The Project Gutenberg EBook of La Divina Comedia, by Dante Alighieri

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Title: La Divina Comedia

Author: Dante Alighieri

Translator: Manuel Aranda y Sanjuan

Release Date: June 10, 2018 [EBook #57303]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA DIVINA COMEDIA ***




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  Nota del Transcriptor:


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  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
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                          _LA DIVINA COMEDIA_




                           _DANTE ALIGHIERI_

                          _La Divina Comedia_


                             [Ilustracin]

                         _Universidad Nacional
                              de Mxico._
                                 1921




[Ilustracin]




"_LA COMMEDIA_"


Que es pues la Comedia? La edad medieval realizada como arte, a pesar
del autor y de los contemporneos. Y notad qu cosa tan grande es
sta! La edad media no era un mundo artstico, antes lo contrario del
arte. La religin era misticismo; la filosofa, escolstica. La primera
excomulgaba el arte, quemaba las imgenes, avezaba a los espritus a
desasirse de lo real. La otra viva de abstracciones y de frmulas y
de citas, aguzando el entendimiento y llevndole a sutilizar acerca
de los nombres y de los vacuas generalidades llamadas _esencias_. Los
espritus eran atrados hacia lo general, ms dispuestos a idealizar
que a realizar: y esto es precisamente lo contrario del arte. En los
poetas sencillos hallamos la realidad tosca e informe, como en los
misterios, en las visiones y en las leyendas. En los poetas doctos
encontramos una forma crudamente didasclica o figurativa y alegrica.
El arte no haba nacido an. Exista la imagen; pero no la realidad con
su libertad y carcter.

Dante toma de los misterios la comedia del alma y hace de esta historia
el centro de una visin suya del otro mundo. Toda esta representacin
no es ms que sentido literal; la visin es alegrica, los personajes
son imgenes y no personas; todo lo que es activo en su espritu lo
lleva hacia la figura y no hacia lo figurado. Su naturaleza potica,
arrastrada a pesar suyo a las abstracciones teolgicas y escolsticas,
se rebela y puebla su cerebro de fantasmas, obligndolo a concretar,
a materializar y a dar forma a lo que es ms espiritual e impalpable,
an a Dios mismo. Aquel mundo literal lo hechiza, lo persigue, lo
asedia y no descansa hasta que recibe de l su forma definitiva; y ya
no es letra, sino espritu; ya no es imagen, sino realidad; un mundo
en s cabal e inteligible, perfectamente realizado. Visin y alegora,
tratado o leyenda, crnicas, historias, loores, himnos, misticismo y
escolstica, todas las formas literarias y toda la cultura de la poca
estn aqu encerradas y animadas en este gran misterio del alma y de la
humanidad: poema universal en que se reflejan todos los pueblos y todos
los siglos que constituyen la edad media.

Ms este mundo artstico, nacido de una contradiccin entre la
intencin del poeta y su obra, no es acabadamente armnico, no es
poesa pura. La falsa conciencia potica perturba la obra de aquella
espontaneidad genial, y pone en ella un no s qu de inseguro y de
no acabado, una mezcla y crudeza de colores. El pensamiento, en su
desnudez escolstica; o exornado con imgenes que sin embargo no bastan
a vencer su abstraccin, tiene demasiada importancia. Sus figuras
alegricas recuerdan en ocasiones a los monstruos orientales ms que
a la serena belleza griega: lo mismo las entidades abstractas que los
personajes conscientes y libres. A menudo, preocupado por el segundo
sentido que tiene en mientes, agrega pormenores extraos a la imagen,
lo que perturba y distrae al lector, interrumpindole el libre vuelo
de la fantasa. La presencia constante de otro sentido que aligera
la representacin y a veces la penetra, menoscaba la claridad y la
armona. An el estilo, enmaraado de cuando en cuando con asuntos
lejanos y sutiles pierde su claridad y se torna confuso y turbio. No es
un templo griego sino una catedral gtica, llena de vastas sombras, en
donde pugnan elementos contrarios, que no han sido bien armonizados. A
veces es tosco; otras, delicado. En ocasiones, poeta docto y en otras,
popular. Ora pierde de vista a la verdad y se entrega a sutilezas, ora
la intuye rpidamente y la expresa con sencillez. Ya es un cronista
burdo, ya un pintor acabado. Cundo se pierde en cuestiones abstractas;
cundo, en medio de ellas, hace germinar la vida. Aqu desciende
a cosas pueriles, all se remonta a excelsitudes sobrehumanas. Al
ocuparse en un silogismo brilla la luz de una imagen; mientras
teologiza estalla la flama del sentimiento. En ratos os hallis ante
una fra alegora y repentinamente sents a la carne estremecerse con
ella. Su credulidad nos hace hoy sonrer; luego su audacia nos llenar
de asombro. Fu un pequeo mundo donde se reflejaba toda la existencia
de entonces.

Los elementos contrarios que fermentaban en una sociedad en estado
an de formacin contendan en l, sin que se diera cuenta de ello.
Si miris sus aspiraciones encontraris que en ellas todo es armona.
Filsofo, piensa en el reino de la ciencia y de la virtud; cristiano,
contempla el reino de Dios; patriota, suspira por el reino de la
justicia y de la paz; poeta, suea una forma toda luz, proporcin y
armona, _lo bello stile_; su autor es Virgilio. Mientras ms grande
era la barbarie y la ignorancia, mayor su aspiracin hacia un mundo
armnico y concorde. Mas el poeta se halla rodeado por esta burda
realidad, por esas formas discordes; se apesadumbra y le falta la
serenidad del artista y saca de su fantasa un mundo del arte, en gran
parte realizado, pero donde se encuentra an las asperezas de una
materia domeada imperfectamente.

       *       *       *       *       *

Penetremos en este mundo, mirmoslo e interrogumoslo. Porque un
argumento no es _tabula rasa_, donde podamos escribir a nuestro antojo,
sino mrmol entallado, que tiene en s mismo su concepto y las leyes
de su desarrollo. La virtud mayor del genio consiste en entender su
argumento, ser uno con l, apartando todo lo que le sea extrao. Es
necesario apasionarse por l, vivir dentro de l, constituirse en
su alma o su conciencia. De modo semejante el crtico en lugar de
imponerse reglas abstractas y juzgar con el mismo criterio la _Comedia_
y la _Ilada_, la _Gerusalemme_ y el _Orlando Furioso_, debe estudiar
el mundo creado por el poeta, interrogarlo, indagar su naturaleza que
contiene forzosamente su potica o sean las leyes orgnicas de su
formacin, su concepto, su forma, su gnesis, su estilo. Qu cosa es
el otro mundo?

Es el problema del destino humano resuelto, la explicacin del misterio
del alma, el fin de la historia del hombre, el mundo perfecto, lo
eterno presente, la inmutable necesidad. En la naturaleza ya no ocurre
el accidente; en el hombre ya no hay libertad. La naturaleza est
predeterminada y fijada por una lgica preconcebida segn la idea
moral. Lo real y lo ideal se vuelven idnticos; la apariencia y la
sustancia son una misma cosa. El hombre ya no tiene libre albedro:
est ah fijo e inmvil como la naturaleza. Toda accin ha cesado;
se ha roto todo vnculo que une a los hombres en la tierra; patria,
familia, riquezas, dignidad, costumbres. No existe sucesin ni
desenvolvimiento, ni principio, ni fin; falta la narracin, el drama.
El individuo desaparece en el gnero. El carcter, la personalidad
no tiene modo de manifestarse. Eterno dolor, gozo eterno, sin eco,
sin variacin, sin contraste ni grado. No hay epopeya porque falta
la accin; no hay drama porque falta la libertad; la lrica es la
inmutable y montona expresin de una sola aria; queda la existencia en
su inmvil manera de ser, la descripcin de la naturaleza y del hombre.

Qu cosa es, pues, el otro mundo--con relacin al arte? Visin,
contemplacin, descripcin: una historia natural.

Ms en esta visin penetra la leyenda o el misterio porque dentro est
representada la comedia o redencin del alma en su peregrinaje desde
lo humano a lo divino, _da Fiorenza in popol giusto e sano_. Tiene
pues la apariencia de un drama que se desarrolla en el otro mundo, y
sus actores son Dante, Virgilio, Catn, Estacio, el demonio, Matilde,
Beatriz, San Pedro, San Bernardo, la Virgen, Dios; drama alegrico como
lo es la comedia del alma, _Commedia dell'anima_. Digo _apariencia
de un drama_, porque la santificacin no nace del obrar sino del
contemplar, y Dante contempla, no obra, y los otros adoctrinan,
ensean. El drama, en consecuencia, se desvanece en la contemplacin.

As concebido, este mundo era el de los misterios y las leyendas y
se converta en mundo teolgico-escolstico en manos de los doctos.
Dante lo ha realizado, lo ha hecho existir en el arte; ha creado esa
naturaleza y ese hombre. Y si su mundo no es perfectamente artstico,
la falta no es de l sino que aquel mundo en donde el hombre es
naturaleza y la naturaleza, ciencia, y del cual se ha desterrado a lo
accidental y a la libertad, los dos grandes factores de la vida real y
del arte.

Si Dante hubiera sido fraile o filsofo, apartado de la vida real, se
habra encerrado en esas formas y en esa alegora sin salir de ellas.
Mas Dante, al entrar en el reino de los muertos lleva consigo todas
las pasiones de los vivos, y las preocupaciones terrenas. Descuida
ser un smbolo o una figura alegrica, y es Dante, la ms potente
individualidad de aquel tiempo, en la cual est compendiada toda la
vida de la poca, con sus abstracciones, sus xtasis, sus pasiones
impetuosas, su refinamiento y su barbarie. A la vista de un ser
viviente y al or sus palabras, las almas renacen por un instante,
sienten de nuevo la antigua vida, se tornan hombres; en lo eterno
vuelve a aparecer el tiempo; en el seno de lo porvenir, vive y se
mueve Italia, y ms bien an, la Europa de aquel siglo. As la poesa
abarca toda la vida, cielo y tierra, tiempo y eternidad, lo humano y
lo divino; y el poema sobrenatural convirtese en humano y terreno, con
la marca del hombre y del tiempo. Reaparece la naturaleza terrenal como
oposicin o parangn o remembranza. Reaparece el accidente y el tiempo,
la historia y la sociedad en su vida exterior e interna; apunta la
tradicin virgiliana con Roma por capital del mundo y con la monarqua
preestablecida; y dentro de este marco magnfico, pasa ante nuestros
ojos la historia de la poca: Bonifacio VIII, Roberto, Felipe el
hermoso, Carlos de Valois, los Cerchi y los Donati, la nueva Florencia
y la antigua, la historia de Italia, y la historia de Dante, sus iras,
sus odios, sus venganzas, sus amores, sus predilecciones.

As se integra la vida; el otro mundo sale de su abstraccin doctrinal
y mstica; cielo y tierra se confunden; sntesis viviente de esta
inmensa comprensin, Dante es espectador, actor y juez. La vida,
contemplada desde el otro mundo adquiere nuevas actitudes, sensaciones
e impresiones. El otro mundo visto desde la tierra, se reviste de sus
pasiones e intereses. Y resulta de todo una concepcin originalsima,
una naturaleza nueva y un hombre nuevo. Son dos mundos omnipresentes,
en reciprocidad de accin, que se suceden, se alternan, se cruzan,
se compenetran, se explican y se iluminan mutuamente, en perpetua
vuelta. Su unidad no reside en un protagonista, ni en una accin, ni
en un fin abstracto y extrao a la materia; est en la misma materia;
unidad interior e impersonal, viviente, indivisible; unidad orgnica
cuyos instantes se suceden en el espritu del poeta, no como agregacin
mecnica de partes separables, sino compenetrados e identificados
como en la vida. Esta unidad enrgica y armoniosa se halla en la
naturaleza misma de los dos mundos, materialmente diversos, pero que
no constituyen sino una misma cosa en la unidad de la conciencia.
Cielo y tierra son trminos correlativos; no es posible el uno sin el
otro. Lo puramente real y lo puramente ideal son dos abstracciones;
cada cosa real lleva consigo su ideal; todo hombre porta su infierno y
su paraso; todo hombre encierra en su pecho a los dioses del Olimpo:
el escptico puede negar el infierno, pero no suprimir la conciencia.
Puesto que estos dos mundos son la vida misma en sus dos aspectos, en
el seno de esta unidad se desenvuelve el dualismo ms vivaz, mejor
dicho, antagonismo: el otro mundo hace de los cuerpos sombras; sombras
son los afectos, las grandezas y las pompas; mas en esas sombras an
se estremece la carne, se agita el deseo, resuenan las imprecaciones
terrenales que llegan hasta la tranquila bveda del cielo. Los hombres
con sus pasiones, vicios y virtudes quedan eternizados como estatuas,
en la misma actitud y expresin de odio, de desdn y de amor en que han
sido sorprendidos por el artista; pero mientras el otro mundo hace de
la tierra algo eterno, transportndola a su centro y ponindole delante
la imagen de lo infinito, descubre lo vano y la nada; los hombres son
los mismos en un escenario distinto, que es su irona. Esta unidad y
dualidad que salen del fondo mismo de la situacin brilla a la luz
del da en las ms variadas formas; a veces en un apstrofe, en un
discurso, en un gesto, en una accin; ya en la naturaleza, ya en el
hombre; en esta unidad queda comprendida la mayor variedad, y no es
fcil encontrar una obra artstica cuyos lmites sean tan precisos y
tan vastos. Nada hay en el argumento que constria al poeta a preferir
a tal personaje, a cierta poca o accin; l escoge toda la historia,
todos los aspectos bajo los cuales aparece la humanidad; y puede
abandonarse libremente a sus iras y opiniones e intercalar en el plan
general fines particulares sin que la unidad se dae. Todo esto da a su
universo una acabada realidad potica, y es patente en la permanente
unidad, todo lo que surge del ser humano, del libre albedro y de lo
casual y el moverse con vario juego todos los contrastes y lo necesario
unido con el libre albedro y el destino con la casualidad.

En resumen, qu clase de poesa es sta? contiene materia pica y no
es epopeya; hay una situacin lrica y no es lrica; posee una trama
dramtica y no es drama. Trtase de una de aquellas construcciones
gigantescas y primitivas, verdaderas enciclopedias, biblias nacionales;
no de un gnero ms bien que de otro, sino de un todo que contiene en
embrin toda la materia y todas las formas poticas, el germen de todo
desarrollo ulterior. Por lo tanto ningn gnero de poesa sobresale
y es explicado; el uno entra en el otro y se perfecciona en l de la
misma manera que los dos mundos se identifican y no se puede decir:
aqu est uno de ellos y all el otro; as los diversos gneros estn
unidos de manera que nadie puede sealar los confines que los dividen y
an menos decir: esto es absolutamente pico y esto, dramtico.

Es el contenido universal del cual todas las poesas no son ms que
fragmentos; el _poema sacro_; la eterna geometra y la eterna lgica
de la creacin encarnada en los tres mundos cristianos; la ciudad de
Dios, en la que se refleja la ciudad del hombre con toda su realidad de
determinado lugar y poca; la esfera inmvil del mundo teolgico, en la
cual alientan tempestuosamente todas las pasiones humanas.

La idea que anima esta vasta construccin y le infunde vida y la
desarrolla, es el concepto de la salvacin, el camino que lleva al alma
del mal al bien, del error a la verdad, de la anarqua a la ley, de
lo mltiple a lo uno. Es el concepto cristiano y moderno de la unidad
de Dios sustituda a la pluralidad pagana. Si este concepto fuera
solamente algo exterior, explicado en su abstraccin doctrinal, como
pensamiento, o presentado en forma alegrica, la imagen no bastara
para engendrar una obra de arte. Pero el concepto no es slo externo
sino interno; no es nicamente del significado y la ciencia de aquel
mundo, obra de filsofo y de crtico, sino principio activo, como en
el hombre y en la naturaleza, que construye y forma ese mundo y le da
una historia y un desarrollo. Este principio activo puede llamarse
en su abstraccin lo verdadero o el bien, o la virtud, o la ley;
como realidad viva y activa es el espritu, que tiene por contrario
a la materia o la carne, donde se halla como en prisin o como en
un _vasello_ de donde se esfuerza por salir. As, pues, la vida es
un antagonismo, una batalla entre el espritu y la carne, entre Dios
y el demonio. Su historia es la victoria progresiva del espritu, su
conciencia y albedro, bajo las formas en que vive sutilizndose,
descorporificndose, idealizndose hasta Dios, espritu absoluto,
la Verdad, la Bondad, la Unidad, el ltimo Ideal. La concepcin
dantesca, el espritu que anima su mundo es, pues, la progresiva
disolucin de las formas, un constante ascender desde la carne al
espritu, la emancipacin de la materia y del sentido mediante la
expiacin y el dolor, el choque entre lo satnico y lo divino, el
infierno y el paraso. Homero transporta a los dioses a la tierra
y los materializa; Dante transporta a los hombres al otro mundo y
los espiritualiza. La materia no es ms que apariencia; lo que slo
existe es el espritu; los hombres son sombras; las acciones humanas
se reproducen como fantasmas en el dominio de la memoria; la tierra
misma es un recuerdo que flucta como una visin; lo real, lo presente
es el espritu infinito; todo lo dems es _vanita che par persona_.
Todo se va acrisolando progresivamente; el velo se torna cada vez ms
transparente; el _Infierno_ es la sede de la materia, el dominio de
la carne y del pecado; lo terrenal no solamente es remembranza sino
presente; el castigo no logra modificar los caracteres y las pasiones;
el pecado y lo terreno se perpetan en el otro mundo y se inmovilizan
en esas almas incapaces de arrepentimiento; pecado eterno, pena eterna.
En el _Purgatorio_ cesan las tinieblas y brilla el sol, la luz de la
inteligencia, el espritu; lo mundano es un penoso recuerdo que el
penitente procura olvidar; y el espritu, separndose de lo corpreo,
tiende a la completa posesin de s, a la salvacin. En el _Paraso_
la persona humana desaparece y todas las formas se desvanecen y se
elevan en la luz; a medida que se asciende, y mientras ms se idealiza
esta gloriosa transfiguracin hasta llegar a la presencia de Dios,
el espritu absoluto, la forma se desvanece y no persiste ms que el
sentimiento:

    _....Tutta cessa
    Mia visione, ed ancor mi distilla
    Nel cuor lo dolce che nacque da essa.
    Cosi la neve al sol si disigilla;
    Cosi al vento nelle foglie lievi
    Si perdea la sentenzia di Sibilla._

Este concepto comprende todo lo que se puede saber y toda la historia;
no slo construye y desarrolla el mundo dantesco sino que lo hallis
siempre vivo en el camino intelectual e histrico de la vida, bajo
todas las formas, en todos los problemas que se presentan al poeta,
en religin, en filosofa, en poltica, en moral; y as se concreta y
cumple en todas las direcciones de la vida. En religin, es el camino
de la letra al espritu, del smbolo a la idea, del Viejo al Nuevo
Testamento; en la ciencia, el trnsito de la ignorancia y del error a
la religin y de la razn a la revelacin; en moral, el paso del mal
al bien, del odio al amor mediante la expiacin; en poltica, la senda
que conduce de la anarqua a la unidad. Sometido a las condiciones de
espacio y de tiempo, vulvese historia; tal hombre, tal pueblo, tal
siglo. En religin, est ante la Iglesia Romana, ante el papado, que
el poeta quiere emancipar de los intereses y pasiones terrenales y
retornar a su fin espiritual; en filosofa, encuentra la ciencia vulgar
y la ciencia de la verdad en el paraso; en moral, os hallis delante
de las pasiones, las discordias, las culpas y los vicios de la edad
brbara de la cual os sents poco a poco alejados en vuestro camino
hacia el sumo bien; en poltica, es la Italia anrquica y ensangrentada
que el poeta aspira a traer a la paz y concordia en la unidad del
imperio. De este modo un mismo concepto anima el todo, en la forma, en
el pensamiento y en la historia. Pero comprensin ms vasta y concorde
no haba salido jams de mente humana. Algunos encuentran en la
_Comedia_ el otro mundo, considerando lo dems como una intrusin, casi
como una profanacin; Edgard Quinet se siente _choqu_ de ver como las
pasiones del poeta le siguen hasta el paraso; otros descubren en l un
mundo poltico que no es ms que una representacin figurada. Llaman
a este poema _religioso_ o _poltico_, _didasclico_ o _moral_; lo
reducen a querellas de catlicos y protestantes, a disputas de gelfos
y gibelinos. No miran desde la cumbre del monte sino desde la llanura y
toman por el todo lo que encuentran en la lnea recta del camino. Cada
uno se forja un pequeo mundo y dice: este es el mundo de Dante. Y el
mundo de Dante contiene en s todos esos mundos. Es el mundo universal
de la edad media realizado en el arte.

                                       _FRANCESCO DE SANCTIS._

(Tomado de la _STORIA DELLA LETTERATURA ITALIANA_, Volume I.)




_INFIERNO_




[Ilustracin]




_CANTO PRIMERO_


A la mitad del viaje de nuestra vida me encontr en una selva obscura,
por haberme apartado del camino recto. Ah! Cun penoso me sera
decir lo salvaje, spera y espesa que era esta selva, cuyo recuerdo
renueva mi pavor, pavor tan amargo, que la muerte no lo es tanto. Pero
antes de hablar del bien que all encontr, revelar las dems cosas
que he visto. No s decir fijamente cmo entr all; tan adormecido
estaba cuando abandon el verdadero camino. Pero al llegar al pie de
una cuesta, donde terminaba el valle que me haba llenado de miedo el
corazn, mir hacia arriba, y vi su cima revestida ya de los rayos del
planeta que nos gua con seguridad por todos los senderos. Entonces
se calm algn tanto el miedo que haba permanecido en el lago de mi
corazn durante la noche que pas con tanta angustia; y del mismo modo
que aquel que, saliendo anhelante fuera del pilago, al llegar a la
playa, se vuelve hacia las ondas peligrosas y las contempla, as mi
espritu, fugitivo an, se volvi hacia atrs para mirar el lugar de
que no sali nunca nadie vivo. Despus de haber dado algn reposo a mi
fatigado cuerpo, continu subiendo por la solitaria playa, procurando
afirmar siempre aquel de mis pies que estuviera ms bajo. Al principio
de la cuesta, apareciseme una pantera gil, de rpidos movimientos
y cubierta de manchada piel. No se separaba de mi vista, sino que
interceptaba de tal modo mi camino, que me volv muchas veces para
retroceder. Era a tiempo que apuntaba el da, y el sol suba rodeado de
aquellas estrellas que estaban con l cuando el amor divino imprimi el
primer movimiento a todas las cosas bellas. Hora y estacin tan dulces
me daban motivo para augurar bien de aquella fiera de pintada piel.
Pero no tanto que no me infundiera terror el aspecto de un len que a
su vez se me apareci: figurseme que vena contra m, con la cabeza
alta y con un hambre tan rabiosa, que hasta el aire pareca temerle.
Sigui a ste una loba que, en medio de su demacracin, pareca cargada
de deseos; loba que ha obligado a vivir miserable a mucha gente. El
fuego que despedan sus ojos me caus tal turbacin, que perd la
esperanza de llegar a la cima. Y as como el que gustoso atesora y se
entristece y llora con todos sus pensamientos cuando llega el momento
en que sufre una prdida, as me hizo padecer aquella inquieta fiera,
que, viniendo a mi encuentro, poco a poco me repela hacia donde el sol
se calla. Mientras yo retroceda hacia el valle, se present a mi vista
uno, que por su prolongado silencio pareca mudo. Cuando le vi en aquel
gran desierto:

--Piedad de m--le grit--quienquiera que seas, sombra u hombre
verdadero.

Respondime:

No soy ya hombre, pero lo he sido; mis padres fueron lombardos y ambos
tuvieron a Mantua por patria. Nac "sub Julio," aunque algo tarde,
y vi a Roma bajo el mando del buen Augusto en tiempo de los dioses
falsos y engaosos. Poeta fu, y cant a aquel justo hijo de Anquises,
que volvi de Troya despus del incendio de la soberbia Ilin. Pero,
por qu te entregas de nuevo a tu afliccin? Por qu no asciendes al
delicioso monte, que es causa y principio de todo goce?

--Oh! Eres t aquel Virgilio, aquella fuente que derrama tan ancho
raudal de elocuencia?--le respond ruboroso. Ah!, honor y antorcha
de los dems poetas! Vlganme para contigo el prolongado estudio y el
grande amor con que he ledo y meditado tu obra. T eres mi maestro y
mi autor predilecto; t solo eres aqul de quien he imitado el bello
estilo que me ha dado tanto honor. Mira esa fiera debido a la cual
retroceda; lbrame de ella, famoso sabio, porque a su aspecto se
estremecen mis venas y late con precipitacin mi pulso.

--Te conviene seguir otra ruta--respondi al verme llorar--, si quieres
hur de este sitio salvaje; porque esa fiera que te hace prorrumpir
en tales lamentaciones no deja pasar a nadie por su camino, sino que
se opone a ello matando al que a tanto se atreve. Su instinto es tan
malvado y cruel, que nunca ve satisfechos sus ambiciosos deseos, y
despus de comer tiene ms hambre que antes. Muchos son los animales
a quienes se une, y sern aun muchos ms hasta que venga el Lebrel[1]
y la haga morir entre dolores. Este no se alimentar de tierra ni de
peltre, sino de sabidura, de amor y de virtud, y su patria estar
entre Feltro y Feltro. Ser la salvacin de esta humilde Italia, por
quien murieron de sus heridas la virgen Camila, Euralo y Turno y Niso.
Perseguir a la loba de ciudad en ciudad hasta que la haya arrojado en
el infierno, de donde en otro tiempo la hizo salir la envidia. Ahora,
por tu bien, pienso y veo claramente que debes seguirme: yo ser tu
gua, y te sacar de aqu para llevarte a un lugar eterno, donde oirs
aullidos desesperados; vers los espritus dolientes de los antiguos
condenados, que llaman a gritos a la segunda muerte; vers tambin a
los que estn contentos entre las llamas, porque esperan, cuando llegue
la ocasin, tener un puesto entre los bienaventurados. Si quieres, en
seguida, subir hasta ellos, te acompaar en este viaje un alma ms
digna que yo, te dejar con ella cuando yo parta; pues el Emperador que
reina en las alturas no quiere que por mediacin ma se entre en su
ciudad, porque fu rebelde a su ley. El impera en todas partes y reina
arriba; arriba est su ciudad y su alto solio: Oh! Feliz el elegido
para su reino!

       [1] Can Grande della Scala, seor de Verona y bienhechor de
       Dante.

Y yo le contest:

--Poeta, te requiero por ese Dios a quien no has conocido, que me hagas
hur de este mal y de otro peor; condceme adonde has dicho, para que
yo vea la puerta de San Pedro y a los que, segn dices, estn tan
desolados.

Entonces se puso en marcha, y yo segu tras l.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO SEGUNDO_


El da terminaba; la atmsfera obscura de la noche invitaba a descansar
de sus fatigas a los seres animados que existen sobre la tierra, y yo
solo me preparaba a sostener los combates del camino y de las cosas
dignas de compasin, que mi memoria trazar sin equivocarse. Oh
Musas!, oh alto ingenio!, venid en mi ayuda: oh mente, que escribiste
lo que v!, ahora aparecer tu nobleza.

Yo comenc:

--Poeta, que me guas, mira si mi virtud es bastante fuerte antes de
aventurarme en tan profundo viaje. T dices que el padre de Silvio,
aun corruptible, pas al siglo inmortal y pas sensiblemente. Si el
adversario de todo mal le fu favorable, debise a los grandes efectos
que de l deban sobrevenir; y el por qu no parece injusto a un hombre
de talento; pues en el Empreo fu elegido para ser el padre de la
fecunda Roma y de su imperio: el uno y la otra, a decir verdad, fueron
establecidos en favor del sitio santo en donde reside el sucesor del
gran Pedro. Durante este viaje, por el que le elogias, oy cosas que
presagiaron su victoria y el manto papal. Despus el Vaso de eleccin
fu transportado hasta el cielo para dar ms firmeza a la fe, que es
el principio del camino de la salvacin. Pero yo por qu he de ir?,
quin me lo permite? Yo no soy Eneas, ni San Pablo: ante nadie, ni
ante m mismo, me creo digno de tal honor. Porque si me lanzo a tal
empresa, temo por mi loco empeo. Puesto que eres sabio, comprenders
las razones que me callo.

Y como aquel que no quiere ya lo que quera, y asaltado de una nueva
idea, cambia de parecer, de suerte que abandona todo lo que haba
comenzado, as me suceda en aquella obscura cuesta; porque, a fuerza
de pensar, abandon la empresa que haba empezado con tanto ardor.

--Si he comprendido bien tus palabras--respondi aquella sombra
magnnima--, tu alma est traspasada de espanto, el cual se apodera
frecuentemente del hombre, y tanto, que le retrae de una empresa
honrosa, como una vana sombra hace a veces retroceder a una fiera,
cuando se introduce en la obscuridad. Para librarte de ese temor, te
dir por qu he venido, y lo que vi en el primer momento en que me
moviste a compasin. Yo estaba entre los que se hallan en suspenso,
y me llam una dama tan bienaventurada y tan bella, que le rogu me
diera sus rdenes. Brillaban sus ojos ms que la estrella, y empez a
decirme con voz angelical, en su lengua: "Oh alma corts Mantuana,
cuya fama dura an en el mundo y durar mientras su movimiento se
prolongue! Mi amigo, que no lo es de la ventura, se ve tan embarazado
en la playa desierta, que en medio del camino el miedo le ha hecho
retroceder; y temo (por lo que he odo de l en el Cielo) que se haya
extraviado ya, y que yo haya acudido tarde en su socorro. V, pues, y
con tus elocuentes palabras, y con lo que se necesita para sacarle de
su apuro, auxliale tan bien, que yo quede consolada. Yo soy Beatriz,
la que te hace marchar; vengo de un sitio adonde deseo volver: amor
me impele, y es el que me hace hablar. Cuando vuelva a estar delante
de mi Seor, le hablar de ti bien y con frecuencia." Call entonces,
y yo repuse: "Oh mujer de virtud nica, por quien la especie humana
excede en dignidad a todos los seres contenidos bajo aquel Cielo que
tiene los crculos ms pequeos! Tanto me place tu orden, que si ya
te hubiera obedecido, creera haber tardado: no tienes necesidad de
expresarme ms tus deseos. Mas dime: por qu causa no temes descender
al fondo de este centro desde lo alto de esos inmensos lugares, adonde
ardes en deseos de volver?" "Puesto que tanto quieres saber, te dir
brevemente, respondime, por qu no temo venir a este abismo. Slo
deben temerse las cosas que pueden redundar en perjuicio de otros;
pero no aquellas que no inspiran este temor. Por la merced de Dios,
estoy hecha de tal suerte, que no me alcanzan vuestras miserias, ni
puede prender en m la llama de este incendio. Hay en el Cielo una dama
gentil,[2] que se conduele del obstculo opuesto al que te envo, y
que mitiga el duro juicio de la justicia divina. Ella se ha dirigido a
Luca[3] con sus ruegos, y le ha dicho: "Tu fiel amigo tiene necesidad
de ti, y te lo recomiendo." Luca, enemiga de todo corazn cruel, se ha
conmovido e ido al lugar donde yo me encontraba, sentada al lado de la
antigua Raquel. Y me ha dicho: "Beatriz, verdadera alabanza de Dios,
no socorres a aqul que te am tanto, y que por ti sali de la vulgar
esfera? No oyes su queja conmovedora? No ves la muerte contra quien
combate sobre ese ro, ms formidable que el mismo mar?" En el mundo no
ha habido jams una persona ms pronta en correr hacia un beneficio ni
en hur de un peligro, que yo, en cuanto o tales palabras. Descend
desde mi dichoso puesto, findome en esa elocuente palabra que te
honra, y que honra a cuantos la han odo." Despus de haberme hablado
de este modo, volvi llorando hacia m sus ojos brillantes, con lo que
me hizo partir ms presuroso. Y me he dirigido a ti tal como ha sido
su voluntad, y te he preservado de aquella fiera que te cerraba el
camino ms corto de la hermosa montaa. Pero qu tienes?, por qu te
suspendes?, por qu abrigas tanta cobarda en tu corazn?, por qu no
tienes atrevimiento ni valor, cuando tres mujeres benditas cuidan de ti
en la corte celestial, y mis palabras te prometen tanto bien?

       [2] La clemencia divina.

       [3] La gracia divina, o ms bien, la gracia que ilumina.

Y as como las florecillas, inclinadas y cerradas por la escarcha, se
abren erguidas en cuanto el Sol las ilumina, as creci mi abatido
nimo, e inund tal aliento mi corazn, que exclam como un hombre
decidido:

--Oh! Cun piadosa es la que me ha socorrido! Y t, alma
bienhechora, que has obedecido con tal prontitud las palabras de verdad
que ella te ha dicho! Con las tuyas has preparado mi corazn de tal
suerte, y le has comunicado tanto deseo de emprender el gran viaje, que
vuelvo a abrigar mi primer propsito. V, pues; que una sola voluntad
nos dirija: t eres mi gua, mi seor, mi maestro.

As le dije, y en cuanto ech a andar, entr por el camino profundo y
salvaje.




[Ilustracin]




_CANTO TERCERO_


"Por m se va a la ciudad del llanto; por m se va al eterno dolor;
por mi se va hacia la raza condenada: la justicia anim a mi sublime
arquitecto; me hizo la divina potestad, la suprema sabidura y el
primer amor. Antes que yo no hubo nada creado, a excepcin de lo
eterno, y yo duro eternamente. Oh vosotros los que entris, abandonad
toda esperanza!"

Vi escritas estas palabras con caracteres negros en el dintel de una
puerta, por lo cual exclam:

--Maestro, el sentido de estas palabras me causa pena.

Y l, como hombre lleno de prudencia, me contest:

--Conviene abandonar aqu todo temor; conviene que aqu termine toda
cobarda. Hemos llegado al lugar donde te he dicho que veras a la
dolorida gente, que ha perdido el bien de la inteligencia.

Y despus de haber puesto su mano en la ma con rostro alegre, que me
reanim, me introdujo en medio de las cosas secretas. All, bajo un
cielo sin estrellas, resonaban suspiros, quejas y profundos gemidos,
de suerte que al escucharlos comenc a llorar. Diversas lenguas,
horribles blasfemias, palabras de dolor, acentos de ira, voces altas y
roncas, acompaadas de palmadas, producan un tumulto que va rodando
siempre por aquel espacio eternamente obscuro, como la arena impelida
por un torbellino. Yo, que estaba horrorizado, dije:

--Maestro, qu es lo que oigo, y qu gente es sa, que parece
doblegada por el dolor?

Me respondi:

--Esta miserable suerte est reservada a las tristes almas de aquellos
que vivieron sin merecer alabanzas ni vituperio: estn confundidas
entre el perverso coro de los ngeles que no fueron rebeldes ni fieles
a Dios, sino que slo vivieron para s. El Cielo los lanz de su
seno por no ser menos hermoso; pero el profundo Infierno no quiere
recibirlos por la gloria que con ello podran reportar los dems
culpables.

Y yo repuse:

--Maestro, qu cruel dolor les hace lamentarse tanto?

A lo que me contest:

--Te lo dir brevemente. Estos no esperan morir; y su ceguedad es
tanta, que se muestran envidiosos de cualquier otra suerte. El mundo
no conserva ningn recuerdo suyo; la misericordia y la justicia los
desdean: no hablemos ms de ellos, mralos y pasa adelante.

Y yo, fijndome ms, vi una bandera que iba ondeando tan de prisa, que
pareca desdeosa del menor reposo: tras ella vena tanta muchedumbre,
que no hubiera credo que la muerte destruyera tan gran nmero.
Despus de haber reconocido a algunos, mir ms fijamente, y vi la
sombra de aquel que por cobarda hizo la gran renuncia[4]. Comprend
inmediatamente y adquir la certeza de que aquella turba era la de los
ruines que se hicieron desagradables a los ojos de Dios y a los de
sus enemigos. Aquellos desgraciados, que no vivieron nunca, estaban
desnudos, y eran molestados sin tregua por las picaduras de las moscas
y de las avispas que all haba; las cuales hacan correr por su rostro
la sangre, que mezclada con sus lgrimas, era recogida a sus pies por
asquerosos gusanos.

       [4] Segn algunos comentadores, ste debe ser Esa, que
       renunci a su derecho de primogenitura; segn otros,
       Diocleciano, que abdic el imperio; segn Venturini, el papa
       Celestino V, y otros creen que el que hizo la gran renuncia es
       Pilatos.

Habiendo dirigido mis miradas a otra parte, vi nuevas almas a la orilla
de un gran ro, por lo cual, dije:

--Maestro, dgnate manifestarme quines son y por qu ley parecen sos
tan prontos a atravesar el ro, segn puedo ver a favor de esta dbil
claridad.

Y l me respondi:

--Te lo dir cuando pongamos nuestros pies sobre la triste orilla del
Aqueronte.

Entonces, avergonzado y con los ojos bajos, temiendo que le disgustasen
mis preguntas, me abstuve de hablar hasta que llegamos al ro. En
aquel momento vimos un anciano cubierto de canas, que se diriga
hacia nosotros en una barquichuela, gritando: "Ay de vosotras, almas
perversas! No esperis ver nunca el Cielo. Vengo para conduciros a la
otra orilla, donde reinan eternas tinieblas, en medio del calor y del
fro. Y t, alma viva, que ests aqu, aljate de entre esas que estn
muertas." Pero cuando vi que yo no me mova, dijo: "Llegars a la
playa por otra orilla, por otro puerto, mas no por aqu: para llevarte
se necesita una barca ms ligera."

Y mi gua le dijo:

--Carn, no te irrites. As se ha dispuesto all donde se puede todo lo
que se quiere; y no preguntes ms.

Entonces se aquietaron las velludas mejillas del barquero de las
lvidas lagunas, que tena crculos de llamas alrededor de sus ojos.
Pero aquellas almas, que estaban desnudas y fatigadas, no bien oyeron
tan terribles palabras, cambiaron de color, rechinando los dientes,
blasfemando de Dios, de sus padres, de la especie humana, del sitio y
del da de su nacimiento, de la prole de su prole y de su descendencia:
despus se retiraron todas juntas, llorando fuertemente, hacia la
orilla maldita en donde se espera a todo aquel que no teme a Dios.
El demonio Carn, con ojos de ascuas, haciendo una seal, las fu
reuniendo, golpeando con su remo a las que se rezagaban; y as como
en otoo van cayendo las hojas una tras otra, hasta que las ramas han
devuelto a la tierra todos sus despojos, del mismo modo los malvados
hijos de Adn se lanzaban uno a uno desde la orilla, a aquella seal,
como pjaros que acuden al reclamo. De esta suerte se fueron alejando
por las negras ondas; pero antes de que hubieran saltado en la orilla
opuesta, se reuni otra nueva muchedumbre en la que aqullas haban
dejado.

--Hijo mo--me dijo el corts Maestro--, los que mueren en la clera
de Dios acuden aqu de todos los pases, y se apresuran a atravesar
el ro, espoleados de tal suerte por la justicia divina, que su temor
se convierte en deseo. Por aqu no pasa nunca un alma pura; por lo
cual, si Carn se irrita contra ti, ya conoces ahora el motivo de sus
desdeosas palabras.

Apenas hubo terminado, tembl tan fuertemente la sombra campia,
que el recuerdo del espanto que sent an me inunda la frente de
sudor. De aquella tierra de lgrimas sali un viento que produjo
rojizos relmpagos, hacindome perder el sentido y caer como un hombre
sorprendido por el sueo.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO CUARTO_


Interrumpi mi profundo sueo un trueno tan fuerte, que me estremec
como hombre a quien se despierta a la fuerza: me levant, y dirigiendo
una mirada en derredor mo, fij la vista para reconocer el lugar donde
me hallaba. Vime junto al borde del triste valle, abismo de dolor, en
que resuenan infinitos ayes, semejantes a truenos. El abismo era tan
profundo, obscuro y nebuloso, que en vano fijaba mis ojos en su fondo,
pues no distingua cosa alguna.

--Ahora descendamos all abajo, al tenebroso mundo--me dijo el poeta
muy plido--: yo ir el primero; t el segundo.

Yo, que haba advertido su palidez, le respond:

--Cmo he de ir yo, si t, que sueles desvanecer mis incertidumbres,
te atemorizas?

Y l repuso:

--La angustia de los desgraciados que estn ah bajo, refleja en mi
rostro una piedad que t tomas por terror. Vamos, pues; que la longitud
del camino exige que nos apresuremos.

Y sin decir ms, penetr y me hizo entrar en el primer crculo que
rodea el abismo. All, segn pude advertir, no se oan quejas, sino
slo suspiros, que hacan temblar la eterna bveda, y que procedan
de la pena sin tormento de una inmensa multitud de hombres, mujeres y
nios. El buen Maestro me dijo:

--No me preguntas qu espritus son los que estamos viendo? Quiero,
pues, que sepas, antes de seguir adelante, que stos no pecaron; y
si contrajeron en su vida algunos mritos, no es bastante, pues no
recibieron el agua del bautismo, que es la puerta de la Fe que forma
tu creencia. Y si vivieron antes del cristianismo, no adoraron a Dios
como deban: yo tambin soy uno de ellos. Por tal falta, y no por otra
culpa, estamos condenados, consistiendo nuestra pena en vivir con el
deseo sin esperanza.

Un gran dolor afligi mi corazn cuando o esto, porque conoc personas
de mucho valor que estaban suspensas en el Limbo.

--Dime, Maestro y seor mo--le pregunt para afirmarme ms en esta
Fe que triunfa de todo error;--alguna de esas almas ha podido, bien
por sus mritos o por los de otros, salir del Limbo y alcanzar la
bienaventuranza?

Y l, que comprendi mis palabras encubiertas y obscuras, repuso:

--Yo era recin llegado a este sitio, cuando vi venir a un Sr
poderoso, coronado con la seal de la victoria. Hizo salir de aqu
el alma del primer padre, y la de Abel su hijo, y la de No; la del
legislador Moiss, tan obediente; la del patriarca Abraham, y la del
rey David; a Israel, con su padre y con sus hijos, y a Raquel por
quien aqul hizo tanto,[5] y a otros muchos, a quienes otorg la
bienaventuranza; pues debes saber que, antes de ellos, no se salvaban
las almas humanas.

       [5] Se refiere a Jacobo o Israel, que por casarse con Raquel
       sirvi al padre de ella catorce aos.

Mientras as hablaba, no dejbamos de andar; pero seguamos atravesando
siempre la selva, esto es, la selva que formaban los espritus
apiados. Aun no estbamos muy lejos de la entrada del abismo, cuando
vi un resplandor que triunfaba del hemisferio de las tinieblas: nos
encontrbamos todava a bastante distancia, pero no a tanta que no
pudiera yo distinguir que aquel sitio estaba ocupado por personas
dignas.

--Oh t, que honras toda ciencia y todo arte, quines son sos, cuyo
valimiento debe ser tanto, que as estn separados de los dems?

Y l a m:

--La hermosa fama que an se conserva de ellos en el mundo que habitas,
les hace acreedores a esta gracia del cielo, que de tal suerte los
distingue.

Entonces o una voz que deca: "Honrad al sublime poeta; regresa
su sombra, que se haba separado de nosotros!" Cuando call la voz,
vi venir a nuestro encuentro cuatro grandes sombras, cuyo rostro no
manifestaba tristeza ni alegra. El buen maestro empez a decirme:

--Mira aquel que tiene una espada en la mano, y viene a la cabeza de
los tres como su seor. Ese es Homero, poeta soberano: el otro es el
satrico Horacio, Ovidio es el tercero y el ltimo Lucano. Cada cual
merece, como yo, el nombre que antes pronunciaron unnimes; me honran y
hacen bien.

De este modo vi reunida la hermosa escuela de aquel prncipe del
sublime cntico, que vuela como el guila sobre todos los dems.

Despus de haber estado conversando entre s un rato, se volvieron
hacia m dirigindome un amistoso saludo, que hizo sonrer a mi
Maestro; y me honraron an ms, puesto que me admitieron en su
compaa, de suerte que fu el sexto entre aquellos grandes genios.
As seguimos hasta donde estaba la luz, hablando de cosas que es
bueno callar, como bueno era hablar de ellas en el sitio en que nos
encontrbamos. Llegamos al pie de un noble castillo, rodeado siete
veces de altas murallas, y defendido alrededor por un bello riachuelo.
Pasamos sobre ste como sobre tierra firme; y atravesando siete puertas
con aquellos sabios, llegamos a un prado de fresca verdura. All haba
personajes de mirada tranquila y grave, cuyo semblante revelaba una
grande autoridad: hablaban poco y con voz suave. Nos retiramos luego
hacia un extremo de la pradera; a un sitio despejado, alto y luminoso,
desde donde podan verse todas aquellas almas. All, en pie sobre
el verde esmalte, me fueron sealados los grandes espritus, cuya
contemplacin me hizo estremecer de alegra. All vi a Electra con
muchos de sus compaeros, entre los que conoc a Hctor y a Eneas;
despus a Csar, armado, con sus ojos de ave de rapia. Vi en otra
parte a Camila y a Pentesilea, y vi al Rey Latino, que estaba sentado
al lado de su hija Lavinia; vi a aquel Bruto, que arroj a Tarquino de
Roma; a Lucrecia tambin, a Julia, a Marcia y a Cornelia, y a Saladino,
que estaba solo y separado de los dems. Habiendo levantado despus la
vista, vi al maestro de los que saben,[6] sentado entre su filosfica
familia. Todos le admiran, todos le honran: vi adems a Scrates y
Platn, que estaban ms prximos a aqul que los dems; a Demcrito,
que pretende que el mundo ha tenido por origen la casualidad; a
Digenes, a Anaxgoras y a Tales, a Empdocles, a Herclito y a Zenn:
vi al buen observador de la cualidad, es decir, a Dioscrides, y vi a
Orfeo, a Tulio y a Lino, y al moralista Sneca; al gemetra Euclides, a
Tolomeo, Hipcrates, Avicena y Galeno, y a Averroes, que hizo el gran
comentario. No me es posible mencionarlos a todos, porque me arrastra
el largo tema que he de seguir y muchas veces las palabras son breves
para el asunto. Bien pronto la compaa de seis queda reducida a dos:
mi sabio gua me conduce por otro camino fuera de aquella inmovilidad
hacia una aura temblorosa, y llego a un punto privado totalmente de luz.

       [6] El filsofo Aristteles.

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[Ilustracin]




_CANTO QUINTO_


As descend del primer crculo al segundo, que contiene menos espacio,
pero mucho ms dolor, y dolor punzante, que origina desgarradores
gritos. All estaba el horrible Minos que, rechinando los dientes,
examina las culpas de los que entran; juzga y da a comprender sus
rdenes por medio de las vueltas de su cola. Es decir, que cuando se
presenta ante l un alma pecadora, y le confiesa todas sus culpas,
aquel gran conocedor de los pecados ve qu lugar del infierno debe
ocupar y se lo designa, cindose al cuerpo la cola tantas veces
cuantas sea el nmero del crculo a que debe ser enviada. Ante l estn
siempre muchas almas, acudiendo por turno para ser juzgadas; hablan y
escuchan, y despus son arrojadas al abismo.

--Oh, t, que vienes a la mansin del dolor!--me grit Minos cuando
me vi, suspendiendo sus terribles funciones--; mira cmo entras y de
quin te fas: no te alucine lo anchuroso de la entrada.

Entonces mi gua le pregunt:

--Por qu gritas? No te opongas a su viaje ordenado por el destino:
as lo han dispuesto all donde se puede lo que se quiere; y no
preguntes ms.

Empezaron a dejarse or voces plaideras: y llegu a un sitio donde
hirieron mis odos grandes lamentos. Entrbamos en un lugar que careca
de luz, y que ruga como el mar tempestuoso cuando est combatido
por vientos contrarios. La tromba infernal, que no se detiene nunca,
envuelve en su torbellino a los espritus; les hace dar vueltas
continuamente, y les agita y les molesta: cuando se encuentran ante la
ruinosa valla que los encierra, all son los gritos, los llantos y los
lamentos, y las blasfemias contra la virtud divina. Supe que estaban
condenados a semejante tormento los pecadores carnales que sometieron
la razn a sus lascivos apetitos; y as como los estorninos vuelan en
grandes y compactas bandadas en la estacin de los fros, as aquel
torbellino arrastra a los espritus malvados llevndolos de ac para
all, de arriba abajo, sin que abriguen nunca la esperanza de tener
un momento de reposo, ni de que su pena se aminore. Y del mismo modo
que las grullas van lanzando sus tristes acentos, formando todas una
prolongada hilera en el aire, as tambin vi venir, exhalando gemidos,
a las sombras arrastradas por aquella tromba. Por lo cual pregunt:

--Maestro, qu almas son sas a quienes de tal suerte castiga ese aire
negro?

--La primera de sas, de quienes deseas noticias--me dijo entonces--,
fu emperatriz de una multitud de pueblos donde se hablaban diferentes
lenguas, y tan dada al vicio de la lujuria, que permiti en sus leyes
todo lo que excitaba el placer, para ocultar de este modo la abyeccin
en que viva. Es Semramis, de quien se lee que sucedi a Nino y fu
su esposa y rein en la tierra en donde impera el Sultn. La otra es
la que se mat por amor y quebrant la fe prometida a las cenizas de
Siqueo. Despus sigue la lasciva Cleopatra. Ve tambin a Helena, que
di lugar a tan funestos tiempos; y ve al gran Aquiles, que al fin tuvo
que combatir por el amor. Ve a Pars y a Tristn....

Y a ms de mil sombras me fu enseando y designando con el dedo, a
quienes Amor haba hecho salir de esta vida. Cuando o a mi sabio
nombrar las antiguas damas y los caballeros, me sent dominado por la
piedad y qued como aturdido. Empec a decir:

--Poeta, quisiera hablar a aquellas dos almas que van juntas y parecen
ms ligeras que las otras impelidas por el viento.

Y l me contest:

--Espera que estn ms cerca de nosotros: y entonces rugales, por el
amor que las conduce, que se dirijan hacia ti.

Tan pronto como el viento las impuls hacia nosotros, alc la voz
diciendo:

--Oh almas atormentadas!, venid a hablarnos, si otro no se opone a
ello.

As como dos palomas, excitadas por sus deseos, se dirigen con las alas
abiertas y firmes hacia el dulce nido, llevadas en el aire por una
misma voluntad, as salieron aquellas dos almas de entre la multitud
donde estaba Dido, dirigindose hacia nosotros a travs del aire
malsano, atradas por mi eficaz y afectuoso llamamiento.

--Oh sr gracioso y benigno, que vienes a visitar enmedio de este aire
negruzco a los que hemos teido el mundo de sangre! Si furamos amados
por el Rey del universo, le rogaramos por tu tranquilidad, ya que te
compadeces de nuestro acerbo dolor. Todo lo que te agrade or y decir,
te lo diremos y escucharemos con gusto mientras que siga el viento tan
tranquilo como ahora. La tierra donde nac est situada en la costa
donde desemboca el Po con todos sus afluentes para descansar en el mar.
Amor, que se apodera pronto de un corazn gentil, hizo que ste se
prendara de aquel hermoso cuerpo que me fu arrebatado de un modo que
an me atormenta. Amor, que no dispensa de amar al que es amado, hizo
que me entregara vivamente al placer de que se embriagaba ste, que,
como ves, no me abandona nunca. Amor nos condujo a la misma muerte.
Cana[7] espera al que nos arranc la vida.

       [7] La primera de las cuatro divisiones concntricas del
       ltimo crculo del Infierno, en donde son castigados los
       traidores y los matadores de sus propios consanguneos. Vase
       el canto trigsimo segundo.

Tales fueron las palabras de las dos sombras. Al or a aquellas almas
atormentadas, baj la cabeza y la tuve inclinada tanto tiempo, que el
poeta me dijo:

--En qu piensas?

--Ah!--exclam al contestarle--; cun dulces pensamientos, cuntos
deseos les han conducido a doloroso trnsito!

Despus me dirig hacia ellos, dicindoles:

--Francisca, tus desgracias me hacen derramar tristes y compasivas
lgrimas. Pero dime: en tiempo de los dulces suspiros cmo os permiti
Amor conocer vuestros secretos deseos?

Ella me contest:

--No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria; y
eso lo sabe bien tu Maestro. Pero si tienes tanto deseo de conocer cul
fu el principal origen de nuestro amor, har como el que habla y llora
a la vez. Leamos un da por pasatiempo las aventuras de Lancelote, y
de qu modo cay en las redes del Amor: estbamos solos y sin abrigar
sospecha alguna. Aquella lectura hizo que nuestros ojos se buscaran
muchas veces y que palideciera nuestro semblante; mas un solo pasaje
fu el que decidi de nosotros. Cuando lemos que la deseada sonrisa de
la amada fu interrumpida por el beso del amante, ste, que jams se ha
de separar de m, me bes tembloroso en la boca: el libro y quien lo
escribi fu para nosotros otro Galeoto; aquel da ya no lemos ms.

Mientras que un alma deca esto, la otra lloraba de tal modo, que,
movido de compasin, desfallec como si me muriera, y ca como cae un
cuerpo inanimado.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO SEXTO_


Al recobrar los sentidos, que perd por la tristeza y la compasin
que me caus la suerte de los dos cuados, vi en derredor mo nuevos
tormentos y nuevas almas atormentadas doquier iba y doquier me volva o
miraba. Me encuentro en el tercer crculo; en el de la lluvia eterna,
maldita, fra y densa, que cae siempre igualmente copiosa y con la
misma fuerza. Espesos granizos, agua negruzca y nieve descienden en
turbin a travs de las tinieblas; la tierra, al recibirlos, exhala
un olor pestfero. Cerbero, fiera cruel y monstruosa, ladra con sus
tres fauces de perro contra los condenados que estn all sumergidos.
Tiene los ojos rojos, los pelos negros y cerdosos, el vientre ancho y
las patas guarnecidas de uas que clava en los espritus, les desgarra
la piel y les descuartiza. La lluvia les hace aullar como perros; los
miserables condenados forman entre s una muralla con sus costados
y se revuelven sin cesar. Cuando nos descubri Cerbero, el gran
gusano abri las bocas ensendonos sus colmillos; todos sus miembros
estaban agitados. Entonces mi gua extendi las manos, cogi tierra,
y la arroj a puados en las fauces vidas de la fiera. Y del mismo
modo que un perro se deshace ladrando al tener hambre, y se apacigua
cuando muerde su presa, ocupado tan slo en devorarla, as tambin el
demonio Cerbero cerr sus impuras bocas, cuyos ladridos causaban tal
aturdimiento a las almas que quisieran quedarse sordas. Pasamos por
encima de las sombras derribadas por la incesante lluvia, poniendo
nuestros pies sobre sus fantasmas, que parecan cuerpos humanos. Todas
yacan por el suelo, excepto una que se levant con presteza para
sentarse, cuando nos vi pasar ante ella.

--Oh, t, que has venido a este Infierno!--me dijo--; reconceme si
puedes. T fuiste hecho, antes que yo deshecho.

Yo le contest:

--La angustia que te atormenta es quiz causa de que no me acuerde de
ti; me parece que no te he visto nunca. Pero dime, quin eres t, que
a tan triste lugar has sido conducido, y condenado a un suplicio, que
si hay otro mayor, no ser por cierto tan desagradable?

Contestme:

--Tu ciudad, tan llena hoy de envidia, que ya colma la medida, me vi
en su seno en vida ms serena. Vosotros, los habitantes de esa ciudad,
me llamasteis Ciacco. Por el reprensible pecado de la gula, me veo,
como ves, sufriendo esta lluvia. Yo no soy aqu la nica alma triste;
todas las dems estn condenadas a igual pena por la misma causa.

Y no pronunci una palabra ms. Yo le respond:

--Ciacco, tu martirio me conmueve tanto, que me hace verter lgrimas;
pero dime, si es que lo sabes: en qu pararn los habitantes de esa
ciudad tan dividida en facciones? Hay algn justo entre ellos? Dime
por qu razn se ha introducido en ella la discordia.

Me contest:

--Despus de grandes debates, llegarn a verter su sangre, y el partido
salvaje arrojar al otro partido causndole grandes prdidas. Luego
ser preciso que el partido vencedor sucumba al cabo de tres aos,
y que el vencido se eleve, merced a la ayuda de aquel que ahora es
neutral. Esta faccin llevar la frente erguida por mucho tiempo,
teniendo bajo su frreo yugo a la otra, por ms que sta se lamente y
avergence. Aun hay dos justos, pero nadie les escucha: la soberbia,
la envidia y la avaricia son las tres chispas que han inflamado los
corazones.

Aqu di Ciacco fin a su lamentable discurso, y yo le dije:

--Todava quiero que me informes, y me concedas algunas palabras. Dime
dnde estn, y dame a conocer a Farinata y al Tegghiaio, que fueron tan
dignos, a Jacobo Rusticucci, Arigo y Mosca, y a otros que a hacer bien
consagraron su ingenio, pues siento un gran deseo de saber si estn
entre las dulzuras del Cielo o entre las amarguras del Infierno.

A lo que me contest:

--Estn entre almas ms perversas; otros pecados los han arrojado a un
crculo ms profundo: si bajas hasta all, podrs verlos. Pero cuando
vuelvas al dulce mundo, te ruego que hagas porque en l se renueve mi
recuerdo: y no te digo ni te respondo ms.

Entonces torci los ojos que haba tenido fijos; mirme un momento, y
luego inclin la cabeza, y volvi a caer entre los dems ciegos. Mi
gua me dijo:

--Ya no volver a levantarse hasta que se oiga el sonido de la anglica
trompeta; cuando venga la potestad enemiga del pecado. Cada cual
encontrar entonces su triste tumba; recobrar sus carnes y su figura;
y oir el juicio que debe resonar por toda una eternidad.

As fuimos atravesando aquella impura mezcla de sombras y de lluvia,
con paso lento, razonando un poco sobre la vida futura. Por lo cual
dije:

--Maestro, estos tormentos sern mayores despus de la gran sentencia,
o bien menores, o seguirn siendo tan dolorosos?

Y l a m:

--Acurdate de tu ciencia, que pretende que cuanto ms perfecta es una
cosa, tanto mayor bien o dolor experimenta. Aunque esta raza maldita
no debe jams llegar a la verdadera perfeccin, espera ser despus del
juicio ms perfecta que ahora.

Caminando por la va que gira alrededor del crculo, continuamos
hablando de otras cosas que no refiero, y llegamos al sitio donde se
desciende: all encontramos a Plutn, el gran enemigo.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO SEPTIMO_


"Pape satn, pape satn aleppe"[8] comenz a gritar Plutn con ronca
voz. Y aquel sabio gentil, que lo supo todo, para animarme, dijo:

       [8] Pape, interjeccin griega y latina, que significa
       sorpresa; aleppe, lo mismo que aleph (o Ioseph), voz hebraica,
       equivalente a jefe, prncipe, etc. La frase, truncada por
       reticencia, quiere decir: "Cmo, Satans; cmo, Satans,
       prncipe del Infierno!... Un audaz mortal se atreve a entrar
       aqu?"--Fraticelli.

--No te inquiete el temor; pues a pesar de su poder, no te impedir que
desciendas a este crculo.

Despus, volvindose hacia aquel rostro hinchado de ira, le dijo:

--Calla, lobo maldito: consmete interiormente con tu propia rabia. No
sin razn venimos al profundo infierno; pues as lo han dispuesto all
arriba, donde Miguel castig la soberbia rebelin.

Como las velas, hinchadas por el viento, caen derribadas cuando el
mstil se rompe, del mismo modo cay al suelo aquella fiera cruel. As
bajamos a la cuarta cavidad, aproximndonos ms a la dolorosa orilla
que encierra en s todo el mal del universo. Ah, justicia de Dios!,
quin, si no t, puede amontonar tantas penas y trabajos como all
vi? Por qu nos desgarran as nuestras propias faltas? Como una ola
se estrella contra otra ola en el escollo de Caribdis, as chocan uno
contra otro los condenados. All vi ms condenados que en ninguna
otra parte, los cuales formados en dos filas, se lanzaban de la una
a la otra enormes pesos con todo el esfuerzo de su pecho, gritando
fuertemente: dbanse grandes golpes, y despus se volvan cada cual
hacia atrs, exclamando: "Por qu guardas? Por qu derrochas?" De
esta suerte iban girando por aquel ttrico crculo, yendo desde un
extremo a su opuesto, y repitiendo a gritos su injurioso estribillo.
Despus, cuando cada cual haba llegado al centro de su crculo, se
volvan todos a la vez para empezar de nuevo otra pelea.

Yo, que tena el corazn conmovido de lstima, dije:

--Maestro mo, indcame qu gente es sta. Todos esos tonsurados que
vemos a nuestra izquierda han sido clrigos?

Y l me respondi:

--Err la mente de todos en la primera vida, y no supieron gastar
razonablemente: as lo manifiestan claramente sus aullidos cuando
llegan a los dos puntos del crculo que los separa de los que siguieron
camino opuesto. Esos que no tienen cabellos que cubran su cabeza,
fueron clrigos, papas y cardenales, a quienes subyug la avaricia.

Y yo:

--Maestro, entre todos sos, bien deber haber algunos a quienes yo
conozca y a quienes tan inmundos hizo este vicio.

Y l a m:

--En vano esforzars tu imaginacin: la vida srdida que los hizo
deformes, hace que hoy sean obscuros y desconocidos. Continuarn
chocando entre s eternamente; y saldrn stos del sepulcro con los
puos cerrados, y aqullos con el cabello rapado. Por haber gastado
mal y guardado mal, han perdido el Paraso, y se ven condenados a ese
eterno combate, que no necesito pintarte con palabras escogidas. Ah
podrs ver, hijo mo, cun rpidamente pasa el soplo de los bienes de
la Fortuna, por los que la raza humana se enorgullece y querella. Todo
el oro que existe bajo la Luna, y todo lo que ha existido, no puede dar
un momento de reposo a una sola de esas almas fatigadas.

--Maestro--le dije entonces--, ensame cul es esa Fortuna de que me
hablas, y que as tiene entre sus manos los bienes del mundo.

Y l a m:

--Oh necias criaturas! Cun grande es la ignorancia que os extrava!
Quiero que te alimentes con mis lecciones. Aqul, cuya sabidura
es superior a todo, hizo los cielos y les di un gua, de modo que
toda parte brilla para toda parte, distribuyendo la luz por igual;
con el esplendor del mundo hizo lo mismo, y le di una gua, que
administrndolo todo, hiciera pasar de tiempo en tiempo las vanas
riquezas de una a otra familia, de una a otra nacin, a pesar de los
obstculos que crean la prudencia y previsin humanas. He aqu por qu,
mientras una nacin impera, otra languidece, segn el juicio de Aqul
que est oculto, como la serpiente en la hierba. Vuestro saber no puedo
contrastarla; porque provee, juzga y prosigue su reinado, como el suyo
cada una de las otras deidades. Sus transformaciones no tienen tregua;
la necesidad la obliga a ser rpida; por eso se cambia todo en el mundo
con tanta frecuencia. Tal es esa a quien tan a menudo vituperan los
mismos que deberan ensalzarla, y de quien blasfeman y maldicen sin
razn. Pero ella es feliz, y no oye esas maldiciones: contenta entre
las primeras criaturas, prosigue su obra y goza en su beatitud. Bajemos
ahora donde existen mayores y ms lamentables males: ya descienden
todas las estrellas que salan cuando me puse en marcha, y nos est
prohibido retrasarnos mucho.

Atravesamos el crculo hasta la otra orilla, sobre un hirviente
manantial, que vierte sus aguas en un arroyo que le debe su origen
y cuyas aguas son ms bien obscuras que azuladas; y bajamos por un
camino distinto, siguiendo el curso de tan tenebrosas ondas. Cuando
aquel arroyo ha llegado al pie de la playa gris e infecta, forma una
laguna llamada Estigia; y yo, que miraba atentamente, vi algunas almas
encenagadas en aquel pantano, completamente desnudas y de irritado
semblante. Se golpeaban no slo con las manos, sino con la cabeza,
con el pecho, con los pies, arrancndose la carne a pedazos con los
dientes. Djome el buen Maestro:

--Hijo, contempla las almas de los que han sido dominados por la ira:
quiero adems que sepas que bajo esta agua hay una raza condenada
que suspira, y la hace hervir en la superficie, como te lo indican
tus miradas en cuantos sitios se fijan. Metidos en el lodo, dicen:
"Estuvimos siempre tristes bajo aquel aire dulce que alegra el
Sol, llevando en nuestro interior una ttrica humareda: ahora nos
entristecemos tambin en medio de este negro cieno." Estas palabras
salen del fondo de su garganta, como si formaran grgaras, no pudiendo
pronunciar una sola ntegra.

As fuimos describiendo un gran arco alrededor del ftido pantano,
entre la playa seca y el agua, vueltos los ojos hacia los que se
atragantaban con el fango, hasta que al fin llegamos al pie de una
torre.




[Ilustracin]




_CANTO OCTAVO_


Digo, continuando, que mucho antes de llegar al pie de la elevada
torre, nuestros ojos se fijaron en su parte ms alta, a causa de dos
lucecitas que all vimos, y otra que corresponda a estas dos, pero
desde tan lejos, que apenas poda distinguirse. Entonces, dirigindome
hacia el mar de toda ciencia, dije:

--Qu significan esas llamas? Qu responde aquella otra, y quines
son los que hacen esas seales?

Respondime:

--Sobre esas aguas fangosas puedes ver lo que ha de venir, si es que no
te lo ocultan los vapores del pantano.

Jams cuerda alguna despidi una flecha que corriese por el aire con
tanta velocidad, como una navecilla que vi surcando las aguas en
nuestra direccin, gobernada por un solo remero que gritaba: "Has
llegado ya, alma vil?"

--Flegias, Flegias, gritas en vano esta vez--dijo mi Seor--; no nos
tendrs en tu poder ms tiempo que el necesario para pasar la laguna.

Flegias, conteniendo su clera, hizo lo que un hombre a quien descubren
que ha sido vctima de un engao, ocasionndole esto un dolor profundo.
Mi gua salt a la barca y me hizo entrar en ella tras l; pero aqulla
no pareci ir cargada hasta que recibi mi peso. En cuanto ambos
estuvimos dentro, la antigua proa parti trazando en el agua una estela
ms profunda de lo que sola cuando llevaba otros pasajeros. Mientras
recorramos aquel canal de agua estancada, se me present una sombra
llena de lodo, y me pregunt:

--Quin eres t, que vienes antes de tiempo?

A lo que contest:

--Si he venido, no es para permanecer aqu; mas dime quin eres t,
que tan sucio ests?

Respondime:

--Ya ves que soy uno de los que lloran.

Y yo a l:

--Permanece, pues, entre el llanto y la desolacin, espritu maldito!
Te conozco aunque ests tan enlodado.

Entonces extendi sus manos hacia la barca, pero mi prudente Maestro le
rechaz diciendo:

--Vte de aqu con los otros perros.

En seguida rode mi cuello con sus brazos, me bes en el rostro y me
dijo:

--Alma desdeosa, bendita aquella que te llev en su seno! Ese que
ves fu en el mundo una persona soberbia; ninguna virtud ha honrado su
memoria, por lo que su sombra est siempre furiosa. Cuntos se tienen
all arriba por grandes reyes, que se vern sumidos como cerdos en este
pantano, sin dejar en pos de s ms que horribles desprecios!

Y yo:

--Maestro, antes de salir de este lago, deseara en gran manera ver a
ese pecador sumergido en el fango.

Y l a m:

--Antes de que veas la orilla, quedars satisfecho: convendr que goces
de ese deseo.

Poco despus, le vi acometido de tal modo por las dems sombras
cenagosas, que an alabo a Dios y le doy gracias por ello. Todas
gritaban: "A Felipe Argenti!" Este florentino, espritu orgulloso,
se revolva contra s mismo, destrozndose con sus dientes. Dejmosle
all, pues no pienso ocuparme ms de l. Despus vino a herir mis odos
un lamento doloroso, por lo cual mir con ms atencin en torno mo. El
buen Maestro me dijo:

--Hijo mo, ya estamos cerca de la ciudad que se llama Dite; sus
habitantes pecaron gravemente y son muy numerosos.

Y yo le respond:

--Ya distingo en el fondo del valle sus torres bermejas, como si
salieran de entre llamas.

A lo cual me contest:

--El fuego eterno que interiormente las abrasa, les comunica el rojo
color que ves en ese bajo infierno.

Al fin entramos en los profundos fosos que cien aquella desolada
tierra: las murallas me parecan de hierro. Llegamos, no sin haber
dado antes un gran rodeo, a un sitio en que el barquero nos dijo en
alta voz: "Salid, he aqu la entrada." Vi sobre las puertas ms de
mil espritus, cados del cielo como una lluvia, que decan con ira:
"Quin es se que sin haber muerto anda por el reino de los muertos?"
Mi sabio Maestro hizo un ademn expresando que quera hablarles en
secreto. Entonces contuvieron un poco su clera y respondieron: "Ven
t solo, y que se vaya aquel que tan audazmente entr en este reino.
Que se vuelva solo por el camino que ha emprendido locamente: que
lo intente, si sabe; porque t, que le has guiado por esta obscura
comarca, te has de quedar aqu."

Juzga, lector, si estara yo tranquilo al or aquellas palabras
malditas: no cre volver nunca a la tierra.

--Oh, mi gua querido!, t que ms de siete veces me has devuelto la
tranquilidad y librado de los grandes peligros con que he tropezado,
no me dejes, le dije, tan abatido: si nos est prohibido avanzar ms,
volvamos inmediatamente sobre nuestros pasos.

Y aquel seor que all me haba llevado me dijo:

--No temas, pues nadie puede cerrarnos el paso que Dios nos ha abierto.
Agurdame aqu: reanima tu abatido espritu y alimenta una grata
esperanza, que yo no te dejar en este bajo mundo.

En seguida se fu el dulce Padre, y me dej solo. Permanec en una gran
incertidumbre, agitndose el s y el no en mi cabeza.

No pude or lo que les propuso; pero habl poco tiempo con ellos, y
todos a una corrieron hacia la ciudad. Nuestros enemigos dieron con
las puertas en el rostro a mi Seor, que se qued fuera, y se dirigi
lentamente hacia donde yo estaba. Tena los ojos inclinados, sin dar
seales de atrevimiento, y deca entre suspiros: "Quin me ha impedido
la entrada en la mansin de los dolores?" Y dirigindose a m:

--Si estoy irritado--me dijo--, no te inquietes; yo saldr victorioso
de esta prueba, cualesquiera que sean los que se opongan a nuestra
entrada. Su temeridad no es nueva: ya la demostraron ante una puerta
menos secreta, que se encuentra todava sin cerradura. Ya has visto
sobre ella la inscripcin de muerte. Pero ms ac de esa puerta,
descendiendo la montaa y pasando por los crculos sin necesidad de
gua, viene uno que nos abrir la ciudad.




[Ilustracin]




_CANTO NONO_


Aquel color que el miedo pint en mi rostro cuando vi a mi gua
retroceder, hizo que en el suyo se desvaneciera ms pronto la palidez
inslita, psose atento, como un hombre que escucha, porque las miradas
no podan penetrar a travs del denso aire y de la espesa niebla.

--Sin embargo, debemos vencer en esta lucha--empez a decir--; si
no!... pero se nos ha prometido... Oh!, cunto tarda el otro en
llegar![9]

       [9] Si no... Esta reticencia expresa el temor y la duda, que
       inmediatamente desecha Virgilio por respeto al Sr Supremo.
       Quiere decir: "Si no... viniese ayuda del cielo!... Pero,
       qu digo? Se me ha prometido... y no puede faltar." Se
       refiere a la llegada del ngel.

Yo vi bien que ocultaba lo que haba comenzado a decir bajo otra idea
que le asalt despus, y que estas ltimas palabras eran diferentes
de las primeras: sin embargo, su discurso me caus espanto, porque me
pareca descubrir en sus entrecortadas frases un sentido peor del que
en realidad tenan.

--Ha bajado alguna vez al fondo de este triste abismo algn espritu
del primer crculo, cuya sola pena es la de perder la esperanza?--le
pregunt.

A lo que me respondi:

--Rara vez sucede que alguno recorra el camino por donde yo voy. Es
cierto que tuve que bajar aqu otra vez a causa de los conjuros de la
cruel Erictn, que llamaba las almas a sus cuerpos, haca poco tiempo
que mi carne estaba despojada de su alma, cuando me hizo traspasar esas
murallas para sacar un espritu del crculo de Judas. Este crculo es
el ms profundo, el ms obscuro y el ms lejano del Cielo que lo mueve
todo. Conozco bien el camino; por lo cual debes estar tranquilo. Esta
laguna, que exhala tan gran fetidez, cie en torno la ciudad del dolor,
donde ya no podremos entrar sin justa indignacin.

Dijo adems otras cosas, que no he podido retener en mi memoria, porque
me hallaba absorto, mirando la alta torre de ardiente cspide, donde
vi de improviso aparecer rpidamente tres furias infernales, tintas en
sangre, las cuales tenan movimientos y miembros femeniles. Estaban
ceidas de hidras verdosas, y tenan por cabellos pequeas serpientes y
cerastas, que cean sus horribles sienes. Y aqul que conoca muy bien
a las siervas de la Reina del dolor eterno:

--Mira--me dijo--, las feroces Erinnias. La de la izquierda es Megera;
la que llora a la derecha es Alecton, y la del centro es Tisifona.

Despus call. Las furias se desgarraban el pecho con sus uas; se
golpeaban con las manos, y daban tan fuertes gritos, que por temor me
acerqu ms al poeta. "Venga Medusa, y le convertiremos en piedra,
decan todas mirando hacia abajo: mal hemos vengado la entrada del
audaz Teseo."

--Vulvete y cbrete los ojos con las manos, porque si apareciese la
Gorgona, y la vieses, no podras jams volver arriba.

As me dijo el Maestro, volvindome l mismo; y no findose de mis
manos, me tap los ojos con las suyas. Oh vosotros, que gozis de sano
entendimiento; descubrid la doctrina que se oculta bajo el velo de tan
extraos versos!

Oase a travs de las turbias ondas un gran ruido, lleno de horror, que
haca retemblar las dos orillas, asemejndose a un viento impetuoso,
impelido por contrarios ardores, que se ensaa en las selvas, y sin
tregua las ramas rompe y desgaja, y las arroja fuera; y marchando
polvoroso y soberbio, hace hur a las fieras y a los pastores. Me
descubri los ojos, y me dijo:

--Ahora dirige el nervio de tu vista sobre esa antigua espuma, hacia el
sitio en que el humo es ms maligno.

Como las ranas, que, al ver la culebra enemiga, desaparecen a travs
del agua, hasta que se han reunido todas en el cieno, del mismo modo
vi ms de mil almas condenadas, huyendo de uno que atravesaba la
Estigia a pie enjuto. Alejaba de su rostro el aire denso, extendiendo
con frecuencia la siniestra mano hacia delante, y slo este trabajo
pareca cansarle. Bien comprend que era un mensajero del Cielo, y
volvme hacia el Maestro; pero ste me indic que permaneciese quieto y
me inclinara. Ah!, cun desdeoso me pareci aquel enviado celeste!
Lleg a la puerta, y la abri con una varita sin encontrar obstculo.

--Oh demonios arrojados del Cielo, raza despreciable!--empez a
decir en el horrible umbral--; cmo habis podido conservar vuestra
arrogancia? Por qu os resists contra esa voluntad, que no deja nunca
de conseguir su intento, y que ha aumentado tantas veces vuestros
dolores? De qu os sirve luchar contra el destino? Vuestro Cerbero,
si bien lo recordis, tiene an el cuello y el hocico pelados.

Entonces se volvi hacia el cenagoso camino sin dirigirnos la palabra,
semejante a un hombre a quien preocupan y apremian otros cuidados, que
no se relacionan con la gente que tiene delante. Y nosotros, confiados
en las palabras santas, dirigimos nuestros pasos hacia la ciudad de
Dite. Entramos en ella sin ninguna resistencia; y como yo deseaba
conocer la suerte de los que estaban encerrados en aquella fortaleza,
luego que estuve dentro, empec a dirigir escudriadoras miradas en
torno mo, y vi por todos lados un gran campo lleno de dolor y de
crueles tormentos. Como en los alrededores de Arls, donde se estanca
el Rdano, o como en Pola, cerca del Quarnero, que encierra a Italia
y baa sus fronteras, vense antiguos sepulcros, que hacen montuoso el
terreno, as tambin aqu se elevaban sepulcros por todas partes; con
la diferencia de que su aspecto era ms terrible, por estar envueltos
entre un mar de llamas, que los encendan enteramente, ms que lo fu
nunca el hierro en ningn arte. Todas sus losas estaban levantadas, y
del interior de aqullos salan tristes lamentos, parecidos a los de
los mseros ajusticiados. Entonces le pregunt a mi Maestro:

--Qu clase de gente es sa, que sepultada en aquellas arcas, se da a
conocer por sus dolientes suspiros?

A lo que me respondi:

--Son los heresiarcas, con sus secuaces de todas sectas: esas tumbas
estn mucho ms llenas de lo que puedes figurarte. Ah est sepultado
cada cual con su semejante, y las tumbas arden ms o menos.

Despus, dirigindose hacia la derecha, pasamos por entre los sepulcros
y las altas murallas.




[Ilustracin]




_CANTO DECIMO_


Mi maestro avanz por un estrecho sendero, entre los muros de la ciudad
y las tumbas de los condenados, y yo segu tras l.

--Oh suma virtud--exclam--que me conduces a tu placer por los
crculos impos! Hblame y satisface mis deseos. Podr ver la gente
que yace en esos sepulcros? Todas las losas estn levantadas, y no hay
nadie que vigile.

Respondime:

--Todos quedarn cerrados, cuando hayan vuelto de Josafat las almas con
los cuerpos que han dejado all arriba. Epicuro y todos sus sectarios,
que pretenden que el alma muere con el cuerpo, tienen su cementerio
hacia esta parte. As, que pronto contestarn aqu dentro a la pregunta
que me haces, y al deseo que me ocultas.

Yo le repliqu:

--Buen Gua, si acaso te oculto mi corazn, es por hablar poco, a lo
cual no es la primera vez que me has predispuesto con tus advertencias.

--Oh Toscano, que vas por la ciudad del fuego hablando modestamente!,
dgnate detenerte en este sitio. Tu modo de hablar revela claramente el
noble pas al que quiz fu yo funesto.

Tales palabras salieron sbitamente de una de aquellas arcas, haciendo
que me aproximara con temor a mi Gua. Este me dijo:

--Vulvete: qu haces? Mira a Farinata, que se ha levantado en su
tumba, y a quien puedes contemplar desde la cintura a la cabeza.

Yo tena ya mis miradas fijas en las suyas: l ergua su pecho y su
cabeza en ademn de despreciar al Infierno. Entonces mi Gua, con
mano animosa y pronta, me impeli hacia l a travs de los sepulcros,
dicindome: "Hblale con claridad."

En cuanto estuve al pie de su tumba, examinme un momento; y despus,
con acento un tanto desdeoso, me pregunt:

--Quines fueron tus antepasados?

Yo, que deseaba obedecer, no le ocult nada, sino que se lo descubr
todo; por lo cual arque un poco las cejas, y dijo:

--Fueron terribles contrarios mos, de mis parientes y de mi partido;
por eso los desterr dos veces.

--Si estuvieron desterrados--le contest--, volvieron de todas partes
una y otra vez, arte que los vuestros no han aprendido.

Entonces, al lado de aqul, apareci a mi vista una sombra, que slo
descubra hasta la barba, lo que me hace creer que estaba de rodillas.
Mir en torno mo, como deseando ver si estaba alguien conmigo; y
apenas se desvanecieron sus sospechas, me dijo llorando:

--Si la fuerza de tu genio es la que te ha abierto esta obscura
prisin, dnde est mi hijo y por qu no se encuentra a tu lado?

Respondle:

--No he venido por m mismo: el que me espera all me gua por estos
lugares: quiz vuestro Guido "tuvo" hacia l demasiado desdn.

Sus palabras y la clase de su suplicio me haban revelado ya el nombre
de aquella sombra: as es que mi respuesta fu precisa. Irguindose
repentinamente exclam:

--Cmo dijiste "tuvo"? Pues qu, no vive an? No hiere ya sus ojos
la dulce luz del da?

Cuando observ que yo tardaba en responderle, cay de espaldas en su
tumba, y no volvi a aparecer fuera de ella. Pero aquel otro magnnimo,
por quien yo estaba all, no cambi de color, ni movi el cuello, ni
inclin el cuerpo.

--El que no hayan aprendido bien ese arte--me dijo continuando la
conversacin empezada--, me atormenta ms que este lecho. Mas la deidad
que reina aqu no mostrar cincuenta veces su faz iluminada, sin que t
conozcas lo difcil que es ese arte. Pero dime, as puedas volver al
dulce mundo, por qu causa es ese pueblo tan desapiadado con los mos
en todas sus leyes?

A lo cual le contest:

--El destrozo y la gran matanza que enrojeci el Arbia excita tales
discursos en nuestro templo.

Entonces movi la cabeza suspirando, y despus dijo:

--No estaba yo all solo; y en verdad, no sin razn me encontr en
aquel sitio con los dems; pero s fu el nico que, cuando se trat de
destruir a Florencia, la defend resueltamente.

--Ah!--le contest--; ojal vuestra descendencia tenga paz y reposo!
Pero os ruego que deshagis el nudo que ha enmaraado mi pensamiento.
Me parece, por lo que he odo, que previs lo que el tiempo ha de
traer, a pesar de que os suceda lo contrario con respecto a lo presente.

--Nosotros--dijo--somos como los que tienen la vista cansada, que
vemos las cosas distantes, gracias a una luz con que nos ilumina el
Gua soberano. Cuando las cosas estn prximas o existen, nuestra
inteligencia es vana, y si otro no nos lo cuenta, nada sabemos de
los sucesos humanos; por lo cual puedes comprender que toda nuestra
inteligencia morir el da en que se cierre la puerta del porvenir.

--Decid a ese que acaba de caer, que su hijo est an entre los vivos.
Si antes no le respond, hacedle saber que lo hice porque estaba
distrado con la duda que habis aclarado.

Mi Maestro me llamaba ya, por cuya razn rogu ms solcitamente al
espritu que me dijera quin estaba con l.

--Estoy tendido entre ms de mil--me respondi--; ah dentro estn el
segundo Federico y el Cardenal.[10] En cuanto a los dems, me callo.

       [10] El emperador Federico II, siempre en guerra con los
       Papas, contra los cuales escribi versos, fu excomulgado
       por Gregorio IX e Inocencio IV, y muri en 1250.--Octaviano
       degli Ubaldini, de Florencia y del partido gibelino, a pesar
       de ser Cardenal, dijo una vez, que, si acaso tuviera alma, la
       perdera por los gibelinos. Por esta razn los coloca Dante
       entre los herejes.

Se ocult despus de decir esto, y yo dirig mis pasos hacia el antiguo
poeta, pensando en aquellas palabras que me parecan amenazadoras. Se
puso en marcha, y mientras caminbamos, me dijo:

--Por qu ests tan turbado?

Y cuando satisfice su pregunta:

--Conserva en tu memoria lo que has odo contra ti--me orden aquel
sabio--; y ahora estme atento.

Y levantando el dedo, prosigui:

--Cuando ests ante la dulce mirada de aquella cuyos bellos ojos lo ven
todo, conocers el porvenir que te espera.

En seguida se dirigi hacia la izquierda. Dejamos las murallas y fuimos
hacia el centro de la ciudad, por un sendero que conduce a un valle, el
cual exhalaba un hedor insoportable.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO UNDECIMO_


A la extremidad de un alto promontorio, formado por grandes piedras
rotas y acumuladas en crculo, llegamos hasta un montn de espritus
ms cruelmente atormentados. All, para preservarnos de las horribles
emanaciones y de la fetidez que despeda el profundo abismo, nos
pusimos al abrigo de la losa de un gran sepulcro, donde vi una
inscripcin que deca: "Encierro al papa Anastasio, a quien Fotino
arrastr lejos del camino recto."

--Es preciso que descendamos por aqu lentamente, a fin de acostumbrar
de antemano nuestros sentidos a este triste hedor, y despus no
tendremos necesidad de precavernos de l.

As habl mi Maestro, y yo le dije:

--Busca algn recurso para que no perdamos el tiempo intilmente.

A lo que me respondi:

--Ya ves que en ello pienso. Hijo mo--continu--, en medio de estas
rocas hay tres crculos, que se estrechan gradualmente como los que has
dejado: todos estn llenos de espritus malditos; mas para que despus
te baste con slo verlos, oye cmo y por qu estn aqu encerrados. La
injuria es el fin de toda maldad que se atrae el odio del cielo, y se
llega a este fin, que redunda en perjuicio de otros, bien por medio de
la violencia, o bien por medio del fraude. Pero como el fraude es una
maldad propia del hombre, por eso es ms desagradable a los ojos de
Dios, y por esta razn los fraudulentos estn debajo, entregados a un
dolor ms vivo. Todo el primer crculo lo ocupan los violentos, crculo
que est adems construdo y dividido en tres recintos; porque puede
cometerse violencia contra tres clases de seres: contra Dios, contra s
mismo y contra el prjimo; y no slo contra sus personas, sino tambin
contra sus bienes, como lo comprenders por estas claras razones. Se
comete violencia contra el prjimo dndole la muerte o causndole
heridas dolorosas; y contra sus bienes, por medio de la ruina, del
incendio o de los latrocinios. De aqu resulta que los homicidas, los
que causan heridas, los incendiarios y los ladrones estn atormentados
sucesivamente en el primer recinto. Un hombre puede haber dirigido su
mano violenta contra s mismo o contra sus bienes: justo es, pues,
que purgue su culpa en el segundo recinto, sin esperar tampoco mejor
suerte aquel que por su propia voluntad se priva de vuestro mundo,
juega, disipa sus bienes o llora donde deba haber estado alegre y
gozoso. Puede cometer violencia contra la Divinidad el que reniega de
ella y blasfema con el corazn, y el que desprecia la Naturaleza y sus
bondades. He aqu por qu el recinto ms pequeo marca con su fuego a
Sodoma y a Cahors, y a todo el que, despreciando a Dios, le injuria
sin hablar, desde el fondo de su corazn. El hombre puede emplear el
fraude que produce remordimientos en todas las conciencias, ya con el
que de l se fa, ya tambin con el que desconfa de l. Este ltimo
modo de usar del fraude parece que slo quebranta los vnculos de amor,
que forma la Naturaleza; por esta causa estn encadenados en el segundo
recinto los hipcritas, los aduladores, los hechiceros, los falsarios,
los ladrones, los simonacos, los rufianes, los barateros y todos los
que se han manchado con semejantes e inmundos vicios. Por el primer
fraude no slo se olvida el amor que establece la Naturaleza, sino
tambin el sentimiento que le sigue, y de donde nace la confianza: he
aqu por qu, en el crculo menor, donde est el centro de la Tierra y
donde se halla el asiento de Dite, yace eternamente atormentado todo
aquel que ha cometido traicin.

Le dije entonces:

--Maestro, tus razones son muy claras, y bien me dan a conocer, por
medio de tales divisiones, ese abismo y la muchedumbre que le habita;
pero dime: los que estn arrojados en aquella laguna cenagosa, los que
agita el viento sin cesar, los que azota la lluvia, y los que chocan
entre s lanzando tan estridentes gritos, por qu no son castigados en
la ciudad del fuego, si se han atrado la clera de Dios? Y si no se la
han atrado, por qu se ven atormentados de tal suerte?

Me contest:

--Por qu tu ingenio, contra su costumbre, delira tanto ahora?, o es
que tienes el pensamiento en otra parte? No te acuerdas de aquellas
palabras de la Etica, que has estudiado, en las que se trata de las
tres inclinaciones que el Cielo reprueba: la incontinencia, la malicia
y la loca bestialidad, y de qu modo la incontinencia ofende menos
a Dios y produce menor censura? Si examinas bien esta sentencia,
acordndote de los que sufren su castigo fuera de aqu, conocers
por qu estn separados de esos felones, y por qu los atormenta la
justicia divina, a pesar de demostrarse con ellos menos ofendida.

