajo de sus pies, en la sombra, lata una fuerza ignorada
por l, que iba a transformar el mundo... Desde hace ochenta aos ha
venido a la tierra un nuevo dios: el dinero. Y ese dios tiene sus
apstoles: el centenar de grandes millonarios y capitanes de industria
esparcidos por el mundo, ministros de un poder misterioso, que
permanecen en la sombra, como si la grandeza de su misin les impusiese
el incgnito; hombres cuyos apellidos conoce la tierra entera, igual que
los de los reyes, pero a los cuales muy pocos han visto en persona, pues
rehuyen la publicidad.

Ojeda escuchaba con inters creciente estas palabras de su amigo.

--Los Csares modernos los visitan a bordo de sus yates y los sientan a
sus mesas; poco falta para que los emperadores, al escribirles, les
llamen querido primo como es de uso entre testas coronadas. Se
necesita ser ciego para no ver el podero de estos monarcas mundiales,
cuyos abuelos fueron leadores, barqueros o mseros prestamistas. Antes,
los conductores de pueblos hacan la guerra a su capricho o por
desavenencias de familia, siempre que les daba la gana. Ahora disponen
de ms soldados que nunca, de prodigiosas herramientas de destruccin, y
sin embargo se mantienen en forzado quietismo, armados hasta los
dientes. Para tirar de la espada tienen que consultar antes a estos
nuevos primos de la mano izquierda, cuyo auxilio les es indispensable.
No nos conviene la operacin, dicen los apstoles modernos en el
misterio de su retiro bancario, donde fraguan los dramas mundiales. Y la
espada tiene que volver a su vaina, o cuando ms, se emplea en alguna
expedicin colonial, apaleando negros o amarillos, todo para mayor
gloria del dios que somete de este modo nuevos pueblos a su culto...

Continu Maltrana ensalzando la grandeza de estos magos modernos.

La actividad de los hombres corra canalizada sobre la costra del globo
en el punto que se dignaban sealar ellos con un dedo. Soberanos de
miles y miles de kilmetros de vas frreas o de flotas como jams las
tuvo Imperio alguno, les bastaba una orden telefnica para cambiar el
curso del progreso humano. Islas del Pacfico en las que hace cincuenta
aos los naturales asaban todava para su consumo la carne humana,
haban realizado en tan corto lapso de tiempo una evolucin de siglos y
hasta ensayaban el rgimen socialista. Un pas desierto lo transformaban
en un lustro. Hacan surgir ciudades con paseos, estatuas y tranvas
elctricos, sobre una tierra habitada poco antes por avestruces. Les
bastaba para realizar este milagro con tender una lnea de ferrocarril.
Costas inhospitalarias y desiertas brillaban de pronto con los focos
elctricos de sus puertos. Establecan una nueva lnea de navegacin, y
el gran rebao emigrante, los aventureros inquietos que todo lo
transforman, llegaban hasta donde era la voluntad de los taumaturgos
ocultos en la sombra...

Mir Isidro la multitud que bailaba abajo en la explanada de popa, y
aadi:

--Nosotros mismos vamos adonde vamos porque los apstoles de la nueva
religin nos han abierto un camino y nos empujan por l sin que nos
demos cuenta... Usted que es poeta, acurdese, Ojeda, de lo que dio la
vieja Espaa a estos pases americanos... Les dio el conquistador un
hroe grande como los de la _Ilada_, un superhombre, que en menos de un
siglo explor medio globo, labrando su vivienda en las alturas andinas a
cuatro mil metros, junto a los nidos de los cndores, o en valles
ecuatoriales que son ollas de fuego. l engendr los actuales pueblos de
Amrica, legndoles una predisposicin al herosmo y un alto concepto
del honor. Dio tambin el sacerdote, el misionero, que con la difusin
del cristianismo fue dulcificando las costumbres y suprimi una
idolatra que necesitaba de sacrificios humanos... Qu regalo tan
hermoso para ser cantado por los poetas! La espada y la cruz, el
herosmo y la piedad!... Y sin embargo, los pueblos hispanoamericanos
dormitan en la poca colonial, produciendo lo estrictamente necesario
para su mantenimiento, y luego de su independencia dormitan igualmente
bajo el pie de valerosos dspotas que reemplazan con una tirana
inmediata y tangible la mansurrona y perezosa de la metrpoli. Y todo
sigue as, hasta que aparece el nuevo dios... El dinero, el vil dinero,
maldecido por los poetas, arriba a sus costas, y entonces nicamente es
cuando se transforma todo en unas docenas de aos.

La locomotora avanzaba sobre el suelo virgen antes que el arado; las
estaciones surgan en el desierto como postes indicadores de futuros
pueblos; el buque de vapor estaba pronto en la rada para llevarse el
sobrante de las cosechas a otro lugar del globo; el exiguo mercado
consumidor tmido y msero se agrandaba hasta ser un productor
gigantesco; los grupitos de emigrantes que cada dos meses llegaban en un
bergantn, como gota suelta de vida, eran reemplazados por pueblos
enteros que volcaban los trasatlnticos diariamente en la tierra
nueva...

--Y toda esa revolucin--continu Maltrana--la han hecho y la siguen
haciendo los apstoles misteriosos de mi dios; esos magos que se ocultan
en un despacho austero de la City de Londres, en un piso vigsimo de
Nueva York o en cualquier avenida elegante de Pars o Berln.

--El dinero!--exclam Ojeda con despectiva expresin--. El dinero no es
ms que un medio, y ha existido siempre. La actividad humana, el
progreso de la ciencia, el afn de bienestar, son los que han realizado
juntos esas transformaciones maravillosas. Justamente, esa Amrica
colonial y dormitante de la que usted habla fue una gran productora de
dinero. Acurdese del Potos y otras minas clebres que cargaron los
galeones espaoles de barras preciosas durante siglos. Y de qu nos
sirvi tanto dinero?... Fue nuestra muerte.

Maltrana protest: su dinero no era se. l hablaba del dinero moderno,
del dinero animado por la vida, alado e inteligente, incapaz de sufrir
encierro alguno, dando sin cesar la vuelta a la tierra, penetrando en
todas partes en forma de papel, irresistible y triunfador bajo el
misterio de los caracteres impresos, lo mismo que el pensamiento
humano.

Este dinero omnipotente an no contaba un siglo de existencia. Su vida
no iba ms all de la de un hombre octogenario. Cierto era que haba
existido siempre; pero antes del avatar victorioso que le hizo seor del
mundo, su vida se arrastraba vergonzosa entre desprecios y vilezas.
Pluto era un dios sombro y cobarde, amarillo y macilento como el oro
enterrado. Las religiones lo emparentaban con el diablo, viendo en la
riqueza una tentacin. El hombre perfecto era en todos los pueblos el
asceta rodo por la miseria, insensible a las grandezas terrenales.
Multiplicar el oro se tena por empresa de mercaderes, relegados a las
ltimas capas de la sociedad. La manera noble de conquistarlo era lanza
en ristre en medio de un camino, desvalijando a las caravanas, o
entrando a saco en las ciudades tomadas por asalto. El precioso metal,
buscado en secreto y despreciado en pblico, no tena otro empleo que el
prstamo y la usura; atrayendo crmenes y maldiciones.

Ocultbase en escondrijos subterrneos, temeroso de la luz, como los
rprobos de una religin vergonzosa. Era pesado y voluminoso en el
encierro de sus bolsas, y no poda moverse ms all del grupo urbano
donde lo haba amasado el ahorro. Los que se dedicaban a su manejo
parecan afligidos de una enfermedad moral: amarilleaban con la zozobra,
temblando a cada paso, como si el aire se poblase de enemigos. Las
muchedumbres famlicas crean remediar sus males entrando a degello en
los barrios poblados por los srdidos devotos del dios amarillo; los
grandes seores, en sus apuros monetarios, ahorcaban a los negociantes
para reunir fondos. Y al dulcificarse las costumbres, no por esto
llegaba a borrarse el estigma con que estaban marcados los sacerdores
del oro. Se les adulaba en momentos de angustia, y se les repela luego
con el pie en nombre de la caballerosidad y la nobleza de alma.

--Pero un da, el aprovechamiento del vapor cambi la faz del mundo.
Casi ha sido en nuestra poca: hemos conocido personas que presenciaron
esta gran revolucin, la ms trascendental y positiva de todas. Exista
la locomotora y hubo que fabricar miles y miles, abrindola caminos por
todo el planeta. La mquina industrial no poda caber en los pequeos
talleres de familia, y fue preciso construir monstruosos edificios, ms
grandes que las catedrales y los templos del paganismo. Ningn monarca
ni potentado era capaz de acometer individualmente esta empresa
gigantesca... Entonces, el dios amarillo cambi de forma, saliendo
majestuoso y triunfador, como el sol, de la hopalanda del usurero que le
haba tenido oculto. En su glorioso despertar ya no fue metlico,
pesado e individual; no vivi ms en su escondrijo de terror, y reuni a
las muchedumbres para la obra comn por medio de esos documentos que
llaman acciones y obligaciones. El papel, que es el ala del pensamiento
moderno, fue el signo de su poder. Hombres que no haban salido ms all
de las afueras de su pueblo entregaron sus ahorros para trabajos
titnicos que se realizaban al otro lado del planeta. Valerosos
capitanes de escritorio, poetas de la aritmtica, con el atrevimiento de
los conquistadores, pusironse al frente de estos ejrcitos de soldados
annimos a los que no conocern nunca... Y en ochenta aos han hecho
suyo el mundo, como no lo domin ningn ambicioso ilustre.

Maltrana hablaba con tono oratorio del gran milagro del dinero moderno.
El globo estaba erizado de chimeneas; las inmensidades del Ocano
ofrecan siempre en el horizonte un punto negro y una nubecilla de humo;
cascadas y ros creaban al rodar fuerza y luz; las grandes barreras de
piedra que llegan con su cumbre hasta las nubes sentan perforadas sus
entraas por un rosario de hormigas frreas resbalando sobre cintas de
acero; en las obscuridades submarinas vibraban como bordones
inteligentes los cables conductores del pensamiento; fuerzas misteriosas
y hostiles trabajaban esclavizadas para el bienestar comn; las antiguas
hambres haban desaparecido gracias a las flotas inmensas que surcaban a
todas horas el Ocano, compensando con el sobrante de unos pueblos la
caresta de otros; el hombre, hastiado de su reciente seoro sobre la
costra terrquea, se lanzaba en el espacio, aprendiendo a volar.

--Y todo esto, amigo Ojeda, es el milagro de mi dios. Dir usted que es
obra del hombre; pero el hombre, sin la esperanza del dinero, hara muy
poco en el presente rgimen social. Nadie realiza trabajos penosos por
gusto, nadie expone su vida gratuitamente en empresas sin gloria. Si
usted le dice al que perfora un tnel o levanta un terrapln sobre un
pantano que est sirviendo a sus semejantes y merece por esto gratitud,
se encoger de hombros. l sufre y pena para que mi dios le recompense
inmediatamente. Y si mi dios le falta, abandona la labor, sin importarle
gran cosa lo sublime de su trabajo... Abra los ojos, Fernando, y no sea
impo con la gran divinidad de nuestra poca. Los antiguos dioses se
declaran vencidos por l, y le adulan y temen. El despreciado Pluto,
cornudo y triste en otros tiempos como un macho cabro, ocupa ahora el
trono del noble Zeus, declarado intil. Apolo y Marte hablan mal de l,
lamentando la prdida de su antigua majestad; pero esta murmuracin es
a espaldas suyas, pues apenas mi dios fija en ellos sus ojos de oro, el
uno le ofrece la espada para sostenimiento del santo orden, sin el cual
no hay buenos negocios, y el otro preludia en el arpa un himno en su
honor a tanto la estrofa.

Ojeda rio francamente de estas palabras.

--Hrcules y Vulcano--continu Isidro--, dos brutos bonachones, le
siguen como perros fieles. El hroe forzudo lleva bajo sus bceps los
cartuchos de dinamita con los que hacer volar istmos y montaas, y el
herrero tuerto martillea da y noche para servir los incesantes pedidos
de su seor... Mercurio el trapacero, que rob descansadamente durante
siglos detrs de los mostradores, hace ahora antesala en los Bancos y se
quita con humildad el capacete con alas para suplicar al gerente el
descuento de un pagar... Hasta la caprichosa Venus hace salir de su
alcoba por la puerta de escape, como entretenidos vergonzosos, a sus
antiguos amantes olmpicos y abre luego de par en par la puerta de honor
para que entre por ella el dios despreciado.

--Pero a usted le ha tratado mal ese dios--dijo Ojeda burlonamente--.
Usted ha vivido siempre en la pobreza.

--Mi dios no me conoce, no conoce a nadie. Es ciego y sordo para los
humanos, como lo son las fuerzas de la Naturaleza. El volcn erupta su
fuego sin importarle que los hombres hayan levantado un pueblo en su
falda; ros y mares se desbordan sin enterarse de que unos seres nfimos
han creado sus hormigueros en las arrugas que les sirven de vallas; la
tierra, cuando desea temblar, no pide permiso a los parsitos que anidan
en su epidermis... El dios ignora nuestra existencia: la humanidad slo
figura como los ceros en sus altas combinaciones aritmticas. Por eso,
cuando se le ocurre a mi dios echar bendiciones, caen stas casi siempre
sobre los brutos con suerte o los maliciosos que las agarran al paso. Y
cuando reparte golpes, son verdaderos palos de ciego que llueven
irremisiblemente sobre los inocentes... Pero este dios, como todas las
divinidades, tiene una iglesia que piensa por l y administra sus
intereses: la iglesia de los grandes millonarios, directores del mundo.
Y yo me he embarcado para cambiar de vida, para intentar la conquista de
la riqueza, para entrar en esa iglesia aunque sea de simple monaguillo,
y ver de cerca los misterios de la sacrista.

Fernando se encogi de hombros al hablar de la riqueza. Para ser feliz,
le bastaba al hombre con tener asegurada la satisfaccin de sus
necesidades. l, por desgracia, necesitaba ms que otros para una
existencia tranquila, pero apenas hubiese conquistado lo que juzgaba
indispensable, pensaba huir de esta pelea por el dinero. La vida ofrece
ocupaciones ms nobles.

--Es que usted, poeta--dijo Maltrana--, no conoce la poesa grandiosa
que emana del dinero manejado por un hombre de genio. Todas las
fantasas poticas, por bellas que parezcan, resultan fras e
infecundas, como los placeres solitarios. Es ms hermosa la accin, el
abrazo de los hechos, el estrujn carnal de la realidad. Yo admiro a
esos demiurgos modernos del capitalismo que cuando fijan su atencin en
un desierto del mapa lo transforman desde su escritorio en unos cuantos
aos, y si alguna vez se dignan ir a l, encuentran ferrocarriles,
ciudades, muchedumbres bien vestidas, y pueden decir: Esto lo he hecho
yo, esto es mi obra. Una satisfaccin que envidio; un motivo de orgullo
ms verdadero que el haber imaginado un gran poema.

--Maltrana, no diga disparates--interrumpi Ojeda, algo amoscado--.
Aunque, en verdad, no s por qu hago caso de sus afirmaciones. Maana
dir usted todo lo contrario. Cada vez que hemos hablado en Madrid
defenda usted una opinin diversa... Conozco esta enfermedad de la
gente pensante. Usted, a quien he visto casi anarquista, rompe ahora en
himnos de la riqueza, slo porque cree ir camino de conquistarla en un
pas nuevo... Se engaa usted, Isidro. Cuando lleguemos all se
convencer de que el trabajo representa tanto o ms que el capital. Sus
paradojas pueden tener algo de verosmil en la vieja Europa, donde
abundan los brazos. Pero en las llanuras americanas, que estn casi
despobladas, se enterar de lo que vale el hombre y de cmo el dinero no
puede nada cuando le falta su auxilio... Adems, yo desprecio el dinero,
se entera usted? Lo busco porque lo necesito; pero de ah a rendirle un
culto religioso hay mucha distancia. Es algo que nos envilece y achica,
y si fuese posible suprimirlo, la humanidad vivira mejor. Los crmenes
que comete ese capital, tan adorado por usted, para agrandarse y
triunfar en sus empeos!

Ahora fue Maltrana el que rompi a rer.

--Poeta sensible y de vista corta!... Esperaba de un momento a otro su
objecin. Los crmenes que comete el capital en sus grandes empresas
mundiales!... S, los reconozco: son los mismos crmenes de los grandes
conquistadores que han trastornado el curso de la Historia; los crmenes
de las revoluciones que nos dieron la libertad. El hombre pasa y la obra
queda. Poco importa que caigan algunos si su muerte beneficia a todos
los humanos... Adems, lo que hoy aparece como un crimen es maana un
sacrificio heroico...

Qued silencioso unos instantes, como si buscase un ejemplo, y luego
aadi:

--Hace poco han terminado en el interior de la Amrica ecuatorial un
ferrocarril a travs de tierras inexploradas, pantanos en los que duerme
la muerte, bosques inhospitalarios. Los trabajadores han cado a miles
en esta obra: cada kilmetro tiene al lado un cementerio; las fiebres de
la tierra removida, los reptiles venenosos, los caimanes de las
cinagas, han matado ms hombres que en una batalla. Las familias de los
muertos y las almas sensibles prorrumpieron en alaridos de indignacin
contra la Compaa constructora. Explotadores sin conciencia, que por
hacer un buen negocio y aumentar sus dividendos llevan los hombres como
bestias al matadero. Y tenan razn; su protesta era justa. Decan la
verdad. Pero los capitalistas, que viven lejos y tal vez no se
molestarn nunca yendo a contemplar esta obra suya, pueden responder
desde sus escritorios: Gracias a nuestra audacia fra y dura, los
hombres tienen un camino para llegar a pases nuevos que guardan enormes
riquezas. Hemos puesto en comunicacin con el resto del mundo las
entraas olvidadas de todo un continente. Y tambin ellos tienen razn;
tambin dicen la verdad... Porque ya sabe usted, Ojeda, que eso de la
verdad nica e indiscutible es una ilusin humana. Cada uno tiene la
suya. Existen en nosotros tantas verdades como intereses.

Ojeda permaneci silencioso como si no le interesase contradecir a su
amigo, y ste continu:

--La literatura es la culpable de ese desprecio que muestran por el
dinero todos los que son incapaces de conquistarlo. Quiere educar al
vulgo, y emplea para ello ideas viejas, patrones que se cortaron hace
siglos. Todo novelista que se respeta, todo dramaturgo que posee el
secreto de hacer patalear de entusiasmo al pblico, no conoce
vacilaciones al graduar la simpata atractiva de sus personajes. El
hombre funesto, el traidor de la obra, ya se sabe que debe ser un
rico, un manipulador de caudales; y si ostenta el ttulo de banquero,
mejor que mejor. Los banqueros tienen asegurado en las obras literarias
un xito de odio y de rechifla. Los personajes simpticos son pobres, y
dicen cosas muy hermosas sobre las infamias del vil metal y la
necesidad de idealizar la vida.

El arte literario slo haba dispuesto, segn Maltrana, de cuatro
resortes para mover sus criaturas: el amor, el odio, el hambre y el
miedo. El dinero se mostraba alguna vez en ciertos autores, pero como un
accesorio, como un teln negro para que se destacasen mejor las figuras
de los personajes simpticos. El amor, con sus combinaciones y
conflictos innumerables y siempre iguales, era el que llenaba por entero
libros y comedias.

--Y as llevamos siglos sin enterarnos de que en el mundo hay algo ms
que el amor; y hasta los ms bobos empiezan a cansarse de tanto papel
impreso y tantas salas iluminadas para hacernos conocer las angustias y
conflictos de dos seres que quieren acostarse juntos y no encuentran el
medio, o las crisis de alma de una seora que desea faltarle a su marido
y no sabe cmo empezar... No; en el mundo, el amor no lo es todo. Le
dedicamos algunas horas de nuestra existencia (que por cierto no
resultan las ms despreciables), pero ms tiempo nos lleva la
preocupacin del dinero y la lucha titnica por conquistarlo. Si la
literatura fuese un reflejo de nuestra existencia y no un
entretenimiento halagador para los ociosos, hace aos que figurara en
ella como elemento principal el dinero moderno, que ha creado una
aristocracia de la voluntad, unos hroes ms nobles e interesantes que
esos galanes pobres que lloriquean de amor, dicen palabras bonitas y son
incapaces de ganar un poco de plata para que la seora de sus
pensamientos viva con mayores comodidades.

--Siga usted--dijo Fernando--. Creo estar en Madrid en un estudio de
pintor, en un saloncillo del Ateneo, en una tertulia de caf... Esto me
rejuvenece.

--Rase, pero sepa que me da rabia la hipocresa de los sacerdotes del
ideal, que maldicen el dinero en pblico y luego corren tras l como un
cobrador de Banco. An quedan algunos solitarios que escriben como
cantan los pjaros, sin importarles lo que ello pueda valerles. Pero
stos no cuentan para nada, y poco a poco caen en el olvido. Hoy la fama
literaria se aprecia por el nmero de representaciones y la cantidad de
volmenes; o lo que es lo mismo, por el dinero que percibe el autor.
Antes de escribir se consulta el gusto del vulgo, para que la tirada del
libro sea grande o la sala de espectculos est repleta muchas noches. Y
luego, estos inventores de sonoras maldiciones al dios amarillo, cuando
llega el ajuste de cuentas con el editor o el empresario, son capaces de
andar a cachetes por peseta ms o menos... No, Ojeda; yo prefiero la
franqueza brutal. El dinero es vil, pero solamente para aquellos que no
lo poseen. A m, pobre siervo de la pluma, me ha hecho cometer grandes
bajezas. Un da he escrito una cosa, y meses despus, por unas pesetas
ms, he pasado a la casa de enfrente para escribir todo lo contrario.
Por eso quiero hacerlo mo: para sentirme digno y libre por primera vez
en mi existencia. Mi dios se venga de los que le llaman vil
sometindolos a la humillacin, que es el mayor de los envilecimientos.

Mir a Ojeda largamente con extraeza, y luego continu:

--Y que un hombre de su talento no crea que el dinero es el mvil de
las ms grandes acciones!... Acurdese de los primeros navegantes que
rasgaron los misterios del mar: de nuestros respetables abuelos los
argonautas. Ellos realizaron hace docenas de siglos lo que usted y yo
buscamos ahora. Iban a la conquista del Vellocino de Oro, lo mismo que
nosotros, argonautas con pantalones, al meternos en este buque... Y
cuando el navo _Argos_ estaba a punto de zarpar, el primero que salt
en l con la lira a cuestas fue Orfeo, el divino cantor, el primero de
los poetas conocidos. Usted me dir que iba para ver cosas maravillosas,
tentado por la novedad heroica de la aventura; y yo, que conozco la
vida, le dir que iba por todo eso y adems por tocar su parte cuando
llegase el momento de distribuir las ganancias de la expedicin... Y lo
mismo pensaron los romnticos caballeros vestidos de hierro que
cabalgaban en las Cruzadas huyendo de sus castillejos hipotecados a los
usureros germnicos y francos. Jerusaln! Vamos a libertar el
sepulcro de Cristo! Pero una vez realizada la conquista, por no
separarse ms del dichoso sepulcro ampliaron el crculo de sus
correras, cortando el terreno de los vencidos en condados y reinos, y
se dieron una vida de strapas orientales como no la haban podido soar
en sus magras tierrecillas de Europa.

El recuerdo de Coln surgi en la memoria de Maltrana.

--Ya sabe usted--continu--cul era el ensueo de nuestro amigo don
Cristbal al ir como solicitante detrs de la corte de los Reyes
Catlicos. Figrese las decepciones y desalientos que sufrira durante
ocho aos, cuando monarcas y ministros, ocupados en guerras inmediatas,
no podan escucharle. Al volver a su alojamiento vea el oro del Gran
Kan, las flotas de Salomn, las riquezas de Marco Polo, tesoros
maravillosos en los que algn da hincara el diente, y esto bastaba
para que su nimo se reconfortase, insistiendo en la demanda... Crame,
Ojeda: el dinero es el mvil de las grandes acciones, el compaero de
los ensueos sublimes, la ltima finalidad de los mayores idealismos.
Mire a esas gentes que tenemos a nuestros pies. Van en busca del dinero
de un extremo a otro del globo. Y cree usted que no suean? Se imagina
usted que en su peregrinacin hacia el pan no hay mucho de ilusin, de
idealismo?...

Ojeda movi la cabeza afirmativamente.

--En eso dice usted verdad. Algunas noches, al asomarme a esta baranda,
me fijo en los emigrantes que duermen al aire libre huyendo del calor
de los sollados. Ofrecen el aspecto de un campamento, y por esto tal vez
viene a mi memoria el recuerdo de los granaderos de Napolen, que no
eran ms que simples soldados, pero al dormir sobre la tierra dura vean
desfilar en sus ensueos toda clase de grandezas. Cada uno crea llevar
en su mochila el bastn de mariscal, y esto bastaba para que corrieran
sin cansancio toda Europa de combate en combate. stos son lo mismo: la
santa ilusin borra en ellos la duda y el desaliento. Todos guardan en
su hato de ropa el ttulo de millonario futuro... Si el granadero senta
vacilante su fe, le bastaba mirar al mariscal cubierto de oro, que haba
sido soldado lo mismo que l. Cuando los emigrantes dudan, no tienen ms
que acordarse de tantos y tantos ricos que hicieron su primer viaje
igual o peor que ellos. En este mismo buque pueden ver ejemplos que
reanimen su energa...

Los milagros de la ilusin! Muchos de aquellos hombres haban trabajado
otra vez en Amrica, huyendo luego desalentados. Preferan la miseria en
la patria a la vida vagabunda del pen en el Nuevo Mundo, y al volver a
su pas besaban el suelo con transportes de entusiasmo, jurando morir en
l. Amrica para los americanos. No nos engaarn ms... Pero al poco
tiempo, los mismos relatos que los haban enardecido antes del primer
viaje volvan a morder con profunda mella sus imaginaciones simples. La
Amrica odiosa se transformaba e iluminaba, recobrando los dulces
colores de la prstina visin. Tal vez haban huido demasiado pronto;
tal vez atribuan injustamente al pas culpas que slo eran de ellos. La
prosperidad de los que se haban quedado all les irritaba como un
error.

--Olvidan pronto lo que sufrieron--continu Fernando--, para recordar
nicamente las contadas horas de felicidad. Sucesos insignificantes y
casi olvidados reaparecen en su memoria como ocasiones de fortuna
torpemente despreciadas. Yo pude ser rico--dicen en su pueblo--, pero
tuve mucha prisa en volver. Y acaban por creerlo a ojos cerrados, y el
deseo de regresar a la tierra de la esperanza es cada vez ms imperioso,
hasta que al fin se embarcan con iguales o mayores ilusiones que la
primera vez... Y all van, revueltos con los nefitos de la emigracin;
y ellos, los desengaados y maldicientes de poco antes, son ahora lo
mismo que los veteranos que reaniman a los reclutas en las veladas del
vivac con hiperblicas historias.

--Yo creo--dijo Maltrana--que si el curioso Diablo Cojuelo, que
levantaba los tejados de los edificios, pudiera mostrarnos lo que
encubren las tapas de esos crneos, leeramos en todos ellos lo mismo:
Buenos Aires... Buenos Aires.

--As es... Qu poder de ilusin tiene este nombre!... Todos, al
repetirlo, ven la ciudad-esperanza, la tierra del bienestar, la Sin
moderna.

Ojeda, con su lrico entusiasmo, reconstrua los pensamientos de la
muchedumbre cosmopolita que iba hacia el Sur tendiendo las manos tras el
aleteo de la diosa sin cabeza.

Este nombre circulaba como una msica por el mundo viejo, despertando
las almas adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos cansados de
tenerla sentan un instantneo rejuvenecimiento al pensar en aquel pas
de maravillas, donde se realizaban asombrosas transmutaciones. El
holgazn sentase activo; el aptico se agitaba con entusiasmos
optimistas; el oprimido por la estrechez del ambiente natal rompa su
quiste de rutinas con sbito enardecimiento. Muchos iban all llamados y
aconsejados por otros compatriotas que les haban precedido... Pero y
los que marchaban a la ventura, faltos de amistades, sin conocer el
idioma, sabiendo nicamente repetir con enfermiza tenacidad: Buenos
Aires... Buenos Aires...? Quin les haba enseado el nombre? Qu
encanto el de estas slabas, que hacan avanzar a las lejanas
muchedumbres, confindose al gesto bueno o malo del destino?...

Admiraba Ojeda el fuerte tirn con que este conjuro de esperanza haba
arrancado a los grupos humanos enraizados por la historia en lugares
distintos del planeta. Buenos Aires!, murmuraba el viento de las
noches invernales al colarse por el can de la chimenea en el hogar
campestre, donde la familia espaola o italiana maldeca el embargo de
sus campichuelos y la escasez del pan; Buenos Aires!, muga el
vendaval cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los maderos de
la isba rusa; Buenos Aires! escriba el sol con arabescos de luz en
los calizos muros de la callejuela oriental, para el rabe en medrosa
servidumbre; Buenos Aires!, crujan las alas de oro de la ilusin al
volar de reverbero en reverbero por los desiertos bulevares de una
metrpoli dormida, ante los pasos del seorito arruinado y el bachiller
sin hogar que piensan en matarse a la maana siguiente.

Y todos, sin distincin de razas y clases, fuertes y humildes,
ignorantes e inteligentes, al eco de este nombre vean alzarse en el
paisaje de su fantasa, baada por el resplandor de la esperanza, una
mujer de porte majestuoso, blanca y azul como las vrgenes de Murillo,
con el purpreo gorro smbolo de libertad sobre la suelta cabellera;
una matrona que sonrea, abriendo los brazos fuertes, dejando caer de
sus labios palabras amorosas:

--Venid a m los que tenis hambre de pan y sed de tranquilidad; venid a
m los que llegasteis tarde a un mundo viejo y repleto. Mi hogar es
grande y no lo construy el egosmo; mi casa est abierta a todas las
razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.

Maltrana interrumpi la lrica evocacin de su amigo con irnico
entusiasmo:

--Muy bien dicho, poeta! Muy hermoso! Que la matrona azul y blanca no
nos haga concebir falsas ilusiones... que de cerca nos parezca tan
hermosa como de lejos... Que as sea. Amn.




VI


--Qu da es hoy? viernes?... sbado? He perdido la cuenta del tiempo
que llevo en el buque. Los das son dobles... dobles no, triples. Desde
que despertamos hasta el almuerzo, un da; del almuerzo a la comida,
otro; y de la comida a la hora de dormir, el da ms largo para algunos,
pues lo prolongan hasta que sale el sol... Y siempre las mismas caras!
Vemos las mismas personas cien veces al da. Parece que nos conocemos
desde que nacimos... Dgame, Manzanares: en qu da estamos?

Era Maltrana el que haca la pregunta, en las primeras horas de la
maana, caminando por la cubierta de paseo con el comerciante espaol.
La calle de estribor estaba inundada de luz; la de babor guardaba la
humedad del mangueo reciente, con una fresca penumbra de galera
subterrnea.

Corra la sombra del buque sobre las aguas unidas y tranquilas, como una
silueta chinesca. En su lomo se marcaban los perfiles de botes y
pescantes y la masa cuadrangular de la chimenea. Tendase el Ocano en
calma hasta lo infinito, sin una ondulacin, con el verde esmeralda de
los mares tropicales, denso y adormecido. No haba en l otras espumas
que las dos lminas burbujeantes que levantaba la proa al arar su
superficie. De vez en cuando, de las aguas removidas surga un enjambre
de peces voladores. Aleteaban lo mismo que enormes liblulas; abrase su
tropa en varias direcciones formando abanico, y as volaban a gran
distancia a ras del Ocano, trazando sobre l restos y sutiles surcos,
hasta que el cansancio de la fuga los obligaba a sumergirse otra vez.

Junto a los tabiques de la cubierta de paseo alinebanse los sillones de
los pasajeros, pero con una alineacin caprichosa, mostrando en lo alto
de los respaldos los nombres de sus dueos escritos en tarjetas. Esta
rotulacin pareca darles una personalidad, un alma. Permanecan
agrupados o solos, tal como los haban dejado sus poseedores el da
anterior. Unos parecan seguir mudamente las conversaciones
interrumpidas de sus amos; otros se mantenan apartados con timidez o
con orgullo.

Maltrana pensaba en las altas horas de la noche, horas de misterio y de
silencio, cuando todos estos armatostes de madera o junco, ventrudos,
echados atrs con orgullo y ostentando la fe de bautismo en lo alto de
la testa, se quedaban solos bajo la fra luz de las ampollas elctricas,
teniendo enfrente las tinieblas del mar. Descansaban de crujir y
dilatarse con el peso de sus seores; se emancipaban durante media noche
de la gravitante servidumbre; llegaba para ellos la hora de la libertad;
pero semejantes a los hombres que al creerse salvados por una revolucin
no hacen ms que parodiar a sus antiguos opresores, los sillones
repetan en su descanso los actos y gestos de sus dueos.

Uno alto, de madera robusta, con una manta escocesa olvidada en su
regazo, rozbase con otro de junco, esbelto y elegante, que tena un
cojn lujoso en el asiento. Parecan requebrarse, continuando
silenciosamente las conversaciones a media voz cruzadas durante el da.
Los asientos sueltos insistan tal vez en las meditaciones de cifras y
negocios que los haban impregnado espiritualmente durante las horas de
luz, o miraban con lstima a sus compaeros reunidos con arreglo a las
tertulias maldicientes o las atracciones del amor. Vanidad de
vanidades... Maltrana se fij en algunos ms anchos y profundos, que
parecan tener las entraas quebrantadas, inseguros sobre sus pies, con
cierto aire de despanzurramiento. Eran de la seora de Goycochea y otras
nobles matronas de una majestad paquidrmica. Pobrecitos! Crey ver
en ellos gaanes tendidos, con los remos abiertos, respirando jadeantes
despus de la dura labor; cargadores en mangas de camisa que se
limpiaban, renegando, la humedad de la frente luego de haber llevado un
piano a cuestas.

--Hoy es viernes--contest Manzanares--; anteayer salimos de Tenerife...
Tambin a m me parecen dobles o triples los das que llevamos aqu. Y
los que nos faltan an para llegar!... Esta tarde, segn dice el
capitn, veremos de lejos las islas Cabo Verde... El lunes pasaremos la
lnea. El viaje no puede presentarse mejor: una lindura... Mire usted
qu mar.

Se detuvieron un instante para seguir con ojos regocijados el aleteo de
los peces voladores.

--Un mar de romanza--dijo Maltrana--. Da gusto vivir. Qu color! qu
luz!... Parece una luz de teatro; el resplandor dorado de una
apoteosis final. Y qu aire! (Respiraba, entornando los ojos, con
ansiosa delectacin.) Algo nos aburrimos, pero hay que reconocer que
esta vida es hermosa. Siento deseos de cantar; me vienen a la memoria
todas las cancioncillas dulzonas del golfo de Npoles.

Y con gran escndalo de Manzanares comenz a entonar a todo pulmn una
romanza. Unos marineros que pintaban de blanco las tuberas para el
riego de la cubierta volvieron la cabeza, riendo con simplicidad
infantil.

--Pero hombre, cllese!--protest el comerciante--. Y usted va a
Buenos Aires a hacer fortuna?... Lo primero es ser hombre serio, para
inspirar confianza. Nadie da crdito a la firma de un cantor. No sea
loco!... Todas las gentes de pluma son lo mismo!

--Manzanares, estoy contento de vivir. Me siento ms joven... Usted
tambin parece que se remoza. Ayer le pill en conversacin con una de
esas francesas. Estaba apoyado en la baranda, mirando al mar, pero
hablaba con ella al mismo tiempo en voz baja, como quien no hace nada.

--Hombre, yo soy casado--protest Manzanares--. No haga malas
suposiciones: yo no pienso ya en esas cosas.

Pero Maltrana insisti. Le gustaba la francesa y tampoco le pareca mal
Conchita, aquella compatriota que iba sola a Buenos Aires.

--Un hombre de mi edad!--exclam Manzanares--. Y con el estmago
perdido!... Esa Conchita es una muchacha decente; no hay ms que verla:
una seorita. No sea loco, Maltrana. Todos ustedes los de pluma son unos
perdidos y creen iguales a los dems.

--Y Pars? Y sus idas de noche a Montmartre?... Acurdese cmo
entretena la otra tarde a Goycochea y Montaner contndoles sus buenas
fortunas... Apuesto cualquier cosa a que si me deja entrar en su
camarote encuentro un paquete de fotografas comprometedoras y de cartas
de amor.

--No sea loco; no haga juicios temerarios. Deje en paz a las personas
tranquilas.

Pero Manzanares deca esto con un tono de mansa protesta, brillando al
mismo tiempo en sus ojos cierta satisfaccin.

--Ah, calavera hipcrita!--prosigui Isidro--. Cuando estemos en Buenos
Aires ir un da a su establecimiento de la calle de Alsina, para
decirle a la seora de Manzanares quin es su marido... As lo har, a
menos que no me soborne con un par de botellas de champn.

Una oleada verdosa se extendi por el rostro del comerciante. Brillaron
hostilmente sus ojos, no sabiendo Isidro ciertamente si este furor era
por su insolente amenaza o por el convite propuesto. Buenos das. La
culpa era de l, que hablaba con locos. Y le volvi la espalda,
alejndose.

Maltrana se dej caer en un silln. Sentase cansado: este querido
amigo slo era generoso para caminar. As estuvo mucho tiempo, frente
al Ocano, que titilaba bajo el resplandor del sol, gozando de la sombra
de la cubierta, incorporndose y llevando una mano a su gorra cada vez
que apareca un nuevo paseante. Todos eran hombres y caminaban
apresuradamente, dando la vuelta al castillo central, con la
preocupacin de combatir el engruesamiento de la vida sedentaria.

A estas horas las damas permanecan abajo todava, en los camarotes y
las salas de bao. Maltrana haba sorprendido algunas veces las
intimidades del arreglo matinal al transitar por los pasillos de las
cubiertas inferiores, tropezndose con mujeres envueltas en kimonos y
batones viejos que apresuraban el paso para refugiarse en sus camarotes,
ocultando la cara como si temiesen ser reconocidas. Eran completamente
diferentes de las que aparecan una hora despus en el paseo. A veces,
Isidro senta ciertas dudas antes de identificarlas. Todas se mostraban
considerablemente empequeecidas y de pesados movimientos al caminar sin
el montaje de los tacones. Los pies ligeros, recogidos y saltones lo
mismo que pjaros en su encierro diurno de tafilete o de raso, eran
ahora planos y deformes dentro de las claqueantes babuchas. Las carnes
temblaban al moverse, conservando todava la blandura y el suelto
descuido de las horas de sueo. Las cabezas empequeecidas y pobres de
pelo mostraban unas mechas apelmazadas por la humedad reciente. Las
caras tenan un tinte verdoso o sanguinolento; las narices estaban
enrojecidas en su vrtice.

Despus de tales encuentros, evitaba Isidro el trnsito por los
corredores a esta hora matinal, temiendo el enojo de las seoras. Al
verle luego en el paseo rehuan su saludo o lo contestaban con sequedad,
como si le hiciesen responsable de una falta de consideracin... Pero el
recuerdo de estas sorpresas le haca sonrer con cierto orgullo. l
haba visto; poda juzgar; estaba en el secreto. Y encontraba
interesante la vida de a bordo con este contacto promiscuo que impone
una existencia comn desarrollada en limitado espacio.

Abandon Maltrana su silln al reconocer a dos seoras que venan hacia
l: las primeras que se mostraban en el paseo. Conchita y doa
Zobeida... Y las salud gorra en mano sonriendo obsequiosamente, pues
doa Zobeida, a pesar de su modesto exterior, le inspiraba una gran
simpata no exenta de lstima. Segn l esta seora ya entrada en aos
era ms nia que todas las pequeuelas rubias que corran por el paseo
con una mueca en los brazos.

El mayordomo, poco atento para su aspecto encogido y la pobreza de su
traje negro, la haba colocado en un camarote de dos personas, dndole
por compaera a Concha, la muchacha de Madrid, esta buena seorita,
como la llamaba ella aun en los momentos de mayor intimidad. Regresaba a
la tierra natal despus de haber pasado unos meses en Holanda cerca de
sus nietos. El marido de su hija era cnsul argentino y haca aos que
viva fuera del pas. Por primera vez haba salido la buena seora de su
amada ciudad de Salta para ir en osada peregrinacin ms all de los
lmites de la Repblica, ms all del mar, a una tierra de la que
regresaba con el nimo desorientado, no atrevindose a formular sus
opiniones. Y aquello era Europa!... Ella, en su asombro, no osaba
hablar mal; todo le infunda respeto; nicamente se quejaba de sus
privaciones espirituales. Esas tierras, seor, no son para nosotros;
las gentes tienen otras creencias. Hay que buscar dnde or una misa. No
se encuentra un sacerdote que entienda nuestra lengua para confesarse
con l. Y el contento de regresar a su tierra de altas mesetas y
vegetacin tropical aminoraba la tristeza de dejar a sus espaldas a la
hija nica y los nietos. La haban rogado que se quedase con ellos. Ay,
no! Quien la sacase de Salta, la mataba. Hablando con Isidro por vez
primera, le haba hecho el elogio de su ciudad.

--Cuando Buenos Aires no era ms que Buenos Aires a secas, una aldea
msera, nosotros ramos el reino del Tucumn. Los porteos, ahora tan
orgullosos, datan de ayer, son en su mayor parte hijos de gringos
emigrantes. Nosotros somos nobles. Usted, que es espaol, conocer sin
duda nuestro apellido: Vargas del Solar. Tenemos en Espaa muchos
parientes condes y duques; un to mo que se ocupaba de estas cosas
mantena correspondencia con ellos. Haba reunido papeles antiguos de la
familia; pero con las revoluciones y el haber venido a menos, se olvidan
estas cosas. All todava nos llaman los marqueses. Cuando usted venga
a Salta, ver en la puerta de nuestra casa un escudo de piedra. Otras
casas tambin lo tienen... Pero usted, que es hombre que sabe mucho,
segn dice esta buena seorita (y sealaba a Concha), habr ledo lo que
era Salta; sus ferias, a las que venan a comprar mulas desde Chile,
Bolivia y el Per... Nadie mentaba entonces a los porteos: todo nos lo
llevbamos nosotros. Mi finado el doctor, que tena muchos libros,
hablaba de todas estas cosas pasadas cuando le ponderaban el crecimiento
de Buenos Aires.

Mi finado el doctor era su marido, al que designaba por antonomasia
con este ttulo. Todo cuanto en el mundo puede decirse de verdad y de
justa observacin lo haba dicho el grave abogado de provincia, que a
travs de treinta aos de viudez se le apareca ahora cada vez ms
grande, como la personificacin de la sabidura reposada y el buen
sentido ecunime.

Sentase atrado Maltrana por la sencillez de palabras y pensamientos de
doa Zobeida y el aire seorial con que acompaaba su modestia. Fijbase
en su color un tanto cobrizo; en el brillo de sus ojos abultados, de
crneas hmedas y dulce humildad en las pupilas, ojos semejantes a los
de los huanacos de las altiplanicies andinescas; en el negro intenso de
sus pelos fuertes y duros, que los aos no podan manchar de blanco.

No obstante el remoto cruzamiento indgena que emerga en esta Vargas
del Solar, encontraba Isidro en toda su persona una rancia distincin
espaola, un aire de dama acostumbrada al respeto desde su nacimiento, y
que, segura de su vala, puede atreverse a ser familiar en el trato y
sencilla en sus gustos. Esta doa Zobeida, medio india--pensaba
Maltrana--, es una seora de Burgos que luego de vigilar las compras de
su criada en el mercado entra en una librera para pedir un devocionario
"bien cumplido"; una gran dama de Cuenca o de Teruel que por la tarde
recibe su tertulia de cannigos y abogados viejos y toman juntos el
chocolate, hablando de la corrupcin del mundo. Estos recuerdos
evocaban en su memoria a la vieja Espaa, que haba dejado huellas
imborrables all donde haba descansado sus pies, esparciendo las
caractersticas de la personalidad nacional por todo el planeta, en las
ms diversas y apartadas regiones.

La credulidad de la buena seora expandase en ingenuos asombros ante
los embustes y exageraciones que se permita Maltrana para estremecer su
alma inocente. No diga!--exclamaba doa Zobeida--. Vea!... Qu
cosas! Y cuando ella no estaba presente, Isidro prorrumpa en elogios
de su candor. Era para l la mejor persona de a bordo. Aquella mujer con
nietos guardaba el alma de sus ocho aos, incapaz de crecimiento y de
evolucin; y esta alma permaneca inmvil y dormida en el envoltorio de
su inocencia crdula, lo mismo que los embriones humanos dignos de
estudio que se conservan sumergidos en un bocal.

Separada, por su timidez, de las compatriotas elegantes que venan en el
buque, habase unido con un afecto familiar a su compaera de camarote,
esta buena seorita, esta pobre nia, que marchaba a un pas
desconocido sin ms apoyo que vagas recomendaciones. Isidro, que conoca
a Conchita de Madrid, se alarm un tanto al verla en continuo trato con
la inocente seora. Haba vivido aqulla maritalmente durante algunos
meses con un amigo suyo, compaero de la prensa; luego la haba
encontrado de corista en un teatro por horas y en varias fiestas
nocturnas o matinales en los entresuelos de Fornos y en las Ventas.

--Cuidado, nia, con doa Zobeida--haba dicho al verse a solas con
Concha--. Esa buena seora es un alma de Dios... A ver si metes la pata
y la asustas con alguna de las tuyas.

Pero la madrilea senta tambin por la buena dama un cario respetuoso.

--La quiero mucho: si es de lo ms buena!... Algunas noches, antes de
dormir, la acompao a pasar el rosario en el camarote. Mira, chico, la
quiero como si fuese mi madre... Y eso que yo no he conocido a mi madre.

Esta maana, doa Zobeida salud a Isidro con sonrisa tmida y miradas
suplicantes. No se atreva a formular un pensamiento que la haba
empujado hacia l, y anticipadamente imploraba perdn con sus ojos.

--Hable usted de lo de anoche, _Misi_ Zobeida--dijo Concha
interrumpiendo a la buena seora en sus alabanzas al mar y a la
hermosura de la maana, tpicos con cuyo desarrollo entretena su
timidez--. Isidro es un buen amigo... de lo ms servicial. Yo le conozco
desde que me llevaban al colegio.

Menta Concha con aplomo dando a sus amistades con Maltrana este remoto
y puro origen, lo que proporcion a la buena seora una repentina
confianza. Su joven compaera la llamaba _Misi_, sabiendo que este
ttulo honorfico, de origen criollo, le gustaba ms, por su sabor
patriarcal y rancio, que el _Doa_, de origen peninsular.

--Yo no me atreva--balbuce la seora--. No me gusta molestar a nadie
con mis cosas. Pero esta buena seorita me ha dicho quin es usted; que
usted fue grande amigo de su pap y que sabe mucho... y las personas que
saben mucho son siempre atentas con las que nada saben. As era mi
finado el doctor.

Y a continuacin de este exordio empez su discurso por el final,
mencionando la conversacin de la noche anterior con la buena
seorita, de litera a litera, despus de haber rezado el rosario. Ya
que aquel seor Maltrana era tan bueno, poda ayudarla en su pleito, la
magna empresa de su vida y de la de todos los Vargas del Solar, el
objetivo de sus ilusiones en las horas de recogimiento, la nica
peticin que ingera en sus rezos por la felicidad de su hija y los
nietecitos.

--Vea, seor: se trata de cuatrocientas leguas; unas cuatrocientas
leguas cuadradas que son nuestras y nunca acaban de entregrnoslas.

Isidro abri desmesuradamente los ojos con expresin de asombro y
escndalo. Sera una manitica aquella doa Zobeida?...

--Cuatrocientas leguas!... Pero eso es un Estado. Es casi una nacin.

La seora insisti tranquilamente en la cifra. Cuatrocientas leguas... o
tal vez eran ms. No se haban mensurado, pero se extendan desde los
Andes hasta cerca de Salta. Todos all conocan el pleito de los Vargas
del Solar: hasta los papeles de Buenos Aires haban hablado de l en
varias ocasiones. Si alguna vez iba don Isidro al Norte de la Repblica,
no tena ms que preguntar: el ltimo arriero de los que pasan a Chile
recuas de mulas por la Cordillera le dara razn. Las arrias caminaban
semanas enteras por parajes desiertos, en los cuales todava se
aparecan, rodeados de las fragosas tempestades de los Andes, la
Pachamama y el Tatacoquena, las dos divinidades indgenas anteriores a
la conquista espaola. Semejantes en todo a las simples imaginaciones
humanas que los crearon, estos dioses son arrieros tambin y llevan tras
de ellos recuas silenciosas de llamas cargadas con ricos fardos de coca,
la ambrosa del paladar indiano. Y los trajinantes de la Cordillera, al
navegar por este ocano de tierra roja, peascos metlicos y dormidos
lagos de borato, discernan con su justiciero espritu la verdadera
propiedad del largo camino. Todo esto es de los marqueses que viven en
Salta. Y los marqueses eran los Vargas del Solar.

--Es nuestro y muy nuestro--continu Misi Zobeida--. All en nuestra
casa guardamos los papeles. El pleito lo empez mi finado to, aquel que
se carteaba con nuestros parientes de Espaa, condes y duques, como ya
le dije; y luego, mi finado el doctor, que saba mucho, consigui una
sentencia favorable. El campo es nuestro (aqu Maltrana sonrea oyendo
llamar campo simplemente a cuatrocientas leguas); el gobierno de Salta
ha reconocido que nos pertenece, pero los aos pasan y no nos lo
entregan. Vea, seor, la cosa no puede ser ms seria: una donacin del
rey... del rey de las Espaas; un regalo que le hizo a uno de nuestros
abuelos, el alfrez Vargas del Solar.

Se interrumpi doa Zobeida, mirando con timidez a Maltrana, como si
temiese ofenderlo con sus aclaraciones.

--Usted que sabe tanto habr comprendido que este alfrez era un gran
personaje, y que le llamaban as no porque fuese de milicia, sino porque
siempre que haba nacimiento o casamiento de reyes, l era el que sacaba
el pendn del monarca como alfrez real y daba el primer viva. Mi finado
to explicaba todo esto con tanta claridad, que daba gusto orle.
Tambin nos lea los papeles del rey, unos pliegos amarillentos, con
agujeritos, como si los hubiesen mordido las lauchas, y escritos con una
tinta que debi ser negra y ahora es roja como el hierro viejo... El
campo no nos lo dieron de regalo: fue donacin por ciertos dineros que
el alfrez envi a Espaa una vez que el rey tena sus apuros. Y como
persona bien nacida y cristiana, el rey correspondi a este favor
dndole el campo y el marquesado. Deban ser amigos, no le parece?...
El alfrez era un gran personaje; y su seora la peruana, no digamos!
Todava all en mi tierra, cuando ven a una gringa emperifollada o a una
china que se da aires de seoro, dice la gente, por burla: Ni que
fuese Misi Rosa la marquesa.

La buena seora perda su habitual timidez al recordar a esta abuela,
ms clebre an y digna de memoria que el ilustre alfrez amigo de los
reyes. La contemplaba tal como se la haba descrito muchas veces el
finado to, en el estrado de su casern de Salta, con ricas medias de
seda, de las cuales cambiaba tres pares por da, mirndose con un
orgullo de raza sus breves pies estrechamente calzados. Vesta los
huecos y floreados guardainfantes que le enviaban de las mejores tiendas
de Lima, con perlas en el pecho, perlas en las orejas, perlas esparcidas
por todo el traje. Ms all del estrado, sentadas en el suelo y con las
piernas cruzadas, estaban unas cuantas negras con sayas de blancura
deslumbradora. Una vigilaba el braserillo en el que herva el agua, otra
ofreca el mate de plata cincelada con boquilla de oro, otra guardaba
sobre sus rodillas la guitarra seoril de ricas incrustaciones.

Trotaban jinetes calle arriba, calle abajo, con la vaga esperanza de ver
los ojos de brasa de la peruana al alzarse levemente la cortina de
alguna reja. A la hora de misa, hidalgos venidos de lejos se hacan los
distrados en la puerta de la iglesia para contemplar la mayor
celebridad del pas, que llegaba envuelta en su manto negro de seda, por
debajo del cual asomaba la recamada falda blanca o o rosa. El alfrez
iba a su lado, con todo el seoro de su rango. Su chambergo con plumas
contestaba solemnemente a todos los sombreros que se elevaban a su paso.
Detrs marchaban dos negritos con el parasol y una rica alfombra, sobre
la que se sentaba cruzando las piernas Misi Rosa la marquesa para or
la misa.

El nobilsimo casern de los Vargas, con sus ventrudas rejas y su escudo
de piedra en el portal, slo admita las visitas de unos cuantos
notables del pas. En las pocas de feria animbase con la presencia de
rancios hidalgos venidos del virreinato del Per o del reino de Chile
para comprar ganado de tiro; hacendados de la tierra baja llegados de
las orillas del Plata para vender sus recuas de mulas, y de algn que
otro asentista de negros de Buenos Aires que arreaba una partida de
esclavos africanos con destino a las minas del Potos. Cuando pasaba un
nuevo gobernador camino de su nsula, un obispo en gira pastoral, o los
seores de la Real Chancillera, la casa del alfrez era su posada, y
los viajeros no tenan gran prisa en partir, como si los encantase la
belleza y el seoro de Misi Rosa, cuya fama haba salido a su
encuentro a muchas jornadas de camino.

La gente menuda hablaba maravillas del noble edificio y de sus riquezas.
Una vez por ao se cerraban sus puertas un da entero, y los viejos
servidores de los Vargas, esclavos y libertos, todos gentes de
confianza, tendan cueros en el patio principal, vaciando sobre ellos
enormes sacos de monedas. Eran onzas, doblones de a ocho, cruzados
portugueses, montones de oro que sacaban anualmente de su encierro
subterrneo para que se airease y solease. Y el alfrez y su esposa
vigilaban impasibles esta operacin tradicional, como si su servidumbre
removiese sacos de trigo para el consumo de la casa.

Enardecase doa Zobeida al relatar los esplendores pasados, y Conchita
aprobaba moviendo la cabeza, como si diese fe. Habituada a or todas las
noches en su camarote estas grandezas crea haberlas contemplado con sus
ojos.

--Y ahora, seor--continu la vieja--, los Vargas del Solar somos pobres
por culpa del pleito que no termina nunca. Las revoluciones y las
guerras nos fundieron... Dicen que para que nos den lo que es nuestro es
preciso mensurar el campo con arreglo a los ttulos, y para hacer esa
mensura se va a necesitar un ao, o tal vez ms, y muchos hombres, que
habrn de vivir como se vive en el Polo; y esto costar mucha plata y la
habremos de pagar nosotros... Hay en el campo mucha tierra que no sirve:
peascales, montaas; pero hay minas y hay tambin buenos pastos. Por
m, no me movera a nada: yo necesito poco para mantenerme. Pero estn
mis nietos, mis pobrecitos, condenados a vivir en esa tierra de gringos;
est mi hija, y quiero verla rica en Buenos Aires con el seoro que
merece... Adems, pienso en mi finado el doctor, que pas su vida
penando por sacar adelante el pleito. Seguramente que se alegrar en la
otra vida si le digo cuando nos encontremos despus de mi muerte que el
campo ya es de la familia y que lo he conseguido yo. l, que deca que
las seoras slo entienden de las cosas de la casa! Figrese, seor,
aunque slo se venda la legua a dos mil pesos una con otra, lo que eso
representa.

Maltrana la interrogaba con la mirada y el gesto. Y qu tena que hacer
l en este asunto?...

--Lo que yo quiero, seor, es que usted le hable al doctor Zurita, ya
que es su amigo y los veo siempre juntos. A m me da vergenza acercarme
a l sin conocerlo. Creo que ha sido mandn en Buenos Aires. Adems, es
doctor, y usted ya sabe lo que eso representa. Un doctor manda mucha
fuerza, y ms si es doctor porteo, pues ahora ellos se lo guisan y se
lo comen todo, sin dejar nada para los dems, segn deca mi finado...
Si es tan amable que quiere orme, yo le explicar mi pleito, y a l de
seguro le bastar una palabrita a los que mandan para que todo se
arregle sobre el tambor, como decimos all. Se ve que es un buen
caballero, cristiano y serio, como mi doctor. Me han buscado muchas
personas de Buenos Aires para encargarse del asunto: hombres de
negocios, gente que me daba miedo, y he dicho siempre que no. Mi finado
les tena horror a las aves negras.

Call un momento doa Zobeida, como si vacilase, pero luego aadi con
timidez:

--Aqu mismo, en el barco, hay un seor que no s cmo ha sabido lo de
mi pleito, y segn me dicen, quiere hablarme... Es el pap de esa nia
que llaman Nlida, la que siempre anda revuelta con los muchachos. A m
no me gusta hablar de nadie, cada uno que se arregle con Dios; pero,
francamente, seor: esa nia que parece una cmica, y fuma, y no
respeta a su madre! Y ese padre que no la reta y se re de sus
travesuras!... Que viva cada uno a su gusto, pero yo no quiero tratos
con gringos de tal clase. Prefiero a los mos; y desde que s que el tal
seor desea hablarme del negocio, tengo ms ganas de pedir al doctor
Zurita que me d su consejo.

--Lo ver usted, doa Zobeida. Yo me encargo de la prestacin.

Sonri la vieja dama con una alegra infantil, mostrndose an ms
locuaz y comunicativa.

--El negocio hubiese llegado a trmino hace tiempo si mi finado to
viviese. Le habra bastado con enviar una carta a nuestros parientes de
Espaa. Pero ocurre lo que ocurre porque el rey de all no est
enterado. Usted, seor, que sabe tanto y que all en su tierra es doctor
indudablemente, o ese otro caballero que va con usted, tan buen mozo,
tan distinguido y serio, y que tambin ser doctor, cuando vean al rey
dganle lo que nos pasa a los Vargas del Solar, los herederos del
alfrez. Usted ver al rey seguramente. Los doctores tienen siempre gran
metimiento con los que gobiernan: en mi pas, todos los amigos del
Presidente son doctores... Mi pleito se resolvera sobre tablas, como
quien dice, slo con que el rey enviase una esquelita al gobierno de
Buenos Aires, o mejor an, al gobernador de Salta, diciendo: Qu es
esto, seores? Lo dado, dado est, y entre caballeros no est bien
faltar a la palabra. Entreguen ustedes a los descendientes del alfrez
Vargas lo que mis abuelos tuvieron a bien darle, y no se hable ms del
asunto. Y tengo la certeza de que as lo escribira el buen rey si
alguien le hablase y le ensease nuestros papeles.

--Se le hablar--dijo Maltrana con acento de resolucin, sin el ms leve
asomo de risa--. Se enterar de todo el buen rey, y escribir la carta
tan pronto como yo lo vea.

Y como si temiese el contagio risueo de los ojos de Conchita, la cual
frunca los labios para conservar su gravedad, Isidro se despidi de
doa Zobeida, repitiendo la promesa de presentarla al doctor despus del
almuerzo.

Al ir hacia proa, vio apoyados en la barandilla a Ojeda y Mrs. Power,
mirando el mar, con los codos y los flancos en apretado contacto. La
brisa retorca como espirales de fuego algunos rizos de la
norteamericana que se escapaban de un sombrerillo de tela de oro.

--Bien empieza el da para stos!...--murmur Isidro--. Y la yanqui
parece una nia con ese casquete gracioso de paje veneciano. Qu pedazo
de mujer!... Buenos das, seora.

Salud sin detener el paso, con una reverencia que juzgaba graciosa, la
reverencia de peluca blanca y tacones rojos, segn el la titulaba, y
vio por un instante unos ojos irnicos y una boca bermeja que
contestaban a su saludo.

--Otro que fuese inmodesto--sigui murmurando Maltrana--llegara a tener
sus pretensiones sobre esta seora. No puede verme sin rerse... As
empiezan, segn opinin general, las grandes pasiones; y el amigo Ojeda,
si no estuviese ciego, como todos los enamorados, debera mirarme con
cuidado... Pero dejmonos de pompas y vanidades y atendamos a nuestros
amigos. All viene uno... Buenos das, _monsieur_.

Se cruz con el hombre fnebre y misterioso, su vecino de camarote,
vestido de luto como siempre y con el rostro cuidadosamente afeitado.
Apenas dobl su digna tiesura con una ligera inclinacin de cabeza.
Luego envolvi a Maltrana en una ojeada fugaz de sus pupilas azules y
duras, y sigui adelante, contestando con voz seca: _Bonjour,
monsieur_.

Rio Isidro, mientras el otro se alejaba como ofendido por el saludo.

--El amigo Sherlock Holmes est enfadado. Se acuerda todava de la broma
de la otra noche. Mal corazn!... Como si todos estuvisemos obligados
a vivir tristes y vestidos de luto, como l!... Qu har en este
momento la princesa que guarda encerrada en el camarote?... Y no haber
descubierto yo todava este misterio! Qu vergenza!

Ces de pensar en el hombre negro y su incgnita cautiva al volver a la
banda de estribor. Dos parejas permanecan inmviles, en ntima
conversacin, entre los pasajeros que caminaban por este lado del buque
siguiendo su marcha matinal. En ltimo trmino, hacia la proa, Ojeda y
Mrs. Power continuaban acodados en la barandilla. En el extremo opuesto,
o sea cerca de Isidro, estaba de pie Manzanares al lado de un silln de
junco con almohadones bordados, en el que apareca casi tendida una
mujer rubia, con un brazo cado y un volumen en la mano. Los ojos del
comerciante fijbanse con avidez en la nuca perfumada por las matinales
abluciones y todas las blancuras inmediatas revelarlas por la
entreabierta penumbra de la blusa. De aqu saltaba su mirada a las
redondeces de las piernas, envueltas en calada seda, emergiendo entre el
follaje sedoso de las faltas.

Maltrana se acerc a l como si hubiese olvidado la escena de poco
antes.

--Aqu le quera pillar, calavern, tenorio de la calle Alsina... De
seguro que est usted declarando su amor a esta seorita, en estilo de
factura.

Visiblemente irritado Manzanares por la burlona intervencin, se
apresur, sin embargo, a contestar, temiendo que Isidro persistiese en
sus bromas.

--No seor; hablbamos de cosas serias, de cosas de all. La seorita
deseaba conocer mi opinin sobre la prxima cosecha.

Ah, la cosecha!... Maltrana sonri al recordar que la prxima cosecha
en la Repblica Argentina era el principal motivo de conversacin para
una gran parte de los que iban en el buque, y un pretexto de continua
consulta para aquella francesa rubia, que figuraba en el registro del
buque como viajante en modas y sombreros, profesin que haca torcer el
gesto a muchos maliciosamente.

Tambin a l le haba hecho la misma consulta _mademoiselle_ Marcela la
primera vez que se haba aproximado a su silln, atrado por la novedad
de su habla castellana incrustada de palabras francesas e italianismos
del lxico popular de Buenos Aires.

Era este viaje el quinto que emprenda a las riberas del Plata, y
mostraba una pericia de navegadora trasatlntica en su amabilidad con el
personal del buque que mejor poda servirla, en la reserva discreta con
que se mantena aparte de los pasajeros de una clase social
superior--especialmente de las seoras, modo seguro de evitarse
desprecios y malas palabras--, y en su acierto al escoger su lugar en la
cubierta, colocando el mismo silln de junco, las almohadas y las mantas
que le haban acompaado en anteriores viajes. Yo voy a Buenos Aires
casi todos los aos--haba dicho al curioso Maltrana para cortar sus
preguntas insidiosas--. Es mi negocio; viajo por una gran casa de
sombreros. Maltrana, malicioso e incrdulo, pensaba que la hermosa
viajera comercial no deba llevar con ella otras muestras que los
propios sombreros, un poco fatigados. Para economizar su uso, defenda
los postizos de su cabeza rubia con una variedad de gasas de colores
adquiridas en los montones de los grandes almacenes de Pars. Al saber
que Isidro iba como ella a la Argentina, le haba preguntado por la
prxima cosecha, creyndolo un propietario de aquel pas.

Despus, con las frecuentes conversaciones, se haba establecido entre
ellos cierta intimidad. El dinero! Lo que costaba de ganar y lo
necesario que era para la vida!... Y la bella sombrerera, como la
llamaba Isidro socarronamente, entornaba los ojos hablando de los
sacrificios que impone el negocio; de lo triste que era abandonar su
pisito de la Avenida de Ternes, donde todo estaba en orden y a punto
para las necesidades de la vida, con el cuidado de una mujer que sabe
dar valor a los pequeos objetos y colocarlos en su sitio. Hablaba con
ternura infantil de _Chifn_, un gato obeso y lustroso, y de dos
canarios que haba confiado a la portera. Otras veces recordaba
melanclicamente al buen amigo que vagara por el bulevar esperando su
regreso, un joven verdaderamente _chic_, aunque pobre, con el que estaba
en relaciones haca algunos aos. Y las amigas! Y los teatros! Y
haba que abandonarlo todo por... el negocio! La vida es triste,
decididamente triste.

Cuando Isidro, que no poda aproximarse a una hembra deseable sin
iniciar un intento de posesin, crey de su deber mostrarse amoroso de
Marcela, sta acogi sus palabras con cierta severidad... Un hombre que
iba al Nuevo Mundo en busca de fortuna pensar en frusleras amorosas que
podan quitarle el tiempo necesario para los negocios! La vida es seria,
y hay que aprovechar la juventud para asegurarse un porvenir. Luego,
cuando se cuenta con el apoyo de los ahorros, puede uno permitirse
alguna locura... No sufra ella igualmente por culpa del negocio,
teniendo que hacer sus viajes a Amrica siempre que las amigas de all
le escriban que la cosecha era buena y el dinero iba a circular en
abundancia?... En todos los puertos llenaba tarjetas postales con frases
de intenso amor aprendidas en las comedias. No poda leer seguidamente
unas cuantas pginas de aquel volumen amarillo de tres francos
cincuenta, pues se escapaba de su brazo cado o quedaba olvidado sobre
el silln. Pensaba en el buen amigo, el hombre _chic_ y sin recursos,
que dejaba por algn tiempo. Se haba hecho retratar numerosas veces por
un camarero de a bordo que explotaba la instantnea, y estas hojas de
papel saldran camino de Pars en la primera escala que hiciese el
buque, representndola de pie y mirando el mar con aspecto melanclico,
o tendida en el silln con el rostro apoyado en una mano y ojos de
ensueo, haciendo _crochet_, leyendo... pero siempre pensando en l.

--Yo tengo mi _beguin_--continuaba ella, en su lenguaje polglota--.
Pero hay que ser seria, no? y pensar en la plata para los viejos das.
Si fuese una a hacer caso de todos los que dicen ser enamorados!
Macanas, _che_, crame a m... Adems, usted es pobre, y yo no comprendo
a un hombre pobre; no tiene significacin para m; no s qu pueda ser
eso. Conozco a muchos que no tienen un _sous_ y resultan simpticos;
pero los trato como camaradas nada ms. Gastn, mi amigo, se arruin, y
aunque ahora est en la _pur_, volver a tener plata cuando mueran sus
tas... No ponga esa cara de _cabotin_ enamorado; no me conmover
_niente_. Soy vieja para creer en eso. A _me_ con la _pigolita_!...

Y para amostrar su incredulidad de negocianta de amor sorda a todos los
gestos, palabras y juramentos de los parroquianos, repeta con
delectacin la frase criolla, final obligado de todos sus discursos: A
m con la piolita!.

No era Maltrana el nico que se haba aproximado queriendo perturbar con
diablicas propuestas su tranquilidad de argonauta reflexiva y prudente,
aquel quietismo monacal de plcidas digestiones y largas siestas, que
era para ella el encanto ms grande de las travesas ocenicas. Sus
ojos de un azul claro, su cabellera rubia cenicienta, su carne blanca,
jugosa y de ligeros tonos amarillos semejante a la fresca pulpa de un
meln, parecan valorizarse con nuevos encantos as como transcurran
los das. A cada singladura los paseantes desfilaban con ms lentitud
ante su silln, echando miradas de travs. Aumentaba el nmero de los
seores graves que permanecan de pie cerca de ella contemplando el mar
con aire pensativo, mientras de sus labios fingidamente inmviles
dejaban caer proposiciones con acompaamiento de cifras.

Marcela ya no hablaba con Isidro de la gran casa de Pars que le haba
confiado su representacin. Pareca olvidada de los sombreros, pero
segua aplicando a su verdadera industria una meticulosa prudencia
comercial. Los hombres!... Los unificaba en su pensamiento, vindolos
con idntica contraccin de espasmo lgubre y el mismo ronquido de
agona, eternos gestos con los que terminaba para ella indefectiblemente
toda intimidad. Crea de buena fe, con un escepticismo de profesional
fatigada, que todos haban venido al mundo slo para esto y eran
incapaces de experimentar otros deseos.

--En todos los viajes es lo mismo, _mon cher_. As como nos acercamos al
Ecuador, los hombres se ponen locos y hay que sacudrselos como moscas.
Y yo, por nada del mundo!... Aunque me ofrezcan mil! aunque me
ofrezcan dos mil! Aqu todo se sabe, y aunque no se supiese, es lo
mismo. Despus, cuando llegamos a Buenos Aires, se dan importancia por
las bondades que una ha podido tener en el buque con ellos, y lo
cuentan, y es intil que se traigan buenas _toilettes_ de Pars y que
una mujer se presente bien. Se pierde importancia, se desvaloriza, como
dicen all, y los amigos que esperan con inters vuelven de pronto la
espalda... La novedad! El ser de uno nada ms, para que pueda darse
importancia y sus amigos le tengan envidia! Usted no sabe lo que en
Amrica se paga esto, _mon cher_. Vale tanto como un vestido _chic y _
mucho ms que la hermosura... No; aqu, en el buque, nada. Lo repito:
aunque me diesen dos mil; aunque me diesen tres mil...

Admiraba Maltrana la facilidad con que esta joven repeta entre muecas
de desprecio las cifras de miles y miles, ella que, semanas antes, en su
pisito de la Avenida de Ternes llevara indudablemente la cuenta del
gasto diario con el esmero de una mujer ordenada, aunque de mala vida,
que desea hacer ahorros para la vejez. Era la influencia del medio, la
marcha hacia el pas de la esperanza, que trastornaba diariamente en
todos los cerebros las tmidas y estrechas apreciaciones del viejo
mundo.

En el buque se hablaba a todas horas de cientos de miles de pesos, de
campos de leguas y leguas, de terrenos cuyo valor poda centuplicarse en
un slo da. El franco y los cntimos trabajosamente ahorrados quedaban
atrs de la popa, se perdan en el horizonte como algo vergonzoso que
convena olvidar. Eran el ensueo y la miseria de una humanidad anterior
que afortunadamente no volvera a existir.

--Hay que ser prudente--repiti Marcela--; piense usted en el negocio y
no pierda el tiempo en amores. Los que nacemos pobres no debemos
permitirnos estas tonteras. Ya se _ratraper_ usted cuando sea viejo y
rico. Entonces se dar el gusto de arruinarse por alguna muchacha que
pueda ser su nieta... Y si ahora tiene usted verdadera necesidad de
amor, no pierda el tiempo con nosotras: busque entre las personas bien
que vienen en el buque. Ninguna de nosotras se atrevera a _demostrarse_
como esa seorita alta, del pelo cortado. Al final del viaje va a
resultar que somos las ms juiciosas de a bordo.

Era notable la ponderacin de esta muchacha que administraba su sexo con
el mismo tino de un comerciante que sabe ofrecer o retirar el gnero a
tiempo para mantener su valor.

--La cosecha es magnfica--dijo Isidro aquella maana, apoyndose en un
hombro de Manzanares--. No se preocupe, _mademoiselle_. Todas en el
buque dicen lo mismo. Los Bancos no restringirn los crditos, todo el
que pida dinero lo tendr; y marcharn los negocios, y se vivir bien,
en el mejor de los mundos... Pero aunque un accidente inesperado diese
al traste con esa cosecha que tanto le interesa, usted no debe
afligirse. Aqu tiene a _monsieur_ Manzanares, hombre generoso, que,
segn parece, est enamorado de usted y se dar por contento si puede
hacer su felicidad.

--El seor--dijo Marcela sonriendo--ya sabe que en el buque no acepto
nada.

--Bueno; pues ser en tierra. Y de seguro que est deseando llegar a
Buenos Aires cuanto antes, para poner a sus pies todas las blondas y
puntillas de su establecimiento.

Manzanares, con el rostro verdoso y una sonrisa feroz, tartajeaba su
protesta.

--Pero a usted quin le mete!... Usted qu sabe!

Y tomando pretexto de la llegada de otras francesas que se sentaban
junto a Marcela y la saludaron con un _bonjour!_ malicioso al verla
tan acompaada, el comerciante intent retirarse.

--Esprese, amigo--dijo Isidro--; yo tambin me voy. Estas seoritas
tendrn que hablar entre ellas de sus asuntos.

Sealaba a dos compaeras de Marcela que arreglaban sus sillones para
tenderse en ellos, fatigadas sin duda de la ascensin desde los
camarotes a la cubierta. La de ms edad era alta, gruesa, con el pelo
teido de un rojo de llama y las carnes algo flcidas. Sus ojos verdes
tenan un brillo imperioso; sus movimientos eran resueltos y varoniles.
Ejerca una autoridad indiscutida en aquella parte del buque donde se
reunan sus compaeras, y que las graves damas de a bordo llamaban en
voz baja el rincn de las cocotas. Las amigas la oan como un orculo
cuando solicitaban el apoyo de su experiencia. Todas ellas conocan sus
viajes por gran parte del globo, sus audaces travesas en el corazn de
Amrica como artista cantante. Su vida era una verdadera novela
folletinesca, con encuentros de fieras y de bandidos. Y no obstante su
pasado enrgico, permaneca horas enteras en el silln, anonadada por
una fatiga sin causa. Descender al camarote era empresa que le haca
reflexionar largamente, acabando por pedir que la sustituyese una de sus
amigas.

La compaera era una jovencita de ojos claros y virginales, encogida y
tmida algunas veces y otras con audacias de colegiala revoltosa. En el
buque llevaba siempre la cabeza al descubierto, libre de velos y
sombreros, dejando que flotase su tupida cabellera, de un rubio obscuro,
suavemente ondulada. Mostrbase orgullosa de que todo fuese suyo.
Estaba satisfecha de su juventud, que ignoraba el adorno de los falsos
cabellos, y de su piel sana, que no conoca el arrebol del colorete.

Maltrana las salud a las dos como amigo antiguo.

--Buenos das, _mademoiselle_ Ernestina. Soy, como siempre, el ms
ferviente admirador de su hermosa cabellera... Mis respetuosos
homenajes, _madame_ Berta. Saludo el herosmo majestuoso de la vieja
guardia.

Y sin prestar atencin a la palabra risuea pero un tanto fuerte con que
la exuberante madama contestaba a su saludo, Isidro se apresur a huir
tras de Manzanares, que se haba despegado del grupo.

Empezaba el concierto matinal en la terraza del caf. Circulaban los
camareros con grandes bandejas cargadas de sndwichs y tazas de caldo.
La msica pareca extraer racimos humanos de las puertas, escotillas y
escaleras. Isidro comparaba el buque con un mueble viejo: bastaba que
las vibraciones de los instrumentos de metal lo conmoviesen, para que al
momento surgieran las gentes de todos sus poros y orificios como
rosarios de parsitos. Varias seoras de las ms encopetadas pasaron
ante l sin volver la cabeza, desconocindolo al verle en tan mala
compaa.

Estas matronas tan dignas--pens l--me van a tomar ojeriza si me
encuentran mucho aqu. Huyamos; hay que conservar las buenas
relaciones.

Junto a la puerta del caf detuvo a Manzanares.

--Es intil su empeo--le dijo--. Pierde usted el tiempo. S bien lo que
le han contestado: En tierra veremos; aqu, ni por dos mil, ni por tres
mil....

--Djeme tranquilo; no me... jorobe--rugi el comerciante--. No se ocupe
ms de m.

Y separndose con un rudo tirn, se meti en el caf en busca de sus
amigos.

Maltrana se detuvo en la puerta. No osaba meterse en la penumbra de este
saln obscuro y humoso durante el da, y que slo al llegar la noche
haca resaltar la gloria de sus dorados, de sus escudos policromos y de
sus vidrieras de colores bajo guirnaldas de luces elctricas. Las mesas
inmediatas a las ventanas ya estaban ocupadas a aquella hora por los
sempiternos jugadores de _poker_. Isidro los contempl con un desprecio
admirativo. Empezaban su tarea diaria, que haba de concluir pasada
media noche, sin ms intervalos que los de las comidas.

Qu gentes!--pens--. Hacen el viaje sin saber dnde estn, sin haber
echado una mirada al mar. En el comedor comentan entre bocado y bocado
los incidentes del juego. Tomaron los naipes a la salida de Boulogne o
de Lisboa, y cuando lleguemos al ro de la Plata habr que gritarles:
Ya hemos llegado; ya estamos en Buenos Aires. Y es posible que an
contesten: Un momento; aguarden para atracar a que concluyamos la
ltima partida.... Y eche usted copas! Y traiga usted cigarros! Y
las ms admirables de las seoras, que viven codo con codo entre ellos,
juntando su rodilla con la del camarada de enfrente, tragando humo y
mirando las cartas con ojos de bruja hambrienta!...

Huy de all, volviendo al paseo, donde se encontr con Fernando, que
caminaba solo. Isidro vio reflejarse en sus ojos una alegra interior.

--Marchan bien los negocios, segn parece. La conferencia de esta maana
ha dado buen resultado... Caminemos un poco... cunteme usted.

Pero Ojeda, para desviar la conversacin, evitando la solicitada
confidencia, aminor el paso y dio con el codo a su amigo.

--Contemple usted y admire, Isidro. Ah tiene a uno de los grandes
sacerdores del culto amarillo, que se prepara a oficiar.

Sealaba con los ojos al banquero, majestuosamente arrellanado en su
silln, con una rica piel junto a los pies a pesar del calor. La amplia
barba de un rojo obscuro descenda hasta el mamotreto que tena en sus
manos, extendiendo el serpenteo de los pelos entre las columnas de
cifras escritas a mquina. En una silla inmediata estaban apilados con
irregularidad otros legajos, a los que llevaba la mano de vez en cuando
para hacer compulsas. Junto a l, su esposa, vestida de blanco con gran
profusin de blondas de precio, haca saltar entre los dedos su
inseparable ristra de perlas con gesto de aburrimiento. Al pasar los dos
amigos ante ella, sus ojos vagos parecieron concentrarse en Fernando con
una mirada breve, pero vehemente y curiosa. El banquero daba rdenes a
su secretario para que buscase un nuevo legajo en las diversas piezas
que componan su departamento de lujo.

--Se ha fijado, Isidro, en los ttulos de esos mamotretos?--dijo Ojeda
al alejarse unos cuantos pasos--. Proyectos de ferrocarriles, obras de
salubridad para ciudades, desecacin de terrenos, aguas corrientes,
tranvas... Ese seor lleva con l toda una civilizacin. Y todo es para
el Brasil: los ms de sus negocios estn en San Pablo, a juzgar por los
rtulos.

--Lo que yo he visto--contest Maltrana--es la mirada de la seora del
collar. Parece que se aburre al lado de tantos papelotes, y creo que
mejor preferira encontrarse al lado de usted charlando como la yanqui.
Ah, las mujeres! su deseo de imitacin! su rivalidad instintiva! Esa
seora no le vio en los primeros das, no exista usted para ella. Pero
desde que anda con Mrs. Power acodndose en la borda, ella y muchas
otras, cada da ms excitadas por la monotona de la navegacin,
empiezan a encontrarlo un poco interesante... No es gran cosa, lo
reconozco: algo jamona y blanducha... y con ese perfil de pjaro... y
esa nariz que no acaba nunca. Debe ser de Oriente: juda, turca, qu s
yo!... Pero una seora que tiene esas perlas merece siempre atencin.
Deba usted hacerme amigo de ellos. No se tratan con nadie en el buque.
Los dos se mantienen aparte, encastillados en su importancia.

Pero Ojeda sonri, encogiendo los hombros, y dijo malignamente, para
irritar a su amigo:

--Si yo fuese brasileo, temblara slo al ver los baluartes de legajos
que trae ese buen seor. Dentro de pocos aos, si le dejan, se habr
comido San Pablo y todos los otros santos que encuentre a mano, las
plantaciones de caf y hasta el ltimo de los negros. Estos
conquistadores europeos son de un estmago insaciable.

--Fernando, no barbarice--dijo Maltrana ponindose serio--. No sea
reaccionario, no sea poeta. Ese hombre se comer lo que quiera, y har
muy bien si es que le dejan, pues tales son las leyes de la vida; pero
va a prestar a la civilizacin un gran servicio. Hombres como l son los
que han hecho la Amrica que nos atrae y los que la harn todava ms
grande. Figrese usted cuando haya convertido en realidades todas las
grandes obras que lleva en sus papeles... Qu importa que abuse en
cuanto a la recompensa! Sea l quien sea y salgan de dnde salgan los
millones que ponga en lnea de combate, es un representante del santo
capital, un sacerdote, como usted dice, de mi religin, y yo lo
venero... Lstima grande que se muestre tan gran seor y slo me
conteste con una mirada fra de sus lentes de concha y un gruido de
mala educacin cada vez que intento hablar con l del buen tiempo y de
la felicidad del viaje!...

Acababan de doblar la curva del paseo en la parte de proa, y toda la
calle de estribor se ofreci ante sus ojos. Maltrana se detuvo, viendo
los sillones despegados de la pared y esparcidos hasta obstruir el paso.
Eran seoras las que los ocupaban, slo seoras, y algunos transentes
retrocedan, no queriendo continuar su marcha a travs de estos grupos
femeniles que tomaban la cubierta como algo propio, sin importarles
dificultar la circulacin.

--Mire usted, Ojeda. Ya se est reuniendo el banco de los pinginos.

Y ante el gesto de extraeza de su acompaante, dio una explicacin.
Este mote de pinginos no era de su cosecha. Que le librase Dios de
tamao atrevimiento!... Los pinginos eran las seoras ms notables de
a bordo, matronas argentinas que al no poder ocupar el trasatlntico
entero, lo mismo que un yate propio, se haban concentrado en esta parte
del buque como asustadas y ofendidas del contacto con los dems. Era un
muchacho argentino, que regresaba a su tierra despus de varios aos de
vida en Pars, el inventor de este apodo un da que hablando con
Maltrana se lamentaba del carcter de sus compatriotas, tachndolas de
huraas y poco sociables.

--Mire usted a nuestras mujeres, y aprenda, galleguismo--haba dicho--.
Se han refugiado en un extremo del buque aislndose de las dems gentes.
Se mantienen con los codos apretados para que nadie pueda entrar en su
grupo. Recuerdan a los pinginos del Polo Sur, esos pjaros bobos que
slo pueden vivir ala con ala formando filas en las aristas de las
rocas.

Y desde entonces, la gente joven, en sus tertulias del fumadero, llamaba
el rincn de los pinginos a esta parte del buque donde pasaban el
da aisladas del resto del pasaje sus madres, sus hermanas y las
respetables amigas de sus familias. Este rincn de los pinginos era
mirado poco a poco con cierto respeto, hasta convertirse, algunos das
despus, en un lugar envidiable. Los paseantes se abstenan de dar la
vuelta en redondo a la cubierta y volvan sobre sus pasos para no turbar
las conversaciones de las damas. Slo algn gringo despreocupado o de
egosmo insolente pasaba sobre sus gruesos zapatos por entre los
sillones, sin darse la pena de entender el significado de las miradas
furiosas que despertaba su atrevida presencia.

Tcitamente, en virtud de un obscuro instinto de todos los pasajeros, se
haba efectuado en la cubierta una gran divisin de clases. El costado
de estribor era el de la plebe sin vala social, el de los viajeros sin
nombre y las pasajeras de vida sospechosa. En este lado, a partir del
fumadero, se encontraba el rincn de las cocotas; luego, la seccin
cmica, o sea, los numerosos sillones de los cantantes masculinos y
femeninos de la compaa de opereta; la gallegada, donde se juntaban
los espaoles; y el grupo de la gringada, mucho ms numeroso,
compuesto de comisionistas alemanes que pensaban penetrar con su
muestrario hasta el corazn de Amrica; relojeros suizos, de aspecto
bonancible, pero prontos a irritarse con una clera fra que tardaba
mucho en disolverse; pequeos negociantes britnicos; agricultores
escandinavos establecidos en el extremo Sur; rubias alemanas que iban en
busca de sus maridos, y los ganaderos norteamericanos, que al caer la
tarde estaban ya medio ebrios. El banquero de la barba roja y sus
voluminosos legajos, la esposa y su collar de perlas y el secretario
siempre con un cuello de camisa alto y brillante, mantenanse en este
lado de estribor entre la gente insignificante, para demostrar con su
indiferencia ostentosa que estaban muy por encima de todas las
divisiones sociales que se implantasen en el buque.

--Fjese en el respeto que infunden los pinginos--dijo Maltrana--.
Las coristas de opereta pasean cogidas del talle por casi toda la
cubierta, riendo, empujndose, mirando a los hombres; pero al dar la
vuelta a la parte de proa y llegar adonde estamos, encuentran a nuestras
damas haciendo labores de gancho con una majestad de reinas, leyendo
_Fmina_ o conversando sobre los mritos y relaciones de sus respectivas
familias, e inmediatamente retroceden cerrando el pico. Ninguna tiene
valor para deslizarse ante el imponente arepago. La otra noche le
propuse por medio de intrprete a una de esas rubias que passemos
juntos ante los pinginos, creyendo enorgullecerla con este sacrificio
y que me lo gratificase despus. Pero la pobrecita casi palideci de
miedo: _Nein... nein_, como si le hubiese propuesto echarnos de cabeza
al mar.

De la sociedad modesta de estribor, las nicas que pasaban por all eran
doa Zobeida y Conchita. La buena dama de Salta saludaba a las
porteas con su aire seoril y bondadoso, a estilo antiguo, y segua
adelante sin permitirse mayores intimidades. Ni aquellas grandes seoras
deseaban su amistad, ni ella necesitaba de su apoyo. Las ms viejas
contestaban a este saludo con cierta simpata, como si adivinasen en
ella algo heredado y comn que se iba perdiendo en sus propias personas.
Las jvenes miraban con extraeza a la buena mujer, acogiendo sus
sonrisas como si fuesen de una antigua criada familiar.

Conchita era menos bondadosa, y pasaba con manifiesta hostilidad entre
los grupos que obstruan este pedazo de cubierta perteneciente a todos.
Las damas vestidas por los grandes modistos de Pars tenan miradas de
burlona conmiseracin para sus trajes de gusto madrileo y manufactura
casera. Pero ella ergua la pequea estatura de maja goyesca, una los
codos al talle y pasaba adelante moviendo las caderas, mirando con sus
ojillos punzantes a las favorecidas de la fortuna. Su andar y su gesto
parecan decir: Y a m qu?... Y a m qu?....

Cerca de este grupo majestuoso, y buscando su contacto, estaban otras
damas, a las que llamaba Maltrana aspirantes a pinginos. Eran la
esposa y las nias de Goycochea el espaol, la seora del millonario
italiano, cuyo collar de perlas rivalizaba en valor y continuas
exhibiciones con el de la mujer del banquero, sus hijas, la institutriz
inglesa y toda la familia de la Boca que traa a su costa a Monseor.

--Vea, Fernando, con qu aire de sonriente humildad acogen esas seoras
cualquiera palabra de los pinginos. Son ms ricas tal vez que las
otras, pueden permitirse mayores lujos, pero no pasan de ser gente
mediana, y las otras son gente bien, como ellas dicen. Sus maridos,
gallegos o gringos, han hecho fortuna como la hicieron los padres o los
abuelos de las otras, procedentes tambin de Europa. No hay entre ellas
ms diferencia que una generacin o dos de vida americana. El origen
casi es el mismo. Pero lo que representa socialmente esa diferencia!...

Ojeda asinti, recordando la poca de su vida pasada en Buenos Aires
como secretario de Legacin.

--Rase usted, Isidro, de las castas sociales de Europa. All, casi
todos somos unos; la educacin y la inteligencia nivelan a las gentes.
Pero en estos pases democrticos, los ricos de ayer necesitan aislarse,
para que los dems crean en su importancia. Adems, la continua
afluencia de aventureros les obliga a defenderse con un estrecho tacto
de codos. La gente bien son los que tuvieron en Buenos Aires un
bisabuelo tendero poco antes de la Independencia, que venda pauelos
rojos a los indios, paquetes de mate a los blancos, y compraba esclavos
negros para revenderlos en el interior. Todas las mejores familias se
enorgullecan de poseer un tenducho abierto, gran riqueza para aquellos
tiempos de parvedad. Despus, el abuelo se disfraz de gaucho, sin
serlo, para dar gusto al dictador Rosas, y tom su mate teniendo por
silln un crneo de caballo. Otro abuelo copi a los romnticos
franceses en su traje, su peinado y su nfasis, peleando en los muros de
Montevideo contra el tirano y disparndole odas y folletos en los
momentos de reposo. Adems, tuvo que vivir ojo alerta para que el tal
dspota no le echase la garra e interrumpiese sus entusiasmos literarios
hacindolo degollar con un cuchillo mellado... Luego, el padre fue el
primero que realmente tuvo plata, y empez a montar la casa y la familia
en su rango actual. Crey en Mitre y pele por l... Pero la carne ya no
se abandonaba en la Pampa como una cosa sin precio, y en vez de fabricar
odas se dedic a cercar con alambre leguas y leguas de tierra,
hacindolas suyas, y a poner la marca propia en los ganados sin dueo...

--Y estas aspirantes--interrumpi Maltrana, cuando se haya borrado el
recuerdo de sus maridos gringos o gallegos (como se ha perdido el de los
pobres tenderos de hace un siglo) y sus hijos o sus nietos se casen con
los de las otras, sern a su vez gente bien, grandes duquesas sin
ttulo de la aristocracia trasatlntica.

--Cierto. Y por esto mendigan el contacto de los que estn ms arriba
con una tenacidad a prueba de humillacin. Acaban de llegar de lo ms
bajo con grandes penalidades; ya tienen el dinero: ahora les falta el
lustre social... Y empujan hacia arriba con su audacia de antiguos
emigrantes que no conoce la vergenza ni el ridculo. Como le he dicho
antes, puede usted rerse de las castas sociales de Europa. Entre una
comiquita de Pars y una gran duquesa de las que figuran en el Gotha,
hay menos distancia que entre una joven millonaria reciente, hija de
emigrantes, y una seorita cuyo padre tiene tal vez hipotecadas las
tierras y cuyos abuelos vinieron a Amrica tambin de emigrantes... pero
hace ochenta aos.

Maltrana sigui explicando el diverso carcter de los otros grupos que
se sentaban en la banda de babor. En ltimo trmino, cerca del
fumadero, los comerciantes germnicos dormitaban en sus sillones con un
viejo ejemplar del _Simplicissimus_ sobre la cara. Ciertas parejas
inglesas deleitbanse pacientemente con las aventuras de correctos
personajes, bien vestidos y de buena renta, relatadas en novelas de
cuatro volmenes en las que no ocurra nada, absolutamente nada. Y entre
esta gente y el bando de los pinginos, con sus admiradoras anexas,
estaba otro grupo, al que daba Isidro el ttulo de gran coalicin de
potencias hostiles, compuesto de seoras de nacionalidades diversas,
atradas por una antipata comn. Maltrana las designaba con hermosos
sobrenombres, lo mismo que los personajes homricos. La chilena, cuello
de cisne, era a modo del ncleo central de esta clula de la
sociabilidad trasatlntica, y en torno de ella aglomerbanse varias
uruguayas, las de los bellos brazos, y algunas brasileas, las de los
ojos de antlope.

Por la maana, al subir a cubierta, se saludaban las de uno y otro grupo
con ceremoniosa sonrisa. Buen da, seora; cmo amaneci usted,
seora?... Y a continuacin iba cada uno a ocupar el territorio propio,
empujando su silln para que quedase bien marcado el vaco fronterizo,
la separacin insalvable entre unas naciones y otras. Las potencias
hostiles mantenanse alineadas a lo largo de la pared con una
correccin militar, cuidando de no obstruir el paseo, para que todos
apreciasen la diferencia entre unas gentes y otras.

De vez en cuando, los pinginos, parleros y movedizos en sus
explosiones de exuberancia, lanzaban una sonrisa amable del lado
enemigo, pero la sonrisa quedaba perdida en el espacio o era contestada
con leves movimientos de cabeza. Las potencias fingan ignorar esta
vecindad, procuraban colocarse en sus asientos de tal modo que slo
presentasen al lado contrario la punta de un hombro, y cuando ms se
alborotaba el bando de los pinginos, riendo de una noticia o
admirando un objeto raro, ellas miraban obstinadamente al cielo o al mar
con una indiferencia inconmovible.

Las aspirantes a pinginos, colocadas entre los dos grupos, cazaban
las sonrisas de unas y las palabras de otras, aprovechndolas para
entablar conversacin. Estaban contentas de la vida ntima del buque,
que no exige presentaciones para que las personas se conozcan.

A pesar de la falta de cordialidad de los dos grupos, casi todos los
das se estableca entre ellos una momentnea relacin. As lo exigen
las buenas prcticas diplomticas; as viven las naciones armadas hasta
los dientes, prontas a despedazarse, pero envindose embajadores y
mensajes afectuosos.

La chilena abandonaba el asiento, desdoblando su soberbia estatura para
avanzar por la cubierta con la majestad de la reina de Saba--segn
Isidro--, seguida de un squito de confederadas. El bando contrario
acoga la visita diplomtica con gran removimiento de sillones, para
ofrecer los mejores sitios, y la conversacin desarrollbase
lnguidamente sobre recuerdos de elegancia y de grandes compras. Cada
vez que las unas exaltaban los mritos de un modisto o un joyero de la
calle de la Paz o la plaza Vendme, las otras murmuraban con una voz
blanca y una modestia agresiva: Nosotras no podemos permitirnos eso; en
nuestro pas somos muy pobres. Eso ustedes y nadie ms. Y miraban al
mismo tiempo con maliciosa complacencia sus trajes y sus joyas, de igual
vala que los de sus rivales.

Los pinginos, a su vez, enviaban una diputacin de matronas al
territorio hostil, y su presencia pareca excitar la laboriosidad de las
visitadas, que acometan con nuevos bros sus labores de gancho y de
bordado, siguiendo la conversacin sin levantar cabeza del trabajo.
Algunas veces, ninguno de los dos campos se decida a ir en busca del
otro, y los encuentros eran en terreno neutral, en el grupo de las
aspirantes, donde tomaba asiento la familia italiana de la Boca con su
obispo.

Adorado Monseor! Las damas del pas intermedio lo miraban como una
gloria propia. Gracias a l, las seoras de ambos lados venan a
visitarlas, atradas por el brillo purpreo de su faja de seda y el
esplendor de su cruz de oro. Y Monseor, sonriendo bonachonamente, se
esforzaba por mostrarse galante y pretenda entretener al femenil
concurso con chistes aprendidos en el seminario y recuerdos de sus
estudios clsicos. Virgilio era su mayor adoracin: lo recordaba con ms
frecuencia que a los Padres de la Iglesia; todo lo haba dicho y
adivinado. Ancdotas modernas se las atribua al poeta, como si con esto
las diese nuevo valor. Y cada vez que abra la boca para hablar en su
idioma, ya saban las seoras cul iba a ser el exordio: _dice il poeta
Virgilio_.... Y lo que deca _il poeta_ era una historia leda por el
obispo meses antes en cualquier peridico catlico.

Otra relacin de cordialidad se estableca diariamente entre los
diversos grupos. Por la tarde, antes de la hora del t, cuando los
pasajeros dormitaban en sus asientos y ardientes cuchillos del sol se
introducan en la penumbra del paseo por los intersticios de las lonas,
danzando acompasadamente de una cabeza a otra con el movimiento del
buque, como si fuesen pndulos de luz, las nias bajaban a sus camarotes
para volver a subir con grandes cajas llenas de dulces. Iguales a las
procesiones de vrgenes que desfilan en los tmpanos de las catedrales
llevando como ofrenda entre ambas manos un cofre de reliquias, las
vrgenes americanas de falda trabada, altos tacones y paso airoso iban
de grupo en grupo regalando dulces: Un bombn, seora? Un chocolate,
seor?....

--Es incalculable, amigo Ojeda, la masa de confitera que esas muchachas
han metido en el vapor. Cada amiga, al despedirlas en Pars, ha credo
su deber aportar el correspondiente cofre. No pasan dos das sin que
cada una de ellas le quite la cubierta a un nuevo embalaje de bombones.
Cajas Imperio con la Recamier o Josefina tendidas en un sof; cofres
forrados de seda con pastorcitos de Wateau, verdaderas maletas de
terciopelo flordelisado... Y las pobrecitas, tan amables! con el gusto
de exhibir los regalos de sus relaciones, hacen todas las tardes su
ronda en el lado distinguido de la cubierta, y la gente pasa el viaje
mascando caramelos y chocolates con crema.

En el curso de sus ofrendas llegaban hasta el extremo de babor, en las
cercanas del fumadero, all donde empezaban a borrarse las severas
diferencias sociales, y las gentes que se tenan por distinguidas
confraternizaban con las de la banda opuesta. Las vrgenes portadoras de
arquillas se encontraban con sus hermanos, primos y futuros novios, que
pasaban el da en el caf o sus inmediaciones.

Esta juventud, con la cabeza descubierta, la cabellera partida en dos
crenchas negras, abultadas, lustrosas, impermeables, que ningn huracn
poda alterar ni conmover, y el menudo pie encerrado en botines de
charol de alto empeine y vistosa caa, siempre que sala del fumadero
volva los ojos con cierto temor hacia el rincn de los pinginos.
All estaban sus madres y parientas y las respetables amigas de sus
familias; pero antes la fuga que dejarse atrapar por una cariosa
llamada y sufrir media hora de conversacin en tan noble compaa.
Viejas pesadas! Seoras macaneadoras!... Y esperaban a que pasasen
las primas o las futuras novias para unirse a ellas y atraerlas
dulcemente hacia la popa o la banda de estribor, donde rean y saltaban
como escolares en libertad.

Otras veces permanecan juntos y silenciosos, contemplando el mar,
teniendo a sus espaldas la mirada irnica de las francesas tendidas en
sus sillones o la sonrisa de las coristas alemanas a las que hablaban
ellos por la noche, a ltima hora, murmurando cifras.

--Yo admiro a esos muchachos--dijo Maltrana--. Qu visin de la
realidad! Qu concepto de la vida y sus necesidades! Todos vuelven a
regaadientes a su tierra: llevan Pars en el corazn. La otra noche, el
hijo mayor del doctor Zurita me consultaba sobre su porvenir. Apenas
llegue a Buenos Aires, piensa exigir a su viejo que lo enve a
Europa... Quiere estudiar en Pars no sabe qu... pero en fin, quiere
estudiar, sin aproximarse por esto al Barrio Latino, que encuentra poco
_chic_ y con mujeres ordinarias. Y me pregunt con adorable sencillez si
un muchacho puede vivir con cuatro mil francos al mes, que es lo que se
propone pedir al viejo... Cuatro mil palos, pensaba yo. Pero al mismo
tiempo sent ganas de abrazarlo, por el alto concepto que le merecen las
necesidades de la juventud.

Para justificar las seoritas este avance hacia los parajes ocupados por
sus amigos, continuaban su tarea distributiva entre los seores
adormilados que fingan leer en las inmediaciones del fumadero. Seor,
un bombn?... Y el gringo, despertado de su lectura por la voz
juvenil, levantaba los ojos del volumen alemn o ingls y meta la mano
en la arquilla murmurando: Grachias, mochas grachias. Luego, volva a
sumirse en el libro adormidera. Seor, un chocolate? Y el brasileo
de tez amarilla y picudas barbillas, enjuto y anguloso, como si el sol
ecuatorial hubiese absorbido toda su grasa, saltaba del silln con
galante apresuramiento, como si le fuese en ello la vida: _Muito
obrigado... oh! muito obrigado_. Y slo al estar lejos la seorita
osaba devolver la gorra a su cabeza y la cabeza al respaldo del asiento.

Cuando los diferentes grupos de damas que ocupaban la banda de babor se
reunan, entablando una conversacin general, era indefectiblemente para
prorrumpir en quejas contra las inclemencias del Ocano y los atentados
que se permita con sus personas. Los cuellos cambiaban de coloracin,
no obstante el cuidado de huir de los rayos del sol. El aire salino los
obscureca, dndoles un tono de pan moreno; la piel blanca de las rubias
amarilleaba con la tonalidad del marfil viejo. La brisa hmeda barra
los polvos de la cara, conservndolos nicamente en las arrugas y
oquedades de la piel, formando un barrillo blanco. Alborotbanse los
peinados en el hueco de una puerta, en una encrucijada de corredores, al
pasar de una banda a otra, dejando al descubierto los artificios y
retoques de los aadidos, lo que las obligaba a preservar estos secretos
capilares bajo un turbante de gasas.

Si algunos caballeros respetables se aproximaban a los grupos de damas
para conversar con ellas, hasta las ms viejas, que parecan ajenas a
las vanidades mundanales, los repelan con dengues juveniles.

--Ay, no se acerquen ustedes! Estamos horribles. Con este maldito mar
est una impresentable. Todas tenemos algo verde en la cara.

Y los caballeros se crean obligados a ensalzar las grandes ventajas del
viaje, durante el cual se satura el organismo de sales benficas. Lo que
se perda en distincin se ganaba en saludable rusticidad. De noche,
todas eran igualmente hermosas en el ambiente cerrado del comedor y los
salones.

