Project Gutenberg's Granada, Poema Oriental, Tomo II, by Jos Zorilla

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Title: Granada, Poema Oriental, Tomo II

Author: Jos Zorilla

Release Date: November 11, 2018 [EBook #58275]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GRANADA, POEMA ORIENTAL, TOMO II ***




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  Nota del Transcriptor:


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  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




                                GRANADA

                            POEMA ORIENTAL


                            PRECEDIDO DE LA

                          LEYENDA DE AL-HAMAR


                                  POR

                           DON JOS ZORRILLA


                             TOMO SEGUNDO

                             NUEVA EDICIN


                                MADRID
                IMPRENTA Y LITOGRAFA DE LOS HURFANOS
                   Juan Bravo, 5.--_Telfono 2.198._
                                 1895




INVOCACIN

                                    Dixit autem Dominus: si habueritis
                                    fidem, sicut granum sinapis,
                                    dicetis huic arbori moro: Eradicare,
                                    et transplantare in mare:
                                    et obediet vobis.

                                    EVANG. SEG. LUC., CAP. XVII


      Fe, de toda virtud inspiradora,
    Manantial del valor y el herosmo,
    Del tiempo y de la muerte vencedora,
    Espanto de los genios del abismo,
    El sr en quien tu fuego se atesora
    Lleva el poder de Dios consigo mismo:
    Los prodigios, las glorias, las hazaas,
    Herencia son de los que t acompaas.

      Nada en el mundo tu poder resiste;
     la luz de tu antorcha luminosa
    El Edn  los mrtires abriste:
    De Oriente  la regin caliginosa
    Las legiones de Cristo condujiste,
    Y,  travs de la mar tempestosa
    Alumbrando su espritu profundo,
    Descubriste  Coln un nuevo mundo.

      Nada hay grande sin ti, nada completo;
    Desde Nembrod  Napolen, tu esencia
    Del genio ha sido el talismn secreto:
    Nadie logr sin ti grande existencia,
    Ni fu grande sin ti ningn objeto:
    Polvo fu cuanto fu sin tu asistencia:
    De la fuerza de Dios tu fuerza viene
    Y en tus hombros el orbe se sostiene.

      Tu soplo es impetuoso torbellino
    Que, al alma ardiente  quien su impulso lleva,
    Hasta la eternidad abre camino
    Y sobre el polvo terrenal la eleva.
    Del fuego santo manantial divino
    Que en el fuego de Dios sus fuentes ceba,
    T das irresistible atrevimiento
     sr  quien inflamas con tu aliento.

      Para ese son efmeras empresas
    Las ms peligrossimas hazaas:
    Dispanse  su voz como pavesas
    Las torres, las ciudades, las montaas:
    Las marcas de su pie conserva impresas
    La tierra para siempre, y sus entraas
    Cobran fecundidad bajo su paso,
    Y un reino brotan donde haba un raso.

      Alma del universo, cuanto existe
    Con tu poder se crea y robustece:
    Cuanto  tu influjo creador resiste,
    Como leve vapor desaparece:
     la nacin do tu favor no asiste
    Sorbe otra  quien tu mano favorece:
    Y as es como del tiempo en los misterios
    Pasan unos sobre otros los imperios.

      Desdichada nacin la que te olvida!
    Su esencia mina la carcoma lenta,
    Y no siente que se hunde carcomida
    La dbil base que su pie sustenta;
    Otra nacin que aguarda su cada
    La empuja al fin y en su lugar se asienta:
    Y as Castilla, por su fe amparada,
    Pas como un turbin sobre Granada.

      Dame oh potente fe! tu auxilio santo:
    T por quien pudo rescatar  Espaa
    La ilustre Reina cuya gloria canto,
    Dame su fe para ensalzar su hazaa:
    Y, el himno rudo que en su honor levanto
    Al entonar, mi espritu acompaa,
    Porque me escuche en la celeste esfera
    La augusta sombra de ISABEL PRIMERA.




LIBRO CUARTO




AZAEL


I

      Zahara cay: sus tristes moradores
    Vctimas van de tan fatal jornada
    Esclavos de los Moros vencedores,
    De ganado rin como manada.
    Muley envi delante corredores
    De su victoria nuncios  Granada,
    Y, con victoria tal alegre y fiera,
    Al vencedor Hasn Granada espera.

      Preparan las familias principales,
     los guerreros y sangrientos fines
    Del anciano monarca ms parciales,
    Zambras, saraos, himnos y festines,
    Unas en sus salones orientales,
    Otras en sus balsmicos jardines:
    Prodigando sin duelo sus tesoros
    Para ensalzar el triunfo de los Moros.

      Los cads  su vez tienen dispuestas
    De fuegos, de pandorgas y de caas,
    De sortija, de toros y de apuestas,
    De bohordos, de gallos y cucaas,
    Para la plebe revoltosa fiestas
    Cual nunca alegres, como nunca extraas:
    Porque deje tal triunfo en su memoria
    Largo recuerdo de placer y gloria.

      Engalanan los altos miradores
    Lujosas colgaduras y doseles,
    Flotantes plumas, enredadas flores,
    Lazos de palmas, arcos de laureles,
    Damascos de vivsimos colores,
    Tapices festonados de caireles,
    Y ocupan ajimeces y ventanas
    Nobles, jeques, wales y sultanas.

      Viejos, mancebos, nios y mujeres
    Abandonan curiosos sus hogares:
    Dejan los artesanos sus talleres,
    Olvidan los sederos sus telares,
    Cierran su mostrador los mercaderes,
    Los armeros sus fraguas: los lugares
    Vecinos se despueblan, y doquiera
    Bulle la muchedumbre novelera.

      Corren plazas y calles taedores
    De sonajas, adufes y panderos,
    _Rawes_ de romances narradores
    Al comps de la guzla, cuadrilleros
    De diversas comparsas conductores
    Y parejas de enanos, y gaiteros
    De Marruecos y Fez, cuyos cantares
    Recuerdan del desierto los aduares.

      Circulan por doquier profusamente
    Roscones de Jan, tortas de Alhama,
    El alhaj de Ronda, largamente
    Saturado de especias,  quien llama
    El mostillo su hermano, y el caliente
    Buuelo hinchado que la sed inflama:
    Y, pese al libro del Korn divino,
    Templa la sed el malagueo vino.

      En la jornada de tan fausto da
    De fiesta real y universal holganza,
    La ley  la licencia da franqua
    Y destierra el placer  la templanza:
    Y la plebe, sin coto en su alegra,
    Canta ruidosa, descompuesta danza:
    Pues nada hay que desdore  avergence
    Al celebrar sus triunfos  quien vence.

      Es ley universal. Ay del vencido!
    Cantad, pues, oh triunfantes Africanos!
    Ignominia y baldn para el rendido!
    Mengua y esclavitud  los Cristianos!
    Mas no olvidis que encomendada ha sido
    De la venganza  las sangrientas manos
    La ley de los vencidos inhumana.
    Ay de vosotros si lo sois maana!

      Gloria  Muley! La multitud que llena
    Las torres y alminares ve  lo lejos,
     travs de la atmsfera serena,
    De las moriscas armas los reflejos.
    Un grito inmenso de placer resuena
    Con nueva tal: mujeres, nios, viejos,
    Se agolpan  las puertas de la Vega
     recibir al Rey que en triunfo llega.

      Ya avanzando en hileras ondulantes
    Se ven los ordenados escuadrones:
    Parecen con el sol cintas brillantes
    Las filas de los rabes peones:
    Sobre el blanco montn de sus turbantes
    Tremolan sus enseas y pendones,
    Y desgarran la atmsfera sonoros
    Los atabales y clarines moros.

      He all  Muley Abul-Hasn. Su frente
    Sombrean los flotantes lambrequines
    De su penacho real: cuelga esplendente
    Su escudo del arzn: y, hasta las crines
    Embarrado, el caballo bufa ardiente
    Y piafa, conociendo los confines
    De los cotos rales y la dehesa
    Donde, potro, paci la hierba espesa.

      Alah akbar! Loor al Rey valiente!
    Grit la multitud al divisarle,
    Y aglomerse atropelladamente
    Bajo su estribo mismo  vitorearle:
    Mas la mano de Dios omnipotente
    Que hasta este da se dign ampararle
    Le retir su auxilio, y en su seno
    Del infortunio derram el veneno.

      Tornse contra l cuanto en pro era:
    Cambise en vencimiento su victoria,
    Su popularidad en pasajera
    Fama de un da, y en baldn su gloria.
    La muchedumbre, en su verdad entera
    Al leer de Zahara la sangrienta historia,
    Retrocedi, por Dios iluminada,
    El porvenir leyendo de Granada.

      Con repugnante ostentacin impa,
    Un gigantesco negro de Baeza,
    Del pelo asida, junto al Rey traa
    Del buen Arias la lvida cabeza.
    Un escuadrn entero le segua,
    En cuyas lanzas con brutal fiereza
    Se ostentaba sangriento igual trofeo,
    Medroso al alma y  la vista feo.

      En medio de los rabes soldados
    Y los Gomeles negros, lastimeros
    Suspiros arrancaban despechados
    Los cautivos Cristianos, por sus fieros
    Vencedores heridos y arrastrados
    En confuso tropel como carneros:
    Y  marchar  morir les obligaban,
    Y dichosos al fin los que expiraban.

      Las fuerzas de los viejos no bastando
     soportar ultrajes tan creles,
    Al Dios de las venganzas invocando
    Caan  los pies de los corceles:
    Sin compasin sobre ellos, espoleando
    Sus caballos, pasaban los Gomeles,
    Apresurando su postrer instante
    La aguda lanza y yatagn cortante.

      Traan muchas madres en los brazos
    Los hijos muertos, y ocultar queran
    Su fin bajo los srdidos retazos
    De los rotos harapos que vestan,
    Pues sus tiernos cadveres pedazos
    Los guardias negros de Muley hacan,
    Y con horror de los maternos ojos
    Quedaban insepultos sus despojos.

      La mora multitud, aunque villana
    Civilizada,  compasin movida,
    Del Rey maldijo la impiedad tirana y
    En odio la alegra convertida.
    Circund  la feroz guardia africana
    Con agresivo impulso, y, encendida
    La furia popular, por un instante
    El paso barre del Rey triunfante.

      Arrebatando las mujeres moras
    Sus hijos  los mseros cautivos,
    Ddnosles, los dijeron: sus seoras
    Os les tendrn esclavos, pero vivos.
    Comenzaron cien manos vengadoras
    De las bridas  asirse y los estribos,
    Y  brillar comenzaron los puales
    Debajo de los jaiques y almaizales.

       cundir comenz la infausta nueva
    Entre las turbas y  crecer la ira:
    Doquier la multitud, que se renueva
    Y que sus fuerzas acrecienta, gira
    Del Rey en torno, quien sus olas prueba
    Con su caballo  hender y torvo mira
    Venir la tempestad y acrecentarse
    El popular furor, pronto  inflamarse.

      Sus feroces Gomeles, que le vieron
    Afirmarse en la silla, adivinaron
    Su resuelta intencin: se rehicieron,
    Y  sostenerle fieles se aprestaron.
    Adelante! grit: tras l vinieron
     alinearse y las lanzas enristraron.
    Se abri la plebe: y, rota ya la valla,
    Dijo Hasn: Dispersad esa canalla.

      La multitud, compuesta de artesanos
    Inermes, de mujeres sin defensa,
    De cobardes ociosos y de ancianos,
    Tan dbil  impotente como densa,
    Se abri ante los jinetes africanos,
    Retrocediendo en oleada inmensa
    Como el crculo que abre el haz del ro
    Ante la quilla corva del navo.

      Turba que ceja un pie, fuerza vencida.
    La hueste de Muley sigui adelante
    Y en la ciudad entr; mas, convertida
    La alegra en terror, fu con semblante
    Sombro y en silencio recibida
    Por el vulgo,  medroso  inconstante:
    Y Hasn, seguido de sus negros fieles,
    Subi al trote la cuesta de Gomeles.

      Deshzose del pueblo; mas siguile
    Hasta el recinto real su descontento,
    Y  par con l su indignacin mostrle
    De modo asaz visible el firmamento.
    Repentino nublado encapotle,
    Se negreci su azul, rebram el viento,
    Con la fortuna de Muley en guerra
    Declarndose  un tiempo cielo y tierra.

      En la Alhambra ral los cortesanos
    Le vitorearon al llegar; empero
    Ay del Rey  quien guardan los villanos
    Odio  temor! Apenas el postrero
    De los temidos guardias africanos
    Transpuso el Bib-Leujar, el pueblo entero
    Rompi en inmenso sedicioso grito
    Que en el espacio azul vibr infinito.

      Aparecieron por doquier audaces
    Cabezas de motn: gestos feroces
    Que revelaban nimos capaces
    De realizar los planes ms atroces.
    Santones venerados y sagaces
    Dervichs alzaron por doquier sus voces:
    Y el populacho, en grupos dividido,
    Di  sus discursos por doquier odo.

      Y he aqu que, en el centro de la plaza,
    Se alz sobre las turbas de repente
    Viejo santn de venerable traza,
    Famoso asaz entre la mora gente.
    Era el severo Aly-Mazer, de raza
    Noble, de vida austera y penitente,
    Quien por causas recnditas y extraas
    Retirado viva en las montaas.

      Hombre  quien solamente se vea
    En los grandes peligros y ocasiones,
    Y de quien siempre el pueblo reciba
    Oportunos consejos y lecciones.
    Siniestra aparicin que preceda
    Siempre  las populares convulsiones
    Que, en su postrera edad desventurada,
    Estremecerse hicieron  Granada.

      Hombre doquier temido y respetado
    Por su severidad y por su ciencia,
    De la virtud muslmica dechado,
    Sincero amparador de la indigencia,
    Leal consolador del desdichado,
    Prosternse la plebe en su presencia:
    Y callaron ante l respetosos
    Los dems oradores sediciosos.

      Tomando entonces por mimbar la fuente
    Que el centro de la plaza decoraba,
    Pase sus miradas tristemente
    Sobre la multitud que le cercaba;
    Y con lgubre voz, cuyo doliente
    Tono en el hondo corazn vibraba,
    Proftica, inspirada, lastimera,
    El discurso rompi de esta manera:

      Ay del pueblo muslim! ay de Granada!
    Para escarnio y baldn de las edades
    Ser no ms su historia consignada.
    Regia ciudad; sultana de ciudades,
    Ests por tus cimientos horadada!
    Va sobre ti  llover calamidades
    El cielo sin piedad  quien provocas,
    Y contra ti se volvern las rocas!

      Musulmanes, Hasn est hechizado
    Por el nefando amor de una cristiana:
    Aixa, de fe cual de virtud dechado,
    Es esclava en su harn y no sultana;
    El Prncipe legtimo, encerrado
    Llora en los hierros de prisin lejana.
    Y en provecho de quin tal tirana?
    De una extranjera, renegada impa.

      Ya lo veis: impoltico atropella
    Cuantos derechos y principios fijos
    Hasta hoy se respetaron, y degella
    Los rendidos y esclavos. Tan prolijos
    Crmenes  qu fin? Slo por ella:
    Por coronar  sus bastardos hijos,
    Que, lobeznos de raza castellana,
    Como ella al fin renegarn maana.

      Comprendis? oh muslimes!--Esa impa
    Que ni cree en Jesucristo ni en Mahoma,
    De nuestra desdichada monarqua
    Es con sus hijos la mortal carcoma.
    Ella al Cristiano os vender algn da
    Si en sus proyectos incremento toma:
    Porque en el odio universal que encierra
    Incendiar,  poder, toda la tierra.

      Pero creis tal vez que los Cristianos
    La sangre olvidarn vertida en Zahara?
    Como Hasn en sus triunfos inhumanos,
    Vendrn con sed de vuestra sangre avara.
    La que hoy vertieron sus inicuas manos
    Del pueblo moro gotear en la cara:
    Y en todas ocasiones y parajes
    Nos considerarn como  salvajes.

      Os ese huracn? Horrorizada
    De tan intil y brutal fiereza,
    Truena contra nosotros indignada
    La madre universal Naturaleza.
    Ay del pueblo muslim! ay de Granada!
    El rayo amaga su imperial cabeza,
    La ponzoa mortal hierve en su seno,
    Y Alh se torna en pro del Nazareno!

      Dijo as Aly Mazer. Como evocados
    Al sn de sus fatdicos acentos,
    La tierra conmovieron desatados
    En furioso huracn los elementos.
    Torrentes de las nubes desgajados
    Inundaron las calles, y los vientos
    Arrebataron arcos y doseles,
    Lazos, flores, damascos y caireles.

      Huy la poblacin supersticiosa,
    Siempre en ageros  creer dispuesta,
    Y encerrse en sus casas pavorosa,
    La ira de Dios creyendo manifiesta.
    Desierta la ciudad y silenciosa
    Qued en redor, se interrumpi la fiesta:
    Y en vez de los aplausos y canciones,
    Doquier se oyeron ayes y oraciones.

      Dur la tempestad la tarde entera,
    Y entre el rugido cncavo del trueno
    Y el estridor de la tormenta fiera,
    De los obscuros barrios en el seno
    Una voz incesante y lastimera
    Exclamaba aterrando al agareno:
    Alh torna  su grey la faz airada.
    Ay del pueblo muslim! ay de Granada!

      Campo desierto de olvidadas ruinas,
    Medroso despoblado cementerio
    Parecan las calles granadinas
    De tal desolacin bajo el imperio:
    Y cual si se efectuara en las divinas
    legiones algn lbrego misterio
    Fatal para los Moros, agobiada
    De pnico terror qued Granada.


II

      Era en verdad as: que en tal momento,
    De la fortuna y la existencia mora
    En la esfera inmortal del firmamento
    base  sealar la ltima hora:
    Y el arcngel que rige el movimiento
    De la aguja fatal, niveladora
    De los tiempos, el fin del reino moro
    Iba  marcar en su cuadrante de oro.

      No en vano entre los cielos y Granada
    Un velo de nublados se extenda:
    Con la luz  sus mbitos negada
    Otra regin feliz resplandeca.
    Su cresta secular Sierra Nevada
    Con una aureola de fulgor cea,
    Y el misterio que Dios obra en la Sierra
    Permitido sondar no es  la tierra.

      En el seno glacial de aquellas cumbres
    Cuya paz no turb la voz mundana,
    Lloraba celestiales pesadumbres
    Ser de divina estirpe soberana.
    Lanzado de las clicas techumbres
    Siglos haca  la regin humana,
    Para su habitacin labr en la nieve
    De su helado cristal palacio leve.

      Lejos de su alma patria luminosa
    Fu condenado, expiacin de un yerro,
    Su forma pura, celestial y hermosa
     sepultar en terrenal encierro,
    Dando cima  tarea misteriosa
    Por Dios impuesta en su mortal destierro;
    Mas ya  su fin la expiacin tocaba
    Y su tarea al concluir estaba.

      Treinta afanosas dcadas haba
    En preparar el ngel empleado
    Su difcil labor, y ya vea
    Su xito misterioso asegurado:
    Y, para darla fin, en este da
    Iba por Jehovh purificado
     recobrar su blanca sobreveste,
    Su sr divino y su poder celeste.

      Tal es, en suma, el celestial portento
    Que va el Seor  obrar sobre la Sierra,
    Y cuya vista vela en tal momento
    El nublado  los ojos de la tierra.
    La tempestad que entolda el firmamento
    Es un crespn que sus espacios cierra:
    Y tras aquellas fulgurantes nubes
    Cantan un himno santo los Querubes.

      Sobre sus alas con rumor sonoro
    Las cohortes anglicas descienden,
    Y al dulce sn de su celeste coro
    Troncos y rocas de placer se hienden.
    Los serafines en mecheros de oro
    De la divina fe la luz encienden,
    Sobre el alczar mstico de hielo
    Rasgado el seno cncavo del cielo.

      Del zenit en el punto culminante,
    En medio de una luz deslumbradora,
    Del sumo Dios apareci el semblante
    Y tron la palabra creadora.
    Al eco inmenso de su voz gigante
    La celestial cohorte voladora,
    Con las alas cubrindose los ojos,
    Para escuchar se prostern de hinojos.

      Azel!--dijo Dios, al sr divino
    Desterrado en la tierra interpelando,
    Y al umbral de su alczar cristalino
    El ngel bello pareci temblando;
    Y el eco gigantesco y montesino
    De las cncavas peas, despertando
    Al acento de Dios, volvi medroso
    El nombre del espritu glorioso.

      Azel!--repiti el Omnipotente;--
    Torna  tu antiguo sr y podero,
    Cobra tu vestidura refulgente
    Y obra sobre la tierra en nombre mo.
    Toda  tu voluntad est obediente:
    Sus destinos gobierne tu albedro:
    Completa mis designios soberanos:
    Yo bendigo la obra de tus manos.

      Dijo el Seor. El ngel desterrado,
    Recobrando su gracia primitiva,
    Levantse  su voz transfigurado,
    Revestido de gloria y de luz viva.
    Orna su cuerpo ceidor alado,
    Cie su sien inmarcesible oliva,
    Y de la fe la luminosa tea
    En su diestra pursima flamea.

      Un squito de espritus potente,
    Que deja sometidos  sus santas
    Ordenes el Altsimo, obediente
    Y  su voz pronto se orden  sus plantas;
    Ante el Seor el ngel reverente
    Se prostern tres veces, y otras tantas
    El eco del hosanna y los salterios
    Conmovi con su sn los hemisferios.

      Torn Dios  sumirse en su santuario:
    Tornaron los arcngeles el vuelo
     tender, el vaco solitario
    Transponiendo y los lmites del cielo:
    Y de la eternidad en el horario
    Brillando el fatal nmero, hacia el suelo
    Moro, dijo, la mano nacarada
    Extendiendo Azel: Ay de Granada!

      Ay! repiti en el cncavo y profundo
    Seno del monte aterrador el eco;
    Ay! repiti siniestro el vagabundo
    Viento que rueda en el vaco hueco;
    Ay! repiti el nublado, en tremebundo
    Trueno rompiendo desgarrado y seco;
    Ay! repiti la voz desesperada
    Que gema fatdica en Granada.

       este medroso universal lamento,
    De la voz del Seor eco en la tierra,
    Desgarr con estrpito violento
    Sus entraas marmreas la sierra,
    Y abrise el misterioso monumento
    Que su cimiento colosal encierra;
    Fbrica de materia indestructible,
     los humanos ojos invisible.

      Es el alczar de Azel: divino
    Palacio transparente y encantado,
    De ncar y de hielo cristalino
    Entre nieves eternas fabricado.
    En l oculta el ngel peregrino
    Un sr, aunque mortal, predestinado
     que con l su porvenir divida
    En la terrena y la celeste vida.

      En este alczar nveo, modelo
    De la oriental Alhambra granadina,
    Bajo la eterna bveda de hielo
    Que corona la cumbre al sol vecina,
    Envuelta yace en encantado velo
    La regia sombra de Alhamar divina,
     quien letargo mstico y profundo
    Encadena  este lmite del mundo.

      No tienen  este sr bajo su imperio
    La vida ni la muerte: su existencia
    Fantstica protege hondo misterio
    Que sondea no ms la omnipotencia.
    Su sr no pertenece  este hemisferio,
    Y, ni celeste ni mortal, su esencia
    Tiene el poder del ngel defendida
    Del poder de la muerte y de la vida.

      Misterio incomprensible para el hombre,
     toda humana explicacin resiste
    Y  la ciencia mortal fuerza es que asombre;
    Obra sabia de Dios, por Dios existe:
    No tiene historia, explicacin, ni nombre,
    Ni mi pluma en buscrselos insiste:
    La inspiracin divina del poeta
    No est  mortal explicacin sujeta.

      Yace bajo el poder de tal encanto
    De Alhamar la fantstica existencia,
    De aquel alczar luminoso y santo
    Debajo de la ntida apariencia.
    Todava le cubre el regio manto,
    Humean todava en su presencia
    Pebetes de mbar, y su real persona
    Circunda el esplendor de la corona.

      En medio de un saln prolijamente
    Decorado con cficas labores,
     estilo de los reyes del Oriente,
    Sobre un tapiz de esplndidos colores
    Y en trono de marfil, radia su frente
    Bajo un dosel de plumas y de flores:
    Y, smbolo del mando soberano,
    El cetro abarca an su augusta mano.

      Su vista, empero, inmvil, que no mira,
    Su insensibilidad, que no percibe
    Lo que en su rededor resuena  gira,
    Le delatan por sombra que no vive.
    Un aura triste en su redor suspira;
    Una aureola elctrica describe
    Crculos mil sobre su real cabeza,
    Y an ostenta su faz torva belleza.

      Azel, de sus ngeles cercado,
    Llegando ante el Monarca Nazarita,
    Sobre su pecho de calor privado
    La antorcha puso de la fe bendita;
    Al reflejo viviente derramado
    Por esta llama que sobre l se agita,
    Deshecho el hielo que su esencia pasma y
    Movimiento  cobrar volvi el fantasma.

      Giraron en las rbitas sus ojos,
    Llen el aire su pecho, su garganta
    Paso  un suspiro di, y, otra vez rojos
    Sus labios, sonri  irgui la planta:
    Mas juzgando tal vez del sueo antojos
    De aquellos seres la presencia santa
    Y del encanto an preso en los lazos,
    Tendi entre l y los ngeles sus brazos.

      Entonces Azel torna  la vida
    Dijo: del Cielo la sentencia sabes:
    Tu existencia mortal interrumpida
    En dcada inmortal fuerza es que acabes.
    Alma sin cuerpo, espectro sin guarida,
    Ve de tu Alhambra  recoger las llaves.
    En el nombre de Dios, he aqu tu hora!
    Prevn la tumba de la raza mora.

      Al mandato del ngel obediente,
    El sr de los fantasmas adquiriendo,
    Incoloro, impalpable, transparente,
    Su esencia de la tierra desprendiendo
    Elevse Alhamar en el ambiente:
    Y, cual vapor que en l se va meciendo,
     travs de la atmsfera nublada
    Se dirigi siniestro hacia Granada.


III

      Era la hora en que expirando el da,
    Con la sombra al luchar breves momentos,
    Entre la luz crepuscular enva
    Al corazn mortal presentimientos
    Funestos: esa hora misteriosa
    Que al hombre pensador melancola
    Infunde; al criminal remordimientos.
    Y al poeta solemne, religiosa
    Inspiracin y santa poesa;
    Era la hora, en fin, de las historias
    Tristes y de las lgubres memorias.

      Tendido en los bordados almohadones
    Del rico camarn de Lindaraja,
    Cediendo  las sombras impresiones
    De la luz del crepsculo, que en vano
    Por repeler su corazn trabaja,
     solas con sus negras reflexiones
    Yaca de Granada el soberano.
    La sombra, ms espesa  cada instante,
    Su manto de tinieblas desplegando
    Por la arabesca estancia, condensando
    Iba su obscuridad, y vacilante
    La postrimera claridad del da
    Al pintado cristal de las ventanas
    Trmula se asomaba, y confunda
    Cada momento ms las africanas
    Labores de oro que el cristal tena.
    Los plegados tapices de las puertas,
    Los jarrones magnficos de flores,
    Todos los muebles que la estancia ornaban,
    Con extraa ilusin, formas inciertas
    Movimiento y fantsticos colores
     tomar en la sombra comenzaban;
    Y empezaba  girar en el vaco
    Recinto opaco de la estancia obscura
    Ese turbin fascinador y umbro
    De objetos sin color, forma ni nombre,
    Que en la supersticin  la pavura
    Hacen en las tinieblas ver al hombre.

    El rumor de los rboles vecinos
    Y de las fuentes del jardn, los trinos
    De las aves en ellos anidadas,
    Y los lejanos sones campesinos
    Que en revoltoso vuelo descarriadas
    All traan las nocturnas brisas,
    De la cncava bveda los huecos,
    Los arcos, las acsticas cornisas
    Poblaban con las voces exhaladas
    Por misteriosos y fugaces ecos.
    Por su impresin fatdica evocados,
    En su febril meditacin senta
    Muley, que en sombra y soledad yaca,
    Tumultuoso tropel de ya olvidados
    Recuerdos asaltar su fantasa,
    Donde por siempre los crey enterrados.
    Vaporosos recuerdos aflictivos,
    Irritados espectros vengativos,
    Que en luengos aos por la vez primera
    Vea con pesar que aun eran vivos,
    Acbar para ser de su postrera
    Edad y de su suerte venidera!
      Recordaba las penas ignoradas
    Que turbaron los ltimos momentos
    De su padre Ismael, ocasionadas
    Por las locas empresas empeadas
    Por su fogosa juventud: los cuentos
    Y pronsticos tristes propagados
    Al nacer Abdil, de cuya madre
    Los numerosos deudos, apartados
    De su corte, tal vez en la montaa
    En bien del hijo y para mal del padre
    Acopio hacan de razn y saa.
    Recordaba  Abdil que, cuando nio,
    Hermoso como un ngel, le tenda
    Sus tiernos brazos, con filial cario
    Su dulce abrazo paternal pidiendo,
    Y que l con esquivez le repela
    En su fatal horscopo creyendo;
    Y el nio, su esquivez no comprendiendo,
    Cobrndole temor de da en da,
    Concluy por llenar su sino horrendo
    Y hoy su rencor nefasto le volva.
    Y quin sabe si, ms que de su sino,
    Efecto fu del paternal encono
    El odio de Boabdil al Granadino
    Rey? Y quin sabe si el fatal destino
    Que pesa sobre el Prncipe, es acaso
    No ms que el odio de Muley que al trono,
    Fantico  feroz, le cierra el paso?

      An no se le ha borrado de la mente
     Muley el amor sincero, ardiente,
    De Aixa, su legtima sultana,
    Altanera como l, como l prudente,
    Venerada como l entre la gente
    Por su pura real sangre africana:
    Y an se le acuerda el popular disgusto
    Con que vi el Moro su desdn injusto
    Por ella y su pasin por la cristiana.
    Y quin sabe si el astro que preside
     los destinos de su raza y vierte
    En ella su fatdica influencia,
    Triste fanal de asolacin y muerte,
    De destruccin y deshonor sentencia,
    Que con odios sacrlegos divide
    De padres y de hijos la existencia,
    No es ms que la influencia derramada
    Por su feroz poltica? Quin sabe
    Si este arcano de sangre y de rencores,
    No tiene otro secreto ni otra llave
    Que del Rey los polticos errores,
    Que han dado luz en hora bien menguada!
     la estrella fatal de sus amores?
      Por la primera vez lo advierte acaso
    Y se espanta Muley, con ansia viendo
    Imposible hacia atrs volver el paso,
    Por la primera vez rugir oyendo
    La tempestad del porvenir horrendo.
    Acordsele el torvo y silencioso
    Aspecto de la plebe, cuando entraba
    Aquella misma tarde victorioso
    Por las puertas de Elvira, ante la esclava
    Muchedumbre de Zahara: y penetrando
    Su vista el horizonte nebuloso,
    Comprendi que  su vez el Africano
    Rehusaba, como l supersticioso,
    Besar servil su ensangrentada mano.

      Comprendi que las lvidas cabezas
    De Saavedra y sus nobles Zahareos,
    No fueron para el pueblo de proezas
    Testimonios sin par, sino visiones
    Que empaaron del triunfo las grandezas:
    Fueron, en fin, profticos ensueos
    Que trocaron para l los corazones.

      Y al fin el Moro comprendi, con pasmo
    Mortal y con hondsima congoja,
    Que aquella multitud, cuyo entusiasmo
    Se extingui ante su faz de sangre roja,
    Y torn sus miradas compasiva
     la cristiana multitud cautiva,
    No vi sobre el laurel de la victoria
    El reflejo del astro de la gloria,
    Sino el reflejo torvo y fugitivo
    De la hoja de alfanje vengativo.

      Comprendi que, en su ausencia, entre la plebe
    Germen de rebelin vertido haba
    La callada traicin con soplo aleve:
    Y, si hasta entonces escondido y leve,
    Cuanto ms encubierto ms seguro,
    Vi que el volcn de la discordia herva
    De su regia ciudad dentro del muro.

      Por la primera vez de su existencia
    Tembl mirando al tenebroso abismo
    De la pasada edad: de su conciencia
    El primer grito oy, y, al fatalismo
    Sometido de la rabe creencia,
    Cuando  solas se vi consigo mismo,
    Vi su regio poder en la agona
    Y que el rostro la suerte le volva.

      Rota la tregua con el Rey cristiano,
    La plebe  la revuelta provocada,
    Comprendi, aunque muy tarde, el Africano
    Que estaba su poltica burlada,
    Falseado su poder de soberano;
    Y, su crueldad desptica exaltada,
    Trocndose de brbaro en villano,
    Del generoso Rey solt la espada
    Y se arm del pual del Rey tirano.

