The Project Gutenberg EBook of La Montlvez, by Jos Mara de Pereda

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org


Title: La Montlvez

Author: Jos Mara de Pereda

Release Date: June 16, 2008 [EBook #25812]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MONTLVEZ ***




Produced by Chuck Greif








La Montlvez

Jos Mara de Pereda




PARTE I




I


Pulcro y rollizo; suave y risueo, y, al mismo tiempo, solemne y
espetado; vulgar obscuro de meollo; rico, hurfano y libre; sin nervios
ni hieles en el cuerpo, ni seal de polvo de las aulas en la ropa;
vicioso a la chita callando; enamorado de su estampa, de su _talento_,
de su _elocuencia_, y especialmente de los timbres de su linaje, y
dejndose correr, con todas estas ventajas, a lo largo de la vida en lo
ms substancioso de ella, sin otros fines que el regalo de la querida
persona, con la satisfaccin de todos los apetitos, pero sin prefacios
de grandes desvelos, ni eplogos de incmodas harturas... eso era el
caballero marqus de Montlvez (ttulo con polillas, de puro rancio);
eso era en los tiempos de su mocedad; y as fue tirando el pobre, sin
visible quebranto en la salud, aunque con muchos y muy gordos en el
caudal, hasta que le apuntaron la calvicie en el cogote y la pata de
gallo en los ojos. Entonces se decidi a casarse; y contra lo que era de
esperar de sus devociones y pujos aristocrticos, parti su blasonado
lecho con la hija nica de un rico ex contratista de carreteras y
suministros, rozagante y frescachona, eso s, pero no tan hermosa,
seguramente, como l la pintaba, quizs en su empeo de justificar con
la ley irresistible de una pasin desinteresada, una cada desde lo ms
alto de las cumbres de su vanidad.

El _mundo_, del cual era el marqus uno de los ms brillantes
sustentculos, lo vela muy de otro modo; pero el recin casado no paraba
mientes en ello, o finga no pararlas. Lo cierto es que la hija del rico
ex contratista haca a maravilla el papel de marquesa; que el marqus
aliment no poco la extenuada corriente de sus caudales con el copioso
manantial del bolsn de su suegro; que ste pareca muy complacido
viendo cmo lucan sus prodigalidades en la flamante jerarqua de su
hija; que la encopetada sociedad de la corte, a pesar de sus escrpulos
y reparos de estirpe, propalados de oreja en oreja a escondidas de los
despellejados, abra de par en par a stos las puertas de sus salones, y
que no eran las galas, ni el esplendor, ni el natural donaire de la
advenediza, lo que menos se aplauda en ellos.

Cerca de dos aos llevaba de consumado este matrimonio, y an no daba
seales de lo que el marqus anhelaba con un ansia y un afn tan poco
disimulados, que ms de una vez dieron motivo a los ingeniosos epigramas
de la gente encopetada, los cuales caan despus, sin saberse cmo, en
medio de la va pblica, donde los recogan estudiantes, gacetilleros y
otras gentes nocivas, que los propalaban y esparcan por toda la
capital, y aun fuera de ella. Es muy singular el don que tiene Madrid,
con ser tan grande en comparacin con una aldea, para vulgarizar tipos,
acreditar frases y poner motes.

Lo que el marqus deseaba con tan descomedidas ansias, era un hijo
varn; pero llegaron a pasar tres aos, y lo deseado no vena. Al
cumplirse los cuatro hubo grandes barruntos de algo. Pero qu sera? Y
esto se preguntaba a cada instante el buen marqus, y esto le
preguntaban a cada hora sus amigos y conocidos; y por adivinarlo,
aceptaba y rechazaba, segn que se ajustaran o no a sus deseos, cuantos
sntomas y fenmenos internos y externos acepta como artculos de fe la
observacin del vulgo, cuando la marquesa dio a luz una hembra.

Dudo mucho que se reciba con peor talante a un husped desconocido que
se mete a las dos de la maana en casa de su prjimo, robndole el sueo
y alborotndole el hogar, que a la recin nacida en el de sus padres, en
cuanto el doctor proclam, en voz desfallecida y con gesto de terciana,
el sexo que la haba tocado en suerte.

Bautizronla con un poco de fausto, por el _qu dirn_, pero a
regaadientes; pusironla, como un castigo, el nombre de Vernica, entre
el barn de Castaares y la condesa viuda de Picos Pardos, que fueron
sus padrinos de mala gana; y por esto, y por el nombre, y por el chasco
y por todo lo imaginable, la fbrica de epigramas funcion sin descanso
y la pusieron el an mal desengrasado pellejito lo mismo que si la
inocente criatura hubiera sido causa voluntaria de aquellas caritativas
expansiones del ingeni maleante de los aristocrticos amigos de su
casa.

La entregaron inmediatamente al pecho mercenario de una nodriza; y por
la razn o el pretexto de que su madre no haba quedado para atender a
los cuidados molestsimos de su crianza, se acord que la nodriza se la
llevara a su aldea, en el rin de la Alcarria.

Y all la llevaron, con mucha _impedimenta_, eso s, de paales, y
mantillas, y gorros y cuanto haba que apetecer en tales casos, y un
infolio de advertencias, prescripciones, avisos, encargos y hasta
amenazas, sin contar el dinero que a puados les metieron en el bolsillo
a la nodriza y al zngano de su marido, que las haba de acompaar en
el viaje. Esto era duro, dursimo, deca el marqus, para unos padres
tan blandos de corazn como ellos; pero el estado de la marquesa, tan
delicado en su convalecencia, y el temperamento de la nia, que era por
todo extremo _linftico_, segn dictamen, casi en profeca, del doctor,
el cual temperamento hacia indispensable para ella el aire y la libertad
del campo, les obligaban a echarla de casa.

Y la echaron, as como suena, a los quince das de haber nacido en ella,
vrgenes sus tiernas carnecillas de esas vivificantes impresiones de que
no carecen los hijos del ms haraposo menestral: las dulces caricias,
los besos amorosos y el blando y providente manoseo de una madre.

Diez y ocho meses bien cumplidos estuvo en la Alcarria; y refera
despus la nodriza que, en las pocas veces que en ese tiempo fue el
seor marqus a ver a su hija, se le caa la baba de gusto al
contemplarla rodando por los suelos, medio desnuda, entre cerdos y
rocines, tan valiente y risotona, y tan sucia y curtida de pellejo, como
si fuera aqul su elemento natural y propio.

Cuando la volvieron a Madrid, viva y sana por un milagro de Dios,
alborot la casa a berridos. Y no poda suceder otra cosa delante de
aquellos espejos relucientes, entre aquellas colgaduras ostentosas,
lacayos de luengos levitones y seoras muy emperejiladas, con lo arisca
y cerril que ella iba de la aldea. Con su padre se las arreglaba tal
cual; pero en cuanto su madre intentaba tomarla en brazos, ms bien por
tema ya que por cario, se retorca como alimaa en cepo. Le daban miedo
hasta el centelleo de sus pendientes de diamantes y el olor de todos
sus menjurjes y perfumeras; y acaso, acaso, algo que su instinto
infantil vela en el yerto lucir de sus ojos y en el forzado sonrer de
su boca, que no era la golosina que arrastra a los nios a pegar sus
frescos labios en la faz regocijada de su madre.

Muy otra debi de parecer a la desabrida marquesa su hija cuando sta
estren las primeras galas del hatillo que apresuradamente la hicieron
al llegar a Madrid, porque se dej oprimir entre sus brazos sin
protesta, y hasta besar con estruendo en la mejilla.

Aquel beso--dicen los _Apuntes_ a este propsito--fue el primero que
recib de los maternos labios: le recuerdo como si le hubiera recibido
ayer; y esto debe consistir en que mi naturaleza estaba vida de aquel
tributo que no se le pagaba, y la fuerza de la sensacin, desconocida
hasta entonces, aguz el instinto que ya columbraba los albores de la
inteligencia, y estamp el suceso, para no borrarse nunca, en las tablas
vrgenes de la memoria.

A todo esto, y desde la vuelta de su nodriza al pueblo, la haban puesto
al cuidado de una niera, que la sacaba a orearse por el Retiro tres o
cuatro veces a la semana, y dorma a su lado en una de las habitaciones
ms apartadas de la de su madre, con el piadoso fin de que no la turbara
el sueo por la noche. Y eso que desde aquel beso, y por virtud tambin
de las ponderaciones que de la hermosura y gracias de la hija hacan
delante de ella las amigas de la madre, pareca que sta la iba cobrando
cierta inclinacin, que no disimulaba. Pero comenz por entonces la
marquesa a sentir muy certeros e incmodos anuncios de otro heredero, y
esto la causaba grandes preocupaciones y molestias y la quitaba el
gusto para todo.

Al abuelo, que estaba chocho con su nietecilla, le llevaba el diablo con
estas cosas: apostrofaba a la hija por su frialdad, y predicaba al yerno
por su injustificable indiferencia; pero el uno y la otra se encogan de
hombros por toda respuesta, y no reviva el extinguido fuego de amor a
la hija, que haba chisporroteado un instante despus del primer bes de
la madre. Quin sabe el rumbo que hubiera tomado el astro de los
destinos de la nia sin los prosaicos inconvenientes en que fundaba la
marquesa su nuevo alejamiento de ella, y el acontecimiento que sobrevino
poco despus?

El acontecimiento fue nada menos que la llegada al mundo del anhelado
varn. Todo fue jbilo entonces y locura y desconcierto en la casa, de
la cual pudiera decirse, sin gran exageracin esta vez, que fue echada
por la ventana. Se revolvi medio Madrid para el bautizo; medio Madrid,
que le comi al marqus, digo, al abuelo, medio costado; se consigui
elegir los padrinos entre lo ms cogolludo de la nobleza, y se le
pusieron al flamante heredero todos los nombres de los grandes reyes, de
los mayores santos del cielo, de todos los conquistadores clebres, y de
los ms gloriosos poetas y artistas de la tierra. Entre tanto, el recin
nacido, ms que criatura humana, pareca un ratn en salmuera: ni era
mucho ms grande, ni ms rollizo, ni ms pulcro, ni mejor encarado.
Naci gimiendo; entre gruidos y pataleos recibi el agua del bautismo,
y gruendo volvi a casa y continu, sin cesar, muchos das, comindose
los puos apretados y perneando rabioso, como sapo clavado en estaca,
mientras la pacfica y rozagante Vernica, olvidada de su familia en el
ltimo confn del hogar, no se mora de hambre porque la niera cuidaba,
de propio impulso, de esos y otros menesteres.

Desde aquellos das se ech en la casa de los marqueses de Montlvez una
raya por debajo de lo vivido hasta all, y se abri una vida nueva, cuyo
centro, cuyo eje, era el recin nacido heredero de los ttulos y
preeminencias de su padre; por lo que la pobre Vernica, elemento
principalsimo de la _vida vieja_, qued entre lo ms alto y olvidado de
la raya para arriba, como trasto intil en obscuro desvn.

No puede negarse que el _medio ambiente_, tan trado y tan llevado ahora
por la gente de mi oficio, influye mucho en la condicin moral y hasta
en el desarrollo fsico de los caracteres y de las naturalezas; pero no
es menos cierto que las hay de tal fibra, que, con ambiente y sin
ambiente, echan impvidas por la calle de en medio, y por ella siguen
sin torcerse ni extraviarse, aunque las ladren canes y las tiren
vestiglos de la ropa.

Prueba de ello es que cuando Vernica lleg a la edad de los celos y de
las envidias, y tuvo razn bastante para distinguir los halagos de las
durezas, no ech de menos los extremados mimos que se le prodigaban a
todas horas a su hermano, criatura de lo ms encanijado, llorn y
cascarrabias que hubo venido nunca al mundo. La tenan sin cuidado los
tumultos que se armaban a cada instante en la casa porque el angelito no
coma, o se descalabraba, o tosa ronco, o se retorca crdeno y
pataleaba con un dolor de tripas; las ponderaciones que de su imaginada
hermosura se hacan delante de ella a parientes y amigos, que se
guardaban muy bien de afirmar lo contrario, y hasta los injustos
vituperios que se la enderezaban porque con sus juegos le quitaba el
sueo, o no discurra cosa con gracia para entretenerle y alegrarle. La
niera no tena otra obligacin que la de mirar por ella y acompaarla
incesantemente; la quera de todo corazn, y era esclava de sus menores
caprichos; hacanla estrenar un vestido cada semana, y no se pona tasa
a sus antojos de juguetes. Con todas estas ventajas, hasta bendeca el
alejamiento a que se la condenaba en su propio hogar, porque, al fin y
al cabo, le procuraba una independencia de la cual sacaba ella mucho
partido para vivir a su gusto; y si hubiera conocido el placer de la
venganza, la hubiera hallado bien cumplida en los testimonios de cordial
amor que reciba de las _visitas_ y de los amigos de la casa, a
escondidas, por supuesto, de todas las gentes de ella.

Su abuelo persista en el honrado propsito de arreglar ms a justicia
estas cosas, que le repugnaban; pero su esfuerzo alcanzaba a poco. Por
de pronto, cada da se alejaban ms de la casa de su yerno, porque cada
vez le eran ms insoportables las majaderas y sandeces que observaba
en ella. Su naturaleza tosca, y los resabios adquiridos en los tratos y
contratos en que haba pasado lo mejor de la vida, le hacan
incompatible con los hbitos aparatosos y refinadamente vanos y
teatrales de sus hijos; y como, adems, era hombre sin retricas,
desengaado y de muy poca correa, el menor reparo a sus crudos alegatos
le quitaba las ganas de exponer el segundo. Su misma nieta, objeto
exclusivo de los desvelos del pobre hombre, dudaba muchas veces si tena
en l un protector carioso o un enemigo ms de quien temer
contrariedades y desabrimientos.

--Pero, vamos a ver--deca el ex contratista a su hija cuando ms
desatinados eran los extremos que sta y su marido hacan en honor del
hijo varn--, a qu vienen esas majaderas? Y ya que las hagis, por
qu pecis por el extremo contrario con Vernica, que es una nia como
unas perlas? Por qu detestis a la una tanto como queris al otro?

Negaba la marquesa que ni ella ni su marido dejasen de querer bien a su
hija, y hasta citaba en testimonio de ello el regalo en que la
mantenan.

--Es verdad--replicaba el abuelo--: atestis de juguetes su escondite y
de vestidos su ropero, como se echan mendrugos a los perros en su
garita, para que no molesten con sus ladridos ni estorben con su
presencia, y acaso, acaso, porque los vean gordos y lozanos los vecinos.
Pero de aqu, de aqu (y se golpeaba sobre el corazn), de eso que
alimenta el alma y hace buena sangre a los nios, qu dais a la
infeliz? Pues mira, y no lo olvides: hija que se acostumbra a vivir
entre la esquivez y el desamor de sus padres, si sale mujer honrada es
por un milagro de Dios.

Protest contra el supuesto la marquesa, e insisti en que, desde que la
nia haba nacido, se la amaba _cuanto se la deba amar_.

--Justamente--repuso su abuelo--, porque ni entonces, ni ahora, ni
nunca, habis podido tragarla; y no la habis podido tragar, porque lo
que se quera en esta casa no era familia por el ansia natural de
tenerla, ansia que sienten hasta los irracionales, sino un heredero
varn en quien vincular los relumbrones aristocrticos de tu marido,
como si importara seis maraveds que se perdiera la casta directa de ese
mentecato; y como a Dios no se le engaa, despus de probaros la
voluntad y la mala entraa con la hija que os dio, sin merecerla, os ha
castigado en el varn que apetecais..., porque ese nio ha de ser, est
siendo ya, vuestro castigo.

Con esto, dio media vuelta la marquesa y no pareci su padre en mucho
tiempo por aquella casa.

Y as fueron corriendo los aos, y lleg Vernica a contar diez bien
cumplidos. Tena una salud de bronce, y creca y se redondeaba que era
una bendicin de Dios: los amigos de la familia la coman a besos los
carrillos, y la decan verdaderas atrocidades mientras la volteaban en
el aire, o la echaban una zancadilla en un corredor o en mitad de la
escalera, siempre, por supuesto, a escondidas de sus padres y, sobre
todo, de su hermano, que cada da era ms ruin y ms inaguantable, por
envidioso y desabrido.

Como haba proyectos sobre ella, al decir de su madre, interinamente
la pusieron maestros de primeras letras y de msica, con los cuales
aprendi a leer mal, a hacer palotes muy torcidos y a solfear
desastrosamente, por culpa, segn dictamen del maestro, que era un
italiano famlico, de su mal odo. Esto, y el Catecismo de punta a cabo,
y una oracin para cada acto de los ms ordinarios de su vida, es decir,
para acostarse, para levantarse, para ir a comer, para salir a paseo,
etc., etc., y otras para cuando tronaba, pasaba el Vitico por la calle,
ventaba muy recio, y as sucesivamente, enseadas por su sirvienta, que
era una guipuzcoana muy devota, y tuvo la abnegacin de no reclamar para
s las alabanzas que el cura de la parroquia, que prepar a la nia para
la primera confesin, dedic al celo cristiano de su madre, era cuanto
Vernica saba en artes liberales y en letras divinas y humanas, a la
edad de once aos y algunos meses de pico.

Al cumplir los doce se le revelaron los proyectos que haba sobre ella,
los cuales se reducan a enviarla a Francia a _terminar_ su educacin en
un colegio de los ms afamados de Pars. No supo la nia, por de pronto,
si la noticia la alegr o la produjo el efecto contrario. No le agradaba
por lo que de colegio, es decir, de encierro y sujecin haba en el
asunto; pero, en cambio, le deleitaba por tratarse de ver el mundo,
aunque de refiln y con trabas; de ir a Pars, de vivir en Pars, de
respirar el aire de Pars, de comer, en fin, y vestir y soar en Pars,
nombre con el cual estaban atascados sus odos y su cabeza, porque en su
casa no se hablaba comnmente de otro asunto, ni entre las gentes que la
frecuentaban, ni en las casas que frecuentaba ella. Pars era lo mejor
de la tierra, y lo de Pars no tena igual en el mundo, y al uso de
Pars se vesta, y se andaba, y se coma, y hasta se hablaba con agravio
de la lengua de Cervantes... y de la de Molire.

Y a Pars la llevaron en esta situacin de nimo, sin alegra y sin
penas, no contando las lgrimas que la arranc del fondo del corazn el
desconsolado llorar de la niera, en cuyos besos de despedida,
ardorosos, resonantes y mezclados con el llanto de sus ojos, senta
palpitar el alma entera de la noble guipuzcoana. El desconsuelo de
aquella honrada mujer y el recuerdo de la cariosa abnegacin que la
debla, eran el nico vnculo con que la hija de los marqueses de
Montlvez se senta ligada a la casa paterna a medida que iba alejndose
de ella por el camino de Francia. No era suya la culpa. Su corazn no
poda dar otro fruto que el de las semillas que se haban depositado en
l.




II


Bien poco trabajo le cost hacerse a la vida y costumbres de colegiala.
Parte de esta fortuna se la deba a las condiciones de su carcter
acomodadizo y placentero; algo al no muy estimulante recuerdo de su
perdida libertad, y el reto a la feliz circunstancia de no haberse visto
un solo da verdaderamente aislada en aquel hervidero de chicuelas de
todas castas, edades, temperamentos y naciones. La fuerza de la
atraccin, por imperio de la necesidad, arrastra, en tales casos, lo que
flota indeciso y como al azar, hacia su centro apetecido. Por eso, no
bien hubo llegado al colegio, cuando ya conoca de vista a todas las
espaolas que haba en l; en seguida form entre las de su edad; luego
dio la preferencia a las madrileas, y acab por intimar con las que, de
stas, pertenecan a su jerarqua social.

As conoci a Leticia Espinosa y a Sagrario Miralta, vstagos ambas de
la ms encumbrada aristocracia espaola, las cuales haban entrado en el
colegio un ao antes que ella. Leticia, contra lo que su nombre
declaraba, era una morena triste, o, mejor dicho, serena y algo fra,
como esos das de otoo, de poco sol, de que tanto gustan los espritus
contemplativos y melanclicos. Tena hermosos ojos y muy correctas
facciones; y sin dejar de ser animosa para todo, faltaba casi siempre en
sus actos y en sus dichos el color de la sinceridad, lo cual se
atribula, ms que a un vicio de su carcter, a que rara vez la animaba
el calor del entusiasmo.

Sagrario era una rubia inquieta y bulliciosa, vida de impresiones, de
aire, de luz... y de golosinas. Fisgona impenitente, no haba castigo
que la curase de la pasin de arrimar, ora el ojo, ora el odo, a todas
las rendijas y cerraduras de los aposentos; y, a creerla por su palabra,
qu cosas vea y escuchaba en aquellos vedados interiores! Su mana,
casi criminal, eran las _zangolotinas_, como llamaba a las mayores,
algunas de ellas vestidas ya de largo y con un pie en el estribo para
tomar la vuelta a sus hogares. A stas las persegua con una tenacidad y
un instinto de perro de caza. Espiaba sus actos, escuchaba sus dichos,
asaltaba sus dormitorios, revolva sus equipajes, les abra los cajones,
se enteraba de sus cartas y les robaba las novelas que despus
devoraban las otras..., porque tenan novelas y algunas profanidades
ms, que eran contrabando all; y, no conformndose con esto slo,
relataba historias desvergonzadas y haca unos comentarios! A mi ver,
todo era una mala pasin de despecho, porque se recataban de ella y de
las de su grupo en sus entretenimientos y conversaciones.

Lo que sigue es, palabra por palabra, de la mano que escribi los
_Apuntes_:

Si entrara en los reducidos trminos de mi paciencia el propsito de
describir mi vida de colegiala con todos sus pelos y seales, larga
sera aqu la lista de los lances curiosos en que intervine yo, por las
intemperancias incorregibles de Sagrario y por la entereza glacial de
Leticia; pero no van por ah las corrientes que me empujan en este
instante; y si menciono los nombres y principales rasgos de carcter de
estas dos compaeras, omitiendo los de tantas otras, es porque conserv
esas dos amistades durante toda mi vida mundana, y no influyeron poco en
la calidad de ella, lo mismo bajo el cascarn de crislida en el
colegio, que cuando vol a mis anchas por el mundo con las alas de
mariposa.

Tambin habra mucho que hablar sobre el tema de la educacin de las
jvenes de mi pelaje, si por _educarlas bien_ se entiende, como debera
entenderse, la manera de hacer de ellas _buenas_ hijas y mejores madres.
Desde luego afirmo que estos hermosos fines no han de lograrse en
ciertos colegios ni en parte alguna donde la _distinguida_ y mal
acostumbrada educanda viva a uso de tropa. De este modo se aprende
todo, si se aprende algo, como el soldado la tctica y las leyes
penales: maquinalmente y a la fuerza; y no se toma amor, sino miedo y
repugnancia, a las tareas y al _cuartel_ mismo, con sus largos y
desnudos pasadizos, sus enfilados dormitorios, sus lechos de contrata,
sus vigilantes antipticos y su refectorio mal oliente. Llega a ser
insoportable el patio de altos muros, con los juegos de siempre y los
cnticos de todos los das, y el pasear en hileras, y el comer en
comunidad, y el recogerse y el levantarse a unas mismas horas y con el
mismo forzado silencio. Fatiga el nimo la contemplacin incesante de
unos mismos colores, de unas mismas caras, de unos mismos cuerpos, de
unos mismos uniformes, y, sobre todo, de aquel blasn de la casa, de
aquella cifra sempiterna reproducida en los muros, en los libros, en las
ropas y en los platos. Abruma el peso de la monotona segn van pasando
los meses y los aos en esta vida reglamentada, y el demonio de la
indisciplina y de la rebelin llega a poseer a las colegialas de pies a
cabeza. Entonces se piensa con fruicin hasta en las peripecias, en los
horrores de un incendio repentino de la casa; en la enfermedad del
profesor de Geografa, o en la prisin de la directora por mandato del
Gobierno...; en fin, en todo lo que pueda ser causa de que se altere y
descomponga, de cualquier modo, la mquina de aquel rel de piezas
humanas.

Por eso la colegiala ms querida de sus compaeras es la ms indcil y
revoltosa y holgazana, la que ms depresivos motes pone a las _madres_,
y ms perturbaciones acarrea en el gobierno interior de la casa.

A m me ensearon muchas cosas en libros, con la aguja, de palabra,
por escrito y hasta por seas y a toque de violn; pero sobre todas las
enseanzas obligatorias en aquel colegio, prevalecieron las del mal
ejemplo de mis compaeras, ms avispadas que yo, o ms cargadas de
malicias y de aos. Nunca me faltaron libros profanos, ni noticias
estimulantes de los placeres del mundo; y con este acopio y el que hice
por m misma durante la relativa libertad que se me conceda cuando fui
_de las mayores_, viendo las cosas mundanas de tarde en tarde y a
deshora y con el rabillo del ojo, y contando diez y siete aos muy
cumplidos, se dio por terminada mi educacin en aquel afamado colegio
francs.

Del cual sal diez meses despus que mis inseparables amigas Leticia y
Sagrario, muy ducha en bailar, en hacer reverencias, en modular la voz,
en manejar el abanico y la cola del vestido de baile, en esgrimir los
ojos y la sonrisa, segn los casos, los sexos y las edades, y en el
ceremonial decorativo y escnico de las prcticas religiosas; tal cual
en lengua francesa, materialmente al rape en obras de costura y
principios de economa domstica, y casi, casi, en el idioma nativo; y
sobre todo esto, y por razn de los contrabandos del colegio y de las
incompletas ideas adquiridas en concilibulos clandestinos, y la propia
observacin hecha a medias con trabas y sobresaltos, y quizs tambin
por obra de mi temperamento o de mi carcter, franco y expansivo, un
ansia, que rayaba en voracidad, de ver el mundo por dentro, de conocerle
a fondo, de saborearle a mis anchas, sin los velos y cortapisas que a
las puertas de l me haban, hasta entonces, despertado los apetitos.

Esto es todo lo que llevaba aprendido al volver a mi casa, cinco aos
despus de haber salido de ella, sin contar la persuasin ntima de que,
mientras no se invente cosa mejor que lo conocido, la educacin menos
peligrosa y ms esmerada de una nia ser aquella en que ms se deje
sentir la intervencin amorosa de su madre, si, por su dicha, tiene
madre, y madre _buena_.




III


Como el tiempo no pasa sin mudar la faz de las cosas, cuando volvi a su
patrio hogar la colegiala no dej de hallar en l cambios y mudanzas que
la sorprendieron. Su madre tena achaques, y achaques graves, segn
ella deca, apostndoselas al mdico, que no mostraba gran empeo en
contradecirla. Estos achaques no la impedan frecuentar los salones de
su mundo, ni la obligaban a tachar un solo rengln de su larga lista
de compromisos sociales, ni se revelaban, _a cierta distancia_, en su
cara frescachona ni en su apostura garbosa y elegante; pero es indudable
que los tena, y muy hondos; achaques de matrona presumida, bien
sufridos y mejor tapados con heroicos esfuerzos de la voluntad y buen
acopio de sonrisas y menjurjes.

No fue esto un hallazgo, en todo el rigor de la palabra, para su hija,
que ya barruntaba algo de ello por las ltimas cartas de la marquesa y
la propia observacin en las dos visitas que la haba hecho en el
colegio. Harto ms se admir al convencerse de que la inusitada dulzura
con que su madre la haba tratado en Pars, y que ella tom por disfraz
de aejas y naturales esquiveces, antes creca que se agriaba en las
intimidades de la vida domstica; y todava fue mayor su asombro cuando
supo, por testimonios fidedignos, que la modificacin genial de la
marquesa, en lo referente a este grave punto, databa de la misma fecha
que los achaques. Cmo lo que de ordinario sirve para exacerbar los
humores y despertar las impertinencias, y hace inaguantables a las
gentes que son desabridas por naturaleza, haba producido en aquel
_ejemplar_ el efecto contrario? No poda averiguarlo Vernica. Lo
importante para ella era el hecho, y el hecho bien a la vista estaba.

Otro suceso que fue completa novedad para la colegiala: su hermano tena
achaques tambin; es decir, nuevos, muchos, demasiados achaques; pero en
este infeliz se cumpla rigurosamente la ley comn: se le reflejaban
claramente en el espritu los que le desorganizaban y consuman el
cuerpo. Era ste raqutico, sarmentoso y descuajaringado. Cada pieza de
l estaba mal avenida con la inmediata: las piernas se negaban a
sostener el tronco; el tronco forcejeaba por desprenderse de la cabeza,
y los brazos andaban de ac para all sin saber a qu arrimarse, porque
en todas partes estorbaban y de todas partes se caan. El espritu era
digna joya de tal estuche: quebradizo, avinagrado y herrumbroso. Daba
compasin contemplar aquel ser que pareca un castigo providencial de
ciertas injusticias y flaquezas de sus padres. Ms que un nio
enfermizo, era un enano decrpito. Por razn de su miserable naturaleza,
nada se le haba enseado; as es que, contando ya ms de quince aos,
no saba deletrear. Por el contrario, se le haba dejado en completa
libertad de hacer todo cuanto le diera la gana; pero tan hastiado estaba
de ser libre y de campar por sus caprichos, de romper, de manchar, de
alborotar y de dar tormento impunemente a cuanto respiraba y se mova en
su derredor, que ya solamente se entretena con las contrariedades y las
resistencias, por hallar el placer de vencerlas y de atropellarlas. Y
haba que presentrselas, o fingir que se le presentaban, para darle
gusto y sacarle por un instante del mortal desfallecimiento en que caa
en cuanto le faltaba el aguijn de un apetito que pusiera en actividad
el cordaje de su desconcertada mquina.

Es verosmil que la contemplacin continua de este desconsolador
espectculo tuviera gran parte en los cambios geniales de la marquesa;
y, sin embargo, no concordaban tampoco las manifestaciones de sta con
la tristeza y gravedad del motivo, aun sin tener en cuenta los extremos
de locura a que la condujo el nacimiento de aquel hijo tan deseado.
Cierto que continuaba siendo esclava de sus antojos; pero no con la
abnegacin incansable de antes. Aquella esclavitud no era ya amoroso
entretenimiento, sino carga abrumadora, cruz de enorme peso. Llevbala
con paciencia, pero no sin cansancio. Consistira esto en que sus
propios males la hacan ms insensible para los ajenos, o en que,
robndole los alientos del espritu, agostaban el campo de sus ilusiones
y vanidades, e impriman nuevo y ms sosegado ritmo a los impulsos de su
corazn? Pero, en este caso, por qu no se cumpla la ley con igual
rigor en lo tocante a las pompas del mundo? Por qu continuaba
pagndose de ellas con el mismo fervor del primer da? Posible era
tambin que el convencimiento que necesariamente tendra de que para la
enfermedad de su hijo no haba humano remedio, le quitara, con la
esperanza de conservarle, las fuerzas para sufrirle; pero, en este caso,
qu pensar de la calidad de aquel extrao sentimiento que se manifest
en la casa, haciendo a todos los moradores de ella siervos pacientsimos
de la tirana del presunto heredero de los ttulos de su padre?

Lo cierto era que el enfermo se mora poco a poco; que su madre, aunque
lo saba muy bien, no daba muestras de apurarse por ello, y que ya no
era Vernica quien pagaba, como en otros tiempos, todos los vidrios
rotos de la casa.

Por lo tocante al marqus, tampoco se preocupaba gran cosa con el estado
msero de aquel su retoo, cuyo nacimiento tantas extravagancias y
sandeces le haba hecho cometer. Bastante ms le quitaban el sueo otros
cuidados. Habase dado con pasin a la poltica; y mientras arreglaba
ciertos comprobantes, de muy mal arreglo, para que le nombraran senador,
persegua, con escasa fortuna, una credencial de diputado cunero. No
sala del saln de Conferencias, ni de la tertulia del ministro de la
Gobernacin. En casa paraba poco, pero hablaba mucho, y siempre de su
pleito; no a la manera llana y familiar de otros tiempos, sino en estilo
declamatorio y rimbombante, y tomando pretexto de todo para ensayar
papeles de tribuno. Comale el prurito de la solemnidad y de las grandes
frases, y ms de una vez le arrastraron sus obsesiones parlamentarias al
extremo de replicar a su mujer en un dilogo prosaico sobre temas de
cocina, con un Su seora se equivoca! que, por lo campanudo y
resonante, hubieran envidiado los ms famosos adalides del Congreso.

No eran de fcil arreglo los susodichos comprobantes para lograr la
senadura, porque las rentas propias, vueltos los manantiales al bajo
nivel en que estaban antes de fomentarlos su suegro con el copioso
caudal de sus talegas, no llegaban hasta donde la ley quera. Y sta fue
otra de las novedades con que se hall la colegiala al volver a su casa.
De la cual novedad lleg a enterarse por los comentarios de su padre a
cada batacazo del expediente, que no sala de un atolladero sino para
caer en otro ms hondo. Si esta merma proceda de los banquetes y otras
parecidas _travesuras_ con que el marqus trataba de hacerse visible, y
hasta _ministrable_, entre los hombres polticos de mayor talla, o de
las enormes sumas que le costaba a la marquesa sostener el esplendor de
su jerarqua a la altura en que le haba colocado de recin casada, o de
lo uno y de lo otro, que era lo ms seguro, no cay la hija en la
tentacin de averiguarlo. Bastbale saber que el lujo y la abundancia
rodaban por aquellos suelos lo mismo que antes, y que su abuelo, hecho
una ruina ya, aunque de mala gana y refunfuando, acuda siempre a las
llamadas de la hija en sus continuos apuros.

Ni cmo pararse ella en reflexiones de mayor substancia? Ella, que
siempre haba sido all la _puerca cenicienta_! Ella, que llegaba del
colegio con la cabeza llena de fantasas tentadoras y el pecho atestado
de mortificantes deseos, y en todo cuanto la rodeaba vea recursos para
satisfacerlos, alas con que mecerse en los sonados espacios, llaves de
hechizos con que abrirlas doradas puertas que guardaban los descifrados
enigmas de su curiosidad insaciable!

Ocupaba un hermoso gabinete que se la haba dispuesto ex profeso. Era
como la leyenda, en colores y substancias, de su fresca juventud, con
los obligados atributos de inocencias, candores y misterios pudorosos.
El arte y el cario parecan haber trabajado con empeo en aquel nido
fantstico. Tan elocuente y expresivo estaba todo all, que casi se
ruborizaba de s propia la jovenzuela al desnudarse para meterse en el
cndido y esponjado lecho. Lo que influye en los juicios y sentimientos
humanos el relumbrn del aparato escnico!...

Su madre no se hartaba de palparla, unas veces vestida, otras medio
desnuda; de medirla con vidos ojos, de verla andar, y, aunque seca de
palabra siempre, de prodigar, a su manera, elogios a su precoz
desarrollo fsico y moral, a la redondez de su cuello, a la tersura de
su garganta, a la expresin maliciosa de sus ojos, a la frescura de su
boca, a la esbeltez de su talle y a todas y a cada una de sus prendas
esculturales. Era mucho ms exigente con la modista para sus vestidos
que para los propios, y la frase que ms la halagaba en boca de sus
amigos, era la que envolva un piropo para su hija. Llevbala a muchas
partes consigo, y se afanaba y desviva para hacer cuanto antes, con la
debida solemnidad, su presentacin en el mundo.

El marqus no estaba menos admirado que su hija de esta transformacin
de sentimientos de su mujer. En qu consista? Por qu, a medida que
iba resignndose sin esfuerzo a quedarse sin el hijo, antes preferido,
se aficionaba tanto a la hija, despreciada y aborrecida ayer?

Dios me lo perdone--dicen en este pasaje los _Apuntes_--, si en el
supuesto me engao, porque bien pudiera ser causa de mi juicio el
recuerdo de lo pasado; de aquel desdn, que rayaba en antipata, con que
empap mi corazn, en una edad en que arraigan las impresiones para el
resto de la vida; pero yo no vi nunca en las nuevas atenciones de mi
madre uno solo de esos reflejos que llegan al alma y hacen latir al
_unsono_ dos corazones. Si me amaba, no saba expresarlo, o yo era
incapaz de sentirlo. Esta es la verdad. Y si sus actos no eran
determinados por el amor, haba que suponerlos hijos de otro sentimiento
bien distinto. Autoriza a creerlo as el hecho de que todos los consejos
que entonces me dio se dirigan a hacerme mujer elegante y distinguida;
ni uno solo a hacerme honrada. A pesar de ello, no considero esta falta
gravsima como signo de perversidad del alma. Esta falta y otras como
ella, son, en determinadas gentes, obra de ciertas deficiencias, a veces
constitutivas, a veces impuestas por la educacin; falsas ideas que se
adquieren de las cosas, por el modo errneo de considerarlas. El
corazn, al cabo, es una mquina que tiene en la cabeza el tornillo
regulador de sus impulsos.

Como su abuelo sala ya poco de casa, cuando no poda ir a la de sus
hijos, iba la nieta a visitarle. Cunto la agradeca estas visitas el
pobre viejo!

--Es triste--la deca--vivir solo a esta edad y lleno de achaques. Todo
el ao es invierno para uno; todos los celajes obscuros; todas las
esperanzas negras, muy negras! T, que asomas ahora, hija ma, por las
puertas de la vida, y porque, comparndolo con lo poco que llevas
andado, se te figura que es interminable el camino que te falta por
andar, no te dejes seducir de esta ilusin. Porque es una ilusin, nada
ms que una ilusin: creme a m. La vida es breve, muy breve; y si se
comienza andando muy de prisa, se va por la posta. Cuando quieras
fijarte en ello, tendrs la cabeza blanca y la cara llena de arrugas; y
de all ya no se retrocede ni con la fuerza de la desesperacin: al
contrario, cuanto mayor sea el empeo, ms irresistible es el empuje del
tiempo, que no para jams. Para que las canas y las arrugas no te
sorprendan ni te espanten, no hay ms que un remedio: andar con pies de
plomo en la juventud, y acopiar algo de lo que fructifica durante ella,
para que nos anime y conforte en las tristezas y soledades de la vejez.
De todos estos acopios, ninguno tan importante ni eficaz como el de una
conciencia tranquila. Si t supieras el valor que tiene este consejo
por ser mo!... Dgote todas estas cosas siempre que te veo, y aunque s
que te aburren, porque no hay en tu casa quien te las diga. Tu padre...
valiente padre est el tuyo! Tu madre... no quiero decirte ahora lo que
pienso de tu madre. Por de pronto, Dios ha castigado sus injusticias
contigo, haciendo aborrecible cruz para ella lo que con tan locos
extremos puso sobre su cabeza y aun por encima de todas las leyes
divinas y humanas... Por supuesto, que ese hijo se le muere, y se le
muere muy pronto, y ella lo sabe y se queda tan fresca. Puedes t
explicar este contrasentido? Yo podra si quisiera; pero no quiero,
porque, al fin y al cabo, no estoy tan limpio como debiera estarlo, de
la culpa de los estpidos extremos de tus padres al nacer tu infeliz
hermano. Ah, si yo hubiera tenido entonces un poco ms de carcter y no
me hubiera dejado vencer de ciertas debilidades!... En fin, ya no tiene
remedio. Lo mejor es que tu madre te mira ya con buenos ojos... Pues
poda no! Caramba, cmo te vas redondeando, y qu guapsima ests!
Vaya, que da gusto mirarte. Chica ms precoz y ms...! Mira, cuando
entras por esas puertas, parece que asoma la primavera y que cantan los
pajaritos en esta casa. Si me sabrn a gloria tus visitas! Dios te lo
pague, hija ma!

Y cuando llegaba aqu lloraba el pobre anciano, daba a su nieta un
sonoro beso en la frente; y despus, casi siempre la haca un regalo.
Ella le entretena hasta hacerle rer con el relato de sus travesuras de
colegiala, o con el de los recursos a que apelaba para templar la
iracundia de su hermano, cada vez que, por obra de caridad, se acercaba
a l; y as llegaba la hora de marcharse. Dbale el abuelo otro beso,
recomendndola de nuevo que no echara en olvido sus advertencias; y
entonces cala ella en la cuenta de que, a pesar de lo sanas que eran,
por un odo le entraban y por otro le salan.

En una de estas ocasiones, o porque el abuelo se espontaneara algo ms,
o porque fueran ms vivas las tentaciones de la curiosidad de su nieta,
djole sta en crudo:

--Quiero saber lo que usted piensa de esas cosas de mam. Por qu me
trataba antes tan mal, y me contempla y mima tanto ahora?

El abuelo, como quien se desprende de algo que molesta, respondi al
punto y sin titubear:

--Primeramente, tu madre est deseando que se le muera el hijo, porque
la da demasiado que hacer y cada da le ve ms enclenque, ms feo y ms
_imposible_; y ella no soporta hijos as ni para eso.

--Corriente; pero bien poda hallar insoportable a mi hermano, y no
quererme a m tampoco.

--A ti, chiquilla, no te quiere ni pizca... lo que se llama _querer_
cuando se trata de otra clase de madres. Lo que hay es que la haces
falta: a su edad y con sus males, ya no puede esperar hijo ms de su
gusto, como cuando naci tu hermano; y como eres hermosa y expansiva y
discreta, y prometes mucho para brillar en la carrera que ella est
terminando, ve en ti, con la supuesta obligacin de acompaarte, un
hermoso pretexto para no retirarse del mundo cuando ms enamorada est
de l. En fin, que te necesita para pantalla de sus incurables
vanidades; y, como cosa suya, cuanto ms hermosa sea la pantalla, mayor
es su deseo de lucirla. Si fueras fea y tonta, antes se retirara ella
del mundo que presentarse contigo en l. Por algo as desea que tu
hermano se las le cuanto antes.

--Triste sera eso, abuelito, si usted no se equivocara.

--Pues te aseguro que no me equivoco.

--Sin embargo, pap no est en el mismo caso que mam, por lo que a m
toca, y tampoco quiere a mi hermano como le quera.

--Tu pap es un majadero a quien nunca le cupieron en la cabeza dos
ideas juntas. Desde que dej de pensar en su hijo; en cuanto se
convenci de que no le serva para representar dignamente el papel de
_prncipe heredero_ de su augusta dinasta, se enamor de los papelones
de poltico; y mientras esa farsa le preocupe, no se le dar un rbano
ya porque, con el hijo espirante, se os lleven los demonios en una noche
a ti y a tu madre..., sobre todo, si me llevan a m tambin.

Aqu la nieta paraliz la lengua del desengaado abuelo, que tales cosas
deca, dndole, de pronto, un beso en cada mejilla, y despidindose
luego de l con una zalamera, de expresin tan confusa, que le dej
dudando si era un embuste de su incredulidad despreocupada, o el
disimulo de una pesadumbre.




IV


Sagrario y Leticia, con un ao de prctica en el mundo que an no
conoca su amiga, eran como los pilotos que la enseaban a cada
instante, con el dedo sobre los planos, cuanto le importaba saber de
aquellas regiones colmadas de visibles encantos y de tentadores
misterios. Ni ella se hartaba de preguntarlas, ni sus amigas se cansaban
de responderla; pues si era muy grande la curiosidad de la una, mayor
era el apego de las otras al papel de profesoras. Con qu gravedad tan
cmica le desempeaban algunas veces, y qu mezclados solan andar en
sus dictmenes el candor y la malicia! De aquellas cosas que eran el
tema de sus conversaciones, todava no conoca Vernica ms que lo que
haba podido columbrar acompaando a su madre, no muchas veces, al
paseo, al teatro, o a tal cual visita o reunin de confianza, si no con
la librea de colegiala precisamente, con todas sus rozaduras frescas
sobre el cuerpo, y todas las cortedades, fingimientos y desentonos a que
obliga ese desairado carcter de crepsculo invernizo: lo que se ve y se
sabe de un espectculo, mirando por los resquicios de la puerta y oyendo
los rumores, del concurso, o leyendo mal y de prisa los contradictorios
relatos de los obligados cronistas; parvidades y probaduras que slo
sirven para estimular y enardecer los apetitos. Sagrario y Leticia, en
cambio, haban traspuesto los umbrales, y eran ya espectadoras _de
adentro_; ms que espectadoras, figuras principales de la gran comedia:
les era permitido, una vez en escena, disponer libremente de los
recursos propios para aspirar hasta al dominio de ella; mirar a los
hombres cara a cara; provocar sus lcitos atrevimientos; poner a prueba
la calidad y el temple de sus armas; luchar impertrritas y vencer
valerosas, o sucumbir apasionadas, que este es el fin, ms o menos
remoto y a sabiendas, de todos los femeniles empeos en lo mejor de la
vida, y a ese solo paradero se va por donde las mujeres andan, cargado
el cuerpo de lujo y el alma de tempestades...; en fin, tocar y palpar
las realidades de los sueos de la colegiala y de sus entusiasmos de
recin llegada a las puertas del mundo.

Bien saban las maestras con qu ansias aguardaba la nefita a que se
las abrieran; y por saberlo tanto, se complacan en aguijonear sus
impaciencias extremando el color de sus pinturas.

Todo cuanto se prometa, fsica y moralmente, en las nias Leticia y
Sagrario, qued sobradamente cumplido en estas dos jovenzuelas. Leticia
era una morena gallarda, correcta, sobria, _expresiva_ y dura, as de
formas como de palabra; temible en el manejo de ciertos recursos
externos, que en una gran parte de las mujeres resultan inofensivos
accesorios, y en otras tantas no pasan de simples detalles decorativos
de su belleza. Estas cosas, puestas en juego por Leticia, a pesar de sus
pocos aos, eran todo lo que haba que ver. Con tal destreza las
concordaba, que del diablico conjunto resultaba un arma tremenda, algo
que llevaba la muerte en sus acometidas y era, al propio tiempo, escudo
impenetrable. Cuanto ms se la estudiaba, menos se la conoca y mayor
era el empeo de conocerla. Era frialdad de espritu o fortaleza de
razn, la causa determinante de aquella su inalterable serenidad en
todos los actos ostensibles de su vida? Era leal en sus amistades,
noble en sus inclinaciones, sincera en sus informes, honrada en sus
impulsos? Todo se poda creer y de todo se poda dudar, porque todo
caba en ella en opinin de todas sus amigas. Entre los hombres
discordaban mucho los pareceres: segn las ocasiones y las
circunstancias. En lo que convenan unos y otras era en que Leticia
haba nacido con el don de gentes, y en que no era cosa llana predecir
hasta dnde poda llegar la mujer de mundo formada sobre la base de
una joven de aquel carcter y de aquella singular naturaleza.

Sagrario!..., el ruido, la inquietud, la intemperancia, la vehemencia,
la sinceridad, la pasin; el da y la noche, la risa y el llanto. La
curiosidad segua devorndola, y la avidez de impresiones la consuma.
No haba asomo de juicio en aquella cabeza rubia que pareca el capricho
de un pintor lascivo, ni tacha que poner a la hechicera envoltura de
aquel temperamento tempestuoso.

--Va vers, ya vers--deca Leticia, andando Vernica en vsperas de
echarse al mundo--, ya vers como ese cacareado len no es tan fiero
como nos le pintan. Algo impone de pronto su mirada, y cierto respetillo
infunden sus bramidos; pero con un poco de serenidad y otro tanto de
cierta mafia que no ha de faltarte a ti, se le pasa la mano por el lomo
y hasta se le pone bozal y se le liman las uas, como a un falderillo de
tres al cuarto.

--Lo mejor es--aadi Sagrario revolviendo un huracn con su abanico--,
no tenerle pizca de miedo, aunque ponga en las nubes sus rugidos y te
saquen tiras de pellejo sus zarpadas. As hay lucha, y el triunfo
resulta ms sabroso. Qu creers t que es lo ms malo de esta bestia
de mil caras? Las mujeres, psmate! Ah estn los rencores, las
envidias y el veneno. sas, sas son las que necesitan ltigo y hierro
candente: todas, y cada cual por su estilo, son peores. Pero los
hombres!: mansos, humildsimos borregos que se gobiernan con un hilo de
estambre... No me d Dios mayores enemigos.

--Segn y como se los trate--se atrevi la novicia a replicar a
Sagrario, mientras Leticia se sonrea maliciosamente.

--No hay ms que un modo de tratarlos, que yo sepa--repuso la rubia con
admirable sinceridad--: bien... Pero el caso es que aplicas este mismo
procedimiento, generoso y corts, a las mujeres, y te resulta el efecto
contrario; y cuanto mejor te portas con ellas, menos te quieren y ms lo
disimulan. Si lo s yo!

--Lo sabe! Qu exageraciones!--exclam aqu Leticia, no s si por
contener a Sagrario, o por irritar ms sus intemperancias geniales.

--Exageraciones!--replic la rubia imitando la voz y los ademanes de su
amiga--. Por qu? Porque digo lo mismo que ests t pensando?

--Pero, alma de Dios--repuso la otra--, si an no hemos cumplido los
veinte aos, y no hace uno que andamos por el mundo, cmo hemos de
conocerle con tantos pelos y seales? Qu sabes t todava cul es
bueno ni cul es malo, tratndose de hombres y de mujeres?

--Mucho, muchsimo!--exclam Sagrario en un arranque de cmica
solemnidad--. Y dejemos a un lado los hombres, por ahora, que son unos
infelices que no se meten con nadie; pero las mujeres!... Piensas que
soy sorda? Tinesme por ciega? Lo eres t, por si acaso? Y tantos
aos se necesitan, andando entre ellas, para observar cundo sus besos
son de judas, y pualadas sus sonrisas?... Mira, _Beronic_ (la llamaban
todos as, en francs, como la haban llamado en el colegio, por quitar
el saborcillo sainetesco que tea su nombre pronunciado en espaol), y
no te lo digo por meterte miedo, sino por todo lo contrario: porque
sepas que, providencialmente y porque no aburran por llanos los salones,
hay esas escabrosidades en ellos; lo que pasa es esto... y tenlo
presente para que no te acongoje al otro da la sorpresa del hallazgo:
por llegar, te comern todas con los ojos; algunas te llenarn los odos
de lisonjas; otras, la cara de besos; t estars ruborosa, algo trabada
con los estorbos de los elegantes arreos que nunca has arrastrado, y el
flamear de los honores con que te reciben en el gran mundo los veteranos
de l; pues porque te turbas, porque te trabas, y, sobre todo, porque
ests hermosa, te mordern las que te besan, las que te adulan y las que
te miran: las unas con la lengua, las otras con los ojos; y si no fueras
bonita, te morderan lo mismo por todos estos pecados y por el de ser
fea... Te sonres, Leticia?... Qu pieza eres! Pues mira, ni siquiera
le pido a _Beronic_ las albricias del descubrimiento, porque esas cosas
las he ledo infinitas veces en libros de escarmentados. Lo que he hecho
yo es comprobar el caso sobre el terreno, como ha de comprobarle esta
novicia, por torpe que sea de odo y de mirada, siempre que haga la
observacin con un poco de malicia. Pues si llegas a _tener ngel_ para
los hombres, y dan stos en acudir a tu lado!... De risco que sean tus
carnes, han de sentir la mordedura de la ms blanda de boca.

Leticia solt aqu la carcajada.

--A que te sangran a ti todava las cicatrices?--le dijo Sagrario,
encarndose valientemente con ella.

--Si no me ro por eso, extremosa!

--Pues por qu te res, prudente?

--Porque, en tu afn de abrir los ojos a sta, vas a concluir por
hacerle aborrecible aquello mismo que tratamos de hacerle amable... y
que tanto nos gusta a nosotras.

--Bah!..., ese no es caso de risa.

--Lo dudas?

--Es que no lo creo. Te res de mis despreocupaciones, como t llamas a
esta claridad que yo gasto, lo mismo en hechos que en dichos. Como t
prefieres el sistema contrario!... Pues mira, yo no me ro del tuyo, que
te lleva al mismo fin que el mo: cuestin de temperamento y de gustos.
Por eso no le predico a sta las ventajas de tal o cual camino para ir a
donde nosotras vamos: lo mejor es dejar a cada cual que marche por donde
ms llano lo vea.

--Estamos conformes--dijo Leticia con gran formalidad, probablemente
forzada--. Pero sea o no caso de risa lo del cuadro que pintabas, es lo
cierto que tanto puedes recargarle de color, que llegue sta a mirarle
con miedo.

--Por eso mismo--replic Sagrario, golpeando a la aludida en un hombro
con el abanico cerrado--, he comenzado por advertirla que se lo cuento
para evitarle la sorpresa del hallazgo de ello; porque ha de saltarle a
los ojos, ms tarde o ms temprano, eso que yo tengo por uno de los
bocadillos ms sabrosos de la mesa de nuestro mundo... Caramba, y qu
bien sali este parrafejo! Si ir para literata sin notarlo?... Con
franqueza, _Beronic_..., y perdona t, Leticia, si hallas algo
_shocking_ la despreocupacin: despus del placer de ser codiciada de
los hombres de buen gusto, no hay otro que ms halague mi vanidad que el
ser envidiada y aborrecida de las mujeres elegantes.

Con esta explosin de las ingenuidades de Sagrario, cuatro mordiscos de
la lima sorda de Leticia, y media docena de comentarios de la nefita,
no tan cortos de alcance como pudieron creer sus amigas, tomndolos en
toda su apariencia, termin aquella entrevista, que no la ense mucho
ms de lo que ella saba o sospechaba.




V


Lleg, al fin, y por sus pasos contados, la tan esperada noche de mi
exhibicin solemne. No conservo en la memoria los detalles minuciosos de
aquel acontecimiento, tan sealado en la vida de las mujeres de mi
alcurnia y de mis hbitos, porque, como todas las realidades muy
soadas, sta no me pareci de la magnitud en que me la haban forjado
las quimeras de la imaginacin.

Recuerdo que precedieron a la fiesta largas horas de punzante
inquietud, de vida contemplacin de mis flamantes y simblicos arreos
de batalla, tendidos sobre lechos, sillones y cojines: desde el menudo
zapato de raso, hasta las flores de la cabeza, pasando por un ocano de
sedas, encajes, plumas y crespones; todo areo, todo casto, todo
_simple_, como pedan y piden los estatutos de la _Orden_ para una
doncella de mi edad y condiciones, a quien no le es lcito, _todava_,
albergar malicias en su cabeza ni torpes sentimientos en el corazn;
otras horas, no tan largas, en lo ms recndito de mi gabinete, entre
menjurjes, abluciones y atildaduras de tocador. En seguida, la mproba y
conmovedora tarea de vestirme todos los dispersos perifollos: all mi
madre, all la doncella, all la modista; yo, como un maniqu, rodeada
de luces y de espejos. El vestido, sin mangas y casi sin cuerpo,
dejbame las carnes, de cintura arriba, medio a la intemperie. Senta yo
la impresin del aire tibio, ms que en ellas, en algo tan profundo y
delicado, que, tras de golpearme las sienes, me obligaba a cerrar los
ojos y a tirar del escote del vestido hacia arriba, y de las mangas
hacia abajo; procedan en sentido inverso la modista y la doncella;
sonrease mi madre; quejbame yo de que era mucho lo descubierto;
replicbanme, que, por lo mismo, y por ser bueno, haba que lucirlo;
atrevime a mirarlo ms despacio, y resigneme al fin, porque quizs
estuvieran ellas en lo cierto, amn de que lo imperioso del mandato
quitaba todo pretexto a mis escrpulos.

Ya estaba armada de punta en blanco: nuevas combinaciones de luces y de
espejos para verme a mi gusto por todas partes, y ensayar actitudes,
movimientos y sonrisas, y sorprender a hurtadillas la grata impresin
de todo ello en las caras de las tres espectadoras.

En el saln inmediato aguardaba mi abuelo, que, en honor mo, haba
hecho aquella noche la calaverada de ir a admirarme vestida de
pecadora. Al verme aparecer, se qued como asombrado. Pens yo que se
escandalizaba, y me cubr el seno con el abanico. Me dijo a su modo
muchas cosas, que tan pronto me sonaban a ponderaciones entusisticas,
como a lamentos de pesadumbre. Atajele el discurso ponindole mi frente
junto a su boca para que me diera un beso, y le pagu con otro resonante
en la rugosa mejilla, y unos cuantos embustes cariosos, de cuyo efecto
mgico sobre el corazn del pobre hombre estaba yo bien segura.

En esto, y mientras mi madre acababa de vestirse y de adornarse,
dijronme que mi hermano deseaba verme.

Acud a su cuarto. Estaba en la cama, descoyuntado entre mantas y
almohadones. Por verme entrar, me llen de improperios; detveme dudando
junto a la puerta, y esto fue mi fortuna, porque con la ltima
desvergenza me arroj la palmatoria, que se estrell contra el espejo
de un lavabo, a media vara de la cola de mi vestido.

Volvime al lado de mi abuelo, entre asustada y risuea; y tras largo,
interminable rato de esperar a pie firme, por no ajar la tersura de mis
faldas, lleg mi madre con el aspecto y el andar de una matrona romana,
ocultando la cruz de sus achaques y los estragos de la edad con el
engao de un cielo de fulgurante pedrera sobre otro caudal de sedas y
artificios.

Mi padre andaba aquella noche ciegamente empeado en sus caballeras
senatoriales; y con harto sentimiento mo, no recib los alientos de su
aplauso en aquella mi primera salida a correr las aventuras por las
encrucijadas del gran mundo.

Recuerdo tambin la impresin que recib al hollar por primera vez, y
con pie inseguro, la espesa alfombra del saln de la fiesta. Fue aquello
como una oleada de luz esplendorosa, de rumores confusos, de miradas
punzantes, de sonrisas burlonas, de colores fantsticos y de aromas
narcticos, que se desplom de pronto sobre m agobindome el espritu y
deslumbrndome los ojos. Aprensiones de mi inexperta fantasa, que
exageraba enormemente el relieve de mi figura y el espacio y el trmino
que ocupaba en aquel cuadro.

Pas todo como el amago de un vrtigo, por obra de un esfuerzo de mi
voluntad y del auxilio discreto y oportuno de Leticia y de Sagrario.
Logr hacerme a la fiereza del len, y atrevime en seguida a afrontar
los lances del peligro.

Para esta empresa contaba con un arma, en cuyo manejo era yo muy
diestra, sin que nadie me le hubiera enseado: el falso rubor de novicia
en aquel pomposo ceremonial mundano. Nada como ese recurso para ver sin
ser vista y ponerse en situacin de aceptar lo cmodo y agradable, y
desechar lo molesto, sin pecar de imprudente en lo primero, ni de torpe
o de vana en lo segundo. Me sali bien la cuenta. Al amparo de la
ficcin, detrs de mi broquel de nia candorosa, mis malicias de mujer
precoz escudriaban todo el campo de batalla y conocan hasta las
intenciones del enemigo, sin que el tiroteo de su obligado tributo de
lisonjas y de galanteras me causara el ms leve dao con las que de
ellas eran necias o impertinentes.

La exencin absoluta del pesado deber de tomar en cuenta sandeces y
majaderas, no tiene precio en casos tales, con la doble ventaja de que,
a ttulo de nia inexperta y ruborosa, la ms trivial ocurrencia suena
en sus labios a ingenioso concepto, y toda claridad, por amarga y cruda
que resulte, queda triunfante y sin rplica.

Y muy poco ms conservo en la memoria de los lances y sucesos de esta
aventura, cuyo nico mrito para formar captulo aparte, consiste en
haber sido muy deseada, y la primera entre las de mi vida mundana; muy
poco ms, y eso en tropel confuso; verbigracia: la peste de los salones
de entonces, y de ahora, y de siempre; esas criaturas sin sal ni
pimienta, inspidas e incoloras, y, estaba por decir, sin sexo ni edad,
estpidamente esclavas de los preceptos de la moda en el vestir, en el
moverse y en el hablar; ms que nios y mucho menos que hombres, con la
insubstancialidad y la ignorancia de los unos, y los atrevimientos y los
peores vicios de los otros; ridculos y feos, asaltndome sin tregua ni
respiro, devorando con ojos estrellados los repliegues de mi escote, y
exponiendo, como mrito sobresaliente para aspirar a mi conquista, el
arrastre de las _rr_ de sus impertinencias y el hablar a tropezones la
lengua de Castilla, slo porque saban que yo me haba educado en
Francia; las obligadas galanteras de los buenos mozos, por lo comn,
ms nutridas de malas intenciones que de agudezas; los enrevesados
conceptos de los galanes presumidos y cortos de genio; las protectoras
sonrisas y las _paternales_ franquezas de los personajes maduros, a
quienes la edad y la fama autorizan para todo, hasta para ser
descomedidos y groseros; los cumplidos extremosos, las ponderaciones de
rbrica y las forzadas protestas de cario de viejas retocadas, de
madres envidiosas y de jovenzuelas casquivanas como yo; el vrtigo de la
danza casi incesante, en brazos de unos y de otros; los sueos
voluptuosos, o la tortura insufrible, segn los casos; ms tarde, la
agona de la curiosidad, y la vista y el odo cansados por saberse de
memoria las figuras, los colores y el rumor del cuadro, cuya luz se va
velando por la evaporacin del concurso y el polvillo tenue de suelos,
galas y afeites, y cuya atmsfera espesa, tibia y saturada de perfumes,
repugna a los pulmones y al estmago; despus, el quebrantamiento del
cuerpo, escozor en los ojos, mucho peso en los prpados, cierto deseo de
bostezar... y, al cabo, la vuelta a casa, arrebujada en pieles y casi
tiritando en el fondo del carruaje; los elegantes arreos de la fiesta,
lacios y marchitos, arrojados con desdn en los sillones del dormitorio;
y, por ltimo, el meterme en la cama con la impresin de un escalofro;
el cerrar los ojos y el sentir en el cerebro las caras, los colores, los
sonidos, las alfombras, los espejos, las bujas, los lacayos, toda la
casa, toda la fiesta hecha un revoltijo, una pelota, aporrendome los
odos y las sienes: la memoria embrollada, el corazn entumecido, la
inteligencia embotada para todo discurso; y persiguindome y asedindome
entre tan cerrada obscuridad, la extraa persuasin, clara como la luz
del da, de que nadie me haba puesto aquella noche tantos defectos ni
me haba rebajado tanto en la escala de las elegantes, de las discretas
y de las hermosas, como mi amiga Sagrario.




VI


El goce libre y frecuente de estas fiestas y otras semejantes, me ense
bien pronto que, o no haba en el mundo naturalezas de acero para salir
sin mella de los combates ms rudos, o a m me haba tocado en suerte
una de las mejor templadas. Efectivamente: era yo, a pesar de mis pocos
aos, mucho ms serena y menos impresionable entre la baranda del
comercio galante, de lo que me haba imaginado antes de conocer de cerca
esas cosas. Aunque no era incombustible por completo, tena todas las
posibles ventajas para jugar con el fuego sin consumirse estpidamente
en l. De lo cual me alegr sobremanera, porque no es la vida de las
mujeres de mundo tira tan larga, que no importe, ir cediendo a cada
paso jirones de ella.

Mientras se fue dando cuenta de este hallazgo, ocurrieron en su familia
muy sealados acontecimientos. El primero fue la muerte de su hermano.
El tema de los caprichos de esta infeliz criatura haba llegado a lo
inverosmil, como su existencia entre el enjambre de enfermedades que la
consuman. Antojronsele cerezas frescas en el mes de Diciembre, y no
cabiendo en lo humano adquirirlas as a ningn precio, ni
falsificarlas, como se haba hecho con tantas otras cosas falsificables
en idnticos casos, creci con el obstculo la fuerza de su empeo,
lleg la corajina al paroxismo; y aquel hilillo tenue de vida, a tan
duras penas conservado, se quebr de pronto como el de una tela de
araa, sin un sonido ni una vibracin.

Este suceso, como si se contara con l, ya que no fuera deseado, no
arranc una lgrima siquiera en la familia. Produjo cierta tristeza que
pareca nacida del corazn, por lo que toca al marqus y a su mujer. En
cuanto a la hija, la dio demasiado en qu pensar la nueva jerarqua en
que volva a colocarla la muerte de su hermano. Por decreto de ella,
dejaba de ser simple y desdeada segundona, y recobraba sus
prerrogativas de primognita y nica heredera de los ttulos y bienes de
la casa, condicin de gran monta para ella, desde que saba, por propia
observacin, lo que vale y lo que cuesta la vida domstica y social de
las mujeres de su alcurnia. No era de temer ya la sorpresa de un nuevo
varn que de la noche a la maana volviera a despojarla de sus
recobradas preeminencias; pero es indudable que las hubiera dado mayor
importancia, y por muy distinto motivo que entonces, si el suceso que se
las restitua hubiera ocurrido en aquellos tiempos en que las
inexplicables injusticias de su madre la tenan relegada a los ltimos
rincones de la casa. Miseriucas del corazn humano.

Por lo dems, ocurri lo de costumbre en tales ocasiones: varios das de
duelo, ms o menos cordial; visitas de _ntimos_ a todas horas del da y
de la noche; cumplimientos falsos de amigos cumplimenteros; tertulias
reducidsimas y taciturnas, los primeros das, que fueron poco a poco
animndose y creciendo; un luto reducido al _mnimum_ de lo que permiten
las clusulas de lo regulado para tales ocasiones; transformacin
radical del gabinete mortuorio, por renovacin de muebles y decorado,
etctera, etc... y a las tres semanas, desaparicin completa de toda
huella material del breve y doloroso trnsito de aquel desdichado ser
por las asperezas de la vida, y absoluto olvido de su nombre en las
conversaciones y en la memoria de los vivos.

En el alivio andaban de su luto, harto aliviado desde el primer da,
cuando el abuelo, que en virtud de su avanzada edad y de sus incurables
padecimientos, haba consentido en cambiar su soledad por la compaa de
sus hijos, llamando a la nieta a su gabinete una maana, la dijo con voz
entrecortada y sepulcral:

--Me muero, sin remedio, antes del medioda. Advirtelo en tu casa del
modo menos estrepitoso que puedas, y hazme el favor de mandar que venga
un cura para confesarme... y por si no tengo tiempo para advertrtelo
despus..., escchame ahora unos instantes... A pesar de las sangras
espantosas hechas a mi bolsillo por tu madre, todava os dejo una gran
fortuna, como veris por el testamento cerrado, cuya copia hallaris en
mi pupitre. Convencido de que tan pronto como echen la zarpa a ese
caudal, la insensatez de tu padre y la loca vanidad de tu madre han de
despilfarrarlo en cuatro das, he procurado dejar a salvo, en beneficio
tuyo, cuanto la absurda ley vigente me permite... Pero si he de decirte
lo que siento, no fo de tu cordura mucho ms que de la de tus padres.
La nica ventaja que les sacas es que tienes mejor entendimiento que
ellos. Lo que llevas visto de ese mundo que tanto os seduce, te habr
enseado a conocer lo que vale el dinero para andar por l triunfando, y
lo que importa a los mundanos no arruinarse. Esto es lo que quiero que
no olvides y encomiendo a tu buen entendimiento, para que hagas, por
egosmo siquiera, lo que no me atrevo a esperar de tu virtud... Porque,
hija ma, yo te quiero mucho, muchsimo, mucho ms de lo que puedes
imaginarte; pero con todo lo que te quiero, en lo tocante a pompas y
chapuceras mundanas, ya te lo he dicho, no fo gran cosa de la veta que
sacas, ni del aire que llevas por el camino que sigues... Perdona la
franqueza, que a ella me obligan el amor que te tengo y el trance en que
me hallo... Y ahora, un beso... el ltimo, hija ma! Y que Dios haga
el milagro de infundir con l, en lo ms hondo de tu corazn, los
sentimientos que llenan el mo en este instante!

Jams haban vertido los ojos de la joven lgrimas tan cordiales ni tan
copiosas como las que entonces corrieron a lo largo de sus mejillas, ni
su pecho se haba sentido agitado por tan hondas impresiones como las
que la dominaban mientras el amoroso anciano estampaba en su frente,
inclinada hasta tocar su boca, un beso trmulo, convulsivo, fro como la
losa de un sepulcro.

Y todo sucedi como l lo haba dispuesto y vaticinado: se confes a las
once, comulg a las once y media, y se muri antes de las doce.

Cunto llor Vernica aquel da, y al siguiente, y con qu fervor rez
por el alma del muerto, y con qu sinceridad prometi a su memoria
grabar en el corazn sus ltimas advertencias, y ajustar a ellas todos
los actos de su vida!

Tard mucho en acostumbrarse a contemplar con ojos enjutos y corazn
tranquilo, la soledad y el silencio de aquel gabinete en que tantas
caricias y tan repetidos testimonios de entraable amor haba recibido
del doliente octogenario. De todo lo cual se deduce que quera de veras
a su abuelo.

La marquesa, cuyos males la impedan entregarse por entero a los rigores
de la pesadumbre que le corresponda por la muerte de su padre, se
asombraba de las lgrimas y de las tristezas de su hija, y la conjuraba,
en frase dura y seca casi siempre, a que se volviera a lo suyo,
dejndose de gazmoeras sentimentales, que ya chocaban a las gentes.

--Dichosa ella!--sola decir el marqus, interviniendo en el caso
algunas veces, mientras se paseaba por el gabinete, con las manos en los
bolsillos, las cejas y los labios contrados, la cabeza humillada y los
ojos chispeantes, derramando la mirada, que quera ser triste, por los
dibujos de la alfombra--. Dichosa ella, que est en la edad de las
grandes impresiones, y puede llorar para desahogo del corazn oprimido!
Llora, llora, hija ma; que con las lgrimas se honra a los muertos y se
cumple con las leyes de Dios y de la Naturaleza. Ay de nosotros, que,
sintiendo tanto como t, no podemos llorar!

Y en esto miraba con el rabillo del ojo a su mujer, que le responda con
un gesto de aire colado.

La herencia fue pinge de veras. Cortijos en Andaluca, dehesas en
Extremadura, casas en Madrid, papel del Estado, acciones del Banco de
Espaa..., de todo haba mucho y bueno, libre y desempeado.

Un da se hizo el recuento, y result que las rentas de este caudal
pasaban de cuarenta mil duros. Con ellos, y lo que quedaba de los bienes
del marqus y de la dote de la marquesa, se poda calcular la renta en
un milln de reales. Vernica haba sido mejorada en tercio y quinto, y
esta mejora estaba asegurada, entre el cuerpo de bienes, con cuantas
ligaduras eran de apetecer, segn la sabia y cariosa previsin de su
abuelo.

Muy pocas horas despus de hecho este clculo, fue cuando a la marquesa
se le ocurri caer en la cuenta de que con la muerte de su padre y de su
hijo, aquella casa que habitaba tanto tiempo haca, en la calle de
Hortaleza, le pareca un cementerio sombro: vea a las queridas
prendas de su corazn, doloridas y agonizando, en cada rincn, en cada
mueble y a cada instante; su espritu, tan combatido por los males del
cuerpo y por las tristezas del alma, no estaba para grandes pruebas, y
le era indispensable salir de all... a cualquiera parte.

El marqus, que estaba en todo, como l deca, asinti inmediatamente
al reparo de su mujer; y como comprenda muy bien la situacin de las
cosas, aadi que era de urgente necesidad tomar otra casa de mejores
horizontes, de ms luz, de ms aire, ms capaz y ms alegre. Deba
pensarse hasta en un _hotel_ en Recoletos o la Castellana; pero slo
pensarse por entonces. Entre tanto...

Entre tanto, se alquil un vastsimo principal en la calle de Alcal,
por la miseria de tres mil duros al ao; y como no era cosa de ir a
habitarle tal como lo haban dejado los ltimos inquilinos, ni de
trasladar a l los muebles de la calle de Hortaleza, tan llenos de
tristes recuerdos, y tan pasados de moda los ms de ellos, hubo
necesidad de hacer obra en la nueva casa y de encargar el necesario y
conveniente ajuar para ella. En lo tocante a la obra, una vez acordada,
o hacerla til, o no hacerla. Cada inquilino tiene sus necesidades y sus
gustos, y los de la marquesa eran distintos en todo, por las trazas, de
los de las gentes que haban precedido a su familia en la casa de la
calle de Alcal. En la cual haba muchos gabinetes con un solo saln; y
precisamente necesitaba ella, por razn de aire y de holgura, tan
indispensables para su salud, muchos salones y pocos gabinetes, comedor
amplsimo y vestbulos desahogados. A este fin, no qued un tabique en
pie; se encarg el plano de la nueva obra a un arquitecto; y como en el
piso haba tela en que cortar, todo se hizo al gusto de la marquesa, que
hall en estos entretenimientos ocasin de invertir las largas e
inspidas horas que traen consigo la esclavitud y la tristeza de un luto
rigoroso, como el que la familia vesta entonces.

Aplaudan los amigos de la casa el gusto y la esplendidez de la
marquesa, a quien atribuan exclusivamente la direccin de todo aquello,
mientras la interrogaban con un gesto, por no atreverse a ser ms
explcitos con la lengua, al recorrer una verdadera serie de salones
fastuosamente decorados. Responda ella con otro gesto que, cuando
menos, significaba que haba comprendido la pregunta; y algo parecido le
ocurra a su marido con los _hombres polticos_, que casi le formaban un
cortejo diariamente desde lo de la herencia, y poco ms o menos le
suceda a la hija con sus amigas; slo que stas eran ms claras en el
preguntar, y ella menos encogida en el responder, por lo mismo que
estaba bien persuadida del destino de aquellos despilfarros, desde que
su madre apunt en la calle de Hortaleza la necesidad de vivir en casa
de mayor calibre.

Al fin se terminaron las obras y el luto; invadieron la nueva casa
mueblistas y tapiceros; llenronse suelos, paredes y techos de ricas
alfombras, de espejos colosales, de cuadros y tapices valiossimos, de
araas estupendas y de muebles caprichosos; llovieron esculturas y
monigotes por todos los rincones y tableros de mesas y veladores;
atestronse de primorosas y artsticas vajillas los aparadores del
comedor, que era un bosque de roble tallado y un bazar de porcelanas,
bronces y cristalera, tapizado de cuero cordobs; no qued cortinn de
vestbulo ni de puerta de trnsito sin su correspondiente escudo
nobiliario; y cuando ya estuvo todo en su punto y sazn, y la
servidumbre arreglada a las exigencias del nuevo domicilio, y cada
criado en su puesto y convenientemente vestido, y la cocina humeando,
con su _jefe_ bien enmandilado y mejor retribuido, con su tralla de
marmitones y ayudantes, en un lujoso land, arrastrado por dos briosos
alazanes ingleses, y conducido por un cochero colosal, envuelto el
cuerpo en un ocano de pao gris, y media cara y los hombros en otro mar
de pieles erizadas, guantes por el estilo y alto sombrero con cucarda
por coronamiento de esta silueta de oso polar, llevando a su izquierda,
como su reflejo en ms reducidas proporciones, el correspondiente
lacayo, se traslad la familia al flamante albergue, dejando en el otro
lo poco que quedaba de los ya casi borrados recuerdos que haban sido la
disculpa de la mudanza, y hasta el polvo de las suelas del calzado.

Todo este boato, con el apndice de otro a su consonancia en cuadras y
cocheras, cost mucho ms de cincuenta mil duros; y me consta que por no
haber tanto dinero disponible en casa, se vendieron papeles que lo
valan, prefiriendo el marqus sacar esta primera cucharada del olln de
la herencia, a someterse a la tirana de la usura, y sobre todo, al
bochorno de inaugurar con una deuda aquella nueva y esplendente fase de
su vida social.




VII


Y aconteci muy luego lo que a la vista estaba desde que la marquesa
apunt la idea de dejar la casa, relativamente modesta, de la calle de
Hortaleza; y fue de este modo: el marqus insinu _compromisos_ de
banquete a sus amigos polticos; la marquesa invoc _deberes_
ineludibles de responder a splicas de sus amigas, dando a aquellos
hermosos salones su verdadero destino; es decir, estrenndolos con un
baile que, sin gran esfuerzo, hara raya entre las fiestas del gran
mundo madrileo, habidas y por haber; reforz el primero sus razones de
preferencia, sin negar la gravedad de los compromisos de su mujer,
exponiendo deudas de gratitud con los personajes que, para entretener
sus apetitos senatoriales, acababan de ofrecerle un distrito vacante en
Ciudad Real, para diputado a Cortes; insisti la marquesa en su empeo a
favor del baile, sin negar el compromiso del banquete; replic el
marqus, llevando la contraria, hasta con textos de Maquiavelo y de
Bismarck; y, por ltimo, terci Vernica, que se hallaba presente en la
porfa, proponiendo que se diera una fiesta que tuviera de todo: una
recepcin, por lo ms alto, en la cual anduviera el rumbo del comedor al
nivel del brillo de los salones.

Y as se hizo quince das despus.

