The Project Gutenberg EBook of Candido, o El Optimismo, by Voltaire

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Title: Candido, o El Optimismo

Author: Voltaire

Posting Date: September 13, 2014 [EBook #7109]
Release Date: December, 2004
First Posted: March 10, 2003

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CANDIDO, O EL OPTIMISMO ***




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CANDIDO,



EL OPTIMISMO,

VERSION DEL ORIGINAL TUDESCO DEL DR. RALPH,

Con las adiciones que se han hallado en los papeles del Doctor,
despues de su fallecimiento en Minden, el ao 1759 de nuestra
redencion.




CAPITULO PRIMERO.

_Donde se da cuenta de como fu criado Candido en una hermosa
quinta, y como de ella fu echado  patadas._


En la quinta del Seor baron de Tunderten-tronck, ttulo de la
Vesfalia, vivia un mancebo que habia dotado de la ndole mas apacible
naturaleza. Vase en su fisonoma su alma: tenia bastante sano juicio,
y alma muy sensible; y por eso creo que le llamaban Candido.
Sospechaban los criados antiguos de la casa, que era hijo de la
hermana del seor baron, y de un honrado hidalgo, vecino suyo, con
quien jamas consinti en casarse la doncella, visto que no podia
probar arriba de setenta y un quarteles, porque la injuria de los
tiempos habia acabado con el resto de su rbol genealgico.

Era el seor baron uno de los caballeros mas poderosos de la Vesfalia;
su quinta tenia puerta y ventanas, y en la sala estrado habia una
colgadura. Los perros de su casa componian una xauria quando era
menester; los mozos de su caballeriza eran sus picadores, y el
teniente-cura del lugar su primer capellan: todos le daban seora, y
se echaban  reir quando decia algun chiste.

La seora baronesa que pesaba unas catorce arrobas, se habia grangeado
por esta prenda universal respeto, y recibia las visitas con una
dignidad que la hacia aun mas respetable. Cunegunda, su hija, doncella
de diez y siete aos, era rolliza, sana, de buen color, y muy
apetitosa muchacha; y el hijo del baron en nada desdecia de su padre.
El orculo de la casa era el preceptor Pangls, y el chicuelo Candido
escuchaba sus lecciones con toda la docilidad propia de su edad y su
carcter.

Demostrado est, decia Pangls, que no pueden ser las cosas de otro
modo; porque habindose hecho todo con un fin, no puede mnos este de
ser el mejor de los fines. Ntese que las narices se hiciron para
llevar anteojos, y por eso nos ponemos anteojos; las piernas
notoriamente para las calcetas, y por eso se traen calcetas; las
piedras para sacarlas de la cantera y hacer quintas, y por eso tiene
Su Seora una hermosa quinta; el baron principal de la provincia ha
de estar mas bien aposentado que otro ninguno: y como los marranos
naciron para que se los coman, todo el ao comemos tocino. De suerte
que los que han sustentado que todo est bien, han dicho un disparate,
porque debian decir que todo est en el ltimo pice de perfeccion.

Escuchbale Candido con atencin, y le crea con inocencia, porque la
seorita Cunegunda le pareca un dechado de lindeza, puesto que nunca
habia sido osado  decrselo. Sacaba de aqu que despues de la
imponderable dicha de ser baron de Tunder-ten-tronck, era el segundo
grado el de ser la seorita Cunegunda, el tercero verla cada dia, y el
quarto oir al maestro Pangls, el filsofo mas aventajado de la
provincia, y por consiguiente del orbe entero.

Pasendose un dia Cunegunda en los contornos de la quinta por un
tallar que llamaban coto, por entre unas matas vio al doctor Pangls
que estaba dando lecciones de fsica experimental  la doncella de
labor de su madre, morenita muy graciosa, y no mnos dcil. La nia
Cunegunda tenia mucha disposicion para aprender ciencias; observ pues
sin pestaear, ni hacer el mas mnimo ruido, las repetidas
experiencias que mbos hacian; vi clara y distintamente la razon
suficiente del doctor, sus causas y efectos, y se volvi desasosegada
y pensativa, preocupada del anhelo de adquirir ciencia, y figurndose
que poda muy bien ser ella la razn suficiente de Candido, y ser este
la suya.