      Mueran, dijo: sera empresa vana
    Cejar un paso ya: cia en redondo
    De mi trono los pies lago sin fondo
    De sangre mixta mora y castellana.
    Mueran cuantos me busquen enemigo
    Y que avance el pendn de los cristianos:
    Los rabes ante l se harn hermanos
    Y  la muerte  al triunfo irn conmigo.
    Si no quiere Granada ser vasalla
    Respetuosa, intentando  cotos fijos
    Reducir mi querer: si bien no se halla
    Con mi amor  Zoraya y  sus hijos
    Y quiere de mi ley saltar la valla,
    Bajo la cimitarra vengadora,
    Nueva estirpe real, nueva seora
    Recibir temblando la canalla.

      Dijo, y abandonando los cojines
    Enderez sus pasos  la puerta,
    Que daba del saln  los jardines
    Del patio de Leones; pero yerta
    Sinti al umbral la planta y erizado
    El cabello el Rey moro cuando, abierta
    Al tenerla, mir del otro lado
    Avanzar por la estrecha galera
    Horrenda aparicin que hacia l vena.

      Plida, lacrimosa, descompuesta,
    La vaporosa imagen de un Rey moro
    Era en su forma la visin funesta.
    Su sien cea la corona de oro
    Y en sus hombros traa el regio manto:
    Arrastrbale empero sin decoro
    Y con sus orlas enjugaba el llanto.
    Vaga aureola de azulada lumbre
    Radiaban los contornos transparentes
    Del fantasma real, y ayes dolientes
    De mortal profundsima agona
    Mostraban la angustiosa pesadumbre
    Del fatdico sr que as gema.

      Enclavados los pies al pavimento
    Y sostenido en el pilar apenas,
    Parado el corazn, roto el aliento,
    Sinti Muley paralizar sus venas
    El hielo del terror. Quiso un momento
    Huir de la visin que as le espanta,
    Mas sus miembros hall sin movimiento;
    Quiso gritar, mas muda su garganta
    No acert  producir ni aun un lamento.

      Poco  poco hacia l adelantando
    Por la obscura y angosta galera,
    Tristsimos suspiros exhalando,
    La aparicin en tanto se vena;
    Paralizado en el umbral estrecho
    El Moro y avanzando hacia adelante
    La aparicin, se hallaron un instante
    El fantasma y Hasn pecho con pecho.
    Soplo glacial, emanacin helada
    Del pecho de aquel sr, penetr agudo
    En el pecho de Hasn como una espada:
    Y  su impresin, que soportar no pudo,
    De pavura y dolor lanz un gemido.
    Entonces, acercndose  su odo,
    Dijo aquella visin desconsolada
    Con tristsimo acento dolorido:
    Escrito estaba! La postrera hora
    Lleg para la gente desdichada
    De mi gentil ciudad habitadora.
    Ay de la gloria de la gente Mora!
    Ay de los de Nazar! Ay de Granada!

      Dijo la aparicin y, suspirando,
    El corredor tom que al huerto gua,
    Y el Rey hasta el balcn fuese arrastrando,
    Tendiendo una mirada de agona
    Sobre el jardn.--Por l atravesando
    Vi que la lenta aparicin segua:
    Mas  travs del muralln macizo
    Sumida entre las piedras se deshizo.

      El alma de Muley, amedrentada,
    Abandon un instante sus sentidos,
    Derribando su cuerpo en la bordada
    Alfombra del balcn: mas sus odos
    Zumbaban con la voz de la angustiada
    Visin, que repeta entre gemidos:
    Ay de los de Nazar! Ay de Granada!

      Sus densas sombras espesado haba
    Lenta la noche y silenciosa en tanto,
    Y cobijada la ciudad yaca
    Bajo los pliegues de su negro manto.


IV

      Astro de bendicin para el Hispano,
    Una ardiente mujer naci en su suelo,
    Y avivada la fe del castellano
    Brot cuando  su faz la trajo el Cielo.
    El fulgor de su genio al Africano
    En el alma infundi siniestro duelo,
    Y de su luz el misterioso influjo
    La estrella mora  obscuridad redujo.

      Por siete siglos alumbrado haba
    La estrella del Islam la gloria mora,
    Y en el zenit an resplandeca,
    De la regin ibrica seora.
    Desesperada ya, lucir la va
    La raza de Jess adoradora,
    Condenada creyndose en el Cielo
     partir con el rabe su suelo.

      Clara, constante, perceptible y bella,
    Mostr el Seor al nimo cristiano
    Su refulgente y protectora estrella
    Bajo la forma real de un sr humano;
    Lbaro santo de victoria en ella
    Recibi al recibirla el castellano,
    Y, al ver la aureola que en su frente brilla,
    Su estrella en Isabel mir Castilla.

      Dios en la eternidad marc su hora
    De prpura y de luz con caracteres,
    Y esta estrella radi deslumbradora
    Orgullo para ser de las mujeres.
    De paz y de bonanza precursora,
    Ajust los opuestos pareceres
    Y di fin al rencor y enemistades
    Que turbaban sus campos y ciudades.

      Isabel, en cuya alma generosa
    Puso Dios cuanto bien lo humano encierra,
    Pura, modesta, noble y padosa,
    Fu la Reina ms grande de la tierra.
    Dulce y tierna  la par que vigorosa,
    Diligente en la paz, sabia en la guerra,
    Di al bueno premio, al infeliz consuelo,
    Y de damas y Reinas fu modelo.

      Di su aliento ral valor  Espaa,
    Gloria  su sexo y  su edad decoro:
    Para empresa de honor, propia  extraa,
    No rehus jams fatiga ni oro.
    Cada memoria suya es una hazaa:
    Del cristiano fu prez, terror del Moro:
    Dios, en fin,  su aliento soberano
    Abri no ms el mundo americano.

      Dios  su corazn di una fe ardiente
    Con una voluntad dominadora,
    Para que en uno y otro continente
    Derramara su luz consoladora;
    Y la ador la americana gente,
    Y se humill  sus pies la gente mora,
    Y de ambos mares en la opuesta orilla
    Clav los estandartes de Castilla.

      Tuvo en su alma varonil asiento
    La virtud inflexible y verdadera:
    Nueva edad comenz su nacimiento:
    Fu su genio la antorcha de otra era:
    Su victorioso nombre llen el viento:
    Su gloria vivir imperecedera:
    Con orgullo espaol mi voz la canta,
    Mi fe venera su memoria santa.

      Tal fu Isabel. Su grande pensamiento
    Concibiendo su esplndido destino,
     su secreto y colosal intento
    Con gran prudencia prepar el camino:
     invocando el favor del firmamento,
    Con fe esperando en el favor divino,
    Su escrutadora y perspicaz mirada
    Tena sin cesar fija en Granada.

      Es ya la media noche: rasa y fra
    La atmsfera ostentar al firmamento
    Deja su manto azul, de pedrera
    Salpicado, al fulgor amarillento
    De la menguante luna; ya no pa
    Ni susurra en el bosque ave ni viento;
    Todo, desde el palacio hasta la choza,
    Sueo reparador en calma goza.

      Todo tranquilo yace en el recinto
    De Medina del Campo, donde mora
    Del Catlico Rey Fernando quinto
    La esposa ilustre, del pas seora.
    Doquier el fuego y el rumor extinto
    Por la cristiana villa, que la adora,
    nico de su alczar centinela
    El castellano honor su sueo vela.

      No por barreadas puertas defendida,
    Ni cercada de guardia numerosa,
    Duerme Isabel inquieta por su vida
    En torren con barbacana y fosa;
    En cmara modesta, guarnecida
    De tapiz sencillsimo, reposa
     la luz de una mustia lamparilla
    La virtuosa Reina de Castilla.

      Su aposento y su lecho no decora
    De genovs brocado, ni de encaje
    Flamenco, ni de seda crujidora
    De Francia, cairelado cortinaje;
    Lino salubre y lana guardadora
    Del natural calor, de su mueblaje,
    Su lecho y su vestido son la tela:
    Nada all el lujo mundanal revela.

      Isabel, aunque hermosa y soberana
    Y con glorioso porvenir nacida,
    Reconoci desde su edad temprana
    La vanidad de la terrena vida:
    Y su sincera educacin cristiana
    De la era turbulenta transcurrida
    En el aciago y anterior reinado
    La experiencia ha despus fortificado.

      Y por eso no hay lujo en su aposento,
    Y es comn y modesto su vestido,
    Y es frugal y sencillo su alimento,
    Y su dispendio personal medido:
    Y, el fausto de su alczar opulento
    Del orden de su casa dividido,
    Es, digna al par de imitacin y fama,
    Reina opulenta y laboriosa dama.

      Da  su suprema dignidad decoro
    Con regia pompa y ostentoso porte,
    Al extranjero al recibir y al Moro
    En ceremonias y actos de su corte:
    Vaca sin pena su ral tesoro
    En todo caso que al honor importe:
    Mas desnuda en su cuarto su persona
    Del pomposo esplendor de la corona.

      Por eso su alma, que altivez no abriga.
    Tiene franca y leal correspondencia
    En la adhesin de sociedad amiga:
    Dos afanes que agobian su existencia
    De Reina amistad ntima mitiga:
    Y tiene en los que admite  su presencia
    Amigos fieles, defensores bravos,
    No aduladores srdidos y esclavos.

      Del amor de sus sbditos por eso
    Segura, y ms segura que entre lanzas,
    De sus regios deberes lleva el peso
    Libre de rebeliones y asechanzas;
    Y del pueblo el honor guardando ileso,
    Y en su honor con inmensas esperanzas
    Abrigando una fe que no vacila,
    En su lecho Isabel duerme tranquila.

      De un Crucifijo santo la escultura
    Pende sobre la augusta cabecera
    De su lecho real, donde segura
    Reclina la cerviz: su cabellera
    Recoge casta toca, y la blancura
    De su cuello y sus brazos con severa
    Honestidad envuelve en blanca bata,
    Que su pudor ni aun para el Rey desata.

      Su postura modesta y recogida,
    La serena expresin de su semblante,
    Muestran que orando se qued dormida
    Y que al remordimiento vigilante
    Su corazn leal no da guarida:
    De sus virtudes el vapor fragante
    En torno de su lecho se respira,
    Y su casta beldad respeto inspira.

      Su aposento ral cun diferente.
    Cun distinto su pdico reposo
    Del sueo de las reinas del Oriente,
    Inquieto en camarn voluptoso!
    De torpe desnudez el aliciente
    Atrae all no ms al torpe esposo,
    Y sobre el cieno del placer reposa
    Slo el cario de la infiel esposa.

      All, en torno del urea alcazaba,
    Rugen la rebelin y el descontento,
    Y asalariada muchedumbre esclava
    Contiene al pueblo, de respeto exento;
    Aqu, del miedo sin la odiosa traba,
    Las puertas sin cerrar de su aposento,
    Duerme del pueblo la Seora hermosa,
    Reina querida, respetada esposa.

      All, las salas del alczar moro
    Pueblan las inquietudes y traiciones,
    La voz de la discordia, el sn del lloro,
    El terror y las lgubres visiones;
    Aqu, de bien y de placer tesoro,
    Slo abrigan los regios artesones
    El casto amor, la plcida esperanza,
    Sueos de paz y das de bonanza.

      All, en la sombra, de la muerte huyendo,
    Corre el hijo del padre fugitivo:
    All medita parricidio horrendo
    Supersticioso el Rey y vengativo.
    All un espectro sin cesar gimiendo,
    De tumba falto y al reposo esquivo,
    Turba el sosiego de la real morada
    Y augura el fin de la oriental Granada.

      Cun distinto el alczar de Medina
    En la nocturna sombra se levanta!
    Vela sobre l la proteccin divina
    Y orea su recinto un aura santa.
    Aqu la paz benfica domina,
    La esperanza feliz el alma encanta,
    Y de la religin bajo el imperio
    Se efecta en la noche un gran misterio.

      Un ngel bello, del Seor enviado
    De la Reina Isabel llegando al lecho,
    Su aliento de los cielos emanado
    Introduce en el fondo de su pecho:
    Y con su lito puro y perfumado,
    Cual del Edn con los aromas hecho,
    Aleja los espritus malignos
    Y los delirios de su sueo indignos.

      Es Azal: en su rosada mano
    De la alma fe la antorcha centellea:
    Su vivfico soplo soberano
    La faz risuea de Isabel orea:
    Un canto, en cuyo sn nada hay humano,
    Su odo no, su corazn recrea:
    Luz celestial su espritu ilumina,
    Y su alma ve la aparicin divina.

      De pacficos ngeles un coro
    El casto lecho de Isabel circunda:
    Un suavsimo albor de grana y oro,
    Como una aurora boreal, inunda
    El aire: rumor plcido y sonoro
    De harpas lejanas la quietud profunda
    De la noche harmoniza, y la fragancia
    De la mirra trasciende por la estancia.

      Un misterioso encanto indefinible
    Por el Palacio y la ciudad se extiende,
    Cuyo mgico efecto incomprensible
    De su cmara regia se desprende,
    Y en sueo delicioso y apacible
    Sume la poblacin, que no comprende
    La celestial incgnita influencia
    Que envuelve en tal deleite su existencia.

      Cuanto aliento vital goza en Medina,
    Fecunda en germen y en raz vegeta,
    Esta influencia mgica y divina
     su poder recndito sujeta:
    Y bajo este poder que la domina,
    En calma universal, en paz completa,
    La tierra de Isabel goza ignorante
    Las dichas del Edn por un instante.

      De Jehovh el espritu en tal hora
    Al alma de Isabel se comunica,
    Y del Seor la fuerza triunfadora
    En su valiente corazn radica.
    En su pecho magnnimo atesora
    Santo fuego Azel, y centuplica
    El humano vigor que en l encierra
    Dios, que la trajo  dominar la tierra.

      El ngel  quien l ha encomendado
    La grande empresa que  Isabel destina,
    Se la acerca, su trmino llegado,
    Y sobre el pecho de Isabel se inclina:
    Y del Seor con el poder armado,
    Va de la antorcha de la fe divina
     encerrar de su pecho en lo profundo
    Chispa capaz de iluminar el mundo.

      Abri Azel sobre el augusto lecho
    Sus dos nevadas alas, abarcando
    De muro  muro el camarn estrecho
    Y  Isabel bajo de ellas cobijando:
    Y de su antorcha, que acerc  su pecho,
    Una chispa con su ndice arrancando
    Que, al brotar, un relmpago produjo,
    En el real corazn se la introdujo.

       su contacto abrasador sintise
    Su corazn mortal regenerado,
    Y su cuerpo de barro iluminse,
    Al fuego de la fe purificado.
    El sr humano de Isabel cambise
    En ms sublime sr divinizado,
    Y comenz  gozar con nueva esencia
    Mejor que la mortal nueva existencia.

      Al soplo de Azel, que fecundiza
    En su mortal naturaleza humana
    Los grmenes celestes, la ceniza
    Vol de toda inclinacin liviana;
    Y de materia vil y quebradiza
    Exenta ya su esencia soberana,
    Dijo  Isabel el ngel, con la palma
    Sobre su corazn que late en calma:

      En el nombre de Dios, de su fe santa
    Prenda en tu corazn esa centella!
    En su nombre inmortal la Cruz levanta,
    Y convoca  tu grey en torno de ella.
    Espanto del Islam, bajo tu planta
    La frente infame de Mahoma huella:
    Astro de los cristianos, aparece:
    Dios en tu luz sagrada resplandece.

      Al poder de este acento sobrehumano,
    Levantse Isabel transfigurada
    Y al gneo corazn llev la mano,
    Al fuego celestial no acostumbrada;
    Mas de misterio tal en el arcano
    Por Dios al punto penetr inspirada,
    Cuando al tender en su redor los ojos
    Vi  sus pies  los ngeles de hinojos.

      Entonces en su mente, prevenida
    Por celestial intucin, brotaron
    Los pensamientos mil que en su guarida
    Hasta entonces ocultos fermentaron;
     su vista, por Dios esclarecida,
    Del porvenir las nieblas se rasgaron,
    Y, al sentirse por l predestinada
    Para rendirla, dijo: Ay de Granada!

      Y al salir  las auras exteriores
    Las harmnicas notas de su acento,
    Se transformaron en fragantes flores,
    Y en mariposas ureas sin cuento,
    Y en pjaros de luz de mil colores
    Los tomos vivientes de su aliento:
    Los genios de Azel los recogieron
    Al brotar, y en el aire se perdieron.

      Partid, dijo Isabel, sus transparentes
    Formas perderse en el azul mirando:
    Partid, y al corazn de los creyentes
    Id con los ecos de mi fe llamando:
    Mis encendidos tomos vivientes
    Por mis ciudades id desparramando:
    Id en nombre de Dios, id por Castilla
    De mi fe derramando la semilla.

      Espritu de Dios! ya en m te siento:
    Ya sealarse en el cuadrante de oro
    De la honda eternidad veo el momento
    Propicio al Espaol, fatal al Moro.
    Heme pronta  tu santo llamamiento:
    Obedezco tu voz, tu ley adoro.
    Quin me resistir de tu fe armada?
    Yo plantar la Cruz sobre Granada.

      Dijo Isabel. Los tomos divinos
    De su aliento, por Dios purificado,
    Mensajeros de su alma, peregrinos
    Por la regin del aire purpurado
    Ya con los arreboles matutinos,
    Al trmino que Dios les ha marcado
    Partieron.--Dios, hacindoles fecundos,
    Transforma leves tomos en mundos.


V

      Antes que el sol su esplendorosa hoguera,
    De la luz de los astros alimento,
    Mostrara en el Oriente, su carrera
    Misteriosa acabando en un momento,
    De Castilla hasta la ltima frontera
    De su Seora se esparci el aliento:
    Y doquier que sus tomos posaron,
    Chispas de fe, las almas alumbraron.

      Al influjo de este lito divino
    Regenerse la Cristiana tierra
    Con nuevo sr y cambio repentino;
    Los nobles turbulentos, que con guerra
    Domstica ensangrientan su destino,
    Sintiendo el nuevo sr que su alma encierra,
    Sintieron sus alientos belicosos
    Bajo instintos brotar ms generosos.

      El pueblo, por sus prceres armado
    En pro de asoladoras banderas,
    Contempl su valor desperdiciado
    En contiendas intiles  impas;
    Y, por la nueva fe iluminado,
    Pens en borrar de tan nefastos das
    Con pginas esplndidas de gloria
    Del libro de los tiempos la memoria.

      El soplo de los ngeles fecundo
    Inoculando la feraz semilla
    De la fe de Isabel en lo profundo
    Del alma de los hijos de Castilla,
    La progenie evoc que, un nuevo mundo
    Del mar buscando en la encontrada orilla,
    Iba en sus carabelas viento en popa
    Las llaves de otro mundo  traer  Europa.

      Un vapor luminoso, perceptible
    No ms  los espritus del viento,
     la mirada de Satn terrible,
    Y  las del Hacedor del firmamento,
    Alfombra en punto tal la haz apacible
    Del catlico reino en tal momento,
    Recibiendo sus pueblos, que en paz duermen,
    De la celeste inspiracin el germen.

      De los jefes catlicos, en sueos,
    El generoso corazn se agita
     impulso de presagios halageos
    Que el soplo en ellos de Azel excita.
    Temerarios y heroicos empeos
    Ya delirando cada cual medita,
    Y,  la voz de los cielos obediente,
    Pronto al combate cada cual se siente.

      Uno entre todos, hroe futuro
    De la conquista en que la Cruz se empea,
    Con el asalto de agareno muro,
    Por Azel arrebatado, suea,
    Y el fondo ve del porvenir obscuro
    Que con la fe alumbrndole le ensea.
    Es Ponce de Len, el caballero
    Mejor, en fe, y en armas el primero.

      l, de la ira de Dios rayo inflamado,
    De su divina clera instrumento,
    El primero en su mente inoculado
    Percibe de Isabel el pensamiento;
    Como ella, por el ngel instigado,
    Penetrar en su sr siente su aliento,
    Y que en l  su soplo se levanta
    De la cristiana fe la llama santa.

      Del corazn le advierten los latidos
    Del invisible genio la presencia,
    Y el placer con que gozan sus sentidos
    El soberano bien de la existencia;
    Y oye en su corazn, no en sus odos,
    Una voz que relata  su conciencia
    De una era de fe, de honor y gloria
    La venidera y encantada historia.

      El ngel Azel, ante sus ojos
    Del negro porvenir el libro abriendo,
    Con sangre escrito en caracteres rojos
    Del rabe le muestra el sino horrendo.
    Mensajero se ve de los enojos
    De Jehovh en Granada combatiendo,
    Desplegado un momento ante su vista
    El cuadro colosal de la conquista.

      l, de su panorama misterioso
    Reconoce los sitios y figuras,
    Y ve doquiera su pendn glorioso
    Tremolando el primero en las alturas;
    Siempre descubre su corcel fogoso
    Recorriendo triunfante las llanuras
    Que abandonan ante l los Africanos
    Y que tras l ocupan los Cristianos.

      La fiebre de su espritu guerrero
     este ensueo de gloria se enardece,
    Y al envidiado honor de ir el primero
    En su noble ambicin se desvanece:
    Y soando que blande el ancho acero,
    Que tira el primer golpe le parece,
    Y el rudo brazo al descargar exclama:
    En honor de mi Dios y de mi fama.

      Poniendo entonces Azel su mano
    Sobre su ardiente y generoso pecho,
    Djole, del honor y la fe arcano
    Su noble corazn dejando hecho:
    El primero sers: Dios soberano
    Acuerda  tu valor ese derecho.
    Levanta el grito y el pendn de guerra:
    Tala, rayo de fe, la mora tierra.

      Dijo Azel: y abriendo en el ambiente
    Sus alas de vapor, por un momento
    Dejando tras de s fosforescente
    Rastro, perdise en el azul del viento.
    Despert el Castellano de repente
    La puerta oyendo abrir de su aposento,
    Y presentse en ella  Don Rodrigo
    De un cristiano adalid el rostro amigo.

      Es el valiente escalador Ortega,
    De la guerra avezado al ejercicio,
    Donde su vida cada da juega
    De _escucha_ haciendo el peligroso oficio.
    Del territorio de los Moros llega,
    Y su presencia siempre algn servicio
    Promete al de Len, quien en campaa
    Siempre de l se aconseja y acompaa.

      Reconoci de Dios al mensajero
    En l el padoso Don Rodrigo,
    Y el gaje espera que le trae primero
    De las promesas de Azel consigo.
    Incorporse, pues, el caballero
    Diciendo alegre:--Qu me traes, amigo?
    --Traigo una prenda que os dar gran fama:
    Traigo una villa mora.--Cul?--Alhama.

      --Alhama! Es la ms rica del Rey moro.
    --S, seor: de su reino est en el centro.
    --Dicen que en ella guarda su tesoro?
    --S, seor: y yo de ella os pondr dentro.
    --Sabes lo que prometes?--Nada ignoro,
    Seor; mas cuando ofrezco es que me encuentro
    En posicin de dar. Venid conmigo,
    Y sois dueo de Alhama, Don Rodrigo.

      --Ortega, en una empresa tan osada
    Es preciso que Dios gue tu huella.
    --La voluntad de Dios est marcada
    Y nos la brinda  nuestra buena estrella.
    Yo no me he contentado en mi emboscada
    Con rondar por la noche en torno de ella;
    Seor, yo he estado dentro de la villa:
    Dios por mi mano se la da  Castilla.

      --Yo veo la de Dios tras de tu mano.
    Basta: aguarda mis rdenes afuera.
    Sali Ortega: el ilustre Castellano
    Del lecho se arroj, y, con fe sincera
    Puesto de hinojos, con fervor cristiano
    Dijo: Mi fe, Dios mo, en Vos espera:
    Si en Alhama, Seor, me dais entrada,
    Yo llevar la Cruz hasta Granada.




LIBRO QUINTO




INTRODUCCIN


      Escrito estaba as! Dios en su mano
    Tiene los corazones de los Reyes,
    Y sus profundos clculos polticos
    La voluntad de Dios acota siempre.
    Esa nacin, que poderosa nace
    De las ruinas de aquella que perece,
    Al mandato de Dios brota y se encumbra
    Y en alas slo de su aliento viene.
    Los pueblos y las razas se renuevan,
    Devorando el que nace al que fenece,
    Como en la inundacin bajo las aguas
    Se renueva el pas que se sumerge.
    La gloria y el poder de las naciones
    Nace, se eleva y cae, cual se suceden
    Las semillas y frutos de la tierra,
    Hijas de la estacin que les da germen.
    El invierno corona las montaas
    Con blancas tocas de apretada nieve,
    Y el aire de sus copos infecundos
    La lluvia extrae para regar las mieses.
    Cuna y sepulcro al par de cuanto en ella
    Vegeta y se consume, nace y muere,
    Fnebre adis!  alegre bienvenida
    Da la tierra  quien parte y  quien viene;
    Y lo mismo que el manto se descie
    De vida y flores en que Abril la envuelve,
    Se despoja insensible de sus pueblos,
    Y sus razas olvida indiferente.
    As han nacido y perecido todos
    Bajo esta ley universal, y quieren
    Explicar los polticos en vano
    Los misterios del tiempo y de la muerte.
    _Mane_, _Tzel_, _Fars_, escribi el dedo
    De Dios de su palacio en las paredes,
    Y se hundi Baltasar y Babilonia;
    Y as se hunden los pueblos y los Reyes.
    En vano achaca el sabio  su poltica
    El viento que  su ruina les impele:
    Al pueblo que  su fin msero toca,
    Su propio peso hacia su fin le vence:
    Y el Rey que nace de su raza el ltimo,
    Por mucho que afanoso se desvele
    Por la prez y la gloria de sus pueblos,
    Al fin sus pueblos y su gloria pierde.
    Nnive as, Jerusaln y Roma
    Fueron: y as las razas del Oriente
    Que encantaron los valles de Granada
    Fueron: sombra de sauce, inquieta y breve,
    Aroma de jazmn que dura un da,
    Humo de mirra que borr el ambiente,
    Nube formada del vapor del alba
    Que  los rayos del sol se desvanece.
    Tal fu Granada: y al dejar sus muros,
    Filsofa  fantica su gente
    Escrito estaba as!--dijo partiendo,
    Alah-akbar!--Dios grande, T lo quieres!
    Y yo, que al relatar su ltima historia,
    En empolvados libros y papeles
    Rodos por el tiempo, voy sus hechos
    Al olvido robando, siento  veces
    Prerseme los prpados de lgrimas,
    Viendo la abnegacin de aquellos seres
    Que al frica partieron resignados,
    Ms que  su patria  su crencia fieles;
    Y cuando leo los cristianos libros
    Que les tratan de brbaros y aleves,
    Digo en mi corazn: Escrito estaba:
    Alah-akbar! Dios grande, T lo quieres!
    Mas volviendo  tomar mi torpe pluma
    Y tornando  elevar mi canto dbil,
    Torno al relato de su antigua historia
    Y vuelvo de Granada  los verjeles.




NARRACIN


I

      Ms all de la selva de avellanos,
     cuya sombra misteriosa mana
    Murmuradora fuente cuya historia
    Cuento parece de orientales hadas:
    Ms all de los crmenes que alegran
    De los cerros del sol la verde falda,
    Y ms all de las rojizas lomas
    Que  Darro obligan  torcer sus aguas,
    Hay un tajo que forman dos colinas
    Donde la arcilla estril, de las plantas
    Secando las semillas, el arraigo
    De hierbas, flores y rboles rechaza.
    De este tajo en la cncava hendedura,
    Del Moro y del Cristiano abandonada
    Y objeto de pavor para ambos pueblos,
    Hay una vieja torre solitaria.
    Fbrica, segn unos, de un mal Genio
    Que, teniendo en las nubes su morada,
    Rob audaz una Hur del paraso
    Y al mundo la baj sobre sus alas,
    Encerrndola luego en esta torre
    Que fabric con piedras encantadas.
    Obra de un parricida, segn otros,
    De quien no quiso Satans el alma,
    Y la enterr con el nefando cuerpo
    Debajo de la arcilla emponzoada,
    Vuelta despus en fuente pantanosa,
    Turbia, insalubre, ftida y amarga.
    Mas cualquiera que fuere el misterioso
    Origen ignorado de su fbrica
    Que en los siglos se pierde, es esta torre
    Objeto del terror de la comarca.
    Al amor de la lumbre los ancianos,
    De las noches de invierno en las veladas,
     sus vecinos y parientes, de ella
    Mil leyendas quimricas relatan.
    Ni pastor llev nunca su ganado
    Por aquellos contornos, ni serrana
    Por recia tempestad sobrecogida
    Se abrig de sus bvedas rajadas;
    Ni nunca las doncellas campesinas
    Se casaron con hombre que pasara
    En la luna anterior al matrimonio
    Por bajo de esta torre condenada;
    Ni cazador alguno su ballesta
    Dispar sobre el ave  la alimaa
    Que se acogi  las grietas de sus muros,
     en su cresta pos desalmenada.
    El padre al revoltoso rapazuelo
    Con la torre fatdica amenaza,
    Y el muchacho, medroso, se guarece
    Bajo el regazo maternal y calla.
    Dicen que en las tinieblas de la noche
    En torno de ella apariciones vagas
    Se perciben tal vez, y se iluminan
    Los huecos de sus lbregas ventanas;
    Dicen que un Moro,  alquimista  santo,
    De triste voz y venerable barba
    La torre habita, y que cur con filtros
     una pobre mujer endemoniada;
    Y cuentan, aunque nadie le designa,
    Que un mancebo del pueblo, que idolatra
     una Infanta ral, clav una noche,
    Caprichos por cumplir de la que ama,
    En el viejo postigo de la torre
    El velo de la hermosa con su daga:
    Y la hermosa  otro da hall clavados
    El velo y el pual en su ventana.
    Un mercader del Zacatn, muy rico,
    Muy limosnero y de costumbres santas,
    Consult escrupuloso con un sabio
    Santn el fundamento de estas fbulas,
    Y el sabio Aly-Mazer, que penitente
    En los montes habita una cabaa
    Que nadie vi, y  quien el vulgo dice
    Que cuida all de alimentar un guila,
    Su pltica al oir sobre la torre
    Dijo con vista torva y voz airada:
    Ay del que pise de su umbral la piedra
    All afila la muerte su guadaa.
    Y esto el sabio santn diciendo  voces
    Al mercader, atraves la plaza,
    Dejndole aterrado y circudo
    De inmensa multitud estupefacta.
    Dcese, sin embargo, aunque se dice
    Entre amigos no ms, y en voz muy baja,
    Que algunos han llegado hasta esta torre
    De consejos  filtros en demanda,
    Y que el viejo dervich que habita en ella
    Satisfizo sus dudas  sus ansias:
    Y aun dicen que debajo de las piedras
    De aquella torre vacilante se hallan
    Camarines suntuosos, alumbrados
    Con candelabros de coral y de mbar,
    Y una fuente que aduerme los sentidos
    Al dulce sn de sus bullentes aguas.
    Dios sabe la verdad; el vulgo siempre
    Da formas temerosas y fantsticas
     lo que no comprende, y esta torre
    Le es en sus sueos pesadilla ingrata.

      Era la ltima tarde de Febrero:
    Ya el crepsculo en sombra se cerraba,
    De los vientos de Marzo comenzando
     zumbar en los rboles las rfagas.
    Ya recogido el labrador su yunta
    Cansado haba y el pastor sus cabras,
    Y el humo de las chozas y alqueras
     su frugal banquete le llamaba.
    Se hundan en sus cuevas los reptiles
    Y acudan las aves  las ramas,
    Llamando  la vecina primavera
    Que ms de lo que anhelan se retarda.
    La tierra, en fin, en brazos de la noche,
    Yerta, en silencio y soledad quedaba,
    Y al lejos la ciudad se distingua
    Slo ya por la luz de sus ventanas.
    Era una noche fra y tenebrosa:
    Creca el viento y, de la luna falta,
    La bveda del cielo pareca
    Con fnebres crespones enlutada.
    Era una de esas noches en las cuales
    La voz del miedo al corazn nos habla y
    Y de infantil supersticin al soplo
    Quimeras mil en nuestra mente se alzan.
    Noche agradable para oir historias
    Junto  la lumbre del hogar contadas,
     para hacer castillos en el aire
    Bajo el triple doblez de espesa manta.
    Mas no siempre  su antojo goza el hombre
    Plcida ocupacin, cmoda estancia,
    Y alguno hay siempre que afanoso vela
    Mientras el mundo universal descansa.
    He aqu por qu del arcilloso tajo
    Donde la antigua torre est fundada,
     pesar de la noche pavorosa,
    La soledad un hombre atravesaba.
    No se alcanzaba  ver en las tinieblas
    Ni aun el contorno de su forma humana;
    Mas se oa su aliento fatigoso
    Y el comps desigual de sus pisadas.
    Sonoro el rosetn de sus espuelas
    Tal vez por caballero le acusaba,
    Y por hombre de guerra el sn metlico
    Con que bajo el caftn crujen sus armas.
    Lleg  la cima del repecho, donde
    La puerta da del torren: ahogada
    Tos de cansancio le salt del pecho,
    Mas sofoc su ruido en la garganta.
    Breve silencio luego, hondo, absoluto,
    Indic que dudoso vacilaba,
    Y que tal vez en el momento crtico
    Le abandonaba el corazn su audacia
    Con larga aspiracin tomar aliento
    Oysele despus, y de la daga
    Con el pomo dos golpes di en la puerta,
    Secos, iguales, firmes: no temblaba.
    El corazn que daba  aquella mano
    Tan sereno vigor lata en calma,
    Y el hombre que llamaba  aquella torre
    Resuelto en ella  penetrar llegaba.
    Si  su secreto husped conoca,
    Su relacin con l era harto franca;
    Si la crea habitacin de espritus,
    Con temeraria fe les provocaba.
    El doble sn de su doblado golpe
    Los ecos de la torre abandonada
    Cncavos repitieron, hasta ahogarles
    En la desierta cavidad lejana,
    Y un momento despus otra voz ronca
    Tras de la puerta pregunt:--Quin llama?
    --Un hombre solo, respondi el de fuera.

