The Project Gutenberg EBook of La nariz de un notario, by Edmond About

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org


Title: La nariz de un notario

Author: Edmond About

Translator: Carlos  De Pineda

Release Date: August 23, 2008 [EBook #26404]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA NARIZ DE UN NOTARIO ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net)









BIBLIOTECA de LA NACION

EDMUNDO ABOUT

LA NARIZ DE UN NOTARIO

TRADUCCIN DE CARLOS DE PINEDA

BUENOS AIRES

1916

Derechos reservados

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




INDICE


I.--El oriente y el occidente se acometen: la sangre corre ya.

II.--La caza del gato.

III.--Donde defiende el notario su pellejo con ms xito.

IV.--Chebachtin Romagn.

V.--Grandeza y decadencia.

VI.--Historia de unas gafas y consecuencias de un catarro nasal.




A M. ALEJANDRO BIXIO


Permitidme, seor, que encabece este humilde trabajo con el nombre
ilustre y querido de un hombre que ha consagrado toda su vida a la causa
del progreso; de un padre que ha ofrecido sus dos hijos a la liberacin
de Italia; de un amigo que se ha apresurado a darme una prueba de
simpata al siguiente da de _Gaetana_.

E. A.




LA NARIZ DE UN NOTARIO




I

EL ORIENTE Y EL OCCIDENTE SE ACOMETEN: LA SANGRE CORRE YA


Maese Alfredo L'Ambert, antes de recibir el golpe fatal que le oblig a
cambiar de narices, era, sin duda alguna, el notario ms notable de
Francia. En la poca aquella contaba treinta y dos aos; era de elevada
estatura, y posea unos ojos grandes y rasgados, una frente despejada y
olmpica, y su barba y sus cabellos eran de un rubio admirable. Su nariz
(la parte ms prominente de su cuerpo), se retorca majestuosa en forma
de pico de guila. Aunque alguno no me crea, su ntida corbata blanca le
sentaba a maravilla. Era debido esto a que la usaba desde su ms tierna
infancia, o porque se surta de ellas en alguna tienda afamada? Yo opino
que eran ambas razones a un tiempo.

Una cosa es atarse en torno del cuello un pauelo de bolsillo blanco,
hecho una torcida, y otra muy distinta formar, con arte y perfeccin, un
esplndido nudo de inmaculada batista, cuyas puntas iguales, almidonadas
sin exceso, se dirigen simtricamente a derecha e izquierda. Una corbata
blanca elegida con acierto y anudada con esmero no es un adorno sin
gracia; todas las mujeres os dirn lo mismo que yo. Pero no basta
anudrsela con maestra y con primor; es preciso, adems, saberla
llevar; esto es cuestin de prctica. Por qu parecen los obreros tan
torpes y desmaados el da que se casan? Porque suelen colocarse para el
acto de la boda una corbata blanca sin previa preparacin.

Se acostumbra uno en seguida a llevar los ms exorbitantes tocados: una
corona por ejemplo. El soldado Bonaparte recogi una que el rey de
Francia haba dejado caer en la plaza de Luis XV: colocsela l mismo,
sin que nadie le hubiese dado lecciones, y Europa declar que aquel
tocado no le sentaba muy mal. Animado por el xito, no tard en
introducir la moda de las coronas en el crculo de su familia y de sus
ntimos. Todos los que le rodeaban se la encasquetaron, o as lo
pretendieron por lo menos. Pero este hombre extraordinario no pas nunca
de ser un porta-corbatas mediocre. El vizconde de C***, autor de varios
poemas en prosa, haba estudiado bien la diplomacia, o sea el arte de
ponerse la corbata con fruto.

Asisti, en 1815, a la revista de nuestro ltimo ejrcito, algunos das
antes de la campaa de Waterloo; y, sabis lo que ms llam su atencin
en aquella fiesta heroica en que se desbord el entusiasmo desesperado
de un gran pueblo? Que la corbata de Napolen no estaba bien anudada.

Pocos hombres, en este terreno pacfico, hubiera podido medirse con
maese Alfredo L'Ambert. Se firmaba L'Ambert, y no Lambert, en virtud de
un acuerdo del Consejo de Estado. El seorito L'Ambert, sucesor de su
padre, ejerca de notario por derecho de herencia. Haca ms de dos
siglos que esta ilustre familia se transmita, de varn en varn, el
estudio de la calle de Verneuil con la ms elevada clientela del
faubourg Saint-Germain.

El cargo no haba sido cotizado, toda vez que jams haba salido de la
familia; pero, a juzgar por los beneficios de los cinco ltimos aos, no
era posible evaluarlo en menos de trescientos mil escudos. Es decir, que
produca un promedio anual de unas noventa mil libras. Desde haca ms
de dos siglos todos los primognitos de la familia haban sabido llevar
la corbata blanca con tanta desenvoltura como llevan los cuervos sus
mejores plumas negras, los borrachos su amoratada nariz, o los poetas
sus radas vestimentas. Heredero legtimo de un nombre y de una fortuna,
el joven Alfredo haba mamado en los pechos de su madre la elegancia y
distincin, al par que los buenos principios. Despreciaba tanto como se
merecen las innovaciones polticas introducidas en Francia a partir de
la catstrofe de 1879. A su juicio, la nacin francesa componase de
tres clases: el clero, la nobleza y el estado llano. Opinin respetable
y compartida hoy an por un reducido nmero de senadores. Se colocaba
modestamente a s mismo en uno de los primeros puestos del estado llano,
no sin sustentar ciertas pretensiones secretas de formar con la nobleza.
Senta un profundo desprecio hacia el grueso de la nacin francesa, ese
hacinamiento de obreros y campesinos que recibe el nombre de pueblo, o
de vil plebe. Procuraba rozarse con l todo lo menos posible, por
respeto a su amable persona, a quien cuidaba y quera con pasin. Sano,
esbelto y vigoroso como un sollo de ro, estaba convencido de que
aquella gentuza era una especie de morralla creada por la Providencia
expresamente para nutrir a los seores sollos.

Hombre, por lo dems, agradable, como todos los egostas; estimado en
el Palacio, en el crculo, en la cmara de notarios, en las conferencias
de San Vicente de Pal y en la sala de armas; buen tirador de punta y de
contrapunta; excelente bebedor y amante generoso, mientras tena el
corazn interesado; amigo fiel de los hombres de su rango; acreedor
bondadoso, mientras cobraba los intereses de su capital; delicado en sus
gustos, atildado en el vestir, limpio como un luis de nuevo cuo, y
asiduo concurrente los domingos a los oficios de Santo Toms de Aquino,
y los lunes, mircoles y viernes a la Opera: hubiera sido el ms
perfecto _gentleman_ de su poca, as en lo fsico como en lo moral, a
no ser por una deplorable miopa que le condenaba a usar gafas. Ser
necesario agregar que sus gafas eran de oro y las ms finas, ligeras y
elegantes que salieron jams de los talleres del celebre Mateo Luna,
del muelle de los Plateros?

No las llevaba siempre puestas, colocndoselas tan slo en su despacho,
o en casa de sus clientes, cuando tena que leer alguna escritura. No es
necesario decir que los lunes, mircoles y viernes, al entrar en el
templo de la danza, tena muy buen cuidado de desenmascarar sus bellos
ojos. Ningn cristal bicncavo velaba en semejantes ocasiones, el brillo
encantador de sus pupilas. Es muy cierto que no vea gota, y que
saludaba a veces a una figuranta tomndola por una estrella; pero
marchaba siempre con el aire resuelto de un Alejandro al entrar en
Babilonia. Por eso las muchachas del cuerpo de baile, que se complacen
en poner remoquetes a las personas, lo haban bautizado con el
sobrenombre de _Vencedor_. Un turco muy grueso, secretario de la
embajada de su pas, era conocido entre ellas por el mote de
_Tranquilo_; un consejero de Estado se llamaba _Melanclico_; un
secretario general del ministerio de***, muy vivo y bullidor, era
conocido por _M. Turlu_, y por eso Elisita Champagne, conocida tambin
por Champagne II, recibi el nombre de _Turlurette_ cuando sali de los
corifeos para elevarse al rango de sujeto.

El prrafo precedente va a dar mucho que pensar a mis lectores de
provincias (si es que tengo la suerte de que este relato traspase alguna
vez las fortificaciones de Pars). Oyendo estoy desde aqu las miles de
preguntas que dirigen al autor mentalmente. Qu se entiende por el
templo de la danza? Y por cuerpo de baile? Y por estrellas de la
Opera? Y por corifeos? Y por sujetos? Y por figurantas? Qu
secretarios generales son esos que se codean con tales gentes, a trueque
de que les pongan remoquetes? Y, en fin, por qu extrao azar un hombre
de posicin y slidos principios, como el seorito Alfredo L'Ambert,
asista tres veces por semana al templo de la danza?

Bah, queridos amigos! precisamente porque era un hombre de posicin y
de slidos principios. El templo de la danza era, en aquellos tiempos,
un amplio saln cuadrado, rodeado de viejas banquetas de terciopelo
rojo, en el que se daban cita los hombres ms distinguidos de Pars. A
l concurran no solamente los banqueros, los secretarios generales y
los consejeros de Estado, sino hasta duques y prncipes, diputados y
prefectos, y los senadores ms partidarios del poder temporal del Papa;
slo faltaban los prelados. Veanse en l ministros casados, y hasta
los ms casados de todos los ministros. Al decir que se vean no quiero
significar que los he visto yo mismo; desde luego comprenderis que los
pobres periodistas no entraban en aquel lugar como en el molino. Un
ministro tena en sus manos las llaves de aquel saln de las Hespridos,
y nadie poda penetrar en l sin la venia de Su Excelencia. Por eso
tenan que ver las rivalidades, los celos y las intrigas! Cuntos
gabinetes han sido derribados bajo los ms diversos pretextos, pero, en
el fondo, porque todos los hombres de Estado tenan la pretensin de
reinar en el templo de la danza! No os imaginis, sin embargo, que
todos estos personajes acudan a aquel lugar atrados por el cebo de los
placeres ilcitos! Su intencin se limitaba a fomentar un arte
eminentemente aristocrtico y poltico.

El transcurso de los aos es posible que haya hecho cambiar todo esto,
porque las aventuras del seorito L'Ambert no datan de la semana pasada.
No quiere decir esto, sin embargo, que se remonten a ninguna poca
antidiluviana; pero razones de alta conveniencia impdenme precisar la
fecha exacta en que este funcionario ministerial cambi su nariz
aguilea por una nariz recta. Por eso he dicho _en aquellos tiempos_,
hablando de una manera vaga como los fabulistas. Contentaos con saber
que la accin tiene lugar en cierta poca de los anales del mundo,
comprendida entre el incendio de Troya por los griegos y el del palacio
de esto, de Pekn, por el ejrcito ingls: dos memorables etapas de la
civilizacin europea.

Un contemporneo y cliente del seorito L'Ambert, el marqus de
Ombremule, deca en el Caf Ingls cierta noche:

--Lo que nos distingue del comn de los hombres es el fanatismo que
sentimos por el baile. La canalla se desvive por la msica. Se cansa de
aplaudir cuando escucha las peras de Rossini, de Donizetti y de Auber:
dirase que un milln de notas, revueltas en sabrosa ensalada, tiene un
no s qu que halaga los odos de esas gentes. Llevan su ridiculez hasta
el extremo de cantar ellos mismos, con sus roncas y estridentes voces, y
la polica les permite que se renan en ciertos anfiteatros para
destrozar algunas arias. Buen provecho les haga! En cuanto a m, jams
me detengo a escuchar una pera; me contento con mirarla; voy a ver la
parte plstica, que es la nica que me divierte, y me marcho despus. Mi
respetable abuela me ha contado que todas las damas encopetadas de su
tiempo slo iban a la Opera atradas por el baile, y no regateaban sus
aplausos a los bailadores. Nosotros, a nuestra vez, protegemos a las
bailarinas: maldito l que piense mal!

La duquesita de Bitry, joven, linda y olvidada, tuvo la debilidad de
reprochar a su esposo los hbitos que haba aprendido en la Opera:

--No os da vergenza de abandonarme en un palco, con todos vuestros
amigos, para correr no s adnde?

--Seora--respondiole l,--cuando se tienen fundadas esperanzas de
lograr una embajada, no es lo ms natural que estudiemos la poltica?

--Convenido; pero creo que habr en Pars mejores escuelas para ello.

--Ninguna. Aprended, querida ma, que la danza y la poltica son
hermanas gemelas. El tratar de agradar constantemente, el cortejar al
pblico, y tener siempre el ojo fijo sobre el director de orquesta, y
refrenar su propio semblante, y cambiar a cada instante de traje y de
color, y saltar de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y
volverse con rapidez, y caer nuevamente de pie, y sonrer, en fin, con
los ojos llenos de lgrimas, no es, acaso, dicho en pocas palabras, el
programa del baile y la poltica?

La duquesa sonri, perdon y se ech un amante.

Los grandes seores, como el duque de Bitry, los hombres de Estado como
el barn de F..., los grandes millonarios como el diminuto seor St...,
y los simples notarios como el hroe de esta historia, codebanse en el
templo de la danza y entre los bastidores del teatro. Ante la sencillez
e ignorancia de estas ochenta ingenuas que componen el cuerpo de baile,
son iguales todos ellos. Se les conoce con el nombre de abonados, se les
sonre gratuitamente, se cuchichea con ellos en los rincones, se aceptan
sus confites, y hasta sus diamantes, como galanteras sin consecuencias
y que a nada comprometen a las que los reciben. La gente se imagina sin
razn que es la Opera un mercado de placeres y una escuela de
libertinaje. Nada de eso: se encuentran all virtudes en mayor nmero
que en ningn otro teatro de Pars. Por qu? porque la virtud es all
ms apreciada que en ninguna otra parte.

No es cosa interesante el estudiar de cerca este pequeo pueblo de
jvenes, casi todas ellas de humildsima procedencia, y a quienes el
talento o la belleza pueden elevar en un momento a las ms encumbradas
esferas del arte? Muchachitas de catorce a diez y seis aos de edad, la
mayor parte de ellas alimentadas con pan seco y con manzanas verdes en
una buhardilla de obreros o en la garita de un portero, vienen al teatro
con vestidos de tartn y con zapatos viejos, y su primer cuidado es
correr a mudarse de traje, sin que nadie pueda notarlo. Un cuarto de
hora despus, bajan al templo de la danza esplendorosas, radiantes,
cubiertas de seda, de gasas y de flores, todo a costa del Estado, y ms
brillantes que los ngeles, las hadas y las hures de nuestros sueos.
Los ministros y los prncipes les besan las manos y se manchan sus
irreprochables trajes negros con el albayalde que ellas llevan en los
brazos. Se recitan a sus odos madrigales nuevos y viejos que slo a
veces comprenden. Algunas suelen tener talento natural y da gusto
hablar con ellas. Estas no duran all mucho tiempo.

Un campanillazo indiscreto llama a las hadas al teatro; la muchedumbre
de abonados las acompaa la entrada del escenario, las retiene y
entretiene detrs de los bastidores mviles. Hay virtuoso de estos que
desafa la cada las decoraciones, las manchas de petrleo los quinqus
y los ms diversos miasmas por el placer de or murmurar a una vocecita
ronca estas encantadoras palabras:

--Demonio! Cmo me duelen los pies!

Levntase el teln y las ochenta reinas efmeras mariposean gozosas bajo
las ardientes miradas de un pblico entusiasmado. Cada una de ellas ve,
o cree adivinar, dos, tres, diez adoradores ms o menos conocidos.
Cunto disfrutan mientras permanece levantado el teln! Se consideran
hermosas, estn ataviadas ricamente, ven todos los gemelos fijos en sus
personas, sienten la admiracin que producen y no tienen que temer los
silbidos ni la crtica.

Por fin suenan las doce de la noche y cambia la decoracin como en los
cuentos de hadas. La Cenicienta sube con su hermana mayor, o con su
madre, hacia las econmicas cumbres de Batignolles o de Montmartre. La
pobre cojea un poquito! El lodo inmundo salpica sus medias grises. La
excelente madre de familia que ha cifrado sus esperanzas todas en esta
querida hija, no cesa, durante el camino, de inculcarle sabias mximas
de moderacin y moral.

--Marcha siempre derecha por el camino de la vida, hija ma--le
dice,--cuidado con tropezar! Mas si el implacable destino te tiene
deparada esa desgracia, cuida mucho de caer sobre un lecho de rosas!

No siempre son escuchados estos prudentes consejos. A veces el corazn
puede ms que la cabeza, y se han visto bailarinas casadas con
bailadores. Se dan casos de jvenes, bellas como la Venus de Anadyomene,
renunciar a cien mil francos en joyas por unirse ante el altar con un
empleado de dos mil. Otras abandonan a la suerte el cuidado de su
porvenir y labran la desesperacin de sus familias. Unas esperan a que
llegue el 10 de abril para disponer de su corazn, porque se han jurado
a s mismas a ser juiciosas hasta los diez y siete aos. Otras
encuentran un protector de su gusto y no se atreven a confesrselo:
temen la venganza de un consejero refrendario que ha jurado matarla, y
suicidarse en seguida, si ama a otro que no sea l. Claro que lo ha
dicho en broma, como podris comprender; pero en este mundo especial se
toman las palabras en serio. Qu supina ignorancia y sencillez es la de
estas muchachas! Hay quien ha odo disputar a dos jvenes de diez y seis
aos sobre la nobleza de su origen y la categora social de sus
respectivas familias.

--Miren la impertinente!--deca la mayor de ellas;--los aretes de su
madre son de plata y los de mi padre de oro!

Maese Alfredo L'Ambert, despus de haber andado mariposeando mucho
tiempo de la morena a la rubia, haba acabado por prendarse de una linda
triguea de ojos azules. La seorita Victorina Tompam era honesta, como
se es generalmente en la Opera, hasta que se deja de serlo.
Excelentemente educada, por otra parte, era incapaz de adoptar una
resolucin extrema sin antes consultar a sus padres. De unos seis meses
ac, se vea constantemente asediada muy de cerca por el apuesto notario
y por Ayvaz-Bey, el corpulento turco de veinticinco aos de edad, a
quien hemos dicho que designaban con el remoquete de _Tranquilo_. Ambos le
haban espetado muy razonados discursos, en los que su porvenir jugaba
papel importante. La respetable seora Tompain haba logrado, sin
embargo, que su hija se conservase en un justo medio, esperando que uno
de los rivales se decidiese a plantear el asunto en forma de negocio. El
turco era un buen muchacho, honrado, decente y tmido. Esto no obstante,
habl al fin, y fue escuchado.

Todo el mundo tuvo noticia en seguida de este pequeo contecimiento,
excepto el seorito L'Ambert, que haba marchado al Poitou, con objeto
de asistir al entierro de un to suyo. Cuando volvi a la Opera, la
seorita Victorina Tompain posea un brazalete de brillantes, unas
dormilonas de brillantes, y un corazn tambin de brillantes, pendiente
de su cuello a manera de araa de saln. Ya hemos dicho al principio que
el notario era miope; as es que no pudo ver nada de lo que deba haber
notado en seguida, ni aun siquiera las sonrisas picarescas con que fue
acogido a su entrada. Anduvo dando vueltas de un lado para otro,
charlando sin cesar alegremente, y deslumbrando a todo el mundo, como
siempre, con su proverbial elegancia, esperando con impaciencia la
terminacin del baile y la salida de las jvenes. Habanse cumplido sus
clculos: el porvenir de la seorita Victorina se hallaba asegurado,
gracias a su excelente to de Poitiers, que haba tenido la inmejorable
idea de morirse en el momento ms oportuno.

Lo que se conoce en Pars con el nombre de pasaje de la Opera es una red
de galeras ms o menos estrechas, ms o menos alumbradas, de muy
diversos niveles, que unen el bulevar, y las calles Lepeletier, Drouot y
Rossini. Un largo corredor, descubierto en su mayor parte, se extiende,
desde la calle Drouot a la calle Lepeletier, normalmente a las galeras
del Barmetro y del Reloj. En su parte ms baja, a dos pasos de la calle
Drouot, brese la puerta falsa del teatro, la entrada nocturna de los
artistas. Cada dos das, a eso de la media noche, una oleada de
trescientas o cuatrocientas personas pasa tumultuosa ante los ojos
vivarachos del digno pap Monge, conserje de este paraso. Maquinistas,
comparsas, figurantas, coristas, bailarines y bailarinas, tenores y
sopranos, autores, compositores, administradores y abonados salen juntos
a la calle en confuso torbellino. Los unos bajan hacia la calle Drouot,
los otros suben la escalera que conduce, por una galera descubierta, a
la calle Lepeletier.