De vuelta  la quinta encontr  Candido, y se abochorn, y Candido se
puso tambin colorado. Saludle Cunegunda con voz trmula, y
correspondi Candido sin saber lo que se decia. El dia siguiente,
despues de comer, al levantarse de la mesa, se encontraron detras de
un biombo Candido y Cunegunda; esta dex caer el pauelo, y Candido le
alz del suelo; ella le cogi la mano sin malicia, y sin malicia
Candido estamp un beso en la de la nia, pero con tal gracia, tanta
viveza, y tan tierno cario, qual no es ponderable; topronse sus
bocas, se inflamron sus ojos, les temblron las rodillas, y se les
descarriron las manos.... En esto estaban quando acert  pasar por
junto al biombo el seor barn de Tunder-ten-tronck, y reparando en
tal causa y tal efecto, sac  Candido fuera de la quinta  patadas en
el trasero. Desmayse Cunegunda; y quando volvi en s, le di la
seora baronesa una mano de azotes; y reyn la mayor consternacin en
la mas hermosa y deleytosa quinta de quantas exstir pueden.




CAPITULO II.

_De lo que sucedi  Candido con los Blgaros._


Arrojado Candido del paraiso terrenal fu andando mucho tiempo sin
saber adonde se encaminaba, lloroso, alzando los ojos al cielo, y
volvindolos una y mil veces  la quinta que la mas linda de las
baronesitas encerraba; al fin se acost sin cenar, en mitad del campo
entre dos surcos. Caa la nieve  chaparrones, y al otro dia Candido
arrecido lleg arrastrando como pudo al pueblo inmediato llamado
Valdberghof-trabenk-dik-dorf, sin un ochavo en la faltriquera, y
muerto de hambre y fatiga. Parse lleno de pesar  la puerta de una
taberna, y repararon en el dos hombres con vestidos azules. Cantarada,
dixo uno, aqu tenemos un gallardo mozo, que tiene la estatura que
piden las ordenanzas. Acercronse al punto  Candido, y le convidron
 comer con mucha cortesa. Caballeros, les dixo Candido con la mas
sincera modestia, mucho favor me hacen vms., pero no tengo para pagar
mi parte. Caballero, le dixo uno de los azules, los sugetos de su
facha y su mrito nunca pagan. No tiene vm. dos varas y seis dedos?
S, seores, esa es mi estatura, dixo hacindoles una cortesa. Vamos,
caballero, sintese vm.  la mesa, que no solo pagarmos, sino que no
consentirmos que un hombre como vm. ande sin dinero; que entre gente
honrada nos hemos de socorrer unos  otros. Razn tienen vms., dixo
Candido; as me lo ha dicho mil veces el seor Pangls, y ya veo que
todo est perfectsimo. Le ruegan que admita unos escudos; los toma, y
quiere dar un vale; pero no se le quieren, y se sientan  la mesa.--No
quiere vm. tiernamente?... S, Seores, respondi Candido, con la
mayor ternura quiero  la baronesita Cunegunda. No preguntamos eso, le
dixo uno de aquellos dos seores, sino si quiere vm. tiernamente al
rey de los Bulgaros. No por cierto, dixo, porque no le he visto en mi
ida.--Vaya, pues es el mas amable de los reyes, Quiere vm. que
brindemos  su salud?--Con mucho gusto, seores; y brinda. Basta con
eso, le dixron, ya es vm. el apoyo, el defensor, el adalid y el hroe
de los Bulgaros; tiene segura su fortuna, y afianzada su gloria.
Echronle al punto un grillete al pi, y se le llevron al regimiento,
donde le hiciron volverse  derecha y  izquierda, meter la baqueta,
sacar la baqueta, apuntar, hacer fuego, acelerar el paso, y le diron
treinta palos: al otro dia hizo el exercicio algo mnos jual, y no le
diron mas de veinte; al tercero, llev solamente diez, y le tuviron
sus camaradas por un portento.

Atnito Candido aun no podia entender bien de qu modo era un hroe.
Psosele en la cabeza un dia de primavera irse  paseo, y sigui su
camino derecho, presumiendo que era prerogativa de la especie humana,
lo mismo que de la especie animal, el servirse de sus piernas  su
antojo. Mas apnas haba andado dos leguas, quando hteme otros quatro
hroes de dos varas y tercia, que me lo agarran, me le atan, y me le
llevan  un calabozo, Preguntronle luego jurdicamente si queria mas
pasar treinta y seis veces por baquetas de todo el regimiento, 
recibir una vez sola doce balazos en la mollera. Intilmente aleg que
las voluntades eran libres, y que no queria ni una cosa ni otra, fu
forzoso que escogiese; y en virtud de la ddiva de Dios que llaman
libertad, se resolvi  pasar treinta y seis veces baquetas, y sufri
dos tandas. Componase el regimiento de dos mil hombres, lo qual hizo
justamente quatro mil baquetazos que de la nuca al trasero le
descubriron msculos y nervios. Iban  proceder  la tercera tanda,
quando Candido no pudiendo aguantar mas pidi por favor que se le
hicieran de levantarle la tapa de los sesos; y habiendo conseguido tan
sealada merced, le estaban vendando los ojos, y le hacan hincarse de
rodillas, quando acert  pasar el rey de los Bulgaros, que
informndose del delito del paciente, como era este rey sugeto de
mucho ingenio, por todo quanto de Candido le dixron, ech de ver que
era un aprendiz de metafsica muy bisoo en las cosas de este mundo, y
le otorg el perdon con una clemencia que fu muy loada en todas las
gacetas, y lo ser en todos los siglos. Un diestro cirujano cur 
Candido con los emolientes que ensea Dioscrides. Un poco de ctis
tenia ya, y empezaba  poder andar, quando di una batalla el rey de
los Bulgaros al de los Abaros.