--Oh Sol, que sanas toda vista conturbada!--exclam--: tal contento
me das cuando desarrollas tus ideas, que slo por eso me es tan grato
dudar como saber. Vuelve atrs un momento, y explcame de qu modo
ofende la usura a la bondad divina: desvanece esta duda.

--La filosofa--me contest--ensea en ms de un punto al que la
estudia, que la Naturaleza tiene su origen en la Inteligencia divina y
en su arte; y si consultas bien tu Fsica, encontrars, sin necesidad
de hojear muchas pginas, que el arte humano sigue cuanto puede a
la Naturaleza, como el discpulo a su maestro; de modo que aqul es
casi nieto de Dios. Partiendo, pues, de estos principios, sabrs si
recuerdas bien el Gnesis, que es conveniente sacar de la vida la mayor
utilidad, y multiplicar el gnero humano. El usurero sigue otra va;
desprecia a la naturaleza y a su secuaz, y coloca su esperanza en otra
parte. Ahora sgueme; que me place avanzar. Los peces suben ya por el
horizonte; el carro se ve hacia aquel punto donde expira Coro, y lejos
de aqu el alto promontorio parece que desciende.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DUODECIMO_


El sitio por donde empezamos a bajar era un paraje alpestre y, a causa
del que all se hallaba, todas las miradas se apartaran de l con
horror. Como aquellas ruinas, cuyo flanco azota el ro Adigio, ms ac
de Trento, producidas por un terremoto o por falta de base, que desde
la cima del monte de donde cayeron hasta la llanura, presentan la roca
tan hendida, que ningn paso hallara el que estuviese sobre ellas, as
era la bajada de aquel precipicio; y en el borde de la entreabierta
sima estaba tendido el monstruo, oprobio de Creta, que fu concebido
por una falsa vaca. Cuando nos vi, se mordi a s mismo, como aquel a
quien abrasa la ira. Gritle entonces mi Sabio:

--Por ventura crees que est aqu el rey de Atenas, que all arriba,
en el mundo, te di la muerte? Aljate, monstruo; que ste no viene
amaestrado por tu hermana, sino con el objeto de contemplar vuestras
penas.

Como el toro que rompe las ligaduras en el momento de recibir el golpe
mortal, que hur no puede, pero salta de un lado a otro, lo mismo hizo
el Minotauro; y mi prudente Maestro me grit:

--Corre hacia el borde; mientras est furioso, bueno es que desciendas.

Nos encaminamos por aquel derrumbamiento de piedras, que oscilaban por
primera vez bajo el peso de mi cuerpo. Iba yo pensativo; por lo cual me
dijo:

--Acaso piensas en estas ruinas, defendidas por aquella ira bestial,
que he disipado. Quiero, pues, que sepas que la otra vez que baj al
profundo Infierno aun no se haban desprendido estas piedras; pero un
poco antes (si no estoy equivocado) de que viniese aqul que arrebat
a Dite la gran presa del primer crculo, retembl el impuro valle tan
profundamente por todos sus mbitos, que cre ver al universo sintiendo
aquel amor, por el cual otros creyeron que el mundo ha vuelto ms de
una vez a sumirse en el caos; y entonces fu cuando esa antigua roca se
destroz por tan diversas partes. Pero fija tus miradas en el valle;
pues ya estamos cerca del ro de sangre, en el cual hierve todo el que
por medio de la violencia ha hecho dao a los dems.

Oh ciegos deseos! Oh ira desatentada, que nos aguijonea de tal modo
en nuestra corta vida, y as nos sumerge en sangre hirviente por toda
una eternidad! Vi un ancho foso en forma circular, como la montaa que
rodea toda la llanura, segn me haba dicho mi Gua, y entre el pie de
la roca y este foso corran en fila muchos centauros armados de saetas,
del mismo modo que solan ir a cazar por el mundo. Al vernos descender,
se detuvieron, y tres de ellos se separaron de la banda, preparando sus
arcos y escogiendo antes sus flechas. Uno de ellos grit desde lejos:

--Qu tormento os est reservado a vosotros los que bajis por esa
cuesta? Decidlo desde donde estis, porque si no, disparo mi arco.

Mi Maestro respondi:

--Contestaremos a Quirn, cuando estemos cerca. Tus deseos fueron
siempre por desgracia muy impetuosos.

Despus me toc y me dijo:

--Ese es Neso, el que muri por la hermosa Deyanira, y veng por s
mismo su muerte; el de enmedio, que inclina la cabeza sobre el pecho,
es el gran Quirn, que educ a Aquiles; el otro es el irascible Fol.
Alrededor del foso van a millares, atravesando con sus flechas a toda
alma que sale de la sangre ms de lo que le permiten sus culpas.

Nos fuimos aproximando a aquellos giles monstruos: Quirn cogi
una flecha, y con el regatn apart las barbas hacia detrs de sus
quijadas. Cuando se descubri la enorme boca, dijo a sus compaeros:

--Habis observado que el de detrs mueve cuanto toca? Los pies de los
muertos no suelen hacer eso.

Y mi buen Maestro, que estaba ya junto a l, y le llegaba al pecho,
donde las dos naturalezas se unen, repuso:

--Est en efecto vivo, y yo slo debo ensearle el sombro valle: viene
a l por necesidad, y no por distraccin. La que me ha encomendado este
nuevo oficio, ha cesado por un momento de cantar "aleluya." No es l un
ladrn, ni yo un alma criminal. Pero por aquella virtud que dirige mis
pasos en un camino tan salvaje, cdeme uno de los tuyos para que nos
acompae, que nos indique un punto vadeable y lleve a ste sobre sus
ancas, pues no es espritu que vaya por el aire.

Quirn se volvi hacia la derecha, y dijo a Neso:

--V, guales; y si tropiezan con algn grupo de los nuestros, haz que
les abran paso.

Nos pusimos en marcha, tan fielmente escoltados, hacia lo largo de
las orillas de aquella roja espuma, donde lanzaban horribles gritos
los ahogados. Los vi sumergidos hasta las cejas, por lo que el gran
Centauro dijo:

--Esos son los tiranos, que vivieron de sangre y de rapia. Aqu
se lloran las desapiadadas culpas: aqu est Alejandro, y el feroz
Dionisio, que tantos aos de dolor hizo sufrir a la Sicilia. Aquella
frente que tiene el cabello tan negro es la de Azzolino, y la otra
que lo tiene rubio es la de Obezzo de Este, que verdaderamente fu
asesinado en el mundo por su hijastro.

Entonces me volv hacia el Poeta, el cual me dijo:

--Sea ste ahora tu primer gua; yo ser el segundo.

Algo ms lejos se detuvo el Centauro sobre unos condenados, que
parecan sacar fuera de aquel hervidero su cabeza hasta la garganta, y
nos mostr una sombra que estaba separada de las dems, diciendo:

Aqul hiri, en recinto sagrado, a un corazn, que an se ve honrado en
las orillas del Tmesis.[11]

       [11] Guido de Montfort. Para vengar la muerte de Simn, su
       padre, muerto en Inglaterra por Eduardo, asesin en 1271, en
       una iglesia de Viterbo, a Enrique, hermano de aqul, mientras
       el sacerdote elevaba la hostia. El corazn del asesinado fu
       llevado en una copa a Londres, y colocado sobre una columna en
       el puente del Tmesis, para recordar a los ingleses la ofensa
       que se les haba hecho.

Despus vi otras sombras que sacaban la cabeza fuera del ro, y algunas
todo el pecho, y reconoc a muchos de ellos. Como la sangre iba
disminuyendo poco a poco, hasta no cubrir ms que el pie, vadeamos el
foso.

--Quiero que creas--me dijo el Centauro--que as como ves disminuir
la corriente por esta parte, por la otra es su fondo cada vez mayor,
hasta que llega a reunirse en aquel punto donde la tirana est
condenada a gemir. All es donde la justicia divina ha arrojado a
Atila, que fu su azote en la tierra; a Pirro, a Sexto, y eternamente
arranca lgrimas, con el hervor de esa sangre, a Renato de Corneto y a
Renato Pazzo, que tanto dao causaron en los caminos.

Dicho esto, se volvi y repas el vado.

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_CANTO DECIMOTERCIO_


No haba llegado an Neso a la otra parte, cuando penetramos en un
bosque, que no estaba surcado por ningn sendero. El follaje no era
verde, sino de un color obscuro; las ramas no eran rectas, sino nudosas
y entrelazadas; no haba frutas, sino espinas venenosas. No son tan
speras y espesas las selvas donde moran las fieras, que aborrecen los
sitios cultivados entre el Cecina y Corneto. All anidan las brutales
Arpas, que arrojaron a los Troyanos de las Estrofades con el triste
presagio de un mal futuro. Tienen alas anchas, cuellos y rostros
humanos, pies con garras, y el vientre cubierto de plumas: subidas en
los rboles, lanzan extraos lamentos.

Mi buen Maestro empez a decirme:

--Antes de avanzar ms, debes saber que te encuentras en el segundo
recinto, por el cual continuars hasta que llegues a los terribles
arenales. Por tanto, mira con atencin; y de este modo vers cosas, que
darn testimonio de mis palabras.

Por todas partes oa yo gemidos, sin ver a nadie que los exhalara; por
eso me detuve todo atemorizado. Creo que l crey que yo crea que
aquellas voces eran de gente que se ocultaba de nosotros entre la
espesura; y as me dijo mi Maestro:

--Si rompes cualquier ramita de una de esas plantas, vers trocarse tus
pensamientos.

Entonces extend la mano hacia delante, cog una ramita de un gran
endrino, y su tronco exclam:

--Por qu me tronchas?

Inmediatamente se ti de sangre, y volvi a exclamar:

--Por qu me desgarras? No tienes ningn sentimiento de piedad?
Hombres fuimos, y ahora estamos convertidos en troncos: tu mano debera
haber sido ms piadosa, aunque furamos almas de serpientes.

Cual de verde tizn que, encendido por uno de sus extremos, gotea y
chilla por el otro, a causa del aire que le atraviesa, as salan de
aquel tronco palabras y sangre juntamente; lo que me hizo dejar caer la
rama, y detenerme como hombre acobardado.

--Alma herida--respondi mi Sabio--; si l hubiera podido creer,
desde luego, que era verdad lo que ha ledo en mis versos, no habra
extendido su mano hacia ti: el ser una cosa tan increble me ha
obligado a aconsejarle que hiciese lo que ahora me est pesando. Pero
dile quin fuiste, a fin de que, en compensacin, renueve tu fama en el
mundo, donde le es lcito volver.

El tronco respondi:

--Me halagas tanto con tus dulces palabras, que no puedo callar:
no llevis a mal que me entretenga un poco hablando con vosotros.
Yo soy aqul[12] que tuvo las dos llaves del corazn de Federico,
manejndolas tan suavemente para cerrar y abrir, que a casi todos
apart de su confianza, habindome dedicado con tanta fe a aquel
glorioso cargo, que perd el sueo y la vida. La cortesana que no
ha separado nunca del palacio de Csar sus impdicos ojos, peste
comn y vicio de las cortes, inflam contra m todos los nimos, y
los inflamados inflamaron a su vez y de tal modo a Augusto, que mis
dichosos honores se trocaron en triste duelo. Mi alma, en un arranque
de indignacin, creyendo librarse del oprobio por medio de la muerte,
me hizo injusto contra m mismo, siendo justo. Os juro, por las tiernas
races de este leo, que jams fu desleal a mi seor, tan digno de
ser honrado. Y si uno de vosotros vuelve al mundo, restaure en l mi
memoria, que yace an bajo el golpe que le asest la envidia.

       [12] Pedro Desvignes, o Pedro della Vigna, jurisconsulto
       de Capua; goz por mucho tiempo el favor del emperador
       Federico II, de quien era canciller y a quien inclinaba lo
       mismo a la clemencia que a la severidad. Acusado de traicin
       por envidiosos cortesanos, le sacaron los ojos en 1246. Su
       desesperacin fu tal que se estrell la cabeza contra los
       muros de su calabozo.

El poeta esper un momento, y despus me dijo:

--Pues que calla, no pierdas el tiempo: habla y pregntale, si quieres
saber ms.

Yo le contest:

--Interrgale t mismo lo que creas que me interese, pues yo no podra:
tanto es lo que me aflige la compasin.

Por lo cual volvi l a empezar de este modo:

--A fin de que este hombre haga generosamente lo que tu splica
reclama, espritu encarcelado, dgnate an decirnos cmo se encierra el
alma en esos nudosos troncos, y dime adems, si puedes, si hay alguna
que se desprenda de tales miembros.

Entonces el tronco suspir, y aquel resoplido se convirti en esta voz:

--Os contestar brevemente: cuando el alma feroz sale del cuerpo de
donde se ha arrancado ella misma, Minos la enva al sptimo crculo.
Cae en la selva, sin que tenga designado sitio fijo, y all donde la
lanza la fortuna, germina cual grano de espelta. Brota primero como
un retoo, y luego se convierte en planta silvestre: las Arpas, al
devorar sus hojas, le causan dolor, y abren paso por donde ese dolor
se exhale. Como las dems almas, iremos a recoger nuestros despojos;
pero sin que ninguna de nosotras pueda revestirse con ellos, porque no
sera justo volver a tener lo que uno se ha quitado voluntariamente.
Los arrastraremos hasta aqu; y en este lgubre bosque estar cada uno
de nuestros cuerpos suspendido en el mismo endrino donde sufre tal
tormento su alma.

Prestbamos an atencin a aquel tronco, creyendo que aadira algo
ms, cuando fuimos sorprendidos por un rumor, a la manera del que
siente venir el jabal y los perros hacia el sitio donde est apostado,
que juntamente oye el ruido de las fieras y el fragor del ramaje. Y
he aqu que aparecen a nuestra izquierda dos infelices, desnudos y
lacerados, huyendo tan precipitadamente, que rompan todas las ramas
de la selva. El de delante: "Acude, acude, muerte!," deca; y el
otro, que no corra tanto: "Lano, tus piernas no eran tan giles en el
combate del Toppo." Y sin duda, faltndole el aliento, hizo un grupo de
s y de un arbusto.

Detrs de ellos estaba la selva llena de perras negras, vidas y
corriendo cual lebreles a quienes quitan su cadena. Empezaron a dar
terribles dentelladas a aqul que se ocult, y despus de despedazarle,
se llevaron sus miembros palpitantes. Mi Gua me tom entonces de
la mano, y llevme hacia el arbusto, que en vano se quejaba por sus
sangrientas heridas:

--Oh, Jacobo de San Andrs!--deca--. De qu te ha servido tomarme
por refugio? Tengo yo la culpa de tu vida criminal?

Cuando mi Maestro se detuvo delante de aquel arbusto, dijo:

--Quin fuiste t que por tantas ramas rotas exhalas con tu sangre tan
quejumbrosas palabras?

A lo que contest:

--Oh, almas, que habis venido a contemplar el lamentable estrago
que me ha separado as de mis hojas!, recogedlas al pie del triste
arbusto. Yo fu de la ciudad que cambi su primer patrn por San Juan
Bautista;[13] por cuya razn aqul la contristar siempre con su
terrible arte: y a no ser porque en el puente del Arno se conserva
todava alguna imagen suya, fuera en vano todo el trabajo de aquellos
ciudadanos que la reedificaron sobre las cenizas que de ella dej
Atila. Yo de mi casa hice mi propia horca.

       [13] Florencia, cuyo antiguo patrn era el dios Marte.
       Su estatua ecuestre se conservaba an en 1337 en el
       Ponte-Vecchio, de donde la arranc, juntamente con un trozo
       del puente, una avenida del Arno.

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_CANTO DECIMOCUARTO_


Enternecido por el amor patrio, reun las hojas dispersas, y las
devolv a aquel que ya se haba callado. Desde all nos dirigimos al
punto en que se divide el segundo recinto del tercero, y donde se ve
el terrible poder de la justicia divina. Para explicar mejor las cosas
nuevas que all vi, dir que llegamos a un arenal, que rechaza toda
planta de su superficie. La dolorosa selva lo rodeaba cual guirnalda,
as como el sangriento foso circundaba a aqulla. Nuestros pies
quedaron fijos en el mismo lindero de la selva y la llanura. El espacio
estaba cubierto de una arena tan rida y espesa, como la que oprimieron
los pies de Catn en otro tiempo. Oh venganza de Dios! Cunto debe
temerte todo aqul que lea lo que se present a mis ojos! Vi numerosos
grupos de almas desnudas, que lloraban miserablemente, y parecan
cumplir sentencias diversas. Unas yacan de espaldas sobre el suelo;
otras estaban sentadas en confuso montn; otras andaban continuamente.
Las que daban la vuelta al crculo eran ms numerosas, y en menor
nmero las que yacan para sufrir algn tormento; pero stas tenan
la lengua ms suelta para quejarse. Llovan lentamente en el arenal
grandes copos de fuego, semejantes a los de nieve que en los Alpes caen
cuando no sopla el viento. As como Alejandro vi en las ardientes
comarcas de la India caer sobre sus soldados llamas, que quedaban en el
suelo sin extinguirse, lo que le oblig a ordenar a las tropas que las
pisaran, porque el incendio se apagaba mejor cuanto ms aislado estaba,
as descenda el fuego eterno, abrasando la arena, como abrasa a la
yesca el pedernal, para redoblar el dolor de las almas. Sus mseras
manos se agitaban sin reposo, apartando a uno y otro lado las brasas
continuamente renovadas. Yo empec a decir:

--Maestro, t que has vencido todos los obstculos, a excepcin del que
nos opusieron los demonios inflexibles a la puerta de la ciudad, dime,
quin es aquella gran sombra, que no parece cuidarse del incendio, y
yace tan feroz y altanera, como si no la martirizara esa lluvia?

Y la sombra, observando que yo hablaba de ella a mi Gua, grit:

--Tal cual fu en vida, soy despus de muerto. Aun cuando Jpiter
cansara a su herrero, de quien tom en su clera el agudo rayo que me
hiri el ltimo da de mi vida; aun cuando fatigara uno tras otro a
todos los negros obreros del Mongibelo, gritando: "Aydame, aydame,
buen Vulcano," segn hizo en el combate de Flegra, y me asaeteara con
todas sus fuerzas, no lograra vengarse de m cumplidamente.

Entonces mi Gua habl con tanta vehemencia, que nunca yo lo haba odo
expresarse de aquel modo:

--Oh! Capaneo, si no se modera tu orgullo, l ser tu mayor castigo.
No hay martirio comparable al dolor que te hace sufrir tu rabia.

Despus se dirigi a m, diciendo con acento ms apacible:

--Ese fu uno de los siete reyes que sitiaron a Tebas; despreci a
Dios, y aun parece seguir desprecindole, sin que se note que le
ruegue; pero, como le he dicho, su mismo despecho es el ms digno
premio debido a su corazn. Ahora, sgueme, y cuida de no poner tus
pies sobre la abrasada arena; camina siempre arrimado al bosque.

Llegamos en silencio al sitio donde desemboca fuera de la selva un
riachuelo, cuyo rojo color an me horripila. Cual sale del Bulicame[14]
el arroyo, cuyas aguas se reparten las pecadoras, as corra aquel
riachuelo por la arena. Las orillas y el fondo estaban petrificados,
por lo que pens que por ellas deba andar.

       [14] Manantial de aguas minerales calientes, a dos millas
       de Viterbo. De l sala un riachuelo con el cual se formaba
       un bao, al que acudan toda clase de enfermos, y ms abajo
       tomaban y se repartan sus aguas le peccatrici, las mujeres
       pblicas.

--Entre todas las cosas que te he enseado, desde que entramos por la
puerta en cuyo umbral puede detenerse cualquiera, tus ojos no han visto
otra tan notable como esa corriente, que amortigua todas las llamas.

Tales fueron las palabras de mi Gua; por lo que le supliqu se
explicase ms claramente, ya que haba excitado mi curiosidad.

--En medio del mar existe un pas arruinado--me dijo entonces--, que se
llama Creta, y tuvo un rey, bajo cuyo imperio el mundo fu virtuoso:
en l hay un monte, llamado Ida, que en otro tiempo fu delicioso por
sus aguas y su frondosidad, y hoy est desierto, como todas las cosas
antiguas. Rea lo escogi por cuna segura de su hijo; y para ocultarlo
mejor, cuando lloraba, haca que se produjesen grandes ruidos. En el
interior del monte se mantiene en pie un gran anciano, que est de
espaldas hacia Damieta, con la mirada fija en Roma como en un espejo.
Su cabeza es formada de oro fino, y de plata pura son los brazos y el
pecho; despus es de bronce hasta la entrepierna, y de all para abajo,
es todo de hierro escogido, excepto el pie derecho, que es de barro
cocido, y se afirma sobre ste ms que sobre el otro. Cada parte, menos
la formada de oro, est surcada por una hendedura que mana lgrimas,
las cuales, reunidas, agujeran aquel monte. Su curso se dirige hacia
este valle, de roca en roca, formando el Aqueronte, la Estigia y el
Flegetn; despus descienden por este estrecho conducto, hasta el punto
donde no se puede bajar ms, y all forman el Cocito: ya vers lo que
es este lago; por eso no te lo describo ahora.

Yo le contest:

--Si ese riachuelo se deriva as de nuestro mundo, por qu se deja ver
nicamente al margen de este bosque?

Y l a m:

--T sabes que este lugar es redondo, y aunque hayas andado mucho,
descendiendo siempre al fondo por la izquierda, no has dado an la
vuelta a todo el crculo; por lo cual, si se te aparece alguna cosa
nueva, no debe pintarse la admiracin en tu rostro.

Le repliqu:

--Maestro, dnde estn el Flegetn y el Leteo? Del uno no dices nada,
y del otro slo me dices que lo origina esa lluvia de lgrimas.

--Me agradan todas tus preguntas--contest--: pero el hervor de esa
agua roja debiera haberte servido de contestacin a una de ellas.
Vers el Leteo; pero fuera de este abismo, all donde van las almas a
lavarse, cuando, arrepentidas de sus culpas, les son perdonadas.

Despus aadi:

--Ya es tiempo de que nos apartemos de este bosque; procura venir
detrs de m: sus mrgenes nos ofrecen un camino; pues no son
ardientes, y sobre ellas se extinguen todas las brasas.

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_CANTO DECIMOQUINTO_


Nos pusimos en marcha siguiendo una de aquellas orillas petrificadas:
el vapor del arroyuelo formaba sobre l una niebla, que preservaba del
fuego las ondas y los ribazos. As como los flamencos que habitan entre
Gante y Brujas, temiendo al mar que avanza hacia ellos, levantan diques
para contenerle; o como los Paduanos lo hacen a lo largo del Brenta
para defender sus ciudades y castillos, antes que el Chiarentana sienta
el calor, de un modo semejante eran formados aquellos ribazos; pero su
constructor, quienquiera que fuese, no los haba hecho tan altos ni tan
gruesos.

Nos hallbamos ya tan lejos de la selva, que no me habra sido posible
descubrirla, por ms que volviese atrs la vista, cuando encontramos
una legin de almas, que vena a lo largo del ribazo: cada cual de
ellas me miraba, como de noche suelen mirarse unos a otros los humanos
a la escasa luz de la luna nueva, y aguzaban hacia nosotros las
pestaas, como hace un sastre viejo para enfilar la aguja.

Examinado de este modo por aquellas almas, fu conocido por una de
ellas, que me cogi el vestido, exclamando:

--Qu maravilla!

Y yo, mientras me tenda los brazos, mir atentamente su abrasado
rostro, de tal modo que, a pesar de estar desfigurado, no me fu
imposible conocerle a mi vez; e inclinando hacia su faz la ma contest:

--Vos aqu, "ser" Brunetto?

Y l repuso:

--Oh hijo mo!, no te enojes si Brunetto Latini vuelve un poco atrs
contigo, y deja que se adelanten las dems almas.

Yo le dije:

--Os lo ruego cuanto me es posible; y si queris que nos sentemos, lo
har, si as le place a ste con quien voy.

--Oh hijo mo!--replic--; cualquiera de nosotros que se detenga un
momento, queda despus cien aos sufriendo esta lluvia, sin poder
esquivar el fuego que le abrasa. As, pues, sigue adelante; yo caminar
a tu lado, y luego me reunir a mi mesnada, que va llorando sus eternos
tormentos.

No me atrev a bajar del ribazo por donde iba para nivelarme con l;
pero tena la cabeza inclinada, en actitud respetuosa. Empez de este
modo:

--Cul es la suerte o el destino que te trae aqu abajo antes de tu
ltima hora? Y quin es se que te ensea el camino?

--All arriba, en la vida serena--le respond--, me extravi en un
valle antes de haberse llenado mi edad. Pero ayer de maana le volv la
espalda; y cuando retroceda otra vez hacia l, se me apareci se, y
me volvi al verdadero camino por esta va.

A lo que me contest:

--Si sigues tu estrella, no puedes menos de llegar a glorioso puerto,
dado que yo en el mundo predijera bien tu destino. Y a no haber muerto
tan pronto, viendo que el cielo te era tan favorable, te habra dado
alientos para proseguir tu obra. Pero aquel pueblo ingrato y malo,
que en otro tiempo descendi de Fisole, y que aun conserva algo de
la aspereza de sus montaas y de sus rocas, ser tu enemigo, por lo
mismo que prodigars el bien; lo cual es natural, pues no conviene que
madure el dulce higo entre speros serbales. Una antigua fama les da en
el mundo el nombre de ciegos; raza avara, envidiosa y soberbia: que
sus malas costumbres no te manchen nunca! La fortuna te reserva tanto
honor, que los dos partidos anhelarn poseerte; pero la hierba estar
lejos del pico. Hagan las bestias fiesolanas forraje de sus mismos
cuerpos, y no puedan tocar a la planta, si es que todava sale alguna
de entre su estircol, en la que reviva la santa semilla de aquellos
romanos que quedaron despus de construdo aquel nido de perversidad.

--Si todos mis deseos se hubiesen realizado--le respond--, no
estarais vos fuera de la humana naturaleza; porque tengo siempre fija
en mi mente, y ahora me contrista verla as, vuestra querida, buena y
paternal imagen, cuando me enseabais en el mundo cmo el hombre se
inmortaliza: me creo, pues, en el deber, mientras viva, de patentizar
con mis palabras el agradecimiento que os profeso. Conservo grabado
en la memoria cuanto me refers acerca de mi destino, para hacerlo
explicar con otro texto por una Dama que lo sabr hacer, si consigo
llegar hasta ella. Solamente deseo manifestaros que estoy dispuesto a
correr todos los azares de la Fortuna con tal que mi conciencia no me
remuerda nada. No es la vez primera que he odo semejante prediccin; y
as, mueva su rueda la Fortuna como le plazca, y el campesino su azada.

Entonces mi Maestro se volvi hacia la derecha, me mir, y despus me
dijo:

--Bien escucha quien bien retiene.

No por eso dej de seguir hablando con "ser" Brunetto; y preguntndole
quines eran sus ms notables y eminentes compaeros, me contest:

--Bueno es que conozcan los nombres de algunos de ellos: con respecto
a los otros, vale ms callar; que para tanta conversacin el tiempo
es corto. Sabe, pues, que todos ellos fueron clrigos y literatos de
gran fama, y el mismo pecado los contamin a todos en el mundo. Con
aquella turba desolada va Prisciano, como tambin Francisco de Accorso;
y si desearas conocer a tan inmunda caterva, podras ver a aquel
que por el Siervo de los siervos de Dios fu trasladado del Arno al
Bacchiglione,[15] donde dej sus mal extendidos miembros. Ms te dira;
pero no puedo avanzar ni hablar ms, porque ya veo salir nuevo humo de
la arena. Vienen almas con las cuales no debo estar. Te recomiendo mi
"Tesoro,"[16] en el que an vive mi memoria, y no pido nada ms.

       [15] Andrs de Mozzi, que fu desposedo del obispado de
       Florencia a causa de sus vicios, y trasladado despus al de
       Vicenza, por donde pasa el Bacchiglione.

       [16] Ttulo de la obra principal de Brunetto Latini, escrita
       en francs. El "Tesoro" fu publicado en su lengua original
       por Chabaille (Pars, 1863), y traducido al italiano por Bono
       Giamboni (Bolonia, 1878-83, 4 vols.).

Despus se volvi con los otros, del mismo modo que los que, en la
campia de Verona, disputan a la carrera el palio verde, parecindose
en el correr a los que vencen y no a los vencidos.




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOSEXTO_


Encontrbame ya en un sitio donde se oa el rimbombar del agua que
caa en el otro recinto, rumor semejante al zumbido que producen las
abejas en sus colmenas, cuando a un tiempo y corriendo se separaron
tres sombras de entre una multitud que pasaba sobre la lluvia del
spero martirio. Vinieron hacia nosotros, gritando cada cual: "Detente,
t, que, a juzgar por tus vestidos, eres hijo de nuestra depravada
tierra." Ah!, qu de llagas antiguas y recientes vi en sus miembros,
producidas por las llamas! Su recuerdo me contrista todava. A sus
gritos se detuvo mi Maestro; volvi el rostro hacia m, y me dijo:

--Espera aqu si quieres ser corts con esos; aunque si no fuese por el
fuego que lanza sus rayos sobre este lugar, te dira que, mejor que a
ellos la prisa de venir, te estara a ti la de correr a su encuentro.

Las sombras volvieron de nuevo a sus exclamaciones luego que nos
detuvimos, y cuando llegaron adonde estbamos, empezaron las tres a
dar vueltas formando un crculo. Y como solan hacer los gladiadores
desnudos y untados de aceite, que antes de venir a las manos buscaba
cada cual la oportunidad de lanzarse con ventaja sobre su contrario,
del mismo modo cada una de aquellas sombras diriga su rostro hacia m,
girando sin cesar, de suerte que tenan vuelto el cuello en distinta
direccin de la que seguan sus pies.

--Aunque la miseria de este suelo movedizo y nuestro llagado y sucio
aspecto haga que nosotros y nuestros ruegos seamos despreciables,
comenz a decir una de ellas, nuestra fama debe incitar a tu corazn a
decirnos quin eres t, que sientas con tal seguridad los pies vivos
en el Infierno. Este que ves tan desnudo y destrozado, y cuyas huellas
voy siguiendo, fu de un rango mucho ms elevado de lo que te figuras.
Nieto fu de la pdica Gualdrata,[17] se llam Guido Guerra, y durante
su vida hizo tanto con su talento, como con su espada: el otro, que
tras de m oprime la arena, es Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz debera
ser agradecida en el mundo; y yo, que sufro el mismo tormento que
ellos, fu Jacobo Rusticucci, y por cierto que nadie me caus ms dao
que mi fiera mujer.

       [17] Bellsima y honesta doncella, hija de Bellicion Berti, la
       cual, al mostrarse el emperador Otn IV deseoso de besarla,
       se volvi hacia su padre diciendo: "Nadie me ha da besar,
       excepto aquel a quien d la mano de esposa." Se cas con el
       conde Guido, de familia germnica, del cual descendieron los
       condes Guidi, seores de Casentino. De este matrimonio naci
       Marcovaldo, que fu padre de Guido Guerra, valiente caballero
       y hombre de gran prudencia y talento, a quien se debi la
       victoria en la batalla de Benavento.

Si hubiese podido estar al abrigo del fuego, me habra lanzado hacia
los de abajo, y creo que mi Maestro lo hubiera tolerado; pero como
estaba expuesto a abrasarme y cocerme, el miedo venci la buena
intencin que me impela a abrazarlos. As les dije:

--Vuestra situacin no me ha inspirado desprecio, sino un dolor que
tardar en desaparecer; esto es lo que he sentido desde el momento
que mi Seor me dijo algunas palabras, por las cuales comprend que
era gente de vuestra calidad la que hacia nosotros vena. De vuestra
tierra soy; y siempre he retenido y escuchado con gusto vuestros actos
y vuestros honrados nombres. Dejo las amarguras, y voy en busca de los
sabrosos frutos que me ha prometido mi sincero Gua; pero antes me es
preciso bajar hasta el centro.

--As tu alma permanezca unida a tus miembros por mucho tiempo--repuso
aqul--, y as tambin resplandezca tu fama despus de la muerte,
rugote nos digas si la gentileza y el valor habitan an en nuestra
ciudad, como solan, o si se han desterrado por completo; porque
Guillermo Borsiere, que gime hace poco tiempo entre nosotros, y va all
con los dems compaeros, nos atormenta con sus relatos.

--Los advenedizos y las rpidas fortunas han engendrado en ti,
Florencia, tanto orgullo e inmoderacin, que t misma te lamentas ya
por esa causa!

As exclam con el rostro levantado; y las tres sombras, oyendo esta
respuesta, se miraron mutuamente, como cuando se oyen cosas que se
tienen por verdaderas.

--Si tan poco te cuesta en otras ocasiones satisfacer las preguntas de
cualquiera--respondieron todos--, dichoso t que dices lo que sientes!
Mas, si sales de estos lugares, obscuros, y vuelves a ver las hermosas
estrellas, cuando te plazca decir: "Estuve all," haz que los hombres
hablen de nosotros.

En seguida rompieron el crculo, y huyeron tan de prisa, que sus
piernas parecan alas. No podra decirse "amn" tan pronto como ellos
desaparecieron: por lo cual mi Maestro determin que nos fusemos. Yo
le segua, y a los pocos pasos advert que el ruido del agua estaba
tan prximo, que aun hablando alto apenas nos hubieran odo. Como
aquel ro que sigue su propio curso desde el monte Veso hacia levante
por la izquierda del Apenino, el cual se llama Acquacheta antes de
precipitarse en un lecho ms bajo, y perdiendo este nombre en Forli, y
formando despus una cascada, ruge sobre San Benedetto en los Alpes,
donde un millar de hombres debiera hallar su retiro, as en la parte
inferior de una roca escarpada, omos resonar tan fuertemente aquella
agua teida de sangre, que me habra hecho ensordecer en poco tiempo.
Tena yo una cuerda ceida al cuerpo, con la cual haba esperado
apoderarme de la pantera de pintada piel: cuando me la desat, segn
me lo haba ordenado mi Gua, se la present arrollada y replegada:
entonces se volvi hacia la derecha, y desde una distancia considerable
de la orilla, la arroj en aquel abismo profundo. "Preciso es, deca
yo entre m, que alguna novedad responda a esa nueva seal, cuyo
efecto espera con tanta atencin mi Maestro." Oh!; qu circunspectos
deberan ser los hombres ante los que, no solamente ven sus actos, sino
que, con la inteligencia, leen en el fondo de su pensamiento! Mi Gua
me dijo:

--Pronto vendr de arriba lo que espero, y pronto tambin es preciso
que descubran tus ojos lo que tu pensamiento no ve con claridad.

El hombre debe, siempre que pueda, cerrar sus labios antes de decir una
verdad, que tenga visos de mentira; porque se expone a avergonzarse sin
tener culpa. Pero ahora no puedo callarme, y te juro, oh lector!, por
los versos de esta comedia, a la que deseo la mayor aceptacin, que vi
venir nadando por el aire denso y obscuro una figura, que causara
espanto al corazn ms entero; la cual se asemejaba al buzo que vuelve
del fondo adonde baj acaso a desprender el ancla que est afianzada a
un escollo, u otro cualquier objeto escondido en el mar, y que extiende
hacia arriba los brazos, al mismo tiempo que encoge sus piernas.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOSEPTIMO_


He ah la fiera de aguzada cola, que traspasa las montaas, y rompe los
muros y las armas: he ah la que corrompe al mundo entero.

As empez a hablarme mi Maestro, e hizo a aqulla una sea,
indicndole que se dirigiera hacia la margen de piedra donde nos
encontrbamos. Y aquella inmunda imagen del fraude, lleg a nosotros, y
adelant la cabeza y el cuerpo, pero no puso la cola sobre la orilla.
Su rostro era el de un varn justo, tan bondadosa era su apariencia
exterior, y el resto del cuerpo el de una serpiente. Tena dos garras
llenas de vello hasta los sobacos, y la espalda, el pecho y los
costados salpicados de tal modo de lazos y escudos, que no ha habido
tela turca ni trtara tan rica en colores, no pudiendo compararse
tampoco a aqullos los de las telas de Aracnea. Como se ven muchas
veces las barcas en la orilla, mitad en el agua y mitad en tierra, o
como en el pas de los glotones tudescos el castor se prepara a hacer
la guerra a los peces, as la detestable fiera se mantena sobre el
cerco de piedra que circunda la arenosa llanura, agitando su cola
en el vaco, y levantando el venenoso dardo de que tena armada su
extremidad, como la de un escorpin. Mi Gua me dijo:

--Ahora conviene que dirijamos nuestros pasos hacia la perversa fiera
que all est tendida.

Por lo cual descendimos por la derecha, y dimos diez pasos sobre la
extremidad del margen, procurando evitar la arena abrasada y las
llamas: cuando llegamos donde la fiera se encontraba, vi a corta
distancia sobre la arena mucha gente sentada al borde del abismo. All
me dijo mi Maestro:

--A fin de que adquieras una completa experiencia de lo que es este
recinto, anda y examina la condicin de aquellas almas, pero que sea
corta tu conferencia. Mientras vuelves, hablar con esta fiera, para
que nos preste sus fuertes espaldas.

Continu, pues, andando solo hasta el extremo del sptimo crculo,
donde geman aquellos desgraciados. El dolor brotaba de sus ojos,
mientras ac y all se defendan con las manos, ya de las pavesas, ya
de la candente arena, como los perros, en el esto, rechazan con las
patas o con el hocico las pulgas, moscas o tbanos, que les molestan.
Mirando atentamente el rostro de muchos de aquellos a quienes azota
el doloroso fuego, no conoc a ninguno; pero observ que del cuello
de cada cual penda una bolsa de cierto color, marcada con un signo,
en cuya contemplacin parecan deleitarse sus miradas. Aproximndome
ms para examinar mejor, vi en una bolsa amarilla una figura azul, que
tena toda la apariencia de un len. Despus, prosiguiendo el curso de
mis observaciones, vi otra, roja como la sangre, que ostentaba una oca
ms blanca que la leche. Uno de ellos, en cuya bolsa blanca figuraba
una puerca preada, de color azul, me dijo:

--Qu haces en esta fosa? Vte; y puesto que an vives, sabe que mi
vecino Vitaliano debe sentarse aqu a mi izquierda. Yo soy paduano,
en medio de estos florentinos, que muchas veces me atruenan los odos
gritando: "Venga el caballero soberano, que llevar la bolsa con los
tres picos."

Despus torci la boca, y sac la lengua como el buey que se lame las
narices. Y yo, temiendo que mi tardanza incomodase a aqul que me
haba encargado que estuviera all poco tiempo, volv la espalda a tan
miserables almas. Encontr a mi Gua, que haba saltado ya sobre la
grupa del feroz animal, y me dijo:

--Ahora s fuerte y atrevido. Por aqu no se baja sino por escaleras de
esta clase: monta delante; quiero quedarme entre ti y la cola, a fin de
que sta no pueda hacerte dao alguno.

Al or estas palabras, me qued como aquel que, presintiendo el fro de
la cuartana, tiene ya las uas plidas, y tiembla con todo su cuerpo
tan slo al mirar la sombra; pero su sentido amenazador me produjo la
vergenza que da nimo a un servidor delante de un buen amo. Me coloqu
sobre las anchas espaldas de la fiera, y quise decir: "Ten cuidado de
sostenerme;" pero, contra lo que esperaba, me falt la voz; si bien l,
que ya anteriormente me haba socorrido en todos los peligros, apenas
mont, me estrech y me sostuvo entre sus brazos. Despus dijo:

--Gerin, ponte ya en marcha, trazando anchos crculos y descendiendo
lentamente: piensa en la nueva carga que llevas.

Aquel animal fu retrocediendo como la barca que se aleja de la orilla,
y cuando sinti todos sus movimientos en libertad, revolvi la cola
hacia donde antes tena el pecho, y extendindola, la agit como
una anguila, atrayndose el aire con las garras. No creo que Faetn
tuviera tanto miedo, cuando abandon las riendas, por lo cual se
abras el cielo, como se puede ver todava; ni el desgraciado Icaro,
cuando, derritindose la cera, sinti que las alas se desprendan de su
cintura, al mismo tiempo que su padre le gritaba: "Mal camino llevas,"
como el que yo sent, al verme en el aire por toda partes, y alejado
de mi vista todo, excepto la fiera. Esta empez a marchar, nadando
lentamente, girando y descendiendo; pero yo no poda apercibirme
ms que del viento que senta en mi rostro y en la parte inferior
de mi cuerpo. Empec a or hacia la derecha el horrible estrpito
que producan las aguas en el abismo; por lo cual inclin la cabeza
y dirig mis miradas hacia abajo, causndome un gran miedo aquel
precipicio; porque vi llamas y percib lamentos, que me obligaron a
encogerme tembloroso. Entonces observ, pues no lo haba reparado
antes, que descendamos dando vueltas, como me lo hizo notar la
proximidad de los grandes dolores, amontonados por doquier en torno
nuestro. Como el halcn, que ha permanecido volando largo tiempo sin
ver reclamo ni pjaro alguno, hace exclamar al halconero: "Eh! Ya
bajas?," y efectivamente desciende cansado de las alturas donde trazaba
cien rpidos crculos, posndose lejos del que lo amaestr, desdeoso
e iracundo, as nos dej Gerin en el fondo del abismo, al pie de una
desmoronada roca; y libre de nuestras personas, se alej como la saeta
despedida por la cuerda.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOOCTAVO_


Hay un lugar en el Infierno, llamado Malebolge,[18] construdo todo
de piedra y de color ferruginoso, como la cerca que lo rodea. En el
centro mismo de aquella funesta planicie se abre un pozo bastante
ancho y profundo, de cuya estructura me ocupar en su lugar. El
espacio que queda entre el pozo y el pie de la dura cerca es redondo,
y est dividido en diez valles, o recintos cerrados, semejantes a los
numerosos fosos que rodean a un castillo para defensa de las murallas;
y as como estos fosos tienen puentes que van desde el umbral de la
puerta a su otro extremo, del mismo modo aqu avanzaban desde la base
de la montaa algunas rocas, que atravesando las mrgenes y los fosos,
llegaban hasta el pozo central, y all se reunan quedando truncadas.
Tal era el sitio donde nos encontramos cuando descendimos de la grupa
de Gerin: el Poeta ech a andar hacia la izquierda, y yo segu tras
l. A mi derecha vi nuevas causas de conmiseracin, nuevos tormentos y
nuevos burladores, que llenaban la primera fosa. En el fondo estaban
desnudos los pecadores; los del centro ac venan de frente a nosotros;
y los de esta parte afuera seguan nuestra misma direccin, pero con
paso ms veloz. Como en el ao del Jubileo, a causa de la afluencia
de gente que atraviesa el puente de San Angelo, los romanos han
determinado que todos los que se dirijan al castillo y vayan hacia San
Pedro pasen por un lado, y por el otro los que van hacia el monte, as
vi, por uno y otro lado de la negra roca, cornudos demonios con grandes
ltigos, que azotaban cruelmente las espaldas de los condenados. Oh!
Cmo les hacan mover las piernas al primer golpe! Ninguno aguardaba
el segundo ni el tercero. Mientras yo andaba, mis ojos se encontraron
con los de un pecador, y dije en seguida: "No es la primera vez que
veo a se." Por lo que me detuve a observarlo mejor: mi dulce Gua
se detuvo al mismo tiempo, y aun me permiti retroceder un tanto. El
azotado crey ocultarse bajando la cabeza; mas le sirvi de poco, pues
le dije:

       [18] "Malebolge," fosas malditas. Vocablo dantesco compuesto
       de "bolge," bolsas, alforjas, y "male" malditas.

--T, que fijas los ojos en el suelo, si no son falsas las facciones
que llevas, eres Venedico Caccianimico. Pero qu es lo que te ha
trado a tan picantes salsas?

A lo que me contest:

--Lo digo con repugnancia; pero cedo a tu claro lenguaje, que me hace
recordar el mundo de otro tiempo. Yo fu aquel que oblig a la bella
Ghisola a satisfacer los deseos del Marqus, cuntese como se quiera la
tal historia. Y no soy el nico bolos que llora aqu; antes bien este
sitio est tan lleno de ellos, que no hay en el da entre el Savena y
el Reno tantas lenguas que digan "sipa,"[19] como en esta fosa; y si
quieres una prueba de lo que te digo, recuerda nuestra codicia notoria.

       [19] En la provincia de Bolonia, situada entre los ros
       Savena y Reno, para decir sia o s, decan sipa o sip. En el
       da pronuncian: se p, que viene a ser el c'est bon de los
       franceses.

Mientras as hablaba, un demonio le peg un latigazo, dicindole:
"Anda, rufin; que aqu no hay mujeres que se vendan."

Me reun a mi Gua; y a los pocos pasos llegamos a un punto de donde
sala una roca de la montaa. Subimos por ella ligeramente, y volviendo
a la derecha sobre su spero dorso, salimos de aquel eterno recinto.
Luego que llegamos al sitio en que aquel peasco se ahueca por debajo a
modo de puente, para dar paso a los condenados, mi Gua me dijo:

--Detente, y haz que en ti se fijen las miradas de esos otros
malnacidos, cuyos rostros no has visto an, porque han caminado hasta
ahora en nuestra misma direccin.

Desde el vetusto puente contemplamos la larga fila que hacia nosotros
vena por la otra parte, y que era igualmente castigada por el ltigo.
El buen Maestro me dijo, sin que yo le preguntara nada:

--Mira esa gran sombra que se acerca, y que, a pesar de su dolor, no
parece derramar ninguna lgrima. Qu aspecto tan majestuoso conserva
an! Ese es Jasn, que con su valor y su destreza rob en Clquide el
vellocino de oro. Pas por la isla de Lemnos, despus que las audaces
y crueles mujeres de aquella isla dieron muerte a todos los habitantes
varones; y all, con sus artificios y sus halageas palabras, enga
a la joven Hisipila, que antes haba engaado a todas sus compaeras,
y la dej encinta y abandonada; por tal culpa est condenado a tal
martirio, que es tambin la venganza de Medea. Con l van todos los que
han cometido igual clase de engaos: bstete, pues, saber esto de la
primera fosa, y de los que en ella son atormentados.

Nos encontrbamos ya en el punto donde el estrecho sendero se cruza con
el segundo margen, que sirve de apoyo para otro arco. All vimos a los
que se anidan en una nueva fosa, dando resoplidos con sus narices y
golpendose con sus propias manos. Las orillas estaban incrustadas de
moho, producido por las emanaciones de abajo, que all se condensan,
ofendiendo a la vista y al olfato. La fosa es tan profunda, que no se
puede ver el fondo, sino mirando desde la parte ms alta del arco, que
lo domina perpendicularmente. All nos pusimos, y desde aquel punto
vimos en el foso unas gentes sumergidas en un estircol, que pareca
salir de las letrinas humanas; y mientras tena la vista fija all
dentro, vi uno con la cabeza tan sucia de excremento, que no poda
saber si era clrigo o seglar. Aquella cabeza me dijo:

--Por qu te muestras tan vido de mirarme a m, con preferencia a los
otros que estn tan sucios como yo?

Le respond:

--Porque, si mal no recuerdo, te he visto otra vez con los cabellos
enjutos, y t eres Alejo Interminelli de Luca; por eso te miro ms que
a todos los otros.

Entonces, l, golpendose la calabaza, exclam:

--Aqu me han sumergido las lisonjas que no se cans de prodigar mi
lengua.

Despus de esto, mi Gua me dijo:

--Procura adelantar un poco la cabeza, a fin de que tus miradas
alcancen las facciones de aquella sucia esclava desmelenada, que se
desgarra las carnes con sus uas llenas de inmundicia, y que tan pronto
se encoge como se estira. Esa es Thais, la prostituta, que cuando su
amante le pregunt: "Tengo grandes mritos a tus ojos?," ella le
contest: "S, maravillosos." Y con esto queden saciadas nuestras
miradas.




[Ilustracin]




_CANTO DECIMONONO_


Oh Simn el mago! Oh miserables sectarios suyos, almas rapaces, que
prostitus a cambio de oro y plata las cosas de Dios, que deben ser las
esposas de la virtud! Ahora resonar la trompa para vosotros, puesto
que os encontris en la tercera fosa.

Estbamos ya junto a sta, subidos en aquella parte del escollo que
cae justamente sobre su centro. Oh suma Sabidura! Cun grande es el
arte que demuestras en el cielo, en la tierra y en el mundo maldito, y
con cunta equidad se reparte tu virtud! Vi en los lados y en el fondo
la piedra lvida llena de pozuelos, todos redondos y de igual tamao,
los cuales me parecieron ni ms ni menos anchos que los que hay en mi
hermoso San Juan para servir de pilas bautismales; uno de stos romp
yo no ha muchos aos, por salvar a un nio que dentro de l se ahogaba;
y baste lo que digo, para desengaar a todos.[20] Fuera de la boca
de cada uno de aquellos pozuelos salan los pies y las piernas de un
pecador, hasta el muslo, quedando dentro el resto del cuerpo. Ambos
pies estaban encendidos, por cuya razn se agitaban tan fuertemente
sus coyunturas, que hubieran roto sogas y cuerdas. Del mismo modo que
la llama suele recorrer la superficie de los objetos untados de grasa,
as el fuego flameaba desde el taln a la punta en los pies de los
condenados.

       [20] Habiendo roto Dante una de las pilas bautismales de la
       iglesia de San Juan en Florencia, para salvar a un nio que se
       ahogaba, fu acusado de sacrilegio. Por esto hace constar aqu
       que no lo hizo por desprecio a las cosas sagradas, sino por
       amor a la humanidad.

--Quin es aqul, Maestro, que furioso agita los pies ms que sus
otros compaeros--dije entonces--, y a quien corroe y deseca una llama
mucho ms roja?

A lo cual me contest:

--Si quieres que te conduzca por aquella parte de la escarpa que est
ms cercana al fondo, l mismo te dir quin es y cules son sus
crmenes.

Le respond:

--Me parece bien todo lo que a ti te agrada: t eres el dueo y sabes
que yo no me separo de tu voluntad, as como tambin conoces lo que me
callo.

Subimos entonces al cuarto margen; despus volvimos y bajamos por la
izquierda hacia la estrecha y perforada fosa, sin que el buen Maestro
me hiciera separar de su lado, hasta haberme conducido junto al hoyo
de aquel que daba tantas seales de dolor con los movimientos de sus
piernas.

--Oh! Quienquiera que seas, t, que tienes enterrada la parte superior
de tu cuerpo; alma triste, plantada como una estaca--empec a decir--,
habla, si puedes.

Yo estaba como el fraile que confiesa al prfido asesino, que, metido
en la tierra, le llama para que cese su muerte. Y l grit:

--Ests ya aqu derecho, ests ya aqu derecho, Bonifacio?[21] Me
ha engaado en algunos aos lo que est escrito. Tan pronto te has
saciado de aquellos bienes, por los cuales no temiste apoderarte con
embustes de la hermosa Dama,[22] y gobernarla despus indignamente?

       [21] Esta sombra es la del papa Nicols III, de la familia
       de los Orsini de Roma, electo en 1277. Cree que quien le
       interroga es el alma de Bonifacio VIII; y por eso dice:
       "Ests ya aqu, Bonifacio?" Y aade en seguida: "Me ha
       engaado en algunos aos lo escrito." Es decir: El libro
       proftico, en que nosotros los condenados leemos lo futuro, me
       ha engaado; porque, segn l, t debas morir en 1303, y no
       en 1300.

       [22] Segn la Historia, esta opinin de Dante es exagerada.
       Sin embargo, Celestino V dijo de Bonifacio VIII, que este papa
       entr a reinar como un zorro, gobern como un len y muri
       como un perro.

Quedme, al or esto, como aquellos que, casi avergonzados de no haber
comprendido lo que se les ha dicho, no saben qu contestar. Entonces
Virgilio dijo:

--Respndele pronto: "yo no soy, yo no soy el que t crees."

Y yo contest como se me orden. Por lo cual el espritu retorci sus
pies; y luego, suspirando y con llorosa voz, me dijo:

--Pues qu es lo que me preguntas? Si te urge conocer quin soy, hasta
el punto de haber descendido para ello por todos estos peascos, sabrs
que estuve investido del gran manto, y fu verdadero hijo de la Osa,
tan codicioso, que, por aumentar la riqueza de los oseznos, embols
arriba todo el dinero que pude, y aqu mi alma. Bajo mi cabeza estn
sepultados los dems papas, que antes de m cometieron simona, y se
hallan comprimidos a lo largo de este angosto agujero. Yo me hundir
tambin luego que venga aquel que cre fueses t, cuando te dirig mi
sbita pregunta. Pero desde que mis pies se abrasan, y me encuentro
colocado al revs, ha transcurrido ms tiempo del que l permanecer
en este mismo sitio con los pies quemados; porque en pos de l vendr
de poniente un pastor sin ley, por causa ms repugnante, y se deber
cubrirnos a entrambos. Ser un nuevo Jasn, parecido al de que se habla
en el libro de los Macabeos; y as como el rey de ste fu dbil para
con l, as con el otro lo ser el que rige la Francia.

No s si en tal momento fu demasiada audacia la ma; pues le respond
en estos trminos:

--Eh!, dime: cunto dinero exigi Nuestro Seor de San Pedro, antes
de poner las llaves en su poder? En verdad que no le pidi ms sino
que le siguiera. Ni Pedro ni los otros pidieron a Matas oro ni plata
cuando por suerte fu elegido en reemplazo del que perdi su alma
traidora. Permanece, pues, ah, porque has sido castigado justamente, y
guarda bien la mal adquirida riqueza, que tan atrevido te hizo contra
Carlos. Y si no fuese porque aun me contiene el respeto a las llaves
soberanas, que poseste en tu alegre vida, empleara palabras mucho ms
severas; porque vuestra avaricia contrista al mundo, pisoteando a los
buenos, y ensalzando a los malos. Pastores, a vosotros se refera el
Evangelista, cuando vi prostituda ante los reyes a la que se sienta
sobre las aguas; a la que naci con siete cabezas, y obtuvo autoridad
por sus diez cuernos, mientras la virtud agrad a su marido.[23] Os
habis construdo dioses de oro y plata: qu diferencia, pues, existe
entre vosotros y los idlatras, sino la de que ellos adoran a uno y
vosotros adoris a ciento? Ah, Constantino! A cuntos males di
origen, no tu conversin al cristianismo, sino la donacin que de ti
recibi el primer papa que fu rico!

       [23] Dante alude aqu a Roma, edificada sobre siete colinas,
       a la que rendan obediencia muchos pueblos y naciones, y
       permaneci constituda en gran poder y autoridad, mientras (su
       marido) sus jefes fueron virtuosos: pero decay en la opinin,
       que por tanto tiempo haba merecido y gozado, cuando la corte
       romana prefiri a la virtud el oro y la plata, prostituyndose
       a los reyes de la tierra.

Mientras yo le hablaba con esta claridad, l, ya fuese a impulsos de
la ira, o porque le remordiese la conciencia, respingaba fuertemente
con ambas piernas. Creo que complac a mi Gua; porque escuch siempre
con rostro satisfecho el sonido de mis palabras, expresadas con
sinceridad. Entonces me cogi con los dos brazos, y tenindome en alto
bien afianzado sobre su pecho, volvi a subir por el camino por donde
habamos descendido, sin dejar de estrecharme contra s, hasta llegar a
la parte superior del puente que va de la cuarta a la quinta calzada.
All, deposit suavemente su querido fardo sobre el spero y pelado
escollo, que hasta para las cabras sera un difcil sendero, desde
donde descubr una nueva fosa.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMO_


Mis versos deben relatar un nuevo suplicio, el cual servir de asunto
al vigsimo canto del primer cntico, que trata de los sumergidos
en el Infierno. Me hallaba ya dispuesto a contemplar el descubierto
fondo, que est baado de lgrimas de angustia, cuando vi venir por la
fosa circular gentes que, llorando en silencio, caminaban con aquel
paso lento que llevan las letanas en el mundo. Cuando inclin ms
hacia ellos mi mirada, me pareci que cada uno de aquellos condenados
estaba retorcido de un modo extrao desde la barba al principio del
pecho; pues tenan el rostro vuelto hacia las espaldas, y les era
preciso andar hacia atrs, porque haban perdido la facultad de ver por
delante. Quiz, por la fuerza de la perlesa, se encuentre un hombre
de tal manera contrahecho; pero yo no lo he visto ni creo que pueda
suceder. Ahora bien, lector, as Dios te permita sacar fruto de esta
lectura! Considera por ti mismo si mis ojos podran permanecer secos,
cuando vi de cerca nuestra humana figura tan torcida, que las lgrimas
le caan por la espina dorsal. Yo lloraba en verdad, apoyado contra
una de las rocas de la dura montaa, de suerte que mi Gua me dijo:

--T tambin eres de los insensatos? Aqu vive la piedad cuando est
bien muerta. Quin es ms criminal que el que se apasiona contemplando
la justicia divina? Levanta la cabeza, levntala y mira a aquel por
quin se abri la tierra en presencia de los tebanos, que exclamaban:
"Adnde caes, Anfiarao? Por qu abandonas la guerra?" Y no ces
de caer en el Infierno hasta llegar a Minos, que se apodera de cada
culpable. Mira cmo ha convertido sus espaldas en pecho: por haber
querido ver demasiado hacia adelante, ahora mira hacia atrs, y sigue
un camino retrgrado. Mira a Tiresias, que mud de aspecto cuando de
varn se convirti en hembra, cambiando tambin todos su miembros,
y hubo de abatir con su vara las dos serpientes unidas, antes que
recobrara su pelo viril. El que acerca sus espaldas al vientre de aqul
es Aronte, que tuvo por morada una gruta de blancos mrmoles en las
montaas de Luni, cultivadas por el carrars que habita en su falda,
y desde all no haba nada que limitara su vista, cuando contemplaba
el mar o las estrellas. Aquella que, con los destrenzados cabellos,
cubre sus pechos, por lo cual se ocultan a tus miradas, y tiene en ese
lado de su cuerpo todas las partes velludas, fu Manto, que recorri
muchas comarcas, hasta que se detuvo en el sitio donde yo nac; por
lo cual deseo que me prestes un poco de atencin. Luego que su padre
sali de la vida, y fu esclavizada la ciudad de Baco,[24] Manto anduvo
errante por el mundo durante mucho tiempo. All arriba, en la bella
Italia, existe un lago al pie de los Alpes que cien la Alemania por
la parte superior del Tirol, el cual se llama Benaco. Mil corrientes,
y aun ms, segn creo, vienen a aumentar, entre Garda, Val-Camonica
y el Apenino, el agua que se estanca en dicho lago. En medio de ste
hay un sitio, donde el Pastor de Trento, y los de Verona y Brescia,
podran dar su bendicin si siguiesen aquel camino. En el punto donde
es ms baja la orilla que le circunda, est situada Peschiera, bello
y fuerte castillo, a propsito para hacer frente a los de Brescia y a
los de Brgamo. All afluye necesariamente toda el agua que no puede
estar contenida en el lago de Benaco, formando un ro que corre entre
verdes praderas. En cuanto aquella agua sigue un curso propio, ya no se
llama Benaco, sino Mincio, hasta que llega a Governolo, donde desemboca
en el Po. No corre mucho sin que encuentre una hondonada, en la cual
se extiende y se estanca, y suele ser malsana en el esto. Pasando,
pues, por all la feroz doncella, vi en medio del pantano una tierra
inculta y deshabitada. Se detuvo en ella con sus esclavas, para hur de
todo consorcio humano, y para ejercer su arte mgica, y all vivi y
dej sus restos mortales. Entonces los hombres, que estaban dispersos
por los alrededores, se reunieron en aquel sitio, que era fuerte a
causa del pantano que le circundaba: edificaron una ciudad sobre los
huesos de la difunta, y del nombre de la primera que haba elegido
aquel sitio, la llamaron Mantua, sin consultar para ello al Destino. En
otro tiempo fueron sus habitantes ms numerosos, antes de que Casalodi
se dejara engaar neciamente por Pinamonte. Te lo advierto a fin de
que, si oyes atribuir otro origen a mi patria, ninguna mentira pueda
obscurecer la verdad.

       [24] Tebas, ciudad consagrada a Baco.

Le respond:

--Maestro, tus razonamientos son para m tan verdicos, y me obligan
a prestarles tanta fe, que cualesquiera otros me pareceran carbones
apagados. Pero dime si entre la gente que va pasando hay alguno digno
de notarse, pues eso solo ocupa mi alma.

Entonces me dijo:

--Aqul, cuya barba se extiende desde el rostro a sus morenas espaldas,
fu augur cuando la Grecia se qued tan exhausta de varones, que apenas
los haba en las cunas, y junto con Calcas di la seal en Aulide para
cortar el primer cable. Se llam Euripilo, y as lo nombra en algn
punto mi alta tragedia. Aquel otro que ves tan demacrado fu Miguel
Scott, que conoci perfectamente las imposturas del arte mgica. Mira a
Guido Bonatti, y ve all a Asdente, que ahora deseara no haber dejado
su cuero y su bramante; pero se arrepiente demasiado tarde: contempla
las tristes que abandonaron la aguja, la lanzadera y el huso para
convertirse en adivinas, y para hacer maleficios con hierbas y con
figuras. Pero ven ahora, porque ya el astro en que se ve a Can con las
espinas ocupa el confn de los dos hemisferios, y toca el mar ms abajo
de Sevilla. La luna era ya redonda en la noche anterior; debes recordar
bien que no te molest a veces por la selva umbra.

As me hablaba y entre tanto bamos caminando.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOPRIMERO_


As, de un puente a otro, y hablando de cosas que mi comedia no se
cuida de referir, fuimos avanzando y llegamos a lo alto del quinto,
donde nos detuvimos para ver la otra hondonada de Malebolge y otras
vanas lgrimas, y la vi maravillosamente obscura. As como en el
arsenal de los venecianos hierve en el invierno la pez tenaz, destinada
a reparar los buques averiados que no pueden navegar, y al mismo tiempo
que uno construye su embarcacin, otro calafatea los costados de la que
ha hecho ya muchos viajes; otro recorre la proa, otro la popa; quin
hace remos; quin retuerce las cuerdas; quines, por fin, reparan el
palo de mesana y el mayor; de igual suerte, y no por medio del fuego,
sino por la voluntad divina, herva all abajo una resina espesa, que
se pegaba a la orilla por todas partes. Yo la vea, pero sin percibir
en ella ms que las burbujas que produca el hervor, hinchndose toda y
volviendo a caer desplomada. Mientras la contemplaba fijamente, mi Gua
me atrajo hacia s desde el sitio en que me encontraba, dicindome:
"Ten cuidado, ten cuidado." Entonces me volv como el hombre que ansa
ver aquello de que le conviene hur, y a quien asalta un temor tan
grande y repentino, que ni para mirar detiene su fuga; y vi detrs de
nosotros un negro diablo, que vena corriendo por el puente. Oh! Cun
feroz era su aspecto, y qu amenazador me pareca con sus alas abiertas
y sus ligeros pies! Sobre sus hombros, altos y angulosos, llevaba a
cuestas un pecador, a quien tena agarrado por ambos jarretes. Desde
nuestro puente dijo:

--Oh! Malebranche, ved aqu uno de los ancianos de Santa Zita: ponedle
debajo; que yo me vuelvo otra vez a aquella tierra, que est tan bien
provista de ellos. All todos son bribones, excepto Bonturo; y por
dinero, de un "no" hacen un "ita."[25]

       [25] Solase antiguamente, en los testimonios pblicos,
       escribir el ita de los latinos por signo de afirmacin, y el
       no por signo de negacin.

Le arroj abajo, y se volvi por la dura roca tan de prisa, que jams
ha habido mastn suelto que haya perseguido a un ladrn con tanta
ligereza. El pecador se hundi y volvi a subir hecho un arco; pero los
demonios, que estaban resguardados por el puente, gritaban:

--Aqu no est el Santo Rostro; aqu se nada de diferente modo que en
el Serchio. Si no quieres probar nuestros garfios, no salgas de la pez.

Despus le pincharon con ms de cien harpones, dicindole:

--Es forzoso que bailes aqu a cubierto, de modo que, si puedes,
prevariques ocultamente.

No de otra suerte hacen los cocineros que sus marmitones sumerjan en
la caldera las viandas por medio de grandes tenedores, para que no
sobrenaden.

--A fin de que no adviertan que ests aqu--me dijo el buen Maestro--,
ocltate detrs de una roca, que te sirva de abrigo; y aunque se me
haga alguna ofensa, no temas nada; pues ya conozco estas cosas por
haber estado otra vez entre estas almas venales.

En seguida pas al otro lado del puente, y cuando lleg a la sexta
orilla, tuvo necesidad de mostrar su intrepidez. Con el furor y el
mpetu con que salen los perros tras el pobre que de pronto pide
limosna donde se detiene, as salieron los demonios de debajo del
puente, volviendo todos contra l sus harpones; pero les grit:

--Que ninguno de vosotros se atreva. Antes que me punce vuestra
orquilla, adelntese uno que me oiga, y despus medite si debe
perdonarme.

Todos gritaron:

--V, Malacoda.

Por lo cual uno de ellos se puso en marcha, mientras los otros
permanecan quietos, y se adelant diciendo:

--Qu te podr salvar de nuestras garras?

--Crees t, Malacoda, que a no ser por la voluntad divina y por tener
el destino propicio--dijo mi Maestro--, me hubieras visto llegar aqu,
sano y salvo, a pesar de todas vuestras armas? Djame pasar, porque en
el cielo quieren que ensee a otro este camino salvaje.

Entonces qued tan abatido el orgullo del demonio, que dej caer el
harpn a sus plantas, y dijo a los otros:

--Que no se le haga dao.

Y mi gua a m:

--Oh t, que ests agazapado tras de las rocas del puente! Ya puedes
llegar a m con toda seguridad.

Entonces ech a andar, y me acerqu a l con prontitud; pero los
diablos avanzaron, de modo que yo tem que no observaran lo pactado:
as vi temblar en otro tiempo a los que por capitulacin salan de
Caprona, vindose entre tantos enemigos. Me acerqu cuanto pude a mi
Gua, y no separaba mis ojos del rostro de aqullos, que no era nada
bueno. Bajaban ellos sus garfios, y: "Quires que le pinche en la
rabadilla?," deca uno de ellos a los otros. Y respondan: "S, s
clvale." Pero aquel demonio, que estaba conversando con mi Gua, se
volvi de repente, y grit: "Quieto, quieto, Scarmiglione." Despus nos
dijo:

--Por este escollo no podris ir ms lejos, pues el sexto arco yace
destrozado en el fondo. Si os place ir ms adelante, seguid esta
costa escarpada: cerca veris otro escollo por el que podris pasar.
Ayer, cinco horas ms tarde que en este momento, se cumplieron mil
doscientos sesenta y seis aos desde que se rompi aqu el camino.[26]
Voy a enviar hacia all varios de los mos para que observen si algn
condenado procura sacar la cabeza al aire: id con ellos, que no os
harn dao.

       [26] Ayer, Viernes, a las tres de la tarde, quiere decir el
       diablo (pues se supone que habla a las diez de la maana del
       Sbado Santo), se cumplieron 1266 aos desde que se rompi
       este puente, a consecuencia de un terremoto, en el momento de
       la muerte de Jesucristo.

--Adelante, Alichino y Calcabrina--empez a decir--; y t tambin,
Cagnazzo; Barbariccia guiar a los diez. Vengan adems Libicocco, y
Draghignazzo; Ciriatto, el de los grandes colmillos, y Graffiacane, y
Farfarello, y el loco de Rubicantondad en torno de la pez hirviente:
stos deben llegar salvos hasta el otro escollo, que atraviesa
enteramente sobre la fosa.[27]

       [27] He aqu traducidos los nombres de los doce diablos
       que Dante menciona en este canto: Malebranche, malas
       garras.--Malacoda, cola maldita.--Scarmiglione, que
       arranca los cabellos.--Alichino, que hace inclinar a los
       otros.--Calcabrina, que pisa el roco.--Cagnazzo, perro
       malo.--Barbariccia, el de la barba erizada.--Libicocco, deseo
       ardiente.--Draghignazzo, veneno de dragn.--Ciriatto-Sannuto,
       colmillo de jabal.--Graffiaccane, perro que
       araa.--Rubicante, inflamado. Todas estas versiones son de
       Landino.

--Oh Maestro! Qu es lo que veo?--dije--; si conoces el camino, vamos
sin escolta; yo, por m, no la solicito. Si eres tan prudente como de
costumbre, no ves que rechinan los dientes, y se hacen guios que nos
amenazan algn mal?

--No quiero que te espantes--me contest--; deja que rechinen los
dientes a su gusto. Si lo hacen, es por los desgraciados que estn
hirviendo.

Se pusieron en camino por la margen izquierda; pero cada uno de
aqullos de antemano se haban mordido la lengua en seal de
inteligencia con su jefe, y ste se sirvi de su ano a guisa de
trompeta.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VEGISIMOSEGUNDO_


He visto alguna vez a la caballera levantar el campo, empezar el
combate, pasar revista, y a veces batirse en retirada; he visto oh,
aretinos! hacer excursiones por vuestra tierra y saquearla; he visto
luchar en los torneos y correr en las justas, ya al sonido de las
trompetas, ya al de las campanas, al ruido de los tambores, con las
seales de los castillos, y con todo el aparato nacional y extranjero;
pero lo que no he visto nunca es que tan extrao instrumento de viento
haya indicado la marcha a jinetes ni peones; jams, ni en la tierra,
ni en los cielos, gui semejante faro a ningn buque. Marchbamos
juntamente con los diez demonios (oh terrible compaa!); pero en la
iglesia con los santos, y en la taberna con los borrachos. Sin embargo,
mi atencin estaba concentrada en la pez para distinguir todo lo que
contena la fosa y los que se abrasaban dentro de ella. As como saltan
los delfines fuera del agua, indicando a los marinos que precavan la
nave de la tempestad, as tambin algunos condenados, para aliviar su
tormento, sacaban la espalda y la volvan a esconder ms rpidos que
el relmpago; y lo mismo que en un charco las ranas sacan la cabeza a
flor de agua, aunque teniendo dentro de ella sus patas y el resto del
cuerpo, as estaban por todas partes los pecadores; pero en cuanto
Barbariccia se aproximaba, volvan a sumergirse en aquel hervidero.
Yo vi, y aun se estremece por ello mi corazn, a uno de aquellos que
haba tardado ms tiempo en hundirse, como sucede con las ranas, que
una queda fuera del agua, mientras otra se zambulle; y Graffiacane, que
estaba ms cerca de l, le enganch por los cabellos enviscados de pez,
y lo sac fuera como si fuese una nutria. Yo saba el nombre de todos
aquellos demonios, por haberme hecho cargo de ellos cuando los eligi
Malacoda. "Rubicante, plntale encima tu garfio y desullalo," gritaban
a un tiempo todos aquellos malditos. Yo dije:

--Maestro mo, si puedes, procura saber quin es ese desgraciado que ha
cado en manos de sus adversarios.

Mi Gua se le acerc, y le pregunt de dnde era, a lo que respondi:

--Yo nac en el reino de Navarra. Mi madre me puso al servicio de un
seor: ella me haba engendrado de un prdigo, que se destruy a s
mismo y disip su fortuna. Despus fu favorito del buen rey Tebaldo, y
me lanc a comerciar con sus favores; crimen de que doy cuenta en este
horno.

Y Ciriatto, a quien sala de cada lado de la boca un colmillo como el
de un jabal, le hizo sentir lo bien que uno de ellos hera. Entre
malos gatos haba cado aquel ratn; porque Barbariccia lo sujet entre
sus brazos, diciendo: "Quedaos ah mientras que yo le ensarto." Y
volviendo el rostro hacia mi Maestro, aadi: "Pregntale an si deseas
saber ms, antes que otros lo destrocen."

Mi Gua pregunt:

--Dime, pues, si entre los otros culpables que estn sumergidos en esa
pez, conoces algunos que sean latinos.

A lo que contest:

--Acabo de separarme de uno que fu de all cerca. As estuviera, como
l, bajo la pez; no temera ahora ni las garras ni los garfios!

Y Libicocco: "Ya hemos tenido demasiada paciencia," dijo; y le enganch
por el brazo con su harpn, arrancndole de un golpe todo el antebrazo.
Draghignazzo quiso tambin cogerle por las piernas; pero su Decurin
se volvi hacia todos ellos lanzando una mirada furiosa. Cuando se
hubieron calmado un poco, mi Gua no tard en preguntar a aquel que
estaba contemplando su herida:

--Quin es se de quien dices que te has separado, por tu desgracia,
para salir a flote?

Y le respondi:

--Es el hermano Gomita, aquel de Gallura, vaso de iniquidad, que tuvo
en su poder a los enemigos de su seor, e hizo de modo que todos
le alabasen. Acept su oro y los dej libres, segn l mismo dice;
y con respecto a los empleos, no fu un pequeo, sino un soberano
prevaricador. Con l conversa a menudo don Miguel Zanche de Logodoro, y
sus lenguas no se cansan nunca de hablar de las cosas de Cerdea. Ay
de m! Ved a ese otro cmo aprieta los dientes. Aun hablara ms, pero
temo que se prepare a rascarme la tia.

El gran jefe de los demonios se dirigi a Farfarelo, que mova sus ojos
en todas direcciones buscando donde herir, y le dijo: "Qutate de ah,
pjaro malvado."

--Si queris ver u or a toscanos y lombardos--empez a decir en
seguida el desgraciado pecador--, har que vengan. Pero que esas
malditas garras se mantengan un poco apartadas, a fin de que ellos
no teman sus venganzas: yo, sentndome en este mismo sitio, por uno
que soy har venir siete, silbando como acostumbramos cuando uno de
nosotros saca la cabeza fuera de la pez.

Al or estas palabras, Gagnazzo levant el hocico meneando la cabeza,
y dijo: "Oigan el medio malicioso de que se ha valido para volver
a sumergirse!" A lo cual contest aqul, que tena abundancia de
estratagemas: "En verdad que soy muy malicioso, cuando expongo a los
mos a mayores tormentos!" No pudo contenerse Alichino, y en contra de
lo dicho por los otros, respondi: "Si te arrojas en la pez, no correr
al galope detrs de ti, sino que emplear mis alas para ello. Te damos
de ventaja la escarpa, y el ribazo por defensa, y veamos si t solo
vales ms que todos nosotros."

Oh t, que lees esto, ahora vers un nuevo juego! Todos los demonios
se volvieron hacia la pendiente opuesta, y el primero de ellos, el que
se haba mostrado ms renitente. El navarro aprovech bien el tiempo;
fij sus pies en el suelo, y precipitndose de un solo salto, se puso
al abrigo de los malos propsitos de aqullos. Contristados se quedaron
los demonios ante esta treta, pero mucho ms el que tuvo la culpa de
ella; por lo cual se lanz tras de l gritando: "Ya te tengo." Pero
de poco le vali, porque sus alas no pudieron igualar en velocidad
al espanto de Ciampolo: ste se lanz en la pez, y aqul cambi la
direccin de su vuelo, llevando el pecho hacia arriba.

No de otro modo se sumerge instantneamente el pato cuando el halcn se
aproxima, y ste se remonta furioso y fatigado. Calcabrina, irritado
contra Lichino por aquel engao, ech a volar tras l, deseoso de
que el pecador se escapara para tener un motivo de querella. Y
cuando hubo desaparecido el prevaricador, volvi sus garras contra
su compaero, y se aferr con l sobre el mismo estanque. Pero ste,
gaviln adiestrado, hizo uso tambin de las suyas, y los dos cayeron
en medio de la pez hirviente. El calor los separ bien pronto;
pero todo su esfuerzo para remontarse era en vano, porque sus alas
estaban enviscadas. Barbariccia, descontento como los dems, hizo
volar a cuatro desde la otra parte con todos sus harpones, y bajando
rpidamente hacia el sitio designado, tendieron sus garfios a los dos
demonios, que estaban medio cocidos en la superficie de aquella fosa.
Nosotros los dejamos all enredados de aquella manera.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOTERCERO_


Solos, en silencio y sin escolta, bamos uno tras otro, como
acostumbran ir los frailes menores. La ria que acabbamos de
presenciar me trajo a la memoria la fbula de Esopo, en que habl
de la rana y del topo; pues las partculas "mo" e "issa"[28] no son
tan semejantes como estos dos hechos, si atentamente se consideran
el principio y el fin de entrambos. Y como un pensamiento procede
rpidamente de otro, de ste naci uno nuevo, que redobl mi primitivo
espanto. Yo pensaba as: "Esos demonios han sido engaados por nuestra
causa, y con tanto dao y escarnio, que les creo muy ofendidos. Si a
la malevolencia se aade la ira, nos van a perseguir con ms crueldad
que el perro que sujeta a la liebre por el cuello." Ya senta que
se erizaban mis cabellos a causa del temor, y miraba hacia atrs
atentamente, por lo que dije:

--Maestro, si no nos ocultas a los dos prontamente, temo a los demonios
que vienen detrs de nosotros; y tan as me lo imagino, que ya me
parece que los oigo.

       [28] Mo e issa, voces que significan ahora en lombardo. Mo,
       del latn modo, que es ahora; issa, elipsis del latn hac,
       ipsa hora, es tambin ahora.

A lo que l contest:

--Si yo fuera un espejo, no veras en m tu imagen tan pronto como veo
en tu interior. En este momento se cruzaban tus pensamientos con los
mos bajo la misma faz y aspecto, de suerte que he deducido de ambos un
solo consejo. Si es cierto que la cuesta que hay a nuestra derecha est
tan inclinada, que nos permita bajar a la sexta fosa, huiremos de la
caza que imaginamos.

Apenas haba concludo de decirme su parecer, cuando vi venir a los
demonios con las alas extendidas y muy cerca de nosotros, queriendo
cogernos. Mi Gua me agarr sbitamente, como una madre que, despertada
por el ruido y viendo brillar las llamas cerca de ella, coge a su hijo
y huye, y teniendo ms cuidado de l que de s misma, no se detiene ni
aun a ponerse una camisa. Desde lo alto de la calzada, se desliz de
espaldas por la pendiente roca, uno de cuyos lados divide la quinta
de la sexta fosa. Jams corri tan rpida el agua por la canal de un
molino, cuando ms se acerca a las paletas de la rueda, como descendi
por aquel declive mi Maestro, llevndome sobre su pecho, cual si
fuese hijo suyo y no su compaero. Apenas tocaron sus pies al suelo
del profundo abismo, cuando los demonios aparecieron en la roca sobre
nuestras cabezas: pero ya no nos inspiraban temor; porque la alta
Providencia que los haba designado para ministros de la quinta fosa,
les quit la facultad de separarse de all. Abajo encontramos unas
gentes pintadas, que giraban en torno con bastante lentitud, llorosas
y con los semblantes fatigados y abatidos. Llevaban capas con capuchas
echadas sobre los ojos, por el estilo de las que llevan los monjes
de Colonia.[29] Aquellas capas eran doradas por de fuera, de modo que
deslumbraban; pero por dentro eran todas de plomo, y tan pesadas, que
las de Federico a su lado parecan de paja.[30] Oh manto fatigoso por
toda la eternidad! Nos volvimos an hacia la izquierda, y anduvimos
con aquellas almas, escuchando sus tristes lamentos. Pero las sombras,
rendidas por el peso, caminaban tan despacio, que a cada paso que
dbamos cambibamos de compaero. Yo dije a mi Gua:

--Procura encontrar a alguno que sea conocido por su nombre o por sus
hechos; y mira al efecto en derredor tuyo mientras andas.

       [29] Cuntase que hubo en Colonia un abad tan ambicioso e
       insolente, que pidi permiso al Papa para que sus monjes
       pudieran usar capas de escarlata, cintos, espuelas y estribos
       de plata sobredorada. Esta peticin desagrad tanto al
       Pontfice, que dispuso que en adelante el abad y sus monjes
       usaran capas negras y mal hechas, y cintos y estribos de
       madera.

       [30] El emperador Federico II encerraba a los culpables de
       lesa majestad en capas de plomo, y luego los arrojaba al fuego.

Y uno de ellos, que entendi el idioma toscano, exclam detrs de
nosotros:

Detened vuestros pasos, vosotros que tanto corris a travs del aire
sombro: quiz podrs obtener de m lo que solicitas.

En seguida mi Gua se volvi y me dijo:

--Espera, y modera tu paso hasta igualar al suyo.

Me detuve, y vi dos de aqullos, que en sus miradas demostraban gran
deseo de estar conmigo; pero su carga y lo estrecho del camino les
hacan tardar. Cuando se me hubieron reunido, me miraron con torvos
ojos y sin hablarme: despus se volvieron uno a otros dicindose: "Ese
parece vivo, a juzgar por el movimiento de su garganta; pero si estn
muertos, por qu privilegio no llevan nuestra pesada capa?" Despus
me dijeron:

--Oh toscano, que has venido a la mansin de los tristes hipcritas!,
dgnate decirnos quin eres.

Les contest:

--Nac y crec junto a la orilla del hermoso Arno, en la gran ciudad,
y conservo el cuerpo que he tenido siempre. Pero vosotros, a quienes,
segn veo, cae tan doloroso llanto gota a gota por las mejillas,
quines sois, y qu pena padecis que tanto se hace ver?

Uno de ellos me respondi:

--Ay de m! Estas doradas capas son de plomo, y tan gruesas, que su
peso nos hace gemir como cargadas balanzas. Fuimos hermanos Gozosos[31]
y boloeses. Yo me llam Catalano y ste Loderingo. Tu ciudad nos
nombr magistrados, como suele elegirse a un hombre neutral para
conservar la paz; y la conservamos tan bien como puede verse an cerca
del Gardingo.

       [31] Hermanos de una orden de caballera instituda para
       combatir contra los infieles y los que violaran la justicia.
       Se les llam Gaudenti (gozosos) por la vida licenciosa que
       llevaron.

Yo repuse: "Oh hermanos! Vuestros males..." Pero no pude continuar;
porque vi en el suelo a uno crucificado en tres palos. En cuanto
me vi, se retorci, haciendo agitar su barba con la fuerza de los
suspiros; y el hermano Catalano, que lo advirti, me dijo:

--Ese que ests mirando crucificado aconsej a los fariseos que era
necesario hacer sufrir a un hombre el martirio por el pueblo. Est
atravesado y desnudo sobre el camino, como ves; y es preciso que sienta
lo que pesa cada uno de los que pasan. Su suegro est condenado a igual
suplicio en esta fosa, as como los dems del Consejo que fu para los
judos origen de tantas desgracias.

Entonces vi a Virgilio que contemplaba con asombro a aquel que estaba
tan vilmente crucificado en el eterno destierro. Luego se dirigi al
fraile en estos trminos:

--Querais decirnos si hacia la derecha hay alguna abertura por donde
podamos salir los dos, sin obligar a los ngeles negros a que nos
saquen de este abismo?

Aquel respondi:

--Ms cerca de aqu de lo que esperas, se levanta una pea que parte
del gran crculo y atraviesa todas las terribles fosas; pero est
cortada en sta y no contina sobre ella. Podris subir por las ruinas
que existen en el declive de su falda y cubren el fondo.

Mi Gua permaneci un momento con la cabeza inclinada, y despus dijo:

--Cmo nos ha engaado aquel que ensarta con su garfio a los pecadores!

Y el fraile repuso:

--He odo referir en Bolonia los numerosos vicios del demonio, entre
los cuales no era el menor el de ser falso y padre de la mentira.

Entonces mi Gua se alej precipitadamente con el rostro inmutado por
la clera; y en consecuencia, me alej tambin de aquellas almas que
soportaban tanto peso, y segu las huellas de los pies queridos.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOCUARTO_


En la poca del ao nuevo en que templa el sol su cabellera bajo el
Acuario, y en que ya las noches van igualndose con los das; cuando
la escarcha imita en la tierra, aunque por poco tiempo, el color de
su blanca hermana, el campesino que carece de forraje, se levanta,
mira, y al ver blanco el campo se golpea el muslo, vuelve a su casa,
y se lamenta continuamente como el desgraciado que no sabe qu hacer;
pero torna luego a mirar, y recobra la esperanza, viendo que la tierra
ha cambiado de aspecto en pocas horas, y entonces coge su cayado y
sale a apacentar sus ovejas: as mi Maestro me llen de inquietud
cuando vi tan turbado su rostro, y as tambin aplic pronto remedio
a mi mal; porque al llegar al derrudo puente, se volvi hacia m con
aquel amable aspecto que tena cuando le vi al pie del monte. Despus
de haber pensado la determinacin que haba de tomar, contemplando
antes con cuidado las ruinas, abri sus brazos, cogime por detrs, y
como aquel que trabaja, pensando siempre en la labor que emprender
en seguida, del mismo modo, elevndome sobre la cima de una roca,
contemplaba otra diciendo:

--Agrrate bien a sa, pero tantea primero si tal cual es podr
sostenerte.

Aquel no era un camino a propsito para los que iban con capa; pues
apenas podamos, Virgilio tan gil, y yo sostenido por l, trepar de
piedra en piedra. Y a no ser porque en aquel recinto era ms corto el
camino que en otro alguno, no s lo que a l le habra sucedido, pero
a m me hubiera vencido el cansancio. Mas como Malebolge va siempre en
declive hasta la boca del profundsimo pozo, cada fosa que se recorre
presenta un margen que se eleva y otro que desciende. Llegamos por fin
al extremo en que se destaca la ltima piedra. Cuando estuve sobre
ella, de tal modo me faltaba el aliento, que no poda ms; as es que
me sent en cuanto nos detuvimos.

--Ahora es preciso que sacudas tu pereza--me dijo el Maestro--; que
no se alcanza la fama reclinado en blanda pluma, ni al abrigo de
colchas: y el que sin gloria consume su vida, deja en pos de s el
mismo vestigio que el humo en el aire o la espuma en el agua. Ea,
pues, levntate; domina la fatiga con el alma, que vence todos los
obstculos, mientras no se envilece con la pesadez del cuerpo. Tenemos
que subir todava una escala mucho ms larga; pues no basta haber
atravesado por entre los espritus infernales. Si me entiendes, deben
reanimarte mis palabras.

Levantme entonces, demostrando ms resolucin de la que verdaderamente
senta en mi interior, y dije:

--Vamos, ya me siento fuerte y atrevido.

Echamos a andar por el escollo, que era spero, estrecho y escabroso, y
ms pendiente que el anterior. Iba hablando para disimular mi flaqueza,
cuando o una voz que sala de la otra fosa, articulando palabras
ininteligibles. No s lo que dijo, a pesar de encontrarme en la cima
del arco que por all pasa; mas el que hablaba pareca conmovido por
la ira. Yo me haba inclinado; pero los ojos de un vivo no podan
distinguir el fondo a travs de aquella obscuridad; por lo cual dije:

--Maestro, haz por llegar al otro recinto, y descendamos este muro,
porque desde aqu oigo y no comprendo nada; miro hacia abajo y nada veo.

--Te responder--me dijo--haciendo lo que deseas; que las peticiones
justas deben satisfacerse en silencio.

Bajamos por el puente desde lo alto hasta donde se une con el octavo
margen; y entonces descubr la fosa, y vi una espantosa masa de
serpientes, de tan diferentes especies, que su recuerdo me hiela
todava la sangre. Deje la Libia de envanecerse con sus arenas; que
si produce quelidras, yculos y faras, cencros y anfisbenas, ni en
ella, ni en toda la Etiopa con el pas que est sobre el mar Rojo,
existieron jams tantas ni tan nocivas pestilencias como en este lugar.
A travs de aquella espantosa y cruel multitud de reptiles corran
gentes desnudas y aterrorizadas, sin esperanza de encontrar refugio ni
heliotropo.[32] Tenan las manos atadas a la espalda con sierpes, las
cuales, formando nudos por encima, les hincaban la cola y la cabeza en
los riones. Y he aqu que uno de aquellos desgraciados, que estaba
cerca de nosotros, fu mordido por una serpiente en el punto en que
el cuello se une a los hombros; y en el breve tiempo que se necesita
para escribir una O y una I, se incendi, ardi y cay reducido a
cenizas. Pero apenas qued consumido en el suelo, reunironse aqullas
por s mismas, y sbitamente se rehizo aquel espritu como estaba
antes. As dicen los grandes sabios que muere el Fnix, y renace cuando
est cercano a su quinto siglo: no se alimenta de hierba ni de trigo
durante su vida, sino de amomo y lgrimas de incienso, y su ltimo nido
est formado con nardo y mirra. Y como aquel que cae y no sabe cmo,
a impulsos del demonio que lo arroja en el suelo o de algn accidente
producido por su temperamento enfermizo, cuando se levanta, se queda
asombrado de la cruel angustia que ha sufrido y suspira al mirar en
torno suyo, as se levant el pecador ante nosotros. Oh, cun severa
es la justicia de Dios, que hace estallar su clera por medio de tales
golpes! Mi Gua le pregunt despus quin era, y l le contest:

--Yo ca hace poco tiempo desde Toscana en este horrible abismo. La
vida salvaje me agrad ms que la humana; fu lo mismo que un mulo: soy
Vanni Fucci, el bestia, y Pistoya fu mi digno cubil.