A mitad del pasaje descubierto, al extremo de la galera del Barmetro,
Alfredo L'Ambert esperaba fumando un cigarrillo. Diez pasos ms all, un
hombrecillo redondo, con un fez escarlata, aspiraba a intervalos iguales
el humo de un cigarrillo de tabaco turco, del grueso de un dedo.
Alrededor de ellos, ms de veinte pisaverdes, unos paseando nerviosos,
otros, con ms calma, a pie firme, esperaban igualmente cada uno por su
lado. Y los cantantes atravesaban tarareando, y las slfides,
arrastrando un poco el pie, pasaban cojeando, y, de minuto en minuto,
una sombra femenina, negra, parda o marrn, deslizbase entre los
escasos mecheros de gas, desconocida para todos, excepto para los ojos
del amor.

Las parejas se reconocen, se abordan y se marchan sin despedirse de los
otros. Pero, qu ocurre? he aqu un ruido extrao y un tumulto
inusitado. Dos sombras han pasado veloces, dos hombres han corrido, dos
fuegos de cigarro se han aproximado uno a otro; se han odo dos voces
exaltadas y el estruendo de una rpida querella. Los paseantes se han
amontonado en un punto; mas no han encontrado a nadie. Maese Alfredo
L'Ambert se dirige, completamente solo, hacia su carruaje, que le
aguarda en el bulevar; y a la luz de un farol lee, encogindose de
hombros, esta tarjeta de visita, salpicada de sangre:


AYVAZ-BEY

SECRETARIO DE LA EMBAJADA OTOMANA

_Calle de Granelle Saint-Germain, 100._


Escuchad lo que iba diciendo entre dientes el atildado notario de la
calle de Verneuil:

--Maldita aventura! Que me lleve el diablo si sospechaba siquiera que
le hubiese dado derechos a este animal de turco!... porque, vaya si lo
es!... Pero, por qu no me habr puesto las gafas?... Parece que le he
pegado un puetazo en la nariz... S, sin duda: su tarjeta est manchada
de sangre, y mi mano lo est tambin. Heme aqu frente a un turco por
una imperdonable torpeza; porque yo no tengo motivos para querer mal a
ese pobre muchacho... La chica, por otra parte, me es del todo
indiferente... Que se la quede en buen hora! Degollarse dos personas
decentes por la seorita Victorina Tompain!... El maldito puetazo es lo
que no tiene arreglo...

Esto deca entre dientes, entre sus treinta y dos dientes ms blancos y
afilados que los de un lobo. Orden a su cochero que se retirase a casa,
y se dirigi, a paso lento, hacia el crculo de los Caminos de Hierro.
All encontr dos amigos y les refiri su aventura. El anciano marqus
de Villemaurin, antiguo capitn de la Guardia Real, y el joven Enrique
Steimbourg, agente de cambio, juzgaron unnimemente que el puetazo lo
echaba a perder todo.




II

LA CAZA DEL GATO


Un filsofo turco ha dicho:

No existen puetazos agradables; pero los puetazos en la nariz son los
ms desagradables de todos.

Y el mismo pensador, aadi con razn en el captulo siguiente:

Pegar a un enemigo delante de la mujer a quien ama, es pegarle dos
veces: le hieres en el cuerpo y en el alma.

He aqu por qu el paciente Ayvaz-Bey enrojeca de clera mientras
acompaaba a la seorita Tompain y a su madre al piso que les haba
amueblado. Despidiose de ellas a la puerta, subi con rapidez a un
carruaje, y se hizo conducir, derramando abundante sangre, a casa de su
colega y amigo Ahmed.

Ahmed se hallaba entregado al sueo, bajo la salvaguardia de un negro
fiel; pero, si bien es verdad que est escrito: No despertars a tu
amigo cuando duerma, escrito est tambin: Pero despirtale si hay
peligro para l o para ti, y se procedi a despertar al buen Ahmed.

Este era un turco de elevada estatura, de unos treinta y cinco aos de
edad, muy flaco y delicado, con largas piernas arqueadas; pero, por lo
dems, un muchacho excelente, dotado de talento natural. Por ms que
digan, hay tambin gentes de mrito entre los turcos. Cuando descubri
la cara ensangrentada de su amigo, empez por hacerle traer una gran
aljofaina de agua fresca, porque est escrito: No deliberes antes de
haber lavado tu sangre: tus pensamientos seran confusos e impuros.

Limpio ya, mas no tranquilo, cont Ayvaz a su amigo la aventura,
ardiendo en santa clera. El negro que escuchaba su relato, ofreciose en
seguida a tomar su _kandjar_, e ir a matar a L'Ambert. Ahmed-Bey le dio
las gracias por sus buenas intenciones, y lo ech a puntapis de la
estancia.

--Y qu haremos ahora?--pregunt el bueno de Ayvaz;--qu haremos,
amigo mo?

--Una cosa muy sencilla--replic el interrogado:--maana por la maana
le cortar la nariz. La ley del Talin est escrita: Ojo por ojo,
diente por diente, nariz por nariz.

Advirtiole Ahmed que el Korn era, sin duda alguna, un buen libro; pero
que estaba ya un poco anticuado. Los principios del honor han cambiado
desde los tiempos de Mahoma. Aparte de que, aun queriendo, aplicar la
ley al pie de la letra, Ayvaz slo tendra que devolver un puetazo al
seor L'Ambert.

--Con qu derecho le cortaras la nariz si l no te ha cortado la tuya?

Pero quin sera capaz de hacer entrar en razn a un hombre joven a
quien acaban de apabullar la nariz en presencia de su amante? Ayvaz
senta sed de sangre, y Ahmed tuvo que halagarle sus deseos.

--Sea--le dijo.--Representamos a nuestro pas en el extranjero, y no
debemos recibir una afrenta sin dar una gallarda prueba de valor. Pero,
cmo podrs batirte en duelo con el seor L'Ambert, con arreglo a la
costumbre de este pas? Jams has manejado una espada.

--Qu hara yo con una espada? Quiero cortarle las narices, te repito,
y una espada no me servira para eso...

--Si al menos tirases bien con pistola...

--Pero, ests loco? cmo habra de cortar a ese insolente las narices
con una pistola? Yo... S, es cosa resuelta! Ve a entrevistarte con l,
y concierta el duelo para maana. Nos batiremos a sable!

--Pero, desdichado, qu hars t con un sable? No dudo de tu valor,
pero te digo, sin que mis palabras te ofendan, que no tienes la fuerza
de Pons.

--Qu importa eso! Levntate y ve a decirle que tenga a mi disposicin
su nariz maana por la maana.

El prudente Ahmed comprendi que no estaba su amigo para razonamientos,
y que tratar de disuadirlo sera en vano. A qu predicar a un sordo
que se aferraba a su idea, como al poder temporal los pontfices
romanos? Vistiose, pues, Ahmed, y, acompaado del primer intrprete,
Osmn-Bey, que acababa de regresar del Crculo Imperial, hzose conducir
al hotel del seorito L'Ambert. La hora no poda ser menos oportuna,
pero Ayvaz no quera desperdiciar un solo instante.

El dios de las batallas tampoco lo quera; por lo menos, todo induce a
creerlo as. En el momento en que el primer secretario iba a llamar a la
puerta de maese L'Ambert, tropezose con el enemigo en persona, que
regresaba a pie, conversando con sus dos testigos.

Al divisar el seorito L'Ambert los bonetes encarnados de nuestros dos
personajes, comprendi a qu haban venido, saludolos cortsmente y
tom la palabra con cierta altanera, no exenta de distincin.

--Caballeros--les dijo,--como soy el nico habitante de este hotel, no
temo equivocarme al suponer que me hacis el honor de venir a mi
domicilio. Soy L'Ambert, si me permits que me presente yo mismo.

Llam, empuj la puerta, atraves el patio con sus cuatro acompaantes,
y los condujo a su despacho. All dieron sus nombres los dos turcos,
presentoles el notario a sus amigos, y se alej para que pudiesen tratar
el asunto con entera libertad.

En nuestro pas no puede efectuarse ningn duelo sin contar con la
voluntad, o por lo menos con el consentimiento, de seis personas. En el
caso presente, sin embargo, haba cinco que no lo deseaban. Injusto
sera decir que el seorito L'Ambert careciese de valor; pero no
ignoraba que un duelo semejante, con motivo de una bailarina de la
Opera, comprometera gravemente los prestigios de su bien acreditado
bufete. El marqus de Villemaurin, anciano refinado y persona
competentsima en materias de honor, dijo que el duelo es un acto noble
en el que todo, desde el principio hasta el fin de la partida, debe ser
extremadamente correcto. Ahora bien, un puetazo en la nariz por una
seorita Victorina Tompain constitua el ms ridculo comienzo que se
puede imaginar. Por otra parte, afirm por su honor, que el seor
Alfredo L'Ambert no haba visto a Ayvaz-Bey, ni haba tenido intencin
de pegarle a l ni a nadie. El seor L'Ambert haba credo reconocer a
dos seoras, y se haba acercado con viveza a saludarlas.

Al llevarse la mano al sombrero, haba dado un fuerte golpe, sin la
menor intencin, a una persona que vena en sentido opuesto. Se trataba,
por lo tanto, de una imperdonable torpeza, de un incidente sencillo, sin
la menor importancia, que no pueden jams constituir una ofensa. Dada la
posicin social y educacin de maese L'Ambert, no poda nadie suponerle
capaz de dar un puetazo a Ayvaz-Bey. Su bien conocida miopa y la
semioscuridad del pasaje eran las culpables de todo. En fin, el seor
L'Ambert, accediendo a los deseos de sus testigos, estaba dispuesto a
declarar, en presencia de Ayvaz-Bey, que lamentaba muy de veras el
haberle causado dao de una manera completamente involuntaria.

Este razonamiento, tan justo de por s, acrecent la autoridad, por
todos reconocida, del orador. Era el seor de Villemaurin uno de esos
caballerosos sujetos que parecen haber sido respetados por la muerte
para recordarnos los usos de las edades histricas en estos tiempos de
degeneracin que atravesamos. Segn su fe de bautismo, no contaba nada
ms que setenta y nueve abriles; pero, por los hbitos y costumbres de
su cuerpo y de su espritu, perteneca sin duda al siglo xvi. Pensaba,
hablaba y obraba como si hubiese servido en el ejrcito de la Liga y
trado a mal traer al Bearns. Realista convencido y catlico austero,
era tan implacable en sus odios como apasionado en sus afecciones. Su
valor, su lealtad, su rectitud, y su caballerosidad hasta cierto punto
exagerada, causaban la admiracin de la juventud inconsciente de hoy.
Nada le causaba risa, no le gustaban las bromas y le ofendan los
chistes por juzgarlos una falta de respeto. Era el menos tolerante, el
menos amable y el ms honrado de todos los ancianos. Haba acompaado a
Escocia a Carlos X, despus de las jornadas de julio; pero se alej de
Holy-Rood, al cabo de quince das, escandalizado de ver que la corte de
Francia no tomaba muy en serio su desgracia. Solicit la absoluta, y se
cort para siempre los bigotes, que conserv en una especie de joyero,
con la siguiente inscripcin: _Mis bigotes de la Guardia Real_. Sus
subordinados todos, oficiales y soldados, sentan por l gran estima,
pero tambin gran terror. Referase en secreto que este hombre
inflexible haba metido en el calabozo a su hijo nico, joven militar de
veintids aos de edad, por un acto de insubordinacin. El muchacho,
digno hijo de tal padre, negose resueltamente a ceder, cay enfermo y
muri en el calabozo. Este nuevo Bruto llor a su hijo, erigiole una
tumba suntuosa, y lo visit con inconcebible regularidad diez veces por
semana, sin olvidar este deber en ninguna poca ni edad; pero no se
encorv bajo el peso de sus remordimientos. Marchaba derecho, erguido;
ni la edad ni el dolor haban logrado doblar sus anchas y robustas
espaldas.

Era un hombrecillo rechoncho, vigoroso, fiel a todos los ejercicios de
su juventud, que tena ms fe en el juego de pelota que en los mdicos,
para conservar imperturbable salud. A los setenta aos habase casado,
en segundas nupcias, con una joven noble y pobre, que le haba hecho
padre dos veces, y no perda la esperanza de verse abuelo bien pronto.
El amor a la vida, tan poderoso en los viejos de esta edad, slo
medianamente preocupbale, a pesar de ser dichoso en la tierra. Haba
tenido su ltimo lance de honor a los setenta y dos aos, con un bravo
coronel de cinco pies y seis pulgadas de estatura, a consecuencia de
una cuestin poltica, segn unos, y de celos conyugales, segn otros.
Cuando un hombre de su rango y su carcter abrazaba la causa de M.
L'Ambert, declarando que un duelo entre el notario y Ayvaz-Bey sera
intil, comprometedor y ordinario, la paz pareca firmada de antemano.

Tal fue el parecer de M. Enrique Steimbourg, que no era ni lo bastante
joven, ni lo suficientemente curioso para desear a toda costa el
espectculo de un duelo; y los dos turcos, hombres de buen sentido,
aceptaron, de un modo provisional, la reparacin que se les ofreca,
pero pidieron que se les autorizara para ir a consultar con Ayvaz. Los
otros dos, entretanto, esperaron all mismo que regresasen de la
embajada. Eran las cuatro de la madrugada; pero el marqus no quiso
dormir, pues no se lo permita su conciencia; estaba decidido a dejarlo
todo arreglado antes de meterse en la cama.

Empero el terrible Ayvaz, al escuchar las primeras palabras de
conciliacin de sus amigos, sufri un terrible acceso de clera
verdaderamente turca.

--Ni que estuviera yo loco!--exclam, blandiendo el chibuqu de jazmn
que le hiciera compaa,--Pretenderis persuadirme de que he sido yo
quien con la nariz ha dado un golpe en el puo a M. L'Ambert? l fue
quien me agredi, y la prueba es que se ofrece a presentarme sus
excusas. Pero a qu tanto hablar? no es suficiente prueba la sangre
que he derramado? Puedo acaso olvidar que Victorina y su madre han sido
testigos de mi afrenta?... Oh, amigos mos! no me queda otro remedio
que morir, si no le corto hoy mismo la nariz a mi ofensor!

De mejor o peor grado, fue preciso reanudar las negociaciones sobre esta
base algo ridcula. Ahmed y el intrprete tenan el espritu lo bastante
razonable para vituperar a su amigo, pero posean tambin un corazn
demasiado caballeresco para abandonarle en la mitad del camino. Si el
embajador, Hamza-Baj, se hubiese encontrado en Pars, hubiera zanjado
la cuestin sin duda alguna, imponiendo su autoridad; pero,
desgraciadamente, desempeaba al mismo tiempo las embajadas de Francia y
de Inglaterra, y se hallaba entonces en Londres. Los testigos del bueno
de Ayvaz anduvieron yendo y viniendo, entre la calle de Granelle y la de
Verneuil, sin lograr que el asunto avanzase lo debido, hasta las siete
de la maana. A esta hora, perdi L'Ambert la paciencia y les dijo a sus
testigos:

--Ya me est cargando este turco! No contento con haberme birlado a la
Tompain, se complace en hacerme pasar la noche en claro! Pues bien,
marchemos! Tal vez pudiera creer que tengo miedo de cruzar con l mi
acero. Pero marchemos de prisa, si os parece, y tratemos de dejar
zanjado el asunto esta misma maana. Har enganchar el carruaje en diez
minutos, y nos marcharemos a dos leguas de Pars. Aplicar a mi turco el
correctivo merecido, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, y
antes que los periodicuchos que viven del escndalo se den cuenta del
lance, estaremos de vuelta en mi despacho.

Todava trat el marqus de oponer una o dos objeciones; pero acab por
confesar que M. L'Ambert se vea obligado a batirse. La insistencia de
Ayvaz-Bey era de psimo gusto, y mereca una severa leccin. Ninguno
dudaba de que el belicoso notario, ventajosamente conocido en todas las
salas de armas, era la persona elegida por el destino para ensear a
aquel osmanl la cortesa francesa.

--Amigo mo--deca el anciano Villemaurin a su cliente, dndole
palmaditas sobre el hombro,--nuestra situacin es excelente, toda vez
que tenemos de nuestra parte el derecho. El resto, Dios lo har! El
resultado no es dudoso: poseis un corazn animoso, y una mano firme y
rpida. Acordaos tan slo de que no debemos tirarnos nunca a fondo;
porque el duelo se ha hecho para corregir a los necios, mas no para
destruirlos. Slo los torpes matan a sus adversarios so pretexto de
ensearles a vivir.

La eleccin de armas corresponda en buen derecho al excelente Ayvaz;
pero el notario y sus testigos pusieron mala cara al enterarse de que
haba escogido el sable.

--Es el arma predilecta de los militares--dijo el marqus,--o el arma de
los burgueses que no quieren batirse. Pero, en fin, vaya, si os
empeis, por el sable!

Los testigos de Ayvaz-Bey mostrronse conformes. Se trajeron dos sables
del cuartel del muelle de Orsay, y quedaron citados para las diez de la
maana en la pequea aldea de Parthenay, situada en el antiguo camino de
Sceaux. Eran las ocho y media.

Todos los parisienses conocen este lindo grupo de doscientas casas cuyos
habitantes son ms ricos, ms limpios y ms instruidos que la
generalidad de los aldeanos. Cultivan la tierra como jardineros, y no
como campesinos, y los campos de su trmino parecen en primavera un
pequeo paraso terrenal. Un prado de fresas floridas se extiende, cual
manto argentado, entre un prado de frambuesas y otro de grosellas. Por
todas partes se huele el perfume penetrante de la acacia, tan agradable
al olfato de los porteros. Pars adquiere a peso de oro la cosecha de
Parthenay, y los bravos campesinos, a quienes veis caminar a paso lento,
con una regadera en cada mano, son casi todos pequeos capitalistas.

Comen carne dos veces al da, desprecian la gallina del puchero, y
prefieren el pollo asado. Pagan el sueldo de un instituidor y un mdico
comunal, construyen, sin necesidad de levantar emprstitos, un
ayuntamiento y una iglesia, y votan a mi espiritual amigo el doctor
Veron, en las elecciones municipales. Sus muchachas son preciosas, si no
me es infiel la memoria. El sabio arquelogo Cubaudet, archivero de la
subprefectura de Sceaux, asegura que Parthenay es una colonia griega, y
que su nombre se deriva de la palabra _Parthemos_, virgen o mujer joven
(expresiones sinnimas entre los pueblos cultos). Pero esta digresin
nos aleja del bueno de Ayvaz.

Lleg el primero al lugar de la cita, todava encolerizado. Con qu
furor paseaba por la plaza de la aldea, esperando al enemigo! Ocultaba
bajo sus vestidos dos formidable yataganes, de finsimas hojas de
Damasco. Qu digo de Damasco? Dos hojas japonesas, de esas que cortan
una barra de hierro con igual facilidad que si se tratase de un
esprrago, con tal de que sean manejadas por un brazo vigoroso.
Ahmed-Bey y el fiel intrprete seguan a su amigo y le daban los ms
sabios consejos: atacar con prudencia, descubrirse lo menos posible,
comenzar la partida con un salto, en fin, cuantas recomendaciones pueden
hacerse a un novicio que se presenta por primera vez en la liza, sin
haber aprendido a tirar.

--Gracias por vuestros consejos--responda el obstinado;--pero no
necesito tantos requisitos para cortarle las narices a un notario.

El objetivo de su venganza no tard en aparecer entre dos cristales de
gafas, a la puerta de un carruaje. Pero M. L'Ambert no descendi,
limitndose a saludar. El marqus ech pie a tierra, y vino a decir a
Ahmed-Bey:

--Conozco un sitio excelente, a veinte minutos de aqu; tened la
amabilidad de subir nuevamente al carruaje, con vuestros amigos, y
seguirnos.