No es cosa averiguada enteramente si la fiesta caus en la _opinin
pblica_ todo el efecto que la marquesa haba soado; pero no tiene duda
que concurrieron a su casa aquella noche muchas y muy distinguidas
gentes; que bailaron mucho y que devoraron mucho ms; que hubo
hiperblicas ponderaciones, en variedad de tonos y estilos, para la casa
y para sus moradores, por el buen gusto, por la riqueza, por lo de los
salones y por lo del comedor; que al da siguiente soltaron en los
papeles pblicos los cronistas obligados de fiestas como aqulla, toda
la melaza de su trompetera de hojaldre, para declarar, _urbi et orbi_,
que los marqueses de Montlvez eran los ms ricos, los ms distinguidos,
los ms amables marqueses de la cristiandad y sus islas adyacentes, y su
hija, la joven ms bella, ms _espiritual_ y ms elegante que se haba
visto ni se vera en los fastos de la humanidad distinguida, es decir,
del buen tono; en virtud de todo lo cual, aquel baile deba repetirse
para gloria de la casa, ejemplo de otras por el estilo, y recreo de la
encopetada sociedad madrilea; y finalmente, que se contaron por miles
los duros que cost aquel elegante jolgorio, y que el marqus tuvo
necesidad de meter, por segunda vez, la cuchara en la olla grande para
pagarlos, por los consabidos temores a la usura y las propias
repugnancias a las deudas.

El cual marqus llam a captulo de familia para reflexionar, para
discutir, para resolver (todos estos trminos us) acerca de aquel
carioso vocero de los papeles, y sobre ms de otros tantos memoriales
enderezados al mismo fin, que en la intimidad de la conversacin le
_elevaban_ en los pasillos del Congreso, en los corredores del teatro y
en las encrucijadas del Retiro, las eminencias de la poltica, los
Cresos de la banca y las lumbreras de la literatura, con quienes l se
codeaba a cada instante; a la cual lista aadi su mujer inmediatamente
otra tan larga, ms o menos autntica, de solicitantes de la flor y nata
del mundo elegante; lista que reforz la hija con un imaginario, pero
verosmil, catlogo de pretensiones idnticas, arrancadas del ancho
crculo de sus amigas y aduladores.

Ciertamente que (en opinin del marqus, el cual, con olmpica
solemnidad, hizo un detenido resumen de estas circunstancias) el xito
excepcional de la reciente fiesta, las condiciones singulares de la
casa, la respetabilidad de los timbres de familia, ms brillantes y
esplendorosos desde la herencia del inolvidable anciano; su (del
preopinante) cada da ms sealada significacin en el agitado campo de
la poltica espaola; la evidente y poderosa necesidad de aliviar los
dolores fsicos de la marquesa con esparcimientos racionales, a la vez
que enrgicos, del espritu; la edad de su hija, sus prendas personales,
sus conveniencias de hoy, su porvenir... todo, todo, absolutamente todo,
justificaba el persistente clamoreo, se impona al criterio vulgar de
las gentes precavidas y juiciosas, y exiga de ellos un generoso
esfuerzo, por encima de toda reflexin egosta, de todo razonamiento
matemtico.

La marquesa y su hija fueron del parecer del marqus, y hasta se
creyeron conmovidas con los perodos ms elocuentes de su discurso;
razn por la que se decretaron las instancias como se peda... y un
poquito ms, en corts y debida correspondencia. Ni ms ni menos que si
el marqus y la marquesa creyeran que en aquel acto cedan sorprendidos
por la fuerza de las circunstancias, y no al aceptado y bien consentido
imperio de sus nativas vanidades! Como si su hija, tan opuesta por
temperamento a todo linaje de fingimientos y disimulos, no supiera que
antes de insinuarse la pretensin en las pocas personas que la
manifestaron, ya tena, cada uno de los tres, resuelto el caso en la
mente!

Hubo, pues, andando los das, y no muchos, un baile en la casa, tan
brillante y tan celebrado como el anterior; pero no a ttulo de otro
baile ms, sino como el primero de una larga y ostentosa serie de
ellos. Y colocado ya el asunto en esta pendiente, y rodando las cosas
por su propio peso, un da, a fin de entretener mejor los largos
intervalos entre fiesta y fiesta, los amables y agradecidos marqueses de
Montlvez hicieron saber a sus _ntimos_ que todos los jueves _se
quedaban en casa_.

Y se quedaron en ella todos los jueves, conforme a lo prometido.

A los bailes concurra _todo Madrid_, lo ms cogolludo y rechispeante de
la aristocracia, de la banca, de la poltica, de las artes y de las
letras. Aquellos salones deslumbrantes de luz, saturados de perfumes,
henchidos de bellezas cargadas de lujo y de pasiones; el incesante
crujir de las telas; el ondular de las colas, arrastradas sobre los
aterciopelados tapices; el rumor de las conversaciones, el centelleo de
las joyas, los suaves acordes de la invisible orquesta, y el flujo y
reflujo de la muchedumbre, verdadero mar de colores y sonidos derramado
por aquellos mbitos esplendentes, ora en impetuoso torbellino agitado
por los huracanes de la danza, ora en sosegado vaivn durante los
intermedios; toda aquella magnificencia, en suma, toda aquella
pomposidad babilnica, ejerca sobre el espritu cierta impresin de
borrachera, que disculpaba, en lo humano, el xtasis en que el marqus
admiraba el espectculo, la pasin con que la marquesa _haca los
honores_ de l, y la voluptuosidad con que la hija se dejaba mecer sobre
el oleaje de aquella tempestad de deleites.

Despus de bailar se cenaba; y las concupiscencias de Lculo emulaban el
fausto de Nabucodonosor.

La concurrencia de los jueves se compona de un poco de todo lo de las
grandes fiestas, y no se admitan presentados; amigos de confianza que
_hacan_ poltica y administracin y ejrcito, y hasta el amor, y
discreteaban, segn las edades, los caracteres y los sexos; algo de
tresillo, mucha murmuracin al calor de la chimenea, msica a ratos,
alguna vez lecturas, y, en ocasiones, baile. Por conclusin, t con
pastas.

Muchos de estos amigos coman en la casa cada lunes y cada sbado,
porque tambin figuraba este rengln en el programa de los usos
elegantes y distinguidos de la familia.

Sumando con ellos las _recprocas_ a que sta tena notorio derecho, y
no se le escatimaban ciertamente; su turno en _el Real_; su _da de
moda_ en _el Espaol_ y en otros teatros ms; las indispensables
exhibiciones en carruaje abierto; las tareas _distinguidamente_ devotas
y benficas de la marquesa, que a la sazn era presidenta y directora de
no s cuntas congregaciones cristianas, particularmente la de las
_Madres ejemplares_, fundada por ella, y la de _Doncellas humildes y
temerosas de Dios_, a la que perteneca la hija, y por eso concurra a
sus asambleas cada mircoles y comulgaba dos veces cada mes en las
Calatravas; y, por ltimo, sus excursiones veraniegas por todo lo ms
distinguido y ms caro de las regiones europeas a estos esparcimientos
destinadas por la moda, qu extrao es que no le quedara una sola hora,
un solo minuto para vivir _en familia_, para mirar _por dentro_ las
prosaicas mecnicas de la vida normal, para traer a las mientes las
cuerdas advertencias del olvidado abuelo..., para contemplar, siquiera,
desde el punto de la pendiente rpida en que se hallaba, el necesario e
inevitable paradero, trmino fatal y merecido remate de tan locos
despilfarros?

Y lo peor era que el principal y mal forjado pretexto de ellos, cada da
los desacreditaba ms; porque las dolencias de la marquesa parecan
crecer a medida que eran mayores y ms caras las distracciones con que
las combata. Pensaba la infeliz que, devorando sus quejidos y tapando
con sonrisas forzadas la expresin de sus tristezas, y con drogas y
menjurjes el color de la agona y las arrugas de los aos y de las
zarpadas de la enfermedad, ni sta avanzaba ni las gentes la velan; sin
caer, o mejor dicho, no queriendo caer en la cuenta de que aquellos
esfuerzos del nimo, con aquel vivir sin sosiego, eran a sus males lo
que el combustible a la hoguera: cebo que los alimentaba y los
embraveca. Porque la vanidad, el demonio de las mujeres de mundo, la
posea de pies a cabeza; y por eso, solamente era devota y benfica en
cuanto sus actos pudieran lucir en honra y gloria de sus humos de
aristcrata acaudalada, y se dejaba arrastrar sin resistirse hacia las
fauces del monstruo que la fascinaba, como el borracho contumaz hacia el
lento suplicio de la taberna.

Mejores frutos pensaba haber sacado el marqus de la vida aparatosa que
traa; porque, al cabo, ya que no la senadura, que tanto le halagaba,
haba logrado la limosna de un asiento ministerial en los escaos del
Congreso; y, sin embargo, cotejando el valor de su conquista, reducido,
en substancia, a la gloria dudosa de haber pronunciado un discurso de
dos horas mortales sobre la langosta de la Mancha, que no escucharon
ms que los taqugrafos y unos cuantos babiecas inexpertos de las
tribunas; al trabajo imponderable y continuo de atormentar
subsecretarios y directores, recomendndoles las querellas de todo
linaje de pretendientes desvalidos, con el nico fin de acreditar sus
influencias; al oneroso vicio de solemnizar con un t a sus amigos
polticos cada discurso del Presidente del Consejo, o cada batalla
ganada por el Ministerio a las revoltosas oposiciones; a no tener hora
ni punto de sosiego, por estar pendiente de sus deberes de padre de la
patria y creerse obligado a tomar por lo serio y a sentir en su
ministerial epidermis cuantas cuchufletas y alegatos contra la situacin
leyera en la prensa oposicionista, y la lea de cabo a rabo, y a algunas
cosas ms por el estilo; cotejndolo todo, repito, con lo que le haba
costado en desaires, en paciencia... y en banquetes, la ganancia no
resultaba del todo apetecible para un ambicioso de los ms usuales.
Pero, al fin y al cabo, gozaba de veras el pobre hombre, era dichoso por
completo; y tan absorto le traan las preocupaciones del oficio y los
deberes y solaces de su vida domstica y social, que hasta haba perdido
enteramente aquel su hidalgo aborrecimiento a las deudas y a la usura, y
ni siquiera reparaba cmo este mal demonio de los ricos desatentados le
iba hincando las unas en lo ms vivo, en lo ms hondo, en el mismo
corazn de la olla grande.




VIII


En este mtodo de vida, y sin pensar en abandonarle, porque no conoca
otro ms divertido, cumpli Vernica los veintids aos. Decan los
cronistas de salones por escrito, y de palabra el enjambre de aduladores
que cenaban en su casa y la perseguan en las ajenas, que era, por
entonces, el dechado de todas las perfecciones escultricas y el
conjunto de todos los donaires del ingenio. Sin ser la cosa para tanta
ponderacin, es innegable que la madre naturaleza no la haba escaseado
los dones que ms seducen y alucinan a los hombres de escogidos gustos,
y ms provocan las rivalidades y antipatas entre las mujeres que
carecen de ellos, o no los poseen en tan alto grado. De ambos efectos
tuvo copiosas pruebas.

Pero la tachaban, con pesadumbre los unos y con visible delectacin las
otras, de descorazonada y mordaz; y creo que tampoco estaban en lo justo
los hombres ni las mujeres que tal afirmaban. No le faltaba corazn en
el sentido en que lo entendan aquellas gentes. Lo que ocurra, a mi
entender, era que hasta entonces no haba hallado cosa de su gusto en
que emplearle, ni sentido seria tentacin ni punzante deseo de trocar la
divertida y risuea libertad que gozaba, por la relativa opresin de la
cadena de flores, pero al fin cadena, con que se estimulan ciertas
concupiscencias femeniles al cambiar de estado en aquella edad y en la
esfera social en que ella viva. Tan atestados tena los odos de
lisonjas, tan repetido lleg a ser el tema _amoroso_ con que la
asediaron galanes de todas las imaginables cataduras, que ya consideraba
el caso como una rutina obligada en los usos de la buena sociedad; le
sonaban aquellos arrullos como un ruido ms de los ruidos del mundo, y
pasaban con stos sobre ella como el aire sobre las rocas.

No es esto decir que todo le fuera lo mismo y que no hubiera en el ancho
crculo de sus relaciones sociales algo en que detener la imaginacin y
con que apacentar los deseos, ni, por tanto, me atrevo a afirmar que no
hubiera sido otra su conducta bajo el imperio de otras leyes de moral
enteramente distintas de las que rigen en las cultas sociedades
europeas; pero, aceptando el cargo _en derecho constituido_, como dicen
los jurisconsultos, y parecindole, para juego, muy insubstancial el de
los amoros _a turno_, su cabeza, contra lo que se refiere de los
mpetus de la edad y de las rebeldas de la carne, se impona sin gran
esfuerzo a toda esa caterva de impulsos pasajeros, tan mal llamados, por
falta de experiencia o por sobra de malicia, arranques del corazn.

Duea, pues, de s misma y con sereno juicio; alegre por carcter,
corts por educacin, y tomando a broma los galanteos y a diversin las
flaquezas de los dems, no es extrao que en sus procedimientos, en su
conducta y en su lenguaje, abundaran ms las notas de color alegre, si
vale el smil, que los tonos severos de las naturalezas profundamente
sensibles y reflexivas. A esto se llamaba mordacidad, con bien poco
fundamento, a mi juicio.

Lo que no tiene duda es que por entonces goz de mucha celebridad en el
gran mundo madrileo; o, hablando ms adecuadamente, estuvo _de moda_
en l. Se atrevi a enmendar la plana a las reinantes, as en el vestir
y aderezarse, como en el andar; formaron escuela sus atrevimientos, y
hubo peinados, y abanicos, y hasta actitudes con su nombre;
ambicionbanse sus saludos y sonrisas en la calle y en los espectculos,
entre los hombres y los mocosos _distinguidos_, casi tanto como los del
_Tato_ o los de la Alboni; rayronle el afrancesado _Beronic_ con que
desde su salida del colegio la haban confirmado sus amigas, por horror
justificable al sainetesco nombre con que fue castigada en la pila, y la
llamaron todos, en papeles y corrillos, para colmo de su gloria y sello
de legtima calidad, _Nica Montlvez_.

En las grandes fiestas de su casa, o en otras semejantes fuera de ella,
era donde los donaires de su ingenio y la pimienta de su natural
desenfado se derramaban en mayor abundancia y lucan en todo su
ponderado alcance. Estaba all como el pjaro en la selva, cantaba
donde, cuando y lo mejor que le pareca, porque la misma multitud le
serva de escondite, y su obligada agitacin disculpaba sus incesantes
vuelos de rama en rama; y como los hombres tontos son los ecos de estas
_soledades_, siempre haba flotando sobre los rumores del concurso
alguna meloda de sus cnticos, llevada de boca en boca, con la mejor
intencin del mundo, pero con el afn y la rapidez con que se propagan
de ordinario todos los falsos testimonios. Pareca cosa convenida que
todos sus actos haban de ser originales y todas sus palabras agudezas.

Otra bien distinta era su conducta en la intimidad de las tertulias de
su casa. Y, sin embargo, estaba all ms a gusto y en su elemento que en
todas partes, con ser el crculo tan estrecho y tan limitados los
pasatiempos. Porque, contra lo que publicaba la fama, y aun contra
mucho de lo que ella misma juzgaba de su propio carcter, haba en el
fondo de ste, cuando se trataba de recrear un poco el espritu, cierta
oculta preferencia por el examen ntimo de las cosas, entre ste y el
conocimiento de ellas por medio de las impresiones sbitas, como si la
cautivara ms el detalle que el conjunto.

De todas maneras, lleg a haber motivos muy considerables para que, aun
sin contar con aquella su natural inclinacin, consagrara ms hondo,
inters a sus reuniones de confianza, que a las ruidosas solemnidades
del gran mundo.

Componanse aqullas, como ya se ha dicho, de un poco de todo lo de
stas, y no era en conjunto tan escaso que no diera para satisfacer los
gustos y las aficiones de los tertuliantes. Los haba de una tenacidad
de hierro para el tresillo, apegados a la mesa como la ostra al peasco.
Por lo comn, eran gentes desabridas y regaonas; y en sus peleas contra
las veleidades de la baraja, siempre llevaban la parte ms cruda unas
cuantas viejas aristcratas, como si el ochavo que all disputaban
encarnizadamente alcanzara a tapar los descubiertos y trampas en que
vivan, por culpa de sus despilfarros y disipaciones.

De estas _partidas_, que en ocasiones parecan de bandoleros, haba
varias, y estaban siempre a matar con la gente joven que hablaba recio y
se mova mucho en las inmediaciones; la cual gente, capitaneada por la
revoltosa Sagrario, ms alborotaba en el saln, cuanto ms fuerte
protestaban contra el alboroto los tresillistas del gabinete. En otro
frontero a l, donde la marquesa permaneca ms de continuo,
arrellanada en un silln junto a la chimenea, se reunan los ntimos del
marqus, desde luego, y poco a poco los aburridos de las dems
secciones, que acudan al calorcillo de los debates que sustentaban los
personajes de la poltica, y a la golosina del chiste, ms o menos
culto, de algunas damas de _mucha correa_, y de otros tantos galanes de
_buena sombra_.

Como _Nica_ lo pudiera remediar, no sala de all; y no por el chiste,
precisamente, ni mucho menos por los discursos polticos, sino porque
haba, en lo que pudiera llamarse ncleo de esa tertulia, algo que tena
su lado pintoresco y su lado interesante para una observadora como ella.

El primero que llegaba siempre a aquel lugar de preferencia, era el
seor don Mauricio Ibez, hombre de _cierta edad_, de mucho pelo
castao y sin canas, anchas patillas y poca frente, mucha ceja, labios
gruesos, largos dientes y muy blancos, nariz cuadrada y ojos de asombro
continuo, buen color, poca estatura, elevado pecho, brazos largos y
manos enormes con dedos descomunales. Era banquero muy rico, y pareca
querer darlo a entender en su persona cargndola de oro y pedrera, de
paos finsimos y de holandas impalpables; y adems, caballero gran cruz
de Carlos III, y capaz de pesar en oro al ministro que le diera el
derecho de poner sobre el escudo de armas que ya usaba en sus tarjetas,
siquiera la ms modesta de las coronas nobiliarias. Tena este prurito y
el de hablar bien y formalmente de todas las cosas. Haba sido dos o
tres veces diputado por un distrito de la provincia de Cceres, de la
cual era nativo l. Sin embargo, nunca pudo romper a hablar a su
gusto, aunque haba quedado bastante satisfecho de sus tentativas: dos
preguntas breves al ministro de la Gobernacin, sobre otros tantos
expedientes detenidos en aquel centro, y una presentacin a las Cortes
de una exposicin de varios ganaderos de su distrito, que solicitaban no
s qu franquicias o privilegios para los exportadores de reses cebadas.
Llamaba l hablar a su gusto, ser afluente, verboso; porque--deca--no
es la palabra lo que a m me falta, pues que todas las que oigo en boca
de los dems me suenan a conocidas, sino otra cosa en que no puedo dar
de pronto. Que se me dice, a lo mejor, pongo por caso, que esto es
blanco... y que tal y dems, y que a m me parece negro; pues con decir
esto solo, ya se me acab la cuerda, y no hallo el modo de seguir por
esa ruta, como siguen otros, diciendo que arriba y que abajo... y que
tal y dems.

Aun sin el ejemplo que l pona, se echaba de ver bien pronto que lo que
le faltaba al reluciente don Mauricio, eran ideas para construir y
exornar sus malogrados discursos.

Para romper a hablar, se iba inflando poco a poco, como el pavo antes
de hacer las grgaras; y, entonces, el hombre, que ya era de por s,
corto de cuello, daba en el pecho con la barbilla y en las orejas con
los hombros. Era tardo de palabra, y de voz spera y recia; y mientras
las emita, muy acentuadas y con cierto repicoteo de pronunciacin, se
tiraba dulcemente de una patilla con los dedos de la mano del mismo
lado, apiados, tiesos y algo temblorosos, como si por all buscara el
chorro de verbosidad, que no sala por ninguna parte, y daba a sus ojos
asombradizos una expresin tan rara, que poda dudarse si peda con
ellos misericordia o reclamaba un aplauso.

La primera vez que habl en casa del marqus, fue tomando punto de no s
qu suceso parlamentario de aquellos das, y se mostr muy indignado con
_los meeroodeadooores_ del campo de la poltica, peste de los tiempos
_aztuales_..., y tal y dems. Despus se fue viendo que llamaba
merodeador al lucero del alba, y que sin el apoyo de la otra muletilla,
era hombre al suelo en cuanto rompa a hablar.

Sin embargo de todo lo cual, mareaba a los ministros de Hacienda, y se
pintaba solo para sacar buena raja de los ms duros de veta; a lo que se
deba que el marqus le distinguiera con singularsima estimacin, y
hasta le admirara; porque es de saberse que el tal marqus, desde que
era diputado a Cortes, se haba dedicado con afn ansioso a los negocios
lucrativos que le saltaran al paso, y en el seor de Ibez tena un
ojeador expertsimo, un consejero de gran competencia, y, en ocasiones,
un socio desinteresado.--Lo peor era que los nicos negocios que le
salan mal al banquero eran los en que tomaba parte su amigo.

En las tertulias de ste, indefectiblemente llevaba la contraria en
todas las peroraciones de don Mauricio, Gonzalo Quiroga, primognito de
los condes de Camposeco. Este mozo tena un frontispicio poco simptico,
y adems era gangoso. Se haba educado en Inglaterra, y haba viajado
mucho por Europa, con largas detenciones en Pars, en Baden-Baden, Monte
Carlo y otros sitios no menos famosos de _recreo_. De todas estas
excursiones y paradas haba sacado copiosos frutos, como lo acreditaban
sus vicios dominantes, sellado alguno de ellos en la cara con _hondas
cicatrices_, y en el crneo con una calva precoz. Su barba era lacia, y
su cuello muy largo, con nuez y costurones; tena boqueras, los prpados
tiernos, y un hombro algo ms elevado que el otro. Era alto y flaco y
pasaba por elegante, a pesar de todos sus defectos fsicos. Lo cierto es
que tena gran desenvoltura y desparpajo para moverse dentro de los
desairados arreos de sociedad, y para meter la cuchara en todos los
corrillos. Aunque no era tonto, le faltaba mucho para tener un buen
entendimiento; pero no conoca la vergenza; y con esto y con el trato
continuo de las gentes de su mundo, tena lo suficiente para vivir en l
como el pez en el agua. Era, en suma, un completo _perdido, de buen
tono_.

Pues con esa alhaja estaba concertado el casamiento de Sagrario.
Clculos de familia, al decir de los bien enterados, desde que los
novios eran as de tamaicos. Por lo visto, no tenan prisa para
realizar el proyecto; y entre tanto, iban juntos a muchas partes, pero
se trataban muy poco, por exceso de confianza entre ambos; as es que,
ms que novios en vsperas de casarse, parecan un matrimonio
desavenido.

La razn de llevar siempre la contraria Gonzalo Quiroga a don Mauricio
Ibez, no era otra que el gustazo de ver cmo se inflaba y contraa y
trasudaba el banquero en cada contradiccin, y cmo _meeroodeaaba_
intilmente en el camino de su pobre retrica, para urdir una rplica
con que confundir al importuno a quien ya tema de lumbre, o para salir
siquiera medio airoso del atolladero, delante de los contertulios, que
haban dado en tomar aquellas _engarras_ como la ms divertida de las
comedias.

Se haba observado que en los apuros de ms angustia, o en los arranques
de mayor empuje, don Mauricio buscaba con los ojos a Vernica, como las
plantas sombras se alargan hacia el sol que necesitan; y en topando con
ella, pareca decirla en el primer caso: Peero ve usted qu teema el
de este chico? Y en el segundo: Me paarece que sta no tiene vuueelta.
No piensa usted lo miismo?.

A Gonzalo le haca mucha gracia este resabio de su contrincante; y una
noche, mientras se ahogaba el pobre hombre meeroodeeando a obscuras en
el huero caletre media docena de palabras al acaso, acercose el otro con
gran sosiego a Vernica, y, en el tono menos gangoso que pudo, le dijo
al odo con mucha formalidad:

--No te alarmes, chica; pero es indudable que ese sujeto tiene planes
siniestros _contra_ ti.

Precisamente en una de las pocas ocasiones en que la despreocupada joven
no estaba atenta a los discursus del banquero, que la divertan
sobremanera. Prefera, por el momento, la conversacin de Pepe Guzmn,
pjaro de mayor cuenta que su amigo Gonzalo. El tal Guzmn, aunque de
segunda rama, era tambin vstago aristocrtico: de la ilustre cepa de
los Valdejones. Pasaba ya bastante de los treinta, era de hermosa y
distinguida estampa, independiente, libre como el aire, y rico. No
abusaba, aparentemente, de ninguna de estas ventajas. Por el contrario,
pareca hombre de muy racionales inclinaciones, y bien regido. Haba
estudiado media carrera de Derecho, algo de Medicina, otro tanto de
Mecnica, y hasta desflorado la Teologa y los sistemas filosficos de
Kant, de Krausse... y de Santo Toms; se saba de memoria a Maquiavelo,
a Fr. Luis de Granada, a Shakespeare, a Fourrier, a Santa Teresa y a
Cervantes. En todo picaba y nada le satisfaca, fuera de las grandes
obras de imaginacin. Quizs con la espuela y el freno de la necesidad,
hubiera brillado en algo de lo mucho que intentaba conocer por
invencible curiosidad, pues talento y discrecin tena para ello; pero
le faltaba paciencia, porque le sobraban la libertad y el dinero, y de
aqu sus veleidades y aquellas ensaladas cientfico-filosficoliterarias
de que se atiborraba la cabeza. Viajaba a menudo y gastaba grandes sumas
en objetos de arte. Los cuadros buenos le entusiasmaban, pero los
bronces de mrito le enloquecan. Tena el buen gusto de no invertir un
ochavo en libros viejos, ni en vargueos apolillados; prefera las obras
contemporneas, si eran buenas, y, lo que es ms raro, las lea y las
saboreaba. Cosa ms rara an: en igualdad de mritos, estaba por las
espaolas antes que por las extranjeras, y no incurra jams en la
vulgaridad cursi de decir que no podan vivir en Espaa los hombres
cultos. Se referan de l grandes hazaas galantes, y podran ser
ciertas; pero no era su boca quien lo confirmara, ni con un gesto.
Finalmente, era hombre de alegre carcter, aunque poco hablador, pero
muy al caso, particularmente con las mujeres. Tena el don de
entretenerlas sin apelar al lugar comn de la lisonja ni al formulario
oficial del joven travieso, distinguido y elegante. Calificbanle por
ello de indomesticable y de _fro_ muchas damas; pero es lo cierto que
hasta las ms remilgadas se pagaban mucho de sus atenciones... Y no sigo
con la lista de sus prendas de carcter, porque, a pesar de tomarlas
una a una de los _Apuntes_ que tengo a la vista, va a resultarme un mozo
cortado por el sobado patrn del _mata-corazones_ de comedia; y esto que
aqu se narra podr ser malo, pero es la pura verdad.

Digo, pues, que este Pepe Guzmn entretena aquella noche a Nica
Montlvez cuando se acerc a ella su amigo Gonzalo Quiroga con la
consabida embajada, y aado, para decirlo pronto, puesto que ha de
saberse ms tarde o ms temprano, que el tal Guzmn era aquel _algo_ que
Vernica exceptuaba de los molestos arrullos amorosos que pasaban sobre
ella, sin sentirlos, como el viento sobre las rocas; aquel _algo_ en
que detener la imaginacin y con que apacentar los deseos, que exista
en el ancho crculo de sus relaciones sociales. Y es de saberse tambin
que, a aquellas fechas, an no se haban cruzado los primeros fuegos de
la batalla entre la dama y el galn. Conocanse mutuamente las
intenciones de batallar, exploraba cada cual el terreno de su enemigo, y
hasta le provocaba con ingeniosas estratagemas; pero de aqu no pasaba;
y, a mi entender, en el misterio de estas precauciones, en el problema
de esta actitud recelosa, estribaba el mayor inters de los
beligerantes. Ni ella ni l parecan tener prisa para resolver el punto
dudoso. Poda ser el caso un pasatiempo; pero desde luego era un
pasatiempo entretenidsimo, con la rara virtud de no gastarse con el
uso.

Tal vez era el lado interesante que, para una observadora como
Vernica, haba en las reuniones ntimas de su casa. Del lado
pintoresco era la principal figura el banquero don Mauricio, con todas
sus cosas y con todas sus _malas_ intenciones, en las cuales haba ledo
ella mucho antes de que se las anunciara al odo el gangoso Gonzalo
Quiroga. Por cierto que estas intenciones, o planes siniestros, como
deca el novio de Sagrario, la hacan suma gracia tambin.

Casi tanto como a Leticia, que no perda ocasin de apuntarla, con la
mirada o con un gesto expresivo, cada memorial que el banquero la
enviaba con los ojos en sus grandes apuros oratorios. De este celo por
los _intereses_ de don Mauricio, murmurbase bastante. Afirmbase que
Leticia fomentaba las intenciones del banquero, y que se hallaba
dispuesta a barrerle el camino de ellas de cuantos obstculos estuvieran
al alcance de su escoba... Hay que advertir aqu que Leticia, la
hermosa, fra e impenetrable Leticia, llevaba ya un ao de casada con el
general Ponce de Lerma, conde de Peas Pardas, hombre ms que
cincuentn, y feo, diputado sempiterno, conspirador incansable de
pasillos y antesalas contra todos los ministros de la Guerra, con la
santa intencin, jams lograda, de llegar l a serlo una vez siquiera;
amigo desleal de todos los Gobiernos; veterano de todas las cuarteladas
de treinta aos a aquella parte, para ganarse honradamente desde las
charreteras de capitn hasta los dos entorchados que tena; agiotista
insaciable; asociado detrs de la cortina, durante la guerra, a otros
especuladores que daban tocino podrido a las tropas de frica,
procurndose as inverosmiles ganancias que fueron ancha y slida base
de su enorme caudal, adquirido despus en idnticas y tan honradas
especulaciones; y, por ltimo, de valor y capacidad supuestos, porque
jams tuvo ocasin de acreditarlos en el campo de batalla, ni siquiera
en los cuarteles; todo, incluso los ascensos, se lo fueron dando hecho
y arregladito los suyos apenas salido l del escondite, en seguida de
triunfar la cuartelada. Hasta el ttulo nobiliario se gan de parecido
modo, cuando ya era general, por haber corrido en aquellos desfiladeros,
siendo alfrez..., delante de una partida carlista, en la primera guerra
civil.

Pues con este hombre se haba casado Leticia, despus de convencerse (en
opinin de sus amigas) de que no haba en el horno de sus especiales
hechizos, fuego bastante para fundir el hielo de Pepe Guzmn, que la
distingui por algn tiempo con sus cultas y amenas frialdades.

Con estos dos hechos se explicaba la conducta de Leticia con el
banquero. Le quera para Vernica, con el piadoso fin de que no tuviera
sta marido ms lucido que ella; y se miraba mucho en el captulo de las
zumbas a la interesada, porque, hasta la fecha, era el caso de la
generala harto ms _mordible_ que el de su amiga.




IX


As las cosas y andando los das, una noche, en casa de Vernica, tom a
sta del brazo Sagrario; llevsela a un rinconcito lejos de la gente; y
all, sentadas las dos en sendos sillones de rica tapicera, dijo la
vehemente rubia a su amiga, entre mustia y alegre, pero con ms carga
de lo primero que de lo segundo:

--Por fin!...

--Por fin... qu?--preguntole la otra con cara de pascua, al ver lo
indefinible de la de su amiga.

--Que se decidi... _eso_.

--Y cul es _eso_?

--Jess, y qu torpe ests hoy de entendederas! Qu ha de ser _eso_
ms que... lo de Gonzalo?

--Lo de Gonzalo! Y qu le pasa a Gonzalo, hija ma?

--Caramba con la chica sta!... Que me caso con l. Lo entiendes
ahora?

--S que lo entiendo; pero no es noticia para m. Cuntos siglos hace
que estis... en eso?

--Dale, la muy taimada!... No te he dicho que, por fin, se de-ci-di
ya? Lo quieres ms claro?

--Quieres decir que os vais a casar en seguida?

--Eso mismo.

--Acabaras!

Aqu un ratito de silencio. Cierta inquietud en Sagrario. Miradas
investigadoras en su amiga, envueltas en sonrisas maliciosas. Recios,
secos e intermitentes charrasqueos del abanico de la novia. Al fin
volvi a hablar la primera, y dijo a la segunda, sin borrar de su cara
la expresin maliciosa:

--Y para contarme esto solo me has trado tan ac y tan a escondidas,
cuando podas haberlo publicado a gritos en medio de la tertulia..., y
de seguro lo publicarn maana los peridicos en sus crnicas de
salones?

--Para esto solo--respondi Sagrario, sonriendo tambin--, y para lo que
de ello se cae por su propio peso.

--Lo supona: un poco de comentario; pero como te quedaste tan
callada...

--Pensaba yo que a ti te tocaba empezar.

--Claro, como no hay todava franqueza entre nosotras, y t eres una
joven tan corta de genio!... O es que piensas tomar el papel de casada
por lo serio y comienzas ya a hacer provisiones de formalidad?... Lo
cierto es que te desconozco esta noche...

--Ya ves t..., el lance, al fin y al cabo, si no es serio, es nuevo
para m; y al verme tan cerca de l...

--Con franqueza, Sagrario; ese lance te duele o te gusta?

--Ni me gusta ni me duele; le tomo como me le presentan: amasado y
cocido. Me dicen ahora; pues ahora.

--De modo que t no has contribuido a l... ni con la inclinacin?

--Absolutamente, y bien lo sabes t; ni por qu haba de contribuir con
eso?, ni, aunque quisiera, cmo podra? Ya ves qu ganga... Gonzalo!

--Qu?

--Qu estampa de galn! con todos los vicios del catlogo...

--Entonces, por qu le aceptas?

--Y a m qu ms me da? Dicen que las mujeres de nuestra alcurnia deben
casarse, a cierta edad, con hombres de determinadas condiciones: la casa
Miralta cree que no puede entroncar con otra que la de Camposeco, y sta
juzga que vino al mundo para fundirse con la de Miralta; yo soy lo
primognita de una, y Gonzalo es el nico heredero de las grandezas y
caudales de la otra; se acuerda entre ambas familias que Gonzalo y yo
nos casemos... para que se cumplan las profecas: no se admiten
consultas, ni protestas, ni reparos, porque, como ellos dicen, lo
principal es que se haga el matrimonio, _lo dems_ no importa tres
cominos; a esta idea nos vamos haciendo, y a este papel nos vamos
acomodando poco a poco el galn y la dama de esta comedia de la _buena
sociedad_... hasta que llega la hora del desenlace, nos echan la
bendicin, se baja la cortina... y cada comediante o vivir como Dios le
d a entender. Esto, despus de bien mirado, es hasta cmodo. No te
parece a ti lo mismo, Nica?

Y Nica dijo que s, pero sin dejar de sonrerse. En seguida pregunt a
su amiga:

Pero no puede ocurrir que la dama de esa comedia tenga, al llegar ese
desenlace, el corazn interesado por otro galn de los de la sala?

Yo lo creo!..., y a quin se lo preguntas!--respondi Sagrario en un
arranque de sinceridad de los suyos.

--Pues, entonces...

--Entonces qu?

--Ms claro: t no amas a Gonzalo

--_Naturalmente_.

--Y no preferiras para marido al hombre a quien amaras?

--Ponlo en presente: a quien _amo_.

--Lo pongo: a quien _amas_.

--Corriente... Pues te respondo que quizs no.

--Que no?

--Que no... Te asombras? Pues no hay motivo para ello. Yo tengo ac mi
teora sobre el caso; y no es as, al aire y como se quiera, sino
fundada en la observacin y en el propio sentir. De pronto te parecer
un lugar comn de la manoseada stira contra el matrimonio, porque algo
as se ha dicho en esas rutinas desacreditadas; pero es cosecha de mi
caletre, crelo. Te la expondr en forma de mxima, como _hacemos_
siempre los sabios para acreditar vulgaridades: si quieres conservar el
amor que sientas por un hombre, con todo lo que de este amor se sigue y
se desprende, no te cases con l.

--Cspita!

--As como suena, hija ma. Parece duro y un si es no es atrevido; pero
es la pura verdad. Y si no, tiende un poquito la vista sobre todo lo que
conoces en derredor de ti: es un semillero de comprobantes de mi modo de
pensar sobre el caso. Otra mxima: el amor se alimenta de deseos, de
privaciones y de contrariedades; dale todo cuanto pida, sin cortapisas y
a pasto, y ctale muerto en dos das; y muerto por hartazgo de prosa,
que es, de todos los hartazgos, el ms abominable.

Sonrease otra vez la amiga de Sagrario al or cmo sta se despachaba,
vuelta ya al pleno dominio de su carcter, y replicola:

--Eso depender de la calidad del amor... me parece a m.

--No hay ms que una calidad de amor--repuso con ademn resuelto
Sagrario--, y el amor tonto, que no reza con nosotras.

--Y suponiendo que t tengas razn--pregunt Vernica a su amiga, de
cuyas palabras pareca estar pendiente, sin duda por la gracia que le
hacan--, es lcito eso?

Revolvi aqu un poco en el silln el lindo cuerpo la interrogada, y,
despus de vacilar un instante, respondi con gran desparpajo a su
amiga:

--Verdaderamente que no me he puesto nunca a mirar el caso por ese lado;
pero muy ilcito no debe de ser, cuando tanto se usa.

--Qu es lo que tanto se usa, Sagrario?

--Caramba!, pues el vivir con el marido y el gozar con el amante... Me
parece que cosa ms corriente...

Despus de estas palabras, fue Vernica quien se qued un brevsimo rato
algo suspensa; en seguida, sin dejar de mirar con marcada fijeza a su
amiga, la dijo:

--Y qu piensa Gonzalo de esa teora tuya?... Porque supongo que se lo
habrs dado a conocer...

A lo que respondi Sagrario con igual frescura que si el asunto no
rezara con ella:

--Yo lo creo que lo conoce! Pero qu se le importa a l? Gracias a
Dios, no tiene por qu callar! No s yo la vida que ha hecho, la que
hace y la que har? Ni ms ni menos que la ma! Para l estaba!
Adems, qu pone por su parte en este fregado? Sus lacras, sus
deformidades y sus vicios. Puede, en buena justicia, y _aunque
pudiera_, aspirar al pleno y singular dominio y usufructo de esta mi
lozana y exuberante juventud, como dijo de ella nuestro poeta
_Aljfar_ en su anteltimo sahumerio? Oh!, sobre estas materias, ni l
ni yo podemos llamarnos nunca a engao, por muy recio que truene.
Estamos los dos bien enterados, bien prevenidos y bien conformes. Y
cmo no estarlo! Nuestro casamiento es lo que menos importa aqu, por
lo tocante a las inclinaciones y propsitos de cada uno. Nos lo hemos
dicho muchas veces, y ayer hicimos un esmerado resumen de todas las
anteriores advertencias y prevenciones: nos casamos por razn de
Estado, como si dijramos; habr de comn entre los dos el hogar, los
bienes y el ceremonial que es propio de la jerarqua en que se nos
coloca. Fuera de esto, cada cual se atenga a lo suyo, guarde su alma en
su almario y haga de su vida lo que mejor le parezca..., por supuesto,
respetando siempre las buenas formas y las conveniencias sociales...,
porque a esto, bien lo sabes t, _Beronic_, no se debe faltar jams...
Conque ya ves.

--Y tan conformes los dos?--dijo la otra, mirando a Sagrario con los
ojos un poco fruncidos, mientras se abanicaba lentamente y se recostaba
contra el respaldo del silln.

--Tan conformes--repiti la novia.

--No es poca fortuna!--aadi su amiga sin cambiar de postura--; sobre
todo, para ti.

--Y para l por qu no?

--Porque como en Gonzalo no hay grandes prendas que admirar, ni bellezas
que apetecer, se comprende sin dificultad que t te avengas sin gran
esfuerzo a ese convenio; pero que l se resigne a no ser dueo y seor
absoluto de una mujer tan hermosa como t, siendo esta mujer la suya
propia, me parece una abnegacin... inverosmil.

Aqu se sonri Sagrario, cont con los ojos y con el pulgar y el ndice
de su mano izquierda las varillas de su abanico abierto; y sin cesar en
este entretenimiento ni mirar derechamente a su interlocutora, la
replic con acento de indiferencia:

--Despus de todo, qu ms le da?

--Pues me gusta!...

--Lo dicho, Nica--aadi Sagrario animndose un poco ms--; y si te
parece mucho as, pongamos _casi, casi_.

--No lo entiendo, hija--respondi Vernica con visibles muestras de
curiosidad, y otras tantas de sus intenciones de tirar de la desjuiciada
lengua de Sagrario--. Si no lo pones ms claro, como si callaras.

Volvi la rubia a contar el varillaje de su abanico; cerrole de pronto
con estrpito; incorporose de un salto; rode con sus brazos el cuello
de su miga, y la dijo al odo un secreto.

--Pobrecillo!--exclam la otra, en cuanto Sagrario volvi a sentarse,
abriendo el abanico con las dos manos y ponindose tambin a contar el
varillaje con los ojos un tantico cobardes.

--Como lo oyes--dijo la otra algo lisonjeada con el xito de su
confidencia.

--Y t de qu lo sabes?--pregunt Vernica atrevindose poco a poco.

--De que me lo ha confirmado l con la mayor desvergenza.

--Confirmado! Luego ya lo sabas?

--Por Leticia, a quien se lo dijeron amigos ntimos de Gonzalo.

Volvi a contar las varillas de su abanico Vernica; call tambin
Sagrario, mirando el paisaje del suyo; y dijo a poco rato la primera,
acaso por mudar de conversacin, quizs porque realmente deseaba ver a
su amiga apurar la materia a que se referan sus palabras:

--Volvamos un momento al caso aquel de tu teora sobre...

--Hola!... Si te habr cado en gracia?

--Se me ocurre un reparo que ponerte.

--Acaso nacido de lo que acabamos de tratar?

--Precisamente de ello..., pero de su casta es.

--Pues venga el reparo.

--Si el matrimonio es la mortaja del amor, como has venido a decirme en
substancia, y han dicho antes que t muchos _calaveras_ que se han
casado en seguida, por qu te casas en la forma que lo haces?

Quedose un poco suspensa la interpelada, como si no entendiera bien el
alcance de la pregunta, y dijo a la interrogante:

--Si concretaras el caso un poquito ms...

--Concrtole--repuso la otra; y aadi--: si lo que interesa es
conservar el amor que sientes, por hoy, y este amor es de ms hondas
races que el de ayer... y el de anteayer, porque no tienen cuenta los
que te he conocido...

--Gracias.

--Es justicia.

--Como te parezca... Adelante.

--Si lo que te interesa, digo, es conservar ese amor con todos sus
encantos, por qu te casas sin maldita la necesidad? Consgrate a l
con vida y alma...

--Soltera?

--Soltera.

--Bah! Entonces no me has entendido; porque se es precisamente el amor
tonto que yo exceptu; y el amor de que yo trato, es amor de ms
substancia, de ms... en fin, que no es amor para doncellas.

Pareciole demasiado crudo el concepto a Vernica, a juzgar por la cara
que puso, y dijo, con miedo de escuchar algo peor:

--De manera que, para complemento de la teora, es tambin de necesidad
_algo_ de matrimonio.

--Indispensable, Nica. Como que es... la _patente de corso_!

--Jess, qu chica sta!--exclam Vernica, verdaderamente asombrada.

--Ahora te desayunas--la pregunt Sagrario con desenvuelta frescura--,
y con remilgos de beata te me vienes? Pues qu ha hecho Leticia, entre
otros cien ejemplos que pudiera citarte, sino buscar la patente esa, o
aceptarla con gusto, por lo menos?

--Leticia no dice esas cosas...

--No; pero las hace. Te aseguro, y bien lo sabes t, que se aprovecha
de la patente como el corsario de ms hgados!

Vuelta Vernica a lo suyo y siguiendo en cuanto poda el tono de su
amiga, atreviese a replicarla:

--Se me ocurre otro reparo que hacer, no a tu teora precisamente, sino
al modo que has tenido de ponerla en prctica: la patente que adquieras
en tu matrimonio, de nada ha de servirte.

--Por qu?

--Si es cierto lo que me has contado al odo...

--Te dije que casi, casi: recurdalo...; y entre ello, por poco que sea,
y el extremo que t pensabas, cabe perfectamente la gran vida que puede
darse una mujer de tan buen gusto como yo.

--Y con esas teoras, y con esos... hgados--dijo Vernica levantndose
y dando a su amiga unos golpecitos en cada mejilla con el abanico
cerrado--, te me andabas con melindres al comenzar a hablarme de tu
casamiento, como una colegialilla ruborosa?

--Pues, creme--respondi Sagrario, levantndose tambin--: as y todo,
me costaba empezar. Pero necesitaba este desahoguillo en vsperas de
trance tan nuevo. Aunque una est tranquila de conciencia, gusta recibir
los alientos de tan buenas amigas como t.

--Valiente pieza ests!--respondi sta rindosele muy cerquita de la
cara.

--Pues te voy a pagar el piropo con un gran consejo--repuso Sagrario,
deteniendo a su amiga, que ya haba echado a andar--: no te cases con
Pepe Guzmn, aunque, por milagro de Dios, lo pretenda l; pero si don
Mauricio _el Solemne_, pide tu mano, acptale.




X


Aquella noche durmi Vernica bastante mal, porque le dio mucho en que
entretenerse el recuerdo de su conversacin con Sagrario. Aunque sta la
tena acostumbrada a sus genialidades, que no eran siempre de color de
rosa, jams haba odo de sus labios palabras tan crudas ni pensamientos
tan atrevidos. Y no era el escndalo de estas _sinceridades_ lo que la
mortificaba al acordarse de ellas, pues estaba curada de ciertos
espantos y haba en su naturaleza, relativamente fra, y si no fra,
serena y bien equilibrada, aguante para mucho ms; sino la coincidencia
inesperada del fruto de sus largas y minuciosas investigaciones por el
organismo, digmoslo as, del medio ambiente en que respiraba y se
mova, con las _teoras_ expuestas por Sagrario. Una cosa es el juicio
callado que formamos por el esfuerzo nico de la propia observacin, y
otra muy distinta ese mismo juicio cuando le vemos confirmado a voces
por los dems. Sin ser un verdadero hallazgo entonces, parcenos de
doblada consistencia; y esto le presta cierto color de novedad.

Despus de andar divagando por estos espacios con las alas de su
imaginacin, de amiga en amiga, de conocida en conocida, pesando y
midiendo los actos y las palabras, la vida y milagros de cada una de
ellas, y cuando vio que s, entre tantas, eran muy contadas las que
tenan el desparpajo de Sagrario para descubrir los repliegues de la
conciencia y los escondrijos del corazn, eran todava menos las que no
caban en los moldes trazados por la desenvuelta rubia, pens en el
consejo que sta le haba dado por despedida. Demonio con el consejo!
Cierto que no poda darse otro ms acomodado a la manera de pensar de la
consejera, y, sobre todo, por lo tocante a don Mauricio _el Solemne_,
como sta le llamaba; pero a qu traer a colacin a Pepe Guzmn? Qu
haba visto en l Sagrario para aconsejarla a ella que no le aceptara
por marido aunque, _por milagro de Dios_, lo pretendiera? Por supuesto
que esta condicional la us Sagrario teniendo en cuenta la fama de
incasable que gozaba el aludido, no porque la considerara a ella indigna
de aquel otro herosmo de este Guzmn. Cmo haba de saber, la muy
curiosa y entrometida, lo que ignoraba sobre el caso la misma
interesada? Al fin y a la postre, qu haba pasado entre Pepe Guzmn y
ella? Nada en substancia. Que, por entonces, era Vernica la que mereca
las preferencias corteses del incombustible caballero; que hablaban a
menudo; que la conversacin de l le pareca muy amena y entretenida a
ella, y que, segn ella poda juzgar, no le desagradaba la suya al otro;
que de esta mancomunidad de complacencias, haba ido naciendo como
cierto propsito de variar de tema en las conversaciones, y de meter la
sonda de la curiosidad en las espesuras del alma y en las profundidades
del pensamiento; que se andaba tiempo haca en preparativos de ello, ms
o menos ingeniosos, y que todo esto y mucho ms poda hacerse entre un
hombre tan desapasionado como Guzmn, y una mujer tan despreocupada como
ella, sin que el amor interviniera para nada en el juego... Amor!
Guzmn, segn fama, era incapaz de sentirle por ninguna mujer. Era as
su naturaleza. En cuanto a ella, Vernica, en qu haba de fundarle?
Reconoca que era hermoso de cuerpo, noble de alma, y culto y rico de
inteligencia; que levantaba muchos codos por encima de los galantes
frvolos, de los mozos simples y de los viejos verdes que ms abundaban
a su alrededor; que senta una lcita y honda complacencia en verse
objeto de sus codiciadas atenciones; que le ola con gusto y que se
apartaba de l con cierta pena; que despus de cada entrevista le duraba
su recuerdo largas horas; que se preparaba para la inmediata con mayores
precauciones que las de costumbre en parecidos casos, y, por ltimo, que
hara cualquier sacrificio por vencerle en el duelo medio empeado entre
ambos, es decir, por arrancarle el secreto de sus intenciones, la
primera gota..., vamos, la seal de que el hielo se funda al calor
del... _inters_ que ella le inspiraba; pero no puede sentirse y
desearse e intentarse todo esto sin amor? No bastaba el mvil de la
curiosidad para que lo sintiera, lo deseara y lo intentara una mujer
como ella? Oh!, el amor presenta sntomas bien diferentes de stos; se
nota en algo ms profundo y ms sensible que la memoria y el discurso;
se siente en lo ms vivo del corazn, y el de ella no era, hasta la
fecha, ms que una vscera que funcionaba con la inalterable regularidad
de un cronmetro.

Discurriendo por esta senda, lleg a topar con el sueo, que la venci
tras breve lucha; tan breve, que con serlo mucho ms el nombre de
_Pepe_, se le qued ste a la hermosa entre los hmedos labios, por
falta de tiempo para acabar de pronunciarle; de manera que del acto
aquel, medio inconsciente, ms que palabra vino a resultar un beso...

Pero volvamos ahora a Sagrario. Su casamiento no tard en celebrarse ms
que el tiempo puramente indispensable para los preparativos de l,
hechos por la posta a fuerza de oro. Y qu preparativos, Santo Dios! En
los peridicos elegantes no caban las listas de tantas y tantas ropas,
de tantas alhajas, de tantos muebles, de tantos caprichos de arte,
comprado esto, regalado lo otro, tanto en Pars, cuanto en Viena;
aquello, de Florencia; de Londres, lo de ms all; de Bruselas, los
encajes; del mismsimo Japn y del propio Sevres, las porcelanas; de
Bohemia, la cristalera de color; de puro roco cuajado, la de mesa; lo
que costaba el traje de novia, blanco como los ampos de la nieve; lo que
podra comprarse, para avo de dos docenas de familias mal acomodadas,
con lo que valan las joyas y el _trousseau_ que regalaba el novio, sin
contar con otro tan lucido que acababa de recibir la hermosa
_prometida_, como regalo de sus padres... Todo lo fisgoneaban, todo lo
saban y todo lo conocan por adentro y por afuera, por arriba y por
abajo, los diligentes revisteros, y de todo escriban sin tregua ni
descanso, sin calo ni medida, mojando la urea pluma en mbar desledo
y sahumando el papel con nubes olorosas de mirra y algalia del Oriente.
As trascenda ello, que mareaba. Del lecho nupcial, tesoro
inapreciable de maderas, bronces, lienzos, sedas, y brocados, y del
simblico _boudoir_, obra de hadas, que no de mortales, Cristo mo, qu
cosas se escribieron!... En fin, hasta para los carruajes ingleses, y
para los caballos que haban de arrastrarlos, y para los levitones
peludos de los cocheros que haban de conducirlos, hubo jarabe en las
plumas, y sahumerios en los incensarios de aquellos ingenios de
guardarropa.

Tras esto, que dur muchos das y fue el pasto sabroso de todas las
mujeres y de todos los hombres frvolos de la corte, lleg la hora
suprema; y vuelta a empezar los pobres chicos con nuevos catlogos de
indumentaria, de piropos inverosmiles y de sensibleras y finezas
cursis: que si la novia as o del otro modo; que si plida, que si
pensativa; que si, con sus cabellos rubios y sus atavos blancos,
pareca una joya de oro entre copos de nieve; que si el Patriarca, que
si los padrinos, que si las amigas, que si quince duques, y veinte
marqueses, y treinta condes, y no s cuntos destitulados, de comitiva;
y si la fila de coches llegaba desde tal a cual parte, y si hubo entre
ellos uno de palacio con las correspondientes damas; y quien, en el
momento crtico, verti lgrimas furtivas; quien se desmay, o quien
pareca arrobada en el ms dulce de los xtasis... Hasta del novio se
dijo que era un varn, honra, prez _y esperanza_ de su preclaro
linaje!

Despus, el esplndido banquete en los estupendos comedores de la casa
de la hermosa desposada; y aquello fue la de vmonos. De lo que all
hubo, con ser tanto lo que se dijo, fue mucho ms lo que se devor.
_Aljfar_, el tierno poeta de los salones, que de eso viva y de otras
fechoras semejantes, enronquecido de cantar la hermosura y las
pomposidades de la novia en los peridicos elegantes, con un hartazgo
para ocho das y bien atiborrado de Champagne, sin soltar la copa de la
zurda desenvain un soneto con la diestra; Y conmovido y mojando la
pestaa antes de leerle, acometi de nuevo a la hechicera reina de la
fiesta (con todas estas asonancias), y la puso hecha un tapiz
chinesco, con grandes aplausos del ilustre concurso, que le reputaba por
el ms grande de los poetas coetneos, y con arroyos del llanto que
saba verter el propio vate a cada estrofa, el cual llanto apagaba con
tragos del espumoso nctar: casi como el pegotn aquel de marras,

Llorando sin cesar lo que sorba, Y sorbiendo a la vez lo que lloraba.

Por conclusin de estos y otros lances que no caben en papeles, los
preparativos del viaje de los novios; las despedidas, el lagrimeo, los
sncopes; lances todos ellos que haban de ser tema para el rudo trabajo
de tres das de los complacidos y galantes revisteros, y de un
epitalamio inconmensurable del mimado poeta, obra de empuje y
substancia, como concebida entre los horrores de la digestin de lo del
banquete, digestin de _boa constrictor_, por la duracin y la dosis, ya
que no por la calidad de la metralla engullida.

Y con tanto charlar estos gacetilleros y poetas, no dijeron una palabra
de don Mauricio _el Solemne_, sino para citar su nombre entre los ms
conspicuos concurrentes; nada de sus ahogos al _meeroodeear_
materiales para un brindis, al primer taponazo del Champagne; nada de
sus moribundas miradas a la _picante beldad_, ilusin consoladora de
los esplndidos marqueses de Montlvez; nada de ciertas _finezas
metafricas_ que el deslumbrante banquero logr deslizar al odo de la
elegante dama, como tmido recuerdo de sus anteriores memoriales.

Nada pescaron tampoco aquellos linces de pluma, del ingenioso y breve
dilogo sostenido entre Pepe Guzmn y su predilecta amiga, formando la
ms gallarda y distinguida pareja que poda imaginarse; en el cual
dilogo se parafrase, con toda la discrecin y gracia posibles, y no
sacado a plaza por la interlocutora, sino por el sagaz interlocutor, el
tema aquel que Sagrario confi al odo de su amiga; y se insinuaron,
quiz en virtud del calor y motivo de la fiesta, las primeras estocadas
del consabido duelo pendiente entre estos dos expertos espadachines de
la intriga galante.

Tampoco tuvo en la prensa todo el xito que mereci la casi augusta
solemnidad con que el buen marqus de Montlvez desempe su papel en la
fiesta, particularmente durante el breve rato que convers _aparte_ con
el presidente del Consejo de Ministros, y cuando, despus de estrecharle
reverentemente la mano le dijo algunas palabras al odo el Capitn
general de Madrid, vestido de gran uniforme. Oh, qu actitudes y qu
mmica las suyas en aquellas dos singularsimas ocasiones! Qu bofetn
ms sonoro para los hombres de Gobierno que todava le regateaban la
credencial de senador! Dnde hallaran ellos para ese cargo otro viejo
ms distinguido, ms _serio_, ms limpio, ms planchado, ms opulento,
ni ms adaptable por su tipo al grave ceremonial del alto Cuerpo
Colegislador?

En fin, por callarse cosas importantes los cronistas de la solemnidad,
ni siquiera mencionaron al general Ponce de Lerma, hombre grosero, que,
en menos de dos horas, ri tres veces con el ministro de la Guerra, y
dio de puntapis a un lacayo en un vestbulo, porque al pasar, cargado
de despojos de la mesa, le manch el frac con una salsa amarilla,
mientras su mujer (la del general) departa, en animado e interesante
dilogo, con el subsecretario de Gobernacin, gran mozo, candidato a
ministro para la primera crisis, soltero y de gran prestigio entre las
damas elegantes. Era como la sombra de Leticia, desde que Pepe Guzmn se
haba decidido a ser la de Vernica...

Cierto que todas estas cosas mejor eran para calladas que para
dichas..., casi tanto como las otras que se dijeron y se cantaron en
prosa y en verso; pero los oficios, o ejercerlos a conciencia, o no
ejercerlos... En virtud de lo cual hago yo aqu punto redondo, antes que
al impaciente lector le parezca larga esta digresin, que nada quita ni
pone al inters de la presente historia.




XI


A todo esto, el invierno se haba acabado; los salones se cerraban; las
tertulias se deshacan; en el _Real_ haba terminado su temporada la
compaa de celebridades italianas, cuyos gorgoritos haba pagado la
gente rica con sumas increbles, y las que queran aparentar que tambin
lo eran, con el fondo del bal, las rebaaduras de la despensa y con
algo ms sagrado que no se recobra jams una vez que se ha vendido; y
el mundo elegante, sin salones, sin tertulias y sin _Real_,
dispersbase errabundo y como desorientado, a tomar el sol, como los
simples mortales, por las encrucijadas del Retiro y los amplios
arrecifes del Prado y de la Fuente Castellana; parntesis de hasto en
la alegre vida de las gentonas pudientes, que slo haba de durar el
tiempo preciso para que el calorcillo primaveral templara el ambiente
serrano y se bebiera las charcas del camino por donde haban de ir
desfilando aqullas en busca de sus costosas, pero entonadas,
residencias de verano.

La familia que ms lo necesitaba, al decir de ella misma; la que saldra
la primera de todas de Madrid, era la de nuestro amigo el marqus de
Montlvez. _Lo_ de la marquesa se iba agravando por momentos, hasta el
punto de poner en mucha alarma a su marido y a su hija. Haba serias
discrepancias entre los doctores ms sonados de Madrid sobre si aquellos
dolores lentos, profundos y angustiosos, eran simplemente neurlgicos o
reumticos, o acusaban la presencia de un cncer inextirpable, por lo
cual era de suma urgencia que la enferma saliera a tomar estas aguas,
aquellos aires y los gases de ms all; y como lo uno estaba en el
Pirineo francs, y lo otro en Suiza, y en Alemania y en los confines del
mundo lo restante, y, adems, era de rigor una detenida consulta con las
celebridades mdicas de Pars, la expedicin resultaba larga, doblemente
por las precauciones y comodidades que exiga el estado lamentable de la
marquesa, cuyo mdico de cabecera, un hombrecillo ya viejo y de gran
experiencia, que la quera mucho, porque casi la haba visto nacer, la
aconsejaba que tuviera juicio, pues ya estaba en edad de ello; que se
quedara quietecita en su casa, limpindola antes de ruidos y de
bambolla; que se acostara tempranito y se levantara tarde; que se curara
de la maa inocente de disimular sus vanidades con exigencias de la
necesidad, y que no tentara a Dios metindose en aventuras como la que
iba a acometer, porque ese era precisamente el camino ms breve que
poda elegir para irse por la posta al otro mundo. Como si callara! Se
traz el itinerario, se dispuso y se comenz el arreglo de la
impedimenta, que ya tena que ver!, y hasta se fij da para la salida
de Madrid.

Algunos antes llam el marqus a su despacho a Simn, el hombre de su
confianza, su administrador general e intendente. Dos palabras sobre
este personaje:

Era manchego, y estaba al servicio del marqus desde algunos aos antes
que ste se casara. Empez de _groom_, con su chaquetilla listada de
menudos y apretados botones, sus botas de montar y su gorra de librea.
Despus fue lacayo, y luego criado exclusivamente; ms tarde, ayuda de
cmara, y, por ltimo, administrador de lo de adentro y de lo de afuera;
porque era listo como una pimienta, previsor y complaciente hasta lo
increble, y en breve tiempo aprendi lo que no saba para el delicado
cargo que le iba a confiar el marqus. Lleg a pintar la letra y a sacar
en el aire las cuentas ms complicadas. Si bien lo haca en la
administracin de los mermados bienes del marqus soltero, mejor lo hizo
con ellos y los puntales del marqus recin casado, y muchsimo mejor
con el diluvio de caudales que inund la casa a la muerte del ex
contratista de carreteras y suministros. Era mozo que se creca con los
obstculos. El marqus le admiraba y se dorma en la confianza que tena
en l, y hasta la marquesa le distingua con inusitados testimonios de
su aprecio. Tanto, que cuando el administrador insinu sus deseos de
casarse con la doncella ms mimadita de la casa, no solamente lo
aplaudi aquella seora, sino que dot rumbosamente a la novia y fue su
madrina de casamiento. El marqus no estimaba tanto al espabilado Simn
por su destreza en el desempeo del cargo que ejerca, como por el
talento singular que mostraba para orle y atenderle, para _pescarle_
los detalles ms finos de sus peroraciones a destajo, y hasta para
moverle a extenderlas y elevarlas. Como que lleg a tomarle como piedra
de toque de la ley de su elocuencia, ensayando con l, bajo el disfraz
de motivos de tres al cuarto, por salvar las convenientes distancias
jerrquicas, entonaciones, actitudes y arranques que pensaba ostentar,
en toda su verdadera aplicacin y pompa, en el teatro de sus hazaas
polticas.

En la ocasin en que aparece en el despacho del marqus, an no haba
cumplido el medio siglo. Era delgado, de mediana estatura, de ojos
pequeos y alegres, ligeramente moreno, de cara larga y algo afilada, no
mucha frente, y corto y espeso el pelo gris de su cabeza. Vesta un
traje obscuro, muy modesto y muy limpio, y tena toda la barba afeitada.
Nada ms insignificante que aquel hombre, a la simple vista: pareca un
mozo de caf. A la sazn, iban sus negocios particulares en prspera
fortuna. Su mujer era una hormiguita, que traficaba en todo lo
imaginable; y l, con los sueldos ahorrados, otros gajes lcitos de su
empleo, y el bolo de su hacendosa compaera, poda destinar un
capitalito _modesto_ a prstamos sin usura, pero bien garantidos. Y as
iba tirando el pobre y adquiriendo una finquita hoy, y maana unas
acciones del Banco de Espaa por una casualidad, y al otro da una
hipoteca de lance. Nada, que haba que quererle y admirarle, en cuanto
se le oa hablar de estas cosas que le pasaban a l.

Y basta del sirviente; no vayamos a pecar de descortesa con su
aristocrtico seor, que nos espera en su despacho. El despacho del
marqus era regularmente amplio, _severamente vestido, severamente
puesto y severamente_ alumbrado por la dulce y severa luz del Norte.
Maderas de raz de nogal con filetes negros, y cuero cordobs con
grandes clavos de nkel; armarios llenos de libros regularmente grandes,
lujosa y severamente encuadernados; cortinones de color de caf con rica
y severa pasamanera; alfombra persa de severos colores; coronas de
marqus en cada pao y en cada mueble; algunos cuadros al leo, de tan
severo gusto, que costaba trabajo descifrar el asunto de ellos debajo de
la _ptina_ que los obscureca..., y as sucesivamente. Entre tanto, ni
una hilacha por los suelos, ni un mueble fuera de su sitio, ni un papel
ni un cachivache desarreglado encima de la mesa-ministro, detrs de la
cual se arrellanaba el marqus en un silln de una severidad de lneas
intachable.

Verdaderamente vala mucho ms la urna que el santo. Bien mirado, en
ropas menores, digmoslo as, el marqus estaba ya hecho una ruina. Sin
los retoques y aparatosos arreos con que se presentaba en pblico;
envuelto el cuerpo en holgada bata de cachemira; cubierta la amplsima
calva con un gorro griego; descuidados los blancos mechones de pelo
lacio que sobresalan por debajo del gorro y por encima de las orejas;
sin afeitar todava, y mal tapadas las arrugas del pescuezo por el
cuello escotado de su camisa de dormir, cun diferente era aquel
marqus del marqus del saln de Conferencias del Congreso, y de sus
propios salones de recibir, y de todos los salones de la aristocrtica
comunin a que perteneca! Digo en cuanto a su fsico; porque en lo
tocante a lo dems, el hombre averiado y caduco del rincn domstico,
era el mismo personaje ostentoso de la va pblica y de los grandes
salones. Refirome a la prosopopeya y a la solemnidad.

Bien sabido se lo tena el avisado Simn, y por eso le hizo la misma
reverencia al entrar en su despacho y verle solo all, que si le hallara
acompaado del Presidente de las Cortes.

Dejole el marqus que se doblara cuanto poda dar de s su elstico y
bien educado espinazo, y le dijo, cuando le vio casi derecho y tan cerca
como lo permita el debido respeto:

--Necesito, Simn, para dentro de cuatro das, diez mil duros
disponibles en poder de mi banquero de Pars.

--Con permiso de Vuecencia--respondi el apoderado, mansa y
respetuosamente--, no es el plazo tan desahogado como convendra para
una cantidad de esa consideracin.

--En plazos ms cortos has sabido facilitarme sumas mayores--le replic
el marqus, en tono suave, pero con visos de exigente.

--Es la pura verdad, seor--observ Simn, entendiendo bien el acento
de su amo--, que he tenido esa honra muchas veces; y por lo mismo, me he
credo obligado a hacer a Vuecencia, con el respeto debido, esa ligera
indicacin... Porque, si Vuecencia me lo permite, me atrever a
manifestarle que ciertos caminos, cuanto ms se pisan y se frecuentan,
ms intransitables se ponen.

--Todo lo que t quieras, Simn, todo lo que t quieras; pero no se
trata ahora de esas cosas, sino de hacer lo que t he dicho en el plazo
que te he marcado.

--Vuecencia ser servido en ese mandato como en todos lo que se digne
manifestarme; pero creo, salvo el mejor parecer de Vuecencia, que es de
alguna necesidad poner en su conocimiento las dificultades que hay que
vencer para dar ahora cumplimiento a los deseos naturalsimos de
Vuecencia.

--No veo esa necesidad, Simn. Dnde est ella? O se puede, o no se
puede: has dicho que s... Pues huelgan los comentarios.

--Pero, con permiso de Vuecencia, supongo yo que esas dificultades que
hoy pueden vencerse, a costa de grandes esfuerzos, en un caso idntico
sean invencibles maana.

--Y qu?

--Que en un extremo as, convendra estar al tanto de ciertos
antecedentes, para no extraar...

--Para no extraar!...

--Para no atribuir a falta de celo en el administrador (pongo por caso,
con el respeto debido) lo que es obra de... vamos, de la marcha
natural..., supongamos, de la cosa misma.

--Pues no te entiendo, Simn.

--Recordar Vuecencia que en varias ocasiones he solicitado el honor de
que me permitiera explicarle, manifestarle..., vamos, ponerle a la vista
el estado verdadero... de las cosas, como quien dice.

--Cierto. Y qu?

--Que Vuecencia ha tenido siempre la bondad de desatender mis ruegos.

--En lo que te he dado, Simn, la mayor prueba que puedo darte de mi
absoluta confianza en la administracin de mis caudales.

--Precisamente, seor, del deseo de corresponder dignamente a la
inmerecida honra que me dispensa Vuecencia en esa prueba, nace el empeo
de enterarle...

--De enterarme!... Y de qu, buen Simn? De que no van mis negocios
en prspera fortuna? De que este cortijo, y la otra casa, y tales
acciones no valen lo que valan, porque los arrendamientos, y el
inquilinato, y el estado general de los negocios, y el aspecto alarmante
de la poltica as lo disponen?... No es esto? Ves cmo yo penetro con
una sola mirada hasta el interior de las cosas, y vivo en perfecto
conocimiento de ellas, sin que nadie se tome, el trabajo de pesarlas y
de medirlas delante de m? Y qu le vamos a hacer si el cuadro no es
tan risueo como t y yo deseramos? Pues paciencia, Simn, paciencia, y
aguardemos das mejores, que ya vendrn. Felizmente, mi caudal no es de
apariencia: es slido y es abundante, a Dios gracias, y da para todo;
quiero decir, para aguardar los vivificantes calores del esto, bien a
cubierto de los mortferos hielos invernales.

--Si no he comprendido mal el smil de Vuecencia, ese es precisamente el
punto en que tengo la desgracia de discrepar de su sabio parecer.

--A ver cmo?

--Vuecencia sabe que sus caudales no son los que eran algunos aos hace;
que han disminuido..., que...

--Adelante, Simn.

--Pero desconoce el detalle, el estado en que se encuentra lo que queda
de ellos; porque, si se me permite manifestarlo, los gastos de la casa y
las quiebras habidas en ciertos negocios no han guardado la debida
proporcin con la merma de los haberes. El hacer dinero en ciertas
ocasiones, cuesta ms caro que en lo ordinario; y esta caresta se
aumenta segn que las necesidades se van haciendo ms visibles y ms
frecuentes..., porque bien sabe Vuecencia que la usura es desconfiada, y
hay que satisfacerla, y..., vamos, que abusa ms de lo que debiera. As
sucede que va Vuecencia a tapar un agujero, y para taparle se forma
otro; y tapa ste, y resulta otro ms grande; y, tapa aqu y destapa
all, pirdese algo el buen tino, y al menor descuido salta una criba
entera, que, cralo Vuecencia, no es la mejor capa para esperar un
hombre, abrigado con ella, los calores del verano; sobre todo, si dan en
apretar mucho, como aqu sucede, los fros del invierno.

--No basta la buena intencin que a ti te gua, mi fiel Simn, para
fallar, con el acierto debido, pleitos de determinada naturaleza...

--Es la pura verdad, seor; pero cuando los nmeros hablan... Si donde
hay veinte disponibles se gastan cuarenta, resulta una falta de otros
veinte.

--Si no te conociera, pensara que llevabas tu atrevimiento hasta el
extremo de intentar ponerme a racin...

--Seor!...

--No te sobresaltes, que ya hice la merecida salvedad; pero no insistas
en ese tema, porque las necesidades domsticas y sociales de una familia
tan conspicua como la ma, y las de un hombre como yo, no pueden
sujetarse al rgimen admitido para el comn de las gentes, ni al
criterio de un sencillo y honrado administrador como t!...

--Las palabras y los deseos de Vuecencia--dijo aqu el aludido,
plegndose casi en dos mitades iguales--son rdenes y enseanzas para
este su humilde servidor; pero como, por lo mismo, le debo toda la
verdad de lo poco que se me alcanza, quisiera advertir a Vuecencia, con
el debido respeto, que no me refera tanto a lo que pudiera llamarse
_gastos de representacin_ de esta ilustre familia, cuyo necesario
esplendor eso y mucho ms reclama, cuanto a otros independientes de
ellos, y que no son los que menos agujeros han abierto en la criba a que
tuve el honor de referirme antes.

--A qu otros gastos te refieres?

--A los grandes desembolsos que le han costado a Vuecencia los negocios
que ha emprendido en compaa de don Mauricio Ibez...

--Bah!..., gajes del oficio, Simn: hay que estar a las duras y a las
maduras.

--Cierto; pero a Vuecencia siempre le han tocado las duras.

--Tambin a l...

--Pero ese es su oficio; aqu cae y all se levanta: de eso vive; al
paso que Vuecencia...

--Otro consejito, Simn?

--Dios me libre de la tentacin de cometer ese nuevo pecado! Slo que
pensaba yo que en ese punto, bien caba, sin ofensa de los respetos que
debo, una indicacin...

--Y cul es?

--Que sera ms de sentir que el dinero perdido por Vuecencia, como
socio del banquero en determinados casos, el que pudiera perder en la
misma compaa, de muy distinta manera.

--Qu quieres decirme, Simn?

--Que estoy muy bien enterado de que en el seor don Mauricio no es oro
todo lo que reluce.

--Ests en tu juicio? El banquero de ms crdito de todos los
banqueros de Espaa! El hombre que abarca los negocios ms vastos y
complicados; que manda en el Ministerio de Hacienda como en su propia
casa!

--Pues ese que manda en el Ministerio de Hacienda (y as va ella!) no
tiene los asuntos tan limpios y desembarazados como creen las gentes y
deseara l.

--Cmo puede ser eso?...

--Ser, con permiso de Vuecencia, porque el diablo reclame lo suyo, o
por otra causa; pero ello es. Y cmo el que se ahoga se agarra a lo
primero que alcanza con las manos, y Vuecencia tiene poca prctica para
esos fregados, porque ha nacido para cosas ms altas y ms nobles...,
cumplo con un deber, hasta de conciencia, dndole respetuosamente este
aviso.

--T has pisado hoy malas yerbas, Simn... Ya hablaremos oportunamente
de esas y otras cosas, con la necesaria tranquilidad. Ahora cumple el
encargo que te he dado, y nada ms. Cabalmente me hallas hoy en la peor
de las condiciones para ocuparme en negocios que me obliguen a fatigar
la cabeza con discursos ni con preocupaciones.

--Se encuentra mal Vuecencia?

--No muy bien: he sentido un fuerte desvanecimiento al levantarme... y
anoche haba sentido otro al acostarme.

--Debilidades del estmago...

--Eso creo yo... Pero resrvalo, de todos modos. No he querido decir
nada a la marquesa, por no alarmarla. Ah, los frutos del ambiente de
esa condenada casa de locos ambiciosos e intrigantes! Qu han de sacar
de ella los hombres desinteresados y conciliadores como yo, sino grandes
desencantos y trastornos cerebrales? No sabes con qu ansia aguardo el
momento de salir a respirar aires libres y ms sanos, fuera de la
atmsfera candente en que nos abrasamos aqu los desdichados a quienes
el patriotismo obliga a encadenar hasta sus afectos ms ntimos al
presidio de los negocios del Estado!... Tienes mi permiso para
retirarte, Simn... Ah!, se me olvidaba..., y vaya la noticia por lo
que has de gozarte en ella, no porque yo le d la menor importancia, ni
deje de considerar el suceso como un tardo acto de desagravio, por
parte del desagradecido Gobierno: lo de mi senadura es cosa acordada,
al fin.

--Reciba Vuecencia por anticipado la ms humilde, pero la ms cordial de
las felicitaciones.

--Esas, para la patria, Simn, que tan necesitada est de reparaciones
de esa ndole, aunque te suene el reparo a vanagloria. De todas suertes,
gracias por la cariosa enhorabuena... y Dios te guarde.




XII


En ningn captulo de los _Apuntes_ que me sirven de gua en este relato
hay mayores despilfarros intiles de tiempo y de imaginacin, que en el
que la redactora da cuenta del viaje proyectado algunos renglones ms
atrs. Es, en su mayor parte, un verdadero artculo de Revista,
escrito, por una observadora tan impresionable como inexperta, a travs
de sus debilidades de sexo y de sus preocupaciones demasiado
_subjetivas_. chase de ver desde luego en tan prolija tarea, que en las
ltimas entrevistas de Vernica con Pepe Guzmn, el empeado duelo no
pas de un nuevo cambio de estocadas, como si cada combatiente pusiera
mayor ahnco en defenderse que en herir, desde que por primera vez
cruzaron los aceros en la boda de Sagrario. Pesa, mide y compara, con
escrupulosidad de alquimista, cada gesto y cada frase del receloso
galn; asmale la impaciencia a cada momento en los puntos de su pluma;
traslcesele el desasosiego a cada instante; danle motivo todo lugar y
cualquier suceso para recordar al invulnerable y discurrir sobre estas
cosas, y aun protesta de que en tan invencible y tenaz empeo no entra
para nada el inters amoroso; que todo es obra de la curiosidad, tan
vehemente y disculpable en las mujeres en casos tales, y que su corazn
contina siendo vscera simplemente, sin un latido ni una sensacin de
ms ni de menos que lo regular y ordinario. Podr ser aprensin ma;
pero es la verdad que leyendo estas largas disertaciones, se me vienen a
la memoria los nios que se tapan los ojos para no ser vistos.