Una solidaridad de sexo borraba de pronto las envidias y antipatas que
separaban a los grupos femeniles. Seoras de diverso bando se juntaban
para recorrer la cubierta con ojo avizor. Las inquietaba una ausencia
larga de los maridos. Y cuando los vean a travs de las ventanas del
fumadero jugando al _poker_, con la mirada fija en los naipes y la
frente rugosa, preocupada, sonrean satisfechas, lo mismo que si
acabasen de sorprenderlos practicando una virtud.

Sus inquietudes reaparecan al encontrarlos en plena cubierta, aunque
estuviesen enfrascados en una conversacin de negocios. Andaban por all
cerca las rubias de la opereta, las cocotas viajeras, un sinnmero de
temibles peligros; y sin una palabra que revelase su inquietud, cada una
se aproximaba a su marido, se colgaba de su brazo, intervena en la
conversacin, lo paseaba por toda la cubierta, y nicamente se decida a
soltarlo en la entrada del fumadero, con la promesa de que volva al
_poker_ o a tomar una copa.

Algunas que an no haban salido de la primera juventud y llevaban poco
tiempo de matrimonio, paseaban casi todo el da del brazo del esposo con
aires de tiple enamorada, inclinando la cabeza sobre el hombro de l,
como si la cubierta fuese el jardn de Fausto. Por dignidad de clase,
gozosas de jugar un rato a seora mayor, distinguindose de las
solteras, permanecan entre las respetables matronas; pero de pronto
sentanse agitadas por un hormigueo irresistible. No vean a su
maridito. Quin sabe lo que estara ocurriendo en la otra banda del
buque o en la cubierta de los botes! Con tantas malas mujeres que
venan en este viaje! No haber un vapor limpio de tentaciones, slo
para personas decentes! Y corran sin saber adnde, como si hubiese
sonado de pronto la seal de alarma.

Una actividad extraordinaria haca ir y venir aquella maana por la
cubierta, en grupos parleros, a las jvenes de diversa nacionalidad.
Abordaba cada una a sus amigos y conocidos con un papel y un lpiz en
las manos. Iban recogiendo para las fiestas equinocciales, y antes de
inscribir el donativo discutan y protestaban, queriendo aumentar la
cifra.

--Vea, Fernando--dijo Maltrana--, cmo se mueve el abate francs, el
conferencista de las barbas, entre las seoras, cuya admiracin desea
conservar. Para l no hay divisiones, y salta de un grupo a otro. Los
pinginos lo consideran suyo porque se lo han recomendado las grandes
damas de la colonia de Pars. A las aspirantes las deslumbra hablando
de las princesas y duquesas que lleva tratadas en su vida de predicador
mundano. Pretende halagar a las potencias hostiles hablando de sus
pases con grandes elogios y dando a entender que en Europa todos saben
a qu atenerse en la apreciacin de unos pueblos y otros, distinguiendo
entre el valor real y el _bluff_. Mrelo cmo distribuye a las seoras
los libros de que es autor y peridicos con su retrato. Ah,
comediante!... Lleva en su equipaje colecciones enteras de todas las
revistas ilustradas que han hablado de sus predicaciones en Canad,
Estados Unidos, Australia y no s cuntos sitios ms. Las hace circular
y las recoge luego cuidadosamente, lo mismo que un tenor... Eso es, un
tenor: un tenor de sotana.

Y hablaba con irnico asombro de las mltiples y mediocres habilidades
del abate viajero y verboso: conferencista, pintor, escultor, poeta y
msico. Maltrana saba esto por uno de los peridicos que reparta l
mismo.

--Me lo prest una seora algo devota que tiene empeo en que yo admire
al abate. Y como a m nada me cuesta dar gusto, me mostr asombrado.
Pero seora, ese hombre es Leonardo: el gran Leonardo de Vinci. Y mis
palabras han tenido un xito loco, pues cuando el doctor Zurita y otros
argentinos socarrones se burlan del abate y dicen que es un vivo que va
a Buenos Aires en busca de plata, las damas de su familia se indignan y
me sacan a colacin como argumento decisivo: Es Leonardo, el que pint
_La Cena_: Leonardo de Vinci. Lo dice Maltranita, que es un mozo que
escribe y ha tratado a muchas eminencias....

Ojeda rio de la seriedad con que relataba su amigo estos accidentes de
la vida de a bordo.

--Ahora, las buenas seoras--continu Isidro--, quieren que una noche d
el abate un concierto de piano, slo para ellas... Ya han desistido de
orle una conferencia que estaba en proyecto. El _Cyrano_ de Rostand y
el idealismo cristiano... Qu le parece el tema? Se re usted?... Por
algo lo alaban las buenas matronas, diciendo que es un cura moderno de
lo ms moderno. Pero el abate no quiere or hablar de conferencias a
bordo; se niega a desembalar su mercanca gratuitamente antes de la
llegada al mercado. Se reserva para un teatro de Buenos Aires.

Maltrana buscaba con los ojos al otro conferencista, el profesor
italiano, que se mantena lejos de las seoras, en las inmediaciones del
fumadero, entre los lectores soolientos, con una columna de volmenes y
revistas al lado de su silln.

--Los pinginos le saludan porque tiene un nombre conocido, y ellas
respetan instintivamente la celebridad. Le han hecho firmar un sinnmero
de tarjetas postales con pensamientos filosficos y galantes para
ellas y para todas sus amigas coleccionistas; le han sacado retratos con
autgrafo, y ahora, terminada la explotacin, no se acuerdan de l. Es
un sabio de malas ideas. El abate las acapara a todas.

Qued Maltrana pensativo, y dijo luego a Fernando:

--Creo que usted y yo podamos dedicarnos a eso de las conferencias.
Segn parece, gusta mucho en Amrica y proporciona dinero. Qu pases
tan interesantes! Pagar por or discursos!... Tantos que hablan
gratuitamente en nuestra tierra, y aun as no encuentran las ms de las
veces quin los escuche!

Record Ojeda su vida en Buenos Aires aos antes y las conferencias a
que haba asistido. Los pueblos jvenes sienten el mismo afn de los
escolares aplicados y curiosos, que, luego de or las lecciones de los
maestros, desean conocer las interioridades de su vida. No les bastaban
los libros y las obras de arte enviados por el viejo mundo; queran ver
de cerca la personalidad fsica de sus autores.

--Y todos los aos, amigo Isidro, llegan a Buenos Aires hombres ilustres
con el pretexto de dar conferencias, pero en realidad para satisfacer la
curiosidad de los argentinos y para orgullo de las numerosas colonias
europeas, que al exhibir y festejar al compatriota clebre, parecen
decir: No todos somos unos ignorantes que aramos la tierra o vendemos
detrs de un mostrador. Bueno es que estos criollos se enteren de que en
nuestro pas hay "doctores" mejores que los suyos... Y las gentes, al
saber que ha llegado el autor de un libro que leyeron hace tiempo por
casualidad, o el personaje poltico cuyo nombre encuentran todas las
maanas en el peridico, se dicen: Vamos a ver de qu casta es ese
pjaro. Gastan unos pesos para encerrarse en un teatro, de cinco a
siete, y arrullados por la voz del conferencista comparan su rostro con
los retratos publicados, se fijan en el corte de su levita
(convencindose una vez ms de que en la Argentina visten las gentes
mejor que en Europa), y hasta cuentan las veces que bebe agua. Adems,
se dan el gusto de ponerlo en caricatura y le atribuyen ancdotas en las
que aparece asombrado al enterarse de que en Amrica ya nadie gasta
plumas. Porque all, las gentes tienen empeo en que los europeos se los
imaginen como indios emplumados, para poder rerse despus, con un gozo
infantil, de la gran ignorancia de los del viejo mundo.

Ces de hablar Ojeda, sonriendo como si le regocijasen interiormente sus
recuerdos, y luego continu:

--Las seoras que por curiosidad llenan los palcos, desaparecen a la
tercera conferencia, y hacen bien, porque se aburren a morir. Ellas slo
gustan de los conferencistas que recitan versos... Pero quedan los
intelectuales del pas, los doctores, que asisten con una hostilidad
manifiesta, y al entrar se dicen unos a otros: Vamos a ver qu nos
cuenta ese seor. Luego, a la salida, protestan a coro. No ha dicho
nada nuevo; no hemos aprendido nada, absolutamente nada... Como si el
encontrar algo nuevo fuese cosa de todos los das! Como si un hombre
que encontrase algo nuevo en su pas fuese a decir a sus compatriotas:
Tengan ustedes paciencia, aguarden un poquito. Voy a tomar el
trasatlntico para contar a los seores de Amrica mi descubrimiento, y
en seguida vuelvo...! Como si con los medios de comunicacin de
nuestra poca y lo difundido que est el libro, fuese posible ir a parte
alguna con una idea reciente sin que al momento salten treinta o
cuarenta diciendo: Eso ya lo saba yo...!

--Entonces--interrumpi Maltrana--, en esos viajes de los conferencistas
la llegada es siempre ms gloriosa que el regreso.

--Ciertamente. Cuando nuestro buque fondee en Buenos Aires, ver usted
banderas, oir msicas y aclamaciones. Luego, satisfecha la curiosidad
sobreviene la indiferencia, y los hroes de un da se reembarcan sin
otro acompaamiento que media docena de amigos que quedan all como
cnsules de su renombre y encargados de sus negocios. Los nicos que no
olvidan son los doctores, que para convencerse de su propia
superioridad, repiten: No ha dicho nada nuevo. Lo sabamos todo.... Y
esto ocurre porque nadie en la vida expone la verdad corajudamente;
porque el conferencista deba decir el primer da a su pblico: Todos
ustedes, que viven batallando por el dinero, deben figurarse por qu he
hecho yo esta larga travesa, viniendo a una tierra que no tiene el
Partenn, ni las Pirmides, ni la Alhambra. No sera correcto colocar mi
sombrero en mitad de una acera, diciendo: "Yo soy Fulano de Tal, que he
venido a verles. Echen algo para que me lleve un buen recuerdo de este
pas de riquezas". Por eso prefiero exhibirme en un teatro y justificar
la generosidad del pblico con dos horas de aburrimiento y
vulgaridades.... En el fondo, esto y nada ms es una serie de
conferencias. Un pretexto para que el pas se muestre generoso con la
celebridad que lo visita.

--Ya veo claro--dijo Maltrana--. Una especie de premio Nobel que la
Argentina se permite el lujo de regalar a alguien que es conocido por
algo, siempre que se tome el trabajo de ir a pedirlo en persona... Con
la diferencia de que este premio Nobel es por cotizacin popular.

--Exacto. Y no crea usted que el pas pierde nada con ello. Para su
gloria mundial, jams dinero tan bien gastado como los cinco pesos que
cuesta or una conferencia. El conferencista, al llegar a u pas, olvida
con la distancia los araazos de los remotos doctores y slo ve el
cheque que guarda en la cartera. Una cantidad de poca importancia para
all; pero que traducida a dinero de Europa representa cincuenta mil o
cien mil francos: el producto de media docena de libros, el sueldo de
ocho aos de ctedra ganado en un par de meses.

Ojeda se imaginaba las consecuencias del viaje. La esposa del hombre
ilustre renovaba el mobiliario y el vestuario de la familia; los dos
cnyuges adquiran una casita de campo para que los nios se criasen
mejor; todos en el hogar prorrumpan en elogios a la Argentina, y los
amigos y hasta las ms lejanas relaciones fijaban su atencin en este
pas maravilloso, donde no hay ms que agacharse para encontrar plata.
Los compaeros del ilustre maestro se mordan los labios de envidia, y
cuando en los azares de la existencia encontraban a alguien venido de la
Argentina, aunque fuese un necio, lo adulaban y lo acosaban, dando a
entender que ellos tambin iran all... a la ms ligera invitacin. El
conferencista considera como un deber escribir un libro que demuestre su
agradecimiento, un libro concebido a travs de gratos recuerdos, y que
resulta ampuloso y glorificador como una oda de encargo oficial. Y
cuando algn malhumorado ruge contra la lejana Repblica, dando a
entender que las cosas son en ella muy distintas de como las imagina el
optimismo, el grande hombre salta indignado en defensa de un pas cuyo
nombre mencionan siempre con veneracin su mujer y sus hijos.

--Yo que crea--interrumpi Isidro--que estos conferencistas eran unos
amables burlones, que despus de explotar la credulidad americana se
rean de ella...

--Tal vez hayan pensado as algunos; pero al final los explotados son
ellos, pues por impulso propio hacen al volver a sus tierras una
propaganda que de ser obra del gobierno costara millones. Quin sabe
cunta parte tienen ellos en la fama reciente y mundial del pas adonde
vamos! Bien puede ser que alguno haya hecho surgir en nosotros la
primera idea inicial de este viaje con una lectura que ya no
recordamos...

Isidro, que al mismo tiempo que escuchaba a su amigo segua con los ojos
el curso de los paseantes, le toc en un codo, interrumpiendo sus
palabras.

--Mire usted a la sin par Nlida. Acaba de subir a la cubierta, y ya van
saliendo del fumadero sus adoradores... Saludo a la pasajera ms
hermosa de todo el buque!

Nlida dilat los frescos labios, contestando con su sonrisa felina a la
genuflexin versallesca de Isidro. Luego pas ante el banco de los
pinginos irguiendo su aventajada estatura, desafiando con su mirada
cndida el enojo de las imponentes seoras. Las ms fingieron no verla,
para no responder a su saludo. Algunas contestaron Buen da, nia con
voz triste y ojos de conmiseracin, como si fuese una enferma cuyo fin
consideraban prximo.

--Esa Nlida es de una audacia estupenda--dijo Maltrana--. Sabe que
todas las seoras hablan de ella con escndalo, y las saluda como en los
primeros das, cuando la crean una muchacha juiciosa. Los desprecios y
los bufidos resbalan sobre su persona sin molestarla.

Habl Isidro de la indignacin de las matronas, que consideraban como un
tormento viajar con sus hijas teniendo que sufrir la compaa de Nlida.

--Prohben a las nias que la saluden, cuando en los primeros das de
navegacin era la ms agasajada por todas ellas... Pero las nias fingen
obedecer, y la buscan en secreto, lejos de las mams. El encanto de
rozar lo prohibido! La mgica atraccin del pecado!... Por las tardes,
mientras las seoras dormitan, suben ellas con Nlida a la ltima
cubierta para que las ensee a bailar el tango... pero el tango tal como
se baila en los cafs nocturnos de Berln. Piensan como excusa que
cuando bajen a tierra ya no la vern ms, y que aqu en el buque todo
resulta bien.

Sigui Nlida adelante, hasta llegar al extremo de babor, donde estaba
sentada su madre, teniendo a un lado al hijo medio imbcil y al otro el
venerable jefe de la familia, que balanceaba su cabeza de patriarca
entornando los ojos, cual si acariciase mentalmente un negocio nuevo.

--La pobrecita--continu Isidro--siente por las maanas el amor de la
familia y va en busca de su padre. Lo besa, juguetea con l como una
gata, y al mismo tiempo se da el placer de seguir con el rabillo del ojo
la impaciencia de sus admiradores, que se mantienen a distancia,
ansiosos de juntarse con ella. Criatura ingenua y refinada!... Pero
fjese, Fernando: usted, que me cree poca cosa, y no le falta razn,
mire con qu impaciencia me aguardan mis admiradoras.

Y seal disimuladamente el grupo de damas en el cual algunas las ms
viejas, volvan sus ojos hacia Maltrana, como invitndole a aproximarse.

--Yo tengo mi pblico, y como todo hombre notable, tengo tambin mis
enemigos y detractores. No puedo aproximarme a las nobles matronas y
cambiar con ellas un saludo, sin que alguna me diga: Cuntenos algo.
Usted que lo sabe todo, Maltranita, dganos qu ocurre en el buque. Y
me tienen de pie ante ellas, para que no se borren del todo las
distancias sociales, hasta que de pronto las hago rer o las cuento algo
que las interesa vivamente, y entonces alguna, con repentina solicitud,
me dice: Pero sintese usted, sintese aqu y no sea zonzo. Y encoge
las piernas para que me siente en el extremo de la silla larga, como un
paje a los pies de la dama... La viuda de Moruzaga, que tiene millones y
millones, gusta de hablarme a solas para que me entere de los encantos y
virtudes de su esposo. Pobre seora! Una verdadera enamorada! Slo
vive cuando puede hablar de su finado. Y si la conversacin cambia de
tema, pierde todo inters para ella y parece dormirse con los ojos
abiertos.

Una idea repentina hizo abandonar a Maltrana su tono ligero.

--Pero se ha fijado usted, Ojeda, en el modo de ser de estos hermanos
nuestros? Los primeros das, al orles, deca yo: Somos iguales:
iguales salvo algunas diferencias de acento y sintaxis.... Y no seor;
no somos iguales. Cmo me explicar?... Unos y otros tocamos el mismo
instrumento, pero tenemos distinto odo para apreciar los sones. A lo
mejor, digo algo que por casualidad me resulta gracioso, algo que en
Espaa pasara por un golpe de ingenio, y las buenas seoras
permanecen insensibles, como si no me entendiesen. Luego, en el curso de
la conversacin, suelto una necedad infantil, un chiste de colegio, que
en Madrid me valdra una rechifla, y mi pblico re esta inocentada y la
repite como una brillante manifestacin de ingenio.

Ojeda, recordando sus viajes por Amrica, asinti a las palabras de su
amigo. No slo haba divergencia en la apreciacin de los sones del
instrumento comn del idioma: se diferenciaban tambin en la agilidad y
la fuerza para su manejo.

--En muchos de esos pases--dijo Fernando--, las gentes hablan con una
lentitud penosa, como si la rebusca de las palabras fuese acompaada de
los dolores de un parto. Las mujeres especialmente slo tienen cuerda
verbal para cinco minutos, y luego quedan mudas, mirndose unas a otras.
nicamente se animan cuando hay que pelar a alguien; pero ste es un
fenmeno verbal no slo de Amrica, sino de todos los pases del
planeta.

--S; hablan poco--dijo Maltrana--. Gustan de escuchar, pero su
capacidad auditiva es tal vez tan limitada como su capacidad verbal. A
la larga se fatigan de or, aunque la conversacin les interese. Parecen
ofenderse de haber permanecido mucho rato en silencio, y se vengan
llamando macaneador al mismo cuya palabra han solicitado. Lo que no se
entiende, lo que no gusta, ya se sabe que es macana.

Isidro empez a apartarse de su amigo.

--Le dejo, Fernando; me reclama mi pblico. En los primeros das tena
ms xito. Pasaba de un grupo a otro: de los pinginos a las
potencias hostiles; pero no se puede dar gusto a todos a la vez.
Ahora, con las potencias, el saludo nada ms; fras y corteses
relaciones de diplomacia. La ltima vez que me acerqu al grupo, la
chilena cuello de cisne me dijo con una sonrisa de cuchillo: A qu
viene usted aqu, patero? Djenos en paz y vaya a hacer la pata a sus
argentinas. Y aunque esto de que le llamen a uno adulador es un poco
fuerte, al consejo me atengo, ya que a la Argentina voy.

Intent tirar del brazo a Ojeda para atraerlo hacia el grupo.

--Venga usted conmigo. Las seoras tendrn mucho gusto en orle. Usted
ha sido presentado a todas ellas, y le encuentran muy simptico. No
quiere?... Sin duda est usted ofendido por lo que le dije, de que las
nias le encontraban muy buen mozo, pero algo viejn... No haga usted
caso. Es una consecuencia de la mentalidad simple de estos pueblos que
an viven cerca del tronco primitivo, o sea de la Naturaleza sin
artificios ni refinamientos. Para ellos, una buena moza de treinta y
cinco aos es una vieja, y un hombre digno de ser amado debe tener
veinte aos cuando ms. Slo admiran la existencia en capullo, como en
tiempos de la vida de tribu... Y eso cuando en Europa cada ao que pasa
hace retroceder hasta los confines de la vejez el lmite de la edad
amorosa. Balzac hara rer hoy con su novela _La mujer de treinta aos_.
Las damas de cuarenta son ahora las conquistadoras ms temibles. En el
teatro, galanes cincuentones disputan sus amantes a los jovencitos y
acaban por llevrselas... Viejn, y slo tiene usted treinta y seis
aos! No haga caso de las opiniones de estas gentes recin desbastadas,
que en punto a refinamientos slo copian lo exterior y ostensible...
Decididamente, no quiere usted venir?... Hasta luego.

Fernando permaneci solo algunos minutos, acodado en la borda, siguiendo
con los ojos el resbalar del agua removida por los flancos del buque.
Sobre el lomo verde del Ocano giraban flores de espuma rematadas por
una espiral que se perda en la profundidad. Luego emprendi un paseo
por la cubierta, y ante el grupo de seoras se llev una mano a la gorra
con saludo mudo, sin volver la vista. Roz, al pasar, a Isidro, que
hablaba de pie, y oy una voz femenina que le interrumpa con inters:
No diga!... Eso es muy curioso. Sintese, Maltranita, y cuente.

Continu Ojeda por el lado de babor, saludando a las potencias
hostiles y a un grupo de argentinos y brasileos que hablaban de las
estancias rioplatenses, de las _fazendas_ de caf, del valor de los
campos, mezclando cantidades de leguas y millones de pesos. El seor
Oneglia, el millonario italiano, que reposaba, enorme y flcido, en un
silln especial, lejos de su familia, ansiosa de rozarse con la gente
bien, abri un ojo al or los pasos de Fernando y lo protegi con un
saludo gruente, volviendo a sumirse en su noche poblada de clculos. Al
lado de l, como si la afinidad de gustos les impusiese este contacto,
se sentaban los tres comerciantes espaoles. Ms all, el conferencista
italiano levant la cabeza y descans un libro en las rodillas para
saludar a Ojeda. Cerca del fumadero, la madre de Nlida pareci
acariciarle con sus ojos de brasa y el padre le gratific con una
sonrisa protectora. La nia, hastiada ya de las expansiones familiares,
se haba despegado de ellos y rea en la puerta del fumadero, escoltada
por su hermano y todos los admiradores, que parecan desnudarla con los
ojos.

Lleg Fernando hasta la terraza del caf, atrado por el _Canto de la
Primavera_, de Mendelssohn, que tocaba la msica. Apenas se hubo apoyado
en la baranda para escuchar, vio que un cuerpo se aproximaba a l,
velando la luz del sol, y oy una voz enrgica que recortaba duramente
las palabras.

--Buenos das, seor Ojeda... Usted perdonar la libertad que me tomo,
pero yo soy amigo de don Isidro, y tal vez le habr hablado de mi
persona... Usted dispense que me acerque as como as, pero entre
compatriotas! somos tan pocos en el buque!... Por eso me he dicho:
Aunque no sea correcto, voy a saludar a ese seor.

Era el cura espaol que Maltrana le haba enseado varias veces de
lejos: un hombrecito moreno, enjuto, vivo en sus movimietos, al que
encontraba Fernando cierto aire gil y garboso de banderillero. Su
delgadez haca ms visible la exuberancia de un abdomen puntiagudo que
pareca pertenecer a otro cuerpo. Una cadena algo negruzca, con llaves
de reloj y medallas, se tenda de la botonadura de la sotana a un
bolsillo del pecho. Dos dedos enrojecidos por el tabaco sostenan un
cigarrillo. La cabeza, de pelo duro e intensamente negro rayado de canas
prematuras, ocultbase en parte bajo un casquete redondo de seda, igual
al que usan los tenderos.

--Jos Fernndez, sacerdote, para servir a Dios y a usted--dijo el cura
haciendo la presentacin de su persona.

Mostr la fuerte dentadura de hombre de campo, con una sonrisa humilde
que delataba el deseo de intimar con este compatriota, el personaje ms
eminente de cuantos venan en el buque, segn su opinin.

La msica haba cesado de tocar, y el cura aprovech este silencio para
expresarse con la exuberancia de un verboso falto de amistades que busca
ocasin de esparcir su facundia. La franqueza espaola le hizo tratar a
Fernando confianzudamente a las pocas palabras, lo mismo que si fuese un
antiguo camarada, acompaando cada avance de su intimidad con humildes
excusas: Usted perdone; pero aqu no es como en tierra. Pasamos la vida
juntos; estamos en la soledad del mar, confiados a la voluntad del
Seor... Conque usted tambin va a Buenos Aires, don Fernando?...
Vaya, vaya! All vamos todos, y quiera el Altsimo que los negocios le
resulten bien, conforme a sus deseos.

Hablaba el buen clrigo sin interrupcin, y Ojeda iba entresacando
fragmentos de su historia de estos perodos de charla confidencial.
Tena a su madre en un pueblecillo de Castilla la Vieja; adems, una
hermana mal casada, con una turba de hijos, y todos confiaban en l, que
era la gloria de la familia, el seor cura, el ser excepcional. ltimo
descendiente de una lnea de mseros jornaleros del campo, haba
conseguido emanciparse de la servidumbre del terruo gracias a cierta
viveza de ingenio demostrada en la escuela del lugar y a la proteccin
de una seora vieja que le haba costeado la carrera del sacerdocio.

--Carrera corta, don Fernando. Yo no soy telogo; no soy doctor en nada.
Cura de misa y olla nada ms; pero lo que he trabajado en esta vida! y
lo que me queda que penar!... Mi cuado es infeliz, un buen hombre, que
no sirve para nada, y yo tengo que mantenerlo, y a la pobre viejecita, y
a mi hermana, y a todos los sobrinos, que se creen superiores a los
dems del pueblo porque cuentan con un to cura. He sido vicario,
trabajando del alba a la noche por seis reales al da: peseta y media,
don Fernando. He sido prroco suplente en lugares de mala muerte, y
despus de enviar a mi madre lo que ganaba (menos de lo que gana un
guardia civil), tena que mantenerme de los regalos de los feligreses
pobres. Y todava el barbero del pueblo y otras malas lenguas murmuraban
de la vida regalona que llevamos los de la Iglesia... Cuando viva en
Madrid, cerca del diputado del distrito, solicitando un puesto mejor, he
andado hecho un azacn de sacrista en sacrista pidiendo misas como el
que pide limosna. He pasado mucha hambre; no tengo vergenza en decirlo:
mucha hambre por sostener a los mos; y por esto voy all, a ver si
cambio de suerte.

Call un momento don Jos, como si vacilase, temeroso de exponer sus
ideas, y al fin continu en voz baja:

--Dicen que Espaa es un pas catlico, el ms catlico de la tierra.
As ser, pero no hay en l dos pesetas para los clrigos de mi clase,
para los que trabajamos de veras. Hay dinero para la Iglesia, pero se lo
llevan otros... otros.

En la vaguedad de su mirada, en la timidez de su voz, haba cierta
protesta contra los que vivan en las alturas.

Fernando quiso saber cmo se le haba ocurrido la idea del viaje.

--Tengo all compaeros de seminario. Un muchacho que estudi conmigo
vive en Buenos Aires, y me ha escrito maravillas de aquella tierra,
invitndome a ir con l. Antes era mucho mejor: faltaban gentes de
nuestra clase; ahora, en cada buque llegan sacerdotes de todos los
pases. Pero no importa: en la capital se puede vivir bien a la sombra
de una parroquia, y adems hay el campo, donde cada semana se funda un
pueblo y hace falta un cura... Tambin tengo condiscpulos en Chile y
otras naciones del Pacfico. All creo que an se presenta la cosa mejor
para nosotros. Me escriben que hay seora que da cien pesos de limosna
por una misa. Y en Espaa que no pasa nadie de tres pesetas!...

Complacase Ojeda con esta franqueza de don Jos al comparar las
ganancias del sacerdocio en los dos hemisferios. Haba hecho bien en
embarcarse: seguramente le esperaba all la fortuna.

--No es tan fcil, don Fernando; hay mucha concurrencia. Me dicen que
los curas italianos trabajan por lo que les dan, y han abaratado los
precios. Como que muchos se ayudan con un oficio, y cuando vuelven de la
iglesia a casa, son sastres de viejo o remiendan zapatos... En aquellas
tierras los hombres se muestran, segn mis noticias, algo indiferentes
con nosotros. Lo mismo que en la nuestra. Hay que buscar el apoyo de las
mujeres, y para esto me ha prometido don Isidro presentarme a esas
seoronas ricas que hablan con l y se sientan en la parte de proa.
Parecen muy entusiasmadas con el obispo italiano: Monseor, aqu;
Monseor, all, pero yo soy espaol, y quin sabe!... Me gustara
encontrar una seora rica que me protegiese.

Fernando sonri, algo asombrado de la naturalidad con que don Jos haca
esta declaracin. Qu cinismo tranquilo!... Y quiso acompaar su risa
tocndole en el pecho con un dedo, pero se detuvo al ver su gesto de
sorpresa.

--Se equivoca usted, seor Ojeda. Yo soy un indigno pecador en muchas
cosas... menos en sa. Tengo mis defectos, como todos los hombres, pero
lo que usted cree... nunca! Yo no pienso jams en esas nieras. Yo
soy muy hombre!

Golpebase el pecho con arrogancia al hacer esta viril declaracin, y
Ojeda admiraba la incoherencia del pobre sacerdote, que repeta con
orgullo su calidad de masculino como prueba de virtud.

--Soy muy hombre, don Fernando, y por eso me deja indiferente ese pecado
tonto en el que usted piensa y que slo proporciona escndalos y
quebraderos de cabeza... Otros pecados, no digo que no...

Una sonrisa de malicia infantil arrug sus mejillas morenas, en las que
se marcaba la mancha azul de la recia barba. Quedaron al descubierto sus
dientes apretados, deslumbradores, que denunciaban una gran fuerza
triturante. Contemplando su vido brillo, crey Ojeda en la pureza de
aquel hombre. La voluptuosidad haba contrado en l todos sus
tentculos, para replegarse srdidamente en el paladar y el estmago.

Maltrana le haba hablado algunas veces del apetito insaciable de don
Jos, de la prontitud con que acuda al comedor apenas sonaba la
trompeta, de la profusin con que recolectaban sus manos emparedados y
galletas en las bandejas a la hora del t, del entusiasmo con que
elogiaba la abundancia nutritiva a bordo del _Goethe_. Su capacidad de
alimentacin slo era comparable, segn Isidro, a la de un nufrago que
se salva o a la de un habitante de ciudad sitiada que se rinde despus
de varios aos. Cuarenta generaciones de jornaleros hambrientos coman
por su boca.

En aquel mismo instante, mirando Ojeda hacia el paseo de babor, vio a
Isidro que acababa de abandonar su conversacin con las seoras y vena
hacia l. Pero se detuvo ante la familia de Nlida. El padre, sin
moverse de su asiento, hablaba con Martorell, el poeta bancario, y
Maltrana, despus de escucharles unos segundos, se inmiscuy en la
conversacin.

--Yo necesito, para abrirme paso, una seora que me proteja--continu
don Jos--. Pero eso no es fcil; en nuestro mundo hay modas, como en
todos los mundos, y vanidades y categoras. Yo soy un pobre cura que
slo sabe cumplir como buen trabajador.

--Deba usted imitar--dijo Ojeda--a ese abate francs que tanto
entusiasma a las seoras.

--Cllese, seor!--protest el cura--. Yo no sirvo para titiritero. Los
espaoles no sabemos hacer comedias: tenemos ms seriedad... Yo soy muy
hombre!

Y resuma su indignacin con un fiero golpe en el pecho, afirmando
varias veces que era muy hombre.

--Tal vez en tierra me sea ms fcil abrirme paso. Yo no soy cura a la
moda, pero soy cura espaol, y esto algo debe valer entre gentes que son
de nuestra sangre, hablan nuestra lengua y profesan el catolicismo
porque Espaa fue la primera en descubrir sus tierras. Ah est la buena
seora doa Zobeida, ese ngel de bondad; para ella no hay ms sacerdote
a bordo que yo: el obispo y el abate, como si fuesen zapateros. Ojal
se resolviese lo de su pleito y cambiase de fortuna! Ciertamente que no
me olvidara... Adems, en aquella tierra, segn dicen, el exceso de
dinero y la abundancia de negocios malean a los sacerdotes. Unos se
dedican a la cra de caballos o de bueyes, otros prestan dinero a los
feligreses sobre las cosechas. Pero yo llego a trabajar slo en lo mo,
para cumplir como bueno, y me contento con poco. Mi felicidad sera un
curato en esos campos donde la carne va tirada, segn dicen, y el pan lo
mismo. Mi madre no puede venir, porque le tiene miedo al mar; pero
traer a mi hermana, que es guisandera fina, y malo ser que no coloque
a mi cuado y d carrera a los sobrinos... Seor, que as sea!

Qued indeciso y silencioso, como si agitasen su cerebro nuevas e
inesperadas ideas.

--Lbreme el Altsimo de un engao--dijo--; pero yo pienso, don
Fernando, que nosotros en Amrica somos algo. Tal vez no sabemos tanto o
somos menos atrevidos que ese parlanchn de las barbas, pero somos ms
serios, ms sencillos. Nuestro catolicismo es para Amrica ms... cmo
me explicar?... ms...

--Ms clsico--interrumpi Ojeda, para sacar al cura de su apuro.

--Eso es--dijo don Jos tras una vacilacin, como si pesase la palabra
no comprendindola bien--. Ms clsico, ms con arreglo al pas, y por
esto las personas buenas y sencillas que no se curan de modas deben
recibirnos mejor a nosotros que a esos sacerdotes extranjeros que
parecen gente de teatro.

Permanecieron los dos en silencio, y Ojeda volvi a tener la misma
visin del da anterior... Buenos Aires! Tambin este nombre mundial
haba titilado un instante, como parpadeo de mstica lmpara, en la
penumbra de la sacrista, evocando la ilusin de una mesa abundante, una
mesa de hartura, y en torno de ella una familia robusta y saludable,
segura del porvenir, rodeando al sacerdote rico... Y all iban todos,
siguiendo el revoloteo de la esperanza, hacia un mundo de frtiles
soledades faltas de hombres, llevando como precio de su entrada fuerzas,
iniciativas y apetitos: unos sus brazos, otros su inteligencia, otros el
vido capital ansioso de copular con la tierra y reproducirse hasta lo
infinito... y hasta aquel pobre cura llevaba su misa, su catolicismo
espaol, ms serio, ms... clsico.

La llegada de Maltrana interrumpi estas meditaciones.

--Qu dice don Pepe?...

Y acompa el familiar saludo con una suave palmada en el abdomen del
clrigo. ste se inclin sonriendo. Qu don Isidro tan alegre y
simptico!... Era imposible enfadarse con l...

Al ver juntos a los dos amigos, el cura pareci contraerse en su
humildad.

--Ustedes tendrn que hablar--dijo mirando a su reloj--. Va a ser
medioda. La hora del almuerzo! Me hace falta un poco de paseo para
despertar el apetito.

Y se alej, seguido por la risa de Maltrana, que lamentaba irnicamente
la inapetencia del cura.

Ojeda quiso saber qu haba hablado su amigo con Martorell y el padre de
Nlida.

--Hablbamos de negocios--dijo Isidro con repentina gravedad y una
expresin de misterio--, de un gran negocio que llevamos entre manos.
Quin sabe si antes de un ao ser rico, muy rico, ms que usted, que
quiere ir al desierto a roturar la tierra!... Las amistades sirven de
mucho, y yo las tengo buenas.

La mirada interrogante y asombrada de Ojeda le invit a continuar en sus
confidencias. Dud un momento, como si temiese la burla de su amigo, y
al fin dijo con resolucin:

--Vamos a fundar un Banco apenas lleguemos a Buenos Aires... No se ra
usted, Fernando; me lo esperaba. Es cosa seria. Martorell pone la idea
y su experiencia de tcnico. El seor Kasper, el padre de Nlida, pondr
el capital que se necesita para empezar; poca cosa, segn el cataln,
que entiende mucho de esto. Yo... no s lo que pongo en el negocio, pero
seguramente pondr algo, pues entro en l, y mis consocios parecen
contentos de tenerme en su compaa.

Echse a rer Ojeda con tal fuerza, que su espalda choc con la
barandilla, doblndose hacia la parte exterior. Maltrana banquero!
Maltrana fundador de un Banco, cuando apenas tena unas pesetas para
desembarcar!...

--No se burle--dijo ste, algo amoscado--. La cosa no es para tanto.
Vamos o no vamos a una tierra de riquezas y prodigios?... Si usted
oyese a ese muchacho cataln, la sencillez con que explica las cosas se
convencera de que lo del Banco es asunto serio. Y qu tiene de
extraordinario que yo llegue a ser un gran banquero en un pas donde
todos, al llegar, cambian de profesin y cada uno se descubre con
facultades y aptitudes que no sospechaba en Europa?... Aqu en el buque
no se oye hablar ms que de millones y de negocios estupendos. Todos
llevamos nuestro plan gigantesco para asombrar al Nuevo Mundo y
encadenar a la fortuna. Hasta los que se volvieron de Amrica
desesperados retornan con nuevos bros. Por qu no ha de tener Maltrana
su negocio?... Crea usted que los que han fundado Bancos all no valan
ms que yo ni tenan el talento de Martorell, que es un guila para
estas cosas.

Pasado el primer acceso de hilaridad, admirbase Ojeda de la conviccin
con que hablaba su amigo del futuro negocio. Senta, indudablemente, la
influencia misteriosa que haba observado l en anteriores viajes. Un
ensanchamiento de la ilusin, hasta los confines ms absurdos de lo
irreal, dominaba a los viajeros. El aislamiento en medio del Ocano
empequeeca o anulaba todos los obstculos con que se tropieza viviendo
en tierra firme. La inmensidad del mar pareca dilatar los cerebros y
los ojos. Todos pensaban en grande y vean sus propias ideas con retinas
de aumento. Y como la ilusin de los unos no opona obstculos a la
esperanza de los otros, todos se empujaban locamente, dando por
realizadas las cosas en este galope de optimismo.

Los vecinos de asiento, que durante los primeros das de navegacin se
haban mirado hostilmente en la cubierta de paseo, buscbanse ahora, no
pudiendo vivir separados, y hablaban horas y horas de los futuros
negocios ideados en comandita, sin cansarse de manosearlos para apreciar
mejor su mrito, examinndolos, como una piedra preciosa, faceta por
faceta. Un hlito de herosmo despreciador de los obstculos haca
vibrar los cerebros. La vieja Europa, meticulosa, cobarde y
retardataria, quedaba atrs; las hlices la enviaban los espumarajos de
las aguas rotas como un salivazo de despectivo adis. Por la proa
llegaba el viento del Nuevo Mundo, la respiracin de una tierra de
valerosos sin escrpulos ni remordimientos, donde el absurdo triunfa,
siempre que vaya acompaado de la tenacidad y la audacia.

Si para un negocio se necesitaban tierras, las tierras se adquiriran.
Los futuros triunfadores ignoraban cmo ni por qu medio, pero se
adquiriran, y... basta. ste era un detalle de poca importancia. Si se
necesitaban grandes capitales, se encontraran igualmente. No haba que
preocuparse de esto. Lo importante era el negocio, el gran negocio de
estupenda novedad que se les haba ocurrido--novedad que consista en
trasplantar algo viejo y tradicional de Europa--, y calculaban las
seguras ganancias: tanto por mes, tanto por ao, tantos millones a los
cinco aos, creyndose, en fuerza de ilusin, casi al final de esta
rpida carrera de la suerte.

Algunos, con inagotable generosidad, sentan el deseo de hacer
partcipes de su estupenda fortuna a todos los allegados, y cada maana
admitan un nuevo socio, ofrecan graciosamente una parte a un nuevo
auxiliar, hasta el punto de no saber con certeza qu restara para
ellos, los geniales inventores. Otros, ms speros de alma, empezaban a
mirarse con recelo y suspicaz vigilancia, temiendo una mutua traicin en
el negocio que an estaba por venir. La riqueza achica los corazones y
los endurece. Y lo ms extraordinario era que todos abominaban de la
imaginacin como de una facultad deshonrosa y ridcula. Nada de
ilusiones: hay que ver las cosas tales como son, y en el caso de
exagerar colocarse en lo peor. Pongamos que slo se gana la mitad;
pongamos que slo es la mitad de la mitad... Y tras estos clculos
descendentes, que revelaban su odio a toda fantasa, siempre resultaban
millonarios.

Los ms entusiastas y de fe inconmovible eran los que haban estado en
Amrica y volvan a ella por segunda o tercera vez. Los nefitos, que
escuchaban con asombro sus profecas de riqueza, parecan dudar de
repente. Era la timidez europea que resucitaba. Yo he estado all, y s
lo que es aquello--deca el compaero viejo--. Nada de miedo; esta vez,
con mi experiencia, estoy seguro del xito... Y Maltrana, burln y
escptico, que iba a Amrica sin saber ciertamente para qu, se haba
sentido de pronto arrebatado, lo mismo que los otros, por este huracn
de optimismo.

--S seor; un Banco--repiti mirando a Ojeda con expresin algo
agresiva--. Vamos a fundar un Banco, y no comprendo que un negocio serio
le produzca a usted tanta risa. Las cosas estn magnficamente ideadas.
Ese chico cataln, aunque despreciable como poeta, es un gran
organizador; y el seor Kasper ser un pillo, si usted quiere, pero en
los negocios la picarda es un mrito. El plan no tiene falla por
ninguna parte.

Y lo expona con la sequedad de un grande hombre ofendido por la
ignorancia de su auditorio. Fundar un Banco era cosa corriente en
aquellos pases. Cada semana naca uno, segn le haba dicho Martorell.
No haba calle principal de Buenos Aires que no tuviese unos cuantos. Lo
ms importante era encontrar una buena casa y amueblarla con muebles
ingleses, serios, distinguidos, y mostradores de caoba brillante.
Adems, eran necesarios un enorme rtulo dorado, juegos de banderas para
las fiestas patriticas, y gran iluminacin nocturna en la fachada.
Capital para empezar: dos o tres millones de pesos.

--Usted creer haberme aplastado preguntando: Dnde est el
capital?.... Se hacen figurar todos esos millones y ms si se desea en
los Estatutos, y sobre todo en las vidrieras y el rtulo, con letras de
a dos palmos. Pero en realidad se empieza con treinta o cuarenta mil
pesos... Y tambin me dir usted: Dnde estn?.... El seor Kasper,
que tiene en gran aprecio a Martorell y cree en el negocio, promete
traerlos. Adems, contamos con los buenos seores que entrarn en el
Directorio... Siempre se encuentran media docena de tenderos deseosos de
figurar al frente de un Banco. Gusta mucho poder decir a los amigos:
Esta tarde tengo sesin de Directorio. Da importancia escribir a los
parientes de Europa, a los papanatas de la tierra, en el papel del Banco
con un membrete que impone respeto, en el que se consignan los millones
del capital y las operaciones del establecimiento. El cataln, que
conoce el corazn humano y es gran aprovechador de vanidades, tiene
echado el ojo desde su viaje anterior a unos cuantos compatriotas. stos
aportarn fondos, tomarn acciones para ser del Directorio, y luego que
funcione el Banco... a vivir! Daremos dinero al 30 por 100 (lo que es
fcil all, segn dice Martorell), prestaremos con hipoteca, para
quedarnos con los bienes hipotecados; un sinnmero de bellas maldades,
que explica mi consocio con su hermosa sonrisa de hiena potica.

Qued en silencio Maltrana, como si se examinase interiormente.

--Pas de asombros!--continu--. Yo banquero, yo que he hecho sufrir
tanto a los prestamistas de Madrid!... Tierra de transformismos, donde
los albailes se hacen agricultores, los curas fugitivos se convierten
en padres de familia y los seoritos arruinados entran de cajeros de
confianza en las casas de comercio!...

--Ya tienen ustedes ttulo para el Banco?--pregunt Ojeda.

--se es el obstculo, el nico escollo con que tropieza hasta ahora
nuestro negocio. Lo del ttulo es importante. Casi va el xito en
encontrar algo que suene bien, que se pegue al odo, inspire confianza y
tenga un carcter internacional, lo ms internacional que sea posible.
Los consocios no se ponen de acuerdo en lo del ttulo; lo nico
indiscutible es que, sea cual sea su dimensin, deber aadrsele y del
Ro de la Plata. Porque all, segn Martorell, todos los Bancos, aunque
se titulen rusos, chinos o noruegos, llevan como final de rtulo y del
Ro de la Plata. Sin esto, no hay respetabilidad posible.

Volvi a quedar en silencio Isidro, pero su rostro se anim durante esta
pausa con su acostumbrada expresin de malicia.

--Yo tengo mi ttulo, un ttulo de lo ms universal. Abarca las diversas
nacionalidades de las gentes que vendrn a nosotros y halaga al mismo
tiempo el sentimiento regionalista. Hasta he tenido en cuenta el lugar
de nacimiento de mis dos compaeros. Banco de Westfalia, de Tarragona y
del Ro de la Plata. Pero los socios no lo aceptan.

Fernando mir fijamente a su amigo. Famoso Maltrana! En l la gravedad
era siempre de corta duracin. Nunca se saba ciertamente dnde cesaban
sus emociones, dando paso a la fra burla.

En lo alto del buque vibr la seal de medioda, un rugido que hizo
temblar los pasillos y tabiques del trasatlntico y se dej absorber sin
eco alguno por el sordo infinito del Ocano.

--Las doce: vamos a almorzar.

Cerca de la proa vieron algunos pasajeros que sealaban la lnea del
horizonte, discutiendo con frases breves. Contraan los ojos para dar
mayor potencia a su visualidad; pasbanse de mano a mano los gemelos
prismticos, explorando el lmite del Ocano, sobre cuyo lomo se
abullonaban tenues vapores. Ya se ve Cabo Verde... Otros dudaban. No
eran las islas: eran simples nubes. Y todos, como si despertasen de la
calma letrgica del mar, mostraban un deseo famlico de ver tierra, de
distinguir aquellas islas en las que no haba de detenerse el buque.

Abajo en el comedor almorzaban muchos con cierta precipitacin, como
gentes que han de ir al teatro y aceleran la comida por miedo de llegar
tarde. Tierra: ya se ve tierra, decan de mesa en mesa con una alegra
infantil. Ms impacientes, algunos se levantaban de sus asientos con la
servilleta en la mano, y alargaban el pescuezo queriendo distinguir por
las ventanas del comedor aquellas islas ante las cuales iban a pasar de
largo y de las que hablaban todos como de una tierra de promisin.

Despus del almuerzo, la gente tom el caf a toda prisa y los salones
quedaron abandonados, sonando en el vaco el abejorreo de los
ventiladores y los trinos de los canarios. Todos se amontonaban hacia la
proa, en las bordas de la cubierta, ansiosos de ver las islas. Empezaron
a marcarse en el horizonte las gibas obscuras y borrosas de unas
montaas emergiendo del mar. Cansados al poco rato de esta contemplacin
montona, muchos retrocedan. No era ms que aquello? Iba a transcurrir
una hora larga antes de que estuviesen frente a ellas. Adems, el buque
pasaba muy lejos... Volvan al fumadero a continuar sus partidas de
_poker_, o formaban en la cubierta los corrillos habituales, hablando
tendidos en el silln, hasta que el cabeceo de la somnolencia les haca
levantarse titubeantes, camino del camarote, para continuar la siesta.

Ojeda y su compaero, acodados en la baranda, miraban con inters las
siluetas de las islas destacndose como nubes puntiagudas sobre el azul
sereno del horizonte.

--Hasta aqu lleg Coln--dijo Fernando--. El Almirante, que haba
navegado siempre hacia Poniente, puso en el tercer viaje la proa al Sur,
buscando descubrir tierras nuevas por la parte del Austro. Pero ms all
de estas islas tuvo miedo, y torci el rumbo para seguir la ruta de
siempre. Le espantaron los calores del Ecuador; crey que de seguir
hacia el Sur acabaran por arder sus naves. Tal vez influyeron en su
credulidad de visionario las leyendas de que rodeaba la pobre geografa
de entonces a la lnea equinoccial.

Record despus los incidentes de su tercer descubrimiento. Los rayos
del sol eran tan intensos, que el Almirante, segn consignaba en sus
cartas, temi que incendiasen navos y personas. Caan sobre la
escuadrilla frecuentes turbonadas, pero estas lluvias de pegajosa
tibieza slo servan para hacer tolerable el calor durante unas horas.
Coln las acogi como un socorro providencial, creyendo que sin ellas
todos hubiesen perecido. Iba enfermo; le inquietaba la desaparicin en
la lnea del horizonte de los astros que guiaban a los navegantes en los
mares del hemisferio boreal, as como la aparicin de otras estrellas
ignoradas que a cada singladura iban remontndose en el cielo.

Renacan en su memoria las opiniones de la poca sobre la lnea
equinoccial y lo que exista detrs de ella, doctrinas aprendidas en su
vagabundaje por los conventos y los puertos, conversando con hombres de
ciencia y navegantes.

Para muchos, en el hemisferio del Austro estaba el Paraso terrenal. El
Ecuador, con sus calores irresistibles, era el gladio o cuchillo gneo
verstil que haba puesto Dios entre los hombres y el Paraso para que
ninguno de los hijos de Adn pudiese volver a l. Los poetas de la
antigedad y los Padres de la Iglesia acordbanse maravillosamente al
fantasear sobre esta parte del mundo absolutamente ignorada. Ms all
del Ecuador estaba la tierra llamada Mesa del Sol, por la dulzura de
su clima y la generosa abundancia de sus productos. En ella vivan seres
felices que, al no tener que preocuparse de las necesidades de la
vida--pues la Naturaleza, prdiga, les ofreca todo con exceso--,
dedicbanse al estudio de las causas naturales, y especialmente de la
astrologa. Arim, la ciudad de los filsofos, era el centro de la
Mesa del Sol.

En esta parte de la tierra, por ser la ms noble, haba de estar
forzosamente el Paraso. Los astros influan en nuestra existencia
poderosamente. Todo se desarrollaba en el suelo, no con arreglo a su
propia bondad, sino por las nobles y felices influencias de las
estrellas que estn sobre l, causa universal de vida. A cielo noble
corresponda tierra nobilsima, y como las constelaciones del ignorado
hemisferio eran, segn la ciencia de la poca, las mayores, ms
resplandecientes, ms nobles y perfectas, y por consiguiente de mayor
virtud, felicidad y eficacia que las de Aquiln, de aqu que bajo su
resplandor deba estar forzosamente la mejor de las tierras, o sea el
Paraso.

La cabeza es la parte ms noble de todas las cosas naturales y
artificiales, la ms adornada y de mejor hechura, de donde procede la
influencia a los otros miembros del cuerpo. Y dnde estaba la cabeza
de la tierra?... En el ignorado Austro, en el Sur, como le ocurre al
rbol, que, aunque tiene la cabeza oculta abajo, no podra extender las
ramas, con sus frutos y pjaros, si esta cabeza dejase de enviarle su
nutricin y su fuerza. Y el fuego, fuente de vida, naca en el Austro,
se engendraba en l, y una barrera de este fuego tendida circularmente
en el Ecuador impeda el paso de un hemisferio a otro.

El descubridor, alarmado por los insufribles calores que le salan al
encuentro, vio en ellos una confirmacin indiscutible de las opiniones
de los hombres doctos de su poca, y volva la proa a Poniente, no
osando avanzar ms en el temido Austro.

Una gran sorpresa le esperaba. El mundo no era redondo, como haban
credo Ptolomeo y otros. Poda ser esfrico en el hemisferio boreal,
donde aquellos sabios haban hecho solamente sus estudios; pero este
otro hemisferio por cuyos lmites navegaba l tena la forma de una
pera, que es redonda salvo all donde tiene el pezn, que es ms alto, o
la de una pelota con una teta de mujer puesta encima, y el extremo de
tal pezn era la parte del mundo ms propincua al cielo.

Los buques, al continuar hacia Poniente, aunque pareca que navegaban
por un ocano llano e igual, suban y suban, siguiendo el lomo
ascendente de esta protuberancia del planeta. El Almirante reconoci
esta subida en la frescura del aire, cada vez ms sensible segn se
avanzaba al Oeste, aunque las naves siguiesen el mismo grado, y sobre
todo en las particularidades que ofrecan tierras y gentes. As como el
descubridor se haba ido aproximando a la lnea gnea del Ecuador, el
sol quemaba con ms fuerza, las tierras estaban ms calcinadas y los
habitantes eran ms negros. En Cabo Verde y en Sierra Leona llegaban las
gentes a la ms extrema negrura y las tierras parecan quemadas. Y sin
embargo, al poner proa al Oeste, siguiendo la misma latitud, refrescaba
el aire, y el Almirante encontraba en las costas de Venezuela la isla de
la Trinidad, de temperancia suavsima--segn sus escritos--, con
tierras y rboles muy verdes y hermosos, como en Abril las huertas de
Valencia, y la gente de muy linda estatura y casi blancos, ms astutos y
de mayor ingenio que los negros, y no cobardes.

Todo esto era porque las tierras y las personas estaban ms en alto, ms
cerca de las buenas regiones del aire, en las laderas de aquel pezn
gigantesco que alteraba la redondez del hemisferio austral. Y la
hiptesis del Paraso, cabeza de la tierra, situado en el noble Austro,
se converta en certidumbre para el Almirante. En el vrtice del pezn
estaba el antiguo lugar de delicias; y el Orinoco, que endulzaba el mar,
asombrando a los navegantes con su sbana inmensa, era uno de los cuatro
ros que descendan del Paraso.

Fernando y su amigo, que hablaban de estas fantasas del Almirante
paseando por la cubierta, se detuvieron ante las ventanas del gran
saln. La voz tenue del piano, tocado en sordina, atrajo la curiosidad
de Isidro.

--Mire usted, Fernando. La alemana, la mujer del director de orquesta,
que se aprovecha de que no hay gente en el saln. Cerca de ella est su
nio... Qu toca? Wagner?... No; eso lo conozco; es de Schubert: _El
rey de los lamos_. Vea cmo mueve la boca. Canta, pero no la omos
bien... No; no se acerque: la vamos a espantar como el otro da...
Bueno; que le vaya a usted bien: mucha suerte.

Esto ltimo lo dijo al ver que Ojeda, repentinamente, como si obedeciese
a una decisin anterior, se separaba de l. Desapareci por la puerta
de babor que daba entrada a los salones. Maltrana le vio pasar por entre
las mesas del jardn de invierno, ocupadas por unos cuantos pasajeros
dormitantes. Luego entr en el saln y fue a sentarse cerca del piano,
junto al pequeuelo cabezudo, que contemplaba los grabados de un gran
volumen con aire reflexivo de persona mayor, arrullado por la msica de
su madre. sta, al notar la presencia de un hombre que la escuchaba
fijos los ojos en ella, hizo un gesto de sorpresa y contrariedad, se
resping, como si fuese a abandonar el piano, pero con sbita resolucin
continu en su asiento. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa de
busto antiguo.

--Qu Ojeda!--murmur Isidro mirando por los cristales--. Veremos en
qu viene a parar toda esta msica.

Sintise sin fuerzas para seguir paseando por la cubierta. El calor
haba dispersado a las gentes. Todos gozaban la frescura de la siesta,
ligeros de ropa, en el interior de sus camarotes o en los encontrados
huracanes de los ventiladores del fumadero.

El buque cabeceaba perezosamente, con largos intervalos de calma, sobre
las extensas ondulaciones de un mar denso, centellante, enrojecido como
metal en fusin. Ni el ms leve soplo agitaba las lonas de la cubierta,
tendidas de las barandas hasta el techo como un tabique rgido, obscuro
y ardiente.

Maltrana se dej caer en uno de los varios sillones que ostentaban el
rtulo de Doctor Zurita y familia, y all qued en agradable sopor,
sin saber ciertamente si estaba dormido o despierto. Oa sonar el piano
lejos, muy lejos, como una musiquilla de liliputienses. Ahora es
Wagner--pensaba--; eso lo conozco: _Parsifal_, "El encanto del Viernes
Santo"... Ahora es Schubert: el "Quinteto de la Trucha". Cosa
graciosa!... Ahora... ahora... Y no pudo reconocer nada ms, porque
dej de or la msica.

Se hunda, se hunda en un agujero negro, acompaado por la meloda
tenue, que se iba adelgazando lo mismo que un hilo cada vez ms tirante,
hasta romperse y ser devorada por el silencio.

De pronto volvi a la vida al sentir una mano en un hombro. Abri los
ojos, y vio al doctor Zurita de pie ante l, con un puro en la boca
sonrindole.

--Levntese, amigo y tome uno de hoja. Hoy no ha venido usted por el
tributo.

Le ofreci su estuche inagotable lleno de cigarros habanos. Eran las
tres. El doctor haba dormido su corta siesta habitual, y encontrndose
solo, deseaba charlar con Isidro. ste se puso de pie para encender el
cigarro, y su vista busc a travs de las ventanas del saln. Haba
enmudecido el piano, pero la alemana continuaba en la banqueta,
revolviendo las hojas de las partituras y escuchando a Fernando, que,
acodado en la tapa del instrumento, la hablaba de cerca. La amistad
estaba hecha gracias a la msica, complaciente mediadora que no necesita
de presentaciones.

El doctor quiso pasear, y Maltrana le sigui dando chupadas al cigarro
de bravo perfume.

La proximidad de la lnea equinoccial pareca alegrar a Zurita. Estaban
cerca de su hemisferio, iban a entrar en l antes de dos das.

--Es, como quien dice, volver a casa, mi amigo. Yo soy muy americano y
tengo unas ganas locas de ver mi cielo. Cuntas noches, en Europa, me
priv de mirarlo, porque no poda encontrar en l la Cruz del Sur!... Y
maana tal vez la contemplemos. Mi muchachada no comprende estas cosas
del viejo.

Senta impaciencia por llegar a su tierra, ver a los amigos, enterarse
de la marcha de los negocios, pisar las calles de Buenos Aires. Las
capitales de Europa eran dignas de su admiracin, pero Buenos Aires!...

--Pronto llegaremos, si Dios nos ayuda--continu alegremente--. All se
demostrar, galleguismo simptico, lo que usted vale y lo que lleva
dentro. A ver si algn da llega a ser archimillonario y yo puedo contar
con orgullo que hizo conmigo su primer viaje... Pero hay que trabajar,
sabe, _che_?... Nada de creer que all se encuentra plata con slo
agacharse a tomarla. Se miente mucho. La gente va all con la cabeza
llena de exageraciones. Adems, la plata no se hace en un mes ni en un
ao: hay que contar con el tiempo, que vale tanto como el trabajo; hay
que dedicar a una empresa, sea sta cual sea, la mayor parte de la vida.

Haban dado la vuelta entera al paseo, y el doctor se detuvo cerca de
las ventanas del saln. Otra vez sonaba el piano. Isidro vio a su amigo
de pie junto a la artista, con los ojos fijos en su nuca inclinada,
esperando una indicacin de su cabeza para volver las hojas de la
partitura.

--Vea, Maltranita. Lo importante en nuestra tierra es comprar algo,
poseer algo, ser propietario, y luego el pas, que va siempre hacia
adelante, se encarga de enriquecerlo a uno, siempre que tenga paciencia
y serenidad. Por qu cree usted que somos un pueblo aparte de los dems
y vienen a fundirse con nosotros gentes de todo el mundo?...

El doctor haca esta pregunta con una expresin de malicia bonachona en
los ojos y la boca. Maltrana se apresur a repetir todos los lugares
comunes que haba odo sobre la tierra argentina. La feracidad del suelo
virgen, la falta de braceros, la facilidad de crdito para el trabajo...

--Yo he reflexionado mucho, mi amigo, sobre las cosas de mi patria, y
creo que su poder de atraccin consiste en que en ella no hay
aritmtica. Se entera usted?... Ms bien dicho, que su aritmtica es
distinta de la que se usa en los dems pueblos. En Europa y fuera de
ella, dos y dos son cuatro siempre. No es eso?... Pues en la Argentina
jams ha sido as.

Guard silencio, como si se gozase en la estupefaccin de Maltrana, y
luego continu, con una sonrisa doctoral:

--En los tiempos coloniales, cuando la vieja Espaa nos tena como nios
en la escuela, y aun mucho despus, en la poca de nuestras revueltas,
dos y dos jams fueron cuatro. No haba quien sumase, quien pusiese los
dos nmeros uno sobre el otro. Nos vestamos con tejidos domsticos;
matbamos los animales para aprovechar nicamente el cuero y el sebo,
dejando la carne a los caranchos; cultivbamos la tierra para las
necesidades de casa nada ms... Despus vinieron los buenos tiempos de
la exportacin y de la inmigracin, y dos y dos tampoco fueron cuatro.
Se valoriz todo de un modo loco, y dos y dos fueron ocho, dos y dos son
doce, y a lo mejor se levanta uno de la cama, y sin ms trabajo que
haber estado durmiendo se encuentra al despertar con que dos y dos hacen
veintids... Qu pas, mi amigo!

Maltrana le escuchaba enarcando las cejas con sincero asombro, como si
esta paradoja del doctor le librase el gran secreto del pas adonde l
iba.

Comprendido; lo importante era tener dos sumandos, por simples que
fuesen: dos y dos. El pas se encargaba despus de hacer la adicin con
arreglo a su aritmtica maravillosa.

--Pero esa aritmtica tiene a veces sus fracasos--continu el doctor,
acentuando su sonrisa--. La del viejo mundo, tmida y rutinaria, es
inconmovible. Dos y dos siempre son cuatro, ni ms ni menos. All, en
nuestra tierra, cada diez aos tiembla todo, sin que acierte nadie a
descubrir el por qu del cataclismo. Aos de sequa y malas cosechas...
Algunas veces, ni esto. Guerras que se desarrollan al otro lado del
planeta, en pases que no conocemos ni nos importan un poroto;
restriccin de crdito, falta de dinero, Bancos a los que dan corrida,
como dicen all, y que ven sus puertas llenas de gente que retira sus
depsitos; propietarios que desean vender y no encuentra a quin;
capitalistas extranjeros que no quieren hipotecar... y entonces, dos y
dos son uno... dos y dos son nada... y el que no tiene aguante para
esperar que la aritmtica recobre su antigua originalidad, queda
reventado para toda la siega.

Maltrana continu la paradoja del doctor con una objecin. Da llegara
en que dos y dos fuesen eternamente cuatro en aquel pas: cuando sus
campos quedasen divididos en pequeas fracciones, los desiertos
estuvieran ocupados por una poblacin densa, y se elevasen las aguas
hasta las tierras resquebrajadas ahora de sed junto a ros enormes como
brazos de mar.

--As ser--dijo el doctor--. Dos y dos sern cuatro en la Argentina
alguna vez... Indudablemente, dentro de siglos. Pero entonces--aadi
con tristeza--nadie ir a ella; porque para encontrarse con la misma
aritmtica del pas natal, con la novedad de que dos y dos slo hacen
cuatro, no hay hombre que sienta deseos de moverse de su casa.




VII


--S; dice usted bien. El poder demonaco de la msica, que influye en
nuestra suerte, como en otros tiempos influan los astros... El Maestro
habla de l al recordar en sus Memorias los aos de iniciacin... Afina
nuestra sensibilidad, para que suframos ms intensamente las heridas de
la existencia.

Mina Eichelberger, la mujer del director de orquesta, murmuraba estas
palabras con el mentn apoyado en el pecho y la mirada fija en Fernando,
de pie junto a ella.

Hablaban en la cubierta de los botes, bajo la sombra movediza de un
toldo de lona que dejaba avanzar una faja de sol o la repela, siguiendo
el balanceo del buque, largo, suave, apenas perceptible.

Era en la tarde, despus del almuerzo, cuando desaparecan muchos
pasajeros, adormecidos y abrumados por el calor, buscando continuar la
siesta en el camarote bajo el soplo de los ventiladores. Otros, temiendo
encerrarse entre los tabiques de acero, permanecan tendidos en los
sillones de las cubiertas, bajo la azulada sombra de las lonas,
esperando los leves e intermitentes soplos de la brisa sobre el pescuezo
sudoroso, en torno del cual se arrugaba el cuello de la camisa como un
trapo mojado. Sonaban penosos ronquidos, respiraciones jadeantes,
cortando con su estertor animal el augusto silencio de la tarde.

Pareca recogerse el mar, adormecido igualmente, sin otro rumor que el
del roce de sus espumas en los flancos del navo. Un crujir de pasos
sobre la madera haca entreabrir algunos ojos, que tornaban a cerrarse
apenas se alejaba el paseante importuno. Los gritos de los nios en la
cubierta alta, jugando insensibles al sol y al calor, sonaban con
extraordinario eco, recordando el vocero de la chiquillera en la plaza
blanca de un pueblo meridional a la hora de la siesta.

Todos los habitantes del buque sentan despus del almuerzo una
tendencia al sueo, abrumados por el caliginoso ambiente entorpecidos
por una elaboracin pesada, anonadados y felices al mismo tiempo por las
voluptuosas contracciones del tubo digestivo en plena tarea
asimilatoria. Era el momento--segn Maltrana--de la gran pureza. Los que
en otras horas del da rondaban por cerca de las faldas, con miradas
invitadoras y palabras insinuantes, permanecan tendidos en las
cubiertas. Los que a la cada de la tarde parecan reanimarse con la
brisa y se estiraban impulsivamente, lo mismo que fieras carnvoras que
despiertan, quedbanse ahora hundidos en los sillones del fumadero con
la inconsciencia de la boa enrollada, siguiendo vagamente las
espirales de humo del cigarro.

Parejas amigas, de cuyas intimidades se ocupaban con deleite los
murmuradores, permanecan en los asientos de la cubierta, sin verse, sin
conocerse, volvindose la espalda, faltos de fuerzas para cambiar una
palabra, deseando tranquilidad y olvido. El bienestar animal de la
digestin y la atmsfera ardiente rechazaban el amor a segundo trmino
durante unas horas, como algo molesto e intolerable. Las pasiones
anteriores enmudecan. Nadie osaba insinuar una peticin por miedo a
verla aceptada, teniendo que descender a la asfixiante penumbra del
camarote removida por el aleteo del ventilador.

Y fue en esta hora cuando Ojeda entabl su cuarta conversacin con Mina
Eichelberger. Haban cruzado la palabra por vez primera en la tarde
anterior, al avistar el buque las islas de Cabo Verde. An no haca
veinticuatro horas que se conocan, y Fernando la hablaba con absoluta
confianza, libre de los retrocesos que inspira la timidez, como si un
largo trato de aos hubiese desgastado entre ellos todas las
angulosidades de la prudencia y el miedo. La vida sobre el Ocano en una
jaula flotante de algunos centenares de metros, donde era imposible
moverse sin tropezarse, haca marchar las amistades vivamente.

Cuando el buque estuvo frente a las islas y los pasajeros contemplaron
las montaas, tras las cuales se ocultaba el sol ensangrentando el
horizonte, los dos se hablaban ya con rpida confianza y sus manos
sentan un estremecimiento simptico al encontrarse entre las hojas de
las partituras. Veanse solos en el saln, olvidados de la gente, que
haba afluido a los costados del buque. Mina cantaba a media voz,
sbitamente ruborosa al pensar que Fernando estaba de pie detrs de
ella, dejando caer su mirada sobre su nuca y sus espaldas. Se
avergonzaba tal vez, con sbita coquetera, al verse mal trajeada y sin
ningn adorno de tocador. Cuando sus manos permanecan inertes sobre el
piano y cesaba de cantar, hablaban entonces de la msica, de los
clebres maestros, del gran mago, del nigromante--nombres que Ojeda daba
a Wagner--, insistiendo en estos tpicos que haban servido de pretexto
para iniciar su conocimiento.

Las primeras palabras haban sido en ingls, luego en francs, y al fin,
como si buscase ella mayor desahogo para su expresin, habl en
italiano, un italiano lento, titubeante, recuerdo de una poca cercana
en la cronologa de su existencia, pero remota, muy remota, en sus
recuerdos. Era la poca de su gloria, durante la cual haba cantado
fuera de la tierra germnica las obras del ms famoso de los maestros
alemanes.

El pequeo Karl, nio de gravedad hombruna, al ver a su madre en
conversacin con este desconocido, haba olvidado el libro de estampas,
marchando hacia ella para colocarse entre sus rodillas. Abra sus ojos,
asombrado por el lenguaje incomprensible que se cruzaba entre los dos, y
de vez en cuando, con la tenacidad vanidosa de los pequeos que no
toleran verse olvidados, hablaba a su madre en alemn formulando una
peticin, o se frotaba contra sus rodillas para hacer visible su
presencia.

Jugueteaban las manos de Mina en sus cabellos lacios, de un rubio
blancuzco, pero distradamente, con un descuido de madre preocupada, sin
que ojos descendiesen hasta l. Miraba a Fernando con una franqueza
varonil, cual si fuese un camarada, sonriendo a todas sus palabras sin
saber por qu. Fijbanse sus pupilas en las pupilas de l resueltamente,
como si quisiera sondearlas con su fluido visual. Pero de pronto
arrepentase de esta confianza, senta miedo y vergenza, y giraba la
cabeza para escucharle con los ojos perdidos en los pentagramas del
libro de msica.

l hablaba mientras tanto, ms atento a sus pensamientos mudos e
internos que a lo que deca con su boca. La examinaba audazmente,
detallando con los ojos toda su persona, sin obtener al final un juicio
exacto. Era fea?... Era hermosa, con una belleza exange de flor
marchita?... Ojeda recordaba ciertos muebles antiguos, de dorados
borrosos y ncares opacos, que al abrir sus cajones esparcen un perfume
sutil de alma olvidada. Pensaba tambin en los salones viejos y
polvorientos, que guardan entre las grietas de sus muros jirones de
ricas tapiceras reveladores de suntuosidades que fueron; en las voces
dbiles, quejumbrosas por la enfermedad, que de pronto se arrastran con
roce aterciopelado o se elevan con la vibracin de una perla sobre el
cristal, denunciando un pasado de gloria...

Vea su cuello esbelto, de lneas armoniosas y grciles cuando
permaneca en reposo, pero que a la menor contraccin marcaba la tirante
madeja de sus tendones. Se fijaba en la cortante arista de las
clavculas bajo la epidermis mate, de una blancura verdosa que absorba
la luz sin reflejarla. La ms leve sonrisa abra en sus mejillas dos
tristes oquedades obscuras, que tal vez haban sido antes graciosos
hoyuelos. Una consuncin interna haba devorado las morbideces que
suavizan con armonioso almohadillado el cuerpo femenil; pero esta
consuncin era irregular, fragmentaria, ensandose en unas partes del
organismo y olvidando otras, dejando inclume, con incomprensible
respeto, lo ms prominente: los pechos todava frescos y victoriosos
sobre el torso enflaquecido, semejante a un doble blasn de mrmol en
una fachada ruinosa; las caderas de robustez germnica firmes e
inconmovibles, como si en ellas fuese ms el hueso del armazn que la
carne del revestimiento.

La piel, tersa en unos lugares del cuerpo, se aflojaba en otros, dejando
dolorosos vacos entre ella y el seo andamiaje. Pero la mirada era
indudablemente igual que en los tiempos de su gloria. Los extremos de la
boca, los ngulos externos de los ojos, remontbanse a un tiempo con la
sonrisa, una sonrisa interior, dulce y enigmtica como las que pintaba
Leonardo. La decadencia fsica se haba detenido piadosa ante la bella
expresin de sus labios, encorvados hacia arriba como una luna en
creciente. Sus prpados, algo marchitos, filtraban al encontrarse una
luz transfiguradora semejante a la del sol sobre las ruinas, que dora el
moho de las piedras negruzcas y da alegras de jardn a las plantas
parsitas de los escombros. Un tenue olor de carne perfumada y enferma
llegaba hasta Ojeda, pero tan leve, tan vagoroso, que no saba
ciertamente si era su olfato quien lo perciba o su imaginacin. Y otra
vez pensaba en el ambiente dormido de los antiguos muebles de secreto,
que huelen a cartas de amor, polvo, ramilletes secos, cintas olvidadas y
polillas.

Por la noche haba vuelto a hablar con ella largamente. En las
inmediaciones del fumadero, Mina lo present a su esposo, aprovechando
una rpida salida de ste, que iba a su camarote en busca de tabaco,
abandonando a los compaeros y las altas columnas de redondeles de
fieltro que denunciaban los _bocks_ consumidos.

El msico se mostr corts y respetuoso. Era un honor para l estrechar
la mano de tan gran poeta. No haba ledo un solo verso de Fernando,
pero en las averiguaciones y curiosidades de los primeros das de
navegacin, cuando todos desean saber quin es el vecino, Maltrana haba
hablado del talento potico de su compaero, y esto bast para que lo
designasen por antonomasia con el ttulo de el poeta. Algunos
alemanes, dispuestos a reconocer y acatar todas las diferencias y
jerarquas sociales, por una irresistible tendencia a la admiracin, le
llamaban el gran poeta... un poeta colosal, con mritos tanto ms
grandes cuanto que vivan perdidos en el misterio de una lengua
desconocida.

Ojeda experiment al examinar al maestro Eichelberger la misma sensacin
que ante su esposa. Vio algo que haba sido, y al no ser, guardaba en su
ruina los muertos esplendores del pasado. Los gestos, las palabras, todo
en su persona era de un hombre superior al medio en que viva
actualmente. Rebuscaba sus palabras, se atusaba el bigote, un bigote de
antiguo germano, con los extremos cados; se echaba atrs, con aire de
inspirado, la luenga cabellera rubia, en la que apuntaban las canas.
Pero sus ojos macilentos, de crneas ligeramente inflamadas, los
manchurrones rojizos y malsanos de su rostro, cierta timidez al verse en
presencia de alguien que por su superioridad le haca recordar el pasado
como un remordimiento, revelaban los vicios tenaces de su vida
fracasada. De pronto, para no delatarse en los azares de una larga
conversacin, se apresur a despedirse del poeta. Fernando crey
igualmente que el msico hua de mostrarse ante su mujer en esta forma
corts tan contraria a la realidad, temiendo sin duda la muda irona de
sus pensamientos.

Quedaron solos hasta cerca de media noche en un rincn de la cubierta,
teniendo entre los dos al pequeo Karl, que empezaba a familiarizarse
con Ojeda. Cuando se cansaba de apoyar la cabeza en las rodillas de la
madre, iba en busca del nuevo amigo, acogiendo como un gatito manso la
caricia de sus manos en la flcida cabellera. El sueo acab por
rendirle, y Mina lo llev a su camarote, despidindose de Fernando con
visible contrariedad. Pero a los pocos minutos volvi a subir, como si
tirase de ella algo superior a sus preocupaciones de madre, y tuvo una
mirada de gratitud para Ojeda al verlo inmvil en el mismo asiento, cual
si prolongase mudamente la entrevista anterior.

Volvieron a hablarse, pero completamente solos, en creciente intimidad,
sin prestar atencin a la orquesta, que ejecutaba su concierto nocturno
de valses sin fijarse en las miradas curiosas de algunos paseantes que
parecan tomar nota del repentino acercamiento de dos personas que hasta
entonces nadie haba visto juntas. Una tos seca y persistente hizo
volver la vista a Fernando. Era Mrs. Power con la pareja de compatriotas
suyos que pasaba por delante de l fingiendo no verle.

A la maana siguiente se haban encontrado de nuevo. Mina subi a la
cubierta en las primeras horas, mucho antes que los otros das, llevando
de la mano a Karl. El pequeuelo, apenas vio a Fernando, corri hacia
l, dejando flotar sus rubias guedejas sobre el cuello azul de su blusa
marinera. Este vnculo de aproximacin hizo que los dos se abordasen
sonrientes, con la mano tendida, continuando la conversacin de la noche
anterior. Y una vez terminado el almuerzo, Karl se haba encaramado por
una de las escaleras que conducan a la ltima cubierta, atrado por la
gritera de los nios en pleno juego. Su madre le sigui, mirando antes
en torno para ver si Ojeda estaba cerca. Y ste fue tras ella peldaos
arriba, como si le atrajese su plida sonrisa.

An no hace veinticuatro horas que nos conocemos--pensaba Fernando--.
Los milagros del encierro comn! En tierra, hubiese necesitado meses
para llegar a esta intimidad.

Se haban aislado los dos en medio del rebullicio que agitaba al pasaje
con motivo de las prximas fiestas del paso del Ecuador. Fernando segua
a la alemana en la vida de modesto apartamiento que hasta entonces haba
llevado, tmida y orgullosa a la vez. La noche anterior se haba
acercado Isidro a l cuando estaba hablando con Mina. Deba recordarle
que era uno de los presidentes del comit organizador de las fiestas, y
los seores de la comisin reclamaban su presencia antes de terminar el
programa. Pero Ojeda repeli con mal humor el inoportuno llamamiento.
Maltrana poda representarle: delegaba en l toda la majestad de su
importante cargo.

A la maana siguiente le buscaron los seores de la comisin.
Solicitaban su concurso para la velada literaria y musical, una fiesta
en la que todos los pasajeros poseedores de alguna habilidad artstica
iban a mostrarla, para el gozo esttico de sus compaeros de viaje.
Sonaba el piano incesantemente en el gran saln bajo los dedos
entorpecidos de las seoritas que preparaban su nmero. Otros pianos
no menos balbuceantes y expuestos a error contestaban desde los extremos
de la cubierta, en la sala de los nios y en los camarotes de gran lujo.
Voces aflautadas y tmidas vocalizaban romanzas sentimentales, canciones
napolitanas, y se interrumpan para decir: Viniendo artistas a bordo!
qu atrevimiento!.... Algunas jvenes, bajo la crtica severa de un
tribunal de padres y de tas, recitaban versos en francs, tapndose con
un abanico los ojazos ardientes de criolla o la boca carmes, en la que
empezaba a disearse la seda de un leve bozo, contorsionando con
reverencias de dama versallesca sus caderas en capullo de futuras
procreadoras.

Ojeda repeli con terquedad estas invitaciones al gran poeta para que
recitase algunas de sus obras. l no gustaba de tales fiestas: no saba
decir bien dos versos seguidos; adems, una gran parte de los oyentes no
entendan su idioma. Podan dirigirse al conferencista italiano o al
abate de las barbas, que hacan el viaje para divertir al pblico. l se
haba embarcado con otros propsitos... Por cortesa, los invitantes se
dirigieron tambin a Mina, recordando que la haban visto sentada al
piano. Poda llenar un nmero. Pero ella se neg ruborizada, alegando
que no era artista, sino la simple esposa del director de orquesta, y su
intervencin poda molestar a las estrellas de opereta que venan en
el buque. Y los invitantes no creyeron necesario insistir ms cerca de
una mujer pobremente vestida y que se apartaba de todos con huraa
modestia.

Su trato con Fernando infunda una nueva animacin en su existencia.
Pareca resquebrajarse despus de cada entrevista el aislamiento en que
haba vivido hasta entonces, como en un caparazn erizado de pas. Y en
este resurgimiento contemplbala Ojeda cada da con mayor inters. Iba
revelando su pasado fragmentariamente, con titubeos de modestia, cual si
temiese fatigar la curiosidad de su amigo. Ruborizbase con la evocacin
de ciertos infortunios que haba deseado olvidar, para mantenerse de
este modo en la paz de una vida montona, sin esperanzas ni recuerdos.

Su brillante entrada en la vida, mucho antes de conocer al maestro
Eichelberger, cuando la aplaudan en los teatros de Alemania y
aprendiendo luego el italiano interpretaba las obras de Wagner en las
escenas de Europa y Amrica!... Diez y nueve aos; su voz no era
portentosa: justa y precisa nada ms; la necesaria para cantar su parte
sin ahogos. Pero los entusiastas del gran mago la apreciaban porque
saba entrar en la piel de los personajes. Wagner poeta, creador de
hroes picos, intrprete de conflictos humanos, le inspiraba tanta
adoracin como Wagner msico. Durante mucho tiempo, por un fenmeno de
artstica adaptacin, haba credo ser Brunilda. Su verdadera
personalidad era la de la hija de Wotan. Slo viva de noche, a la luz
de las bateras escnicas, acompaada en sus pasos y lamentos por la
msica misteriosa que surga del abismo orquestal. El pecho encerrado en
los mamilares de la coraza de escamas, el metlico casquete rematado por
dos alas blancas, la lanza vibradora en una mano, el manto purpreo
siguiendo con una flotacin de bandera su paso vigoroso de virgen
fuerte: todo esto haba sido la realidad. La vida en los hoteles, los
viajes por mar y por tierra, las mseras rivalidades de profesin, eran
un ensueo incierto e incoloro, un limbo del que slo guardaba plidos
recuerdos.

El poder demonaco de la msica la haba posedo por entero,
transportndola a las regiones de una vida superior. La grosera
realidad, cortina engaadora que oculta a nuestros ojos la suprema
belleza para que nos resignemos a la penumbra de una existencia prctica
y vivamos como bestias mirando al suelo, rasgbase para ella todas las
noches as que pisaba las tablas.

Senta su alma baada en divina tristeza cuando el padre-dios, iracundo
y bondadoso a un tiempo, la castigaba por su desobediencia,
aletargndola sobre el peasco que haba de rodear el fuego con un muro
rojo de ondeantes almenas. Cantaba con la alegra de un pjaro que
saluda al da y al amor cuando la despertaba Sigfrido, el gran nio sin
miedo y sin prudencia, y al despojarla de su armadura le arrebataba la
virginidad. Adis, grandeza fra de los dioses! Ella quera ser mujer,
con todos los dolores y las pobres alegras de los humanos.

Estremecase an al recordar el final de la gran epopeya, ante la pira
fnebre rematada por el cadver del hroe, cuando, tremolando la
antorcha vengadora que convierte en cenizas el reino de los dioses,
expresaba su pena y su sabidura. Era su tristeza la de la mujer
superior que ha amado a un ser ligero, valeroso e inconstante, y en la
hora suprema lo plae y disculpa sus faltas. La gran verdad, resumen de
todas las experiencias de la vida, la verdad que buscamos a tientas y
desechamos muchas veces al encontrarla; la que slo reconocemos en el
ltimo momento, cuando ya es imposible recomenzar y los errores no
tienen remedio, sala de su boca llorosa: Renuncio a mi divina ciencia
y se la doy al mundo. Sepan los hombres que la felicidad no es la
riqueza, ni el oro, ni el poder de los dioses. No es tampoco la pompa
del rango supremo, ni los lazos mentirosos de las convenciones sociales,
ni las rigurosas reglas de una hipcrita ley. En la alegra como en la
tristeza, slo existe para el hombre una fuente de felicidad: el
amor!.

Y la pasin que pona Mina en su voz comunicbase a los que la
escuchaban. En sus peregrinaciones de teatro en teatro, acompaada por
su madre--viuda de un militar bvaro muerto en la campaa de Francia--,
la joven se haba visto diversas veces solicitada en matrimonio. Un
millonario de la Amrica del Norte quiso casarse con esta alemana de la
que hablaban los peridicos y cuyos retratos gozaban el honor de ser
exhibidos al lado de los presidentes de la gran Repblica y los ms
famosos boxeadores.

Cantantes de porvenir le ofrecieron la asociacin matrimonial para hacer
ahorros en comn, amasando una gran fortuna. Pero ella lleg a los
veinticinco aos sin prestar odo a estas proposiciones que atentaban
contra su gloria, hasta que conoci el amor en la persona del maestro
Eichelberger. Tal vez no fue amor: tal vez fue lstima. Las mujeres
sienten desarrollarse en su pecho el sentimiento de la maternidad mucho
antes de ser madres y lo aplican a todo hombre que les inspira un
inters de conmiseracin, confundiendo el amor con la piedad. Se haba
engaado voluntariamente, interesada por los defectos del msico.

--Fue en Dresde donde nos conocimos--dijo Mina--. l, a pesar de su
juventud, tena cierto renombre de compositor. Todos le crean destinado
para algo ms grande que dirigir una orquesta. Algunas de sus romanzas
empezaban a ser populares en Alemania; una sinfona suya haba sido
aplaudida en los conciertos de Berln. Trabajaba poco, su vida era
borrascosa, y yo pens que le faltaba, como a todos los hombres
superiores en la primera poca de su vida, un cario que lo guiase, el
amor de una compaera inteligente que lo sostuviera en el buen camino.

Se acordaba de la juventud del gran mago, de su primera mujer, Mina
Planer, hacendosa y burguesa, que segua la carrera de cantante como un
oficio, pero que supo facilitar la produccin creadora de su esposo
defendindolo de los acreedores, organizando un hogar modesto que sin
ella no habra tenido jams el gran msico.

--Crea encontrar en la semejanza de nuestros nombres una identidad de
destinos. Yo poda ser la Mina de este nuevo Wagner que empezaba a
surgir de la obscuridad. Y as se inici lo que no fue nunca amor, sino
un gran sacrificio por la gloria... Ay! Cmo nos envenena el arte
cuando lo hacemos consejero de nuestra pobre existencia!

Se buscaban, con una simpata intelectual, entre los dems artistas,
vulgares jornaleros de la msica. Mina le haba recibido frecuentemente
contra la voluntad de su madre, seora de rgidos principios que no
poda transigir con los desrdenes del maestro. Hablaban juntos de l,
del demiurgo, del nigromante; se extasiaban ante el piano, con los
nervios estremecidos por el poder demonaco de su msica. Un da,
Eichelberger llegaba borracho a estas entrevistas, completamente
borracho. Esta semejanza ms!... Tambin Wagner, a los veinte aos,
cuando era simple director de orquesta de Magdeburgo y no tena otras
obras que _Las hadas_ y la sinfona de _Cristbal Coln_, haba llegado
beodo una noche a la habitacin de Mina Planer. Y la consecuencia de
esta embriaguez de Wagner fue su matrimonio con una mujer que no crea
mucho en su talento, pero supo cuidar de su cocina y salir adelante de
los apuros pecuniarios con el sentido prctico de una antigua obrera
habituada a la miseria. La suerte marcaba su camino a la otra Mina.
sta, ms inteligente, sabra redimir al joven maestro, que slo
necesitaba el apoyo del amor para revelarse como un genio. Y despus que
Eichelberger, beodo, pas la noche en su cuarto, el matrimonio fue cosa
decidida y la madre tuvo que resignarse.

Entristecase Mina al recordar este suceso: el gran error de su
existencia, el cambio fatal de rumbos. Se llevaba una mano a la frente,
como si quisiera arrancarse un recuerdo tenaz para arrojarlo al
Ocano... Los crueles engaos del arte! Las intermitencias del
talento, que en unos apunta como flor seductora con los das contados y
en otros tiene la inmovilidad grandiosa de la montaa!...

--Usted habr visto arrastrando una existencia de miseria artistas de
hermosa voz, que sin embargo cantan en los cafs como mendigos. La gente
se indigna contra esta injusticia de la suerte. Hay que ayudarlos, hay
que llevarles a la pera. Y cuando van a ella, el fracaso ms desolador
acompaa su intento. Saben cantar bien una romanza, pero no pueden con
una pera entera. Al final del primer acto se enronquecen; al segundo,
han perdido la voz; antes del final, tienen que huir... Y lo mismo se
encuentran talentos frgiles en todas las artes: talentos en capullo que
no se abren nunca, que carecen de vigor para abrirse y se marchitan y
mueren.

Ojeda asinti con movimientos de cabeza. Pensaba en los pintores de
bocetos geniales que nunca llegan a terminar un cuadro; en que hacen
concebir optimistas ilusiones con fragmentos poticos o cortos relatos y
jams pueden escribir un libro. Mina deca bien: no bastaba cantar la
dulce romancita, breve como un suspiro; haba que cantar la pera
entera, sin ronqueras ni desfallecimientos. El arte exiga paciencia, y
sobre todo, fuerza, mucha fuerza. La voluntad era una inspiracin.

--Mi marido--continu ella con desaliento--no pas de las obras de su
juventud. Dio con stas todo lo que tena de artista. Y yo que le
crea un genio!...

Le haba visto agitarse como un emparedado, pugnando por levantar la
enorme losa cada sobre l, interpuesta entre los ojos de su espritu y
la luz ansiada. Y Mina no tena siquiera el consuelo de la ignorancia,
no poda engaarse como otras mujeres que creen ciegamente hasta el
ltimo instante en el talento de sus maridos y atribuyen su desgracia a
injusticias de la suerte. Dbase cuenta de la debilidad artstica de
Eichelberger, segua con mirada dolorosa su descenso, reconoca la razn
de aquella indiferencia creciente que rodeaba su nombre.

Por desesperacin o por ansia de consuelo, l se entregaba cada vez con
mayor tenacidad a su vicio predilecto. Beba sin recato, olvidado ya de
los miramientos que haba tenido con ella en los primeros meses de
matrimonio. Acompabale la embriaguez hasta en las funciones ms
difciles de su profesin. Ocupaba muchas veces estando ebrio el atril
de director. Los teatros empezaban a rehusar sus ofrecimientos. Su
nombre no inspiraba confianza: antes bien, era acogido con risas
ultrajantes. Quejbanse los artistas de sus cambios de humor, de sus
cleras alcohlicas, que perturbaban los ensayos con un estrpito de
batalla. Su desprestigio comenz a influir en el renombre artstico de
la esposa. A fuerza de comentar los incidentes de su existencia
matrimonial, el pblico la encontraba menos interesante.

Ojeda crey adivinar en la faz triste de Mina un sinnmero de miserias
inconfesables. Se imaginaba la vuelta del teatro de estos dos seres que
ya no poda entenderse: ella resignada, con mudos gestos de
desesperacin; l embrutecido por la amargura del fracaso. Tal vez sus
disputas haban terminado con golpes; tal vez al entrar en la casa,
titubeante y oliendo a alcohol, este falso Wagner, con una pesadez
brutal, haba puesto su puo en la cara de Mina, la criatura de ensueo
que intentaba regenerarlo.

Hablaba ella lacnicamente al hacer memoria de esta parte de su vida,
como si quisiera salir cuanto antes de los dolorosos recuerdos.

--Mi madre muri... y yo tuve a Karl, para mayor desgracia. Qued
enferma, creo que para siempre: enferma por ser madre; enferma por haber
sido esposa... Ah, ese hombre!... Y sin embargo, no es un malvado: es
un nio grande inconsciente; un nio que se ha vuelto cruel al
convencerse de su fracaso; un egosta que se refugia en la bebida y slo
a ratos se da cuenta del dao que me ha hecho... Yo perd la voz, me
marchit siendo an joven, y tuve valor para huir del teatro antes de
alegrar a las compaeras con una ruina total. l... ya lo ve usted: al
frente de una compaa de opereta, marcando con la batuta valses
vieneses. Un hombre que ha dirigido _Tristn y Los maestros
cantores_!... Slo para un viaje por Amrica ha podido encontrar quien
lo contrate. El empresario le rie como si fuese un corista, y se
propone vigilarlo en tierra para que no beba antes de las
representaciones.

El pblico haba olvidado a Mina completamente. Su nombre no era ms que
un vago recuerdo para los entusiastas que guardaban memoria de los
intrpretes wagnerianos. Las glorias escnicas mueren pronto...

--Hace poco he encontrado mi nombre en una revista. Hablaba de m como
de una joven de grandes esperanzas que se perdi prematuramente. Muchos
me creen muerta; el articulista se lamentaba de mi triste fin... Y a m
no se me ocurri decir una palabra que desvaneciese el error. La
Schamale (mi nombre de teatro) est bien muerta; muerta para el pblico
que tanto la aplaudi, muerta para ella misma, que no quiere acordarse
de nada... Ahora slo falta que _Frau_ Eichelberger, la mujer fea y
enferma de un director de opereta, muera tambin, pero de verdad, para
olvidar de una vez los grandes errores de su vida.

Y aquella tarde, al lado de Fernando, en la ltima cubierta del buque,
mirando el Ocano, repiti con desesperacin:

--El poder demonaco de la msica, que influye en nuestra suerte como
antiguamente influan los astros... A l debo mi desgracia, y sin
embargo, lo amo.

El mar luminoso, azul, estaba cortado por una ancha faja de reflejos de
sol, camino de fuego triangular que descansaba su vrtice en el
horizonte y su base incierta y temblona en un costado del buque. Las
cumbres de las pequeas ondulaciones palpitaban erizadas de fulgores
como fragmentos de espejo. Los ojos se contraan, fatigados por el
excesivo resplandor del cielo y del Ocano, que pareca abrasar la
retina.

Mina y Fernando, para evitarse la molesta refraccin, apartaban sus ojos
del horizonte, mirando debajo de ellos mientras hablaban. Extendase a
sus pies un tercio del buque, toda la seccin de proa, el hocico frreo
que iba arando con tenacidad infatigable los campos ocenicos, verdes y
luminosos de da, obscuros y abullonados de noche con una arista
fosforescente en cada pliegue como el lomo de una sirena.

Al mirar abajo, experimentaban la sensacin del viajero que contempla a
un pueblo desde la plataforma de una torre..

Las diversas cubiertas del trasatlntico descendan como peldaos, para
volver a remontarse en el extremo opuesto, donde formaban el castillo de
proa. A una regular profundidad, vean el principio de la cubierta del
comedor: un entarimado hmedo, en el que descansaban los brazos de dos
gras con sus articulaciones de ruedas dentadas, y del que surgan
varios trombones de ventilador pintados de blanco con la garganta
escarlata. Ms adelante, la gran plaza del combs estaba oculta bajo un
toldo de lona, y de esta tienda surga el palo trinquete, un gran mstil
de acero amarillo y hueco, semejante a un alminar, en torno del cual se
alineaban los brazos de descarga, cirios gigantescos atados en haz
alrededor de la cofa. Y de esta cofa a las bordas, se tendan en ngulo
los cordajes de acero, las escalas para la marinera, todas las lianas
frreas que la construccin naval hace crecer en torno de los mstiles
para asegurar su estabilidad y facilitar su acceso. En ltimo trmino,
el castillo de proa, espacio triangular que tena en su vrtice un
pequeo mstil para la bandera de la Compaa cuando el buque entraba en
los puertos. Y en este tringulo, ocupado por los cabrestantes a vapor
que elevaban o descendan las anclas, tambin abran los ventiladores
sus tentculos respiratorios, sus bocas de serpentn vido de oxgeno.

Las invisibles palpitaciones del mar en la tarde serena hacan que el
tringulo de la proa se elevase y descendiese, como una cabra saltadora
y juguetona, al partir las aguas con su filo. Este movimiento pareca
circunscrito a aquella parte del buque, pues sus vibraciones se
amortiguaban al extenderse por los flancos y apenas eran sensibles en el
resto de la gigantesca construccin. Las espumas, luego de elevarse
junto a la proa formando dos surtidores de leche pulverizada, resbalaban
por los costados en grandes redondeles semejantes a los anillos de luz
sideral. Corran de proa a popa las aguas removidas, dos ros verdes,
agitados, tumultuosos, abiertos en la inmovilidad azul del Ocano. Los
peces voladores saltaban por enjambres, se abran en grandes abanicos de
plata y rosa, volando lejos, muy lejos, en vistoso chisporroteo, arando
la superficie con el araazo de sus colas, hasta que, fatigados, volvan
a sumirse en la profundidad.

Cuando la proa quedaba dormida por algunos minutos, el buque pareca
inmvil, clavado en el mismo sitio. La velocidad de su marcha haca ver
con un engao ptico que era el Ocano el que vena corriendo a su
encuentro en gigantescos repliegues que se empujaban unos a otros. Los
ojos abarcaban un anfiteatro azul, inmenso, montono, que borraba la
nocin de volmenes y distancias. Luego parpadeaban con una sensacin de
extraeza al replegarse en esta cscara frrea perdida en el infinito,
con su hervidero de hormigas sobre el lomo.

A espaldas de Mina y su compaero sonaban los discos de madera
resbalando sobre la cubierta, empujados por las palas de los jugadores.
Cada vez que uno de ellos vena a colocarse sobre un buen nmero del
cuadro trazado en el suelo, estallaba el grupo infantil en palmoteos y
gritos, que hacan revolverse en sus sillones a los pasajeros
dormitantes.

Karl, con aire pensativo y un dedo en la boca, contemplaba de cerca el
juego de estos nios mayores que l. De pronto, como si experimentase la
necesidad de ser protegido, hua y se pegaba a las faldas de su madre,
que, atenta a la conversacin, no haca caso de sus llamamientos
insistentes. Cansado de pasar inadvertido, atraale otra vez la gritera
de los muchachos, volviendo lentamente hacia ellos.

Hablaba Mina con tristeza del mundo viejo que dejaban a sus espaldas.
Ah, Berln!... Este nombre haca revivir los recuerdos ms tristes de
su vida, aos de pobreza desesperada, de humillaciones crueles, de
vergonzosa decadencia. Marchaba hacia las tierras nuevas con la ilusin
de algo mejor.

Ojeda, al or esto, sonri imperceptiblemente. Tambin la esperanza
guiaba el viaje de la infortunada walkyria. El Nuevo Mundo era el nico
remedio para la gran equivocacin que haba trastornado su existencia.
Mina se lanzaba a esta aventura por su hijo, por el porvenir del pequeo
Karl, nico vnculo que la una a la existencia. Qu poda desear?...
Ms all de sus esperanzas de madre, no haba para ella ninguna ilusin.
Todo haba terminado: ni hermosura, ni gloria, ni siquiera salud le
guardaba el porvenir.

--Soy vieja a la edad en que otras mujeres empiezan el verano de su
vida. Los aos han cado sobre m de golpe: llevo el peso de los mos y
los de las otras que son felices... Las desgraciadas cargamos con
nuestra edad y las edades de las que siendo dichosas prolongan su
juventud. Yo creo a veces que tengo mil aos... Y enferma! Arrastrando
para siempre las consecuencias de haber sido madre!...

Detenase al decir esto con prudente rubor, no osando confesar las
internas tribulaciones que agitaban su organismo. Sus ojos iban hacia
Karl con la expresin amorosa y triste de una artista que contempla su
obra, fruto de penalidades, jirn doloroso de su propia existencia.
Haba salido de sus entraas, pero era tambin el hijo de su marido.

Fernando crey adivinar los pensamientos de la madre en la fijeza con
que miraba la cabeza voluminosa de Karl. El nio tena un aspecto
demasiado grave para sus pocos aos, un aire de vejez prematura.

--Cmo temo por su destino!--dijo Mina--. Paso las horas mirndolo en
silencio. Qu ser? qu saldr de l?... A veces creo que puede ser un
grande hombre, un genio, quin sabe! Las madres nos creemos todas
predestinadas a dar prodigios al mundo. Dice cosas superiores a su edad.
Y ese gesto grave, como si le bullesen en la cabeza pensamientos que no
acierta a formular!... Otras veces me asusto. Es muy dbil; la
enfermedad le asalta en toda clase de formas. Le dan ataques cuando lo
contraran... Es el hijo de l: un hijo de padre degenerado.

Las lgrimas asomaban a sus prpados, pero una resolucin enrgica
suceda a este desaliento. Quin poda adivinar qu rehabilitaciones
morales la esperaban a ella en una vida nueva al otro lado del Ocano?
Tal vez hasta el mismo Eichelberger se regenerase con el trabajo. Y si
este trasplante de un hemisferio a otro no produca efecto en el msico,
seguramente influira en el hijo, que estaba en edad para sentir la
impresin del cambio de medio. Pensaba quedarse en el nuevo continente:
senta horror a la vida de Europa. Cuando terminasen los compromisos con
el empresario, se estableceran en Buenos Aires o en otra ciudad. Ella y
su marido daran lecciones de canto. Karl poda emprender una de las
muchas carreras prcticas que enriquecen a los ciudadanos de los pases
jvenes. Todo menos volver al pas de origen, tierra de lgrimas que le
haca recordar las noches fras junto al fuego mortecino, con el hijo en
los brazos, esperando hasta altas horas el paso titubeante del maestro y
sus balbuceos de beodo; los embargos afrentosos; las groseras de los
acreedores; las tristes reflexiones ante una mesa que a veces se cubra
de abundantes alimentos con los inesperados altibajos de la existencia
bohemia y se manchaba con la espuma del champn, pero en la que casi
siempre el pan y las patatas eran lo nico valioso. Y a impulsos de la
esperanza, que pone la dicha ms all de la realidad del momento, en la
incertidumbre de lo ignoto, vea Mina la salud, la paz y el olvido en
aquel pas de misterio hacia el cual la llevaba el buque, tierra
maravillosa de la que no conoca ni el idioma.

El pequeo, agarrado a una mano de su madre tiraba de ella con melopea
quejumbrosa. Haba sonado la hora del t; los muchachos, abandonando su
juego, estaban abajo en el comedor. Mina se despidi de su amigo, y los
extremos de sus ojos y su boca se contrajeron hacia arriba con una
sonrisa plida que pareca iluminar el rostro: sonrisa de luna, segn
Ojeda.

--Hemos hablado mucho tiempo. Siempre estamos juntos. Qu van a decir
de nosotros las seoras que usted trata?... Qu dir esa norteamericana
tan hermosa y tan elegante al ver que le robo su conversacin?... Pero
conmigo no hay celos posibles. Soy fea, soy pobre; en todo el buque no
se encuentra una mujer que vaya peor vestida que yo.

Y a pesar de la tristeza con que dijo estas palabras, algo de su antigua
coquetera de artista festejada y admirada por la muchedumbre se mostr
a travs de su sonrisa, rejuvenecindola con llamarada fugaz.

Qu gran mujer debe haber sido!--pens Fernando--Y qu desgracia la
suya!

Mientras se alejaba, llevando de la mano a su hijo, l la sigui con
ojos de conmiseracin.

Al descender a la cubierta de paseo encontr Fernando al doctor Zurita,
que hablaba con Maltrana, apoyados los dos en la baranda, frente al mar.
La soledad del Atlntico traa a su memoria el recuerdo de los
argonautas de Espaa, que haban sido los primeros en violar el secreto
de los desiertos azules.