Tomaron los beligerantes un camino transversal, y descendieron a un
kilmetro del casero.

--Seores--dijo el marqus,--podemos ir a pie hasta aquel bosquecillo
que all veis. Los cocheros pueden esperarnos aqu. Nos hemos olvidado
de traer con nosotros un mdico; pero el lacayo, que he dejado en
Parthenay, tiene encargo de traernos el de la localidad.

El cochero del turco era uno de esos merodeadores parisienses que
circulan despus de media noche bajo un nmero de contrabando. Ayvaz lo
haba tomado a la puerta de la seorita Tompain, y no lo haba vuelto a
dejar. El muy truhn sonri maliciosamente cuando vio que le mandaban
detenerse en medio del campo, y que llevaban sables debajo de las
mantas.

--Buena suerte, caballero!--le dijo al valiente Ayvaz.--Nada tenis que
temer, porque yo doy la suerte a mis clientes. Aun no hace un ao llev
en mi coche a uno que haba muerto a su adversario. Por cierto que me
dio veinticinco francos de propina, como os lo estoy refiriendo!

--Yo te dar cincuenta--respondiole Ayvaz,--si quiere Dios que realice
la venganza que medito.

M. L'Ambert tiraba perfectamente, pero era demasiado conocido en las
salas de esgrima de Pars para haber tenido jams ninguna ocasin de
batirse. Por eso, en el verdadero terreno del honor, era tan nuevo como
Ayvaz: se comprende, por lo tanto, que aunque hubiese vencido en
diferentes asaltos a los maestros y prebostes de varios regimientos de
caballera, experimentase una sorda trepidacin, que no era miedo, pero
que produca efectos anlogos a ste. La conversacin durante el camino
haba sido animada: haba hecho gala ante sus amigos de una alegra
sincera, aunque un poco febril. Haba encendido tres o cuatro cigarros,
y arrojdolos al poco de empezados. Cuando todos descendieron del coche,
march l con paso firme, demasiado firme tal vez. En el fondo de su
alma senta cierta aprensin completamente viril, completamente
francesa: desconfiaba de su sistema nervioso, y tema no parecer todo lo
valiente que era.

Parece que las facultades del alma se multiplican en los momentos
crticos de la vida. Por eso a M. L'Ambert, a pesar de hallarse
preocupado en grado sumo con el pequeo drama en que iba a representar
tan importante papel, los objetos ms insignificantes del mundo
exterior, los que hubieran pasado completamente inadvertidos para l en
circunstancias ordinarias, atraan y retenan su atencin con un poder
irresistible. A sus ojos, la naturaleza se hallaba iluminada por una
nueva luz, ms clara, ms transparente, ms lmpida, ms cruda que la
luz apagada del sol. Su preocupacin subrayaba, por decirlo as, todo lo
que sus ojos vean. En una revuelta del sendero, descubri un gato que
caminaba a paso lento por entre dos hileras de grosellas: uno de esos
gatos tan comunes en las aldeas, largo, flaco, de piel blanca llena de
manchas rojizas; uno de esos animales medio salvajes que a favor de los
cuales hacen renuncia sus amos, con una esplendidez nada comn, de todos
los ratones que atrapan. El que atrajo la atencin de L'Ambert haba
visto, sin duda, que la morada de su dueo no ofreca ya bastante caza,
y buscaba en plena campia un suplemento a su pitanza. Los ojos del
seorito L'Ambert, despus de haber errado algn tiempo a la ventura,
sintironse atrados y como fascinados por el gesto de aquel gato.
Observolo atentamente, admir la flexibilidad de sus msculos, el
vigoroso perfil de sus mandbulas, y crey hacer un descubrimiento
trascendental, digno de un naturalista, observando que el gato es un
tigre en miniatura.

--Qu diablo miris en ese punto?--preguntole el marqus, dndole, con
cario, una palmada en el hombro.

Volvi el notario a la realidad de la vida, y respondi con el tono ms
desenvuelto del mundo:

--Ese estpido animal me ha distrado. No podis imaginaros, marqus,
los estragos que estas bestias ocasionan en la caza. Se comen ms
nidadas que perdigones tiramos nosotros. Si tuviese una escopeta!...

Y acompaando el gesto a la palabra, hizo ademn de echarse la escopeta
a la cara, sealando al animal con el dedo. El gato comprendi la
intencin, dio un salto atrs y fugose, para reaparecer doscientos pasos
ms lejos, lavndose la cara, entre unas matas de colsa, como si
aguardase a los parisienses.

--Te has propuesto seguirnos?--exclam el notario repitiendo la
amenaza. La prudentsima bestia huy de nuevo; pero reapareci a la
entrada del claro del bosque donde iban a batirse. M. L'Ambert, con la
supersticin del jugador que va a exponer una suma importante, quiso
ahuyentar aquella bestia malfica, y le arroj una piedra; mas, como
errase el golpe, el gato trep a un rbol, y all se estuvo quedo.

Entretanto, los testigos haban elegido el terreno y echado a suerte
los puestos. El mejor toc a M. L'Ambert. La suerte quiso tambin que se
empleasen sus armas, y no los yataganes japoneses, que tal vez le
hubiesen impuesto.

A Ayvaz todo le tena sin cuidado: cualquier arma era buena para l.
Contemplaba la nariz de su enemigo como mira el pescador una trucha
apetitosa suspendida del extremo de su caa. Despojose vivamente de la
ropa que no consider indispensable, arroj sobre la hierba su fez rojo
y su levita verde, y se arremang hasta el codo las mangas de la camisa.
Es de suponer que los turcos ms dormidos se despierten al tintineo de
las armas. Aquel grueso muchachote, cuya fisonoma no tena nada de
paternal, pareci transfigurarse. Su rostro se ilumin, sus ojos
lanzaron rayos. Tom un sable de manos del marqus, retrocedi dos
pasos, y enton en idioma turco una improvisacin potica que su amigo
Osmn-Bey tuvo la amabilidad de anotar y traducirnos:

--Armado estoy para el combate; Dios confunda al malvado que me ofende!
La sangre se lava con sangre. Me heriste con la mano, yo te herir con
el sable. Tu rostro mutilado har rer a las mujeres hermosas:
Schelosser y Mercier, Thibert y Savile, te volvern la espalda con
desprecio. Perders para siempre el perfume de las rosas de Izmir. Que
Mahoma me d fuerzas, que el valor no tengo que pedrselo a nadie!
Hurra! que armado estoy para el combate!

Dicho esto, lanzose sobre su adversario, atacndole en tercia o en
cuarta, pues no entiendo una palabra de estas andanzas, ni l, ni su
adversario, ni los testigos tampoco. Pero una oleada de sangre brot de
la punta del sable, unas gafas rodaron por el suelo, y el notario sinti
aligerada su cabeza del peso de su nariz. Quedbale an de ella una
parte para muestra, mas, tan insignificante, que no merece la pena de
que la mencionemos siquiera.

M. L'Ambert se dej caer de espaldas, y se levant otra vez en seguida
para echar a correr, con la cabeza agachada, como un ciego o como un
loco. En aquel preciso momento, un cuerpo opaco cay desde lo alto de
una encina. Un minuto despus, presentose un hombrecillo enteco, con el
sombrero en la mano, seguido de un lacayo de gran librea. Era M.
Triquet, mdico municipal de Parthenay.

--Bien venido seis, digno seor Triquet! Un ilustre notario de Pars
precisa vuestros servicios con urgencia. Colocaos nuevamente vuestro
grasiento sombrero sobre vuestro crneo pelado, enjugaos las gotas de
sudor que brillan sobre vuestros rojos carrillos, como el roco sobre
dos peonas en flor, y haceos quitar cuanto antes las manchas
relucientes de vuestro respetable traje negro!

Pero el buen hombre estaba demasiado emocionado para entrar en funciones
sin demora. Hablaba a tontas y a locas, con voz temblorosa y jadeante.

--Bondad divina!...--deca.--Dios os guarde, seores; reconzcanme como
un nuevo servidor. Acaso est permitido ponerse de esta manera? Esto
es una mutilacin, demasiado bien lo veo! Decididamente, ya es tarde
para tratar de reconciliaros: el mal no tiene remedio, ya est hecho.
Ah, seores, seores! la juventud jams dejar de ser joven! Yo
tambin estuve a punto de dejarme arrastrar por el criminal deseo de
mutilar o destruir a un semejante. Fue en 1820. Y qu hice, seores
mos? Pues darle toda clase de excusas. De excusas, s, y me jacto mucho
de ello, y con tanto ms motivo cuanto que toda la razn estaba de mi
parte. No habis ledo, por ventura, las admirables pginas de Rousseau
contra el duelo? Son verdaderamente irrefutables: un trozo admirable de
crestomata moral y literaria. Y observad que Rousseau no dijo todava
en este asunto la ltima palabra. Si hubiese estudiado el cuerpo humano,
esta obra maestra de la creacin, esta imagen admirable de Dios sobre la
tierra, habra demostrado, sin duda, que es gran pecado destruir un
conjunto tan perfecto. Y no lo digo, en verdad, por la persona que ha
recibido el golpe. Dios me libre de tal cosa! Tendra, sin duda,
razones poderosas que respeto! Pero si se supiese cunto trabajo nos
cuesta a los pobrecitos mdicos el curar la ms insignificante herida!
Cierto que de eso vivimos, y de las enfermedades; pero, a pesar de todo,
preferira privarme de muchas cosas y no comer nada ms que una tajada
de tocino y un trozo de pan moreno, a tener que ser testigo de los
sufrimientos del prjimo.

El marqus interrumpi sus clamores.

--Vaya, doctor--le dijo,--que la ocasin no es la ms oportuna para
filosofar. Este hombre se desangra como un buey, y es preciso, ante
todo, tratar de contener la hemorragia.

--S, seor--replic vivamente el medicucho,--la hemorragia! esa es la
verdadera palabra. Felizmente, todo lo tengo previsto. He aqu un frasco
de agua hemosttica, preparada segn la frmula de Brocchieri; yo la
prefiero a la de Lechelle.

Y se dirigi, con el frasco en la mano, hacia M. L'Ambert, que se haba
sentado al pie de un rbol y sangraba con tristeza.

--Caballero--le dijo entre profundas reverencias,--podis creerme que
lamento sinceramente el no haber tenido el honor de conoceros con
ocasin de un acontecimiento menos desagradable que este.

Levant melanclicamente la cabeza el seorito L'Ambert, y contestole
con acento dolorido:

--Doctor, perder la nariz?

--No, seor, no la perderis. Vlgame Dios, caballero! cmo podrais
perderla de nuevo, si la habis perdido ya?

Y mientras se expresaba de esta suerte, verta el agua de Brocchieri
sobre una compresa.

--Cielos!--exclam de repente,--tengo una idea, caballero. Puedo
responderos del rgano tan til como agradable que acabis de perder.

--Hablad pronto, por favor! Mi fortuna ser entera para vos. Ah,
doctor! antes que vivir desfigurado de esta suerte, es preferible morir.

--Eso suele decirse... pero vamos a ver! dnde est el trozo de nariz
que os han cortado? No soy yo un cirujano de los vuelos de M. Velpeau, o
de M. Huguier; pero tratar de hacer volver las cosas a su primitivo
estado.

El seorito L'Ambert levantose precipitadamente, y corri al lugar de la
lucha, seguido del marqus y de M. Steimbourg. Los turcos, que se
paseaban juntos y cariacontecidos, porque el fuego de Ayvaz-Bey habase
extinguido en un segundo, aproximronse tambin a sus antiguos
enemigos. Hallose sin trabajo el lugar donde los combatientes haban
pisoteado la fresca y naciente hierba; recuperronse las gafas de oro,
pero las narices del notario no hubo forma de encontrarlas. En cambio,
vieron un gato, el horrible gato blanco con manchas rojizas, que se
relama con placer los labios ensangrentados.

--Maldicin!--exclam el marqus, sealando al animal.

Todo el mundo comprendi el gesto y la exclamacin.

--Ser tiempo todava?--pregunt el notario.

--Tal vez--contest el mdico.

Y todos corrieron hacia el gato. Pero el astuto animal no estaba por
dejarse cazar, y corri a su vez como alma que lleva el diablo a sus
talones.

Jams haba visto el pequeo bosque de Parthenay, ni volver a ver
tampoco, una caza semejante. Un marqus, un agente de cambio, tres
diplomticos, un mdico de aldea, un lacayo con gran librea y un notario
sangrando en su pauelo, lanzronse a carrera abierta tras un miserable
gato. Corriendo, gritando, arrojndole piedras, ramas secas, y cuantos
objetos encontraban al alcance de sus manos, atravesaron los caminos y
los claros, y se internaron, bajando la cabeza, en los sitios ms
espesos del bosque. Ya agrupados, ya dispersos; unas veces escalonados
sobre una lnea recta, y otras formando crculo alrededor de la bestia;
apaleando las malezas, sacudiendo los arbustos, trepando a los rboles,
destrozndose el calzado con las races y troncos, y dejndose jirones
de ropa entre las ramas de los arbustos, arrollbanlo todo como una
tempestad; pero el gato endiablado corra ms que el viento. En dos
ocasiones lograron encerrarlo en un crculo, y otras tantas logr
escapar, forzando el cerco. Un momento pareci como rendido de fatiga y
de dolor, al caer de costado por querer saltar de un rbol a otro,
siguiendo el camino de las ardillas. El lacayo de M. L'Ambert lanzose
veloz sobre l, alcanzolo en pocos saltos y lo agarr por la cola. Pero
el tigre en miniatura conquist su libertad mediante un terrible
zarpazo, y escap fuera del bosque.

Entonces comenz la persecucin a travs de la llanura. Si largo era el
camino que llevaban ya recorrido, inmensa era la planicie que, en forma
de tablero de ajedrez, se extenda delante de los cazadores y de su
codiciada presa.

El calor era sofocante; gruesos nubarrones negros se amontonaban por
occidente; el sudor corra copioso por todas las frentes; pero nada fue
capaz de detener el furor de aquellos ocho hombres.

M. L'Ambert, lleno todo de sangre, no cesaba de animar a sus compaeros
con el gesto y con la voz. Los que nunca han visto a un notario
corriendo tras sus narices no podrn hacerse cargo de su ardor. Adis
frambuesas y fresas! Por dondequiera que pasaba el alud, quedaba la
cosecha apabullada, destruida, aniquilada; todo eran flores mustias,
brotes rotos, ramas tronchadas, tallos pisoteados. Sorprendidos los
campesinos por la invasin de aquel azote nunca visto, arrojaban las
regaderas, llamaban a sus vecinos, reclamaban el auxilio de los guardias
rurales, exigan que les indemnizasen los daos y perjuicios, y
lanzbanse en persecucin de los cazadores.

Victoria! el gato ya est preso! Hase arrojado a un pozo. Cubos!
cuerdas! escalas! Todos abrigan la esperanza, la casi seguridad de
recuperar las narices del seorito L'Ambert intactas o poco menos. Mas
ay! que este pozo no es un pozo como todos los dems. Es la boca de una
cantera abandonada cuyas galeras forman una vasta red de ms de diez
leguas, y se extienden en todas direcciones, hallndose en comunicacin
con las catacumbas de Pars.

Se pagan sus honorarios a M. Triquet; se abonan a los campesinos las
indemnizaciones que exigen, y se emprende el regreso a Parthenay, bajo
una lluvia torrencial.

Antes de subir al carruaje, Ayvaz-Bey, mojado como un pato, y ya
recuperada la calma por completo, vino a ofrecer su mano a M. L'Ambert.

--Caballero--le dijo,--lamento sinceramente que mi obstinacin haya
llevado las cosas hasta este extremo. La Tompain no vale una gota
siquiera de la sangre vertida por su culpa, y hoy mismo rompo con ella,
pues no podra verla sin pensar en la desgracia que ha causado. Sois
testigo de que he hecho cuanto me ha sido posible, como asimismo estos
seores, por devolveros lo perdido. Ahora, permitidme esperar que este
accidente no sea del todo irreparable. El mdico de esta aldea nos ha
recordado que existen en Pars cirujanos ms hbiles que l; creo haber
odo decir que la ciruga moderna posea secretos infalibles para
restaurar las partes del cuerpo humano mutiladas o perdidas. M. L'Ambert
acept, con el humor que pueda suponerse cualquiera, la mano que le
tenda su rival, y se hizo conducir al faubourg Saint-Germain en
compaa de sus dos amigos.




III

DONDE DEFIENDE EL NOTARIO SU PELLEJO CON MS XITO


El cochero de Ayvaz-Bey era un hombre dichoso si los hay. Aquel bribn
empedernido fue menos sensible a la propina de cincuenta francos que al
placer de haber conducido a su cliente a la victoria.

--En verdad que me agrada la manera que tenis de arreglar a las
personas!--le dijo al bueno de Ayvaz.--Bueno es saber cmo las gastis.
Si alguna vez os piso un pie, me apresurar a pediros mil perdones en
el acto. Ese pobre seor se ver negro si quiere tomar rap. Vamos,
vamos! si alguien vuelve alguna vez a sostener ante m que los turcos
son unos torpes, ya sabr qu responderle. No os dije que os dara
buena suerte? Eso me sucede siempre. Conozco, en cambio, un viejo que le
ocurre lo contrario: da siempre la mala pata a sus clientes. Ni por
casualidad conduce una vez sola al terreno del honor a nadie que salga
ileso... Arre, pajarita! vamos, que conduces a un hroe! Hoy te
envidiaran los caballos de los csares de Roma!

Estas burlas crueles no lograron desarrugar el entrecejo de los turcos,
y el cochero, en vista de que sus palabras no hacan gracia, adopt el
prudente partido de callarse.

En otro carruaje infinitamente ms elegante y mucho mejor entroncado,
lamentbase el notario en presencia de sus dos amigos.

--Todo concluy para m--les deca;--soy hombre muerto; no me queda otro
recurso que saltarme la tapa de los sesos. Cmo presentarme de nuevo en
sociedad, en la Opera, ni en ningn otro teatro? Queris que comparezca
ante el mundo con esta cara grotesca y lamentable, que excitar en unos
la risa y en otros la compasin?

--Bah!--respondiole el marqus,--la gente se acostumbra a todo. Y, en
ltimo caso, si el mundo nos causa espanto, permanecemos en casa.

--Permanecer siempre en casa! bonito porvenir! Imaginis, por
ventura, que han de venir las mujeres a buscarme a domicilio, en el
estado en que me encuentro?

--Os casaris! He conocido a un teniente de coraceros que haba
perdido un brazo, una pierna y un ojo. Cierto que no era el terror de
los maridos, ni el dolo de las mujeres; pero se cas con una buena
muchacha, ni fea ni bonita, que lo quiso con toda su alma, y lo hizo
dichoso por completo.

No debi de parecerle al notario demasiado consoladora semejante
perspectiva, porque exclam con acento desesperado:

--Oh, las mujeres! las mujeres! las mujeres!

--Demontre!--exclam el marqus,--qu importancia concedis a las
mujeres! Ni que ellas lo fuesen todo! Hay en el mundo otras cosas
agradables. Se dedica uno a mirar por su salud, qu diablo! A
encarrilar su alma, a cultivar su espritu, a hacer bien a su prjimo, a
llenar los deberes de su estado. No es preciso poseer una nariz
prominente para ser buen cristiano, buen padre de familia y buen
notario!

--Notario!--replic l con amargura poco disimulada,--notario! En
efecto, eso aun lo soy. Ayer era un hombre de mundo, un verdadero
_gentleman_, y, hasta puedo decirlo prescindiendo de falsas modestias,
un caballero cuyo trato se disputaban todos. Hoy slo soy un notario. Y
quin sabe si lo seguir siendo maana? Una indiscrecin del lacayo
bastara para divulgar esta estpida aventura. Con dos palabras que diga
cualquier peridico, la justicia se ver obligada a perseguir a mi
adversario, y a sus testigos, y a vosotros mismos, seores. Y heme
entonces aqu conducido ante el tribunal correccional, y tenindole que
referir dnde, cundo y por qu he perseguido a la seorita Victorina
Tompain. Suponed un escndalo semejante, y decidme si el notario podr
sobrevivirle.