La primera etapa de los expedicionarios fue Pars, segn costumbre, y la
estancia all, la ms larga de todas las del viaje. Consult la enferma
con las eminencias del arte de curar, y ninguna de ellas dej de
prometerla un pronto y radical alivio... ni de aconsejar a su familia
que la volvieran cuanto antes a su casa, porque quietud, sosiego y
auras domsticas, era lo que principalmente requera la incurable
enfermedad de aquella seora... En fin, lo que la haba aconsejado en
Madrid su mdico de cabecera. Pero declara ya su hija terminantemente
que su madre no viajaba con la esperanza de curarse, sino con el
propsito de divertirse as; y aade que este reparo se opuso al
dictamen, tan bien expuesto y mejor cobrado, de las eminencias; que
stas le aceptaron por suyo reverentemente, y que se le ofrecieron a la
marquesa bien diluido en un risueo plan de correras por los balnearios
y sitios de recreo ms elegantes y aristocrticos de Europa (igual a lo
acordado por las eminencias de Madrid despus de haber conocido los
deseos de la enferma), y que se determin que fuera Interlacken, donde
nunca haba estado, la segunda etapa de la recreativa expedicin.
Vernica hubiera preferido otro rumbo: Vichy, por ejemplo; y no porque
Pepe Guzmn se hubiera despedido para aquellas aguas, que tomaba todos
los aos para curar ciertos desarreglos de su estmago, puesto que la
haba dado su palabra de encontrarse con ella donde menos lo pensara,
sino porque... cada cual tiene sus gustos.

Pero si dej de ver en el Pirineo francs a su amigo tan estimado, en el
corazn de la Suiza se hall con otro que no vala menos, segn la fama,
si se pesaban ambos en oro. Porque all estaba don Mauricio _el
Solemne_, una semana haca, a curarse sus achaques nerviosos con
aquellas duchas de hielo derretido. Este pretexto aleg, al menos, para
explicar al marqus su estancia inesperada all: inesperada, porque de
todo haba hablado a su ilustre amigo al despedirse de l en Madrid,
menos de que padeciera tales achaques, ni de que intentara curarlos de
aquel modo ni en aquel sitio. Cierto que no estaba el banquero en el
pleno goce de su natural imperturbabilidad cuando estas cosas deca,
como no lo haba estado cuando se hall de improviso en el mismo hotel
que habitaba, con la presencia de sus egregios amigos; que a este mismo
fenoomeeno se agarr l como prueba de la existencia de la
enfermedad, y que afirm que la haba cogido repentinamente una noche,
muy pocas antes, en lo alto de la calle de Alcal, hablando,
desabrigado, con el ministro de Hacienda. Pero tan mal le iba con el
tratamiento aquel, en mal hora aconsejado por su mdico de cabecera, que
tena resuelta su marcha a Pars en el mismo da, no obstante el nuevo y
poderoso _atraaztivo_ que tenan para l aquellos lugares desde que los
honraban tan excelentes y tan _inolvidables_ amigos. Esto de
inolvidables se lo espet a Vernica en un memorial de mirada triste,
con el correspondiente tirn de patilla; el cual memorial fue contestado
con una sonrisa... de las de Vernica, la cual sonrisa debi sentarle al
_recurrente_ como si le afeitaran en seco.

Y como lo dijo lo hizo, Sali _en posta_ de Interlacken aquel mismo da,
sin aguardar a sentarse a la mesa; y detrs de l y con el mismo rumbo,
una dama solitaria, de gran porte y cierta traza, que haba llegado
con el banquero mismo, y coma a su lado, y a su lado habitaba en el
hotel; es decir, tabique en medio.

--Y pensar el simpln que no le he sorprendido el
contrabando!--djose, muy _aparte_, el marqus, cuando se enter de
todos estos tejemanejes--. A m con esas disculpas de colegial! Al que
ha sido cocinero antes que fraile! Semejante majaderote! Como si
tuviera el lance nada de particular, o nos interesara a nosotros cosa
alguna!

Y no se habl ms de este suceso en la familia del marqus, ni haba
para qu tampoco.

Escaseaba mucho todava la gente de lustre en aquel sitio; y con esto y
con no sentarle bien el clima a la marquesa, condjosela a otro ms de
su gusto. Y no digo a cul, porque si fuera a seguirla paso a paso en el
camino de aquellos sus antojos de rica vanidosa, incurrira yo en el
mismo defecto que he tachado en el correspondiente captulo de los
_Apuntes_.

Mas por grandes que sean mis propsitos de reducirme todo lo posible en
mi tarea, no he de omitir la mencin siquiera de lo que ms halagaba y
seduca los apetitos del marqus durante su peregrinacin por tantos y
tan culminantes lugares: las celebridades polticas de todos los Estados
europeos, que veraneaban dispersas, y con las cuales se topaba ac y
all, con sus respectivos cortejos de admiradores y de parsitos; los
estadistas de segunda categora, harto ms ceremoniosos y teatrales que
los de primera: los unos haciendo vida aparte y dejndose sentir, como
el sol, desde muy lejos, o entre nubes; los otros, invadindolo todo con
su pompa de relumbrn, presidiendo las mesas, los bailes, las jiras y
hasta las salas de duchas o de inhalaciones... o la ruleta; pero los
otros y los unos asediados por legiones de babiecas y por el espionaje
de los _reporters_, para apuntar lo que dicen, lo que piensan, lo que
comen, si se baan, si se ren, si meditan, si se enfadan, o si tosen o
estornudan, y estamparlo como noticias de sensacin en los peridicos de
mayor renombre, con las ms peregrinas conjeturas sobre el influjo del
suceso en la poltica internacional. Y a los casinos llegaban estos y
otros cien peridicos ms de todas las naciones, y en todos ellos
danzaban las noticias y las conjeturas, con otras semejantes y nuevos
comentarios de propia cosecha, anunciando entrevistas, desentraando
frases, prediciendo resultados y dejando muy tirante la curiosidad de
los lectores con la promesa de nuevos acontecimientos para el da
siguiente.

Y el marqus devoraba estos peridicos, y contemplaba en xtasis a
aquellos hombres que tanto les daban que decir; y se comparaba con
ellos, y no se vela ms bajo, ni menos ostentoso, ni menos solemne, ni
menos honorable: ninguno tomaba tan en serio como l eso de los
organismos polticos, las energas de la patria, el sentimiento
pblico, la alteza y respetabilidad de los cuerpos colegisladores y
otras cosas tales; ninguno le ganaba en desinters, ni en celo, ni en
instinto poltico, y pocos, muy pocos, llegaran a aventajarle en el
modo y manera de utilizar con honra propia y decoro del sistema la
tribuna del Parlamento. Esto era obvio, de toda notoriedad e
inconcuso, y, sin embargo, su nombre no apareca jams entre aquellos
otros, tan trados y tan llevados, ni haba un papanatas que le
siguiera, ni un mal periodista que le preguntara su parecer sobre la
poltica del Czar y las ltimas circulares de nuestro ministro de
Estado. Citbasele alguna vez entre los baistas ms distinguidos,
recin llegados; cortejaban a su hija algunos inspidos gomosos, porque
era guapa y afamada de rica, y pare usted de contar. Pero qu diablos
vala todo esto para un hombre de su estirpe, de sus nobles ambiciones
y..., s, seor, de su significacin e importancia, por donde quiera que
se le considerase? Caprichos, veleidades de la fortuna, del hado
quizs..., porque el marqus estaba persuadido de que a los hombres
pblicos los forman las circunstancias, un momento de la vida, un
choque fortuito, de la piedra contra el acero, que haca brotar la luz
de repente. As entenda el hado el buen marqus.

Entre tanto, lejos de desalentarse en su empresa, cada da buscaba con
mayor empeo ese instante, ese fortuito choque, y no perda ocasin de
arrimarse a los privilegiados para hombrearse con ellos y meter la
cuchara en sus conversaciones. Y as pasaba el tiempo en las etapas de
su viaje, y aun en todos sus viajes de veraneo, si no satisfecho de los
resultados obtenidos, porque el choque no se verificaba ni la luz se
produca, consolado, al menos, con la ilusin de que las gentes,
vindole tan bien acompaado, le tomaran por lo que no era, es decir,
por lo que deseaba ser.

Corriendo los das y rodando los expedicionarios, tan pronto en un
puerto de mar como en una _estacin_ de secano, arrastrndose ms que
caminando la marquesa, a quien apenas bastaba una semana de reposo por
cada hora de jornada, ninguno de los tres recoga el fruto sazonado de
sus ilusiones: el padre, por lo que se ha visto; la madre, por lo que
fcilmente se adivina, por enormes que sean las dosis de vanidad y de
tonta presuncin de que la supongamos henchida, y la hija, porque a
medida que el tiempo pasaba sin que se cumpliera la promesa que en
Madrid haba hecho Pepe Guzmn de encontrarse con ella donde menos lo
pensara, crecan sus impaciencias por el natural e insignificante
deseo de salirse con la suya; y la suya era que no se encontrara en
parte alguna de su expedicin veraniega con Pepe Guzmn; y no
encontrndose con l, estaba autorizada para decirle, en broma, por
supuesto, en cuanto le viera en Madrid: valiente palabra es la palabra
de usted! Y con esta sola preocupacin, se pagaba bien poco de todo lo
que hallaba al paso; de preparar el xito de sus exhibiciones en playas,
alamedas y espectculos, y mucho menos del tributo ofrecido a su belleza
por la turba de tenorios contrahechos que a eso van a los centros
elegantes, y aun por otros admiradores de ms seso y mejor arte.

En Baden-Baden hall el rastro de su amiga Sagrario, que andaba
recorriendo el mundo en su viaje de novia. Haba dejado all fama de
hermosa, de elegante, y, sobre todo, de desenvuelta. Se hablaba mucho,
muchsimo, de _sus hechiceras_, entre los hombres, y de su provocativo
_sans faon_, entre las mujeres. Cuando tena el sitio hecho un volcn
de intrigas, de deseos, de clculos y de murmuraciones, desapareci
repentinamente con su marido, porque ste, que no sala de la ruleta,
perdi en una noche cuarenta mil duros, sobre otros veinte mil que tena
perdidos ya; y no se haba casado ella con Gonzalo Quiroga para eso,
sino para cosa muy diferente. Esto se deca y se propalaba por aquellos
mbitos henchidos de la fragancia de todas las pasiones, buenas y malas,
pero muy elegantes, y de nada se asombr la recin llegada madrilea,
porque lo uno lo consideraba verosmil y hasta necesario, y de lo otro
saba que era la pura verdad.

Sucesos hartos ms graves la aguardaban en Sp. Por de pronto, se
encontr all con amigos de su mayor intimidad; como que eran Leticia,
su marido y el subsecretario de Gobernacin; y ya se supondr que no
cuento este hallazgo entre los sucesos graves a que me he referido,
aunque alguna gravedad revesta la altivez del continente de la primera,
frente a la actitud algo airada y como rencorosa del tercero; pero ms
grave fue una estocada que este funcionario espaol atiz, en la
madrugada del da siguiente, a un prncipe ruso bruido a la francesa,
que campaba en el sitio por su riqueza, por su boato y hasta por su
estampa original y castiza. Tampoco fue lo grave la estocada porque
pusiera en riesgo de muerte al prncipe ruso, pues no lleg tan adentro
la acerada punta, sino por el ruido que hizo y lo que dio que hablar a
las gentes, y que temer a la impvida Leticia, y que hacer a la misma
Vernica para ayudar a su amiga a convencer al subsecretario de que
ciertos sucesos, aunque se vean con los ojos y se palpen con las manos,
no son lo que aparentan, sino quimeras de la imaginacin ofuscada.

Pero lo ms original y lo verdaderamente grave del suceso, mirado a
cierta distancia, fue que el general Ponce, es decir, el marido de
Leticia, apadrin al subsecretario en su duelo con el ruso; en honor de
la verdad, no porque llevara el apadrinado su frescura al extremo de
solicitar del otro un favor tan sealado, sino porque el arisco
veterano, al saber de qu se trataba, por rumores llegados hasta l,
como amigo, como soldado y como espaol, no quiso que nadie se
anticipara a prestar ese servicio a su ilustre compatriota. No hay para
qu advertir que este detalle son en la colonia elegante y desocupada
mucho ms recio que la estocada y los motivos de ella. En cuanto al
general, cumplido su deber de amistad, de soldado y de espaol, y
altamente satisfecho de su conducta, se volvi a sus reales, es decir, a
pasarse todo el da y parte de la noche con un periodista madrileo,
desollando al ministro de la Guerra y proporcionando la metralla con que
el primero le fusilaba, un da s y otro no, desde las columnas de su
peridico. Ni ms vela, ni en otra cosa pensaba, ni de otros jugos se
nutra la fibra de su naturaleza.

Pens Vernica, como lo hubiera pensado cualquier otra mujer de honrado
temple, que despus de aquel ruidoso acontecimiento su amiga abandonara
a Sp con cualquier pretexto; pero no la conoca bastante, con creer
conocerla muy a fondo. En el de Leticia existan alientos para resistir
aquel empuje y mucho ms.

--Mi fuga--dijo a su amiga, hablando con ella de estas cosas--sera la
confirmacin de los rumores. Otra mujer en mi caso, aun pensando esto
mismo que yo pienso, huira por no atreverse a quedrse; pero a m no me
espanta la fiera, y ya vers cmo la domino.

Y nunca se la haba visto en pblico tan serena, tan elegante, tan
hermosa, ni tan envidiada, como se la vio despus del grave suceso, ni
se haba mostrado delante de la gente tan expresiva ni tan afable con el
subsecretario de Gobernacin, ni tan atenta y corts con el prncipe
ruso, que, por cierto, no tard tres das en largarse de all.

No tuvo Vernica motivos para dolerse de la resolucin tomada por su
amiga, pues su compaa y su serenidad la sirvieron de mucho en el
verdaderamente grave suceso que aconteci en breve, seguido de otro
tan grave como l. Y fue que hallndose departiendo el marqus y el
general, momentos antes de sentarse a la mesa, y pasendose a lo largo
del saln contiguo al comedor, y estando la porfa en lo ms candente,
es decir, sosteniendo el segundo que todas las desventuras de Espaa
procedan de la incapacidad y de los desaciertos del ministro de la
Guerra y de todos sus antecesores, y templando el primero sus crudezas
con reposadas y campanudas reflexiones sobre el necesario concurso de
las fuerzas vitales del pas y el engranaje de la mquina
gubernamental, de pronto le falt la palabra precisa; valiose de otra
menos propia y muy mal pronunciada; esparciese sobre el sonrosado color
de su rostro un tinte lvido; lanz un spero quejido por su boca, que
se torca por momentos, y revir los ojos; y a no haberle recibido el
general entre sus brazos, hubiera dado el pobre marqus con su oronda
humanidad en el santo suelo.

Lo que all sucedera despus, no hay para qu referirlo. Conducido a su
habitacin y puesta en movimiento media casa, sometisele al tratamiento
que la ciencia tiene menos desacreditado para esos lances, y se esper
el resultado de l y el de la primera consulta que celebr un rebao de
doctores que fueron acudiendo alrededor del paciente, los ms de ellos
sin que nadie los llamara. Tras una hora de encierro en el cuarto
inmediato al del enfermo, a quien rodeaban su familia gemebunda y
cuantos espaoles hubo en las inmediaciones, fueron apareciendo uno a
uno los doctores, en larga y solemne procesin; cedironles los profanos
el sitio en derredor del lecho; tom la palabra el menos joven y ms
estirado de los mdicos; dijo que estaban perfectamente de acuerdo todos
los profesores all reunidos, lo mismo sobre el pronstico que sobre el
diagnstico de la enfermedad que aquejaba al seor marqus; que
aprobaban lo que hasta entonces haban dispuesto los dignsimos
compaeros que se les haban anticipado en el honor de prestar los
primeros auxilios al ilustre paciente; que volveran a reunirse dentro
de dos horas, y que buen nimo, entre tanto, para conllevar la
inevitable pesadumbre por lo ocurrido...; con lo cual, y una ceremoniosa
inflexin de cuello y de espinazo, sali de la estancia seguido de sus
comprofesores, lo mismo que haban entrado, uno a uno y con la
respectiva inflexin de cuello y de espinazo, graves, muy graves todos,
y a cual ms atildado y taciturno.

Afortunadamente, lo del marqus no fue tanto como pareca. Rehzose un
poco su naturaleza a las pocas horas; al amanecer conoci a su familia y
a sus amigos; articul algunas palabras; movi los miembros, antes
paralizados, y al medioda del siguiente pronostic el senado de
doctores, en su tercera consulta, que, sin una complicacin inesperada,
el ilustre enfermo entrara muy pronto en una franca y satisfactoria
convalecencia.

Ya las nubes de la tristeza se rasgaban y difundan hasta
transparentarse en aquella mansin, poco antes de lgrimas y
sobresaltos, cuando la marquesa, que se haba quedado en la cama aquel
da para restaurar un poco las fuerzas de su trastornada mquina,
puestas en los lmites de la extenuacin con los recientes sustos y el
anterior ajetreo de su larga peregrinacin, sinti de pronto tales
espasmos, convulsiones y desfallecimientos, que pens que su vida
terminaba en aquel trance, y lo mismo pensaron su atribulada hija y las
gentes que con ella acudieron a socorrerla. Por consiguiente, nuevos
apresuramientos, nueva irrupcin de doctores, nuevas consultas y nueva
serie de largusimas horas de angustias y sobresaltos para la pobre
joven, que, en aquella apuradsima situacin en que se vea, se jur a
s propia emprender la vuelta a Madrid por el camino ms corto, tan
luego como los enfermos se hallaran en condiciones de ponerse en viaje,
si Dios no haba decretado que le hicieran al otro mundo sin salir de la
cama.

Pero tambin se resolvi en el mejor de los sentidos la crisis alarmante
de la marquesa; slo que, al paso que el restablecimiento de su marido
llevaba trazas de ser completo y sin dejar el menor rastro de la
enfermedad vencida, el de ella caminaba paso a paso, y mal seguros, con
muchos tropezones y algunas cadas. Al fin, llova sobre mojado, y en
cada nuevo embate de la enfermedad se llevaba sta mayor tajada entre
las uas.

Durante la convalecencia de los dos enfermos, Leticia y Vernica, como
si quisieran resarcirse de los afanes y tristezas que haban sufrido
juntas como dos hermanas, mejor que como dos amigas, hablaron mucho, de
muchsimas cosas: de todo menos del prncipe ruso y de su duelo con el
subsecretario de Gobernacin, y de Pepe Guzmn, que no asomaba por
ningn sendero a cumplir la palabra empeada con Vernica. Entre tanto,
el tal subsecretario, el general y el periodista espaol, no se
apartaban un punto del marqus, que ya _estaba en voz_ nuevamente y
comenzaba a hacer pinitos parlamentarios. Estaba muy satisfecho del
inters que se haban tomado por su salud el canciller de ac, el
embajador de all, un ministro del kedive de Egipto y cien eminencias
ms que veraneaban por all. Esto le confortaba y le reconstitua.

Y hablando, hablando Leticia y su amiga, sac la primera a relucir a don
Mauricio _el Solemne_.

--Poco antes de llegar t--dijo a Vernica--, se present aqu de
improviso; se encontr con nosotros al da siguiente; y como si le
hubiera contrariado el encuentro, aquella misma tarde sali para Pars.

--Solo?--pregunt sonriendo Vernica.

--Solo--respondi sonriendo tambin su amiga--. Porque por ms que se
afirm entre los maldicientes lo contrario, yo creo que nada tena que
ver con l una dama muy aparatosa, de cierto pelaje, que le sigui muy
de cerca al marcharse, lo mismo que le haba seguido al llegar.

--Alta y rubia?--volvi a preguntar Vernica, recordando quizs las
seas de la de Interlacken.

--Morena y baja--respondi Leticia.

--Qu voracidad de hombre!--pens la otra sin pedir ni dar ms
explicaciones.

Con los equipajes hechos, los convalecientes medio embanastados; en fin,
casi con el pie en el estribo ya para volver a Madrid los tres
expedicionarios de nuestra historia, dijo Leticia a su amiga al
despedirse de ella:

--S que el banquero don Mauricio bebe los vientos por ti... No te
gusta que te lo diga?... Lo siento, y perdona; pero escucha. Es un
_tipo_, bien a la vista est; pero tiene prendas que no puede ni debe
desconocer una mujer como t. Por tanto, como buena amiga y porque te
quiero mucho, te aconsejo que si pide tu mano, no se la niegues.

--Gracias--respondi la aconsejada, pagando con un beso en cada mejilla
de la consejera otros dos que sta le haba estampado en las suyas, con
las ltimas palabras del consejo, como si hubiera querido pintrselas
all para que no las olvidara.

Tambin Leticia! Era aquello una burla o una pesadilla? El mismo
consejo que Sagrario, menos en lo referente a Pepe Guzmn. Por qu esta
omisin? Fue por ignorancia o por malicia? Ah!, de qu buena gana la
hubiera hecho ella entonces, y aun antes de entonces, por curiosidad, se
entiende, nada ms que por curiosidad, una pregunta! Vamos, Leticia,
con toda franqueza..., como si te confesaras conmigo, hasta qu punto
llegaron tus _amistades_ con _l_?... Porque era mucho lo que, de algn
tiempo a aquella parte, la mortificaba esta sencilla _curiosidad_.




XIII


La marquesa lleg a Madrid hecha una lstima; pero el marqus, como si
nada le hubiera pasado. Algo claudicaba del lado derecho, reparndole
bien, y se le torca la boca al sonrerse, y un tanto desmemoriado se
encontraba en lo tocante a fechas y nombres propios; pero este levsimo
rastro de su pasado accidente se borrara muy pronto, como se haban ido
borrando otras huellas, harto ms hondas, del propio mal.

De muy distinto modo lo vea su hija, que, aun sin lo advertido por los
doctores de Sp, tena en su buen entendimiento la luz necesaria para no
engaarse; y con esto, y con la evidencia de que el estado de su madre
era gravsimo, tambin; con las tristes deducciones que le resultaban de
estas innegables premisas; la relativa soledad en que se encontraba en
Madrid, a donde los apuntados sucesos la haban obligado a volver antes
de lo calculado, y, por consiguiente, hallndose todava rodando fuera
de la patria todos los amigos de su mundo; la negrura de los espacios
a que la condujeron sus cavilaciones pertinaces, y, por qu negarlo?,
hasta la ausencia del nico hombre de fuste que en aquel caso pudiera
ser para ella un prudente consejero, y cuanto en este hilo de su
discurso fue ensartando la mano de Satans, porque otra ms honrada no
poda complacerse en hacer un rosario tan largo y de tan fros
desalientos, lleg a apoderarse de la infeliz una verdadera melancola;
siendo muy de notar que antes se le aumentaba que se le disminua con
los clculos risueos y los propsitos mundanos, que eran los temas
exclusivos de la conversacin de los convalecientes con ella. La cual
tiene abnegacin bastante para declarar sin rebozo en este pasaje de sus
_Apuntes_, que intervena muy poco o nada su corazn de hija en la
manifestacin de aquel fenmeno. No la impresionaban las ilusiones de
sus padres por el contraste que formaban con su certeza de que era muy
breve el espacio que las separaba de la sepultura de los ilusos, puesto
que no era el dolor de perderlos lo que senta en sus temores de
quedarse hurfana a la hora menos pensada. El fenmeno era producto de
un trastorno nervioso, de un estado histrico, sometido al influjo de un
orden de sentimientos muy distintos: los enumerados ya, y un recelo
pavoroso de lo desconocido. Su afecto de hija no profundizaba ms que lo
que da de s el hbito de vivir en comunidad, no muy ntima, con otras
personas. Muy poco y bien triste le parece esto a ella misma; pero
tranquiliza su conciencia con la cuerda reflexin de que lo extrao
hubiera sido lo contrario, con una educacin como la que haba recibido
y unos ejemplos como los que le haban dado en su propia casa.

Veamos qu clculos y propsitos eran los que preocupaban a los
marqueses en los momentos en que todo el tiempo de que disponan debiera
parecerles corto para liquidar sus largas cuentas con Dios. Los de la
marquesa se enderezaban a dar a sus salones, en el prximo invierno, el
ltimo barniz de que carecan para brillar entre los ms esplendorosos
de la corte: quera construir un elegante teatro domstico, en el cual
las damas y los galanes ms distinguidos de la aristocracia
representasen lo selecto del repertorio... francs, en lengua francesa
por de contado. Esto era el colmo, por entonces, y aun creo que lo es
por ahora, del rumbo y de la distincin de los salones del _buen tono_
madrileo. El intento, si se realizaba, costara un sentido; pero qu
tena que ver ella con ese prosaico y vulgar detalle? No era rica? No
daban sus caudales para todo? No era el intento noble y, amn de noble,
impuesto por la ley inexorable... de las cosas? Pues habra teatro
domstico, y lindo y elegante, como el mejor de su especie; y para
lograrlo as y lo ms pronto posible, conferenciaba a menudo con el
mismo arquitecto que le haba trazado y dirigido las obras de su casa, y
con su hija para la formacin, digmoslo as, de la _troupe_
aristocrtica que haba de _debutar_ en l, a ms tardar en la prxima
noche de Ao Nuevo. Y bien sabido se tenan Vernica y su padre que los
intentos de la marquesa no podan traducirse en broma jams. Siempre
fueron rdenes sus lacnicas frases, y leyes inapelables sus deseos.
Esto, en buena salud; qu no sucedera cuando las molestias de la
enfermedad la obligaban a ser ms antojadiza y exigente?

En cuanto a los planes de su marido, casi est por dems advertir que no
salan del trillado campo de sus anhelos senatoriales. Cierto que le
constaba con toda evidencia que su senadura era una de las de la
hornada que de un momento a otro lanzara el Gobierno a los estantes de
la _Gaceta_; y sobre este importante preliminar, por tantos aos
perseguido, nada tena ya que temer; pero no se trataba de eso, sino de
algo que deba seguir inmediatamente al acontecimiento, como el
estampido a la expansin de la plvora inflamada en un arma de fuego.
Cmo le celebrara l, cundo y en dnde? A qu y con quines le
obligaba esa distincin, que no por ser justa y merecida y aun algo
tarda, dejaba de haber sido piedra de toque de muchas y buenas
amistades... y de asombrosos temples de paciencia?

Esto le preocupaba, y a este tema se redujeron sus conversaciones
familiares por muchos das. Al fin resolvi, sin que nadie se le
opusiera, que dara un banquete _de circunstancias_ en su propia casa,
tan pronto como los ausentes personajes volvieran a Madrid y entrara en
sus ordinarios quicios la vida poltica y social de la corte; y que en
ese banquete pronunciara l un discurso, en el cual quedara bien
definida su significacin al lado del Gobierno de Su Majestad, y puesta
bien de relieve, con la autoridad de su ejemplo y la elocuencia de su
palabra, la necesidad de robustecer el prestigio de los poderes
pblicos con el concurso de todas las fuerzas vivas de todos los hombres
independientes y desapasionados del pas, tan trabajado y maltrecho por
obra de todo linaje de mezquinas intrigas y de pasiones bastardas.

Tal haba de ser el tema de su _acto poltico_; y en desenvolverle,
pulirle y entonarle debidamente, creyendo como artculo de fe que haba
de tener inmenso alcance y altsima resonancia, se pasaba el buen
marqus las noches de claro en claro y los das de turbio en turbio,
como el otro loco (y perdone su ilustre y bien acreditada fama la
comparacin) con los libros de caballeras.

Es de advertir, asimismo, que el banquete, no slo haba de celebrarse
en su propia casa, sino tambin disponerse y servirse con elementos y
accesorios de la casa misma; condicin sabiamente acordada por el
marqus, que, contando con que no faltaran los obligados sahumerios de
la prensa al _men_ y al aparato de la mesa, no quera ceder a un
fondista, aunque se llamara Lhardy, ni ese rayo de esplendor que
tambin caba en el nimbo de su cabeza casi augusta.

Ello es que pasando das y semanas; estando perjeado el discurso y a
medio digerir; puestos en ejecucin los planes de la marquesa y los
planos de su arquitecto, y por los suelos algunos tabiques de la casa;
en Madrid casi todos los encopetados _touristas_ veraniegos; cada hombre
poltico en su sitio; Vernica no tan aburrida ni nerviosa como a su
llegada; Pepe Guzmn bien perdonado de su falta, en virtud de razones
bien expuestas y mejor recibidas; la marquesa incapacitada de moverse de
un silln en cuanto la sacaban, con trabajos, de su lecho, y el marqus
con su credencial de senador entre las manos, lleg el mes de octubre, y
con l la ebullicin de la vida madrilea, quiero decir, la de la gente
de dinero y lustre en los campos colindantes de los placeres y de la
poltica; y llegando el mes de octubre, que era el que esperaba el
marqus con grandes ansias, dio por bien digerido su discurso, y
consagr todo el muy escaso que le quedaba sano a disponer el programa
de la fiesta.

Dejemos por cosa innecesaria la historia de este parto laborioso, y
pasemos de un salto, que el lector dar con gusto, por lo que le abrevia
el camino, a los linderos del comedor de nuestro personaje, desde donde
podemos contemplar, sin ser vistos, el cuadro resultante de tantas, tan
profundas y tan conmovedoras cavilaciones, con lo dems que se sigui
como fin y remate de la fiesta.

Como el banquete era poltico, aunque de otro modo le calificara el
marqus por pura modestia, no se dio asiento en l a las seoras.
Pasaban de cincuenta los comensales del otro sexo, rigorosamente
vestidos de sociedad, lo mismo que los criados que les servan los
manjares y los vinos, y figuraban entre los primeros las tres cuartas
partes de los ministros, incluso el presidente; los de ambos cuerpos
colegisladores; varios diputados de empuje, con grupito; la flor y nata
de los ancianos del senado; el Capitn general y el Gobernador civil de
Madrid..., y as sucesivamente; porque una cosa es que todos estos y
otros personajes estimaran al anfitrin en lo que verdaderamente vala,
y otra muy diferente los rumbosos festivales que saba disponer en su
casa para prestigio de ella y regalo de sus amigos. Como de los ms
estimados, intil es advertir que no se quedaron sin cubierto aquella
noche ni Pepe Guzmn ni el banquero don Mauricio.

Al tratar la prensa peridica al da siguiente de este suceso, grandes
cosas dijo de la magnificencia del cuadro, tal como apareca en conjunto
a la vista del recin llegado observador, y grandes despilfarros de
incienso dedic al buen gusto y a la riqueza de la ilustre familia; pero
preciso es confesar que por aquella vez, si los rganos de la opinin
pblica pecaron de entrometidos y de aduladores, en manera alguna de
inexactos, como no fuera por quedarse cortos en sus reseas y
ponderaciones. Fue aquel, en efecto, un alarde felicsimo de saber hacer
esas cosas por todo lo alto. Era el comedor lo que se llama un ascua de
oro; expresiva metfora en que cabe cuanto el lector pueda imaginarse
en profusin de luces sobre lmparas y candelabros de ricos y variados
metales, vajillas estupendas, cristalera de inverosmil nitidez y
ligereza, vasos de porcelanas valiossimas cargados de raras flores; en
fin, lo mejor entre lo ms caro del profuso acopio de que se dio cuenta
en otro lugar de este relato, y lo adquirido despus a peso de oro,
destacndose sobre fondos obscuros, salpicados de brillantes toques
metlicos, e interrumpidos en cada puerta por los desmayados paos de
las pesadas y ricas colgaduras.

Bien posedo estaba el marqus de la suntuosidad del aparato escnico,
as como de la intachable correccin con que iban sirvindose a sus
comensales los prodigios de su cocinero y los tesoros de su bodega; y
por estarlo tanto, andaba ms atento a inquirir si ese mismo sentimiento
se trasluca en los gestos de sus comensales o en las palabras sueltas
del incesante rumor que hencha la estancia, que a responder
atinadamente a las frases con que algn colateral, creyendo acertar
mejor as, intentaba llevar su atencin al asunto ocasional del
banquete.

Desde muy temprano haba sentido l sntomas premonitorios de estas
emociones. Inusitadas desconfianzas en su servidumbre, recelos
injustificables hasta de la habilidad de su envidiado cocinero, le
traan sin punto de reposo de un lado para otro y de ac para all;
mortificaba a su familia con consultas impertinentes y con advertencias
pueriles, y aturda a su ayuda de cmara pidindole prendas de vestir
que tena a la vista o entre las manos. Jams haba incurrido en estas
vulgaridades de tendero rico el seor marqus, ni su familia le haba
visto tan polilla ni tan desmaado. A ratos se encerraba en su despacho
y ensayaba a toda voz desde el silln de su mesa, con la salvadera en la
mano, los prrafos culminantes de su discurso. Le sala tal cual; pero
le costaba mucho trabajo estamparle bien en la memoria. A la hora de
vestirse, la emocin creca, la memoria se le embrollaba ms, y los
nervios, vibrantes y desconcertados, no le permitan ejecutar obra
alguna con acierto, ni cortar lo ms sencillo por donde sealaba. Pero
qu haba de sucederle con el trajn de tantas horas y las
preocupaciones de tantos das, que le haban puesto la cabeza como una
zambomba en ejercicio?

Cosa rara!: fueron menores sus desconciertos y ms llevaderas sus
impresiones, en las proximidades del momento crtico, del instante que
ms le deslumbraba a l cuando le consideraba desde lejos; y en cuanto
se sent a la mesa del festn, era ya dueo absoluto de sus nervios, de
su memoria y de toda su ordinaria y olmpica serenidad. Algo de esto
pasa con todo linaje de peligros: parecen ms imponentes cuando se
piensa en ellos, que cuando se arrostran. El hecho es que el seor
marqus, aunque muy dbil de fuerzas fsicas, entr en la batalla con
nimo sereno y marcial talante.

Ya hemos visto cmo se iba portando en ella. Pero faltaba el lance, el
episodio decisivo. Tambin lleg, al sonar el primer taponazo del
Champagne. El presidente del Consejo de ministros, que ocupaba el
asiento frontero al del anfitrin, se puso de pie y con una copa en la
diestra, rebosando de espuma. Comenzaban los brindis.

Aqu fue donde la naturaleza deleznable del marqus sinti ciertas
sacudidas elctricas que le produjeron inevitables alucinaciones y
desfallecimientos. Eran de esperarse. Qu cosas le dira aquel
prcer, gigante de la palabra y de la poltica? No fueron grandes ni
muchas, ciertamente: cuatro frases de cajn enderezadas a ensalzar los
merecimientos (que no enumer) del ilustre anfitrin, para el cargo con
que el Gobierno, por un acto de estricta justicia, le haba
recompensado; otras tantas de felicitacin al Gobierno mismo por este
rasgo de cordura y de integridad de principios y una ligera alusin a la
robusta vitalidad del Gabinete, indignamente presidido por el
preopinante, merced a su poltica salvadora y, ante todo y sobre
todo, a la ilimitada confianza con que corresponda a sus sacrificios y
desvelos la Corona.

Sin cesar la indispensable salva de aplausos, se alz el ministro de la
Gobernacin. Dijo casi lo mismo que su presidente, pero con ms sal y
pimienta. De sta dedic la mayor parte a las impaciencias del partido
que se juzgaba heredero inmediato del Poder. Era harto incisivo y mordaz
Su Excelencia; y por eso sus flagelantes alusiones al enemigo mortal
fueron recibidas con coros de carcajadas y con tempestades de aplausos.

Crey el Capitn general que era l a quien le tocaba remachar el clavo
con que el ministro de la Gobernacin haba fijado en la picota de sus
ironas al insidioso partido que no reparaba en medios para lograr sus
impopulares fines, y se levant casi airado, y, sin casi, marcial y
decidido, a declarar (olvidndose completamente del motivo fundamental
del banquete y de la presencia del rumboso obsequiante) que, mientras a
su autoridad estuviera encomendada la conservacin del orden pblico en
su distrito, ay del insensato que alzara en l siquiera un dedo para
alterarle! Ay del temerario que se echara a la calle con bastardos
planes y los manifestara con una sola palabra, con un gesto siquiera!

Lo cual oblig al ministro de la Guerra despus de consagrar cuatro
piropos de cortesa al estupefacto anfitrin, a fijar el alcance de las
patriticas declaraciones, del Capitn general, aadiendo, por su parte,
que con un ejrcito tan leal y disciplinado como el invencible ejrcito
espaol, particularmente desde que estaba bajo su cuidado y vigilancia,
nada tenan que temer los poderes pblicos, aun cuando hubiera partidos
(que no los haba dentro de la legalidad) capaces de pensar en locas
aventuras.

Pero estaba all el general Ponce de Lerma, conde de Peas Pardas, y no
poda dejar sin rplica las declaraciones del ministro, aunque con las
salvedades a que le obligaban el motivo y la ocasin del _acto_ de Su
Excelencia. Bien estaba el intento de mantener el orden a todo trance, y
mucho mejor la confianza manifestada en la lealtad jams desmentida
del ejrcito, base y garanta de la paz y del sosiego pblicos, no
obstante el eterno trabajo empleado para corromperle por los que
intentan hacer de l instrumento de sus bastardas y descomedidas
ambiciones; pero haba que tener en cuenta, muy en cuenta!, que, en
determinadas ocasiones, un celo excesivo, imprudente, slo conduca a
exacerbar las impaciencias y a despertar propsitos an dormidos. En
fin, que no bastaban las buenas intenciones si no iban acompaadas de
una gran prudencia, de un juicio bien reposado y, sobre todo, de la ms
completa idoneidad para el alto cargo que se desempeaba. En cuanto a
que el ejrcito nunca hubiera estado mejor organizado ni regido que en
aquella ocasin, lo negaba en absoluto...

Aqu terci el presidente del Consejo para encauzar, con el prestigio de
su investidura y la habilidad de su palabra experta, el asunto de las
peroraciones, algo desbordado por los irreflexivos entusiasmos de los
unos y por los descomedimientos apuntados, sntomas de otros ms graves,
del implacable enemigo de todos los ministros de la Guerra. Lo que all
se dijera haba de trascender muy lejos, que para eso haba periodistas
a la mesa; y era de necesidad, por tanto, que las palabras salieran
pesadas y medidas de la boca de los oradores.

Pero aunque la intervencin del presidente fue corts y comedida, el
general no quiso aadir una frase ms, en bien ni en mal, a las que
haba pronunciado, y se sent de pronto con los bigotes erizados y
enseando los dientes, como un mastn despus de haber llevado una
paliza.

Borraron la impresin de este incidente los atildados e insubstanciales
brindis que le siguieron de los presidentes de ambas Cmaras. Los dos
graves seores, ajustndose estrictamente al carcter y al motivo
palmario de la fiesta, consagraron lo principal de sus discursos a mayor
honra y gloria del festejante, y lo accesorio, vago e incoloro, a la
poltica. Esto acab de fijar el camino indicado por el presidente del
Consejo para los discursos de los comensales.

Siguironle rigurosamente los pocos estmagos agradecidos que hablaron
despus, hombres de corta talla poltica y de escasa significacin
literaria; y ya se daba por terminada la serie, preparndose griegos y
troyanos a escuchar con la boca abierta la ltima, la ms solemne de las
palabras, la que estaba obligado y dispuesto a pronunciar el hroe de la
fiesta, en cuyo aspecto se reflejaban harto claramente las hondas
impresiones que le combatan el espritu en aquel trance de prueba,
cuando se levant don Mauricio Ibez. Llevaba su correspondiente bomba
bien cargada, y estaba decidido a lanzarla en medio del concurso, con el
mismo derecho que el ms obligado de los concurrentes: que fuera la
ltima de todas, corriente, y ya eso se lo haba aconsejado su modestia;
pero dejar de lanzarla, qu se dira de l? Representaba all el
dinero, es decir, la fuerza de las fuerzas y la _energa_ de las
_energas_ del pas, y su voz, expresin sincera de su adhesin
incondicional al Gobierno, y de su amistad intenssima e imperecedera a
la familia del prcer generoso que le escuchaba, deba resonar tambin
en aquellos mbitos. As lo pensaba el banquero, aunque lo dijo de otro
modo con una copa en la diestra, y la zurda en la patilla de este lado.
Estuvo menos infeliz que de costumbre en el meerooodeo de recursos
oratorios para llenar su cometido. Slo dos veces sac a plaza a los
meeroodeadoores, y no llegaron a tres las en que necesit agarrarse a su
muletilla para terminar un perodo. En el sahumerio a la familia del
prcer, se elev hasta lo pico; tanto, que no acertaba a bajarse. Pero
baj, aunque maltrecho y desvanecido; y sentose, con aplauso de todos
los circunstantes.

Y lleg el instante que esperaba el marqus, buen rato haca, con
nerviosa ansiedad. Notaba sin extraeza el pobre hombre que se le
reproducan los fenmenos internos que haba sentido por la maana, con
el concurso de otros que le eran enteramente desconocidos; y digo sin
extraeza, porque todo aquel revoltijo de sensaciones y de desconciertos
le pareca poco, como obra de la extraordinaria situacin en que se
hallaba colocado. Contaba con algo por el estilo al disponer el programa
del festn, y aun en los comienzos de ste anduvieron bastante ajustados
a la palpable realidad sus clculos de tantos das; pero el vuelo
inesperado que tomaron las peroraciones de tantos y tan ilustres
comensales; aquel mezclarse los panegricos de sus virtudes cvicas y
polticas, de sus altsimos merecimientos personales, con las cuestiones
ms candentes de la actual gobernacin del Estado, en boca de los
hombres que tenan en sus manos los destinos de la patria; aquel cielo
de esplendores y de gloria; aquella radiante apoteosis a que se le
elevaba de pronto y por tales gentes; todo aquello, que levantaba cien
codos por encima de sus clculos, aunque no de sus nobles ambiciones,
era ms que suficiente para dar al traste con la serenidad de un
estoico, cuanto ms con la de un hombre como l, tan trabajado por los
acontecimientos y hasta por los achaques y los aos. Pero en una
naturaleza como la suya, estas impresiones, estos desconciertos, no
acusaban un estado patolgico de los que minan y destruyen, sino un
aspecto del espritu, de los que nutren y vivifican.

As discurra el honorable marqus, en el momento de levantarse para
ejecutar el _acto_, que le estaba encomendado, no slo por su propia
iniciativa, sino por la situacin en que le haban puesto los discursos
de los dems; y sino as precisamente, porque le bullan las ideas en el
cerebro con marcada incoherencia, con la intencin de discurrir de la
misma manera, cuando menos. Not al incorporarse que le flaqueaban las
piernas y que su mano torpe sostena mal la copa que maquinalmente haba
empuado; lo cual no era de extraar tampoco, porque, con el calor de la
sala, senta la cabeza atolondrada y el pecho muy oprimido. Rehzose en
virtud de un gran esfuerzo de la voluntad, y logr colocarse en actitud
conveniente, y hasta dar a su persona el aire ceremonioso y teatral que
le era propio en idnticas situaciones; pero al decir la primera
palabra, not con espanto que se le haba olvidado por entero su
discurso, lo mismo que si se le hubieran borrado con una esponja en la
memoria. Cosa ms rara an!: no encontr estampado en ella ms recuerdo
que el de la huida del banquero de Interlacken, con la rubia que le
segua de cerca; y de ese asunto iba a hablar, y de l hubiera hablado
inmediatamente, por una perversin instantnea de su juicio, como si esa
fuera la nica idea que quedara en el mundo y para ventilarla se hubiera
congregado tanta gente en su casa, a no hallar en la lengua insuperables
dificultades de expresin.

Esta novedad le caus tal alarma, que produjo en todo su organismo un
gran sacudimiento, despertsele con l, por un instante, la
inteligencia; vio a su luz la extensin y gravedad del apuro, y
crecieron con ello sus congojas. Observ que aumentaba la angustia de su
pecho, como si se le oprimieran verdugos con ligaduras de acero; que
all dentro se formaba algo, como burbuja enorme, que se transformaba
en oleada de sudor fro, que intentaba subir, y suba; y pasar por el
istmo de la garganta, forcejeando all para conseguirlo, porque no
caba..., y pasaba tambin, pero sin cesar de pasar; que suba otro
tramo, y al llegar a los odos silbaba y herva y aporreaba; y que
subiendo, subiendo, se precipitaba con el estruendo y la fuerza de un
desbordado torrente, en las profundidades del crneo...

Entonces, los que contemplaban al marqus, esperando sus primeras
palabras, vironle inclinar la cabeza hacia atrs, soltar la copa que
empuaba su mano trmula, y, exhalando un alarido salvaje, desplomarse
en el suelo, sobre el cual rebot su colodrillo pelado y reluciente, sin
que nadie hubiera podido recibirle entre sus brazos, porque entre los
primeros sntomas del acceso, tan fciles de confundir con los de una
grande emocin, y la cada, no transcurri mucho ms tiempo que el que
transcurre entre el fulgor que deslumbra desde el seno de la nube, y el
rayo que mata.




XIV


Si el marqus pudo darse cuenta de que se mora cuando se estaba
muriendo de veras, y si, penetrado de esta idea, se conceptuaba
relativamente dichoso, porque le sorprenda la muerte en la ms alta y
esplendorosa ocasin de todas las ocasiones de su larga y aprovechada
vida (muerte de guerrero ilustre, sobre el campo de batalla y bajo una
balumba de gloriosos laureles), cosas son muy difciles de averiguar;
pero que si, despus de muerto, se le hubiera permitido recobrar la vida
para contemplar la despedida que le hicieron sus deudos y amigos, otra
explosin de su vanidad hubiera vuelto a quitrsela de repente, desde
luego puede afirmarse, conociendo, como conocimos nosotros, aquella
naturaleza que se nutra de oropeles y se emborrachaba con relumbrones.
Tales y tantos fueron los que se consagraron a honrar su memoria entre
los vivos!

No cupo mayor pompa en el escenario en que se representan esas farsas en
honor de las notabilidades de alquimia, y todo se hizo ajustado al ms
solemne y ostentoso ceremonial: la exposicin del cadver en la _capilla
ardiente_, entre largos blandones y negras colgaduras de tosca bayeta;
el triste clamreo de la prensa peridica rindiendo el ltimo tributo
de justicia al _prcer_ insigne, al varn ntegro, al padre amoroso, al
ciudadano ejemplar, al celoso representante de la patria, al protector
generoso de las artes y de las letras, al orador de honrada palabra,
etc., etc., y haciendo la pintura de su muerte inesperada, con
descripciones minuciosas de lugares y accesorios, y con glosas y
comentarios de los elogios que momentos antes del triste suceso haban
dedicado al an vivo personaje los hombres ms conspicuos de la
poltica, de las armas, de las letras y de la banca; el simblico
catafalco, cargado de emblemas y atributos, tocando casi en las bvedas
del templo, entre una hoguera de luces sobre ricos y enormes
candelabros; las naves atestadas de mundo: all los vistosos uniformes
de las ms altas jerarquas polticas y militares; all la severa
etiqueta civil, las gentes de la aristocracia y de los salones
elegantes, y all, en fin, en apretados grupos, las matronas del gran
mundo ricamente ataviadas de negro, con la mirada repartida entre el
devocionario y la concurrencia, agitando maquinalmente los abanicos
mientras, desde el coro, llenaba de resonantes armonas los mbitos de
la iglesia, la mejor capilla de Madrid.

El entierro no haba sido menos ostentoso. Detrs del carro fnebre,
teatral y ridculo artefacto, tambin el duelo, a pie, salpicado de
grandes uniformes; despus, la interminable fila de carruajes, con casi
otras tantas libreas diferentes, desde las de los cuerpos
colegisladores, hasta la de don Mauricio _el Solemne_; y, por ltimo, a
uno y otro lado de la fila, otras filas ms espesas y compactas de
curiosos desocupados, y en todos los balcones de la carrera ms
espectadores y espectadoras en apiados racimos.

En el Senado, la obligada declaracin de profund sentimiento, tras un
pomposo elogio de los mritos y virtudes del difunto, hecho por el
presidente. En el Congreso de Diputados, poco menos; y tomando motivo de
estos _actos_, nuevos ditirambos de la prensa peridica al llorado
prcer. Por ltimo, su retrato en la primera plana de _La Ilustracin_,
con la correspondiente biografa un poco ms adentro... y una elega
elegantemente triste del poeta _Aljfar_.

Tena razn el buen marqus, creyendo que a los _hombres pblicos_ los
forman las circunstancias, _el hado_, un momento de la vida. Lo malo
para l fue que ese momento no le lleg hasta la hora de su muerte.
Pero del mal el menos: s vivi sin levantar un punto sobre la talla de
los hombres vulgares, por morir a tiempo logr asociar a las vanidades
de su familia el esfuerzo de _la cosa pblica_, para merecer los honores
pstumos tributados a los grandes hombres.

Por eso dije al principio que si el marqus hubiera resucitado para ver
esto, hubiera vuelto a morirse de una explosin de vanidad satisfecha; y
aado ahora, que sin que alcanzara a evitarlo la reflexin (si por
ventura se la haca, aunque bien a la vista estaba el hecho) de que
entre las grandes conquistas de su muerte no haba una sola lgrima con
que humedecer la efmera hojarasca de su tumba.

No hay para qu hablar del fnebre aparato escnico a que obligaba, de
puertas adentro, la mal fingida pesadumbre de la familia. Lo que importa
para nuestro sencillo relato es saber que el ajetreo, ms que la pena,
agrav por unos das la enfermedad de la marquesa, y que, pasado el
novenario y vuelta la vida a regularizarse, aunque dentro del nuevo
orden de cosas, los tertulianos de confianza quedaron reducidos, en
nmero, a los ms ntimos de entre los ntimos, por expreso deseo de la
viuda, que deba quitar toda ocasin de profanar la santidad de sus
tristezas con recreos demasiado alegres... mientras no los autorizara la
costumbre; pero que, entre tanto, no quera verse sola.

Entre los electos quedaron todos nuestros conocidos de la antigua
tertulia. En las primeras noches no se trataron en la reducidsima
asamblea congregada en el gabinete de la dolorida viuda, otros asuntos
que los que tuvieran alguna relacin, por remota que fuese, con el
inolvidable suceso; verbigracia, su resonancia en la opinin pblica;
este dicho o el otro comentario, en son de alabanza, por supuesto; los
funerales, el entierro, la estadstica de los concurrentes, de los
carruajes y de las libreas; los psames oficiales recibidos... hasta de
Palacio!, los telegramas, las cartas, las tarjetas, los recados; cuntos
y cuntas, de quines y de dnde; las visitas, en cuerpo y alma, de este
Grande y de aquel senador, del ministro X y del general Z, de la duquesa
H y de la princesa J..., y as hasta el infinito; pues como todo
Madrid anduvo metido en el ajo, segn result de la cuenta, ya hubo
pao en que cortar para entretenimiento de la viuda y no desagrado de la
hija; en modo alguno por honrar ms la memoria del muerto, que les tena
sin cuidado, sino porque con todo ello se halagaba la vanidad de su
familia, en lo cual estaban perfectamente acordes sta y los
tertulianos, aunque no lo declaraban por derecho.

Cuando se agotaron estos temas por cansancio, y porque se agotaron
tambin muy pronto afuera y adentro los motivos que les daban color de
actualidad, es decir, cuando la persona y la muerte y los pomposos
funerales del marqus se borraron, para siempre, de la memoria de los
vivos, la tertulia fue invadiendo poco a poco el terreno mundano; y
saqueando en l una noticia ahora y un escandalillo despus, repartase
todo como pan bendito entre los tertulianos, que hincaban los dientes en
la respectiva tajada, con el aguzado apetito de quien no le ha
satisfecho en quince das. La primera vez que se habl all de
impresiones y aventuras del reciente veraneo, tuvo Vernica la
curiosidad de preguntar en crudo al banquero que cmo le haban sentado
las aguas de Interlacken para su dolencia, cogida de repente en lo
alto de la calle de Alcal. El hombre se puso verde y amarillo con la
pregunta; y ya se tiraba de la patilla para sacar la respuesta, cuando
Leticia acab de atolondrarle afirmando muy seria que los aires de Sp
le haban sentado mucho mejor que aquellas aguas.

Or el general Ponce nombrar a Sp y no traer a cuento el desafo del
subsecretario con el prncipe ruso, era cosa imposible. Como que ese y
el de Peas Pardas eran los nicos _encuentros_ en que se haba hallado
en toda su vida. Describi el lance con gran lujo de pormenores; y
jzguese de la impresin que causarla en la tertulia el relato de un
suceso que era popularsimo en Madrid, con todos sus precedentes y
motivos. Leticia aguant el golpe con la serenidad de una estatua de
piedra, con gran asombro del banquero, que se gozaba en el castigo que
hallaba su injustificada mordacidad con l, en la imprudente alusin de
su propio marido.

En cuanto a Vernica, ofendido y todo por ella don Mauricio, no pudo
ste menos de admirar la destreza con que estuvo _al quite_ de aquella
feroz embestida del general, y sac del angustioso apuro a su mujer,
llevando la conversacin a otro terreno. En el cual se mencionaron los
sesenta mil duros perdidos en Baden-Baden por Gonzalo Quiroga, y los
_triunfos_ de Sagrario en las mismas _aguas_, y se discurri largamente
sobre lo que acontecera despus al elegante matrimonio, cuyo paradero
se ignoraba a la sazn, aunque se saba que haba estado tambin en
Constantinopla por exigencia terminante de Sagrario.

De este aire y de este corte fueron los asuntos que ocuparon a los
contadsimos tertulianos de la marquesa durante muchas noches; y como
stos eran pocos y rara vez asistan juntos, porque haba que atender a
todo, y los modos de entretenerse all tan limitados, el tedio lleg a
invadirlos y tuvo la marquesa que templar un tantico la rigidez de su
programa fnebre, echando otra leva entre sus ntimos y tolerando en
casa ciertos recreos de poca baranda.

En esto del tedio, hay algo que advertir por lo que toca al banquero,
por de pronto. No se diverta don Mauricio gran cosa que digamos; pero
de aquella misma insubstancialidad de conversaciones, de aquella
pequeez de concurrencia, sacaba l atrevimientos y familiaridades de
que estaba muy necesitado para contrarrestar los invencibles titubeos de
su naturaleza. El haber sido testigo presencial de la muerte del
marqus, y hasta la casualidad de haberle precedido, inmediatamente
en el uso de la palabra, le proporcionaron motivos para entretener
largamente a aquellas seoras con minuciosos pormenores sobre el
lamentable acontecimiento, cuando no se hablaba en la casa de otro
asunto. Esto solo le envalenton mucho y le despej el camino por donde
fue aproximndose poco a poco al trato casi familiar con la viuda y con
su hija. Pensaba que tena una gran misin de consuelo y hasta de
amparo que cumplir all, desde que vio el buen xito de sus fnebres
narraciones, y ya se mova con desembarazo delante de Vernica, hablaba
con ella sin que se le atravesaran las palabras en el gaznate, y
dedicaba largos ratos a conversar con la marquesa en voz baja y, al
parecer, en la mayor intimidad. Por este lado, pues, el banquero no
tena motivos para lamentarse de la insipidez de la tertulia.

Harto ms arraigado estaba e invencible pareca el tedio de Vernica.
Desde la muerte de su padre, o mejor dicho, desde que pasaron con los
primeros das siguientes a ella los estrpitos del ceremonial del duelo
y los trmites minuciosos de la preparacin de los lutos, que le
tuvieron cautiva la atencin, haba vuelto a caer en aquellas tristezas
que le asaltaron de pronto al volver de su viaje de verano. Las causas,
segn su propio discurso, eran las mismas de entonces, en lo
_fundamental_ del fenmeno; pero, segn mi desapasionado entender y con
los autos a la vista, puede haber un error muy considerable en aquel
diagnstico, por lo que toca a las _fuentes mediatas_ de la enfermedad.
En la primera invasin de ella declaraba la enferma que poda haber
contribuido mucho a su alivio la presencia del nico hombre de fuste y
de consejo que conoca entre los amigos de su casa. En la recada tiene
a este hombre a su lado, que se afana por entretenerla, que la aconseja
bien y lleva sus miramientos y delicadezas al extremo de olvidar, o de
aparentar que olvida, que hay entre ambos un duelo galante convenido y
aun comenzado. Nunca la conversacin de Guzmn ha sido tan varia, ni se
le ha visto tan decidido a utilizar las provisiones de su memoria de
artista y los recursos de su juicio de filsofo prctico, para que no
decaiga el inters de sus relatos y comentos... Porque es indudable que
Pepe Guzmn est convencido, o parece estarlo, de que las preocupaciones
y tristezas de Vernica tienen el arraigo en el pasado suceso, en el
temor de otro semejante y en algo que se relaciona inmediatamente con
todo esto, que es lo mismo que la propia enferma acepta como fundamento
y origen de su enfermedad; y sin embargo, y mientras l la habla y en
tanto discurre por aquellas alturas, ella, con una impaciencia y un
disgusto que disfraza con sntomas de su desconcierto nervioso, va
pasando: no es eso!..., no es eso! Y cuando l se despide, muy
ufano, ella se queda ms contrariada; no porque vuelve a verse sola,
sino porque tampoco _entonces_ se la ha hablado de _algo_ de que
_debiera_ hablrsela; porque Pepe Guzmn tiene que convencerse de que
en la situacin de nimo en que ella se encuentra, no pueden interesarla
relaciones de casos _extraos_, por bien hechas que estn. Y Pepe
Guzmn suele responder a estas anhelaciones faltando dos y tres noches
seguidas a la tertulia.

Con lo cual se exacerban los males de Vernica, que tienen su asiento en
la desarreglada mquina nerviosa, y _recuerda_, es decir, vuelve a
pensar que hay entre ambos un grave asunto pendiente, del que parece
haberse olvidado _l_, o lo que es peor, que trata de olvidarse; y
entonces juzga que su conducta es muy poco galante, quizs desleal, si
bien se mira. Hay en el caso hasta seales de menosprecio y desdn hacia
ella, y esto, esto solo, es lo que la desazona, en el estado de
irritabilidad en que se halla por un capricho de su naturaleza. Que se
reanude el litigio, que se ventile entre los dos, o que no se ventile
por completo; pero que se ponga en tramitacin de nuevo, y eso esparcir
muchos de sus nublados y dar alguna entonacin al cordaje destemplado
de su mquina... Todo eso la debe el desertor, hasta por obra de
misericordia. Llegar a pagrselo? Y si no se lo paga por buenas, debe
reclamrselo ella... _de cierto modo_? Autoriza esta conducta la
importancia de lo tramitado hasta all? Y en caso negativo, no se
encuentra ella en condiciones excepcionales que justificaran eso y
mucho ms?... Se miraba al espejo, y vea las huellas de sus extraas
melancolas en la palidez de su rostro, destacndose con doblada
intensidad sobre el fondo negro mate de su luto rigoroso; y como nadie
la oa, se confesaba a s propia que vala ms as, con su palidez
interesante, sin haber perdido la correccin y turgencia de sus formas,
que con la peste de salud y bienestar que se reflejaba antes en su cara.
Esto no poda desconocerlo Pepe Guzmn, que era hombre de buen gusto.
Adems, a una mujer agobiada, como ella, por las tristezas, le era
sumamente fcil ir eslabonando, en la larga cadena de sus
preocupaciones, esbozados sentimientos de todas castas; apuntar
insinuaciones, conmover hasta con el acento y la actitud... Pero no
resultara esto ridculamente sentimental, impropio de una mujer de su
carcter y de sus precedentes, y no producira, por tanto, el efecto
contrario al que se buscaba? Tendra que ver un resultado as!
Cabalmente era Pepe Guzmn el hombre cortado para tomar en serio esas
farsas de los galanteos romnticos del ao treinta y siete!

Pero algo haba que hacer, si _el otro_ no lo haca espontneamente;
porque _aquello_ no poda quedar as, en la situacin de nimo en que
ella se encontraba. Antes lo necesitaba para satisfaccin de su femenil
curiosidad; entonces le era indispensable para curarse de aquella
inquietud nerviosa que no admita otra medicina y era un simple fenmeno
de su ridcula enfermedad.

Tales son los hechos que arrojan los autos, en virtud de los cuales bien
cabe deducir, como antes afirm, sin gran temor de equivocarse, que se
pudo engaar la enferma en el diagnstico de su recada, hasta el punto
de ver las cosas enteramente al revs de como pasaban.

Y contino ahora diciendo que Pepe Guzmn volva a la tertulia tan fino,
tan corts, tan elegante y tan buen mozo como siempre; tan atento,
deferente y carioso con Vernica; pero que del litigio pendiente con
ella, ni una palabra; y que Vernica, en quien se aumentaban las
impaciencias con las dificultades, llena de heroicos propsitos de
tirarle de la lengua cuanto ms l la esconda, nunca hallaba ocasin de
practicarlos, por sus invencibles temores a salirse de la raya.

As fueron corriendo los das y las semanas y aun los meses; lleg a
ajustarse la tertulia, aunque siempre de confianza, a otro ceremonial
menos inspido, y casi bast para ello la vuelta de Sagrario, que traa
impresiones que relatar, hasta de entrevistas con el Gran Turco,
mientras su marido, ms gangoso que nunca, y alicorto y desvado, como
gallo desplumado, apenas daba seales de lo poco que antes fue, para
sacar algunas veces de sus centros al solemne don Mauricio, que no se
desconcertaba all tan fcilmente como sola; jugaban ya las cotorronas
al tresillo, y, con excepcin de la msica y del baile, se haca all a
todo lo del ao pasado entre los ntimos, siendo la enfermedad gravsima
de la marquesa obstculo que no estorbaba para nada, porque, de puro
sabido, nadie reparaba en l.

Una noche, conversando Pepe Guzmn con su amiga, y cuando ya sta
comenzaba a curarse de sus impaciencias mortificantes con la cuerda
reflexin de que no hay tesoro que merezca este nombre si cuesta
adquirirle ms de lo que vale, con la serenidad y el aplomo de quien
cumple as lo establecido en un programa, hizo l malicioso y experto
galn punto redondo en los temas vagos que hasta all le haban servido
desde algunos meses antes para entretener las displicencias de Vernica,
y la condujo de repente al terreno que tanto ambicionaba ella; quiero
decir, volviendo al smil tan repetido, que la ret de nuevo y que hasta
se puso en guardia.

La retada sinti entonces una fuerte sacudida en lo ms hondo y sensible
de su pecho, y algo como reaccin de todo su organismo fsico y moral;
chisperonle los ojos, asom la sonrisa a sus labios, y con la decisin
de un valiente avezado a jugarse la vida en esos lances, acept el reto
sin excusa y ocup su terreno sin tardanza. Llegaron a cruzarse los
aceros; pero en el instante en que pareca que iba a empearse la lucha
con todo encarnizamiento, suspendi Pepe Guzmn sus acometidas, mir el
rel, tendi la diestra a Vernica, puesto en actitud de marcharse, y la
dijo con singular expresin de acento y de mirada:

--Tenemos que hablar de estas cosas muy despacio. Hasta maana.

Y se march, tan fino, tan elegante y tan correcto como haba entrado.




XV


En aquella memorable noche, con qu lentitud corrieron para m las
primeras horas de ella! Desde la muerte de mi padre me acompaaban a la
mesa dos solteronas, primas de l, y no muy sobradas de recursos, aunque
s de bambolla: los parientes ms cercanos que me quedaban por la rama
paterna, pues por la materna los haba tan prximos y ms abundantes,
segn mis noticias, aunque yo no los conoc jams, porque, tambin segn
informes oficiosos, hubo invencible empeo en ello de parte de quien
tena el deber de empearse en lo contrario. Pues comiendo conmigo
aquella noche las dos parientas mencionadas, estuve a pique de cometer
con ellas los mayores desatinos. Me saba de memoria su fealdad, sus
presunciones y bambollas, su incurable fisgoneo, y estaba bien avezada a
sus bachilleradas y pegoteras, sin que nada de ello influyera
desfavorablemente en el sentimiento, de compasin ms que de otra cosa,
que las pobres seoras me inspiraban; pero en aquella ocasin me
pareci, su fealdad insoportable, me repugnaba el buen apetito con que
coman, y me causaban escalofros y convulsiones su voz, sus palabras y
sus ademanes. Sin poderlo evitar, las remedaba con mis gestos; y para
contradecirlas, que era en todo cuanto hablaban, remedaba tambin sus
voces con la ma. Las hubiera tirado con los platos de muy buena gana, y
no me diera por satisfecha sin arrojarlas a escobazos del comedor.

Y todo ello porque coman muy despacio, y hablaban mientras coman y
mientras descansaban entre servicio y servicio, creyendo las pobrecillas
que cuanto ms hablaran y ms comieran, mejor se acomodaban a mis
deseos; y a m se me figuraba que por comer y por hablar ellas tanto, no
corran las horas lo que deban correr, y correran indudablemente en
cuanto cesaran aquella masticacin inacabable y aquella charla
insufrible!

Consigno estas puerilidades para dar una idea de la tensin en que se
hallaba mi curiosidad desde que Pepe Guzmn, dejndome la noche antes
a media miel, se haba despedido de m hasta maana para hablar muy
despacio de _esas cosas_ Y qu natural y sin trastienda me pareca a
m aquel ansia por ver en qu paraba la porfa galante que yo tena
empeada (y era la primera en toda mi vida) con el hombre de ms
prestigio entre las damas de aquel tiempo!

Termin la comida en menos de tres cuartos de hora, aunque yo hubiera
jurado cosa bien diferente, y continu la noche, a pesar de ello,
andando, para m, a paso de carreta.

Encerreme en el tocador, por segunda vez en pocas horas, y pas largo
tiempo (que de esto slo hubiera jurado yo que se trataba) consultando
con el espejo las innumerables combinaciones de _toilette_ que se me
ocurran con los escasos elementos que me prestaba el luto, algo
aliviado, que an vesta. Cosa ms singular! Cuanto ms combinaciones
inventaba, ms semejanzas iba hallando con las cataduras de mis tas.
Conclu por rerme de mis alucinaciones estrambticas; sal del tocador,
y ayud, sin ser hora todava para ello, a arrastrar a mi madre en su
silln hasta el saloncillo en que recibamos las visitas.

Al fin, comenzaron allegar algunas de ellas: las viejas del tresillo;
despus, los hombres que les hacan la partida; luego, la condesa viuda
de Picos Pardos, mi madrina, gran charlatana!; en seguida, _Aljfar_,
nuestro poeta, que ya nos tena ensordecidos de orle plair elegas a
la muerte de mi padre, y cansados de atacarle el estmago de pastas y
_amontillado_; Leticia, con su marido... y el subsecretario de
Gobernacin; Luzn de los Airones, caballero de la ms preclara nobleza,
pero simple de remache; Sagrario, con un hermoso turco recin llegado a
la Legacin de Constantinopla, al cual se permiti presentamos,
contraviniendo a las rdenes de mi madre, con la disculpa de que aquella
noche no era de tertulia _casera_, sino una de las tres semanales en que
_se reciba_, con ms o menos descaro; tras esta pareja, otras gentes
ms o menos simpticas... En fin, todos menos _l_..., hasta don
Mauricio Ibez, con una cantera de pedrera sobre su cuerpo,
reluciente, bruido, acicalado e insinuante, como nunca le haba visto
yo! De puro cumplido, le falt muy poco para besar la mano a mi madre,
como los paladines de teatro. Conmigo fue un caramelo tierno.

Mientras la tertulia se rebulla sin orden ni concierto, yo andaba de
ac para all, poco dispuesta a entretenerme con frivolidades de
corrillo o cumplimientos resobados. En una de estas evoluciones de
zigzag, introdjeme en el gabinete frontero, abierto de par en par, y
pseme a desarreglar cachivaches y muecos que estaban bien colocados.
En esta ocupacin me entretena, cuando se me aproxim el banquero
ofrecindome su ayuda. Le di las gracias con la menor sequedad que pude,
y me pidi la merced de un cuarto de hora para escucharle lo que tena
que decirme. Me hizo estremecer la splica. Yo deba barruntar algo por
el estilo en cuanto vi llegar al hombre a la tertulia tan cargado de
joyas y de alientos; pero no lo barrunt. El asalto ocurri junto a la
chimenea del gabinete; es decir, a la vista de la mayor parte de los
tertulianos, y frente a frente del silln de mi madre.

--Pues hable usted--le dije, apoyndome en el borde de la meseta de la
chimenea para quitarle a l hasta la tentacin de sentarse.

Y rompi a hablar el hombre, a su manera, entre bascas y trasudores,
gemidos y apoyaturas; y habl as (a medir el tiempo con mis
impaciencias, ms de dos horas), segn el rel inmediato, los diez
minutos bien corridos de su instancia. Sin embargo, todo lo que dijo no
fue ms que el prlogo de lo que pensaba decirme. Y de lo dicho deduje
que tena un caudal atroz, y una suerte _baarbara_ para los negocios,
por lo cual esperaba acrecentar sus caudales hasta lo _absuuurdo_; que
no era el mismo hombre tope a toope con una dama como yo, que cara a
caara con el ministro de Hacienda para plantear un asunto de sus
especulaciones... y tal y dems, y hacerse plaza y lugar entre los ms
respetados en aquellas regiones y las circunvecinas, porque no todas las
gentes servan para todo; que si le faltaban prendas para brillar entre
las damas tanto como campaba en el mundo financiero, no era esa una
razn para que l renunciase al propsito, bien honrado, de que lucieran
en gloria y bienestar de una mujer de su agrado, de estas prendas y las
otras... y tal y dems, los esplendores de sus caudales; y que si no,
para qu los quera? Porque l poda ser ambicioso, pero no tanto como
hombre de sano corazn y de nobles miras.

Todo esto le comprend; todo esto deduje de sus intrincados perodos,
y todo ello me dio bien claro a entender a dnde pensaba ir a parar por
aquel camino. Eso slo me faltaba! Y en qu ocasin vena! Estar
soando con nctar de los dioses, y despertar con aquella melaza entre
los labios!

Yo no saba qu hacer ni qu decir. Le felicit por sus caudales y por
sus honrados pensamientos, y trat de que no pasara de all el asunto,
aparentando creer que aquello era todo lo que el banquero tena que
decirme... Ocurriseme tambin la idea de abreviar el suplicio dndome
por entendida de la _instancia_ y plantando en seco al exponente; pero
poda ser yo tan descorts con un hombre que no me haba dado motivos
para ello? Y no me expona tambin a que l me diera una leccin, hasta
de prudencia, afirmando que yo me curaba en sana salud, porque jams
haba soado con temeridades como la supuesta por m? No tuve ms
remedio que resignarme a orlo todo, cuando, detenindome en una de mis
acometidas para marcharme, me dijo, casi lloroso de puro dulzn y
suplicante:

--Falta la segunda y ltima parte de mi pretensin, o, mejor dicho, la
pretensin enteera. Le juro a usted que se la expondr en cuaaatro
palabras.

Y me la espet, el condenado, en muy pocas ms... La misma con que yo
contaba!

En aquel instante vi entrar a Pepe Guzmn en el saloncillo. Este rudo
contraste acab de desconcertar la mquina de mis nervios. Claro que yo
tena que responder que _no_ a las terminantes pretensiones del
banquero; pero deba, siquiera, mostrarme deferente con sus buenas
intenciones; darle la pldora, eso s, pero no sin dorrsela un poco, y
para ello se necesitaba tiempo y serenidad, y hasta buen humor, y todo
esto me faltaba a m: el tiempo, porque me urga para asuntos ms de mi
agrado; y la serenidad y el buen humor, porque no era posible poseerlos
en una situacin como la ma despus de haber recibido a quemarropa un
disparo como aquel. Adopt, pues, un temperamento mixto: el cumplido
rampln, las _generales_ del _Manual de la joven pudorosa y bien
educada_, suponiendo que exista... Me sorprenda la pretensin...,
careca de precedentes..., hasta de merecimientos... El asunto era
gravsimo... aun para expuesto de aquel modo, cuanto ms para tratado a
la ligera... A m me iba bien con la vida que traa..., no haba pensado
en abandonarla tan pronto... y, en fin, que ya se presentara ocasin
ms oportuna para hablarle yo del caso, con toda libertad y con mayor
franqueza...

Con lo cual y una forzada sonrisa, el correspondiente ademn y la
disculpa de que me llamaban desde la sala, escapeme del gabinete sin
estudiar con los ojos la impresin que mis respuestas haban causado en
las profundidades del banquero.

Al pasar, not que conversaban, en correcto francs, junto al piano
cerrado, Leticia y el hermoso turco; y en los pocos instantes que me
detuve con ellos, se acerc Sagrario a nuestra amiga, cuyo tipo
_compona_ admirablemente con el castizo oriental, para decirla en
castellano:

--Te recomiendo mucho que le trates como a cosa ma; pero no abuses.

Qu presentes tengo hasta las pequeeces de aquella noche!

Pepe Guzmn me sali al encuentro con la misma serenidad y aparente
indiferencia que si no hubiera entre nosotros _lance_ alguno pendiente.
Y a m me temblaba la mano al sentir el contacto de la suya! Hubiera
jurado en aquel instante que me daba miedo su compaa. Tal era mi
ofuscacin, que ya comenzaba a darme un poco en qu pensar; y no es
extrao enteramente: al fin y al cabo, aquel _lance_ era el nico
_aceptado_ por m en todos los das de mi vida.

       *       *       *       *       *

Cmo empez la escena? Hay que advertir que, con los preliminares
orillados ya, quedaba en ella muy poco asunto que ventilar: digo mal,
quedaban pocos trmites que seguir, porque el asunto, entero y
verdadero, estaba contenido en lo que faltaba por esclarecer.
Traducindole al lenguaje llano de la verdad, sin metafsicas ni
sentimentalismos; considerndole fra y prosaicamente _desde afuera_, se
trataba de que Pepe Guzmn me declarara que todos los elementos que l
crea necesitar para que se fundieran los convenidos hielos de sus
desilusiones, se reunan en m, y de declararle yo, a mi vez, que en l
se hallaban las prendas que me obligaran a renunciar a mi propsito,
tan bien seguido hasta entonces, de no tomar en serio los galanteos.
Todo ello, expuesto as tan desnudo, resulta cursi, y hasta el detenerme
yo a declarar que lo es, pues por sabido debiera callarse; pero de algn
modo ha de saberse que otros toques, ms cursis an para referidos, como
lo de las condiciones que necesitaba l en una mujer para salir de su
escondite, y lo de las prendas de que haba de estar adornado un hombre
para que yo me decidiera a quererle, etc., etc., ya se haban dado en el
cuadro con toda la premeditacin y hasta el ensaamiento y la alevosa
que caben en un galn muy listo y escarmentado, y en una dama no tonta y
menos dispuesta a perder el tiempo en juegos insulsos.

Y a tal extremo llevo yo estos mis temores a lo cursi, que aun contando
con que cualquiera que estos _Apuntes_ les tendr su alma en su almario
y sabr dar a las cosas la necesaria luz y el apetecido temple, renuncio
a reproducir el dilogo literalmente, tal como lo conservo en la
memoria. Precisamente comenz la escena por ah; es decir, por
manifestarme Pepe Guzmn su convencimiento de que el lenguaje, como
expresin de afectos ntimos y delicados, que tienen su principal
incentivo en el fulgor de una mirada o en el contacto sutil de dos
epidermis, estaba todava sin hacer; tanto, que, en su concepto, hablar
de lo que bamos a hablar nosotros con los trminos usuales del
diccionario vulgar, era como empearse en tejer hilillos del roco con
palitroques sin pulir. Me pareci algo extremada la comparacin, pero
tambin muy al caso; y por lo que en ella me corresponda, se la
agradec de todo corazn. Por de pronto, nos dieron motivo estas y otras
sutilezas semejantes para entrar en materia por caminos poco trillados
por el vulgo de los que platican de amores; y este nuevo encanto tuvo
para m aquella escena memorable.