       [32] Agata de color verde obscuro con manchas rojizas, a
       la que se atribuan virtudes milagrosas contra toda clase
       de veneno y especialmente contra las mordeduras de las
       serpientes, y que tena adems la de hacer invisible al que la
       llevaba.

Entonces dije a mi Gua:

--Dile que no huya, y pregntale qu delito le ha precipitado aqu;
pues yo le conoc ya hombre colrico y sanguinario.

El pecador, que me oy, no se ocult, sino que dirigi hacia m
atentamente su mirada, y se cubri el rostro de triste vergenza.
Despus dijo:

--Siento ms que me hayas encontrado en la miseria en que me ves, de lo
que sent verme privado de la vida; pero no puedo negarme a satisfacer
tus preguntas. Estoy sumido aqu, porque rob en la sacrista los
hermosos ornamentos, de cuyo delito fu otro acusado falsamente.
Mas para que no te goces en mi desgracia, si acaso llegas a salir
de estos lugares sombros, abre tus odos a mi anuncio, y escucha:
primeramente, Pistoya quedar despoblada de Negros; despus Florencia
renovar sus habitantes y su forma de gobierno; Marte har salir
del valle de Magra un vapor, que envuelto en sombras nieblas y en
tempestad impetuosa y terrible, se desencadenar sobre el campo Piceno;
y all, desgarrndose de repente la nube, aniquilar todos los Blancos.
Te he dicho esto para que te cause dolor.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOQUINTO_


Al terminar estas palabras, el ladrn alz ambas manos haciendo un
gesto indecente y exclamando: "Toma, Dios, esto es para t." Desde
entonces fu amigo de las serpientes; porque una de ellas se le enrosc
en el cuello como diciendo: "No quiero que hables ms:" y otra se
agarr a sus brazos, sujetndolos de tal modo, que no le era posible
al condenado hacer ningn movimiento. Ah, Pistoya, Pistoya! Cmo no
decides reducirte t misma a cenizas, y dejar de existir, pues que tus
hijos son peores que sus antepasados? En todos los crculos del obscuro
Infierno no he visto espritu tan soberbio ante Dios, a no ser aquel
que cay desde los muros de Tebas. El ladrn huy sin decir una palabra
ms. Entonces vi un Centauro lleno de ira, que acuda gritando: "Dnde
est, dnde est el soberbio?" No creo que contengan las Marismas
tanto reptil como llevaba el Centauro sobre su grupa hasta el sitio en
que empezaba la forma humana: sobre sus espaldas, detrs de la nuca,
descansaba un dragn con las alas abiertas, el cual abrasaba cuanto
sala a su encuentro. Mi Maestro dijo:

--Ese monstruo es Caco, el que al pie de las rocas del monte Aventino
form ms de una vez un lago de sangre. No va por el mismo camino que
sus hermanos, porque rob fraudulentamente el gran rebao que paca en
las inmediaciones del sitio que haba escogido por vivienda: pero sus
inicuos hechos acabaron por fin bajo la clava de Hrcules, que si le
di cien golpes con ella, aqul no lleg a sentir el dcimo.

Mientras as hablaba Virgilio, Caco desapareci, al mismo tiempo que se
acercaban tres espritus por debajo del margen donde estbamos, lo cual
no advertimos ni mi Gua ni yo, hasta que les omos gritar: "Quines
sois?" Ces entonces nuestra conversacin, y nos fijamos solamente en
ellos. Yo no les conoca; pero sucedi, como suele acontecer algunas
veces, que el uno tuvo necesidad de llamar al otro, dicindole:
"Cianfa, dnde te has metido?" Y yo, a fin de que estuviese atento mi
Gua, me puse el dedo desde la nariz a la barba. Ahora, lector, si se
te hace difcil creer lo que te voy a decir, no ser extrao, porque
yo que lo vi, apenas lo creo. Mientras estaba contemplando a aquellos
espritus, se lanz una serpiente con seis patas sobre uno de ellos,
agarrndosele enteramente. Con las patas de enmedio le oprimi el
vientre; con las de delante le sujet los brazos, y despus le mordi
en ambas mejillas. Extendiendo en seguida las patas de detrs sobre sus
muslos, le pas la cola por entre los dos, y se la mantuvo apretada
contra los riones. Nunca se agarr tan fuertemente la hiedra al
rbol, como la horrible fiera adapt sus miembros a los del culpable:
despus una y otro se confundieron, como si fuesen de blanda cera, y
mezclaron tan bien sus colores, que ninguno de ambos pareca ya lo
que antes haba sido. As con el ardor del fuego se extiende sobre el
papel un color obscuro, que no es negro, y sin embargo deja de ser
blanco. Los otros dos condenados le miraban, exclamando cada cual:
"Ay, Angel,[33] cmo cambias! No eres ya uno ni dos." Las dos cabezas
se haban convertido en una, y aparecan dos figuras mezcladas en una
sola faz, quedando en ella confundidas entrambas. De los cuatro brazos
se hicieron dos: los muslos y las piernas, el vientre y el tronco se
convirtieron en miembros nunca vistos. Qued borrado todo su primitivo
aspecto: aquella imagen transformada pareca dos y ninguna de las
anteriores; y en tal estado se alejaba a pasos lentos.

       [33] Agnolo Bruneleschi, florentino.

Como el lagarto, que bajo el ardor de los das caniculares, cuando
cambia de maleza, parece un rayo al atravesar el camino, tal pareca,
dirigindose hacia el vientre de los otros dos espritus, una pequea
serpiente irritada, lvida y negra como grano de pimienta. Pic a uno
de ellos en aquella parte del cuerpo por donde nos alimentamos antes de
nacer, y despus cay a sus pies quedando tendida. El herido la mir
sin decir nada; y permaneci inmvil, en pie y bostezando, como si le
hubiera sorprendido el sueo o la fiebre. El y la serpiente se miraban,
y el uno por la herida y la otra por la boca, lanzaban un denso humo
que llegaba a confundirse. Calle Lucano al referir las miserias de
Sabello y de Nasidio, y escuche atentamente lo que describo aqu: calle
Ovidio al ocuparse de Cadmo y Aretusa; que si, en su poema, convirti
a aqul en serpiente y a ste en fuente, no le envidio. Ovidio no
transform jams dos naturalezas frente a frente, de tal modo que
sus formas cambiaran tambin de materia. El hombre y la serpiente se
correspondieron de tal suerte, que cuando sta abri su cola en forma
de horquilla, el herido junt sus dos pies. Las piernas y los muslos
de ste se estrecharon tanto, que en poco tiempo no quedaron vestigios
de su natural separacin. La cola hendida de la serpiente tomaba la
figura que desapareca en el hombre, y su piel se haca blanda al
paso que dura la de aqul. Vi entrar los brazos del condenado en los
sobacos; y las dos patas de la fiera, que eran cortas, se alargaban
tanto cuanto aqullos se encogan. Las patas de detrs de aqulla,
retorcindose, formaban el miembro que el hombre oculta, y el del
miserable dividise en dos patas. Mientras que el humo daba el color de
la serpiente al hombre y viceversa, y haca salir en aqulla el pelo
que quitaba a ste, el uno, es decir, la fiera transformada en hombre,
se levant, y cay el otro; pero sin dejar de lanzarse miradas feroces,
ante las cuales cada uno de ellos cambiaba de rostro. El que estaba en
pie lo encogi hacia las sienes, y de la carne excedente se le formaron
las orejas en sus lisos carrillos. La parte del hocico de la serpiente
que no se repleg en la cabeza qued fuera formando la nariz del rostro
humano, y abult al propio tiempo convenientemente los labios. El que
estaba en el suelo extendi su boca hacia delante, e hizo entrar sus
orejas en la cabeza, como el caracol hace con sus cuernos; y la lengua,
que estaba antes unida y dispuesta a hablar, se hendi, al paso que
se una la lengua hendida del reptil, dejando de lanzar humo. El alma
que se haba convertido en serpiente huy silbando por la fosa; y el
otro, hablando detrs de ella, le escupa. Volvile despus sus recin
formadas espaldas, y dijo al otro condenado: "Quiero que Buoso se
arrastre por este camino como yo lo he hecho." De tal suerte vi yo, en
la sptima fosa, cambiarse y metamorfosearse dos naturalezas; y si mi
lenguaje no es florido, srvame de excusa la novedad del caso.

Aunque mis ojos estuviesen turbados y mi espritu aturdido, no pudieron
hur las otras dos sombras tan ocultamente, que yo no conociese a
Puccio Sciancato, el nico de los tres espritus de los llegados
anteriormente que no haba cambiado de forma: el otro era aquel que t
lloras, oh Gaville![34]

       [34] Para mayor claridad, ntese bien que Dante ve primero
       tres espritus: Agnolo Brunelleschi, Buoso Donati y Puccio
       Sciancato. Luego viene Cianfa en forma de serpiente con
       seis patas, se arroja sobre Brunelleschi, y los dos se
       convierten en un solo monstruo, que se va con pasos lentos.
       Llega despus, en forma de serpiente lvida y negra, Guercio
       Cavalcante: pica a Buoso, le transforma en serpiente y l se
       vuelve hombre: Buoso huye silbando. Quedan solos en escena
       Puccio Sciancato, que no ha sufrido transformacin, y "aquel a
       quien llora Gaville;" es decir, Guercio Cavalcante.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOSEXTO_


Algrate, Florencia, pues eres tan grande, que tu nombre vuela por
mar y tierra, y es famoso en todo el infierno. Entre los ladrones he
encontrado cinco de tus nobles ciudadanos; lo cual me avergenza, y
a t no te honra mucho. Pero, si es verdad lo que se suea cerca del
amanecer, dentro de poco tiempo conocers lo que contra ti desean, no
ya otros pueblos, sino Prato: y si este mal se hubiese ya cumplido, no
sera prematuro. As viniese hoy lo que ha de suceder, pues tanto ms
me contristar, cuanto ms viejo me vuelva!

Partimos; y por los mismos escalones de las rocas que nos haban
servido para bajar, subi mi Gua, tirando de m. Prosiguiendo la ruta
solitaria a travs de los picos y rocas del escollo, no era posible
mover un pie sin el auxilio de la mano. Entonces me aflig, como me
aflijo ahora, cuando pienso en lo que vi; y refreno mi espritu ms
de lo que acostumbro, para que no aventure tanto que deje de guiarlo
la virtud; porque, si mi buena estrella u otra influencia mejor me ha
dado algn ingenio, no quiero yo mismo envidirmelo. As como en la
estacin en que aquel que ilumina al mundo nos oculta menos su faz,
el campesino que reposa en la colina a la hora en que el mosquito
reemplaza a la mosca, ve por el valle las lucirnagas que corren por
el sitio donde vendimia y ara, as tambin vi resplandecer infinitas
llamas en la octava fosa, en cuanto estuve en el punto desde donde
se distingua su fondo. Y como aquel a quien los osos ayudaron en su
venganza[35] vi partir el carro de Elas, cuando los caballos suban
erguidos al cielo, de tal modo que no pudiendo sus ojos seguirle,
slo distinguan una ligera llama elevndose como dbil nubecilla,
as tambin not que se agitaban aqullas en la abertura de la fosa,
encerrando cada una un pecador, pero sin manifestar lo que ocultaban.
Yo estaba sobre el puente, tan absorto en la contemplacin de aquel
espectculo, que, a no haberme agarrado a un trozo de roca, hubiera
cado sin ser empujado. Mi Gua, que me vi tan atento, me dijo:

--Dentro del fuego estn los espritus, cada uno revestido de la llama
que le abrasa.

       [35] Colocados en una misma pira los cadveres de los hermanos
       Eteocles y Polinyces, que se haban dado muerte el uno al
       otro, la llama descubra, bifurcndose, que se odiaban aun
       despus de muertos.

--Oh, Maestro!--respond;--tus palabras han hecho que me cerciore de
lo que veo; pero ya lo haba pensado as y quera decrtelo. Mas dime:
quin est en aquella llama que se divide en su parte superior, y
parece salir de la pira donde fueron puestos Eteocles y su hermano?

Me contest:

--All dentro estn torturados Ulises y Diomedes: juntos sufren aqu
un mismo castigo, como juntos se entregaron a la ira. En esa llama
se llora tambin el engao del caballo de madera, que fu la puerta
por donde sali la noble estirpe de los romanos. Llrase tambin el
artificio por el que Deidamia, aun despus de muerta, se lamenta de
Aquiles, y se sufre adems el castigo por el robo del Paladin.

--Si es que pueden hablar en medio de las llamas--dije yo--, Maestro,
te pido y te suplico, y as mi splica valga por mil, que me permitas
esperar que esa llama dividida llegue hasta aqu: mira cmo, arrastrado
por mi deseo, me abalanzo hacia ella.

A lo que me contest:

Tu splica es digna de alabanza, y yo la acojo; pero haz que tu lengua
se reprima, y djame a m hablar; pues comprendo lo que quieres, y
quizs ellos, siendo griegos, se desdearan de contestarte.

Cuando la llama estuvo cerca de nosotros, y mi Gua juzg el lugar y el
momento favorables, le o expresarse en estos trminos:

--Oh vosotros, que sois dos en un mismo fuego! Si he merecido vuestra
gracia durante mi vida, si he merecido de vosotros poco o mucho, cuando
escrib mi gran poema en el mundo, no os alejis; antes bien dgame uno
de vosotros dnde fu a morir, llevado de su valor.

La punta ms elevada de la antigua llama empez a oscilar murmurando
como la que agita el viento; despus, dirigiendo a uno y otro lado su
extremidad, empez a lanzar algunos sonidos, como si fuera una lengua
que hablara, y dijo:

--Cuando me separ de Circe, que me tuvo oculto ms de un ao en Gaeta,
antes de que Eneas le diera este nombre, ni las dulzuras paternales,
ni la piedad debida a un padre anciano, ni el amor mutuo que deba
hacer dichosa a Penlope, pudieron vencer el ardiente deseo que yo tuve
de conocer el mundo, los vicios y las virtudes de los humanos, sino
que me lanc por el abierto mar slo con un navo, y con los pocos
compaeros que nunca me abandonaron. Vi entrambas costas, por un lado
hasta Espaa, por otro hasta Marruecos, y la isla de los Sardos y las
dems que baa en torno aquel mar. Mis compaeros y yo nos habamos
vuelto viejos y pesados cuando llegamos a la estrecha garganta donde
plant Hrcules las dos columnas para que ningn hombre pasase ms
adelante. Dej a Sevilla a mi derecha, como haba dejado ya a Ceuta a
mi izquierda. "Oh hermanos, dije, que habis llegado al Occidente a
travs de cien mil peligros!, ya que tan poco os resta de vida, no os
neguis a conocer el mundo sin habitantes, que se encuentra siguiendo
al Sol. Pensad en vuestro origen; vosotros no habis nacido para vivir
como brutos, sino para alcanzar la virtud y la ciencia." Con esta corta
arenga infund en mis compaeros tal deseo de continuar el viaje, que
apenas los hubiera podido detener despus. Y volviendo la popa hacia
el Oriente, de nuestros remos hicimos alas para seguir tan desatentado
viaje, inclinndonos siempre hacia la izquierda. La noche vea ya
brillar todas las estrellas del otro polo, y estaba el nuestro tan bajo
que apenas pareca salir fuera de la superficie de las aguas. Cinco
veces se haba encendido y otras tantas apagado la luz de la luna desde
que entramos en aquel gran mar, cuando apareci una montaa obscurecida
por la distancia, la cual me pareci la ms alta de cuantas haba
visto hasta entonces. Nos caus alegra, pero nuestro gozo se troc
bien pronto en llanto; pues de aquella tierra se levant un torbellino
que choc contra la proa de nuestro buque: tres veces lo hizo girar
juntamente con las encrespadas ondas, y a la cuarta levant la popa y
sumergi la proa como plugo al Otro, hasta que el mar volvi a unirse
sobre nosotros.




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOSEPTIMO_


Habase quedado derecha e inmvil la llama para no decir nada ms, y ya
se iba alejando de nosotros, con permiso del dulce poeta, cuando otra
que segua detrs nos hizo volver la vista hacia su punta, a causa del
confuso rumor que sala de ella. Como el toro de Sicilia que, lanzando
por primer mugido el llanto del que lo haba trabajado con su lima (lo
cual fu justo), bramaba con las voces de los torturados en l de tal
suerte, que a pesar de estar construdo de bronce, pareca realmente
traspasado de dolor, as tambin las palabras lastimeras del espritu
contenido en la llama, no encontrando en toda la extensin de ella
ninguna abertura por donde salir, se convertan en el lenguaje del
fuego; pero cuando consiguieron llegar a su punta, comunicndole a sta
el movimiento que la lengua les haba dado al pasar, omos decir:

--Oh t, a quien me dirijo, y que hace poco hablabas en lombardo,
diciendo: "Vte ya, no te detengo ms!" Aun cuando yo haya llegado
tarde, no te pese permanecer hablando conmigo; pues a m no me pesa,
no obstante que estoy ardiendo.[36] Si acabas de caer en este mundo
lbrego desde la dulce tierra latina, donde he cometido todas mis
faltas, dime si los romaolos estn en paz o en guerra; pues fu de las
montaas que se elevan entre Urbino y el yugo de que el Tber se desata.

       [36] Este espritu es el conde Guido de Montefeltro.

Yo escuchaba an atento e inclinado, cuando mi Gua me toc, diciendo:

--Habla t, ese es latino.

Y yo, que tena la respuesta preparada, empec a hablarle as sin
tardanza:

--Oh alma, que te escondes ah debajo! Tu Romana no est ni estuvo
nunca sin guerra en el corazn de sus tiranos; pero al venir no he
dejado guerra manifiesta: Ravena est como hace muchos aos: el guila
de Polenta anida all, y cubre an a Cervia con sus alas. La tierra que
sostuvo tan larga prueba, y contiene sangrientos montones de cadveres
franceses, se encuentra en poder de las garras verdes; y el mastn
viejo y el joven de Verrucchio, que tanto dao hicieron a Montagna,
siguen ensangrentando sus dientes donde acostumbran. La ciudad del
Lamone y la del Santerno estn dirigidas por el leoncillo de blanco
cubil, que del verano al invierno cambia de partido; y aquella que est
baada por el Savio, vive entre la tirana y la libertad, as como se
asienta entre la llanura y la montaa. Ahora te ruego que me digas
quin eres: no seas ms duro de lo que lo han sido otros; as pueda tu
nombre durar eternamente en el mundo.

Cuando el fuego hubo producido su acostumbrado rumor, movi de una
parte a otra su aguda punta, y despus habl as:

Si yo creyera que dirijo mi respuesta a una persona que debe volver al
mundo, esta llama dejara de agitarse; pero como ninguno pudo salir
jams de esta profundidad, si es cierto lo que he odo, te responder
sin temor a la infamia. Yo fu hombre de guerra y luego franciscano,
creyendo que con este hbito expiara mis faltas; y mi creencia hubiera
tenido ciertamente efecto, si el gran Sacerdote, a quien deseo todo
mal, no me hubiese hecho incurrir en mis primeras faltas. Quiero que
t sepas cmo y por qu. Mientras conserv la forma de carne y hueso
que mi madre me di, mis acciones no fueron de len, sino de zorra. Yo
conoc toda clase de astucias, todas las asechanzas, y las practiqu
tan bien, que su fama reson hasta en el ltimo confn del mundo.
Cuando me v cercano a la edad en que cada cual debera cargar las
velas y recoger las cuerdas, lo que antes me agradaba me disgust
entonces; y arrepentido, confes mis culpas, retirndome al claustro.
Entonces ay, infeliz de m! pude haberme salvado: pero el prncipe
de los nuevos fariseos estaba en guerra cerca de Letrn (y no con los
sarracenos ni con los judos, pues todos sus enemigos eran cristianos,
y ninguno de ellos haba ido a conquistar a Acre, ni a comerciar en
la tierra del Sultn): no tuvo en cuenta su dignidad suprema ni las
sagradas rdenes de que estaba investido, ni vi en m aquel cordn que
sola enflaquecer a los que lo llevaban; sino que, as como Constantino
llam a Silvestre en el monte Soracto, para que le curase la lepra, as
tambin me llam aqul para que le curara su orgullosa fiebre: pidime
consejo, y yo me call, porque sus palabras me parecieron las de un
hombre ebrio. Despus aadi: "No abrigue tu corazn temor alguno: te
absuelvo de antemano; pero me has de decir cmo podr echar por tierra
los muros de Preneste. Yo puedo abrir y cerrar el cielo, como sabes;
porque son dos las llaves a que no tuvo mucho apego mi antecesor."
Estos graves argumentos me impresionaron, y pensando que sera peor
callar que hablar, dije: "Padre, puesto que t me lavas del pecado en
que voy a incurrir, para triunfar en tu alto solio, debes prometer
mucho y cumplir poco de lo que prometas." Cuando ocurri mi muerte, fu
Francisco a buscarme; pero uno de los negros querubines le dijo: "No
puedes llevrtelo; no me prives de lo que es mo: ste debe bajar a lo
profundo entre mis condenados, por haber aconsejado el fraude, desde
cuya falta le tengo cogido por los cabellos. No es posible absolver al
que no se arrepiente, como tampoco es posible arrepentirse y querer el
pecado al mismo tiempo, pues la contradiccin no lo consiente." Ay de
m, desdichado! Cmo me aterr cuando me agarr, diciendo: "Acaso no
creeras que fuera yo tan lgico!" Me condujo ante Minos, el cual se
ci ocho veces la cola en derredor de su duro cuerpo, y mordindosela
con gran rabia, dijo: "Ese debe estar entre los culpables que esconde
el fuego." He aqu por qu estoy sepultado donde me ves, y por qu gimo
al llevar este vestido.

Cuando hubo acabado de hablar, se alej la plaidora llama, torciendo y
agitando su aguda punta. Mi Gua y yo seguimos adelante, a travs del
escollo, hasta llegar al otro arco que cubre el foso donde se castiga a
los que cargaron su conciencia introduciendo la discordia.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOCTAVO_


Quin podra jams, ni an con palabras sin medida, por ms que lo
intentase muchas veces, describir toda la sangre y las heridas que vi
entonces? No existe ciertamente lengua alguna que pueda expresar, ni
entendimiento que retenga, lo que apenas cabe en la imaginacin. Si
pudiera reunirse toda la gente que derram su sangre en la infortunada
tierra de la Pulla, cuando combatieron los romanos durante aquella
prolongada guerra en que se recogi tan gran botn de anillos, como
refiere Tito Livio y no se equivoca, con la que sufri tan rudos golpes
por contrastar a Roberto Guiscardo, y con aquella cuyos huesos se
recogen an, tanto en Ceperano, donde cada habitante fu un traidor,
como en Tagliacozzo, donde el viejo Allard venci sin armas, y fuera
posible que todos los combatientes mencionados ensearan sus miembros
rotos y traspasados, ni aun as tendra una idea del aspecto horrible
que presentaba la novena fosa. Una cuba que haya perdido las duelas del
fondo no se vaca tanto como un espritu que v hendido desde la barba
hasta la parte inferior del vientre; sus intestinos le colgaban por
las piernas: se vea el corazn en movimiento y el triste saco donde
se convierte en excremento todo cuanto se come. Mientras le estaba
contemplando atentamente, me mir, y con las manos se abri el pecho,
diciendo:

--Mira cmo me desgarro: mira cun estropeado est Mahoma. All va
delante de m llorando, con la cabeza abierta desde el crneo hasta la
barba, y todos los que aqu ves, vivieron; mas por haber diseminado
el escndalo y el cisma en la tierra, estn hendidos del mismo modo.
En pos de nosotros viene un diablo que nos hiere cruelmente, dando
tajos con su afilada espada a cuantos alcanza entre esta multitud de
pecadores, luego que hemos dado una vuelta por esta lamentable fosa;
porque nuestras heridas se cierran antes de volvernos a encontrar con
aquel demonio. Pero t, que ests husmeando desde lo alto del escollo,
quiz para demorar tu marcha hacia el suplicio que te haya sido
impuesto por tus culpas, quin eres?

--Ni la muerte le alcanz an, ni le traen aqu sus culpas para que sea
atormentado--contest mi Maestro--, sino que ha venido para conocer
todos los suplicios. Yo, que estoy muerto, debo guiarle por cada uno de
los crculos del profundo Infierno, y esto es tan cierto como que te
estoy hablando.

Al or estas palabras, ms de cien condenados se detuvieron en la fosa
para contemplarme, hacindoles olvidar la sorpresa su martirio.

--Pues bien, t que tal vez dentro de poco volvers a ver el sol, di a
fray Dolcino que, si no quiere reunirse conmigo aqu muy pronto, debe
proveerse de vveres y no dejarse rodear por la nieve; pues sin el
hambre y la nieve, difcil le ser al novars vencerle.

Mahoma me dijo estas palabras despus de haber levantado un pie para
alejarse; cuando ces de hablar, lo fij en el suelo y parti.

Otro, que tena la garganta atravesada, la nariz cortada hasta las
cejas, y una oreja solamente, se qued mirndome asombrado con los
dems espritus, y abriendo antes que ellos su boca, exteriormente
rodeada de sangre por todas partes, dijo:

--Oh, t a quien no condena culpa alguna, y a quien ya vi all arriba,
en la tierra latina, si es que no me engaa una gran semejanza!,
acurdate de Pedro de Medicina, si logras ver de nuevo la hermosa
llanura que declina desde Vercelli a Marcab; y haz saber a los dos
mejores de Fano, a messer Guido y Angiolello, que si la previsin no es
aqu vana, sern arrojados fuera de su bajel, y ahogados cerca de la
Catlica por la traicin de un tirano desleal. Desde la isla de Chipre
a la de Mallorca no habr visto jams Neptuno una felona tan grande,
llevada a cabo por piratas, ni por corsarios griegos. Aquel traidor,
que ve solamente con un ojo, y que gobierna el pas que no quisiera
haber visto uno que est aqu conmigo, les invitar a parlamentar con
l, y despus har de modo que no necesiten conjurar con sus votos y
oraciones el viento de Focara.

Yo le dije:

--Si quieres que lleve noticias tuyas all arriba, mustrame y declara
quin es se que deplora haber visto aquel pas.

Entonces puso su mano sobre la mandbula de uno de sus compaeros, y le
abri la boca exclamando:

--Hle aqu; pero no habla.

Era aquel que, desterrado de Roma, ahog la duda en el corazn de
Csar, afirmando que el que est preparado, se perjudica en aplazar
la realizacin de una empresa. Oh! Cun acorbardado me pareca con
su lengua cortada en la garganta aquel Curin, que tan audaz fu para
hablar!

Otro, que tena las manos cortadas, levantando sus muones al aire
sombro, de tal modo que se inundaba la cara de sangre, grit:

--Acurdate tambin de Mosca, que dijo, desventurado!: "Cosa hecha
est concluda." Palabras que fueron el origen de las discordias
civiles de los toscanos.

--Y de la muerte de tu raza!--exclam yo.

Entonces l, acumulando dolor sobre dolor, se alej como una persona
triste y demente.

Continu examinando la banda infernal, y vi cosas que no me atrevera a
referir sin otra prueba, si no fuese por la seguridad de mi conciencia;
esa buena compaera, que confiada en su pureza, fortifica tanto el
corazn del hombre: vi, en efecto, y aun me parece que lo estoy viendo,
un cuerpo sin cabeza, andando como los dems que formaban aquella
triste grey: asida por los cabellos, y pendiente a guisa de linterna,
llevaba en una mano su cabeza cortada, la cual nos miraba exclamando:
"Ay de m!" Servase de s mismo como de una lmpara, y eran dos en
uno y uno en dos: cmo puede ser esto, slo lo sabe Aqul que nos
gobierna. Cuando lleg al pie del puente, levant en alto su brazo con
la cabeza para acercarnos ms sus palabras, que fueron stas:

--Mira mi tormento cruel, t que, aunque ests vivo, vas contemplando
los muertos: ve si puede haber alguno tan grande como ste. Y para que
puedas dar noticias mas, sabe que yo soy Bertrn de Born, aquel que
di tan malos consejos al rey joven. Yo arm al padre y al hijo uno
contra otro: no hizo ms Aquitofel con sus perversas instigaciones a
David y Absaln. Por haber dividido a personas tan unidas, llevo ay
de m! mi cabeza separada de su principio, que queda encerrado en este
tronco: as se observa conmigo la pena del talin.




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMONONO_


El espectculo de aquella multitud de precitos y de sus diversas
heridas, de tal modo hencha de lgrimas mis ojos, que hubiera deseado
detenerme para llorar. Pero Virgilio me dijo:

--Qu miras ahora? Por qu tu vista se obstina en contemplar ah
abajo esas sombras tristes y mutiladas? T no has hecho eso en las
otras fosas: si crees poder contar esas almas, piensa que la fosa tiene
veintids millas de circunferencia. La luna est ya debajo de nosotros:
el tiempo que se nos ha concedido es muy corto, y an nos queda por ver
ms de lo que has visto.

--Si hubieses considerado atentamente--le respond--la causa que me
obligaba a mirar, quiz hubieras permitido que me detuviera aqu un
poco.

Mi Gua se alejaba ya, mientras yo iba tras de l contestndole y
aadiendo:

--Dentro de aquella cueva donde tena los ojos tan fijos, creo que
haba un espritu de mi familia llorando el delito que se castiga ah
con tan graves penas.

Entonces me contest el Maestro:

--No se ocupe ya ms tu pensamiento en la suerte de ese espritu;
piensa en otra cosa, y qudese l donde est. Le he visto al pie del
puente sealarte y amenazarte airadamente con el dedo, y o que le
llamaban Geri del Bello; pero t estabas tan distrado con el que
gobern a Altaforte, que como no miraste hacia donde l estaba, se
march.

--Oh, mi Gua!--dije yo--Su violenta muerte, que no ha sido an
vengada por ninguno de nosotros, partcipes de la ofensa, le ha
indignado: he aqu por qu, segn presumo, se ha ido sin hablarme; y
esto es causa de que me inspire ms compasin.

As continuamos hablando hasta el primer punto del peasco, desde
donde se distinguira la otra fosa hasta el fondo, si hubiera en ella
ms claridad. Cuando estuvimos colocados sobre el ltimo recinto de
Malebolge, de manera que los transfigurados que contena pudieran
aparecer a nuestra vista, hirieron mis odos diversos lamentos que cual
agudas flechas me traspasaron el corazn; por lo cual tuve que cubrirme
las orejas con ambas manos. Si entre los meses de julio y septiembre
los hospitales de la Valdichiana y los enfermos de las Marismas y
de Cerdea estuvieran reunidos en una sola fosa, esta acumulacin
formara un espectculo tan doloroso como el que v en aquella, de la
cual se exhalaba la misma pestilencia que la que despiden los miembros
gangrenados. Descendimos hacia la izquierda por la ltima orilla del
largo peasco, y entonces pude distinguir mejor la profundidad de aquel
abismo, donde la infalible Justicia, ministro del Altsimo, castiga a
los falsarios que apunta en su registro.

No creo que causara mayor tristeza ver enfermo el pueblo entero de
Egina, cuando se inficion tanto el aire, que perecieron todos los
animales hasta el miserable gusano, habiendo salido despus los
habitantes de aquella isla de la raza de las hormigas, segn aseguran
los poetas, como causaba el ver a los espritus languidecer en tristes
montones por aquel obscuro valle. Cul yaca tendido sobre el vientre,
cul sobre las espaldas unos de otros; y alguno andaba a rastras por el
triste camino.

Ibamos caminando paso a paso sin decir una palabra, mirando y
escuchando a los enfermos, que no podan sostener sus cuerpos. Vi dos
de ellos sentados y apoyados el uno contra el otro, como se apoyan las
tejas para cocerlas, y llenos de pstulas desde la cabeza hasta los
pies. Nunca he visto criado alguno, a quien espera su amo o que vela a
pesar suyo, tan diligente en remover la almohaza, como lo era cada uno
de aquellos condenados para rascarse con frecuencia y calmar as la
terrible rabia de su comezn, que no tena otro remedio. Se arrancaban
con las uas las pstulas, como el cuchillo arranca las escamas del
escaro o de otro pescado que las tenga ms grandes.

--Oh t, que con los dedos te desarmas--dijo mi Gua a uno de ellos--,
y que los empleas como si fueran tenazas! Dime si hay algn latino
entre los que estn aqu, y ojal puedan tus uas bastarte eternamente
para ese trabajo!

--Latinos somos los dos a quienes ves tan deformes--respondi uno de
ellos llorando--; pero quin eres t, que preguntas por nosotros?

Y el Gua repuso:

--Soy un espritu que he descendido con este sr viviente de grado en
grado, y tengo el encargo de ensearle el Infierno.

Las dos sombras cesaron entonces de prestarse mutuo apoyo, y cada una
de ellas se volvi temblando hacia m, juntamente con otras que lo
oyeron, aunque no se diriga a ellas la contestacin. El buen Maestro
se me acerc diciendo: "Diles lo que quieras." Y ya que l lo permita,
empec de este modo:

--As vuestra memoria no se borre de las mentes humanas en el primer
mundo, y antes bien dure por muchos aos; decidme quines sois y de qu
nacin: no tengis reparo en franquearos conmigo, sin que os lo impida
vuestro insoportable y vergonzoso suplicio.

--Yo fu de Arezzo--respondi uno--, y Alberto de Siena me conden a
las llamas; pero la causa de mi muerte no es la que me ha trado al
Infierno.[37] Es cierto que le dije chancendome: "Yo sabra elevarme
por el aire volando;" y l, que era curioso y de cortos alcances, quiso
que yo le ensease aquel arte: y tan slo porque no le convert en
Ddalo, me hizo quemar por mandato de uno que le tena por hijo; pero
Minos, que no puede equivocarse, me conden a la ltima de las diez
fosas por haberme dedicado a la alquimia en el mundo.

       [37] Dcese que ste fu cierto Griffolino, alquimista, que
       alabndose de conocer el arte de volar, prometi enserselo a
       un siens llamado Alberto, el cual al principio le crey; pero
       habiendo advertido despus el engao, le acus ante el obispo
       de Siena como reo de nigromancia, y Griffolino fu condenado
       por dicho obispo a ser quemado vivo, como nigromante.

Yo dije al Poeta:

--Hubo jams un pueblo tan vano como el siens? Seguramente no lo es
tanto, ni con mucho, el pueblo francs.

Entonces el otro leproso, que me oy, contest a mis palabras:

--Excepta a Stricca, que supo hacer tan moderados gastos; y a Niccolo,
que fu el primero que descubri la rica usanza del clavo de especia,
en la ciudad donde hoy es tan comn su uso. Excepta tambin la
sociedad en que malgast Caccia de Asciano sus vias y sus bosques, y
en la que Abbagliato demostr hasta donde llegaba su juicio. Mas para
que sepas quin es el que de este modo te secunda contra los sieneses,
fija en m tus ojos a fin de que mi rostro corresponda al deseo que
tienes de conocerme, y podrs ver que soy la sombra de Capocchio, el
que falsific los metales por medio de la alquimia: y debes recordar,
si eres efectivamente el que pienso, que fu por naturaleza un buen
imitador.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMO_


En aquel tiempo en que Juno, por causa de Semele, estaba irritada
contra la sangre tebana, como lo demostr ms de una vez, Atamas se
volvi tan insensato que, al ver acercarse a su mujer, llevando de
la mano a sus dos hijos, exclam: "Tendamos las redes de modo que yo
coja a su paso la leona con sus cachorros;" y extendiendo despus las
desapiadadas manos, agarr a uno de ellos, que se llamaba Learco, le
hizo dar vueltas en el aire y lo estrell contra una roca: la madre se
ahog con el hijo restante. Cuando la fortuna abati la grandeza de
los troyanos, que a todo se atrevan, hasta que el reino fu destrudo
juntamente con el rey, la triste Hcuba, miserable y cautiva, despus
de haber visto a Polixena muerta, y el cuerpo de su Polidoro tendido en
la orilla del mar qued con el corazn tan desgarrado, que, fuera de
s, empez a ladrar como un perro; de tal modo la haba trastornado el
dolor. Pero ni los tebanos ni los troyanos furiosos demostraron tanta
crueldad, no ya en torturar cuerpos humanos, sino ni siquiera animales,
como la que vi en dos sombras desnudas y plidas, que corran
mordindose, como el cerdo cuando se escapa de su pocilga. Una de ellas
alcanz a Capocchio, y se le afianz a la nuca de tal modo, que tirando
de l, le hizo araar con su vientre el duro suelo. El aretino, que
qued temblando, me dijo:

--Ese loco es Gianni Schicchi, que va rabioso maltratando a los dems.

--Oh!--le dije yo--: no temas decirme quin es la otra sombra que va
con l, antes que desaparezca, y ojal no venga a hincarte los dientes
en el cuerpo.

Me contest:

--Es el alma antigua de la perversa Mirra, que fu amante de su padre
contra las leyes del amor honesto: para cometer tal pecado se disfraz
bajo la forma de otra; como aquel que ya se va tuvo empeo en fingirse
Buoso Donati, a fin de ganar la "Donna della Torma," testando en su
lugar, y dictando las clusulas del testamento.[38]

       [38] Gianni Schicchi acometi la empresa de suplantar la
       persona de Buoso Donati, muerto sin testar; para lo cual se
       meti en la cama de ste, y fingiendo que estaba cercano a la
       muerte, test e instituy por heredero a Simn Donati, hijo de
       Buoso, y como legado, dej a Gianni Schicchi, es decir, a s
       mismo, la mejor yegua de las caballerizas de Buoso, llamada
       Madona Tonina. Dante dice: della Torma por desprecio.

Cuando hubieron pasado aquellas dos almas furiosas, sobre las cuales
haba tenido fija mi vista, me volv para mirar las sombras de los
otros mal nacidos. Vi uno, que pareciera un lad, si hubiese tenido
el cuerpo cortado en el sitio donde el hombre se bifurca. La pesada
hidropesa, que, a causa de los humores convertidos en maligna
sustancia, hace los miembros tan desproporcionados, que el rostro
no corresponde al vientre, le obligaba a tener la boca abierta,
parecindose al htico que, cuando est sediento, dirige uno de sus
labios hacia la barba y otro hacia la nariz.

--Oh vosotros, que no sufrs pena alguna (y no s por qu) en este
mundo miserable!--nos dijo--: mirad y estad atentos al infortunio de
maese Adam: yo tuve en abundancia, mientras viv, todo cuanto dese; y
ahora, ay de m!, slo deseo una gota de agua.

Los arroyuelos que desde las verdes colinas del Casentino descienden
hasta el Arno, trazando frescos y apacibles cauces, continuamente estn
ante mi vista, y no en vano; pues su imagen me reseca ms que el mal
que descarna mi rostro. La rgida justicia que me castiga se sirve
del mismo lugar donde he pecado para hacerme exhalar ms suspiros.
All est Romena, donde falsifiqu la moneda acuada con el busto del
Bautista, por lo cual dej en la tierra mi cuerpo quemado. Pero si yo
viese aqu el alma criminal de Guido, o la de Alejandro, o la de su
hermano, no cambiara el placer de mirarlos a mi lado ni aun por la
fuente Branda. Una de ellas est ya aqu dentro, si es cierto lo que
dicen las colricas sombras de los que giran por estos sitios; pero
qu me importa, si tengo encadenados mis miembros? Si a lo menos fuese
yo tan gil que en cien aos pudiera andar una pulgada, ya me habra
internado por el sendero, buscndola entre esa gente deforme, a pesar
de que la fosa tiene once millas de circunferencia y no menos de media
milla de dimetro. Por su causa me veo entre estos condenados: ellos me
indujeron a acuar los florines, que bien tenan tres quilates de liga.

A mi vez lo dije:

--Quines son esos dos espritus infelices, que despiden vaho, como en
el invierno una mano mojada, y que tan unidas yacen a tu derecha?

--Aqu los encontr--respondime--, cuando baj a este abismo; y desde
entonces, ni se han movido, ni creo que eternamente se muevan. El uno
es la falsa que acus a Jos; el otro es el falso Sinn, griego de
Troya: por efecto de su ardiente fiebre, lanzan ese vapor ftido.

Uno de ellos, indignado quiz porque se le daba aquel nombre infame, le
golpe con el puo en su endurecido vientre, hacindoselo resonar como
un tambor. Maese Adam le di a su vez en el rostro con su puo, que no
pareca menos duro, dicindole:

--Aunque me vea privado de moverme a causa de la pesadez de algunos de
mis miembros, tengo el brazo suelto para semejante tarea.

A lo que aqul replic:

--Cuando marchabas hacia la hoguera no lo tenas tan suelto; pero lo
tenas mucho ms cuando acuabas moneda.

El hidrpico repuso:

--Eres verdico en eso; mas no lo fuiste tanto cuando en Troya te
incitaron a que dijeses la verdad.

--Si all dije una falsedad, en cambio t falsificaste el cuo--dijo
Sinn--; y si yo estoy aqu por una falta, t lo ests por muchas ms
que ninguno otro demonio.

--Acurdate, perjuro, del caballo--replic aquel que tena el vientre
hinchado--; y srvate de castigo el que el mundo entero conoce tu
delito.

--Srvate a ti tambin de castigo la sed que tiene agrietada tu
lengua--contest el Griego--, y el agua podrida que eleva tu vientre
como una barrera ante tus ojos.

Entonces el monedero replic:

--Tambin tu boca se rasga por hablar mal, como acostumbra: si yo tengo
sed, y si el humor me hincha, t tienes fiebre y te duele la cabeza;
no te haras mucho de rogar para lamer el espejo de Narciso.

Yo estaba escuchndoles atentamente, cuando me dijo mi Maestro:

--Sigue, sigue contemplndolos an; que poco me falta para rerme de ti.

Cuando le o hablarme con ira, me volv hacia l tan abochornado, que
an conservo vivo el recuerdo en mi memoria: y como quien suea en su
desgracia, que aun soando desea soar, y anhela ardientemente que sea
sueo lo que ya lo es, as estaba yo, sin poder proferir una palabra,
por ms que quisiera excusarme; y a pesar de que con el silencio me
excusaba, no crea hacerlo as.

--Con menos vergenza habra bastante para borrar una falta mayor que
la tuya--me dijo el Maestro--: consulate; y si acaso vuelve a suceder
que te reunas con gente entregada a semejantes debates, piensa en que
estoy siempre a tu lado; porque querer or eso es querer una bajeza.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMOPRIMERO_


La misma lengua que antes me hiri, tiendo de rubor mis mejillas,
me aplic en seguida el remedio: As he odo contar que la lanza de
Aquiles y de su padre sola ocasionar primero un disfavor, y luego un
buen regalo. Volvimos la espalda a aquel desventurado valle, andando,
sin decir una palabra, por encima del margen que lo rodea. All no
era de da ni de noche, de modo que mi vista alcanzaba poco delante
de m: pero o resonar una gran trompa, tan fuertemente, que habra
impuesto silencio a cualquier trueno; por lo cual mis ojos, siguiendo
la direccin que aquel ruido traa, se fijaron totalmente en un solo
punto. No hizo sonar tan terriblemente su trompa Orlando, despus de
la dolorosa derrota en que Carlo Magno perdi el fruto de su santa
empresa. A poco de haber vuelto hacia aquel lado la cabeza, me pareci
ver muchas torres elevadas, por lo que dije:

--Maestro, qu tierra es sta?

Me respondi:

--Como miras a lo lejos a travs de las tinieblas, te equivocas en lo
que te imaginas. Ya vers, cuando hayas llegado all, cunto engaa a
la vista la distancia: as pues, aprieta el paso.

Despus me cogi afectuosamente de la mano, y me dijo:

--Antes que pasemos ms adelante, y a fin de que el caso no te cause
tanta extraeza, sabe que eso no son torres, sino gigantes; todos los
cuales estn metidos hasta el ombligo en el pozo alrededor de sus muros.

As como la vista, cuando se disipa la niebla, reconoce poco a poco
las cosas ocultas por el vapor en que estaba envuelto el aire, de
igual modo, y a medida que la ma atravesaba aquella atmsfera densa
y obscura, conforme nos bamos acercando hacia el borde del pozo, mi
error se disipaba y creca mi miedo. Lo mismo que Montereggione corona
de torres su recinto amurallado, as, por el borde que rodea el pozo,
se elevaban como torres y hasta la mitad del cuerpo los horribles
gigantes, a quienes amenaza todava Jpiter desde el cielo, cuando
truena. Yo poda distinguir ya el rostro, los hombros y el pecho de
uno de ellos, y gran parte de su vientre, y sus dos brazos a lo largo
de los costados. En verdad que hizo bien la Naturaleza cuando abandon
el arte de crear semejantes animales, para quitar pronto a Marte
tales ejecutores; y si ella no se arrepiente de producir elefantes y
ballenas, quien lo repare sutilmente, ver en esto mismo su justicia
y su discrecin; porque donde la fuerza del ingenio se une a la
malevolencia y al vigor, no hay resistencia posible para los hombres.

Su cabeza me pareca tan larga y gruesa como la pia de San Pedro en
Roma[39], guardando la misma proporcin los dems huesos; de suerte
que, aun cuando el ribazo le ocultaba de medio cuerpo abajo, se vea lo
bastante para que tres frisones no hubieran podido alabarse de alcanzar
a su cabellera; porque yo calculaba que tendra treinta grandes palmos
desde el borde del pozo hasta el sitio donde el hombre se abrocha la
capa.

       [39] Pia de bronce que primero estuvo sobre la Mole Adriana;
       en tiempo de Dante estaba en la plaza de la antigua baslica
       de San Pedro en el Vaticano, y ahora en la sala del gran nicho
       de Bramante en el jardn que rodean los Museos, llamado por
       esto "giardin della pigna." Su altura actualmente es de diez
       palmos, pero en tiempo de Dante, antes de truncada su parte
       superior, meda unos quince.

"Raphel mai amech isabi almi"[40], empez a gritar la fiera boca, en la
cual no estaran bien otras voces ms suaves; y mi Gua le dijo:

--Alma insensata, sigue entretenindote con la trompa, y desahgate con
ella, cuando te agite la clera u otra pasin. Busca por tu cuello y
encontrars la soga que la sujeta, oh alma turbada!; mrala cmo cie
tu enorme pecho.

       [40] Segn Fraticelli, cada una de estas cinco extraas
       palabras pertenece a diferente lengua; la primera al hebreo,
       y las otras a cuatro de los principales dialectos derivados
       de aqulla. Esta opinin parece confirmarla Dante, cuando
       dice ms abajo: "El mismo se acusa: este es Nemrod, etc.;"
       el que por haber querido construir la torre de Babel,
       produjo la confusin e hizo que en el mundo no se hable una
       sola lengua. En tal supuesto, y admitiendo la versin del
       abate Jos Venturi (aunque ste dice que las palabras son
       siriacas), significaran Poder de Dios! Por qu estoy en
       esta profundidad? Vuelve atrs: escndete: pero perteneciendo
       a varias lenguas, sera como si traducidas en espaol,
       latn, alemn, francs e italiano, dijsemos: Pardiez!--cur
       ego--hier--Va-t-en:--fascondi.

Despus me dijo:

El mismo se acusa: ese es Nemrod, por cuyo audaz pensamiento se ve
obligado el mundo a usar ms de una lengua. Dejmosle estar, y no
lancemos nuestras palabras al viento; pues ni l comprende el lenguaje
de los dems, ni nadie conoce el suyo.

Continuamos, pues, nuestro viaje, siguiendo hacia la izquierda; y a un
tiro de ballesta de aquel punto encontramos otro gigante mucho ms
grande y fiero. No podr decir quin fu capaz de sujetarle; pero s
que tena ligado el brazo izquierdo por delante y el otro por detrs
con una cadena, la cual le rodeaba del cuello abajo, dndole cinco
vueltas en la parte del cuerpo que sala fuera del pozo.

--Ese soberbio quiso ensayar su poder contra el sumo Jpiter--dijo mi
Gua--, por lo cual tiene la pena que ha merecido. Llmase Efialto,
y di muestras de audacia cuando los gigantes causaron miedo a los
Dioses: los brazos que tanto movi entonces, no los mover ya jams.

Y yo le dije:

--Si fuese posible, quisiera que mis ojos tuviesen una idea de lo que
es el desmesurado Briareo.

A lo que contest:

--Vers cerca de aqu a Anteo, que habla y anda suelto, el cual nos
conducir al fondo del Infierno. El que t quieres ver est atado mucho
ms lejos, y es lo mismo que ste, slo que su rostro parece ms feroz.

El ms impetuoso terremoto no sacudi nunca una torre con tal violencia
como se agit repentinamente Efialto. Entonces tem la muerte ms que
nunca, y a no haber visto que el gigante estaba bien atado, bastara
para ello el miedo que me posea. Seguimos avanzando, y llegamos adonde
estaba Anteo, que, sin contar la cabeza, sala fuera del abismo lo
menos cinco alas.[41]

       [41] Antigua medida inglesa, equivalente a un metro ciento
       sesenta y ocho milmetros. Cinco alas equivalen, pues, a unos
       treinta palmos.

--Oh t, que en el afortunado valle donde Escipin hered tanta
gloria, cuando Anbal y los suyos volvieron las espaldas, recogiste mil
leones por presa, y que, si hubieras asistido a la gran guerra de tus
hermanos, an hay quien crea que habras asegurado la victoria a los
hijos de la Tierra! Si no lo llevas a mal, condcenos al fondo en donde
el fro endurece al Cocito. No hagas que me dirija a Ticio ni a Tifeo:
este que ves puede dar lo que aqu se desea: por tanto, inclnate y no
tuerzas la boca. Todava puede renovar tu fama en el mundo; pues vive,
y espera gozar an de larga vida, si la gracia no lo llama a s antes
de tiempo.

As le dijo el Maestro; y el gigante, apresurndose a extender aquellas
manos que tan rudamente oprimieron a Hrcules, cogi a mi Gua. Cuando
Virgilio se sinti agarrar, me dijo: "Acrcate para que yo te tome."
Y en seguida me abraz de modo, que los dos juntos formbamos un solo
fardo.

Como al mirar la Carisenda[42] por el lado a que est inclinada, cuando
pasa una nube por encima de ella en sentido contrario, parece prxima a
derrumbarse, tal me pareci Anteo cuando le vi inclinarse; y fu para
m tan terrible aquel momento, que habra querido ir por otro camino.
Pero l nos condujo suavemente al fondo del abismo que devora a Lucifer
y a Judas; y sin demora ces su inclinacin, volviendo a erguirse como
el mstil de un navo.

       [42] Torre inclinada de Bolonia, llamada as del nombre de
       sus constructores, Felipe y Odn de Garisendi (ao de 1110),
       y que hoy se llama la Torre Mozza por haberla mandado truncar
       en 1355 el tirano Juan Visconti de Oleggio. Tiene 130 pies de
       elevacin. Al que se coloca al pie de ella en el lado a que
       se inclina, mirando arriba cuando pasa una nube en sentido
       contrario a su inclinacin, le parece que la torre va a caerse.




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMOSEGUNDO_


Si poseyese un estilo spero y ronco, cual conviene para describir el
sombro pozo, sobre el que se apoyan todas las otras rocas, expresara
mucho mejor la esencia de mi pensamiento; pero como no lo tengo,
me decido a ello con temor; pues no es empresa que pueda tomarse
como juego, ni para ser acometida por una lengua balbuciente, la de
describir el fondo de todo el universo. Pero vengan en auxilio de
mis versos aquellas Mujeres que ayudaron a Anfin a fundar a Tebas,
para que el estilo no desdiga de la naturaleza del asunto. Oh gentes
malditas sobre todas las dems, que estis en el sitio del que me es
tan duro hablar; ms os valiera haber sido aqu convertidas en ovejas o
cabras!

Cuando llegamos al fondo del obscuro pozo, mucho ms abajo de donde
tena los pies el gigante, como yo estuviese an mirando el alto muro,
o que me decan: "Cuidado cmo andas: procura no pisar las cabezas de
nuestros infelices y torturados hermanos." Volvme al or esto, y vi
delante de m y a mis pies un lago, que por estar helado, pareca de
vidrio y no de agua. Ni el Danubio en Austria durante el invierno,
ni el Tanais all, bajo el fro cielo, cubren su curso de un velo tan
denso como el de aquel lago, en el cual, aunque hubieran cado el
Tabernick o el Pietrapana, no habran causado el menor estallido. Y a
la manera de las ranas cuando gritan con la cabeza fuera del agua, en
la estacin en que la villana suea que espiga, as estaban aquellas
sombras llorosas y lvidas, sumergidas en el hielo hasta el sitio donde
aparece la vergenza, produciendo con sus dientes el mismo sonido que
la cigea con su pico. Tenan todas el rostro vuelto hacia abajo: su
boca daba muestras del fro que sentan, y sus ojos las daban de la
tristeza de su corazn. Cuando hube examinado algn tiempo en torno
mo, mir a mis pies, y vi dos sombras tan estrechamente unidas, que
sus cabellos se mezclaban.

--Decidme quines sois, vosotros, que tanto uns vuestros pechos--dije
yo.

Levantaron la cabeza, y despus de haberme mirado, sus ojos, que
estaban preados de lgrimas, se derramaron en los prpados; pero el
fro congel en ellos aquellas lgrimas, volvindolos a cerrar. Ninguna
grapa uni jams tan fuertemente dos trozos de madera; por lo cual
ambos condenados se entrechocaron como dos carneros: tanta fu la ira
que los domin. Y otro, a quien el fro haba hecho perder las orejas,
me dijo, sin levantar la cabeza:

--Por qu nos miras tanto? Si quieres saber quines son estos dos, te
dir que el valle por donde corre el Bisenzio fu de su padre Alberto
y de ellos. Ambos salieron de un mismo cuerpo; y aunque recorras toda
la Cana, no encontrars una sombra ms digna de estar sumergida en el
hielo, ni aun la de aquel a quien la mano de Arturo rompi de un golpe
el pecho y la sombra, ni la de Focaccia, ni la de ste que me impide
con su cabeza ver ms lejos, y que se llam Sassolo Mascheroni: si eres
toscano, bien sabrs quin es. Y para que no me hagas hablar ms, sabe
que yo soy Camiccione de Pazzi, y que espero a Carlino, cuyas culpas
harn aparecer menos graves las mas.

Despus vi otros mil rostros amoratados por el fro, tanto que desde
entonces tengo horror, y lo tendr siempre a los estanques helados.
Y mientras nos dirigamos hacia el centro, donde converge toda la
gravedad de la Tierra, yo temblaba en la lobreguez eterna; y no s
si lo dispuso Dios, el Destino o la Fortuna; pero al pasar por entre
aquellas cabezas, d un fuerte golpe con el pie en el rostro de una de
ellas, que me dijo llorando:

--Por qu me pisas? Si no vienes a aumentar la venganza de
Monteaperto, por qu me molestas?

Entonces dije yo:

--Maestro mo, esprame aqu, a fin de que ste me esclarezca una duda:
en seguida me dar cuanta prisa quieras.

El Gua se detuvo, y yo dije a aquel que an estaba blasfemando:

--Quien eres t, que as reprendes a los dems?

Me contest:

--Y t, que vas por el recinto de Antenor, golpeando a los dems en
el rostro, de modo que, si estuvieras vivo, an seran tus golpes
demasiado fuertes, quin eres?

--Yo estoy vivo--fu mi respuesta--; y puede serte grato, si fama
deseas, que ponga tu nombre entre los otros que conservo en la memoria.

A lo que repuso:

--Deseo todo lo contrario: vte de aqu, y no me causes ms molestia,
pues suenan mal tus lisonjas en esta caverna.

Entonces le cog por los pelos del cogote, y le dije:

--Es preciso que digas tu nombre, o no te quedar ni un solo cabello.

Pero l me replic:

--Aunque me repeles, ni te dir quien soy, ni vers mi rostro, por ms
que me golpees mil veces en la cabeza.

Yo tena ya sus cabellos enroscados en mi mano, y le haba arrancado
ms de un puado de ellos, mientras l aullaba con los ojos fijos en
el hielo, cuando otro condenado grit: "Qu tienes, Bocca? No te
basta castaetear los dientes, sino que tambin ladras? Qu demonio te
atormenta?"

--Ahora--dije--ya no quiero que hables, traidor maldito; que para tu
eterna vergenza, llevar al mundo noticias ciertas de ti.

--Vte pronto--repuso--, y cuenta lo que quieras; pero si sales de
aqu, no dejes de hablar de ese que ha tenido la lengua tan suelta,
y que est llorando el dinero que recibi de los franceses: "Yo
vi, podrs decir, a Buoso de Duera, all donde los pecadores estn
helados." Si te preguntan por los dems que estn aqu, a tu lado
tienes al de Becchera, cuya garganta seg Florencia. Creo que ms all
est Gianni de Soldanieri con Ganeln y Tebaldello, el que entreg a
Faenza cuando sus habitantes dorman.

Estbamos ya lejos de aqul, cuando vi a otros dos helados en una
misma fosa, colocados de tal modo, que la cabeza del uno pareca ser
el sombrero del otro. Y como el hambriento en el pan, as el de encima
clav sus dientes al de debajo en el sitio donde el cerebro se une con
la nuca. No mordi con ms furor Tideo las sienes de Menalipo, que
aqul roa el crneo de su enemigo y las dems cosas inherentes al
mismo.

--Oh t, que demuestras, por medio de tan brutal accin, el odio que
tienes al que ests devorando! Dime qu es lo que te induce a ello--le
pregunt--bajo el pacto de que, si te quejas con razn de l, sabiendo
yo qu crimen es el suyo y quines sois, te vengar en el mundo, si mi
lengua no llega antes a secarse.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMOTERCIO_

Aquel pecador apart su boca de tan horrible alimento, limpindosela en
los pelos de la cabeza cuya parte posterior acababa de roer; y luego
empez a hablar de esta manera:

--T quieres que renueve el desesperado dolor que oprime mi corazn,
slo al pensar en l, y aun antes de hablar. Pero si mis palabras
deben ser un germen de infamia para el traidor a quien devoro, me
vers llorar y hablar a un mismo tiempo. No s quin eres, ni de qu
medios te has valido para llegar hasta aqu; pero al orte, me pareces
efectivamente florentino. Has de saber que yo fu el conde Ugolino,
y ste el arzobispo Ruggieri: ahora te dir por qu lo trato as. No
es necesario manifestarte que por efecto de sus malos pensamientos,
y findome de l, fu preso y muerto despus. Pero te contar lo
que no puedes haber sabido; esto es, lo cruel que fu mi muerte, y
comprenders cunto me ha ofendido. Un pequeo agujero abierto en la
torre, que por mi mal se llama hoy del Hambre, y en la que todava
sern encerrados otros, me haba permitido ver por su hendedura ya
muchas lunas, cuando tuve el mal sueo que descorri para m el velo
del porvenir. Ruggieri se me apareca como seor y caudillo, cazando el
lobo y los lobeznos en el monte que impide a los pisanos ver la ciudad
de Luca. Se haba hecho preceder de los Gualandi, de los Sismondi y los
Lanfranchi, que iban a la cabeza con perros hambrientos, diligentes y
amaestrados. El padre y sus hijuelos me parecieron rendidos despus de
una corta carrera, y cre ver que aqullos les desgarraban los costados
con sus agudas presas. Cuando despert antes de la aurora, o llorar
entre sueos a mis hijos, que estaban conmigo, y pedan pan. Bien
cruel eres, si no te contristas pensando en lo que aquello anunciaba
a mi corazn; y si ahora no lloras, no s lo que puede excitar tus
lgrimas. Estbamos ya despiertos, y se acercaba la hora en que solan
traernos nuestro alimento; pero todos dudbamos, porque cada cual haba
tenido un sueo semejante. O que clavaban la puerta de la horrible
torre, por lo cual mir al rostro de mis hijos sin decir palabra: yo
no poda llorar, porque el dolor me tena como petrificado: lloraban
ellos, y mi Anselmito dijo: "Qu tienes, padre, que as nos miras?"
Sin embargo, no llor ni respond una palabra en todo aquel da, ni
en la noche siguiente, hasta que el otro Sol alumbr el mundo. Cuando
entr en la dolorosa prisin uno de sus dbiles rayos, y consider
en aquellos cuatro rostros el aspecto que deba tener el mo, empec
a morderme las manos desesperado; y ellos, creyendo que yo lo haca
obligado por el hambre, se levantaron con presteza y dijeron: "Padre,
nuestro dolor ser mucho menor, si nos comes a nosotros: t nos diste
estas miserables carnes; despjanos, pues, de ellas." Entonces me calm
para no entristecerlos ms; y aquel da y el siguiente permanecimos
mudos. Ay, dura tierra! Por qu no te abriste? Cuando llegamos al
cuarto da, Gaddo se tendi a mis pies, diciendo: "Padre mo, por qu
no me auxilias?" All muri; y lo mismo que me ests viendo, vi yo caer
los tres, uno a uno, entre el quinto y el sexto da. Ciego ya, fu a
tientas buscando a cada cual, llamndolos durante tres das despus de
estar muertos; hasta que, al fin, pudo en m ms la inedia que el dolor.

Cuando hubo pronunciado estas palabras, torciendo los ojos, volvi a
coger el miserable crneo con los dientes, que royeron el hueso como
los de un perro. Ah, Pisa, vituperio de las gentes del hermoso pas
donde el "si" suena! Ya que tus vecinos son tan morosos en castigarte,
muvanse la Capraja y la Gorgona, y formen un dique a la embocadura del
Arno, para que sepulte en sus aguas a todos tus habitantes; pues si el
conde Ugolino fu acusado de haber vendido tus castillos, no debiste
someter a sus hijos a tal suplicio. Su tierna edad patentizaba, oh
nueva Tebas!, la inocencia de Uguccin y del Brigata, y la de los otros
dos que ya he nombrado.

Seguimos luego ms all, donde el hielo oprime duramente a otros
condenados, que no estn con el rostro hacia abajo, sino vueltos hacia
arriba. Su mismo llanto no les deja llorar; pues las lgrimas, que al
salir encuentran otras condensadas, se vuelven adentro, aumentando la
angustia; porque las primeras lgrimas forman un dique, y como una
visera de cristal, llenan debajo de los prpados toda la cavidad del
ojo. Y aunque mi rostro, a causa del gran fro, haba perdido toda
sensibilidad, como si estuviera encallecido, me pareci qu senta
algn viento, por lo cual dije:

--Maestro, qu causa mueve este viento? No est extinguido aqu todo
vapor?

A lo cual me contest:

--Pronto llegars a un sitio donde tus ojos te darn la respuesta,
viendo la causa de ese viento.

Y uno de los desgraciados de la helada charca nos grit:

--Oh almas tan culpables que habis sido destinadas al ltimo recinto!
Arrancadme de los ojos este duro velo, a fin de que pueda desahogar el
dolor que me hincha el corazn, antes que mis lgrimas se hielen de
nuevo.

Al or tales palabras, le dije:

--Si quieres que te alivie, dime quin fuiste; y si no te presto ese
consuelo, vame sumergido en el fondo de ese hielo.

Entonces me contest:

--Yo soy fray Alberigo[43]: soy aquel, cuyo huerto ha producido tan
mala fruta, que aqu recibo un dtil por un higo.

       [43] Alberigo de Manfredi, seor de Faenza, que ingres en la
       orden de los hermanos Gozosos, se haba enemistado con sus
       parientes. Un da, fingiendo reconciliarse con ellos, les
       invit a un gran banquete, y en el momento de servirse los
       postres, les hizo asesinar. De aqu tuvo origen el proverbio
       italiano: "Ese ha probado la fruta de Alberigo."

--Oh!--le dije--; tambin t has muerto?

--No s cmo estar mi cuerpo all arriba--repuso--; esta Ptolomea
tiene el privilegio de que las almas caigan con frecuencia en ella
antes de que Atropos mueva los dedos; y para que de mejor grado me
arranques las congeladas lgrimas del rostro, sabe que en cuanto un
alma comete alguna traicin como la que yo comet, se apodera de su
cuerpo un demonio, que despus dirige todas sus acciones, hasta que
llega el trmino de su vida. En cuanto al alma, cae en esta cisterna;
y por eso tal vez aparezca todava en el mundo el cuerpo de esa sombra
que est detrs de m en este hielo. Debes conocerle, si es que acabas
de llegar al Infierno: es "ser" Branca d'Oria, el cual hace ya muchos
aos que fu encerrado aqu.

--Yo creo--le dije--que me engaas; porque Branca d'Oria no ha muerto
an, y come, y bebe, y duerme, y va vestido.

--Aun no haba cado Miguel Zanche--repuso aqul--en la fosa de
Malebranche, all donde hierve continuamente la pez, cuando Branca
d'Oria ya dejaba un diablo haciendo sus veces en su cuerpo y en el de
uno de sus parientes, que fu cmplice de su traicin. Extiende ahora
la mano y breme los ojos.

Yo no se los abr, y creo que fu una lealtad el ser con l desleal.

Ah, genoveses!, hombres diversos de los dems en costumbres, y llenos
de toda iniquidad!, por qu no sois desterrados del mundo? Junto con
el peor espritu de la Romana he encontrado uno de vosotros, que, por
sus acciones, tiene el alma sumergida en el Cocito, mientras que su
cuerpo aparece an vivo en el mundo.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMOCUARTO_


"Vexilla regis prodeunt inferni"[44] hacia nosotros. Mira
adelante--dijo mi Maestro,--a ver si lo distingues.

       [44] "Los estandartes del rey de los Infiernos
       avanzan."--Imitacin del primer verso del himno que entona
       la Iglesia ante el estandarte de la Cruz, y que aqu aplica
       irnicamente Virgilio hablando de Lucifer.

Como aparece a lo lejos un molino, cuyas aspas hace girar el viento,
cuando ste arrastra una espesa niebla, o cuando anochece en nuestro
hemisferio, as me pareci ver a gran distancia un artificio semejante;
y luego, para resguardarme del viento, a falta de otro abrigo, me
encog detrs de mi Gua. Estaba ya (con pavor lo digo en mis versos)
en el sitio donde las sombras se hallaban completamente cubiertas de
hielo, y se transparentaban como paja en vidrio. Unas estaban tendidas,
otras derechas; aqullas con la cabeza, stas con los pies hacia abajo,
y otras por fin con la cabeza tocando a los pies como un arco. Cuando
mi Gua crey que habamos avanzado lo suficiente para ensearme la
criatura que tuvo el ms hermoso rostro, me dej libre el paso, e hizo
que me detuviera.

--He ah a Dite--me dijo--, y he aqu el lugar donde es preciso que te
armes de fortaleza.

No me preguntes, lector, si me quedara entonces helado y yerto; no
quiero escribirlo, porque cuanto dijera sera poco. No qued muerto ni
vivo: piensa por ti, si tienes alguna imaginacin, lo que me sucedera
vindome as privado de la vida sin estar muerto. El emperador del
doloroso reino sala fuera del hielo desde la mitad del pecho: mi
estatura era ms proporcionada a la de un gigante, que la de uno de
stos a la longitud de los brazos de Lucifer: juzga, pues, cul deba
ser el todo que a semejante parte corresponda. Si fu tan bello como
deforme es hoy, y os levantar sus ojos contra su Creador, de l debe
proceder sin duda todo mal. Oh! Cunto asombro me caus, al ver
que su cabeza tena tres rostros! Uno por delante, que era de color
bermejo: los otros dos se unan a ste sobre el medio de los hombros,
y se juntaban por detrs en lo alto de la coronilla, siendo el de la
derecha entre blanco y amarillo, segn me pareci; el de la izquierda
tena el aspecto de los oriundos del valle del Nilo.[45] Debajo de
cada rostro salan dos grandes alas, proporcionadas a la magnitud de
tal pjaro; y no he visto jams velas de buque comparables a ellas:
no tenan plumas, pues eran por el estilo de las del murcilago; y se
agitaban de manera que producan tres vientos, con los cuales se helaba
todo el Cocito. Con seis ojos lloraba Lucifer, y por las tres barbas
corran sus lgrimas, mezcladas de baba sanguinolenta. Con los dientes
de cada boca, a modo de agramadera, trituraba un pecador, de suerte que
haca tres desgraciados a un tiempo. Los mordiscos que sufra el de
adelante no eran nada en comparacin de los rasguos que le causaban
las garras de Lucifer, dejndole a veces las espaldas enteramente
desolladas.

       [45] Los tres rostros de diversos colores significan las tres
       partes del mundo entonces conocidas. El rojo o bermejo, los
       europeos; el entre blanco y amarillo, los asiticos; el negro,
       los africanos.--Los tres vientos de que habla luego simbolizan
       tal vez los tres vicios generadores de todo mal, a saber: la
       soberbia, la envidia y la avaricia.

--El alma que est sufriendo la mayor pena all arriba--dijo el
Maestro--es la de Judas Iscariote, que tiene la cabeza dentro de la
boca de Lucifer y agita fuera de ella las piernas. De las otras dos,
que tienen la cabeza hacia abajo, la que pende de la boca negra es
Bruto; mira cmo se retuerce sin decir una palabra: el otro, que tan
membrudo parece, es Casio. Pero se acerca la noche, y es hora ya de
partir, pues todo lo hemos visto.

Segn le plugo, me abrac a su cuello; aprovech el momento y el lugar
favorable, y cuando las alas estuvieron bien abiertas, agarrse a las
velludas costillas de Lucifer, y de pelo en pelo descendi por entre
el hirsuto costado y las heladas costras. Cuando llegamos al sitio en
que el muslo se desarrolla justamente sobre el grueso de las caderas,
mi Gua, con fatiga y con angustia, volvi su cabeza hacia donde aqul
tena las zancas, y se agarr al pelo como un hombre que sube, de modo
que cre que volvamos al Infierno.

--Sostnte bien--me dijo jadeando como un hombre cansado--; que por
esta escalera es preciso partir de la mansin del dolor.

Despus sali fuera por la hendedura de una roca, y me sent sobre el
borde de la misma, poniendo junto a m su pie prudente. Yo levant mis
ojos, creyendo ver a Lucifer como le haba dejado; pero vi que tena
las piernas en alto. Si deb quedar asombrado, jzguelo el vulgo, que
no sabe qu punto es aquel por donde yo haba pasado.

--Levntate--me dijo el Maestro--; la ruta es larga, el camino malo, y
ya el Sol se acerca a la mitad de tercia.

El sitio donde nos encontrbamos no era como la galera de un palacio,
sino una caverna de mal piso y escasa de luz.

--Antes que yo salga de este abismo, Maestro mo,--le dije al ponerme
en pie--, dime algo que me saque de confusiones. Dnde est el hielo,
y cmo es que Lucifer est de ese modo invertido? Cmo es que, en tan
pocas horas, ha recorrido el Sol su carrera desde la noche a la maana?

Me contest:

--Te imaginas sin duda que ests an al otro lado del centro, donde me
cog al pelo de ese miserable gusano que atraviesa el mundo? All te
encontrabas mientras descendamos; cuando me volv, pasaste el punto
hacia el que converge toda la gravedad de la Tierra; y ahora ests
bajo el hemisferio opuesto a aquel que cubre el rido desierto, y bajo
cuyo ms alto punto fu muerto el Hombre que naci y vivi sin pecado.
Tienes los pies sobre una pequea esfera, que por el otro lado mira a
la Judesca. Aqu amanece, cuando all anochece; y ste de cuyo pelo nos
hemos servido como de una escala, permanece an fijo del mismo modo
que antes. Por esta parte cay del cielo; y la tierra, que antes se
mostraba en este lado, aterrorizada al verle, se hizo del mar un velo,
y se retir hacia nuestro hemisferio; y quiz tambin huyendo de l,
dej aqu este vaco la que aparece por ac formando un elevado monte.

Hay all abajo una cavidad que se aleja tanto de Lucifer cuanta es la
extensin de su tumba; cavidad que no puede reconocerse por la vista,
sino por el rumor de un arroyuelo, que desciende por el cauce de un
peasco que ha perforado con su curso sinuoso y poco pendiente. Mi Gua
y yo entramos en aquel camino oculto, para volver al mundo luminoso;
y sin concedernos el menor descanso, subimos, l delante y yo detrs,
hasta que pude ver por una abertura redonda las bellezas que contiene
el Cielo, y por all salimos para volver a ver las estrellas.

[Ilustracin]




_PURGATORIO_




[Ilustracin]




_CANTO PRIMERO_


Ahora la navecilla de mi ingenio, que deja en pos de s un mar
tan cruel, desplegar las velas para navegar por mejores aguas; y
cantar aquel segundo reino, donde se purifica el espritu humano,
y se hace digno de subir al Cielo. Resucite aqu, pues, la muerta
posea, oh santas Musas!, pues que soy vuestro; y realce Calope mi
canto, acompandolo con aquella voz que produjo tal efecto en las
desgraciadas Urracas, que desesperaron de alcanzar su perdn.[46]

       [46] Las nueve hijas de Piero, rey de Pella en Macedonia,
       que habiendo desafiado a las Musas, fueron vencidas y
       transformadas en urracas. Las mismas Musas son llamadas
       Pirides.

Un suave color de zafiro oriental, contenido en el sereno aspecto del
aire puro hasta el primer cielo, reapareci delicioso a mi vista en
cuanto sal de la atmsfera muerta, que me haba contristado los ojos
y el corazn. El bello planeta que convida a amar haca sonrer todo
el Oriente, desvaneciendo al signo de Piscis, que segua en pos de l.
Me volv a la derecha, y dirigiendo mi espritu hacia el otro polo,
distingu cuatro estrellas nicamente vistas por los primeros humanos.
El cielo pareca gozar con sus resplandores. Oh Septentrin, sitio
verdaderamente viudo, pues que te ves privado de admirarlas! Cuando
ces en su contemplacin, volvme un tanto hacia el otro polo, de donde
el Carro haba desaparecido, y vi cerca de m un anciano solo, y digno,
por su aspecto, de tanta veneracin, que un padre no puede inspirarla
mayor a su hijo. Llevaba una larga barba, canosa como sus cabellos,
que le caa hasta el pecho, dividida en dos mechones. Los rayos de las
cuatro luces santas rodeaban de tal resplandor su rostro, que lo vea
como si hubiese tenido el Sol ante mis ojos.

--Quines sois vosotros que, contra el curso del tenebroso ro,
habis hudo de la prisin eterna?--dijo el anciano, agitando su barba
venerable--. Quin os ha guiado, o quin os ha servido de antorcha
para salir de la profunda noche, que hace sea continuamente negro el
valle infernal? As se han quebrantado las leyes del abismo? O se ha
dado quizs en el Cielo un nuevo decreto, que os permite, a pesar de
estar condenados, venir a mis grutas?

Entonces mi Gua me indic, por medio de sus palabras, de sus gestos
y sus miradas, que deba mostrarme respetuoso, doblar la rodilla e
inclinar la vista. Despus le respondi:

--No vine por mi deliberacin, sino porque una mujer, descendida del
cielo, me ha rogado que acompae y ayude a ste. Pero ya que es tu
voluntad que te expliquemos ms ampliamente cul sea nuestra verdadera
condicin, la ma no puede rehusarte nada. Este no ha visto an su
ltima noche; pero por su locura estuvo tan cerca de ello, que le
quedaba poqusimo tiempo de vida. As es que, segn he dicho, fu
enviado a su encuentro para salvarle, y no haba otro camino ms
que este, por el cual me he aventurado. Hele dado a conocer todos
los rprobos, y ahora pretendo mostrarle aquellos espritus que se
purifican bajo tu jurisdiccin. Sera largo de referir el modo como
le he trado hasta aqu: de lo alto baja la virtud que me ayuda a
conducirle para verte y orte. Dgnate, pues, acoger su llegada
benignamente: va buscando la libertad, que es tan amada, como lo sabe
el que por ella desprecia la vida. Bien lo sabes t, que por ella no te
pareci amarga la muerte en Utica, donde dejaste tu cuerpo, que tanto
brillar en el gran da. No han sido revocados por nosotros los eternos
decretos; pues ste vive, y Minos no me tiene en su poder, sino que
pertenezco al crculo donde estn los castos ojos de tu Marcia, que
parece rogarte an, oh santo corazn!, que la tengas por compaera
y por tuya. En nombre, pues, de su amor, accede a nuestra splica, y
djanos ir por tus siete reinos: le manifestar mi agradecimiento hacia
ti si permites que all abajo se pronuncie tu nombre.

--Marcia fu tan agradable a mis ojos mientras pertenec a la
Tierra--dijo l entonces--, que obtuvo de m cuantas gracias quiso;
ahora que habita a la otra parte del mal ro, no puedo ya conmoverme a
causa de la ley que se me impuso cuando sal fuera de mi cuerpo. Pero
si una mujer del cielo te anima y te dirige, segn dices, no tienes
necesidad de tan laudatorios ruegos; me basta conque me supliques en
su nombre. V, pues, y haz que se se cia con un junco sin hojas, y
lvale el rostro de modo que quede borrada en l toda mancha; porque no
conviene que se presente con la vista ofuscada ante el primer ministro,
que es de los del Paraso. Esa pequea isla que ves all abajo
produce, en torno suyo y por donde la combaten las olas, juncos en su
tierra blanda y limosa. Ninguna clase de plantas que eche hojas o que
se endurezca puede existir ah, porque le sera imposible doblegarse
a los embates de las olas. Despus no volvis por esta parte; el sol
naciente os indicar el modo de encontrar la ms fcil subida del monte.

Al decir esto desapareci. Me levant sin hablar, me coloqu junto a mi
Gua, y fij en l los ojos. Entonces empez a hablarme de este modo:

--Hijo mo, sigue mis pasos: volvamos atrs; porque esta llanura va
descendiendo siempre hasta su ltimo lmite.

El alba venca ya al aura matutina, que hua delante de ella, y desde
lejos pude distinguir las ondulaciones del mar. Ibamos por la llanura
solitaria, como el que busca la senda perdida, y cree caminar en vano
hasta que logra encontrarla. Cuando llegamos a un sitio en que el roco
resiste al calor del sol, y protegido por la sombra, se desvanece poco
a poco, puso mi Maestro suavemente sus dos manos abiertas sobre la
fresca hierba; y yo, comprendiendo su intento, le present mis mejillas
cubiertas an de lgrimas, y en las que por su mediacin apareci de
nuevo el color de que las priv el Infierno.

Llegamos despus a la playa desierta, que no vi nunca navegar por
sus aguas a hombre alguno capaz de salir de ellas. All me hizo un
cinturn, segn la voluntad del otro; y, oh maravilla!, cuando arranc
la humilde planta, volvi otra a renacer sbitamente en el mismo sitio
de donde haba arrancado aqulla.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO SEGUNDO_


Ya estaba el Sol tocando al horizonte, cuyo crculo meridiano cubre a
Jerusaln con su punto ms elevado; y ya la noche, formando un arco
en oposicin a l, sala fuera del Ganges con las Balanzas que se le
caen de las manos cuando supera en extensin al da; de modo que all,
donde yo me encontraba, las blancas y sonrosadas mejillas de la bella
Aurora, segn iba creciendo, se tornaban de color de oro. Estbamos
an en la orilla del mar, como quien piensa en el camino que debe
seguir, y anda con el deseo, sin que el cuerpo se mueva. Cuando he
aqu que, as como, al amanecer, por efecto de los densos vapores, se
ve a Marte enrojecido hacia Poniente sobre las aguas marinas, de igual
modo me apareci--ojal pudiese verla otra vez!--una luz, la cual
vena tan rpidamente por el mar, que ningn vuelo sera comparable a
su celeridad. Un solo momento apart de ella la vista para interrogar
a mi Gua, y al punto volv a verla mucho ms voluminosa y brillante;
distinguiendo luego a cada lado de la misma una cosa blanca, sin saber
lo que era, debajo de la cual se descubra poco a poco otro objeto
igualmente blanco. Aun no haba pronunciado una palabra mi Maestro,
cuando se vi que las primeras formas blancas eran alas; y entonces,
habiendo conocido bien al gondolero, exclam:

--Dobla, dobla pronto la rodilla: he aqu el ngel de Dios; une las
manos: nunca vers semejantes ministros del Seor. Mira cmo desdea
los medios humanos, pues no necesita remo, ni otras velas que sus alas,
entre tan apartadas orillas. Mira cmo las tiene elevadas hacia el
cielo, agitando el aire con las eternas plumas, que no se mudan como el
cabello de los mortales.

Cuanto ms se acercaba a nosotros el ave divina, ms brillante
apareca: por lo cual, no pudiendo resistir su resplandor mis ojos,
los inclin; y aqul se dirigi hacia la orilla en un esquife airoso
y ligero, que apenas se sumerga un poco en el agua. El celestial
barquero estaba en la popa, y la bienaventuranza pareca estar escrita
en su semblante. Ms de cien espritus, sentados en la barquilla,
cantaban a coro: "In exitu Israel de gipto" y todo lo dems que
sigue de este salmo. El ngel les hizo la seal de la santa cruz, a
cuya seal se arrojaron todos a la playa, y l se alej con la misma
velocidad con que haba venido. La turba que dej all pareca llena
de estupor en tal sitio, mirando y remirando en torno suyo, como el
que descubre cosas que no ha visto nunca. El Sol, que haba arrojado
con sus brillante saetas al signo de Capricornio del centro del cielo,
irradiaba por todas partes el da, cuando los recin llegados alzaron
la frente hacia nosotros, dicindonos:

--Si lo sabis, indicadnos el camino que conduce a la montaa.

Virgilio respondi:

--Por ventura creis que conocemos este sitio? Somos aqu tan nuevos
como vosotros, y hemos llegado a l poco antes por otro camino tan rudo
y spero, que el subir esta montaa ser para nosotros ahora cosa de
juego.

Las almas, que advirtieron, por mi respiracin, que yo estaba an
vivo, palidecieron de asombro; y as como se agolpa la gente en
derredor del mensajero coronado de olivo para or sus noticias, sin
temor de empujarse y pisarse unos a otros, as se agolparon en torno
mo todas aquellas almas afortunadas, olvidando casi su deseo de ir a
embellecerse. Vi una de ellas, que se adelant para abrazarme con tales
muestras de afecto, que me movi a hacer lo mismo con ella; pero, oh
sombras vanas, excepto para la vista! Tres veces quise rodearla con mis
brazos, y otras tantas volvieron stos a caer solos sobre mi pecho.
Creo que la admiracin debi pintarse en mi rostro; porque la sombra
sonri y se retir; y yo, siguindola, continu avanzando. Me dijo con
voz suave que me detuviese; conoc entonces quin era, y habindole
rogado que se parase un momento para hablarme, respondime:

--Lo mismo que te amaba con mi cuerpo mortal, te amo tambin
desprendido de l; por eso me detengo; pero t por qu vienes aqu?

--Casella mo, hago este viaje para volver al mundo de los vivos, donde
permanezco an; pero a ti, cmo es que se te ha negado por tanto
tiempo el venir a este sitio?

Me respondi:

--Si aquel que conduce a quien y cmo le place me ha negado muchas
veces este pasaje, no se ha cometido conmigo ninguna injusticia; porque
es justa la voluntad a quien obedece. En verdad, de tres meses a esta
parte ha recogido sin oposicin a cuantos han querido entrar en su
nave: as es que yo, que me encontraba en la playa donde el Tber se
mezcla con las saladas ondas del mar, fu acogido benignamente por l.
A la embocadura de aquel ro dirige ahora su vuelo; pues all se renen
siempre los que no descienden hacia el Aqueronte.

Y yo dije:

--Si alguna nueva ley no te quita la memoria o el uso de aquellos
cantos amorosos, que solan calmar todos mis deseos, dgnate consolar
un poco mi alma, que viniendo aqu con su cuerpo, se ha angustiado
tanto.

"Amor, que dentro de mi mente habla,"[47] empez l a cantar tan
dulcemente, que su dulzura an resuena en mi corazn. Mi Maestro, y yo,
y las sombras que all estaban, parecamos tan contentos, como si no
tuviramos otra cosa en que pensar. Estbamos absortos y atentos a sus
notas, cuando apareci el venerable anciano exclamando:

--Qu es esto, espritus perezosos? Qu negligencia, qu demora
es sta? Corred al monte a purificaros de vuestros pecados, que no
permiten que Dios se os manifieste.

       [47] "Amor, che nella mente mi ragiona"... As empieza la
       cancin de Dante sealada con el nmero XV en "Il Canzionere"
       anotado por Pedro Fraticelli (Florencia, 1911).

Del mismo modo que las palomas, cuando estn reunidas en torno a su
alimento, cogiendo el grano y quietas, sin hacer or sus acostumbrados
arrullos, si acontece algo que las asuste, abandonan sbitamente la
comida, porque las asalta un cuidado mayor, as vi yo aquellas almas
recin llegadas abandonar el canto y desbandarse por la costa, como
quien corre sin saber adnde va; y no menos rpidamente huimos tambin
nosotros.




[Ilustracin]




_CANTO TERCERO_


Mientras la repentina fuga dispersaba por la campia aquellas almas,
que se volvan hacia la montaa donde la razn divina las aguija, me
acerqu a mi fiel compaero; porque, cmo hubiera podido sin l seguir
mi viaje?, quin me habra sostenido al subir por la montaa? Me
pareci que mi Gua estaba por s mismo arrepentido de su flaqueza. Oh
conciencia digna y pura!, qu amargo roedor es para ti la ms pequea
falta! Cuando sus pies cesaron de caminar con aquella precipitacin
que se aviene mal con la majestad de la persona, mi mente, desechando
el pensamiento que la inquietaba, concentr su atencin, como deseosa
de recibir las nuevas impresiones; y me puse a contemplar el monte ms
alto de cuantos hacia el Cielo se elevan sobre las aguas. El Sol, que
a mis espaldas despeda su rubicunda luz, quedaba interceptado por mi
cuerpo, en el que se apoyaban sus rayos; y cuando vi que slo delante
de m se obscureca la tierra, volvme de lado, temeroso de haber sido
abandonado. Mi Protector entonces empez a decirme, vuelto hacia m:

--Por qu desconfas an? Crees que no estoy contigo, y que ya
no te guo? Ahora es ya por la tarde all donde est sepultado el
cuerpo, dentro del cual haca yo sombra. Npoles lo posee, porque lo
han quitado de Brindis. Si, pues, ninguna sombra se proyecta delante
de m, no debes admirarte de ello ms que de ver cmo los cielos no
interceptan unos a otros el paso de sus luces. La Virtud divina hace
que semejantes cuerpos sean aptos para sufrir tormentos, calor y fro;
mas no ha querido revelarnos cmo opera tal maravilla. Insensato es
el que espera que nuestra razn pueda recorrer las infinitas vas de
que dispone el que es una substancia en tres personas. Seres humanos,
contentaos con el "quia;"[48] pues si os fuera dable verlo todo, no
habra sido necesario que pariese Mara; y habis visto desearlo en
vano a tales hombres, que, a ser posible, hubieran satisfecho ese
deseo, el cual forma su eterno suplicio: hablo de Aristteles, de
Platn y otros muchos.

       [48] Segn Aristteles, la demostracin es de dos clases: una
       llamada propter quod, que es cuando los efectos se deducen
       de las causas, y otra llamada quia, y es cuando las causas
       se deducen de los efectos por lo cual este perodo debe
       interpretarse del modo siguiente: Contentaos, oh humanos!,
       con las demostraciones que se pueden deducir de los efectos,
       por los cuales se viene en conocimiento de sus causas, y no
       pretendis conocer ms de lo que los hechos os demuestran: que
       en las cosas que son superiores a la inteligencia humana y a
       la fuerza de la razn, se ejercita la fe.