--Amigo mo--le dijo el marqus,--os asustis de peligros imaginarios.
Las gentes de nuestro mundo, de este mundo a que vos pertenecis
tambin, poseen el derecho de rebanarse el cuello impunemente. El
ministerio pblico cierra los ojos cuando se trata de nuestras
querellas, y no hay justicia que valga. Comprendo que se metan un poco
con los periodistas, los artistas y otros seres de condicin inferior
cuando se permiten tirar de la espada: conviene recordar a esas gentes
que tienen puos para batirse, y que basta con creces esta arma para
vengar la clase de honor que poseen. Pero porque un caballero se
conduzca y proceda como tal, la justicia no tiene nada que decir, y nada
dice. Yo he tenido unos quince o veinte lances desde que dej el
servicio, y algunos, en verdad, bien desgraciados para mis adversarios;
y, sin embargo, habis ledo mi nombre alguna vez en la _Gaceta de los
Tribunales_?

M. Steimbourg hallbase menos ligado con M. L'Ambert que el marqus de
Villemaurin; no tena, como ste, todos sus ttulos de propiedad en el
estudio de la calle de Varneuil desde haca cuatro o cinco generaciones.
No conoca a aquellos dos caballeros ms que del crculo y de la partida
de _whist_, y tal vez tambin por algunos corretajes que le haban hecho
ganar. Pero era un buen muchacho y hombre de bastante talento, e hizo, a
su vez, algunos razonamientos acertados al notario, para consolarle en
su afliccin. A su entender, M. de Villemaurin pona las cosas peor de
lo que ya estaban: existan otros recursos. Decir a M. L'Ambert que
quedara desfigurado para toda su vida, era desesperar demasiado pronto
de la ciencia.

--De qu nos servira haber nacido en el siglo XIX, si el menor
accidente hubiera de ser, como antao, un mal irreparable? Qu
superioridad tendramos entonces sobre los hombres de la Edad de Oro? No
blasfememos del nombre sacrosanto del progreso. La ciruga operatoria se
halla, gracias a Dios, ms floreciente que nunca en la patria de
Ambrosio Par. El buen doctor de Parthenay nos ha citado los nombres de
ciertos ilustres maestros que descuellan por la habilidad con que
reparan con xito las injurias que sufre el cuerpo humano. Ya estamos a
las puertas de Pars; enviaremos a preguntar a la farmacia ms prxima,
y en ella nos darn la direccin de Velpeau o de Huguier; vuestro lacayo
ir a buscar en seguida a cualquiera de estas dos eminencias, y os lo
traer a vuestra casa. Tengo la seguridad de haber odo decir que los
cirujanos rehacen un labio, un prpado o una oreja: es acaso ms
difcil restaurar una nariz?

Por muy vaga que fuese esta esperanza, reanim, sin embargo, al infeliz
notario, que haba dejado de sangrar haca ya media hora. La idea de
volver a ser lo que era y de reanudar el curso normal de su vida,
prodjole una especie de delirio. Qu verdad es que nadie sabe apreciar
la dicha de estar completo hasta que no la ha perdido!

--Ah, amigos mos!--exclam frotndose las manos de esperanza,--mi
fortuna pertenece al hombre que me cure. Por grandes que sean los
tormentos que me esperen, los sufrir gustoso si me garantizan el
xito. Ni el dolor ni los gastos me harn retroceder!

Animado de estos sentimientos lleg el notario a su casa de la calle de
Verneuil, mientras buscaba su lacayo la direccin de los cirujanos ms
clebres. El marqus y Steimbourg le condujeron a su cuarto, y se
despidieron de l, el uno para ir a tranquilizar a su mujer y a sus
hijas, que no le haban vuelto a ver desde la vspera, y el otro para
correr a la Bolsa.

Solo consigo mismo, ante un espejo de Venecia que le mostraba sin piedad
su nueva imagen, cay Alfredo L'Ambert en un abatimiento profundo. Aquel
hombre fuerte, que no lloraba jams en el teatro por ser cosa propia de
las gentes del pueblo; aquel _gentleman_ de frente bronceada, que haba
enterrado a sus padres con la impasibilidad ms serena, llor la
mutilacin de su bella persona, y se ba en lgrimas de egosmo.

Su lacayo vino a arrancarle de su amargo dolor prometindole la visita
de M. Bernier, cirujano del Hospital, miembro de la Sociedad de Ciruga
y de la Academia de Medicina, profesor de clnica, etc., etc. El criado
haba ido a buscar al ms prximo, y no anduvo desacertado, porque M.
Bernier, si bien no estaba a la altura de los Velpeau, los Manee y los
Huguier, ocupaba un lugar muy honroso inmediatamente despus de ellos.

--Que venga!--exclam M. L'Ambert.--Por qu no est aqu ya? Creen,
por ventura, que me encuentro en situacin de esperar?

Y se ech a llorar de nuevo. Llorar en presencia de sus domsticos! Es
posible que un sablazo modifique en tales trminos las costumbres de un
hombre? Seguramente era preciso que el arma del buen Ayvaz, al cortar
el canal nasal, hubiese conmovido el saco lagrimal y los tubrculos
mismos.

Enjugose el notario los ojos para leer un grueso volumen en 12, que le
haban trado con urgencia de parte de M. Steimbourg. Era la _Ciruga
operatoria_, de Ringuet, excelente manual enriquecido con unos
trescientos grabados. M. Steimbourg haba comprado el libro, al
dirigirse a la Bolsa, y se lo enviaba a su cliente para tranquilizarle
sin duda.

Pero el efecto que le produjo su lectura fue muy otro de lo que se haba
supuesto. Cuando hubo hojeado el notario las primeras doscientas
pginas, y visto desfilar ante sus ojos la serie lamentable de
ligaduras, amputaciones, resecciones y cauterizaciones, dej caer el
libro y se ech en una butaca, apretando los ojos con horror. Mas esta
precaucin no evitole seguir viendo pieles seccionadas, msculos
separados por pinzas, miembros seccionados a grandes tajos, huesos
aserrados por manos de operadores invisibles. Los rostros de los
operados que se ven en los dibujos anatmicos, parecanle tranquilos,
resignados, insensibles al dolor, y preguntbase si tal dosis de valor
poda ser compatible con la naturaleza de las almas humanas. Segua
viendo, sobre todo, al cirujano de la pgina 89, todo vestido de negro,
con un cuello de terciopelo en su levita. Este fantstico ser tiene la
cabeza redonda y algo grande, la frente despejada, y asierra con esmero
y seriedad los dos huesos de una pierna viva.

--Monstruo!--exclam, sin poder contenerse, M. L'Ambert.

Y en aquel mismo instante, vio entrar al monstruo en persona, y el
criado anunci a M. Bernier.

El notario retrocedi, reculando, hasta el rincn ms oscuro de su
cuarto, con los ojos desmesuradamente abiertos, la mirada extraviada, y
extendiendo hacia adelante los brazos, como para rechazar a un enemigo.
Castaeteando los dientes, murmur con voz sofocada, como en las novelas
de Javier de Montepin:

--l! l! l!

--Caballero--dijo el doctor,--siento haberos hecho aguardar, y os
suplico que os calmis. Ya conozco el accidente de que acabis de ser
vctima, y me atrevo a esperar que el mal tenga remedio. Pero nada
podremos hacer si tenis miedo de m.

La palabra miedo tiene siempre un sonido desagradable para los odos
franceses. M. L'Ambert descarg con el pie un fuerte golpe sobre el
suelo, avanz decididamente hacia el doctor, y le dijo con una risita
demasiado nerviosa para ser natural.

--Vamos, doctor! tenis, al parecer, ganas de broma. Tengo cara, por
ventura, de cobarde? Si lo fuese, no me hubiera puesto en el trance esta
maana de que me descompletasen mi pobre humanidad. Pero, mientras os
estaba esperando, he hojeado un libro de ciruga, y acababa en este
momento de ver en l la figura de un cirujano que tiene cierto parecido
con vos, cuando, al entrar, me habis hecho el efecto de un aparecido.
Aadid a esta sorpresa las emociones sufridas esta maana, y quin sabe
si acaso tambin algn movimiento febril, y me perdonaris lo que de
raro hayis notado en la acogida que os hice.

--En hora buena!--dijo M. Bernier, recogiendo el libro del suelo.--Ah!
leais a Ringuet! Es muy amigo mo. Recuerdo, efectivamente, que me
hizo representar en un grabado, con arreglo a un croquis de Leveill.
Pero sentaos, por favor.

Calmose un poco el notario y refiri al doctor los acontecimientos de la
jornada, sin echar en olvido el incidente del gato que, por decirlo as,
habale hecho perder por segunda vez su tan llorada nariz.

--Es una gran desgracia--observ el cirujano,--pero es posible repararla
en el trmino de un mes. Supuesto que tenis en vuestro poder el libro
de Ringuet, poseeris seguramente algunas nociones de ciruga.

M. L'Ambert confes que no haba llegado an a ese captulo.

--Pues bien--replic M. Bernier,--voy a condensroslo en cuatro
palabras. La rinoplastia es el arte de rehacer la nariz a los
imprudentes que la han perdido.

--Pero es de veras, doctor?... es posible ese milagro?... Ha
encontrado la ciruga la manera de...?

--Ha encontrado tres sistemas nada menos. Descartemos el mtodo francs,
pues no lo considero aplicable al caso vuestro. Si la prdida de
sustancia fuese menos considerable, podra despegar los bordes de la
herida, avivarlos, ponerlos en contacto y unirlos de primera intencin.
Mas no hay que pensar en esto.

--De lo que me alegro infinito--contestole el notario.--No podis
imaginaros, doctor, hasta qu punto la idea de heridas avivadas y de
bordes suturados me descomponen los nervios. Examinemos otros medios
ms suaves, yo os lo ruego!

--La ciruga raramente procede con dulzura; pero, en fin, os queda la
eleccin entre el sistema indio y el italiano. El primero consiste en
cortar en la piel de vuestra frente una especie de tringulo, con el
vrtice hacia abajo y la base hacia arriba, con el cual se fabrica la
nueva nariz. Se despega este trozo de piel en toda su extensin, salvo
el vrtice inferior que debe permanecer adherido. Se le hace girar sobre
este vrtice, a fin de que me quede siempre hacia fuera la epidermis, se
le rebate hacia abajo y se cosen sus bordes a los de la herida. En otros
trminos, puedo haceros otra nariz bastante presentable a expensas de
vuestra frente. El xito de la operacin es casi cierto; pero siempre
conservaris en la frente una extensa cicatriz.

--No quiero cicatrices, doctor; no las quiero a ningn precio. Os digo
ms, doctor (y perdonadme esta debilidad), deseara que, a ser posible,
no me hicieseis ninguna operacin. Acabo de sufrir una hace poco, de
manos de ese turco condenado, y, para prueba, ya basta. Se me hiela la
sangre al recordar la sensacin solamente. Tengo tanto valor como
cualquier otro hombre, mas tengo nervios tambin. La muerte no me
asusta, pero el sufrimiento me aterra. Matadme, si queris, pero, por
Dios no me cortis ms nada!

--Caballero--replicole el doctor, con cierto dejo de irona,--si tal
prevencin sents contra las operaciones, hubierais debido llamar a un
mdico homepata en vez de hacer venir a un cirujano.

--No os burlis de m, doctor. No he sabido reprimirme ante la idea de
la operacin india. Los indios son salvajes y tienen una ciruga digna
de ellos. No habis hablado tambin de un sistema italiano? No me
agradan los italianos por su poltica. Son un pueblo ingrato, que ha
observado la conducta ms negra con sus legtimos amos; pero, en materia
de ciencia, no siento ninguna prevencin contra esos bribones.

--Muy bien--respondi el doctor,--optad, si os place, por el mtodo
italiano. Da a veces resultados excelentes, pero exige una inmovilidad y
paciencia de la que tal vez no seis capaz.

--Si slo se trata de inmovilidad y paciencia, os respondo en absoluto
de m.

--Sois capaz de permanecer, por espacio de treinta das, en una
posicin extremadamente molesta?

--S.

--Con la nariz cosida al brazo derecho?

--S.

--En ese caso, os cortar del brazo un trozo triangular de piel, de
quince o diez y seis centmetros de longitud, por diez u once de
anchura...

--Que me cortaris a m ese trozo de piel?

--Sin duda.

--Pero eso es espantoso, doctor! desollarme vivo! sacarme el pellejo
a tiras! eso es brbaro, inhumano, propio de la Edad Media, digno slo
de Shiloock, el judo de Venecia!

--Lo de menos es la herida del brazo. Lo difcil es permanecer cosido a
s mismo por espacio de treinta das.

--A m slo me horroriza el corte del escalpelo. Cuando se ha sentido ya
el fro de la hoja de acero al penetrar en la carne viva, se horripila
uno al pensarlo. Una vez, y nada ms, mi querido doctor.

--Siendo as, caballero, no hay nada que aqu exija mi presencia: Os
quedaris sin nariz para toda vuestra vida.

Esta especie de condena sumi al pobre notario en profunda
consternacin, que le hizo recorrer la estancia a grandes pasos,
mesndose los cabellos de su hermosa y rubia cabellera como un loco.

--Mutilado!--exclamaba, llorando;--mutilado para siempre! No hay
remedio para m! Si existiese alguna droga, algn tpico misterioso
cuya virtud devolviera la nariz a los que la han perdido, lo comprara a
peso de oro! Lo enviara a buscar al fin del mundo! Hasta sera capaz
de fletar para ello un buque si no hubiera otro remedio. Pero nada! de
qu me sirve ser rico? de qu sirve que seis un cirujano ilustre, si
toda vuestra habilidad y todos mis sacrificios no sirven absolutamente
para nada? Riqueza, ciencia! he aqu dos palabras hueras!

Pero M. Bernier le responda de vez en cuando, con imperturbable calma:

--Permitidme que os corte un trozo de piel del brazo, y os reconstruir
la nariz.

M. L'Ambert pareci decidirse un instante. Quitose la levita y
arremangose la manga de la camisa; pero cuando vio abierto el estuche
del cirujano, y brillaron ante sus aterrados ojos las hojas relumbrantes
de treinta instrumentos de suplicio, palideci intensamente y se
desplom, desmayado, sobre una butaca. Algunas gotas de agua con vinagre
le devolvieron el conocimiento, mas no la resolucin.

--No pensemos ms en esto--dijo recuperando la calma.--Nuestra
generacin posee toda clase de valores, mas se arredra ante el dolor. Es
culpa de nuestros padres que nos han criado envueltos entre nubes de
algodn en rama.

Pocos instantes despus, aquel joven, que profesaba los ms religiosos
principios, psose a blasfemar de la Providencia.

--En realidad--exclam,--el mundo es una gran trapisonda, bendigamos
por ello al Creador! Con mis doscientos mil francos de renta, me quedar
para el resto de mi vida tan chato como una calavera; en tanto que mi
portero, que no tiene jams en el bolsillo diez escudos, lucir la nariz
de un Apolo de Beldevere. La Suprema Sabidura, que tantas cosas ha
previsto, no acert a prever que un turco me cortara la cabeza por
saludar a la seorita Victorina Tompain! Hay en Francia tres millones de
pordioseros, todos los cuales juntos no valen medio franco, y no puedo
yo comprar a peso de oro la nariz de cualquiera de esos miserables!...
Y, despus de todo, por qu?

Su rostro iluminose por un rayo de esperanza, y aadi, con tono ms
dulce:

--Mi anciano to de Poitiers, en su ltima enfermedad, se hizo inyectar
cien gramos de sangre bretona en la vena ceflica mediana: un antiguo
servidor prestose a suministrrsela. Mi bella ta Giromagny, cuando an
conservaba su belleza, hizo arrancar un incisivo a una de sus doncellas
ms hermosas para reemplazar un diente que acababa de perder. Este
expediente dio un resultado magnfico, y no cost arriba de tres luises.
Doctor, vos me habis dicho que, a no ser por la trastada de ese maldito
gato, hubierais podido colocarme nuevamente la nariz en su sitio,
cosindomela con cuidado. Me lo habis dicho, o no?

--Sin duda, y os lo repito.

--Y si lograse comprar la nariz de algn pobre diablo, podrais tambin
colocrmela en reemplazo de la ma?

--Claro est que podra...

--Oh, magnfico!

--Pero no me prestara a hacerlo, ni ninguno de mis colegas tampoco.

--Y por qu, queris decirme?

--Porque mutilar a un hombre sano es un crimen, por muy estpido que
sea, o muy hambriento que se halle el paciente para consentir en ello.

--A la verdad, doctor, que confunds mis nociones relativas a lo justo y
a lo injusto. Yo me hice reemplazar, cuando fui llamado a filas,
mediante un centenar de luises, por una especie de alsaciano, de pelo
alazn tostado. A mi hombre (porque era bien mo) hubo de llevarle la
cabeza una bala de can, el 30 de abril de 1849. Y como dicha bala me
estaba destinada a m por la suerte, puedo decir con verdad que el
alsaciano en cuestin vendiome su cabeza y toda su persona entera por un
centenar de luises, o algo ms. El Estado no slo toler, sino que
aprob esta combinacin; vos tampoco tendris nada que objetar; es muy
posible que vos mismo hayis comprado tambin al mismo precio un hombre
entero, que se haya matado por vos. Y sois capaz de escandalizaros
porque ofrezco doble precio, al primer bribn que se presente, por slo
la punta de la nariz!

El doctor detvose un momento a meditar una respuesta lgica. Pero, como
no la encontrase, dijo al seorito L'Ambert:

--Si bien no permite mi conciencia desfigurar a otro hombre en beneficio
vuestro, creo que podra, sin escrpulo, cortar del brazo de cualquier
perilln los pocos centmetros cuadrados de piel que os hacen falta.

--Vaya, doctor! tomadlos de dnde mejor os plazca, con tal de que
reparis este estpido accidente! Busquemos en seguida un hombre de
buena voluntad, y viva el mtodo italiano!

--Os prevengo de nuevo, sin embargo, que tendris que permanecer un mes
entero en una situacin bien molesta.

--Qu me importan todas las molestias del mundo, si al cabo de ese mes
puedo presentarme de nuevo en el _foyer_ de la Opera!

--Convenido. Habis pensado ya en alguien? Acaso ese portero de quien
ahora poco hablabais...?

--Me parece muy bien! Ser fcil comprarlo, con su mujer y sus hijos,
por un centenar de escudos. Cuando Barberau, su antecesor, se retir no
s adnde, para vivir de sus rentas, un cliente recomendome a este, que
se estaba literalmente muriendo de hambre.

Llam M. L'Ambert, y orden al ayuda de cmara, que se present al
instante, que hiciera subir a Singuet, el nuevo portero.

Acudi el hombre, y lanz un grito de espanto al contemplar el rostro de
su amo.

Era el verdadero tipo del pobre diablo parisiense, que es el ms pobre
de todos los diablos: un hombrecillo de treinta y cinco aos de edad, al
cual todos le hubieran echado sesenta, a juzgar por su aspecto flaco,
amarillo y desmirriado.

M. Bernier examinolo atentamente y le mand volver otra vez a la
portera.

--La piel de este hombre--dijo--no sirve para nada. Acordaos que los
jardineros toman las varas, para efectuar sus injertos, de los rboles
ms sanos y rollizos. Elegidme a un mozo fuerte y rebosando salud entre
vuestra servidumbre; de sobra los tendris.

--S, pero no ser empresa fcil convencerlos. Mis criados son todos
caballeros, que poseen capitales y valores en cartera, y especulan al
alza y a la baja, como todos los criados de casa grande. No creo que
haya ninguno entre ellos que quiera comprar con el precio de su sangre
un dinero que se gana tan fcilmente en la Bolsa.

--Pero tal vez hallis alguno que por abnegacin y cario...