CAPITULO III.

_De qu modo se libr Candido de manos de los Bulgaros, y de lo que
le sucedi despues._


No habia cosa mas hermosa, mas vistosa, mas lucida, ni mas bien
ordenada que mbos exrcitos: las trompetas, los pfanos, los
atambores, los obus y los caones formaban una harmona qual nunca
la hubo en los infiernos. Primeramente los caones derribron unos
seis mil hombres de cada parte, luego la fusilera barri del mejor de
los mundos unos nueve  diez mil bribones que inficionaban su
superficie; y finalmente la bayoneta fu la razon suficiente de la
muerte de otros quantos miles. Todo ello podia sumar cosa de treinta
millares. Durante esta heroica carnicera, Candido, que temblaba como
un filsofo, se escondi lo mejor que supo.

Mintras que hacian cantar un _Te Deum_ mbos reyes cada uno en
su campo, se resolvi nuestro hroe  ir  discurrir  otra parte
sobre las causas y los efectos. Pas por encima de muertos y
moribundos hacinados, y lleg  un lugar inmediato que estaba hecho
cenizas; y era un lugar abaro que conforme  las leyes de derecho
pblico habian incendiado los Bulgaros: aqu, unos ancianos
acribillados de heridas contemplaban exhalar el alma  sus esposas
degolladas; mas all, daban el postrer suspiro vrgenes pasadas 
cuchillo despues de haber saciado los deseos naturales de algunos
hroes; otras medio tostadas clamaban por que las acabaran de matar;
la tierra estaba sembrada de sesos al lado de brazos y piernas
cortadas.

Huyse  toda priesa Candido  otra aldea que pertenecia  los
Bulgaros, y que habia sido igualmente tratada por los hroes abaros.
Al fin caminando sin cesar por cima de miembros palpitantes, 
atravesando ruinas, sali al cabo fuera del teatro de la guerra, con
algunas cortas provisiones en la mochila, y sin olvidarse un punto de
su Cunegunda. Al llegar  Holanda se le acabron las provisiones; mas
habiendo oido decir que la gente era muy rica en este pais, y que eran
cristianos, no le qued duda de que le darian tan buen trato como el
que en la quinta del seor baron le habian dado, ntes de haberle
echado  patadas  causa de los buenos ojos de Cunegunda la
baronesita.

Pidi limosna  muchos sugetos graves que todos le dixron que si
seguia en aquel oficio, le encerrarian en una casa de correccion, para
ensearle  vivir sin trabajar. Dirigise luego  un hombre que
acababa de hablar una hora seguida en una crecida asamblea sobre la
caridad, y el orador, mirndole de reojo, le dixo: A qu vienes
aqu? ests por la buena causa? No hay efecto sin causa, respondi
modestamente Candido; todo est encadenado por necesidad, y ordenado
para lo mejor: ha sido necesario que me echaran de casa de la
baronesita Cunegunda, y que pasara baquetas, y es necesario que
mendigue el pan hasta que le pueda ganar; nada de esto podia mnos de
suceder. Amiguito, le dixo el orador, crees que el papa es el
ante-cristo? Nunca lo habia oido, respondi Candido; pero, salo  no
lo sea, yo no tengo pan que comer. Ni lo mereces, replic el otro;
anda,
bribon, anda, miserable, y que no te vuelva yo  ver en mi vida.
Asomse en esto  la ventana la muger del ministro, y viendo  uno que
dudaba de que el papa fuera el ante-cristo, le tir  la cabeza un
vaso lleno de.... O cielos,  qu excesos se entregan las damas por
zelo de la religion!

Uno que no habia sido bautizado, un buen anabantista, llamado
Santiago, testigo de la crueldad y la ignominia con que trataban  uno
de sus hermanos,  un ser bpedo y sin plumas, que tenia alma, se le
llev  su casa, le limpi, le di pan y cerbeza, y dos florines, y
ademas quiso ensearle  trabajar en su fbrica de texidos de Persia,
que se hacen en Holanda. Candido, arrodillndose casi  sus plantas,
clamaba: Bien decia el maestro Pangls, que todo estaba perfectamente
en este mundo; porque infinitamente mas me enternece la mucha
generosidad de vm., que lo que me enoj la inhumanidad de aquel seor
de capa negra, y de su seora muger.