Pero qu diestro era el maldito en esta clase de empeos!, y yo, a
pesar de mi fama de insensible y de mi reputacin de traviesa, cmo me
dejaba conducir por donde l quera llevarme! Al principio su misma
frescura me desalentaba algn tanto, porque llegu a temer que en aquel
combate _a muerte_ no hubiera ms ardimientos que los mos, y que
terminara por ir a clavarme yo, como una tonta, en la punta de su
espada; pero bien luego observ que me engaaba, cuando vi reflejada en
sus ojos, en su voz, en cada uno de sus ademanes, la elocuencia
fascinadora del lenguaje que no se habla ni se escribe, pero que se deja
leer y penetrar hasta lo ms hondo de su sentido. Jams haba visto a
Pepe Guzmn as, ni, por consiguiente, tenido ocasin de estimar la
fuerza arrolladora que caba en este nuevo aspecto de su trato conmigo.
Halleme, pues, desprevenida e indefensa en aquel inesperado trance de
prueba; perd mi poca serenidad, y parecindome que el castillo no se
desmoronaba tan aprisa como lo queran mis desatinadas impaciencias, yo
misma puse mis manos en l, y me atrev a arrancar sus sillares, uno a
uno, hasta dejarle arrasado. El trabajo fue rudo, pero la conquista ms
sealada. Los recios muros, que parecan inexpugnables, estaban
convertidos en escombros, el hielo proverbial se haba fundido.

El conquistado paladn, al verme duea y seora de su ltima trinchera,
reclam el derecho de tomar el desquite en la que me restaba de las
mas, y reconocsele yo de buena gana. Comenz el asalto; pero no
necesit grandes esfuerzos, porque bien pronto me declar rendida.

Entonces...,oh!, entonces, si minti en lo que me dijo, no hay verdad
que valga lo que aquellas mentiras. Si todo era una comedia, qu bien
la representaba! Pero, furalo o no para l, para m era una hermosa
realidad de la vida la parte que desempeaba yo en la escena con todo mi
corazn.

Y a dnde bamos los dos por la florida senda en que acabbamos de
encontramos como dos pastores de un idilio algo realista? Ni l me lo
haba dicho, ni yo se lo haba preguntado, ni, en honor de la verdad y
de la buena casta de mi ardoroso sentimiento, por no decir amor, se me
ocurri semejante pregunta. En determinadas situaciones, nacidas de
circunstancias y precedentes como los que haban creado la nuestra, no
se discurre como en los trances ordinarios de la vida. Se aceptan a
ciegas para no retroceder... El paradero, Dios le sabe.

       *       *       *       *       *

Cuando hubo salido de nuestra casa el ltimo de los tertulianos, me
llam mi madre a su habitacin. Estaba ya acostada gran rato haca.

--Sintate--me dijo en cuanto me tuvo delante--, y cierra esa puerta,
porque tenemos que hablar despacio sobre cosas que no deben ser odas.

Extraome la advertencia; pero cerr la puerta y me sent sin decir una
palabra.

--Sabes--me pregunt en seguida--, cmo ha quedado nuestro caudal a la
muerte de tu padre?

No lo saba a punto fijo, aunque sospechaba que no deba de haber
quedado muy floreciente, y as se lo manifest a mi madre.

--Pues no te equivocas--aadi--, aunque es difcil que adivines hasta
qu punto llegan las mermas de lo que habla, y el desbarajuste de lo que
nos queda. Una semana ha necesitado Simn..., mejor dicho, he necesitado
yo, para que l me ponga al corriente de todas esas cosas en que estoy
obligada a entender desde que falta tu padre. Qu despilfarros, hija
ma, y qu barullos!... Lo que Simn dice: aqu no se ha tratado ms
que de pedirle dinero; grandes sumas, cada vez ms grandes, sin pararse
a considerar que no siempre lo hay disponible, y que cuando no lo hay
as, el adquirido de prisa cuesta muy caro; y de este modo se van
eslabonando unas trampas con otras... hasta que se llega al punto a que
se ha llegado en esta casa. No vayas a creerte, hija ma, por esto que
te digo, que estemos a pique de salir a pedir el pan que hemos de comer
maana; pero lo cierto es que el estado de nuestra fortuna es,
relativamente, muy grave; que llegar a serlo mucho ms si no se le pone
luego el remedio que necesita, y que hay que decidirse a ponrsele, sin
la menor tardanza.

A m se me ocurran muchas cosas que decir a propsito de estas
juiciosas ideas de mi madre, que pareca no acordarse de que haban sido
sus enormes despilfarros la causa principal del desastre de que se
lamentaba. Pero segu callando y oyendo, hasta ver en qu paraban sus
reflexiones y sus planes.

--Simn--continu diciendo--, no s si es todo lo leal y sencillo que
parece, o si de nuestro ro revuelto ha logrado sacar las buenas
ganancias que se le ven, y otras mayores que, segn dicen, estn
ocultas; por de pronto, me consta que a tu padre le daba buenos
consejos, y que l no quera tomarlos en consideracin: tena el pobre
bastante bambolla, y esto le perda. En dndole dinero abundante para
satisfacerla, ya todo le era igual... Pero vamos al caso: sea Simn lo
que fuere y valiendo lo que vale como inteligente administrador, no
basta l para lo que hay que hacer aqu; porque ese milagro no ha de
hacerse slo con inteligencia, sino tambin con buenos puntales y con
cierto inters... En una palabra, hija ma: en esta casa se necesita un
hombre, rico, muy rico, que reemplace, no a Simn, sino a tu padre, en
la direccin de ella... Me comprendes bien?

Cre comprender algo, que no me molestaba ciertamente, porque no estaba
reido con el recuerdo que llenaba mi memoria e informaba entonces todos
mis pensamientos; pero, por si me equivocaba, respond a mi madre que
no. Pareci algo contrariada con la respuesta, y aadi:

--Es necesario que te persuadas de que todo esto que te digo y lo que
an he de decirte, y los cuidados que me preocupan, no tienen ms objeto
que tu bien. Si de m sola se tratara, muy distinto sera mi modo de
pensar... Es tan poco lo que me resta de vida, que, por escasos que sean
mis caudales, ha de sobrarme lo ms de ellos... porque tengo el
convencimiento, hija ma, de que he de vivir muy poco tiempo, muy
poco!, mucho menos de lo que t te figuras..., y por lo mismo, me afano
tanto hoy; porque si me muriera yo dejando las cosas en el estado en que
se hallan, seria muy desdichado tu porvenir. El legado de tu abuelo no
alcanza a cubrir tus necesidades en el pie en que ests educada y has
vivido hasta aqu; y en cuanto a lo restante de nuestros bienes, tan
embrollado hoy, cmo estara maana en manos de una mujer sin
experiencia y sin amparo? Porque t, muerta yo, te quedars sola...,
enteramente sola; y esto, aun con mucho dinero y grandes rentas, es muy
triste... En una palabra, hija ma, y para cansarte menos, ese hombre
que se necesita aqu, inteligente y rico, no ha de ser un administrador,
ni un asociado como otro cualquiera, sino tu marido. Me entiendes
ahora?

Era lo mismo que yo haba sospechado antes; y como no sala con ello de
mis dudas, dije a mi madre que continuara explicndose, si es que tena
ms que advertirme, como me lo iba temiendo yo; y aadi entonces:

--Tengo ese hombre inteligente y rico que tanta falta te hace.

Desde luego apost en mis adentros a que no era el nico que yo
aceptara, y hasta supuse quin podra ser el que me propona mi madre.

--No hace an dos horas que me ha pedido tu mano--continu aqulla,
viendo que yo nada deca.

Don Mauricio--apunt sin temor de equivocarme.

El mismo--repuso mi madre.

No me dio algo all, porque, despus de mi entrevista con el
pretendiente, ya no poda admirarme nada que fuera de la especie de lo
que le haba odo a l; pero en la acogida que haban merecido a mi
madre sus pretensiones, no dejaba de haber motivo para sorprenderme, y
as se lo manifest a ella.

--Contaba con eso--me replic--, porque desde luego supuse que sera
una ofuscacin suya lo de los grandes alientos que, segn me dijo, le
habas dado en tu respuesta; pero tambin contaba y cuento con tu buen
juicio, con tu serenidad... y con el aprecio que has de hacer, por lo
mismo, del consejo de tu madre, que no puede desear para ti sino lo
mejor...

Aqu comenc yo a tomar la cosa por lo serio, y se entabl una porfa,
muy tenaz por mi parte; la cual ataj mi madre dicindome con desusada
dulzura:

--Todo eso ser verdad, y ms que me cuentes; pero y qu? Seras la
primera mujer joven y hermosa, y aun noble y rica, casada con un Creso
feo... y hasta vicioso... y hasta ridculo, si quieres? De esto se ve
todos los das, porque hay muchos motivos y grandes razones para que se
vea... Quiero concederte todava ms: quiero suponer que tuvieras el
corazn interesado por un joven hermoso, discreto, noble..., en fin, lo
contrario enteramente de don Mauricio; y no quiero suponerlo, sino
creerlo, porque as es la verdad, o yo no tengo ojos en la cara;
supongo, pues, digo mal, creo que tienes el corazn interesado por un
hombre as..., por Pepe Guzmn, en una palabra... Pues mejor que mejor
para mis planes, y para tus conveniencias por consiguiente.

Aqu me asombr ya mucho ms que antes. Conociolo mi madre, y continu
as:

--Te lo repito y te lo demuestro. Los hombres como Pepe Guzmn, no
sirven para lo que tiene que servir aqu tu marido; y aunque sirvieran,
no querran, porque los ejemplares de esa casta... no se enamoran para
casarse.

Me ofendi el dicho como debe ofender un bofetn.

--Eres una novicia todava--aadi mi madre al notarlo--, aunque te
juzgas y te juzgan los que no te conocen tanto como yo, llena de
malicias y de experiencia. Yo soy vieja ya, y tengo de todo eso mucho
ms que t para estas cosas del mundo. No se enamoran para casarse los
hombres como Pepe Guzmn; y te aado que aun cuando ste quisiera ser
contigo una excepcin de la regla, t no deberas consentirlo.

--Por qu?--exclam sin poderme contener.

--Por... varias razones--respondi mi madre muy serena y bajando ms la
voz--. Y vamos a tratar este punto con toda franqueza, porque en l se
encierra toda la cuestin. Por de pronto, los hombres de cierta
pasta..., como la de _ese_, son una calamidad para maridos de las
mujeres a quienes han amado solteras: la razn es que los hbitos
adquiridos en el mundo en que han vivido los hace incompatibles con lo
que se llama, muy fundadamente, prosa de la vida conyugal. Comienzan
por desencantarse y por aburrirse, y acaban por desviarse... Es ley
infalible: la cabra tira al monte... Y lo que digo del hombre de esas
condiciones, es aplicable a la mujer... de las tuyas. Amas a Pepe
Guzmn? Pues ten por seguro que dejaras de amarle si te casaras con l.

--Pero, Seor--pens aturdida al or esto--, tambin mi madre!...
Porque esta es la teora de Sagrario... y la de Leticia, o yo no estoy
en mis cabales... Es que hay algn mal espritu encargado de conducirme
a donde yo no quiero ir?

--Te asombras?--preguntome mi madre, conociendo lo que me pasaba--.
Acaso no me haya explicado bien; porque en mis intenciones no hay motivo
para ello. Si te hubiera puesto el ejemplo de tus dos amigas ms
ntimas, y de tantas otras que conozco y que conoces lo mismo que yo; si
te hubiera dicho: te conviene para marido el hombre que te he
propuesto, por lo mismo que es raro y tiene vicios y mala fama; o lo que
es igual, todo lo que necesita por pretexto una mujer de mundo para
lograr de casada, con _cierto derecho_, lo que no le es lcito a una
soltera; si hubiera pretendido yo que aceptaras al banquero antiptico
para sostn y pantalla de debilidades y cadas con los galanes de tu
gusto; si fueran estas mis intenciones al decirte lo que te he dicho,
tendras razn para sorprenderte; pero se trata de cosa muy distinta y
ms honrada. Don Mauricio es hombre _del da_; entiende sus
conveniencias, y por ello respetara las tuyas..., porque t no habas
de pretender nada que no fuera _usual y admitido_ entre las mujeres de
tu rango; y como no le amas ni puedes amarle, no hay que temer en ti los
desencantos ni las terribles consecuencias que stos traen en los
matrimonios por amor. Por aadidura, sers libre y considerada, y
tendrs quien guarde y prospere tu hacienda, y te mantenga en la
abundancia que necesitas para vivir sin contrariedades ni privaciones.
Esto quiero para ti; esto puedo proporcionarte, y con esto te brindo...
A qu respetos falto, ni a quin ofendo con ello?

 A qu respetos faltaba!..., a quin ofenda con ello! Y a mi se me
amontonaban en tropel las respuestas que estaban reclamando aquellas
preguntas inconcebibles en labios tales; corolarios artificiosos, o,
cuando menos, muy mal deducidos de unas teoras repugnantes a mi
naturaleza de mujer de honradas inclinaciones y a mis sentimientos de
enamorada! Y pude dominar mi indignacin, por respeto a las intenciones
de mi madre, que no eran, que no podan ser las que cualquiera tendra
derecho a leer en la letra descarnada de sus precedentes advertencias,
encomios y recomendaciones; cualquiera menos yo, que conoca hasta qu
punto cegaban a aquella seora las pompas y vanidades del mundo, y con
qu facilidad transiga con los riesgos ms graves, si la costumbre los
autorizaba y si sus planes de bambolla los pedan. Dinero, dinero a
todo trance, y mundo esplendoroso en que lucirle! Este vena a ser, en
substancia, el objeto, el fin, la aspiracin nica, y hasta la religin
de mi madre, y por eso, creyendo de buena fe que en ello trabajaba por
mi felicidad, al ofrecerme por marido a don Mauricio, intentaba, con
tan poca prudencia, desvanecer los escrpulos que yo tuviera para
aceptarle.

Respond, pues, lo menos que pude; pero aun as, estuve dura con ella.

Continu la entrevista un buen rato todava, hasta que me dijo:

--No puedo ms, hija ma. El hablar me fatiga mucho, como ves, y las
molestias y los dolores se me agravan. Estoy hecha una ruina..., vivo de
milagro, no hay que darle vueltas... Dejmoslo aqu por hoy; y ahora,
recgete... y medita; pero con serenidad, con todo tu discernimiento.
Psalo y mdelo todo bien... y ya vers cmo, al fin y al cabo, vamos a
estar de acuerdo.

Qu horas las de aquella noche, Dios mo! Y yo que, muy pocas antes,
esperaba encontrar en ellas los ms regalados sueos de mi vida!

Que pesara..., que midiera!... Y en qu otra cosa que en pesar y en
medir lo que mi madre quera, poda yo emplear aquellos siglos de
tinieblas en la tortura de mi lecho?

No es para descrita, por su complicacin y colorido de pesadilla, mi
batalla mental; pero merece apuntarse el hecho de que cuando las
primeras claridades del alba vinieron a orientarme en el antro y a
desvanecer las ltimas visiones de mi enardecida fantasa, sobre el
montn de ruinas a que en ella haban quedado reducidos los abigarrados
ejrcitos de fantasmas, comenc yo a levantar los cimientos de otro plan
que pensaba poner en obra muy en breve.

Que Dios le libre a un hombre de bien de que se ponga en tela de
juicio su derecho a la camisa que lleve puesta; porque con eso solo,
est en muy grave apuro de perderla!




XVI


Se sorprendi mucho mi madre cuando entr en su habitacin a saludarla.
Contaba con hallarme en el temple en que me haba despedido de ella la
noche antes, y me vea tranquila y sosegada, como si nada me hubiera
pasado.

--Has dormido bien?--me pregunt.

--Muy bien--respond tan ufana como si fuera verdad.

--Luego no has meditado...

--Ha sobrado tiempo para todo.

--Yo he pasado muy mala noche!

--Y deba ser cierto, porque pareca un cadver; pero, as y todo, dudo
que su noche fuera ms mala que la ma. Djela que lo senta en el alma,
y me pregunt, sonriendo a la fuerza:

--Y qu has resuelto?

--Esperar.

--A qu?

--A lo que resulte del plan que yo tambin he formado.

--Has formado un plan?

--Yo lo creo! Y por qu no haba de formarle?

--Efectivamente:por qu no habas de formarle? Y va a ser obra larga?

--Pienso que sea muy breve.

--Ms valdr as.

Muy poco ms que esto hablamos entonces. Antes de almorzar, envi, bajo
sobre cerrado, una tarjeta a Pepe Guzmn, con el ruego de que no faltara
por la noche a mi casa. Este trmite era del programa formado por m. Un
detalle que recuerdo bien: al escribir en la tarjeta lo poco que
necesitaba, anduve tanteando frmulas hasta encontrar una en que no se
diera tratamiento alguno a mi _amigo_. Y de qu buena gana le hubiera
tuteado! Pero la noche antes haba quedado nuestra _amistad_ en el punto
en que el _t_, aunque se impone ya, todava asoma con mucha timidez a
los labios.

Durante el da me hizo mi madre muchas insinuaciones acerca de la
naturaleza de mis planes; rateras que se caan de inocente, para
tirarme de la lengua. A buena parte vena!

Como las horas se me hacan eternas en casa, sal en carruaje con una
de mis tas, mientras la otra se quedaba acompaando a mi madre, no s
cuntas veces, a comprar cosas que no necesitaba y a visitar iglesias en
que ni rezaba ni lea. Y lo cierto es que mejor estaban mis negocios
para encomendados a Dios, que para otra cosa. Pero andaban, a la sazn,
mis pensamientos tan a flor de tierra, que no se me ocurri elevar una
splica al nico juez que poda fallar _en justicia_ el pleito que me
desvelada.

En estas idas y venidas, cuidaba mucho de no encontrarme con gentes
conocidas, o de fingir que no las haba visto, si el encuentro era
inevitable. Y cuntas de ellas vi! Pareca que el diablo se empeaba en
ponrmelas delante y que se haba encarnado en mi ta; porque, como si
no me acompaara para otra cosa, no cesaba de apuntrmelas con el dedo,
ni de exclamar: Mira Fulano! Mira Menganita!... Casa-Vieja te
saluda... Agur, Ramiro. La hubiera arrojado por la ventanilla de muy
buena gana!

Lleg la hora de comer, y com tan poco como la vspera, porque aunque
los motivos eran diferentes, la mortificacin de las impaciencias que me
desganaban era la misma un da que otro. Tambin me encerr en mi
tocador en cuanto me levant de la mesa: igual que el da antes; pero
esta vez no fue para estudiar en el espejo afeites ni alios que me
embellecieran, sino para afirmarme en mis ya bien firmes propsitos,
dando un repaso mental a lo que me tocaba hacer y decir para
cumplimiento de la ms delicada e interesante clusula de mis planes.

En fin, y viniendo a lo que importa, a la hora acostumbrada lleg Pepe
Guzmn a mi casa. Como no era noche de tertulia, haba en ella muy poca
gente; y yo, sin pararme a considerar si faltaba o no a las
conveniencias, y atenta slo a lo que me interesaba, le conduje al
gabinete mismo en que el banquero se me haba declarado; eleg un
sitio en l donde pudiramos hablar sin servir de espectculo a la gente
del saloncillo; senteme all, y roguele a l, con una mirada y un
golpecito con la mano en el silln inmediato, que se sentara tambin.
Sentose; clav en los mos sus ojos, dulces y elocuentes, como si en
ellos quisiera mostrarme estampado todava el idilio de la noche
anterior..., y me encontr sin nimos para decir la primera palabra.
Todas las fuerzas con que contaba para llevar a cabo mis proyectos, me
haban faltado de repente. Sent vibrar y conmoverse dentro de mi algo
que era como la luz y el estmulo de la vida, y mis flaquezas de mujer
hicieron una de las suyas, llenndome los ojos de lgrimas y el pecho de
sollozos, que a duras penas logr sofocar.

Vindome as Pepe Guzmn, tom una de mis manos entre las suyas; y
envolvindome en una mirada, que fue para m lo que el rayo de sol para
un cuerpo aterido, djome con expresin y acento de cariosa irona,
disimulo evidente de otras impresiones muy distintas:

--Aqu pasa algo muy grave, por las seas de esas lgrimas despus de
tu recado de esta maana... Veamos lo que es...; se entiende, si me es
lcito saberlo.

Rehceme casi en el acto, por empearme en ello, antojndoseme que
tena algo de ridcula aquella crisis histrica; volv a recobrar la
resolucin perdida; y retirando mi mano de las de Guzmn, con el
pretexto de necesitarla para enjugarme los ojos, duea ya de mi
serenidad, enterele de todo lo que ocurra..., de todo no, puesto que
omit lo del parecer de mi madre sobre los casamientos por amor.

--Mientras hablaba, iba observando yo el efecto de mis palabras en el
atento escuchante.--Tambin este trmite estaba apuntado en el
programa.--Ni un msculo se contrajo en todo su cuerpo, ni el menor
gesto alter la expresin serena de su semblante. Como si se tratara de
una historia del otro mundo.

La que yo le relataba, no poda tener en mis labios ms que un objeto
solo: el de drsela a conocer como una desventura ma, necesitada del
dictamen sesudo y de los consuelos cariosos y _desinteresados_ de un
buen amigo. Mi derecho no alcanzaba a ms..., ni siquiera a disminuir
un poco los motivos que yo tena para sentir all dentro, muy adentr,
el fro de aquella inalterable serenidad, por ms que este detalle fuera
suceso previsto como _posible_ en mi programa.

Despus que se enter de todo, me pregunt, sin abandonar su expresin
de irnica afabilidad:

--Y por qu te has apresurado tanto a informarme de ello?

--Porque es caso de urgencia--respond--, y necesito un consejo.

--Precisamente el mo?

--Precisamente el tuyo (con qu gusto usaba ya este pronombre!); pero
el tuyo slo, entindase.

--Por pura curiosidad?

--Para seguirle al pie de la letra..., a ojos cerrados, sea cual fuere.
Lo he jurado as.

--Pobrecilla, y con qu decisin me lo dice!

--Como todo cuanto te he dicho y prometido.

--Mira que si me arguyes de ese modo, vas a hacerme perder la cordura
que necesito para que el consejo sea digno de quien me le pide.

--Pues venga pronto el consejo..., porque no respondo de m.

Omito, en obsequio a la brevedad, la _ortografa_ que usbamos mi
interlocutor y yo para este lenguaje hablado. De la intencin de lo
escrito aqu en determinados pasajes, se desprende con harta facilidad.

Vuelta a _enjuiciarse_ la escena, continu de este modo Guzmn:

--Segn me has dicho, es grande el empeo de la marquesa...

--Hasta el entusiasmo.

--Y t, por tu parte, sin contar con extraos auxiliares, no has
hallado en la repugnancia que la idea de ese casamiento pueda
producirte, fuerza de convencimiento y resolucin bastantes para
resistir?

--Repugnancia y convencimiento, y fuerza y decisin para resistir tuve,
y todo lo emple intilmente.

--No lo entiendo, tratndose de en carcter como el tuyo.

--Pues con todo eso y algo ms, que no es de este momento y me llega
muy al alma, me di a cavilar anoche..., qu horas aqullas, Virgen
santa!..., y cavilando sin cesar, y pensando y midiendo, como quera mi
madre..., que Dios te libre, de la tentacin de pensar _demasiado_,
cuando necesites decidirte pronto y a tu gusto! Yo ya no s a qu
atenerme sobre ciertas cosas; qu se entiende por bueno ni qu por malo;
si el error est en mi modo de ver, o en la manera de conducirse los
dems; si soy yo la mala cuando pienso que obro bien, o si son ellos los
buenos cuando me parecen una canalla; cul es lo noble ni cul es lo
vil. Decdelo t, que ves mejor en esas confusiones que a mi me ofuscan;
y lo que decidas, eso har. Ya sabes que lo he jurado.

--Aplaudo esos alientos--me dijo Guzmn entonces, sonriendo, pero no tan
impvido como aparentaba--, porque, o yo me equivoco mucho, o has de
necesitarlos muy pronto. Y vamos ahora al consejo. Un enamorado de estos
de la turba multa, digmoslo as, de _pensamientos levantados y
cristianos procederes_, al or a su dama llorar cuitas como las que t
me has confiado, y al pedirle ella el consejo que t me has pedido,
tocara el cielo con las manos; la negara hasta el derecho de dudar en
tal conflicto, porque entre la exigencia del _tirano_ y los mandatos del
amor, nunca vacilan los que bien aman, y acabara la escena por
decidirse _ella_ a arrostrar el hambre, las mazmorras y aun la muerte,
antes que consentir en _ser de otro_, y por jurarla _l_, vindola tan
firme y tan constante, que con los dientes sabra arrancar los clavos
mismos de las puertas que la encerraran. Pero en nuestro mundo, hija
ma, pasan las cosas de muy distinto modo que en el mundo de aquellos
inocentes: hay otros mviles y otros fines, otras luces y otros
horizontes; y t y yo, si bien nos miramos, en nada nos parecemos a los
enamorados de mi ejemplo... En virtud de lo cual (que yo te explanar,
si lo deseas), y en vista de lo que arrojan los autos de tu pleito, es
mi parecer, hijo de mi larga observacin en ese linaje de conflictos, y
muy principalmente del inters que tengo en tu felicidad, tan eslabonada
con la ma, que te avengas a los deseos de tu madre y aceptes la rica
mano que te ofrece don Mauricio.

Esto si que no estaba previsto en mi programa! Que Guzmn no me
abriera las puertas de su casa al saber lo que me ocurra, previsto como
_posible_ lo tena yo; pero que l mismo me empujara hacia la casa del
banquero, eso ya no cupo en mis presunciones. Pues bueno: con este
desencanto y todo, que me doli como una pualada en el corazn, no
sent esas sublevaciones de la dignidad ofendida, que tanto juegan en
las pasiones de teatro. Sera as la calidad del hechizo con que me
haba fascinado aquel hombre; sera un milagro de la fe con que le oa,
o un contagio de la peste que respiraba..., yo no s lo que sera; pero
as sucedi, y as lo confieso, aunque se tenga el caso por absurdo...
Absurdo! Como si hubiera algo con lgica en los enredos de la farsa de
nuestra vida!

Conoci el desengaado consejero la honda impresin que produjo su
descarnado consejo, y acudi solcito a templarla, a intentarlo, mejor
dicho, con una detenida exposicin de razonamientos que me es imposible
reproducir aqu al pie de la letra, por falta de memoria para tanta
minuciosidad; pero cuya substancia, que recuerdo bien, y no debe
omitirse en este pasaje de la historia de mi vida, era la siguiente:

Si el matrimonio no fuera ms que una carga de sacrificios y un
palenque de proezas, donde un caballero demostrara a cada instante la
firmeza del amor que senta por su dama, l, Pepe Guzmn, por remate de
nuestro idilio de la vspera, con lo que acababa de contarle yo o sin
ello, se hubiera apresurado a implorar de m el mismo favor que con tan
rendidas ansias haba implorado el banquero para s. Pero no haba que
olvidar quin era yo y quin era Pepe Guzmn; en qu _medio_ nos
habamos formado; a qu costumbres estbamos hechos; qu mecanismo era
el de nuestro mundo, y por qu leyes se rega. Y teniendo esto presente,
ni l ni yo podamos desconocer que haba en aquella patriarcal unin,
por las condiciones esenciales de ella, un riesgo gravsimo en que
indefectiblemente habamos de caer nosotros. Si tombamos el trance por
lo serio, con todo su formulario de procedimientos ejemplares y
virtuosos, el hasto era inevitable. Si por huir de l faltbamos a
aquellas santas reglas de los _perfectos casados_, y convenamos en que
cada cual campase por sus gustos e inclinaciones, apuntaran entre
nosotros las desconfianzas y las discordias, y con ellas los resabios
groseros de la _bestia_, que, aunque se tapan y se doman, no se extirpan
con la educacin de la inteligencia. En ambos casos, el desprestigio de
un cnyuge a los ojos del otro, y, por consiguiente, el desamor y la
antipata, cosa de muy mal gusto; y nosotros, nacidos para caer de muy
alto en la locura de escalar el cielo, no debamos morir de aquella
prosaica y terrena enfermedad.

Muy bien dicha me pareci la parrafada, pero muy poco conveniente para
m, que era la mosca de estos ditirambos de la araa. Aun acomodndome a
ciegas a los propsitos que se transparentaban en la disertacin; aun
dando por bueno y por _elevado_ (que no era poco dar!) todo lo que por
elevado y por bueno daba l, cmo se compaginaban aquellas
sublimidades que me predicaba, con la prosa del banquero, que me ofreca
como una necesidad? No le apur gran cosa el reparo...; verdad es que,
quizs por llamar mi atencin hacia otra parte ms risuea, puso, como
introito de su rplica, la extensa genealoga de su amor, con
entretenidos comentarios sobre las diferencias esenciales entre el modo
de nacer y desarrollarse la _pasin_ que le haba vencido, y los
agradables _entretenimientos_ que hasta entonces haban sido la nica
necesidad de su corazn; y como si hubiera adivinado mis curiosidades
y se anticipara a satisfacer mis deseos, l mismo trajo a la colada
algunas historias que a m me interesaba conocer _en toda su verdad_:
pecadillos sin malicia las ms de ellas; rumores sin fundamento serio
las restantes, como _lo_ de Leticia, por ejemplo... Pues le cre, as
como suena..., yo, que tantas veces me haba redo del candor de otras
mujeres en casos parecidos!... Si no hay que darle vueltas: el corazn
humano, que nunca se engaa, es un odre henchido de equivocaciones en
cuanto se apasiona un poco.

Con esto, cuando lleg la ocasin de replicar a mi reparo, ya estaba yo
mejor dispuesta a comulgar con ruedas de molino. Bien lo saba l!
Despachose a su gusto derrochando primores de sofistera apasionada,
esbozando proyectos, suavizando asperezas, dulcificando amargores..., en
suma, exponiendo y sustentando, pero con nuevas _razones_ y los ms
peregrinos vislumbres, la sempiterna _teora_..., la de Sagrario, la de
Leticia, la de mi propia madre; la que, desde la noche anterior,
_senta_ yo en el aire que respiraba y en los rumores que oa. Slo
faltaba que me la repitiera _l_, y ya me la haba repetido, sin que
tampoco al orla yo brotar de sus labios, trmulos por la pasin,
saltaran a mi rostro las lavas del volcn de mi dignidad ofendida. El
mal espritu me ataba de pies y manos para que fueran intiles mis
instintivas, resistencias.

--Esa es tu ltima palabra?--pregunt, por conclusin, a Pepe
Guzmn--. Te ratificas en ella? Ests bien seguro de que el consejo
que me has dado es el que yo debo seguir?

--Es mi ltima palabra--me respondi con la mayor entereza--; en ella
me ratifico, y estoy seguro de que el consejo que te he dado es el que
nos conviene que sigas.

--Pues yo voy a cumplir mi juramento de seguirle _al pie de la
letra_--, dije levantndome de pronto y sin saber si lo que senta
dentro del pecho entonces era el impulso de la decisin que me
arrastraba, o el latir de un corazn dilacerado.

Con la vehemencia con que se toman siempre las grandes resoluciones que
pueden fracasar si se meditan mucho, entr en el saloncillo y busqu a
don Mauricio, que con otras personas estaba haciendo la tertulia a mi
madre en el gabinete frontero al en que yo haba conversado con Pepe
Guzmn. Me curaba muy poco de que pudiera llevar en la cara las huellas
de la tempestad que an no se haba calmado dentro de m; me era
indiferente que mi casi encierro con aqul hubiera o no chocado a los
dems tertulianos..., pues podan venrseme con melindres de beata los
que me estaban enseando a pactar con el demonio para venderle la
conciencia! Yo no vea ms que los fantasmas de mi pesadilla, y, por el
momento, a aquel hombre ridculo que acompaaba a mi madre. Cielo
santo! _Por all_ tena que pasar yo para llegar a donde mi destino me
arrastraba; y pasar por all, por aquel, hombre, aunque no fuera ms que
_pasar de largo_, era, para una mujer de mi estmago, ir al patio de una
crcel, a la picota, a los cubiles del circo..., a las fieras mismas.

Llamele aparte en la primera ocasin de ello que tuve, y le cit para
el da siguiente, despus del almuerzo. Lo inusitado de la cita y de la
hora, movi en alto grado su curiosidad. Intent satisfacer siquiera una
parte de ella, echndome memoriales de un dulzor empalagoso; pero no me
di por entendida.

Al despedir ms tarde a Pepe Guzmn, le encargu mucho que no faltara
la noche siguiente, para darle cuenta minuciosa del cumplimiento de uno
de los trmites ms importantes de mi plan.

Por ltimo, al retirarse mi madre a su habitacin, la advert lo de la
cita al banquero. Preguntome ansiosa que para qu, y me excus de
complacerla, recordndola nuestro convenio de no descubrirla mi plan
hasta que estuviera ejecutado. En hablando a solas con el banquero, lo
estara... en lo que a ella le interesaba. Algo que llevaba yo bien a la
vista en mi actitud, y, sobre todo, en mi cara, debi de darla a
entender hacia qu lado me inclinaba en el asunto que tanto me haba
recomendado ella, porque no insisti en la pregunta y se despidi de m
muy afectuosa.

En seguida me encerr yo en mi dormitorio... a velar, a padecer, a
aturdirme con el pensamiento volteando entre las ondas de la tempestad
que ya no me caba en la cabeza.




XVII


Segn lo convenido con mi madre, al otro da, en cuanto el banquero
lleg, sal yo sola a recibirle. En la penumbra del saln, donde
aguardaba, pareca el hombre una noche de verano: de tal modo relucan y
titilaban sobre l verdaderas constelaciones de pedrera, hasta con su
_caminito de Santiago_; que bien poda desempear este papel all la
enorme leontina de oro entretejido que trepaba por el hemisferio de su
estmago. Adems, apestaba el saln a _patchouli_ y a pomada de geranio.
No s qu cara me puso, aunque me lo imagino, ni recuerdo en qu
trminos me salud, ni las palabras con que yo le respond. Slo tengo
presente lo que pas despus, estando los dos sentados, frente a frente,
aunque con cerca de dos varas de alfombra de por medio; y lo que pas
dio principio en la siguiente forma, palabra ms o menos:

--Anteanoche--le dije, sin pararme a disimular la repugnancia con que
abordaba aquel asunto--me insinu usted ciertos propsitos...

--Tuve, en efecto, esa dicha--me interrumpi, bastante desentonado por
las emociones que deba de sentir en aquel instante.

--Poco despus acudi usted con las mismas cuitas a mi madre, sin
aguardar a que yo le respondiera, como se lo tena prometido.

--No cre que se estoorbaran lo uno y lo otro.

--Mal credo. Pero, en fin, ya est hecho. Y ahora, asmbrese usted: he
resuelto despachar su pretensin... favorablemente.

Es imposible pintar aqu las cosas que hizo y las _finezas_ que me
enderez mi pretendiente, al orme hablar en aquellos trminos. Le falt
muy poco para darme las gracias de rodillas.

--Todava no--le dije contenindole--. Hay que deslindar antes los
campos, y poner cada cosa en su sitio y a la necesaria claridad. Para
ello, yo le hablar a usted con toda la que piden las circunstancias, y
usted no ser menos explcito conmigo, en la inteligencia de que,
sindole o no, lo que aqu establezcamos ha de ser en adelante la ley de
nuestra vida comn.

--Leyes son siempre para m hasta los menoores deseos de usted. Qu
mayor dicha, qu mayor...?

--Muchas gracias, y igame ahora: usted es hombre que tiene vicios, no
muy buena fama, y ya pas de mozo algunos aos hace... No se moleste
usted en hacerme reparos, porque es perfectamente demostrable todo esto
que afirmo.

--Siga usted.

--Sigo, y contino afirmando que un hombre con todos esos contrapesos,
por poco entendimiento que tenga, no puede creerse merecedor del cario
ni de la lealtad de una mujer como yo.

--Repare usted que, sin hacer las debidas salvedades... y tal y dems,
resuulta eso..., cmo lo dir?, un poco... vamos... exxxtremaaado.

--Resultar lo que usted quiera; pero hay que orlo. Por consiguiente,
al pedir usted mi mano, no espera, no puede esperar, que le d con ella
ese cario, ni las llaves de mi corazn, ni el derecho de preguntarme
siquiera por lo que yo tenga encerrado en l.

--Lo que yo pido--djome aqu el banquero, con una serenidad y un
aplomo que no dej de sorprenderme en l--, lo nico a que aspiro, y
usted no podr negarme, porque no tengo yo la culpa de que no sea la
envoooltura digna del tribuuto que la he tendido a usted con alma y
vida... y tal y dems, es que lo pooco o muucho que me conceda sea de
buena voluntad; porque, bien mirado el caaso, yo no he puesto a naaadie
un pual en el pecho para que se acepte lo que he ofrecido a caambio...
de lo que usted quiera darme... y tal y dems.

--Cierto; pero la misma gravedad de ese... caso, y el singular aspecto
que presenta para m, y hasta las mutuas conveniencias, no lo dude
usted, me obligan a ser desengaada, sin temor de pecar de dura, con un
hombre que con tan poco se conforma en negocio de tan grande entidad...
En substancia, y para concluir, seor don Mauricio: yo acepto su mano de
usted, con la terminante condicin de que he de tener en usted la menor
cantidad posible... de marido, con todos los privilegios e inmunidades
que de este hecho se desprendan en beneficio de la libertad e
independencia compatibles con el rango que ocupo en la sociedad, y con
mis gustos e inclinaciones.

Cre sorprender una sonrisa extraa en los resecos labios de mi
pretendiente; el cual, y mientras se tiraba de la patilla derecha con
mayor suavidad de la que poda esperarse de su naturaleza _espasmdica_,
me dijo:

--Y en virtud de esa condicin tan... tan _adsooluuta_ y exxteeensa,
no me sera permitido aadirla, antes de aceptarla, siquiera una
salvedad..., pedir ciertas garaaantas?...

--Doy, y no es poco, la de mi buena educacin. Le satisface a usted?

--Como la mejor escritura puublica--me respondi tendindome la
manaza, que no rechac porque fing tomar el suceso como seal de
despedida, y aprovech tan buena coyuntura para levantarme y dar por
terminada la conferencia.

--Para lo que falta que hacer--dije entonces--, entindase usted con mi
madre..., que siente mucho no poder recibirle hoy.

--De manera--preguntome l, muy cerca ya de la puerta del saln,
ponindose otra vez tierno y pegajoso--, que esto es ya cosa resueelta?

--Enteramente resuelta.

--Y... para cuaando..., si no peco de...?

--Para maana, si fuera posible. Y srvale a usted de gobierno, por lo
que pueda importarle.

No o lo que me dijo en demostracin de su contento, porque mientras un
criado que haba acudido a mi llamada le entregaba en el vestbulo el
sombrero y el bastn, yo buscaba, retrocediendo por el estrado, el
camino del gabinete de mi madre, para darla cuenta del definitivo
resultado de mis planes.

Asombrose al conocerle, y no era para menos; pero le aplaudi de buena
gana. Llevbamos an medio aliviado el luto por mi padre, y la rogu que
no fuera esto un estorbo para aplazar las bodas. Otro motivo de asombro
para mi madre.

Sin detenerme a sacarla de l con explicaciones que no eran del caso...
ni muy fciles de dar, sal del gabinete y me encerr en el mo... a
batallar de nuevo contra vestigios y fantasmas!... Ociosas y bien
excusadas mortificaciones!...

Sagrario, Leticia, mi madre, Pepe Guzmn, todos mis dulces enemigos
estaban complacidos ya. Ya estaba extendida mi respectiva _patente de
corso_. De un momento a otro me la pondran en la mano, y comenzara a
verse con qu hgados contaba yo para servirme de ella. Porque, si no
era para esto, para qu me la daban? Pepe Guzmn, en quien menos deba
desconfiar yo, podra engaarme en cuanto a la sinceridad de su
_exposicin de motivos_; pero no en cuanto a la intencin prctica de su
consejo. Si ste no tena el alcance que yo pensaba, era preciso
convenir en que a mi consejero le faltaba el sentido comn; y caba
dudar del corazn de aquel hombre, pero no de su gran entendimiento.
Volv a poner toda la luz de mi discurso sobre esta mancha de su
conducta conmigo; deseaba conocerla en toda su extensin para
indignarme contra l: desesperado recurso de nufrago entre las bascas
de su agona; extender los desfallecidos brazos en busca de un asidero
que no han de hallar; gastar las ltimas fuerzas en intiles tentativas,
para hundirse primero. Eso me pasaba a m: cuanto ms me agitaba, ms me
hunda; cuanto ms examinaba la mancha, menor la encontraba. Con el
trabajo que empleaba en engrandecerla, acab por borrarla... Y por qu
no? Qu quitaba ni qu pona en la intensidad de la _pasin_ de Pepe
Guzmn, un _detalle_ de ms o de menos sobre el modo de _legalizarla_
ante las gentes? No haba que confundir los impulsos del corazn con las
rutinas sociales. Si lo _principal_ era entre nosotros conservar vivo el
_fuego sacro_, yo no tena por qu escandalizarme de que l necesitara,
para alimentar el que haba en su corazn, ritos y procedimientos
distintos de los que yo hubiera preferido.

Ay, si llegaran a caer estos papeles en manos de una mujer de espritu
cristiano, que no olvide que voy pintando a la luz de aquellos negros
das, y discurriendo al tenor de las leyes por que me gobernaba
entonces!

Pero qu misterioso engranaje!, qu mecanismo tan singular el de la
mquina de las ideas! De qu modo tan extrao se eslabonan en el
cerebro las negras con las blancas, las tristes con las risueas, las
fnebres con las cmicas! A m se me ocurri de pronto, entre la
lobreguez de mis cavilaciones, que nuestro poeta _Aljfar_, cuando
supiera lo que iba a suceder en breve, compondra una nueva variante
(all para sus adentros, porque al pblico no se atrevera a
ofrecrsela) sobre la socorrida metfora de _la flor y la babosa_. Yo
sera la flor, por supuesto; flor nacida para lucir sus colores y
derramar sus aromas junto al enamorado clavel... Y a propsito: no se
le haba ocurrido a ste, quiero decir, a Pepe Guzmn, la misma o
parecida comparacin potica, con todas sus consecuencias realistas?
Cierto que el banquero sera la menor cantidad posible de babosa; pero,
al cabo, sera babosa, con su diente asqueroso y su estela repulsiva...;
Vaya si se le habra ocurrido! Y, ocurrindosele, qu habra pensado
de esos rastros que las babosas dejan sobre las flores si no se madruga
a recogerlas?... Oh, qu diablica idea se enred con esta otra, de
repente, y penetr en mi discurso, como ladrn artero en casa mal
cerrada! Cmo se revolva entre las dems, y rebuscaba los escondrijos
para saquearme el repuesto y hacerse duea y seora de mi juicio!... Y
qu recio voceaba, all dentro, muy adentro!... Y qu afanes los mos
para acallar sus voces, como si temiera que las ondas del aire las
llevaran hasta _l_! Desdichada de m si las oa, o el diablo le
inspiraba igual idea!

       *       *       *       *       *

Por la noche habl con Pepe Guzmn, segn lo convenido entre los dos.
Le di cuenta de lo acordado con el banquero y con mi madre; y como mi
resolucin era ms poderosa que mis fuerzas, los desfallecimientos de
stas se reflejaban demasiado en el ritmo de mis palabras y hasta en el
color de mi rostro. Estim mis torturas, ponder mi herosmo, ensalz mi
_lealtad_; pero no se compadeci de m en aquellos decisivos instantes,
en los cuales an era posible imprimir nuevos rumbos a mi destino,
cuando no lo intent siquiera. Lejos de ello, y para mantenerme en los
que l mismo me haba trazado, despleg nuevas pompas de su singular
dialctica, y encendi nuevas llamas con las cuales le cost bien escaso
trabajo quemar los pobres restos de las alas con que an pretenda yo
volar por los espacios de mi deseo.

Aqu deba darse por terminada nuestra entrevista; la ltima, por
decreto de el bien parecer, y hasta por conveniencia ma. En adelante,
por lo menos hasta que la amarga copa se apurara, nos trataramos como
buenos amigos delante de las gentes... y nada ms. De esto comenc a
hablarle, cuando el demonio puso en sus labios una frase que me pareci
el primer eslabn de la cadena a cuyo extremo haba de salir engarzada
la infernal idea; aquella que tanto me atormentaba en mi cerebro por el
solo temor de que cupiera en el de mi _enemigo_.

Y sali, Virgen Mara! Qu momento aquel! Ciega, insensible para
cuanto me rodeaba, slo vea y oa lo que pasaba dentro de m. El
corazn, fuera de sus quicios, me aporreaba el pecho, y sus golpes me
parecan llamadas de medroso desamparado; sentalos repercutir en lo ms
profundo de mi cabeza, y llamaradas de fiebre suban a caldearme las
mejillas; estremecanse todas las fibras de mi cuerpo, y veladuras
fantsticas iban turbando la clara luz de mis ojos, al comps de los
latidos del corazn.

Nada pens, nada dije, nada respond. Toda la nocin que me qued de mi
propia existencia, la invert en recoger de aquella escombrera a que
instantneamente haban quedado reducidas vida y alma, los alientos
necesarios para apartarme de all. Y eso hice a duras penas.

Pas un da, dos y tres, sin pensar en nada, a fuerza de pensar mucho
que no me interesaba, para no caer en las fauces de los pensamientos que
tema. Durante aquella batalla, y hecho ya pblico el proyecto de mis
bodas, al suplicio de ella se aadi el ms insoportable de consolarme
del forzoso alejamiento de Pepe Guzmn, con las _tiernas finezas_ del
banquero, seor _legal_ de mis preferencias y atenciones, y las
incisivas enhorabuenas de mis amigos y conocidos. Todo esto era superior
a mis fuerzas. Ped, rogu a mi madre que, si no haba modo de vivir en
nuestra casa sin la tirana de aquellos testigos de mi tortura,
anticipara todava ms el suceso que era la causa fundamental de ella. Y
mi madre no comprenda cmo buscaba yo el remedio contra las hieles de
una pcima sin fin, apresurndome a beberla; pero yo s lo comprenda.

Entre tanto, iba agotndose el caudal de pensamientos que caban en mi
cabeza, y a cuyo amparo acuda para defenderme del que tanto me
espantaba y ms me persegua cuanto mayores eran mis mortificaciones...
y ms largas las ausencias de Guzmn. Tal despilfarro haca yo de
ellos, sobre todo en las largas horas de mis desvelos! Ya no saba en
qu pensar, y entregaba el discurso a lo primero que se me entraba por
las mientes.

Una noche, por remate de la larga cadena de ideas incongruentes que
haba estado arrastrando, di en una bien extraa ocurrencia: la de hacer
una imaginaria excursin por los interiores entenebrecidos de mi propia
casa. Qu grande era para la poca gente que la habitbamos! Adems de
grande, estaba muy mal ocupada por nosotras. Entre el dormitorio de mi
madre y el mo, haba dos salones, un pasadizo y mi cuarto de tocador.
Mi madre se recoga antes que nadie, y quedaba al cuidado de una antigua
sirvienta, vieja ya, muy fiel, pero muy dormilona. Cerca de m, en un
cuartito contiguo al tocador por un lado, y por otro al vestbulo de
ingreso a la casa, dorma mi doncella, muchacha muy leal, muy cariosa,
capaz de arrojarse por m por el balcn a la calle; pero alegrilla de
ojos y demasiado _lista_. El resto de la servidumbre ocupaba un
sotabanco que mi padre haba alquilado con este objeto, en su horror
instintivo al tufo y al desaseo de la plebe. De manera que para dos
parejas de mujeres tan separadas una de otra, aquella casa, durante las
altas horas de las noches de invierno, en las que escasean los ruidos
de la calle, con la espesura de las alfombras en el suelo y la
abundancia de macizos cortinones que apagaban el rumor de las pisadas y
hasta el sonido de la voz, era un completo pramo con su muda e
imponente soledad. Un hombre mal intencionado poda ocultarse muy
fcilmente... en el cuarto de mi doncella, por ejemplo, en el instante
de disolverse la tertulia, cuando es menos notado cualquier movimiento y
menos extraa la presencia de una persona; salir de su escondrijo en
hora conveniente; hacer lo que se haba propuesto, y aguardar en otro
escondite a que los criados bajaran del sotabanco, abrieran las puertas,
despus de abierta la de la calle, y largarse a ella muy tranquilo.
Pues si la doncella estuviera de acuerdo con el ladrn!... Qu
espanto! Era precis tratar de que durmiera abajo un criado, y, sobre
todo, de aproximar mucho ms mi dormitorio al de mi madre. Las cuatro
mujeres reunidas sabramos defendernos mejor de cualquier peligro...
Gran miedo pas aquella noche!

Pero hasta dnde alcanzaban las races de estas ideas? De dnde
vendran las semillas que las produjeron? Porque en el mundo moral, lo
mismo que en el fsico, nada nace de la nada, y cada cosa engendra su
semejante.

Aquellas preguntas y esta reflexin me hice entonces tambin, y sin
respuesta se quedaron, quizs por ignorancia, o acaso por repugnarme
ahondar en la materia con el anlisis.

Lo primero que al otro da me dijo mi madre fue que si persista yo en
mis deseos de que se anticipara la boda, estaba en su mano complacerme.
Respondila que s, cerrndome el camino a toda reflexin. Por la noche
estuvo Guzmn en mi casa. Qu dao me hacan sus estudiados y
convenidos alejamientos de m! Al despedirse, desliz en mi mano un
papel en muchos dobleces, que yo guard con ansiedad de avaro, para
entretener lo ms triste de mis incurables desvelos, con el regalo de su
contenido, fuera el que fuese, aunque casi le adivinaba.

Lleg la hora, y desplegu la carta temblndome las manos. Era muy
extensa, y estaba escrita en un papel muy tenue y con la letra muy
apretada. Comenc a leerla, y al punto di con lo que yo ms me tema...:
la idea, la diablica idea! All estaba, saltndome a los ojos como
chispa de volcn. Toda la carta no era otra cosa que el alio
estimulante en que vena preparada. Qu astucia de Satans! Romp el
papel en cien pedazos..., como si con este pobre recurso borrara su
contenido de mi memoria, y la voz del que le haba estampado all no
resonara en mis odos, ni el fulgor de su mirada penetrase por mis ojos
hasta el fondo del corazn!

El incendio se produjo otra vez; pero las fuerzas de mi discurso para
huir de l por las callejuelas de extraos pensamientos estaban agotadas
ya. Resolvime a contemplar el peligro cara a cara y a defenderme de l
en mi ltima trinchera..., es decir, a poner el caso _en tela de
juicio_.

Valindome de un smil harto viejo, pero que me es aqu muy necesario
para hacerme comprender ms fcilmente, en aquella suprema ocasin me
encontraba sobre el borde de un precipicio, sola, sin alientos para
retroceder y comenzando a sentirme dominada por el vrtigo de los
abismos. Todos cuantos en el mundo tenan obligacin de socorrerme, me
haban empujado para colocarme all: nada poda esperar de ellos; a lo
lejos, slo vea curiosos que se asombraban de mis resistencias y se
rean de mis vacilaciones; abajo, en el fondo del precipicio, la
algazara de las mujeres que me haban precedido en la cada; en derredor
de m, envolvindome, asfixindome como anillos de serpiente, una
atmsfera de insanos elementos, narctica, enervante; sobre la
atmsfera, sobre m, sobre el mundo entero, all en lo Alto, donde deba
de existir un cdigo de moral como yo le presenta cuando me dejaba
gobernar por mis propios instintos, inclinados a lo menos corrompido, ya
que no a lo ms honrado..., nada tampoco que viniera en mi auxilio... El
Dios que a m me haban hecho conocer en mi casa era un caballero
anciano, de muy buena sociedad; algo serio por razn de su jerarqua,
pero muy fino, muy complaciente y de una moral muy elstica; dispuesto
siempre a incomodarse con la gente de poco ms o menos, pero incapaz de
_faltar_ en lo ms mnimo a las seoras del _gran mundo_ que le
_honraban_ confesndole de vez en cuando y en los ratitos que las
dejaban libres sus devaneos de hembras eximias del gnero humano...;
un seor, en fin, por el estilo de mi difunto padre, aunque quizs no
tan elocuente ni de tan distinguido porte como l... Y nadie ni nada
ms a donde volver los ojos!

Y, entretanto, al aceptar las reflexiones de mi madre y el consejo de
Pepe Guzmn, no haba suscrito yo, implcitamente, un contrato de
deslealtades y perjurios por el resto de mi vida? Y la que estaba
resuelta a lo ms, por qu se detena ante lo menos?

Sobre estos ejes rod todava largo rato la desquiciada mquina de mi
discurso..., hasta dar conmigo y con l en las negras profundidades del
abismo.

Oh, qu sola, qu triste y qu desamparada me vi!

       *       *       *       *       *

Veinticuatro horas despus se realizaba en mi casa, por primera vez, lo
ms temeroso de mi imaginaria excursin por los interiores de ella; slo
que no era un ladrn de caudales el hombre que se esconda por la noche
en el cuarto contiguo al de mi doncella y se escapaba al amanecer.




PARTE II




I


Este era un _Crculo_ o sociedad que haba en Madrid por entonces (creo
que ya no hay de esas cosas all), en el cual crculo slo tenan
ingreso los aspirantes que pudieran acompaar a su instancia una
ejecutoria de sangre azul, y, a ser posible, una buena garanta de
responsabilidad pecuniaria; porque con ser de gran monta los gastos
reglamentarios de cada socio, llegaban hasta lo incalculable los
_imprevistos_. Como que se trataba all de matar los interminables ocios
de la vida entre los hombres del blasn y del dinero..., que ya es
matar!

Ocupaba la sociedad una gran casa, de suelo a cielo, en una gran calle
de lo mejor entre lo ms caro de la villa y corte; y en la gran casa
haba grandes cocinas, grandes cuadras y grandes cocheras, con muchos y
muy lujosos carruajes, abajo; y grandes salones de conversacin, de
juegos lcitos y de lectura; grandes salas para otros usos, hasta sala
de esgrima, y grandes comedores y cuartos de tocador y gabinetes para
vestirse, para escribir y para jugar a lo que no deba verse, arriba; y
lo de arriba y lo de abajo, y lo de ac y lo de acull, con todo el
lustre de decorado y servidumbre que la _institucin_ y sus destinos
requeran.

Claro est que una cosa de tal ndole no poda ser bautizada a la
espaola: por eso se llamaba _Sport-Club_, nombre que, tras de ser
ingls, dejaba traslucir ciertas aficiones de la gente de adentro a un
espectculo que no se concibe en Espaa ms que en caricatura. Lo mismo
que si en Londres estableciera la alta sociedad inglesa, un _Club_ con
el nombre de _Crculo taurfilo_, o de aficionados al toreo, para que me
entiendan mejor los que no tienen muy hecho el odo a estas jergas
grecolatinas. En fin, bien o mal bautizado, ello es que haba en aquel
entonces en Madrid ese _Sport-Club_, y que, a juzgar por lo que en l se
contena y pasaba, era como la casa de todos los que no la tenan, o no
queran tenerla, o la frecuentaban muy poco. Por el _Club_ iban sus
socios a todas partes, y de cualquier parte que vinieran daban en el
Club. Lo que hacen los simples mortales con el propio domicilio.

Comenzando a contar por los balcones de la fachada principal, que eran
otros tantos coches parados a ciertas horas de la tarde, en aquel
edificio haba estimulantes para todos los gustos de los concurrentes
desocupados: revistas verbales de paseos, salones y espectculos..., se
entiende, de lo tocante a las hermosas damas de su mundo que se
hubiesen exhibido en ellos; murmuraciones subsiguientes con ampollas;
lecturas breves, bien ilustradas y muy picantes; _El Fgaro_ de Pars,
con sus crnicas escandalosas del _demi-monde_, por _Gacela_; la esgrima
del florete, de la espada o del sable, no como ejercicio higinico, sino
como artculo de posible necesidad entre gentes que vivan a dos pasos
del _campo del honor_; para el que fuera inclinado a los placeres del
estmago, el _restaurant_: los licores, los vinos exquisitos, las pastas
ms regaladas..., cuanto se pidiera por la boca; para los temperamentos
profundamente enervados por la holganza regalona, el juego; si no
entretenan bastante el tresillo o el _ecart_, el _monte_ o el
_bacarrat_ o el _treinta y cuarenta_; si abundaba el dinero en casa,
para que la emocin resultase, se apuntaba fuerte; y si no lo haba y
apuraban los compromisos, fuerte tambin para salir de ellos cuanto
antes, o acabar de hundirse en la ruina; en efectivo, si lo haba a
mano; o en cosa que lo representase, si quedaba crdito bastante, en
opinin de aquellos caballeros que se agrupaban all para desplumarse
mutuamente con todas las reglas y cortesas del oficio; para el gomoso
enamorado o el hombre presumido, si tenan en poco la librea de la
sociedad para ponerse en pblica exhibicin, estara a la puerta de la
casa y en hora conveniente el extico cuartago con el blasn de familia
en cada metal de sus arreos, en el cual bucfalo cabalgara el elegante
para dirigirse al Retiro, medir aquella pista a zancadas unas cuantas
veces, y desfilar al anochecer por la Castellana a medio galope de
podenco; y lo que digo del caballo aconteca con el coche.

Ms tarde, y despus de comer en el _Club_ y de vestirse all tambin,
al teatro ms de su gusto, con el billete de abono de la misma sociedad,
o a los salones de su preferencia, o a lo uno y a lo otro, porque para
todo daban las noches y las costumbres de su mundo. Despus de los
salones y del teatro, al _Club_, otra vez indefectiblemente: a cenar, si
haba ganas, o a tomar un piscolabis, si no las haba, y a cambiar sus
impresiones, que no faltara con quin. All estaran ya, dejando
escapar las suyas, recientemente adquiridas, el mozuelo imberbe, ms
cargado de vicios que de aos, y el viejo disipado centelleando
lascivias y torpezas por sus ojuelos lacrimosos, y mascullando
obscenidades entre los pedruscos de su dentadura postiza. Desde all,
vaya usted a saber a dnde iran aquellos caballeros hasta las tres de
la tarde, hora en que reaparecan un momento en la va pblica... para
volver otra vez al _Sport-Club_, a observar, a murmurar, a comer, a
jugar, a vestirse, etc., etc.! Y los ms de ellos eran casados o hijos
de familia.

Amn de estos recreos al pormenor, y los que no se puntualizan aqu,
porque no hay para qu puntualizarlos, la sociedad tena otros en comn,
como ciertas algaradas de estruendo, ora en el Hipdromo en los das de
carreras, ora en la del Prado y de la Castellana, disfrazados los socios
de canes lanudos, y amontonados y latiendo en sus perreras, en las
tardes de Carnaval. Esto era el colmo de lo _chic_, de lo _pschut_ y de
lo _becarre_.

Andando el tiempo, no pudo el _Club_ con la carga de sus gastos, y le
fue necesario barrenar sus estatutos para atraerse la ayuda de la
aristocracia de las talegas, siempre que sta supiera competir con la de
adentro, cuando menos en saber gastarlas y lucirlas. A montones
parecieron los aspirantes. Podr faltarles abolengo conocido a las
notabilidades de esta especie; pero vicios y aficin a exornarlos con
todos los recursos del dinero... a buena parte iban con la clusula los
de la pata del Cid!

Lo que nunca se ha puesto en claro es de qu enfermedad vino a morir el
_Sport-Club_, cuando con este ingreso de ricos despilfarradores pareca
haber asegurado su existencia por largos aos. Porque el _Sport-Club_ de
que yo voy hablando dej de existir hace mucho tiempo. Y es bueno que
conste as.

Pues bien: en el _Sport-Club_, a las dos de la maana, y en una sala de
las ms concurridas a aquellas horas en que duermen y reposan las gentes
ordinarias que todava conservan los resabios del trabajo y del hogar,
departan afectuosamente, arrimados a una mesa, Manolo Casa-Vieja y Paco
Ballesteros, despus de haber tomado chocolate a la _vainilla_ el uno, y
el otro buena racin de biftec con media botella de Burdeos. Ballesteros
era recin llegado a Madrid: se haba encontrado aquella noche con su
antiguo amigo Casa-Vieja en el teatro Real, y se haban venido juntos al
_Sport_, del cual era socio el ltimo, y lo haba sido el primero antes
de su salida de Espaa.

Andaran all, ten con ten, en edad: de treinta y dos a treinta y cinco.
Casa-Vieja era blanco, de pelo castao y lacio, de mirar displicente; no
feo, pero muy marchito de cara, en la cual descollaba un gran bigote,
desmayado tambin, y del color del escaso pelo de la cabeza. El cuerpo,
bien conformado y correctsimamente vestido, por el modo de caer en la
silla y el ritmo de todos sus movimientos, acusaba la propia dejadez
reflejada en los ojos y en el gesto. Pareca, en suma, y lo era en
verdad, lo que se llama un _hombre gastado_ fuera de sazn.

Su amigo Ballesteros era lo contrario en lo fsico y en lo moral, sin
ser menos perdido: moreno lavado, de barba recia muy recortada, y negra
como los ojos y el pelo; vivo de mirada y de frase, suelto y expresivo
de ademanes, y bien trazado de contornos.

Formaban ambos un contraste completo. Casa-Vieja hablaba casi todo lo
que tena que hablar, que era lo menos que poda, con el sombrero sobre
la sien izquierda, la mejilla derecha en la mano del mismo lado, el
codo correspondiente sobre el velador, el enorme puro, con sortija, en
la boca, cuando no en la otra mano, y la mirada errabunda y desdeosa,
sin inters ni codicia por nada. Ballesteros hablaba con los dos
antebrazos sobre la mesa, y con los ojos clavados en el medio perfil de
la cara de su amigo.

--Figrate--lleg a decir aqul a ste--si tendr ansia de saber cosas
de mi tierra y de mis gentes. Once aos bien cumplidos fuera de la
patria, con pocas noticias de ella, y sas vagas y a retazos, que es
peor que no saber nada! Luego, con el arrastrado oficio que uno trae y
la vida que uno se busca para ir tirando con l sin morirse de
pesadumbre..., ya ves t, se borra muy pronto de la memoria todo lo que
no cala muy adentro. Por desgracia tuya y fortuna ma, eres la primera
crnica que pesco a mano desde mi llegada a Madrid; porque no miento si
te juro que me largu al Real con el polvo del camino, despus de
cumplir con la dispersa familia con dos apretones de manos y tres
abrazos a escape.

--Crnica yo!--respondi Casa-Vieja, quitndose el cigarro de la boca
para sacudirle la ceniza--. Si la quieres negra... Aqu no se gasta otra
cosa. Pero, ante todo, vamos a ver, qu demonios has hecho t por ah
fuera, sin maldita la necesidad la mayor parte del tiempo? Porque la
madre patria ha podido pasarse muy bien sin tus servicios
diplomticos..., llammoslos as.

--Y yo mucho mejor sin ella, Manolo: creme. Pues me cogi la gorda, la
de Septiembre, en Londres. Vino el Gobierno provisional, y consegu, es
decir, me consiguieron aqu que se me revalidara la credencial de
agregado, trasladndome a Pars..., miel sobre hojuelas!, y all serv
al nuevo orden de cosas con la misma lealtad y el propio celo con que
haba servido al anterior. De Pars fui a Lisboa, y en Lisboa jur a don
Amadeo, y le serv con igual celo y la propia lealtad que a todo lo
precedente..., hasta que se proclam la Repblica.

--Y dimitiste, como buen aristcrata.

--Pues ah vers t: _me dimiti_ ella, como era de esperar, siendo yo
de los que se mudan la camisa todos los das. Sin embargo, hubo por ac
tentativas de revlida, que no colaron. Ya ves que soy franco. Hasta que
lleg la restauracin y volvimos con ella a nuestros destinos todos los
leales.

--Conformes, hasta en eso de la lealtad; pero entre la proclamacin de
la Repblica y el estampido de Sagunto pas tiempo sobrado para que te
dieras una vuelta por tus lares.

--A qu, Manolito de mi alma? Me iba tan bien por ah afuera! Eso s:
todos los das me despertaba con los mejores propsitos. Hay que volver
a la patria, a la querida patria, me deca yo muy a menudo; al suelo
nativo, que dicen los cultos. Pero buena estaba la querida patria
entonces para que volvieran a su regazo hijos de tan blando corazn como
yo!... Porque t no puedes figurarte lo que a m me afligen estas
inacabables desventuras de nuestra hidalga tierra, la tierra
proverbial de los caballeros, como siguen afirmando los espaoles
_seriamente_ cultos. Por otra parte, la familia no me tiraba gran cosa
que digamos... Bien sabes t la vida que traa mi ilustre padre. Mis
hermanas estaban casadas, y mi hermano Ramiro gastando el ltimo soplo
de vida en endosar honradamente sus deudas a sus colaterales, y en
despabilar a la ltima de las mujeres que a tal extremo le haban
llevado en lo mejor de la vida.

Aade a todo esto que, al largarse de Espaa don Amadeo, triunfaba yo de
las esquiveces de una _princesa_ polaca que haba conocido en Pars,
obra magistral de la naturaleza... y del arte! Tuve que volver con ella
a la gran capital, al cerebro de Europa. All, tres meses de
invernada. Despus fuimos a Florencia, y a Roma, y a Berln... y a los
quintos infiernos... y hasta que nos cansamos de viajar juntos, y nos
separamos. Buena ocasin aquella para tornar a los patrios lares, con un
poco de nimo para ello; pero ocurri entonces lo de la austriaca...

--Cul de la austriaca?

--Ciertos disgustos pasajeros con un... _magyar_ de guardarropa; tres
meses de largos viajes con ella..., y as sucesivamente, hasta la
restauracin.

--Con la misma austriaca?

--Y con otras... por el estilo.

--Gran vida!

--Pero muy cara, crelo. Me ha derretido un costado y la mitad del otro.
Ahora me doy al ahorro, haciendo la vida del hombre bueno. Vivo, hasta
nuevo traslado, en Viena, como un tudesco ejemplar; ya ves, hasta me
resuelvo a tornar a la patria querida con una licencia de dos meses... y
el propsito de que me asciendan a primer secretario... _Et voi-l
tout_. Y ahora que conoces mi historia, venga algo de la tuya. Te
casaste, verdad?

--Uffff!...

--Y qu es de tu mujer?

--Por ah anda.

--Poco entusiasmado te veo.

--Todo lo que cabe en justicia... No congeniamos..., como era de
esperar. Ella tena sus resabios de casta, y yo los mos; y como no me
gusta incomodarme, poco a poco y con cierta diplomacia nos fuimos
restituyendo mutuamente la querida libertad, hasta hacer cada uno la
vida que ms le agrada.

--Tienes hijos?

--S, _tuve_... dos o tres: tres fijamente.

--Es decir, que se te han muerto?

--No he dicho tal: viven los ngeles de Dios, pero con su madre.

--Luego no hacis vida comn?

--Hasta cierto punto: bajo el mismo techo, pero con distintas horas y
diferentes costumbres. Quise decirte que los chicos estn al cuidado de
su madre y sin apego maldito a m.

--Y eso no te produce celos de padre amoroso?

--Para qu ni por qu? Antes, me alegro de ello, porque me exime de
toda responsabilidad en lo que ha de suceder maana.

--Qu temes que suceda maana?

--No temo, sino que doy por hecho que esos pedacitos de mi corazn, de
todas maneras han de salir unos perdidos, como t y como yo. No puede
dar otra cosa el terreno...

--Oye un instante; ese que entra, no es, Monteoscuro?

--El mismo seor duque.

--Y qu se hace ahora?

--Lo de costumbre: gastarse las rentas alegremente. En este momento
histrico se las chupa una ribeteadora, que de seguro da en todo quince
y raya a tus princesas, por hermosas, elegantes y despilfarradoras que
puedan ser. ltimamente le ha sacado a tenazas un _chateau_ en Blgica.
Es una sanguijuela que se pasa de fina.

--Y su mujer?

--Pues su mujer acepta heroicamente las situaciones como se las
presentan, y le venga como el diablo le da a entender. Lo peor para ella
es que se va envejeciendo demasiado, y esta fatal circunstancia le dobla
las dificultades, porque carga sobre la infeliz la mayor parte del
trabajo.

--Y a propsito de estas cosas, qu ha sido de nuestro contemporneo
Sierra-Calva?

--Valiente estpido!

--Lo fue siempre, bien me acuerdo.

--Pues as acab.

--Ha muerto?

--Valirale ms. Se cas, siendo una criatura, con una hurfana
inspida, educada entre monjas.

--Me acuerdo tambin de ello... Decan que era muy rica.

--Y lo decan con razn. Pues esa fue la madre del borrego! Un
casamiento de conveniencia... para l, que ya tena una mina de oro
solamente en lo heredado de su padre. Al ao de casado muri su madre.
Otro platal a la hucha. Nunca podrs formarte idea de las barbaridades a
que se entreg al verse dueo de tanto dinero y de una mujer que no
saba ms que rezar y afligirse por los desenfrenos de su marido...,
porque fue un cerdo, creme; un glotn soez de todos los vicios. Tuvo, a
los dos aos, un hijo medio podrido, que no vivi ms que el tiempo
necesario para heredar a su madre. Pues hoy Sierra-Calva no tiene que
comer si no se lo prestan los amigos.

--Pero en qu lo ha gastado tan pronto?

--Ya te lo he dicho: en barbaridades, en mujeres de desecho, en
mamarrachadas de habanero cursi, en francachelas con toreros de invierno
y chulas de la peor especie..., en todo lo ms bajo y soez que puedas
imaginarte... y en jugar. Aqu, aqu, solamente aqu, en este augusto
templo que hemos erigido los varones de la sangre azul para dar culto a
ciertas nobles necesidades de nuestras refinadas costumbres, le
limpiaron un caudal.

--Segn eso, contina en la casa la aficin?

--Y para continuar. Aqu no se hace otra cosa, y se despluma en un credo
al lucero del alba. No s qu demonio de escoba misteriosa hay en estos
mbitos para el dinero. En cuanto entras en ellos con _guita_, te la
barren, a pocos deseos que traigas de probar fortuna. Crete que, en
buena ley, esto deba arder por los cuatro costados.

--Por qu lo frecuentas, si tan malo te parece?

--Porque no s otra cosa; porque somos as todos los que aqu venimos.

--Ay, Manolo! Todava no sabis vivir en Espaa los hombres del gran
mundo; tomis ciertas cosas demasiado a pechos, y hay en vosotros
exceso de rutina.

--Te equivocas; nosotros sabramos _vivir al pelo_, como los ms listos
de _all fuera_; lo que hay es que nos falta teatro para tantos vicios
como tenemos. Esto es poco y angosto todava; y si has de moverte dentro
de ello, tienes que pasar cien veces por un mismo sitio y codearte a
cada paso con unas mismas personas.

--Dime otra cosa...: debe de haber mucha gente tronada de la nuestra,
con ese vivir en perpetuo despilfarro, sin apego a ninguna ocupacin
seria...

Mucha gente tronada!... Toda la que bulle y anda en el ajo de
nuestras aventuras; y si hay alguna excepcin entre ella, es por un
milagro de Dios. Aqu todo el mundo gasta mucho ms de lo que puede. Y
ay del que se quede rezagado por cansancio, o por deseo de no ser tan
mentecato en esta puja de locas disipaciones! Le arrollan..., o le
silban, que es peor. Y es natural, qu diablo! Quien deba dar la nota
dulce y armnica en este desconcierto de malas pasiones, es la mujer; y
bien sabes t qu agallas tiene la _nuestra_. Por eso ya no hay familia
sino entre las gentes obscuras y de poco ms o menos.

--A propsito de hembras denodadas y valerosas: estando yo en Bruselas,
_en comisin del servicio_, lleg all Sagrario Miralta. No haca dos
aos an que se haba casado. Qu moza, Manolo! Y qu intencin... y
qu arte!... En ocho das no dej un flamenco en su sano juicio. Casi
hubo que echarla de all por obra de caridad y cuestin de orden pblico
No acab de confesrmelo ella; pero me consta que se llev la palma de
sus preferencias un potentado y hermossimo albans, con zaragitelles y
todo. Iba (no el albans, sino Sagrario) acompaada de su marido, que
volva de Sp. Cmo estaba el infeliz! Haba que cogerle con tenazas.
A quin demonios se le ocurre unir a julio con febrero? Ese casamiento
no deba valer. Fortuna que Gonzalo pareca entonces bien provisto de
correa para llevar en santa calma todo lo que aconteca. Qu es de
ellos?

--Sagrario, como deca el otro, _sigue continuando_; y si me apuras un
poco, ms hermosa que cuando t la viste en Bruselas, a pesar de los
aos que van corridos; y en cuanto a Gonzalo, hace ya larga fecha que
tuvo la buena ocurrencia de morirse.

--Se muri!...

--Despus de inficionar a Archena y de beberse medio Panticosa. Nada le
alcanz. Pues figrate lo que ser su mujer, viuda, libre, rica y casi
jamona, sabiendo lo que era de casada.

--Sigue dando juego?... Se crece al castigo, como decs los
aficionados?

--Horrores, Paco..., verdaderos horrores!

--Y su amiga Leticia?

--Viuda tambin, y tal para cual. Slo que sta, con ser tan voraz y
antojadiza como la otra, es ms discreta y disimulada.

--Y de qu muri su marido?

--De un balazo.

--Demonio!

--Y por la espalda. Nada ms merecido. Estuvo en el fregado del sesenta
y seis, la cuartelada de San Gil, con el honrado intento de ganarse el
tercer entorchado y la cartera de Guerra...; por de contado, detrs de
la cortina, como siempre... y fuera de su casa y bien disfrazado.
Despus del fracaso de la intentona, y andando ya O'Donnell barriendo
las calles de Madrid a metrallazos, no creyndose bastante seguro en su
escondite, sali en busca de otro, con su disfraz de carbonero; y en
este viaje le alcanz una peladilla y le tendi boca abajo. Por
disposicin testamentaria, hecha pocos das antes a ruegos de su mujer,
hereda sta su enorme fortuna; y no quiero decirte qu vida se estar
dando con ella y con lo mucho que ya tena propio. Pues con ser tanto en
conjunto, aseguran que no le alcanza, y que se mete en cada lo, y
manipula cada enjuague!... Tambin hay quien dice que es avara, y que lo
de los apuros es un pretexto para disculpar los enjuagues y los los,
que ya son famosos en Madrid. Vaya usted a averiguar lo cierto en ese
arcano viviente con puntas de Mesalina!

--Leticia y Sagrario, las inseparables amigas, me traen el recuerdo de
otra amiga de las dos, que me gustaba a mi mucho, por cierto:

Nica Montlvez, la hija del estpido marqus...

--Revent de vanidad en un banquete.

--Quin? La hija?

--El padre.

--Ya lo saba yo, con algo ms que no me han explicado bien o se me ha
olvidado. Qu le pas a la hija?

--Esa es una historia de fondos tan indecentes y criminales como las
otras; pero menos antiptica por lo que toca a la protagonista. Esta
criatura fue de lo ms honrado de la clase, dicho sea sin ofensa de
nadie, y naci para buena, y aun creo que lo habra sido, a no caer
entre un padre tonto y una madre sin educacin y sin entraas, y una
caterva de pillos y de bribones. Era moza de talento y afamada de
insensible con los hombres que la galanteaban. Por lo menos, tena el
buen gusto de rerse de todos ellos sin hacer maldito el caso de
ninguno. Sospecho que t puedes certificar, por la parte que te
alcanz...

--Certific.

--Hasta que dio con un mozo que le pareci muy otra cosa que todos los
dems, y se rompi el hielo. El mozo era Pepe Guzmn. Otra prueba de su
buen gusto. Cuando ms en punto estaba el idilio, se present el traidor
de la comedia: un banquero estpido y feo y ms ladrn que Brunelo, con
dos avaricias insaciables: la del dinero y la de los blasones. Ambas
cosas deban de abundar en casa de Nica Montlvez, sobre todo desde la
muerte de su abuelo, un traficante muy listo que dej al imbcil de su
yerno una renta de cincuenta mil duros. El susodicho traidor, que aunque
robaba al Estado por el ministerio de Hacienda, no lograba desembrollar
la suya, porque lo que es obra del diablo no tiene compostura por
ninguna parte, empezando por engolosinar al marqus en los negocios,
para tantearle la bolsa (que estaba ya menos repleta de lo que el pcaro
crea), acab por deslumbrar a la marquesa metindole por los ojos cada
diamante como un puo y cada leontina como un cable, y echando por la
bocaza, a todas horas, espantos de millonadas. En seguida se ali con
ella para que le ayudara a conquistar la mano de su hija. Y la conquist
al cabo, psmate! Pudo consistir en la fuerza del empuje de los dos
aliados, en debilidad o terror de la vctima, o en encogimiento, por
clculo, de Pepe Guzmn... o en las tres cosas juntas; pero la verdad es
que el banquero se sali con la suya, aunque un poco _tarde_, y
aceptando unas condiciones, impuestas por la interesada, de padre y muy
seor mo. Se celebr la boda framente y sin viaje de novios, y
comenzaron las catstrofes. La marquesa, como si slo aguardara a tener
por yerno, a don Mauricio Ibez, se muri a los pocos das de ser su
suegra. Entonces cay el banquero sobre el caudal hereditario con ansias
de buitre en ayunas, y vio y palp que slo quedaban ruinas de lo que l
haba soado filn inagotable de onzas acuadas. A todo esto, viva como
un extrao en casa de su mujer, la cual, con una premeditacin que
delataba el consejo y la ayuda de Guzmn, tomando por pretexto una de
las impuestas condiciones y ciertos autgrafos del banquero, testimonios
irrecusables de los enredos de ste con una pingona de tres al cuarto,
al da siguiente al de la boda, es decir, a la primera y nica noche de
novios, ahora--le dijo, con las pruebas del enredillo en la mano--hasta
el valle de Josafat. Usted a un extremo de la casa y yo al otro, y como
si nunca nos hubiramos visto. Cuentan que el banquero pudo haber
replicado algo muy contundente para la conciencia de Nica; pero, o no lo
respondi, o no lo supo, o su mujer hizo muy poco caso de la rplica;
porque el hecho es que la decisin de Nica se cumpli en todas sus
partes. Nadie los vio juntos nunca. Cada cual tena sus negocios y sus
horas.