--Abnegacin y cario entre estas gentes? Creo que os burlis, doctor!
Nuestros padres tenan servidores abnegados: nosotros slo poseemos unos
grandsimos pillos que medran a nuestra costa, y, en el fondo, tal vez
salgamos ganando. Nuestros padres, que se vean amados por estas
gentes, creanse obligados a pagarles en la misma moneda. Sufran sus
defectos, asistanlos en sus enfermedades, alimentbanlos en su vejez:
esto era insoportable. Yo pago a mis criados para que me sirvan bien, y,
cuando no estoy satisfecho de ellos, los despido, sin meterme a
averiguar si es falta de voluntad, vejez o indisposicin lo que motiva
su mal comportamiento.

--Entonces no encontraremos en vuestra casa el hombre que precisamos.
Tenis alguno a la vista?

--Yo? Ninguno. Pero es igual; el primer advenedizo, el mozo de cordel
de la esquina, el aguador que grita en este momento en la calle.

Sac del bolsillo las gafas, levant ligeramente la cortina, examin, a
travs de aqullas, la calle de Beaune, y dijo al doctor:

--He ah a un muchacho que no tiene mala cara. Tened la bondad de
hacerle seas, porque yo no me atrevo a mostrar a los transentes mi
rostro.

M. Bernier abri la ventana en el momento en que la vctima elegida
gritaba a plenos pulmones:

--Agua muy fresca!

--Muchacho!--gritole el doctor,--dejad vuestro tonel y subid por la
calle de Verneuil, si queris ganar un buen puado de luises.




IV

CHEBACHTIN ROMAGN


Llambase Romagn, por su padre. Sus padrinos le haban puesto, al
bautizarle, Sebastin; pero, como era natural de Frognac-les-Mauriac,
departamento de Cantal, invocaba a su patrn bajo el nombre de _Chan
Chebachtin_. Todo hace presumir que haba escrito su nombre con _ch_;
pero, afortunadamente, no saba escribir. Este hijo de la Auvernia
contaba veinticuatro o veinticinco aos de edad, y posea la
constitucin de un verdadero Hrcules: alto, grueso, rechoncho,
colorado; fuerte como un buey de labor, dulce y fcil de conducir como
un corderillo blanco. Imaginaos un hombre fabricado de la pasta mejor,
al par que la ms grosera.

Era el mayor de diez hijos, entre mujercitas y varones, que tragaban y
bullan bajo el techo paternal. Su padre posea una cabaa, un pedazo de
tierra, algunos castaos en el monte, media docena de cerdos, y dos
brazos para cavar el terreno. La madre hilaba camo; los varones
ayudaban al padre; las mujercitas arreglaban la casa y se cuidaban las
unas a las otras, haciendo la mayor de niera de la ms pequea, y as
todas las otras, hasta terminar la escala.

El joven Sebastin jams brill por su inteligencia, ni por su memoria,
ni por ningn don intelectual; pero, en cambio, posea un corazn
excelente. Le haban enseado algunos captulos del catecismo como se
ensea a los mirlos a silbar cualquier tonadilla; pero siempre profes
los sentimientos ms cristianos. Jams abus de sus fuerzas contra las
personas ni contra los animales; evitaba las querellas y reciba con
frecuencia coscorrones, sin devolverlos jams. Si el subprefecto de
Mauriac hubiese querido conceder una medalla de plata, no hubiera tenido
ms que escribir a Pars, porque Sebastin haba salvado a muchas
personas, con grave exposicin de su propia vida, y en especial a dos
gendarmes que estaban a punto de ahogarse, con sus caballos, en el
torrente del Saumaise. Pero a todo el mundo le parecan sus actos
meritorios la cosa ms natural, ya que los ejecutaba por instinto, y a
nadie se le ocurra concederle una recompensa, considerndolo casi como
a un perro de Terranova.

A la edad de veinte aos entr en quintas y obtuvo un nmero alto,
gracias a una novena que hizo, en unin de su familia. Despus de esto,
resolvi marcharse a Pars, siguiendo los usos y costumbres de la
Auvernia, para ahorrar algunos centenares de francos, y volver despus a
ayudar a sus padres. Le dieron un traje de pana y veinte francos, que en
Mauriac constituyen una cantidad importante, y aprovech la ocasin de
marchar un camarada que conoca el camino de la capital. Hizo el camino
a pie, invirtiendo en l diez jornadas, y lleg fresco y dispuesto a
trabajar, con catorce francos y medio en el bolsillo, y los zapatos sin
estrenar, en la mano.

Dos das ms tarde, rodaba un tonel por el faubourg de Saint-Germain, en
compaa de otro camarada que no poda ya subir las escaleras, porque
se haba relajado. En pago de sus servicios, recibi alojamiento, cama,
manutencin y ropa limpia, a razn de una camisa cada mes, sin contar el
franco y medio semanal que le daba su patrn para sus gastos de soltero.
Con sus economas, compr, al cabo del ao, un tonel de lance, y se
estableci por su cuenta.

El xito que obtuvo fue asombroso, y superior a cuanto pudo esperarse.
Su ingenua cortesa, su incansable amabilidad y su intachable honradez,
captronle la simpata y proteccin de todo el barrio. De dos mil
escalones que sola subir al principio, lleg a siete mil gradualmente.
Por eso enviaba hasta sesenta francos mensuales a las buenas gentes de
Frognac. La familia bendeca su nombre y lo encomendaba a Dios con
fervor, maana y tarde, en sus plegarias; sus hermanos menores tenan
pantalones nuevos, y se pensaba nada menos que enviar a los dos ms
pequeos a la escuela.

Su vida, sin embargo, a pesar de soplarle la fortuna, en nada haba
cambiado: acostbase al lado de su tonel, en un mal bodegn, y renovaba
la paja de su lecho slo dos veces al mes. Su traje de pana estaba ms
remendado que el vestido de un arlequn. La verdad es que en vestir
habra gastado bien poco, a no ser por los malditos zapatos que
consuman cada mes un kilogramo de clavos. En el comer era donde no
escatimaba lo ms mnimo. Adquira, sin regatear, diariamente cuatro
libras de pan, y hasta, a veces, sola regalarse el estmago con un
trozo de queso o de cebolla, o con media docena de manzanas, compradas
en el puente nuevo. Los domingos y das festivos permitase el lujo de
comer sopa y carne, y el resto de la semana se chupaba los dedos
recordndolo. Pero era demasiado buen hijo y buen hermano para
permitirse jams el despilfarro de tomar un vaso de vino. El vino, el
amor y el tabaco eran para l artculos fabulosos, que slo conoca de
odas. Con mucha mayor razn ignoraba los placeres del teatro, tan caros
para los obreros de Pars. Nuestro hombre prefera acostarse a las
siete, sin que le costara un cntimo, a aplaudir a M. Dumaine por medio
franco.

Tal era, en lo moral y en lo fsico, el hombre a quien M. Bernier llam,
en la calle de Beaune, para que cediese un buen trozo de su piel a M.
L'Ambert.

Advertidos los criados, hicironle pasar en seguida.

Avanz tmidamente, con el sombrero en la mano, levantando los pies
cuanto poda, y no atrevindose a sentarlos sobre la alfombra. La
tormenta de aquella maana lo haba salpicado de lodo hasta las axilas.

--Si me llaman para que suministre agua a la casa--dijo saludando al
doctor, y convirtiendo en ches cuantas eses tena que pronunciar,--le...

M. Bernier cortole la palabra.

--No, amigo mo; no se trata de nada relacionado con vuestro comercio.

--De qu se trata, pues?

--De otra cosa completamente distinta. Al seor le han cortado la nariz
esta maana.

--Ah, demontre! pobre hombre! Quin ha hecho esa villana?

--Un turco; pero esto es lo de menos.

--Un salvaje! Saba ya de referencia que los turcos eran salvajes; pero
no cre que les dejasen venir a Pars. Esperad un momento, que voy a
avisar a un gendarme.

M. Bernier contuvo este alarde de celo del buen auverns, y explicle,
en pocas palabras, la clase de servicio que se pretenda que prestase.
Crey, al principio, que se burlaban de l, porque se puede ser un
excelente aguador sin tener la ms pequea nocin de rinoplastia. Hzole
comprender el doctor que se deseaba tenerle embargado durante un mes, y
comprarle unos ciento cincuenta centmetros cuadrados de su piel.

--La operacin no es nada en s--le dijo,--y os garantizo que os har
sufrir bien poco; pero os advierto, en cambio, que tendris que tener
una paciencia enorme para permanecer un mes inmvil, con el brazo cosido
a la nariz del seor.

--Paciencia no me falta--respondi nuestro hombre;--para algo soy
auverns. Pero para que yo pase un mes en esta casa prestando a este
seor un importante servicio, ser necesario que me abonen los jornales
de esos das.

--Desde luego. Cunto exigs? Sebastin medit unos instantes.

--En conciencia--dijo al fin,--ese trabajo bien vale cuatro francos
diarios.

--No, amigo mo--respondiole el notario;--ese trabajo vale mil francos
al mes, o sea, treinta y tres francos diarios.

--No--replic el doctor, con acento autoritario;--eso vale dos mil
francos.

L'Ambert inclin la cabeza, y no se atrevi a objetar.

Romagn pidi permiso para terminar aquel da su trabajo, dejar en el
bodegn su tonel y buscar quien le reemplazase durante el mes.

--Por otra parte--dijo,--no vale la pena de comenzar hoy mismo, para
slo medio da.

Demostrronle que el caso era urgente, y tom, en vista de ello, sus
medidas. Mandaron a buscar a uno de sus amigos, el cual prometi
reemplazarle por espacio de un mes.

--T me traers el pan todas las noches--le dijo Romagn.

Pero se apresuraron a decirle que la precaucin era intil, pues le
daran de comer en la casa.

--Eso depender de lo que me cueste--observ l.

--M. L'Ambert os dar de comer gratis.

--Gratis! eso ya es distinto. He aqu mi piel. Cortadmela cuanto antes.

Romagn soport la operacin como un valiente, sin pestaear siquiera.

--Esto es un placer--deca.--Me han contado de un auverns de mi pas
que se haca petrificar en una fuente mediante un franco por hora.
Prefiero dejarme cortar a pedazos. No es tan molesto, y produce mucho
ms.

M. Bernier cosiole el brazo izquierdo al rostro del notario, y ambos
hombres permanecieron, por espacio de un mes, encadenados uno al otro.
Los dos hermanos siameses que excitaron un da la curiosidad de toda
Europa no estaban tan indisolublemente unidos. Pero aqullos eran
hermanos, acostumbrados a soportarse mutuamente desde la ms tierna
infancia, y haban recibido la misma educacin. Si uno hubiese sido
aguador y el otro notario, tal vez no hubiesen dado el espectculo de
una amistad tan fraternal.

Romagn jams se quejaba de nada, por muy extraa que la nueva
situacin le pareciese. Obedeca como un esclavo, o, por mejor decir,
como un buen cristiano, todos los mandatos del hombre que le comprara su
piel. Se levantaba, se sentaba, se acostaba, se volva hacia la derecha
o la izquierda, segn el capricho de su seor. No obedece con tanta
sumisin al Polo Norte la aguja imantada, como Romagn a M. L'Ambert.

Esta heroica mansedumbre enterneci el corazn del notario, que, a decir
verdad, nada tena de blando. Sinti por espacio de tres das una
especie de gratitud por los buenos cuidados que le prodigaba su vctima;
mas no tard en cobrarle antipata y hasta horror.

Un hombre joven, activo y lleno de salud, no se acostumbra nunca, sin
trabajo, a la inmovilidad absoluta. Qu no ser cuando se trate de
permanecer inmvil al lado mismo de un ser inferior, sucio y sin
educacin? Pero lo haba querido as la suerte. Era preciso vivir sin
nariz o soportar al auverns con todas sus consecuencias: comer con l,
dormir con l, llenar al lado suyo, y en la situacin ms incmoda,
todas las funciones de la vida animal.

Era Romagn un digno y excelente joven; pero roncaba como un rgano.
Adoraba a su familia y amaba a su prjimo; pero jams se haba baado en
su vida por temor de malgastar el agua, objeto de su comercio. Posea
los sentimientos ms delicados del mundo; pero no saba imponerse los
sacrificios ms elementales que la civilizacin recomienda. Pobre M.
L'Ambert! y pobre Romagn asimismo! qu noches y qu das! qu lluvia
de puntapis! Intil es decir que Romagn los reciba sin quejarse,
temeroso de que un falso movimiento diese al traste con el experimento
del doctor Bernier.

El notario reciba buen nmero de visitas. Vinieron a verle todos sus
compaeros de aventuras, que se burlaban del auverns. Enseronle a
fumar cigarrillos, y a beber vino y aguardiente. El pobre diablo se
entregaba a estos placeres con la ingenuidad de un piel roja. Lo
emborracharon, lo ahitaron de manjares, le hicieron descender todos los
escalones que separan al hombre de la bestia. Era preciso educarle
nuevamente, y aquellos buenos seores acometieron esta difcil tarea con
placer mefistoflico. No era, por ventura, una cosa divertida y
agradable la empresa de desmoralizar al auverns?

Cierto da le preguntaron en qu pensaba emplear los cien luises de M.
L'Ambert cuando acabase de ganarlos.

--Los emplear en papel del cinco por ciento, y me producirn cien
francos de renta--contestoles.

--Y despus?--preguntole un emperejilado millonario de veinticinco aos
de edad.--Sers ms rico con eso? sers ms dichoso acaso? Tendrs
treinta cntimos de renta diaria! Si te casas, lo cual es inevitable,
pues eres de la madera de que se fabrican los imbciles, tendrs doce
hijos al menos.

--Es posible!--replic el auverns, riendo de buena gana.

--Y, en virtud del Cdigo civil, linda invencin del Imperio, le dejars
a cada uno de ellos un par de cntimos al da. En tanto que, con dos mil
francos, puedes vivir un mes lo menos como un rico, conocer los
placeres de la vida y elevarte muy por encima de tus semejantes.

Romagn se defenda como un gato panza arriba contra estas tentativas de
corrupcin; pero hubieron de descargar tantos golpes sobre su espeso
crneo, que acabaron por abrir en l un pequeo orificio por donde
penetraron las ideas falsas, y se fueron apoderando de su cerebro.

Tambin acudieron las damas, de las cuales conoca L'Ambert muchsimas
en todas las capas sociales. Romagn presenci las escenas ms diversas;
escuch numerosas protestas de amor y fidelidad que carecan de
verosimilitud. M. L'Ambert no slo no se recataba de mentir como un
bellaco en su presencia, sino que, en ocasiones, se complaca, en la
intimidad, en mostrarle todas las falsedades que forman, por decirlo
as, el caamazo donde se borda la vida elegante.

Y el mundo de los negocios! Romagn crey descubrirlo, como Cristbal
Coln, porque no tena de l nocin alguna. Los clientes del notario no
se recataban de l para tratar las mayores enormidades: hablaban en su
presencia como pudieran hacerlo delante de una docena de ostras. Vio
padres de familia que buscaban el modo de despojar a sus hijos en
provecho de una amante o de alguna obra piadosa; jvenes que estudiaban
la manera de robar la dote a su futura esposa por medio de un contrato;
prestamistas que exigen el diez por ciento sobre primeras hipotecas y
prestatarios que hipotecaban fincas imaginarias.

Careca de talento y su inteligencia no era muy superior a la de
cualquier perro de aguas; pero su conciencia se le revel.

--Vos no poseis mi estima--le dijo un da al notario, creyendo hacerle
un gran bien.

Y la repugnancia que L'Ambert senta por l trocose en odio mortal.

En los ltimos ocho das de su forzada intimidad sucedironse las
tempestades casi sin interrupcin.

Al fin adquiri Bernier la plena conviccin de que el trozo de piel
haba arraigado en la cara del notario, a pesar de los innumerables
tirones que sufriera. Desuni a los dos enemigos, y model una nariz a
L'Ambert con el trozo de piel que haba cesado ya de pertenecer al
auverns. Y el acicalado millonario de la calle de Verneuil, arroj dos
billetes de a mil francos al rostro de su esclavo, dicindole:

--Toma, infame! El dinero es lo de menos; pero me has hecho gastar lo
menos cien mil escudos de paciencia. Vete ahora mismo de aqu; sal de
mi casa para siempre, y haz de modo que nunca jams, en mi vida, vuelva
a or pronunciar tu nombre.

Romagn diole las gracias, con gesto no desprovisto de altivez, se bebi
una botella de vino en la cocina, tom un par de copitas con Singuet, y
march tambalendose hacia su antiguo domicilio.




V

GRANDEZA Y DECADENCIA


M. L'Ambert volvi a entrar en el mundo con xito; casi podra decirse
que con gloria. Sus testigos le hicieron la ms estricta justicia
diciendo que se haba batido como un len. Los viejos notarios sentanse
rejuvenecidos por su valor.

--Ved ah--decan,--lo que somos cuando se nos pone en ciertos trances!
Los notarios son tan hombres como cualquier otro! La suerte de las
armas hizo traicin a maese L'Ambert; pero supo adoptar al caer un bello
gesto: ha sido un Waterloo. Aunque digan lo que quieran, somos gentes
decididas!

De esta manera se expresaban el respetable maese Clopineau, y el digno
maese Labrique, y el untuoso maese Bontoux, y todos los nestores del
notariado. Los jvenes hablaban en parecidos trminos, con ciertas
variantes inspiradas por los celos.

--No queremos renegar--decan,--de maese L'Ambert: ciertamente que nos
honra, aun cuando nos compromete un poco; pero cada uno de nosotros
hubiera procedido con el mismo valor, y quin sabe si con menos torpeza.
Un funcionario pblico no debe dar estos escndalos. No se debiera ir
nunca al terreno del honor ms que por causas confesables. Si yo fuese
padre de familia, preferira confiar mis asuntos a un hombre prudente, y
no a un hroe de aventuras dudosas, etc., etc.

Pero la opinin del bello sexo, que es la que prevalece, habase
declarado en favor del hroe de Parthenay. Tal vez no hubiera contado
con tan rara unanimidad si se hubiese conocido el episodio del gato;
quizs tambin ese sexo tan encantador como injusto habra condenado a
L'Ambert si hubiese tenido la avilantez de reaparecer ante el mundo sin
nariz. Pero todos los testigos haban guardado la mayor discrecin
acerca del ridculo incidente del gato, y M. L'Ambert, lejos de estar
desfigurado, pareca haber ganado en el cambio.

Una baronesa observ que su fisonoma era ms dulce desde que llevaba la
nariz recta. Una vieja canonesa, dechado de malicia, pregunt al
prncipe de B... si no hara bien en buscarle querella al turco. El
aguileo prncipe gozaba de una reputacin hiperblica.

Alguno preguntar cmo las damas del gran mundo podan interesarse en
peligros que no haban sido corridos por ellas. Los hbitos de maese
L'Ambert eran bien conocidos, y se saba que una gran parte de su
corazn y de su tiempo los empleaba en la Opera. Pero el mundo perdona
fcilmente estas distracciones a los hombres que no se entregan a ellas
por completo. Representa el papel del fuego, y se contenta con lo poco
que le dan. Se agradeca a M. L'Ambert que no estuviese perdido ms que
a medias, cuando tantos, a su edad, estn perdidos del todo. No dejaba
de frecuentar las casas honradas, conversaba con las viudas, bailaba con
las solteras y tocaba en ocasiones el piano de una manera aceptable; no
hablaba, en fin, de caballos a la moda. Estos mritos, bastante raros
por cierto entre los jvenes millonarios del faubourg, le concillaban
la benevolencia de las damas. Una linda devota, la seora de L...,
habale demostrado durante tres meses que los placeres ms vivos no
consisten en la disipacin y el escndalo.

No se crea por eso que haba roto en absoluto con el cuerpo de baile; la
severa leccin recibida no le haba hecho concebir el menor horror hacia
aquella hidra de cien encantadoras cabezas. Una de sus primeras visitas
fue para el templo donde brillaba la seorita Victorina Tompain. All
s que se le tribut un recibimiento entusiasta! Con qu amistosa
curiosidad corri todo el mundo a su encuentro! Qu dulcsimos
dictados! qu apretones de manos tan cordiales! Cuntos labios
hechiceros se alargaron hacia l, en forma de tentador hocico, para
recibir un beso amistoso, sin la menor consecuencia! El notario estaba
radiante. Todos sus amigos de los das pares, todos los altos
dignatarios de la francmasonera del placer, le dieron la enhorabuena
por su curacin milagrosa. Rein durante todo un entreacto en aquel
reino envidiable. Le hicieron referir su aventura y explicar el
tratamiento del doctor Bernier, admirando todos la habilidad con que
estaban dados los puntos de sutura, que apenas se conocan.

