The Project Gutenberg EBook of Las Solteronas, by Claude Mancey

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Title: Las Solteronas

Author: Claude Mancey

Release Date: August 5, 2009 [EBook #29610]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACION

CLAUDE MANCEY

LAS

SOLTERONAS

BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACIN.--Buenos Aires.




LAS SOLTERONAS


Las pginas que se van a leer no necesitan un largo discurso para ser
presentadas al pblico.

El ttulo que llevan basta para hacer conocer su objeto.

Y basta tambin, aadir, para revelar su actualidad.

Las solteronas!

Existe hoy una cuestin de las solteronas.

Y el autor de esta obra ha querido exponerla, o, mejor, plantearla.

Su libro--confesmoslo, puesto que es la verdad--es, ante todo, una
tesis de sociologa.

Si le ha dado la forma de una novela es porque sabe, como ha dicho La
Fontaine, que

Una moral desnuda trae consigo el fastidio,

mientras que

El cuento hace pasar a la moral con l.

La moral que el autor quisiera hacer pasar sin fastidio a la mente
de los lectores, es que hay en la actualidad una crisis del matrimonio
y que, por consecuencia de ella, muchas existencias femeninas
transcurren no slo en una soledad dolorosa para la que las mujeres no
estn hechas, sino en una semiesterilidad que viene en detrimento
pblico.

Hay en esto un mal social considerable.

A los moralistas, a los economistas y a los legisladores toca buscar y
encontrar los remedios.

Toda la ambicin del Diario que sigue es notar los signos y marcar las
manifestaciones de ese mal.

C. M.




Aiglemont, 26 septiembre 1903


--Abuela, abuela--grit aquella maana al salir de la cama,--felictame,
porque hoy cumplo veinticinco aos...

Y, muy dichosa, me precipit como una tromba en el cuarto de la abuela,
que est al lado del mo. Sorprendida por mi brusca invasin--la abuela
no puede acostumbrarse a mis modales de torbellino--la encontr enredada
en las bridas de su cofia de dormir, y tratando de sujetrsela en la
cabeza del modo que convena a la solemnidad de las circunstancias.

La abuela es aficionada a la etiqueta--con E mayscula, como ella la
escribe,--y, para ella, estaba yo faltando a las ms elementales
conveniencias al anunciarle sin ms ceremonia el alba de mi
vigsimasexta primavera.

Ay! jams he podido aprender la calma, esa calma de las tropas
veteranas de que habla sin cesar mi primo el comandante Harmel.

--Felicitarte?--articul por fin la abuela, besndome con todo su
corazn, mientras que su gorro se caa decididamente al
suelo.--Felicitarte?... Verdaderamente, seora nieta, no veo por qu.

Adis mi dinero!

Aquel seora nieta me indicaba que la aurora de mi vigsimasexta
primavera iba a conocer la reprimenda de que fueron testigos sus
hermanas mayores y que era preciso prestar un odo atento y sumiso a los
consejos matrimoniales de la abuela.

--S--continu, persiguiendo su idea y la colocacin del gorro fugitivo
en sus hermosos cabellos blancos,--s, por mucho que busco, no veo nada
particularmente glorioso en el hecho de tener veinticinco aos.

--Abuela--respond afectando una expresin escandalizada,--a los
veinticinco aos es cuando aparece solamente la segunda y durable gracia
de la fisonoma...

--Qu ests ah diciendo, chiquilla?--interrumpi la abuela haciendo un
visible esfuerzo para recordar el autor de esa frase conocida.

--Es una cancin de Legouv, querida abuela--si se puede llamar a eso
una cancin--aad _in petto_.--Legouv supone que hasta los veinticinco
aos no brilla en la mirada de la mujer el fuego de la inteligencia; que
la agudeza del ingenio se revela en las narices ms movibles y ms
acusadas; que el alma, sobre todo, el alma de abnegacin y de ternura,
al asomar a los labios, a la sonrisa y a las lgrimas, muestra a la
mujer con todo el brillo con que Dios la ha adornado al crearla; y, en
fin, que una mujer no est llena de riqueza de sentimientos y de
inteligencia hasta los veinticinco aos. Abuela, t no eres de la
opinin de Legouv, confisalo...

--En una mujer casada--respondi la abuela--todo eso puede ser verdad,
pero... en una solterona...

--Solterona!--exclam lanzando una alegre carcajada.--Qu gran error,
abuela!... Soltera s, y a mucha honra; pero solterona, jams...

Y mostr a la abuela con el gesto la linda silueta que reflejaba el
espejo del armario de familia, una silueta a lo Legouv. Blanca y
delgada, con mi gran peinador de maana, no tena yo verdaderamente el
aspecto de una triste solterona.

Mis ojos negros no hacan pensar que yo me impacientase en las tristezas
de la espera de un esposo soado; mis cabellos indisciplinados, de
matices cenicientos, no atestiguaban un carcter melanclico, y mi
sonrisa no indicaba ninguna decepcin del corazn.

La abuela sonri maliciosamente sin dejar de mover la cabeza.

--S, s; confieso que no has llegado todava a la decrepitud.

--Decrepitud! malsima abuela, retira pronto esa fea palabra.

--Diablo! Una solterona...

--Injusto calificativo!... Por qu ese epteto de viejas en una edad
en que lo somos tan poco?

--Es el uso--respondi la abuela en un tono que significaba que no haba
nada que replicar.--A los veinticinco aos se viste la primera imagen y
se entra en el gremio de las solteronas, por muy joven y muy linda que
una se crea. Pero la belleza y la juventud son cosas ftiles. En vez de
enorgullecerte por tus cualidades fsicas, cuida tu belleza moral, hija
ma.

--A los veinticinco aos?... T bromeas, abuela. Si mi belleza moral no
est completa a la hora actual, puedes creer que es intil que trabaje
en ella. A esta edad no brotan ya esas cosas.

--Anda de ah, chiquilla--replic la abuela;--no eres seria.

--Vaya si lo soy--respond.--La prueba es que ahora mismo me voy a
prender un bonito lazo rosa en la belleza moral. Vers como eso la
realza a los ojos de los mortales. Sabes, abuela, que no todo el mundo
descubre la belleza moral... mientras que un lazo rosa...

--Nia mimada--suspir la abuela,--no quieres comprender qu feliz sera
yo vindote casada con un buen marido y...

--Oh! abuela querida--supliqu,--soy tan feliz a tu lado... No me eches
de aqu, te lo ruego...

--Echarte!--exclam la abuela con infinita ternura en los ojos.--Echa
nadie a su alegra, a su rayo de sol, a su pajarillo parlero?

--No--respond vivamente afectando un tono de broma,--no se les echa,
pero se les pone bonitamente en la puerta. La cosa es igual aunque no lo
parezca.

--Piensa, Magdalena, que puedo faltarte. Qu sera de ti sola en la
vida?

--Oh! abuela, no entristezcas el da de mi cumpleaos, te lo suplico.
No me digas cosas tan horribles. En primer lugar, t vivirs siempre.

--No, hija ma--respondi la abuela con una conmovedora angustia en la
mirada,--no vivir siempre; no hay que hacerse ilusiones. Soy vieja, me
morir como los dems y, te lo repito, qu ser de ti sin parientes,
sin familia allegada!...

--Abuela! ten piedad de m--supliqu con lgrimas en los ojos;--djame
gozar de mi vigsimoquinto aniversario... No me obligues a pensar cosas
tristes... No me hables de la muerte, y sobre todo de la tuya...

--Es, sin embargo, una ley de la Naturaleza siempre respetada y siempre
obedecida--respondi dulcemente la abuela.--Tu padre y tu madre te han
dejado. Por qu yo, la abuela, he de ser inmortal?... Los viejos dejan
el sitio a los jvenes, y los pajarillos vuelan del nido para ir a
construir otro...

--Los pajarillos sin corazn, es posible--dije dejando caer un lagrimn
en la mano que la abuela me ofreca--pero las nietas agradecidas...

--Bah!--respondi la abuela,--ya sali la gran palabra... Por
agradecimiento querras permanecer a mi lado para cuidarme, para
endulzar mis dolores, para alegrar mis ltimos aos. Pero yo, por deber,
no quiero tal cosa. Mi deseo es que te cases y pronto. Entiendes?

--S, entiendo tu abnegacin. Me has recogido a la muerte de mis padres,
me has consagrado veinte aos de tu vida que hubieras podido pasar ms
tranquilamente; y ahora te olvidas de ti misma una vez ms queriendo lo
que crees que es mi felicidad. Ests segura de qu lo ser el
matrimonio?

--Cmo si estoy segura! Perfectamente, tontilla. No hay ms que dos
maneras honradas para una mujer de tomar puesto en la vida: el
matrimonio y el convento.

--No comprendo por qu el celibato no es tan honroso como los otros dos
medios.

--No necesitas comprenderlo--respondi la abuela con energa.--No se
permanece soltera; eso no se hace.

--Entonces, casamiento o monasterio. El convento no me dice gran
cosa--dije bajando la cabeza.--La obediencia no es mi fuerte, la pobreza
me molestara y slo me seduce la castidad. Tales gustos son los de una
solterona, pero no son una vocacin religiosa. Pero el matrimonio no me
seduce tampoco mucho. Ests segura, abuela, de que tengo la vocacin
del matrimonio?

--Cmo disparatas, hija ma, cmo disparatas!--suspir la abuela
encogindose de hombros.--Cuando una mujer no est llamada a la ms
perfecta de las vocaciones, que es la religiosa, es que Dios la llama al
matrimonio. No hay vocacin del celibato. El matrimonio es indispensable
para las mujeres destinadas a vivir en el mundo. Piensa, Magdalena, que
la mujer no es nada por s misma...

--Nada? Yo no soy ms que una apariencia? Soy muy real, te lo aseguro.

--Nada en lo moral, hija ma. La mujer necesita un apoyo para
sostenerla...

--S, vamos, una especie de tutor.

--Un protector para representarla...

--Como un paraguas...

--No digas tonteras, hija ma, hablo en serio. La mujer necesita hijos
y familia; es preciso que su sensibilidad se emplee en los seres a
quienes ha dado la luz. Esta es la sola dicha de la mujer y su nica
dignidad.

--Crees, abuela?--articul pensativa.--Sin embargo, una muchacha de mi
edad que empieza a comprender la vida, y ve de qu regateos son objeto
las jvenes casaderas, no puede tener prisa por dejarse pesar como un
saco de dinero. Un marido que se compra no es ms tentador que un mueco
de la feria. Y, todava, se tiene el mueco por unos cuantos centavos,
mientras que el hombre...

--S, ya s, ya s--replic la abuela distrada.--Digan lo que quieran,
siempre ha sido as. Las muchachas con buen dote siempre han sido
buscadas; las otras se casaban como podan. Hoy, el matrimonio no es
fcil cuando no se tiene nada; pero t no ests en ese caso. Tu pequea
fortuna y lo poco que yo te dejar, te permiten hacer una eleccin
honrosa. No veo nada que se oponga a tu matrimonio.

--Nada? Y el marido, abuela, qu haces de l?

--El marido yo lo encontrar--respondi la abuela.--Eso es sencillo y
fcil. Promteme solamente ser razonable y no rechazar a ciegas
cualquier proyecto de matrimonio.

--S, abuela, te prometo tratar de hacerlo--respond con firmeza.--Pero
concdeme una gracia en cambio de esta promesa. Antes de tomar una
resolucin, djame algn tiempo para estudiarme a m misma y estudiar a
los dems. T ests segura de que ser feliz en el matrimonio; yo lo
dudo, y quisiera ver claro en mi corazn antes de decidir nada. Es
mucho pedir?

--No, querida--respondi la abuela con un relmpago de satisfaccin en
los ojos.--Tengo confianza en tu promesa. Estudia todo lo que quieras,
puesto que el estudio es la mana de las jvenes de ahora; te doy carta
blanca. Vaya, vstete--aadi echando una mirada al reloj,--para que no
llegues tarde a misa de ocho.

--Llegar tarde a misa en el da de mi cumpleaos!... No, abuela; Dios
querra castigarme y sera capaz de casarme de repente...

He aqu cmo, a consecuencia de esta conversacin con la abuela, he
tomado la resolucin de escribir de vez en cuando mi diario, a fin de
darme cuenta de lo que pienso y de lo que deseo. Tengo alguna libertad
para decidir mi porvenir y descubrirme la vocacin del matrimonio;
aprovechmosla. Hasta ahora mi vocacin es ms bien vaga, lo confieso.
Qu lstima que la abuela encuentre tan inconveniente el quedarse
soltera! Creo que me estara como un guante la vocacin del celibato.




4 de octubre.


La abuela ha tomado en serio su idea del matrimonio.

Al salir de la primera misa, en la que habamos hecho nuestras
devociones--hoy es la fiesta del Rosario,--mi querida abuela me condujo
vivamente hacia San Jos, y yo comprend inmediatamente de qu se
trataba. San Jos, protector de los matrimonios, es el ms solicitado
de los santos, a pesar de San Antonio, que empieza a hacerle una
competencia temible. Todas las mams vidas de casar a su progenitura
estn a los pies del santo patriarca, y todas las solteras y solteronas
en busca de un marido le hacen una corte asidua.

Al salir de la Catedral quise darme el placer de parecer ignorar lo que
la abuela poda tener que pedir tan largamente al bueno de San Jos.

--Muchas coqueteras te traes con San Jos--le dije en cuanto salimos de
la iglesia.--Supongo que le has pedido muchas gracias en la larga
estacin que acabas de hacer delante de l.

--Una sola, Magdalena--dijo la abuela con una conviccin absoluta.

--Ah!

--La gracia de un buen matrimonio para ti.

--Pobre abuela!

La ocasin era tan tentadora, que dije muy de prisa:

--Yo tambin he rezado por ti, querida abuela, aunque no para obtener la
misma gracia. He suplicado a San Jos que te quite de la cabeza todo lo
que pueda parecerse a una idea fija.

Si no hubiramos estado en medio de la calle, la abuela me hubiera
tirado de las orejas; pero no pudiendo administrarme su castigo
favorito, se content con sonrer con indulgencia. En esto nos
encontramos de manos a boca a una charlatana, a la que la abuela recibe
sin quererla mucho, la seora Siberot.

--Querida amiga--dijo sta, apoderndose de la mano que la abuela le
ofreca;--qu contenta estoy de ver a usted.

--Y nosotras tambin, amiga ma--respondi la abuela con poltica.

--Conque piensa usted casar a Magdalena?--pregunt aquella buena alma.

--Quin le ha dicho a usted eso?--respondi la abuela.

--Tres personas me lo han afirmado despus de la misa de ocho.

--Ah!--replic la abuela mirando al reloj.--Hemos salido a las ocho y
cuarenta y son ahora las ocho y cincuenta. En diez minutos se ha hablado
mucho.

--Ha rezado usted tanto tiempo a San Jos, como deca ahora mismo la
seora de Robertier, que todo el mundo ha deducido que desea usted casar
a su nieta.

--De modo--respondi con complacencia la abuela,--que no se puede rezar
a San Jos por otros motivos...

--No, seora--dijo la omnipotente charlatana,--sobre todo cuando se
tiene hija o nieta casaderas.

Y viendo a lo lejos a una de sus amigas, salud con prisa a la abuela
para correr a la recin llegada y emprender con ella el chisme del da.

--Abuela, me pones en evidencia--dije furiosa por las murmuraciones de
que era objeto.

--No te importe, hija ma--dijo la abuela siempre filsofa.--Hay que
saber sufrir lo que no se puede evitar.

De vuelta a casa, encontramos a Celestina, la cocinera, con una
expresin consternada.

--Qu hay, Celestina?--le pregunta la abuela.

Celestina no responde y finge absorberse buscando un objeto perdido. La
abuela, que sabe lo que significan los silencios de Celestina, sigue su
camino y se va a su cuarto. Oigo a Celestina murmurar algo sobre San
Jos, y comprendo. Aquella mujer, ferviente del celibato, est ya al
corriente de la historia de la oracin de la abuela y protesta a su
modo.

Dichoso pas, donde las noticias se propagan con tal facilidad!
Verdaderamente, nos sobra el telfono.

Esta tarde, en las vsperas, haba poca gente, a pesar del atractivo de
un predicador forastero. Apenas han acabado las vacaciones y los
retrasados estn gozando de los ltimos placeres campestres y de los
penltimos rayos de sol.

Era lamentable para el predicador, que debe de tener una mala opinin de
la piedad de las aiglemontesas, y muy triste para m, que, si no me
intereso siempre por el sermn, me fijo mucho en la manera especial que
tiene cada cual de escucharle.

Nada ms curioso que ver el aspecto de avidez del auditorio femenino por
poco que se trate de un predicador desconocido. Desde el cuarto salmo,
los ojos empiezan a errar desde la gran nave hasta los lados de la
iglesia, con el nimo de no dejar de ver la subida al plpito. Se espera
al predicador con impaciencia no disimulada y las plumas y los sombreros
se levantan con un movimiento de ola en el sentido indicado por la
curiosidad del momento. El movimiento de ola era hoy ms acentuado que
de ordinario, pues el orador conquist a su auditorio solamente con el
modo autoritario con que tom posesin del plpito. Plumas y flores se
inclinaron con respeto enternecido.

Hay que confesar que el olfato especial de las aiglemontesas en materia
de sermones no les haba engaado. El predicador ha hablado muy bien y,
sobre todo, de un modo original, lo que, vista la rareza del caso,
produce siempre placer. A propsito de la vida interior y del alma no
comprendida, el orador encontr el medio de llegar a decir que sta era
con frecuencia la resultante de un estado no comprendido: el celibato.

El sombrero de la abuela no se movi, pero, delante de m, una porcin
de plumas, opinaron con una elocuente unanimidad en pro de tan deliciosa
explicacin. Todas parecan exclamar:

--S, el celibato es calumniado, muy calumniado.

El predicador se extendi sobre las ventajas espirituales de la
virginidad y no temi asegurar, con gran escndalo de mi abuela, que se
agit en su silla, que el horror del mundo por las solteronas, no viene
ms que de un resto de paganismo. En cualquiera otra circunstancia, es
probable que todo esto no me hubiera chocado; pero viniendo en seguida
de la reprimenda de la abuela para celebrar mi vigsimoquinto
aniversario, me sent poseda de una ardiente curiosidad:

--El horror de la abuela--pens instantneamente,--ser un resto de
paganismo olvidado en su cerebro?

Me sonre ligeramente ante esta sospecha, cmica a fuerza de
inverosimilitud, y ech una mirada a la abuela para ver si se daba
cuenta ella tambin de que era pagana sin saberlo. Pero vi que afectaba
una expresin un poco incrdula. La gracia no la haba tocado y segua
en sus errores acerca de las solteronas.

Concentr toda mi atencin en la idea que expresaba el predicador
tratando de demostrar que esa falta de estima por el celibato vena de
las religiones paganas y estaba en contradiccin con el cristianismo.

El origen del desprecio en que se tiene a las solteronas es
verdaderamente curioso y mi memoria ha guardado un recuerdo casi fiel.

Todo lo lejos que se remonta en la historia, se ve que los muertos
pasaban por seres sagrados. Los antiguos les daban los eptetos ms
respetuosos que podan encontrar. Los llamaban santos, buenos y
bienaventurados, y tenan por ellos, cualquiera que hubiera sido su
vida, toda la veneracin que el hombre puede tener por la divinidad a
quien ama o teme. En el pensamiento antiguo cada hombre era un Dios que,
aun sindolo, no estaba bastante desprendido de la humanidad para no
tener necesidad de alimento. No slo, en ciertos das del ao, se
llevaba una comida a cada tumba, sino que los vivos deban tener fe en
la presencia continua alrededor de ellos, de los muertos de su sangre.
El padre de familia volva a ser husped invisible del hogar que haba
habitado, para recibir en l todos los das las primicias de la comida
de la tarde y gozar del cario fiel de sus hijos y de su viuda.

Desgraciado el que faltaba al deber de alimentar a sus antepasados!...
Desgraciado el que no era alimentado por sus descendientes!...

Si, por una razn cualquiera, la cadena de las comidas llegaba a
interrumpirse, el alma del muerto sala de su morada apacible y se
converta en un alma vagabunda cuya nica ocupacin era molestar y
atormentar a los vivos.

Unas veces les jugaba todas las malas pasadas posibles aplicndose a
contrariar sus proyectos, a quitarles los objetos que les pertenecan y
a hacer desaparecer las cosas ms necesarias para la vida. Otras veces
se les apareca por la noche en formas plidas y fantsticas, les
persegua y les arrancaba gritos de espanto. Despus, cambiando de
aspecto, era l quien gema en la tempestad, quien lloraba con el viento
de la tarde y lanzaba como un ave nocturna esas quejas agrias y
discordantes que hacen pasar por el alma de los vivos, como por las
cimas de los rboles, un largo escalofro de hielo.

Las nimas no eran verdaderamente dioses ms que en cuanto los vivos los
honraban con un culto fiel, y la primera manifestacin de ese culto era
el darles alimento.

Ese culto, que se encuentra en Oriente como en Occidente, tena por
primera regla el no poder ser tributado por cada familia ms que a los
muertos que le pertenecan por la sangre. Si una familia llegaba a
extinguirse, las almas de los antepasados, siempre errantes en la tierra
entre los malos genios, no podan llegar jams al eterno reposo.

El nico gran inters de la vida humana era, pues, forzosamente,
continuar la filiacin para perpetuar el culto. El celibato, por
consecuencia, era para la antigedad una impiedad grave y una desgracia:
una impiedad porque el soltero pona en peligro la dicha de los manes de
su familia; una desgracia porque l mismo no deba recibir otro culto
despus de su muerte y no deba conocer lo que regocija a los manes. Era
a la vez para l y para sus antepasados una especie de condenacin.

De aqu la imposibilidad de permanecer soltero.

Confieso que estas nuevas consideraciones sobre las solteronas me
interesaron de tal modo que olvid que tena que or el resto del
sermn. Vi entonces que la peroracin haba terminado y empuj
dulcemente a la abuela perdida en las dulzuras de un sueo reparador.

Al salir de la Catedral, la voz de Francisca Dumais me interpel:

--Magdalena, ah tienes un sermn de tu cuerda. A una amiga de las
solteronas le gusta que se ocupen de ellas.

--Por qu no?--respond alegremente.--Y t?

--Eso no va conmigo--dijo Francisca con una mueca de infinito
desdn.--Adems, yo tengo respeto a la familia y no quiero condenar a
mi pobre mam a andar errante por toda la eternidad, como en otro
tiempo. Los gemidos de mam son extremadamente penosos.

--Debieras estar acostumbrada sin embargo, Francisca. No pareces
satisfecha ms que cuando gime tu madre.

--A mi pobre mam le gusta eso.

--Francisca!--protest la seora de Dumais que lleg con la abuela
adonde estbamos nosotras.

La abuela sonri con expresin equvoca, pues no aprecia el carcter
libre de que se jacta Francisca. Pertenece sta, en efecto, a un gnero
poco conforme con las sanas tradiciones, que son las que gustan a la
abuela y a sus amigas. No hay, pues, ninguna ms criticada ni vigilada
que mi pobre Francisca. Se cuenta el nmero de sus sombreros y se espa
el color de sus corbatas. A esto hay que aadir que el espritu infantil
de Francisca le atrae numerosas enemistades. En un pas de solteronas
como el nuestro, Francisca lleva la imprudencia hasta burlarse
continuamente de ellas. En misa, cuando se la cree sumida en una seria
meditacin, est ahogndose de risa entre las manos piadosamente juntas,
y es el vestido de una o la actitud de otra lo que provoca su
intempestiva alegra. Su madre se pasa la vida murmurando con espanto:

--Oh! Francisca...

Y se comprende. La buena y plcida seora de Dumais no puede creer a sus
ojos ni a su odo desde hace veintitrs aos que Francisca est en el
mundo. Conserva el asombro de una gallina que ha empollado un huevo de
pato creyendo empollar uno de su raza. No es posible volver jams de
esas sorpresas... Pobre seora Dumais.




7 de octubre.


Esta maana he entrado triunfalmente en el comedor con un gran librote
debajo del brazo. La abuela retrocedi espantada.

--Dios mo, Magdalena! te vas a examinar?

--No, abuela querida, estoy haciendo un examen.

--A quin? De qu?--exclam sorprendida.

--De la cuestin de las solteronas...

--Cuestin tonta y detestable idea--respondi la abuela
enfurruada.--Mejor haras de decirme qu te pareci aquel joven moreno
que estaba ayer en el rosario al lado de la seorita de Sarcicourt.

--Un joven moreno... en el rosario... al lado de la seorita de
Sarcicourt... No le repar.

--S, s, recuerda bien...

--Dios mo! otro pretendiente...

--Por qu no?

--Porque no quiero... No me hables de eso, abuela, te lo ruego. Cmo
quieres que haya encontrado a un joven que no he visto?

--Si t...

--No, no, que no se me hable de matrimonio... Por el momento pertenezco
a las solteronas... Abuela--prosegu tiernamente,--no puedes querer que
me case con un caballero porque es moreno, porque va al rosario y porque
est al lado de la seorita de Sarcicourt...

--Es una garanta.

--El ser moreno es una garanta?--dije dando una carcajada.--Ah!
querida abuela...

Y aprovechando la alegra que se lea en el semblante de la buena
seora, cambi bruscamente de conversacin.

--Sabes--dije,--que las leyes, segn este librote, se acordaban en otro
tiempo con la religin para condenar el celibato?

--Ah!--suspir la abuela,--eso era sin duda en el tiempo en que se
hacan an buenas leyes...

--Era en el tiempo feliz en que florecan los hebreos, los indos, los
persas, los griegos, los romanos, los germanos...

--Y qu me importa a m toda esa gente?

--Un poco de paciencia, si quieres--exclam volviendo unas hojas.--Los
hebreos tenan enteramente tus ideas sobre el matrimonio.

--No te comprendo, Magdalena. Adnde vas a parar?

--Contino el sermn del domingo.

--Cmo?

--Buscando si las leyes estaban de acuerdo con las ideas religiosas...

--Y has encontrado.

--Que todas las legislaciones no han hecho ms que confirmar lo que
estaba ya edictado en las diferentes religiones.

--Y eso te interesa?

--En extremo.

--Qu nieta tan rara!--exclam la abuela encogindose de
hombros.--Ests ahora ocupada de las solteronas?

--S. Oye cmo comprendan los hebreos el deber de la mujer. Su nica
misin, segn ellos, era dar los ms hijos posibles a la familia y al
Estado... De aqu el matrimonio obligatorio...

--Tenan mucha razn.

--Los indios, abuela, son tambin, segn t, gente razonable. A los ojos
del legislador indio, todo el destino de la mujer se reduce a dar al
hombre hijos y a perpetuar la especie humana. La mujer no goza de los
favores que la ley le concede hasta que se convierte en esposa y madre.

--Los indios eran gente de buen sentido--dijo la abuela con aplomo.

--Y Zoroastro?--exclam riendo.--Este es tu mejor apoyo... Zoroastro
recomienda a las persas el matrimonio como la obra ms meritoria y
declara que la joven que rehusase casarse ir a los infiernos hasta la
resurreccin, aunque haya hecho buenas acciones.

--Lo de los infiernos es acaso excesivo--dijo la abuela con
malicia,--pero opino que haga una temporada de purgatorio...

--Entre los griegos--continu libro en mano,--no es ya el infierno lo
que se tiene en perspectiva, sino el Cdigo Penal. Parece que en toda la
Grecia el matrimonio era obligatorio, no slo para la mujer sino tambin
para el hombre y para el tutor de la mujer. La ley castigaba...

--A las jvenes recalcitrantes que...

--Que se negaban a escuchar a su abuela... Es posible. En todo caso
castigaba seguramente al soltero y al tutor que tardaba en casar a su
pupila.

--Ya ves, Magdalena--dijo la abuela sonriendo,--qu culpable eres
conmigo. Si fuese griega, hubiera sido castigada por las leyes sin que
tu estado de soltera me sea imputable.

--Yo lo hubiera proclamado a voz en cuello, y, lejos de castigarte, el
tribunal te hubiera felicitado por el modo que tienes de cumplir tu
misin. Un joven moreno... La seorita de Sarcicourt... el rosario...
Abuela, si yo hubiera sido romana, no hubiera podido reclamar contra ti
ante el magistrado... Y las leyes permitan a la joven romana obligar a
su padre o a su tutor a casarla.

--Ya ves--interrumpi la abuela,--que cumplo con mi deber tratando de
influir sobre ti en favor del matrimonio.

--S, le cumples demasiado bien. En esto eres de la opinin de Dionisio
de Halicarnaso, que, compulsando las antiguas leyes de Roma, ha
descubierto una que obligaba a los jvenes al matrimonio. El tratado de
las Leyes de Cicern, que reproduce en forma filosfica las antiguas
leyes de Roma, contiene tambin una sobre el celibato.

--En adelante--repuso la abuela con buen humor,--tendr en gran estima a
Dionisio de Halicarnaso y a Cicern. Ignoraba que esos seores fuesen
tan amigos mos...

--Hubieras debido sospecharlo... Y te hago gracia de los germanos, pues
eran unos horribles polgamos y por este mismo hecho no admitan la
solterona...

--Y tenan mucha razn--exclam la abuela.

Tenan razn de ser polgamos?... Ah! abuela...

--No!--dijo la abuela dando un salto,--no es eso lo que digo. La
poligamia hubiera debido ser siempre un caso de horca; pero, en fin,
las solteronas...

--Tambin merecan ser ahorcadas?...

--A medias, para que se les pasase el gusto del celibato.

--Qu antigua eres, abuela!... Razonas como los pueblos paganos.

--Cuestin de atavismo. Durante siglos y siglos se ha considerado el
celibato como impo, y me ha quedado algo.

--Pues bien, yo tambin siento el atavismo.

--T eres de la generacin nueva, y con esto est dicho todo. No sents
ni hacis nada como nosotros. Os pasan por la cabeza ideas que jams se
nos hubieran ocurrido. Y, todava, cuando esas ideas son un poco
razonables, como la que ahora te preocupa, no me quejo. Pero,
francamente, Magdalena, me das miedo. Te hubiera, acaso, comprendido
mejor tu madre...--termin la abuela con una lgrima en los ojos.

--No! no creas eso; eres la ms perfecta y la ms querida de las
abuelas... No puedes tomar a mal que yo estudie la cuestin de las
solteronas.

--Ay! en mi tiempo no haba semejante cuestin. Todo lo que pedan las
mujeres era un buen marido y unos hermosos hijos.

--Ya ves cmo han cambiado los tiempos... Un buen marido es un mito,
abuela... Por mucho que muevas la cabeza, no puedes menos de reconocer
que los maridos actuales no valen lo que los de entonces.

--S, hija ma, s, valen lo mismo. Solamente, en otro tiempo, las
mujeres tenan... cmo dir yo?... tenan ms paciencia... ms
dulzura... ms abnegacin. Estaban menos posedas de su personalidad y
saban anularse a tiempo...

--Aquello era la esclavitud, abuela.

--No, querida--dijo la abuela con voz persuasiva;--aquello era el amor.

--El amor!--respond.--Qu es eso?... En las novelas veo lo que es;
pero en la vida real...

--Es intil decrtelo si t no has de sentirlo; y si lo sientes, es an
ms intil definrtelo.

Dicho esto, la abuela me dio un beso y me dej muy pensativa.

Ha podido realmente la abuela conocer el amor?... Me parece tan
extraordinario... Es verdad que cuando habla del abuelo su voz toma una
infleccin tan profunda que se ve que hay en ella un mundo de recuerdos
dichosos e ntimos ocultos en la menor palabra... Querida abuela!

En el momento en que ella sala, entr en el comedor Celestina y se
acerc a m tan quedito que casi me dio un susto al exclamar:

--Estoy segura de que la seora acaba de hacer un sermn sobre las
solteras, para el uso de la seorita.

--No, Celestina--respond maquinalmente;--la abuela me hablaba de amor.

--De amor, a una joven como usted!... Nuestra pobre seora pierde la
cabeza...

--Una joven como yo, a los veinticinco aos!... Vaya una juventud! Hay
que vivir en un medio petrificado como el nuestro, pobre vieja, para no
conocer nada de la vida a mi edad... Algunas veces casi me sublevo, pero
despus se me pasa...

--Esas ideas no son de usted, seorita. Me parece estar oyendo a la
seorita Francisca--respondi Celestina escandalizada.--Creo que es esa
una sociedad que no le conviene a usted gran cosa...

No respond por no envenenar la discusin. Celestina es pudibunda hasta
el exceso y no ve nada ms hermoso en la existencia que poseer el
derecho virginal de vestirse de blanco en los das de procesin, a pesar
de su cara apergaminada. Al lado de ese ideal, el matrimonio, que priva
de la dicha de llevar semejante traje, no puede ser evidentemente, ms
que un estado reprobado por Dios y legitimado por alguna cosa que est
en el fondo de un falso sacramento.

--No hay que pensar en el amor, seorita--murmur mientras yo me
dispona a subir a mi cuarto.--Es la perdicin de las jvenes.

--T crees?--dije, divertida por los terrores de la buena anciana, cuyo
principal ttulo de gloria--despus del derecho de vestirse de
blanco--es el haberme recibido en su delantal el da de mi entrada en
este valle de lgrimas. Celestina deduce de este alto hecho el derecho
de reprenderme en todas las circunstancias notables, y no se priva de
ejercerlo.

En el movimiento febril que agitaba su mano vi bien que tena que
hacerme un largo discurso--los estremecimientos de la mano traducen
siempre en Celestina un gran deseo de agitar la lengua--pero la voz de
la abuela, que le llamaba, puso trmino a su comezn de hablar.

Vuelta a mi cuarto, me encuentro ms perpleja que nunca y, para no
pensar ms en el matrimonio, hago lo que puedo por ocupar el pensamiento
en otra cosa.

Qu pesados me parecen ahora mis veinticinco aos!... La abuela tiene
razn; llevo un mundo en los hombros...

Cunto ms feliz era cuando, en vez de soar con un marido por la
voluntad de la abuela, no tena ms preocupaciones que mi mueca.

Mi mueca!... Qu lejos est!...

Y, sin embargo, me parece que era ayer cuando ese querido objeto,
informe y sin nombre, que haba llegado a ser mi hija a consecuencia de
mltiples desgracias, me absorba hasta tal punto, que a su lado, a
fuerza de amor, no senta ya que era yo hurfana...

No he conocido a mi madre, que muri al nacer yo. Mi padre, desesperado
por la muerte de su mujer, a la que amaba apasionadamente, no la
sobrevivi ms que cuatro aos. En unos das fue arrebatado por una
tifoidea, dejndome a mi abuela materna, mi nica parienta prxima y a
la que no he dejado desde entonces... No tengo ms que cerrar los ojos
para acordarme de la silueta de aquel pobre padre y de aquella mirada
tan triste y tan buena con que todas las noches iba a vigilar el
comienzo de mi sueo llevndome la impresin de una profunda ternura...
Pobre padre!... Cunto tiempo le reclam mi corazn de nia, no
creyendo ni en la eterna separacin ni en la muerte!... Aquel viaje de
que me hablaban deba terminarse para m por un feliz regreso y, sobre
todo, por un cargamento de numerosos recuerdos despus de una ausencia
tan prolongada... Ay! me informaba yo mucho menos de la fecha en que
deba ver a mi padre que de la en que le vera llegar cargado de
muecas, de globos y de cocinitas... Aun siendo desgraciados, qu
felices son los nios...

Mi querida abuela cuid de mi infancia y, a pesar de su tristeza y de su
dolor, de ella me vinieron todas las alegras y todas las felicidades de
nia.

Mi vida entera cabe en esta palabra: la abuela.

Todos mis recuerdos estn concentrados en ella, pues no puedo, como la
mayor parte de las nias, cifrar mi vida en la visin de un alegre hogar
atestado de nios pequeos y protegido por la doble ternura de un padre
y una madre... Tena, sin embargo, amiguitas que iban a jugar y a rer
conmigo; pero detrs de aquel cuadro de cndida alegra, veo siempre
aparecer la sombra melanclica del largo velo de la abuela.

No se sabe de qu secretas e incomprensibles angustias estn formados
los recuerdos de nio cubiertos con un velo de crespn... He esperado
durante aos el da glorioso y seductor en que la abuela, como las
madres de mis amigas, llevase por fin un sombrero con un ramo de
flores... Ese da no ha llegado jams...

Ahora, cuando voy a casa de mis amigas y veo de cerca lo que es la vida
ordinaria para la generalidad de las jvenes de mi sociedad, cuanto ms
sufro por los sitios que hay vacos a mi lado, ms vivo y ms profundo
es mi agradecimiento por mi querida abuela, cuya abnegacin me ha
rehecho un hogar y reconstituido una familia.

Por eso amo a todo lo que ama la abuela...

A pesar de las ideas que oigo emitir a mi alrededor, coloco la estancia
en nuestro antiguo pueblo por encima de toda otra estancia y la dichosa
posesin de nuestra casa de familia superior a todas las felicidades.

No es muy grande nuestra sencilla casa. Blanca y limpia con sus
persianas inmaculadas y sus cristales brillantes bajo unas cortinas un
poco antiguas, se abre con discreta elegancia en un patio plantado de
rboles y adornado de canastillos floridos, al que llamamos pomposamente
nuestro jardn... Tengo en l mis rosas preferidas y mis plantas
favoritas; y cultivo con xito cuanto tiene la dicha de agradarme, con
tal de que no necesite mucho sol, ni mucha sombra, ni muchos cuidados...
En un rincn de nuestro minsculo jardn y debajo de un fresno llorn,
tengo hasta un banco, un banco inmenso, una mesa de labor y unos cuantos
sillones de mimbre... En verano, hacemos all saln, y llevo la fantasa
hasta dar ts... Mis amigas pretenden que una taza de t perfumada con
la fragancia de las rosas que nos rodean, no es ya una taza de t, sino
una taza de nctar... Dichosa ilusin!

Una planta baja muy elevada, un primer piso de una altura inverosmil y
un sobrado que hace la admiracin de las lavanderas cuando tienden en l
la ropa mojada y perfumada de espliego y lirio: he aqu todo nuestro
_home_.

La planta baja tiene cuatro piezas inmensas, profundas, fras y casi
desnudas en su inmensidad. La cocina podra albergar un ejrcito de
marmitones; slo las cacerolas y los peroles de cobre vigorosamente
frotados ponen en ella una nota alegre que contina la cocinera,
reluciente como una alhaja. Aquel es el domicilio de Celestina, su
triunfo, su admiracin, su gloria, el orgullo y el amor de su vida.

La sala de baos es grande y bien dispuesta; la abuela no deja nunca de
explicarme su comodidad asegurndome que ha empleado en aquel arreglo
las economas de un ao de rentas. Por esta confidencia, con frecuencia
renovada, mido yo toda la extensin de la belleza de la instalacin y...
la del sacrificio realizado por la abuela, pues las rentas, segn ella,
estn hechas para ser economizadas y no para ser gastadas...

El comedor, en el que la abuela y yo estamos como alejadas, y el saln,
en el que parecen perdidas las butacas en cuanto estamos solas en l,
completan la planta baja. En el piso primero se encuentran todas las
alcobas, de dimensiones ms ordinarias, gracias al cuarto de tocador de
que cada una est provista. Por todas partes un diluvio de armarios y
una inundacin de comodidades perfectamente intiles...

Antes del sobrado, hay una gran pieza abohardillada que es el dominio de
Celestina y en la que las paredes estn cubiertas de imgenes sagradas;
hay hasta diecinueve San Antonios en diversas actitudes y ocho San
Benitos; en cambio no hay ms que un Sagrado Corazn, una sola Virgen y
un San Jos. Celestina practica la piedad actual, que exalta a los
santos de moda con detrimento de los dems. Pobres antiguos santos!...
Estos son precisamente mis preferidos.

Exceptuando el cuarto de Celestina, est todo esto al gusto del da?

Para una mujer mundana, no, evidentemente. El mueblaje, que presenta
huellas de las generaciones pasadas, es viejo y est un poco ajado, pero
a m me gusta tal como es. En cada una de sus arrugas se escribe la edad
de un matiz claro, o en algo ms rapado. Yo leo en estos signos
venerables la historia de los que se han marchado; y la forma un poco
anticuada de todo lo que me rodea hace vivir y palpitar en m el alma
de las cosas viejas que han existido y no existirn ms acaso.

En el comedor, la abuela hace admirar como una reliquia la inmensa y
antigua tapicera que ocupa todo un ancho hueco: una historia de caza,
en la que se adivina una historia de amor. He crecido y he vivido
delante de esa eterna historia de una eterna caza y de un eterno amor,
preguntndome sin cesar qu sucedera cuando los personajes en escena
hubiesen vuelto al antiguo castillo de torrecillas que se ven en una
lontananza degradada... Pero jams mi pregunta infantil tuvo la
satisfaccin de una respuesta, y mis sueos siguieron mecindose con los
sonidos encantadores que yo supona que deban salir de las diferentes
trompas llevadas por legendarios caballeros. Era yo una bella princesa
encantada que esperaba al hermoso caballero encantador del tapiz, pues
en aquel tiempo--que ha pasado despus,--tena la vocacin del
matrimonio, una vocacin seria, ardiente y resuelta...

Encontraba al prncipe tambin en el saln bajo la forma de un joven y
bizarro oficial de la Restauracin, mi bisabuelo. Otras lindas damas, de
graciosas papalinas de encajes y bonitas paoletas de gasa, le formaban
una corte un poco paliducha y envejecida. Cuando se entra en el saln de
la abuela, se hace una reverencia infalible e instintivamente. No le
falta a una nada para levantarse la falda, con un movimiento de
coquetera anticuada, de la que le gusta a la abuela.

S, todo es viejo e inspido, y, sin embargo, exquisito.




10 de octubre.


Francisca est furiosa.

He ido esta tarde a pedirle un dibujo de bordado, que me haca falta, y
la he encontrado en un estado de irritacin indescriptible.

--Maldito pas! Maldita gente!... Pueblo de chismes!

Por poco me tira de espaldas aquel huracn; pero como conozco a
Francisca, tom el partido de esperar que hubiese acabado su letana de
tontunas.

--Qu pasa?

--No me hables; estoy furiosa.

--Ya lo veo.

--Tengo una rabia...

--Tambin eso es visible.

--Figrate que la seorita Bonnetable acaba de venir a traer a mam un
gran chisme sobre m...

--Ah!... Se puede saber...

--S--respondi Francisca, vacilando un poco.--Se trata del capitn
Tronchet, que, segn parece, ha pasado dos veces por delante de mis
ventanas, en el momento en que yo las abra.

--Y qu?

--Que no es verdad lo que se dice... Oh! esas solteronas...

--No has abierto las ventanas, y no ha pasado el capitn?

--S--respondi Francisca, con su desparpajo habitual,--pero cuando yo
he abierto la ventana, ignoraba que pasaba el capitn, y cuando ste
pas, no saba que yo abra la ventana. Y suponen que estbamos de
acuerdo...

--Y qu?

--Que me ofende horriblemente que se crea que hago caso de ese capitn,
que estoy segura que no se ocupa de m... Es rico, y...

--Y t no mucho... Piensas, no sin razn, que hay incompatibilidad de
fortuna, y te abstienes de cuidados intiles.

--Justamente--respondi Francisca un poco dulcificada.--Pero como todo
el mundo sabe que deseo casarme, aprovechan la ocasin para colgarme una
porcin de historias a cual ms tontas.

--Eso gusta a todo el mundo.

--Eso es precisamente lo que me indigna... Ah! Magdalena, cundo saldr
de este pueblo, de este medio y de estos inconvenientes... Qu sueo!

--Qu ida la de apurarte de ese modo--dije descontenta.--Se est muy
bien aqu...

--S, habla por ti, tranquila y dulce Magdalena; yo me ahogo en medio de
las ideas antidiluvianas que nos rodean. Me horrorizo ante estas cadenas
de prejuicios... Todo esto me irrita, y acabar por volverme mala.

--Qu exageracin, mi pobre Francisca...

--Cmo!--exclam Francisca con clera,--encuentras divertido vivir en
medio de los aiglemonteses?... Pues slo con pasar por las calles un
poco estrechas de este viejo Aiglemont, atrapo yo el _spleen_...

--Pobre Francisca!--dije con sonrisa burlona.

--S, brlate de m, pero eso no quita que est muy harta de esta vida.
Es divertido... Aqu cada cual vive en familia, o mejor dicho, en
camarilla. No se admite ms que un pequeo ncleo de fieles y se cierra
desdeosamente la puerta a todo lo que huele a nuevo y original. Somos
anticuados como un diablo... Es como si estuviramos dando vueltas
perpetuamente en un pequeo crculo.

--Crimen imperdonable!--murmur en sordina para no ofender a la
irritable Francisca.

--S, crimen imperdonable... Es aburrido estar atada toda la vida;
primero por los prejuicios de educacin. Hay que hacer esto o lo otro;
esto no, ni aquello tampoco... Tal cosa es sacrosanta y tal otra levanta
una polvareda general sin que se sepa por qu ni cmo... S--continu
Francisca,--s por qu y cmo, por el grito de mam: Oh! Francisca...
Es cargante esa pobre mam...

--Oh! Francisca...--dije, imitando a la seora de Dumais.