En este punto, inclin la frente sin decir nada ms, y qued como
turbado. Llegamos en tanto al pie del monte, cuyas rocas encontramos
tan escarpadas, que las piernas ms giles nos hubieran sido intiles.
El camino ms desierto, el ms spero entre Lerici y Turba, es,
comparado con aqul, una rampa suave y anchurosa.

--Quin sabe ahora--dijo mi Maestro deteniendo sus pasos--hacia qu
mano es accesible la costa, de modo que pueda subir el que no tiene
alas?

Y mientras l tena los ojos bajos, meditando qu camino seguiramos,
y yo miraba hacia arriba alrededor de las rocas, apareci por la
izquierda una multitud de almas, que se dirigan hacia nosotros, aunque
no lo pareca; tanta era la lentitud con que caminaban.

--Levanta los ojos--dije a mi Maestro--; he aqu quien nos podr
aconsejar, si es que no puedes aconsejarte a ti mismo.

Mirme entonces, y con rostro franco respondi:

--Vamos all, pues ellos vienen muy despacio; y t no pierdas la
esperanza, hijo querido.

Habramos andado mil pasos, y aun distaba de nosotros aquella
muchedumbre tanto espacio cuanto podra recorrer una piedra lanzada por
un buen hondero, cuando se arrimaron todos a los duros peascos de la
escarpada orilla, y permanecieron firmes y apretados entre s, como se
detiene a mirar aquel que duda.

--Oh muertos en la gracia de Dios, espritus ya elegidos!--empez
a decir Virgilio--; por aquella paz que, segn creo, esperis todos
vosotros, decidme por qu parte declina esta montaa, de modo que sea
posible ascender a ella; pues al que mejor conoce el valor del tiempo,
le es ms desagradable perderlo.

Como las ovejas que salen de su redil una a una, dos a dos y tres y
tres, mientras las otras se detienen tmidamente, inclinando hacia la
tierra sus ojos y su hocico, y lo mismo que hace la primera hacen las
dems, detenindose a su lado si se detiene, sencillas y tranquilas,
y sin darse cuenta de por qu lo hacen, as vi yo moverse para venir
hacia nosotros las primeras almas de aquella temerosa y afortunada
grey, de rostro pdico y de honesto continente. Cuando vieron que
la luz se interrumpa en el suelo a mi mano derecha, de modo que
se proyectaba la sombra desde m a la gruta, se detuvieron y aun
retrocedieron algn tanto, y todos los que venan detrs, sin saber por
qu, hicieron lo mismo.

--Sin que me lo preguntis, os confieso que este que aqu veis es
un cuerpo humano; por cuya causa la luz del Sol aparece cortada en
el suelo. No os asombris; pero creed que si pretende trepar esta
escarpada costa, lo hace inducido por virtud celestial.

As habl mi Maestro; y aquella noble multitud nos dijo:

--Pues volveos atrs y caminad delante de nosotros.

Y al mismo tiempo nos hacan seas con el dorso de las manos. Uno de
ellos exclam:

--Quienquiera que seas, andando como vas, vuelve el rostro hacia m, y
procura recordar si me has visto en el mundo alguna vez.

Yo me volv hacia l, y le mir fijamente: era rubio, hermoso y de
gentil aspecto; pero tena la ceja partida de un golpe. Cuando le
manifest humildemente que no le haba visto nunca, me dijo:

--Mira, pues!

Y enseme una herida en la parte superior de su pecho. Despus aadi
sonriendo:

--Yo soy Manfredo, nieto de la emperatriz Constanza: por lo cual te
ruego, que cuando vuelvas a la Tierra, vayas a visitar a mi graciosa
hija, madre del honor de Sicilia y de Aragn, y le digas la verdad,
si es que se ha dicho lo contrario. Despus de tener atravesado mi
cuerpo por dos heridas mortales, me volv llorando hacia Aqul, que
voluntariamente perdona. Mis pecados fueron horribles; pero la bondad
infinita tiene tan largos los brazos, que recibe a todo el que se
vuelve hacia ella. Si el Pastor de Cosenza, que fu enviado por
Clemente para darme caza, hubiese ledo bien en aquella pgina de Dios,
mis huesos estaran an en la cabeza del puente, cerca de Benevento,
bajo la salvaguardia de las pesadas piedras. Ahora los moja la lluvia;
el viento los impele fuera del reino, casi a la orilla del Verde, donde
los hizo transportar con cirios apagados. Pero por su maldicin no
se pierde el amor de Dios de tal modo, que no vuelva nunca, mientras
reverdezca la flor de la esperanza. Es verdad que el que muere contumaz
para con la santa Iglesia, por ms que al fin se arrepienta, debe estar
en la parte exterior de esta montaa un espacio de tiempo treinta
veces mayor del que vivi en contumacia, a menos que no se abrevie la
duracin de este decreto merced a eficaces oraciones. Calcula, pues, lo
dichoso que puedes hacerme, revelando a mi buena Constanza cmo me has
visto, y la prohibicin que pesa sobre m, que puede alzarse por los
ruegos de los que existen all arriba.

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_CANTO CUARTO_


Cuando por efecto del placer o del dolor de que se siente afectada
alguna de nuestras facultades, el alma entera se concentra en esa
facultad, parece que no atienda a ninguna otra; y esto demuestra el
error de los que creen que en nosotros arde un alma sobre otra alma.
Por eso mismo, cuando se oye o ve alguna cosa que absorbe fuertemente
el alma en su contemplacin, el tiempo se desliza sin que el hombre
se aperciba de ello; porque una es la facultad que escucha, y otra
la que cautiva por completo el alma: sta est como atada; aquella
es libre. Yo adquir una prueba de esta verdad oyendo y admirando a
aquel espritu; pues haba el Sol ascendido cincuenta grados sobre el
horizonte, sin que yo lo echase de ver, cuando llegamos a un punto en
que las almas exclamaron a una voz: "Aqu est el objeto de vuestra
demanda."

Cualquier portillo de los que suele tapar el aldeano con un manojo de
espinos, cuando maduran las uvas, es mayor que el sendero por donde
subimos solos mi Maestro y yo, cuando la multitud de almas se separ de
nosotros. Bastan los pies para ir a San Leo, para bajar a Noli, para
ascender hasta la elevada cumbre de Bismantua; pero aqu es preciso
que el hombre vuele: quiero decir, como volaba yo, conducido por las
ligeras alas y por las plumas de un gran deseo, detrs de Aquel que
reanimaba mi esperanza y me iluminaba. Ibamos subiendo por el sendero
excavado en el peasco, cuyas quebradas rocas nos estrechaban por ambos
lados, y el suelo que pisbamos nos obligaba a ayudarnos con pies y
manos. Cuando llegamos a sitio descubierto, sobre el rellano de la alta
base del monte, dije:

--Maestro mo, qu camino seguiremos?

Y l me contest:

--No des ningn paso hacia abajo: prosigue subiendo detrs de m hacia
la cima de este monte, hasta que se nos aparezca algn experto gua.

La cima era tan alta, que no poda alcanzarla la vista, y la subida
mucho ms empinada que la lnea que divide en dos partes el cuadrante.
Yo estaba ya cansado, y entonces exclam:

--Oh amado Padre! Vulvete, y mira que me quedo aqu solo, si no te
detienes.

--Hijo mo, haz por llegar hasta aquel punto--respondi mostrndome una
prominencia que rodeaba por aquel lado toda la montaa.

Sus palabras me aguijonearon de tal modo, que me esforc cuanto
pude trepando hasta donde l estaba, tanto que puse mis plantas
sobre aquella especie de cornisa. Nos sentamos all ambos, vueltos
hacia Levante, por cuyo lado habamos subido; pues suele agradar la
contemplacin del camino que uno ha hecho. Primeramente dirig los ojos
al fondo, despus los levant hacia el Sol, y me admiraba de que ste
nos iluminase por la izquierda.

El Poeta observ que me quedaba estupefacto, mirando el carro de la
luz que iba a pasar entre nosotros y el Aquiln; por lo cual me dijo:

--Si Cstor y Plux estuvieran en compaa de aquel espejo, que
ilumina al mundo tanto por arriba como por abajo, veras al Zodaco
refulgente girar ms prximo an a las Osas, a no ser que saliese
fuera de su antiguo camino. Y si quieres comprender cmo puede suceder
esto, reconcentra tu pensamiento, y considera que el monte Sion est
situado sobre la Tierra, relativamente a ste, de modo que ambos
tienen un mismo horizonte y diferentes hemisferios; por lo cual, si tu
inteligencia te permite discernir con claridad, vers cmo el camino
que por su mal no supo recorrer Faetn, debe ir necesariamente por un
lado de este monte, al paso que va por el opuesto lado de aquel otro.

--En verdad. Maestro mo--le contest--, nunca haba visto tan
claramente como ahora distingo estas cosas, para cuya comprensin no
me pareca bastante apto mi ingenio. Por las razones que me has dado
entiendo que el crculo intermedio del primer mvil, llamado Ecuador
en alguna ciencia, y que permanece siempre entre el Sol y el invierno,
dista de aqu tanto hacia el Septentrin, cuanto los Hebreos lo vean
hacia la parte clida. Pero, si te place, quisiera saber cuanto hemos
de andar an; pues el monte se eleva ms de lo que puede alcanzar mi
vista.

--Esta montaa es tal--me respondi--, que siempre cuesta trabajo
empezar a subirla, y cuanto ms va para arriba es menos fatigoso.
Cuando te parezca tan suave, que subas ligeramente por ella como van
por el agua las naves, entonces habrs llegado al fin de este sendero:
espera, pues, a conseguirlo para descansar de tu fatiga. Y no respondo
ms, pues slo esto tengo por cierto.

Cuando hubo terminado de decir estas palabras, reson cerca de nosotros
una voz que deca: "Quiz te veas precisado antes a sentarte." Al
sonido de aquella voz, volvmonos, y vimos a la izquierda un gran
peasco, en el que no habamos reparado antes ninguno de los dos.
Nos dirigimos hacia all, donde estaban algunos espritus reposando
a la sombra detrs del peasco, como quien lo hace por indolencia.
Uno de ellos, que me pareca cansado, estaba sentado con las rodillas
abrazadas, reposando sobre ellas su cabeza.

--Oh amado Seor mo!--dije entonces--: contempla a se, que se
muestra ms negligente que si fuese hermano de la pereza.

Entonces se volvi hacia nosotros, y nos examin, dirigiendo su mirada
por encima de los muslos, y diciendo:

--V, pues, all arriba, t que eres tan valiente.

Conoc entonces quin era; y aquella fatiga que agitaba todava un poco
mi respiracin, no me impidi acercarme a l. Cuando estuve a su lado,
alz apenas la cabeza, diciendo:

--Has comprendido bien por qu el Sol dirige su carro por tu izquierda?

Sus perezosos movimientos y sus lacnicas palabras hicieron asomar una
sonrisa a mis labios; despus dije:

--Belacqua, ahora ya no me conduelo de ti: pero dime, por qu ests
aqu sentado? Esperas algn gua, o es que has vuelto a tus antiguas
costumbres?

Contestme:

--Oh, hermano! Para qu he de ir arriba, si no ha de permitirme
llegar al sitio de la expiacin el Angel de Dios, que est sentado a
su puerta? Antes que yo entre por ella, es necesario que el cielo d
tantas vueltas en torno mo, cuantas di en el transcurso de mi vida,
por haber aplazado los buenos suspiros hasta la hora de mi muerte; a no
ser que me auxilie una plegaria, que se eleve de un corazn que viva en
la gracia. De qu sirven las dems, si no han de ser odas en el cielo?

Ya el Poeta suba delante de m diciendo:

--No te detengas ms: mira que el Sol toca al Meridiano, y la Noche
cubre ya con su pie la costa de Marruecos.

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_CANTO QUINTO_


Me haba alejado ya de aquellas sombras, y segua las huellas de mi
Gua, cuando detrs de m, y sealndome con el dedo, grit una de
ellas:

--Mirad; no se nota que el Sol brille a la izquierda de aquel de ms
abajo, que marcha al parecer como un vivo.

Al or estas palabras, volv la cabeza, y vi que las sombras miraban
con admiracin, no solamente a m, sino tambin a la luz interceptada
por mi cuerpo.

--Por qu se turba tanto tu nimo--dijo el Maestro--, que as acortas
el paso? Qu te importa lo que all murmuran? Sgueme, y deja que
hable esa gente. S firme como una torre, cuya cspide no se doblega
jams al embate de los vientos: el hombre en quien bulle pensamiento
sobre pensamiento, siempre aleja de s el fin que se propone; porque el
uno debilita la actividad del otro.

Qu otra cosa podra yo contestarle sino: "Ya voy?" As lo hice,
cubierto algn tanto de aquel color que hace a veces al hombre digno
de perdn. En tanto, de travs por la cuesta venan hacia nosotros
algunas almas entonando, versculo a versculo, el "Miserere." Cuando
observaron que yo no daba paso al travs de mi cuerpo a los rayos
solares, cambiaron su canto en un "Oh!" ronco y prolongado: y dos de
ellas, a guisa de mensajeros, corrieron a nuestro encuentro, diciendo:

--Hacednos sabedores de vuestra condicin.

Mi Maestro contest:

--Podis iros y referir a los que os han enviado, que el cuerpo de ste
es de verdadera carne. Si se han detenido, segn me figuro, por ver
su sombra, bastante tienen con tal respuesta: hnrenle, porque podr
serles grato.

Jams he visto a prima noche los vapores encendidos, ni a puesta del
Sol las exhalaciones de Agosto, hendir el Cielo sereno tan rpidamente
como corrieron aquellas almas hacia sus compaeras; y una vez all,
regresaron adonde estbamos, juntas con las dems, como escuadrn que
corre a rienda suelta.

--Esa gente que se agolpa hacia nosotros es numerosa--dijo el Poeta--,
y vienen a dirigirte alguna splica: t, sin embargo, sigue adelante, y
escucha mientras andas.

--Oh alma, que, para llegar a la felicidad, vas con los miembros con
que naciste!--venan gritando--: modera un poco tu paso. Repara si has
conocido a alguno de nosotros, de quien puedas llevar all noticias.
Ah! Por qu te vas? Por qu no te detienes? Todos hemos terminado
nuestros das por muerte violenta, y fuimos pecadores hasta la ltima
hora: entonces la luz del Cielo ilumin nuestra razn tan bien, que,
arrepentidos y perdonados, abandonamos la vida en la gracia de Dios,
que nos abrasa por el gran deseo que tenemos de verle.

Yo les contest:

--Aun cuando no reconozco las desfiguradas facciones de ninguno de
vosotros, no obstante, si deseis de m algo que me sea posible,
espritus bien nacidos, yo lo har por aquella paz que se me hace
buscar de mundo en mundo, siguiendo los pasos de este Gua.

Uno de ellos empez diciendo:

--Todos confiamos en tu benevolencia sin necesidad de que lo jures,
a no ser que la impotencia destruya tu buena voluntad. Yo, que hablo
solo antes que los dems, te ruego que si ves alguna vez aquel pas que
se extiende entre la Romana y el de Carlos,[49] me concedas en Fano
el dn de tus preces, a fin de que los buenos rueguen all por m, de
modo que yo pueda purgar mis graves pecados. De all fu yo: pero las
profundas heridas por donde sali la sangre en la que me asentaba, me
fueron hechas en el territorio de los Antenridas,[50] donde crea
encontrarme ms seguro. El de Este lo orden, porque me odiaba mucho
ms de lo que le permita la justicia; pero si yo hubiese hudo hacia
la Mira, cuando llegu a Oriaco, an estara all donde se respira:
corr al pantano, donde las caas y el lodo me embarazaron tanto, que
ca, y vi formarse en tierra un lago con la sangre de mis venas.

       [49] La Marca de Ancona, gobernada por Carlos de Anjou.

       [50] Padua, fundada por Antenor.

Despus me dijo otro:

--Ay! As se cumpla el deseo que te conduce a esta elevada montaa,
dgnate auxiliar al mo con obras de piedad. Yo fu de Montefeltro, y
soy Buonconte. Ni Juana ni los otros se cuidan de m; por lo cual voy
entre stos con la cabeza baja.

Le pregunt:

--Qu violencia o qu aventura te sac fuera de Campaldino, que no se
supo nunca donde est tu sepultura?

--Oh!--me respondi--; al pie del Casentino corre un ro llamado
Archiano, que nace en el Apenino encima del Ermo. All donde pierde
su nombre, llegu yo con el cuello atravesado, huyendo a pie y
ensangrentando la llanura. All perd la vista, y mi ltima palabra fu
el nombre de Mara; all ca, y no qued ms que mi carne. Te dir la
verdad, y t la referirs entre los vivos: el ngel de Dios me cogi,
y el del Infierno gritaba: "Oh t, venido del Cielo! Por qu me lo
quitas? Te llevas la parte eterna de ste por una pequea lgrima que
me le arrebata; pero yo tratar de diferente modo la otra parte."
T sabes bien cmo se condensa en el aire ese hmedo vapor, que se
convierte en lluvia en cuanto sube hasta donde le sorprende el fro:
pues bien, el demonio, juntando a su entendimiento aquella malevolencia
que slo procura hacer dao, con el poder inherente a su naturaleza,
agit el vapor y el viento. En cuanto se extingui el da, cubri de
nieblas el valle desde Pratomagno hasta el Apenino, e hizo tan denso
aquel cielo, que el espeso aire se convirti en agua: cay la lluvia,
y el agua que la tierra no pudo absorber fu a parar a los barrancos,
y unindose a la de los torrentes, se precipit hacia el ro real con
tal rapidez, que nada poda contenerla. El Archiano furioso encontr
mi cuerpo helado en su embocadura, lo arrastr hacia el Arno, y separ
mis brazos que haba puesto en cruz sobre el pecho cuando me venci
el dolor. Despus de haberme volteado por sus orillas y su fondo, me
cubri y rode con la arena que haba hecho desprenderse de los campos.

--Ah!, cuando vuelvas al mundo, y hayas descansado de tu largo
viaje--continu un tercer espritu, luego que hubo acabado de hablar
el segundo--, acurdate de m, que soy la Pa.[51] Siena me hizo, y las
Marismas me deshicieron: bien lo sabe aquel que, siendo ya viuda, me
puso en el dedo su anillo enriquecido de piedras preciosas.

       [51]Pa de Tolomei, natural de Siena, cas con Nello o
       Paganello Pannocchieschi, seor del castillo della Pietra, en
       la Marisma Toscana, el cual, creyndola infiel, le di muerte,
       en 1295, mandando, segn refiere algn comentarista, arrojarla
       por una ventana.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO SEXTO_


Cuando, acabado el juego de la zara, se desparten los jugadores, el que
pierde se queda triste, pensando en las jugadas, y aprendiendo entonces
con sentimiento el modo de que debi haberse valido para ganar: con el
ganancioso se van los circunstantes; y uno por delante, otro por detrs
y otro por el lado procuran hacerse presentes al afortunado; ste no
se detiene aunque los escucha a todos, hasta que tiende a uno su mano,
que por ello deja de atosigarle, librndose as de los empujones de
la multitud. As estaba yo en medio de aquella compacta muchedumbre
de almas, volviendo a uno y otro lado el rostro, hasta que, merced a
mis promesas, pude desprenderme de ellas. All estaban el Aretino que
recibi la muerte de los brazos crueles de Ghin di Tacco, y el otro
que se ahog al darle caza sus enemigos. All oraba, con los brazos
extendidos, Federico Novello, y aquel de Pisa, que di ocasin de
demostrar la grandeza de su alma al buen Marzucco. Vi al conde Orso,
y a aquella alma separada de su cuerpo por hasto y por envidia, como
ella misma deca, y no por sus culpas; a Pedro de la Broccia, digo: y
bien es menester que provea en ello la princesa de Brabante, mientras
est por ac, si no quiere verse colocada entre peores compaeros.

Cuando me vi libre de todas aquellas sombras, que rogaban para
que otros rogasen por ellas, a fin de abreviar el tiempo de su
purificacin, empec a decir:

--Parece que me niegas expresamente en algn texto, oh luz que
desvaneces mis dudas!, que la oracin aplaca los decretos del cielo; y
sin embargo, esta gente ruega para conseguirlo. Ser, pues, vana su
esperanza? O es que no he comprendido bien el sentido de tus palabras?

A lo que me contest:

--Lo que escrib es muy claro, y la esperanza de sos no se ver
fallida, si se examina con recto sentido. No se menoscaba el alto
juicio divino, porque el fuego amoroso de la caridad cumpla en un
instante lo que deben satisfacer los que aqu estn relegados; y all,
donde sent tal mxima, la oracin no tena la virtud de borrar las
faltas, porque el objeto de aqulla estaba alejado de Dios. No te
detenga, sin embargo, tan profunda duda, hasta que te la desvanezca
aqulla que ha de iluminar tu entendimiento, mostrndole la verdad. No
s si me entiendes: hablo de Beatriz, a quien vers risuea y feliz
sobre la cumbre de este monte.

Yo repuse:

--Mi buen Gua, caminemos ms de prisa: pues ya no me canso tanto como
antes, y la montaa proyecta su sombra hacia este lado.

--Avanzaremos hoy tanto como podamos--me respondi--; pero el camino
es muy diferente de lo que te figuras. Antes que lleguemos arriba,
vers volver a aquel que ahora se oculta tras de la cuesta, y cuyos
rayos no quiebras en este momento. Pero ve all un alma que, inmvil
y completamente sola, dirige hacia nosotros sus miradas: ella nos
ensear el camino ms corto.

Llegamos junto a ella. Oh alma lombarda, cun altanera y desdeosa
estabas, y cun noble y grave era el movimiento de tus ojos! Ella no
nos deca nada; pero dejaba que nos aproximsemos, mirando nicamente
como el len cuando reposa. Virgilio se le acerc, rogndole que nos
ensease la subida ms fcil; pero ella, sin contestar a su pregunta,
quiso informarse acerca de nuestro pas y de nuestra vida; y al
empezar mi Gua a decir. "Mantua...," la sombra, que antes estaba como
concentrada en s misma, corri hacia l desde el sitio en que se
encontraba, diciendo: "Oh, mantuano!, yo soy Sordello, de tu tierra."
Y se abrazaron mutuamente.

Ah Italia esclava, albergue de dolor, nave sin timonel en medio de
una gran tempestad, no ya seora de provincias, sino de burdeles! Al
dulce nombre de su pas natal, aquel alma gentil se apresur a festejar
a su conciudadano; al paso que tus vivos no saben estar sin guerra, y
se destrozan entre s aquellos a quienes guarda una misma muralla y un
mismo foso. Busca, desgraciada, en derredor de tus costas, y despus
contempla en tu seno si alguna parte de ti misma goza de paz. Qu
vale que Justiniano te enfrenara, si la silla est vaca? Tu vergenza
sera menor sin ese mismo freno. Ah, gentes que debierais ser devotas,
y dejar al Csar en su trono, si comprendierais bien lo que Dios ha
prescrito! Mirad cun arisca se ha vuelto esa Italia, por no haber sido
castigada a tiempo con las espuelas, desde que os apoderasteis de sus
riendas. Oh alemn Alberto, que la abandonas, al verla tan indmita
y salvaje, cuando debiste oprimir sus ijares! Caiga sobre tu sangre
el justo castigo del Cielo, y sea ste tan nuevo y evidente, que sirva
tambin de temeroso escarmiento a tu sucesor, ya que t y tu padre,
alejados de aqu por ambicin, habis tolerado que quede desierto el
jardn del imperio. Hombre indolente, ven a ver a los Montecchi y a los
Cappelletti, a los Monaldi y Filippeschi, aqullos ya tristes, y stos
posedos de amargos recelos. Ven, cruel, ven; y mira la opresin de tus
nobles, y remedia sus males, y vers cun segura est Santaflora. Ven a
ver a tu Roma, que llora, viuda y sola, exclamando da y noche: "Csar
mo! Por qu no ests en mi compaa?" Ven y contempla cun grande es
el mutuo amor de la gente; y si nada te mueve a compasin de nosotros,
ven a avergonzarte de tu fama. Y, same lcito preguntarte, oh sumo
Jove, que fuiste crucificado por nosotros en la tierra! Estn vueltos
hacia otra parte tus justos ojos? O es que nos vas preparando de ese
modo, en lo profundo de tus pensamientos, para recibir algn gran bien
que no puede prever nuestra inteligencia? Porque la tierra de Italia
est llena de tiranos; y el hombre ms ruin, al ingresar en un partido,
se convierte en un Marcelo.

Florencia ma, bien puedes estar satisfecha de esta digresin, que no
habla contigo, merced a tu pueblo que tanto se ingenia. Hay muchos
que tienen la justicia en el corazn, pero son tardos en aplicarla,
porque temen disparar el arco imprudentemente; mas tu pueblo la tiene
en la punta de sus labios. Muchos rehusan los cargos pblicos; pero tu
pueblo responde solcito, sin que le llamen, y grita: "Yo los acepto."
Algrate, pues, que motivo tienes para ello. Eres rica, disfrutas
tranquilidad, tienes prudencia. Si digo la verdad, claramente lo
demuestran los hechos. Atenas y Lacedemonia, que hicieron las antiguas
leyes y fueron tan civilizadas, dieron un dbil ejemplo de vivir
bien, comparadas contigo; pues dictas tan sutiles decretos, que los
que expides en Octubre no llegan a mediados de Noviembre. Cuntas
veces, en el tiempo a que alcanza la memoria, has cambiado de leyes, de
monedas, de oficios y de costumbres, y renovado tus habitantes? Y si
quieres recordarlo y ver la luz, conocers que eres semejante a aquella
enferma, que no encuentra posicin que le cuadre sobre la pluma, y
procura hacer ms llevadero su dolor dando continuas vueltas.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO SEPTIMO_


Despus de haber cambiado entre s tres o cuatro veces corteses y
halageos saludos, Sordello se hizo un poco atrs, y dijo:

--Quines sois?

--Mis huesos fueron sepultados por mandato de Octavio, antes que se
hubiesen dirigido hacia esta montaa las almas dignas de subir hasta
Dios. Yo soy Virgilio, que perd el cielo por no tener fe, y no por
otra culpa.

As respondi mi Gua. Como el que de improviso ve una cosa que le
asombra, y a la que no sabe si dar o no crdito, diciendo: "es, no es,"
as se qued aqul: despus baj los ojos, se adelant humildemente
hacia l, y le abraz en el sitio del cuerpo donde alcanza el pequeo.

--Oh gloria de los latinos--dijo--, por quin nuestra lengua demostr
cunto poda! Honor eterno del lugar donde nac! Qu mrito o qu
gracia permite que yo te vea? Si es que soy digno de or tus palabras,
dime si vienes del Infierno, y de qu recinto.

--He llegado hasta aqu pasando por todos los crculos del reino
del llanto--respondile--; la virtud del cielo me gua, y con ella
vengo. No por lo que he hecho, sino por lo que no he hecho, he perdido
la facultad de contemplar el alto Sol que t deseas, y que conoc
demasiado tarde. All abajo hay un lugar triste, no por los martirios,
sino por las tinieblas, donde en vez de lamentos como gritos, slo
resuenan suspiros. All estoy yo con los inocentes prvulos, mordidos
por los dientes de la muerte antes de que fueran lavados del pecado
original. All estoy yo con aquellos que no se cubrieron con las tres
virtudes santas, aunque, exentos de vicios, conocieron y observaron las
dems. Pero danos algn indicio, si es que puedes y sabes, a fin de
que lleguemos ms pronto al sitio donde tiene verdadero principio el
Purgatorio.

Sordello respondi:

--Aqu no tenemos designado un punto fijo, y a m me es lcito subir
andando alrededor por la montaa: te servir de gua por todos los
parajes hasta donde puedo llegar. Pero advierte que ya declina el da;
y no siendo posible ir arriba de noche, convendr que pensemos en
buscar un buen abrigo. Algo lejos de aqu, a la derecha, hay algunas
almas: si quieres, te conducir adonde estn, seguro de que te agradar
conocerlas.

--Cmo es eso?--le contest--. Quien quisiera subir de noche, se
vera detenido por alguien? O es acaso que no podra subir?

El buen Sordello pas su dedo por el suelo, diciendo:

--Ves esta sola lnea? Pues no la atravesars despus de haberse
ocultado el Sol; no por otra causa, sino porque te lo impedirn las
tinieblas nocturnas; las cuales, con la impotencia que originan,
contrarrestan la voluntad. Con ellas, podrase muy bien volver abajo
y recorrer la cuesta vagando en torno, mientras el da est bajo el
horizonte.

Entonces mi Seor, como asombrado, repuso:

--Condcenos adonde dices que puede ser agradable permanecer.

Nos habamos alejado un poco de all, cuando ech de ver que el monte
estaba hendido como los valles que hay en nuestro hemisferio.

--Iremos--dijo aquella sombra--all donde la cuesta forma una cavidad,
y esperaremos en ella el nuevo da.

Un sendero tortuoso, entre pendiente y llano, nos condujo a un lado
de aquella cavidad, en donde las orillas que la circundan descienden
ms de la mitad de su altura. El oro y la plata fina, la prpura, el
albayalde, el ail azul y brillante, y las esmeraldas recientemente
talladas en el momento en que se desprenden sus trozos, seran vencidos
en brillantez por las hierbas y las flores de aquella cavidad, como
lo menor es vencido por lo mayor. La naturaleza no haba ostentado
solamente all sus adornos, sino que con la suavidad de mil aromas
haba formado un olor indistinto y desconocido para nosotros. All vi
sentadas sobre la verdura y entre las flores algunas almas, que desde
fuera no podan distinguirse, por ocultarlas las laderas del valle, las
cuales estaban cantando el "Salve Regina." El Mantuano, que nos haba
conducido por el tortuoso sendero, nos dijo:

--No pretendis que os gue hasta donde estn sos, antes de que se
oculte el poco Sol que queda. Desde esta altura veris las acciones
y los rostros de todos, mejor que si estuvierais entre ellos en el
mismo valle. Aquel que est sentado en el puesto ms alto, que en su
actitud parece haberse descuidado de hacer lo que deba, y cuya boca
no se mueve para cantar con los dems, fu el emperador Rodolfo, que
pudo curar las heridas que han dado muerte a Italia, de tal modo, que
tarde le vendr de otro el remedio. El que con su presencia conforta al
primero, gobern la tierra donde nace el agua que el Moltava conduce
al Elba, y el Elba al mar. Llamse Ottokar, y ya en la infancia fu
mucho mejor prncipe que su hijo Wenceslao cuando barbado, a quien
enervaron el ocio y la lujuria. Y aquel romo, que parece consultar con
tanta intimidad al otro de benigno aspecto, muri huyendo y marchitando
la flor de lis: mirad cmo se golpea el pecho; y ved cmo el otro,
suspirando, apoya su mejilla en la palma de la mano. Padre y suegro son
del mal de Francia: saben que su vida es grosera y viciosa, y de ah
proviene el dolor que les aflige. Aquel que parece tan corpulento,[52]
y que canta acorde con el narigudo,[53] llev ceida la cuerda de toda
virtud; y si despus de l hubiera reinado ms tiempo el jovencito que
a su espalda se sienta,[54] bien habra pasado el valor de padre a
hijo; lo cual no se puede decir de sus otros herederos Jaime y Fadrique
conservan los reinos; pero ninguno de ellos posee la mejor herencia.
Raras veces renace por las ramas la humana probidad; pues as lo quiere
Aqul que nos la da, para que se la pidamos. No menos se dirigen mis
palabras al narigudo, que al otro, a Pedro, que canta con l; pues de
su descendencia se lamentan ya la Pulla y la Provenza. La planta es
inferior a su semilla tanto, cuanto ms que Beatriz y Margarita se
gloria Constanza an de su marido. Ved ah al rey de sencilla vida,
sentado aparte y solo, a Enrique de Inglaterra: ste ha producido
mejores vstagos. Aquel que est en el suelo ms abajo que los otros,
mirando hacia arriba, es el marqus Guillermo, por quien Alejandra y
sus guerreros hacen llorar hoy al Monferrato y al Canavs.

       [52] Pedro III de Aragn.

       [53] Carlos I, conde de Provenza y rey de Pulla.

       [54] Alfonso III, primognito de Pedro el Grande, que sucedi
       a su padre, y slo rein seis aos, muriendo en 1291.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO OCTAVO_


Era ya la hora en que se enternece el corazn de los navegantes, y
renace su deseo de abrazar a los caros amigos, de quienes el mismo da
se han despedido, y en que el novel viajero se compunge de amor, si oye
a lo lejos alguna campana, que parezca plair al moribundo da; cuando
dej de or, y comenc a mirar a una de aquellas almas, que, puesta en
pie, haca seas con la mano en ademn de que las otras la escuchasen.
Uni y levant ambas palmas, dirigiendo sus ojos hacia Oriente, como si
dijese a Dios: "Slo en ti pienso;" y sali de su boca tan devotamente
y con tan dulces notas el "Te lucis ante," que el placer me hizo salir
fuera de m. Aguza bien aqu la vista, oh lector!, para descubrir
la verdad; porque el velo es ahora tan sutil, que te ser en efecto
sumamente fcil atravesarlo.

Vi luego a aquel ejrcito gentil, plido y humilde, que en silencio
contempla el cielo, como esperando algo; y vi salir de las alturas y
descender al valle dos ngeles con dos espadas flamgeras, truncadas
y privadas de sus puntas. Verdes como las tiernas hojas que acaban de
brotar eran sus vestiduras, y agitadas por las plumas de sus alas,
verdes tambin, flotaban por detrs a merced del viento. El uno se pos
algo ms arriba de donde estbamos; el otro descendi hacia el lado
opuesto; de suerte que las almas quedaron entre ellos. Se distingua
perfectamente su blonda cabellera; pero al querer mirar sus facciones,
se ofuscaba la vista, como se ofusca toda facultad, por la excesiva
fuerza de las impresiones.

--Ambos vienen del seno de Mara--dijo Sordello--para guardar el valle
contra la serpiente, que acudir a l en breve.

Y yo, que no saba por qu sitio haba de venir, mir en torno mo, y
helado de terror, me arrim cuanto pude a las fieles espaldas. Sordello
continu:

--Ahora descendamos hacia donde estn esas grandes sombras, y
hablaremos con ellas: les ser muy grato veros.

Slo haba descendido tres pasos, segn creo, cuando ya me encontr
abajo, y vi uno que me miraba como si hubiera querido conocerme. El
aire iba ya obscurecindose, pero no tanto que entre sus ojos y los
mos no permitiese ver lo que antes por la distancia se ocultaba. Vino
hacia m, y yo me adelant hacia l. Noble juez! Oh, Nino! Con
cunto placer vi que no estabas entre los condenados! No hubo amistoso
saludo que no nos dirigisemos; despus me pregunt:

--Cunto tiempo hace que has llegado al pie de este monte a travs de
las lejanas aguas?

--Ah!--le dije--; esta maana he llegado pasando por tristes lugares,
y estoy an en la primera vida; aunque al hacer este viaje, voy
preparndome para la otra.

Apenas oyeron mi respuesta, cuando Sordello y l retrocedieron como
hombres posedos de un repentino espanto. El primero se volvi hacia
Virgilio, y el otro hacia uno que estaba sentado, gritando: "Ven,
Conrado, ven a ver lo que Dios por su gracia permite." Despus,
dirigindose a m, exclam:

--Por la singular gratitud que debes a Aqul que oculta de tal modo su
primitivo origen, que no es posible penetrarlo, cuando ests ms all
de las anchurosas aguas, di a mi Juana, que pida por m all donde
se oyen los ruegos de los inocentes. No creo que su madre me ame ya,
pues ha dejado las blancas tocas, que la desventurada echar de menos
algn da. Por ella se comprende fcilmente cunto dura en una mujer el
fuego del amor, si la vista o el ntimo trato no lo alimenta. La vbora
que campea en las armas del Milans no le proporcionar tan hermosa
sepultura como se la hubiera dado el gallo de Gallura.[55]

       [55] No ser tan honrosa su sepultura cuando muera enlazada
       a la casa de los Visconti de Miln, como lo sera si hubiera
       guardado fidelidad a la de los Visconti de Gallura. Los
       primeros tenan una vbora en su escudo; los segundos un gallo.

As deca, y en todo su aspecto se vea impreso el sello de aquel
recto celo que arde con mesura en el corazn. Entretanto, mis ojos se
dirigan vidos hacia la parte del cielo donde es ms lento el curso de
las estrellas, como sucede en los puntos de una rueda ms prximos al
eje. Mi Gua me pregunt:

--Hijo mo, qu miras all arriba?

Y yo le contest:

--Aquellas tres antorchas[56], en cuya luz arde todo el polo hacia esta
parte.

       [56] Las constelaciones del Eridano, de la Nave y del Pez de
       oro.--Alegricamente son las tres virtudes teologales.

Y l repuso:

--Las cuatro estrellas brillantes que viste esta maana, han descendido
por aquel lado, y stas han subido donde estaban aqullas.

Mientras l hablaba, Sordello se le acerc, diciendo: "He ah a nuestro
adversario;" y extendi el dedo para que mirsemos hacia el sitio
que indicaba. En la parte donde queda indefenso el pequeo valle,
haba una serpiente, que quiz era la que di a Eva el amargo manjar.
Se adelantaba el maligno reptil por entre la hierba y las flores,
volviendo de vez en cuando la cabeza, y lamindose el lomo como un
animal que se alisa la piel. No puedo decir cmo se movieron los
azores celestiales, pues no me fu posible distinguirlo; pero s vi
a entreambos en movimiento. Sintiendo que sus verdes alas hendan el
aire, huy la serpiente, y los ngeles se volvieron a su puesto con
vuelo igual. La sombra que se acerc al juez, cuando ste la llam, no
dej un momento de mirarme durante todo aquel asalto.

--Que la antorcha que te conduce hacia arriba encuentre en tu voluntad
tanta cera cuanta se necesita para llegar al sumo esmalte--empez a
decir--; si sabes alguna noticia positiva del Val di Magra o de su
tierra circunvecina, dmela, pues yo era seor en aquel pas: fu
llamado Conrado Malaspina, no el antiguo, sino descendiente suyo, y
tuve para con los mos un amor que aqu se purifica.

--Oh!--le contest--; no estuve nunca en vuestro pas; pero a qu
parte de Europa no habr llegado su fama? La gloria que honra vuestra
casa da tal renombre a sus seores y a la comarca entera, que tiene
noticia de ella aun aquel que no la ha visitado. Y os juro, as pueda
llegar a lo alto de este monte, que vuestra honrosa estirpe no pierde
la prez que le han conquistado su bolsa y su espada. Sus buenas
costumbres y excelente carcter la colocan en tan privilegiado puesto,
que aunque el perverso jefe aparte al mundo del verdadero camino, ella
va por el recto sendero despreciando el torcido.

El replic:

--Ve, pues; que antes de que el Sol entre siete veces en el espacio
que Aries con sus cuatro patas cubre y abarca, esa opinin corts te
ser clavada en medio de la cabeza con clavos mayores que lo pueden ser
las palabras de otro, si no se cambia el curso de lo dispuesto por la
Providencia.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO NONO_


La concubina del viejo Titn, desprendida de los brazos de su dulce
amigo, alboreaba ya en los linderos orientales, reluciendo su frente
de rica pedrera colocada en la forma del fro animal que sacude a la
gente con la cola;[57] y ya por el lugar donde nos hallbamos haba
dado la Noche dos de los pasos con que asciende, y el tercero inclinaba
hacia abajo su vuelo, cuando yo, que tena conmigo la flaqueza de Adn,
vencido del sueo, me tend en la hierba sobre que estbamos sentados
los cinco.

A la hora del amanecer, cuando la golondrina empieza sus tristes
endechas, quiz en memoria de sus primeros ayes, y cuando nuestro
espritu, ms libre de los lazos de la carne y menos asediado de
pensamientos, es casi divino en sus visiones, parecime ver entre
sueos un guila con plumas de oro suspendida del cielo, con las alas
abiertas y preparada a bajar, y crea estar all donde Ganimedes
abandon a los suyos, cuando fu arrebatado a la celestial asamblea.
Yo pensaba entre m: "Quiz esta guila tenga la costumbre de cazar
aqu solamente, y puede ser que en otro sitio se desdee de levantar en
alto la presa con sus garras." Despus me pareci que, dando algunas
vueltas, bajaba terrible como un rayo, y me arrebataba hasta la esfera
del fuego, donde pareca que ardisemos los dos; y de tal modo me
quemaba aquel incendio imaginario, que se interrumpi sbitamente mi
sueo. No de otra suerte se sobresalt Aquiles revolviendo en torno
suyo sus ojos desvelados y sin saber donde se encontraba, cuando su
madre, robndolo a Quirn, le transport dormido en sus brazos a la
isla de Scyros, de donde le sacaron despus los griegos, como me
sobresalt yo, apenas huy el sueo de mi rostro; y me puse plido
como el hombre a quien hiela el espanto. A mi lado estaba nicamente
mi Protector; el Sol haba salido haca ya ms de dos horas, y yo me
hallaba con la cara vuelta hacia el mar.

       [57] La esposa de Titn es la Aurora, y su frente apareca
       coronada en las estrellas que forman el signo de Piscis.

--No temas--dijo mi Seor--; tranquilzate, que estamos en buen lugar.
Da rienda suelta a tu vigor, lejos de reprimirlo, pues has llegado
ya junto al Purgatorio; mira all el muro que le cerca en derredor;
y mira la entrada en aquel sitio donde parece estar roto. Durante el
alba que precede al da, cuando tu alma dorma dentro del cuerpo sobre
las flores que all abajo adornan el suelo, vino una dama y dijo:
"Yo soy Luca: djame coger a ese que duerme, y har que recorra ms
gilmente su camino." Sordello se qued con las otras nobles sombras;
ella te cogi, y cuando fu de da, se vino hacia arriba y yo segu sus
huellas: aqu te dej, habindome antes designado con sus bellos ojos
aquella entrada abierta; y despus, ella y tu sueo desaparecieron al
mismo tiempo.

Me qued como el hombre que ve sus dudas convertidas en certidumbre, y
cuyo miedo se trueca en fortaleza, cuando le han descubierto la verdad;
y vindome tranquilo mi Gua, empez a subir por la calzada, y yo
segu tras l hacia lo alto.

Lector: bien ves cmo ensalzo el objeto de mis cantos: no te admire,
pues, si procuro sostenerlo cada vez con ms arte. Nos aproximamos
hasta llegar al sitio que antes me haba parecido ser una rotura,
semejante a la brecha que divide un muro; y vi una puerta a la cual se
suba por tres gradas de diferentes colores, y un portero que an no
haba proferido ninguna palabra. Y como yo abriese cada vez ms los
ojos, le vi sentado sobre la grada superior, con tan luminoso rostro,
que no poda fijar en l mi vista. Tena en la mano una espada desnuda,
que reflejaba sus rayos hacia nosotros de tal modo, que en vano intent
fijar en ella mis miradas.

--Decidme desde ah: qu queris?--empez a decir.--Dnde est el que
os acompaa? Cuidad que vuestra llegada no os sea funesta.

--Una dama del Cielo, enterada de estas cosas--le respondi mi
Maestro--, nos ha dicho hace poco: "Id all: aquella es la puerta."

--Ella gua felizmente vuestros pasos--replic el corts portero--.
Llegad, pues, y subid nuestras gradas.

Nos adelantamos: el primer escaln era de mrmol blanco, tan bruido y
terso, que me reflej en l tal como soy: el segundo, ms obscuro que
el color turqu, era de una piedra calcinada y spera, resquebrajada
a lo largo y de travs: el tercero, que gravita sobre los dems, me
pareca de un prfido tan rojo como la sangre que brota de las venas.
Sobre este ltimo tena ambas plantas el Angel de Dios, el cual estaba
sentado en el umbral, que me pareci formado de diamante. Mi Gua me
condujo de buen grado por los tres escalones, diciendo:

--Pide humildemente que se abra la cerradura.

Me postr devotamente a los pies santos: le ped por misericordia que
abriese, pero antes me d tres golpes en el pecho. Con la punta de su
espada me traz siete veces en la frente la letra P[58], y dijo:

--Procura lavar estas manchas cuando ests dentro.

       [58] Smbolo de los siete pecados capitales.

En seguida sac de debajo de sus vestiduras, que eran del color de la
ceniza o de la tierra seca, dos llaves, una de las cuales era de oro y
la otra de plata: primero con la blanca, y luego con la amarilla, hizo
en la puerta lo que yo deseaba.

--Cuando una de estas llaves falsea, y no gira con regularidad por la
cerradura--nos dijo--, esta entrada no se abre. Una de ellas es ms
preciosa; pero la otra requiere ms arte e inteligencia antes de abrir,
porque es la que mueve el resorte. Pedro me las di, previnindome que
ms bien me equivocara en abrir la puerta, que en tenerla cerrada,
siempre que los pecadores se prosternen a mis pies.

Despus empuj la puerta hacia el sagrado recinto, diciendo:

--Entrad; mas debo advertiros que quien mira hacia atrs vuelve a salir.

Entonces giraron en sus quicios los espigones de la sacra puerta, que
son de metal, macizos y sonoros; y no produjo tanto fragor, ni se
mostr tan resistente la de la roca Tarpeya, cuando fu arrojado de
sta el buen Metelo, por el cual qued luego vaca. Yo me volv atento
al primer ruido, y me pareci or voces que cantaban al son de dulces
acordes: "Te Deum laudamus." Tal impresin hizo en m aquello que oa,
como la que ordinariamente se recibe cuando se oye el canto acompaado
del rgano, que tan pronto se perciben como dejan de percibirse las
palabras.




[Ilustracin]




_CANTO DECIMO_


Cuando hubimos traspasado el umbral de la puerta que se abre pocas
veces, porque la mala inclinacin de las pasiones lo impide, haciendo
aparecer recta la va tortuosa, conoc por el ruido que acababa de
cerrarse; y si yo hubiese vuelto mis ojos hacia ella, qu excusa
hubiera sido digna de tal falta? Subamos por la hendedura de una roca,
la cual ondulaba tortuosamente, semejante a la ola que va y viene.

--Aqu--dijo mi Gua--, es preciso que tengamos alguna precaucin,
acercndonos, ya por un lado, o por otro, a las ondulaciones de esta
hendedura.

Y este cuidado hizo tan lentos nuestros pasos, que la Luna lleg a su
lecho para acurrucarse, antes que nosotros salisemos de aquel angosto
camino. Mas cuando estuvimos arriba, libres y al descubierto, en el
paraje donde se interna el monte, nos encontramos, yo fatigado, y
ambos inciertos de la direccin que debamos seguir, en un rellano ms
solitario que sendero a travs del desierto. Desde el borde exterior
hasta el pie del alto tajo que se alza en la parte interior, aquel
rellano slo tendra de anchura tres veces un cuerpo humano; y hasta
donde mis ojos alcanzaban, tanto por la izquierda como por la derecha,
parecame siempre igual esta especie de cornisa. An no habamos dado
un paso por aquella va, cuando observ que el tajo interior y escueto,
por el cual no se poda subir, era de mrmol blanco, y adornado de tan
preciosas entalladuras, que no ya Policleto, sino la Naturaleza en
presencia de ellas habra sido superada y vencida. El ngel que baj a
la Tierra con el decreto de la paz por tantos aos suspirada, y abri
las puertas del cielo despus de su prolongada clausura, se ofreci
a nuestra vista con tanta verdad, y en tan dulce actitud esculpido,
que no pareca una figura silenciosa. Hubirase jurado que hablaba
diciendo: "Ave;" porque tambin estaba all representada la que di
vuelta a la llave para abrir al Amor supremo. En su actitud se vean
impresas estas palabras: "Ecce ancilla Dei," tan propiamente como
aparece una figura sellada en la cera.

--No fijes tu atencin en un solo punto--me dijo el querido Maestro--,
que me tena cerca de s en el lado que los hombres tienen el corazn.

Volv el rostro, y hacia la parte donde se encontraba el que mova mis
pasos, vi despus de Mara otra historia esculpida en la roca; y para
examinarla mejor, pas al otro lado de Virgilio, y me aproxim a ella.
Estaban tallados en el mismo mrmol el carro y los bueyes conduciendo
el Arca santa, por la cual es temible desempear un cargo que Dios no
ha confiado. Delante de ella vease alguna gente, dividida en siete
coros, que a dos de mis sentidos haca decir: a uno, "s canta," y a
otro, "no canta." En igual discordancia pona a mi vista y a mi olfato
el humo del incienso que estaba all representado. El humilde Salmista,
danzando y saltando, preceda al vaso bendito; y en aquella ocasin
era ms y menos que rey. Desde lo alto de un gran palacio que haba
enfrente, Micol lo contemplaba como mujer despechada y mohina. Mov mis
pies ms all del sitio en que me encontraba, para examinar de cerca
otra historia que resaltaba despus de Micol. All estaba escrita en
piedra la alta gloria del prncipe romano, cuya insigne virtud movi a
Gregorio para alcanzar su gran victoria: hablo del emperador Trajano.
Asida al freno de su caballo se vea a una viuda, penetrada de dolor y
deshecha en lgrimas: en torno suyo apareca una considerable multitud
de caballeros, sobre cuyas cabezas se movan al viento las guilas de
oro. La desventurada, metida entre todos ellos, pareca decir: "Seor,
vngame de la muerte de mi hijo, que me ha traspasado el corazn;" y l
responderle: "Esprate a que yo vuelva;" y ella replicar, como persona
a quien impacienta su mismo dolor: "Seor mo, y si no vuelves?" Y l:
"Quien ocupe mi lugar te vengar." Y ella: "Qu te importa el bien
que pueda hacer otro, si te olvidas del que puedes hacer t?" Y l
por ltimo: "Tranquilzate; preciso es que cumpla con mi deber antes
de ponerme en marcha: la justicia lo quiere, y la piedad me detiene."
Aquel que no vi jams cosa nueva produjo este hablar visible, nuevo
para nosotros, porque no se encuentra en la Tierra nada parecido.
Mientras yo me deleitaba contemplando aquellas imgenes de tanta
humildad, ms que por su belleza, gratas a la vista, por ser quien era
su Artfice, el poeta murmuraba:

--Mira cuntas almas se dirigen hacia ac con paso lento: ellas nos
conducirn a las gradas superiores.

Mis ojos atentos a mirar para ver las novedades de que se mostraban tan
vidos, no fueron tardos en volverse hacia l. No quiero, oh lector!,
que te apartes de tus buenas disposiciones, oyendo cmo Dios quiere
que se paguen las deudas. No presten atencin a la forma de estas
penas, sino a lo que en pos de ellas vendr: piensa que, en el ltimo y
peor resultado, no pueden prolongarse ms all de la gran sentencia. Yo
empec a decir:

--Maestro, lo que veo dirigirse hacia nosotros no me parecen personas,
ni s lo que es; pues se desvanece a mi vista.

Me contest:

--La abrumadora condicin de sus tormentos les hace inclinarse de tal
modo hacia el suelo, que aun mis ojos dudaron al principio; pero mira
all fijamente, descubre con tu vista lo que viene debajo de aquellas
peas, y podrs juzgar cul es el tormento de cada uno de ellos.

Oh cristianos soberbios, miserables y dbiles, que enfermos de la
vista del entendimiento, os fiis en vuestros pasos retrgrados! No
observis que somos gusanos nacidos para formar la angelical mariposa,
que dirige su vuelo sin impedimento hacia la justicia de Dios? Por
qu se engre soberbio vuestro nimo, cuando slo sois defectuosos
insectos, como crislidas que no llegan a desarrollarse? As como,
para sostener un piso o un techo, se ve a veces por mnsula una figura
cuyas rodillas se doblan hasta el pecho, la cual, con ser fingido su
esfuerzo, produce verdadera afliccin en quien la mira, del mismo modo
vi yo a aquellas almas cuando las examin con cuidado. Es cierto que
estaban ms o menos contradas, segn era mayor o menor el peso que
soportaban; pero aun la que ms paciente y aliviada se mostraba en sus
movimientos pareca decir llorando: "No puedo ms."




[Ilustracin]




_CANTO UNDECIMO_


"Oh padre nuestro, que ests en los cielos, aunque no circunscrito a
ellos, sino por el mayor amor que arriba sientes hacia los primeros
efectos! Alabados sean tu nombre y tu poder por las criaturas, as como
se deben dar gracias a las dulces emanaciones de tu bondad. Venga a nos
la paz de tu reino, a la que no podemos llegar por nosotros mismos,
a pesar de toda nuestra inteligencia, si ella no se dirige hacia
nosotros. As como los ngeles te sacrifican su voluntad entonando
Hosanna, deben sacrificarte la suya los hombres. Danos hoy el pan
cuotidiano, sin el cual retrocede por este spero desierto aquel que
ms se afana por avanzar. Y as como nosotros perdonamos a cada cual
el mal que nos ha hecho padecer, perdnanos t benigno, sin mirar a
nuestros mritos. No pongas a prueba nuestra virtud, que tan fcilmente
se abate, contra el antiguo adversario, sino lbranos de l, que la
instiga de tantos modos. No hacemos, oh Seor amado!, esta ltima
splica por nosotros, pues ya no tenemos necesidad de ella, sino por
los que tras de nosotros quedan."

De esta suerte, pidiendo para ellas y para nosotros un feliz viaje,
iban aquellas almas soportando su carga, semejante a la que a veces
cree uno llevar cuando suea. Desigualmente cargadas y desfallecidas
caminaban alrededor del primer crculo, a fin de purificarse de las
vanidades del mundo. Si desde all siempre se ruega por nosotros, qu
no podrn decir y hacer por ellas desde aqu los que a su voluntad
renen la gracia divina? Es preciso ayudarles a lavarse las manchas que
del mundo llevaron, para que puedan llegar, limpias y giles, hasta las
estrelladas esferas.

--Ah! Que la justicia y la piedad os alivien pronto de vuestro peso,
de modo que podis desplegar las alas y elevaros segn vuestro deseo:
mostradnos por qu lado se va ms pronto hacia la escala; y si hay ms
de un camino, enseadnos cul es el menos pendiente, pues este que
viene conmigo es muy tardo en subir, a causa de la carne de Adn de que
va revestido.

No pudimos averiguar de quin procedan las palabras que respondieron a
stas que haba proferido aquel a quien yo segua; pero contestaron:

--Venid con nosotros, a mano derecha, por la orilla, y encontraris un
sendero por donde puede subir una persona viva. Y si no me lo impidiera
este peasco, que doma mi soberbia cerviz, y me obliga a llevar la
cabeza baja, mirara a ese que vive an y no se nombra, para ver si le
conozco, y para excitar su piedad por mi suplicio. Yo fu latino e hijo
de un gran toscano: mi padre fu Guillermo Aldobrandeschi; no s si
habris odo alguna vez su nombre. La antigua nobleza y las brillantes
acciones de mis antepasados me hicieron tan arrogante, que no pensando
en nuestra madre comn, tuve tanto desprecio hacia los dems hombres,
que este desprecio caus mi muerte, como saben los sieneses, y como
sabe en Campagnatico todo el que habla. Yo soy Umberto; y no es a m
solo a quien ha perjudicado el orgullo, sino que tambin ha acarreado
la desgracia de todos mis parientes. Por mis pecados me veo en la
precisin de soportar aqu este peso, hasta dejar a Dios satisfecho: ya
que no lo hice entre los vivos, debo hacerlo entre los muertos.

Al oirle, baj la cabeza; y uno de ellos, que no era el que hablaba,
se volvi bajo el peso que lo agobiaba: me vi, conocime, y me llam,
teniendo los ojos fijos con gran trabajo en m, que caminaba inclinado
junto a ellos.

--Oh!--le dije--; no eres t Oderisi, honor de Agobbio y de aquel
arte que llaman de iluminar en Pars?

--Hermano--me dijo--: ms agradan los dibujos que ilumina Francisco
Bolognese: ahora todo el honor es suyo, si bien yo participo de l.
No hubiera yo sido en vida tan generoso, a causa del gran deseo de
sobresalir en mi arte que dominaba mi corazn. De tal soberbia aqu
se paga la pena; y estoy aqu, gracias a que, cuando an poda pecar,
volv mi alma a Dios. Oh vanagloria del ingenio humano! Cun poco
dura tu lozano verdor, cuando no alcanza pocas de ignorancia! Crea
Cimabue ser rbitro en el campo de la pintura, y ahora es Giotto al
que se aclama, de modo que ha quedado obscurecida la fama de aqul:
de igual suerte un Guido ha despojado a otro de la gloria de la
lengua[59], y acaso ha nacido ya quien arroje a los dos de su nido.
El rumor del mundo no es ms que un soplo, que tan pronto viene de un
lado, como de otro, y cambia de nombres por lo mismo que cambia de
sitios. Qu mayor fama ser la tuya de aqu a mil aos, separando
de ti tu cuerpo envejecido, que si hubieses muerto antes de dejar el
"pappo" y el "dindi"[60]? Ese espacio de tiempo, comparado con la
eternidad, es mucho ms corto que un abrir y cerrar de ojos respecto
al crculo que ms lentamente se mueva en el cielo. En toda la
Toscana reson el nombre del que camina paso a paso delante de m; y
ahora apenas se le menciona en Siena, de donde era Seor cuando fu
destruda la ira florentina, que en aquel tiempo era tan altanera, como
prostituta es ahora. Vuestra fama es semejante al color de la hierba,
que viene y va; y el que la decolora es el mismo que hace brotar sus
tiernos tallos.

       [59] Guido Guinicelli, poeta de Bolonia, y Guido Cavalcanti,
       otro clebre poeta florentino, hijo de Cavalcante: ste hizo
       olvidar la fama del primero; muri en 1301.

       [60] Voces con las que designaban los nios al pan y al
       dinero. Quiere decir: Al cabo de mil aos, que son nada
       comparados con la eternidad, tu fama no ser mayor si mueres
       viejo, que si hubieses muerto en la infancia.

Le contest:

--Tus verdicas palabras infunden en mi corazn una buena humildad, y
abaten mi hinchazn; pero quin es ese del cual hablabas ahora?

--Es--me respondi--Provenzano Salvani--; est aqu, porque tuvo la
presuncin de reunir en su mano todo el gobierno de Siena. Ha marchado
y contina marchando sin reposo desde que muri; pues en tal moneda
paga quien all se ha mostrado demasiado audaz.

Le repliqu:

--Si un espritu que, para arrepentirse, aguarda llegar al lmite de
la vida, permanece en la parte inferior de la montaa, y a no ser
que le ayude una ferviente oracin, no sube a este sitio hasta haber
transcurrido un espacio de tiempo igual al que vivi, cmo es que se
le ha permitido a se venir aqu?

--Cuando viva en medio de su mayor gloria--dijo--, se present en
la plaza de Siena deponiendo toda vanidad, y all, para librar a un
amigo suyo[61] del cautiverio que sufra en la prisin de Carlos, se
port de modo que temblaban todas sus venas. No te dir ms: s que te
hablo en trminos obscuros; pero no transcurrir mucho tiempo sin que
tus conciudadanos obren de modo que te permitirn penetrar el sentido
de mis palabras. Esta accin le ha valido traspasar los lmites del
Purgatorio.

       [61] Para librar a un amigo suyo, un tal Vigna, que slo
       mediante la suma de diez mil florines de oro poda salir de la
       crcel, donde lo tena Carlos I, rey de Pulla, se present en
       la plaza de Siena a pedir limosna, tembloroso y angustiado.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DUODECIMO_


Unidos, como bueyes bajo el yugo, bamos aquella alma cargada y yo,
mientras lo permiti mi amado pedagogo; pero cuando dijo: "Djale, y
sigue, que aqu conviene que cada cual d cuanto impulso pueda a su
barca con la vela y con los remos," ergu mi cuerpo como debe andar
el hombre, por ms que mis pensamientos continuaran siendo humildes y
sencillos. Ya estaba yo en marcha, siguiendo gustoso los pasos de mi
Maestro, y ambos hacamos alarde de nuestra agilidad, cuando l me dijo:

--Mira hacia abajo; pues para que sea menos penoso el camino, te
convendr ver el suelo en que se asientan tus plantas.

Del modo que las sepulturas tienen esculpido en signos emblemticos lo
que fueron los muertos enterrados en ellas, para perpetuar su memoria,
por lo cual muchas veces arranca lgrimas all el aguijn del recuerdo,
que slo punza a las almas piadosas, de igual suerte, pero con ms
propiedad y perfecto artificio, vi yo cubierto de figuras todo el plano
de aquella va que avanza fuera del monte. Vea, por una parte, a aquel
que fu creado ms noble que las dems criaturas, cayendo desde el
cielo como un rayo[62]. Vea en otro lado a Briareo, herido por el
dardo celestial, yaciendo en el suelo y oprimindolo con el peso de
su helado cuerpo. Vea a Timbreo[63], a Palas y a Marte, armados an
y en derredor de su padre, contemplando los esparcidos miembros de
los Gigantes. Vea a Nemrod al pie de su gran obra, mirando con ojos
extraviados a los que fueron en Senaar soberbios como l. Oh Nobe,
con cun desolados ojos te vea representada en el camino entre tus
siete y siete hijos exnimes! Oh Sal, cmo te me aparecas all,
atravesado con tu propia espada y muerto en Gelbo, que desde entonces
no volvi a recibir la lluvia ni el roco! Con igual evidencia te vea,
oh loca Aracnea!, ya medio convertida en araa, y triste sobre los
rotos pedazos de la obra que labraste por desgracia tuya. Oh Roboam!
All no estabas ya representado con aspecto amenazador, sino lleno de
espanto y conducido en un carro, huyendo antes que otros te expulsasen
de tu reino. Mostrbase adems en aquel duro pavimento de qu modo
Alcmen hizo pagar caro a su madre el desastroso adorno; cmo los hijos
de Sennaquerib se arrojaron sobre su padre dentro del templo, dejndole
all muerto; la destruccin y el cruel estrago que hizo Tamiris, cuando
dijo a Ciro: "Tuviste sed de sangre; pues bien, yo te harto de ella;"
y la derrota de los asirios, despus de la muerte de Holofernes, y el
destrozo de sus restos fugitivos. Vease a Troya convertida en cenizas
y en ruinas. Oh Ilin!, cun abatida y despreciable te representaba
la escultura que all se distingua! Quin fu el maestro, cuyo pincel
o buril traz tales sombras y actitudes, que causaran admiracin al
ms agudo ingenio? All los muertos parecan muertos, y los vivos
realmente vivos. El que presenci los hechos no vi mejor que yo la
verdad de cuanto fu pisando mientras anduve inclinado. As, pues,
hijos de Eva, ensoberbeceos; marchad con la mirada altiva, y no
inclinis el rostro de modo que podis ver el mal sendero.

       [62] Luzbel.

       [63] Apolo.

Habamos dado ya una gran vuelta por el monte, y el Sol estaba mucho
ms adelantado en su camino de lo que nuestro absorto espritu creyera,
cuando aquel que siempre andaba cuidadoso, empez a decir:

--Levanta la cabeza: no es tiempo de ir tan pensativo. He all un
ngel, que se prepara a venir hacia nosotros, y ve tambin que se
retira del servicio del da la sexta esclava. Reviste de reverencia tu
rostro y tu actitud, a fin de que le plazca conducirnos ms arriba:
piensa en que este da no volver jams a lucir.

Estaba yo tan acostumbrado por sus amonestaciones a no desperdiciar el
tiempo, que su lenguaje, con respecto a este punto, no poda parecerme
obscuro. La hermosa criatura vena en nuestra direccin, vestida de
blanco, y centelleando su rostro como la estrella matutina. Abri los
brazos y despus las alas, diciendo:

--Venid; cerca de aqu estn las gradas, y puede subirse fcilmente por
ellas. Qu pocos acuden a esta invitacin! Oh raza humana, nacida
para remontar el vuelo!, por qu el menor soplo de viento te hace caer?

Nos condujo hacia donde la roca estaba cortada; y all agit sus alas
sobre mi frente, permitindome luego seguir con seguridad mi camino.
As como, para subir al monte donde est la iglesia que, a mano derecha
y ms arriba del Rubaconte, domina a la bien gobernada ciudad[64], se
modera la rpida pendiente por medio de las escaleras hechas en otro
tiempo, cuando estaban seguros los registros y las marcas oficiales,
as tambin aqu, de un modo semejante, se templa la aspereza de la
escarpada cuesta que desciende casi a plomo desde el otro crculo; pero
es preciso pasar rasando por ambos lados con las altas rocas. Mientras
nos internbamos en aquella angostura, omos voces que cantaban "Beati
pauperes spiritu," de tal manera, que no poda expresarse con palabras.
Ah! Cun diferentes de los del Infierno son estos desfiladeros! Aqu
se entra oyendo cnticos, y all horribles lamentos. Subamos ya por la
escalera santa, y me pareca ir ms ligero por ella, que antes iba por
el camino llano; lo que me oblig a exclamar:

--Maestro, dime: de qu peso me han aliviado, pues ando sin sentir
apenas cansancio alguno?

       [64] Florencia.

Respondime:

--Cuando las P, que an quedan en tu frente casi borradas, hayan
desaparecido enteramente, como una de ellas, tus pies obedecern tan
sumisos a tu voluntad, que lejos de sentir el menor cansancio, tendrn
un placer en moverse.

Al or esto, hice como los que llevan algo en la cabeza y no lo saben,
pero lo sospechan por los ademanes de otros; que procuran acertarlo con
ayuda de la mano, la cual busca y encuentra, y desempea el oficio que
no es posible encomendar a la vista: extendiendo los dedos de la mano
derecha, slo encontr seis de las letras que el Angel de las llaves
haba grabado en mi frente; y al ver lo que yo haca, se sonri mi
Maestro.




[Ilustracin]




_CANTO DECIMO TERCIO_


Habamos llegado a lo alto de la escala, donde por segunda vez se
adelgaza la montaa destinada a la purificacin de los que suben por
ella. Tambin all la cie en derredor un rellano como el primero, slo
que el arco de su circunferencia se repliega ms pronto: en l no hay
esculturas ni nada parecido, y as el ribazo interior, como el camino
presentan al desnudo el color lvido de la piedra.

--Si esperamos aqu a alguien para preguntarle hacia qu lado hemos de
seguir--deca el Poeta--, temo que tardaremos mucho en decidirnos.

Dirigi luego la vista fijamente hacia el Sol; afirm en el pie derecho
el centro de rotacin, e hizo girar su costado izquierdo.

--Oh dulce luz, en quien confo al entrar por el nuevo camino!
Condcenos--deca--como conviene ser conducido por este lugar. T das
calor al mundo, t le iluminas: tus rayos, pues, deben servir siempre
de gua, a menos que otra razn disponga lo contrario.

Ya habamos recorrido en poco tiempo y merced a nuestra activa
voluntad, un trayecto como el que ac se cuenta por una milla, cuando
sentimos volar hacia nosotros, pero sin verlos, algunos espritus que,
hablando, invitaban cortsmente a tomar asiento en la mesa de amor. La
primera voz que pas volando deca distintamente: "Vinum non habent!"
y se alej, repitindolo por detrs de nosotros. Antes que dejara de
percibirse enteramente a causa de la distancia, pas otra gritando: "Yo
soy Orestes;" y tampoco se detuvo.

--Oh Padre!--dije yo--; qu voces son esas?

Y mientras esto preguntaba, omos una tercera que deca: "Amad a los
que os han hecho dao." El buen Maestro me contest:

--En este crculo se castiga la culpa de la envidia; pero las cuerdas
del azote son movidas por el amor. El freno de ese pecado debe producir
diferente sonido; y creo que lo oirs, segn me parece, antes de que
llegues al paso del perdn. Pero fija bien tus miradas a travs del
aire, y vers algunas almas sentadas delante de nosotros, apoyndose
todas a lo largo de la roca.

Entonces abr los ojos ms que antes; mir hacia delante, y vi sombras
con mantos, cuyo color no era diferente del de la piedra. Y luego que
hubimos avanzado algo ms, o exclamar: "Mara, ruega por nosotros!"
"Miguel, y Pedro, y todos los santos, rogad!" No creo que hoy exista
en la Tierra un hombre tan duro, que no se sintiese movido de compasin
hacia lo que vi en seguida; pues cuando llegu junto a las almas, y
pude observar sus actos claramente, brot de mis ojos un gran dolor.
Me parecan cubiertas de vil cilicio; cada cual sostena a otra con la
espalda, y todas lo estaban a su vez por la roca, como los ciegos, a
quienes falta la subsistencia, se colocan en los Perdones, y solicitan
el socorro de sus necesidades, apoyando cada uno su cabeza sobre la
del otro, para excitar ms pronto la compasin, no por medio de sus
palabras, sino con su aspecto que no contrista menos. Y del mismo modo
que el sol no llega hasta los ciegos, as tambin la luz del Cielo no
quiere mostrarse a las sombras de que hablo; pues todas tienen sus
prpados atravesados y cosidos por un alambre, como se hace con los
gavilanes salvajes para domesticarlos.

Mientras iba andando, me pareca inferir una ofensa, viendo a otros sin
ser visto de ellos; por lo cual me volv hacia mi prudente Consejero.
Bien saba l lo que quera significar mi silencio; as es que no
esper mi pregunta, sino que me dijo:

--Habla, y s breve y sensato.

Virgilio caminaba a mi lado por aquella parte de la calzada desde donde
se poda caer, pues no estaba resguardada por ningn pretil: hacia mi
otro lado estaban las devotas sombras, las cuales lanzaban con tanta
fuerza las lgrimas a travs de su horrible costura, que baaban con
ellas sus mejillas. Me dirig a ellas y les dije:

--Oh gente segura de ver la ms alta luz del cielo, nico fin a que
aspira vuestro deseo! As la gracia disipe pronto las impurezas de
vuestra conciencia, de tal suerte que descienda por ella puro y claro
el ro de vuestra mente, decidme (que me ser muy dulce y grato) si
entre vosotras hay algn alma que sea latina, a quien quiz podr serle
til que yo la conozca.

--Oh hermano mo!, todas nosotras somos ciudadanas de una verdadera
ciudad; pero t querrs decir si hay alguna que haya peregrinado en
vida por Italia.

Estas palabras cre percibir en respuesta a las mas, algo ms
adelante del sitio en que me encontraba; por lo cual me hice or de
nuevo ms all. Entre las dems sombras vi una que pareca estar a la
expectativa; y si alguien pregunta cmo poda insinuarse, le dir que
levantando en alto la barba, como hacen los ciegos.

--Espritu--le dije--, que te abates para subir, si eres aquel que me
ha respondido, dame cuenta de tu pas y de tu nombre.

--Yo fu sienesa--respondi--, y estoy aqu con estos otros purificando
mi vida culpable, y suplicando con lgrimas a Aqul que debe
concedrsenos. No fu sabia, por ms que me llamaran "Sapa," y me
alegraron ms los males ajenos que mis propias venturas. Y porque no
creas que te engao, oye si fu tan necia como te digo. Descenda ya
por la pendiente de mis aos, cuando mis conciudadanos se encontraron
cerca de Colle a la vista de sus adversarios, y yo rogaba a Dios lo
mismo que El quera. Fueron destrozados, y reducidos en aquel sitio
al paso amargo de la fuga; y al ver aquella caza, tuve tal contento,
que ningn otro puede igualrsele. Mientras tanto elevaba al cielo mi
atrevida faz gritando a Dios: "Ahora ya no te temo," como hizo el mirlo
engaado en invierno por algunos das apacibles. Hacia el fin de mi
vida quise reconciliarme con Dios; y an no habra comenzado a pagar mi
deuda por medio de la penitencia, si no fuera porque me tuvo presente
en sus santas oraciones Pedro Pettinagno, que se apiad de m, movido
de su caridad. Pero quin eres t, que vas informndote de esa suerte
de nuestra condicin, con los ojos libres, segn creo, y que hablas
respirando?

--Tambin estarn mis ojos cosidos aqu--le dije--, pero por poco
tiempo; pues el delito que comet mirando con ellos envidiosamente ha
sido pequeo. Mucho ms miedo infunde a mi alma el castigo de abajo;
pues ya siento gravitar sobre m el peso de que van cargados los que
all estn.

Ella me pregunt:

--Quin te ha conducido, pues, aqu arriba entre nosotros, si crees
volver abajo?

Contestle:

--Ese que est conmigo y no pronuncia una palabra. Vivo estoy; por lo
cual dime, espritu elegido, si quieres que all mueva en tu favor an
los pies mortales.

--Oh!, eso s que es una cosa nunca oda--repuso--, y una gran seal
de que Dios te ama: rugote, por tanto, que me auxilies con tus
oraciones; y te suplico por aquello que ms desees, que si vuelves a
pisar la tierra de Toscana, me pongas en buen lugar con mis parientes.
Los vers entre aquella gente vana, que confa en Talamone; y esa
esperanza, ms descabellada que la de encontrar la Diana, los perder;
pero los almirantes perdern ms an.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOCUARTO_


Quin es ese que gira en torno de nuestro monte, antes de que la
muerte le haya hecho emprender su vuelo, y abre y cierra los ojos segn
su voluntad?

--Ignoro quin sea; pero s que no va solo: pregntale t que ests ms
prximo a l, y acgele con dulzura, de modo que le hagas hablar.

As razonaban a mi derecha dos espritus, apoyado uno contra otro:
despus levantaron la cabeza para dirigirme la palabra, y dijo uno de
ellos:

--Oh alma que, encerrada an en tu cuerpo, te encaminas hacia el
Cielo! Consulanos por caridad, y dinos de dnde vienes y quin eres;
pues la gracia que de Dios has recibido nos causa el asombro que
produce una cosa que no ha existido jams.

Yo les contest:

--Por en medio de la Toscana serpentea un riachuelo, que nace en
Falterona, y al que no le bastan cien millas de curso: a orillas de
este ro he recibido mi persona: deciros quin soy yo, sera hablar en
vano, porque mi nombre an no es muy conocido.

--Si he penetrado bien tu entendimiento con el mo--me respondi el
que me haba preguntado--, hablas del Arno.

Y el otro le dijo:

--Por qu oculta el nombre de aquel ro, como se hace con una cosa
horrible?

Y la sombra a quien le preguntaban esto respondi como deba:

--No lo s; pero es muy digno de desaparecer el nombre de tal valle;
porque desde su origen (donde la alpestre cordillera de que est
desprendido el Peloro es tan copiosa de aguas, que en pocos sitios lo
ser ms) hasta el punto en que restituye lo que el cielo ha sacado
del mar, a quien deben los ros el caudal que va con ellos, todos
sus pobladores, enemistados con la virtud, la persiguen como a una
serpiente, ya sea por desventura del pas, o ya por una mala costumbre
que los arrastra; por lo cual tienen los habitantes de aquel msero
valle tan pervertida su naturaleza, que parece que Circe los haya
apacentado. Aquel ro lleva primero su dbil curso por entre sucios
puercos, ms dignos de bellotas que de otro alimento condimentado para
uso de los hombres. Llegando abajo, encuentra viles gozquecillos, ms
rabiosos de lo que permite su fuerza, y a quienes tuerce con desdn el
hocico. Va descendiendo, y cuanto ms acrecienta su caudal, tanto ms
encuentra los perros convertidos en lobos la maldecida y desdichada
fosa: bajando luego por entre profundas gargantas, tropieza con las
engaosas zorras, que no temen lazo que pueda cogerlas. No he de dejar
de decirlo, aunque haya quien me oiga; y le convendr a se, con tal
que se acuerde de lo que un espritu de verdad me revela. Veo a tu
sobrino, que se convierte en cazador cruel de aquellos lobos sobre
la orilla del feroz ro, y a todos los atemoriza. Vende por dinero
su carne, aun estando viva: despus los mata como si fuesen bueyes
viejos, y quita a muchos la vida y a s mismo el honor. Ensangrentado
sale de la triste selva, dejndola de tal modo, que de aqu a mil aos
no volver a su estado primitivo[65].

       [65] En los puercos, perros, lobos y zorras de que habla
       en este prrafo ha simbolizado Dante respectivamente a los
       casentinos, aretinos, gelfos florentinos y pisanos. El
       cazador a que se alude es Fulcieri da Calboli, que, siendo
       en 1302 potestad de Florencia, fu inducido por los Negros
       a perseguir a los Blancos, a muchos de los cuales puso por
       dinero en manos de sus enemigos.

Como al anuncio de futuros males se turba el rostro del que lo escucha,
venga de donde quiera el peligro que le amenace, as vi yo turbarse y
entristecerse a la otra alma, que estaba vuelta escuchando, apenas hubo
recapacitado aquellas palabras. El lenguaje de la una y el rostro de
la otra excitaban en m el deseo de saber sus nombres: hceles entre
ruegos esta pregunta; por lo cual, el espritu que antes me haba
hablado repuso:

--Quieres que yo condescienda en hacer por ti lo que t no quieres
hacer por m; pero pues Dios permite que se trasluzca tanto su gracia
en ti, no dejar de satisfacer tus deseos. Sabe, pues, que yo soy Guido
del Duca: de tal modo abras la envidia mi sangre, que cuando vea
un hombre feliz, hubieras podido contemplar la lividez de mi rostro.
Por eso ahora siego la mies de mi simiente.--Oh raza humana!, por
qu pones tu corazn en lo que requiere una posesin exclusiva? Este
es Rinieri, honra y prez de la casa de Calboli, la cual no ha tenido
despus ningn heredero de sus virtudes. Y no es slo su descendencia
la que, entre el Po y los montes, el mar y el Reno, se encuentra hoy
despojada de los bienes que entraan la verdad y subliman el nimo;
pues dentro de esos lmites todo el terreno est cubierto de plantas
venenosas, de tal modo que tarde podr volvrsele a meter en cultivo.
Dnde est el buen Licio y Enrique Manardi, Pedro Traversaro y
Guido de Carpigna? Oh, romaoles, raza bastardeada! Cundo nacer
en Bolonia un nuevo Fabbro? Cundo en Faenza echar races otro
Bernardino de Fosco, hermoso tronco salido de una insignificante
semilla? No te asombres, Toscano, si ves que lloro al recordar a Guido
de Prata, y a Ugolino de Azzo, que vivi entre nosotros; a Federico
Tignoso y a todos los suyos; a la familia Traversara y los Anastagi,
casas ambas que estn hoy desheredadas de la virtud de sus mayores: no
te asombre mi duelo al recordar las damas y los caballeros, los afanes
y agasajos que inspiraban amor y cortesa, all donde han llegado a ser
tan depravados los corazones. Oh Brettinoro! por qu no desapareciste
cuando tu antigua familia y muchos de tus habitantes huyeron por no
ser culpables? Bien hace Bagnacaval en no reproducirse; y por el
contrario, hace mal Castrocaro y peor Conio, que se empea en procrear
tales condes. Los Pagani se portarn bien cuando huya el Demonio; pero
no tanto que consigan dejar de s un recuerdo puro. Oh Ugolino de
Fantoli!, tu nombre est bien seguro; pues no es de esperar que haya
quien, degenerando, pueda obscurecerlo. Pero djame, oh Toscano!; que
ahora me son ms gratas las lgrimas que las palabras: tanto es lo que
me ha oprimido la mente nuestra conversacin.

Sabamos que aquellas almas queridas nos oan andar; y pues que
callaban, debamos estar seguros del camino que seguamos. Luego que
andando nos encontramos solos, lleg directamente a nosotros una
voz, que hendi el aire como un rayo, diciendo: "El que me encuentre
debe darme la muerte;" y huy como el trueno que se aleja, cuando
de pronto se desgarra la nube. Apenas cesamos de oirla, percibimos
otra, la cual retumb con gran estrpito, semejante al trueno que
sigue inmediatamente al relmpago: "Yo soy Aglauro, que me convert en
piedra." Entonces, para unirme ms al Poeta, d un paso hacia atrs y
no hacia adelante. Ya se haba calmado el aire por todas partes, cuando
l me dijo:

--Aquel fu el duro freno que debera contener al hombre en sus
lmites; pero mordis tan fcilmente el cebo, que os atrae con su
anzuelo el antiguo adversario, sirviendoos de poco el freno o el
reclamo. El cielo os llama y gira en torno vuestro mostrndoos sus
eternas bellezas, y sin embargo, vuestras miradas se dirijen hacia la
Tierra; por lo cual os castiga Aqul que lo ve todo.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOQUINTO_


Caminando ya el Sol hacia la noche, pareca quedarle por recorrer
tanto espacio como el que media entre el principio del da y el punto
donde aquel seala el trmino de la hora de tercia en la esfera, que,
cual nio inquieto, se mueve continuamente: all era ya la tarde, y
aqu media noche. Los rayos solares nos heran de lleno en el rostro,
porque habamos dado tal vuelta en derredor de la montaa, que
bamos directamente hacia el Ocaso; cuando sent que el resplandor
deslumbraba mis ojos mucho ms que antes; y sindome desconocida la
causa, me qued estupefacto: levant las manos, y me form con ellas
una sombrilla encima de las cejas, que es el preservativo contra el
exceso de luz. Como cuando en el agua o en un espejo rebota el rayo
luminoso, elevndose al lado opuesto de idntica manera que desciende,
y desvindose por ambas partes a igual distancia de la cada de la
piedra, segn demuestran la experiencia y el arte, as me pareci ser
herido por una luz que delante de m se reflejaba; por lo cual apart
de ella presurosamente los ojos.

--Qu es aquello, amado Padre, de que no puedo, por ms que haga,
resguardar mi vista--dije--, y que parece venir hacia nosotros?

--No te asombres si la familia del Cielo te deslumbra todava--me
respondi--: es un mensajero que viene a invitar a un hombre a que
suba. En breve, no slo podrs contemplar estas cosas sin molestia,
sino que te sern tanto ms deleitables, cuanto ms dispuesta se halle
tu naturaleza a sentirlas.

Luego que llegamos cerca del Angel bendito, con agradable voz nos dijo:
"Entrad por aqu a una escalera, que es menos empinada que las otras."
Subamos ya, dejando en pos de nosotros aquel crculo, cuando omos
cantar a nuestra espalda: "Beati misericordes" y "Regocjate t que
vences." Mi maestro y yo ascendamos solos, y yo pensaba entretanto
sacar provecho de sus palabras; por lo que, dirigindome a l, le
pregunt:

--Qu quiso decir el espritu de la Romana al hablar de lo que
requiere una posesin exclusiva?

Respondime:

--Ahora conoce el dao que causa su principal pecado: as, pues, no
debes admirarte si le condena, a fin de que haya menos que llorar
por l; porque si vuestros deseos se cifran en bienes que puedan
disminuirse dando a otros participacin en ellos, la envidia excita
vuestros pulmones a suspirar; pero si el amor de la suprema esfera
dirigiese hacia el Cielo vuestros deseos, no abrigarais tal temor en
vuestro corazn; pues cuanto ms se dice all "lo nuestro," tanto mayor
es el bien que posee cada cual, y mayor caridad arde en aquel recinto.

--Menos contento estoy que si me hubiese callado--dije--; y ahora
ofuscan ms dudas mi mente. Cmo puede ser que un bien distribudo
entre muchos haga ms ricos a sus poseedores, que poseyndolo unos
pocos?

A lo que me contest:

--Por fijar siempre tu pensamiento en las cosas terrenales deduces
obscuridad y error de las claras verdades que te demuestro. Aquel bien
infinito e inefable que est arriba, se lanza hacia el amor, como un
rayo de luz a un cuerpo flgido, comunicndose tanto ms cuanto mayor
es el ardor que encuentra; de modo que la eterna virtud crece sobre la
caridad a medida que sta se aumenta; por lo cual, cuanto mayor nmero
de almas se dirigen a l, tanto ms amor hay all arriba, y ms all se
ama, reflejndose este amor de una a otra alma como la luz entre dos
espejos. Si no te satisfacen mis razones, ya vers a Beatriz, y ella
acallar por completo ese deseo y cualquier otro que tengas. Avanza,
pues, para que pronto desaparezcan, como ya han desaparecido dos, esas
cinco seales, que slo se borran por medio de lgrimas.

Cuando iba a decir: "Me has dejado satisfecho," observ que habamos
llegado al otro crculo; por lo cual, ocupado en pasear por l
mis anhelantes miradas, guard silencio. All me pareci que era
sbitamente arrebatado en xtasis, y que vea un templo con muchas
personas, y una mujer a la entrada exclamando, en la dulce actitud de
una madre: "Hijo mo, por qu has obrado as con nosotros? Tu Padre
y yo te buscbamos angustiados." Cuando se call, desapareci lo que
antes se me haba aparecido. Despus se ofreci a mi vista otra, por
cuyas mejillas se deslizaba aquel agua que destila el dolor, cuando
procede de un gran despecho contra otro; sta deca: "Si eres seor de
la ciudad cuyo nombre origin tanta contienda entre los dioses, y en
la que toda ciencia destella[66], vngate de los atrevidos brazos que
abrazaron a nuestra hija, oh Pisstrato!" Y este seor bondadoso y
clemente le responda con rostro sereno: "Qu haremos con el que nos
quiere mal, si condenamos al que nos ama?" Despus vi a varios hombres
abrasados por la ira, matando a pedradas a un joven[67], y dicindose
a grandes gritos unos a otros: "Martirzale, martirzale!" Y le
contemplaba encorvado hacia el suelo bajo el peso de la muerte que ya
le derribaba; pero haciendo de sus ojos puertas para llegar al cielo,
y rogando al Seor en medio de tal martirio y con aquel aspecto que
excita a la piedad, que perdonase a sus perseguidores. Cuando mi alma
volvi de fuera a las cosas que fuera de ella son verdaderas, reconoc
mis errores que, sin embargo, no eran falsos. Mi Gua, que me vea
hacer lo que un hombre que sale de un sueo, me dijo:

--Qu tienes, que no puedes sostenerte? Has andado ms de media legua
con los ojos cerrados y con paso vacilante, como el que est dominado
por el vino o por el sueo.

       [66] El protomrtir San Esteban.

       [67] Atenas, por cuyo nombre trabaron gran contienda Neptuno y
       Minerva.

--Oh amado Padre mo!--dije yo--; si me prestas atencin, te dir lo
que se me ha aparecido cuando mis piernas vacilaban.

Y l a su vez:

--Aunque tuvieras cien mscaras que ocultaran tu rostro, adivinara yo
hasta tus menores pensamientos. Lo que has visto te ha sido revelado
para que no te excuses de abrir el corazn al agua de la paz, que
mana de la fuente eterna. Te he preguntado "qu tienes?," no porque
me dijeras lo que hace el que tiene los ojos entornados cuando se ha
apoderado algn sopor de su cuerpo, sino para que tus pies recobrasen
fuerzas: es preciso estimular as a los perezosos, demasiado lentos en
emplear el tiempo de sus vigilias, cuando, una vez despiertos, recobran
el imperio de su voluntad.

Seguamos nuestro camino, cuando ya obscureca, mirando atentamente
lo ms all que podan nuestros ojos por entre los luminosos rayos
vespertinos, cuando vimos adelantarse poco a poco hacia nosotros una
humareda obscura como la noche, sin que hubiese por all un sitio donde
guarecerse de ella, y que nos priv del uso de la vista y del aire puro.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOSEXTO_


La obscuridad del Infierno, y la de la noche privada de todo planeta
bajo un mezquino cielo, entenebrecido por las nubes hasta lo sumo, no
echaran sobre mi vista un velo tan denso como aquel humo que all
nos envolvi; siendo tal la sensacin de su punzante aspereza, que
no podan los ojos permanecer abiertos; por lo cual, mi sabio y fiel
Acompaante se acerc a m, ofrecindome su hombro. Como va el ciego
detrs de su lazarillo para no extraviarse, ni tropezar en algo que
le ofenda o acaso le origine la muerte, as caminaba yo a travs de
aquel aire fosco y acre, atento a la voz de mi Gua, que nicamente iba
diciendo: "Cuida de no separarte de m." Oa yo voces, cada una de las
cuales pareca rogar a fin de obtener paz y misericordia del Cordero de
Dios, que quita los pecados. El principio de su oracin era solamente
"Agnus Dei;" todos pronunciaban estas palabras a un mismo tiempo y con
tan igual tono, que pareca existir entre ellos una perfecta concordia.

--Maestro--dije--; son espritus esos que oigo?