--Venga ac, doctor--dijo Zurita a Ojeda, aplicndole el ttulo
universitario--. Estbamos conversando de cosas de su pas, de los
primeros navegantes que se lanzaron por estos mares. Qu hombres
corajudos! Cosa brbara!... Yo siento orgullo al hablar de ellos. Al
fin, todos somos de la misma sangre. Mi abuelo era gallego. Es decir,
gallego no; pero ya sabe usted que en mi tierra nos queda la fea
costumbre de llamar gallegos a todos los espaoles. Era de cerca de
Burgos, y yo he hecho en dos automviles, con toda mi familia, el viaje
de Pars a Madrid slo por ver el pueblo de donde procedemos. Y les dije
a los mos: Miren, nios, y aprendan; de aqu salieron los abuelos de
ustedes. Me conmov un poco al ver la pobreza de donde venimos. Pero mi
muchachada (gente alegre y de poco seso) se rea y lo encontraba todo
muy feo y miserable... Parece mentira que de esas poblaciones de color
de yesca, en las que apenas se encuentra agua para lavarse, saliesen
hace siglos los hombres sin miedo que se lanzaron por estos pagos.

Se generaliz la conversacin, y al fin fue Ojeda el nico que habl,
recordando con entusisticas palabras las hazaas de los argonautas
ocenicos. Despus del primer viaje de Coln, los puertos espaoles
haban sido como palomares abiertos, de cuyas bocas se escapaban con las
alas tendidas las frgiles y audaces carabelas. Los espejismos del oro y
el espritu de aventura desarrollado por siete siglos de guerra con el
sarraceno empujaban a los audaces. Salan a descubrir pequeas flotas
autorizadas por los reyes, pero eran ms las expediciones clandestinas,
muchas de las cuales quedaron en el misterio. Estas expediciones
secretas, costeadas por los mercaderes de Sevilla y Cdiz, iban
dirigidas por compaeros del Almirante conocedores de la ruta de las
Indias o por marinos improvisados. Hasta los sastres--segn un autor de
la poca--sentan la ambicin de meterse a descubridores.

Duros hidalgos que jams haban visto el mar lanzbanse en el ignoto
Ocano con una confianza asombrosa. Tomaban el mando de la carabela o de
la nao, sin otro auxilio y consejo que el de algunos navegantes
costeros, con la misma tranquilidad que los paladines tantas veces
admirados en los libros de caballeras se metan en el primer barco
misterioso que encontraban en una costa desierta. Escribanos de
Andaluca abandonaban sus protocolos para transformarse en
descubridores; mercaderes amagados de ruina huan de la lonja para
comprar un barco con el resto de su fortuna y lanzarse a lo desconocido.
Qu de catstrofes ignoradas en esta lucha con el misterio geogrfico,
sin ms guas que la fe y la santa ignorancia! Qu de buques
descendidos a las simas ocenicas cuando regresaban con noticias de
tierras nuevas que haba que volver a descubrir aos despus!...

La ansiada riqueza se dejaba entrever un momento y hua medrosa ante las
proas de los nautas. Los indgenas de las costas hablaban de enormes
riquezas y de monarcas poderosos, sealando siempre al interior, ms
all de las montaas que parecan tocar el cielo, y de las cinagas
temblorosas, inmensos mares de hierbajos acuticos. Pero de los rescates
con estas gentes cobrizas, prdigas en relatos portentosos y mseras en
realidades, slo traan los navegantes algunas perlas deformes mal
perforadas o vistosos _guanines_, joyeles de oro bajo labrados en
sutiles hojas.

Al volver al puerto espaol con mgicas noticias y pobre cargamento, los
acreedores asaltaban al descubridor y embargaban el bajel dndose por
engaados. Muchos haban preparado sus viajes tornando vveres, armas y
buques a los usureros con un 80 por 100 de inters. Descubridores de
pueblos que luego fueron clebres por sus riquezas se vean al regreso
amenazados de pasar de la carabela a la crcel. Los reyes tenan que
intervenir con piadosas cdulas para amansar a los prestamistas,
proponiendo arreglos. Nautas obscuros, huyendo de los rumbos del
Almirante, ponan decididos la proa al Sur, sin miedo a las pavorosas
noticias que circulaban sobre el fuego del Ecuador. Un Pinzn llegaba a
las costas del Brasil mucho antes de que esta tierra fuese descubierta
casualmente por una expedicin portuguesa que navegaba hacia las Indias
asiticas.

En este revuelo de alas blancas que la primera noticia del
descubrimiento lanz a las soledades ocenicas, la marcha audaz siempre
adelante, por mar y por tierra, a travs de tempestades, montaas,
estrechos y lagunas, fue la consigna general. Llegar o morir! Nadie
regresaba al puerto de partida sin haber visto algo extraordinario y
traer muestras maravillosas. Y los que no volvan estaban en el fondo
del Atlntico encerrados en el atad de su carabela, que se petrificaba
lentamente cubrindose de moluscos, mientras en sus rotos mstiles
ondeaban como verdes gallardetes las algas de la profundidad. Otros no
eran ya ms que esqueletos en una playa desierta, descarnados por los
pjaros de presa, mondados hasta el tutano por los infinitos enjambres
de la selva trrida, donde todo se mueve y hierve con vida devoradora,
blanqueados y secados por el fuego del sol hasta convertirse en frgil
cal.

Y entre estos aventureros de la primera hora del descubrimiento, la hora
de los navegantes, de los argonautas, de los hroes de carabela, pobres
y tristes, que no sacaron el menor provecho de sus empresas y abrieron
el camino a los conquistadores frreos de a caballo que llegaron poco
despus, se distinguan dos como hombres entre los hombres: Alonso de
Ojeda y Diego Mndez.

Fernando repeta con entusiasmo su propio apellido al hablar de aquel
varn fuerte, al que consideraba su ascendiente glorioso.

--Ojeda es en el Nuevo Mundo lo mismo que Aquiles en la _Ilada_ o el
Cid en el _Romancero_. Qu hermosa muestra de hombre!...

Los cronistas de la poca lo pintaban pequeo de cuerpo, agraciado de
rostro, con una agilidad y una fuerza sorprendentes. Gran amigo de
pendencias, sala siempre de ellas haciendo sangre a sus contrarios,
sin que jams se la hiciesen a l. Siendo paje de la corte, cuando los
reyes estaban en Sevilla, apoyaba un pie en la base de la torre de la
iglesia Mayor--la famosa Giralda--, y arrojando una naranja a lo alto,
la haca llegar hasta las campanas. En otra ocasin, siguiendo a la
reina Isabel en una visita al ltimo piso de la misma torre, vio un
madero que avanzaba horizontalmente en el vaco como unos veinte pies.
De un salto se puso sobre l, corri hasta su extremo con ligereza y
seguridad, como si caminase por una sala, dio la vuelta y regres por
el mismo camino, riendo a susto de la buena reina y los gritos de sus
damas.

Era protegido del obispo Fonseca, encargado por los monarcas de la
preparacin de expediciones y proveedura de las nuevas tierras: algo
as como ministro de Marina y de Colonias todo a la vez. El Almirante,
que conoca las hazaas de este mozo y sus mritos de hombre de espada,
se lo llev en el segundo viaje para las peleas de tierra adentro, pues
l slo era hombre de mar. Otros capitanes iban en la expedicin,
veteranos de las guerras con el sarraceno; pero el inquieto Ojeda, mozo
de veinte aos, se sobrepuso a todos ellos.

Coln, que deseaba aprisionar en Santo Domingo al cacique Caonabo,
organizador de la resistencia indgena, vio fracasadas todas las
malicias y felonas que con arreglo a la mala fe de la poca fue
aconsejando a Mosn Pedro Margarit y sus tenientes. Slo consigui su
propsito al encargar a Ojeda esta captura. El paje de Cuenca, el
pendenciero de Sevilla, avanzaba tierra adentro con unos pocos hombres,
hasta llegar al campo del cacique. All seduca al salvaje con buenas
palabras, le engaaba, sacndolo de entre los suyos, y le pona por
sorpresa unas esposas en las manos. Luego montaba en el arzn de su
caballo al indio gigantesco, como un galn que roba a su dama, y en un
galope de leguas y leguas llevbalo hasta el campo espaol. Tan
maravillosamente audaz resultaba este rapto, que el mismo Caonabo, en su
nobleza de guerrero primitivo, despreciaba al Almirante por haber
ordenado tal vileza sin atreverse a realizarla personalmente, y slo
quera conversar y comer con Ojeda, admirando su atrevimiento al
arrebatarle de entre sus sbditos. En los combates con los indios
cargaba el primero, sin mirar si le segua su gente. Junto a su caballo,
lleno de cascabeles, saltaba el fiel compaero de todas sus empresas, un
perro de pastor, llamado _Leoncico_, combatiente feroz, que en las
distribuciones de vveres gozaba por sus hazaas racin de arcabucero.

Pronto se movi Ojeda por cuenta propia en las inmensidades del mundo
nuevo mientras Coln realizaba sus ltimos viajes. Vuelto a Espaa,
empez la serie de sus descubrimientos, apoyado pecuniariamente por los
mercaderes de Sevilla, que hacan crdito a su valor. Uno de los
Pinzones, Juan de la Cosa, el ms experto de los pilotos, Amrico
Vespucio y otros navegantes de fama, dirigieron sus buques. Los marinos
gustaban de ir con este capitn, el ms valeroso y audaz de la primera
poca de la conquista.

Corri las costas de Venezuela en busca de perlas, y acab por
establecerse en lo que despus fue Amrica Central, y que los
conquistadores llamaban entonces Castilla del Oro. Una india le
acompaaba como amante, gua e intrprete. Los aventureros jvenes
encontraban casi siempre entre las mancebas cobrizas ofrecidas por los
azares de su existencia alguna que se apoderaba de su corazn y viva
compartiendo sus peligros. El hidalgo cristiano, al unirse con ella,
haba credo necesario purificarla con el bautismo--el mejor regalo,
segn las ideas de la poca--, dndola el nombre de Isabel, en recuerdo
de la buena reina.

La vida de Ojeda en la gobernacin de Urab, sin otros recursos que los
que l poda agenciarse, lejos de sus compatriotas establecidos en Santo
Domingo, y olvidado de Espaa, fue un continuo batallar. Su ciudad de
San Sebastin, msera ranchera de paja y barro con un fuerte de
maderos, era la primera que con carcter permanente fundaban los
conquistadores en la tierra firme.

Tribus de hbiles arqueros la sitiaban a todas horas, lanzando flechas
empapadas en incurables venenos. Eran las temidas flechas de hierba,
que hinchaban el cuerpo del herido con negruzca y mortal tumefaccin.
Los vveres del pas--el pan de cazabe, los frutos de la selva, la carne
de los roedores--haba de conquistarlos diariamente a punta de espada.
Los combates y las enfermedades diezmaban a los habitantes.

Juan de la Cosa, el sabio piloto autor del primer mapa de las Indias,
haba muerto atado a un poste por los naturales, erizado de flechas de
hierba, que convirtieron su cuerpo a las pocas horas en una masa de
negra putrefaccin. En los mseros bohos del pueblo geman los
conquistadores mal heridos, hambrientos, temblando de calentura. Ojeda,
al frente de unos cuantos, sala diariamente a combatir por la comida.

Encuentro hubo del que surgi llevando en su rodela, segn los
cronistas, las seales de ms de trescientos flechazos. Otras veces era
tanto el peso de los enemigos arremolinados sobre l, que se doblaba y
segua combatiendo de rodillas, cubrindose con el escudo. La pequeez
de su cuerpo gil y escurridizo le serva tanto como la fuerza de sus
brazos, y de todas las peleas sala inclume, sin que le sacasen
sangre. Los indgenas creanle poseedor de maravillosos amuletos. Ojeda
tambin se consideraba protegido por el cielo gracias a un cuadrito
antiguo de la Virgen, regalo de Fonseca, que llevaba pendiente del
cinturn de la espada.

Cuatro indios arqueros se apostaron para herir a traicin al capitn
blanco que sala indemne de los combates, y un da que Ojeda avanzaba
por la selva, extraando la ausencia de enemigos, recibi un flechazo en
un muslo. Por primera vez su cuerpo manaba sangre. La herida, que era
de hierba, ennegrecise rpidamente por la accin del tsigo. Entonces
se mostr con brbara grandeza el coraje de aquel hombre. Hizo que
calentasen en una hoguera el peto y el espaldar de una coraza, y cuando
las dos planchas de acero estuvieron al rojo blanco, orden que se las
aplicasen al mismo herido con unas tenazas. Negbase el cirujano a esta
horrible curacin, pero l le amenaz con la horca para que obedeciese.
Chirriaron las carnes bajo el brbaro cauterio, esparciendo un hedor de
sacrificio humano. Para no desmayarse, hizo Ojeda que le envolviesen con
sbanas empapadas en vinagre. Una pipa entera se consumi en este
remedio; y el caudillo, gracias al espeluznante tormento, sufrido sin
una queja, pudo salvarse.

La pequea ciudad, falta de subsistencias, estaba prxima a perecer. En
esto se presentaron inesperadamente unos piratas espaoles, mandados por
un tal Bernardino Talavera, audaz facineroso. Montaban en un buque que
haban robado a un mercader genovs y se ofrecan para vender vveres a
los sitiados. Ojeda, convaleciente de su herida, se embarc con ellos
para solicitar auxilios del gobernador de Santo Domingo. Pero antes de
abandonar a su msera gente quiso darla un capitn, y fij su eleccin
en un mozo extremeo llegado poco antes a las Indias, en el xodo de
gente de espada que sigui al de los navegantes: xodo que llamaba
Fernando la segunda hornada de conquistadores. Este soldado, que haba
hecho el aprendizaje de la guerra indiana al lado de Ojeda, llambase
Francisco Pizarro.

La accidentada navegacin con los piratas fue la ltima y ms penosa
aventura de don Alonso. Autoritario y duro, quiso tomar el mando apenas
se vio sobre la cubierta del buque, imponiendo su disciplina a Talavera
y sus bandidos. Pero stos se sublevaron contra l y lo metieron en la
cala cargado de cadenas. A pesar de esto, el prisionero no ces en su
brava actitud, asegurando que haba de ahorcarlos a todos apenas
llegasen a tierra. Y tanto era su prestigio, que no se atrevieron a
hacer nada contra l. Muchas veces le pedan consejo, por la experiencia
que haba adquirido en las cosas de la navegacin, y le sacaban de su
encierro para que dirigiese la nave. Acabaron por abandonar sta en las
costas de Cuba, y marcharon despus meses y meses por la isla todava
inexplorada, deseosos de aproximarse a Santo Domingo, pero sin saber
ciertamente adnde iban, sumindose en cinagas, combatiendo a los
indgenas o transigiendo con ellos, atormentados por el hambre, que
mataba a muchos. En esta marcha desesperada, el cautivo Ojeda se vea
elevado por sus guardianes al rango de jefe cada vez que haba que
combatir a un grupo indgena, tratar con un cacique benvolo u
orientarse en el desierto de barrizales temblorosos que se tragaban a
los hombres. l solo vala tanto como los otros. Luego, pasado el
peligro, don Alonso volva a ser prisionero de estos desalmados, que lo
aborrecan por ser superior a ellos, y as marchaban juntos, condenados
a tolerarse por la comunidad del infortunio. Nunca--dice un
cronista--se vio a gente pasar tantos trabajos para venir a parar en la
horca.

Cuando despus de grandes tribulaciones por mar y por tierra llegaron a
pases sometidos a las autoridades castellanas, Talavera y sus hombres
fueron ahorcados y don Alonso se vio envuelto en procesos que amargaron
sus ltimos tiempos. La gobernacin de Urab, que le haba dado el rey,
ya no exista. La mayor parte de sus soldados haban dejado en ella los
huesos: otros haban perecido en el mar; slo Pizarro y unos cuantos
predestinados como l consiguieron volver a Santo Domingo.

El antiguo paje de doa Isabel arrastr en la ciudad colonial la msera
existencia de los conquistadores sin xito. Fue un veterano malhumorado
y pronto a reir entre la bohemia juvenil de capa y espada que llegaba
de la Pennsula soando con la conquista de tesoros y reinos. Se
organizaban nuevas expediciones. Pizarro ponase a sueldo de diversos
capitanes. Por las calles de Santo Domingo paseaba su garbo otro
extremeo, enamoradizo, espadachn y algo letrado, que se apellidaba
Corts.

El capitn del primer Almirante, el socio de Vicente Pinzn, el
compaero de Juan de la Cosa, el jefe de Amrico Vespucio, vease cada
vez ms olvidado. Era un desconocido para aquellos mozos que llegaban de
Espaa, pasando junto a l sin reconocer sus canas y sus mritos. Desde
la isla metrpoli tomaban vuelo, lanzndose lo mismo que pjaros de
presa sobre distintas partes de las Indias misteriosas con mayor xito
que don Alonso, desgraciado como todo precursor. Los nicos que se
acordaban de l eran los acreedores, para sus pleitos y procesos, y los
muchos enemigos, a los que haba ofendido con altiveces y pendencias.
Ms de una noche, el pobre conquistador, al volver a su tugurio, hubo de
tirar de espada contra gentes que le esperaban para matarlo.

--As acab, obscuramente--dijo Ojeda--, el primero y ms infortunado de
los hroes de la conquista. Su muerte qued en el misterio. Unos dicen
que se meti a fraile en los ltimos aos y pidi al morir que lo
enterrasen en la puerta del convento, para que todos hollasen su tumba,
castigando de este modo su soberbia y dems pecados. Otros niegan que
fuese fraile, y dicen que la pobreza le hizo refugiarse en el monasterio
de Santo Domingo, como un parsito, viviendo de la sopa de la
comunidad... El hambre fue el nico miedo del hroe. Le haban predicho
que morira de inanicin, y en sus expediciones cuidaba siempre de
llevar alimentos en los bolsillos. La profeca no se realiz al correr
por selvas y desiertos o al navegar en buques de escasos vveres. Pero
casi fue un hecho cuando el viejo conquistador tuvo que buscar el amparo
en un monasterio en aquella ciudad colonial donde nadie le haca caso.

--Y el otro?--interrumpi el doctor Zurita con viva curiosidad--. Ese
Mndez del que habl usted antes.

--Diego Mndez--continu Ojeda--fue un hroe de distinta clase; un
superhombre del mar, como dira el amigo Maltrana. Su aventura
portentosa asombra aun en los tiempos presentes. Era un mozo sevillano
que acompa a Coln en sus ltimos viajes, cuando, viejo, enfermo y sin
poder encontrar los tesoros portentosos que haba prometido, senta
crecer la indiferencia en torno de su persona. Mndez fue el discpulo
fiel que acompaa siempre a los grandes hombres en su agona. Las
ltimas cartas del Almirante lo elogian y lo recomiendan a la gratitud
de sus descendientes, que jams hicieron nada en su favor. Cuando, en el
ltimo viaje, el ms desgraciado de todos, el descubridor se vea en un
apuro, sus ojos lacrimosos de viejo buscaban a Mndez. Hijo!, hijo!,
le deca. Y el hijo encontraba en su coraje o en su vivo ingenio de
andaluz un recurso para salir del mal paso.

Al explorar el Almirante las costas de la Amrica Central, que l tomaba
por las de Asia, quedbase en sus naves, y era Diego Mndez el que
bajaba a tierra para adquirir noticias y acopiar vveres. Completamente
solo, metase entre las tribus de Veragua, que se estaban juntando para
caer de improviso sobre los navos, inmovilizados en una baha cerrada
por las arenas.

Mndez era recibido por el ms temible de los caciques en una choza que
tena por adorno trescientas cabezas de enemigos, y los asombraba
cortndose en su presencia con unas tijeras pelos y barbas, operacin
mgica para los indgenas. Sus curaciones de llagas y otras enfermedades
le valan el respeto de un brujo, y gracias a esto pudo vivir entre los
indios, avisando a Coln de sus proyectos. l fund el primer pueblo del
continente, anterior en algunos aos al de Ojeda; pero esta poblacin a
orillas del ro Beln o Yebra, que gobernaba con el ttulo de Factor,
tena que defenderse da y noche de los ataques de los indios. Con
veinte hombres armados de espadas y rodelas y dos pequeos caones de
los que llamaban de fruslera--metal procedente de las roeduras de
piezas de azfar--, hizo frente durante mucho tiempo a los naturales,
que, segn deca Mndez en su testamento, flechaban y garrochaban desde
lejos como quien agarrocha toro, y eran las flechas y tiradores tantos
como granizo; e algunos dellos se desmandaban para venirnos a dar con
las machadsnas o macanas--mazas o porras--, pero ninguno dellos volva,
porque quedaban all cortados brazos y piernas y muertos a espada....

Al fin, tan inaguantable era esta hostilidad, que el Almirante reembarc
a Mndez con su gente e hizo velas sin haber puesto el pie en tierra
firme.

Luego sobrevena la ms penosa y difcil de las aventuras de Coln. La
broma, temida calamidad de los mares tropicales, consuma la madera de
los navos. Las chusmas, extenuadas por el manejo continuo de bombas y
calderos, sentanse impotentes ante el Ocano, que invada en lenta
marea ascendente la concavidad de los agrietados cascarones. As
navegaron treinta y cinco das, creyendo ir hacia Castilla cuando
estaban ms lejos de ella que al salir de Veragua. Hubo que abandonar un
navo, que, agujereado y comido de gusanos, no poda sostenerse sobre
el agua, y los otros dos, al llegar con grandes trabajos a las playas
de Jamaica, fueron zabordados a tierra, convirtindose en casas o
fortines de tablas corrodas.

Del castillo de popa, con sus torneados balconajes, a la proa, rematada
por el esculpido mascarn, se tendieron techos pajizos iguales a los de
las chozas indianas. Al tocar tierra, Diego Mndez, contador de la
flota, haba repartido el ltimo racionamiento de bizcocho y de vino.
Nada quedaba en las despanzurradas bodegas. Una poblacin famlica y
desesperada de doscientos setenta cristianos movase en torno de los
cascos en seco.

Ocultbanse los naturales del pas, y el hambre, atrada por la soledad,
se aproximaba a todo correr. No podan esperar auxilio alguno. Santo
Domingo estaba a muchas leguas de distancia y no les quedaba ni un batel
para intentar esta travesa audaz. El Almirante, enfermo, debilitado por
la vejez, afligido por la presencia de su pequeo Fernando, no saba qu
hacer. Hijo!, hijo!, exclamaba, implorando el consejo de Mndez. Y
el mozo, sin miedo y sin pereza, tirando de la espada, metase tierra
adentro con slo tres hombres, yendo de tribu en tribu a la compra de
vveres, que pagaba con cuentas azules, peines, cuchillos, cascabeles y
anzuelos. Sus acompaantes volvieron a las naves con la comida, y l
sigui adelante por las costas de la isla, completamente solo, hasta que
pudo comprar a un cacique una canoa, dndole por ella una bacineta de
latn que guardaba en la manga, el sayo y una camisa, de dos que tena.

En este tronco hueco, ocupado por seis indios remeros y dirigido por l,
regres siguiendo la costa, despus de muchos das de ausencia, al lugar
donde estaban encallados los navos, recibindolo el Almirante con besos
y grandes transportes de alegra. Slo los dos se daban cuenta de la
peligrosa situacin. Los indios, que cazaban y pescaban por sus tratos
con Mndez, traan vveres al campamento, pero su presencia era cada vez
menos regular, y todo haca temer que desapareciesen para volver luego
con enemigos. Coln tema que pusieran fuego una noche a los secos y
resquebrajados cascos.

No haba otra esperanza que avisar a Santo Domingo para que un buque
viniese por ellos. Pero cmo ir all?... Seor, yo ir, dijo Mndez.
En la canoa comprada por l arrostrara los peligros de un golfo
impetuoso de cuarenta leguas entre dos islas donde tantas naos de
descubridores se haban perdido, teniendo que luchar adems con la furia
de las corrientes. El Almirante le bes en los carrillos. Bien saba yo
que slo vos osarais tomar esta empresa. Dios nuestro Seor os sacar
de ella con victoria como de las otras.

Puso Mndez su canoa a monte, le ech una quilla postiza, la dio de brea
y sebo, clav en la proa y la popa algunas tablas para que no se entrase
el mar, como lo hara siendo rasa, mont un mstil con su vela y meti
los mantenimientos necesarios para l, otro cristiano y seis indios,
pues la canoa slo poda cargar ocho personas. Despidise de Su Seora
y empez a seguir la costa de Jamaica hasta el extremo oriental, o sea
el ms prximo a Santo Domingo, realizando una navegacin de treinta y
cinco leguas.

En el camino le hicieron prisionero ciertos indios salteadores del mar,
y se libr de ellos milagrosamente. Luego, cuando estaba acampado en el
extremo de la isla, esperando que el Ocano se amansase para emprender
la travesa audaz, cayeron sobre l otros indios, que determinaron
matarlo. Pero mientras jugaban su vida a la pelota pudo escaparse, y
volvi otra vez al campamento, tras una ausencia de quince das, cuando
Coln le crea muerto o en Santo Domingo. Persistiendo en su propsito,
pidi una escolta que le acompaase al cabo de la isla, para poder
esperar con seguridad una ocasin de tiempo bonancible, y el Almirante
le dio setenta hombres al mando de su hermano el Adelantado don
Bartolom. De esta manera volvi al extremo oriental de Jamaica, y all
estuvo cuatro das, hasta que, viendo que el mar se amansaba, se
despidi de todos, encomendndose a Nuestra Seora de la Antigua.

Naveg en alta mar durante cinco das y cuatro noches, sin soltar un
instante el remo que le serva de gobernalle, sin poder moverse en
aquella embarcacin que al ms leve movimiento desordenado poda
zozobrar. As llegaron a la isla Espaola, abordando al cabo Tiburn
cuando haca dos das que l y sus compaeros no coman ni beban, por
haberse perdido las provisiones con los golpes de mar. Todava naveg
ciento treinta leguas por las costas de la Espaola en la frgil
embarcacin, hasta dar con el Comendador Ovando, que era el gobernador,
y presentarle las peticiones de auxilio del Almirante. Despus hubo de
esperar varios meses en Santo Domingo a que volviesen naves de Espaa,
pues en ms de un ao no se haba acercado buque alguno. Al fin llegaron
tres naos de la Pennsula; Mndez compr una, y cargndola de pan y
vino, cerdos, carneros y frutas de la isla, la envi a Jamaica, donde
llevaba Coln siete meses de abandono, animado en su infortunio por
celestes visiones. Un eclipse de luna, anunciado por l con aires de
brujo, haba servido para que los naturales atendiesen a la manutencin
de sus hombres.

--Mndez se volvi a Espaa--dijo Ojeda--y acompa al Almirante en sus
ltimos y tristes aos. Coln lo recomend a su familia, y la familia no
hizo nada por l. El hijo de Coln, segundo virrey de las Indias, le
haba ofrecido el cargo de alguacil mayor de Santo Domingo, pero se lo
dio a un pariente suyo. El valeroso hidalgo vivi muchos aos, muchos;
lleg a alcanzar el gobierno de don Luis, el nieto de Coln, y su madre
la virreina gobernadora... A la hora de la muerte, al redactar en
Valladolid su heroico testamento, declaraba con amargo orgullo que,
pudiendo ser por sus trabajos el ms rico hombre de la isla si los
descendientes del Almirante hubiesen cumplido sus promesas, era el ms
pobre de ella, pues no tena ni una casa en que vivir sin pagar
alquiler.

La gloria de sus hazaas, algo olvidadas, le preocup en los ltimos
instantes al disponer su sepultura. Quera que lo enterrasen bajo una
piedra grande, la mejor que encontraran sus herederos, y que sobre ella
hiciesen grabar: Aqu yace el honrado caballero Diego Mndez, que
sirvi mucho a la Corona Real de Espaa en el descubrimiento y conquista
de las Indias.... Y con la gravedad de un gran seor que dispone los
cuarteles y dems adornos herldicos de su tumba, describi el escudo
que deba encabezar la inscripcin: tem: En medio de la dicha piedra
se haga una canoa, que es un madero cavado en que los indios navegan,
porque en otra tal navegu yo trescientas leguas, y encima pongan unas
letras que digan: _Canoa_.

Una disposicin extravagante, mezcla de hidalgo orgullo y amarga irona,
cerraba el testamento del argonauta. Coln, antes de morir, haba
instituido un mayorazgo con los grandes bienes que posea en las Indias.
El pobre Mndez, sin una casa donde morar sin alquiler, no quiso ser
menos que su antiguo jefe e instituy un mayorazgo con todos sus
bienes. Estos bienes eran un mortero de mrmol, que estaba en poder de
un hijo de Coln y siete libros, que constituan toda su fortuna.

--El testamento cita los libros--aadi Ojeda--. Un tratado en verso
sobre la venganza de la muerte de Agamenn, otro tratado de las
Querellas de la Paz, la filosofa moral de Aristteles y las obras de
Erasmo, el autor de moda en aquel entonces... Esto prueba que los
conquistadores no fueron brutos heroicos, incapaces de escribir su
nombre, como se ha credo despus, equiparndolos a todos con el duro e
iletrado Pizarro.

--Qu hombres!... qu hombres!--murmur con admiracin el doctor
Zurita.

Maltrana, seducido por el entusiasmo de sus compaeros, habl tambin de
los conquistadores. Despus de la lucha de siete siglos con los moros,
la empresa de las Indias haba sido la ms popular, la ms espaola. Las
guerras en Italia, Flandes y Francia, todas las empresas de Europa, eran
negocios de reyes, pleitos hereditarios en los que tomaba parte la
nacin por obediencia, sin iniciativa alguna, acompaada muchas veces de
otros pueblos. El tercio castellano era, como la legin romana, un
ncleo de combate rodeado de enjambres de tropas auxiliares. En torno de
los arcabuceros y piqueros espaoles de amarillo coleto, marchaban los
espadachines italianos de capa negra y los lansquenetes alemanes con
acuchilladas calzas y pesadas alabardas. Las victorias espaolas iban
suscritas muchas veces por generales extranjeros.

--En las Indias no--dijo Maltrana--. En las Indias todo es nuestro: el
soldado, el caudillo y el navegante. Hasta el dinero de las empresas de
descubierta fue dinero popular. Los reyes slo dieron subsidios para los
primeros viajes. Luego, la iniciativa privada se lanz a los
descubrimientos por mar y por tierra, y en menos de un siglo dej
contorneado y explorado medio mundo.

Las modernas sociedades comerciales, las empresas por acciones, haban
hecho su primera aparicin en aquella Espaa apenas salida del caos
medieval. Un capitn con vagas noticias de una tierra nueva encontraba
siempre un cura poseedor de ahorros, un escribano vido, un hidalgo
capaz de vender sus terruos, que se asociaban con l para la aventurera
empresa, facilitando capitales con los que se adquiriran barcos, armas
y vveres. El rey slo daba su licencia, reservndose a cambio de sta
el quinto de las ganancias.

Marchaban los soldados a la conquista sin paga alguna. Eran socios
industriales con una participacin variable, segn si iban a pie o
mantenan caballo, si posean arcabuz o disponan nicamente de espada y
rodela. Unas veces, al partir la expedicin de un gran puerto, se
consignaban las condiciones de la empresa en solemnes capitulaciones
notariales; otras, los hroes que no saban firmar hacan decir una
misa, y en el momento de la consagracin tiraban de sus espadas, y con
la otra mano sobre la hostia, juraban mantenerse fieles a sus pactos y
compromisos. Esto no impeda que al llegar la hora del triunfo los
juramentos se degollasen sacrlegamente por el reparto de unos seoros
tan grandes como la Pennsula, con montaas que aos despus haban de
vomitar metales preciosos por las gargantas de sus bocaminas.

Algunas expediciones partan apresuradamente, antes de completar sus
preparativos, por miedo al arrepentimiento de los capitalistas o las
exigencias de los acreedores. Hernn Corts, en su viaje para la
conquista de Mjico, haba tenido que hacerse a la vela apresuradamente,
antes de completar la provisin de vveres, por miedo a un embargo de
los prestamistas.

Los formulismos legales acompaaban a los aventureros en sus lejanas
empresas. El escribano era un personaje importante en toda expedicin.
Los Reyes Catlicos haban recomendado, al iniciarse los
descubrimientos, que se procediese con dulzura en el trato de los
indgenas. Por esto los primeros navegantes, cada vez que al abordar a
una isla o una costa de tierra firme eran recibidos por los indios con
flechazos y pedradas, antes de tomar la ofensiva llamaban al escribano
real, le pedan testimonio de cmo haban sido acogidos en son de
guerra, vindose en la imperiosa necesidad de defenderse; y una vez
cumplida esta formalidad papelesca, disparaban las lombardas y
arremetan espada en mano.

Los tres hombres, contemplando el Ocano desde la borda de aquel
trasatlntico provisto de las mismas comodidades de un gran hotel,
recordaban las pobres embarcaciones montadas por los hroes del
descubrimiento. Las carabelas, buques ligeros de rpido andar y escaso
calado, que no tenan espacio para la carga ni el pasaje, slo haban
servido en las primeras navegaciones de exploracin. Al poco tiempo de
ser descubiertas las Indias, era la nao la que cruzaba el Atlntico, el
pesado galen, redondo de casco y de velamen, alto de popa, cuyo vientre
poda transportar las gentes, bestias y herramientas necesarias para las
nuevas tierras.

La monotona abrumadora de estas navegaciones de meses y meses slo era
alterada por los peligros del Ocano y por los que provocaban la
imprevisin y la ignorancia propias de la poca. Perdanse muchos
buques. Las primeras naos del descubrimiento iban montadas slo por
hombres. Luego, los galeones de la colonizacin llevaban mujeres y
nios, familias en masa que se trasladaban al Nuevo Mundo, y cuando
crean ver sus costas eran tragadas por la tormenta, bajando para
siempre a las profundidades del mar. Los marinos expertos, amaestrados
en anteriores viajes, no eran suficientes en nmero para las
expediciones, cada vez ms numerosas, a las tierras colonizadas.

Pilotos de los mares de Europa avanzaban a ciegas por el Atlntico,
siguiendo inciertos derroteros en los portulanos recin dibujados.
Cuando se consideraban todava lejos del punto de llegada, surga de
pronto la costa ante el morro chato del galen. Otras veces crean
hallarse junto a las Indias, y una estima ms exacta de las leguas
corridas les haca ver con terror que estaban an en mitad del camino,
con las provisiones agotadas, y lo que era ms horrible, con slo unos
barriles de agua. Los hombres queran matar, enloquecidos por la sed;
las mujeres, de rodillas, enseaban a sus pequeuelos, pidiendo por
caridad unas gotas de lquido.

Los dramas ignorados que haba presenciado aquel testigo azul mudo e
inmenso! Los naufragios que no haban dejado como rastro ni una
tabla!...

Avanzaba la nao bajo la direccin y la autoridad desptica del piloto,
una especie de brujo que hablaba con los vientos y las olas. El capitn
era el jefe del combate, el hombre de espada, el primero de todos en
presencia de una nave hostil o de una costa abordable; pero en pleno mar
obedeca, lo mismo que los dems, al grave piloto, agorero personaje que
examinaba el color de las aguas, el vuelo de las gaviotas, la intensidad
de los vientos, los tintes del alba y las nubes sangrientas de la puesta
del sol.

Ocupaba un lugar en lo ms alto de la popa, llamado el tabernculo,
sentbase en un silln de brazos semejante al de los antiguos barberos,
y desde l gritaba sus rdenes a los proeles, mozos, grumetes y pajes,
marinera despechugada, medio desnuda y famlica, en antigua relacin
con toda clase de parsitos. Al cerrar la noche se apagaban en el buque
fuegos y luces, por miedo al incendio. Quedaban fros hasta la maana
siguiente los hornillos de la cocina. No haba ms resplandor que el de
la lumbre de la bitcora; y al encenderla, el paje de guardia deca,
segn costumbre: Amn y Dios nos d buenas noches; buen viaje, buen
pasaje haga la nao, seor capitn y maestre y buena compaa.

Quedaban dos pajes cerca de la bitcora velando la ampolleta, un reloj
de arena que mola--dejaba pasar--su contenido en media hora. As medan
el tiempo en la obscuridad de la noche. Y siguiendo una tradicin,
decan los pajes al entrar de guardia:

    Bendita la hora en que Dios naci,
    Santa Mara que lo pari,
    San Juan que lo bautiz.
    La guarda es tomada;
    la ampolleta muele,
    buen viaje haremos, si Dios quiere.

Cuando acababa de pasar la arena de la ampolleta, o sea cada media hora,
uno de los pajes deba gritar, para que lo oyesen los marineros:

    Buena es la que va,
    mejor es la que viene;
    una es pasada y en dos muele,
    ms moler si Dios quiere.
    Cuenta y pasa que buen viaje faza.
    Ah de proa; alerta, buena guardia!

Y los marineros de proa contestaban con un grito o un gruido para dar a
entender que no dorman.

Tripulantes y pasajeros formaban corrillos en la obscuridad, hablando de
los misterios y leyendas del mar, dando nombres y propiedades mgicas a
los astros que brillaban entre el cordaje y las velas negras. A media
noche, cuando todos sentan cerrarse sus ojos e iban en busca de las
hamacas y petates, verificbase el relevo de la guardia, entrando de
cuarto los que haban de velar hasta que rompiese el da, y los pajes
gritaban otra vez:

--Al cuarto, al cuarto, seores marineros de buena parte. Al cuarto, al
cuarto en buena hora de la guardia del seor piloto, que ya es hora.
Leva, leva, leva.

El sbado, a la cada de la tarde, era la gran fiesta en el navo.
Rezbase la salve y otras prosas, como deca Coln en su diario. Se
improvisaba un altar con imgenes y velas encendidas, reunindose ante
l tripulantes y pasajeros.

--Somos aqu todos?--preguntaba el maestre.

--Dios sea con nosotros--responda a coro la gente.

Quitbase la caperuza el maestre antes de replicar:

    Salve digamos,
    que buen viaje hagamos.
    Salve diremos,
    que buen viaje haremos.

Y todos los del buque, proeles, grumetes, lombarderos, soldados,
hidalgos, damas, sirvientes y nios, entonaban la salve en la tarde
moribunda, mientras el sol tea de anaranjado las velas y el mar
levantaba con sus choques la pesada cscara del galen.

Con la salve y la letana no terminaban los rezos. Un paje que haca
funciones de monacillo al lado del maestre recomendaba despus con su
voz infantil:

    Digamos una Ave Mara
    por el navo y la compaa.

--Sea bien venida--contestaba la multitud.

Y cuando se finalizaba este rezo, el maestre saludaba a todos con grave
compostura.

--Amn, seores, y que Dios nos d buenas noches.

No todos los navegantes eran piadosos y confiaban su suerte al cielo. En
el primer siglo del descubrimiento, esparcase entre la gente marinera
la leyenda del piloto Carreo, un argonauta osado y blasfemador, enemigo
de Dios y de los santos. A pesar del ambiente diablico que rodeaba su
nombre, las tripulaciones lo recordaban con envidia en las grandes
calmas, cuando el galen permaneca inmvil semanas enteras en un mar
como un espejo, sin el ms leve soplo de brisa.

Este maldito del Ocano, que haca recordar al Holands errante y a
otros pilotos en pecado mortal, haba realizado un viaje desde las
Indias a Cdiz en slo tres das. Pero hay que advertir que la nave iba
tripulada por una legin de demonios disfrazados de marineros, que le
haban ofrecido sus servicios. La travesa se efectu en un continuo
huracn. Pasajeros y soldados no podan tenerse de pie sobre el buque,
tembloroso por la velocidad y prximo a romperse. El piloto Carreo,
sentado en el tabernculo, tena que agarrarse a su cadira de mando para
que el loco movimiento de la nave no lo arrojase al mar.

Los demonios, espritus traviesos, ejecutaban las maniobras al revs de
las voces nuticas que daba Carreo. Cuando ste ordenaba a la
tripulacin, gil y maligna como una tropa de monos, Larga escota, los
demonios juguetones aferraban las velas del trinquete y de la mesana. Y
cuando mandaba Iza, ellos amainaban. Pero los diablos resultan
inocentes siempre que tienen que vrselas con la malicia del hombre: su
destino es ser engaados a la larga por el pecador, y el hbil Carreo,
al comprender la bellaquera de sus revoltosos marineros, orden en
adelante todo lo contrario de lo que en realidad quera que ejecutasen.
As se salv la nao, y Carreo, en tres das, engaando al demonio, pudo
pasar de un mundo a otro.

La sed era el tormento de los largos viajes interrumpidos por las
calmas. Corrompase el agua, y los alimentos, salados en demasa,
excitaban en todos el ansia de beber. Las familias emigradoras se
sustentaban con las provisiones que haban hecho antes de embarcar. El
fogn de la nave era llamado la isla de las ollas por su gran nmero,
pues cada grupo cuidaba de la suya. Y cuando llegaba la hora de la
comida, los mismos pajes que acababan de tender para los marineros un
mantel en el suelo, con platos de madera, daban a gritos la seal.

--Tabla, tabla, seor capitn, piloto, maestre y buena compaa. Tabla
puesta, vianda presta. Agua usada para el seor capitn y maestre y
buena compaa. Viva, viva el rey de Castilla por mar y por tierra! Y
quien le diere guerra, que le corten la cabeza. Y quien no dijera amn,
que no le den de beber. Tabla en buena hora, quien no viniere que no
coma.

Y coman los tripulantes al principio de la navegacin carne salada de
vaca; luego, huesos sin tutano vestidos slo de algunos nervios; los
viernes y vigilias, habas guisadas con agua y sal; y en las fiestas
recias, abadejo, que era plato de gran lujo. Quedaban los ms con hambre
pero dbanse por contentos siempre que el paje encargado de la gaveta
del vino pasase con frecuencia ante ellos taza en mano.

Olvidaban los pasajeros todos los martirios y miserias de la navegacin
a la vista de las Indias. Abran las cajas para sacar camisas blancas y
vestidos nuevos; limpibanse de los menudos compaeros de viaje
repugnantes y molestos, que volvan a refugiarse en las rendijas de las
naos; se cean la espada. En cuanto a las pobres damas, macilentas por
el mareo y las privaciones, transfigurbanse al llegar a las nuevas
tierras. Deshacan los cadejos de sus greas abandonadas, animbanse el
rostro con blanco solimn y roja cochinilla, saliendo de bajo de
cubierta--segn un viajero de entonces--tan bien tocadas, rizadas,
engrifadas y repulgadas, que parecan nietas de las que eran en alta
mar.

La gloria, la riqueza y hasta el gobierno de pueblos estaban al alcance
de todos al otro lado de los mares. Siguiendo los pfanos y atambores de
los tercios y el flamear de las banderas con guilas de doble cabeza, el
pobre hidalgo iba al encuentro de la gloria, pero tambin de la miseria.
Despus de largas campaas en Flandes o en Italia, tena asegurada una
espera no menos luenga en las antesalas de los palacios, con el memorial
en las rodillas, solicitando una recompensa de criado por los pelotazos
de hierro y los acuchillamientos recibidos en las batallas contra el
turco y el hertico. Los altos puestos los acaparaban los cortesanos de
nobleza tradicional, los descendientes de los que haban peleado en la
Pennsula contra el sarraceno.

Embarcndose para las Indias todo era posible. Bastaba fundar un pueblo
para ennoblecerse por este hecho, colocando ante su nombre el honorfico
Don. Mozos de vida airada, acostumbrados a peleas nocturnas con las
rondas de alguaciles y a largas estancias en la crcel por deudas,
convertanse al otro lado del Ocano en magnficos seores que
destronaban emperadores, colocaban otros en su lugar, o concluan por
sentarse en el trono. Algunos, a la hora en que sus madres, vistiendo
zagalejos de roja bayeta, daban de comer a las gallinas en sus corrales
de Extremadura y Andaluca, se casaban, lo mismo que los caballeros
andantes, con grandes princesas de tez plida y ojos oblicuos, criaturas
de enigma y ensueo que llevaban sobre la frente la borla multicolor de
la autoridad y en el pecho ureas placas con sagrados jeroglficos.

Y todos los das, durante un siglo, chirriaban al amanecer las puertas
del casero vasco, del tapial pardo de Castilla, del casuchn morisco
enjalbegado y oprimido en la calleja andaluza, de la corralada extremea
envuelta en olor de estircol cerduno, y los mozos emprendan la marcha,
ligeros de ropa y giles de piernas, cantando como los mancebos que
encontraba Don Quijote en sus correras, con una vieja espada al hombro
a guisa de bordn de peregrino y pendiente de ella el hato de ropa con
toda su fortuna: unas calzas nuevas, los gregescos, dos camisas, un
rosario, unos naipes gastados, lo ms preciso para llegar a virrey o a
marqus de ttulo sonoro y extico al otro lado del mar. Y de todos los
extremos de la Pennsula, siguiendo rutas convergentes como las varillas
de un abanico, estos alegres romeros de la aventura y la ilusin venan
a unirse con una firme amistad, tal vez por toda la existencia, al pie
de las carabelas y galeones que se balanceaban pesadamente en la
desembocadura del Guadalquivir esperando el lombardazo de partida.

Eran la segunda hornada de exploradores, los que haban de contornear
el mundo recin descubierto, a travs del naufragio y la muerte.
Embarcbanse aos despus los de la tercera hornada, los
conquistadores de reinos y fundadores de ciudades, que, mal avenidos con
la paz del triunfo, acababan por pelearse entre ellos saudamente en una
guerra de banderas estpida y feroz.

Los reyes vivan vueltos de espaldas a estas tierras de misterio, cuyas
riquezas tan decantadas slo fueron una realidad algunos aos ms tarde.
Preocupados con sus guerras y negocios de Europa, miraban indiferentes
este xodo y abran la mano liberalmente a toda demanda de nuevas
conquistas y permisos de navegacin.

--Un autor de aquella poca--dijo Maltrana--escribi un libro titulado
_Los seis aventureros de Espaa, y cmo el uno va a las Indias, y el
otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro est preso, y el otro anda
entre pleitos, y el otro entra en religin. Y cmo en Espaa no hay ms
gente destas seis personas sobredichas..._ As era: no haba ms. ste
era el estado a que podan aspirar los que tenan voluntad y coraje. Las
Indias representaban, segn Cervantes, el refugio y el amparo de todos
los desesperados de Espaa; y como la desesperacin era el estado
natural de los espaoles de entonces, de aqu que el libro debi tener
una segunda parte, verdica y lgica, relatando cmo el aventurero de
Indias se quedaba all para siempre; y los aventureros de Italia y
Flandes, aburridos de un herosmo pobre y sin gloria, acababan por irse
al Nuevo Mundo; y el preso haca lo mismo al salir de la crcel; y el
pleiteante segua idntico camino, vindose sin otra subsistencia que la
sopa boba; y hasta el fraile acababa sus das en un monasterio colonial
adoctrinando vrgenes cobrizas y cuidando los naranjos recin trados de
la Pennsula...

--En esta fuga hacia las tierras nuevas--dijo Ojeda--, quin podr
conocer jams la cifra exacta de los que salieron y no llegaron?
Cuntas catstrofes ignoradas!... Algunos autores extranjeros afirman
que en tres siglos le cost a Espaa treinta millones de hombres la
colonizacin del Nuevo Mundo. Seguramente exageran; pero hay que pensar
que esa magna colonizacin desde la mitad de los actuales Estados Unidos
al paso de Magallanes la acometi ella sola con sus propios recursos.
Hoy, el americano ha cambiado mucho de su tipo original. La mezcla que
esto supone! El enorme envo de virilidad que fue necesario para
aclarar la sangre india de su cobre nativo!...

Durante el primer siglo de la conquista, embarcbanse los aventureros en
los primeros buques que encontraban disponibles, vasos antiguos apenas
recompuestos y guiados por cualquier piloto costero que se prestaba a
dirigir la expedicin. Las administraciones de entonces no conocan la
estadstica. Adems, eran frecuentes los viajes clandestinos, sin
papeles. Nadie se preocupaba de la seguridad de los viajes ajenos: cada
uno que velase por s mismo. Se confiaba en Dios y no se tena miedo a
nada.

Una expedicin al mando de un viejo capitn de Indias sala de Cdiz
para la isla de las Perlas, en las costas de Venezuela. El da era
bonancible, el mar liso y tranquilo; pero el galen estaba tan
desencuadernado y podrido, que apenas naveg una hora se fue a pique
instantneamente a la vista de la ciudad, ahogndose todos sus
tripulantes.

--Esta catstrofe--dilo Maltrana--meti algn ruido, porque entre los
aventureros iba el hijo nico de Lope de Vega, mozo poeta deseoso de
seguir una de las seis carreras de los hidalgos de entonces. Pero
ocurran con mucha frecuencia estos naufragios por imprevisin o por
audacia, sin que de ellos quedase noticia alguna... Si este mar pudiese
contarnos todos los dramas ignorados del descubrimiento!

El doctor Zurita asinti gravemente. Mucho le haba costado a Espaa su
gran empresa de Ultramar. Tal vez su decadencia provena de esto.

--As es--contest Ojeda--. Unos atribuyen esa decadencia a las guerras
europeas; pero las naciones que peleaban con nosotros experimentaron
iguales prdidas, y no por esto decayeron... Otros echan la culpa al
exceso de religiosidad, que nos meti en empresas absurdas. Tal vez sea
esto cierto, pero en parte nada ms. Naciones hubo entonces tan
fanticas como la nuestra, y sin embargo no se vieron en peligro de
muerte... La causa principal de nuestra decadencia, o ms bien dicho, de
nuestra anemia, debe buscarse en la colonizacin de las Indias. Un
organismo sana de las heridas que recibe, por tremendas que sean. Lo
peligroso, lo mortal, es un desangre que dura aos, que dura siglos: un
flujo inatajable con el que se escapa la vida...

Fernando describi a la vieja Espaa como una de esas madres prolficas
en exceso que marchan sobre sus piernas un tanto vacilantes, entre sus
hijos, grandotes, robustos, sonrientes con la confianza de la salud.
Sufren todas las enfermedades y no tienen ninguna: su nica dolencia
cierta es la debilidad, la anemia, la escasez de una vida que han ido
repartiendo y malgastando generosamente. Cada hijo se ha llevado un
jirn de su existencia.

--Y figrense ustedes--continu Ojeda--lo que representa para Espaa
haber dado a luz cerca de una veintena de cachorros que estn al otro
lado del mar viviendo por cuenta propia, unos adelantados y cultos,
otros impulsivos y montaraces, pero todos de su sangre y su apellido y
con las ilusiones de la juventud.

Maltrana asinti a estas palabras, pero aadiendo una opinin suya. El
mal de Espaa haba sido no descansar hasta la vejez.

--Nuestro pas es por su historia algo semejante a una olla que hierve
siglos y siglos sin que nadie la aparte del fuego para que se enfre su
contenido. Los grandes pueblos de Europa, despus del hervor fundente
durante el cual se mezclaron sus razas y se borraron sus antagonismos,
pudieron descansar en la paz. Este reposo les ha servido para
solidificarse, engrandecerse y adquirir nuevas fuerzas. Espaa no;
Espaa no conoci el descanso. Durante siete siglos hierve con el
burbujeo de las luchas de raza y los antagonismos religiosos. Al fin se
verifica de cualquier modo la fusin de los diversos ingredientes. Ya
est hecha la mixtura nacional, tal vez de mala manera, pero ya est
hecha. Hay que retirar la vasija del fuego para que se cristalice el
contenido y sea algo ms que lquido y vapores.

Pero en este momento crtico, Espaa descubra las Indias y por alianzas
monrquicas se encontraba duea de media Europa. Y en vez de descansar,
volva a hervir con un fuego mayor, se hinchaba con un burbujeo loco,
absurdo, el ms extraordinario, atrevido e insolente que consigna la
Historia. Una nacin relativamente pequea, mal situada en un extremo
del mundo viejo, y que adems pretenda unificarse expulsando a los
espaoles hebreos y musulmanes por ser de distinta religin, emprenda
al mismo tiempo la empresa de colonizar medio globo y de mantener bajo
su autoridad lejanas naciones europeas que no eran de su idioma ni de su
raza.

Y el lquido, hinchado por el fuego, adquira fantsticas proporciones,
pareciendo mucho ms grande de lo que realmente fue; esparcase en
oleadas fuera de la vasija, para perderse sin utilidad alguna, hasta que
acab por apagar la lumbre. Y cuando la olla descansaba al fin,
enfrindose, slo tena en su interior leves residuos. Lo mejor se haba
escapado en vapores gloriosos o quedaba esparcido por el mundo en
manchas, en pequeos terrones, sin formar una masa homognea.

--Ay, si hubisemos descansado a tiempo como otros pueblos!--dijo
Maltrana--. Si hubiese transcurrido un siglo o dos entre la
constitucin nacional y nuestras grandes empresas!... Pero estiramos la
pierna ms all de la sbana, que era corta. Nunca se ha visto un
despilfarro de vida y de energas ms glorioso e intil.

El doctor Zurita protest de esto ltimo.

--Intil no. En lo que se refiere a las empresas de Europa,
indudablemente... Pero queda la Amrica, todas las repblicas que hablan
espaol, y que ms all de sus diferencias de constitucin nacional son
iguales por su alma y sus costumbres.

Ojeda asinti. El loco despilfarro de la energa espaola nicamente
haba sido reproductivo en las Indias. Viajando por diversas repblicas
del Nuevo Mundo en sus tiempos de diplomtico, haba apreciado la
grandeza histrica de Espaa mejor que con la lectura de los libros
apologticos.

En un pas americano de clima fro, donde crecan lo mismo que en Europa
el pino y el abeto y las montaas estaban coronadas de nieve, sala al
encuentro del viajero el idioma castellano, y con l las viejas casas de
escudos coloniales en el portn y los entonados seores de solemnes
maneras semejantes a los hidalgos antiguos. Hasta el presidente de la
Repblica llevaba un apellido rancio y sonoro, igual al de los galanes
de capa y espada de las comedias de Caldern. Luego, al saltar a otro
pas de cocoteros y bosques enmaraados, con ros como mares, llanuras
de infernal ardor, volcanes de cima humeante y lagos suspendidos entre
cordilleras vecinas a las nubes, volva a encontrar vestido de blanco,
con el sombrero de paja en la mano, el mismo hidalgo corts y
ceremonioso; la dama de breve pie y ojos andaluces, discreta, juguetona
y devota como una tapada de Lope; el antiguo convento colonial con sus
torres encaperuzadas de azulejos que desgranan el campaneo de las horas
en las tardes ardorosas o las noches lunares sobre calles de rejas
ventrudas impregnadas de perfume de naranjo y de jazmn. Y otro
presidente le reciba en audiencia, ostentando un apellido de vieja
cepa, y era idntico a los dems en su porte caballeresco y sus hazaas
de caudillo voluntarioso y corajudo.

Desde las fronteras de Texas a los hielos de Magallanes, viva Espaa y
vivira luengos siglos en el doctor sentencioso, trasatlntico,
descendiente de Salamanca y Alcal; en la dama graciosa y devota que
imita las ltimas novedades de la elegancia exterior, pero guarda el
alma de sus abuelas; en el caudillo aventurero que renueva al otro lado
del Ocano los romances medievales de la Pennsula; en la irresistible
admiracin por el valor y la audacia que sienten hasta los ms
ilustrados, colocando el coraje por encima de todas las virtudes
humanas.

Poda un cataclismo continental hundir la Pennsula ibrica bajo las
aguas; y si con esto desapareca la Espaa nacin, no por ello iba a
morir la Espaa pueblo, la Espaa verbo, el alma espaola. Al otro lado
del mar, en las costas del Atlntico y el Pacfico, o acopladas en las
laderas de los Andes como los nidos de los cndores, existan miles de
ciudades unificadas por el idioma, las costumbres y un concepto peculiar
del honor. Ochenta millones de seres hablaban el castellano y pensaban
en l. El catolicismo, firme y dominador en unas naciones de Amrica,
dbil y transigente en otras, era tambin una fuerza tradicional que
mantena viviente el pasado, comn a todas ellas.

Los europeos aprendan el espaol para entenderse con los pueblos
jvenes de Amrica. El castellano era el tercer idioma mundial gracias a
su difusin en el Nuevo Mundo. Espaa renaca en el verdor y belleza de
sus hijas.

--Y esto es algo--dijo Ojeda--. Nuestro loco despilfarro de otros
tiempos no se ha perdido del todo gracias a Amrica.

Sus amigos asintieron. No, no se haba perdido.

--Slo un pas como la Pennsula--continu Ojeda--, de clima africano y
al mismo tiempo con mesetas de fro glacial, poda dar una raza
preparada para la colonizacin de un mundo tan grande y diverso. As
nicamente se comprende que unos mismos hombres llegasen a fundar
ciudades que estn a ms de dos mil metros de altura, en las que se
respira con dificultad, y ciudades al nivel del mar, bajo el Ecuador, en
un ambiente de infierno. Slo un pueblo sobrio y de vida dura como el
espaol poda acometer la empresa de poblar un mundo con el que la gente
an era ms sobria y haba poco de comer o no haba nada absolutamente.
El peligro para el conquistador no fue la flecha del indio; fueron la
soledad y las inmensas distancias, y sobre todo, fue el hambre.

Zurita intervino, con la precipitacin del que oye hablar de algo que
conoce mejor que sus interlocutores.

--De eso puedo decir mucho. Yo he colonizado, sabe, amigo?... Yo he
vivido en el desierto, y all conoc lo que haban sido los antiguos
espaoles y lo mucho que les debemos... Nosotros hemos sido injustos con
ellos. Nos educan mal por patriotismo: nos inculcan mentiras desde la
niez. Cuando yo iba a la escuela estaban ms vivos que ahora los odios
de la lucha por la Independencia, y eso que haba pasado ms de medio
siglo. Espaa era una madrastra cruel y los espaoles unos gallegos
brutos, que slo haban sabido esclavizarnos y explotarnos... Y esto nos
lo enseaban en idioma espaol, y adems, el maestro y los discpulos
llevbamos todos apellidos espaoles. Hablbamos de los gallegos como
de un pueblo brbaro que hubiese conquistado nuestro pas cuando ya
estaba constituido y en plena civilizacin, retrasando su progreso, por
lo cual lo habamos expulsado gloriosamente despus de tres siglos de
tirana... De hombre continu en la misma ignorancia. Los que nacemos en
una ciudad ya hecha no nos preguntamos cmo se form y quines pusieron
sus cimientos. Cuando deseamos salir de ella, es para irnos a Europa y
rabiar de emulacin viendo que hay cosas mejores que las nuestras. Nunca
miramos atrs ni nos preocupan nuestros orgenes.

Hizo una pausa el doctor, como si le molestase un mal recuerdo.

--Yo mismo--aadi--siento cierto remordimiento al pensar en mi abuelo.
Pobre seor! Cuando de nio me enfadaba con l, le llamaba gallego y
recordaba los grandes hechos de la Independencia, que haban servido,
segn mis ideas, para echar a patadas del pas a una banda de
extranjeros explotadores... Al viajar por el interior de mi tierra, vi
claro; me di cuenta de los sufrimientos y trabajos de aquellos hombres
que fueron extendiendo por el desierto la civilizacin de su poca. Slo
los que viven en las ciudades y no salen al campo (al campo inculto que
an no conoce la mano del hombre) pueden hablar con desprecio de
nuestros remotos ascendientes.

El doctor recordaba su vida de joven, cuando haba colonizado tierras
vrgenes recientemente abandonadas por el indio.

--Tuve que sufrir toda clase de privaciones: hasta pas hambre muchas
veces. Y eso que tena cerca el ferrocarril, y los ros poda
remontarlos en buques de vapor en vez de ir a remo, y el trasatlntico
me traa en menos de un mes los encargos de Europa... Entonces me di
cuenta de lo que hicieron los primeros espaoles, sin otros medios de
comunicacin que la recua o la carreta, teniendo que echar seis u ocho
meses para recorrer distancias que hoy salva el ferrocarril en dos o
tres das. Cuando queran remontar el Paran, yendo de Buenos Aires a la
Asuncin a remo y a vela por las revueltas del ro, les costaba este
viaje tres veces ms tiempo que para ir a Espaa. Naves de la Pennsula
llegaban muy de tarde en tarde, si es que no naufragaban. Y a pesar de
tantos obstculos, nuestros ascendientes fundaron los ncleos de las
ciudades que ahora tenemos, crearon las primeras ganaderas, adaptaron a
nuestro suelo los productos del viejo mundo, lo prepararon todo para que
los europeos que llegasen despus no se murieran de hambre... El espaol
coloc la mesa en Amrica, fabric los asientos y puso el pan. sta es
una imagen que se me ocurre. Despus, otros pueblos ms adelantados han
trado las salsas refinadas de civilizacin, los hermosos adornos de
mesa; pero sin el primero, que prepar lo ms necesario, no habra
banquete.

--As es--dijo Maltrana--. Pero el que produce en la vida lo preciso y
vulgar no alcanza nunca la fama del que fabrica lo superfino y
agradable. Nadie sabe quin invent el pan y quin teji la primera
tela. Ningn pueblo les ha levantado estatuas. Y crean ustedes que los
inventores del pan, del pao y de la coccin de los alimentos fueron ms
grandes y dignos de gloria que los autores de todas las maquinarias de
nuestra poca.

--En la formacin de los pases americanos--insisti Zurita--ocurre lo
que en los grandes edificios que ahora se construyen. Muy pocos ven el
andamiaje interior de acero; ninguno desea conocer el nombre de los que
trabajaron en los profundos cimientos. La admiracin es toda para los
adornos y firuletes de la fachada... Y quien asent nuestros cimientos
y levant la parte slida de nuestro palacio, fue Espaa. Los otros
pueblos han llegado mucho despus, a la hora de los adornos y
balconajes, para dar lo cmodo y lo lindo. Lo ms duro, el trabajo
ingrato y peligroso de albailera, lo hizo la vieja.

--Y cuanto ms quieran ustedes elevar su edificio--dijo Ojeda--, cuanto
ms grandioso y solemne lo deseen, ms tendrn que bajar en busca de los
cimientos para reforzarlos, so pena de venirse abajo.

--Hay que haber vivido en el desierto--continu el doctor--para darse
cuenta de lo que trajeron con ellos los conquistadores y los servicios
que prestaron a la civilizacin. Yo sufr mucho al crear mis estancias,
y sin embargo, pensaba: Este caballo que me lleva de un lado a otro lo
trajeron los espaoles. Antes de venir ellos, no exista. Estas vacas y
estas ovejas que puedo matar y comer las trajeron ellos tambin. La
galleta que me llevo a la boca procede del trigo que ellos sembraron los
primeros. Y no poda moverme en mi pobreza sin encontrar que las pocas
comodidades que me rodeaban las deba a los atrevidos espaoles que
avanzaron y murieron en el desierto para que un da pudiese yo avanzar a
mi vez. Y me preguntaba: Pero qu haba aqu antes de que ellos
llegasen? Qu coma la gente?.... La gente era escasa, y para comer
solo haba maz, mandioca y carne del huanaco. Esto a juzgar por lo que
yo he visto en mi tierra. Dicen que en el Per y en Mjico haba mayores
medios, porque era ms numerosa la gente. As debi ser, pero me temo
que en los relatos haya mucha exageracin de los hombres de pluma,
cuentos maravillosos... lo que ustedes llaman literatura.

Ojeda, que escuchaba pensativo, habl a su vez.

--Y hay que pensar, doctor, en los esfuerzos que costara llevar al
Nuevo Mundo cada uno de esos productos destinados a la aclimatacin, en
pequeos buques, con la gente hacinada.

Tripulantes y soldados dorman sobre las tablas. Los capitanes y
personajes tenan por toda comodidad una colchoneta arrollada en el
castillo de popa. Las provisiones eran saladas o avinagradas, para
resistir los cambios de temperatura. Las grandes calmas del Ocano
hacan escasear con su larga inmovilidad la provisin de agua. Muchos
vendan una a una sus prendas de ropa a cambio de algunos vasos de
lquido terroso y recalentado, y llegaban desnudos al trmino del viaje.
Y en medio de esta sed rabiosa, haba que economizar lquido para dar de
beber al caballo, al toro procreador, a la vaca de vientre, al naranjo
en maceta, al olivo de plantel, a todas las novedades animales y
vegetales que llevaban all como tesoros, estimados en ms que la vida
de los hombres... Y como si no bastasen tantas tribulaciones, haban de
abrirse paso a caonazos entre los buques enemigos, ingleses, holandeses
o franceses, que, segn las variaciones de la poltica espaola, les
salan al encuentro para impedir sus viajes.

--Espaa--termin Ojeda--dio a Amrica todo lo que tena, lo bueno y lo
malo.

--Y no dio ms porque no tena ms--dijo Zurita--. Los otros pases no
creo yo que tuviesen ms que dar en aquellos tiempos... Pero nosotros,
legtimos descendientes de los espaoles, hemos heredado de ellos la
mala lengua, la tendencia a hablar contra Espaa y hacerla responsable
de todo.

--Ah tenemos al amigo Prez--dijo riendo Maltrana, ese buen mozo subido
de color que admira a Inglaterra hasta en sueos. se hace responsable a
la madre patria de todo lo de Amrica: de la sequedad o del exceso de
lluvias, de la pereza de los indios, hasta de la escasez de
ferrocarriles.

--La mala lengua heredada, es cierto--dijo Ojeda--. El individualismo
orgulloso del espaol, que se cree defraudado por ser de su pas y habla
contra l a todas horas, convencido de que al nacer en otra tierra
hubiese sido mucho ms grande.

--Una injusticia--dijo Zurita--es tambin hablar tanto de la crueldad de
los espaoles con el indio. Cmo civilizar una tierra sin barrer antes
la gente que la ocupa si es que se opone a esa civilizacin?... En la
antigua Amrica espaola, los pueblos ms adelantados son ahora aquellos
que tienen menos indios. En los Estados Unidos quedan tan pocos, que los
ensean en los circos como una curiosidad. En mi pas slo se
encuentran en las fronteras del Norte, y cada vez son menos. Chile ya no
guarda ms que una muestra de los antiguos araucanos.

--Es curioso--dijo Maltrana volviendo a sonrer--. Casi todas las
repblicas americanas, en su odio a Espaa, han cantado al indio
primitivo, que hizo frente a los conquistadores, pintndolo como un
hroe poseedor de todas las virtudes. Pero muchas de esas repblicas,
despus de su independencia, se han dedicado a matar al indio, a
suprimirlo con una crueldad ms fra y razonada que la de los virreyes y
gobernadores, a organizar el exterminio metdico y el reparto de los
nios, para que no quedase ni simiente... Nietos de gallegos y
vascongados han cantado los intentos de rebelin de los indios contra la
metrpoli, viendo en ellos los primeros vagidos de la Independencia,
cuando no fueron ms que revueltas de razas, sublevaciones de color. En
el caso de triunfar los indios, lo primero que hubieran hecho es dar
muerte a los criollos blancos, abuelos o padres de los caudillos de la
emancipacin americana.

--Yo no soy de sos--protest el doctor--. Yo creo que el principal
defecto de la colonizacin espaola fue su empeo en transformar al
indio, en hacerlo cristiano: empresa difcil y de escasos resultados.
Vean el ejemplo de las grandes naciones modernas: cuando les estorba su
paso un pueblo refractario, lo suprimen... Inglaterra, con su virtud
protestante y su lagrimeo bblico, ha borrado del planeta razas enteras.
Espaa no pudo hacerlo. Tena que poblar un hemisferio, le faltaba gente
para tanta extensin, y hubo de transigir con los naturales. Adems, hay
que tener en cuenta el espritu devoto y la perniciosa facilidad del
espaol para engancharse con la primera india que le sala al paso y
constituir con ella santa familia cargada de hijos. Los pueblos
modernos, cuando conquistan un pas, envan remesas de mujeres blancas
para que los colonizadores no malgasten la semilla nacional en
mestizamientos. Y si a pesar de esto surge el mestizo, no lo reconocen.

--El conquistador--dijo Maltrana--, aconsejado por el sacerdote, crey
vivir en pecado mortal si no se casaba con la madre de sus hijos, y a
veces la manceba india, por obra de las hazaas de su marido, llegaba a
ser doa Ins, doa Luz o doa Violante con escudo nobiliario y
gobernacin de tierras.

--En los Estados Unidos--dijo Ojeda--, la gente europea se mantuvo en su
pureza blanca, y por eso lleg adonde ha llegado. Cada uno, al emigrar,
se llevaba su mujer, y los casamientos se hacan siempre dentro de la
raza. Pero aquella tierra est, como quien dice, a las puertas de su
antigua metrpoli, los viajes eran ms rpidos, ms frecuentes, y mayor
el trasplante de personas. Adems, vivieron mucho tiempo concentrados en
las costas, dejando el resto del pas a los salvajes, avanzando
lentamente, con paso seguro, hasta que, casi en nuestra poca, de un
solo golpe se desbordaron por la enorme extensin, decididos a acabar
con el indio, refractario a la cultura; y el indio acab... Espaa,
desde el primer momento quiso verlo todo, explorarlo todo. Sus primeros
descubridores estuvieron en sitios a los que luego no ha vuelto ninguna
persona civilizada. Y este esparcimiento loco de fuerzas disgregadas y
curiosas tuvo como consecuencia, en muchos lugares, que en vez de
hacerse el indio espaol, fue el espaol el que se hizo indio, sumndose
por el amor y las relaciones de familia a la raza que intentaba dominar.

--As les va a los pueblos de tal origen--dijo sonriendo el doctor--.
Yo, mis amigos, tengo opiniones muy personales en lo que se refiere a
los pases de Amrica. Soy americano, pero no indio. Cuando veo una
nacin donde la gente es blanca en su mayora, me digo: stos
trabajarn en paz, y seguramente irn lejos. Cuando veo por todas
partes caras cobrizas y pelos de cerda, tuerzo el gesto: Mal; stos
slo pueden dar de s enredos, politiqueos, una vanidad ridcula,
revoluciones para ocupar el Poder, bailes, msicas y versos... muchos
versos....

Los dos amigos rieron al or las ltimas palabras del doctor.

--Yo he trabajado en el campo--continu ste--, y s por experiencia que
slo puede emprenderse un negocio con trabajadores de raza blanca o con
emigrantes de Europa, que conocen el valor del dinero, ahorran y tienen
un concepto exacto de los deberes de la vida. Lo que me han hecho
sufrir indios y mestizos!... Trabajan de un modo loco cuando les acosa
el hambre, pero apenas cobran una semana, desaparecen para ir a
emborracharse y le dejan a usted plantado. Cmo llevar adelante una
empresa con tales auxiliares!... Ms de una vez he envidiado a los
conquistadores, que, con arreglo a las costumbres de su poca, podan
dirigir palo en mano a unas gentes incapaces de un trabajo serio y
continuo. Slo el que ha colonizado puede comprender la conducta de
aquellos espaoles. Tuvieron que implantar la civilizacin de su poca
sin otra ayuda que la de unos nios grandes que nicamente se mueven a
impulsos del temor. Los doctores, que viven en las ciudades y todo lo
han encontrado hecho (sin saber ciertamente cmo se hizo), pueden
permitirse sensibleras y declamaciones.

Hablaron despus de esto de los grandes crmenes de los
conquistadores.

--Eran gente dura, violenta--dijo Ojeda--, y hasta entre ellos mismos
diriman con sangre sus cuestiones. Pero no eran mejores ni peores que
los hombres de espada que en los mismos aos hacan la guerra en Europa.
Es curiosa la injusticia del mundo con los conquistadores de
Amrica!... Algunos los describen como monstruos excepcionales de
maldad, algo de que no hay ejemplo en la Historia; y un siglo despus
que ellos realizasen su conquista, se desarrollaban en el corazn de
Europa la guerra de los Treinta Aos y otras guerras de religin, con
degellos en masa de pacficos campesinos y quemas de pueblos enteros
con todos sus habitantes...

--Igualmente son ridculas--dijo Maltrana--las lamentaciones por el
trabajo de los indios en las minas. Cualquiera creer que slo
trabajaban ellos. El indio serva para el arrastre de los minerales,
como hoy mismo sirven los hombres libres en las minas que carecen de
maquinaria. Pero con el indio trabajaban obreros espaoles, mineros
enviados de la Pennsula, que sufran tanto o ms que ellos... Siempre
tendr la humanidad que realizar, para vivir, pesados trabajos,
abrumadoras funciones. Hoy, despus de tanta civilizacin, centenares de
miles de blancos sufren igualmente en las minas, y es injusta esa
sensiblera que se calla cuando la vctima es uno de su raza y slo se
enternece cuando el que pena es de otro color... Como Espaa estuvo
gravitando sobre Europa durante siglo y medio y dej resentidos por su
dominio a muchos pueblos, no ha habido mentira ni exageracin que la
venganza haya dejado de lanzar despus contra ella.

--Gran cantidad de las patraas que circulan sobre nuestras
colonias--dijo Ojeda--son obra de un editor. Los libreros tuvieron gran
influencia en la historia de Amrica. Su mismo ttulo (con menosprecio
de Coln) se lo dio un librero de la frontera francesa, el editor de las
cartas de Amrico Vespucio. Y muchas de las mentiras que circulan con un
carcter tradicional contra los espaoles coloniales las invent un
librero flamenco.

Era Teodoro de Bry, impresor de Lieja, que de 1570 a 1602 estuvo
publicando libros y estampas para alimentar en Europa la curiosidad por
los sucesos de las Indias y el odio a Espaa, dominadora del viejo mundo
en aquel entonces. El buen flamenco hizo obra patritica desacreditando
por todos los medios a los espaoles les que gobernaban su pas. Pero
esta obra apasionada fue indigna de la credulidad que le dispens la
ignorancia general. Las afirmaciones del editor Bry, que jams estuvo
en las Indias, que imprimi todo cuanto le ofrecan siempre que fuese
contra Espaa, y vivi un siglo despus del descubrimiento, se aceptaron
con el mismo respeto que si fuesen documentos de testigos presenciales.
Invent retratos de Coln, e invent igualmente ridculas historias
sobre la vida del Almirante y la injusticia y crueldad de los espaoles.

--El librero Bry--continu Ojeda--fue el autor de ese cuento soso e
imbcil sobre el huevo de Coln... La suerte de ciertas tonteras!
Muy pocos conocen lo que fue el descubrimiento ni tienen una idea
aproximada de Coln; pero todos saben la perogrullada del huevo, fbula
insulsa digna de un ingenio flamenco.

--Cierto es--dijo Maltrana--que una buena parte de lo que se ha
propalado contra los espaoles de Amrica se invent en Europa por
gentes que nunca estuvieron all. Algunos autores americanos del siglo
XVIII protestaron de la exageracin de esas invenciones, pero su voz no
tuvo eco. Luego, al iniciarse la Independencia, los revolucionarios
americanos adoptaron como suyas muchas de las afirmaciones europeas,
aceptndolas a ojos cerrados con el apasionamiento de la lucha, y an
colean los tales embustes en la enseanza que se da en las escuelas del
Nuevo Mundo.

--Al empezar la decadencia de nuestra patria--aadi Fernando--, de
Italia, de Flandes, de Holanda, de Alemania, de Inglaterra y de Francia,
pases que tenan mucho que vengar, pues durante siglo y medio les haba
molestado enormemente la preponderancia espaola, llovieron volmenes
hablando de las grandes crueldades sufridas por los indios. Rousseau
puso de moda el hombre primitivo, libre en plena Naturaleza, y los
indgenas americanos fueron el tipo perfecto de la vctima aprisionada y
desfigurada por la civilizacin. Abates folicularios, para halagar al
pblico, lloraban sobre la desgracia de unos pobres indios que slo
haban visto pintados en estampas lo mismo que mascarones de Carnaval.

--El barn de Humboldt--interrumpi Maltrana--, el nico extranjero de
capacidad que vio de cerca la Amrica de entonces viajando por casi toda
ella, deca que los indios gobernados por la autoridad colonial, torpe y
formulista, pero a la vez tolerante y floja, bien podan ser envidiados
por los campesinos de Europa, que vivan con mayor miseria, y
especialmente por los campesinos de Francia antes de la Revolucin...
Muchos de los crmenes coloniales, que fueron a la misma hora crmenes
de todo el resto del mundo... literatura, pura literatura!

--No lo tome usted a broma--dijo Ojeda--. La literatura entr por mucho
en eso. Cuando se inici en Amrica el movimiento de emancipacin,
Chateaubriand reinaba sobre el mundo y _Atala_ era el libro sublime.
Triste Chactas!, cantaban con voz llorosa acompaadas de arpa o de
guitarra todas las damas de ambos hemisferios. Y el indio de moda,
interesante, gallardo y filosofador, era para los revolucionarios un
argumento ms contra la tirana espaola.

--Y lo gracioso fue--dijo Maltrana--que el indio, en casi todos los
pases de Amrica, en vez de irse con la revolucin, que lo compadeca y
ensalzaba, se mantuvo aparte de ella o defendi hasta el ltimo momento
al rey, formando en los ejrcitos monrquicos, donde por cada soldado
peninsular haba cuarenta o cincuenta de color. Y terminada la
revolucin, al verse vencedores los enemigos de la tirana, se dieron
buena prisa en acabar con el triste Chactas, pasndolo a cuchillo en
muchos pases de nuestra Amrica, quemando sus tolderas, repartindose
a sus hijos, o mezclndolo en las luchas civiles para que fuese carne de
can.

Otra vez volvieron a hablar de los primeros conquistadores. Al iniciarse
su xodo, el pueblo espaol estaba en el apogeo de su vigor. Siete
siglos de pelea continua con el moro haban virilizado sus costumbres.
Hombres de guerra jugaban a detener una muela de molino en plena
rotacin. Otro, con una cortesa de gigante, arrancaba en una iglesia la
pila de agua bendita para que mojase con ms comodidad sus dedos una
dama de baja estatura. Todo espaol era soldado. Las continuas
algaradas, cabalgadas y rebatos en los lmites de los reinos musulmanes
y cristianos obligaban al labriego a arar la tierra con las armas
prontas. Una operacin agrcola costaba muchas veces una batalla. El
rabe le ense a cabalgar en corceles indmitos; la tradicin del pas,
que databa de los auxiliares de Anbal, haca de l un pen infatigable.
La lucha de guerrillas, sorpresas y emboscadas, armado a la ligera, le
prepar para buscar en las selvas de Amrica al enemigo escurridizo,
invisible y de golpe certero.

Semejantes a los legionarios romanos, que lo mismo peleaban en tierra
que en el mar, los aventureros de la conquista fueron a la vez
navegantes, jinetes incansables en las pampas inmensas y duros andarines
de las selvas vrgenes, sufriendo los rasguos de la espinosa
vegetacin, el acecho de los indios, la acometida de las fieras los
tormentos del hambre y de la sed. Algunos que desembarcaron en Mjico
acababan por establecerse en los confines de la Patagonia. Otros,
abandonando la vida regalada a orillas del Pacfico, lanzronse a travs
de bosques y desiertos, siguiendo el curso de ros como mares, para
salir al Atlntico por las bocas del Amazonas. El pie incansable vala
tanto en ellos como la mano frrea y el ojo de pjaro de presa.

El hambre, un hambre que slo poda sufrir el espaol, habituado a las
sobriedades de su raza, le acompa en sus exploraciones por las peladas
altiplanicies de los Andes y las llanuras pantanosas sin trmino.
Aventurbase en desiertos de los que pareca haber huido toda vida
animal. El cielo de triste azul relampagueaba y temblaba cargado de
electricidad, sin soltar una lgrima de lluvia; el suelo de bronce no
permita que la ms leve brizna de hierba adornase sus peascales; la
llama y la vicua torcan su carrera de trote femenil para no internarse
en esta desolacin, glacial unas veces, trrida otras. Ni una planta ni
una bestia se encontraban en las soledades de leguas y leguas... Y por
all pas el hombre, por all camin sin gua el aventurero espaol, a
impulsos de su heroica ignorancia, que le haca marchar en lnea recta,
siguiendo el revoloteo ilusorio de la Quimera, siempre en busca de las
montaas de oro.

Unos eran estudiantes mal avenidos con las bayetas escolsticas o mozos
de labranza que, deslumbrados por el mgico esplendor de las Indias, se
improvisaban guerreros en las tierras nuevas. Los ms eran combatientes
de las guerras de Europa, segundones de ilustres casas, hidalgos pobres
que haban hecho su aprendizaje en los tercios de Italia y de Flandes y
asistido al saco de Roma: soldados orgullosos de sus hazaas y un tanto
indisciplinados, que consideraban a sus jefes como iguales. Cada uno de
ellos era capaz de tomar el mando, y en momentos difciles, obrando por
cuenta propia, remediaba las faltas de su caudillo y obtena la
victoria. Su orgullo estaba acostumbrado al respeto y al miedo del
capitn. Cuando ste no poda ahorcarlo, lo halagaba cortesanamente. Los
generales llamaban en Espaa a sus gentes seores soldados. El duque
de Alba, acostumbrado a tratar con fiereza a reyes y papas, apellidaba a
los guerreros de sus tercios Muy altos y poderosos hijos, ponderando
el gran amor y aficin que les tena.

Y de entre estos hombres de guerra altivos, crueles y caballerescos, que
paseaban su arcabuz como un cetro, su casco abollado como una corona,
sus harapos como una gloria, surgan Ercilla, Cerotes, Caldern y tantos
otros ingenios. En pacto eterno con el hambre y la pobreza, condenados
desde mozos a ver sus hazaas mal recompensadas y sin otro porvenir que
una vejez de mendicidad, poda sin embargo el ms humilde de ellos, si
le ayudaba la suerte en las Indias, convertirse en seor de luengas
tierras y virrey de un Imperio.

--La literatura--dijo Ojeda--influy mucho ms de lo que creen en la
empresa de la conquista. Los aos que siguieron al descubrimiento fueron
de gran difusin para las lecturas heroicas, difusin que dur un siglo,
hasta que Cervantes escribi su famosa obra.

En 1492 se impriman por primera vez los libros de caballeras; Nebrija
publicaba la primera gramtica castellana; se representaban en corrales
y atrios de conventos las primeras farsas; caa Granada y se embarcaba
Coln. Todo en un ao: el descubrimiento de un mundo nuevo, la unidad
nacional, el nacimiento del teatro, la formacin y reglamentacin
definitivas del lenguaje y la popularidad, por medio de la imprenta, de
los libros de caballeras, que en costosos infolios caligrficos slo
haban servido hasta entonces de recreo a opulentos magnates como don
Alvaro de Luna... El hidalgo pobre, el mozo camorrista, el viandante
aventurero, conocieron por sus propios ojos las sergas del caballeresco
Amads y gritaron de entusiasmo con las hazaas de Palmern y Tirante el
Blanco.

--Las almas sensibles y creyentes--continu Fernando--paladearon las
gestas del mstico guerrero Perceval y los amores del caballero Tristn
de Leonis con la infortunada reina Iseo, historias de amor y de muerte
de los trovadores medievales, que en nuestros das ha remozado Wagner
como argumentos de sus poemas... Las veladas en ventas y mesones
discurran ligeras en torno del candiln, que trazaba un crculo rojo
sobre las pginas de la maravillosa historia impresa. Un estudiante de
clrigo o un bachiller lea en alta voz, rodeado de un crculo de caras
cetrinas, con el ceo fruncido y la boca palpitante de emocin... Uno de
los venteros del _Don Quijote_ declara como la mejor joya de su casa los
viejos libros de caballeras olvidados por un caminante.

Estas historias disparatadas y heroicas agrandaban los nimos, quitando
toda significacin a la palabra imposible. Los ms de los lectores y
auditores llevaban espada al cinto, y al enterarse de las desaforadas
batallas con gigantes partidos por mitad, dragones despanzurrados, fugas
de inmensos ejrcitos de malandrines, endriagos y salvajes, vencimiento
de terribles encantadores y liberacin de princesas cautivas, pensaban
con emulacin y envidia: Lo mismo hara yo si se presentase la ocasin.
Pero... adnde ir?... Cmo empezar?.

Los caballeros aventureros con existencia real conocidos de las gentes,
el valiente Juan de Merlo, rompedor de lanzas en la corte de Borgoa, o
los peleadores del paso honroso con Suero de Quiones, haban vagado
de corte en corte sin mayores hazaas que los torneos. A qu parte del
mundo caan las nsulas y tierras de encantamiento para los hombres
ansiosos de maravillosas aventuras?...

Y mientras toda una generacin soaba con los ojos puestos en el libro y
una mano en la cruz de la tizona, base agrandando el radio de los
argonautas al otro lado del Ocano. Detrs de las islas de recientes
desengaos extenda la inmensa tierra firme un mundo de misterios. Los
que volvan de all, adornado el casco con raros plumajes, hablaban de
ejrcitos de hombres cobrizos y fieros que sacaban el corazn a los
enemigos para ofrecerlo a sus dioses; de esbeltas y ligeras amazonas con
slo un pecho, para tirar mejor del arco; de tritones mostachudos en los
ros, sirenas en las desembocaduras, perlas en los golfos y grandes
bloques de oro nativo, del que enseaban fragmentos... Las ricas
nsulas no eran ficciones de los libros! Haba tierras en las que un
paladn poda crearse un reino a golpes de espada!... Y la juventud
corri a llenar con sus armas y sus ilusiones las naos de Sevilla y
Cdiz; y una vez en el otro mundo, empezaban la epopeya de los
navegantes de tierra firme, ms dolorosa y ms heroica que la de los
navegantes del mar.

En las selvas de Amrica, nunca exploradas, vieron hipgrifos, licornios
y grifos iguales a los de los amados libros; las mordeduras de serpiente
no eran mortales si se les aplicaba una amatista; la piedra bezoar
sanaba todas las dolencias, y el mismo Carlos V peda para las suyas
este remedio encantado de los conquistadores. rboles misteriosos daban
la muerte a todo el que descansaba a su sombra, y otros sugeran dulces
sueos de embriaguez. Grupos de hombres armados, sin ms gua que el
indio mentiroso y fantaseador o el eco de una tradicin confusa, iban de
la Florida a la Patagonia, del Callao a la desembocadura del Orinoco, en
busca del valle de Jauja, lugar paradisaco de delicias y harturas, del
Imperio de las Amazonas, de la Ciudad de los Csares, urea metrpoli
que nadie vio jams, o de la Fontana de Juventud, suprema esperanza de
los conquistadores de barba canosa que sentan decado su vigor. Pedro
de Alvarado tena que luchar contra los conjuros de una india gorda,
temible hechicera igual a las encantadoras de los poemas antiguos. En un
combate mataba de una lanzada a un guila verde que pretenda sacarle
los ojos, y al caer, el ave de presa tomaba la forma de un indio muerto.
Era un cacique que, merced a los encantamientos de la bruja, se haba
convertido en guila para cegar al conquistador.

Hombres razonables y equilibrados no hubieran seguido adelante. Una
visin ordinaria de la realidad les habra impulsado a retroceder o a
tenderse en el suelo, desalentados. Pero la ilusin, sirena encantadora,
coleaba en el aire junto a estos locos heroicos en sus horas de
desfallecimiento.

Cuando en las altiplanicies estriles marchaban casi arrastrndose, las
entraas rodas por el hambre y las piernas petrificadas por el fro, la
esperanza, como un relmpago, reanimaba su vigor. Tal vez al trasponer
la prxima altura veran entre las nieves un valle frondoso con palacios
chapados de oro. Por qu no?... Visiones ms portentosas haban salido
al encuentro de los paladines en tierras de misterio. Y tirando del
cinturn para correr la hebilla unos cuantos puntos, acallaban de este
modo el estmago hambriento y seguan adelante con el mosquete al
hombro, el talle gentil y la ilusin aleteando ante sus ojos.

El oro, que hua de ellos en las cumbres, los aguardaba sin duda en los
profundos valles de asfixiadora torridez, como rayos de sol petrificados
por el suelo ardiente. Y en busca del gran rey que todas las maanas,
luego de baarse en el lago sagrado, se revolva en montones de polvo de
oro, cubrindose de pies a cabeza con esta costra deslumbrante,
avanzaban los aventureros por pantanos infinitos, hundindose en el
lgamo con la pesadez de sus armaduras, chapoteando como hipoptamos de
acero en un fango de siglos.

Marchaban das, semanas, meses, por la llanura casi lquida. Dorman
sobre troncos cados, teniendo que espantar en mitad del sueo la
vecindad de los caimanes. Guisaban su alimento sobre un trpode de
ramas, devorando con fango hasta el pecho el ave acutica o el lagarto
mal chamuscados. Un paso en falso les bastaba para desaparecer. La mala
alimentacin y las calenturas hacan de ellos feroces espectros
enfundados en mortajas de hierro.

La desgracia y el ansia de vivir los convertan en seres crueles, sin
misericordia. La muerte iba con ellos y para ellos. No slo haban de
defenderse de la hondonada invisible, de la mandbula del saurio y el
colmillo del reptil: el gua, el indio que marchaba a su lado, era un
enigma inquietante. Imposible adivinar la verdad en la mueca servil de
su mascarn cobrizo. Muchas veces, cuando ms descuidado caminaba el
hombre invencible, el hombre de acero con el trueno al hombro, los
indgenas caan sobre l, lo enlazaban entre las lianas de sus brazos, y
juntos chapuzbanse en la laguna como racimo de miembros palpitantes,
contentos de perecer a cambio de ahogar al blanco.

Los que por benevolencia de la muerte desafiaban impvidos el clima, el
hambre, los hombres y las fieras continuaban su avance, viendo en tanta
miseria una preparacin necesaria para obtener la gloria y la riqueza.
Les aguardaba al otro lado del pantano o de la selva la ciudad de
encantamiento, con sus techos deslumbrantes y un monarca poseedor de
montaas de esmeraldas, que acabara por darles su hija ms hermosa y
con ella todos sus tesoros. Tal vez en el ltimo momento les cortase el
paso algn dragn de siete cabezas vomitando llamas; pero ellos se
encargaban de rajarlo con la buena espada de Toledo y la ayuda de su
patrn el seor Santiago.

--Tal era la influencia del libro de caballeras--continu Ojeda--, que
el emperador Carlos V dio un decreto prohibiendo la importacin y
lectura de tales obras en las Indias. Los aventureros de espritu
caballeresco, afligidos por los abusos de los gobernadores, ejercan la
justicia por su mano, lo mismo que el hidalgo manchego. Tomando ejemplos
en los libros, formbanse en las nacientes ciudades de las Indias
corporaciones caballerescas, cuyos individuos, con el ttulo de
conjurados, se comprometan a defender con la espada los derechos de
la viuda y el hurfano y a combatir las injusticias del poderoso.

El conquistador se adapt a la nueva tierra y a las costumbres del
indgena con asombrosa prontitud. El individualismo espaol encontraba
un encanto irresistible en la vida errabunda del indio, con pocas leyes,
ninguna autoridad, escaso trabajo, continuo viaje y un solo afecto: la
familia.

--As fue--dijo Maltrana--. En todas las historias de la conquista se
habla de expediciones de espaoles que descubrieron compatriotas
procedentes de una expedicin anterior, los cuales llevaban varios aos
viviendo entre los indios. Un naufragio, un retraso en la marcha, un
combate desgraciado, les haca caer prisioneros, y si libraban la piel
en el primer momento, acababan por hacerse de la tribu y constituir
familia. Los espaoles encontraban con asombro al mozo de Sanlcar, de
Triana o de un pueblecillo de Extremadura con el pecho pintarrajeado,
corona de plumas y un anillo en la nariz, apoyado fieramente en su arco
y barboteando trabajosamente un castellano que casi haba olvidado.
Lloraba al recordar la Virgen de su tierra, pero cuando los compatriotas
le incitaban a seguirles, sus lgrimas eran de desesperacin. Ay, no!
Y la familia?... Y presentaba a la respetable compaera cobriza, con
ojos de diablo y mejillas cubiertas de chafarrinones, y tras ella, la
nidada de mesticillos, giles como gamos, con panzas vidas de sepultar
todo lo viviente.

Con igual facilidad se adapt el soldado espaol a la guerra indgena.
Los pasos de los ros, las lagunas infinitas, las lluvias torrenciales,
la dificultad de conservar la plvora, hicieron cada vez ms escasas las
armas de fuego. La lanza, la espada y la rodela acompaaron al
conquistador en sus expediciones de tierra adentro. El combate, para los
viejos soldados que haban conocido las batallas ms famosas de Europa,
fue en adelante la guazabara. La tctica, contenida en la _Milicia
Indiana_, de Vargas Machuca, consisti en dar la trasnochada y dar el
albazo, o sea sorprender al enemigo astuto y escurridizo en plena
noche o al romper el da. El aventurero sustituy las botas guerreras
por la alpargata o la abarca de piel de potro; la coraza por el peto
acolchado de algodn, que le serva de almohada durante la noche; el
casco por el morrin de cuero; la capa por el poncho indiano.

--El indio vino al fin a l--interrumpi Zurita sonriendo--, pero l
hizo la mitad del camino yendo hacia la hembra india. Y el resultado de
este encuentro fue una raza nueva, todo un mundo: la Amrica que hoy
conocemos.

Ojeda haba quedado absorto desde mucho antes, sin or lo que decan
Isidro y el doctor. Resucitaba en su memoria la conversacin que haba
tenido con Mina aquella misma tarde, y el recuerdo de la artista evocaba
el de Wagner y sus hroes. Por qu pensaba en esto?... Tal vez--se
dijo mentalmente--porque esos conquistadores fueron hroes de epopeya,
hroes en plena Naturaleza, como los del poema nibelngico...

Su vaguedad imaginativa fue contrayndose, hasta dar forma a figuras
precisas. Vio a Wotan, el dios majestuoso y dbil, forzado a castigar
con momentnea clera a la hija desobediente. Padre--implora sollozando
la walkyria--, ya que me has excluido de la raza de los dioses y como
dbil mujer he de dormir sobre esa roca hasta que el primero que pase se
apodere de mi virginidad, que no sea yo la esposa de un dbil mortal,
de un cobarde!... Evtame esa afrenta... Si en los brazos de un hombre
he de caer esclava, haz que la llama surja en torno de m al eco de tu
palabra; rodame de un baluarte de fuego, para que slo un hroe de
corazn firme y fuerte, valiente como un dios, pueda despertarme y
hacerme suya.

Igual a Brunilda, la virgen morena haba dormido, no aos, sino siglos,
guardada en su letargo por la azul extensin de los ocanos, ms
insalvable que las barreras de llamas. Slo un hroe de corazn fuerte
poda despertarla... Y al or los pasos frreos del conquistador, los
ojos de la india virgen parpadearon, extendi los brazos, y sus pechos
vinieron a aplastarse sobre el peto de una armadura.

Era el hroe prometido; el amor que despierta bajo la caricia del
guantelete metlico; el abrazo fecundador acompaado en sus temblores
por un tintineo de armas.

Y para llegar hasta ella, el hroe no haba tenido que combatir el
obstculo del fuego, que se salva con slo un impulso de coraje... Su
firmeza y su paciencia haban sido tan grandes como su valor ante los
ocanos que desalientan por su inmensidad; las montaas que crecen y se
repiten as como se va avanzando por sus rugosidades; los bosques
obscuros y labernticos, en los que se pierden la luz del sol y las
huellas de los pasos; las llanuras desoladas que no terminan nunca.




VIII


La vspera del paso del Ecuador, al penetrar la luz del alba en las
entraas del buque, fue esparcindose con ella una meloda suave de
metales discretos, una msica con sordina que slo aspiraba a despertar
levemente a los pasajeros, para que reanudasen el sueo con mayor
placer.

Avanzaban los msicos quedamente a lo largo de los corredores todava
iluminados por la luz elctrica, y detenindose en un cruce, embocaban
sus instrumentos, repitiendo la solemne alborada.

Los durmientes se agitaban en sus lechos. Todos saban lo que
significaba esta msica oda entre sueos. El _Coral_ de Lutero. Era
domingo, y el buque protestante lo anunciaba a sus gentes con este salmo
instrumental, que recordaba a muchos una pera de Meyerbeer.

Se apag al fin la msica, sin otra consecuencia que haber turbado
durante algunos minutos los ronquidos de los pasajeros, llamados
intilmente a la meditacin y la plegaria. Pero transcurridas cuatro
horas, un espectculo extraordinario hizo salir a muchos de sus
camarotes antes que de costumbre.

Las seoras sudamericanas, vestidas de negro, con sombreros del mismo
color y un velo ante los ojos, suban la escalinata de caoba con
direccin a los salones, pasando entre los camareros agachados y en
manga de camisa que fregoteaban peldaos y balaustres. Todas marchaban
con los ojos bajos y cierto encogimiento, como si acabase de ocurrir en
el buque algo extraordinario y triste que entenebreca el esplendor de
la maana tropical. Entre las manos enguantadas de negro llevaban
pequeos libros encuadernados en oro y ncar. Tras ellas venan los
hombres de la familia con aire de burgueses endomingados que asisten a
una ceremonia fatigosa e ineludible. Los trajes blancos, los cuellos
flojos, las gorras de viaje, los zapatos de lona, no aparecan esta
maana.

Isidro se encontr en un rellano de la escalera con el doctor Zurita,
que marchaba cual un pastor majestuoso, respetado y jams obedecido,
tras el rebao femenil de su familia: seora, cuadas, suegra e hijas.
Un cuello recto y esplendoroso remontbanse en l desde la corbata negra
a las orejas. Batan sus piernas los faldones de un chaqu, prenda
incmoda en la regin ecuatorial, que gravitaba sobre sus espaldas con
la pesadumbre de una coraza, moteando sus sienes y bigote de perlas de
sudor. Al ver a Maltrana le dirigi una sonrisa de resignacin,
sealando al mismo tiempo con los ojos el trmino de la escalera, los
salones, hacia los cuales marchaba siguiendo el fru-fru majestuoso de
las faldas.

Algunos pasajeros alemanes, vestidos de blanco con descuido matinal,
suban a la cubierta de paseo y miraban un instante por las ventanas de
los salones. Luego se dirigan hacia la popa discretamente en busca de
las tertulias que empezaban a juntarse en el fumadero, como hombres que
sorprenden una reunin de familia y no quieren molestarla con su
presencia.

El mayordomo permaneca junto a la escalinata, recomendando silencio en
las tareas de limpieza, evitando el choque de los cubos, las ruidosas
frotaciones, haciendo hablar a los camareros en voz baja, lo mismo que
si estuviesen en la habitacin de un enfermo.

Un repiqueteo de campanilla surgi del ltimo saln, amortiguado por las
cerradas vidrieras. Isidro, que haba subido al paseo, mir por una
ventana. Lo mejor del buque estaba all, oprimido, amontonado ante la
plataforma de los msicos. Las seoras, en primer trmino, ocupaban las
sillas, y detrs de ellas los hombres, de pie, codo con codo, llevndose
el pauelo a la frente sudorosa. Giraban los ventiladores, y sobre las
negras filas de pechos femeninos mariposeaban los abanicos con incesante
aleteo.

Maltrana fij su mirada entre las dos columnas de la plataforma, all
donde ordinariamente haba una especie de mostrador encristalado lleno
de tarjetas postales y recuerdos de viaje que venda el mozo del saln
encargado de la biblioteca. El tal mostrador haba desaparecido bajo un
mantel lleno de puntillas. Dos candelabros con cirios crepitaban en la
maana esplendorosa sus luces incoloras y sin fuego; un crucifijo de
porcelana ocupaba el centro.

Ante el altar improvisado erguase el obispo, cubierto con una casulla
de oro y albas vestiduras que an guardaban los pliegues del encierro en
la maleta. Arrodillado a sus pies estaba el abate, con las barbas
fluviales tendidas sobre el negro delantero de su sotana. Todos los ojos
iban hacia l: slo la familia de La Boca segua con mirada amorosa los
movimientos de Monseor al decir la misa.

El conferencista, a pesar de su modesta situacin de ayudante, era
admirado por muchos, como esos grandes actores que, aun permaneciendo
mudos en un extremo de la escena, consiguen mayor atencin que los que
hablan y gesticulan en primer trmino. Cuando su voz abaritonada
responda a las palabras del obispo, haba en ella tal encanto y tanta
autoridad, que las buenas seoras se lamentaban de que estas
contestaciones fuesen breves. Y l, convencido de su xito, se
empequeeca, se humillaba ante el oficiante, como un simple aclito,
mirando algunas veces al pblico con el rabillo del ojo para que no
perdiese ni el ms pequeo detalle de su religiosa abnegacin. No haba
querido dar la conferencia, pero ofreca algo ms interesante: el
espectculo de un grande hombre, cuyos retratos figuraban en los
peridicos, ayudando la misa de aquel obispo obscuro, que pareca
aturdido por tal honor.

Abandonaba a veces el abate su actitud encogida, para dirigir al
oficiante como un maestro. Todos los objetos del culto eran suyos: el
sagrado mantel, la casulla, el cliz de piezas enroscadas y las divinas
Formas. Este hombre extraordinario, aleccionado por la experiencia, no
olvidaba nada en sus viajes. En una maleta, los peridicos ilustrados
con sus biografas, los libros que haba escrito y los retratos que
deba regalar con dedicatorias; en otra, los artculos de la misa,
guardados en estuches con forros de terciopelo, bien cuidados,
desmontables y limpios, como tiles profesionales.

Una cabeza avanz junto a la de Maltrana, pegndose al vidrio, al mismo
tiempo que un codo tocaba el suyo. Era Ojeda.

--Est usted oyendo misa?...

--No, Fernando. Pensaba en los caprichos de la suerte histrica; en cmo
la casualidad puede llevar a las gentes por los caminos ms diversos...
Mire usted con qu devocin siguen esas damas el curso de la misa.
Algunas hasta tienen hmedos los ojos. Una misa en pleno Ocano,
figrese usted!... Y pensar que si Amrica la descubren los ingleses, o
el gran Carlos y se deja convencer en Worms por el frailecillo Martn,
toda esa gente estara a estas horas con una Biblia en la mano cantando
salmos con acompaamiento de armnium.

En otras ventanas apretbanse contra los vidrios las cabezas rubias de
varios nios. Con la boca abierta y un pliegue vertical entre las cejas,
contemplaban ansiosos las genuflexiones y manejos del hombre dorado y
los gestos del hombre negro que le segua en todas sus evoluciones. Eran
pequeos alemanes que por primera vez vean una misa.