Yendo al otro dia de pasco se encontr con un pordiosero, cubierto de
lepra, los ojos casi ciegos, carcomida la punta de la nariz, la boca
tuerta, ennegrecdos los dientes, y el habla gangosa, atormentado de
una violenta tos, y que  cada esfuerzo escupia una muela.




CAPITULO IV.

_De qu modo encontr Candido  su maestro de filosofa, el doctor
Pangls, y de lo que le aconteci._


Mas que  horror movido  compasion Candido le di  este horroroso
pordiosero los dos florines que de su honrado anabautista Santiago
habia recibido. Mirle de hito en hito la fantasma, y vertiendo
lgrimas se le colg al cuello. Zafse Candido asustado, y el
miserable dixo al otro miserable: Ay! con que no conoces  tu amado
maestro Pangls? Qu oygo? vm., mi amado maestro! vm. en tan
horrible estado! Pues qu desdicha le ha sucedido? porqu no est en
la mas hermosa de las granjas? qu se ha hecho la seorita Cunegunda,
la perla de las doncellas, la obra maestra de la naturaleza? No puedo
alentar, dixo Pangls. Llevle sin tardanza Candido al pajar del
anabautista, le di un mendrugo de pan; y quando hubo cobrado aliento
Pangls, le pregunt: Qu es de Cunegunda? Es muerta, respondi el
otro. Desmayse Candido al oirlo, y su amigo le volvi  la vida con
un poco de vinagre malo que encontr acaso en el pajar. Abri Candido
los ojos, y exclam: Cunegunda muerta! Ha perfectsimo entre los
mundos, adonde ests? y de qu enfermedad ha muerto? ha sido por
ventura de la pesadumbre de verme echar  patadas de la soberbia
quinta de su padre? No por cierto, dixo Pangls, sino de que unos
soldados bulgaros le sacron las tripas, despues que la hubiron
violado hasta mas no poder, habiendo roto la mollera al seor baron
que la quiso defender. La seora baronesa fu hecha pedazos, mi pobre
alumno tratado lo mismo que su hermana, y en la granja no ha quedado
piedra sobre piedra, ni troxes, ni siquiera un carnero, ni una
gallina, ni un rbol; pero bien nos han vengado, porque lo mismo han
hecho los Abaros en una barona inmediata que era de un seor bulgaro.

Desmayse otra vez Candido al oir este lamentable cuento; pero vuelto
en s, y habiendo dicho quanto tenia que decir, se inform de la causa
y efecto, y de la razon suficiente que en tan lastimosa situacion 
Pangls habia puesto. Ay! dixo el otro, el amor ha sido; el amor, el
consolador del humano linage, el conservador del universo, el alma de
todos los seres sensibles, el blando amor. Ha, dixo Candido, yo
tambien he conocido  ese amor,  ese rbitro de los corazones,  esa
alma de nuestra alma, que nunca me ha valido mas que un beso y veinte
patadas en el trasero. Cmo tan bella causa ha podido producir en vm.
tan abominables efectos? Respondile Pangls en los trminos
siguientes: Ya conociste, amado Candido,  Paquita, aquella linda
doncella de nuestra ilustre baronesa; pues en sus brazos goc los
contentos celestiales, que han producido los infernales tormentos que
ves que me consumen: estaba podrida, y acaso ha muerto. Paquita debi
este don  un Franciscano instruidsimo, que haba averiguado el
orgen de su achaque, porque se le habia dado una condesa vieja, la
qual le habia recibido de un capitan de caballera, que le hubo de una
marquesa,  quien se le di un page, que le cogi de un jesuita, el
qual, siendo novicio, le habia recibido en lnea recta de uno de los
compaeros de Cristobal Colon. Yo por mi no se le dar  nadie, porque
me voy  morir luego.

O Pangls, exclam Candido, qu raro rbol de genealoga es ese! fu
acaso el diablo su primer tronco? No por cierto, replic aquel varon
eminente, que era indispensable cosa y necesario ingrediente del mas
excelente de los mundos; porque si no hubieran pegado  Colon en una
isla de Amrica este mal que envenena el manantial de la generacion, y
que  veces estorba la misma generacion, y manifiestamente se opone al
principal blanco de naturaleza, no tuviramos ni chocolate ni
cochinilla; y se ha de notar que hasta el dia de hoy es peculiar de
nosotros esta dolencia en este continente, no mnos que la teologa
escolstica. Todava no se ha introducido en la Turqua, en la India,
en la Persia, en la China, en Sian, ni en el Japon; pero razon hay
suficiente para que la padezcan dentro de algunos siglos. Mintras
tanto es bendicion de Dios lo que entre nosotros prospera, con
particularidad en los exrcitos numerosos, que constan de honrados
ganapanes muy bien educados, los quales deciden la suerte de los
estados, y donde se puede afirmar con certeza, que quando pelean
treinta mil hombres en campal batalla contra un exrcito igualmente
numeroso, hay cerca de veinte mil galicosos por una y otra parte.