--Lo has acertado--contest--; van desatando el nudo de la ira.

--Quin eres t, que hiendes nuestro humo, y hablas de nosotros como
si contaras an el tiempo por calendas?

De esta suerte habl una voz; por lo cual el Maestro me dijo:

Responde, y pregntale si por aqu se va arriba.

Entonces dije yo:

--Oh criatura, que te purificas para volver a presentarte hermosa ante
Aqul que te hizo! Oirs cosas maravillosas si quieres seguirme.

--Te seguir cuanto me est permitido--me contest--; y si el humo
impide que nos veamos, el odo nos aproximar a falta de la vista.

Empec, pues, de esta manera:

--Me dirijo hacia arriba con la forma que la muerte desvanece, y he
llegado hasta aqu a travs de las penas del Infierno. Y si Dios me ha
acogido en su gracia de tal modo, que quiere que yo vea su corte por
un medio tan distinto de lo usual, no me ocultes quin fuiste antes de
morir, sino dmelo: dime tambin si voy bien por aqu hacia la subida,
y tus palabras nos servirn de gua.

--Fu lombardo, y me llam Marco: conoc el mundo; y am aquella virtud
hacia la cual nadie dirige hoy su mira. Para llegar a lo alto, sigue en
derechura por donde vas.

As respondi, aadiendo despus:

--Te suplico que ruegues por m cuando ests arriba.

A lo que le contest:

--Por mi fe te prometo que har lo que me pides; pero me veo envuelto
en una duda, que no me es dado aclarar. Primeramente era sencilla,
ms ahora se ha duplicado con tus palabras, que unidas a las que he
odo en otra parte, me certifican un mismo hecho. El mundo est, pues,
exhausto de toda virtud, como me indicas, y sembrado y cubierto de
maldad; pero te ruego que me digas la causa, de modo que yo pueda verla
y mostrarla a los dems; pues unos la hacen depender del cielo, y otros
de aqu abajo.

Antes de contestar exhal un profundo suspiro, que termin en un ay!
doloroso, y despus dijo:

--Hermano, el mundo es ciego, y se conoce que t vienes de l.
Vosotros los vivos hacis estribar toda causa en el cielo, como si
l imprimiera por necesidad su movimiento a todas las cosas. Si as
fuese, quedara destrudo en vosotros el libre albedro, y no sera
justo que se retribuyera el bien con goces y alegras, y el mal con
llanto y luto. El cielo inicia vuestros movimientos: no quiero decir
todos; pero, aunque as lo dijese, os ha dado luz para distinguir el
bien y el mal. Os ha dado tambin el libre albedro, que aun cuando
se fatigue luchando en los primeros combates con el cielo, despus
lo vence todo, si persevera en el buen propsito. A mayor fuerza y a
naturaleza mejor estis sometidos, sin dejar de ser libres; y ella crea
vuestro espritu, que no est bajo el dominio del cielo. As pues,
si el mundo se aparta del verdadero camino, vuestra es la culpa; que
en vosotros debe buscarse, y ahora te lo probar con toda veracidad.
Sale el alma de manos de su Creador, que la acaricia antes de que
exista, semejante al nio que entre el llanto y la risa balbucea; y
es entonces una simplecilla, que nada sabe, y solamente movida por el
instinto de la felicidad, se inclina gustosa hacia lo que la contenta
y regocija. Desde luego siente placer en los bienes ms mezquinos;
pero en esto se engaa, y corre tras ellos, si no tiene gua o freno
que tuerza su inclinacin. Por eso es necesario establecer leyes que
sirvan de freno, y tener un rey que sepa discernir al menos la torre
de la verdadera ciudad. Las leyes existen; pero quin se cuida de su
cumplimiento? Nadie; porque el pastor que precede a las almas puede
rumiar, pero no tiene la pezua hendida; por lo cual, viendo todo el
rebao a su pastor cebarse nicamente en aquellos bienes de que l es
tan codicioso, se apacienta de lo mismo y no pide ms. Bien puedes ver,
por esto, que en el mal gobierno estriba la causa de que el mundo sea
culpable, y no en que vuestra naturaleza est corrompida. Roma, que
hizo bueno al mundo, sola tener dos soles, que hacan ver uno y otro
camino, el del mundo y el de Dios. Uno de los dos soles ha obscurecido
al otro, y la espada se ha unido al bculo pastoral: as juntos, por
fuerza deben ir las cosas de mala manera; porque estando unidos, no se
temen mutuamente. Si no me prestas crdito, pon mientes en la espiga;
pues toda hierba se conoce por su semilla. En el pas que baan el Po
y el Adigio sola encontrase valor y cortesa, antes de que Federico
tuviese contiendas. Hoy, todo aquel que dejara de acercarse a aquellas
provincias por vergenza de hablar con hombres probos, puede pasar por
ellas, seguro de que no hallar ninguno. Bien es verdad que aun existen
all tres ancianos, en quienes la edad antigua reprende a la moderna, y
les parece que Dios tarda en llamarlos a mejor vida: son stos Conrado
de Palazzo, el buen Gerardo, y Guido de Castel, a quien mejor le llaman
al estilo francs el lombardo sencillo. En el da la Iglesia de Roma,
para confundir en s dos gobiernos, cae en el lodo ensucindose a s
misma y a su carga.

--Oh Marco mo!--dije yo--; razonas bien: y ahora comprendo por qu
fueron excludos de heredar los hijos de Lev. Pero qu Gerardo es se
a quien tienes por un sabio, ese resto de una raza extinguida, que es
un reproche para este siglo salvaje?

--O tus palabras me engaan, o me tientan--respondime--; porque,
a pesar de hablarme en toscano, parece que no sepas nada del buen
Gerardo. Yo no le conozco ningn sobrenombre, a no ser que lo tome de
su hija Gaya. Dios sea con vosotros, que no puedo seguiros ms. Mira el
albor que ya clarea, brillando a travs del humo: me es preciso partir
antes de que aparezca el Angel que est all.

As dijo, y no quiso escuchar ms.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOSEPTIMO_


Lector, si alguna vez te ha sorprendido la niebla en los Alpes, de
modo que no vieses a travs de ella sino como el topo a travs de la
membrana que cubre sus ojos, recuerda cun dbilmente penetra el globo
solar por entre los hmedos y densos vapores, cuando stos empiezan a
enrarecerse, y tu imaginacin podr fcilmente figurarse cmo volv yo
a ver el Sol, que estaba ya prximo a su ocaso. As pues, caminando al
igual de mi fiel Maestro, salimos fuera de la nube de humo a los rayos
luminosos, que ya se haban extinguido en la falda de la montaa.

Oh fantasa, que de tal modo nos arrebatas a veces fuera de nosotros
mismos, que nada siente el hombre aunque suenen mil trompetas en
torno suyo! Quin te anima cuando no recibes impresin alguna de los
sentidos? sin duda te anima una luz que se forma en el cielo, y que
desciende por s misma, o por la voluntad divina que nos la enva. En
mi imaginacin aparecieron las huellas de la impiedad de aqulla, que
se transform en el pjaro que ms se deleita cantando. Entonces mi
espritu se reconcentr tanto en s mismo, que no llegaba hasta l
ninguna cosa exterior. Despus descendi a mi exaltada fantasa la
imagen desdeosa y fiera de un crucificado, a quien vea morir de aquel
modo. Junto a l estaban el grande Asuero, Esther su esposa, y el justo
Mardoqueo, que fu tan recto en sus obras y en sus palabras. Cuando se
desvaneci por s misma aquella visin, como una burbuja a la que falta
el agua de que estaba formada, surgi a mi imaginacin una doncella
que, llorando desconsolada, deca: "Oh Reina!, por qu tu clera
te redujo a la nada? Te has dado muerte por no perder a Lavinia: sin
embargo, me has perdido; y yo soy la que lloro, madre, tu prdida antes
que la de otro."

As como se interrumpe el sueo, cuando una nueva luz hiere de
improviso nuestros ojos cerrados, y aunque interrumpido se agita
antes de morir enteramente, as terminaron mis visiones tan pronto
como me di en el rostro una claridad mucho mayor de la que estamos
acostumbrados a ver. Me volv a uno y otro lado para examinar el sitio
en que me encontraba, cuando o una voz que deca: "Por aqu se sube."
Aquella voz hizo que me olvidase de todo, y despert en m tan vivo
deseo de mirar quin era el que hablaba, que no habra descansado hasta
averiguarlo; pero me falt all la facultad de ver, como sucede cuando
el Sol nos deslumbra y se vela a nuestros ojos con el esplendor de sus
rayos.

--Este--me dijo mi Maestro--es un espritu divino, que se oculta en
su propia luz, y que nos indica la va para ir arriba, sin que se
lo roguemos. Hace con nosotros lo que el hombre consigo mismo; pues
el que ve una necesidad, y aguarda que le supliquen, ya se prepara
malignamente a rehusar todo socorro. Ahora nuestros pies deben
aprestarse a obedecer tan corts invitacin: apresurmonos, pues, a
subir antes que obscurezca, porque despus no podramos hacerlo hasta
la nueva aurora.

As dijo mi Gua, y ambos dirigimos nuestros pasos hacia una
escalera: en cuanto estuve en la primera grada, sent junto a m como
un movimiento de alas, que aventaba mi rostro, y o decir: "Beati
pacifici," que carecen de pecaminosa ira. Estaban ya tan elevados
sobre nosotros los ltimos rayos a quienes sigue la noche, que las
estrellas aparecan por muchas partes. "Oh valor mo!, por qu as
me abandonas?," deca yo entre m, sintiendo que me flaqueaban las
piernas. Nos encontrbamos donde conclua la escalera, y estbamos
parados, como la nave que llega a la playa: escuch un momento por si
oa algo en el nuevo crculo; y despus, dirigindome hacia mi Maestro,
le dije:

--Dulce Padre mo, qu ofensa se purifica en el crculo en que
estamos? Ya que se detienen nuestros pies, no detengas tus palabras.

Me contest:

--El amor del bien, que no ha cumplido su deber, aqu se reintegra:
aqu se castiga al tardo remero. Para que lo entiendas ms claramente,
dirige tu pensamiento hacia m, y recogers algn buen fruto de nuestra
detencin. Hijo mo--empez a decir--, ni el Creador, ni criatura
alguna carecieron jams de amor, bien sea natural o racional, segn
te consta. El natural no se equivoc nunca: el otro puede errar, por
dirigirse a un mal objeto, por exceso o por falta de fervor. Mientras
se dirige a los principales bienes, y se modera en su afecto a los
secundarios, no puede ser causa de censurable deleite; pero cuando se
inclina al mal, o se lanza al bien con mayor o menor solicitud de la
que debe, entonces la criatura se vuelve contra su Creador. De aqu
puedes deducir que el amor es en vosotros la semilla de toda virtud, y
de toda accin que merezca castigo. Ahora bien, como el amor no puede
nunca renunciar a la dicha del sujeto en quien reside, todas las cosas
estn preservadas de su propio odio; y como no se concibe que ningn
ser creado pueda existir por s solo, ni separado del Sr primero,
es imposible todo sentimiento que tienda a odiar a ste. Resulta,
pues, si mi deduccin es lgica, que el mal que se desea es contra el
prjimo; y este amor nace de tres modos en vuestro frgil barro. Hay
quien espera elevarse sobre la ruina de su vecino, y slo por esto
desea que se derrumbe desde la altura de su grandeza; hay quien teme
perder mando, gracia, honor y fama ante la elevacin de otro, y esto
le causa tal disgusto, que anhela lo contrario; y en fin, hay quien,
por haber recibido alguna injuria, se irrita de tal suerte, que arde en
sed de venganza, y nicamente piensa en hacer dao a su contrario. Este
triforme amor es el que hemos visto llorar en los crculos inferiores.
Ahora quiero que conozcas el otro amor que corre al bien sin orden
ni medida. Cada cual concibe confusamente y desea un bien en el que
se recrea el alma; y por eso se esfuerzan todos para alcanzarlo. Si
vuestro amor es lento en dirigirse o en adquirir aquel bien, este
crculo os da el debido castigo, aun despus de vuestro arrepentimiento
en vida. Existe otro bien que no hace al hombre dichoso: no es la
felicidad, no es la buena esencia, el fruto y la raz de todo bien.
El amor que se entrega demasiado a ese bien, se castiga en los tres
crculos superiores a ste; pero no te dir el modo cmo est hecha
esta divisin, a fin de que t lo averiges.




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOCTAVO_


El gran doctor haba terminado su razonamiento, y miraba atentamente a
mi ojos para ver si me dejaba satisfecho; y yo, que me senta excitado
por una nueva sed, callaba exteriormente, pero deca en mi interior:
"Quiz le cansen mis numerosas preguntas." Mas aquel Padre veraz, que
adivin el tmido deseo que no me atreva a descubrir, hablando, me di
aliento para hablar; por lo que le dije:

--Maestro, mi vista se aviva de tal modo con tu luz, que discierne
claramente cuanto tu razn abarca o describe: por eso te ruego, dulce
y querido Padre, que me definas el Amor al que atribuyes toda buena y
mala accin.

--Dirige hacia m--me dijo--las penetrantes miradas de tu inteligencia
y te ser manifiesto el error de los ciegos que se convierten en guas.
El alma, que ha sido creada con predisposicin al amor, se lanza hacia
todo lo agradable, tan pronto como es incitada por el placer a ponerse
en accin. Vuestra facultad aprehensiva recibe la imagen o la especie
de un objeto exterior, y la desenvuelve dentro de vosotros, de tal
modo que induce a vuestro nimo a dirigirse hacia dicho objeto; y si
al hacerlo se abandona a l, ese abandono es amor, y ese amor es la
naturaleza que de nuevo se une a vosotros, por efecto del placer.
Despus, as como el fuego se dirige hacia lo alto, a causa de su
forma, que ha sido hecha para subir all donde ms se conserva en su
materia primitiva, as tambin el alma apasionada se entrega al deseo,
que es el movimiento espiritual, y no sosiega hasta que goza de la
cosa amada. Por lo dicho puedes comprender cunto se oculta la verdad
a los que afirman que todo amor tiene en s algo de laudable, quiz
porque creen que su materia es siempre buena; pero no todos los sellos
estampados en cera son buenos, por ms que la cera lo sea.

--Tus palabras y mi inteligencia que las ha seguido--le respond--,
me han descubierto lo que es el amor: pero eso mismo me ha llenado de
nuevas dudas; porque si el amor nace en nosotros por efecto de las
cosas exteriores, sin que el alma proceda de otro modo, sta no tendr
ningn mrito en seguir un camino recto o tortuoso.

Respondime:

--Puedo decirte todo cuanto en ello ve nuestra razn: respecto a lo
dems, espera llegar hasta Beatriz, porque esto es materia de fe. Toda
forma substancial, que es distinta de la materia, y que sin embargo
est unida a ella, contiene una virtud que le es particular; la cual,
sin las obras, no se siente, ni se demuestra sino por los efectos, como
la vida de la planta por su verde follaje. El hombre ignora de dnde
proceden el conocimiento de las ideas primarias y el afecto a las cosas
que primeramente apetece, los cuales existen en vosotros como en las
abejas la inclinacin a fabricar miel: en estos primeros deseos no
cabe alabanza ni censura. Mas por cuanto a ellos se agregan todos los
dems deseos, es innata en vosotros la virtud que aconseja, y que debe
custodiar los umbrales del consentimiento. Ella es el principio de
donde sacis la ocasin de contraer mritos, segn que acoge o rechaza
los buenos o los malos amores. Los que razonando llegaron al fondo de
las cosas, han reconocido esa libertad innata, y han dejado al mundo
doctrinas morales. Supongamos, pues, que nazca por fuerza necesaria
todo amor que se enciende en vosotros; siempre tenis la potestad de
contenerlo. Esa noble virtud es lo que Beatriz entiende por libre
albedro; y debes procurar tenerlo presente, si acaso te habla de ello.

La Luna, que sali tarde y casi a media noche, haca que nos parecieran
ms escasas las estrellas: semejante a un caldero encendido, corra
contra el cielo por aquel camino que inflama el Sol cuando el habitante
de Roma le ve caer entre Crcega y Cerdea; y la Sombra gentil, por
quien Pitola goza de ms fama que la ciudad de Mantua, se hallaba
descargada del peso de mis preguntas: por lo cual yo, que haba
recibido claras y slidas razones con respecto a todas ellas, estaba
como el hombre que sorprendido por el sueo no piensa en nada. Pero
esta soolencia me fu desvanecida de improviso por mucha gente que
avanzaba ya detrs de nosotros; y as como en otro tiempo el Ismeno y
el Asopo vieron correr de noche por sus orillas una muchedumbre furiosa
de tebanos para tener propicio a Baco, as avanzaban por aquel crculo,
segn pude ver, los que eran estimulados por una buena voluntad y un
justo amor. En breve llegaron hasta nosotros; porque toda aquella gran
turba vena corriendo, y los dos de delante gritaban llorando: "Mara
se dirigi con suma celeridad a la montaa; y Csar, por subyugar a
Ilerda, vol a Marsella, y despus pas a Espaa." "Pronto, pronto,
exclamaban otros en pos de ellos; que el tiempo no se pierda por poco
amor, a fin de que el anhelo de las buenas obras haga reverdecer la
gracia."

--Oh almas, en quienes un fervor ardiente compensa ahora quiz la
negligencia y la tardanza, que por tibieza empleasteis para el bien!
Este, que vive an (y no os engao), quiere ir all arriba en cuanto el
Sol brille de nuevo: decidnos, pues, dnde est la subida.

Tales fueron las palabras de mi Gua; y uno de aquellos espritus dijo:

--Ven tras de nosotros, y la encontrars. Estamos tan deseosos de
avanzar, que no podemos detenernos: perdona, pues, si lo que hacemos
por justo castigo te parece una descortesa. Yo fu abad en San Zenn
de Verona, durante el imperio del buen Barbarroja, de quien todava se
lamenta Miln. Hay quien tiene ya un pie en la fosa, que pronto llorar
por aquel monasterio, entristecindole el poder que all tuvo; porque
en lugar de su verdadero pastor, ha puesto en l a un hijo suyo, malo
de cuerpo, peor an del espritu, y nacido de mal consorcio.

No s si dijo ms, o si se call; tan lejos se encontraba ya de
nosotros; pero esto es lo que o, y me pareci bien retenerlo en la
memoria. Y aqul que era el socorro de todas mis necesidades dijo:

--Vulvete hacia aqu; mira dos que vienen mordiendo a la Pereza.

Estos iban diciendo detrs de todos: "La nacin por quien se abri
el mar, muri antes de que sus descendientes viesen el Jordn;[68] y
aquella gente que no quiso compartir hasta el fin las fatigas del hijo
de Anquises, se ofreci por s misma a una vida sin gloria."[69]

       [68] El pueblo hebreo.

       [69] Los troyanos.

En seguida, cuando aquellas sombras se alejaron tanto de nosotros, que
ya no podamos verlas, me asalt una nueva idea, de la que nacieron
otras varias; y mi imaginacin empez a divagar de tal modo de una a
otra, que por alucinacin cerr los ojos, y mi pensamiento se troc
pronto en sueo.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DECIMONONO_


A la hora en que el calor del da, vencido por la tierra y por Saturno
acaso, no puede ya templar el fro de la Luna; cuando los geomnticos
ven, antes del alba, elevarse en Oriente "su mayor fortuna"[70] por
aquel camino que para ella permanece poco tiempo obscuro, se me
apareci en sueos una mujer tartamuda, bizca, con los pies torcidos,
manca y de amarillento color. Yo la miraba; y as como el Sol reanima
los miembros entorpecidos por el fro de la noche, de igual suerte mi
mirada haca expedita su lengua, y ergua su cuerpo en poco tiempo,
colorndole el marchito rostro, como requiere el amor. Cuando tuvo la
lengua suelta, empez a cantar de tal modo, que con trabajo hubiera
podido separar mi atencin de ella. "Yo soy, cantaba, yo soy dulce
Sirena, que distraigo a los marineros en medio del mar; tanto es el
placer que hago sentir. Con mi canto apart a Ulises de su camino
inseguro; y el que conmigo se aviene, rara vez se va; de tal modo le
fascino." Aun no se haba cerrado su boca, cuando apareci a mi lado
una mujer santa, pronta a confundirla: "Oh Virgilio, Virgilio! Quin
es sa?," deca con altivez; y l se acercaba con los ojos fijos
solamente en aquella honesta mujer. Cogi a la otra, y desgarrando
sus vestiduras, la descubri por delante y me mostr su vientre. La
pestilencia que de l sala me despert. Volv los ojos y el buen
Virgilio me dijo:

Lo menos te he llamado tres veces: levntate y ven; busquemos la
abertura por donde has de entrar.

       [70] Los geomnticos solan trazar figuras de puntos hechos
       a la ventura, y cuando resultaba una parecida a la de las
       estrellas que forman lo ltimo del signo Acuario y el
       principio del de Piscis, la llamaban su mayor fortuna.

Me levant: todos los crculos del sagrado monte estaban ya inundados
por la luz del da, y continuamos caminando teniendo el Sol a nuestra
espalda. Mientras le segua, llevaba yo la frente como aquel a quien
abruman los pensamientos, que de s mismo hace un arco de puente,
cuando o decir: "Venid, por aqu se pasa." Estas palabras fueron
pronunciadas con un tono suave y benigno, como no se oye en esta regin
mortal. Con las alas abiertas, que parecan de cisne, el que nos haba
hablado as nos dirigi hacia arriba por entre las dos laderas del
spero peasco. Movi despus sus plumas, y avent mi frente, afirmando
que son bienaventurados "qui lugent," porque sus almas sern ricas de
consuelo.

--Qu tienes, que slo miras hacia el suelo?--me pregunt mi Gua,
cuando estuvimos poco ms arriba del Angel.

Y yo le contest:

--Me hace ir de este modo, suspenso y caviloso, una visin reciente, la
cual me atrae hacia s, de suerte que no puedo eximirme de pensar en
ella.

--Has visto--me dijo--la antigua hechicera, causante nica del llanto
que ms arriba de donde estamos se vierte? Has visto cmo el hombre
puede desprenderse de ella? Bstete, pues, eso, y apresura el paso;
vuelve tus ojos al reclamo de las magnficas esferas, que hace girar el
Rey eterno.

Como el halcn, que, mirando primero a sus pies, acude al grito del
cazador y tiende el vuelo, atrado por el deseo de la presa, lo mismo
hice yo, recorriendo la hendedura de la roca destinada a dar paso a
los que suben, sin detenerme hasta llegar al punto donde se camina
en redondo. Cuando hube salido al quinto crculo, vi algunas almas,
que lloraban tendidas en el suelo boca abajo; y las o exclamar con
tan fuertes suspiros, que apenas se entendan las palabras: "Adhsit
pavimento anima mea."[71]

       [71] Palabras del salmo CXVIII, con las que aquellas almas
       expresan el apego que tuvieron a los cosas terrenas.

--Oh elegidos de Dios, cuyos padecimientos son suavizados por la
resignacin y la esperanza! Dirigidnos hacia las altas gradas.

--Si vens libres de yacer aqu con nosotros, y queris encontrar ms
pronto la subida, caminad siempre llevando vuestra derecha hacia fuera
del crculo.

Tal fu la splica del Poeta, y tal la contestacin que le dieron algo
ms adelante de nosotros; pudiendo yo conocer por el sonido de las
palabras cul era el que haba hablado: volv entonces los ojos hacia
mi Seor, quien con un gesto complaciente consinti en lo que peda
la expresin de mi deseo. Cuando pude obrar a mi gusto, me acerqu
a aquella criatura, que haba llamado mi atencin con sus palabras,
dicindole:

--Espritu, en quien el llanto madura la expiacin, sin la cual no se
puede llegar hasta Dios, suspende un momento por m tu mayor cuidado.
Dime quin fuiste, y por qu tenis todos la espalda vuelta hacia
arriba, y si quieres que pida por ti alguna cosa en el mundo de donde
sal vivo.

Me respondi:

--Sabrs por qu ordena el Cielo que tengamos la espalda vuelta hacia
l; pero antes "scias quod ego fui successor Petri."[72] Entre Sesti
y Chiavari se interna un hermoso ro, de cuyo nombre toma origen el
ttulo de mi sangre. Un mes y poco ms pude experimentar cun pesado es
el gran manto al que lo preserva del lodo; pues cualquier otra carga
parece una pluma. Mi conversin ay de m! fu tarda; pero cuando
fu elegido Pastor romano, conoc lo engaosa que es la vida. Vi que
ni aun all reposaba el corazn, no siendo posible subir a ms altura
en aquella vida mortal: as es que me inflam el amor de la eterna.
Hasta entonces fu una alma miserable, alejada de Dios, y completamente
avara, por lo cual sufro el castigo que ves. Lo que hace la avaricia,
se manifiesta aqu con la pena que sufren las almas echadas boca abajo;
pena mas amarga que ninguna otra. As como nuestros ojos, fijos en las
cosas terrenales, no miraron nunca hacia arriba, del mismo modo la
justicia los sumerge aqu en el suelo. As como la avaricia extingui
en nosotros el amor hacia todo verdadero bien, por lo cual fueron vanas
nuestras obras, as tambin la justicia nos tiene aqu oprimidos,
atados de pies y manos, e inmviles y extendidos mientras plazca al
justo Seor.

       [72] "Sabe que yo fu sucesor de Pedro." Este es Ottobon de
       Fieschi, conde de Lavagna, pontfice con el nombre de Adriano
       V, que rein un mes y nueve das: muri en 1276.

Yo me haba arrodillado, y quise hablar; pero cuando empezaba, el
espritu advirti, con slo escuchar, este acto de reverencia, y me
dijo:

--Por qu te inclinas al suelo de ese modo?

Le contest:

--Mi recta conciencia me obliga a respetar vuestra dignidad.

--Endereza tus piernas, y levntate, hermano--repuso--; no te engaes:
como t y los dems, soy servidor de la misma potestad. Si has podido
comprender aquellas palabras evanglicas que dicen "neque nubent," bien
puedes ver por qu hablo as. Vte ya: no quiero que te detengas por
ms tiempo; que tu permanencia aqu da treguas a mi llanto, con el que
acelero lo que t has dicho antes. Tengo all abajo una sobrina, que
se llama Alagia, naturalmente buena, a no ser que nuestra casa la haya
pervertido con su ejemplo. Ella sola me queda ya en el mundo.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMO_


Mal resiste un deseo contra otro mejor: por esto, para complacer a
aquel espritu, retir del agua, contra mi gusto, la esponja de la
curiosidad no saturada. Pseme en marcha, y mi Gua se encamin por
los nicos parajes que haba expeditos a lo largo de la escarpa del
monte, andando como quien va por una muralla pegado a los merlones;
porque aquellas almas que vierten gota a gota por sus ojos el mal que
se apodera del mundo entero, se acercan demasiado de la otra parte
hacia fuera. Maldita seas, antigua loba, que con tu hambre profunda e
insaciable haces ms presas que todas las dems fieras! Oh Cielo, en
cuyas revoluciones ven algunos la causa de los cambios que sufren las
cosas y las condiciones humanas!, cundo vendr el que haga hur a esa
loba?

Ibamos caminando con pasos lentos y contados, y yo pona toda
mi atencin en las sombras, escuchndolas piadosamente llorar y
lamentarse; cuando por ventura o exclamar con dolorida voz, semejante
a la de una mujer prxima a su alumbramiento: "Dulce Mara!" Y en
seguida: "Fuiste tan pobre como se puede ver por aquel establo donde
depusiste tu santo fruto." A continuacin o: "Oh buen Fabricio!,
preferiste ser pobre y virtuoso, antes que poseer grandes riquezas
cayendo en el vicio." Estas palabras me eran tan agradables, que me
adelant para conocer el espritu de quien al parecer procedan. Este
segua hablando de los donativos que hizo Nicols a las doncellas para
conducir su juventud por la senda del honor.[73]

       [73] San Nicols, obispo de Mira, dot a tres doncellas que
       a causa de su pobreza se vean en peligro de llevar una vida
       deshonesta.

--Oh alma, que recuerdas tan benficas acciones! Dime quin fuiste--le
pregunt--, y por qu eres la nica que reitera esas dignas alabanzas.
Tus palabras no quedarn sin recompensa, si vuelvo al mundo para
concluir el corto camino de aquella vida que vuela a su trmino.

--Te lo dir--me contest--, no porque espere consuelo alguno que
proceda de all, sino porque brilla en ti tanta gracia antes de haber
muerto. Yo fu raz de la mala planta que arroja hoy sobre toda la
tierra cristiana tan nociva sombra que apenas se coge en ella ningn
fruto bueno. Pero si Douay, Gante, Lilla, y Brujas pudieran, pronto
tomaran venganza; y yo se la pido a Aqul que lo juzga todo. En el
mundo me llam Hugo Capeto: de m descienden los Felipes y los Luises,
que en estos ltimos tiempos rigen la Francia. Hijo fu de un carnicero
de Pars. Cuando faltaron los antiguos reyes, salvo uno que se revisti
de paos grises, empu las riendas del gobierno del reino, y en
mi nueva posicin adquir tal poder y tantos amigos, que la corona
vacante fu colocada en la cabeza de mi hijo, en quien comienza la
estirpe consagrada de los nuevos reyes. Mientras la gran adquisicin
de los Estados provenzales no quit la vergenza a mi familia, sta
vali poco, mas en cambio no hizo dao; pero all di principio a sus
rapias, empleando la fuerza y la mentira: luego, para enmendarse,
usurp el Ponthieu, la Normanda y la Gascua. Carlos fu a Italia,
y para enmendarse, hizo una vctima de Conradino, y despus envi al
Cielo a Toms, tambin para enmendarse. Veo un tiempo, no muy lejano,
en que saldr de Francia otro Carlos, para darse a conocer mejor a s
mismo y a los suyos.[74] Sale de ella sin armas, y slo con la lanza
con que luch Judas; y la maneja de modo que abre con ella y vaca
el vientre de Florencia. En esta ocasin no adquirir comarcas, sino
pecados y oprobio, tanto ms gravosos para l, cuanto ms leve le
parezca semejante dao. Veo al otro que ya sali, y cay prisionero
en un bajel, vender a su hija regateando el precio, como hacen los
corsarios con sus esclavas. Oh avaricia! Qu ms puedes hacer, cuando
te has apoderado de mi estirpe, tanto que no se cuida de su propia
carne? Y a fin de que parezca menor el mal futuro y el pasado, veo a
la flor de Lis entrar en Alagna, y a Cristo prisionero en la persona
de su vicario, vole otra vez entregado al ludibrio, veo renovar la
hiel y vinagre, y le veo morir entre otros dos ladrones. Veo tan cruel
al nuevo Pilatos, que no le basta eso, y sin dictar sentencia, lleva
hasta el templo sus codiciosos deseos. Oh Seor mo! Cundo tendr
la dicha de contemplar la venganza que, oculta en tus arcanos, te hace
agradable tu ira? En cuanto a lo que yo deca de la nica Esposa del
Espritu Santo, lo cual hizo que te volvieses hacia m para obtener
alguna explicacin, te dir que esto forma parte de nuestras oraciones
durante el da; mas luego que anochece, recitamos en su lugar ejemplos
contrarios. Entonces recordamos a Pigmalin, a quien su pasin por el
oro hizo traidor, ladrn y parricida; y la miseria del avaro Midas,
consecuencia de su peticin desmesurada, que ser siempre motivo de
burla. Recurdese tambin al insensato Acham, y cmo rob los despojos
del enemigo, de suerte que aun aqu parece que le persiga la ira de
Josu. Despus acusamos a Safira y a su marido; alabamos los pies que
pisotearon a Eliodoro, y por todo el monte circula infamado el nombre
de Polinstor, que mat a Polidoro. Por ltimo, gritamos: "Oh Craso!
Dinos, pues no lo ignoras, qu sabor tiene el oro." A veces hablamos
unos en alta voz, otros en voz baja, segn la afeccin que a ello nos
estimula con ms o menos fuerza. Por lo dems, no era yo slo quien
antes recordaba los buenos ejemplos de que nos ocupamos durante el da;
pero no haba cerca de aqu otro que levantara la voz.

       [74] Carlos de Valois. El destierro de Dante provino
       principalmente de la ida de este prncipe a Florencia, enviado
       por el papa Bonifacio VIII en calidad de mediador entre los
       dos partidos en que estaba dividida la ciudad.

Nos habamos separado ya de aquel espritu, y procurbamos avanzar por
el camino cuanto nos era posible, cuando sent retemblar el monte como
si se hundiera; por lo cual me sobrecogi un fro, slo comparable
al que siente aquel que va a morir. No se estremeci en verdad tan
fuertemente Delos, antes que Latona anidase en ella para dar a luz los
dos ojos del Cielo.[75] Despus reson por todos los mbitos de la
montaa tal grito, que el Maestro se acerc a m diciendo:

--No vaciles, mientras yo te gue.

       [75] Cuntase que la isla de Delos, en el Archipilago,
       temblaba y se mova, hasta que Latona, refugindose en ella,
       di a luz a Apolo y Diana, representados por la Mitologa en
       el Sol y la Luna, que Dante llama aqu los dos ojos del Cielo.

"Gloria in excelsis Deo," decan todos, segn comprend por las voces
que salan de los puntos cercanos, desde donde era posible oirlas.
Nos quedamos inmviles y suspensos, como los pastores que por primera
vez oyeron aquel canto, hasta que ces el temblor, y acab el himno.
Emprendimos nuevamente nuestro santo camino, mirando las sombras que
yacan por el suelo vueltas boca abajo y exhalando su acostumbrado
llanto. Si la memoria no me es infiel, jams la ignorancia de una cosa
incit con tanto empeo mi deseo de saber, como entonces, pensando en
lo ocurrido: y como, por la premura de nuestra marcha, no me atrev a
preguntar, ni por m mismo poda comprender nada, caminaba tmido y
pensativo.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOPRIMERO_


Me atormentaba la sed natural, que no se sacia nunca sino con aquella
agua que pidi como gracia la joven samaritana; excitbame la prisa de
seguir a mi jefe por el obstrudo sendero, y me afliga el espectculo
del justo castigo. En esto, segn refiere Lucas que se apareci Cristo
a dos hombres en el camino, despus de haber salido del sepulcro, as
se nos apareci una sombra, que vena en pos de nosotros mirando a sus
plantas las almas tendidas: aun no habamos reparado en ella, cuando
nos dirigi la palabra dicindonos:

--Hermanos mos, la paz de Dios sea con vosotros.

Nos volvimos presurosamente, y Virgilio le hizo la demostracin que
convena a aquel saludo. Despus le dijo:

--Que en el concilio bienaventurado te admita en paz el tribunal de
verdad que me relega a un destierro perpetuo!

--Cmo!--exclam el espritu--; pues por qu vais tan de prisa, si
sois sombras que Dios no se digna admitir all arriba? Quien os ha
guiado hasta aqu por su escala?

Mi Doctor contest:

--Si miras las seales que lleva ste y trazas al Angel, podrs ver que
tiene el derecho de reinar con los buenos; pero como aquella que hila
de noche y de da no haba terminado an la husada que le corresponde,
y que Cloto prepara e impone a cada uno de nosotros, su alma, que es
hermana tuya y ma, viniendo aqu, no poda venir sola, porque no puede
ver como nosotros. Por esta razn fu yo sacado de la vasta garganta
del Infierno para ensearle el camino, y se lo ensear hasta donde
mi ciencia pueda guiarle. Pero dime, si es que lo sabes, por qu
di antes el monte tales sacudidas, y por qu hasta en sus hmedos
fundamentos parecan gritar a la vez todas las almas?

Haciendo esta pregunta, Virgilio acert como en una aguja con el ojo de
mi deseo, de tal suerte, que bast la esperanza para mitigar mi sed de
saber. Aqul empez de esta manera:

--Nada sucede en la religiosa montaa, que est fuera del orden o del
uso establecido. Este sitio est libre de toda conmocin; y la que
habis sentido slo puede proceder de aquello que el Cielo recibe
digno de s mismo, y no de otra causa. Porque no llueve, ni graniza,
ni nieva, ni cae escarcha ni roco ms ac de la puerta de las tres
pequeas gradas. No aparecen nubes densas ni enrarecidas, ni se ven
relmpagos, ni a la hija de Taumante, que all abajo cambia con
frecuencia de sitio. No hay seco vapor, que se eleve a mayor altura de
la de aquellas tres gradas de que he hablado, donde tiene sus plantas
el vicario de Pedro. Quiz temblar el monte poco o mucho ms abajo
de all; pero por ms viento que se esconda en la tierra, no s en
qu consiste que aqu no ha temblado nunca. Unicamente se estremece
cuando algn alma, sintindose purificada, se levanta o se mueve para
subir, acompandola aquel cntico. La prueba de la purificacin es
la voluntad que excita al alma, libre ya, a mudar de sitio, ayudndole
en su mismo deseo. No por eso deja de sentir antes de tiempo el anhelo
ineficaz de subir al cielo, pero sin que tampoco la abandone el de
satisfacer a la justicia divina, pues sta le impone por el castigo el
mismo afn que tuvo por el pecado. Yo, que he yacido en esta mansin de
dolor ms de quinientos aos, no he tenido hasta este momento la libre
voluntad de pasar a otra mejor: por eso has sentido el terremoto, y a
los piadosos espritus alabando por la montaa a aquel Seor, que los
admitir pronto en su seno.

As habl; y como el hombre goza tanto ms en beber, cuanta mayor sed
tiene, no sabr decir el contento que me di. Mi sabio Gua le dijo:

--Ahora veo la red en que estis prendidos, y de qu manera os libris
de ella; la causa del temblor del monte y la de que os congratulis.
Hazme saber ahora, si lo tienes a bien, quin fuiste, y por qu has
estado tendido durante tantos siglos: permteme que lo deduzca de tus
palabras.

--En aquel tiempo en que el buen Tito, con la ayuda del supremo
Rey, veng las heridas por donde sali la sangre que haba vendido
Judas--respondi aquel espritu--, estaba yo all abajo llevando el
nombre que ms dura y honra ms, bastante famoso, pero todava sin
fe. Fu tan dulce mi canto, que, a pesar de ser tolosano, me atrajo
a s Roma, donde merec que coronaran de mirto mis sienes. Aun me
llama Estacio la gente que all vive: cant a Tebas, y despus al gran
Aquiles; pero ca en el camino llevando mi segunda carga. Encendieron
mi ardor las chispas de la divina llama que han inflamado a ms de mil.
Hablo de la "Eneida," la cual fu mi madre y mi nodriza en poesa: nada
escrib sin ella que tuviera el menor peso; y pasara gustoso un ao
ms en este destierro, con tal de haber vivido en el mundo cuando vivi
Virgilio.

Estas palabras hicieron que Virgilio se volviera hacia m, con un
ademn, que tcitamente deca: "Cllate;" pero la voluntad no lo puede
todo; porque la risa y el llanto siguen de tal modo a la pasin de que
proceden, que en los hombres ms sinceros se manifiestan sin querer:
as es que yo me sonre, como quien muestra estar en inteligencia con
otro; por lo cual la sombra se call, y me mir a los ojos, que es
donde ms se refleja el pensamiento.

--Ah! Ojal puedas llevar a buen trmino tu grande obra!--dijo--; ms
por qu tu rostro me ha mostrado ahora ese relmpago de sonrisa?

Vime entonces apurado entre ambos: el uno me obligaba a callar, el otro
me peda que hablase; por lo cual suspir, y fu comprendido.

--Puedes hablar sin temor--me dijo mi Maestro--; habla y dile lo que
pregunta con tanto empeo.

Contest, pues:

--Quiz te asombres, antiguo espritu, de mi sonrisa; pero quiero
causarte mayor admiracin. Este, que gua mis ojos hacia arriba, es
aquel Virgilio, de quien aprendiste a cantar en sublimes versos los
actos de los hombres y de los dioses. Si creste que mi sonrisa tena
otra causa, deschala como errnea, que slo proceda de las palabras
que pronunciaste con respecto a l.

Estacio se inclinaba ya para abrazar las rodillas de mi Seor; pero
ste le dijo:

--Hermano, no lo hagas; que t eres sombra, y ves ante ti a otra sombra.

Y l, levantndose, contest:

--T puedes comprender ahora la magnitud del amor que por ti me
inflama, cuando olvido nuestra vanidad, tratando a una sombra como a un
cuerpo slido.




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOSEGUNDO_


Ya el ngel se haba quedado detrs de nosotros; el ngel que nos
dirigi hacia el sexto crculo, despus de haber borrado una de las
manchas de mi frente; y nos haba dicho que son bienaventurados los que
cifran sus deseos en la justicia, pero su voz expres esta sentencia
con la palabra "sitiunt" sin pronunciar la otra. Yo andaba por all
ms ligero que por las otras aberturas, de modo que sin ningn trabajo
segua hacia arriba a los veloces espritus. Entonces Virgilio empez a
decir:

--El amor que nace de la virtud inflama siempre otros amores, con
tal que su llama se d a conocer. Desde la hora en que Juvenal baj
entre nosotros al Limbo del Infierno, y me manifest tu afecto hacia
m, mi benevolencia para contigo fu la mayor que sentirse puede por
una persona a quien no se ha visto nunca: as es que ahora me parecen
cortas estas escaleras. Pero dime, y, como amigo, perdona si la
demasiada confianza afloja el freno de mi lengua, en el concepto de
que tambin deseo que como amigo me hables: cmo pudo encontrar la
avaricia un lugar en tu corazn, a pesar del recto sentido que con tu
diligencia y estudio llegaste a poseer en tanto grado?

Estas palabras hicieron sonrer desde luego a Estacio; despus
respondi:

--Todo cuanto me digas es para m una prueba de cario. Muchas veces,
en efecto, aparecen las cosas de manera, que dan motivo a falsas
presunciones, porque las verdaderas causas estn ocultas. T crees,
segn me prueba tu pregunta, que yo fu avaro en la otra vida, quiz
por haberme visto en el crculo en que me encontraba. Sabe, pues, que
la avaricia estuvo muy lejos de m, y que mis excesos en contrario han
sido castigados por millares de lunas. Y si no hubiera sido porque me
apliqu el oportuno remedio, cuando medit los versos en que exclamas,
casi irritado contra la humana naturaleza: "Oh execrable hambre del
oro!, adnde no conduces al insaciable apetito de los mortales?," me
vera dando vueltas por el crculo donde se lanzan pesos. Entonces
calcul que, por abrir demasiado las alas, podan llegar a gastarse mis
manos, y me arrepent tanto de aqul como de los otros males. Cuntos
resucitarn con los cabellos rapados, por la ignorancia en que estn
de que la prodigalidad sea un pecado, y que les impide arrepentirse,
ya durante su vida, ya en el trmino de ella! Y sabe que la culpa
diametralmente opuesta a cada pecado se expa aqu juntamente con el
mismo pecado: as es que si he permanecido purificndome entre los que
lloran su avaricia, ha sido precisamente por el vicio contrario.

El Cantor de las "Buclicas" dijo entonces:

--Cuando cantaste las crueles contiendas de la doble tristeza de
Yocasta, no creo, a juzgar por los acentos en que Clo te hizo
prorrumpir, que te contase entre los suyos la Fe, sin la cual no basta
obrar bien. Si as es, qu sol o qu luz ha disipado tus tinieblas de
tal modo, que te permitiera elevar tus velas hacia el Pescador?

Y el otro contest:

--T me enviaste primero a beber en las grutas del Parnaso, y luego
me iluminaste para que conociese al verdadero Dios. Hiciste como el
que camina de noche llevando tras de s una luz, que a l no le sirve,
pero alumbra a las personas que le siguen, cuando dijiste: "El siglo se
renueva, vuelve la justicia con los primeros tiempos del gnero humano,
y una nueva progenie desciende del cielo." Por ti fu poeta, por ti
cristiano; mas para que veas mejor lo que te pinto, extender las manos
a fin de darle ms colorido. Ya estaba el mundo lleno de la verdadera
creencia, sembrada por los mensajeros del eterno reino, y tus palabras,
antes citadas, concordaban con la doctrina de los nuevos apstoles; por
lo cual yo me acostumbr a visitarlos: despus me parecieron rodeados
de tal santidad, que cuando Domiciano los persigui, corrieron mis
lgrimas mezcladas con las suyas. Mientras viv, les socorr; sus
rectas costumbres me hicieron despreciar todas las otras sectas, y
antes que, en mi poema, condujese a los griegos ante los ros de Tebas,
haba recibido el bautismo; pero por miedo fu cristiano en secreto,
y durante largo tiempo me mostr pagano. Esta timidez me ha hecho
recorrer el cuarto crculo durante ms de cuatro siglos. Y ahora, pues
tenemos ms tiempo del que necesitamos para subir por nuestro camino,
dime t, que has descorrido el velo que me ocultaba el soberano bien,
dnde estn nuestro antiguo Terencio, Cecilio, Plauto y Varrn, si es
que lo sabes. Dime si estn condenados y en qu crculo.

--Todos esos, y Persio, y yo, y otros muchos--respondi mi Gua--,
estamos en el primer crculo de la ciega prisin con aquel Griego[76]
a quien lactaron las Musas ms que a otro alguno: muchas veces hablamos
del monte donde se encuentran siempre nuestras nodrizas. All estn
con nosotros Eurpides, Anacreonte, Simnides, Agatn, y otros muchos
griegos que vieron ya sus frentes coronadas de laurel. De los que t
cantaste, se ve all a Antgona, a Deifila, Arga e Ismene, tan triste
como antes. Est tambin la que ense la Langa, la hija de Tiresias,
y Tetis, y Deidamia con sus hermanas.

       [76] Homero.

Los dos poetas haban guardado silencio, mirando de nuevo con atencin
en torno suyo, por haber terminado la escala y sus paredes: ya las
cuatro esclavas del da haban quedado atrs, y la quinta estaba en
el timn del carro solar, dirigiendo hacia arriba su luminosa punta,
cuando mi Gua dijo:

--Creo conveniente que volvamos nuestro hombro derecho hacia la orilla
del crculo, para dar la vuelta a la montaa, segn acostumbramos hacer.

Esta costumbre fu nuestra gua, y emprendimos el camino sin titubear,
una vez que a ello asinti la otra alma virtuosa. Ellos iban delante
y yo detrs, solo, escuchando sus palabras, que me comunicaban la
inteligencia de la poesa. Pero pronto interrumpi tan dulce coloquio
la vista de un rbol, que encontramos en medio del camino, cargado de
manzanas olorosas; y as como el abeto, elevndose hacia el cielo,
va disminuyendo de rama en rama, aqul iba disminuyendo por su parte
inferior, con objeto, segn creo, de que nadie suba a l. Por el lado
en que estaba cerrado nuestro camino, caa de la alta roca un agua
cristalina, que se esparca por las hojas superiores.

Los dos Poetas se acercaron al rbol, cuando exclam una voz entre
el follaje: "Os puede costar caro tocar este manjar." Despus dijo:
"Mara pensaba ms en que las bodas fuesen honrosas y cumplidas, que
en su boca que ahora intercede por vosotros. Las antiguas romanas
se contentaron con el agua por toda bebida, y Daniel despreci los
manjares y adquiri la ciencia. El primer siglo fu tan bello como el
oro; el hambre haca ms sabrosas las bellotas, y la sed converta en
nctar cualquier arroyuelo. En miel y langostas consisti el alimento
del Bautista en el Desierto: esto le da ms gloria, y le hace tan
grande como lo patentiza el Evangelio."

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOTERCERO_


Mientras tena mi vista fija en el verde follaje, como suele hacer
quien pierde el tiempo detrs de un pjaro, el que era para m ms que
un padre, deca:

--Hijo mo, ven ahora, porque el tiempo que se nos concede debe
emplearse ms tilmente.

Volv el rostro con ligereza y con no menos mis pasos hacia los Sabios,
los cuales hablaban tan bien, que escuchndolos no senta en el andar
cansancio alguno; cuando se oy cantar llorando: "Labia mea, Dmine,"
de un modo que hizo nacer en m placer y dolor.

--Oh dulce Padre!, qu es lo que oigo?--empec a decir.

Y l dijo:

--Son las sombras, que van quiz deshaciendo el nudo de sus deudas.

Cual peregrinos pensativos, que al encontrar en su camino gente a quien
no conocen, se vuelven hacia ella sin detenerse, as vena tras de
nosotros, pero con paso ms rpido, una turba de espritus, callados
y piadosos, que pasaban adelante mirndonos. Todos ellos tenan los
ojos hundidos y apagados, la faz plida, y tan demacrada, que a travs
de la piel se notaba la forma de los huesos. No creo que Erisictn se
viese reducido a una piel tan seca cuando ms tuvo que temer el hambre.
Yo deca, pensando entre m: "He aqu cmo deba estar la nacin que
perdi a Jerusaln, cuando Mara lleg a devorar a su propio hijo."
Sus ojos parecan anillos sin piedras; los que en el rostro del hombre
leen Homo, hubieran conocido all con facilidad la M[77]. Quin
creera, ignorando la causa, que el olor de una fruta y aquel salto de
agua, excitando su deseo, pudiera reducirlos a tal extremo? Yo estaba
asombrado al verles tan hambrientos, porque aun no conoca la causa de
su demacracin y de su triste aridez; cuando desde la profunda cavidad
de su cabeza dirigi hacia m sus ojos una sombra, y me mir fijamente;
despus de lo cual exclam en alta voz:

--Qu gracia es sta que se me concede?

       [77] Algunos telogos y predicadores msticos de la Edad Media
       pretendan que Dios haba escrito de propio puo las palabras
       Homo Dei en el rostro humano. Como a causa de su flacura,
       quiere decir Dante, sus ojos (las oes) estaban tan hundidos en
       la cabeza, claramente poda verse la M, formada por la nariz,
       las cejas y las mejillas.

Nunca le hubiera conocido por su rostro; pero su voz me record todo lo
que sus facciones haban absorbido en s mismas; esta chispa encendi
en m el completo conocimiento de aquel rostro cambiado, y reconoc el
de Forese.

--Ah!--me dijo--; no fijes tu atencin en esta lepra rida, que me
decolora la piel, ni en la carne que me falta. Pero dime la verdad
con respecto a ti, y dime quines son esas dos almas que te guan: no
parar hasta que me lo digas.

--Tu rostro, que ya muerto me hizo llorar, excita ahora en m nuevos
deseos de llanto--le respond vindole tan desfigurado--; pero dime,
por Dios, qu es lo que os demacra tanto; y no me hagas hablar de otra
cosa mientras dura mi asombro, porque mal puede hablar el que est
posedo de otro deseo.

Me contest:

--Desde el eterno tribunal desciende una virtud sobre el agua y
la planta que hemos dejado ms atrs; virtud que me extena de
esta suerte. Todos esos que cantan llorando por haberse entregado
desenfrenadamente al vicio de la gula, deben santificarse aqu por
medio del hambre y de la sed. El olor que se exhala de la fruta y el
agua que se extiende sobre ese follaje, excitan en nosotros el deseo
de comer y beber, y ms de una vez se repite nuestra pena mientras
damos la vuelta a este crculo: he dicho pena, debiendo decir consuelo;
porque el deseo que nos conduce hacia ese rbol es el mismo que condujo
a Jesucristo a decir lleno de gozo: "Eli," cuando nos redimi con la
sangre de sus venas.

--Forese--repliqu--, desde aquel da en que dejaste el mundo por mejor
vida, no han transcurrido an cinco aos. Si la facultad de pecar
concluy en ti antes de que sobreviniera la hora del saludable dolor
que nos reconcilia con Dios, cmo es que has venido aqu arriba? Crea
encontrarte abajo, donde el tiempo con el tiempo se repara.

Respondime:

--Mi Nella es la que, con sus ruegos asiduos, me ha conducido a beber
el dulce ajenjo del dolor. Con sus devotas oraciones y sus suspiros
me ha sacado del lugar donde se espera, y me ha librado de los otros
crculos. Mi viudita, a quien am mucho, es tanto ms querida y
agradable a Dios, cuanto ms sola es en obrar bien; pues la Barbagia
de Cerdea tiene mujeres mucho ms pdicas que la Barbagia donde la
he dejado. Oh caro hermano!, qu quieres que te diga? Ante mi vista
se presenta un tiempo futuro, del que no dista mucho el presente, en
el cual se prohibir desde el plpito a las descaradas florentinas ir
enseando los pechos, Qu mujeres brbaras ni sarracenas ha habido
jams, contra las que se debiera apelar a penas espirituales o a otras
restricciones para obligarlas a ir cubiertas? Pero si las impdicas
estuvieran seguras de lo que el cielo les prepara pronto, tendra ya la
boca abierta para aullar; porque si mi previsin no me engaa, sern
entristecidas antes de que salga el bozo al nio que ahora se consuela
con la "nana." Ah, hermano!, no te me ocultes ms: ests viendo que,
no slo yo, sino todas esas almas, miran el sitio donde interceptas la
luz del Sol.

Entonces le dije:

--Si recuerdas lo que t y yo fuimos, aun el mencionarlo ahora deber
serte doloroso. De aquella vida me sac el otro da ese que va delante
de m, cuando se ostentaba redonda la hermana de aquel (y le design el
Sol). Ese sabio me ha guiado a travs de la profunda noche por entre
los verdaderos muertos, y con mi verdadera carne que le sigue. Su
auxilio me ha sostenido hasta aqu en las cuestas y recodos del monte,
que hace que seis rectos vosotros a quienes tan torcidos hizo el
mundo. Me ha dicho que me acompaara hasta dejarme donde est Beatriz:
all es preciso que me quede sin l. Virgilio es ese que me habl as
(y se lo indiqu con el dedo); el otro es aquella sombra por quien hubo
hace poco tales sacudimientos en todos los mbitos de vuestro monte,
que de s la despide.




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOCUARTO_


Ni la conversacin detena nuestra marcha, ni sta a aqulla, sino que,
a pesar de ir hablando, caminbamos de prisa, como la nave impelida
por un viento favorable. Las sombras, que parecan cosas doblemente
muertas, noticiosas de que yo estaba vivo, mostraban su admiracin por
las hondas cavidades de sus ojos. Continuando yo mi discurso, dije:

--Esa sombra, quiz por causa del otro, se dirige arriba ms lentamente
de lo que lo hara. Pero dime, si acaso lo sabes, dnde est Piccarda,
y si entre esta gente que as me mira veo alguna persona digna de
llamar mi atencin.

--Mi hermana, que no s lo que fu ms, si hermosa o buena, ostenta ya
su triunfal corona en el alto Olimpo.

Esto dijo primero, y luego aadi:

--Aqu no est prohibido nombrar a nadie, atendida la prontitud con que
es alterado nuestro semblante por la dieta. Ese (y lo seal con el
dedo) es Buonaggiunta, Buonaggiunta el de Luca; y aquel de ms all,
ms apergaminado que los otros, tuvo en sus brazos la Santa Iglesia:
fu natural de Tours, y ahora expa con el ayuno las anguilas del
Bolsena y la garnacha[78].

       [78] El papa Martn IV, natural de Tours. Fu hombre de bien,
       y muy amigo de la casa de Francia. Dado a la gula, haca morir
       las anguilas del lago de Bolsena, ahogndolas en vino blanco
       generoso y dulce (garnacha), y despus de bien guisadas, las
       coma con afn.

Otros muchos me fu citando uno a uno, y todos parecan contentos de
que se les nombrase; pues no repar en ellos ningn gesto de desagrado.
Vi mover las mandbulas, mascando en vaco por efecto del hambre, a
Ubaldino de la Pila, y a Bonifacio, que apacent a muchos revestido
con el roquete[79]. Vi a meser Marchese, que habiendo tenido tiempo
para beber en Forli con menos sed, fu tal que nunca se sinti saciado.
Pero, como aquel que mira, y despus simpatiza ms con uno que con
otro, as me pas con el de Luca, que pareca querer decirme algo.
Murmuraba entre dientes; y yo le oa no s qu de Gentucca donde l
senta el castigo que tanto le devoraba.

       [79] Bonifacio de Fieschi, conde de Lavagna y arzobispo de
       Ravena.

--Oh alma, le dije, que tan deseosa pareces de hablar conmigo! Haz de
modo que yo te entienda, y satisfcenos a los dos con tu conversacin.

El empez a decir:

--Existe una mujer que no lleva el velo todava, la cual har que te
agrade mi ciudad, aunque alguno hable mal de ella. T irs all con
esta prediccin, y si acaso no has entendido bien lo que murmuro, ya
te lo pondr en claro la realidad de los hechos. Pero dime: no estoy
viendo al que ha dado a luz las nuevas rimas, que comienzan as:
"Donne, ch'avete intelleto d'Amore"[80]

       [80] As empieza una bellsima cancin de Dante, que puede
       verse en La Vida Nueva.

Le contest:

--Yo soy uno que voy notando lo que Amor inspira, y luego lo expreso
tal como l me dicta dentro del alma.

--Oh hermano!--exclam.--Ahora veo el nudo que al Notario, a
Guittone[81] y a m nos impidi llegar al dulce y nuevo estilo que
oigo. Bien veo que vuestras plumas siguen fielmente al que les dicta,
lo cual no han hecho en verdad las nuestras; y que quien se propone
remontarse a mayor altura, no ve la diferencia del uno al otro estilo.

       [81] Jacobo de Lentino, llamado el Notario, y Guittone de
       Arezzo, poetas mediocres.

Dichas estas palabras, se call como si estuviese satisfecho.

As como las grullas que pasan el invierno a orillas del Nilo forman
a veces una bandada en el aire, y luego vuelan rpidamente marchando
en hilera, de igual suerte todas las almas que all estaban, volviendo
el rostro, aceleraron el paso, ligeras por su demacracin y por su
deseo: y al modo que un hombre cansado de correr deja ir delante a sus
compaeros, y sigue lentamente hasta que cesa la agitacin de su pecho,
as Forese dej pasar a la grey santa, y continu conmigo su camino
dicindome:

--Cundo te volver a ver?

--No s cunto he de vivir--le respond--; pero no ser tan pronto mi
regreso, que antes no llegue yo con el deseo a la orilla; porque el
sitio donde fu colocado para vivir se despoja de da en da y cada vez
ms del bien, y parece destinado a una triste ruina.

--V, pues--repuso--; que ya estoy viendo al que tiene la mayor
culpa de esa ruina, arrastrado a la cola de un animal hacia el valle
donde nadie se excusa de sus faltas[82]. El animal a cada paso va
ms rpido, aumentando siempre su celeridad, hasta que lo arroja, y
abandona el cuerpo vilmente destrozado. Esas esferas no darn muchas
vueltas (y dirigi sus ojos al cielo) sin que sea claro para ti lo que
mis palabras no pueden ampliar ms. Ahora te dejo; porque el tiempo es
caro en este reino, y yo pierdo mucho caminando a tu lado.

       [82] Corso Donati, hermano del mismo Forese, jefe de los
       Negros, y principal causante de los males de Florencia. Forese
       no nombra a Corso, porque es su hermano.

Cual jinete que se adelanta al galope de entre el escuadrn que
avanza, a fin de alcanzar el honor del primer choque, del mismo modo
y con mayores pasos se apart de nosotros aquel espritu, y yo qued
en el camino con aquellos dos que fueron tan grandes generales del
mundo. Cuando estuvo tan retirado de nosotros, que mis ojos no podan
seguirle, as como tampoco poda mi mente alcanzar el sentido de sus
palabras, observ no muy lejos las ramas frescas y cargadas de frutas
de otro manzano, por haberme vuelto entonces hacia aquel lado. Y vi
debajo de l muchas almas que alzaban las manos y gritaban no s qu en
direccin del follaje, como los nios que, codiciando impotentes alguna
cosa, la piden sin que aquel a quien ruegan les responda, y antes al
contrario, para excitar ms sus deseos, tiene elevado y sin ocultar lo
que causa su anhelo. Despus se marcharon como desengaadas, y nosotros
nos acercamos entonces al gran rbol, que rechaza tantos ruegos y
tantas lgrimas.

"Pasad adelante sin aproximaros: ms arriba existe otro rbol, cuyo
fruto fu mordido por Eva, y ste es un retoo de aqul." As deca no
s quin entre las ramas; por lo cual Virgilio, Estacio y yo seguimos
adelante, estrechndonos cuanto pudimos hacia el lado en que se eleva
el monte. "Acordaos, deca la voz, de los malditos formados en las
nubes, que, repletos, combatieron a Teseo con sus dobles pechos[83].
Acordaos de los hebreos, que mostraron al beber su molicie, por lo que
Geden no los quiso por compaeros cuando descendi de las colinas
cerca de Madin." De este modo, arrimados a una de las orillas,
pasamos adelante, oyendo diferentes ejemplos del pecado de la gula,
seguidos de las miserables consecuencias de aquel vicio. Despus,
entrando nuevamente en medio del camino desierto, nos adelantamos mil
pasos y aun ms, reflexionando cada cual y sin hablar. "Qu vais
pensando vosotros tres solos?", dijo de improviso una voz, que me hizo
estremecer, como sucede a los animales tmidos y asustadizos. Levant
la cabeza para ver quin fuese, y jams se vieron en un horno vidrios o
metales tan luminosos y rojos como lo estaba uno que deca: "Si queris
llegar hasta arriba, es preciso que deis aqu la vuelta: por aqu va
el que quiere ir en paz." Su aspecto me haba deslumbrado la vista;
por lo cual me volv, siguiendo a mis Doctores a la manera de quien se
gua por lo que escucha. Y sent que me daba en medio de la frente un
viento, como sopla y embalsama el ambiente la brisa de Mayo, mensajera
del alba, impregnada con el aroma de las plantas y flores; y bien sent
moverse la pluma, que me hizo percibir el perfume de la ambrosa,
oyendo decir: "Bienaventurados aquellos a quienes ilumina tanta gracia,
que la inclinacin a comer no enciende en sus corazones desmesurados
deseos, y slo tienen el hambre que es razonable."

       [83] Los Centauros, engendrados por el consorcio de Ixion
       con una nube, llenos de vino, intentaron robar la esposa
       de Pirito en medio del convite nupcial, por lo cual Teseo
       los mat. Combatieron con sus dobles pechos, de hombre y de
       caballo.




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOQUINTO_


Era la hora en que no deba demorarse nuestra subida, pues el sol haba
dejado el crculo meridional al Tauro, y la noche al Escorpin: por lo
cual, as como el hombre a quien estimula el aguijn de la necesidad,
no se detiene por nada que encuentre, sino que sigue su camino, de
igual suerte entramos nosotros por la abertura del peasco, uno delante
de otro, tomando la escalera, que por su angostura obliga a separarse a
los que la suben. Y como la joven cigea que extiende sus alas deseosa
de volar, y no atrevindose a abandonar el nido, las pliega nuevamente,
lo mismo haca yo llevado de un ardiente deseo de preguntar, que se
inflamaba y se extingua, hasta que llegu a hacer el ademn del que
se prepara a hablar. A pesar de lo rpido de nuestra marcha, mi amado
Padre no dej de decirme:

--Dispara el arco de la palabra, que tienes tirante hasta el hierro.

Entonces abr la boca con seguridad, y empec a decir:

--Cmo es posible enflaquecer donde no hay necesidad de alimentarse?

--Si te acordaras de cmo se consumi Meleagre al consumirse un
tizn--respondi--, no te sera ahora tan difcil comprender esto; y
si considerases cmo, al moveros, se mueve vuestra imagen dentro del
espejo, te parecera blando lo que te parece duro. Mas para que tu
deseo quede satisfecho, aqu tienes a Estacio, a quien pido y suplico
que sea el mdico de tus heridas.

--Si estando t presente, le descubro los arcanos de la eterna
justicia--respondi Estacio--, srvame de disculpa el no poder negarte
nada.

Luego empez diciendo:

--Hijo, si tu mente recibe y guarda mis palabras, ellas te darn
luz sobre el punto de que hablas. La sangre ms pura, que nunca es
absorbida por las sedientas venas y que sobra, como el resto de los
alimentos que se retiran de la mesa, adquiere en el corazn una virtud
tan apta para formar todos los miembros humanos, como la que tiene para
transformarse en ellos la que va por las venas. Todava ms depurada,
desciende a un punto que es mejor callar que nombrar, de donde se
destila despus sobre la sangre de otro ser en vaso natural. Aqu se
mezclan las dos, la una dispuesta a recibir la impresin, la otra a
producirla por efecto de la perfeccin del lugar de que procede; y
apenas estn juntas, la sangre viril empieza desde luego a operar,
coagulando primero, y vivificando en seguida lo que ha hecho unrsele
como materia propia. Convertida la virtud activa en alma, como la de
una planta, pero con la diferencia de que aqulla est en vas de
formacin, mientras que la otra ha llegado ya a su trmino, contina
obrando de tal modo, que luego se mueve y siente como la esponja
marina, y en seguida emprende la organizacin de las potencias, de la
cual es el germen. Hijo mo, la virtud que procede del corazn del
padre, y desde la cual atiende la naturaleza a todos los miembros, ora
se ensancha, y ora se prolonga; mas no ves todava cmo el feto, de
animal pasa a ser racional: este punto es tal, que uno ms sabio que t
incurri con su doctrina en el error de separar del alma el intelecto
posible, porque no vi que ste tuviese ningn rgano especial adecuado
a sus funciones. Abre tu corazn a la verdad que te presento, y sabe
que, en cuanto est concludo el organismo del cerebro del feto, el
Primer Motor se dirige placentero hacia aquella obra maestra de la
naturaleza, y le infunde un nuevo espritu, lleno de virtud, que atrae
a su substancia lo que all encuentra de activo, y se convierte en
un alma sola, que vive, y siente, y se refleja sobre s misma: a fin
de que te causen menos admiracin mis palabras, considera el calor
del Sol, que se transforma en vino, unindose al humor que sale de la
vid. Cuando Laquesis no tiene ya lino, el alma se separa del cuerpo,
llevndose virtualmente consigo sus potencias divinas y humanas:
todas las facultades sensitivas quedan como mudas; pero la memoria,
el entendimiento y la voluntad son en su accin mucho ms sutiles que
antes. Sin detenerse, el alma llega maravillosamente por s misma a una
de las orillas, donde conoce el camino que le est reservado. En cuanto
se encuentra circunscrita en l, la virtud informativa irradia en
torno, del mismo modo que cuando viva en sus miembros; y as como el
aire, cuando el tiempo est lluvioso, se presenta adornado de distintos
colores por los rayos del Sol que en l se reflejan, de igual suerte el
aire de alrededor toma la forma que le imprime virtualmente el alma que
est all detenida; y semejante despus a la llama que sigue en todos
sus movimientos al fuego, la nueva forma va siguiendo al espritu. Por
fin, como el alma toma de esto su apariencia, se le llama sombra, y
en esa forma organiza luego cada uno de sus sentidos, hasta el de la
vista. En virtud de este cuerpo areo hablamos, remos, derramamos
lgrimas y suspiramos, como habrs podido observar por el monte. Segn
como los deseos y los dems afectos nos impresionan, la sombra toma
diferentes figuras: tal es la causa de lo que te admira.

Habamos llegado ya al crculo de la ltima tortura, y nos dirigamos
hacia la derecha, cuando llam nuestra atencin otro cuidado. All
la ladera de la montaa lanza llamas con mpetu hacia el exterior, y
la orilla opuesta del camino da paso a un viento que, dirigindose
hacia arriba, la rechaza y aleja de s. Por esta razn nos era preciso
caminar de uno en uno por el lado descubierto del camino, de modo
que si, por una parte, me causaba temor el fuego, por otra tema
despearme. Mi Jefe deca:

--En este sitio es preciso refrenar bien los ojos, porque muy poco
bastara para dar un mal paso.

Entonces o cantar en el seno de aquel gran ardor: "Summ Deus
clementi"[84]; lo cual excit en m un deseo no menos ardiente de
volverme, y vi a varios espritus andando por la llama: yo les miraba,
pero fijando alternativamente la vista, ya en sus pasos, ya en los
mos. Despus de la ltima estrofa de aquel himno, gritaron en voz
alta: "Virum non cognosco"[85]; y en seguida volvieron a entonarlo en
voz baja. Terminado el himno, gritaron an: "Diana corri al bosque, y
arroj de l a Hlice, que haba gustado el veneno de Venus." Repetan
su canto, y citaban despus ejemplos de mujeres y maridos que fueron
castos, como lo exigen la virtud y el matrimonio. Y de este modo, segn
creo, continuarn durante todo el tiempo que los abrase el fuego; pues
con tal remedio y tales ejercicios ha de cicatrizarse la ltima llaga.

       [84] Principio del himno que la Iglesia recita en los maitines
       del Sbado, y que cantan las almas que se purifican del vicio
       de la lujuria, porque en l se pide a Dios la pureza.

       [85] Palabras dichas por Mara al arcngel San Gabriel. Dante
       contina haciendo citar a las almas ejemplos contrarios a los
       vicios de que se purifican. Enumeran los ejemplos en alta voz,
       porque con ellos las almas se reprenden a s mismas: el himno
       lo cantan en voz baja, como una oracin que dirigen a Dios.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOSEXTO_


Mientras que uno tras otro bamos por el borde del camino, el buen
Maestro deca muchas veces: "Mira, y ten cuidado, pues ya ests
advertido." Daba en mi hombro derecho el Sol, que irradiando por todo
el Occidente, cambiaba en blanco su color azulado. Con mi sombra haca
parecer ms roja la llama, y aqu tambin vi muchas almas que, andando,
fijaban su atencin en tal indicio. Con este motivo se pusieron a
hablar de m, y empezaron a decir: "Parece que ste no tenga un cuerpo
ficticio." Despus se cercioraron, aproximndose a m cuanto podan,
pero siempre con el cuidado de no salir adonde no ardieran.

--Oh t, que vas en pos de los otros, no por ser el ms lento, sino
quiz por respeto!, respndeme a m, a quien abrasan la sed y el fuego.
No soy yo el nico que necesita tu respuesta, pues todos stos tienen
mayor sed, que deseo de agua fresca el Indio y el Etope. Dinos: cmo
es que formas con tu cuerpo un muro que se antepone al Sol, cual si no
hubieras cado an en las redes de la muerte?

As me hablaba una de aquellas sombras, y yo me habra explicado en
el acto, si no hubiese atrado mi atencin otra novedad que apareci
entonces. Por el centro del camino inflamado vena una multitud
de almas con el rostro vuelto hacia las primeras, lo cual me hizo
contemplarlas asombrado. Por ambas partes vi apresurarse todas las
sombras, y besarse unas a otras, sin detenerse, y contentndose con tan
breve agasajo; semejantes a las hormigas, que en medio de sus pardas
hileras, van a encontrarse cara a cara, quiz para darse noticias de su
viaje o de su botn. Una vez terminado el amistoso saludo, y antes de
dar el primer paso, cada una de ellas se pona a gritar con todas sus
fuerzas, las recin llegadas: "Sodoma y Gomorra," y las otras: "En la
vaca entr Pasifae, para que el toro acudiera a su lujuria." Despus,
como grullas que dirigiesen su vuelo, parte hacia los montes Rifeos, y
parte hacia las ardientes arenas, huyendo stas del hielo, y aqullas
del Sol, as unas almas se iban y otras venan, volviendo a entonar
entre lgrimas sus primeros cantos, y a decir a gritos lo que ms
necesitaban. Como anteriormente, se acercaron a m las mismas almas que
me haban preguntado, atentas y prontas a escucharme. Yo, que dos veces
haba visto su deseo, empec a decir:

--Oh almas seguras de llegar algn da al estado de paz! Mis miembros
no han quedado all verdes ni maduros, sino que estn aqu conmigo, con
su sangre y con sus coyunturas. De este modo voy arriba, a fin de no
ser ciego nunca ms: sobre nosotros existe una mujer, que alcanza para
m esta gracia por la cual llevo por vuestra mundo mi cuerpo mortal.
Pero decidme, as se logre en breve vuestro mayor deseo, y os acoja
el cielo que est ms lleno de amor y por ms ancho espacio se dilata!
Decidme, a fin de que yo pueda ponerlo por escrito, quines sois, y
quin es aquella turba que se va en direccin contraria a la vuestra?

No de otra suerte se turba estupefacto el montas, y enmudece absorto,
cuando, rudo y salvaje, entra en una ciudad, de como pareci turbarse
cada una de aquellas sombras: pero repuestas de su estupor, el cual
se calma pronto en los corazones elevados, empez a decirme la que
anteriormente me haba preguntado:

--Dichoso t, que sacas de nuestra actual mansin experiencia para
vivir mejor! Las almas que no vienen con nosotros cometieron el
pecado por el que Csar, en medio de su triunfo, oy que se burlaban
de l y le llamaban reina. Por esto se alejan gritando "Sodoma;"
y reprendindose a s mismos, como has odo, aaden al fuego que
les abrasa el que les produce su vergenza. Nuestro pecado fu
hermafrodita; pero no habiendo observado la ley humana, y s seguido
nuestro apetito al modo de las bestias, por eso, al separarnos de los
otros, gritamos para oprobio nuestro el nombre de aqulla, que se
bestializ en una envoltura bestial. Ya conoces nuestras acciones y el
delito que cometimos: si por nuestros nombres quieres conocer quines
somos, ni sabr decrtelos, ni tengo tiempo para ello. Satisfar, sin
embargo, tu deseo dicindote el mo: soy Guido Guinicelli, que me
purifico ya por haberme arrepentido antes de mi ltima hora.

Como corrieron hacia su madre los dos hijos al encontrarla bajo las
tristes iras de Licurgo, as me lanc yo, pero sin atreverme a tanto,
cuando escuch nombrarse a s mismo a mi padre, y al mejor de todos
los mos que jams hicieron rimas de amor dulces y floridas; y sin or
hablar, anduve pensativo largo trecho, contemplndolo, aunque sin poder
acercarme ms a causa del fuego. Cuando me hart de mirarle, me ofrec
de todo corazn a su servicio con aquellos juramentos que hacen creer
en las promesas. Me contest:

--Dejas en m, por lo que oigo, una huella tan profunda y clara, que
el Leteo no puede borrarla ni obscurecerla: pero si tus palabras han
jurado la verdad, dime, cul es la causa del cario que me demuestras
en tus frases y en tus miradas?

Le contest:

--Vuestras dulces rimas, que harn preciosos los manuscritos que las
contienen, tanto como dure el lenguaje moderno.

--Oh hermano!--replic--; ste que te sealo con el dedo[86] (e
indic un espritu que iba delante de l), fu mejor obrero en su
lengua materna. Sobrepuj a todos en sus versos amorosos y en la
prosa de sus novelas; y deja hablar a los necios, que creen que el
Lemosn[87] es mejor que l; prestan ms atencin al ruido que a la
verdad, y as forman su juicio antes de dar odos al arte o la razn.
Lo mismo hicieron muchos de los antiguos con respecto a Guittone,
colocndole, merced a sus gritos, en el primer lugar, hasta que lo ha
vencido la verdad con los mritos adquiridos por otras personas. Ahora,
si tienes el alto privilegio de poder penetrar en el claustro donde
Cristo es abad del colegio, dle por m del "Padre nuestro" todo lo
que necesitamos nosotros los habitantes de este mundo, en el que ya no
tenemos el poder de pecar.

       [86] Arnaldo Daniel, clebre poeta provenzal del siglo XII,
       celebrado por Petrarca como gran maestro de amor y como el
       primer poeta en lengua vulgar. Escribi novelas caballerescas
       en prosa.

       [87] Gerardo Borneil, poeta de Limoges.

Luego, tal vez para hacer sitio a otro que vena en pos de l,
desapareci entre el fuego, como desaparece el pez en el fondo del
agua. Yo me adelant un poco hacia el que me haba designado, y le dije
que mi deseo preparaba a su nombre una grata acogida: l empez a decir
donosamente:

--Me complace tanto vuestra corts pregunta, que ni puedo ni quiero
ocultarme a vos: yo soy Arnaldo, que lloro y voy cantando: veo, triste,
mis pasadas locuras, y veo, contento, el da que en adelante me espera.
Ahora os ruego, por esa virtud que os conduce a lo ms alto de la
escala, que os acordis de endulzar mi dolor.

Despus se ocult en el fuego que les purifica.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOSEPTIMO_


El Sol estaba ya en aquel punto desde donde lanza sus primeros rayos
sobre la ciudad en que se derram la sangre de su Hacedor: el Ebro caa
bajo el alto signo de Libra, y las ondas del Ganges eran caldeadas al
empezar la hora de nona; de modo que donde estbamos terminaba el da,
cuando nos divis placentero el Angel de Dios, que apartado de la llama
se puso en la orilla a cantar: "Beati mundo corde," en voz bastante ms
viva que la nuestra. Despus dijo:

--No se sigue adelante, almas santas, si el fuego no os muerde antes:
entrad en l, y no os hagis sordas al cntico que llegar hasta
vosotras.

As habl cuando estuvimos cerca de l, por lo que me qued al oirle
como aquel que es metido en la fosa. Elev mis manos entrelazadas
mirando al fuego, y se representaron vivamente en mi imaginacin los
cuerpos humanos que haba visto arder. Mis buenos Guas se volvieron
hacia m, y Virgilio me dijo:

--Hijo mo, aqu puedes encontrar un tormento; pero no la muerte.
Acurdate, acurdate... y si te gui sano y salvo sobre Gerin, qu
no har ahora que estoy ms cerca de Dios? Ten por cierto que, aunque
estuvieras mil aos en medio de esa llama, no perderas un solo
cabello; y si acaso crees que te engao, ponte cerca de ella, y como
prueba, aproxima con tus manos al fuego la orla de tu ropaje. Depn,
pues, depn todo temor; vulvete hacia aqu, y pasa adelante con
seguridad.

Yo, sin embargo, permanec inmvil aun en contra de mi conciencia.
Cuando vi que me estaba quieto y reacio, repuso algo turbado:

--Hijo mo, repara en que entre Beatriz y t slo existe ese obstculo.

As como al or el nombre de Tisbe, Piramo, cercano a la muerte, abri
los ojos y la contempl bajo la morera, que desde entonces ech frutos
rojos, as yo, vencida mi obstinacin, me dirig hacia mi sabio Gua,
al or el nombre que siempre est en mi mente. Entonces l, moviendo la
cabeza, dijo:

--Cmo! Queremos permanecer aqu?

Y se sonri, como se sonre al nio a quien se conquista con una fruta.
Despus se meti en el fuego el primero, rogando a Estacio, que durante
todo el camino se haba interpuesto entre ambos, que viniese detrs
de m. Cuando estuve dentro, habrame arrojado, para refrescarme, en
medio del vidrio hirviendo; tan desmesurado era el ardor que all se
senta. Mi dulce Padre, para animarme, continuaba hablando de Beatriz y
diciendo: "Ya me parece ver sus ojos." Nos guiaba una voz que cantaba
al otro lado; y nosotros, atentos solamente a ella, salimos del fuego
por el sitio donde est la subida.

--"Venite, benedicti patris mei"--se oy en medio de una luz que all
haba, tan resplandeciente que me ofusc y no la pude mirar.--El Sol se
va--aadi--, y viene la noche; no os detengis, sino acelerad el paso
antes que el horizonte se obscurezca.

El sendero suba recto a travs de la pea hacia el Oriente, y yo
interrumpa delante de m los rayos del Sol, que ya estaba muy bajo.
Habamos subido pocos escalones, cuando mis sabios Guas y yo, por mi
sombra que se desvaneca, observamos que tras de nosotros se ocultaba
el Sol; y antes de que en toda su inmensa extensin tomara el horizonte
el mismo aspecto, y de que la noche se esparciera por todas partes,
cada uno de nosotros hizo de un escaln su lecho; porque la naturaleza
del monte, ms bien que nuestro deseo, nos impeda subir. Como las
cabras que antes de haber satisfecho su apetito van veloces y atrevidas
por los picos de los montes, y una vez saciado ste, se quedan rumiando
tranquilas a la sombra, mientras el Sol quema, guardadas por el
pastor, que, apoyado en su cayado, cuida de ellas; y como el pastor
que se queda fuera y pernocta cerca de su rebao, para preservarlo de
que lo disperse alguna bestia feroz, as estbamos entonces nosotros
tres, yo como cabra, y ellos como pastores, estrechados por los dos
lados de aquella abertura. Poco alcanzaba nuestra vista de las cosas
que haba fuera de all; pero por aquel reducido espacio vea yo las
estrellas ms claras y mayores de lo acostumbrado. Rumiando de esta
suerte y contemplndolas me sorprendi el sueo; el sueo que muchas
veces predice lo que ha de sobrevenir. En la hora, segn creo, en que
Citerea, que parece siempre abrasada por el fuego del amor, lanzaba
desde Oriente sus primeros rayos sobre la montaa, me pareca ver
entre sueos una mujer joven y bella, que iba cogiendo flores por una
pradera, y deca cantando: "Sepa todo aquel que pregunt mi nombre, que
yo soy La, y voy extendiendo en torno mis bellas manos para formarme
una guirnalda. Para agradarme delante del espejo, me adorno aqu; pero
mi hermana Raquel no se separa jams del suyo, y permanece todo el da
sentada ante l. A ella le gusta contemplar sus hermosos ojos, como a
m adornarme con mis propias manos: ella se satisface con mirar, yo con
obrar." Ya, ante los esplendores que preceden al da, tanto ms gratos
a los peregrinos, cuanto ms cerca de su patria se albergan al volver a
ella, huan por todas partes las tinieblas, y con ellas mi sueo; por
lo cual me levant, y vi a mis grandes Maestros levantados tambin.

La dulce fruta que por tantas ramas va buscando la solicitud de los
mortales, hoy calmar tu hambre.

Tales fueron las palabras que me dirigi Virgilio; palabras que
me causaron un placer como no lo ha causado jams regalo alguno.
Acrecentse tanto en m el deseo de llegar a la cima del monte, que a
cada paso que daba senta crecer alas para mi vuelo. Cuando, recorrida
toda la escalera, estuvimos en la ltima grada, Virgilio fij en m sus
ojos y dijo:

--Has visto el fuego temporal y el eterno, hijo mo, y has llegado a un
sitio donde no puedo ver nada ms por m mismo. Con ingenio y con arte
te he conducido hasta aqu: en adelante srvate de gua tu voluntad;
fuera ests de los caminos escarpados y de las estrechuras; mira el Sol
que brilla en tu frente; mira la hierba, las flores, los arbustos, que
se producen solamente en esta tierra. Mientras no vengan radiantes de
alegra los hermosos ojos que, entre lgrimas, me hicieron acudir en tu
socorro, puedes sentarte, y puedes pasear entre esas flores. No esperes
ya mis palabras, ni mis consejos: tu albedro es ya libre, recto y
sano, y sera una falta no obrar segn lo que l te dicte. As, pues,
ensalzndote sobre ti mismo, te corono y te mitro.[88]

       [88] Tu albedro es ya libre; recto y sano, por el
       esclarecimiento de tu razn y el dominio de tus pasiones:
       por lo tanto te hago seor de ti mismo, en lo tocante a la
       direccin civil (corona), y a la espiritual (mitra).




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOCTAVO_


Deseoso ya de observar en su interior y en sus contornos la divina
floresta espesa y viva, que amortiguaba la luz del nuevo da, dej sin
esperar ms el borde del monte y march lentamente a travs del campo,
cuyo suelo por todas partes despeda gratos aromas. Un aura blanda e
invariable me oreaba la frente con no mayor fuerza que la de un viento
suave: a su impulso, todas las verdes frondas se inclinaban trmulas
hacia el lado a que proyecta su primera sombra el sagrado monte; pero
sin separarse tanto de su derechura, que las avecillas dejaran por
esta causa de ejercitar su arte sobre las copas de los rboles, pues
antes bien, llenas de alegra, saludaban a las primeras auras, cantando
entre las hojas, que acompaaban a sus ritmos haciendo el bajo, con un
susurro semejante al que de rama en rama va creciendo en los pinares
del llano de Chiassi, cuando Eolo deja escapar el Sirocco.

Ya me haban transportado mis lentos pasos tan adentro de la antigua
selva, que no poda distinguir el sitio por donde haba entrado, cuando
vi interceptado mi camino por un riachuelo, que corriendo hacia la
izquierda, doblegaba bajo el peso de pequeas linfas las hierbas que
brotaban en sus orillas. Las aguas que en la tierra se tienen por ms
puras, pareceran turbias comparadas con aquellas, que no ocultan nada,
aunque corran obscurecidas bajo una perpetua sombra, que no da paso
nunca a los rayos del Sol ni de la Luna. Detuve mis pasos, y atraves
con la vista aquel riachuelo, para admirar la gran variedad de sus
frescas arboledas, cuando se me apareci, como aparece sbitamente una
cosa maravillosa que desva de nuestra mente todo otro pensamiento, una
mujer sola, que iba cantando y cogiendo flores de las muchas de que
estaba esmaltado todo su camino.

--Ah!, hermosa Dama, que te abrasas en los rayos de Amor, si he de
dar crdito al semblante que suele ser testimonio del corazn; dgnate
adelantarte--le dije--hacia este riachuelo, lo bastante para que pueda
comprender qu es lo que cantas. T traes a mi memoria el sitio donde
estaba Proserpina, y cmo era cuando la perdi su madre, y ella perdi
sus lozanas flores.

As como bailando se vuelve una mujer, con los pies juntos y arrimados
al suelo, poniendo apenas uno delante de otro, de igual suerte se
volvi aqulla hacia m sobre las florecillas rojas y amarillas,
semejante a una virgen que inclina sus modestos ojos, y satisfizo mis
splicas aproximndose tanto, que llegaba hasta m la dulce armona
de su canto, y sus palabras claras y distintas. Luego que se detuvo
en el sitio donde las hierbas son baadas por las ondas del lindo
riachuelo, me concedi el favor de levantar sus ojos. No creo que
saliera tal resplandor bajo las cejas de Venus, cuando su hijo la
hiri inconsideradamente. Ella se sonrea desde la orilla derecha,
cogiendo mientras tanto las flores que aquella elevada tierra produce
sin necesidad de simiente. El ro nos separaba a la distancia de tres
pasos; pero el Helesponto por donde pas Jerjes, cuyo ejemplo sirve an
de freno a todo orgullo humano, no fu tan odioso a Leandro, por el
impetuoso movimiento de sus aguas entre Sestos y Abydos, como lo era
aqul para m por no abrirme paso.

--Sois recin llegados--dijo ella--; y quiz porque me sonro en este
sitio escogido para nido de la humana naturaleza, os causo asombro y
hasta alguna sospecha; pero el salmo "Delectasti" esparce una luz que
puede disipar las nubes de vuestro entendimiento. Y t, que vas delante
y me has rogado que hable, dime si quieres or otra cosa, que yo
responder con presteza a todas tus preguntas hasta dejarte satisfecho.

--El agua--le dije--y el rumor de la floresta impugnan en mi interior
una nueva creencia sobre una cosa que he odo y que es contraria a esta.

A lo que ella contest:

--Te dir cmo procede de su causa eso que te admira, y disipar la
nube que te ciega. El Sumo Bien, que se complace slo en s mismo, hizo
al hombre bueno y apto para el bien, y le di este sitio como arras en
seal de eterna paz. El hombre, por sus culpas, permaneci aqu poco
tiempo: por sus culpas cambi su honesta risa y su dulce pasatiempo en
llanto y en tristeza. A fin de que todas las conmociones producidas
ms abajo por las exhalaciones del agua y de la tierra, que se dirigen
cuanto pueden tras del calor, no molestasen al hombre, se elev este
monte hacia el cielo tanto como has visto, y est libre de todas ellas
desde el punto donde se cierra su puerta. Ahora bien, como el aire gira
en torno de la tierra con la primera bveda movible del cielo, si el
crculo no es interrumpido por algn punto, un movimiento semejante
viene a repercutir en esta altura, que est libre de toda perturbacin
en medio del aire puro, produciendo este ruido en la selva, porque
es espesa; y la planta sacudida comunica su propia virtud generativa
al aire, el cual girando en torno deposita dicha virtud en el suelo;
y la otra tierra, segn que es apta por s misma o por su cielo,
concibe y produce diversos rboles de diferentes especies. Una vez odo
esto, no te parecer ya maravilloso que haya plantas que broten sin
semillas aparentes. Debes saber, adems, que la santa campia en que te
encuentras est llena de toda clase de semillas, y encierra frutos que
all abajo no se cogen. El agua que ves no brota de ninguna vena que
sea renovada por los vapores que el fro del cielo convierte en lluvia,
como un ro que adquiere o pierde caudal, sino que sale de una fuente
invariable y segura, que recibe de la voluntad de Dios cuanto derrama
por dos partes. Por esta desciende con una virtud que borra la memoria
del pecado; por la otra renueva la de toda buena accin. Aqu se llama
Leteo; en el otro lado, Eunoe; y no produce sus efectos si no se bebe
aqu primero que all: su sabor supera a todos los dems. Aunque tu
sed est ya bastante mitigada sin necesidad de ms explicaciones mas,
por una gracia especial, an te dar un corolario; y no creo que mis
palabras te sean menos gratas, si por ti exceden a mis promesas. Los
que antiguamente fingieron la edad de oro y su estado feliz, quiz
soaron en el Parnaso este sitio. Aqu fu inocente el origen de la
raza humana; aqu la primavera y los frutos son eternos: este es el
verdadero nctar de que todos hablan.