    EL DE DENTRO

    Qu quiere?

    EL DE FUERA

                 Quiere hacer una demanda
    Al espritu sabio que aqu mora.

    EL DE DENTRO

    Su ciencia sin saber de quin dimana?

    EL DE FUERA

    Del cielo  del infierno: importa poco:
    Con que me sepa responder me basta.

    EL DE DENTRO

    Resuelto traes el corazn?

    EL DE FUERA

                                 todo.

    EL DE DENTRO

    Tienes bien la pregunta meditada?

    FUERA

    S.

    DENTRO

        Sabes que la ciencia nunca miente,
    Y que desnuda la verdad espanta?

    FUERA

    Favorable  fatal, saberla quiero;
    Pon precio  tu respuesta, pero dmela.

    DENTRO

    La ciencia no se vende: y quien el cliz
    Osa apurar de la verdad amarga,
    En el veneno que al saberla bebe
    La compra por su mal bastante cara.
    Entra.--Abrise la puerta: pas el hombre,
    Y fu todo silencio, sombra, nada.

      En medio de un morisco gabinete
    Que,  juzgar por su bveda cerrada,
    Pertenece sin duda  alguna obra
    Desconocida, oculta y subterrnea,
    Al suave resplandor con que la alumbran
    De pulido alabastro cinco lmparas,
    Hay una fuentecilla que se vierte
    De mrmol transparente en una taza.
    El desborde del lquido impidiendo,
    Un sumidero que su fondo orada
    Le conserva en nivel constante siempre,
    La que sume igualando  la que mana.
    Su ancho tazn que sobresale apenas
    Del pavimento,  la arabesca usanza,
    Cercado est de blandos almohadones
    Y tupidas alfombras toledanas;
    Mas parece que slo se destinan
    Por el rico seor de aquella estancia
     que gocen sus huspedes la vista
    Y el grato sn de la corriente mansa:
    Y la luz de las lmparas, que recta
    En su cristal  reflejarse baja,
    Para alumbrar tambin parece slo
    La transparente linfa preparada.
    Radia empero esta luz por todas partes
    En rededor de la ostentosa cmara
    Sobre mil preciossimos objetos,
    Que la opulencia del seor delatan.
    Ricos jarrones del Japn que ostentan
    ndicas flores que en su seno arraigan,
    Plumas costosas de chinesco origen,
    Y talismanes y amuletos y armas
    Por su rara virtud  precio enorme
    De enriquecer capaces  un Monarca,
    Decoran el fantstico aposento
    Que aroma un ancho perfumero de mbar:
    Exquisitos damascos, cairelados
    Con anchos flecos y tejidas randas,
    Cubren los muros, cuyo friso adornan
    Minuciosas labores africanas;
    Y del techo estalctico, de cedro
    y olorosas maderas cinceladas,
    Los huecos casetones labernticos
    Miniaturas esplndidas esmaltan.
    El murmullo continuo de la fuente,
    La suave luz en ella reflejada
    Y el aroma oriental del perfumero
    Que harmoniza, ilumina y embalsama
    El aire de este asilo misterioso,
    Embebecen el nimo y embargan
    Los sentidos, y el alma  las delicias
    De beticos xtasis preparan.
    Al respirar su atmsfera vivfica
    La cavidad del pecho se dilata
    Con placer inefable: y, cual si en ella
    Un blsamo vital se inoculara,
    Corre la sangre renovada, al cuerpo
    Comunicando ligereza extraa,
    Como si el soplo de benigno genio
    Su peso terrenal aligerara.
    Este deleite, empero, inexplicable,
    Este placer magntico que embriaga
    El nimo y el cuerpo en este sitio,
    Tanta delicia infunde, que aletarga.
    Aura parece del Edn, divina
    Fruicin de la gloria que, arrastrada
     la tierra de impuro sortilegio
    Por la virtud, deleita pero daa.
      Mansin es sta singular: acaso
    En ella con sacrlega amalgama
    El ambiente vital del paraso
    Y el aliento satnico se hermanan.
    Mansin que est sujeta  algn encanto,
     por algn espritu habitada,
     por un sabio mago est dispuesta
    Para abusar de la razn humana.
    Fantstica mansin, cuyo recinto
    Se encierra oculto en la maciza fbrica
    De los hondos cimientos que mantienen
    La torre secular que al vulgo espanta.


II

      Como visin que se aparece muda
     la voz del conjuro que la evoca,
    Como la mancha que proyecta mvil
    La nube que ante el sol cruza la atmsfera,
    As apartando la crujiente seda
    Que el subterrneo camarn decora,
    En su oriental recinto penetraron
    En sombro silencio dos personas;
    Hombres las dos: el uno, revestido
    De luengas, anchas y talares ropas,
    Bajo el morisco capuchn plegado
    La edad oculta y el semblante emboza;
    Debajo el otro de caftn turquesco
    Rica armadura y cimitarra corva
    Deja admirar: mas el cerrado almete
    Su faz resguarda de atencin curiosa.
    Ser el primero en su ademn revela
    De esta mansin el dueo: indagadora
    Inquietud, mas no miedo, del segundo
    Muestra la continencia cautelosa.
    Busca el primero entre los mil objetos
    Que all se ven, de aplicacin incgnita,
    Algo que necesita, y el segundo
    Sagaz espa sus acciones todas.
    Un talismn y un libro, cuyos usos
    Slo tal vez su posesor no ignora,
    Tom por fin el sabio y puso el libro
    En un atril de laboreada concha.
    Era el libro un volumen con respeto
    Guardado en un cajn de palo-rosa,
    Y el talismn representaba un spid,
    El cuerpo de oro y de coral la cola.
    De un candelero de oro salomnico
    Encendi luego la buja roja
    El silencioso encapuchado, y dijo
    Volvindose al guerrero:--Ya est pronta
    El ara de la ciencia y arde en ella
    La luz de la verdad. Ese spid toma,
    Pregntale; divide de ese libro
    Las pginas con l y, sobre la hoja
    Que abras, lee la respuesta  tu pregunta,
    Y..... espera todava, si te importa
    Tu secreto guardar, que por tu lengua
    Hable tu alma: la palabra sobra.
      Obedeci en silencio el caballero:
    Y dejando en un mueble sus manoplas,
    Con la desnuda mano asiendo el spid
    Se aprest  la tremenda ceremonia.
    Hizo en secreto su demanda, y luego,
    Metiendo el talismn entre las hojas
    Del libro, en el atril por ambos lados
    Caer partidas al azar dejlas.
     travs de las barras del almete
    Tendi  lo escrito la mirada ansiosa:
    Ley, y el estertor que hinch su pecho
    Mostr de su alma la mortal congoja;
    Mas hombre  dominar acostumbrado
    Sin duda al corazn, una tras otra
    Ley todas las lneas de la pgina,
    Su acbar apurando gota  gota.
    Acab de leer y cabizbajo
    Permaneci un momento: escrutadora
    Entretanto del sabio la mirada
    Sobre l en vano pertinaz se posa;
    Porque el tejido espeso de las barras
    De la celada penetrar le estorba
    Hasta su rostro que, indiscreto acaso,
    Revelara su idea ms recndita.
      Alz al fin el armado la cabeza,
    Con un suspiro desechando la honda
    Fatdica impresin del sortilegio,
    Rompindose el silencio en esta forma:

    EL SABIO

    Has concludo?

    EL CABALLERO


                   S.

    EL SABIO

                      Que trae el libro?

    EL CABALLERO

    Una encantada y peregrina historia.

    EL SABIO

    La tuya.

    EL CABALLERO

            Puede de ser: pero la escrita
    Tiene cierto sabor  fabulosa.

    EL SABIO

    En vano quieres con fingida calma
    Ocultar  mis ojos tu zozobra;
    Yo s que la verdad de tus palabras
    Est en tu corazn, y no en tu boca.
    Yo s que espanta el porvenir: que acbar
    Guarda no ms de la verdad la copa,
    Y que, por ms sereno que la apures,
    Te fermenta en el alma su ponzoa.

    EL CABALLERO

    Un alma varonil, con su destino
    Lucha: una fe tenaz todo lo arrostra.

    EL SABIO

    La fe de quien  orculos acude,
    Slo es supersticin que la fe ahoga.
    Voy la historia  ler con que ese libro
    Respondi  tu demanda; y si an dudosa
    Tu alma desea explicacin ms clara,
    Pdela y la tendrs, palpable y pronta.
      Dijo: y fijando su mirada el sabio
    Sobre el libro fatal, con pavorosa
    Voz empez  ler, el caballero
    Prestando  su pesar atencin honda:
    Un celestial espritu encantado
    Tiene al Rey Alhamar: su augusta sombra
    Sobre los leves rayos de la luna
    Baja  la Alhambra en las nocturnas horas.
    Mudo, invisible, su fantasma regio
    Se mostrar una vez y una vez sola
    Hablar: mas ay! triste del que entonces
    Vea su faz y sus palabras oiga!
    l ser engendrador del Rey postrero
    Que en la Alhambra ral cia corona:
    Y ay de los de Nazar! ay de Granada!
    Con ese Rey fenecer su gloria.
      Ley el sabio: y, quitndose del libro,
    Dirigi as la voz conminadora
    Al caballero, que encerrado le oye
    Mudo  inmoble en su armadura cncava:
    --Ay de los de Nazar! ay de Granada!
    Su Rey ha visto la tremenda sombra;
    Y ay de ti, Rey Hasn! ay de tu sangre,
    De raza tan fatal engendradora!

       estas palabras, el sombro armado
    Dando un paso hacia el sabio, con voz ronca
    Pero resuelta, dijo, levantando
    La celada que el rostro le encapota:
    --Yo soy Muley-Hasn: t lo dijiste:
    Yo he visto esa fantasma aterradora,
    Cuya verdad de confirmarme acaba
    La virtud de tu ciencia misteriosa.
    Yo soy Hasn; pero desde este punto,
    Para que tal cual soy me reconozcas;
    Oye  tu vez la prediccin que te hago
    En cambio de tu orculo y tu historia.
    Yo soy el Rey Hasn; pero primero
    Que mi raza consume tal deshonra,
    Todos mis hijos, todos, uno  uno,
    Ahogar sin piedad mi mano propia.
    Ya lo sabes: adis; y abre, pues creo
    Que el aire de este cuarto me sofoca.
      Dijo Muley-Hasn, y la salida
    Busc bajo el tapiz, ebrio de clera:
    Mas tomndole el sabio por la mano,
    Le detuvo diciendo: Rey, t ignoras
    Lo que el cielo te guarda, y es preciso
    Desvanecer tus esperanzas locas,
    Tu hijo Ab-Abdil.....

    MULEY-HASN (_interrumpindole._)

                          Preso en la Alhambra
    Yace, y cadver le hallar la aurora.

    EL SABIO

    Te engaas: en Guadix contra su padre
    Junta sus partidarios  estas horas.

    MULEY-HASN

    Mientes!

    EL SABIO

            Msero Rey! t ignoras slo
    La desventura inmensa que te agobia:
    Mas yo te har agotar hasta las heces
    De la horrenda verdad la amarga copa.

    MULEY-HASN

    Djame: basta ya: s lo bastante;
    Y siento que mi mente se trastorna,
    Y de alegra imbcil  satnica
    Mi inmenso mal el corazn me colma.
    Djame!

    EL SABIO

            No, Muley: esa alegra
    Insensata la bebes en la atmsfera;
    Desde que en este camarn entraste,
    En ti de un filtro la influencia obra:
    Y esa febril exaltacin que sientes
    Ya  llevarte, en las alas vagarosas
    De una ilusin quimrica,  unos sitios
    Cuyos sucesos conocer te importa.
    --Djame, exclam Hasn como luchando
    Con alguna impresin vertiginosa.
    --Obedece, mortal, exclam el sabio
    Con elevada voz dominadora.
    Magnetizado Hasn desde este punto,
    Obedeci  su voz como un autmata:
    --Sintate, dijo, y se sent: contempla
    El agua de esa fuente. Y en sus ondas
    Fij la vista fascinada.--Entonces,
    Cerrando el cao por do el agua brota
    Y el sumidero que la taza orada,
    Posarse el sabio encantador dejla.
    Deshzose en el mrmol el postrero
    Crculo que form su ltima gota,
    Y qued el haz del agua tersa, inmvil,
    Reflejando en su fondo de la bveda
    Las mltiples labores que, alumbradas
    Por las lmparas, fingen con sus combas,
    ngulos, radios, casetones y arcos,
    Grupos de casas, rboles y rocas.
    Sentse el sabio junto al Rey, y asiendo
    Su yerta mano y de su odo prxima
    La boca colocando,--duerme, djole,
    Duerme Muley,  tu pesar, reposa:
    Mas recibe los sueos que te envo
    Y dales un asilo en tu memoria,
    Para que cuando vuelvas de tu sueo
    Recuerdes sus visiones vaporosas.
    Suea, feroz Muley, y mis palabras
    De ensueos vagos en quimeras torna:
    Suea que ves debajo de esa fuente
    Lo que en tu sueo de mis labios oigas.
    Y aqu el encantador encapuchado
    Comenz  relatar con voz montona
    Una historia, confusa como un sueo,
    En que un millar de imgenes se agolpa:
    Vaga, como unos versos sin cadencia,
    Que parece tal vez que nunca logran
    En su harmona dar con un sonido
    Que con otro sonido corresponda;
    Historia, en fin, cuyo relato hecho
    En la inflexin y guturales notas
    De rabe dialecto, semejaba
    Al susurro del agua y de las hojas.


III

      --Mira, escucha y comprende lo que pasa
    En torno tuyo oh Rey!--Ves esas sombras
    Que como en alas de los vientos cruzan
    Esos llanos y montes con que sueas,
    De esa obscura ciudad saliendo todas?
    Los corredores son, que el Rey cristiano
    Enva  sus alcaides fronterizos.
    Esa ciudad de donde parten, cuyo
    Mudo recinto en las tinieblas yace
    Al parecer pacfico y tranquilo,
    Es Medina del Campo. Desde aquellas
    Torres los Reyes de Castilla miran
    Hacia Granada, el pensamiento fijo
    En su desolacin y la memoria
    En el fatal horscopo, que anuncia
     Ab-Abdil como el postrer monarca
    Que reinar en la Alhambra; sus jinetes
    Por eso envan en secreto, y slo
    Caminando de noche,  sus mejores
    Adalides. Y sabes el mensaje
    Que les llevan, Muley? Que pues rompiste
    Las treguas t, cayendo sobre Zahara,
    Den por abierto el campo de la guerra
    Y metan por tus tierras sus pendones,
    Talando sin piedad y destruyendo
    Mieses, viedos, torres y ciudades.
    Vuelve ahora la vista hacia este lado:
    Ves ese cerro sobre el cual blanquean
    Las almenadas torres y los muros
    De una morisca villa? Son las torres
    Y las murallas de Guadix. Ves ese
    Pendn que en ellas vagarosa agita
    El aura de la noche? No es ya el tuyo:
    Es el de Ab-Abdil. Ves esos hombres
    Que, envueltos en sus blancos alquiceles
    Y jaiques africanos, uno  uno
    Entran en la segura fortaleza
    Do se hospeda tu alcaide? Todos esos
    Son los parciales de Abdil, que acuden
     ofrecerle su brazo y sus tesoros
    Contra su mismo padre: y son los mismos
    Que tus inicuas leyes desterraron
    De Granada; los hijos y los nietos
    De aquella ilustre raza degollada
    Por el infame padre del que ahora
    Es tu primer Wazir, tu consejero,
    Del tirano tal vez que por ti reina:
    De Ab'l-Kasn Ben-Egas, hijo digno
    Del renegado vil  quien llamaron
    Moros y Castellanos con desprecio
    El _Tornadizo_: y todos alimentan
    Sed de venganza contra l, y el odio
    Hierve en su corazn contra la impura
    Cristiana  quien adoras, y detestan
    Toda la estirpe vil de renegados
    Que te cerca, Muley, y al pueblo impulsan
    Hacia la rebelin, que ya fermenta
    Hasta en tu misma corte, y cuyo fuego
    Puede atajar tal vez Dios solamente,
    Alah-akbar! as est escrito. Vuelve
    La vista hacia ese valle: es el de Dona.
    Ves esa multitud de gente armada
    Que por l atraviesa? Son Cristianos
    Que  Alhama van.  Alhama, donde tienes
    Tus ms ricos tesoros: donde acuden
    Con tus anuales rentas tus alcaides:
    Donde almacenas los inmensos vveres
     tus tropas fronteras necesarios.
     Alhama van: la llave de Granada,
    Como los Granadinos la apellidan:
     Alhama van. Repara cmo trepan
    Por los peascos en que est fundada,
    Como astutos reptiles, los Cristianos
    Escaladores; mira cmo llegan
    De los muros al pie sin ser sentidos:
    Mira cmo aproximan las escalas:
    Mira cmo en silencio en las almenas
    Aseguran las manos, cmo tienden
    Los cautelosos ojos al recinto
    Del muro y del adarve abandonados:
    Mira cmo el primero salta dentro
    Y sesenta tras l. Ese maldito
    Es Ortega del Prado, ese famoso
    Escalador cuyas sorpresas tienen
    En vela eterna  los Alcaides todos
    De tus castillos fronterizos. Mira
    Cmo asesina al centinela y corre
     sorprender la guardia de las puertas:
    Mira cmo un enjambre de Cristianos
    Por las murallas entra. Ay de tu Alhama!
    Ay de los que no ven que estn cercados
    De lobos Nazarenos! Mira, mira.
    Aquel jinete, que  su frente viene
     emboscarse traidor junto al postigo,
    Es Ponce de Len, Marqus de Cdiz,
    Maldecido de Alh y azote nuestro.
    Aquel otro de arns empavonado,
    Es el rico Asistente de Sevilla
    Diego de Merlo: aquel que con el hacha
    El barreado rastrillo hace pedazos
    Con fuerzas de Titn, es Juan de Robles,
    Alcaide de Jerez, que mat un toro
    Dndole en el testuz un puetazo.
    Y no creas que es gente allegadiza,
    Poco diestra en la lid y mal armada;
    No, Muley, son guerreros avezados
     pelear: ilustres por sus hechos
    Y por su sangre generosa: todo
    Cuanto encierra mejor Andaluca
    De Castellanos capitanes. Mira:
    Ves aquel joven cuyo bozo apenas
    Sobre su labio superior apunta?
    Bien puedes con el alba que esclarece
    Divisarle, jinete en un morcillo
    Que piafa de impaciencia: ese es un hijo
    De aquel Conde de Cabra cuyo brazo
    Teme no ms Aly-Athr de Loja;
    Es su hijo Don Martn, prez de la raza
    De Fernndez de Crdova. Aquel otro
    Que monta un potro negro y que tremola
    Un pendoncillo crdeno en la lanza,
    Don Pedro Enrquez es, Adelantado
    Mayor de Andaluca. Toda entera
    La tienes ya sobre tu reino: toda
    Tiene la voz de alarma y se dispone
    Para vengar  Zahara. Ay de tu Alhama,
    Que tienen ya por suya! Oh! mira, mira:
    Aquel que gana el caracol estrecho
    Del torren y baja  dar entrada
     los que aguardan del postigo fuera,
    Es el Comendador Martn Galindo,
    Que ha jurado inmolar treinta Muslimes
     la implacable sombra de un hermano
    Muerto  sus pies por el Zegr de Vlez.
    Mira cmo ayudado de Estremera
    Su escudero, y de Pedro de Valdivia,
    Alcaide de Archidona, desatranca
    Los pesados barrotes de la puerta
    Y sube las cadenas del rastrillo.
    Ya logr levantarle: ya una hoja
    Franque del postigo: apresurados
    Mira cmo por l se lanzan todos
    Sedientos de oro y sangre Alh clemente,
    Compadece  los rabes! Escucha.
    No oyes el repentino clamoreo
    Que ensordece la villa? Desdichada!
    Su gente anoche se acost tranquila,
    Y en brazos de la muerte se despierta.
    Mira aquel que en la torre de homenaje
    De la alta ciudadela ha enarbolado
    La bandera cristiana; oye cul grita,
    Agitando frentico los brazos,
    Alhama por Castilla!... ya la tienen.
    Mas no: mira los tuyos cmo acuden
     la pelea: todava es suya
    La villa, y el castillo solamente
    De los Cristianos es. Alh bendito!
    Mira cmo coronan las murallas,
    Una nube de flechas arrojando
    Sobre los siervos de Jess. Cul caen
    Entre los muros de ambos fuertes! Cejan,
    Se encierran otra vez en el castillo
    La tierra con su sangre enrojeciendo.
    Ah, leales Muslimes, degollados
    Primeros que rendidos! Viejos, nios,
    Mujeres, cuantos cien el turbante
    Africano, pelean por su patria.
    Mira, van  intentar una salida:
    Ya estn acorralados los Cristianos
    En el castillo, y  su vez ahora
    Van  ser los sitiados. No hay tronera,
    Ni lucerna, ni almena, ni resquicio
    Por donde asome un ojo castellano,
    Que cubierto de dardos no se vea
    En el instante mismo. Ya los tuyos
    Comienzan  salir: mas Cielo santo!
    En tumulto, sin orden y sin jefe,
    Como muchachos de una escuela salen.
    Oh! van  ser pasados  cuchillo
    Si los Cristianos dan en ellos. Pronto
    Desdichados! atrs! atrs! Es tarde.
    Un lienzo de muralla derribando
    Los Cristianos se lanzan de repente
    Sobre su ciega multitud, y en ellos
    Corno en ganados en redil se ceban.
    Huyen: la puerta los de dentro quieren
    Cerrar: mas se aproximan unos y otros
    En confuso tropel: todo es en vano:
    Todos al par se precipitan dentro.
    Oye cmo  la avara soldadesca
    Autorizan los jefes al saqueo,
    Para animar sus brbaros instintos.
    Ira de Dios! La muerte por las calles,
    Por las plazas, las casas y mezquitas,
    Corre hambrienta de vctimas humanas
    Y se harta de cadveres. En vano
    Unos pocos valientes, prefiriendo
    La muerte al cautiverio, se resisten
    Como leones del desierto. En vano
    En tu regio _mirab_ encastillndose,
    Ante el ara sagrada del Profeta
    Forman una muralla con sus pechos.
    Un impo Cristiano, una embreada
    Tea aplicando  la dorada puerta,
    Sopla la llama arrodillado, en tanto
    Que otros con sus escudos le protegen
    De los rabes tiros. Ya la llama
    Prendi en la puerta cincelada: el humo
    En espirales pardas culebrea
    Por cima de los cascos: ya las chispas
    Saltan  impulso del seguro soplo
    De la adarga de cuero con que aventan
    El incendio naciente, y ya rechina
    La primorosa ensambladura hendindose.
    Mira cmo abrasada se desploma
    La mezquita y sepulta  los Muslimes:
    Mira cmo el incendio se propaga
    Por sus bazares y almacenes: mira
    Las lagunas de sangre, en cuyo fondo
    La voz de todo un pueblo degollado
    Al justiciero Alh contra ti clama:
    Mira cmo el incendio, porque veas
    Mejor, extiende en derredor su llama
    Encendiendo  tu honor mortuorias teas:
    Mira la cruz sobre el pen de Alhama!....
    Desventurado Rey, maldito seas!....

      Dijo y call la voz del nigromante;
    De la frase final lgubre el eco
    En pavoroso sn zumb un instante
    Bajo morisco artesonado hueco.
    Un momento despus la luz brillante
    Se extingui de las lmparas: un paso
    Lento, ms firme gravit en la alfombra:
    Sintise en los tapices un escaso
    Rumor.... y todo fu silencio y sombra.


IV

      Despuntaba la luz de la maana:
    El sol, detrs an del horizonte,
    Tenda ya su resplandor de grana
    Como un inmenso chal de monte en monte.
    Alfombraba la escarcha las laderas
    De los valles de Darro, y argentinas
    Del rbol desprendanse ligeras
    Las perlas del roco,  las primeras
    Rfagas de las auras matutinas.
    Difana en fin la atmsfera, sereno
    El cielo y quieto el aire, se anunciaba
    Un da claro y de alegra lleno
    Que al perezoso mundo despertaba.
      En la loma del cerro abandonado,
    Donde se eleva el torren obscuro
    Que al vulgo atemoriza, un hombre armado
    Yaca al pie de solitario muro,
    De espaldas en sus piedras apoyado.
      Verde caftn de damasquina tela,
    Cuyo valor y forma la elevada
    Clase y poder del portador revela,
    Cubra su armadura cincelada,
    El calado antifaz de su celada
    No permitiendo ver si duerme  vela.
      All en el valle y  la torre vuelto
    De espalda, un negro y colosal Nubiano
    Dorma echado en su alquicel envuelto,
     precaucin habindose revuelto
    Las bridas de dos yeguas  la mano.
      La hermosa raza del desierto en ellas
    Se dejaba admirar, y en sus mantillas
    De seda tunec, y en las hebillas
    De plata de su arns, bien claras huellas
    Se vean del lujo de su dueo,
    Cuya venida retardaba acaso
    Dulce el placer,  descuidado el sueo.
      El sol, apareciendo de repente
    Tras de las cumbres de la helada sierra,
    Derram su esplendor sobre la tierra,
    Y un rayo de su luz hiri el luciente
    Casco de la armadura en que se encierra
    El hombre que en la torre al pie del muro
    Yace, su oculta faz dando al Oriente.
    Su calor  su luz, si es que dorma,
    Le desvelaron: si aguardaba su hora,
    Le avisaron puntuales que era da.
    Entonces el armado, la pereza
     el sueo desechando, en torno suyo
    Revolvi lentamente la cabeza:
    Di tensin  su cuerpo entumecido,
    Y con seales claras de sorpresa
    Reconoci el lugar: mas de la torre
    Vindose  los umbrales, como herido
    De repentina idea,  tal vez presa
    De una locura, alzse, y una gruesa
    Piedra cogiendo entre sus brazos, corre,
    Y con cuanto vigor hall en su pecho
    Lanzndola en impulso bien medido
    Contra el postigo de madera estrecho,
    Le descuaj del quicio carcomido.
    Cay dentro la hoja levantando
    Una nube de polvo, revocada
    Por su hueco en espesa bocanada:
    Al temeroso ruido, despertando
    El negro que esperaba en la alhameda,
    Volvise con pavor: mas no vi nada
    En medio de la densa polvareda.
    Inmvil el Nubiano contemplaba
    Desvanecerse el polvo que impelido
    Por el aura corra, y esperaba
    Sin duda hallar detrs de su cortina
    Aquel maldito torren hundido
    Y abrasada  desierta la colina,
    Cuando  manera de marmreo busto
    Que, abandonando su sepulcro, asoma
    Del panten  la puerta, vi con susto
    Bajar hacia l por la empinada loma
    Una radiante y colosal figura,
    Tras s dejando el torren vetusto
    Del cual la vi salir con gran pavura.
      Ya para huir despavorido acaso
    Las manos  la crin y el pie al estribo
    Iba  llevar, cuando ataj su paso
    La voz de su seor (cuya armadura
    Brillaba al Sol con resplandor tan vivo
    Que deslumbraba), y dndole el nativo
    Nombre gritle:--Zil, pronto,  caballo!
    Y montando de un salto,  toda brida
    Lanz su yegua. Zil, como l activo,
    Sac en escape volador tendida
    La suya de l en pos, y esclavo y dueo
    Se hundieron de su rpida corrida
    Entre el polvo, cual sombras de un ensueo.


V

      Media hora despus caa muerta
    De fatiga  los pies de su jinete
    La yegua del fiel Zil, ante la puerta
    De la Alhambra: tras l Muley llegando,
     contener la suya no bastando
    Desenfrenada y en carrera abierta,
    Con ella por el prtico se mete.
      Sujetaron  un tiempo veinte manos
    Al fogoso animal:  tierra echse
    El fatigado Amir, y en medio hallse
    De su guardia de negros africanos.
      Como una torva y rencorosa hiena
    Que olfatea con ansia en el desierto,
    Buscando el tronco del viajero muerto
    Que enterr el salteador bajo la arena:
    Tal el fiero Muley el zurdo paso
    Enderez  la torre de Comares,
    Con el designio de manchar acaso
    Con un nefando crimen sus hogares.
    En su rostro, de clera amarillo,
    La decisin horrenda se lea
    En su sangriento corazn forjada,
    Y el infernal placer de su alma impa
    En sus trmulos labios y en el brillo
    Siniestro de su lgubre mirada.
    Los negros su furor adivinando
    En su ademn y rostro descompuesto,
    Paso le abrieron con temor callando:
    l, en vez de palabras, empleando
    Un imperioso irresistible gesto,
    Abrir mand la cmara africana
    Que sirve de prisin  la Sultana.
      En sepulcral silencio, ms terrible
    Que la voz ms furiosa, entr en la estancia,
    De Comares Muley: con impasible,
    Desdeosa y sultnica arrogancia,
    Serena faz y fulgurantes ojos,
     Aixa hall que acercarse le vea
    En pie y desafiando sus enojos,
    Silenciosa como l, como l sombra.
      Como audaz cazador que, asegurado
    De la muerta leona, hallar espera
    Sus cachorros sin riesgo, y confiado
    Avanza hasta la oculta madriguera:
    Mas en su boca lbrega, imprudente
    Los cachorros dormidos reclamando
    Escarba, y con terror ve de repente,
    Su ondulante espiral desarrollando,
    Salir con un silbido una serpiente:
    Tal se encontr Muley bajo la altiva
     imperiosa mirada de la Mora,
     quien dbil juzg como cautiva
     insolente encontr como seora.
      Mirronse un momento frente  frente
    Aixa y Muley-Hasn: mas no hay quien pueda
    La mirada arrostrar resplandeciente
    De esta mujer, cuyo nimo valiente
    Tanta virtud como valor hospeda.
    Con los brazos cruzados sobre el pecho
    Pregunt al Rey impvida:--Qu quieres?
    --Tu hijo, exclam Muley.--Qu imbcil eres!
    Repuso con desprecio la Sultana,
    Dominando  Muley  su despecho.
    Cundo has supuesto que albergado viva
    En el pecho viril de una Africana
    El villano temor de una cautiva,
    Ni el corazn servil de una Cristiana?
    T te olvidas que Dios Reina me ha hecho.
    Mi hijo  pedirme vienes? Insensato!
    Libre parti: mas si seguir su huella
    Deseas, de ocultrtela no trato.
    Corre  tu villa de Guadix, y en ella,
    De Dios y de tus pueblos con la ayuda,
    Alzado Rey le encontrars sin duda.
    --En Guadix!--dijo el Rey,--no lo he soado!
    Y, de pavor mortal sobrecogido,
    Ante la Mora en pie qued aterrado,
    Mudo  inmvil, cual del rayo herido.
    Ella le contempl por un instante
    Sin comprender lo que por l pasaba:
    Mas suponiendo que algo meditaba
    Contra el fugado Prncipe, arrogante
    Djole, de l ponindose delante:
    La bestia ms feroz, jams se encona
    Con sus hijos cual t. Qu esperar debo
    Del tigre que  sus hijos no perdona?
    Ya  todo yo por Abdil me atrevo:
    Tigre, te encontrars con la leona.
    De hoy, pues, no logrars, feroz tirano,
    Ni tocar al menor de sus cabellos
    Sin que, cual t feroz, mi regia mano
    Meta un pual entre tu mano y ellos.
    Dijo, y una insolente carcajada
    Solt, la espalda con desdn volviendo:
    No la volvi Muley ni una mirada
    Ni la escuch tal vez, slo atendiendo
     la duda fatal en que vacila:
    Y la Sultana, hallndola entreabierta,
    Con noble majestad pas la puerta
    Y  su cmara real fuese tranquila.
      Vila Muley el patio de la alberca
    Cruzar, volviendo en s: mas no di un paso
    Contra ella, ni el gesto ms escaso
    Hizo, aunque la guardia el patio cerca.
    En silencio, los brazos sobre el pecho
    Cruzados  inclinada la cabeza,
     solas con su mal  su despecho,
    Presa permaneci por largo trecho
    De ruin supersticin  honda tristeza.
      Mas notando el Monarca de repente
    Que sus guardias le estaban contemplando,
    Mir  su dignidad, irgui la frente,
    Y, cobrando su indmita fiereza,
    Al patio se lanz, donde llegando
    Tendi la vista en derredor, ansioso
    De encontrar una vctima  su saa.
    En pie, junto  un pilar del peristilo,
    Vi un hombre cuya cara le era extraa,
    Plido, ensangrentado, silencioso,
    Y de torvo ademn, pero tranquilo.
      Sonri al divisarle, satisfecho
    De hallar en quien la clera del pecho
    Descargar, y con calma aterradora
    Fuese Muley  l. De pie derecho,
    Contemplndole audaz, con ojo fijo,
    El hombre le aguard, y hasta l llegando
    El iracundo Rey as le dijo:
    --Quin eres?--Nadie ya, repuso el hombre.
    De la ira Muley sinti la llama
    Subirle al rostro, y de furor temblando:
    Tu raza, dijo, tu pas, tu nombre?
    Y con acento de tristeza lleno
    Al Rey el hombre contest sereno:
    No tiene nombre ya, pas no tiene,
    Ni familia ni tribu le reclama
    Por suyo aquel que, su pas dejando
    Esclavo, huyendo de su patria viene
     contar el baldn con que se infama.
    Mi pueblo yace, Amir, muerto  cautivo;
    Y l solo ves en m que escap vivo
    De la tremenda asolacin de Alhama.
    Palideci el Monarca de pavura
     esta nueva fatal: su mensajero
    Sonri con sardnica amargura
    As siguiendo:--Amir, mi alma est pura
    De traicin: combat junto al primero:
    Mas cuando todo se perdi, mi escaso
    Aliento aprovech con la esperanza
    De poder,  tus pies llegando acaso,
    Pedirte, no favor, sino venganza;
    Pero no para m: yo no la quiero:
    Sin honra y sin hogar morir prefiero.
    Alhama se perdi por tu abandono
    Y clam contra ti su pueblo entero:
    Mas yo soy un creyente verdadero
    Y, en ti mirando  Alh sobre tu trono
    En nombre de mi raza te perdono.
    Dijo el lal; y con sublime calma
    En su pecho la daga sepultando,
    Expir, buen Muslim, encomendando
    Su venganza  su Rey,  Dios su alma.
      La guardia de los negros, torva y muda,
    Ante el cuerpo del ltimo Alhameo
    Llor tal vez su brbaro herosmo:
    Slo insensible y enarcado el ceo
    Permaneci Muley con faz sauda,
    Vctima de un segundo parasismo
    De su pavor recndito sin duda.
      Rein un punto el silencio ms solemne:
    Luego, hablando Muley consigo mismo,
    Dijo:--S, la verdad est perenne:
    La aparicin..... Alhama..... todo es cierto
    Y L libre ya!--Confndale el abismo!
    Ms valiera al nacer haberle muerto!