Maltrana examinaba el pblico amasado en el saln.

--Gran concurrencia--dijo--. Ninguna fiesta de a bordo ha reunido a
tanta mujer. Hasta veo tres coristas que se han vestido de negro con
ropas prestadas por las amigas. Son polacas... Y ms all, mire usted a
doa Zobeida envuelta en su manto americano, y a nuestra amiga Conchita
con mantilla espaola... En el centro est Nlida, una Nlida que parece
otra, humildita al lado de su madre, con la cabeza baja, sin nada
llamativo, hmedos los hermosos ojazos. Pobrecilla! En ella las
impresiones son tan fugaces como intensas. Est emocionada por el
espectculo. Un poco ms, y rompe a llorar... Pero vmonos de aqu;
estamos molestando. Don Carmelo, el de la comisara, que est al lado
del abate para ayudarle, nos ha mirado varias veces. Las respetables
matronas levantan la cabeza, y yo debo velar por mi reputacin. No
quiero que digan que Maltranita es un impo. Esa reputacin sirve a
veces en Europa, pero en Amrica da muy poco.

Se apartaron de la ventana para emprender un paseo por la cubierta,
solitaria en aquellos momentos.

--Ah ver usted--dijo Isidro a los pocos pasos, continuando de viva voz
el curso de sus reflexiones--la gran diferencia de lo imaginado a lo
real. Cuntas veces he ledo yo la descripcin de una misa en alta mar!
Usted mismo, poeta, si se propusiese hacer unos versos sobre esto, qu
de cosas bonitas dira!... El augusto silencio; el Ocano recogindose
para presenciar mejor la divina ceremonia; la maana esplendorosa, las
gentes llorando, un hlito celeste descendiendo sobre el buque cual
msica anglica... Y fjese en la realidad: no hay ms msica que la de
los ventiladores y abanicos; los hombres chorrean sudor y miran a las
puertas deseando huir; abajo suenan los platos y los tenedores de los
herejes, que toman su primer almuerzo; en la proa y en la popa gritan,
juran y cantan los emigrantes; los camareros suben y bajan las escaleras
con sus tiles de limpieza... No; decididamente, no hay poesa religiosa
en estos buques modernos.

--Procure no repetir tales cosas en presencia de sus amigas--dijo Ojeda
con el mismo tono zumbn--. Como usted afirmaba antes, la impiedad da
muy poco en Amrica, y el catolicismo es algo que dej muy arraigado en
las mujeres la educacin espaola. Los hombres son indiferentes, son
incrdulos, pero jams se atreven a ser impos. Para eso hay que pensar,
y su pensamiento lo ocupan por entero los negocios.

Otra vez, como en la tarde anterior, surgi en su conversacin el
recuerdo de los conquistadores, pero por breves momentos. El hombre de
presa, el navegante de espada, haba sido en muchas ocasiones un
mstico. Al sentirse fatigado de aventuras y glorias, descease la
tizona, abandonaba el corselete y se cubra con el hbito de fraile.
Otras veces, en plena juventud, bastaba un revs de fortuna, un
desengao de amor, para que el capitn fastuoso y cruel se convirtiese
en ermitao del desierto, alimentndose de races frente a una calavera
y una cruz de palo.

Estos msticos a la espaola, de un misticismo orgulloso y dominador, en
vez de elevar los ojos al cielo para dejarse absorber por su grandeza,
tiraban del cielo y lo hacan bajar hasta ellos, viendo en cada acto de
su energa individual una chispa de la voluntad de Dios encarnada en sus
personas. Eran msticos de accin, como el antiguo soldado Loyola, como
la andariega Teresa de Jess, especie de Don Quijote con tocas siempre a
caballo por los campos de Castilla; y este misticismo vigoroso y
militante, que salv a la Iglesia catlica cortando el paso a la Reforma
se haba esparcido por el Nuevo Mundo con los conquistadores,
predispuestos al milagro. Siempre que se vean en un aprieto al pelear
contra los indios, aparecaseles el apstol Santiago en su corcel blanco
y luminoso, hendiendo las apretadas huestes cobrizas, lo mismo que en
Espaa haba desbaratado a los infieles musulmanes.

--La devocin de aquellos hombres--dijo Ojeda--ha llenado Amrica de
imgenes prodigiosas, tantas o ms que en la Pennsula. No hay all
ciudad con tres siglos de existencia que no tenga un santo de
indiscutibles milagros... Los imagineros de Valencia y de Sevilla
enviaban remesas de vrgenes y cristos a los conventos de las Indias y a
los hidalgos retirados de aventuras en sus buenas encomiendas. Pero
estas imgenes de encargo, al tocar el suelo americano, se agigantaban y
hacan milagros, lo mismo que los desesperados y hambrientos que al
llegar all se convertan en hroes.

Vironse crucifijos remontando los ros contra su corriente; vrgenes
que inmovilizaban la carreta que las conduca para manifestar su
voluntad de no pasar adelante y que all mismo las erigiesen un templo;
imgenes que, ocultas en el suelo, se anunciaban con msicas y luces
misteriosas. Todos los prodigios divinos de la metrpoli se repitieron
en las Indias, como la copia repite el original. Las vrgenes negras de
Espaa, inexplicables para la devocin peninsular, se reprodujeron en
Amrica, con gran entusiasmo de la gente de color.

--Y todo este pasado vive ennoblecido e indiscutible bajo una ptina de
siglos que lo hace cada vez ms venerable. Crame, Maltrana. Al llegar
all, enfunde su burla y procure no hablar de religin, si es que busca
apoyo en las damas. Deje eso para los comisionistas de comercio
extranjeros. La impiedad no puede ser para nosotros artculo de
exportacin. Las creencias tradicionales resultan obra de nuestra
vieja, y si las atacamos, hgase cuenta que estamos dando con un pico
en la casa materna.

Despus de permanecer sentados algn tiempo en la terraza del fumadero,
continuaron su marcha, llegando por segunda vez a las ventanas del
saln. El pblico era el mismo, nadie se haba movido de su lugar, pero
el oficiante era otro. Monseor estaba abajo, tomando su almuerzo,
rodeado de la familia admiradora, que le incitaba a restaurar sus
fuerzas despus de las fatigas recientes. Ahora era el abate francs el
que, revistindose a la vista de los fieles con los mismos ornamentos,
deca la segunda misa.

En vano desplegaba una majestuosa solemnidad en palabras y gestos: su
pblico segua admirndole, pero estaba fatigado. Corra el sudor por el
rostro de las damas, arrastrando en sus tortuosos raudales el negro de
las ojeras, el rojo de las mejillas y el barro blanquecino de los polvos
de arroz. La conciencia de estas devastaciones del calor las haca
moverse nerviosas en sus asientos con el abanico sobre el rostro. Los
cuellos almidonados de los hombres perdan la acorazada tersura de su
planchado; se ondulaban como muros de porcelana prximos a
resquebrajarse. De las orejas velludas colgaban perlas de sudor.

Acostumbrado el sacerdote a adivinar el estado de nimo de los pblicos,
aceleraba sus gestos, llevaba la ceremonia a todo galope mascullando
frenticamente sus latines, reanudndolos antes de que terminase sus
respuestas el ayudante con sotana negra. Este ayudante era don Jos, el
cura espaol, encogido, humilde, para ganarse las simpatas de las
seoras que admiraban al abate.

Los dos amigos, acodados en la borda, sintieron de pronto a sus espaldas
un estrpito de sillas removidas, puertas abiertas de golpe,
precipitadas carreras, suspiros de pechos comprimidos, algo semejante a
la fuga pavorosa del pblico en un local que se incendia. La misa haba
terminado y las seoras corran a sus camarotes para cambiar de ropas y
reparar el desorden de sus rostros. Los hombres respiraban unos momentos
en la cubierta y encendan un cigarro antes de ir a despojarse de las
prendas negras.

Son de nuevo el repiqueteo de la campanilla y corri Isidro a mirar por
las ventanas. Otra ms!... Era su amigo don Jos, que, cubrindose con
las vestiduras sudorosas de sus antecesores, iba a decir la tercera misa
ayudado por don Carmelo. El sacerdote se preparaba a oficiar sin ms
pueblo devoto que las sillas esparcidas en el saln con el desorden de
la fuga. Slo algunas domsticas, enviadas por sus seoras, entraron
apresuradamente para no quedarse sin misa. Doa Zobeida y Conchita
haban avanzado hacia los asientos de primera fila, consolando al
oficiante con su presencia de esta retirada general.

--Mi pobre don Pepe!--exclam Isidro--. l que contaba con esta misa
para hacerse visible ante el seoro del buque y adquirir buenas
amistades!... Y me lo dejan solo, como un artista sin cartel! Eso no
est bien. Hay que hacer algo por el paisano, no le parece,
Fernando?... Si nos lanzsemos! Hace tantos aos que no hemos visto
eso de cerca!...

Y los dos entraron en el saln, colocndose en primera fila. El
ambiente, cerrado an y caldeado por tantas respiraciones, era de una
densidad asfixiante. Conchita los salud con un gesto de cansancio. Doa
Zobeida, al reparar en ellos, tuvo miradas de ternura. Muchas gracias,
en nombre del buen padrecito. Para ella, esta misa era de mayores
mritos que las anteriores.

Don Jos, al volverse de cara a los fieles, no pudo reprimir un parpadeo
de sorpresa viendo la inmovilidad devota de sus dos amigos. Y este
agradecimiento, as como lo avanzado de la hora, le hizo despachar su
misa rpidamente.

Al terminar la ceremonia, don Carmelo fue el primero en huir, llevndose
las manos al rostro, que chorreaba sudor.

--Mardita sea mi arma! Serca de dos horas en este horno... Er
comandante, porque soy espaol, me da siempre estos encargos. Con lo
que tengo que escrib en la comisara!...

Y sali apresuradamente, cruzndose con el abate, que volva en busca de
sus ornamentos para colocarlos uno por colocarlos uno por uno, bien
contados y limpios, en los estuches de viaje.

La banda de msica tocaba su concierto matinal. Todos los sillones del
paseo estaban ocupados. Las damas, vestidas de blanco, gozaban el
bienestar de una leve frescura despus de las angustias sufridas en el
saln. Circulaba impreso el programa de las fiestas con las que se
solemnizaba el paso de la lnea: cuatro das de banquetes, conciertos y
juegos atlticos. Muchos rean de los chistes con que el mayordomo haba
salpicado el programa, gracias inocentes, de una pesadez abrumadora, que
parecan guardadas en el almacn del buque con las flores de trapo, las
banderas y los escudos de cartn, para resurgir a fecha fija en todos
los viajes.

Ojeda, al salir a la cubierta, se vio detenido por la sonrisa de Mrs.
Power y abandon a su compaero, acodndose al lado de ella en la
baranda.

Demonio de mujer!--pens Maltrana--. Parece como que huele a Fernando.
Cualquiera dira que tiene ojos en la nuca para verle. Est de cara al
mar y apenas nos aproximamos, vuelve la cabeza sonriendo de antemano,
segura de que es l quien se acerca.

Un coro de vociferaciones, grandes risas y aplausos son en la terraza
del fumadero, y Maltrana, ansioso por conocer todo lo que ocurra en el
buque, corri hacia este sitio.

Era Nlida, rodeada de sus admiradores y otras gentes que haban sido
atradas por el nuevo aspecto que presentaban algunos de aqullos. El
barn belga, su rival el alemn y otros ms que tenan bigotes,
aparecan ahora con el labio superior recientemente afeitado, y esta
novedad provocaba la ovacin irnica de los amigos.

Nlida sonrea, bajando los ojos con modestia. Haba manifestado el da
anterior que nunca podra amar a un hombre con bigotes; ella estaba por
el varn a estilo norteamericano, con la cara limpia de pelos lo mismo
que los luchadores helnicos. Y esto haba bastado para que aquellos
hombres, rodos por sorda rivalidad corrieran a ponerse en comunicacin
con el barbero, presentndose desfigurados ante la veleidosa joven que
los abarcaba a todos en un afecto comn, sin distinguir a ninguno.

--Esta chica va a volvernos locos--dijo Maltrana a Ojeda, que haba
corrido tambin para enterarse del motivo del estrpito--. Ahora parece
que su gusto consiste en que los hombres se afeiten. Yo estoy libre de
eso: yo he seguido siempre la moda de ahora. Pero usted, Fernando,
lbrese de que esa chiquilla le eche el ojo. Veo en peligro sus hermosos
bigotes.

--A m!...--exclam Fernando levantando los hombros despectivamente y
mirando a Nlida, que por casualidad fijaba al mismo tiempo sus ojos en
l--. No hay peligro, Maltrana... Me vuelvo con la yanqui.

Cuando los dos amigos se reunieron en la mesa, a la hora del almuerzo,
notaron la ausencia del doctor Rubau.

--El pobre seor est muy triste--dijo Munster--. Me comunic anoche que
pasara encerrado todo el da en su camarote. Hoy es el sexto
aniversario de la muerte de su seora, y todos los aos, est donde
est, hace lo mismo. Se asla, piensa en ella, no come; llora con toda
libertad.

Maltrana admir irnicamente la conducta del doctor. Quin podra
sospechar esta desesperacin romntica en aquel viejo mdico, con sus
setenta aos, sus patillas teidas y sus dientes montados en oro?... Y
en vida de la llorada seora tal vez se habran peleado los dos
frecuentemente y l llevara sobre su conciencia ms de una
infidelidad...

--La ilusin, Ojeda! La caprichosa ilusin, que agranda las cosas
cuando las perdemos y nos las hace amar con nuevos amores, borrando los
recuerdos ingratos.

Despus del almuerzo, Maltrana desapareci con aire misterioso. Haba
hablado a su amigo de cierta expedicin a la parte ms interesante del
buque: una visita que muy pocos conseguan hacer. Pero l tena amigos,
gozaba de grandes influencias, y acompaando a don Carmelo, el de la
comisara, iba a realizar su capricho.

No quiso decir ms, y se fue escalera abajo, dejando a Ojeda tendido en
un silln de la cubierta.

Un calor pegajoso humedeca las frentes y las espaldas. Los dormitantes
cambiaban de postura para separarse de la epidermis las ropas adheridas
por el sudor. Una tenue nubecilla, algo as como una leve pincelada
blanca, destacbase en el azul del horizonte ante la proa del
trasatlntico. Era un velero, todava lejano, que navegaba con el mismo
rumbo del _Goethe_. Pronto lo alcanzara ste; el viento era escaso; de
vez en cuando una rfaga; luego la calma ecuatorial, densa, anonadadora,
que pareca gravitar sobre el Ocano, conmovido apenas por ligeros
estremecimientos.

Marcbase de pronto sobre este mar luminoso un gran redondel negro.
Surga del horizonte una barra de sombra que iba rodando
vertiginosamente hacia el navo, como una pieza de tela que se
desenrolla, obscureciendo al mismo tiempo el cielo y el agua. En esta
zona de sombra el mar apareca erizado de pequeas puntas, como la
superficie de un cepillo.

El avance slo duraba unos minutos. Pasaba el buque, con una rapidez
igual a la de las mutaciones escnicas, del sol ardoroso a una penumbra
lvida de tempestad. La lluvia lo envolva con un trgico acompaamiento
de relmpagos y truenos estentreos; truenos como slo se oyen en la
soledad del Ocano. Esta lluvia no era a raudales, sino en grandes
masas, cual si se desfondase un lago all en lo alto y todo su volumen
cayera de golpe. Entraba en forma de cuchillos por los intersticios de
las lonas, inundando la cubierta por el lado del viento; deslizbase en
riachuelos ondulosos al pie de las barandas; aglomerbase en las canales
de desage, que borbolleaban, atragantadas por tanto lquido. Los toldos
y las planchas quejbanse como apaleados.

Y a los cinco minutos, cuando las gentes, asustadas, recogan libros y
almohadones en las cubiertas para librarlos de la inundacin,
refugindose con ellos en los salones, surga de pronto el sol; el
buque, chorreante, brillaba cual si fuese de oro, y la mancha de sombra
iba corrindose en el mar luminoso, cada vez ms reducida, ms estrecha,
hasta perderse en el infinito, como si la fuese arrollando una mano
invisible.

Al poco rato el calor ecuatorial haba devorado hasta la ms recndita
mancha de humedad. Cuando an se deslizaban en las canales algunas gotas
retrasadas, las tablas de las cubiertas, ardientes por el sol, crujan
de nuevo bajo los pasos. Un cuarto de hora despus del tempestuoso
chaparrn no quedaban vestigios de l. Se le recordaba como algo absurdo
e irreal, en el calor asfixiante de la tarde, bajo un cielo de crudo
azul, sobre un mar que herva con los reflejos del sol y daba a la
retina la impresin de un lago infinito de tibias aguas.

Formbase en el avante de la cubierta un grupo de nios y criadas que
sealaban al horizonte. Acudan los pasajeros, apuntando sus gemelos en
la misma direccin. Ojeda abandon su asiento para unirse al grupo, y
los dormitantes que estaban cerca se incorporaron igualmente, corriendo
con la infantil curiosidad que inspiraba el menor suceso en la montona
existenca de a bordo...

El velero estaba a corta distancia del trasatlntico, movindose ante
su proa como una montaa de blancos lienzos cuadrangulares ligeramente
rosados por el sol. Una maniobra del _Goethe_ lo dej a un lado, y
entonces apareci visible de proa a popa, con su casco frreo pintado de
verde, agudo y veloz, y el velamen de sus cinco mstiles, amplio,
enorme: un bosque de hojas de lona con nervios de acero, que recoga la
menor brisa, vibrando y encabritndose bajo su soplo.

Algunos pasajeros que bajaban del puente transmitan las noticias del
telegrafista. Era un velero de Brema y no iba a Amrica. Se aproximaba a
las costas del Brasil para tomar los vientos, ganando despus el cabo de
Buena Esperanza. Iba a la China a cargar arroz.

El _Goethe_ salud con un bramido el pabelln enarbolado por el velero.
Dos docenas de hombrecillos, achicados por la lejana, agolpbanse en la
borda, con el torso desnudo, moviendo en alto sus casquetes blancos
iguales a los de los cocineros. Se adivinaban sus gritos, absorbidos por
el silencio del Ocano, de los que no llegaba el ms leve eco hasta el
vapor. Dos perros enormes, hirsutos, fieros, puestos de patas en la
borda lo mismo que personas, saludaban igualmente con ladridos
contorsionantes que converta la distancia en gestos mudos.

Fue quedndose atrs el buque de vela. Se mantuvo un instante paralelo a
la proa; luego, para seguirle, tuvo el gento que correrse por las
cubiertas. Finalmente, slo lo vieron los emigrantes amontonados en la
popa, destacndose la bandera del _Goethe_ sobre la pirmide blanca de
su velamen. Pareca inmvil, a pesar de que dos cuchillos de espuma
rebullan a lo largo de su proa. Adis! Buen viaje!, gritaba en
varios idiomas la muchedumbre agrupada en las bordas... Y el velero fue
empequeecindose, como si marchase hacia atrs, saludando con violentos
cabeceos las arrugas espumosas que enviaba a su encuentro el invisible
volteo de las hlices. Al fin pareci quedar inmvil, sumindose en los
lejanos trminos del horizonte solitario, en la llanura sin lmites,
donde le haran dormitar con las velas desmayadas las ardientes calmas
diurnas; donde avanzara de noche igual a un fantasma, rodeado de
espumas fosforescentes, balancendose la luna enorme y amarillenta entre
el boscaje de su arboladura.

Ojeda extra no ver a su amigo en la cubierta. Algo de mucho inters
deba preocuparle para que dejase pasar inadvertido este encuentro, que
equivala a un gran suceso en la vida montona de a bordo.

Al deshacerse los grupos, volviendo unos a sus sillones y otros al
interior del caf, Fernando encontr a Conchita que paseaba con gracioso
contoneo, sacando los codos, montada en altos y ruidosos tacones. Las
seoras sudamericanas, al verla pasar, la llamaban la espaola
donosita.

Sus ojillos negros y agudos se clavaron en Fernando.

--Vaya usted con Dios, mala persona! Usted no quiere nada con las
paisanas: le parecen poca cosa. Todo para las seoras que hablan en
extranjero y ni Dios las entiende... No, hijo: si no quiero nada con
usted! Paseo mejor solita... Ah tiene a su _yanka_ mirando al mar con
medio ojo y con el otro medio buscndolo a usted. Acrquese, que le
espera.

Y Conchita se alej con ruidoso taconeo, al mismo tiempo que Fernando,
atrado por los ojos claros de Mrs. Power y su sonrisa entre amable e
irnica, iba hacia ella, acodndose en la baranda para entablar el
segundo galanteo del da. Imposible hacer otra cosa en este encierro
flotante, donde era intil huir, pues al dar la vuelta al lado opuesto
de la cubierta encontrbase el fugitivo con las mismas personas.

Las conversaciones con la norteamericana empezaban a fatigar a Ojeda.
Estos _flirts_ sin resultado parecanle montonos, dulzones e
interminables, como los salmos de una capilla evanglica.

Siempre lo mismo: ojeadas sentimentales, palabras melanclicas
alternadas con burlas fras y mordientes para los que pasaban junto a
ellos. Si l manifestaba deseos de alejarse, una mirada maliciosa que
equivala a una promesa y ciertas palabras de doble sentido le mantenan
inmvil. Cuando, sbitamente entusiasmado, intentaba avanzar, ella
sonrea con una inocencia maliciosa: No comprendo... no comprendo. Y
si al fin confesaba su comprensin, era frunciendo el ceo y protestando
con fro rubor: _Shocking_.

Algunas veces se retiraba medio ofendida por las audacias verbales de
Fernando, y ste respiraba, satisfecho y contrariado al mismo tiempo.
Anda con Dios y no vuelvas nunca!--se deca con rabia--. La verdad es
que no s por qu pierdo el tiempo con esta mujer.

Pero no transcurran muchas horas sin que se reanudasen las relaciones
de buena amistad. Maud le sala al encuentro fingindose distrada; le
esperaba al paso, apoyada en la borda, contemplando el mar en la actitud
de una actriz que se ve espiada por la mquina fotogrfica, y era
bastante una sonrisa, un movimiento de ojos, una leve tos, para que
Fernando volviese a juntarse con ella.

Me est toreando--protestaba l mentalmente--. Se est divirtiendo
conmigo... Ay, si estuvisemos en tierra pudiera dejar de verte! Qu
patada te ibas a llevar, hija ma!

Pero estaban en el Ocano, encerrados en un espacio de unos centenares
de metros. Una cadena irrompible los sujetaba a los dos, y cuando el uno
se alejaba, el otro forzosamente iba detrs. Haba que resignarse a un
galanteo penoso y contradictorio, a un tira y afloja que pareca muy del
gusto de aquella mujer y le haca abrir unos ojos de sonriente crueldad,
de espasmo sdico, cada vez que l, con los sentidos excitados por
misteriosas alusiones o miradas prometedoras, se contraa furioso de
deseo.

Su nica preocupacin al salir de estos suplicios era que Isidro no se
enterase de la verdad. Cmo se burlara de l al conocer la conducta de
Maud!... Y a impulsos de su orgullo varonil, de esa vanidad jactanciosa
del macho, que transige con la mentira para conservar su prestigio,
aceptaba las felicitaciones y la envidia de Maltrana, que se lo
imaginaba triunfador.

De tarde en tarde, el remordimiento y el miedo se apoderaban de l. Ay,
si la otra contemplase desde lejos lo que le estaba ocurriendo en el
buque! Si Teri pudiera verle como se ve por el ojo de una cerradura!...

La vergenza le haca permanecer inmvil en su silln, leyendo un libro,
indiferente a cuanto le rodeaba. Otras veces, con el deseo de aislarse
ms an, trasladaba su asiento a la ltima cubierta y se ocultaba detrs
de un bote, gozando el deleite de su voluntad triunfadora, de su
enrgica resolucin al decidirse a ser fiel. Pero la estrechez del
encierro conspiraba contra su virtud. Imposible mantenerse aislado. Las
necesidades de la vida, los toques de llamada al comedor, los juntaban a
todos. Adems, aquella mujer pareca dotada de un sentido diablico para
adivinar su presencia. Le descubra en sus escondrijos, por apartados
que fuesen; pasaba ante l orgullosa y atrayente a la vez, lo mismo que
una reina convencida de su majestad, con un fluido en torno de su
persona que desarticulaba y abata los santos propsitos mejor
construidos.

Reconoca Fernando, aparte de esto, que el enemigo ms temible estaba
dentro de l. Era la bestia adormilada en la soledad, que se encabritaba
al husmear el perfume de Maud; la pureza forzosa por falta de ocasin,
que se retorca fieramente ante la curva tentadora, el largo contacto de
las manos o las blancas suculencias enfundadas en seda negra o seda
gris exhibindose tentadoras entre las faldas recogidas al remontar una
escalera con voluntario descuido.

Ojeda dejbase vencer de nuevo con cualquiera de estos incidentes. Al
llegar a tierra sera otro hombre, recobrara su fidelidad; pero aqu
estaban en pleno Atlntico, y quin sabra nunca lo que ocurriese!...
Haba que entregarse a su destino; seguir las sugestiones irresistibles
del gran impuro. Y Maud la dominadora le vea otra vez sujeto a su
encanto atormentador. Se agitaba en torno de ella sumiso y suplicante,
con alternativas de clera y huidas de despecho que slo duraban breve
tiempo.

Se haba credo por un instante libertado de tal servidumbre al conocer
a Mina. Esta mujercita triste y enferma no era un peligro. Poda estar
junto a ella sin que se alterase el equilibro de su tranquilidad. Mina,
con su dulzura sentimental, pareca hermosear la existencia montona de
a bordo. Era un socorro para terminar sin remordimientos la travesa.

Pero Maud, como si adivinase sus pensamientos y temiese una
concurrencia, haba atacado desde el primer momento a la alemana.
Felicitaba a Ojeda con una irona cruel por su magnfica conquista. Qu
suerte! La mujer ms fea y pobremente vestida del buque... Una especie
de institutriz casada con un musiquillo borracho, del que se rean
todos, hasta la turba de cmicos que iba con l.

En su burla despiadada no perdon ni al nio: un gordinfln con pelo de
camo, el ms sucio de toda la chiquillera del buque. Ella esperaba
ver a Fernando llevndolo en brazos mientras haca el amor a la mam.
Apostaba algo a que por la noche lo dorma en sus rodillas con
acompaamiento de canciones y se preocupaba de cambiarle las ropas
interiores.

Con la irritante injusticia de que slo es capaz el despecho feminil,
burlbase tambin de Mina como cantante. Se haba tapado los odos una
tarde que cautelosamente se acerc a las ventanas del saln, cuando ella
estaba en el piano y l de pie mirndola lo mismo que un tenor... Y
decan que esta infeliz, igual a una doncella de servicio, haba sido
una mujer hermosa y una grande artista!... Y todos los xitos de Ojeda
en el buque consistan en haber inspirado tal pasin!... Deba
felicitarlo por su buena suerte. Y para ms irona, Maud hablaba en
francs con acento nasal: _Mes compliments, mon cher; tous mes
compliments_.

Pobre Mina!... Algunas veces, mientras hablaba Fernando con Mrs.
Power, la haba visto pasar cerca de ellos llevando de la mano a Karl.
Finga no conocerlos, torca los ojos, pero se adivinaba en su gesto la
amargura de la decepcin. Y cuando Ojeda quedaba solo, ella pareca
ocultarse, huyendo de reanudar sus conversaciones. Si en sus paseos por
la cubierta se encontraban frente a frente, despus de breves palabras
Mina pretextaba una ocupacin inmediata u obedeca el ms leve tirn de
Karl para seguir adelante.

A los ojos escrutadores de Maud no escapaba cierto hermoseamiento de la
antigua artista, un mayor cuidado en el adorno de su persona.

--Fjese, seor: su amada hace grandes gastos. Hoy va de blanco de pies
a cabeza; un traje de piqu, planchado y almidonado; una verdadera
coraza. Est elegante como una institutriz de su tierra... Tiene la cara
menos verde, y deja un reguero de olor barato: habr comprado polvos y
perfumes en la peluquera del buque... Y todo por usted, grandsimo
conquistador... Hasta lleva zapatos nuevos. No le veo los tacones
gastados de antes.

Y Fernando, en el egosmo de su deseo, acoga estas burlas con una
satisfaccin cobarde. Eran celos nacientes, que iban a servir para que
Maud se mostrase al fin menos esquiva.

Aquella tarde, el humor de ella pareca menos irnico. La voz, algo
velada, sonaba con lentitud melanclica; sus ojos estaban hmedos: le
brillaban las crneas con una acuosidad excesiva, como si fuesen a
derramar lgrimas. De vez en cuando estremecase con violentos
sobresaltos, lo mismo que si una mano invisible le cosquillease en la
nuca. Cogida a la baranda, echaba el busto atrs, y luego se aproximaba
a ella hasta tocarla con el pecho. Con esta gimnasia nerviosa acompaaba
su charla y disimulaba un deseo de extender los brazos y desperezarse.
Interesbase mucho por el curso del tiempo, que hasta entonces no la
haba preocupado. Preguntaba con ansiedad cuntos das faltaban para
llegar a Ro Janeiro, como si hubiese permanecido durmiendo y al
despertar surgiese en su recuerdo la imagen de alguien que la estaba
esperando.

--Faltan ms de seis das!--exclam con desaliento al or las
explicaciones de Ojeda--. Hoy es domingo, y no llegaremos hasta el
sbado prximo. Qu largo!... Casi una semana para ver a mi John...

Y con cierto sobresalto not Fernando en sus palabras una gran
sinceridad amorosa, un deseo vehemente de recin casada que vuelve al
lado de su marido despus de la primera ausencia.

En las grandes ciudades de los Estados Unidos, los negocios haban
ocupado su pensamiento de mujer prctica y calculadora; despus, en
Pars, se haba aturdido con la alegre vida de sus compaeras. Pero
ahora, en el buque, llevando una existencia de inercia, sin
preocupaciones, sin amistades, con largos encierros en el camarote para
evitarse el trato de las gentes, la imagen del esposo resurga en ella
con una irresistible novedad, acompaada de estremecimientos largo
tiempo olvidados. Adems... el calor ecuatorial! la asfixia que se
apoderaba de ella a ciertas horas de la noche, oprimiendo su pecho,
haciendo zumbar sus odos, desarrollando ante sus ojos cerrados una
cinta de visiones inconfesables, interrumpidas al fin por el sueo!...
Ah, John! Pobre grandote, cmo deseaba verlo!...

Torci el gesto Fernando al escucharla decir esto con la mirada perdida
en el Ocano y una voz montona de sonmbula. Bonito papel el suyo!...
Y saludando irnicamente, anunci que iba a retirarse para que pensase a
solas en la prxima entrevista con su esposo.

--No; qudese--orden ella--. Tiempo tengo de acordarme de l...
Hablemos... Dgame esas palabras bonitas que usted sabe decir y que
parecen de comedia: exageraciones, mentiras, cosas de hidalgo que habla
de morir si no lo aman.

Despus de esto, Ojeda crey tener a su lado otra mujer, como si se
hubiese roto la coraza de hielo tras la cual se haba mantenido hasta
entonces, irnica y hostil, y de los fragmentos de la rota defensa
acabase de surgir algo clido y vibrante que iba hacia l con la
humildad de la hembra que anhela ser vencida.

Pas por cerca de ellos la alemana con su nio de la mano. No los mir,
pero la mirada de Maud fue a ella: una mirada agresiva, de clera
mortal, que pareci clavarse en su espalda. Fernando record que as
miraba la otra; as eran los ojos de Teri cuando en sus viajes le
inspiraba celos una compaera de hotel.

Los ojos de Mrs. Power, cuando dejaron de ver a Mina, volvironse hacia
Fernando con una avidez de posesin. Sonrea escuchando las palabras de
su acompaante, su angustiosa splica, como si pidiese algo
imprescindible para la continuacin de la existencia.

--Tal vez maana... tal vez nunca--dijo ella sonriendo con su coquetera
cruel, que a Ojeda le pareci forzada esta vez, adivinando ms all de
las fras palabras un principio de emocin.

Luego, como si temiese perder la serenidad y decir demasiado, se
apresur a separarse de Fernando. No se poda hablar con l: siempre
pidiendo lo mismo. Se retiraba al camarote. Era demasiado atrevido en
sus palabras, y haba que cortar la conversacin.

--A la noche hablaremos, si es usted ms juicioso... Por all viene su
amigo; ya tiene compaa... No ponga usted esa cara tan triste. Tenga
confianza en la suerte... Quin sabe!...

Y se alej riendo, burlona y tentadora a la vez, mientras se aproximaba
Maltrana llevando sobre el traje de hilo una capa impermeable. Se detuvo
en un espacio de la cubierta baado por el sol, y all qued inmvil,
tembloroso y plido, gozando con visible deleite del ardor ecuatorial.

--De aqu no paso--dijo--. Si quiere usted algo, acrquese.

Ojeda le obedeci, extraando el bizarro aspecto que ofreca con aquella
capa sobre el traje ligero, tembloroso de fro y buscando el calor del
sol cuando todos en el buque sentanse angustiados por la temperatura
asfixiante.

--De dnde viene usted?...

--Del Polo--contest Maltrana.

Tenda sus manos al sol, volva el rostro para sentir el calor en ambos
lados, y al fin se despoj del impermeable y lo abandon en la baranda,
prefiriendo a la tibieza de su envoltura los rayos directos del astro.

--Deje que me caliente un poco. No me mire as. A usted le extraar
verme con este aspecto de gato friolero, buscando el sol cuando todos
sudan... Pero cuando le digo que vengo del Polo!...

Poco a poco fue Maltrana explicando su misteriosa expedicin. Vena de
lo ms hondo del buque, de los frigorficos, donde eran guardados los
vveres. Esto nicamente poda verlo l, que gozaba de buenas amistades.
Para conservar la baja temperatura de dichos almacenes, slo los abran
muy de tarde en tarde, y l haba aprovechado la oportunidad de la
extraccin de comestibles destinados a la fiesta del da siguiente,
bajando a visitarlos con sus amigos de la comisara.

--Lo que viene con nosotros, Ojeda!... Y yo, infeliz, que en otros
tiempos admiraba las tiendas de la calle Mayor en vsperas de
Navidad!... Lo que comemos y bebemos durante el viaje! Sabe usted
cunta cerveza llevamos con nosotros? Mil doscientos toneles. Eso se
dice con facilidad, pero hay que verlo... Sabe cunto vino? Doce mil
botellas. Tambin se dice esta cifra con facilidad...

--Pero hay que ver las botellas--interrumpi Ojeda burlonamente.

--Eso es: hay que verlas juntas con los toneles; una enorme bodega; lo
necesario para emborrachar a todo un pueblo... Y resbalando sobre el
Ocano vienen con nosotros toneladas y ms toneladas de harina, montaas
de cajas de conservas y de extractos; aves, pescados, bueyes, qu se
yo!... Todas las reservas de una ciudad sitiada.

Describa el viaje por las entraas lbregas del buque, su descenso al
infierno... de nieve, llevando como virgiliano gua a su amigo don
Carmelo. Escaleras mojadas y resbaladizas; paredes que lagrimeaban;
luces elctricas veladas y mortecinas bajo el halo irisado de la
humedad; gruesos caos conductores del fro a lo largo de los muros.
Primero haban entrado en almacenes donde la frescura todava resultaba
tolerable. Isidro haba sentido all una satisfaccin egosta y maligna
pensando en los buenos amigos que sudaban y jadeaban en la cubierta de
paseo.

Metase el fro cosquilleante y travieso por todas las aberturas de las
ropas, despertando agradables estremecimientos. Los de la comisara
llevaban gruesos abrigos y capas impermeables. l rea petulantemente,
orgulloso de afrontar con su trajecito blanco estas temperaturas.

Suban y bajaban escaleras; serpenteaban por intrincados corredores
bajos de techo, angostos, con muros de acero, semejantes a los pasadizos
de un acorazado. En un departamento las verduras y las flores; en otro
las frutas: pirmides de manzanas y naranjas, racimos de pltanos,
regimientos de pias alineadas en los estantes como soldados barrigudos
acorazados de cobre y con penachos verdes. Un perfume de gran mercado
surga a bocanadas por las puertas: perfume de flores que agonizan
lentamente, de frutas y verduras detenidas en su fermentacin por la
catalepsia del fro, de vinos y cervezas agitados en sus encierros por
la continua inestabilidad del buque.

--Llegamos al fin a los frigorficos--continu Maltrana--. Unas puertas
que tienen de grueso casi tanto como de alto, unos dados de acero que
giran ligersimos sobre sus goznes y se abren y cierran lo mismo que las
culatas de los caones... _Crac_: una vuelta de mueca y todo queda
justo, acoplado, sin la menor rendija. Al ser abiertas, entra el aire
exterior y se condensa instantneamente, formando un humo blanco junto a
las lamparillas elctricas: algo as como si lloviese sal o hielo
molido. Un espectculo fantstico, Ojeda... Al principio slo se siente
fro en los pies; luego sube y sube el maldito entre el pantaln y la
pierna, y a los pocos momentos cree uno que va calzado con polainas de
hielo... Y qu paisajes se ven en esas profundidades!

Evocaba Isidro el recuerdo de los enormes cuartos de buey rojos y
amarillos, con la grasa congelada de su goteo formando estalactitas.
Tenan estas carnes la densidad de las cosas inanimadas: una dureza de
piedra. Daban la sensacin a la vista y al tacto de enormes mazas
prehistricas, con las cuales se poda hendir el crneo de un elefante.

--La sala del pescado es un paisaje polar. Rocas de hielo amontonadas, y
en el interior de estas masas de cristal turbio estn los peces de mil
formas. Parecen harapos petrificados, tan adheridos a su encierro, que
hay que extraerlos a puro hachazo... Las aves, puestas en estantes, las
creera usted de cartn piedra, como las que se exhben en las cenas de
los teatros. Da uno con los nudillos en la pechuga de un pavo, y suena
lo mismo que un tambor o un crneo hueco... Y toda esta piedra, este
cartn, cuando sale de su encierro se convierte en algo apreciable.
Porque usted reconocer, Ojeda, que aqu no comemos del todo mal.

l, que deseaba con tanto ahnco visitar esta seccin del buque, se
haba apresurado a huir, tiritando bajo un impermeable facilitado por la
piedad de don Carmelo. Senta recrudecerse su fro al recordar los
tortuosos corredores con baldosas rayadas que chorreaban lquida humedad
por todas sus ranuras; las puertas de quicio profundo, iguales a
ventanas, por las que haba que pasar agachando la cabeza y levantando
mucho los pies; las enormes caeras blancas conductoras del fro
cubiertas con un forro de hielo, erizadas de agujas de congelacin, que
brillaban lo mismo que diamantes bajo las luces difusas.

--Mejor se est aqu, Fernando... Bendito sea el calor!... Pero hay que
reconocer la importancia de esa invencin, que pone el fro al servicio
del hombre y permite morir congelado lo mismo que en el Polo estando en
pleno Ecuador. Abajo me acordaba de los argonautas espaoles que en
estos mares vendan los calzones por un vaso de agua tibia... Y
nosotros que bebemos fresco a todas horas!... Venga ms hacia aqu,
Ojeda; yo necesito calor y huyo de la sombra.

Le molestaba un bote de la ltima cubierta suspendido sobre sus cabezas,
que repela el sol o le dejaba paso, siguiendo el lento vaivn del
buque.

Se acodaron los dos amigos en el balcn de la terraza del fumadero,
viendo a sus pies los emigrantes septentrionales que llenaban la
explanada de popa. Maltrana haba estado entre ellos un buen rato antes
de bajar a los frigorficos.

--Crea usted que se necesita valor para permanecer entre esas gentes. A
pesar de la temperatura, conservan sobre el cuerpo los gabanes de pieles
de carnero, los gorros de astrakn. Todas estas pelambreras, as como
las barbas, parecen hervir bajo el sol. Y aada usted los desperdicios
de la comida que fermentan; los cuerpos que humean... Dos veces al da,
los marineros inundan la cubierta; pero a pesar del mangueo, al poco
rato esa parte del buque huele a demonios.

Un ardor belicoso se haba despertado en los emigrantes de popa,
impulsando a unos contra otros. Los rusos jvenes, de barbas de oro y
camisas rojas, boxeaban con los alemanes de brazos nudosos y blancos. Se
vean narices quebradas exhibiendo los remiendos de unas tirillas
puestas en la farmacia. Los ms forzudos exhiban con orgullo sus bceps
adornados con tatuajes azules. Un gigantn paseaba entre los grupos,
devorando con mordiscos de fiera un mendrugo cubierto de carne
sanguinolenta y cruda, alimento excelente, segn l, para conservar la
fuerza.

Todas las tardes bajaba a la enfermera algn luchador con el rostro
entumecido y desfigurado. Ahora, los marineros exentos de servicio
acudan a la explanada de popa, atrados por el brutal inters de estas
peleas. Ya no gustaban de la sociedad de los latinos acampados en la
proa. Encontrbanse desorientados entre los espaoles, italianos y
rabes, demasiado gritadores e ininteligibles para ellos. Preferan los
hrcules silenciosos, las mujeres pelirrojas, con faldas cortas de
bailarina, botines altos y un pauelo escarlata en forma de tejadillo
sobre los ojos pobres de cejas.

Maltrana abandon a su amigo. Senta la necesidad de relatar el
interesante descenso a los frigorficos a sus muchas amistades, o sea
a todos los pasajeros que podan entenderle.

El toque para la comida, que se daba en plena noche al principio del
viaje, con los focos de luz inflamados, sonaba ahora cuando el sol
estaba todava en el horizonte.

Los que esperaban el mgico espectculo de su puesta reunidos en la
ltima toldilla, tenan que renunciar a la diurna apoteosis, corriendo a
los camarotes para vestirse apresuradamente y no llegar con retraso al
comedor.

Ojeda, al sentarse a su mesa, vio que estaba sin ocupar la inmediata,
que era la de Mrs. Power.

--Hoy no come aqu--dijo Maltrana con su autoridad de hombre bien
enterado de todo lo que ocurra en el buque--. La han invitado sus
compatriotas, esa yanqui fea que canta, y su marido, el de la chaqueta
de _clown_... Aqu se invitan unos a otros, como si la comida fuese
distinta. Una botella extraordinaria de champn es todo el obsequio...
Levntese un poco y la ver.

Incorporndose, columbr Fernando por entre las cabezas de la mesa
inmediata la cabellera rubia cenicienta de Maud.

Isidro pregunt a Munster por el doctor Rubau. Nadie le haba visto.
Continuaba metido en su camarote, para solemnizar con este encierro el
doloroso aniversario.

La msica sonaba, como todos los das, a las puertas del comedor; la
lista de platos era la ordinaria; el saln no tena adornos, y sin
embargo las gentes se miraban con aire interrogante. Flotaba en el
ambiente una promesa misteriosa: seguramente iba a ocurrir algo. Y la
presuncin de un suceso desconocido alegraba las miradas y provocaba las
sonrisas. Hombres y mujeres parecan haber retrocedido a la infancia en
esta vida de aislamiento y monotona azul.

A los postres, las damas saltaron nerviosamente en sus sillas, ahogando
un grito de susto; muchos hombres se estremecieron, con la nerviosidad
que despierta un estrpito inesperado. Son junto a una ventana del
comedor un rugido de fiera rabiosa, un baladro amplificado por el tubo
de una bocina. A continuacin, el tableteo de varios rayos imitados con
choques de latas y las sinuosidades de un trueno repiqueteado sobre el
parche del bombo.

Todos los ojos se volvieron hacia la entrada del comedor. Alguien iba a
llegar. Y en el marco de una puerta apareci un espantable y grotesco
personaje, un mascarn negro y rojo. Su avance entre las mesas fue
acompaado de grandes risotadas y movimientos de repulsin de las
seoras, que evitaban su contacto.

Vesta una tnica negra, una especie de sotana con ancha faja de algas
verdes, de la que pendan numerosos pescados crudos y sanguinolentos,
procedentes de la cocina. Otro crculo de algas coronaba su peluca
bermeja, y entre esta peluca y las barbazas de inflamado color
ensanchbase el rostro rubicundo, carrilludo, granujiento, una cara de
borracho perseverante y bondadoso como las que se ven en las muestras de
las cerveceras. Apoybase al andar en un tridente que tena varias
sardinas ensartadas. Colgaban sobre su pecho dos botellas de vino
unidas en forma de gemelos, y al detenerse entre mesa y mesa, echaba
mano a este grotesco instrumento, y con los ojos puestos en los golletes
exploraba el comedor, como si buscase a alguien.

--Capitn!... Dnde est el capitn?--preguntaba con voz ronca.

Despojbase de los pescados de su cintura para repartirlos en las mesas,
y las mujeres chillaban al sentir en sus manos la frialdad blanducha y
viscosa de estos presentes.

As avanz por todo el comedor, seguido de la risa inacabable de los
buenos germanos, que encontraban este espectculo de una gracia
irresistible. Y su hilaridad gan a los dems, dispuestos de antemano a
alegrarse con todo lo que alterase la vida uniforme de a bordo.

En fuerza de pasar entre las mesas y mirar con su aparato ptico, dio
con la que ocupaba el comandante del buque, y apoyndose en el tridente,
empez un discurso en alemn, con voz ruda y autoritaria:

--Yo soy Tritn, y me enva mi seor Neptuno...

Los alemanes acogieron con estallidos de regocijo las palabras del
mascarn, repitindolas traducidas a los vecinos que no podan
entenderlas.

Neptuno, al ver desde sus profundidades que un buque iba a pasar la
lnea ecuatorial, entrando en el otro hemisferio, enviaba a su emisario
Tritn para que los pasajeros que efectuaban por primera vez la travesa
le rindiesen pleito homenaje sometindose a la ceremonia del bautizo. El
discurso iba acompaado de alusiones al mareo de los viajeros, al
tributo que sus estmagos trastornados rendan al inmenso azul, para
mejor alimento de los peces; y cada chiste que el marinero disfrazado
iba soltando, como una leccin aprendida de memoria, lo saludaba el
pblico con carcajadas iguales a las de una escuela en libertad.

El capitn deba entregar la lista de todos los pasajeros que no haban
sido bautizados. Al da siguiente subira Neptuno con su corte para la
gran ceremonia, y mientras tanto, dos representantes de la fuerza armada
del dios iban a quedar en el buque para que ninguno de los nefitos
pudiese huir.

Se llev el emisario una mano al pecho en busca de un pito marinero, lo
hizo sonar, e inmediatamente entraron en el comedor dos gendarmes
alemanes de ridcula traza, con el casco abollado y pequeo para sus
cabezas enormes, levitas angostas, pantalones cortos y un sable
herrumbroso batindoles el flanco. La gente, al verles aparecer, rio
con ms espontaneidad que en la entrada de Tritn. Sus caretas de corto
perfil y bigotes de cepillo les daban aspecto de dogos enfurruados y
una lejana semejanza con Bismarck.

Entreg el capitn a Tritn un sobre sellado que contena la lista de
los candidatos al bautizo, bebieron juntos una copa de champn, y luego,
seguido de los gendarmes, se retir el enviado neptunesco, otra vez con
acompaamiento de temblor de latas y estrpitos de bombo.

Muchos pasajeros abandonaron el comedor apresuradamente. Haba que ver
la partida del emisario, su vuelta a los dominios ocenicos para dar
cuenta al dios de la comisin realizada.

Amontonse la gente en las bordas del paseo. El Ocano estaba iluminado
con fantsticos reflejos: era blanco, despus verde, y al final rojo. De
la cubierta de los botes goteaba sobre el mar el gneo azufre de las
luces de bengala. Las ondulaciones atlnticas tomaban bajo este
resplandor de incendio que rodeaba al buque el aspecto denso del metal
en ebullicin. Ms all de esta zona de luz temblorosa, que coloreaba
grotescamente los rostros y haca palpitar los ojos con desordenadas
vibraciones, extendase la noche tropical, solemne, tranquila, con sus
aguas obscuras pobladas de caracoleantes fosforescencias y su cielo
lmpido, en el que asomaban sonrientes un gran nmero de astros nuevos
rodando en el misterio.

Son en el mar el ruido de un chapuzn, y una luz balanceante comenz a
apartarse del buque. Era Tritn que se marchaba. Un berrido a proa y a
popa de los emigrantes, que slo de lejos participaban de la fiesta,
salud la fingida retirada del personaje submarino. Adis, borracho!
Expresiones a Neptuno!... La boya, con su farol, sali del espacio
iluminado por las bengalas. Su luz se hizo cada vez ms diminuta,
absorbida por el misterio negruzco del Ocano. Pareca huir a impulsos
de oculto motor; escondase en las largas curvas de las olas y brillaba
luego en las cimas, como una estrella cada, para resbalar de nuevo
hasta el fondo de otro valle. La gente se cans de seguirla con los
ojos, y fue esparcindose por el paseo y el jardn de invierno, donde
aguardaba el caf humeando en las tazas.

Ojeda entabl conversacin con mster Lowe antes de volver a su mesa,
ocupada ya por Maltrana. El atltico mocetn, al despojarse por la noche
de las chaquetas rayadas y gloriosas, no poda menos de adornar la
solapa de su _smoking_ con botones y banderitas de los clubs deportivos.
Al ver a Fernando, rio con expresin maliciosa, mostrando su aguda
dentadura, abundante en ureos rellenos.

--Qu seora Mrs. Power!... Hoy la hemos tenido a nuestra mesa; y sabe
lo que ha dicho?... Est enferma la pobre: el calor, la soledad, los
nervios... Le ha preguntado a mi seora si podra prestarle su marido
por un rato. Un favor entre amigas... Parece que no puede esperar ms.

Revelaba con su risa la orgullosa satisfaccin que le causaba solamente
la posibilidad de que una dama como Mrs. Power pudiese ver en su persona
un remedio.

--Es una broma nada ms--continu--. Esa seora es muy graciosa y nada
hipcrita... Pero yo creo, seor, que a quien ella desea es a usted...
Aprovchese... Hgale ese favor.

Lowe, que no ocultaba el miedo que le infunda su mujer con los
fruncimientos dominadores de su rostro acaballado, tomaba, al verse slo
con Fernando, el gesto malicioso de un hombre para el cual no guarda el
mundo sorpresa alguna. Daba la buena noticia por compaerismo. Los
hombres se deben entre s estos informes. Tena la obligacin Ojeda de
atender a una dama... Y hablaba del amor como de un servicio higinico
indispensable para la vida, y en el que pueden reclamarse las ayudas de
la amistad.

Aquella noche no haba nada extraordinario que alterase la vida de a
bordo. El concierto atraa nicamente a los nios y criadas, que antes
de acostarse formaban grupos en torno del crculo de atriles.

Los pasajeros, esparcidos por el paseo, comentaban las fiestas del da
siguiente. Una repentina fraternidad los aproximaba a todos. Venanse
abajo las ltimas diferencias sociales y patriticas que los haban
mantenido apartados en fracciones indiferentes u hostiles. Se notaba el
deseo de comunicacin y mezcolanza que remueve a todo un pueblo en
vsperas de un acontecimiento nacional. Los majestuosos pinginos ya
no formaban grupo aparte y se confundan con las potencias, que a su
vez haban roto el crculo de su aislamiento hostil.

El baile del paso de la lnea!... Las nias hablaban de sus disfraces
trados previsoramente en los bales o anunciaban improvisaciones
originales. Las mams, que hasta entonces se haban saludado con
ceremonia, recordaban enternecidas a las amigas comunes que vivan en
Pars y crean vagamente haberse visto en un t del Hotel Ritz o en una
recepcin-tango en los Campos Elseos. Una matrona imponente detena a
Conchita con sbita amabilidad.

--Y usted no se disfraza, hija ma?...

Con unos ojos tan lindos! Con su aire donoso de espaolita!... Y a
impulsos de su repentina ternura, ofrecise a prestarle una rica
mantilla antigua comprada en Madrid.

Seoras de gesto malhumorado, que se lamentaban de la inmoralidad de sus
compaeros de viaje, detenanse curiosas ante las ventanas del fumadero.
Aqul era el antro del vicio, el lugar donde las mujeronas de la opereta
fumaban y beban entre los hombres con los pies en un asiento o sobre el
borde de la mesa... Y bastaba una ligera invitacin de los amigos o
parientes entregados a interminables partidas de _poker_, para que todas
ellas se decidiesen a entrar con el mismo aire de encogimiento ruboroso
y audacia pecaminosa que las haba acompaado en sus visitas disimuladas
a los _cabarets_ y bailes de Montmartre. Bueno es verlo todo!...
Adems, estaban de fiesta, la gran fiesta del viaje.

Ninguna noche se haba visto tan lleno el fumadero. Los sirvientes
corran azorados, no sabiendo adnde acudir entre tantos y tan
contradictorios llamamientos. Sonaban frecuentemente estallidos de
tapones. El champn desbordaba de las copas, corriendo sobre las mesas
en raudales espumosos. Sonrean las seoras reconociendo los encantos de
este lugar vedado, y hasta encontraban cierta distincin extica a
algunas de aquellas rubias que slo haban visto de lejos en la cubierta
y ahora ocupaban las mesas inmediatas. Esta proximidad pareca aadir un
nuevo placer a su audaz entrada en el fumadero. El mar es el mar...
Cuando llegasen a tierra ni se acordaran de tal promiscuidad.

Ojeda ocupaba una mesa con Mrs. Power y el matrimonio Lowe. No saba con
certeza si era l o su amigo el yanqui el autor de la invitacin, pero
sta haba interpretado los deseos de Maud, que pareci transformarse al
tomar asiento en un divn del caf.

Bebieron fuerte los tres compaeros de Ojeda. Mrs. Power tena los ojos
levemente lacrimosos. De pronto se agrandaban, como si los dilatase el
asombro de una visin interna, al mismo tiempo que unas tortuosidades de
rubor veteaban sus mejillas. Dilatbase su boca buscando aire, a pesar
de que todas las ventanas estaban abiertas y los ventiladores giraban
vertiginosamente. Qu calor!... El ansia de frescura la haca vaciar
la copa que tena delante, ligeramente empaada por el vino helado.
Sonrea mirando a Fernando con unos ojos acariciadores, que ste crea
ver por vez primera.

--Dme ost una sigarreta.

El matrimonio Lowe acogi con risas admirativas esta muestra de espaol
de Mrs. Power. Y envuelta en el humo del cigarrillo que le dio Ojeda,
sigui mirndolo con una fijeza audaz, como si concentrase toda su
voluntad en esta contemplacin, sin importarle los comentarios de las
personas cercanas.

Maltrana, que iba de una mesa a otra para charlar con sus queridos
amigos, aceptando una copa aqu y bebiendo media botella ms all, se
fij en los ojos de Maud.

--Pero cmo mira esa seora!... Ni que se lo fuese a comer!...

Desde una mesa cercana los espi con cierta envidia. Cerca de media
noche abandonaron sus asientos. Lowe se levantaba al amanecer, para ir
al gimnasio, tomar la ducha y seguir otras prescripciones del atletismo.
Su esposa necesitaba cuidar la voz. Salieron los cuatro, y tras ellos
Maltrana.

Junto a una escalera se despidieron, marchando el matrimonio hacia su
camarote. Quedaron solos Ojeda y Maud, mirndose frente a frente. l
senta cierta indecisin, miedo al buenas noches glacial y despectivo
con que ella haba cortado otras veces sus palabras ardorosas.

No tuvo necesidad de hablar. Fue ella la que habl, pero sin mover los
labios, con un parpadeo malicioso que transfiguraba su rostro, dndole
el rictus de una hembra prehistrica agitada por la pasin. De sus
labios sali un leve silbido que equivala a una orden imperiosa; al
mismo tiempo agit el ndice de su diestra como si le llamase.

Maltrana fue tras ellos escalera abajo, avanzando cautelosamente para no
ser visto... Pero no necesit de grandes precauciones. Los dos caminaban
sin darse cuenta de lo que les rodeaba, sin saber ciertamente adnde
iban, empujada ella por el instinto hacia su vivienda.

Oy Isidro, oculto en un ngulo del corredor, el ruido de una puerta
abierta rudamente. Avanz, y antes de que se cerrase aqulla con un
golpe de pie, pudo ver en su fondo luminoso cmo se entrelazaban unos
brazos con la furia concentrada de los luchadores que ansan derribarse,
cmo se juntaban dos cabezas lo mismo que si pretendieran morderse.

El crujido de un cerrojo y la soledad del corredor despertaron de pronto
la clera de Maltrana. l quera mucho a Ojeda... pero unos tanto y
otros tan poco! Sinti el tormento de esa rivalidad masculina que
respeta en el amigo los triunfos de la inteligencia y de la riqueza,
los admira y los desea an mayores, pero se conmueve con sorda envidia
cuando las victorias son de amor.

Al volver Maltrana al fumadero se sinti inquieto en su ambiente
ruidoso. Todava no era su hora: an quedaban algunas mesas ocupadas por
gentes respetables. Los amigos jvenes le haban anunciado que la
verdadera fiesta sera despus de media noche. Esta vez se haban
comprometido seriamente algunas damas de la opereta a ser de la partida.
Isidro sentase de una resolucin feroz al pensar en Fernando. Con las
de la opereta o con otras; era lo mismo. El no poda quedar aplastado
por la buena suerte de su compaero. Necesitaba a toda costa olvidar su
humillacin, aunque para ello fuese necesario atentar contra el reposo
nocturno de las camareras del buque o las muchachas del taller de
planchado.

Huy del caf, como si odiase a las gentes y tuviese necesidad de
tinieblas y silencio. En la cubierta de los botes ocup un silln,
mojado por la humedad.

Este aislamiento lbrego aplac sus nervios... Nadie. Los pasajeros
estaban ya en sus camarotes o se mantenan en el paseo dando vueltas por
las inmediaciones del caf, como pjaros nocturnos atrados por un faro.
El silencio era absoluto en esta cima de la montaa flotante. De tarde
en tarde, un toque de campana en el puente, un rugido del serviola, que
contestaba desde el plpito del trinquete, pasos tenues de marineros
descalzos que se deslizaban lo mismo que espectros entre los botes y
ventiladores de la ltima cubierta. Sobre el cielo obscuro moteado de
clavitos de luz marcbanse los mstiles y la chimenea como dibujados con
tinta china.

Pasaban las estrellas de un lado a otro de los palos, cual un
chisporroteo de insectos juguetones saltando entre el cordaje. Algunas,
empaadas por el temblor del humo de la chimenea, redoblaban sus
titilaciones. Eran como lentejuelas, medio desprendidas de un manto y
prximas a caer. En la obscuridad del horizonte marcbanse unos fulgores
lejanos, tres pinceladas rojas sobre una lnea de puntitos de luz apenas
perceptibles: los fuegos de un trasatlntico que se cruzaba con el
_Goethe_ marchando en opuesta direccin.

Maltrana, con su cabeza en el respaldo del asiento y la mirada en alto,
contemplaba la enorme masa de la chimenea, que cubra una parte del
cielo. Sinti aflojarse la tirantez de sus nervios en el silencio y la
soledad. Le pareca ridculo su orgullo masculino; se avergonzaba de su
envidia. Lo que le importaban a aquella bestia negra que los mantena
sobre sus lomos de acero todas las miserias y picardas de que la hacan
complice...! Lo que podan interesar al Ocano obscuro y replegado en
su misterio, y a los alfilerazos de luz que brillaban a la vez en las
alturas del cielo y en los repliegues del agua, aquellos apetitos y
necesidades del hormiguero instalado en la cscara flotante!...

Vena a su memoria el recuerdo de los primeros argonautas, compaeros de
Jasn, y con ellos el poema de Apolonio de Rodas, cantor de la fabulosa
aventura del vellocino de oro. El mstil del navo helnico era una
encina colocada por Minerva, y este mstil encantado, alma del buque,
hablaba, dando orculos salvadores en los momentos de peligro. Por qu
no poda hablar tambin aquella chimenea gigantesca, que entre los palos
completamente intiles de la navegacin moderna era la representacin
del movimiento y la vida, la gran propulsora, como lo haba sido el
mstil antiguo sostenedor del velamen?...

Este animal ocenico de frreo caparazn tena un alma que se escapaba
normalmente por aquella torre con una respiracin acompasada, o muga
con la furia del instinto en las noches de peligro ante el escollo
cercano o la densa niebla. Sus compartimientos interiores parecan
sensibles a la influencia del ambiente, como las mucosas de un organismo
animal. Maltrana crea verle con diverso aspecto en las varias horas del
da: sooliento y torpe al amanecer; alegre y risueo despus de las
abluciones matinales; pesado y cabeceador luego de medioda, al
adormecerse el Ocano bajo el incendio solar; melanclico y rumoroso
como un jardn antiguo a la cada de la tarde, cuando las cubiertas se
tean de un rojo naranja, prolongndose las sombras de las personas con
la esbeltez de los cipreses; ruidoso y frvolo al cerrar la noche, con
una alegra semejante al hervor del champn, a la sonrisa de unos labios
pintados, a la languidez de unos ojos engrandecidos por el kohol.

Su amigo de la comisara hablaba del buque como si ste fuese un
organismo viviente y nervioso, sujeto a las influencias exteriores.
Cambiaba de carcter en todos los viajes, segn las gentes que llevaba
en sus entraas. Unas veces eran comisiones diplomticas o personajes
polticos que iban a gobernar repblicas, y entonces pareca navegar con
calmosa majestad, entrando solemnemente en los puertos embanderados,
entre caonazos y vtores. Las gentes se hablaban con fro comedimiento,
mensurando las palabras, no atrevindose a alzar la voz. Hasta los
grumetes tenan un estiramiento protocolario. Bastaba que Su Excelencia
se apartase a leer en un rincn de la cubierta, para que al momento este
rincn quedase aislado con atadijos de maromas, y junto a ellas un
marinero de guardia con la consigna de que nadie viniese a turbar un
estudio del que dependa tal vez la suerte de varios pueblos. Y lo que
lea Su Excelencia era una novela de folletn.

En ciertos viajes predominaban los comerciantes, y la cubierta de paseo
era durante veinte das igual a un saln de Bolsa. Rodaban millones de
la maana a la noche, y el buque se mova con el aplomo insolente de un
banquero bien forrado que no teme al destino. Las enormes cantidades,
compuestas puramente de palabras, parecan gravitar realmente en sus
entraas con peso abrumador. Otras veces abundaban las damas elegantes:
ocupaba el _bridge_ todas las mesas; el aire marino perda sus sales
bajo una oleada de perfumes caros, y el buque se rejuveneca con los
trajes vistosos que se arremolinaban en sus cubiertas, las guirnaldas
tendidas en los salones y los polvos de arroz que se llevaba el viento.
Al cabecear sobre el Ocano, pareca tomar el gesto trmulo de un viejo
galanteador que habla con sus amigas de trapos y escndalos mundanos.

Introducanse en algunas travesas entre el rebao viajero mujeres
hermosas y liberales, prdigas en sus gracias, y la paz montona del
Atlntico desapareca instantneamente. Los hombres corran ansiosos
tras la carnal limosna; surgan conflictos y peleas, todos se agitaban
como locos, y el trasatlntico, fosco y de mal humor, navegaba con el
funcionamiento de su vida trastornado, los servicios internos en
desorden, deseoso de llegar cuanto antes al final del viaje para sanar
de esta enfermedad.

El buque tena un alma--Maltrana, sooliento en un silln, estaba seguro
de ello--; un alma que hablaba por su chimenea, como la nave _Argos_
hablaba por el mstil; una conciencia que perciba el motivo de sus
acciones, la finalidad de este continuo ir y venir por el Atlntico,
arndolo con su quilla de acero.

No estaba solo en la ocenica inmensidad. Otros iguales a l avanzaban
detrs de su estela con intervalos de centenares de millas, o marchaban
delante con el mismo rumbo. Y desde el opuesto hemisferio, una fila
semejante emprenda el regreso, movindose todos como un rosario de
diligentes hormigas en la infinita llanura atlntica.

Despegbanse diariamente de la tierra europea algunos de estos
monstruos, araando la profundidad con las invisibles zarpas de sus
hlices, repleto el vientre de carne humana estremecida por los
espejismos de la esperanza. Partan de los muelles escarchados y
brumosos del Bltico; de los puertos ingleses negros de hulla, en cuyo
ambiente grasoso flota un perfume de t y tabaco con opio; de las costas
de Francia ocenica, que oponen sus bancos vivos de mariscos y los
pinares de sus landas a los asaltos del fiero golfo de Gascua; de las
bahas de Espaa, copas de tranquilo azul, en las que trenzan sus
aleteos las gaviotas asustadas por el chirrido de una gra o el mugido
de una sirena; de las escalas del Mediterrneo, adormecidas bajo el sol;
ciudades blancas con la alba crudeza de la cal o la suavidad
aristocrtica del mrmol; ciudades que huelen en sus embarcaderos a
hortalizas marchitas y frutos sazonados, y envan hasta los buques, con
el viento de tierra, la respiracin nupcial del naranjo, el incienso del
almendro, rasgueos briosos de guitarra ibrica, gozoso repiqueteo de
tamboril provenzal, arpegios lnguidos de mandolina italiana.

Inmviles en los canales flamencos de aguas negras y burbujeantes, haba
descendido hasta sus dormidas cubiertas la meloda cristalina del
carilln perdido en el misterio de la noche. Grandes puentes giratorios
se haban abierto ante ellos, repeliendo las masas de gento y de
carretones, para darles paso en los ros navegables de Holanda.

Al verse en alta mar, sus proas, como hocicos inteligentes, husmeaban el
horizonte, adivinando el sendero a travs del infinito. En torno de sus
grupas rebullan en jabonosas espumas las olas grises o negras de los
mares septentrionales, las azules ondulaciones atlnticas, el inmenso
lquido durmiente bajo la pesadez ecuatorial, el Ocano verde con
escamas de oro de las costas brasileas, las aguas casi dulces de las
costas del Sur, teidas de rojo por las avenidas de los ros.

Una vez hablaba a Maltrana, una voz sin vibracin, que repercuta en su
cerebro sin haber pasado antes por su odo:

--Y as marchamos a travs del misterio azul, en busca de una lejana
tierra de ensueo para nuestro cargamento de miserias y ambiciones. Hace
aos, seguamos todos el mismo rumbo con la tenacidad de un rebao que
no conoce otro camino. bamos al Norte de Amrica, tragadero insaciable
de hombres, olla hirviente de razas, tierra de prodigios absurdos y
opulencias insolentes... Pero ahora, el camino se ha bifurcado:
conocemos nuevos mundos. El rebao de acero y humo se reparte, y
mientras unos siguen la antigua senda, nosotros ponemos la proa al Sur,
llevando sobre nuestro lomo la aventura y la ilusin, en busca de
pueblos nuevos, pueblos de esperanza, pueblos de aurora, cuyos nombres
suenan con el retintn del oro.




IX


El primer acto de la fiesta ecuatorial fue el paseo de la msica a las
nueve de la maana por todas las cubiertas, deslizndose luego en los
pasadizos y recovecos de los camarotes.

Muchos pasajeros estaban an en la cama, y al apagarse el eco de los
instrumentos, volvieron a reanudar su sueo. Se haban acostado tarde.
En la noche anterior, las luces del caf permanecieron encendidas hasta
que el amanecer fue empaando su brillo. La marinera, al limpiar las
cubiertas, haban salpicado con su mangueo algunos escarpines de charol
que marchaban titubeantes sin encontrar su camino y _smokings_ cuya
negrura estaba constelada de manchas de ceniza y de champn.

La gente menuda del pasaje fue la nica que corri bulliciosa al
escuchar este primer anuncio de la fiesta. Nios y criadas marchaban al
frente de la banda, admirando los disfraces con que se haban cubierto
los msicos en honor de la grotesca solemnidad; sus caras con
chafarrinones de almagre y sus narices de cartn. Un camarero vestido de
pielroja, con gran abundancia de plumas, iba ante la msica haciendo
molinetes con una cachiporra de tambor mayor.

Saludbanse los pasajeros matinales en el paseo con grandes elogios al
da. El agua era gris, el cielo estaba encapotado; el Ocano ecuatorial
ofreca el aspecto de un mar del Septentrin. La brisa fresca que vena
de proa ahuyentaba el temido calor. Magnfico da para el paso de la
lnea.

A las once circul una noticia que hizo salir de sus camarotes a los
perezosos y llen en poco tiempo las cubiertas. Se vea tierra... Y
todos corrieron al lado de babor con vehemente curiosidad, como si
desearan saciar sus ojos en un fenmeno inaudito. Tierra!... Esta
palabra evocaba algo lejano que haba existido en otros tiempos, y que
la gente, acostumbrada a la soledad ocenica, consideraba ya como
irreal.

Buscaban muchos esta tierra en la extensin gris con la simple mirada, y
slo despus de largos titubeos llegaban a distinguir un pequeo borrn
negro, una lnea ondulosa y corta que pareca flotar sobre las aguas
como un montn de basura. Era la Roca de San Pablo, aglomeracin de
piedras baslticas en mitad de la lnea equinoccial; pedazo de tierra
diminuto olvidado por las convulsiones volcnicas y que segua
emergiendo audazmente entre frica y Amrica, sin fauna, sin flora,
yermo y maldito en las soledades del Ocano, lejos de todo pas
habitado.

--El nico lugar de la tierra que no tiene dueo--dijo el doctor Zurita
en un grupo--. La nica isla que no ha tentado la codicia de nadie...
Cmo ser, que ni a los ingleses se les ha ocurrido plantar en ella su
bandera.

Apuntbanse las filas de gemelos a lo largo de la borda, y en el
redondel de sus oculares apareca un amontonamiento de rocas flanqueado
por otras sueltas en forma de islotes; pedruscos negros, rugosos, que
recordaban la piel de los paquidermos, y en torno de los cuales
levantaba la resaca enormes rociadas de espuma. El mar tranquilo
alterbase al tropezar con este obstculo inesperado. Se adivinaba la
existencia de cavernas submarinas, gargantas y canalizos invisibles, en
los cuales se retorca furioso el Ocano al perder su calma soolienta,
encabritndose con espumarajos de rabia, desplomndose sus cataratas
gigantescas sobre los negros abismos.

Ni una persona, ni una brizna de hierba, ni un pjaro en la roca pelada,
que a las horas de sol deba arder y reverberar como un paisaje
infernal.

--Ah slo hay tiburones--dijo un pasajero, como si hubiese vivido en la
isla--. Procrean en sus cuevas, y luego van a buscarse la comida por los
mares calientes, hasta las costas del Brasil o las Antillas.

El recuerdo de estos mastines del Ocano haca estremecer a las mujeres.
Se los imaginaban pululando lo mismo que bancos de sardinas en las
cavernas y escollos de aquel islote; los vean con el pensamiento
pasando y repasando por debajo del vientre del navo, traidores,
cautelosos, con su cabeza ms voluminosa que el resto del cuerpo,
aguardando que alguien cayese para triturarlo entre la triple fila de
sus dientes.

Los hombres evocaban las tragedias feroces de la profundidad, cuando el
escualo hambriento, no encontrando en la superficie ms que bandas de
peces voladores, descenda y descenda miles de metros, en busca de los
calamares enormes que agitan en la sombra la vegetacin de sus
tentculos. El tiburn, agobiado por la asfixia de la profundidad, haba
de efectuar su cacera con rapidez. Batallaba el diente con la ventosa,
el coletazo demoledor con el tentculo que ahoga, la boca que desgarra
con la boca que sorbe. Y en esta batalla invisible que se desarrollaba
abajo, a varios kilmetros de distancia vertical, en la penumbra de unas
aguas obscuras, entenebrecidas an ms por las nubes de tinta que exuda
el pulpo, unas veces queda el tiburn prisionero de la red viscosa y
vida; otras sube vencedor, con el coriceo pellejo hinchado por la
succin de las ventosas, y a la luz de las estrellas, dejndose flotar
en las ondulaciones de la superficie, devoraba los restos de la presa
arrancada del abismo.

Esta evocacin haca recordar a muchos el lugar donde estaban. Aquel
hotel lujoso, con su msica, sus tropas de sirvientes y sus salones, no
era ms que una caja flotante y bien acondicionada, debajo de la cual
segua latiendo la vida feroz y ciega, ignorante de la justicia y de la
misericordia, lo mismo que en los primeros das del planeta. Avanzaban
los humanos comiendo, bailando, requebrndose de amor por lugares del
globo donde an subsistan las formas crueles y ciegas de la bestialidad
prehistrica. Vivan lo mismo que en tierra, sin acordarse de que
marchaban sobre una columna acutica y movible de seis mil metros de
altura, de la cual era el buque a modo de un capitel.

La Roca de San Pablo fue quedando a la popa del trasatlntico. El islote
estril recibi el ttulo de antiptico de boca de las seoras, que
dejaron de mirarlo, falto ya de inters. Visto sin los gemelos, pareca
algo repugnante que flotaba sobre las aguas: los residuos digestivos de
un leviatn; un montn de deyecciones del fabuloso pjaro Roc.

Deshicironse los grupos para esparcirse por el paseo, y en este
desbande general, Ojeda y Maltrana se encontraron frente a frente.

Isidro fij sus ojos con maliciosa expresin en la cara de su amigo.

--Qu tal la noche?...

Fernando hizo un gesto de indiferencia. Muy bien.

--Le veo a usted plido--aadi aqul--, algo ojeroso. Cualquiera dira
que ha tenido usted malos sueos... o que ha estado la noche entera sin
dormir.

--Cuando le digo que la he pasado muy bien!...

Y Maltrana, ante el tono de impaciencia de su amigo, no quiso insistir
ms.

--Su aspecto no es mejor que el mo--dijo Ojeda sonriendo--. De seguro
que se acost tarde... A ver esa cara? Muy bien: no tiene usted seal
de golpe. Esta fiesta le ha resultado mejor que la otra.

Maltrana se indign. Crea acaso que sus amigos eran unos brbaros?...
La pelea general del otro da haba sido algo inesperado. Las gentes
iban conocindose mejor; el trato amansa a las fieras. Eran ya como
hermanos y se perdonaban las injurias. Un insulto se olvidaba ante una
nueva botella.

Y como Fernando, ganoso de que la conversacin no recayese sobre l,
insisti por conocer los detalles de la fiesta, Maltrana fue hablando
con cierta reserva.

--Nada; una reunin culta, muy decente. Hasta tuvimos nuestras damas, lo
ms distinguido, lo ms _chic_. Esta vez, las seoras de la opereta,
solemnemente invitadas por m en nombre de los amigos, se dignaron
venir... Uno tiene su prestigio y sus xitos, amigo Fernando; no todo ha
de ser para los dems.

Para que no insistiese en esto ltimo, le pregunt Ojeda si el mayordomo
haba tenido que intervenir, como la otra vez, para restablecer el
orden.

--No--dijo Maltrana despus de alguna vacilacin--. Las cosas se
desarrollaron en el fumadero en santa paz. Muchas botellas destapadas,
mucho canto. Las damas encontraron duros los asientos y al final fumaban
con la cabeza apoyada en un seor y los pies en otro... Orden completo!
El mayordomo se asomaba a la puerta para sonrer como un maestro
satisfecho de sus chicos. Uno que haca suertes de gimnasia con un
silln lo dej caer sobre la cabeza de su compaero. Le limpiamos la
sangre y luego se dieron la mano los dos. Total, nada. No fue con mala
intencin... Las damas, que no entendan palabra y slo saban beber y
sonrer, se dignaban tomar el brazo de un amigo para dar un paseo
misterioso y potico por la ltima cubierta o por los pasillos de los
camarotes, volviendo algo despus para aceptar nuevas invitaciones... Le
digo que fue una fiesta honrada y distinguida.

Ojeda sonri incrdulamente. Haba odo hablar algo de muebles rotos y
peleas con el mayordomo.

--Una insignificancia. Una humorada de mis amigos los norteamericanos...
Pero el conflicto qued arreglado inmediatamente.

Haban salido todos del fumadero atrados por la luna, una luna enorme
que cubra de plata viva el Atlntico y haca correr por los costados
del buque arroyos de leche luminosa. La honorable sociedad contemplaba
el espectculo con un sentimentalismo alcohlico que agolp lgrimas en
los ojos. Las damas apoyaban con desmayo potico sus cabezas rubias en
el hombro ms prximo. Una rompi a llorar con estertores histricos.
La luna... la luna, murmuraba cada uno en su idioma. Y as estuvieron
inmviles largo tiempo, como si no la hubiesen visto nunca, hipnotizados
por aquella cara de mofletes luminosos suspendida en el horizonte.

Un norteamericano arroj una botella con direccin al astro. Haba que
dar de beber a la gran seora. E inmediatamente, como si esta locura
fuese contagiosa, una lluvia de botellas vacas o sin destapar fue
cayendo en el Ocano. Pasaban ante el luminoso redondel como una nube de
proyectiles negros. Al agotarse la provisin, los comisionistas
musculosos y los pastores de las praderas cogieron las sillas y las
mesas de la cubierta, y todo comenz a pasar sobre la borda, cayendo en
el agua con ruidoso chapoteo.

Palmoteaban unos, retorcindose de risa por lo inesperado del
espectculo; gritaban otros, entusiasmados por el vigor y la rapidez con
que saltaban los objetos del buque al mar; corrieron los camareros para
dar aviso de estos desmanes, y apareci el mayordomo lanzando gritos y
ponindose con los brazos en cruz entre la borda y los tiradores.

Hubo que hacer esfuerzos para apaciguar a los _cow-boys_, que
encontraban el juego muy de su gusto. Ellos estaban prontos a pagar
todos estos desperfectos y los que pudieran hacer los respetables
_gentlemen_ que estaban en su compaa. Y un _gentleman_ que paga,
puede hacer lo que quiera. Sacaban los billetes a puados de los
bolsillos de sus pantalones, indignndose de que por unos _dollars_
vinieran a perturbar sus placeres, y nicamente se apaciguaron al verse
de nuevo en el fumadero con toda la honorable sociedad, ante unas
botellas que un amigo haba guardado ocultas debajo de una mesa.

--Y no hubo ms--dijo Maltrana.

Pero Ojeda insisti. Cerca del amanecer haban despertado muchos
pasajeros que vivan en las inmediaciones del camarote de Isidro.
Gritos, golpes a la puerta, llamamientos desesperados de timbre, llegada
del mayordomo con su ronda de criados. Qu haba sido aquello?

--Fue obra ma--contest Maltrana bajando los ojos con modestia--. Me
ocurri lo de la otra noche. Apenas bebo un poco, me asalta el recuerdo
de mi vecino el hombre lgubre y quiero averiguar el misterio que guarda
en el camarote inmediato.

Haba hablado a sus compaeros de esta novelesca vecindad, dando por
real e indiscutible todo lo que l llevaba en su imaginacin. Una gran
seora, princesa rusa o archiduquesa austriaca--en esto dudaba
Maltrana--, vena prisionera en el buque. Nadie la haba visto, pero su
hermosura era extraordinaria. Y su raptor y guardin era aquel hombre
antiptico, siempre de negro, con cara adusta...

Le escucharon todos con gran inters: unos, conmovidos egostamente por
la hermosura de la dama; otros, noblemente indignados de que junto a
ellos pudiese un hombre realizar este secuestro. El _cow-boy_ ms viejo
abra los ojos con asombro infantil. Y la _mistress_ viva encerrada
contra su voluntad! Y esto era posible!...

A los pocos minutos vease Maltrana avanzando cautelosamente por el
pasillo que conduca a su camarote, seguido de varios compaeros que
marchaban en fila, conteniendo el aliento como si fuesen a sorprender a
un enemigo dormido. Golpearon la puerta del hombre misterioso. Seor:
abra usted buenamente. Le convena evitar el escndalo y que su crimen
quedase en el misterio. Era Maltrana el que se lo aconsejaba por su
bien. Deba entregarles la llave del camarote inmediato y seguir
durmiendo, si tal era su gusto... Intil resistir, pues llegaba al
frente de un ejrcito de hroes... Se haca el sordo? A la una!... a
las dos!...

Y los hroes cayeron con todo el empuje de sus cuerpos sobre la puerta
del camarote vecino, para echarla abajo y libertar a la dama. No tema
usted, princesa: no grite. Somos amigos. La recomendacin de Maltrana
fue intil, pues la princesa no grit ni se aproxim a la puerta. Cada
golpazo del _cow-boy_ viejo conmova toda la fila de camarotes. Son un
estallido de gritos y maldiciones de gentes sbitamente despertadas.
Vibr furiosamente a lo lejos el sonido de un timbre. Era el hombre
misterioso que peda auxilio.

--Cuando, al presentarse el mayordomo, vio que intentbamos forzar la
puerta de la princesa, se puso enfurecido como jams le he visto: con
una clera de cordero rabioso. Nos falt al respeto, amenazndonos con
llamar al comandante para que nos metiese en la barra. A m me prometi
cambiarme de camarote hoy mismo, para que no repita mis intentos. Y todo
esto me afirma an ms en la creencia de que hay un secreto, un gran
secreto, en ese camarote cerrado. Haba que ver la indignacin del
mayordomo cuando nos pill en vas de descubrirlo... Y no se descubrir,
hay que perder la esperanza.

Ojeda pareci interrogarle con sus ojos al or esto.

--No se descubrir--continu Isidro--, porque acabo de dar al mayordomo
mi palabra de honor de no ocuparme ms de mi vecino ni curiosear en el
camarote inmediato. Slo as me deja en el mo y no me obliga a pasar a
otro menos cmodo... El hombre misterioso triunfa. Cmo ha de ser!...
Acabo de verlo, y para castigarle, no le he saludado... Y le negar
siempre el saludo, aunque l finge que no le importa. Eso le ensear a
callarse y a ser persona decente.

Y como si le doliese tener que abandonar la empresa, dijo a Ojeda:

--Usted poda dedicarse a este negocio. Si quiere, le presto mi camarote
para espiar desde l. Fjese bien... se trata de una princesa. Y
seguramente que si es usted el que la busca, ella se dejar ver. Usted
es de mejor presencia que yo: ms guapo, ms elegante.

Fernando hizo un gesto de indiferencia y despego que pareci ofender a
Maltrana, como si fuese dirigido contra una persona de su familia.
Pobre princesa! Verla abandonada as!...

--Lo comprendo. Usted tiene por el momento cosas que considera
mejores... Pero tal vez se engaa. Quin sabe!... quin sabe!

Sigui escuchando Ojeda a su amigo, pero con cierta distraccin,
volviendo la cabeza siempre que notaba el paso de alguien por detrs de
l. La cubierta estaba totalmente ocupada por los pasajeros: unos, en
grupos movibles; otros, sentados a la redonda en los sillones,
obstruyendo el paso. Todos estaban arriba... menos ella.

Ansiaba verla Fernando y tena miedo al mismo tiempo. Senta la zozobra
de la primera entrevista luego de la posesin, cuando se reflexiona
framente, desvanecidos ya los arrebatos cegadores, y se calculan las
consecuencias del gesto. Qu expresin sera la suya al encontrarse
como amigos, obligados al fingimiento despus de una oculta
intimidad?...

Son el rugido de la chimenea, que indicaba la hora de medioda. A
almorzar!... Abajo, en el comedor, Fernando sinti crecer su inquietud
al ver que se llenaban todas las mesas y la de Maud segua desocupada.
Sucedanse los platos; el almuerzo tocaba a su fin, y ella sin aparecer.

Maltrana, apiadndose de su impaciencia, pregunt a un camarero por la
seora norteamericana. Estaba enferma?... Y el domstico volvi al poco
rato con noticias. Haba pedido que la sirviesen el almuerzo en su
camarote. Tal vez estaba indispuesta.

Esto hizo que Ojeda comiese de prisa, con un visible deseo de escapar
cuanto antes... Maud enferma! Avanz por el pasadizo que conduca a
los departamentos de lujo en el mismo piso del comedor. March con
seguridad sobre la mullida alfombra hasta las proximidades de su propio
camarote, pero al torcer con direccin al de Maud, fue adelantando
cautelosamente, como el que acude a una cita amorosa y teme ser visto.
Al final de un breve corredor, junto a un tragaluz, estaba la puerta de
Mrs. Power, con una tarjeta que ostentaba su nombre. La puerta
permaneca entreabierta e inmvil, fija en esta posicin por un gancho
interior para que dejase entrar el fresco del pasillo.

Fernando mir por el espacio abierto, sin ver otra cosa que la mitad de
una mesa ocupada por artculos de tocador. Entre los cepillos, botes de
perfume y pulverizadores pareca reinar la fotografa de un hombre
encerrada en un marco de nquel. Era un buen mozo, de mandbula
enrgica, bigote recortado, ojos imperiosos y una gran flor en el ojal
de la solapa. Indudablemente mster Power... Record Ojeda que en la
noche anterior Maud se haba arrancado de sus brazos en el primer
momento, corriendo a aquella mesa con el ansia de reparar un olvido. Sin
duda fue para ocultar al simptico _mister_, que otra vez ocupaba el
sitio de honor, transcurridas las horas de ingratitud y de pecado.

Toc con los nudillos en la puerta tmidamente, y una voz interrogante,
la de Maud, contest con afabilidad: Quin?.... Pero al dar Fernando
su nombre, hubo cierto movimiento de sorpresa y revoltijo al otro lado
de la puerta, como si Mrs. Power se incorporase sorprendida e irritada.
Ah, no! imprudencias, no!... Su voz temblaba, colrica,
enronquecida; una voz despojada de pronto de su sedosa feminidad. Y como
si temiese que el hombre audaz llevara su atrevimiento hasta levantar el
gancho que fijaba la puerta, fue ella la que se adelant a su accin,
cegndola con rudo empuje, que puso en peligro una mano de aqul.

Permaneci Fernando confuso ante la hermtica hoja de madera. Balbuceaba
excusas. Haba venido para saber de la salud de la seora: tema que
estuviese enferma. Pero ella cort estas palabras humildes que
imploraban perdn con otras breves y rudas como rdenes. Poda
retirarse. No se vena sin permiso al camarote de una dama. Era una
imprudencia comprometedora, indigna de un _gentleman_.

Sinti ms estupefaccin que vergenza al retirarse humillado. Pero era
Maud la que hablaba as?... Sera un sueo lo de la noche anterior?...

Repasaba en su memoria incidentes y palabras con la ansiedad de
encontrar algo que hubiese podido ofenderla. Porque l estaba seguro de
que slo una ofensa involuntaria de su parte poda ser la causa de esta
conducta. Son tan susceptibles las mujeres!...

No poda achacar este cambio de humor a una decepcin sufrida por Maud.
No; eso no. Lo afirmaba l, orgulloso de su podero varonil. Recordaba
satisfecho los suspirantes agradecimientos de la norteamericana, sus
balbucientes elogios a la incansable vehemencia de una raza que, en
ciertos extremos, consideraba muy superior a la suya, metdica y
prudente; la humildad con que al amanecer haba pedido misericordia,
vencida por la fatiga y el sueo.

Esto pasar--se dijo Fernando--. Un capricho... tal vez cierto rubor;
miedo de verme otra vez. A la tarde o a la noche hablaremos, y como si
no hubiese ocurrido nada.

Arriba, en la cubierta de paseo, vio a la gente agolpada sobre una borda
de estribor, mirando al mar. Una tromba: una tromba de agua en el
horizonte. Mir como los otros, pero sin ver nada extraordinario. El
cielo se haba despejado con la mudable rapidez de la atmsfera
ecuatorial. En su lmpido azul slo quedaba flotante una nube negra
cerca de la lnea del horizonte.

Esta nube, que contemplaban todos, pareca una flor de ptalos
vaporosos, con un largo vstago que descenda en busca del agua. Pero
este vstago perda de pronto su rigidez, tomando la forma de una
sanguijuela que se estiraba sin llegar con su boca al Ocano. Un espacio
de color violeta quedaba entre la superficie atlntica y el extremo de
la manga; y sin embargo, no por esto dejaba de verificarse la colosal
succin. El mar levantbase debajo de la nube en forma de canastillo, y
este redondel acutico coronado de espumas cambiaba de sitio as como el
cono nebuloso iba corrindose por el cielo.

Se deshizo al fin la tromba, restablecindose la uniforme tersura del
horizonte. Los pasajeros, terminado el espectculo, volvieron a formar
corros en la cubierta o se ocultaron en el fumadero y el jardn de
invierno. Bromeaban acerca de la ceremonia que iba a verificarse aquella
misma tarde. Asombanse al balconaje de proa para ver abajo la gran pila
del bautizo, improvisada en el combs con maderos y lonas impermeables:
una piscina de natacin que reciba agua continua del mar por una manga
y derramaba parte de su contenido con el balanceo del buque.

Los sesteantes abandonaron sus camarotes a las cuatro de la tarde y
subieron a las cubiertas, parpadeando deslumhrados por el ardor del sol.
La msica, acompaada de gritos y gran batahola infantil, recorra el
buque. Neptuno acababa de subir a bordo. Nadie haba visto por dnde,
pero la presencia del dios con su bizarro cortejo era indiscutible.

Alinebase la gente en el paseo para ver desfilar el cortejo
carnavalesco. Primero, la banda, precedida del pasaje menudo: nieras
empujando los cochecillos infantiles; muchachos inquietos que saltaban y
se empujaban, coreando a todo gaote la marcha que tocaban los msicos.
Despus, un pielroja con grandes penachos y un hacha enorme, cubiertas
sus desnudeces con sudoroso almazarrn, y dos negros casi en cueros, sin
otras superfluidades que unos taparrabos de crin, huecos como
faldellines de bailarina, y una lanza al hombro. Estos negros
falsificados, con el cuerpo reluciente de betn, enseaban por debajo de
la peluca ensortijada sus ojos azules. A continuacin, cuatro gendarmes
de cascos abollados y sables herrumbrosos; y tras esta escolta de honor,
Neptuno, el de las blancas barbas, con diadema de latn y cara de
borracho; un astrnomo y su ayudante, con luengos fracs de percalina y
sombreros de copa alta pintarrajeados de estrellas; un escribano con
toga y birrete, seguido de su ayudante, que llevaba los libros; y el
barbero del dios, favorito y bufn a un tiempo, lo mismo que ciertos
rapabarbas histricos consejeros de los antiguos reyes.

Luego de recorrer todos los pisos del castillo central, descendi la
procesin al combs, instalndose junto a la piscina. Los emigrantes,
acorralados en la proa tras una valla de cuerdas, contemplaban en
silencio la grotesca ceremonia. Los balconajes del castillo central
llenbanse de gento. Desde la explanada de proa abarcbase en conjunto
su enorme fachada blanca, semejante a la de un palacio en construccin,
cortada por galeras de un extremo a otro y rematada por un kiosco que
era el puente. Sobre las filas de curiosos asomados a los diversos
balconajes aparecan otros subidos en bancos y sillas, avanzando las
cabezas para ver mejor la fiesta. El puente de derrota tambin estaba
invadido por los pasajeros, y entre las gorras blancas de los oficiales
que all en lo alto escrutaban el mar y vigilaban la marcha del buque
brillaba el tono rubio de algunas cabezas femeniles y ondeaban velos de
colores.

El astrnomo carnavalesco y su ayudante tomaron la altura con ridculos
instrumentos de nutica, y al hacer la declaracin de que estaban
exactamente en la lnea, Neptuno, con un golpe de tridente, dio
principio a la ceremonia. El escribano lea en un libro sostenido por su
amanuense. Las palabras alemanas, al surgir rudas y sonoras por entre
sus barbas de camo rojo, provocaban en los balconajes una explosin de
carcajadas y rubores femeniles. Era la risa gruesa que acompaa a los
chistes equvocos. Qu dice? que dice?, preguntaban los ms, al no
entender estas agudezas germnicas. Y aunque no obtuviesen contestacin,
rean igualmente.

Ojeda y Maltrana, que estaban en el combs, cerca de los grotescos
personajes, avanzaban la cabeza como si pretendiesen entender algo de
este relato.

--Qu dice, Fernando?... Las palabras tienen cierto runrn, como si
fuesen versos.

--Son aleluyas. No entiendo bien, pero me parecen bobadas para hacer
rer a esta buena gente.

Termin la lectura con un sonoro trompeteo de los msicos, y los dos
negros, abandonando sus azagayas, se lanzaron de cabeza en la piscina,
haciendo varias suertes de natacin y quedando largo rato con los pies
en alto y la cabeza sumergida, flotando sobre la superficie el faldelln
de crines. Gritaban las seoras con risueo escndalo; volvan la cabeza
algunas madres en busca de sus nias, para recomendarles que no mirasen.
Pero pronto se restablecieron la calma y la confianza, por tratarse de
negros civilizados, negros protestantes, que usaban pdicos disimulos
debajo del taparrabos.

Sus gracias natatorias quedaron casi olvidadas por los preparativos
grotescos que haca el barbero. Sacaba a la luz sus aparatos, y cada uno
de ellos era saludado con grandes risas: una navaja de afeitar del
tamao de un hombre; unas tenazas no menos grandes, que servan para
arrancar muelas, todo de madera pintada; una brocha que era una escoba,
con la que revolva el lquido de un tanque, echando puados de yeso que
figuraban ser polvos de jabn. Afil la navaja en una gran pieza de tela
que sostenan dos grumetes; prob las tenazas intentando cazar con ellas
la cabeza de uno de los negros, que las esquiv sumergindose en la
piscina; apreci la densidad de la pasta blanca del cubo salpicando con
un asperges de la escoba a los ms vecinos; y las buenas gentes
celebraban con gran regocijo todas sus travesuras.

Empez el desfile de nefitos. El escribano lea nombres, y avanzaban
entre dos gendarmes los que deban recibir el bautizo, descalzos, sin
ms traje que las ropas interiores o un simple pijama. Eran pasajeros de
primera clase que accedan a tomar parte en la ceremonia, y cuya
presencia saludaba el pblico con gritos y aclamaciones. Rean las
mujeres con maliciosa delectacin al contemplar en tal facha a los
mismos seores que se pavoneaban en el paseo o en el comedor con
estiramiento ceremonioso.

Slo desfilaban los alemanes que hacan su primer viaje al otro
hemisferio, amigos de las tradiciones, que se hubiesen credo
defraudados en sus intereses y disminuidos en su prestigio al
proponerles alguien que se ahorrasen esta ceremonia grotesca y penosa.

Era costumbre antigua sufrir el bautizo de la lnea, y ellos no
renunciaban a lo que de derecho les corresponda. Adems, era un honor y
una satisfaccin contribuir al regocijo de los compaeros de viaje a
costa de la propia persona. Al surgir en la lista de los destinados al
bautizo un nombre que no era alemn, el escribano se abstena de
repetirlo y pasaba a otro. Saban los del buque, por varias
experiencias, que slo el buen humor germnico se prestaba con gusto a
estos juegos. Las gentes morenas, susceptibles en extremo y con gran
miedo al ridculo, tomaban como ofensas estas bromas inocentes.

Ponan los gendarmes al nefito en manos del barbero, y ste lo haca
sentar sobre una escalerilla al borde de la piscina. Los dos negros se
agitaban detrs de l mojndole las espaldas con furiosas rociadas que
le hacan estremecer, mientras el rapabarbas proceda a su tocado. Le
embadurnaba con la pasta blanca, pugnando por sostener al paciente, que
intentaba librar los ojos y la boca del tormento de la escoba. Finga
afeitarle con el horripilante navajn; intentaba introducir entre sus
labios las enormes tenazas para extraerle una muela, y mientras tanto,
el escribano pronunciaba la frmula del bautizo: Por la gracia de
nuestro dios Neptuno te llamars en adelante.... Y le daba un nombre:
tiburn, cangrejo, bacalao, ballena, segn el aspecto caricaturesco de
su persona, apodos que encontraban eco en la fcil hilaridad del
pblico.

Soltaba un rugido la trompetera al terminar su frmula el escribano;
apoyaba sus puos el barbero en el pecho del nefito, tiraban de l los
negros, y caa de espaldas en la piscina con un chapoteo que salpicaba a
larga distancia. Desapareca en el lquido turbio cubierto de vedijas de
yeso. Los negros pesaban sobre l para mantener su inmersin lo ms
posible, y al fin resurgan los tres hechos un racimo, luchando con
furiosas zarpadas que provocaban risas. Y el bautizado sala chorreando,
sin otra preocupacin que mantener las manos cruzadas sobre el vientre
para evitar indecorosas transparencias, llevando en sus ropas las
huellas obscuras de las manos de los negros, mientras stos ostentaban
en sus brazos desteidos las manos blancas marcadas por el nefito
durante la lucha.

Iba lanzando nombres el escribano, y algunos, al no obtener respuesta,
provocaban la intervencin de la fuerza pblica. Obedeciendo a una sea
del mayordomo, salan los ridculos gendarmes en busca del fugitivo por
todo el buque. Era alguno que deseaba aumentar la alegra pblica con
este incidente de su invencin. Y cuando al fin se dejaba coger,
apareca, lo mismo que una tortuga en su caparazn, bajo las vueltas del
cable con que le haban sujetado sus aprehensores. El barbero se
ensaaba con l, prolongando las brbaras operaciones de aseo, y los
negros libraban un verdadero pugilato para no dejarle salir de la
piscina.

--_Herr Maltrana._

Apenas dijo esto el escribano, una alegra loca se esparci por el
combs, ganando los balconajes del castillo central. Hasta los
emigrantes de la proa salieron de su inmovilidad. Todos los que hasta
entonces haban permanecido indiferentes ante unos hombres faltos de
significacin, rompieron de pronto a gritar, se agitaron lo mismo que
una turba que invade una escena. Maltrana! Que salga Maltrana! Las
nobles matronas volvan a l sus ojos desde las alturas y agitaban las
manos para que obedeciese sus deseos. El doctor Zurita y otros
argentinos abandonaron la tranquilidad zumbona con que haban
presenciado hasta entonces las pavadas de los gringos, para hacer
seas a Isidro, incitndole a que diese gusto a las familias. Ah,
gaucho valiente!... A ver si haca una de las suyas! Hasta los nios
palmoteaban con entusiasmo. Don Isidro!... Que salga don Isidro! El
hroe se levant, saludando con irona y orgullo al mismo tiempo.

--Qu ovacin!... Gracias, amado pueblo!

Pero al volver a encogerse en uno de los mstiles horizontales de carga
que serva de asiento a l y a Fernando, ocultndose con modestia detrs
de su amigo, redoblaron furiosas las peticiones del pblico. Dos
gendarmes iniciaron un avance hacia l.

--Va usted a ver, Ojeda, como esto termina mal--dijo con rabia--. Yo no
vengo aqu para hacer rer... Al primer to de sas que me toque, le
suelto un mamporro.

El mayordomo, discreto, adivinando los pensamientos de Maltrana, hizo
una sea; los gendarmes volvieron sobre sus pasos y el escribano se
apresur a dar otro nombre:

--_Herr Doktor Muller._

Un estallido de alegra germnica borr los ltimos murmullos de la
decepcin causada por Isidro. La risa fue general al ver entre los
gendarmes al doktor--el mismo del que hablaba Maltrana en Tenerife--,
enorme de cuerpo, grave de rostro, con sus barbas de un rojo entrecano y
gruesos cristales de miope. Acogi con una risa infantil la ovacin
burlesca del pblico y fue a sentarse en la escalerilla de la piscina
como en lo alto de una ctedra. El deber es el deber--pareca decir
con las fras miradas en torno suyo--. La disciplina es la base de la
sociedad; y hay que amoldarse a lo que pidan los ms.

Se quit los zapatos, colocndolos meticulosamente, sin que uno
sobrepasase al otro un milmetro; se despoj de las gafas,
entregndoselas a un grumete, como si fuesen un objeto de laboratorio, y
sin perder su noble calma, mirando a todos con ojos vagos
desmesuradamente abiertos, comenz a despojarse de las ropas, hasta que
los gritos femeniles y las risas de los hombres le avisaron que no deba
seguir adelante.

Ojeda contemplaba al doktor con cierto asombro. Iba a Amrica
contratado por un gobierno para dar lecciones de qumica en la
Universidad del pas. Gozaba de algn renombre en los laboratorios de su
patria... Y estaba all aguantando las enjabonaduras y payasadas del
barbero, estremecindose bajo las rociadas de los negros, sin conocer lo
grotesco de una situacin que hubiese irritado a otros, satisfecho tal
vez de contribuir al regocijo de esta muchedumbre fatigada por la
monotona del Ocano. Son el trompetazo del bautizo, y el doktor
chapote en la piscina, defendindose de las manotadas de los negros,
ridculo en su aturdimiento de miope, majestuoso por la importancia que
conceda al acto y la seriedad con que se alej chorreando agua sucia
por ropas y barbas, luego de recobrar sus anteojos.

Continu la fiesta con visible decaimiento de la curiosidad. Desfilaron
gentes del buque: grumetes que hacan su primer viaje, fogoneros de
larga navegacin por los mares septentrionales que no haban estado en
el hemisferio Sur. Y los encargados del bautizo extremaban sus bromas
con una brutalidad confianzuda en las cabezas rapadas y los torsos
desnudos de estos que eran sus compaeros.

Ojeda, durante la larga ceremonia, haba mirado muchas veces a los
balconajes del castillo central, esperando ver a Maud entre las seoras
asomadas a ellos. Pero la norteamericana permaneca invisible. Al fin,
cuando no quedaban ya nefitos y los grotescos personajes iban a
retirarse, precedidos por la msica, la vio en un extremo del mirador de
la cubierta de paseo, oculta detrs de la seora Lowe, asomando sobre un
hombro de sta la frente y los ojos, lo necesario para ver. Fernando
pens que tal vez haca horas le miraba Maud, sin que l se percatase de
ello, y esto le produjo cierta irritacin.

Se separ de su amigo para dirigirse corriendo a los pisos altos del
buque, y antes de llegar a ellos oy que la msica rompa a tocar una
marcha. El cortejo neptunesco avanzaba hacia la terraza del fumadero,
donde iban a ser bautizadas las seoras. La gente abandonaba los
balconajes para correr a este ltimo sitio.