--No me pongas nerviosa, Magdalena... Y despus, conoces algo ms
inepto que los prejuicios de sociedad? Piensa en los gritos que daran
nuestras amigas si la camarilla llamada alta burguesa se reuniese con
la pequea, y si la gente aristocrtica acogiese al comercio y a los que
participan de las ideas gubernamentales... Dios mo! la mitad de
Aiglemont sucumbira del ataque causado por la indignacin.

--Qu le hemos de hacer--dije con cierta indiferencia;--no querrs
reformar las costumbres y las ideas de las pequeas poblaciones...

--S que querra--replic Francisca exaltada.--Es insoportable vivir
aqu... Y esas historias sin fin sobre el prjimo, y esa malevolencia
universal... Qu horror!

--Clmate, Francisca--le dije al besarla para despedirme.--Te aseguro
que los aiglemonteses no son tan malos como crees.

--Que no son tan malos!--exclam Francisca, al salir a
despedirme.--Bien se ve que eres una aiglemontesa... Piensas como yo,
pero no haya miedo de que lo confieses. Anda, eres una hipcrita...

--Gracias--dije con la filosofa que caracteriza mis relaciones con
Francisca.

--De modo que t encuentras que aqu la gente no es mala--sigui
diciendo Francisca con una recrudescencia de acritud. Pues se pasa la
vida arandose, mordindose, desgarrndose y devorndose.

--Hasta la vista, Francisca--dije para cortar aquella inundacin de
invectivas...--Sin el capitn Tronchet, no diras todo eso...

--Puede ser--respondi Francisca en un rasgo repentino de buen
humor.--Sabes, Magdalena, que eres una buena persona y que te quiero
mucho--termin dando una carcajada.

No es muy halageo que digamos el cumplimiento de Francisca, y de otra
no le aceptara, seguramente; pero est convenido que Francisca puede
decir todo lo que se le pone en la cabeza. Esto hace saltar algunas
veces a la abuela, pero como mi amiga ostenta una vocacin por el
matrimonio muy caracterizada, la abuela tiene por ella alguna
indulgencia en consideracin de sus buenas disposiciones.

No comprendo la antipata de Francisca por este pobre Aiglemont. Nunca
pierde la ocasin de embestir a la poblacin de las solteronas, como
ella la llama.

Es, sin embargo, muy pintoresco mi pueblo natal y yo estoy muy orgullosa
de l...

Situado en el extremo de una cadena de montaas, a modo de un punto
final, Aiglemont, mi tranquilo pueblo natal, se levanta en la roca con
la majestad de una cosa vieja dormida en la serena conciencia de un
largo pasado. Cuando todo desaparece de las antiguas fortalezas, y la
ciencia militar, tocada por el progreso, destruye todo lo que nuestros
antepasados haban tenido a honor construir, Aiglemont escapa a la
destruccin y sigue presentndose orgullosamente en su recinto de
fortificaciones que la mantienen y la protegen contra una cada posible
en el valle. Limpia y coqueta, sonre en medio de un cinturn de verdor
del que surgen sus torres grises.

Aquellas fortificaciones son celebradas en diez leguas a la redonda. Son
el paseo favorito de los aiglemonteses, que no se cansan de admirar sus
puntos de vista, y es la primera visita que se impone a los extranjeros
a quienes los azares o las exigencias de la vida conducen hasta nuestra
pea. Se les cuenta la historia de nuestras fortificaciones llenas de
torres y de temerosas prisiones, y las historias que circulan a
propsito de ellas. Se les muestra con orgullo cierta roca que se abri
para dejar pasar un santo apstol amenazado por una tropa de brbaros.
Se les conduce a la famosa torre Sarracena y se les hace admirar la
belleza del paisaje que cambia de aspecto en cada uno de los cuatro
puntos cardinales. Despus, si el gua est dotado de un alma
verdaderamente aiglemontesa, pondera el pasado en detrimento del
presente:

--Aiglemont--dice con nfasis en el tono arrastrado y nasal peculiar de
los aiglemonteses,--es la ltima fortaleza del catolicismo. Hasta la
Revolucin ramos posesin eclesistica y moriremos fieles a nuestros
destinos. Nada de ideas nuevas...

El habitante de nuevo cuo tiene un lenguaje muy distinto:

--Aiglemont--dice,--es la fortaleza del obscurantismo, del clericalismo
y del fanatismo. Es un pas de supersticiones; transformmosle en pas
de luz.

Y detrs de sus fortificaciones, los aiglemonteses, divididos en dos
campos, miran con malos ojos a todo el que no piensa como ellos. Los
catlicos condenan a los librepensadores y stos tratan a aqullos de
imbciles, sin ms ceremonias.

Existe un terreno de unin, sin embargo, en los das de grandes fiestas.
Catlicos y librepensadores se agolpan con entusiasmo en la antigua
Catedral para or los incomparables acentos de nuestro incomparable
coro.

--Estis cogidos, odiosos impos--parecen decir las caras de los devotos
asiduos ante la invasin de los nuevos filisteos.

--El coro nos pertenece como a vosotros, estpidos santurrones--parece
que responden los impos aludidos.

Y unos y otros, al salir de la Catedral, exclaman con satisfaccin:

--La verdad es que Aiglemont puede estar orgulloso de su coro.

Se dice Aiglemont y no la Catedral.

En Aiglemont, en efecto, hay dos parroquias, San Aprnculo, la
Catedral, y San Gengulfo, la parroquia secundaria. La guerra es casi
continua entre aprunculinos y gengulfianos, y los primeros desdean a
los segundos por su iglesia, por supuesto. Unos y otros cuentan en sus
filas numerosas solteronas, pues el matrimonio, preciso es confesarlo,
est poco de moda en nuestro pueblo. En teora se habla mucho de l; las
muchachas pululan en Aiglemont. Pero el nmero limitado de los jvenes
casaderos hace que, si son muchos los llamados al sacramento del
matrimonio, son pocos los escogidos.

No s si es ese medio ambiente lo que me hace ser tambin refractaria al
matrimonio, o si es la poca costumbre de ver casar a las jvenes de mi
sociedad lo que me hace considerar mi propio matrimonio como una
eventualidad temible. La verdad es que, a pesar de mi deseo de claridad,
no consigo poner estar cosas en claro.

--Estas muchachas...--dira la abuela,--qu imposibles son...




14 de octubre.


Llueve, hace viento y reina un tiempo fro y obscuro. En la prisin en
que la prudencia manda estarse, vuelvo a ocuparme de la cuestin de las
solteronas. Esta maana he declarado a la abuela que deseaba estudiar
seriamente ese asunto tan interesante.

--No veo el inters--respondi la abuela.

--Pero, abuela, en una poblacin como sta, el pueblo de las solteronas,
como le llama Francisca, es...

--Francisca no es seria--exclam Celestina, que iba a arreglar el fuego
de la chimenea, y aprovech la oportunidad para mezclarse en la
conversacin.

--T qu sabes?--dije descontenta.

--S lo que s--respondi Celestina con la dignidad de los grandes
das.--Una seorita que no habla ms que de casarse, no es una seorita
seria...

--Cllese usted, Celestina--replic la abuela.--T no entiendes nada de
eso, hija ma.

Celestina no dijo palabra, muy ofendida por la observacin de la abuela.
Vi, en efecto, por su mirada despreciativa y por su labio en forma de
pila de agua bendita, que las personas que hablaban de matrimonio eran
sospechosas para ella; tan sospechosas, que tom el partido de volvernos
la espalda sin ms ceremonia.

--S, abuela--dije en cuanto se fue Celestina,--quiero seguir a las
solteronas a travs de las edades. Ves en ello algn inconveniente?

--Veo los de hacer un viaje muy fastidioso y de singularizarte de un
modo ridculo.

--Sin embargo, antes de decir si estoy madura para el matrimonio, me
gustara saber si el celibato me tienta definitivamente...

La abuela hizo un movimiento de tan excesivo mal humor, que me qued
ligeramente aturdida.

--Es necesario hacer un estudio tan profundo para poner en claro ese
grave problema?... Qu rara eres, hija ma!

--Pero, en fin, t permites que me ocupe en esto; es todo lo que reclamo
de tu indulgencia...

--Ay!--suspir la abuela,--cunto preferira verte reclamar un buen
marido... Sabes que la mujer del coronel Dauvat me ha hablado para ti de
un joven teniente que...

--Me escapo; abuela, me escapo... Nada de tenientes, por amor de Dios...
Por ahora, vivan las solteronas...

--Chiquilla--murmur la abuela, encogindose de hombros.--Mala
chiquilla...

Tranquila con el permiso de la abuela, registr la biblioteca y busqu
con ardor todo lo que pudiera ilustrarme sobre el concepto de la mujer
en la antigedad respecto del celibato. Aceptaba sin repugnancia la
idea del matrimonio?... Senta alguna contrariedad al casarse?...
Hubiera experimentado cierto alivio sabiendo que estaba libre de una
obligacin que le creaban las leyes religiosas y civiles?...

Mis investigaciones me pusieron pronto al corriente.

No hay la menor incertidumbre en estas cuestiones.

El nico sueo de la mujer antigua es un marido. Su cerebro est tan
hecho a la idea de la necesidad del matrimonio y su corazn tan
desequilibrado fuera del marido obligatorio, que no puede concebir otro
ideal. Todo su ser moral va todava a apoyar esas buenas razones por el
terror de los castigos de la otra vida que esperan a la mujer
desprovista de la gida de un marido. La pobre mujer de la antigedad
est, pues, colocada en el dilema ms espantoso: un marido, o nada de
dicha en la tierra, ni de reposo eterno.

El desprecio y la abyeccin en que viven las mujeres sin marido le dan
desde luego en el mundo una muestra de lo que tendr que soportar en el
otro. No puede considerar el celibato ms que como la ms terrible
desgracia, la nica que compromete al mismo tiempo el mundo y la
eternidad.

Una desgracia que persigue durante la vida y sigue an a la eternidad,
es para hacer reflexionar, convengo en ello. Si la abuela, en vez de
prodigarme argumentos discutibles me ofreciese algo semejante, se puede
apostar a que no vacilara yo lo ms mnimo, pues preferira aventurar
la desgracia de mi existencia mortal a arriesgar la salvacin eterna...
Pero el caso es que como no hay nada slido en el mundo, las ideas han
cambiado de tal modo, que la abuela no puede llamar al Cielo en su
ayuda, aunque no le faltaran ganas. Desde San Pablo... Pero no
anticipemos.

En aquellos abominables tiempos de matrimonio forzoso, las leyes que
regan los bienes agravaban todava la dependencia de la mujer. Aquellas
leyes, fieles reflejos del pensamiento antiguo, multiplicaban las trabas
en torno del sexo dbil y acentuaban en l la creencia en la necesidad
absoluta del matrimonio. No slo haca falta un marido para asegurar la
dicha eterna, sino que ese marido era igualmente necesario para ser
admitida al derecho de vivir, implicado en el de poseer.

Cuando, por el mayor de los azares, se encuentra en la antigedad una
mujer honrada sin casar, la trompeta de la fama invita a la posteridad a
guardar la memoria de un hecho tan sorprendente. No se dice: Tal mujer
no se cas porque no quiso. No. Se busca, se comenta y se considera que
algo sobrehumano protegi una determinacin que todos califican de
extraordinaria. Si se trata de la hija de Pitgoras, una de las primeras
que ilustr el nombre de solterona, se cuenta que el filsofo,
suponiendo haber sido mujer en una vida anterior, tena una alta idea de
la excelencia de la mujer, en lo que difera extraordinariamente de sus
contemporneos, y haba reivindicado la encarnacin de la antigua
sabidura en un hermoso tipo femenino. Ese tipo lo encontr en su propia
familia. Damo, su hija, lleg a ser su discpulo ms ardiente; y la
consagr a los dioses por un voto de virginidad perpetua, le confi
todos los secretos de su psicologa y se dice que le dej sus escritos,
hacindole prometer que no los publicara jams. Damo, el asombro y la
admiracin de toda la Grecia, tuvo el valor de la obediencia y se llev
a la tumba los secretos del ilustre anciano.

Aun cuando se debilita en Occidente el culto por los muertos y
disminuye, por consecuencia, la hostilidad que creaba contra el
celibato, la antipata subsiste, a pesar de todo. Se hace constar con
asombro que una mujer pintora de Grecia, la famosa Lala, de Cycique, que
vivi 80 aos antes de Jesucristo, no se cas, y se cuida de hacer
observar que fue su gran fervor por su arte lo que la llev a esa
extremidad lamentable. Del mismo modo, la hija de Plinio, el clebre
naturalista, necesita la reputacin de su padre para hacer aceptar su
situacin de solterona.

Si la antigedad cuida de hacernos notar particularmente ilustres
excepciones a la ley comn del matrimonio, no quiere esto decir que esa
ley no haya sufrido ningn eclipse a travs de los siglos. Cuando, en el
momento de la decadencia, fue necesario multiplicar las leyes en favor
del matrimonio, es evidente que, esa multiplicacin indicaba que el
matrimonio caa en olvido.

Es de notar, en efecto, que la multiplicacin de las leyes morales no
prueba que un pueblo se mejore, sino precisamente lo contrario. Cuando
la moral est en peligro, es cuando tiene que pedir socorro. Y toma
entonces de la autoridad de las leyes la ltima, y casi siempre
impotente sancin.

Este hecho es particularmente cierto cuando se trata de las leyes
concernientes al matrimonio en los pueblos mongamos, como Grecia y
Roma. Cuando el matrimonio se hundi por todas partes fue cuando las
leyes civiles, que no hay que confundir con las religiosas,
multiplicaron sus prescripciones para obligar a realizarlo. Quin
pensara en buscar penas severas para los recalcitrantes ni en acentuar
los castigos que les estn destinados si no hubiese necesidad de
castigar ni de obligar?

La verdad exige declarar que en este caso los recalcitrantes fueron los
hombres y no las mujeres. Los solterones son los que han producido las
solteronas.

La mujer ocupaba tan poca plaza en el mundo antiguo, que era fcil
tratarla como una cantidad despreciable; y sin preocuparse de lo que
poda pensar, los seores hombres no pensaron ms que en hacer una vida
de placeres y de feliz quietud, exenta de los cuidados de la paternidad
y de las cargas de familia.

Influida todava por siglos de hostilidad contra el celibato, la mujer
tuvo que sublevarse contra tal abandono. Hay que confesar que todo
concurra a hacerle la resignacin difcil. Sin gran esfuerzo de
imaginacin, podemos figurarnos el estado de alma de una de aquellas
romanas o de aquellas griegas honradas a quienes las leyes civiles y
religiosas llamaban al matrimonio y que no encontraban marido.

Extraadas al principio, cada cual poda pensar que siendo ms amable y
ms bella que su vecina, su juventud no se pasara en un lamentable
aislamiento. Despus, pasada la edad fijada por las leyes, y fuertemente
estropeada la juventud, venan las inquietudes y triunfaban los
cuidados. El deseo de agradar pona un fulgor febril en la mirada de la
solterona anticipada y en la ms estudiada de sus sonrisas haba una
crispacin. Iba, vena, rogaba a la diosa favorable al matrimonio,
suplicaba a su padre o a su tutor que la encontrasen un marido, los
llevaba en caso de necesidad a los tribunales, y no por eso encontraba
lo que era el objeto de sus sueos. Agribase entonces su carcter, su
humor se pona triste y acerbo su pensamiento. Y juventud, belleza y
salud, se consuman en la vana espera del que no vena ni vendra
jams... Pobres solteronas!

Fue preciso el cristianismo para cambiar el ideal de una gran parte del
mundo. En cuanto apareci, la existencia de la mujer sufri una
transformacin tan completa como prodigiosa; de esclava que era, se
encontr de repente con una personalidad justamente respetada. Despus,
la divinizacin de la virgen ech por tierra todas las ideas admitidas y
fue posible a la mujer vivir honrada y casta al lado del matrimonio.
Bajo la influencia del cristianismo se lleg a comprender que el trmino
solterona, cuyo equivalente exista ciertamente en la lengua del
tiempo, no era en s mismo nada deshonroso. Una vez admitido el estado
de virginidad, era natural que se envejeciese en l. Qu es una
solterona? Una virgen vieja. Tener cabellos blancos y la cara arrugada
no ha sido nunca una mala accin, que yo sepa.

En esto estaban mis reflexiones, cuando juzgu a propsito hacer
participar de mi admiracin a la abuela.

Sorprendida por mi brusca entrada en el saln donde ella estaba, me ech
una mirada interrogadora.

--Abuela--exclam triunfante,--es el cristianismo el que ha hecho las
solteronas; as, pues...

--Qu tonteras dices, hija ma! Cmo quieres que el cristianismo haya
hecho las solteronas?...

--Divinizando la virginidad.

--Ya ves que t misma te contradices. El cristianismo ha divinizado la
virginidad, es cierto. Pero si ha hecho de la virgen la esposa de Dios,
no ha querido en modo alguno divinizar a las vrgenes mundanas, a las
que uno de vuestros autores de moda llama las semivrgenes.

--Yo tampoco, abuela, hablo de las solteronas que conocemos...

--Dejemos en paz sus lenguas, hija ma; no despertemos al gato que
duerme...--murmur la abuela sonriendo.

Y no quiso or nada ms.

Es obstinada la abuela... No le gustan las solteronas y no consiente en
escuchar nada en su favor. Por fortuna, estoy aqu yo para
rehabilitarlas en mi propia mente.




16 de octubre.


Pensaba poder continuar hoy lo que yo llamo con cierto nfasis mis
estudios histricos, pero haba contado sin la abuela. Lo que le cont
del resultado de mis investigaciones la tena muy contrariada, segn
pude juzgar por su expresin nada satisfecha, al tomar el desayuno.

--Estas chiquillas--murmur al sentarse a la mesa,--tienen una
independencia y unas ideas...

Y en cuanto terminamos, me dijo sencillamente:

--Ponte el sombrero, Magdalena.

Obedec de prisa, y la encontr dispuesta a salir conmigo. El sombrero,
puesto ligeramente torcido en la cabeza, indicaba en la abuela ideas
belicosas. No hice ninguna pregunta y la segu dcilmente, preguntndome
dnde me llevaba. Era al convento para hacerme reflexionar sobre el
matrimonio? Era a la crcel, para castigar mi falta de vocacin
espontnea?...

No era, por fortuna, a ninguno de los dos sitios, sino sencillamente a
casa de su director y amigo, el seor cannigo Toms, profesor del
Colegio Libre. La abuela tiene la costumbre de consultar con l todos
sus asuntos, pequeos y grandes.

Era, pues, el caso de hacerlo.

En cuanto entramos en su despacho, el padre Toms comprendi que haba
electricidad en el aire.

--La seorita Magdalena ha roto su mueca?--pregunt sonriendo al ver
la seriedad de la abuela.

--Si no fuera ms que eso...--suspir la abuela, sentndose en una
cmoda butaca, mientras yo me instalaba modestamente en una
silla.--Magdalena me tiene consternada.

Y se puso a contar con vehemencia sus penas. Narr al cura su deseo de
casarme, mi poco entusiasmo por obedecerla, mi mana de profundizarlo
todo y el estudio que yo estaba haciendo de las solteronas; en una
palabra, todo sali a relucir.

El cura, repantigado en su butaca, escuch con atencin las quejas de la
abuela. En su buena y plcida cara, iluminada por una mirada de
sorprendente inteligencia, no se hubiera podido leer ninguna impresin
si el brillo malicioso de sus ojos no le hubiera hecho traicin. El cura
se diverta.

Cuando la abuela lo hubo dicho todo, el padre Toms clav un instante
sus chispeantes pupilas en las de la abuela y se ech a rer.

La abuela dio un salto de indignacin.

El cura, que la conoca, vio que no deba tirar ms de la cuerda
sensible, y respondi tranquilamente, ajustndose los anteojos:

--Al desear casar a su nieta, seora, cumple usted con su deber...

La abuela me lanz una mirada de triunfo.

--Pero Magdalena est en su derecho al querer reflexionar--aadi.

Y, a mi vez, levant la cabeza victoriosamente.

El cura hizo como que no echaba de ver lo que pasaba entre nosotras.

--El matrimonio es cosa tan grave--continu,--que cierto moralista ha
dicho que no era demasiado toda la vida para reflexionar antes de
comprometerse a l...

La abuela baj los ojos en seal de desaprobacin.

--No digo que ese parecer sea eminentemente prctico... Pero, en
fin--dijo el cura moviendo la cabeza,--no podemos menos de reconocerle
cierta prudencia...

La abuela se estremeci, y yo me ech a rer.

--Sin aconsejar a Magdalena que llev las cosas tan lejos, es bueno, sin
embargo, que reflexione, y mucho, antes de contraer los lazos sagrados
del matrimonio.

--Pero, padre--interrumpi la abuela, que perda la paciencia,--hacan
falta tantas ceremonias en otro tiempo para casarse? Los padres
presentaban un partido conveniente, y las jvenes se casaban sin decir
palabra. Nadie pensaba en estas dilaciones de que usted habla, y que no
comprendo ms que cuando una joven es llamada hacia Dios...

--Evidentemente--respondi el cura, cogiendo su caja de rap y tomando
un buen polvo.--As suceda y as sucede todava con las jvenes
acostumbradas a la obediencia pasiva...

--Seor cura, le cojo a usted en flagrante delito de contradiccin.
Habla usted de obediencia pasiva... Quin me ha aconsejado desarrollar
la personalidad de mi nieta?... Quin me ha impulsado a formarle un
carcter suyo?... Quin me ha dicho a cada uno de sus caprichos:
Djelo usted pasar; ser una mujer y no una figurante?... No ha sido
usted, seor cura?

--S, seora--respondi el cura sin confusin alguna.--Y hoy lo
repetira una vez ms. Los tiempos han marchado, y nosotros con ellos.
La vida fcil de otro tiempo se ha acabado, y ante las generaciones
nuevas se abre una vida de combate. Hay que combatir para tener un sitio
al sol, y educar a las jvenes como se las educaba en otro tiempo, sera
un verdadero anacronismo.

--Por qu?--dijo la abuela, no convencida.

--Porque la joven figurante ha dejado de existir. En otro tiempo, la
joven era educada exclusivamente para el matrimonio, y se trataba de
formarle un carcter fcilmente maleable para asegurar la felicidad
conyugal. Las ricas se casaban todas. Hoy no es ya lo mismo. Al lado de
las muchachas sin dote, que no encuentran con quin casarse, existen las
jvenes de dote pequeo o mediano, que no son ms buscadas por los
hombres. Hacer del matrimonio el ideal de todas las jvenes es, pues, un
grave error, puesto que es condenarlas de antemano a desengaos
ciertos...

--No veo en qu--replic la abuela.

--Que no ve usted en qu!--dijo el cura sorprendido.--Piense usted,
seora, en la crueldad de condenar a una joven al celibato cuando todas
sus aspiraciones y todo su ser tiendan hacia la dicha del matrimonio...
Qu quiere usted que haga en la vida una pobre joven cuyo espritu,
cuya voluntad y cuyo corazn no estn formados y necesitan equilibrarse
con el espritu, la voluntad y el corazn de un hombre?...

--Entonces, usted cree en la dificultad creciente del matrimonio para
las mujeres...--pregunt la abuela.

--S, seora, creo en ella.

--Magdalena tiene un bonito dote y...

--S, es posible, y se casar fcilmente--respondi el cura.--Pero como
posee un carcter muy personal y fuertemente equilibrado, la dificultad
vendr de su parte. Querr reflexionar, elegir, calcular...

--Entonces, Dios mo, qu va a ser de nosotras? Las jvenes que no
tienen carcter, estn expuestas a ser desgraciadas no casndose... Las
que lo tienen, estn amenazadas de sufrir casndose... Qu dilema,
seor cura!

--S--dijo el cura pensativo;--es cierto que ah est el escollo. El
matrimonio sufre la suerte comn a las cosas de la tierra; est
atravesando una crisis...

--Por eso mismo hay que combatirla--afirm la abuela con gran energa.

--Cmo?--dijo el cura ms y ms pensativo.--Lo que pasa en los grandes
centros industriales es una imagen de lo que ocurre en todas partes. Hay
tendencias a la huelga general...

--La huelga contra el matrimonio!--exclam la abuela, que no saba si
rer o enfadarse.

--La huelga contra el matrimonio, s--articul claramente el cura.--Lo
que hace al grevista es la conciencia de sus derechos y la posibilidad
de hacerlos valer... Transporte usted la huelga de la industria al
matrimonio, y tendr la palabra de la situacin.

--Entonces--exclam la abuela desesperada,--Magdalena es una
huelguista...

--No, todava no--dijo dulcemente el cura,--pero tiene tendencias.

Y aadi designndome a la abuela:

--Se puede saber lo que pasa en una cabeza de veinte aos?

--Veinticinco, seor cura, veinticinco--rectific la abuela, un poco
humillada por la cifra respetable de mis primaveras.

--Veinticinco aos--repuso el cura;--entonces es ms grave... A los
veinticinco aos no se es ya un alma cualquiera y se tiene una
personalidad... S, es ms grave... A esa edad se sabe que la vida de la
mujer casada es una vida relativa y que su dicha est a merced de
otro... No hay que extraar que ciertas naturalezas se subleven y
retrocedan ante esta dependencia absoluta... Note usted, seora, qu
general es la huelga del matrimonio; tan difcil es decidir a ciertos
jvenes a casarse como a ciertas muchachas a contraer matrimonio.

--Sin embargo, seor cura, todava se casa la gente--objet la abuela.

--S--respondi el cura con bondad,--todos los obreros no estn en
huelga, pero s muchos. Hay huelguistas hombres y huelguistas mujeres;
entre stas habr usted de contar a todas las que no quieren casarse por
motivos de abnegacin, de salud, de sentimientos de pureza virginal, de
amor al estudio, de exceso de escepticismo... de menor necesidad de la
persona complementaria, es decir, del marido.

Baj la cabeza y me ruboric ante la mirada investigadora del cura.

--Adems--prosigui ste,--hay los huelguistas hombres, de los que no
tenemos para qu ocuparnos, pues los motivos que les impiden casarse
son de inters o de egosmo, lo que es poco caballeresco... Entre los
huelguistas mujeres y los huelguistas hombres hay, como siempre,
vctimas de la misma huelga, que son algunas buenas y puras jvenes que
no encuentran con quin casarse por falta de un poco de dinero. Esta es
una de las plagas de nuestra poca--concluy el cura haciendo un gesto
de desanimacin.

--Entonces--respondi la abuela con un resplandor de esperanza,--puesto
que usted califica de plaga semejante estado de cosas, es que est por
el matrimonio...

--Sin duda, seora--afirm el cura,--el matrimonio es una necesidad
social a la que deben someterse los que estn llamados a ese estado...

La abuela volvi a tomar aspecto de triunfo.

--Pero no soy de opinin de que se violenten las vocaciones...

A mi vez cobr valor.

--Deje usted a Magdalena estudiar su cuestin de las solteronas, puesto
que eso le interesa. Acaso nos descubrir cosas asombrosas--aadi con
una risa sonora que hizo temblar los cristales del despacho.

--Seor cura--dije en tono de protesta,--si usted supiera cunto deseo
complacer a la abuela...

--Eso est muy bien dicho, pequea--respondi la abuela muy contenta.

--Vaya, la seorita Magdalena no se quedar solterona, lo preveo--dijo
el cura sin dejar de sonrer.

--No ser porque no las quiera ni porque no las defienda--contest
arriesgando una mirada del lado de la abuela.

--S, s, usted quiere jugar a los perros de Terranova--exclam el cura
satisfecho al ver que estbamos ms contentas.--Tiene usted razn. La
solterona de otro tiempo, aquella caricatura fsica de la mujer, ha
dejado, casi, de existir. Ya no se encuentran aquellos buenos tipos
clsicos de trajes anticuados y estrechos como sus ideas. La solterona
actual es con frecuencia una mujer de gusto, cuando no es la mujer de
todas las caridades y de todas las abnegaciones.

--Ah!--exclam aturdidamente,--siendo el cristianismo el que ha hecho
posible la vida de la solterona, es muy natural que inspire esa vida...

--Otra tontera de Magdalena--murmur la abuela.

--Cmo?--dijo el cura con estupor,--encuentra usted que Magdalena ha
dicho una tontera porque quiere que el cristianismo inspire la vida de
la solterona?

--No, seor cura, no es eso. Esta chica nos marea suponiendo que slo el
cristianismo ha hecho las solteronas...

--Y usted quisiera que yo le dijese que se equivoca?--pregunt el cura
maliciosamente.

--Oh! s, seor cura--suspir la abuela.

--Pues bien, seora, para complacer a usted, quiero recordar a Magdalena
el respeto que debe a esos cabellos blancos--prosigui el cura con su
franca sonrisa.--Pero no puedo desmentirla por completo en cuanto a lo
dems...

--Imposible!--exclam la abuela.--No va usted a decirme que es el
cristianismo el que ha hecho las solteronas... No, no... Eso es una
hereja...

--Sin embargo, seora, las palabras de San Pablo son formales. El que
no estando obligado por ninguna necesidad y siendo enteramente dueo de
hacer lo que quiera, ha tomado la firme resolucin de guardar su hija,
hace bien. Porque el que casa a su hija hace bien, pero el que no la
casa hace mejor. Lo oye usted, seora? San Pablo dice hace mejor...

--Ah!--exclam la abuela indignada,--jams hubiera esperado semejante
lenguaje de un apstol y un santo...

--Clmese usted, seora--dijo el cura muy divertido,--y observe qu
alivio representaba el consejo de San Pablo a los padres de familia de
la poca, obligados por las leyes a casar a sus hijas e impotentes por
las costumbres para hallar el esposo obligatorio...

--No--exclam la abuela,--no hubiera credo jams que un apstol, que un
santo, aconsejase el celibato mundano...

--Y en esto tiene usted razn--respondi el cura.--Tan lejos ha estado
San Pablo de hacer la solterona, que no se encuentran muchas en los
primeros siglos del cristianismo, ni en la Edad Media ni, siquiera, en
los tiempos modernos.

--Por qu?--pregunt interesada, mientras la abuela se repona de su
indignacin.

--A consecuencia de los cambios que las invasiones de los brbaros
trajeron a las costumbres y, sobre todo, a causa de la transformacin
propia de las cosas humanas. San Pablo no haba dado ms que un consejo
y los siglos que siguieron encontraron en l un amplio permiso para
condenar a una cantidad innumerable de mujeres, no al celibato mundano
voluntario, sino al celibato religioso forzado, tan penoso para las
almas a quienes no atrae una vocacin especial...

--En inters de qu?--dije ms y ms poseda de mi asunto.

--En el inters personal de las familias de entonces. Vamos a ver,
Magdalena--dijo el cura en tono regan,--un poco de memoria... Usted
debe de recordar la historia... Pues bien, dgame usted lo que sepa de
la transformacin de las leyes en el momento de la invasin de los
brbaros.

--No es difcil, seor cura--respond con entusiasmo.--Ayer precisamente
he estado hojeando la Historia moral de las mujeres de mi amigo
Legouv, y he visto que las luchas perpetuas y las guerras continuas
acabaron por poner los bienes en manos masculinas. Entre los invasores,
las hijas estaban excluidas de la propiedad.

--Bien--dijo el cura con satisfaccin,--muy bien...

--Los brbaros decan: Nada de hijas ante los hijos, lo que no es
justo--aad con conviccin.

--Eso es un detalle--dijo el cura en tono doctoral.--Y qu pas despus
de la conquista?

--Una cosa muy sencilla, seor cura. Los dueos del suelo, en plena y
legtima posesin de sus bienes, no tuvieron ms que un deseo, asegurar
la conservacin de esos bienes en toda su integridad a una descendencia
nica. El feudalismo no dice ya nada de hijas delante de los hijos,
sino nada de hijos delante de los primognitos...

--Perfectamente--exclam el cura.--Va usted a ver en seguida el
encadenamiento de los hechos. Por una rara asociacin de ideas, la
dureza del padre de familia, que excluye de su herencia a la totalidad
de sus hijos menos uno, se une a la fe sincera del creyente que quiere
la prosperidad de la religin. Estos dos sentimientos, al parecer,
inconciliables, impulsan al padre de familia a poner continuamente en
prctica y hasta exagerar el consejo de San Pablo... As pues, no se
casa a las hijas ms que cuando se encuentra una unin ventajosa para el
padre o para el hijo mayor; en el caso contrario, se las mete en un
convento, sean los que quieran sus gustos o deseos.

--Infelices!--exclam llena de conmiseracin por aquellas hermanas de
antao.

--Los siglos pasados--continu el cura, que se crea en su
ctedra,--estn llenos del ruido de esas vocaciones obligatorias,
gracias a las cuales no haba entonces ms que pocas o ninguna solterona
en el mundo. La totalidad o poco menos de las mujeres no casadas, eran
entonces encerradas en los conventos...

--Qu admirado debi estar San Pablo con semejante xito!--exclam con
una risa tan ruidosa que la abuela se estremeci.

--San Pablo...--murmur con rencor,--San Pablo es un mal santo.

--Oh! seora--respondi el cura descontento,--San Pablo es la gloria de
la Iglesia... Pero como no quiero que le crea usted el padre de las
solteronas voy a leerle una carta muy curiosa del Papa Inocencio IV a
propsito de las solteronas. All ver usted la doctrina de la Iglesia
en plena Edad Media, y, por consecuencia, una rehabilitacin de San
Pablo.

El cura desapareci un instante en su biblioteca y volvi con un gran
librote que abri por la pgina en cuestin.

--Se trata, seoras--dijo,--de la Princesa Isabel de Francia, hermana de
San Luis. Aquella virtuosa Princesa resolvi no casarse, siendo as que
su hermano deseaba que lo hiciera con el hijo del Emperador Federico II.
Si la Princesa hubiera querido hacerse religiosa no hubiera encontrado
ciertamente ninguna oposicin en su familia, pero la desgraciada hablaba
de celibato mundano... No tendr--responda a todas las
instancias,--otro esposo ms que Jesucristo; sin pasar el resto de mis
das en un claustro, vivir en medio del mundo en un estado de
virginidad. Blanca de Castilla, su madre, y el Rey Luis IX, su hermano,
a quien esta resolucin contrariaba en extremo, se dirigieron al Papa
Inocencio IV para que la combatiese. Inocencio escribi a la Princesa
una carta llena de razn y de dulzura, en la que se esforzaba por
demostrar a la joven qu desagradable sera para la familia real contar
con una solterona entre sus miembros.

El cura recalc la palabra solterona con entonacin tan burlona, que
la abuela y yo soltamos la carcajada.

--Escuchen ustedes la lectura de esta carta, que va a consolar a usted,
seora. Me dicen--escriba el Pontfice,--que queris vivir en el mundo
y que vuestra inclinacin os lleva a hacer en l una existencia separada
de los vivos, sin pretender el matrimonio ni las esperanzas de
posteridad. Sin embargo, segn me informan, no tenis la intencin de
entrar en un monasterio para vivir en l en la profesin religiosa, sino
que vuestra mente se forma una vida neutra que no es ordinaria en el
siglo y que no puede recibir la aprobacin de aquellos a quienes debis
obediencia.

--Eso est bien hablado--exclam la abuela;--Inocencio IV me consuela
de San Pablo... Qu tienes que responder a esto, hija ma?

--Lo que probablemente respondera Isabel de Francia...

--Isabel--continu el cura,--escribi al Papa una larga carta para
justificar su conducta y solicitar su perdn. No soy una
rebelde--deca,--ni una desobediente; quiero obedecer y morir a vuestros
pies, cuando me hayis hecho el favor de or una sola palabra para mi
justificacin. Inocencio IV haba hablado a la Princesa de la
excelencia y de la santidad del matrimonio...

--Qu gran Papa!--exclam la abuela llena de admiracin.

--...Isabel respondi en estos trminos: S que el matrimonio es
honroso, y el lecho de las esposas castas inmaculado; pero no puedo
olvidar lo que dijo el apstol San Pablo...

--Otra vez San Pablo!--gru la abuela...--Qu santo!...

--...Que hay que tener una santa emulacin por los dones de Dios y
desear los ms excelentes. He odo con frecuencia que la virginidad est
tan por encima del matrimonio como la claridad del sol sobre la de las
estrellas. Es la vida que Jesucristo ha consagrado en su pursima carne
y aqulla de que la Santsima Virgen nos ha dado ejemplo. Qu dao hago
a mi nacimiento renunciando al hijo del Emperador para casarme con el
soberano Monarca del Cielo y de la tierra? El poco conocimiento que
tengo de las letras sagradas no me permite ignorar unas palabras de San
Agustn, que dice: Ms vale dar vrgenes a Jesucristo que Csares al
mundo.

--Es encantador que tambin San Agustn se meta en esto--dijo la
abuela.--Y aadi volvindose hacia m.--De modo que las ideas de la
Princesa son las tuyas?

--No por completo--confes.--La Princesa es una santa y yo no. Adems,
su celibato no es ms que una vida religiosa...

--Precisamente--confirm el cura.--La historia nos ensea que si la
Princesa Isabel gan su causa, no persever en su deseo de celibato
mundano. Rompiendo con aquella vida neutra que afliga al Papa, se hizo
monja, y muri sindolo.

--Bah!--dijo la abuela,--para ser una solterona tan convencida de su
derecho, la Princesa no tuvo mucha perseverancia...

--Es verdad--contest el buen cura, que no quera contrariar de nuevo a
la abuela.--Note usted, sin embargo, qu progreso en el desarrollo de la
personalidad femenina denota ese proyecto de la Princesa... Cincuenta
aos antes supongo que no hubiera habido grandes escrpulos para vencer
la resistencia de una joven colocada en oposicin directa con los
suyos...

--Ese fue entonces el comienzo de la rebelin--objet la abuela,
levantndose para despedirse del cura, al que habamos hecho perder un
tiempo precioso.

--Nada de eso, seora--respondi con bondad el cura;--es el primer
vagido de una personalidad que se ignora.

--Singular vagido!--dijo la abuela.--En fin... a San Pablo y San
Agustn se lo debemos--aadi con rencor.--Verdaderamente, no puedo
digerir eso...

--S, s--respondi el cura con condescendencia,--ya lo digerir usted.
Ya ver, ya ver.

Y al acompaarnos galantemente hasta la puerta, nos dijo con malicia:

--Vayan en paz, seoras, vayan en paz...

Aquel deseo no deba realizarse, pues apenas entramos en casa, a la
abuela le falt tiempo para dar parte a Celestina del supuesto horror
del Papa Inocencio IV por las solteronas.

--Eso un Papa!--exclam Celestina.--Debe de ser, todo lo ms, un Papa
falso...

Iba la abuela a protestar vigorosamente, cuando me apresur a calmar a
Celestina recordndole las palabras de San Pablo: El que casa a su hija
hace bien; el que no la casa hace mejor.

Cre que se iba a desmayar de gusto al or estas palabras.

--Ese es un santo bueno... Ese es un santo grande... Ese es un santo...
santo. No hay como los apstoles.

--No hay como los Papas--replic la abuela.

Celestina es tan intransigente en sus ideas que no va a dejar vivir a la
abuela con San Pablo. La guerra est declarada entre el apstol y el
Papa, Pobre Inocencio IV! Bueno le va a poner Celestina!

Estaba yo escribiendo estas palabras, cuando o un golpe en la puerta y
me vi entrar a Celestina muy sofocada.

--No comprendo--acab por decir cuando pudo recobrar el uso de la
palabra,--no comprendo que la seora d tanta importancia a lo que dice
un inocente.

--Inocencio IV no era un inocente--repliqu.--Fue, por el contrario, un
gran Papa que se llamaba Inocente como t te llamas Celestina.

--Bah!--dijo Celestina incrdula;--la seorita no me har creer que
nadie se llame Inocente sin tener buenas razones para ello.

Y me dej muy indignada por lo que ella llamaba mi obstinacin en
defender a aquel inocente. Tena yo razn al exclamar: Pobre
Inocencio IV!




18 de octubre.


Hoy he dado un buen paseo con el que no contaba. Estaban dando las dos
cuando la campanilla son alegremente a impulso de un mano viva y
nerviosa.

--Es la seorita Francisca, seguramente--dijo Celestina, yendo a abrir
sin apresurarse.

Era ella, en efecto, que vena con Petra Brenay, Genoveva Ribert y sus
madres, a buscarme para dar un paseo. Acept con entusiasmo. La abuela
tiene dificultad para andar y me confa con placer a esas seoras que me
acogen siempre con gran amabilidad.

Genoveva y Petra son, como Francisca, de mis ms antiguas amigas, y,
como yo, son aiglemontesas de nacimiento.

Genoveva nuestra decana, frisa en los veintiocho aos. Es una morenita
delgada y esbelta, de facciones acentuadas y dulces al mismo tiempo.
Elegante sin exceso, piadosa sin mogigatera y adicta sin ostentacin,
es enteramente mi ideal. A ella es a quien confo ms fcilmente mis
pensamientos, y la abuela, que aprecia mucho el carcter firme y leal de
Genoveva, protege nuestra intimidad. Genoveva quiere permanecer soltera
por gusto, segn dice ella, pero la abuela, que no podra soportar
semejante inconveniencia, asegura que es ms bien por abnegacin para su
madre, a la que cuida y consuela en sus dolores fsicos y morales. Yo
soy de la misma opinin.

Petra es extremadamente fina y menuda, muy rubia y con una aristocrtica
silueta. Es la gracia hecha mujer, aunque un poco caprichosa y
fantstica y algo nia mimada. Su padre, el Barn de Brenay, no ve ms
que por los ojos de su querida hija, que es la nica bonita, la nica
bien nacida y la nica posible. A fuerza de orlo repetir, Petra lo cree
y espera con serena conviccin la hora encantadora y deseada en que la
renta de sus veinte mil pesos de dote, o sean seiscientos pesos, le
atraern algn millonario por marido. Los seores de Brenay desean el
milln, como es de suponer, y Petra, hija respetuosa, comparte
enteramente las opiniones de sus padres. Est convenido que Petra no se
casa con menos de un milln.

--No se puede vivir con menos de seis u ocho mil pesos al ao--dice a
cada momento el Barn de Brenay.

--Es lo justo para no morirse de hambre--aade la Baronesa.

Y como los dos tienen una fe ardiente y convencida en el valor de la
partcula de colocada delante de un nombre, conservan la dulce o
inocente ilusin de que toda la humanidad participa de esa fe. Un
riqusimo plebeyo ser indudablemente muy halagado al depositar a los
pies de la divina Petra un nmero incalculable de billetes de banco...
Esperan a ese novio ideal y le aceptan de antemano con una
condescendencia muy divertida. Muchas veces nos remos entre nosotras
de los sueos dorados de Petra, pero sin permitirnos discutirlos. Los
dogmas de fe no se discuten.

Dejando a las mams que hablasen entre ellas, tomamos rpidamente la
delantera en cuanto estuvimos fuera de la poblacin.

--Y bien, Magdalena--exclam de repente Francisca,--sigues defendiendo
a las aiglemontesas?

--Como las ataques mucho, puede ser.

--Ah! veo que cedes, caballeresca Magdalena--exclam Francisca
triunfante.--El otro da te alzabas en los espolones como un gallo
ingls.

--Si alguien enseaba los espolones--dije reprimiendo una fuerte gana de
rer,--no creo que fui yo...

--No, joven virtuosa; confieso que debi de ser mi modesta persona la
que se agri con los golpes repetidos que me asestan ciertas malas
solteronas...

--Si t las provocas, no tienes ms que lo que mereces.

--Eso es, mtete en esa pandilla, y contra m adems... Ah!--dijo
Francisca dando un gran suspiro,--bastante desgraciado es pensar que se
va una a enmohecer como las otras en la piel de una solterona...

--Nadie te obliga a enmohecer--objet Genoveva.

--S, se acartona una a pesar suyo cuando el celibato le ata las alas.

--Pues bien, csate--exclam.

--Ah! como llegue a pasar al alcance de mi mano un pretendiente, os
prevengo que salto a l y de grado o por fuerza le llevo al cura y al
alcalde.

--Aunque no te guste?...--pregunt interesada.

--Un pretendiente gusta siempre.

--Aunque sea feo y viejo?

--Me tiene sin cuidado--respondi Francisca con su desenvoltura
habitual.

--Oh!--dije indignada.--No creo que te casaras con alguien que no te
gustara...

--No?... Como que le iba a dejar... Ests todava en los dichosos
tiempos de los matrimonios por amor?

--Cmo!--exclam consternada.--No ests t ya en ellos?

--El amor sublime...--respondi la incorregible burlona;--creo que no me
sentara bien.

--Dices tonteras--hizo observar la prudente Genoveva, tambin muy
sofocada.

--Tonteras... no. En realidad--aadi Francisca viendo que haba ido
demasiado lejos, estoy hablando en broma.--Me sacis de mis casillas con
vuestros gustos de celibato. Es horrible volverse un ser ridculo, malo,
maldiciente y charlatn... una sobra.

--Yo no creo ser una sobra--protest vivamente Genoveva.

--T, puede que no--concedi con generosidad Francisca,--pero las
dems... Dios mo, no es ese mi ideal.

--Ni el mo--afirm Petra.--A m me gustar comerme el dinero de un
marido muy rico.

--Comerte el dinero!--objet.--Es eso todo lo que t ves en el
matrimonio?