Entre tanto, Pepe Guzmn continuaba siendo amigo de la casa y
visitndola de vez en cuando. Y psmate ahora otra vez!: a los ocho
meses de casada, tuvo la hermosa Nica Montlvez una nia como unas
perlas. Entonces andaba viajando Guzmn; y se cuenta que al volver a
Madrid, teniendo ya la nia cerca de un ao, en la primera visita que
hizo Pepe a su amiga, le coloc sta delante de un espejo y puso al lado
de su cara la cara de la nia. Asmbrate ahora por tercera vez: las dos
caras se parecan como un huevo grande a un huevo chico.

--Si el caso pide asombro, creo yo que el asombrado debi ser Guzmn.

--Pues aseguran que no se asombr cosa maldita.

--Y queras que me asombrara yo! Quien debi llegar hasta el xtasis
del asombro fue el padre.... quiero decir, el marido de la madre.

--Ese no poda asombrarse de nada desde que haba aceptado las
estupendas condiciones matrimoniales que le impuso la novia, y vea
pagado el timo que pens dar en aquella casa, con otro tan morrocotudo
que le haba dado a l la difunta marquesa. No solamente estaba su
caudal mermado en lo ms jugoso y medio en quiebra el resto, sino en
manos de un administrador que se pasaba de listo y de aprovechado. De
modo que no fueron de gran resistencia los puntales que pudo sacar de
all el banquero para sostener la balumba de sus trapisondas de
agiotista. Por nico consuelo se daba como un desesperado a la
borrachera de su segunda ambicin, y tena la corona de marqus hasta en
los faldones de la camisa; pero el afn de sostener este nuevo lustre de
clase, as como su crdito en la Bolsa, le costaba enormes dispendios
que le hundan en mayores abismos.

As fue tirando hasta que triunf la revolucin de septiembre. Entonces
son, o crey l or que sonaba muy recio, la trompeta de su mala fama;
era cobarde, como todos los de su ralea; Madrid estaba sin gobierno y
con todas las pasiones buenas y malas en mitad del arroyo; apoderose de
l un pnico invencible, y de la noche a la maana se escap de aqu,
dejando sus negocios en quiebra y hechos un bardal. A duras penas logr
despus su mujer salvar del concurso sus bienes dotales y cuanto en
buena ley poda y deba salvar. Fue a parar a donde van todos los
pcaros gordos que huyen de la justicia de su patria: a los Estados
Unidos; y all muri dos aos despus, de un torozn que le evit ser
_linchado_, y cuando comenzaba a recoger el fruto de una empresa que
haba fundado en compaa de otros dos estafadores a la alta escuela.

--De manera que tambin Nica Montlvez est viuda?

--Tambin viuda y tambin muy guapa.

--Y contina bajo la proteccin del amigo Guzmn?

--Proteccin... algo lejana, s, porque hay motivos para ello. En esa
mujer hay, indudablemente, un fondo honrado y decente; pero al cabo es
hembra, hija de su madre y curada por sta, aunque a la fuerza, de
ciertos escrpulos. Por de pronto, es manirrota para el dinero, y
mayores son las ansias que siente de gastarlo, cuanto ms negras las
dificultades que la pinta Simn, el sempiterno mayordomo de la casa. Al
principio andaba por ella Pepe Guzmn anticipndose _delicadamente_ a
las grandes crisis; pero lleg a parecerle un tantico pesada la
_delicadeza_, y se dedic a viajar ms a menudo y ms largamente que
antes. Estas ausencias pusieron a Nica en gravsimos apuros en muy
sealadas ocasiones. En Madrid... y en el mundo entero hay quien sabe
explotar a maravilla esta clase de conflictos; y la marquesa de
Montlvez, que estaba obligada a mirar por el patrimonio de su hija y
saba muy bien cun cerca estaba de _cero_ la temperatura amorosa de
Guzmn, no teniendo para qu pararse en barras de menos con amigos y
protectores que la haban enseado a saltar sobre lo ms, hizo alguna
vez lo que tantas otras mujeres: dejarse explotar por los explotadores
de conflictos econmicos, lo ms _decorosamente_ posible; quiero decir,
quitando la odiosidad de lo til con el pretexto de lo _agradable_. Me
comprendes?

--Pues digo!... Y ests seguro t de que sean ciertas esas
explotaciones... _decorosas_?

--Segursimo; as como de que han sido muy contadas.

--Dnde est, pues, ese fondo honrado y decente, que la concedas
antes?

--Donde debe estar. Ponme una santa rodeada de perdidas y de bribones;
persganla sin tregua ni descanso con ejemplos y sofismas; denle el
veneno hasta en el aire que respire.... y la misma santa caer, cuanto
ms una criatura de la cepa de esa infeliz.

--Concedido... por un momento. Lo sabe Pepe Guzmn?

--Lo sabe, y no se extraa de ello... ni debe extraarse, puesto que l
la prepar para esas cadas y para otras que lgicamente han de
seguirlas, sin un milagro de Dios. Hasta ahora no es Nica Montlvez, en
ese particular, una mujer viciosa; pero llegar a serlo, por educacin,
como sus amigas lo son y lo han sido por naturaleza. Lo que hace Guzmn
es alejarse de ella cuanto puede, pero sin perderla de vista.

--Luego algo le queda todava en el fondo del corazn?

--Por ella, nada absolutamente; pero le queda, a no dudar, por la nia.

--De modo que la nia vive an?

Y es la criatura ms angelical, de alma y de cuerpo, que pueda haber
sobre la tierra..., y al mismo tiempo el mejor testimonio de que existe
en su madre ese fondo de honradez en que no te atreves a creer t. Cmo
y lo que la marquesa quiere a esa nia; la escrupulosidad que pone en su
incesante cuidado de que no manche sus alitas de ngel ni un tomo del
polvo de las impurezas de aquella casa; de que tenga a su madre por la
ms amorosa y honrada de todas las madres, y de que no sepa cmo se
vive en el mundo a que naci destinada, es imposible que puedas
imaginrtelo. Se necesita tener un alma de oro para sentir estas
delicadezas en medio de tantos vicios... Y basta de crnica, amigo Paco,
que ya me has hecho hablar en una hora mucho ms de lo que he hablado en
todo el ao. Crete que me he hecho muy avaro de palabras, desde que he
cado en la cuenta de que no las merecen la mayor parte de los hombres a
quienes trato. Dichoso t si piensas todava de otro modo!

Diciendo esto, se iba incorporando Casa-Vieja y levantndose de su
asiento. En seguida pidi su abrigo.

--Ahora...--aadi perezosamente.

--A casita?--le interrumpi con socarronera su amigo.

--A terminar mi ronda, si no te opones. Despus... el demonio dir, si
es que el demonio no tiene a mengua el meterse en nuestros fregados.

--Pues yo me quedo para ir a las tres y media al ministerio de Estado,
donde me ha dado cita el ministro.

--Hasta la vista, entonces, y bien venido.

--Hasta la vista, Manolo, y bien hallado.




II


Todos los informes dados por Manolo Casa-Vieja a su amigo Paco
Ballesteros sobre lo ocurrido a los personajes de nuestro relato, desde
que los despedimos en el ltimo captulo de la primera parte de l, eran
la pura verdad. En los _Apuntes_ autgrafos que me sirven de gua,
constan tambin, aunque en otra forma menos interesante, por descolorida
y difusa; razn por la cual, y por el sabroso aderezo que llevan en el
dilogo de los dos amigos, le he reproducido al pie de la letra, con
preferencia al otro texto, para llenar un requisito que haba de
llenarse ms temprano o ms tarde, y es bien que se haya llenado donde
se llen, porque esa luz de ms tendremos para llegar ms fcilmente a
donde vamos...

Por de pronto, a casa de nuestra amiga la marquesa de Montlvez, que ya
no es la indigesta, doliente y envejecida matrona de antes ni vive en el
suntuoso principal de la calle de Alcal, donde tantas veces penetramos
el lector y yo: ahora se trata de su hija, la cual, si ha perdido mucho
en frescura con el cambio de vida y el roce de los aos, ha ganado otros
atractivos no menos poderosos con la vigorosa acentuacin de sus formas,
que ha modificado su belleza, pero sin destruirla, y vive en la calle
del Barquillo, desde la fuga del banquero, en otro principal bastante
ms barato y ms pequeo, o mejor dicho, bastante menos caro y menos
grande que el de la calle de Alcal. No hay dentro de aqul el lujo
llamativo y hasta charro que hubo dentro de ste; pero, en cambio, hay
mayor elegancia y mejor gusto, sin que falte nada de cuanto debe haber,
as en cantidad como en estilo, en la morada de una mujer de los vuelos
de nuestra herona.

La cual ha vuelto a adquirir la expresin risuea, el mirar malicioso y
el _picante_ gracejo de sus mejores das, seales evidentes de que su
espritu ha recobrado tambin la serenidad y el vigoroso temple que
pasajeras vicisitudes le haban hecho perder; y es la verdad, as como
lo es tambin que esta reconstitucin moral irradia sobre el fsico de
la marquesa ciertas luces de estival hermosura, que justifican bien el
elogio que de ella nos hizo Manolo Casa-Vieja; es, en suma, y como dira
un distinguido _barbin_ del _Sport-Club_, una gran mujer que comienza
a _ajamonarse_, pero sin el menor sntoma de embastecerse.

Aunque con menos estruendo que en la calle de Alcal, viva en grande en
la del Barquillo. _Se quedaba en casa_ una vez por semana, y otras dos
coman con ella algunos amigos. Ms de tarde en tarde, y alternando con
las de Sagrario y de Leticia, esplndidas _soires_ en sus salones;
turnos en el _Real y das de moda_ en otros teatros, como en tiempos de
su madre; y viajes de verano, como entonces, aunque con mayor libertad y
mejor aprovechado todo; completa y bien adiestrada servidumbre, dos
carruajes _serios_ (land y berlina) y uno _de fantasa_, con dos
troncos de _media sangre_; y a este tenor la mesa y el arreo. Un dato
que el lector apreciar como mejor le parezca: conserva a su servicio la
misma doncella que dorma en el cuarto contiguo a su tocador, en la casa
de la calle de Alcal, aquella noche que se menciona en el ltimo
prrafo de la primera parte de esta verdica historia.

En opinin de su mayordomo, tampoco el presupuesto de gastos de la
marquesa caba en el de sus ingresos, aunque los primeros estuvieran
reducidos a menos de la mitad de los del tiempo de su padre, porque
tambin haban disminuido los segundos en ms de otro tanto; pero o se
era o no se era una gran dama de las principalsimas de la corte, o se
viva o no se viva a la altura de las dems _congneres_; pues adelante
con los gastos, que ni siquiera era de buen tono eso de apurarse por
dinero una mujer de su clase y de su estampa. Adems, ella no saba otra
cosa. Eso la haban enseado, en eso haba nacido y en eso tena que
morir. Mirar por la hacienda de vez en cuando; sondar sus llagas, y
hasta ver por dnde se la puede hincar el diente sin producir otras
nuevas ni enconar las antiguas, menos mal, y eso ya lo haca ella por la
cuenta que le tena; pero reducirse, pero obscurecerse, pero arrumbarse
cuando era viuda, cuando era libre, a lo mejor de la vida, cuando su
estrella, cuando su sino o el mismo Lucifer encarnado en las gentes que
debieron defenderla y ampararla, la haban arrancado del fondo de su
alma, con horribles dolores, el sentimiento del bien, la nocin de lo
justo y de lo honrado, la conciencia entera..., hasta la idea de Dios,
qu locura! En ltimo caso, por donde fueran _otras_, ira ella; y lo
que otras hicieran, lo hara ella tambin. Todo menos detenerse.

Tal era la conducta, tales eran los pensamientos y tales los propsitos
de la mujer mundana (en el mejor sentido del vocablo). Ahora vengan aqu
todos los fisilogos de la tierra, y hasta esos otros seores que han
dado de poco ac en la flor de empearse en convencernos de que los que
matan y los que roban, todos los criminales, en fin, son unos pobres
locos irresponsables ante las leyes divinas y humanas, porque loco es
igualmente el vate que crea y canta, y hasta, por la regla, lo soy yo
tambin mientras me entretengo en emborronar estas hojas; vengan aqu,
repito, los unos y los otros seores, y dganme, en presencia del
_ejemplar_ exhibido, cmo pueden en una sola pieza una mujer de su
temple y una madre como la que a ver vamos.

Ya nos dijo Manolo Casa-Vieja que era de admirar cmo y lo que quera
a su hija la marquesa de Montlvez; y era de admirar, en efecto. Desde
que la vio en el mundo, desde que la tuvo en sus brazos, su primer
pensamiento fue el que asaltara a un infeliz menesteroso metido hasta
la cintura en una charca infecta, y a quien le cayera de pronto entre
las manos el pan de toda su vida, en un tesoro envuelto en armios:
Seor, en dnde pondr yo esto para que ni se corrompa ni se me
manche? Ese fue el pensamiento de la marquesa entonces, y ese continu
siendo despus a todas horas y todos los das; porque la charca de sus
aprensiones no tena lmites, y ms se ensanchaba a sus ojos cuanto ms
andaba por ella y ms iba creciendo su hija. Dnde ponerla para que no
se la corrompieran o se la mancharan? Y miraba con espanto a su propio
hogar, que le pareca lo ms cenagoso y lo ms profundo de la charca; y
todo se le ocurra, menos el fcil recurso de cerrar sus puertas a la
peste de afuera, purificarse ella misma arrojando de su cerebro la
podredumbre de sus ideas y trocarlas por otras ms dignas de aquel
pursimo sentimiento que la naturaleza haba infundida en su corazn.

Y este es el fenmeno que yo sometera al examen de los susodichos
seores, tan dados a compaginar contrasentidos y desembrollar
monstruosidades.

En cuanto la nia comenz a dar claras seales de que ya alboreaba en
los limbos de su cabecita la luz de la inteligencia, su misma madre,
trayendo a la memoria lo que casi tena olvidado por desuso, o
adquirindolo con prolijos afanes donde lo haba, la enseaba a rezar
las primeras oraciones que balbuce la infancia en los crepsculos del
sueo, iluminada la mente candorosa con la visin plcida y celeste de
la Virgen Pursima y del ngel de la Guarda. No findose de nadie, y
mucho menos de su doncella, a costa de imponderables indagaciones y
pesquisas adquiri una niera por el estilo de la que ella haba tenido,
y a esta niera encomend el cuidado incesante de su hija. Ambas haban
de vivir en casa, apartadas de todo trato y comercio con la servidumbre
de ella, y de todo roce con el ceremonial mundano que en ella se segua.
Y es de advertir que cuando de tarde en tarde visitaba Pepe Guzmn a la
marquesa, lejos de tachar por extremado aquel celo de la madre, se le
estimulaba con preguntas y advertencias que no suelen hacer los hombres
corridos, por el bien del primer rapazuelo con quien topan. Tambin se
preocupaba mucho el despreocupado galn con los lodazales y las charcas.

--Es cosa peregrina--le dijo la marquesa en una de estas ocasiones--ver
al lobo pidiendo que se encierren las ovejas.

--Pues ya ves que se dan casos--respondi Guzmn.

--S, en casos de hartura..., como el de un lobo que yo conozco.

--Lo cual no es exacto.... y bien lo sabes t.

--Salo o no, siempre ser para m muy de lamentar que no le tocara a la
madre tan buen consejero como el que le ha cado en suerte a la hija.

--Pues mira, y a propsito de buenos consejos: no dejes de sacarla de
aqu en cuanto tenga edad para ello. Tienes la casa demasiado llena de
lobos..., empezando por ti, para que pueda vivir en ella sin dar con
alguno esa inocente corderilla. Creme: estos aires no son los mejores
para hacer sangre honrada a los nios.

--Ah, si yo pudiera hacer correr los aos a mi gusto!

--Pero en tu mano est purificar los aires, que es lo mismo.

--Tunante!

--Por qu me lo llamas?

--Porque lo eres..., con algo ms que no quiero llamarte ahora, porque
te lo est llamando la conciencia con mejor derecho.

--Injusta! Y ahora, en castigo de tus durezas, mndala venir para que
yo la d un beso.

--De lobo?

--Corriente; pero con el corazn entre los labios.

--Que no pudiera acabar yo de aborrecerte!

Y vino la nia. Luz se llamaba, y jams hubo nombre mejor colocado. Todo
era luz en aquella criatura: un rayo de sol de primavera sobre un vaso
de cristal lleno de rosas y azucenas; luz de las glorias de Murillo,
henchidas de ngeles con cabelleras de oro y blancas alitas
transparentes; luz irradiaban sus ojos azules; luz sus mejillas
nacaradas; luz sus rizadas guedejas rubias; luz los hmedos corales de
sus labios sonrientes; luz las mutiladas palabras de su fresca boca; luz
el argentino timbre de su voz infantil; y una aureola de luz del
amanecer de un da de mayo era la indescriptible expresin de anglica
inocencia, de dulce ingenuidad que resultaba del conjunto de todas las
perfecciones de aquella cabeza, colocada sobre un cuerpecito que pareca
delineado por las hadas de los cuentos orientales.

Guzmn se qued exttico delante de la hermosa criatura: devorbala con
los ojos como si no se atreviera a tocarla. Al fin, la tom en sus
brazos; separ despus los dorados rizos que caan sobre su frente, y
estamp en ella un beso en que debi tomar el corazn mayor parte que
los labios, por lo que fue de sonoro, de _apretado_... y de repetido.
Despus pidi a Luz que le besara a l; y Luz, buscando lo ms despejado
de barbas en la mejilla ms cercana a su boca, bes all una, dos y
hasta tres veces, y hasta mil hubiera besado sin satisfacer todava el
deseo del cortesano Guzmn, que ms que de ello tena entonces, por su
cara dulzona y zarandeando la nia en el aire, de padrazo rampln del
vulgo pedestre. Por ltimo, lejos de soltar a Luz, corri a ponerse con
ella delante de un espejo. La marquesa, que sin decir una palabra,
aunque expresando un libro entero con los ojos, haba estado muy atenta
a la escena de los besos, en cuanto vio lo que estaba haciendo Guzmn,
le quit la nia de sus brazos; llam a la niera y se la entreg para
que la sacara de all. Tanto miedo tena a una imprudencia de su amigo.

Cuando estuvo a solas con l, le dijo:

--De lo que t buscabas en el espejo, va quedando ya muy poco, y me
alegro.

--Te equivocas tambin en eso: queda todo lo que cabe entre lo divino y
lo humano, entre el cielo y la tierra. Qu criatura, Nica! Dios debe de
habrtela dado, o para tu gloria, o para tu castigo. Cuida de elegir a
tiempo y lo mejor.

--Miren el diablo metido a fraile!

--Hasta en el diablo cabe un buen consejo.

--Pregntamelo a m, consejero diablico! Pero cuando a m me tuesten
por ese pecado, qu ser de tu pellejo?

--Dime t, entre tanto, por qu te alegrabas de que fuera borrndose
aquella supuesta _semejanza_?

--Porque en cuanto desaparezca del todo, me ser ms fcil aborrecerte.

--Y por qu deseas aborrecerme?

--Porque es de necesidad que yo te aborrezca.

--No ser por el estorbo que te hago.

--Pero sobra con el dao que me has hecho.

--Es mayor el beneficio que me debes, si sabes utilizarle. Con que, en
buena justicia, no puedes aborrecerme, aunque llegues a olvidarme.

--Eso s que no es tan fcil, embustero, como lo ha sido para ti!

--Ojal tuvieras razn!

--Pero no ser el milagro obra ma.

--Y en este ejemplo, qu ms da el tronco que la rama? Todo es rbol.

No solan profundizar mucho ms que esto las breves conversaciones entre
la marquesa y Guzmn, en las pocas visitas que ste la haca. Jams le
haba dirigido ella un cargo serio y formal, con tantos motivos como
tena para hacrsele, ni l la haba dado las menores seales de estar
arrepentido, ni de creerse culpable siquiera: al principio, por entereza
y altivez de la una, y por malicias y conveniencias del otro; despus,
porque cadas las cosas del lado a que se haban inclinado entonces, y
cadas tan abajo!, el uno y la otra tenan grandes motivos para no
volver los ojos hacia atrs, y frescura sobrada para tratar el caso
medio en broma, cuando el caso llegaba por si slo a clavrseles en la
lengua.

Es muy difcil de presumir qu conducta hubiera seguido Guzmn con la
marquesa si, al verse sta viuda y libre, se hubiera contenido en los
lmites que parecan trazarle sus honrados antecedentes, aquel amor
nobilsimo y extremado que senta por su hija, y el sentimiento que la
mova a defenderla de la peste de su propia casa. Pero est fuera de
duda que sus desatinados vuelos por el ancho espacio de su recin
adquirida libertad, y aquellas muy contadas, pero nuevas fragilidades
de que hablaba Casa-Vieja a su amigo Ballesteros, desencantaron de tal
modo a Guzmn, que sin el vnculo (tambin mencionado por el displicente
orador del _Sport-Club_) que le dejaba ligado por el corazn a la
marquesa, hubiera llegado muy pronto hasta olvidarse de ella.

Por eso se trataban en la _tessitura_ que hemos visto. Quizs quedaba en
ella mayor cantidad de chispas de aquel _fuego sacro_ de otros tiempos,
que en l, en quien slo haba un puado de cenizas calientes; pero en
los dos era el mismo el propsito de no intimar gran cosa en el trato,
no solamente porque as convena a los fines pudibundos de la madre en
cuanto se relacionaba con la hija, sino por recproco impulso de las
respectivas conciencias, a cual ms remordida y desencantada. Guzmn iba
all a lo que hemos visto, y nada ms; y eso porque senta en su alma
cierto extrao apetito que no se calmaba sino con aquel sencillo manjar,
que l pagaba, no sindole permitidos mayores lujos, con los ms caros y
caprichosos juguetes que hallaba en Madrid o en cualquiera parte del
mundo por donde anduviera.

Tomando pretexto del ardiente amor de la marquesa a su hija, sola en
ocasin oportuna extender sus discretas advertencias al captulo de los
gastos ruinosos.

--Eres una manirrota--la deca--, como toda tu casta, y vas a dejar a tu
hija en la miseria, despus de quererla tanto, o te falta juicio, o te
sobra amor. Elige.

--Me falta juicio--respondi la marquesa.

--Pues recbrale.

--Que me le devuelva quien me ense a perderle. No te canses en
predicarme, porque por donde quiera que tomes el punto, ests
desautorizado para ello.

--Djate de cuchufletas, y atente a lo que te importa. El gastar ms de
lo que se tiene, obliga a malvender lo que queda..., y algo ms que no
se recobra con nada. Yo no tengo derecho para aconsejarte que te pongas
a racin, porque de lo tuyo gastas; pero s para recomendarte que no te
dejes robar de usureros y de cmplices suyos, que quizs comen de tu
pan. Esto se consigue siempre que se quiere.

Responda ella que todo se arreglara del mejor modo posible; y con otra
cuchufleta, ms o menos punzante para su amigo, daba por terminada su
conversacin con l.

--Entretanto, iba creciendo la nia, y con ello los sobresaltos de la
madre; porque, a mayor inteligencia, correspondan mayores riesgos en
aquel semillero de peligros. A Sagrario y a Leticia las tema de lumbre;
y cada vez que una de ellas sentaba a Luz sobre sus rodillas para
besarla, resonaban los besos en sus odos como el chapoteo de las ondas
cenagosas, y hasta vea la tersa y pura frente de la nia salpicada del
fango de la charca.

Cuando Luz lleg a tener siete aos, su madre no pudo esperar ms. Eran
tan precoces la inteligencia y el juicio en aquella criatura! Haba que
decidirse a sacarla de casa. A dnde? Bien pensado lo tena ella. A un
colegio..., que no fuera colegio precisamente, donde se la guardaran,
por de pronto, durante el da, y la ensearan lo que ella dispusiera,
ms por entretenimiento que por cultivo; donde hallara un cario y unos
cuidados y unas compaas que sustituyeran, en todo lo posible, el amor
y el amparo de su madre, y, sobre todo, donde no corriera los riesgos
que la amenazaban en su propio hogar.

Pero querra la nia? Podra, aunque quisiera, aclimatarse a aquel
extrao modo de vivir?

Por de pronto, quiso, sin revelar esfuerzos de voluntad ni violencias
del espritu; y buscando entonces su madre con perseverancia, hall
cuanto crea necesitar, y bien cerca de su casa. Parecale que se
quedaba sin corazn cuando lleg la hora de salir de ella con su hija,
por ms que slo deban estar separadas, por algn tiempo, durante el
da; pero no era esto lo que la apenaba, sino la idea de lo extrao, de
lo desconocido para la pobre Luz, que jams haba volado fuera del nido
materno sin la sombra y el amparo de las alas de su madre. Y qu vala
este sacrificio comparado con los que tendra que hacer despus?
Adelante, y con los ojos cerrados, que para otras empresas mayores y
ms negras los haba cerrado tambin!

Todo cuanto tena que prevenir y encarecer sobre el carcter y
necesidades de la educanda, se lo haba prevenido y encarecido ya cien
veces a la seora bajo cuya direccin, amparo y vigilancia iba a ponerse
Luz. Pues todava, despus de entregrsela, la llam aparte para decirla
una vez ms:

--No me la atosiguen, no la atareen demasiado. Pocos libros, poca
gramtica por ahora..., es mejor el Catecismo, pero bien explicado...,
hasta que conozca a Dios, al verdadero Dios, al Dios de los pobres; al
Dios que los rie, los castiga y los premia segn sus leyes inmortales,
que no se mudan ni se corrompen como las leyes del Dios de ciertos
personajes. Que no sepa aqu en qu mundo ha nacido, ni cmo es ese
mundo, ni qu vida hacen las gentes en l. Bsquenla para amigas y
compaeras las nias ms humildes de nacimiento y de carcter; no para
que ella se crezca a su lado, sino para que sufra el contagio de sus
pensamientos y de sus obras, hasta que las imite y las iguale. Todo lo
dems lo har ella por s sola, porque es incapaz de obra mala ni de
torpe pensamiento... Pero puede morirse... Dios misericordioso, lo que
me duele hasta suponerlo!..., o, cuando menos, puede enfermar, si su
naturaleza de ngel no encuentra aqu lo que necesita para vivir
risuea... Pues bien: el jugo, el roco de esa azucena, es el amor, el
cario siquiera. Que no le falte un solo momento!

Y cario y amor tuvo Luz en aquella casa, y vida tan acomodada a sus
inclinaciones, y amistades y compaas tan de su gusto, perfectamente
ajustado a los deseos de la marquesa, que, mucho antes de lo que sta
pensaba, logr que se quedara en el colegio como educanda interna. Ella
la visitaba casi todos los das, y eran muy contados los en que la
sacaba para comer en casa, pero solas las dos a la mesa.

Cuando Luz viva a su lado, tena que llevarla consigo en sus viajes de
veraneo, por no saber dnde dejarla ms segura. Pero esta atadura
cortaba sus vuelos de peregrina elegante, y dejaba su paladar de
cortesana a media miel. Ahora sera muy distinto el caso. Con el seguro
refugio de su hija, era ella ms libre para ese y otros menesteres de su
vida; y maana, cuando Luz necesitara otro refugio ms lejano y por
largo tiempo, lo sera ms an.

Apunto estas reflexiones, porque son las primeras que la marquesa se
hizo en cuanto dej de padecer con el recelo de que su hija no llegara a
aclimatarse a la vida de colegiala. Cotjense estos pensamientos de
madre cariosa con aquellos otros de mujer desjuiciada; considrese que
son dos eslabones gemelos de una misma cadena de ideas, y vuelvan a
venir aqu los fisilogos de marras para apuntar este nuevo fenmeno en
su libro de curiosidades psicolgicas.

Y como lo pens lo hizo la marquesa durante los tres aos, bien
corridos, que pas su hija en aquel colegio de Madrid. Recorri medio
mundo, sin ms trabas ni cortapisas que las instintivas repugnancias de
su naturaleza, que no era del temple de la de Sagrario.

En sus ltimas excursiones a Francia haba buscado mucho, y hallado al
fin, en una de sus ciudades, ms nombradas, otro refugio donde guardar
su tesoro por largo tiempo, cuando le sacara del escondite de Madrid.

Esta ocasin se iba acercando por instantes. Luz haba cumplido ya los
diez aos, y necesitaba completar su educacin... y alejarse mucho de su
casa, hasta que, determinado y bien definido su carcter, y en completo
desarrollo su inteligencia, cultivada en sano terreno, hallara en s
misma la posible fortaleza para luchar contra el enemigo que la
aguardaba en el mundo de su madre. Porque sta, lejos de curarse de sus
aprensiones, cada da las agrandaba en su imaginacin. En Luz, por raro
y singular capricho de la naturaleza, se iban desenvolviendo a un mismo
tiempo las bellezas del cuerpo y las del alma: todo creca en ella con
prodigioso equilibrio, sin descomponerse ni desfigurarse. La marquesa
no poda considerarlo sin admiracin, pero tampoco sin miedo. Hasta
dnde poda llegar aquella criatura? Qu flor, y en qu terreno!

Acordada hasta la fecha del viaje con la nia a Francia, la marquesa,
por una sucesin de pensamientos muy lgica, volvi su consideracin al
estado de su hacienda. Haba que resolverse a mirar por ella con mayor
detenimiento que hasta all. Las advertencias de Guzmn sobre este caso
le parecan muy atendibles. Hablara con l y se acomodara a sus
dictmenes.

Llegada muy pronto esta ocasin, Guzmn insisti en que el mayordomo
sempiterno era la mayor sanguijuela que haba en casa.

--Cmo se explican entonces sus resistencias a proporcionarme
_extraordinarios_ cuando se los pido?

--Creyendo que esas resistencias son la capa con que se encubre para
hacer su juego a mansalva. Ponderando mucho las dificultades, se
justifican las innecesarias hipotecas, que han sido vuestra ruina y la
de todos los perdularios. Para obtener cuatro en el momento, se hipoteca
una cosa que vale doce o diez y seis. Llega el vencimiento; no hay con
qu pagar lo prestado (lo cual sucede siempre que quieren los
mayordomos, con la disculpa de los dispendios de sus seores), y se
vende la hipoteca al desbarate. Esto es lo que se buscaba. Ya tiene el
prestamista una finquita que vale doce o diez y seis, por poco ms de
cuatro; la cual finquita se distribuye despus, en partes
proporcionales, entre el que prepar el negocio y el que le _remat_;
es decir, entre el mayordomo y el usurero...; ms claro: entre Simn y
su cmplice.

--Pero se le descubrirla el juego hecho as, por la prenda misma.

--No hay tal. Simn tomar su parte en dinero, para invertirlo en lo que
mejor le parezca... Por eso es hoy ms rico que t.

--Pero un ladrn, si eso fuera cierto.

--Psch!; no s yo hasta qu punto _obliga_ a serlo la ocasin en que se
le est poniendo en esta casa tantos Aos hace. Sea lo que fuere, y ya
que no te resignas a no gastar ms que tus rentas, ni te sea fcil
desprenderte por ahora de ese hombre, a cuya mano ests hecha, es
indispensable, ante todo, que sepas lo que tienes y lo que debes; y
despus, que cuando necesites dinero, te le d un prestamista honrado,
entendindote con l directamente y con la garanta de tu crdito.

--Y hay prestamistas honrados?

--Pocos, y yo conozco uno de ellos.

--Pues venga ese.

Guzmn sac de su cartera una tarjeta; escribi con lpiz al respaldo de
ella el nombre y las seas del domicilio del sujeto, y se la entreg a
su amiga, dicindola:

--Ah est.

La marquesa ley: Don Santiago Nez. Imperial, 15, 2, derecha.
Despus dijo a su amigo:

--Est bien. Pues ahora voy a comenzar... por el principio. Las cosas, o
hacerlas bien, o no hacerlas.

Y mand llamar a Simn.

Se march Guzmn, y entr a muy poco rato el mayordomo.




III


As estaban las cosas, con un pasito ms que luego conoceremos, al
invitar yo en los comienzos del captulo precedente al lector amable y
po, a que me acompaara al nuevo domicilio de la marquesa de Montlvez.
Reprodzcole aqu la invitacin; y puesto que no la desaira, vamos
adentro con todas las cortesas y comedimientos del caso.

Hela aqu, bien iluminada por la luz directa de la calle, aunque
templada por la interposicin de vidrieras y cortinajes entreabiertos,
en el instante de atravesar el saloncillo que separa su gabinete de la
elegante pieza que le sirve de despacho. A ver si hay castellana de
leyenda que mejor arrastre la fimbria de su vestido; ni que con ms
lindo ni mejor calzado pie hunda ms gallardamente el espeso velln de
una alfombra; ni cuerpo en que mejor caiga una bata de pao de seda gris
con encajes de Bruselas; ni curvas de ms valiente trazo para lucir las
hechuras de una prenda semejante; ni cabeza ms airosa sobre cuello
mejor colocado.

El despacho era una monada, por lo pequeo y lo primoroso. Pareca el
interior del estuche de una joya. Oro, blanco, rosa y azul. No haba ms
colores all. Azul y oro, en el tapizado de las paredes; oro y blanco,
en los muebles de menuda talla, estilo Luis XVI, y rosa, blanco y azul,
en alfombras y colgaduras.

En la penumbra del cortinn medio recogido de la puerta de escape hacia
el interior de la casa, aguardaba una persona, a la cual mand entrar la
marquesa un momento despus de sentarse en el precioso silln de su mesa
de escribir. La persona que aguardaba en la penumbra del cortinn,
manoseando suavemente un rollo de papeles, era Simn, que no se dobl en
dos mitades al acercarse a su seora, como se doblaba al ponerse delante
del difunto marqus, ni se notaron en su cara ni en su voz los reflejos
y las inflexiones de entonces. Los tiempos haban cambiado y las
circunstancias tambin; y lo que halagaba mucho ciertas debilidades del
padre, no lo aceptaba, por instintivas resistencias, la hija. Simn lo
saba sin que nadie se lo hubiera dicho, y lo haba tomado muy en
cuenta para ajustar su conducta a los nuevos gustos. En lo dems, el
mayordomo, fuera de las canas que haban acabado de blanquearle la
cabeza, y cierto sello de contrariedad mal disimulada que se pintaba en
su fisonoma, era el hombre de siempre, hasta con la misma ropa.

--La seora marquesa--dijo con voz segura, pero mansa y reverentemente,
cuando se le autoriz para hablar--est servida en el encargo que se
dign encomendarme antes de ayer.

En esto, desarrollaba los papeles que traa en la mano, y volva a
arrollarlos en sentido inverso para que _perdieran el vicio_: eran unos
cuantos pliegos en folio, metidos bajo una carpeta bien rotulada. En
seguida puso el cuadernillo en manos de su seora.

--Est aqu todo lo que yo he pedido?--pregunt la marquesa volviendo
la primera hoja.

--Todo--respondi el mayordomo, inclinando el busto sobre el papel y
apuntando a la pgina con la diestra, medio extendido el brazo, siempre
a cierta distancia respetuosa--. En el primer pliego hallar la seora
marquesa la lista de todas las propiedades y valores de su pertenencia.
(La marquesa volvi otra hoja.) En el segundo papel consta, por
separado, cules de esas propiedades estn libres y cules no, y qu
gravamen pesa sobre cada una de las que no lo estn. (Otra hoja vuelta
por la seora.) En el tercer pliego ver la seora marquesa un estado
comprensivo de la situacin actual de los bienes libres, en producto,
con algunas observaciones para la debida inteligencia. (Nueva hoja
vuelta por la marquesa.) En el folio siguiente est bien especificado, y
partida por partida, el nmero de cargas que pesan sobre los bienes
hipotecados, su importe anual y vencimiento de la correspondiente
hipoteca. (La marquesa volvi el quinto folio.) Y, por ltimo, en la
hoja restante, una sencilla comparacin de lo que se debe, con los
productos lquidos de lo que hay; y al pie, la diferencia a favor de la
seora marquesa. Ajustndome a su expreso mandato, lo he puesto as,
cosa por cosa y en papel separado cada una. Me alegrar de haber
acertado.

--En efecto--dijo la marquesa--, est todo como yo lo mand. Puede
ocurrir hacer uso de algo de ello, y no hay necesidad de que nadie se
entere de lo restante...qu tiene que ver! En substancia, y sin meterme
ahora a sondar estas llagas de mi hacienda, que ya se har tambin,
resulta de este triste expediente que mis rentas hoy, reales y
efectivas, no pasan de... doscientos sesenta...

--De trece mil duros mal contados--interrumpi Simn, sabiendo que el
duro era la unidad monetaria que usaba la marquesa en sus clculos y
_libramientos_.

--Y con esta miseria hay que vivir y recobrar lo hipotecado, si no me
resigno a perderlo?

--Es seguro, por triste que parezca.

--Bien se ha robado en esta casa, Simn, desde la muerte de mi pobre
abuelo!

Simn aguant esta acometida al pecho, con la imperturbabilidad de un
soldado ruso; y como si el golpe nada tuviera que ver con l, dijo a su
seora compungiendo bastante la voz:

--Cuntas veces previne al difunto seor marqus y a la tambin ya
difunta seora marquesa, que cierto sistema de gastos llevaba los
caudales a las manos de los usureros, y que caer en estas manos era
punto menos que caer en una lumbre!... Despus, quisiera yo que
recordara la seora lo que cost la irremediable desgracia de su
igualmente finado esposo: all qued mucho entre los escombros, y casi
otro tanto en poder de la justicia, que no deja de ser fuerte de manos
para agarrarse al dinero. Tambin espero de la seora marquesa el favor
de no haber olvidado algunas indicaciones que oportunamente me he
atrevido a hacerla, en cumplimiento de mi honrado deber... De modo, y
salvo el merecido respeto, que a este caudal todos han sido a rozarle
(valga la comparacin, si no ofende) y nadie a reponerle; y as, como
sabe muy bien la seora marquesa, hasta las peas se acaban.

La marquesa miraba de hito en hito a Simn mientras ste iba hablando;
pero en Simn caan aquellas miradas, que no eran de miel, como chispas
de pedernal en un montn de nieve. En seguida le dijo:

--Insisto en que se ha robado mucho en esta casa; mucho ms de lo que se
ha gastado en ella..., y hasta s cmo se ha robado...

--Perdone la seora marquesa que, como administrador...

--El administrador, para cumplir con su deber, no ha hecho bastante con
administrar... a su modo, sino que ha debido impedir que otros roben a
sus amos..., a los que le daban de comer..., a los que le han hecho
rico..., ms rico que yo.

--Seora!...

--Lo dicho, seor administrador..., y dejemos aqu este punto escabroso,
por ahora; que, entre los dos, no es a m a quien ms conviene que no
pase adelante la porfa.

--Siempre acatando humildemente los mandatos de mis seores y dueos;
pero, salvo el respetable parecer de la seora marquesa, quisiera yo...,
me atrevera yo, mejor dicho, a suplicarla que se dignara tener en
cuenta que cuando a un hombre, ya encanecido, le abonan treinta y ocho
aos, bien largos, de incesantes, aunque modestos servicios en una sola
casa como me abonan a m, se puede disculpar..., creo que es de
necesidad y de justicia, que este hombre se muestre lastimado de
cualquier expresin...

--Le han dolido a usted algunas de las mas?

--Si la seora marquesa me lo permite, le responder que s.

--Pues me alegro; y si el dolor es tal que no puede resistirle sin el
remedio que pretende y yo no le he de proporcionar, queda usted libre,
desde este instante, de ponerse en situacin ms independiente y segura.
Me comprende usted?

--Parceme que he penetrado la idea; y por lo mismo, quiero decir, por
el alcance que tiene, me atrevo a recelar que es la seora marquesa la
que no me ha comprendido a m... No quise llegar tan all...

--Pues como si hubiera querido, o para cuando llegue..., y sin llegar,
valga lo dicho, tngalo en cuenta y acabemos.

--Ordene la seora marquesa..., menos que se despoje a este viejo
edificio de sus hiedras.

--Tambin sentimental y culto! Pues me gusta la imagen, vea usted;
aunque yo quizs la hubiera presentado al revs, por parecerme as ms
verdadera... Abreviando, seor administrador: lo que ordeno es que desde
maana, desde hoy mismo, no ha de haber en mi casa otro dueo de mi
hacienda que yo. Usted continuar administrndola como hasta aqu, pero
nada ms que administrndola. Comprende usted lo que esto quiere decir?
Las cuentas, bien justificadas, cada tres meses; y para lo restante,
quiero decir, para lo imprevisto, para lo extraordinario que pueda
ocurrir, yo sola y como mejor me parezca.

--Oh!, si treinta aos hace se hubiera tomado en esta casa tan sabia
determinacin, qu ahorro de sinsabores para el leal administrador!

--Y qu ahorros para m!... Pero ya no tiene remedio, y ms vale tarde
que nunca. A otra cosa. Qu dinero tiene usted disponible?

--Para cundo?

--Para dentro de seis u ocho das.

--Lo ms indispensable para los gastos ordinarios de la seora
marquesa..., si alcanza.

--Est bien. Queda usted enterado de todo cuanto le he advertido?

--Perfectamente, seora marquesa.

--Pues hemos concluido.

Y con esto y un ademn muy expresivo, hizo entender al _sensible_
mayordomo que estaba de ms all. El cual mayordomo sali del despacho
por la puerta de escape, casi andando hacia atrs, y sin que a la vista
ms sutil le fuera posible leer en su cara enjuta la impresin que le
haban causado ms adentro las palabras Y la determinacin de su ama y
seora.

sta, en cuanto se qued sola, escribi una carta en un papel muy majo,
muy recortadito en forma apaisada, muy perfumado y con la
correspondiente corona por membrete; la meti en un sobre por el estilo,
cerrole y copi en l lo mismo que haba escrito con lpiz Pepe Guzmn
dos das antes al dorso de su tarjeta. Llam y acudi en seguida un
criadito muy guapo y muy bien embutido en su media librea. Le entreg la
carta y le dijo:

--Inmediatamente... y que aguardo la respuesta.

Que tard una hora larga en llegar; porque el seor don Santiago Nez
estaba con un ataque reumtico haca una semana, y, aunque ya se
levantaba, no poda salir a la calle: gracias que arrastrando,
arrastrando, lograba llegar desde el dormitorio a su despacho. La
rodilla, la pcara rodilla derecha, que no acababa de jugar los goznes
como la otra, tena toda la culpa. Pero si la seora marquesa tena
algn asunto apremiante que tratar con l, all le encontrara a su
disposicin, a todas las horas del da y de la noche, la persona a quien
la misma seora marquesa tuviera la dignacin de encomendar el
encargo..., porque l se creera muy honrado y satisfecho en servir a la
seora marquesa, que tan recomendada le haba sido por el seor de
Guzmn... Y todo esto y todo aquello y algo ms, se crey obligado don
Santiago Nez a decrselo a la seora marquesa, y se lo dijo en una
carta escrita a pulso y con reglero..., porque a todo seor, todo
honor.

Y la marquesa, aunque algo contrariada por la noticia, sin apurarse gran
cosa por la dificultad, arroj la carta sobre el escritorio; volvi a
llamar, acudi el mismo criadito de antes, y le dijo levantndose:

--La berlina en seguida.

Mientras se la preparaban, volvi a su gabinete y llam a su doncella
para que la vistiera para salir.




IV


El era nativo de la provincia de Burgos, no se sabe a ciencia cierta si
de Huermecos o de Castrojeriz, duda que importa bien poco en esta
historia que vamos relatando; no tena su padre, labrador honrado a
carta cabal, muchos bienes, y slo pudo darle larga escuela en la mejor
del pueblo, y una tintura de segundas letras por mano de un clrigo que
no saba mucho ms. El chico no era un lince, pero tampoco lo contrario;
y como no pecaba de robusto, y lo aprendido hasta all era demasiado
para un labrador y muy poco para buscarse la vida con ello, se adopt en
consejo de familia un trmino prudente entre los dos extremos, contando
con la natural condicin placentera y bondadosa del muchacho y con
algunas buenas amistades de su padre. En fin, que se logr colocarle de
mozo de mostrador en una droguera de Madrid, con poco sueldo por
entonces, pero bien hospedado y mantenido en la propia casa de su dueo.

All, con su buen carcter, mucha paciencia y grande aplicacin, fue
hacindose lugar y acrecentando su peculio, gastando menos segn iba
ganando ms; hasta que a los quince aos de droguero y a los veintiocho
de edad, creyndose bastante rico y por otros motivos que se sabrn, su
amo le cedi la droguera con unas condiciones que, sin dejar de ser
buenas para el cedente, eran un filn de plata para el ahorrativo e
inteligente castellano.

Entonces fue cuando ste se cas con Ramona Pacheco. Nada mejor acordado
ni ms merecido. Era como la cosecha sazonada de una larga labor de
honrados pensamientos. Ramona Pacheco era una sobrina lejana que su
principal haba recogido hurfana y casi nia, y hembra bien singular
ciertamente. No era fea, y lo pareca; era ms joven que Santiago, el
droguerillo, y representaba diez aos ms que l; estaba bien metida en
carnes, y aparentaba lo contrario; tena excelente corazn y el alma en
su correspondiente almario, y pareca una estatua de pedernal. Y todo
consista en que era de una rigidez, de una tenacidad de pensamientos y
propsitos, y de una casta de moral tan extremadas y enteras, que la
iban llevando poco a poco toda la vida _hacia adentro_; y all la
guardaba como el avaro su tesoro, y, tambin como el avaro, sospechaba
de todo lo que en torno suyo se mova. Por eso su cara, ms que reflejo
de lo mucho y excelente que haba detrs de ella, era simplemente una
losa puesta de intento all para taparlo, con dos ametralladoras por
ojos para defenderlo, y una boca que slo se abra para dar el abasto de
la metralla de los ojos. Y stos eran negros y bien rasgados, y la boca
muy bonita.

Ocurra, adems, que Ramona tena una aficin desesperada a hacer media,
y slo haciendo media se entretena, en cuanto no quedaba en la casa un
suelo que bruir, ni un tomo de polvo sobre un mueble, ni un trasto
fuera de su sitio, ni un descosido sin coser, ni cosa alguna que
trajinar, para los cuales menesteres era una plvora por la actividad y
un asombro por la limpieza. En estas ocasiones era algo ms expresiva de
palabra y de gesto; pero con los muebles y las ropas y los cachivaches
de la cocina, porque no quedaban a su gusto, o porque se luca en algo
de ello su trabajo, o pensando en la criada, o en el amo, o en _el
otro_, que, a su juicio, rompan o manchaban. Para hacer media se
sentaba junto a las cortinillas de las vidrieras del balcn, en una
silla baja, tiesa, muy tiesa, y con la mirada fija en el tejemaneje de
las manos, que parecan un argadillo. As se pasaba horas enteras, si no
tena otra cosa ms precisa en que ocuparse. Que la hablaran entonces,
que la preguntaran por algo que estuviera cerca de ella; que entrara o
que saliera alguien: una mirada rpida hacia el objeto o hacia la
persona, y vuelta a clavarla en el incesante moverse de las agujas, y lo
menos posible de palabras para responder.

Es indudable que este hbito de trabajar as, de abstraerse en la
contemplacin de su obra, de mirarla incesantemente, con la cabeza
erguida y los ojos bajos, acentu en gran manera la natural rigidez de
su continente.

Era preciso vivir mucho tiempo a su lado para convencerse de que no era
fea ni mala ni insoportable; y averiguado esto, se iba cayendo poco a
poco en la cuenta de que era todo lo contrario, y hasta una alhaja para
mujer de un marido de pocas necesidades intelectuales y mucho apego a la
vida honrada y laboriosa de puertas adentro. Y esto le pas a Santiago
cuando ya le caban en la mollera pensamientos de cierto linaje. El
primer paso le cost lo indecible; pero le dio como un valiente, y se
conform con que Ramona tomara en cuenta la insinuacin sin mostrarse
agraviada. Pero le advirti que no insistiera mientras ella no lo
autorizara de algn modo bien explcito. Tres aos pas Santiago sin
saber a qu atenerse y temiendo siempre lo peor. Yo creo que todo ese
tiempo necesit Ramona para estudiar a fondo las malicias de Santiago y
el terreno a que ste pretenda conducirla. Un da le dijo que
continuara hablndole _de aquello_ de que haba comenzado a hablarla.
Como si hubiera sido la vspera! Y Santiago, que, por casualidad, no
pensaba en otra cosa, tom el punto donde le haba dejado entonces, y
continu hablando de ello, con cuantas amplificaciones y distingos le
parecieron del caso y bien acomodados a la rectitud y santidad de sus
miras. Fue bien recibida la instancia, y hasta bien hablada la
respuesta; spolo el to de Ramona, gustole el intento de su
pretendiente, y aun le hizo saber que su sobrina contaba con una buena
dote que le dara l, lo cual no desagrad a Santiago, hasta por lo
mismo que lo ignoraba; y con la sola condicin de que ste, y por el
bien parecer, cambiara de domicilio hasta que el casamiento se
efectuara, qued arreglado y convenido para muy luego. Hay razones para
creer que la idea de este suceso movi al viejo droguero a traspasar a
Santiago su droguera mucho antes de lo que tena pensado; tanto ms,
cuanto que se sabe que su dependiente apunt cierto escrpulo que tena
de casarse sin estar _arraigado_ completamente a su gusto, con la
advertencia de que esto del arraigo no lo estimaba l en una riqueza,
que no mereca, sino que algo como..., verbigracia: una droguera bien
montada que fuera de su propiedad absoluta, para lo cual no daban sus
ahorros por entonces.

Celebrado el casamiento y hecho en regla el traspaso de la droguera, el
viejo droguero cedi hasta la habitacin a sus sobrinos, y se larg a su
tierra, en la Rioja, a disfrutar las primeras vacaciones que haba
logrado en su vida, perfectamente libre y descuidado. Si no le engaaba
el pensamiento, por all se quedara hasta dejar los huesos en el
terruo nativo; si le engaaba, volvera a Madrid cuando mejor le
pareciera, o gastara en ir y venir el poco tiempo que le restaba de
vida.

Pocas veces se ha casado una mujer con menos conocimiento prctico del
mundo que Ramona Pacheco. Cuando era nia, en su pueblo (el mismo de su
to), ya estaba cansada de _saber_ que la gente de Madrid se compona de
polticos relajados, de generales facinerosos, de seoronas perdidas, de
seoras a medio perder, de vividores sin vergenza y de un populacho
soez, asesino y ladrn. Y fue a caer en Madrid sin haber echado de su
meollo una sola de estas ideas. Ella, que era creyente a puo cerrado,
honesta y honrada hasta la mana, y testaruda y tenaz en sus obras y
pensamientos, por carcter y por educacin! Mandarla pisar las calles de
la corte, era, en su concepto, como decirla: Mtete en esa leonera;
arrjate en esa lumbre. Se necesitaron heroicos esfuerzos de su to y
de las personas a quienes ste encomend la ardua tarea de educarla
hasta donde fuera posible, para que afinara, nada ms que para que
afinara, aquellas sus escabrosas ideas. Lleg a conceder excepciones: la
posibilidad de algo bueno entre tantsimo malo; pero fuera usted a
sacar la anguila del saco de culebras! Y esconda la mano por horror
instintivo; quiero decir que, sin una indispensable necesidad, no pona
los pies en la calle. En tal estado de experiencia se cas.

Y comenz a tener hijos. Y tuvo el segundo y perdi el primero; y tuvo
el tercero y perdi el segundo, y as sucesivamente hasta el octavo.
Esto acab de agriar su carcter, la acarton sin tiempo y empalideci
sus carnes hasta la lividez; quiso templar sus amarguras maternales con
algn entretenimiento que se las distrajera, y se encenag en el vicio
de hacer calceta. Lleg a hacer una cada da, sin faltar a sus deberes
de mujer hacendosa; y esta gran manifestacin de su genio calcetero,
casi casi la envaneci. Se le haba cansado mucho la vista con los
disgustos y las tareas, y tambin haba perdido la mitad del pelo, por
lo cual usaba anteojos mientras trabajaba, y cofia a todas las horas del
da. Los anteojos eran de gruesa armadura blanca, con cristales
redondos, y la cofia, de tul negro con cintas moradas. Era cuanto haba
que ver doa Ramona haciendo media, desde que necesitaba anteojos y
papalina!

Pero ni la pasin por la media, ni el orgullo de hacer una cada da,
alcanzaron arrancarla de sus tristes meditaciones en el silencio y la
soledad de su casa, y se atrevi a pretender de su marido que la
pusieran una silla en un rincn de la droguera, detrs del mostrador y
junto al atril que all haba para los apuntes provisionales (pues el
escritorio estaba en la trastienda, con luces a un patio). Don Santiago
se alegr de aquel atrevimiento de su mujer, y la dispuso el trono como
para una reina; lo mejor que se pudo con lo que haba a mano: una silla
de Vitoria sobre un felpudo casi nuevo.

Y este trono ocup doa Ramona desde el da siguiente; y all la vieron
con admiracin los marchantes, rgido y empinado el cuerpo vestido de
obscuro, casi negro; medio cubierta la cabeza con su cofia; las cejas
enarcadas; los sombros ojos clavados, por detrs de los cristales de
las gafas, en las manos de piel lvida, como la de la cara; la calceta y
las agujas entre los dedos, y sin otras seales de estar viva que el
movimiento vertiginoso de las manos y tal cual mirada zurda que lanzaba
por encima de los anteojos, bajando un poco la cabeza, cuando alguien
entraba o sala, o mientras tiraba con la diestra del hilo que terminaba
en un grueso ovillo que andaba rodando, tan pronto sobre el mostrador
como encima del felpudo, o hecho una maraa entre las uas de un gato,
debajo de la silla. Doa Ramona la ocupaba todos los das, dos horas
antes de comer y tres antes de cenar. En su casa se coma a la antigua
espaola.

En esta salida, al cabo de veinticinco aos de escondite, se puso doa
Ramona, por primera vez en su vida, en contacto y roce con el mundo. El
mundo eran para ella las gentes que pasaban por la calle, las que
entraban en la tienda, y el rumor que se oa ms a lo lejos, como
bramido de ondas agitadas que arrojaban aquellas espumas hasta all.
Todo era el mismo mar, agua de la misma fuente. No haba olvidado las
advertencias de su to y de sus maestros; pero, sin agravio de ellas,
bien poda suponer que cada marchante fuera un pillo, y un ladrn
disfrazado cada transente. Traan en la frente alguna seal que
demostrara lo contrario? Pues, en la duda, cara de perro a todo bicho
viviente.

En poco tiempo, y aunque pareca que en nada se fijaba, lleg a ponerse
al corriente de aquel laberinto de cajones rotulados, a hacer el odo a
los enrevesados trminos del ramo, y a conocer cada droga por su nombre
y con sus precios. Entonces, cuando la concurrencia era mucha y no
alcanzaba la gente de mostrador adentro a servirla al punto, se alzaba
ella poco a poco de su silla y despachaba tambin, con una mano sobre lo
pedido, como garra de len sobre la carne palpitante, cuando hay quien
le mire, y en la otra la calceta, hasta que vea en el mostrador, y bien
contado con los ojos, el dinero que vala la droga aprisionada. Si
despus de verla el parroquiano la quera ms cara o ms barata, o
prefera otra equivalente ms de su gusto, hasta dos veces lo llevaba
doa Ramona con paciencia, pero a la tercera, recogiendo la droga que
nunca haba soltado por completo de su diestra, contestaba secamente y
volviendo la espalda: No lo hay, aunque estuviera llena de ello la
droguera. Algn comprador _erudito_ la puso por entonces la _Esfinge_,
y con este mote se qued en el barrio.

Al contrario de su mujer era don Santiago. ste se pasaba el da dando
vueltas por la tienda, tan pronto dentro como fuera del mostrador,
ponindose y poniendo a sus dependientes en incesante comercio de gustos
y de palabras con los compradores, a la mitad de los cuales tuteaba: a
los unos, porque los conoca, y a los otros, porque _deba_ conocerlos
al cabo de tantos aos de vender all. Era un pobre hombre, bueno como
el pan, campechano y complaciente hasta lo inverosmil. Tena sus penas
all dentro, como su mujer; pero mejores lentes para observar los
sucesos de la vida.

Doa Ramona tuvo el noveno hijo; y como tampoco fall la costumbre esta
vez, en seguida perdi el octavo. Y todava llega a tener el dcimo; y
tambin la acechaba entonces la suerte negra, y le mat el noveno. Este
golpe dej a la pobre seora para no llevar otro sin sucumbir. Era mujer
de gran espritu y arraigada fe. Dios le daba los hijos y Dios se los
quitaba. Dispona de lo suyo. Pero su naturaleza era de carne mortal, y
sus hijos pedazos de sus entraas, y tena que dolerle mucho all cuando
se las desgarraban fibra a fibra. Dios no peda cuentas de estas
tribulaciones a sus criaturas.

Desde aquellos das se entenebrecieron ms sus ideas sobre las gentes y
las cosas del mundo, y le parecieron lo ms abominable de l las mujeres
casadas de ms alegre y ms lujosa vida. No habran perdido tres
hijos..., dos, cuando menos; uno siquiera? Pues dnde estaban las
seales de su pesadumbre? No podan ser buenas madres las que olvidaban
a sus hijos muertos. Y con esto y con aquellas alucinaciones que nunca
logr echar por completo de su cabeza, acab por cobrar aborrecimiento a
las seoronas sin haber visto una sola en todos los das de su vida.

Mientras tanto, haba muerto tambin el ex droguero; y con lo mucho que
les dej, lo que representaba la droguera y lo que en ella haban
ganado los sobrinos del difunto, al perder el hijo noveno eran ricos,
pero muy ricos.

--Y para qu?--exclamaba el pobre don Santiago, devorndose las
lgrimas y paseando maquinalmente alrededor de su cuarto, con las manos
en los bolsillos del pantaln, y el gorro de panilla azul cado sobre el
entrecejo.

--S..., para qu?--repeta desde su silla con voz de sepulcro doa
Ramona, que, si ya no se llamara la _Esfinge_, hubiera habido que
llamrselo desde entonces, al verla tiesa, plida, inmvil y misteriosa,
clavada en su asiento como escultura egipcia en su pedestal.

El marido y la mujer miraban ya con desaliento las prosperidades de la
tienda, que parecan una burla de su desgracia. Tanto dinero para un
hijo solo..., contando con que Dios no se le llevara tambin! Y aquella
casa, tan triste y tan llena de cadveres; con aquel olor a drogas, que
ya les pareca el tufo de la muerte, el olor de los cadveres de sus
hijos insepultos! Al cabo tomaron aversin a la droguera y a la casa, y
resolvieron abandonar sta y hacer con aqulla lo que antes haba hecho
el viejo droguero: traspasarla a un buen dependiente, que no faltaba
tampoco entonces. El resto del pinge capital estaba bien colocado en
fincas y valores _sanos_. Quedaba un pico flotante, y ese le
aprovechara don Santiago para ciertos negocios sencillos que le
entretuvieran sin atarearle; verbigracia, descuentos de pagars con
buenas firmas, y algn prstamo sin usura ni abuso que se le pareciera.
Porque a don Santiago se le haran las horas eternas con un hijo solo y
sin negocios que le preocuparan. No saba otra cosa.

Quedaba tambin un bolsn bien repleto y que nunca se desocupaba, aunque
se haca mucho uso de l, a disposicin exclusiva de la Esfinge, para
sus obras de caridad, que eran muchas y muy ignoradas; pero yo s que la
merecan especiales preferencias las madres sin amparo y los hambrientos
de levita, que son los dos aspectos ms horribles de la miseria de las
ciudades; y tambin me consta que ninguna ddiva estimaba en tanto la
seora de don Santiago como la de un par de medias de las que ella
haca. Cmo las ponderaba y se las encareca al pobre a quien se las
regalaba!, ella, que sacaba del bolsn la mano llena y cerrada, para
ignorar lo que vala la limosna! Porque en el bolsn andaba revuelta la
plata con el oro.

Se hizo el traspaso de la droguera, y en seguida la mudanza de los
trastos de la habitacin a otra de la calle Imperial (15, segundo,
derecha). All comenz don Santiago Nez a funcionar, por
entretenimiento, en sus proyectadas especulaciones; y all, en su propio
despacho instal la Esfinge su pedestal, para hacer media sin parar las
manos, acompaar a su marido y distraerse un poco ms, observando de
reojo lo que en la estancia aconteca.

As fue corriendo el tiempo, y, con l, calmndose la pesadumbre del
marido y hacindose la mujer a la carga de las suyas. Ya no haba que
contar con el undcimo retoo, y el dcimo iba creciendo y esponjndose
que daba gusto, y era bueno y listo y hermoso como si Dios se hubiera
complacido en reunir en este solo hijo cuantas prendas simpticas caban
dispersas en los anteriores. Este pensamiento, con el arraigo que
tomaban todos en la mente de doa Ramona, fue un gran confortante para
su espritu.

Pero, en cambio, en la escuela del nuevo trfico de su marido; con lo
que all observ; con lo que fue aprendiendo, con este indicio y aquella
declaracin terminante, sobre la ndole de ciertos apuros y las causas
productoras de ciertas necesidades en determinadas personas y
jerarquas, cmo le engordaron en el meollo las nunca desvanecidas
ideas que tena de las gentes de Madrid! Ya no poda negrsele que haba
mujeres que derrochaban tesoros para vivir entre lujos y
deshonestidades; mujeronas empingorotadas que escandalizaban al mundo
y se burlaban de la ley de Dios; mujerzuelas de ms abajo que arruinaban
a sus maridos por el vicio de ser tan escandalosas y desarregladas como
las de ms arriba; hombres que perdan a una carta en un instante la
hacienda de todos sus hijos..., y casi siempre la bambolla y la
lujuria, de ms cerca o de ms lejos, danzando en los enjuagues del
dinero y en las angustias del plazo! Y esto en su casa, donde el inters
no era rosca que asfixiaba al deudor; donde haba prrrogas para los
apuros, y eran los prstamos favores de amigo ms que negocios de
prestamista inexorable. Qu no sucedera, qu llagas no se veran al
descubierto en los antros de la usura, a donde se acude en los grandes
ahogos, y se pactan, a trueque de salir de ellos, los mayores saqueos y
pillajes? Y aquel hijo que ella tena llegara a ser un hombre, y a
saber que era rico, muy rico, y tal vez a envanecerse, y de seguro a
rozarse con la peste tramposa y desvergonzada que todo lo corrompa; y,
sin embargo, no quera ella hacer de su hijo un ignorante droguero,
porque vala para mucho ms y deba serlo. Qu pulso, qu tino, qu
vigilancia haba que tener con l para que el diablo no le conquistara!

Y como si viera al diablo en cada prjimo, haba hecho un verdadero
exorcismo de su cara.

Tenan serias y largas discusiones don Santiago y su mujer sobre el
punto referente a la educacin de su hijo. Por dnde comenzaran para
no equivocarse? Y despus, le _haran_ abogado, mdico, ingeniero,
cura, ministro, general, emperador..., pontfice?... Porque los alientos
de los padres alcanzaban a todo eso, o poco menos, y los merecimientos
que suponan en el hijo, a mucho ms.

Por de pronto, le matricularon en San Isidro; y despus, curso tras
curso y con regular aplicacin y bastante aprovechamiento, lleg el
estudiante a las vsperas del bachillerato al cumplir los catorce aos
de edad. Tena entonces su padre cincuenta y cinco, y su madre...,
quin era capaz de saberlo, ni para qu cansarse en averiguarlo? La
Esfinge lo pareca ya de verdad; y cuando se llega a ese estado de
petrificacin y de dureza, se vive una eternidad, y no se cuenta por
aos, sino por siglos, como para los monumentos de los Faraones.

Hacia aquellas fechas (no las de los Faraones) fue cuando don Santiago
Nez escribi a la marquesa de Montlvez la carta cuya substancia
conocemos.

Hablando del suceso largamente, lleg a decir la Esfinge:

--Otra nueva trapisonda tenemos. Basta con oler la carta para
convencerse de ello. Todas esas mujeronas huelen a lo mismo.

Y don Santiago se rea como unas castauelas, porque era as. Estaba
embutido en su silln, con la pierna derecha entrapajada por la rodilla
y descansando sobre una banqueta.

Buena ocasin era esta para describir el fsico del droguero, y en ese
deber estaba yo, y a cumplir con l iba ahora mismo; pero me obligan a
renunciar a esa tarea las mismas condiciones del sujeto: no hay por
dnde tomarle para que resulte pintoresco, porque era la misma
insignificancia el bueno de don Santiago Nez.

Estando en aquellos comentarios ya largo rato haca el matrimonio,
hzose anunciar la marquesa; y poco despus entr, llenando el despacho
de fragancia, de crujidos de seda cara, y de esa luz especial que
irradian, en las moradas tristes y descoloridas, las mujeres hermosas y
elegantes.

La Esfinge no se movi de su pedestal ni dej de hacer calceta; y slo
dio seales de vida para responder a la ceremoniosa cortesa de la
marquesa con un gesto no difcil de traducir en palabras para los que
estaban avezados a leer en aquel arranciado pergamino. El gesto quera
decir:

--Pufff!... Qu Peste!




V


       *       *       *       *       *

Y como don Santiago no poda levantarse de su asiento sin gran trabajo,
no hubo all quien presentara una silla a la marquesa, la cual se sent,
muy campechana (porque afortunadamente era mujer de gran correa para
esos lances), en la que, entre excusas y hasta cabriolas, le ofreci el
aturdido reumtico desde su potro de tortura.

--Oh, seora marquesa!--deca don Santiago, tambalendose entre el
escritorio y el silln--: si yo hubiera sabido..., si pudiera presumir
que esta casa haba de ser honrada por usted y no por otra persona de su
confianza, yo me habra prevenido, habra esperado, y en la sala, como
es de...

--Gracias, gracias, seor de Nez--responda atajndole la gran dama,
entre sonrisas picarescas--; no tiene usted por qu lamentarse: lo
conozco todo; me pongo en todos los casos.

--La rodilla, seora, esta pcara rodilla que no me permite levantarme
de pronto, ni andar sin muchsimas dificultades--aada don Santiago,
que todo le pareca dbil para excusa de su falta--, y hasta la poca
salud de mi esposa (y sealaba hacia ella), que tambin la impide...

--Nadie ha incurrido aqu en falta ms que yo--repuso la marquesa,
mirando tan pronto muy risuea hacia el reumtico, como con asombro
hacia su mujer, que no chistaba--; yo, que he venido a molestar a
ustedes sin tener esos inconvenientes en cuenta...

--Molestarnos usted, seora marquesa! Cundo ms honrados ni ms...?

--Me parece--apunt aqu la Esfinge con su voz de fantasma--que sin
tanto cumplimiento nos entenderamos mejor y mucho antes.

La marquesa cay en un nuevo asombro al or la voz de aquella estatua; y
si hubiera sabido con qu mote se la conoca, quizs habra tomado la
cosa ms en serio, creyndose transportada a los tiempos fabulosos.

--Tiene razn esta seora--atreviose a decir la dama, sin apartar sus
ojos de ella--. Dejmonos de cumplidos y hablemos del asunto que me trae
aqu.

--Estoy a las rdenes de la seora marquesa--dijo don Santiago Nez
haciendo una cortesa.

Pero la marquesa no empezaba a hablar, ni conclua de mirar a la
Esfinge. Era indudable que la presencia de sta la contrariaba tanto
como la sorprenda.

Conociolo bien pronto doa Ramona, y enderez a la otra estas palabras,
acompaadas de dos saetazos por encima de sus anteojos:

--Yo no estorbo aqu, seora; tngalo usted entendido. Entre mi marido y
yo, como no hay pecados, tampoco hay secretos. Somos un alma en dos
cuerpos, por la gracia de Dios.

--Mil enhorabuenas--respondi la marquesa entre burlona y picada--por
esa felicidad; pero crea usted que no era la cosa para tanto. Ver usted
cmo, aunque pecadora, me atrevo a confesar aqu el motivo de mi visita,
y sin escndalo de nadie.

Don Santiago estaba en ascuas con las crudezas de su mujer, y no saba
cmo disculparlas sin provocar otras ms incisivas. Al mismo tiempo, la
marquesa, desde que conoca a la Esfinge, arda en curiosidad de saber
de dnde procedan las intimidades de Guzmn con aquella singular
familia; pues estaba segura de que a su amigo le sobraba siempre el
dinero, y no podan ser necesidades de esta clase los motivos del
conocimiento. Hizo en el acto, y como introduccin a su particular
negocio, la pregunta a don Santiago, y le respondi ste, alegrndose en
el alma de que se distrajera por all el otro tiroteo:

--Ah!, el _Condesito_, como yo le llamo..., porque aunque el conde es
su to, mucho ms merece serlo l, hasta por la estampa: guapo mozo!
Pues la estimacin con que nos honra el seor de Guzmn viene de lejos:
nada menos que de su padre con mi principal y to de mi seora, al cual
hizo muchos y muy grandes favores en los tiempos en que comenzaba a
vivir por su propia cuenta. Un hermano de nuestro to haba sido muchos
aos empleado en la casa de los seores de Guzmn..., y de aqu naci lo
otro. No era ingrato el favorecido; saba, adems, hacer buen uso de los
favores; y con todo ello, la estima del favorecedor lleg hasta una
buena amistad, como entre iguales: vea usted, seora marquesa, como
entre iguales! Y esta buena amistad del padre la continu el hijo, don
Jos Celestino Guzmn, el actual _Condesito_. Como se qued hurfano
siendo un muchacho, y lleg a ser mozo independiente y libre con un
caudalazo atroz, se aconsejaba muy a menudo de mi principal para la
colocacin de sobrantes y otros asuntos por este orden. Andaba yo muy
cerca de ellos en esos casos; y como los dos me estimaban en ms de lo
que yo vala, obligbanme de vez en cuando a meter mi cuchara en la
conversacin. Tuve la suerte de acertar casi siempre; y ya lo mismo le
daba a don Pepito Guzmn encontrarse en la droguera con el principal
que con el dependiente, cuando de higos a brevas iba por all con los
motivos de costumbre. Retirose nuestro to, y se muri bien pronto, y
continu yo mereciendo todas las atenciones y hasta la amistad que l
haba merecido del seor de Guzmn. Muy de tarde en tarde nos vemos,
porque son muy distintos los mundos por donde andamos, y l es ya hombre
que no necesita para nada los consejos de nadie, y aun puede drselos
sobre todas las cosas a medio Madrid; pero nos honra con una buena
amistad, que nosotros le pagamos como se debe. Anteayer me pas una
esquelita dicindome que usted quiz me necesitara para tratar de un
asunto de intereses conmigo, y que procurara servirla lo mejor que
pudiera y como si se tratara de l mismo. Figrese usted, seora
marquesa, si aunque no sea ms que por este solo motivo y sin contar lo
que usted por s propia se merece, estar yo dispuesto a servirla en
cuanto est al alcance de mis posibles!

--Gracias mil, seor de Nez--respondi en seguida la _seorona_,
visiblemente complacida con el candoroso ofrecimiento de aquel pobre
hombre, y acaso, acaso, y quiz ms, con la espontnea recomendacin de
su amigo--. Y ahora, sin nuevas digresiones que nos distraigan y le
roben a usted el tiempo y a su excelente seora la paciencia, all va la
historia en pocas palabras: Ha habido en mi familia un gran caudal; pero
cuando lleg a mis manos ya no lo era tanto. Despilfarros y vicisitudes
lo quisieron as. Poseo, sin embargo, lo suficiente para vivir con
holgura en la esfera en que he nacido y me han educado; pero no tengo la
virtud del ahorro ni otras virtudes que acrecientan los caudales. Antes,
soy un poco abierta de mano, y no peco de previsora. Con estos defectos,
no es de extraar que algunas veces resulten desproporciones entre las
salidas y los ingresos, como dicen ustedes los hombres de negocios. En
estos casos, hay que resignarse al contratiempo o conjurarle de
cualquier modo, si la necesidad lo exige. A m me lo ha exigido varias
veces, y siempre me han costado muy caros los conjuros; porque, segn me
afirman, no deb hacerlos nunca por intermediarios. Me he convencido de
que esto es verdad, y estoy resuelta a cambiar de sistema, recorriendo
esos trmites por m misma cuando sean de necesidad. Por si llegaran a
serlo de un momento a otro..., y antes de pasar ms adelante, quiero
advertirle a usted que le doy todos estos pormenores para anticiparme a
sus deseos y evitarle el trabajo de inquirirlos, y porque sera una
inocentada el empeo de esconderlos cuando no resulta desdoro en
confesarlos.

El ex droguero escuchaba con la boca abierta a la hermosa y elegante
dama, cuyos donaires y gracejo le tenan cautivo; mientras, la Esfinge
la miraba de reojo y a hurtadillas, por no tener a mano lanzn de mayor
fuerza para pasarla de parte a parte. La marquesa se enteraba de todo y
se deleitaba grandemente con ello. Sin dar tiempo a que don Santiago
apuntara las corteses rectificaciones que ya la sagaz interlocutora le
haba ledo entre los labios, continu as, tras una breve pausa:

--Por si llegara ese caso, repito, de un momento a otro, deseo y
necesito saber, seor don Santiago, qu condiciones impone usted para un
anticipo a las personas de reconocida responsabilidad, como yo;
responsabilidad, se entiende, en inmuebles, como ustedes dicen tambin,
y de cuya existencia, libre y desempeada, se puede certificar cuando
sea necesario.

Lanz entonces la Esfinge una mirada de acero a su marido (que ya
contaba con ella), como dicindole: Mucho ojo con esta vbora; y
respondi el buen hombre, despus de prepararse mucho con algn
carraspeo y tres cambios de postura en el silln:

--Mire usted, seora marquesa: en primer lugar, yo no soy un
prestamista... por oficio, me entiende usted?... Corriente. Tengo un
piquillo suelto que dedico a descuentos lcitos, quiero decir, sin
explotar ahogos ni conflictos de nadie..., servicio por servicio, ni ms
ni menos. Que ocurre entretanto algo de lo que usted desea: me entero de
la calidad del apuro; resulta honrado, puedo sacar de l a la persona; y
a la buena de Dios y como entre caballeros, toma lo que apeteces, y
venga el resguardo, con las clusulas que se establezcan y por un
inters que no pasar del seis aunque me ahorquen. Que llega el
vencimiento y no hay con qu recoger el testimonio de la deuda. Hay
razones que lo justifiquen? El apuro es honrado tambin? Pues, seor,
no he de llevar al pobre hombre a la crcel, ni le he de malvender la
hacienda para cobrarme. O hay buena fe, o no la hay. La hay? Se da una
prrroga de dos, de tres meses... o ms, si se necesita. El hombre
respira, y yo no me ahogo; l se beneficia, y yo no me perjudico. No
fuera pecado mortal obrar de otro modo? Pues, seor, lo que yo digo: si
el dinero no ha de servir ms que para irle amontonando, o para sacar la
entraa a mi vecino, vaya a la porra ese metal, que nunca debe ser
metralla para nadie. Se va usted enterando, seora marquesa?

Aqu era la marquesa la cautivada, porque cautiva la tena la noblota
ingenuidad del hombrecillo. Jurara entonces que aquella era la primera
vez que vea de cerca un corazn de oro. Y en qu cuerpo le hallaba, y
de qu retrica se serva!