Portentosa cosa es esa, dixo Candido, pero es preciso tratar de
curaros. Y cmo me he de curar, amiguito, dixo Pangls, si no tengo
un ochavo; y en todo este vasto globo  nadie sangran, ni le
administran una lavativa, sin que pague  que alguien pague por l?

Estas ltimas razones determinron  Candido  irse  echar  los
pis de su caritativo anabautista Santiago,  quien pint tan
tiernamente la situacion  que se va reducido su amigo, que no
dificult el buen hombre en hospedar al doctor Pangls, y curarle  su
costa. Esta cura no cost  Pangls mas que un ojo y una oreja. Como
sabia escribir y contar con perfeccion, le hizo el anabautista su
tenedor de libros. Vindose precisado  cabo de dos meses  ir 
Lisboa para asuntos de su comercio, se embarc con sus dos filsofos.
Pangls le explicaba de qu modo todas las cosas estaban
peifectsimamente, y Santiago no era de su parecer. Fuerza es, decia,
que hayan los hombres estragado algo la naturaleza, porque no
naciron lobos, y se han convertido en lobos. Dios no les di ni
caones de veinte y quatro, ni bayonetas, y ellos para destruirse han
fraguado bayonetas y caones. Tambien pudiera mentar las quiebras, y
la justicia que embarga los bienes de los fallidos para frustrar  los
acreedores. Todo eso era indispensable, replic el doctor tuerto, y de
los males individuales se compone el bien general; de suerte que
quanto mas males particulares hay, mejor est el todo. Mintras estaba
argumentando, se obscureci el cielo, soplron furiosos los vientos de
los quatro ngulos del mundo, y  vista del puerto de Lisboa fu
embutido el navo de la tormenta mas hermosa.




CAPITULO V.

_De una tormenta, un naufragio, y un terremoto. De los sucesos del
doctor Pangls, de Candido, y de Santiago el anabautista._


Sin fuerza y medio muertos la mitad de los pasageros con las
imponderables bascas que causa el balance de un navo en los nervios y
en todos los humores que en opuestas direcciones se agitan, ni aun
para temer el riesgo tenian nimo: la otra mitad gritaba y rezaba;
estaban rasgadas las velas, las xarcias rotas, y abierta la nave:
quien podia trabajaba, nadie se entendia, y nadie mandaba. Algo
ayudaba  la faena el anabautista, que estaba sobre el combes, quando
un furioso marinero le pega un fiero embion, y le derriba en las
tablas; pero fu tanto el esfuerzo que al empujarle hizo, que se cay
de cabeza fuera del navo, y se qued colgado y agarrado de una
porcion del mstil roto. Acudi el buen Santiago  socorrerle, y le
ayud  subir; pero con la fuerza que para ello hizo, se cay en la
mar  vista del marinero que le dex ahogarse, sin dignarse siquiera
de mirarle. Candido que se acerca, y ve  su bienhechor que viene un
instante sobre el agua, y que se hunde para siempre, se quiere tirar
tras de el al mar; pero le detiene el filsofo Pangls, demostrndole
que habia sido criada la cala de Lisboa con destino  que se ahogara
en ella el anabautista. Probndolo estaba _ priori_, quando se
abri el navo, y todos pereciron, mnos Pangls, Candido, y el
desalmado marinero que habia ahogado al virtuoso anabautista; que el
bribon sali  salvamento nadando hasta la orilla, donde aportron
Candido y Pangls en una tabla.