--Evidentemente--respondi Petra con su gran aspecto de las
cruzadas.--Comprenders que si me caso con un plebeyo rico, no voy a
pasar el tiempo en amar a ese caballero... Amar a su dinero y hacerle
valsar, es otra cosa...

--Pobre plebeyo--dijo Francisca con compasin.--Estoy segura de que le
hars ver que es un honor para l dejarse roer el dinero por tus lindos
dientecitos aristocrticos.

Petra sonri sin responder.

--Bah!--replic Francisca sin poderse contener, una partcula no es
cosa que se come...--Qu le vas a dar en cambio a tu marido?

--Nada--respondi Petra desdeosa.

--Pobre seor; su vida va a ser un perpetuo viernes...

Genoveva, para cambiar de conversacin, nos llam la atencin sobre el
paisaje de otoo que se ofreca a nuestra vista.

--No, no, Genoveva, nada de poesa; nada de hojas muertas o a punto de
morir... Estoy harta de eso... Hace veintitrs aos que estoy
contemplando las bellezas de nuestro pueblo y ya no me entusiasma la
Naturaleza... Es aburrido.

--Qu alma de artista--murmur _in petto_; y despus, armndome de
valor, me atrev a hablarles de mis estudios sobre las solteronas.
Francisca aprovech la ocasin para lanzar gritos de horror, que Petra
imit a la sordina. Envalentonada por la mirada de aprobacin de
Genoveva, cont mis descubrimientos sobre el origen de las solteronas y
les dije que en los pueblos polgamos no las haba.

--No?--exclam Francisca.--Pronto, Petra, vmonos a esos pueblos
felices.

--No creas que me conformara con la vida de harn--respondi Petra en
tono desdeoso.

--Es verdad--exclam Francisca;--ya he dicho otra tontera.

--No me extraa--dijo dando un suspiro la pobre seora de Dumais que nos
haba seguido.

--Esperaba eso de mam--respondi Francisca con filosofa.

A m tampoco me extraan las reflexiones maternales...

Cuando llegamos a mi casa ofrec a todas las seoras una taza de t. Las
de Brenay y Dumais tenan prisa por volver a sus casas, y rehusaron;
pero las tres jvenes aceptaron. Celestina, que sabe cunto me gusta
tomar un refrigerio al volver de paseo, lo prepar todo en seguida, y
entre una galleta y una tostada continu mis confidencias.

La idea de que San Pablo, con gran escndalo de la abuela y gran
contento de Celestina, era el padre de las solteronas, divirti mucho a
mis amigas. Francisca, que tiene siempre ideas originales, me pidi que
llamase a Celestina para contemplar su gozo. Hcelo yo de buen grado y
ped una cosa cualquiera a mi buena vieja para explicar mi campanillazo.

--Y bien, Celestina--dijo Francisca,--San Pablo es un gran santo...

--S, seorita--respondi respetuosamente Celestina, que pareci mirar a
Francisca con mejores ojos.--No es como ese inocente...

--Qu inocente?--interrog Francisca asombrada.

--Ya te contar eso dentro de un momento--dije.--Vamos, Celestina, dinos
lo que piensas de San Pablo--continu dirigindome a la anciana, que se
obstinaba en pasarse la mano por las narices como para quitarse una
humedad molesta.

--Pienso--respondi la aludida, a la que halagaba la atencin de que era
objeto,--pienso que Dios ha enviado a San Pablo para impedir que las
jvenes se pierdan casndose.

--Pero, Celestina--dijo Genoveva con una dbil sonrisa,--no es una
perdicin el casarse.

--S, seorita--asegur Celestina;--en los hombres es puro vicio y en
las mujeres una torpeza...

--Bueno!... Ya est la especie humana rpidamente juzgada--exclam
Petra en medio de las risas de todas.

--Pues bien, Celestina--aadi Francisca muy seria,--encuentro que tiene
usted razn. En su lugar de usted dara algn paso cerca del seor cura
para obtener que Santa Catalina, que es una solterona de pacotilla, sea
puesta en la puerta de la corporacin y que San Pablo sea nombrado
patrono en su lugar.

--Cunta razn tiene la seorita y qu bien estara eso!...

--Me apresur a despedir a Celestina e hice reproches a Francisca. La
aturdida no ha pensado que Celestina va a tomar todo esto en serio y
acaso a intentar con el cura el paso aconsejado... En fin, ya veremos.

Reanud mi narracin de las solteronas para explicar el inocente de
Celestina, y aquello fue un concierto de risas. Francisca por poco se
ahoga con una castaa en dulce y Petra se atragant completamente al
beber el ltimo sorbo de t.

Por fin se restableci el silencio y emprendimos una nueva conversacin
ms seria, aunque sobre el mismo asunto.

Genoveva me pregunt con qu objeto haca mis investigaciones, y le
respond que todo mi deseo era encontrar libros que me inicien en la
introduccin de las solteronas en la sociedad moderna, pues hasta ahora
no me daba cuenta ms que de la solterona involuntaria.

--Mi madre debe de tener algo sobre eso--dijo Genoveva despus de
reflexionar.--Buscar y te enviar todo lo que encuentre.

--Le di las gracias con efusin, y como se haca tarde, unos
campanillazos vinieron a poner trmino a nuestra alegre conversacin.
Era que venan a buscar a mis amigas.

Francisca fue todava la que tuvo la ltima ocurrencia. Haba ya salido
de la antesala, cuando, dando media vuelta, vino hacia m y me dijo con
su gracia acostumbrada:

--Hasta la vista, solterona...

--Adis y gracias--repitieron en coro Genoveva y Petra.

--Adis, hasta la vista, muchachas...--respond gozosa, mientras se
restableca el silencio en nuestra tranquila casa y resonaban todava a
lo lejos las notas del alegre terceto.

Solterona!... Pues bien, acepto el augurio...




20 de octubre.


Con gran desesperacin de la abuela, Genoveva me envi al da siguiente
los libros prometidos y desde entonces los leo y los devoro. Aunque la
abuela dice que estoy ridcula con mis solteronas, la verdad es que las
encuentro un serio inters. Mis estudios me deleitan y los contino.

Hubiera deseado encontrar otra Isabel de Francia para tener derecho a
sentar un slido juicio sobre una base no menos seria; pero con gran
sentimiento mo, la vocacin del celibato no parece haber sido
voluntaria en los siglos pasados. Casarse es decididamente una cosa de
un orden esencialmente natural y parece que la solterona por gusto es
una creacin exclusivamente moderna.

De dnde viene?

Eso es lo que he procurado investigar con una paciencia tan
extraordinaria como inusitada. He reanudado mis estudios en pleno
feudalismo, en medio del vigoroso impulso del espritu caballeresco. Me
ha parecido curioso estudiar esa poca, ya muy brumosa, en la que Mi
Dios y mi Dama era el grito de los infanzones que iban a la batalla con
una cruz en la mano y los colores de la seora de sus pensamientos en el
corazn. Eso difiere un poco de nuestros jvenes modernos, que no han
conservado, evidentemente, esas nobles maneras.

Qu era esa dama evocada por la imaginacin de nuestros antepasados?

Algunas veces era una delicada nia de pdica sonrisa; con frecuencia
era la esposa de algn caballero renombrado, pero ni una sola vez, que
yo sepa, se la encuentra bajo las facciones de una honrada y casta
solterona. El estado neutro de que hablaba el Papa no est muy en honor
ni en el mundo eclesistico ni en la sociedad seglar. Preciso es aadir,
por otra parte, que el enorme xito de lo que se llamaba tan exactamente
cortes de amor no era para fomentar el estado de virginidad ni para
darle muchos elogios. El espritu caballeresco, basado en el amor, deba
ser hostil al celibato, y todas sus adoraciones y homenajes se dirigan
a aquellas que, lejos de estar armadas contra los sentimientos tiernos,
saban animarlos graciosamente.

La caballera, a pesar de la aureola con que ha llegado hasta nosotros,
no se alimentaba exclusivamente de flores azules cogidas en el pas del
ideal. Prctica y dura, apreciaba muy bien las especies contantes y
sonantes o los hermosos dominios dorados por el sol.

El sistema feudal, al privar a las hijas de toda fortuna, aument
considerablemente el nmero de las muchachas pobres y, por consiguiente,
imposibles de casar, pues en aquel noble tiempo de sentimientos
caballerescos haca falta un dote para conquistar un marido. La historia
no nos dice si bardos o trovadores consagraron a este asunto, sin
embargo tan interesante, sus versos y sus melodas. Es de creer que ni
unos ni otros hubieran logrado transformar una sociedad que exaltaba a
la mujer y buscaba el dinero.

La nobleza y la burguesa, encontrando la mayor facilidad para
desembarazarse de las hijas sin soltar dinero, preferan darlas sin dote
al convento a dotarlas para casarlas.

Pero las dificultades de la vida se acentuaban para las jvenes
casaderas y para los conventos que las servan de refugio. El nmero de
monjas obligadas creca hasta tal punto, que ciertas casas faltas de
recursos tuvieron que recurrir a la bondad real para obtener algunas
larguezas. Luis XIV permiti a algunas comunidades aceptar dotes a
condicin de que se dedicasen a la instruccin profesional de las hijas
del pueblo. Pero con esta ocasin se renovaron los antiguos edictos para
los conventos ricos con agravacin de las penas para los infractores. El
Parlamento de Pars castig a las religiosas de la Virginidad por haber
medido una vocacin ms al peso del metal que al del santuario.

La sociedad meticulosa de la poca prefera la desgracia de sus hijas en
un claustro, a su dicha relativa en el mundo, en el que no se admita el
celibato. Las conveniencias lo mismo que el espritu religioso de la
poca se oponan a este ltimo partido.

Los predicadores tronaban en el plpito contra el entristecedor
espectculo del celibato involuntario, y uno de ellos lleg a decir que
las hijas solteras que se quedan en el mundo son en l objeto de
escndalo y un obstculo a las buenas costumbres.

Cmo, despus de esto, atreverse a permanecer solterona? Era necesario
tomar el camino del claustro, donde nadie pensaba en averiguar el grado
de vocacin que llevaba a tantas pobres almas.

Los moralistas hablaban tambin en favor del matrimonio, demostrando,
como Montesquieu, que cuanto ms se disminuye el nmero de los
matrimonios que pudieran hacerse, ms se corrompe a los que estn ya
hechos: cuantas menos personas casadas hay, menos fidelidad existe en
los matrimonios, como cuando hay ms ladrones existen ms robos.

Y como la causa del matrimonio no avanzaba un paso, se decidi dejar
resueltamente a un lado a las jvenes feas y pobres para dar, al menos,
a las que no lo eran un puesto ms ancho en el mundo. Un sabio casuista,
el padre Bonacina, jesuita, declaraba exenta de pecado a la madre que
desee la muerte de sus hijas sino puede casarlas a su gusto a causa de
su fealdad o de su pobreza.

Con el convento para las unas, el matrimonio para las otras y la muerte
para las que no entraban en ninguno de los dos estados, pudirase creer
que en adelante no habra ya esas desgraciadas jvenes cuya vista
produca en la conciencia pblica el efecto de un remordimiento. Pero la
especie no quiso desaparecer. Al fin del siglo XVIII, el moralista
Sebastin Mercier declara que en todas las casas burguesas de Pars se
encuentran cuatro jvenes casaderas por una casada.

Dej la pluma, pensativa, reflexionando que en provincias, a la hora
actual, el matrimonio est por lo menos tan abandonado como en tiempo de
Sebastin Mercier, cuando la abuela me arranc bruscamente de mis
demasiado sabias meditaciones.

--Un poco de memoria, Magdalena. Olvida que tenemos que ir esta tarde a
ver a la seora de Brenay.

--Es verdad--exclam,--no me acordaba...

--Las solteronas te hacen perder la cabeza, pobre hija ma... Vamos,
despchate. Voy a ponerme el sombrero y te espero en el saln.

En diez minutos hice el milagro de estar compuesta y acicalada. La
abuela, satisfecha, se dign sonrerme con una benevolencia en la que
entraba un poco de inocente admiracin.

Pasar de repente de la calma absoluta a una intensa tempestad, es
siempre desagradable, y esto fue lo que nos sucedi a la abuela y a m.
Dejamos la apacible tranquilidad de nuestro _home_ y nos encontramos en
pleno huracn en casa de los Brenay.

El seor de Brenay, que no parece ms que raras veces por su saln,
estaba pasendose con agitacin febril que sacuda con bruscos
movimientos sus bigotes largos y retorcidos. La de Brenay, desplomada en
una butaca, pareca aniquilada y olvidaba por completo el cuidado de
conservar sus maneras aristocrticas. Petra, muy encarnada y como
vergonzosa, estaba mordiendo rabiosamente el pauelo. Era indudable que
caamos en plena escena de familia. La abuela y yo cambiamos rpidamente
una mirada de estupor, pero era imposible retroceder.

El saln de los Brenay, siempre tan animado, tan alegre, tan en armona
con los gustos de los dueos de la casa, me pareci ensombrecido por
negras nubes cuando tom posesin de una silla al lado de Petra. El
seor de Brenay, hombre muy corrido, crey que deba, en cuanto se
cambiaron los primeros cumplimientos, ponernos al corriente de lo que
motivaba semejante perturbacin en su interior.

--Esta democracia...--dijo con un desdn exasperado,--esta democracia es
audaz en extremo... Creer usted, seora, que un teniente de
infantera... sin apellido... casi sin fortuna... mil doscientos pesos
de renta--qu es eso?--se atreve a levantar los ojos hasta mi hija?

--Audaz es en efecto--dijo la abuela en tono de broma.--Un gusano de la
tierra enamorado de una estrella...

--Precisamente--exclam Brenay con acento de aprobacin.--El teniente
Cotorrac...

--Es posible--dijo la seora de Brenay confundida,--que con semejante
nombre se atreva a pensar en mi hija?...

--Ah!--gimi Petra,--estoy avergonzada... Qu apellido para anunciar en
un saln... La seora de Cotorrac...

La desesperacin de Petra era tan franca, que reprim valerosamente toda
hilaridad. Y tuve mrito, porque la escena era divertida.

--Cllate, hija ma, cllate!... Ese ganapn, ese perdido merecera
seis meses de castillo por haberse permitido pensar en ti... Si
volviera el antiguo rgimen!

--Si se nos permitiese solamente hacer que nuestros criados dieran una
buena paliza a esos insolentes...--acentu la seora de Brenay,--no
pasaran estas cosas.

--Dios mo--se atrevi a decir la abuela, bastante divertida en el fondo
por aquella tragicomedia.--Creen ustedes que el crimen no tiene
excusa?... Petra es tan linda y tan seductora...

--Mi hija no debe ser linda ni seductora para quien no es de su
clase--gru el padre.

--Un pobre diablo puede tener ojos--aadi la abuela,--y hasta
corazn... Y si ese pobre diablo es un oficial y tiene mil doscientos
pesos de renta... la cosa cambia de punto de vista.

--No cambia nada--exclam Brenay.--Es bien nacido?... No... Tiene
fortuna?... No... Ah! el lado vergonzoso del negocio es que ese mozo
afirma que est loco por mi hija...

--Pap, por Dios, no repitas semejante cosa...

--Y qu?--pregunt la abuela.

--Que es un amor inadmisible--respondi Brenay con su voz ms
mordaz,--que estoy seguro de que hace estremecerse de horror en sus
tumbas a todos los Brenay pasados...

--Sin contar los Mauval a que yo pertenezco,--apoy la de Brenay.

La abuela se esforz en vano por establecer que la respetabilidad
personal, las cualidades del joven, su sinceridad y su lealtad evidente
eran dignas de otra acogida. Ni el seor de Brenay ni su mujer quisieron
conceder nada, y Petra, herida en su amor propio, no consinti tampoco
en deponer su clera.

Despus de un cuarto de hora de una conversacin difcil, cuyo asunto
era imposible de cambiar, tan violenta era la exasperacin reciente, la
abuela se levant con gran satisfaccin ma. Yo, que me complazco mucho
habitualmente con la compaa de Petra, fui feliz al dejarla. Tales
prejuicios de casta, o de pandilla, como dira Francisca, son tan
extraordinarios que me producen el efecto de un gran anacronismo.

--Bah!--dije a la abuela, que estaba un poco sublevada con lo que
acababa de or;--supongamos que vivimos en el siglo XVIII en lugar de
encontrarnos en el XX, y todo ser natural...

--Las enseanzas de la historia son letra muerta para muchos--murmur la
abuela...--Es curioso--aadi,--el ver cuntas personas inteligentes hay
entre nosotros a quienes la historia no ha enseado nada.

--Aprender!... Esa es toda la filosofa de la vida, abuela querida...
Pides demasiado.

La abuela, sorprendida, me mir atentamente.

--Acaso tengas razn--aadi cuando se dio cuenta de que era yo quien
haba hablado.--En todo caso, la pobre Petra est en la dolorosa va del
celibato.

--Dolorosa!... no, abuela, muy feliz.

Y para ahorrarme un sermn de la abuela, desaparec prontamente de su
horizonte. Abrase ante m la puerta de mi casa y me met en ella ms
que de prisa.




22 de octubre.


Mis investigaciones van tomando cuerpo... Las solteronas se enredan en
una madeja inesperada. Estaba yo gimiendo en mi interior por las
dificultades de mi tarea, cuando la Providencia, bajo las facciones del
padre Toms, vino a llamar a la puerta de la abuela. El buen cura
deseaba averiguar el estado de nuestras cabezas y el de nuestros
corazones.

Apenas entr en el saln, iluminado por un lindo rayo de sol, que
aureolaban los primeros fuegos del hogar en un dulce resplandor, cuando
llegaron tambin la de Ribert y Genoveva para informarse del resultado
de mis lecturas.

La abuela no reanuda sus das de recibir hasta noviembre, pero acoge con
gusto a las personas de nuestra intimidad que se presentan. No cierra su
puerta desde julio hasta Todos los Santos ms que a los indiferentes
que, con pretexto de inters, van a casa ajena a informarse del matiz de
las ideas y del aspecto de las caras para inventar historias
sorprendentes e inverosmiles.

Me puse tan alegre por aquella doble visita que de buena gana hubiera
saltado al cuello del cura y al de la seora de Ribert para
manifestarles mi satisfaccin. Me indemnic de la imposibilidad
absoluta de hacerlo precipitndome a las mejillas de Genoveva que
recibieron cada una dos sonoros besos.

La de Ribert es el vivo retrato de su hija o ms bien, sta es la
reproduccin exacta de lo que ha debido de ser su madre. El cabello gris
de la de Ribert, parece ser el sucesor designado de la opulenta
cabellera de Genoveva. Slo ha cambiado el talle, engruesado por la
edad, y, sobre todo, ha venido la enfermedad triste e implacable que la
mitad del tiempo clava a Genoveva en la cabecera de su madre, sin que la
una ni la otra pierdan por eso una sola de sus sonrisas ni un tomo de
su apacible amabilidad.

El padre Toms, conocido y apreciado por el pueblo entero, lo que no es
frecuente en Aiglemont, es tambin ntimo de los Ribert. El cura sac en
seguida la conversacin de las solteronas, ayudado por la de Ribert,
apasionada por todo lo que se refiere a la evolucin femenina. Es, al
contrario que la abuela, enemiga del matrimonio y se dice por lo bajo
que su marido, muerto hace muchos aos, no la hizo precisamente feliz.

--Y bien, cmo van esos estudios?--dijo el cura con una risa sonora que
hizo estremecerse hasta las tenazas de la chimenea.

--Estn suspendidos, seor cura.

--Por qu?

--Porque no encuentro el lazo que debe unir a la solterona involuntaria
de otro tiempo con la de hoy. He llegado casi al fin del siglo XVIII y
me falta una Princesa Isabel...

--Dios mo!--gimi la abuela,--no se concibe semejante obstinacin.

--S, seora, ciertamente--respondi el cura con bondad.

Y aadi dirigindose a m:

--Si necesita usted absolutamente una princesa, me parece que la Corte
de Luis XVI le ofrece una solterona distinguida...

--Qu aturdida soy!--dije con conviccin.--Es verdad, olvidaba a madama
Isabel, la hermana de Luis XVI...

--S, madama Isabel, sin hablar de otras ilustres solteronas. En cuanto
al lazo que usted reclama entre las solteronas involuntarias y las
voluntarias, existe muy claro. Qu hace usted de la Revolucin y del
Cdigo de Napolen?...

--Nada absolutamente, seor cura--dej escapar a pesar mo.--Esas dos
cosas no me dicen nada que valga.

--Pues es un error--respondi el cura.--La Revolucin y el Cdigo de
Napolen, por el establecimiento de principios nuevos y por la abolicin
del derecho de primogenitura, han dado a las jvenes de las clases
acomodadas una independencia real para permitirles vivir como les
acomoda. De aqu se deduce...

--Entonces, seor cura--pregunt la de Ribert muy interesada,--usted
cree que la Revolucin y el Cdigo entran por mucho en este temor del
matrimonio que manifiestan tantas jvenes modernas...

--Evidentemente... No se nota ese temor precisamente en la
burguesa?...

--S, es cierto. Sin embargo...

--No hay sin embargo--afirm el cura con autoridad.--Desde el momento en
que se suprimi el derecho de primogenitura y la mujer mayor, no
casada, fue admitida a gozar de sus bienes, se ha desarrollado, por la
fuerza de las cosas, el gusto por el celibato voluntario. Abra usted el
Cdigo...

--No, no--dijimos en coro,--la cosa no es distrada.

--Pues bien, no le abran. Pero si le abrieran, veran que la mujer
soltera es ms generosamente tratada que la que se encuentra bajo la
potencia del marido. La primera goza de todos sus derechos en cuanto es
mayor de edad; la segunda es una eterna menor.

--Pero dije cautivada por la demostracin;--entonces usted cree...

--Sin duda, sin duda--replic el cura.--Es claro que al convertirse la
soltera en protegida del Cdigo, el celibato, hasta entonces objeto de
aversin, adquiere rpidamente, bajo el imperio de nuevas costumbres,
toda la apariencia de una posicin escogida.

--Si lo que usted dice es exacto--repuso la abuela olvidando su
antipata por este asunto,--habra que buscar en esa transformacin de
las leyes el comienzo de otras muchas evoluciones.

--As lo creo, seora--respondi el cura.--La evolucin femenina de que
habla todo el mundo, me parece que no tiene otra causa primera. Los
cambios de hechos acarrean siempre cambios de ideas, cuando no es el
cambio de stas lo que produce el de los primeros.

--Es curioso, muy curioso--exclam la de Ribert.--Sin
embargo--objet,--no comprendo bien la importancia extraordinaria que da
usted al Cdigo de Napolen desde el punto de vista femenino.

--Va usted a comprenderlo--respondi el cura, muy contento por la
atencin de su auditorio.--Por primera vez en la historia de los siglos,
la mujer de las clases acomodadas es llamada de soltera a la libre
posesin de sus bienes de familia. Cmo quiere usted que tal evolucin
no traiga consigo otra?

--Es verdad--dijo Genoveva,--todo se enlaza.

--Usted me comprende, seorita Genoveva--dijo el cura con una mirada de
aprobacin.--La mujer que posee, es naturalmente una mujer que obra y
llega a ser por la fuerza de las cosas una personalidad con la que hay
que contar.

--Qu lejos estamos--exclam,--de las leyes de Manou, del Gnesis y del
Corn!... Unas y otras declaraban con una notable unanimidad que la
mujer sin marido no era nada y no poda nada...

--S--aprob el cura,--todo est muy cambiado. Las mujeres, que no eran
nada en otro tiempo, estn a punto de serlo todo, gracias a las
solteronas--aadi con malicia.

--Todo!--exclam la abuela.--Las solteronas son entonces, segn usted,
abominables feministas....

--No, no--respondi el cura divertido por la alarma de la abuela.--Usted
exagera... Afirmo sencillamente que la posesin legal de los bienes
fomenta en la soltera el desarrollo de su personalidad. Y hay que
confesarlo, no se puede creer que el desarrollo de la personalidad en la
mujer sea un excelente factor de matrimonio.

--Es verdad--aprob la de Ribert.--La independencia de bienes provoca la
de la voluntad y la de la mente. No querra deducir que la independencia
del corazn sigue el mismo movimiento, pues eso traera serias
consecuencias. Pero hay una evidente propensin a un individualismo
que, como usted dice, est muy lejos del matrimonio.

La abuela no pudo contener una exclamacin de horror.

--S--dijo el cura pensativo sin ocuparse ya de los suspiros de la
abuela,--el individualismo es ahora una especie de contagio. Es la idea
fija de muchas jvenes... Es un bien o un mal?... El porvenir lo dir.
Por el momento, se hace un pedestal a la mujer moderna sin pensar que,
acaso, el individualismo llegar a ser sinnimo de egosmo...

--No, seor cura--respondi Genoveva con energa.--Se puede tener una
personalidad bien caracterizada sin caer en el horrible defecto que
usted seala.

--He dicho acaso y no ciertamente... Hay en esto un escollo, un gran
escollo. Muchas jvenes--aadi con tristeza ms acentuada, mirndome
con fijeza;--muchas jvenes de las mejores y de las ms inteligentes, no
sienten ya la necesidad de apoyarse en el brazo de un marido...

--Y bien--dijo alegremente la de Ribert mientras la abuela volva a
suspirar,--tanto mejor... Puesto que se dice que ya no es posible casar
a las hijas, dichosas la que no tienen la vocacin del matrimonio.

--S, lo concedo--dijo el cura.--Pero por qu ese estado de alma reina
precisamente entre las jvenes que se casaran ms fcilmente? S, es
bueno en general que las jvenes no coloquen en el matrimonio su nica
probabilidad de dicha...

--Pobre probabilidad!--interrumpi la de Ribert.

--...Es preciso, sin embargo, no complicar la situacin haciendo que se
implante demasiado ese miedo del matrimonio.

--Eso es lo que me canso de decir--exclam la abuela.--Es malo, es
espantoso...--acab en el ltimo grado de la indignacin.--Ah! seor
cura, seor cura... Qu ha hecho usted de Magdalena?

--Can, qu has hecho de tu hermano?--parodi dulcemente el
sacerdote.--Pero seora,--continu con ms vivacidad,--no he hecho nada
malo de Magdalena, que yo sepa. Es verdaderamente buena,--aadi con la
satisfaccin del que se complace en su obra moral, mientras sus buenos
ojos se fijaban en m con una indulgencia enteramente paternal.

--S, lo concedo, no es mala--dijo la abuela halagada en su amor
maternal.--Pero esa personalidad... ese modo de bastarse a s misma...

--Ya s, ya s--replic el cura confuso.--Verdaderamente, no haba
previsto ese peligro.

--Un peligro!--exclam la de Ribert, contenta al ver al cura habrselas
con la abuela.--Dnde ve usted ese peligro?

--Un peligro desde el punto de vista del matrimonio, se
entiende--explic el sacerdote.--Involuntariamente, al armar a las
muchachas para el famoso _struggle for life_, las armamos contra el
matrimonio. En el da en que sienten verdaderamente que son alguien,
saben por esto mismo razonar. Ahora bien, el razonamiento mata la
ilusin; la ilusin perdida da el golpe de muerte a la confianza; y
aniquilada la confianza, dnde quiere usted que se coloque el amor en
un corazn femenino?... Pero, en realidad--continu el buen cura
levantando la cabeza con confianza,--Magdalena no ha dicho que renuncia
al matrimonio.

--S, s, haga usted el buen apstol... No ve usted que va por ese
camino?

--Todava no, seora. Magdalena est en el perodo de la reflexin.

--Admito que reflexione sobre tal o cual pretendiente, seor cura, pero
sobre el matrimonio... sobre el matrimonio...

--San Pablo, seora...

--No me hable usted de San Pablo, por amor de Dios--dijo la abuela con
agitacin.

--Y bien, Magdalena--pregunt la de Ribert para evitar a San Pablo una
nueva algarada;--qu tiene usted que reprochar al matrimonio, hija ma?

--El marido--respond con sincera conviccin.

--El marido!--exclam la de Ribert riendo, con gran contento de
Genoveva, que gozaba deliciosamente de la alegra de su madre.--El
marido!... Qu gran verdad...

La abuela, consternada, nos miraba a las tres alternativamente con tal
expresin de reproche, que el cura tom el prudente partido de dejarnos
para cortar la conversacin. La de Ribert y Genoveva se quedaron todava
unos instantes, y cuando vieron tranquila a la abuela, se levantaron con
la promesa de vernos muy pronto.

--Estas seoras son muy amables--dijo la abuela en cuanto se
marcharon,--pero es lstima que tengan ideas falsas... Qu mal se
razona ahora!... En mi tiempo no era as.

--En tu tiempo, abuela--repliqu apoyando dulcemente la cabeza en su
hombro,--todo el mundo era perfecto.

--Aduladora--respondi la abuela dndome un beso.--Bien sabes que haces
de m todo lo que quieres...

Y se firm la paz con otro beso.

Ah! si la abuela quisiera ser razonable, qu felices seramos...




24 de octubre.


Hay personas a quienes la suerte se complace en jugar malas pasadas. Y
ese es mi caso...

Crea la paz asegurada enteramente entre la abuela y yo y me preparaba a
gozar de nuevos das de serena tranquilidad, cuando esta maana la
abuela me dirigi este discurso:

--Hija ma, puedes hacerme justicia...

--No tengo otra intencin, abuela.

--Te dejo perfectamente libre para tomar el pulso a tu vocacin
futura...

Aqu hice un movimiento de cabeza afirmativo.

--Pero estimo que si esos estudios preliminares van a durar diez aos...

--Adis!... Estoy cogida.

--...No habr ya para ti ninguna probabilidad de matrimonio.

--Y la seorita Romanot, que acaba de casarse a los treinta y ocho
aos?... Y la de Ormont, cuya cuadragsimasexta primavera ha conocido
al fin los triunfos del matrimonio?... Dnde me las dejas?

--Son ejemplos que no hay que seguir. Considero sencillamente esas
uniones tardas como asociaciones amistosas y no como matrimonios.

--Bah! todo lo que se busca hoy es una asociacin amistosa.

--Otra vez!--exclam la abuela con alguna impaciencia.--Soy yo, a mi
edad, quien debe recordarte las ilusiones de la tuya?... Dios mo, qu
desabridas y singulares son esas muchachas...

--No es culpa ma. La desilusin y la singularidad estn en el aire que
se respira.

--Empiezo a creerlo--replic la abuela descontenta.--Pero como quiero
cumplir con mi deber a pesar de todo, quiero verte aceptar dcilmente,
al lado de tus estudios sobre las solteronas...

Aqu la abuela se encogi de hombros con expresin de supremo desdn.

--...Un examen atento de las proposiciones de matrimonio que se te
puedan hacer...

--Abuela, me habas prometido...

--Te he prometido no influir en tu resolucin definitiva, s, Magdalena.
Lo que no he prometido es dejarte echar a perder tu vida como lo ests
haciendo.

--Abuela--protest,--soy tan feliz... No trato ms que de estar a tu
lado.

--S, ya lo s, mala nieta... Y eso es lo que no comprendo... A los
veinticinco aos encontrarse dichosa sin el apoyo de un marido, no es
natural...

--Adems, querida abuela, para qu necesito un marido puesto que te
tengo a ti?

--Para qu?... Ah! Magdalena...

Y la abuela, suspirando fuertemente, me mir con tierna piedad. No me
comprende, es seguro, y yo no la comprendo tampoco.

--He recibido hace un momento--prosigui la abuela,--una esquela de
nuestro notario y amigo el seor Boulmet, que me ruega que le reciba a
las dos. No me oculta que su visita tiene por objeto un proyecto de
matrimonio...

--Oh! no, no--exclam con espanto.--Ah! San Jos...

--He dicho un proyecto y no un matrimonio... Te dejo absolutamente libre
de resolver lo que te acomode, pero quiero...

La abuela puso en esta palabra toda su energa.

--...Quiero que ests presente en la entrevista. A los veinticinco aos
debe una mujer decidir ella misma su vida... Te prevengo que no tolerar
ms que te sustraigas a la menor peticin de matrimonio como lo has
hecho hasta hoy.

--Pero abuela--repliqu victoriosa,--sabes que no estar libre a las
dos. La seora de Dumais y Francisca van a venir a buscarme para ir a
paseo, de modo...

--Escribe dos letras a Francisca para excusarte--respondi la abuela con
su tranquila firmeza de los grandes das.

Cuando la abuela se expresa as no hay ms que obedecer, y as lo hice.

A las dos en punto, el seor Boulmet, tieso y atildado como de
costumbre, entr en el saln bajo la poco benvola mirada de Celestina,
que sospecha evidentemente algo. Habitualmente encuentro muy bien al
seor Boulmet, pero hoy me es sencillamente odioso...

Su crneo desnudo me pareca el receptculo de un mundo infinito de
malos pensamientos; aquellas dos cositas brillantes que esconde bajo sus
anteojos de oro despedan para m fulgores satnicos, y hasta su bigote
gris, de aspecto ordinariamente bondadoso, tom a mis ojos una
significacin agresiva. Hzome estremecer su perfecta levita negra
abierta sobre una correcta corbata, y el alto cuello en que el seor
Boulmet aprisiona las gracias conquistadoras que le quedan, me pareci
una alusin directa a la dicha del matrimonio.

El seor Boulmet me conoce demasiado bien para no echar de ver que su
visita, o ms bien, su objeto, me entusiasmaba poco.

--Ea, Magdalena--me dijo despus de los primeros cumplimientos,--no
ponga usted esa cara tan triste. Qu diablo, un matrimonio no es un
entierro...

--Casi--exclam dando un suspiro.

--Entonces--pregunt el notario volvindose hacia la abuela,--la
conversin no se ha verificado?...

--Ay!--murmur la abuela.

--Es muy singular--sigui diciendo el seor Boulmet.--Querr usted
creer, seora, que su nieta de usted no es una excepcin y que existe
esta antipata por el matrimonio en una gran parte de mi clientela?...
As como las jvenes sencillas y sin gran instruccin ni dote parecen
entusiasmadas por el matrimonio, las dotadas de talento y fortuna
manifiestan respecto de l una frialdad significativa.

--Semejante disposicin huele a feminismo--dijo la abuela pensando
todava en la conversacin del cura con la de Ribert.

--El feminismo!... El feminismo en Aiglemont!--exclam con horror el
Seor Boulmet.--Me deja usted estupefacto, seora... Despus de
todo--aadi volviendo a tomar su aspecto profesional,--tengo tan poco
tiempo para ocuparme en semejante cuestin, que me dispensar usted si
me declaro incompetente.

--S, lo comprendo--respondi la abuela.--Pero dgame usted, entre
nosotros, qu piensa usted de estas jvenes de hoy?

--Que son muy viejas para su edad.

--Gracias a Dios que encuentro alguien de mi opinin!--exclam la
abuela triunfante.

--S, confieso que estas cuestiones nuevas me confunden un poco y
trastornan tambin mi estudio... Tenemos menos contratos de matrimonio
y, sobre todo, menos buenos contratos... Es muy deplorable... S que
habitamos en un clima templado y que stos son especiales para las
solteras...

--Por qu?--pregunt interesada por mis queridas solteronas.

--Porque la accin del clima influye en el desarrollo de la vida de
familia y en el temperamento personal.

--Cmo?--pregunt con emocin y sorpresa.

--Porque las ideas ms serias... una naturaleza ms fra... y una gran
dificultad para los cuidados materiales son las causas de esta
propensin al celibato.

--Gran Dios! hacia los polos eso debe de ser un ideal...

--No--respondi el notario sonriendo por mi ardor.--En los pases muy
fros las dificultades de la vida son tales y los rigores del clima tan
implacables, que la gente se casa con entusiasmo por motivos opuestos a
los que hacen de los meridionales celosos partidarios del matrimonio.
All se necesitan los unos a los otros, y la existencia de una
solterona...

--Sera un escndalo--aadi la abuela contenta al ver que haba en la
tierra numerosas personas sensatas.--Pero--continu,--no nos
extraviemos... Magdalena me ha prometido escuchar cuerdamente la
proposicin que nos hace usted el honor de trasmitirnos. Cuento con su
razn y con sus sentimientos para hacerle comprender que tiene algo
mucho mejor que hacer que permanecer solterona...

--Evidentemente--exclam el seor Boulmet.--Una joven tan bonita, tan
inteligente, tan instruida... Una mujer superior...

--Seor Boulmet--dije en tono de splica, ofendida por unos
cumplimientos que tomaba por una burla.

--Con tan hermoso dote--prosigui nuestro notario,--sera una lstima...
Su boda de usted sera para m la ocasin de uno de mis mejores
contratos.

Despus sac una cartera, cogi unos papeles y sigui diciendo:

--Vean ustedes la proposicin que vengo a comunicarles. Mi colega de
Plany en Val me escribe que est encargado por uno de sus clientes de
encontrar una joven de buena familia, de 22 a 26 aos, bonita, seria,
bien educada y perfecta duea de su casa, que tenga tanto en dote como
en esperanzas...

--Oh!--exclam con indignacin.

--Qu hay?--me pregunt el notario muy tranquilo.--Acaso la palabra
esperanzas... Es el trmino corriente.

--S--respond mientras senta en el corazn un agudo dolor,--es el
trmino para hablar de la muerte de las personas queridas... La
esperanza, palabra de alegra y de dicha, se convierte en ciertas
circunstancias en sinnima de tristeza y de luto...

Boulmet hizo el gesto vago de un hombre que no puede cambiar nada de las
cosas y sigui su relato sin que la abuela hubiese manifestado la menor
emocin.

--Decamos que debe tener, tanto en dote como en esperanzas de cuarenta
a sesenta mil pesos; Magdalena me ha parecido que estaba indicada. Los
28.600 pesos que tiene de sus padres y los 20.000 que usted le dejar,
la ponen en una bonita situacin. S que para la mayor parte de nuestros
modernos Arribistas no ser mucho, pero como el joven en cuestin se
contenta, todo est bien. As, pues...

--Y el joven?--pregunt la abuela.

--Ah! es verdad; olvidaba hablar del joven... Pues bien; ese caballero
me parece perfecto. Hasta ahora ignoro su nombre y slo s que es un
industrial del norte del departamento. Linda fbrica de familia, grandes
esperanzas, 31 aos, bien parecido, buena salud, bien educado,
principios religiosos...

--Perfectamente--exclam la abuela,--queremos ante todo principios
religiosos...

--Tiene actualmente 40.000 pesos de capital y gana un ao con otro de
cuatro a cinco mil pesos.

--Soberbio--exclam la abuela encantada.--Oh! querido amigo, qu
agradecimiento...

--Tiene un automvil, caballos, coches...

--Dios mo! qu hermosa vida puedes hacer... Veamos, responde algo,
Magdalena.

--Estoy escuchando y espero...

--Qu?

--Saber algo del joven.

--Cmo! no sabe usted bastante?--dijo el notario sorprendido.--Qu
ms quiere usted saber?...

--Cmo es ese caballero?...

--Ah! es muy justo--dijo el notario tomando de su cartera otro
sobre.--Vea usted su fotografa...

Y dndosela a la abuela, esper el resultado del examen.

--No es feo...--exclam la abuela acercndose y retirndose la
fotografa a los ojos para ver sus diversas expresiones.--Me gusta esta
expresin enrgica, esos ojos francamente abiertos, esta boca medio
sonriente... Tiene hermosos cabellos... y buen bigote... S, no es
feo... Mira, Magdalena.

No ech ms que una ojeada a la fotografa, que representaba, en efecto,
un buen mozo. Para m importa tan poco el fsico en la cuestin del
matrimonio, que no me fij gran cosa en las facciones de aquel seor que
me ofrecan como pudieran ofrecerme otra cosa.

--Ha comprendido usted mal, caballero--dije al notario devolvindole su
fotografa.--Preguntaba cmo era moralmente ese caballero, el seor X...
hasta ms amplia informacin.

--No tiene ningn vicio--afirm redondamente el notario.--Si fuese
jugador, mujeriego o borracho, mi colega de Plany no me lo recomendara
tan eficazmente.

--Seguramente--apoy la abuela muy satisfecha.

--Constituye, pues, una cualidad el no ser jugador, mujeriego, ni
borracho?--pregunt.

--No, no, no digo eso; pero, en fin, as se tiene la seguridad de que no
hay tacha.

--Tiene corazn?--pregunt sencillamente.

--Corazn?--dijo el notario sorprendido.--Creo que s; todo el mundo
posee en el pecho una vscera de ese nombre.

--Se le conocen sentimientos generosos?...

--Diablo, diablo... Eso no lo s; lo supongo...

--Ha sido bueno con su familia?... Es humano con sus obreros? Se
ocupa de ellos?...

--Cmo diantre quiere usted que yo lo sepa?

--Le gusta la msica?... Se interesa por la literatura?... Sabe
hablar?... Es de los que tienen en la boca ms que historias de caza o
chismes de poltica?...

--Demonio!--exclam el digno notario.--Esto no es una proposicin de
matrimonio; es un examen...

--S--respond sonriendo;--es un examen. El matrimonio es cosa bastante
seria para que desee no casarme solamente con una cara y una fbrica. Al
lado de los hechos exteriores hay muchas cosas pequeas que revelan a un
hombre. Esas cosas pequeas son las que yo quisiera conocer...

--Precisamente estoy encargado de solicitar el favor de una entrevista
y...

--Oh! todava no--respond con espanto.--No estoy decidida a tomar en
consideracin este proyecto, pues no puedo admitir la posibilidad de
confiar mi vida a un desconocido.

--Ya le conocers y le amars--dijo la abuela con fuego.

--No, abuela, no te hagas ilusiones--objet moviendo la cabeza.--Entre
algunas de mi generacin y la generalidad de la tuya hay un mundo de
distancia... Vosotras os casabais a ciegas y el amor vena despus o no
vena. Yo quiero saber con quin me caso. Quisiera conocer a ese
elegido, escogerle entre todos y, sobre todo--aad ms bajo,--quisiera
amarle antes de casarme, pues despus... tendra miedo de que no
ocurriera tal cosa...

--Dios mo! qu niera en una cabeza de veinticinco aos...--gimi la
abuela.--Comprende usted, amigo, el estado de alma de estas jvenes
instruidas y razonadoras?

--Puede ser--dijo el notario ligeramente pensativo.--Magdalena tiene
alguna razn.

--Verdad, caballero?--dije con confianza.--La abuela encuentra extrao
que yo no manifieste gran simpata por el matrimonio... Le aseguro a
usted que preferira mil veces permanecer soltera...

--Es sabido--respondi la abuela en tono seco ponindose las manos en
los odos para no or el resto.

--...Antes que hacer una boda como las que veo todos los das... No
quiero arreglar un negocio, sino asegurar mi dicha.

--Bueno, pero, una entrevista...--propuso el notario.

--S--dije con amargura;--una entrevista en la que los dos estaremos
tiesos y falsos iluminar enormemente mi juicio...

--En fin, di adnde vas a parar--exclam la abuela violenta.--El uso
quiere que las cosas se hagan as...

--El uso s, abuela--respond dulcemente,--pero la prudencia...

--La prudencia!... Eres t la que habla de prudencia!... No sabes lo
que dices... En fin--dijo al seor Boulmet,--dejemos a esta razonadora
reflexionar hasta el primero de noviembre. Hasta entonces, usted ser
tan bueno que tomar los informes complementarios, pues espero que
Magdalena consentir, por darme gusto, en aceptar esta entrevista...
Sera una locura el rehusar tal situacin...

--S--confirm polticamente al notario,--la situacin es tentadora,
pero el hombre...

--Bah!--respondi bruscamente el notario levantndose para
despedirse.--La situacin vale lo que vale el hombre...

--Es cierto--confirm la abuela con seguridad.--Ese caballero me es muy
simptico.

--A m no--respond por lo bajo, mientras la abuela daba unos pasos para
acompaar al notario llenndole de testimonios de agradecimiento.

En cuanto desapareci, la abuela se me acerc bruscamente.

--Y bien Magdalena--dijo con ternura,--reflexiona, te lo suplico...
Piensa que puedes darme una gran alegra...

Apoyada en la abuela, que me tena abrazada y bien apretada contra ella,
promet todo lo que ella quiso... Tengo, pues, seis das para descubrir
si quiero o no ver al seor X...

Ah! llvese el diablo al seor X... y al notario con l... San Jos ha
escuchado demasiado bien a la abuela...




28 de octubre.


La abuela afecta una expresin de absoluta seguridad. Celestina, que
sospecha alguna cosa, me mira con lstima, y esta maana lleg a decirme
mientras la abuela estaba en misa:

--No tenga usted miedo, seorita; San Pablo va a sacarla del mal paso.

--Qu quieres decir?

--No estoy ciega--respondi mi vieja Celestina, y su cara tom una
expresin de astucia tan intensa, que tom el partido de rer sin pedir
otra explicacin.

Estoy muy contrariada, y Celestina lo ve muy bien. Paso los das y las
noches en las ms serias reflexiones y no llego a decidir si quiero o no
ver al seorito X...

Para complacer a la abuela, me siento muy capaz de decir s, y aceptar
la entrevista.

Para complacerme a m misma, me siento igualmente capaz de gritar no, y
no aceptar nada.

Cambio de opinin cada cinco minutos, lo que no es para llegar a una
solucin.