--Siga usted, siga usted!--le dijo la marquesa radiente de curiosidad,
y bien sabe Dios que sin pizca de inters por lo que personalmente le
alcanzaba en el desusado prospecto de aquel singularsimo _prestamista_.

--En segundo lugar--continu don Santiago--, yo no puedo establecer esas
condiciones generales por que usted me pregunta, porque, como ya he
tenido el honor de manifestarla, el capital que dedico a las operaciones
de prstamos es de poca importancia, al paso que son incalculables las
atenciones que necesitara cubrir si no las limitara al tenor de los
casos. De modo que segn sea lo que se solicita y quien lo solicita, as
lo doy o lo niego; y si lo doy, con arreglo a las bases que se
establecen entonces de comn acuerdo, y segn las circunstancias, pero
del seis no se pasa nunca, como tambin he tenido el honor de indicar
antes; y esta es la nica condicin que puede estipularse de antemano.

Por lo dems, y si slo se mirara el beneficio material, a sacar el
redao al prjimo, crea usted, seora marquesa, que no habra tenaza
mejor que el oficio de prestamista sin entraas. Me he convencido de
ello con la experiencia de estas vecindades suyas. Es un espanto lo que
sabra usted si contaran estas cuatro paredes la mitad de lo que han
visto y odo! Porque aqu se han llorado lstimas de todos los colores,
y se han descubierto fregados que tumban de espaldas. Y siempre por el
lujo, por el juego y por todos los vicios ms abominables! Qu agonas
tan congojosas y tan complicadas, y qu pasar por todo las infelices
gentes, si yo hubiera sido capaz de aceptarlo por el ansia de recoger
onzas de oro maana, sembrando ochavos morunos de presente! Porque eso
hace la usura con los desdichados que se ahogan en apuros. De algunos de
ellos me he condolido; y por evitar que otros los robaran, casi me he
dejado robar yo a ojos vistas. Pero a los ms les he enviado enhoramala,
porque no merecan caer en manos de un hombre de bien. Y qu porte el
suyo! Qu caballeros tan de punta en blanco!... Y qu seoronas de
primer lustre! Y saldrn a la calle con un palmo de hocico y
atropellando a la gente menuda, cuando ellos merecan un grillete, y
ellas la Galera de Alcal... Yo s todas estas cosas al pormenor, porque
la misma resistencia ma a servirlos los forzaba a exponer sus miserias
sin disfraces, para moverme mejor. A buena parte venan!

En la marquesa se notaban, durante esta parte del relato del buen Nez,
las mismas seales de curiosidad que durante la anterior, pero no tantas
de complacencia; y quizs tena algn parentesco con las causas de esta
diferencia, el motivo que la oblig a interrumpir al relatante, aunque
muy afable y risuea, en la siguiente forma:

--De manera que si no me precede a m la recomendacin de nuestro amigo
el seor Guzmn, Dios sabe a qu presidio destina usted mis
pretensiones, despus de or lo que con tanta franqueza le he declarado
hace un instante.

Atarugose un poco don Santiago con la observacin de la marquesa, y mir
hacia su mujer, la cual le socorri con una ojeada que quera
significar: Ah le duele a la bribona!... Duro en ella! Por fortuna,
no era tan spero de veta el uno como la otra, y esto libr all a la
elegante dama de que la pusieran entre los dos para pelar. Lejos de
ello, don Santiago, temiendo haberse corrido demasiado all en sus
palabras, y reparando por primera vez en que haba, aunque remota,
alguna semejanza entre los casos maldecidos por l y el caso de la
marquesa, se apresur a responder:

--Nada hay en el relato de usted, mi distinguida y respetable seora,
que merezca esa pena tan dura. Gastar en ocasiones un poco ms de lo que
se puede, no es una virtud, ciertamente; pero tampoco un horror de esos
horrores de que yo hablaba. Las cosas en su punto. Conviene distinguir,
y es de justicia que se distinga. La recomendacin del seor de Guzmn
nos ha abreviado el camino, sin duda alguna; pero le aseguro a usted que
sin ella hubiramos llegado tambin al punto a donde desea llegar la
seora marquesa, y le aguarda para recibir sus rdenes este su intil
servidor.

--Acepto de todo corazn la excusa, seor Nez--respondi la dama con
una sonrisa que confirmaba la sinceridad de lo que deca--, hasta como
modelo de excusas corteses y delicadas...

La Esfinge cort aqu los cumplidos con el espadn de su palabra de
hierro, y lanz a su marido otra ojeada con la que le peda estrecha
cuenta de aquellas sus debilidades. La marquesa se dio por entendida con
un movimiento de cabeza dirigido a la mujer, tan lleno de donaire como
de mala intencin, y dijo, volvindose hacia don Santiago, que estaba en
ascuas con las genialidades de aqulla:

--Me permite usted que concretemos un poco ms el punto de mis
pretensiones para que nos entendamos mejor?

--Repito a la seora marquesa que estoy enteramente a sus rdenes.

--Figrese usted que yo necesitara dentro de ocho das..., maana...,
hoy mismo, una cantidad determinada...

--Cunto? Porque, como he tenido el honor de advertir hace un momento a
la seora marquesa...

--Por lo mismo que no lo he olvidado, iba a fijar la cantidad cuanto
usted me ha interrumpido. Pongmosla en nmeros redondos: tres mil
duros.

--Puedo con ellos, y los tendra usted.

--Garantas?

--La firma de la seora marquesa, y nada ms, con el plazo que desee y
el inters que ella marque, si le parece mucho el seis por ciento.

--Y si me viera yo precisada, ms adelante, a acudir a usted con
idntico motivo que hoy?

--En ese caso, seora marquesa, sucedera, sobre poco ms o menos, lo
mismo que est sucediendo ahora.

--Y si continuaran mis visitas a esta casa por no cesar los motivos?

--Ya sabe la seora marquesa que, sin la enfermedad que me impide salir
de aqu, la hubiera ahorrado yo la molestia de visitarme.

--Muchas gracias, seor Nez; pero es igual para mi ejemplo que yo le
visite a usted, o que usted me visite a m.

--Concedido.

--Y bien?

--En castellano claro y por derecho, seora marquesa, pues creo haber
penetrado la intencin de usted al hacerme esas preguntas: yo no la he
de malvender a usted jams sus propiedades: en primer lugar, porque no
la considero capaz de abusar de mi buena fe hasta el punto de
arrastrarme a aquel extremo, y despus, porque, aunque lo fuera, tampoco
lo conseguira.

--Por qu?

--Porque abusando, abusando... En fin, seora marquesa, ya he tenido el
honor de manifestar a usted hasta dnde me interesan las necesidades del
prjimo, y desde dnde comienzan a parecerme abominables, y cul es mi
modo de proceder en cada uno de los casos.

--Pues bien, seor Nez--dijo entonces la dama con inequvoca
lealtad--, he querido estirar el ejemplo hasta este lmite, porque en
eso mismo con que otra dama, por un falso pundonor, se ofendera, hallo
yo un goce que jams he saboreado.

--No me lo explico.

--Ni es fcil, porque entre ustedes, quiero decir, entre las gentes de
su condicin de usted, lo que yo he encontrado aqu no es un hallazgo.

--Si usted se explicara ms, seora marquesa...

--No hay para qu, seor don Santiago. Yo me entiendo bien, y esto sobra
para m. Para usted, bstele la seguridad de que no he de encomendar a
la justicia el trabajo de liquidar las cuentas entre ambos. Podr ser
gastadora, pero no desagradecida.

La Esfinge la mir entonces con ojos de curiosidad. Pareca sentir
temores de hallar algo bueno en aquella mujer. De pronto la pregunt:

--Ha perdido usted algn hijo?

Como si estas palabras fueran un rayo que la marquesa hubiera visto
sobre la cabeza de Luz, contest estremecindose toda:

--Ni Dios lo permita!

--Parece que duele ah--repuso la Esfinge, bajando otra vez la mirada a
su calceta--, y slo con el supuesto. Cmo ser el dolor cuando los
hijos se mueran de veras!

--Le ha sentido usted, a lo que veo?--se atrevi a decir la marquesa,
medio aturdida bajo el peso de aquel inesperado incidente promovido por
tan extrao ser.

--Nueve veces, seora--respondi ttrica, sepulcralmente, la Esfinge--;
nueve... nueve mil pualadas! Para las ltimas, no haba en el corazn
un sitio sin una herida ensangrentada.

Ya no le pareca a la marquesa tan fea ni tan extraa aquella mujer. La
carga de tales y de tantos dolores lo justificaba todo a sus ojos.
Volviolos de pronto a don Santiago, sin atreverse a hacer a ninguno de
los dos un a pregunta que se le escapaba de los labios; y como si la
hubiera ledo all, dijo el pobre hombre:

--Nos queda un hijo solo... Eso s: vale, por bueno y por gallardo, los
nueve que le han precedido, por mucho que stos valieran; pero por lo
mismo que es solo y vale tanto, qu miedos tan horribles de perderle!

--O de que se _pierda_, no es verdad?--aadi aqu la marquesa, con un
vigor de acento y de mirada que sorprendieron a la Esfinge misma.

--Cuntos tiene usted?--la pregunt sta.

--Tambin uno solo... Una hija.

--Pues no eche usted en olvido--continu la mujer sombra--que el honor
de las hijas depende del buen ejemplo de las madres.

Don Santiago acudi rpidamente a suavizar el efecto que esta nueva
aspereza de su terrible mujer pudiera haber causado (y causdole haba
muy hondo) en la marquesa, dando otro giro al dilogo.

--Pero an es usted muy joven--expuso con la mejor de las intenciones y
el ms desastroso de los xitos.

--Despus de haberse casi solemnizado un contrato entre los dos, no
deba usted ignorar que... soy viuda.

Esto tuvo que responder la dama, con iguales repugnancias que si
descubriera con ello toda la urdimbre de aquel tejido de enormidades que
se llam su casamiento, con sus cenagosos y consiguientes antecedentes.

--Bestia de m!--exclam el sencillo burgals, dndose con las dos
manos en la frente--. Pues no me haba olvidado?... Perdone usted,
seora marquesa, esta distraccin, que, bien mirada, no es de extraar.
En oyendo hablar de hijos, ya est todo en mi cabeza patas arriba.

Viuda y con ese pelaje y la vida que trae!..., dijo en sus adentros
la Esfinge (que no haba cado tampoco en lo olvidado por su marido, y
no estaba tan obligada como l a recordarlo), y enviando el dicho a la
marquesa en una mirada fulminante.

La marquesa haba perdido el tino ya. No sala de un bochorno sin verse
presa de otro mayor. Pensaba haber dado de improviso en la charca de sus
pesadillas, y que aquel empecatado matrimonio se deleitaba en
zambullirla en lo ms hediondo de ella. Y era de admirar que el caso,
con tanto como le dola, no la indignaba contra nadie. Por qu echar la
culpa a quien no la tena? La culpa estaba en ella, en ella sola, y el
peso de esa culpa era lo que la turbaba y remorda. En aquel instante
hubiera trocado su belleza, su juventud, sus galas y los encantos de su
mundo, por la fealdad y la tristeza y la soledad de la Esfinge, si con
todo esto le daba tambin el sosiego de su conciencia. Porque era una
triste gracia que una seorona como ella lo pudiera todo, menos hablar
de cosas tan triviales delante de un matrimonio de drogueros, sin
carsele la cara de vergenza.

Por salir cuanto antes de esta mortificacin, se levant rpidamente de
su asiento, y dijo con aire de querer echar el asunto hacia otra parte:

--Es harto triste esta materia, que a ustedes les trae muy amargos
recuerdos y a m muy negros temores. Dejmoslo aqu, si les parece; y
pues que no me sobra el tiempo tampoco, tenga el seor don Santiago la
bondad de decirme en qu quedamos de nuestro negocio.

--Pues en lo dicho, seora marquesa, si usted no dispone otras bases ms
a su gusto.

--Yo acepto cuantas usted estime por buenas y equitativas.

--Pues el da en que usted necesite el dinero, me pasa una esquelita por
persona de su confianza, diciendo cunto y por qu tiempo; le envo yo
la suma en efectivo con el documento para que tenga usted la bondad de
firmarle; me le devuelve despus... y santas pascuas. No necesita usted
incomodarse.

--Es usted un hombre incomparable, seor don Santiago; y yo nunca pagar
bastante a nuestro amigo el seor Guzmn el favor de habrmele dado a
conocer.

--No haga la seora marquesa, a fuerza de elogios, que tenga yo que
echarlos a mala parte. Estoy acostumbrado a mucho menos.

--Pues no le dan a usted lo que merece; y le juro que no le digo ms que
lo que siento. Deme ahora su mano por despedida... Gracias. Y perdone si
se la oprimo tan de veras, porque nunca se ha credo tan honrada la de
esta su buena amiga.

En seguida, y mientras quedaba el droguero como fascinado, con los ojos
muy abiertos y la mano en el aire, volviose hacia la Esfinge; la hizo
una elegante reverencia; y, sin acabar de enderezar el talle, sali por
donde haba entrado, acompaada de unos cuantos campanillazos que se
oyeron, en virtud de otros tantos tirones que dio a un cordn la Esfinge
desde su asiento, para que abrieran la puerta de la escalera; de un sin
fin de excusas del complaciente Nez, y de estas pocas palabras entre
dientes, con que la droguera contest al saludo.

--...serrrvir a usted.

En cuanto se quedaron solos don Santiago y su mujer, se levant sta y
abri las vidrieras del balcn.

--Qu haces, alma de Dios?--preguntola el pobre hombre, a quien
asustaban entonces los aires colados.

--Purificar esto. No hueles la peste?

--Tienes grandes virtudes, Ramona--la dijo su marido cubriendo la
rodilla enferma con el faldn del gabn--; pero en ciertas debilidades,
eres incorregible... y tremenda.




VI


       *       *       *       *       *

Resabios de mis buenos tiempos de doncella pudorosa; algo que queda
todava en el fondo, entre las cenizas. Pues no pensaba yo que fuera
tanto como para brotar al primer choque. Y ello es poco, pero molesto
cuando aparece. Ya se ir apagando tambin..., porque seales de lo
contrario no deben de ser. A buen tiempo!... Sin embargo, no me
resignara a que ese pobre hombre me apuntara en su libro verde con
suficientes motivos. Vea usted cmo puede haber un grano de arena que
cierre el paso a una mujer que nunca se ha detenido delante de una
montaa!... Es raro eso... Pero qu criatura aqulla! Yo he visto algo
semejante en el teatro saliendo por escotilln, envuelto en un
sudario... Un espectro. Eso es ella, con su misma lividez y con la misma
voz y el mismo miedo que infunde. Y qu ojos los suyos! Me pareca que
con la mirada me iba sacando todas las ignominias de mi vida para
arrojrmelas al rostro entre maldiciones. Y el caso es que este temor me
tena sobresaltada. De este ser no me habl Pepe Guzmn. Y ser capaz de
decirme, cuando yo se le mencione a l, que es un saco de virtudes; y
acaso tenga razn... Cmo habrn podido amalgamarse dos naturalezas tan
opuestas entre s, como la del espectro y la de su marido, para formar
un matrimonio ejemplar?... Porque yo vi seales de que aqul lo es. Otro
caso raro... para m, que no s leer ms que en un libro... Lo que no
ofrece duda es que hasta en las personas que se creen ms despreocupadas
hay un fondo sensible que llega a lo romntico... Yo lo haba observado
en el pblico que se convierte en fiera en la plaza de toros, y se
enternece en el teatro con las dulcedumbres de una comedia _ejemplar_.
Hoy lo he experimentado en mi propia. A poco ms que me apuren, me
confieso de todas mis culpas delante de don Santiago Nez, y arrojo mis
arreos mundano! a los pies de su mujer... Y ahora casi me asombro de
aquella flaqueza. Qu contrastes tan raros!... Cundo estar en lo
suyo la pcara condicin humana? Porque tampoco tiene duda que somos
masa dispuesta para todo; y hasta el espectro debe de ser de la misma
opinin, cuando me dijo que el honor de las hijas depende del buen
ejemplo de las madres. Me parece que fue esto lo que me dijo. Lo
recuerdo bien, porque me doli muy adentro... Otro caso raro: somos del
mismo parecer el espectro y yo en lo tocante a la educacin de los
hijos; nos espantan igualmente los temores de sus extravos, y usamos
procederes diametralmente opuestos en el modo de vivir. Sin embargo, me
parece que aqu la lgica est con ella ms que conmigo... y Dios
tambin... Pero no se ha convenido en que somos barro frgil, y en
que a la edad y a las circunstancias (pcaras circunstancias!) hay que
darles lo que les pertenece, y dispensarlas por lo que se llevan de ms?
Pues he ah mi caso. Yo vivo como vivo y soy lo que soy, porque no puedo
ni debo vivir ni ser de otra manera. Por este lado me arrastran las
circunstancias y las inclinaciones, obra de ellas; y por este lado me
dejo arrastrar... hasta donde me lleven. Nada de ello impide que yo
reconozca las ventajas que tienen otros caminos sobre este camino mo:
bien a la vista est que no cabe punto de comparacin entre una madre
como yo y otra madre de esas que pueden hablar delante de un matrimonio
honrado, sin sonrojarse, de los secretos de su hogar, y ofrecerse a sus
propias hijas por modelo de conducta. Yo no puedo hacer nada de esto, y
bien sabe Dios las angustias que me ha costado hoy en casa del espectro,
y las que me cuesta en la ma a cada hora, desde que vino mi hija a
ella..., pero qu remedio tiene? El barro y las circunstancias lo piden
as... y adelante con la vida hasta que no se pueda con ella. Por
fortuna, o por desgracia, no voy sola por estos derroteros.

As discurra, sobre poco ms o menos, la marquesa de Montlvez dos
horas despus de salir de casa de don Santiago Nez, mientras se
desnudaba... para vestirse otra vez con mejores galas, antes de
sentarse a la mesa, porque aquella noche le corresponda el turno en _el
Real_, cuya temporada haba de concluir pronto; con lo que se declara
que haba empezado ya la primavera, hmeda y desapacible, por ms seas.

Apunto este detalle, porque slo aguardaba la marquesa a que el tiempo
_sentara_ para emprender el viaje a Francia con su hija. Todo lo tena
dispuesto y preparado ya para marchar a cualquier hora, y Luz esperaba
el recado en su colegio. No deba volver a casa ya sino para entrar por
una puerta y salir por otra, como suele decirse.

La marquesa haba elegido esa estacin del ao, porque se prestaba mejor
que otra a sus intentos.

No haba motivo racional ya para dejar a Luz en Madrid un verano entero,
ni su madre poda resignarse a pasarle en la calle del Barquillo, ni
tampoco a viajar con el estorbo peligroso de su hija; y como a sta lo
mismo le importaba entrar en el nuevo colegio con la primavera que con
el otoo, la marquesa haba preferido la primavera, de la cual pensaba
hacer algo como prlogo de su excursin de verano; excursin _planeada_
hasta la nimiedad, durante el invierno, con Leticia y con Sagrario, que
haban de representar grandes papeles en ella.

Y lleg el da esperado; y la marquesa recogi su tesoro del escondite
de Madrid, y le traslad al otro escondite que le tena preparado en
Francia. Y al guardin de all, casi los mismos encarecimientos y
advertencias que al guardin de ac. No era ya prudente ni posible
sostener a Luz en completa ignorancia de su categora social; pero, en
cambio, convena redoblar el empeo para que desconociera los usos y ms
salientes costumbres de la _clase_. Que se habituara a considerarlos
sometidos a las reglas generales de la ordinaria vida social; y de este
modo, cuando no pudiera evitarse que los conociera, por s misma, sera
obra fcil convencerla de que todo lo malo que la sorprenda por
inesperado, era excepcin de la regla; y con esto bastaba, por de
pronto. Las dems advertencias, ya lo he dicho, como en Madrid: pocas
retricas, buena moral, escogidas amistades, el Dios de los pobres y
un buen equilibrio entre la salud del cuerpo y la del alma. Otra
variante que se me olvidaba: no fue tan penosa la despedida de la madre
en Francia como lo haba sido en Madrid, despus de encerrar a su hija.
Cuatro aos de separacin la haban ido acostumbrando a vivir lejos de
ella con sosiego.

Cumplido este importante negocio, a Pars con la doncella, con la de
marras. Un mes pas all. Qu hizo? Contra su costumbre, est poco
explcita la marquesa en este pasaje de sus _Apuntes_: acaso porque la
materia no daba de s para cosa mejor; quizs por todo lo contrario. De
todas maneras, es de extraar este laconismo de nuestra herona, que
sabe entretener la pluma en asuntos bien insignificantes, y no se muerde
la lengua cuando tiene que declarar faltas enormes. Pero en materia de
escrpulos, hay tantas rarezas incomprensibles!

Quien pudiera sacarnos de la duda era su doncella; pero ni la conozco,
ni existe, que yo sepa, la historia de su vida y milagros.

Lo nico que hace saber terminantemente la marquesa, es que al acabarse
mayo lleg Sagrario a Pars, segn lo convenido entre ambas; que pasaron
juntas quince das en aquella capital, bien disfrutados (textual), y
que se fueron despus a Viena para reunirse con Leticia, segn lo
convenido tambin.

Y vean ustedes otra prueba que yo creo tener de que lo de Pars no sera
cosa mayor, por lo mismo que se lo callaba la marquesa, en la
despreocupacin con que da cuenta, aunque no minuciosa, de todas las
restantes aventuras de su viaje desde que se reunieron las tres amigas
en la capital de Austria. All se pertrecharon, como quien dice, de
nuevos alientos y propsitos, y de all salieron para hacer una
verdadera _razzia_ por todo lo ms cogolludo de la Europa elegante, unas
veces juntas, otras separadas, segn las circunstancias y las
necesidades; pero siempre en cabal inteligencia, como divisiones
aguerridas y bien disciplinadas de un mismo ejrcito. Por qu fue Viena
el punto de partida, y no Pars, verbigracia? Por qu se reunieron las
tres aventureras en aquella ciudad austriaca y no en esta francesa? La
marquesa culpa de esta singularidad, que no la desagrad, a la
caprichosa y siempre impenetrable Leticia.

El hecho es que de all salieron, como pudieron haber salido de otro
punto cualquiera, y que nunca como entonces pudo decirse con mayores
visos de verdad, que por donde iban no dejaban _ttere con cabeza_. Y yo
creo que esto debe entenderse, siquiera en la mayor parte de las
ocasiones, en el mejor de los sentidos; quiero decir, en l menos
candente de cuantos quepan en la malicia del lector. Porque, segn
parece, hubo grandes estragos donde no son de temer los de cierto
gnero. Los machuchos cancilleres, los estirados diplomticos, los
ministros _desposedos_, los grandes agitadores expatriados, todo lo ms
alto, en fin, y lo ms serio de las notabilidades europeas que
_abrevaba_ en lo selecto de las aguas de nuestro continente, sinti, en
ms o en menos, el influjo diablico del paso de los tres astros
errantes; y es sabido que si no volvieron a Madrid con una reata de
celebridades de tal calibre por tiro de su carro triunfal, fue porque no
se les puso en el moo la ocurrencia.

De la ndole de estos estragos deduzco yo que slo se trataba, por las
causantes, de una ostentacin o alarde de travesura, nada increble en
tres mujeres hermosas, sin el freno del escrpulo y en lo mejor de la
vida.

En Ems, ya muy avanzado el verano, se hall la marquesa con Pepe Guzmn.
No le gust el hallazgo cosa maldita.

--A mi paso por Francia--la dijo sin prembulos--he visto a Luz.

--La has visto?--exclam la marquesa sin poder disimular la impresin
desagradable que ste sbito recuerdo de su hija la produjo en la
conciencia.

--La he visto, s. Qu hermosa, qu angelical est!... Me pregunt si
saba por dnde andabas; si estaras ya en Madrid; si te vera pronto
yo...

--Y t qu la respondiste?

--Yo la respond..., no lo recuerdo exactamente, porque estaba oyendo
desde all el ruido de tus ligerezas imperdonables, y tema que Luz le
oyera tambin...

--Es cierto que le has odo?

--Pues de qu le conocera, si no?

--Qu temeridades, Dios mo! Por qu har _una_ estas cosas!--exclam
entonces la dama sinceramente espantada de su propia labor. De pronto se
troc su espanto en ira, y lanz a la faz de su amigo estas frases:

--Y pensar que yo no haba nacido para eso!, que estoy en ello porque
a ello me han arrastrado contra mi voluntad, y que la nica persona que
me pide cuentas de mi cada sea la que ms fuerte me empuj para caer!

--Eso es un cargo para m?

--Es un cargo para ti, porque no puede ser otra cosa cada grito que me
arranca esta herida hecha por tu mano, y que no acaba nunca de
cicatrizarse.

--Ay de ti y de tu hija inocente el da en que esa herida no te duela!

--Qu quieres decirme, consejero de Satans?

--Que no cabe avenencia entre tus inquietudes de madre cariosa y tus...
locuras de mujer mundana; y que tienes que decidirte pronto por lo
mejor, en la inteligencia de que ambas cosas dentro de ti no han de
tardar en producir el mismo fruto que si te decidieras por lo ms malo.

--Qu fruto?

--El que ms temes, Nica.... y el que acaso mereces por castigo.

--Por castigo!... Y me lo dices con una frescura como si t no le
merecieras ms ejemplar todava!

--Quin sabe si le estoy sufriendo ya!

--T!

--Crees posible que suceda lo que temo sin que resultemos castigados
los dos?

--Siempre egosta!... Vete, djame en paz, y que suceda lo que Dios
quiera.

--Esto significa que te espanta la verdad, y me alegro de ello.

--Di que me repugna en tus labios, y estars en lo justo.

--Pero, al fin, siempre ser verdad, y conviene que la reconozcas de vez
en cuando.

       *       *       *       *       *

Y este fue el nico tropiezo que hall la marquesa de Montlvez aquel
verano en el ancho, florido y dilatado campo de sus travesuras y
regocijos de buen tono.

En Pars se separ de sus dos amigas; hizo una visita a Luz en su
refugio, y gran acopio en ella de excelentes propsitos de enmienda, que
se le entibiaron mucho con los aires del amino hacia su casa; y entr en
Madrid, en septiembre, tan tranquila y sosegada como si no hubiera roto
un plato durante el verano ni en todos los das de su vida.




VII


Desde aqu comienza un perodo que fue el ms escabroso, si no el ms
largo, de los varios que tuvo la vida mundana de la marquesa de
Montlvez. Segn ella misma lo declara, tan escabroso fue, que l solo
la dara para un libro entero, si se propusiera referir tan enorme
catlogo de _cosas_. Pero da por sentado que el pblico madrileo conoce
las ms salientes de ellas y presume las restantes; y a esto se atiene
para considerar ocioso un trabajo ms desledo, porque valor y
resolucin la sobran para echar a la calle todas esas barreduras de su
conciencia.

Yo podra suplir las omisiones, porque me es bien conocida la materia;
pero esta conducta no sera galante ni acertada, por contravenir a aquel
prudente acuerdo y caer en el peligro, que tambin teme la marquesa, de
que resulte plato de estmulos insanos lo que debe resultar muy otra
cosa. Atngome, pues, al texto de los _Apuntes_, confirmacin exactsima
de los rumores de la fama, y aun eso slo he de darlo en extracto para
llegar cuanto antes a la narracin de otros sucesos harto ms dignos de
la atencin de los lectores.

Se cans muy pronto de las fiestas caras y ruidosas que daba en su casa.
En su temple de _jamona fresca_, con su aprovechada experiencia, su buen
gusto y claro ingenio, necesitaba algo de ms jugo, de ms substancia
que aquella inspida y continua exposicin de mujeres frvolas y de
hombres mentecatos, cargados de perifollos; fiestas en las que, tras de
costarla un sentido, todos se divertan menos ella. En fin, que ech la
gente a la calle y dio por terminadas las reuniones de fausto en sus
salones.

Para llevar a cabo sus nuevos planes, eligi lo que haba de
aprovechable entre lo arrojado de su casa y lo que conoca de lo de
fuera; despus autoriz a los escogidos para que escogieran a su vez,
sin pararse en pelillos de linaje: podan espigar en varios campos, en
todos los que se dieran ingenios bien educados, desde la presidencia del
Consejo de ministros, hasta el humilde rincn de la obscura gacetilla.
Que no se reparara en edades ni en estampas: viejos y mozos, altos y
bajos; todo serva, con tal de no carecer de ingenio ni de desparpajo;
_tup_, que dicen otros. Para todos habra que hacer all.

De mujeres (stas eran de eleccin suya exclusivamente), pocas y malas;
quiero decir, de buen pico y mejores tragaderas.

Y as se fue haciendo.

Cuando le anunciaban un presentado, preguntaba ella al presentante:

--Vale?

Respondanla que s.

--Pues que venga.

Y _valer_, en aquellas ocasiones, significaba ser cualquier cosa, menos
hombre indigestamente grave, corto de genio, feo sin gracia, ignorante
sin osada, galn ruboroso..., y as por el estilo; porque all, hasta
el saber macizo y serio haba de derramarse en dosis muy concentradas y
con mucha sal y pimienta: todo menos la pesadez y la petulancia. Y
_valiendo_, todo era lcito con tal de estar _bien hecho_; la grosera
en las formas estaba igualmente proscrita. En el pensamiento, no tanto.

Dicen los que lo conocieron, que _aquello_ tuvo que or... y que ver; y
lo llamo _aquello_, porque no s qu nombre darlo. La marquesa, por
llamarlo de algn modo, lo llamaba _ts ntimos_; pero es lo cierto que
aunque todas las noches del invierno, ya muy cerca de la madrugada,
haba ese _t_ en su casa, _aquello_ no tena horas fijas ni aspectos
determinados, y chisporroteaba de mil modos: entre pocos, entre muchos,
en tertulia plena, con media docena de _ellos_ convidados a comer, o con
otros tantos al humor de la chimenea a cualquier hora de la tarde. Ms
que t, era al modo de sierpe de muchas cabezas que alcanzaba con la
punta de la cola a muchas cosas y a muchas partes..., hasta las casas de
Leticia y de Sagrario. Porque estas dos criaturas de tan buen estmago,
en cuanto lo cataron en la de la marquesa pidieron el turno
correspondiente; y no era cosa de que las desairaran aquellos hombres
tan corteses y campechanos de suyo.

Como en estas reuniones de imponderable confianza se viva en perpetuo
comercio de malas intenciones, de malicias y de travesuras de lenguaje,
el natural ingenio de la marquesa adquiri gran desarrollo, y su bien
acreditado humorismo se empap en nuevos y ms _picantes_ jugos. Lleg a
tener _frases felices_ y a pintarse sola para crucificar en una
semblanza a un prjimo desventurado, o para hacer en otro marca
indeleble con un dicho que repeta despus _todo Madrid_. De aquella
fbrica salieron tantos y tantos que an continan siendo famosos entre
las gentes encogolladas, vagabundos de levita y estudiantes
desaplicados.

Por entonces comenz a llamrsela _la Montlvez_, llaneza que acreditaba
su bien adquirida popularidad, como en otro tiempo la haba acreditado,
entre la juventud de rechupete, otra llaneza, algo ms fina y culta:
_Nica Montlvez_. Lo cierto es que Madrid se llen de _cosas_ de _la
Montlvez_, y que hasta las que rodaban por tertulias y cafs sin madre
conocida, se le atribuan a ella. Privilegio de las popularidades bien
fundadas.

Su casa, por las gentes que la frecuentaban, lleg a ser registro exacto
de los secretos pecaminosos, hazaas y picardas de _todo Madrid_: all
se conoca la clave de los misterios, chicos y grandes, de la poltica
fullera, y el hilo de muchas maraas inexplicables de la Hacienda
pblica; haba palancas para remover obstculos que las gentes _legas_
conceptuaban irremovibles, y el don de muchos prodigios de fortuna en
todas las carreras del Estado, que dejan atnito y confuso al vulgo
sencillote.

Los maldicientes que se crean mejor informados, referan de _las tres
Gracias_ verdaderas enormidades en los corrillos del pblico voraz. _Las
tres Gracias_, y por aadidura _en conserva_, eran las tres _viudas
verdes_: en una palabra, _la Montlvez_ y sus dos amigas Leticia y
Sagrario. De cada una de ellas se contaban ancdotas que ardan;
caprichos libidinosos que traan su filiacin de la Roma corrompida de
los Csares.

No niega fundamento la Montlvez a estos rumores, pero se sacude
violentamente de ciertos _hechos_; y quiere que conste que todos los
comprobables de aquel calibre pertenecen a Leticia y a Sagrario. La
misma salvedad hace con respecto a los _dichos_. De stos, unos eran
referentes a personas y otros a cosas; unos, al modo de dictmenes;
otros, al de motes y semblanzas; los haba cruelmente ingeniosos, y los
haba tambin indecentes. Se atribuye gran parte de los primeros; pero
rechaza hasta con asco la propiedad de los segundos.

Y la creo, no solamente por el valor con que se acusa de otras cosas
bien graves, sino porque haba en su naturaleza un componente pudoroso
que la impeda ser grosera: y hasta como pecadora, lo fue sin el aguijn
del apetito; y por eso quiere que se la tache por _lujo de pecar_, pero
no por _lujosa en el pecado_. Lo primero no edifica, seguramente; pero
tampoco degrada ni corrompe tanto como lo segundo.

Por ese lado se explica tambin que, entre las tres cmplices de estas
fechoras, fuera ella la que se cans primero, o, mejor dicho, la nica
que se cans; porque las otras dos no se cansaron pizca: al contrario,
deshecha la mancomunidad que sostena a las tres en cierto orden de
equilibrio, cayeron Sagrario y Leticia, por su propio peso, despeadas
hasta lo ms hondo, aunque cada cual a su manera: Sagrario fue siempre
la mujer de los caprichos estrepitosos; Leticia el modelo de las
caprichosas solapadas y de las amigas temibles. Se la atribuan hasta
perfidias de tan mala casta, que rayaban en crueldades. Seran o no
seran ciertas: la marquesa cree que s, porque tuvo grandes y
especiales motivos para no dudarlo.

Como tampoco duda, antes confirma terminantemente, lo que ya sabamos
por Manolo Casa-Vieja: que era muy avara; pero, segn la marquesa, avara
de la peor especie: tena el vicio del trapicheo, y media docena de
_comadres_ negociando de su cuenta, por las casas de vecindad, sus
vestidos de desecho y hasta los trastos de la cocina. En este bajo
comercio era tramposa y desleal; y se desviva y aguzaba el ingenio por
el gusto de robar media peseta a una chula en un dije de similor.
Crease que eran muy mal adquiridas muchas cosas de mrito que se
admiraban en su casa, particularmente obras de arte; y maravillaba el
lujo de rateras que se daba por empleado para apoderarse de ellas. Y
esta mujer tena un caudal enorme y era esplndida en sus gastos! Hay
muchas almas de alquimia que tienen roas as.

Volviendo a la marquesa, digo que ese azaroso tramo de su vida pecadora
dur seis aos.

Guzmn, que era por entonces un seor bastante gordo y entrecano, pero
siempre de _gran ver_, iba poco, muy poco, por la casa de su amiga; y
cuando iba, era para reprenderla.

--Te empeas en que te oiga--la dijo ms de una vez--, y al fin te oir.
Y aunque no llegue a orte, por el rastro que va dejando aqu la vida
que haces, tendr que conocerla.

--Es el ltimo estruendo de ella--responda la pecadora sonriendo--. No
lo dudes: estoy preparndome para ser juiciosa.

De tarde en cuando desapareca por una temporadita para visitar a Luz.
Dos veces la trajo a Madrid durante aquellos seis aos, pero por muy
pocos das; y entonces fue su casa un modelo de sosiego y de buen orden.
Se la presentaba a sus amigas menos temibles, y la llevaba consigo a
algunos sitios de recreo.

Entre la primera y la segunda venida a Espaa dio Luz un _estirn_ que
sorprendi mucho a su madre. La encontr hecha una mozuela que _se
sala_ de sus angostos hbitos de colegiala. Se lo hicieron notar
tambin sus amigas de Madrid; y la dijeron que era un pecado mortal no
vestirla ya de seorita y no sacarla del encierro donde no pareca
bien.

La marquesa comprenda demasiado que sus amigos tenan razn; pero ella
las tena tambin muy respetables para echar por otros caminos
diferentes; y por eso llev a Luz a Francia otra vez, donde nunca haba
estado como verdadera colegiala.

Desde este viaje es cuando apareci la Montlvez notablemente
transformada.

Con disculpas bien buscadas, fue disolviendo sus _ts ntimos_ y sus
tertulias _verdes_, y escatimando su asistencia a las de sus amigas. No
por ello se hizo huraa ni melanclica; pero si muy escogida en las
personas para el trato continuo, y muy sobria en los recreos de puertas
afuera.

Rebasaba ya bastante de los cuarenta aos: haba dado de repente el
_bajn_ de que no se libra bicho viviente, por mucho que se emperejile y
se _defienda_; y a este fracaso se atribuy la retirada, creyendo que la
Montlvez se apresuraba a dejar el mundo antes que el mundo la dejara a
ella.

No era cierta la suposicin ni bien fundado el motivo. A la marquesa le
quedaba todava un otoo muy agradable que explotar, si hubiera querido
apurar las cosechas hasta la vendimia inclusive. Contaba an con muchos,
con muchsimos golosos; porque ms varios que las estaciones de la vida
son los gustos de los hombres viciosos y desarreglados. Dijranlo, si
no, sus compaeras de glorias y fatigas mundanas, Sagrario y Leticia:
ms invernizas y deshojadas que ella iban ponindose, miradas a buena
luz, y an triunfaban y lucan y se consideraban a lo mejor del camino,
soando, porque volvan la espalda al invierno que las espantaba, que
corran hacia la primavera.

No se fundaba, pues, la resolucin de la Montlvez en aquel fracaso de
su belleza, aun que coincidi con l.

Ya se sabe que no estaba formada del peor de los barros posibles; que no
entraba el vicio como verdadera necesidad en su naturaleza, y que,
aunque la diverta ser viciosa, no la _llenaba_. Desde que naci su
hija, luchaban en ella dos pasiones que se aborrecan como el perro y
el gato, una buena y otra mala: la de madre escrupulosa y amante, y la
de mujer de mundo, alegre y despreocupada. Mientras la hija estuvo en
edad de vivir escondida, la madre pudo entregarse de lleno a sus
placeres mundanos; pero llegada la hora de traer a Luz a su lado, tena
que decidirse por el gato o por el perro; y esa hora lleg, y la madre
escrupulosa triunf sin lucha de la mujer liviana. Cierto que Luz estuvo
en el escondrijo dos aos ms de lo justo; cierto que el momento de
decidirse la madre ocurri en aquella crisis de su edad y despus de un
hartazgo de desrdenes que bien pudiera tomarse por el hartazgo de
Marta; cierto es igualmente que en estas _coincidencias_ hay base
sobrada, tomando las cosas en su primer aspecto, para la suposicin de
las gentes; pero es la pura verdad tambin lo que yo afirmo con el
testimonio de la marquesa misma, y a esta opinin hay que atenerse.

Puede haber quien pregunte: Y si el momento de decidirse hubiera
ocurrido cuando tena la marquesa seis aos menos, por cul de las dos
pasiones se habra decidido?

Parceme la pregunta un exceso de curiosidad y un lujo de mala fe; pero
conste que yo me inclino a lo ms favorable para aquella dama, cuyo
desmedido amor a su hija daba para ello y otro tanto ms.

Volviendo a lo que importa y dejndonos de escarbar tan adentro, porque,
si a eso furamos, sabe Dios qu cosas se hallaran en el alma de muchos
que creen tenerla como los ampos de la nieve, digo que la transformacin
de la marquesa despus de llevar a Francia por ltima vez a su hija fue
tan de veras, que no se content con deshacer sus tertulias y despejar
la casa de gentes nocivas a la buena moral, sino que, en cuanto la puso
en orden, se consagr a orearla y a limpiarla de todo rastro de
impurezas. Hasta de sus propios resabios trataba de sacudirse, se le
figuraba que de sus fechoras ms recientes le quedaban algunos en el
estilo, y tema que por aquellas espumas se descubrieran, las pasadas
tempestades. Mujer ms singular!

Estos preparativos duraron cerca de dos aos, y aun con este parntesis
no se crea bastante alejada de sus ltimas locuras para no temer que,
cuando menos lo pensara, se le prendiera alguna en el vestido.

Durante este tiempo hizo una visita a Luz. Cmo iba completndose
aquella criatura! Con qu amor iba la naturaleza formando a la mujer
sobre la armadura de la nia!

A Guzmn le gustaba mucho ver a la marquesa tan afanada en aquel esmero
de polica domstica.

--Te parece bastante?--sola preguntarle ella.

--Todava no--respondala l.

Y en eso estaban.

Un da, despus de hacerle ella la misma pregunta, se qued Guzmn
pensando mucho la respuesta.

--Voy sospechando--le dijo la marquesa--que nunca te ha de parecer esta
casa bastante purificada.

--Por qu?

--Porque eres hombre de buen olfato; y mientras ests t en ella,
siempre has de hallar tufo de peste. Es el nico que anda ya por aqu...
en cuanto t vienes.

Sonriose Guzmn y respondi, ponindose el sombrero para marcharse:

--Puede que tengas razn... Vete, vete cuanto antes por ella.

Y muy pocos das despus sali de Madrid la marquesa para traer de
Francia a su hija.




VIII


Luz tena diez y ocho aos cuando su madre se decidi a sacarla para
siempre de su escondrijo. A sta le remorda algo la conciencia, por
parecerle demasiado larga la prisin; a la prisionera le daba lo mismo
irse que quedarse, si es que no prefera aquella vida de invernadero en
que se haba desarrollado, a las intemperies de un mundo que desconoca.

Grandes fueron los temores y sobresaltos de la marquesa, como ya se
dijo, cuando por primera vez tom en sus brazos a su hija; pero fueron
mucho ms grandes al trasponer las puertas de su encierro con ella, ya
mujer, y mujer que pareca modelada en la mente de un escultor
enamorado. Tan singular era su belleza. De nia la conocimos recibiendo
las caricias de Guzmn; y tambin sabe el lector, bajo la fe de nuestra
palabra, que tres aos despus todo haba crecido en ella con prodigioso
equilibrio: lo fsico y lo moral, las perfecciones del cuerpo y las del
alma. Pues a los diez y ocho era eso mismo, en las debidas proporciones.

Vida de invernadero hemos llamado a la suya, y es la verdad en casi todo
el rigor de la frase: como lo es tambin que marquesa, atenta slo a
lograr determinados fines, acert sin proponrselo, dando a aquella
excepcional naturaleza el nico medio en que poda desenvolverse sin
deformarse. No a todas las plantas conviene el cultivo al aire libre y a
cielo abierto. En lo humano, era Luz una de estas plantas. No es de
extraar que al salir de su estufa sintiera la impresin de otro
ambiente ms fro, y que esta impresin no le fuera agradable.

Hay que decir algo sobre la realidad envuelta en estos simbolismos de
jardinera, para que el lector no extrave su juicio sobre el carcter
que debe conocer a fondo entre la hojarasca de las imgenes. Hablbamos
del mundo al cual iba Luz a salir de pronto y por primera vez, y casi
aseguraba yo que esta salida no era muy de su gusto, o, cuando menos,
que no la necesitaba...--Y, entre parntesis, quiero que valga este
ejemplo, que es el que hallo ms a mano, por otros cien que pudieran
citarse para pintar el modo de ser de la hija de la marquesa de
Montlvez en la ocasin de que se trata.--Por razones que se conocen, la
haban dicho cmo era el mundo que a ella le convena imaginar, no el
que en realidad le estaba destinado: un mundo que no era bueno, aunque
no tan malo como el que le ocultaban; pero, al cabo, era un mundo
prctico, con sus hombres y sus mujeres, y sus cuestas abajo y sus
cuestas arriba; el mismo que ella vea por los resquicios de su
encierro, y en las historias que aprenda para instruirse, y en los
pocos libros de imaginacin que se le daban para entretenerse. Y todo
esto sera verdad, pero le gustaba muy poco; no porque adoleciera de
sensibleras romnticas, sino por razones bien opuestas: por obra de
aquel equilibrio prodigioso que exista entre todos los elementos que la
constituan, de cuerpo y de alma.

En aquel conjunto todo era paz, armona y sosiego, y caba el
sentimiento de todo; pero no la pasin por nada sin el concurso de un
agente perturbador que rompiera el equilibrio; el cual agente haba de
venir de afuera, porque dentro no haba lugar para l. En otra criatura
formada de distinto barro, el cultivo artificial o de invernadero, como
hemos llamado al de Luz, hubiera producido contrarios efectos, porque en
lo comn de la naturaleza humana, las veladuras sobre los ojos son
alicientes de los deseos y despertadores de la curiosidad; pero en una
pasta tan dctil y placentera como la de aquella nia, el artificio de
su educacin moral contribuy grandemente a la perfeccin casi mecnica
de la mujer; mecnica en cuanto a la estructura, digmoslo as, a la
trabazn de las piezas componentes de su ser moral, no en cuanto a las
funciones del conjunto, que stas ya dependan de la pasta fundamental,
del temple nobilsimo del alma, obra de un Artfice ms alto.

Quiero decir, antes que nos extraviemos entre sutiles metafsicas, que
an me parecen ms inextricables que los laberintos de la botnica, que
Luz, con su equilibrio de agentes ntimos, no era un rel que _andaba
bien_, ni una soadora que beba vinagre y suspiraba por el reposo de
la tumba, sino una mujer de carne y hueso, con muy pocas ambiciones y
muy apaciguados deseos; porque haba en los ojos de su imaginacin unas
lentes que le presentaban los objetos exteriores con un colorido
sumamente dulce y a una luz suave y tranquila, como la de un crepsculo
de otoo. Habituada a este modo de ver, no es de extraar que la
repugnaran los colores vivos y todo linaje de desentonos y de
aberraciones, lo mismo en el orden fsico que en el orden moral. Y as
era lo cierto. Esto no impeda que Luz estuviera dispuesta a tomar lo
que la dieran; pero, autorizada para elegir, muy pocas veces se
decidira al gusto de las mujeres de su edad.

Apurando el ejemplo que tenemos entre manos, he de aadir que esto del
mundo del que tanto se la hablaba y que ella hubiera adivinado aunque
nada le hubieran dicho, porque la humana naturaleza es una parlanchina
que todo lo descubre, y, ms o menos recio, habla a la imaginacin,
aunque se la pongan candados en la lengua y se la confine a las
soledades de un desierto; que esto del mundo, repito, la dio bastante
que pensar desde que traspuso las fronteras de la niez y entr con
paso ms firme y con doblados alientos de vida y con mayores fuerzas de
visin, en los trminos de la juventud.

De qu la serva, si no todo, la mayor parte del mundo que iba
columbrando, y adems le descubran en libros y en advertencias de
palabra?... De maldita de Dios la cosa para las especiales ambiciones
que la dominaban y las cortas necesidades que senta. S a ella la
hubieran dicho: Forma uno a tu gusto y para tu exclusivo recreo, donde
vivas en cuanto salgas de aqu, qu cosa tan distinta de lo que le
esperaba hubiera construido!

Por de pronto, nada de multitudes humanas, ni de ruidos incmodos, ni de
hacinamientos de casas formando calles sombras y angostas; nada de
ceremoniales mentirosos para cultivar amistades que no se necesitan
entre personas que no se pueden ver; ni de espectculos pblicos, en los
cuales se exhiben las gentes embanastadas de medio abajo, y en
ringleras, como muecos de escaparate; nada de sonrisas forzadas, ni de
saludos maquinales, ni de corss muy apretados; nada, en fin, de ese
cmulo de esclavitudes y de molestias en que viven las gentes bien
educadas, cuando se dice de ellas que hacen una _vida regalona_. Luz se
hubiera contentado con muchsimo menos: con un pedacito del mundo,
precisamente de la parte de l ms desdeada de las gentes mundanas;
algo as como cuadro de primavera campestre: praderas rozagantes,
copudos robles, matas de rosales, senderos blandos y retorcidos entre
los rboles y los rosales y las praderas; un sol cernido a travs de las
espesuras; fuertes contrastes de luz y sombra; rumor de brisas en el
follaje y de aguas fugitivas entre mrgenes de madreselvas y laureles
bravos; pjaros cantadores, y en lo alto, pero no lejos del ro, sobre
una base de roca blanquecina medio envuelta entre carrascas, hiedras y
escaramujos, una casita, no como la choza rstica y grosera de los
idilios, no tanto: poda ser un _chalet_ muy cmodo y muy lindo, hasta
con su salita de estudio y un buen piano en ella, y un terradillo desde
el cual se descubriera una gran parte del panorama y se entrara en
tentaciones de recorrer lo que no se vea...

La segunda vez que se asom Luz con los ojos de su imaginacin a esta
azotea (porque este cuadro primaveral no fue obra de un acaso ni
contemplado un da solamente), descubri, extrao suceso!, al alcance
perfecto de su vista, junto a un rbol de los ms prximos al ro, una
_figura_ que ella no haba puesto all. Se atreva a jurarlo. Era la de
un hombre en lo ms verde y lozano de la juventud: gallardo de cuerpo y
hermoso de cara; poco bigote todava, pero muy negro, como los ojos y
como el pelo, suelto y abundante; muy bien ataviado, pero no compuesto.

Deba Luz borrar aquella figura del cuadro, solamente por no ser obra
suya? Fueran cuales fuesen su procedencia y su destino, el detalle
inesperado _compona_ muy bien donde estaba; y _componiendo_ bien, no
deba borrarse. Adems, aquellos fondos, aunque bellos, eran demasiado
para una mujer sola. Poda llegar a sentirse all hasta el miedo, porque
la soledad es imponente, por hermosa que sea; y aunque no se llegue al
miedo, las impresiones recibidas en la contemplacin de lo bello no se
completan si no son comunicadas con alguien; y hasta se daba el caso
entonces de que aquel mancebo, por la expresin de su mirada intensa, la
dulzura de su sonrisa y lo varonil de su persona, pareca la
encarnacin del sentimiento, de la bondad y de la fortaleza; como que
metida ya Luz de plano en estas fantasas hasta se le antoj (salvando
la irreverencia que crea cometer en la comparacin) que el tal mancebo
poda pasar, donde estaba, por algo as como arcngel guardador del
misterioso paraso. Si _compondra_ bien la figurita en el punto del
cuadro en que haba aparecido de repente!

A la tercera vez que se asom Luz a la azotea, tambin vio al mancebo en
el mismo sitio; pero ya no se contentaba, para dar entretenimiento a sus
miradas, con el lujo de la naturaleza que le envolva; tambin la miraba
a ella, a Luz, y aun con mejores ojos que a las bellezas inanimadas del
paraso; y como el mancebo era, en opinin de Luz, el sentimiento de la
bondad y la fortaleza, y hasta el arcngel guardador de todo aquello,
que ya era de los dos, Luz baj del terrado, sin miedo y sin
escrpulos, y el mancebo la sali al encuentro; y ella apoy su brazo en
el brazo que le present l, y se fueron juntos por el sendero adelante;
y mientras andaban as, a Luz le pareca ms radiante la del sol y que
eran ms olorosas las flores y ms blandos los senderos; los ruidos ms
armoniosos, el ambiente ms saludable y los pajarillos ms alegres.
Despus, en la soledad de su casita, todo lo hallaba ms cmodo y
risueo; y al poner sus manos sobre el teclado del piano, le arrancaba
del fondo notas de una vibracin como jams haba arrancado de aquellas
fibras de acero.

Pues bien: algo as, con este cuadro primaveral por base, poda ser la
vida de una mujer como Luz, si la dijeran: Escoge un mundo a tu gusto
para ti sola, o para los dos a lo sumo. No pedira ella otra cosa. Y,
sin embargo, se guardara muy bien de descubrir estos deseos en medio de
las realidades de su vida, porque estaba cierta de que haban de ser
calificados de locura.

Pero, locura o no, so largo tiempo con el cuadro, no s, ni ella lo
supo, si despierta o dormida; y de tanto soar con l, lleg a salir del
colegio con grandes dudas de si aquellos fondos de la naturaleza y aquel
mancebo guardador del paraso de sus sueos, que tan conocidos le eran
ya, los haba visto ella en alguna parte.

No s si el lector habr comprendido bien todo cuanto llevo dicho, o si
yo no habr sabido explicarme, para llegar a conocer el fondo del
carcter de Luz; pero seguro estoy de que, por muy mal que me haya
salido la tarea, se puede sacar de ella todo lo que se necesita para
convenir conmigo en que la marquesa de Montlvez no tena motivos para
alarmarse al presentar en el mundo a su hija, hecha una mujer, por el
lado de sus pensamientos y naturales inclinaciones. Y no se alarmaba por
lo tocante a este lado. Pero por el otro, es decir, por el de su
belleza, cmo evitar los riesgos que tema? Qu ms daba que ella se
fuera sola hacia el cenagal, o que el cenagal la buscara a ella, si lo
importante era que el uno y la otra se pusieran en contacto inmediato?
Pensar en recluirla de nuevo, tenalo hasta por inhumano, adems de
ridculo. Era de necesidad, no solamente echarla al mundo, sino
tambin lucirla en l. Y en este caso, cmo impedir que aquella
gentileza de Venus pdica, o mejor dicho, aquella realizada idealidad de
virgen cristiana, atrajera sobre s todas las voracidades de los
hombres descorazonados y todos los venenos de las mujeres envidiosas, y
que fuera esta lepra inficionando poco a poco a la inocente? Cmo
evitar, cuando menos, que con el continuado roce con tantas y tan
diversas intenciones se destruyera el artificio y quedaran de manifiesto
a los ojos de Luz las negras realidades que la marquesa le esconda
hasta dentro de su misma casa?

Los temores de la madre no podan ser ms fundados; pero haba que
cerrar los ojos y seguir adelante. Y adelante fue.

Luz hizo su entrada en el mundo con la serenidad de quien nada teme en
una regin que no le interesa. Todo cuanto iba viendo le pareca natural
y corriente, porque cuando all lo ponan, all debera de estar. Tomaba
las cosas en el valor que a sus ojos tenan, y a ese precio las pagaba;
y como le sobraba en discrecin mucho ms de lo que le faltaba en
experiencia, siempre sala muy airosa en estos tratos de su forzado
comercio con las frivolidades mundanas.

A ms de por hermosa en el grado especial en que lo era, por la historia
que tena, fue su aparicin en los salones mucho ms notada que otras
semejantes: la mordieron las envidiosas con la saa de las grandes
ocasiones; la compadecieron a gritos las pecadoras en secreto; los
hombres la tuvieron quince das _sobre el tapete_ en sus debates
_naturalistas_, y los revisteros de salones soltaron toda la trompetera
ms sonora de sus rganos, en honra y gloria de la recin llegada al
nico mundo en que, segn ellos, se poda vivir debajo de la luna.
_Aljfar_, que todava cantaba porque an tena estmago insaciable que
se lo exiga, enton en letras de molde una _silva_ de media vara, en
que hubo ms juegos de luz que en un cuadro disolvente. Ni de las
murmuraciones a escondidas ni de las alabanzas en pblico, tuvo noticias
Luz; porque las primeras no se oan, y cuid mucho su madre de ocultar
las segundas con el sabio propsito de que desconociera su hija,
mientras esto fuera posible, aquella mala costumbre de poner a las
gentes en ridculo queriendo hacerlas un favor.

Tomando por pretexto las pocas aficiones de la novicia a los estruendos
mundanos, la marquesa se guardaba muy bien de empujarla hacia ellos;
antes, la mantena discretamente en sus inclinaciones al sosiego, y
hasta las explotaba en cuanto la convena para sus fines particulares.

Por ejemplo: Luz segua fuera del colegio las prcticas cristianas a que
se haba acostumbrado en l. Iba a la iglesia a menudo y tena sus rezos
en casa. Pues a todos estos actos piadosos la acompaaba su madre. Algo
la mordan sus amigas, y con gran donaire se sacuda ella de las zumbas;
pero segua yendo a la iglesia y rezando con su hija, muy a su placer.

Con todo esto y lo que ya se ha dicho en el captulo precedente sobre
oreos y desinfecciones, que continuaban en la necesaria medida, la casa
de la marquesa, sin dejar sta de ser la dama de distinguido y ameno
trato, no era conocida ya. Aquellos profanados interiores de la
Montlvez haban adquirido el honrado aspecto de un _hogar de familia_.

Algo retrasadas andaban estas medidas de regeneracin; pero nunca es
demasiado tarde para abrir a Dios la puerta de casa, despus de haber
barrido de ella al demonio.

Guzmn, que era ya Excelentsimo seor don Jos Celestino, senador del
reino, columna del partido conservador, consejero de Estado, embajador
probable, ministro posible y todo lo que quisiera, si lo quera con gran
empeo, pasaba la pena negra desde que Luz haba llegado a Madrid.
Temblaba por ella, y a su lado se hubiera puesto para ampararla de da y
de noche contra los peligros en que vea el tesoro de candor que se
encerraba en aquel estuche primoroso; pero no alcanzaban sus derechos a
donde llegaban sus impulsos. Era harto sabida en Madrid la leyenda de la
_semejanza_, con todos sus antecedentes, y hubiera sido una profanacin
inicua someter aquel ngel a nuevas comparaciones y nuevos comentarios
del pblico mordaz. Por eso se crea ms obligado a alejarse de ella
cuanto mayores eran sus deseos de acercarse. La admiraba y la protega a
_prudente_ distancia; pero esta prudencia se pareca demasiado en sus
tramites al desvo de un extrao, y l no poda conformarse con tan
poco.

Ya sabemos que haba vuelto a frecuentar la casa de la marquesa desde
que se andaba en ella a escobazos con el diablo. En una de sus visitas,
estando ya la desterrada joven en Madrid, hall a su amiga muy alarmada.
Luz saba desde muy nia que su madre era viuda, y de quin lo era y
desde cundo; pero en lo que jams haba dado, dio en las primeras
conversaciones que tuvo con su madre, recin llegadas las dos de
Francia: en pedirla noticias y pormenores ntimos de su padre.
Figrese el lector en qu aprietos no se vera la aristocrtica viuda
de don Mauricio Ibez para salir limpia y sin manchar a nadie, de aquel
nuevo lodazal en que la arrojaba de pronto el natural deseo de su hija!
Sali bastante mejor que hubiera salido otra pecadora con menos ingenio
y serenidad que ella; pero sali muy dolorida y alarmada.

Refiri el caso a Guzmn, muy en voz baja y despus de registrar hasta
los rincones, temiendo que la oyeran, y tambin culp a su amigo de este
nuevo fruto de su vida de iniquidades y contubernios.

--No es ya hora--la dijo Guzmn--de liquidar esas cuentas tan
envejecidas. Tomemos el caso como una advertencia ms del celo que se
necesita aqu para que no descubra Luz lo que jams debe serle conocido,
y eso nos baste, que no es poco en gracia de Dios. El bien de tu hija
debe ser el mvil de todos tus actos y pensamientos. Yo te ayudar con
los mos, en cuanto me sea posible y lcito, a la distancia a que me
hallo de vosotras. Olvido absoluto de todo lo dems..., hasta en sueos,
si dable nos fuera; y desde este instante no se pronuncie una sola
palabra entre nosotros que no pueda ser oda de Luz sin asombro de su
ignorancia y de su inocencia; porque fuera caso peregrino que lo que
tratas de ocultarla entre las desenvolturas de las gentes extraas, se
lo descubrieran en su propio hogar tus mismas imprudencias.

A la marquesa le pareci muy cuerdo el dictamen de Guzmn, y desde aquel
da se acab entre ambos el tratamiento llano de sus intimidades; qued
proscrita toda alusin a lo pasado, y no fue en la casa de Luz ni fuera
de ella el antiguo amante de la hermosa Nica Montlvez, ms que un amigo
muy afectuoso y atento de la ajamonada viuda del arruinado banquero don
Mauricio Ibez.




IX


La marquesa haba dicho a su mdico que probablemente necesitara tomar,
durante el verano que se acercaba, algunas aguas sulfurosas y quizs
tambin algunos baos de mar; pero caserito todo ello, y a lo pobre.
Quera dar a entender que en puntos de poco ruido aristocrtico y en
Espaa. En seguida expuso las razones en que se fundaba para creer de
necesidad lo que deca (fundamentos que bien pudieran haber sido
inventados por ella). El amable doctor, despus de escucharla
atentamente, la respondi muy risueo que estaba enteramente conforme
con su parecer. Entonces aadi la marquesa que ella saba de una
provincia espaola donde se hallaban ambos remedios, y a muy corta
distancia el uno del otro.

--Pues a esa provincia--repuso el complaciente mdico--. Tome usted muy
poco de lo sulfuroso y cuanto pueda resistir de lo del mar; y si Luz no
tiene miedo a las olas, que se columpie en ellas tambin siempre que le
d la gana, pues hasta en naturalezas tan saludables como la suya
sientan esos tnicos a maravilla.

Y por estas razones, con alguna ms que ella conocera, y que bien
pueden sospecharse sabiendo su nuevo modo de pensar sobre las vanidades
de su mundo, se hallaba la marquesa de Montlvez con su hija, en el
rigor de aquel verano, tomando los baos de mar en una de las playas ms
hermosas, aunque no la ms nombrada, de la Pennsula.

Se encontraba muy bien all. La concurrencia era abundante, pero no de
_primer lustre_. Precisamente lo que la marquesa quera. Gentes de buen
pelaje: de tierra adentro las ms, pero sin llegar a Madrid. Como no
haba etiquetas, aunque si mucha presuncin, entre los baistas, la
marquesa viva entre ellos con la mayor holgura, casi en traje
domstico; y no suprima el casi, porque no se tomara su desalio a
desdn de gran seora. El aire de la playa, el rumor de las olas, la
inquietud de la mar, el abrupto perfil de la costa, las puestas del sol
entre celajes de fuego y sumergindose el astro y apagando su luz poco a
poco en lo ltimo de aquellas aguas sin fin... Cien veces lo haba
tenido delante de los ojos en otras playas de Europa, y no lo haba
visto hasta entonces. Qu saludable y qu hermoso le pareca!

Crean hacerla un gran favor aquellos corteses baistas cuando la
invitaban a las fiestas con que entretenan los ocios de la temporada; y
no podan imaginarse hasta qu extremo la molestaban ponindola en el
deber de aceptarlo todo. Fiestas a ella, que vena huyendo de las que
le haban envejecido el espritu a lo mejor de la vida!

Pero no se trataba de ella sola: se trataba de Luz, a quien indirecta,
pero principalmente, iban enderezadas las invitaciones, y era muy justo
no desairarlas, as por la buena intencin de los invitantes, como por
lo inofensivo de lo brindado. Poda la hermosa novicia hasta saturarse
de ello sin temor de dao alguno.

Lo peor era que Luz no lo apeteca mucho ms que su madre. Haban hecho
que lo tomara casi en aborrecimiento las intemperancias galantes de
aquellos donceles que la miraban, que la seguan y que la requebraban
implacables, y de aquellas damas que buscaban su trato incesantemente
para alabarla cuando hablaban con ella, para ponerla defectos las ms,
en cuanto se alejaban un poco, y para imitarla todas, al fin, hasta en
el modo de andar.

Pero lo que su madre le deca: ests aqu, y en la edad de divertirte,
y tienes hasta que hacer que te diviertes con lo que aqu se divierten
los dems. Y Luz lo aceptaba todo con el mejor de los deseos, y en
todas partes aparentaba divertirse mucho, aunque en realidad se
divirtiera muy pocas veces. Sin embargo, tampoco se aburra; y quiero
que conste este dato para que no se confunda con el melindre indigesto
lo que era hasta abnegacin de una naturaleza sobria y delicada de
gustos.

La marquesa, por vecindades en la mesa redonda del hotel en que se
hospedaba, haba trabado amistad con una seora de _buen aire_, la cual
seora tena dos hijas muy guapas: la una y las otras eran, adems, muy
discretas y muy distinguidas de porte. Tampoco eran de Madrid--condicin
muy del gusto de la marquesa--; pero sin ser de Madrid se puede ser
guapo, y hasta listo y elegante. El caso es que si las dos seoras
_simpatizaron_ entre s, las chicas de la una se entendieron con Luz y
Luz con ellas, como si toda la vida hubieran andado juntas y en paz. En
muy pocos das lleg a haber entre ambas familias toda la intimidad que
cabe en los tratos de esta especie. La marquesa, particularmente, estaba
como nio con zapatos nuevos con la amistad de aquella seora, que era
afable sin fingimientos, y buena sin doblez. Nunca se haba visto en
otra la gran dama; y este sencillo y honrado placer se le deba a la
mujer de un magistrado cesante. Y ella se haba pasado la vida
pagndolos a precios exorbitantes en las grandes cspides sociales, sin
adquirir uno solo que no la dejara rastros de amargura y de
remordimientos!

Luz y sus dos amigas paseaban juntas muy a menudo, juntas se baaban y
juntas asistan a bailes, jiras y conciertos. Las del magistrado haban
visto y aprendido ms cosas de la vida que ella, y la entretenan mucho
con sus relatos de sucesos (_limpios_, se entiende) recogidos siguiendo
a su padre de la Ceca a la Meca, por azares de su destino. Luz, en
cambio, nada por el estilo poda contarlas; porque hasta de su mundo, al
cual era recin llegada, saba mucho menos que ellas, aunque slo le
conocan de odas.

Y hablando, hablando, llegaron las confianzas al ltimo lmite, y
result que la mayor de las dos hermanas estaba ya para casarse, y muy
enamorada. _l_ era un joven muy guapo, recin graduado de doctor en
Medicina; rubio, con toda la barba, pero muy recortada, lo mismo que el
pelo; muy alegre por carcter, y muy carioso: _a ella_ la quera
_atrozmente_. A la hora menos pensada se presentara por all: se lo
tena prometido. En la ltima carta, que era de Madrid, la anunciaba una
gran sorpresa. Deba de ser su llegada. Ya tenan puesta la casita, muy
mona, en la mejor de las calles de la ciudad. l era buen msico y algo
pintor, y ella tocaba regularmente el piano. Haban comprado uno nuevo,
vertical: como mueble, muy elegante.

Luz oa todas estas cosas con gran atencin, y no negaba que el novio de
su amiga fuera muy guapo, con su barba rubia y su pelo recortado; pero a
ella le gustaban ms los hombres de pelo negro y abundante y con bigote
solo, y no largo ni muy espeso. Bien estara la casita de los novios;
pero no tanto cmo el chalet que ella tena en lo alto de su mundo; y
en cuanto al piano, por superior que fuera, a que no sonaba tan bien
como el suyo, cuando se pona a tocarle despus de dar un paseo por las
tortuosas veredas de su paraso, con el arcngel que se le custodiaba?

Por supuesto que Luz no deca nada de esto a sus amigas, quin se lo
mandara!, pero lo iba pensando y hasta lo crea. Y qu mal haba en
ello?

Aquella noche haba baile en el gran saln que uno de los hoteles tena
destinado a esa clase de fiestas. Las tres amigas, seguidas a corta
distancia de las dos madres, se dirigan a l, algo ms peripuestas de
lo que haban pensado por la maana, porque a ltima hora se supo que
acababa de llegar un gran contingente de baistas de buen humor, que no
faltaran al baile. No era bastante motivo este para emperejilarse ms
las mujeres que asistan a otros tales muy bien vestidas; pero la idea
naci de la novia del doctor de barba rubia; y hay motivos para creer
que tom por pretexto la asistencia de gente desconocida al saln, para
presentarse en l bien engalanada, sospechando que su novio le haba de
dar all la anunciada sorpresa. Por lo mismo que ya no bailaba ms que
con l, quera, si sus sospechas se realizaban, hacerle en aquella
ocasin los honores en toda regla.

Y fue verdad que hubo gente nueva en el baile, y bastante, y de muy buen
porte; y tambin se confirmaron las sospechas de la hija mayor del
magistrado cesante: all se le apareci de golpe su novio, tal como ella
le haba descrito, con la barba y el pelo rubios y recortados, alegre y
carioso, a juzgar por las muestras del momento. Comenzaron en seguida
las presentaciones y los mutuos cumplimientos; tocose luego a bailar, y
con este motivo la novia se colg del brazo que el novio la ofreca y,
se largaron juntitos por el saln adelante.

Luz (que se excusaba de bailar siempre que poda) estaba sentada
entonces, y desde su asiento segua con la mirada a los novios,
asociando, sin poderlo remediar, a algunos pormenores de aquel suceso
otros detalles semejantes de sus imaginaciones _paradisiacas_. En aquel
encuentro y en aquel paseo, no haba un extraordinario parecido con los
encuentros que ella tena y con los paseos que se daba bien a menudo en
las arboledas de su retiro? Cierto que los fondos eran muy distintos
entre s; pero las figuras... Tambin en las figuras, en las de _ellos_,
encontraba grandes diferencias. Este era rubio y poco esbelto, al paso
que _el otro_...

Y al llegar aqu la candorosa Luz con sus comparaciones mentales, se
qued abismada en el mayor de los asombros... junto a la puerta de
entrada al saln, en el mismo sitio donde ella tena puesta la mirada,
casi rozndose con el novio de su amiga, que pasaba por all en aquel
momento, acababa de aparecer... _el otro_, el mancebo de sus
imaginaciones; la _figura_ de su cuadro, con su gallarda de continente;
con su pelo negro, suelto y abundante; sus rasgados ojos tan negros como
el pelo y el sedoso bigote; su boca risuea y su mirar dulce y profundo.
De dnde vena? A qu iba all?... No caba duda: vena de su
paraso... y en busca de ella. De qu otra parte poda venir, ni qu
otra cosa, sino a ella, poda buscar en el saln con aquel modo de mirar
tan _suyo_?... Ya la haba encontrado. La misma sonrisa de _all_; la
misma expresin de ansias bien satisfechas, en los ojos; el mismo andar
que cuando iba hacia la roca blanquecina medio envuelta entre carrascas,
hiedras y escaramujos! Si Luz hubiera estado entonces sola en su azotea,
habra bajado de ella en seguida para salirle al encuentro; pero no
estaba sola, ni en la azotea, y esper a que llegara l.

Y lleg, y la invit a bailar; y Luz, sin dudar un solo instante, se
levant de su asiento, enlaz su brazo con el brazo que le ofreca el
mancebo, y se fue con l por el saln adelante... Lo mismo que cuando
se iban por los tortuosos y blandos senderos de su mundo!

No bailaron..., qu haban de bailar?

Lo que Luz no recordaba bien era el timbre de la voz de su acompaante
de _all_; pero en cuanto oy hablar al otro de carne y hueso, exclam
para s con nuevo asombro: El mismo!

Este _otro_ la dijo que haba ido a buscarla all, porque una corazonada
le haba declarado que all la encontrara. Luz no se atrevi a
preguntarle dnde se haban conocido los dos, ni qu era lo que le mova
a buscarla con tanto empeo; y l la enardeci todava ms los deseos,
declarando que la conoca mucho, muchsimo! Jurara que de toda la vida,
aunque la haba visto muy pocas veces, y slo saba de ella que se
llamaba Luz.

Y Luz, en cambio, con haberle _tratado_ tanto, ignoraba todava cmo se
llamaba l!... Se atrevi a preguntrselo.

--Me llamo ngel--respondi el mozo.

ngel! Por _arcngel_ le haba tomado ella muchas veces al contemplarle
en su imaginado paraso guardndole las puertas. Qu vena a suponer
esa leve discrepancia de jerarquas? Siempre resultaba el mismo
guardin.

Pero dnde la haba conocido? Eso es lo que ella quera saber para
acabar de orientarse en aquel laberinto de coincidencias tan de su
agrado. Y al fin lo supo tambin. ngel la haba visto con admiracin
desde lejos, entre otros que tambin la admiraban. Por lo que les oy
decir, averigu que se llamaba Luz, nada ms que Luz. Y no era eso
bastante? No volvi a verla en el mundo de la realidad, por ms que la
busc; pero se forj l otro mundo a su capricho, en el cual la vea a
todas horas; porque aquel mundo era _para los dos solos_, Y vindola
all y admirndola sin cesar, le pareca que volaba el tiempo que haba
de correr hasta que la encontrara _de veras_; porque este encuentro
haba de ocurrir _necesariamente_. Lo crea con ciega fe. Dios no
infunde en el corazn humano sentimientos tan dulces, tan puros y tan
hondos como los que haba infundido en el suyo, para que se conviertan
en semillas de negros y dolorosos desencantos. Por eso se haban
realizado all sus esperanzas de encontrarla. El sitio era lo de menos,
porque en alguno de la tierra haba de ser. Como crea llevar los
pensamientos en los ojos, y entre estos pensamientos estaba hecha a
vivir la Luz de sus ilusiones, no se asombr de que la Luz de la
realidad los leyera en las miradas con que la buscaba por el saln, ni
de que no temiera acercarse a ellos para vivir tambin un rato entre tan
buenos amigos. Esta era la verdad; y si no se la deca, para qu haba
ido l all?

Lo mismo opinaba Luz. De qu haba de hablarla a ella aquel hombre sino
de esas cosas y en aquellos trminos?... Pero cmo sera el mundo que
l tambin se haba forjado a su capricho? Casi se atreva a jurar que
era muy semejante a su paraso. La duda la impacientaba bastante, y se
decidi a salir de ella preguntndolo.

--Ese mundo--respondi el mancebo--se concibe mejor que se pinta, como
todo lo que se siente por anhelos del alma. Desde luego no es un mundo
de cal y canto como el que han ido construyendo los hombres para nido
de sus vanidades dispendiosas y malsanas; es un compuesto de primores de
la naturaleza en su ms dulce reposo: auras de Mayo, rosas, follaje,
pjaros..., qu s yo!, y, sobre todo ello, y para alumbrarlo,
vivificarlo y embellecerlo, la Luz de mis ilusiones, del hada de
aquellos encantados jardines.

--Los conozco!--exclam aqu la joven sin poderse contener; y aadi a
la pintura, a grandes rasgos, de los jardines del otro, algunos detalles
de los del suyo.

--Eso mismo!--dijo el pintor idealista; y en el acto pregunt a Luz que
de qu los conoca; y Luz tuvo que responder que tambin ella haba
vivido mucho tiempo en un mundo de aquella traza.

--Sola?--la interrog entonces el confidente, con fogosa vehemencia.

Y a esta pregunta no pudo responder Luz de pronto, porque le dej sin
nimos para ello una sensacin que hubiera credo de miedo, a no
parecerle tan agradable.

--Sola..., sola no--lleg a decir, bajando los hermosos ojos y con las
mejillas muy sonrosadas--: con _l_.

Y de aqu no pas ya la pobre chica. Verdad es que el otro no porfi
mucho para que pasara, respetando aquellas pudorosas resistencias que lo
impedan.

Ni para qu pasar? No era preferible la elocuente actitud de la
interrogada, a la ms terminante de las frases?

Luz, siguiendo la conversacin y no hallando en su memoria un motivo
real y verdadero de donde derivar el enlace lgico de tantas y tan
singulares coincidencias, convino con su amigo, al volver ste sobre lo
ya tratado, en que cuando Dios infunda ciertos sentimientos en un
corazn, bien poda infundirlos iguales en otro, si entraba en sus
designios que ambos corazones se encontraran, por apartados que
estuvieran, para formar uno solo...

No poda darse mayor conformidad de pensamientos entre Luz y su amigo,
ni realidad ms parecida a la hermosa ilusin forjada en dos cerebros
juveniles. A qu pedir ms por entonces?

Lo peor era que las gentes se regan all, en el saln del baile, por
leyes muy distintas de las del mundo ideal de los dos enamorados; y era
ya preciso que ella volviera a sentarse y que se separaran, despus.

Y se separaron, tan pronto como Luz se sent donde antes haba estado
sentada, entre su madre y su amiga sin novio. La que le tena continuaba
paseando todava con l.

Con serle tan conocido a Luz cuanto la rodeaba, todo le pareca nuevo,
por ms hermoso: hasta el piano le sonaba mejor. Lo mismo que le
suceda en la casita de la azotea despus de pasear con l por las
veredas blandas y retorcidas de su edn!

ngel, despus de dejarla sentada, haba desaparecido del saln. La
marquesa, que no le haba perdido de vista un solo momento, deseaba
saber quin era; y ni se lo pudieron decir sus amigas ni la misma _Luz_,
a quienes se lo pregunt. _Luz_ slo saba que era _l_, y esto no deba
respondrselo a su madre; la cual, por lo mismo que lo haba sospechado
por lo que haba visto y lo que estaba observando en el arrobamiento y
turbacin de su hija, tena mayor empeo en saber algo ms; y repiti la
pregunta al novio de la hija de su amiga cuando pas cerca de ella.