Cerca del jardn de invierno encontrse con Maud, que marchaba entre los
esposos Lowe. Cruzaron un saludo, y Ojeda experiment instantneamente
una sensacin de extraeza. Mrs. Power pareca otra mujer. Casi sinti
deseos de pedirla perdn, como el que se equivoca confundiendo a un
extrao con una persona amiga. Ella inclin la cabeza con una sonrisa
insignificante: le saludaba como a cualquier otro pasajero. Sus ojos se
fijaron en los suyos tranquilamente, sin el ms leve asomo de turbacin,
cual si no existiesen entre ambos otras relaciones que las ordinarias en
la vida comn de a bordo.

Hablaron los cuatro del bautizo, y el hercleo Lowe coment los
incidentes. Mster Maltrana no haba querido dejarse bautizar. Por
qu?... l haba pasado la lnea varias veces, prestndose siempre a
esta ceremonia. En el _Goethe_ tambin se habra ofrecido, a no oponerse
la seora. Una fiesta divertida. Pero mster Maltrana, tena miedo...
Oh! oh! oh! Y rea, mostrando la luenga dentadura incrustada de oro.

Caminaron todos hacia la terraza del caf para presenciar la ceremonia
del bautismo femenil. Mrs. Lowe, con el instinto de solidaridad que hace
adivinar a toda mujer el instante oportuno de ayudar a una amiga,
permaneci agarrada de un brazo de Maud, interponindose entre ella y
Fernando.

ste busc en vano una sonrisa leve, una ojeada de inteligencia.
Necesitado de consuelo, alababa interiormente la discrecin de Maud, la
facilidad de su raza para dominarse, ocultando sus impresiones. Qu
bien finge!... Nadie adivinara lo que hay entre nosotros... Pero
tornaba a su memoria el recuerdo de la penosa escena frente a la puerta
del camarote. Temblaba en sus odos el eco de aquella voz casi masculina
enronquecida por la clera... Y con triste humildad pretenda buscar en
su conducta algo que explicase esta desgracia. Pero qu he hecho yo,
Seor? En qu he podido ofenderla?...

Neptuno, en mitad de la terraza con todo su squito, procedi al bautizo
de las pasajeras. Ocupaban stas varias filas de bancos, como en un
colegio, y cada vez que se levantaba una para recibir el agua lustral,
los msicos lanzaban por sus largos tubos de cobre un rugido de blica
trompetera semejante al de las escenas wagnerianas.

El dios haba suprimido galantemente las inmersiones en agua del mar.
Tena en una mano un gran pulverizador lleno de perfume, y rociaba con
l las cabezas reverentes: unas, rubias y despeluchadas por el viento;
otras, negras lustrosas, consteladas por el brillo de las peinetas. Todo
el regocijo de la ceremonia estribaba en los nombres que iba imponiendo
la divinidad a sus catecmenas con murmullos aprobadores o carcajadas
generales.

La imaginacin del mayordomo y de los camareros de algunas letras haba
dado de s todo su jugo para halagar a las pasajeras con los nombres de
estrella marina, rosa del Ocano, cfiro del Ecuador, etc. Las seoras
mayores eran ondina, ninfa atlntica, nyade, lo que las haca volver a
sus asientos ruborizadas, con el doble mentn tembloroso, entre los
murmullos aprobadores y un tanto irnicos de la concurrencia. Con sus
compatriotas se permitan los buenos alemanes inocentes bromas para
regocijo del pblico. Una flaca quedaba en su bautismo con la
designacin de sardina; otra obesa reciba el nombre de tritona.

Maud pareci cansarse de esta ceremonia. Miraba a todos lados, pero
evitando que sus ojos se encontrasen con los de Fernando. Un pasajero se
acerc a las dos seoras con la gorra en la mano y el aire galante, lo
mismo que si se ofreciese para una danza.

--Cuando ustedes quieran... La mesa est preparada en el saln.

Era Munster invitndolas a una partida de _bridge_. Al fin triunfaba su
tenacidad. Haba encontrado compaeros de juego en aquellos tres
norteamericanos, convencindolos una hora antes, mientras presenciaban
la ceremonia del bautizo. Maud acogi la invitacin alegremente, como si
el _bridge_ fuese un buen pretexto para aislarse de importunas
presencias.

Se alej con sus amigos despus de un saludo indiferente a Fernando, y
ste la vio caminar sin que volviese la cabeza, sin un indicio de
vacilacin y de arrepentimiento. Otra vez se sinti afligido por una
falta suya que no saba cul fuese, pero que justificaba esta conducta
inexplicable. Qu le he hecho yo, Seor?... Qu le he hecho?...

Con la vil humildad de todo enamorado en desgracia, fue al poco rato
tras de ella, a pesar de las sugestiones de una falsa energa que le
aconsejaba mostrarse altivo e indiferente.

Sus piernas le llevaron con irresistible impulso a las cercanas del
saln, y contempl a Maud con los naipes en la mano, el entrecejo
fruncido y la mirada dura ante sus compaeros de juego.

Al levantar ella sus ojos, vio a Fernando encuadrado por la ventana,
contemplndola fijamente, y tuvo un gesto de enfado, lo mismo que si se
encontrase con algo que estremeca sus nervios y quebrantaba su
paciencia. Fernando huy, sufriendo la misma sensacin que si acabase de
recibir un golpe en la espalda... Dudaba de la realidad de los hechos y
aun de su misma persona. Estara soando?... Seran invencin suya los
recuerdos de la noche anterior?...

Vag por el buque, de una cubierta a otra, hasta encontrar a Isidro en
la terraza del caf. No quedaba en ella ningn rastro de la fiesta del
bautizo: los pasajeros se haban esparcido. Maltrana pareca furioso por
los excesos y molestias de su popularidad. No poda circular por el
buque sin que sus numerosos y queridos amigos le saliesen al paso con
aires de protesta. Las seoras parecan inconsolables. Por qu no se
haba dejado bautizar? Tan interesante que hubiese sido el
espectculo!...

--Como si yo fuese un mono, amigo Ojeda... como si me hubiese embarcado
para hacer rer... Crea usted que siento la tristeza de un grande hombre
convencido de la ingratitud de su pueblo.

Y tras esta afirmacin, acompaada de un gesto cmico, Isidro volvi a
acodarse en la barandilla, mirando a los emigrantes septentrionales
amontonados abajo, en la explanada de popa.

--Hace rato que estoy aqu recordando a los marinos de otros siglos y
sus opiniones sobre las virtudes de la lnea equinoccial. No se acuerda
usted?...

Los primeros navegantes que haban pasado al otro hemisferio daban por
seguro que en la lnea moran todos los parsitos que se albergaban en
los cuerpos de los marineros y en las rendijas de las naves. Y esta
creencia no era solamente de los descubridores espaoles; franceses e
ingleses la adoptaban igualmente, llegando a ser durante muchos aos una
verdad universal.

--Pasadas las Azores--dijo Maltrana--, empezaban a despoblarse de
sanguinarias bestias las cabezas y barbas de los tripulantes, y al
llegar a la lnea no quedaba una para recuerdo. Esta clase de huspedes
incmodos no era entonces propiedad exclusiva de un pueblo o de otro.
Todos los de Europa la posean por igual, y hasta los reyes gozaban el
placer del rascun y el entretenimiento de la cacera a tientas.
Figrese lo que seran aquellos buques pequeos con las tripulaciones
amontonadas y la madera corroda por toda clase de bichos repugnantes...
Como al llegar a la lnea el calor haca que los marineros anduviesen
medio desnudos y aprovechasen las largas calmas dndose baos, esta
higiene momentnea exterminaba los temibles compaeros, justificando la
creencia de que moran por falta de aclimatacin al pasar de un
hemisferio a otro.

El sanguinario tigre de las selvas capilares, la bestia carnvora
saltadora en las cumbres y hondonadas de los pliegues de la ropa, haba
figurado durante siglos como personaje interesante en muchas obras
literarias. Cervantes rea de l y de su fingida muerte en el lmite de
los dos hemisferios al relatar la aventura del barco encantado, cuando
Don Quijote y su escudero flotaban sobre el Ebro en un bote sin remos...
El iluso paladn crea estar a los pocos minutos de navegacin cerca de
la lnea equinoccial; y para convencerse, recomendaba a Sancho que
buscase en sus ropas para ver si encontraba algo... Algo y aun
algos, contestaba el escudero socarrn hurgndose el pecho.

--Pensaba yo en esto, amigo Ojeda, mirando a los respetables patriarcas
que van abajo con sus hopalandas de pieles a pesar del calor. Algo y
aun algos. Para sos, la lnea ha perdido su antigua virtud... Mrelos:
rasca que rasca!...

Y sealaba a algunos emigrantes que contemplaban el Ocano con aire
pensativo, como figuras sacerdotales de hiertica majestad, envueltos en
luengas vestiduras, mientras sus dedos ganchudos se paseaban por las
barbas, se hundan bajo el gorro de piel o avanzaban entre los pliegues
y repliegues del pecho.

--Vmonos de aqu--dijo Ojeda nerviosamente, como si no le inspirase
confianza la altura que los separaba de estos personajes.

Notaron al pasear por la cubierta la escasez de seoras. Algunas que se
mostraban por breves momentos parecan preocupadas con la busca de algo
importante. Luego desaparecan, como si se les ocurriese una idea nueva
o hubieran adquirido un dato que modificaba su mal humor.

--Se estn preparando para la fiesta de esta noche--dijo Maltrana--.
Gran baile de disfraces, y durante la comida ms mojigangas como la del
bautizo.

El da se prolong con una monotona abrumadora. Brillaban an en el
horizonte los ltimos fuegos solares, cuando las trompetas anunciaron el
banquete.

Las banderas, las guirnaldas de rosas, todos los adornos multicolores de
las grandes fiestas, engalanaban el comedor. Empez el servicio sin que
estuviesen ocupadas muchas de las mesas. Numerosos pasajeros permanecan
en el antecomedor para gozar antes que los otros de las anunciadas
novedades.

Retardaban su entrada las seoras, con el deseo de que sus disfraces
alcanzasen mayor xito. Esperaban, lo mismo que las actrices, a que la
sala tuviese buen pblico, y sus doncellas o los hombres de la familia
iban del camarote al comedor para echar un vistazo y volver con
noticias. Cada familia quera que las otras fuesen por delante, y as
dejaban pasar el tiempo sin decidirse.

Estaban los pasajeros en el tercer plato, cuando empezaron a presentarse
las disfrazadas, todas de golpe. Acogan ruborosas los aplausos y gritos
de entusiasmo, y as iban hasta sus asientos escoltadas por la familia.
Pasaban entre las mesas damas rusas de alta diadema y vestiduras
rgidas; niponas de menudo andar; polonesas con dolmanes ribeteados de
pieles blancas; marineritos tentadores que enfundaban sus juveniles
prominencias en un traje blanco cedido por un grumete.

--_Oll! Oll!... Carmn!_

Era Conchita, con mantilla blanca, falda corta y grandes movimientos de
abanico, que entraba, protegida por doa Zobeida, sonriente y maternal
ante este triunfo.

Los hombres tambin figuraban en la mascarada. Muchos no tenan otro
disfraz que una nariz de cartn o unos bigotes de crep, conservndolos
a pesar de que estorbaban su comida. Algunos aparecan con grandes
chambergos, poncho en los hombros y espuelas, que hacan resonar
belicosamente. Eran comisionistas ansiosos de color local, que
declaraban ir vestidos de gauchos de las Pampas o de rotos chilenos.

--Ah, gaucho lindo! Tigre!--exclamaban con burln entusiasmo los
muchachos sudamericanos--. Ah, rotito!... Huaso gracioso!...

Y los mascarones, apoyando la diestra en el machete viejo o el cuchillo
de cocina que llevaban al cinto para estar ms en carcter, sonrean
agradecidos.

--_Ich danke_... Mochas grasias.

Algunos coman entre sudores de angustias, disfrazados de derviches con
mantas de cama. Un grave alemn se haba puesto el chaleco salvavidas
que guardaba todo camarote por precaucin reglamentaria. Encerrado como
un crustceo en este caparazn de corcho, mantenase lejos de la mesa a
causa del volumen de su envoltura, teniendo que realizar todo un viaje
cada vez que sus manos iban de los platos a la boca. Un asombro burlesco
le haba saludado con ruidosa ovacin, y satisfecho de tal triunfo,
aguantaba el martirio, siendo el primero en admirar su prodigiosa
inventiva.

Las doncellas de los camarotes de lujo iban de mesa en mesa, disfrazadas
de campesinas del Tirol, regalando flores. Otros criados, vestidos de
buhoneros alemanes, ofrecan las chucheras que llevaban en un cajn
sobre el pecho. Un grumete pintado de negro descolgbase con ayuda de
una cuerda por la claraboya que comunicaba el saln de msica con el
comedor, y pregonaba, a estilo de los vendedores de diarios, el
_Aequator Zeitung_, periodiquito impreso a bordo en la prensa que serva
para el tiraje de _los mens_ y las listas de pasajeros. La minscula
hoja repeta en todos los viajes los mismos chistes y versos dedicados
al paso de la lnea. El mayordomo, de pie en la entrada del comedor,
puesto de frac con botones dorados, pareca presidir el banquete,
sonriendo modestamente, como si agradeciese las mudas felicitaciones del
pblico por el buen arreglo de la fiesta.

Sobre las mesas elevbanse pirmides multicolores de cucuruchos con
sorpresas. Tiraban de sus extremos los comensales, producindose un
estallido fulminante, y de las envolturas surgan menudos objetos de
adorno, mariposas y flores de gasa, minsculas banderas, gorros de
papel. Se ornaban los pechos de las seoras con estas chucheras
brillantes; la solapa de todo _smoking_ luca como una condecoracin la
banderita nacional del portador. Cubranse las cabezas con los gorros de
papel de seda, crestas de aves, mitras asiticas, sombreros de _clown_,
que contrastaban grotescamente con el gesto vido de los comilones.

Despus del asado desaparecieron los camareros, y todas las luces se
apagaron de golpe. Esta obscuridad absoluta provoc, luego de un
silencio de sorpresa, gritos y silbidos. Los malintencionados imitaban
en las tinieblas chasquidos de besos; otros lanzaron bramidos de
animales. Pero el estruendo fue de corta duracin.

Son a lo lejos la msica y brillaron en el antecomedor luces rojas y
verdes, una lnea de faroles llevados en alto por los camareros. Este
resplandor, amortiguado por los vidrios de colores, iluminaba
discretamente con luz suave. Era la marcha de las antorchas de toda
fiesta alemana. Los pasajeros, atrados por el ritmo de la msica,
empezaron a golpear a comps con sus cuchillos los platos y los vasos. Y
entre este tintineo general, que casi ahogaba los sonidos de los
instrumentos, desfil la comitiva: el tambor mayor al frente de la
banda; toda la servidumbre portadora de faroles; las camareras
disfrazadas de floristas, y un gran nmero de animales, osos, perros y
leones, mozos de buena fe, que sudaban bajo los forros de pieles y
movan de un lado a otro sus cabezas de cartn rugiendo o ladrando. Dos
hombres apoyados uno en otro marchaban invisibles bajo un caparazn que
imitaba el pellejo coriceo de un elefante, moviendo entre las mesas la
trompa serpentina del monstruo y sus orejas de abanico. Otros camareros
venan despus, sosteniendo platos luminosos, grandes bandejas, en cuyo
interior elevbanse los helados en forma de castillos, aves o
_chalets_, todos bajo campanas de cristal de diversos colores y con una
buja en el centro.

Cerraban la marcha varias seoritas de gran sombrero y rubia cabellera
suelta, que sonrean impdicamente a los hombres envindoles besos. Eran
la escolta de honor de tres matronas de hermosos brazos y majestuoso
andar, con tnicas blancas y el purpreo gorro frigio sobre las negras y
ondulosas crenchas. Se las reconoca por el color y los adornos
herldicos de sus mantos: la Repblica del Brasil, la Repblica de
Uruguay y la Repblica Argentina.

Esta aparicin hizo circular entre los pasajeros un movimiento de
sorpresa, de ansiedad, como si todos sintiesen a la vez el latigazo del
deseo. Dnde haban estado ocultas hasta entonces aquellas buenas
mozas?...

Munster requiri sus lentes para apreciar mejor la novedad. Isidro, que
afirmaba conocer a todos los del buque, se incorpor asombrado... De
dnde salan estas muchachas?... Eran superiores en su esbeltez fresca y
dura a todas las camareras flcidas y de talle cuadrado que servan en
el buque.

Pero la ojeada atrevida de una de aquellas beldades que danzaban ante
las tres repblicas y el beso que le envi con la punta de los dedos
hicieron que Maltrana reconociese de pronto su rostro oculto tras los
rizos ondulosos y la capa de colorete y polvos de arroz.

--Cristo! Si es el _steward_ de mi camarote!...

Admir a la luz algo difusa de los faroles las formas y contoneos de
estos efebos rubios de carnes blancas y depiladas, as como su facilidad
para transformarse.

--Cualquiera reconoce a los mismos que por la maana limpian los
camarotes, sacuden las camas y manejan los cacharros de aguas sucias...
Fjese, Ojeda: quin no se equivoca?... Ahora lo comprendo todo.

La afeminada comparsa avanz entre las mesas, seguida del asombro de las
seoras y los atrevimientos burlescos de los hombres. Algunos de stos
saltaban del requiebro a la accin, pellizcando al paso a las revoltosas
seoritas, que contestaban con chillidos de miedo y pudorosos respingos.

Se inflamaron de pronto las luces del techo, huyeron mscaras y
animales, como un aquelarre sorprendido por la salida del sol, y
nicamente quedaron en el comedor los camareros con sus bandejas de
helados, comenzando el reparto.

Ojeda haba mirado varias veces a la mesa cercana, donde coma sola Mrs.
Power. Estaba vestida con gran elegancia y sobre la carne plida de su
escote centelleaban varios brillantes.

--Parece preocupada--haba dicho Isidro al principio de la comida--.
Est sin duda de mal humor. No le mira a usted, Ojeda, como otras veces.
Es que ya no son amigos?...

Transcurri la comida sin que Fernando consiguiese encontrar sus ojos
con los de la norteamericana. Miraba ella a todos lados con aire
distrado, y evitando poner sus ojos en la mesa cercana. Al terminar el
desfile, cuando la alegra general haca conversar a unos grupos con
otros, las obsequiosidades de Munster le hicieron volver el rostro hacia
los vecinos. El joyero, con una cortesa melosa, elevaba su copa de
champn en honor de la seora. Maud le contest con una inclinacin de
cabeza, elevando tambin su copa; y para no parecer desatenta, repiti
el movimiento mirando a Isidro y luego a Ojeda. Ni la menor emocin en
sus ojos claros y fros. Un gesto de cortesa y nada ms.

Munster, orgulloso de la amistad que le una a aquella seora con motivo
del _bridge_, la invit a reanudar el juego. Antes del baile podan
hacer una nueva partida en el saln de msica: los esposos Lowe estaban
dispuestos... Y ella movi la cabeza con expresin de cansancio. No
saba qu decir... Tal vez ms tarde se decidiese a aceptar... Estaba
fatigada.

Fernando mir con odio a su compaero de mesa. Pero este viejo teido
por qu se interpona entre l y Maud con su maldito _bridge_?... Crey
ver en l cierta expresin de petulancia, el orgullo de su amistad
naciente con aquella seora que hasta entonces slo se haba fijado en
Ojeda... No habra _bridge_: lo juraba Fernando en su interior. Maud se
haba vestido elegantemente para asistir al baile, y no terminara la
noche sin que los dos tuviesen una explicacin. Necesitaba conocer el
motivo de su conducta inexplicable.

Despus de la comida la vio en el jardn de invierno tomando el caf con
los Lowe. El seor Munster fue a su mesa para repetir la invitacin, y
Maud le contest con movimientos negativos.

Experiment Ojeda con esto la primera satisfaccin de toda la noche.
Muy bien! As aprendera el viejo importuno a no creerse en plena
intimidad. Adems se imagin, con un optimismo inexplicable, que esta
negativa era a causa de l. Tal vez Maud deseaba igualmente una
entrevista, al desvanecerse su enfado inexplicable. Quin sabe!...

Transcurri una hora sin que ocurriese en el buque nada extraordinario.
Abajo en el comedor retiraban los sirvientes las mesas, preparando el
saln para el baile. Las mscaras paseaban por la cubierta. Sus dos
calles parecan las de una ciudad en Carnaval. El seor disfrazado con
el salvavidas tomaba su caf tranquilamente, sin abandonar el caparazn
de corcho. Maltrana predicaba sobriedad y buenas costumbres en un grupo
de jvenes. Despus de las locuras de la noche anterior, haba que
acostarse temprano: as que terminase la fiesta. No deban abusar del
pobre cuerpo.

Sonaron varios trompetazos anunciando el baile, y poco despus la
orquesta rompi a tocar un vals en el comedor, todava desierto.

Corrieron las nias, impacientes; levantronse las madres con lentitud,
como si les costase abandonar su incrustacin en los almohadones; son
un fru-fru general de faldas con lentejuelas y adornos metlicos de los
disfraces.

Mrs. Power se despidi de los Lowe, pasando ante Ojeda sin dirigirle una
mirada. Esta indiferencia la acept l como un signo favorable: era
disimulo. Abandonaba a sus amigos para facilitarle la ocasin de una
entrevista a solas. Sin duda iba a esperarle abajo, en el saln de
baile.

Tard algunos minutos en seguirla, queriendo imitar esta prudencia, y al
fin, despus de mirar a un lado y a otro, abandon la mesa, deslizndose
por la escalera cautelosamente, cual si quisiera pasar inadvertido.

En el saln daban vueltas las primeras parejas y se instalaban las
familias con gran ruido de sillas desordenadas. Fernando mir a todos
lados, sin alcanzar a ver la cabellera rubia de Maud. Luego examin los
grupos estacionados en el antecomedor. Nada...

Comenzaba a sentir la tristeza del desaliento, cuando de pronto hizo un
gesto de satisfaccin. No habrsele ocurrido antes!... Ella le esperaba
en su camarote; no haba duda posible. Luego de mirar otra vez en torno
de l para convencerse de que nadie poda espiarle, avanz por el
corredor con fingida indiferencia.

A los pocos pasos temblaba interiormente con las vacilaciones del miedo.
Si ira a repetirse la escena de la maana!... Pero no; el recuerdo de
la noche anterior le daba confianza. An no haban transcurrido
veinticuatro horas, y noches como aqulla no se olvidan fcilmente. Su
orgullo varonil le infundi valor. Seguramente ella se haba retirado
para esperarle.

La puerta del camarote estaba cerrada, y otra vez la roz con tmido
llamamiento. Vease luz por el ojo de la cerradura y la pequea
claraboya abierta sobre el marco. A la voz interrogante que son al
otro lado de la madera, Fernando repuso, para hacerse conocer, con una
leve tos y un murmullo discreto. Era l... Hubo en el interior cierto
rebullicio que indicaba clera y sorpresa; muebles removidos, palabras
masculladas en sordina, y hasta crey percibir Ojeda un principio de
juramento. Cundo iba a cesar de molestarla con sus incorrecciones?...
Esta conducta no era propia de un _gentleman_... No lo era...

Y elevando su tono la irritada voz, dijo junto a la puerta, con acento
imperativo:

--Vyase... Voy a llamar.

Son a lo lejos un timbre elctrico, y l tuvo que huir, temeroso de que
le sorprendiesen en su ridcula inmovilidad ante la puerta cerrada. En
el pasillo se cruz con una de las doncellas, que acuda al llamamiento
disfrazada de florista tirolesa.

Marchando con la cabeza baja, sin saber adnde iba, se vio de pronto en
la cubierta de paseo. Apretaba los puos, murmurando palabras iracundas.
Cmo se haba burlado de l aquella mujer! Qu vergenza!...

Cansado de pasear por la cubierta solitaria, sentse en un banco lejos
de la luz, contemplando el Ocano por encima de la borda. La negra calma
de la noche seren y puso en orden sus atropellados pensamientos.

Vio de pronto con toda claridad la conducta de Mrs. Power, que le haba
parecido hasta entonces inexplicable... No menta al alabar la frialdad
de su carcter, que ella llamaba prctico, dando a tal palabra la
misma solemnidad que si fuese un ttulo de nobleza. Deca la verdad al
repetir con sonrisa de orgullo que nada tena de _poetical_. Era un
hombre, un verdadero hombre de negocios, de los que slo conceden a los
impulsos del afecto unos minutos de su existencia; de los que tratan las
necesidades de la carne como vulgares y rpidas operaciones de higiene y
nicamente se acuerdan del amor cuando la abstencin los martiriza,
dedicndole media hora entre dos asuntos financieros, sin recuerdos y
sin nostalgias. Por qu haba venido hasta l aquella mujer, turbando
su calma?... Era indudable que Maud amaba a su manera a mster Power,
como se ama a un ser inferior y hermoso, con el doble orgullo de ser
admirada y ejercer el dominio de la superioridad.

La montona existencia de a bordo, favorecedora de la tentacin, las
abstenciones de un largo viaje dedicado por entero a los negocios, la
influencia del ambiente clido, el hlito afrodisaco del Ocano, haban
quebrantado y reblandecido la glacial serenidad de aquella mujer.
Llevaba la cuenta angustiosamente de los das que an le quedaban de
navegacin, como se cuentan en una plaza sitiada y sin vveres las horas
que faltan para que llegue el ansiado socorro. Y al flaquear su voluntad
por las influencias de un ambiente ms poderoso que su energa, haba
puesto los ojos en Fernando, porque era el ms inmediato, el ms
distinguido, el hombre que entre todos los del buque tena cierta
semejanza con la lejana y seductora imagen de mster Power.

Esta dama varonil lo haba tomado a l lo mismo que toman los hombres en
momento de premura a una mujer de la calle. Y pasada la embriaguez, lo
repela furiosa por sus asiduidades, extraada de su insistencia, igual
que un seor que se viese perseguido por una compaera de media hora,
como si el encuentro fortuito y mercenario pudiese conferir derechos.
Ah, miserable! Con qu risa cruel y dolorosa reira Teri si pudiese
conocer esta aventura grotesca! El hombre en el que crean ver sus ojos
de amorosa todas las perfecciones, tratado lo mismo que un objeto que se
alquila!... Y le doli ms la posibilidad de esta burla desesperada que
el imaginarse a Teri entre lamentos y lgrimas.

Con una reaccin enrgica de su orgullo, sali Fernando de este
desaliento. Haba que ser hombre y aceptar los sucesos, sin exagerar su
importancia. Una simple aventura de viaje, que iba a quedar ignorada;
Maud procurara que lo ocurrido no saliese del misterio. La haba
prestado un buen servicio--Ojeda rea amargamente al pensar en esto--,
haban sido felices unas horas, y luego se separaban como extraos, sin
recuerdos y sin melancolas: lo mismo que si se hubiesen conocido a la
cada de la tarde en un bulevar de Pars para pasar media hora juntos en
un hotel y no volver a encontrarse nunca.

El despego de ella era sin duda a causa de un tardo remordimiento que
haba sobrevenido con la saciedad... Remordimiento, no: simple
prudencia; deseo de conservarse aislada en los das que faltaban para
llegar al prximo puerto. Su marido subira al buque, y ella quera
salir a su encuentro sin miedo a las maliciosas sonrisas de los
pasajeros. l haba sido el escogido para el remedio en momentos de
turbacin y de prisa... y qu derechos le daba esto? Lo mismo poda
haber sido el agraciado mster Lowe o Isidro Maltrana. Ojeda, por su
parte, tena igualmente un gran amor, y le convena olvidar lo mismo que
Maud... Algo le dola en su orgullo de hombre verse tratado as, pero
era el dolor de la operacin quirrgica que extirpa el mal... A vivir!

Se levant del banco, aproximndose a las ventanas de los salones. En
las barandas de una galera que comunicaba el saln de msica con el
comedor se haban agrupado algunas mujeres, contemplando las parejas que
danzaban abajo. Eran seoras que no haban querido vestirse para la
fiesta; doncellas de servicio de las pasajeras ricas, simples criadas de
a bordo que aprovechaban la ausencia del mayordomo para echar un
vistazo.

Ojeda vio despegarse de este grupo y atravesar el jardn de invierno,
saliendo a la cubierta, una mujer vestida de obscuro, sencillamente.
Ah, seora Eichelberger!...

Fernando celebraba su encuentro con Mina, como si sta le trajese la
felicidad. Estrech entre sus dos manos la diestra que le tenda la
alemana, y ella, con cierta emocin por las efusivas palabras, volva
sus ojos a todos lados, extrandose de verle solo, creyendo que iba a
aparecer repentinamente la esbelta silueta y el cigarrillo encendido de
la norteamericana.

Balbuce, como si al darse cuenta de su turbacin sintiese cierta
vergenza. Daba excusas por su aspecto sencillo, cuando todas las
mujeres del buque haban sacado aquella noche sus mejores trajes. Ella
no haba de bailar, y tampoco gustaba de permanecer sola en el saln
mientras su marido jugaba en el fumadero. Por curiosidad y por
aburrimiento, luego de acostar a Karl, se haba asomado a aquella
galera para ver el baile. Viva tan aislada!... Y con una contraccin
de su mano, oculta entre las de Fernando, agradeci la bondad de ste al
ocuparse de ella.

Luego, su rostro fue animndose con una sonrisa plida que pretenda ser
maliciosa. Se asombraba otra vez de verle solo. Casi se haba decidido a
renunciar a su amistad. Pero Fernando la interrumpi:

--Todo ha terminado: se lo juro... Terminado para siempre! Yo no tengo
en el buque otra amiga que usted.

Y lo deca de todo corazn, contento de estar al lado de Mina,
satisfecho de la ternura con que ella le contemplaba.

Excelente compaera!... Fernando, que crea necesario el trato con una
mujer, lamentbase de no haber permanecido al lado de Mina desde el
primer momento de su amistad. sta no le molestaba haciendo la apologa
de su marido; era dulce y pareca admirarle. Muy al contrario de la
otra, que hasta en los momentos de mayor efusin guardaba el empaque de
una dama altiva que desciende a hablar con su criado.

Adems, pensaba en Teri, en su firme propsito de no envilecer la
nobleza de los recuerdos con otro crimen, pues de tal calificaba con
vehemente apreciacin su aventura reciente. Con Mina no arrostraba
peligro alguno: la pobre estaba desengaada. El fracaso de su
existencia la haca huir de toda complicacin pasional, prefiriendo una
vida vegetativa y humilde. Adems, pareca enferma... Era la compaera
deseada para las monotonas del mar: una amistad femenil de todo reposo;
y al separarse se diran adis! llevndose cada uno el recuerdo
melanclico de algo desinteresado y puro.

Haban ido a apoyarse en la borda de babor, contemplando la luna.

--Cada noche sale ms pronto y es ms grande--dijo Mina--. Qu enorme y
qu blanca!... En Europa nunca la vemos as.

Asomando a ras del Ocano, era el astro una cpula inverosmil por su
amplitud. Haca recordar el huevo fabuloso del pjaro Roc de los cuentos
orientales, grandioso como un palacio. Su luz galoneaba de plata el
contorno de las nubes y tenda sobre el mar un camino anchsimo e
inquieto, un camino en tringulo desde el horizonte hasta los costados
del buque, haciendo hervir las aguas con una ebullicin plida que
repela toda idea de calor.

Mina contemplaba la inquietud de este camino irreal cortando la
obscuridad atlntica, cada vez ms ancho, ms luminoso, as como
ascenda el astro en el horizonte.

--Se sienten deseos de marchar por l--dijo en voz baja, emocionada por
la majestad de la noche--. Quisiera saltar fuera del buque y correr...
correr por esa calle de plata hasta no s dnde.

--Sola?--pregunt Fernando con tono de reproche.

--No; usted vendra conmigo... Con usted mejor.

Le mir un momento, y luego sus ojos volvieron hacia el mar. Estaban
hmedos, como si esta contemplacin agolpase las lgrimas en sus
crneas. Brillaban con una luz nacarada semejante a la de la luna. De
pronto, sus labios empezaron a murmurar algo como un rezo. Eran versos,
versos alemanes de extremado sentimentalismo, que Ojeda entendi
vagamente, adivinando el misterio de unas estrofas por el sentido de
otras mejor comprendidas. La poesa ingenua del _lieder_ pasaba por la
boca de Mina con la dulzura del arroyo humilde, que parece temblar,
medroso de que sus murmullos sean demasiado altos y sus estremecimientos
despierten la inmvil vegetacin que lo encubre.

Se haban unido los dos, hombro con hombro, como intimidados por el
ambiente religioso de la noche y el aleteo de la poesa que se agitaba
en torno de ellos... Experimentaba Ojeda una sensacin de descanso al
lado de esta mujer infeliz; una impresin de paz y dulce anonadamiento
igual a la que buscaban los antiguos libertinos, huyendo de los
desengaos de la vida para reposarse como eremitas entre las gentes
humildes.

--Y usted... usted que es poeta...--dijo ella interrumpiendo su
recitado--. Dgame algo suyo... Debe ser muy hermoso.

Fernando se excus. Sus versos eran en espaol, y ella no poda
entenderlos... Pero como si experimentase la necesidad de esparcir en la
noche algo que lata en su cerebro, fundiendo el misterio interior con
el misterio del ambiente, comenz a recitar versos franceses con una
lentitud sacerdotal, seguido por la mirada vida de Mina, que haca
esfuerzos para no perder la significacin de una sola palabra. A veces
detenase el recitante, adivinando las incomprensiones de ella, y
repeta los versos, explicndolos.

La antigua artista suspiraba con arrobamientos de admiracin. La haca
estremecer esta msica, en la que entraban por igual el encanto de los
versos y la voz que los recitaba con rtmica melopea.

--Vctor Hugo es mi dios...--dijo de pronto Ojeda interrumpiendo su
murmullo potico, como si no pudiese contener ms tiempo esta
declaracin--. Y Beethoven tambin lo es.

Ella le mir con ojos suplicantes, implorando una palabra que poda
unirlos con un nuevo afecto. Y Wagner?... Fernando vacil. No tena la
serenidad olmpica, la majestad simple de los divinos. Ms bien pareca
un taumaturgo de alma atormentada, un mgico prodigioso; pero en l se
confundan la poesa del uno y la msica del otro. Era el arcngel
rebelde, hermoso como el fuego, que viniendo de abajo reconquistaba su
divinidad.

--S; tambin es mi dios--dijo tras breve pausa.

Y reanud el potico murmullo, mirando la inquieta llanura de plata,
sintiendo en un hombro la suave pesadez de Mina, que pareca ansiosa de
un apoyo.

La cubierta estaba solitaria. Todos los pasajeros permanecan en el
saln de fiestas o en el fumadero. De tarde en tarde, risas, gritos y
correteos en las puertas y escaleras. Eran parejas que abandonaban el
baile por un momento para respirar en la cubierta. Los jvenes se
abanicaban con un papel la faz congestionada, despegndose de la carne
el cuello de la camisa, reblandecido por el sudor. Ellas respiraban con
ansiedad, llevndose las manos al escote, pero inmediatamente huan de
esta frescura para correr al horno del saln, atradas por un nuevo
vals.

Vueltos de espaldas a la luz, Mina y Fernando se suman en la
contemplacin de la noche, sin que sus miradas se buscasen, satisfechos
del contacto de sus hombros, que parecan unificar en una sola vibracin
sus pensamientos y deseos.

Llegaba hasta sus odos la msica del baile; una msica divina:
vulgares danzas de moda, _two-steps_, o tangos, que, por la influencia
del ambiente, sonaban en aquella hora de ilusiones como sinfonas de
infinito idealismo. Sentan la dulce turbacin de la embriaguez: una
embriaguez de luz de luna, de noche serena, de poesa sentimental.

Ojeda, ms fro que su compaera, percibi en su interior un cosquilleo
irnico, un deseo de rerse de s mismo, de este enternecimiento sin
causa definida que se apoderaba de l. Mirar la luna y decir versos
como un estudiante al lado de una pobre mujer que era madre y oyendo una
musiquilla vulgar a cuyos sones danzaban los seres ms frvolos de
aquella Arca de No!... Cmo reira l si con prodigioso desdoble
pudiera contemplarse a s mismo desde lejos!... Pero la emocin
inexplicable era ms fuerte que su rebelda burlona, y le obligaba a
permanecer inmvil, en silencio, sin huir de aquel cuerpo que vibraba
con su contacto. Por qu rerse de este instante, si era de felicidad y
le proporcionaba un dulce olvido?...

Al volver sus ojos hacia Mina, crey encontrar una mujer nueva. Tal vez
la poesa la haba embellecido al tocarla con el ala de sus rimas; tal
vez era la noche la que la transformaba, agrandando sus ojos con un
brillo lunar, rellenando de ncar las angulosidades de su rostro
descarnado, sustituyendo su color verdoso y enfermizo con una palidez
luminosa. Los ojos de animal humilde, agradecido a la caricia, que fij
ella en sus ojos al sentirse contemplada!... La ruborosa confusin con
que volva la cabeza, temiendo insistir en una mirada que poda
traicionarla!... Se convenci de que l no haba visto hasta entonces a
esta mujer, no la haba comprendido, limitndose en sus conversaciones a
sentir lstima de sus infortunios, como si su vida estuviera agotada y
fuese igual a un rbol cado, incapaz de florecimiento...

De pronto, se vieron paseando cogidos del brazo, sin hablar, sin
mirarse, pero sabiendo por mutua adivinacin que la persona del uno
ocupaba por entero el pensamiento del otro... Nadie en la cubierta. Sus
pasos lentos resonaban lo mismo que en un claustro abandonado. Al dar la
vuelta de proa, entre el saln y el balconaje de avante, donde era menos
viva la luz y nadie poda verles de lejos Fernando la atrajo a l,
abandon su brazo para envolverle el talle con rudo tirn, y la bes
impulsivamente, al azar, en una mejilla, en la nariz, all donde
pudieron posarse sus labios. La alemana gimi de sorpresa, de asombro,
casi de miedo, como el que ve realizarse de pronto algo inverosmil con
lo que ha soado muchas veces sin esperanza alguna. Se mantuvo rgida
en el brazo de l, no intent la menor resistencia, y con un suspiro de
nia que se desmaya, dej caer la cabeza en su hombro.

Lloraba. Fernando vio los estertores de su pecho y sinti en su cuello
el contacto de una lgrima. Comenzaba a arrepentirse de su brutalidad.
Pobre Mina!... Pero ella, protestando de esta conmiseracin, gir la
cabeza sobre su hombro hasta apoyar la nuca, y en tal postura, con los
ojos llenos de lgrimas y sonriendo al mismo tiempo, se elev en busca
de su boca, devolvindole las caricias con un beso largo, interminable.

No era el beso frente a frente que l haba saboreado en otras mujeres,
y que llamaba beso latino. No era tampoco la caricia arrogante de
arriba a abajo que haba conocido en el camarote de Maud, beso de
domadora, egosta y avasallador, oprimindole la cabeza entre las manos
crispadas para mantenerle en amorosa sumisin. Era el beso-suspiro de la
germnica sentimental paseando entre los tilos, a la cada de la tarde,
apoyada en el brazo de un estudiante y con un ramo de florecillas azules
sobre el pecho; un beso de abajo a arriba, caricia suplicante de hembra
dulzona en la que el amor se presenta acompaado de la humildad y que
antes de besar desploma su cabeza como signo de servidumbre en el hombro
de su dueo.

Sinti Ojeda cierto remordimiento ante este llanto. Por qu lloraba?...
Y ella, como si se avergonzase de su emocin, profera balbucientes
excusas. No saba por qu lloraba... Pero era tan feliz, tan feliz!...

Un ruido de pasos despeg sus bocas instantneamente, y cogindose del
brazo, continuaron su paseo con afectada indiferencia. Alarma intil:
era un grumete que descenda por una escalera cercana.

--Volvamos al rincn de los besos--dijo l con impaciencia.

El rincn de los besos era la parte de proa que una con su curva las
dos calles de la cubierta. Y al volver de nuevo a este refugio, fue ella
la que sin esperar los avances de Fernando descans la cabeza en su
hombro, elevando la cara en busca de su boca.

Intercalaba trmulas palabras entre beso y beso. Verse en sus
brazos!... Una noche haba soado lo que ahora le estaba ocurriendo. Fue
a continuacin de la primera tarde en que se hablaron junto al piano. Y
haba salido de su ensueo conmovida para siempre, con la conviccin de
que no se realizara nunca, pero vindolo a l como un hombre distinto a
todos los otros del buque, sintiendo una turbacin en su pecho y en sus
ojos, un temblor en las piernas, una msica lejana en los odos cada vez
que Fernando se aproximaba para hablarla... Luego qu de penas
vindole con aquella seora tan elegante, tan altiva, que pareca
burlarse de ella con los ojos!... El ensueo no se realizara nunca; una
ilusin imposible, como tantas otras de su pobre existencia... Y cuando
haba perdido toda esperanza, era l, l! quien avanzaba en la noche
con palabras de poesa, igual a un prncipe magnfico y clemente, y la
estrechaba entre sus brazos y buscaba su boca, hacindola estremecerse
como una sierva de amor. Qu haba en su persona para merecer esta
dicha, pobre, fea, mal vestida, entre tantas mujeres bellas y felices, y
arrastrando adems cual una cadena su pasado de miseria?...

--Te amo!...--dijo Fernando, enardecido por tal humildad.

Y acompa sus besos con un avance de las atrevidas manos en aquel
cuerpo sumiso que pareca entregarse. Pero con gran asombro, la alemana
se revolvi ante las caricias audaces, se despeg de sus brazos con una
fuerza nerviosa que nada haca sospechar en su cuerpo enfermizo.
Parecieron surgir de pronto msculos ocultos, tendones de irresistible
expansin en todos sus miembros.

--No quiero--gimi tristemente, como en presencia de algo que destrua
sus ilusiones--. No quiero eso... No querr nunca.

Ojeda, ante la violencia de estos movimientos de protesta, comprendi
que deca verdad. Su cuerpo se revolva contra toda caricia que saliese
de los lmites del rostro, y esta repulsin vigorosa era tan brusca, que
l se sinti empujado, vacilante sobre sus pies, teniendo que esforzarse
para no caer.

Luego, como arrepentida de su defensa, le echaba los brazos al cuello y
volvi a su gesto de sumisin, descansando la cabeza en su hombro,
gimiendo con un abandono de nia enferma.

--Me hara dao... Jams! Amarnos como ahora, eso es lo que yo quiero.
Estar as... siempre juntos... siempre!... Seremos... cmo se dice en
espaol? Yo lo he odo muchas veces... Seremos...

Y despus de largos titubeos y de fruncir las cejas con pensativo
esfuerzo, encontraba la palabra.

--Seremos... novios. Eso es: novios los dos. La boca... la boca nada
ms... Y el alma tambin... novio mo.

Y al repetir con fruicin la encontrada palabra, sonrea como un jardn
abandonado bajo el primer sol de la primavera que llega.

Fernando, ensombrecido por esta negativa, hablaba y hablaba, sosteniendo
las manos de la antigua artista entre las suyas, deseoso de
inmovilizarla, de domar su resistencia, fijos los ojos en sus pupilas,
cual si pretendiese vencerla con un poder de sugestin.

Su aventura con Maud haba desvanecido todos los propsitos de cordura
que le acompaaron al subir al buque. Sus nervios guardaban an el
recuerdo de recientes vibraciones; su carne, mal dormida, estremecase
al sentir el contacto de otra mujer. Aquella calma monacal que haba
reinado en el trasatlntico durante la primera semana de viaje ya no
exista para l. Saba lo que era el amor entre los blancos tabiques de
un camarote, y quera continuar, fuese con quien fuese, los encuentros
de pasin en una de estas cajas de madera, sonando a sus pies el
abejorreo de la mquina, oyendo junto al tragaluz el chapoteo de la ola
perezosa. Esta mujer vena a l, hermoseada por la noche, humilde y
sumisa como una esclava de guerra... tanto mejor!...

Y como si fuese su dueo, la apremiaba con mandatos, unas veces
suplicantes, otras imperativos: Ven... ven. Hablaba de la hermosura de
su cabina en el mismo piso de los camarotes de lujo, de su techo alto,
de la amplitud de su espacio, con profunda cama y anchuroso divn.
Pretenda deslumbrar con estas comodidades del tugurio flotante a la
pobre amiga, que iba instalada en las cmaras ms profundas y obscuras,
cerca de la lnea de flotacin. Ven... ven. Podran hablarse all sin
temor de ser sorprendidos; cruzar sus besos tranquilamente. l la
enseara libros interesantes; hablaran de sus poetas, de los grandes
artistas.

Mina le escuchaba con ojos de adoracin y una plida sonrisa de miedosa
incredulidad. No... cabina, no. Por no seguir el curso de sus
peticiones trmulas de deseo, le interrumpa solicitando que le indicase
en espaol la equivalencia de ciertas palabras. Ansiaba hablar la lengua
de l.

--No, querido--suspiraba respondiendo a sus splicas--. No, mi novio...
Cabina, no... Boca... boca nada ms.

Y al sentir en su cuerpo el avance atrevido de unas manos huroneantes,
bastbale un empujn para librarse del encierro en que la tenan los
brazos de Ojeda.

Se extendi por la cubierta un ruido de pasos y de voces. Acababa de
terminar el baile y la gente suba al paseo, ansiosa de frescura.
Cunto tiempo llevaban all los dos?... Mina quiso marcharse. Ocupaba
con su hijo un pequeo camarote en la cubierta ms honda del castillo
central. En otro inmediato viva el maestro Eichelberger, que no se
retiraba hasta cerca del amanecer.

Ella iba a dormir con sus recuerdos, a soar con Fernando. Se llevaba a
su profundo refugio la felicidad de la mejor noche de su vida. Lo
juraba... Y ahora, adis.

Todava, aprovechando la ausencia del gento, que al esparcirse por la
cubierta no haba llegado hasta ellos, se besaron por ltima vez con un
beso largo, que la alemana prolong cerrando los ojos, abandonndose
cual si fuese a morir.

Luego se salv de un salto, para detenerse a corta distancia. Sonrea
con expresin maliciosa; levantaba una mano con el ndice erguido, como
una maestra que lanza su ltima recomendacin.

--Novios, s... Boca, s... Cabina, nooo!... Cabina, malo!

Y tras estos balbuceos en espaol, que revelaban un miedo cmico a la
cabina, huy apresuradamente, volviendo por dos veces la cabeza para
mirar a Fernando antes de desaparecer.

ste pase algn tiempo por la cubierta. Sentase al principio contento
de su suerte. Lstima que no estuviese all Maud, para que se enterase
de lo poco que le impresionaban sus desdenes!... Vea a la
norteamericana muy lejos en sus recuerdos, casi sin corporalidad, como
una imagen indecisa...

Pero al poco rato empez a experimentar una sensacin de inquietud. Su
conducta reciente le molestaba lo mismo que un remordimiento. Muy bien,
don Fernando--se dijo con irnico reproche--. No tena usted bastante
con el desengao ridculo de la otra, no le ha servido de escarmiento
una aventura tan grotesca, y en el mismo da se lanza a perturbar la
tranquilidad de una pobre mujer que acepta sus avances con una
sensiblera de romanza y toma el amor como si estuviese en los quince
aos. Qu gusto de complicarse la vida!... Qu cordura en un hombre
que marchaba a la conquista de la riqueza!... Y para meterse en tales
aventuras haba abandonado lo que tena en Europa!... Don Fernando, es
usted un chiquillo; el bigote que lleva en la cara lo usurpa... Acabar
usted consiguiendo que se ran de su persona todos los del buque...

A pesar de estas recriminaciones mentales, no llegaba a entristecerse.
La protesta removase en su cerebro, avergonzada e iracunda; pero el
resto del cuerpo pareca satisfecho, con un regodeo de recuerdos y un
estremecimiento de esperanza... Peor era la nada; pasar los das
comiendo o dormitando en el silln con un libro en las rodillas.

Al entrar en su camarote, despus de media noche, sus ojos tropezaron
con la imagen de Teri erguida sobre el tocador en el encierro de un
marco dorado. Pobre Teri! Por primera vez en todo el da pensaba en
ella, slo en ella, sin poner su recuerdo en parangn con la imagen real
de otras mujeres. Este pensamiento tardo iba acompaado de
remordimiento y miedo. Qu dira Teri si pudiese verle!... Para evitar
esta posibilidad, como si temiera que los ojos del retrato fuesen a
adquirir el sentido visual, intent volverlo de cara a la pared. Lo
mismo que Maud con mster Power!... Pero un escrpulo supersticioso le
contuvo. Ella estaba lejos... Quin sabe lo que podra ocurrirle como
un choque reflejo de este acto impo!...

Hizo sus preparativos para acostarse, huyendo la mirada del retrato. Al
tenderse en el lecho y quedar en la sombra, sus temores y remordimientos
se fueron aligerando, hasta no ser ms que tenues nubes que se llevaba
el sueo por delante con la escoba del olvido. Vea en la incoherencia
de su adormilado pensamiento a los parientes del obispo incitndolo a
que entrase en el baile. Monseor: el mar... es el mar. Vea a
Maltrana apostrofando al Ocano, el gran tentador: Galeoto de mostachos
de algas... Celestina de arrugas verdes. Y lo mismo que l, repeta:
Seamos miserables. Ya nos purificaremos al bajar a tierra.

Un dulce cinismo acompa sus ltimos pensamientos. La alemana... por
qu rehusarla?... La otra estaba lejos; nada sabra. El viaje era
montono, y haba que aprovechar las ocasiones para alegrarlo. Una vez
en tierra, recobrara su cordura... Haba que creer en la filosofa de
Maltrana. La gran cuestin era... pasar el rato!... Y Fernando se
durmi.

A la maana siguiente por la maana se encontr con Mina en la cubierta
de los botes. Haba dejado a su hijo en el gimnasio y fue hacia Ojeda,
ruborosa y encogida, vacilando en su saludo, temiendo tal vez un cambio
de carcter, un arrepentimiento, despus de la noche anterior. Pero al
ver que l sonrea, acaricindola con los ojos, estrechando su mano con
tierna efusin, el rostro de la alemana se dilat, cual si la savia de
su cuerpo se descongelase con el ardor de una nueva juventud.

Impulsada por esta alegra, quiso exteriorizar audazmente su
agradecimiento. Estaban medio ocultos por el cilindro de una boca de
ventilacin. Mina, luego de mirar a un lado y a otro, avanz sobre
Fernando con los brazos abiertos. Novio... novio mo. Fue un beso
rpido, pero vehemente, con acometividad, distinto de los prolongados y
lnguidos de la noche anterior. Luego, como si este saludo matinal los
hubiera saciado por el momento, buscaron la sombra de un toldo, y
sentados en dos sillones, contemplaron el Ocano en dulce quietismo,
mirndose sin palabras.

Fernando la examinaba a la luz del sol, gozndose con extraa crueldad
en su desencanto, cada vez mayor. La luz cruda hacia resaltar todos los
detalles de una belleza marchita: el rostro con leves arrugas en plena
juventud, el crculo de palidez amarillenta en torno de los ojos, el
rosa anmico de los labios, el tinte verdoso de la tez, que no haban
conseguido borrar los extraordinarios cuidados de tocador de esta
maana. Adems, el nio que iba a presentarse de un momento a otro; el
marido, que estaba en su camarote roncando la cerveza de la noche; el
vestidillo pobre, que ella haba intentado realzar con unos encajes
baratos y un ramo de violetas artificiales fijo en el talle... Todo esto
daba a su nuevo amor cierto aire ridculo. Seguramente que si pasaba
Mrs. Power ante ellos, no podra mantenerse en su altivez silenciosa y
sonreira irnicamente... Pero un egosmo optimista protestaba en su
interior contra tales escrpulos.

--Podr ser grotesca, y qu?... Me divierte, y basta. El amor siempre
es amor, por ridculo que parezca, y esta pobre mujer me quiere. Soy
para ella la ilusin, el recuerdo de un mundo en el que vivi y al que
no puede volver... Lo que importa es llevar las cosas adelante: sacar
algo positivo.

Y con tortuosa astucia iba encaminando la conversacin hacia donde era
su deseo. Ella hablaba con los ojos perdidos en el infinito, queriendo
prolongar el encanto de la noche anterior. Evitaba el mirarlo, para no
sufrir una timidez que cortaba sus palabras. Hablaba como si estuviese
sola, exteriorizando su pensamiento en un monlogo. Dulce noche! Vida
fantstica de ensueos maravillosos desarrollados en la sombra!... Ella
se haba visto conviviendo con l en uno de aquellos pases de Amrica
hacia los cuales marchaba el buque. Eichelberger no exista; haba
muerto, o tal vez estaba de vuelta en Europa. Y los dos existan unidos
como esposos, en la libertad de un pueblo nuevo, teniendo con ellos a su
hijo.

Fernando y Karl eran los dos nicos seres de este mundo que ella poda
amar. Vivir para siempre entre el hombre adorado y su hijo, qu inmensa
dicha!... Pero no era ms que un ensueo; una ilusin del viaje
ocenico. Cuando saliesen de la clausura del _Goethe_, cada uno se ira
por su lado; y aunque por una bondad de la suerte llegasen a vivir
juntos, Fernando no tolerara la presencia caprichosa y enfermiza de
aquel nio que no era suyo. Y ella no poda existir sin Karl.

Acept Ojeda con sonrisa bondadosa estos ensueos, mientras en su
interior empezaba a latir la irritacin de la protesta. Por qu dar un
ambiente de hogar burgus a un amor que todava estaba empezando?...
Para aquella walkyria de poticos xtasis y ojos nostlgicos, la pasin
tomaba una seriedad vulgar, moldendose con arreglo a los santos
principios de la familia y el buen orden. Si continuaba en sus
ensueos, iba a proponerle el amor en pantuflas al lado del fuego, ella
mal peinada y con bata, cortando meticulosamente las tostadas, vigilando
el hervor de la cafetera; l con una pipa enorme, leyendo gacetas y
acariciando la cabeza estoposa de un nio que no era suyo... Muchas
gracias!

Pero se cuid de ocultar estas impresiones internas, encaminando el
dilogo amoroso hacia sus deseos. Vivir juntos! Tambin haba soado
con esta felicidad en la noche anterior... Para l, la posesin era un
compromiso sagrado, que le una por siempre a una mujer, aadiendo la
ternura de la gratitud al desinters del amor. El da que ella, de
buena voluntad, se decidiese a hacerle feliz con algo ms que sus
besos...!

Mina, adivinando el trmino de esta fraseologa, se ruborizaba,
echndose atrs con instintiva conservacin. No; siempre dira no. En
otros tiempos, tal vez; cuando ella era joven y hermosa; cuando tena la
certeza de que poda dar felicidad y orgullo con la limosna de su
cuerpo. Pero ahora!...

Se daba cuenta de su ruina. Era una sombra del pasado, y si llegaba a
ceder en un momento de bondad, se arrepentira luego, viendo en Ojeda un
gesto de decepcin, lo mismo que si acabase de sufrir un engao. No,
novio mo, no. Lo importante era amarse. Lo otro habra de ocurrir
forzosamente cuando viviesen juntos, pero no era de ms valor que
cualquiera de las funciones viles que entristecen nuestra existencia.
Quin sabe si traera como resultado el desvanecimiento de la
ilusin!... Vivamos as... Tal vez cuanto ms tarde eso que t deseas,
ms tiempo durar nuestro amor.

De pronto, su conversacin tuvo un testigo. Era Karl, que haba
abandonado el gimnasio y se mantena de pie entre los dos, mirando a uno
y a otro sin entender lo que hablaban. En su atenta inmovilidad notbase
una expresin de nio viejo, un fruncimiento de cejas de persona mayor
que sospecha y reflexiona. Su frente saliente, de testarudo, pareca
hincharse y latir. Dejbase acariciar por la mano distrada de Fernando,
pero de pronto hua de l y se arrojaba de cabeza en el regazo de la
madre, permaneciendo con los brazos extendidos, cual si pretendiese ser
para ella un escudo protector.

Crea olfatear un peligro, con ese instinto misterioso de los seres
simples que ven en el aire cosas y amenazas completamente ocultas para
las personas de razn; el sentido que hace aullar al perro en la casa
donde se prepara una desgracia; el impulso que gua el revoloteo de
ciertas aves sobre la vivienda a cuyas puertas llama la muerte.

Mina acariciaba la nuca de su hijo, y ste acoga la amorosa proteccin
con un runruneo sordo, lo mismo que una bestezuela domstica que siente
disiparse su pavor. Pero el pensamiento de la madre estaba cada vez ms
lejos de Karl. Todo l era para Ojeda, que la devolva a su pasado. Sus
ilusiones de artista, su entusiasmo por la emocin esttica, su
veneracin por el genio, haban reaparecido de golpe. En su amor haba
mucho de agradecimiento para aquel hombre, gracias al cual resurgan de
entre las ruinas y los pesimismos de la decadencia sus antiguos
entusiasmos de cantante. An crea posible la continuacin de su vida
pasada; menos brillante que en otros tiempos, mantenindose en segundo
trmino, pero con iguales satisfacciones. El engao de su matrimonio con
un artista mediocre iba a ser un parntesis de sombra nada ms. Tal vez
se cumpliese el soado destino, acabando ella por ser la compaera de un
grande hombre.

Aprendera el castellano para saborear las obras de Ojeda, que
indudablemente era un genio. Se lo deca su amor. Cuando viviesen
juntos, entrara de puntillas en su estudio, permaneciendo detrs de l
en amorosa contemplacin, como una esclava. Y cada vez que terminase un
verso... un beso; a cada estrofa concluida, seis, doce... una lluvia; y
cuando diese fin a la obra, l la leera con su voz de oro, y ella
escuchara arrodillada a sus pies adorndolo como un dios: Oh, mi
novio, mi Tannhauser!... Poeta colosal!.

As pasaron la maana, fantaseando sobre el porvenir, sin poder cambiar
otras caricias que algunos apretones de manos por encima de Karl,
hundido entre las rodillas de su madre.

El nio slo abandon su enfurruamiento al hablarle Mina en alemn de
la fiesta de la tarde. Comenzaban los _Olympishe Spiele_ con que chicos
y grandes iban a celebrar durante cuatro das el paso de la lnea. Y
estos juegos olmpicos consistan en tragar pasteles con rapidez, llenar
un tanque de patatas, enhebrar agujas, batirse a golpes de almohada,
correr metidos en sacos, saltar obstculos, y otras suertes que se
repetan en todos los viajes al pasar la lnea equinoccial con la
exactitud de ritos religiosos.

Por la tarde iban a ser los juegos de los nios. Ojeda hizo un gesto de
cansancio: prefera quedarse en su camarote. Pero Mina le mir
suplicante. Novio mo... ven. Ella haba de asistir para cuidar de
Karl. Si Fernando estuviese cerca!... No se hablaran, no se miraran;
pero sentirlo junto a ella! saber que poda verle con solo volver la
cabeza!...

Y Fernando fue por la tarde a la terraza del fumadero, adornada con
banderas y guirnaldas. El capitn, asistido por los seores de la
comisin, diriga los juegos. Maltrana, agregado a ella como
representante de su amigo, haba acabado por usurpar el primer puesto,
gritando y movindose ms que todos los otros juntos. l alineaba a los
nios, y seguido de un marinero con una cesta, iba repartiendo entre
ellos manzanas cocidas. Atencin! El que se la comiese antes, ganaba el
premio. Una... dos... tres! Y la gente rea de las grotescas
contorsiones de los pequeos, abriendo las mandbulas todo lo posible
para tragar mayor cantidad de pulpa azucarada, moviendo las orejas
apresuradamente con la velocidad de su masticacin. Un estallido de
aplausos saludaba al triunfador, mientras algunas madres corran hacia
sus hijos, inclinados en arco, para palmearles la nuca, ayudando de este
modo el deglutido de la materia atragantada.

Luego, nios y nias, cuchara en mano, corran de un extremo a otro de
la terraza para recoger sin rotura unos huevos depositados en el suelo.
El ganador era el que regresaba ms pronto al punto de partida. Despus
corrieron para recoger patatas esparcidas en la cubierta, y el que
llenaba su tanque con mayor rapidez venca a los otros.

Retirronse los pequeos para dejar sitio a los grandes. Una fila de
damas ocup un banco, esperando cada una con una caja de fsforos en la
mano. Vena corriendo hacia ellas otra fila de hombres con cigarrillos
en la boca y las manos atrs. Crujan los fsforos al inflamarse, y una
salva de aplausos acompaaba al primero que consegua volver a su
asiento con el cigarrillo encendido. Luego, las seoras sostenan en la
mano una aguja, y los jugadores corran para arrodillarse a sus pies,
procurando con angustiosos titubeos enhebrar el hilo que llevaban en su
diestra.

Comenz a murmurar el pblico contra la monotona de estos juegos.

--El chancho!--gritaron muchos--. Que pinten el ojo al chancho!

Maltrana, como si resumiese en su persona a toda la comisin, se inclin
con el aire bondadoso de un buen prncipe. Ya que el honorable Senado
lo reclamaba con tanta insistencia!...

Pidi una tiza el primer oficial, y con la rapidez de una larga
costumbre, dibuj en el suelo el contorno de un cerdo panzudo. Las
seoras deban avanzar con los ojos vendados, trazando a tientas el ojo
que faltaba en la cabeza del animal.

El digno representante de la comisin, ttulo que se daba a s mismo
Maltrana, se apresur a encargarse de vendar los ojos de las jugadoras y
dirigir sus pasos, disputando este honor a ciertos intrusos que
intentaban despojarle del cargo, adivinando sus ventajas. Con una
servilleta enrollada cubra los ojos de las seoras, indicbalas el
nmero de pasos que las separaba del dibujo, y cogindolas luego de un
brazo les haca dar vueltas para desorientarlas. Avanzaban titubeantes
las jugadoras, y al agacharse, trazando una cruz en el suelo, que
equivala al ojo, un estrpito de carcajadas y aplausos irnicos acoga
su obra. El tal ojo quedaba a larga distancia de su sitio natural, o,
cuando ms, caa grotescamente en el vientre o el rabo.

Isidro segua imperturbable, manoseando hermosos brazos con aire
paternal, guiando los bustos perfumados con protectora suavidad. Al
sorprender la mirada de Fernando fija en l maliciosamente, le contest
con un leve guio. S; el cargo no era malo... Puramente platnico,
pero algo es algo.

Permaneci Ojeda toda la tarde cerca de Mina, contemplando estos juegos
que parecan volverlos a todos a las alegras de los primeros aos. Ella
le miraba con el rabillo de un ojo, agradeciendo su permanencia como una
prueba de amor.

Mrs. Power, al aparecer por breve rato en esta parte del buque, no tard
en adivinar la oculta relacin entre los dos, a pesar de su afectada
indiferencia. Este descubrimiento pareci devolverle la tranquilidad. Ya
no la molestara su antiguo amigo. Y hasta se atrevi a sonrerle
irnicamente, cual si le felicitase por su nueva conquista. Luego
desapareci, siguiendo a los Lowe y a Munster, que la invitaban a
continuar el _bridge_.

A la cada de la tarde se encontraron Ojeda y Mina en la ltima
toldilla, sobre la cubierta de los botes. Ella quera ver a su lado la
puesta del sol. Desde la lnea equinoccial a las costas del Brasil, eran
los atardeceres ms hermosos de todo el viaje.

El cielo lmpido tena el color violeta del crepsculo. A ras del agua
aparecan esparcidas algunas nubes blancas de caprichosos perfiles. El
sol se haba hundido tras de ellas, coloreando el horizonte de un rojo
cegador que poco a poco iba palideciendo. Sobre este fondo de oro se
recortaban las nubes tomando el contorno de formas humanas.

Mina se extasiaba en su contemplacin. Eran ngeles grandes, ngeles
blancos que marchaban sobre un camino azul por un paisaje de oro. Uno
llevaba en sus manos una arquilla, otro una copa, otro un lienzo. Los
reflejos del sol en sus cimas tenan el brillo de luengas cabelleras
rubias; los sueltos jirones de vapor eran ondulaciones de albas tnicas
removidas por el solemne paso. Y Ojeda, sugestionado por esta
interpretacin y por las raras formas que engendraba el crepsculo, vea
igualmente una teora anglica sobre un fondo de oro, semejante a los
desfiles de santos en los mosaicos bizantinos.

Iba extinguindose la luz, y con la sombra naciente y la disolucin de
los vapores desledos en el crepsculo se borraron poco a poco las
celestes figuras. Mina, dominada por la emocin del atardecer, senta el
pecho oprimido. En sus ojos haba lgrimas. ngeles, adis! Slo se
haban mostrado por unos instantes, como las visiones de felicidad que
rasgan el lienzo gris de nuestra vida. Ellos se marchaban, se perdan en
el infinito, lo mismo que ella desaparecera, tal vez muy pronto,
tragada por la sombra.

Apoyaba su pecho en el de Fernando, pona la cabeza en su hombro,
indiferente a que alguien pudiese sorprenderlos, creyndose sola con l
en medio del Ocano. Suspiraba lacrimosamente, como si la noche que
vena pudiese traerle la desgracia... Ojeda se impacient. Muy hermosa
la puesta del sol, pero l no poda comprender tanta sensibilidad.

Ella sigui suspirando. Oh, novio! Siempre!... Vivir siempre juntos;
ms all de la vida; ms all de la muerte!... Recordaba el ltimo
abrazo del caballero Tristn y la hermosa reina Iseo; una caricia
eterna, infinita, que el gran mago no haba envuelto en el misterio de
su msica estremecedora. Luego de beber el filtro de amor, el
encantamiento de ellos no duraba aos, no duraba una existencia entera:
su poder iba ms all de la muerte... Y cuando despus del trgico fin
quedaban acostados para siempre, cada uno en su tumba de piedra, a la
sombra de un monasterio, un zarzal nacido de los restos de Tristn
creca en una sola noche, cubrindose de flores y de pjaros, y abarcaba
las dos sepulturas con abrazo tenaz. Se engrosaba y retorca como una
serpiente negra y nudosa, haciendo estallar el mrmol, y al fin su
empuje aproximaba y juntaba a los dos amantes, haciendo que sus
cadveres, separados por los crepsculos de los hombres, se consumiesen
unidos en un abrazo eterno que proclamaba la majestad del amor, ms
fuerte que la vida... ms fuerte que la muerte...

Un grito infantil interrumpi a Mina. Era Karl que la buscaba por la
cubierta de los botes. Haca mucho tiempo que el clarn haba lanzado la
llamada al comedor, sin que ellos lo oyesen. El maestro Eichelberger,
cansado de esperar, se haba sentado a la mesa, enviando al nio en
busca de su madre por todas las cubiertas. Mina huy. Hasta la noche...
novio.

Pero la entrevista de la noche fue menos cordial. Se mostr Ojeda
malhumorado por la resistencia de Mina. En vano, aprovechando la escasez
de paseantes despus de terminado el concierto, iban los dos hacia el
rincn de los besos. Intilmente permaneca ella con la cabeza en su
hombro, prendida de su boca en una caricia prolongada, interminable,
entornando los ojos. l deseaba algo ms. Crea ridcula esta situacin.
No encontraba sabor a unos transportes amorosos faltos ya de novedad.

Se separaron framente: ella cabizbaja, triste, cerrando los ojos,
haciendo esfuerzos para no llorar; l enfurruado, sardnico, como un
hombre que se indigna al verse defraudado en sus esperanzas.

Antes de dormir, Ojeda exhal toda su clera.

--Si cree esa ilusa que voy a perder el tiempo cerca de ella como un
enamorado romntico!... Boca, s; cabina, no... Que vaya al diablo si
no quiere pasar de eso!... De m no se burla ya nadie a bordo...
Bastante he dado que rer.

A la maana siguiente se encontraron otra vez en la cubierta de los
botes, pero su entrevista no fue de mejores resultados. Mina llor. Lo
que deseaba Fernando era imposible. Por qu empearse en romper el
encanto de sus relaciones con algo brutal que traera forzosamente una
separacin? En otros tiempos, tal vez!... cuando era hermosa. Pero
ahora se daba cuenta de lo lamentable que poda ser la impresin del
hombre que la poseyese. Desengao; sorda clera al ver que la realidad
era muy distinta de la ilusin; seguramente olvido. No, novio mo...
no.

Despus del almuerzo, Fernando no quiso buscarla. En vano pas Mina
repetidas veces ante una ventana del jardn de invierno junto a la cual
tomaban caf Ojeda y su amigo. Mostraba l un visible deseo de no
reparar en los paseantes.

Luego, al reanudarse los juegos en la terraza del fumadero, la alemana
lo encontr a corta distancia; pero finga no verla, apartando los ojos
cada vez que los suyos iban hacia l. Dios mo! y era posible que sus
amores terminasen as!... Hubo de hacer esfuerzos para no llorar... Y
todo por las negativas de ella, por la terquedad infantil de l, que
ansiaba su posesin como si pidiese un juguete!...

Sopl una brisa helada del lado de popa que hizo estremecer a las damas,
vestidas ligeramente. Mina tosi, llevndose las manos a los brazos y al
pecho, casi desnudos, sin otro abrigo que el calado sutil de una blusa
blanca. La sbita frescura le hizo imitar a algunas seoras que iban a
sus camarotes en busca de un abrigo.

Cuando estuvo abajo, en el corredor, iluminado en plena tarde como un
pasillo subterrneo, experiment la inquietud del que cree percibir a
sus espaldas unos pasos invisibles.

No haba nadie en esta calle profunda del buque, envuelta a todas horas
en densa penumbra. Adivinbase que todos los camarotes estaban
desiertos. Hasta los criados deban andar por arriba viendo los juegos.
Si Fernando apareciese de pronto!... Esta idea la hizo temblar con
estremecimientos de miedo y de dulce inquietud, segura de que si l se
presentaba su cada era inevitable, convencida de antemano de la
flojedad de su resistencia.

Y l apareci, sin que ella, avisada por su presentimiento, mostrase
gran sorpresa. Giraba la llave bajo su mano, abrase la puerta de su
camarote, cuando le vio avanzar con pasos quedos, que el tapiz del
corredor haca an menos ruidosos.

Mina se detuvo, llevndose una mano al pecho, conmovida de pavor y de
sorpresa. Pero esta impresin dur poco. Se acordaba de que minutos
antes haba dado por perdido el amor de Fernando. No hablarle ms!...
Ver sus ojos fijos en otra!...

--Mi novio!... mi poeta!

Haba cado en sus brazos, se colgaba de sus labios en un beso largo de
ruidosa aspiracin.

Luego se apart bruscamente, como si la poseyese otra vez el miedo.

--Mrchate... Podran vernos.

Haba entrado en su camarote, estaba al otro lado de la puerta, pero la
mantena a medio cerrar para verle un momento ms, acaricindolo con su
sonrisa y sus ojos.

Cuando quiso cerrar, no pudo. Una rodilla de Fernando, un codo, se
apoyaban en la madera empujndola contra Mina, que opona el obstculo
de todo su cuerpo. Y en esta situacin, pugnando l por abrir y ella por
cerrar, hablaron los dos en voz queda, temblona, cortada por
estremecimientos de fiebre, como si estuviesen concertando algo penable
en el obscuro misterio de este pasadizo a flor de agua.

l suplicaba... Djame entrar... djame entrar. Con la cobarde mentira
del deseo llevbase una mano al corazn jurando la nobleza de sus
intenciones. Poda estar tranquila; no pensaba hacer nada contra su
voluntad: lo que ella quisiera y nada ms... Deseaba penetrar en su
camarote solamente para estrecharla en sus brazos sin miedo a verse
sorprendidos por inoportunos transentes, para besarla hasta la hartura
sin la zozobra que despiertan unos pasos que se aproximan. Deba tener
fe en su palabra.

--No... no--gema ella pugnando por cerrar, sin que la puerta obedeciese
a la presin de sus manos y rodillas.

Ojeda insisti. Djame que entre... Nada intentara contra su
voluntad. Daba su palabra de honor... Y en la confusin de su excitado
deseo, sin saber ciertamente lo que deca, sin darse cuenta de lo
grotesco de sus juramentos, busc nuevos testigos, nuevos fiadores...
Prometa respetarla por lo que amara ella ms en el mundo, por todo lo
que venerase l con mayor admiracin.

--Te lo juro... por Wagner! Te lo juro... por Vctor Hugo!

Fue cediendo la puerta lentamente, como si estas palabras fuesen de un
poder mgico. La presin exterior, cada vez ms enrgica, la ayud a
girar sobre sus goznes, arrollando las ltimas resistencias de Mina.

Y luego de quedar abierta se cerr de golpe, dejando en absoluta soledad
la penumbra del corredor.

Pobre Wagner!... Pobre Vctor Hugo!...




X


Despus de la comida, Fernando se sent en el paseo lejos de la msica,
que empezaba su concierto nocturno.

Estaba triste, y su tristeza era de engao y arrepentimiento. Aquella
pobre mujer haba dicho la verdad: las ilusiones de l iban a morir de
un golpe con la satisfaccin del deseo. Mejor hubiese sido creerla. Todo
el edificio fantstico elevado en el curso de sus dilogos se haban
venido abajo por un simple encontrn de la realidad. Y Ojeda sala de
esta aventura con una gran inquietud de conciencia. Qu hacer ahora?...

Pobre Mina! Ella haba sido la primera en darse cuenta de la tristeza y
el desaliento que haban seguido a su delirio amoroso. Al despertar y
serenarse, un gesto suyo de resignacin, un adis humilde, haban dado a
entender a Fernando que no se haca ilusiones acerca del porvenir. Todo
estaba concluido. Y cuanto l dijese por restablecer el pasado sera
piadosa mentira, falsedad galante para enmascarar su decepcin.

En el resto de la tarde haban evitado encontrarse otra vez: ella como
arrepentida de su debilidad, l con remordimiento. Luego de la comida,
mientras Fernando quedaba solo en el paseo, con visible propsito de
aislarse de todos, Mina emprendi con el pequeo Karl el descenso al
camarote, para no volver a mostrarse hasta el da siguiente. Aquella
noche ay! no iba a ser de ensueos...

Muy bien, seor Ojeda... Has hecho infeliz por unos das a una pobre
mujer que no ha cometido otro delito que el de amarte un poco. Por un
capricho de tu deseo, la has hecho convencerse una vez ms de su miseria
fsica, que ella tena olvidada... Y de todo esto has sacado un
remordimiento y la vergenza de tener que mentir, de tener que
ocultarte. No quisiste hacer caso de sus indicaciones y brusqueaste su
resistencia. Muy bien!... Te has portado como un caballero.

Cuando estaba ms ensimismado, formulando mentalmente estos reproches,
oy una voz de mujer junto a l y vio que un bulto se interpona entre
sus ojos medio cerrados y las estrellas del cielo movible extendido
sobre el borde de la baranda y el filo del techo.

--Siempre solito, siempre pensando!... Tal vez est usted haciendo
algunos versos lindos.

Fernando se incorpor a impulsos de la sorpresa ms an que de la
cortesa. Era Nlida la que le hablaba. Lo primero que alcanz a ver fue
su boca, de un rosa hmedo, con los dientes agudos, luminosos; la boca
de tigresa admirada por Isidro, que le sonrea cual si pretendiese
atraerlo.

Turbado por la inesperada presencia, no supo qu decir. Ella agradeci
con una sonrisa esta confusin, considerndola como un homenaje a su
bizarra hermosura, que haca perder la calma a los hombres ms graves.

--Siempre solito!...--volvi a repetir--. Usted no quiere ser mi
amigo... Le he mirado muchas veces, le he hablado... y nada.

Encogase humildemente, como si esta pretendida indiferencia de
Fernando--de la que l no se haba percatado nunca--le causase gran
dolor.

--Y el caso es que yo tengo que pedirle una cosa... Deseo que me escriba
algo; dos versos nada ms: su firma. Quiero conservar un recuerdo para
que mis amigas sepan que he viajado con el seor Ojeda, un poeta de
Espaa. Todas las nias tienen algo de usted: una postal, un verso lindo
en el abanico. Y yo no tengo nada... Diga, seor, es que le soy
antiptica?

Mientras hablaba se haba sentado en un silln al lado de Fernando. Al
principio mantvose erguida; pero lentamente se recost, hasta quedar
con las piernas horizontales, mostrando su adorable bulto a travs de la
angosta falda.

Ojeda acogi su peticin con un apresuramiento galante, balbuceando an
por la sorpresa. Escribira todo un poema, si esto poda darla placer...
Sentase muy honrado con su peticin. Tena un lbum?... No; ella no
haba pensado en adquirir este volumen, que mostraban con orgullo muchas
seoritas de a bordo. Pero le pedira al comisario del buque un
cuadernillo en blanco de apuntaciones o un simple pedazo de papel. Lo
que le interesaba era el recuerdo. Y al mismo tiempo daba a entender
ingenuamente con sus ojos que se haba aproximado a l por entablar
conversacin ms que por el inters que pudieran inspirarle los versos.

Continu Fernando sus excusas. Nunca la haba mirado con indiferencia.
Ella era la alegra del buque; la mujer ms hermosa e interesante:
estaba dispuesto a declararlo en verso. Pero cmo acercarse vindola
secuestrada por sus adoradores, defendida por aquella escolta feroz, que
a su vez pareca fraccionada y enemistada por los celos?

--Ah, mis adoradores!--exclam ella riendo--. No me hable de ellos;
estoy harta... Le advierto, seor, que yo detesto a los muchachos.
Gente egosta e insufrible! Me gustan ms los hombres serios y de
cierta edad. Saben querer mejor; rodean a una mujer de mayores
atenciones.

Y miraba audazmente a Fernando con ojos de provocacin, para que no
tuviese dudas sobre la persona a la que iban dirigidos tales elogios.

Se haba incorporado Ojeda en su asiento para mirarla tambin con
atrevida fijeza. Un perfume de carne joven, de frescura tentadora,
pareca envolverla. No era la dulzura marchita de la alemana ni el
esplendor de fruto maduro de Mrs. Power. Hasta la imagen de Teri, que se
agitaba en su memoria como un remordimiento, perdi algo de su belleza
al ser comparada con esta muchacha... Era un hermoso animal exuberante
de vida, de fuerza voluptuosa, que iba derramando generosamente los
encantos de su primavera. Algunas veces perda el sonriente aplomo de su
amoralidad; pareca dudar con cierto miedo, pero despus segua adelante
con mayor mpetu, guiada por sus impulsos.

Y esta criatura bella e inconsciente, sin ms regla de voluntad que el
instinto, vena de pronto hacia l por un capricho inexplicable. Dulces
sorpresas de la existencia!... No era posible dudar. Bastaba ver sus
ojos fijos en l con un ardor de pasin, dilatndose cual si quisieran
absorber su imagen; su boca de frescura insolente y esplendorosa
escarlata estremecindose con un bostezo amoroso, sintiendo repentinos
abrasamientos que hacan salir la lengua de su encierro para pasearse
por los labios; sus dientes de devoradora que parecan temblar con el
fulgor de un acero pronto a hundirse en la carne... No poda explicarse
esta buena fortuna; pero era indiscutible que Nlida, abandonando a su
tropa de adoradores, se aproximaba a l, que no haba hecho esfuerzo
alguno por atraerla. Y despertaba en Ojeda el orgullo sexual que duerme
en el fondo de todo hombre; la fatuidad masculina, que se considera
irresistible con slo una mirada o una palabra de femenil aprobacin; la
fe ciega en el propio valer, que acepta como naturales y lgicas todas
las aproximaciones, por inverosmiles que sean.

Record Ojeda cuanto haba odo contar de las travesuras de Nlida,
disculpndolas por adelantado. Tal vez habra en ellas mucho de
exageracin. Las gentes de a bordo, siempre desocupadas, mentan
grandemente. Y aunque todo lo que contaban fuese cierto... qu haba de
censurable en que l marchase sin compromisos por el mismo camino que
otros haban frecuentado antes? El mar era... el mar. Estaban aislados
del mundo, en medio de la soledad, como si la vida hubiese concluido en
el resto del planeta, olvidados de sus leyes y preocupaciones. Cuando
volviese a tierra recobrara el fardo de sus compromisos y antiguos
afectos. Esta juventud de carne primaveral y firme como la pulpa verde,
y con un perfume semejante al de los jardines despus del roco, era un
regalo de la buena suerte para compensarlo de su desilusin de aquella
tarde. A vivir!...

Se inclinaba hacia ella como si no la oyese bien, y Nlida, por su
parte, descans un brazo en el silln de Fernando, gozosa de sentir su
epidermis en casual contacto con una de sus manos. Hablbanse sin mirar
a los que transcurran junto a ellos, sin reparar en sus ojeadas de
sorpresa y sus cuchicheos de comentario. Algunas matronas se erguan
dignas y austeras, volviendo los ojos por no verles, pero al llegar a la
otra banda del paseo lanzaban la noticia, una gran noticia para la gente
ansiosa de novedades.

--No saben ustedes?... Nlida, esa loca, ha abandonado a su escolta y
est con el doctor espaol, el amigo de Maltranita. Pobre hombre!

Las nias, que admiraban y teman a Nlida como la personificacin del
pecado, se tocaban con el codo al pasar ante ellos.

--Una nueva conquista... Ahora ha cado ese seor tan serio que hace
versos... y no baila. Qu Nlida!...

Ella, con su fina observacin femenil, se daba cuenta del revoloteo de
los curiosos y senta orgullo por este escndalo, que pasaba inadvertido
para Ojeda.

Lo nico que not ste fue la familiaridad cada vez ms grande con que
le trataba Nlida. No se haban cruzado entre ellos verdaderas palabras
de amor. Slo haba osado l algunas galanteras de las que no
comprometen, pero la joven le hablaba ya lo mismo que a un amante.

Tena una confianza absoluta en su poder sobre los hombres. Le bastaba
colocar la mirada en uno de ellos para considerarlo suyo, sin molestarse
en consultar su aprobacin. Era el centro de la vida en aquel pedazo de
mundo que flotaba sobre el Ocano, y todo el sexo masculino deba girar
en torno de su persona. Aquel a quien ella hiciese un gesto, un leve
llamamiento, tena que venir forzosamente a arrodillarse a sus pies. Y
satisfecha de este poder de seduccin que nadie osaba resistir, segua
hablando con Fernando y se justificaba de las ligerezas de su pasado, de
las cuales no le haba pedido l cuenta alguna.

Era muy desgraciada--y al decir esto acentu con asombrosa facilidad el
brillo lacrimoso de sus ojos--. Tena un novio en Berln que ansiaba
casarse con ella, pero los negocios de pap haban roto de pronto su
dicha obligndola a embarcarse. Qu infortunio el suyo! Y ella que
amaba a este novio con toda su alma!...

Ojeda arriesg tmidamente algunas observaciones. Y el otro alemn que
pasaba a bordo por pariente suyo? Y el belga y los dems amigos?...
Pero Nlida le contest sin el ms leve indicio de cortedad. stos le
servan para divertirse. Era joven: an no haba cumplido diez y ocho
aos. La vida es corta y hay que aprovecharla. Nada le importaban las
murmuraciones; todo se arreglara al fin casndose, y ella estaba segura
de encontrar en Amrica un marido tan pronto como lo creyese necesario.
Uno de la tierra no, porque todos en aquel pas eran a la antigua,
celosos, feroces, intratables en sus preocupaciones. Algn _gringo_,
algn extranjero tentado por su belleza y la fortuna de pap. Y al decir
esto sonrea de un modo cnico.

Esta muchacha es loca--pens Ojeda, asombrado por la rapidez con que se
sucedan en ella las impresiones y la franqueza con que expona su
amoralidad--. Una loca adorable!

Como si repentinamente se arrepintiese de su cinismo, tom Nlida una
expresin melanclica. No pensaba hablar ms con aquellos jvenes que la
asediaban a todas horas. Estaba aburrida de sus peleas y rivalidades; no
le inspiraban inters. Faltaba algo en su vida, sin que ella se diese
cuenta de lo que pudiera ser. Tal vez por eso haba cometido tantas
ligerezas y travesuras en el buque. Pero aquella misma noche haba
adivinado de pronto cul era su deseo, qu es lo que le faltaba para
sentirse dichosa. Y al decir esto, envolvi a Fernando en una mirada
hambrienta.

Qu loca!, sigui pensando l, mientras experimentaba la satisfaccin
del orgullo.

Dudaba un poco de la sinceridad de sus palabras y gestos. Tal vez este
acercamiento no era ms que un capricho de su carcter tornadizo. Pero
aun as, senta halagada su vanidad, y no dud un instante en
aprovecharse de la aproximacin.

Nlida continu explicando el pasado. Desde que vio a Fernando por
primera vez, frente a Tenerife, no haba podido olvidarle... Esperaba
que se aproximase, pero l se mantena siempre aparte, y la rutina
social no permite que la mujer inicie ciertas cosas. Luego haba sufrido
mucho vindole con ciertas mujeres--y la atrevida muchacha tomaba un
aire pudibundo al recordar los amoros de l en el buque--. Odiaba a la
seora norteamericana, tan estirada y orgullosa, que nunca haba
contestado a sus saludos; odiaba tambin a aquella fea mal trajeada que
iba con l en los ltimos das. Esta amistad era indudablemente por
rerse, verdad?... Un hombre como l exhibindose al lado de una pobre
madre de familia!... Y al experimentar tales contrariedades haba visto
Nlida con claridad que era Fernando lo que ella deseaba.

Muchas veces haba preguntado por l a su amigo Isidro, queriendo
conocer detalles de su existencia anterior. Maltrana poda decirle el
inters que le inspiraban todas sus cosas; cmo ella, que no pona
atencin en la vida de los dems--pues bastante tena con los asuntos
propios--, haba sido la primera en enterarse de su intriga con Mrs.
Power, y cmo haba protestado despus al verle exhibindose junto a
aquella verdosa mal pergeada.

En este momento pas Isidro junto a ellos por cuarta o quinta vez,
mirando, tosiendo, haciendo esfuerzos para que Ojeda reparase en l y le
diese motivo de intervenir en la conversacin. Nlida le llam.

--Acrquese, Maltrana. Cmo le va?... Diga si no es cierto que yo le he
preguntado muchas veces por este seor... diga si no me he quejado
porque su amigo me miraba con cierta antipata y pareca huir de m.

Isidro se inclin con una gravedad cmica. Exacto. l lo afirmaba con
toda clase de juramentos. Y al decir esto, sus ojos iban hacia Fernando,
gozndose en su asombro por esta aventura inesperada. Ah, varn digno
de envidia!...

--Nlida!... Nlida!

Era un llamamiento imperioso de su madre, asomada a la puerta del
fumadero. Como de costumbre, dej que se repitiera muchas veces sin
prestar atencin; hasta que al fin abandon, refunfuando, su asiento.

--Seora odiosa!... De seguro que no es nada que valga la pena...
Alguna intriga de sos para molestarme porque estoy con usted.

sos eran los adoradores, que vagaban desorientados por la cubierta
desde que Nlida haba huido de su compaa. Les haba visto pasar
repetidas veces ante ella, hablando en alta voz para atraer su atencin,
fingiendo luego que contemplaban el mar mientras aguzaban el odo
queriendo sorprender algunas palabras de su dilogo... Iba a decirles a
estos importunos lo que merecan por sus tenaces persecuciones y por
mezclar a mam en sus asuntos. Qu atrevimientos se permitan sin
derecho alguno!...

Cuando empezaba a alejarse con aire belicoso, se detuvo, volviendo sobre
sus pasos.

--Espreme aqu, Ojeda... No se vaya; ahora mismo vuelvo... Piense que
me dar un disgusto si no le encuentro. Ya lo sabe... quietecito!

Y le amenaz sonriente, moviendo el ndice de su diestra. Al quedar
solos Fernando y Maltrana, ste rompi a rer.

--Muy bien, ilustre amigo. Flojo escndalo han dado ustedes esta noche.
No se habla en el buque de otra cosa.

El aludido hizo un gesto de extraeza y asombro. Escndalo, por qu?...
Una simple conversacin, como tantas otras que se desarrollaban en la
cubierta a la hora del concierto.

--Es que la nia tiene su fama muy bien ganada. Y usted tambin empieza
a gozar la suya, en vista de ciertos hechos recientes. Por eso al verles
juntos de pronto, cuando hasta ahora no haban cruzado dos palabras,
todos suponen un sinnmero de cosas.

Y Maltrana imit los gestos de escndalo de las seoras: Un hombre tan
serio y distinguido... siempre con sus libros o escribiendo... y de
pronto se lanzaba a "flirtear" sin recato alguno... Hasta con Nlida,
que casi poda ser hija suya!... Fese usted de los hombres. Todos
iguales!.

Ojeda se excus. l no haba hecho nada para aproximarse a esta
muchacha. Era ella la que lo haba buscado de pronto, sin motivo
visible.

--As es--dijo Isidro--. Hace tiempo le predije lo que iba a ocurrir. Ya
que usted no iba a ella, ella vendra a usted... Y ha venido: estaba yo
seguro de ello.

Fernando hizo un gesto interrogante: Y por qu?....

--Vaya usted a saber... Ante todo, esa muchacha es medio loca: ya se
habr usted dado cuenta. Luego, la contrariedad de no verse buscada, su
orgullo sublevado al notar que no consegua su atencin. A usted lo
consideran buen mozo las matronas ms austeras, y lo que es mejor an,
figura como el ms distinguido entre los hombres serios de a bordo.
Tiene tambin su poquito de leyenda misteriosa. Le suponen grandes
amores en el viejo mundo, relaciones con duquesas, princesas o qu se
yo ms!... En fin, con damas que llevan coronas bordadas hasta en las
ropas ms interiores, lo mismo que las heronas de ciertas novelas.
Figrese qu bocado magnfico y tentador para nuestra hermosa tigresa!

Fernando rio de este prestigio novelesco que le supona su amigo.

--Adems, usted ha empezado a distinguirse en los ltimos das como un
rival de Nlida en punto a escandalizar a las buenas gentes. Sus
flirteos casi han llamado tanto la atencin como los de esa muchacha.
Ella y usted son los dos primeros amorosos de a bordo. Y Nlida no puede
sufrir rivalidad alguna... Un hombre que se distingue por sus amoros y
no se digna fijar los ojos en ella, que se considera la mujer ms
hermosa del buque!... No ha necesitado ms para correr hacia usted.

Isidro haba seguido de cerca la rpida transformacin de Nlida. Haca
dos das que le hablaba a cada momento de su amigo con gran inters,
preguntndole por su vida anterior. Aquella noche, despus de la comida,
se haba peleado con los jvenes de su banda en el jardn de invierno,
sin saber por qu. Luego, en las cercanas del fumadero, nueva
discusin, terminada con una ruptura insultante.

Los admiradores se haban alejado de ella, puestos de acuerdo con
maligna solidaridad. Estaban seguros de que al verse sola, en el
aislamiento en que la haban dejado las mujeres por sus travesuras
anteriores, volvera a buscarlos forzosamente, por tedio y ansia de
diversin. Pero Nlida haba aprovechado este abandono para ir al
encuentro de Ojeda, y ahora los adoradores, chasqueados por el fracaso,
no saban qu inventar para atrarsela.

--Ellos, sin duda, han sugerido a la madre su reciente llamada. Le
habrn hablado del escndalo que da Nlida al exhibirse al lado de
usted, y la mulatona, que desea reducir a su hija, sin saber cmo, les
ha hecho caso.

Mostrbase optimista Maltrana, felicitando a su amigo por su buena
suerte. Cosa hecha! Aquella loca poda considerarla como suya. La
familia no deba inspirarle inquietud; lo peligroso era la banda, todos
aquellos jvenes habituados al trato de Nlida, unos como amigos, en
espera de algo mejor, otros en continua rivalidad, pero satisfechos de
la parte de posesin que consideraban ahora en peligro.

Iban a indignarse al ver que un hombre serio, de mayor edad que ellos y
que jams haba intervenido en sus fiestas, se llevaba el objeto de sus
alegras. Ojo, Fernando! Haba que mirar con cierto cuidado a esta
juventud insolente, de varias nacionalidades, que no tena motivo para
guardarle respeto.

--La nia va a caer sobre usted como un fardo pesado. En tierra se
resisten mejor estas cosas; aqu tendr que aguantarla a todas horas. Ha
perdido su trato con las mujeres; las ms atrevidas slo la saludan con
un movimiento de labios, y al faltarle la sociedad de su banda, se
refugiar en usted... Afortunadamente, me tiene a m, que puedo
aligerarle de este peso!...

Apareci Nlida en la puerta del fumadero, mirando hacia el lugar donde
estaban los dos amigos. Al ver a Ojeda inmvil en su silln, movi la
cabeza con gesto aprobativo. Muy bien. As le quera: obediente.

Mientras ella se aproximaba, Isidro se march.

--Hasta luego... Comprendo que estorbo. Buena suerte!

Recobr su asiento Nlida vibrante y nerviosa, golpeando con el abanico
un brazo del silln. Ah, su madre! Aquella mulata antiptica, a la que
en nada se pareca! Siempre coartando su libertad, siempre con miedo a
lo que dira la gente y hablando de virtud. Y si ella repitiese lo que
haba odo a ciertas criadas viejas tradas de Amrica, que servan a su
madre desde el principio de su matrimonio!... La insufrible seora
abusaba de su silencio rindola en nombre de la moral: una cosa
excelente para la edad de ella, pero falta de significacin y de
utilidad para los verdes aos de Nlida.

Se haba peleado con la madre porque pretenda llevarla inmediatamente
al camarote con el pretexto de que eran las once. Insult luego en voz
baja a los antiguos adoradores, que rondaban cerca de las dos para
gozarse en su obra, y sin aguardar contestacin haba volado otra vez
hacia Fernando.

--Si usted lo desea, me retirar--dijo ste--. Yo no quiero que sufra
molestias por mi culpa.

Ella se indign, como si le propusiese algo contra su honor. Deba
permanecer al lado suyo, ahora ms que antes. Bastaba que le ordenasen
una cosa, para ansiar con irresistible deseo todo lo contrario. Ay, si
no temiese estorbar a pap, que estaba jugando al _poker_ con unos
amigos! Sera suficiente una palabra suya para que interviniese con toda
su autoridad, dejndola triunfante sobre la madre desesperada... Iban a
tener que separarse dentro de unos instantes.

--Ver usted cmo llega el zonzo de mi hermano con la orden de que me
vaya a dormir... Y tendr que obedecer a esa seora por no dar un
escndalo. Qu rabia!

Ojeda pens con cierta inquietud en las complicaciones y contrariedades
que iban a alterar su plcida existencia por obra de esta mujer. Habra
de ganarse la simpata de aquella seora cobriza, luchando adems con la
mala intencin de los de la banda... Y todo ello por un resultado
problemtico, pues no estaba seguro de que en adelante se mostrase del
mismo humor esta muchacha caprichosa y mudable.

Iba a arriesgar una proposicin que significase algo positivo, a
solicitar una promesa de verse al otro da en lugar menos pblico que la
cubierta de paseo, cuando ella le mir imperiosamente y dijo en voz
queda:

--A las doce... Le espero a las doce.

A las doce de qu?... Dnde deba estar a las doce?... Nlida pareci
impacientarse, al mismo tiempo que sonrea con cierta compasin. Y
afirmaban todos que Ojeda tena talento!... A las doce de aquella noche;
y en cuanto a lugar para verse, su camarote. Cul otro poda ser? Ella
le esperara con la puerta entornada. Qu torpes eran los hombres!...

As, con sencillez, sin dar importancia alguna a sus indicaciones.
Cuando l titubeaba antes de formular una proposicin, rebuscando
palabras para hacerla ms suave, ella haba salido a su encuentro,
abrindole el camino rudamente.

Fernando movi la cabeza con gravedad, lo mismo que si se tratase de un
lance de honor. Muy bien; a las doce llegara puntualmente. Nlida dio
detalles de su instalacin. Ocupaba sola un pequeo camarote; en otro
inmediato estaba su hermano; ms all sus padres, en uno ms grande.
Vera luz en la puerta entreabierta. No tena ms que llegar
cautelosamente, araar la madera... Pero se detuvo en sus indicaciones.

--Ya llega ese imbcil!... La orden para ir a dormir!

El imbcil era el hermano, que se present saludando a Ojeda con voz
balbuciente, mirndolo como a un personaje importante que inspira
respeto y poca simpata.

Nlida, al ponerse de pie, se desperez con voluptuosa expansin.
Pareca ms alta, como si su cuerpo se dilatase de los talones a la nuca
con el serpenteo nervioso que corra por l.

--Buenas noches, seor... Encantada de las cosas lindas que me ha dicho.
No olvide los versos.

La vio alejarse al lado del hermano, que trotaba, no pudiendo seguir sus
pasos largos. La satisfaccin de una nueva conquista, la inquietud de
algo desconocido que iba a revelarse en breve, el orgullo de desobedecer
a todos imponiendo su capricho, enardecan la briosa juventud de Nlida,
dando nueva frescura a su animalidad triunfante y majestuosa.

Pase Ojeda por la cubierta para entretenerse hasta la hora de la cita.
En qu da estaba?... Mircoles nada ms. Era el mismo da en que haba
entrado por primera vez en el camarote de la Eichelberger. Y l se
imaginaba que iba transcurrido mucho tiempo, das y das, semanas,
meses, desde esta aventura triste!

Las horas se deslizaban a bordo de un modo irregular, con una celeridad
loca o una monotona interminable, segn eran los sucesos. Slo haban
transcurrido unas pocas, y otra vez iba a bajar cautelosamente al
interior del buque en busca de una mujer en la que no pensaba poco
antes. Si alguien le hubiese anunciado esto por la maana, al
levantarse, habra redo incrdulamente. Contaba con los dedos, para
reconstituir en su memoria los sucesos de los ltimos das. El domingo,
vspera del paso de la lnea, Maud. El lunes, la derrota y la burla que
le hacan odioso el recuerdo de Mrs. Power. Al otro da, Mina, la
melanclica, que haba prolongado su dulce encantamiento hasta la tarde
del da presente. Y ahora, Nlida, que vena hacia l contra toda
lgica, cuando menos poda esperarlo; Nlida, la de la boca de
tigresa--como deca Maltrana en su aficin a los apodos homricos--, la
de los ojos de antlope y la carne primaveral.

En cuatro das tres amores... La vida de a bordo quera borrar con la
rapidez de los hechos la montona languidez de su ambiente. En tierra,
donde las personas, por ms que se busquen, pasan al da muchas horas
sin verse, habra necesitado cuatro meses, o tal vez ms, para llegar a
este resultado. Aqu todo era fcil, gracias al hacinamiento y el tedio
de tantos seres distintos y contradictorios, obligados a convivir como
las infinitas especies del arca diluviana.

Cerca de las doce ces Ojeda en sus paseos. Deseaba bajar a la penltima
cubierta sin ser advertido. A estas horas poda llamar la atencin verle
en las profundidades del buque, a l, que tena su camarote en el mismo
piso del comedor. Las recomendaciones de Isidro le hicieron pensar con
cierta inquietud en los jvenes de la banda. Pareca disuelta esta noche
al faltarle la presencia de la seorita Kasper, que era en ella el eje
central, el polo de atraccin. Algunos de sus individuos estaban
diseminados en las mesas del fumadero, siguiendo las partidas de
_poker_. Dos marchaban por la cubierta, y a Fernando le llam la
atencin la frecuencia de sus encuentros, como si no le perdiesen de
vista.

Aprovech un momento en que estaba desierto el paseo para deslizarse por
una escalera. Baj dos pisos sin encontrar a nadie. Luego avanz por un
pasadizo, de puntillas sobre la tupida alfombra roja con grandes
redondeles, en cuyo centro se ostentaba el nombre del buque. De algunas
puertas surgan furiosos ronquidos. Crey que sonaban detrs de l leves
roces, como si alguien le siguiese. Se imagin ver unas cabezas que le
atisbaban asomadas a una esquina del corredor y que de pronto se
ocultaron. Pero ya no poda retroceder, y sigui adelante, mirando los
nmeros de los camarotes.

La puerta estaba entreabierta, y antes de que l llegase se marc en su
estrecho rectngulo de luz la arrogante figura de Nlida. Iba vestida
simplemente con un kimono azul, el mismo que Fernando le haba visto
comprar en Tenerife. Unos brazos blancos y fuertes, completamente
desnudos y que esparcan un perfume de carne fresca recin lavada,
salieron al encuentro de l, agarrndose a su pecho como tentculos
irresistibles.

--Entra, tonto!--orden imperiosamente con voz enronquecida al notar su
vacilacin--. sos andan por ah... pero no importa. Entra, no pierdas
tiempo!

Y tir de l rudamente, lo mismo que en las callejuelas de muchos
puertos tiran de la marinera ebria brazos desnudos con adornos de latn
surgiendo de ciertas casas.

Poco despus de la salida del sol, despert Ojeda en su lecho. Sonaba la
msica en el inmediato corredor, junto a la puerta del camarote. Hoy es
domingo, pens, en la torpeza del despertar. Pero una extraeza
repentina disip las ltimas brumas de su sueo. Hizo un rpido clculo
de das. No, no era domingo. Adems, la msica sonaba alegremente una
especie de diana de caballera que no poda confundirse con el solemne
coral luterano. A continuacin de esta diana, una polca saltona con
locas cabriolas de clarinete, y luego se retiraron los msicos. Debe
ser una alborada en honor de alguno de los alemanes vecinos mos.
Cualquiera dira que era para m. Y Ojeda volvi a dormirse.

Dos horas despus, mientras se vesta, quiso saber el motivo de esta
msica, preguntando al camarero que entraba con un jarro de agua
caliente. El _steward_ contest rehuyendo sus ojos. Era un obsequio al
pasajero de al lado, un alemn que pasaba las noches jugando en el caf
hasta que apagaban las luces. Sin duda, los amigos le haban dedicado
esta alborada por ser su cumpleaos. Y vag bajo su recortado bigote una
sonrisa de servidor discreto que piensa en la hora de la propina y
miente por no molestar al seor.