Los estudios que he hecho en estos ltimos tiempos sobre las solteronas,
unidos a la intervencin del padre Toms, me ilustran asombrosamente.
Hasta ahora no lograba comprender por qu me era tan indiferente el
matrimonio y, al ver el espanto de la abuela, llegaba a creerme un ser
desequilibrado. Ahora estoy tranquila. Veo muy bien que esta
indiferencia que yo tomaba por una cosa anormal y alarmante no es ms
que el resultado de la educacin que he recibido y el fruto de una
evolucin que todo el mundo echa de ver.

No s si esto es feminismo; pero, en todo caso, mis reivindicaciones son
modestas. Quisiera solamente que la sociedad cambiase la manera de casar
a las jvenes y la hiciese ms conforme con la educacin que recibimos.
Si se nos educa con cuidado, si se trata de aumentar el nmero de
nuestras cualidades y de disminuir el de nuestros defectos, si se nos da
una educacin cuidada y una instruccin extensa, si se nos inicia en el
culto de la belleza en todas sus formas, si, sobre todo, se nos forma
una voluntad y un juicio personales, es para arrojarnos sin ms
miramientos en los brazos del primer individuo que pasa?...

Evidentemente, hay en esto una flagrante contradiccin.

Para aceptar un matrimonio de este gnero era necesario que nos
preparase a l una educacin especial, la de otro tiempo. Entonces se
formaban generalmente tipos flcidos, como dice el presidente
Roosevelt, de esos tipos propios para recibir cualquiera impresin. En
cuanto se les presentaba un marido, las jvenes de ese tipo le aceptaban
con los ojos cerrados. El mundo, las conveniencias, la familia y la
razn queran ese matrimonio, y era imposible resistir a tales
argumentos.

Ahora se ha hecho una revolucin.

Si hay todava jvenes del tipo flcido, las hay que han aprendido a
bastarse a s mismas y, por consecuencia, a pasarse sin el apoyo de un
marido.

Esas jvenes, lejos de ser figurantes, segn la graciosa expresin del
padre Toms, se sienten capaces de ocupar en su hogar una categora
equivalente a la de su futuro marido. Sin pensar en destronarle y
conservndole las seales exteriores del respeto conyugal ms completo,
quieren ser amigas, consejeras, confidentes, y no simples criadas
solamente admitidas al honor de remendar los calcetines del seor o de
presidir al buen orden de las comidas.

Los seres modernos que nos hemos vuelto, las personalidades
perfectamente vivientes que se mueven en nosotras, no pueden ir con
entusiasmo al matrimonio tal como le comprenden las costumbres
provincianas estrechas y desconfiadas, malvolas, celosas y tirnicas.

Sera, pues, preciso tener la facultad de recibir en nuestra casa al
joven con quien pudiramos casarnos y llegar as por el conocimiento al
amor. Pero esto est terminantemente prohibido. Recibir jvenes en una
casa donde hay muchachas sin hermanos, sera exponerse a perder la buena
reputacin y atraerse toda clase de molestias mezcladas con las ms
estpidas observaciones.

Mi asunto, pues, es claro.

Si quiero complacer a la abuela, no tengo ms recurso que el flechazo.
Ver a un caballero, vislumbrarle tan slo, y enamorarme de l; esto es
lo que necesito...

Si yo pudiera sentir y razonar como Francisca y Petra no tendra
dificultades!... Pero nunca, jams podr ver un salvador en un marido.

Qu hacer?... Negarme a la entrevista?... La verdad es que me dan
buenas ganas...




31 de octubre.


    Mucho la mujer vara,
    Loco quien de ella se fa...

La sabidura de las naciones habla en este momento por mi boca, sin que
mi propia sabidura la contradiga... Al contrario.

Encuentro tonto el ir as en contra de todo lo que siento; y sin
embargo, por complacer a la abuela, primero, y por otro motivo despus,
acepto la entrevista... Me encojo de hombros por adelantado, pero lo
hecho hecho est. Resignmonos a la aventura...

Esta maana, en la Catedral, mientras esperaba mi vez para confesarme y
estaba meditando sobre los proyectos de la abuela, preguntndome si
deba confiarme o no a mi confesor, fui distrada de mis pensamientos
por un murmullo molesto. Volv discretamente la cabeza para darme cuenta
de lo que pasaba, y vi con terror que me haba colocado justamente
delante de las dos peores lenguas de Aiglemont, dos solteronas,
naturalmente. Confieso que mi amor a las solteras se ala muy bien con
un justo conocimiento de los defectos de algunas de ellas. Entre muchos
ngeles hay algunas vboras. Estaban stas aguzando sus aguijones a
costa del seor cura, del vicario de semana, de cierta capilla mal
arreglada, etc.

No prest al principio gran atencin a lo que se deca tan cerca de m y
me content con experimentar una fuerte distraccin representndome la
fisonoma feliz de mis dos charlatanas. Sus ojos chispeaban ciertamente
de malicia bajo los prpados devotamente bajos y la sonrisa de sus
delgados labios deba de ser agria. No pude menos de volverme
ligeramente para contemplar el delicioso cuadro que mis falsas santas
ofrecan a las miradas del prjimo... Tan ocupadas estaban con sus
chismes y tan expertas eran en disimularlos, que no vieron mi movimiento
y pude impregnar los ojos a mi gusto en su exquisita hipocresa. Sus
palabras me llegaban ahora distintamente:

--Quin se confiesa tan largamente?

--La de Bormel.

--Mucho tiene que decir... Mire usted... agita los pies... No parece que
est muy a sus anchas...

--Lo creo... Si confiesa la mitad de lo que tiene de qu acusarse,
tendr para toda la maana.

--Es posible!... Es verdad entonces lo que se dice...

--Vaya si es verdad.

--Est usted segura de que el capitn Clarmont?...

--Est todo el da metido en su casa...

Pseme en seguida de rodillas para no or la continuacin de la
historia, que prometa ser picante aunque poco a propsito para castos
odos. Trat de reanudar el curso de pensamientos ms serios, pero me
fue imposible... Apenas me haba vuelto a sentar el murmullo lleg a m
ms fuerte.

Es el cuarto sombrero desde el mes de junio.

--De veras?

--Como usted lo oye, querida... Tiene una rosa, otro negro y otro
encarnado... El que usted ve es el encarnado... Es indigno de una
joven...

Alc los ojos para contemplar a mi vez el famoso sombrero indigno, y me
vi en la sombra de la capilla el perfil de Francisca Dumais debajo del
sombrero incriminado. Pobre Francisca! Era de ella de quien hablaban...

--Con dos mil pesos de dote es vergonzoso ponerse tan maja--sigui
diciendo una de las solteronas en un devoto susurro.

--S--respondi la otra,--as es como se llega insensiblemente a la
perdicin... Esa chica de los Dumais tiene la simiente de las malas
personas.

Hice un esfuerzo para no or ms y hasta tos con furor. Las habladoras
siguieron impertrritas.

--Qu le pasa a la chica de Gardier?... Hace un ruido... Es casi
indecente...

--Es que se da importancia--respondi la otra por lo bajo...--Piense
usted, querida, que el seor Boulmet, el notario, se est ocupando de
casarla...

--Hace mucho tiempo?

--Me han dicho que estuvo en casa de la seora Sermet, la abuela de esta
chica, el sbado ltimo... Entr a las dos y sali a las tres y trece...
Ya comprende usted...

--Digo!... la buena seora estar muy contenta porque se va a
desembarazar de su nieta.

--Lo creo... parece que la muchacha le da una guerra... Tiene un
carcter infernal y no hace ms que lo que se le antoja...

--No me extraa, porque est muy mal educada.

--Como todas las jvenes de ahora. Querr usted creer, amiga ma, que
esa chica no quiere casarse?

--Es posible?... No me gustan nada tales ideas... Y es seria esta
farsante?

--No lo creo.

--Ya deca yo... Habr probablemente algn oficial bajo cuerda...

Estaba yo tan indignada que me qued incapaz de todo esfuerzo de
voluntad.

Cmo!... Yo doy guerra a la abuela, tengo un carcter infernal y, por
aadidura, no soy seria... La cosa era fuerte.

Detrs de m segua el susurro, pero con pausas. Bien necesitaban tomar
aliento... Al cabo de unos instantes las dos buenas almas echaron de ver
probablemente que no estaban nada edificantes o se les acab el asunto
de la conversacin.

--Querida--dijo una de ellas,--me est usted distrayendo.

--Es verdad--confes la otra,--y voy a rezar humildemente un diez del
rosario para pedir perdn a Dios.

Se puso de rodillas y sent pasar por mis cabellos su aliento de vbora.
Yo tambin me arrodill para evitarlo. Estaba furiosa.

En la calma de la capilla apenas iluminada por el resplandor rojizo que
entraba por los vidrios, me senta irritada y nerviosa. Quera rezar y
no poda... En vez de formular actos de contricin no haca ms que
repetir:

--Estpidas, perversas, ridculas... Estas solteronas!...

Mi imaginacin excitada no tena en cuenta el sitio en que estaba; y en
la sombra del altar, apenas visible entre los fieles, me pareca ver
levantarse la silueta de la abuela que me gritaba:

--Ah tienes lo que t sers si te obstinas en tus ideas de celibato...

Oh! no, no es as. A Dios gracias, no todas las solteronas tienen la
devocin llena de hiel ni son tan falsas y mordaces. Si hay entre ellas
frutas podridas, no lo estn todas, por fortuna, y las hay sanas y
agradables de saborear en las relaciones cotidianas... Los pensamientos
se agolpaban en mi pobre cerebro y me hacan sufrir. Me preguntaba lo
que valen a los ojos de Dios las oraciones de esas malas almas... Las
escucha?... Las perdona cuando por toda reparacin pasan unas cuentas
del rosario creyendo que eso basta para expiar una calumnia o una
maledicencia?...

Empezaba a sentirme muy severa para todas esas faltas y sus autoras,
cuando me lleg la vez de confesarme.

       *       *       *       *       *

Las buenas palabras del cura me repusieron tan pronto como las otras me
haban desequilibrado. Encontr por milagro mi serenidad habitual y
perdon por completo a mis detractoras.

En cuanto entr en casa corr al cuarto de la abuela y le dije que
estaba decidida a hacer lo que ella deseaba. Le di la segunda edicin de
la conversacin de mis charlatanas esperando un gran acceso de
indignacin, pero no hubo nada de eso. La abuela sonri con perfecta
tranquilidad.

--Tienes la pretensin, Magdalena, de reformar las cabezas y las
lenguas?

--De ningn modo, abuela.

--Entonces, hija ma, qu te importa?

--Me subleva or hablar mal de todo el mundo... y en la iglesia sobre
todo.

--Dios est en todas partes--respondi la abuela,--y ofenderle aqu o
all siempre es ofenderle.

Despus, cambiando de conversacin, la abuela, muy alegre, me anunci
que corra a casa del notario para darle la buena noticia y pedirle
algunos informes complementarios.

Durante todo el da la abuela mostr una actividad febril y estuvo yendo
y viniendo de la casa del padre Toms a la del notario y viceversa.
Aquello era el cuento de nunca acabar. Era tal su gozo, que no se fij
en las cosas que ms le chocaban habitualmente. No hizo ninguna
observacin a propsito de la chimenea, en la que se vea una capa de
polvo que databa de la vspera, y soport heroicamente el pescado
quemado que Celestina nos sirvi para castigarnos, por tener secretos
para ella.

Parece que el padre Toms est encantado por la felicidad de la abuela,
aunque no comprende muy bien las causas de mi repentino cambio de
parecer.

--Despus de todo--dijo,--una entrevista no compromete a nada...

Como soy absolutamente de su parecer, empiezo a recobrar la libre
posesin de m misma, que me faltaba esta maana.

Est convenido que el seor Desmaroy, as se llama el pretendiente,
vendr el sbado prximo. Despus de mil conferencias y reflexiones, la
abuela se ha decidido por una simple entrevista en casa. Con el pretexto
de ver las antigedades--el tapiz del comedor, por ejemplo, y no a
m,--el notario nos traer a su protegido. Es la manera ms prctica de
evitar los comentarios de los habladores, siempre en acecho. El tapiz de
la abuela pasa a los ojos de todos por una maravilla, que los amigos de
nuestros amigos estn en la obligacin de venir a admirar. As todo ser
natural para Celestina, y nos evitar una crisis de indignacin de su
parte, que no dejara de ocurrir si ella supiera...

Ya la alegra de la abuela le parece sospechosa, y esta tarde, en la
mesa, cuando pas a mi lado para servir el postre, le o murmurar _sotto
voce_:

--Todos estos misterios huelen a casorio...

Hice como que no comprenda. Para qu?

La imaginacin de la abuela tiene alas y anticipa grandemente los
acontecimientos. Ya le parece que me est viendo en el altar, al que
est convenido que debe conducirme nuestro primo el comandante Harmel.
Yo cre que aqu se detendran los arreglos futuros, pero nada de eso.
Al darme, hace un momento, el beso de la noche, la abuela me ha
preguntado muy seria si me gusta ms el terciopelo o el raso...

--Para qu, abuela?

--Para tu traje, hija ma, para tu traje de boda.

--Mi traje de boda!--exclam con estupor.--Dios mo, todava no estamos
en ese caso.

Ante la cara de contrariedad de la abuela, contuve la risa, pronta a
escaparse. La abuela, seguramente no puede imaginar que yo pueda
desagradar al seor Desmaroy, y no se le pasa tampoco por la cabeza que
yo pueda renunciar a un partido tan soberbio.

--Cuarenta mil pesos de capital!... Cuatro o cinco mil de
beneficios!... Es el yerno soado... Positivamente, si yo lo hubiera
encargado a mi gusto, no sera de otro modo... Y sentimientos
religiosos!... Qu suerte tienes, Magdalena!...

Magdalena no dice nada, pero piensa. Todo lo que dice la abuela est muy
bien. La situacin es hermosa, no lo niego, y hasta me gusta mucho...
Pero el marido... Me gustar el marido?...




2 de noviembre.


Da de duelo y de tristeza...

La vida est hoy como suspendida, y todos olvidan los cuidados
cotidianos para no pensar ms que en sus queridos muertos, segados por
la inexorable fatalidad y acostados en la tumba donde duermen su ltimo
sueo.

La abuela no hace ninguna alusin al seor Desmaroy, y yo sigo su
ejemplo, contenta por escapar, durante algunas horas, al pensamiento
mortificante del cambio que se prepara.

Qu miserables son todas estas frusleras miradas a la luz de la
muerte!... Hay que vivir, sin duda, y es preciso elegir el gnero de
vida que se prefiere; pero, pasada aqu o all, qu importa la vida?...
Lo esencial es evitar el ms pequeo mal y realizar todo el bien
posible.

La nica cosa cierta en esta pobre vida es la implacable ley de la
muerte. S que morir, mientras ignoro si ser o no dichosa en la vida
que elija. Si me caso, preciso ser, tarde o temprano, dejar a mi
marido; si tengo hijos, tambin a ellos tendr que darles un eterno
adis... Multiplicar las afecciones es multiplicar las probabilidades de
dolor... Para qu buscar causas de sufrimiento?...

Ay!... Qu responder a esto?

Me gusta, en el da de los muertos, una atmsfera gris y obscura, un
cielo cubierto y bajo en armona con la tristeza de los corazones. En
aquella maana el sol brillaba y el azul del cielo, apenas velado por
unas nubecillas, se ensombreca de plidos tintes bajo la mordedura de
los primeros fros. Lo mismo en el infinito del horizonte que en un
crculo ms reducido, todo revesta una especie de aspecto alegre que
adornaba de poesa a aquella fiesta melanclica de los muertos.

En el camino, atestado de hojas amarillas, desarrollaba sus largos
anillos la procesin lenta y recogida. Los nios de las escuelas,
olvidados de la tristeza ambiente, cantaban el _De Profundis_, y se
sonrean los unos a los otros; en seguida los coristas, muy graves
tambin, con sus sobrepellices blancas, entonaban el _miserere_. A lo
lejos sonaban por todas partes las campanas, y su fnebre clamor pona
una nota sorda en aquellas voces humanas, entonando el canto de los
Muertos... En el cementerio todos se acercaban a las tumbas amadas, en
las que una profusin de crisantemos, en brillantes haces, arrojaban
sobre los difuntos todas las quimeras y las ilusiones de los vivos... De
repente, todo qued en silencio, y llegaron a nosotras las estrofas del
_Libera_, desgarradoras y montonas. El velo de la abuela, aquel velo
eterno, se enlut ms todava bajo el peso de las penas sin cesar
renacientes. Las horas de agona, implacables y torturadoras volvieron a
empezar... Bajo el aliento de nuestras ardientes oraciones, los muertos
amados volvieron a vivir ante nuestros ojos durante un segundo, para
caer una vez ms sin vida en el fondo de sus tumbas, cerradas para
siempre... Sentimos que estaban bien muertos aquellos a quien
llevbamos el fiel tributo del recuerdo... En dulce y plaidera cadencia
cayeron entonces sobre ellos las oraciones finales que entonaba la voz
del que presida la procesin; diose la bendicin, se restableci el
silencio... y cada cual, alejndose del campo del reposo, fue a coger de
nuevo el fardo de la vida, pensando en los que ya no existen...




5 de noviembre.


La abuela ha reanudado sus das de recepcin hoy, primer jueves de
noviembre.

Muy de maana he tenido una larga conversacin con la abuela, a
propsito del seor Desmaroy, y aprovech sus buenas disposiciones,
causadas por mi docilidad para sus proyectos, para formular algunos
deseos, el primero de los cuales era continuar mis estudios sobre las
solteronas.

La abuela se encogi de hombros, como de costumbre, al or ese nombre
aborrecido, pero, a pesar de su antipata, me permiti hacer lo que
quisiera. Todos estos preliminares no tenan otro objeto que obtener que
la abuela me llamase al saln si se presentaban hoy algunas solteronas,
pues quera hacer mis estudios del natural.

Generalmente a la abuela le gusta recibir sola, y no me llama ms que
cuando viene con su madre alguna de mis amigas. Dice, como razn de ese
ostracismo, que sus recepciones seran mortalmente fastidiosas para una
cabeza como la ma, siendo as que el elemento ligero falta en ellas por
completo. Es poco halageo para m...

Las ntimas de la abuela son personas de edad madura. Muchas solteronas
y no pocas seoras ancianas, son asiduas a sus jueves. Los caballeros
son escasos, por el contrario, y la juventud no se muestra ms que para
m. Mis amigas y yo formamos en el saln un grupo especial llamado el
rincn de las malas cabezas, segn una frase de cierta amiga de la
abuela. Aquel rincn querido est formado por un ancho biombo japons,
entre cuyos repliegues se esconden las banquetas destinadas a la
juventud, mientras inmensas palmeras proyectan su sombra fantstica
sobre nuestro asilo. Cuando las seoras quieren librarse de nuestra
importuna presencia, la abuela me hace una seal y me voy dcilmente a
nuestro refugio, llevndome a mis amigas encantadas. Dicho sea entre
nosotros, no es siempre divertido or hablar del sermn del da antes,
del de maana, de la actitud del seor cura, de las congregaciones, del
Gobierno, de tal seora que espera un nuevo hijo, de una desgraciada,
cuyo marido es borracho, de una tal que es gastadora, de la doncella de
la de fulano que tiene mala conducta, etc., etc.

Estamos lejos de aquellos salones en que se hablaba y de los que mi
imaginacin deslumbrada ha conservado un literario recuerdo.

El saln en que se conversa, es la excepcin en Provincias; el en que se
chismorrea, es enteramente la regla general... En casa de la abuela se
conversa un poco... a veces; se chismorrea siempre... Con dulzura,
seguramente, sin maldad y con una notoria benevolencia, pero, en fin, se
chismorrea.

Hasta ahora estaba yo casi excluida de esas reuniones, sin gran
sentimiento mo, lo confieso. Hoy han cambiado mis ideas. Con mis
pretensiones al estudio de mis semejantes, mis alas se desarrollan y se
ensanchan y pido conocer el mundo, la vida, las solteronas... y qu s
yo cuntas cosas... En una palabra, la abuela est un poco asustada al
ver tal actividad intelectual.

--Espero, Magdalena, que no te vas a volver una cerebral--gime aterrada.

Esa palabra en la boca de la abuela, es sinnimo de desequilibrada, pero
yo no me ofendo. Un cumplimiento ms de los que tienen poco de
halageos... Bah! no hay ms que acorazarse...

La primera visita de esta tarde ha sido el padre Toms. Estaba yo
terminando de arreglar las flores en los inmensos jarrones de los
ngulos, y echando una ojeada a los almohadones para convencerme de que
estaban bien colocados, cuando el cura me sorprendi, en el momento en
que me dispona a subir a mi cuarto a esperar que la abuela tuviese a
bien llamarme. El padre Toms penetr en el saln con tan prodigiosa
vivacidad, que tropez en una mesita en la que la abuela expone--pues es
una verdadera exposicin,--preciosas miniaturas antiguas. La mesa
retembl en sus patas vacilantes, los caballetes se estremecieron bajo
su gracioso peso de cuadritos y retratos, y el cura se qued tan
confundido que sus gafas temblaron en la rebelde nariz.

--Cmo, Magdalena! vaya un modo de abandonar a las solteronas--me dijo
en cuanto se calm un poco la emocin de una entrada tan bien combinada
y no bien se hubo sentado en la silla que le indic la abuela.--Esto es
una traicin.

--No, seor cura--respond alegremente.--Contino mis estudios, con
permiso de la abuela.

--Y el seor Desmaroy, le autoriza a usted igualmente?--pregunt el
cura con tono bastante irnico.

--Se lo ruego a usted, seor cura, dejemos al seor Desmaroy en paz por
ahora, y hasta pasado maana--implor ms con la mirada que con la
palabra.--Hoy me propongo aumentar mi ciencia del celibato y cuento con
usted para ayudarme, ya que ha venido.

--Muy bien--dijo el cura, comprendiendo que no haba cambiado tanto de
ideas como l crea, lo que me vali una dulce sonrisa, pues el cura
detesta a las veletas.--Qu desea usted saber de ste su humilde
servidor?--prosigui, con mirada maliciosa.

--Me van ustedes a condenar a otra conversacin sobre las
solteronas?--pregunt la abuela descontenta.--Creo, seor cura, que es
usted tan insoportable como mi nieta...

--Cree usted?--pregunt el cura con una de esas buenas sonrisas de que
l tiene el secreto.--Y yo que me haca ilusiones...

La abuela movi la cabeza con expresin de duda, lo que puso el colmo a
la alegra del cura, pues es ste tan feliz como un rey cuando puede
contrariar a la abuela.

--Y bien, Magdalena, en qu est usted?--me dijo por fin, cuando
recobr el aliento.

--Me detiene la dificultad de distinguir las solteronas voluntarias de
las involuntarias...

--Cmo es eso?

--En las jvenes reconozco muy bien las diferentes categoras. As, por
ejemplo, veo sin microscopio que si Francisca y Petra, sin contar otras
amigas en el mismo caso, no llegan a casarse, sern ciertamente
solteronas involuntarias, recalcitrantes del celibato. Es igualmente
visible a simple vista que si Genoveva y yo no nos casamos, pasamos
inmediatamente a la categora de solteronas voluntarias. Lo que es
menos claro es lo que pasa con las solteronas llegadas.

--Llegadas a qu?--pregunt el cura abriendo los ojos interrogadores
detrs de las gafas.

--Llegadas al pleno esplendor del celibato, a la completa y profunda
posesin de su yo personal.

--Vaya! si empiezan ustedes con eso del yo personal--protest la
abuela,--van a decir, ciertamente, muchas tonteras... Estamos perdidos.

--No tanto como usted cree--respondi vivamente el cura.--Si he
comprendido bien--continu dirigindose a m,--querra usted saber cmo
se distingue una solterona voluntaria de una forzosa, cuando ambas son
de cierta edad...

--Eso es, seor cura, enteramente eso.

--Entonces--replic el cura sonriendo a medias,--se tiene ya la
murmuracin del pueblo como base de informacin...

--Oh!--protest vivamente, un poco conmovida por semejante frase.

--No deja usted de saber--prosigui con acento burln ms marcado,--que
la seorita X, que tiene sesenta aos, tena una vocacin pronunciada
por el matrimonio; que la seorita Y, de cinco aos ms que ella, tuvo
un amor desgraciado segado en flor; que la seorita Z, de unas cuantas
primaveras menos, asust a sus pretendientes por su mal carcter; que
sta no tena dote; que aqulla tena demasiadas pretensiones, etc.,
etc.

--S, seor cura, se pueden, en efecto, conocer las hablillas; pero s
por m misma lo que valen los chismes de una poblacin pequea, para
darles ninguna fe. Eso es la fbula, y yo querra la historia.

--Veo--respondi el cura rindose,--que no ha olvidado usted la
conversacin que sorprendi en la vspera de cierta fiesta...

Yo tambin me re, pues saba que la abuela le haba contado de cabo a
rabo mi escena de la Catedral.

--Comprendo ese rencor--continu el cura.

--He perdonado, seor cura.

--Muy bien; digamos entonces su memoria. El consejo de referirse a las
hablillas corrientes ha sido una broma; nada ms falso, con frecuencia,
ni ms malo siempre. Hay, por otra parte, un medio muy sencillo de
formular el distingo que usted busca. Cuando, por ejemplo, ve usted en
el mundo una madre de familia cuidadosa de sus deberes, celosa de su
dignidad, buena esposa, buena madre, y adicta de una manera absoluta a
aquel cuyo nombre lleva, qu piensa usted?

--Que est dentro de su vocacin, seor cura.

--Tiene usted razn.

--Bonitas cosas dicen ustedes!--exclam la abuela con repentina
energa...--Qu cree usted entonces de esas malas cabezas que hacen la
desgracia de su matrimonio?... Que no estn dentro de su vocacin?...
Entonces, esa vocacin... Seor cura, me hace usted ruborizarme...

--No hay por qu, seora--respondi el cura con un dejo de
impaciencia.--Esas malas cabezas, estn, sin duda, en su vocacin. No se
han engaado ms que en la lnea general que convena tomar, puesto que
estaban hechas para el matrimonio; lo que les ha faltado es el marido
que les convena. Hay mala cabeza con un marido que poda ser una mujer
perfecta con otro. Hace usted ms el proceso del matrimonio moderno que
el del matrimonio en s mismo, sabe usted, seora?

--Cmo me espanta ese matrimonio en que ninguno de los dos se
conoce--murmur estremecindome...

--No hablemos de matrimonios--exclam el cura.--Estamos en el celibato,
hablemos de l... No tenemos ms que transportar a las solteronas las
cualidades de bondad que admiramos en la mujer casada, para darnos
cuenta si est o no en su vocacin.

--Eso es muy fuerte--protest la abuela indignada.--Hay, pues, ahora
una vocacin del celibato?...

--Puede ser--dijo el cura sonriendo. Qu es la vocacin sino la
atraccin que sentimos por una vida especial?... Podemos negar que
ciertas almas tienen una simpata particular por el celibato?

--Pero eso es abominable--exclam la abuela con espanto.

--No, no tanto como usted supone--respondi el cura un tanto
malicioso.--Lo que estoy exponiendo en este momento son las ideas
nuevas. Ahora bien, estando casi admitida la vocacin al celibato, se
puede decir de un modo general que toda solterona agria, malvola y
malhumorada es una solterona involuntaria. No le ha faltado ms que el
matrimonio para hacer de ella una mujer encantadora, puesto que _a
priori_, toda mujer debe ser encantadora...

--Sin embargo, seor cura--repliqu sin recoger la alusin a m
contenida en las ltimas palabras,--esa mujer ha podido atravesar
pruebas que hayan transformado su carcter...

--No creo que tales causas puedan producir ese efecto. La desgracia
eleva a las almas hermosas y no abate ms que a los caracteres dbiles.
Conozco solteronas para quienes la vida ha sido muy dura, y son mujeres
casi perfectas. As, cuando encuentro a una de esas solteronas buena,
servicial, contenta con su suerte, benvola en sus juicios y caritativa
en palabras y en obras, pienso siempre con satisfaccin: He aqu un alma
en su va... Qu rica naturaleza...

--Pero entonces--interrump prorrumpiendo en una carcajada muy poco
reverente,--si lo que usted dice es exacto, como lo moral influye en lo
fsico, no hay ms que mirar a las solteronas para distinguir la
voluntaria de la que no lo es... Una fisonoma animada, una mirada de
bondad, una sonrisa satisfecha y una conversacin amable, deben ser la
caracterstica de la soltera por vocacin...

--No tan de prisa--exclam el cura.--Qu hace usted de la enfermedad,
que cambia la animacin en tristeza, sobre todo en las nerviosas?...
Qu de la sordera que ensombrece la mirada y le da una expresin
inquieta?... No hay que ser tan categrico. El buen fruto se distingue
del averiado por las palabras y los actos. Adems, entre las solteras
voluntarias y las que no lo son, hay que colocar a las resignadas.

--Ah!--dije interesada,--en qu se puede reconocer a stas; en el
color de sus cintas, en la flor de sus sombreros, en la armona de su
traje?...

--No--respondi el cura, divertido por mi inters.--Se las conoce...
cmo dir yo?... en su resignacin, qu diablo... Son blandas,
grisceas, dulces y borrosas. Son ms bien cuadros despintados que
mujeres de edad...

--S, comprendo, seor cura--dije conteniendo la risa,--son las
Flcidas de la corporacin...

Un ruido de pasos, una puerta que se abre, y nuestra conversacin queda
interrumpida. Celestina, con su voz especial de los jueves--se anuncia
todava en casa de la abuela,--anunci:

--La seorita Sarcicourt.

El cura me ech una mirada rpida que significaba: Va usted a estudiar
en lo vivo.

Aprovechando las efusiones a que se entregaban la abuela y la seorita
Sarcicourt, el padre Toms se retir, con gran desesperacin de aquellas
seoras, que queran retenerle.

--Oh! seor cura, soy yo quien le echa... Qu lstima...--murmuraba la
seorita Sarcicourt haciendo monadas.

--Nada de eso, nada de eso--responda el cura, que no entenda de
finuras...--Me voy porque me voy... Buenas tardes... Adis, seoras.

Acompa al cura hasta la puerta, y sus ltimas palabras fueron:

--Sobre todo, no falte usted a la caridad...

Cuando volv al saln, la conversacin era ya animada. La de Sarcicourt
estaba dando a la abuela una receta exquisita para hacer el _pudign_ con
fresas. Volv a ocupar mi puesto, sin intervenir en la tal receta, y me
divert en observar a la seorita Sarcicourt, como si no la hubiera
visto nunca.

Unos sesenta aos. Alta, flaca, despus de haber sido delgada, la
seorita Sarcicourt carece de proporciones en lo alto de su larga
silueta. Tiene una cabeza de pjaro en un cuello de jirafa. Su cabeza
est siempre cubierta con un vasto sombrero de plumas desmayadas, que se
agitan en cadencia a cada una de las palabras que pronuncia. La
fisonoma de la buena mujer es ms bien simptica, sus frases son
bastante benvolas y sus recetas culinarias, en las que sobresale, son
exquisitas. Los ojos azules, que fueron hermosos, segn asegura la
abuela, y la sonrisa, que debi de ser encantadora, son, por el momento,
los primeros muy tiernos y la segunda profundamente melanclica. Se ve
el alma no comprendida a la que ha faltado el alma hermana para ser
dichosa... Pobre seorita Sarcicourt!...

La clasifico inmediatamente y la clavo con un alfiler en mi coleccin:
Resignada en toda la lnea. Intil profundizar. Alma griscea, dulce,
borrosa, cuadro despintado...

Iba, sin embargo, a escuchar la conversacin comenzada para comprobar mi
impresin con todo conocimiento de causa, cuando Celestina introdujo
nuevas visitantes:

--La seorita Bonnetable.

--La seora y la seorita Dumais.

De un salto estuve en los brazos de Francisca y le expliqu en dos
palabras mi estudio del natural y mi deseo de no tomar posesin aquella
tarde del rincn de las malas cabezas. Francisca me echa una mirada de
pesar, lanzando un suspiro hacia nuestro querido biombo, y un gesto
hacia la seorita Bonnetable. Mi amiga se inclina con su gracia habitual
ante la abuela, que la besa en la frente, y va a sentarse a mi lado
despus de haber yo saludado a las recin llegadas y preguntado por
Pomme, la gata favorita de la seorita Bonnetable, y por Loustic, su
perro.

La Bonnetable no se parece en nada a la Sarcicourt, de la que es casi
contempornea. Pequea y corta, la primera parece un tambor mayor con
las piernas cortadas, pues goza de una estatura desmesuradamente larga,
con relacin a los miembros inferiores. En pie es una enana; sentada
parece inmensa. Su voz, retumbante, hace eco en todos los departamentos
que tienen la suerte de recibirla; habla alto y firme y no admite que se
discuta con ella. Sus palabras adquieren as una importancia capital, y
todos la escuchan con respeto. Pero si cuando habla sabe tomar aspecto
de maza, cuando se calla es todava ms aterradora; su silencio es de
plomo.

--Qu hay de nuevo, seoras?--pregunt en cuanto estuvo
sentada.--Supongo que sabrn ustedes que la doncella de la Courtin deja
a su ama...

--De veras?--exclam la seorita Sarcicourt.

--Es un desagradable acontecimiento para esa buena seora de Courtin...

--Buena!... Buena!...--replic la Bonnetable, ya a la defensiva.--Si
lo que se dice es verdad, la de Courtin no tiene nada de buena...

--Me asombra usted--exclam la de Dumais.

--Figrense ustedes, seoras...

--La seora y la seorita Aimont--anunci Celestina en este momento.

Corr a recibir a Paulina, una de mis buenas amigas, y la coloqu al
lado de Francisca, despus de haberme inclinado delante de la de Aimont,
que me respondi con un vigoroso _shake-hand_.

Muy amable y jovial la seora de Aimont. No tiene ms que un sueo:
casar a su hija... Pero Paulina tiene 10.000 pesos de dote y cree que
con esa suma puede conquistar un yerno en una posicin fantsticamente
hermosa. Lo que la de Brenay y Petra suean en aristocracia o en dinero,
la de Aimont lo desea en posicin. No tiene ms que estas palabras en la
boca:

--Mi hija se casar con una posicin.

Si se la incita un poco, se la obliga a precisar:

--Mi hija no se casar ms que con un forastero. En Aiglemont no hay
posiciones...

Todos aqu compadecen a esta pobre muchacha destinada a casarse con un
forastero. Es cosa corriente, como un proverbio, que no hay en Aiglemont
ninguna situacin digna de la seorita Aimont, y la interesada, que es
de mi edad, no es pedida con frecuencia en matrimonio. Los que pudieran
arriesgarse no se atreven, y los que seran aceptados no se presentan.

Paulina sufre con invariable buen humor los inconvenientes de tener una
madre demasiado ambiciosa y acepta por adelantado la famosa posicin
venidera. A todo lo que dice su madre, responde dcilmente:

--S, mam.

Su bonita y agradable cara no refleja ms que sentimientos amables y
plcidos. Sin ser preciosa, no es fea, y hasta se parece bastante a un
bombn pequeito, rosado y apetitoso. Lo que le da sobre todo ese
aspecto es la falta de expresin de su mirada. Sus ojos grises estn
invariablemente tranquilos y como fijos en el blanco lechoso que los
rodea. Francisca, que tiene para cada cual su frase picante, exclam un
da dirigindose a Paulina:

--Lo que t tienes no son ojos, sino linternas sordas...

La frase ha hecho fortuna y es corriente, cuando se habla de Paulina, el
decir, para distinguirla de su prima del mismo nombre, la de las
linternas sordas. Su madre lo sabe y es la primera en rerse.

--Linternas de 10.000 pesos--exclam.--No est tan mal. Cuntas cosas
se pueden alumbrar con ellas!...

Se reanud la conversacin en cuanto se dieron noticias de la salud de
todas, y se supo al fin que la de Courtin pesaba el pan a su doncella,
le meda el vino y no dejaba a su disposicin ni el ms pequeo terrn
de azcar.

--Si esa muchacha se hubiera puesto mala en la noche, deca la
Bonnetable en tono trgico, no hubiera tenido azcar para hacerse una
infusin...

Era lamentable, en efecto.

En resumen, despus de diversas peripecias en las que el vino se
mezclaba con el azcar y el pan, la doncella se haba despedido.

Debi hacerlo antes...

--No hay ningn matrimonio en el horizonte?--pregunt la de Aimont
queriendo llevar la conversacin a su asunto favorito.

--Ni uno--respondi la Bonnetable en tono contundente.

--Sin embargo--insinu la Sarcicourt,--no se habla del matrimonio de la
seorita de Brenay con el capitn Bellortet?

--Qu disparate!--exclam la Bonnetable.--La chica de Brenay no puede
encontrar un marido serio...

--Vbora!--murmur Francisca entre dientes.

--Oh!--protest la abuela,--Petra es amiga de mi nieta y es
encantadora.

--Y muy distinguida--confirm la de Aimont.

--Enteramente como es debido--afirm la de Dumais.--Ah! si Francisca se
le pareciese...--termin dando un suspiro.

--La seorita de Brenay puede ser encantadora, no digo que no--dijo
categricamente la Bonnetable,--pero es gastadora hasta el extremo... Y
despus, esa pretensin a millones cuando se tiene un dote modesto...

--No es tan modesto un dote de 20.000 pesos--exclam la de Aimont pronta
a indignarse.

--Es modesto para la seorita de Brenay que quiere hacer una vida de
10.000--afirm la Bonnetable con bastante razn esta vez.--No se
comprenden semejantes exigencias... Su cocinera dijo una vez a la ma...

--Si escucha usted los chismes de las criadas--dijo la abuela,--no oir
nada serio...

--No los escucho, los oigo--respondi la Bonnetable ofendida por la
observacin de la abuela, lo que no es lo mismo--afirm con un tono de
superioridad aplastante...--Esos chismes, como usted los llama, ensean
por lo menos a conocer a las personas de que se habla...

--Como no sirvan precisamente para lo contrario--rectific la abuela
descontenta.

--En todo caso--aadi la Bonnetable ms y ms ofendida por la oposicin
de la abuela,--la de Brenay es ridcula y su hija tambin...

--Oh!--protestaron las seoras en coro.

--Eso se llama ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el
propio--dijo Francisca a media voz.

--S, son ridculas, lo mantengo--replic la Bonnetable, dispuesta esta
vez a dar la cabeza, si era preciso, para sostener su opinin.--Hase
visto querer casarse con un hombre que tenga millones y un nombre
histrico cuando se tiene 20.000 pesos y un nombre que no tiene nada de
eso...

--Los Brenay son de buena familia--dijo la de Aimont.

--No digo que no en cuanto a la honradez--se dign responder la
Bonnetable.--Pero en cuanto a su partcula--acentu con perfecto
desprecio,--es una broma. Los Brenay son burgueses de partcula usurpada
y no pertenecen en modo alguno a la aristocracia... Yo soy de tan buena
familia como ellos, y jams he tenido tales pretensiones... en los
tiempos en que las tena--aadi la amable vieja.

--Menos mal--dej escapar Francisca por lo bajo.

--Usted ha tenido pretensiones?--pregunt alegremente la de Aimont
tratando de evitar la tempestad que amenazaba.--Yo cre que estaba usted
libre de tales debilidades...

--No...--dijo haciendo monadas la Bonnetable con voz que ella se
esforzaba por hacer aflautada;--he pagado mi tributo a la juventud como
todo el mundo... He sido muy solicitada.

--Qu guasa!--exclam Francisca empujndome con el codo.

--Y muy adulada... Si no he hecho un brillante matrimonio ha sido porque
no he querido.

--Embustera--dijo Francisca a la sordina, mientras yo me morda los
labios para no rer.

--Ah!--gimi la de Dumais,--nuestras pobres hijas no podrn decir otro
tanto...

--Lo diremos de todos modos, mam. A cuarenta aos de distancia se dicen
siempre esas cosas aunque sean inexactas--exclam Francisca sin poder
contener su maldita lengua.

El silencio, un terrible silencio de plomo se extendi como por encanto
por el saln. La Bonnetable tom la actitud de una persona gravemente
ultrajada y la de Dumais, aplastada en su butaca, no tuvo siquiera el
recurso de decir como de costumbre:

--Oh! Francisca...

--S--sigui diciendo la de Aimont, tratando de salvar la situacin,--es
indiscutible que el matrimonio es difcil para nuestras hijas. Hay tan
pocas buenas posiciones!... Es imposible casarlas con un empleadillo de
600 o 800 pesos de sueldo. Verdad, Paulina?

--S, mam.

--Sin embargo--se atrevi a decir la Sarcicourt con una apariencia de
valor,--esos son los sueldos ordinarios de los jvenes. Solamente ms
adelante...

--Queremos un marido que haya llegado. Verdad, Paulina?

--S, mam.

--En la industria y en el alto comercio se encuentran muy buenas
posiciones--dijo la de Aimont, que no quera que se creyese la verdad,
es decir, que dejara a Paulina casarse con un vejestorio con tal de que
hubiese llegado.

--El alto comercio y la industria--respondi victoriosamente la
Bonnetable,--tienen otras pretensiones que las que usted puede
atribuirles. Qu son 10.000 pesos para un industrial o un comerciante
tales como usted los concibe?... Una gota de agua.

--Y 2.000 pesos--pregunt Francisca con un candor inimitable,--qu
sern entonces?... Sern la quinta parte de una gota... Una miseria.

--S, seorita--respondi la Bonnetable lanzando a la pobre Francisca
unos ojos furibundos,--2.000 pesos de dote son la miseria... Por otra
parte--sigui diciendo la dulce solterona,--hara falta una fortuna
para corregir los desastres de la educacin moderna. Las jvenes
actuales estn muy mal educadas--termin con una intencin que no se
ocult a nadie.

--Estn mucho peor educadas que las de otro tiempo?--pregunt Francisca
en tono de exquisita urbanidad.

--Oh! Francisca...--murmur la de Dumais plida de espanto.

--Ciertamente--respondi la Bonnetable aniquilndola con la mirada.--En
mis tiempos las jvenes no preguntaban jams a las personas mayores y
esperaban modestamente que se les dirigiese la palabra.

--Deba de ser muy fastidioso--dijo Francisca con la modestia de una
slida conviccin.

--En aquellos tiempos--sigui diciendo la Bonnetable ms severa que
nunca,--las jvenes no pensaban ms que en la correccin de su actitud.

--Qu mujeres tan distinguidas deban de ser...--suspir Francisca con
una expresin ingenua que velaba la impertinencia de sus palabras.

La de Dumais pareca literalmente sobre ascuas, la abuela frunca la
nariz y la de Aimont contena una enorme gana de rer, mientras que la
de Sarcicourt y Paulina echaban a su alrededor miradas de ciervas
moribundas. Hacer frente a la intrpida seorita Bonnetable... Qu
audacia...

Seguramente, sta no es del tipo resignado... En su humor agresivo y
autoritario, adivinaba yo una rabiosa recalcitrante. Pero cmo
cerciorarme?

Sin adivinar el precipicio que se abra ante mis pasos, me lanc
inocentemente en la pelea preguntando a la Bonnetable si estaba
satisfecha de haber permanecido soltera.

Dios mo, qu xito!...

Fue aquello un estupor tan general en todo el saln, que comprend
instantneamente que haba metido los pies en el plato. Preciso era
retirarlos...

La abuela vino por fortuna en mi socorro y reanud la conversacin como
pudo para mantenerla en alturas inofensivas. Y sin la seorita
Bonnetable, que respiraba con ruido como para tragar una pldora enorme,
se hubiera credo que no haba pasado nada extraordinario.

Al fin la situacin se mejor por completo en cuanto la inefable
seorita Bonnetable se dign levantarse para despedirse. Dio un adis
bastante seco a la abuela, nos volvi la espalda a Francisca y a m y
apenas estuvo poltica con las otras personas que all estaban.

--Uf!--murmur Francisca en cuanto se cerr la puerta despus de dar
salida a la dulce seorita Bonnetable.--Qu solterona!

Solamente entonces supe que la Bonnetable no se ha consolado todava de
su situacin de solterona, debida a su carcter irascible y
desagradable. En los tiempos en que tena pretensiones, segn su
expresin, se dice que puso en fuga a cinco pretendientes; los cinco
haban estado muy enamorados del dote, que era bueno, pero nunca
pudieron resignarse a casarse con la mujer. Hasta se cuenta que uno de
ellos ofreci a su futuro suegro tomar el dote sin la mujer. A lo que el
seor Bonnetable contest:

--Por vida del demonio! Cmo le comprendo a usted, amigo mo!...

--Y yo?--respondi Francisca.--En lugar de ese pretendiente hubiera
hecho duplicar el dote y tomado la mujer para ahogarla. Hubiera sido un
servicio a la humanidad.

--Oh! Francisca...--protest su madre angustiada.--No hables as...

La risa que se apoder de todo el mundo acab de restablecer el perfecto
equilibrio de la conversacin. Cuando todos se marcharon la abuela me
rega por mi indiscreta curiosidad y por las reflexiones de Francisca.

--Las faltas son personales--hice observar a la abuela.--Bastante tengo
con mi tontera sin echar sobre mis hombros las de Francisca.

Pues, seor, he aqu un feliz estudio del natural...