Segn este declarante, el sujeto en cuestin era madrileo, muy rico,
abogado por lujo, y se llamaba ngel, ngel Snchez, o Prez, o
Lpez..., un apellido as, de los ms llanos y corrientes. Saba esto
porque haban venido juntos desde Madrid, por casualidad. Parecale un
joven sumamente despejado y discreto..., y no saba otra cosa de l, ni
buena ni mala.




X


ngel desapareci del saln del baile aquella noche, pero no de la
playa. Al otro da se dej ver instalado en el mismo hotel en que viva
la marquesa. Habl con Luz en el comedor y en el jardn, y dondequiera
que le fue posible y le pareci lcito, y Luz se le present a su madre
a ttulo de _amigo_ suyo, como _el mejor_ de sus amigos. As le
calific.

Se necesitaba tener los ojos muy poco avezados a estudiar fisonomas,
escasa luz detrs de ellos, menos mundo y demasiada carga de malicias,
para recibir mal a un presentado de aquel corte; y como a la marquesa le
sobraban mundo, luces, experiencia, buen gusto y hasta _motivos
especiales_, el mejor amigo de su hija fue recibido por ella muy
corts y cariosamente.

A los pocos das ngel era tambin el mejor amigo de la casa, y el
compaero inseparable de Luz y sus amigas en corrillos, fiestas y
paseos. No podan pasar las cosas de otro modo con un carcter como el
del guardin del paraso de Luz.

Era un conjunto--escribe la marquesa--de enterezas y formalidades de
hombre, de sinceridades de nio y de entusiasmos de artista, envuelto en
un cendal de los ms nobles y honrados pensamientos; pensamientos que se
le lean, aunque callara, como si su cerebro fuera urna de transparente
y limpio cristal. Era imposible no franquear todas las puertas de la
casa a un husped como aqul, que llevaba todo su caudal de sentimientos
y de ideas a la vista y sin cerrojos.

Ya conoca la madre el gnesis novelesco de la _amistad_ de su hija con
l, y haba hecho suma gracia a sus malicias de mujer de larga historia;
y le conoca porque Luz, que se haba arriesgado a declararla lo ms,
no tena para qu ocultarla lo menos. Por cierto que se vio la pobre en
grandes apuros para pasar con el idilio entre las sonrisas custicas de
su madre, siguiendo el fantstico camino por donde haban llegado las
cosas al punto en que se hallaban.

Pero, idilio o no, el desenlace era un hecho positivo y de una realidad
bien simptica para la marquesa, hasta aquellos momentos. En adelante ya
vera, segn fuera descubrindose lo mucho que an ignoraba. Luz le
haba presentado el mancebo con su nombre y apellido; pero como ste le
haba sonado poco a fuerza de parecerle vulgar, ya se haba olvidado de
l, hasta por costumbre de llamar al presentado por su nombre de pila,
que tan bien le cuadraba. Y esto era muy poco saber todava.

Las amigas de Luz y el novio de la mayor, desde la noche del baile se
beban los vientos olfateando noticias del _aparecido_ en el saln, por
supuesto que con la mejor de las intenciones; pero nada averiguaban de
fundamento, aunque por la playa corran ya las versiones ms estupendas
y contradictorias acerca de la procedencia y vicisitudes del novio de
Luz; que por esto solo, es decir, por ser el novio de la baista ms
hermosa y ms visible de cuantas por all se exhiban, tena el triste
privilegio de atraer sobre s todos los rigores de la curiosidad
desocupada.

Entretanto, _l_ y _ella_ haban ido trocando poco a poco las tintas
ideales de sus alegoras, y buscando la comunicacin de sus mutuos
sentimientos por otros carriles ms humanos, aunque menos pintorescos;
se amaban a la manera de los mortales del mundo sublunar que se aman de
veras, sin afirmarlo a cada instante, pero sin vacilaciones ni recelos,
ni ansiedades locas ni exigencias ridculas. Luz hallaba menos cargado
de poesa este cuadro de la realidad que el otro de su fantasa; pero,
en cambio, le pareca ms substancioso, y por ello no se lamentaba del
trueque. Verdad es que ngel saba mantenerla en tan buena conformidad
pintndola a menudo, y para lo porvenir, hasta panoramas enteros, que no
por desenvolverse en el prosaico mundo de cal y canto, dejaban de ser
llamativos para la venturosa pareja que haba de habitar en ellos.

Cuando la marquesa comenzaba a echar de menos los pormenores que Luz no
poda darla sobre la procedencia del mejor amigo de ambas, se anticip
el interesado mismo, en una ocasin bien elegida, cuando vino muy a
pelo, a sacarla de su apuro, relatndola con noble, sencilla y hasta
elegante ingenuidad, su filiacin entera y verdadera.

Esto ocurri una tarde, en la intimidad de una conversacin habida en el
mirador del gabinete de la marquesa entre sta, su hija y el relatante,
al blando rumor de las ondas que venan a morir, deshacindose en ancha
faja de espumas, sobre la playa inmediata. He aqu la substancia de su
relato:

ngel era el menor de varios hermanos suyos, a quienes no lleg a
conocer, porque murieron siendo muy nios. El temor de que tambin l se
muriera, fue causa de que le guardaran sus padres como oro en pao.
Cualquier otro en su lugar se hubiera perdido con lo que se hizo con l
por el afn de conservarle. A l le salv su naturaleza, francamente
refractaria a vivir bajo fanales. Nunca fue nio mimoso ni asombradizo,
aunque s muy avaro del calor del hogar y de la familia. No lleg a
perdulario, ni con cien leguas; pero rompi muchos zapatos jugando en
las plazuelas con otros camaradas; se descalabr bastantes veces, y no
volva a casa, de retorno de la escuela o del paseo, con la ropa ms
limpia ni ms entera que la de cualquier otro muchacho de _buenas_
agallas. Lo que nunca hizo fue negar en casa lo que haba hecho en la
calle, ni quejarse contra nada ni contra nadie por sucesos de que l
solo tena la culpa. Esta sinceridad le vali nuevas largas de quien
tena derecho para atarle corto; pero l no las quiso, es decir, no us
de ellas, porque le bastaba con las que ya tena para expansin
necesaria de las fuerzas de su temperamento. Cumpli bastante bien con
sus deberes escolares. No descoll gran cosa entre sus condiscpulos de
primeras y segundas letras, pero tampoco fue de los ltimos. Se crea
muy en su puesto estando donde estaba, y por eso jams tuvo celos de los
que le precedan, ni mir con desdn a los que iban detrs.

Cuando lleg el momento de elegir una carrera, hubo grandes porfas en
su casa. Todo pareca poco para l, y l, entretanto, tena bien
limitadas las ambiciones sobre este particular; no slo porque era cosa
convenida que no necesitaba la carrera para vivir a expensas de ella,
sino porque no quera echar sobre su cabeza mayor carga de la que
pudiera sufrir con desahogo. Fue siempre un enigma indescifrable para l
la convenida claridad de las matemticas. Excusado era enderezarle por
este camino. Aun suponiendo que hubiera sido capaz (que no lo fue) de
penetrar los alambicados y abstrusos conceptos de la metafsica,
reputaba por perfectamente intil en la prctica de la vida toda esa
jerga filosfica que ha tenido siglos enteros en perpetua disputa a la
mitad del mundo sabio, sin que haya quedado ms fruto positivo y
tangible de tan larga y encarnizada batalla que un rimero de infolios en
latn, que van royendo poco a poco los ratones y las polillas. No tena
estmago bastante fuerte ni entraas del temple necesario para mdico,
amn de que, como carrera de lujo, la de Medicina le pareca la menos a
propsito de todas las carreras. Y as, por este sistema de exclusin,
lleg a demostrar a su padre que l no poda ser otra cosa que
jurisconsulto, la carrera en que caben todos, los grandes y los
pequeos, los listos y los tontos, y los que se buscan el ttulo como
puerta para salir a todos los campos de las humanas ambiciones, que no
eran pocas a la fecha.

Y se hizo abogado en unos cuantos aos de estudiar regularmente y de
asistir a ctedra con bastante puntualidad, sin pedir, por iniciativa
propia, ms vacaciones que las de reglamento, ni perorar en los motines
universitarios, ni fomentar huelgas ni manifestaciones escolares de
ninguna especie, aunque obligado a servir de comparsa en las que le
tocaron en suerte.

Siendo abogado a los veintids aos, ya no supo qu hacerse, y por hacer
algo tuvo serias tentaciones de abrir su correspondiente estudio; pero
no cay en ellas, en primer lugar, porque con los aires de un largo
viaje que hizo por entonces para acabar de convencerse de que en el
mundo hay algo ms que Madrid y sus afueras (lo cual no quieren creer
todava algunos madrileos), se le modificaron mucho las ideas sobre el
bufete de letrado; y, en segundo lugar, porque ya le chisporroteaban en
la mente ciertos reflejos de otras regiones ms altas y serenas que las
del foro; reflejos que, con el roce y continuo trato de personas
avezadas a vivir en ellas, llegaron a ser clara luz con la cual
descubri nuevos mundos que le despertaban grandes apetitos en su
fantasa, y en los cuales eran desconocidos los procuradores y el papel
sellado.

Felizmente, conservaba ngel en toda su pureza la buena pasta de sus
primeros aos. Continuaba conformndose con lo que en buena ley le
corresponda, y teniendo por precepto de ella el volverse a su puesto,
muy tranquilo, despus de malogrrsele su intento de valer un poco ms,
bien convencido de que no todos los viandantes servan para todos los
senderos. De otro modo, no hubiera ganado para sustos, contrariedades y
descalabros; porque el mozo, en este particular, siempre fue curioso y
decidido.

Antojsele que tambin l era poeta, porque era sensible y vea claro
en el espacio de las ideas. All estaban, y suyas podan ser como de
cualquier otro. Decidiose, y se apoder de unas cuantas que mejor le
parecieron. Trabajo intil. Lo que tan hermoso se le antoj disperso y
revoloteando en los cielos de su fantasa, entre manos profanas no era
ms que un puado de cosas descoloradas y deformes. Le faltaba el arte
con que vestirlas para que fueran la expresin exacta de lo concebido en
la mente, y esto no era ser poeta.

Ya siendo estudiante se haba credo capaz de ser pintor, porque
_senta_ y amaba a la naturaleza, y tributaba admiracin y hasta
_saboreaba_ las obras de los grandes maestros. Adems, la herramienta de
este oficio le pareca de mayores recursos y ms entretenida que la
pluma. Otro desengao. Siempre la idea desfigurada y confusa entre la
obscuridad de un arte deficiente! La misma dificultad con los colores
que con las palabras. Cuanto ms trabajaba para dar relieve a las formas
de su pensamiento, ms le desvaneca y le ahogaba entre la balumba de
las frases huecas o de los colores resobados. Esto no era ser artista.

Otro en su lugar no se habra dado por vencido en estas luchas, y
hubiera inundado de coplas y de monigotes a Espaa entera, para
ofrecernos en cada disgusto un testimonio de que l era tan poeta y tan
pintor como los mejores, o de que si no lo era todava, lo ira siendo
poco a poco; pero ngel, para honra suya y tranquilidad de los espaoles
incautos, aprovech las cadas para estimar el valor de lo que a l le
estaba vedado, y emple las fuerzas que otro hubiera gastado en odiar a
los que eran lo que l no poda ser, en admirarlos quieta y
sosegadamente, porque saban expresar las ms altas ideas con los
procedimientos ms sencillos. Y esto era ser poeta y ser artista.

Antes que en pintor, haba querido picar en msico; y en este intento,
aunque no lleg a dominar el arte, sac mejores frutos que en los otros:
tena paciencia, mucha _maa_ y buen gusto, y el piano era un almacn de
sonidos _hechos_. De este modo, si no creaba, cuando menos se diverta
extrayendo del depsito las notas, concertadas por el orden que se le
sealaba en un papel. Lleg a ser un regular pianista.

Despus de su fracaso de poeta, quedbale el recurso de la prosa, que
parece ser _el prado del concejo_ para todos los aficionados a retozar
en los campos acotados de las letras, y aun de las artes, las
_pedestres_ inclusive. ngel no llevaba a tal extremo sus aprensiones,
porque esto no caba en un mozo de tan buen sentido; pero muy cerca le
andaba cuando consideraba el caso desde lejos. Por de pronto, crea que
sin las trabas del metro y de la rima, el ropaje de la idea era mucho
ms fcil de cortar. En la prosa, el arte, si arte se necesitaba para
manejarla bien, era llanote y campechano; las pruebas abundaban, al
decir de las gentes, de que en Espaa bastaba querer para convertirse un
zapatero en _literato distinguido_; y esto no sera del todo exacto por
lo tocante a los zapateros; pero poda serlo por lo tocante a l, que
haba cultivado la inteligencia, conoca bastante bien la lengua en que
pensaba, y hasta saba distinguir los libros escritos con arte de los
_emplantillados_ por zapateros.

Y se atrevi con una novela, cuyo asunto vela _bastante claro_ en su
cabeza. Cuestin de coger aquellos personajes, decir _cmo_ eran, dnde
vivan y de qu modo; de qu pie cojeaba cada uno, y moverlos de ac
para all, lo mismo que se mueven las gentes en el mundo, al comps de
sus necesidades y segn lo pidan sus virtudes o sus pasiones. Nada ms
sencillo ni hacedero. No se lo parecera tanto s se tratara en la
novela de cosas del otro jueves: de laberintos de sucesos, de lances
inesperados, de sorpresas deslumbradoras y espantables, obra para la
cual se exige una fuerza inventiva de todos los demonios, y hasta un
acopio de auxiliares mecnicos que no se hallan ni se construyen en los
talleres de un novelista cualquiera.

La armazn de la novela de ngel era la siguiente: un comerciante muy
rico tena una mujer muy guapa, la cual mujer era, adems, ligera de
cascos. De este matrimonio naci una hija que lleg a ser moza, sin que,
su madre se recatara de ella todo lo que deba para entregarse a sus
liviandades, que iban de mal en peor y al cabo llegaron a matar de
pesadumbre y de vergenza al pobre comerciante. A la hija la pretendi
un abogadete poco aprensivo; la pretendida le quiso y lleg a casarse
con l; al poco tiempo de casada la galante un coronel muy guapo: a
ella le gustaba mucho el coronel, que era mejor mozo que su marido; y
porque le gustaba y estaba muy hecha a considerar, en el ejemplo de su
madre, que el ser mujer casada no impide enamorarse de _otro ms_,
acept los galanteos del coronel, el cual desorej en un duelo al
abogado ofendido, por habrsele quejado ste de la ofensa. Cuando se
cans del coronel, am a un ingeniero civil, y despus del ingeniero a
un periodista, y as sucesivamente hasta un torero de fama; porque el
pblico llevaba una cuenta minuciosa de todas esas prodigalidades
amorosas, aunque la prdiga pensaba que nadie se las vea. Con este caso
bien poda darse a entender, sin declararlo con la pluma, que, sin un
milagro de Dios, de madre mala no puede nacer hija buena, porque aun sin
contar con lo que influye en las inclinaciones de las segundas el mal
ejemplo de las primeras, hay quien cree que los vicios se heredan como
las escrfulas y la tisis. Pero la esposa del abogado tuvo tambin una
hija, y sta hija era guapa y pareca muy buena. Por de pronto, se haba
educado de muy distinta manera que su madre: lejos de ella y del ruido
de los escndalos. De esta chica se enamoraba un forastero, ignorante
de todo lo que pasaba y haba pasado en aquella familia; el forastero
era guapo mozo, muy honrado y sumamente noble y sencillo de carcter,
por todo lo cual la chica llegaba a quererle con todo su corazn... Y
aqu entraba la dificultad que haba sumido al autor en grandes dudas.
Qu haca con la pareja de enamorados? Conservaba al novio en su
ignorancia y los casaba, exponindole por toda su vida a la
conmiseracin ultrajante del pblico, que estaba en autos, cuando no a
ms graves peligros si la cabra tiraba al monte a lo mejor? Le enteraba
de todo? Y en este caso, qu haca el pobre muchacho despus de poner
en horrible lucha a su corazn con sus naturales repugnancias?
Renunciaba a la hija, que era buena, por los pecados que haba cometido
su madre? Y en caso afirmativo, disculpaba su resolucin con la verdad?
procediendo as, qu hacia _ella_? Le culpaba a l, o culpaba a su
madre? La mataban el dolor y la vergenza, o se resignaba y viva? No
haba lucha ni vacilaciones en el novio despus de descubrir lo que
ignoraba, y entraba _con todas_, porque su amor le cegaba: era su
papel, en este supuesto, ms airoso que el de casado en la ignorancia de
lo que ahora conoca? Sala buena su mujer, o sala mala? Cul era lo
ms natural, lo ms humano, lo verdadero, teniendo en cuenta que su obra
no haba de ser un libro de _tesis_, sino la exposicin amena de algunos
sucesos arrancados de la realidad de la vida?

Dejando estas dudas sin aclarar por de pronto, y muy confiado en que la
fuerza misma de las cosas al tratar de ellas le dara resueltas las
dificultades, comenz a escribir la novela... Otra sorpresa ms y un
nuevo desengao! Con saberse todo el Diccionario de la Lengua y conocer
al dedillo personas y lugares, los retratos y pinturas de ellos, ms
que cuadros de color, le resultaban _inventarios_ de escribano. Tambin
all hacia falta el arte, y mucho arte; porque hasta que lo toc con las
manos no pudo convencerse de que lo ms sencillo y trivial a la simple
vista, lo que estamos contemplando a todas horas, porque vivimos entre
ello, es lo ms difcil de pintar en un libro.

Entonces arroj la pluma pecadora y se cur de toda tentacin de meterla
en donde no la llamaran; pero, en cambio, fue desde aquel momento un
devoto, hasta lo mstico, del arte en todas sus verdaderas
manifestaciones, sin temores ni barruntos de que pudiera incurrir jams
en el feo vicio de profanarle con atrevimientos de _aficionado_, y con
la lcita vanidad de ser el nico espaol que, pudiendo, no haba
molestado a la _paciencia pblica_ con una sola _muestra_ de su
menguado ingenio.

Yo no s si parecer bien a los lectores de cierta contextura, que un
mozo como ngel les fuera con aquellas puerilidades y estas retricas a
dos seoronas de Madrid que estaban pasando una temporada en una playa
de baos, y entretenidas en ver desde el mirador de una fonda cmo
rompan las olas del mar, all cerca; pero, ponindome en el peor de los
casos, quiero que consideren aquellos caballeros que de todo se puede
hablar con seoras, por aburridas que estn, hasta del _teorema de
Sturm_, que es la materia ms desabrida que yo conozco; porque el
peligro de cansar al prjimo no est en lo que se le cuente, sino en el
modo de contrselo, y puedo certificar que el relato de ngel, por lo
fresco, por lo natural, ingenuo y desenfadado, fue odo por las damas
sin desperdiciar punto ni coma. Por otra parte, de qu haba de hablar
en aquella ocasin un mozo sin historia, a dos mujeres que estaban
interesadas en conocer hasta su modo de dormir?

Vaya si les iba cautivando la atencin! Tena que leer la cara de la
marquesa, particularmente cuando el relatante expuso el plan de su
malograda novela y apunt las dudas que le asaltaron en lo ms
interesante. No pareca sino que se haba ideado para ella Qu demonio
de chico, por dnde haba ido a tomar el punto; y de qu manera tan
fcil poda llegar a ser un hecho la ficcin aquella, sin haberse
escrito todava, y a resolverse en su casa, por la marcha fatal de los
sucesos, la dificultad que no haba acertado a resolver l en sus
especulaciones imaginativas! Tendra que ver eso!

Luz, aunque nada tema por este lado, no por ello se interesaba menos
que su madre en los relatos de ngel. Veale entre ellos adelantar
rpidamente en su ya comenzada metamorfosis de ente ideal en hombre vivo
y efectivo, y no la desilusionaba pizca la realidad que se iba
descubriendo.

Siguiendo el mozo su historia, dijo que entre sus tentativas de poeta y
de novelista fue cuando conoci a Luz, al salir sta un domingo de las
Calatravas. Se meti en el carruaje que la aguardaba en frente, y
desapareci calle abajo. ngel slo tuvo tiempo para admirarla y para
saber su nombre. Le oy pronunciar en un corrillo de desocupados que la
conocan. Otra vez la vio en un teatro, al cual haba l llegado a
ltima hora. Ninguna de las pocas personas a quienes pudo preguntar
saban quin era. Esto no deba extraar a la marquesa. Su mundo estaba
muy lejos del mundo de ngel, y los amigos de ste eran muy contados,
porque muy pocos eran tambin los que se avenan a su manera
_provinciana_ de vivir en la corte.

Y no volvi a ver a Luz; pero lejos de borrrsele su imagen en la
memoria, ms se ahondaban sus trazos cada da al calor del pensamiento,
que no se apartaba de ella un solo instante. Lleg a creer que en aquel
seoro que el recuerdo de Luz haba hecho de su corazn y de su
fantasa, haba algo de inspiracin sobrehumana. Aceptolo as; y con
ando a esta idea todos los entusiasmos que caban en su alma virgen,
lleg a convertirla en culto fervoroso y apasionado. Esto podra tener
sus puntas de romntico y sus lados de inocente; pero as era la verdad,
y verdad muy agradable para l. Tena ciega fe en que haba de hallar a
Luz algn da, y en que, despus de hallada, no haba de desconocerle. Y
sali a buscarla, sin impaciencias, por aquel camino que eligi a la
casualidad. Apenas lleg, oy hablar de ella y hasta supo cul era su
linaje. No se desanim al conocerle, ni dud que aquella Luz de que
hablaban pudiera ser otra Luz que _ella_. Y as sucedi.

Lo dems no tena para qu referirlo, porque ya lo saba Luz... y su
madre tambin.

A estos informes particularsimos de su persona aadi algunos otros que
pudieran llamarse _de familia_.

Su padre era un bendito de Dios, y su madre otra que tal, en el fondo,
pero algo ms spera y sombra en las formas. El uno y la otra no vivan
ya sino por l y para l. No queran que se contagiara de la vida que
ellos hacan, modesta y retirada; les gustaba que fuera ms _corriente_
y algo mundano, y al mismo tiempo teman verle muy metido en el mundo
por los peligros que soaban en l, particularmente su madre, que era
demasiado recelosa y aprensiva. ngel procuraba acomodarse a este tira y
afloja a que queran someterle, y lo consegua sin gran esfuerzo, porque
tena todo lo suficiente para sus necesidades mundanas, escogiendo entre
lo mucho lcito y honrado que en el mundo haba.

Por aquellos temores, ms llevaderos en el padre que en la madre,
ansiaban los dos porque el hijo tropezara pronto con su _media naranja_.
Solamente vindole casado, y _bien_ casado, se atreveran a conceptuarle
seguro.

Y aqu se call el relatante, porque ya no tena ms que decir, a su
juicioso entender. Sin embargo, la marquesa echaba de menos un detalle
de gran monta all; detalle que si ngel no le haba omitido, ella le
haba olvidado ya. En la duda, le pregunt con dulcsima afabilidad:

--Cmo dijo usted--porque soy muy flaca de memoria para nombres--que se
llamaba su padre?

Y ngel, que tampoco se acordaba si lo haba dicho o no, y temiendo en
este ltimo caso que se atribuyera la omisin a un motivo que no caba
en la nobleza de su alma, acept con gusto la frmula que le dio en su
pregunta la marquesa, para responder cuanto poda venir all muy al
caso, sin que se tomara en mal sentido la respuesta:

--Santiago Nez, antiguo droguero de la calle de la Cruz, y hoy
dedicado a negocios de pasatiempo, en la calle Imperial, 15, segundo,
derecha, que es la casa de ustedes, con permiso de mi padre, que no
desautorizar mi ofrecimiento.




XI


Un mozo rico, muy guapo, de alma noble, de claro y bien cultivado
entendimiento, sin gota de sangre azul en las venas y sin trato ni
conexiones de ninguna especie con el gran mundo, era cuanto, puesta a
soar, hubiera soado _la Montlvez_ para novio de su hija. Y este novio
exista de verdad, y amaba a Luz, y Luz estaba enamorada de l.

Hasta aqu el asunto iba rodando sobre carriles de seda y oro. Pero
ngel, el autor de aquella novela nonata, en la cual se hilaba tan
delgado a propsito de las hijas buenas de madres malas, resultaba, a
ltima hora, pedazo de las entraas de aquel _espectro_ que pareca no
tenerlas para las madres pecadoras, y que la marquesa no poda olvidar,
con no haberle visto ms que una vez; y con este _resultando_ y aquellas
dudas novelescas del mozo, ya el asunto cambiaba de aspecto y de
marcha, y hasta caba pensar en que descarrilara, si el diablo se meta
por medio con una de las suyas. Por de pronto, solamente al diablo se le
poda haber ocurrido la idea de que tantas y tan buenas prendas
estuvieran reunidas en un hijo de aquel otro demonio, y que este hijo se
le hubiera metido a ella por las puertas, y hasta en lo ms hondo del
corazn de Luz. Por qu no le haba parido otra madre ms humana? Y
cmo se conceba que pudiera nacer tan hermosa rama de tan feo tronco?
Caprichos de la naturaleza.

A todo esto, la marquesa estaba ya, de vuelta de sus baos, en su casa
de Madrid; la cual casa frecuentaba mucho ngel, porque para eso le
haba sido ofrecida por la amable seora. Y qu bien se acomodaba el
mozo a aquellos ambientes refinados que tan nuevos eran para l! Verdad
que, fuera del aparato escnico que ya nos es conocido, no haba en las
costumbres de la casa de Luz la menor singularidad que pudiera
extraarle ni aturdirle.

La mayor parte de las noches la madre y la hija se las pasaban sin salir
y eran contadsimas las personas que las visitaban: seores mayores, muy
sosegados y juiciosos, y muy atentos y muy amables con l. Algunas
seoras por el estilo andaban por all de vez en cuando, y, ms de tarde
en tarde, dos, como de la edad de la marquesa, jamonas tan de _buen ver_
todava como ella. La una era rubia, condesa viuda de Camposeco; pero la
marquesa siempre la llamaba por su nombre de pila: Sagrario. Gastaba muy
buen humor, y sola decirle cuchufletas; lo mismo que a los dems. La
otra, tambin viuda y tambin titulada, aunque por derecho propio,
marquesa de Espinosa, y tambin llamada por la de Montlvez por su
nombre de pila, Leticia, era muy distinta de Sagrario: menos
estrepitosa, ms seria y, quiz, mejor tipo. Tena unos ojos negros y
escrutadores que punzaban al mirar, correctsimas facciones, algo
morena, y muy esbelta todava. Observaba mucho y hablaba poco; pero esto
poco resultaba esculpido. Con l, con ngel, estaba sumamente amable, y
cuando no le hallaba hablando con Luz, le llamaba para que se sentara a
su lado. Le haca muchas preguntas sobre su modo de vivir, sobre el
origen de su enamoramiento y sobre el de Luz, y pareca interesarse
profundamente por los dos, y con este motivo le daba consejos, y muy
juiciosos; a veces, hasta le floreaba todo cuanto caba en una seora
tan discreta y tan... ltimamente mostraba gran empeo en que fuera de
vez en cuando por su casa. No le pesara. Haba en ella buenos cuadros,
bronces de mrito, encuadernaciones y grabados que merecan verse por un
hombre de tan nobles aficiones y de tan buen gusto como l; slo que
ngel, aunque muy reconocido a tan inmerecidas deferencias, no se
atreva a abusar de ellas ni juzgaba que deba hacerlo _por entonces_.
Tema adquirir nuevos compromisos de sociedad, cuando su trato con la
marquesa de Montlvez era todo cuanto poda soportar sin trastorno
considerable del mtodo de vida que se hacia en su casa. Ms adelante ya
sera otra cosa... y hasta conveniente para l. Quin dudaba que era
provechosa la amistad bien cultivada de una persona tan distinguida,
discreta e influyente como aquella seora?

Adems, o era aprensin suya, o la marquesa de Montlvez no pona tan
buena cara a estas dos amigas como a otras que tambin la acompaaban a
ratos; y por si el recelo era fundado, trataba de intimar lo menos que
poda con ellas, y jams hablaba a la marquesa de las confianzas y
deferencias con que Leticia le distingua.

Tambin era visita de la marquesa el seor don Jos Celestino de Guzmn,
el amigo de su padre... y de l, salvas las debidas distancias. Con qu
gusto le vio aparecer all una noche! Y quin se _lo_ haba contado?
Porque el seor de Guzmn _lo_ saba _todo_, a juzgar por algunas cosas
que le dijo entonces, y otras varias que le fue diciendo despus.
Preguntole una noche, sonriendo, si _lo_ saban en su casa, y ngel le
dijo que no. Otra vez, y tambin muy risueo, le pregunt si crea que
podra servirle de _algo_... para allanarle el camino, por ejemplo; y
ngel, sin detenerse a poner en claro de qu camino se trataba,
apresurose a responder que s; pero a su _tiempo_, si fuera necesario:
por de pronto, quera ser l quien diera la sorpresa a su familia, y
contaba con que la sorpresa fuera grata.

Con ser Guzmn el que menos andaba por all, en opinin de ngel era el
mejor recibido de todos los visitantes de la casa, particularmente de
Luz. Cmo le quera... y cmo la mimaba l!... Lo mismo que hija y
padre. Y qu bien le sentaba al seor de Guzmn el papel de padre de
una hija como aquella! Si, por una rara casualidad, hasta se
parecan... y mucho! Segn le refiri la marquesa, a Luz la haba
conocido y tratado l desde que era muy nia. Por eso se queran tanto.
Lo que era una compasin, a juicio de ngel, que siendo viuda la
marquesa y soltero su amigo, no hubieran tenido la ocurrencia de
casarse. Formaran una excelente pareja...

Pero de dnde haban sacado las personas que ngel trataba fuera de
all, que las gentes del gran mundo eran unas tales y unas cuales? De
dnde lo haba sacado su madre, que las tena siempre entre cejas? A
juzgar por lo que iba observando l en aquella muestra, qu mayor
llaneza, qu mayor afabilidad en el trato, ni qu mayor sencillez de
costumbres? Cuidado que en aquella casa hasta se rezaba bien a menudo.
Varias veces haba llegado l en ocasin de estar la madre y la hija en
el oratorio; porque hasta oratorio tena la casa de la marquesa de
Montlvez... Ah!, si las personas mal informadas, si su aprensiva madre
pudieran ver lo que l iba viendo tan despacio y tan desapasionadamente,
qu diversos seran sus juicios sobre aquel delicado particular!

Muchas veces estuvo a punto de hablar con ella de estas cosas; pero
siempre haba concluido por considerarlo fuera de sazn _todava_. Por
eso ni su padre ni su madre estaban al tanto de lo que pasaba.
Sospechaban que _haba algo_, porque ngel era muy _otro_ de lo que fue,
por el desarreglo de sus horas, por sus arrobamientos y preocupaciones y
hasta por el modo de vestir; pero nada ms. Echbanle saetillas bien
intencionadas en la mesa y en los ratitos de conversacin que haba a
menudo entre los tres; pero la buena parte iban con indirectas No le
vean risueo, no le vean gozoso y no estaban siempre hurgndole para
que saliera en busca de su _media naranja_? Pues si de estar buscndola
ya se trataba, como ellos iban sospechando, y le vean lcido, sano y
contento, qu ms necesitaban saber por de pronto? Ya se andara lo que
faltaba por andar; ya les dara la sorpresa de las sorpresas cuando
fuera la hora de drsela...

Pero por qu lado la tomaran entonces? Estaba seguro de haber odo
hablar ms de una vez en su casa de la marquesa de Montlvez, no
recordaba si para bien o si para mal, ni con qu motivo, porque no se
fijaba nunca en el tema de las conversaciones que no le interesaban
probablemente sera para mal, porque, para bien, jams tomaba en boca su
madre el nombre de ninguna seorona. Manas sin importancia de la pobre
mujer.

Entretanto, que continuara aquella casi muda porfa que aguzaba los
apetitos de la curiosidad de los cariosos viejos con lima de mayores
dientes cada da (y ya duraba cerca de cuatro meses la labor
destructora), y que le dejaran apurar hasta la ltima gota de la miel de
sus amores castos, la cual le brindaba nuevas dulzuras a cada momento.

Porque ngel, artista de corazn y con el pecho atestado de impresiones
vrgenes y profundas, estaba maravillado de ver cmo aquella flor
pursima iba desplegando sus hojas al calor del nuevo sol, y absorbiendo
con avidez la luz y el ambiente del desconocido mundo, a medida que se
ensanchaba y creca sobre su tallo oscilante.

Estas metforas eran de ngel. Luz era la flor; el amor de ngel, es
decir, ngel entero y verdadero, el sol que la esponjaba; y el ambiente
y la luz, los cuadros de humana realidad con que l iba despertando a la
cndida soadora de parasos alegricos.

Ya haban concluido entre los dos los temas de aquel colorido
fantstico: se haban bajado a la tierra de los mortales; y era de
admirar el relieve y la vida que haba adquirido la belleza de Luz con
este cambio de residencia y de clima. Hasta se sonrea cuando ngel
evocaba aquellas imgenes idlicas para compararlas con las realidades
presentes.

--Y has de concluir por borrarlas de tu memoria--la dijo una vez el
entusiasmado mozo.

--Eso no!--respondi Luz con gran vehemencia--. Cmo he de olvidar yo
que _por all vinimos_?

Y ngel no acert a responder con palabras, ni se atrevi a sustituirlas
con el nico medio, sobrado terrenal, que se le ocurra, de beberse la
respuesta de Luz para refrescar sus ideas.

As fueron corriendo estos trmites, que parecan no tener fin, porque
en un alma como la de Luz siempre hallan tesoros nuevos corazones tan
honrados y tan novicios como el de ngel; pero si no se columbraba el
fin, haba que salir a buscarle; y ngel dio los primeros pasos con esos
rumbos, bien resuelto a no detenerse en el camino. Lo que l entenda
por su deber, que acaso fuera una necesidad mal comprendida, le impona
esta resolucin.

Luz no se desorient tampoco en el nuevo terreno a que la llev la
consulta de ngel. No llegaba su inocencia al extremo de ignorar a dnde
se iba por donde ellos andaban con un mismo impulso y una sola
voluntad. Pensaba l que ya era hora de poner fin a aquella placentera
jornada de su viaje y de emprender otra nueva y ms agradable todava?
Pues bien pensado estara. Todo era creble para Luz, menos que ngel y
ella no fueran una misma cosa, con un mismo corazn y un mismo
pensamiento; que lo que les estaba pasando a los dos no fuera lo que
deba pasar, ni que hubiera en el mundo suceso ni contrariedad
destinados a impedirlo. Quin, ni qu se resiste contra el ambiente que
se respira y el sol que alumbra? Pues como el sol y el ambiente eran
para ella la vida y el amor de ngel: elementos naturales y necesarios
de su propia existencia.

Y esto se lo contaba ella a l a su modo; pero tan sencilla y
desembarazadamente como si el ocultrselo le fuera tan imposible como
dejar de verle cuando le estaba mirando. Con lo que ngel acab de
perder los estribos, y se fue poco despus, despidindose con desusado
acento hasta maana, dejndola el corazn entero en una frase, y
llevndose la energa de los grandes hroes en un propsito.

Recin llegada Luz de su expedicin de verano, se haba hecho retratar a
gusto de ngel: de cuerpo entero y con un vestido de falda bien plegada,
sin pabellones, frunces ni embutidos en ninguna parte; la cada natural
de los paos, y el cuerpo ajustado y descubierto; la cabeza sin ms
adorno que una flor, y el pelo sin artificios piramidales, ni greas de
estpido ganapn sobre la hermosa frente; la actitud sencilla y la
mirada fija en _l_. Esto le pareci un poco difcil de conseguir a Luz
no estando presente ngel; pero ngel, que ya contaba con la dificultad,
tena bien estudiado el modo de vencerla, y de vencerla al tenor de sus
deseos. Para retratarte as, la encarg, vulvete con la imaginacin a
tu paraso, y mrame desde la azotea de tu _chalet_. Y eso hizo Luz, de
muy buena gana; y por eso result su cara en el retrato con la expresin
de la de una virgen ideal de las Catacumbas, en sus arrobamientos
celestiales.

ngel llevaba siempre consigo y sobre el corazn un retrato de estos; y
en contemplarle en la soledad de su cuarto se le iban las horas muertas:
de modo que, con las que inverta en conversar con el original, casi se
le pasaba el da sin separarse de Luz... y la noche tambin, porque en
cuanto se dorma el bendito de Dios, ya estaba soando con ella.

Pues bien; en la virtud de este retrato confiaba grandemente el hijo de
don Santiago Nez para facilitar sus primeras exploraciones en el nimo
de su madre.




XII


Sobre este apreciable matrimonio apenas se vea la huella del tiempo
corrido desde que el lector le conoci, con motivo de una visita que le
hizo la marquesa de Montlvez. Un poco ms enjuto y encanecido don
Santiago, y menos entregada a su vicio calcetero la indestructible y
petrificada doa Ramona. En todo lo restante, lo mismo que siempre: los
mismos entretenimientos, las mismas costumbres y hasta los mismos
muebles en el despacho del antiguo droguero... y las mismas alternativas
reumticas, aunque algo ms acentuadas de gotosas cada vez, en la misma
simptica persona; en el cual despacho acababan de desayunarse marido y
mujer en el momento en que vuelvo a poner al lector en su presencia.

La noche antes haba llegado ngel a casa ms desasosegado y distrado
que de costumbre: cen poco, habl menos y sin venir al caso; tan pronto
sonrea como se le nublaba el gesto y se estremeca todo... Y as se fue
a la cama.

De eso estaban hablando cabalmente su padre y su madre todava, cuando
se les present ngel muy risueo, pero no muy tranquilo, a juzgar por
ciertas seales. El tal mozo era la alegra de la casa, y no hay para
qu decir cmo fue recibida all su sonrisa, despus de los extraos
celajes de la noche anterior. Pero extraa era tambin, en las
costumbres domsticas de ngel, la visita al despacho de su padre a
aquellas horas; y en ello convinieron don Santiago y su mujer con una
mirada que cambiaron entre los dos, y que al propio tiempo quera decir:
qu diablos le pasar a este chico?

Y el chico comenz a dar cuenta de lo que le pasaba, poniendo en manos
de su madre despus de estamparla un beso en la frente, como lo tena
por costumbre, y de recibir otro en cada mejilla, el retrato de Luz.

--Vea usted eso--dijo con voz temblorosa y sonriendo al entregrselo.

La Esfinge tom la tarjeta, psola a conveniente luz, y clav en el
retrato la vista a travs de sus anteojos, con una fijeza tan
inalterable y dura, que ngel hubiera jurado que le haca dao en el
pecho y que por eso lata su corazn tan desacompasadamente.

Don Santiago, vencido por la impaciencia, levantose del silln, y por
encima del hombro de su mujer se puso a contemplar tambin el retrato. Y
as se estuvieron un par de minutos sin decir palabra: la Esfinge, con
su ceo indescifrable; su marido, con la boca desplegada y los ojos muy
abiertos, y ngel mirando al uno y a la otra, temblndole las piernas y
con el corazn dale que dale.

Al fin se movi doa Ramona para alejar un poco ms la fotografa; y,
sin dejar de contemplarla, exclam con un entusiasmo que no era de
esperar en ella:

--Dios mo, qu criatura ms angelical!

--De verdad es primorosa!--dijo don Santiago cogiendo la tarjeta y
acercndose al balcn para examinar el retrato ms a su gusto.

--Y qu humildemente vestida y peinada est!--aadi la Esfinge al
soltar de su mano la tarjeta.

--Y qu dulzura de semblante y qu mirar de Nio-Dios!--dijo don
Santiago desde el hueco donde estaba embutido ya.

ngel sinti en su pecho cuatro porrazos seguidos y tremendos, uno por
cada exclamacin, que le retumbaron en la cabeza. Pero aquellos golpes
no le dolan ni le incomodaban.

--Corriente--dijo en seguida su madre, mirando al extasiado mozo, y como
si respondiera a las palabras de l cuando la entreg el retrato--; y
qu significa... _esto_?

Entonces ngel se sent a su lado; y con muchas zalameras, convirtiendo
con gracia y con habilidad el tema de la _media naranja_, tan repetido
en su casa, en disculpa y germen de todo lo sucedido despus, comenz la
historia de ello; pero desde muy atrs: desde el punto y hora en que
conoci a Luz a la puerta de las Calatravas, callndose discretamente
apellidos y seriales para que no saliera lo tapado antes del momento en
que deba salir.

Ya estaban los padres de ngel enterados de casi todo lo que deseaban
saber: por qu trasnochaba; por qu se vesta con tanto esmero; por qu
andaba como desvado a veces, y a veces hecho un cascabel, y hasta
saban por qu haba llegado a casa la noche antes tan atolondrado y
nervioso. Y no slo lo saban, sino que lo aprobaron y aun lo
aplaudieron.

Corriente; pero a qu puertas haba ido a llamar ngel? Quin era
ella?

Y ngel, que no tena motivos racionales para callarlo ya, lo dijo hasta
con entusiasmo.

La Esfinge dej caer de sus manos la media que haba cogido para
entretenerse mientras hablaba ngel, y don Santiago, que, aunque, vuelto
a su silln, todava lanzaba ojeadas al retrato de Luz colocado sobre la
mesa, volvi la mirada, mirada de angustia y desconsuelo, hacia su
mujer, cuyo rostro daba fro, pero fro de tumbas y de subterrneos.

--Hijo mo!--exclam llevndose las manos de esqueleto entrelazadas
hasta cerca de su boca--, si lo que nos has descubierto es la verdad; si
la quieres como nos aseguras, ms te valiera no haber nacido; y ya que
naciste, ms nos valiera a todos que te hubieras muerto sin penas, a la
edad en que se llev Dios a tus hermanos.

ngel pens entonces que la luz del sol se apagaba para l, y que la
tierra se hunda bajo sus plantas. Contaba con que su madre haba de
poner tachas a Luz tan pronto como conociera de qu tronco proceda,
porque las tachas de este linaje eran la mana de la obcecada seora;
pero en aquellas palabras, en aquella actitud, en la angustia bien
visible de su padre, haba mucho ms que un resabio que se vence con la
reflexin y la fuerza del cario: haba escollos infranqueables, simas
negras en que ya se vela precipitado el pobre chico con la carga
dulcsima de sus primaverales ilusiones. El instinto de la vida, porque
lo contrario era su muerte, le dio alientos para asomar los ojos al
abismo y medir con la mirada su verdadera profundidad. Pidi a su madre
la razn de sus palabras, tan preadas de obstculos desconocidos para
l, y su madre, ms justiciera que compasiva, ahond el abismo clavando
a la marquesa de Montlvez en la picota de su indignacin y
acribillndola all con una granizada de crueles vituperios.

Quedbale al hijo el pobre recurso de atenuar la gravedad de los cargos
con la supuesta propensin de su madre a pensar mal de ciertas seoras,
y eso trat de hacer; y como tambin contaba con el amparo de su padre,
a l volvi los ojos suplicantes, mientras hablaba lo poco que se le
ocurra.

Y el padre, aunque no estaba menos angustiado que su hijo, tambin tuvo
una nueva puerta que cerrarle y un nuevo clavo que hundir en su corazn.

--No, no es eso que tu crees, hijo mo. Ojal lo fuera! Tu madre,
desgraciadamente, no habla ahora sin muy graves fundamentos. Yo no ir,
sin embargo, en ciertas cosas, tan lejos como va ella; pero estamos
enteramente conformes en cuanto a lo principal, que es muy grave; tanto,
que necesitas conocerlo, y lo vas a conocer sin tardanza, por mucho que
te duela orlo y a m me aflija el contrtelo.

Y aqu comenz el buen hombre a referir cosas que dejaban espantado al
pobre mozo, no slo por lo que de espantable llevaban las cosas en s
mismas, sino tambin por orlo de unos labios de los cuales haba
esperado l, no heridas nuevas, sino blsamo para curar las que le
haban hecho las palabras de su madre.

--Pero esas noticias--dijo con voz poco segura ngel, resuelto a
defender uno a uno todos los portillos de su arruinada fortaleza--,
pueden ser inexactas..., lo sern indudablemente. Yo s cmo se vive en
casa de esa seora: all no hay rasgos ni vestigios de esas enormidades
que usted me ha referido; se hace una vida sosegada y metdica, una
verdadera vida de familia..., se reza.

--S--clam entonces la voz lgubre de la Esfinge--: tambin el diablo,
harto de carne, se meti a fraile; pero diablo fue siempre.

--Se rezar, no lo dudo--dijo don Santiago interrumpiendo a su mujer--,
y se har la vida ejemplar que t has visto, hijo mo; pero lo hecho,
hecho est, y la obra del demonio a la vista queda para escndalo de las
gentes honradas, aunque la pecadora se vuelva a Dios cuando ya no sirve
para el mundo. Con todo, entindelo bien, yo no te culpo ni te acrimino:
eres mozo sin experiencia, y te enamoraste a los primeros pasos que
diste fuera de tu hogar: no es extrao que hayas sido y todava seas
ciego y sordo, y que no veas ni oigas lo que tanto suena y has tenido
delante de los ojos. Yo tambin dud al principio, porque conoca a esa
seora..., la conoc aqu mismo, ah donde ests t sentado; y aunque la
vi derrochadora, no la cre capaz de otros pecados ms feos. Tuve varios
negocios con ella, y stos me obligaron a visitarla en su casa muchas
veces; y en su casa andaba una vbora de las que muerden el seno que las
ha dado calor: un mayordomo que, segn informes que despus adquir,
haba perdido la confianza de su seora, con grandes motivos para ello.
Este mayordomo, nada conforme con que la marquesa tratara directamente
conmigo negocios que antes arreglaba l a su gusto con usureros, para
estafarla entre todos, fingiendo llorarme lstimas de ella como para
interesarme ms, pero con bien contrarias intenciones, me fue imponiendo
minuciosamente de los percances ms gordos de su azarosa vida. Ya era
administrador y mayordomo de la casa cuando naci la marquesa: figrate
si, estara bien enterado! Sin embargo, me resista a creerle; pero como
me importaba salir de dudas, por la ndole misma de los negocios que
traamos entre manos esa seora y yo, acud a otras fuentes; y bien
pronto me convenc de que el pcaro administrador todava se haba
quedado corto en sus informes. Tan sonada era en Madrid la fama de la
marquesa, que todos los informantes se extraaban de que no la conociera
yo. Qu haba de conocer metido en estos rincones, tan apartados del
bullicio de las gentonas como del otro mundo! Lo del banquero, lo saba;
es decir, saba que era un bribn y que se haba largado de la noche a
la maana temiendo que le desollaran vivo en la Puerta del Sol; pero
qu me importaba a m si era casado o soltero, ni cmo recordar el
ttulo con que se pavoneaba ltimamente, si es que alguna vez le o
pronunciar, que lo dudo? En cuanto a lo del seor de Guzmn, cmo
sospecharlo siquiera? Una vez me la recomend como persona de
responsabilidad y amiga suya; pero qu haba en esto de particular ni
de sospechoso, sobre todo despus de haber observado que los informes
eran exactos, porque la marquesa ha ido cumpliendo fielmente todos sus
compromisos conmigo? Qu me tocaba a m hacer, aun despus de
descubierto el potaje, sino mostrarme ignorante con la marquesa y seguir
tratando con ella siempre que lo ha necesitado, por respeto al seor de
Guzmn, a quien tampoco he dicho una palabra? Tu madre y yo hemos
hablado muchas veces aqu de esos fregados; pero no eran asunto que
deba quitarme el sueo, ni cosa de llamarte a ti para que te fueras
enterando... Ojal lo hubiramos hecho!... Y he aqu, hijo mo, por qu
no te culpo de lo que te pasa, y las razones que tengo para apoyar a tu
madre en lo que te ha dicho.

El pobre ngel tena la cabeza hecha un laberinto de fuego y de visiones
diablicas; pero entre todo y sobre todo lo que se revolva y abrasaba,
alzbase flotante y como la esperanza de un celestial consuelo, la
imagen de Luz; de Luz, que no estaba, que no poda estar manchada con el
fango de aquel lodazal en que haba nacido. Qu justicia, qu ley
autorizara la infamia de castigar en un ngel las culpas de una mujer
pecadora!

Y en este sentido y con toda la energa de su alma dolorida, habl a su
padre, porque nada esperaba de la inclemente rigidez de su madre.

Don Santiago, ms compasivo, le respondi, descubriendo en su voz y en
sus miradas la honda pesadumbre que le afliga:

--Yo tampoco soy de los que creen que los vicios se heredan como las
enfermedades, ni de los que tienen por justo que paguen los hijos
inocentes las faltas cometidas por sus padres; pero se dan casos a
menudo en que se teme lo peor, como si fuera lo probable, y la necesidad
se impone con su fuerza de consideraciones y respetos humanos, y obliga
a proceder ajustndose ms a las leyes del mundo que a los mandatos del
corazn. Porque as somos, hijo mo, y por nuestra culpa..., porque
nuestras son las leyes que nos amarran a los escrpulos de los dems.
Cierto que las hacemos y las promulgamos con el piadoso fin de molestar
al prjimo; pero hechas quedan y a las barbas nos saltan en cuanto los
delincuentes somos nosotros. Y nada ms justo.

--Bien est eso--interrumpi ngel, que no poda con el martirio de sus
impaciencias--; pero en el caso mo...

--A l iba sin parar--contest su padre, salindole al encuentro--. El
caso tuyo...

--El caso tuyo--dijo la tremenda voz de la Esfinge, haciendo callar a la
de su marido--es de los que reclaman todo el valor que cabe en el
corazn de un mozo de vergenza para irle olvidando, porque no tienen
otro remedio.

--El caso tuyo--insisti don Santiago, queriendo atenuar el efecto
causado en el hijo por las durezas de la madre--, no es para resuelto en
cuatro palabras en un momento de fiebre como la que te abrasa ahora,
hijo mo, de pies a cabeza: es para meditado en fro y con calma...,
cmo le has de meditar t seguramente, tomando los puntos donde deben
tomarse: no en las alturas de la pasin, sino abajo, abajo en este
pcaro suelo que se pisa, y entre la gente con quien uno se codea en
cuanto sale de casa.

--Pero cmo!, cmo!--pregunt ngel, anhelando llegar cuanto antes a
lo desembarazado y concreto.

--A eso vamos, hijo, a eso vamos--le repiti suavemente su padre--.
Djate de andar a vueltas con lo de que si el mundo es justo o es
injusto en esto o en lo otro; o si las madres pecadoras por aqu, y si
las hijas inocentes por all, y considera lisa y llanamente lo que a ti
te pasa. Hay una joven que no tiene pero en lo tocante a ella misma: es
muy guapa, muy recogida, muy bien educada..., una santa de Dios, vamos.
De esta joven te enamoras t, y ella se enamora de ti. Deseis casaros,
y resulta, en primer lugar, que no es hija de su padre..., quiero
decir...

--Tiene derecho perfecto al apellido que usa.

--Por la ley, pero no por la naturaleza; y esto lo sabe todo Madrid, el
Madrid que bulle en lo alto, y habla recio y escribe, y es odo y ledo,
y murmura y desuella al sursumcorda, y da y quita reputaciones a su
antojo. La madre que hizo esa fechora tuvo por marido, es decir, por
padre legal de la novia, a un estafador, huido de su patria despus por
temor a la justicia; y esto lo sabe tambin ese Madrid que murmura y
alborota; la misma mujer, que fue desleal, infiel, antes de casada,
continu siendo esposa adltera; y cuando enviud, no tuvo el diablo por
dnde desecharla. Y eso tambin es pblico en el Madrid que hace y
deshace reputaciones... Te vas enterando?

--Adelante--dijo el pobre mozo con heroica resolucin, medio tragado ya
por la boca del negro abismo.

--Pues bueno--aadi su padre espantado de que tuviera que ser l quien
le empujara para arrojarle hasta el fondo--: a pesar de todos estos
inconvenientes, te decides a casarte porque Luz es una santa, segn
hemos convenido. Luz, por hermosa y por hija de su madre, es muy visible
en el mundo, en el Madrid que murmura y despelleja, y te la tomas del
brazo para entrar con ella en ese paraso que habis soado los dos...
Mira, ngel, ser injusto, ser inicuo, todo lo que t quieras; pero es
la pura verdad que ese Madrid maldiciente y sinvergenza; ese Madrid que
acaso tiene la culpa de que la marquesa de Montlvez no sea una mujer
sin tacha, arroja sobre su hija, y como regalo de boda, todos los
escndalos de la madre, y, por consiguiente, sobre su marido, sobre ti,
que eres un hombre de bien (y, por serlo, vas por donde vas y con quien
vas), todos los sambenitos de tu mujer, entre algazara y chacota. Ahora
bien: por grande que sea tu obcecacin; por hermoso que se te pinte en
los ojos lo que hay del lado de all de la puerta, te atrevers a
entrar por ella con tal fardo de ignominias a la espalda? Esto es lo que
has de meditar, hijo mo, con la cabeza fra y el corazn sosegado.

ngel no quiso or ms ni aadir una palabra. Tan honda y tan negra le
iba pareciendo la sima! La Esfinge, implacable, trat de ennegrecerla y
ahondarla todava ms. Su marido se lo impidi con una mirada que tuvo
toda la fuerza de un discurso para su corazn de madre. ngel se levant
aturdido y mudo para retirarse de all, y al mismo tiempo extendi el
brazo para recoger el retrato de Luz, que estaba sobre la mesa.

--Tmale, hijo mo--le dijo su padre adivinndole la intencin y
apoderndose de la tarjeta antes que l--. Pero aguarda un poco. (Don
Santiago volvi a contemplar el retrato.) S..., clavada!... Bien deca
yo antes para m: a quin que yo conozco se parece esta cara?
Claro!, a quin haba de parecerse?... Si me asombra que por este
rastro, y sabiendo lo que ya saba, no hubiera yo dado en el quid antes
que t me le descubrieras!...

--Esos parecidos--dijo la Esfinge--son el sello que pone la mano de Dios
en las obras del demonio, como esa desdichada criatura, para aviso de
las gentes honradas...

--Mujer!...

--Para que duela lo digo, Santiago, para que duela..., porque esa clase
de heridas no se curan con blsamos dulces: se curan a fuego, entre
martirios como el que estoy padeciendo yo viendo al hijo de mis
entraas, al regalo de mis ojos, entre las uas de Satans. Mereca l
ese destino? Le hemos criado t y yo para eso?

--No, mujer, no--djola don Santiago en santa calma--; pero a un solo
fin se puede ir por diversos caminos... Djame por donde voy ahora, que
yo s que no voy mal y que he de llegar antes y mejor que por donde t
quieres que vaya.

Luego, volvindose a ngel, que continuaba mudo y cada vez ms aturdido,
dijole entregndole el retrato:

--Tmale, hijo, ya que le deseas..., como es natural; pero procura no
tenerle delante cuando medites sobre lo que te he dicho, para resolver
lo que te conviene.

ngel recogi la tarjeta, y sali, con ella en la mano, del despacho de
su padre; y es cosa averiguada que en cuanto se vio solo y encerrado en
su gabinete, desahog las fatigas de su pecho regando con lgrimas
ardientes y devorando a besos resonantes aquella imagen fidelsima de la
ms hechicera obra del demonio.




XIII


Y mientras besaba el retrato y le mojaba con lgrimas, el pobre chico
pensaba..., en qu haba de pensar sino en la desdichada semejanza de
su conflicto con el conflicto de la novela que haba intentado escribir
l? Quin le hubiera dicho cuando se perda en la maraa de aquella
ficcin; cuando expona las dificultades a la marquesa (que debieron de
saberla a rejalgar), y a la inocente Luz, que le oa embelesada; cuando,
mil veces necio, y estpido y mentecato!, apuraba la materia delante de
ellas, por la pueril vanidad de encarecer el valor de la obra de su
ingenio, que haba de ser l, el propio ngel Nez, vivo y efectivo,
quien tuviera que resolver el problema, no como novelista, sino como
persona comprometida en un lance verdadero, exactamente igual al lance
de su novela?

Resolver el conflicto! Pero, despus de bien mirado el caso, dnde
estaba el conflicto? El conflicto existe cuando el nimo no ve salida
clara para la angustia que le acongoja; pero en el caso de l no caban
dudas ni vacilaciones, porque haba una puerta franca y expedita, nada
ms que una, una sola: la nica que poda haber. Cmo no vio el torpe
novelista lo que tan palpable debi estar delante de sus ojos? _Ella_ y
nada ms que _ella_, con _ella_ y para _ella_ por todos los das de la
vida. Eso era el deber, eso el honor y eso la felicidad.

Y ngel, discurriendo de esta suerte, beso va y lgrima viene sobre el
retrato de Luz. As pas muy largo rato y desahog lo ms negro y lo ms
amargo, de sus penas. Eran las primeras que tena en su vida, y adems
muy dolorosas y profundas. Hay que hacer justicia al pobre chico.

Cuando se hall ms desahogado y tranquilo, guard el retrato donde
sola y comenz a pasear a lo largo de su gabinete y a reflexionar como
su padre deseaba, con la cabeza fra y el corazn sosegado. Porque
ngel se consideraba ya en aquellos instantes con el juicio y la sangre
en su ordinario nivel.

Despus de orear un poquito ms todava el meollo por este procedimiento
de exploraciones generales alrededor del abismo, que ya no le asustaba
tanto como antes:

--Veamos ahora--se dijo--las cosas a su verdadera luz, y ajustemos la
cuenta partida por partida y como deben ajustarse todas las cuentas en
casos de mucho apuro, como este. En primer lugar, los informes que le
han dado a mi padre sobre la marquesa, pueden muy bien no ser exactos:
no lo son; desde luego lo afirmo; y lo afirmo porque la verdad se
desfigura, y siempre en mal sentido, a medida que va pasando de boca en
boca. Eran, pues, ya exagerados los informes cuando mi padre los
adquiri. Mi padre me los transmiti a m bajo una mala impresin y
teniendo gran inters en que me causaran el peor efecto posible; luego
es indudable que mi padre exager mucho y por su propia cuenta lo que
haba recibido muy exagerado ya. Esto es la evidencia misma.

Pero resulta de estos mismos informes que hay un milagro entre los
muchos que le cuelgan a la marquesa, en el cual no caben ni el ms ni el
menos, porque, por su propia ndole, tiene que verse y que sonar lo
mismo a todas luces y en todas las bocas: el lo de la semejanza de Luz
y del amigo de su madre; es decir, la causa de este parecido con todas
sus concausas y accidentes. Es verdad lo que sobre todo ello se
asegura? Cmo se prueba que lo sea, ni con qu derecho se intenta
probarlo? Adnde iramos a parar si bastara un indicio como ese, que
puede ser obra de la casualidad, para que sea meritorio poner en pleito
el honor de un matrimonio y de toda una familia? Puede, por
consiguiente, en justicia y en conciencia, negarse el hecho nefando, y
yo le niego.

Otra mcula que ya est ms a la vista y no puede negarse: que el padre
legal de Luz fue un banquero tramposo que huy de Madrid por temor de
que le despellejaran en la calle. Vlgame Dios con los pudibundos y
asombradizos! No parece sino que el seor don Mauricio Ibez ha sido
el nico ricacho tramposo y estafador! Pues no hemos convenido, tiempo
hace, y cansado estoy de orlo y de leerlo, con ser tan mozo como soy,
en que andan por esas calles de Dios docenas de acaudalados personajes
con ttulos y condecoraciones, influyentes poderosos, que debieran estar
en presidio arrastrando una cadena? No se citan sus nombres y se les
apunta con el dedo, y, sin embargo, viven y triunfan y hasta regatean el
saludo a los hombres de bien, porque se consideran a mayor altura que
ellos, en virtud de que as se lo hace creer, con sus acatamientos, e
incensadas, el mismo pblico que desde lejos y en voz baja los condena a
presidio con grillete? Y estos ladrones consentidos y acatados, no
tienen mujer con historia negra, e hijas con parecidos extraos? Y estas
hijas, sin ser santas ni servir ninguna de ellas para descalzar a mi
inocente Luz, no se ven bien codiciadas de los guapos mozos, y a
sabiendas, y no se casan sin que las gentes se escandalicen ni se junte
el cielo con la tierra? Pues mi caso y el de Luz no llegara, ni con
cien leguas, al menos cenagoso de estos casos.

Las restantes mculas de la marquesa, por qu no han de ser, no ya
exageraciones, sino imposturas de las gentes? No acaba mi padre de
afirmar, con el piadoso fin de intimidarme, que hay un Madrid que hace y
deshace famas y reputaciones? Y qu sabe el inexperto seor si en el
presente caso se ha deshecho con calumnias lo que estaba bien hecho con
virtudes? Si tan notorios han sido los pecados de la marquesa, cmo no
he dado yo con algn rastro de ellos en su casa? Cmo la frecuentan
personas tan distinguidas y juiciosas, y se juzgan muy honradas con el
trato y la amistad de la abominable pecadora? No tienen, pues, estos
hechos todo el fundamento que necesitan para ser credos; pueden
negarse..., los niego en absoluto.

Y ahora veamos el supuesto conflicto mo por otra cara. Cierto que,
decidido yo a casarme por clculo y a sangre fra, al echarme a la calle
en busca de mujer, no hubiera trepado a las alturas del gran mundo, ni
elegido entre las que tienen madres de las que pueda decirse lo que se
dice de la madre de Luz; pero aqu han pasado las cosas muy de otro
modo: yo no he salido de mi casa para olfatear una novia por esas calles
de Dios. Luz y yo nos encontramos por obra de una casualidad, o porque
estaba decretado as...; creo que fue porque estaba decretado. El hecho
es que nos encontramos, que nos comprendimos y que nos amamos, y que
Luz, que me haba deslumbrado por hermosa, acab de enloquecerme por
buena, por inocente..., por santa. Resulta ahora que esta Luz sin tacha
es hija de una madre llena de pecados, y que aunque la hija los ignora y
es incapaz de cometer otros semejantes, yo debo renunciar a ella por los
que su madre ha cometido. sta es la teora de mi padre, fundada en una
ley que, segn parece, rige en el mundo entre las gentes que se creen
honradas.

Pues supongamos que yo llego a considerarme obligado tambin a acatarla,
y que, en virtud de ello, me decido a apartarme de Luz y a romper todo
trato con ella, precisamente cuando est aguardando a que yo le seale
la hora de estrechar todava ms el que tenemos. Para poner en prctica
esta resolucin, se necesita, o que comience yo por no volverla a ver
desde ahora, o que invente un pretexto rebuscado, o que la descubra
toda la verdad. Con lo primero, la dara una pualada a obscuras y a
traicin; con lo ltimo, se morira de espanto y de vergenza. De todas
suertes la mataba. Pero, aunque no la matase, no sera cualquiera de
estos procederes mos cien veces ms vil y ms odioso que todos los
pecados juntos de la marquesa, suponindolos ciertos y comprobados? Y
mi padre, tan honrado y tan bueno, no lo ve as! En quin estar la
ceguera?... En l, en l solo, que no ha meditado el caso en fro y con
calma, como quiere que yo lo medite y como, ya lo estoy meditando...
Tambin l le meditar as, y entonces estaremos de acuerdo los dos.
Pues no hemos de estarlo! Mi madre seguir en sus trece y tocar el
cielo con las manos; pero es mi madre, y todo su corazn le parece poco
para quererme; es buena y compasiva en el fondo; jams ha puesto a
prueba el arraigo de esas repugnancias que son su mana; le pondr
ahora, porque se trata, de m, y ver claro y se convencer..., pues no
ha de convencerse!... Y no habr conflicto, porque no puede haberle; y
las cosas irn como y por donde iban ayer, que es como y por donde deben
ir.

En esto oy que se hablaba recio en el despacho de su padre. Entreabri
la puerta de su gabinete y escuch. Su madre quera llevar las cosas a
sangre y fuego; tena a pecado imperdonable las blanduras y
contemplaciones de su marido. Cortar, cortar por lo sano, antes que la
gangrena lo inficione todo. Don Santiago la recordaba su obligacin de
ser clemente con su hijo, sin dejar por eso de ser madre celosa y justa:
llevando las resistencias tan a punta de lanza, hasta poda enfermar el
pobre chico con la batalla que traa en la cabeza.

Se sonri un poco ngel oyendo esto, porque consider lo ridculo que
estara l si las circunstancias le obligaran a hacer el papel de nio
mimoso contrariado. Al mismo tiempo cerr la puerta, porque aquellas
durezas de su madre, mal de su grado, ahondaban demasiado en el abismo
que l tena ya a medio llenar.

Volvi a pasear por su cuarto y a meditar, pero sobre otro tema
diferente.--Qu le tocaba hacer a l por de pronto? Porque, aun
suponiendo que la gran dificultad se resolviera a su gusto, esa labor no
era de pocos das, y ngel haba dejado su negocio con Luz pendiente de
una decisin que deba comunicarla al otro da, que ya era _hoy_ para
l. Fue demasiado optimista en medio de su fiebre amorosa, no previendo
algo siquiera de lo que estaba ocurrindole; pero, ocurrido ya, qu
podra decirle a Luz sin que ella le leyera sus disgustos en la cara, ni
presumiera tropiezos que la indujeran a descubrir otros mayores? No
haba que pensar en acercarse a ella mientras los horizontes de sus
ideas no se despejaran algo ms. Necesitaba irse acostumbrando a verlo
_posible_ para darlo por _hecho_, y con esto solo ya tena lo sobrado
para estar sereno. Cuestin de aquel da, quizs del siguiente...,
porque era mucho lo que confiaba en su padre. Entre tanto, disculpara
su ausencia de casa de Luz advirtindola que estaba ligeramente enfermo,
muy constipado: esa era la disculpa usual y corriente para todos los que
deben y no quieren o no pueden ir a alguna parte.

Mas no le bastaba con esto: sus clculos estaban bien formados; pero
eran clculos al fin, que podan fallar, contra tantas probabilidades
de que no fallaran: su situacin, por consiguiente, era grave,
gravsima; y lo probaba, adems, aquella tirantez de espritu en que l
viva, aquella opresin de su pecho, aquel nudo de su garganta que le
pareca el manantial de donde fluan las lgrimas que le brotaban de los
ojos en cuanto los pona en la imagen de Luz, o el pensamiento en que
pudiera perderla para siempre; y por ser tan grave la situacin, no era
para arrostrada por l, a solas con su inexperiencia y cargado de
pesadumbres. Necesitaba auxilios y consejos. Pero dnde hallarlos? Sus
pocos amigos eran tan inexpertos como l, adems de que l no haba de
profanar tan santas penas confindolas a chicuelos presuntuosos. Se
acord de Guzmn, que ya estaba en autos; pero despus de lo que haba
sabido, con qu cara iba l a aquel seor con tales coplas! Porque
ngel, al hablar de su pleito, tena que exponerle con todos sus pelos y
seales, y hasta se prometa, jugando bien este recodo, ganar informes
exactos sobre la conducta pasada de la marquesa. De modo que su
confidente, tras de conocerla mucho, no deba estar ligado a ella por
vnculos que quitaran prestigio a sus dictmenes ni los hicieran
sospechosos.

Y he aqu el camino por donde ngel fue a parar con el pensamiento a
Leticia. Leticia, en opinin de ngel, era una gran seora, de mucho
entendimiento, y amiga y contempornea de la marquesa; se interesaba
vivamente por la suerte de Luz, y pareca quererle mucho; a l, a ngel,
no se diga..., hasta vergenza le daba no haber correspondido, con una
triste visita siquiera, al carioso empeo con que ella se las peda
cada vez y donde quiera que le encontraba... Cabalmente la vspera,
yendo l por la Carrera de San jernimo hacia el Prado, suba ella en
carruaje. Pues se detuvo cuando ngel la salud, y hablaron all largo
rato... y sobre Luz la mayor parte del tiempo, por saber ella lo que
este tema le gustaba a l. De modo que tena muchsima razn la buena
seora cuando, al despedirse y despus de haberle ofrecido de nuevo su
casa, le llam, con una sonrisita y un ademn muy maliciosos,
ingrato! Quin, pues, como Leticia, para orle con cario,
informarle sin pasin y aconsejarle con acierto?

En estas y otras tales, ya lleg la hora de comer, y ngel tuvo que
sentarse a la mesa. Comi poco y no habl nada, porque tampoco le
hablaron a l. Por la tard se visti con gran esmero, y sali decidido
a visitar a la amable seora para confiarla sus cuitas.

Y andando, andando, cuanto ms andaba ms remoln se iba haciendo;
porque segn oreaba los propsitos con el aire de la calle, menos
cuerdos le parecan. No era tan urgente el caso que no le diera un
respiro de veinticuatro horas; y en veinticuatro horas poda cambiar de
aspecto un conflicto como el suyo, y hacer intil la consulta que l iba
a hacer: y haba una noche entera y larga de por medio; y una noche as
daba para todo: para que le hablaran en su casa o para hablar l a los
dems; y si nada de esto suceda, para engolfarse en un mar de
pensamientos un hombre que no duerme.

No hizo la visita, y la aplaz para el da siguiente, si la conceptuaba
necesaria. Al anochecer mand a Luz dos carillas de renglones llenos de
dulzuras, para enterarla de que estaba constipado.

Despus se fue a casa. En la cual nada ocurri para bien ni para mal de
su pleito: nada le dijeron; nada dijo tampoco. A quin le tocaba sacar
la conversacin, y quin hua ms de ella?

A la hora acostumbrada se acost; pens un poco en lo que Luz pensara
de su constipado, y, cosa rara!, se durmi como un bendito... hasta el
amanecer.

El despertar fue terrible, eso s!... Todo lo ganado antes del sueo en
una batalla de muchas horas contra las negras ideas, se pierde en un
instante al despertar. Esto lo saben todos los hombres que han tenido
tempestades en la cabeza. ngel, que era uno de stos, se hall entre
sus manos las ruinas del edificio que haba construido con amargos
sudores antes de dormirse. En reconstruirle se le pas la maana. Y
gracias que lo consigui; porque no todos lo consiguen.

A la hora de comer, tampoco adelant un paso su negocio; y en ciertas
situaciones de la vida, no adelantar equivale a retroceder. Haba que
hacer la visita.

A media tarde se visti, an con mayores atildaduras que el da antes.

A casa de su buena amiga sin parar!




XIV


Lleg sereno, llam con bro, pregunt lo que es de costumbre; y sin
aguardar la respuesta, para ganar tiempo y economizar trmites, dio su
nombre y apellido antes que se los pidieran. Como si sonaran all a muy
conocidos, abrironle la puerta de par en par; rogronle que entrara; le
condujeron a un saln que estaba enfrente, y le pidieron el favor de que
aguardara unos instantes.

El tal saln era un completo museo de riquezas de buen gusto; pero ngel
no tena los suyos en disposicin de entretenerse contemplando aquellas
pompas de la vanidad mundana. Miraba sin ver lo que tena delante de los
ojos, y slo estaba atento a los minutos que corran sin que saliera la
seora cuyos pareceres iba buscando l all; porque hasta tema que con
una larga espera en tan extrao lugar se le fueran entibiando los
propsitos y acobardando los bros.

Y minuto tras minuto, corri ms de media hora hasta que lleg, no
Leticia, sino una doncella para rogar al guapo mozo que la siguiera a
donde su seora tendra el gusto de recibirle.

Siguiola ngel muy complacido en que de cualquier modo se pusiera
trmino a sus impaciencias; y atravesando salas y pasadizos,
detuvironse ante una puerta medio oculta entre, los paos de un doble
cortinaje, quiero decir uno por dentro y otro por fuera. Recogi ms
una de las mitades de ste la doncella, y apareci Leticia haciendo lo
mismo por la parte de adentro. Avanz ngel, muy corts, entre las
elegantes angosturas del boquete, y en cuanto pas al otro lado se
corrieron de nuevo las cortinas, y hasta oy que se cerraba la puerta.

Se qued muy sorprendido delante de Leticia: pareca una sultana; y esta
idea se la sugiri al gallardo visitante, no tan slo el tipo de la
visitada, que adquira mayor acento oriental con la caprichosa y rica
bata que vesta y el estilo de todos sus restantes ornamentos, sino
tambin el lugar en que se hallaba: un saln con anchos divanes, grandes
cojines, maderas olorosas, alfombras turcas, cueros marroques, espejos
venecianos, bronces desnudos, tibores japoneses y qu s yo! Aquello
era un harn preparado al gusto europeo: slo faltaban los pebeteros y
las pipas de largos tubos de seda; y as y todo, trascenda el aposento,
a molicie africana.

Leticia condujo a uno de los divanes al sorprendido mancebo, que tambin
tena mucho de oriental entonces con lo lnguido y ojeroso que le haban
dejado sus pesadumbres, y se sent a su lado. Casualidad sera; pero al
sentarse qued fuera de la fimbria de su bata medio piececito
primorosamente calzado con una babucha de raso, muy escotada, sobre una
media de seda azul con rayas blancas.

Hubo en seguida lo de yo no deba recibirle a usted, porque es usted un
ingrato, y lo de usted me estima en mucho ms de lo que yo merezco;
usted no viene aqu por tal y cual cosa; pues sepa usted que no he
venido sino por esto y por lo otro; que s, que no, etctera, etc.;
porque, _mutatis mutandis_, en estos preludios de visita siempre se dice
lo mismo y no se adelanta un paso, por ms que muden los tiempos y se
ilustren los actores. Pero, en fin, hablando, hablando, ngel sorte con
habilidad los estorbos de la introduccin, y lleg lo antes que pudo al
tema de sus angustias.

Tard bastante, pero lo expuso bien, sin ocultar un pice de cuanto
saba. De todo habl, unas veces conmovido y otras veces animoso, pero
siempre con buen arte; y Leticia, mientras le estaba oyendo, pareca
devorarle con los ojos. Tanto le interesaba la relacin.

--Y bien--le dijo, muy cariosa, cuando sta fue acabada--, qu me toca
hacer a m en ese triste proceso? De qu modo puedo yo tener la suerte
de hacer algo por la causa de usted?

--Por de pronto--respondi ngel--, dicindome (porque usted debe
saberlo, o no lo sabe nadie) qu hay de cierto en lo que se refiere de
la marquesa de Montlvez; si es o no tan... pecadora como se la pinta.

Leticia baj algo la cabeza, sin dejar de sonrerse, y se rasc un
poquitn la sien derecha con un dedo, muy mono por cierto. Despus se
enderez; y mirando valientemente a los ojos mismos, grandes, negros y
melanclicos, de su interlocutor, respondiole:

--En eso de rumores pblicos, es tan difcil saber a qu atenerse! Se
abusa tanto de ellos!... A Cristo le crucificaron, conque figrese
usted.

Y ngel tuvo que sonrerse, porque a ello le obligaron esta salida y la
singular expresin de que fue acompaada.

--No es broma, aunque lo parezca--aadi Leticia--. Las gentes son as:
por natural inclinacin, muy malas; y el resobado smil de la bola de
nieve, es la pura verdad a cada hora del da. No afirmar que mi amiga
sea una santa; quin lo es ya hoy, tal y como van las cosas en el
mundo! Pero entre no ser santa y lo que de ella se dice... El caso de
Guzmn, por ejemplo..., en qu le fundan? En amistades ntimas del
tiempo de las mocedades de los dos, como si Guzmn no hubiera sido
antes amigo de otras mujeres!, y en cierta semejanza de fisonoma, que
yo no veo, entre Luz y l, y que, aunque exista, nada resuelve... Luz se
parece a Guzmn por una casualidad, como pudo parecerse al Nuncio. Y
tambin en este caso bamos a suponer...? Pues decente estara! En fin,
que lo de Guzmn puede ser y puede no ser. Yo creo que no lo es. Lo de
su marido... Le eligi ella, por ventura? No se le impusieron? Y en
qu se diferencia ese pobre hombre, tan difamado, de otros muchos
ladrones muy respetables que yo conozco? Pues nicamente en que fue ms
torpe que stos en el oficio de robar. De modo que, a juzgar por lo que
se ve en estos y otros varios ejemplos que citar pudiera, la opinin
pblica slo castiga a los grandes bribones cuando no saben serlo. Y a
este tribunal sin conciencia ha de someter usted los honrados consejos
de la suya?

--Pues eso mismo pienso yo--exclam ngel, enardecido con aquel
dictamen tan favorable a su causa.

--Y piensa usted como un sabio--aadi Leticia--y, adems, como un
valiente; porque valor se necesita para seguir pensando bien entre
gentes que piensan y obran tan mal.