Arriba, en el paseo, el primero que le sali al encuentro fue Maltrana.

--Ha odo usted la msica?--pregunt con cierto misterio.

Ojeda quiso mostrar que estaba bien enterado. S; era en honor de un
vecino suyo que celebraba su cumpleaos.

--No, Fernando; la msica era para usted... Cosas de esos chicos, que
estn furiosos por la traicin de Nlida. Una irona pesada y roma como
sus zapatos.

Haba sorprendido a primera hora las conversaciones de algunos de la
banda, que comentaban con orgullo lo ingenioso de su burla. Al espiar a
Ojeda en la noche anterior y enterarse de su buena suerte, haban tenido
un concilibulo en el fumadero, despertando despus al jefe de la msica
para encargarle esta alborada. Era una felicitacin que le dirigan los
antiguos amigos de Nlida.

En el primer momento tuvo Fernando un arrebato de clera. A l con
musiquitas!... Senta deseos de insultar a todos aquellos jvenes, con
la temeridad que comunica a todo hombre un amor nuevo. Pero Isidro rio
de su indignacin. Qu haba de malo en aquello?... Podan seguir
dedicndole obsequios de tal clase, si era su gusto, mientras l
continuaba tranquilamente en el goce de su buena aventura. Con msica,
ciertas cosas resultan mejor... Y Fernando acab por rer igualmente de
una broma torpe que ridiculizaba a sus autores.

Maltrana le habl luego de Nlida. Deba sentir impaciencia por
encontrarse con l. Media hora antes la haba visto en el paseo mirando
a todas partes, como si lo buscase. Ni siquiera haba hecho sus arreglos
matinales.

--Iba como si se hubiese vestido a toda prisa, y con la melena
alborotada. Debe haber vuelto a su camarote para adecentarse un poco.
Tiene hambre de verle. Pero qu diablico secreto es el suyo, Ojeda,
para obtener tales xitos? Deba comunicarlo a los amigos...

La proximidad de Nlida le hizo callar. Vena ahora la joven muy
distinta de como la haba visto Isidro poco tiempo antes. Sus crenchas
cortas aparecan rizadas; acababa de vestirse un traje nuevo; se mova
con menudos pasos empinada sobre altos tacones; adivinbase en toda ella
una preocupacin por embellecerse y agradar. Su rostro, bajo una capa
reciente de polvos, pareca alargado, con leves oquedades en las
mejillas, rastros sin duda de emociones debilitantes. Un crculo de
sombra orlaba sus ojos, agrandndolos.

Cuando tom la mano de Fernando la retuvo largo rato, mientras fijaba en
l una mirada interrogante... Contento? l sonri con la gratitud de un
buen recuerdo, satisfecho a la vez de esta ansiedad de la joven por
conocer el estado de su nimo.

Adivinando Isidro lo inoportuno de su presencia, alejse sin despedirse
de ellos. Nlida, al verse sola, se aproxim ms a su amante con un
impulso de entusiasmo.

--Mi rey! Mi dios!... Mi... hombre!

Y falt poco para que lo besase en plena cubierta. l se dejaba adorar
con un orgullo de varn satisfecho de su persona. Acordbase de Mrs.
Power, comparndola con Nlida. sta, al menos, conoca la gratitud...

Pasearon juntos con imperturbable tranquilidad. Ella mostraba un visible
deseo de espantar a las gentes con su atrevimiento, de enterar a todos
de esta nueva aventura, que pareca enorgullecerla. Pasaron ante el
banco de los pinginos y ante sus vecinas las potencias hostiles, con
repentino malestar de Ojeda, que deseaba retroceder, pero no se atreva
a decirlo. Afortunadamente, a aquella hora slo haba unas pocas
seoras, que fingieron no verles, y luego, a sus espaldas, se miraron
con el ceo fruncido y moviendo la cabeza. Qu escndalo!...

Luego pasaron ante Isidro, que hablaba con Zurita de espaldas al mar. El
doctor los sigui con un gesto de cmica admiracin.

--Compaero, y qu valiente es su paisano! Cada da con una... y a su
edad! Porque l no es ningn mocito... Ah, gallego tigre!...

En las inmediaciones del fumadero estaban sentados unos cuantos de la
banda, y al verles venir cambiaron miradas y toses. Ojeda se irgui
arrogante, cual si presintiera un peligro. Pas mirndolos con ojos de
provocacin, pero todos parecieron ocupados de pronto en importantes
reflexiones que les hacan bajar la frente, y no se fijaron en l.
Nlida, con un ligero temblor, mezcla de miedo y de placer, se agarraba
convulsivamente a su brazo.

Fernando sonri: mejor era as. Si alguien hubiese osado la menor
burla!... Y ella le escuchaba con asombro y satisfaccin. Habra sido
capaz de pelearse por ella?... Lo mismo que en las novelas o en el
teatro?

Y como l contestase afirmativamente, sin jactancia, con sencillez,
Nlida casi le salt al cuello.

--Mi rey!... Mi hombre!... Lstima que estemos aqu! Ay, qu beso te
pierdes!

Encontrronse con el seor Kasper, que los acogi con toda la bondad de
su rostro patriarcal. Pap... pap. Su hija le besaba las barbas
venerables, insistiendo en esta caricia con un runruneo de gata amorosa.
El padre mir a Fernando con ojos dulces y protectores, como si un
presentimiento le hiciese adivinar la realidad y lo considerase ya de la
familia. El seor Kasper, que hasta entonces slo haba cambiado con
Ojeda algunas palabras de cortesa, le habl con familiar confianza,
haciendo elogios de su nia. Esta Nlida!... Algo traviesa. No quiere
obedecer a mam... Pero es un ngel, un verdadero ngel. Y acariciaba
sus cortos cabellos con una mano temblona de emocin.

Se haban sentado en un banco, colocndose ella entre los dos. Qu
felicidad!... Su padre a un lado, y al otro su hombre. As deseaba
quedar para siempre, mirndose en los ojos de Fernando, oyendo la voz
del seor Kasper, una voz de predicador evanglico, que, a impulsos de
la costumbre, pas de los afectos de familia a hablar de negocios.

Daba consejos a Ojeda, demostrando gran inters por su porvenir. Bastaba
que fuese amigo de la nia para que l considerase sus asuntos como
propios. Deba proceder con mucha cautela en el Nuevo Mundo. Los
negocios buenos eran abundantes, pero tambin las gentes sin conciencia
que estaban a la espera de los recin llegados para abusar de su
ignorancia. l saba que Fernando llevaba capitales para emprender all
algo importante. Maltrana le haba hablado de esto. Y por afecto nada
ms, le ofreca la ayuda de sus conocimientos para cuando llegasen a
Buenos Aires... Porque l esperaba que su amistad no se limitara a un
simple conocimiento de viaje: tena la esperanza de que en tierra an
seran ms amigos.

--Quin sabe, seor, si llegaremos a hacer algo juntos! Yo tengo
all...

Y comenz la exposicin de una de las muchas empresas que, segn l, le
haban arrancado de su tranquilo retiro de Europa, no porque necesitase
trabajar, sino porque era lastimoso permitir que se perdiesen negocios
tan estupendos.

Nlida, casi de espaldas a su padre, no dejaba que Fernando le oyese con
atencin. Fijos sus ojos en los de l, buscaba al mismo tiempo una de
sus manos, y llevndola detrs de su talle, la oprima con invisibles
apretones. A ella no le interesaban los negocios; poda hablar pap con
su voz reposada y musical todo lo que quisiera: no le oa; a ella slo
le interesaba lo suyo. Y movi los labios sin emitir la voz, indicando
con marcadas contracciones el mudo silabeo. Ojeda la entendi.

--Dueo mo!... Mi dios!... Te amo!

La mano oculta apoyaba estas palabras con fuertes estrujamientos.

Un amigo de Kasper vino a sacarle de la infructuosa predicacin,
libertando a sus distrados oyentes. Le esperaban en el fumadero para
empezar la partida matinal de _poker_.

--Hasta luego, seor. Los amigos me reclaman. Tiempo nos queda para
hablar de estas cosas.

Y sonri por ltima vez a Ojeda, como si contemplase en l un socio
futuro de las grandes empresas ofrecidas generosamente.

Al verse libres los dos amantes de su verbosidad serena e inagotable,
huyeron del banco, continuando el paseo. Hablaban de subir a la cubierta
de los botes, cuando una voz los detuvo sonando a sus espaldas.
Nlida... Nlida... Ahora era la madre la que sala a su encuentro
para hacerla varias recomendaciones sin importancia. Fernando adivin un
pretexto para aproximarse a l. Buen da, seor! Sus ojos brillantes
y hmedos de llama andino acompaaron el saludo con una mirada de
atraccin. Y sin saber cmo, se vio Ojeda otra vez formando parte de la
familia Kasper bajo las miradas protectoras de la mestiza.

Se apoyaron en una barandilla frente al mar. Nlida mostrbase inquieta
y displiciente, como si para ella fuese un tormento permanecer al lado
de su madre. Por detrs de la cabeza de sta haca seas a Fernando; le
hablaba con el movimiento silencioso de sus labios. Vmonos: djala.
Pero l no poda obedecer, retenido por las palabras amables y las
miradas de la seora, que se enfrascaba en un elogio de las cualidades
de su hija.

--Es un poco loquilla y no hace caso del qu dirn de las gentes. Pero
aparte de esto, muy hacendosa, sabe, seor?... Y el da de maana,
cuando se case y siente la cabeza, ser una excelente madre de familia.
Crea que el marido que se la lleve no se arrepentir.

Y mir a Fernando con ojos interrogantes, cual si le ofreciese esta
dicha perpetua esperando ver en su rostro una sonrisa de agradecimiento.

Nlida, a espaldas de ella, continuaba su mmica. Estos elogios a sus
facultades de duea de casa y el deseo de verla madre de familia la
hacan encogerse de hombros y contraer el rostro con gestos de
repugnancia. Vmonos--sigui diciendo mudamente--. No la oigas ms.

La madre los dej en libertad, adivinando de pronto lo inoportuno de su
presencia.

--Sigan ustedes su paseo. Las viejas estorbamos siempre a los jvenes.

Dijo esto con un aire de madre benvola y cariosa, como si bendijese
con los ojos la unin que vea en lontananza.

Al alejarse, Nlida intent excusarla, avergonzada de sus expansiones
maternales.

--No hagas caso. Es una seora a la antigua; una india. Todo lo arregla
con matrimonio: todos sus pensamientos van a parar a lo mismo. Apenas me
ve con un hombre, cree que debo casarme con l... Casarse, qu
vulgaridad! qu grosera!... Quin piensa en eso?...

Y su protesta contra el matrimonio era realmente ingenua, como si le
propusiesen algo que le inspiraba escndalo y horror.

El nico de la familia que se mantuvo lejos de ellos en toda la maana
fue el hermano. Ojeda le era antiptico: prefera a los de la banda. Su
seriedad y sus aos le inspiraban respeto. Adems, tena la conviccin
de que aquel seor jams le convidara a champn y cigarros, como los
otros. Por esto, a pesar del ejemplo de sus padres, se mantuvo apartado
del intruso que vena de repente a perturbar su vida.

Despus del almuerzo, cuando Fernando tomaba caf con Maltrana en el
jardn de invierno, pas Mrs. Power, saludndolo con un ligero
movimiento de cabeza, sin la ms leve emocin. Ojeda la mir tambin con
indiferencia. Su figura arrogante apenas despertaba en l una remota
vibracin. Era como un libro olvidado que se encuentra de pronto y evoca
la memoria de una lectura que produjo deleite, pero cuyo texto apenas
puede recordarse.

Vio ascender luego por la escalinata a Mina llevando al pequeo Karl de
la mano. El nio le mir, extrandose de que no fuese hacia ellos lo
mismo que antes. Pero la madre sigui su camino tirando de l, sin
volver la cabeza, con la mirada perdida para no tropezarse con los ojos
de Fernando. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa: rubor de
timidez, de arrepentimiento, de malos recuerdos.

La noticia de su amistad con la seorita Kasper haba circulado por el
buque con la rapidez que una vida ociosa y murmuradora comunicaba a
todos las informaciones. Adems, ella exhiba con orgullo su nueva
conquista, y tal alarde tranquilizaba a Mrs. Power, que vea borrarse
con l definitivamente todos los recuerdos. Tambin alejaba a Mina,
temerosa de la insolencia de Nlida. Unas cuantas horas de atrevida
exhibicin haban bastado para librar a Fernando de sus amoros
anteriores. La muchacha estableca el vaco en torno de ella. Todas las
mujeres parecan temer la impetuosidad de este hermoso animal humano
exhuberante de fuerza y juventud.

No tard Ojeda en verla aparecer. Haba hecho poco antes una rpida
aparicin en el jardn de invierno, pero huy al notar que su titulado
pariente el alemn y el barn belga ocupaban la misma mesa de sus
padres, con un visible deseo de aproximarse a ella. Despus de breve
eclipse asom el rostro a una ventana inmediata al lugar donde estaban
Fernando y su amigo. El mudo movimiento de sus labios fue para aqul un
lenguaje claro. Ven... Y al salir la encontr en la curva del paseo
que l llamaba el rincn de los besos.

Nlida le hablaba con una expresin autoritaria. l era su dueo... su
dios; pero deba obedecerla en todo. Aproximbase la hora de la siesta.
En el jardn de invierno se abran muchas bocas con bostezos de pereza.
Las gentes deslizbanse discretamente hacia sus camarotes. Sonaban
ronquidos en las sillas largas del paseo. Los duros varones, insensibles
al voluptuoso aniquilamiento tropical, diriganse hacia la popa en busca
de las tertulias del fumadero para reanimar su actividad. Sentanse
repelidos por el silencio y la calma que lentamente se iban esparciendo
por la cubierta del buque, como si sta fuese un claustro de convento a
la hora de la siesta.

--Baja, dueo mo, me oyes?... No tienes ms que araar la puerta. Yo
abrir inmediatamente.

Le miraba con sus ojos enormes y vidos, que parecan querer devorarle.
La punta de su lengua asomaba como un ptalo de rosa entre los labios
sbitamente abrasados. Arremolinadas por la brisa, aleteaban en torno
de su frente las cortas melenas, dando a su cara un aspecto diablesco.

Ojeda experiment cierto asombro. Bajar al camarote!... Tan pronto!
Empezaba a inspirarle miedo esta lozana esplendorosa y audaz de
insaciables deseos. Pero tuvo buen cuidado de disimular su inquietud por
orgullo sexual. Dentro de media hora--repiti ella--. Mi dios... ya lo
sabes. Muy bien; no faltara. Y ella se fue con la satisfaccin de que
dejaba a sus espaldas un hombre feliz.

Baj Fernando con las mismas precauciones de la noche anterior, pero
esta vez no pudo notar detrs de sus pasos el atisbo del espionaje. Y
cuando llevaba mucho tiempo en el camarote de Nlida sobrevino la ms
penosa de sus aventuras de a bordo: una escena ridcula, de la que se
acordaba luego con cierto malestar, temiendo que el burln Maltrana
llegase a enterarse de ella alguna vez.

Golpes repetidos en la puerta, y la voz gangosa del hermano de Nlida,
una voz que balbuceaba ms que de costumbre por el temblor de la clera:
Abre... abre!. Empujaba la puerta como si quisiera echarla abajo. Por
un resto de prudencia habl a travs del ojo de la cerradura: Abre:
tienes un hombre en la "cabina"... Se lo voy a decir a pap.

Nlida no se inmut, como si estuviese habituada a tales escenas. Su
clera fue ms grande que su miedo. Mascullaba palabras de furia contra
el hermano imbcil. Y no habra una buena alma que lo matase, para
quedar ella tranquila?... Adivin que eran sus antiguos amigos los que
por despecho enviaban al hermano delator, luego de revelarle la
presencia de Ojeda en el camarote.

--Mtete ah--orden imperiosamente, mientras reparaba el desorden de
sus ropas ligeras.

Vacilaba l, no pudiendo adivinar el lugar sealado. Dnde quera que
se escondiese en aquella pieza tan pequea?... Pero la muchacha le
empuj rudamente, mientras seguan los repiqueteos en la puerta y las
voces temblonas y amenazantes.

El doctor Ojeda, como lo llamaban para mayor honor mullos pasajeros,
tuvo que agacharse y doblarse a impulsos de Nlida, y acab por
introducir su respetable personalidad debajo de un divn de exigua
altura. Luego la joven coloc ante l, formando barricada, una maleta,
un saco de ropa sucia y una gran caja de sombreros.

Fernando crey morir entre la alfombra y los muelles del divn
incrustados en su espalda. El calor era sofocante en este encierro,
lejos del ventilador y de la brisa que entraba por el tragaluz. Apenas
qued acoplado en tal _in pace_, sinti que le dolan todas las
articulaciones y que su pecho se aplastaba contra el entarimado como si
fuese a romperse. Una clera homicida se apoder de l. Ah, no! No
seguira all! Esto slo podan resistirlo aquellos muchachos de la
banda, a los que indudablemente habra escondido ella otras veces de
igual modo. Iba a salir, aunque tuviese que matar al imbcil.

Pero no fue necesario. Bueno estaba poniendo Nlida al hermanito!... Al
abrir la puerta, lo agarr de un brazo, hacindolo entrar a empellones.
Hasta cundo se propona molestarla con sus necedades!... Estaba en lo
mejor de su sueo y vena a interrumprselo con sus historias
disparatadas. Mira bien, zonzo... Abre los ojos, animal... Dnde est
el hombre, idiota?... Y lo zarandeaba, iracunda, mientras el muchacho
abra desmesuradamente sus ojos mirando a todos lados, y especialmente
al vaco debajo de la cama, como si slo all pudiera ocultarse un
intruso.

La conviccin de su derrota le hizo bajar la cabeza tristemente. Los
amigos se haban burlado de l: era una broma de las suyas. Y cuando,
confesndose vencido, quiso ganar la puerta, su buena hermana no le dej
partir con tanta facilidad. Primeramente, al abandonar su brazo, le
solt dos buenos pellizcos retorcidos, y luego, junto a la salida, una
bofetada sonora: Para que me molestes otra vez. Quiso el muchacho
devolver en igual forma este saludo de despedida, pero al bajar la mano
slo encontr la puerta que se cerraba de golpe y casi le aplast los
dedos.

Nlida deshizo con presteza la barricada de objetos, y otra vez sali a
luz el doctor Ojeda, pero despeinado, sudoroso, con la faz
congestionada, parpadeando cual si no pudiese resistir la luz.

Ella rio al verle en esta facha, al mismo tiempo que arreglaba
amorosamente el desorden de su traje y le sacuda el polvo del encierro.

--Mi hombre!... Mi dios! Tan desgraciadito que me lo han de ver!...
l, tan buen mozo, metido en ese escondrijo... Y todo por m!

Fernando tuvo una mala sonrisa.

--Los otros eran ms pequeos, verdad?... Podan ocultarse mejor.

Se arroj Nlida con mpetu sobre l con los brazos abiertos.

--No digas eso, viejo mo... no lo repitas. Por Dios te lo pido! Me
hace mucho dao.

Y lo besaba con furia, lo aturda con sus caricias, para disipar el mal
recuerdo y recompensar al mismo tiempo la molestia reciente.

Hizo responsable a su hermano de esta clera de Ojeda, evocadora de
malos recuerdos. Aquel imbcil slo haba nacido para hacerle dao. Y
esto la llev a hablar del otro hermano, el gaucho, como ella le
llamaba, que viva en la Argentina, y era el nico hombre capaz de
inspirarla miedo. La amenazaba el hermano menor frecuentemente con
revelar al otro todas las aventuras de Berln y las travesuras del viaje
apenas hubiesen llegado a Buenos Aires. Y el gaucho era temible! Ella
saba desde mucho tiempo antes cul era la venganza con que intentaba
castigarla.

--Pero no hablemos de esto, mi hombre. Di que no me guardas rencor por
lo de mi hermano... Repite que me quieres como siempre.

Rencor no poda sentirlo Ojeda; era incompatible con el agradecimiento
que le inspiraba esta mujer despus del regalo de su belleza hecho
liberalmente. Pero en la hora que todava pas all, le fue imposible
desechar el mal recuerdo del escondrijo y la torturante posicin que
haba sufrido en l... No volvera al camarote de Nlida. Sentase sin
fuerzas para arrostrar una nueva sorpresa, desafiando el ridculo,
considerado por l como el ms temible de los peligros.

Ella asinti. Se veran en el camarote de Fernando; lo haba pensado
aquella misma tarde, pero esperaba la proposicin. Tena deseos de
visitarlo. Era indudablemente mejor que el suyo: un camarote en la
cubierta de lujo y con ventana grande en vez de tragaluz redondo de los
de abajo.

--Convenido: esta noche ir, despus de las doce. Deja abierta la
puerta.

Esta vez Ojeda dio a entender claramente su contrariedad. Aquella
muchacha no aguardaba invitaciones: se convidaba a s misma, sin
consultar el humor y los recursos del dueo de la casa. Nlida le mir
con ojos suplicantes. No quieres que vaya?... Si era por miedo a que
la sorprendiesen, no deba tener cuidado. Sabra deslizarse sin que
nadie la viese. Poda caminar de noche por todo el buque lo mismo que un
fantasma, sin huella ni ruido.

Fernando no se atrevi a sacarla de su error. Senta adems cierto
orgullo en arrostrar de nuevo el sacrificio tantas veces repetido. Ven;
te esperar. Y despus de esto procedieron a la minuciosa empresa de
abandonar el camarote sin que los enemigos pudiesen sorprender su
salida.

Ella fue la primera en avanzar por el pasadizo, explorando sus ngulos y
recovecos. Luego silb suavemente, como un ojeador que indica el
sendero, y Fernando abandon el camarote apresuradamente, seguido en su
fuga por los besos que le enviaba Nlida con las puntas de los dedos.

Ms que el miedo a ser sorprendido, le haba molestado lo ridculo de
esta situacin. Qu cosas llegaba a hacer un hombre serio influenciado
por aquella vida de a bordo, que retrogradaba las gentes a la niez!...
El miedo al ridculo despert su conciencia por una accin refleja,
hacindole ver la imagen de Teri que le contemplaba con ojos crueles y
un rictus desesperado...

Pero no haba que pensar en esto. Ya purificara su alma cuando
estuviese en tierra. Por el momento, su abyeccin resultaba
irremediable, y cada vez ira en aumento mientras no abandonase este
ambiente. Era esclavo del gran tentador de que hablaba Isidro. Slo le
faltaba arrastrarse como los impuros de las leyendas convertidos en
bestias.

Durante la comida, el astuto Maltrana, que pareca adivinar sus
pensamientos ms recnditos, le abrum con muestras de inters
formuladas inocentemente.

--Tiene usted mala cara, Fernando. Ni que hubiese visto nimas durante
la siesta!... Qu color! qu ojeras!... Coma mucho; la navegacin es
larga, y usted necesita tomar fuerzas.

Pero al ver que Ojeda se molestaba por estas amabilidades, adivinando su
malicia, abandon todo disimulo, aadiendo con admiracin:

--Compaero: le envidio y le tengo lstima. Es usted un valiente, pero
lo que se ha echado encima!... Antes del trmino del viaje desear
llegar a tierra, lo mismo que un nufrago que se ahoga.

La comida de esta noche era con banderas y guirnaldas. En el fondo del
comedor brillaban unos transparentes iluminados con dos inscripciones en
francs y alemn: _Au revoir! Auf Wiedersehen!_ Era el banquete de adis
a los viajeros: una comida igual a todas, pero con un discurso del
comandante y otro del doktor, que en nombre de los alemanes y
extranjeros agradeci, con lenta fraseologa semejante a un crujido de
maderas, las grandes bondades que aqul haba tenido con el pasaje.
Cuando la doctoresca lucubracin lleg a su trmino, la gente, puesta de
pie con la copa en la mano, lanz los tres _hoch!_ de costumbre,
mientras la msica atacaba la marcha de _Lohengrin_.

--No llegamos a Ro Janeiro hasta pasado maana--dijo Isidro, siempre
bien enterado de la marcha del viaje--. Pero la despedida ha sido hoy,
para que la gente que se queda en el Brasil pueda dedicar el da de
maana al arreglo y cierre de equipajes. Esta noche es la ltima de gran
ceremonia, y las seoras van a guardar sus vestidos y joyas. La etiqueta
del Ocano slo existe entre Lisboa y Ro Janeiro. En los dos extremos
del viaje se puede bajar al comedor con la indumentaria que uno quiera.
El protocolo neptunesco no se ofende por ello.

Luego de la comida iba a efectuarse en el saln el reparto de premios a
los triunfadores en los juegos olmpicos y a las seoritas que se haban
presentado con mejores disfraces en la fiesta del paso de la lnea.
Despus de esta ceremonia empezara el concierto, para el cual venan
hacindose tantos preparativos desde una semana antes.

Maltrana hablaba de esta fiesta con orgullo, presentndose como su
principal organizador. Haba vigilado los ensayos durante varios das,
yendo del piano del saln, junto al cual probaba su voz Mrs. Lowe con
toda la autoridad que le confera su estatura de dos metros, al piano
del comedor de los nios, donde la seora viuda de Moruzaga haca
memoria de sus habilidades de soltera acompaando con un trmolo
dramtico los versos franceses recitados por una de sus hijas. Adems,
unas nias brasileas se preparaban para tocar a cuatro manos una
sinfona; las artistas de opereta contribuiran con varias romanzas; uno
de los norteamericanos pensaba disfrazarse de negro para rugir su msica
con acompaamiento de ruidosos zapateados; y hasta _fraulein_ Conchita,
cediendo a los ruegos de varias seoras entusiastas de las cosas de
Espaa, haba accedido a ponerse de mantilla blanca, cantando con su
hilillo de voz algunas canciones de la tierra. El maestro Eichelberger,
gran pianista, improvisara para ella un acompaamiento. Y si lo
reclamaba el pblico, la muchacha se atrevera a bailar cierto
garrotn de exportacin aprendido en una academia de Madrid de las que
preparan estrellas danzantes para el extranjero.

--Pero con recato y decencia, nia--haba aconsejado Maltrana--.
Comprmete aqu: chale agua a tu baile. Cuando llegues a tierra podrs
lucirlo por entero.

Satisfecho de sus gestiones como organizador, hablaba de otros artistas,
talentos ignorados que haba sabido descubrir entre la masa de los
pasajeros. Y terminaba por declarar modestamente que l tambin
aportara su concurso inaugurando el concierto con un discursito en
honor de las seoras, hermosa pieza de oratoria meliflua que llevaba
aprendida de memoria y seguramente iba a afirmar su prestigio ante las
nobles matronas.

--De sta--declar--desbanca Maltranita al abate de las conferencias.
Usted lo ver, Ojeda.

No; Fernando no pensaba verlo. Sentase sin energa para arrostrar el
tormento de tanto y tanto canto de aficionado en el estrecho saln,
entre un pblico abaniqueante y sudoroso. Prefera dar un paseo por la
parte alta del buque, contemplando el espectculo de la noche.

As lo hizo. Pero al circular por las dos ltimas cubiertas volva
siempre a las inmediaciones del saln, confundindose con el pblico
menudo de criadas y nios que miraba por las ventanas. Antes de
principiar la velada, Nlida se haba aproximado a l, con su vestido
escotado color de sangre. Tena que asistir a la fiesta con toda su
familia: un verdadero tormento! pero esperaba que Fernando ocupara una
silla cerca de ella. Y al saber que no entraba en el saln, casi llor
de contrariedad. Al menos no te vayas lejos; asmate de vez en cuando.
Que yo te vea; que yo sepa que ests cerca de m... Durante el
concierto, los ojos de ella fueron de ventana a ventana, y al reconocer
entre las cabezas del pblico exterior la cara de Fernando, envibale
por encima de su abanico sonrisas acariciadoras, besos apenas marcados
con un leve avance de los labios, guios malignos que comentaban la
marcha del concierto y los errores de los ejecutantes.

De este modo vio Ojeda cmo se mova su amigo en el saln con aire de
autoridad, cual si fuese el hroe de aquella fiesta, abrindose paso
entre las sillas para ir en busca de las artistas, inclinndose ante
ellas con su saludo de tacones rojos, dndolas el brazo para
conducirlas al estrado y quedndose junto a la pianista o la cantante,
al cuidado de sus papeles, e iniciando las salvas de aplausos.

Era su noche. El discursito cuidadosamente preparado haba obtenido un
xito enorme. Las miradas de todas las seoras que podan comprenderle
iban hacia l con admiracin y gratitud. Qu monada el tal
Maltranita!... Qu hombre tan dije!... Qu habilidoso!... Y l
aceptaba con modestia estos elogios formulados por las damas segn los
trminos admirativos de cada pas. En su declamacin dulzona las haba
abarcado a todas, jvenes y viejas, alcanzando sus elogios hasta a las
sotanas que figuraban entre ellas, lo que le dio motivo para ensalzar la
religin, representada all por sacerdotes de todo el latinismo. El
obispo italiano dilataba su cara con un gesto de contento infantil; el
abate francs sonrea inquieto, como si viese nacer un temible rival;
don Jos agradeca la alusin, admirndolo con patritico orgullo. Qu
don Isidro tan vivo!... Si yo tuviese su labia para las seoras!

Al terminar el concierto, la gente se esparci por la cubierta, ansiosa
de respirar aire libre. Era cerca de media noche. Las nias se quejaban
del calor, intentando con este pretexto desobedecer a las madres, que
proponan un descenso inmediato al camarote. Los pasajeros ms corteses
iban saludando a las seoras que haban intervenido en el concierto,
sonando en su coro de alabanzas los ms estupendos embustes. Todas ellas
aceptaban sin pestaear la afirmacin de que en caso de pobreza podan
ganarse la vida con su talento musical. Mrs. Lowe, escoltada por su
marido, que llevaba bajo el brazo un rimero de partituras, acoga estos
elogios con foscas contracciones de su rostro caballuno. Sentase
ofendida por la falta de gusto de los oyentes: slo la haban hecho
repetir su canto dos veces, cuando ella traa ensayadas una docena de
romanzas. El pblico se lo perda.

Un grupo de seores viejos acosaba a Conchita con sus felicitaciones.
Algunos, prudentes y calmosos hasta entonces, parecan agitados por un
cosquilleo elctrico. Muy bonitas las canciones, aunque ellos no haban
entendido gran cosa... pero el baile! aquella danza serpenteante, con
unos brazos que parecan hablar!... Doa Zobeida sonrea, contenta del
triunfo de esta buena seorita, haciendo confidente de sus entusiasmos
a don Jos el clrigo, que la escoltaba igualmente con toda la autoridad
de su sotana.

--Pero ha visto qu lindura, padrecito?... Nuestra nia es la que ha
gustado ms a los seores... Ya lo deca mi finado el doctor, que saba
de esto como de todo. Para bailar con gracia, las espaolas.

Y perdiendo su timidez, ella misma presentaba a Conchita de grupo en
grupo, aceptando como algo propio los requiebros interesados que los
hombres dirigan a la bailarina.

Maltrana no se mostraba menos ufano por su triunfo oratorio. Al
encontrarse con Fernando tuvo el gesto petulante de un cmico que sale
de la escena... Le haba visto? Qu opinin era la suya?...

--Yo creo que me los he metido en el bolsillo... Los amigos me miran
como si fuese otro hombre. Parecen arrepentidos de haberme tratado hasta
hace poco como un insignificante... Van a darme una fiesta en el
fumadero: una fiesta ntima... en mi honor.

Era una despedida de los pasajeros alegres a los amigos que se quedaban
en Ro Janeiro; pero por el xito reciente de Maltrana, la dedicaban
tambin a su persona.

--Va a ser famosa--continu Isidro con entusiasmo--. Asistirn seoras,
muchas seoras; todas las coristas de la opereta, que me han odo desde
puertas y ventanas sin entenderme seguramente, pero ahora me contemplan
con respeto y cuando paso junto a ellas murmuran algo que debe ser de
admiracin... Venga usted con nosotros.

Fernando se excus: pensaba retirarse inmediatamente a su camarote.
Maltrana frunci el entrecejo, como si recordase algo molesto, y aprob
su resolucin. Haca bien. Aquella fiesta era igualmente para despedir
al barn belga y a otros amigos suyos que se quedaban en el Brasil. En
el aturdimiento de su gloria haba olvidado que los de la banda estaban
furiosos contra Ojeda, y a ltima hora, con la insolencia que da el
vino, eran capaces de provocar una escena violenta.

--Hasta maana; le contar lo que ocurra... No tema que esta noche vaya,
como las otras, a golpear el camarote misterioso. Eso se acab... Por
cierto que el hombre lgubre no se ha dejado ver en todo el da. Debe
estar temblando con la idea de que pasado maana llegamos a Ro. Ver
usted cmo lo primero que se presenta en el buque es la polica para
echarle esposas en las manos... Yo no me equivoco.

Al entrar Fernando en su camarote experiment una gran sorpresa viendo
el retrato de Teri... Luego se avergonz de la inconsciencia en que
viva, semejante a la del ebrio que recuerda los propios asuntos cual si
fuesen de otra persona. Los hechos anteriores a su embarque eran para l
como sucesos de una existencia distinta, ocurridos en otro planeta, y de
los que slo guardaba ya una dbil memoria. Viva ahora en un mundo
nuevo, reducido, aislado, que iba vagando por el infinito azul, y slo
le interesaban las inmediatas necesidades de su existencia ocenica...

Nlida iba a llegar: y quin sabe con qu comentarios de juventud
insolente y triunfadora saludara la belleza de Teri, de un esplendor
melanclico, fino y suave, como el de las primeras maanas de otoo!...

Para evitar un sacrilegio llev sus manos al retrato, ocultndolo entre
las ropas del armario. Al hacer esto tembl con una inquietud
supersticiosa. Tema que un poder inexorable y oculto que l no legaba a
definir con claridad le castigase por su cobarda... Tal vez perdiera a
Teri para siempre, despus de haber osado ocultar su imagen. En amor
hay tantas afinidades misteriosas, tantos choques inexplicables a travs
del tiempo y la distancia!... Pero estas preocupaciones de hombre
imaginativo, trastornado por una vida de encierro, duraron muy poco. Un
ruido de pasos en el inmediato corredor le hizo volver al presente. Era
un vecino que se retiraba. Nlida no tardara en presentarse, y era
ridculo que l la recibiese vistiendo an el _smoking_ de la comida.

Luego de desnudarse se cubri con un pijama, tom un libro, y esper
leyendo y fumando. El inters de la lectura se apoder de l al poco
rato. Nlida, con toda su gentileza, careca del encanto de este libro:
la novedad.

Transcurri mucho tiempo, y cuando empezaba a dudar de que ella viniese,
percibi un leve ruido en el inmediato corredor; menos que un ruido: un
roce, las ondulaciones del aire por el desplazamiento de un cuerpo
silencioso. Era ella que avanzaba cautelosamente.

No experiment sorpresa al ver cmo giraba la puerta del camarote sin
que apareciese alguien en el espacio recin abierto. Luego, Nlida entr
de golpe, o ms bien, salt, con la alegra de un gimnasta que llega al
final de una carrera de obstculos. Sacuda en torno de la frente el
manojo de sierpes de su cabellera; dejaba flotante sobre su cuerpo el
sutil kimono, que haba llevado recogido hasta entonces, como si
quisiera replegarse, disminuirse en su marcha silenciosa.

--C... c!--dijo al entrar, con risa triunfante--. Aqu me tienes!

Se arroj en brazos de Fernando con cierta emocin, como si ste fuese
su primer abandono; luego se apart rudamente, a impulsos de su
movilidad caprichosa. Encendi todas las luces del camarote para
examinarlo mejor. Tocaba los libros apilados en el divn, en la mesita y
hasta en el lavabo; revolva los papeles; mostraba una curiosidad
infantil ante los objetos de tocador y las ropas de Ojeda. Su deseo de
verlo todo adquiri un carcter alarmante.

--T debes tener retratos, cartas de amor. A saber lo que traes de
Europa guardado en tus maletas!... Ensame tus conquistas, viejo mo.
Mustramelas... para que me ra.

Luego admir el camarote. Era ms grande que el suyo; el techo ms alto,
y sobre todo, en vez del tragaluz redondo, tena ventana, una verdadera
ventana como las de las construcciones terrestres. Salt sobre el divn
para sentarse en el alfizar de ella, sacando parte de su cuerpo fuera
del buque. Un grato escalofro hizo temblar su espalda: estremecimiento
de frescura por el viento que levantaba el buque en su marcha y que
corra sobre su piel, hinchando la tela del suelto kimono;
estremecimiento de miedo al verse suspendida en el vaco y la noche,
bastndole un leve movimiento de retroceso para caer en el mar.

Ojeda la sostuvo, agarrando sus piernas. Con esta atolondrada poda
temerse todo. Y Nlida agradeci su miedo como una manifestacin de
amor, acaricindole la cabeza, hundiendo sus manos en sus cabellos,
alborotndolos.

--Figrate, negro, que yo me dejase caer as... Ah... ah... ah!--y al
lanzar esta exclamacin, se echaba atrs, obligando a Ojeda a un
esfuerzo violento para retenerla--. Por pronto que se enterasen en el
buque e hicieran alto, pasara mucho tiempo. Pero t te echaras al agua
detrs de m, no es cierto, mi viejo?... Vendras a hacerle compaa a
tu nena en medio del mar, y nadaramos juntos hasta que nos buscasen...
Y si no nos buscaban, nos ahogaramos juntos... as!... bien juntitos!

Con la excitacin del peligro se abrazaba a l fuertemente, tirando
hacia afuera, como si en realidad desease caer de la ventana arrastrando
a su amante.

ste se libr con rudeza del abrazo juguetn e imprudente. Estaban en
medio del Ocano, lejos de toda costa. Bastaba una leve falta de
equilibrio, para que ella se desplomase en aquellas aguas negras que
pasaban y pasaban junto al flanco de la nave. Sera un chapuzn en el
misterio y el olvido; una cada sin esperanza. Nadie poda verla; la
muerte era segura. Y aunque alguien la viese y el buque se detuviera,
volviendo sobre su marcha, resultara difcil encontrar un pequeo
cuerpo flotante en esta lbrega inmensidad que pareca de tinta.

--Nlida, por Dios! baja de la ventana.

Pero ella rea de su miedo, segura al mismo tiempo de la fuerza con que
la mantenan sus brazos. Ah... ah... ah! Y echaba el cuerpo atrs,
en el vaco, con tal mpetu, que Ojeda hubo de hacer grandes esfuerzos
para sostenerla.

--Di que si yo cayese te echaras de cabeza para salvarme... Di que
moriras por tu nena...

Aprob Fernando todo cuanto ella quiso pedirle, y slo as pudo
conseguir que abandonase la ventana, estrechamente abrazada a l,
contemplndolo con admiracin.

--De veras que moriras por m?... Reptelo viejito rico, que yo lo
oiga... Dilo otra vez, mi negro.

La gratitud perdur en Nlida gran parte de la noche. En la obscuridad,
sin ms luz que el tenue fulgor sideral que entraba por la ventana,
volvi a llamar a Ojeda viejito y negro, dos palabras amorosas del
nuevo hemisferio a las que l no haba podido habituarse todava, y que
en medio de los transportes pasionales le hacan sonrer.

Cuando brill de nuevo la electricidad estaban los dos sentados en un
divn. Nlida, por un brusco cambio de su carcter tornadizo, hablaba
ahora con tristeza y miedo. Contaba los das que faltaban para la
llegada a Buenos Aires. Cun pocos eran!... Recordaba a su hermano
mayor, el rudo estanciero, que en las ltimas cartas enviadas a Berln
profera contra ella terribles amenazas, comentando las denuncias que le
haba dirigido el hermano pequeo.

--Y ese zonzo de seguro que apenas lleguemos le va a contar no slo lo
de Alemania, sino lo del buque; lo tuyo tambin. Ay!, qu va a ser de
m?

Ella, que en su valerosa inconsciencia no tema a nadie de los que la
rodeaban, temblaba con slo el recuerdo de este hermano, al que haba
podido apreciar en un breve viaje a la Argentina realizado tres aos
antes acompaando a su padre.

--Con l nadie bromea. Es un brbaro... Y si hablase slo de matarme!
La muerte no me da miedo; al fin, todos hemos de pasar por ella. Pero me
amenaza con algo peor. Me quiere cortar la cara, me la quiere quemar con
vitriolo, para que los hombres huyan de m y yo me consuma de
desesperacin. Qu horror!...

Temblaba slo al pensar en este suplicio, ms temible para ella que la
muerte, no dudando un instante de que su hermano era capaz de cumplir
tales amenazas.

Guardaba un vivo recuerdo de su gesto fosco, de su propensin a la
violencia, de su mirada lgubre. Ojeda, escuchndola, se imaginaba el
tipo. Era un homicida, al que haba faltado una ocasin para el
desarrollo de sus facultades. Interesante la familia Kasper con sus
variados productos del cruzamiento razas!...

--Ay! Si t me amases de verdad...--continu ella, implorndole con sus
ojos--. T que eres capaz de echarte al mar por m, podas hacerme feliz
con mucho menos... Di, mi viejo, quieres hacer algo que yo te pida?...

Fernando, acosado por sus ruegos, prometi obedecerla. Qu deseaba?...
Una cosa insignificante, que expuso ella con sencillez. No quera ir a
Amrica: marchaba hacia Buenos Aires como un animal que va al
degolladero. An estaban a tiempo los dos para ser dichosos. Bajaran en
Ro Janeiro, se esconderan, dejando que partiese el vapor, y tomaran
pasaje en otro buque de los que volvan a Europa... Ah, el hermoso
Berln! En ninguna ciudad de la tierra se viva con ms felicidad.

Casi salt Fernando de su asiento a impulsos de la sorpresa. Volver a
Europa, cuando an no haba llegado al trmino de su viaje? Slo poda
admitir esta proposicin como una broma. Y sus negocios?... Qu iba a
hacer l en Berln?...

Nlida se sinti ofendida por la extraeza que mostraba su amante.

--No me quieres, bien lo veo. Todos los hombres sois lo mismo. Muchas
promesas, y luego retrocedis ante el sacrificio ms pequeo...
Egostas!

Se quejaba como si acabase de descubrir una gran infidelidad, ella, a la
que haba visto Ojeda en trato amoroso con otros hombres y que dejaba a
sus espaldas, en Europa, un pasado del que iba a pedirle cuentas el
gaucho vengador. Slo llevaban dos das de amores, y se extraaba de
verse desobedecida, como si los hombres no tuviesen otra obligacin que
seguirla en todos sus caprichos y su insolente juventud fuese el centro
del mundo, en torno del cual deban girar personas y sucesos.

--Me matar--dijo con energa--. Y si no me mato, me marchar sola. Yo
te juro que no llego a aquella tierra... Qu horror!

Acordbase de los meses que haba pasado en Argentina tres aos antes.
Era un pas para mujeres como su madre. Buenos Aires an poda
tolerarse; pero ellos iban a vivir en una ciudad del interior, cerca de
la estancia que diriga su hermano.

--Por toda diversin una plaza en la que toca una msica algunas noches.
Las nias se pasean por un lado, como manadas de pavos, y los hombres
por otro; sin hablarse, dirigindose miradas, lo que all llaman
_afilar_, y sin atreverse a un saludo. Luego, el encierro en casa todo
el da... la conversacin con las amigas de mam. No: primero morir! Yo
necesito ir a Berln. Si tu conocieses lo hermoso que es Berln!...

Intentaba vencer la resistencia de Ojeda con los recuerdos de aquella
capital, en la que haba transcurrido lo mejor de su vida. Ella no
conoca Pars. Su padre se haba negado siempre a llevar su familia a
esta ciudad. Se enfureca el seor Kasper, como un profeta bblico, al
hablar de la moderna Babilonia, urbe corrompida, inventora de malas
costumbres... Ay, Berln! Tal vez las parisienses fuesen ms elegantes,
ms finas que las otras; pero en Berln todo era grande. Los cafs y los
teatros, ms enormes que los de Pars. Los establecimientos nocturnos
copiaban los ttulos de Montmartre; pero si en una sala parisin
danzaban cincuenta parejas, en la de Berln bailaban doscientas; si en
una parte se destapaban diez botellas, en la otra eran cien; y si en los
bulevares haba batallones de mujeres sueltas, en la metrpoli germnica
podan formarse cuerpos de ejrcito con las hembras en disponibilidad.

Todo era abultado, inmenso, colosal, en aquella urbe disciplinada; hasta
la alegra y la licencia, que haban sobrevenido como resultados del
triunfo. Y la mestiza de alemn y de criolla hablaba con nostalgia de la
vida nocturna de Berln, de todo lo que haba conocido y gozado en su
absoluta libertad de seorita educada a la moderna.

--T slo has visto aquello como viajero; adems, conoces poco el
idioma. No sabes lo que es la vida all. Si la conocieras!... Si
accedieses a venir conmigo!

Y en la inconsciencia de su entusiasmo, sin darse cuenta de la penosa
impresin que causaba en Ojeda, empez a hablarle de sus aventuras. Tema
una amiga, hija de alemn y de norteamericana, cuyos padres vivan en
Berln despus de haber hecho fortuna en los Estados Unidos. Las dos se
escapaban de sus casas por la noche para ir a los cafs ms clebres en
compaa de unos novios con los que nunca haban de casarse. Este
acompaamiento no las impeda cenar con ricos seores de la industria y
de la Banca que celebraban un buen negocio. Los dueos de los
establecimientos las atraan y las halagaban a ellas y a otras de su
clase. Eran seoritas, con un encanto superior al de las otras mujeres.
Saban mantener sus aventuras en un trmino prudente, con ms bullicio y
atrevimiento que las profesionales, pero sin permitir nunca el atentado
irreparable. Mostrbanse expertas en la tentacin que enardece al
parroquiano y le hace volver. Y para asegurarse el auxilio de estas
colaboradoras, los gerentes les daban primas sobre lo que hacan gastar
a los seores, algunos centenares de marcos al mes, que eran una entrada
supletoria para vestidos y sombreros, compensando de este modo el
regateo econmico de sus familias.

--Un gran pas--continu Nlida--. All nicamente se vive. Y t no
quieres llevarme? Tan dichosos que seramos los dos!... Di, por qu no
quieres?

Fernando qued indeciso. No saba qu contestar a esta loca, de una
amoralidad desconcertante. Era intil exponer razones de honor, hablar
de su dignidad, que no poda adaptarse a este gnero de existencia.
Jams llegara a entenderle.

Para salir del paso aludi a las dificultades materiales que se oponan
a su plan. Qu iba a hacer l en Berln? De qu podan vivir? Para
estas aventuras se necesita dinero, y l no lo tena.

Nlida abri los ojos con asombro. No poda comprender un hombre sin
dinero. Todos los que ella haba conocido hasta entonces lo tenan en
abundancia, o al menos jams se preocupaban visiblemente de su caresta.
Un hombre sin dinero!... Le pareca inaudita esta revelacin, y mir a
Ojeda como si acabase de descubrir en l nuevos encantos y perfecciones.

Ella tena dinero para los dos. Ignoraba cunto: tal vez mil quinientos
marcos. Y repiti varias veces la cifra, dndola gran importancia por
ser dinero suyo: ahorros de la vida en Berln... Adems de esto, tena
sus pequeas alhajas, regalos de amistad, que llevara con ella. No
necesitaban de grandes cantidades para llegar a Berln, y una vez all,
todo les sera fcil. Contaba con amigos, muchos amigos; una mujer sale
fcilmente de apuros. Ojeda slo tendra que ocuparse de los gastos de
su persona, y si era necesario, ella ayudara tambin a su viejito... a
su negro.

--Nlida!--protest Fernando.

Pero no quiso decir ms. Para qu?... Ni l aceptaba aquel viaje, ni
ella, con la movilidad de sus fugaces impresiones, se acordara tal vez
de esto a la maana siguiente.

Son un gran estrpito en las cubiertas superiores: ruido de voces,
correteos. Luego las fuertes pisadas se alejaron hacia la popa,
acompaando una violenta discusin. Deban ser los de la banda, que se
peleaban entre ellos.

--Mrchate--dijo Ojeda--. Son las tres. Esas gentes pasean por todo el
buque antes de acostarse, y te pueden sorprender.

Acept el mandato Nlida, ms por despecho que por obediencia amorosa.
Sus besos de despedida fueron glaciales. Frunca las cejas; brillaba en
sus ojos un resplandor hostil.

--No me quieres, bien lo veo... Otro se considerara feliz si yo le
permitiese acompaarme en mi fuga, y t parece que ests arrepentido de
conocerme... Cualquiera dira que te he propuesto un crimen.

Fernando murmur algunas excusas... Era un asunto que mereca ser
pensado. Tal vez se decidiese al da siguiente. Pero ella, adivinando la
falsedad de sus palabras, no quiso orle. Adis! Le empuj para ganar
la puerta, cerrndola tras ella ruidosamente, como si ya no le importase
guardar recato alguno.

Adis!, contest Ojeda al quedar solo. Levantaba los hombros, sonrea
con una expresin de cansancio, le pareci ms agradable su camarote sin
otra presencia que la suya... Muchacha loca, adorable por una hora e
insufrible por toda una noche!... Rea francamente al recordar las
extraas proposiciones de Nlida. A Berln l!... Qu se le haba
perdido all?... Y todo porque la nia le tena miedo al hermano medio
salvaje. Era una solucin digna de su cabeza destornillada.

Con estos comentarios fue desnudndose, y al apagar la luz experiment
entre las sbanas la voluptuosidad del que se ve solo despus de haber
sufrido una compaa enojosa. Ah, las mujeres! Lstima grande no poder
vivir sin ellas! Ojeda, que empezaba a dormirse, dio algunas vueltas en
su nebuloso pensamiento a la vulgarizada frase del dramaturgo
escandinavo. Siempre que una contrariedad amorosa le impulsaba a
separarse de una mujer, se deca lo mismo: El hombre aislado es el ms
fuerte.... Ay! Fcil era aislarse cuando el organismo parece crujir de
fatiga y la hartura quita todo encanto a las tentaciones. Pero
transcurra el tiempo; la mujer despreciada adquiere mayor valorizacin
a cada vuelta de sol; y el deseo, al renacer en las entraas, las araa
como un demonio implacable, diciendo burlonamente a cada zarpazo: Toma,
hombre aislado; toma y aguanta, ya que eres el ms fuerte....

Despert Ojeda al da siguiente con los sonidos de la msica, que daba
su concierto matinal. Cuando subi a la cubierta era muy tarde. Muchos
esperaban el toque de medioda para entrar en el comedor. Adivin
Fernando en las miradas de algunos y en el secreto de ciertas
conversaciones que un suceso extraordinario haba ocurrido en el buque.

Vio venir hacia l a Maltrana con la majestad sombra de un hombre
cargado de secretos. Las miradas de algunos pasajeros tendidos en sus
sillones le seguan con cierta admiracin. Pareca haber crecido en una
noche. Era otro, con la mirada grave, la frente pesada, los brazos
cruzados sobre el pecho y un ndice apoyado en la boca, lo mismo que si
adoptase un gesto de pensador vindose rodeado de mquinas fotogrficas.

--Tengo que hablarle.

Dijo esto con tono de misterio, y se llev a su amigo hacia el extremo
de proa.

--Por casualidad trae usted una caja de pistolas de desafo?...

A pesar de que Ojeda, en vista del aspecto de su compaero, estaba
preparado para las peticiones ms absurdas, no pudo reprimir su
sorpresa... Pistolas de desafo?... Es que por casualidad viajaban
las gentes con una caja de ellas en el equipaje?... Maltrana se excus.
Recordaba que su compaero haba tenido varios lances, y esto le haca
suponer que bien podra llevar con l esta clase de armas.

--Siento que usted no las tenga, Fernando, y no s cmo salir del paso.
Hay un duelo pendiente a bordo, y los adversarios, as como los otros
testigos, me han hecho el honor de confiarse a mi pericia, encargndome
la preparacin del combate. Una misin difcil.

El desafo iba a realizarse a la maana siguiente en tierra, con el
mayor secreto, durante las pocas horas que el buque permanecera
anclado, y l tena que establecer las condiciones, para lo cual le era
necesario, ante todo, encontrar las armas.

No faltaban stas en el buque. Todos los pasajeros tenan la suya, y
hasta algunas seoras ocultaban en sus camarotes el arma de fuego
niquelada, brillante y graciosa como un juguete. Haba revlveres de
todos los calibres, pistoletes automticos de diversos mecanismos. Un
argentino hasta le haba ofrecido para el caso dos carabinas de
repeticin, con balas blindadas, que llevaba para su estancia. Pero
todas eran armas vulgares, prosaicas, de ltima hora; armas sin
tradicin, que no podan servir por falta de ttulos para que dos
caballeros se matasen. l necesitaba espadas o pistolas antiguas que se
cargasen por la boca, como ordena el ceremonial del honor, armas
poticas consagradas por el teatro y la novela; y toda aquella gente
slo poda ofrecerle ferretera moderna, falta de nobleza, que
funcionaba como un reloj y distribua la muerte con mecnica exactitud.
No haba podido encontrar a bordo ni siquiera dos sables, arma hbrida,
arma mestiza, que era como una transicin entre las unas y las otras.

Ojeda interrumpi estas lamentaciones. Quera saber el motivo del duelo
y quines eran los combatientes.

Se expres Maltrana con triste dignidad. Haba sido al final de la
fiesta en su honor, cuando ms contentos y fraternales se mostraban los
amigos. Muchos se haban retirado a sus camarotes. Eran las tres de la
madrugada. Al cerrarse el fumadero haban subido a la cubierta de los
botes para terminar el jolgorio en el camarote del belga, que iba a
separarse al da siguiente de la honorable sociedad. Llevaban a
prevencin algunas botellas, y al quedar vacas stas, probaron a beber
cierto alcohol de tocador, agua de Colonia o algo semejante, riendo de
las muecas y nuseas que el lquido perfumado provocaba en algunos.

--Cuando ms contentos estbamos, surgi la pelea entre el belga y ese
alemn pariente de Nlida, los dos amigos ms ntimos, siempre juntos
desde que entraron en el buque. Yo creo que en el fondo se odiaban sin
saberlo. Intil decir a usted quin es el verdadero culpable... Quin
ha de ser?... Nlida. Y lo ms gracioso del caso es que ninguno de los
dos la nombr, pero ambos la tenan en el pensamiento. Estaban furiosos
desde hace das, desde que la muchacha se fij en usted. Fue una suerte
que no anduviese usted anoche por el buque. Hubisemos tenido un
disgusto.

Los dos rivales se hacan responsables del apartamiento de la joven.
Cada uno de ellos se imaginaba que de haber quedado solo al lado de ella
habra podido retenerla. Pero se haban estorbado con su mutua
presencia, acabando por cansar a Nlida en fuerza de rivalidades y
celos. Y este odio silencioso que los dos llevaban en su pensamiento
haba estallado en la madrugada con la rapidez y la incoherencia de las
querellas de borrachos. Unas cuantas palabras ofensivas, a las que no
prest atencin el resto de la banda, y de pronto, botellas por el aire,
bofetadas, lucha cuerpo a cuerpo.

--Algo muy triste, amigo Ojeda. Por voluntad del alemn, all mismo
hubiese terminado el incidente. l tiene un ojo hinchado y el otro lleva
en un carrillo algo que parece un tumor. Los dos iguales. No se
necesitaba ms para volver a ser amigos... Pero el belga entiende las
cosas de otro modo. Saca a colacin su barona, y adems creo que ha
sido subteniente de no s qu guardia nacional o reserva de su pas. En
fin, que ha arrastrado sable y tiene empeo en batirse con su amigote,
para despus estrecharle la mano con toda tranquilidad. Y los dos se han
confiado a m en esto del duelo.

Maltrana se excus modestamente.

--No extrae usted esta predileccin. Se han enterado de que yo tuve en
nuestra tierra algunos desafos (porque con ellos me iba el pan), y me
miran con tanto respeto como si fuese de la Tabla Redonda... Adems, ha
influido igualmente mi triunfo oratorio de anoche, el nuevo prestigio
que me rodea. Uno que habla bien es sabido que sirve para todo... hasta
para gobernar pueblos.

Y como Fernando no poda darle lo que necesitaba, se alej en busca de
las armas. Iba a hacer la misma pregunta a otros pasajeros de
distincin, y si stos no tenan por casualidad una caja de pistolas,
arreglara el encuentro a revlver, escogiendo dos completamente iguales
entre los muchos que le haban ofrecido.

Al pasear Ojeda por la cubierta vio a los adversarios, uno en la terraza
del fumadero y otro en el balconaje de proa, ostentando ambos en la
cara, sin recato alguno, las huellas del choque nocturno. La banda se
haba dividido segn sus opiniones y afectos, quedando un grupo en torno
del alemn y otro junto al barn. Los dos se mantenan en actitud
arrogante, como actores que vigilan sus movimientos sabiendo que todas
las miradas estn fijas en ellos.

De Nlida no se acordaba nadie. Este choque, que poda tener
consecuencias trgicas, haba quitado todo inters a la inquieta
muchacha y sus insolentes veleidades. Ojeda la vio venir hacia l
pasando ante el grupo que formaban el barn y sus amigos en la terraza
del fumadero. Todos la consideraron con indiferencia, y ni siquiera
volvieron los ojos para seguirla mientras se alejaba. La atencin era
para el hroe, que, con el carrillo hinchado, relataba por cuarta vez
cierto desafo terrible en el que casi haba matado a su rival.

Al reunirse Nlida con Fernando le habl con apresuramiento. Iba
buscndole desde una hora antes por todo el buque... Lo que le ocurra
a ella por culpa del hermano!...

--Cuando veas a pap, dile que estuviste acompandome hasta las tres de
la maana en el comedor y que me encontraste a la una. l te preguntar;
pero aunque no te pregunte, dile eso de todos modos.

Haba cometido una imprudencia la noche anterior al ir en busca de l,
dejando olvidada la llave en la puerta de su camarote. El zonzo, o sea
el hermano, ansioso de venganza por los golpes de la tarde, haba
cerrado la puerta al notar su salida, guardndose la llave. Intiles
los ruegos de Nlida cuando, al volver en la madrugada, intent ablandar
a su hermano llamando a la puerta de su camarote. Se finga dormido. Y
ella haba pasado el resto de la noche en una silla del comedor, a
obscuras, invisible para los de la banda, que andaban divididos de un
lado a otro con la agitacin de la pelea reciente.

Los criados que estaban de guardia podan atestiguar que haba pasado la
noche en el comedor. Simple asunto de cambiar las horas, asegurando que
estaba all desde mucho antes. Todos los criados del buque sonrean al
verla y estaban prontos a afirmar lo que ella les pidiese...

Una escena borrascosa de familia cuando el digno seor Kasper y su mujer
se levantaron y abri el hijo la puerta del vaco camarote. Nlida ha
pasado la noche fuera. Pero Nlida sobrevino como una fiera, y hubo que
arrancar al zonzo de entre sus manos. Aquel bandido se haba
aprovechado de una corta salida suya por exigencias higinicas para
cerrar la puerta, dejndola fuera del camarote, obligada a vagar por el
buque, expuesta a peligros y murmuraciones... todo por el deseo de
calumniarla.

Ella haba pasado la noche sentada en el comedor; tena testigos: los
criados que estaban de guardia. An poda ofrecer un testimonio ms
importante: el doctor Ojeda, que la haba encontrado a la una y media,
cuando l se retiraba a su camarote, acompandola hasta las tres.
Cundo iba a terminar de martirizarla este malvado?...

La madre tomaba partido por el hijo, mirndola a ella con ojos
iracundos. Era la vergenza de la familia: los iba a matar a disgustos.
Pap... pap, imploraba Nlida. Y el seor Kasper reflexionaba como un
rey justiciero, acaricindose las barbas. Prudencia! Haba que pesar
bien las cosas para ser equitativo. La nia ofreca pruebas, y el tonto
nicamente saba insistir en su acusacin, sin aadir testimonio alguno.
Y casi sentenci por adelantado, intentando dar un repeln al muchacho.
Raza maliciosa y vengativa! Nada bueno poda esperarse de su sangre.

Nlida no tena miedo al enojo de sus padres, pero necesitaba
convencerlos de su inocencia para que le sirviesen de fiadores ante el
hermano temible que la esperaba al trmino del viaje. Y an se resista
Fernando cuando ella le hablaba de huir, como si le propusiese algo
disparatado? No, no ira a Buenos Aires: estaba resuelta a escaparse al
da siguiente... Pero la inmediata realidad le hizo insistir en sus
recomendaciones:

--Cuando pap te pregunte, ya sabes lo que debes decir... Y si no te
pregunta, hblale t. Hazlo, mi viejo; s buenito. All lo tienes, cerca
del fumadero, hablando con el seor Prez. l se alegra mucho de verte:
dice que eres la mejor persona de a bordo.

Y le empujaba dulcemente, extremando los gestos y miradas de seduccin.
Ojeda, con su pasividad habitual ante el mandato de una mujer, sigui
este impulso, dirigindose en busca del seor Kasper. Qu de embustes y
enredos con esta muchacha!... Afortunadamente, el da de la liberacin
estaba prximo; y una vez en tierra, no la vera ms.

Sonri el patriarca a Fernando, sin interrumpir por esto su conversacin
con Prez. Hablaban de poltica, conviniendo los dos en un gran amor por
los gobiernos fuertes y en la necesidad de fusilar a todos los enemigos
de la autoridad. El seor Kasper odiaba las repblicas, gobiernos de
pelagatos con levita, de parlanchines hambrientos. Los pueblos deban
ser regidos por hombres a caballo, con deslumbrantes uniformes. Y
satisfecho de que a l le hubiese tocado esta suerte al nacer en
Alemania, abrumaba con ironas y sarcasmos a la ms clebre de las
Repblicas. Nunca haba querido vivir en Pars. Una nacin gobernada
por abogados y periodistas! Un pueblo sin moralidad y casi sin familia!
Todo el mundo saba esto...

Ganoso de retener a Fernando, dej que Prez se marchase en busca del
tercer aperitivo de la maana, y al quedar solos, fue el patriarca el
que inici la explicacin deseada por Nlida.

Ya saba l que el seor Ojeda haba acompaado a la nia gran parte de
la noche en el comedor. Le daba las gracias por su amabilidad. No poda
haber encontrado mejor acompaante que l, un caballero distinguido y
serio. Eran querellas entre muchachos; una genialidad de su hijo menor,
que le proporcionaba muchos disgustos. La sangre de los abuelos criollos
despertaba en sus venas... Su hijo mayor era ms equilibrado; pero en
cuanto a carcter, all se iba con el otro. Gente interesante y
temible!... Nlida y l eran ms tranquilos, ms alemanes, de genio
siempre igual.

Haca elogios de la hija predilecta, olvidando por completo el incidente
de la noche anterior, sin pedir nuevas aclaraciones, librando a Ojeda de
la necesidad de mentir, dicindolo l todo, como si estuviese mejor
enterado que nadie por el solo testimonio de Nlida. Y acompaaba sus
palabras con tales sonrisas, que Fernando acab por sentirse
desconcertado. Este seor es tonto--pensaba--, tonto como su hijo
menor. Pero luego pareca dudar. O tal vez es un fresco. El mayor
sinvergenza que he conocido.

Mientras tanto, el seor Kasper pasaba con suavidad del elogio de su
hija a hablar de los negocios de Amrica, tema en el que insisti hasta
el toque de medioda, que deshizo los grupos, empujando las gentes al
comedor.

Despus del almuerzo, muchos pasajeros, en vez de permanecer
arrellanados en los asientos del jardn de invierno como gentes faltas
de ocupacin, tomaron rpidamente el caf y salieron cual si fueran en
busca de algo importante. Los pupitres de los salones y del fumadero
estaban ocupados por hombres y mujeres que escriban y escriban,
teniendo ante ellos un montn de cartas cerradas con las direcciones
puestas. Por encima de sus cabezas pasaban manos rapaces, apoderndose
con profusin de sobres y pliegos. Corran los criados, no sabiendo cmo
acudir a tan diversos llamamientos. Todos pedan lo mismo: papel y
plumas.

Se interpelaban los viajeros para implorar el prstamo de un
estilgrafo. Improvisbanse escritorios entre las tazas de caf, as
como en las mesas de la cubierta y sobre los pianos. Todos haban
sentido de pronto la necesidad de escribir. Al da siguiente llegaba el
_Goethe_ a puerto, y las gentes despertaban de su ensueo azul que haba
durado diez das. Se acordaban de que exista el mundo, de que no
estaban solos en el planeta, y haba una vida ms all de la ocenica
extensin, con la que iban a ponerse de nuevo en contacto.

Los hombres se apartaban de las seoras, a las que haban cortejado
hasta entonces. Ceudos y preocupados, buscaban un rincn y mordan el
cabo del palillero ante el pliego virgen, no sabiendo cmo reanudar sus
ideas. Las mujeres parecan ms graves y silenciosas, posedas de sbito
ascetismo. Rehuan las conversaciones, como si fuesen peligrosas para su
virtud. Deseaban estar solas, y movan en este aislamiento su pluma
lentamente, con vacilaciones entre lnea y lnea, cual si temieran decir
poco o decir demasiado.

Isidro, que no haba de escribir a nadie--pues slo pensaba enviar a su
hijo una postal con grupos de negros al bajar a tierra--, contempl
irnicamente esta fiebre grafomnica. Qu de embustes sobre el papel;
historias fingidas a ltima hora para llenar pliegos, sin que se
trasparentase la verdad! Qu de juramentos de eterno recuerdo, cuando
los pobres recuerdos de tierra no haban salido de los equipajes y en
ellos permanecan encogidos, cual prendas sin uso, mientras el olvido y
el afn de placer sin consecuencias se haba enseoreado del buque!...
Maltrana pens que si toda esta avalancha de mentiras se solidificase
repentinamente, el pobre _Goethe_ se ira al fondo no pudiendo resistir
tan enorme peso.

Entre los que escriban estaba Ojeda. Inclinado sobre un velador del
jardn de invierno, iba llenando pliegos, lo mismo que en la vspera de
la llegada a Tenerife. Pero ay! su carta era ahora un trabajo literario
y reflexivo. Los recuerdos venan a interrumpir su escritura, como la
otra vez; pero estos recuerdos no evocaban dulce melancola, sino
vergenza y remordimiento.

Once das escasos haban transcurrido entre las dos cartas. Qu de
sucesos!... Qu de traiciones y vilezas! Senta dudas sobre su
personalidad: crea que durante este tiempo se haba verificado en l un
prodigioso desdoble. Ya no era el mismo que de todo corazn lanzaba
sobre el papel los apasionados juramentos de la pareja wagneriana.
Alejados el uno del otro, quin nos separar?... Estas palabras
hacan levantarse en su recuerdo, como testimonio de infidelidad, varias
figuras de mujer: Maud, Mina, aquella Nlida que rondaba por cerca de
l, que asomaba a la ventana inmediata su rostro insolente y le haca
seas con los ojos, con los labios, para que saliese cuanto antes.

Afortunadamente, la proximidad de la tierra iba a desvanecer esta
embriaguez voluptuosa del Ocano que le haba mantenido en amable
inconsciencia.

El recuerdo de Teri, adormecido durante el viaje, resurga ms vigoroso,
con mayor relieve, abultado por la luz exageradora del remordimiento. Y
este remordimiento pareca aadir un nuevo incentivo a su amor. Era algo
semejante al sacrilegio o al parentesco, que sazonan ciertas pasiones
con el acre y atractivo perfume de lo prohibido y lo monstruoso.

Al sentir intranquila su conciencia, adoraba a Teri mucho ms que cuando
poda contemplarla sin miedo frente a frente. La quiero--pens--como no
la he querido nunca. La traicin y la necesidad de hacerse perdonar dan
un inters nuevo al amor. Son como salsas picantes que renuevan el gusto
de un plato conocido... Ah, pobre Teri engaada, que tal vez no se
enterara nunca de estas infidelidades! l iba a expiar sus delitos
adorndola con mayor vehemencia; iba a vivir en su imaginacin una luna
de miel ideal, rodendola de todos los esplendores de un culto, como el
pecador que se prosterna agradecido ante la imagen que perdona y le mira
con ojos de misericordia.

Fortalecido por tales propsitos, sigui escribiendo con ms soltura e
ingenuidad, como si fuese el mismo hombre de diez das antes y esta
carta igual a la que haba enviado desde Tenerife. Pero no era el mismo;
vease obligado a reconocerlo. Sus pecados le ligaban a aquel buque, y
mientras no saliese de l, seran intiles sus esfuerzos para volver al
pasado.

Cada vez que huan sus ojos del papel, encontraban una sombra en la
ventana. Era Nlida que se aproximaba con su sonrisa audaz, sin miedo a
la curiosidad de las gentes. Tosa para indicar su impaciencia; mova
los labios, adivinndose en ellos las mudas palabras de admirativa
pasin: Dueo mo... viejo... mi negro!.

Intiles estos llamamientos. El continuaba su carta con la memoria
ocupada por el recuerdo de Teri, pero esto no le impeda, por costumbre
o por honradez profesional, el contestar con sonrisas y movimientos de
cabeza a las caricias silenciosas de Nlida.

Fatigada sta de la inmovilidad de Ojeda, acab por apartarse de la
ventana, yendo hacia el avante del paseo, donde estaban Isidro y el
doctor Zurita.

Miraban el horizonte como si esperasen ver tierra. Amrica! Pronto
veran Amrica!... El doctor hablaba de esto con cierta emocin. Haca
das que el buque costeaba su amado continente, pero de muy lejos. Ahora
se aproximaba a l, pero no se vera tierra hasta muy entrada la
noche... Y a la maana siguiente, la baha de Ro Janeiro.

Nlida, que se haba aproximado a los dos hombres, saludndolos con un
leve movimiento de cabeza, miraba al doctor. Muy simptico el viejo!
Para ella, todos los hombres eran simpticos. Deba haber sido en su
juventud un buen mozo. Su hijo mayor tambin lo era. Lstima grande que
le gustasen tanto las coristas de la opereta y slo supiera hablar de
Pars, como si en el resto del mundo no existiesen mujeres.

Zurita salud a la joven con un gesto de antiguo galn y no se ocup ms
de ella. Interesante la muchacha!... Pero l tena su familia a bordo,
sus nias y cuadas, y deseaba evitar a todas ellas relaciones de
amistad que podan ser peligrosas.

Sigui hablando el doctor bajo la mirada vaga de Nlida, que no entenda
gran cosa de la conversacin de los dos hombres.

--Yo me imagino, _che_, lo que debieron sentir aquellos espaoles al
distinguir la primera isla... La alegra con que Rodrigo de Triana, el
marinero de Coln, debi lanzar el grito de Tierra!.

Maltrana intervino con cierto orgullo al poder lucir sus conocimientos
delante de Nlida. Adems, su triunfo oratorio haba desarrollado en l
un deseo vehemente de hacer sentir a todos la autoridad y el peso de sus
palabras.

--Hay error en eso que dice usted, doctor, y que es lo que dice
igualmente casi todo el mundo. Ni el que descubri primero la tierra de
Amrica se llam Rodrigo de Triana, ni fue marinero de Coln.

Con tal nombre no figuraba ningn tripulante en el primer viaje. Quien
dio el grito del descubrimiento era un tal Rodrguez Bermejo, natural de
Sevilla, y sin duda el Almirante, al hablar de l, convirti el
Rodrguez en Rodrigo, y aadi el Triana por haber vivido en dicho
barrio. Entre la gente de mar era muy frecuente la desfiguracin de
nombres por apodos y por el lugar de nacimiento. Adems, Juan Rodrguez
Bermejo no fue marinero de la nao _Santa Mara_, que montaba el
Almirante, sino de la carabela _Pinta_, mandada por Pinzn, que iba
siempre a la cabeza de la escuadrilla por ser la ms velera.

--Fue la _Pinta_ la que avist, a las dos de la maana, la isla de
Guanahan, y Rodrguez Bermejo el que dio el grito de Tierra!....
Pero Coln, al volver a Espaa, dijo que era l mismo quien a las diez
de la noche, o sea cuatro horas antes, haba visto una luz como una
candelica subiendo y bajando, y que esta luz proceda de la isla. Hay
que tener en cuenta que el Almirante estaba entonces a unas catorce
leguas de la isla, y sta es completamente baja, sin una colina.
Imposible verla a una hora en que la _Pinta_, que iba navegando muy por
delante, no haba alcanzado todava a distinguir tierra. La luz fue
indudablemente la de la bitcora de la carabela de Pinzn, que avanzaba
entre la nao del Almirante y la isla todava lejana.

Call un momento Isidro, gozndose en la curiosidad del doctor, que le
escuchaba muy atento.

--El resultado de todo esto--continu--fue una gran injusticia. Los
reyes haban prometido un premio de diez mil maravedes al primero que
descubriese tierra, y Coln, que no perdonaba provecho, se atribuy
dicha suma, fundndose en lo de la candelica. Pinzn, que poda
atestiguar la verdad, acababa de morir; y el pobre Rodrguez Bermejo, al
verse injustamente despojado por el grande hombre, sin que nadie
atendiese sus quejas, sinti tal desesperacin que se pas al frica y
reneg de la fe cristiana, hacindose moro. ste fue el final del
primero que con sus ojos vio la tierra americana.

El doctor Zurita estaba pensativo.

--De suerte, _che_--murmur--, que la vida civilizada de nuestro
hemisferio empieza por una injusticia, por un acto de favoritismo, por
el abuso de un mandn.

Maltrana asinti: as era. Y el doctor sonri maliciosamente, como si
despus de saber esto comprendiese mejor la historia del Nuevo Mundo.




XI


Al detenerse el trasatlntico, despus de tantos das de marcha, una
sensacin de extraeza pareci circular por todo l, desde la quilla a
lo alto de los mstiles.

Fue poco despus de la salida del sol, y todos los pasajeros, aun los
menos madrugadores, despertaron casi a un tiempo, con el mismo
sobresalto del que experimenta una dificultad repentina en sus rganos
respiratorios.

Habituados al suave balanceo de la cama, al movimiento de pndulo de las
ropas colgantes, al desnivel alternativo del piso, al escurrimiento de
los objetos sobre mesas y sillas, como algo natural de esta existencia
ocenica, sintieron todos cierta angustia viendo entrar cuanto les
rodeaba en rgida inmovilidad. El odo, acostumbrado al roce incesante
de las espumas en los costados del buque, al estremecimiento de la
atmsfera cortada por el impulso de la marcha, al lejano zumbido de las
mquinas extendiendo su vibracin por los muros y tabiques del
gigantesco vaso de acero, acoga ahora con extraeza este silencio
repentino, absoluto, abrumador, como si el buque flotase en la nada.

Adivinbase la presencia, ms all de los tragaluces de los camarotes,
de algo extraordinario. El aire era menos puro, sin emanaciones salinas,
con bocanadas de agua en reposo que olan a marisco en descomposicin, y
junto con esto un lejano perfume de selva brava.

Corri la gente a las cubiertas casi a medio vestir, y sus ojos,
habituados al infinito azul, tropezaron rudamente con la visin de las
tierras inmediatas, costas negras cubiertas hasta la cima de bosques
lustrosos, de un verde tierno, como si acabase de lavarlos la lluvia.

A ambos lados del buque alzbanse las montaas que guardan la entrada de
la baha de Ro Janeiro. A popa, el mar libre quedaba casi oculto
detrs de unas islas peascosas con faros en sus cumbres. Frente a la
proa, la baha enorme estaba enmascarada por el avance de pequeos cabos
que parecan cerrar el paso.

Contemplaba la gente el paisaje con la avidez de un descubridor que tras
larga navegacin alcanza una tierra desconocida, admirando la
frondosidad de los bosques tropicales, la forma original de las
montaas, todas ellas de bizarros contornos. Parecan bocetos de una
estatuaria monstruosa derramados junto al Ocano, restos del jugueteo de
unas manos gigantescas que se hubiesen entretenido en amasar tierras y
rocas. Unas alturas eran cnicas, de regular esbeltez; otras evocaban la
imagen de una nariz colosal, de una frente con pestaas, de un mentn
voluntarioso.

Estos perfiles se prestaban a diversas combinaciones imaginativas, como
las nubes de una puesta de sol. Algunos pasajeros conocedores de la
baha enseaban a los dems el hombre que duerme: una sucesin de
cumbres y mesetas que en su conjunto imitan el contorno de un gigante
entregado al sueo, con la cara en alto.

Semejantes por sus formas al titubeante ensayo de una Naturaleza en
estado de infantilidad o a las primeras intentonas artsticas de un
cerebro primitivo, estas montaas eran de un basalto negruzco, que traa
a la memoria la corteza rugosa de la higuera o la dura piel del
elefante. Entre los bloques, all donde se haba amontonado un poco de
humus, elevbase triunfador el bosque tropical, compacta masa de intensa
verdura--rayada de blanco por los troncos de los rboles--que invada
todas las pendientes, desde las riberas, en cuyas rocas peinaba el mar
sus espumas, hasta las cumbres, rematadas por torres de viga y
baluartes fortificados.

El cocotero y la palmera daban al paisaje un tono de exotismo para la
mirada de los europeos. Acostumbrados al pino parasol de las bahas
mediterrneas y a los abetos de los puertos del Norte, saludaban con
entusiasmo esta vegetacin exuberante, que evocaba en su memoria
antiguas lecturas de viajes, hazaas de aventureros, chozas de bamb,
saltos de fieras, bailes de negros. Era Amrica tal como la haban
soado: al fin iban a sentar el pie en el nuevo continente... Y el
pltano grcil, coronado por el amplio surtidor de sus hojas barnizadas,
extendase por todo el paisaje, formando grupos en torno de las blancas
construcciones de la playa, remontando los caminos en doble fila,
tendindose sobre las mesetas en apretados bosques, festoneando las
cumbres con la esbeltez de su tallo, que le haca destacarse sobre el
cielo lo mismo que el estallido de un cohete verde.

El vapor permaneci inmvil algn tiempo, esperando la llegada del
prctico. Nadie alcanzaba a ver la ciudad, oculta detrs de los
repliegues del terreno. Una neblina roja flotando a ras del agua
ensombreca el ltimo trmino de la baha enorme, comparable a un mar
interior oprimido entre montaas.

Los que haban presenciado poco antes la salida del sol, recordaban
admirados el espectculo. Era un astro de monstruosas proporciones,
hasta parecer distinto al del otro hemisferio, inflamado al rojo blanco
y que lo incendi todo con su presencia: aguas, tierras y cielo. La
aparicin haba sido rpida, fulminante, sin el anuncio de nubecillas
rosadas ni gradaciones de luz, sin asomar poco a poco su esfera, como en
los amaneceres del viejo mundo. Se haba roto el horizonte en llamas lo
mismo que en una explosin, surgiendo el astro cielo arriba, cual un
proyectil inflamado, para no detenerse hasta que su reflejo traz una
ancha faja de resplandor sobre las aguas de la baha. Y de esta faja,
que ondulaba como el galope de un rebao luminoso, escapbanse
fragmentos de oro al encuentro del buque, se deslizaban por sus flancos
y huan entre las espumas de las hlices, puestas de nuevo en
movimiento.

Brillaban los peascos de basalto, semejantes a bloques de metal;
centelleaban, cual si fuesen proyectores elctricos, los tejados y los
vidrios de las casas de la playa; los bosques despedan luz: cada hoja
era un espejo. Los remates de las torres y los mstiles de los buques
anclados en la baha serpenteaban como espadas gneas por encima de la
niebla.

Avanz el _Goethe_ con majestuosa lentitud, partiendo las aguas de
fuego, deslizndose ante las pendientes boscosas, cuyo verdor estaba
interrumpido a trechos por unas fortificaciones viejas, de teatral
inutilidad. Las bateras modernas, ocultas en el suelo, apenas si se
delataban por las gibas de sus cpulas movibles.

Las magnificencias interiores de la baha iban desarrollndose ante la
muchedumbre agolpada en las bordas del trasatlntico. Aparecan entre
los cabos de basalto coronados de vegetacin extensas playas con
pueblecitos de color rosa y torres de iglesia blancas, rematadas por una
cpula de azulejos. Estas construcciones, que recordaban por sus formas
la originaria arquitectura portuguesa, adquiran un aspecto criollo con
el adorno del cocotero, el banano y otras plantas tropicales formando
bosques en torno de ellas.

Una ciudad flotante pareci surgir del fondo de la baha segn avanzaba
el _Goethe_, elevando sobre la inmensa copa azul las lneas obscuras de
sus chimeneas, mstiles y cascos. Eran construcciones monstruosas
erizadas de caones, acorazados de color verdoso ligeros avisos, buques
mercantes de todas las banderas. Por las calles y encrucijadas de esta
urbe flotante que descansaba sobre sus anclas pasaban y repasaban,
diminutos y movedizos como insectos acuticos, botes y lanchas de
diversos colores, con penachos de humo, velas izadas, o movindose
solos, sin un propulsor visible.

Comenzaron a verse fragmentos de la gran ciudad. El ncleo principal
ocultbanlo unas colinas, pero por detrs de ellas asomaron, cual
blancos tentculos, los bulevares vecinos al mar, las luengas barriadas
que la ponen en contacto con los pueblos inmediatos. Frente a Ro
Janeiro, en la ribera opuesta de la baha, alzbase otra ciudad blanca,
Nictheroy. Envibanse las dos, por encima de la enorme extensin azul,
el centelleo de sus techumbres y vidrieras, convertidas por el sol en
placas de fuego. Unos vapores iguales a casas flotantes iban de una a
otra orilla, estableciendo la comunicacin entre ambas poblaciones.

As como avanzaba el trasatlntico, parecan despegarse de las costas
jardines enteros con vistosas construcciones; colinas que sustentaban
cuarteles y fuertes; pedazos de roca lisa sobre cuyo lomo de elefante se
redondeaban las cpulas de una batera. Eran islas separadas de la
tierra firme por estrechos canales. En otros sitios se introduca el mar
tierra adentro, formando hermosas ensenadas con paseos frondosos y
blancos palacios en sus bordes. Desde el buque alcanzbase a ver el paso
veloz de los automviles por estas riberas.

Los pasajeros conocedores de la ciudad iban sealando en las montaas
ms abruptas unos rosarios de hormigas que rampaban entre la obscura
vegetacin: tranvas funiculares, de una pendiente casi vertical;
vagones colgantes que escalaban las cumbres de bizarras formas,
puntiagudas como agujas, corcovadas cual una joroba gigantesca,
enhiestas y finas lo mismo que un minarete o un hierro de lanza.

Iba aproximndose el _Goethe_ a la ciudad. Apareci sta detrs de dos
islas coronadas de palmeras, avanzando sus primeras casas entre pequeas
colinas en forma de panes de azcar. Las construcciones destacaban sus
fachadas de un rojo veneciano o amarillas sobre la masa obscura de los
jardines. Navegaba el trasatlntico en aguas pobladas de reflejos. Los
buques y los edificios se reproducan invertidos en su profundidad.
Ondulaban en este espejo los mstiles y las arboledas, como serpientes
de varios colores. El _Goethe_, al avanzar, rompa en mil pedazos este
mundo fantstico, y los fragmentos de buques y casas alejbanse en los
repliegues de las temblonas aguas, sobre las cuales aleteaban las
gaviotas.

Rompi a tocar la msica del trasatlntico una marcha de belicosa
trompetera. Los pasajeros del castillo central admiraban los
esplendores de la baha. La muchedumbre emigrante, amontonada en la proa
y la popa, gritaba sin saber por qu, deseando exteriorizar su alegra,
saludando con una explosin de vtores, bramidos y silbidos a los buques
inmviles que quedaban atrs del _Goethe_. Y en las cubiertas de estas
naves, los tripulantes, arremangados, interrumpan las faenas de la
limpieza para responder al popular saludo con un gritero idntico. En
torno al trasatlntico comenz a evolucionar un enjambre de vaporcitos y
lanchas automviles con gentes ansiosas de subir a su cubierta.
Cruzbanse entre ellas y los de arriba gritos de saludo, agitaciones de
pauelos.

Se despedan los compaeros de viaje con generosos ofrecimientos, a
pesar de que unos y otros tenan la certeza de no verse ms. Cambibanse
tarjetas con profusin. Los caballeros brasileos besaban las manos de
las damas, inclinndose por ltima vez con solemne cortesa. Ofrecan
sus casas en remotos lugares del interior, y los que continuaban el
viaje sonrean agradecidos, cual si pensasen hacerles una visita dentro
de breve plazo.

Todos se haban vestido trajes de calle, lo mismo los que se quedaban en
Ro Janeiro que los que seguan la navegacin. Estos ltimos eran los
ms impacientes por bajar a tierra. Tenan las horas contadas para
visitar la ciudad, y el retraso del buque en acercarse al muelle era
acogido por algunas mujeres con pataleos de impaciencia, como si
temiesen no desembarcar a tiempo y que la mgica urbe de belleza
tropical se desvaneciese de pronto.

As como el trasatlntico avanzaba tierra adentro, cada vez con mayor
lentitud, hacase sentir un calor hmedo, asfixiante. Ya no soplaba la
brisa del Ocano libre, aumentada por la velocidad de la marcha. El
buque, casi inmvil, caldebase con la temperatura de aquel pedazo de
mar encerrado entre montaas. Y todos pensaban en lo que sera este
calor cuando bajasen a tierra. Los cuellos almidonados y brillantes
empezaban a reblandecerse; las manos enguantadas sufran el tormento del
encierro. Muchos empezaban a arrepentirse de su afn de acicalamiento,
que les haba hecho sustituir los blancos trajes de a bordo con otros
ms elegantes pero calurosos.

Ojeda encontr a Nlida que vena en busca de l; pero una Nlida casi
desconocida, con gran sombrero cargado de flores y un traje vistoso. Era
la primera vez que la vea as. Le gustaba ms la otra, la de la cabeza
descubierta, la blusa blanca o el kimono suelto. Encontraba ahora en
ella un aire torpe de burguesilla endomingada.

Pero la joven, sin adivinar estos pensamientos, aprovech el desorden de
la cubierta para repetir una vez ms su seduccin. Si Fernando quera,
an era tiempo. Guardaba ella en un bolso pendiente de la diestra su
dinero, sus alhajillas, todo lo de algn valor que poda servir para la
fuga. l no tena ms que ordenar que echasen su equipaje a tierra:
Nlida abandonara gustosa el suyo. Les era fcil escabullirse en la
confusin del desembarco.

Ojeda, en vez de contestar afirmativamente, pareca compadecerse de
ella, con la misma conmiseracin que si fuese una enferma. Ah, cabeza
loca!... Bastante la haba hablado en la noche anterior para hacerla
comprender lo absurdo de su proposicin. Luego se haba marchado
cabizbaja, sin invitarle a que la siguiese a su camarote y sin mostrar
deseos de ir al suyo, con visible mal humor, pero convencida en
apariencia. Y ahora, despus de una noche de reflexin, tornaba con las
mismas proposiciones, como si en su pensamiento movedizo no pudiese
abrir surco el consejo ajeno.

--Si t no quieres--insisti ella con enfurruamiento--, si te niegas a
acompaarme, huir sola. No te necesito: empiezo a conocerte. Un
egosta... como todos.

Exaltndose con sus propias palabras, le mir hostilmente y aproxim su
rostro a l, como si le costase trabajo emitir la voz, enronquecida de
pronto.

--No me quieres. No me has querido nunca. Te has burlado de m... Y yo
que te crea distinto a los dems!... Ah, si estuvisemos solos!... Si
estuvisemos solos!

Oprimi convulsivamente el puo de la sombrilla que le serva de apoyo,
mientras un fulgor de acometividad pasaba por sus ojos. Resurgi en ella
la educacin de los primeros aos. Era la nia de estancia, acostumbrada
a presenciar las peleas de los peones y las crueles hazaas de su
hermano.

Pero no tard en arrepentirse de su clera. Era demostrar tristeza y
despecho por la negativa de aquel hombre. Prefiri rer, con una risa
forzada, insolente, despectiva.

--Adis. No me hables ms; como si nunca nos hubisemos conocido... La
culpa la tengo yo, por haberte hecho caso.

El despecho la hizo olvidarse de quin haba sido el primero en desear
la aproximacin. Ella slo poda imaginarse a los hombres marchando
suplicantes tras de sus pasos y diciendo la palabra inicial. Se apart
de Ojeda con gesto pensativo, buscando un insulto que conoca de muchos
aos antes, tal vez desde que aprendi a hablar, pero del cual no poda
acordarse. De pronto, sonri con pueril expresin de venganza.
Gallego!... Y le volvi la espalda orgullosa de este saludo de
despedida.

Fernando se encogi de hombros, satisfecho y molesto al mismo tiempo.
Llegaba la deseada liquidacin de su vida ocenica. Haba bastado que el
buque se aproximase a tierra, para que se rompiesen por s solas todas
las relaciones establecidas en el curso de la navegacin. Nlida hua;
la pobre Mina se ocultaba, como si experimentase mayor vergenza que l;
Maud apenas era un vago recuerdo...

Pas la norteamericana varias veces junto a l, sin reparar en su
persona, y hasta lo empuj en una de estas evoluciones. Iba trmula, de
un costado a otro del buque, erguida dentro de un elegante vestido de
viaje, flotando sobre su espalda un largo velo y agitando un pauelito
en la diestra. Sonrea a un bote automvil que evolucionaba en torno al
trasatlntico. En la popa de aqul estaba sentado un buen mozo con
pantalones de franela blanca, sombrero de paja y una flor en la solapa
de su americana azul. Ojeda lo reconoci, recordando la fotografa
entrevista una vez: era mster Power.

Acababa de detenerse el buque, bajando su escala para recibir a los
empleados del puerto encargados de revisar sus papeles. Aparecieron en
las cubiertas varios marineros mulatos o blancos, pero todos por igual
de obscura tez y extremadamente enjutos de carnes. Eran la escolta de
los funcionarios del puerto. Saludaron stos a la oficialidad del buque
con grandes curvas de sus chapeos de paja, y entraron luego en el
comedor, donde estaban extendidos los documentos entre botellas de
cerveza hamburguesa.

Con estos brasileos subieron muchos de los que esperaban en los botes.
Ojeda vio que Maud se abalanzaba hacia la escalera de los salones.
Mster Power entr al mismo tiempo en la cubierta, con toda la lozana
de su atltica belleza, para recibir, conmovido y ruboroso, el abrazo
violento de la seora, que casi se colg de su cuello. Llovieron besos
sobre su bigote recortado, besos ruidosos que a Fernando le pareci que
iban dedicados a su persona con una intencin maligna. Finga no verle;
estaba de espaldas a l, pero no por esto ignoraba su presencia.

Esta mujer!...--exclamaba Ojeda mentalmente--. Qu mal le he hecho
yo? Por qu ese deseo de hacerme rabiar, como si quisiera vengarse de
algo?...

Sorprendi una rpida mirada de ella, pero no pudo ver ms. Mrs. Power
tiraba de su marido. Ah, su grandote, su grandote adorado! Las cosas
que tena que contarle!... Y desaparecieron en apretado grupo, con
direccin al camarote, como si a ella faltase el tiempo para dar sus
noticias al hermoso hombretn que la segua con ojos admirativos y
sumisos.

Otra que se marchaba odindole, pero sin quejas ni reclamaciones. Adis
para siempre!... Que fuese muy feliz!

La voz de Maltrana son detrs de l respondiendo a su pensamiento.

--No me negar usted que ha sido una escena tiernsima. Que manera de
dar besos tiene esa seora!... Y el simptico _mister_ tranquilo y
dichoso, sin ocurrrsele que en uno de estos buques, en mitad del
Ocano, pueden suceder muchas cosas.

Vio iniciarse un gesto de desagrado en la cara de su amigo por la
imprudencia de tales palabras, y se apresur a cambiar de conversacin,
fijndose en el hombre lgubre, que estaba a pocos pasos de ellos
contemplando la ciudad.

--Mrelo... tan tranquilo, como quien no teme nada. Pero toda su calma
debe ser pura comedia; por dentro quisiera yo verle. Debe temer que le
echen el guante de un momento a otro. Aquel bote de la Aduana con
marineros y soldados viene seguramente por l... Siento mucho no
presenciar la escena; resultar interesante la apertura del camarote
misterioso... Pero el deber es el deber, y apenas toquemos en el muelle
me lanzo a tierra con los mos.

Se contemplaba de los pies a los hombros, satisfecho de su aspecto,
enfundado en un traje de lanilla negra, que le haca sudar, ocultas las
manos en guantes obscuros y sosteniendo en una de ellas un saquito de
viaje.

No era este equipo el ms cmodo para bajar a la calurosa ciudad de Ro
Janeiro; pero el honor, as como impone sus exigencias, tiene igualmente
sus uniformes, y el juez supremo de un encuentro estaba obligado a
presentarse con el ceremonial propio de su grave investidura. En el
saquito de mano llevaba las dos armas que haba podido juntar para el
combate, despus de largas rebuscas y comparaciones entre los revlveres
de los pasajeros.

Los otros padrinos, que se vean mezclados en un duelo por vez primera,
no le ayudaban en nada, alegando su ignorancia. Isidro, a ltima hora,
dudaba de su trabajo. Tal vez resultase el encuentro algo en desacuerdo
con las reglas; pero el tiempo apremiaba, slo podan disponer de unas
horas, y l haba hecho todo lo que crea oportuno. La busca de lugar
para el combate era lo que ms le preocupaba en esta tierra desconocida.
Unos muchachos argentinos, recordando sus paseos por Ro Janeiro al ir a
Europa, se ofrecan a guiarle a cambio de presenciar el duelo.

Algunos pasajeros, reparando en Maltrana y su fnebre aspecto, le
pedan noticias. Pero decididamente iban a llevar adelante aquella
locura?... La proximidad de la tierra pareca devolver el buen sentido a
las gentes. Otros, que haban admirado el da anterior estos
preparativos de muerte, se rean ahora de ellos. La mayora no se
acordaba del suceso. Toda su atencin se concentraba en el deseo de
pisar cuanto antes aquella tierra maravillosa, para comprar flores,
comer frutas frescas y tomar asiento en un caf de la Avenida Central,
viendo caras nuevas.

Uno de los testigos, comerciante alemn, sentase influenciado de pronto
por la opinin de los ms, y apelaba al buen sentido de aquel seor que
hablaba en pblico con tanto xito. Seor Maltrana: no era absurdo que
dos hombres de bien como ellos se prestasen a esta niada peligrosa?...
No estaban a tiempo para que los adversarios escuchasen una buena
palabra?... A l le obedecera su compatriota, representante de una
casa honorable, que no poda comprometer su prestigio y sus muestrarios
en locuras impropias de la seriedad comercial. Que el orador, con su
poderosa labia, se encargase de convencer al belicoso barn.

Deban bajar juntos, pero solamente para almorzar en un buen hotel,
dndose explicaciones a los postres los dos rivales; y l, por amor a la
buena amistad y la concordia, ira hasta el sacrificio, pagando el
champn a toda la compaa... Pero el seor Maltrana cerraba los odos a
tales intentos de seduccin. Adems, el belga no cejaba en su guerrera
tenacidad.

Un joven argentino iba desde el da anterior detrs de Maltrana,
participando con cierta admiracin en sus preparativos, ayudndole en la
busca de las armas, consultando a los camaradas que conocan los
alrededores de Ro Janeiro para escoger el lugar del combate. Nunca
haba presenciado duelos, y mostraba gran inters por ver uno de cerca.

Nacido en una provincia del interior, con la tez algo cobriza, las cejas
en ngulo y el pelo duro y espeso, el amigo Gmez, como le llamaba
Isidro con su fraternal exuberancia, mostraba un entusiasmo
reconcentrado al hablar de armas y peleas. Aunque vesta a la ltima
moda, con minuciosa correccin, repitiendo los gestos y frases
aprendidos durante un ao de gran vida europea, este _gentleman_ de tez
amarillenta se pona de color de ladrillo y le brillaban los ojos
siempre que giraba la conversacin sobre actos de valor, y escenas de
muerte, como si resucitase en su sangre la acometividad de los abuelos
espaoles y de los abuelos indgenas, entreverados en luengos siglos de
peleas.

Haba odo muchos tiros y visto caer algunos cadveres. Por tradiciones
de familia se mezclaba all en su provincia en las cosas de la poltica.
Cada eleccin era una batalla. Los peones iban a votar en cuadrilla
detrs de l con el revlver o el cuchillo al cinto. Insultaban los del
gobierno: intervena la polica en favor de stos; descarga general de
una parte y de otra; muertos que se desplomaban sobre la urna de la
eleccin, balazos curados secretamente en un rancho apartado, sin
intervencin de mdicos y de jueces... y hasta la otra!... l saba con
qu gestos mueren los hombres; pero desafo tal como aparece en comedias
y novelas, no haba visto ninguno, y senta impacientes deseos de
presenciar esta ceremonia mortal, respetndola de avance como algo
misterioso, de imponente liturgia, digno de asombro cual todas las cosas
extraordinarias que haba admirado en Europa. Por esto agradeca los
ademanes protectores de Maltrana, su promesa de llevarle con l para que
presenciara el encuentro en lugar preferente, sin perder detalle.

Acab de detenerse el _Goethe_ junto a un amplio muelle lleno de gento.
Entre las familias que esperaban a los pasajeros, vestidas todas de
colores claros y con sombreros de paja, destacbanse algunos grupos de
cargadores negros, que eran objeto de admiracin para los nios y
criadas de a bordo. El muelle estaba cerrado por una verja, detrs de la
cual formbanse en filas los automviles de alquiler esperando a los
desembarcantes. La Avenida Central abra en ltimo trmino su amplia
perspectiva, con edificios de diversos estilos rematados por torres
puntiagudas, y aceras de pedernales blancos y negros formando mosaico.

Empujronse los viajeros en las inmediaciones de la escala, que
descansaba ya sobre el muelle. Todos queran salir a un tiempo, como si
a sus espaldas se desarrollase un peligro, y apenas pisaban tierra
llambanse unos a otros, formando grupos. Caminaban con lentitud, cual
si extraasen el suelo firme, aceptando inmediatamente las ofertas de
los guas y los conductores de automviles. Sentan un ansia de novedad,
de verlo todo de una vez, como descubridores que acabasen de abordar a
una tierra desconocida.

Disponan de poco tiempo. Junto a la escala, el mayordomo y los
camareros repetan a los fugitivos que el buque iba a partir a las doce
en punto: ni un minuto de retraso.

Ojeda se vio solo en el muelle. Casi todos los pasajeros estaban ya en
la Avenida. Isidro haba salido de los primeros, con la gravedad de un
notario, vestido de negro, sin soltar el bolso, volviendo la cabeza para
recontar su gente: los adversarios, los padrinos, el amigo Gmez en
clase de protegido suyo y dos jvenes argentinos agregados a la partida
con el carcter de espectadores. Haban ocupado tres automviles,
saliendo en fila a toda velocidad, piloteados por Gmez, que sealaba el
rumbo desde el pescante del primer vehculo. A morir los caballeros!...

Acept Fernando los ofrecimientos de un chfer mulato, y fiado a su
capricho, emprendi una excursin por Ro Janeiro. Casi tendido en el
automvil contempl el desfile de calles y paseos, que volvan ahora a
su memoria como vagas imgenes de viajes anteriores, pero con grandes
reformas.

Corri la Avenida, poco concurrida a aquella hora matinal. Sus
preocupaciones de europeo le hicieron sentir extraeza al ver junto a
los negros mal pergeados y las negras hinchadas, de jeta monstruosa,
con un pauelo arrollado sobre la cabeza crespa, otros de la misma raza
vestidos elegantemente, moviendo con petulancia su bastn y con una flor
en la solapa. Damas de idntico color ostentaban las ltimas modas de
Pars, balanceando con orgullo las caderas y sus enormes vecindades,
avanzando el belfo desdeoso bajo el ala de un sombrero floreado.

Luego pas por las avenidas de Bota Fuogo y Beira-Mar, viendo a un lado
el terso azul de las ensenadas y al otro palacios y hoteles modernos con
sus jardines de tropical vegetacin, en los que predominaba la hoja
ancha y abaniqueante. De vez en cuando abranse en estas masas de
construcciones recientes calles angostas con una doble fila de palmeras.
Extendan sus plumajes a una altura tres o cuatro veces mayor que la de
los edificios, rectas como los fusteles de una columnata, alineadas lo
mismo que una tropa de soldados viejos, y ofreciendo en el fondo la
rpida visin de un palacete de lctea blancura.

Otras veces era una iglesia la que apareca igualmente blanca, de una
alba intensidad, slo comparable a la de la espuma, con caperuza de
tejas verdes y azules, y en torno de ella grciles palmeras y rosales
gigantescos.

Fernando, ante estos vestigios de la poca del Imperio, evocaba en su
imaginacin el tpico caballero del Brasil tradicional, tal como lo
haba visto en libros y grabados: galante en sus maneras, sentimental y
potico como un lusitano, la cara enjuta y plida, con ancha perilla,
sudando bajo la levita negra y el cilindro lustroso del sombrero de
copa, un quitasol bajo el brazo y unos pantalones blancos de hilo por
toda concesin al clima de su pas esplendoroso.

El automvil lo llev hasta una playa a travs de desfiladeros y tneles
perforados en el basalto, despus de los cuales reapareca el casero.
Sigui caminos abiertos en cornisa entre la baha luminosa y unas
pendientes casi verticales cubiertas de bosques de un verde metlico.
Atraves suburbios poblados por gente de raza africana, en los cuales el
sonido de la trompa haca asomar a las puertas unas negras enormes,
tetudas, encorvadas por el volumen de sus vientres colgantes, y haca
correr tras de las ruedas un sinnmero de pequeos diablos desnudos, con
la cabeza como una bola de estopa aceitosa, y ostentando en mitad de su
abdomen el ombligo en relieve igual a un botn.