A pocas torpezas de este gnero, estoy segura de ser despellejada viva
antes de mucho tiempo... La abuela, que no quiere mi muerte, me ha
impuesto que en adelante haga mis investigaciones con ms discrecin, y
hasta ha aadido a modo de peroracin:

--Ese gnero de torpezas, Magdalena, son seal de una educacin
detestable.

Qu humillacin!...




7 de noviembre.


El gran da ha pasado...

Se acab la entrevista y desapareci el miedo... _Deo gratias_.

En cuanto me despert esta maana me sent la cabeza pesada, oprimido el
corazn y contrado el estmago. Trat en vano de recobrar mi calma
habitual... El pensamiento de pasar a mi vez por las exigencias de la
feria del matrimonio me tena un poco embobada.

--Seorita, he aqu un marido que le conviene a usted--zumbaba a mi odo
no s qu voz discordante del dominio de la pesadilla.--Vale usted...
Examnele... este hombre es perfecto...

--Caballero...--me figur que otras voces murmuraban en el mismo momento
al seor Desmaroy,--acuda usted pronto a Aiglemont... En esa pea viven
en buena armona el dote y la mujer que le esperan... Tome usted a peso
el primero y sea indulgente con la segunda... Qu importa sta si aqul
le agrada?...

--Estos son--pens,--los preliminares del matrimonio... del santo
matrimonio cristiano... Dnde est usted, monseor Dupanloup?...

Resuelta, a pesar de estas terribles reflexiones, a afrontar las
necesidades de mi no menos terrible situacin de joven casadera, me
prest de buen grado a los preliminares de ese comienzo de acuerdo entre
dos almas... Dos almas!... Qu irona!...

Un lindo cuerpo de seda azul plido, moldeaba mi talle; y mi cabello,
ms cuidadosamente ondulado que de ordinario, realzaba mi modesta
fisonoma. Una ojeada al espejo me dijo lo que yo saba, es decir, que
con menos de mis 28.600 pesos tendra an alguna probabilidad de gustar
a un pretendiente que no fuese ciego.

Concedido esto a la imparcialidad, me encontr sobre las armas a las dos
menos cuarto. En seguida baj al saln donde encontr a la abuela muy
agitada.

--Y bien, Magdalena, te late el corazn?--pregunt la abuela con
emocin.

--No, querida abuela, mi corazn est muy tranquilo... El cerebro es
otra cosa... Tengo un horrible dolor de cabeza.

--Muy tonta vas a estar, mi pobre Magdalena. Al diablo se le ocurre
tener dolor de cabeza en un momento semejante...

--Poco importa, abuela, puesto que no soy ni coja, ni torcida, ni manca,
ni muda, ni sorda, y tengo 28.600 pesos de dote... Con esta cifra
supongo que no se exige tener ingenio. Por 28.600 pesos tiene una mujer
todos los derechos posibles a la tontera.

--Siempre tus ideas!... Qu extraa eres!... En fin, explica de una
vez lo que quieres...

--Lo que quiero?... no hago ms que repetirlo, abuela. Deseara,
sencillamente, elegir yo misma mi marido... si debo casarme. Quisiera
que se me permitiese ver seres masculinos de carne y hueso y aprender a
conocerlos de otro modo que de odas. Mi satisfaccin sera completa si
un da sintiese en el corazn el estremecimiento preludio del amor y
pudiera decirte designndote al que lo hubiera provocado: ese es mi
marido, con ese me casar, no porque tiene el bigote rubio o los ojos de
tal color, una fbrica o una fortuna, sino porque me gusta bastante para
seguirle para siempre en el dolor como en la alegra...

--Qu demencia!--exclam la abuela consternada.--Esas son ilusiones
romnticas... La vida no es una novela...

--Por qu no?... Qu inconveniente veras en que la vida de dos en el
matrimonio fuese una deliciosa novela?... Debe ser una de esas novelas
cuya lectura puede permitir una madre a su hija... con tal de que est
bien escrita, entendmonos... Me gusta cuidar el estilo...

--Locuras--balbuci la abuela.

Un campanillazo, un ademn de la abuela para asegurarse de que su
peinado est como es debido, un dolor ms fuerte en mi cabeza, y entr
en el saln mi destino bajo la forma del seor Boulmet acompaado del
seor Desmaroy.

Boulmet estaba radiante y, con una gracia antigua, solemnizada por
cuarenta aos de notariado, nos present al seor Desmaroy como un
ferviente aficionado a antigedades, lo que trajo a los labios de todos
una leve sonrisa...

Desmaroy, muy en su papel, no pareca cortado para un hombre en su caso,
y se resign con visible buen humor a ver todas las antigedades
posibles, incluso mi persona.

Aprovech el inters que manifestaba el visitante, suspendido de los
labios de la abuela, que le explicaba la procedencia de una consola, la
historia de un cuadro o la leyenda de una miniatura, para observar en
detalle a mi pretendiente.

Era visible que se esforzaba por conquistar a la abuela por una atencin
respetuosa y delicada a todas sus palabras. Un buen punto por esto...

Ni bajo ni alto, ni gordo ni delgado, Desmaroy tiene unas seas
personales que corresponden a no pocos ciudadanos franceses... Es de los
que se dice: frente regular, nariz regular, etc... Slo su mirada
autoritaria y su barbilla testaruda ofrecen algo bastante
caracterstico.

Desmaroy no es ciertamente un cualquiera y hasta estoy dispuesta a creer
que posee cualidades eminentes. Los ojos y la sonrisa son francos, pero
la voz, voluntariamente dulcificada, tiene a veces singulares
inflexiones. Es cortante y punzante. Adems, ese diablo de barbilla...
esa mirada... huelo el dueo, el hombre seguro de su fuerza y que quiere
imponrsela a todos... Es verdaderamente guapo; y, sin embargo, tengo la
intuicin de la antipata de nuestros defectos, as como creo en la
probable simpata de nuestras cualidades. Su autoritarismo da miedo a mi
independencia. Si me decido a tomar un marido, no quiero darme un dueo.

Poco a poco, el seor Desmaroy olvida su dulzura convencional. Su mirada
es la de un comisario cuando inspecciona las cosas que le ensea
Boulmet, el cual, correcto en extremo, se mata por presentar a su
cliente todas las antigedades de la abuela.

--Esto, seor mo, es del siglo XIII... Esto del XIV... Tal cosa data
del reinado de Luis XIV... Tal otra es del ms puro Enrique II...

Y el seor Desmaroy mira, toma a peso, aprecia y estima.

Ni una sola vez habla del valor artstico del objeto designado... No...
vale tanto o cunto. Su admiracin no empieza hasta los 100 pesos; hasta
esa cifra hace un gesto desdeoso.

Es halageo para m... Si soy pesada en la misma balanza, qu ideal...

Al llegar al inmenso tapiz de Beauvais, del comedor, el seor Desmaroy
deja escapar un grito del corazn:

--Qu error dejar dormir tanto dinero... Cunto dinero improductivo...
Si este tapiz fuese mo, qu pronto le vendera...

La abuela disimula su asombro con una sonrisa que lo mismo significa
adhesin que reprobacin. De prisa va el caballero... Si fuese mo...
Oh! hablar de vender el tapiz de Beauvais...

La mirada del seor Desmaroy se cruza con la ma. Nuestras dos
voluntades cruzan el hierro. La suya, un poco arrepentida de la
reflexin que se le ha escapado; la ma bastante desdeosa por la
indiscrecin cometida.

Evidentemente mi antipata se precisa.

Desmaroy sostiene sus ideas y yo las mas, nos miramos otra vez, no como
amigos sino como luchadores.

Leo en sus ojos:

--Esta muchacha es demasiado absoluta... Qu cabeza... Yo la meter en
cintura... Una mujer est hecha para obedecer.

Bajo los ojos y mis prpados ocultan una respuesta acerba e irritada...

--No, no me meter usted en cintura, porque jams ser su mujer...

Desde este momento mi cerebro se despeja, pngome alegre y sonriente, la
preocupacin desaparece y me encuentro libre... Dichosa sensacin!...
Ya no hay pretendiente, ni estudio, ni cuidado, ni veo en el seor
Desmaroy ms que un aficionado a antigedades...

Mi buena querida abuela est encantada viendo aquel cambio repentino y
la visita se acaba con todas las apariencias de un acuerdo cordial.
Adivino que el seor Desmaroy me encuentra muy a su gusto y salta a la
vista que Boulmet est orgulloso de su cliente; la abuela se enorgullece
ostensiblemente con una nieta tan linda.

--Estas tablas--le dice,--son modernas; estn pintadas por mi nieta...
Este almohadn bordado ha sido copiado por mi nieta de un modelo
antiguo...

No falt ms sino que la abuela me hiciese ponerme al piano para tocar
una pieza o cantar una romancita...

Por fin se termina la sesin. Todo el mundo est satisfecho y yo
tambin... Decididamente, la feria del matrimonio tiene de bueno que
ensea a estar contento de uno mismo y de los dems. Esto ltimo es
mucho ms raro que lo primero. La abuela no cesa de elogiar al
pretendiente.

--Y el tapiz, abuela?...

--Qu tapiz?... Ah! s, la venta... Razonamiento de hombre de
negocios, hija ma... Piensa como un hombre serio.

Pido ocho das de reflexin. Es imposible decir hoy a la abuela:

--Los defectos de ese caballero son antipticos a los mos; no le
quiero.

La buena seora me creera loca y se pondra enferma de pena. En ocho
das todo se arregla. El tiempo es un hbil auxiliar...

Mientras tanto respiro a mis anchas y me siento libre de un peso
enorme... Qu bien voy a dormir esta noche!...




15 de noviembre.


Haca bien en contar con mi buena estrella para sacarme del mal paso.
Todo se ha arreglado con una sencillez asombrosa.

Una aventura no muy lejana ocurrida al seor Desmaroy y descubierta por
el padre Toms, encargado por la abuela de comprobar los informes del
notario, ha puesto fuego a la plvora y apresurado el no final. La
abuela ha suspirado un poco por la forma al pronunciarle
categricamente, pero su negativa ha sido espontnea porque no poda
prescindir de la cosa... Boulmet se ha mostrado menos fcil.

--Pardiez--exclam,--puesto que la novela en cuestin se termin ocho
das antes de las negociaciones, qu ms quieren ustedes?...

--Nada de novelas--repliqu.

--Nada de novelas!--repiti el seor Boulmet en el colmo de la
estupefaccin.--Dnde encontrar usted un hombre de treinta aos que no
haya tenido su novela?... Su novela?... Sus novelas, su coleccin de
novelas...

--De acuerdo--replic la abuela, contrariada por encontrar una tacha en
su pjaro raro.--Pero si desgraciadamente es imposible ignorar que
existen esas novelas, se puede exigir al menos que la ltima no se haya
terminado hace tan poco tiempo... y, sobre todo, que no haya lugar a
temer que la ltima hoja de esa novela no se haya vuelto tan
definitivamente como se quiere asegurar...

--Seora--respondi Boulmet,--el seor Desmaroy es un hombre de honor.

--Qu tiene que ver el honor de un hombre con esta especie de cosas?...
Ignora usted, acaso, que hay hombres que se jactan de pagar sus deudas
y no temen faltar a sus juramentos? El honor humano es poca garanta
cuando se trata de la fe conyugal.

--El seor Desmaroy tiene principios religiosos, de modo que...

--Le han protegido los principios religiosos?

--Acaso le han sostenido y preservado mucho tiempo... Y despus, qu
diablo--aadi nuestro notario falto de argumentos,--los principios
religiosos salvan el edificio, pero no impiden las grietas... en ciertas
naturalezas.

--Y bien--dijo la abuela,--nosotras no queremos grietas, est decidido.

He vuelto, pues, a ser una joven como las dems... Qu suerte!

La de Ribert y Genoveva, a quienes haba puesto al corriente de las
peripecias de los ltimos das, me aprobaron completamente cuando fui a
contarles el desenlace de nuestros proyectos de matrimonio.

--Magdalena--me dijo la de Ribert con una melancola que no es en ella
habitual--desconfe usted de las locuras pasadas en un futuro marido...
Estas locuras vuelven a empezar muchas veces.

Es lo que yo pensaba. Me ha satisfecho, sin embargo, orselo repetir a
una mujer que ha tenido ciertamente algo de ese gnero que reprochar a
su marido. Aunque se suponga lo contrario, la experiencia de los dems
nos aprovecha siempre un poco.

Con la de Ribert he reanudado mis averiguaciones relativas a las
solteronas. Le he contado nuestro pique con la Bonnetable y mi
desencanto a propsito de las solteronas desde que las estudio al
natural. En primer lugar, la maldad de algunas de ellas, mis dos malas
lenguas de la Catedral; despus el matiz grisceo y desteido de las
pobres solteronas resignadas con su estado, en lugar de estar alegres;
en fin, la omnipotencia notable de las recalcitrantes del celibato que
dejan caer sobre todo el mundo, en general, y sobre cada cual, en
particular, el peso de su descontento perpetuo.

--Har usted mal de juzgar por el carcter de la excepcin el carcter
de la masa--me respondi la de Ribert.--Cree usted de buena fe que las
solteronas tienen el monopolio de la maldad en la charla, y que slo una
de ellas puede presentar el carcter de la Bonnetable?...

--No--respond convencida por el razonamiento.--Tiene usted razn. El
amor a los chismes no es solamente un defecto de solterona, sino la
pasin de todas las mujeres desocupadas y frvolas. En cuanto al
carcter de la Bonnetable, debe ciertamente de encontrarse en mujeres
casadas.

--Conozco algunas, por mi parte, que no dejan nada que desear en cuanto
al rgano, al gesto y a la mana del mando. Esas hacen marchar su casa
con la punta del dedo, y no estn contentas ms que de ellas mismas y de
su progenitura. Todo lo que no toca inmediatamente al crculo reducido
de su familia, es implacablemente criticado, denigrado y
pisoteado...--dijo Genoveva.

--Eso no es raro--repuso la de Ribert, sonriendo.--Hasta hay mujeres que
se dicen bien educadas que llegan a decir palabrotas... Pero no hablemos
de esas monstruosas excepciones. El matrimonio es un gran sacramento, es
verdad, pero sera pueril reconocerle la facultad de dar a las que le
reciben inteligencia, dulzura y virtud. Existen las agriadas del
matrimonio, como las agriadas del celibato. Y as como no se dice que
todas las casadas son desagradables, porque lo son algunas, se debe
tener la misma circunspeccin respecto de las solteras.

--Es verdad--respond.--Pero el mundo no hace esas distinciones y
condena a las solteronas en conjunto. La abuela, de acuerdo con el
mundo, no las quiere nada, aunque tenga una profunda amistad con algunas
de ellas... La abuela estara enteramente desolada si yo me quedase
soltera.

--Comprendo que la buena seora desee establecer a usted, pero en fin,
qu reprocha al celibato? Confieso que no veo bien el por qu de su
animosidad, aunque me d cuenta del de su preferencia.

--Afirma que el celibato es una situacin anormal, antinatural y... qu
se yo?

--S, la mujer debe casarse, tener hijos... eso es conocido... Y qu
ms?

--Segn ella, la mayor parte de las solteronas son egostas.

--Y los premios Montyon?...--objet Genoveva.--Esos premios son de
solteras y no para las egostas...

--La abuela dice tambin que las solteras tienen la devocin estrecha,
meticulosa y hecha de menudas prcticas, ms que de profunda piedad; que
son charlatanas y envidiosas; que tienen ideas mezquinas y atrasadas, y,
en fin, que poseen todos los defectillos imaginables, entendiendo por
defectillos todo lo que achica un carcter, todo lo que apaga un alma...

--S, pero el conjunto de esos defectos constituye una tacha enteramente
femenina y no es slo aplicable a las solteronas... No crea yo que la
seora de Sermet tena respecto a ellas esa opinin tan poco fundada...

--S, seora--respond,--y eso es lo que me ha hecho empezar mis
investigaciones. Me senta tan poca vocacin por el matrimonio y tanta
por el celibato, que he querido darme cuenta de lo que se poda
reprochar a esas pobres criticadas.

--Y has encontrado algo?--pregunt Genoveva con inters.

--No mucho... Veo, sobre todo, muchos prejuicios e ideas hechas que
pasan de generacin en generacin como un gabn viejo que cada cual
adapta a su talla y a su gusto.

--Creo--dijo Genoveva,--que lo que ms ha contribuido a dar un aspecto
ridculo a la solterona, es la inconsecuencia de algunas de ellas--las
recalcitrantes del celibato, como t las llamas,--que tienen la mala
costumbre de gritar sus penas al primero que se presenta, y de ir de
puerta en puerta pidiendo un marido.

--De puerta en puerta!--murmur sorprendida...

--Pregunta a mam--interrumpi Genoveva.

--Genoveva tiene razn, Magdalena. Conozco personalmente solteras,
contemporneas mas, cuya juventud se ha pasado en repetir a todas sus
relaciones: Cseme usted... Por Dios, encuntreme usted un marido... No
se olvide usted de m. Esto se repite al principio con compasin,
despus con un dejo de burla y luego con un desdn acentuado. Y se
deduce ligeramente que todas las solteronas se encuentran en este caso
ridculo y no forman en su conjunto ms que una gran coleccin de
dejadas por cuenta.

--Es injusto--exclam con emocin.

--No, Magdalena--respondi sencillamente la de Ribert.--Supongamos que
Francisca, Petra y Paulina no se casen. Qu pensar usted?

--Que no han encontrado el pretendiente de sus sueos--respond sin
reflexionar.

--Ya lo ve usted... Usted misma, una amiga, participa de la opinin
general. Si no encuentran el pretendiente de sus sueos, es
evidentemente porque ste no es tal pretendiente... Convengamos en que
hay aqu un dejado por cuenta evidente.

--Acaso mis amigas tienen pretensiones por encima de su situacin de
fortuna y...

--S, lo concedo, y de eso tiene la culpa la educacin moderna; pero, en
suma, sus amigas de usted seran dejadas por cuenta puesto que los
pretendientes que ellas aceptaran no las quieren...

--Pero--entonces balbuc confundida,--las solteronas han hecho ellas
mismas su reputacin...

--En mucha parte, s--afirm la de Ribert.--Las solteras forzosas han
gritado tanto sus desilusiones, que el mundo, generalmente poco
benvolo, ha credo que todas las solteras estaban en el mismo caso.

--Vrgenes y mrtires!--exclam muy contrariada por esta nueva
concepcin.--Es completo!

La de Ribert y Genoveva se echaron a rer. Mi consternacin les
diverta.

--Y bien, ese maravilloso estado, te tienta todava?--pregunt Genoveva
con los ojos brillantes de malicia.

--S--respond con alguna vacilacin.--Pero me fastidia, sin embargo,
pensar que las solteronas tienen un lado un tanto ridculo... Qu idea,
reclamar un marido con tanta insistencia y tan poca discreccin!...
Bah!--exclam con ms firmeza,--me siento, con todo, una aptitud
sublime para esa vocacin tan desacreditada... Sin embargo, por
complacer a mi abuela, consiento en poner toda mi buena voluntad al
servicio del matrimonio. Mi amor a las solteronas no me impedir,
probablemente, volver a empezar dentro de poco la ceremonia de los
ltimos das con otro caballero.

--No te ha curado el seor Desmaroy de esa buena voluntad?--pregunt
Genoveva sonriendo.

--No, ese seor ha respondido simplemente a la pregunta que yo haba
hecho al seor Boulmet. Tiene corazn? Ha resultado que tena ms del
necesario, y no ha habido ms.

--S--dijo la de Ribert muy animada,--y adems no le gustaba a usted...

--Absolutamente nada--exclam con una seguridad inmutable.

La de Ribert y Genoveva me abrazaron con efusin, y las dej para volver
a mi casa.

Al entrar en la cocina para decir una cosa a la buena anciana, me la vi
muy afanada delante de la mesa, con la pluma en la mano y la cara
congestionada, por los esfuerzos que haca para escribir una carta.

--Mi pobre Celestina--dije al pasar,--te vas a poner mala.

--No hay cuidado... La seorita no se casa ya, y siendo as... S lo que
s, y cumplo mi voto...

--Qu voto?

--Eso es cuenta ma... Asunto de conciencia...--respondi
misteriosamente Celestina.--He hecho un voto, y puesto que no se casa
usted, voy a cumplirlo... No hay ms.

Veo que no sacar nada de esta obstinada y tomo el sabio partido de
dejarla cumplir su voto, que no puede ser ms que alguna cosa
edificante, pues Celestina piensa siempre en todo y por todo, en la
edificacin del prjimo... Es hermoso!...




22 de noviembre.


Esta maana nos hemos redo mucho la abuela y yo.

Tena necesidad la abuela de ver al seor cura a propsito de unos
pobres a quienes socorremos, y se fue a casa del padre Toms. La abuela
recibi de su pastor la acogida ms alegre que se puede desear. De tan
buena gana rea el seor cura, que ya empezaba la abuela a amoscarse
ligeramente, cuando aquel sac una carta de su escritorio y se la dio
sin ms explicaciones.

Copio textualmente esta obra maestra que la abuela me ha trado como
dato para mis estudios sobre las solteronas; pues se trata de una carta
de Celestina al cura, la carta que tanta curiosidad me haba inspirado.
Corrijo las faltas de ortografa, para facilitar su lectura.

Celestina Robert al seor cura de San Aprnculo.

       *       *       *       *       *

Aiglemont 15 de noviembre de 1903.

Seor cura:

Ya no se casa nuestra seorita. Como tengo gran confianza en el buen
San Pablo, haba prometido al gran apstol dar un paso cerca de usted
en el caso de que nuestra seorita no se casara con el seor que ha
venido con motivo de las antigedades de la seora.

Cumplo mi voto.

Pienso, seor cura, que Santa Catalina no es una verdadera solterona,
puesto que muri joven. Por esto no hay obligacin de conservarla como
nuestra patrona. Este honor corresponde, sin disputa, al apstol San
Pablo, que permiti a la gente de su tiempo y a la de los tiempos de
despus, no casar a sus hijas. Aunque se enfade mi pobre seora, que no
es de esta opinin.

El da de Santa Catalina est prximo, seor cura. Para cumplir mi voto
pido al seor cura que no se celebre esta santa y que deje la fiesta de
las seoritas para San Pablo.

Su humilde servidora

CELESTINA ROBERT.

    Miembro de la orden tercera de San Francisco, cofrade de la
     Propagacin de la fe, de la Santa Infancia, de San Jos, del
     Sagrado Corazn, de las nimas del Purgatorio, de San Antonio,
     etc., etc...

       *       *       *       *       *

Solt una sonora carcajada al leer esta epstola fantstica y tambin la
abuela se ri de buena gana.

--Est decididamente en el aire la mana de escribir--dijo enjugndose
los ojos que estaban llenos de lgrimas.--En qu siglo vivimos!... Y
proponer a San Pablo...

--Es una broma de Francisca--dije a la abuela, en cuanto pude
respirar.--La pobre Celestina ha sido sugestionada.

--Cmo es eso?--pregunt la abuela incrdula.

Le cont lo que haba pasado con Francisca a propsito de San Pablo y el
presentimiento que yo tuve de lo que podra hacer la vieja cocinera.

--Y qu ha dicho el seor cura?--pregunt.

--Estaba tan divertido por esta peticin poco comn, que no pensaba en
decir su opinin. Mira la carta que me ha dado para Celestina. Lela; no
est cerrada.

       *       *       *       *       *

AGUSTN LABERTAL,

Cura arcipreste de la catedral de Aiglemont,

da las gracias a la seorita Celestina Robert por su interesante
comunicacin, que ha llegado tarde. Por este ao no es posible ningn
cambio en la reglamentacin de las fiestas habituales. El seor Labertal
aprovecha la ocasin para recomendaros a las buenas oraciones de la
seorita Robert.

       *       *       *       *       *

--Calla!--dije estupefacta,--el seor cura parece que toma en serio
esta comunicacin...

--Tiene que usar ciertas consideraciones...

--Consideraciones!... Por qu?

--Ofender a una solterona de la intransigencia de Celestina, sera
peligroso...

--S, comprendo... El seor cura temera legtimas represalias...

--Ciertamente--dijo la abuela con conviccin.

--Pobre seor cura, tiene miedo... Teme a los gendarmes de Dios,
verdad, abuela?

--Qu gendarmes, hija ma?

--Todas las devotas del gnero de Celestina, son los gendarmes de
Dios... A ellas corresponde la vigilancia de la parroquia entera, desde
el seor cura hasta el ltimo nio del catecismo... Es seguramente un
monopolio.

--Exageras, Magdalena.

--Bien sabe usted lo contrario, abuela... Si el seor cura llega tarde a
misa, si se enreda en un _oremus_ si no estaba en el confesionario a la
hora exacta, si la seora de Tal ha ido a buscarle a la sacrista, si la
seorita Fulana ha tosido en misa, todo es materia de numerosas
reflexiones... Pobre seor cura, buena falta le hace tener diplomacia...

--S--respondi la abuela contrariada por el sesgo que tomaba la
conversacin.--La diplomacia ha sido siempre una cosa tan hbil como
inteligente.

--Es verdad--dije despus de unos momentos de reflexin,--ms vale
rodear las dificultades que tomarlas por asalto... Sabes, abuela, que
no debe de ser agradable ocuparse de tantas frusleras cuando parece que
el alma no debiera ser atrada ms que por las grandes cosas?...

--Ve a decir a Celestina que su proyecto no es de una importancia
capital, y vers cmo te recibe.

--Pobre Celestina... En qu consiste que el cerebro llega a estrecharse
hasta ese punto?

--No creo que el de Celestina haya tenido nunca una amplitud notable...

--Lo admito, en cuanto a Celestina. Pero crees que es una excepcin?

--No, hija ma. Ese es uno de los escollos del celibato, pues, en mi
concepto, hay ms peligro de mezquindad en la mujer que vive sola que en
la que tiene marido e hijos. Al contacto de las inteligencias que se
mueven alrededor suyo, es ms difcil que una mujer se disminuya,
intelectualmente hablando: su cerebro, en vez de disminuir, tiene
tendencia a ensancharse. Lejos de atrofiarse en la tristeza de la
soledad, se expansiona en los goces de la familia... Realmente, habra
mucho que hablar respecto de esto...

--Oh! abuela--protest con vehemencia,--no se puede decir que una vida
est truncada cuando se tiene la dicha de vivir sin un marido, sin un
dueo, y libre de tantas vicisitudes...

--Admitamos que exagero en cuanto a algunas; pero me conceders que
muchas solteronas participan de mi opinin. No todas tienen tus ideas y
las hay que se resignan difcilmente al celibato.

--Las hay que no se resignan--exclam riendo al recordar a la Bonnetable
y su mal humor.

--Y bien, puesto que somos del mismo parecer, al menos en ciertos casos,
es fcil que nos entendamos. Tomemos por ejemplo, si quieres, una
soltera que lo es a pesar de sus deseos ms sinceros. Crees que ser
dichosa y apta para ensanchar su horizonte?...

--Qu s yo...--dije con alguna vacilacin.

--Fatalmente tendr que encerrarse en su concha. En lugar de tener una
piedad sincera e ilustrada, sus desilusiones la impulsan a los extremos
de la exaltacin religiosa. Ser una fantica de las pequeas
devociones, de las pequeas distracciones y de las ocupaciones pequeas.
Pisotear sin escrpulo la reputacin del prjimo, y se creer en el
camino del infierno si falta a un rosario o a un sermn. Despus, si no
tiene el corazn bastante noble para entregarse por completo a todos, no
pensar ms que en s misma, se replegar en su alma, en su cerebro y en
su conciencia. A fuerza de investigar sus propios pensamientos y sus ms
nfimos deseos, llegar a inspeccionar al prjimo de un modo igualmente
meticuloso. Poco a poco pensar menos en sus defectos que en los de los
dems. Ah! Magdalena, una vida truncada es terrible para ella misma y
para los otros. La malevolencia sistemtica engendra tantas
catstrofes...

--S--respond un poco pensativa,--la solterona, tal como t la pintas,
vive en un martirio perpetuo. Todo el calor desocupado de su corazn se
transforma y se pierde... Da en hiel lo que hubiera debido prodigar en
miel... Pobre solterona!...

--S, por lo mismo que compadezco con toda mi alma a esas vctimas de la
vida, no querra, hija ma, verte tomar un camino semejante...

--Yo no soy de la madera de esas solteronas... Yo no deseo casarme, s
pensar y no estoy desocupada... No, tranquilzate; si permanezco soltera
tendr siempre el alma igual y alegre y ser un ejemplo extraordinario
de felicidad en el celibato.

--Quin sabe...--murmur la abuela pasndose la mano por la
frente.--Quin sabe... Dios te preserve de las tempestades del corazn,
mi querida nieta... Pero--dijo de pronto para ahuyentar la
melancola,--nos hemos extraviado de Celestina... Cierra la esquela del
cura para que yo pueda entregrsela, y no hables de esto a la buena
mujer. Si sospechase que estamos al corriente de su paso, guardara
rencor al seor cura por esta indiscrecin, permitida sin embargo.

--Rencor de solterona!--exclam fingiendo un escalofro.--Qu cosa tan
espantosa!...

Esperaba yo ver en Celestina los efectos de una cruel decepcin, como
vajilla rota, platos echados a perder, gruidos, empujones... Pero no,
Celestina estuvo de buen humor todo el da y hasta le o cantar a voz
en cuello un cntico a la Virgen.

La esperanza permanece en el fondo de su corazn, es cierto. Ha llegado
tarde este ao, pero el que viene... Pobre Santa Catalina! Ya puede
aprovechar lo poco que le queda... Viva San Pablo!...




25 de noviembre.


Hoy gran fiesta para las solteras, jvenes y viejas.

A primera hora, esta maana, Celestina, de muy buen humor, se paseaba en
su cocina con ardor febril.

--Pero, mujer, te ests cansando--le dije con conmiseracin.

--No--exclam alegremente...--Quiero que el t de la seora sea
perfecto. Eso har rabiar a Mariana, la cocinera de la seorita
Bonnetable--aadi con la cara llena de satisfaccin.

--Por qu ha de rabiar?

--La seorita sabe bien que en el ltimo t de la seorita Bonnetable
los pasteles de chocolate estaban quemados.

--Ah! y los tuyos...

--Los mos son siempre perfectos--respondi Celestina con
vehemencia.--Adems--dijo entre dientes,--he prometido dos centavos a
San Antonio si sale bien la gran merienda.

Esa gran merienda de que habla Celestina con nfasis, es un simple t
que todos los aos, el 25 de noviembre, ofrece la abuela a sus amigas y
a las mas solteras. De un ao a otro Celestina piensa con ardor en la
cantidad de novedades que podr introducir en los pasteles y por toda
recompensa no ambiciona ms que cumplimientos, lo que, entre parntesis,
no le falta, pues todas conocen su flaco y la adulan.

A las dos y media empez a orse la campanilla. Genoveva, Petra, Paulina
y Francisca llegaron de las primeras. Siguioles de cerca la seorita
Sarcicourt. La Bonnetable, no habiendo podido digerir la incalificable
agresin de que fue objeto de parte de Francisca y de la ma, se haba
excusado. Llegaron despus la seorita Fontane, encantadora solterona
por conviccin; la seorita Melanval, presidenta de no s cuntas
asociaciones y ligas, y cuya nica ocupacin consiste en apuntar en una
cartera los nombres de las nuevas adherentes a sus queridas obras; la
seora Roubinet, de buena conversacin, muy farsante y demasiado ocupada
en procurar su efecto personal para pensar mucho en los dems, con lo
que va ganando una slida reputacin de benevolencia que nadie piensa en
discutir. Faltaron otras dos amigas de la abuela, que estaban
resfriadas.

Por disposicin de la abuela, que tema las ocurrencias de Francisca y,
un poco, las mas, toda la juventud ocupaba el rincn de las malas
cabezas. Las personas serias rodeaban a la abuela.

Como yo estaba un poco silenciosa, contra mi costumbre, Petra me
interpel de repente:

--Pero di algo, Magdalena; ests en las nubes. Parece que no oyes lo que
se dice.

--En efecto--respond,--estaba distrada mirando al grupo de la abuela.

--Ah!--exclam Petra tan desdeosa como si se tratara del pobre
teniente Cotorrac.--Te interesan esas seoritas?

--Mucho. Estaba pensando precisamente que la seorita Fontane debe de
ser una solterona por vocacin...

--Pienso como t--exclam Genoveva.

--S, se ve la buena voluntad... Observad qu armoniosa es toda su
persona. La mirada, la sonrisa, la voz, el gesto, todo respira el
contento.

--Y la seorita Roubinet?--prosigui Genoveva.--Creis que no acusa
una satisfaccin perfecta?

--S--respond,--pero no es lo mismo. La Roubinet finge la satisfaccin
de cabeza y la Fontane posee la de corazn.

--Y la Melanval, la encuentran ustedes bien armonizada?--pregunt
Paulina, que habla poco y escucha mucho.

--Esa es el colmo de la satisfaccin--respondi Francisca, absorta hasta
entonces en algn pensamiento ntimo, y que pareci que se despertaba de
repente.--Cmo! tener la presidencia de tantas cosas y poseer el honor
de apuntar en su libro de memorias los nombres de tantas personas... es
un goce que renace sin cesar... Se est a la cabeza de una sociedad con
tan poderoso juego en las manos... Se acab en Aiglemont el privilegio
de la aristocracia--aadi echando a Petra una mirada maliciosa;--ahora
es el reinado de la virtud... Por otra parte, slo al ver el modo que
tiene la Melanval de mover las plumas del sombrero, de colocar la cabeza
y de hacer reverencias, se comprende su inefable dicha, al lado de la
cual no es nada la felicidad paradisaca...

--La Sarcicourt no participa de esa felicidad--hizo observar
Genoveva.--Vean ustedes cmo contrastan sus aires modestos y su palidez
con la amable animacin de la Fontane y con la alegra de la Roubinet al
buscar una frase o una cita.

--Veo que te vuelves burlona, Genoveva--le dije amenazndola con el
dedo.

La nica respuesta de Santa Genoveva como nosotras la llamamos, fue una
fina sonrisa.

--Ay!--exclam de pronto Francisca levantando al techo unos ojos
desesperados;--qu fastidioso es pasar la vida con solteronas...

--Veo que sigues con tan poco gusto por ese glorioso estado--dijo
Genoveva con compasin.

--Tengo tanto horror al celibato--respondi Francisca,--que me siento
con malas disposiciones hacia las solteras... Soy capaz de todas las
bajezas por atrapar un marido...

--Yo no--respondi Petra con un movimiento de protesta.--Si deseo
casarme, al menos estoy segura de no ir hasta la bajeza. Los Brenay no
han cometido jams malas acciones...

--Tampoco los Dumais--replic orgullosamente Francisca.--Pero--termin
con filosofa,--alguna vez han de empezar...

--Francisca exagera--se apresur a decir Genoveva para evitar toda
protesta nuestra.--Francisca exagera siempre...

--Nada de eso; no exagero--exclam Francisca.--Quiero casarme y me
casar--aadi con un fruncimiento de cejas que envejeci de un modo
extrao su cara, de ordinario tan animada.

--Y t, Paulina?--pregunt para evitar otra declaracin de principios
de Francisca.

--Yo--dijo Paulina ligeramente sorprendida por la pregunta,--har lo que
quiera mam.

--Dios mo! qu paloma...--murmur Francisca con despecho.--Esto se
llama un carcter fcil...

--Por qu no he de hacer lo que quiera mam?--replic Paulina
asombrada.--Mam no puede querer ms que mi bien.

--S, s--respondi Francisca muy nerviosa.--Djate conducir y guiar...
No pienses... No hables... No andes... Tu mam har todo eso por ti...

--Oh! Francisca...

--Y si necesitas sonarte, espera que tu madre te prepare el pauelo, so
mema...

--Oh! Francisca...--volvi a decir la pobre Paulina completamente
enfadada esta vez.

--Ea, no hables t ahora como mi madre--exclam Francisca cada vez ms
exasperada.--Me fastidias y me irritas...

--Vamos, nias!... Qu pasa?--pregunt la abuela desde el extremo del
saln.

--Pasa, seora, que estoy muy enfadada--respondi Francisca.

--Venid un poco con nosotras; nuestro juicio corregir vuestra
exuberancia.

--No, no, voy a decir tonteras... No me llamen ustedes a su lado.

--S--respondi mi querida abuela con indulgencia.--Estando prevenidas
no nos asustaremos.

--S, s, vengan ustedes, seoritas--insisti la Melanval, la presidenta
de las presidentas...--Tengo justamente una nueva obra que
presentarles...

--Ah!--exclam Francisca precipitndose de un salto a la silla que le
indicaba la abuela a su lado.--Si es una obra para casar a las muchachas
en busca de marido, cuente usted conmigo.

Todas nos echamos a rer al instalarnos junto al grupo serio.

--Est usted tan descontenta de su suerte?--pregunt la Fontane con su
amabilidad habitual.

--Murmurar o quejarse--dijo sentenciosamente la Roubinet,--es oponerse a
las leyes universales...

--Es usted quien ha inventado eso, seorita?--pregunt Francisca con
fingida dulzura volvindose hacia la oradora.

--No Francisca--respondi la Roubinet con una modestia tan afectada como
la dulzura de Francisca.--Esas palabras son de Federico el Grande.

--Un prusiano!... Qu horror!... Cmo puede usted citar frases de un
enemigo de Francia?--objet Francisca lo ms seria que pudo.

--El genio no tiene patria--respondi la Roubinet convencida.

--Internacionalista y solterona... Es el colmo... Ah!--aadi Francisca
cada vez ms nerviosa,--no quiero quedarme soltera...

--Suea usted con el acuerdo de dos almas hermanas?--pregunt la
Roubinet, que no pensaba en enfadarse por las ocurrencias de
Francisca.--Lo comprendo... Encontrar en la vida una alma a nuestro
diapasn... Qu ideal!...

--La verdad es que me importa poco el diapasn--respondi
Francisca.--Hasta consiento en dar el s bemol cuando mi alma hermana d
el la natural... Pero, por amor de Dios que me encuentren un marido...

--Pero, Francisca, qu tiene usted? Algo ha debido de ocurrirle, porque
no la conozco...

--S--respondi francamente Francisca.--Me ha ocurrido, que se
presentaba un pretendiente para m, y mis 2.000 pesos de dote le han
puesto en fuga... como de costumbre.

--No tena fortuna?--pregunt la abuela.

--No, seora, ninguna. 500 pesos de sueldo por toda renta.

--Con los intereses de los 2.000 pesos--dijo la Sarcicourt,--pongamos 80
pesos, el total de 580. Espera usted vivir con esa cifra?

--Por qu no?--respondi ingenuamente Francisca.

--Es posible vivir con 580 pesos--replic la abuela,--pero con otra
educacin que la de usted.

--Eso es lo que ha dicho el pretendiente--confes con franqueza
Francisca.--Creer, usted, seora--aadi,--que ese caballero lleg a
querer convencer a pap de que cuando no se tienen ms que 2.000 pesos
de dote se impone otra educacin que la ma?

--Si?--dijo la abuela interesada.--Y qu respondi el seor Dumais?

--Pap se enfad al principio, y cuando volvi a casa rega a mam
diciendo que su debilidad era la causa de este nuevo incidente.

--Pobre seora de Dumais--gimi la Sarcicourt.--Es tan buena...

--Demasiado buena--dijo la abuela entre dientes.--De modo--sigui
diciendo ms alto,--que no se casa usted, Francisca...

--Ay!--respondi la aludida,--mis pretendientes no cesan de correr...
Seorita--dijo yendo a arrodillarse delante de la Melanval,--no tiene
usted una liga por pequea que sea, que se ocupe de las jvenes
casaderas?... Si no la hay debiera haberla... Sera cien veces ms
til--termin levantndose,--que todas esas ligas que fastidian a todo
el mundo...

--Francisca!--dijo la abuela con cierto tono de severidad,--va usted a
decir tonteras, hija ma.

--S, es verdad... Me callo--respondi Francisca con esa gracia
irresistible que hace que se le perdonen todas sus imprudencias.

--No comprendo--dijo la Fontane,--el horror que usted manifiesta por el
celibato... Eso estaba bien en otro tiempo, pero hoy le aseguro a usted
que est bien visto el quedarse soltera.

--No, amiga ma--respondi vivamente la abuela.--Eso es inadmisible.

--Sin embargo--aadi la Fontane reprimiendo una fuerte gana de
rer,--estamos aqu cuatro representantes del celibato, sin contar la
quinta--dijo echando una mirada a Genoveva,--y no veo lo que tenemos de
reprensible.

--Eso depende de los motivos que han ocasionado en cada una el celibato.
Los hay que yo admito y otros que no--termin la abuela, ya descontenta
al ver que iba yo a caer en mi tema favorito.

--Cules son esos motivos admitidos?--suspir la Sarcicourt,--es
indiscreto preguntarlo?

--De ningn modo, querida amiga--dijo la abuela, ya en pleno buen
humor.--El padre Toms, explicando este asunto a mi nieta, los enumer
bastante sumariamente. Voy a tratar de recordarlos para complacer a
usted, aunque estoy muy cansada.

--No se tome usted esa molestia, seora--interrumpi la Fontane.--Ese
asunto le es a usted antiptico y voy a tratar de reemplazar a usted.
Creo--continu, mirando a la Sarcicourt,--que una de las primeras
razones que impulsan al celibato es la abnegacin.

--La abnegacin!--exclam la Roubinet con todo el ardor de una persona
que nunca ha sabido lo que es eso.--Qu poesa en ese motivo!... Qu
suavidad!...

--Hay muchos gneros de abnegacin--hizo observar Genoveva.

--En efecto, puede una sacrificarse de mil modos--repuso la Fontane muy
risuea.

--Se trata de encontrar el bueno--dijo Francisca, que generalmente
proclama que la abnegacin es un asunto de edad y de temperamento.

--Todos son buenos--respondi la Fontane.--Entre la abnegacin de una
hija que se consagra a sus padres y la de una hermana que se sacrifica
por sus hermanos menores, no s, en verdad, a cul dar la preferencia.
Aqu son los padres muertos que dejan una familia que criar; all unos
padres pobres o enfermos a quienes hay que atender o cuidar... Se puede
una quedar al lado de un hermano soltero para cuidarle la casa... Un
hermano que se queda viudo necesita a su hermana para vigilar a los
pequeos, dirigir a los mayores y ser una madre para todos... Un hermano
sacerdote nos reclama... Una hermana enferma nos absorbe... Y luego,
fuera de la familia, se encuentran nobles causas de abnegacin...

--Dios mo--interrumpi Francisca,--bastantes hay ya; no aada usted
ms...

--Nia mimada!... Debe usted comprender, Francisca--sigui diciendo la
Fontane,--que hay almas que sienten la necesidad de sacrificarse por el
prjimo en un marco ms ancho que el de la familia. Existen muchas
nobles hermanas de la caridad, seglares.

--S--respondi Francisca poco convencida,--para las almas hermosas
puede tener atractivos todo eso... Para las almas inferiores como la
ma, no tiene ninguno.

--Yo cre, Francisca--dijo la abuela con tono de reproche,--que tena
usted corazn.

--Mi corazn se atrofia en el celibato--respondi Francisca sin
miramientos.--Siento que me voy volviendo mala...

--Buena solterona--murmur Petra a la sordina.--Esto promete para el
porvenir.

--Entonces, Francisca--dijo la Fontane,--no es usted de aquellas a
quienes retiene en la pendiente del matrimonio un sentimiento de pudor
virginal...

--Absolutamente--respondi Francisca con la inconsciente franqueza que
brilla en todas sus palabras y que le vale tantas crticas.--Existen,
pues, casos de ese gnero?...

--Ciertamente. Cuntas almas temen los rozamientos de la vida!...

--S--hizo observar la Melanval bajando pdicamente los prpados,--el
matrimonio no es un modo de existencia propio de las naturalezas finas y
delicadas...

--Oh!--protestaron la abuela, Francisca y Petra.

--Yo misma--continu la presidenta,--me he estremecido siempre de horror
al pensar que un caballero hubiera podido besarme...

--Entonces--exclam Francisca,--no tena usted ms que besarlo la
primera, y as...

--Francisca!--dijeron todas a coro.--_Schoking_...

--Francisca razona como una nia caprichosa--respondi la
Melanval.--Habr que cuidar esa imaginacin--aadi un poco
descontenta.--Si no pone usted remedio se va a destruir cerebro, corazn
y alma. Mala pendiente, hija ma; muy mala pendiente...

--Qu le voy a hacer?--suspir Francisca en tono burln.--Es el efecto
en m del celibato... Hay jvenes que se vuelven de azcar, como
Genoveva; hay otras que se ponen ms agrias que un limn, como yo... No
comprendo por qu tienen ustedes todas, trazas de encontrar magnfico
ese sentimiento de pureza virginal de que hablan. Eso es bueno para una
monja, pero cuando no se siente una llamada hacia Dios...

--Ciertas almas--respondi la Fontane,--prefieren su blancura de armio
a todos los goces de la vida... Ese sentimiento pursimo es
infinitamente respetable, tanto como hermoso.

--Y muy raro--dijo la abuela echando a Francisca una mirada terrible
para que no dijera alguna nueva tontera.

--Es muy difcil el saberlo exactamente--respondi la Fontane.--La
pureza extrema siendo silenciosa, las almas que han huido del matrimonio
para sacrificarse a ese deseo virginal, no lo cuentan generalmente. Es
un secreto entre ellas y Dios.