      Y aqu el Rey, humillando la cabeza,
    Prosigui con hondsima tristeza:
    Conque el cielo y la tierra se han unido
    En contra ma por tan varios modos?
    Mas irguindola al punto con fiereza,
    Dijo:--Mas no dirn que me he rendido:
    Mientras vive Muley, an no han vencido:
    Todos, pues, contra m, yo contra todos.
      Y volviendo la espalda,  pasos lentos
    Volvi Muley de su oriental palacio
     entrar en los dorados aposentos
    Donde Zil le sigui tras breve espacio.


VI

      Ay de mi Alhama! en su palacio dijo
    Muley, que aun suya en su dolor la llama:
    Y el eco triste, de sus techos hijo,
          Suspir: _Alhama!_

      Desde las torres del gentil palacio
    Baj en las brisas, y de rama en rama
    Corri los huertos y gimi el espacio:
          _Ay de mi Alhama!_

      Lleg hasta el vulgo la terrible nueva.
    Quin pra el vuelo de la errante fama?
    Su voz diciendo en la ciudad se eleva:
          _Ay de mi Alhama!_

      La turba ociosa, de pavor transida,
    La aciaga nueva por doquier derrama:
    Doquier repiten por donde es oda:
          _Ay de mi Alhama!_

      El ruin villano y el audaz guerrero,
    El noble altivo y la orgullosa dama
    Dicen, llorando con el pueblo entero:
          _Ay de mi Alhama!_

      Y el pueblo entero del palacio augusto
    Corre  las puertas, y furioso clama
    Con voz que impone  sus vivientes susto:
          _Ay de mi Alhama!_

      La guardia negra que  Muley defiende
    Atrs! las picas enristrando exclama:
    Se irrita el pueblo, y el clamor se extiende:
          _Ay de mi Alhama!_

      Las regias salas el motn conturba
    Que en torno de ellas cual tormenta brama.
    Y al grito tiemblan de la airada turba:
          _Ay de mi Alhama!_

      Muley no duerme: cinco mil guerreros
    En quienes arde del honor la llama,
    De sus legiones manda delanteros
          Ir sobre _Alhama_.

      Y al caer la noche, jineteando al frente
    De hueste inmensa que la lid reclama,
    Parti gritando con su armada gente:
          _Venganza  Alhama!_

      _Venganza  Alhama!_ Repiti la plebe
    Que al Rey valiente y vengador aclama:
    Alh, le dijo, la victoria lleve
          Contigo _ Alhama_!

      Mas quin penetra en el destino obscuro
    De su ancho velo por la espesa trama?
    Voz misteriosa suspir en el muro:
          _Ay de mi Alhama!_

      Eco siniestro, que la fe desmiente
    De los Muslimes y  su Rey infama,
    Toda la noche repiti doliente:
          _Ay de mi Alhama!_

      Tal vez las almas de los muertos, cuyos
    Miembros sin tumba el agua desparrama
    De los nublados, piden  los suyos
          Tierra en _Alhama_!




LIBRO SEXTO




LAS TORRES DE LA ALHAMBRA


      Ms all de la torre de Comares,
    De la Alhambra ral siguiendo el muro,
    Recuerdo de los blancos alminares
    De Damasco y esbelto cual seguro,
    Dominando alamedas seculares
    De frescas sombras y de ambiente puro,
    Se alza un torreoncillo de arabesco
    Estilo, areo, blanco y pintoresco.

      Su cabeza gentil no se levanta
    Coronada de slidas almenas,
    Ni su robusta construccin espanta
    Con aspilleras de espingardas llenas.
    Defindenle no ms soledad santa
    Y quietud misteriosa, y bien ajenas
    De apariencia marcial, siempre cerradas
    Sus celosas con primor caladas.

      Tal vez despide al despuntar el da
    En espirales mil humo de aromas
    Cual pebete oriental su celosa:
    Tal vez los ecos de las verdes lomas
    Despierta por la noche la harmona
    De los cantos que exhala, y las palomas
    Y aves,  quienes place su murmullo,
    La aduermen con sus trinos y su arrullo.

      Es esta torrecilla solitaria
    Un sagrado alminar, y su clausura
    Destinada no ms  la plegaria
    De la maana, goza el aura pura
    Del valle y la extensin y vista varia
    De la vega feraz desde su altura.
    Es el mirab del Rey do slo l ora,
    Y tal vez la mujer que le enamora.

      Hoy, con escarnio de la Fe, le habita,
    Transformando en harn de sus amores
    El alminar de la oracin bendita
    Y en camarn de sueos tentadores,
    Zoraya, la insolente favorita:
    Destinando sus ureos miradores
    De su ocioso mirar para recreo,
    Para atalaya de su vil deseo.

      Alcnzase desde ellos la sombra
    Torre que guarda  la rival Sultana,
    Y ella afanosa sin cesar espa
    Desde all la prisin de la Africana.
    Por eso ocupa el mirador que impa
    Con su presencia criminal profana:
    Mas Dios  su rival tendi la mano
    Y ya, libre Boabdil, la espa en vano.

      Sobre campo y ciudad el delicioso
    Mirab descuella como erguida palma;
    Y es en verdad lugar maravilloso
    Para elevar al Criador el alma,
    Ya del alba temprana en el reposo,
    Ya de la noche en la apacible calma:
    Y el Moro y el Judo y el Cristiano
    Ten desde all del Criador la mano.

      Quin no te cree, Seor, quin no te adora
    Cuando,  la luz del sol en que amaneces,
    Ve esta rica ciudad de raza mora
    Salir de entre los lbregos dobleces
    De la nocturna sombra, y  la aurora
    Abriendo sus moriscos ajimeces
    Ostentar  tus pies lozana y pura,
    Perfumada y radiante su hermosura!

      Yo te adoro, Seor, cuando la admiro
    Dormida en el tapiz de su ancha vega;
    Yo te adoro, Seor, cuando respiro
    Su aura salubre que entre flores juega:
    Yo te adoro, Seor, desde el retiro
    De esta torre oriental que el Dauro riega;
    Y aqu tu omnipotencia revelada,
    Yo te adoro, Seor, sobre Granada.

      Bendita sea la potente mano
    Que llen sus colinas de verdura,
    De agua los valles, de arboleda el llano,
    De amantes ruiseores la espesura,
    De campesino aroma el aire sano,
    De nieve su alta sierra, de frescura
    Sus noches pardas, de placer sus das
    Y todo su recinto de harmonas!

      Yo te conozco oh Dios! en los rumores
    Que  este rabe balcn me trae el viento
    Perfumado entre pmpanos y flores,
    Y harmonizado con el grato acento
    De las aves de Abril. Tantos primores
    Producto son de tu divino aliento;
    Porque  tu aliento creador se alia
    Con sus mejores galas la campia.

      T soplas oh Seor! desde la altura
    Y saltan los collados de alegra,
    Y se cubre de flores la llanura,
    Y se llenan los bosques de harmona,
    Y se aduermen las aguas en la hondura,
    Y sin nublados resplandece el da:
    Que en tus ojos la vida reverbera
    Y es tu aliento, Seor, la primavera.

      Y no hay regin recndita en el mundo
    En donde ms tu majestad se ostente,
    Donde sea tu aliento mas fecundo,
    Ni la tierra en tu prez mas diligente.
    Seor, t ests aqu; t en lo profundo
    Brillas aqu del corazn creyente;
    T estas aqu; tu trono y tu morada,
    Tras este cielo azul, sobre Granada.

      Dame oh Seor! de querubn aliento,
    Porque pueda esta vida transitoria
    Emplear en cantar con digno acento
    En medio de este edn tu inmensa gloria:
    Y al lanzar desde aqu mi voz al viento
    Dando  Granada su oriental historia,
    Purifique, Seor, mi arpa cristiana
    El impdico harn de una Sultana.




NARRACIN


I

      Iba  dejar en brazos de las sombras
     la tierra el crepsculo: la vega,
    El monte y la ciudad entre sus turbios
    Vapores comenzaban  sumirse,
    Y el ocaso, alumbrado todava
    Con desgarradas rfagas de fuego,
    Ultima luz que el sol reverberaba,
    Tea los collados con purpreos
    Resplandores de incendio.  la cabeza
    De su hueste Muley haba apenas
    Traspasado las puertas de Granada
    Con direccin  Alhama, y en las torres,
    En las murallas y altas azoteas,
    Para verle salir, la muchedumbre
    Se aglomeraba silenciosa y triste.
    Sus alas ay! sobre la gente mora
    El genio del dolor tendido haba;
    Fatal presentimiento de amargura
    Sus corazones lgubre llenaba,
    Y miraban tal vez indiferentes
    De sus hermanos el socorro. Apenas
    Algunos grupos de la plebe srdida
    Que al camino salieron vitoreaban
    Pagados  Muley: ardid intil
    De poltica torpe que aumentaba
    El desprecio del pueblo entristecido.
    El rumor de los gritos desacordes
    Confuso con las rfagas llegaba
    Hasta el alto mirab, en donde inquieta
    Le escuchaba Zoraya tras las rabes
    Labores de su espesa celosa.
    Fijos los ojos, la mirada torva,
    Presa de aquel fatal presentimiento
    Que acaso con su atmsfera pesaba
    Sobre la mora gente, la lectura
    De su almh favorita oa, empero
    Sin escucharla.  veces el odo
    Hacia el rumor de la ciudad tenda,
    Y la almh se paraba, y en silencio
    Quedaba el aposento hasta que vuelta
    La favorita en s deca sigue:
    Mas desechados iban diez volmenes
    De distraer su espritu incapaces.
    Los peregrinos viajes y aventuras,
    Los inspirados y divinos libros
    Del Korn, las leyendas orientales
    De los poetas de Damasco y Crdoba,
    Desarrugar su ceo no podan
    Ni atraer su atencin; guerras, encantos,
    Sueos, amores, himnos de alabanza
     su propia hermosura dirigidos,
    Pasaban por su odo resbalando
    Como agua por encima de las rocas:
    Y sin embargo, sus lecturas eran
    En los clebres libros escogidas
    De los ms sabios escritores, siendo
    Ledas con las gratas inflexiones
    De una voz melodiosa, amaestrada
    En el arte divino de la msica,
    Y en la recitacin que alas de fuego
    Presta  la encantadora poesa.
     la luz de una lmpara de plata
    Colocada en un trpode de concha,
    La almh, tomando el sptimo volumen,
    Comenzaba  leer los puros versos
    De Ab-Taleb-Abdel-Gebar, de Jcar,
    Que cant las victorias y virtudes
    De los almorvides:--Pasa, dijo
    La impaciente Zoraya interrumpindola;
    Otra leyenda busca; y fu pasando
    La almh las hojas de su libro, en ellas
    Sin posar su mirada la Zoraya
    Diciendo distrada:--Quin prosigue?
    --Ab-Aly-Ans.--Pasa. Quin otro?
    --El faqu Zacara.--De qu trata?
    --Da consuelos al rey en la amargura
    De sus pesares.--Cules eran?--Creo
    Que l solo se salv de una batalla.
    --Lee: tal vez consolar logre los mos.
    --Mas no me escuchas oh Sultana!--Esclava,
    Lee y obedece. Prosigui leyendo
    La reprendida almh y  su profunda
     inquieta distraccin volvi Zoraya.
    La deliciosa voz de la lectora
    Resonaba en el cncavo recinto
    Del camarn, como el rumor continuo
    De un arroyo que corre bajo el csped
    Quebrando entre los guijos sus cristales:
    Los harmoniosos versos del poeta
    rabe, recitados en su lengua
    Riqusima, en los tonos  inflexiones
    Dulces sin par del andaluz dialecto,
    Resonaban en l intilmente,
    Y en su vaco espacio se perdan
    Como el canto de un pjaro extraviado
    En el llano infecundo del desierto.
    Zoraya no escuchaba tiempo haca
    De la almh la lectura:  los cristales
    Del calado ajimez pegado el rostro,
    Penetrar del crepsculo anhelaba
    La obscuridad creciente: pero en vano.
    La ciudad se suma en las tinieblas,
    Y el rumor que llegaba hasta su odo
    Era tan sordo, tan confuso y vago,
    Que era imposible comprender su origen.
    La humana voz asemejaba  veces
    Ronco, amenazador, cual si en tumulto
    Se agitara la plebe descontenta;
    Otras, el triste  ntimo lamento
    En que prorrumpe  un tiempo la familia
    Que en derredor del padre moribundo
    Su ltimo aliento aguarda, y al lanzarle
    En llanto universal rompe afligida.
    Otras, gemido largo y misterioso,
    Como si algn espritu que, errante
    Huyendo por la atmsfera, espantado
    En sus vacos senos le lanzara:
    Mas siempre, siempre al comprender la Mora
    Del rumor el origen verdadero,
    Le encontraba con rabia producido
    Por alguna bandada de palomas,
     por el sn del aire en la arboleda,
     por la voz de algn pastor tardo
    Que guiaba en los cerros su rebao.
    Y volva  tenderse despechada
    En los cojines blandos, y volva
     mandar continuar una lectura
    Que no escuchaba, mas que el tiempo largo
    De su impaciencia entretena.--Sigue,
    Deca  la lectora: mas un libro
    Y otro libro hojeado uno por uno
    Intilmente haba, y con tristeza
    En silencio la almh la contemplaba.
    --Sigue, dijo con mpetu la altiva
    Favorita: y la almh, postrada en tierra,
    Dijo:--Imposible continuar, Sultana.
    --Por qu?--Porque tus libros uno  uno
    Has ido desechando, y en sus hojas
    No hay ya ms que leer.--Busca otros nuevos.
    --No poseemos ms.--Pues toma un arpa
    Y cntame..... distreme..... entretenme.....
    Si no, de qu me sirves? Qu te valen
    Los talentos que encomian los imbciles
    Que te enviaron  m? La desdichada
    Almh, sus gracias y talento viendo
    Denostados as, dobl la frente
    Sobre su pecho, y abrasado llanto
    Comenz  derramar. Zoraya un punto
    Permaneci en silencio contemplndola:
    Empero en la impaciencia que la agita,
    En la rabia tal vez que la devora
    El vengativo corazn, ajena
     toda compasin, djola:--Vete:
    Para nada me sirves. D al primero
    Que halles en esa cmara que venga
     divertirme: un guardia, algn esclavo
    Cuya cabeza al menos me responda
    De su talento, si le falta. Vete.
    Sali la almh: volvi  la celosa
    Zoraya. Era ya noche: por doquiera
    Extendida la sombra encapotaba
    La tierra. Alguna luz plida y trmula
    Brillaba en los postigos entreabiertos
    De las casas fronteras  la Alhambra,
    Del ajeriz en el tranquilo barrio.
    Ms all, por las calles angulosas
    Del Albaycn, se oa sordamente
    La voz de sus inquietos moradores
    Elevarse en murmullo misterioso,
    Como si sus vecinos, sus moradas
    Dejando, por las calles reunidos
    Con tumultuosa pltica turbasen
    La solitaria calma de la noche.
    Zoraya en vano sondear quisiera
    Lo que en el Albaycn pasa  estas horas.
    Es el barrio que habitan los parciales
    De Aixa y de su hijo, y en la torre
    De Comares estn de l fronteriza.
    Quin sabe si el rumor que en su absoluta
    Obscuridad del Albaycn se alza
    Ser efecto  seal de inteligencia
    Entre el barrio y la torre? Oh! Tarda mucho
    El Wazir en volver. Si por desdicha
    La partida del Rey infunde aliento
     los conspiradores, y en las calles,
    Tomadas ya, al Wazir han sorprendido?
    Todo lo teme ya la favorita:
    Pero todo lo ignora abandonada
    En el mirab donde impaciente espera:
    Y he aqu que, al volverse, de la entrada
    Bajo el dintel y del tapiz delante
    Ve un esclavo que aguarda silencioso.

    ZORAYA

    Qu quieres?

    EL ESCLAVO

                Oh Sultana!  ti me enva
    La almh que acaba de partir llorando
    Despedida por ti.

    ZORAYA

                      De dnde vienes?

    ESCLAVO

    De la ciudad.

    ZORAYA

                  De la ciudad? qu pasa
    All?

    ESCLAVO

        Ya nada: de los muros lejos
    Va ya Muley: el pueblo se retira
    Despus de haberle visto.

    ZORAYA

                               despedirle
    Mucha gente acudi?

    ESCLAVO

                        Sali, Sultana,
    Toda cuanta hay en la ciudad.

    ZORAYA

                                        Y viste
     los del Albaycn?

    ESCLAVO

                        Todos estaban
    De la puerta Monaita en las alturas
    Como bandada de guilas.

    ZORAYA

                             Inquietos
    Se mostraban sus grupos?

    ESCLAVO

                             Al contrario:
    Al Rey desde los altos despedan
    Dicindole: buen viaje! y saludbanle
    Con las manos de lejos.

    ZORAYA

                            Y en qu sitio
    Viste al Wazir?

    ESCLAVO

                    Tras de las huestes queda
    Hablando con el Rey.

    ZORAYA

                         T estabas prximo
     ellos?

    ESCLAVO

            S: mas en torno defendidos
    Por centinelas platicaban ambos
    En calma.

    ZORAYA

              Ea, pues, mientras espero
    La vuelta del Wazir, ve cmo puedes
    Distraer mi impaciencia; me fastidio.
    Qu hars para alegrar  tu seora?

    ESCLAVO

    Manda, y ver si obedecerte puedo.

    ZORAYA

    Si puedes!

    ESCLAVO

                 S, Sultana, soy Cristiano:
    Me cautivaron en Jerez los Moros,
    Y conservo mi fe. Si contra ella
    Me mandaras obrar, perdona, pero
    No te obedecera. Dios es antes
    Para m que la vida.--La Zoraya
    Le oa de hito en hito contemplndole,
    Y recordando que en sus venas corre
    Sangre cristiana, chispeante y roja,
    Con ardiente rubor la faz senta:
    Su niez con vergenza recordaba
    Tmida ante el esclavo la seora:
    Pronto, empero, repuesta y su sonrisa
    Habitual en sus labios ver dejando,
    Ms terrible mil veces que su ceo,
    Djole:--Eres cristiano..... enhorabuena.
    Veamos lo que saben los cristianos
    Para abreviar el tiempo  sus seores
    Cuando pesa sobre ellos el fastidio,
     esperan, y esperar les importuna.
    Dime: En qu te ocupabas en tu patria?
    --Era paje de un noble caballero
    De Calatrava.--Cul era tu oficio
    Con l?--Le preparaba sus arneses,
    Sala detrs de l  la campaa,
    Me bata  su lado. Si vencamos,
    Dbamos gracias al Seor  un tiempo;
    Si nos vencan y sala herido,
    Le curaba, velndole constante
    Junto  su lecho: y en salud completa
     en grave enfermedad, todas las noches
    Devotas oraciones le lea,
     leyendas sagradas de la Biblia
    Le recitaba. As cre, Sultana,
    Mi existencia pasar en su servicio
    Mientras durara su existencia, y luego,
    Admitido en la Orden, como noble
    Pelear y morir en la defensa
    De mi fe; Dios, empero, de otro modo
    Lo dispuso, Sultana. Un da aciago,
    Caminando la vuelta de Antequera,
    Di en nosotros un rabe algarada.
    Viajbamos diez y ocho caballeros
    Con otros tantos pajes, y los Moros
    Eran un escuadrn; nos aprestamos
     combatir: cayeron uno  uno
    Los ms valientes, mi seor entre ellos.
    Yo, con intento de salvar su cuerpo
     perecer sobre l, lidi con ira,
    Y Dios me castig: ca cautivo,
    Y pasto de los cuervos fu el cadver
    Del ltimo Sols, hijo de Martos;
    Su familia y la gloria de su casa
    Acabaron en l. Tal es mi historia,
    Sultana. Tuyo soy, manda  tu esclavo.
      La favorita de Muley sus ojos
    Encendidos de clera fijaba
    Sobre los ojos del cautivo, en vano
    De sus palabras la intencin oculta
    Profundizar queriendo. Ella, cristiana
    Y de la raza de Sols nacida,
    Era el ltimo sr que se animaba
    Con sangre de Sols. Aquel esclavo,
    Servidor de su casa en otro tiempo,
    La vi nia tal vez en el castillo
    De la encomienda de su padre; ahora,
    En Granada cautivo, conoca
    De su seor  la hija renegada?
    Su presencia en la Alhambra, era un agero
    Favorable  funesto? Era un amigo
    Que velaba por ella? Era un espa
    Que traidor la acechaba? Los recuerdos
    De su infancia dichosa y sus dormidos
    Remordimientos,  la par alzndose
    Como horribles espectros  su vista,
    La helaron de terror. La sombra airada
    De su ultrajado padre pareca
    Que tras aquel cristiano  levantarse
    Iba, y en el pavor supersticioso
    De su alma criminal y en la nerviosa
    Exaltacin del miedo, sus miradas
    Fij en la puerta de la estancia. Ante ella,
    Plido como el mrmol que sostiene
    Su cincelada bveda, sombro
    Cual fantasma del fretro evocado,
    El viejo Aly-Mazer la contemplaba
    En lgubre silencio. Sus pupilas
    Radiaban con fulgor siniestro y trmulo,
    Y los hilos brillantes de sus rayos,
    Como los de la baba poderosa
    De la culebra, al estrellarse ardientes
    En las pupilas de Zoraya,  ellas
    Se adheran tenaces,  invisible
    Extendiendo una red en torno suyo,
    En sus mgicos nudos la envolva,
    Y el vigor de su sr paralizaba,
    Aunque en su helado cuerpo arder senta
    La inquieta sangre como hirviente lava.
    Subyugada, incapaz de movimiento,
    Vctima de poder incomprensible,
    Vi Zoraya cruzando el aposento
    Llegar  Aly-Mazer con paso lento,
    Su mgica influencia indefinible
    Dominando su sr, y en su semblante
    Su fulgente mirar teniendo fijo,
    Con desdeosa voz as la dijo:
    --Te fastidias, Sultana? Te impacientas?
    De tu infeliz almh con las historias
    Vacas de inters no te contentas?
    Por qu no lees las ntimas memorias
    Que en el fondo de tu nima aposentas?
    Por qu en vez de leyendas ilusorias
    No lees sobre tu faz tu historia horrenda?
    Crees que no hay inters en su leyenda?
      Iguales son los fallos soberanos
    Para todos: delira y entretente
    Tu porvenir meciendo en sueos vanos:
    Mas escrito tu horscopo en tu frente
    Llevas: sobre las rayas de tus manos
    Tus ojos pon y le vers patente.
    Naciste y morirs entre cristianos:
    Y, ms fatal que el de Abdil, tu sino
    La obscuridad te anuncia solamente;
    Su estrella real apagar tu estrella:
    Su destino anonada tu destino;
    Extranjera  Granada, no hay en ella
    Para tu raza impura
    Ni trono, ni mansin, ni sepultura.
      Esclava sin pudor, tu cuello doma
    Al yugo de tu dueo; renegada
    Sin fe y sin patria, el fugitivo aroma
    De tu poder pas: sobre Granada
    De otro poder real el alba asoma;
    T no posees sobre su tierra nada:
    La estrella de Bu-Abdil, contraria tuya,
    Es fuerza que al brillar tu luz destruya.
      Dijo el severo Aly, y con el cristiano
    Parti, y  la Sultana fascinada
    Un escrito al partir dej en la mano.


II

      Su vida y su vigor recobr al punto
    Libre de Aly-Mazer ya la presencia,
    Y al misterioso escrito ech Zoraya
    Una mirada de pavura llena.
    Criada desde nia entre los rabes,
    De la supersticin de su creencia
    Es vctima su espritu, y con miedo
    De l contempl las misteriosas letras.
    El escrito es su horscopo: los datos
    De la consultacin que le encabeza,
    De su pas, su raza y nacimiento
    Son los nombres exactos y las fechas.
    Un confuso dibujo cabalstico
    Marca la conjuncin de los planetas
    Que, desde el punto en que naci, su vida
    Dominan con su mgica influencia;
    Y bajo el doble nombre entrelazado
    Que entre Cristianos y rabes conserva,
    Explicando sus clculos y signos
    Se lea en arbigo esta letra:

          Cinco aos ser Cristiana,
        Veinticinco ser Mora,
        Diez esclava y diez Sultana:
        Mas su estrella protectora
        Va  apagar antes de un hora
        Otra estrella soberana.--
        Ni Espaola ni Africana,
        Ni de raza engendradora,
        Morir en tierra cristiana
        Ni cautiva ni seora;
        Odiada como tirana,
        Oculta como traidora.

      Fijos an los espantados ojos
    En el fatal pronstico, y apenas
    Con tiempo de ocultarle, en la otra cmara
    Oy los pasos del Wazir Ben-Egas.
    Domin su emocin, di  su semblante
    Su expresin ordinaria, y de la puerta
    Al dintel el Wazir apareciendo,
    Dilogo se entabl de esta manera:

    ZORAYA

    Por Alh, que impaciente te aguardaba!

    EL WAZIR

    Detvome Muley ms que quisiera
    Mi impaciencia tambin.

    ZORAYA

                            Parti?

    EL WAZIR

                                     Va lejos,
    Sultana.

    ZORAYA

             Y la ciudad?

    EL WAZIR

                            Tranquila queda.

    ZORAYA

      Del callado Albaycn la misteriosa
    Obscuridad algn secreto encierra.

    EL WAZIR

      El que todos los barrios: por Alhama
    Lloran con profundsima tristeza,
    Y la ciudad por la perdida villa
    Yace de luto universal cubierta.

    ZORAYA

      Y la Sultana? Y Abdil? Qu rdenes
    Con respecto  los dos Muley te deja?

    EL WAZIR

    El infierno sin duda les protege!

    ZORAYA

    Acaba de una vez: habla.

    EL WAZIR

                             Funestas
    Nuevas de ellos te traigo. El Rey no quiso
    Que por su propia boca lo supieras.
    Abdil, descolgado por su madre,
    Por un balcn huy.

    ZORAYA

                        Maldita sea
    Mi confianza en ti! Siempre he temido
    Que te burlara su infernal destreza.
    Pero explcame en fin.....

    EL WAZIR

                               Es imposible:
    Todo se ignora an.

    ZORAYA

                        Pero y la fuerza
    De tu ley? No eres t juez de la Alhambra?

    EL WAZIR

    Muley prohibe que se emplee en ella
    Mi autoridad, y manda que en su alczar
    No obedecida pero libre sea.

    ZORAYA

    Aixa libre en la Alhambra?

    EL WAZIR

                                 S.

    ZORAYA

                                     Acotada
    Tu autoridad?

    EL WAZIR

                  Prohibe que la ejerza
    Contra ella.

    ZORAYA

                  Wazir, te ests mofando.

    EL WAZIR

    No lo permita Alh. Del Rey la letra
    Conoces: lee sus rdenes escritas
    Por l: esta es su ley mientras su ausencia:
    Sin potestad, mas libre, viva Aixa
    Mi esposa, Ab-l'Kasn: la ms pequea
    Ofensa  vejacin que sufrir la hagas,
    La considerar contra m hecha.
    La razn yo la s: de la Sultana
    Me respondes, Wazir, con la cabeza.

    ZORAYA

    Oh! la ma se pierde en tal misterio.

    EL WAZIR

    Pero tal vez la ma le penetra.
    He interrogado  Zil,  los esclavos
    Que le sirvieron,  su guardia negra,
    Y  la torre maldita s que ha ido,
    Que en Comares furioso entr  su vuelta,
    Que estuvo all con la Sultana  solas,
    Que ella sali despus altiva y fiera,
    Y que Muley, sombro y aterrado,
    Libre la dej ir, cielos y tierra
    Diciendo que contra l se conjuraban,
    De una impresin supersticiosa presa.
    Pues bien, Zoraya, en esa torre creo
    Que encontrar la explicacin entera
    De su supersticin y de sus rdenes
    Incomprensibles de hoy.

    ZORAYA

                            Bien dices: vuela,
    Wazir Ab-l'Kasn, vuela  esa torre,
    Demuele sus murallas, y sus piedras
    Registra una por una, y aprisiona
    Sin piedad, interroga y atormenta
    Al sr aciago que en la torre encuentres,
    Hasta que des con la verdad.

    EL WAZIR

                                 Modera
    Tu clera, Sultana: todava
    Algo que hacer en la ciudad me resta.
    En sus barrios acaso entre las sombras
    Ya criminal conspiracin fermenta,
    Y es mi primer obligacin  salvo
    Ponerte  ti de su furor. Te esperan
    Al postigo del Agua tus esclavos
    Y una guardia leal que te defienda.
    Vas  habitar los Alijares: este,
    Ms que regio palacio, es fortaleza,
    Y en ausencia del Rey todo lo temo
    De la Sultana audaz.

    ZORAYA

                         Me desesperas,
    Ab-l'Kasn con tu prudencia imbcil.
    Cuando torne Muley, que la baile muerta,
    Y nos dar las gracias.

    EL WAZIR

                            T deliras,
    Zoraya: eso sera en ancha hoguera
    Tornar el fuego que debajo duerme
    De la ceniza an: mientras alienta
    El Prncipe Abdil, siempre los suyos
    Tienen un capitn y una bandera:
    Y en tanto que la madre est segura,
    Rehn tenemos para el hijo en ella.
    Vamos, y fa en m; partamos antes
    Que la luna en los cielos aparezca,
    Porque importa que nadie se aperciba
    De que el palacio de la Alhambra dejas

      La Zoraya, cediendo  las razones
    Del prudente Wazir, aunque la pesa,
    Dej el mirab y, en el espeso velo
    Embozada la faz, sigui sus huellas.
    De la torre del Agua en el postigo
    Una escolta leal hall dispuesta,
    Y al fuerte de los regios Alixares
    La condujo el Wazir en las tinieblas.

      Mas en el punto de partir, del muro
    Donde la torre apoya  las almenas.
    Una mujer que se asom espiaba
    La ruta por do van. Era la Reina.


III

      Sobre el muro que el recinto
    De la Alhambra real circunda,
    Si en fortaleza segunda
    Primera en esplendidez,
    Hay una torre morisca
    Frontera al Generalife,
    Que sobre angosto arrecife
    Abre un dorado ajimez.