--Imaginaos que ese excelente Bernier ha completado mi persona con la
piel de un auverns. Y qu auverns, Dios mo! El ms estpido y sucio
de la Auvernia! Nadie lo dira al ver el trozo de piel que me ha
vendido. Qu horas tan desagradables me ha hecho pasar el muy burro!...
Los mozos de cordel que veis por las esquinas son petimetres al lado
suyo. Pero, gracias al cielo, ya me veo libre de l. El da en que le
pagu sus servicios y lo puse de patitas en la calle, se me quit de
encima un peso inmenso. Se llama Romagn, bonito nombre! Jams lo
pronunciis en mi presencia. Si queris que viva largos aos, no me
hablis jams de Romagn!

La seorita Victorina Tompain no fue, por cierto, la ltima en
cumplimentar al hroe. Ayvaz-Bey la haba abandonado indignamente,
dejndole cuatro veces ms dinero del que vala ella. El magnnimo
L'Ambert hubo de mostrarse con ella dulce y clemente.

--No os guardo rencor--le dijo,--ni a ese bravo turco tampoco. Slo
tengo un enemigo en el mundo: un auverns llamado Romagn.

Y pronunciaba su nombre con una entonacin cmica que hizo gracia a todo
el mundo. Creo que aun hoy da la mayor parte de aquellas seoritas
dicen: Mi Romagn, cuando hablan de su aguador.

De esta suerte transcurrieron los tres meses de esto. La estacin fue
deliciosa y casi todas las familias se ausentaron de Pars. La Opera
viose invadida por provincianos y extranjeros. M. L'Ambert frecuentola
bastante menos que otras veces.

Casi todos los das, al sonar las seis de la tarde, despojbase de la
gravedad del notario y parta para Maisons-Lafitte, donde haba
alquilado un chalet, y adonde acudan a verle sus amigos y hasta sus
amiguitas. Jugaban en el jardn a toda clase de juegos campestres, y os
garantizo que el columpio nunca holgaba.

Uno de los ms asiduos y animados concurrentes era el agente de cambios,
M. Steimbourg. La aventura de Parthenay habale ligado a L'Ambert con
lazos ms estrechos. M. Steimbourg perteneca a una buena familia de
israelitas convertidos; su cargo vala dos millones y posea una fortuna
de medio milln, de suerte que ya se poda trabar amistad con l. Las
amantes de los dos amigos se llevaban bastante bien, lo cual equivale a
decir que slo se peleaban una vez por semana. Qu bello es contemplar
cuatro corazones que laten al unsono! Los hombres montaban a caballo,
lean el _Fgaro_, o comentaban los chismes de la ciudad; las damas se
echaban mutuamente las cartas, con gracia sin igual: una edad de oro en
miniatura!

M. Steimbourg crey un deber presentar a su amigo a su familia.
Condjole a Bieville, donde su padre se haba hecho construir un chalet.
M. L'Ambert fue recibido en l por un viejo muy verde, una seora de
cincuenta aos, que no haba abdicado an, y dos jovencitas
extremadamente coquetas; y a primera vista advirti que no entraba en
una casa de fsiles. Por el contrario: tratbase de una familia moderna
y perfeccionada. Padre e hijo eran dos buenos compaeros que se daban
mutuas bromas acerca de sus calaveradas. Las muchachas haban visto
cuanto se representaba en el teatro, y ledo cuanto se ha escrito. Pocas
personas conocan mejor que ellas la crnica elegante de Pars; les
haban sido mostradas, en el teatro y en el bosque de Boloa, las ms
celebradas bellezas de todas las clases sociales; las haban llevado a
presenciar las ventas de los mobiliarios ms ricos, y disertaban de la
manera ms agradable sobre las esmeraldas de la seorita X... y las
perlas de la seorita Z... La mayor, la seorita Irma Steimbourg,
copiaba con verdadera pasin los trajes y sombreros de la seorita
Fargueil; la menor, haba enviado a uno de sus amigos a casa de la
seorita Figeac para que le pidiese la direccin de su modista. Una y
otra eran ricas y posean buena dote. Irma le gust ms a L'Ambert. El
apuesto notario pensaba de vez en cuando que medio milln de dote y una
mujer que sabe llevar un traje no son cosas despreciables. Vironse con
frecuencia, casi una vez por semana, hasta que llegaron las primeras
heladas de noviembre.

Tras un otoo dulce y brillante, cay como una teja el invierno. Es un
hecho bastante conocido en nuestros climas, pero la nariz de L'Ambert
dio pruebas, en esta ocasin, de una sensibilidad extraordinaria.
Enrojeciose un poco al principio, despus mucho; fuese hinchando por
grados hasta tornarse deforme. Despus de una partida de caza alegrada
por el viento Norte, experiment el notario intolerable comezn. Mirose
en el espejo de un mesn, y desagradole en extremo el color de su nariz.
A decir verdad, pareca un saban mal colocado.

Consolose pensando que un buen fuego le devolvera su figura natural, y,
en efecto, el calor se la descongestion y rebaj su color durante
algunos momentos. Pero, al siguiente da, la comezn presentose
nuevamente, los tejidos se inflamaron mucho ms, y presentose de nuevo
la coloracin rojiza, acompaada de ciertos tintes violceos. Ocho das
sin salir de su casa, sentado delante del hogar, borraron tan fatales
matices; pero reaparecieron, a pesar de las pieles de zorra azul, a la
primera salida.

Muerto de susto L'Ambert, envi a buscar en seguida al doctor Bernier.
Este acudi a toda prisa; diagnostic una ligera inflamacin y
prescribi unas compresas de agua helada. Sin embargo, la nariz no tuvo
alivio, a pesar de la refrigeracin, y el doctor no sala de su asombro
al ver la persistencia del mal.

--Tal vez tenga razn Dieffembach--dijo al notario,--al asegurar que la
piel puede morir por un exceso de sangre, y recomendar que se le
apliquen sanguijuelas. Ensayemos!

Aplicose a L'Ambert una sanguijuela en la punta de la nariz, y, cuando
se desprendi, harta de sangre, reemplazsela por otra, y as
sucesivamente, dos das y dos noches. La hinchazn y la coloracin
desaparecieron por algn tiempo; mas sus efectos no fueron de larga
duracin. Fue preciso recurrir a otro expediente. Pidi M. Bernier
veinticuatro horas para reflexionar, y se tom cuarenta y ocho.

Cuando volvi al hotel de M. L'Ambert, estaba preocupado y daba muestras
de una timidez excesiva, y tuvo que realizar sobre s mismo un gran
esfuerzo para decidirse a hablar.

--La medicina--dijo al fin,--no explica satisfactoriamente todos los
fenmenos naturales, y vengo a someteros una teora que carece de todo
fundamento cientfico. Mis colegas se burlaran de m si les dijese que
un pedazo de piel arrancada del cuerpo de un hombre puede permanecer
sometida a la influencia de su primitivo poseedor. No cabe duda alguna
de que es vuestra propia sangre, puesta en circulacin por vuestro
corazn, bajo la accin del cerebro, la que afluye a vuestra nariz; y,
sin embargo, tentado estoy de creer que ese imbcil de auverns no es
extrao a estos sucesos.

M. L'Ambert lanz una exclamacin de disgusto y de sorpresa. Decir que
un vil mercenario, a quien haba religiosamente pagado su servicio,
poda ejercer una influencia oculta sobre la nariz de un funcionario
pblico, era una impertinencia!

--Es mucho peor aun--replic el doctor,--es un absurdo. Y, sin embargo,
os pido autorizacin para buscar a Romagn. Tengo necesidad de verle hoy
mismo, aunque no sea ms que para convencerme de mi error. Habis
conservado sus seas?

--No lo permita Dios!

--Pues bien, yo tratar de averiguarlas. Tened paciencia, no salgis
para nada de vuestra habitacin, y suspended entre tanto toda
medicacin.

Busc en vano durante quince das. Recurri a la polica, que le tuvo
despistado por espacio de tres semanas. Un agente sutil y lleno de
experiencia descubri todos los Romagns de Pars, excepto el que se
buscaba. Encontr un invlido, un tratante en pieles de conejo, un
abogado, un ladrn, un corredor del ramo de mercera, un gendarme y un
millonario, todos de este mismo apellido. M. L'Ambert se abrasaba de
impaciencia al lado del hogar, y contemplaba con desesperacin su nariz
color de escarlata. Por fin se dio con el domicilio del aguador, pero
ste ya no viva en l. Los vecinos refirieron que haba hecho fortuna y
vendido su tonel para gozar de la vida.

M. Bernier dio una terrible batida por las tabernas y dems lugares de
placer, en tanto que su enfermo permaneca sumido en la mayor
melancola.

El 2 de febrero, a las diez de la maana, el atildado notario
calentbase tristemente los pies y contemplaba horrorizado aquella
peona florida en medio de su rostro, cuando un alegre tumulto conmovi
toda la casa. Abrironse las puertas con estrpito, de los pechos de
todos los criados escapronse gritos de alegra, y se vio aparecer al
doctor, trayendo de la mano a Romagn.

Era el verdadero Romagn; pero, cun cambiado estaba! Sucio,
embrutecido, feo, con la mirada apagada, el aliento mal oliente,
apestando a vino y tabaco, rojo de la cabeza a los pies como un cangrejo
cocido, era el prototipo del erisipelatoso.

--Monstruo!--le dijo M. Bernier,--se te debera caer la cara de
vergenza. Has descendido a un nivel ms bajo que el de los brutos.
Conservas todava la cara del hombre, pero no su color. En qu has
empleado la fortunita que te proporcionamos? Te has revolcado en el
cieno de todos los vicios, y te he encontrado en las afueras de Pars,
tirado como un cerdo en el suelo de la taberna ms inmunda.

El auverns elev hasta el doctor su mirada, y le dijo con su amable
acento, embellecido con este dejo propio del pueblo bajo parisiense:

--Y bien, qu! Que he empinado un poco el codo. Es acaso una razn
para decirme esa sarta de necedades?

--A qu llamas necedades, majadero? Te reprocho tus torpezas. Por qu
no colocaste tu dinero a inters en vez de bebrtelo?

--Fue el seor quien me dijo que me divirtiese!

--Tunante!--exclam el notario,--fui yo quien te aconsej que te
fueses a emborrachar fuera de las fortificaciones, con aguardiente y
vino tinto?

--Cada uno se divierte como puede... He estado con mis camaradas.

--Vaya unos camaradas!--dijo el mdico, no pudiendo reprimir un
movimiento de clera.--De manera, truhn, que llevo a cabo una cura
maravillosa, que me llena de gloria y esparce por Pars mi bien ganada
fama, y que acabar por abrirme las puertas del Instituto, y t, en
unin de unos cuantos borrachos de tu misma calaa, vais a hacer
zozobrar la ms divina de mi obras? Si slo se tratase de ti,
grandsimo bellaco, te dejaramos obrar como quisieses! Es un verdadero
suicidio fsico y moral; pero un auverns ms o menos poco importa a la
sociedad. Pero se trata de un hombre de mundo, de un rico, de tu
bienhechor, de mi cliente! T lo has comprometido, desfigurado,
asesinado con tu mala conducta. Mira bien en qu estado lamentable has
puesto al seor el rostro! El infeliz contempl la nariz que haba
contribuido a formar, y rompi en amargo llanto.

--Es una verdadera desgracia, seor Bernier; pero pongo a Dios por
testigo de que no he tenido yo la culpa. Esa nariz se ha deteriorado
ella sola. Yo soy un hombre honrado, y os juro que no he puesto mi mano
en ella.

--Imbcil!--tron M. L'Ambert,--jams comprendes las cosas... por ms
que, en realidad, no es menester que comprendas. Se trata nicamente de
que digas sin rodeos si quieres cambiar de conducta y renunciar a esa
vida de crpula que me mata de rechazo. Te prevengo que tengo el brazo
muy largo, y que, si persistes en tus vicios, sabr ponerte pronto a
buen recaudo.

--Preso?

--Preso.

--Preso entre los criminales? Gracias, seor L'Ambert! Eso sera la
deshonra de mi familia!

--Seguirs bebiendo, o no?

--Ah, Dios mo! cmo beber cuando no se tiene dinero? Todo lo he
gastado ya, seor L'Ambert. Me he bebido los dos mil francos ntegros;
me he bebido mi tonel y cunto posea, y no hay un alma en la tierra que
ya quiera abrirme crdito.

--Me alegro, perilln; hacen todos muy bien.

--Tendr que ser juicioso a la fuerza. La miseria me amenaza, seor
L'Ambert.

--Te repito que me alegro!

--Seor L'Ambert!

--Qu?

--Si tuvieseis la bondad de comprarme un tonel nuevo para ganarme la
vida honradamente, os juro que volvera a ser un buen sujeto.

--Buena fuera! Lo venderas al da siguiente para emborracharte.

--No, seor L'Ambert, os lo juro por mi honor!--Esos son juramentos de
borracho.

--Queris entonces que me muera de hambre y sed? Un centener de
francos, mi buen seor L'Ambert!

--Ni un solo cntimo! La Providencia te puso en mi camino para devolver
a mi rostro su aspecto natural. Bebe agua, come pan seco, prvate de lo
ms necesario, murete de hambre, si puedes; slo a ese precio podr
recobrar mis facciones y volver a ser el mismo.

Romagn inclin la cabeza y retirose arrastrando los pies y saludando a
los presentes.

El notario recuper su alegra y el mdico sus ensueos de gloria.

--No quiero alabarme a m mismo--deca modestamente M. Bernier,--pero
Leverrier descubriendo un planeta por la fuerza del clculo, no ha
realizado un milagro tan grande como yo. Adivinar, por el aspecto de
vuestra nariz, que un auverns ausente y perdido en la baranda de un
Pars, se halla entregado a la crpula, es remontarse desde el efecto a
la causa por caminos que la audacia del hombre no haba intentado an.
En cuanto al tratamiento de vuestra enfermedad, se halla indicado por
las circunstancias. La dieta aplicada a Romagn es el nico remedio que
puede curaros. La suerte ha venido a servirnos de un modo maravilloso,
puesto que este animal se ha comido hasta su ltimo cntimo. Habis
hecho perfectamente en negarle el socorro que os peda: todos los
esfuerzos del arte sern vanos mientras tenga que beber ese hombre.

--Pero, doctor--le interrumpi L'Ambert,--y si no fuera ese el origen
de mi mal? y si slo se tratase de una coincidencia fortuita? No
habis dicho vos mismo que a veces la teora...?

--He dicho, y lo repito, que en el estado actual de los conocimientos
humanos, vuestro caso no admite ninguna explicacin lgica. Es un hecho
cuya ley se desconoce. La relacin que hoy hallamos entre vuestra nariz
y la conducta de este auverns, nos abre una perspectiva, engaosa tal
vez, mas, sin duda alguna, inmensa. Esperemos algunos das: si vuestra
nariz se cura a medida que Romagn se enmienda, se ver reforzada mi
teora por una nueva probabilidad. No respondo de nada; pero presiento
una ley fisiolgica, hasta aqu desconocida, y que me considerar muy
feliz si puedo formularla. El mundo de las ciencias se halla lleno de
fenmenos visibles producidos por causas desconocidas. Por qu la
seora de L..., a quien conocis como yo, tiene en el hombro izquierdo
una cereza perfectamente pintada? Es, acaso, como dicen, porque,
hallndose encinta su madre, sinti sta grandes deseos, que no pudo
satisfacer, de comerse una cesta de cerezas expuestas en el escaparate
de Chevet? Qu artista invisible ha dibujado esta fruta sobre el cuerpo
de un feto de seis semanas, del tamao de un langostino mediano? Cmo
explicar esta accin especial de lo moral sobre lo fsico? Y por qu
la cereza de la seora de L... adquiere cierta tumefaccin y
sensibilidad en el mes de abril de cada ao, cuando estn flor los
cerezos? He aqu unos hechos ciertos, evidentes, palpables, y tan
inexplicables como la hinchazn y rubicundez de vuestra nariz. Pero
tengamos paciencia!

Dos das despus la hinchazn la nariz del notario ceda de un modo
visible, pero su color rojo persista. Al final de la semana, su volumen
habase reducido ms de una tercera parte. Al cabo de quince das,
perdi por completo la piel, cri seguida otra nueva, y recuper su
forma y color primitivos.

El triunfo del doctor era evidente.

--Mi nico sentimiento--deca,--es que no hayamos guardado a Romagn en
una jaula, para observar en l, al mismo tiempo que en vos, los efectos
del tratamiento. Estoy seguro que ha estado, durante siete u ocho das,
cubierto de escamas como un pez.

--Que el diablo cargue con l!--observ cristianamente el notario.

Este, a partir de aquel da reanud su vida ordinaria: sali carruaje, a
caballo, a pie; danz los bailes del faubourg, y embelleci con su
presencia el _foyer_ de la Opera. Todas las mujeres lo acogieron
perfectamente, en el mundo y fuera de l. Una de las que ms tiernamente
le felicitaron por su curacin fue la hermana mayor de su amigo
Steimbourg.

Esta amabilsima joven, que tena costumbre de mirar a los hombres cara
a cara, observ que M. L'Ambert haba salido de la ltima crisis ms
hermoso que nunca. Y en realidad, pareca como si aquellos dos o tres
meses de enfermedad hubiesen dado a su rostro un no s qu de perfecto.
La nariz, sobre todo, aquella nariz recta, que acababa de recuperar sus
ordinarias dimensiones despus de una dilatacin excesiva, pareca ms
fina, ms blanca y ms aristocrtica que nunca.

Esta era tambin la opinin del acicalado notario, que se contemplaba en
todos los espejos con una creciente admiracin de su persona. Haba que
verlo frente a frente de su imagen, sonriendo, endiosado, a su propia
nariz!

Pero a la vuelta de la primavera, en la segunda quincena de marzo,
mientras la generosa savia haca retoar las lilas, lleg a creer M.
L'Ambert que slo a su nariz le eran negados los beneficios de la
estacin y las bondades de la naturaleza. En medio del renacimiento
general de todas las cosas, palideca como una hoja de otoo. Sus alas,
adelgazadas y como desecadas por el viento del desierto, adosbanse cada
vez ms a su tabique central.

--Demontre!--deca el notario, hacindole una mueca al espejo,--la
distincin es cosa bella, lo mismo que la virtud; pero esto ya es
demasiado. Mi nariz va adquiriendo una elegancia inquietante, y, si no
trato de darle alguna fuerza y color, muy pronto no ser que una sombra.

Diose en ella un poco de colorete; pero slo logr hacer resaltar ms
aun finura increble de aquella lnea recta y sin espesor que divida su
rostro en dos mitades. La fantstica nariz del desesperado notario haca
recordar la varilla de hierro que proyecta su cortante sombra sobre la
esfera de los relojes de sol.

En vano sometiose a un rgimen ms alimenticio el indignado millonario
de la calle de Verneuil. Considerando que una buena alimentacin,
digerida por un estmago slido, aprovecha por igual a todas las partes
del cuerpo, se impuso la dulce ley de embaularse sendas tazas de caldo,
sendos tajos de carne ensangrentada, regados con los ms generosos
vinos. Decir que estos manjares elegidos no le hicieron efecto, sera
negar la evidencia y blasfemar de las comidas regaladas. M. L'Ambert
adquiri en poco tiempo hermosos mofletes rojos, un pescuezo muy digno
de cualquier ternero apopltico y una respetable panza. Pero la nariz
pareca una especie de socio negligente o desinteresado, que no se ocupa
en cobrar sus dividendos.

Cuando un enfermo no puede comer ni beber, se le sostiene a veces por
medio de baos alimenticios, que penetran a travs de los poros de la
piel hasta los centros vitales. M. L'Ambert trat a su nariz como a un
enfermo a quien es preciso alimentar por separado a cualquier precio.
Adquiri una baera de plata sobredorada, y, seis veces al da,
introducala en ella y la mantena pacientemente sumergida en sendos
baos de leche, de vino de Borgoa, de caldo substancioso y hasta de
salsa de tomates. Trabajo perdido! la enferma sala del bao tan plida
y delgada y en estado tan deplorable como estaba antes de entrar.