--Secreto ideal!... Secreto de amor!...--murmur la Roubinet con la
cara satisfecha de un nio que est comiendo dulces.

--En materia de secretos de amor--dijo la Fontane,--hay tambin
afecciones interrumpidas por la muerte, la traicin o cualquiera otra
causa. Esas afecciones dejan en el corazn de ciertas jvenes una huella
bastante profunda para que no sea posible otro amor... No habiendo
podido casarse con el que amaban, esos corazones fieles prefieren vivir,
envejecer y morir solos...

--Ah!--dijo Francisca estremecindose.--Nos deja usted heladas... Si
eso es el amor no le quiero.

--Qu hermoso es el amor!--murmur la Roubinet.

--Muy hermoso--replic la abuela,--pero muy peligroso para cabezas
jvenes.

--No para la ma--objet Francisca triunfante.

--Quin sabe?...--exhal Genoveva en un aliento apenas perceptible.

--Una de las causas ms frecuentes de celibato--dijo la Fontane,--es
tener un carcter demasiado independiente.

--Detestable causa--exclam la abuela dirigindome un suspiro.

--No es ese mi caso--afirm la Sarcicourt, que tema probablemente que
se le imputase semejante disposicin.--En mi vida he sabido lo que era
tener ideas fijas y personales...

--Pobre amiga!--respondi Francisca llena de lstima.

--Esa independencia de carcter--continu la Fontane,--no slo es un
motivo de celibato del lado femenino, sino que asusta tambin a no pocos
jvenes. Qu vamos a hacer--piensan--de una mujer autoritaria y
dspota?...

--Ahogarla--exclam Francisca pensando en la Bonnetable y en el deseo ya
formulado.

--Es un remedio un poquito radical--opin la Sarcicourt, que no est por
las medidas violentas.

--No se emplea casi nunca--respondi la Fontane.--Existe, por otra
parte, el contraste de la independiente, y es la joven a quien todo
asusta, la que teme las responsabilidades del matrimonio y rehuye la
carga de almas que ese estado lleva consigo.

--Qu valenta!--exclam Genoveva riendo.--Eso huele a las Cruzadas,
eh, Petra?

Petra se encogi de hombros amablemente sin decir nada.

--El divorcio y la inseguridad en el matrimonio--prosigui la
Fontane,--provocan igualmente la vocacin del celibato en algunas
muchachas...

--Lo que pasa en el mundo es verdaderamente espantoso... Qu negro
abismo!--exclam la Melanval.

--Corromper y ser corrompido, ha dicho Tcito, es lo que se llama el
siglo--dijo la Roubinet orgullosa de su frase.

--Por fortuna--observ la Melanval,--tenemos obras para evitar todos
esos peligros... As, la obra de la reforma social...

--No es suficiente--termin Francisca con un resplandor malicioso en los
ojos.--Hara falta una obra de los desengaados, una unin de las
separadas, una liga contra los divorcios, una federacin de celosas, y
qu s yo cuntas cosas ms... Tiene usted una asociacin contra el
celibato obligatorio?... Pues sera de primera utilidad. Admitir usted
fcilmente que si los motivos enumerados por la seorita Fontane
impulsan al celibato, hay otros que le crean... sin impulsar a l...

--Ciertamente--respondi la Fontane con sonrisa burlona.--La
insuficiencia del dote cuando se es gastadora, es una de esas causas
temibles y temidas.

--Esto es lo que se llama recibir una estocada--articul
Francisca.--_Mea culpa_... _Mea culpa_...

--Los pretendientes toman miedo a las mujeres que les llevaran tan
graves motivos de alarma.... Adems, hay que tener en cuenta las
presunciones de las muchachas que se estiman en un alto valor, siendo
as que...

--Que no valen gran cosa...--concluy Petra.--Me reconozco a mi vez...
_Mea mxima culpa_...

--Para qu tantas pretensiones?--pregunt la Melanval.

--Es muy sencillo--respondi Petra.--Yo deseo el nombre, la familia, la
fortuna, la respetabilidad, las relaciones y un fsico agradable.

--Mucho es eso!--exclam la Melanval.

--Tengo veinte mil pesos de dote...

--Es poco--hizo constar la Melanval.--Hagamos un pequeo sacrificio...
El nombre?

--Imposible... Un matrimonio desigual?... Horror...

--La familia va con el nombre. La fortuna?...

--Jams... Se va el dinero de las manos sin echarlo de ver.

--Entonces--replic la Melanval un poco extraada--no queda nada que
sacrificar, pues la respetabilidad es necesaria. Como no sea el
fsico...

--Me es indispensable--respondi sencillamente Petra.

--Bah! ya ir usted rebajando, hija ma--dijo la abuela con su dulce
filosofa.--Y quiera Dios que no sea tarde--suspir pensando en el
teniente Cotorrac.

--Es lo que yo digo algunas voces a mam--dijo Paulina un poco confusa
por no ser de la opinin de su madre.--Mam, que me quiere mucho, suea
para m con una situacin brillante, y... con diez mil pesos de dote...
no s si...

--Si conquistars esa situacin?--acab Francisca rindose.--Creo que
no, mi pobre Paulina... Rebaja pronto... pronto... Ya quisiera yo tener
que rebajar algo--gimi Francisca,--pero no puedo disminuir mis
pretensiones a no ser que me case con un gan, con un marmitn o con un
mono vestido, lo que est lejos de ser tentador.

--Ah!--suspir la Sarcicourt;--no estamos ya en los tiempos en que la
gente se contentaba con una choza y un corazn...

--Dichosa poca!--exclam la Roubinet.--Pero si no tenemos ya esas
graciosas costumbres, sepamos acomodarnos, como deca Mximo del Camp,
al tiempo en que vivimos; slo en esto reside el gran arte de la vida.

--La falta de salud--dijo la Fontane, llevando la conversacin a su
punto de partida,--asusta tambin a muchos pretendientes. Qu hacer de
una mujer enferma?...

--Cuidarla--murmur Francisca con irnica piedad.--Pero esos hombres son
tan detestables enfermeros...

--Es cierto--dijo la abuela,--que se debera vigilar escrupulosamente la
salud de la mujer lo mismo que la del hombre en todos los matrimonios,
y, en caso de incertidumbre, prohibirles una unin llena de peligros.

--Cmo!--exclam asombrada.--Ahora es la abuela partidaria del
celibato... Qu conquista!...

--Y dnde me dejan ustedes el amor al estudio y la pasin por las
artes?--interumpi la Roubinet.--En nuestra poca hay muchas jvenes
que prescinden del matrimonio para seguir esa va privilegiada.

--Bah!--dijo la abuela.--Son las jvenes sabias y las artistas en flor
las que renuncian al matrimonio, o es el matrimonio el que no las
quiere?

--La estadstica se calla en este punto--respondi la Roubinet
ligeramente confusa.--Pero he ledo con gran satisfaccin la vida de
ciertas solteronas sabias o artistas--dijo con su nfasis habitual.

--Oh!--exclam Petra.--Creo que suea usted.

--No, por cierto--insisti la Roubinet.--As, en literatura...

En este momento entr Celestina con una bandeja cargada de pasteles de
perfumes variados, e interrumpi a la Roubinet.

--Suplico a usted que espere un poco--dije a la oradora.--Djeme servir
el t, pues sentira mucho no or a usted.

--Vaya usted, vaya, Magdalena--respondi la Roubinet muy halagada por mi
peticin.

--Qu delicioso perfume de flor de azahar!--exclam Francisca
apoderndose de un plato de mostachones para presentrselo a las
invitadas.--Es un perfume de circunstancias... Hoy, fiesta de Santa
Catalina, todo debe ser flor de azahar.

--Oh!--dijo haciendo monadas la Roubinet,--yo prefiero unas gotas de
ron en el t... Si me hace usted el favor, Magdalena...

--Cuidado!--exclam Francisca;--el ron es un perfume de coraceros...

--No me importa--asegur la Roubinet,--mi estmago le recibe muy bien.

--El mo no--dijo dulcemente la Sarcicourt.--El mdico me prohbe los
licores fuertes... Una gotita de leche, Magdalena, si usted gusta.

Cada cual tuvo al fin lo que deseaba, y la conversacin se volvi a
animar.

--Cree usted--dijo Genoveva dirigindose a la Roubinet,--que las
solteronas cuentan en sus filas muchas literatas distinguidas?

--Cmo! Genoveva--dijo la Fontane,--olvida usted a nuestra ilustre
Eugenia de Guern?...

--No, pensaba en ella, as como en Clarisa Bader y en la Bremer. Pero no
conozco muchas ms.

--Cmo!--exclam la Roubinet con indignacin.--No conoce usted a la
seorita de Marchef, que compuso un libro titulado _Las mujeres, su
pasado, su presente y su porvenir..._? Ni a la seorita Bertin, que
hizo un volumen coronado por la Academia Francesa y hasta compuso dos
peras?... Hay adems Miss Frances Brown, poetisa; Miss Martineau, la
ilustre filsofa de opiniones un poco atrevidas... Miss Cummins, Miss
Sedwick, Miss Wetherell, Miss Lothropp, Miss Johnson, americanas cuyas
obras habr usted ledo; Miss Pardoc y Miss Kavanagh, novelistas
inglesas; las seoritas Poulet y Luisa Stappaerts, poetisas belgas; la
seorita Gatti de Gamond, prosista de mrito; las seoritas Fleuriot,
Marechal y Monniot, cuyas obras han hecho la dicha de las generaciones
nuevas, y no s cuntas ms...

--Qu diluvio!--exclam la abuela.--Cmo las solteronas tienen la
pluma tan intemperante!... Ya no me extraa que Magdalena...

--Abuela!--implor.

--La pintura--prosigui la Roubinet poseda de su asunto--cuenta tambin
solteronas de talento. No citar a usted ms que dos de las ms
ilustres: la gran artista holandesa Mara Van-Osterroyek, que vivi en
el siglo XVII, y nuestra gran francesa Rosa Bonheur...

--Qu nombres y qu artistas!... Cunto celebro ver que las solteronas
estn tan favorecidas...

--Por qu no haban de serlo?--pregunt la Melanval.--Las solteras
encierran bastantes mujeres de bien para tener el derecho de
enorgullecerse con las mujeres de talento que figuran en sus filas.

--Con ms motivo--aadi la abuela,--porque no pueden ustedes citar
personas vivas. Nada asegura que no se casarn...

--S--dijo la Fontane,--se han visto casos en estos ltimos tiempos.

--Hablen ustedes de las mujeres de bien--dijo la Melanval;--ser ms
edificante...

--Ah tenemos a Celestina--exclam Francisca dirigiendo una sonra a la
anciana criada que entraba en este instante para llevarse las tazas del
t y todo lo que nos molestaba. Pero Celestina hizo como que no haba
odo.

--Las mujeres de bien solteronas son demasiado numerosas--sigui
diciendo la Fontane.--Creo que habra que nombrarlas todas para no
cometer error. Qu solterona no ha contribuido al bien de la familia o
de la sociedad?...

--La seorita Bonnetable--asegur Francisca.

--Silencio, Francisca,--exclam la abuela.--El carcter de la seorita
Bonnetable no le impide ser muy buena en el fondo.

--S, seora--respondi Francisca,--en el ltimo fondo, en el sitio que
no se ve ni se oye, es buena y dulce como el azcar.

--Nia cruel--dijo la abuela encogindose de hombros.

--Lo cierto es--sigui diciendo la Melanval,--que la mayor parte de
nuestras obras tienen como presidentas o como fundadoras mujeres
solteras... Sera imposible hacer una lista...

--No veo la dificultad--dijo Francisca disimulando un bostezo.--No hay
ms que coger la nomenclatura de los premios de virtud en la Academia;
eso no puede servir de base.

--Detestable burlona--murmur la Melanval contrariada. Y aadi
dirigindose a la Fontane:--creo que hay que convenir entre nosotras que
si todas las mujeres de bien no son solteras, en cambio todas las
solteras son mujeres de bien.

--Felices ellas!--exclam Petra.--Ese es un panegrico bien sentido...

--En un da de Santa Catalina era obligatorio,--repuso Francisca.--Y por
cierto que han olvidado ustedes el citar a esta pobre santa entre las
ilustres solteronas... Tengo una vaga idea de que fue una filsofa
distinguida.

--Y una mrtir incomparable--aadi la Melanval santigundose.--Buena
Santa Catalina!...

--_Ora pro nobis_--exclamaron a la vez Petra y Francisca que se rean
con toda su alma.

--No, no--dijo Francisca dando un salto;--no queremos formar parte de la
corporacin.

--Y tienen ustedes razn, hijas mas--respondi la abuela siempre llena
de indulgencia por las jvenes deseosas de casarse.--Recen ustedes a
San Jos y ser mucho mejor...

--Adems--aadi la Roubinet mirando a Francisca con intencin,--al
rezar a nuestro gran patriarca cuide usted de conservar su gracia y su
humor apacible:

    Con la sonrisa en los labios
    Y con la gracia en los ojos
    La virtud es an ms bella...

--Bonitos versos--dijo la abuela.--De quin son?

--De uno de mis autores favoritos--respondi la Roubinet muy contenta
por haber hecho efecto.--Son de Laprade.

--Laprade?--murmur Francisca reuniendo sus recuerdos.--Creo haber
ledo algo de ese buen seor... Qu aburrido era!...

Genoveva y Paulina trataron de hacer callar a Francisca, pero fue intil
felizmente, pues sus palabras se perdieron en el ruido de las
despedidas.

--Espera--me dijo Francisca al odo al tiempo de despedirse de la
abuela,--voy a dejar con la boca abierta a la Roubinet con mi erudicin.
Escucha bien.

Y haciendo una graciosa reverencia a la abuela, Francisca declam con
gracia:

    Si el tiempo se va, seora,
    Nosotras tambin nos vamos...

Una risa general acogi esta nueva broma de Francisca, que haba
encontrado medio de desnaturalizar el pensamiento del poeta.

--Delicioso--exclam la Roubinet extasiada.--Yo conozco estos versos,
pero no recuerdo el nombre del autor... Venga usted al socorro de mi
memoria infiel, Francisca.

--Esos versos son de uno de mis autores favoritos--parodi
Francisca.--Son de Ronsard...

--De Ronsard!--exclam la Roubinet sofocada.

--S, seorita--termin Francisca,--rabie usted... Usted no nos ha dado
ms que Laprade...--Y repiti con una mueca desdeosa:--Laprade...

Todas exclamaron en coro en medio de las risas que reinaban:

--Oh! Francisca...




3 de diciembre.


He pasado una gran parte del da en la Catedral. Hoy era la fiesta de
Santa Catalina, fiesta parroquial tan slo, pero interesante por el gran
nmero de personas a quienes se refiere.

Cuntas distracciones tuve en la misa mayor!

Aunque sal de la casa con buenas disposiciones de fervor, mi
insoportable imaginacin hizo de las suyas. Hasta el Ofertorio todo fue
bien, pero en ese momento, curiosa de reflexionar un poco sobre la
innumerable cantidad de solteronas que desfilaban delante de mi vista,
me extravi completamente.

En seguida clasifiqu a las personas que pasaban en mis tres grandes
divisiones:

Solteronas voluntarias.

Solteronas resignadas.

Solteronas recalcitrantes.

Vuelta a casa, continu mis meditaciones y he aqu lo que llegu a poner
en claro en conjunto.

La solterona voluntaria, diga lo que quiera el padre Toms, se distingue
a primera vista. Es viva, aunque sea reumtica y sobre todo si es
nerviosa. Su fisonoma es apacible y animada, su mirada benvola y su
sonrisa bondadosa.

La resignada es melanclicamente trivial: mirada apagada, sonrisa
triste, modo de andar fro. A diez pasos y aun de ms lejos se la conoce
de una mirada.

La recalcitrante es... recalcitrante. Qu aspecto de mal genio!... En
lugar de la sonrisa amable de la primera y de la dulzura borrosa de la
segunda, es enteramente alarmante. Mirada dura, labios secos, modo de
andar irritado. En vano se esfuerza la piedad por dar a su fisonoma un
aspecto de ternura; se ve el esfuerzo y no se adivina la paz.

Irremediablemente formadas en mi mente las tres grandes divisiones, pas
a las subdivisiones.

Las solteronas voluntarias se reclutan evidentemente entre las que se
han dejado guiar en la eleccin de su existencia por motivos de
abnegacin, o un sentimiento de pureza virginal, o el recuerdo de una
afeccin muerta, o el amor de la independencia, o ese vago esceptismo
que se apodera de tantas jvenes, o por el temor de las
responsabilidades, espantosas en efecto para quien reflexiona.

El amor al estudio y a las artes hace descontentas o satisfechas, segn
que el celibato proviene de la libre eleccin o del encadenamiento de
las circunstancias. Estas, segn sus tendencias personales, se vuelven
entonces resignadas, si son de humor acomodaticio, o sublevadas si
pertenecen a la categora de las violentas.

La misma observacin respecto de la falta de salud. La solterona se ha
sustrado por s misma al matrimonio o la han sustrado. En la primera
suposicin, su alma tranquila y estoica impone silencio a su corazn y
le da los medios de llegar a las dulzuras del celibato voluntario. En
la segunda, se lamenta, se entristece, no piensa ms que en su mala
salud, envidia la suerte de las jvenes ms favorecidas en este concepto
y acaba por dar un ejemplo notable de rebelin en el celibato.

--Sin mi mala salud--murmura,--hubiera podido casarme... A mi mala salud
debo, pues, el tener que vivir sola...

--En cuanto a la insuficiencia de dote o a la exageracin de
pretensiones, que hace que una solterona sera feliz al aceptar a los
cuarenta aos el partido que ha renunciado a los veinte, no creo
engaarme haciendo de esos dos motivos la causa inicial del gran
ejrcito de las recalcitrantes.

Estas recalcitrantes no han renunciado al matrimonio; son los
pretendientes los que no han querido presentarse. Por una parte, el dote
era tan pequeo y tan desproporcionado con la fortuna, que era imposible
que los hombres de buen sentido se arriesgasen a la gran aventura del
matrimonio con semejantes jvenes. Por otra parte, el dote estaba tan
poco en relacin con las pretensiones emitidas, que haba pretendientes
que no se atrevan a pedir lo que otros no se dignaban solicitar.

En las pequeas poblaciones es cosa corriente que la joven de buena
familia, sin dote o con uno muy pequeo, participe de la educacin y de
los placeres de las muchachas ricas: piano torturado, pintura profanada,
ftiles trabajos de aguja de los que ensean a una joven a apasionarse
por lo superfino cuando no tiene siquiera lo necesario...

Todos estos tipos de solteronas viven juntas en medio del alegre
concierto de burlas imparcialmente distribuidas a todas sin distincin
de mrito.

Cuando se quiere designar un carcter susceptible se dice:

--Es una solterona.

Cuando se habla de un espritu estrecho y vulgar, se exclama con mirada
desdeosa:

--Qu se puede esperar de una solterona...

Si se trata de una devocin mal comprendida, todo el mundo se encoge de
hombros y murmura:--Es una verdadera solterona...

Si por casualidad se hace alusin a costumbres rutinarias, al egosmo o
a las conversaciones agridulces, todos repiten:

--Qu propio es de una solterona...

Para pintar un traje extravagante se exclama:

--Vaya una facha de solterona...

Si por ventura recae la conversacin sobre la pasin de los gatos, de
los perros, de los pjaros o de los cintajos amarillos, brota un grito
unnime:

--Gustos de solterona...

En fin, ltima y suprema ofensa, si se quiere calificar a alguna persona
profundamente intil a la sociedad, todos proclaman:

--Intil como una solterona...

Vase cmo la solterona se convierte en un objeto antiptico cuando
debiera ofrecer el ms singular de los atractivos, el de un enigma que
descifrar.




9 de diciembre.


Cuntas mudanzas en lo que constituye una vida de joven soltera!...
Ayer todo era tranquilidad absoluta; hoy empiezo de nuevo a subir el
calvario de una muchacha casadera... Qu fastidio!... Y pensar que es
el padre Toms a quien debo esta resurreccin de las complicaciones.

Esta maana me previno la abuela que deseaba hacer conmigo algunas
visitas por la tarde. A las dos sub a mi cuarto para ponerme el traje
de rigor, cuando la abuela me hizo sufrir un examen imprevisto.

--Qu vestido te pones?

--El gris, corte de sastre.

--El gris... No, yo preferira el azul marino con aquella linda pechera
que tan bien te sienta. Debajo del abrigo de pieles ligeramente
entreabierto, hace muy bien...

--Pero yo no tengo conquistas que hacer, abuela... Cree usted til que
me ponga el traje nmero uno?...

--S... s... Qu sombrero?...

--El Santos Dumont.

--No, ese no... Ponte ms bien el de la pluma amazona que te sienta
maravillosamente sobre tu cabello rubio.

--Maravillosamente?... Bueno, abuela.

Me vest muy pensativa... Qu significaban esas precauciones
inusitadas?... Qu las idas y venidas de la abuela, que ha salido estos
das varias veces de tapadillo?... Verdaderamente todo esto me pareca
poco claro y empezaba a temer seriamente un atentado premeditado contra
mi libertad, cuando tom confianza al ver que la abuela se diriga, y me
diriga por consiguiente, hacia el Colegio Libre.

--En casa del padre Toms--murmur para mis adentros,--no hay nada que
temer... La feria del matrimonio no tiene all puesto.

Llam, pues, con todo el candor de una perfecta quietud y no encontr
extraordinario que el cura no estuviese solo. Muy ocupado en hablar de
buenas obras con un caballero bastante feo, que pareca un tarro de
tabaco, el cura nos acogi, sin embargo, con una alegra muy
halagea... Evidentemente no haba la menor mala intencin en aquellos
ojos eternamente maliciosos ni en aquella risa tan franca.

La abuela, no queriendo interrumpir la conversacin de aquellos seores,
se confundi en excusas y suplic al cura que nos dejase aprovechar sus
luces comunes continuando su pltica.

El caballero tarro de tabaco nos fue presentado. Se llama Teodoro
Baurepois y practica como especialidad la salvacin de Francia. Tuvimos
el gusto de or interesantes cosas sobre el socialismo cristiano, los
crculos obreros, la proteccin de los patronos, los retiros y un
diluvio de teoras... El caballero habla bien y se expresa con
facilidad y hasta con elegancia. El padre Toms parece que le da gran
importancia y le exhibe como una coqueta enseara una sortija.

La abuela, por discrecin, hizo una visita muy corta. Mi inocencia no
sospech del seor de Baurepois, el cual no me pareca de la madera de
que se hacen los maridos.

En casa de la Bonnetable, olvidada ya de su enfado, esper en vano al
seor en honor del cual me haba puesto mi traje azul y el sombrero cuya
pluma, etc.

En casa de la seora de Ribert, ni sombra de pretendiente.

En casa de la Roubinet, nada ms que un diluvio de flores de retrica.

En casa de la Sarcicourt, absolutamente nada...

Me resign fcilmente a pensar que el pretendiente--porque deba de
haberlo--haba llegado tarde al tren.

--Otro da ser--pens con alguna angustia ante la idea de volver a
empezar las fases de mi atavo de conquista.

La abuela se encarg de desengaarme con una pregunta tan brusca como
imprevista.

--Qu te parece el seor de Baurepois, Magdalena?

--Muy feo--respond con indiscutible sinceridad.

--S, no es un Adonis, ya lo s... Pero su corazn... su inteligencia...

--Su corazn, abuela, parece muy vasto a juzgar por la extensin y el
nmero de las obras a que se dedica... Su inteligencia debe de tener
las mismas dimensiones... Seguramente es un alma poco vulgar...

--Ah! querida--exclam la abuela besndome con efusin.--Qu dichosa
soy al orte juzgar as al seor Baurepois... Tema que su fsico...

--Su fsico?...--respond disimulando una sonrisa.

--S, tem que te impresionase contra l... Pero el padre Toms, que es
un hombre de gran talento, me haba dicho que l conducira la
conversacin de manera que quedases conquistada...

--Conquistada?... Entonces se conquista ahora a las muchachas con
discusiones sociales...

--Las muchachas serias--respondi la abuela ligeramente
ofendida,--tienen as ocasin de apreciar a un pretendiente... Qu ms
quieren?

Solt una carcajada vibrante, prolongada, interminable.

--De modo, abuela, que el seor de Baurepois era un pretendiente...

--Ciertamente--balbuce la abuela.--Por qu no?

--Y el padre Toms ha tratado de encontrar una conversacin seductora?

--Seguramente--dijo la abuela, que no comprenda mis preguntas.

--Pues bien, el seor de Baurepois es horrible y su conversacin...
cargante, como dira Francisca.

--Oh! estas muchachas...

--Figrate una conferencia entre un seor que quiere salvar a Francia y
su pobre mujer... Cada uno de sus desengaos recaer en la
desgraciada... Cada _meeting_ fracasado ser una ocasin de
recriminaciones... Cada _speech_ interrumpido constituir un motivo de
discordia... Y los artculos de los peridicos... Y los ataques
personales... Y las perfidias de los amigos polticos... Figrate el
despertar por la maana: Ah! amiga ma, _La Linterna_ se va a meter
conmigo--No, amigo mo.--S s, siento que voy a recibir alguna cosa
desagradable.--Pero mi pobre Teodoro, te alarmas sin motivo.--Pues
si no es _La Linterna_, ser _La Accin_.--Nada de eso, est
tranquilo. Adems, _La Autoridad_ te defender si te atanca.--T
crees?--_La Autoridad_ est en el caso de administrarme una paliza
disimulada... Me defender criticndome.--Pues bien, amigo, espera
para apurarte a que ocurran todas estas cosas.--Ah! as sois las
mujeres, descuidadas, frvolas, egostas... El padre Toms me ha
engaado sobre tu carcter. No tienes nada de lo que hace falta para un
hombre de mi vala. Ay! abuela, no quiero despertar de esta manera...

La abuela se encogi de hombros.

--Qu niada, Magdalena!... Ests desbarrando... Y yo que esperaba que
la belleza moral del seor de Baurepois...

--Permteme, abuela. No niego la belleza moral del seor de Baurepois...
Es hasta probable que si yo conociera a ese seor un poco ms, me
gustara bastante para olvidar a la larga las imperfecciones fsicas que
me ciegan por el momento. Esa belleza moral est demasiado oculta... El
salvar a Francia es hermoso, no digo que no, pero, entre nosotras, yo no
tengo tanta ambicin. Mi alma burguesa estara ms conforme con una
dicha ms tranquila y menos ilusoria... Un marido que me hiciera feliz
es todo lo que yo pedira.

--Y bien, el seor Baurepois...

--Temo que me aburrira mortalmente.

--Trate usted de gustar a una muchacha...--murmur la abuela con una
desesperacin que hubiera sido cmica a no ser tan sincera.--Oye--me
dijo dejndome para no ceder a la tentacin de regaarme,--quiero creer
que no es esa tu ltima palabra. Tengo los informes ms perfectos sobre
el seor de Baurepois. Como fortuna y como relaciones no encontrars
cosa mejor... Es un hombre serio... Reflexiona.

Y la abuela desapareci sin dejarme decir una palabra.

De modo que estoy lucida... Despus del seor Desmaroy, el seor de
Baurepois... De Escila a Caribdis... Qu agradable situacin la de una
joven casadera!...




16 de diciembre.


La abuela acepta difcilmente mi negativa respecto del seor de
Baurepois, dice que me porto como un chorlito y lamenta mi deplorable
obstinacin.

El padre Toms, aunque ms conciliador, confiesa que le ha sorprendido
desagradablemente lo que l llama el fracaso de mi inteligencia y de mi
razn.

--Rehusar un joven ocupado en cuestiones tan elevadas... Y yo, que crea
que su conversacin haba encantado a usted...

--Me interes, seor cura, lo que no es lo mismo. El inters est lejos
del encanto...

Por la gesticulacin del cura se ve que no comprende mi estado de alma y
que no se da cuenta tampoco de la psicologa de un corazn de muchacha.

La de Ribert y Genoveva son ms indulgentes conmigo. Sin dejar de apoyar
a la abuela ponderndome las ventajas de una unin con el seor de
Baurepois, una de las fuerzas del partido militante conservador, han
depuesto las armas las primeras.

--No ha llegado la hora de Magdalena, ha dicho la de Ribert a Genoveva.
Cuando esa hora suene, discutir menos... Su conviccin se formar sola
y ella misma reclamar el derecho de casarse con el que le haya gustado.

--Oh! seora--respond con cierta melancola,--renuncio a conocer jams
esa hora... Jams podr acostumbrarme a ese modo de casarse...

--Pero, Magdalena--dijo la buena Genoveva,--todo el mundo se casa as en
nuestra sociedad.

--S--respond suspirando,--el matrimonio de inclinacin es considerado
como un suceso raro y muy peligroso. Todos predican las peores
calamidades a los que se dejan llevar al matrimonio por un cario
apasionado. Lo que no obsta para que yo encuentre odioso casarse en las
condiciones ordinarias...

Estaba yo tan nerviosa por las interminables discusiones que haba
tenido que sostener con la abuela en los ltimos das, que me ech a
llorar. Genoveva me abraz.

--Oh! no llores, Magdalena... Qu nia eres... Nadie te obliga a
casarte... S razonable...

Razonable... Que si quieres... Cada vez lloraba ms... La de Ribert
pareca consternada y Genoveva, para consolarme, acab por llorar
tambin.

--No llore usted as, Magdalena, hija ma... Su abuela de usted no
piensa obligarla al matrimonio.

--No, seora--respond entre dos sollozos,--pero todas ustedes me
encuentran poco razonable y novelesca porque no puedo decidirme a
casarme con un hombre a quien no conozco. Es ese juicio lo que me hace
dao, mucho dao en el corazn...

--Bah! tontuela, nadie juzga a usted as--me dijo con bondad la de
Ribert.--No llore usted ms, no sea nia...

--Tranquilzate--aadi Genoveva enjugndose los ojos, muy
encarnados.--Te lo ruego; me das pena...

Al fin logr dominarme y me decid a guardarme el pauelo en el
bolsillo.

--Vamos, se acab la pena?--me pregunt amablemente la de Ribert
dndome un beso.

--As lo espero--dije mientras se me saltaban otra vez las lgrimas por
el tono de la pregunta y por el beso maternal de la buena seora.

En cuanto me tranquilic un poco, expliqu a aquellas seoras que haba
algo en m que se negaba absolutamente al matrimonio con un desconocido.

--S--exclam,--no puedo, no podr nunca decidirme...

--Pues bien--respondi la de Ribert, que comprendi que no era el
momento de insistir,--espere usted, la cosa no corre prisa... Si Dios
quiere que usted se case, l sabr enviarle el marido que la convenga.

--S, s--aadi Genoveva.--Hablemos de las solteronas... Eso distraer
a Magdalena.

Pronto recobr mi alegra su vivacidad habitual. Al contar mis ltimas
impresiones sobre mi asunto favorito, habl del deseo de saber lo que
piensan los hombres que no se casan.

--Para qu?--pregunt la de Ribert un poco asombrada.

--Para comprender sus motivos de celibato. Puesto que hay solteronas
recalcitrantes que lo son a pesar suyo, tendra curiosidad de saber los
motivos que alegan esos caballeros para despreciarlas de ese modo.

--La falta de dote y las pretensiones de las jvenes casaderas son
motivos suficientes--dijo Genoveva.--No veo qu ms puedes desear para
informarte...

--S--repliqu--hay adems otra cosa. No me hars creer que el egosmo
est bastante extendido en la tierra para que no haya otros motivos
serios que expliquen ese abandono del matrimonio... Adems--aad
bajando los ojos a la chimenea, que ostentaba un hermoso fuego,--no
pueden ustedes figurarse qu curiosa estoy por saber si hay entre los
hombres algunos que piensen como yo... Debo de poseer un alma hermana
que se asuste de casarse con una desconocida.

--Y quisieras conocer a esa alma hermana?--pregunt con curiosidad
Genoveva sonriendo.

--Puede ser--dije sintiendo que me pona colorada.--Quisiera al menos
saber si existe...

--Vean ustedes esta joven razonable que quisiera hacer un estudio del
natural--exclam la de Ribert sonriendo...--Despus de todo--aadi
despus de una corta vacilacin,--por qu no?...

--Cmo!--exclam Genoveva.--Qu dira la de Sermet?

--S, comprendo, hija ma, pero no se trata de Magdalena... Por qu no
he de hacer yo lo que no puede hacer ella? Yo tengo ya la edad de la
razn.

--Oh! seora--exclam con ardor arrojndome en sus brazos.--Qu buena
es usted!...

--No, no tan buena... Sabe usted que hace mucho tiempo que me ocupo en
cuestiones femeninas... Me gusta tener datos precisos. Algunas veces,
esto entre nosotras, he escrito a un peridico para obtener informes...
Ese peridico se llama Preguntas y Respuestas. Inserta las preguntas
que se le envan, y entre sus lectores o lectoras, hay siempre personas
de buena voluntad que dan una respuesta cualquiera... Quiere usted que
trate de tener lo que desea en su lugar?...

--S, pero cmo?--dije interesada.

--No es difcil poner un anuncio pidiendo las noticias que deseamos. Los
que quisieran dar respuesta dirigiran sus misivas al peridico, y ste
me las transmitira bajo sobre con iniciales.

--Oh! s--respond llena de entusiasmo.--Haga usted eso por m,
seora... Genoveva, corramos a pedir permiso a la abuela...

--No, ve t sola--dijo Genoveva riendo de mi entusiasmo.--Tu abuela se
va a enfadar y no me atrevo a ser yo la que haga semejante peticin.

--Anda Genoveva, te lo suplico--dije abrazndola.--La abuela te lo
conceder todo... Sabe que eres tan buena y razonable...

--Qu hago?--pregunt Genoveva a su madre.--Debo arriesgarme?

--S--respondi la de Ribert.--Bien puedes hacer eso por Magdalena.

El tiempo de echarse una falda, de ponerse los guantes y el sombrero, y
Genoveva estuvo pronta a acompaarme a casa de la abuela, que se qued
sorprendida de nuestra entrada repentina. Costole mil trabajos ponerse
al corriente de lo que queramos y empez por llenarse de indignacin en
cuanto supo poco ms o menos de lo que se trataba. Se calm un poco al
or las dulces razones de Genoveva y acab por enviarnos al padre
Toms, sin cuya opinin no poda pasarse en semejante caso.

--La cosa se sale tanto de las conveniencias...--murmur la pobre abuela
consternada.--En verdad, no s si estis locas o si soy yo la que no
est en el movimiento de ideas moderno... En qu siglo vivimos!...

Genoveva nos acompa a casa del padre Toms, que, felizmente para
nosotras, tiene la indignacin menos fcil que la abuela. El cura
escuch con atencin las explicaciones de Genoveva, la cual se abstuvo,
sin embargo, de hablar de mi deseo de encontrar un alma hermana. Un poco
sorprendido al principio, movi largo tiempo la cabeza antes de
responder... Era seguro que vacilaba.

--Dios mo!--dijo por fin,--si fuese Magdalena la que pusiera ese
anuncio, dira que era imposible de todo punto...

--As lo comprende mam--hizo observar Genoveva.

--Pero la seora de Ribert, a quien todo el mundo conoce como mujer
seria, inteligente y ocupada en trabajos intelectuales, puede
perfectamente hacer lo que le plazca. No veo ninguna razn para negar la
autorizacin solicitada.

--Entonces, seor cura, suplico a usted dos letras para la abuela...
Sera capaz de no creernos...

--Esperen ustedes--dijo el cura lleno de condescendencia.

Cogi una tarjeta y escribi debajo:

Por qu impedir el vuelo de un pajarillo? Hay ms grandeza verdadera
en lanzarse por encima de lo convencional que en permanecer
obstinadamente atado a lo vulgar...

Todos mis respetos.

--Gracias, seor cura, gracias de todo corazn--exclam con un intenso
acento de triunfo.

--Calma, calma...--dijo el cura.--Si su cerebro de usted se pone en
ebullicin, retiro el permiso...

Una dulce sonrisa de Genoveva le tranquiliz. Y nos fuimos rpidamente a
casa. Celestina tuvo mil trabajos para seguirnos a nuestro paso.

--Abuela--dije con expresin vencedora dndole la carta del cura,--aqu
tienes la respuesta que esperabas.

La abuela se sujet las gafas con cuidado, cogi la tarjeta, la ley, la
reley, la medit y dijo finalmente encogindose de hombros:

--El cura descarrila... y vosotras tambin.

--Oh! abuela--dije horriblemente alarmada,--niegas el permiso?

--No... haz lo que quieras. Francamente, no puedo hacerme a estas
costumbres nuevas... Escribir a un peridico... Poner un anuncio... Y
qu anuncio!...

--Gracias, abuela, gracias de todos modos--exclam con transporte.

--No hay de qu--respondi la abuela.--Pasa por el mundo entero una
especie de viento de locura... No me hablis ms de todo esto--concluy
volvindonos la espalda.

La de Ribert, que esperaba una oposicin obstinada de la abuela, se
qued sorprendida de nuestro xito.

--Bueno--dijo alegremente,--aprovechemos el permiso y ocupmonos del
anuncio. Aqu tenis el que he redactado durante vuestra ausencia.

       *       *       *       *       *

Persona seria que hace estudios sobre las solteronas, desea conocer los
motivos que alejan a los hombres del matrimonio. Respuesta a las
iniciales A. B. C. Oficinas del peridico.

       *       *       *       *       *

--Qu pensis de esto?

--Perfecto!--exclam saltando de alegra.--Pronto, un sobre... Oh!
seora, qu agradecimiento... Qu feliz soy...

--Espere usted, Magdalena--dijo la pobre seora de Ribert, aturdida por
mi turbulencia.--Espere usted; hacen falta an mil cosas. Qu nia...

Por fin sali la carta... Volv a casa, donde encontr a la abuela casi
repuesta de su exceso de indignacin, y ya me encuentro alegre como...
me falta trmino de comparacin.

Cunto quisiera tener rpidamente una respuesta.




22 de diciembre.


Nada!... No hay respuesta... Qu largo es esto...

Hoy, el da en que recibe la seora de Brenay, hemos ido a verla.
Tambin ha ido Francisca y su madre, Paulina y la seora de Aimont. Se
habl mucho del baile blanco que da la seora de Geraumont con motivo de
los esponsales de su hija, que se casa con un riqusimo banquero. Los
Geraumont son unos opulentos molineros retirados de los negocios y no
tienen la suerte de agradar a lo que se llama la alta sociedad, que
les pone mala cara.

--Vas a ese baile, Magdalena?--me pregunt Petra.

--Magdalena no sale ms que en la intimidad--respondi la abuela.--Una
hurfana no est en su lugar en reuniones muy numerosas.

--Pero es un baile blanco--observ la de Brenay.

--S, lo s; pero es todava demasiado mundano para Magdalena. Y usted
ha aceptado?--pregunt la abuela a la de Brenay.

--Los Geraumont no son de nuestra sociedad--respondi la de Brenay
desdeosa.

--Ah!--respondi sencillamente la abuela, que, a pesar de ser
aiglemontesa, no admite tan sutiles distinciones.--Y usted,
seora?--pregunt a la de Aimont.

--No me halaga el exponerme a bailar con los proveedores--respondi
sta.--Es un baile de comerciantes, de modo que...

--Pues nosotros aceptamos--dijo Francisca antes de que se lo
preguntaran.--Siempre encontraremos algunos amigos para hacer banda
aparte, y ser divertido...

--Y, sobre todo, muy fino para la duea de la casa--murmur la abuela a
la sordina.

--Me hace usted reflexionar--dijo la de Aimont.--Si estuviera segura de
encontrar en casa de esa gente personas conocidas, puede que aceptase
por Paulina... Hay tan pocas distracciones en Aiglemont...

La abuela logr apenas contener una sonrisa que yo adivin en su mirada
casi maliciosa. Demasiado inteligente para apreciar mucho esas
estrecheces tan en boga en Aiglemont, la abuela cambi la conversacin,
que amenazaba ser funesta para los pobres Geraumont.

--No hay ningn matrimonio en el horizonte?--pregunt sabiendo que as
complaca a todas aquellas seoras.--La chica de Geraumont no es, sin
embargo, la nica joven casadera...

En este momento entraron otros visitantes en el saln, con tal
estrpito, que la conversacin se suspendi. Grande fue la sorpresa
general al ver que eran el padre Toms y la Melanval que se anonadaban
mutuamente de testimonios de finura y se negaban a pasar el uno delante
del otro. Por fin encontraron el secreto de ponerse de acuerdo
precipitndose los dos a un tiempo a la puerta, lo que produjo un ruido
espantoso y provoc una risa enorme en el interior del saln.

En cuanto se restableci la calma, sigui la conversacin con toda su
vivacidad.

--Seor cura--dijo la de Brenay,--hganos usted saber lo que piensa del
desgraciado estado de cosas que bamos a hacer constar una vez ms; la
dificultad de casar a las jvenes que tienen un dote mediano...

--Y a las que le tiene pequeo--aadi la de Dumais con una conviccin
de las ms sinceras.

--Lo cierto es--prosigui la de Aimont,--que en nuestra poblacin, como
en otras muchas, hay muchas jvenes cuyos padres viven en buena
posicin... Esas jvenes no tienen ni ms ni menos atractivos que los
que tenan sus madres a su edad, y, sin embargo, no encuentran marido...

--S--convino el padre Toms.--Ya he tenido una larga conversacin sobre
esto con la seora de Sermet y Magdalena. Nada se opone a que la
continuemos... Las condiciones de la vida moderna aumentan
considerablemente las probabilidades que tiene una muchacha para no
casarse--dijo mirndonos una tras otra a todas las jvenes
presentes.--Los hechos estn ah, innegables, casi palpables...

--Destruya usted esos hechos, seor cura, destryalos usted--interrumpi
Francisca con su petulancia habitual.--Es horrible condenarnos con
hechos... y con hechos palpables...

--Y qu quiere usted que yo le haga?--objet el cura.--En primer lugar,
nacen indiscutiblemente ms mujeres que hombres, al menos en Francia...
Despus la muerte se lleva ms pronto a los hombres que a las mujeres,
lo que hace el elogio de ustedes, seoras--observ graciosamente el
cura,--porque prueba la pureza de su vida. El hombre paga sus locuras o
sus debilidades... En tercer lugar, la aspereza creciente de la famosa
lucha por la vida exalta los sentimientos egostas en el hombre. Tengo
bastante para m--se dice,--pero no para tres o cuatro, si tengo
hijos... Esta tendencia, por otra parte, no es reciente; Michelet
hablaba de ella en su libro sobre la mujer.

--Y bien, por qu no educar a las jvenes con arreglo a este nuevo
estado de cosas?--exclam la Melanval.

--Es verdad--respondi el cura.--ltimamente he ledo un artculo de
Marcel Prevost...

--Oh!--balbuci la Melanval con espanto.--Usted lee a Marcel Prevost...

--Los cannigos leen, pues, a Marcel Prevost!--murmur Francisca con
una apariencia de ingenuidad que no enga a nadie.

--Los cannigos... no lo s. En cuanto a los profesores, su deber es
ponerse al corriente de todo lo que puede ser til al cumplimiento de su
misin y...

--Seor cura--dijo en tono lastimero la de Dumais,--perdone usted a
Francisca.

--No hay nada en todo esto que necesite perdn. Francisca me haca una
pregunta y yo respondo... Los profesores estn hechos para
responder--aadi el cura con una buena sonrisa.--Decamos, pues--dijo
reanudando el hilo de sus ideas,--que Marcel Prevost se ocupaba en la
cuestin del celibato y va hasta aconsejar que se eduque a las muchachas
para ese estado. El escritor dirige a las jvenes un discurso, muy bien
hecho a fe ma, en el que les dice poco ms o menos:

Soad con un marido, unos hijos y un hogar; es legtimo. Tratad de ser
unas muchachas casaderas tan cumplidas, que el dejaros por cuenta
atestige una inverosmil ceguera. Pero concebid paralelamente otro
porvenir adems del matrimonio para el caso de que no os casis a pesar
de todo... Sobre todo, no vayis a meteros en la cabeza que vuestra vida
quedar truncada si no habis encontrado esposo. Hay algo que el
celibato no perjudicar ni disminuir, y es vuestra propia personalidad,
o, ms sencillamente, las probabilidades de gozar honradamente de la
vida que os ofrecen vuestro corazn, vuestra inteligencia y hasta
vuestras facultades fsicas, desarrolladas con cuidado. El celibato no
es, en suma, ms que una desgracia negativa, la falta de una aadidura.
Guardaos de jugar todo vuestro destino a un suceso que no depende de
vosotras. Antes de ser esposas, antes de ser casaderas, sois personas;
el perfeccionamiento de esa persona depende slo de vosotras.

--Bravo por Marcel Prevost!--exclam con entusiasmo.--Todo eso es
justamente lo que yo pienso... Y qu bien dicho est!...

--Ya tenemos a Marcel Prevost elevado a la altura de un padre de la
Iglesia--dijo la abuela descontenta de sus teoras.--Si nos vamos a
preocupar de la opinin de los literatos modernos!...

--Querida seora--respondi el cura, otra vez en discordancia con su
antigua amiga,--esa opinin tiene su valor... Mientras los novelistas
tengan la especialidad de pintar las ideas de una poca, habr que tener
en cuenta lo que ellos indican y...