      Este arrecife tortuoso,
    Que extiende sus lneas combas
    Entre yedras y gayombas,
    Madreselvas y jazmn,
    Solitario, spero, umbro,
    Parece el lecho de un ro
    Que dividi en otro tiempo
    El alczar del jardn.

      Fresco, umbroso en el verano,
    Abrigado en el invierno,
    Gozando el verdor eterno
    De la yedra y el laurel,
    Es este oculto arrecife,
    Lleno de sombra y misterio,
    Huella oriental del imperio
    De la raza de Ismael.

       un lado, Generalife
    De sus floridos verjeles
    Le entolda con los laureles,
    Le impregna de aromas mil;
    Al otro, la Alhambra esplndida
    Le fa por sus ventanas
    De cautivas y sultanas
    Toda su historia gentil.

      De una parte le armonizan,
    Por el lado de las flores,
    Los canoros ruiseores
    Que anidan en el verjel:
    De otra, por el del alczar,
    Opuesto al de los jardines,
    Las zambras y los festines
    Que se celebran en l.

      Por un lado le engalana
    La rica naturaleza,
    Por otro le dan grandeza
    Las cien torres de Alhamar;
    Por all muestra patente
    Dios su creadora mano,
    Por aqu del soberano
    Se hace el poder acatar.

      Tal vez en noche de esto,
    Al sn de un arpa morisca,
    Desde el muro una odalisca
    Entona amante cancin,
    Y algn colorn celoso,
    Desde la verde floresta,
    Con trino amante contesta
    Del arpa amorosa al sn.

      En la ciudad empezando
    Y abriendo paso  la sierra,
    Quin sabe cuntos encierra
    Secretos de honra y amor
    Este encantado camino,
    Bajo flores encubierto
    Y sobre peas abierto
    De un palacio en derredor?

      Cunta hermosa enamorada
    Intent el arduo descenso
    Del vaco espacio extenso
    Que hay desde l  su balcn!
    Y cunto noble Africano
    Cay en su arenosa loma,
    Muerto por oculta mano
    Y por oculta razn!

      No hay un pie de este camino
    Que una tradicin no hechice,
    Que un nombre no poetice,
     d un recuerdo valor.
    La torre all _de los Picos_
    Se eleva, cuyos cimientos
    Defienden encantamientos
    De un sabio conjurador.

      All la _de la Cautiva_,
    Donde entre sn de cadenas
    Viene  lamentar sus penas
    El alma de una mujer:
    All la _puerta de Hierro_,
    Por do su vida salvaron
    Los Reyes  quien lanzaron
    Sus vasallos del poder.

      Y all, en fin, el pie cercado
    De adelfa y silvestres plantas,
    La torre de _las Infantas_
    Se alza con regia altivez,
    Abriendo en su grueso muro,
    Frontero  Generalife,
    Encima del arrecife
    Un misterioso ajimez.

      Una graciosa ventana
    De arabescos y labores
    Orlada, cuyos colores
    Mini maestro pincel:
    Una ventana morisca
    Que, en dibujos de oro envuelto,
    Parte un pilarcillo esbelto
    De mrmol de Macal:

      Un mirador delicioso,
    Cuyo arco filigranado
    Est en redor festonado
    Con leyendas del Korn;
    Cuyos dos graciosos huecos
    Ornados de medallones,
    Hojas, nichos y agallones,
    Contento  los ojos dan.

      Mas quin mora en esa torre
    Donde jams se percibe
    Ni el rostro de quien la vive,
    Ni ruido de humana voz?
    Jams de aquella ventana
    Se abre al sol la celosa,
    Ni de un cantar la armona
    Da nunca al aura veloz.

      Muestra, empero, que se habita
    All en las nocturnas horas
    La luz de las tembladoras
    Lmparas de su interior,
    Que  pesar de su cerrada
    Celosa y su vidriera
    De colores, lanza fuera
    Su trmulo resplandor.

      Y  veces apunta el alba
    Ya, y tras esta celosa
    Se percibe todava
    De la lmpara el fulgor,
    Y una sombra que va y viene
    Por dentro del aposento,
    Da  quita  cada momento
    Luz  sombra al mirador.

      Su movimiento incesante,
    Sus paradas repentinas,
    Recogiendo las cortinas
    Para ver  para oir,
    Demuestran que el desvelado
    De aquel ajimez espera
    Algo que dl por afuera
    Debe sin duda venir.

      Mas pasa una noche y otra,
    Y la luz del sol se traga
    Su luz, y con ella apaga
    El que all esperando est
    Su esperanza, hasta otra noche
    Que vuelve  arder la buja,
    Y l vuelve  la celosa
    Y tras ella viene y va.

      Es alta noche: en el sueo
    Yace el mundo sumergido:
    El aire se ha recogido
    Bajo del csped feraz:
    Tindense inmobles las ramas
    De los troncos, no se mueve
    Ni la rfaga ms leve,
    Ni el murmullo ms fugaz.

      Silencio!--He aqu que, en medio
    Del universal reposo,
    El mirador misterioso
    Se abre por primera vez.
    La celosa dorada
    Se levanta: la cortina
    Se descorre, y se ilumina
    Por adentro el ajimez.

      Y al pilar que en dos divide
    El arco de su ventana
    Llega una figura humana
    Lentamente: una mujer,
    Sultana, esclava, cautiva,
    Joven,  hermosa..... qu ojos
     altura tan excesiva
    La podrn reconocer?

      Apart de ante su rostro
    Su blanco y flotante velo:
    Una mirada del cielo
    Por la cavidad tendi,
    Y, vuelta hacia el Occidente
    Do ya tocando la luna
    Est, en la lengua moruna
    Y con voz triste exclam:

      Un da ms!--La menguante
    Luna hacia la mar declina,
    Y su lumbrera argentina
    Toca al horizonte ya.
    Casto fanal de la noche,
    De los creyentes lumbrera,
    Que tu brillante carrera
    Gue protector Alh!

      Ve en paz oh de las tinieblas
    Sultana dominadora,
    Pendn de la gente mora,
    Lmpara de la oracin!
    Y plegue  Alh que maana,
    Cuando vuelvas por Oriente,
    Vuelva con tu luz naciente
    La luz de mi corazn!

      Ve en paz: y si sobre Loja
    Al verter tu lumbre pura,
    Hallas vivos por ventura
     mi buen padre Aly-Athr
    Con el Prncipe mi esposo,
    Que es la luz del alma ma,
    Diles ay! que noche y da
    Les aguardo sin cesar.

      Dijo, y la frente apoyando
    En el pilar arabesco,
    Dentro el marco pintoresco
    Del morisco mirador
    Qued, como una escultura
    Para su cuadro labrada
    La Mora desconsolada,
     solas con su dolor.

      Resalta,  la luz de espalda,
    Su contorno destacado
    Sobre el fondo iluminado
    Del aposento oriental:
    Y parece desde lejos
    Al genio de la pureza,
    Que va  partir con tristeza
    De una cmara nupcial.

      Mas aquel busto tan noble
    De suave y rubio cabello,
    Aquel nacarino cuello
    Plido como el marfil,
    Aquel brazo modelado
    Por una tica escultura,
    Aquella frgil cintura,
    Y aquel todo tan gentil;

      Asomado  tales horas
     una torre destinada
    Slo  las Princesas moras,
    Al ojo menos sutil
    Delatan  la que ocupa
    Su misteriosa ventana,
    Por la infelice Sultana
    Esposa de Ab-Abdil.

      Es ella, s: all apacenta
    El dolor que la acongoja
    Moraima, la flor de Loja,
    La azucena de Aly-Athr:
    La gacela de ojos garzos,
    Cuyas nias de azul cielo
    Eran fuentes de consuelo
    Para el viejo militar.

      Hoy son ya fuentes de lgrimas:
    Sus abrasadas pupilas
    No reflejan hoy tranquilas
    La pura luz del placer;
    Hoy la dulce paz del nio
    Su sonrisa no revela,
    Porque en sus labios la hiela
    El dolor de la mujer.

      Moraima, s, la ms triste,
    La ms pura de las Moras,
    Pasa all sus largas horas
    En silencio y soledad.
    Moraima, que de su esposo
    Encadenada  la huella,
    Con l de su mala estrella
    Parte la fatalidad.

      Triste es su historia. Su padre,
    La mejor lanza africana,
    La otorg como Sultana
    Al sucesor de su Rey;
    Temiendo al viejo soldado
    En rebelin harto crtica,
    Con su torcida poltica
    Pens en tal boda Muley.

      El bravo Aly-Athr, ms hombre
    De pelea que de Estado,
    Se di en ello por honrado
    Y  Granada la llev.
    La boda hizo el Rey al punto,
    Pero  s mismo se dijo:
    Imbcil! le doy el hijo,
    Pero la corona no.

      Dos nios eran entrambos,
    Rubios, alegres, gentiles:
    Apenas sus quince abriles
    Cumplido habran los dos;
    Hermosos como inocentes,
    Les unieron y se amaron:
    Mas en su amor no contaron
    Con la voluntad de Dios.

      Sosegados ya los pueblos,
    No fu Aly-Athr peligroso:
    Y en su aislamiento amoroso
    Afeminado Abdil,
    Los hijos de la Zoraya,
    Merced al fatal destino
    De Abdil, libre el camino
    Tendran del trono ya.

      Tal pens el Rey; los dos nios,
    Sin clculo y sin encono,
    De sus derechos  un trono
    Ni aun se acordaron tal vez:
    Pero otro sr mas activo
     quien amor no adorma,
    En lugar de ellos abra
    Sus ojos con avidez.

      Aixa, la altiva Sultana,
    Celosa de su derecho,
    Fu una maana  su lecho
    Como un ensueo fatal.
    Abrieron sobresaltados
    Los dos Prncipes los ojos,
    Y ella, respirando enojos,
    Dijo con voz sepulcral:

      Aquel  quien Dios destina
     ceir una corona,
    Sus derechos no abandona
    Sino por orden de Dios.
    Hijo de Reyes, despierta:
    Rompe tus amantes lazos
    Y tiende el alma y los brazos
    De tu real corona en pos.

      Y  ti, flor silvestre y plida
    De los peascos de Loja,
    Por ventura te se antoja
    Que no hay ms ley que el placer?
    Crees que tus ojos de cielo,
    Tu alma y tu tez de nieve,
    El dote son que traer debe
     un Prncipe una mujer?

      Pues te engaas: la que espera
    Dominar como Sultana,
    Necesita un alma entera,
    Con ms altivez que amor.
    Despertad pues; los lobeznos
    De la torpe renegada
    Giran con planta callada
    De vuestro trono en redor.

      Ab-Abdil, de su madre
    Hecho  la exacta obediencia,
    Tras ella sin resistencia
    Del aposento sali:
    Moraima, sobrecogida
    Por la pltica severa
    De aquella Reina altanera,
    Quedse sola y llor.

      Qu me importan  m, dijo,
    Su poder y su corona?
    Lo que mi amor ambiciona
    Es no ms su corazn;
    Y si ste me lo arrebatan
    Por el gobierno y la guerra,
    Qu me dejan en la tierra
     m, sin regia ambicin?

      Pobre nia! el joven Prncipe
    Empez desde aquel da
     dejar su compaa
    Y su cmara  dejar:
    Vena por l su madre
    Apenas el sol rayaba,
    Y hasta que el sol se ocultaba
    No le vea tornar.

      Entonces, aunque volva
    Alegre y enamorado,
    Volva tan fatigado,
    Tan hambriento y sin vigor,
    Que en la mesa devoraba
    Y se dorma en el lecho,
    Cual si no hubiera en su pecho
    Ni corazn ni calor.

      Moraima, en su seno amante
    Colocando su cabeza,
    Contemplaba con tristeza
    Su rostro franco y leal,
    Que empezaba en el reposo
    De su fatigado sueo
     adquirir un torvo ceo
    Que no le era natural.

      Qu har? Dnde ir? (deca
    La pobre nia) Qu afanes
    Ms propios para gaanes
    Me le cansarn as?
    Si tanto cuesta  los Prncipes
    Guardar su trono, pluguiera
     Alh que pastor naciera,
    Sin esperar ms que en m!

      Y una maana, Moraima,
    Un sueo tenaz fingiendo,
    Fu desde lejos siguiendo
     la Reina y  Abdil,
    Y vi que, cruzando apriesa
    De los muros el espacio,
    Se salieron del palacio
    Al bosque que al ro da.

      Corri al oratorio regio
    Que domina su enramada,
    Y viles  una esplanada
    Tras una loma llegar.
    All esperaban tres hombres
    Hasta los dientes armados,
    Con caballos ensillados
    Y en guisa de pelear.

      Cise una jacerina,
    Embraz una recia adarga,
    Asi de una lanza larga
    Y cabalg Ab-Abdil.
    Sali el caballo botando:
    Moraima tembl de gozo
    Y miedo al verle tan mozo,
    Tan armado y tan gentil.

      Cabalgaron uno  uno
    Los otros tres: apartse
    La Sultana, y preparse
    La escaramuza. Abdil,
    En medio de la esplanada
    Y de los tres circundado,
     la suerte preparado
    Inmvil y atento est.

      Di la seal la Sultana,
    Y empezaron los guerreros
    En torno de Abdil maeros
    En crculo  galopar,
     cada vuelta estrechndole;
    Mas, como un chacal atento,
    Espiando l un momento
    Su lnea para salvar.

      Sereno sobre su silla,
    Con mirada centelleante
    Espa un propicio instante
    En liza tan desigual,
    En tanto que en torno suyo
    Van los tres caracoleando,
     cada vuelta cerrando
    La peligrosa espiral.

      Giraba l en ellos puesta
    La vista: por todas partes
    Hallaba un arma funesta
    Dirigida contra l.
    Vi al fin que un potro rebelde
    Se mostraba, y contra l hizo
    Un amago: espantadizo
    Encabritse el corcel.

      Hiri y arranc, del crculo
    Dentro,  escape jineteando,
    Y  alguno siempre amagando
    Con incierta rapidez;
    Desigual las distancias
    Ciando, hiriendo y salvndose,
    Y fu el crculo ensanchndose
    Ms y ms de cada vez.

      Ya sobre un lado finga
    Caer y sobre otro daba:
    Ya al escape se tenda:
    Ya diestro en firme paraba:
    Ya de todos tres hua,
    Y  todos tres amagaba
    Y  salvo doquier hera
    Con certera agilidad:

      Hasta que romper logrando
    La lnea que manteniendo
    Iban los tres, trabajando
    Sobre el crculo y abriendo
    Ms sus distancias, girando
    De repente, sali huyendo,
    Un breve espacio ganando
    Con extraa habilidad.

      Cubierto entonces, tendido
    Sobre su silla de pechos,
    Comenz  alargar los trechos
    De unos  otros, y fu
    Cargndoles uno  uno:
    Con lo cual, hecha la suerte
    De aquel combate moruno,
    Echaron  tierra pie.

      Moraima, que de lo alto
    Miraba la escaramuza,
     cada embestida y salto
    Temblando por Abdil,
    Solamente sostenida
    Por su ansiedad, en el mrmol
    Se sent desvanecida
    Al verla acabada ya.

      Volvise luego  su cmara.
    Ay! todo lo comprenda:
    Abdil pasaba el da
    Leccin de armas en tomar.
    Al fin lograba la madre
    Hacer de su hijo un guerrero,
    Tornndole spero y fiero,
    De su cario  pesar.

      Dos lunas despus, por fruto
    De este acendrado cario
    Di Moraima  luz un nio
    Que el porvenir la dor:
    Y el Rey, un ao ms tarde,
    Al prender  la briosa
    Aixa, de Abdil la esposa
    En su torre encarcel.

      Tal es su historia. Moraima,
    La ms triste de las moras,
    Pasa all sus largas horas
    En silencio y soledad.
    Moraima, que de su esposo
    Encadenada  la huella,
    Con l de su mala estrella
    Parte la fatalidad.

      La hermosa Sultana, plida
    De tez, mas de alma encendida,
    Es la que est distrada
    En su ajimez oriental.
    Sabe que Abdil est en salvo,
    Mas pronto que vuelva espera
     buscar la compaera
    De su destino fatal.

      Y vendr: tambin lo sabe
    Cuando al ajimez se asoma;
    Lo sabe, s: una paloma,
    Mensajero fiel de amor,
    Por mano desconocida
    Enviada hasta su ventana,
    Trajo un da  la Sultana
    Un papel consolador.

      Un Africano, jinete
    Sobre mi corcel del desierto,
    Lleg al camino encubierto
    Sobre el que la torre da
    Con temeraria osada,
    Y atada  un cordn de seda
    La alz hasta la celosa
    Diciendo: Abrid  Abdil.

      Al ruido que en ella hicieron
    Las alas de la paloma,
    Abre Moraima y se asoma,
    Y, asindola con placer,
    Mira al audaz que esto osara:
    Mas l huyendo, por nica
    Despedida, en voz muy clara,
    Dijo: Dios y Aly-Mazer.

      Su pronta vuelta anunciaba
    Del Prncipe la misiva:
    Desde entonces la cautiva
    Cada noche le aguard:
    Y aislada en aquella torre
    Y sin amigos por fuera,
     Aly-Athr y  Abdil espera
    Como el papel prometi.

      El modo, el da... lo ignora:
    Espera que se los traiga
    La fortuna protectora,
    Y espralos con afn.
    Mas no est sola Moraima
    En su torre: hay otros seres
    Que distraccin y placeres
    Y pruebas de amor la dan.

      Consigo (sin los que aguarda)
    Tiene entera su fortuna:
    Su hijo que duerme en la cuna,
    Su nodriza, esclava fiel,
    Y un negrito enano y mudo,
    Que inteligencia destella,
    Distraccin nica de ella
    Y ocupacin slo de l.

      Ligero como una corza,
    Sagaz como una serpiente
    Y audaz como diligente,
    Todo lo escucha y lo ve.
    Leal como un falderillo,
    Pero con bros de alano,
    Doquier se tiende el enano
    De su hermosa duea al pie.

      Mudo, jams incomoda
    Con pltica inoportuna,
    Pero no hay idea alguna
    Que no sepa l expresar.
    Los guardas le dejan libre
    Tenindole por salvaje,
    Y no hay ms astuto paje
    En el reino de Alhamar.

      Ni su forma es repugnante
    Por sus defectos nativos,
    Ni sus gestos expresivos
    Mohines ingratos son:
    La gracia de su sonrisa
    De modo su rostro alegra,
    Que se lee tras su faz negra
    El placer del corazn.

      Nada hay en l que amedrente,
    Nada en su exterior que extrae;
    Nada en su interior que dae;
    Ni expresa su negra faz
    La envidia, el pesar  el odio
    Que otros seres imperfectos
    Abrigan con sus defectos
    En su alma uraa y falaz.

      No al ver la ajena hermosura
    Su deformidad deplora;
    Ve la hermosura y la adora
    Con sincera admiracin;
    Sr mezquino en proporciones
    Le form naturaleza,
    Mas bajo negra corteza
    Le di blanco el corazn.

      Ve en Moraima el infortunio
    Y leal la compadece;
    Ve la hermosura, y se ofrece
    Del dbil y hermoso sr
    En servicio: y admirando
    La beldad sin pesadumbre,
    Acepta su servidumbre
    Como justa y con placer.

      Amigo, juglar y esclavo,
    Emplase en todo oficio
    Y abarca todo servicio
    De interior utilidad.
    Entretiene la tristeza
    Con sus juegos de destreza,
    Y penetra con su instinto
    La exterior seguridad.

      Tal es la real servidumbre
    Que asiste  la hermosa Mora
    En la prisin en que llora,
    Corta y dbil, pero fiel.
    Tal es el mejor amigo
    De Moraima, el Nubio enano
    Que de su amparo al abrigo
    Vive, y se llama Kal.

      Ahora, y mientras Moraima
    De tristes memorias presa
    En recuerdos se embelesa
    Asomada al mirador,
    Duerme el negrillo  la sombra
    Del lecho de la nodriza
    Sobre el pao que tapiza
    El alham en derredor.

      Todo calla: permanece
    Inmoble al balcn Moraima:
    La noche se lobreguece,
    Ausente la luna ya.
    Ni una estrella en el espacio:
    Todo es silencio y tinieblas
    Dentro y fuera del palacio;
    Mudo el universo est.

      He aqu que, como avisado
    Por algn sr misterioso,
    El negrillo desvelado
    La cabeza enderez,
    Y con la boca entreabierta,
    Sin alentar, y clavados
    Los ojos sobre la puerta,
    Por un instante qued.

      Nada se oa: el instinto
    De su raza le adverta
    Un riesgo que todava
    Se escapaba del poder
    De los sentidos: slo era
    Voz de su presentimiento,
    No voz, rumor ni lamento
    Que oirse pudiera hacer.

      l, empero,  deslizarse
    Comenz sobre la alfombra,
    Llegando como una sombra
    Hasta la puerta exterior:
    Mas al pegar al encaje
    De sus hojas el odo,
    Le hiri otro distinto ruido
    Que entr por el mirador.

      Volvi un punto  su absoluta
    Inmovilidad, tendiendo
    La cabeza y conteniendo
    La respiracin Kal.
    Alumbr luego un relmpago
    Su mirada inteligente,
    Y al lejos confusamente
    Se oy trotar un corcel.

      Sac de su arrobamiento
    Su rumor  la Sultana,
    Que intent con ansia vana
    Las tinieblas penetrar.
    Kal, por las colgaduras
    Trepando  la celosa,
    Se puso el sn que traa
    El aire libre  escuchar.

      Tal vez era algn viajero
    Que  ver vena  Granada,
    Tal vez algn mensajero,
    Acaso algn mercader
    Que, deseando temprano
    Ganar la alcaicera,
    Llegaba  la Alhambra ufano
    Aun antes de amanecer.

      Todava no pisaba
    El camino que circunda
    De la Alhambra la alcazaba
    Sombra, cuando Kal,
    De la ventana saltando
    Con agilidad salvaje,
    Corri  la puerta, aplicando
    El odo  su cancel.

      Moraima,  sus pantomimas
    Y seas acostumbrada,
    Con impaciente mirada
    Explicacin le pidi.
    Kal, pasando una mano
    Alrededor de su frente
     irguindose altivamente,
     Aixa por all anunci.

      Y el caballo? preguntle
    La bella Mora temblando;
    Y al mirador sealando
    Y con los brazos Kal
    De un ave imitando el vuelo
    Y leer ansiosamente
    Fingiendo, trajo  su mente
    La paloma y el papel.

      Moraima, an no asegurada
    De comprenderle, le hizo
    Su pregunta reiterada,
    Y l sus seas repiti.
    Lanzse ella  la ventana,
    Mas detvola l  punto
    Que  la misma puerta junto
    La voz de Aixa reson.

      --Abre--en su imperioso tono
    Dijo con alguno hablando:
    Y ante ella el portn girando,
    Pareci bajo el dintel.
    Ante su rostro severo
    Call Moraima, inclinndose,
    Y fu  hacerla, prosternndose,
    Larga _zalema_ Kal.

      Con una antorcha un esclavo
    Segua de Aixa la huella;
    Cerr la puerta, y en ella
    Quedse el esclavo en pie:
    Sin fijar la vista apenas
    En Moraima, la Africana
    En silencio  la ventana
    Con paso altanero fu.

      Mas no bien  su antepecho
    Toc, cuando al pie del muro,
    Sobre el arrecife obscuro
    Trotar al corcel se oy.
    Asomse Aixa: el caballo
    Par en firme: ces el ruido,
    Y un ruiseor, sorprendido
    Tal vez al huir, silb.

      Sacando entonces del seno
    Aixa un torzal muy delgado
    Que tiene un plomillo atado
     una punta, dijo:--_va_,--
    Y por el balcn lanzle
    Prestando el odo atento.
    Despus de un breve momento,
    Dijeron abajo:--_ya_.

      Recogi el torzal la Mora,
    Y de la buja al brillo
    Fu  examinar un anillo
    Que volva atado  l.
    l es--dijo--y una llave
    En vez del anillo atando,
    Torn  arrojarle, tornando
     oirse trotar el corcel.

      Rein un silencio completo
    Por un instante. Moraima,
    Con el corazn inquieto
    Miraba  Aixa, sin osar
    Interrumpirle: la esclava
    Con el infante dorma,
    Y el enanillo escuchaba,
    Como Aixa, sin respirar.

      Quietos, atentos, callados,
    Parecan esculturas
     seres que all encantados
    Un Genio paraliz.
    Confuso luego y lejano
    Comenz un rumor  oirse,
    Que cada vez ms cercano
    Por grados se acrecent.

      Al principio fu un susurro
    Suave, como el sooliento
    Rumor que produce el viento
    Entre las hojas: despus
    Pareci que muchas voces
    Hablaban en el camino
    Por lo bajo, y al fin vino
    El sn claro tal cual es.

      Ruido de pasos unidos,
    Iguales y acompasados,
    Pasos de muchos soldados
    que avanzan con rapidez:
    Y Moraima, no pudiendo
    Contenerse, adelantse
     par de Aixa y asomse
    En silencio al ajimez.

      Quit la antorcha al esclavo
    Y, asindose al cortinaje,
    Al labrado barandaje
    Trep con ella Kal.
    Sacla sobre el camino,
    Y su roja llamarada
    Reflej en la gente armada
    Que descenda por l.

      Como una inmensa serpiente
    Que se arrastra en la pradera,
    As su movible hilera
    En torno ciendo va
    Del regio alczar el muro,
    Hasta sumirse en lo obscuro
    De la bveda excusada
    Que sobre el camino da.

      Subterrneos pasadizos
    Que en los cimientos macizos
    Labrar mand de la _Torre_
    _De los picos_ Alhamar,
    Dan  una puerta de hierro,
    Cuya boca honda y callada
    No se cansa aquella armada
    Muchedumbre de tragar.

      Tal vez la traicin  el oro
    Franquean aquella puerta,
    Puesto que en silencio abierta
    Da paso al largo cordn
    De armados, que en ella se hunde
    Cual procesin de fantasmas
    Que unas en otras confunde
    Febril imaginacin.

      Con fiebre  su vez las vea
    Deslizarse una tras otra
    Moraima, y no se atreva
     la Reina  interrogar,
    Quien con altanera calma
    Y semblante satisfecho,
    Desde el calado antepecho
    Las contemplaba pasar.

      Como vagas creaciones
    De un sueo, en el subterrneo
    Jinetes tras de peones
    Se hundieron: volvi el cancel
    De la poterna  cerrarse,
    Y tras l, desde la altura,
    Del arrecife  la hondura
    Lanz su antorcha Kal.

      Entonces Aixa, volvindose
     Moraima, por la mano
    Asindola y con ufano
    Semblante detrs de s
    Llevndola, el aposento
    Cruz con ella callada
    Hasta ponerla  la entrada
    De su oriental alham.

      All, del lecho que parte
    Con su nodriza el dormido
    Hijo de Abdil, corrido
    Teniendo ante ella el tapiz,
    La dijo:--Ahora, hija enteca
    De un rabe, dbil planta
    De savia fra, levanta
    Con orgullo la cerviz.

      El sol que tras de la sierra
    Se elevar esta maana,
    Te saludar Sultana,
    Pese el sangriento Muley.
    Encrespa, pues, tu flotante
    Melena rubia, leona
    Real, porque tu tierno infante
    Es desde hoy hijo de un Rey.

      Dijo, y comprendilo todo
    Moraima en aquel momento:
    Mas aunque libre y contento
    Dentro su pecho salt
    Su corazn, ante el vano
    Orgullo de soberano
    Ni aun el latido ms leve
    En holocausto ofreci.

      Abraz, con sus caricias
    Despertndole,  su hijo:
    Mas nicamente dijo,
    Con inquietud juvenil,
    Volvindose  la Africana:
    --Pero supongo, Sultana,
    Qu me ha trado esa gente
     mi esposo Ab-Abdil?

      Mirla Aixa como un guila
    Mira, dejndola ir viva,
     una alondra fugitiva
    Que encuentra por su regin,
    Con esa mirada propia
    De los seres colosales
    Que  los dbiles mortales
    Slo otorgan compasin.

      Criaturas fuertes, y almas
    Todas vigor, que calculan
    Por el que ellas acumulan
    El vigor de las dems:
    Almas en quien arde virgen
    La luz de su fe divina,
    Mas para quien no ilumina
    Su luz la tierra jams.

      Seres dueos de los mpetus
    De las terrenas pasiones,
    Que juzgan los corazones
    Del suyo por la virtud,
    Y que siguen inflexibles
    El carril de sus deberes,
    Creyendo  todos los seres
    Con su firme rectitud.

      Seres que nacen en tiempos
    Indignos de ellos; de gente
    Que arrastra cobardemente
    Su existencia terrenal:
    Seres que bajo su siglo
    Se sepultan con fiereza,
    Sin humillar la cabeza
    Ante su siglo fatal.

      Tal fu Aixa y tal la fra
    Mirada que ech  Moraima
    Que trmula la senta
    Sobre su frente pesar:
    Tales estas dos mujeres
    Iguales slo en fortuna:
    Dbil cual las flores una,
    Otra fiera como el mar.

      El silencio de un momento
    Que produjo esta mirada
    Kal con un movimiento
    De alegra interrumpi.
    Corri  la puerta, el odo
     sus hojas aplicando,
    Y ufano  los pies saltando
    De su seora volvi.

      Pasos presurosos, rpidos
    Por los jardines se oan,
    Y luces se perciban
    De los vidrios  travs:
    Aixa exclam:--Ah le tienes:
    Por suerte no es tan villano
    Que como un perro cristiano
    Venga  tenderse  tus pies.

      Dijo: mas ya no la oa
    Moraima, que entrelazados
    Sus bellos brazos tena
    Al cuello de Ab-Abdil:
    Y el viejo Aly-Athr, que entraba
    Detrs del Rey, de su hija
    Embebido contemplaba
    El arrebato infantil.

      Ella, soltando al esposo,
    Corri  los brazos del padre,
    Que los abri carioso,
    Y olvidando la ocasin
    En que se encontraba, en ellos
    La levant como  un nio
    De su paternal cario
    En la expansiva efusin.

      Hasta los negros esclavos
    Que alumbraron tal escena
    Su emocin con harta pena
    Pudieron disimular.
    Aixa tan slo inactiva
    Y silenciosa  sus brazos
    Con circunspeccin altiva
    Dej  Ab-Abdil llegar.

      Y le abraz: ms dicindole:
    Abdil, ya ests en el trono:
    Tuyo es, y el cielo en tu abono
    Contra la injusticia est:
    Piensa, empero, que Alh es justo
    Y que con airada mano
    Quita el trono al Rey villano
    Lo mismo que se le da.

      No olvides que  la fortuna,
    De los valientes amiga,
    Slo el valiente la obliga
    Y huye del cobarde vil.
    Como hombre, pues, sube al trono;
    Mas si Alh al fin te abandona,
    No bajes de l sin corona,
    Sino sin cabeza, Abdil.

      Diciendo as, la Africana
    Abandon el aposento,
    Y ocupronse al momento
    Los fuertes por Abdil,
    En el silencio nocturno
    Sorprendiendo  los soldados
     quien los dej fiados
    Muley, que hacia Alhama va.


IV

      El sol, al asomar por el Oriente,
    Del Rey Ab-Abdil vi la bandera
    Flotar sobre la Alhambra y por su gente
    Guarnecida  Granada. Nueva era
    Comenzaba  correr, y alegremente
    Corri la muchedumbre novelera,
    Al vencido Muley abandonando,
    Del nuevo Rey  acrecentar el bando.

      Clemente Alh, cuya potente mano
    Los imperios del polvo creadora
    Engendra y los reduce  polvo vano,
    Segn tu santa ley niveladora
    De la humildad y del orgullo humano:
    Tindela po hacia la gente mora!
    Qu va  ser de ella en guerra fratricida
    Entre el padre y el hijo dividida?




LIBRO SPTIMO




I

      Quin acota los fallos del destino
    Ni el pie sujeta de la errante fama,
    En medio del incgnito camino
    Por do rauda sus nuevas desparrama?
    Su voz por el cristiano y granadino
    Reino la historia pregon de Alhama,
    Y  par en su defensa como buenos
    Se arrojaron Cristianos y Agarenos.

      Por recobrarla Hasn, desde Granada
    Corri con su veloz caballera,
    Y  defenderla en masa levantada
    Acudi la cristiana Andaluca.
    Sali al campo Fernando: su morada
    Abandon Isabel, y luci el da
    En que  mortal y decisiva guerra
    Se aprest de una vez la Hispana tierra.

      Junt Muley cincuenta mil guerreros
    De Alhama al avanzar por el camino,
     cinco mil valientes caballeros
    Que trae del territorio granadino;
    Y en el valle  la vez por cien senderos
    Lanzando de su gente el torbellino,
    En alas de la rabia que le inflama
    Lleg el viejo feroz al pie de Alhama.