Pas Ojeda mucho rato en el Jardn Botnico, admirando las gigantescas
palmeras. Resquebrajadas por una larga vida, sonoras al golpe lo mismo
que columnas huecas, iban saltando cual escamas de vejez los ramajes
secos y las cortezas, con un estrpito agrandado por la altura del
desplome. La proximidad de una montaa, cerrando el paso a toda brisa,
haca ms intenso el calor.

Huy sudoroso de este invernculo, y otra vez le llev el automvil a la
Avenida como si diese por agotadas las novedades de la ciudad. El chfer
hablaba de los hermosos alrededores, se ofreca para llevarle a Tijuca,
ponderando la maravillosa frondosidad de sus bosques.

En la terraza de un caf se agit una sombrilla con movimientos de
saludo. Luego, dos personas abandonaron una mesa, corriendo hacia el
automvil, que se detuvo instantneamente. Eran Nlida y su hermano.

Sonri ella a Fernando, como si nada hubiese ocurrido entre los dos,
acaricindole con sus ojos. El hermano experiment una rpida simpata
por Ojeda a verle en automvil, y sonri igualmente, alabando el buen
aspecto del vehculo. Se contena para no saltar al pescante tomando
asiento al lado del conductor.

Nlida se lament de la pesadez de sus padres. Imposible ver nada con
estos viejos. Haban dado un rpido paseo por la ciudad, y all estaban,
en la terraza del caf, agobiados por el calor, hablando de volverse al
buque, sin fuerzas para emprender una nueva excursin. Y ella y su
hermano protestaban, ansiosos de verlo todo.

--Llvanos contigo--murmur al odo de Fernando.

Y sin esperar su aprobacin, dio algunos pasos hacia el caf para hablar
con sus padres, pero sin acercarse a ellos. Pap, mam: nos vamos con
el doctor Ojeda. Tampoco se tom el trabajo de escuchar su respuesta.
Dio un empujn al hermano. Anda, zonzo; trpate en el automvil al lado
del chfer. Y mientras el zonzo la obedeca, ella se sent junto a su
amante. Parti el vehculo a toda velocidad, sin que ninguno de ellos
pudiese or las recomendaciones que haca la madre, incorporada en su
asiento.

Ojeda no saba adnde ir, y consult a Nlida. A un sitio lindo,
repiti sta varias veces. Y el chfer, como si despus de tales
palabras fuese imposible una equivocacin, emprendi el camino de
Tijuca.

Ella tom una mano del amante entre las suyas, y al recostarse en el
asiento casi descans la cabeza en su hombro. Mostrbase arrepentida de
su escena en el buque pocas horas antes. Fernando conoca su carcter;
deba perdonarla. Y con este deseo de perdn, falt poco para que lo
besase en plena calle.

Pasaban junto a ellos otros automviles descubiertos con pasajeros del
_Goethe_. Pareca haberse multiplicado su nmero prodigiosamente al
fraccionarse en grupos. Casi todos los vehculos que rodaban a aquella
hora por la ciudad estaban ocupados por ellos. Se les vea igualmente en
los tranvas o estacionados en las puertas de tiendas y cafs.
Saludbanse con espontneo gozo, manoteando y gritando cual si fuesen
compatriotas que se tropezaban despus de larga ausencia.

Alarmado Fernando por estos encuentros, recomend a la joven cierta
prudencia en su actitud. Podan verlos: despus seran los comentarios
en el buque. Adems, sealaba al hermano, sentado a dos pasos de ellos,
mostrndoles la espalda, mientras intentaba asombrar al chfer con su
vasta erudicin en marcas de automviles. Pero Nlida levant los
hombros. Lo que le importaba aquel tonto! Ojal arreglase Dios las
cosas de modo que cayese del asiento y las ruedas lo convirtiesen en
papilla!...

Luego apretaba la mano de Fernando con ms fuerza, mirndose en sus
ojos.

--Viejito mo, di que me perdonas... Ay, si t quisieras! si t
quisieras!

Otra vez despert en ella el deseo de la fuga. Hablaba de esto sin
recato, como si el hermano no pudiese orla. Aquel infeliz no exista
para ella: lo despreciaba. Y sin embargo, por una contradiccin de su
carcter, senta a la vez gran miedo pensando en lo que podra decir
cuando llegase a Buenos Aires.

An estaban a tiempo. Ella imploraba la conformidad de Fernando poniendo
unos ojos suplicantes. Abandonaran al hermano con cualquier pretexto, y
ste se volvera al buque con sus padres, cansado de esperar.

Pero Ojeda acogi tales proposiciones con una sonrisa de conmiseracin.
Era una loca: intil todo esfuerzo para disuadirla. Ella apel entonces
a las lgrimas, ltimo recurso femenil; y Fernando, para distraerla,
comenz a ensalzar la belleza del paisaje. Interrumpa sus desesperadas
reflexiones con llamamientos para que fijase los ojos en la tupida
arboleda y la maravillosa vista de la baha. El remedio fue eficaz.

--No me quieres, me has engaado!--gema Nlida--. Me dejas ir al
encuentro de mi hermano. T sers responsable de lo que ocurra.

Y cuando ms afligida pareca, la vista de un arroyuelo entre las peas,
de un rbol enorme, o del mar lejano ofrecindose a travs de la
columnata de troncos, la hacan incorporarse en su asiento a impulsos
del entusiasmo y sonrer, complacida, mientras unas lgrimas retrasadas
se desplomaban de sus prpados, enrojeciendo su nariz.

El automvil haba dejado atrs los suburbios de Ro Janeiro. Suba por
un camino tortuoso, entre bosques, hacia el poblado de Boa Vista, y a
cada revuelta agrandbase el panorama y era ms fresco el viento.

A un lado de la pendiente extenda la montaa su rpido declive de rocas
obscuras, de una rugosidad paquidrmica. El humus fecundo, la
temperatura tropical, la humedad que manaba por todas partes, haban
cubierto estas laderas de prodigiosa vegetacin.

Surga de la tierra amontonada entre los bloques negros, de las grietas
y oquedades de la piedra, como si sta tuviese en aquel paisaje
maravilloso un poder de fecundidad. Estos rboles, de un verde obscuro,
eran de hojas charoladas, sin la ms tenue veladura de polvo, cual si
estuviesen recin lavados. Sus troncos no alcanzaban un dimetro grande,
ms bien parecan grciles y dbiles por su recta esbeltez y su altura
enorme. La humedad que refrescaba continuamente sus races les haca
crecer apretados como los tallos de la hierba. El ansia de recibir la
caricia del sol impulsbalos hacia arriba atropelladamente, pugnando por
sobrepasarse unos a otros. Eran a modo de hebras de una inmensa
cabellera verde.

La fuerza vital de cada rbol expandase en lnea recta, sin encontrar
espacio suficiente para ensancharse en tal aglomeracin. Los troncos,
esbeltos y altsimos, tenan en su remate una copa reducida, pero su
enorme cantidad formaba una compacta masa verde, una bveda que mantena
al suelo en perpetua sombra. Al filtrarse los rayos de sol por el
caparazn de hojas, llegaban a la tierra hmeda como varillas de oro
atravesando oblicuamente la penumbra del subterrneo.

En esta semiobscuridad movanse insectos de alas vistosas; correteaban
escarabajos de colores; desarrollaban su serpenteo los hilos de agua
rezumados por la piedra, unindose en arroyos que descendan rumorosos
por los bordes del camino. Sobre la masa uniforme del bosque elevaban
las palmeras sus alminares empenachados. Algunos troncos faltos de hojas
cubranse de colgantes pabellones de fibras, semejantes a vestiduras que
cayesen en andrajos.

Al otro lado del camino, por entre la empalizada de los troncos y las
copas de los rboles crecidos en la pendiente, mostrbanse a cada
revuelta la ciudad y la baha. Las masas de techumbres rojas y pardas
estaban igualadas por la distancia. Avenidas y calles formaban un
entrecruzamiento regular de blancas cintas. Notbase en ellas el
movimiento humano como un tenue hormigueo. A trechos lo cortaba el
rpido deslizamiento de algunos puntos brillantes: automviles y
tranvas. Emergan muchas torres sobre este casero: unas, albas o
rosadas, con caperuzas de tejas de colores; otras, de frreo y
puntiagudo casquete, con paredes de cemento. Y sirviendo de fondo al
panorama, la enorme y tranquila copa de la baha, con su terso azul
moteado de buques, orlada de blancos pueblecitos y encerrada entre
montaas negras de perfiles casi humanos.

El chfer iba mostrando con patritico orgullo las nuevas bellezas que
ofreca el paisaje a cada vuelta de su volante. Daba nombres a las
aglomeraciones de caseros y a los picos gibosos de las cumbres. Hablaba
de las bellezas de Tijuca, que an estaban por ver: la _Cascatinha_, una
cada de agua ms all del _Alto de Boa Vista_; la Cascada Grande; la
_Mesa do Imperador_, las Grutas de Agaziz, la Gruta de Pablo y
Virginia.

Nlida palmote de entusiasmo al or el ltimo nombre. Quera ver cuanto
antes este lugar. Recordaba vagamente un libro que haba ledo con el
mismo ttulo. Era una historia de amor, y esto bastaba para excitar su
curiosidad.

--Vamos a ver en seguida lo de Pablo y Virginia--exigi con su mpetu de
nia caprichosa--. Debe ser muy lindo... Yo no saba que eran de este
pas.

Lleg el automvil al Alto de Boa Vista, extensa plaza limitada por el
bosque y unas casas bajas, con jardines en el centro y un kiosco de
conciertos. Volvi el vehculo a sumirse en la penumbra de la arboleda
por un camino estrecho y pendiente. La vegetacin era ms densa, ms
salvaje, aglomerndose en los declives de barrancos y precipicios.
Pasaba el camino de una altura a otra sobre puentes de un solo arco. El
ruido del automvil haca correr vertiginosamente sobre sus cuatro
patas a extraos roedores que tomaban el sol junto a la ruta. En la
maleza adivinbase un misterioso rebullimiento de animales ocultos que
escapaban despavoridos, tronchando ramas secas y haciendo llover hojas.

Cerca de la Cascatinha, al pasar una revuelta del camino solitario,
vieron tres automviles parados, y cerca de ellos un ir y venir de
hombres. Ojeda presinti inmediatamente quines eran stos, al mismo
tiempo que el hermano de Nlida crea reconocerlos, llamndolos por sus
nombres.

Se haban tropezado con Maltrana y su tropa. Iban a caer en pleno
desafo. Fernando se puso de pie, gritando imperiosamente al chfer para
que retrocediese. Tuvo que imponer su voluntad a los dos acompaantes,
que parecan entusiasmados por el encuentro. Los agarr del brazo para
que no saltasen a tierra mientras el chfer evolucionaba penosamente en
el estrecho camino dando la vuelta.

El hermano quiso reunirse con sus amigos, como si en esta soledad
pudiesen hacerle algn obsequio. Nlida miraba ansiosamente, temblndole
de emocin las alillas de la nariz. Qu interesante!... Ver cmo se
peleaban los hombres!... Y tal vez alguno de los dos quedase herido!...
Hablaba de esto como de un hermoso espectculo que iba a perder por
culpa de Ojeda. No se le ocurri por un momento que ella poda ser la
causa original de este suceso.

Intent hacer frente a Fernando. Protestaba de sus imposiciones, y le
habl de usted, para dar mayor dureza a su protesta.

--Quiero ver todo Tijuca; quiero ir adonde vivieron Pablo y Virginia.
Acurdese de su promesa: un hombre debe tener palabra.

l contest que el buque parta a las doce, y la visita a todo el bosque
necesitaba muchas horas. En cuanto a Pablo y Virginia, ni eran del
Brasil ni la gruta tena de ellos otra cosa que el nombre.

--Yo quiero verlos...--repiti Nlida--. Eso lo dice usted por
engaarme. No me da la gana de volver a la ciudad.

Pero Ojeda se acord oportunamente del mercado de Ro Janeiro, donde
estaban a la venta toda especie de animales de los que produce el
trpico: monos de diverso pelaje, loros parleros, vistosos papagayos. La
ofreci un regalo para someterla a la obediencia: poda escoger entre
estas maravillas de la fauna brasilea. Y bast tal promesa para que,
olvidando a los que dejaba a su espalda, volviese al amoroso tuteo.

--De veras, mi viejo?... Vas a regalarme un monito pequeo... as...
as?--y achicando la distancia entre ambas manos, se imaginaba un simio
de inverosmil pequeez--. No te parece mejor un loro de los que
hablan?... Dices que me regalars las dos cosas?... Ah, mi viejito
rico... mi negro!

Y como estaban en pleno bosque, se fue sobre Ojeda, besndolo a espaldas
del hermano.

La rpida aparicin del automvil en las inmediaciones de la Cascatinha
haba producido cierta alarma en Maltrana y sus compaeros. El testigo
pacificador, que tanto haba rogado a Isidro para impedir el lance,
sinti gran miedo y no menor contento al notar la llegada del automvil.
Sin duda era la polica, que, avisada por alguien del buque, vena a
sorprenderlos. Y lo mismo pensaron los dems.

Por esto cuando el automvil dio la vuelta, alejndose, desearon todos
finalizar el acto cuanto antes, evitndose una sorpresa que consideraban
inminente.

Llevaban dos horas de vagar por los alrededores de Ro Janeiro. Los
jvenes argentinos que guiaban a la comitiva haban indicado varios
lugares adecuados para el encuentro. Llegaban a ellos, y siempre les
salan al paso transentes molestos, o vean prximas algunas casas que
parecan vomitar nios y perros atrados por la presencia de los
automviles.

Un chfer, sin adivinar cul era el propsito de los viajeros, haba
propuesto la excursin a Tijuca. Y despus de pasado el Alto de Boa
Vista, al rodar en pleno bosque, les haba seducido el bello panorama de
la Cascatinha.

--Aqu--orden Isidro con su autoridad indiscutible--. Jams se habr
efectuado un desafo con tan hermoso teln de fondo. Lstima que no
venga con nosotros un operador cinematogrfico! Qu cinta pierde el
mundo!...

Apartbase la ladera de la vecindad del camino, formando un exiguo
valle. La roca apareca entre los rboles cortada verticalmente, y desde
lo ms alto de ella desplombase una masa de agua chocando con las
puntas salientes del basalto. Herva esta agua en varias cadas con
blancos espumarajos. El menudo polvo que levantaban sus burbujeos tomaba
los reflejos del iris bajo la luz del sol. Ennegrecidas y sudorosas las
piedras por la humedad, brillaban cual si fuesen bloques metlicos. La
vegetacin tropical mova las anchas manos de sus hojas goteantes.

Hundase la cascada en una pequea laguna, corriendo despus, espumosa y
susurrante, por los pendientes canalizos entre las peas. La vegetacin
enmaraada y las rocas sueltas slo dejaban descubierto y accesible un
reducido espacio de suelo desigual.

Maltrana pens en las dificultades que ofreca este terreno para el
combate, pero le sedujo su belleza y no quiso ir ms lejos. Dnde
encontrar decoracin ms interesante para una muerte posible? Haba que
elevar la voz, pues el choque de las aguas dominaba todos los otros
ruidos. Era a modo de los trmolos orquestales que dan en el teatro un
realce conmovedor a palabras y gestos. Isidro se sinti ms grande en
este ambiente hmedo y sonoro. El bosque inmvil pareca contemplarlo
con sus mil ojos verdes, entre asombrado y curioso.

Comenz a dar rdenes a los otros padrinos, que lo seguan como los
nefitos siguen al gran sacerdote de un culto nuevo. Que se retirasen
los automviles un poco ms all de la cascada! No convena que los
conductores presenciasen el acto.

Y Maltrana fue obedecido. Los chferes hicieron retroceder sus
carruajes; pero luego, con las manos a la espalda, fingiendo
distraccin, volvieron socarronamente al mismo sitio, ganosos de saber
en qu iba a parar este misterio.

Con el mismo xito se libr de otro testigo importuno: un chicuelo
obscuro de color, desnudo de piernas y con gran sombrero de paja, que al
ver llegar la comitiva se apresur a salir de un toldo de caas,
limpiando un vaso en un arroyo y ofrecindolo despus lleno de agua
hasta los bordes.

Era el espritu guardador de la cascada. Bajo su sombrajo, sobre una
mesita, tena varios botes de cristal con azucarillos y otros dulces,
ennegrecidos y acartonados por el tiempo. Pasaba las horas en absoluta
soledad, contemplando el revoloteo de los pjaros de colores en las
frondosidades inmediatas, extrayendo melodas del montono canturreo de
las aguas, hablando tal vez con el pensamiento a las nyades de la
Cascatinha, que le mostraban en su gracioso rebullir sus grupas de
blanca espuma y aterciopelado iris.

--Toma, menino, y mrchate de aqu.

Maltrana hizo que uno de los testigos le diera unas monedas para que se
fuese, y adems le llam menino--lo nico que saba de portugus--,
con lo cual crey halagarlo.

Pero el menino se guard los cuartos, y en vez de marcharse se peg a
l, como si adivinase la importancia de su persona. Y ya no pudo moverse
sin encontrar ante su paso al mulatillo con el sombrero echado atrs,
elevando sus ojos hasta los de l, bebiendo con la mirada sus palabras y
sus gestos, como si estuviese en presencia de un prestidigitador y no
quisiera perder detalle.

Se resign Isidro a estas desobediencias, vulgares tropiezos de la
realidad... Pero haba que proceder con rapidez. Adelante!

Midi a grandes zancadas un espacio de veinte metros, que era el
convenido en un papel que llevaba en la mano. Un poco mayor resultaba la
distancia marcada por sus pasos. Pero era l quien haba propuesto los
veinte metros, y con el mismo derecho poda medir treinta o cuarenta si
le daba la gana... Un detalle sin importancia. Adelante tambin!

Despus de fijar con una rama el sitio de cada adversario, se hizo
atrs, contemplando el terreno como un artista que abarca su obra en
conjunto. Resultaba algo desigual. Uno de los dos iba a quedar muy en
alto, con el vientre casi al nivel de la cabeza de su contrincante. Pero
haba de conformarse con los defectos del terreno: las circunstancias no
permitan gran minuciosidad en los preparativos. Un detalle igualmente
balad. Adelante otra vez!

Slo entonces volvi la cabeza, fijndose en sus compaeros. A un lado
estaban los padrinos, que seguan sus operaciones con respetuoso
silencio, no osando aportar a ellas su ignorancia perturbadora. Ms
all, con discreta separacin, los dos enemigos, que se volvan la
espalda, muy ocupados en seguir la cada de las aguas o el revoloteo de
los pjaros sobre las copas de los rboles.

El amigo Gmez, con su curiosidad vida de trgicos sucesos, le haba
seguido en estos preparativos. Tras de l iba el mulatillo, abriendo los
ojos cada vez con mayor asombro al no comprender nada de tales
brujeras. Los dos jvenes argentinos agregados a la expedicin se
haban subido a la cumbre de una roca, y all estaban sentados con las
piernas colgantes. Abajo podan verlo todo igualmente, pero ellos se
consideraban simples espectadores, y haban querido ocupar un lugar de
preferencia, un palco, en vez de permanecer mezclados con los artistas.

Sorte Maltrana, echando una moneda en alto, el lugar de cada uno de los
combatientes. Luego los acompa a sus respectivos sitios con una
gravedad fnebre. l los apreciaba mucho, mis queridos amigos! pero
en lances tales desaparece el afecto, y slo habla el deber, el terrible
deber.

Al tener a cada uno en su puesto, lo palpaba minuciosamente, extrayendo
de sus ropas la cartera, el monedero, las llaves, los papeles, todo lo
que pudiera ser un obstculo para la bala mortal. A continuacin le
abrochaba la chaqueta, le suba el cuello, para que el blanco de la
camisa no sirviese de punto de mira, los manoseaba a los dos
cariosamente, lo mismo que una madre manosea a sus nios antes de
enviarlos al paseo. Pero su bondad no iba ms all del tacto. En cambio,
la mirada autoritaria y cruel!... la voz, que pareca un esquiln
fnebre al formular sus pavorosas recomendaciones!...

El implacable director iba a poner las armas en sus manos dentro de
breves momentos, pero antes dict a uno y a otro los detalles del
combate, para que no surgiesen errores. Cuando los dos estuvieran
listos, l dara la voz de Fuego!, aadiendo: Uno... dos... tres!.
En el espacio comprendido entre estos tres nmeros deban disparar. El
que hiciese fuego antes o despus, quedara descalificado... sera un
feln, un miserable... y el menosprecio de todo el mundo que tiene honor
caera sobre l, persiguindolo durante toda su existencia.

Terrible Maltrana! Revolva los ojos con una expresin anonadadora al
hablar de felonas y traiciones, como si dispusiera de horrorosos
castigos para los culpables. Su voz adoptaba un tono pavoroso, y los dos
contendientes ya no pensaron desde este momento en fijar bien su
puntera ni en la posibilidad de ser heridos. Su nica preocupacin fue
no incurrir en el enojo de aquel hombre que poda marcarlos con un
estigma eterno ante el mundo del honor; seguir sus lecciones cual
discpulos obedientes; disparar--fuese la bala adonde fuese--dentro del
trmino marcado. Fuego: uno, dos, tres.

Luego de esto se decidi Maltrana a abrir la maletilla de mano que
encerraba su arsenal. Extrajo de ella dos revlveres iguales recogidos
en el buque, y con pausada solemnidad los abri, para que todos los
padrinos examinasen su interior. El amigo Gmez, como experto en armas,
presenciaba la ceremonia.

--No hay ms que una cpsula!--exclam escandalizado, cual si acabase
de descubrir una irregularidad.

Maltrana le mir severamente. Joven: las condiciones del combate haban
sido establecidas de antemano por las personas serias all presentes. Se
cambiaran dos balas nada ms.

--Pero en cada revlver no hay ms que una--protest el seorito
mestizo.

--Joven--volvi a decir Maltrana con una condescendencia protectora--:
cambiar dos balas significa que cada combatiente slo dispara una.

Y como sospechase cierto conato de gesto burln en la faz cobriza y los
ojos estrechos de Gmez, aadi:

--No se necesita ms para matar a un hombre. Todos los que yo he visto
morir tuvieron bastante con una bala. No lo olvide usted, joven.

El joven se call, arrepentido de su audacia, sintiendo respeto por
aquel hombre extraordinario que haba presenciado tantos combates y
muertes.

Para borrar el mal efecto de sus objeciones, se prest a ser portador de
la valija de las armas hasta el lugar que ocupaban los adversarios. Los
tres padrinos, dando por finalizado su trabajo preparatorio, que no
poda ser ms pasivo, se hicieron atrs instintivamente algunos pasos.
Iba a hablar la plvora.

Maltrana, extrayendo un revlver de su encierro, montaba la llave y lo
puso en la mano del barn, alejndose luego hacia el otro combatiente.
Gmez dio un consejo rpido al belga, que quedaba en guardia con el arma
en alto.

--Compaero, apunte a los pies. Yo conozco los revlveres; siempre
envan la bala por arriba. Crame: a los pies... siempre a los pies, y
har carne seguramente.

Luego, en el lado opuesto, dio el mismo consejo con voz queda y ojos
relucientes de entusiasmo. A los pies, compaero. Trele a los pies, y
le mete la bala en la barriga. Yo s algo de esto... Los dos le
agradecieron su bondadosa indicacin con un leve saludo. Pero tenan
aspecto de preocupados; pensaban en otras cosas; aguzaban el odo para
no sufrir las consecuencias de un retraso fatal: repetan mentalmente lo
mismo: Uno, dos, tres....

Fue a colocarse Maltrana al margen de la lnea de fuego, entre los dos
combatientes algo ms cerca del alemn, que era el que ocupaba el lugar
alto. Sospech un instante que estaba demasiado cerca y poda alcanzarle
una bala en su desvo. Pero l era el director, todo lo haba organizado
y todos le deban obediencia. Las armas estaban cargadas por l, y no
era aceptable ni correcto que un proyectil se permitiese la insolencia
de ir en su busca.

Gmez dud tambin por un instante si se retirara, pero al ver inmvil
al maestro se peg a l. Donde estaba un hombre, bien poda estar otro.
Adems, crey perder algo de este espectculo nuevo, del que esperaba
grandes emociones, si retroceda algunos pasos.

Se dispuso Maltrana a dar principio al duelo, pero antes, como un actor
que prepara la frase decisiva y mira al pblico, volvi los ojos en
torno de l. Momento de emocin. Los otros padrinos se haban ido ms
lejos an; los tres chferes, enterados al fin del objeto de la
correra, se agrupaban al pie de un peasco, avanzando las morenas
cabezas, abriendo los ojos vidamente, pero sin que stos reflejasen
emocin alguna. Los dos argentinos seguan en lo alto de la roca, con
las piernas colgantes, silenciosos y atentos como espectadores que ven
levantarse el teln. El chicuelo de la cascada haba huido al ver los
revlveres, con un trote de perro inquieto, refugindose bajo el teln.
Desde all, cual si temiese por la integridad de aquellos bocales de
dulces, que eran la fortuna de la familia, abarcndolos en sus brazos,
avanzaba la jeta, mirndolo todo con ojos de antlope asustado.

Pareci reflejar el paisaje la emocin general. No graznaban los loros
en las inmediatas espesuras; los monos haban cesado de saltar entre las
ramas; pas mucho tiempo sin que sonase la cada de una hoja o de una
corteza de rbol. Hasta la cascada pareca cantar con sordina, cual si
estuviesen balbucientes y asustadas las blancas divinidades ocultas en
sus linfas.

Se acord Maltrana repentinamente de que era el primer orador a bordo
del _Goethe_, y consider oportuno hacer intervenir su elocuencia. Nunca
encontrara mejor escenario para colocar un discurso. Y el primero en
conmoverse con lo pattico de sus palabras y el temblor de su voz, fue
l mismo. Record la estrecha amistad que haba unido a los dos
adversarios, su viaje arrostrando los peligros del mar. Un momento de
olvido o de error haba provocado un incidente lamentable; pero los
buenos caballeros, cuando llegan adonde ellos haban llegado, sin miedo
y sin reproche, podan darse todava una explicacin leal, evitando el
lance.

Un padrino aprobaba; otro torca el gesto, posedo de sbita
belicosidad. No haban ido hasta all para or sermones. Que disparasen
pronto las armas, y a escapar, antes de que pudieran sorprenderles. Los
dos argentinos se miraban en lo alto del peasco.

--Pucha! y qu bien habla el gallego!

El amigo Gmez murmur, como si empezase a perder la fe en el maestro:

--Cunta ceremonia para matarse dos hombres!... Qu macana!...

Isidro estaba conmovido realmente, con una emocin algo parecida al
miedo. Estos desafos arreglados a la ligera, por salir del paso,
resultaban muchas veces los ms trgicos. Un pavoroso presentimiento le
avisaba que los proyectiles no iban a perderse. A alguien iban a tocar.

Y como los adversarios permanecieran callados y era visible la
impaciencia de los dems, Maltrana dio por fracasada su elocuencia. Sea
lo que el destino quiera... Se quit el sombrero con solemnidad
teatral; inclin la cabeza como si por delante de l pasase la
fatalidad.

--Saludo a dos caballeros que van a morir.

Dijo esto con verdadera emocin, cual si la muerte de ambos fuese para
l un suceso inevitable; y afirmando la garganta con largo carraspeo,
lanz los gritos de mando.

--Listos?... Fuego! Uno... do...

No pudo terminar. Sonaron casi al mismo tiempo dos ruidos semejantes al
golpe de unas tabletas, dos chasquidos de tralla con dos nubecillas de
humo.

Ambos contendientes seguan en pie; se miraban como extraados de que no
hubiese ocurrido nada. De pronto, el barn ech a correr hacia su
enemigo, ste avanz a su encuentro, y chocaron ambos sus pechos,
mientras los brazos se cruzaban espontneamente en un estrujn amoroso.

Los argentinos se removieron en su altura con voces de extraeza y
protesta. Ya no disparaban ms? Y aquello era todo?... Les haban
robado el dinero.

--Tongo... tongo!--gritaron al mismo tiempo.

Uno de ellos, cogiendo un pedazo de roca suelta, quiso arrojarla a guisa
de felicitacin sobre los adversarios reconciliados. El otro fue a
imitarle; pero ambos se detuvieron, sorprendidos, deslizndose luego
pen abajo... Haba un herido. Maltrana se encorvaba con un pie entre
ambas manos. Gmez pretenda sostenerlo; los padrinos corran hacia l.

A continuacin de los disparos haba sentido un choque en el pie
derecho, un choque violentsimo, mucho ms doloroso que un pisotn, y
que agit con estremecimientos de suplicio toda la sensibilidad de esta
parte de su cuerpo. Estaba herido, y su inquietud fue en aumento al
mirarse el pie y no ver en l seal alguna de perforacin ni goteo de
sangre.

Gmez mostrbase indignado por la torpeza de uno de los dos tiradores.

--Hijo de una gran pulga!... Si me llega a dar a m!

Le brillaban los ojos de un modo alarmante slo al pensar que aquella
bala perdida hubiese podido tocarle. Llevbase instintivamente una mano
a su cintura. El amigo Gmez haba asistido al desafo llevando su
revlver, por lo que pudiese ocurrir.

Todos rodearon a Isidro, manosendolo, buscando en vano la herida que le
arrancaba hondos suspiros. Ni rastro del proyectil. Slo una leve
depresin del cuero del zapato sobre el mismo lugar entumecido por el
dolor.

Buscaba Gmez, mientras tanto, con la cabeza baja examinando el suelo.
Su instinto de hombre de campo, habituado a estudiar los ms pequeos
accidentes de la inmensa llanura argentina, su trato con los maravillosos
rastreadores, adivinos de la Pampa, le hizo encontrar la explicacin
de este misterio. Seal a algunos pasos un diminuto orificio abierto en
el suelo. All estaba enterrada la bala. Mostr despus un guijarro
partido recientemente, a juzgar por la blancura interior de sus
fragmentos. ste era el causante de todo. El proyectil, antes de
hundirse en la tierra, haba chocado con una piedra junto a los pies de
Maltrana, y los fragmentos de sta eran los que le haban golpeado.

Isidro, al enterarse de que no estaba herido, sinti menos dolor. No es
nada, seores. Muchas gracias.

El amigo Gmez, desencantado por el final pacfico del acto, y furioso
al mismo tiempo por la posibilidad de que una bala le hubiese alcanzado
a l estando junto al maestro, murmuraba tenazmente:

--Pucha!... qu desgraciados son estos gringos! Qu mal tiran!

Y sus dos compatriotas, a pesar de la distraccin que les haba
producido el incidente de Maltrana, continuaron gritando con expresin
burlona: Tongo... tongo!.

Sintise molestado Isidro por las murmuraciones de estos queridos
amigos que haban asistido al encuentro por benevolencia suya. Ignoraba
lo que pudiese significar la palabra _tongo_; pero por si equivala a
farsa o engao, se apresur a decir con toda su autoridad:

--Esto ha sido un hermoso encuentro, oyen ustedes, jvenes?... Lo digo
yo, que he presenciado muchos actos de igual clase... Y como nada queda
por hacer, vmonos a tomar algo.

Los adversarios, con la alegra de su reconciliacin, apenas se haban
fijado en los dems. Se estrechaban las manos, se sonrean como amantes.

Todos experimentaron el regocijo de vivir que se siente despus de un
peligro; todos sufrieron de pronto el hambre que llega irremisiblemente
a la zaga de la emocin.

Roncaron de nuevo los motores de los automviles, el nio de la cascada
abandon su refugio con la esperanza ilusoria de que se fijasen en l y
le diesen algo por despedida, y otra vez se vieron Maltrana y su squito
pasando a gran velocidad entre las frondosidades de Tijuca. Pero ahora
no iban silenciosos y preocupados; el sol era ms vivo, los rboles ms
verdes. Reparaban todos en la hermosura de los pjaros, que hacan
vibrar en el aire sus plumajes de colores. La velocidad de los vehculos
dejaba detrs de su estela de polvo y humo un temblor de rboles
conmovidos, de hojas que caan, de ramas que se entrechocaban, con
gritos y saltos de los inquietos simios refugiados en sus copas.

Al llegar a Boa Vista hicieron alto frente a una tienda de comestibles
que era al mismo tiempo taberna y caf: el nico establecimiento que
encontraron abierto.

Su entrada fue en tropel, lo mismo que una invasin famlica. Los
preparativos del duelo les haban obligado a salir del buque sin
almorzar. El dueo de la tienda, un espaol cachazudo, no saba cmo
atender tantas y tan diversas peticiones. Queran comer; indicaban
platos a su gusto, y el tendero contestaba a todos afirmativamente, pero
aplazando el cumplimiento de sus promesas por una o dos horas, el tiempo
necesario para ir y volver a Ro Janeiro.

Se abalanzaron entonces a los comestibles que estaban a la vista:
pastelillos y dulces de diversas pocas, artsticamente moteados con
deyecciones de moscas a pesar de su encierro entre cristales. El dueo,
detrs del mostrador, atenda al remedio de esta hambre general abriendo
latas de sardinas y cortando lonchas de salchichn blanducho. Todo
pasaba en extravagante mezcla por los vidos esfagos: el salchichn
revuelto con soda, los pasteles baados en aceite de sardinas. Y cuando
su famlica nerviosidad empez a calmarse, rompieron a hablar del
desafo como de un suceso remoto, de un hecho histrico envuelto en las
maravillosas nieblas de la lejana, que todo lo agiganta. Los burlones
que haban gritado tongo! modificaban su opinin al verse lejos del
lugar del combate. Una bala poda haber tumbado a cualquiera de los dos
adversarios con la misma facilidad que casi haba dejado cojo a
Maltrana. Y ahora que sentan en el estmago una grata pesadumbre, les
pareci el asunto muy digno de respeto.

Tambin Gmez empezaba a sentir cierto orgullo por haber presenciado el
duelo. Un espectculo interesante que podra relatar a sus amistades. Y
posedo de sbita consideracin por los combatientes, quera deslumbrar
al alemn con el relato de las batallas polticas all en su provincia,
tenaces encuentros revlver en mano, sin otros testigos que los peones,
que disparaban tambin; desafos gauchescos, jams terminados sin
sangre.

El belga haba acaparado a Maltrana en un rincn. Iban a separarse en
Ro Janeiro, pero l no poda quedar as, con buenas palabras nada ms,
sin un documento que atestiguase su conducta caballeresca. Necesitaba el
acta del encuentro, para unirla a muchas otras en el archivo de su
honor.

Otra vez el espaol de la tienda se vio apremiado por los llamamientos
de aquellos seores, que pedan toda clase de artculos de escritorio,
como si estuviesen en una oficina. Slo pudo ofrecerles una ampolleta
de tinta clarucha y una pluma roma. En cuanto a papel, Isidro, que
deseaba hojas de pergamino con cantos dorados para este documento
destinado a larga vida, tuvo que contentarse con un bloque de hojas
comerciales llevando en un ngulo el membrete del establecimiento:
_Frutos Lpez. Productos do paiz e estrangeiros._ Pero el honor
ennoblece cuanto toca, y l se aplic a redactar un documento, con
pasajes de emocin dramtica, ayudado por el barn, que le socorra en
sus dudas sobre la sintaxis francesa. Porque el acta era en francs,
para mayor solemnidad; el belga no la tena por aceptable en otro
idioma.

Empez a impacientarse el resto de la comitiva por este trabajo
laborioso. Nada quedaba en la tienda digno de ser devorado. Gmez y sus
compatriotas se entretenan saltando los bancos de la plaza. Los
padrinos pensaban con nostalgia en el comedor del buque. Eran las once
en el reloj de la tienda, y el _Goethe_ zarpaba a las doce. Tenan miedo
de quedarse en tierra por culpa del tal documento, y por esto suspiraron
de satisfaccin al poner la firma apresuradamente, corriendo luego a los
automviles.

Cerca de medioda lanz el trasatlntico un rugido de aviso. Fueron
acudiendo a esta primera llamada los pasajeros que estaban en los cafs
de la Avenida, aburridos de la espera y del calor, sin saber qu hacer
en la ciudad, deseando verse cuanto antes en pleno Ocano bajo la brisa
del mar libre.

Volvan a sus camarotes para recobrar las frescas ropas de viaje,
despojndose de los vestidos trasudados. Paseaban por las cubiertas con
la misma satisfaccin del que paladea el regalo de la casa propia
despus de un viaje penoso. Entraban en el buque con una emocin de
gratitud, lo mismo que si volviesen al pueblo natal. Experimentaban el
bienestar del propietario que recobra las comodidades de su vivienda al
volver a encontrar colgados y en orden todos los objetos de uso personal
que les recordaban una vida ocenica de diez das, equivalente a diez
aos.

Rugi por segunda vez la chimenea y se acodaron todos en las barandas
para presenciar la llegada de los otros compaeros. Desembocaban los
automviles en el muelle a toda velocidad, viniendo a detenerse frente
al buque, al otro lado de la verja. Junto con los pasajeros suban al
trasatlntico grandes ramos de flores, cestos de frutas tropicales,
monos y loros que saltaban sobre los hombros de sus nuevos dueos
pugnando por libertarse de las ataduras que los retenan.

Son el tercer rugido y se miraron los pasajeros, consultndose para
saber cuntos permanecan en tierra. Faltaban muy pocos.

La gente se agolp en las bordas, saludando con gritos y aplausos
irnicos a los que llegaban retrasados. En la proa y la popa formaban
los emigrantes dos masas obscuras, sobre las cuales se agitaban los
pequeos redondeles blancos de las cabezas. Miraban de lejos aquella
ciudad a la que no haban podido descender, como miran los presos en
conduccin paisajes y estaciones por las aberturas de un vehculo
celular. Lo nico que conocan de esta tierra eran las frutas que unos
vendedores negros les arrojaban desde el muelle.

Muchos de aqullos, fatigados de admirar palmeras y caseros blancos,
acababan por volver las espaldas, refugindose en los sitios ms frescos
y sombreados. nicamente sentan verdadero inters por el pas de su
destino, la tierra de la esperanza, donde les aguardaba, segn sus
informes, la fortuna impaciente. Ellos iban a Buenos Aires.

Una explosin de gritos y aplausos salud el automvil en el que llegaba
Nlida con su hermano y Ojeda. Los padres, que haban sido de los
primeros en regresar al buque, aguardaban impacientes. Pero el seor
Kasper cort con una acogida cariosa la belicosidad de su cnyuge,
irritada por esta tardanza. Juntos admiraron el pajarraco rojo y verde
que sostena Nlida en una mano. Lo llevaba con frecuencia a sus
mejillas, besndole el corvo pico. El afn de novedad le haca reclamar
luego un mono que ostentaba su hermano en un hombro, bestiecilla
inquieta con ojos de demente y una cola doble de larga que su cuerpo. El
muchacho intentaba resistirse: entre el mono y l se haba establecido
desde el primer momento una dulce simpata. Pero Nlida se lo arrebat,
paseando sus labios frescos por la temblona cabecita del simio.

Los esposos Kasper se conmovieron al saber que los dos animales eran
regalo del doctor Ojeda. Miraron en torno para darle las gracias por sus
atenciones con la nia, pero haca rato que se haba retirado a su
camarote, deseando librarse cuanto antes de la sociedad de Nlida.

Haban llegado al buque en franca enemistad. Hasta el ltimo momento
habl ella de la conveniencia de fugarse. Propuso nuevos paseos por el
interior de Ro Janeiro, se retard en los cafs y las tiendas, con el
visible propsito de que pasase el tiempo y el trasatlntico se marchara
sin ellos. Al final, Ojeda se haba irritado, imponiendo
autoritariamente la vuelta inmediata al _Goethe_. Y Nlida, ofendida,
slo haba tenido desde entonces palabras tiernas y caricias para los
dos animales. En cuanto a l, lo detestaba.

Comenz a zarpar el vapor. Soltronse los cabos que lo unan a tierra;
la proa se apart del muelle. Ruga la msica la marcha de partida.
Algunos pasajeros se mostraron inquietos recordando a los de la comitiva
del desafo. Se iban a quedar en tierra. Indudablemente haba ocurrido
una desgracia.

Y cuando todos, con un pesimismo contagioso, daban por segura la
catstrofe, se produjo un movimiento general hacia la borda que
enfrentaba al muelle. Ya llegaban!... Salieron de la Avenida los tres
automviles a toda velocidad, y una vez junto a la verja, saltaron de
sus asientos los pasajeros, yendo a todo correr hacia el buque. En aquel
momento su costado se despegaba del muelle con lentitud. Hubo que bajar
otra vez la escala. Un minuto ms, y habran tenido que alcanzar al
_Goethe_ en un bote en mitad de la baha.

Maltrana subi el primero con su valija de mano, no queriendo contestar
a las preguntas de los curiosos. Tena prisa de ganar su camarote para
cambiarse de ropa. La gente, al ver que volva slo el alemn con los
padrinos y acompaantes, dio por cierta la catstrofe, con la aficin
que muestran las masas por los finales trgicos. El barn belga estaba
herido: tal vez haba muerto a aquellas horas. La noticia dio la vuelta
al paseo, despertando en las seoras un coro de lamentaciones: Un mozo
tan cumplido! Qu desgracia!....

Los amigos del alemn, vindolo sano y triunfador, se lo llevaban al
fumadero con abrazos y palmadas en la espalda. Sonaron los taponazos del
champn como prlogo de la descripcin del combate. Algunos pasajeros
volvan la espalda con indignacin para no presenciar esta apologa del
homicidio. Mirando al muelle cada vez ms lejano, con sus personas
sbitamente empequeecidas, fijronse en un hombre que agitaba el
sombrero y abra los brazos haciendo locos movimientos de despedida.

--Pero si est all!... Si es el belga, que nos dice adis!...

La noticia hizo correr al pasaje en masa a un lado del vapor. S; era
l: todos lo reconocan. Y a pesar de la distancia, gritaron los ms,
envindole un saludo por encima del agua azul, entre el revoloteo de las
gaviotas y las palmeras de una isla que pareca avanzar poco a poco
enmascarando el muelle.

En el centro de la ciudad se haba despedido el belga de la comitiva
para quedarse en su hotel. Pero luego se arrepinti. Su deber era ir a
decir adis a los dems compaeros de viaje. Quin sabe qu mentiras
contaran aquellos buenos amigos al relatar el desafo! Haba que hacer
constar que estaba inclume como el otro...

Corri al puerto, agitndose con desesperacin al ver que se alejaba el
buque sin que nadie reparase en su persona. Y cuando al fin lleg hasta
sus odos el bramido de saludo, se crey recompensado de todos sus
sinsabores y penalidades de hombre de honor. Adis, _Goethe_! Adis
Nlida!... Tal vez la voz de ella se haba unido a esta aclamacin de
despedida.

Se enfri el entusiasmo de la gente al enterarse de que los dos
adversarios estaban sanos y enteros. Los mismos que poco antes parecan
indignados en nombre de la civilizacin y la dulzura de las costumbres,
lamentando la muerte del belga, torcan ahora el gesto cual si fuesen
vctimas de una broma de mal gusto. Farsantes!... Alarmar a personas
respetables con un desafo de morondanga!...

Sobre las ruinas de los dos adversarios, sbitamente cados de la
gloria, iba elevndose un nuevo hroe. Gmez y sus amigos, deseosos de
hacer constar que ellos lo haban presenciado todo, hablaban de
Maltrana, de sus palabras elocuentes, de la serenidad con que se haba
expuesto a la muerte, del balazo en un pie. El afn que siente todo
cuentista de amplificar y abultar los sucesos, para tener en suspenso a
sus oyentes, les hizo lanzarse de buena fe en las ms absurdas
exageraciones, ensalzando los mritos del director del combate. Qu
Maltrana tan corajudo!... Qu tigre!

Y mientras se formaba y consolidaba en las cubiertas rpidamente un
prestigio de hroe para Isidro, ste, con toda calma, tomaba un bao y
se vesta de blanco, luego de repeler aquel traje de lanilla que le
haba atormentado con su peso lo mismo que una armadura.

Al salir del camarote se tropez con el hombre fnebre.

Y yo que me lo imaginaba a estas horas en la crcel!...--pens--. No
habiendo sido aqu, ser en Buenos Aires. La polica de all debe estar
mejor informada.

Le produjo alguna sorpresa ver que el hombre fnebre iniciaba un asomo
de sonrisa y de saludo. Ah, bellaco! Ahora le miraba como si quisiera
hacerse amigo suyo. Era sin duda a impulsos del miedo que acababa de
pasar... Y acogiendo esta muda amabilidad con desdeosa altivez, sigui
adelante, sin responder al saludo.

La gloria sali a su encuentro. Le rodearon las gentes en la cubierta,
mostrando gran inters por su salud. Hasta las damas menos comunicativas
le pedan noticias. Ahora s que poda llamarlos a todos de verdad mis
queridos amigos. Sonrean algunas seoras, con el dulce reproche
femenil que lamenta y celebra a un mismo tiempo las temeridades del
valor, y le amenazaban cariosamente moviendo una mano con el ndice en
alto. Ah, calavern!... Mala persona!

El doctor Zurita, enterado por sus hijos de lo ocurrido, se acerc a
Maltrana con la irresistible simpata que inspiran los actos de coraje a
todos los de su pas.

--Ah, gallego diablo!... Ya me lo han contado todo. Muy bien... Tome
uno de hoja.

Y le dio el mejor de sus habanos como un tributo de admiracin.

Todos le miraban los pies, fijndose en sus zapatos blancos de lona. Los
otros los guardara seguramente abajo como un recuerdo. Muchos queran
examinarlos para apreciar los destrozos del proyectil. Las mujeres, con
sbita inquietud, le obligaban a sentarse al lado de ellas.

--No haga locuras, Maltranita; tenga cuidado. Las heridas en los pies,
por insignificantes que parezcan, traen a veces malos resultados.

Y algunas se lanzaban a recordar heridas sufridas por individuos de su
familia, accidentes de la vida en la Pampa, con cuyo relato se iban
olvidando del hroe.

--No pasee, seor; ande lo menos posible. Es un consejo de la
experiencia.

Esto le dijo en francs una voz tmida y respetuosa; y al levantar los
ojos, vio Maltrana al hombre lgubre. ste tambin se una a la
general admiracin!... Un hombre que se hallaba bajo la amenaza del
presidio dejaba en olvido su propia suerte para interesarse por su
salud!... Qu gran cosa el valor!

El ltimo en aproximarse fue Ojeda, cuando ya se haban disuelto los
grupos de admiradores. A la mirada interrogante de Fernando, que pareca
asombrado, contest con un guio malicioso y un leve encogimiento de
hombros. No haba de qu asustarse.

--Todo mentira--murmur con voz tenue--; pura parada, como dicen los
criollos. Pero deje usted que se hinche el entusiasmo. Con esto no se
hace mal a nadie... Vamos a almorzar.

El buque haba salido de la baha. Deslizbase entre islotes de tupida
vegetacin y escollos que emergan sus negras cabezas con greas verdes.
Las montaas de forma humana parecan alejarse tierra adentro. La ciudad
se haba ocultado, dejando en la memoria de todos una visin de blancas
construcciones, altas palmeras, ensenadas azules bordeadas de jardines,
rostros congestionados por el calor, ropas hmedas y sudorosas. La brisa
del mar libre esparci su hlito vivificante por todo el buque.

Con los preparativos de salida se haba retrasado el almuerzo, y esta
tardanza, as como la variedad de flores sobre las mesas y los vveres
adquiridos en tierra, dieron nuevo encanto a la general nutricin. Todos
coman con apetito, celebrando la frescura del comedor luego de la
pesadez caliginosa de la ciudad. Algunas mesas estaban libres, y los
pasajeros esforzaban su memoria para recordar a los que se haban
quedado en Ro Janeiro. En otras se agrupaban los brasileos recin
embarcados. Iban a Montevideo, y all transbordaran a los vapores
fluviales que, siguiendo el Paran y el Paraguay, llegaban, tras
veinticinco das de viaje, al corazn de su pas.

Maltrana haba realzado su triunfo mantenindose en serena modestia,
fingiendo no ver las miradas curiosas y admirativas. El seor Munster le
hablaba ahora con respetuosa gravedad, no osando permitirse ms bromas
con un hombre que andaba a tiros y almorzaba luego tranquilamente sin
acordarse del peligro. El doctor Rubau le contempl con melanclica
conmiseracin. Ah, juventud, loca juventud!... Tan apreciable que es
la vida! Lo afirmaba l, vestido siempre de negro, refractario al trato
de las gentes, con una marcada tendencia al encierro y al llanto.

Despus del almuerzo, Ojeda se encontr solo en el jardn de invierno.
Su clebre amigo estaba acaparado por la atencin general y no vena a
sentarse a su lado cual otras veces. Pasaba de mesa en mesa; lo rodeaban
los jvenes, que acabaron por llevrselo al fumadero.

Notbanse grandes claros en la concurrencia. Las gentes no parecan las
mismas de antes. Haba desaparecido la inconsciencia alegre de la vida
ocenica. Todos, al pisar el muelle, haban sentido que pertenecan al
suelo firme, recordando de pronto las preocupaciones de su existencia
anterior. La tierra recobraba sus derechos sobre ellos, y al volver al
buque eran otros. Ya no vivan la vida del presente, con olvido del
resto del mundo, como si la humanidad hubiera muerto, los continentes se
hubiesen hundido y no quedasen sobre el planeta otras personas que este
puado de seres flotando sobre un arca de acero, sin tener que
preocuparse de la comida, que encontraban siempre pronta, sin miedo a
los compromisos sociales de un mundo lejano, con los apetitos en
libertad y la conciencia soolienta.

Los negocios resurgan en la memoria de todos con mayor premura, como
si en este perodo de olvido hubiese aumentado su inters. Cada uno
pensaba en la causa que le haba arrastrado a este hemisferio. Los
residentes en Amrica sentan los primeros asaltos de la inquietud. Qu
malas noticias saldran a recibirles? Cmo iban a encontrar los
negocios despus de su ausencia?... Los que iban a las tierras nuevas
por primera vez sufran la angustia de la incertidumbre, la duda del que
va a arrostrar una prueba decisiva. Y todos, obsesionados por sus
pensamientos, se apartaban y aislaban para reflexionar mejor.

Restablecanse las distancias sociales, que en mitad del viaje parecan
haberse suprimido. Las caras ya no sonrean. Todos, con gesto de
preocupacin, evitaban la familiaridad. Parecan tener miedo de que las
relaciones amistosas de a bordo se prolongasen en tierra. Un intento de
aproximacin y de confidencia se traduca como amenaza de inmediatas
peticiones.

Los de menos fortuna, que hasta entonces haban gastado prdigamente,
con la facilidad que proporciona el crdito, comenzaban a restringir sus
necesidades extraordinarias en el comedor y en el fumadero. Se acordaban
de pronto de los numerosos vales que llevaban firmados: iba a llegar el
momento de ajustar cuentas con el mayordomo. Un ambiente de tristeza y
desasosiego se esparca por el buque, velando las voces y haciendo
languidecer las conversaciones. Los sitios vacos inspiraban el
melanclico recuerdo de los ausentes. El saln de invierno ofreca el
aspecto de una reunin de familia despus de una desgracia.

Ojeda tambin estaba triste. La soledad favoreca el desarrollo de sus
remordimientos. Pensaba con vergenza en sus aventuras, y a la vez, por
una contradiccin bizarra, pensaba tambin en Nlida, extraando su
ausencia. Esperaba verla aparecer de un momento a otro en la ventana
inmediata, lo mismo que en las tardes anteriores. Se haban separado con
enojo al llegar al buque; pero estos enfados eran siempre en ella de
corta duracin, y horas despus se aproximaba, anunciando con maliciosos
guios su propsito de bajar al camarote... Pero hoy transcurra el
tiempo sin que Nlida apareciese.

Cansado de este abandono, sali Fernando a la cubierta, y al dirigirse
hacia el lado de proa, lo primero que vio en el rincn de los besos
fue a Nlida tendida en una silla larga, con los ojos entornados,
dejando al descubierto una buena parte de sus piernas, cubrindose la
cara con una mano como si quisiera ocultar su rubor, mientras a travs
de los dedos brillaban sus ojos de malicia. Y sentado junto a ella
estaba Maltrana, el heroico Maltrana, expresndose con vehementes
gesticulaciones, echando el busto hacia adelante, cual si la muchacha
tirase de l con magntica fuerza.

Al ver a su amigo, mostr Isidro cierta turbacin, se cort su
verbosidad, lo mismo que si acabara de sorprenderle en algo vergonzoso.
Ella, por el contrario, mir a Ojeda con expresin de reto, aadiendo en
voz fuerte:

--Contine usted, Isidro. Eso que dice es muy lindo, muy interesante.

Y acompa sus palabras con un gesto exagerado de voluptuosidad y
abandono, indicando el gran placer que le causaban las palabras del
hroe.

Fernando sigui adelante, con ms asombro que despecho por esta
revelacin... Maltrana tambin! Haba bastado que las gentes lo
celebraran por una hora, para que aquella muchacha fuese en su busca a
impulsos del insaciable y veleidoso deseo. El discurso de la fiesta y la
aventura del tiro hacan de l un hombre interesante, un hroe
apetecible, y all estaba Nlida junto a l, con los ojos hmedos, una
sonrisa de adoracin y la lengua pasendose vida sobre el rosa de los
labios. Isidro iba a ser el heredero de todos.

Para evitarse las miradas de ella y su sonrisa vengativa, no quiso pasar
otra vez por este rincn de la cubierta. Abajo, en la explanada de proa,
sonaba una msica pastoril, y por los intersticios del toldaje veanse
saltar las cabezas de varias personas con el ritmo de la danza.

Le haba hablado Isidro algunas veces de los bailes de los rabes
instalados en esta parte del buque, y no sabiendo adnde ir, quiso
presenciarlos, bajando a la explanada. Aglomerbase la muchedumbre,
dejando un reducido espacio a los danzarines. La llegada a Amrica
despus del aislamiento en medio del mar haba difundido una gran
alegra en el rebao ansioso de esperanza. Se aproximaban al trmino del
viaje. Buenos Aires!... Ya estaban casi tocndola. Cuatro ranchos y
cuatro sueos los separaban nada ms de la ciudad-ilusin. Iban a llegar
ms pronto de lo que deseaban: cuando ya se haban familiarizado con la
vida del Ocano y su prisa era menos apremiante.

Un sirio, erguido sobre un rollo de cables, taa una triple flauta
fabricada con caas, y al son del gangueo buclico movanse sus
compatriotas. Eran hombres morenos, de luengos bigotes: corpulentos
unos, hinchados de grasa, con la obesidad amarillenta y blanducha de los
orientales; enjutos otros, angulosos, alargados y sueltos de miembros,
lo mismo que los caballos de carrera. En recuerdo de la patria lejana,
habanse ceido pauelos a guisa de turbantes alrededor de sus
purpreos gorros, y otros ms vistosos como fajas en torno a los
riones. Danzaban puestos en fila, con grandes contoneos de caderas y
vientres. Sus hembras mantenanse aparte, como hijas de un pueblo en el
que la mujer vive aislada, sin participacin en los regocijos pblicos.

A la cabeza de la fila, dirigiendo las evoluciones de la danza y
acompandola con patadas y gritos, destacbase un joven altsimo y
enjuto de carnes, con nariz aguilea, fino bigote y ojos ardientes. Se
cubra con un caftn sucio y magnfico de seda roja bordada de oro.
Estos bordados haban tomado con los aos un empaamiento verdoso. La
seda, deshilachada en los sitios de mayor roce, dejaba escapar las
vedijas de algodn de su acolchado. Pero a pesar de esta ruina y de los
pantalones y botines de obrero europeo que dejaba ver por debajo de la
vestidura oriental, el rabe de Siria ofreca un hermoso aspecto.

Ojeda lo reconoci: era el Emir. Varias veces, al hablarle Isidro de las
danzas de los rabes, haba mencionado a este joven, alabando su postura
de caballero del desierto, que haca recordar a los hroes de las
Orientales cantados por el romanticismo.

El imaginativo Maltrana no haba vacilado en darle un nombre y una
dignidad. Era, segn l, un emir en desgracia. Como lo inclua en el
nmero de sus queridos amigos, estaba bien enterado de que marchaba
por segunda vez a Buenos Aires, donde ejerca pequeas industrias. Pero
esta vulgar realidad desechbala Isidro, por no estar de acuerdo con los
deseos de su imaginacin, y el joven rabe era un emir, segn l, y
todos sus compaeros, con mujeres e hijos, fieles sbditos que seguan a
su prncipe en el destierro.

A la cabeza de la fila formada por sus vasallos, el Emir balancebase
sobre las caderas, levantaba un pie y lanzaba relinchos bajo la mirada
protectora de la _se_ Eufrasia, que, subida en un caramanchel,
presida la fiesta con toda la majestad de su busto corpulento. Al
reparar la buena mujer en Ojeda, se atrevi a sonrerle. Saba que era
espaol por haberle visto algunas veces con don Isidro.

--Ha visto usted, seor, qu moritos graciosos? Y ah donde usted los
ve, con esas caras tan feotas, son unos infelices: ms buenos que el
pan. Los mejores de todos.

Su marido, el hombre del sombrern y la faja abultada, se aproxim al
escuchar estas palabras. Se adivinaba qu iba a decir, como de
costumbre, ansioso de fingida autoridad: Calla, Ufrasia, y no molestes
a este caballero. Las mujeres no sabs na de na. Pero no pudo decirlo.

El flautista lanz unas notas en falso y call despus, como si se le
hubiese atrancado algo en la garganta. Los bailarines quedaron
inmviles, agarrados del talle, una pierna en alto, mirando hacia el
castillo central con ojos sbitamente congestionados.

Fernando mir tambin, influenciado por este silencio, y vio a Maltrana
que acababa de descender por una escalerilla de hierro. En mitad de la
escalera estaba Nlida mirando a la muchedumbre extendida a sus pies,
orgullosa de la emocin que despertaba su presencia. La falda corta y
estrecha se haba subido impdicamente con el movimiento de descenso,
dejando a la vista una pantorrilla larga, de curva armoniosa, enfundada
en una media de seda gris con rayas caladas. En la parte ms alta, entre
la media y el pantaln, mostrbase un pedazo circular de carne desnuda,
blanca y ligeramente sonrosada como el ncar hmedo.

Adivin ella la causa de esta turbacin colectiva, de este silencio
repentino, pero quiso prolongar la situacin con una coquetera cruel,
sonriendo ante el popular homenaje. A Ojeda le pareci or mentalmente
un alarido general, un relincho inmenso que suba hasta el cielo; y no
lo lanzaban las bocas, repentinamente secas: parta de los ojos
extraviados, de las ropas estremecidas, de las narices palpitantes. La
miraban lo mismo que los pueblos primitivos debieron mirar la primera
revelacin celeste.

Maltrana, al pie de la escalera, torci el gesto e hizo seas, con el
enfado de un propietario futuro que ve prodigado sus bienes. Ella, al
fin, quiso fijarse en sus extremidades, y sin emocin alguna arregl el
desorden de la falda, borrndose la divina aparicin como la luna entre
nubes.

Slo entonces volvi la flauta a lanzar sus pastoriles gorjeos y los
danzarines reanudaron sus evoluciones. Por toda la explanada circul
inmediatamente una noticia, con la prontitud colectiva de las
muchedumbres para inventar y aceptar embustes. Era don Isidro con su
novia: una novia millonaria. Se iban a casar apenas llegasen a Buenos
Aires.

La _se_ Eufrasia se aproxim a ellos con gesto admirativo: Ah, don
Isidro! Y qu bien ha sabido usted escoger! Los hombres de talento
tienen magnfico ojo para estas cosas. Que sea para bien! Que dure
muchos aos!.... Y las otras mujeres, rabes, italianas, espaolas, se
agrupaban en torno de Nlida, admirando su hermosura, sorbiendo el aire
cual si quisieran apropiarse algo de su perfume, empujndose para sentir
el roce de sus miembros, conmovidas an, a pesar de la identidad de
sexos, por lo que haban visto aparecer en mitad de la escalera. Sentan
cierto orgullo al estar prximas a una de aquellas seoritas que slo
haban visto de lejos, asomadas a los balconajes del castillo central.

La gente joven que Maltrana haba encontrado algunas veces junto a la
verja que cerraba el paso a los camarotes, espiando las idas y venidas
de camareras y criadas, mantenase a cierta distancia, contemplando a
Nlida con una admiracin casi homicida. La devoraban todos con los
ojos. Pareca que de un momento a otro iban a caer sobre ella,
despedazndola.

Odiaban de pronto a don Isidro, admirndolo ms que antes. Nunca les
haba parecido tan grandioso. Ah, los ricos! Tenan la plata, tenan
las comodidades, y adems se llevaban las mejores mozas. A impulsos de
la envidia hacan comparaciones, pasando su mirada de la fresca Nlida a
las pobres hembras despechugadas, sucias y curtidas por el sol. Una
porquera todas ellas. Ah, miseria!...

El Emir se haba despegado de sus compaeros para ejecutar un solo de
danza. Acompaado por la flauta y agitando entre ambas manos un pauelo
rojo, bail frente a Nlida, como si la dedicase todos sus gestos y
contorsiones. Mova las caderas con femenil vaivn, lo mismo que las
almeas, provocando grandes risas por sus estremecimientos lascivos. Las
nobles facciones del prncipe del desierto cado en la desgracia se
borraban bajo el temblor de unos gestos simiescos. Sus negras pupilas
parecan arder con un fuego azulado, mientras las crneas se estriaban
de sangre. Mir a Nlida con una fijeza desconcertante; pero ella, en
vez de mostrar turbacin, avanzaba el rostro y abra la fresca boca
riendo con todo el esplendor de sus dientes, como si se burlase de las
angustias del pobre Emir. Pero su imparcialidad de muchacha experta en
la apreciacin y descubrimiento de los mritos varoniles, por ocultos
que estuviesen, hizo justicia al rabe.

--Qu lindo!--dijo volvindose a Maltrana, mientras el otro segua
bailando--. Qu hermoso pedazo de hombre!... Lstima que est aqu.

Ojeda, que permaneca cerca de ellos, pens que era una suerte para su
amigo que los reglamentos del buque no permitiesen al Emir dar un paso
fuera de la proa. De poder abandonar a la masa emigrante para ocultarse
en los recovecos del castillo central, el infortunio de Maltrana era
seguro.

Cuando el rabe ces de bailar, jadeante y sudoroso, ella avanz por la
explanada con el aire de una princesa que visita a sus vasallos. Se
reflejaba en su persona la popularidad de Isidro, y ste, por su arte,
extremaba las sonrisas, las palmadas cariosas, las palabras de falso
afecto, lo mismo que un buen rey que desea mostrarse estrechamente unido
con su pueblo.

Nlida mir varias veces a Fernando gozosa de que presenciase su
triunfo. A su lado jams haba recibido tales homenajes. Slo guardaba
para ella contradicciones y negativas. Era ms buen mozo que Maltrana:
conforme; pero no era un hroe.

Como el baile haba terminado, Fernando se volvi al castillo central.
Quiso dejar a Nlida gozando de su gloria, acogiendo serena como un
dolo la curiosidad de las mujeres y el deseo vehemente de muchos
hombres, que la seguan con pasos de tigre. Tenan el mismo gesto de los
antiguos corsarios berberiscos rondando sobre la cubierta de la galera
en torno de una beldad recin conquistada. De estar solos habran tirado
de la muchacha todos a la vez, descuartizndola para hacerla suya.

Maltrana, separado de Nlida por unos instantes, hablaba con Juan
Castillo y don Carmelo. Vena ste de la enfermera de ver a Pachn
Muios, el emigrante que preguntaba a todas horas cundo llegaba el
buque a Buenos Aires.

--Hombre perdido--dijo el de la comisara--. El mdico lo ha
desahuciado; pero l sigue entre la vida y la muerte, y cuando habla, es
para preguntar siempre lo mismo: Buenos Aires!... Cundo llegamos a
Buenos Aires?.

Por la maana, en la baha de Ro Janeiro, haban tenido que hacer
esfuerzos los enfermeros para sostenerle en la cama. Quiso huir apenas
not la inmovilidad del buque. Ya haban llegado a Buenos Aires! Le
engaaban; queran mantenerle en aquel encierro so pretexto de su salud.
Y el panorama de la vecina ciudad entrevisto por un tragaluz al
incorporarse en el lecho, haba servido para aumentar su desesperacin.
An haba sido sta ms grande al ponerse el buque en marcha. Se crea
de regreso a su tierra, despus de haber estado junto a la
ciudad-esperanza, donde le aguardaban la salud y la riqueza.

--El pobrecito est en pleno delirio--continu don Carmelo--. En vano le
dicen que vamos a Buenos Aires y que llegaremos pronto. Cree que
volvemos a su pas; y si al fin duda, pide que lo llamen a usted, seor
Maltrana. Que venga don Isidro. l lo sabe todo: l me dir la
verdad... Poda usted verle. Su presencia le servira de consuelo.

Pero Maltrana hizo un gesto evasivo. Tal vez ms tarde lo visitase.
Ahora tena mucho que hacer: no poda dejar sola a esta seorita.

Don Carmelo, acordndose de las obligaciones de su empleo, se lament
de la presencia de Muios en el buque. Llevaba realizados varios viajes
sin que ocurriese una defuncin a bordo. Examinaban a las gentes antes
de admitirlas, pero este hombre los haba engaado con su aspecto de
salud en el momento del embarque... La muerte es triste en todos los
lugares, pero an ms en el mar... Lo que l haba visto!

Record un viaje que haba hecho a Buenos Aires en otro buque
conduciendo una gran masa de emigrantes del Norte de Europa. A los pocos
das se declaraba una epidemia entre las gentes de tercera clase.

--Todas las noches echbamos al mar dos o tres. Nuestra preocupacin era
que no se enterasen los pasajeros de primera. Jams he visto un viaje
con tantas fiestas. Casi todos los das banquete extraordinario; por las
noches veladas musicales, bailes. Y mientras tocaba la msica arriba y
bailaba la gente, nosotros metiendo a los muertos en cajones, echndolos
al mar y conservando a las familias en los sollados para que no
escandalizaran con sus gritos. Cuando llegamos al trmino del viaje, la
mayor parte de los pasajeros de primera ignoraban lo ocurrido, y
protestaron al ver que los sometan a cuarentena. Treinta y ocho
cadveres al agua mientras ellos bailaban... Qu cosa el mar,
caballeros! Qu secretos los suyos!

Resignado de antemano a toda clase de emociones, hablaba tranquilamente
del prximo fin de este compatriota. Poda haberse muerto la noche
anterior, y lo habran enterrado en Ro Janeiro. Poda morirse tres das
despus, y le daran sepultura en Montevideo o Buenos Aires. Pero
indudablemente iba a fallecer durante la travesa, tal vez en la misma
noche, y lo echaran al agua. Haba que desembarazarse prontamente de
estos fardos, que nicamente sirven para entristecer a los dems. En los
buques slo pueden tolerarse los cadveres de los ricos, porque van
convenientemente embalsamados y sus herederos pagan bien. El carpintero
de a bordo estaba haciendo en aquellos momentos el cajn para Pachn
Muios. El mismo don Carmelo acababa de comunicarle la orden.

Isidro no escuch ms. Nlida le haca seas para marcharse. En medio de
su entusiasmo por la popular recepcin, experiment la joven un
sentimiento de menosprecio y asco hacia aquellas gentes. Las vio de
pronto como si acabaran de rasgarse unos velos sonrosados interpuestos
entre ellas y sus ojos. Los hombres le parecieron sucios y de una avidez
amenazante. Las mujeres, con una humildad bestial o francamente
envidiosas, eran inferiores a las domsticas que la servan. Crey
percibir ms abajo de su espalda roces insolentes, tocamientos de
atrevida curiosidad, disimulados por la aglomeracin. Hasta se imagin
sentir en los ms recnditos secretos de su cuerpo un hormigueo de
sanguinarios invasores, ansiosos de hartarse de carne nueva y rica, que
tal vez acababan de abandonar el pellejo de aquellas comadres.

--Vmonos--dijo con angustia y miedo.

Y trep por la escalera, sin importarle esta vez la delectacin que
proporcionaba a una gran parte del pblico con el divino espectculo de
sus faldas recogidas.

A media tarde empez a acentuarse el movimiento del buque. El cabeceo
suave de proa a popa, al que se haban acostumbrado todos y que pasaba
inadvertido, como un movimiento necesario para la vida igual al de la
respiracin, se hizo por instantes ms violento. El sol descendente
estaba velado por una barrera de vapores; la luz era griscea, lo mismo
que la de una tarde invernal; el mar, azul obscuro, se plegaba en largas
ondulaciones. Una brisa fresca y violenta, que pareca anunciar la
tempestad, hizo correr a los grumetes para recoger los toldos y subir
los gruesos cristales del balconaje de proa, dejando abrigada esta parte
del paseo.

Las olas, de larga pendiente, silenciosas, dormidas, uniformes, sin el
ms leve penacho blanco, no eran de gran altura, sin embargo el
trasatlntico saltaba al encontrarse con ellas, elevndose a ambos lados
de su proa dos surtidores de espuma. Vease desde la mitad del paseo
cmo se remontaba la popa cual si fuese a volar, hundindose despus con
una rapidez que angustiaba a muchos, produciendo en su diafragma una
sensacin de vaco.

Corran las gentes al balconaje para presenciar detrs de los cristales
los asaltos del mar en clera, un espectculo extraordinario despus de
tantos das de bonanza.

Maltrana, invisible hasta entonces, apareci por breves momentos al lado
de Ojeda.

--Vamos a tener tormenta--dijo frotndose las manos con una expresin de
contento--. Esto no poda continuar; tanta calma era para aburrir a
cualquiera. Un viaje sin borrasca es deshonroso. Luego, al bajar a
tierra, no habramos tenido nada que decir. Es como si un autor
escribiese una novela martima, olvidndose de colocar en ella la
obligada descripcin de una tempestad.

Pero Ojeda movi la cabeza negativamente. No haba tal tempestad: un
poco de movimiento al pasar el golfo de Santa Catalina; un simple
incidente de viaje.

A pesar de las promesas de seguridad y las sonrisas de los oficiales
del buque, muchos pasajeros contemplaban con un gesto de indignacin el
Ocano, lo mismo que si se quejasen de la infidelidad de un amigo.
Cuando todos vivan olvidados del mar, ste se haca presente con una
clera inslita. Y las miradas dolorosas, los gestos de desagrado,
parecan decir con un silencio de protesta: Esto no es lo convenido.

Los nios se aglomeraban en el balconaje subidos en sillas y bancos para
ver la llegada de las olas. La superficie triangular del castillo de
proa suba y bajaba al tropezarse con las arrugas azules e inmensas que
venan a su encuentro. Descenda como si se la tragase el abismo, y
luego disparbase hacia lo alto lo mismo que un animal que se encabrita,
temblando sus flancos con el choque de las fuerzas ocultas. Dos montaas
de espuma rematadas por sutiles cresteras asaltaban la proa,
esparciendo una nube de polvo lquido. La espuma, al caer sobre la
cubierta, convertase en agua, corriendo en ondulante lmina por las
pendientes del entarimado y escurrindose luego por las canaletas. Estas
rociadas incesantes llegaban hasta el balconaje, empaando los vidrios
con el goteo de sus lgrimas.

Brillaba como metal la madera del combs y del castillo de proa bajo la
continua inundacin. Los emigrantes estaban ocultos en los sollados. De
vez en cuando, un marinero con impermeable amarillo y casco encerado
atravesaba el combs por alguna necesidad del servicio, recibiendo
impasible las fuertes salpicaduras del Ocano, hundiendo sus botas altas
en el ro salado que cada ola haca rodar de una banda a otra del buque.

Mezclado Ojeda con las gentes que presenciaban este espectculo, fij
ms su atencin en las explosiones de la alegra infantil que en los
asaltos del mar. Los nios se agitaban alborotando a la llegada de las
olas. Otra!... otra!, gritaban con trmula alegra al ver
desarrollarse ante la proa una nueva colina azul. Quedaban en suspenso,
conteniendo la respiracin, los ojos sbitamente agrandados. Sobrevena
el golpe, encabritbase la proa, remontbanse en el espacio los dos
fantasmas de espuma para desplomarse en cascadas, y un ah! de
satisfaccin descongestionaba los pechos. A veces, si el choque era
mayor, la punta del _Goethe_, en gallarda rebelda, alzbase por encima
de las olas, sin que stas llegasen a invadirla. La gente menuda
pataleaba entonces de entusiasmo, prorrumpa en aclamaciones y saludaba
la valenta del buque con una salva de aplausos. Algunas personas
mayores contemplaban este regocijo con ojos lastimeros. Ciega
inocencia, desconocedora del peligro... Siempre que aquella marejada no
fuese en aumento!... Muchos pasajeros no se atrevan a moverse de sus
sillones y permanecan con la frente en una mano, plidos, los ojos
cerrados, cual si les hubiese acometido de pronto el sueo.

Pasando de un ventanal a otro para ver mejor la llegada de las olas,
Ojeda se encontr al lado de Mina. La rubia cabeza de Karl, que se
agitaba con sonoras risas a cada golpe de mar, le hizo fijarse en la
mujer que estaba detrs sostenindolo entre sus brazos. Como si le
avisase el magnetismo de una mirada fija en sus espaldas, la madre
volvi la cabeza, palideciendo al reconocer a Fernando. Era la primera
vez que se encontraban juntos despus del paso de la lnea. Se adivin
en su nerviosa inquietud un deseo de huir, de restablecer la
indiferencia que los haba mantenido apartados.

Intent hablar Ojeda. Pas una mano acariciante por la sedosa cabeza de
Karl, pero apenas si ste se volvi a mirarle, ocupado como estaba en la
contemplacin del mar. Igual suerte tuvieron sus palabras a Mina. Ella
slo contest con leves movimientos de cabeza, con forzados monoslabos,
mientras su palidez iba tomando un ligero tinte de rubor. No ocultaba su
vehemente deseo de huir. Pareca tener miedo, no de Fernando, sino de
ella misma. Y prometiendo a su hijo que desde otro sitio vera mejor la
llegada de las olas, lo puso en el suelo y le tom una mano, alejndose
despus. Buenas tardes, seora.

Qued desconcertado por esta fuga y experiment al mismo tiempo cierta
satisfaccin. Ella no le haba mirado con odio al marcharse. Sus ojos
ms bien eran de tristeza. Tena miedo al recuerdo. Haba sentido, al
verle, la nostalgia del pasado, la melancola de las antiguas ilusiones.

Palade Ojeda la amargura de los poderosos en desgracia, que miden con
orgullo toda la grandeza de su cada. Das antes poda considerar como
suyas tres mujeres en aquel mundo flotante. Se haban sucedido junto a
l proporcionndole la dulce ilusin ms o menos verdica que acompaa
el amor. Ahora se vea solo, completamente solo en este buque, que
tambin pareca envejecer al llegar a la ltima parte de su viaje,
encabritndose en mares obscuros y violentos despus de haberse
deslizado sobre azules y luminosas extensiones impregnadas de sol... La
novela trasatlntica de Ojeda llegaba a su fin. Deba decir adis a las
ilusiones y refugiarse en la fidelidad de sus recuerdos, lamentablemente
olvidados durante el viaje.

Este propsito de renunciacin alegraba su conciencia, pero molestaba al
mismo tiempo su orgullo de hombre, estableciendo en su interior una
violenta dualidad. Le era muy dolorosa la indiferencia de las mujeres
despus de haberlas tenido a su merced, sumisas y adorantes. Y le dola
igualmente, a pesar de su afecto amistoso, que fuese un Maltrana el
heredero de su buena suerte, el que iba a escribir con gestos de hroe
el eplogo de una de sus novelas vividas.

Su vanidad se rebelaba contra este final. En buena hora si l hubiese
roto con Nlida despus de una escena dramtica. Pero haban ocurrido
las cosas de un modo tan confuso e ilgico, que no saba Fernando
ciertamente si era l quien haba repelido a la joven o ella la que le
haba abandonado a impulsos de un nuevo deseo.

Pas el resto de la tarde hablando con unos brasileos que iban a
transbordar en Montevideo, siguiendo ros arriba hasta el interior de su
pas. Le distrajo como un libro de aventuras la conversacin con
aquellos hombres enjutos, huesosos, de una palidez enfermiza, cuya
mirada pareca tener fulgores de fiebre. Eran ingenieros y altos
empleados de ferrocarriles en construccin. Estas lneas audaces iban
partiendo el silencio centenario de inmensas selvas que permanecan
inexploradas desde el primer empuje del descubrimiento.

Haban de luchar con la maraa de la vegetacin, la inmensidad del
pantano, la ponzoa de insectos y reptiles y la maldad de los hombres.
Con el revlver al cinto presidan el trabajo de centenares de peones de
todas razas y nacionalidades. Haban de vivir siempre en guardia contra
las asechanzas del blanco, el ms maligno de los bpedos, terrible
residuo de todas las aventuras y desesperaciones de Europa. El combate
con el microbio era tambin un gran peligro en esta guerra por la
civilizacin de la tierra virgen. Bien lo indicaba el aspecto de
aquellos hombres, decrpitos en plena juventud, heridos para siempre por
la frgida estocada de la fiebre. Y ellos, desconociendo sus propios
males, hablaban con horror de las dolencias que asaltaban a los hombres
en la penumbra de la selva al remover el humus secular y las
vegetaciones dormidas: grandes abscesos de la piel que acababan por
rebullir lo mismo que un hormiguero, avivndose la carne en gusanos;
emponzoamientos de la sangre que mataban en breve tiempo a un hercleo
jayn; rpidas consunciones, devoradoras de grasas y de msculos, que
slo respetaban el esqueleto, dejndolo flotante dentro de la piel, cual
si esta fuese un traje demasiado grande. Perecan a docenas los hombres
junto a los rieles. La conquista de una laguna o de un bosque por las
cintas de acero era tan mortfera como la toma de un reducto artillado.

A la cada de la tarde vio Ojeda pasar a don Carmelo mirando a todos
lados. Iba por el buque en busca de Maltrana sin poder encontrarlo.

--Ese pobre se muere--dijo en voz baja--. Est en las ltimas. Tal vez
no exista en estos momentos. Y el infeliz llama a don Isidro; quiere
verlo para saber si realmente vamos a Buenos Aires. Una mana de
moribundo... Yo he pensado que nada cuesta darle esta satisfaccin, y
voy en busca de Maltrana hace media hora. Es extrao que no lo
encuentre. Sabe usted dnde est?

Ojeda hizo una seal negativa... Y sin embargo, de querer l, lo hubiese
podido encontrar en dos minutos. Nlida e Isidro haban desaparecido
desde media tarde.

Al anochecer, cuando acababa de sonar el toque preparatorio de la
comida, volvi a encontrarse con don Carmelo.

--Se acab. El pobrecillo ha muerto. Voy a ver al carpintero para que lo
tenga todo listo. Esta noche... al agua!... Pobre galleguito!

Maltrana se present en el comedor cuando los camareros servan el
segundo plato. Tom asiento junto a su amigo con cierta timidez, a pesar
de la satisfaccin y el contento de s mismo que respiraba su persona.
Fernando not algo extraordinario en su aspecto. Luca una flor en la
solapa del _smoking_. De su cabeza surga un perfume fuerte. Adivinbase
que haba hecho gastos extraordinarios en la peluquera. Emanaba de toda
su persona un manifiesto deseo de embellecerse, de hacer olvidar el
Maltrana de antes.

Apart los ojos de los de su amigo, temiendo ver en stos una expresin
de reproche.

--El enfermo de que me habl usted muchas veces ha muerto hace poco
rato.

Ah!... La exclamacin de Isidro revelaba indiferencia. Qu iba a
remediar con su dolor? l tena cosas ms importantes en qu pensar.

--Ha muerto llamndole--continu Ojeda--. El pobre necesitaba consuelo y
quera verle. Pero don Carmelo lo ha buscado a usted intilmente por
todo el buque.

Otra vez lanz Maltrana la misma exclamacin incolora. Y huyendo los
ojos, hizo un gesto evasivo. l tena mucho que hacer: haba estado en
su camarote hablando con Martorell del futuro Banco... Y no dijo ms,
como si temiera que Fernando le acusase de mentiroso por haber visto al
cataln en algn otro sitio durante la tarde.

Acabaron de comer los dos silenciosamente. En vano pretendi Maltrana
animar la conversacin con sus palabras; su amigo se mostraba impasible.
l tambin estaba preocupado, mirando a cada instante hacia la mesa
donde tomaba asiento el seor Kasper con su familia.

Haba amainado el oleaje despus de cerrar la noche. Unas ondulaciones
largas e irregulares conmovan el buque de tarde en tarde, pero la proa
las saltaba con facilidad.

En el comedor era menos numerosa la concurrencia. Muchos haban tomado
su alimento sobre cubierta, temiendo marearse en el encierro de abajo.
Luego de comer, la tranquilidad del mar seren los nimos y las
digestiones, restablecindose cierta alegra en el jardn de invierno.
Unas pasajeras de Ro tecleaban en el piano del saln y buscaban
romanzas en los montones de partituras, ganosas de lucir sus habilidades
ante las gentes que venan de Europa. Algunos jvenes hablaban de
improvisar un concierto, una fiesta ntima. El cielo se haba aclarado;
lucan las estrellas entre harapos de nubes en fuga; las rugosidades del
Ocano eran cada vez menos sensibles. Todos sentan un deseo de
exteriorizar el regocijo de la calma.

Ojeda tom su caf solo. Isidro, que acababa de sentarse junto a l,
huy al ver asomar una cabeza sonriente en la ventana inmediata. Lo
mismo que l! La vida en este buque era semejante a las vueltas de una
rueda.

Cuando sali a la cubierta, se detuvo en aquel lugar que en momentos de
alegra haba llamado el rincn de los besos. A travs de los vidrios
del balconaje mir la proa, que oscilaba sobre el mar obscuro. Entre
ella y el castillo central reflejbanse las luces elctricas en el piso
del combs, brillante an por las rociadas de las olas. A aquella hora
estaba desierto: la muchedumbre emigrante se aglomeraba en los sollados.

Vio Fernando en el rojo cuadro de una puerta del castillo de proa
agitarse varias siluetas con furiosos manoteos; le pareci escuchar muy
lejos voces dolorosas, un ruido de disputa. La curiosidad y el deseo de
entretenerse con algo le impulsaron a descender hasta el combs. Volvi
a or all los lamentos: unos ayes histricos de mujer llorosa, alaridos
de muchachos, semejantes al aullar de perrillos abandonados. La familia
de Pachn gritaba frente a la puerta de la enfermera, defendida por un
marinero impasible.

Fernando vio a la mujer con los ojos rojizos de lgrimas y el pelo en
desorden; vio a los hijos que gritaban, pero con los ojos en seco,
haciendo coro a su madre. No saban nada, pero el instinto les haba
avisado de repente la proximidad de la desgracia; el mismo instinto
simple y misterioso que hace aullar a las bestias domsticas, como si
oliesen la presencia de la muerte.

Queran entrar en la enfermera para ver a Pachn y tranquilizarse.
Acogan con incredulidad las palabras de un camarero espaol que,
obedeciendo la consigna, les juraba por su salud que el enfermo estaba
mejor. Chocaban sin xito contra el marinerote rubio que obstrua la
puerta con su rudeza de roca. El mdico haba prohibido la entrada y era
intil insistir.

Un nuevo personaje se mezcl en esta escena violenta. Era el seor
Antonio el _Morenito_, apiadado de los lamentos de aquellas gentes y
furioso de la dureza de los alemanes.

--Por va e Di! Esto es pior que la Inquisisin... Y esto quien lo
arregla e un servior, aunque er buque se vaya a pique.

Con la magnanimidad de un caballero andante protector de la viuda y el
hurfano, tomaba bajo el amparo de su brazo a esta mujer llorosa y sus
pequeos aulladores.

--Qu queris ustedes? Ver ar enfermo?... Pues lo veris, aunque tenga
que echarle las tripas ajuera a ese rubio fachendoso que est en la
puerta.

Prorrumpa en insultos y amenazas contra el marinero, que no poda
entenderle. Hablaba con vagas alusiones de la temible navaja, cuyo
escondrijo nadie lograba encontrar. Iba a salir a luz de un momento a
otro.

--Y si la saco, se acaba too... too!

Sinti una mano en un hombro y volvi la cabeza. Era don Carmelo el de
la comisara: el hombre que le inspiraba ms respeto en el buque; todo
un caballero, y adems paisano.

--T, _Morenito_, ya has acabado de armar escndalo, porque lo digo yo,
ea! Te vas abajo a dormir en segua, o te hago bajar de dos pats.

El bravo se encogi. nicamente de su padre y de aquel seor aguantaba
verse tratado as. Pero don Carmelo era un ngel, se portaba bien con
los pobres, y l saba distinguir a las personas buenas, obedecindolas.
A pesar de esta sumisin, an mascull protestas.

--Mardita sea! Pero lo que yo digo: si esto es pior que la
Inquisisin! Si esta pobre mujer qui ver a su maro!

Don Carmelo intent disuadir a la familia. Al da siguiente veran al
enfermo... si es que estaba mejor. Por el momento era imposible. Les
infundi tranquilidad y confianza, acostumbrado como estaba al trato de
la muchedumbre emigrante. Y el _Morenito_, pasndose al lado suyo con
un repentino cambio de humor, repeta todas sus palabras, apoyndolas
con la autoridad de su braveza. Lo que dijese aquel caballero, paisano
suyo, era la verdad. No ms llantos ni alborotos; el enfermo estaba
mejor, ya que don Carmelo lo afirmaba. Deban irse abajo a dormir.

Al desaparecer todos por la escalera del sollado, el de la comisara
habl a Ojeda en voz baja. Una hora despus, cuando los emigrantes
estuviesen encerrados, vendra el carpintero para meter el cadver en el
cajn. No haba que esperar, como otras veces, las horas reglamentarias.
Cuanto ms pronto saliesen de esto, sera mejor.

--El pobresillo est negro como un carbn. Da lstima verle!... A las
once, al agua! Si ust quiere presensi esa cosa...

Al volver juntos hacia el castillo central, don Carmelo qued un
instante en suspenso, como si se le ocurriese una idea. Por qu no
llamaban a don Jos, aquel cura espaol? En los otros viajes, cuando
haba que echar al agua un muerto, el comandante o el primer oficial
supla la falta de sacerdote. Recitaba una plegaria en alemn, con la
gorra en la mano, ante el pesado fretro, y despus la orden de
costumbre Dsele cristiana sepultura. Y el cajn caa al mar. Pero en
este viaje podan disponer de un clrigo, y el muerto era catlico.
Ojeda deba decir algo a don Jos para que asistiese a la fnebre
ceremonia. Y aqul acept, yendo en busca del cura.

Estaba ya en su camarote preparndose para dormir, pero al saber lo que
deseaban de l, se enfund de nuevo en la sotana. Era un bracero de la
Iglesia, siempre dispuesto al trabajo. De sermones, poca cosa; de
problemas teolgicos, menos; pero para confesar ocho horas seguidas y
ayudar a un cristiano a bien morir, all estaba l, insensible al
cansancio, sin miedo a los contagios de la enfermedad, habituado a la
agona humana con un coraje profesional.

Quiso ir derechamente a la enfermera para recitar junto al cadver
todas las oraciones del caso que tena en sus libros. Por qu no le
haban llamado antes, cuando aquel pobre viva an?... Fernando tuvo que
contener su celo. No deban bajar hasta el ltimo momento. Los del buque
queran mantener el suceso en secreto. No convena llamar la atencin de
los emigrantes.

Sentronse los dos en el paseo, junto a las ventanas del saln. Haba
empezado en ste la improvisada fiesta. El piano sonaba incesantemente.
Al principio del viaje nadie saba tocar: el miedo al ridculo, la falta
de trato, hacan fingir a todos una absoluta ignorancia musical. Ahora
todos se mostraban ansiosos de lucir sus habilidades, y apenas se
retiraban del teclado unas manos, caan otras sobre l vigorizadas por
el descanso. Voces femeniles entonaban romanzas sentimentales en
italiano, cancioncillas picarescas en francs y jotas de zarzuela
espaola.

El buen don Jos sinti despertar en su pensamiento algo as como un
embrin filosfico por la fuerza del contraste.

--Lo que es la vida, seor Ojeda--murmur gravemente--. stos cantando y
riendo, y nosotros, a cuatro pasos de ellos, esperando la hora para
echar al agua a un hombre. Mundo de engao!... Mundo de trampa!

Fumaba incesantemente, aprovechando la generosidad de Ojeda, que le
ofreca cigarro tras cigarro. Su cabeza empez a oscilar. Se entornaban
sus ojos para abrirse de repente con un azoramiento de sorpresa,
volviendo a cerrarse poco despus. Al fin se durmi, y su respiracin
estuvo prxima a convertirse en sonoro ronquido. Tena la costumbre de
acostarse temprano. Adems, la msica ejerca sobre l una influencia
letrgica.

Pas Maltrana junto a ellos. Nlida estaba en el saln y l vagaba por
la cubierta. Al saber que aguardaban para asistir a la fnebre
ceremonia, se le escap un gesto de contrariedad. Formul varias excusas
para justificar su ausencia, pero en vista de que la ceremonia era a las
once de la noche, se ofreci a ir con ellos. Esta hora no trastornaba
sus planes.

Aparecieron don Carmelo y el primer oficial con cierto apresuramiento,
como si deseasen finalizar cuanto antes el lgubre deber para irse a
dormir.

--Cuando usts gusten, cabayeros--dijo el de la comisara.

Despert don Jos con nervioso sobresalto, y bajaron todos a la
explanada de proa. Cuatro marineros sacaban de la enfermera un cajn de
madera blanca cepillada recientemente. Sus brazos desnudos lo sostenan
con visible esfuerzo. El pobre Pachn menudo en vida y debilitado por la
enfermedad, pesaba mucho en la muerte. A lo grueso del cajn haba que
aadir varios lingotes de hierro depositados por el carpintero junto a
su cuerpo.

Qued el fretro sobre una gran tabla apoyada en la borda. El buque
haba aminorado la marcha. Desde lo alto del puente, alguien oculto en
la obscuridad segua la ceremonia.

--A usted le toca, padre--dijo don Carmelo.

Se quit el birrete don Jos, y todos quedaron igualmente con la cabeza
descubierta. Habanse apagado las luces del combs para evitar que algn
curioso pudiese ver la ceremonia desde las cubiertas del castillo
central.

Estaban en la obscuridad, silenciosos, encogidos, lo mismo que si
preparasen un crimen. Eran fantasmas negros en torno de un cajn blanco
inclinado hacia el mar. No teman ms luz que la de las estrellas. Las
nubes, slidas como murallas al caer la tarde, se haban esponjado hasta
convertirse en montones sueltos de transparente plumn, por cuyos
intersticios asomaban los astros. El mar bata con sus ltimos
estremecimientos los costados del buque. Iba adormecindose segn
avanzaba la noche.

El sacerdote comenz a murmurar sus oraciones entre aquellos hombres
emocionados, con la cabeza baja, puestos los pies sobre un vaso flotante
de acero debajo del cual exista una profundidad de varios kilmetros
verticales de agua, un mundo de misterio que iba a tragarse como
insignificante molcula el despojo humano.

Rezaba el cura, y a lo lejos parecan contestarle las ventanas del
saln, bocas de luz que lanzaban arpegios de piano y trinos de romanza.
Las oraciones fnebres hablaban de la tierra, materia original, del
polvo al que retornamos, del gusano compaero miserable de nuestro
ltimo sueo.

Ojeda se imaginaba el pobre cementerio de aldea donde habra podido
descansar eternamente el msero Pachn, bajo lgrimas de escarcha en el
invierno, entre flores y revoloteos de insectos al llegar el verano.
Aqu no volvera a la tierra madre. La ocenica aventura haba
trastornado el final de esta existencia. Los crustceos iban a cubrir su
ltimo encierro con una capa ptrea; los escualos, lobos de la
profundidad, golpearan con su morro y sus aletas la envoltura de madera
husmeando la carne oculta; las algas trenzaran en torno sus verdes y
ondeantes cabellos, hasta que la fnebre cscara se pudriese,
confundiendo su contenido con la lquida inmensidad.

Call don Jos, como si ya no recordase ms oraciones. Bendijo el
fretro, y entonces avanz el primer oficial con aire militar, lo mismo
que un jefe que ordena una descarga de fusilera en un entierro de
soldado.

--Dsele cristiana sepultura--dijo en alemn.

Los marineros que sostenan contra la borda el tabln lo levantaron como
una palanca, y el fretro fue deslizndose, hasta que cay bruscamente
en el Ocano. Fue un ruido semejante al de una de aquellas olas que
sordamente venan a chocar con el navo.

Adis, Pachn!... Ojeda crey or un lamento lejano, una voz imaginaria
en este chapoteo de las aguas abiertas por el pesado atad y que
volvieron a cerrarse sobre su remolino de proyectil: Buenos Aires!...
Cundo llegaremos a Buenos Aires?....

El buque avanz con ms velocidad, recobrando su marcha normal. Maltrana
haba desaparecido. Ojeda y el cura volvieron a la cubierta de paseo.

Don Jos lamentaba la suerte de aquel hombre que no conoca y sobre cuyo
cadver invisible haba hecho descender su bendicin. Infeliz!
Sepultado en el mar!...

Pero Fernando no participaba de sus lamentaciones. Todos que muriesen
as. La vida es el deseo, la ilusin, la certeza de que el prximo
maana nos traer la felicidad: un maana que nunca llega. Buenos
Aires!... Cundo llegaremos a Buenos Aires?... Y el infeliz haba
muerto sin llegar. Mejor era as: mejor que perecer en la tierra deseada
poco tiempo despus, sin otra visin que la cruda realidad.

Felices los que mueren abrazados a la quimera... Bienaventurados los que
no ven cumplidos nunca sus deseos y viven en el engao, alegra de
nuestra existencia.

Y al subir por una escalerilla de hierro recibieron en la cara el soplo
musical de las enrojecidas ventanas del saln. Una voz de mujer cantaba
el amor, la nica verdad y la mentira ms grande de nuestra vida...
Pobre vida, que no puede marchar por sus propias fuerzas y necesita el
apoyo de la ilusin!




XII


Dos das antes de llegar a Buenos Aires, el _Goethe_ empez a remozarse.
Trabajaba la marinera de sol a sol bajo la mirada escrutadora de los
oficiales. Era una agitacin semejante a la de un navo de guerra en
vsperas de combate.

La ltima cubierta se empequeeca. Las balleneras pendientes sobre el
mar eran retiradas al interior, descansando fijas en sus cuas. Los
paseantes veanse obligados a moverse entre estas embarcaciones, que
slo dejaban accesibles estrechos pasadizos.

Una limpieza minuciosa y paciente retocaba el exterior de la nave desde
la lnea de flotacin a los topes, dejndola como nueva. Por todas
partes se encontraban marineros arremangados y despechugados, con un
cubo de pintura en una mano y una brocha en la otra. Sostenanse en
peligroso equilibrio sobre mstiles y barandillas. Sentados en andamios
y teniendo a sus pies el mar, pintaban los costados del buque
balancendose sobre el abismo.

Desaparecan rpidamente todos los ultrajes que las olas, el aire salino
y los roces en las entradas de los puertos haban inferido al
trasatlntico. La pintura se esparca prdigamente, lo mismo que en el
tocador de una coqueta vieja. El _Goethe_ quera llegar hermoseado al
trmino de su viaje, y un blanco de leche refrescaba los tabiques de las
cubiertas y las caeras interiores; un amarillo tierno de manteca
abrillantaba los mstiles, la chimenea y los brazos de las gras; un
negro intenso ocultaba las desconchaduras del enorme casco, dando a ste
un aspecto virginal, cual si acabase de deslizarse por la grada de un
astillero.

Los empleados de la comisara se mostraban ms atareados an que los
oficiales de la navegacin. Haba subido en el ltimo puerto el mdico
enviado de Buenos Aires para el examen de los emigrantes, y este
funcionario, acompaado por aqullos, iba inquiriendo la salud del
rebao humano acorralado en los extremos de la nave.

Funcionaba en la explanada de popa una estufa de desinfeccin, y pasaban
por ella los trajes de los emigrantes que eran susceptibles an de
cierto uso a juicio de los empleados. Las piezas andrajosas, los gabanes
de pieles de imposible despoblacin, los calzados rotos, los arrojaban
al mar, flotando en la estela del buque un rosario de mseros objetos.

Las personas eran sometidas a ruda limpieza. Desaparecan de golpe las
hirsutas melenas y las barbas patriarcales. Crneos redondos con la
sombra azulada del pelo cortado al rape, mandbulas salientes ostentando
an las erosiones de una afeitada rpida, mostrbanse en el mismo lugar
ocupado antes por barbudos personajes de trgico aspecto. Desaparecan
igualmente las altas botas oliendo a sebo, las camisas rojas ceidas al
talle por una cuerda, los gorros de piel, las sacerdotales hopalandas.
Todos se mostraban unificados por el sombrero hongo y el terno de
lanilla comprado previsoramente en un almacn de Europa.

Mujeres y chiquillos eran empujados casi a viva fuerza al bao
obligatorio con rudos fregoteos de jabn. Los dos extremos de la nave
soltaban por sus caos la mugre lquida del populacho. Al chorro de agua
cargada de cenizas y polvo de carbn que arrojaban en el mar los
purgadores de las calderas, unanse dos arroyos de lquido jabonoso y
negruzco expelidos por la proa y la popa.

Velaban con inters egosta los de la comisara por la salud y la
limpieza del rebao humano. Teman a las oficinas de inmigracin de
Buenos Aires, prontas a rechazar las gentes enfermas o de contagiosa
suciedad, obligando al buque a repatriarlas gratuitamente.

En los latinos de proa verificbanse iguales transformaciones. Las
comadres de Npoles y de Castilla abran sus arcas para extraer sayas y
corpios. La _se_ Eufrasia tronaba majestuosa con un paoln de
encendidas flores, admirado por todos, y que pareca agrandar su
autoridad.

Los rabes, por el contrario, perdan su aspecto interesante. No ms
casquetes rojos ni pauelos de colores a guisa de turbantes y fajas. El
Emir se haba despojado de su caftn de seda, e iba vestido como los
dems, con un terno a cuadros y un sombrero tirols. Adis poesa! El
prncipe de ojos de brasa, que haban perturbado por unas horas a la
sensible Nlida, era vendedor ambulante en Buenos Aires. Su comercio
consista en una larga batea llena de objetos baratos, que paseaba con
un socio compatriota, alborotando juntos los suburbios de la ciudad con
el pregn de su industria: A veinte centavos! Todo a veinte!.

Se haba transfigurado tambin la cubierta de paseo. El espacio pareca
mayor. Al disminuir el nmero de viajeros eran ms escasos los sillones,
y los paseantes podan caminar sin obstculos. Adems, la gente se
ocultaba para hacer los preparativos de desembarco.

Permanecan las seoras en sus camarotes la mayor parte del da
arreglando sus equipajes. Slo despus de las comidas se formaban
tertulias en el jardn de invierno; tertulias amistosas, sin rivalidades
en el traje ni en las joyas, vistiendo cada cual a su gusto, como gentes
preocupadas por una tarea extraordinaria y faltas de tiempo para pensar
en el propio adorno.

Slo quedaban horas contadas de viaje: aquel da y parte del siguiente.
Al anochecer tocaran en Montevideo, y antes de que amaneciese saldran
para Buenos Aires.

Mostrbanse las gentes poco comunicativas, con una creciente
predisposicin al aislamiento, agobiadas cada vez ms por las
preocupaciones que pareca sugerirles la proximidad de la tierra. Los
socios fraternales de empresas ilusorias acariciadas durante el viaje se
iban distanciando con cierta melancola. Cosas ms inmediatas y
mediocres, realidades ineludibles, iban a asaltarlos tan pronto como
descendiesen en el muelle terminal.

--De aquel negocio--se decan con mentida sonrisa--ya hablaremos en
Buenos Aires. Tiempo nos queda... Habr que pensarlo bien, porque tiene
sus dificultades.

Estas dificultades, hasta entonces no sospechadas, surgan de pronto,
como surgen los escollos al rasgarse la bruma cerca de una costa.

Un ambiente de duda, de timidez y mutismo se extenda por el buque segn
ste iba avanzando. Los emigrantes de popa, esquilados, rapados y
vestidos de limpio, permanecan silenciosos, con visible indecisin.
Parecan catecmenos que luego de las abluciones y de vestir nuevas
tnicas no saben qu otra ceremonia les aguarda ms all de la puerta
cerrada. Miraban con inquietud la tierra que iba costeando la nave, una
barrera amarilla, ondulosa, de cumbres bajas. Qu encontraran en
aquella Amrica?... Ya no sonaba el acorden; los rusos haban olvidado
su danza gimnstica.

Los bulliciosos latinos de la proa tambin estaban silenciosos y
preocupados, como los navegantes que avistan una tierra nueva.
nicamente el Emir y algunos espaoles que llegaban a la Argentina por
segunda vez parecan contentos. La gaita pastoril sonaba lo mismo que
las otras tardes en el silencio del mar, pero su dulzura buclica tena
cierto temblor de sonrisa. El taedor era de los que regresaban a la
tierra americana, saludndola con su msica simple. En el muelle iba a
encontrar los amigos de su pueblo, su familia, todos los atractivos de
una nueva patria libremente escogida.

El _Morenito_ callaba, como si se reconociese de pronto sin autoridad y
sin fuerza para aleccionar a aquellos jvenes cansados de admirarle. Lo
que ellos admiraban ahora era la faja amarilla de la costa, que iba
desarrollando ante el buque sus entrantes y salientes. Veanse faros, de
cuyos vidrios arrancaba el sol una flecha roja; pinceladas blancas que
eran pueblos, y masas obscuras, largas, uniformes, que eran arboledas.