Todas las esperanzas parecan ya perdidas, cuando un da M. Bernier
diose un golpe en la frente y exclam:

--Pero si hemos cometido una falta imperdonable! un error digno de
colegiales! y he sido yo! yo mismo, cuando este hecho constituye una
confirmacin aplastante de mi teora...! No lo dudis, caballero: el
auverns est enfermo, y es preciso curarle a l para que sanis vos.

El desdichado L'Ambert mesose los cabellos. Cunto se arrepinti de
haber plantado a Romagn de patitas a la calle, y de haberse negado a
socorrerle, y olvidado el quedarse con sus seas! Representbase al
pobre diablo consumindose sobre un camastro, sin pan, sin rosbif y sin
vino de Chteaux-Margaux. Esta idea destrozaba su corazn. Asocibase a
los dolores del infeliz mercenario. Por primera vez en su vida
compadeciose de los sufrimientos del prjimo.

--Doctor, querido doctor!--exclam, estrechando la mano de
Bernier,--dara toda mi fortuna por salvar a ese valiente muchacho!

Cinco das despus, el mal haba avanzado ms aun. La nariz no era ms
que una pelcula flexible, que se plegaba bajo el peso de las gafas,
cuando M. Bernier vino a decirle que haba encontrado al auverns.

--Victoria!--exclam entusiasmado el notario.

El cirujano encogiose de hombros y contest que la victoria parecale
dudosa por lo menos.

--Mi teora--aadi,--est plenamente confirmada, y, como fisilogo,
tengo que declararme satisfecho; pero, como mdico, quisiera ante todo
curaros, y el estado en que he visto a ese infeliz no me inspira
demasiadas esperanzas.

--Vos le salvaris, doctor!

--Por lo pronto, no me pertenece actualmente: se encuentra al servicio
de un colega mo que le estudia con cierta curiosidad.

--Ya lograris que os lo ceda. Lo compraremos, si es preciso!

--No sois siquiera en eso! Un mdico no vende nunca a sus enfermos.
Los mata algunas veces, en inters de la ciencia, para ver qu tienen
dentro; pero traficar con ellos... jams! Mi amigo Fogatier me ceder,
tal vez, vuestro auverns; pero el pobre est muy enfermo, y, para colmo
de desgracia, se halla tan aburrido de la vida, que quiere a todo trance
morirse. Rechaza las medicinas, y, en cuanto a los alimentos, tan pronto
se queja de no tener suficiente, y reclama a grandes voces su racin
entera, como rechaza cuanto le dan, y trata de matarse por hambre.

--Pero eso es un crimen! Yo le hablar! yo le har or el lenguaje de
la religin y la moral! Dnde se encuentra?

--En el hospital, sala de San Pablo, nmero 10.

--Tenis vuestro carruaje a la puerta?

--S.

--Pues partamos. Ah, infame! quiere morirse! Ignora por ventura que
todos los hombres son hermanos?




VI

HISTORIA DE UNAS GAFAS Y CONSECUENCIAS DE UN CATARRO NASAL


Jams predicador alguno, jams Bossuet ni Feneln, jams Massillon ni
Flchier, jams el mismo Mermilliod, desplegaron desde su sagrada
ctedra una elocuencia ms persuasiva y untuosa que la empleada por M.
Alfredo L'Ambert ante el lecho de Romagn. Dirigiose primero a la razn,
despus a la conciencia, y por ltimo al corazn del enfermo. Recurri a
lo profano y lo sagrado, cit textos de filsofos y santos. Mostrose
fuerte y benigno, severo y paternal, lgico, acariciador y hasta
complaciente. Demostrole que el suicidio es el ms bochornoso de los
crmenes, y que era menester ser bien cobarde para afrontar
voluntariamente la muerte. Hasta se atrevi a emplear una metfora tan
nueva como atrevida, comparando el suicida, al desertor que abandona su
puesto sin permiso de su cabo.

El auverns, que no haba tomado nada en las ltimas veinticuatro horas,
pareca bien aferrado a su idea. Permaneca inmvil y terco ante la
muerte, como un asno ante un puente. A los argumentos ms hbiles,
responda con impasible dolor:

--No vale la pena, seor L'Ambert; hay demasiada miseria en este mundo.

--Bah, amigo mo! la miseria fue instituida por Dios, que la cre para
excitar la caridad de los ricos y la resignacin de los pobres.

--Los ricos? He pedido trabajo a todo el mundo, y me ha sido negado en
todas partes. He pedido limosna y me han amenazado con la polica!

--Por qu no os dirigisteis a vuestros amigos? A m, por ejemplo! a
m, que tanto os debo! a m, que tan agradecido os estoy! a m, que
por mis venas corre vuestra propia sangre!

--En seguida! para que me hicieseis poner nuevamente de patitas en la
calle!

--Mis puertas estarn siempre abiertas para vos, lo mismo que mi
bolsillo, igual que mi corazn!

--Si siquiera me hubieseis dado cincuenta francos para comprarme un
tonel de ocasin!

--Pero, animal!... animal querido, quiero decir... permteme que te
maltrate un poco, como en los tiempos en que comparta contigo mi mesa
y mi lecho! no son ya cincuenta francos los que pienso darte, sino mil,
dos mil, tres mil... diez mil! mi fortuna entera deseo compartirla
contigo... a prorrateo, naturalmente, de nuestras necesidades
respectivas. Es preciso que vivas! es menester que seas feliz! He aqu
la primavera que vuelve, con su cortejo de flores y la dulce meloda de
las aves que trinan en la enramada. Sers capaz de abandonar todo esto?
Piensa en el inmenso dolor que ocasionaras a tus infelices padres, que
te aguardan en tu pas! piensa en tus pobres hermanos! en tu madre,
sobre todo, amigo mo, que no podra sobrevivirte! Volvers a verlos a
todos! O, mejor dicho, no: permanecers en Pars bajo mi proteccin,
conviviendo conmigo en la intimidad ms estrecha. Quiero verte dichoso,
casado con una mujer bonita y hacendosa, padre de dos o tres hermosas
criaturas. Sonre, hombre, sonre! Toma este plato de sopas!

--Gracias, seor L'Ambert. Guardaos esas sopas; para qu las he de
tomar? Hay tanta miseria en el mundo!

--Pero, hombre, no te juro que se han acabado ya tus malos das para
siempre? que me encargo de tu porvenir, bajo mi fe de notario? Si
accedes a vivir, se acabarn tus sufrimientos, no volvers a trabajar,
tus aos constarn de trescientos sesenta y cinco domingos!

--Sin lunes?

--Y de lunes tambin, si lo prefieres. Comers, bebers, fumars buenos
habanos. Sers mi comensal, mi amigo inseparable, mi otro yo. Quieres
vivir, Romagn, para ser un segundo yo?

--No, no; ya que he comenzado a morir, lo mejor es acabar cuanto antes.

--Ah, pedazo de alcornoque! Voy a contarte, animal, el destino que te
aguarda! No se trata ya solamente de las penas eternales que en tu
obstinacin endiablada acercas ms a ti cada minuto; en este mundo, aqu
mismo, maana, quizs hoy, antes de ir a pudrirte a la fosa comn, te
llevarn al anfiteatro. Te tendern sobre una mesa de piedra, y partirn
tu cuerpo en pedazos. Uno hender, a fuerza de hachazos, tu abultada
cabeza de mulo; otro te abrir el pecho en canal para ver si es posible
que exista un corazn dentro de tan estpida envuelta; otro...

--Por favor, seor L'Ambert, que no quiero que me corten a pedazos!
prefiero comer las sopas!

Tres das de sopas y su robusta constitucin arrancronle de aquel
amargo trance, y fue posible transportarle en carruaje al hotel de la
calle de Verneuil. El mismo M. L'Ambert lo instal con solicitud
maternal. Alojolo en la habitacin de su propio ayuda de cmara, para
tenerle ms cerca. Por espacio de un mes ejerci con verdadera
abnegacin las funciones de enfermero, pasando bastantes noches en
claro, a la cabecera de su lecho.

Estas fatigas, lejos de alterar su salud, devolvieron a su rostro su
frescura y lozana habituales. Cuanta mayor asiduidad desplegaba en el
cuidado de su enfermo, ms lozana y vigorosa tornbase su nariz.
Reparta su vida entre el estudio, el auverns y el espejo. En este
perodo fue cuando escribi, distradamente, sobre el borrador de una
escritura de venta: Qu dulce es hacer bien a su prjimo! Mxima un
poco vieja en s misma, pero nueva en absoluto para l.

Cuando entr Romagn en el perodo de franca convalecencia, su husped y
salvador, que tantas veces le haba trozado el pan y partido los
biftecs, le dijo:

--A partir de este momento, comeremos siempre juntos. Sin embargo, si
prefieres comer en la cocina, tambin sers all perfectamente
alimentado, y es posible, tal vez, que te encuentres ms a gusto.

Romagn, a fuer de hombre juicioso, obt por la cocina.

Supo conducirse en ella de tal suerte, que se capt la simpata y el
aprecio de todos. Lejos de prevalerse de la amistad que le una con el
amo, mostrose ms humilde y ms modesto que el ltimo marmitn. Era un
criado que M. L'Ambert haba puesto a sus servidores. Todo el mundo
utilizaba sus servicios, se burlaba de su acento y le daba palmadas
amistosas a la espalda, sin que a nadie se le ocurriese darle nunca una
propina. M. L'Ambert lo sorprendi varias veces sacando agua, cambiando
de sitio los muebles ms pesados, encerando los pisos de madera. En
tales ocasiones le tiraba de la oreja aquel amo ideal, y le deca:

--Entretente, si quieres, no hay en ello inconveniente por mi parte;
pero no te fatigues demasiado.

El infeliz muchacho, confundido por tantas bondades, se esconda en su
habitacin y lloraba de ternura.

Pero no pudo conservar por mucho tiempo aquel cuarto tan cmodo y
aseado, contiguo a las habitaciones del amo. M. L'Ambert le hizo saber,
de un modo delicado, que echaba mucho de menos la vecindad de su ayuda
de cmara, y el mismo Romagn solicit autorizacin para alojarse en
las buhardillas, adjudicndosele entonces un cuartucho que las
freganchinas no haban querido nunca.

Dichosos los pueblos que no tienen historia! ha dicho un sabio.
Sebastin Romagn fue dichoso por espacio de tres meses; pero, al
comenzar el verano, empez a tener historia. Su corazn, largo tiempo
invulnerable, fue herido por las flechas del amor. El antiguo aguador
entregose, atado de pies y manos, al dios que perdi a Troya. Advirti,
mientras preparaba las legumbres, que la cocinera tena unos ojillos
grises muy bonitos, y unos mofletes rojos muy hermosos. Un suspiro,
capaz de echar a rodar las mesas, fue la primera manifestacin de su
mal. Quiso explicarse, pero ahog la emocin en su garganta las
palabras. Apenas si, en su excesiva timidez, se atrevi a aprisionar a
su Dulcinea por el talle, y a besarle los labios con pasin.

Esto bast, sin embargo, para que lo comprendieran. Era la cocinera una
persona capaz, que le llevaba a l siete u ocho aos, y ya bastante
ducha en las lides del amor.

--Ya me hago cargo--le dijo ella;--deseis casaros conmigo.
Perfectamente, amigo mo; podremos entendernos si trais algo por
delante.

l respondi ingenuamente que traa por delante todo lo que puede
exigirse a un hombre, es decir: dos brazos vigorosos y acostumbrados al
trabajo. La seorita Juanita risele en sus barbas y habl con ms
claridad; el a su vez solt la carcajada, y le dijo, con la ms amable
confianza:

--Pero es dinero lo que deseis? Deberais haberlo dicho desde luego.
Tengo ms dinero que peso! Cunto deseis? Fijad vos misma la suma.
Os contentarais, por ejemplo, con la mitad de la fortuna del seor
L'Ambert?

--La mitad de la fortuna del amo?

--Ciertamente. Me lo ha dicho ms de cien veces. Yo poseo la mitad de su
fortuna; pero no hemos repartido el dinero todava: me tiene guardada mi
parte.

--Qu gran majadera!

--Majadera? Esperad, que ahora entra l. Voy a pedirle mi cuenta y os
traer a la cocina todo mi capital.

Pobre inocente! slo obtuvo de su amo una buena leccin de gramtica
parda. M. L'Ambert le ense que prometer y dar no son palabras
sinnimas; dignose explicarle (porque estaba de buen humor) los mritos
y peligros de la figura llamada hiprbole; y le dijo, por ltimo, con,
tono dulce, es verdad, pero tan firme que no admita rplica:

--Romagn, he hecho mucho por vos, pero quiero hacer ms todava al
alejaros de este hotel. El simple buen sentido os dice que no os hallis
en l en calidad de dueo; quiero llevar mi bondad hasta el extremo de
admitir que estis en l como un ayuda de cmara; en fin, me parece que
os hara un gran perjuicio mantenindoos en una situacin mal definida
que pervertira vuestros hbitos y falseara vuestro espritu. Llevando
un ao ms esa vida parasitaria y ociosa, perderais por completo el
amor al trabajo. Os convertirais en un vago, y los vagos, permitidme
que os lo diga, son el azote de nuestra poca. Poneos la mano sobre
vuestra conciencia, y decidme si os agrada semejante perspectiva. Pobre
Romagn! No habis echado de menos muchas veces el ttulo de obrero,
que es vuestro ms noble blasn? Porque vos sois de aquellos seres que
la Providencia ha creado para ennoblecerse con el sudor de su frente;
pertenecis a la aristocracia del trabajo. Trabajad, pues; no ya como
otras veces, entre privaciones y dudas, sino con una seguridad que yo
garantizo y una abundancia proporcionada a vuestras modestas
necesidades. Yo saldr a los gastos de la primera instalacin; yo os
procurar trabajo. Si, lo que no considero posible, os faltasen los
medios de existencia, acudid a m en seguida, que siempre os acoger con
afecto paternal. Pero renunciad al absurdo proyecto de casaros con mi
cocinera, porque no debis enlazar vuestra suerte a la de una simple
criada, y no quiero, por otra parte, chiquillos en mi casa.

El infeliz llor copiosamente y se deshizo en protestas de sincero
agradecimiento. Debo decir, en descargo de M. L'Ambert, que hizo las
cosas con bastante generosidad. Visti de pies a cabeza a Romagn,
amueblole un quinto piso, en la calle del Cherche-Midi, y le dio
quinientos francos para que fuese viviendo mientras le encontraba
trabajo. An no haban transcurrido ocho das, cuando le hizo entrar,
como pen de albail, en una fbrica de espejos de la calle de Svres.

Transcurri mucho tiempo, seis meses por lo menos, sin que la nariz del
notario sufriese la menor novedad digna de especial mencin. Pero un da
en que nuestro funcionario descifraba, en compaa de su oficial mayor,
los pergaminos de una noble y rica familia, rompironsele por la mitad
las gafas, y cayeron sobre la mesa.

Este pequeo accidente no le caus grandes molestias. Psose
provisionalmente unos quevedos con resorte de acero, e hizo cambiar el
armazn de sus gafas en el muelle de los Plateros. Su ptico, M. Luna,
apresurose a pedirle mil perdones, envindole unas gafas nuevas, que se
rompieron tambin por igual sitio antes de transcurrir veinticuatro
horas.

Otras terceras sufrieron la misma suerte; trajeron por cuarta vez otras
nuevas, y les ocurri en seguida otro tanto. El ptico no saba ya cmo
excusarse. En el fondo de su alma, hallbase persuadido de que M.
L'Ambert tena la culpa de todo.

--Este seor no es razonable--deca a su mujer, mostrndole los estragos
de los cuatro ltimos das;--usa gafas del nmero 4, que son
forzosamente muy pesadas; quiere por coquetera una montura muy
liviana, y tengo la seguridad de que trata a sus gafas como si fueran de
hierro forjado. Si le hago la menor observacin se enfadar; lo mejor
ser que le enve otras nuevas con la montura ms recia, sin decirle una
palabra.

La seora de Luna encontr la idea excelente; pero las quintas gafas
corrieron la misma suerte que las cuatro precedentes. Esta vez, M.
L'Ambert mont en clera, a pesar de no habrsele hecho ninguna
observacin, y mand a buscar otras gafas a un establecimiento rival.

Pero hubirase dicho que todos los pticos de Pars se haban puesto de
acuerdo para que se rompiesen sus gafas en la nariz del pobre
millonario. Nada menos que doce sufrieron igual suerte, unas tras otras.
Y lo ms maravilloso del caso era que los lentes de resorte de acero,
que reemplazaban a las gafas durante los interregnos, mantenanse
vigorosos y firmes.

Ya sabis que la paciencia no era la virtud favorita de M. Alfredo
L'Ambert. Hallbase un da furioso, pateando sobre unas gafas,
hacindolas pedazos con sus tacones, cuando le anunciaron la visita del
doctor Bernier.

--Demontre! llegis a tiempo--exclam el notario, colrico.--Estoy,
por lo visto, hechizado! el diablo ha tomado posesin de mi persona!

Las miradas del doctor fijronse en seguida en la nariz de su cliente;
pero encontrndola, al parecer, sana, de buen aspecto, y fresca como una
rosa.

--Me parece--observ,--que marcha todo muy bien.

--De salud, s, en efecto: me encuentro perfectamente; pero estas gafas
endiabladas no hay forma de que se mantengan enteras.

Y refiri al doctor toda la historia.

Este se qued pensativo, y dijo al cabo de un rato:

--El auverns anda por medio. Tenis aqu alguna de las monturas rotas?

--Debajo de mis pies tengo la ltima.

Recogiola M. Bernier, examinola con una lente, y le pareci que el oro
estaba como argentado en los alrededores del sitio de la rotura.

--Diablo!--exclam.--Habr hecho Romagn alguna calaverada?

--Qu calaveradas queris que haya hecho?

--Le tenis todava en vuestra casa?

--No; el pillo me ha abandonado. Trabaja en la ciudad.

--Espero, sin embargo, que esta vez habris conservado sus seas.

--Sin duda. Queris verle?

--Cuanto antes.

--Hay algn peligro tal vez? Yo me hallo perfectamente!

--Vamos, por lo pronto, a casa de Romagn.

Un cuarto de hora despus nuestros dos personajes descendan a la puerta
de los seores Taillade y Compaa, en la calle de Svres. Una amplia
muestra, fabricada con trozos de cristal azogado, indicaba claramente el
gnero de industria a que se dedicaba la casa.

--Henos aqu--dijo el notario.

--Cmo! est empleado el auverns en este establecimiento?

--Sin duda alguna: yo mismo le he buscado esta colocacin.

--Vamos, el mal no es tan grande como llegu a suponer. Pero, de todas
maneras, habis cometido una imprudencia imperdonable.

--Qu queris decir?

--Entremos.

La primera persona que encontraron en el interior del edificio fue al
auverns, en mangas de camisa, los puos arremangados, azogando la luna
de un espejo.

--Hola!--exclam el doctor,--lo que yo haba previsto.

--Pero qu?

--Que se azogan las lunas con una capa de mercurio aprisionada bajo una
hoja de estao, comprendis?

--Todava no.

--Vuestro animal tiene los brazos embadurnados de mercurio hasta los
codos; qu digo? hasta las axilas.

--Mas no veo la relacin...

--No veis que, siendo vuestra nariz una fraccin de su brazo, y
poseyendo el oro una deplorable tendencia a amalgamarse con el mercurio,
jams podris evitar que se os rompan vuestras gafas?

--Demontre!

--Tenis, sin embargo, el recurso de usar gafas con montura de acero.

--Me es lo mismo.

--En ese caso, no corris peligro alguno, salvo, quizs, algunos
accidentes mercuriales.

--Ah, no! Prefiero que Romagn trabaje en otra cosa. Ven, Romagn!
Deja lo que ests haciendo y vente con nosotros al instante. Quieres
acabar de una vez, pedazo de zopenco? No sabes a lo que me expones?