      La voz de la morisca muchedumbre
    La roca estremeci donde se asienta;
    Mas Ponce de Len, desde la cumbre
    La voz oyendo de la grey sedienta
    De su sangre leal, la pesadumbre
    Para aumentar del rabe y la afrenta,
    Elev las banderas Alhameas
    Al par de sus catlicas enseas.

      Al verlas de los muros en la cima
    Ondear Muley, con la encendida saa
    De quien su honor manchado en nada estima
    El asalto emprendi de la montaa;
    Mas era el jefe que velaba encima
    El ms ilustre capitn de Espaa,
    Y  la amenaza de Muley rabiosa
    Contest con sonrisa desdeosa.

      Vi el rabe Monarca esta sonrisa,
    Y al punto comprendi con pesadumbre
    Que su impotencia el de Len le avisa
    Para asaltar la inaccesible cumbre.
    De venganza la sed dile ms prisa
    Que discurso, y fi en la muchedumbre,
    Y vi que sin inmensa artillera
    Jams  los cristianos rendira.

      Tarde lo vi; mas viendo con despecho
    Que arriesgaba el honor y el tiempo urga,
    l mismo por el spero repecho
    Sus gentes al asalto conduca:
    Y en impaciencia y en furor deshecho,
    Contemplaba que slo consegua
    Abrir  sus valientes sepultura
    De aquellos precipicios en la hondura.

      La encanecida barba se mesaba
    El iracundo Rey, y de la empresa
    No desistir en su furor juraba
    Hasta cobrar la codiciada presa:
    Correos tras correos despachaba
    Mquinas de batir  toda priesa
    Demandando, y tenaz en tal intento
    Ante Alhama plant su campamento.

      Los peascos min, los manantiales
    Ceg que daban agua  los sitiados,
    Y de la villa en derrededor sus reales
    Circunvalando, les dej bloqueados.
    Pronto de su constancia las fatales
    Consecuencias sintieron los cercados,
    Viendo que, sin socorro pronto y fuerte,
    Su esperanza mejor era la muerte.

      El valeroso capitn cristiano,
    Que el apellido de Len tena,
    Sin dar tregua al discurso ni  la mano,
    Su valor de Len no desmenta:
    Y vindole al peligro el ms cercano,
    Siempre y doquier en vela noche y da,
    No hubo ni un solo cristiano que cejara
    Ni que matar por l no se dejara.

      Infatigable, impvido, tranquilo,
    Con el valor del hroe sereno,
    Sali seis veces por oculto silo
    El campo  sorprender del Agareno;
    De agua otras cien por conservar un hilo
    Que de un peasco les qued en el seno,
    Pele con el fango  la rodilla
    Mientras beban de l los de la villa.

      En vano gran refuerzo poderoso
    De hondas, ribadoquines y lombardas
    Lleg por fin al rabe orgulloso;
    l con sus arcabuces y espingardas
    Continuo fuego sustent animoso;
    Y aunque ya asaz por el cansancio tardas
    Las manos, de tronar sobre las rocas
    Jams cesaron sus ardientes bocas.

      Asombrado Muley de tanto arrojo,
    Pactos amigos al Marqus propuso;
    Mas Ponce de Len, con grande enojo,
     sus mensajes sin dudar repuso:
    --Cuando en Alhama mi estandarte rojo
    Roja de sangre infiel mi mano puso,
    No fu para quitarle  tu venida,
    Sino bajo l para dejar la vida.

      --Pues bien, dijo Muley, sers mi esclavo,
    Ya que no te contenta ser mi amigo.
    --Mejor me est la esclavitud al cabo.
    Replic fieramente D. Rodrigo.
    --Muere, pues, dijo al irse el viejo bravo.
    --Dios de mi honrado fin ser testigo.
    Dijo el Marqus; y el Moro y el Cristiano
    Volvieron  sus armas  echar mano.

      Ensordeci otra vez la artillera
    Los precipicios cncavos de Alhama,
    Y el cristiano valor vi en su agona
    De su esperanza vacilar la llama.
    Haban hecho ya cuanto poda
    Hacerse por la patria y por la fama
    Los Castellanos, mas al fin, mortales
    Se agotaban sus fuerzas corporales.

      Rayaba ya la postrimera aurora
    Que poda alumbrar su resistencia:
    Postrer asalto de la hueste mora
    Iba fin  poner  su existencia,
    Y, viendo sin pavor su ltima hora,
    De su muerte aguardaban la sentencia;
    Mas Dios, que no abandona al buen cristiano,
    Entre Alhama y Muley tendi su mano.

      La luz de las hogueras con que invoca
    Socorro el pueblo  la invasin expuesto,
    De ciudad en ciudad, de roca en roca,
    Se difundi por el pas bien presto;
    Y al resplandor que  pelear convoca,
    El peligro de Alhama manifiesto,
    De Cristo por los campos andaluces
    Avanzaron las lanzas y las cruces.

      Alonso de Aguilar, el compaero
    De armas de Ponce de Len, la gente
    De sus estados alleg el primero;
    Y cruzando los montes diligente,
    Como una estatua de bruido acero
    Asom sobre un cerro del Oriente.
    Y el sol, como un fantasma de luz y oro
    La present  la vista del Rey moro.

      Los hermanos Girn, de Calatrava
    Con la legin ecuestre aparecieron
    Por un valle de sauces: con su brava
    Infantera por el Sur salieron
    Los Crdobas de Cabra, y por la caba
    De un monte que al cruzarle descubrieron,
    Asomaron, los dos bajo una ensea,
    El Conde de Alcaudete y el de Urea.

      Mirbalos Muley considerando
    Su fuerza escasa para serios fines,
    Y se aprestaba  cometerlos, cuando
    Del montuoso horizonte  los confines
    Vi de peones numeroso bando,
    Y en el agudo sn de sus clarines
    Conoci y en sus crdenos pendones
    De Enrique de Guzmn los escuadrones.

      Con ira entonces comprendi que junto
    Un ejrcito entero en su mal era,
     impo blasfem, viendo en un punto
    Venir sobre l la Cristiandad entera;
    Y mirando avanzar en buen conjunto
    Los jinetes cristianos por doquiera,
    Cual jabal acosado por los perros
    Alz su campo y se acogi  los cerros.

      Desde ellos vi con clera impotente
    Sus postigos abrir  los de Alhama;
    Y echando al corazn la mano ardiente,
     contener la hiel que se derrama
    En sus hinchados vasos, y la frente
    Al peso del baldn que se la infama
    Doblando, con ahogado y ronco grito
    Exclam: Alah akbar! estaba escrito.

      Entonces silencioso y cabizbajo
    De sus gentes cubri la retirada,
    Rechazando por s, no sin trabajo,
    De las huestes de Urea una avanzada.
    Cuando en salvo la vi, por un atajo
    Se encamin otra vez hacia Granada,
    Seguido de unos pocos caballeros
    De su aciaga fortuna compaeros.

      Mas ay! su estrella en la gentil Granada
    Para siempre su luz obscureca,
    Y era ya aquella la postrer jornada
    Que hacer por ella como Rey deba.
    Ya en la Alhambra, de rayos coronada,
    Estrella ms feliz resplandeca,
    Y  otro pendn que al de Muley su gloria
    Otorgaba verstil la victoria.

      En la vega al entrar, de una colina
    Al revolver el spero sendero,
    De la luna  la lumbre mortecina
    Vi correr hacia l un caballero.
    Era un doncel de raza granadina
    Que, ante l parando el fatigado overo,
    Dijo con voz por la carrera ahogada:
    --Tente, Seor: no vuelvas  Granada.

      --Por qu?--dijo Muley.--Porque ya llegas
    Tarde: de ella Abdil se ha apoderado.
    --Y mi Wazir Ab-l'Kasn-Ben-Egas?
    --Est en los Alixares encerrado.
    --Y mi Zoraya?--De las turbas ciegas
    Por milagro no ms se ha libertado:
    Los pocos fieles que te quedan vivos,
    Te buscan por la sierra fugitivos.

      --Todo pues lo perd?--La honra te queda.
    --Te engaas, infeliz; sin ella vengo.
    --La puedes recobrar mientras que leda
    Se conserve tu fe.--Ya no la tengo
    Tampoco: es fuerza que al destino ceda;
    Su ley fatal  obedecer me avengo.
    --An te resta, seor, una esperanza.
    --Cul?--La mejor de todas: la venganza.

      --Tienes razn. Podemos todava
    En el alczar penetrar?--Acaso:
    Si te ayuda tu intrpida osada,
    Yo puedo abrirte hasta la Alhambra paso
    En las tinieblas de la noche.--Gua:
    Y si  ella subo, como frgil vaso
    Quebrantar de Aixa y de su hijo
    La existencia fatal que Alh maldijo.

      Y el Rey,  la venganza decidido,
     los que son con l la faz volviendo
    Les dijo:  este mancebo habis odo;
    Uniros  mi suerte no pretendo;
    Abandonad, si os place, al Rey vencido.
    Mas la mano los rabes poniendo
    De los corvos alfanjes en los pomos,
    Respondieron resueltos: Tuyos somos.

      Meti Muley  su corcel la espuela,
    Y echando por delante al Granadino,
    Pensando en sorprender su ciudadela
    Hacia Granada continu el camino.
    Mas ay! en vano el hombre se rebela
    Contra la ley de su fatal destino,
    En vano avasallar quiere  la suerte:
    La voluntad de Dios siempre es ms fuerte.

      Era la hora en que entregado al sueo
    Ab-Abdil, en la Alhambra aposentado,
    Soaba con el bien de que era dueo,
    Con el cetro que  Hasn haba robado.
    Aixa tambin, desarrugado el ceo,
    Su saa habiendo y su ambicin saciado,
    Al fin vengada de su infiel esposo,
    Entregbase en brazos del reposo.

      Era todo silencio en el recinto
    Del regio alczar de la corte mora:
    Reinaba en su dorado laberinto
    Del descanso la paz reparadora,
    Cuando el eco de un ay! claro y distinto
    De sala en sala retumb  deshora,
    Y el joven Rey, de sus estancias dueo,
    Al eco de aquel ay! rompi su sueo.

      Oylo al par la varonil Sultana
    Su madre, y fuera del suntuoso lecho
    Lanzndose veloz,  la ventana
    Escuch atentamente largo trecho.
    Sus sentidos sutiles de Africana
    Y el velador instinto de su pecho
    La revelaron el terrible arcano
    De aquel ay! eco del dolor humano.

      Escuchaba el Rey moro todava
    El eco de aquel lgubre gemido,
    Cuando su madre con vigor le asa
    Por el brazo en que estaba sostenido.
    --Levntate, hijo mo, le deca,
    Levntate, Abdil: Nos han vendido!
    --Qu pasa, madre? pregunt el mancebo.
    --Tu padre busca  la venganza cebo.

      Su alfanje Ab-Abdil blandi desnudo,
    Y asiendo de un clarn con gran coraje,
    En los senos lanz del aire mudo
    Una sonata de frica salvaje.
    De aquel brbaro sn al eco agudo
    Se estremeci su guardia Abencerraje,
    Y de su riesgo prximo avisada
    Acudi junto al Rey precipitada.

      Y  tiempo fu. Su yatagn sangriento
    Muley blandiendo apareci  sus ojos
    Por la puerta del prximo aposento,
    Rebosando sacrlegos enojos.
    Feroz vampiro, de su carne hambriento,
    Sus brazos muestra con su sangre rojos,
    Y con los ojos en su sangre fijos
    La sangre anhela de sus propios hijos.

      Helse de terror  su presencia
    Toda la guarnicin de la alcazaba:
    Aixa, empero, abrasada de impaciencia,
    Empu un arcabuz gritando brava:
    Muera el tirano! Al punto con violencia
    Lid fratricida sin cuartel se traba:
    En el mismo aposento en que nacieron
    Los hijos con los padres se batieron.

      Peleaba Muley como un demente,
    Y  Aixa los suyos de la lid sacaron:
    Hallarse no lograron frente  frente
    Los dos Reyes por ms que se buscaron.
    Llamaba  Abdil con clera estridente
    El viejo Rey, cuando sobre l cargaron
    Tantos al par, que sin lograr su objeto
    Cej y huy por corredor secreto.

      En el verstil vulgo confiando
    Descendi  la ciudad por una cueva,
    Juntar creyendo poderoso bando
    Con que arruinar la monarqua nueva.
    Metise, pues, por la ciudad, llevando
    Audaz  cabo tan osada prueba,
    Y en un momento la ciudad entera
    Campo sangriento de batalla era.

      Doquier, se escuchan con pavor lamentos,
    Ayes de muerte y gritos de pelea:
     salvarse no ms todos atentos,
    Slo en salvarse cada cual se emplea:
    No hay nadie que en tan crticos momentos
    Presa de los cristianos no se crea:
    Nadie  juzgar la realidad se para,
    Nadie ve dnde ni de quin se ampara.

      En tanta confusin, en duelo tanto,
    Abandonando Hasn la lid confusa,
    Va  los umbrales  llamar de cuanto
    Moro por su parcial la fama acusa;
    Mas, al reconocerle, con espanto
    Seguirle todo musulmn rehusa,
    Porque se hundieron su prestigio y fama
    Bajo su triste expedicin de Alhama.

      Su nombre con horror de boca en boca
    Rpidamente en las tinieblas pasa,
    Y por doquiera contra l evoca
    Ira sin compasin, rencor sin tasa:
    Cobra valor la muchedumbre loca,
    Y al correr la verdad de casa en casa,
    Por rejas, ajimeces y balcones,
    Comienzan  asomar luces y hachones.

      Cominzase  ordenar la gente fiera
    Del Albaycn: tremlanse estandartes
    Que atraen  s la juventud guerrera,
    Y concense al fin por ambas partes.
    Alh por Bu-Abdil! gritan doquiera;
    Y descubriendo las traidoras artes
     que echa Hasn para vengarse mano,
    Gritan dando sobre l: muera el tirano!

      Desengaado el viejo vengativo
    Abandon su despechada empresa,
    Dndose por feliz en salir vivo
    Favorecido por la sombra espesa:
    Y con veinte jinetes fugitivo
    Que an le seguan, camin con priesa
    Muley hacia los altos alijares
    Donde an tiene Zoraya sus hogares.

      All la favorita con Ben-Egas
    Le aguardaba  caballo:  marchar prestos,
    Sus guardias negros como estatuas ciegas
    Por l se hallaban  morir dispuestos.
    --Vamos, dijo Muley.-- tiempo llegas,
    Repuso Ab-l'Kasn: Aixa mis puestos
    Descubri ya, y  su merced estamos.
    --Maldita sea! dijo el Rey: huyamos.

      Y entrando por las lbregas laderas
    De la sierra fragosa y escarpada,
    Aprovecharon cautos las postreras
    Sombras para alejarse de Granada:
    Y del alba siguiente  las primeras
    Luces, el que fu Rey ya no era nada:
    El reino se le huy de entre los brazos
    Y su cetro al caer se hizo pedazos.

      Clemente Alh, que como aristas secas
    Las ms robustas fbricas quebrantas,
    Los pueblos hundes, y las razas truecas
    Bajo el polvo que en pos dejan tus plantas!
    Del hombre vil las vanidades huecas
    Cmo han de interrumpir tus leyes santas?
    De Hasn toc tu soplo en la corona,
    Y fu... Dios bueno, lo que fu perdona!




II

      Llena al fin de su enojo la medida,
    Abri el Seor la urna en que atesora
    De las naciones la acotada vida:
    De ella arroj la de la estirpe mora,
    Y al caer en la nada desprendida
    De su mano, con voz imperadora
    Dijo Dios  Isabel: He aqu tu da:
    Parte, rayo de fe: tu empresa es ma.

      Y por el fuego de la fe abrasada,
    Por la celeste mano compelida,
    Los brazos Isabel tendi  Granada,
    Que por sus brazos se sinti ceida
    Con angustia mortal: y al punto armada
    Y con el sayo de la cruz vestida,
    Aparicin marcial sali  campaa
    La fe invocando y el honor de Espaa.

       su inspirado y vigoroso acento,
    La nobleza leal de Andaluca
    Pareci ante Isabel en un momento,
    Rebosando valor y bizarra.
    Llenas de emulacin con su ardimiento
    Cuantas provincias en su reino haba,
    Su gente enviaron de pelea en planta
    En derredor de su bandera santa.

      Encendida en sus blicos deseos,
    Desde Crdoba envi con gran premura
    Numerosos y rpidos correos
     Toledo, Len y Extremadura.
    Cuantos gozaban en su nombre empleos
     de su autoridad investidura,
    Su intimacin de guerra recibieron
    Y en campaa obedientes se pusieron.

      Cartas atentas escribi  sus damas
    Para que  sus amantes y maridos,
    De los troncos ms nobles y sus ramas
    La enviasen  la lid apercibidos;
    Y por los pueblos esparci proclamas,
    Llamando  los mancebos atrevidos
     romper una lanza en la campaa
    Por el honor y libertad de Espaa.

      De su entusiasmo el religioso influjo
    Derram el entusiasmo por doquiera,
    Y cuanto noble su nacin produjo
    En redor acudi de su bandera.
    Sus vasallos  Crdoba condujo
    Todo varn que diez tuvo siquiera,
    Y en cada hora nueva que sonaba
    Un valiente  Isabel se presentaba.

      Ella entretanto en vastos almacenes
    Deposit profusas provisiones
    De granos, vinos y cecinas, bienes
    De que abundan sus frtiles regiones:
    Acopi ropas y armas: mont trenes
    De batir, con lombardas y caones:
    Soldados instruy que los sirvieran,
    Y acmilas compr que los movieran.

      No se excus ni un noble castellano
    De acudir de Isabel  la cruzada,
    Y no qued un solar en monte  llano
    De que no hubiese en Crdoba una espada.
    Todas las joyas del valor hispano
    Fueron parte  tomar en la jornada,
    Sombreando sus bizarros escuadrones
    De sus casas ms ricas los pendones.

      Vino el primero el Cardenal de Espaa
    Con escolta lucida y numerosa:
    Desde el campo feraz que el Ebro baa,
    El buen Duque lleg de Villa-hermosa.
    Trajo el Conde de Cabra de montaa
    Ballestera diestra y vigorosa;
    Y  los suyos el Conde de Cifuentes
    Trajo armados de hierro hasta los dientes.

      Vinieron los del prdigo Infantado
    Armados de broquel, pual y clava,
    Con rico arns azul empavonado:
    Vino la gente de Alburquerque brava
    Con ancho escudo y espadn pesado,
    Y la Orden militar de Calatrava
    Lleg, con su Maestre  la cabeza,
    En caballos de indmita fiereza.

      Trajo Medinaceli sevillanos
    Sobre pintadas yeguas caballeros,
    Y el de Urea jinetes jerezanos
    En potros como el cfiro ligeros;
    Vinuesa de leales castellanos
    Trajo gran pelotn de espingarderos,
    Y leoneses con enormes mazas
    Que hendan los broqueles y corazas.

      Trajo Fernando de Aragn sus huestes,
    Y con ellas vinieron de Navarra
    Los montaeses speros y agrestes,
    Al tiro afectos del baln y barra;
    Los de Aza y Urgel, jams contextes,
    Armados de morisca cimitarra,
    Y los deudos de Pedro de Velasco
    De abigarrado y penachudo casco.

      Desde el muro hasta la rabe alcazaba,
    De los Kalifas oriental palacio,
    Crdoba un campamento semejaba,
    De sus plazas y calles el espacio
    El aparato militar llenaba,
    Y de lejos brillar como un topacio
    La vean los vecinos montaeses
    Alfombrada de aurferos arnases.

      Y he aqu que de un balcn que la domina,
    Contemplaba Isabel la roja hoguera
    Del sol arder tras la postrer colina,
    Cuando dobl tendido  la carrera
    La falda de la loma ms vecina
    Un corredor cristiano de Antequera,
    Que en nombre de los hroes de Alhama
    Bastimentos y vveres reclama.

      Su mensaje al oir Fernando, al punto
    Convocando en su estancia su Consejo,
    Pidi opinin sobre tan grave asunto.
    Pedro de Vargas, Capitn ya viejo,
    Frontero en territorio  Alhama junto
    Y del pas conocedor, espejo
    De los cristianos jefes fronterizos,
    Dijo, mostrando al Rey sus blancos rizos:

      Mi existencia, Seor, pas en la guerra.
    Y an no esquivo por dbil la batalla,
    Ni el viejo corazn que aqu se encierra
    Late an con temor bajo la malla;
    Pero conozco bien aquella tierra:
    Alhama es un peasco que se halla
    Cercado por doquier de plazas moras
    Que le tendrn en riesgo  todas horas.

      Mantenerla no pudo vuestro abuelo
    San Fernando, Seor, y es necesario
    Que para conservar su intil suelo
    Empleis la mitad de vuestro erario.
    Con cinco mil jinetes an recelo
    Que ser su destino bien precario,
    Porque cada convoy que hasta all llegue
    Fuerza es con sangre que el camino riegue.

      Slo quien tenga guarnicin en Loja
    La podr conservar, y aun as un da
    Puede que el Moro por traicin la coja:
    Si yo fuera que vos, la quemara,
    Y de su incendio con la lumbre roja
     Granada una noche alumbrara,
    Dejando en su ceniza al Rey pagano
    Un testimonio del furor cristiano.

      Dijo el anciano Vargas. Los prudentes
    Y graves consejeros que le oyeron,
    Sus razones hallando suficientes,
     su opinin unnimes se unieron:
    De Alhama retirad  vuestras gentes
    Y quemadla, Seor, al Rey dijeron:
    Mas Isabel, que los escucha y mira,
    Llena exclam de generosa ira:

      No permita el Seor que se abandone
    Prenda de tal valor de esa manera,
    Ni que vileza tal nos ocasione
    Escarnio ser de la morisma entera.
    No quiera Dios que entre ellos se pregone
    Que, del peligro en la ocasin primera,
    Ni en Dios ni en nuestro bro fe tenemos.
    Ni lo nuestro  guardar nos atrevemos.

      No se hable, pues, de abandonar  Alhama:
    Cuando  lidiar mis gentes he trado,
    No para empresas sin peligro y fama,
    Para las dignas de renombre ha sido:
    Auxilio Alhama de su Rey reclama,
    Y yo se le dar, que  eso he venido;
    No ha de cejar ni descansar mi gente
    Sino cuando en la Alhambra se aposente.

      Dijo Isabel: y  la ciudad bajando,
    Cabalgando en su rpida hacanea
     Alhama!... dijo al castellano bando,
    Conmigo  Alhama quien valiente sea!
     Alhama! las banderas desplegando
    Clam toda la gente de pelea;
    Y tras la Reina, que su ardor inflama,
    Se encamin el ejrcito hacia Alhama.

      Msero Ab-Abdil! con luz incierta
    Ya tu estrella fatal sobre ti brilla:
    Recuerda tus horscopos: despierta.
    Apresta tu corcel y tu cuchilla!
    Ya de la Alhambra  la dorada puerta
    Va  llamar con ejrcitos Castilla,
    Y  echar van sobre ti los espaoles
    De siete siglos los sangrientos soles.




III

      Dej Isabel  Alhama guarnecida,
    Sus muros y baluartes la repuso,
    Y, en templo su mezquita convertida,
    Segura guarnicin en ella puso.
     Luis Portocarrero  su salida
    Por su alcaide nombr, quien, segn uso
    De los fronteros jefes castellanos,
    Conservarla  morir jur en sus manos.

      El Catlico Rey, dejar queriendo
     los moros seal de aquella entrada,
    En sus fronteras con estrago horrendo
    Se corri por su tierra amedrentada,
    Y su bizarro ejrcito metiendo
    Por la fecunda vega de Granada,
    Incendi mieses, arras olivares,
    Rob ganados y asol lugares.

      Los moros que estos daos achacaron
    Del furioso Muley  la imprudencia,
    Partido al punto por Abdil tomaron
    Y Rey le proclamaron en su ausencia.
    Las tropas de Muley le abandonaron,
    El vulgo le mof con insolencia,
    Y  Mlaga, frustrada su esperanza,
    Huy por fin sin alcanzar venganza.

      Aixa, empero, temiendo la inconstancia
    Del pueblo, y conociendo que en el trono
    No tendra Abdil segura estancia
    Sino haciendo venir de l en abono
    Alguna empresa  triunfo de importancia
    Que al vulgo deslumbrara, y que su encono
    Contra Hasn aumentara, con secreto
    Se prepar para lograr su objeto.

      Congreg los ms diestros capitanes
    De todas las opuestas banderas,
    Y desechando y rehaciendo planes,
    Oyendo escuchas y escuchando espas,
    Realiz sus solcitos afanes
    Aprontando por fin en breves das
    Numerosa y segura cabalgada,
    De esplndido botn esperanzada.

      Probemos  los Reyes castellanos
    Que aprovechar sabemos sus lecciones,
    (Dijo  su hijo Abdil). Pues nuestros llanos
    Talan, sal  talar sus posesiones.
    En nuestras tierras por llenar sus manos,
    Sus castillos estn sin guarniciones;
    Lo que hallan, pues, en nuestra vega amena
    Busca t por sus campos de Lucena.

      Comprendi el joven Rey  la Sultana;
    Y ganoso de gloria, y con deseos
    De probar en la tierra castellana
    El valor que ha ostentado en los torneos,
    Con gallarda juvenil y ufana
    Resolucin, sus blicos arreos
    Vistiendo, mostr el joven Soberano
    Su alma de Rey y origen africano.




IV

      Qu hermosas son las noches de Granada!
    Cunto placer la atmsfera respira!
    Con qu rumor tan grato perfumada
    Susurra el aura que en sus huertos gira!
    Su misteriosa soledad, poblada
    De rabes genios, languidez inspira,
    Y no encierran los senos de su sombra
    El vago miedo que en la noche asombra.

      El canto de los pjaros canoros
    Que anidan en sus bosques embebece;
    El ruido de sus rboles sonoros
    Y de sus frescas aguas adormece;
    De la brisa en los pliegues incoloros
    Extasiado el espritu se mece:
    Todo reposa all bajo el imperio
    De un oriental incgnito misterio.

      Encantada ciudad, cuyas historias
    Piden del Rey profeta el arpa de oro;
    Sultana del Genil, cuyas memorias
    Evoco  solas y en silencio adoro;
    Alczar oriental, de cuyas glorias
    Envidioso est el mundo: bien el Moro
    Dijo al decir que la mansin divina
    Est sobre tu tierra peregrina.

      Tras el cendal da tu estrellado cielo
    Se ve la faz de Dios que centellea;
    No hay quien detrs de tu flotante velo
    La omnipotencia de su Sr no vea;
    No hay quien escrita en tu fecundo suelo
    La realidad de su poder no lea;
    No hay quien contemple tu nocturna calma
    Sin alzarte un altar dentro del alma.

      Tierra de bendicin! Quin no te adora?
    Tierra de amor, en que el placer se anida,
    En tus dulces recuerdos se atesora
    Toda la gloria de mi inquieta vida!
    Quin de ti, si te ve, no se enamora?
    Quin tus noches esplndidas olvida?
    Bien hizo el que  tus pies por no perderte
    Peleando tenaz busc la muerte.

      Es una noche azul de primavera:
    Millones de lucientes luminares
    Dan tibia luz  la terrestre esfera;
    De flores aromticas millares
    Alfombran ya la tierra, y la ligera
    Brisa en la regia estancia de Comares
    Introduce sus vrgenes olores
     travs de los ureos miradores.

      Sobre cojn morisco reclinada,
    Los pies doblados sobre escasa alfombra,
    Yace la que de la rabe Granada
    Al fin Sultana sin rival se nombra.
    Rico dosel de seda cairelada
    Da  su lnguida faz templada sombra,
    Y pantalla chinesca en su penumbra
    Guarda el mechero que el saln alumbra.

      Es la azucena plida de Loja;
    Es de Aly-Athr la tmida gacela;
    Es la mujer, que trmula cual hoja
    De triste sauce, duda, ama y recela:
    Moraima es, cuyo nimo acongoja
    Pesar secreto que la tiene en vela.
    Es la Sultana de cabellos de oro,
    Que el alma hechiza del Monarca moro.

      Kel, su negro y perspicaz Nubiano,
    Yace  sus pies con languidez tendido;
    La frente apoya sobre la ancha mano
    Fatigado tal vez, tal vez dormido;
    Mas la mirada fija del enano
    Y la abierta nariz y atento odo,
    Al que su instinto y lealtad comprende
    Advierten que sagaz  todo atiende.

      En el obscuro camarn, formado
    Por la maciza fbrica del muro,
    Y en donde se abre el ajimez dorado
    Que da aire y luz al aposento obscuro
    Al estilo de Oriente fabricado,
    Contempla el cielo otra mujer; su duro
    Contorno sobre el cielo se destaca,
    Pues fuera del balcn el cuerpo saca.

      Es Aixa, la desptica Sultana,
    El genio protector del Islamismo,
    Que desde aquella arbiga ventana
    Mide del porvenir el hondo abismo.
    Genio tenaz, encarnacin humana
    De la fe, del valor y el herosmo,
    Genio que,  aparecer en otra era,
    Mentir  los horscopos hiciera.

      Con el rumor del bosque confundidos
    Que sombrea la torre de Comares,
    Trae el aura fugaz  sus odos
    Del bullicioso pueblo los cantares.
     sus vasallos quiere entretenidos
    Tener el nuevo Rey en sus hogares,
    Y el mal que sus horscopos predicen
    Cantando olvidan y  su Rey bendicen.

      Pero Aixa, que jams en ilusiones
    Se adormeci y  quien la edad avisa
    De que las populares ovaciones
    Tan efmeras son como la brisa
    Que su murmullo trae  sus balcones,
    Con desdeosa y lgubre sonrisa
    Su sn escucha, que al rayar el da
    Ser puede amotinada vocera.

      Todo en la regia cmara reposa:
    Ajenos al turbin de los placeres
    De la morisca corte voluptuosa,
    Aquellos tres tan diferentes seres
    Tristes meditan.  la fin la esposa,
    La ms inquieta de las dos mujeres,
    Dando sin duda al pensamiento giro
    Distinto, dbil exhal un suspiro.

      Llam de Aixa la atencin el eco
    De aquella exhalacin enamorada,
    Y del balcn dejando el fondo hueco
    Fij en Moraima su glacial mirada;
    Y con el tono desabrido y seco
    De su voz,  mandar acostumbrada,
    La dijo: Afrenta de las Reinas moras,
    Espritu cobarde, por qu lloras?

      No lloraba Moraima todava,
    Mas tan duras palabras la prearon
    De lgrimas los ojos. Muda, fra,
    Aixa las vi cuando  la faz brotaron
    De la dbil mujer que las verta.
    Las vi, mas conmoverla no lograron,
    Y con regio desdn,  paso lento
    Comenz  atravesar el aposento.

      Mas al llegar del arco  los umbrales,
    De la alberca en el patio embaldosado
    Anunciaron los roncos atabales
    Al Rey por las Sultanas esperado.
    Seguido de sus deudos ms leales
    Lleg Abdil para el combate armado:
    Sonri al verle con su arns ms bello
    Aixa, y Moraima se abraz  su cuello.

      --Tan pronto! dijo la afligida esposa.
    --Ya tarda, dijo la valiente madre.
    --Alh te vuelva!... murmur la hermosa:
    --Mas si no vences: volver tu padre,
    Aadi la Africana vigorosa.
    --Antes cristiana lanza me taladre!
    Dijo el mancebo rebosando enojos,
    Y un rayo de rencor brill en sus ojos.

      Entonces la Sultana:--En paz os dejo:
    (Aadi con voz grave) despedos
     solas, pero ved que no me alejo;
    No me le quites con tu amor los bros
    Que necesita. Y, torvo el entrecejo,
    Se sumi en los tortuosos y sombros
    Corredores, dejndoles  solas
    Del mar de su afliccin entre las olas.

      En silencio abrazados los esposos
    Largo espacio quedaron: el exceso
    De su dolor en ayes angustiosos
    Exhalaba Moraima, mientras preso
    Mantena en sus brazos cariosos
     Ab-Abdil: dila l un tierno beso
    De su cario en la efusin sincera,
    Dicindose los dos de esta manera:


    BU-ABDIL.

      No llores, alma ma: cobra aliento:
    Llevo todo mi ejrcito conmigo.

    MORAIMA.

      Abdil, tengo el fatal presentimiento
    De que no has de volver: yo te lo digo.
    He soado, mi bien, tu vencimiento,
    Y mi sueo es lal. Mi dulce amigo,
    Manda tus capitanes  la guerra:
    T eres el Rey; no salgas de tu tierra.

    BU-ABDIL.

      Moraima de mi vida, no comprendes
    Que tu congoja mi valor me quita?
    Esta salida que evitar pretendes
    Es nuestra salvacin. Se necesita
    Que el pueblo crea en mi valor entiendes?
    El Rey ha de ser Rey. Ve  la mezquita
     orar; mas oye oh flor de mis amores!
    Delante de mi madre nunca llores.