--Son acaso las ideas de nuestra poca lo que ese seor ha expuesto en
el discurso que acaba usted de leernos?... Ah! seor cura, jams,
jams--respondi la abuela en un acceso de violenta indignacin.--Qu
madre tendra semejante lenguaje?

--Una madre prudente y lista--dijo el cura muy bajo.--Pero, en realidad,
seora se cree usted de esta poca?... Usted, abuela, comprende todos
los pensamientos de su nieta?

--Verdaderamente no--repuso la abuela confusa.--Todo lo que oigo ahora
es tan contrario a lo que se deca y se pensaba en mi juventud, que no
puedo acostumbrarme... Esta Magdalena me trastorna.

--Yo?--balbuc sorprendida.--Diga usted ms bien Marcel Prevost... En
cuanto a m, te engaas seguramente, abuela.

--No, no, s lo que me digo... Ya ests entusiasmada por las teoras de
ese caballero... Ah! qu jvenes las actuales...

--Ay!--gimi la de Dumais a modo de aprobacin.

--Por qu educar a las jvenes como se hace ahora?--dijo la abuela con
ms energa.--En mi tiempo ramos ms prcticos y no educbamos a las
jvenes ms que para esposas ni les inculcbamos cualidades o talentos
ms que para el matrimonio... Aquel era mejor tiempo.

--De eso habra mucho que hablar--respondi el cura moviendo la
cabeza.--En la dichosa poca de que usted habla, los prejuicios eran
tales, que los padres no se atrevan a desarrollar en sus hijas una de
las ms puras pasiones de un gran corazn, el amor a la belleza...
Entonces existan muchas mujeres para las cuales la cultura de la
inteligencia y la generosidad del alma eran causas incesantes de lucha
y de discordia con sus maridos...

--Y cree usted que se han acabado esos tiempos?--pregunt la de Aimont
en tono de burla.--Los seores maridos se han vuelto tan perfectos que
pueden apreciar la idealidad en sus mujeres?...

--Eso--dijo el cura confuso,--depende de las mujeres y... de los
maridos.

--S--aadi la de Brenay,--sin contar que el intelectualismo exagerado
de que padecemos no es muy apreciado por esos pobres maridos... Qu se
hace con una intelectual?--termin con una sonrisa llena de malicia.

--Esa es una objecin pueril--respondi el cura.--Nunca el corazn de
las mujeres encontrar mejor sostn ni un alimento ms poderoso que el
estudio de la Naturaleza. Verdad, Magdalena?

--Predica usted a una convertida--dijo la abuela.--Magdalena piensa como
usted... Usted es para ella la ley de los profetas... Sin embargo,
admitiendo que tenga usted razn, todas esas bellas cosas mejorarn la
situacin de las solteronas?... Esa es la cuestin.

--Por lo menos les harn soportar una situacin que muchas de ellas no
han creado ni deseado--respondi el cura,--pues en esta clase de cosas
las costumbres pueden mucho... En Inglaterra una mujer no est obligada
a tomar un nombre que no es el suyo para ser respetada. Los ingleses
llegan hasta a encontrar muy prctica esa multiplicacin de las
solteronas...

--No me extraa--dijo Francisca,--los ingleses razonan siempre en contra
del sentido comn.

--No tanto, no tanto--murmur el cura.--En estos tiempos est cada cual
tan absorbido por sus intereses que no tiene tiempo ms que para pensar
en s mismo. Ahora bien, las solteronas, que no tienen nada que hacer,
estn destinadas a pensar en los dems.

--Es delicioso!--exclam Francisca con conviccin.

--Es hermoso--dijo la abuela levantndose para despedirse.--Pero, sin
embargo, es esa la dicha?...

El cura contempl durante unos segundos la silueta de la abuela plantada
delante de l como una verdadera interrogacin.

--La dicha?--respondi.--La dicha se encuentra all donde est el
deber.

--Ay!--exclam Francisca,--esa es la dicha a precios reducidos.

--Yo hubiera preferido otros deberes--replic la abuela moviendo la
cabeza con melancola.

--S, ya s... Pero el deber cambia con la poca en que se vive.

--Puede ser--respondi la abuela.--La generacin actual es elctrica
hasta en el deber... Tiene usted razn, seor cura, yo no soy de este
siglo...

El saludo de la abuela se resinti de la tristeza de su ltima frase y
careci, casi, de la tradicional reverencia. Las mas indicaron mi
serenidad habitual. Yo estoy siempre contenta cuando se habla de las
solteronas.

Cunto voy a tener que escribir esta noche!...

Ya acab... Qu suerte...




29 de diciembre.


Empiezan a llegar las respuestas... Soy feliz como el pez en el agua. Mi
dicha est, sin embargo, un poco empaada por el aspecto fro de la
abuela, cada vez ms disgustada por las ideas de su nieta; as es que no
me atrevo a hablar de este asunto espinoso y mi alegra es silenciosa.

La de Ribert, que es la bondad misma, ha venido con Genoveva para darme
lectura de los primeros envos. Hasta ahora no sirven para ilustrar
mucho la situacin: egosmo, filosofa, mal humor y recriminaciones,
esto es lo que nos dan las cuatro primeras muestras. La de Ribert
asegura que esto es ya un xito enorme que nos promete para los das
siguientes cartas de un inters palpitante. Como yo no pido ms que
palpitar, espero...

       *       *       *       *       *

Bernardo Monastiel a una persona seria.

Apreciable persona seria:

Soy hombre y soltero.

Confieso francamente que el matrimonio me tentaba bastante y hasta iba
a sacrificar en su altar, cuando el Destino misericordioso me inund de
luz colocando ante mis ojos dos inocentes frases llenas de
consecuencias.

Una de ellas estaba concebida de este modo:

Sers demasiado feliz si no tienes mujer.

Ya me sonrea el ser feliz; cmo resistir a serlo demasiado?

La otra, con su laconismo, acab lo que la primera haba empezado:

No hay nada tan hermoso ni tan bueno como el celibato.

Menandro y Horacio son los nicos culpables... Slo a ellos, seora,
debe usted dirigir sus reproches... si los hay.

Reciba usted, apreciable persona seria, el homenaje de todo mi respeto.

BERNARDO MONASTIEL.

       *       *       *       *       *

--Esto es hablar para no decir nada--dije a Genoveva, devolvindole la
carta.

--No--replic la de Ribert,--es el lenguaje de un amable egosta... La
belleza y la bondad del celibato son la eterna cancin de los que
rehuyen las cargas de una familia. Se pueden encontrar mejores
razones...

--Empiezo la otra--exclam Genoveva.--No nos detengamos en el egosmo.

       *       *       *       *       *

X. Y. Z. a la seora...

Seora:

La pregunta que usted hace me hiere en lo vivo y me obliga a confesar
una situacin deplorable, en la que nos hallamos muchos jvenes de mi
edad, sin atrevernos a quejarnos.

Nadie desea casarse ms que yo. Desgraciadamente, no tengo fortuna.
Siendo reducidos mis recursos, me es tan imposible encontrar una mujer
rica, como casarme con una pobre.

Homenajes respetuosos.

X. Y. Z.

       *       *       *       *       *

--Pobre mozo!--exclam.--Cree usted que ese motivo es verdadero?

--Vaya si lo creo--respondi la de Ribert;--ese muchacho es
absolutamente sincero. Ya conoce usted las pretensiones de las mujeres
ricas, que jams se casan con jvenes pobres o sin gran porvenir...
Cmo casarse con muchachas sin fortuna, cuando la bolsa est mal
provista?... Eso sera, como dice el proverbio, casar el hambre con la
gana de comer.

--Es muy triste para los jvenes--dije con compasin.--Cmo remediarlo?

--Es difcil--respondi la de Ribert. Hay en esto todo un problema de
economa social que hace retroceder a las inteligencias ms juiciosas.

--Retrocedamos, entonces, sin vergenza--dijo Genoveva.--Propongo que
las muchachas ricas se conformen con maridos sin fortuna, a fin de
restablecer el equilibrio, puesto en peligro por la acumulacin de
riquezas en las mismas manos...

--Miren la socialista!--exclam rindome.--Esta Genoveva tiene teoras
aventuradas. Si la oyese la abuela...

--Bah!--dijo Genoveva con serenidad.--Mi socialismo no hace dao a
nadie, y estoy segura de que tu abuela lo aprobara.

--En teora, puede ser que s. Pero en la prctica, puedes estar segura
de que no sera lo mismo. Jams me dejar la abuela casarme con un
joven sin fortuna...

--Pasemos al nmero tres--dijo la de Ribert.--Es una linda muestra de
los productos modernos, con una ligera tintura de bellas letras.

       *       *       *       *       *

Un perfecto egosta a la Esfinge del Peridico de las preguntas y
respuestas:

Oh, Esfinge, que se oculta bajo la modesta apelacin de persona
seria, siento que es usted mujer joven y bonita...

--Cuando se quiere mostrar ingenio--interrumpi la de Ribert,--se engaa
uno algunas veces...

Porque es usted esas tres cosas, respondo a su pregunta.

No soy ms que un vulgar egosta, que, saturado de bellas letras, dice
con Anaxndrides:

       *       *       *       *       *

Voy a casarme.--Tanto peor.--Cmo tanto peor!--S, es abrir tu hogar a
todos los males: Si eres pobre y tomas mujer rica, sers esclavo hasta
la muerte; si la mujer no tiene nada, sers ms desgraciado, porque en
lugar de un estmago, tendrs que alimentar dos...

Quisiera besar a usted la mano, amable Esfinge, pero no puedo...

UN PERFECTO EGOSTA.

       *       *       *       *       *

--El matrimonio pobre--dije rindome,--es el efecto terrible. No haba
yo reflexionado en la cruel necesidad de alimentar dos estmagos, en
lugar de uno...

--Dos?...--termin Genoveva;--di ms bien tres... cuatro... cinco...
seis...

--Por qu no doce... o dieciocho?...

--Como en el Canad--hizo observar la de Ribert.--Pero en el Canad
producira vergenza escribir semejante carta. All se considera una
familia numerosa como una bendicin divina. Mientras que aqu es...

--Una maldicin--termin, un poco pensativa.--Cmo huele esta carta a
decadencia... El retoo de una raza fuerte, no escribira una carta
semejante.

--El espritu caballeresco, Magdalena, est muy enfermo--respondi la de
Ribert.--En ninguna de estas cartas se encuentra la ms pequea huella
de l.

Cog las cartas esparcidas en la mesa, y las recorr con los ojos
durante unos segundos.

--En suma--dije a modo de conclusin,--es el _yo_, siempre el _yo_ lo
que domina... Ninguna otra razn... Piensan as todos los hombres,
seora?

--Todos no, Magdalena, pero s muchos. Note usted, hija ma, cmo se
desprende de todas estas cartas el cuidado del bienestar personal...
Pobres mujeres!...

--S--suspir.--Y pensar que van tan alegremente al matrimonio con
individuos de ese gnero...

--Van muy alegres, es verdad... Pero siguen estndolo?...--murmur la
de Ribert con inconsciente tristeza.

--Dios mo--exclam para cortar las meditaciones de la de Ribert, que
parecan dolorosas;--qu contenta estoy de aprender a conocer a los
seores hombres... Nuestra averiguacin me va a abrir horizontes
enteramente nuevos. Con tal de que todas las cartas no se parezcan a
stas... Quisiera encontrar mi alma hermana.

--Y qu hars cuando la hayas descubierto?

--Nada--asegur con toda conviccin.--Lo quiero por amor al arte, y slo
para convencerme de que no soy un objeto descabalado en la gran feria
del matrimonio.

--Slo para eso?--repiti la de Ribert mirndome con atencin.--Est
usted segura de su imaginacin y de su corazn, Magdalena?...

--No comprendo--exclam estupefacta.

La de Ribert me bes con efusin por toda respuesta. Decididamente, cada
vez comprendo menos...




1. de enero 1904.


El mes de enero ha hecho su aparicin esta maana. La abuela est
desolada.

--Piensa, hija ma--me dijo, cuando fui a cumplimentarla por el ao
nuevo,--piensa que tendrs 26 aos en septiembre prximo... Es horrible.

--Por qu?... tendr que matarme para no llegar a esta poca
nefasta?... Confieso que quiero conservar la cabeza y...

--No digas tonteras, Magdalena, ya me comprendes.... Tener 26 aos y no
estar casada, es humillante.

--Pues yo no siento semejante humillacin.

--T no sientes nada, como todo el mundo... Pregunta a Francisca, a
Petra y a Paulina, y a tantas otras, lo que pensaran si se encontrasen
en una situacin tan ridcula.

--Bah! se lo preguntar cuando lo estn, porque llegarn como yo,
querida abuela.

--No ser por su culpa--respondi la abuela, dando un gran
suspiro.--Ah! Magdalena, si t quisieras...

Magdalena se hizo la sorda y ofreci a su abuela un almohadn bordado
como recuerdo del da de ao nuevo. Recib, en cambio, un gran cuello
de encaje de Venecia, del que tena yo mucha gana, y que exceda mucho
de los recursos de mi modesta pensin. La abuela, que es inflexible en
la economa, me asigna 100 pesos al ao para vestirme y para mis gastos
personales. Con ningn pretexto puedo gastar ms. Pero, por fortuna ma,
estn ah el da de ao nuevo y el de mi santo para corregir los rigores
de mi presupuesto. Y la abuela es tan buena con su nieta...

Al salir de misa, las de Ribert me llevaron a su casa, para darme
lectura de dos nuevas epstolas. En cuanto estuvimos instaladas en su
saloncillo, Genoveva me puso en la mano las cartas en cuestin, y
despus, quitndome prestamente la corbata, me puso al cuello un
delicioso lazo, obra maestra de sus primorosos dedos.

--Es mi aguinaldo--me dijo, abrazndome con todo su corazn.--Te deseo
un buen ao y... un alma hermana...

Sin recoger la broma, puse en las manos de Genoveva mi recuerdo de ao
nuevo, que era un velillo de butaca, pintado a mano. Genoveva pareci
contenta de mi trabajo, y fui dichosa al ver su placer.

--Y las cartas?--dijo la de Ribert.--Pensemos en las cosas serias...

Iba a abrir una cuando se present Francisca.

--Estoy haciendo visitas--nos dijo al entrar,--a todas las personas
queridas, para desearles un buen ao.

Genoveva recibi sonriendo su entusiasta abrazo, cambiaron las dos sus
regalitos, y nos pusimos a hablar al lado del claro fuego de los leos
monumentales en uso en Aiglemont.

--Vamos a leer estas cartas a Francisca?--exclam de pronto
aturdidamente.

--Las cartas a Francisca--dijo la de Ribert, frunciendo las
cejas,--son la propiedad de uno de nuestros novelistas...

--S, seora, pero yo no hablo de Marcel Prevost, sino de las cartas, de
las famosas cartas...

--Nia charlatana! exclam la de Ribert, cuyo fruncimiento de cejas
comprend entonces. No quera, evidentemente, que Francisca estuviese al
corriente de nuestras averiguaciones, y yo haba hablado como una tonta.

Viendo que no haba modo de retroceder, la de Ribert explic a Francisca
el estudio que estaba haciendo sobre el celibato, pero se abstuvo de
hacerme intervenir en el asunto. Francisca se qued entusiasmada.

--Qu gusto, saber lo que piensan esos bribones de hombres, cuando no
las echan de gran corazn!... Cunto me alegro de que me admita usted a
conocer las lucubraciones de esos caballeros!...

--Y con ms motivo--dijo la de Ribert,--puesto que encuentro que las dos
cartas de que se trata, le convienen a usted bastante...

--Qu suerte!--dijo Francisca interesada.--Hay, pues, personas que me
aprecian?... Esto me har encontrar una novedad despus de mi querida
mam.

--Genoveva, lenos esas cartas--dijo la de Ribert a su hija.--Francisca
va en seguida a saber a qu atenerse...

--Qu!--exclam Francisca;--si se trata de una reprimenda, me tapo los
odos; para esa ingrata tarea, basta con mi madre...

Pero era curiosa, y abri las orejas cuanto pudo, a fin de no perder
slaba de una lectura tan poco comn.

--Qu asombrados se quedaran los aiglemonteses si tuvieran noticias de
una correspondencia escandalosa como sta...--dijo, todava, antes de
callarse definitivamente.

--Se trata de un secreto entre nosotras--hizo observar la de Ribert,--y
cuento con la discrecin de usted, Francisca.

--A fe de hombre honrado--respondi la aludida,--lo prometo.

--Y la incorregible nia mimada se repantig cmodamente en un silln
para escuchar mejor. Francisca asegura que su moral no est a gusto ms
que cuando su fsico no sufre ninguna molestia.

       *       *       *       *       *

     Pedro Marcelier,
Registrador de la Propiedad en Santa Rosa,
                   a una persona desconocida.

Caballero o seora:

Empiezo por presentarme.

Soy soltero, partidario del matrimonio, veintisiete aos, 560 pesos de
sueldo y una posicin honrosa cuando me jubile; familia considerada y
apreciables probabilidades de fortuna por herencia.

En lo fsico, se me encuentra, generalmente, bien, sobre todo mis tas,
que son tan indulgentes.

En lo moral, no me conozco ninguna deformidad, pero esta vez, soy yo el
indulgente... signo caracterstico de mi buen temperamento: busco una
mujer, y no un dote...

       *       *       *       *       *

--Eso es lo que me hace falta--exclam Francisca.--Buen muchacho...

--Silencio--dijo Genoveva.--Contino...

       *       *       *       *       *

El sutil talento de usted, seora o caballero, percibir en seguida la
diferencia enorme, inconmensurable, que me separa de los dems solteros,
y su corazn prever un xito fcil.

Error grave, seora. (Creo decididamente que es usted mujer.)

Hago a usted juez de la situacin.

Har unos tres meses, una de esas excelentes tas de que he tenido el
honor de hablar, me hizo insinuaciones a propsito de un proyecto de
matrimonio.

--Desgraciadamente--me dijo,--la muchacha no tiene otro dote ms que
sus veinte primaveras, sus bellos ojos y sus muchas habilidades...

--Es mucho, ta.

--Cmo mucho?

--S, soy joven, me gusta el trabajo, y en vez de un matrimonio rico,
me contentar con un matrimonio feliz.

--Bravo muchacho--respondi mi ta, dndome un abrazo.

       *       *       *       *       *

--Diablo!--exclam Francisca,--yo hara otro tanto... Ese Pedro es un
corazn de oro...

       *       *       *       *       *

Mi ta corri a casa de su amiga, madre de la joven, e hizo
triunfalmente su proposicin: pero, en lugar del xito esperado, la
respuesta fue rotundamente negativa. Le dijeron que era yo muy joven y
no bastante rico. Aquella muchacha de tantas perfecciones, no quera
casarse ms que con un caballero llegado a la fortuna y... a la edad de
los ataques reumticos. Evidentemente, no era yo su ideal.

Mi ta se qued consternada.

Para consolarme de aquel fracaso, quiso probarme que no todas las
jvenes pensaban del mismo modo, y yo la cre de buen grado.

Pocos das despus me anunci el descubrimiento de la mujer soada, que
era una linda joven, tambin sin fortuna, hija de una prima de la amiga
de una amiga suya. Yo dej correr las cosas.

Con 560 pesos y los 240 de renta que me produciran los 8.000 que mis
padres me constituyen como dote, lo que me da 800 pesos, no tengo la
pretensin de hacer una vida brillante, pero puedo bien dar a mi hogar
un aspecto honroso si mi mujer posee las cualidades serias que convienen
a una joven sin fortuna. Ahora bien: he aqu cmo trataban de establecer
nuestro presupuesto la seora X... y su hija:

--Qu pensin piensa usted sealar a mi hija para vestirse?--me
pregunt mi futura suegra.

--La que ella quiera--respond galantemente.

--Muy bien--continu la seora X,--Susana no es exigente. Ya sabe usted
que se hace ella misma casi todos los trajes, y que no manda hacer ms
que los de ceremonia. Una pensin pequea, bastar. Qu dira usted de
80 pesos?

--Concedido--respond, dando gracias a la Providencia por haberme dado
una suegra tan razonable.

Ay! la hora del desengao lleg rpidamente.

Ante mis ojos espantados desfilaron cifras amenazadoras:

200 pesos para los gastos de una criada. Susana haba sido demasiado
bien educada, para hacer ella misma los quehaceres de la casa.

40 pesos para las comidas que tendramos que devolver. A Susana le
gustaba la sociedad.

20 pesos para accesorios de pintura, bordado, msica, etc. Susana tena
tantas habilidades...

80 pesos para veranear. A Susana le gustaban los viajes.

20 pesos para las buenas obras. Susana daba su bolo a todo el que se
lo peda.

En una palabra, llegamos rpidamente a un total de 440 pesos, y mis
recursos se elevan a 800.

--Ha calculado usted, seora--dije con algn embarazo,--que hemos
gastado ya 440 pesos, y que no quedan ms que 360 para la casa, la
comida, mis gastos personales, calefaccin, alumbrado, lavandera,
seguro, mdico, boticario, etctera, etc.? Y si nuestra casa se poblase,
si hubiera una cuna... o varias...

--Dios mo! es verdad--exclam mi futura suegra.--Qu hacemos?

Qu hacemos?...

Yo encontr la respuesta en seguida; no me cas, y no tratar de
hacerlo, mientras la categora de las muchachas casaderas no se
transforme.

Puesto que desea usted conocer los motivos que alejan a los jvenes del
matrimonio, puede poner entre los ms frecuentes, el que me atrevo a
exponerle. La educacin superficial y brillante de que sufren las
jvenes sin fortuna, y pertenecientes a cierta sociedad, es ciertamente
una causa de celibato forzoso para ellas.

Si con 800 pesos no puedo yo nivelar un presupuesto, qu dirn los que
estn reducidos a vivir con 400  600 pesos...

Mientras las muchachas pobres sean la reproduccin exacta, en
cualidades, defectos y gustos, de las ricas, que no se extraen de que
stas sean preferidas.

Someto mi caso y mis reflexiones a su alto juicio, y ruego a usted que
se sirva aceptar mis homenajes.

PEDRO MARCELIER.

       *       *       *       *       *

--Qu decs de esto, hijas mas?--pregunt la de Ribert.

--Es muy interesante--respond pensativa. Iba a aadir:--Y muy
verdad,--pero me contuvo el pensar que aquella carta aluda
directamente a Francisca. No se poda hacer ms claramente el proceso de
su caso particular, y el de las jvenes educadas como ella. Genoveva se
abstuvo de hacer ninguna observacin, por el mismo motivo. Francisca
observ el embarazo general, y con su vivacidad de siempre, se apresur
a quitar al asunto todo carcter personal.

--Vaya un cargante!--exclam.--Qu mana de hacer sumas y restas...
Solamente en el registro se puede tener un gusto tan pronunciado por el
clculo y sus complicaciones...

--Siempre es til saber contar--dijo dulcemente Genoveva.

--S, lo concedo--respondi Francisca en tono de condescendencia.--Pero
ese seor, en vez de volver la espalda en seguida, pudo decir claramente
lo que pensaba a la madre de la joven. Pudieron entenderse, economizar,
borrar uno de los gastos...

--Cul hubiera usted borrado, Francisca?--pregunt la de Ribert con una
sonrisa ligeramente burlona.

--Yo?... Ni uno, seora,--respondi Francisca muy convencida.--Todo eso
es estrictamente necesario...

--S--dijo la de Ribert,--un gasto a que se est acostumbrado, se
convierte, en efecto, en una necesidad. El perodo que precede al
matrimonio es generalmente una amable suspensin de todas las facultades
prcticas, y se tira el dinero por las ventanas... Es, con frecuencia,
una fiebre de las ms malignas, de la que las jvenes se resisten
durante algn tiempo... Y se acostumbra uno pronto a no calcular...

--Qu exageracin!--exclam Francisca.

--No, no exagero. Despus de los esplendores de unos esponsales
dichosos, vienen los faustos de la boda, completados por los gastos del
viaje obligatorio... Los jvenes que poseen pocos bienes, hacen las
cosas tan regiamente como aquellos cuya fortuna est slidamente
establecida... Hace falta voluntad y energa para resistir a la
corriente de los placeres y arreglar los gastos de tal modo, que se
salve el equilibrio del presupuesto, conservando las apariencias de una
vida acomodada... Cree usted que las jvenes modernas ven bien ese
grave aspecto del matrimonio?...

--La verdad es que no lo s--dijo Francisca.--Por mi parte prefiero
confesar en seguida que no entiendo nada de todo eso.

--Ya ve usted--respondi sencillamente la de Ribert,--que el seor
Marcelier tena razn.

--Y la otra carta?--pregunt Francisca, queriendo cambiar de
conversacin.

Genoveva puso en la mesa la carta que acababa de leer, y cogi la
reclamada por Francisca.

--Te prevengo--dijo riendo,--que esta carta no te va a gustar mucho ms.
Escucha.

       *       *       *       *       *

Juan Dormal al abonado X. Y. Z.

Nadie era ms partidario que yo del matrimonio. Soaba yo con amor y
con agua fresca, cuando las muchachas se encargaron de administrarme
dicha agua fresca en forma de duchas desilusionantes.

Tres intentos de matrimonio a cual ms desgraciado, me han desanimado
para mucho tiempo, y he abandonado la idea de casarme.

Permtame usted que le cuente estos ensayos lo ms sucintamente
posible, a fin de contribuir as modestamente a sus interesantes
estudios.

Hace unos seis meses, mi madre me present en una casa donde deba
encontrar una seorita llena de cualidades y limpia de todo defecto.
Encontr, en efecto, una encantadora joven, de una elegancia perfecta,
amable, graciosa, alegre, y, en una palabra, enteramente seductora.
Antes de inflamarme por esta maravilla, el ltimo resplandor de buen
sentido, me hizo averiguar los gustos de la que mi madre llamaba ya en
el fondo de su corazn mi deliciosa hija.

No soy un lobo, ni tengo nada de salvaje, pero tampoco tengo los gustos
de un mundano decidido. Confieso que mi ideal sera un hogar apacible y
dichoso, y que encontrara muy desagradable que mi mujer estuviese
siempre rodeada de una multitud de adoradores.

Ahora, bien, en pocas horas supe que Gilberta M... era una coqueta
empedernida, muy experta en audaces amoros... Se citaba el nmero de
sus adoradores, casi igual al de sus trajes... Se me dijo que aquella
joven tan perfecta, era tan desagradable en el interior de su casa, como
encantadora fuera... Supe que era incapaz de coger una aguja, pero que,
en cambio, sobresala en el piano, en el _tennis_ y en el _croquet_, que
nadie montaba en bicicleta como ella y que no tena rival en la
gabota...

Como sujeto de amoros encontr a Gilberta ideal, pero como esposa...
diablo, aquello dejaba que desear. Abandon, pues, el proyecto de mi
madre, y declar francamente que no me casara ms que con una joven
seriamente educada... Se casa uno para estar tranquilo, despus de todo.

Mi segundo ensayo fue lamentable, en otro concepto. Di con una joven
profundamente seria, pero una verdadera mujer mecnica. Sofa D... se
haba impuesto cinco horas diarias de estudio de piano, dos de pintura,
una de canto y dos de paseo higinico: total, diez horas de ocupaciones
sagradas que nada ni nadie tena derecho a distraer... Condiciones _sine
qua non_ del matrimonio; haba que tomarla as o dejarla... Yo la dej
con mucho gusto... Cinco horas de piano!... Cabeza haca falta!...

--Bscame--dije a mi madre,--una buena camarada, ni muy mundana ni muy
seria; una joven de buena familia, sin demasiadas habilidades... Una
hija de la Naturaleza...

Esta perla estaba esta vez en un castillo de la Edad Media, muy
pintoresco, a fe ma... Fui a l en la estacin de la caza, y sufr
desengao tras desengao...

Micaela S..., buena muchacha, fraternal como un diablo, camarada con
exceso; tena una conversacin que indicaba demasiado que era,
realmente, una hija de la Naturaleza...

No poda decir tres palabras sin aadir una patochada y soltar una
desvergenza digna de un carretero. No pude hacerme a aquella fantstica
educacin, y llegu al colmo del asombro cuando le o llamar a su padre:
Mi viejo Tefilo y a su madre: La buena Isabel. Cerr la maleta, y
volv a tomar el tren.

He aqu el relato muy abreviado de mis tentativas matrimoniales, la ms
desagradable de las cuales, fue la de la camarada.

Una camarada es la mujer a quien se prohbe tener ese encanto femenino
que nos cautiva; es la loca que firma riendo un contrato de igualdad,
que es para ella un engao... La camarada es la mujer que renuncia a las
consideraciones que da la ternura, a los miramientos que da el respeto y
a los matices que da el amor... La camarada es la mujer ante la cual se
puede hacer todo, es la mujer con la que nadie debe casarse...

Rogando a usted que me dispense tan larga misiva, suplcole que acepte
la expresin de mis respetos.

JUAN DORMAL,
Capitn de Artillera.


       *       *       *       *       *

Cuando Genoveva termin la lectura, nos quedamos todas en silencio.
Francisca mordisqueaba la punta del pauelo y columpiaba un pie puesto
sobre el otro. Yo me rea en mis adentros de su evidente disgusto. Ella,
que tiene por principio que la camarada es la mujer del porvenir, no
poda evidentemente conformarse con este nuevo concepto de la camarada,
y esto le haca perder su buen humor acostumbrado.

--Este seor razona muy bien... Qu os parece?--pregunt la de Ribert,
echando una mirada a Francisca.

--Ese seor es un imbcil--dijo levantndose bruscamente.

--No te enfades, Francisca--exclam, echndome a rer...--No te he odo
nunca decir las palabrotas de que habla el seor Dormal... No se trata
de ti.

--S, s, sabes bien que todas esas frases sobre la camarada me dan en
pleno estmago. Ah! el muy idiota...

--Tu estmago?...

--No, ese capitn del diablo.

--Vamos, Francisca, tranquilcese usted--dijo la de Ribert.--Si hubiera
previsto que estas cartas iban a contrariar a usted tanto, no se las
hubiera ledo.

--No lo sienta usted, seora--respondi Francisca con una vivacidad
enteramente elstica,--soy yo quien lo ha pedido... Pero ese seor
ridculo que afirma que no se casa nadie con la mujer camarada, se
engaa... Yo me casar--aadi con una expresin repentinamente
endurecida,--diga lo que quiera ese seor y sus admiradores...

Estas fueron las ltimas palabras de la fantstica Francisca, que dijo
que nos dejaba porque tena que terminar sus visitas de primero de ao.
En cuanto se march, me levant para despedirme de aquellas seoras,
pero la de Ribert me detuvo.

--Esta Francisca es alarmante, muy alarmante... Su gana de casarse le
turba el entendimiento--dijo moviendo la cabeza con expresin
meditabunda.

--Bah!--respondi Genoveva siempre indulgente.--Es esa una crisis por
la que pasan muchas jvenes... Ya pasar; te lo aseguro.

--Pero es una crisis peligrosa--observ la de Ribert;--su corazn y su
cabeza se atrofian visiblemente... No se fe usted, Magdalena... No
deba usted decrselo todo a Francisca como lo hace.

--Siento en el alma haber iniciado a Francisca en nuestras
averiguaciones, puesto que esto contrara a usted--respond un poco
confusa.--Me he arrepentido en seguida de mi indiscrecin, y...

--S, hubiera preferido no ponerla al corriente de lo que
hacemos--murmur la de Ribert un poco ensombrecida.--Pero a lo hecho,
pecho--aadi con su sonrisa habitual.--Esa Francisca desea demasiado
casarse y ese deseo es chocante en una seorita...

--Bah! vyase por las que no lo desean bastante--dijo Genoveva.--Hay en
esto un buen sistema de compensaciones...

La de Ribert no respondi, pero su cara expresaba una penosa ansiedad.

--Magdalena--dijo dirigindose a m,--disminuya usted un poco sus
relaciones con Francisca... Casi me dan ganas de hablar de esto con la
seora de Sermet...

Genoveva y yo le suplicamos que no lo hiciese. Francisca es buena en el
fondo, muy amable y muy divertida. No comprendo que se sea tan severa
con ella. La de Ribert es un poco dura...

Por la tarde han venido a vernos todas nuestras amigas, con gran
satisfaccin de Celestina, orgullosa de ver tanta gente.

--Hay aqu ms visitas que en casa del alcalde--deca.

Francisca ha estado a punto de tener otro pique con la Bonnetable, a la
que se obstina en contrariar en todo; pero la abuela lo ha evitado dos
veces, cortando la palabra a la incorregible nia mimada. La Roubinet,
como de costumbre, ha dicho lindas frases sobre el primero de enero, y
cuando dese amablemente un marido a las solteras presentes, la virtuosa
Melanval no dej de exclamar:

--Con el permiso de Dios, por supuesto...

A lo que Francisca, nerviosa, por su comienzo de escaramuza con la
Bonnetable, respondi por lo bajo:

--O del diablo, me importa poco...

La Bonnetable, al orlo, dio tal salto, que su silla produjo un horrible
gemido y dio ocasin a la abuela para variar de conversacin hablando de
la poca solidez de los muebles modernos.

Mientras tanto, Petra y Paulina hablaron mucho de la prxima fiesta del
general. Parece que el regimiento se ha aumentado con un nuevo capitn,
el Barn de Erinois, viudo y padre de cinco hijos, pero poseedor de
12.000 pesos de renta. La de Brenay est tratando de pescar en sus redes
a este incomparable capitalista, mientras la ingeniosa madre de Paulina
ha descubierto en Martimprey, el pueblo de al lado, un joven industrial
cuya posicin es tan tentadora, que la de Aimont ha inaugurado su plan
de campaa haciendo la corte al cura del pueblo, que tiene una gran
influencia con el joven en cuestin...

Dios las bendiga... Como en el da de ao nuevo se cambian los votos ms
estrafalarios, nada se opone a que desee a estas seoras un pronto
xito.




8 de enero.


Estaba hace ocho das deleitndome en el anlisis de las cartas
recibidas y encontrando que los hombres tienen a veces buenas razones
para no casarse, cuando esta maana recib con gran satisfaccin esta
esquela de Genoveva:

       *       *       *       *       *

Querida amiga:

El alma hermana no es un mito, pues ha dado seales de vida. Adjuntas
esas seales, con muchos besos de tu

GENOVEVA.

       *       *       *       *       *

Abro la carta y descubro con encanto el milagroso hallazgo... El alma
hermana est en mis manos, al menos por la expresin de sus
pensamientos... Qu dichosa soy!...

       *       *       *       *       *

Seora:

Agradezco infinito al peridico que me procure el honor de escribir a
usted sobre un asunto que tanto me interesa.

Soy soltero y estara bastante resuelto a casarme, si tuviese la
suerte de encontrar una mujer que me gustase a m y no a la servicial
persona que quiera mediar para probarme que tal joven me conviene
muchsimo. Tengo horror a los intermediarios en esta especie de cosas y
votara con gran placer una ley que castigase a las personas cuya
especialidad consiste en hacer la felicidad de los dems.

A mi edad--30 aos el mes prximo,--se sabe bien lo que se quiere y lo
que no se quiere. Puedo juzgar por m mismo, y como mi fortuna me
permite no mirar a la de la mujer con quien me case, no me molesta
ningn prejuicio...

--Ah! eso es--exclam sin dejar de leer.

No deseo ni dote, ni relaciones, ni gran trascendencia intelectual en
mi prometida, y s que solamente con sentirla en perfecta comunidad de
ideas conmigo, podr amarla.

--Lo mismo que yo con un marido, murmur con unos latidos del corazn
que no me dejaban respirar.

Ahora bien, seora, no creo que se puede amar a una joven que en la
primera entrevista aparece desempeando un papel convenido de antemano.
Cualesquiera que sean sus atractivos, son artificiales, y confieso que,
por mi parte, renunciara a adivinar lo que pasa en aquel cerebro
velado, como no me arriesgara a augurar las causas que hacen moverse a
un corazn que vive bajo tan lindos atavos.

La joven casadera es un enigma difcil de descifrar, siendo as, que yo
quiero descifrar a mi prometida antes de querer a mi mujer. Para amar
hay que conocer y no basta la etiqueta...

Como usted ve, seora, tengo la debilidad de desear un matrimonio de
inclinacin, pero, desagraciadamente, la vida de nuestras pequeas
poblaciones se presta poco a ello. En Bellefontaine, donde vivo, los
hombres estn agrupados de un lado y las mujeres de otro. Conocemos el
color de los sombreros de esas seoritas, pero no el de sus ideas.

Me es imposible casarme en esas condiciones.

Tengo fe, sin embargo, en la Providencia y espero tranquilamente que
suene mi hora. La mujer con quien debo casarme existe seguramente y
vendr a m. La espero con confianza y una ternura que no pide ms que
entregarse...

Perdone usted esta confidencia demasiado personal, en gracia de la
intencin que la ha motivado. He querido dar a usted parte de esta causa
de celibato, ms frecuente de lo que se cree. Nosotros, los hombres,
somos con frecuencia tmidos. Por qu no confesarlo?

Reciba usted, seora, el testimonio de mis respetos.

MAURICIO BALTET.

       *       *       *       *       *

Me qued muy pensativa despus de la lectura de esta carta singular que
tan bien concuerda con mis ideas... Genoveva, pues, no se haba
engaado; existe realmente un joven que piensa como yo en esta cuestin
del matrimonio... Lstima que el seor Baltet viva en Bellefontaine en
lugar de vivir en Aiglemont!... En fin, qu le hemos de hacer...

Fui por la tarde a dar las gracias a Genoveva por su amable envo, y mi
amiga se arroj a mis brazos para felicitarme por mi buena suerte,
mientras su madre me preguntaba con inters si estaba satisfecha.

No pude negarlo, puesto que a mi satisfaccin de los primeros momentos
se una otro sentimiento muy comprensible, que era ste; el seor Baltet
empezaba a pertenecerme por derecho de conquista. La de Ribert deca
hablando de l:

--El alma hermana de usted.

Genoveva iba ms lejos y deca:

--Tu _alter ego_.

--Figrese usted, seora, que este seor Baltet no me parece ya un
extrao... Le adopto, le acaparo y hago causa comn con l...

--De prisa vas--respondi Genoveva maliciosamente.--Qu lstima, mam,
que el seor Baltet y Magdalena no se conozcan!...

No pude menos de ruborizarme al or estas palabras que estaban tan en el
tono de mis ideas, y me apresur a distraer la atencin de Genoveva, que
empezaba a pesarme un poco.

--Nuestros estudios adelantan mucho, verdad?--dije con una flexibilidad
de tono digna de Francisca.

--S--respondi la de Ribert,--y estoy muy satisfecha al ver que los
hombres no son tan egostas como yo tema. Decididamente, hay unanimidad
en las quejas contra la educacin de las jvenes actuales... Tengo aqu
otras cartas en el mismo sentido.

--S?--exclam esforzndome por olvidar al seor Baltet para no pensar
ms que en la correspondencia de la de Ribert.--Qu se les reprocha de
nuevo?

--De nuevo, poco. Esos seores se quejan con una notable unanimidad del
espritu de independencia, de la coquetera y del ardor por los
_sports_ que distinguen a las muchachas... Y el piano, el pobre piano,
qu tempestades levanta...

--Y hay madres que creen que la msica es una preciosa aadidura al dote
de sus hijas--dijo Genoveva con una risa que nos puso de buen humor.

--Se equivocan como unas estpidas--exclam una voz burlona y vibrante,
la voz de Francisca, que entraba en este momento en el saloncillo.--Y
bien--aadi, despus de darnos un vigoroso apretn de manos,--hay
indiscrecin en preguntar a ustedes qu dicen esos imbciles?...

Y sin or el grito ordinario de protesta que se nos escap a pesar
nuestro: Oh! Francisca, se instal cmodamente en un silln. La de
Ribert le ech una mirada escandalizada al verla sentarse con las
piernas cruzadas, postura con que la incorregible Francisca se complace
en excitar la indignacin de las respetables aiglemontesas. La buena
seora se call sin embargo.

--He encontrado mi alma hermana, Francisca... He...

Una imperiosa mirada de la de Ribert me cort la frase. Era visible que,
segn ella, acababa de cometer otra tontera. No comprendo esos
misterios para una cosa tan sencilla... Pero como ya no poda retroceder
di a Francisca la carta del seor Baltet dicindole sencillamente:

--De mi alma hermana.

--Entonces ser tan mema como t--respondi Francisca,--y no es poco
decir, mi pobre Magdalena...

Ley y reley la carta como para pesar sus trminos.

--De modo que este majadero es tu ideal?--pregunt en tono burln en
cuanto acab la lectura.--No ves, inocente, que tiene todas las
cualidades para ser engaado?...

--Cmo es eso?--dije admirada por la apreciacin de Francisca.

--Ese seor es demasiado cndido--continu.--Para cogerle y acapararle
no hay ms que hacerle creer que se tienen los mismos gustos que l, y
pan! ya est pescado...

--Qu cosas dices--murmur confundida.

--De tu alma hermana... eh?... Si tu abuela te hubiera dejado leer la
mitad solamente de los librotes que yo he ledo, razonaras como yo, mi
pobre Magdalena.

--Y sera una lstima--respondi la de Ribert, muy descontenta esta
vez.--Usted, Francisca, tiene un modo de ser poco tranquilizador... No
comprendo...

--Que tenga estas ideas sobre la especie masculina?... Ah!--suspir
Francisca cmicamente,--yo puedo asegurar que los hombres no valen nada,
puesto que...

--Puesto que no se casan contigo--aadi Genoveva.

--T lo has dicho--respondi Francisca imperturbable.--Sabe usted lo
que a los mejores les gusta ms en nosotras?

--No--contest la de Ribert divertida a pesar suyo.

--Nuestros defectos.

--Pero, Francisca--dijimos con indignacin,--cmo puede usted decir una
cosa semejante?

--Dios mo, no griten ustedes tanto--respondi ponindose las manos en
los odos.--Certifico que un exceso de cualidades en la mujer aleja a
los pretendientes... En cambio una llena de defectos se casa en
seguida.

--Entonces est usted madura para el matrimonio--respondi la de Ribert
medio enfadada, medio en broma...

--Lo creo... con un poco ms de mis 2.000 pesos de dote, hace mucho
tiempo que estara casada. Esos caballeros me encuentran encantadora.

--Y muy mal educada--aadi la de Ribert.

--Eso es lo ms sabroso... Usted, seora, no entiende nada de amor...

--Francisca--replic la de Ribert, muy severa esta vez,--si sigue usted
as voy a ponerla en la puerta.

--Seora--exclam Francisca con una flexibilidad enteramente
felina,--hablaba en broma, no me regae usted... Era para escandalizar a
Magdalena, cuya expresin de inocencia me divierte mucho.

Y Francisca me envi un beso con los dedos mientras la de Ribert segua
mirndola de un modo poco tierno... Qu idea la de tomar en serio lo que
dice esta loca de Francisca... Es tan nia...

--Puedo escuchar an, algunos prrafos de esa correspondencia de
solteros?--pregunt Francisca.--Prometo ser buena como una imagen y
respetuosa como un leo.

La mirada de la de Ribert se dulcific ante el tono de la peticin, que
produjo en todas una franca carcajada.

--Al lado--dijo,--de todos los motivos de abstencin ya enumerados, hay
aqu una carta segn la cual se debe atribuir el celibato de muchos al
desarrollo del lujo. Su autor, hijo de un antiguo zuavo pontificio,
cita una frase de Po IX a la seorita de Gentelles: Es el lujo lo que
con frecuencia desune a los esposos y con ms frecuencia todava impide
la conclusin de los matrimonios; pues apenas se encuentran hombres que
consientan en cargarse con tan enorme gasto.

--Po IX deba de tener la presciencia de mis pretendientes--exclam
Francisca con graciosa conviccin.--Y qu van ustedes a hacer de todas
estas noticias?

--Nada--respondi la de Ribert.--Es una satisfaccin para m saber que
los jvenes tienen buenas razones para no lanzarse a un matrimonio
arriesgado... Las muchachas de la clase media estn muy mal educadas y
no quieren a los hombres de posicin anloga a la suya.

--Eso no es cierto--dijo Francisca.--Un marido no importa cmo, sea
quien quiera, en cualquier parte que se encuentre, aunque sea en la
China, es todo lo que yo pido.

--Qu Francisca sta!--murmur la indulgente Genoveva con una mirada
suplicante hacia su madre para que no respondiese a Francisca.

La de Ribert me ley todas las cartas recibidas, y dej a aquellas
seoras, llevndome la carta de mi alma hermana, que Genoveva me puso en
la mano en el momento de salir.

Cuando entr en casa, la abuela, que estaba en el saln, not en seguida
mi alegra y levant la cabeza tan bruscamente que se le cayeron las
gafas a la alfombra.

--Muy risuea ests, hija ma--me dijo con su bondad habitual.--Qu
hay?

Sin tener en cuenta su animosidad por nuestras investigaciones, se lo
cont todo y le le triunfalmente la carta del seor Baltet. Esperaba yo
un sermn sobre las costumbres actuales y violentos reproches sobre el
modo de ser de las jvenes modernas, pero, con gran asombro mo, la
abuela se content con mirarme con sorpresa y exclam en tres tonos
diferentes:

--Calla... calla... calla...