--Y de todo lo restante que se refiere de la marquesa--dijo el
impresionable mozo, ms impaciente por llegar a donde deseaba cuanto ms
llano le pona el camino su amable interlocutora--, puede presumirse
tambin...?

--Que tiene escasos fundamentos de verdad?

--Eso mismo...

--Con grandsimas razones. Quin lo ha visto? Quin puede certificar
de ello?... Mire usted: la mayor parte de _lo que se dice_ en ese
sentido, procede de aspirantes desairados; el resto lo inventan los que
ni para ese triste papel sirven. Los afortunados, cuando los hay, se
guardan muy bien de decirlo; porque si los hubiera, lo publicaran,
seran unos majaderos; y la marquesa tiene sobrado buen gusto para que,
resuelta a perderse, se dejara caer en tales manos.

--Eso me parece a m tambin.

--Y eso es lo que debe parecerle a usted, porque es de sentido comn.
As sucede tan a menudo que de ciertas mujeres pecadoras todo se cuenta
menos la verdad... Porque hay mujeres pecadoras, y muy pecadoras, amigo
mo!

--Quin lo duda!

--Y las hay de todos los linajes: por pasin, por temperamento, por
lujo, por moda..., hasta por necesidad; pero ninguna es tan necia que
publique sus propios pecados por el gusto de dar cebo a las lenguas
maldicientes, y la menos aprensiva trata, por egosmo de viciosa, de no
quitar al pecado el incentivo del secreto. De igual modo tienen que
proceder sus cmplices; porque si la misma causa no les indujera a ello,
les obligara, como ya le dije a usted, la necesidad de ser reservados
si queran ser favorecidos. Tambin esto es de sentido comn. Hay
excepciones en la regla, como en todas las dems; pero las excepciones
solas no dan bastante materia, en el caso de mi amiga, para formar un
proceso tan voluminoso como el que el pblico le ha formado a ella..., y
a otras amigas suyas tambin. De modo que, por el precepto establecido,
si en la vida de la marquesa de Montlvez hay pecados de esa especie, o
son muy pocos, o no los conoce el pblico.

--Y eso es lo que debo creer?--pregunt ngel con el ansia de todos los
que temen que no sea bastante cierto lo que se les asegura.

--Pues para qu se lo estoy contando?--respondiole Leticia rindose muy
de veras.--O piensa usted que me divierto en engaarle?

--Eso no!--repuso el vehemente mozo, temiendo haber dicho una
impertinencia--, porque es usted demasiado buena para hallar gusto en
tales entretenimientos.

--Gracias por la fineza.

--Lo digo como lo siento,... y, si no, cmo la hablara yo de estas
cosas?

--Es la verdad. Pues adelante.

Ya estaba resuelto aquel punto, y muy a satisfaccin del interesado.
Faltaba otro de mayor entidad para l; porque el primero le daba apoyos
en que fundar buenas esperanzas, pero no le sacaba del atolladero en que
se vea, y de esto era necesario tratar inmediatamente.

Mientras en su casa se llegaba a juzgar a la marquesa de Montlvez con
el mismo criterio bondadoso con que ellos dos acababan de juzgarla, que
ya era esperar!, qu haca el novio de Luz? Continuar acatarrado?
Visitarla como antes? Y en este caso, la hablaba o no del punto que
qued pendiente la ltima vez que se haban visto? Y si la hablaba de
l, qu la deca? Con qu mentiras la engallaba?

Estos y otros parecidos fueron los nuevos puntos sometidos por ngel al
dictamen de su experta amiga.

La cual, despus de enterada, tom de pronto una actitud enteramente
distinta de las que haba tomado hasta entonces; se acerc ms a su
embelesado interlocutor, y eso que ya estaban bien juntos, y le habl
as:

--Vamos a ver eso con mucha serenidad. Lo primero que hay que hacer aqu
es ponerle a usted en el peor de los casos; quiero decir, en el que
llama usted peor.

--Y usted no?

--All veremos. No hay modo de convencer a sus padres de usted de que la
marquesa de Montlvez no sea la mujer ms perdida y ms escandalosa del
mundo, o se convencen de que es una seora como otra cualquiera; pero se
empean en que basta su mala fama para que usted no deba casarse, y no
se case, con su hija, lo cual es lo mismo para usted. De todos modos se
oponen, y hasta le amenazan con las iras del cielo si no son obedecidos
en sus pos y honrados mandatos, y usted, que es buen hijo y, aunque
otra cosa piensa ahora, algo temeroso de la opinin pblica, se encoge y
tiembla y padece, porque no tiene resolucin para atropellar los
obstculos devolviendo tesn por tesn y amenaza por amenaza... No es
esto?

--Cabalmente.

--Y usted padece, tiembla y se encoge, porque en la batalla se juega a
Luz, que es hermosa y dulce y hasta santa, segn dicen, y no se resigna
usted a perder ese tesoro... Vamos a ver, y qu que se pierda?

--Seora!...

--Lo dicho: y qu que se pierda? Es usted muy joven todava, y por eso
ignora lo que influye el punto de vista en el conocimiento de las cosas.
El amor de Luz es el primero que usted siente, y cree imposible hasta la
vida si ese amor se le malogra. Todos los hombres creen y sienten lo
mismo la primera vez que se enamoran; pero despus, andando los aos,
van cambiando de parecer, y el obstculo que de novicios se les antoj
desventura sin ejemplo, ya con muchas barbas, le consideran como una
ddiva de su buena suerte. No lo dude usted: hay algo de inhumano en eso
de amarrar a un mozo que comienza a vivir al macizo carro del
matrimonio, y decirle: tira, y anda por ese camino spero y obscuro que
tienes delante, y por donde jams has andado, porque se cree que el
amor lo suple todo, y esto es una lamentable equivocacin. En primer
lugar, el amor del alma se confunde muy a menudo con los antojos del
cuerpo; pero, aunque no se confunda, el amor, o lo que sea, se acaba
luego, porque no duran ms los incentivos que le producen; o si se
conservan, pierden el encanto por la costumbre de verlos; el resultado
es el mismo; lo que se llama amor, desaparece, y la venda se cae; y
entonces, cuando los ojos contemplan asombrados lo muchsimo desconocido
que tienen delante, la codicia de ello inflama los apetitos, y el hombre
ms sesudo y morigerado olvida sus deberes y se hace un glotn de cuanto
ve. Es decir, cae, y de mala manera, que es mucho peor que caer...,
porque tambin los vicios tienen su esttica... Se sorprende usted de
lo que digo?... Pues est usted en la obligacin de resignarse, porque
yo no me compromet a halagar sus ilusiones, sino a darle mi parecer
despus de examinar el punto por todas sus caras. Ahora estamos en la
fea... Ya le veremos por otra mejor, si es que la tiene.

ngel estaba, en efecto, sorprendido, y aun admirado, de ver por dnde
tomaba la cuestin su consejera, y hasta de la cara que sta pona
cuando le hablaba, que no era cara de susto, ciertamente: adnde
diablos ira a parar por aquellos caminos, tan distantes de los deseos
del enamorado mozo? Ya se vera. Y comenz a verlo en el acto, porque en
el acto le dijo Leticia, despus de contemplarle en silencio unos
instantes, y como substancia y producto lgico de sus apuntadas
reflexiones:

--Creo, pues, que no se halla usted en edad ni en condiciones de
casarse.

El aludido brinc sobre el divn, y, sin poder contenerse, dijo con
marcado disgusto:

--Pero eso es peor an que defender la causa de mis contrarios!...

--Esto es defender lealmente la causa de usted--respondi Leticia con
acento y mirar blandos y cariosos--. Y si no, a la prueba... Pero
djeme usted concluir sin enfadarse. Contando con que usted, si no me lo
dice, piensa, por sellarme la boca, que sin casarse con Luz, porque la
ama, no comprende la vida, me anticipo yo a sostener que un amor,
aunque sea como el de usted, se cura con otro... Esto, como regla
general; pero concretndome al caso presente..., usted, tan joven,
tan... (no quiero que me llame lisonjera) tan bien dispuesto para el
mundo, rico, independiente, con tan larga y risuea vida por delante!...

Aqu empez ngel a sentirse incmodo y desasosegado. Quiso interrumpir
a Leticia sin acabar de comprenderla todava; pero Leticia le contuvo
con un ademn enrgico y estas nuevas palabras:

--Usted, repito, con todas esas ventajas, llorar como una desventura el
recelo de que se le malogren unos intentos como los que le preocupan! Yo
doy hasta por indiscutible que el amor de Luz sea el ms hechicero de
todos los amores... de la misma clase; pero--y con esto vuelvo a lo que
qued pendiente--sabe usted todava lo que son otros amores? Sabe
usted que no son los ms sabrosos los que ms lo parecen a la simple
vista?

ngel lleg a sentir latidos en las sienes y a cobrar cierto miedo al
hablar incisivo y al mirar fulgurante de Leticia; la cual, como si se
envalentonara con los encogimientos de su interlocutor, se tir ms a
fondo, de esta suerte:

--Usted no sabe an que los amores, como otras muchas cosas, se mejoran
con la salsa de la experiencia; quiero decir que para un paladar de buen
gusto, son ms sabrosos los ms experimentados...

Y como al decir esto Leticia, su voz, su mirada, sus ademanes y el
agitado ondular de su alto seno revelaran una emocin y un fuego que no
peda el punto que se haba comenzado a tratar all, ngel recel ya de
todo..., hasta de la bata y de las babuchas de Leticia; del motivo de su
tardanza en recibirle, y de la ocurrencia de recibirle entre el aparato
moruno de aquella estancia misteriosa; y dejndose llevar de tan malos
pensamientos, tambin sospech de los que pudo tener aquella dama para
insistir un da y otro en que l la visitara a menudo, y aun entrevi
los motivos de que la marquesa de Montlvez no tratara a aquella amiga
con la afabilidad que a otras suyas... Quin sabe hasta dnde fueron a
parar las sospechas del ingenuo mozo en brevsimos instantes!

Lo cierto es que los escozores le llegaron tan al alma, que, sin poder
contenerse, se alz del divn. Entonces Leticia, leyndole en la actitud
lo que le estaba pasando por dentro, quiso salvar su ociosa imprudencia,
si es que la haba cometido, que yo no lo s, cambiando sbitamente de
aspecto y dicindole con la mayor serenidad y sin levantarse:

--Si no hemos concluido todava!

A lo que respondi el otro con voz glacial:

--Ya lo veo; pero como el punto que usted toca no es el que yo deseaba
ventilar... Sin duda, me ha comprendido usted mal, o yo no he sabido
explicarme bien. De cualquier modo, mil perdones por el tiempo que la he
robado, y mil gracias por sus bondades.

Hzola una fra reverencia y se fue, estremecido de espanto al
considerar que quizs haba arrojado todo el rico tesoro de sus cuitas
en un hediondo basurero.

Leticia le sigui con la vista; y si el pobre mozo hubiera vuelto la
suya entonces, ms grandes habran sido sus terrores al leer lo que
expresaban los ojos y el continente de su afectuosa consejera.




XV


Desde que la Marquesa de Montlvez era juiciosa y administraba sus
caudales por s misma, tena un regaladsimo placer en encerrarse en su
despacho, hojear sus libros de cuentas, tomar notas, calcular gastos e
ingresos, apuntar cantidades en dos columnas, sumarlas, restar una suma
de otra, y ver al fin que, sin privarse de nada de lo necesario, le
resultaban sobrantes para imprevistos, despus de destinar un buen
puado para amortizar censos procedentes de su mala vida pasada. Es
preciso verme, pensaba algunas veces la marquesa rindose de s propia,
aqu, y en el oratorio rezando con mi hija, para creerlo. Vaya si _he
dado vuelta_ y soy mujer arregladita y hacendosa! Si hasta me creo
capaz de llegar a ser mstica y avara! Explquese usted estos
arrechuchos de la vida, o estos misterios del corazn humano, como dira
_Aljfar_, que, aunque desdentado y ronco, todava canta y engulle.

Y volva a sonrerse, y continuaba haciendo clculos y sumando
guarismos.

En eso se entretena y casi del mismo modo pensaba la maana siguiente
al da en que ocurri lo que se refiere en el captulo anterior.

Despus que despach su tarea, se dio a pensar en su hija, que en
aquellos momentos estaba en su tocador. Luz andaba algo preocupada con
la indisposicin de ngel: cosas de chicuelas enamoradas.--La marquesa
ignoraba lo del grave punto que haba quedado pendiente la antevspera
entre los dos interesados. De otro modo, quizs hubiera dado mayor
importancia a las preocupaciones de Luz, mejor dicho, a la ausencia de
ngel; porque en Luz no caban recelos de cierta especie.--Si ella (la
marquesa) estaba satisfechsima del novio que le haba tocado en suerte
a su hija, Guzmn no lo estaba menos; pero entrambos teman, porque si
siempre se teme cuando se desea, en aquel caso estaban ms en su punto
los temores por motivos que el lector, conoce bien. Y qu hacer? Hay
negocio en la vida que no est sujeto al vaivn de las contrariedades y
de la fortuna? Y, sin embargo, muchos se logran como fueron calculados.
Por qu no haba de ser uno de ellos el negocio de Luz?

Dndolo por hecho, como lo daba casi siempre, la marquesa puso su
consideracin en el cuadro venturoso de la vida de aquella pareja
incomparable, lejos, muy lejos, todo lo ms lejos que ella pudiera, de
la peste del gran mundo. Luz le detestaba, y ngel no le conoca. No
caba temor de que se necesitaran esfuerzos para apartarlos de l; y en
apartndose, el ejemplo de los dems impulsara hacia lo bueno al que de
los dos tuviera la desdicha de sentir tentaciones de no serlo. La vida
de familia, el ambiente del hogar, el apego a los hijos, la atencin
esclava del detalle domstico, y Dios en el corazn ms que en la
lengua... Este era todo el saber, toda la ciencia que daba por fruto en
los matrimonios hombres tiles y mujeres honradas. Y ellos seguiran
esa, misma ley, y seran dichosos, y ella lo vera; y si algn da los
vientos de la maldad llevaban hasta los odos de Luz el ruido de los
pecados de la madre, o no los dara crdito la hija, o si se le daba, ya
habra en su corazn la necesaria fortaleza para perdonarla despus de
llorarlos. Pero no iran nunca tan all esos aires de muerte, porque no
abundaban las almas de Lucifer capaces de conducirlos. Por de pronto,
las cosas iban del mejor modo posible, y la marquesa reconoca que Dios
era demasiado bueno con ella dndola lo que la daba por fin y remate de
una vida como la suya.

Lo que sucedi poco despus, va a referirlo la marquesa misma:

Se abri rpidamente la puerta de escape, y apareci Luz delante de m,
de la manera ms extraa: el pelo destrenzado y flotante sobre la
espalda, y recogido lo dems en ancho lazo sobre cada sien; el blanco
peinador mal ceido a su cuerpo; entre las manos, convulsas, un papel, y
la cara..., oh!, el espanto, la ira, el dolor, la sorpresa, el
desconsuelo... todo esto se poda leer en su cara transfigurada, y en su
actitud resuelta e indecisa al mismo tiempo.

Me qued estupefacta al verla as, y ella permaneci un instante sin
acertar a pronunciar una slaba y mirndome con la agona en los ojos.

De pronto djome con voz muy desconcertada, pero con gran energa:

--Ya s por qu no ha vuelto desde entonces...

--Y qu es lo que sabes, hija ma?--preguntela con el alma suspensa.

--Todo..., todo! Pero es una cosa enorme... que yo no quisiera
creer..., que no la creo--respondi estremecindose; y en seguida, con
un timbre de voz indefinible, porque me sonaba a todo lo siniestro,
desde la maldicin hasta el quejido, preguntome, con sus ojos anhelantes
fijos en los mos asombrados--: Dime, madre, es verdad que t eres...
mala?

--Mala yo, hija de mi vida!--exclam bajo la sensacin de un
escalofro mortal--. Pues no me conoces todava? No sabes lo que te
quiero..., cmo te trato?...

--No es eso, no, lo que yo te pregunto!--aadi con una entereza y una
decisin que me aterraron--: te pregunto si es verdad que eres mala,
pero mala... de otro modo..., mala mujer!

Ciega yo, torpe mil veces, que, con pensar tanto en ello a todas
horas, no sospech de qu se trataba entonces hasta que sonaron en mi
odo estas tremendas palabras!

Dicen que dos grandes poetas han apurado todos los horrores que caben
en la imaginacin para pintar los tormentos que padecen los condenados
en el infierno. Es imposible que entre tantos suplicios imaginados haya
uno solo comparable al que yo padec en aquel terrible instante.
Espantbame el siniestro resonar de aquella afrentosa pregunta en una
boca tan casta; pero an me atormentaba ms la vergenza de merecerla.

No s si por eludir la contestacin con una evasiva, tregua ilusoria de
un condenado a muerte delante ya del patbulo, o porque as lo peda el
tumulto de mis ideas, dejando a la pobre nia en las garras de sus dudas
mortales, atrevime a preguntarla, aparentando un valor que no tena:

--Quin te ha dicho eso?

--Esta carta--me respondi, entregndome el papel que traa en la mano.

--Cundo la has recibido y de quin es?

--No tiene firma ni fecha, y la he recibido poco antes de entrar aqu.
Me la trajeron de su parte; de parte de _l_...

--Justo, para que, como cosa suya, cayera en tus manos y no en las
mas. Y t crees que sea obra de ngel?

--ngel poda llegar a olvidarme, pero no a herirme de este modo.

Y todo este dilogo, con mucho ms que no hay para qu reproducir, le
sostena yo para ir alejando el instante de fijar la vista en el papel,
que me abrasaba las manos! Fuera de quien fuera, qu ms daba, si era
la delacin de mis delitos al juez que ms me intimidaba en el mundo!

Al fin, puse mis ojos en la carta, y tuve alientos para enterarme de
todo su contenido. Qu infamia! Y yo dudaba poco antes que hubiera
almas bastante viles para cometerlas tan grandes como aquella!

La letra estaba desfigurada; pero as y todo, yo vea en aquellos
renglones contrahechos, sobre la fina superficie del papel, un cierto
tufo diablico, un rastro que me delataba una mano conocida que no
acababa yo de descubrir.

Pero all constaba todo, todo! Y con qu astucia ms infernal! El
mvil de la carta pareca ser un hermoso sentimiento de cario a los dos
enamorados. Luz poda estar inquieta por las ausencias no explicadas de
ngel; poda hasta desconfiar de su lealtad; y por eso y porque se
supona a Luz enterada de la historia de su madre, se la hacia saber lo
que le pasaba al pobre chico. Sus padres me conocan al pormenor, ya
haca tiempo; y al hablarles el hijo de sus propsitos de casamiento con
Luz, le haban presentado como obstculos insuperables..., y aqu
empezaba la lista minuciosa de todos mis pecados, reales y supuestos;
con un lujo de colorido sobre sus calidades y resonancia, que no haba
ms que pedir. El oprobio de mi casamiento _se escapaba del papel_.
Donde ms se poda escandalizar la inocencia y el candor de la hija,
all se hunda el trazo para afrentar ms a la madre. Y esta sarta de
iniquidades se haca para venir a parar a que, no siendo el asunto tan
grave como a ngel se le antojaba, muy pronto se vencera el estorbo,
reflexionando los padres que faltas como las mas eran demasiado
corrientes y toleradas en el mundo, para que se opusieran como
impedimento a la felicidad de dos enamorados tan dignos de ser felices.

Todo esto le; de todo esto me enter, gastando en ello todas las
fuerzas de mi voluntad. Pero era preciso hablar, responder de algn modo
a aquellos cargos terribles; y para esta empresa ya no tuve alientos.
Luz, entretanto, continuaba pidindome una respuesta con los ojos. No
los apartaba de m! Estaba trmula, convulsa, la desdichada.

Cmo ciega y aturde el peso de una conciencia cargada de iniquidades!
Yo, la mujer desenvuelta, fra y despreocupada de los salones; la dama
de los grandes recursos para la intriga; la afamada _humorista de las
ocurrencias felices_, ni siquiera di en el sencillo intento de deshacer
con una negativa terminante aquella tempestad de desdichas que bramaba
sobre mi cabeza..., porque me hubiera bastado eso solo para conseguirlo:
despus me he convencido de ello pensndolo con serenidad. Pero
entonces, en las pocas preguntas y en la actitud indescriptible de mi
hija, yo no s qu o, qu vi de extrao, de sobrenatural, como si
fuera el rayo de la justicia de Dios que comenzara a castigarme.

Y me aterr ms todava; y cuando Luz, parecindole siglos los
instantes que yo tardaba en responderla, me dijo, con la voz de su
angustia desesperada: Habla, aunque sea para acabarme de matar!, yo
enmudec y baj la cabeza, cerrando los ojos. Quera ocultarme en
aquella ilusoria obscuridad, ya que el suelo no se abra bajo mis pies
para devorarme. O entonces sollozos y quejidos: la agona de un alma.
Desventurada! Cunto perda con aquel silencio mo, que era la
declaracin de los escndalos de su madre!

El remordimiento, el dolor de herirla tan hondo y en tantos sitios a la
vez, produjo en m una sbita reaccin. Ardame la sangre que momentos
antes era hielo desledo; zumbbanme las sienes, y el corazn no me
caba en el pecho; abr otra vez los ojos, y tuve que cerrarlos de
repente, porque los sent deslumbrados por las mismas llamas infernales
que me abrasaban el rostro. Un ciego impulso de mi amor de madre me
arrastr hacia Luz con los brazos extendidos; pero otro impulso ms
fuerte de la conciencia me detuvo all... No me atreva a abrazarla,
porque abrazarla era poner en contacto su inmaculada pureza con las
escorias inmundas que imaginaba yo ver salir a borbotones de mi pecho.
En tan negro desamparo, elev mi pensamiento hacia Dios; y tampoco
hall el consuelo que buscaba, porque no tuve fuerzas para llegar a tan
alto en tan mala compaa. La conciencia de mis culpas me cerraba todos
los caminos que yo intentaba seguir mendigando un instante de sosiego.
Como si le mereciera! Entonces, en el paroxismo de mi desconsuelo, sin
mirar a Luz, sin ver si quedaba viva o muerta, hu de su lado y corr a
esconderme, con el peso de todos los tormentos en el alma y sin el
consuelo de una lgrima en los ojos.

No s cuanto tiempo permanec en mi gabinete aturdida bajo aquel
torbellino de pensamientos desquiciados y de visiones febriles, porque
no hay medida para los huracanes del espritu. El infeliz que los
padece siente los estragos, pero no estima las horas. Y eso me pas a
m.

Cuando el cansancio de tan ruda batalla prest un poco de sosiego a mi
discurso, comprend que, con haber pensado tanto, no haba pensado en
nada til, y que era preciso pensar en algo, buscar una puerta para
salir de aquel antro sombro, si es que el antro tena salida que no
fuera para conducirme a otro ms tenebroso.

Y discurr, y fatigu la enardecida mquina de mis ideas..., todo para
la pobre vctima de mis enormes faltas: yo, su verdugo, no tena derecho
ni a disculparme para moverla a que me las perdonara. Pero era tan
estrecho el crculo en que se revolvan mis pensamientos por la
naturaleza misma de las cosas meditadas!, haba un enlace tan ntimo
entre lo que era irremediable y lo que poda tener algn remedio! Al
fin, la necesidad, la obligacin de hacer algo, me sugiri una idea que
ya haba entrevisto yo flotando a ratos en el oleaje de la pasada
tempestad. No era todo lo que se necesitaba en una obscuridad como la
ma; pero era algo, era un proyecto, una salida, un camino, el nico
camino que vea, y me decid a seguirle sin perder un solo instante.

Llam, ped el carruaje y comenc a vestirme para salir... No me
atrev a preguntar por mi hija, y no la echaba de la memoria un solo
instante! Qu hara, la desdichada, desde que yo la haba dejado en el
suplicio de su honda pesadumbre y sin alientos para llorar! Quera
verla, necesitaba verla, porque su dolor me atormentaba ms que los
mos; pero me faltaba valor para ello: tema agravar sus angustias con
mi presencia..., y tema, hasta el espanto, leer mi desprestigio en sus
ojos. Quien haya tenido hijas buenas y enamoradas de su madre, que diga
si hay pual que ms hondo hiera, ni azote que ms afrente que la mirada
que yo tema.

Me vest muy pronto y sal de puntillas hasta el gabinete de Luz, que
no distaba mucho del mo. La puerta no estaba bien cerrada y haba un
resquicio entre las dos hojas. Mir por l, latindome el corazn y
temblndome todo el cuerpo; y la vi, all en el fondo y en el mismo
desalio en que yo la haba dejado en mi despacho, recostada en un
silln; el rostro, descolorido; los ojos, enrojecidos y secos; la
mirada, perdida en el cmulo de los pensamientos; la expresin, de honda
tristeza, y las manos, abandonadas sobre el regazo. Qu dolor!... y
qu corazn haba elegido para anidar! Y todo aquel estrago era obra
ma; de mis maldades, de mis escndalos!

Esta idea me hiri como un rayo: sent la sacudida en el pecho, y una
oleada de lgrimas inund mis ojos: el primer beneficio que me otorgaba
el duelo implacable de aquel da! Porque no oyera Luz mis sollozos,
intent cerrar la puerta; pero not su dbil rechinar y volvi la cara.
Por si me haba visto, me resolv a entrar, dispuesta a todo. De
cualquier manera, yo no poda vivir as.

No se mostr sorprendida al verme, ni me mir con dureza. Esto solo me
dio un gran consuelo y fuerzas bastantes para atreverme a sentarme a su
lado; pero no supe qu decirla. Temblaba yo como una hoja de otoo
prxima a caer de la rama sin jugos.

Estando en estas indecisiones, repar ella en m traje, y me pregunt
con voz algo empaada y muy dbil:

--Vas a salir?

--S, hija ma--respond.

--Adnde?

--Muy cerca..., para un asunto que nos interesa..., que te interesa a
ti, sobre todo.

Se encogi de hombros y volvi la cara hacia el balcn. La silla que yo
ocupaba era ms alta de asiento que su butaca: de modo que su cabeza
quedaba algo ms baja que la ma. Siempre que yo me separaba de Luz con
cualquier motivo, nos dbamos un beso... Qu hambre tena yo del beso
de aquel da! No atrevindome a pedrsele ni pudindome resignar a irme
sin l, quise robarle con una astucia, a la cual se prestaba la
diferencia de alturas de nuestros asientos. Me fui deslizando del mo
poco a poco, y bajando, bajando, hasta verme de rodillas delante de
ella. Aquel era mi puesto!, as deba estar yo, y ms abajo todava, y
pisoteada por sus pies! Fing hacer lo que haca para observar ms a mi
gusto su cara.

--Ests casi en ayunas--la dije--, y necesitas tomar algo que te
conforte... Quieres que almorcemos antes de salir yo?..., porque ya es
hora.

--Estoy muy bien--me respondi impasible.--No necesito nada, sino
quietud... y silencio.

--De manera que yo he venido a molestarte... Perdname por la buena
intencin que tuve... Como voy a salir..., me dej llevar de la
costumbre: ya sabes cul es...

Y la miraba a travs del velo de la mantilla que me haba echado sobre
la cara.

--No me molestas--me dijo sin acercar la suya tanto como yo quera.

--Pero tampoco me necesitas, no es cierto?--repliqu devorndola con
los ojos.

--Y s yo--respondiome sacudida por una gran emocin--qu es lo que
deseo ni qu es lo que necesito; qu es lo que menos me daa ni lo que
ms me conviene!... Si todo me parece ahora del mismo sabor!

Acud presurosa a contener aquel torrente de dolor que se desbordaba,
con los pocos recursos de que poda disponer.

--Cierto, cierto--la dije, acariciando una de sus manos, que haba
cogido entre las mas--, y yo soy una imprudente, una egosta,
preguntando esas cosas... Ya vendr tiempo de tratarlas como se debe; y
para que llegue cuanto antes, voy a salir en seguida... Porque ya te
dije que iba a salir..., lo has olvidado?

--No.

En esto avisaron que el coche aguardaba.

Ya lo oyes--la dije, acercando ms todava mi cara a la, suya--, y si
he de volver pronto... Conque nimo, que Dios, aunque aprieta, nunca
ahoga... En cuanto vuelva, dentro de una hora lo ms, te informar de
todo lo que me haya ocurrido... Ser bueno para ti..., para las dos, no
lo dudes. Entre tanto, dejar advertido que te den una sopita clara...,
un caldo siquiera..., porque no puedes estar as... Ea!, adis, hija
ma...

Pero yo no me incorporaba ni alejaba mi cara de la suya.

--Adis--me dijo, al fin, estampando un beso, fro y maquinal, en mi
frente.

Pero as y todo, me pareci aquel beso un regalo celestial; hzome la
impresin de un roco benfico en la sequedad de mis amarguras; y
dejndome llevar de los impulsos del corazn, tom la cara de Luz entre
mis manos y se la cubr de besos y de lgrimas. No pens ya en que
pudiera mancharla el rastro de mis liviandades. El llanto de mis
remordimientos lo lavara todo; y, adems, yo necesitaba aquello para
vivir.

Sal en seguida con mayores alientos y mejores esperanzas; hice a mi
doncella los encargos que juzgu convenientes para atender al cuidado de
Luz, y baj al portal. El aire, el sol, el ruido y el movimiento de la
calle me produjeron una impresin tristsima. Parecame que el velo de
mi mantilla no era bastante tupido para evitar que las gentes leyeran en
mi cara lo que me estaba pasando.

Al entrar en la berlina, dije al lacayo en el momento de ir a cerrar la
portezuela:

--Imperial, 15.




XVI


Mientras rodaba el coche se me iba ocurriendo que poda no ser verdad
que las ausencias de ngel de mi casa consistieran en lo que deca el
annimo; mas como para aclarar la duda se necesitaba un trmite, no
corto, y no andaban mis asuntos para prodigar el tiempo en lujos de
preliminares, y si lo del annimo no era la pura verdad, podra serlo,
lo sera a la hora menos pensada, lo que yo iba a hacer hecho estara, y
eso tendramos adelantado. El annimo!... Pero de quin era la mano
que le haba escrito? No poda dar en ello por ms que cavilaba, y casi
casi la estaba viendo delante de los ojos.

Detvose el coche y baj. Slo otra vez en mi vida haba estado yo en
aquella casa, y en qu situacin de nimo tan diferente! Sub la
angosta y larga escalera sin tomar un respiro, y llam.

Esta vez fui recibida en la sala, pieza triste y pobre, sin otro lujo
que el aseo, el cual reluca hasta en los damascos descoloridos de los
muebles. Apareci el matrimonio a los pocos momentos de estar yo
aguardando. La mujer era el mismo espectro de la otra vez, pero sin la
calceta, aunque no por eso me pareci menos terrible. Dispuso con un
ademn de los suyos que me sentara en el centro del sof, y senteme
all. Delante del sof, a sus dos extremos y mirndose frente a frente,
haba dos butacas. La mujer se sent en la una y el marido en la otra.
Colocados as los tres, el espectro estaba a mi derecha.

El bueno de don Santiago haba estado muy afable y corts conmigo... y
tambin un poco desconcertado al saludarme. Su mujer fue la de siempre y
lo que yo esperaba que fuera en aquella ocasin; pero ni me alentaba lo
uno, ni me intimidaba lo otro. En la enormidad de mi cuita, no deba
reparar yo en pequeeces de ms o de menos.

Sin detenerme en excusas ociosas ni en prembulos atenuantes, refer
lo del annimo y hasta le relat casi al pie de la letra, y pregunt en
seguida si era cierto que entre ellos (mis dos oyentes) y su hijo
hubiera pasado lo que en el papel se declaraba. La mujer respondi al
punto, seca y muy acentuadamente, que s; el marido, cuando me volv
hacia l, humill un poco la cabeza, pero no dijo que no.

Ya saba a qu atenerme con toda certidumbre; y a continuar iba en mi
empresa, fundada sobre esta base, cuando se me anticip el espectro para
decirme:

--Ya supondr usted que en esta casa, donde con tanta lealtad se habla
y se procede, no hay nadie que sea capaz de cometer tales felonas...

--No haba necesidad de esa advertencia, seora--la dije de todo
corazn.

--Es que cmo la carta, segn usted ha referido, fue entregada de parte
de mi hijo...

--Razn de ms para creer que no era obra suya, puesto que no la
firmaba.

--Eso mismo pienso yo--dijo don Santiago, y eso solo debiera bastar
como prueba decisiva, si hubiera alguien capaz de atribuirle...

--Seor don Santiago--le interrump--, todas esas salvedades estn
fuera de su lugar...

--Pero es extrao--dijo su mujer--, muy extrao!, que una cosa tratada
aqu, a puertas cerradas, entre nosotros solos, hace dos o tres das, se
sepa a estas horas donde se sabe. Cmo ha podido saberse?...

--Oh, por el amor de Dios!--repliqu fatigada con aquella ociosa
digresin--, no se preocupen ustedes ahora con eso... Ya se sabr
todo..., y si no se sabe, qu importa! No es eso lo que a m me duele
ni por lo que he venido.

Callronse entonces; y como los vi dispuestos a escucharme, djeles al
punto, palabra ms o menos:

--Hay en el annimo ese un alcance ms hondo que el que se ve, tomado
el papel en la sencillez de su contenido. Parece la obra de un amigo
indiscreto, y es un pual envenenado que ha producido en mi casa dos
heridas mortales. Para eso fue escrito, y como pual le esgrimi, la
mano alevosa. De una de las dos heridas no hay para qu tratar: es la
ma; quizs la merezco, y poco importa. Pero de la otra, que es la de mi
hija inocente... Dios bendito!... Yo no s si habr en el mundo remedio
que alcance a cicatrizarla: sospecho que no; pero s de algo que puede
combatir el veneno y amortiguar los dolores; y con esto, aunque mal, ya
se vive... Pues ese blsamo milagroso est aqu, en una palabra, en una
mirada, en un latido del corazn de ustedes; y yo vengo a preguntarles:
a costa de qu sacrificios, de qu humillaciones, de qu penitencias,
le puedo adquirir para que viva la desventurada Luz?

--No me respondieron una palabra. Don Santiago me haba odo sin
apartar de m sus ojos compasivos; pero su mujer era una roca.

Convencida de ello, abandon por intiles los toques al sentimiento de
aquella inexorable criatura, y acomet de frente la empresa llamando a
las cosas por sus nombres. Lo que pretenda, lo que yo suplicaba era que
no se pusieran obstculos a los proyectos acordados entre ngel y mi
hija.

--Quisiera yo que la seora marquesa considerara--dijo al orme don
Santiago, en tono muy afable--que cuando se tratan en familia asuntos
como el que nuestro hijo vino a tratar con nosotros, no debe extraarse
que los padres, mirando por el bienestar y por...

--Si yo no me extrao de nada de eso, amigo mo! Ustedes han hecho muy
bien en lo que hicieron, pensando que lo que hacan era lo mejor; pero
entonces ignoraban...

--Mi hijo--interrumpiome la implacable madre--nos ha odo cuanto
necesita saber en este caso, y a ello se atendr, como nosotros tambin
nos atendremos.

--Pero su hijo de usted ignora--djela yo--lo que sucede en mi casa, y
no sospecha todo lo que puede suceder.

--Mi hijo--insisti con voz tremenda el espectro--no tiene obligacin
de saber esas cosas, ni sus padres la tienen tampoco: lo que saben los
padres y el hijo, porque son bautizados y no han renegado nunca de
serlo, es que hay que bajar la cabeza cuando pasan las iras del cielo,
como pasan ahora para castigo de usted. Quien la hizo, que la pague.
Resgnese y sufra, y no pretenda que la ayude nadie a enmendar los
decretos de Dios.

--Mujer, mujer!--exclam aqu el bueno del marido--, caridad
siquiera!

--Oh!, djela usted decir, que no me duele por lo que de ello me toca:
eso y ms merezco. Quien la hizo, que la pague: ha dicho muy bien esta
seora; nada ms justo. Yo la hice: yo acepto el castigo sin protesta,
para pagar todo lo que debo; pero por lo mismo que esta es la ley, me
parece que la infringen los que castigan en una hija inocente, como la
ma, los pecados de una madre como la suya. Vengan sobre mi cabeza todas
las iras del cielo, toda la indignacin y todo el menosprecio de
ustedes; pero djenme que implore un poco de misericordia para la
desdichada, que no ha cometido otro pecado que el haber nacido de m.

Aquella mujer no se ablandaba: quizs no me comprenda; acaso no daba
ms valor a mis instancias que el que tiene cualquier otro fracaso de
casamiento _ventajoso_. Por si no me equivocaba, cont la historia de
Luz desde que tuvo uso de razn, desde el da en que vino al mundo; su
carcter, su inocencia; mis incesantes afanes porque la conservara,
porque no supiera jams entre qu inmundicias haba cado..., en fin,
porque no se pareciera a su madre ni tomara en su ejemplo la menor
disculpa para no ser buena, si algn da se obraba milagro de que aquel
corazn tan puro llegara a corromperse: de todo esto habl; y despus de
hablar de ello, habl de sus extraas fantasas, origen de unos amores
que, por nacer como nacieron, parecan providenciales; de mi sbito
cambio de costumbres, de mis esperanzas..., de mi soada felicidad, que
slo consista en que jams turbara la de Luz el ruido de los escndalos
de su madre. Ya no era posible evitar esto, porque la infamia se haba
consumado; pero por qu al dolor de esta pualada se haba de aadir
otro ms hondo todava? No era sobrada crueldad herirla, para que
tambin se pretendiera matarla? En qu me rebelaba yo contra las iras
del cielo, que castigaban mis pecados, pidiendo la vida de la inocente?

Pues tampoco labr toda esta triste y larga plegaria en el corazn de
aquella mujer. Segn ella, la justicia divina, cuando se dejaba sentir,
hera en lo ms sensible. Por eso me haba herido a mi donde tanto me
dola. Sera cierto; pero ni aun as crea yo faltar a ninguna ley
divina ni humana implorando lo que imploraba al precio de sufrir yo sola
todas las amarguras decretadas para las dos.

Don Santiago no despleg sus labios, porque harto tena que hacer con
ocultar de m las impresiones que le estaban dominando.

--Yo no pido a ngel--conclu--porque es bueno, porque es hermoso, ni
porque es rico: le pido, le imploro, porque ama a Luz y es la vida de mi
hija, que le merece.

--Y yo no se lo negara a usted--respondame el espectro--si Luz fuera
pobre, fea y necia; l la quera, bendijrasela Dios, con tal de que
fuera honrada. Pero se la niego, se la negamos... porque su madre no lo
es.

--Lo s ya, seora--repliqula--, y en eso estbamos al principio; pero
llegando a donde he llegado yo con mis explicaciones y mis splicas, la
pregunto a usted ahora, y a usted, mi buen amigo don Santiago: a cambio
de ese gran beneficio, qu reclaman ustedes de m?, qu testimonios
desean para creer que si escandalic como mujer deshonesta, puedo
edificar como arrepentida?, qu martirios, qu humillaciones?...
Dganmelo: yo lo har todo..., todo, sin repugnancia, con la sonrisa en
la boca y besando el azote que me castigue.

La mujer se callaba. El marido me dijo, si no recuerdo mal, algo como
esto, y muy conmovido:

--Seora ma, yo la compadezco a usted con todo mi corazn; yo no dudo
de la sinceridad de cuanto nos dice; yo la creo a usted capaz de todo
lo que promete, y la aseguro que hara los imposibles por poner las
cosas en donde deban estar, si las cosas esas tuvieran remedio a la
hora presente; pero con estos mis buenos deseos, que son los de mi
mujer, crame, aunque no lo parezca as...

--Tu mujer--salt sta--nunca se ha mordido la lengua para decir lo que
siente, si lo que siente va con la ley de Dios, como sucede ahora; y lo
dicho, dicho queda, porque no se opone a esa ley; pero aunque se
opusiera, tambin el mundo tiene sus leyes, bien o mal hechas, y hay que
respetarlas...

--Ah est!--dijo con gran viveza don Santiago--: a eso iba yo a parar
cuando t me interrumpiste. El mundo tiene sus leyes: en el mundo
vivimos; l nos ha formado a su modo, seora marquesa..., y por esas
leyes..., en fin, pngase usted en nuestro caso.

--Ah!--exclam yo entonces--, si usted se viera en el mo!.. Pero
tambin acepto esas leyes que me son tan desfavorables en esta triste
querella. Qu teme usted del mundo en el caso implorado por m?: que
caiga sobre ngel la ignominia de la madre de su mujer? Tambin para
estas tempestades hay conjuros. Yo me arrastrar como penitente donde
me han visto triunfar como pecadora!, yo confesar a voces mis pecados
donde quiera que haya gentes honradas que me oigan!... Qu ms puedo
hacer? Jess no pidi tanta penitencia a la cortesana arrepentida, y
haba escandalizado ms que yo.

Se miraron uno a otro, y djome despus don Santiago muy conmovido:

Ni nosotros, pobres pecadores, le pediramos a usted, _llegado el
caso_, todo lo que nos ofrece... Aqu hay caridad, seora, gracias a
Dios, aunque haya miramientos tambin, y muchos miramientos!, que
respetar, sin que se falte por eso a la ley divina...; pero sabe
usted, sabemos nosotros, si asintiendo a lo que usted desea y pide, y es
muy natural que lo pida y lo desee, se avendra tambin nuestro hijo,
con lo cual no contamos?

--Pues no hemos convenido--repuse--en que lo que se afirma en el
annimo es cierto en todas sus partes?

El buen hombre contest que s.

--Y no se afirma en l que el nico obstculo que encuentra ngel para
el logro de sus ardientes deseos, es la oposicin de sus padres? Porque
de no contar con esto yo, no les hubiera molestado a ustedes con lo que
les he dicho.

--Es verdad, es verdad--respondi el bendito--: fue un reparo el mo
sin fundamento; pero de buena fe. Desgraciadamente para nuestros
propsitos..., quiero decir, para los de sus padres, la decisin de
ngel en ese punto es a prueba de inconvenientes: es firme como una
muralla. Lo cierto no hay para qu ocultarlo, ni es justo que se oculte.

Cosa rara! Su mujer no hizo el ms leve reparo, ni con la palabra, ni
con el gesto, ni con un ademn a esta declaracin de su marido;
declaracin que poda tomarse por una seal de triunfo para m, aun por
una persona menos interesada en l que yo.

Temiendo perder lo ganado, pero resuelta a que quedara donde fuera
fructificando bien, no insist en que llegramos a un acuerdo
terminante, aunque habl un buen rato todava y con no mala fortuna;
pues o me engaaban mucho las seales, o el espectro se iba humanizando
poco a poco.

ngel, presente all, quizs hubiera logrado que yo me llevara hecho lo
que, en opinin ma, quedaba en buen camino de hacerse; pero ni se
present, ni me pareci muy cuerdo preguntar por l entonces.

En resumen: al concluirse aquella batalla, en que gast las pocas
fuerzas que me haba dejado la tremenda fatiga de mi casa, me pareci
que el bueno de don Santiago Nez, ms que un enemigo, era ya un aliado
mo, y que en la dureza de la mujer quedaba una mela por donde, si su
hijo saba golpearla, llegara hasta el corazn.

Al despedirme, el marido me estrech con efusin la mano entre las dos
suyas. No me atrev a tendrsela en seguida a la mujer; pero, en cambio,
qu asombro!, me tendi ella la suya. No se la bes, porque no lo
juzgara sospechoso por excesivo; pero mis ojos, mal enjutos todava,
volvieron a llenarse de lgrimas.

En el momento de salir, me advirti don Santiago que su hijo no haba
vuelto an a casa, pero que no tardara, porque era ya la hora de comer
para ellos; le rogu que no le ocultaran que haba estado yo all, y
comenc a bajar la escalera.

Al llegar a la meseta del entresuelo, me encontr con ngel, que suba.
Dios, aunque me castigaba, no me dejaba todava de su mano.

Antes que l saliera de la admiracin de verme all, y eso que lo
sospechaba por el carruaje que aguardaba en la calle, comenc yo a darle
cuenta, en voz muy baja y con el mayor laconismo que pude, de todo lo
que le interesaba saber sobre lo que ocurra en mi casa y en la suya.
Pobre chico! Qu rato le di y qu horas le prepar! Pero por dnde
se supo? Qu mano ha escrito eso? La misma pregunta que arriba; la
misma que me haca yo. Y quin poda indagarlo mejor que l?

De pronto se dio una palmada en la frente, y en seguida me refiri, con
muy curiosos pormenores, una visita que haba hecho el da antes a
Leticia.

--Esa es la mano!--dije sin titubear--. De ella es el rastro que yo
vea sobre el papel. No andando suelto por la tierra Satans, slo en
Leticia, contrariada y ofendida, cabe una felona como esa. Qu
desalmada!

El fracaso de sus proyectos en aquella visita, dejndole desamparado y
con su secreto descubierto en lugar tan sospechoso, le haba movido a
pedir el auxilio y el consejo de Guzmn. Tres veces en pocas horas haba
estado en su casa, y se volva a la suya sin hallarle.

Djele que se pasara muy pronto por la ma, donde era ms necesario que
en ninguna otra, y nos separamos despidindonos hasta luego.

Guzmn!..., la nica criatura de cuantas hollaban la tierra, que me
pareca ms criminal que yo!, el hombre que mereca, en buena ley, que
llovieran sobre l solo todas las amarguras que haban entristecido mi
hogar! Porque l era la fuente, el origen y el nico causante de todas
mis desdichas; el demonio sagaz que haba socavado mi fortaleza, para
arrojarme despus hecha jirones al lodazal de las gentes corrompidas. Y
con saber esto, y con no poder amarle ya, todava no lograba
aborrecerle! Otro de mis castigos.

Pensando as, llegu a mi casa una hora ms tarde de lo que haba
calculado. Felizmente, no crea haber perdido el tiempo. Llevaba
siquiera una gran esperanza con que alentar, en parte, los abatidos
nimos de Luz.

Levantarlos por completo, era tan imposible como borrar con un soplo de
la memoria de las gentes la mala fama de su madre.




XVII


No me sorprendi la noticia que me dieron al entrar en mi casa: la
estaba temiendo desde que sal de ella. Los martirios del alma de la
pobre Luz se haban dejado sentir tambin en su cuerpo. La hall tendida
sobre la cama, y con la habitacin medio a obscuras. Le molestaban la
claridad y los ruidos; senta dolorida la cabeza, y una impresin muy
desagradable en todas las coyunturas. La toqu la frente, y la tena
ardorosa; en cambio, las manos estaban muy fras. Responda a mis
preguntas con pocas palabras y sin abrir los ojos. Contaba yo con algn
trastorno fsico despus de la borrasca moral; pero no tan grande como
el que me anunciaban aquellos sntomas, si es que no los abultaba la
triste luz que ennegreca ya todas las cosas en mi imaginacin.

Intent sondear sus nimos, informndola poco a poco y a mi gusto de lo
que haba hecho fuera de casa, y exagerndola bastante el xito de mi
visita. No dio seales de que le interesaran las noticias. Despus le
anunci la venida de ngel, dentro de muy pocas horas..., de minutos,
mejor dicho. Entonces abri los ojos y me mir. Decidiome esta buena
seal a ir ms lejos en mis tentativas, y la dije que l haba estado
real y positivamente enfermo; que por eso no haba venido, y no por lo
que deca el annimo..., y ya iba a aadir que, como menta en eso el
inicuo papel, tambin menta en la mayor parte de lo dems que
declaraba, cuando not que Luz se cubra la cara con las manos y se
oprima con fuerza los ojos, como si detrs de ellos comenzaran a
batallar otra vez sus mal apaciguados pensamientos. Me indic por seas
que callara.

Qu era aquello, Dios mo! Qu noche haba cado de repente sobre
aquel risueo da primaveral, tan profunda y tenebrosa, que ni el mismo
sol era capaz de rasgar sus densos crespones! Habra perdido yo el
tiempo? Seran igualmente mortales entrambas pualadas?

De cualquier modo, no era aquella la mejor ocasin de averiguarlo. Por
de pronto, urga mucho que Luz se acostara de veras; y eso la propuse, y
eso hizo. Despus, sin advertrselo a ella, porque se hubiera resistido,
mand que avisaran al mdico.

Entretanto, y por todo alimento en aquella maana memorable, tom yo
dos sorbos de caldo.

Lleg el doctor y vio a Luz. No encontr en ella ningn sntoma de
consideracin: todo el mal se reduca a una ligera destemplanza, que se
curara con las ropas de la cama y los mimos de su madre. Pero le
extraaba mucho que no concordaran con la benignidad de los sntomas
orgnicos las manifestaciones morales: hallaba demasiado abatida de
espritu a la enferma, que era de suyo animosa y expansiva.

Esto me lo dijo al despedirse en el vestbulo; y como saba o
sospechaba lo de los amores de Luz, preguntome, sonriendo
maliciosamente, si la enfermita haba tenido algn disgustillo estando
sana. Respondile que s, sonrindome tambin muy a la fuerza, y entonces
me dijo:

--Pues con ese dato, adivine usted cules son la medicina y el mdico
que han de curar esa enfermedad.

Sonreme, y en esto apareci ngel, que acababa de entrar.

Antes que se nos acercara para saludarnos, me dijo el doctor al odo:

--De este medicamento de le usted a la enferma buenas dosis y a
menudo.

Pobre hombre! Qu lejos estaba de conocer la naturaleza de la peste
que haba invadido mi casa!

Como yo me lo tema, bien poco o nada se dejaron ver en Luz los buenos
efectos del remedio tan encarecido por el doctor. La primera impresin,
algo ms viva y agradable; pero en seguida, el mismo desaliento y el
mismo tinte dolorido y melanclico en la voz y en las miradas delante de
ngel que de m.

Por la noche vino Guzmn. Nada saba de lo ocurrido. Le enter de
ello, gozndome en la esperanza, lo confieso, de darle ese tormento que
sufrir. Y le sufri; pero con qu entereza de espritu! Yo no s de qu
hubiera sido capaz si el cmulo de desventuras que se cerna sobre
nosotros hubiera tenido vida y formas que destruir.

Quiso ver a Luz inmediatamente, y yo no me opuse con gran empeo,
porque me convena estudiarla en aquella prueba delante del hombre con
quien, segn ella saba ya por el annimo, se la atribuan tan ntimas
conexiones. Deba ser este pecado el que ms la espantaba de todos los
mos.

Entr hablndola en el tono regocijado y carioso que de ordinario
usaba con ella; y bast a la pobre nia conocer su luz, para lanzar un
grito y estremecerse como si la hubiera sacudido una corriente
elctrica. Viva la infeliz indudablemente bajo el peso de una idea
terrorfica, que se embraveca con el recuerdo o la presencia de
determinadas cosas y personas. Se neg a responder una palabra, y las
nicas que pronunciaron sus labios fueron para suplicarnos que la
dejramos sola, porque la soledad y el silencio eran lo que ms descanso
la daba. Y yo saba que estar sola quera decir entonces que se
quitara de all Guzmn; y saba lo que dola eso, porque lo haba
padecido yo pocas horas antes; y por saberlo, me complaca, me gozaba en
las torturas de l; porque yo no poda dudar, ni toda su fortaleza
alcanzaba a disimularlo, que las repugnancias de Luz le estaban hiriendo
en lo ms vivo, en lo nico sensible que le quedaba bajo su corteza
mundana y empedernida. Debiendo tanto como deba, justo era que pagara
algo de ello.

Salimos; y con el pretexto de no apartarme de donde tanta falta hacia a
cada momento, se despidi de mi sin mencionar lo ocurrido, ni hacer un
solo comentario sobre lo que poco antes le haba referido yo.

Volvi ms tarde el mdico, y se convenci por el estado de la enferma,
que era el mismo de algunas horas atrs, de que su recomendada medicina
no haba producido milagros.

--Pues ella los ir haciendo poco a poco. Entretanto, que den a la
enferma, cada tres horas, una cucharada de esto que voy a disponer.

Y dispuso un antiespasmdico, por disponer algo.

Tambin volvi ngel; pero esta vez no vio a Luz, porque me haba
rogado, despus de marcharse Guzmn, que no dejara entrar a nadie en su
cuarto, _fuera quien fuese_.

El resto de la noche lo pasamos solas las dos y sin separarnos: ella en
su lecho; yo a la cabecera, sentada en un silln; ella durmiendo a
ratos, entre pesadillas y delirios, y yo contando las lentas horas,
minuto a minuto, a la luz mortecina y verdosa del opaco fanal de la
lamparilla, y viendo con los ojos de la triste imaginacin desfilar en
largas y silenciosas procesiones los fantasmas de todas las locuras y
liviandades de mi vida pasada, y los de las crueles amarguras que el
cielo me tena reservadas por castigo.

Al otro da, es decir, al acabarse aquella eterna noche, Luz estaba ms
tranquila; y si la fiebre no haba desaparecido por completo, deba de
estar apunto de desaparecer. Este alivio me ofreca una buena coyuntura,
que yo pens aprovechar, si el mdico no se opona, para mover a Luz a
que se explicara conmigo. Me consuma el ansia de romper los diques de
aquel dolor mudo, y verle desbordarse en palabras, aunque el torrente me
arrollara a mi!

En cuanto el mdico, horas despus, confirm aquel risueo parecer mo
con el suyo ms autorizado, le consult sobre los propsitos que tena.
Los encontr muy cuerdos.

--Es hasta de necesidad--me dijo--despejar los nublados de esa
cabecita; poner en buen orden sus ideas y no consentir que vuelva a
llenarse de ellas el depsito. Que piense; pero que piense hacia fuera y
con las puertas del cerebro de par en par. Esto nadie lo ha de conseguir
ms que usted. Lo restante, hasta dejar las cosas como estaban anteayer,
lo har luego, sin grandes dificultades, _el otro doctor_.

No esper un momento ms. Volvime al lado de Luz, y llegu muy a
tiempo, porque la hall tratando de incorporarse en la cama. Mientras la
ayudaba yo y la arreglaba las almohadas para que se recostara sobre
ellas, se cruzaron algunas palabras entre nosotras. Despus me dijo que
se encontraba muy bien as: no se le desvaneca la cabeza ni le
molestaba la luz. De aqu tom yo pie para comenzar lo que intentaba.
Djela que an se sentira mucho mejor si descargaba la imaginacin del
peso de sus tristes pensamientos, comunicndolos conmigo; que las penas
calladas ahondaban demasiado en el corazn, y mucho ms en el suyo, que
las senta por primera vez... El mismo gesto de repugnancia! La misma
resistencia muda! Entonces la asedi con mayor empeo: insist,
supliqu, llor..., y consegu que ella llorara tambin. Comenzaban los
diques a quebrantarse, y esta era una buena seal.

Mientras lloraba, con la frente apoyada sobre mi pecho, yo la hablaba
dulcemente al odo, y el corazn me iba diciendo que las durezas se
ablandaban y que el torrente se desbordara. Para facilitarle la labor,
trat de destruir los obstculos de mayor bulto. Djela que era muy
natural que siendo yo la causa de sus dolores, y por unos motivos tan
escabrosos, se resistiera ella a comunicarme lo que senta; porque esto,
en su inexperiencia, no lo crea posible sin lastimarme. Qu equivocada
estaba! Lo que a m me lastimaba, hasta acongojarme, era su silencio
melanclico. Que me hablara, aunque fuera para maldecirme, pues nunca
llegaran sus maldiciones a expresar tanto y tan negro como lo que lea
yo en lo que no me quera decir. Pero suponiendo, contra todo lo que
deba creerse, que hubiera grandes motivos para que conmigo fuera tan
tenaz en su reserva, y confesando que no tena derecho alguno para que
me mirara con blandos ojos, por qu se mostraba tan triste, desalentada
y taciturna delante de ngel como de m? Que fuera inclemente conmigo,
se comprenda; pero con l!...

Al fin, se rompieron los diques, y habl; pero como estaba muy dbil y
no se hallaban todava en completo reposo sus ideas, el trabajo de
responderme, en asunto tan complejo, era para la pobre demasiado penoso.
Para alivirsele y cansarla menos, la fui yo concretando cada punto y
dndole en cada pregunta que la haca la frmula de la respuesta. As
nos entendimos, y llegu yo a ver hasta el fondo de aquel puro y
cristalino lago, tan agitado y revuelto todava por las iras de la
reciente tempestad.

Aborrecer ella a ngel cuando ms en el alma le tena! No la
contrariaba su presencia por desamor, sino por un sentimiento bien
diferente: tema verse contemplada por l a distinta luz que antes, y la
espantaba la idea de no valer a sus ojos todo lo que haba valido hasta
entonces. Quera verle, deseaba verle, y verle sin cesar; pero de modo
que l no la viera a ella. Cierto que todo lo ocurrido, con ser tanto y
tan enorme, no le haba apartado de sus propsitos; que se mostraba leal
y carioso y resuelto a pelear contra todo linaje de obstculos que se
atravesaran en el camino que los dos se haban trazado en horas bien
risueas; pero esto poda ser, sera indudablemente, abnegacin en l,
compasin que ella le inspirase, sacrificio de muchos respetos, y
sacrificios bien dolorosos acaso; y este recelo la afliga mucho ms que
el verle alejado de ella.

Hcela yo notar que sus temores no tenan fundamento. Era una nia sin
experiencia y sin malicias: qu saba ella de las cosas del mundo para
estimar el valor de ciertos momentos del nimo, subordinados al influjo
de unas leyes que tampoco conoca? An no habamos hablado entre las
dos, sosegadamente, del suceso que a aquella situacin nos haba trado;
todava estaba por aclarar qu haba de falso y qu de cierto en el
contenido del infame papel, y cul fuera la verdadera importancia de lo
ltimo a los ojos de un pblico avezado a no asombrarse de faltas mucho
mayores...

Si lo saba!... Luz no haba visto el mundo, ciertamente, y haba sido
educada muy lejos de l; pero en todos los libros y en todas las bocas
haba aprendido las mismas reglas para conocerle; en todos sus
escondites la haban enseado a estimar el bien con la pintura
abominable del mal; y as, para realzar a sus ojos el mrito de la mujer
honrada, se haban valido del retrato de la que no lo era. Por estas
enseanzas saba, y no poda dudarse, que de todas las mujeres malas era
la peor la madre desjuiciada y deshonesta, porque sus escndalos daaban
tambin a sus hijos, de los cuales apartaban los suyos las madres
honradas, como se aparta el fruto sano del sospechoso. Pudo ella dudar
si esta ley se cumpla entre las gentes con todo rigor; pero bastbale
ser honrada y tener sentido comn para comprender que la ley no careca
de fundamentos, y que no se obraba contra justicia aplicndola al pie de
la letra.

Con este modo de pensar, y teniendo a su madre por la ms perfecta de
las mujeres, de qu modo sino con un torbellino de dolor y de vergenza
pudieron caer sobre ella las revelaciones del papel annimo? Y con lo
que ya saba, aunque ngel llevara su abnegacin al ltimo extremo,
cmo ni para qu aceptar su sacrificio, con el recelo de ver en cada
sonrisa suya un disimulo de sus temores a la rechifla de las gentes?

Por eso daba por muerta la mejor de sus ilusiones; pero sin que dejara
de vivir en su corazn el sentimiento de que haba nacido.

Esta es la substancia de lo que tuve que or, o mejor dicho, de lo que
yo misma fui extrayendo, frase a frase, del cmulo de pensamientos que
se revolvan en su cabeza.

Grandes pudieron ser mis faltas, pero bien caras las iba pagando!

No por lo que me dola el castigo, sino por aliviar a Luz del que
padeca por m, djela, con mal forjada entereza:

--Y sabes t todava si es cierto lo que se asegura en el annimo?

Pero ella me respondi, con una prontitud y un vigor que me
sorprendieron:

--Y si no es cierto, por qu no me lo dijiste cuando te lo pregunt
tantas veces, con el alma entre los labios? Pero entonces bajaste la
cabeza... y huiste; y yo cre lo peor, porque no poda creer otra cosa;
y el dao qued hecho as. Ahora, cuando menos tengo que dudar, s me
afirmas lo contrario; y una duda no es bastante remedio para curar una
herida tan grande.

Qu haba de replicar yo a este nuevo latigazo de la justicia de
Dios! Balbuc algunas palabras de disculpa..., para acabar pidiendo a
Luz, entre lgrimas, que no me aborreciera.

--Aborrecerte!--exclam la infeliz, enjugando mis ojos con sus
besos--, siendo mi madre, y con lo que has llorado!...

No tena derecho a pedir, ms, cuando me daba lo que yo no mereca.

Despus de esta escena, volvi Luz a caer en sus tristezas. Los nuevos
pensamientos no se le acumulaban tanto en la cabeza, porque no era tan
reservada conmigo como antes; pero all le quedaban los grmenes que
los producan, y esto era lo peligroso.

ngel me ayudaba heroicamente a combatir el mal; pero eran intiles
nuestros esfuerzos. Contemplndole, chispeaba el amor en los ojos de
Luz; oyndole hablar enamorado, el fulgor desapareca tras un velo de
negras tristezas. Se la atormentaba con lo que creamos infundirla
alientos, y haba que desistir de la empresa. Cmo nos descorazonaba
esto!

Pero, aunque poco, al fin hablaba, y remova y oreaba las ideas; y
aquella terrorfica que antes la persegua sin sosiego, ya no la
martirizaba tanto.

Slo delante de Guzmn se despertaba y embraveca; y no me maravillaba,
despus de haberme confirmado la infeliz lo que recelaba yo: aquel
pecado mo era, a los ojos de su pudor de hija, el ms abominable de
todos los del vergonzoso catlogo.

A todo esto, los das pasaban, la fiebre era imperceptible, y, sin
embargo, la enferma, lejos de mejorar, se iba aniquilando poco a poco.
El mdico se impacientaba ya, porque no saba a qu atenerse, y me
miraba a m y yo le miraba a l. Los dos tenamos las mismas dudas,
ay!, y los mismos temores.

La casa comenzaba a tomar ese aspecto fnebre y sombro de las grandes
tristezas del hogar. Se viva medio a obscuras, se hablaba bajo y se
andaba de puntillas. El rechinar de una puerta pareca un gemido mal
disimulado; cada mueble un atad; cada lienzo un sudario.

Me haba aislado de todas mis amistades: slo se abran mis puertas al
desconsolado ngel, al mdico y a Guzmn..., que continuaba padeciendo
el martirio de no poder contemplar a Luz sino de lejos y escondido de
ella.

Pues en tan sealadas circunstancias recib un recado de Leticia,
preguntando con vivo inters por el estado de la enferma. Era cinismo
de la infame, o un disfraz de su vileza? Yo entend lo primero, y bajo
esta impresin la respond. No vino el segundo recado de su parte, y eso
me convenci de que fue la respuesta muy merecida.

Y pasaron tres das ms; y Luz, que hasta entonces haba vivido con
nimos prestados, comenz a animarme a m y a sonrerme..., ella, que
ni para sonrerse tena ya fuerza! Cmo entender aquella crisis, Dios
mo! Iluminaban otros soles ms alegres sus das? Se iniciaba una
reaccin dichosa en su extraa enfermedad?

S, todo esto era cierto; pero de muy distinto modo que lo entenda yo.
No acuda a donde nosotros intentbamos llevarla para curar sus males:
pretenda que nosotros subiramos con ella a las alturas desde donde se
haba puesto a contemplarlos. Le parecan desde all tan llevaderos!.
Qu engaos tan enormes los de la vista humana cuando no se levanta del
polvo de la tierra!

Esta y otras reflexiones anlogas me fueron dando la medida del estado
de su espritu. Lo que faltaba de ella hasta la exactitud, me la dio al
otro da la enferma dicindome que deseaba hablar con su confesor.
Temi la inocente que me pareciera demasiado orla decir que quera
confesarse!

--Y vino el confesor poco despus. La nota triste que faltaba en el
cuadro de mis tribulaciones!

Sin salir el cura de la habitacin de Luz, lleg el mdico. Le dije lo
que ocurra, y me contest con un ademn y un gesto que, a mi entender,
significaba: no est de ms.

Ahogndome el llanto, le pregunt muy por lo bajo:

--Pero qu es lo que la mata?

Como si yo no lo presumiera!

Tampoco respondi derechamente a esta pregunta. Se sent, y quiso que
me sentara yo a su lado. En seguida, por entretenerme o por consolarme,
comenz a hablarme de la vida de ciertas flores..., el cuento de
siempre: unas hojas, muy frescas ayer, que hoy se contraen y marchitan
de repente; un tallo muy erguido que se encorva de pronto bajo el peso
de la flor..., y una rfaga insana que la toc al pasar, o un insectillo
impalpable que mordi la raz. Qu rfaga o qu insecto haba pasado por
mi casa, no lo saba l...

Pero lo saba yo!

Estando en estas, sali el cura muy ufano y satisfecho. Me dio la
enhorabuena!... Dios sabe bien por qu no se la agradec! Qued en
volver a menudo, porque aquello no haba sido ms que una preparacin
para otro acto ms solemne; y se fue el bendito seor.

--Luz, cuando el mdico y yo entramos en su cuarto, irradiaba la
alegra por toda su faz de querube. La palidez era la nica huella que
haba estampado all la rfaga de que hablaba el doctor. Comprend que
en boca del confesor estaba muy en su punto la enhorabuena que me haba
dado momentos antes; pero vistas y estimadas las cosas con ojos humanos,
a m me acongojaba aquella alegra, que me estaba pareciendo el himno
triunfal de las vrgenes dispuestas a la muerte. Era dichosa,
ciertamente, sonriendo entre dolores; era bien envidiable su destino;
pero yo me quedaba sin ella en el mundo, y era su madre..., y mora por
mi causa..., mejor dicho..., Dios poderoso!, la mataba yo!

Nada tuvo que hacer all el mdico. Delante de ella, infundindonos
nimo, parecamos nosotros los enfermos.

Al despedirse el doctor de m, le pregunt qu juicio formaba del
estado de la enferma. Movi la cabeza tristemente.

--Con un espritu doliente--me dijo--dentro de un cuerpo sano, como
antes, haba para temer y para esperar; pero en el caso inverso de
ahora, cuando el cuerpo se muere a escape, slo queda que temer, porque
el contenido se va con el continente.

Lo mismo pensaba yo, aunque sin tantas palabras y con mayores
angustias.

Preguntole despus cunto a durar aquella vida, y diome a entender
harto claro, que poda concluirse a la hora menos pensada.

Secndome el llanto para entrar mintiendo en la habitacin de Luz me
alcanz ngel, recin informado por el doctor de las tristes novedades
que ocurran. Confirmselas slo con mirarle, y se precipit desolado
en el gabinete. Luz le dijo, en cuanto le vio, contemplndole con la
cara envuelta en una celeste sonrisa:

--Creme: vale ms que lo que habamos pensado, _lo que va a suceder
pronto_. Me duele dejarte, porque t tampoco ests aqu en tu sitio;
pero ya nos hallaremos donde debemos hallarnos, y esto me consuela.

El pobre chico sollozaba; y para ocultar los verdaderos motivos, echaba
a Luz la culpa de todo. Luz se sonrea ms entonces. Cogiole una mano
entre las suyas, y le dijo, con un timbre de voz que era un cntico
melodioso:

--No me pesa que me llores, y llrame tambin _cuando suceda_, pero
llrame porque me envidies, no porque me compadezcas. Te aseguro que es
gran beneficio del cielo el sacarnos de aqu cuanto antes.

Y lo senta como lo afirmaba..., y yo, yo si que le envidiaba aquella
conciencia pura y tranquila en que se reflejaba su ardiente fe, como el
sol en un espejo!

Tambin en aquella escena, que fue larga, parecamos ngel y yo los
enfermos, y Luz la enfermera.

No puedo darme ahora cuenta exacta de todo lo que ocurri en el resto
de aquel da y durante la noche que le sigui; no s si ngel fue y vino
varias veces o si no se movi de all, porque tengo una idea de que
falt muy pocos instantes de mi casa hasta cerca de la madrugada;
recuerdo vagamente tambin que estuvo Guzmn al anochecer, y el efecto
terrible que le hizo la noticia que yo le di por entrar; que vio a Luz y
que la habl, y que Luz tuvo tambin para l sonrisas y dulzuras de
consuelo; que se apart de ella a duras penas cuando entr el cura
nuevamente para confesarla; que sali con los ojos enrojecidos y el
pecho rebosando de sollozos; que, mientras el confesor cumpla su
triste cometido, Sagrario, forzando todas las consignas de la puerta,
entr hasta donde yo me hallaba recogida para llorar a solas, y se
abalanz sobre m, hecha un mar de lgrimas; que se aument el raudal de
las mas al verme delante de aquel cmplice y testigo de mis maldades;
que cuando el cura se me acerc para darme otra enhorabuena y advertirme
que de acuerdo con la enferma, se la dara el Vitico al da siguiente
para que le recibiera con la debida solemnidad, _puesto que no corra
prisa_, Sagrario vol hasta la cama de Luz, de donde me cost gran
trabajo separarla; y que con espantarse tanto como se espant de la
infamia de Leticia cuando yo la enter de ella, se espant todava ms
de que yo no viera en sus estragos otra cosa que el castigo de mis
culpas; tampoco recuerdo en qu par esta corta entrevista con aquella
loca de buen fondo, ni cundo se march, ni cundo se fue Guzmn, ni qu
me dijo, ni lo que te dijo Luz al despedirle. Creo que volvi por all
dos o tres veces durante la noche, y que no quise ceder a nadie, ni al
mismo Guzmn, ni al pobre ngel, que tan encarecidamente me lo rogaba,
el consuelo de pasar aquella ms sentada a la cabecera. Fue larga, muy
larga la noche, esto lo recuerdo bien; pero no tanto el pormenor de lo
que hice y sent durante ella. Algo deb de pensar, considerando cmo la
pobre Luz se destrua al primer choque de su inocencia con las maldades
del mundo, en si fui o no fui discreta al cultivar a la sombra una
planta destinada a vivir al aire libre, para venir a parar a que no
estaba lo malo en esconder ms o menos a una hija para que viera o no
viera ciertas cosas, sino en que una madre tenga faltas que no puedan
ser confesadas a voces; porque pensar en esto y llorar mucho mientras la
pobre enferma dormitaba, an sin tan grandes motivos, haba sido mi
ocupacin en las veladas anteriores; tambin recuerdo confusamente la
hora en que ngel se despidi para volver por la maana, y algo como
impresin pavorosa que entonces sent, sin saber por qu, al considerar
que me quedaba sola junto a aquel lecho, que me pareca una tumba...

Pero lo que s para no olvidarlo jams, y por eso me ha borrado el
recuerdo de todo lo que se grab poco antes que ello en la memoria, es
que cuando reemplaz a los trmulos y mortecinos resplandores de la
lamparilla el primer rayo de sol de aquel da primaveral; cuando se
despertaban las flores y los pjaros; y toda la naturaleza se alborozaba
y sonrea, despertaba tambin Luz de un sueo que me haba parecido
tranquilo, plida como la cera, y recorriendo con sus grandes ojos
asombrados toda la estancia.

--Qu te sucede, hija ma?--preguntela incorporndome de un salto y
cogindole, con las mas, una de sus manos, fra, muy fra!

--Es cosa, muy singular!--me dijo tornando a su postura supina y
fijando su mirada en un punto imaginario del pabelln de su cama.

--Haba vuelto a mis jardines..., aquel paraso de que yo te habl...,
donde nos conocimos ngel y yo... Me paseaba por sus senderos
retorcidos, y ngel no pareca..., y yo le esperaba. En esto, el sol se
obscureci de repente, y comenz a enturbiarse aquel ro tan
cristalino..., y a crecer, a crecer... turbio, muy turbio!, y cubri
los arbustos de las orillas; y sigui enturbindose, enturbindose, y
creciendo y creciendo; y lleg a las praderas ms bajas, y segua
enturbindose y creciendo todava. Entonces tuve yo gran miedo donde
estaba, y llam a ngel muchas veces..., y ngel no vino. Sub a lugar
ms alto; y al ver que las aguas tambin suban, corr, de altura en
altura, hasta refugiarme en el chalet. Sal a la azotea, y vi con
asombro que las aguas lo haban invadido todo, todo cuanto alcanzaba la
vista! Tembl de espanto al contemplar aquella desolacin y verme tan
sola all... A poco rato volvieron a bajar las aguas poco a poco...,
turbias, siempre turbias!..., hasta encauzarse otra vez entre las
orillas del ro... Pero lo que ellas haban inundado, todo lo que se
descubra con los ojos, era un lodazal tristsimo, sin praderas sin
flores y sin senderos... Slo el chalet en lo ms elevado...

--Eso es un sueo, amor mo!--la dije para sacarla del sobresalto en
que la vea--; un sueo como cualquier otro, que pas ya.

--Es que no ha pasado--me respondi, sin apartar la vista del punto en
que la haba fijado antes, y con voz mucho ms dbil--, y esto es lo
asombroso! Yo creo que estoy despierta ahora, y, sin embargo, me
encuentro en el mismo sitio y sobre el mismo lodazal...

--Luz!..., hija ma!--la grit entonces para distraerla de aquella
visin que la fascinaba.

--Y cmo salir de aqu!--prosigui, sin apariencias de orme--; por
dnde, si esto no tiene lmites, ni un palmo de tierra firme y limpia en
que sentar el pie!... Dios mo!... Dios mo! Ah!..., ya me oye!...
De all arriba, de lo alto, de lo ms alto del cielo, baja una figura
con alas blancas, como la tnica que viste, y los cabellos rubios
flotando en el espacio... Y vuela hacia ac... Y va acercndose a m...
Ya oigo el suave rumor de las alas al batir el aire... Se acerca ms...,
me sonre y me tiende una mano..., la tomo con otra ma... y me suspende
y me saca de la azotea... y volando, volando, me conduce sobre la
cinaga sin fin... A dnde?

--Luz! Luz!--volv a gritar, aterrada ya con aquella fijeza de mirada
y el fro marmreo de sus manos--. Vuelve a m los ojos! Mrame!...,
estoy aqu, a tu lado!

Pero ella, sin dar seales de atender a mis llamadas, prosigui
diciendo con una voz dbil, muy dbil, pero dulce y argentina, como el
sonido de las arpas elicas:

--Qu alto me eleva!... Y todava ms alto!... Tan alto, que ya no
te veo, madre ma! Me oyes?... Dile a ngel que le espero!...
Tambin te espero a ti!... Me ves?... Es imposible, porque he llegado
muy arriba... Y aun me elevo ms!..., ms alto todava!... Qu regin
de soles!... Cunta luz!

Y con esta palabra se apag su voz, como la ltima nota de un suspiro.
Sent que se estremeca ligeramente su mano entre las mas; observ en
sus labios una ligera contraccin, que me pareci el acento de una nueva
sonrisa; y un instante despus inclin su cara hacia m, y hundi la
cabeza entre los rizos de oro que le formaban una aureola esparcidos
sobre la almohada.

--Luz! Luz!, vida ma!--llam de nuevo con las angustias de todos
los espantos en la garganta, acercando mi boca a su odo--. Mira a tu
madre!..., dile que la oyes..., que la ves!...

Dios misericordioso! Aquellos ojos, que an me miraban, ya no vean;
aquella boca que me sonrea, ya no respiraba; y aquel hermoso cuerpo,
que pareca dormido en un sueo de amores, no era ms que la yerta y
abandonada envoltura de un alma angelical que haba volado a su patria
celeste!

       *       *       *       *       *

Todo cuanto sucedi en la tierra desde aquel momento infausto, ya no
tuvo nombre ni valor alguno para m. Nada de ello era mo: slo me
pertenecan las sangrientas y mortales llagas de mi corazn y las
torturas de mi conciencia.

La vida que me restaba no tena otro destino que arrastrar la cruz que
mereca; y a arrastrarla con valor consagr todas las fuerzas de mi
espritu.

Y arrastrndola voy: a cuestas la llevo, qu importa a nadie por
dnde? Toda la tierra es Calvario para quien est dispuesto a sufrir
dolores y afrentas.

A ese fin van, y obra son de los impulsos de un alma atormentada y
contrita estos apuntes que escribo para lanzarlos al mundo. No creera
nunca bastante barrida de gusanos la conciencia, sin entregar los
escndalos de mi vida a la abominacin de todas las mujeres honradas.






End of the Project Gutenberg EBook of La Montlvez, by Jos Mara de Pereda

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MONTLVEZ ***

***** This file should be named 25812-8.txt or 25812-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        https://www.gutenberg.org/2/5/8/1/25812/

Produced by Chuck Greif

Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
https://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     https://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