      Mi madre es una Reina verdadera,
    Cuyo orgullo jams ha concebido
    Que un Rey pueda llorar. Tu amor modera
    Ante ella y muestra del dolor olvido:
    Porque ella, aunque  sus pies morir nos viera,
    No exhalara, Moraima, ni un gemido;
    Matar sobre nosotros se dejara,
    Mas creyera infamarse si llorara.

    MORAIMA.

      Qu culpa tengo yo de que Alh Santo
    Dbil mujer me hiciera y no Sultana
    Feroz como ella? Contener mi llanto
    No sabr yo ni tarde ni maana,
    Y soar de noche con espanto
    Que muerto yaces  en prisin cristiana,
    Sin m llorando  demandando  voces
    El fin de tus horscopos atroces.

    BU-ABDIL.

      Calla, Moraima calla: me estremeces!
    Creo que tu exaltada fantasa
    En la locura te despea  veces.
    Djale al vulgo que la suerte ma
    Juzgue fatal al rabe, y tus preces
    Dirige  Alh, para que llegue un da
    En que contra ellos la victoria arguya
    Y el triunfo mis horscopos destruya.

      Adis! yo parto  pelear ahora;
    Mas clmate, bien mo, porque creo
    Que en esta correra asoladora
    Voy slo  dar un militar paseo
    Y  recoger botn. Adis! que es hora
    Ya de partir y  la Sultana veo.

    MORAIMA.

    Alh te gue!

    BU-ABDIL.

                    Hasta volver contigo.

    MORAIMA.

    Ay! que no volvers, yo te lo digo.

      Esta fu la siniestra despedida
    De Moraima y Abdil. Muda y serena
    Aixa del corredor  la salida
    Se present, y  impulso de su pena
    Mortal se desplom desvanecida
    Moraima. Parti el Rey para Lucena
    Y fu su madre  despedirle al muro,
    Fiando  Dios el porvenir obscuro.




LIBRO OCTAVO




DELIRIOS


I

      Alahuakbar! Dios grande! No sin causa
    Llamaron  Bu-Abdil desventurado,
    Ni sin razn Moraima el fatalismo
    Llor de sus horscopos infaustos.
    Desdichado en su hogar desavenido,
    En sus empresas de armas desdichado
    Y en su amor infeliz, siempre implacable
    Faltle Dios en cuanto puso mano.
    La casa en que naci, la madre que hubo,
    El siglo en que  luz vino, todo aciago
    Le fu, y  todo cuanto en torno suyo
    Vivi sus desventuras alcanzaron.
    Dios le puso al nacer dentro del pecho
    Un corazn del infortunio blanco,
    Y el ambiente fatal de la desgracia
    Por doquiera que fu le fu cercando.
    Odio de su nacin supersticiosa
    Por el temor de sus siniestros hados,
    Y por instinto de creencia y raza
    Odio  la par del vencedor cristiano,
    Vi el mundo sus virtudes sin aprecio
    Y su valor intil sin aplauso,
    Y rabes y Cristianos, por vencido,
     un tiempo sin piedad le calumniaron.
    Los Moros olvidndole con ira,
    Mirndole con mofa los Cristianos,
    Unos y otros infiel en sus historias
    Legaron  los siglos su retrato.
    Los unos con lo negro de la saa,
    Los otros con la tinta del escarnio,
    En el cuadro inmortal de la conquista
    Su figura real emborronaron.
    La poesa, empero, cuyos ojos
    Escudrian sagaces lo pasado,
    Y en dondequiera que lo encuentra admira
    Lo bello y lo infeliz, con entusiasmo
    Alumbra su semblante obscurecido,
    Y, sus forzadas formas restaurando,
    Su noble y melanclica figura
    Dibuja con contornos ms exactos.
    No es la de un grande Rey que el fatalismo
    De su sino provoca temerario,
    Con el valor del hroe que queda
    Por l vencido, pero no humillado:
    Es la figura triste de un Monarca
    Que obedece al impulso de los astros,
    Y, sin poderse defender, sucumbe
    De su destino bajo el peso abogado.
    No es la robusta encina que se troncha
    Del huracn gigante entre los brazos,
    Sino la flor que, abrindose tarda,
    Muere marchita por el cierzo helado.
    Msero Ab-Abdil! La historia austera
    No halla luz en tu rostro soberano,
    Pero la poesa te le alumbra
    Con el fulgor del infortunio santo.
    La historia te ve Rey y sin corona,
    Enamorado y sin favor, soldado
    Y sin victoria, muerto y sin sepulcro...
    Dnde hallar su luz para ti un rayo?
      Alahuakbar Dios grande! No sin causa.
    Llamaron  Bu-Abdil desventurado,
    Y con razn Moraima el fatalismo
    Llor de sus horscopos infaustos.


II

      Rico de juventud y de hermosura
    Cual de esperanza y de valor sobrado,
    Jinete sobre un tordo berberisco
    Sali el Rey moro Ab-Abdil al campo.
    Reverberan al sol de la maana
    Sus arneses con oro claveteados,
    Y se ciernen sobre l como palomas
    Las plumas de su esplndido penacho.
    En lugar del lanzn que en Bib-Elvira
    Se hizo al salir en el quicial pedazos,
    Despreciando pronsticos siniestros,
    Corvo alfanje de Fez empua osado.
    Piafa el brioso bruto en que cabalga,
    Fuerza, vapor y espuma respirando,
    Mosqueando inquieto con la blanca cola
    Sus ricos paramentos africanos;
    Y Ab-Abdil sobre la silla diestro
    Cabalgador caracolea ufano,
    Tan lleno de bravura y gentileza
    Como de gloria y de fortuna falto.
    Detrs de su pendn tranquilos marchan
    Seis mil peones y dos mil caballos,
    La flor de la nobleza granadina,
    Los campeones del Islam ms bravos.
    Por honra del Rey mozo, de Granada
    Los quinientos mancebos ms gallardos
    Para salir con l  esta campaa
    Como para un torneo se equiparon.
    Vense tan slo rostros juveniles
    En derredor de Ab-Abdil, y el fausto
    De los trajes, las armas y jaeces
    Turba los ojos y suspende el nimo.
    Quin con el velo de su dama lleva
    Hecho el turbante al rededor del casco;
    Quin de la suya en el crestn prendido
    El ceidor de virgen en un lazo.
    Quin una trenza de cabellos negros
    Ata en el hierro del lanzn dorado,
    Habiendo prometido devolverla
    Empapada en la sangre del cristiano.
    Qu de garzotas desordena el viento!
    Qu de colores y reflejos varios
    Ostentan los brillantes escuadrones
    En sus mviles grupos ordenados!
    Desde las torres de Granada al verlos
    Ya de la vega en el confn lejano,
    Cintas de oro parecen sus hileras
    Del sol heridas por los limpios rayos.
    Aquella tarde Abdil de las murallas
    De la empinada Loja al pie llegando,
    Vi lanzarse cien rabes jinetes
    Del su enhiesto pen como milanos.
    Sobre caballo indcil del desierto
    Que avanza  modo de len  saltos,
    Bajaba  la cabeza de los ciento
    El alcaide Aly-Athr, de fe relmpago.
    Al ver los Granadinos campeadores
    Llegar al fiero triunfador anciano,
    Con un lel! de admiracin unnimes
    Su anhelada presencia saludaron.
    De Alh llevamos el favor, dijeron,
    Si con nosotros  Aly-Athr llevamos.
    Y lo creen: hace ya setenta lunas
    Que es su bandera de Castilla espanto.
    El fuerte viejo, que indomable arrastra
    El peso colosal de sus cien aos,
    De ellos el bro y la experiencia abriga
    Bajo el cendal de sus cabellos blancos.
    Hijo feroz del frica, en la guerra
    Endurecido, su nervioso brazo
    Con un bote de lanza todava
    Al caballero arranca del caballo.
    rabe verdadero en genio y raza
    Y del Korn indmito sectario,
    Quiere para subir al paraso
    Una escala de cuerpos de cristianos.
    Su existencia Aly-Athr pas con ellos
    En lid no interrumpida peleando,
    Sin que de amigos ni enemigos Reyes
    Respetara jams treguas ni pactos.
    Tal es el viejo capitn de Loja:
    Tal es el padre de Moraima; amparo
    De los Muslimes, vencedor doquiera,
    Jams vencido y por doquier temblado.
    Mas ay! Quin fa en su feliz estrella,
    Ciego imprudente junto  s llevando
    La fortuna de un Rey de quien los cielos
    Abrieron un abismo entre los pasos?
    Para quin resplandece estrella alguna
     travs de los lbregos nublados?
    Alahuakbar Dios grande! Hacia Lucena
    Marcha Aly-Athr de Ab-Abdil al lado.
    Va la saa de Dios delante de ellos:
    De Santaella y de Aguilar los pastos
    Quedan sin hoja verde, y como lluvia
    Corre  sus pies el oro y el ganado.
    De Montilla y la Rambla las moradas
    Son humo nada ms, y el viento vano
    Se lleva sus cenizas, de sus dueos
    Sin tumba los cadveres dejando.
    All van! all van! Como un torrente
    Bajan de las montaas, y su rastro
    Siguen manadas de voraces lobos,
    Y los buitres sobre ellos van volando.
    All van: ya las torres de Lucena
    Blanquean  lo lejos: espantados
    Huyeron los fronteros,  dormidos
    Yacen sin verlos descender al llano.
    Todo reposa en la extensin desierta:
    Las sombras de la noche condensando
    Se van, y de los rabes protegen
    La marcha lenta con que avanzan cautos.
    De un silencioso valle en la espesura
    Donde abrieron las lluvias un barranco,
    Siguiendo de Aly-Athr un buen consejo
    El rey Ab-Abdil mand hacer alto.
    Alzronse las tiendas: en el centro
    Metieron el botn, reses y esclavos,
    Y esperando la luz del nuevo da
    Se dieron unas horas al descanso.
    Nadie se mueve, dijo el Bey: sin duda
    Alh por nuestro bien les ha cegado:
    Maana somos dueos de Lucena,
    Cuando no por sorpresa, por asalto.
    --As lo espero, Amir; pero reposa
    Para lidiar mejor, dijo el anciano
    Aly-Athr  Bu-Abdil: duerme tranquilo
    Y deja lo dems  mi cuidado.
    Entr Abdil en su tienda, y apagadas
    Las luces que pudieran delatarlos,
    Sumidos en silencio y en tinieblas
    Los emboscados rabes quedaron.
    Del valle  la salida, en una altura,
    Un hombre se apost tras un peasco,
    Mudo y quieto como l permaneciendo:
    Era Aly-Athr que vigilaba el campo.
    Mas cuyos son los ojos que penetran
    De la mente de Dios el denso cos?
    Cuya la inteligencia que sorprende
    De sus hondos designios el arcano?
    Mientras el viejo vigilante guarda
    El campamento moro, confiando
    En la tranquilidad del enemigo
    Su empresa audaz para llevar  cabo,
    En el confn del horizonte obscuro,
    En una torre que cual punto blanco
    Vi Aly-Athr con el da, una luz roja
    Brill toda la noche. El africano
    La vi, mas sola y sin aumento vindola,
    La contempl brillar sin sobresalto,
    Pues vi que no era sea ni atalaya,
    En avisos de guerra ejercitado.
     la lejana luz continuamente
    Volvanse sus ojos sin embargo,
    No por fundado y racional recelo,
    Mas por tenaz presentimiento vago.
    Quin all velar? Se preguntaba
     s mismo Aly-Athr. Si no me engao,
    Aquel es el castillo de Baena,
    Pero ausente est de l su castellano.
    Si aquella luz fuera seal, segua
    Consigo propio el Musulmn hablando,
    Ya hubieran las cristianas atalayas
    Con otros  su fuego contestado.
    Quin velar en Baena? As pensaba
    El viejo Moro al resplandor lejano
    Mirando; pero Dios solo pudiera
    Ver en tiniebla tal, y  tal espacio.
    Y  poder ver el Moro, hubiera visto
     un castellano capitn que armado
    Se asomaba al balcn del aposento
    Donde brillaba aquella luz. Debajo
    De aquel balcn y tras los gruesos muros
    De aquel castillo y en su extenso patio,
    Hubiera visto  combatir dispuestos
    Trescientos caballeros: y, apoyados
    Los arcabuces en el muro, hubiera
    Visto hasta mil peones castellanos,
    Que aguardaban las rdenes del hombre
    Que estaba en el balcn iluminado.
    Hubiera visto luego que otro jefe
    Con otros cien jinetes de su bando
    Llegaba, y abrazando al que esperaba
    Tocaron bota-silla sus soldados.
      Todo esto,  poder ver, hubiera visto
    Aly-Athr,  lo hubiera imaginado,
    Si su clara y sagaz inteligencia
    No obscureciera Dios para estorbrselo:
    Mas no vi ms que lo que ver poda;
    Y viendo el da  clarar cercano,
    Dej su puesto y de Abdil en la tienda
    Entr, diciendo respetuoso: Vamos:
    Levntate, Seor: ya est la aurora
    Prxima, est el camino solitario,
    Y es fuerza que  las puertas de Lucena
     un tiempo con el sol amanezcamos.
    Cabalg Ab-Abdil: en breve tiempo
    Los escuadrones moros se aprestaron
     partir y partieron,  Lucena
    En su poder el Rey imaginando.

      Alahuakbar Dios grande! No sin causa
    Llaman  Ab-Abdil desventurado;
    Ni sin razn Moraima el fatalismo
    Llor de sus horscopos infaustos.


III

      Llora, esposa infeliz: tu amor es ido
    Para ms no volver; preso en Lucena
    Se dejar su corazn tu esposo,
    Y volver sin alma cuando vuelva.
    Sultana de las flores de Granada,
    Llora; porque en verdad ya no te queda
    Ms consuelo que el llanto que derrames
    En los amargos das que te esperan.
    Arranca, pues, tristsima Moraima,
    Tus rizos de oro y sin piedad cercena,
    Para hacerte un dogal, de tus cabellos
    La rica y aromtica madeja.
    Llora, madre sin par desventurada!
    Ese hijo hermoso  quien con ansia besas
    Naci cautivo para ser: su cuello
    Tiene ya la seal de la cadena.
    Por qu uniste tu amor y tu fortuna
    De Ab-Abdil  la fortuna adversa?
    Por qu tu padre te arranc de Loja,
    Blanca y olorossima azucena?
    Feliz de ti si nunca le dejaras!
    Feliz si nunca, de amistad en prenda,
    Tu padre del Monarca granadino
    Al oriental alczar te trajera!
    Tal vez entonces Aly-Athr, contrario
    Al hijo de Muley, slo  la guerra
    Le dejara partir, y no quedaras,
    Cuando su amparo necesitas, hurfana.
    Qu has hecho t, paloma enamorada,
    Vctima para ser de tales penas?
    Qu has hecho  Dios para atraer los rayos
    De su furor  tu gentil cabeza?
    Ay! harto has hecho respirando el aire
    Que de tu Rey el hlito envenena.
    Nada esperes del Cielo que maldijo
    La raza de Bu-Abdil: nada te resta.


IV

      Plida sombra de Moraima! escucha:
    Oye mi voz que te habla en las tinieblas,
    Y vers con placer que todava
    Hay quien contigo de tu mal se duela.
    Ven, triste sombra, ven: Dios, compasivo,
    Alas me ha dado como  ti, y la lengua
    Me ha permitido hablar que hablan las sombras
    Para ir  su regin y hablar con ellas.
    Ven oh Moraima! El universo duerme:
    Desciende en una rfaga  la tierra:
    Yo s que est tu espritu en la Alhambra
    Y vengo  consolrtele: no temas.
    Gracias, hermosa sombra! Ya te veo
    Que sobre un rayo de la luna llegas
     estos escombros que la Alhambra fueron.
    Ay! sombras slo en su recinto quedan!
    Ven; yo te har de mi ignorada vida
    La misteriosa relacin secreta,
    Y t se la dirs  tus hermanas
    Cuando al imperio de las sombras vuelvas.
    Yo ms tarde que t nac tres siglos:
    Mas no que vivo en mi centuria creas,
    No: enamorado de las sombras, vivo
    Como t en el pas de las quimeras.
    He venido esta noche  estas mansiones
    De soledad y de silencio llenas
    Y, aunque t te creas invisible
    Para m, yo vagar te vi por ellas.
    Sabes, dulce y quimrica Moraima,
    Cul es la ocupacin de mi existencia?
    Pues es no ms la de contar al mundo
    De los pasados tiempos las leyendas.
    Yo he venido  Granada  demandaros
    No ms que  solas me contis las vuestras,
    Para que yo en mis versos harmoniosos
     mi egosta edad contarlas pueda.
    Y ahora escucha, Moraima, otro secreto,
    Que mi callado corazn encierra
    Desde el instante en que pis la Alhambra;
    Pero que tus hermanas no lo sepan.
    Oye: de todas las hermosas sombras
    Que los recintos de Granada pueblan,
    T eres la ms gentil, la mas simptica,
    Y la de que mi edad menos se acuerda.
    Pues bien, Sultana de las sombras, oye:
    Yo adoro tu fantstica belleza;
    Yo, que he puesto en las sombras mis amores,
    Te amo, y mi tierno amor quiero que sepas.
    Cuando, mujer, en la regin vivas
    De los mortales, en mortal tristeza
    De los pesares vctima viviste,
    Calumniada te viste con afrenta
    De tu estirpe y virtud, vendida esposa,
    Madre apartada de tus hijos, sierva
    Ms que reina en tu casa, y del ms noble
    Y ms valiente de los padres hurfana;
    Pues bien, Moraima, ahora que, fantasma,
    Vives con otro sr otra existencia,
    En tu vida de sombra, yo, que te amo,
    Una vida mejor quiero que tengas.
    T sers la Sultana de mis cuentos,
    Yo en mi lad lamentar tus penas,
    Enjugar tus lgrimas con flores
    Y regar tu lecho con esencias;
    Te llevar conmigo  los alczares
    En donde tiene su morada regia
    La noble, omnipotente poesa,
    Que sobre el mundo soberana impera.
    Entonces tomars, como las auras
    De la montaa, transparente area
    Y luminosa forma, y ser obscura
     par de ti la nieve de la sierra,
    La claridad del alma menos limpia
    Que de tu vaga faz la transparencia,
    Y la del sol poniente menos rica
    Que tu rubia y flotante cabellera.
    Y entonces con desdn vers que el mundo
    Te reconoce de las sombras reina,
    Tu pavorosa aparicin adora
    Y de tu velo azul las orlas besa.

      Mas ya comienza  amanecer: al cielo,
    Sombra gentil de mis amores, vuela:
    Adis, Sultana de las sombras! huye:
    Yo me quedo cantndote en la tierra.


V

      Ya por el horizonte blanquecino
    Comienza  despuntar la luz primera
    Del sexto da en que con hueste brava
    El Rey Ab-Abdil parti  Lucena;
    Y ya, envuelta en un schal de cachemira
    Desde la parda torre de la Vela
    Tiende su madre los avaros ojos
    Por la extensin de la tranquila Vega.
    Todo es silencio, el campo todava
    Iluminado por el alba apenas;
    Duermen an las aves en las ramas
    Y cerradas estn todas las puertas.
    Ningn viviente sr en lontananza
    Comienza el punto de su sombra negra
     acrecentar, sobre el sendero blanco
    Por donde de Abdil se aguardan nuevas.
    Fra, impasible al parecer la Mora,
    Pero de angustia inexplicable presa,
    Silenciosa y sombra se mantiene,
    Inmvil, apoyada en una almena.
    Dentro del triste corazn materno
    Fiera aunque oculta tempestad fermenta,
    Y  sus ojos las lgrimas no suben
    Porque en el hondo corazn gotean.
    Alguna vez su pie, que el suelo hiere
    Con mpetu, delata su impaciencia,
    Y algn suspiro, que fugaz exhala,
    La realidad de su afliccin revela.
    Nadie parece an: el sol brillante
    De un da de temprana primavera
    Extiende ya sus purpurinos rayos
    Por el verde tapiz de las laderas.
    Las cristalinas gotas del roco,
    Que se columpian en la mvil hierba
    Mecidas por el aura matutina,
    Del sol  los reflejos reverberan.
    Ya abandonando su caliente nido
    Bulliciosos los pjaros gorjean,
    Y estremeciendo de placer sus plumas,
     Dios bendicen y su luz celebran.
    Cun hermosa en los campos de Granada
    Se ostenta la feraz naturaleza,
    Cuando del seno de las sombras sale
    Virgen, florida, perfumada y fresca!
    Aixa desde la torre su hermosura
    Callada y melanclica contempla,
    Sin ver en la extensin de la campia
    Ms que de Loja la torcida senda.
    Alahuakbar! clam, sola creyndose;
    Ya la tardanza de Abdil me aterra!
    Y  sus palabras contest un gemido
    Hondo, angustioso: de Moraima era.
    Torn los ojos la Sultana madre
    Hacia la esposa plida, y al verla
    Con la vista y la faz desencajadas,
    Sigui de su visual la lnea recta.
    Presentimiento de su amor sin duda!
    Un punto negro y mvil va con lenta
    Vacilacin su forma acrecentando
    Sobre el camino que hacia Loja lleva.
    Kel, que  los pretiles no alcanzando,
    Por la hendidura ve de una aspillera,
    Fu el primero que un rabe jinete
    Reconoci en el punto que negrea,
    Y  Moraima con muda pantomima
    Explic la verdad, que aun no penetra
    La vista de las Moras, menos clara
    Por la edad y las lgrimas en ellas.
    Tiene razn Kel, es un jinete,
    Dijo la madre al fin, sobre las cejas
    Formando una pantalla con la mano
    Para ver ms sin que la luz la ofenda.
    Es un guerrero, s, dijo Moraima
     su enano Kel que la hace seas:
    Es un guerrero de Granada, dijo
    Aixa  Moraima, tus colores lleva.
      Es, en efecto, un caballero moro,
    Que  escape las campias atraviesa
    Sobre un caballo del desierto, y rpido
    Como una nube  la ciudad se acerca.
    Dos  tres veces se perdi cubierto
    Por los rboles altos de las huertas,
    Y apareci otras tantas, ms distinto
    Cada vez y ms prximo. Las cercas
    Dobl de los jardines exteriores,
    Cruz las intrincadas callejuelas
    Del arrabal y entr por Bib-Elvira,
    Por el viga al conocerle abierta.
    Vamos  recibirle,--exclam Aixa.
    Vamos, dijo Moraima: y, la escalera
    Tomando de la torre, las Sultanas
    Bajaron de la Alhambra hasta la puerta.
    Un momento despus, bajo del arco
    De la justicia, la rendida yegua
    Del caballero moro desplomse
    Ante los pies de su jinete muerta.
    Era el bizarro Cid-Kaleb, amigo
    De Ab-Abdil, quien respirando apenas
    Dobl ante las Sultanas la rodilla,
    Mas sin poder hablar. En su impaciencia
    Hiri Aixa el suelo con la planta y dijo:
    Habla: qu es de Bu-Abdil?--Hacia la tierra
    Cristiana con la mano sealando,
    Respondi Cid-Kaleb:--All se queda!
    --Muerto?--Cautivo.--Y Aly-Athr?--Sin vida,
    Su cuerpo el agua del Genil se lleva.
    Cay sobre los rabes el cielo
    Y yacen sin sepulcro en tierra ajena!
      Lanz un grito Moraima, ntimo, agudo,
    Honda expresin de su profunda pena,
    Y cay sin aliento entre los brazos
    De Aixa, que la abraz por vez primera.
    Lvida, silenciosa, sosteniendo
     la infeliz Moraima con la fuerza
    Nerviosa del dolor, qued Aixa un punto
    Los ojos con horror fijos en tierra.
    Alahuakbar! Dios grande! exclam al cabo:
    Y de su rostro por la tez morena
    Resbalaron dos lgrimas, dos solas:
    Mas de lava y de hiel dos gotas eran!


VI

      Trtola blanca de azulados ojos,
    Perla robada del pen de Loja,
    Flor de la Alhambra, de su bosque ameno
          Cndida corza:

      Bella Sultana, creacin area
    De mi alma triste que en los aires mora:
    Dnde me ocultas tus celestes ojos,
          Garza paloma?

      Plida estrella cuya luz no veo,
    Flor de quien busco el delicioso aroma
    Dnde eres ida, mi gentil Moraima?
          Quin te me roba?

      Qu nube opaca tus estancias cie?
    Qu genio infausto en su mansin se posa?
    Por qu es hoy luto y soledad lo que antes
          Fu luz y gloria?

      Qu maleficio de silencio y duelo
    De tus estancias el recinto colma,
    Que hasta la fuente que corra en ellas
          Seca est ahora?

      Tus frescos patios de arrayanes llenos,
    Tus ricos techos de marfil y concha,
    Tus camarines de labor morisca
          Yacen en sombra.

      Dnde tus ojos que alumbrar solan
    Tus regias salas, imperial seora?
    Dnde los sones de tus ya olvidadas
          Cntigas moras?

      Ay! muda oprimes en letargo yerto
    Los almohadones de tu umbra alcoba:
    Slo tu esclavo te sostiene, slo
          Kel te llora.

      Duerme, Moraima, en tu letargo, duerme;
    No vuelvas nunca  las amargas horas
    Que las vigilias de tu vida aguardan
          Tempestosas.

      Duerme y no vayas al saln sombro,
    Donde Aixa escucha de Kaleb  solas
    Las de tu padre y de tu esposo aciagas
          Negras historias.

      Duerme y no vayas:  Kaleb no escuches,
    Hija sin padre, sin esposo esposa;
    Su voz aterra, su relato eriza:
          Duerme: no le oigas.

      Sr vaporoso, creacin de un alma
    Que en sombras leves su pasin coloca,
    Hada que hechizas de mi amor potico
          La fe recndita:

      Ven  mis brazos, de mis sueos hija;
    Ven: dame tu alma que el pesar desola,
    Y yo del sueo la hundir en la sima
          Lbrega y honda.

      Yo, que comprendo de las sombras vagas
    La lengua pura y la mortal congoja,
    Traer  tu alma aletargada menos
          Fieras memorias.

      Ven: yo no quiero que tu sr errante
    Vague esta noche por las fras bvedas
    De este palacio, que sangrientos sueos
          Slo atesora.

      S que en la angustia de tu afn doliente
    Hasta el consuelo de mi amor te enoja;
    Mas ven al campo de las almas tristes
          Y melanclicas.

      All dormida soars quimeras
    Tristes y vagas, pero no angustiosas,
    Mientras relatan la fatal leyenda...
          Ven: no la oigas.

      Mas ay! quin puede interrumpir los daos
    De los pesares que al mortal acosan?
    Sufre y delira, vagarosa hija
          De mi alma loca.

      Trtola triste que en el sauce umbro
    Tu amor perdido solitaria lloras:
    Rfaga helada que el ciprs gimiendo
          Lgubre azotas:

      Sn temeroso con que el mar airado
    Fiero amedrenta la desierta costa:
    Eco del viento que las huecas ruinas
          Cncavo asordas,

      Dadme de vuestros funerales ruidos
    Las ms siniestras y dolientes notas,
    Para que en torno de la Alhambra eleve
          Fnebre trova.


VII ORIENTAL

      Sultana de la alegre Andaluca,
    Alczar de la luz y de las flores,
          Qu fu de la alegra
            De tus Seores?
          Encanto de los ojos,
          Quin causa tus enojos?
    Espejo de la luz del medio da,
    Kiosko oriental de excelsos alminares,
          Qu fu de la harmona
            De tus cantares?

    Bellsima Granada,
    Tu luz est apagada,
    Los ojos celestiales
    Estn bajo sus schales
    Su pecho dolorido
    Su voz es un gemido
    del cielo favorita,
    tu gloria est marchita:
    de tus doncellas moras
    llorando largas horas:
    suspira sin amores;
    su lecho ayer de flores

      Es lecho de agona...
    Encanto de los ojos,
    Quin causa tus enojos?
    Rosal del medio da,
    Nidal de ruiseores,
    Qu fu de la alegra
      De tus Seores?

    La Alhambra est desierta
    Cerrada est su puerta,
    Su fbrica altanera
    Y en ella la bandera
    No anuncian la victoria
    Los cnticos de gloria,
    y obscuros sus salones:
    cerrados sus balcones:
    la tempestad azota
    de Ab-Abdil no flota:
    sus ureos alminares:
    placer de sus hogares,

      Son ayes de agona...
    Encanto de mis ojos,
    Quin causa tus enojos?
    Rosal de Alejandra,
    Remedio de pesares,
    Qu fu de la harmona
      De tus cantares?

    Oh msera Granada!
    Oh madre desolada!
    Tus hijos los ms bravos,
     muertos son,  esclavos
    Abdil, flor de tus flores,
    Y estn tus defensores
    oh triste reina mora!
    llora sin tregua, llora!
    amor de tus entraas,
    detrs de tus montaas;
    no habita ya en Comares,
    sin tumba  sin hogares.

          Lamenta tu agona,
    Sultana de la hermosa Andaluca!
          Mirab sin alminares,
          Quin te dar harmona
            Sin tus cantares?
    Espejo de la luz del medio da,
          Alczar de las flores,
          Quin te dar alegra
            Sin tus Seores?


VIII

    Es alta noche ya: muda y desierta
    Yace en tinieblas la oriental Alhambra;
    Ni una luz en sus altos ajimeces,
    Ni un paso, ni una voz en sus murallas.
    Granada est  sus pies, como ella obscura,
    Muda como ella, triste y solitaria:
    Ni una voz en el fondo de sus calles,
    Ni una luz en sus lbregas ventanas.
    El peso del dolor y de la afrenta
    Y el ambiente letal de la desgracia
    La tienen, ms que en sueo sumergida,
    En profundo sopor aletargada.
    El duelo universal que la circunda
    Los lamentos intiles apaga,
    Y se oyen los gemidos solamente
    En la profunda soledad del alma.
    Todo es silencio la morisca Corte:
    Mas quin no vierte en el silencio lgrimas?
    All llora la madre por el hijo,
    Por el hermano all gime la hermana:
    La esposa llora su perdido esposo,
    Su cautivo galn llora la dama,
    El amigo la suerte del amigo...
    Noche horrenda y fatal para Granada!
    Todos conocen la sangrienta historia,
    Y  su vez la magnnima Sultana
    Aixa, despus de lamentarla, quiso
    Con pormenores amplios escucharla.
    La Madre de Ab-Abdil es una altiva
    Matrona, digna de la edad romana,
    Que en el momento de sentir las penas
    Reflexiona que debe dominarlas.
    Entregada  un dolor ntimo y mudo,
    Todo el da pas sola en su estancia;
    Pero se dijo al fin: Si est cautivo,
    Pensar debemos en que libre salga.
    Y avisado Kaleb por un esclavo,
    Subi de noche al silencioso alczar,
    Donde de oir la desastrosa historia
    Le esperaba impaciente la Sultana.
    Habla, Kaleb, le dijo cuando  solas
    Se hallaron: cuenta la fatal jornada:
    Todo quiero saberlo en esta noche,
    Y Alh, Kaleb, me alumbrar maana.
    Y he aqu que en el silencio de la noche,
    Relatando Kaleb y oyendo Aixa,
    En un saln del patio de Leones
    En este punto de la historia estaban.