As que se recobrron un poco del susto y el cansancio, se encaminron
 Lisboa. Llevaban algun dinero, con el qual esperaban librarse del
hambre, despues de haberse zafado de la tormenta. Apenas pusiron los
pis en la ciudad, lamentndose de la muerte de su bien-hechor, la mar
embati bramando el puerto, y arrebat quantos navos se hallaban en
l anclados; se cubriron calles y plazas de torbellinos de llamas y
cenizas; hundanse las casas, caan los techos sobre los cimientos, y
los cimientos se dispersaban, y treinta mil moradores de todas edades
y sexs eran sepultados entre ruinas. El marinero tarareando y votando
decia: Algo ganarmos con esto. Qual puede ser la razon suficiente de
este fenmeno? decia Pangls; y Candido exclamaba: Este es el dia del
juicio final. El marinero se meti sin detenerse en medio de las
ruinas, arrostrando la muerte por buscar dinero, con el que encontr
se fu  emborrachar; y despus de haber dormido la borrachera,
compr los favores de la ramera que top primero, y que se di  l
entre las ruinas de los desplomados edificios, y en mitad de los
moribundos y los cadveres, puesto que Pangls le tiraba de la casaca,
dicindole: Amigo, eso no es bien hecho, que es pecar contra la razon
universal, porque ahora no es ocasion de holgarse. Por vida del Padre
Eterno, respondi el otro, yo soy marinero, y nacido en Batavia;
quatro veces he pisado el crucifixo en quatro viages que tengo hechos
al Japon. Pues no vienes mal ahora con tu razon universal.

Candido, que la caida de unas piedras habia herido, tendido en el
suelo en mitad de la calle, y cubierto de ruinas, clamaba  Pangls:
Ay! treme un poco de vino y aceyte, que me muero. Este temblor de
tierra, respondi Pangls, no es cosa nueva: el mismo azote sufri
Lima aos pasados; las mismas causas producen los mismos efectos; sin
duda que hay una veta de azufre subterrnea que va de Lisboa  Lima.
Verosmil cosa es, dixo Candido; pero, por Dios, un poco de aceyte y
vino. Cmo verosmil? replic el filsofo, pues yo sustentar que
est demostrada. Candido perdi el sentido, y Pangls le llev un
trago de agua de una fuente inmediata.

Habiendo hallado el siguiente dia algunos manjares metindose por
entre los escombros, cobrron algunas fuerzas, y trabajron luego, 
exemplo de los demas, en alivio de los habitantes que de la muerte se
habian librado. Algunos vecinos que habian socorrido les diron la
mnos mala comida que en tamao desastre se podia esperar: verdad es
que fu muy triste el banquete; los convidados baaban el pan en
llantos, pero Pangls los consolaba sustentando que no podian suceder
las cosas de otra manera; porque todo esto, decia, es lo mejor que
hay; porque si hay un volcan en Lisboa, no podia estar en otra parte;
porque no es posible que no esten las cosas donde estan; porque todo
est bien.

Un hombrecito vestido de negro, familiar de la inquisicion, que junto
 el estaba sentado, interrumpi muy cortesmente, y le dixo: Sn duda,
caballero, que no cree vm. en el pecado original; porque, si todo est
perfecto, no ha habido pecado ni castigo.

Perdneme Vueselencia, le respondi con mas cortesa Pangls, porque
la caida del hombre y su maldicion hacian parte necesaria del mas
excelente de los mundos posibles. Segn eso este caballero no cree
que seamos libres? dixo el familiar. Otra vez ha de perdonar
Vueselencia, replic Pangls, porque puede subsistir la libertad con
la necesidad absoluta; porque era necesario que furamos libres;
porque finalmente la voluntad determinada.... En medio de la frase
estaba Pangls, quando hizo el familiar una sea  su secretario que
le escanciaba vino de Porto  de Oporto.




CAPITULO VI.

_Del magnfico auto de fe que se hizo para que cesara el terremoto,
y de los doscientos azotes que pegron  Candido._


Pasado el terremoto que habia destruido las tres quartas partes de
Lisboa, el mas eficaz medio que ocurri  los sabios del pais para
precaver una total ruina, fue la fiesta de un soberbio auto de fe,
habiendo decidido la universidad de Combra que el espectculo de unas
quantas personas quemadas  fuego lento con toda solemnidad es
infalible secreto para impedir los temblores de tierra. Habian sido
presos por tanto un Vizcayno que estaba convicto de haberse casado con
su comadre, y dos Portugueses que se haban comido un pollo un
viernes, y la olla sin tocino un sbado; y despues de comer se
llevron atados al doctor Pangls y su discpulo Candido, al uno por
lo que habia dicho, y al otro por haberle escuchado con ademan de
aprobar lo que decia. Pusironlos separados en unos aposentos muy
frescos, donde nunca incomodaba el sol, y de all  ocho dias los
vistiron de un san-benito, y les engalanron la cabeza con unas
mitras de papel: la coroza y el san-benito de Candido llevaban llamas
boca abaxo, y diablos sin garras ni rabo; pero los diablos de Pangls
tenian rabo y garras, y las llamas ardian hcia arriba. As vestidos
saliron en procesion, y oyron un sermon muy tierno, al qual se
sigui una bellsima msica en fabordon. A Candido, mintras dur el
canto, le pegron doscientos azotes  compas; al Vizcayno y  los dos
que habian comido la olla sin tocino los quemron, y Pangls fu
ahorcado, aunque no era estilo. Aquel mismo da, tembl la tierra con
un furor espantable.