Comenzaba a dudar el valentn, sumido en el silencio. Avisbale un
obscuro instinto lo quimrico de los planes heroicos concebidos en la
soledad ocenica. La tierra cercana pareca repeler sus valerosas
concepciones. Perciba en torno de l un ambiente de restriccin y de
orden ms imperioso que el que haba dejado a sus espaldas al
embarcarse. Tena menos fe en la posibilidad de una partida para hacerse
rico y en todas las matanzas soadas de indios bravos a tanto por
cabeza. Ahora ms que antes necesitaba la presencia y el consejo de don
Isidro para que le infundiese nimos con su sabidura. Pero dnde
estaba don Isidro?...

Muchos, en el castillo central, podan haberse hecho la misma pregunta
de no estar preocupados con los preparativos del desembarco. Maltrana,
desde la salida de Ro Janeiro, se dejaba ver muy poco, y ms bien
pareca huir de la popularidad que le haba proporcionado su herosmo.
Esta fuga iba acompaada de un acicalamiento extraordinario de su
persona. Se hermoseaba por instantes, a impulsos de un firme deseo de
parecer mejor.

La juventud no es ms que una voluntad--pensaba Ojeda--. Cada hora que
transcurre parece ms joven. Bien se conoce que est enamorado. Nada
rejuvenece a un hombre como el amor.

El fugitivo Maltrana evitaba igualmente el encuentro con su amigo. El
da antes slo le haba visto Fernando dos veces: a las horas de comer.
Irritado a causa de este apartamiento, acab por hablarle con
hostilidad. Era un Maltrana distinto al de los das anteriores. Nlida
le haba influenciado, participaba de sus odios, y tal vez por esto hua
de l como si fuese un enemigo.

Le felicit Ojeda agresivamente por su buena fortuna, y Maltrana, con la
ceguera del hombre amado, acept ingenuamente estos plcemes
venenosos... S; estaba contento de la vida. Alguna vez le haba de
tocar a l.

--Bien s que no soy gran cosa--dijo con falsa modestia; pero as y
todo, alguien se ha fijado en m. A veces tiene xito la fealdad.
Adems, me encuentran una cabeza de carcter; voy afeitado, y esto gusta
a algunas personas ms que los bigotes.

Haba desaparecido para los dos amigos todo afecto. Nlida estaba entre
ellos fomentando un sentimiento irresistible de rivalidad.

Crey Fernando que deba romper para siempre con su compaero. Fue un
movimiento del que se arrepinti a los pocos instantes, cuando sus
palabras ya no tenan remedio.

--Siga usted su buena suerte, Maltrana. Y como puede traerle perjuicios
y disgustos el ser amigo mo, que cada cual eche por distinto lado... y
como si no nos conocisemos.

Haban pasado sin hablarse la tarde y la noche del da anterior. Durante
la comida busc Isidro con sus ojos la mirada de Fernando, como un perro
humilde que intenta volver a la gracia de su dueo. Pero un sentimiento
de dignidad y el egosmo de no perder sus buenas relaciones con Nlida
le mantuvieron en silencio. El otro, por su parte, mostrbase fosco,
huyendo su mirada de la de Isidro, pero compadecindole interiormente.
Pobre muchacho! La nica culpable era aquella loca, que se haba
propuesto enemistarlos.

A la maana siguiente, Maltrana no pudo resistir por ms tiempo esta
separacin, y abord a su amigo en la cubierta. Pareca desesperado.
Que unos hombres como ellos, que hacan el viaje lo mismo que hermanos,
fuesen a pelearse al final!...

--No hay mujer que valga lo que una buena amistad... Es una simpleza
reir por esa loquilla, que no sabe ciertamente lo que quiere... Venga
esa mano, Ojeda. Y si no quiere darme la mano, dme dos puntapis: es lo
mismo. Lo importante es que volvamos a ser lo que ramos antes.

Y se uni a l como al principio del viaje, permaneciendo a su lado ms
tiempo que junto a Nlida. sta rondaba cerca de ellos, y slo a fuerza
de guios y manoteos consegua arrastrar a Isidro por algunos instantes.
En vano lo increpaba vindole con el otro. Mantenase firme en su
amistad, y dispuesto a seguir a Ojeda y dejar a Nlida si sta insista
en sus odios.

Acodados en la borda, contemplaban los dos amigos el color del agua.
Haba cambiado de tono. Ya no tena el azul grisceo de los mares
europeos, el azul dorado del trpico ni el azul profundo y luminoso de
las costas brasileas. Ahora su coloracin era verde, un verde claro con
reflejos amarillentos. Y as como el buque iba avanzando, sobreponase
el amarillo al verde, hasta que las aguas tomaban un color terroso
semejante al de los ros desbordados, como si el Ocano recibiera la
avalancha de una enorme inundacin.

El doctor Zurita se uni a ellos. Era por la tarde, despus del
almuerzo.

--Miran ustedes el agua?--pregunt--. Esa agua ya es nuestra, tiene ms
de dulce que de salada; viene del corazn de Amrica. Es el ro de la
Plata, que, al desembocar, se extiende leguas y leguas mar adentro.

Alegrbase el doctor contemplando el color de las aguas, como si con
ellas viniese a su encuentro algo de la patria. An estaban muy lejos de
la desembocadura del ro, y sin embargo enviaba hasta all su corriente,
modificando el sabor y el color del Ocano.

--Es enorme nuestro ro, no?... Qu le parece, _che_?--preguntaba con
orgullo patritico, gozndose de la estupefaccin de Maltrana.

Los dos amigos hablaron de la falsedad de su ttulo. Gaboto lo haba
bautizado con el ttulo de ro de la Plata por varias planchuelas
procedentes del alto Per que le haban trocado las tribus, pero jams
en sus riberas se haba encontrado una pepita de dicho metal. Era ms
justo su primer nombre de Mar Dulce: expresaba mejor su acutica
inmensidad, sin orillas visibles.

Revivi en la memoria de los dos espaoles la tragedia de su
descubrimiento. Pocos aos despus de la muerte de Coln, ya navegaban
por estas latitudes los navos espaoles buscando un estrecho para pasar
al otro Ocano, al llamado mar del Sur, descubierto por Balboa. Deseaban
llegar a las espaldas de Castilla del Oro, que as se titulaba entonces
la parte conocida de la Amrica Central.

Daz de Sols, piloto mayor de Castilla, que mandaba estas naves, al
avistar la enorme embocadura metase por ella, creyendo haber encontrado
el ansiado estrecho, pero la dulzura de las aguas le haca abandonar su
ilusin. Aquel mar de agitado y continuo oleaje, sin costas visibles,
era simplemente un ro. Prodigios que reservaban las misteriosas Indias
occidentales a los nautas del viejo mundo!...

As quedaba descubierto el Mar Dulce de Sols, pero el descubridor
pagaba su hazaa con la vida. Gran marino, pero mediocre hombre de
pelea, acostumbrado al tranquilo manejo de las cartas de navegar, al
examen de los pilotos en la Casa de Contratacin de Sevilla, y sin
experiencia en los ardides de la guerra indiana, haba bajado a tierra
creyendo en los signos de paz de los indgenas, y stos lo haban
asesinado a la vista de sus gentes en las orillas del mismo ro que
acababa de descubrir, asando luego su cuerpo para devorarlo en sagrado
banquete. Y la pequea expedicin, que slo iba a la descubierta, sin
haber hecho preparativos de guerra, hua ro abajo despavorida por esta
tragedia.

El duro Oviedo, historiador y hombre de combate, apenas se apiadaba del
infortunio de Sols al hacer su relato. Le parecan naturales estas
catstrofes siempre que se enviasen hombres de mar al descubrimiento de
las nuevas tierras. Los nautas eran nicamente para el manejo de las
naos que condujesen a los verdaderos conquistadores. Y stos deban ser
hombres de coraza, hombres de a caballo, incapaces de confianzas y
blanduras.

--Saben ustedes--pregunt Maltrana--qu recompensa pidi Sols al rey
antes de embarcarse para hacer este descubrimiento?

Acordbase de lo que haba ledo aos antes en los documentos del
archivo de Simancas, cuando tomaba notas para una obra de encargo.

La monarqua andaba escasa de dinero en aquellos tiempos, y sus
servidores, dando por intiles las peticiones monetarias, solicitaban
como premio concesiones y cargos. Sols, que era una autoridad
cientfica de su poca, el primer sabio oficial en las cosas del mar,
explotaba su prestigio desde Sevilla, aprovechando todas las ocasiones
favorables para formular una peticin. Don Fernando el Catlico, a su
demanda, le conceda los bienes de un vecino que se haba suicidado. En
aquellos siglos, la fortuna del suicida pasaba a la corona. Luego, a la
hora de embarcarse para su ltima expedicin, el piloto mayor solicitaba
un premio ms extraordinario y raro como recompensa de sus futuros
servicios.

--La noble ciudad de Segovia no tena manceba--continu Maltrana--. A
juzgar por un informe de Sols al rey, las mujeres de partido
distribuan sus favores en unos corrales de ganado de las afueras, y l
solicit para s y sus descendientes el privilegio de poder establecer
una manceba oficial dentro de los muros de la ciudad. As se lo
prometi el Rey Catlico; pero el gran piloto acab sus das en estas
tierras, sin que pudiese montar su industria de Segovia.

Intervino Ojeda al ver el gesto escandalizado del doctor Zurita.

--Cada poca tiene su moral y sus preocupaciones. Durante la Edad Media,
lo mismo en Espaa que en otros pases, el monopolio de las mancebas
fue una de las mejores rentas de muchas casas nobles. Esta merced slo
la daban los reyes en pago de grandes servicios. Famosos monasterios
gozaban de tal concesin, para aplicar sus productos a las necesidades
del culto. Algunas veces eran conventos de mujeres los que disfrutaban
dicho privilegio, y sus aristocrticas abadesas reciban sin escrpulo
el dinero de las pecadoras de cinturn dorado.

Zurita hizo gestos afirmativos. Algo de eso lo haba ledo l, y no le
causaba escndalo el premio solicitado. Lo que llamaba su atencin era
que en todo el descubrimiento de Amrica nicamente se le hubiese
ocurrido solicitar tal merced al primer explorador del ro en cuyas
riberas haba de nacer aos adelante la ciudad de Buenos Aires. Se
acord de las innobles industrias establecidas con profusin en la gran
urbe inmigratoria por extranjeros vidos de ganancia; de la trata de
mujeres, que extenda desde all su reclutamiento a diversos pases de
Europa. La antigua madre de la manceba clsica haba sido sustituida
por hombres de negocios que comerciaban en carne humana.

--Qu casualidad!--continu Zurita--. Cualquiera dira que Sols
adivinaba el porvenir...

La atencin de los tres se sinti atrada por los muchos buques que
navegaban en direccin contraria al _Goethe_. Hasta entonces, el Ocano
se haba mostrado con una soledad majestuosa. Slo despus de varios
das asomaba en lontananza la nubecilla de un vapor o la pincelada gris
de un velero. Ahora se poblaba su extensin amarillenta con buques de
todas clases: fragatas cabeceantes que hundan sus proas en la espuma a
impulsos de los hinchados trapos; vapores negros que regresaban a Europa
despus de librar su cargamento de carbn; goletas minsculas
inclinndose sobre las olas con una inestabilidad que arrancaba gritos
de miedo a las mujeres agrupadas en las bordas del _Goethe_. Este
trnsito de buques era semejante al de los vehculos y peatones que en
pleno campo anuncia la cercana de una enorme ciudad todava oculta. Iba
entrando el trasatlntico en la gran corriente de navegacin que hace
del ro de la Plata una de las avenidas ms frecuentadas del comercio
mundial.

Empez la gente a fijarse en una isla que desde mucho antes haba
aparecido ante la proa. El buque pasaba entre ella y la costa lejana.

--Los lobos! los lobos!--gritaron de un extremo a otro del paseo.

Y corran los nios, sintiendo la emocin de los cuentos maravillosos
que infunden pavor, y tras ellos las criadas, las madres, todas las
mujeres, con una curiosidad igual a la de los pequeos.

Pasbanse los anteojos para ver los lobos marinos descansando en filas a
lo largo de la isla y en torno a un faro. Algunos de estos animales
parecan figuras yacentes sobre el pedestal de una roca. El sol de la
tarde se reflejaba en sus hmedas envolturas, dndolas un reflejo de
oro. Eran a modo de pellejos de aceite rematados por una cabeza de perro
chato. Permanecan inmviles, flcidos, torpes, bajo la caricia plida
de los rayos solares, rezumando grasa por sus poros. Muchos parecan
dormir. Algunos ms jvenes, como si presintiesen un peligro al
aproximarse al buque se arrastraban sobre sus cortas nadaderas,
arrojndose al agua con el estrepitoso chapoteo de un odre inflado.
Luego reaparecan, asomando a flor de agua su cabeza semejante a una
pelota negra con mostachos. Esta isla era el trmino de su avance desde
los glaciales mares del Sur. Hasta all llegaban, viniendo de los bancos
de hielo, para explorar la amplia boca del estuario del Plata.

Desapareci el sol tras una barrera de nubes. Esfumbase la costa con
una bruma rojiza. El agua tom de pronto el tono sombro de un mar de
invierno. Muchos se estremecieron de fro en sus trajes veraniegos.
Maltrana crey que el lejano Polo les enviaba su respiracin antes de
que lograsen introducirse en el abrigo del estuario.

--Con tal que no tengamos bruma!--dijo el doctor--. La niebla en el ro
es de lo ms fregado. Hay necesidad de parar a cada momento, de hacer
seales, para evitar un choque... Cosa pesada!

Luego invit a los dos amigos a que lo acompaasen en su visita a las
mquinas del buque. No quera desembarcar sin conocer el alma de este
hotel flotante en el que haba vivido quince das. Deseaba hacer
partcipes de sus emociones a las seoras de la familia, pero todas se
haban negado: Las mquinas! Ay, no! Qu suciedad!. Y el buen
doctor, como si no pudiese realizar la visita sin un compaero que
recibiese sus impresiones, insisti, hasta conseguir que los dos amigos
le acompaasen por los tortuosos corredores de la cubierta baja.

El mayordomo hizo girar una puertecilla, y se vieron en una especie de
patio interior semejante a los que se abren en mitad de los grandes
edificios para darles aire y luz. Su altura era la del buque, desde la
quilla a la ltima cubierta, y en sus cuatro paredes blancas y lisas no
haba otra comunicacin con el resto del trasatlntico que la pequea
puerta de entrada. Varias galeras de hierro marcaban los diversos pisos
de este departamento que ocupaba toda la parte central del navo.

Un emparrillado de acero divida el gran pozo cuadrado y blanco en dos
secciones. Pasaban a travs de l los mbolos de las mquinas, subiendo
y bajando incesantemente en sus cilindros verticales. Ms abajo de esta
plataforma estaban las mquinas, y los tres visitantes llegaron a ellas
descendiendo por varias escalerillas de acero. Llevaban en las manos
pedazos de estopa para defenderse de la grasa que pareca sudar el metal
de las barandas y paredes. Un calor pegajoso oprima el pecho, al mismo
tiempo que pinchaba el olfato con hedores de hulla y aceite mineral.

Al llegar a lo ltimo de este amplio pozo, junto a la quilla, donde
estaban las mquinas y sus servidores, el calor era menos denso.
Sentase un latigazo de aire glacial al pasar junto a las bocas de los
grandes ventiladores.

Era un panorama de troncos metlicos animados por inquieta nerviosidad;
una vegetacin de acero que mova sus ramas, suba, bajaba y se
entrechocaba, haciendo penetrar los diversos tentculos unos en otros.
El brillante metal lanzaba al moverse un resplandor blanco y viscoso.

Todo este organismo inquieto y vibrador, que pareca fabricado de plata
y de grasa, no dorma a ninguna hora. Haba empezado su movimiento en el
mar del Norte y lo continuaba a travs de medio planeta, indiferente al
cansancio, lo mismo de da que de noche, a la hora en que los hombres
viven, a la hora en que los hombres suean, bajo el sol y bajo las
estrellas, como si el tiempo y la distancia careciesen de realidad ante
su vigor sobrehumano. Las breves inmovilidades en los puertos no
significaban para l inercia y descanso. Sus miembros frreos quedaban
en corto reposo, pero el fuego vivificante segua ardiendo en sus
entraas. La sangre blanca del vapor continuaba circulando por el
sistema arterial de sus vlvulas y tuberas.

Precedidos por un hombre rubio y flemtico con galones plateados en las
bocamangas y la gorra, iban los tres visitantes por entre las mquinas
enclavadas en el fondo de este espacio cuadrangular. Las paredes suban
lisas, iguales, sin una ventana, sin el menor resquicio, unidas por las
diversas galeras y la plataforma. Pero estos obstculos nicos eran
casi transparentes, con la sutilidad de los enrejados de metal, a travs
de los cuales pasa la mirada. En lo ltimo, a catorce metros de altura,
estaban alzadas las tapas de cristales sobre la cubierta de los botes,
dejando ver dos fragmentos de cielo.

El doctor Zurita se enter minuciosamente de las funciones de las
diversas mquinas. Las dos ms grandes, que ocupaban con sus majestuosas
dimensiones la mayor parte del espacio, eran las generadoras del
movimiento del buque, las propulsoras de las hlices. A un lado una
mquina ms pequea, productora de la luz; a otro lado la del fro, para
los depsitos de alimentos y las necesidades de la vida a bordo,
organismo potente y triunfador que en aquella atmsfera clida, cerca de
los hornos inflamados, mantena sus tuberas y cilindros bajo el forro
lagrimeante de una gruesa costra de hielo.

Avanzaron sobre un piso de placas de metal. En unos lugares perciban
sus pies la frescura de la humedad; en otros aplastaban como arena
crujiente el polvo diamantino de la hulla. De pronto, perciban en sus
cabezas un torbellino glacial, inesperado, que cosquilleaba las narices
con la picazn del estornudo y pareca querer arrebatarles las gorras.
Mirando a lo alto, se encontraban con la boca de un tubo enorme que
suba y suba, pulido y circular como el interior de un telescopio, con
gran parte de su redondez de intestino sumida en la obscuridad y un
dbil resplandor de tragaluz all en lo alto, junto a la boca curva e
invisible. Era un ventilador de los que alzaban sus trombones amarillos
sobre las diversas cubiertas. Y estos tubos de ventilacin, as como
otros tneles verticales abiertos desde las mquinas a lo alto del
navo, tenan en sus paredes estribos de acero que servan de peldaos;
leves escaleras por las que podan trepar las gentes de las mquinas en
momentos de peligro.

El gua de los galones plateados abri una puerta de acero pequea como
una ventana y del espesor de un muro. Su cierre, instantneo, hermtico,
absoluto, era semejante al de las piezas de artillera. Iba a
ensearles uno de los dos tneles por los que pasaban los rboles de las
hlices. Entraron agachando la cabeza en una galera angosta de ms de
treinta metros de longitud, ocupada nicamente por una barra de acero
que giraba y giraba tendida en sus ajustes, brillando como una espiral
de mercurio. Un rosario de bombillas elctricas alumbraba da y noche la
continua rotacin en el silencio y la soledad de esta alma metlica,
seora absoluta del tnel submarino. El lado interior de la galera era
vertical; el exterior abrase en ngulo hacia arriba, marcando el
arranque del vientre de la nave. Una lluvia menuda y lubrificadora caa
sobre el rbol para facilitar y enfriar el frotamiento de su incesante
rotacin.

Zurita quiso saber a qu profundidad estaban en aquel sitio. Hallbanse
siete metros ms abajo de la superficie del Ocano.

--Lo que nadar en estos momentos sobre nuestras cabezas!--dijo
Maltrana, Los apreciables vecinos que tal vez colean al otro lado de
esta pared!

Y daba con los nudillos en el muro de acero, sordo, dursimo, semejante
a un bloque inmenso, tras el cual era difcil imaginarse la ms leve
oquedad.

El extremo del rbol, que en sus incesantes vueltas se perda al final
del tnel, les inspiraba no menos admiracin. Ni un ruido, ni el ms
leve roce. Y sin embargo, la espiral de plata, atravesando la popa del
buque, surga en pleno Ocano para levantar un torbellino espumoso con
las revoluciones vertiginosas de sus uas retorcidas. La idea de que
estaban a siete metros bajo del agua, y que bastara la ms pequea
grieta en el tnel para morir instantneamente, aislados por la puerta
inconmovible, produjo cierta angustia en Maltrana.

--Esto ya est visto. Si fusemos a visitar algo ms interesante?...

Su pasaje por las calderas fue breve; las hornallas en fila expelan un
calor infernal. Asomronse a un departamento negro, en el cual se
agitaban varios hombres medio desnudos, con un gorrito blanco en la
cabeza. Eran de pelo rubio, flacos, como si el excesivo calor hubiese
derretido su grasa, pero con gruesos tendones y robustas coyunturas, que
al menor esfuerzo se marcaban vigorosamente. Cuando abran la portezuela
de un horno para echar en l paletadas de carbn, su resplandor lo
iluminaba todo con reflejos de incendio, y los hombres blancos de ojos
azules aparecan grotescos y terribles bajo el holln que tiznaba sus
caras y sus miembros. Al cerrar la portezuela volva el departamento a
sumirse en una penumbra saturada de polvo de carbn. Los pies se movan
como en una playa crujiente sobre la hulla desmenuzada. Un sabor de humo
y de grasa descenda por las gargantas.

Volvieron a las mquinas, y junto a ellas escucharon las explicaciones
del gua. En las entradas y salidas de los puertos, en todo momento
difcil, el primer ingeniero se colocaba en una galera alta, lo mismo
que el comandante del buque tomaba su sitio en el puente. Los dos
gobernantes de este mundo interocenico vigilaban sus respectivas
funciones: uno la direccin; otro el movimiento. Y el telgrafo interno
de seales una las dos inteligencias con rpidas comunicaciones.

Junto al primer ingeniero se colocaba el segundo, encargado de recibir
los avisos del puente y transmitirlos abajo a las mquinas. Dos
maquinistas--que con la aficin germnica a los ttulos y jerarquas se
titulaban ingenieros terceros--cuidaban, cada uno por separado, de los
dos grandes motores que hacan marchar al buque. Otro ingeniero tercero
vigilaba las mquinas auxiliares productoras de la luz y el fro.

Al terminar el viaje redondo, cuando el trasatlntico regresaba a
Hamburgo, sus mquinas eran reparadas minuciosamente. Durante quince
das reciba los mismos cuidados que un caballo de carreras que se
prepara para una nueva corrida.

Los tres visitantes admiraron el silencio y la sumisin con que estos
organismos enormes cumplan sus funciones cual si tuvieran un alma y se
sometiesen voluntariamente a una disciplina. Ni el ms leve ruido
alteraba el silencio del metal que se mova envuelto en la sordina de la
grasa. Todos los organismos funcionaban con la suavidad discreta del
lubrificante.

El acero arrollado en tubos, extendido en placas, alargado en mbolos,
redondeado en discos, permaneca callado e impasible, sin transpirar el
misterio ruidoso de las potencias que se agitaban en sus entraas. Su
rigidez no dejaba adivinar con palpitaciones materiales el agua
abrasadora, el vapor asfixiante, el fuego anonadador, a los que bastaba
el ms leve escape para atraer la catstrofe y la muerte. Las fuerzas
ciegas y crueles estaban domadas, canalizadas, sumisas, dctiles, se
transformaban en silencio; realizaban sus transmutaciones de vida con
religioso quietismo. nicamente el calor espeso, pegajoso, hmedo, con
su perfume picante de hulla, denunciaba la presencia del gran misterio
de los tiempos modernos: la engendracin del movimiento en el seno del
metal.

Isidro se maravillaba de la sencillez con que estas mquinas gigantescas
cumplan su funcin.

--Quin dira que estamos en un buque!--exclam--. Usted, Fernando, que
es poeta, u otro escritor profesional, si hubieran de describir esta
parte del _Goethe_, qu cosas tan hermosas diran... y tan falsas! De
seguro que el lugar donde estamos sera el templo del fuego y las
mquinas los altares. El viejo dios Baal saldra a colacin, y adems un
sinnmero de imgenes interesantes sobre la lucha del buque, que lleva
una hoguera en sus entraas, con el mpetu de las fras olas: el
conflicto entre el fuego y el agua...

Tal vez este lugar del trasatlntico ofreca un inters dramtico en
noches de tempestad, cuando los hombres alimentaban las inquietas
mquinas, expuestos a quemarse mientras arriba pasaban las olas sobre la
cubierta, y todo el buque temblaba y se acostaba bajo los fieros golpes.
Pero ahora!...

--Es difcil imaginarse--continu Maltrana--que estamos en el Ocano y
estas mquinas sirven para remover las aguas marchando sobre ellas. En
nada se adivina la proximidad del mar. Lo mismo podran ser las mquinas
de una fbrica de zapatos o de tejidos. Slo falta el ruido de los
talleres para que la ilusin sea completa.

Subieron despus las escalerillas, respirando con deleite al llegar a la
cubierta. La tarde estaba cada vez ms obscura, como si en mitad de ella
fuese a caer la noche. No se vea la costa. Una muralla gris alzbase
entre ella y el buque, y pareca avanzar con lentitud, devorando el
verde polvoriento de las aguas.

--Pucha! La niebla!--exclam Zurita--. Tenemos para rato. A saber
cundo llegaremos a Montevideo.

Separronse los tres, como si experimentasen la necesidad de hablar con
otras personas despus del mucho tiempo que llevaban juntos. El doctor
se fue en busca de las damas de su familia, para contarles lo que haba
visto. Ojeda sigui adelante por la cubierta, en silencioso paseo.
Maltrana le abandon al pasar ante el rincn de las cocotas. Le atrajo
el verlas a casi todas con los sillones juntos, apretadas en torno de
Madama Berta, la andariega veterana, cuyos consejos oan religiosamente
en asuntos de Amrica. La proximidad al trmino del viaje las haca
buscarse y apelotonarse con una solidaridad profesional, como si
adivinasen peligros cercanos que deban arrostrar en comn.

Las que hacan su primer viaje eran miradas por las otras con lstima y
envidia. Quin tuviese sus ilusiones!... Recordaban las esperanzas
risueas, las doradas mentiras que las haban acompaado en su llegada
al ro de la Plata. Y despus, haban visto tanto!...

Berta call al notar que un hombre se haba aproximado al grupo. Pero
era Maltrana, un amigo de confianza, y sigui hablando a la joven
Ernestina, la de la hermosa cabellera, a la que rodeaban todas con
cierta predileccin, cual si fuese una hermana menor, inocente y mimada.
Sus gracias decadentes y artificiales parecan avivarse al contacto de
esta juventud inconsciente y esplendorosa.

--Cuando yo llegu aqu, hace quince aos--dijo Berta--, qu cosas
traa en la cabeza! Iba a poner el pie en el pas del oro; tena miedo
de llegar tarde, de que otras se me adelantasen pillando lo mejor...
Crea que el buque no avanzaba con bastante rapidez por el ro; contaba
los nmeros pintados en unas boyas que marcan el canal para los vapores
grandes. Sesenta y cuatro... sesenta y tres; ya no faltaban ms que
sesenta y tres kilmetros para llegar a Buenos Aires. Bestia de m!
Siempre se llega demasiado pronto. Para lo que se encuentra al
final!...

Y una sonrisa de cansancio dejaba al descubierto su dentadura con
engastes de oro.

Ernestina expuso sus ilusiones, acompandolas con un gesto de humildad.
Ella era artista y ansiaba la gloria. Su porvenir estaba en el teatro.
Iba a hacer la vida alegre y tarifada en esta Amrica, de la que le
haban dicho maravillas, pero por escaso tiempo y con pretensiones
modestas. Slo aspiraba a reunir cincuenta mil francos. Con esta
cantidad y su aspecto, que no era del todo malo, pensaba abrirse paso en
Pars. Obligara a un director de teatro a que la contratase,
interesndose en su empresa con unos cuantos miles de francos; pagara a
los crticos. Lo importante era debutar, y luego... luego!... Brillaba
en sus ojos el resplandor de ilusin y de engao que inflama a todos los
visionarios de la gloria. Cincuenta mil francos!... No los encontrara
en aquel pas de ricos una mujercita como ella, amable y joven... y
artista? Y su fe en el porvenir se apoyaba especialmente en esta ltima
cualidad.

Las oyentes la escuchaban con expresiones contradictorias. Unas crean
realizable su ilusin. Otras, fatalistas y melanclicas, torcan el
gesto. Saban lo que poda alcanzarse en aquella tierra. Vivir nada
ms... y gracias. Al principio, una gloria rpida, y luego, la miseria:
una miseria peor que la de Europa.

--Cincuenta mil francos!--dijo Berta--. No es mucho. Todo depende de
la suerte: del primer amigo que encuentres. Tal vez los hagas en dos
meses, tal vez tardes aos; tal vez no los juntes nunca.

Y le daba consejos inspirados por su larga experiencia. El peligro era
el hombre americano, el jovencito simptico y moreno, arrogante unas
veces, como macho dominador, dulzn otras, con una suavidad de manteca,
gran bailarn, que conquistaba a las mujeres mecindolas en sus brazos
al comps del tango, generoso y manirroto hasta el deslumbramiento en
las primeras semanas de la iniciacin, hbil despus para recobrar lo
suyo y llevarse algo ms si era posible, con pretexto de prdidas en el
juego.

Berta iba indicando los remedios autoritariamente, como un sargento que
lee a los reclutas los artculos de la Ordenanza.

--Lo primero que debes hacer es dejarte el corazn en el barco y bajar a
tierra sin l. Aqu no venimos a enamorarnos: venimos a hacer plata. Eso
es... Luego, cuando recojas dinero no lo guardes contigo, pues te lo
sacarn. No, no muevas la cabeza: te lo sacarn. T no sabes qu gentes
hay en Buenos Aires; lo mejorcito de cada pas. Yo soy yo, y sin embargo
me han engaado muchas veces. Las mujeres somos bestias cuando nos vemos
solas en un pas extranjero y sentimos la necesidad de un verdadero
amigo... Todos los sbados irs al Banco Francs para depositar tus
ahorros. O mejor an, los giras directamente a Francia. As no corres el
peligro de que tu amigo se entere y te los haga sacar del Banco,
convencindote a fuerza de besos o de bofetadas... Toma siempre dinero;
no aceptes acciones ni papelotes de ninguna clase.

En esto ltimo insisti mucho la veterana, como si an estuviera latente
en su memoria algn recuerdo penoso. Seores que pasaban por millonarios
se dejaban adorar meses y meses sin soltar ms que insignificantes
obsequios, hasta que al fin la pobre mujer crea llegado el momento de
realizar sus esperanzas formulando una peticin. Mi gringa linda: no te
puedo dar plata porque los negocios andan mal. Adems, la plata la
gastaras inmediatamente. Voy a darte algo mejor que asegure tu
porvenir; voy a despojarme de un papel magnfico. Y le entregaba un
rimero de acciones correspondientes a una de tantas empresas ilusorias
que diariamente se iniciaban en el pas. La mujer guardaba los papeles,
creyendo poseer una fortuna. El negocio no daba producto todava, pero
ms adelante!... Fortalecase su fe con el ejemplo de empresas salidas
de la nada en esta tierra de milagros, que haban llegado a realizar
las ms fabulosas ganancias.

--Y la pobre--continu Berta--sigue adorando al hombre que la ha hecho
rica, y cuando intenta realizar su resma de ttulos, se entera de que
nicamente pueden servirle para empapelar su dormitorio.

Apiadbase la veterana de la suerte de muchas que haban llegado a
Buenos Aires con el propsito de hacer dinero en pocos meses, regresando
inmediatamente a Pars, y llevaban aos y aos encadenadas por la
miseria, sin esperanza de volver.

La prudente Marcela, la que preguntaba a todos por la cosecha, asinti
con movimientos afirmativos.

--Su esperanza--dijo--es la misma de los hombres, que siempre aguardan
un buen negocio el da siguiente. Y as se les pasan los aos; y como
estn solas, para alegrarse un poco se entregan a la morfina, a la
cocana, al opio, al ter.

Ignoraba la polica tales vicios. Como las gentes del pas no gustaban
de ellos, no constituan un peligro nacional. Eso era para las gringas
nada ms. Se vendan en la gran ciudad los venenos consoladores
profusamente, y las desesperadas, sin fuerzas para volver y sin
esperanza en el porvenir, entregbanse a ellos, contrayendo horrorosas
enfermedades.

Las ms expertas del grupo convenan en sus apreciaciones. Buenos Aires,
una buena plaza de negocios para la que supiera guardar franca la
salida. Una ratonera mortal para la que se quedaba dentro.

--Nosotras somos golondrinas--dijo Marcela--, lo mismo que esos
segadores italianos que llegan todos los aos en el momento de la
cosecha, recogen sus jornales y se vuelven a su pas. Es lo mejor.

Maltrana sonri contemplando a esta banda de cocotas golondrinas que
anualmente levantaban el vuelo desde Pars si las noticias de la cosecha
eran buenas. Durante su permanencia en la ciudad de la esperanza, se
apiadaban de las compaeras que haban quedado dentro del cerco con las
alas rotas, sin fuerzas para saltar, ebrias de veneno que reavivaba
falsamente las ilusiones de su primero y nico viaje.

Un movimiento general de las gentes que ocupaban la cubierta interrumpi
esta conversacin, haciendo abandonar sus sillones a las francesas.
Corran todos al costado de estribor para ver en la tarde brumosa el
bulto negro de un barco igual al _Goethe_ que avanzaba sobre l como si
fuese a embestirlo. Algunos empezaron a sentirse inquietos por esta
aproximacin; pero cuando los dos buques estuvieron prximos, se fue
abriendo la distancia entre sus cascos. Era un trasatlntico de la misma
Compaa de navegacin, que acababa de salir de Montevideo con rumbo a
Europa. Vena de los puertos del Pacfico, salvando los grandes oleajes
de los mares del Sur y los canalizos tortuosos del estrecho de
Magallanes bordeados de montaas de hielo.

Ambos buques se saludaron con los bramidos de sus chimeneas y pasaron
muy prximos, pudiendo verse los pasajeros de uno y otro. Las bordas
estaban ocupadas por figurillas semejantes a muecos que agitasen
automticamente los brazos con un punto blanco en su extremidad: el
pauelo o la gorra. Habase izado la bandera en las dos popas, y los
alemanes la saludaron con un entusiasmo gritn: _Hoch!... hoch!_. La
msica del _Goethe_ subi a la cubierta de los botes, y en los
intermedios del bramar de la chimenea oanse los golpes del bombo y el
armnico mugido de los instrumentos de metal. En el buque de enfrente
tambin se destacaba el brillo de los cobres y las figuritas de los
msicos, puestos en crculo en la ltima cubierta. Cuatro trompetas
largusimas, cuatro tubos semejantes a los que guiaban la marcha de los
legionarios romanos, abran sus bocas doradas por encima de las
cabecitas, y en los intervalos de silencio llegaba hasta el _Goethe_ su
lejano rugido.

Los chilenos se entusiasmaron al ver este buque que vena de su patria.
Algunos haban corrido a la oficina telegrfica para conocer los nombres
de los compatriotas que iban a Europa en el otro trasatlntico, y los
repetan entre ellos. Sonaban en su conversacin apellidos vascos y
andaluces de arcaico eufonismo: apellidos de los que slo se conservaba
en la Pennsula un recuerdo tradicional en crnicas y comedias de otros
siglos. Acogan con el inters de un gran suceso la noticia de los que
marchaban al viejo mundo. Todos eran amigos, todos eran algo parientes
en aquella Repblica de clases cerradas, donde el gobierno y la riqueza
se mantienen en posesin de las antiguas familias coloniales, cada vez
ms unidas por los matrimonios dentro de la misma casta.

--Viva Chile!--gritaban enrgicamente saludando a las lejanas
figuritas.

Miraban aquel buque lo mismo que si fuese suyo porque vena de su pas;
aclamaban a las pequeas personas alineadas en sus bordas creyendo
reconocerlas; acogan como una respuesta a estos vivas el rugido apagado
que llegaba hasta ellos por encima del mar. Algunos, con el
enardecimiento de su entusiasmo, daban el viva extravagante y heroico de
las grandes batallas, el que acompaa al populacho armado y patritico de
los rotos en sus empresas hazaescas, la aclamacin reveladora de un
carcter testarudo, capaz de ir adelante por encima de todos los
obstculos.

--Viva Chile, m...!

El buque se alej con sus trompetitas brillantes en lo alto y la
muchedumbre liliputiense alineada en los diversos pisos. Un rayo de sol
plido ilumin su popa durante algunos instantes con reflejos de oro
antiguo. Luego, como si el Ocano hubiese despertado nicamente para
presenciar este encuentro, se restableci la sombra, y algo ms denso
que la sombra asalt al _Goethe_ a los pocos minutos.

Una muralla gris avanzaba sobre l, devorando el azul del cielo y el
verde amarillento del mar. La niebla envolvi al buque cuando entraba en
la embocadura del estuario. Empez a navegar con lentitud. Algunas veces
pareca detenerse, como si fluctuase indeciso, no sabiendo qu direccin
seguir, y poco despus reanudaba la marcha. Rasgaba la sirena de
minuto en minuto con un aullido lgubre esta noche blanca sobrevenida en
plena tarde. A corta distancia de las bordas cerraba la bruma toda
visualidad. Los que miraban abajo slo vean unos cuantos palmos de
superficie acutica. Ms all, el humo turbio y denso lo devoraba todo.
El mstil de trinquete y la proa eran dbiles sombras, siluetas
borrosas, plidos dibujos sobre un fondo gris.

Muchos pasajeros, especialmente las mujeres, mostraban inquietud.
Excitaban sus nervios los rugidos de la chimenea, que parecan
llamamientos de socorro. Irritbales no poder ver, marchar a ciegas por
unos parajes de frecuente navegacin. Pensaban en la posibilidad de un
choque en esta atmsfera formida y traidora. Hubiesen preferido la vida
estrepitosa de una tempestad.

A los rugidos del trasatlntico contestaban, apagados por la distancia y
la bruma, los de otros buques. Tal vez estaban prximos. La niebla
atena los sones. Para suplir la intermitencia de los bramidos de la
chimenea, la campana del vapor tintineaba incesantemente, movida por un
grumete. Este repiqueteo, semejante a un toque de misa, excitaba an ms
la nerviosidad de las seoras. Criticaban muchos al capitn porque
segua adelante, exponindolos a un choque con otro buque o a encallar
en los bajos del ro.

De pronto, un silbido en el puente, un estrpito en la proa de
cabrestantes sueltos y cadenas escurrindose. El buque qued inmvil;
acababa de anclar, en espera de que se aclarase la atmsfera.

Y entonces, por una de esas inconsecuencias propias de las muchedumbres,
se reprodujo la protesta en los mismos que se haban quejado al ver el
buque en marcha. Estos alemanes cachazudos y prudentes! Un capitn de
otro pas hubiese seguido adelante.

Las mujeres golpeaban el suelo con el pie. Cundo entraran en
Montevideo? Tal vez pasasen la noche en el ro; tal vez no llegaran a
Buenos Aires en todo el da siguiente. El doctor Zurita hablaba de
nieblas que haban durado tres das.

--Y aqu nos quedaremos, lo mismo que si estuvisemos en una isla...
Qu fregatina!

Pronto se cansaron los pasajeros de contemplar la cortina de bruma.
Muchos crean ver en su densa superficie bultos negros que surgan de
pronto y se agrandaban, siluetas de buques viniendo sobre ellos a todo
vapor. Acabaron por resignarse, mostrando un valor fatalista; lo que
hubiese de ocurrir era inevitable. Adems, el buque segua lanzando cada
medio minuto un bramido indicador de su presencia. Y paseaban por la
cubierta con cierto entorpecimiento, con una sensacin de extraeza en
los pies, que ya estaban acostumbrados a la movilidad del suelo. Se
haban encendido todas las luces en el interior del buque; sonaba el
piano del saln, y pasaban junto a las ventanas parejas de danzantes
ganosos de aprovechar la inercia de la espera.

El fumadero no tena un asiento libre. Muchos sentan la necesidad de
beber, para quitarse el mal sabor que la niebla dejaba en las gargantas.
Los artistas de opereta aparecan con sus mejores trajes. Se haban
vestido a media tarde para bajar a tierra, creyendo que antes de una
hora estaran en Montevideo. La inmovilidad del buque los colocaba en
una situacin algo ridcula: ellas oprimidas en sus vestidos flamantes,
con grandes sombreros, sin atreverse a tomar asiento por miedo a ajar
las faldas; ellos con el bastn en la mano, sufriendo el tormento del
cuello alto entre las dems gentes que conservaban los cmodos trajes de
viaje. A saber cundo podran desembarcar!... Todos se lamentaban con
gestos teatrales de este contratiempo de ltima hora.

Ojeda ocup una mesa en la terraza de fumadero con su compatriota
Conchita.

--Paisana, vamos a llegar--haba dicho al verla--. Permtame que la
invite a tomar algo. Celebremos el buen viaje.

Ahora que se vea sin amistades femeniles gustbale conversar con la
graciosa madrilea, a la que apenas haba prestado atencin en los das
anteriores. Y ella, adivinando que este acercamiento repentino slo era
por el deseo egosta de no verse solo, burlbase de sus aventuras en el
buque.

--A usted, paisano, nicamente le interesa lo extranjero. No tiene ni
una mirada para lo de casa... Claro! Las de la tierra somos poco
distinguidas, no tenemos _chic_, como dicen esas seoras que hablan con
Isidro.

Fernando la mir con inters creciente. Conchita estaba libre de la
virtuosa presencia de doa Zobeida, que andaba por abajo en arreglos de
equipaje. Los ojitos negros tenan una expresin maliciosa y
prometedora. A l no le pareca mal la madrilea... Pero en vspera de
la llegada a Buenos Aires! Cargar con un nuevo compromiso un hombre
como l, que iba a la ventura!...

Su conversacin gir al poco rato sobre el dinero y la nueva vida que
les esperaba all. Qu pensaba hacer Concha al desembarcar? Tena
algn amigo en aquella tierra?... Pero la muchacha rio con una
inconsciencia valerosa. Nadie la esperaba, ni ella necesitaba apoyo
alguno. Entrara en Buenos Aires como en su casa; lo mismo que si
hubiese nacido all.

--Y dinero, sabe usted, paisano? ni una peseta, ni una perra gorda.
Tengo el gusto de desembarcar con el bolsillo limpio. Quiero que conste
as, para cuando yo vaya en automvil, tenga collares de perlas y los
peridicos publiquen mi biografa con retrato. Me quedaba un poco de
dinero, muy poco! al bajar en Ro con doa Zobeida. La pobre seora me
convid y yo la convid; luego volvi a obsequiarme, y yo, por no ser
menos, le devolv el obsequio. Total, que en automviles, refrescos,
frutas del pas y dems, se me fue el dinero. A lo ltimo me quedaban
diez pesetas, y me las gast en sellos y postales, enviando recuerdos a
los amigos y amigas de Espaa. No me queda ni una mota. Limpia por
completo! As camina una ms ligera.

Rea con cierta agresividad, como si desafiase al porvenir. Cuando
llegara a Buenos Aires, subira a un coche, el primero que le saliese al
paso, ordenando al cochero que la llevara a un hotel espaol. En el
hotel pagaran el importe de la carrera. Y luego, a vivir, a esperar...
En peores trances se haba visto. Una mujer como ella poda correr el
mundo sin una peseta. No todos los hombres iban a ser tan adustos y
distrados como uno que ella conoca--aqu Ojeda salud irnicamente,
no sabiendo qu contestar--. Tena antiguos amigos en Argentina: seores
que haba conocido durante su paso por Madrid; unos, americanos; otros,
espaoles establecidos en Buenos Aires. Ignoraba sus domicilios, pero
ella averiguara.

--Yo soy capaz de descubrir dnde se acuesta el diablo. Adems, cuento
con la suerte, con lo que una no espera. Me da el corazn que se
presentar algo bueno.

Fernando la habl de las francesas que iban en el buque. Tal vez tuviese
ms suerte que ellas. Quin sabe a lo que llegara en Buenos Aires!
Pero la espaola torci el gesto. Ella no ambicionaba joyas, ni
pretenda llamar la atencin por su elegancia. Vivir bien y nada ms.

--Isidro dice que yo soy una mujer para la gente... clsica. No s lo
que ser eso. A m me gustan los hombres serios; nada de ruidos. Vivir
con uno como en familia.

Pretendi Ojeda tentar su codicia de mujer, hablando de los diamantes
que conquistaban en Argentina y Brasil las cortesanas viajeras. Pero
Conchita torci otra vez el gesto con expresin de protesta.

--No; yo no quiero diamantes. Para como los ganan muchas!... Yo soy
clsica, como dice Isidro, y no me presto a ciertas cosas. A m me gusta
como Dios manda, se entera usted?... como Dios manda.

Y no pudo dar explicaciones ms claras sobre qu es lo que Dios manda,
pues se present doa Zobeida, que, terminados sus quehaceres, iba por
la cubierta en busca de la buena seorita. Corri la gente hacia el
balconaje de proa, como si la atrajese una gran novedad. El buque se
mova otra vez; iba avanzando lentamente. Persista la bruma, pero era
menos densa. Los ojos alcanzaban a ver a mayor distancia a travs de su
blanco humo.

Esta marcha devolvi el buen humor a los que se preparaban a bajar en
Montevideo. Era un avance tmido pero continuo a travs de la bruma, que
se presentaba en oleadas densas, como si la atmsfera se solidificase a
trechos. Deslizbase esta cortina ro abajo y resurga el _Goethe_ a una
niebla menos espesa, que transparentaba los perfiles lejanos como
fluidas siluetas. Al poco tiempo, una nueva avalancha cegadora pasaba
sobre el buque, y as iba avanzando ste, con rpidos trnsitos, de una
obscuridad absoluta a una penumbra vaporosa y lctea.

La luz macilenta que haba podido filtrar el da a travs de estos
cortinajes lbregos acababa de extinguirse con la llegada de la noche.
El buque apareca iluminado desde las cubiertas bajas a los topes. Sus
costados estaban agujereados como negros panales por los ojos gneos de
los tragaluces. Los reverberos de las cubiertas daban a la niebla
invasora un temblor irisado. En ciertos momentos, el trasatlntico
pareca inmvil, y nicamente al avanzar la cabeza fuera de la borda se
convencan los pasajeros de que marchaba, oyendo el chapoteo invisible
de sus flancos.

Ojeda vio pasar a Mina junto a l, una Mina distinta en su aspecto
exterior a la que haba conocido hasta entonces, siempre vestida de
blanco y con la cabeza descubierta. Un gabn obscuro la envolva del
cuello a los pies. Su rostro estaba medio oculto por un ancho sombrero y
un velo tupido. Ella, que en los das anteriores evitaba todo encuentro
con Fernando, pas repetidas veces junto a l. Hasta crey adivinar a
travs del velo que sus ojos le miraban intencionadamente.

Al llegar en sus evoluciones cerca de una escalerilla de la cubierta de
botes, volvi Mina la cabeza con muda invitacin y subi rpidamente.
Fernando, despus de una espera prudente, fue tras de sus pasos.

Se encontraron arriba en una lctea penumbra atravesada por la flecha
roja de las luces solitarias. Nadie ms que ellos. Experimentaron cierta
cortedad al verse frente a frente, como si se arrepintieran de esta
entrevista. A los pocos momentos chorreaba la humedad por sus ropas.
Sentan las manos humedecidas, e instintivamente las guardaron en los
bolsillos. Toda su vida se concentr en los ojos.

Ella fue la primera en romper el silencio.

No poda resignarse a dejar el buque sin hablar con l por ltima vez,
sin decirle adis. Y Fernando, emocionado por el tono de humildad con
que hablaba esta mujer, sac las manos de los bolsillos buscando las
suyas. Mina!... Brunilda adorada!... De su existencia en medio del
Ocano, ella iba a ser el nico recuerdo que permanecera en pie.

La alemana habl al principio con timidez, en tercera persona, evitando
el tuteo de la pasin; pero luego, con sbita familiaridad, se expres
libremente, lo mismo que cuando paseaban por la cubierta a altas horas
de la noche.

--- Me has hecho mucho dao. Lo que yo he sufrido!... Quise odiarte, y
no pude... Al verte con otra, hua, hua, detestando a tu compaera;
pero a ti no. Y ahora no he podido alejarme sin decirte adis.

Ay! Si l no hubiese sentido la fatal curiosidad... Si se hubiera
limitado a amarla como ella quera... qu felicidad la de los dos!...

--No puedo censurarte. T eres hombre y necesitas la posesin; y yo soy
una pobre enferma, sin otros encantos que los del alma, los que no se
ven... Y ahora, adis; tal vez para siempre, tal vez por algn tiempo
nada ms. El mundo es tan pequeo!...

La compaa iba a desembarcar en Montevideo. Trabajara tres semanas en
esta ciudad, mientras quedaba libre un teatro de Buenos Aires.

--Pronto ir adonde t estars... pero quin sabe! Aunque vivamos en el
mismo sitio, no nos veremos. Somos de distintos mundos; t no te
acordars de m. Quin soy yo?... Ni siquiera una buena memoria: una
decepcin, un recuerdo penoso.

l protest con toda la vehemencia de su carcter, apasionado y
elocuente cuando estaba en contacto con una mujer. Guardara memoria de
ella mientras viviese. Las otras no haban dejado en su recuerdo ms que
una sensacin de penosa hartura.

--No te creo--dijo ella--. T s que sers el mejor recuerdo de mi
existencia... Me has hecho sufrir mucho. Tu fuga me hizo ver una
decadencia y una miseria que tena olvidadas. Pero aun as, gracias,
muchas gracias! Te debo la nica felicidad que he conocido.

Viva ella embrutecida por el desaliento, resignada a no conocer otra
vez el amor, encanto de la existencia. Y llegaba l, para fijarse en su
belleza marchita, inadvertida de los otros, y la despertaba
misericordiosamente, tomndola en sus brazos, elevndola hasta su boca.

Esta felicidad haba durado poco. Un pequeo rayo de sol, una risa de
oro en el limbo de su existencia: un relmpago de luz alegre, y luego la
noche otra vez, la desesperacin de reconocer su decadencia. Pero a
pesar de esto, repeta sus palabras de gratitud. Gracias, muchas
gracias! Se llevaba con ella algo que no le iban a quitar: la dulce
melancola del recuerdo, que puede embellecer la penumbra de una
existencia resignada. Pensara en l, como en un otoo suave, cuando
sintiese el fro de la soledad.

--Aunque no me des ms, ya has hecho bastante... Tal vez sea mejor que
no volvamos a encontrarnos. Te ver en mi recuerdo cada vez ms grande,
ms atractivo... Y ahora, adis. Separmonos. Tengo que hacer abajo.

Fernando, que horas antes apenas se acordaba de ella, sintise triste al
abandonarla. Experiment la melancola del actor que empieza a entrar
en su personaje y ve que le arrebatan de pronto el papel. Haba saltado
atrs con el pensamiento, suprimiendo unos das, y se contemplaba en el
silencio de la noche equinoccial paseando por el rincn de los besos
sosteniendo con un brazo a la romntica alemana, prxima a desvanecerse
de sentimentalismo. Las palabras de entonces volvan a sus labios:
Novia ma!... Mi walkyria!.

Aquella mujer era la nica en el buque que le haba amado con
desinters. Y quera separarse de l as, framente, sin aadir algo a
sus palabras?...

Estaban cogidos de ambas manos, con los dedos entrecruzados. l tir sin
encontrar resistencia, y ella, sumisa, adivinando sus deseos, dej caer
la cabeza sobre un hombro de Fernando. Mina no habl, pero l crea
escuchar su voz infantil y medrosa, tal como haba sonado abajo noches
antes: Boca, s... Cabina, no....

Su beso fue triste, dificultoso. Sus caras, al juntarse, estaban hmedas
y chorreantes por la niebla. Ella bes como en la primera noche, de
abajo arriba, entornando los ojos, palpitantes las alillas de la nariz,
frunciendo los labios, como una flor que cierra sus ptalos. Pero
Fernando slo encontr en esta caricia una sensacin lejana, semejante a
la de un perfume desvanecido, a la de una msica borrosa. Adems, el ala
del sombrero se clav en su frente, el velo arremolinado le rasp una
mejilla, la punta de un alfiler largo, que pareca animado de vida
maligna, busc traidoramente uno de sus ojos.

Ella se separ con rudo tirn. Adis! adis! Y al estar junto a la
escalerilla, volvi an la cara hacia Ojeda para despedirse con voz
trmula:

--Novio mo!... mi poeta! Acurdate alguna vez.

Al descender Fernando a la cubierta de paseo, vio a Mina hablando en
alemn con otras de la compaa. Pas junto a ella, y al encontrarse con
sus ojos, stos le miraron indiferentes, sin la ms leve emocin, cual
si fuese un desconocido.

Empezaron a marcarse a travs de la niebla, cada vez ms clara, varios
puntos de luz: unos, fijos; otros, intermitentes, parpadeando como ojos
de cclope. Una nube rojiza se extenda frente a la proa sobre el perfil
negro de la costa. Deba ser el reflejo de una ciudad iluminada...
Montevideo!

Y otra vez la inconstancia de la muchedumbre se puso de manifiesto con
alabanzas al capitn por haber avanzado sin extravos a pesar de la
niebla.

Abranse grandes claros en el cielo al rasgarse la bruma. Eran largos
colgantes de intenso azul en los que flotaban enjambres de estrellas. Al
poco rato, una brisa fresca barra los ltimos jirones, que se
amontonaron ms all de la popa, ro abajo, formando una barrera blanca.

Quedaron completamente al descubierto, con la limpieza de un cuadro
recin lavado, la superficie del estuario y la costa negra con sus
resplandores de faros y de pueblos. El oleaje rompa y entremezclaba los
reflejos de los astros, haciendo danzar estas luces sin calor, lo mismo
que fuegos fatuos.

Volvi a lanzar sus bramidos el _Goethe_ en la noche serena, manteniendo
su marcha lenta, cual si no se atreviese a avanzar solo. Despus de la
comida se agolparon los pasajeros en las bordas, atrados por una
novedad. Una luz vena al encuentro del buque al ras de las aguas; una
luz que se agitaba locamente en continuo balanceo, ocultndose con
frecuencia al interponerse una ola entre ella y el navo.

Algunos pasajeros reconocieron esta luz. Era el vaporcito del prctico
de Montevideo. Desde lo alto del _Goethe_, inmvil como una isla,
parecan insignificantes las ondulaciones que venan a chocar contra sus
costados; pero al mirar la luz que se aproximaba titubeante, algunas
mujeres daban gritos de angustia. El vaporcito, ancho y profundo, de
robusta chimenea, navegaba, sin embargo, como un pedazo de corcho a
merced de las olas, sacudido, retorcido, zarandeado por encontradas
fuerzas. A veces desapareca su luz, como si se la hubiesen tragado las
aguas, y tras largo eclipse volva a aparecer ms all, donde nadie
esperaba verla.

--Qu ro el de la Plata!--dijo con orgullo el doctor Zurita a
Isidro--. Y lo que usted ve no es nada... Hay que pasarlo un da de
tormenta... Algunos que no se marean yendo a Europa, echan hasta el alma
en un vapor del ro.

El buque del prctico entr en la zona iluminada del _Goethe_. Los
pasajeros vieron abajo una ancha cubierta mojada por el oleaje, unos
cuantos hombres con impermeables, la boca de una chimenea que ces de
arrojar humo, y las luces de varios faroles. Una escala de cuerda cay
desde el trasatlntico y un hombre gate por sus travesaos. A los pocos
minutos sonaron en lo alto del buque los timbres de seales para las
mquinas. Se despeg el vaporcito, alejndose con violento y grotesco
cabeceo, semejante a los traspis de un beodo. El _Goethe_, con el
prctico en el puente, aceler su marcha, poniendo la proa rectamente a
Montevideo.

Empezaron a surgir rosarios de luces entre las masas de sombra de la
costa. Unas eran rojas y mortecinas; otras, blancas y erizadas de
fulgores: una procesin cada vez ms larga y de filas mltiples segn el
vapor iba avanzando. En lo alto del cielo, un astro poderoso centelleaba
con intermitencias, rasgando la obscuridad. Los uruguayos saludaron esta
faja parpadeante de luz con patritico entusiasmo. Era el faro del
Cerro; el monte que al ser visto por los primeros navegantes espaoles
dio, segn la tradicin, su nombre a la ciudad.

Las luces se iban extendiendo profusamente. Alinebanse en dobles filas,
indicando el trazado de los bulevares exteriores; otras ms dbiles
punteaban con rangos superpuestos la negra masa de los edificios. Junto
al agua brillaban los focos elctricos del muelle y las linternas
multicolores de los buques.

Rompi a tocar la banda del _Goethe_ la marcha triunfal con que saludaba
el ingreso en los puertos. A un lado del buque surgi un muralln con
espumas en su base. Era la escollera. Vironse muelles con puente
agolpada en sus bordes; edificios altos; arranques de calles que se
perdan en lontananza entre una doble fila de rboles y faroles; luces
movibles de tranvas y automviles.

Algunos pasajeros se agitaban de un lado a otro de la cubierta, como si
les faltase el tiempo para desembarcar.

--Ya estamos!... Ya hemos llegado!

Pas el _Goethe_ por entre buques tan enormes como l, trasatlnticos
que iban con rumbo a Europa o a los puertos del Pacfico, y slo
anclaban unas horas, cerca de la embocadura, para salir inmediatamente.
Sus luces rojas, verdes y blancas reflejbanse con violento serpenteo en
las aguas removidas por el paso continuo de lanchas y remolcadores.

Cuando la gente del _Goethe_ crea que el buque iba a seguir avanzando,
hasta pegarse a un muelle, se detuvo en mitad de la drsena, lo mismo
que los otros trasatlnticos, y son en su proa el estrepitoso rodar de
las cadenas de anclaje. Fondo!... Qued inmvil la nave, e
inmediatamente la rodearon los pequeos vapores que evolucionaban en
torno de ella. Aglomerbase el gento en sus cubiertas agitando
pauelos, dando gritos para llamar la atencin de los pasajeros del
trasatlntico alineados en las bordas. Y muchos de stos, al avanzar sus
cabezas para ver mejor a la muchedumbre que llenaba los pequeos buques,
reconocieron caras amigas, saludndolas con gritos de regocijo y
preguntas sobre los ausentes.

Unos eran de Buenos Aires, y haban bajado el ro para dar la bienvenida
a las familias que regresaban de Europa; otros esperaban el momento de
subir al trasatlntico, por curiosidad o por exigencias del oficio.

El _Goethe_ haba encendido en sus costados poderosos focos de luz
verde, que daba a los rostros un tono lvido, haciendo palidecer los
faroles de las embarcaciones inmediatas. Despus de larga espera
quedaron francas las escalas del buque, lanzndose por ellas la
muchedumbre como si subiera al asalto.

Los primeros en entrar fueron los vendedores de peridicos, pregonando
los ltimos diarios y revistas de Buenos Aires y de Montevideo.
Arrebatbanse los viajeros el papel impreso, ansiosos de enterarse de
las noticias de su pas, como si temiesen que durante su aislamiento en
el mar hubieran ocurrido los sucesos ms extraordinarios. Despus
subieron corredores de los hoteles de Buenos Aires y agentes de empresas
de transportes, ofreciendo sus servicios. Todos hablaban de la gran
ciudad situada al final del estuario, como si ella existiese nicamente
y la otra que estaba a la vista fuese una simple portera del ro.
Esparcanse por el trasatlntico los que haban llegado de Buenos Aires
para saludar a sus amigos. Gritos, llamadas, reconocimientos, abrazos,
preguntas por los parientes que esperaban all.

Los pasajeros con destino a Montevideo desfilaban por una escala
especial hasta un vaporcito de amplia cubierta. Todas las damas de la
opereta bajaron estos peldaos de madera con el gesto majestuoso de una
reina de teatro que desciende por una escalinata de cartn. Las
estrellas de la compaa avanzaban entorpecidas por los grandes ramos
que les haba enviado el empresario a guisa de saludo. Hasta las
coristas parecan otras al descender a tierra. Contestaban a los saludos
de Maltrana con una discrecin de grandes seoras que abandonan su
incgnito. Ya estaban en Amrica. La fortuna, indudablemente, les
reservaba gratas sorpresas. Haba que hacerse valer, olvidando las
promiscuidades del buque.

Fernando vio a Mina que bajaba la ltima, llevando el nio por delante y
sosteniendo en sus brazos varias ropas y paquetes. Pas junto a l como
si no quisiera verle, contestando a su mirada de despedida con un ligero
movimiento de cabeza.

Adis, Karl!... La mano de Ojeda haba acariciado al nio, y ste
movi la cabeza, considerndolo un instante con la expresin del que
recuerda de pronto a una persona olvidada. Luego se alej de l sin un
saludo, sin una sonrisa, con el enfurruamiento de su gravedad precoz.

Miraba Isidro la ciudad, alabando su hermoso aspecto.

--Ya estamos en nuestra Amrica, Ojeda. Crea usted que bajara con
gusto, pero no me place ver una ciudad de noche, y el buque saldr antes
del amanecer.

Ojeda haba estado en Montevideo aos antes, y guardaba un buen
recuerdo.

--Algn da la veremos--dijo--. Vamos a ser vecinos de ella. Un viaje de
una noche nada ms... Quin sabe cuntas veces tendremos que volver por
aqu!...

Un estallido de aplausos, acompaado de vibrantes aclamaciones, son en
la cubierta superior. El curioso Maltrana corri escalera arriba, y
Fernando tras l. Una muchedumbre llenaba el jardn de invierno y el
saln. Algunas banderas tricolores desplegbanse sobre las cabezas
descubiertas.

--Los gringos! Vamos a ver a los gringos!--decan los nios en el
paseo, acudiendo curiosos, atrados por los aplausos.

Varias comisiones de sociedades italianas de Montevideo haban venido a
saludar a su compatriota el conferencista ilustre de paso para Buenos
Aires. Todos se lamentaban de que no descendiese inmediatamente en su
ciudad; le pedan que volviera cuanto antes a Montevideo. Isidro se fij
en los diversos aspectos de los comisionados: unos, bien vestidos,
revelando en el empaque de sus personas la satisfaccin de una fortuna
recin conquistada; otros, ms humildes, con el aspecto de obreros
endomingados; pero todos rebosando un orgullo patritico por esta
visita, que les recordaba la tierra lejana y pareca aumentar su propia
importancia en el pas de adopcin.

El conferencista, que haba pasado casi inadvertido durante la travesa,
se agigantaba ahora de golpe con este homenaje popular. Muchas seoras
que apenas se haban fijado en l, sonrean y lo encontraban muy
distinguido de figura.

Un mocetn italiano, representante de una sociedad obrera, salud al
_professore_ con un discursito aprendido de memoria. Lo recit de buena
fe, con la conviccin de que estaba trabajando por la gloria de su pas.
Celebraba la llegada del grande hombre como la aparicin del da, con
enftico lenguaje: _Egregio professore: Voi siete come la stella del
mattino..._. Y mientras aplaudan los compatriotas, la estrella de la
maana acaricibase las barbas y se afirmaba los lentes pensando en su
contestacin.

--Y el abate?--dijo Maltrana--, Dnde estar el otro conferencista?

Haban vuelto los dos amigos al paseo, huyendo del sudoroso calor y los
empellones de la gente aglomerada. Cerca del caf vieron al abate
rodeado de tres jvenes que haban venido de Buenos Aires para darle la
bienvenida.

--Poco xito--dijo Isidro--. El italiano lo aplasta con sus masas.
Fjese usted: tres jovencitos nada ms, tres nios de buena familia, que
indudablemente vienen enviados por sus mams.

Ojeda movi la cabeza negativamente. Los recibimientos eran distintos,
cierto; pero faltaba ver el final, el resultado positivo de las
conferencias.

--Los dos vienen a ganar dinero, y eso es lo que en realidad les
importa. Ver usted cmo el otro, a pesar de tantas aclamaciones,
msicas y banderas, no se lleva lo que el abate.

Al seguir circulando por la cubierta, vieron nuevas personas que se
haban agregado a los grupos de viajeros. Todas las familias argentinas
rodeaban a alguien que haba realizado el viaje a Montevideo para
saludarlas. Y el recin llegado hablaba y hablaba, para satisfacer su
curiosidad ansiosa de novedades.

En la terraza del fumadero encontraron a todos los Kasper sentados a una
mesa gravemente, como si celebrasen un consejo de familia. Frente a
Nlida estaba un mocetn alto, tostado por el sol y de mirada dura.

Maltrana pas rpidamente mirando a otro lado, cual si quisiera evitarse
saludos y presentaciones.

--Se ha fijado usted?--dijo a Ojeda algunos pasos ms all--. Es el
hermano, el centauro de la Pampa, que ha venido a esperarlos; el
vengador que amenaza a su hermana con desfigurarle el rostro... La
pobrecita est desde esta tarde con un susto mortal. Un radiograma les
hizo saber que el brbaro los esperaba en Montevideo, y en seguida me
rog que no me acercase a ella. Veremos en qu para esto.

Al otro lado del paseo encontraron al hombre misterioso. Maltrana, al
verle, experiment gran sorpresa. Oh prodigio! El hombre lgubre no
estaba solo; tena un amigo. Hablaba con l un joven que pareca por su
aspecto un ayuda de cmara.

--Esto va ponindose claro, Ojeda. Algn cmplice que viene a darle
aviso. La polica lo espera indudablemente en Buenos Aires... Pero ese
amigacho parece un criado de casa grande. No estarn preparando juntos
algn mal golpe?... De todos modos, vamos a saber la verdad maana. Yo
no me voy sin averiguar lo que encierra el camarote.

Fatigados de codearse con la gente de tierra que llenaba las cubiertas,
se refugiaron en el fumadero. Tambin era extraordinaria la concurrencia
en este saln. Casi todas las mesas estaban ocupadas. Los pasajeros
obsequiaban a los amigos que haban venido a saludarles.

Mir Fernando con melancola esta vasta pieza, en la que se haba
deslizado para algunos toda la vida trasatlntica.

--La ltima noche, Isidro. Puede usted decir adis al buque. Maana a
estas horas, con las nuevas impresiones de tierra, tal vez nos habremos
olvidado de l.

Acostumbrados los dos a la existencia de a bordo, experimentaron cierta
tristeza al pensar que no veran ms estos lugares, en los que haban
transcurrido quince das de su vida, equivalentes a quince meses por sus
largos tedios y sus rpidos sucesos. Ojeda sinti la necesidad de
solemnizar con algo extraordinario esta ltima noche, y pidi champn.

--Una botella para los dos, le parece bien, Maltrana? Saludamos al ro
de la Plata; presentmonos alegremente ante la fortuna que nos espera...
Por nuestra suerte!

Y luego de chocar las copas quedaron silenciosos, mirando atentamente
los adornos de aquel saln, como si lo viesen por vez primera y
quisieran llevarse impresa su imagen en el recuerdo. No se haban fijado
hasta entonces en los escudos que adornaban las paredes entre guirnaldas
doradas de frutas y hojas. Eran los de todas las naciones en cuyos
puertos tocaba el buque, aadindose a ellos los de Paraguay y Chile.
Una cpula de cristales de colores elevbase sobre el artesonado de oro
obscuro. Profundos sillones de cuero se agrupaban en torno de las mesas
de roble. En stas, muchos ruedos de fieltro, indicadores de los _bocks_
consumidos, y grandes fosforeras con receptculos de nquel llenos de
colillas de cigarro. Los ventiladores zumbaban a todas horas, limpiando
el ambiente de humo. El piso de mosaico ofreca una nitidez propicia al
resbaln.

En el fondo estaban, como siempre, los devotos del _poker_, ajenos a los
sucesos exteriores, con los naipes en la mano, espindose impasibles. Su
nmero era menor. Unos se haban quedado en Ro Janeiro, otros acababan
de descender en Montevideo; pero estas deserciones no entibiaban la fe
de los leales; antes bien, su fervor pareca recrudecerse. Era la ltima
partida: al da siguiente iban a separarse. Y jugaban olvidados de
todo, sin saber con certeza si el buque estaba inmvil o haba
reanudado su marcha.

Un gran retrato de Goethe adornaba el testero del saln. Presida el
poeta con su olmpica sonrisa el manejo de las barajas y el continuo
beber de una parte del rebao trasatlntico acorralado en el buque de su
nombre. Una columna cada le serva de asiento y una campia desolada de
melanclico fondo. Sombreaba sus facciones de helnico dios un amplio
chambergo y cubra sus vestidos con una tnica blanca, a modo de gabn
de viaje. Con este exterior un tanto grotesco lo haba representado el
artista, soando sobre las ruinas del agro romano.

Maltrana lo mir con ms atencin que otras veces, como si se despidiese
de l.

--Digamos adis al noble amigo don Wolfgang, que ha visto con paciencia
tantas necedades nuestras... Este fue un hombre feliz. No se vio
obligado, como nosotros, a correr el mundo en busca de dinero. La
fortuna fue prdiga para l, como una de esas viejas apasionadas que
gustan de proteger a los buenos mozos. Todo lo tuvo: genio, belleza,
gloria y amor. Hasta conoci el orgullo de gobernar a los hombres...
Pero a pesar de su egosta felicidad, supo ver desde sus alturas, como
nadie, las inquietudes y las ambiciones de los pobres mortales.
Acurdese de su hroe, amigo mo; haga memoria de cmo termin su
existencia... Fue un colega de usted, un colonizador.

Ojeda sonri al recordar, por estas indicaciones de su amigo, el final
del insaciable Fausto. Haba gozado dos grandes amores, Margarita y
Elena, y ni la ingenua burguesilla alemana ni la hija tentadora de los
dioses le hicieron conocer la verdadera felicidad. La ciencia fue para
l otro desengao; y lo mismo el imperio sobre los hombres, la potencia
de dominacin, con todas las satisfacciones del orgullo... Al final de
su existencia crea encontrar la verdadera dicha dedicndose al progreso
de sus semejantes, colonizando una isla, levantando en ella la ciudad
futura, en la que todos seran iguales, regidos por la santa poesa... Y
para la realizacin de esta empresa luchaba con la tierra salvaje y con
las aguas, abrindolas un enorme canal.

--S--continu Fernando--; fue un colonizador, despus de haber sido
enamorado, sabio y monarca. Pero cuando consideraba su obra triunfante,
Mefistfeles, el diablico compaero, malvado y burln, rea a sus
espaldas. Infeliz: cree estar abriendo un canal, y est abriendo su
propia tumba.

--Pero a usted no le ocurrir eso. Usted es joven, y tiene ms ilusiones
que el famoso doctor.

Fernando hizo un gesto de indiferencia. No le inquietaba el porvenir. La
muerte llegara para l lo mismo que llega para los dems,
inesperadamente, sin consultar las ambiciones y las necesidades de su
vctima. Si los hombres pensasen en la muerte a todas horas, pocos
querran trabajar, convencidos de antemano de la inutilidad de sus
esfuerzos.

--Creo lo mismo que usted--concluy animosamente--. Yo remover la
tierra y abrir canales, sin abrir por eso mi tumba... Mi sepultura est
en Europa. Pero quin sabe las cosas que nos aguardan antes de morir en
este pas al que vamos llegando!

Despus de media noche, se retiraron los dos amigos a sus camarotes.
Haba disminuido la gente en las cubiertas y salones. Los comisionados
italianos, con sus banderas y sus vtores, estaban ya en tierra, y lo
mismo que ellos, los dems habitantes de Montevideo venidos al
trasatlntico para saludar a los amigos. No quedaba en torno del
_Goethe_ ningn vaporcillo de pasajeros. Ahora eran fuertes gabarras las
que flotaban junto a la nave. Movanse ruidosamente las maquinillas de
descarga. Sus brazos amarillos pasaban enormes fardos de las bodegas de
proa y de popa a las chatas embarcaciones. Esta operacin iba a
prolongarse hasta la madrugada. Adems de las mercancas, haba que
echar a tierra el enorme bagaje de la compaa de opereta: cofres de
vestuario, decoraciones, equipajes de los artistas.

Al entrar en su camarote, Ojeda experiment la sorpresa de la
inmovilidad. Estaba acostumbrado al zumbido remoto de la mquina, que
comunicaba un ligero temblor a las paredes. Le haca falta el crujido de
las maderas, el ruido continuo de agua corriente debajo de la ventana.
Crey estar ahora en una casa de tierra firme. Todo inerte, como si el
buque fuese de ladrillo con profundas races en el suelo. El silencio
nocturno, cortado por relmpagos de ruido, era igual al de una fbrica.
Cuando Fernando empezaba a dormirse, reanudbase de pronto el rodar de
las maquinillas acompaado del gritero de los obreros ocupados en la
descarga.

El buque no poda zarpar hasta despus del amanecer. Aguardaba el
capitn a que subiese la marea para remontar el ro.

Despert Ojeda, en la maana siguiente, cuando entraba el sol por la
ventana de su camarote. Su primera impresin fue de sobresalto. Algo
extraordinario haba retrasado la salida del buque. ste pareca
inmvil, como si an permaneciese anclado frente a Montevideo. Pero al
aproximarse a la ventana, no vio la ciudad ni los numerosos buques
surtos en el puerto. Una extensin infinita de agua se abri ante sus
ojos; pero era un agua amarillenta a trechos, ms all rojiza, con el
leve rizado de un oleaje corto e incesante.

Navegaba el buque como si avanzase entre algodones, sin un choque, sin
el ms leve balanceo. Su profunda quilla pareca resbalar sobre rieles
invisibles. Las aguas, al partirse ante su vientre, eran sordas y no
levantaban jaboneo de espumas. Los ojos, habituados al azul intenso del
Ocano, parpadeaban con cierta extraeza ante la extensin amarilla,
semejante por su color a una pradera seca.

En la cubierta de paseo encontr Fernando a los pasajeros vestidos con
trajes de calle, como si les faltase tiempo para saltar a tierra. Muchos
hombres llevaban ya guantes y bastn. Las seoras iban puestas de
sombrero, con abrigos recientemente adquiridos en Pars. Tal vez eran
demasiado gruesos para la temperatura reinante, pero ellas tenan prisa
de exhibirlos al saltar a tierra, contando con la admiracin o la
envidia sonriente de las amigas.

Faltaban an varias horas para llegar a Buenos Aires. Las orillas, sin
una colina, sin altos bosques, permanecan invisibles y el ro
desarrollbase inmenso y solitario como el mar. De vez en cuando, sobre
las aguas rojas, que parecan de barro lquido, cabeceaba una boya con
un farol en la cspide y un nmero blanco en el vientre, indicador de
los kilmetros entre Buenos Aires y Montevideo. El _Goethe_ marchaba
entre una doble fila de estas balizas, que marcaban el canal para los
buques de gran calado. A los lados de este canal surgan inmviles los
barcos del dragado, como negras ballenas dormidas a flor de agua. Vease
el rosario oblicuo de sus enormes tanques entrando en el agua y saliendo
con un chorreo de fango removido.

El trasatlntico avanzaba lentamente, como si su quilla mordiese en el
fondo ocultos obstculos. Estremecase al remover un lgamo secular,
venciendo ocultas resistencias. En torno de su vientre se obscurecan
las aguas con una nube negra que suba de la profundidad. Las espumas
levantadas por las hlices tenan en su hervor manchas de detritus. Un
viento a rfagas, ms violento que el del Ocano, pasaba sobre esta
superficie, levantando un oleaje encontrado que chocaba imponente en los
flancos de la nave, sin producir en ella la menor conmocin. Media hora
despus, al cesar el viento, la superficie del ro quedaba casi
inmvil.

Fuera de las lneas de balizamiento pasaban a todo vapor, o con las
velas desplegadas, numerosos buques. Eran fragatas que iban a descargar,
Paran arriba, en el puerto de Rosario; vapores de tres pisos, sin
mstiles y de escaso fondo, parecidos a casas flotantes, que hacan el
servicio diario entre Buenos Aires y Montevideo; reducidos paquebotes,
iguales en su forma a los grandes trasatlnticos, que remontaban el
estuario con rumbo al Paraguay y a las escalas fluviales del corazn del
Brasil, en plena selva virgen.

Ojeda vio a Maltrana venir hacia l sonriente y amistoso como si le
faltara tiempo para comunicarle gratas noticias.

--Lo de la familia Kasper queda resuelto. Nlida acaba de presentarme a
su temible hermano... En cuanto al camarote misterioso, ya no tiene
misterio... Hace un rato he estado hablando con el hombre lgubre.

Y como si gozase manteniendo latente la curiosidad de Fernando, empez
por hablar de Nlida y su familia. Todos contentos! El hermano pequeo
atolondrado por las reprimendas de la madre y el enojo patriarcal del
seor Kasper, pareca haber olvidado sus amenazas, abstenindose de
hacer revelaciones al hermano mayor. Nlida le ceda a perpetuidad el
loro y la mona regalados por Ojeda, y esta merced generosa haba acabado
de extinguir sus antiguos rencores. Ocupado en sus caricias a estos
compaeros, no se acordaba de nada.

El padre y su montaraz primognito haban pasado varias horas en la
noche anterior y en esta maana hablando de negocios. Y Nlida
aprovechaba la menor pausa para acariciar con gestos felinos y engaosos
al sombro centauro, que tambin pareca haber olvidado con la emocin
sus recelos y sus amenazas. Acababa de encontrarse Isidro con ellos en
el fumadero, y Nlida le haba presentado al hermano.

--Un brbaro; crame, Ojeda. Mirada torva, dificultad en el hablar, como
si no se acordase de las palabras, y un apretn de manos que an me
duele. Pero me dio las gracias como pudo al saber por Nlida que yo y
otro seor compatriota mo habamos tenido grandes atenciones con ella.
Hasta me ha invitado a que vaya a pasar unos das en su estancia. Qu
vida sta del Ocano! Qu cosas ha visto el buque!...

--Y lo del camarote?--pregunt Fernando--. Qu es lo que hay dentro de
l?

Otra vez lanz exclamaciones Maltrana ponderando las sorpresas de
aquella vida sobre el mar, abundante en novedades y contrastes. Venan
viajando sobre catorce millones en oro apilados en la bodega; y por si
no bastaba tanta riqueza, l haba dormido todas las noches junto a una
seora millonaria, cuya presencia en el trasatlntico muy pocos
conocan.

--La ha visto usted?--pregunt Ojeda, francamente interesado por esta
noticia.

--No pienso verla: no me tienta la curiosidad. Ha perdido todo inters
para m... Porque le advierto, Fernando, que la tal seora, mi vecina de
camarote, muri hace un mes en Pars, y es su cadver el que viene con
nosotros a Buenos Aires.

Acababa Isidro de enterarse. El mayordomo del buque le haba revelado el
secreto viendo prximo el trmino del viaje.

--La pobre seora tena un nombre potico un tanto raro: doa Matutina
Flores. Parece que en esta tierra bautizan a las gentes con nombres algo
originales... Los millones de la noble matrona! No s cuntos: unos
dicen treinta, otros cuarenta... En fin, muchas casas en Buenos Aires,
leguas y leguas de campos, miles y miles de vacas, acciones de todos los
Bancos serios. Viva en Pars, como todo argentino rico que se respeta,
rodeada de hijas, hijos, yernos, nueras y nietos. Una familia numerosa,
una verdadera tribu, pero con vveres en abundancia. Y al morir doa
Matutina la llevan a enterrar a Buenos Aires, segn su pstuma voluntad.
Los hijos y los yernos no han querido hacer el viaje con ella (esto les
enternecera mucho), pero vienen en otro buque, para repartirse la
herencia sobre el terreno.

--Y el hombre misterioso?...

--Es simplemente el mayordomo que tena la difunta en su hotel de la
Avenida del Bosque... Un majestuoso domstico, que sabe guardar las
distancias lo mismo que un diplomtico, y por eso se mantena aparte,
con un digno espritu de clase. Y yo que tomaba esta tiesura por
orgullo!

El recuerdo de sus pasadas curiosidades surgi en Maltrana como un
remordimiento.

--Pobre doa Matutina!... Que me perdone desde el cielo los escndalos
que he dado ante su puerta... Ni la conozco ni me deja nada; pero la
tengo cierta simpata. Ya ve usted: medio mes de dormir juntos, sin
otra separacin que un tabique de madera!... Y tantas veces que la han
recordado las seoras argentinas en sus tertulias de la cubierta, sin
sospechar que la tenan debajo de sus pies!... Los herederos se han
portado bien. En vez de meterla en la bodega, la han alquilado un
camarote, como si fuese una persona viva. Corazones generosos!... Las
atenciones y finezas que inspiran unas docenas de millones!...

Isidro no poda abandonar el recuerdo de este cadver acompandole
invisible en su viaje.

--Reconocer usted que han ocurrido muchas cosas en quince das. Las
sesiones nocturnas en el fumadero, amoros, golpes, el desafo de Ro
Janeiro, que por poco me cuesta un pie, millones en oro acuado debajo
de nuestras plantas, un cadver de iluso echado al mar, quince noches
pasadas junto a otro cadver que tambin representa millones... qu
novela! Y yo que he pasado en Madrid meses y meses de casa al caf, del
caf a la redaccin y de la redaccin a otros sitios... sin que me
ocurriese nada extraordinario!... El nico remordimiento que siento
despus de tantos sucesos es el de mis insolencias involuntarias con la
pobre doa Matutina y los sustos que he dado a su guardin. Que ella me
perdone! Lstima no habernos conocido un poco antes, para que me
hubiese dedicado un pequeo recuerdo en su testamento!...

A la hora del almuerzo, los pasajeros comieron apresuradamente, deseando
volver cuanto antes a la cubierta. Esperaban ver Buenos Aires de un
momento a otro. Se iba aproximando el trasatlntico a la ribera
argentina. No alcanzaba a distinguirse sta por ser muy baja, pero sobre
la lnea del agua extendanse algunos borrones horizontales, siluetas de
lejanas arboledas.

El nmero de buques aumentaba considerablemente. Muchos permanecan
inmviles. Los veleros cabeceaban con los trapos cados a lo largo de
los mstiles, en espera de las irregulares palpitaciones del viento.
Cuando ste llegaba, mova como un escalofro las blancas superficies de
las arboladuras. Otros, anclados y con los palos desnudos, aguardaban no
se saba qu.

Ms all, fue pasando el _Goethe_ entre filas de vapores de diversas
hechuras y capacidades. Formaban una ciudad flotante, una ciudad muerta,
sin otro signo de vida que algn bote que se deslizaba de un buque a
otro. Los cascos parecan envejecer en esta inmovilidad, cual si
llevasen aos y aos de espera en medio de las aguas turbias, encallados
para siempre, sin esperanza de volver a los azules horizontes del
Ocano. Aguardaban su turno para entrar en las drsenas de Buenos Aires,
repletas por el trfico mundial, y esta espera en medio del ro, a
algunas millas del puerto, prolongbase en ciertas pocas del ao
semanas y semanas.

Los pasajeros del _Goethe_ se despedan previsoramente antes de avistar
Buenos Aires. A ltima hora, la urgencia del desembarco, la necesidad de
reunir los equipajes, la visita de la aduana, hacan olvidar a los
amigos. Ofrecanse unos a otros los respectivos domicilios, cruzbanse
tarjetas. Las nias se decan adis con un conato de lagrimeo.

Iba a disolverse todo el mundo. Su historia no haba alcanzado a durar
un mes, pero con vida tan intensa!... La separacin daba mayor relieve
a los recuerdos. Gentes que se haban mirado al principio de la travesa
con notoria hostilidad se lamentaban de esta separacin. Tanto como
hemos simpatizado!... Tan buenos ratos que hemos vivido juntos!... Las
damas, que en los primeros das del viaje se mantenan por orgullo
nacional en diversos grupos enemigos, despedanse ahora con una tristeza
casi lacrimosa. Nadie se acordaba ya de las diplomticas tiranteces
entre los pinginos y las potencias hostiles.

El doctor Zurita dio tarjetas a Maltrana y Ojeda. Su cortesa era un
tanto ruda, pero ingenua, verdadera. l no gustaba de palabras: ya
saban que era su amigo.

--Y usted, galleguito simptico--dijo a Isidro--, si necesita algo de
m, bsqueme. Buenos Aires es grande, cada uno va a lo suyo, pero alguna
vez precisar a usted el arrimo de un compaero.

Despidironse de Maltrana todos sus queridos amigos, los jvenes de
las fiestas nocturnas en el fumadero. Algunos le daban cita para aquella
misma noche en restoranes frecuentados por personas alegres. Le
presentaran a ciertos amigos muy simpticos: todos gente bien.

El grupo de chilenos dijo adis a Isidro con francos ofrecimientos. Su
tierra no era Buenos Aires; haba menos dinero, menos lujo, pero la vida
era tal vez ms alegre.

--Godito: cuando se canse de estar con los cuyanos, venga a hacernos
una visita. No hay ms que pasar los Andes. Ver mujeres con manto, como
en su tierra; ver bailar la cueca. Y qu remoliendas!... Vngase y no
sea leso.

Mientras, Ojeda, desde el mirador de proa, contemplaba la muchedumbre
aglomerada en las bordas, ansiosa de ver cuanto antes la deseada ciudad.

Una mujer, alborotado el pelo y enrojecidos los ojos, gema a un lado
del combs. Cerca de ella, unos chicuelos gritaban lagrimeando tambin;
pero de pronto parecan olvidarse de su dolor para mirar, como los
dems, a la lnea del horizonte, esperando la aparicin de un prodigio.
Eran la viuda y los hijos de Muios. Hasta poco antes no haban conocido
la noticia de su muerte. Le crean en la enfermera, aceptando los
piadosos embustes de don Carmelo. Pachn!, aullaba la viuda. Una
preocupacin nica volva continuamente como tema obligado de sus
lamentaciones. Lo han echado al mar!... No lo ver ms! Y los
pequeos la hacan coro, como una cra de perritos abandonados.
Padre!... padre! Qu sera de ellos!...

La _se_ Eufrasia era la nica que intentaba consolarlos con sus
palabrotas enrgicas. Los dems, enardecidos y contentos por la
proximidad de la tierra soada, volvan la cabeza, huyendo de sus
lamentaciones.

Subido en un caramanchel, un hombre tocaba la gaita, saludando a Buenos
Aires con el mugido melanclico del inflado pellejo. En el castillo de
proa sonaba la flauta pastoril de los rabes. Algunos nios, agarrados
de la mano, daban vueltas siguiendo el ritmo de la msica.

De pronto, un grito compuesto de numerosas exclamaciones, un alarido
igual a los que debieron surgir de las proas de las primera carabelas:

--All... all! Ya se ve!

Iba surgiendo del fondo del ro una nube blanca con negros manchurrones;
algo que suba y suba lenta y continuamente, como una aparicin teatral
por la boca de un escotilln. La parte blanca e irregular de la nube
eran casas; lo negro, arboledas de jardines.

Alguien en la proa rompi a aplaudir con el irresistible entusiasmo de
las muchedumbres en las reuniones populares. Esta iniciativa fue
contagiosa, y todos batieron las manos, extendindose sobre el ro un
estrpito semejante al del granizo chocando con el cristal. Buenos
Aires!... Viva Buenos Aires! Y cesaban de aplaudir para echar en alto
gorras y sombreros. Un enjambre de puntos negros suba y bajaba sobre la
proa del _Goethe_. Al cesar por un momento las aclamaciones, percibase
el lloro de la gaita gallega, el gorjeo de las caas rabes y el trgico
aullido de la pobre hembra y su cra: Pachn! Lo echaron al agua!...
Padre! padre! Qu ser de nosotros!...

El entusiasmo popular se comunic a los pasajeros del castillo central.
La msica se haba colocado en el avante del paseo y rompi a tocar la
consabida marcha, aunque el buque estaba lejos de la ciudad. Muchos
pasajeros caminaban marcando el paso al comps de la msica, lo mismo
que los chicuelos que desfilan delante de un regimiento. Algunas
parejas bailaban, esforzndose por ajustar sus saltos al ritmo de la
marcha.

Fernando torca el gesto ante la desmesurada explosin de entusiasmo.

Es demasiado--pens--. Cunta dicha habra de contener ese pas para
dar gusto a tanta gente!...

Percibase con toda claridad sobre el cielo azul la blanca silueta de
Buenos Aires. Fernando, que la haba visto aos antes y guardaba el
recuerdo de una ciudad inmensa, pero chata, casi a ras de tierra, sin
otros salientes que las torres exiguas de sus iglesias, qued
sorprendido al distinguir construcciones altsimas, rascacielos como los
de las metrpolis norteamericanas, edificios rematados por minaretes y
cpulas, que brillaban lo mismo que fanales con el reflejo del sol.
Comenzaba a ser una ciudad tentacular, distinta exteriormente de la que
l haba conocido.

Un remolcador ancho, corto, profundo, que recordaba por sus formas la
forzuda robustez del toro, vino al encuentro del trasatlntico,
pegndose a sus costados para echar a bordo al prctico. Otro remolcador
del mismo aspecto se coloc junto a la proa, marchando aparejado con el
_Goethe_, como un perrillo trotador al lado de un elefante.

Los pasajeros olvidaron la ciudad para atender a sus equipajes de mano.
Los _stewards_ iban sacndolos de los camarotes y los alineaban en
cubiertas y pasillos.

Creca Buenos Aires con rapidez prodigiosa. No era su aparicin igual a
la de las ciudades situadas en altas costas, que se dejan ver horas
antes de llegar a ellas. Situada en una ribera baja, los buques la
distinguan cuando ya estaban junto a ella. Su presencia era casi
instantnea y se ensanchaba como una gota de agua en un papel secante,
cubriendo las riberas con su dilatacin, extendiendo sus irradiaciones
lo mismo que si las casas corriesen, queriendo ocupar cuanto antes los
terrenos vecinos.

Los emigrantes callaban, con los ojos dilatados por la curiosidad.
Adivin Fernando los pensamientos de estas gentes, muchas de las cuales
venan en derechura de la soledad de los campos.

Qu grande!... qu grande!

Maltrana busc con sus ojos al seor Antonio el _Morenito_. De seguro
que haba olvidado por el momento sus planes originales para hacerse
rico. Tal vez senta un poco de duda, de miedo, y pensaba como los
otros: Qu grande!.

--Y sin embargo, esto no tiene nada de grandioso--dijo Isidro--. Es una
ciudad vulgar. Si no fuese por el ro, la fachada resultara fea... Pero
se presiente que detrs de la fila de edificios que distinguimos, y que
es como el testero de la ciudad, existen kilmetros y kilmetros de
tierra cubiertos de viviendas. No se ve la grandeza, pero se adivina.
Sentimos lo mismo que en presencia de un muro detrs del cual se mueve
una muchedumbre invisible.

Los dos amigos volvieron la cabeza al notar que Conchita se apoyaba en
la baranda junto a ellos. Habase despedido repetidas veces de doa
Zobeida, pero sta iba luego en su busca para hacerle nuevas
recomendaciones. La buena seora pensaba salir aquella noche para su
amada Salta. Le daban miedo el ruido y el movimiento de Buenos Aires, a
pesar de que vena de Europa. Eran las impresiones de la niez que
persistan en ella. Se apiadaba de su compaera de viaje; pobre nia!
sola en aquella tierra de perdicin llena de extranjeros!...

Mir Conchita la ciudad con el ceo fruncido y apretando los labios.

--Es grande, eh, paisana?--dijo Isidro.

--S... grande es. Ms de lo que yo crea--contest la joven.

Se adivinaba en ella cierta desorientacin. Tal vez senta miedo al
pensar en su entrada audaz, sin una moneda en el bolsillo. Pero no tard
en reponerse de estas vacilaciones. Brillaron sus ojos con un fulgor
hostil, lo mismo que si fuese a entrar en pelea, y tendi una mano hacia
la ciudad, como invitndola a que la esperase:

--Yo te arreglar... marica!

No le daba miedo con toda su grandeza. Y mientras los dos amigos rean
de este exabrupto, la muchacha huy, llamada una vez ms por doa
Zobeida.

Los remolcadores tiraban del _Goethe_, que haba quedado con las hlices
inmviles, confindose a su direccin. Estaban ya en la embocadura de
una de sus mltiples drsenas, gigantescos rectngulos de agua
encuadrados de muelles y _docks_.

Vease la orilla cubierta de edificios todos iguales, enormes
construcciones que ocupaban en fila muchos kilmetros. Arrastrbase el
ferrocarril a lo largo de este cordn de depsitos, barrera interminable
a la simple vista entre el ro y la ciudad. Los tranvas y automviles
brillaban veloces por unos instantes en los intermedios entre unos
edificios y otros.

Apareci a estribor la arboleda de una punta de muelle, con un edificio
empavesado de banderas de seales.

El agua tena la suciedad de los espacios cerrados. Las espumas eran
negruzcas. La proa del buque parta islotes de basura, que al abrirse
enviaban sus fragmentos hasta los muelles. Sobre los maderos flotantes
destacbanse el lomo verdoso y los ojos saltones de unas ranas enormes.
Algunos pjaros acuticos nadaban en torno del navo, irguiendo sus
largos cuellos.

A espaldas del _Goethe_ quedaba el ro libre, amarillo, rizado, lo mismo
que una llanura de hierba seca. Los buques veleros, con sus trapos al
viento, parecan molinos enclavados en esta falsa pradera. Al pasar el
trasatlntico entre los buques inmviles, corran las tripulaciones a
las bordas para saludarlo con gritos y agitacin de gorras. Flotaban en
las aguas, como harapos blancos, muchos pescados muertos, tendidos sobre
el lomo, sacando el hinchado vientre.

Maltrana, acostumbrado a ver anclar los buques en mitad de los puertos o
amarrarse a un muelle en el espacio anchuroso de una baha, extrabase
ante los poderosos trasatlnticos alineados como bestias en unas
drsenas cuadradas semejantes a corrales acuticos, y pasando de una a
otra, sumisos al tirn de los remolcadores. Al quedar sin movimiento,
parecan los buques mucho ms grandes, oprimidos entre muelles y
edificios, cual si estuviesen encallados.

El desembarcadero atrajo igualmente su curiosidad. Era a modo de una
estacin de ferrocarril, con frrea cubierta, salones de espera,
depsitos de equipajes y largas verjas, detrs de las cuales se agolpaba
la muchedumbre. Vena el trasatlntico a acoplarse al muelle lo mismo
que un vagn se junta con el andn, y los pasajeros no tenan ms que
avanzar por una corta rampa para verse en tierra.

Lleg el _Goethe_ hasta el desembarcadero, despus de varias maniobras
de los remolcadores. Un vapor italiano acababa de despegarse de aqul y
se retiraba a otra drsena, luego de soltar su cargamento humano. Ms
all, un vapor con bandera espaola echaba tambin gente a tierra.

En el fondo del desembarcadero, una muchedumbre obscura se apretaba
contra las verjas. Ondeaban banderas tricolores sobre este mar de
cabezas. Un estrpito de msicas lejanas contestaba a la banda del
_Goethe_ cuando sta haca una breve pausa en sus marchas incesantes.

--Los italianos que esperan a su grande hombre--dijo Ojeda--. Nos
conviene salir antes de que organicen su manifestacin.

Sobre el andn del muelle, una fila de marineros, llevando machete en el
cinto, contena a los grupos que haban penetrado con permiso:
comisiones que aguardaban a los dos conferencistas, familias ansiosas de
saludar a sus parientes y amigos que agitaban pauelos, sombreros y
bastones, preguntando de lejos con gritos estentreos cmo les haba ido
por Europa.

Y mientras los marineros procedan diligentemente al amarre del buque,
continuaban sonando las msicas, los lejanos vivas, y un gritero de
saludo cruzbase entre las gentes aglomeradas en las bordas y el negro
hormiguero humano.

--A usted le espera alguien?--pregunt Isidro, como si le doliese que
ellos dos fuesen los nicos que no tuvieran un amigo en el muelle.

Fernando no supo qu contestar. Mir a las gentes de buen aspecto que
ocupaban el andn, sin alcanzar a ver al to de su cuado.

Hubo un empujn general en las cubiertas. A tierra! La salida estaba
libre. Y los dos amigos, pasando un pequeo puente, sintieron bajo sus
pies la estabilidad del suelo firme, marchando entre los grupos que
avanzaban al encuentro de los pasajeros con las manos tendidas o los
brazos en alto, prontos al estrujn carioso.

Un joven con acento espaol abord a Fernando. El seor Ojeda?...
Vena de parte del to de su cuado.

--Mi principal ha tenido que ir a su estancia: negocio urgente; volver
maana. Pero todo est listo... Tiene usted habitacin en un hotel de la
Avenida de Mayo.

Los gui entre los grupos que se abalanzaban hacia el trasatlntico.
Casi se vieron solos en la sala de equipajes, y el registro de sus
maletas de mano se efectu con rapidez. El joven empleado se quedaba
all para ocuparse en el pronto despacho del equipaje grande.

Sali con ellos del edificio a una explanada llena de muchedumbre, donde
estaban las banderas y las msicas. La manifestacin italiana voceaba
con prematuro entusiasmo, creyendo que iba a aparecer de un momento a
otro el grande hombre esperado _Eviva il professore! Eviva!_

Ojeda y Maltrana avanzaron entre el gento casi tambalendose, como
embriagados por la sensacin del suelo firme bajo sus plantas y el vaho
que despeda caldeado por el sol. Un reloj sealaba las cuatro de la
tarde. Junto a sus ojos revolotearon unas moscas pesadas y pegajosas,
las primeras que salan a su encuentro en la nueva tierra.

Respiraron con delicia al verse sentados en un automvil descubierto,
con sus pequeas maletas entre los pies, corriendo velozmente a lo largo
de los muelles. A un lado, la ciudad; al otro, la interminable fila de
depsitos, cortada por callejones, al extremo de los cuales se vean
cascos de buque, chimeneas, arboladuras, pabellones ondeantes de todos
los pases.

Las calles de la ciudad que desembocaban en la ancha ribera eran todas
de breve y pronunciada pendiente.

--Es la antigua barranca--explic Ojeda--sobre la que construyeron los
espaoles la ciudad. Ms all todo es llanura igual, uniforme. Esta
pendiente es la nica que existe en Buenos Aires. Antes, el agua llegaba
hasta ella. Las tierras por las que marchamos fueron ganadas al Plata.

Atraves el automvil varias lneas de ferrocarril tendidas a lo largo
del ro. Pasaba entre largas filas de carros enormemente cargados, que
hacan temblar el suelo. De los depsitos surgan los ms diversos
olores, revelando el movimiento y la vida de un gran puerto.

Luego, los vehculos mercantiles fueron ms escasos, y aument el nmero
de automviles y tranvas. Pasaron a lo largo de un jardn. A un lado,
frente al ro, grandes edificios y aceras con arcadas, bajo las cuales
hormigueaba la muchedumbre jornalera.

Subieron una cuesta, y en lo alto de ella vieron extenderse un palacio
con los muros de color de rosa. Ms all se abra una plaza blanca con
un jardn en el centro.

--Aqu se fund Buenos Aires--dijo Ojeda--. Ese casern es el palacio
del Gobierno, lo que llaman la Casa Rosada. La plaza es la de Mayo.
Aquel templo griego, la catedral; ese obelisco blanco, la pirmide de la
Independencia.

Remontaban la cuesta algunos grupos de hombres de campo llevando a la
espalda fardos de ropas. Sus mujeres marchaban junto a ellos, mirndolo
todo con ojos de asombro. Los pequeos trotaban delante, con la boca
abierta por la misma impresin de sorpresa. Eran emigrantes que acababan
de desembarcar de los buques llegados antes que el _Goethe_, y se metan
ciudad adentro, en compaa de los amigos que les haban esperado en el
puerto.

--Todos somos unos--dijo Ojeda alegremente--. Todos venimos a lo mismo.
Slo que ellos entran a pie y nosotros en automvil.

La Avenida de Mayo abri ante ellos su larga perspectiva: dos filas de
altos edificios y dos lneas de aceras orladas de rboles, con grandes
escaparates y numerosos cafs y hoteles, que esparcan fuera de sus
puertas mesas y sillas. En mitad de la calle una hilera de candelabros
elctricos, y en ltimo trmino, algo esfumado por la lejana, un
palacio blanco, el Congreso, con una cpula esbelta que ocupaba gran
parte del cielo visible entre la doble fila de casas.

Maltrana, a impulsos de una alegra pueril, empez a empujar a su amigo
juguetonamente.

--Buenos Aires!... Ya estamos en Buenos Aires!

Luego mir obstinadamente al fondo de la Avenida, fijndose en la cpula
esbelta, que pareca irradiar luz sobre el cielo, teido de rojo por el
sol decadente de la tarde.

Volva a su memoria el recuerdo de los argonautas y sus aventuras por
alcanzar el Vellocino de oro.

--Nosotros, argonautas modernos y vulgares, no tenemos que esforzarnos
por ir en su busca. Nos sale al encuentro. Ah est. Mrelo cmo
brilla!

Y seal la cpula, que reflejaba los rayos solares en sus aristas y en
los focos de cristal incrustados en sus curvas. El celeste azul que le
serva de fondo tomaba igualmente un resplandor de oro. Presagio feliz!
Maltrana no pudo contener su entusiasmo.

--Sonra usted, Fernando. El cielo se viste de gala para recibirnos.
Cualquiera dira que llueve oro. Fjese bien. Es un chaparrn de libras
esterlinas. Tierra prodigiosa!

Ojeda sonri con dulce lstima ante el entusiasmo de su amigo.

--S; sobre esta tierra llueven libras, pero en su pesadez se meten
hondas... muy hondas! Preprese, Maltrana; tome fuerzas. Hay que
agacharse en posturas dolorosas para alcanzarlas... hay que sudar mucho
para llegar hasta ellas.


FIN

Buenos Aires-Pars
1913-1914



***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ARGONAUTAS***


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