IX KALEB


      No era de da an cuando empezamos
     salir del barranco, donde  obscuras
    Habamos pasado aquella noche
    En profundo silencio. Las hileras
    De guerreros, cautivos y ganados
    Que cruzaban el valle, parecan
    Sobre las sendas cncavas, movibles
    Serpientes gigantescas,  la escasa
    Claridad de los astros. Los enormes
    Peascos dibujaban sobre un cielo
    Apenas azulado los contornos
    Deformes de sus crestas, en las cuales,
    Toda la noche omos el siniestro
    Graznido de los buitres, y el aullido
    Temeroso del lobo, cuyos ojos
    Veamos brillar entre las matas.
    Todos ramos hombres avezados
     las escenas de la guerra; pero
    Un no s qu de pavoroso y triste
    Nos encoga el nimo en aquella
    Melanclica noche, y caminbamos
    En lgubre silencio: pareca
    Que iban  desplomarse los peascos
    Sobre nuestras cabezas, y queramos
    Salir cuanto antes del medroso valle.
    Dimos por fin en la llanura: el alba
    Comenzaba  clarear y distinguimos
    Los almenados muros de Lucena.
    Con los cautivos y la presa entonces
    Mil peones dejando y cien jinetes,
    Avanzamos, creyendo sorprenderla,
    Sobre la villa. Ab-Abdil, seguido
    De un escuadrn de jvenes valientes
    Y ansiosos de renombre, se metieron
     escape por las huertas y arrabales.
    Ni un sr viviente se encontraba en ellos,
    Ni se abri una ventana ni una puerta.
    Prevenidos sus cautos moradores,
    Se haban encerrado en el castillo.
    Mas Alh estaba all!... Su faz airada
    Brill tras de los muros y, en el punto
    En que ti la luz el horizonte,
    Se cubrieron de cascos de cristianos,
    Y una lluvia de dardos y de piedras
    Cay sobre nosotros: los clarines
    Y tambores cristianos atronaron
    El viento, y la bandera de Castilla
    Se despleg con insolente orgullo.
    Al asalto! grit con voz de trueno
    El Rey Ab-Abdil, con una trompa
    Haciendo la seal. En el instante
    Se cubrieron de escalas las murallas,
    Y los turbantes moros blanquearon
    Envueltos con los cascos de Castilla
    Encima de los cncavos adarves.
    Ay! Alh estaba all contra nosotros,
    Sultana: era un len cada cristiano,
    Y los genios impuros del abismo
    Peleaban por ellos aquel da:
    Sus hachas y sus mazas con horrible
    Martilleo caan en las frentes
    De los escaladores, y rodaban
    Al foso con estruendo los cadveres.
    Seor, dijo Aly-Athr  vuestro hijo
    Que ruga de saa: es necesario
    Retirar nuestra gente: prevenidos
    Estaban, mas la tierra est tranquila
    Y no han hecho seal las atalayas.
    No tienen, pues, socorro, y con un sitio
    De un solo da se darn. Oyse
    Tocar  recoger, y comenzamos
     cejar. Una niebla blanquecina
    Trada por un viento de Occidente
    Enlutaba la atmsfera, impidiendo
    Ver  largas distancias. Los peones
    Que custodiaban el botn, mirndonos
    Volver, picaron las revueltas reses
    Y comenzaron  marchar, creyendo
    Ya abandonada nuestra empresa. Ahora
    Dispnsame, Sultana, si el desorden
    De mi dolor confunde mis palabras,
    Porque de mis ideas el tumulto
    No las deja mejor brotar del labio.
    Ay! cmo te dir lo que quisiera
    Olvidar para siempre?--Sofocada
    Aqu la voz del rabe, tomaron
    Una expresin siniestra sus miradas;
    Sus msculos temblaron sacudidos
    Por interior agitacin, su cara
    Palideci, y al fin con hondo acento
    Y en el dialecto gutural del frica,
    El lento  inharmnico relato
    Continu as de la fatal jornada,
    Ora bajando el tono, ora elevndole
    Conforme la pasin que le agitaba.
    Y era espantoso de escuchar su cuento,
    Y espantosas de ver sus exaltadas
    Actitudes y gestos, inspirados
    Por el rencor, la afrenta y la venganza!
    En medio de la niebla, como turba
    De malficos genios, los cristianos
    Salieron  nosotros: no les vimos
    Hasta que atravesados por sus flechas
    Cayeron los Muslimes. Su caballo
    Revolvi el Rey al punto, y todos dimos
    La cara  aquellos perros, que salan
    Por detrs  mordernos. Ya en desorden
    Les tenamos puestos, cuando, el aire
    Rasgando una trompeta castellana,
    Nos sentimos cargar por la derecha
    Por una tropa de jinetes: bamos
     volvernos all cuando, en el monte
    Que  nuestra izquierda se elevaba, omos
    Un clarn italiano, y cada encina
    Brot un cristiano caballero. Entonces,
    Con tan distintas seas confundido,
    Dijo Aly-Athr al Rey: Esa trompeta,
    Seor, es Italiana: el estandarte
    Que traen aquellos otros no le he visto
    En batalla jams: el mundo entero
    Creo que viene aqu sobre nosotros.
    Alahuakbar! Sultana, estaba escrito!
    Cejbamos lidiando, en la esperanza
    De unirnos  los nuestros: mas al punto
    De mirar hacia atrs, vimos que todos
    Huan por los montes, torpemente
    El inmenso botn abandonando.
    Volved, gritaba el Rey corriendo  ellos,
    Volved, desventurados, y  lo menos
    Sabed de quin hus. Voces intiles!
    Otro tambor, doblando en la angostura
    Por donde huan, aument su miedo
    Y dieron como ciervos espantados
     correr por el valle. Alh potente!
    Obligados  huir los que quedbamos
    En rededor del Rey, le circuimos
    Y volvimos la espalda, descendiendo
    Hasta un angosto paso de la sierra:
    Un pelotn de nobles Granadinos,
    Caballeros leales que volvan
     buscar  su Rey, en l hallamos
    Protegiendo  los ltimos peones
    De nuestro bando. El Rey volvi la cara
    Al llegar  la cncava angostura,
    Y en un estrecho llano detenindose
    Nos dijo: Retirmonos como hombres
    Que ceden  la suerte, mas no huyamos
    Como cobardes que la muerte temen.
    Y metiendo al caballo las espuelas,
    Carg sobre los perros Nazarenos
    Que nos seguan:  ampararle todos
    Nos lanzamos tras l, y los cristianos,
    Desordenados al tremendo empuje
    De los caballos rabes, nos dieron
    Tiempo para ganar las angosturas
    Donde en estrechas sendas imposible
    Les era acometernos; y emprendimos
    La peligrosa retirada  Loja.
    Los enemigos, pronto rehacindose,
    Entraron tras nosotros en la hondura
    Pisndonos las huellas; cinco leguas
    Combatiendo y marchando recorrimos
    Hasta el valle fatal de Algarinejo.
    Aqu el Genil, con las crecidas ancho,
    Segunda vez detuvo nuestra marcha:
    Nos arrojamos  vadearle y salvos
    Nuestros caballos  sacarnos iban
    Nadando vigorosos, cuando vimos
    Con ira y con terror que,  la ribera
    Bajando en rigurosa disciplina,
    Sala  recibirnos en sus lanzas
    Otro escuadrn cristiano, como un muro
    De hierro levantado en el camino.
    Su jefe, el gigantesco Don Alonso
    De Aguilar,  su frente sonrea
    Mirndonos salir de entre las aguas
    Con placer infernal; yo le haba visto
    En mi cautividad y le tena
    Bien presente. Di el grito de Santiago!
    Y aquel muro de hierro se nos vino
    Como un tmpano encima. La pelea
    Fu horrenda. Con el agua  la cintura
    Los ms, mucha la ira, el suelo escaso,
    Vinimos  las manos arrojando
    Las intiles lanzas y acudimos
     los alfanjes y puales; rojas
    Iban  poco del Genil las aguas.
    Yo peleaba junto al Rey: su brazo
    Era un rayo: sus ojos chispeaban
    Como carbones encendidos: sangre
    Le brotaban los labios, que rabioso
    Se morda, y hendiendo, atropellando,
    No con la voz, con el esfuerzo heroico,
    Nos animaba  combatir sin tregua,
    Para morir con honra ante su vista.
    Mas he aqu que un cristiano que cado
    Se hall bajo de m, tal vez creyendo
    Que era yo el Rey por mi caballo blanco,
    Le cort los jarretes; di un bramido
    El generoso bruto, y desplomndose
    Cay sobre mi cuerpo, en torno mo
    Una laguna con la sangre haciendo
    Que sus arterias rotas derramaban.
    Pasaron sobre m cien y cien veces
    Amigos y enemigos, sin que fuera
    Posible levantarme. Entonces, Aixa,
    Alh lo olvide! blasfem, escupiendo
    Al cielo sin piedad para los rabes:
    Y all tendido, ahogado bajo el peso
    De los que sobre m cayendo iban,
    Y recibiendo en mi lugar la muerte,
     quien en vano  veces invocaba,
    Vi caer  Aly-Athr, bajo el mandoble
    De Don Alonso. Con la frente hendida
     un tajo de su brazo formidable
    Cay, ms sin soltar la cimitarra,
    Aly-Athr en el ro, y su cadver
    Las turbias ondas del Genil sorbieron.
    En el Edn los justos le reciban!
    Los que lidiar y perecer le vieron
    Su muerte llorarn mientras que vivan.
    Con l se hundi el valor de los Muslimes;
    Cuarenta caballeros que lidiaban
    Con el Rey, le dijeron  mi lado
    Defendindole: Slvate: nosotros
    Moriremos por ti.  Yo vi el semblante
    De tu hijo, surcado por dos lgrimas,
    Volverse  aquellos fieles caballeros
    Y lanzarse otra vez en la pelea
    Para morir con ellos. Oh Sultana!
    Tu hijo es un Rey valiente que combate
    En la primera fila: es un Rey noble
    Que defiende  los suyos; pero temo
    Que sus tristes horscopos se cumplan:
    Dios le abandona  su fatal estrella,
    Y por ms que su aliento soberano
    Prodigios hace de valor humano,
    La fuerza de su sino le atropella.
      Persuadido por fin de que era intil
    Ya su obstinada resistencia, tu hijo
    Arrojndose al agua,  su corriente
    Se abandon: mis ojos le siguieron
    Con indecible afn: le vi alejarse:
    Le vi tocar en la ribera opuesta,
    Vi caer su caballo moribundo,
    Y le vi vacilante de fatiga
    Meterse en un jaral: le cre salvo.
    Mas ay!  poco junto  m sin armas
    Le vi pasar,  la merced de un jefe
    De quien iba cautivo. En su cimera
    No haba ya una pluma, ni una hebilla
    Que encajara en su arns, roto en cien partes.
    Lleno de sangre y de sudor el rostro,
    Reconocle apenas: como un sueo
    Le vi alejarse, y el pesar, la ira,
    La vergenza, el cansancio, me prensaron
    De angustia el corazn... pas una nube
    De sangre ante mis ojos y, en la arena
    Caer dejando la cabeza inerte,
    Que para verle alc, me ech sin pena
    En los brazos del ngel de la muerte.

      Call Kaleb y, el rostro con las manos
    Cubrindose, llor. Torva, sombra,
    La Sultana clav sus negros ojos
    En el suelo, las lgrimas apenas
    Pudiendo contener que en las pupilas
    Senta aglomerrsela, y gran trecho
    Sin pestaear inmvil se mantuvo,
    Porque no se la huyeran de los prpados.
    Tragselas al fin, y sobre el hombro
    Poniendo de Kaleb su mano ardiente,
    Dijo: Bien. Y qu ms? El Moro alzando
    La cabeza y mostrando su semblante,
    Que surcaban las lgrimas, repuso:
    Qu ms he de decirte? Anocheca
    Ya cuando en m torn. Tend los ojos
    En rededor: cubierta la ribera
    Estaba de cadveres: los buitres
    Aguardaban la ausencia de la vida
    De algunos que aun luchaban con la muerte
    Para cebarse en ellos, y en las breas
    Aullaban ya los lobos. Mi caballo,
    Con las postreras ansias revolcndose,
    Se separ de m, y  sus esfuerzos
    Desesperados, de los cuerpos libre
    Que pesaban sobre l, me haba dejado
    Libre tambin  m. Tend mis miembros
    Entumecidos y prob mis fuerzas.
    Al movimiento que hice, vi los ojos
    De un rabe tendido en m fijarse.
    Era el valiente Ben-Osmn; el pecho
    Tena atravesado por un dardo
    Que no pudo sacarse, y expiraba
    Con el valor sereno de los hroes.
    Me conoci, y al verme en pie llamme:
    Toma (me dijo el infeliz), si vives
    Y vuelves  Granada, da esa trenza
    De sus cabellos  Jarifa, y dila
    Que es mi sangre la sangre en que empapada
    Se la envo, y que ya no espere verme
    Sino en el Paraso; y alargndome
    La trenza con la mano ensangrentada,
    Toma, me dijo, y se tendi, cerrando
    Los ojos para siempre. Apoderarme
    Logr al fin de un caballo sin jinete,
    Y echando por lo espeso de la sierra,
    Corr en un da lo que anduve en siete,
    Hasta salir de tan infausta tierra.

      Alahuakbar! Dios es de los destinos
    Seor, exclam Aixa. Ven maana
    Al trasponer el sol  este aposento:
    Temo  los inconstantes Granadinos,
    Y necesito meditar mi intento:
    Maana le sabrs.--Adis, Sultana.
    Dijo Kaleb, y hacia la puerta un paso
    Di: mas al levantar de su cortina
    El cairelado azul prsico raso,
    Permaneci Kaleb sin movimiento,
    Cual si viera en la cmara vecina
    Alguna aparicin. Su macilento
    Rostro volviendo  l, dijo la Mora:
    Qu es lo que tal admiracin te inspira?
    Kaleb, ante su vista indagadora,
    Descorriendo el tapiz, la dijo: Mira.


X

      Ms plida que el mrmol de la fuente
    Donde apoya su brazo nacarino,
    Ms triste que la voz con que doliente
    Gime en la costa el pjaro marino
    Cuando cercano el temporal presiente,
    En la ancha pila del jardn vecino
    Contemplaba Moraima silenciosa
    La triste imagen de su faz llorosa.

      Suelto el cabello, que  merced del viento
    Por los desnudos hombros ondulaba,
    En el agua, al reflejo amarillento
    De una lmpara de oro, se miraba.
    Su cuerpo sin accin, sin movimiento
    Sus enclavados ojos, semejaba
    Su blanca y melanclica figura
    Aadida  la fuente una escultura.

       la luz que su lmpara destella,
    Su rostro con asombro contemplaron
    Aixa y Kaleb, y con callada huella
     la infeliz Moraima se acercaron
    Solcitos: mas ay! inmvil ella,
    Ni les vi ni sinti cuando llegaron:
    Duerme, dijo Aixa que tenaz la mira:
    --No duerme, dijo el rabe: delira.

      Delirando, Moraima el ojo atento
    De la taza de mrmol no quitaba,
    La imagen de su rostro macilento
    Contemplando que el agua reflejaba;
    Y al fin, con un suspiro y con acento
    Cuya tristeza el alma traspasaba,
    Con el mirar en ella siempre fijo,
    As  su imagen transparente dijo:

      Quin eres t que plida me miras
    Debajo de la trmula corriente?
    Quin eres t que como yo suspiras
    Con triste faz y en ademn doliente?
    Eres algn espritu que giras
    Por los senos del agua transparente,
    En pos del bien  quien perdido lloras,
    Y en el lugar en que se oculta ignoras?

      Ay! no le busques, sombra enamorada:
    No te fatigues ms, alma perdida.
    Vete, sombra: ya amor no hay en Granada:
    Alma, vete: en Granada ya no hay vida.
    Mira: yo estoy tambin abandonada
    Como t, y en el alma estoy herida:
    Ay! yo busco tambin  los que adoro
    Y el sitio en donde estn como t ignoro.

      Mas por ventura buscas  tu esposo?
     tu padre tal vez? Los dos se han ido.
    El Cielo estaba obscuro y tempestuoso,
    Ruga el huracn cuando han partido.
    Iban  pelear: era forzoso:
    La tempestad all les ha cogido...
    Padres y esposos buscas? insensata!
    Mralos... el Genil les arrebata.

      Vete, pues: an no han vuelto de Lucena.
    Mas por qu as me miras, sombra vana?
    No me mires as: me causas pena.
    Quin eres?... mas te res? Ah villana!
    T eres alguna esclava nazarena!
    S, s: T eres la prfida cristiana!
    Que me le hechiza el corazn ahora
    Con su infernal amor!... toma, traidora.

      Dijo y tir la lmpara  la fuente:
    Con hueco sn al sumergirse en ella,
    El agua helada salpic su frente.
    Qued en tinieblas el jardn: la bella
    Y enamorada aparicin doliente
    Se disip, sintindose su huella
    Primero del jardn entre las flores,
    Y luego en los sombros corredores.




LIBRO NOVENO




PRIMERA PARTE

                            Yo era ayer como luna llena y esplendorosa
                          y hoy soy como estrella que desaparece.

                                      AZZ-EDDIN ELMOCADDESSI.




INTRODUCCIN


      Qu sabe el corazn lo que desea?
    Qu sabe de su mal ni su ventura?
    Nada le satisface que posea:
    Cuando no tiene, poseer procura;
    No hay fealdad que, como ajena sea,
    No tenga para si por hermosura:
    No tiene bien que mal no le parezca,
    Imposible no ve que no apetezca.

      Tal anhela respetos y se infama:
    Tal blasona de honor y se envilece;
    Aqul cree que aborrece lo que ama,
    Cree que repugna aqul lo que apetece;
    ste recoge lo que aqul derrama,
    Consigue el otro lo que no merece;
    Oh miserable corazn humano,
    Como de polvo vil msero y vano!

      Msero corazn que juzga eterno
    Todo lo deleznable y quebradizo,
    Y sumiso lo adora y lo ama tierno;
    Que ciego, pertinaz, antojadizo,
    Equivoca el Edn con el Averno
    Y el milagro real con el hechizo!
    Msero corazn que diviniza
    Todo lo que es como l polvo y ceniza!

      Quin dijo: no lo har que no lo hiciera,
    Ni quin no lo amar que no lo amara?
    Quin hubo que por ver no se perdiera,
    Ni quin que por burlar no se burlara?
    Qu aficin no empez dbil quimera
    Y no acab pasin que avasallara?
    Msero corazn que nada sabe,
    Y de quien solo Dios tiene la llave!

      Una carta, un recuerdo  un suspiro
    Hacen en sus instintos y aficiones
    Tomar al corazn diverso giro,
    Distinta fe, distintas opiniones.
    Unas horas de ausencia  de retiro
    Cambian las simpatas en pasiones,
    Y un dulce y solitario pensamiento
    Da  una pasin volcnica alimento.

      Una pasin que cambia nuestra esencia,
    Una pasin que va con nuestra vida,
    Que corroe voraz nuestra existencia:
    Por cuyo ardiente amor todo se olvida,
    El deber, el honor y la conciencia,
    El padre tierno y la mujer querida:
    Una pasin que forma nuestra suerte,
    Nuestra fe, nuestra vida, nuestra muerte.

      Y esa pasin preada de misterios,
    De crmenes tal vez  infamias llena,
    Que pierde las familias, los imperios,
    Que las almas sacrlega condena,
    Es la historia de entrambos hemisferios:
    Oa, Clorinda, Deyanira, Elena,
    Cleopatra, Raquel, Dido y Lucrecia,
    Son las de Espaa, Italia, Egipto y Grecia.

      Qu cosa empero es el amor? Se ignora.
    Es un grande placer  un dolor grave,
    Que dicha  mal eternos atesora.
    Cmo viene  se va? Nadie lo sabe,
    Aparece y se extingue en una hora:
    En ningn sr est y en todos cabe;
    Los poetas le cantan y le cuentan:
    Los pueblos le maldicen y lamentan.

      Dios, sin embargo, dmosle no pudo
    Como pasin desoladora y fiera,
    Sino de la tristeza para escudo,
    De esperanza y de fe como bandera.
    Dios no cre el amor torpe y saudo
    Que desola, emponzoa y desespera,
    Sino el amor feliz, ntimo y tierno,
    Memoria y prenda de su amor eterno.

      El hombre imbcil, cuya torpe mano
    Mancha  impurifica cuanto toca,
    Fu el que hizo de un instinto soberano
    Una pasin desaforada y loca.
    Del hombre ha sido el corazn villano,
    Del hombre ha sido la profana boca,
    Los que del dn mejor del alto cielo
    Han hecho un germen de miseria y duelo.

      De ella luego el infierno apoderado,
    Contra el hombre volvi sus beneficios:
    Hechiz al corazn enamorado
    De su amor con los torpes maleficios:
    Le arrastr con su amor desesperado
     los ms insensatos sacrificios,
    Y le inmol su honor, su fe, su calma,
    Y, renunciando  Dios, vendi su alma.

      Misteriosa pasin devastadora,
    Inexplicable, incomprensible, insana,
    Voy  lanzarme en tu regin ahora.
    Yo, en el templo de amor alma profana,
    Yo, cuya inspiracin am hasta ahora
    Las bellas sombras de la edad lejana,
    Voy  hundirme en la sima en que se encierra
    El infierno  que amor llama la tierra.

      Pasin irresistible, cuya esencia
    Se compone de hiel y fuego y lava,
    Cuyo instinto feroz con complacencia
    Al alma ve del corazn esclava,
    Cuyo aliento letal de la existencia
    Consume el germen y el vigor acaba;
    Vil pasin de la fe competidora,
    T sola puedes inspirarme ahora.

      Ven, pues,  germinar en mi garganta
    El secreto poder de los hechizos
    Con que tu magia al universo encanta:
    En mis palabras pon los bebedizos
    Con que al amor tu espritu amamanta,
    Con que hace  los creyentes tornadizos;
    Para cantarte, en fin, pon en mi seno
    De tu esencia infernal todo el veneno.

      Corazn de Boabdil, ante mis ojos
    El libro pon de tu secreta historia;
    Dame  leer los sueos, los antojos
    Que te hicieron perder imperio y gloria,
    Que de Dios te atrajeron los enojos,
    Que mancharon tu vida y tu memoria,
    Que te dieron al fin fatal y obscura
    Muerte sin funeral ni sepultura.

      Venid  mis conjuros!, yo os evoco,
    Sombras enamoradas de Baena;
    Almas  quienes di por su amor loco
    Lecho la eternidad, la vida pena;
    T, hermosa,  cuyo amor falt bien poco
    Para abrazar traidor la fe agarena,
    Y t, africano Rey, cuya alma insana
    Vendi su corazn  una cristiana.

       la vida volved por un momento:
    Recobrad vuestro sr  mi conjuro,
    Vuestra faz, vuestra voz y movimiento:
    Mas slo lo potico y lo puro
    De vuestro sr tomad, y al pensamiento
    Mostraos  travs del tiempo obscuro
    Como fantasmas blancos y halageos,
    Cual sombras puras de encantados sueos.




I

      Descuella del castillo de Baena
    La torre superior del homenaje
    Sobre las otras torres de su fbrica,
    Cual pino erguido sobre humildes sauces.
    Compnese esta antigua fortaleza
    De un vasto cuadriltero que, iguales,
    Flanquean cuatro torres, que en sus ngulos
    Colocadas se ven y equidistantes,
    Y  las que unen de robustos muros
    Cuatro slidos lienzos, segn arte
    Militar de aquel tiempo, coronados
    De almenas, aspilleras y baluartes.
    De cada lienzo en la extensin, esbeltos,
    Cuatro torreoncillos sobresalen,
    Que  la par que duplican la defensa,
    Dan adorno  su fbrica elegante.
    Estos lindos y areos torreones
    Del muro en la mitad toman arranque,
    Y en l apoyan sus ligeros cubos
    Rematando en graciosas espirales,
    Y, en el muro colgados, asemejan
    Borlones de arabesco cortinaje,
    Y sus cabezas almenadas, nidos
    De cigeas y de guilas rales.
    En medio de esta fbrica se eleva
    La torre principal, de la que parten
    Cuatro arcadas que, unindola  los muros,
    Su comunicacin mantienen fcil.
    Dividida en dos cuerpos esta torre,
    Concluye el inferior en un adarve
    Sobre el que cuatro puentes levadizos
    Dejan aislada la maciza base:
    De modo que si en caso de un asalto
    Los muros exteriores se ganasen,
    Aun quedarn sus bravos defensores
    Seores de su centro inexpugnable.
    Del cuerpo superior se alza orgullosa
    La cabeza magnfica y gigante,
    Ceida de almenados torreones
    En que ondea de Cabra el estandarte:
    Y le cerca, partido por los puentes,
    Hermoseando los slidos adarves,
    Un cinturn de huertos y jardines,
    Copia gentil de los pensiles rabes.
    Recreo de sus nobles Castellanos,
    Cuando tiempo les dejan sus afanes
    Guerreros  polticos, en ellos
    Se entregan  domsticos solaces.
    La Condensa de Cabra al fin del da
     sus floridos cenadores sale,
    Y sus hijas en ellos de preciosas
    Plantas cultivan tiestos  millares.
    Y desde lejos  las dos hermanas
    Viendo vagar entre sus flores y rboles,
    Tal vez las cree el patn supersticioso
    Del castillo los genios tutelares.

      Tal es la fortaleza de Baena
    Cuya historia es famosa en los romances,
    Y  cuya antigua fbrica del mo
    La descosida narracin nos trae.




II

      Es una noche clara en que ilumina
    El firmamento azul la luna llena,
    Con esa luz templada y argentina
    Que extiende por la atmsfera serena
    Un velo de fantstica neblina.
    Las torres del castillo de Baena
    Vense  su tibia claridad distintas,
    Tomando en ella nacaradas tintas.

      En paz reposa el seorial castillo;
    Todo tranquilo en su recinto calla:
    Del viga que vela en el rastrillo
    Y el centinela puesto en la muralla,
    De las mviles armas radia el brillo:
    Todo cerrado y barreado se halla;
    No hay ms que una ventana que no encaje
    En la torre feudal del homenaje.

      De ella asomado  la robusta reja
    Contempla la campia un prisionero,
    Y  su nima vagar por ella deja,
    Dando un solaz mezquino y pasajero
    Al rudo afn que el corazn le aqueja,
    Y al pie de su ventana un ballestero
    Vigila en el adarve, murmurando
    La estrofa de un cantar de cuando en cuando.

      Mas no es tan slo al campo  lo que mira,
    Sin duda, el melanclico cautivo;
    Ni es para la afliccin con que suspira
    La libertad el solo lenitivo.
    Lo que espera no es, ni  lo que aspira,
    Sea exterior, ni  verse fugitivo:
    Su esperanza tal vez est pendiente
    En un balcn del torren de Oriente.

      De l su mirada pertinaz no quita,
    De su reja tenindole frontero:
    Mas que sorprenda cuidadoso evita
    Su mirada el sombro ballestero,
    Cuya curiosidad acaso excita
    La vigilia tenaz del prisionero;
    Es ya empero la noche bien entrada
    Y nada justifica su mirada.

      La media noche al fin cant el viga,
    Cuando he aqu que del balcn del muro
    Lentamente se abri la celosa;
    Hundise de su crcel en lo obscuro
    Al ver el prisionero que se abra,
    Y  poco en la regin del aire puro,
    De una guzla morisca acompaada,
    Se derram una voz  ella acordada.

      Y bien fuera por sea convenida,
     por acaso inmeditado fuera,
    La guzla tras la reja fu taida,
    Del balcn al abrirse la vidriera:
    Mas entonada por azar  oda
    Desde el balcn por alguien que la espera,
    El cautivo esta cntiga entonaba,
    Y hasta el balcn el viento la llevaba.


SERENATA MORISCA

    ESTRIBILLO

      Azucena--de Baena,
    Abre tus hojas al sol del da:
    Desdeosa--Nazarena,
    Abre  mi canto tu celosa:
    Abre, Sultana del alma ma.

    1.

      Sultana hermosa de los jardines,
    Ramo de mirra, tazn de flores,
    Bajo la huella de tus chapines
    Nacen rosales, mirto y jazmines:
    En cuyas ramas llenas de olores
    Hacen su nido los colorines,
    Duermen los genios de los amores,
    Y buscan sombra los serafines.
      Dnde hay belleza de criatura
    Que se compare con tu hermosura?
        Tienes el cuello airoso
          De la paloma,
        Y el aliento oloroso
          Como el aroma;
          Tus ojos puros
        Son ojos de gazela,
          Dulces y obscuros.
          Cristiana bella,
    Por ver un rayo de tu mirada,
    Sentir tu aliento, seguir tu huella,
          Yo te dara
    El mejor carmen de mi Granada,
    Mi mejor torre de Andaluca.

    ESTRIBILLO

      Azucena--de Baena,
    Abre tus hojas al sol del da:
    Desdeosa--Nazarena,
    Abre  mi canto tu celosa:
    Abre, Sultana del alma ma.

    2.

      Sultana, hermana de las hures,
    Que los jardines del cielo moran,
    Tus dos mejillas son carmeses
    Como granadas que se coloran;
    Tus labios rojos como rubes,
    Y me parecen cuando sonres
    Los dientes puros que en s atesoran,
    Corderos blancos entre alheles.
      Quin es el hombre que te merece?
    Quin la que hermosa te se parece?
        Tu cintura es esbelta
          Como las palmas;
        Tu cabellera suelta,
          Red de las almas;
          Suave tu acento
        Como el rumor del agua
          Y el sn del viento.
          Cristiana hermosa,
    De tus cabellos por solo un rizo,
    Por tu sonrisa ms desdeosa,
          Yo te dara
    Mi castillejo ms fronterizo,
    Mi mejor puerto de Andaluca.

    ESTRIBILLO

      Azucena--de Baena,
    Abre tus hojas al sol del da:
    Desdeosa--Nazarena,
    Abre  mi canto tu celosa:
    Abre, Sultana del alma ma.

    3.

      Si t admitieras, linda cristiana,
    Las verdaderas creencias mas,
     mi suntuosa corte africana
    Como mi esposa me seguiras.
    Tendras fiestas todos los das,
    Sortija y toros cada semana,
    Y en mis palacios habitaras
    De mis vasallos como Sultana.
      Quin no te hablara puesto de hinojos?
    Quin en ti osara poner los ojos?
          Garza sobre una pea
            Mal anidada,
          Ven conmigo  ser duea
            De mi Granada.
            Vuela sin ruido,
          Las torres del Alhambra
            Sern tu nido.
            Bella cristiana,
    Si te vinieras  ser mi esposa,
    Para que fueras sola y Sultana
            Yo te dara
    Para tu esclava mi alma amorosa,
    Para tu alczar mi Andaluca.

    ESTRIBILLO

      Azucena--de Baena,
    Abre tus hojas al sol del da:
    Desdeosa--Nazarena,
    Ven  ser Reina de Andaluca.
    Ven oh Sultana del alma ma!

      As dando la voz y el instrumento
    El amante cantar por concludo,
    Call la guzla y expir el acento:
    De sus ltimas notas el sonido
    Fugaz el eco remed en el viento
    Con un suave y dulcsimo gemido.
    Y al perderse en el aire la harmona,
    Se cerr del balcn la celosa.


           Fin de los versos contenidos en el tomo segundo.




Zorrilla no pas de aqu en su composicin del POEMA  GRANADA. Durante
los cuarenta aos transcurridos desde que imprimi esos ltimos versos
hasta su muerte, ofreca continuar la obra,  veces dando  entender
que iba  constar de varios tomos,  veces de slo un tercero, que dej
anunciado en este segundo como prximo  publicarse. Sin embargo, ni en
las lecturas privadas que haca constantemente de sus composiciones, ni
en los apuntes  fragmentos de ellas que se han encontrado entre sus
papeles, figuraron nunca trozos inditos del POEMA  proyectos alusivos
 su desarrollo y terminacin. ltimamente, cuando en 1889 el poeta fu
coronado en Granada, dijo que si se le alojaba un ao en la Alhambra
escribira ese tomo tercero, sobre el cual fundaba muchas ilusiones,
aunque no se detuvo  explicarlas, ni menos  indicar los resortes
artsticos de que iba  valerse.

Es, pues, de presumir que Zorrilla llevaba en su cerebro el POEMA,
y en disposicin  toda hora de vaciarlo sobre el papel sin grandes
preparaciones, como sin ellas haba vaciado tantos miles de versos en
leyendas, odas, dramas y romances, ms pronto quiz compuestos que
concebidos. Todo puede creerse de su oriental fantasa, que esta vez se
cans, por desgracia, antes de concluir una obra guardada para s sola
en los anales del Parnaso espaol.

[Ilustracin]




                                NDICE
                                DE LOS
       TTULOS CORRESPONDIENTES  LAS DIVERSAS PARTES DEL POEMA


                             TOMO PRIMERO

                  DEDICATORIA  DON BARTOLOM MURIEL

                                                                 PGINAS

  Fantasa                                                          17

  Las dos luces                                                     31

  Inspiracin                                                       44


                          LEYENDA DE AL-HAMAR

  _Libro de los sueos_                                             49

  _Libro de las Perlas_                                             69

  _Libro de los Alczares_                                          95

      Alhambra                                                     100

      Generalife                                                   103

      Al-Hamar en sus Alczares                                    109

  _Libro de los espritus._

      Recuerdos                                                    117

      La carrera                                                   127

  _Libro de las Nieves._

      Inspiracin                                                  147

      La carrera                                                   151

      Alczar de Azel                                             162


                            GRANADA.--POEMA

  _Libro primero.--Exposicin._

      Invocacin                                                   191

      Narracin                                                    205

  _Libro segundo.--Las Sultanas._

      El camarn de Lindaraja                                      223

      El saln de Comares                                          251

  _Libro tercero.--Zahara._

      Gonzalo Arias de Saavedra                                    263




  TOMO SEGUNDO


  Invocacin                                                         5


  _Libro cuarto.--Azel._                                            9


  _Libro quinto._

      Introduccin                                                  67

      Narracin                                                     71


  _Libro sexto._

      Las torres de la Alhambra                                    117

      Narracin                                                    122


  _Libro sptimo._                                                 189


  _Libro octavo.--Delirios._                                       227

      Oriental                                                     253

      Kaleb                                                        258


  _Libro noveno._

      Introduccin                                                 275

      Serenata morisca                                             287


                         FIN DEL TOMO SEGUNDO





End of Project Gutenberg's Granada, Poema Oriental, Tomo II, by Jos Zorilla

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GRANADA, POEMA ORIENTAL, TOMO II ***

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remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