Habiendo acudido el dueo del taller al escuchar el rumor de la
conversacin, dio el notario su nombre, con tono bastante infatuado, y
record que l haba recomendado a aquel hombre por mediacin de su
tapicero. M. Taillade respondi que lo recordaba muy bien, y explicole
que, para hacerse agradable a M. L'Ambert, y captarse su benevolencia,
haba promovido al auverns de pen de albail a azogador.

--Hace quince das de eso?--preguntole el notario.

--S, seor, lo sabais ya?

--Demasiado, por desgracia! Ah, seor! cmo puede jugarse con cosas
tan sagradas?

-Yo...?

--No, nada. Pero por m, por vos, por la sociedad toda entera, ponedle
nuevamente a trabajar de albail; pero no, mejor ser que me lo
devolvis; me lo llevar conmigo. Pagar lo que sea necesario, pero el
tiempo apremia. Prescripcin facultativa!... Romagn, amigo mo, es
preciso que me sigis. Habis hecho vuestra fortuna; cuanto tengo os
pertenece!... No! pero venid de todos modos; os juro que no quedaris
descontento de m!

Y sin dejarle apenas tiempo para cambiarse de traje, llevselo como
arrebata el ave de rapia a su presa. M. Taillade y sus obreros
tomronle por un loco. El bueno de Romagn levantaba los ojos al cielo,
y se preguntaba qu querran de l otra vez.

Su destino fue decidido durante el camino, mientras l cazaba moscas al
lado del cochero.

--Mi querido cliente--deca el doctor al millonario,--es preciso que no
perdis nunca de vista a ese muchacho. Comprendo que le hayis arrojado
de vuestra casa, porque, a decir verdad, su trato no debe ser muy
agradable; pero no debisteis alejarle tanto, ni pasar tanto tiempo sin
procuraros noticias de l. Alojadle en la calle de Beaune, o en la de la
Universidad, prximo a vuestro hotel. Dedicadle a un oficio menos
peligroso para vos, o mejor, si queris, pasadle una pequea pensin sin
darle ningn oficio: si trabaja, se fatiga y se expone. No conozco
oficio alguno en que el hombre no exponga su piel es tan fcil, por
desgracia, un accidente! Dadle lo suficiente para que pueda vivir sin
hacer nada. Guardaos bien, sin embargo, de tenerle en la abundancia!
Volvera a beber, y ya sabis las consecuencias fatales que os reporta a
vos ese vicio. Con cien francos al mes, y la casa pagada, creo que
tendr suficiente.

--Tal vez sea demasiado... no porque me parezca la cantidad excesiva,
sino porque preferira darle de comer sin que pudiera emplear un solo
cntimo en vino.

--Dadle, pues, cuatro luises, pagados en cuatro plazos: los martes de
cada semana.

Ofrecieron a Romagn una pensin de ochenta francos mensuales, pero el
auverns respondi con desprecio, rascndose la oreja:

--Ochenta francos nada menos? Para eso no vala la pena que me
arrancaseis de la calle de Svres! All ganaba tres francos y medio
diarios, y enviaba dinero a mi familia. Dejadme trabajar en los espejos,
o dadme tres francos y medio.

Y no hubo ms remedio que acceder, puesto que era el dueo de la
situacin.

Pronto comprendi el notario que haba adoptado el partido ms prudente.
El ao transcurri sin accidente alguno. Se pagaba a Romagn todas las
semanas, y se le vigilaba diariamente. Viva honradamente, llevando una
existencia tranquila, sin ms pasin que el juego de bolos. Y los
hermosos ojos de la seorita Irma Steimbourg se posaban con visible
complacencia sobre la rosada nariz del dichoso millonario.

Los dos jvenes bailaron juntos todos los cotillones del invierno; por
eso el mundo daba ya por descontada su boda. Una noche, a la salida del
Teatro Italiano, el anciano marqus de Villemaurin detuvo en el
peristilo a L'Ambert.

--Y bien, amigo mo--le dijo,--cundo celebris vuestras bodas?

--Pero, seor marqus, si es la primera noticia que tengo sobre ese
particular.

--Esperis, por ventura, que os pidan vuestra mano? Al hombre toca
hablar, qu demontre! El joven duque de Lignant, un verdadero caballero
y un excelente muchacho, no ha esperado a que yo le ofreciese mi hija:
ha venido, ha agradado, y se acab. De hoy en ocho das firmaremos el
contrato. Ya sabis, querido amigo, que es asunto que os atae.
Permitidme que acompae a esas seoras hasta el coche, y nos acercaremos
al crculo. Por el camino hablaremos. Pero cubros, qu diablo! No
haba visto que permanecais con el sombrero en la mano. Cuando menos
se piensa se atrapa un resfriado!

El anciano y el joven caminaron del brazo hasta el bulevar, uno hablando
y el otro prestndole atencin. Y L'Ambert entr en su casa dispuesto a
redactar el contrato de matrimonio de la seorita Carlota Augusta de
Villemaurin. Pero haba pillado un terrible constipado, que no le
permiti hacer nada. El acta fue redactada por su oficial mayor,
revisada por los encargados de los negocios de ambas familias, y
transcrita, por ltimo, en un elegante cuaderno de papel timbrado, en el
que no faltaban ms que las firmas.

Llegado el da, M. L'Ambert, esclavo de sus deberes, trasladose en
persona al hotel de Villemaurin, a pesar de una persistente coriza que
amenazaba saltarle los ojos de sus rbitas. Sonose las narices por
ltima vez en la antecmara, y los lacayos temblaron en sus asientos
cual si hubiesen odo la trompeta del juicio final.

Un criado anunci a M. L'Ambert. Llevaba puestas sus costosas gafas de
oro, y sonrea gravemente, cual convena en semejantes circunstancias.

Con su historiada corbata, sus guantes impecables, sus zapatos de baile,
el sombrero debajo del brazo izquierdo, y el contrato en la mano
derecha, fue a presentar sus respetos a la marquesa, atraves con
modestia el crculo formado por los que la rodeaban, inclinose ante
ella, y le dijo:

--Cheora marquecha, aqu teneich el contrato de boda de vuechtra
cheorita hija.

La seora de Villemaurin fij en l sus ojos espantados. Un ligero
murmullo elevose entre los circunstantes. M. L'Ambert salud de nuevo, y
aadi:

--Dioch mo! cheora marquecha, que da tan felich va a cher echte para
todoch!

Una mano vigorosa asiole por el brazo izquierdo, hacindole girar sobre
s mismo. Volviose, y reconoci al marqus.

--Mi querido notario--le dijo ste, arrastrndole hasta un rincn,--el
carnaval permite indudablemente muchas cosas; pero recordad quien sois,
y cambiad de tono si os place.

--Pero, cheor marquech...

--Otra vez!... Ya veis que soy paciente, pero os ruego no abusis.
Excusaos ante la marquesa, leednos el contrato de boda, y buenas noches.

--Pero de qu he de echcucharme, y por qu echach buenach nochech?
Cualquiera dira que he cometido una torpecha, cheor mo!

El marqus no le respondi una palabra; pero hizo seas a los criados
que circulaban por el saln. Entreabriose la puerta, y escuchose una voz
que gritaba en la antecmara:

--La servidumbre del seor L'Ambert! Aturdido, confuso, fuera de s, el
pobre millonario sali haciendo reverencias en todas direcciones y no
tard en encontrarse en su carruaje, sin saber por qu ni cmo. Se
golpeaba la frente, se arrancaba los cabellos y se pegaba pellizcos en
los brazos para despertarse a s mismo, por si, como crea, era juguete
de un sueo. Pero no; no dorma; vea la hora que marcaba su reloj, lea
los nombres de las calles, a la claridad de las luces del gas, y
reconoca las muestras de los establecimientos. Qu haba dicho? Qu
haba hecho? Qu conveniencias haba violado? Qu inconveniencia o qu
majadera suya poda haber dado lugar a que le tratasen de aquel modo?
Porque, en fin, la duda no era posible: en la casa del seor de
Villemaurin lo haban puesto de patitas en la calle. Y el contrato de
matrimonio estaba all, en su mano! aquel contrato redactado con tan
singular esmero, en tan brillante estilo, y cuya lectura no haba sido
escuchada!

Sin haber podido dar con la solucin a aquel problema, encontrose en el
patio de su hotel. El rostro de su portero inspirle una idea luminosa.

--Chinguet!--grit.

El esculido Singuet no se hizo llamar otra vez.

--Chinguet, te dar chien francoch chi me dichech la verdad; y chien
puntapiech chi me ocultach alguna cocha.

Singuet le mir con sorpresa, y sonri con timidez.

--Chonrech, dechalmado! por qu? Contechta encheguida!

--Dios mo!--dijo el pobre diablo;--el seor dispensar... que me haya
permitido... pero el seor imita perfectamente el acento de Romagn.

--El achento de Romagn! quin? yo! Hablo como un auvernech?

--Demasiado lo sabe el seor. Hace ya ocho das de esto.

--Pero qu echtach dichiendo, pollino? cmo he de chaber yo una cocha
chemejante?

Singuet elev los ojos al cielo, pensando que su amo se haba vuelto
loco; pero M. L'Ambert, aparte de aquel maldito acento, gozaba de la
plenitud de todas sus facultades. Interrog por separado a toda su
servidumbre, y se persuadi de su desgracia.

--Ah, infame aguador!--exclamaba,--ah, criminal! Echtoy cheguro de
que habr hecho alguna majadera. Que vayan a buchcarle; pero no, que
voy a buchcarle yo michmo.

Corri a pie hasta la casa de su protegido, subi a saltos hasta el
quinto piso, llam sin lograr despertarle, y, enfurecido y colrico, no
encontrando otro expediente, forz a empujones la puerta de la
habitacin.

--Cheor L'Ambert!--exclam Romagn.

--Tunante de auvernech!--respondiole el notario.

--Cheor mo!

--Chinvergencha!

Ya eran dos a destrozar el idioma.

La discusin prolongose por espacio de ms de un cuarto de hora, en
medio de la mayor algaraba, sin que se aclarase el misterio. El uno se
quejaba amargamente, como vctima; el otro se defenda diciendo que era
inocente.

--Echprame aqu--dijo, para acabar M. L'Ambert.--M. Bernier, el mdico,
me dir echta noche michma lo que hach hecho.

Despert a M. Bernier, y le refiri, con la consabida che, cuanto le
haba ocurrido aquella noche.

--Mucho ruido y pocas nueces--le contest el doctor, riendo de buena
gana.

--Romagn es inocente; la culpa es toda vuestra. Permanecisteis con la
cabeza descubierta a la salida de los Italianos: de ah procede todo el
mal. Padecis un fuerte ataque de coriza, y hablis por la nariz: por
eso os expresis en auverns. Esto es muy lgico. Volved a vuestra casa,
aspirad bastante acnito, conservad los pies calientes y la cabeza
abrigada y, en lo sucesivo, adoptad toda clase de precauciones contra
los constipados, pues ya sabis cules han de ser para vos sus
consecuencias.

El desdichado notario regres a su hotel maldiciendo como un condenado.

--De manera--pensaba;--que mis precauciones resultan infructuosas. Por
mucho que me esmere en mantener y vigilar a ese bellaco de aguador, me
jugar constantes trastadas, y ser siempre su vctima, sin poderle
acusar nunca de nada; a qu entonces, tantos gastos? Se acab: ya estoy
cansado: economizar su pensin.

Y dicho y hecho. Al da siguiente, cuando el pobre Romagn vino, todava
aturdido, a cobrar la pensin de la semana, lo ech a la calle Singuet,
y anunciole que no haran nada por l en lo sucesivo. Encogiose de
hombros el auverns, a fuer de hombre que, sin haber ledo las epstolas
de Horacio, practica el _Nil admirari_ por instinto. Singuet, que lo
quera bien, preguntole a qu pensaba dedicarse, contestndole l que
buscara trabajo. Al fin y al cabo, aquella forzada ociosidad le aburra
demasiado.

M. L'Ambert san de su coriza y alegrose de haber borrado de su
presupuesto la partida correspondiente a Romagn. Ningn otro accidente
vino a interrumpir despus el curso de su dicha. Hizo las paces con el
marqus de Villemaurin y con toda su clientela del faubourg, a la que
haba escandalizado bastante. Libre de toda inquietud, pudo abandonarse,
feliz, por la dulce pendiente que le conduca, sobre rosas, hacia la
dote de la seorita Steimbourg. Afortunado L'Ambert! le abri su
corazn de par en par, y mostrole los sentimientos legtimos y puros que
lo llenaban por completo. La bella y avisada muchacha tendiole la mano a
la inglesa, y le dijo con desparpajo:

--Negocio concluido. Mis padres estn de acuerdo conmigo; ya os dar mis
instrucciones para la canastilla de boda. Procuremos abreviar todas las
formalidades para poder marcharnos a Italia antes de que termine el
invierno.

El amor prestole sus alas. Compr, sin regatear, la canastilla,
encomend a los tapiceros la tarea de alhajar el cuarto de su seora,
encarg un coche nuevo, eligi dos caballos alazanes de la ms rara
belleza, y aliger la publicacin de las amonestaciones. El banquete de
despedida de soltero que ofreci a sus camaradas, inscrito est con
letras de oro en los fastos del Caf Ingls. Sus amantes recibieron su
postrer adis, y sus correspondientes brazaletes, con mal contenida
emocin.

Los partes de casamiento anunciaban que la bendicin nupcial tendra
efecto el da 3 de marzo, a la una en punto, en la iglesia de Santo
Toms de Aquino. Intil parece advertir que se haba colgado el altar y
se haba engalanado el templo como en las bodas de primera categora.

El da 3 de marzo, a las ocho de la maana, despertose espontncamente
L'Ambert, sonri satisfecho a los primeros rayos del sol que penetraron
alegres por su entreabierta ventana, tom el pauelo de debajo de la
almohada, y se lo llev a la nariz a fin de esclarecer sus ideas. Pero
el pauelo de batista slo encontr el vaco: la nariz ya no exista.

El notario fue de un salto a mirarse en el espejo. Horror y maldicin!
como dicen en las novelas de la antigua escuela. Se vio tan desfigurado
como el da que volvi de Parthenay. Correr a su lecho, registrar
cobertores y sbanas, mirar por detrs de la cama, sondar los colchones
y el somier, sacudir los muebles prximos, y poner patas arriba cuanta
cosa haba en el cuarto, fue obra de pocos instantes.

Pero nada! nada! nada!

Colgose del cordn de la campanilla, pidi auxilio a sus criados y jur
echarlos a todos, como a perros, si no encontraban la nariz. Intil
amenaza! La nariz era ms imposible de encontrar que la Cmara de 1816.

Dos horas transcurrieron en medio de la agitacin, el desorden y el
ruido.

Y entretanto, el seor de Steimbourg se vesta su levita gris con
botones de oro; la seora de Steimbourg, en traje de gran gala, diriga
a dos doncellas y tres modistas, que iban y venan y giraban sin cesar
en torno de la bella Irma. La blanca novia, embadurnada en polvos de
arroz, como un pez antes de ser introducido en la sartn, temblaba de
impaciencia y maltrataba a todo el mundo con admirable imparcialidad. Y
el alcalde del distrito dcimo, con su faja reglamentaria, pasebase por
un gran saln vaco preparando una improvisacin. Y los mendigos
privilegiados de Santo Toms de Aquino expulsaban a cajas destempladas a
dos o tres intrigantes, llegados de no s dnde, con objeto de
disputarles sus limosnas. Y M. Enrique Steimbourg, que mascaba un
cigarro, haca ya media hora, en el fumador de su padre, extrabase de
que su querido Alfredo no hubiese llegado an.

Por fin perdi la paciencia, corri a la calle de Sartine, y encontr a
su futuro cuado lleno de desesperacin y de lgrimas. Qu poda
decirle, para consolarle, de semejante desgracia? Paseose largo rato en
torno suyo, repitiendo sin cesar:

--Demonio! demonio! demonio!

Se hizo referir dos veces el fatal acontecimiento, e intercal en la
conversacin algunas sentencias filosficas.

Y el maldito cirujano sin venir! Haban ido a avisarle con urgencia, a
su casa, al hospital, a todas partes. Lleg por fin, y comprendi a
primera vista que Romagn haba muerto.

--Lo sospechaba--exclam el notario, llorando con mayor amargura, si es
posible.--Bestia de Romagn! Criminal!

Esta fue la oracin fnebre del desdichado auverns.

--Y ahora, doctor, qu haremos?

--Buscar otro Romagn, y repetir la operacin; pero ya habis
experimentado los inconvenientes de este sistema, y, si queris creerme,
ser mucho mejor que recurramos al mtodo indio.

--A cortarme la piel de la frente? eso jams! Prefiero mandarme hacer
una nariz de plata.

--Hoy da se fabrican bien elegantes, por cierto--dijo el doctor.

--Resta saber si la seorita Irma consentira en dar su mano a un
invlido con la nariz de plata. Enrique, amigo mo, qu os parece?

Agach Enrique Steimbourg la cabeza, y nada respondi. Fuese a comunicar
la noticia a su familia y a recibir rdenes de su hermana. Irma adopt
un gesto heroico al saber la desgracia de su prometido.

--Os imaginis--exclam,--que me caso con el notario por su cara? Para
eso me hubiera casado con mi primo Rodrigo, que, aunque menos rico, es
mucho ms guapo que l! Doy mi mano a M. L'Ambert porque es un hombre
galante, que ocupa una posicin envidiable en el gran mundo; por su
carcter, sus caballos, su hotel, su talento, su sastre; todo en l me
agrada y me encanta. Por otra parte, ya estoy vestida de novia, y, de no
verificarse el matrimonio, padecera mi reputacin. Corramos a su casa,
madre ma; lo aceptar tal cual es!

Pero cuando se hall presencia del mutilado, cesaron sus entusiasmos.
Desplomose desmayada, y, cuando recobr el conocimiento, rompi a llorar
copiosamente.

En medio de sus sollozos, oyose un grito que pareca partir de lo ms
profundo del alma:

--Oh, Rodrigo!--exclam,--que injusta he sido contigo!

M. L'Ambert permaneci soltero. Hzose fabricar una nariz de plata
esmaltada, cedi su bufete a su oficial mayor, y compr una casita, de
modesta apariencia, cerca de los Invlidos. Algunos buenos amigos
alegraron su morada. Proveyose de una bodega abundante y bien surtida, y
se consol como pudo. Las botellas ms preciadas de Chteau-Yquen, y las
mejores cosechas de la hacienda Vougeot son para l.

--Poseo un privilegio sobre todos los dems hombres--suele decir a
veces, bromeando;--puedo beber cuanto me venga en gana sin que se me
enrojezca la nariz!

Ha permanecido fiel siempre a sus principios polticos: lee los buenos
peridicos, y hace votos por el triunfo de Chiavone; pero no le enva
dinero. El placer de amontonar luises le produce una dicha incalculable.
Vive entre dos vinos y entre dos millones.

Una noche de la semana pasada, en que caminaba despacio, con el bastn
en la mano, por una de las aceras de la calle de Ebl, lanz
inopinadamente un grito de sorpresa. La sombra de Romagn, vestido de
pana azul, habase erguido ante l!

Era realmente su sombra? Las sombras no llevan nada, y sta llevaba una
cesta en la extremidad de un palo.

--Romagn!--gritole el notario.

El otro levant la mirada, y respondi con su voz reposada y tranquila:

--Buenach nochech, cheor L'Ambert!

--Hablas, luego vives!--dijo ste.

--Chiertamente que vivo.

--Miserable!... qu has hecho de mi nariz?

Y, mientras se expresaba de este modo, habale agarrado por el cuello, y
lo sacuda bruscamente.

El auverns desasiose con trabajo, y le dijo:

--Dejadme, por piedad, que no puedo defenderme! No obchervaich que
choy manco? Cuando me chuprimichteich la penchin, coloqume en el
taller de un mecnico, y hube de dejarme el brazo tomado en un
engranaje!

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of La nariz de un notario, by Edmond About

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA NARIZ DE UN NOTARIO ***

***** This file should be named 26404-8.txt or 26404-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/2/6/4/0/26404/

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net)


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