Despus se asegur tranquilamente las gafas en la nariz, cogi su labor
y habl de otra cosa...

Y yo, que esperaba una reprimenda!...




15 de enero.


Es curioso cmo me interesa el seor Baltet... Llevo dos noches soando
con l. Le veo rubio, delgado, bastante alto. Sus ojos azules son dulces
y su voz agradable.

Bajo el imperio de mi preocupacin involuntaria, me interesan menos las
cartas que recibe la de Ribert, que no comprende mi repentina
indiferencia... Hago vanos esfuerzos para recobrar mi ardor, pero no lo
consigo.

Genoveva ha descubierto una parte de la verdad.

--Ahora que Magdalena posee su alma hermana, no le interesa ya el resto.

Es eso y no lo es. Pero cmo explicar...

La de Ribert me ley una porcin de misivas explicando de diversos modos
la escasez de maridos... Cmo me hubiera interesado todo esto hace
quince das!... Hubiera sido para m un placer transcribir todas estas
cartas, estudiarlas de cerca, discutirlas. Hoy no tengo paciencia para
ello ni lo deseo... Cmo se cambia...

Lo que yo quisiera, a todo esto, es saber si el seor Baltet es rubio o
moreno... Me gustara que se pareciese a mi sueo...




24 de enero.


Qu cosa tan singular es una idea fija!...

Creo, palabra de honor, que no pienso ya ms que en el seor Baltet...
Llevo la necedad hasta poner su carta debajo de mi almohada... Es un
colmo y un colmo estpido, como dira Francisca. Qu necesidad tengo de
la carta del seor Baltet para dormir?...

Estar enferma?

Saco la lengua delante del espejo, y la encuentro magnfica... Me tomo
el pulso y nada tiene de anormal... Qu es entonces todo esto?...
Existe un resfriado moral?...

Todo me lleva invariablemente a ese seor Baltet a quien no conozco.
Ayer encontr a Petra que, con tierna solicitud, iba a acompaar a paseo
a Simona y Gertrudis de Erinois, y no pude menos de pensar que sera yo
muy feliz pasendome as con las nias de Baltet... si es que existen
nias de Baltet... La de Brenay acapara a los Erinois, padre e hijos;
todo Aiglemont se interesa por la lucha Brenay-Erinois, como llaman a la
nueva intentona de esta ambiciosa seora de Brenay. Se hacen apuestas, y
Paulina me ha contado que su padre ha apostado un peso a que la boda no
se hace. La de Aimont est muy descontenta porque teme que esta historia
de la apuesta llegue a odos de los Brenay, que se pondran furiosos.

--Pero tambin--objetaba la de Aimont,--no se comprende semejante
imprudencia... Petra ha recorrido ayer toda la calle de Thiers con las
nias de Erinois... Es correr detrs del padre demasiado visiblemente.

No veo que haya una relacin tan visible entre el padre y las hijas,
pero esto debe de consistir en mis preocupaciones personales.

Ser que mi cabeza descarrila, como dice algunas veces la abuela?...




29 de enero.


Esta tarde, me ha sorprendido la abuela registrando el diccionario
geogrfico.

--Qu buscas, Magdalena?

--Nada, abuela... El nombre de una poblacin--balbuc ruborizndome de
un modo anormal.

--Qu nombre?

--Bellefontaine--murmur ocultando esta vez la cara en el libro.--Tiene
6.000 habitantes--dije sin atreverme a levantar los ojos.

--Un poco menos que Aiglemont--respondi la abuela sin fijarse lo ms
mnimo en mi confusin.--Me gustan esos pueblos pequeos... Las
costumbres son en ellos apacibles y honradas...

Dicho esto, me dej con el pretexto de dar rdenes a Celestina. No s
por qu me pareci sorprender un relmpago de satisfaccin en la mirada
que me ech al cerrar la puerta...




2 de febrero.


Descarrilo, positivamente.

Esta maana, despus de misa, me he encontrado delante de la imagen de
San Antonio con la de Aimont. San Antonio es menos comprometedor que San
Jos y las muchachas casaderas pueden rezarle sin que todo el pueblo sea
informado inmediatamente de que estn en instancia con el Cielo para
obtener un marido.

La de Aimont estaba confusa y yo tambin. Ella rezaba por el seor de
Martimprey a fin de que el santo favoreciese el matrimonio de su hija.
Yo suplicaba a San Antonio en favor del seor Baltet. Pero sin precisar.

--He perdido unas llaves que me hacen mucha falta y vengo a encomendar
mi causa a San Antonio--me dijo la de Aimont al odo.

--Yo he extraviado un pauelo de valor--respond con la misma
sinceridad,--y espero que San Antonio...

Cambiamos un apretn de manos y no hubo ms.

La de Ribert, a quien encontr al salir de la Catedral, me dio broma
amablemente sobre mi repentino desencanto respecto de nuestros
estudios...

Protest, pero dbilmente y sin conviccin. Para explicar mi cambio de
actitud alegu unos trabajos urgentes de pintura. La abuela, que se
reuni con nosotros en este momento, cambi con la de Ribert una mirada
de inteligencia que me ruboriz... Por fortuna, la conversacin tom
otro sesgo.

Dios mo, te lo ruego, haz que ni la abuela ni la de Ribert adivinen mi
niera!




10 de febrero.


Francisca, extraada porque no me encuentra en ninguna parte, ha venido
a buscarme esta maana.

Vamos a ver, Magdalena--me grit desde el umbral de la puerta,--vengo a
saber por qu desapareces as de la circulacin. Por qu no has ido a
casa de Petra ni a la de Paulina?... Te hemos echado mucho de menos...
Si supieras cmo nos hemos redo... La de Brenay se cree ya suegra del
Barn de Erinois; habla de l con un orgullo extravagante y mima a las
chiquillas cuanto puede...

--Ah!--dije aparentando inters.

--Simona de Erinois dijo el otro da una frase que no tiene precio.
Figrate que se atrevi a decir a la de Brenay: Eres amable porque
quieres a pap... Imagnate el cuadro...

--Ah!...

--Lo que me parece que va bien es el matrimonio de Paulina. Segn lo que
cuenta la de Aimont, el joven que tiene tan bonita fortuna en Martimprey
exige 20.000 pesos de dote. La de Aimont protesta... Qu
exigencia!--murmura;--es draconiano...

--Y ella, no se encuentra exigente?

--Nada de eso--respondi Francisca con una burlona carcajada.--Ella es
natural que tenga las pretensiones que quiera, eso es permitido... Lo
que no lo es, es que el caballero haga lo mismo.

--Ah!--respond pensando en otra cosa.

Francisca se acerc a m y me levant la cabeza cogindome por la
barbilla.

--Me quieres decir qu significan esas distracciones?--me pregunt
menendome.--La verdad es que no te conozco... Vamos, no me mires as,
porque creer que no tienes la conciencia tranquila...

Por toda respuesta me ech a llorar sin poder ms que decir dbilmente:

--No s lo que tengo... Creo que estoy enferma...

Francisca me mir un instante en silencio, registr mi escritorio,
descubri mi diario y ley las ltimas pginas sin que yo pensase
siquiera en oponerme.

--Vamos! esto es... Ests cogida, mi pobre amiga...

--Cmo cogida?...

--S, ests chiflada por el seor Baltet.

--Chiflada...

--Ciertamente... Le amas... Comprendes ahora?

--No, no, Francisca, no te figures eso--exclam espantada y sin llorar
ya esta vez;--estoy enferma...

--Enferma... Dnde?

--Por todas partes...

--Una especie de angustia, eh?...

--S.

--Falta de inters hacia todo... Una idea fija...

--S, s...

--Accesos de tristeza... Ganas de llorar...

--S, s--dije sintiendo que las lgrimas se me escapaban con
abundancia.

--Pues bien, eso es el amor--exclam Francisca con entonacin
triunfante.--Te aseguro, hija ma, que eso es el amor...

--No es posible--respond indignada.--No conozco siquiera a ese seor y
quieres que le ame...

--No es necesario conocer para amar--dijo Francisca con vivacidad.--En
las novelas no se conoce ms que a los amigos. Con los enamorados la
cosa es ms rpida... Una chispa, y brota el amor...

--En las novelas, Francisca, pero en la vida...

--En la vida pasa como en las novelas... Creme, Magdalena, he ledo
bastante para conocer la materia...

--Crees entonces?...--pregunt un poco influida por la conviccin de
Francisca.

--S... Con tus ideas y tu educacin, tena que suceder... Ah!
Magdalena, la solterona se transforma en una enamorada... Es
graciossimo...

Sonre dbilmente.

--No te burles, Francisca... Piensa que te puede suceder lo mismo...

--A m?--exclam indignada;--jams... Yo enamorada?... El amor, amiga
ma, no es de mi cuerda.

--Y lo es de la ma?...

--Completamente... T eres cariosa, Magdalena, y yo no... Por otra
parte--aadi,--prefiero mi carcter al tuyo...

--Cada cual es como Dios le ha hecho--suspir, envidindole su filosofa
y su buen humor.

--Desgraciadamente para ti. Teniendo corazn se sufre... Con un corazn
de similor como el mo, todo importa poco... Viva el similor!...

--Viva el amor!--respond por lo bajo.

--Qu gusto!--exclam Francisca muy contenta.--Va a ser divertido ver a
una enamorada de carne y hueso... Me lo contars todo, eh,
Magdalena?...

La niada de Francisca me hizo rer, y promet todo lo que quiso. He
aqu a la buena Francisca elevada al papel de confidente... Se calumnia
al decir que no tiene corazn, y todo el mundo es injusto con ella...
Es, sin embargo, la nica que me ha comprendido... Qu buena y segura
amiga...

--Pensar que estoy enamorada!... Es lindo el amor, pero triste... Y
hasta hace un poco de dao...




16 de febrero.


La abuela va con frecuencia a casa de la Ribert, el padre Toms viene a
la nuestra, Genoveva aparece y desaparece y me enva amables sonrisas, y
Celestina afecta cierto aire de discrecin... Con tal de que no piensen
otra vez en casarme... Oh! no, no estoy para entrevistas...

No he podido menos de dar parte a Francisca de mis temores, y me ha
animado a la resistencia.

--El amor es siempre contrariado por la familia--observ, dndose
importancia.

--Crees eso?

--S. Hay que tener energa y no dejarte influir...

--Pero...

--Si cedes, todo est perdido.

--No cedo--respond;--pero, en fin, Francisca, yo no conozco al seor
Baltet...

--Que no le conoces... Y la famosa carta?...

--Es verdad; existe la carta.

--Una carta como esa, basta para inflamar un corazn...

--Un corazn inflamable--rectifiqu,--pero no uno como el tuyo.

--No se trata de m--respondi Francisca.--sabes que yo no represento
ms que los papeles de coqueta, mientras que t eres una enamorada de
nacimiento...

--Verdad?...

--S, cuando yo te lo digo...

Buena y querida Francisca!... Qu suerte tiene de saber tanto... Hemos
discutido juntas el santo a quien hay que rezar para conseguir que el
seor Baltet llegue a conocerme. Yo me inclinaba a San Antonio, pero
Francisca no es de mi opinin y me encomienda a Santa Magdalena. Me ha
trado el librito del padre Lacordaire para excitar mi confianza en la
querida santa.




20 de febrero.


--Qu revolucin en mi vida!...

--Oh! qu inmenso agradecimiento el mo a mi buena y querida abuela...
Y pensar que estaba yo a punto de creer que su abnegacin se
debilitaba... Qu monstruoso error y qu ingratitud sin ejemplo...

Esta maana, almorzando, la abuela me hizo observar que estaba quedando
mal con la de Ribert y que no deba abandonarla as, despus de haberla
molestado tanto con mis deseos de estudio.

Si ahora te interesan menos las solteronas--dijo la abuela con fina
sonrisa,--no por eso debes tomar ese aspecto despegado... Hace ms de
cinco meses nos ests fastidiando con tus solteronas... Dios mo! qu
disgustos me has dado... En fin, ya pas...

--Qu es lo que ha pasado?--pregunt fingiendo no comprender el
pensamiento de la abuela.

--Tu incomprensible gusto... Para ti no haba ms que las solteronas...
Slo ellas eran buenas y perfectas...

--No, abuela. Pero convengamos en que son tan buenas y tan perfectas
como las casadas... o ms.

--Bah! no hablemos ms... Para salvar tu reputacin, iremos esta tarde
a casa de la de Ribert... No quiero que esta excelente amiga te juzgue
mal.

Se convino que a las tres dadas me encontrara dispuesta para acompaar
a la abuela, y como no quera, de ningn modo, sufrir un interrogatorio
malicioso, envi dos letras a Francisca para que se encontrase a las
tres en casa de la de Ribert. Contaba con ella para cambiar de
conversacin e impedirla que fuese desagradable para m.

A la hora indicada, y en el momento de entrar en casa de nuestras
amigas, nos tropezamos con Francisca, la cual, despus de haber saludado
amablemente a la abuela, nos propuso acompaarnos. La abuela hizo un
movimiento de protesta que Francisca aparent no ver ni yo tampoco. En
seguida llam, para evitar la hostilidad de la abuela, a la que no haca
ninguna gracia la compaa de Francisca.

Marieta, la doncella, nos abri la puerta, y cambi un mirada con la
abuela, que me asombr. Pareci que la abuela le preguntaba:

--Hay alguien con la seora?

Y que Marieta haba respondido:

--S.

Mientras suba la escalera, me sent oprimida y rara. Francisca me
empuj con el codo y me dijo:

--Esto huele a misterio, eh?...

Mi opresin aumentaba, y me pareca que marchaba hacia mi destino, casi
hacia mi desgracia... Si me hubiera atrevido, me hubiera escapado... Por
fin, se abre la puerta del saln y... qu veo?

Delante de la ventana, ocupados en mirar fotografas, estaban la de
Ribert y un joven rubio... alto... delgado... de ojos azules... Es el
seor Baltet, estoy segura...

Las presentaciones no me ensearon nada. Le haba conocido... Cmo se
pareca al hombre de mis sueos!... Su voz tiene las mismas inflexiones
corteses... Es l!...

Pero... si es l, es que la abuela y la de Ribert me han adivinado...
Qu vergenza!

Por un violento esfuerzo, logro recobrar un poco la calma, pero no puedo
hablar... Francisca, que lo ha comprendido todo, se divierte
grandemente, re, habla, afecta su expresin reservada de los buenos
das, y exhibe de vez en cuando algn ingenio. Est encantadora,
mientras que yo tengo la sensacin de estar estpida como una docena de
gansos reunidos... La de Ribert me mira con reproche, la abuela con
ansiedad, y las dos estn casi duras con Francisca, y cortan
intencionadamente sus frases ms brillantes... Por fortuna para mi
amiga, su humor parece estar en buen tiempo fijo y me quedo asombrada
de su dulzura desusada. Pobre Francisca! Hace eso por m... Qu buena
es...

La de Ribert nos explic en pocas palabras cmo haba conocido al seor
Baltet, y habl de sus investigaciones sobre el celibato... La abuela
sonri... El seor Baltet tom parte en la conversacin... Genoveva
habl tambin... Solamente a m no se me ocurri nada que decir... Era
tan feliz con mi absurda angustia... No s cunto tiempo dur la visita,
pero cuando la abuela se levant, di un suspiro de pena... La abuela lo
not probablemente, pues invit al seor Baltet a ir a casa al da
siguiente, con aquellas seoras, para ver unas antigedades que poda
ensearles.

El seor Baltet dio las gracias y acept, diciendo que quera aprovechar
su estancia en Aiglemont para hacer unos estudios arqueolgicos del
mayor inters. Tiene una carta de recomendacin para el padre Toms, lo
que pareci encantar a la abuela.

Pero Francisca dio un violento golpe a su encanto, expresando que
tendra mucho gusto en ser admitida a contemplar esas cosas que tanto le
gustan. La abuela no haba comprendido ciertamente a Francisca en la
invitacin, pero la curiosilla desempe perfectamente bien el papel de
aficionada a antigedades, y hasta tom cierta expresin profunda al
hablar de arqueologa, todo para ablandar a la abuela y conseguir que no
se le cerrase la puerta... El seor Baltet pareca ver con placer las
diversas evoluciones de Francisca. Cmo se hubiera redo si hubiera
sospechado la comedia que nos estaba representando...

Genoveva me acompa hasta la puerta y me dio un beso tan tierno, que
me sent instantneamente animada y libre de mi absurda angustia.

--Qu lstima, dejar a la de Ribert--dije a la abuela en cuanto
salimos.--Creo ahora haber recobrado mi presencia de nimo y hubiera
gozado ms de la presencia de mi alma hermana...

--Silencio--dijo la abuela;--esperemos a estar en casa para hablar
libremente...

Al llegar, me ech en los brazos de la abuela, y slo mis lgrimas le
dijeron elocuentemente mi agradecimiento.

--Querida abuela!--suspir, cubrindola de besos.

--Ests contenta, hija ma?--me pregunt con voz conmovida,
devolvindome con usura mis caricias.

--Abuela, abuela... Habas adivinado?... Qu ngel guardin...

--No era difcil--respondi.--Eres tan misteriosa, pobre hija ma, que
llevas el secreto escrito en la frente...

--Dios mo! y yo que apenas lo saba... Sin Francisca, no lo hubiera
sospechado siquiera...

--Dichosa inocencia--exclam la abuela rindose.--Pero--aadi ms
severamente,--te ruego, Magdalena, que no acojas a Francisca como lo
haces... Es astuta esa muchacha... Me contrara el verla maana con el
seor Baltet...

--Por qu?--pregunt sorprendida.

--Por nada--respondi la abuela, haciendo un movimiento como para
ahuyentar un pensamiento importuno.--Hablemos de nuestro complot...

Me cont entonces que haba vigilado mis impresiones, que se haba
confiado al padre Toms, y que la de Ribert haba prestado su concurso
a la conspiracin. Con el pretexto de comunidad de ideas, haba
respondido directamente al seor Baltet. Este haba pedido con la misma
ocasin algunos datos sobre los descubrimientos arqueolgicos hechos en
Aiglemont, y la de Ribert haba respondido tan bien, que el seor Baltet
manifest el deseo de venir a juzgar personalmente. Y todo se haba
arreglado.

--De modo--pregunt mordida en el corazn por una secreta angustia,--que
no se ha tratado de m...

--Nada de eso--respondi la abuela.--Acurdate de la declaracin de
principios del seor Baltet... Creo que hablaba de exterminar a todo
intermediario en un asunto matrimonial... No era este el caso de
probar...

--Mejor--respond;--me quitas un gran peso...

--Un poco de buen sentido, Magdalena--dijo la abuela.--Ya me haces
incurrir en cosas bastante extraordinarias sin llegar a ofrecer a nadie
mi nieta... Ah! qu dbil es el corazn de una abuela... Por cario a
ti, me veo metida en la ms tonta historia que he visto jams... La
culpa es de las solteronas... Las abomino...

--Querida abuela--respond, apoyando la cabeza en su hombro,--si esas
aborrecidas solteronas fuesen la causa de mi felicidad, las
detestaras?...

--No, hija ma--dijo la abuela enternecida.--Tu dicha es mi nica
preocupacin... de modo que t crees...

--S--balbuc confusa,--s, creo...

--Ya no eres opuesta al matrimonio?

--Muy poquito ya... casi nada.

--Ay! hija ma, qu alegra me das... Al fin podr morir tranquila...

--No hables as, abuela adorada. Lo que hace falta es que vivas mucho
tiempo... siempre.

La abuela movi la cabeza con expresin de pena, y para no enternecerse
ms, me habl de la buena posicin del seor Baltet, de sus gustos
serios y de sus relaciones con el mundo de la ciencia.

--Es alguien!--dijo la abuela.

--Con tal de que yo llegue a ser algo para ese alguien...--murmur con
nueva angustia.

--Por qu no?--respondi la abuela con orgullo.--Tendra que ver que a
ese seor se le ocurriera criticarte...

--Sin criticarme, podra sencillamente no reparar en m...

--En ti?...

Esta pregunta fue un poema de amor, de confianza y de admiracin y dijo
todo el cario de mi abuela querida y su fe ciega en el porvenir de su
nieta.

Pobre abuela!...




21 de febrero.


El seor Baltet me gusta cada vez ms.

Ha estado delicioso esta tarde. Cada uno de los objetos que le
presentaba la abuela, era motivo para una disertacin medio seria,
medio jocosa. La de Ribert y Genoveva han quedado conquistadas como
yo... aunque en distinto grado. Hasta Celestina manifiesta alguna
indulgencia hacia el seor Baltet. La abuela no habla ms que de l, y
su nombre sale a cada instante en la conversacin... Yo sonro y me
pongo encarnada... Dios mo, qu dichosa soy...

Francisca me asombra prodigiosamente. Ella, que no tiene la costumbre de
hablar seriamente, est admirable de formalidad y de oportunidad. No s
dnde ha ido a buscar las ancdotas que nos ha contado sobre un plato de
Bernardo Palissy; todas la hemos escuchado con la misma sorpresa. Sin
ese airecito reservado y dulce que ha inaugurado, sin duda en obsequio
del seor Baltet, se hubiera ganado algunas observaciones de la abuela o
de la de Ribert; pero nadie ha dicho nada, en consideracin a un
esfuerzo tan meritorio. El mismo seor Baltet escuchaba con gusto lo que
deca Francisca. En varias ocasiones ha buscado su mirada y casi
solicitado su aprobacin; y la deliciosa Francisca, encantadora de
ingenuidad y de modestia, sonrea, deca algunas palabras sin
incorrecciones, se callaba y bajaba los ojos... Hasta he notado que le
sale muy bien ese juego de miradas... Qu milagrosa conversin... No he
podido menos de hacrselo observar:

--Dime, Francisca, se trata de una apuesta?

--No hagas caso, Magdalena--me respondi, soltando una carcajada, que me
pareci nerviosa,--es mi cara de hacer conquistas...

--Su cara de hacer conquistas!... Qu broma!...




25 de febrero.


Se ha marchado, y todo mi horizonte se ha ensombrecido de repente... El
cielo me parece obscuro, las nubes tristes, las calles enlutadas, la
gente fea y me pesa la vida diaria... Es esto el amor?... Amar
verdaderamente a un hombre a quien apenas conozco y en el que pienso sin
cesar?...

La abuela asegura que le he gustado y apoya su opinin en las
confidencias que le ha hecho el padre Toms. El seor Baltet le ha
hablado de su deseo de casarse y de su voluntad de no hacerlo ms que
con una mujer que le guste absolutamente. El cura, con su espiritual
bondad, le ha animado, y ha sabido por l que mi alma hermana se
interesa por una joven descubierta hace poco tiempo... Salto de
alegra!... Gracias, Dios mo...

El seor Baltet debe de estar contento de la recepcin que se le ha
hecho en Aiglemont. El padre Toms le ha mostrado una benevolencia
excesiva. El seor Dumais, a ruego de Francisca, se ha desvivido por
acompaarle y ensearle las curiosidades de la poblacin, y, en una
palabra, todos han puesto de su parte para que el arquelogo encuentre
en Aiglemont algo ms que la antigedad... Ha encontrado,
verdaderamente?... Se lleva una impresin seria y duradera?... Cmo
quisiera saberlo!...

He tratado de ver a Francisca para saber su pensamiento sobre esto, y me
ha sido imposible... Francisca, que se encontraba como por milagro ante
los pasos del seor Baltet, es ahora invisible.

--La seorita ha salido.

Tal es la respuesta que responde a mi campanillazo, cada vez que trato
de ver a esta fantstica Francisca.

Es curioso... Cre tener muchas cosas que escribir esta noche, y no me
ocurre nada... Estoy distrada... Busco las palabras, y mis ideas se
confunden... Qu estar haciendo el seor Baltet mientras yo
escribo?...




1. de marzo.


La de Ribert ha recibido una carta de mi alma hermana, llena de
esperanzas para m. El seor Baltet escribe con todas sus letras:

Espero que tendr pronto una gran confidencia que hacer a usted,
confidencia a que tiene derecho, puesto que est usted un poco en el
fondo del secreto que me interesa.

Genoveva me ha dado broma sobre esto.

--El seor Baltet ha descubierto un sarcfago o alguna moneda muy rara,
y quiere participrselo a mi madre... Es muy amable--ha aadido,
dirigindome una linda sonrisa.

Yo tambin me he redo... Qu lejos est el seor Baltet de tal asunto
de confidencias... Tan lejos como yo...

He podido echar la vista encima a Francisca, durante un minuto. Estaba
nerviosa, molesta e impresionable en exceso.

--Sabes--le dije, con toda la exuberancia de mi alegra,--la de Ribert
tiene una carta...

--Ah!--dijo con voz apagada.--Y qu dice?...

--Nada preciso, pero hay muchas esperanzas...

--Nada preciso?... Seguramente?...--pregunt en un tono violento y
temeroso a la vez.

--Puesto que yo te lo digo--respond extraada al ver aquel temor
incomprensible.--Nadie est ms interesado que yo en creer otra cosa...

--Es verdad--replic Francisca con voz extraa,--t eres la ms
interesada en la cuestin...

--Sin duda--dije.--Y dime, cmo le encuentras?...

--Yo?...--pregunt Francisca...--Pero cogi de prisa el sombrero, que
estaba en una mesa de su cuarto, y se lo puso en un momento...--Y yo
que olvidaba el encargo de mam!...--exclam, con una prisa
extraordinaria en ella.--Dispnsame, Magdalena, tengo que salir... Ah!
s--dijo en el momento en que la dejaba,--me preguntabas cmo le
encuentro... Pues bien, mi opinin no ha cambiado... El seor Baltet es
un majadero, a quien la primera mujer un poco lista escamotear cundo y
cmo le plazca...

--Si soy yo--exclam,--no me quejo.

--Y tienes razn--respondi Francisca, con no s qu relmpago en los
ojos.

Es singular esta Francisca...

Mi destino empieza a dibujarse... Voy a l confiada y dichosa, creyendo
al fin en la felicidad de la mujer en posesin de un marido amado y de
unos hijos queridos... Qu camino recorrido en pocas semanas!...

No he podido menos de hacrselo observar a la de Ribert, cuya
indulgencia conozco.

--Es el momento psicolgico, Magdalena... Esa hora suena para todas...

--Pero hay que orla--murmur con una fantstica visin en el corazn y
en los ojos.

--Bah! habra de ser sorda para no or, al menos, las campanadas de una
parte...

--Es verdad... pero con algodn en los odos...

--Tiene usted algodn ahora?--me pregunt la de Ribert, con una sonrisa
enteramente maternal.

--No--respond, ruborizndome;--al menos para lo que viene de
Bellefontaine...

Y me march con el corazn en fiesta y el alma en ebullicin.




5 de marzo.


No se habla en el pueblo ms que del chasco de la de Brenay con el Barn
de Erinois. La Bonnetable hace el oficio de tambor municipal y va de
casa en casa a llevar la noticia. El brillante capitn se vuelve a
casar, pero no con Petra. Sus 13.000 pesos de renta han encontrado otra
renta de 4.000 en una joven, sin ms antepasados que unos fabricantes de
productos qumicos... La crnica aade que las esperanzas de la novia
exceden con mucho a su dote...

La abuela lo siente por Petra, puesto que sta lo deseaba, pero vitupera
vivamente a la de Brenay, por desear tanto la gran riqueza.

--Qu singulares matrimonios se hacen ahora!--dice.--Todo desaparece
ante la fortuna... Todo el mundo se arrodilla ante el becerro de oro...
Qu costumbres...

No hay noticias del seor Baltet... La de Ribert le espera todos los
das... Y yo!...

--Dgale usted que s en seguida, seora, no le haga usted esperar--le
digo muy bajo.

--De modo que hay que decir s...

--S... s... s...

--Cmo me recuerdas a tu pobre madre--dijo la abuela, con voz
temblorosa.--As estaba el da en que tu padre la solicit...

--Y los dos te dan las gracias, abuela adorada, por la dicha que das a
su hija...

--As lo espero--respondi la abuela mirando las fotografas de los
muertos queridos...--He hecho cuanto he podido para reemplazarlos
contigo... Lo he conseguido?

--Bien sabes que s.

Mis besos pusieron fin a la conversacin.

Como el seor Baltet no sea un buen nieto para la abuela, estoy pronta
al divorcio... Cuidado con el papel sellado...




9 de marzo.


Por fin ha habido una carta suya, dirigida esta vez al padre Toms, a
propsito de un volumen que no se encuentra en las libreras... Pero
como el volumen me interesa poco, retengo sobre todo la frase en que el
seor Baltet asegura que su viaje a Aiglemont ha sido su camino de
Damasco, y que su sueo dorado sera llamar su mujer a aquella de quien
conserva tan profundo recuerdo...

Qu bien dicho est!

Cinco veces he ledo el famoso pasaje, y, finalmente, para escapar a las
miradas maliciosas del padre Toms, me he arrojado llorando en los
brazos de la abuela.

El cura se qued un poco sorprendido por esta conclusin imprevista.

--Cmo!... Lgrimas?...--murmur levantando las gafas para ver mejor.

--S--respondi la abuela,--esta nia est muy sensible...

--Y es esa frase, que parece insignificante, la que ha provocado tal
diluvio?

--Ciertamente... Seor cura--aadi la abuela descontenta,--no tiene
usted corazn, sino comprende estas lgrimas.

--Bah!--respondi el cura, comprimiendo polticamente la risa,--creo
tenerlo un poco, aunque mis glndulas lacrimales no tengan la misma
capacidad que las de Magdalena...

No pude menos de rerme de la evidente sinceridad del cura, el cual dio
un salto al or la carcajada burlona que dej escapar.

--Ahora se re?...--exclam abriendo los ojos con intensa
sorpresa.--Qu hermosa es la juventud... Se llora y se re sin saber por
qu...

En seguida, para evitar otra emocin, me pregunt a quemarropa:

--Y las solteronas?... veo que las abandona usted definitivamente... No
est bien interrumpir tan bonitos estudios...

--As es la vida--respond;--pero no crea usted que las abandono, puesto
que les deber mi felicidad...

El cura me mir con expresin de asombro, y la abuela me dirigi una
sonrisa.

--Eso--dijo,--no es de la competencia de usted, seor cura... sea
indulgente... Magdalena es tan feliz...

--Feliz por una frasecilla sin estilo, sin citacin...--dijo
despidindonos,--s, no lo comprendo...

--Lo creo, seor cura, que no lo comprende usted... Eso no es de su
competencia, como dice la abuela...




12 de marzo.


Ay!... todo est acabado desde ayer... desapareci aquella dicha que
tanto me ilusionaba...

El seor Baltet se casa, s, pero... con Francisca...

Es en Francisca en quien ha reparado; es a Francisca a quien ama; a ella
es a quien pide en matrimonio, por medio de la de Ribert, consternada.

En el primer momento, la de Ribert quera devolver la carta y rogar al
seor... no, no puedo escribir su nombre... que hiciese sus encargos l
mismo, pero le supliqu que salvase mi amor propio y aceptase la misin
que se le confiaba.

La abuela echa chispas contra Francisca; la de Ribert y Genoveva estn
indignadas, y el cura afirma que desde Dalila no se ha visto un ejemplo
de traicin semejante... Me esfuerzo por parecer animosa, pero estoy
herida en el corazn...

--Queridos sueos mos!... Qu derrumbamiento!




20 de marzo.


Se han hecho los esponsales de Francisca... La de Dumais vino ayer a
participar el matrimonio a la abuela, pero sta, muy delicada, no pudo
recibirla...

Cunto sufro, Dios mo!... Le amaba, pues, hasta ese punto?




25 de marzo.


Parece que hay que salvar la situacin y tener el valor de no cambiar
mis costumbres para escapar de las hablillas del pueblo. La abuela me
suplica que reciba a Francisca, que ha venido ya a verme cuatro veces...
Hasta ahora he resistido, pero la abuela tiene razn... A la misma
Celestina no dejara de chocarle... Ayer dej escapar una reflexin
significativa:

--No vale la pena de ponerse una persona en las nias de los ojos para
dejarla luego en la puerta...--murmur cuando iba a decir a Francisca
que haba yo salido.

Recibir, pues, a Francisca... Qu penoso momento... Con tal de que
tenga valor...




28 de marzo.


He visto a Francisca y he tenido con ella una escena muy dura.

La abuela me haba suplicado tanto que me dominase, y tan vigorosamente
me haba sermoneado el padre Toms, que estuve casi correcta.

Francisca entr un poco desconcertada. Evidentemente tena conciencia de
su mala accin. Sin hacerle un reproche, le ofrec la mano.

--Me guardas rencor, Magdalena?

--Mucho.

--Sin embargo, te juro que ha sucedido a pesar mo...

--De modo que te casas a pesar tuyo...

--No... lo confieso... Pero... Cmo dir yo?... Al principio no pens
en tal cosa.

--Sin duda--dije con amargura.--Sin pensar, estuviste provocadora y
coqueta. Sin querer, prodigaste mil gracias conquistadoras y lo hiciste
todo, todo, para quitrmele...

Me call de repente, viendo que iba demasiado lejos, y segu diciendo
con ms calma:

--Por qu me has hecho traicin?

--Traicin!... que palabra...

--Es la justa.

--Pues bien, s, te he hecho traicin, pero al principio, creme,
Magdalena, no pensaba en ello...

--Que no pensabas...

--No, te lo juro... estuviste tan torpe... no hablabas... apenas
sonreas...

--S, estuve torpe como un ganso y t ingeniosa como un demonio... es
sabido... Y qu?...

--Y qu?... Que vi en seguida que no le gustaras jams... jams...
entiendes?...

--Por qu jams?

--Los hombres como l, no aprecian a las mujeres como t... Su razn no
poda simpatizar con la tuya... Su prudencia tena necesidad de mi
locura...

--Ah!...

--La prueba es--dijo Francisca con energa,--que en seguida comprend su
inclinacin hacia m y su indiferencia contigo.

--Debiste decrmelo.

--Para hacer imposible mi juego?... No, por cierto, Magdalena. El seor
Baltet es un hombre serio, un hombre que no ha vivido... Te
aseguro--continu Francisca casi suplicante,--que esa clase de hombres
no se aficionan ms que a...

--A las bribonas, tienes razn.

La palabra era dura, y la sent inmediatamente, aunque sin desear
retirarla.

--Bien!--articul Francisca, respirando profundamente.--Pero, por muy
bribona que sea, oye lo que tengo que decirte... Mi prometido... era el
nico marido posible para m...

--Por qu?

--Porque es uno de los raros jvenes que desprecian la fortuna...

--Desprecio no recproco, verdad?...

--No recproco--confirm Francisca muy sombra.--El es rico y le es
fcil ese desprecio... yo, soy pobre y quiero vivir...

--Pues bien, tus medios te lo permitirn ahora--dej escapar...

--Ah! Magdalena, eres cruel...

--Es que sufro... Pero qu te importa eso a ti?--exclam bruscamente.

--Yo tambin he sufrido--dijo Francisca...--t no sabes lo que es desear
casarse... No comprendes el infierno de no concebir otra vida ms que la
del matrimonio, ni ms dicha que la de una buena unin, y pensar que
jams... jams... se tendr marido...

--Se toma el de las dems...

--El seor Baltet no lo era tuyo.

--No, pero sin ti, lo hubiera sido...

--Nunca...

--Qu sabes t?

--El me lo ha dicho.

--Ah!--exclam yendo hacia ella en actitud amenazadora,--me has hecho
traicin dos veces?...

--No--me respondi sin bajar los ojos;--le he preguntado sencillamente
por qu me haba preferido siendo pobre, a ti que eres rica...

--Ah!...

--Jams--me respondi,--me hubiera casado con una mujer que tuviese
fortuna... Quiero que mi esposa me lo deba todo, lo mismo su bienestar
que su amor...

--De modo que te has perdonado tu traicin...

--Todava no... Quisiera, Magdalena, que te dieses cuenta de los
sentimientos que puede experimentar una muchacha pobre cuando contempla
la vida de las dichosas de la tierra desde el fondo del abismo en que
vegeta... Ninguna probabilidad de casarse... Ninguna esperanza en la
vida... Entonces deja una de darse cuenta del bien y del mal... No se
piensa, no se vive, ni se desea ms que conquistar lo imposible...

--Aunque sea destrozando el corazn de otra...

--Qu importa... Es la lucha por la vida...

--Lucha horrible...

--Pero permitida.

--Por qu, desgraciada?...

--Por el instinto de la dicha... Es sta, acaso, un monopolio de las
jvenes que tienen dote?

--Somos tan felices?...

--Vuestra felicidad es insolente...

--Ah! Francisca--dije enternecida.--No tengo padre ni madre y me quitas
el nico hombre a quien hubiera podido amar...

--Era el nico con quien poda yo casarme... T puedes escoger...

--Ya haba escogido.

--Peor para ti... La cuestin no est en escoger, sino en ser
escogida...

--Bueno--respond.--Estoy vencida, luego no tengo razn... No te deseo
ningn mal, pero quiera Dios, Francisca, que seas ms honrada como
esposa que como amiga... Le amas al menos?

--Todava no--respondi Francisca despus de un instante de
vacilacin.--Pero ya le amar--aadi precipitadamente.

--O no le amars--murmur llena de angustia...--Qu triste es vivir!...

Francisca me mir, vacil y se atrevi por fin a invitarme a su boda.
Entregada a m misma, hubiera rehusado con indignacin; para salvar las
apariencias, acept.

--Para ti como para m, vale ms que nada se sepa fuera... Nuestra
amistad ha muerto...

--Oh, Magdalena!

--S, ha muerto... de nada sirve negar la evidencia. Vas a salir de
Aiglemont; hasta que te vayas, estaremos en la misma actitud en que
estbamos. Has comprendido?...

--Acepto tus condiciones puesto que he obrado mal contigo... Pero...
yo... Magdalena... te quiero como siempre...

--Sin duda... el gato quiere al ratn con que juega... Adis, Francisca.

Hizo un movimiento para abrazarme, pero yo permanec helada.

--Adis, Magdalena... Eres dura...

--S, las vctimas lo son siempre, es sabido. Pero me es imposible darte
las gracias a pesar de mi buena voluntad... Adis, pues...

Y Francisca desapareci, muy feliz sin duda, por haber terminado su
nueva comedia.

Qu razn tena la de Ribert y la abuela al ponerme en guardia contra
ella... Por qu no las he escuchado?... Ay! ya es tarde...




31 de marzo


Se habla mucho del matrimonio de Francisca. Yo estoy heroica y me
callo... La de Aimont gime al hablar de la increble suerte de esta
muchacha que ha encontrado el secreto de pescar tan buen partido. La
cosa les es ms sensible porque el joven de Martimprey exige 20.000
pesos de dote en vez de 10.000, para casarse con Paulina. Es lo
ltimo...

Los Aimont estn furiosos por tal regateo, y es natural.

--Cmo va una a hacer para casar a sus hijas, Dios mo?--murmura la de
Aimont.--No puede una, sin embargo, ponerse al acecho detrs de un muro
protector y tirar sobre los yernos posibles...

--A eso se llegar, seora--dijo la abuela como consuelo...--La caza a
los maridos amenaza con hacerse brbara... Qu costumbres!...

Pobre abuela... Siente mi pena a pesar de la calma aparente que ha
logrado conquistar. Est triste y plida y me mira con inquietud... En
pocos das ha envejecido muchos aos... Y pensar que hubiera querido
tanto hacerla dichosa...




16 de abril.


He pasado una parte del da leyendo este voluminoso diario, relato de
mis deseos y de mis ilusiones y testigo de mi decepcin. Estaba
recorrindole con toda la melancola de un ensueo interrumpido, cuando
han venido a pedir noticias mas el padre Toms, la de Ribert y
Genoveva.

Les he ledo unos pasajes de mi precioso cuaderno, y el padre Toms me
aconseja que le contine.

--Qu voy a continuar?--pregunt.--Se contina lo que est acabado?

--Cmo que est acabado?...

--S... Qu quiere usted que aada a mis solteronas?--dije sonriendo
tristemente.

--Un ltimo captulo--respondi el cura con fingida alegra.--Alguna
cosa original.

--Ese captulo--respond,--est escrito... Me faltaba la solterona por
decepcin, y ya la tengo... Despus, como cosa indita...

--Permtame usted...

--Haca falta aadir la lucha vergonzosa que atraviesa la joven sin
fortuna en el camino de la que la posee... Tambin est relatado.

--No hablemos de eso--exclam la de Ribert con lgrimas en los
ojos.--Distrigase usted, Magdalena, y no piense ms en esa decepcin
que nos incumbe a todos, y a m sobre todo...

--Por favor, djeme usted toda la responsabilidad de lo que ha
pasado--dije con voz poco segura.--As como ignoraba lo que era una
decepcin, no saba hasta donde poda ir la joven hipnotizada por el
deseo de casarse... Ahora lo s--aad temblando ligeramente;--la cosa
hace poco honor a la sociedad...

--La sociedad no tiene que ver con eso--dijo la abuela estudindome con
angustia;--todo depende del carcter particular.

--No siempre--respond en tono ms firme.--La lucha est emprendida de
abajo a arriba en esta vieja sociedad alterada. Solamente en este
combate por la vida, desgraciados los tmidos, desgraciados los dbiles,
desgraciados los concienzudos... Esos estn vencidos de antemano...

--Vaya--respondi el cura,--usted exagera las cosas...

--No soy yo una vencida?...

--Sin embargo--replic el cura mientras la abuela se enjugaba una
lgrima,--no hay que ver las cosas tan negras... Podra usted ganar una
enfermedad del estmago--aadi intentando una broma.

--Tengo ya tan malo el corazn...--murmur apoyando la cabeza en el
respaldo de la butaca.--Siento rencor por la sociedad entera.

--Por qu?--pregunt Genoveva.

--Una sociedad que hace tan poco para proteger a sus miembros ms
dbiles es una sociedad a la que falta algo...

--Le faltan tantas cosas--suspir el cura.

--S, pero sobre todo la presciencia de los peligros que hace correr a
aquellos a quienes tiene la misin de guardar y no guarda... En el
estado actual de nuestras costumbres, qu puede hacer una joven que
quiere casarse y no encuentra con quin?...

--Resignarse en el celibato--respondi la de Ribert.--No hay otra cosa.

--Y para la que no acepta la resignacin?... Para esa no hay ms que la
rebelin--aad convencida.--Las honradas faltarn al honor haciendo
traicin a quien puedan... Las otras caern ms bajo todava... Es
triste--continu,--pues si la sociedad no protege a sus individuos, se
protegern ellos mismos y volver a empezar la lucha cuerpo a cuerpo,
con la traicin adems...

El padre Toms movi la cabeza, la abuela me mir con expresin de
alarma y la de Ribert y Genoveva parecieron confusas.

--Es duro--aad bajando los ojos,--ser engaada por la amistad y por lo
que se cree ser el amor...

Nadie respondi.

Al cabo de un instante, el cura tosi, para aclararse la voz, y dijo:

--Por encima de la amistad que hace traicin y del amor que desilusiona,
hay, sin embargo, Magdalena, algo, o ms bien, alguien que usted
olvida...

Le mir con incertidumbre.

--Est Dios--continu en un tono majestuoso que me conmovi;--Dios que
castiga las traiciones y consuela a los engaados...

--S--respond en un impulso de sinceridad.--Pero mi decepcin est tan
reciente que...

--Quiere usted una receta para curarla?

--Una receta?--pregunt sonriendo esta vez, con gran contento de la
abuela.--Dmela usted pronto, seor cura, pues bastante la necesito...

--No penar en lo que se sufre, sino en lo que sufren los dems... Esta
es mi receta.

--Pero... es una receta de solteronas--exclam.

--Por eso es de circunstancias...

--S--respond valientemente.--Puesto que soy una solterona
involuntaria, utilicemos las recetas de las solteronas... Resumamos,
seor cura... Para hacer una solterona se toma una joven, se la
desilusiona, se le hace traicin...

--No siempre--protest Genoveva.

--Y si no se le hace traicin, se le acapara y se la ocupa de los dems
y no de s misma... Vive para los pobres, para los desgraciados y para
los enfermos... Envejece... se acartona... se deseca...

--Y muere--dijo la de Ribert en tono trgico.

--Y va derecha al Cielo--aadi el cura,--escoltada por las lgrimas de
todos los que ha aliviado y acogida por las sonrisas de los
bienaventurados que la han precedido...

--Entonces, la solterona...--pregunt.

--Es una reina en el Cielo... cuando ha sido buena.

--Y si no lo ha sido?...

--Ha tenido bastante purgatorio en la tierra para no necesitar pasarlo
de nuevo en el otro mundo--dijo el cura en tono un poquito sarcstico.

--Dichosas solteronas--suspir la abuela.

--S--respond sintiendo cierto alivio...--Dichosa la que sufre sin
haber hecho nunca sufrir...

--Sufrir y no hacer sufrir! s--murmur la abuela con su voz grave de
los grandes das de duelo;--s, esa debiera ser la frmula de la vida de
la mujer, aun de la ms feliz de todas.

FIN





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and accept all the terms of this license and intellectual property
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the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
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entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
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things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
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works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
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works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
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the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

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what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
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States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
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with this eBook or online at www.gutenberg.org

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from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
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and distributed to anyone in the United States without paying any fees
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with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
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through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
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     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
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     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
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     distribution of Project Gutenberg-tm works.

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electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
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1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
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liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

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received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
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providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     https://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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