Entonces me volv completamente hacia mis Poetas y vi que haban
acogido con una sonrisa esta ltima explicacin: despus dirig de
nuevo mis ojos hacia la bella Dama.




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMONONO_


Despus de aquellas ltimas palabras, continu cantando cual mujer
enamorada: "Beati, quorum tecta sunt peccata"[89]: y a la manera de
las ninfas, que andaban solas por las umbras selvas, complacindose
unas en hur del Sol, y otras en verle, psose a caminar por la orilla
contra la corriente del ro; y yo al igual de ella, segu sus cortos
pasos con los mos. Entre los dos no habamos an adelantado ciento,
cuando las dos riberas equidistantes presentaron una curva, de tal modo
que me encontr vuelto hacia Oriente. A poco de andar as, volvise la
Dama enteramente a m, diciendo: "Hermano mo, mira y escucha." Y he
aqu que por todas partes ilumin la selva un resplandor tan sbito,
que dud si haba sido un relmpago; mas como ste desaparece en cuanto
brilla, y aqul duraba cada vez ms resplandeciente, deca yo entre
m: "Qu ser esto?" Circulaba por el luminoso aire una dulce meloda,
por lo cual mi buen celo me hizo censurar el atrevimiento de Eva; pues
que all, donde obedecan la tierra y el cielo, una mujer sola y apenas
formada, no pudo sufrir el permanecer bajo ningn velo; cuando si
hubiera permanecido resignado bajo l, habra yo gozado ms pronto, y
luego eternamente aquellas inefables delicias.

       [89] Beati, quorum remissae sunt iniquitates, et quorum tecta
       sunt peccata: palabras del segundo Salmo penitencial, con las
       cuales la Dama congratula a Dante por verle limpio de las
       manchas de los siete pecados. Esta Dama representa, segn
       algunos comentadores, la Iglesia catlica.

Mientras iba yo enteramente absorto en la contemplacin de tantas
primicias del placer eterno, y deseoso todava de ms dichas, el aire,
semejante a un gran fuego, apareci ante nosotros inflamado bajo las
verdes ramas, y la dulce armona que habamos percibido se convirti en
un canto claro y distinto. Oh sacrosantas Vrgenes! Si alguna vez he
soportado por vosotras el hambre, el fro y las vigilias, prestadme en
cambio la ayuda, que la necesidad me obliga a demandaros. Es preciso
que Helicn derrame para m sus aguas, y que el coro de Urania me ayude
a poner en versos cosas apenas concebibles.

Parecime ver algo ms all siete rboles de oro[90], engaado por la
gran distancia que todava mediaba entre nosotros y ellos; mas cuando
me hube aproximado tanto, que la semejanza engaadora del sentido
no perda ya por la distancia ninguno de sus rasgos distintivos, la
facultad que prepara materia al raciocinio me hizo conocer que eran
candelabros, y que las voces cantaban "Hosanna." Los hermosos muebles
llameaban en su parte superior despidiendo una luz mucho ms clara
que la Luna a media noche y a la mitad de su mes. Me volv lleno de
admiracin al buen Virgilio, y l me respondi con una mirada no
menos llena de asombro. Despus fij de nuevo mi atencin en los altos
candelabros, los cuales avanzaban en nuestra direccin tan lentamente
que una recin desposada los habra vencido en celeridad. La Dama me
grit:

--Por qu contemplas con tanto ardor esas vvidas luces, y no reparas
en lo que viene tras de ellas?

       [90] Segn unos comentadores, los siete dones del Espritu
       Santo; segn otros, los siete sacramentos.

Entonces vi venir detrs de las luces, y como guiadas por stas, muchos
personajes[91], vestidos de un blanco tan puro como no ha brillado
jams en el mundo. A la izquierda resplandeca el agua, y reflejaba
la parte izquierda de mi cuerpo; as es que me miraba en ella como en
un espejo. Cuando desde mi orilla llegu a un punto en que nicamente
el ro me separaba de aqullos, me detuve para mirar mejor, y vi las
llamas caminando hacia adelante, dejando tras de s pintado el aire
con rasgos semejantes a banderolas extendidas; de modo que sobre ellas
se vean claramente siete listas formadas de los colores de que el Sol
hace su arco y Delia su cinturn. Aquellas listas se extendan por el
cielo ms all de lo que alcanzaba mi vista, y segn me pareci, las
de los extremos distaban entre s diez pasos una de otra[92]. Bajo el
hermoso cielo que describo, se adelantaban de dos en dos veinticuatro
ancianos coronados de azucenas[93]. Todos cantaban: "Bendita t eres
entre las hijas de Adn, y benditas sean eternamente tus bellezas."
Despus que las flores y las frescas hierbecillas que haba en la otra
ribera frente a m se vieron libres de aquellos espritus elegidos,
as como en el cielo siguen unas a otras las estrellas, en pos de
los ancianos vinieron cuatro animales, con ellos coronados de verdes
hojas[94]. Cada uno tena seis alas, con las plumas llenas de ojos,
como seran los de Argos si viviese[95]. Lector, no empleo mis rimas en
describir las formas de estos animales, pues me contiene tanto el gasto
futuro, que no puedo ser ahora prdigo; pero puedes leer a Ezequiel,
que los pinta tales como los vi acudir de las fras regiones, con
el viento, con las nubes y con el fuego; y del mismo modo que los
encontrars en sus libros, as se presentaban aqu si se excepta que,
en cuanto a las alas, Juan est conmigo y se separa de l. El espacio
que quedaba entre los cuatro lo ocupaba un carro triunfal sobre dos
ruedas, que iba tirado por un grifo. Este extenda sus alas ante la
lista de en medio y las tres de ambos lados, sin que interceptara
ninguna de ellas al hender el espacio entre las mismas comprendido. Se
elevaban tanto, que se las perda de vista: la parte de su cuerpo que
era ave tena los miembros de oro, y los de la otra parte eran blancos
manchados de rojo. Ni Escipin el Africano, ni aun Augusto, hicieron
jams recrearse a Roma en la contemplacin de un carro tan bello, y aun
comparado con l, sera pobre aquel carro del Sol, que desvindose de
su camino, fu abrasado, por los ruegos de la Tierra suplicante, cuando
Jpiter fu misteriosamente justo.

       [91] Los patriarcas, profetas y otros santos varones, que
       creyeron en la venida de Jesucristo.

       [92] Estos diez pasos figuran, segn todos los comentadores,
       los diez mandamientos.

       [93] Smbolos de los libros del Antiguo Testamento.

       [94] Smbolos de los cuatro Evangelistas.

       [95] Las alas son smbolo de la prontitud con que el Evangelio
       recorri el mundo. Los ojos, semejantes a los de Argos, lo son
       de la vigilancia que es necesaria para mantener pura la verdad
       evanglica contra los sofismas de que se valen las pasiones.

Tres mujeres venan danzando en redondo al lado de la rueda derecha;
una de ellas tan roja, que apenas se la hubiera distinguido dentro
del fuego: la otra era como si su carne y sus huesos fuesen de
esmeralda: la tercera pareca nieve recin cada[96]. Tan pronto iba
a la cabeza la blanca, como la roja; y segn el canto de sta, as
las dems ajustaban el paso, avanzando lentas o rpidas. Hacia la
izquierda del carro venan gozosas otras cuatro vestidas de prpura
asustando sus movimientos al de una de ellas, que tena tres ojos
en la cabeza.[97] En pos de estos grupos de que acabo de hablar, vi
dos ancianos con diferentes vestiduras; pero iguales en su actitud,
venerable y reposada. Uno de ellos pareca ser de los discpulos de
aquel gran Hipcrates, a quien hizo la naturaleza en favor de los seres
animados que le son ms queridos;[98] el otro demostraba un cuidado
contrario, con una espada tan reluciente y aguda, que a travs del ro
me caus miedo.[99] Despus vi otros cuatro de humilde apariencia;[100]
y detrs de todos vena un anciano solo y durmiendo, pero con la faz
inspirada.[101] Estos siete estaban vestidos como los veinticuatro
primeros; pero no iban coronados de azucenas, sino de rosas y de otras
flores coloradas; quien los hubiese visto desde algo lejos, habra
jurado que arda una llama sobre sus sienes. Cuando el carro estuvo
frente a m, se oy un trueno; y aquellos dignos personajes, como si
se les hubiera prohibido seguir adelante, se detuvieron all al mismo
tiempo que los candelabros.

       [96] Las tres virtudes teologales: la Fe, color de nieve; la
       Esperanza, color de esmeralda, y la Caridad, color de fuego.

       [97] Las cuatro Virtudes cardinales: Prudencia, Justicia,
       Fortaleza y Templanza. Se suponen tres ojos a la Prudencia:
       con uno mira al pasado, para sacar un recuerdo provechoso;
       con el otro al presente, para no equivocarse al tomar una
       determinacin; y con el otro al porvenir, para evitar a tiempo
       el mal y prepararse al bien.

       [98] San Lucas.

       [99] San Pablo.

       [100] Los apstoles Santiago, Pedro, Juan y Judas, escritores
       de las Epstolas cannicas; y dice de humilde apariencia,
       porque sus escritos son breves.

       [101] S. Juan Apstol, que cuando escribi el Apocalipsis,
       estaba cercano a los noventa aos.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMO_


Cuando se detuvo el septentrin del primer Cielo, que no conoci
nunca orto ni ocaso, ni ms niebla que el velo que sobre l corri el
pecado, y que all enseaba a cada cual su deber, como el septentrin
ms bajo lo ensea al que dirige el timn para llegar al puerto, los
veraces personajes que iban entre el Grifo y los siete candelabros
se volvieron hacia el carro, como hacia el fin de sus deseos; y uno
de ellos como enviado del Cielo, exclam tres veces cantando: "Veni,
sponsa, de Libano," y todos los dems cantaron lo mismo despus de l.
As como los bienaventurados, cuando llegue la hora del juicio final,
se levantarn con presteza de sus tumbas, cantando "Aleluya" con su voz
recobrada por fin, del mismo modo se elevaron sobre el carro divino,
"ad vocem tanti senis," cien ministros y mensajeros de la vida eterna.
Todos decan: "Benedictus qui venis," y despus, esparciendo flores por
encima y alrededor, aadan: "Manibus o date lilia plenis."

Yo he visto, al romper el da, la parte oriental enteramente sonrosada,
el resto del cielo adornado de una hermosa serenidad, y la faz del Sol
naciente cubierta de sombras, de suerte que a travs de los vapores
que amortiguaban su resplandor, poda contemplarla el ojo por largo
tiempo: del mismo modo, a travs de una nube de flores que sala de
manos angelicales y caa sobre el carro y en torno suyo, se me apareci
una dama coronada de oliva sobre un velo blanco, cubierta de un verde
manto, y vestida del color de una vvida llama.[102] Mi espritu, que
haca largo tiempo no haba quedado abatido, temblando de estupor en
su presencia, sin que mis ojos la reconocieran, sinti no obstante el
gran poder del antiguo amor, a causa de la oculta influencia que de
ella emanaba. En cuanto hiri mis ojos la alta virtud que me haba
avasallado antes de que yo saliera de la infancia, me volv hacia la
izquierda, con el mismo respeto con que corre el nio hacia su madre,
cuando tiene miedo, o cuando est afligido, para decir a Virgilio:
"No ha quedado en mi cuerpo una sola gota de sangre que no tiemble;
reconozco las seales de mi antigua llama." Pero Virgilio nos haba
privado de s; Virgilio, el dulcsimo padre, Virgilio, que me haba
sido enviado por aqulla para mi salvacin. Ni aun todo lo que perdi
la antigua madre pudo impedir que mis mejillas enjutas se baaran en
triste llanto.

       [102] El velo blanco, el manto verde y el vestido color de
       fuego, que adornan a Beatriz, simbolizan las tres Virtudes
       teologales: la corona de oliva indica la Sabidura.

--Dante, no llores todava; no llores todava porque Virgilio se vaya,
pues es preciso que llores por otra herida!

Como el almirante que va de popa a proa examinando la gente que monta
los otros buques, y la anima a portarse bien, del mismo modo sobre el
borde izquierdo del carro, vi yo, cuando me volv al or mi nombre,
que aqu se consigna por necesidad, a la Dama que se me apareci
anteriormente velada por los halagos angelicales, dirigiendo sus
ojos hacia m de la parte ac del ro. Aunque el velo que descenda
de su cabeza, rodeado de las hojas de Minerva, no permitiese que se
distinguieran sus facciones, con su actitud regia y altiva continu
de esta suerte, como aquel que al hablar reserva las palabras ms
calurosas para lo ltimo:

--Mrame bien, soy yo; soy en efecto Beatriz, Cmo te has dignado
subir a este monte? No sabas que el hombre es aqu dichoso?

Mis ojos se inclinaron hacia las limpias ondas; pero vindome reflejado
en ellas, los dirig hacia la hierba: tanta fu la vergenza que abati
mi frente. Parecime Beatriz tan terrible como una madre irritada a su
hijo, porque amarga el sabor de la piedad acerba. Ella guard silencio,
y los ngeles cantaron de improviso: "In te Domine speravi;" pero
no pasaron de "pedes meos." As como la nieve se congela y endurece
al soplo de los vientos de Esclavonia, entre los rboles que crecen
sobre el dorso de Italia; y luego se lica por s misma, en cuanto
la tierra que pierde la sombra enva su aliento, semejante al fuego
que derrite una vela; as me qued sin lgrimas ni suspiros antes que
cantasen aqullos cuyas notas responden siempre a la armona de las
esferas celestiales: mas cuando comprend por sus dulces palabras que
se compadecan de m ms que si hubiesen dicho: "Mujer, por qu as
le maltratas?," el hielo que oprima mi corazn se deshizo en suspiros
y agua, y junto con mi angustia, sali del pecho por la boca y por los
ojos. Estando Ella, sin embargo, inmvil sobre el costado izquierdo del
carro, dirigi de este modo sus palabras a las compasivas substancias:

--Vosotros velis en el eterno da, de modo que ni la noche ni el
sueo os roban ninguno de los pasos que da el siglo en su camino: as
pues, responder con ms cuidado, a fin de que me comprenda el que
all llora, y sienta un dolor proporcionado a su falta. No solamente
por influencia de las grandes esferas que dirigen cada semilla hacia
algn fin, segn la virtud de la estrella que la acompaa, sino tambin
por la abundancia de la gracia divina (cuya lluvia desciende de tan
altos vapores, que no puede alcanzarlos nuestra vista), fu tal se
en su edad temprana por natural disposicin, que todos los buenos
hbitos habran producido en l admirables efectos; pero el terreno
mal sembrado e inculto se hace tanto ms maligno y salvaje, cuanto
mayor vigor terrestre hay en l. Por algn tiempo le sostuve con mi
presencia: mostrndole mis ojos juveniles, le llevaba conmigo en
direccin del camino recto; pero tan pronto como estuve en el umbral
de la segunda edad, y cambi de vida, se se separ de m y se entreg
a otros amores. Cuando sub desde la carne al espritu, y hube crecido
en belleza y virtud, fu para l menos querida y menos agradable.
Encamin sus pasos por una va falsa, siguiendo tras engaosas imgenes
del bien, que no cumplen totalmente ninguna promesa: ni siquiera me
ha valido impetrar para l inspiraciones, por medio de las cuales le
llamaba en sueos o de otros modos, segn el poco caso que de ellas ha
hecho. Tan abajo cay, que todos mis medios eran ya insuficientes para
salvarle, si no le mostraba las razas condenadas. Por l he visitado el
umbral de los muertos, y dirig mis ruegos y mis lgrimas al que le ha
conducido hasta aqu. Se hubiera violado el alto decreto de Dios, si
pasara el Leteo y gustara tales manjares sin haber pagado alguna parte
de la penitencia que hace verter lgrimas.




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMOPRIMERO_


Oh t, que ests a la otra parte del sagrado ro!--Empez de nuevo a
decir, continuando sin demora, y dirigindome de punta sus palabras,
que aun de filo me haban parecido tan acerbas--; di, di si esto es
verdad--; a tal acusacin es preciso que tu confesin corresponda.

Estaba yo tan confuso, que mi voz conmovida se extingui antes de salir
de sus rganos. Ella esper un momento, y despus dijo:

--En qu piensas? Respndeme, pues todava las aguas del Leteo no han
borrado tus tristes recuerdos.

La confusin y el miedo reunidos me arrancaron de la boca un "s" tan
dbil, que fu menester el auxilio de la vista para entenderlo. As
como se rompe una ballesta por estar demasiado tirantes la cuerda y
el arco, de modo que la flecha da con menos fuerza en el blanco, as
yo, quebrantado bajo el peso de tan grave cargo, prorrump en lgrimas
y suspiros, y la voz enflaquecida vino a expirar entre mis labios.
Entonces Ella me dijo:

--En medio de los saludables deseos procedentes de m, que te
impulsaban a amar el bien, ms all del cual no hay nada a que aspirar,
qu fosos insuperables o qu cadenas has encontrado para perder de
tal modo la esperanza de pasar adelante? Y qu ventajas o atractivos
descubriste en el aspecto de los otros bienes, para que debieras rondar
en torno de ellos?

Despus de haber exhalado un amargo suspiro, apenas tuve bastante voz
para responder; voz que mis labios formaron con trabajo. Llorando dije:

--Las cosas presentes con sus falsos placeres desviaron mis pasos,
apenas se me ocult vuestro rostro.

Ella me respondi:

--Aunque callases o negases lo mismo que ahora confiesas, no por eso tu
falta sera menos conocida: tal es el Juez que la sabe! Pero cuando la
confesin del pecado sale de la propia boca del pecador, la rueda se
vuelve en nuestro tribunal contra el filo de la espada. Sin embargo,
para que ms te aproveche la vergenza de tu error, y para que otra
vez seas ms fuerte al or las sirenas, depn la causa de tu llanto y
escucha: de este modo sabrs que mi carne sepultada deba encaminarte
en una direccin totalmente contraria. El arte o la naturaleza no te
presentaron jams una cosa tan agradable como los bellos miembros en
que estuve contenida, miembros que ahora son polvo de la tierra. Y si
el sumo placer de verme te falt por mi muerte, qu cosa mortal deba
excitar despus tus deseos? A la primera herida que te causaron las
cosas falaces del mundo, debiste elevar tus ojos al cielo, siguindome
a m, que no era ya como ellas. No deban abatirse tus alas para
esperar all nuevos golpes, o bien alguna doncellita u otra cualquiera
vanidad de tan corta duracin. El tierno pajarillo cae en dos o tres
asechanzas; pero ante los ojos de los ya cubiertos de pluma en vano se
despliegan las redes, en vano se lanzan flechas.

Yo estaba como los nios que, mudos de vergenza y con los ojos fijos
en el suelo, escuchan en pie, reconociendo sus faltas, y arrepentidos.
Ella continu:

--Ya que te muestras tan contrito por lo que has odo, alza la barba, y
sentirs ms dolor mirndome.

Con menos resistencia se desarraiga la robusta encina, bien al embate
de los vientos boreales, o bien al de aquel que viene del pas de
Jarba, de la que, al or su orden, opuse yo para levantar la cabeza; y
cuando di el nombre de barba a mi rostro, bien conoc el veneno que
encerraban sus palabras. Por fin, cuando alc la faz, advert que las
primeras criaturas haban cesado de esparcir flores, y mis miradas,
poco seguras an, vieron a Beatriz vuelta hacia la fiera que es una
sola persona con dos naturalezas. Cubierta con su velo, y al otro lado
de la verde orilla, parecime que se venca a s misma en su primitiva
belleza, mucho ms de lo que venca a las dems mujeres cuando viva
en el mundo. La ortiga del arrepentimiento me punz tanto, que de
todas las cosas mortales la que ms me desvi de su amor me fu la
ms odiosa: el remordimiento me oprimi el corazn de tal modo, que
ca desmayado. Lo que me sucedi entonces lo sabe aqulla que fu la
causa de ello. Cuando el corazn me restituy la facultad de percibir
las cosas exteriores, vi por encima de m a la Dama que antes haba
encontrado sola, y la o decir:

--Agrrate, agrrate a m!

Habame sumergido en el ro hasta la garganta, e impelindome tras
ella, iba caminando sobre el agua con la ligereza de una lanzadera.
Cuando estuve cerca de la dichosa orilla, o tan dulcemente "Asperges
me," que no sabra recordarlo, cuanto menos escribirlo. La hermosa
Dama abri sus brazos, rode con ellos mi cabeza, y me sumergi de modo
que hube de beber el agua. Despus me sac fuera, y mojado como estaba
me present a las cuatro bellas bailarinas, cada una de las cuales
extendi sobre m su brazo.

--Aqu somos ninfas, y en el Cielo estrellas: antes de que Beatriz
descendiese al mundo fuimos designadas como siervas suyas. Te
conduciremos ante sus ojos; pero las tres del otro lado, que ven ms
a fondo, aguzarn los tuyos para que percibas la plcida luz que hay
dentro de ellos.

As me dijeron cantando; y despus me llevaron hacia el pecho del
Grifo, donde estaba Beatriz vuelta hacia nosotros. En seguida aadieron:

--No economices tus miradas: te hemos puesto delante de las esmeraldas,
desde donde Amor te lanz un da sus dardos.

Mil deseos ms ardorosos que la llama atrajeron mis ojos hacia aquellos
ojos brillantes, que an estaban fijos en el Grifo. Como el Sol en
un espejo, la doble fiera se reflejaba en ellos, ya de un modo, ya
de otro. Piensa, lector, si yo estara maravillado al ver tal objeto
permanecer inalterable en s mismo, y transformndose en su imagen
reflejada. Mientras que, llena de estupor y gozosa, mi alma gustaba
de aquel alimento que, satisfacindola, la haca ms deseosa de l,
aquellas tres, que demostraban en su actitud ser de una jerarqua ms
elevada, se adelantaron danzando al comps de sus anglicos cantares.

--Vuelve, Beatriz, vuelve tus ojos santos (tal era su cancin) hacia tu
fiel amigo, que ha dado tantos pasos para verte. Por gracia, haznos la
gracia de descubrirle tu faz, de modo que contemple la nueva belleza
que le ocultas.

Oh esplendor de viva luz eterna! Quin es el que habiendo palidecido
a la sombra del Parnaso, o bebido en su fuente, no tendra la mente
ofuscada, al intentar representarte tal cual apareciste all donde el
cielo te circundaba, resonando con su acostumbrada armona, cuando al
aire libre te descubriste?

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMOSEGUNDO_


Estaban mis ojos tan fijos y atentos para calmar su sed de diez aos,
que tena embotados los otros sentidos, encontrando adems aqullos por
todas partes obstculos que no les permitan cuidarse de ninguna otra
cosa; as es que la santa sonrisa los atraa con sus antiguas redes.
Pero por fuerza me obligaron aquellas diosas a volver la cabeza hacia
la izquierda, porque les oa decir: "Mira demasiado fijamente;" y la
disposicin en que se encuentran los ojos cuando acaban de ser heridos
por los rayos del Sol, me dej por algn tiempo sin vista; mas cuando
se repusieron los mos ante otro pequeo resplandor (y digo pequeo,
comparndolo con la gran luz de que me haba separado forzosamente), vi
que el glorioso ejrcito se haba vuelto hacia la derecha, recibiendo
en el rostro los rayos del Sol y los de las siete llamas. As como
para salvarse una cohorte, se retira cobijada bajo los escudos, y se
vuelve con su estandarte antes de que haya terminado por completo su
evolucin, as la milicia del reino celestial que preceda al carro
desfil toda antes de que ste hubiera vuelto su lanza. En seguida las
mujeres se volvieron a colocar cerca de las ruedas, y el Grifo puso en
movimiento el carro bendito, de tal modo que no se agit ninguna de
sus plumas. La hermosa Dama que me hizo vadear el ro, Estacio y yo
seguamos a la rueda que describi al girar el arco menor. Caminando de
esta suerte a travs de la alta selva deshabitada por culpa de aquella
que crey a la serpiente, ajustaba mis pasos al cntico de los ngeles.
Una flecha despedida del arco recorre quiz en tres veces el espacio
que habamos avanzado, cuando baj Beatriz. O que todos murmuraban:
"Adn!" En seguida rodearon un rbol enteramente despojado de hojas
y flores en todas sus ramas. Su copa, que se extenda a medida que el
rbol se elevaba, sera, a causa de su altura, admirada por los indios
en sus selvas.

--Bendito seas, oh Grifo, que con tu pico no arrancaste nada de este
tronco dulce al gusto, despus que, por haberlo probado, se inclin al
mal el apetito humano!

As exclamaron todos en derredor del rbol robusto; y el animal de
doble naturaleza respondi:

--De ese modo se conserva la semilla de toda justicia.

Y volvindose al timn de que haba tirado, lo condujo al pie de la
planta viuda de sus hojas, y dej atado a ella el carro que era de
ella. As como nuestras plantas se ponen turgentes cuando la gran luz
desciende mezclada con aquella que irradia detrs de los celestes
Peces, y luego se reviste cada una con su propio color antes que el
Sol gue sus caballos bajo otra estrella, de igual modo se renov el
rbol cuyas ramas estaban antes tan desnudas, adquiriendo colores menos
vivos que los de la rosa, pero ms que los de la violeta. Yo no pude
entender, ni aqu abajo se canta, el himno que aquella gente enton
entonces, ni tampoco pude or todo el canto hasta el fin. Si me fuera
posible describir cmo se adormecieron aquellos desapiadados ojos
que tan cara pagaron su excesiva vigilancia, oyendo las aventuras de
Siringa, representara, como un pintor que copia un modelo, el modo
como me dorm; pero hgalo quienquiera que sepa figurar bien el sueo.

Paso, pues, al momento en que me despert, y digo que un resplandor
desgarr el velo de mi sueo, al mismo tiempo que me gritaba una
voz: "Levntate; qu haces?" Como Pedro, Juan y Jacobo, conducidos
a ver las florecitas del manzano, que hace a los ngeles codiciosos
de su fruta y perpetuas las bodas en el cielo; y aterrados por el
esplendor divino, volvieron en s al or la palabra que ha interrumpido
sueos mayores, y vieron su compaa mermada por la ausencia de
Moiss y Elas, y cambiada la tnica de su Maestro, as despert yo,
viendo inclinada sobre m a aquella compasiva mujer que haba guiado
anteriormente mis pasos por el ro; lleno de inquietud dije:

--Dnde est Beatriz?

A lo que me contest:

--Mrala sentada sobre las races y bajo el nuevo follaje de ese rbol.
Mira la compaa que la rodea: los otros se van hacia arriba tras el
Grifo, entonando cnticos ms dulces y ms profundos.

Ignoro si fu ms difusa su respuesta; porque se hallaba otra vez ante
mis ojos aquella que me impeda fijar la atencin en ninguna otra cosa.
Estaba sentada ella sola en la tierra verdadera, como dejada all
para custodiar el carro que vi atar a la biforme fiera. En torno suyo
formaban un crculo las siete Ninfas, teniendo en las manos aquellas
luces que no puede apagar el Aquiln ni el Austro.

--Poco tiempo habitars esta selva, y sers eternamente conmigo
ciudadano de aquella Roma donde Cristo es romano. Por lo tanto, fija
tus ojos en este carro para bien del mundo que vive mal, y cuando
vuelvas a l, escribe lo que has visto.

As habl Beatriz; y yo, enteramente sumiso a sus rdenes, puse mi
mente y mis ojos donde ella quiso. Nunca tan velozmente parti el
rayo de condensada nube, cuando cae del ms remoto confn del aire,
como vi yo al ave de Jpiter precipitarse y bajar por el rbol,
rompiendo su corteza, ya que no las flores y hojas nuevas: y con toda
su fuerza hiri al carro, y le hizo vacilar, como nave combatida por
la tempestad, que las olas derriban, ora a babor, ora a estribor. Vi
luego introducirse en el carro triunfal una zorra, que pareca no haber
tomado jams ningn buen alimento: pero reprendindole mi Dama sus feas
culpas, la oblig a hur tan precipitadamente como lo permitieron sus
descarnados huesos. En seguida, por donde mismo haba venido antes,
vi al guila descender a la caja del carro, y dejarla cubierta de sus
plumas: y semejante a la voz que sale de un corazn contristado, sali
del cielo una voz que dijo: "Ay, navecilla ma, cun mal cargada
ests!" Despus me pareci que se abra la tierra entre las dos
ruedas, y vi salir un dragn que hinc su maligna cola en el carro, y
retirndola luego como la avispa su aguijn, se llev consigo una parte
del fondo, y se alej muy contento. Lo que qued del carro, como la
tierra frtil que se cubre de grama, se cubri de la pluma ofrecida por
el guila quiz con intencin casta y benigna; y de ella se cubrieron
una y otra rueda y la lanza en menos tiempo del que mantiene un suspiro
la boca abierta. Transformado de esta suerte el edificio santo,
salieron de sus diversas partes varias cabezas, tres de ellas sobre la
lanza, y las restantes una en cada ngulo. Las primeras tenan cuernos
como los bueyes; pero las otras slo tenan un cuerno por frente: jams
se han visto semejantes monstruos.

Tan segura como una fortaleza sobre una alta montaa, vi sentada en
el carro a una prostituta desenvuelta, paseando sus miradas en torno
suyo. Y como para impedir que se la quitaran, vi un gigante colocado
en pie junto a ella, y ambos se besaban de vez en cuando; ms habiendo
ella vuelto hacia m sus ojos codiciosos y errantes, el feroz amante
la azot desde la cabeza a los pies. Despus, lleno de suspicacia y
de cruel ira, desat el monstruoso carro, y lo arrastr tan lejos por
la selva, que tras de ella se ocultaron a mi vista la prostituta y la
nueva fiera.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMOTERCIO_


Las mujeres comenzaron llorosas una dulce salmodia, cantando
alternativamente, ya las tres, ya las cuatro: "Deus, venerunt
gentes."[103] Y Beatriz, suspirando compasiva, las escuchaba tan
abatida, que poco ms lo estuvo Mara al pie de la Cruz. Pero cuando
las otras vrgenes le dieron ocasin de hablar, ponindose en pie,
respondi encendida como el fuego:

--"Modicum, et non videbitis me; et iterum," mis queridas hermanas,
"modicum, et vos videbitis me."[104]

       [103] Cantan, alternando, los versculos del salmo LXXVIII,
       que el poeta aplica en este lugar a las desventuras de la
       Iglesia cristiana.

       [104] "Dentro de poco no me veris: pero dentro de otro poco
       me veris." Palabras de Jess, en el Evangelio de San Juan,
       prediciendo su prxima muerte y su resurreccin.

Despus reuni ante s a todas siete, y con slo un ademn, nos hizo
marchar tras ellas a m, a la Dama, y al sabio que qued en nuestra
compaa. As se alejaba, y no creo que hubiese dado diez pasos,
cuando hiri mis ojos con sus ojos, y con aspecto tranquilo me dijo:

--Ven ms de prisa, de modo que si hablo contigo, ests dispuesto a
escucharme.

Cuando estuve cerca de ella, como deba, aadi:

--Hermano, por qu, viniendo conmigo, no te atreves a preguntarme algo?

Me sucedi lo que a aquellos que, por excesiva reverencia, al hablar
con sus superiores, no pueden hacer salir con viveza las palabras de
entre sus dientes, y contest balbuceando:

--Seora, vos conocis mis necesidades y lo que les conviene.

Contestme:

--Quiero que en adelante te despojes de ese temor y esa vergenza, para
que no hables como hombre que suea. Sabe que el vaso que rompi la
serpiente fu y no es; pero crea el culpable que la venganza de Dios no
se vence con sortilegios. El guila que dej sus plumas en el carro,
convirtindolo en un monstruo y despus en una presa, no estar siempre
sin herederos; pues veo ciertamente, y por eso lo refiero, algunas
estrellas ya cercanas a un tiempo seguro de todo obstculo y de todo
impedimento, en el cual un quinientos diez y cinco,[105] enviado por
Dios, destruir a la ramera, y a aquel gigante que con ella delinque.
Y quiz mi prediccin obscura, como los orculos de Temis y de la
Esfinge, no te persuade, porque, como ellos, ofusca el entendimiento;
pero en breve los hechos sern las Nyades que resuelvan este difcil
enigma, sin temor por los ganados y los trigos. Anota estas palabras,
y tales como salen de mis labios ensaselas a los que viven con
aquella vida que no es ms que una rpida carrera hacia la muerte:
acurdate adems, cuando las escribas, de no ocultar cmo has visto
la planta, que ha sido robada dos veces. Quien la despoja o la rompe
ofende con una blasfemia de hecho a Dios, que la hizo santa slo para
su uso. Por haber mordido su fruto, la primera alma aguard en el dolor
y en el deseo durante cinco mil aos y ms al que en s mismo castig
aquel bocado. Tu espritu est adormecido, si no comprende que slo por
una causa singular es aquel rbol tan alto, y tan anchurosa su copa: y
si los vanos pensamientos no hubiesen sido alrededor de tu mente como
las aguas del Elsa, y el placer que te causaron no la hubiera manchado
como Pramo manch la mora, slo por tantas circunstancias reconoceras
moralmente la justicia de Dios en la prohibicin de tocar aquel rbol.
Mas como veo tu inteligencia petrificada y tan obscurecida por el
pecado, que te deslumbra el brillo de mis palabras, quiero que te las
lleves, si no escritas, al menos estampadas en ti mismo, por aquel
motivo que el peregrino lleva el bordn rodeado de palmas.

       [105] Esto es, un DXV, letras que transportadas equivalen a un
       DVX, o Capitn, o, como otros quieren, iniciales abreviativas
       de Dante Xristi Vertagus, Domini Xristi Vicarius, Dominus
       Xristi Victor o Vitor, etc.

Le contest:

--As como la cera conserva inalterable la imagen que en ella imprime
el sello, del mismo modo la vuestra ha quedado grabada en mi cerebro.
Pero por qu vuestra deseada palabra se eleva tanto sobre mi
entendimiento, que cuanto ms procura comprenderla menos lo consigue?

--Para que conozcas--dijo--aquella escuela que has seguido, y cmo ha
de poder su doctrina seguir a mis palabras; y veas que vuestro camino
se separa tanto del divino, cuanto de la Tierra dista el cielo que gira
ms velozmente a la mayor altura.

Entonces le respond:

--No recuerdo haberme alejado jams de vos, ni me remuerde por ello la
conciencia.

--Es que t no puedes recordarlo--me dijo sonrindose--; acurdate de
que has bebido las aguas del Leteo; y si del humo se deduce el fuego,
de ese olvido se infiere claramente que tu voluntad, ocupada en otras
cosas, era culpable. Pero en adelante sern mis palabras tan desnudas
cuanto es preciso descubrirlas a tu rudo entendimiento.

El Sol, ms resplandeciente y con pasos ms lentos, atravesaba el
crculo del Meridiano, que cambia de posicin segn de donde se mira,
cuando al extremo de una opaca umbra, semejante a las que se ven bajo
las verdes hojas y las negruzcas ramas por donde llevan los Alpes sus
fros riachuelos, se detuvieron las siete mujeres, como se detiene la
tropa que va de avanzada, si encuentra alguna novedad en su camino.
Ante ellas me pareci ver salir el Tigris y el Eufrates de un mismo
manantial, y como amigos separarse lentamente.

--Oh luz!, oh gloria de la raza humana! Qu agua es esta que mana de
una misma fuente, y dividida, se aleja una de otra?

A tal pregunta se me contest:

--Ruega a Matilde que te lo diga.

Y la hermosa Dama respondi como aquel que se disculpa:

--Ya le he dicho esta y otras varias cosas; y estoy segura de que el
agua del Leteo no se las ha hecho olvidar.

Beatriz aadi:

--Quiz un inters mayor, de esos que muchas veces quitan la memoria,
ha obscurecido su mente con respecto a los dems objetos. Pero mira
el Eunoe, que por all se desliza; condcele hacia l, y segn
acostumbras, reanima su amortecida virtud.

Como una alma gentil que de nada se excusa, sino que adapta su voluntad
a la de los otros en cuanto se la dan a conocer por medio de alguna
sea, de igual suerte se puso en marcha la bella Dama en cuanto estuve
a su lado, y dijo a Estacio con su gracia femenil:

--Ven con l.

Lector, si dispusiera de mayor espacio para escribir, cantara en parte
la dulzura de las aguas de que no me habra saciado nunca; pero como
estn ya llenos todos los papeles dispuestos para este segundo cntico,
el freno del arte no me deja ir ms all.

Volv de aquellas sacrosantas ondas tan reanimado como las plantas
nuevas, renovadas con nuevas hojas, purificado y dispuesto para subir a
las estrellas.

[Ilustracin]




_PARAISO_




[Ilustracin]




_CANTO PRIMERO_


La gloria de Aqul que todo lo mueve se difunde por el universo, y
resplandece en unas partes ms y en otras menos. Yo estuve en el
cielo que recibe mayor suma de su luz, y vi tales cosas, que ni sabe
ni puede referirlas el que desciende de all arriba; porque nuestra
inteligencia, al acercarse al fin de sus deseos, profundiza tanto, que
la memoria no puede volver atrs. Sin embargo, todo cuanto mi mente
haya podido atesorar de lo concerniente al reino santo, ser en lo
sucesivo objeto de mi cntico.

Oh buen Apolo! Haz de m para este ltimo trabajo un vaso lleno de tu
valor, tal como lo exiges para conceder tu laurel amado; pues si hasta
aqu tuve bastante con una cima del Parnaso, ahora necesito las dos
para entrar en el resto de mi carrera. Entra en mi seno, e insprame el
aliento de que estabas posedo cuando sacaste los miembros de Marsias
fuera de su piel.

Oh divina virtud! Si te prestas a m, de modo que yo pueda poner de
manifiesto la sombra del reino bienaventurado estampada en mi cabeza,
me vers acudir a tu rbol querido y coronarme entonces de aquellas
hojas; pues el asunto de mi canto y tu favor me harn digno de ello.

Tan pocas veces, oh Padre!, se recoge el lauro del triunfo, ya como
Csar, ya como poeta (por culpa y vergenza de la humana voluntad), que
cuando alguno arde en deseos de alcanzarlo, el follaje penico debera
difundir la alegra en la feliz deidad dlfica. A una pequea chispa
sigue una gran llama: quiz despus de m habr quien ruegue con mejor
voz para que responda Cirra.

La lmpara del mundo se presenta a los mortales por diferentes
aberturas; pero cuando se deja ver por aquella en que se unen cuatro
crculos formando tres cruces, entonces sale con mejor curso y con
mejor estrella, y modela y sella ms a su modo la cera de nuestro
mundo. Por aquella abertura se haba hecho all de da, y aqu de
noche: casi todo aquel hemisferio estaba ya blanco, y la otra parte
negra, cuando vi a Beatriz vuelta hacia el lado izquierdo, mirando
al Sol; jams lo ha mirado un guila con tanta fijeza. Y as como un
segundo rayo sale del primero, y se remonta a lo alto, semejante al
peregrino que quiere volverse, as la accin de Beatriz, penetrando
por mis ojos en mi imaginacin, origin la ma, y fij los ojos en
el Sol contra nuestra costumbre. Muchas cosas son all permitidas a
nuestras facultades, que no lo son aqu, por ser aquel lugar creado
para residencia propia de la especie humana. Me fu imposible mirar
por mucho tiempo al Sol; pero no tan poco, que no le viera centellear
en torno suyo, como el hierro que sale candente del fuego; y de pronto
me pareci que un nuevo da se una al da, como si Aqul que puede
hubiese adornado el Cielo con otro Sol.

Beatriz miraba fijamente las eternas esferas, y yo fij mis ojos en
ella, desvindolos de all arriba: contemplndola, me transform
interiormente, como Glauco al gustar la hierba que le hizo en el mar
compaero de los otros Dioses. No es posible significar con palabras el
acto de pasar a un grado superior la naturaleza humana; pero baste el
citado ejemplo a quien la gracia divina reserve tal experiencia.

Oh Amor, que gobiernas el cielo! T, que me elevaste con tu luz, sabes
si yo era entonces solamente aquella parte de m que primero creaste.
Cuando la rotacin de los cielos, que eternizas por el deseo que estos
tienen de poseerte, atrajo mi atencin con su armona, que regularizas
y distribuyes, me pareci que entonces se encenda con la llama del Sol
tanto espacio del cielo, que ni las lluvias ni los ros han ocasionado
jams tan extenso lago. La novedad de los sonidos y tan gran resplandor
me abrasaron de tal modo en el deseo de conocer su causa, que jams he
sentido tan punzante aguijn. As es que Ella, que vea mi interior
como yo mismo, abri su boca para calmar mi excitado nimo, antes que
yo la abriera para preguntarle, y empez a decir:

--T mismo te atontas con tus falsas ideas, de tal modo que no ves lo
que veras si las hubieras desechado. No ests ya en la Tierra, segn
te figuras: el rayo, huyendo de la regin donde se forma, no corre tan
velozmente como t asciendes hacia ella.

Si vi desvanecida mi primera duda, gracias a sus palabras sonrientes y
breves, me vi en cambio ms envuelto en otra nueva, y dije:

--Ya me contemplo con placer libre de mi primitiva admiracin; mas
ahora me asombra cmo es que puedo atravesar por entre estos cuerpos
leves.

Por lo cual Beatriz, lanzando un piadoso suspiro, dirigi hacia m sus
ojos con aquel aspecto de que se reviste la madre al or un desvaro de
su hijo, y repuso:

--Todas las cosas guardan un orden entre s; y este orden es la forma,
que hace al universo semejante a Dios. Aqu ven las altas criaturas el
signo de la eterna sabidura, que es el fin para que se ha creado el
orden antedicho. En el de que hablo, todas las naturalezas propenden y,
segn su diversa esencia, se aproximan ms o menos a su principio. As
es que se dirigen a diferentes puertos por el gran mar del sr, y cada
una con el instinto que se le concedi para que la lleve al suyo. Este
instinto es el que conduce al fuego hacia la Luna; el que promueve los
primeros movimientos del corazn de los mortales, y el que concentra y
hace compacta a la Tierra. Y este arco se dispara, no tan slo contra
las criaturas desprovistas de inteligencia, sino contra las que tienen
inteligencia y amor. La Providencia, que todo lo ordena, hace con su
luz que est tranquilo el cielo en el que gira aqul que tiene mayo
velocidad: all es donde ahora, como a sitio designado, nos lleva la
virtud de la cuerda de aquel arco que dirige todo cuanto despide hacia
un objeto agradable. Bien es verdad que, as como la forma no guarda
muchas veces armona con las intenciones del arte, porque la materia
es sorda para contestar, as de esta direccin se desva tal vez la
criatura, que tiene el poder de inclinarse hacia otro lado, por ms
que est impulsada de aquel modo, y cae (como se puede ver caer el
fuego desde una nube), si su primer impulso la tuerce hacia la Tierra
por un falso placer. No debes, pues, a lo que pienso, admirarte ms
de tu ascensin, que de ver a un ro descender desde lo alto de una
montaa hasta su base. Lo maravilloso en ti sera que, libre de todo
obstculo, te hubieras sentado abajo, como lo sera el que la viva
llama permaneciese quieta y apegada a la Tierra.

Dicho esto, elev sus ojos al Cielo.




[Ilustracin]




_CANTO SEGUNDO_


Oh vosotros, que, deseosos de escucharme, habis seguido en una
pequea barca tras de mi bajel que navega cantando, virad para ver de
nuevo vuestras playas! No os internis en el pilago, porque quiz,
perdindome yo, quedarais perdidos. El agua por donde sigo no fu
jams recorrida; Minerva sopla en mi vela, Apolo me conduce y las
nueve Musas me ensean las Osas. Y vosotros los que, en corto nmero,
levantasteis ha tiempo las miradas hacia el pan de los ngeles, del
cual se vivo aqu pero sin que nadie quede harto, bien podis dirigir
vuestra nave por el alta mar, siguiendo mi estela sobre el agua que
se rene en breve. Aquellos gloriosos hroes que pasaron a Colcos
no se admiraron cuando vieron a Jasn convertido en boyero, como os
admiraris ahora vosotros. La innata y perpetua sed del deiforme reino
nos haca ir tan veloces como veloz veis al mismo cielo. Beatriz miraba
hacia arriba, y yo la miraba a ella; y quiz en menos tiempo del en
que se coloca un dardo, y se despide del arco y vuela, me vi llegado
a un punto donde una cosa admirable atrajo mis miradas: por lo cual,
Aqulla para quien no podan estar ocultos mis sentimientos, vuelta
hacia m tan agradable como bella, me dijo:

--Eleva tu agradecida mente hacia Dios, que nos ha transportado a la
primera estrella.

Parecame que se extendiese sobre nosotros una nube lcida, densa,
slida y bruida, como un diamante herido por los rayos del Sol.
La eterna margarita nos recibi dentro de s, como el agua que,
permaneciendo unida, recibe un rayo de luz. Si yo era cuerpo, y si en
la Tierra no se concibe cmo una dimensin pueda admitir a otra, segn
debe suceder si un cuerpo penetra en otro, debera abrasarnos mucho
ms el deseo de contemplar aquella esencia, en que se ve cmo Dios y
nuestra naturaleza se unieron. All se ver esto que creemos por la fe;
pero sin demostracin alguna, pues ser conocido por s mismo, como la
primera verdad en que el hombre cree. Yo respond:

--Seora, con tanto reconocimiento como cabe en m, doy gracias a Aqul
que me ha alejado del mundo mortal. Pero decidme: qu son las obscuras
seales de este cuerpo, que all abajo en la Tierra dan ocasin a
algunos para inventar patraas sobre Can?[106]

       [106] Las manchas de la Luna, que, segn el vulgo, eran Can
       con un haz de lea.

Sonrise un poco, y despus me dijo:

--Si la opinin de los mortales se extrava donde la llave de los
sentidos no puede abrir, no deberan en verdad punzarte desde ahora
las flechas de la admiracin; pues ves que, si la razn sigue a los
sentidos, debe tener muy cortas las alas; pero dime qu es lo que t
piensas con respecto a esto.

Le contest:

--Lo que aqu arriba me parece de diferente forma, creo que debe ser
producido por cuerpos enrarecidos y por cuerpos densos.

Ella repuso:

--Vers de un modo cierto que tu creencia est basada en una idea
falsa, si escuchas bien el argumento que voy a oponerte. La octava
esfera os muestra muchas luces, las cuales puede verse que presentan
aspectos diferentes as en calidad como en cantidad. Si esto fuera
efecto solamente del enrarecimiento y la densidad, en todas ellas
habra una sola e idntica virtud, aunque distribuida en ms o menos
abundancia y proporcionalmente a sus respectivas masas. Siendo diversas
las virtudes, necesariamente han de ser fruto de principios formales;
y stos, menos uno, quedaran destrudos por tu raciocinio. Adems,
si el enrarecimiento fuese la causa de aquellas manchas acerca de las
cuales me preguntas, entonces o el planeta estara en algunos puntos
privado de su materia de parte a parte, o bien del modo que en un
cuerpo alternan lo graso y magro, as el volumen de ste se compondra
de hojas diferentes. Si fuese cierto lo primero, se manifestara en
los eclipses de Sol, porque la luz de ste pasara a travs de la
Luna, como atraviesa por cualquier cuerpo enrarecido. Esto no es as:
por lo tanto hemos de examinar el otro supuesto; y si llego tambin
a anularlo, vers demostrado lo falso de tu opinin. Si ese cuerpo
enrarecido no llega de un lado a otro de la Luna, es preciso que
termine en algn punto donde su contrario no deje pasar la luz, y que
el otro rayo reverbere desde all, como el color se refleja en un
cristal que est forrado de estao. Pero t dirs que el rayo aparece
aqu ms obscuro que en otras partes, porque se refracta desde mayor
profundidad. De esta rplica puede librarte la experiencia, si haces
uso de ella alguna vez, por ser la fuente de donde manan los arroyos
de vuestras artes. Toma tres espejos: coloca dos de ellos delante de ti
a igual distancia, y el otro un poco ms lejos: despus fija tus ojos
entre los dos primeros. Vuelto as hacia ellos, dispon que a tu espalda
se eleve una luz que ilumine los tres espejos, y vuelva a ti reflejada
por todos: entonces, aun cuando la luz reflejada sea menos intensa
en el ms distante, vers que resplandece igualmente en los tres.
Desvanecido ya el primer error de tu entendimiento, como a impulso de
los clidos rayos se desvanecen el color y el fro primitivos de la
nieve, quiero mostrarte ahora una luz tan viva, que apenas aparezca
sentirs sus destellos. Dentro del Cielo de la divina paz se mueve un
cuerpo, en cuya virtud reside el ser de todo su contenido. El Cielo
siguiente, que tiene tantas estrellas, distribuye aquel sr entre
diversas esencias, distintas de l y que en l estn contenidas. Los
dems cielos, por varios y diferentes modos, disponen para sus fines
aquellas cosas distintas que hay en cada uno, y sus influencias. Estos
rganos del mundo van as descendiendo de grado en grado, como ahora
ves, de suerte que adquieren del superior la virtud que comunican al
inferior. Repara bien cmo voy por este camino hacia la verdad que
deseas, a fin de que despus sepas por ti solo vencer toda dificultad.
El movimiento y la virtud de las sagradas esferas deben proceder de
los bienaventurados motores, como del artfice procede la obra del
martillo. Aquel cielo, al que tantas luces hermosean, recibe forma
y virtud de la inteligencia profunda que lo mueve, y se transforma
en su sello. Y as como el alma dentro de vuestro polvo se extiende
a los diferentes miembros, aptos para distintas facultades, as la
inteligencia despliega por las estrellas su bondad multiplicada,
girando sobre su unidad. Cada virtud se une de distinto modo con el
precioso cuerpo a quien vivifica, y en el cual se infunde como en
vosotros la vida. Por la plcida naturaleza de donde se deriva, esa
virtud mezclada a los cuerpos celestes brilla en ellos, como la alegra
en una pupila ardiente. De ella procede la diferencia que se observa
de luz a luz, y no de los cuerpos densos y enrarecidos; ella es el
principio formal que produce lo obscuro y lo claro, segn su bondad.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TERCERO_


Aquel Sol que primeramente abras de amor mi corazn[107] me haba
descubierto, con sus pruebas y refutaciones, el dulce aspecto de una
hermosa verdad; y yo, para confesarme desengaado y persuadido, levant
la cabeza, tanto como era necesario a fin de declararlo resueltamente.
Pero apareci una visin, la cual hacindose perceptible me atrajo
de tal modo hacia s, que ya no me acord de mi confesin. As como
a travs de cristales tersos y transparentes o de aguas ntidas y
tranquilas, aunque no tan profundas que se obscurezca el fondo,
llegan a nuestra vista las imgenes tan debilitadas, que una perla en
una frente blanca no la distinguiran ms dbilmente nuestros ojos,
as vi yo muchos rostros prontos a hablarme; por lo cual ca en el
error contrario a aquel que inflam el amor entre un hombre y una
fuente.[108] En cuanto las distingu, creyendo que fuesen imgenes
reflejadas en un espejo, volv los ojos para ver los cuerpos a que
correspondan; y como nada vi, los dirig de nuevo hacia delante,
fijndolos en mi dulce Gua, que sonrindose despeda vvidos destellos
de sus santos ojos.

       [107] Beatriz.

       [108] Alude a la fbula de Narciso.

--No te asombres porque me sonra de tu pueril pensamiento--me dijo--;
pues no se apoya todava tu pie sobre la verdad, y como de costumbre,
te inclina a las ilusiones. Esas que ves son verdaderas substancias,
relegadas aqu por haber faltado a su votos. Por consiguiente, habla
con ellas, y oye y cree lo que te digan; pues la verdadera luz que las
regocija no permite que se tuerzan sus pasos.

Y yo me dirig a la sombra que pareca ms dispuesta a hablar, y empec
a decirle, como hombre a quien su mismo deseo le quita el valor.

--Oh espritu bien creado, que bajo los rayos de la vida eterna
sientes la dulzura que no se comprende nunca si no se ha gustado! Me
ser muy grato que te dignes decirme tu nombre y cul es vuestra suerte.

A lo que contest pronta y con risueos ojos:

--Nuestra caridad nunca cierra sus puertas a un deseo justo, siendo
como aquella que quiere que se le asemeje toda su corte. Yo fu en el
mundo una virgen religiosa; y si tu mente me contempla bien, no me
ocultar a tus recuerdos el ser hoy la ms bella, sino que reconocers
que yo soy Piccarda: colocada aqu con estos otros bienaventurados,
soy como ellos bienaventurada en la esfera ms lenta. Nuestros afectos
a quienes slo inflama el amor del Espritu Santo, se regocijan en el
orden designado por l, y nos ha cabido en suerte este sitio que parece
tan bajo, porque descuidamos nuestros votos, y en parte no fueron
observados.

A lo que le contest:

--En vuestros admirables rostros resplandece no s qu de divino, que
cambia el primer aspecto que de vosotras se ha conservado. Por eso no
fu ms presto en recordar; pero ahora viene en mi ayuda lo que t me
dices, de suerte que me es ms fcil reconocerte. Mas dime: vosotras
que sois aqu felices deseis estar en otro lugar ms elevado para ver
ms o para haceros ms amigas?

Sonrise un poco mirando a las otras sombras, y en seguida me respondi
tan placentera, que pareca arder en el primer fuego del amor:

--Hermano, la virtud de la caridad calma nuestra voluntad, y esa virtud
nos hace querer solamente lo que tenemos, y no apetecer nada ms. Si
deseramos estar ms elevadas, nuestro anhelo estara en desacuerdo
con la voluntad de Aqul que nos rene aqu; desacuerdo que no admiten
las esferas celestiales, como vers si consideras bien que aqu es
condicin necesaria estar unidas a Dios por medio de la caridad, y
la naturaleza de esta misma caridad. Tambin es esencial a nuestra
existencia bienaventurada uniformar la propia voluntad a la de Dios, de
modo que nuestras mismas voluntades se refundan en una. As es que al
estar como estamos distribudas de grado en grado por este reino, place
a todo l, porque place al Rey cuya voluntad forma la nuestra. En su
voluntad est nuestra paz; ella es el mar adonde va a parar todo lo que
ha creado, o lo que hace la naturaleza.

Entonces comprend claramente por qu en el Cielo todo es Paraso, por
ms que la gracia del Supremo Bien no llueva en todas partes por igual.
Pero, as como suele suceder que un manjar nos sacie, y que sintamos
an apetito por otro, de suerte que pedimos ste y rechazamos aqul,
as hice yo con el gesto y la palabra para saber por ella cul fu el
tejido cuya lanzadera no continu manejando hasta el fin.

--Una virtud perfecta, un mrito eminente colocan en un cielo ms alto
a una mujer[109]--me dijo--, segn cuya regla se lleva all abajo en
vuestro mundo el hbito y el velo monacal, a fin de que hasta la muerte
se viva noche y da con aquel esposo, a quien es grato todo voto que la
caridad hace conforme a su deseo. Por seguirla, hu del mundo jovencita
an, y me encerr en su hbito, y promet observar la regla de su
orden. Posteriormente, algunos hombres, ms habituados al mal que al
bien, me arrebataron de la dulce clausura. Dios sabe cul fu despus
mi vida!... Lo que digo de m, entiende que lo digo asimismo de esta
otra alma esplendente que te se muestra a mi derecha, y en quien brilla
toda la luz de nuestra esfera: monja fu, y tambin le arrebataron
de la cabeza la sombra de las sagradas tocas; pero cuando volvi al
mundo, contra su gusto y contra ley, no se despoj jams del velo de su
corazn. Esa es la luz de la gran Constanza, que del segundo prncipe
poderoso de la casa de Suabia engendr al tercero, ltima potencia de
esta raza.

       [109] Santa Clara, a cuya orden perteneca Piccarda.

As me habl y empez despus a cantar "Ave Mara," y cantando
desapareci, como una cosa pesada a travs del agua profunda. Mi vista,
que la sigui tanto cuanto le fu posible, despus que la perdi,
se volvi hacia el objeto de su mayor deseo, y se fij enteramente
en Beatriz; pero sta lanz tales fulgores sobre mi mirada, que no
los pude sufrir en el primer momento, por cuya causa tard ms en
preguntarle.




[Ilustracin]




_CANTO CUARTO_


Un hombre libre de elegir entre dos manjares igualmente distantes de
l y que exciten del mismo modo su apetito, morira de hambre antes de
llevarse a la boca uno de ambos. De igual suerte permanecera inmvil
un cordero entre dos hambrientos lobos, temindoles igualmente, o un
perro entre dos gamos. Por esta razn no me culpo ni me alabo de haber
callado, tenindome en suspenso igualmente dos dudas; pues mi silencio
era necesario. Yo callaba; pero tena pintado en el rostro mi deseo, y
en l apareca ms clara mi pregunta que si la hubiera expresado por
medio de palabras. Beatriz hizo lo que Daniel al librar a Nabucodonosor
de aquella clera que le haba hecho cruel injustamente, y me dijo:

--Bien veo cmo te atrae uno y otro deseo, de modo que tu curiosidad
se liga a s misma de tal suerte, que no se manifiesta con palabras.
T raciocinas as: si la buena voluntad persevera, por qu razn
la violencia ajena ha de disminuir la medida de mi mrito? Tambin
te ofrece motivo de duda el que las almas al parecer vuelvan a las
estrellas, segn la sentencia de Platn. Tales son las cuestiones
que pesan igualmente sobre tu voluntad; pero antes me ocupar en lo
que tiene ms hiel. El serafn que ms goce de Dios, Moiss, Samuel,
cualquiera de los dos Juanes que quieras escoger, Mara misma, no
tienen su asiento en un cielo distinto de aquel donde moran esos
espritus que aqu te han aparecido, ni su estado de beatitud tiene
fijada ms ni menos duracin, sino que todos embellecen el primer
crculo, y gozan de una vida diferentemente feliz, segn que sienten
ms o menos el Espritu eterno. Aqu se te aparecieron, no porque les
haya tocado en suerte esta esfera, sino para significar que ocupan en
la celestial la parte menos elevada. As es preciso hablar a vuestro
espritu, porque slo comprende por medio de los sentidos lo que hace
despus digno de la inteligencia. Por eso la Escritura, atemperndose
a vuestras facultades, atribuye a Dios pies y manos, mientras que
ella lo ve de otro modo; y la Santa Iglesia os representa bajo formas
humanas a Gabriel y a Miguel y al que san a Tobas. Lo que Timeo dice
acerca de las almas no es figurado, como aqu se ve, pues parece que
siente lo que afirma. Dice que el alma vuelve a su estrella, creyendo
que se desprendi de ella cuando la naturaleza la uni a su forma. Tal
vez su opinin sea diferente de lo que expresan sus palabras, y es
posible que la intencin de stas no sea irrisoria. Si quiere decir
que la influencia operada por las estrellas se convierte en honor o
en vituperio de las mismas, quiz haya dado su flecha en el blanco de
una verdad. Este principio, mal comprendido, extravi a casi todo el
mundo, haciendo que corriese a invocar a Jpiter, a Mercurio y a Marte.
La otra duda que te agita tiene menos veneno, porque su malignidad no
te podra alejar de m. Que nuestra justicia parezca injusta a los
ojos de los mortales, es un argumento de fe y no de hertica malicia;
pero como puede vuestro discernimiento penetrar bien esta verdad, te
dejar satisfecho segn deseas. Si hay verdadera violencia cuando el
que la sufre no se adhiere en nada a aquel que la comete, aquellas
almas no pueden servirse de ella como excusa; porque la voluntad, si
no quiere, no se aquieta, sino que hace lo que naturalmente hace el
fuego, aunque la tuerzan mil veces con violencia. Por lo cual, si la
voluntad se doblega poco o mucho, sigue a la fuerza; y as hicieron
aqullas, pues pudieron haber vuelto al sagrado lugar. Si su voluntad
hubiera sido firme, como lo fu la de Lorenzo sobre las parrillas, y
como la de Mucio al ser tan severo con su mano, ella misma las habra
vuelto al camino de donde las haban separado, en cuanto se vieron
libres; pero una voluntad tan slida es muy rara. Por estas palabras,
si es que las has recogido como debes, queda destrudo el argumento
que te hubiera importunado an muchas veces. Pero se atraviesa otra
dificultad ante tus ojos, y tal que por ti mismo no sabras salir
de ella; antes bien te rendiras fatigado. He dado como cierto a tu
mente que el alma bienaventurada no poda mentir, porque est siempre
prxima a la primera Verdad; y luego habrs podido or por Piccarda,
que Constanza haba guardado su inclinacin al velo, de manera que
parece contradecirme. Muchas veces, hermano, sucede que por hur de un
peligro, se hace con repugnancia aquello que no debera hacerse; como
Alcmen, que, a instancias de su padre, mat a su propia madre, y por
no faltar a la piedad, se hizo desapiadado. Con respecto a este punto,
quiero que sepas que, si la fuerza y la voluntad obran de acuerdo,
resulta que no pueden excusarse las faltas. La voluntad en absoluto no
consiente el dao; pero lo consiente en cuanto teme caer en mayor pena
oponindose a l. Cuando Piccarda, pues, se expresa como lo ha hecho,
entiende que habla de la voluntad absoluta, y yo de la otra; de suerte
que ambas decamos la verdad.

Tales fueron las ondulaciones del santo arroyo que sala de la fuente
de donde fluye toda verdad, y que aquietaron todos mis deseos.

--Oh amada del primer Amante!, oh divina--dije en seguida--, cuyas
palabras me inundan comunicndome tal calor que me reaniman cada vez
ms! No es tan profunda mi afeccin, que baste a devolveros gracia
por gracia; pero que responda por m Aqul que todo lo ve y lo puede.
Bien veo que nuestra inteligencia no queda nunca satisfecha, si no
la ilumina aquella Verdad, fuera de la cual no se difunde ninguna
otra. En cuanto ha podido alcanzarla, descansa en ella como la fiera
en su cubil; y puedo indudablemente conseguirla; de lo contrario,
todos nuestros deseos seran vanos. De este deseo de saber nace,
como un retoo, la duda al pie de la verdad; siendo esto un impulso
de la naturaleza que gua de grado en grado nuestra inteligencia al
conocimiento de Dios. Esto mismo me invita, esto mismo me anima,
Seora, a pediros reverentemente que me aclaris otra verdad que
encuentro obscura. Quiero saber si el hombre puede satisfaceros, con
respecto a los votos quebrantados, por medio de otras buenas acciones
que no sean pocas en vuestra balanza.

Beatriz me mir con los ojos llenos de amorosos destellos, y tan
divinos, que sintiendo mi fuerza vencida, me volv y qued como
anonadado con los ojos bajos.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO QUINTO_


Si te parezco ms radiante en el fuego de este amor de lo que suele
verse en la tierra, hasta el punto de superar la fuerza de tus ojos,
no debes asombrarte, porque esto procede de una vista perfecta, que,
distinguiendo bien los objetos, se dirige con ms rapidez hacia el
bien. Veo claramente cmo resplandece ya en tu inteligencia la eterna
luz, que contemplada una sola vez enciende un perpetuo amor. Y si otra
cosa seduce el vuestro, slo es un vestigio mal conocido del resplandor
que aqu brilla. T quieres saber si con otras buenas acciones puede
satisfacerse el voto no cumplido, de modo que el alma est segura de
todo debate con la justicia divina.

As empez Beatriz este canto, y como hombre que no interrumpe su
razonamiento, continu de este modo su santa enseanza:

--El mayor dn que Dios, en su liberalidad, nos hizo al crearnos,
como ms conforme a su bondad, y el que ms aprecia, fu el del libre
albedro de que estuvieron y estn dotadas nicamente las criaturas
inteligentes. Ahora conocers, si raciocinas segn este principio,
el alto valor del voto, si ste es tal que Dios consienta cuando t
consientes; porque al cerrarse el pacto entre Dios y el hombre, se le
sacrifica ese tesoro de que hablo, y se le sacrifica por su propio
acto. As, pues, qu se podr dar en cambio de esto? Si crees que
puedes hacer buen uso de lo que ya has ofrecido, es como si quisieras
hacer una buena obra con una cosa mal adquirida. Ya conoces, pues,
la importancia del punto principal: pero como la Santa Iglesia da
sobre esto sus dispensas, lo cual parece contrario a la verdad que te
he descubierto, es preciso que contines sentado un poco a la mesa,
porque el pesado alimento que has tomado requiere alguna ayuda para
ser digerido. Abre el espritu a lo que te presento y encirralo en ti
mismo, pues no proporciona ciencia alguna el or sin retener. Dos cosas
son necesarias en la esencia de este sacrificio: una es la materia
del voto, y otra el pacto que se forma con Dios. Este ltimo no se
borra jams, si no es observado, y acerca de ello te he hablado antes
en trminos precisos. Por esta causa fu necesario que los Hebreos
continuasen ofreciendo, aunque alguna de sus ofrendas fuese permutada,
como debes saber. Respecto a la que te he dado a conocer como materia
del voto, puede ser tal que no se cometa yerro alguno al cambiarla en
otra materia: pero que ninguno por su propia autoridad mude el fardo de
su espalda, sin la vuelta de la llave blanca y de la llave amarilla:
crea que todo cambio es insensato, si la cosa abandonada no se contiene
en la elegida, como el cuatro est contenido en el seis. Todo lo que
pese tanto por su valor, que incline hacia su lado la balanza, no
puede reemplazarse con otra cosa. Que los mortales no tomen a broma
el voto. Sed fieles, y al comprometeros no seis ciegos como lo fu
Jepht en su primera ofrenda, porque ms le valiera haber dicho: "Hice
mal," que hacer otra cosa peor al cumplir su voto: tan insensato como
a l puedes suponer al gran jefe de los Griegos,[110] quien oblig a
Ifigenia a llorar su hermoso rostro, e hizo llorar por ella a sabios
e ignorantes, cuando oyeron hablar de tal sacrificio. Cristianos,
sed ms pausados en vuestras acciones; no seis como la pluma a todo
viento, ni creis que toda agua pueda lavaros. Tenis el Antiguo y el
Nuevo Testamento, y el Pastor de la Iglesia que os gua: baste esto
para vuestra salvacin. Si os dice otra cosa el espritu del mal,
sed hombres, y no locas ovejas, de suerte que el judo no se ra de
vosotros entre vosotros. No hagis como el cordero, que deja la leche
de su madre, y sencillo y alegre, combate a su placer consigo mismo.

       [110] Agamenn.

As me habl Beatriz, segn lo escribo: despus se volvi anhelante
hacia aquella parte donde el mundo es ms vivo. Su silencio y la
mudanza de su semblante impusieron silencio a mi vido espritu, que
tena ya preparadas nuevas preguntas. Y como la saeta que da en el
blanco antes de que haya quedado en reposo la cuerda, as corramos
hacia el segundo reino[111]. All vi yo tan contenta a mi Dama
cuando penetr en la luz de aquel cielo, que el planeta se volvi
ms resplandeciente. Y si la estrella se transform y ri, cunto
ms alegre estara yo, que por mi naturaleza soy en todos sentidos
transmutable? As como en un vivero, que est tranquilo y puro, acuden
solcitos los peces al objeto procedente del exterior, por creerlo su
pasto, as vi yo ms de mil almas esplendorosas acudir hacia nosotros,
y a cada cual de ellas se oa exclamar: "He ah quien acrecentar
nuestros amores!" Y tan pronto como cada una se nos acercaba, conocase
su jbilo por el claro fulgor que de ella sala. Piensa, lector, cul
sera tu impaciente anhelo de saber, si lo que aqu empieza no siguiese
adelante, y por ti comprenders cunto sera mi deseo de conocer la
condicin de estas almas, en cuanto se presentaron a mi vista.

       [111] Al cielo de Mercurio.

--Oh bien nacido, a quien est concedida la gracia de ver los tronos
del triunfo eterno, antes de haber abandonado la milicia de los vivos!
Nosotros nos abrasamos en el fuego que se extiende por todo el cielo:
as, pues, si deseas que te iluminemos acerca de nuestra suerte, puedes
saciarte segn tu deseo.

As me dijo uno de aquellos espritus piadosos, y Beatriz aadi:

--Di, di con toda confianza, y creles como a Dioses.

--Veo bien cmo anidas en tu propia luz, y que la despides por tus
ojos, para que resplandezcan cuando res; pero no s quin eres, ni por
qu ocupas, oh alma digna!, el grado de la esfera que se oculta a los
mortales con los rayos de otro.

Esto dije dirigindome al alma resplandeciente que me haba hablado;
por lo cual se volvi ms luminosa de lo que antes era. Lo mismo que
el Sol, que a s mismo se oculta por su excesiva luz, cuando el calor
ha destrudo los densos vapores que la amortiguaban, as aquella santa
figura se ocult a causa de su alegra en su mismo fulgor, y encerrada
de aquel modo me contest como se ver en el canto siguiente.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO SEXTO_


Despus que Constantino volvi el guila contra el curso del Cielo que
antes siguiera tras el antiguo esposo de Lavinia, cien y cien aos y
ms permaneci el ave de Dios en el extremo de Europa, prxima a los
montes de que primitivamente haba salido; y bajo la sombra de las
sagradas plumas gobern all el mundo pasando de mano en mano, hasta
que en estos cambios lleg a las mas. Csar fu; soy Justiniano,
que por voluntad del primer Amor, de que ahora disfruto en el cielo,
suprim de las leyes lo superfluo y lo intil: antes de haberme
dedicado a esta obra, cre que haba en Cristo una sola naturaleza y
no ms, y estaba contento con tal creencia; pero el bendito Agapito,
que fu Sumo Pastor, me encamin con sus palabras a la verdadera fe;
yo le cre, y ahora veo claramente cuanto l me deca, as como t
ves en toda contradiccin una parte falsa y otra verdadera. En cuanto
camin al par de la Iglesia, plugo a Dios por su gracia inspirarme la
grande obra, y me dediqu completamente a ella: confi las armas a
mi Belisario, a quien se uni de tal modo la diestra del cielo, que
sta fu para m una seal de que deba descansar en l. Aqu termina,
pues, mi respuesta a tu primera pregunta; pero su condicin me obliga
a aadir algunas explicaciones. Para que veas con cun poca razn se
levantan contra la sacrosanta ensea los que se la apropian y los
que se le oponen, considera cuntas virtudes la han hecho digna de
reverencia, desde el da en que Palanto muri para darle el imperio. T
sabes que aquel signo fij su mansin en Alba por ms de trescientos
aos, hasta el da en que por l combatieron tres contra tres[112].
Sabes lo que hizo bajo siete reyes, desde el robo de las Sabinas hasta
el dolor de Lucrecia, conquistando los pases circunvecinos. Sabes lo
que hizo llevado por los egregios romanos contra Breno, contra Pirro,
contra otros prncipes solos y coligados, por lo cual Torcuato, y
Quintio que recibi un sobrenombre por su descuidada cabellera[113],
los Decios y los Fabios, conquistaron un renombre que me complazco
en admirar. El abati el orgullo de los rabes que tras de Anbal
pasaron las rocas alpestres de donde t, Po, te desprendes. A su sombra
triunfaron, siendo an muy jvenes, Escipin y Pompeyo; y su dominio
pareci amargo a aquella colina bajo la cual naciste[114]. Despus,
cerca del tiempo en que todo el cielo quiso reducir el mundo al estado
sereno de que es modelo, Csar tom aquel signo por la voluntad del
pueblo romano; y lo que hizo desde el Var hasta el Rhin, lo vieron el
Isere y el Loira, y lo vi el Sena, y todos los ros que afluyen al
Rdano. Lo que hizo cuando Csar sali de Ravena y pas el Rubicn
fu con tan levantado vuelo, que no lo podran seguir la lengua ni la
pluma. Hacia Espaa dirigi sus tropas, despus hacia Durazzo, y a
Farsalia hiri de tal modo, que hasta en las clidas orillas del Nilo
se sinti el dolor. Volvi a ver a Antandro y al Simois de donde haba
salido, y el sitio donde reposa Hctor; despus se alej de nuevo, con
detrimento de Tolomeo. Desde all cay como un rayo sobre Juba, y luego
se dirigi hacia vuestro Occidente, donde oa la trompa pompeyana. Lo
que aquel signo hizo en manos del que lo llev en seguida lo ladran
Bruto y Casio en el Infierno; y de ello se lamentan Mdena y Perusa.
Tambin llora la triste Cleopatra, que, huyendo ante l, recibi de
un spid muerte cruel y sbita. Con l corri en seguida al mar Rojo;
con l estableci en el mundo paz tan grande que se cerr el templo
de Jano. Pero lo que el signo de que hablo haba hecho antes, y lo
que deba hacer despus por el reino mortal que le est sometido, es
en la apariencia poco y obscuro, si con mirada clara y con afecto
puro se le considera despus en manos del tercer Csar; porque la
viva justicia que me inspira le concedi, puesto en manos de aquel a
quien me refiero, la gloria de vengar la clera divina[115]. Admrate,
pues, ante lo que voy a repetirte. Con Tito corri en seguida a tomar
venganza de la venganza del pecado antiguo. Cuando el diente lombardo
mordi a la Santa Iglesia, venciendo Carlo-Magno bajo sus alas,
acudi a socorrerla. En adelante puedes juzgar a los que he acusado
ms arriba y sus faltas, que son la causa de todos vuestros males.
El uno opone a la ensea comn las amarillas lises, y el otro se la
apropia, no pensando ms que en su partido, de suerte que es difcil
comprender cul comete mayor falta. Lleven los gibelinos, lleven a
cabo sus empresas bajo otra ensea; que mal sigue sta a los que ponen
un obstculo entre ella y la justicia; y que este nuevo Carlos no la
abata con sus gelfos, pues debe temer las garras que a ms feroces
leones arrancaron la piel. Muchas veces han tenido que llorar los hijos
las faltas de los padres; y no se crea que Dios cambie sus armas por
las lises. Esta pequea estrella est poblada de buenos espritus,
que fueron activos en la Tierra, para dejar en ella memoria de su
honor y su fama; y cuando los deseos se elevan hacia tales objetos
desvindose del Cielo, es preciso que los rayos del verdadero amor se
eleven tambin con menos viveza; pero nuestra beatitud consiste en la
medida de las recompensas con nuestros mritos, porque no la vemos
mayor ni menor que stos. La viva justicia endulza, pues, de tal modo
en nosotros el deseo, que nunca puede dirigirse ste a ninguna malicia.
Diversas voces despiden dulce armona; as tambin los diversos grados
de gloria de nuestra vida producen una dulce armona entre estas
esferas. Dentro de la presente margarita fulgura la luz de Romeo[116],
cuya hermosa y grande obra fu tan mal agradecida. Pero los Provenzales
que se declararon en contra suya no se han redo por mucho tiempo;
porque mal camina quien convierte en desgracia propia los beneficios
que ha recibido de otro. Raimundo Berenguer tuvo cuatro hijas; todas
fueron reinas, y esto lo hizo Romeo, persona humilde y errante
peregrino; pero despus algunas palabras envidiosas movieron a aqul a
pedir cuentas a este justo, que le di siete y cinco por diez, por lo
cual parti pobre y anciano; y si el mundo hubiera sabido cul era su
corazn al mendigar pedazo a pedazo su vida, le ensalzara ms de lo
que ahora le ensalza.

       [112] Alude al combate de los Horacios y los Curiacios, en que
       stos fueron vencidos por aqullos, quedando Alba sujeta al
       dominio romano.

       [113] Cincinato.

       [114] Alude a la destruccin de Fisole, ocasionada por haber
       dado asilo esta ciudad a Catilina. En su lugar fu edificada
       Florencia, donde naci Dante.

       [115] El emperador Tiberio.

       [116] Hombre de obscuro nacimiento, que al volver de su
       peregrinacin a Santiago de Galicia, lleg a Provenza y se
       acomod en casa del conde Raimundo Berenguer. Administrando
       los bienes de ste, los acrecent de tal modo que lo que vala
       diez vali despus doce, lo que fu causa de que cuatro hijas
       del Conde se casaran con cuatro reyes. Romeo, malquistado con
       Raimundo por algunos barones envidiosos, se separ de l, y
       fu mendigando su vida.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO SEPTIMO_


"Gloria a ti, Santo Dios de los Ejrcitos, que esparces tu claridad
sobre los felices fuegos, esto es, sobre las almas dichosas de este
reino." As o que cantaba, volvindose hacia su esfera, aquella
substancia, sobre la cual resplandece un doble fulgor. Ella y las otras
emprendieron su danza, y cual centellas velocsimas se me ocultaron con
su repentino alejamiento. Yo dudaba y deca entre m: "Dile, dile a mi
Dama que calme mi sed con sus dulces palabras." Pero aquel respeto que
se apodera completamente de m tan slo al or B o ICE,[117] me haca
inclinar la cabeza como un hombre que dormita. Beatriz no consinti que
yo estuviese as mucho tiempo; e irradiando sobre m una sonrisa que
hara feliz a un hombre en el fuego, empez a decirme:

       [117] Bice, diminutivo de Beatriz. Significa que la reverencia
       que le causaba slo el or pronunciar una slaba de aquel
       nombre, le tena con la cabeza baja y sin atreverse a hablar.

--Segn mi parecer infalible, ests pensando cmo fu justamente
castigada la justa venganza; pero yo despejar en breve tu espritu:
escucha, pues, que mis palabras te ofrecern el dn de una gran
verdad. Por no haber soportado un til freno a su voluntad aquel hombre
que no naci[118], al condenarse, conden a toda su descendencia; por
lo cual la especie humana yaci enferma por muchos siglos en medio de
un grande error, hasta que el Verbo de Dios se dign descender adonde,
por un slo acto de su eterno amor, uni a s en persona la naturaleza,
que se haba alejado de su Hacedor. Ahora mira atentamente lo que
digo: Esta naturaleza unida a su Hacedor, tal cual fu creada, era
sincera y buena; pero por s misma fu desterrada del Paraso, porque
se sali del camino de la verdad y de su vida. La pena, pues, que la
Cruz hizo sufrir a la naturaleza humana de Jesucristo, si se mide por
esa misma naturaleza, fu ms justa que otra cualquiera; pero tampoco
hubo otra tan injusta, si se atiende a la Persona divina que la sufri,
y a la que estaba unida aquella naturaleza. Por lo tanto, aquel hecho
produjo efectos diferentes; porque la misma muerte fu grata a Dios
y a los Judos; por ella tembl la Tierra, y por ella se abri el
Cielo. No te debe ya parecer tan incomprensible cuando te digan que un
tribunal justo ha castigado una justa venganza. Mas ahora veo tu mente
comprimida, de idea en idea, en un nudo, del que espera con ansia verse
libre. T dices: "Comprendo bien lo que oigo; pero no veo bien por
qu Dios quisiera valerse de este medio para nuestra redencin." Este
decreto, hermano, est velado a los ojos de todo aquel cuyo espritu no
haya crecido en la llama de la caridad. Y en efecto, como se examina
mucho este punto, y se le comprende poco, te dir por qu fu elegido
aquel medio como el ms digno. La divina bondad, que rechaza de s todo
rencor, ardiendo en s misma centellea de tal modo, que hace brotar
las bellezas eternas. Lo que procede inmediatamente de ella sin otra
cooperacin no tiene fin; porque nada hace cambiar su sello una vez
impreso. Lo que sin cooperacin procede de ella es completamente libre,
porque no est sujeto a la influencia de las cosas secundarias; y
cuanto ms se le asemeja, ms le place, pues el amor divino que irradia
sobre todo, se manifiesta con mayor brillo en lo que se le parece ms.
La criatura humana disfruta la ventaja de todos estos dones; pero si le
falta uno solo, es preciso que decaiga su nobleza. Slo el pecado es
el que le arrebata su libertad y su semejanza con el Sumo Bien; por lo
cual refleja muy poco su luz, y no vuelve a adquirir su dignidad, si no
llena de nuevo el vaco que dej la culpa, expiando sus malos placeres
por medio de justas penas. Cuando vuestra naturaleza entera pec en su
germen, se vi despojada de estas dignidades y lanzada del Paraso, y
no hubiera podido recobrarlas (si lo examinas sutilmente) por ningn
camino, sin pasar por uno de estos vados: o porque Dios, en su bondad,
perdonara el pecado, o porque el hombre por s mismo redimiera su
falta. Fija ahora tus miradas en el abismo del Consejo eterno, y est
tan atento como puedas a mis palabras. El hombre no poda jams, en sus
lmites naturales, dar satisfaccin, por no poder despus humillarse
con su obediencia tanto cuanto pretendi elevarse con su desobediencia;
y esta es la causa porque el hombre fu exceptuado de poder dar
satisfaccin por s mismo. Era preciso, pues, que Dios condujera al
hombre a la vida sempiterna por sus propias vas, bien por una, o bien
por ambas. Pero, como la obra es tanto ms grata al obrero, cuanto ms
representa la bondad del corazn de donde ha salido, la divina bondad,
que imprime al mundo su imagen, se regocij de proceder por todas sus
vas para elevaros hasta ella. Entro el primer da y la ltima noche
no hubo ni habr jams un procedimiento tan sublime y magnfico, de
cualquier modo que se le considere; porque al entregarse Dios a s
mismo, haciendo al hombre apto para levantarse de su cada, fu ms
liberal que si le hubiese perdonado por su clemencia; y todos los dems
medios eran insuficientes ante la justicia, si el Hijo de Dios no se
hubiera humillado hasta encarnarse. Ahora, para colmar bien todos tus
deseos, vuelvo atrs, a fin de aclararte algn punto de modo que lo
veas como yo. T dices: "Yo veo el aire, veo el fuego, el agua, la
tierra y todas sus mezclas llegar a corromperse y durar poco; y estas
cosas, sin embargo, fueron creadas: ahora bien, si lo que has dicho
es cierto, deberan estar al abrigo de la corrupcin." Los ngeles,
hermano, y el pas libre y puro en que ests, pueden decirse creados
tales como son, en su eterno sr; pero los elementos que has nombrado,
y aquellas cosas que de ellos se componen, tienen su forma de una
potencia creada. Creada fu la materia de que estn hechos: creada
fu la virtud generatriz de las formas en estas estrellas que giran
en torno suyo. El rayo y el movimiento de las santas luces sacan de
la complexin potencial el alma de todos los brutos y plantas; pero
vuestra vida aspira directamente la divina bondad, la cual la enamora
de s de modo que siempre la desea. De aqu puedes deducir an vuestra
resurreccin, si reflexionas cmo fu creada la carne humana, cuando
fueron creados los primeros padres.

       [118] Adn.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO OCTAVO_


Sola creer el mundo en su peligro, que de los rayos de la bella
Ciprina, que gira en el tercer epiciclo, emanaba el loco amor: por esto
las naciones antiguas, en su antiguo error, no solamente la honraban
por medio de sacrificios y de ruegos votivos, sino que tambin honraban
a Dione y a Cupido, a aqulla como madre, y a ste como hijo suyo, de
quien decan que estaba sentado en el regazo de Dido. Y de sta que he
citado al empezar mi canto dieron nombre a la estrella que el Sol mira
placentero, ya contemplando sus pestaas, ya su cabellera[119].

       [119] Ya cuando va tras de l y se llama Espero, ya cuando va
       delante y se llama Lucfero, de cuya palabra hemos hecho los
       espaoles lucero.

Yo no advert mi ascensin a ella; pero me cercior de que estaba en su
interior, cuando vi a mi Dama adquirir ms hermosura. Y as como se ve
la chispa en la llama, y se distinguen dos voces entre s, cuando la
una sostiene una nota y la otra ejecuta varias modulaciones, del mismo
modo vi en aquella luz otros resplandores que se movan en crculo
ms o menos giles, con arreglo, segn creo, a sus dichosas visiones
eternas. De fra nube no salieron jams, visibles o invisibles, vientos
tan veloces, que no parecieran entorpecidos y lentos a quien hubiese
visto llegar hasta nosotros aquellos divinos fulgores, dejando la
rbita comenzada antes en el Cielo de los serafines. Y dentro de los
que se nos aparecieron delante resonaba "Hosanna," tan dulce que nunca
me ha abandonado el deseo de volverlo a or. Entonces se acerc uno de
ellos a nosotros, y empez a decir solo:

--Todos estamos prontos en tu obsequio, para que te regocijes en
nosotros. Todos giramos con los prncipes celestiales dentro de la
misma rbita, con el mismo movimiento circular y con idntico deseo que
aquellos de quienes has dicho ya en el mundo: "Vosotros que movis el
tercer cielo con vuestra inteligencia"[120], y estamos tan llenos de
amor, que por agradarte, no nos ser menos dulce un momento de reposo.

       [120] As comienza una cancin de Dante en el Convito.

Despus que mis ojos se fijaron reverentes en mi Dama, y que ella
les di la seguridad de su contentamiento, los volv hacia la
resplandeciente alma que tanto se me haba ofrecido, y:

--Di, quin fuiste?--fu mi respuesta, impregnada del mayor afecto.

Oh, cunto ms brillante y bella se volvi cuando le habl, a causa
del nuevo gozo que acrecent sus alegras! Embellecida de este modo, me
dijo:

--Poco tiempo me tuvo all abajo el mundo[121]: si yo hubiera
permanecido ms en l, no habran sucedido muchos de los males que
all suceden. La alegra que despide en torno mo estos fulgores, me
cubre como al gusano su capullo, y me oculta a tus ojos. T me has
amado mucho, y tuviste motivo para ello; porque si yo hubiera estado
all abajo ms tiempo, te habra dado en prueba de mi amor algo ms
que las hojas. Aquella ribera izquierda, que baa el Rdano despus
de haberse unido con el Sorgues, me esperaba, andando el tiempo, para
recibirme por su seor; as como tambin aquella punta de la Ausonia
que comprende los pueblos de Bari, Gaeta y Crotona, desde donde el
Tronto y el Verde desembocan en el mar. Brillaba ya en mi frente la
corona de aquella tierra que riega el Danubio despus de abandonar las
riberas tudescas; y la bella Trinacria, que entre los promontorios
Pachino y Peloro, sobre el golfo que el Euro azota con ms violencia,
se cubre de humo caliginoso, no a causa de Tifeo, sino por el azufre
que se exhala de su suelo, habra esperado an sus reyes nacidos por
m de Carlos y de Rodolfo, si el mal gobierno que rebela siempre a
los pueblos sumisos, no hubiese excitado a Palermo a gritar: "Muera!
muera!" Y si mi hermano hubiera previsto esto, huira ya la avara
pobreza de Catalua para no ofender a aquellos pueblos. Necesita, en
verdad, proveer por s mismo o por otros, a fin de que su barca no
tenga ms carga de la que pueda soportar. Su ndole, que de liberal se
ha hecho avara, necesitara ministros que no se cuidasen slo de llenar
sus arcas.

       [121] Esta es el alma de Carlos Martel, muerto en 1295, hijo
       de Carlos II.

--El gran contento que me infunden tus palabras, oh seor mo!, me
es mucho ms grato al considerar que aqu, donde est el principio y
el fin de todo bien, lo ves como yo lo veo; y tambin gozo pensando
que en presencia de Dios conoces mi felicidad. Ya que me has dado esta
alegra, aclrame (pues hablando me has hecho dudar) cmo de una
semilla dulce puede salir un fruto amargo.