Candido atnito, desatentado, confuso, ensangrentado y palpitante,
decia entre s: Si este es el mejor de los mundos posibles, cmo
sern los otros? Vaya con Dios, si no hubieran hecho mas que
espolvorearme las espaldas, que ya los Bulgaros me habian hecho el
mismo agasajo. Pero t, caro Pangls, el mayor de los filsofos,
porqu te he visto ahorcar, sin saber por qu? O mi amado
anabautista, tu que eras el mejor de los hombres, porqu te has
ahogado en el puerto? Y t, baronesita Cunegunda, perla de las nias,
porqu te han sacado el redao? Volvase diciendo esto  su casa, sin
poderse tener en pi, predicado, azotado, absuelto, y bendito, quando
se le acerc una vieja que le dixo: Hijo mi, ten buen nimo, y
sgueme.



CAPITULO VII.

_Que cuenta como una vieja remedi las cuitas de Candido, y como
top este con su dama._


No cobr nimo Candido, pero sigui  la vieja  una ruin casucha,
donde le di su conductora un bote de pomada para untarse, y le dex
de comer y de beber; luego le ense una camita muy aseada, y al lado
de la cama un vestido completo: Come, hijo, bebe y duerme, le dixo, y
Nuestra Seora de Atocha, el seor San Antonio de Padua, y el seor
Santiago de Compostela se queden contigo: maana volver. Confuso
Candido con todo quanto habia visto, y quanto habia padecido, y inas
todava con la caridad de la vieja, le quiso besar la mano. No es mi
mano la que has de besar, le dixo la vieja; maana volver. Untate con
la pomada, come y duerme.

No obstante sus muchas desventuras, comi y durmi Candido. Al otro
dia le trae la vieja de almorzar, le visita las espaldas, se las
estriega con otra pomada, y luego le trae de comer:  la noche vuelve,
y le trae que cenar. El tercer dia fu la misma ceremonia. Quin es
vm.? le decia Candido; quin le ha inspirado tanta bondad? cmo
puedo darle dignas gracias? La buena seora nunca respondia palabra,
pero volvi aquella noche, y no traxo que cenar. Ven conmigo, le dixo,
y no chistes; y diciendo esto agarr  Candido del brazo, y ech 
andar con el por el campo. A cosa de medio quarto de legua que
hubiron andado, llegron  una casa sola, cercada de canales y
jardines. Llama la vieja  un postigo: abren, y lleva  Candido por
una escalera secreta  un gabinete dorado, donde le dexa sobre un
canap de terciopelo, cierra la puerta, y se marcha. A Candido se le
figuraba que soaba, teniendo su vida entera por un sueo funesto, y
el momento actual por un sueo delicioso.

Presto volvi la vieja, sustentando con dificultad del brazo  una
muger que venia toda trmula, de magestuosa estatura, cubierta de
piedras preciosas, y tapada con un velo. Alza ese velo, dixo  Candido
la vieja. Arrmase el mozo, y alza con mano tmida el velo. Qu
instante! qu pasmo! cree que est viendo  su baronesita,  su
Cunegunda; y as era la verdad, porque era ella propia. Fltale el
aliento, no puede articular palabra, y cae desmayado  sus plantas.
Cunegunda se cae sobre el canap: la vieja los inunda en aguas de
olor; vuelven en s, se hablan; primero en voces interrumpidas, en
preguntas y respuestas que no se dan vado unas  otras, en suspiros,
lgrimas y gritos. La vieja, recomendndoles que metan mnos bulla,
los dexa libres. Con que es vm., dice Candido! con que la veo en
Portugal, y no ha sido violada, y no le han pasado de parte  parte
las entraas, como me habia dicho el filsofo Pangls! S tal, replic
la hermosa Cunegunda, pero no siempre son mortales esos accidentes.
--Y han sido muertos el padre y la madre de vm.?--Por mi desgracia,
s, respondi llorando Cunegunda.--Y su hermano?--Mi hermano
tambin.--Pues porqu est vm. en Portugal? cmo ha sabido que
tambin yo lo estaba? porqu raro acaso me ha hecho venir  esta
casa? Todo lo dir, replic la dama; pero antes es forzoso que me diga
vm. quantos sucesos le han pasado desde el inocente beso que me di, y
las patadas con que se le hiciron pagar.

Obedeci Candido con profundo respeto; y puesto que estaba confuso,
que tenia trmula y flaca la voz, y que aun le dolia no poco el
espinazo, cont con la mayor ingenuidad quanto desde el punto de su
separacion habia padecido. Alzaba Cunegunda los ojos al cielo, y
verti tiernas lgrimas por la muerte del buen anabautista y de
Pangls; habl despues como sigue  Candido, el qual no perdi una
palabra, y se la comia con los ojos.