Esto le dije, y l me contest:

--Si puedo demostrarte una verdad, volvers el rostro a lo que
preguntas, como ahora le vuelves la espalda. El Bien que da movimiento
y alegra a todo el reino por donde asciendes, hace que su providencia
sea virtud influyente de estos grandes cuerpos; y en la Mente perfecta
por s misma, no slo se ha provisto a la naturaleza de cada cosa, sino
tambin a la conservacin y estabilidad de todas juntas: por lo cual,
todo cuanto desciende disparando de este arco, va dispuesto hacia un
fin determinado, como la flecha se dirige al blanco. Si esto no fuese
as, el cielo sobre que caminas producira sus efectos de tal modo, que
no seran obras de arte, sino ruinas; y eso no puede ser, a no admitir
que son defectuosas las inteligencias que mueven estos astros, y
defectuoso tambin el Sr primero, que no las hizo perfectas. Quieres
que te aclare ms esta verdad?

--No es menester--contest--; pues considero imposible que la
naturaleza llegue a faltar en aquello que es necesario.

El Alma continu:

--Dime, pues: sera peor la existencia del hombre en la Tierra, si no
viviera en sociedad?

--S--repuse--; y no pregunto la razn de eso.

--Y puede ser tal cosa, si all abajo no vive cada cual de diferente
modo por la diversidad de oficios? No puede ser, si vuestro maestro
escribi la verdad.

As, procediendo de una en otra deduccin, lleg a sta; y despus
concluy:

--Luego es preciso que sean diversas las races de vuestras aptitudes;
por lo cual uno nace Soln y otro Jerjes, uno Melquisedec y otro aquel
que perdi a su hijo, al volar ste por el aire.[122] La influencia
de los crculos celestes, que imprime su sello a la cera mortal, hace
bien su oficio; pero no distingue una morada de otra. De aqu proviene
que Esa se aparte de Jacob desde el vientre materno, y que Quirino
descienda de un padre tan vil, que se atribuye su origen a Marte. La
naturaleza engendrada sera siempre semejante a la naturaleza que
engendra, si la Providencia divina no predominase. Ahora tienes ya
delante lo que antes detrs; mas para que sepas que me complazco en
instruirte, quiero proveerte an de un corolario. La naturaleza es
siempre estril, si la fortuna le es contraria, como toda simiente
esparcida fuera del clima que le conviene. Y si el mundo all abajo
se apoyara en los cimientos que pone la naturaleza, habra por cierto
mejores habitantes en l; pero vosotros destinis para el templo al que
naci para ceir la espada, y hacis rey al que deba ser predicador:
as es que vuestros pasos se separan siempre del camino recto.

       [122] Uno nace, como Soln, a propsito para dar leyes a los
       pueblos; otro, como Jerjes, para regir imperios; otro, como
       Melquisedec, para el sacerdocio, y otro, como Ddalo, para
       la industria.--Estas diferentes aptitudes con que nacen los
       hombres las infunden los influjos celestes, segn el poeta,
       pero sin distinguir de clases ni de jerarquas.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO NONO_


Cuando tu Carlos, hermosa Clemencia, hubo aclarado mis dudas, me
refiri los fraudes de que haba de ser vctima su descendencia, pero
aadi: "Calla, y deja transcurrir los aos." As es que yo no puedo
decir ms, sino que tras de vuestros daos vendr el llanto originado
por un justo castigo.

La santa y viva luz se haba vuelto ya hacia el Sol que la inunda, como
hacia el bien que a todo alcanza. Oh almas engaadas, locas e impas,
que apartis vuestros corazones de semejante bien, dirigiendo hacia la
vanidad vuestros pensamientos! He aqu que otro de aquellos esplendores
se dirigi hacia m, expresando, con la claridad que esparca, su deseo
de complacerme. Los ojos de Beatriz, que estaban fijos en m, como
antes, me aseguraron del dulce asentimiento que daba a mi deseo.

--Oh espritu bienaventurado!--dije--; satisface cuanto antes mi
anhelo, y prubame que lo que pienso puede reflejarse en ti.

Entonces la luz, a quien an no conoca, desde su interior donde antes
cantaba, respondi a mis palabras como quien se complace en ser corts
con otro:

--En aquella parte de la depravada tierra de Italia que est situada
entre Rialto y las fuentes del Brenta y del Piava, se eleva una
colina no muy alta, de donde descendi una llamarada que caus un
gran desastre en toda la comarca. Ella y yo salimos de la misma raz:
Cunizza fu llamada; y aqu brillo, porque me venci la luz de esta
estrella; pero con alegra me perdono a m misma la causa de mi muerte,
y no me pesa, lo cual quiz parecer difcil de comprender a vuestro
vulgo. Esta alma prxima a m, que es una esplndida y preciosa joya de
nuestro cielo, dej en la Tierra una gran fama; y antes que su gloria
se pierda, este centsimo ao se quintuplicar. Ya ves si el hombre
debe hacerse ilustre a fin de que su primera vida deje sobre la tierra
una segunda. Esto es lo que no piensa la turba presente que habita
entre el Tagliamento y el Adigio, sin que le sirvan de escarmiento
los males de que es vctima. Pero pronto suceder que Padua y sus
habitantes, por ser obstinados contra el deber, enrojecern el agua de
la laguna que baa a Vicenza, y all donde el Sile y el Cagnano se unen
hay quien domina y va con la cabeza erguida,[123] cuando ya se componen
las redes que han de cogerle. Tambin llorar Feltro la felona de su
impo pastor, que ser tal, que ninguno por otra semejante ha sido
encerrado en Malta. Ser necesario un recipiente muy ancho para recibir
la sangre ferraresa, y cansado quedar el que quiera pesar onza a onza
la que derramar tan corts sacerdote por mostrarse hombre de partido,
siendo por otra parte tales dones conformes a las costumbres de tal
pas. All arriba hay unos espejos, que vosotros llamis Tronos, de
donde se reflejan hasta nosotros los juicios de Dios; as es que
tenemos por buenas y verdicas nuestras palabras.

       [123] Ricardo de Cammino, que fu muerto por instigacin de
       Altiniero del Calzoni.

Al llegar aqu, el alma guard silencio, y habindose vuelto a colocar
en la rbita como estaba anteriormente, me di a conocer que no pensaba
ya en m. La otra alma dichosa, a quien ya conoca, se me present tan
resplandeciente como una piedra preciosa herida por los rayos del Sol.
All arriba la alegra produce un vivo esplendor, como entre nosotros
produce la risa; pero en el Infierno la sombra de los condenados se
obscurece cada vez ms, a medida que se entristece su espritu.

--Dios lo ve todo, y tu vista se identifica en El--exclam--, oh feliz
espritu!, de suerte que ningn deseo puede ocultarse a ti. As, pues,
por qu tu voz, que deleita siempre al Cielo con el canto de aquellas
llamas piadosas que se forman una ancha vestidura con sus seis alas,
no satisface mis deseos? No esperara yo por cierto tus preguntas, si
viera en tu interior como t ves en el mo.

Entonces contest con estas palabras:

--El mayor valle en que se vierten las aguas, despus de aquel mar que
circunda la Tierra, se aleja tanto contra el curso del Sol entre las
desacordes playas, que aquel crculo que antes era su horizonte se
convierte en meridiano. Yo fu uno de los ribereos de aquel valle,
entre el Ebro y el Macra, que por un corto trecho separa el genovs
del toscano. Casi a la misma distancia a Oriente y Occidente se
asienta Bugia y la tierra de donde fu, en cuyo puerto se verti un
da la sangre de sus habitantes.[124] Folco me llam aquella gente,
que conoca mi nombre, y este cielo recibe mi luz, como recib yo su
influjo amoroso; pues en tanto que me lo permiti la edad, no ardieron
cual yo en aquel fuego la hija de Belo, causando enojos a Siqueo
y a Creusa; ni aquella Rodopea que fu abandonada por Demofn, ni
Alcides cuando tuvo a Iole encerrada en su pecho. Aqu empero no hay
arrepentimiento, sino regocijo; no de las culpas, que jams vuelven a
la memoria, sino de la sabidura que orden este cielo y provee sus
influjos. Aqu se contempla el arte que adorna y embellece tantas cosas
creadas, y se descubre el bien por el cual el mundo de arriba obra
directamente sobre el de abajo. Mas a fin de que queden satisfechos
todos los deseos que te han nacido en esta esfera, es preciso que lleve
ms adelante mis instrucciones. T quieres saber quin est en esa
luz que centellea cerca de m, como un rayo de Sol en el agua pura y
cristalina. Sabe, pues, que en su interior es dichosa Rahab, y unida
a nuestro coro, brilla en l con el esplendor ms eminente. Ascendi
a este cielo, en el que termina la sombra que proyecta vuestro mundo,
antes que ninguna otra alma se viese libre por el triunfo de Cristo.
Era justo dejarla en algn cielo como trofeo de la alta victoria que El
alcanz con ambas palmas; porque aquella mujer favoreci las primeras
hazaas de Josu en la Tierra Santa, que tan poco excita la memoria
del Papa. Tu ciudad, que debi su origen a aquel que fu el primero
en volver las espaldas a su Hacedor y cuya envidia ocasion tantas
lgrimas, produce y esparce las malditas flores, que han descarriado a
las ovejas y los corderos, porque han convertido en lobo al pastor. Por
eso estn abandonados el Evangelio y los grandes doctores, y tan slo
se estudian las Decretales, segn lo indica lo usado de sus mrgenes. A
eso se dedican el Papa y los cardenales: sus pensamientos no llegan a
Nazareth, all donde Gabriel abri las alas; pero el Vaticano y dems
sitios elegidos de Roma, que han sido el cementerio de la milicia que
sigui a Pedro, pronto se vern libres del adulterio.

       [124] Se refiere al sitio de Marsella por Julio Csar.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DECIMO_


El inefable poder primero, juntamente con su hijo y con el amor
que de uno y otro eternamente procede, hizo con tanto orden todo
cuanto concibe la inteligencia y ven los ojos, que no es posible a
nadie contemplarlo sin gustar de sus bellezas. Eleva, pues, lector,
conmigo tus ojos hacia las altas esferas, por aquella parte en que un
movimiento se encuentra con otro, y empieza a recrearte en la obra de
aquel Maestro, que la ama tanto en su interior, que jams separa de
ella sus miradas. Observa cmo desde all se desva el crculo oblicuo,
conductor de los planetas, para satisfacer al mundo que le llama. Y
si el camino de aqullos no fuese inclinado, ms de una influencia en
el cielo sera vana, y como muerta aqu abajo toda potencia. Y si al
girar se alejaran ms o menos de la lnea recta, dejara mucho que
desear arriba y abajo el orden del mundo. Ahora, lector, permanece
tranquilo en tu asiento, meditando acerca de estas cosas que aqu slo
se bosquejan, si quieres que te causen mayor deleite antes que tedio.
Te he puesto delante el alimento; tmalo ya por ti mismo, porque el
asunto de que escribo reclama para s todos mis cuidados.

El mayor ministro de la naturaleza, que imprime en el mundo la
virtud del Cielo y mide el tiempo con su luz, giraba, juntamente con
aquella parte de que te he hablado antes, por las espirales en que
cada da se nos presenta ms temprano. Yo estaba en l, sin haber
notado mi ascensin, sino como nota el hombre una idea despus que
se le ocurre. Oh Beatriz! Cun esplendorosa no deba de estar por
s misma, ella que de tal modo me haca pasar de bien a mejor tan
sbitamente, que su accin no se sujetaba al transcurso del tiempo!
Lo que por dentro era el Sol, donde yo entraba, y lo que apareca,
no por medio de colores, sino de luz, jams pudiera imaginarse, aun
cuando para explicarlo llamase en mi auxilio el ingenio, el arte y
todos sus recursos; pero puede crerseme, y debe desearse verlo. Y
si nuestra fantasa no alcanza a tanta altura, no es maravilla; pues
nadie ha visto un resplandor que supere al del Sol. Como l era all la
cuarta familia[125] del Padre Supremo, que siempre sacia sus deseos,
mostrndole cmo engendra al Hijo, y cmo procede el Espritu. Y
Beatriz exclam:

--Da gracias, da gracias al Sol de los ngeles, que por su bondad te ha
elevado a este Sol sensible.

       [125] Brillantes como el Sol eran los bienaventurados que all
       estaban. Los llama cuarta familia, porque se le aparecen en
       el cuarto cielo. Estos son las almas de los doctores de la
       Iglesia.

Jams ha habido un corazn humano tan dispuesto a la devocin y a
entregarse a Dios tan vivamente con todo su agradecimiento, como el
mo al or aquellas palabras; y puse en El de tal modo todo mi amor,
que Beatriz se eclips en el olvido. No le desagrad; antes por el
contrario, se sonri; y el esplendor de sus ojos sonrientes dividi en
muchos mi pensamiento absorto en uno solo. Vi muchos espritus vivos y
triunfantes, ms gratos an por su voz que relucientes a la vista, los
cuales, tomndonos por centro, nos formaron una corona de s mismos.
No de otro modo vemos a veces a la hija de Latona rodeada de un cerco,
cuando el aire, impregnado de vapores, retiene las substancias de que
aqul se compone. En la corte del cielo, de donde vuelvo, se encuentran
muchas joyas, tan raras y bellas, que no es posible hallarlas fuera de
aquel reino; y una de estas joyas era el encanto de aquellos fulgores:
el que no se provea de alas para volar hasta all, espere tener
noticias de aquel canto como si las preguntase a un mudo.

Despus que, cantando de esta suerte, aquellos ardientes soles dieron
tres vueltas en derredor nuestro, como las estrellas prximas a los
fijos polos, me parecieron semejantes a las mujeres, que, sin dejar
el baile, se detienen escuchando con atencin, hasta que han conocido
cules son las nuevas notas. Y o que del interior de una de aquellas
luces salan estas palabras:

--Ya que el rayo de la gracia, en que se enciende el verdadero amor,
y que despus crece amando, resplandece en ti tan multiplicado, que
te conduce hacia arriba por aquella escala de donde nadie desciende
sin volver a subir de nuevo, el que negase a tu sed el vino de su
redoma se vera en el mismo estado de violencia en que est el agua
impedida de correr hasta el mar. T quieres saber de qu flores se
compone esta guirnalda, que acaricia en torno a la hermosa Dama que
te da nimo para subir al cielo. Yo fu uno de los corderos del santo
rebao que condujo Domingo por el camino en que el alma se fortifica
si no se extrava. Este, que est el ms prximo a mi derecha, fu mi
maestro y mi hermano; es Alberto de Colonia, y yo Toms de Aquino.
Si quieres saber quines son los dems, sigue mis palabras con tus
miradas, dando la vuelta a la bienaventurada corona. Aquel otro
esplendor brota de la sonrisa de Graciano, tan til por sus escritos
a uno y otro fuero, que mereci el Paraso. El otro que le sigue fu
Pedro,[126] que, como la pobre viuda, ofreci su tesoro a la Santa
Iglesia. La quinta luz,[127] que es la ms bella entre nosotros, se
abrasa en tal amor, que todo el mundo tiene abajo sed de sus noticias.
Dentro de ella est el alto espritu, donde se alberg tan profunda
sabidura, que si la verdad es verdad, ninguno otro ascendi a tanto
saber. Despus contempla la luz de aquel cirio, que ha sido el que
en vida vi mejor la naturaleza y el ministerio de los ngeles.[128]
En aquella diminuta luz sonre el abogado de los tiempos cristianos,
cuya doctrina aprovech Agustn.[129] Si diriges ahora la mirada de
tu entendimiento de luz en luz, siguiendo mis elogios, debes ya tener
sed de conocer la octava. Dentro de ella se recrea en la vista del
soberano Bien el alma santa que pone de manifiesto las falacias del
mundo a quien atentamente escucha sus doctrinas. El cuerpo de donde fu
separada yace en Cieldauro,[130] y desde el martirio y el destierro
ha venido a disfrutar de esta paz celestial. Ve ms all fulgurar el
ardiente espritu de Isidoro, el de Beda y el de Ricardo,[131] que en
sus contemplaciones fu ms que hombre. Esa, de quien se separa tu
mirada para fijarse en m, es la luz de un espritu que, considerando
tranquilamente la vanidad del mundo, dese morir. Es la luz eterna de
Sigieri,[132] que ejerciendo el profesorado en la calle de la Paja,
excit la envidia por sus verdaderos silogismos.

       [126] Pedro Lombardo, llamado el =Maestro de las sentencias=.
       En el proemio de su obra dice modestamente que con ella haca
       un pequeo dn a la Iglesia, como la viuda de que habla San
       Lucas, cap. XXI.

       [127] El rey Salomn.

       [128] San Dionisio Areopagita, autor de un libro titulado: =De
       coelesti hierarchia=.

       [129] Paulo Orosio, que escribi contra los idlatras siete
       libros de historia, y los dedic a San Agustn.

       [130] Boecio, a quien hizo morir Teodorico, rey de los godos,
       y que est sepultado en la iglesia de San Pedro llamada Cielo
       de oro, en Pava.

       [131] Cannigo regular de San Vctor, escocs.

       [132] Seguier, profesor de Filosofa y Ciencias, que enseaba
       en la rue du Fouarre, de Pars, donde estaban las escuelas.

En seguida, como el reloj que nos llama a la hora en que la Esposa de
Dios principia a cantar maitines a su Esposo, a fin de que la ame, y
cuyas ruedas mueven unas a otras, y apresuran a la que va delante hasta
que ese oye "tin tin" con notas tan dulces, que el espritu felizmente
dispuesto se inflama de amor; as vi yo en la gloriosa esfera moverse y
responder las voces a las voces con una armona tan llena de dulzura,
que slo puede conocerse all donde la dicha se eterniza.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO UNDECIMO_


Oh insensatos afanes de los mortales!, cun dbiles son las razones
que os inducen a bajar el vuelo y a rozar la Tierra con vuestras
alas! Mientras unos se dedicaban al foro, y otros se entregaban a los
aforismos de la medicina; y stos seguan el sacerdocio, y aqullos
se esforzaban en reinar por la fuerza de las armas, haciendo creer
en su derecho por medio de sofismas; y algunos rodaban, y otros se
consagraban a los negocios civiles; y muchos se enervaban en los
placeres de la carne, y bastantes por fin se daban a la ociosidad, yo,
libre de todas estas cosas, haba subido con Beatriz hasta el cielo,
donde tan gloriosamente fu acogido. Despus que cada uno de aquellos
espritus hubo vuelto al punto del crculo en que antes estaba, tan
inmvil como la buja de un candelero, la luz[133] que me haba hablado
anteriormente se hizo ms esplendorosa y risuea, y dentro de ella o
una voz que comenz a decir de esta manera:

       [133] Santo Toms de Aquino.

--As como yo me enciendo a los rayos de la luz eterna, del mismo
modo, mirndola, conozco la causa de donde proceden tus pensamientos.
T dudas, y quieres que mi boca emplee palabras tan claras y
ostensibles, que pongan al alcance de tu inteligencia las que pronunci
antes cuando dije: "Camino en que el alma se fortifica;" y las otras:
"Ningn otro ascendi." En cuanto a stas, es preciso hacer una
distincin. La Providencia, que gobierna al mundo con el consejo en
que se abisma la mirada de todo sr creado antes de penetrar en el
fondo, a fin de que la Esposa de Aqul, que con su bendita sangre
se uni a ella en altas voces, corriese hacia su amado segura de s
misma y sindole ms fiel, envi en su ayuda dos prncipes, que para
entrambos objetos le sirvieran de guas. El uno fu todo serfico en
su ardor; el otro, por su sabidura, resplandeci en la Tierra con
la luz de los querubines.[134] Hablar de uno solo; pues elogiando a
cualquiera de ellos indistintamente, se habla de los dos, porque sus
obras tendieron a un mismo fin. Entre el Tupino y el agua que desciende
del collado elegido por el beato Ubaldo, baja un frtil declive de un
alto monte, del cual Perusa siente venir el calor y el fro por la
parte de Porta Sole, y tras de cuyo monte lloran oprimidas Nocera y
Gualdo. En el sitio donde aquella pendiente es menos rpida, vino al
mundo un Sol, resplandeciendo como ste a veces cuando asoma sobre las
mrgenes del Ganges. Quien hable de ese lugar, no le llame Ass, pues
dira muy poco: si quiere hablar con propiedad, llmele Oriente. Aun
no distaba mucho de su nacimiento, cuando aquel Sol comenz a hacer
que la Tierra sintiese algn consuelo con su gran virtud; pues siendo
todava muy joven, incurri en la clera de su padre por inclinarse
a una dama,[135] a quien, como a la muerte, nadie acoge con gusto; y
ante la corte espiritual "et coram patre" se uni a ella, amndola
despus ms y ms cada da. Ella, privada de su primer marido,[136]
permaneci despreciada y obscura mil cien aos y ms, sin que nadie lo
solicitase hasta que vino ste. De nada le vali que se oyera decir
cmo aquel que hizo temer a todo el mundo la encontr alegre con
Amiclates, cuando llam a su puerta: ni le vali haber sido constante
y animosa hasta el punto de ser crucificada con Cristo, mientras Mara
estaba al pie de la Cruz. Mas, para no continuar en un estilo demasiado
obscuro, reconoce en mis difusas palabras que estos dos amantes son
Francisco y la Pobreza. Su concordia y sus placenteros semblantes, su
amor maravilloso y sus dulces miradas inspiraban santos pensamientos
a otros; de tal modo que el venerable Bernardo fu el primero que se
descalz para correr en pos de tanta paz, y aun corriendo le pareca
llegar tarde. Oh riqueza ignorada! Oh verdadero bien! Egidio se
descalza, se descalza tambin Silvestre por seguir al Esposo; tanto es
lo que les agrada la Esposa. Desde all parti aquel padre y maestro
con su mujer y con aquella familia, ceida ya del humilde cordn; y sin
que una vil cobarda le hiciese bajar la frente por ser hijo de Pedro
Bernardone, ni por su apariencia asombrosamente despreciable, manifest
con gran dignidad sus rgidas intenciones a Inocencio, de quien recibi
la primera aprobacin de su orden. Luego que fu aumentado en torno
suyo la pobre gente, cuya admirable vida se cantara mejor entre las
glorias del Cielo, el Eterno Espritu, valindose de Honorio, coron
de nuevo el santo propsito de aquel archimandrita; y cuando ste,
sediento del martirio, predic en presencia del soberbio Soldn la
doctrina de Cristo y de los que le siguieron, encontrando aquella gente
poco dispuesta a la conversin, para no permanecer inactivo, volvi a
recoger el fruto de las plantas de Italia. Sobre un spero monte, entre
el Tber y el Arno, recibi de Cristo el ltimo sello, que sus miembros
llevaron durante dos aos. Cuando plugo a Aqul que le haba elegido
para tan gran tarea elevarle a la recompensa que mereci por haberse
humillado, recomend a sus hermanos, como a herederos legtimos, el
cuidado de su ms querida Esposa, y que la amaran con fe: y en el
seno de ella quiso el alma preclara desprenderse para volver a su
reino, sin permitir que a su cuerpo se le diese otra sepultura. Piensa
ahora cul fu el digno colega de Francisco, encargado de mantener
la barca de Pedro en alta mar y dirigirla hacia su objeto: ese fu,
pues, nuestro patriarca; por lo cual, el que le sigue, segn l manda,
puede decir que adquiere buena mercanca. Pero su rebao se ha vuelto
tan codicioso de nuevo alimento, que no puede menos de esparcirse por
distintos prados; y cuanto ms lejos de l van sus vagabundas ovejas,
ms exhaustas de leche vuelven al redil. Algunas de ellas, temiendo
el peligro, se agrupan junto al pastor; pero son tan pocas, que no se
necesita mucho pao para sus capas. As pues, si mis palabras no son
obscuras, si me has escuchado con atencin, y si tu mente recuerda
lo que te he dicho, tu deseo debe estar en parte satisfecho; porque
habrs visto la causa de que la planta se desgaje, y comprenders la
distincin que hice al decir: "Donde el alma se fortifica, si no se
extrava."

       [134] Los dos grandes jefes que deban guiar a la Iglesia,
       el uno hacia la caridad por el espritu de pobreza, el otro
       a la mayor fidelidad por medio de la predicacin, son,
       respectivamente, San Francisco de Ass, modelo de amor
       serfico, y Santo Domingo, dotado de esplendor querbico por
       su sabidura.

       [135] La Pobreza.

       [136] Jesucristo.




[Ilustracin]




_CANTO DUODECIMO_


En cuanto la bendita llama hubo dicho su ltima palabra, empez a girar
la santa rueda, y an no haba dado una vuelta entera, cuando otra la
encerr en un crculo, uniendo movimiento a movimiento y canto a canto:
y eran stos tales que, articulados por los dulces rganos de aquellos
espritus, sobrepujaban a los de nuestras Musas y nuestras Sirenas,
tanto como la luz directa supera a sus reflejos. Cual se ve a dos arcos
paralelos y del mismo color encorvarse sobre una ligera nube, cuando
Juno enva a su mensajera (naciendo el de fuera del de dentro, al modo
de la voz de aquella ninfa[137] que consumi el amor, como el Sol
consume los vapores), y cuyos arcos son un presagio para los hombres,
a causa del pacto que Dios hizo con No, de que el mundo no volver
a sufrir otro diluvio, de igual suerte aquellas dos guirnaldas de
sempiternas rosas daban vueltas en torno de nosotros, correspondiendo
en todo la guirnalda exterior a la interior. Cuando cesaron simultnea
y unnimemente las danzas y los fulgurantes y mutuos destellos de
aquellas luces gozosas y placenteras, semejantes a los ojos que se
abren y se cierran al mismo tiempo, dciles a la voluntad del que los
mueve, del seno de una de las nuevas luces sali una voz,[138] la cual
hizo que me volviese hacia donde estaba, como la aguja hacia el polo:
aquella voz empez a decir:

       [137] La ninfa Eco, que enamorada de Narciso, se consumi,
       quedando nicamente su voz. Entindase: naciendo el arco
       exterior de la reflexin de los rayos del arco menor
       concntrico, lo mismo que el eco nace de la reflexin de la
       voz.

       [138] San Buenaventura.

--El amor que me embellece me obliga a tratar del otro jefe por quien
se habla tan bien del mo.[139] Es justo que donde se hace mencin del
uno, se haga tambin del otro; pues habiendo militado ambos por una
misma causa, debe brillar su gloria juntamente. El ejrcito de Cristo,
al que tan caro cost armar de nuevo, segua su ensea lento, receloso
y escaso, cuando el Emperador que siempre reina acudi en ayuda de
su milicia, que se hallaba en peligro, no porque sta fuera digna de
ello, sino por un efecto de su gracia; y segn se ha dicho, socorri
a su Esposa con dos campeones, ante cuyas obras y palabras se reuni
el descarriado pueblo. En aquella parte donde el dulce cfiro acude a
hacer germinar las nuevas plantas de que se reviste Europa,[140] no
muy lejos de los embates de las olas, tras de las cuales, por su larga
extensin, el Sol se oculta a veces a todos los hombres, se asienta la
afortunada Calahorra, bajo la proteccin del grande escudo, en que el
len est subyugado y subyuga a su vez. En ella naci el apasionado
amante de la fe cristiana, el santo atleta, benigno para los suyos, y
cruel para sus enemigos. Apenas fu creada, su alma se llen de virtud
tan viva, que en el seno mismo de su madre inspir a sta el dn de
profeca. Cuando se celebraron los esponsales entre l y la fe en la
sagrada pila, donde se dotaron de mutua salud, la mujer que di por
l su asentimiento vi en sueos el admirable fruto que deba salir
de l y de sus herederos; y para que fuese ms visible lo que ya era,
descendi del cielo un espritu, y le di el nombre de Aqul que le
posea por completo. Domingo se llam; y habl de l como del labrador
que Cristo escogi para que le ayudase a cultivar su huerto. Pareci
en efecto enviado y familiar de Cristo; porque el primer deseo que se
manifest en l fu el de seguir el primer consejo de Cristo. Muchas
veces su nodriza lo encontr despierto y arrodillado en el suelo, como
diciendo: "He venido para esto." Oh padre verdaderamente Feliz!, oh
madre verdaderamente Juana!, si la interpretacin de sus nombres es
la que se les da. En poco tiempo lleg a ser un gran doctor, no por
esa vanidad mundana por la que se afanan hoy todos tras del Ostiense
y de Tadeo, sino por amor hacia el verdadero man; entonces se puso
a custodiar la via que pierde en breve su verdura, si el viador
es malo; y habiendo acudido a la Sede, que en otro tiempo fu ms
benigna de lo que es ahora para los pobres justos, no por culpa suya,
sino del que en ella se sienta y la mancilla, no pidi la facultad de
dispensar dos o tres por seis; no pidi el primer beneficio vacante;
"non decimas, qu sunt pauperum Dei;" sino que pidi licencia para
combatir los errores del mundo, y en defensa de la semilla de que
nacieron las veinticuatro plantas que te rodean. Despus, con su
doctrina y su voluntad juntamente, corri a desempear su misin
apostlica, cual torrente que se desprende de un elevado origen; y su
mpetu atac con ms vigor los retoos de la hereja all donde era
mayor la resistencia. De l salieron en breve varios arroyos, con los
que se reg el jardn catlico, de modo que sus arbustos adquirieron
ms vida. Si tal fu una de las ruedas del carro en que se defendi la
Santa Iglesia, venciendo en el campo las discordias civiles, bastante
debes conocer ya la excelencia de la otra rueda de que te ha hablado
Toms con tantos elogios antes de mi llegada. Pero el carril trazado
por la parte superior de la circunferencia de esta ltima rueda est
abandonado, de suerte que ahora se halla el mal donde antes el bien.
La familia que segua fielmente las huellas de Francisco ha cambiado
tanto su marcha, que pone la punta del pie donde l pona los talones:
pero pronto ver la cosecha que ha producido tan mal cultivo, cuando
la cizaa se queje de que no se la lleve al granero. Convengo en que
quien examinase hoja por hoja nuestro libro an encontrara una pgina
en que leera: "Yo soy el que acostumbro;" pero no proceder de Casale
ni Acquasparta, de donde vienen algunos que, o huyen el rigor de la
regla, o aumentan desmesuradamente su austeridad. Yo soy el alma de
Buenaventura de Bagnoregio, que en mis grandes cargos pospuse siempre
los cuidados temporales a los espirituales. Iluminato y Agustn estn
aqu: stos fueron de los primeros pobres descalzos que, llevando el
cordn, se hicieron amigos de Dios. Con ellos estn Hugo de San Vctor,
y Pedro Mangiadore, y Pedro Hispano, el cual brill all abajo por
sus doce libros; el profeta Natn, y el metropolitano Crisstomo, y
Anselmo, y aquel Donato que se dign poner su mano en la primera de las
artes.[141] Aqu est tambin Rabano, y a mi lado brilla Joaqun, abad
de Calabria, que estuvo dotado de espritu proftico. He debido alabar
a aquel gran paladn de la Iglesia, por moverme a ello la ardiente
simpata y las discretas palabras de fray Toms, que, as como a m,
han conmovido a todas estas almas.

       [139] Me obliga a ocuparme en Santo Domingo, por quien Santo
       Toms habl tan bien de mi jefe San Francisco.

       [140] En Espaa.

       [141] La Gramtica.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOTERCIO_


Quien deseare conocer bien lo que yo vi ahora, imagnese (y, mientras
hablo, retenga la imagen como si fuese esculpida en fuerte roca) las
quince estrellas, que en diversas regiones iluminan el cielo con tanta
viveza, que vencen toda la densidad del aire: imagnese aquel Carro, al
cual le basta el espacio de nuestro cielo para girar de noche y da,
sin desaparecer nunca de aquella bocina, que comienza en la punta del
eje en torno del cual se mueve la primera esfera; y piense que estas
estrellas forman juntas en el cielo dos signos semejantes al que form
la hija de Minos cuando sinti el fro de la muerte:[142] figrese uno
de ellos despidiendo sus resplandores dentro del otro, y ambos a dos
girando de manera que vayan en sentido inverso; y as tendr como una
sombra de la verdadera constelacin y de la doble danza que circulaba
en el sitio donde yo me encontraba; pues lo que vi es tan superior a
lo que acostumbramos a ver, como el lento curso del Chiana es inferior
al movimiento del ms alto y veloz de los cielos. All se cantaba,
no a Baco ni Pen, sino a tres Personas en una Naturaleza Divina, y
sta y la humana en una sola Persona. Tan luego como en las danzas
y los cantos invirtieron el debido tiempo, aquellas santas luces se
fijaron en nosotros, felicitndose de pasar de uno a otro cuidado.
Despus rompi el silencio de los espritus acordes la luz que me haba
referido la admirable vida del Pobre de Dios, y dijo:

       [142] Imagine que estas veinticuatro estrellas formen en el
       cielo dos constelaciones dispuestas en crculo, como aquella
       corona en que al morir Ariadna, hija de Minos, hizo que se
       convirtiera la guirnalda de flores que adornaba su cabeza.

--Estando ya trillada una parte del trigo y guardado el grano, el
dulce amor que te profeso me invita a trillar la otra parte. T
crees que en el pecho de donde fu sacada la costilla para formar
la hermosa boca cuyo paladar cost caro a todo el mundo, y en aquel
otro que, atravesado de una lanzada, satisfizo tanto, que venci el
peso de toda culpa cometida antes y despus, el gran poder creador
de uno y otro infundi cuanta ciencia es asequible a la naturaleza
humana: por esto te admiras de lo que dije antes, al manifestar que
el bienaventurado que est contenido en la quinta luz[143] fu sin
segundo. Abre, pues, los ojos de la inteligencia a lo que voy a
exponerte, y vers cmo tu creencia y mis palabras son con respecto a
la verdad como el centro es respecto de todos los puntos del crculo.
Lo que no muere, y lo que puede morir, no es ms que un destello de
la idea que nuestro Seor engendra por efecto de su bondad; porque
aquella viva luz que sale del radiante Padre, y no se separa de l
ni del Amor que se interpone entre ambos, por un efecto de su bondad,
comunica su irradiacin a nueve cielos, como transmitida de espejo en
espejo, pero permaneciendo una eternamente. De all desciende hasta las
ltimas potencias, disminuyendo de tal modo su fuerza por grados, que
ltimamente slo produce breves contingencias. Por estas contingencias
entiendo las cosas engendradas, que el Cielo en su movimiento produce
con germen o sin l. La materia de stas, y la mano que le da forma,
no causan siempre los mismos efectos; por lo cual dichas cosas, que
llevan el sello de la idea divina, aparecen ms o menos perfectas.
De aqu se sigue que una misma especie de rboles d frutos buenos o
malos, y que vosotros nazcis con diferente ingenio. Si la materia
fuese enteramente perfecta, y el Cielo estuviese tambin en su virtud
suprema, la luz de la idea divina se mostrara en todo su esplendor.
Pero la naturaleza da siempre una forma imperfecta, semejante en
sus obras al artista que domina prcticamente su arte, y cuya mano
tiembla. Si, pues, el ferviente amor dispone la materia, e imprime en
ella la clara luz del ideal divino, entonces las cosas contingentes
alcanzan la perfeccin. As es como fu hecha la tierra digna de toda
perfeccin animal, y as es cmo concibi la Virgen. Por lo tanto,
apruebo tu opinin, porque la humana naturaleza no fu ni ser jams
lo que ha sido en esas dos personas. Pero si yo no siguiese ahora
adelante, empezaras por exclamar: "Cmo es, pues, que aqul no tuvo
igual?" Para que aparezca bien lo que ahora no aparece, piensa quin
era, y la razn que tuvo para pedir cuando se le dijo: "Pide." No he
hablado de modo que no hayas podido comprender que aqul fu un rey,
que pidi la sabidura, a fin de ser un verdadero rey, y no por saber
cul es el nmero de los motores celestiales; o si lo necesario con
lo contingente produce lo necesario; o bien "si est dare primum motum
esse," ni si en un semicrculo puede colocarse un tringulo que no
tenga un ngulo recto: as pues, si has comprendido bien lo que he
dicho y lo que digo, conocers que la sabidura real era la ciencia sin
par en que se clavaba la flecha de mi intencin. Si claramente miras,
vers que la palabra "Ascendi" slo haca referencia a los reyes,
que son muchos, pero pocos los buenos. Acoge mis palabras con esta
distincin; y as podrs conservar tu creencia sobre el primer padre
y nuestro Amado. Esto debe hacerte andar siempre con pies de plomo,
para que, cual hombre cansado, los muevas lentamente hacia el s y el
no que no distingues con claridad; pues necio es entre los necios el
que sin distincin afirma o niega, ya en uno, ya en otro caso; porque
acontece a menudo que una opinin precipitada se extrava, y despus
el amor propio ofusca nuestro entendimiento. El que va en busca de la
verdad, sin conocer el arte de encontrarla, hace el viaje peor que en
vano, porque no vuelve tal como fu; de lo cual son en el mundo pruebas
ostensibles Parmnides, Meliso, Briso y otros muchos que marchaban y
no saban adnde. As hicieron Sabelio y Arrio, y aquellos necios que
fueron como espadas para las Escrituras, torciendo el recto sentido de
sus palabras. Los hombres no deben aventurarse a juzgar, como hace el
que aprecia las mieses en el campo sin estar granadas; porque he visto
primero el zarzal spero y punzante durante todo el invierno, y luego
cubrirse de rosas en su cima; y he visto a la nave surcar el mar recta
y veloz durante su viaje, y perecer a la entrada del puerto. No crean
doa Berta y seor Martino,[144] por haber visto a uno robando, y a otro
haciendo ofrendas, verlos del mismo modo en la mente de Dios, porque
aqul puede elevarse y ste caer.

       [143] El rey Salomn.

       [144] Nombres usados antiguamente para significar gentes de
       poco cacmen.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOCUARTO_


El agua contenida en un vaso redondo se mueve del centro a la
circunferencia o de sta al centro, segn que la agiten por dentro o
por fuera. Ocurriseme de pronto esto que digo en cuanto call el alma
gloriosa de Santo Toms, por la semejanza que naca de sus palabras y
de las de Beatriz, a quien plugo decir, despus de aqul:

--Este necesita, aunque no os lo indique ni con la voz ni con el
pensamiento, llegar a la raz de otra verdad. Decidle si la luz con que
se adorna vuestra substancia permanecer con vosotros eternamente tal
como es ahora; y si as es, decidle cmo podr suceder que no os ofenda
la vista cuando os rehagis visiblemente.

As como en un arranque de alegra los que dan vueltas danzando elevan
la voz y manifiestan en sus gestos su regocijo, del mismo modo, ante
aquel ruego piadoso y expresivo, los santos crculos demostraron nuevo
gozo en su danza y en su admirable canto. El que se lamenta de que
haya de morir aqu abajo para vivir despus en el cielo, no ha visto
el placer que la lluvia eterna de la sacrosanta luz produce en los
bienaventurados. Aquel uno y dos y tres que vive siempre, y siempre
reina en tres y dos y uno, no circunscrito y circunscribindolo todo,
era cantado tres veces por cada uno de aquellos espritus con tal
meloda, que orlos sera justa recompensa para todo mrito. Yo o en
la luz ms resplandeciente del menor crculo una voz modesta,[145]
quiz como la del Angel al dirigirse a Mara que respondi:

       [145] La voz de Salomn, modesta como lo es la verdadera
       sabidura.

--Mientras dure la fiesta del Paraso, otro tanto tiempo irradiar
nuestro amor en torno de nuestra vestidura. Su claridad corresponde
al ardor que nos inflama; el ardor, a nuestras celestiales visiones;
y stas son tanto ms claras, cuanto mayor es la gracia que cada uno
tiene segn su valor. Cuando nos revistamos de la carne gloriosa y
santa, nuestra persona ser mucho ms grata a Dios y a nosotros, porque
estar completa: entonces se aumentar lo que de su gratuita luz nos
da el Sumo Bien, luz que nos permite contemplarle; y entonces deber
aumentarse tambin nuestra santa visin, el ardor que sta produce y el
rayo que del ardor desciende; pero as como el carbn que origina la
llama la sobrepuja en deslumbrante blancura, de tal modo que aparece
en medio de ella, de igual suerte este fulgor que ya nos rodea, ser
vencido en apariencia por la carne, que todava est cubierta por la
tierra; y un esplendor tan grande no podr ofendernos, porque los
rganos del cuerpo sern bastante fuertes para todo lo que pueda
deleitarnos.

Uno y otro coro me parecieron tan prontos y unnimes en decir "Amn,"
que manifestaron bien claramente el deseo de revestir sus cuerpos
mortales; no por ellos quiz, sino por sus madres, por sus padres,
y por los dems seres que les fueron queridos antes de convertirse
en sempiternas llamas. Y he aqu que en derredor de tales claridades
naci una nueva luz sobre la que all haba, semejante a un horizonte
luminoso; y as como al anochecer empiezan a entreverse en el Cielo
nuevas apariciones, que parecen ser y no ser, as me pareci empezar
a ver all nuevas substancias. Oh verdadero centelleo del Espritu
Santo! Cun brillante se present de improviso a mis ojos que,
vencidos, no pudieron soportarlo! Pero se me mostr Beatriz tan bella y
sonriente, que a su aspecto hubo de quedar esta visin entre las dems
que no he podido retener en la memoria: entonces mis ojos recobraron
fuerzas para alzarse de nuevo, y me vi transportado a mayor gloria
slo con mi Dama. Por el gneo fulgor de la estrella, que me pareca
ms rojo que de costumbre, ech de ver que haba subido a un punto
ms elevado; y con el lenguaje que es comn a todos, de todo corazn
ofrec a Dios el holocausto debido por esta nueva gracia. No se haba
extinguido an en mi pecho el ardor del sacrificio, cuando conoc que
ste haba sido felizmente bien aceptado; pues se me aparecieron unos
resplandores tan deslumbrantes y rojos dentro de dos rayos luminosos,
que exclam: "Oh Helios, cunto los embelleces!"

Salpicados de grandes y pequeos luminares, lo mismo de Galaxia, cuya
blancura extendida entre los polos del mundo hace dudar a los ms
sabios, aquellos rayos formaban en el fondo de Marte el venerable signo
que produce la interseccin de los cuadrantes en un crculo. Aqu el
ingenio es inferior a mi memoria; en aquella cruz resplandeca Cristo
de suerte, que no puedo encontrar una comparacin digna; pero el que
toma su cruz y sigue a Cristo me perdonar una vez ms lo que omito,
cuando vea centellear a Cristo en aquel albor. De uno a otro extremo de
los brazos de la cruz y de arriba abajo se agitaban luces, que lanzaban
vvidos destellos cada vez que se unan o pasaban ms all, tal como se
ven en la Tierra los tomos agitndose en lnea recta o curva, giles
o lentos, cambiando sin cesar de aspecto, en el rayo de luz que corta
la sombra que el hombre, por medio de su inteligencia y de su arte,
se procura contra el Sol; y as como el lad o el arpa forman con sus
numerosas cuerdas una dulce armona, aun para el que no distingue
cada nota, del mismo modo aquellas luces que all se me aparecieron
produjeron alrededor de la cruz una meloda, que me arrebataba a pesar
de no comprender el himno. Bien conoc que encerraba altas alabanzas,
porque llegaron hasta m estas palabras: "Resucita y vence," pero como
el que oye sin entender. Y aquella meloda me arrobaba tanto, que hasta
entonces no hubo cosa alguna que me ligara con tan dulces vnculos.
Quiz parezcan demasiado atrevidas mis palabras, creyendo que pospongo
a otras delicias el placer de los bellos ojos, en cuya contemplacin se
calman todos mis deseos; pero quien sepa que las vivas marcas de toda
belleza la imprimen mayor a medida que estn ms elevadas, y considere
que all no me haba vuelto aun hacia ellos, podr excusarme de lo que
me acuso para excusarme, y conocer que digo la verdad; pues el santo
placer de aquella mirada no est excludo aqu, supuesto que se hace
ms puro a medida que nos elevamos.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOQUINTO_


La benigna voluntad, en la que se manifiesta siempre el amor cuyas
aspiraciones son rectas, como la codicia se manifiesta en la voluntad
inicua, impuso silencio a aquella dulce armona e hizo reposar las
santas cuerdas que por la diestra de Dios estn templadas. Cmo se
haban de hacer sordas a splicas justas aquellas substancias, que,
para infundirme el deseo de dirigirles alguna pregunta, estuvieron
acordes en callarse? Justo es que se lamente sin tregua el que, por
amor a cosas que no pueden durar eternamente, se desprende de aquel
amor. Como en noche serena discurre ac o all por el cielo tranquilo
y puro un repentino fuego, atrayendo las miradas hasta entonces
indiferentes, y parecido a una estrella que cambia de sitio, slo que
ninguna desaparece de la parte donde aqul se enciende y dura poco, as
desde el extremo del brazo derecho al pie de la cruz se corri un astro
de la constelacin que aqu resplandece;[146] pero el diamante no se
separ de su ngulo, sino que sigui la faja luminosa, asemejndose a
una luz que pasa por detrs del alabastro. No menos afectuosa que aquel
espritu se mostr la sombra de Anquises cuando reconoci a su hijo en
los Campos Elseos, si hemos de dar crdito a nuestro mayor Poeta.

       [146] El alma de Caociaguida, tatarabuelo del Poeta.

--Oh sangre ma!, oh superabundante gracia de Dios! Quin, como t,
ha visto abiertas dos veces ante s las puertas del Cielo?

As dijo aquella luz; por lo cual fij en ella toda mi atencin:
despus volv el rostro hacia mi Dama, y por una y otra parte qued
asombrado; pues en sus ojos brillaba tal sonrisa, que cre llegar con
los mos al fondo de mi gracia y de mi Paraso. Luego aquel espritu,
al que era tan grato ver y or, aadi a sus primeras palabras cosas
que no comprend; tan profundos fueron sus conceptos: no porque fuese
su intento el ocultrmelos, sino por necesidad a causa de ser stos
superiores a la inteligencia de los mortales. Cuando el arco de su
ardiente afecto estuvo menos tirante para que sus palabras descendiesen
hasta el lmite concedido a nuestra inteligencia, la primera cosa que
o fu:

--Bendito seas T, trino y uno, que tan propicio eres a mi descendencia.

Y continu diciendo:

--Hijo mo: gracias a sa que te ha revestido de plumas para emprender
tan alto vuelo, has satisfecho dentro de esta luz en que te hablo un
plcido y largo deseo de verte, originado en m de haber ledo tu
venida en el gran libro donde no se cambia jams lo blanco en negro,
ni lo negro en blanco. T crees que tu pensamiento ha llegado hasta m
por medio de aquel que es el primero, as como de la unidad, de todos
conocida, se forman el cinco y el seis; y por eso ni me preguntas
quin soy, ni por qu te parezco ms gozoso que otro alguno de esta
alegre cohorte. Crees la verdad; porque, en esta vida, los espritus
que disfrutan, as de mayor como de menor gloria, miran en el espejo
en que aparece el pensamiento antes de nacer. Pero a fin de que el
sagrado amor que observo con perpetua atencin, y que excita en m un
dulce deseo, se satisfaga mejor, manifiesta con voz segura, franca y
placentera, cul es tu voluntad, cul tu deseo, pues mi respuesta est
ya preparada.

Yo me volv hacia Beatriz; y ella, que me haba odo antes de que yo
hablara, se sonri de un modo que hizo crecer las alas de mi deseo.
Despus empec de este modo:

--Desde que se os patentiz la Igualdad primera, el afecto y la
inteligencia tienen un peso igual en cada uno de vosotros; porque en
ese Sol, que os ilumina y abrasa con su luz y su calor, son tan iguales
ambas virtudes, que toda semejanza es poca. Pero el entendimiento y
la voluntad de los mortales, por la razn que os es ya manifiesta,
vuelan con diferentes alas. As es que yo, que soy mortal, me veo en
esta desigualdad, y nicamente puedo dar gracias con el corazn a tan
paternal acogida. Te suplico, pues, encarecidamente, oh vivo topacio,
que enriqueces esa preciosa joya!, que me hagas sabedor de tu nombre.

--Oh vstago mo, en quien me complaca mientras te esperaba! Yo fu
tu raz.

De esta suerte di principio a su respuesta. Despus aadi:

--Aquel de quien ha tomado su nombre tu prosapia, y que por espacio de
ciento y ms aos ha estado girando por el primer crculo del monte,
fu mi hijo y tu bisabuelo: bien necesita que con tus obras disminuyas
su prolongada fatiga. Florencia, dentro del antiguo recinto donde
oye sonar an tercia y nona, estaba en paz, sobria y pdica. No tena
gargantillas, ni coronas, ni mujeres ostentosamente calzadas, ni
cinturones ms llamativos a la vista que la persona que los lleva.
Al nacer, no causaba miedo la hija al padre, porque la poca del
matrimonio y el dote no haban salido an de los lmites regulares. No
estaban entonces las casas vacas de moradores; no haba llegado an
Sardanpalo a ensear lo que se puede hacer en una cmara. Montemalo
no era an vencido por Uccellatoio, el cual, as como le excede en
la subida, le exceder en la bajada. Yo he visto a Bellincion Berti
con cinturn de cuero y hebilla de hueso, y a su mujer separarse del
espejo sin colorete en el rostro: he visto a los de Nerli y a los
del Vecchio contentarse con ir cubiertos de una simple piel, y a sus
mujeres dedicadas a la rueca y al huso. Oh afortunadas! Cada una de
ellas conoca el lugar donde haba de ser sepultada, y ninguna se
haba visto abandonada en el lecho por causa de Francia. La una velaba
su cuna, y para consolar a su hijo usaba el idioma que constituye la
primera alegra de los padres y de las madres: la otra, tirando de la
blanca cabellera de su rueca, charlaba con su familia de los troyanos,
y de Fisole y de Roma. En aquellos tiempos se habra mirado como una
maravilla a una Cianghella y a un Lapo Salterello, como hoy causaran
asombro un Cincinato y una Cornelia. En medio de tanta calma, y de
tan hermosa vida por parte de todos y entre tan fieles conciudadanos,
me hizo nacer la Virgen Mara, llamada a grandes gritos, y en vuestro
antiguo Baptisterio fu a un tiempo cristiano y Cacciaguida. Moronto
y Eliseo fueron mis hermanos; mi esposa proceda del valle del Po, y
de ella viene tu apellido. Despus segu al emperador Conrado, que me
concedi el ttulo de caballero; tanto fu lo que le agrad por mis
buenas acciones. Tras l fu contra la maldad de aquella ley, cuyo
pueblo usurpa vuestro dominio, por culpa del Pastor. All aquella torpe
raza me libr del mundo falaz, cuyo amor envilece tantas almas, y desde
el martirio llegu a esta paz.

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_CANTO DECIMOSEXTO_


Oh nobleza de la sangre! Aunque seas muy poca cosa, nunca me admirar
de que hagas vanagloriarse de ti a la gente aqu abajo, donde nuestros
afectos languidecen; pues yo mismo, all donde el apetito no se tuerce,
quiero decir, en el cielo, me vanaglori de poseerte. A la verdad,
eres como un manto que se acorta en breve, de modo que si cada da
no se le aade algn pedazo, el tiempo lo va recortando en torno con
sus tijeras. Con el "vos," al que Roma fu la primera en someterse y
en cuyo empleo no han perseverado tanto sus descendientes, empezaron
esta vez mis palabras: por lo cual, Beatriz, que estaba algn tanto
apartada, sonrise, parecindose a la que tosi cuando Ginebra cometi
la primera falta de que habla la crnica.[147] Yo empec a decir:

       [147] Segn cuenta la crnica de la Tabla redonda, la camarera
       de la reina Ginebra tosi al notar el primer mal paso dado por
       su seora, llevada del amor a Lanzarote.

--Vos sois mi padre; vos me infunds aliento para hablar; vos me
enaltecis de modo, que soy ms que yo mismo. Por tantos arroyos se
inunda de alegra mi mente, que se goza en s misma al considerar que
puede contener tanta sin que la abrume. Decidme, pues, oh mi querido
antepasado!, quines fueron vuestros predecesores, y cules los aos en
que comenz vuestra infancia. Decidme lo que era entonces el rebao de
San Juan, y cules las personas ms dignas de elevados puestos.

Como se aviva la llama del carbn al soplo del viento, as vi yo
resplandecer aquella luz ante mis afectuosas palabras; y si pareci ms
bella a mis ojos, ms dulce y suave fu tambin su acento cuando me
dijo, aunque no en nuestro moderno lenguaje:

--Desde el da en que se dijo "Ave," hasta el parto en que mi madre,
que hoy es santa, se libr de mi peso, este Planeta fu a inflamarse
quinientas cincuenta y tres veces a los pies del Len. Mis antepasados
y yo nacimos en aquel sitio donde primero encuentra el ltimo distrito
el que corre en vuestros juegos anuales. Bstete saber esto con
respecto a mis mayores; lo que fueron o de dnde vinieron, es ms
cuerdo callarlo que decirlo. Todos los que se encontraban entonces en
estado de llevar las armas, entre la estatua de Marte y el Baptisterio,
formaban la quinta parte de los que ahora viven all; pero la
poblacin, que es al presente una mezcla de gente de Campi, de Certaldo
y de Fighine, se vea pura hasta en el ltimo artesano. Oh!, cunto
mejor fuera tener por vecinas a aquellas gentes, y vuestras fronteras
en Galluzo y Trespiano, que no tenerlas dentro de vuestros muros, y
soportar la fetidez del villano de Aguglin y del de Signa, que tiene
ya los ojos muy abiertos para traficar! Si la gente que est ms
degenerada en el mundo no hubiera sido una madrastra para Csar, sino
benigna como una madre para con su hijo, ms de uno que se ha hecho
florentino, y cambia y trafica, se habra vuelto a Semifonti, donde
andaba su abuelo pordioseando: los Conti estaran an en Montemurlo;
los Cerchi en la jurisdiccin de Ancona, y quiz aun en Valdigrieve
los Buondelmonti. La confusin de las personas fu siempre el
principio de las desgracias de las ciudades, como la mescolanza de los
alimentos lo es de las del cuerpo; pues un toro ciego cae ms pronto
que un cordero ciego; y muchas veces corta ms y mejor una espada
que cinco. Si consideras cmo han desaparecido Luni y Urbisaglia, y
cmo siguen sus huellas Chiusi y Sinigaglia, no te parecer una cosa
difcil de creer el or cmo se deshacen las familias, puesto que las
ciudades mismas tienen un trmino. Todas vuestras cosas mueren como
vosotros; pero se os oculta la muerte de algunas que duran mucho,
porque vuestra vida es muy corta; y as como los giros del cielo de
la Luna cubren y descubren sin tregua las orillas del mar, lo mismo
hace con Florencia la Fortuna: por lo cual no debe asombrarte lo que
voy a decir con respecto a los primeros florentinos, cuya fama est
envuelta en la obscuridad de los tiempos. He visto ya en decadencia
los Ughi, los Catellini, Filippi, Greci, Ormanni y Alberichi, todos
ilustres caballeros; he visto tambin con los de la Sannella a los
del Arca y a los Soldanieri, los Ardinghi y los Bostichi, tan grandes
como antiguos. Sobre la puerta, cargada al presente con una felona de
tan gran peso, que en breve har zozobrar vuestra barca, estaban los
Ravignani, de quienes descienden el conde Guido, y los que han tomado
despus el nombre del gran Bellincion. El primognito de la familia de
la Pressa conoca el arte de gobernar bien, y en casa de Galigaio se
vean ya los distintivos de la nobleza, que consistan en usar dorados
la guarnicin y el pomo de la espada. Grande era ya la columna de la
Comadreja, e ilustres los Cacchetti, Giuochi, Fifanti, Baruci y Galli,
y los que se avergenzan al recuerdo de la medida. El tronco de que
nacieron los Calfucci era ya grande, y ya haban sido promovidos a las
sillas curules los Sizii y los Arrigucci. Oh! cun fuertes he visto a
aqullos, que han sido destrudos por su soberbia! Y sin embargo, las
bolas de oro[148] con sus altos hechos hacan florecer a Florencia;
as como tambin los padres de aquellos que siempre que est vacante
vuestra iglesia engordan mientras se hallan reunidos en consistorio. La
presuntuosa familia[149] que persigue como un dragn al que huye, y se
humilla como un cordero ante el que le ensea los dientes o la bolsa,
vena ya engrandecindose; pero su origen era bajo: por esto no agrad
a Ubertino Donato que su suegro le hiciera emparentar con ella. Los
Caponsacco haban descendido ya de Fisole, y habitaban en el Mercado,
y ya Giuda e Infangato eran buenos ciudadanos. Voy a decirte una cosa
increble y verdadera: en el pequeo crculo que formaba la ciudad, se
entraba por una puerta que deba su nombre a la familia de la Pera.
Todos los que llevan las bellas insignias del gran Barn, cuyo nombre
y cuya gloria se renuevan en la fiesta de Santo Toms, recibieron
de l sus ttulos de caballero y sus privilegios; si bien hoy se ha
colocado en el partido del pueblo aquel que rodea sus insignias de un
crculo de oro. Ya los Gualterotti y los Importuni vivan tranquilos
en el Borgo, y ms lo habran estado sin nuevos vecinos. La casa de
que ha nacido vuestro llanto, por el justo rencor que os ha destrudo
y dado fin a vuestra agradable vida, era honrada con todos los suyos.
Oh Buondelmonte!, cun mal hiciste en no aliarte con ella por medio
del matrimonio para consuelo de los dems! Muchos de los que hoy estn
tristes estaran alegres, si Dios te hubiese entregado a Ema la primera
vez que viniste a la ciudad. Pero era preciso que ante aquella piedra
rota que guarda el puente sacrificara Florencia una vctima en sus
ltimos das de paz. Con tales familias y con otras muchas he visto a
Florencia en medio de tan gran reposo, que no tena motivo para llorar.
Con estas familias he visto a su pueblo tan glorioso y justo, que jams
el lirio fu llevado al revs en la lanza, ni se haba vuelto an rojo
a causa de las discordias.

       [148] Los Umberti y los Lamberti, que en sus armas tenan
       bolas de oro.

       [149] Los Adimari, uno de los cuales perjudic mucho a Dante.

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_CANTO DECIMOSEPTIMO_


Estaba yo afanoso como aquel cuyo ejemplo hace que los padres sean
un poco condescendientes con sus hijos, cuando acudi a Climene para
cerciorarse de lo que acerca de l haba odo; y bien lo conocan
Beatriz y aquella luz que por m haba cambiado antes de sitio; por lo
cual me dijo mi Dama:

--Exhala el ardor de tu deseo de tal modo que salga bien expresado con
la fuerza que lo sientes; no para que nosotros lo conozcamos mejor por
tus palabras, sino para que te atrevas a manifestar tu sed, a fin de
que otros te den de beber.

--Oh mi querida planta, que te elevas tanto, que mirando al punto
a quien todos los tiempos son presentes, ves las cosas contingentes
antes de que sean en s, como ven las inteligencias terrestres que dos
ngulos obtusos no pueden caber en un tringulo! Mientras acompaado
de Virgilio suba yo por el monte donde se curan las almas, y cuando
bajaba por el mundo de los muertos, se me dijeron palabras graves
acerca de mi vida futura; y aunque me considere como un tetrgono ante
los golpes de la desgracia, quisiera saber cul es la suerte que me
est reservada; pues el dardo previsto hiere con menos fuerza.

As dije a la misma luz que me haba hablado antes, manifestando mi
deseo como lo quiso Beatriz. Aquel amoroso progenitor mo, encerrado y
patente a un mismo tiempo en su esplendor risueo, me contest, no en
los trminos ambiguos con que eran engaados los necios gentiles antes
de que fuese inmolado el Cordero de Dios que redimi los pecados, sino
con palabras claras y en latn correcto:

--Las contingencias a cuyo conocimiento no alcanzan los lmites de
vuestra materia, estn todas presentes a la vista de Dios. De aqu
no se infiere, sin embargo, su necesidad, sino como es preciso que
se pinte en los ojos de quien la mira, la nave que desciende por una
corriente. Desde la mente divina llega a mi vista, como a los odos la
dulce armona del rgano, el tiempo que para ti se prepara. Del mismo
modo que Hiplito parti de Atenas por la crueldad y perfidia de su
madrastra, tendrs que salir de Florencia. Esto es lo que se quiere, y
lo que se busca y pronto ser hecho por los que lo meditan all donde
diariamente se vende a Cristo. Las culpas caern sobre los vencidos,
como es costumbre; pero el castigo dar testimonio de la verdad, que
lo enva al que lo merece. T abandonars todas las cosas que ms
entraablemente amas, y este es el primer dardo que arroja el arco del
destierro. T probars cun amargo es el pan ajeno, y cun duro camino
el que conduce a subir y bajar las escaleras de otros. Y lo que ms
gravar tus espaldas ser la compaa estpida y malvada con la cual
caers en este valle; porque ingrata, loca e impa, se revolver contra
t; si bien poco despus, ella y no t, ver destrozada su frente.
Su conducta probar su bestialidad, de suerte que para ti ser ms
laudable haberte separado completamente de ella. Tu primer refugio y
tu primer albergue sern la cortesa del Gran Lombardo, que sobre la
escala lleva el ave santa,[150] el cual te mirar tan benignamente, que
entre ambos el dar preceder al pedir, al contrario de lo que sucede
entre los dems. S, vers a aquel que al nacer fu tan inspirado por
esta fuerte estrella, que sus hechos sern siempre admirados. Los
pueblos no han reparado en l an a causa de su corta edad, pues slo
hace nueve aos que giran en derredor suyo estas esferas. Pero antes de
que el Gascn engae al gran Enrique,[151] aparecern los destellos de
su virtud en su desprecio al dinero y a las fatigas. Sus magnificencias
sern tan conocidas, que ni aun sus mismos enemigos podrn dejar de
referirlas. Espera en l y en sus beneficios; por l muchos hombres
sern transformados, y los ricos y los pobres cambiarn de condicin.
Lleva grabado en tu mente cuanto te predigo acerca de l; pero no lo
manifiestes a nadie.

       [150] Can el Grande, seor de Verona.

       [151] El papa Clemente V, de Gascua, despus de haber
       promovido al imperio a Enrique VII, favoreci a sus enemigos.

Y me refiri despus cosas, que parecern increbles aun a aquellos que
las presencien. Despus aadi:

--Hijo mo, tales son las interpretaciones de lo que se te ha dicho;
tales las asechanzas que se te ocultarn por pocos aos. No quiero, sin
embargo, que odies a tus conciudadanos; pues tu vida se prolongar ms
an de lo que tarde el castigo de su perfidia.

Cuando, por su silencio, demostr el alma santa que haba concludo de
poner la trama en la tela que le present urdida, empec a decir, como
el que en sus dudas desea el consejo de una persona entendida, recta y
amante:

--Bien veo, padre mo, cmo corre el tiempo hacia m para darme uno de
esos golpes, tanto ms graves, cuanto ms desprevenido se vive; por lo
cual es bueno que me arme de previsin, a fin de que, si se me priva
del lugar que ms quiero, no pierda los dems por causa de mis versos.
All abajo, en el mundo eternamente amargo, y en el monte desde cuya
hermosa cumbre me elevaron los ojos de mi Dama, y despus en el cielo,
de luz en luz, he odo cosas, que si las repitiera, seran para muchos
de un sabor desagradable; y si soy cobarde amigo de la verdad, temo
perder la fama entre los que llamarn a este tiempo el tiempo antiguo.

La luz en que sonrea el tesoro que yo haba encontrado all, empez
por brillar como un espejo de oro a los rayos del Sol, y despus
respondi:

--Slo una conciencia manchada por su propia vergenza o por la ajena
encontrar aspereza en tus palabras: no obstante esto, aparte de ti
toda mentira manifiesta por completo tu visin, y deja que se rasque
el que tenga sarna; pues si tu voz es desagradable al gustarla por
primera vez, dejar un alimento vivificante cuando sea digerida. Tu
grito har lo que el viento, que azota ms las ms elevadas cumbres, lo
cual no ser una pequea prueba de honor. Por eso tan slo se te han
mostrado en estas esferas, en el monte y en el doloroso valle las almas
que han gozado de cierto renombre; porque el nimo del que escucha no
fija su atencin ni presta fe a ejemplos sacados de una raz oculta y
desconocida, ni a otras cosas que no se manifiesten claramente.




[Ilustracin]




_CANTO DECIMOCTAVO_


Aquel espritu bienaventurado se recreaba ya en sus reflexiones, y yo
saboreaba las mas, atemperando lo amargo con lo dulce, cuando la Dama
que me conduca hasta Dios me dijo:

--Cambia de ideas; piensa que yo estoy al lado de Aqul que alivia
todas las contrariedades.

Yo me volv hacia la voz amorosa de mi consuelo, y desisto de expresar
cul fu el amor que vi entonces en sus santos ojos; no slo porque
desconfe de mis palabras, sino porque la mente no puede repetir lo
que es superior a ella, si otro poder no le ayuda. Slo puedo decir
con respecto a este punto que, contemplndola, mi nimo se vi libre
de todo otro deseo: pues el placer eterno, que irradiaba directamente
sobre Beatriz, me haca dichoso al verlo reflejado en su hermoso
rostro. Pero ella, desvindome de esta contemplacin con la luz de una
sonrisa, me dijo:

--Vulvete y escucha; que no est solamente en mis ojos el paraso.

As como algunas veces se ve la pasin en la fisonoma, si aqulla
es tanta que el alma entera le est sometida, del mismo modo en los
destellos del fulgor santo, hacia el cual me volv, conoc el deseo de
continuar nuestra pltica. Y en efecto, empez diciendo:

--En esta quinta rama del rbol que recibe la vida por la copa, y
fructifica siempre y nunca pierde sus hojas, son bienaventurados los
espritus que all abajo, antes de venir al cielo, alcanzaron tan gran
renombre, que toda musa se enriquecera con sus acciones: mira los
brazos de la cruz, y los que te ir nombrando harn en ellos lo que el
relmpago en la nube.

Apenas nombr a Josu, vi pasar un fulgor por la cruz, y el or
pronunciar aquel nombre y ver deslizarse su resplandor fu todo uno. Al
nombre del Gran Macabeo, vi moverse otra luz dando vueltas a causa de
su alegra. Del mismo modo, a los nombres de Carlo-Magno y de Orlando,
mi atenta mirada sigui a dos luces, como sigue la vista el vuelo
del halcn. Despus pasaron ante mis ojos por aquella cruz Guillermo
y Rinoardo, el duque Godofredo y Roberto Guiscardo. En seguida, el
alma que me haba hablado se movi del mismo modo y se reuni a los
anteriores, demostrndome lo artista que era entre los cantores del
cielo.

Volvme hacia la derecha para conocer en Beatriz lo que deba hacer,
bien por sus palabras o por sus ademanes; y vi sus ojos tan serenos,
tan gozosos, que su rostro sobrepujaba a todos los otros, y hasta a
su anterior aspecto. Y as como el hombre que obra bien, por el mayor
placer que siente, advierte de da en da el aumento de su virtud, as
yo, viendo ms resplandeciente aquel milagro de belleza, repar que se
haba hecho ms extenso el crculo de mi rotacin juntamente con el
cielo; y en breve espacio de tiempo que muda de color el rostro de una
doncella cuando depone el peso de la vergenza, presentse a mis ojos,
al volverme, una transmutacin semejante, por efecto de la blancura
de la sexta y templada estrella, que me haba recibido en su interior.
Yo vi en aquella antorcha de Jove los destellos del amor que en ella
exista, representando a mis ojos nuestro alfabeto; y as como las aves
que se elevan sobre un ro, regocijndose al llegar al sitio donde
encuentran su alimento, forman a veces una hilera circular, y otras
veces la prolongan, de igual suerte revoloteaban cantando las santas
criaturas dentro de aquellas luces, y describiendo D, I o L con sus
movimientos.[152] Primeramente ajustaban su baile al canto; despus,
representando uno de aquellos caracteres, se detenan un momento y
guardaban silencio.

       [152] Son las tres primeras letras de la palabra Diligite de
       la frase: Diligite justitiam qui judicatis terram; que se lee
       en la Sagrada Escritura.

Oh divina Pegsea,[153] que glorificas y prolongas la vida de los
ingenios, haciendo que perpeten la memoria de las ciudades y de los
reinos! Ilumname a fin de que describa sus figuras tales cuales las he
visto, y de que aparezca tu poder en estos cortos versos.

       [153] La musa Calope.

Las luces formaron, pues, cinco veces siete vocales y consonantes, y
yo observ aquellas figuras conforme me fueron apareciendo. "Diligite
justitiam" fu el primer verbo y el primer nombre que representaron;
"qui judicatis terram" fueron las ltimas palabras. Despus, en la M
del quinto vocablo se quedaron formadas de modo que la estrella de
Jpiter en aquel punto pareca de plata moteada de oro. Entonces vi
descender otras luces sobre la parte superior de la M y detenerse all
cantando, segn creo, el bien que hacia s las atrae. Despus, as como
del choque de dos tizones ardientes salen innumerables chispas, de
donde los necios deducen augurios, parecime que se elevaban ms de
mil luces, remontndose unas ms y otras menos, segn las distribuye el
Sol que las enciende; y cuando cada cual qued fijo en su puesto, vi
que aquellas luces formaban distintamente la cabeza y el cuello de un
guila. Aquel que pinta esto no tiene quien le gue, antes bien l gua
todas las cosas, y de l procede esa virtud que mueve a los animales
a dar una forma apropiada a sus nidos. Los dems bienaventurados, que
anteriormente parecan contentarse con formar sobre la M una corona de
lises, por medio de un pequeo movimiento concluyeron la figura del
guila.

--Oh dulce estrella!, cuntas y qu resplandecientes almas me
demostraron all que nuestra justicia es un efecto del cielo que t
adornas! Por eso suplico a la Mente, principio de tu movimiento y de
tu fuerza, que repare de dnde sale el humo que obscurece tus rayos, a
fin de que se irrite otra vez contra los compradores y vendedores del
templo que se fortific con los milagros y la sangre de los mrtires.
Oh milicia celestial a quien contemplo! Ruega por los que existen en
la Tierra extraviados por el mal ejemplo. Era ya antigua costumbre
hacer la guerra con la espada; hoy se hace arrebatando por doquiera
el pan que a nadie niega nuestro piadoso Padre. Pero t, que escribes
solamente para borrar, piensa que an estn vivos Pedro y Pablo, los
cuales murieron por la via que de tal modo echas a perder. Con razn
puedes decir: "Tengo tan fijos mis deseos en aqul que quiso vivir
solo, y que a consecuencia de un baile fu arrastrado al martirio,[154]
que no conozco al Pescador ni a Pablo."

       [154] San Juan Bautista.




[Ilustracin]




_CANTO DECIMONONO_


Ante mi apareca, con las alas abiertas, la bella imagen que en su
dulce fruicin haca dichosas a las almas reunidas. Cada una de stas
pareca un pequeo rub, en el que brillaba tan encendido un rayo
de Sol, que reflejaba a mis ojos la imagen del mismo Sol. Y lo que
necesito describir ahora no lo anunci la voz jams, ni lo escribi la
tinta, ni lo concibi la imaginacin. Porque vi, y aun o hablar al
pico del guila y decir con su voz "Yo" y "Mio," cuando su intencin
era decir: "Nos" y "Nuestro." Y empez as:

--Por haber sido justo y piadoso estoy aqu exaltado hasta esta gloria,
que no se deja vencer por el deseo; y en la Tierra dej tal memoria de
m, que los hombres ms perversos la recomiendan, pero no siguen su
ejemplo.

As como de muchas brasas sale un solo calor, as tambin de aquella
imagen, formada por muchos amores, sala una sola voz. Entonces
respond:

--Oh perpetuas flores de la dicha eterna, que como un solo perfume me
hacis sentir todos vuestros aromas! Poned fin con vuestras palabras
al gran ayuno que me ha tenido hambriento durante largo tiempo, por
no encontrar en la Tierra alimento alguno. Bien s que, si la justicia
divina se refleja en otras esferas como en un espejo, en la vuestra no
se ve a travs de un velo. Sabis cun atento me preparo a escucharos;
sabis tambin cul es aquella duda que para m se convierte en tan
antiguo ayuno.

As como el halcn a quien quitan la caperuza mueve la cabeza, y bate
las alas en seal de contento, demostrando sus deseos e irguindose con
gallarda, lo mismo v hacer al guila que estaba formada de alabanzas
de la divina Gracia, las cuales cantaban como sabe cantar el que se
deleita all arriba. Despus comenz de esta suerte:

--Aquel que abarc con su comps hasta las extremidades del mundo, y
encerr en su abertura tantas cosas ocultas y manifiestas, no pudo
dejar sobre todo el universo una huella tan profunda de su poder,
que su entendimiento no fuese infinitamente superior al de todos los
entendimientos creados, como lo prueba el que el primer soberbio, que
era la criatura ms excelente, por no esperar la luz de la gracia
divina, cay del Cielo antes de ser confirmado en ella. De aqu resulta
que las criaturas menos perfectas que aqulla son pequeos receptculos
para contener aquel bien sin fin, nico que puede medirse a s mismo.
Aun nuestra vista, que es casi un rayo de la mente divina de que estn
llenas todas las cosas, no puede, por su naturaleza, ser tan penetrante
que discierna su principio sino bajo una apariencia muy lejana de la
verdad. La vista que recibe vuestro mundo slo penetra en la justicia
sempiterna como el ojo se interna en el mar; que aunque vea el fondo
cerca de la orilla, no lo ve en el inmenso pilago; y sin embargo, el
fondo existe, pero su profundidad misma lo oculta. No existe luz si
no procede del Sr tranquilo que no se turba nunca; fuera de l no
hay ms que tinieblas, o sombras de la carne o su veneno. Bastante
he descorrido el velo que te ocultaba la viva justicia, sobre la que
hacas tan frecuentes preguntas, pues t decas: "Un hombre nace en
la orilla del Indo, y all no hay quien hable de Cristo, ni quien lea
o escriba con respecto a l; todas sus acciones y deseos son buenos,
y en cuanto puede ver la razn humana, no ha pecado ni en obras ni en
palabras: si muere sin bautismo y sin fe, dnde est la justicia que
le condena? Dnde su falta, si no cree?" Ahora bien: quin eres t,
que quieres tomar asiento en el tribunal para juzgar a mil millas de
distancia con un palmo de vista? En verdad que quien hablando conmigo
sutiliza por ver los rayos de la justicia divina, tendra razn para
dudar de su rectitud, si no estuviese sobre vosotros la Escritura. Oh
animales terrestres!, oh inteligencias burdas! La primera voluntad,
que es buena por s misma, que es el Sumo Bien, no se ha separado jams
de s misma. Solamente es justo lo que a ella se conforma; ningn bien
creado la atrae; pero ella produce este bien con sus rayos.

Cual cigea que se revuelve sobre el nido, despus de haber alimentado
a sus hijos, y as como uno de stos, ya alimentado, la mira, del mismo
modo empez la bella imagen a agitarse sobre m, e igualmente elev mis
ojos hacia ella, que mova sus alas, impelidas por tantos espritus.
Al dar vueltas, cantaba y deca: "Mis notas son tan incomprensibles
para t, como el juicio eterno para vosotros los mortales." Luego
que aquellos refulgentes ardores del Espritu Santo se detuvieron,
sin dejar de formar el signo que hizo a los Romanos temibles en el
mundo,[155] el mismo signo continu diciendo:

       [155] El guila.

--A este reino no ha subido jams quien no crey en Cristo, ni antes
ni despus de que ste fuera enclavado en el santo leo: pero mira;
muchos que exclaman "Cristo, Cristo," estarn menos prximos a l en
el da del juicio, que algunos de los que no han conocido a Cristo; y
a tales cristianos causar vergenza el Etope, cuando se dividan los
dos colegios, uno enteramente rico, y otro miserable. Qu no podrn
decir los Persas a vuestros reyes, cuando vean abierto aquel volumen
en el que se escriben todos sus desprecios? All se ver, entre las
obras de Alberto, la que en breve agitar la pluma, y por la cual
quedar desierto el reino de Praga. All se ver el dao que ocasiona
junto al Sena, falsificando la moneda, el que morir herido por un
jabal.[156] All se ver la insaciable soberbia que enloquece del tal
modo al escocs y al ingls, que no pueden sufrir el verse contenidos
en los lmites de sus Estados.[157] Se ver la lujuria y la molicie
del de Espaa, y del de Bohemia, que jams conoci ni quiso conocer el
valor.[158] All se ver tambin marcada con una I la bondad del Cojo
de Jerusaln,[159] mientras que lo contrario a ella tendr por marca
una M. Se ver la avaricia y la vileza de aquel que guarda la isla
del fuego, donde terminaron los prolongados das de Anquises;[160] y
para demostrar su mezquindad, se emplearn muchas abreviaturas en su
escrito, a fin de que en poco espacio se contengan muchas palabras.
Y a la vista de todos aparecern las vergonzosas obras del to y del
hermano,[161] que han envilecido tan egregia estirpe y dos coronas.
All sern conocidos el de Portugal y el de Noruega,[162] y el de
Rascia, que alter los cuos de Venecia.[163] Oh Hungra feliz, si no
se deja guiar mal! Oh dichosa Navarra, si se defendiese con el monte
que la rodea! Todos deben creer que ya, en presagio de esto, Nicosia y
Famagusta se lamentan y claman contra su bestia, que no discrepa de las
otras.

       [156] Felipe el Hermoso.

       [157] Los reyes Roberto de Escocia y Eduardo I de Inglaterra.

       [158] Alfonso, rey de Espaa. Wenceslao, rey de Bohemia.

       [159] La bondad de Carlos el Cojo, rey de Pulla y Jerusaln,
       estar marcada con una I (uno): es decir, que ser igual a
       uno, mientras que sus maldades llevarn por marca una M (mil),
       sern iguales a mil.

       [160] Fadrique, hijo de Pedro de Aragn, que gobierna la isla
       de Sicilia, donde est el fuego del Etna.--Dice la vileza,
       porque Fadrique, despus de la muerte de Enrique VII, abandon
       vilmente la causa de los gibelinos.

       [161] Jaime, rey de Mallorca, y Menorca, y Jaime de Aragn,
       to aqul y hermano ste de dicho Fadrique.

       [162] Dionisio el Agrcola, rey de Portugal. Noruega, en
       tiempo de Dante, tena su rey propio.

       [163] Rascia, Raugia, Ragusa, ciudad y territorio de la
       antigua Dalmacia, sobre el Adritico, cuyo rey falsific los
       ducados de Venecia.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMO_


Cuando Aqul que ilumina el mundo entero desciende de nuestro
hemisferio, de tal modo que el da se extingue en todas partes, el
cielo encendido antes por l solo, aparece sbitamente sembrado de
luces, en las cuales se refleja una sola. Y aquel estado del cielo
me vino a la imaginacin, cuando la ensea del mundo y de sus jefes
cerr su bendito pico; porque brillando mucho ms todos aquellos vivos
resplandores, entonaron suaves cantos, que han desaparecido de mi
memoria. Oh dulce amor, que bajo aquella riente luz te ocultas! Cun
ardiente me parecas en medio de aquellos efluvios sonoros, que slo
respiran santos pensamientos!

Despus que las preciosas y brillantes joyas de que vi adornada la
sexta estrella cesaron en sus cantos anglicos, me pareci or el
murmullo de un ro que lmpido desciende de roca en roca, mostrando la
fecundidad de su elevado manantial. Y as como el sonido adquiere su
forma en el cuello de la ctara, y en los orificios de la zampoa el
soplo del que la toca, as tambin subi de improviso aquel murmullo
por el cuello del Aguila, como si ste estuviese perforado. Prodjose
all una voz, que sali por su pico en forma de palabras, segn las
esperaba mi corazn, donde las escrib:

--Debes ahora mirar fijamente--empez a decir--aquella parte de m
misma que en las guilas mortales contempla y soporta la luz del
Sol; porque entre los fuegos que componen mi figura, los que hacen
centellear el ojo de mi cabeza tienen un grado de luz mayor que todos
los dems. Aquel que, haciendo las veces de pupila, luce en medio,
fu el cantor del Espritu Santo, que transport el arca de ciudad en
ciudad: ahora conoce el mrito de su canto en la parte que fu obra
de su propia voluntad, por la remuneracin que proporcionalmente ha
recibido. De los cinco que forman el arco de mi ceja, el que est ms
prximo al pico consol a la viuda de la prdida de su hijo;[164] ahora
conoce cun caro cuesta no seguir a Cristo, por la experiencia que
tiene de esta dulce vida y de la opuesta. El que le sigue en la parte
superior de la circunferencia de que hablo, dilat su muerte para hacer
verdadera penitencia:[165] ahora conoce que los eternos juicios de Dios
son invariables, aunque una ferviente oracin consiga all abajo que
suceda maana lo que debera suceder hoy. El otro que sigue se hizo
griego conmigo y con las leyes para ceder su puesto al Pastor, guiado
por una buena intencin que produjo malos frutos:[166] ahora conoce que
el mal resultado de su buena accin no le es nocivo, por ms que haya
sido causa de la destruccin del mundo. Aquel que ves en el declive
del arco fu Guillermo, a quien llora la Tierra que se lamenta de
Carlos y Federico vivos:[167] ahora conoce el amor del cielo hacia un
rey justo, y as lo manifiesta por el resplandor de que est rodeado.
Quin creera en el mundo lleno de errores, que el troyano Rifeo fuera
en este arco la quinta de las luces santas? Aunque su vista no penetre
hasta el fondo de la divina gracia, demasiado conoce ahora lo que en
ella no puede ver el mundo.

       [164] El emperador Trajano. (Vase el canto X del Purgatorio.)

       [165] Ezequas, rey de Jud, a quien Dios, escuchando sus
       ruegos, concedi quince aos ms de vida para arrepentirse de
       sus culpas.

       [166] El emperador Constantino, que se hizo griego, esto es,
       traslad de Roma a Bizancio la capital del Imperio romano, con
       las leyes romanas y con el Aguila imperial, por ceder al Papa
       la ciudad eterna.

       [167] Guillermo II, llamado el Bueno, de cuya prdida se
       lamenta Sicilia, as como de ver vivos a Carlos el Cojo y
       Fadrique de Aragn.

Como la alondra que en el aire se cierne cantando, y despus calla,
contenta de la ltima meloda que la satisface, tal me pareci la
imagen, satisfecha del eterno placer, por cuya voluntad todas las cosas
son lo que son: y aun cuando yo hiciese all visibles mis dudas como el
vidrio manifiesta por su transparencia el color de que se ha revestido
su superficie, esas mismas dudas no me permitieron esperar la respuesta
callando, sino que con su fuerza hicieron salir de mi boca estas
palabras: "Qu cosas son esas?": por lo cual conoc en los nuevos
destellos que despedan aquellas almas dichosas la alegra que les
causaba responder a mis preguntas. Despus, con el ojo ms inflamado,
me respondi el bendito signo, para no tenerme por ms tiempo entregado
a mi asombro:

--Veo que crees estas cosas, porque yo las digo; pero no comprendes
cmo pueden ser: de suerte que, aunque credas, no por eso estn menos
ocultas. T haces como aquel que aprende a conocer las cosas por su
nombre, pero que no puede ver su esencia, si otro no se la manifiesta.
"Regnum coelorum" cede a la violencia del ardiente deseo y de la
viva esperanza, cuyos afectos vencen a la divina voluntad; pero no a
la manera que el hombre prevalece sobre el hombre, sino que la vencen
porque quiere ser vencida; y vencida, vence con su benignidad. Te
causan asombro la primera y la quinta almas que forman el arco de
la ceja, porque ves adornada con ellas la regin de los Angeles. No
salieron paganas de sus cuerpos, como crees, sino cristianas, teniendo
fe viva, la una en los pies que deban ser crucificados, y la otra en
los que ya lo haban sido. Una de ellas, saliendo del Infierno donde
nadie se convierte a Dios con buen deseo, volvi a habitar su cuerpo
en recompensa de una viva esperanza; de una viva esperanza, que rog
fervientemente a Dios para resucitarla, a fin de que su voluntad
pudiera ser movida. El alma gloriosa de que se habla, vuelta a su carne
en que permaneci poco tiempo, crey en Aqul que poda ayudarla; y
al creer, se abras de tal modo en el fuego de un verdadero amor,
que despus de su segunda muerte fu digna de venir a participar de
estos goces. La otra, merced a una gracia que mana de una fuente tan
profunda, que no ha habido criatura cuya mirada pudiera penetrar
hasta su manantial, cifr all abajo todo su amor en la justicia; por
lo cual de gracia en gracia Dios abri sus ojos a nuestra redencin
futura, y creyendo en ella, no soport por ms tiempo la fetidez
del paganismo, reprendiendo por su causa a las gentes pervertidas.
Aquellas tres mujeres que viste junto a la rueda derecha del carro, le
bautizaron ms de mil aos antes de que se instituyera el bautismo. Oh
predestinacin!, cun remota est tu raz de la vista de aquellos que
no ven toda la causa primera! Y vosotros, mortales, sed circunspectos
en vuestros juicios; pues nosotros, que vemos a Dios, no conocemos an
todos sus elegidos: y sin embargo, no es grata semejante ignorancia;
porque nuestra beatitud se perfecciona con este bien, y queremos lo que
Dios quiere.

Tal fu el suave remedio que me di aquella imagen divina para aclarar
mi vista. Y as como un buen tocador de ctara hace acompaamiento a un
buen cantor con la vibracin de las cuerdas, adquiriendo de este modo
mayor atractivo el canto, as mientras hablaba, recuerdo que vi a los
benditos resplandores agitar sus llamas al comps de las palabras, como
los prpados que se mueven acordes y al mismo tiempo.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOPRIMERO_


Mis ojos se haban fijado de nuevo en el rostro de mi Dama, y el nimo
con ellos se haba separado de todo otro objeto. Ella no sonrea:

--Pero si yo riese--empez a decirme--, te quedaras como Semele,
cuando fu reducida a cenizas; pues mi belleza, que, segn has visto,
brilla ms cuanto ms asciende por las gradas del eterno palacio, si no
se moderase, resplandecera tanto, que tu fuerza mortal perecera ante
su fulgor como la rama destrozada por el rayo. Nos hemos elevado al
sptimo esplendor[168] que, colocado bajo el pecho del ardiente Len,
difunde ahora sobre la Tierra sus rayos mezclados con el fuerte influjo
de aqul. Fija la mente en pos de tus miradas, y haz de tus ojos un
espejo para la imagen que se te aparecer en este espejo.

       [168] Al cielo de Saturno.

Quien supiese cun dulcemente se recreaba mi vista en el semblante
dichoso de Beatriz, cuando invitado por ella la dirig hacia otro
objeto, conocera lo grato que me sera obedecer a mi Gua celestial,
considerando que el placer de obedecerla contrabalanceaba al que yo
senta contemplndola. Dentro del cristal que, rodeando al mundo,
lleva el nombre de su querido seor, bajo cuyo imperio permaneci
muerto todo mal, vi una escala del color del oro en que se refleja
un rayo de Sol, y tan elevada, que mis ojos no podan seguirla. Vi
adems bajar por sus escalones tantos resplandores, que pens que todas
las luces que brillaban en el cielo estaban esparcidas all. Y as,
como, por una costumbre natural, las cornejas se agitan reunidas al
romper el da para dar calor a sus ateridas alas, y mientras se alejan
algunas sin volver, otras regresan al punto de donde se remontaban,
y otras revolotean sobre l, lo mismo me pareci que hacan aquellos
fulgores que haban ido descendiendo hasta que se detuvieron en un
escaln determinado. El que se qued ms cerca de nosotros empez a
resplandecer tanto, que yo deca entre m: "Conozco el amor que me
anuncias." Pero Aqulla, de quien espero la orden para hablar o callar,
permaneci inmvil: as es que, a pesar mo, hice bien en no preguntar
nada. Por lo cual, ella, que lea en la vista de Aqul que lo ve todo
el deseo que yo ocultaba, me dijo:

--Puedes manifestar tu ardiente anhelo.

Entonces empec de esta suerte:

--Mis mritos no me hacen digno de tu respuesta; pero en nombre de
aquella que me permite interrogarte, alma bienaventurada, que te
ocultas en tu alegra, dame a conocer la causa que tanto te aproxima
a m, y dime por qu no se oye en esta esfera la dulce sinfona del
Paraso, que tan devotamente resuena en las de abajo.

--Tu odo es tan dbil como tu vista--me contest--; aqu no se canta
por la misma razn que Beatriz no sonre. He descendido tanto por las
gradas de la escala santa, slo para recrearte con mis palabras y con
la luz de que estoy revestida. No es un mayor afecto lo que me ha hecho
ms solcita; pues en toda esta escala hay un amor tan ferviente y ms
que el mo, segn te lo manifiestan los destellos de esas almas; pero
la alta caridad, que nos convierte en siervas atentas a la voluntad que
rige al mundo, nos designa el sitio en que, segn puedes ver, estamos
colocadas.

--Bien veo--dije yo--, oh sagrada lmpara!, que un amor libre basta en
esta corte para hacer lo que quiere la eterna Providencia; mas lo que
me parece sumamente difcil de comprender es por qu fuiste t entre
todas tus compaeras la destinada a este cargo.

Aun no haba pronunciado la ltima palabra, cuando la luz, haciendo
un eje de su centro, gir con la rapidez de una rueda. Despus me
respondi la amorosa alma que estaba dentro de ella:

--La luz divina se fija en m penetrando en la que me envuelve, y su
virtud, unida a mi vista, me eleva tanto sobre m misma, que veo la
suma esencia de que aqulla emana. De aqu proviene la alegra con que
brillo; porque a la claridad de mi visin junto la de la luz que me
rodea. Pero el alma que ms brilla en el cielo, el serafn que tiene
ms fijos los ojos en Dios no podr satisfacer tus preguntas; porque
lo que deseas saber penetra tan profundamente en el abismo del decreto
eterno, que est muy apartado de toda vista creada; y cuando vuelvas al
mundo mortal, refiere lo que te digo, a fin de que nadie presuma llegar
al fondo de tal arcano. La mente, que aqu es luz, en la Tierra es
humo; considera, pues, cmo podr comprender all abajo lo que aqu no
comprende, por ms que el cielo la enaltezca.

Sus palabras me contuvieron de tal modo, que abandon la cuestin, y me
limit a rogarle humildemente que me dijese quin era.

--Entre las dos costas de Italia, y no muy lejos de tu patria, se
elevan unos peascos, tanto que los truenos retumban a mucha menos
altura. Aquellos peascos forman una eminencia que se llama Catria,
al pie de la cual hay un yermo consagrado nicamente al culto del
verdadero Dios.

As empez a hablar por tercera vez; y continuando luego, aadi:

--De tal modo me dediqu all al servicio de Dios, que slo con
legumbres y zumo de olivas pasaba fcilmente fros y calores,
satisfecho con mis ideas contemplativas. Aquel claustro produca
frtilmente para esta parte de los cielos, y ahora est tan vaco,
que ser preciso que en breve lo sepa el mundo. En aquel sitio estuve
yo, Pedro Damin; y Pedro el Pecador en la casa de Nuestra Seora,
a orillas del Adritico. Escasa era ya mi vida mortal, cuando fu
llamado y obligado a recibir aquel capelo que slo se transmite de
malo a peor. Vinieron en otro tiempo Cefas y el Vaso de eleccin del
Espritu Santo,[169] flacos y descalzos, aceptando su alimento de
cualquier mano. Ahora los modernos pastores quieren que de uno y otro
lado los apoyen, tan pesados son!, y que les lleven en litera, y que
vaya detrs quien les sostenga la cola. Cubren con sus mantos sus
cabalgaduras, de suerte que van dos bestias bajo una sola piel. Oh
paciencia de Dios, que tanto soportas!

       [169] San Pedro y San Pablo.

Al sonido de estas palabras, vi muchas llamas que bajaban girando de
escaln en escaln, y a cada vuelta se hacan ms bellas. Vinieron
a detenerse alrededor de aquella luz, y prorrumpieron en un clamor
tan alto, que nada en el mundo puede asemejrsele: su estruendo me
ensordeci de tal modo, que no comprend lo que dijeron.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VEGESIMOSEGUNDO_


Mudo de estupor me volv hacia mi Gua, como un nio que se acoge
siempre a quien le inspira ms confianza: y aqulla, como la madre que
socorre prontamente al hijo azorado y plido con su voz consoladora, me
dijo:

--No sabes que ests en el cielo? No sabes que todo el cielo es
santo, y que lo que en l se hace procede de un buen celo? Si el grito
que acabas de or te ha conmovido tanto, ahora puedes pensar cmo te
habra perturbado aquel suave cntico unido a mi sonrisa. Y si hubieras
comprendido lo que se rog al exhalar ese grito, conoceras la venganza
que vers antes de tu muerte. La espada de aqu arriba no hiere nunca
demasiado pronto, ni demasiado tarde, como suele parecerles a los que
la esperan con temor o con deseo. Pero ahora vulvete hacia otro lado,
y vers muchos espritus ilustres, si diriges tus miradas segn te
indico.

Volv los ojos como ella quiso, y vi cien pequeas esferas, que se
embellecan unas a otras con sus mutuos rayos. Yo estaba como aquel
que reprime en s el agudo estmulo del deseo, y no se aventura a
preguntar, temiendo excederse, cuando la mayor y ms brillante de
aquellas perlas se adelant para contentar mi curiosidad: despus o en
su interior:

--Si vieses, como yo, la caridad que arde entre nosotros, habras
expresado ya tus deseos; pero a fin de que, por demasiado esperar, no
tardes en llegar al alto fin de tu viaje, contestar al pensamiento
que no te atreves a proferir. La cumbre de aquel monte en cuya falda
est Casino fu frecuentada en otro tiempo por gentes engaadas y mal
dispuestas. Yo soy el que llev all el nombre de Aqul que ense en
la Tierra la verdad que tanto nos enaltece;[170] y luci sobre m tanta
gracia, que apart a las ciudades circunvecinas del impo culto que
sedujo al mundo. Esos otros fuegos fueron todos hombres contemplativos,
abrasados en aquel ardor que hace nacer las flores y los frutos
santos. Aqu estn Macario y Romualdo; aqu estn mis hermanos, que se
encerraron en el claustro y conservaron un corazn perseverante.

       [170] San Benito abad, que di a conocer all la religin
       cristiana.

Lo contest:

--El afecto que demuestras hablando conmigo, y la benevolencia que veo
y observo en todas vuestras luces, me inspiran la misma confianza que
inspira el Sol a la rosa cuando se abre tanto cuanto le es posible. Por
eso te ruego, padre, que si soy digno de tal merced, me concedas la
gracia de ver tu imagen descubierta.

--Hermano--me respondi--: tu elevado deseo se realizar en la ltima
esfera, donde se realizan todos los otros y los mos, y donde todos
son perfectos, maduros y enteros: en aquella sola esfera, todas sus
partes permanecen inmviles, porque no est en un sitio, ni gira
entre dos polos, y nuestra escala llega hasta ella, lo que hace que la
pierdas de vista. El patriarca Jacob la vi prolongarse hasta arriba,
cuando se le apareci tan llena de ngeles; pero ahora no retira
nadie sus pies de la tierra para subirla, y mi regla slo sirve abajo
para gastar papel. Los muros que eran una abada se han convertido en
cavernas; y las cogullas en sacos de mala harina. La ms srdida usura
no es tan contraria a la voluntad de Dios, como lo es el fruto de esas
riquezas que tanto enloquecen el corazn de los monjes, porque todo lo
que la Iglesia guarda pertenece a aquellos que piden por Dios, y no
a los parientes o a otros ms indignos. La carne de los mortales es
tan flexible, que las buenas obras no duran el tiempo que transcurre
desde el nacimiento de la encina hasta la formacin de la bellota.
Pedro empez su fecunda tarea sin oro ni plata; yo con oraciones y
con ayunos; Francisco bas su orden en la humildad: y si atiendes al
principio de cada orden, y consideras despus adonde han llegado, vers
lo blanco cambiado en negro. Ms admiracin caus en verdad ver al
Jordn retrocediendo y al mar hur cuando Dios quiso, que la causar
ver remediados estos males.

As me dijo, y despus se reuni a sus dems compaeros, que a su
vez se reconcentraron, y como un torbellino se elevaron a lo alto.
La dulce Dama con un solo ademn me impuls a subir tras ellos por
aquella escala: tanto fu lo que su virtud venci mi grave naturaleza:
y jams aqu abajo, donde se sube y desciende naturalmente, hubo un
movimiento tan rpido que pudiera igualar a mi vuelo. As pueda volver,
oh lector!, a aquel piadoso reino triunfante, por el que lloro con
frecuencia mis pecados golpendome el pecho, como es cierto que vi el
signo que sigue al Tauro,[171] y me encontr en l en menos tiempo del
que necesitaras para meter y sacar un dedo del fuego. Oh gloriosas
estrellas!, oh luz llena de gran virtud, en la que reconozco todo mi
ingenio, cualquiera que sta sea! Con vosotras naca, y se ocultaba
con vosotras aquel que es padre de toda vida mortal,[172] cuando sent
por vez primera el aire toscano; y cuando ms tarde se me concedi la
gracia de entrar en la alta rueda que os hace girar, me fu tambin
permitido pasar por la regin en donde estis. A vosotras dirige ahora
devotamente mi alma sus suspiros, para alcanzar la virtud necesaria en
la difcil empresa que la atrae.

       [171] La constelacin de Gminis.

       [172] El Sol.

--Ests tan cerca de la ltima salvacin--empez a decirme Beatriz--,
que debes tener los ojos claros y penetrantes; as pues, antes de que
llegues a ella, mira hacia abajo y contempla cuntos mundos he puesto
bajo tus pies, a fin de que tu corazn se presente tan gozoso como
pueda ante la triunfante multitud que alegre acude por esta bveda
etrea.

Recorr con la vista todas las siete esferas, y v a nuestro globo
tan pequeo, que me re de su vil aspecto: as es que apruebo como
mejor parecer el de quien le tiene en poca estima; pudiendo llamarse
verdaderamente probo el que slo piensa en el otro mundo.

Vi a la hija de Latona inflamada, sin aquella sombra que fu causa de
que yo la creyera enrarecida y densa. All, oh Hiperin!, pudieron
soportar mis ojos la luz de tu hijo, y vi cmo se mueven prximas a l
y en derredor suyo Maya y Dione. All me apareci Jpiter atemperando a
su padre y a su hijo;[173] all distingu con claridad sus frecuentes
cambios de lugar, y todos los siete planetas me manifestaron su
magnitud, su velocidad, y la distancia a que respectivamente se
encuentran colocados. Aquel pequeo punto que nos hace tan orgullosos
se me apareci por completo desde las montaas a los mares, mientras
que yo giraba con los eternos Gemelos. Despus fij mis ojos en los
hermosos ojos.

       [173] Saturno y Marte.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOTERCERO_


Como el ave que, habiendo reposado entre la predilecta enramada junto
al nido de sus dulces hijuelos, durante la noche ocultadora de las
cosas, y deseando ver tan caros objetos y hallar el sustento para
nutrirlos, cuyo penoso trabajo soporta placentera, se adelanta al
da, y antes de rayar el alba sube a la cima del abierto follaje, y
fijamente mira, esperando con ardoroso anhelo la salida del Sol, as
estaba mi Dama, en pie y atenta, vuelto el rostro hacia la regin del
cielo bajo la cual se muestra el Sol menos presuroso; y en tanto yo,
vindola suspensa y ansiosa, permanec como el que anhelante querra
otra cosa, pero se calma con la esperanza de obtenerla. Poco intervalo
medi entre ambos momentos, es decir, entre el de mi expectativa y el
de ver de un instante a otro iluminarse ms el cielo. Y Beatriz dijo:

--He ah la legin del triunfo de Cristo, y todo el fruto recogido de
la rotacin de estas esferas.

Me pareci que arda todo su semblante; y tena los ojos tan llenos
de alegra, que debo seguir adelante sin ms explicacin. Cual en los
plenilunios serenos Trivia re entre las ninfas eternas, que iluminan
el cielo por todas partes, as vi yo sobre millares de luces un Sol,
que las encenda todas, como hace el nuestro con las que vemos sobre
nosotros; y a travs de su viva luz apareca tan clara a mis ojos la
divina substancia, que no podan soportarla.

--Oh Beatriz--exclam--, Gua dulce y querida!

Ella me dijo:

--Lo que te abisma es una virtud a la que nada resiste. All estn la
Sabidura y el Poder que abrieron entre el Cielo y la Tierra las vas
por tanto tiempo deseadas.

As como el fuego de la nube, dilatndose de modo que sta no puede
contenerlo, se escapa de ella, y, contra su naturaleza, se precipita
hacia abajo, de igual suerte mi mente, engrandecindose ms entre
aquellas delicias, sali de s misma, y no sabe recordar lo que fu de
ella.

--Abre los ojos y mrame cual soy; has visto cosas que te han dado
fuerza suficiente para sostener mi sonrisa.

Yo estaba como aquel que conserva cierta reminiscencia de una visin
olvidada, y que se esfuerza en vano por renovarla en su imaginacin,
cuando o proferir estas palabras tan dignas de gratitud, que no
se borrarn jams del libro donde se consigna lo pasado. Si ahora
resonasen todas aquellas lenguas que Polimnia y sus hermanas hicieron
ms pinges con su dulcsima leche para venir en mi ayuda, no
expresaran la milsima parte de la verdad, al pretender cantar tan
santa sonrisa, y el resplandor que comunicaba a aquel santo rostro:
por lo mismo, al describir yo el Paraso, es forzoso que mi sagrado
poema salte como un hombre que encuentra cortado su camino. Quien
considere el peso del asunto y el hombro mortal que soporta la carga,
no censurar el que ste tiemble bajo su gravedad. El derrotero que
hiende mi atrevida proa no es a propsito para una pequea embarcacin,
ni para el nauta que quiera ahorrarse la fatiga.

--Por qu te enamora mi faz de tal suerte, que no te vuelves hacia
el hermoso jardn que florece bajo los rayos de Cristo? All est la
Rosa[174] en que el Verbo divino encarn; y all estn los lirios[175]
por cuyo aroma se descubre el buen camino.

       [174] La Virgen Mara, llamada por la Iglesia Rosa Mstica.

       [175] Los bienaventurados.

As dijo Beatriz, y yo, que estaba siempre pronto a seguir sus
consejos, me lanc nuevamente a la batalla de mis dbiles prpados.
Y as como mis ojos, al abrigo de la sombra, han visto alguna vez un
prado de flores iluminado por un rayo de Sol que atravesaba por entre
desgarrada nube, del mismo modo distingu entonces una multitud de
esplendores, iluminados desde arriba por ardientes rayos, sin ver el
origen de donde estos fulgores procedan.

Oh benigna virtud que as los iluminas! Sin duda te elevaste por dejar
campo libre a mis ojos, que eran demasiado dbiles para contemplarte.
El nombre de la hermosa flor que invoco siempre, por maana y tarde,
concentr todo mi espritu en la contemplacin del mayor fuego; y
cuando mis dos ojos me representaron la belleza y la extensin de
la fulgente estrella que vence arriba, como venci abajo, desde el
interior del cielo descendi una llamarada, que tena la forma de un
crculo como una corona,[176] y rode a la estrella girando en torno
suyo. La meloda que ms dulcemente se deje or en la Tierra, y que ms
atraiga el nimo, parecera una nube que desgarrada truena, comparada
con el sonido de aquella lira de que estaba coronado el bello zafiro
con que se engalana el ms claro cielo.

       [176] El arcngel San Gabriel.

--Yo soy el amor anglico, que giro difundiendo la sublime dicha,
nacida del vientre que fu morada de nuestro deseo; y girar, Seora
del Cielo, mientras acompaas a tu Hijo, y hagas resplandeciente la
suprema esfera en donde habitas.

As se dejaba or la circular meloda, y todas las dems luces hacan
resonar el nombre de Mara. El manto real de todas las esferas del
mundo, que ms se inflama y anima bajo el hlito y las perfecciones de
Dios, tena sobre nosotros tan distante la faz interna, que no me era
posible distinguir su aspecto desde el sitio en que me encontraba; por
lo cual no tuvieron mis ojos la fuerza necesaria para seguir a la llama
coronada, que se elev en pos de su divina primogenitura. Y semejantes
al nio que tiende los brazos hacia su madre despus de haberse
alimentado con su leche, movido del afecto que aun exteriormente
se inflama, cada uno de aquellos fulgores se prolong hacia
arriba, patentizndome as el amor que profesaban a Mara. Despus
permanecieron ante mi vista cantando "Regina coeli" tan dulcemente,
que jams ha hudo de m el placer que me causaron.

Oh cunta es la abundancia que se encierra en aquellas arcas
riqusimas por haber esparcido en la Tierra buenas semillas! All
viven y gozan del eterno tesoro que conquistaron en el destierro de
Babilonia, donde hicieron dejacin del oro. All triunfa de su victoria
bajo el alto Hijo de Dios y de Mara, y juntamente con el antiguo y el
nuevo concilio, el que tiene las llaves de tal gloria.




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOCUARTO_


Oh compaa escogida para la gran cena del cordero bendito, el cual
os alimenta de tal modo, que vuestro apetito est siempre satisfecho!
Ya que por la gracia de Dios ste prueba prematuramente lo que cae de
vuestra mesa, antes de que la muerte ponga fin a sus das, pensad en su
deseo inmenso, y refrescadlo algn tanto: vosotros bebis siempre en la
fuente de donde procede lo que l piensa.

Esto dijo Beatriz: y aquellas almas gozosas se convirtieron en esferas
sobre polos fijos, resplandeciendo vivamente a guisa de cometas. Y
como las ruedas en el mecanismo de un reloj se mueven de tal suerte,
que a quien las observa le parece que la primera est quieta y la
ltima vuela, as tambin aquellos glbulos, danzando diferentemente,
me hacan estimar su velocidad o lentitud por el grado de sus
resplandores. De aquel conjunto de bellas luces vi salir un fulgor tan
alegre y esplendente, que superaba a todos los dems. Tres veces gir
en torno de Beatriz, cantando de un modo tan divino, que mi fantasa no
ha podido retener su encanto; por lo cual mi pluma pasa adelante sin
describirlo, pues para pintar tales pliegues carece de matices, no ya
la lengua, sino la misma imaginacin.

--Oh mi santa hermana, que tan devotamente ruegas, movida de tu
ardiente afecto, que me separas de aquella hermosa esfera!

De este modo, luego que se detuvo aquel fuego bendito,[177] dirigi su
aliento hacia mi Dama, y le habl como he dicho. Y ella contest:

       [177] San Pedro.

--Oh luz eterna del gran Barn a quien nuestro Seor dej las llaves
que llev abajo desde este goce maravilloso! Examina a ste como te
plazca con respecto a los puntos fciles y difciles de la Fe, que te
hizo andar sobre el mar. A ti no se te oculta si l ama bien, y espera
bien y cree; porque tienes la vista fija donde todo est patente; pero
ya que este reino ha conseguido ciudadanos por medio de la Fe veraz, es
bueno que para glorificarla le toque a l hablar de ella.

As como el bachiller se prepara, y no habla hasta que el maestro
propone la cuestin que debe aprobar, pero no resolver, del mismo modo
preparaba yo todas mis razones, mientras ella hablaba, para estar
pronto a contestar a tal examinador y a tal profesin.

--D buen cristiano, explcate: Qu es la Fe?

Al or esto alc la frente hacia aquella luz de donde salan tales
palabras; despus me volv hacia Beatriz, y ella me hizo un rpido
ademn para que dejara brotar el agua de mi fuente interior.

La gracia divina que me permite confesarme con tan alto
primipilo--exclam,--haga claros y expresivos mis conceptos.

Despus continu:

--Segn lo ha escrito, padre, la verdica pluma de tu querido
hermano,[178] que contigo hizo entrar a Roma por el buen camino, la Fe
es la substancia de las cosas que se esperan, y el argumento de las que
no aparecen a nuestra mente: tal me parece su esencia.

       [178] San Pablo.

Entonces o:

--Piensas rectamente, si comprendes bien por qu la coloc entre las
substancias, y no entre los argumentos.

A lo cual contest:

--Las profundas cosas que aqu se me manifiestan claras y patentes
estn tan ocultas a los ojos del mundo, que slo existen en la creencia
sobre que se funda la alta esperanza; por eso toma el nombre de
substancia. Con respecto a esta creencia es preciso argumentar sin otra
luz; por eso toma el nombre de argumento.

Entonces o:

--Si todo lo que en la Tierra se aprende por va de enseanza, se
entendiera de ese modo, la sutileza del sofisma sera en vano.

Tales fueron las palabras que exhal aquel ardiente amor; y despus
aadi:

--Ha salido bien la prueba de la liga y el peso de esta moneda; pero
dime si la tienes en tu bolsa.

Le respond:

--S, la tengo tan brillante y tan redonda, que no cabe duda sobre su
cuo.

En seguida salieron estas palabras de la profunda luz que all
resplandeca:

--Esa querida joya, en la que se funda toda otra virtud, de dnde te
proviene?

--La abundante lluvia del Espritu Santo--le contest--, que est
esparcida sobre las antiguas y las nuevas pginas, es el silogismo que
me la ha demostrado tan sutilmente, que comparada con ella me parece
obtusa toda otra demostracin.

Despus o:

--Por qu tienes por palabra divina a la antigua y la nueva
proposicin, que as te han convencido?

Respond:

--La prueba que me descubre la verdad consiste en las obras
subsiguientes, para las cuales la naturaleza no calent nunca el hierro
ni di golpes en el yunque.

Se me contest:

--D, quin te asegura que aquellas obras hayan existido? Acaso te lo
asegura aquello mismo que se quiere probar con ellas? No tienes otro
testimonio?

--Si el mundo se convirti al cristianismo sin necesidad de
milagros--dije yo--esto slo es un milagro tan grande, que los otros no
son la centsima parte de l; porque t entraste pobre y famlico en el
campo a sembrar la buena planta que en otro tiempo fu vid y ahora se
ha convertido en zarza.

Terminadas estas palabras, reson en las esferas de la sublime y
elevada corte un "Alabemos a Dios" con la meloda que se canta all
arriba. Y aquel Barn que examinndome as me haba llevado de rama en
rama hasta acercarnos a las ltimas hojas, volvi a empezar de esta
manera:

--La gracia que enamora a tu mente hate abierto la boca hasta este
punto, como abrirse deba: por tanto apruebo cuanto ha salido de ella;
mas ahora es preciso que expliques lo que crees y el origen de tu
creencia.

--Oh Santo Padre!, oh Espritu, que ves lo que creste con tal
firmeza, que dirigindote hacia el sepulcro venciste a pies ms
jvenes!--empec a decir--: quieres que te manifieste el orden de las
cosas en que creo, y adems me preguntas el motivo de mi creencia.
Pues bien, yo te respondo: Creo en un solo y eterno Dios, que sin ser
movido, mueve todo el Cielo con amor y con deseo; y en apoyo de tal
creencia, no slo tengo pruebas fsicas y metafsicas, sino que tambin
me las suministra la verdad que de aqu llueve por medio de Moiss, por
los profetas, por los salmos, por el Evangelio, y por lo que vosotros
escribistis despus de haberos iluminado el ardiente Espritu. Creo
en tres Personas eternas, y las creo una esencia tan trina y una, que
admiten a la vez "son" y "es." La profunda naturaleza divina de que
ahora trato se ha grabado en mi mente muchas veces por la doctrina
evanglica. Tal es el principio, tal la chispa que se dilata hasta
convertirse en viva llama, y que brilla en mi interior como estrella en
el cielo.

Cual seor que oye lo que lo agrada, y por ello abraza a su siervo,
congratulndose por la noticia en cuanto ste se calla, de igual
suerte me bendijo cantando y gir tres veces en derredor de mi frente,
luego que me call, aquel apostlico fulgor, por cuyo mandato haba yo
hablado: tanto fu lo que mis palabras le agradaron.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOQUINTO_


Si alguna vez sucede que el poema sagrado en que han puesto sus manos
el Cielo y la Tierra, y que me ha hecho enflaquecer por espacio de
muchos aos, triunfe de la crueldad que me tiene alejado del bello
redil, donde dorm corderillo enemigo de los lobos que le hacen la
guerra; entonces volver como poeta, con otra voz y otros cabellos, y
tomar la corona de laurel sobre mis fuentes bautismales: porque all
entr en la fe que hace las almas familiares a Dios, y por ella me
rode Pedro de aquel modo la frente. Despus se adelant hacia nosotros
un resplandor desde aquella legin de que sali el primero de los
vicarios que Cristo dej en la Tierra; y mi Dama, llena de alegra, me
dijo:

--Mira, mira, he ah el Barn por quien all abajo visitan a
Galicia.[179]

       [179] El apstol Santiago.

Cual dos palomas que, al reunirse, se demuestran su amor dando vueltas
y arrullndose, as vi yo aquellos grandes y gloriosos prncipes
acogerse mutuamente, alabando el alimento de que all arriba se
nutren. Mas, cuando hubieron dado fin a sus gratulaciones, ambos se
detuvieron silenciosos "coram me," tan encendidos que humillaban mi
rostro. Beatriz dijo entonces riendo:

--Oh alma ilustre, que has escrito acerca de la liberalidad de nuestra
baslica! Haz resonar la Esperanza en esta altura. T sabes que la has
simbolizado tantas veces cuantas Jesucristo se os manifest a los tres
en todo su esplendor.

--Levanta la cabeza, y tranquilzate; porque es preciso que lo que
llega aqu arriba desde el mundo mortal se madure a nuestros rayos.

Tan consoladoras palabras me fueron dirigidas por el segundo
resplandor: entonces elev los ojos hacia aquellos montes que antes los
haban inclinado con su excesivo peso.

--Ya que nuestro Emperador te dispensa la merced de que te encuentres,
antes de tu muerte, en la estancia ms secreta de su palacio con sus
condes, a fin de que habiendo visto la verdad de esta corte, os anime
por eso a ti y a los otros la Esperanza que tanto enamora all abajo,
dime en qu consiste sta; dime cmo florece en tu mente, y de dnde te
proviene.

As habl el segundo resplandor. Y aquella piadosa Dama que gui las
plumas de mis alas hacia tan elevado vuelo, respondi antes que yo de
esta suerte:

--La Iglesia militante no tiene entre sus hijos otro ms provisto
de esperanza, como est escrito en el Sol que irradia sobre nuestra
multitud: por eso se le ha concedido que desde Egipto venga a ver a
Jerusaln, antes de terminar sus combates. Los otros dos puntos sobre
que han versado tus preguntas, no por deseo de saber, sino para que l
refiera lo grata que te es esta virtud, los dejo a su cargo; que no
le sern de difcil resolucin, ni le servirn de jactancia: responda,
pues, y que la gracia de Dios se lo conceda.

Cual discpulo que responde a su maestro con gusto y prontitud en
aquello en que es experto, a fin de revelar su mrito, as respond yo:

--La Esperanza es una expectacin cierta de la vida futura, producida
por la gracia divina y los mritos anteriores. Muchas son las estrellas
que me comunican esta luz; pero quien primero la derram en mi corazn
fu el supremo cantor[180] del Supremo Seor, "Que esperen en ti los
que conocen tu nombre," dice en sus sublimes cnticos; y quin no lo
conoce teniendo mi fe? T me has inundado despus con su oleada en tu
Epstola; de modo que ya estoy lleno, y derramo sobre otros vuestra
lluvia.

       [180] David.

Mientras yo hablaba, en el seno de aquel incendio fulguraba una llama
rpida y frecuente como un relmpago. Despus me dijo:

--El amor en que me abraso todava por la virtud que me sigui hasta la
palma y hasta mi salida del campo, quiero que te hable, a ti que con
ella te deleitas; sindome por lo mismo grato que me digas lo que la
Esperanza te promete.

Yo le contest:

--Las nuevas y las antiguas Escrituras prefijan el trmino a que deben
aspirar las almas a quienes Dios ha concedido su amistad, y ese trmino
lo veo ahora tal cual es. Isaas dice que cada una de ellas vestir
en su patria un doble ropaje, y su patria es esta dulce vida. Y tu
hermano[181] nos manifiesta ms claramente esta revelacin, all donde
trata de las blancas vestiduras.

       [181] San Juan en el Apocalipsis.

Inmediatamente despus de pronunciadas estas palabras, se oy
primeramente sobre nosotros: "Sperent in te;" a lo cual respondieron
todos los crculos de almas. Luego resplandeci entre ellas una luz tan
viva, que si Cncer tuviera semejante claridad, el invierno tendra un
mes de un solo da. Y como la doncella placentera, que se levanta, y va
y toma parte en la danza, slo por festejar a la recin venida, y no
por vanidad u otra flaqueza, as vi al esclarecido esplendor acercarse
a los otros dos, que seguan dando vueltas cual era necesario a su
ardiente amor. Psose a cantar con ellos las mismas palabras con la
misma meloda; y mi Dama fij en l sus miradas como esposa inmvil y
silenciosa.

--Ese es aqul que descans sobre el pecho de nuestro Pelcano; es el
que fu elegido desde la cruz para el gran cargo.

As dijo mi Dama; y sus miradas no dejaron de estar ms atentas despus
que antes de pronunciar estas palabras. Como a quien fija los ojos
en el Sol esperando verlo eclipsarse un poco, que a fuerza de mirar,
concluye por no ver, as me sucedi con aquel ltimo fuego, hasta que
me fu dicho:

--Por qu te deslumbras para ver una cosa que aqu no existe? Mi
cuerpo es tierra en la Tierra, y all permanecer con los otros cuerpos
hasta tanto que nuestro nmero se iguale con el eterno propsito. Las
dos luces que se elevaron antes son las nicas que existen en este
bienaventurado claustro con sus dos vestiduras; y as lo debes repetir
en tu mundo.

Dichas estas palabras, ces el girar del crculo inflamado juntamente
con el dulce concierto que formaba la armona del triple canto; as
como, para descansar o hur de un peligro, se detienen al sonido de un
silbo los remos que venan azotando el agua.

Ah! Cunta fu la turbacin de mi mente cuando me volv para ver a
Beatriz, y no pude lograrlo, a pesar de encontrarme cerca de ella y en
el dichoso mundo!

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOSEXTO_


Mientras yo permaneca indeciso a causa de mi deslumbrada vista, sali
la flgida llama que la deslumbr una voz, que llam mi atencin
diciendo:

--En tanto que recobras la vista que has perdido mirndome, bueno es
que hablando conmigo compenses su prdida. Empieza, pues, y dime adnde
se dirige tu alma, y persudete de que tu vista slo est ofuscada,
pero no destruda; pues la Dama que te conduce por esta regin luminosa
tiene en su mirada la virtud que tuvo la mano de Ananas.

Yo dije:

--Venga tarde o temprano, segn su voluntad, el remedio a mis ojos, que
fueron las puertas por donde ella entr con el fuego en que me abraso.
El bien que esparce la alegra en esta corte es el "alfa" y el "omega"
de cuanto el amor escribe en m, ya sea leve o fuertemente.

Aquella misma voz que haba desvanecido el miedo causado por mi sbito
deslumbramiento, excit nuevamente en m el deseo de hablar, diciendo:

--Es preciso que te limpies en una criba ms fina: es preciso que digas
quin dirigi tu arco hacia tal blanco.

--Los argumentos filosficos--contest--, y la autoridad que desciende
de aqu, han debido infundirme tal amor; porque el bien, por s mismo,
apenas es conocido, enciende tanto ms el amor, cuanta mayor bondad
encierra. As pues, la mente de todo el que conoce la verdad en que se
funda esta prueba, debe inclinarse a amar con preferencia a ninguna
otra cosa aquella esencia,[182] en la cual hay tanta ventaja, que los
dems bienes existentes fuera de ella no son ms que un rayo de su luz.
Esa verdad la ha declarado a mi inteligencia aquel que me demuestra el
primer amor de todas las substancias eternas. Me la declaran tambin
las palabras del veraz Hacedor, que dijo a Moiss hablando de s mismo:
"Yo te mostrar reunidas en m todas las perfecciones." T tambin me
la declaras en el principio de tu sublime anuncio, que publica en la
Tierra el arcano de arriba ms altamente que ningn otro.

       [182] Dios.

Y yo o:

--Por cuanto te dice la inteligencia humana, de acuerdo con la
autoridad divina, reserva para Dios el mayor de tus amores. Pero dime
todava si te sientes atrado hacia l por otras cuerdas, y dime con
cuantos dientes te muerde este amor.

No se me ocult la santa intencin del guila de Cristo; pues comprend
hasta dnde quera llevar mi confesin: por eso empec a decir:

--Todos los estmulos que pueden obligar al corazn a volverse hacia
Dios concurren en mi caridad; porque la existencia del mundo y mi
existencia, la muerte que El sufri para que yo viva, y lo que espera
todo fiel como yo, juntamente con el conocimiento antedicho, me han
sacado del pilago de los amores tortuosos, y me han puesto en la playa
del recto amor. Amo las hojas que adornan todo el huerto del Hortelano
eterno en la misma proporcin del bien que aqul les comunica.

Apenas guard silencio, reson por el Cielo un dulcsimo canto; y
mi Dama deca con los dems: "Santo, Santo, Santo!" Y as como la
aparicin de una luz penetrante desvanece el sueo, excitando el
sentido de la vista, el cual acude a la claridad que atraviesa las
membranas; y el despertado la rehuye, aturdido en su repentino desvelo,
mientras no le ayuda la facultad estimativa, de igual suerte ahuyent
Beatriz todo entorpecimiento de mis ojos con el rayo de los suyos,
que brillaba a ms de mil millas: entonces vi mejor que antes, y casi
estupefacto pregunt quin era un cuarto resplandor que distingu con
nosotros. Mi Dama me dijo:

--Dentro de esos rayos contempla amorosa a su Hacedor la primera alma
creada por la Virtud primera.[183]

       [183] Adn.

Como el follaje que doblega su copa al paso del viento, y despus se
levanta por la propia virtud que la endereza, tal hice yo, maravillado
mientras ella hablaba, e irguindome despus a impulsos del deseo de
preguntar que me abrasaba; por lo que empec de esta suerte:

--Oh fruto, que fuiste producido ya maduro! Oh padre antiguo, de
quien toda esposa es hija y nuera! Tan devotamente como puedo te
suplico que me hables; t ves mis deseos, los cuales no te manifiesto
por or ms pronto tus palabras.

A veces un animal encubertado se agita de modo que manifiesta por los
movimientos de su envoltura aquello que desea: del mismo modo la primer
alma me daba a conocer por la luz de que estaba revestida la alegra
que le causaba complacerme. Despus dijo:

--Sin que me lo hayas expresado, conozco tu deseo mejor que t aquello
de que ests ms cierto; porque lo veo en el veraz espejo cuyo parhelio
son las dems cosas, y que no es parhelio de ninguna. Quieres or
cunto tiempo ha que Dios me coloc en el excelso jardn en donde sa
te prepar a subir tan larga escala; por cunto tiempo deleit mis
ojos; la verdadera causa de la gran ira, y el idioma inventado por m
de que hice uso. Sabe, pues, hijo mo, que el haber probado la fruta
del rbol no fu la causa de tan largo destierro, sino solamente
el haber infringido la orden. En aquel lugar de donde tu Dama hizo
partir a Virgilio, estuve deseando esta compaa por espacio de cuatro
mil trescientas dos revoluciones del Sol; y mientras permanec en
la Tierra, le vi volver a todas las luces de su carrera novecientas
treinta veces. La lengua que habl se extingui completamente antes
que las gentes de Nemrod se dedicaran a la obra interminable; porque
ningn efecto racional fu jams duradero, a causa de la voluntad
humana, que se renueva segn la posicin y la influencia de los astros.
Es cosa muy natural que el hombre hable; pero la naturaleza deja a
vuestra discrecin que lo hagis de este o del otro modo. Antes que yo
descendiese a las angustias infernales, se daba en la Tierra el nombre
de I[184] al Sumo Bien de quien procede la alegra que me circunda;
ELI se le llam despus y as deba ser; porque el uso de los mortales
es como la hoja de una rama, que desaparece para ceder su puesto a otra
nueva. En el monte que se eleva ms sobre las ondas estuve yo, con
vida pura y deshonesta, desde la primera hora hasta la que es segunda
despus de la hora sexta, cuando el Sol pasa de uno a otro cuadrante.

       [184] Otros escriben un (nico), El, por Eli, o J, principio
       del nombre de Jehov, y sobre cada una de estas opiniones se
       ha discutido mucho.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOSEPTIMO_

"Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espritu Santo," enton
todo el Paraso con tan dulce canto, que me embriagaba. Lo que vea
me pareca una sonrisa del Universo, pues mi embriaguez penetraba por
el odo y por la vista. Oh gozo!, oh inefable alegra!, oh vida
entera de amor y de paz!, oh riqueza segura y sin deseo! Ante mis
ojos estaban encendidas las cuatro antorchas, y aquella que haba
venido primero empez a lanzar ms vivos destellos, transformndose su
aspecto cual aparecera el de Jpiter, si ste y Marte fueran aves y
trocasen su plumaje. La Providencia, que distribuye aqu a su placer
los oficios de cada uno, haba impuesto silencio a todo el coro de los
bienaventurados, cuando o estas palabras:

--No te admires al ver que mi semblante se demuda; pues vers demudarse
el de todos stos mientras hablo. Aquel que usurpa en la Tierra mi
puesto, mi puesto, mi puesto, que est vacante a los ojos del Hijo de
Dios, ha hecho de mi cementerio una sentina de sangre y podredumbre,
que al perverso cado desde aqu[185] sirve all abajo de complacencia.

       [185] Lucifer.

Entonces vi cubrirse todo el cielo de aquel color que comunica el Sol
por maana y tarde a las nubes opuestas a l; y cual mujer honesta que,
segura de s misma, se ruboriza tan slo al escuchar las faltas ajenas,
as vi yo a Beatriz cambiar de aspecto: un eclipse semejante creo que
hubo en el cielo cuando la pasin del Poder Supremo. Despus, con voz
tan alterada, que no fu mayor la alteracin de su semblante, continu
en estos trminos:

--Mi sangre, as como la de Lino y la de Cleto,[186] no aliment a
la Esposa de Cristo para acostumbrarla a adquirir oro, sino para que
adquiriese aquella vida virtuosa por la que Sixto y Po, Calixto y
Urbano derramaron su sangre despus de muchas lgrimas. No fu nuestra
intencin que una parte del pueblo cristiano estuviese sentada a la
derecha y otra a la izquierda de nuestro sucesor, ni que las llaves
que me fueron concedidas se convirtieran en una ensea de guerra para
combatir contra los bautizados, ni que estuviese representada mi imagen
en un sello para servir a privilegios vendidos y falsos, de que con
frecuencia me avergenzo e irrito. En todos los prados se ven all
abajo lobos rapaces disfrazados de pastores. Oh justicia de Dios!,
por qu duermes? Los de Cahors y los de Gascua se preparan a beber
nuestra sangre. Oh buen principio, en que fin tan vil has de venir a
parar! Pero la alta Providencia, que por medio de Escipin defendi
en Roma la gloria del mundo, lo socorrer en breve segn imagino. Y
t, hijo, que todava has de volver abajo, llevado por el peso de tu
cuerpo mortal, abre all la boca y no ocultes lo que yo no oculto.

       [186] Papas y mrtires, sucesores de San Pedro.

As como nuestro aire despide hacia la Tierra copos de helados vapores,
cuando el cuerno de la Cabra del cielo toca al Sol,[187] de igual modo
vi elevarse aquel ter puro, y despedir hacia lo alto los vapores
triunfantes que all se haban detenido con nosotros. Mi vista segua
sus semblantes, y los sigui hasta que la mucha distancia me impidi ir
ms adelante: por lo cual mi Dama, reparando que haba cesado de mirar
hacia arriba, me dijo:

--Baja la vista y advierte cunto has girado.

       [187] Cuando el Sol est en Capricornio, o sea en diciembre y
       enero.

Entonces vi que, desde la hora en que mir por primera vez a la Tierra,
haba yo recorrido todo el arco formado por el primer clima desde la
mitad hasta el fin; de modo que vea ms all de Cdiz el insensato
paso de Ulises, y a esta parte casi divisaba la playa donde Europa se
convirti en dulce carga:[188] y aun habra descubierto mayor espacio
de este globulillo, a no ser porque el Sol me preceda bajo mis pies
un signo y algo ms. El amoroso espritu con que adoro siempre a mi
Dama arda ms que nunca en deseos de volver nuevamente hacia ella
los ojos; y las bellezas que la naturaleza o el arte han producido
para cautivar la vista y atraer los espritus, ya en cuerpos humanos,
ya en pinturas, todas juntas seran nada en comparacin del placer
divino que me ilumin cuando me volv hacia su faz riente: la fuerza
que me infundi su mirada me apart del bello nido de Leda,[189] y me
transport al cielo ms veloz.[190] Sus partes vivsimas y excelsas
son tan uniformes, que no sabr decir cul de ellas escogi Beatriz
para mi entrada en l; pero ella, que vea mi deseo, empez a decirme,
sonrindose tan placentera, que pareca regocijarse Dios en su
semblante:

       [188] Las playas fenicias, donde Jpiter, transformado en
       toro, rob a Europa.

       [189] Del signo de Gminis.

       [190] Al cielo llamado Primer mvil.

--En esta esfera empieza, como en su meta, el movimiento, que
naturalmente cesa en el centro, mientras todo lo dems gira en torno
suyo; y este cielo no tiene otro sitio donde adquirir movimiento ms
que la mente divina, en la cual se enciende el amor que le impulsa y
la influencia que vierte sobre las dems cosas. La luz y el amor la
circundan, as como l circunda a los otros cielos inferiores; y ese
crculo de luz y de amor lo dirige y lo comprende tan slo Aqul que
rodea con l a este cielo. Su movimiento no est determinado por otro
alguno; pero los dems estn medidos por ste, lo mismo que diez por
la mitad y el quinto. Ahora puedes comprender cmo el tiempo tiene sus
races en este tiesto, y en los otros las hojas. Oh concupiscencia,
que de tal modo sumerges en ti a los mortales, que a ninguno le es
posible sacar los ojos fuera de tus ondas! Mucho florece la voluntad
en los hombres; pero la continua lluvia convierte las verdaderas
ciruelas en endrinas. La fe y la inocencia slo se encuentran en los
nios; y despus cada una de ellas huye antes de que el vello cubra sus
mejillas. Hay quien ayuna balbuceando todava, y luego que tiene la
lengua suelta, devora cualquier alimento en cualquier poca; y tambin
hay quien, balbuciente an, ama y escucha a su madre, y cuando llega
a hablar claramente, desea verla sepultada. No de otro modo la piel
de la bella hija del que os trae la maana y os deja la noche, siendo
blanca al principio, se ennegrece despus.[191] Y a fin de que no te
maravilles, sabe que en la Tierra no hay quien gobierne; por lo cual
va tan descarriada la raza humana. Pero antes de que el mes de enero
deje de pertenecer al invierno, a causa del centsimo de que all abajo
no hacen caso, estos crculos superiores rugirn de tal suerte, que
la borrasca, por tanto tiempo esperada, volver las popas donde ahora
estn las proas, haciendo que la flota navegue directamente, y que el
verdadero fruto venga en pos de la flor.

       [191] La Naturaleza humana.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMOCTAVO_


Despus que aquella que eleva mi alma al Paraso me manifest la verdad
contrapuesta a la vida actual de los mseros mortales, recuerda mi
memoria que, as como el que ve en un espejo la llama de una antorcha
encendida detrs de l, antes de haberla visto o pensado en ella,
se vuelve para cerciorarse de si el cristal le dice la verdad, y ve
que los dos estn acordes, como la nota musical con el comps, as
hice yo al contemplar los hermosos ojos en donde teji amor la cuerda
que me sujet: y cuando me volv, y se vieron heridos los mos por
lo que aparece en aquel cielo toda vez que se observe con atencin
su movimiento, distingu un punto que despeda tan penetrante luz,
que es preciso cerrar los ojos iluminados por ella, a causa de su
aguda intensidad. La estrella que ms pequea parece desde la Tierra,
colocada a su lado, como una estrella cerca de otra, parecera una
luna. Casi tanto como el cerco de un astro parece distar de la luz
que le traza, cuando el vapor que lo forma es ms denso, distaba del
centro de aquel punto un crculo de fuego, girando tan rpidamente,
que hubiera vencido en celeridad al movimiento de aquel Cielo que ms
velozmente gira ciendo al mundo. Este crculo estaba rodeado por
otro, y ste por un tercero, y el tercero por el cuarto, por el quinto
el cuarto, y despus por el sexto el quinto; sobre stos segua el
sptimo, de tan gran extensin, que la mensajera de Juno[192] sera
demasiado estrecha para contenerlo por completo. Lo mismo suceda con
el octavo y el noveno,[193] y cada cual de ellos se mova con ms
lentitud segn su mayor distancia del Uno, teniendo la llama ms clara
el que menos distaba de la luz pursima; porque, segn creo, participa
ms de su verdad. Mi Dama, que me vea presa de una viva curiosidad, me
dijo:

       [192] Iris.

       [193] Estos nueve crculos luminosos son formados por los
       nueve rdenes anglicos, y su punto cntrico es Dios.

--De aquel punto depende el Cielo y toda la naturaleza. Mira aquel
crculo que est ms prximo a l, y sabe que su movimiento es tan
rpido a causa del ardiente amor que le impulsa.

Le contest:

--Si el mundo estuviera dispuesto en el orden en que veo esas ruedas,
tu explicacin me hubiera satisfecho; pero en el mundo sensible se
pueden ver las cosas tanto ms rpidas cuanto ms apartadas estn de su
centro: as es que, si mi deseo debe tener fin en este maravilloso y
anglico templo, cuyos nicos confines son el amor y la luz, necesito
todava or cmo es que el modelo y la copia no van del mismo modo;
porque yo en vano reflexiono en ello.

--Si tus dedos no bastan para deshacer ese nudo, no es maravilla: tan
slido se ha hecho por no haber sido tocado!

As dijo mi Dama; despus aadi:

--Medita lo que voy a decirte, si quieres quedar satisfecho, y aguza
sobre ello el ingenio. Los crculos corpreos son anchos y estrechos,
segn la mayor o menor virtud que se difunde por todas partes. Cuanto
mayor es su bondad, ms saludables son los efectos que produce; y el
cuerpo mayor contiene mayor bondad, con tal que sean todas sus partes
igualmente perfectas. Ahora bien, este crculo en que estamos, que
arrastra consigo todo el alto universo, corresponde al que ms ama y
ms sabe; por lo cual, si te fijas en la virtud y no en la extensin
de las substancias que te aparecen dispuestas en crculos, vers una
relacin admirable y gradual entre cada Cielo y su inteligencia.

Puro y sereno, como queda el hemisferio del aire cuando Breas sopla
con la menos impetuosa de sus mejillas, limpiando y disolviendo la
niebla que antes lo obscureca todo, y haciendo que el cielo ostente
las bellezas de toda su comitiva, qued yo cuando mi Dama me satisfizo
con sus claras respuestas, viendo entonces la verdad tan brillante
como las estrellas en el cielo. Cuando hubo terminado sus palabras,
empezaron a chispear los crculos, como chispea el hierro candente; y
aquel centelleo, que pareca un incendio, era imitado por cada chispa
de por s, siendo stas tantas, que su nmero se multiplicaba mil
veces ms que el producido por la multiplicacin de las casillas de un
tablero de ajedrez.[194] Yo oa cantar "Hosanna," de coro en coro, en
alabanza del punto fijo, que los tiene y siempre los tendr en el lugar
donde siempre han estado: y aquella que vea las dudas de mi mente dijo:

       [194] La multiplicacin duplicada de las casillas del tablero
       de ajedrez produce una cantidad asombrosa, en esta forma:
       1. casilla, 1; 2., 2; 3., 4; 4., 8; 5., 16; 6., 32;
       hasta la casilla 64, que arroja veinte cifras, o sean decenas
       de trilln. Cuntase que el inventor del ajedrez fu un
       indiano, el cual present el nuevo juego a un rey de Persia;
       y habindole ofrecido ste darle lo que pidiese, pidi un
       cuartillo de grano, duplicado y tantas veces multiplicado
       cuantas eran las casillas del tablero. El rey se lo concedi
       rindose; pero no pudo pagarle, porque no hubo en todo el
       reino bastante grano para ello.

--Los primeros crculos te han mostrado los Serafines y los Querubines.
Siguen con tal velocidad su amorosa cadena para asemejarse al punto
cuanto pueden, y pueden tanto ms, cuanto ms altos estn para verle.
Aquellos otros amores, que van en torno de ellos, se llaman Tronos de
la presencia divina, en los cuales termina el primer ternario; y debes
saber que es tanto mayor su gozo, cuanto ms penetra su vista en la
Verdad, en que se calma toda inteligencia. Aqu puede conocerse que
la beatitud se funda en el acto de ver, y no en el de amar a Dios, lo
cual viene despus; y siendo las obras meritorias engendradas por la
gracia y la buena voluntad, la medida de la contemplacin procede as
de grado en grado. El otro ternario, que germina en esta primavera
eterna de modo que no le despoja el Aries nocturno, canta perpetuamente
"Hosanna" con tres melodas, que resuenan en los tres rdenes de
alegra de que se compone. En esa jerarqua estn las tres diosas:
primera, Dominaciones; segunda, Virtudes, y el tercer orden es el de
las Potestades. Despus, en los dos penltimos crculos giran los
Principados y los Arcngeles: el ltimo se compone todo de anglicos
festejos. Todos estos rdenes tienen sus miradas fijas arriba, y
ejercen abajo tal influencia, que as como ellos son atrados por Dios,
atraen lo que est debajo de ellos. Con tal ardor se puso Dionisio[195]
a contemplar esos rdenes, que los nombr y distingui como yo. Pero
Gregorio[196] se separ de l despus; as es que en cuanto abri los
ojos en este cielo, se ha redo de s mismo. Y si un mortal ha revelado
en la Tierra una verdad tan secreta, no quiero que te admires; porque
el que la vi aqu arriba[197] se la descubri, con otras muchas cosas
referentes a las verdades de estos crculos.

       [195] San Dionisio Areopagita, en su libro =De coelesti
       hierarchia=.

       [196] San Gregorio el Grande, que modific el orden de los
       ngeles seguido por San Dionisio.

       [197] San Pablo, que fu transportado al cielo, e instruy a
       San Dionisio.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO VIGESIMONONO_


Silenciosa y con el rostro risueo permaneci Beatriz, mirando
fijamente al punto que me haba deslumbrado, tanto espacio de
tiempo como el que media desde el momento en que el cenit mantiene
en equilibrio a los dos hijos de Latona, cuando stos, cobijados
respectivamente por Aries y Libra, se forman una misma zona del
horizonte, hasta que uno y otro rompen aquel cinto cambiando de
hemisferio.[198] Despus empez as:

       [198] Quiere decir que Beatriz guard silencio, mirando
       fijamente a Dios slo un instante. Los hijos de Latona son el
       Sol y la Luna: cuando ambos se hallan en el mismo horizonte,
       uno en frente de otro, en Aries y Libra, como tenidos en
       balanza por una mano invisible, inmediatamente rompen ese
       equilibrio aparente, ascendiendo el uno a nuestro hemisferio,
       y pasando el otro al hemisferio opuesto.

--Yo te dir sin preguntar lo que deseas or, porque lo he visto
desde all donde converge todo "ubi" y todo "quando." No con objeto
de adquirir para s ningn bien (que esto no puede ser), sino a fin
de que su esplendor, reflejndose en las criaturas, pudiera decir:
"Existo," el Eterno Amor, en su eternidad, antes que el tiempo fuese, y
de un modo incomprensible a toda otra inteligencia, se difundi segn
le plugo, creando nuevos amores. No es decir que antes permaneciera
ocioso y como inerte; pues el proceder del espritu de Dios sobre estas
aguas no tuvo antes ni despus. La forma y la materia pura salieron
juntamente con una existencia sin defecto, como salen tres flechas de
un arco de tres cuerdas; y as como la luz brilla en el vidrio, en el
mbar o en el cristal, de manera que entre el llegar y el ser toda no
media intervalo alguno, as tambin aquel triforme efecto irradi a
la vez de su Seor, sin distincin entre su principio y su existencia
perfecta. Simultneamente fu tambin creado y establecido el orden
de las substancias; y aquellas en que se produjo el acto puro fueron
colocadas en la cima del mundo. A la parte inferior fu destinada
la potencia pura; y en el medio uni a la potencia y a la accin un
vnculo que nunca se desata. Jernimo escribi que los ngeles fueron
creados muchos siglos antes de que fuera hecho el otro mundo; pero
esta verdad est escrita en varios pasajes de los escritores del
Espritu Santo, y la podrs observar si bien la examinas, como que
hasta la misma razn la ve en parte; pues no podra comprender que los
motores permanecieran tanto tiempo sin su perfeccin. Ahora sabes ya
dnde, cmo y cundo fueron creados estos amores; de modo que estn
extinguidos tres ardores de tu deseo. No contaras de uno a veinte
con la prontitud con que una parte de los ngeles turb el mundo de
vuestros elementos. La otra parte qued aqu, y empez la obra que
contemplas, con tanto placer que nunca cesa de girar. La causa de la
cada fu el maldito orgullo de aquel que viste en el centro de la
Tierra, pesando sobre l toda la gravedad del mundo. Esos que ves aqu
fueron modestos, reconociendo la bondad que los haba hecho dispuestos
a tan altas miras; por lo cual sus inteligencias fueron de tal modo
exaltadas por la gracia que ilumina y por su mrito, que poseen una
plena y firme voluntad. Y no quiero que dudes, sino que tengas completa
certidumbre de que es meritorio recibir la gracia en proporcin del
amor con que se la pide y acoge. En adelante, puedes contemplar a
tu placer y sin otra ayuda este consistorio, si has entendido mis
palabras: pero como en la Tierra y en vuestras escuelas se lee que la
naturaleza anglica es tal que entiende, recuerda y quiere, te dir
ms todava para que veas en toda su pureza la verdad que abajo se
confunde, equivocando semejante doctrina. Estas substancias, despus de
haberse recreado en el rostro de Dios, no separaron su mirada de ste
para quien nada hay oculto; as es que su vista no est interceptada
por ningn nuevo objeto, y en consecuencia, no necesitan la memoria
para recordar un concepto separado de su pensamiento. All abajo,
pues, se suea sin dormir, creyendo unos y no creyendo otros decir
la verdad; pero en stos hay ms falta y ms vergenza. Los que all
abajo os dedicis a filosofar, no vais por un mismo sendero; tanto
es lo que os arrastra el afn de parecer sabios e ingeniosos: y aun
esto se tolera aqu con menos rigor que el desprecio de la Sagrada
Escritura o su torcida interpretacin. No pensis en la sangre que
cuesta sembrarla por el mundo, y lo grato que es a Dios el que uniforma
humildemente sus ideas a las de aqulla. Slo por parecer docto, cada
cual se ingenia y se esfuerza en invenciones, que sirven de texto a los
predicadores, mientras que el Evangelio se calla. Uno dice que la Luna
retrocedi cuando la pasin de Cristo, y se interpuso a fin de que la
luz del Sol no pudiera bajar a la Tierra; otros que la luz se ocult
por s misma, razn por la cual este eclipse fu tan sensible para
los Espaoles y los Indios, como para los Judos. No tiene Florencia
tantos Lapi y Bindi[199] como fbulas se pronuncian durante un ao
y por todas partes en el plpito; as es que las ovejas ignorantes
vuelven del pasto repletas de viento, sin que les sirva de excusa no
haber visto el dao. Cristo no dijo a su primer convento: "Andad y
predicad patraas al mundo," sino que les di por base la verdad: y
sta son en sus bocas de tal modo, que al combatir para encender la
Fe, solamente se valieron del Evangelio como de escudo y lanza. Ahora,
para predicar, se abusa de las argucias y bufonadas; con tal de excitar
la hilaridad, la cogulla se hincha y no se desea otra cosa. Pero en la
punta de esa cogulla anida tal pjaro,[200] que si el vulgo lo viese,
no admitira las indulgencias de aquellos en quienes confa; por las
cuales ha crecido tanto la necedad en la Tierra, que sin pedir pruebas
de su autenticidad, se agolpara la gente a cualquier promesa de ellas.
Con esto engorda el puerco de San Antonio, y engordan otros muchos
que son peores que puercos, pagando en moneda sin cuo. Mas, poniendo
fin a esta larga digresin, vuelve ya tus ojos hacia la va recta,
de modo que el camino y el tiempo se abrevien. La naturaleza de los
ngeles aumenta tanto su nmero de grado en grado, que no hay palabra
ni inteligencia mortal que pueda llegar a significar ese nmero; y si
examinas bien lo que revel Daniel, vers que en sus millares no se
manifiesta un nmero determinado. La primera luz que ilumina toda la
naturaleza anglica penetra en ella de tantos modos cuantos son los
esplendores a que se une. As pues, como el afecto es proporcionado
a la intensidad de la visin beatfica, la dulzura del amor es en los
ngeles diversamente fervorosa o tibia. Contempla en adelante la altura
y la extensin del Poder Eterno; pues ha formado para s tantos espejos
en los que se reparte, quedando siempre uno e indivisible como antes de
haberlos creado.

       [199] Nombres muy comunes en Florencia.

       [200] El demonio.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMO_


Acaso arde la hora sexta distante seis mil millas de nosotros, y este
mundo inclina ya su sombra casi horizontalmente, cuando el centro del
cielo que vemos ms profundo empieza a ponerse de modo, que algunas
estrellas van perdindose de vista desde la Tierra; y a medida que
viene adelantando la clarsima sierva del Sol, el cielo apaga de una en
una sus luces hasta la ms bella. No de otra suerte desapareci poco a
poco a mi vista el triunfo de los coros anglicos, que siempre festeja
en torno de aquel punto que me deslumbr, parecindome contenido en
lo mismo que l contiene; por lo cual, no viendo ya nada, esto unido
al amor me oblig a volver los ojos hacia Beatriz. Si todo cuanto
hasta aqu se ha dicho acerca de ella estuviera reunido en una sola
alabanza, sera poco para llenar el objeto. La belleza que en ella
vi no slo est fuera del alcance de nuestra inteligencia, sino que
creo con certeza que su Hacedor es el nico que la comprende toda. Me
confieso vencido por este pasaje de mi poema ms de lo que con respecto
a otro punto lo fu jams autor trgico o cmico; porque as como
el Sol ofusca la vista ms trmula, del mismo modo el recuerdo de la
dulce sonrisa paraliza mi mente. Desde el primer da que vi su rostro
en esta vida, hasta mi actual contemplacin, no se ha interrumpido la
continuacin de mi canto; pero ahora es preciso que mi poema desista de
seguir cantando la belleza de mi Dama, como hace todo artista que llega
al ltimo esfuerzo en su arte. Tal cual la dejo para que la anuncie una
trompa de mayor sonido que la ma, que conduce al trmino su difcil
tarea, Beatriz repuso con el gesto y la voz de una gua solcita:

--Hemos salido fuera del mayor de los cuerpos celestes, para subir al
cielo que es pura luz;[201] luz intelectual, llena de amor, amor de
verdadero bien, lleno de gozo; gozo superior a toda dulzura. Aqu vers
una y otra milicia del Paraso, y una de ellas bajo aquel aspecto con
que la contemplars en el juicio final.

       [201] Del Primer mvil al Empreo.

Como sbito relmpago que disipa las potencias visivas, privando al ojo
de la facultad de distinguir los mayores objetos, as me circund una
luz resplandeciente, dejndome velado de tal suerte con su fulgor, que
nada descubra.

--El Amor que tranquiliza este cielo, acoge siempre con semejante
saludo al que entra en l, a fin de disponer al cirio para recibir su
llama.

No bien hube odo estas palabras, cuando me sent elevar de un modo
superior a mis fuerzas, y adquir una nueva vista de tal vigor, que no
hay luz alguna tan brillante que no pudieran soportarla mis ojos. Y vi
en forma de ro una luz urea, que despeda esplndidos fulgores entre
dos orillas adornadas de admirable primavera. De este ro salan vivas
centellas, que por todas partes llovan sobre las flores, pareciendo
rubes engastados en oro. Despus, como embriagadas con aquellos
aromas, volvan a sumergirse en el maravilloso raudal; pero si una
entraba en l, otra sala.

--El alto deseo que ahora te inflama y estimula para comprender lo
que ests viendo, me place tanto ms cuanto es ms vehemente; pero es
preciso que bebas de esa agua antes que sacies tanta sed.

As me dijo el Sol de mis ojos. Luego aadi:

--El ro y los topacios, que entran y salen, y la sonrisa de las
hierbas son nada ms que sombras y prefacios de la verdad: no es decir
que estas cosas sean en s de difcil comprensin; pues el defecto est
en ti, que no tienes an la vista bastante elevada.

Ningn nio se tira de cabeza tan presuroso al pecho de su madre cuando
despierta ms tarde de lo acostumbrado, como yo, para mejorar los
espejos de mis ojos, me inclin sobre la onda luminosa, que corre a fin
de que se perfeccione la vista; y apenas se ba en ella la extremidad
de mis prpados, me pareci que la larga corriente se haba vuelto
redonda. Despus, as como la gente enmascarada parece otra cosa muy
distinta en cuanto se despoja de la falsa apariencia bajo la cual se
ocultaba, as me pareci que adquiran mayor alegra las flores y las
centellas; de modo que vi distintamente las dos cortes del cielo. Oh
esplendor de Dios, merced al cual vi el gran triunfo del reino de la
verdad! Dame fuerzas para decir cmo lo vi.

Hay all arriba una luz, que hace visible el Creador a toda criatura
que slo funda su paz en contemplarle; y se extiende en forma circular
por tanto espacio, que su circunferencia sera para el Sol un cinturn
demasiado anchuroso. Toda su apariencia procede de un rayo reflejado
sobre la cumbre del Primer Mvil, que de l adquiere movimiento y
potencia; y as como una colina se contempla en el agua que baa su
base, cual si quisiera mirarse adornada cuando es ms rica de verdor y
flores, as, suspendidas en torno, en torno de la luz, vi reflejarse en
ms de mil gradas todas las almas que desde nuestro mundo han vuelto
all arriba. Y si la ltima grada concentra en s tanta luz, cul no
ser el esplendor de esta rosa en sus ltimas hojas! Mi vista no se
perda en la anchura ni en la elevacin de esta rosa, sino que abarcaba
toda la cantidad y la calidad de aquella alegra. All, el estar cerca
o lejos, no da ni quita; porque donde Dios gobierna sin interposicin
de causas secundarias, no ejerce ninguna accin la ley natural. Hacia
el centro de la rosa sempiterna, que se dilata, se eleva gradualmente
y exhala un perfume de alabanzas al Sol que all produce una eterna
primavera, me atrajo Beatriz como el que calla al mismo tiempo que
quiere hablar, y dijo:

--Mira cun grande es la reunin de blancas estolas! Mira qu gran
circuito tiene nuestra ciudad! Mira nuestros escaos tan llenos, que
ya son pocos los llamados a ocuparlos! En aquel gran asiento donde
tienes los ojos fijos a causa de la corona que est colocada sobre
l, antes que t cenes en estas bodas se sentar el alma de gran
Enrique, que ser augusta en la Tierra,[202] el cual ir a reformar
la Italia antes que se halle preparada para ello. La ciega codicia
que os enferma, os ha hecho semejantes al nio que muere de hambre
y rechaza a su nodriza. Entonces ser prefecto en el foro divino un
hombre,[203] que abierta y ocultamente no ir por el mismo camino que
aqul; pero poco tiempo le tolerar Dios en su santo cargo; porque ser
arrojado donde est Simn Mago por sus merecimientos, y har que el de
Alagna[204] se hunda ms.

       [202] Aqu Dante finge predecir en 1300 la coronacin del
       emperador Enrique VII de Luxemburgo, que tuvo efecto en 1308.

       [203] El papa Clemente V.

       [204] El papa Bonifacio VIII. (Vase el Infierno, canto XIX.)

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMOPRIMERO_


En forma, pues, de blanca rosa se ofreca a mi vista la milicia santa
que Cristo con su sangre hizo su esposa; pero la otra, que volando ve y
canta la gloria de aquel que la enamora y la bondad que tan excelsa la
ha hecho, como un enjambre de abejas, que ora se posa sobre las flores,
ora vuelve al sitio donde su trabajo se convierte en dulce miel,
descenda a la gran flor que se adorna de tantas hojas, y desde all
se lanzaba de nuevo hacia el punto donde siempre permanece su Amor.
Todas estas almas tenan el rostro de llama viva, las alas de oro, y
lo restante de tal blancura, que no hay nieve que pueda comparrsele.
Cuando descendan por la flor de grada en grada, comunicaban a las
otras almas la paz y el ardor que ellas adquiran volando; y por ms
que aquella familia alada se interpusiera entre lo alto y la flor, no
impeda la vista ni el esplendor, porque la luz divina penetra en el
universo segn que ste es digno de ello, de manera que nada puede
servirle de obstculo.

Este reino tranquilo y gozoso, poblado de gente antigua y moderna,
tena todo l la vista y el amor dirigidos hacia un solo punto. Oh
trina luz, que centelleando en una sola estrella, regocijas de tal
modo la vista de esos espritus!, mira cul es aqu abajo nuestra
tormenta. Si los brbaros, procedentes de la regin que cubre Hlice
diariamente girando con su hijo a quien mira con amor,[205] se quedaban
estupefactos al ver a Roma y sus magnficos monumentos, cuando Letrn
superaba a todas las obras salidas de manos de los hombres, yo, que
acababa de pasar de lo humano a lo divino, del tiempo limitado a lo
eterno, y de Florencia a un pueblo justo y santo, de qu estupor no
estara lleno? En verdad que, entregado a tal estupor y a mi gozo, me
complaca el no or ni decir nada. Y como el peregrino que se recrea
contemplando el templo que haba hecho voto de visitar, y espera, al
volver a su pas, referir cmo estaba construdo, as yo, contemplando
la viva luz, paseaba mis miradas por todas las gradas, ya hacia arriba,
ya hacia abajo, ya en derredor, y vea rostros que excitaban a la
caridad, embellecidos por otras luces y por su sonrisa, y en actitudes
adornadas de toda clase de gracia. Mi vista haba abarcado por completo
la forma general del Paraso, pero no se haba fijado en parte alguna:
entonces, posedo de un nuevo deseo, me volv hacia mi Dama para
preguntarle sobre algunos puntos que tenan en suspenso mi mente; pero
cuando esperaba una cosa, me sucedi otra: crea ver a Beatriz, y vi un
anciano[206] vestido como la familia gloriosa. En sus ojos y en sus
mejillas estaba esparcida una benigna alegra, y su aspecto era tan
dulce como el de un tierno padre.

       [205] El Norte, sobre el cual gira constantemente la Osa
       mayor, junto con su hijo Bootes o Arturo.

       [206] Beatriz ha cumplido ya su misin, y desaparece del
       lado de Dante, sustituyndole San Bernardo, smbolo de la
       contemplacin y del amor a Mara, de quien impetra luego que
       alcance para el Poeta la gracia de ver a Dios; tal vez porque
       para esto no basta la ciencia teolgica, y se necesita de la
       Gracia.

--Y ella dnde est?--dije al momento.

A lo cual contest l:

--Beatriz me ha enviado desde mi asiento para poner fin a tu deseo;
y si miras el tercer crculo a partir de la grada superior, la vers
ocupar el trono en que la han colocado sus mritos.

Sin responder levant los ojos, y la vi formndose una corona de los
eternos rayos que de s reflejaba. El ojo del que estuviese en lo
profundo del mar no distara tanto de la regin ms elevada donde
truena, como distaban de Beatriz los mos; pero nada importaba, porque
su imagen descenda hasta m sin interposicin de otro cuerpo.

--Oh mujer, en quien vive mi esperanza, y que consentiste, por mi
salvacin, en dejar tus huellas en el Infierno! Si he visto tantas
cosas, a tu bondad y a tu poder debo esta gracia y la fuerza que me ha
sido necesaria. T, desde la esclavitud, me has conducido a la libertad
por todas las vas y por todos los medios que para hacerlo han estado a
tu alcance. Consrvame tus magnficos dones, a fin de que mi alma, que
sanaste, se separe de su cuerpo siendo agradable a tus ojos.

As or; y aquella que tan lejana pareca, se sonri y me mir,
volvindose despus hacia la eterna fuente.[207] El santo Anciano me
dijo:

       [207] Dios, eterna fuente de bien.

--A fin de que lleves a feliz trmino tu viaje, para lo cual me han
movido el ruego y el amor santo, vuela con los ojos por este jardn;
pues mirndolo se avivar ms tu vista para subir hasta el rayo
divino. Y la Reina del Cielo, por quien ardo enteramente en amor, nos
conceder todas las gracias, porque yo soy su fiel Bernardo.

Como aquel que acaso viene de Croacia para ver nuestra Vernica, y no
se cansa de contemplarla a causa de su antigua fama, antes bien dice
para s mientras se la ensean: "Seor mo Jesucristo, Dios verdadero,
era tal vuestro rostro?," lo mismo estaba yo mirando la viva caridad
de aqul, que entregado a la contemplacin, gust en el mundo las
delicias de que ahora goza.

--Hijo de la gracia--empez a decirme--, no podrs conocer esta
existencia dichosa, mientras fijes los ojos solamente aqu abajo. Ve
mirando los crculos hasta el ms remoto, a fin de que veas el trono de
la Reina a quien est sometido y consagrado este reino.

Levant los ojos; y as como por la maana la parte oriental del
horizonte excede en claridad a aquella por donde el Sol se pone, del
mismo modo, y dirigiendo la vista como el que va del fondo de un valle
a la cumbre de un monte, vi en el ms elevado crculo una parte del
mismo que sobrepujaba en claridad a todas las otras; y as como all
donde se espera el carro que tan mal gui Faetn,[208] ms se inflama
el cielo y fuera de aquel punto va perdiendo la luz su viveza, de
igual suerte aquella pacfica oriflama[209] brillaba ms en su centro,
disminuyndose gradualmente el resplandor en todas las dems partes.
En aquel centro vi ms de mil ngeles que la festejaban con las alas
desplegadas, diferente cada cual en su esplendor y en su actitud. Ante
sus juegos y sus cantos vi sonrer una beldad, que infunda el contento
en los ojos de los dems santos. Aun cuando tuviera tantos recursos
para decir como para imaginar, no me atrevera a expresar la mnima
parte de sus delicias.

       [208] El carro del Sol.

       [209] La Virgen Mara.

Cuando Bernardo vi mis ojos atentos y fijos en el objeto de su
ferviente amor, volvi los suyos hacia l con tanto afecto, que
infundi en los mos ms ardor para contemplarlo.

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMOSEGUNDO_


Atento a su dicha, aquel contemplador asumi espontneamente en s el
cargo de maestro y empez por estas santas palabras:

--La herida que Mara resta y cur fu abierta y enconada por aquella
mujer tan hermosa que est a sus pies.[210] Debajo de sta, en el
orden que forman los terceros puestos, se sientan, como ves, Raquel
y Beatriz.[211] Sara, Rebeca, Judith, y la bisabuela[212] del Cantor
que en medio del dolor producido por su falta dijo "Miserere mei,"
puedes verlas sucederse de grado en grado, descendiendo, a medida que
en la rosa te las voy nombrando de hoja en hoja. Y desde la sptima
grada para abajo, como desde la ms alta a la misma grada, se suceden
las Hebreas, dividiendo todas las hojas de la flor; porque aqullas
son como un recto muro, que comparte los sagrados escalones, segn
como se fij en Cristo la mirada de la fe. En esa parte, en que la
flor est provista de todas sus hojas, se sientan los que creyeron
en la venida de Jesucristo; y en la otra, en que los semicrculos se
ven interrumpidos por algunos huecos, se sientan los que creyeron en
El despus de haber venido; y as como en esa parte el glorioso trono
de la Seora del cielo y los otros escaos inferiores forman tan
gran separacin, as en la opuesta est el trono del gran Juan que,
siempre santo, sufri la soledad y el martirio, y el Infierno despus
durante dos aos;[213] y as tambin debajo de l, formando a propsito
igual separacin, est el de Francisco; bajo ste el de Benito, bajo
Benito Agustn y otros varios, descendiendo de igual modo hasta aqu
de crculo en crculo. Admira, pues, la elevada Providencia divina;
porque uno y otro aspecto de la Fe llenarn por igual este jardn. Y
sabe que desde la grada que corta por mitad ambas filas hasta abajo,
nadie se sienta por su propio mrito, sino por el que contrajo otro, y
con ciertas condiciones; porque todos ellos son espritus desprendidos
de la Tierra antes que estuviesen dotados de criterio para elegir la
verdad. Fcil te ser cerciorarte de ello por sus rostros y tambin por
sus voces infantiles, si los miras y los escuchas bien. Ahora dudas,
y dudando guardas silencio; pero yo soltar las fuertes ligaduras con
que te estrechan tus sutiles pensamientos. En toda la extensin de
este reino no puede tener cabida un asiento dado por casualidad, como
tampoco caben la tristeza, la sed, ni el hambre; pues todo cuanto ves
se halla establecido por eterna ley, de modo que aqu cada cosa viene
justa como anillo al dedo. Por lo tanto, estas almas apresuradas a la
verdadera vida no son aqu "sine causa" ms o menos excelentes entre
s. El Rey por quien este reino reposa en tanto amor y deleite, que
ninguna voluntad se atreve a desear ms, creando todas las almas bajo
su dichoso aspecto, las dota segn quiere de ms o menos gracia: en
cuanto a esto baste conocer el efecto; lo cual se demuestra expresa
y claramente por la Sagrada Escritura en aquellos gemelos a quienes
agit la ira en el vientre de su madre.[214] Por lo tanto, es preciso
que la altsima luz corone de su gloria a los espritus segn sea el
color de los cabellos de tal gracia. As pues, sin consideracin al
mrito de sus obras, se hallan sos colocados en diferentes grados,
distinguindose tan slo por su penetracin primitiva. En los primeros
siglos bastaba ciertamente para salvarse tener, junto con la inocencia,
la fe de los padres. Transcurridas las primeras edades, fu menester
que los varones todava inocentes adquiriesen la virtud por medio
de la circuncisin; pero cuando lleg el tiempo de la Gracia, toda
aquella inocencia debi permanecer en el Limbo, si no haba recibido el
perfecto bautismo de Cristo. Contempla ahora la faz que ms se asemeja
a la de Cristo, pues slo su resplandor podr disponerte a ver a Cristo.

       [210] Eva.

       [211] Beatriz es la imagen de la Teologa, y Raquel de la vida
       contemplativa.

       [212] Ruth, bisabuela de David.

       [213] San Juan Bautista estuvo en el Limbo casi dos aos,
       porque muri antes que Jesucristo.

       [214] Esa y Jacob.

Vi llover sobre ella tanta alegra, llevada por los santos espritus,
creados para volar por aquella altura, que todo cuanto antes haba
visto no me haba causado tal admiracin, ni me haba mostrado mayor
semejanza con Dios. Y aquel amor[215] que fu el primero en descender
cantando "Ave, Mara, gratia plena," extendi sus alas delante de
ella. A tan divina cantinela respondi por todas partes la corte
bienaventurada, de tal modo que cada espritu pareci ms radiante.

       [215] El arcngel San Gabriel.

--Oh Santo Padre, que por m te dignas estar aqu abajo, dejando el
dulce sitio donde te sientas por toda una eternidad! Qu ngel es ese,
que con tanto gozo mira los ojos de nuestra Reina, y tan enamorado est
que parece de fuego?

Con estas palabras recurr nuevamente a la enseanza de aquel que se
embelleca con las bellezas de Mara, como a los rayos del Sol se
embellece la estrella matutina. Y l me respondi:

--Toda la confianza y la gracia que pueden caber en un ngel y en un
alma, se encuentran en l, y as queremos que sea; porque es el que
llev la palma a Mara, cuando el Hijo de Dios quiso cargar con nuestro
peso. Pero sigue ahora con la vista segn yo vaya hablando, y fija la
atencin en los grandes patricios de este imperio justsimo y piadoso.
Aquellos dos que ves sentados all arriba, ms felices por estar
sumamente prximos a la Augusta Seora, son casi dos races de esta
rosa. El que est a la izquierda es el padre, cuyo atrevido paladar fu
causa de que la especie humana probara tanta amargura.[216] Contempla a
la derecha al anciano padre de la santa Iglesia, a quien Cristo confi
las llaves de esta encantadora flor:[217] a su lado se sienta aquel que
vi, antes de morir, todos los tiempos calamitosos que deba atravesar
la bella esposa que fu conquistada con la lanza y los clavos;[218] y
prximo al otro, aquel Jefe bajo cuyas rdenes vivi de man la nacin
ingrata, voluble y obstinada.[219] Mira sentada a Ana frente a Pedro,
contemplando a su hija con tal arrobamiento, que ni aun al cantar
"Hosanna" separa de ella los ojos: y frente al mayor Padre de familia
se sienta Luca, que envi a tu Dama en tu socorro, cuando cerraste
los prpados al borde del abismo. Mas, puesto que huye el tiempo que
te adormece, haremos punto aqu, como un buen sastre, que segn el
pao con que cuenta, as hace el traje y elevaremos los ojos hacia el
primer Amor, de modo que, mirndole, penetres en su fulgor cuanto te
sea posible. Sin embargo, a fin de que al mover tus alas no retrocedas
acaso creyendo adelantar, es preciso pedir con ruegos la gracia que
necesitas, e impetrarla de aquella que puede ayudarte: sgueme, pues,
con el afecto, de modo que tu corazn acompae a mis palabras.

       [216] Adn, cabeza del Antiguo Testamento.

       [217] San Pedro, cabeza del Nuevo Testamento.

       [218] San Juan Evangelista.

       [219] Moiss, que est cerca de Adn.

Y comenz a decir esta santa oracin:

[Ilustracin]




[Ilustracin]




_CANTO TRIGESIMOTERCIO_


"Virgen madre, hija de tu hijo, la ms humilde al par que la ms alta
de todas las criaturas, trmino fijo de la voluntad eterna, t eres la
que has ennoblecido de tal suerte la humana naturaleza, que su Hacedor
no se desde de convertirse en su propia obra. En tu seno se inflam
el amor cuyo calor ha hecho germinar esta flor en la paz eterna. Eres
aqu para nosotros meridiano Sol de caridad, y abajo para los mortales
vivo manantial de esperanza. Eres tan grande, seora, y tanto vales,
que todo el que desea alcanzar alguna gracia y no recurre a ti, quiere
que su deseo vuele sin alas. Tu benignidad no slo socorre al que
te implora, sino que muchas veces se anticipa espontneamente a la
splica. En ti se renen la misericordia, la piedad, la magnificencia,
y todo cuanto bueno existe en la criatura. Este, pues, que desde la ms
profunda laguna del universo hasta aqu ha visto una a una todas las
existencias espirituales, te suplica le concedas la gracia de adquirir
tal virtud, que pueda elevarse con los ojos hasta la salud suprema. Y
yo, que nunca he deseado ver ms de lo que deseo que l vea, te dirijo
todos mis ruegos, y te suplico que no sean vanos, a fin de que disipes
con los tuyos todas las nieblas procedentes de su condicin mortal,
de suerte que pueda contemplar abiertamente el sumo placer. Te ruego
adems, oh Reina, que puedes cuanto quieres!, que conserves puros sus
afectos despus de tanto ver; que tu custodia triunfe de los impulsos
de las pasiones humanas: mira a Beatriz cmo junta sus manos con todos
los bienaventurados para unir sus plegarias a las mas."

Los ojos que Dios ama y venera,[220] fijos en el que por m oraba, me
demostraron cun gratos le son los devotos ruegos. Despus se elevaron
hacia la Luz eterna en la cual no es creble que la mirada de criatura
alguna pueda fijarse tan abiertamente. Y yo, que me acercaba al fin
de todo anhelo, puse trmino en m, como deba, al ardor del deseo.
Bernardo sonrindose me indicaba que mirase hacia arriba; pero yo haba
hecho ya por m mismo lo que l quera: porque mi vista, adquiriendo
ms y ms pureza y claridad, penetraba gradualmente en la alta luz que
tiene en s misma la verdad de su existencia. Desde aquel instante, lo
que vi excede a todo humano lenguaje, que es impotente para expresar
tal visin, y la memoria se rinde a tanta grandeza. Como el que ve
soando, y despus del sueo conserva impresa la sensacin que ha
recibido, sin que le quede otra cosa en la mente, as estoy yo ahora;
pues casi ha cesado del todo mi visin, y aun destila en mi pecho la
dulzura que naci de ella. Del mismo modo ante el Sol pierde su forma
la nieve, y as tambin se dispersaban al viento en las ligeras hojas
las sentencias de la Sibila.

       [220] Los ojos de la Virgen Mara.

Oh luz suprema que te elevas tanto sobre los pensamientos de los
mortales! Presta a mi mente algo de lo que parecas, y haz que mi
lengua sea tan potente, que pueda dejar a lo menos un destello de tu
gloria a las generaciones venideras; pues si se muestra algn tanto a
mi memoria y resuena lo mnimo en mis versos, se podr concebir ms tu
victoria.

Por la intensidad del vivo rayo que soport sin cegar, creo que me
habra perdido, si hubiera separado de l mis ojos; y recuerdo que
por esto fu tan osado para sostenerlo, que un mi mirada con el
Poder infinito. Oh gracia abundante, por la cual tuve atrevimiento
para fijar mis ojos en la Luz eterna hasta tanto que consum toda mi
fuerza visiva! En su profundidad vi que se contiene ligado con vnculos
de amor en un volumen todo cuanto hay esparcido por el universo:
substancias, accidentes y sus cualidades, unido todo de tal manera,
que cuanto digo no es ms que una plida luz. Creo que vi la forma
universal de este nudo, porque, recordando estas cosas, me siento
posedo de mayor alegra. Un solo punto me causa mayor olvido, que el
que han causado veinticinco siglos transcurridos desde la empresa que
hizo a Neptuno admirarse de la sombra de Argos. As es que mi mente en
suspenso miraba fija, inmvil y atenta, y continuaba mirando con ardor
creciente. El efecto de esta luz es tal, que no es posible consentir
jams en separarse de ella para contemplar otra cosa; porque el bien,
que es objeto de la voluntad, se encierra todo en ella, y fuera de
ella es defectuoso lo que all perfecto. Desde este punto, a causa de
lo poco que recuerdo, mis palabras sern ms breves que las de un nio
cuya lengua se baa todava en la leche materna. No porque hubiese ms
de un simple aspecto en la viva luz que yo miraba, pues siempre es
tal como antes era, sino porque mi vista se avaloraba contemplndola,
su apariencia nica se me representaba en otra forma segn iba
alterndose mi aptitud visiva. En la profunda y clara substancia de la
alta luz se me aparecieron tres crculos de tres colores y de una sola
dimensin:[221] el uno pareca reflejado por otro como Iris por Iris, y
el tercero pareca un fuego procedente de ambos por igual. Ah!, cun
escasa y dbil es la lengua para decir mi concepto! Y ste lo es tanto,
comparado a lo que vi, que la palabra "poco" no basta para expresar su
pequeez.

       [221] La Santsima Trinidad.

Oh Luz eterna, que en ti solamente resides, que sola te comprendes,
y que siendo por ti a la vez inteligente y entendida, te amas y te
complaces en ti misma! Aquel de tus crculos, que pareca proceder de
ti como el rayo reflejado procede del rayo directo, cuando mis ojos
lo contemplaron en torno, parecime que dentro de s con su propio
color representaba nuestra efigie, por lo cual mi vista estaba fija
atentamente en l. Como el gemetra que se dedica con todo empeo a
medir el crculo, y por ms que piensa no encuentra el principio que
necesita, lo mismo estaba yo ante aquella nueva imagen. Yo quera ver
cmo corresponda la efigie al crculo, y cmo a l estaba unida; pero
no alcanzaban a tanto mis propias alas, si no hubiera sido iluminada mi
mente por un resplandor, merced al cual fu satisfecho su deseo.

Aqu falt la fuerza a mi elevada fantasa; pero ya eran movidos mi
deseo y mi voluntad, como rueda cuyas partes giran todas igualmente,
por el Amor que mueve el Sol y las dems estrellas.

                                  FIN




                        _INDICE_


                                        Pg.

    "La Commedia"                          5


  INFIERNO

    Canto Primero                         25
    Canto Segundo                         29
    Canto Tercero                         33
    Canto Cuarto                          39
    Canto Quinto                          45
    Canto Sexto                           51
    Canto Sptimo                         55
    Canto Octavo                          59
    Canto Nono                            63
    Canto Dcimo                          67
    Canto Undcimo                        73
    Canto Duodcimo                       77
    Canto Dcimotercio                    83
    Canto Dcimocuarto                    89
    Canto Dcimoquinto                    95
    Canto Dcimosexto                     99
    Canto Dcimosptimo                  105
    Canto Dcimoctavo                    109
    Canto Dcimonono                     118
    Canto Vigsimo                       119
    Canto Vigsimoprimero                128
    Canto Vigsimosegundo                129
    Canto Vigsimotercio                 135
    Canto Vigsimocuarto                 141
    Canto Vigsimoquinto                 147
    Canto Vigsimosexto                  153
    Canto Vigsimosptimo                157
    Canto Vigsimoctavo                  161
    Canto Vigsimonono                   165
    Canto Trigsimo                      171
    Canto Trigsimoprimero               177
    Canto Trigsimosegundo               183
    Canto Trigsimotercio                189
    Canto Trigsimocuarto                195


  PURGATORIO

    Canto Primero                        203
    Canto Segundo                        207
    Canto Tercero                        211
    Canto Cuarto                         217
    Canto Quinto                         223
    Canto Sexto                          229
    Canto Sptimo                        235
    Canto Octavo                         241
    Canto Nono                           247
    Canto Dcimo                         251
    Canto Undcimo                       255
    Canto Duodcimo                      261
    Canto Dcimotercio                   265
    Canto Dcimocuarto                   271
    Canto Dcimoquinto                   277
    Canto Dcimosexto                    283
    Canto Dcimosptimo                  289
    Canto Dcimoctavo                    293
    Canto Dcimonono                     299
    Canto Vigsimo                       305
    Canto Vigsimoprimero                311
    Canto Vigsimosegundo                315
    Canto Vigsimotercio                 321
    Canto Vigsimocuarto                 325
    Canto Vigsimoquinto                 331
    Canto Vigsimosexto                  337
    Canto Vigsimosptimo                343
    Canto Vigsimoctavo                  347
    Canto Vigsimonono                   351
    Canto Trigsimo                      357
    Canto Trigsimoprimero               361
    Canto Trigsimosegundo               367
    Canto Trigsimotercio                373


  PARAISO

    Canto Primero                        381
    Canto Segundo                        385
    Canto Tercero                        391
    Canto Cuarto                         395
    Canto Quinto                         399
    Canto Sexto                          403
    Canto Sptimo                        409
    Canto Octavo                         413
    Canto Nono                           419
    Canto Dcimo                         425
    Canto Dcimoprimero                  431
    Canto Dcimosegundo                  435
    Canto Dcimotercio                   441
    Canto Dcimocuarto                   447
    Canto Dcimoquinto                   451
    Canto Dcimosexto                    457
    Canto Dcimosptimo                  463
    Canto Dcimoctavo                    467
    Canto Dcimonono                     471
    Canto Vigsimo                       477
    Canto Vigsimoprimero                483
    Canto Vigsimosegundo                489
    Canto Vigsimotercio                 495
    Canto Vigsimocuarto                 499
    Canto Vigsimoquinto                 505
    Canto Vigsimosexto                  511
    Canto Vigsimosptimo                517
    Canto Vigsimoctavo                  523
    Canto Vigsimonono                   529
    Canto Trigsimo                      535
    Canto Trigsimoprimero               541
    Canto Trigsimosegundo               547
    Canto Trigsimotercio                553




                 SE ACAB DE IMPRIMIR EN LOS TALLERES
                    GRFICOS, BAJO LA DIRECCIN DEL
                     DEPARTAMENTO EDITORIAL DE LA
                        SECRETARA DE EDUCACIN
                     PBLICA, EL 18 DE NOVIEMBRE,
                          EN EL AO DEL SEXTO
                           CENTENARIO DE LA
                              MUERTE DEL
                                POETA.

[Ilustracin]





End of the Project Gutenberg EBook of La Divina Comedia, by Dante Alighieri

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA DIVINA COMEDIA ***

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Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
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The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
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Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
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