CAPITULO VIII.

_Historia de Cunegunda._


Durmiendo  pierna suelta estaba en mi cama, quando plugo al cielo que
entraran los Bulgaros en nuestra soberbia quinta de Tunder-ten-tronck,
y degollaran  mi padre y  mi hermano,  hiciesen tajadas  mi madre.
Un pazguato de Bulgaro de dos varas y tercia, viendo que habia yo
perdido los sentidos con esta escena, se puso  violarme; con lo qual
volv en m, y empec  morder,  araar, y  querer sacar los ojos al
Bulgarote, no sabiendo que era cosa de estilo quanto en la quinta de
mi padre estaba pasando; pero me di el belitre una cuchillada junto 
la teta izquierda, que todava me queda la seal. Ha, espero que me la
ensear vm., dixo el ingenuo Candido. Ya la ver vm., dixo Cunegunda,
pero sigamos el cuento. Siga vm., replic Candido.

Aud pues as el hilo de su historia Cunegunda: Entr un capitan
bulgaro, que me vi llena de sangre, debaxo del soldado que no se
incomodaba; y enojado del poco respeto que le tenia el malandrin, le
mat encima de m: hzome luego poner en cura, y me llev prisionera
de guerra  su guarnicion. All lavaba las pocas camisas que el tenia,
y le guisaba la comida; el decia que era yo muy bonita, y tambien he
de confesar que era muy lindo mozo, y que tenia la carne suave y
blanca, pero poco entendimiento, y mnos filosofa: y  tiro de
ballesta se echaba de ver que no le habia educado el doctor Pangls. A
cabo de tres meses perdi todo quanto dinero tenia, y no curndose mas
de m, me vendi  un Judo llamado Don Isacar, que tenia casa de
comercio en Holanda y en Portugal, y se perdia por mugeres. Prendse
mucho de mi el tal Judo, pero nada pudo conseguir, que me he
resistido  el mas bien que al soldado bulgaro; porque una honrada
muger bien puede ser violada una vez, pero con ese mismo contratiempo
se fortalece su virtud. El Judo para domesticarme me ha trado  la
casa de campo que vm. ve. Hasta ahora habia creido que no habia en la
tierra mansion mas hermosa que la granja de Tunder-ten-tronck, pero ya
estoy desengaada de mi error.

El inquisidor general me vi un dia en misa, no me quit los ojos de
encima, y me mand  decir que me tenia que hablar de un asunto
secreto. Llevronme  su palacio, y yo le dixe quien eran mis padres.
Representme entnces quanto desdecia de mi nobleza el pertenecer  un
israelita. Su Ilustrsima propuso  Don Isacar que le hiciera cesin
de m; y este, que es banquero de palacio y hombre de mucho poder,
nunca tal quiso consentir. El inquisidor le amenaz con un auto de fe.
Al fin atemorizado mi Judo hizo un ajuste en virtud del qual la casa
y yo habian de ser de mbos de mancomun; el Judo se reserv los
lnes, los mircoles y los sbados, y el inquisidor los demas dias de
la semana. Seis meses ha que subsiste este convenio, aunque no sin
freqentes contiendas, porque muchas veces han disputado sobre si la
noche de sbado  domingo pertenecia  la ley antigua,   la ley de
gracia. Yo empero  entrmbas leyes me lie resistido hasta ahora, y
por este motivo pienso que me quieren tanto. Finalmente, por conjurar
la plaga de los terremotos, y por poner miedo  Don Isacar, le plugo
al Ilustrsimo seor inquisidor celebrar un auto de fe. Honrme
convidndome  la fiesta; me diron uno de los mejores asientos, y se
sirviron refrescos  las seoras en el intervalo de la misa y el
suplicio de los ajusticiados. Confieso que estaba sobrecogida de
horror de ver quemar  los dos Judos, y al honrado Vizcayno casado
con su comadre; pero qu asombro, qu confusin y qu susto fu el
mio quando vi con un sambenito y una coroza una cara parecida  la de
Pangls! Estregume los ojos, mir con atencion, le vi ahorcar, y me
tom un desmayo. Apnas habia vuelto en m, quando le vi  vm. desnudo
de medio cuerpo: all fu el cmulo de mi horror, mi consternacion, mi
desconsuelo, y mi desesperacion. Digo de verdad que la ctis de vm. es
mas blanca y mas encarnada que la de mi capitan de Bulgaros; y esta
vista aument todos los afectos que abrumada y consumida me tenian. A
dar gritos iba, y decir: deteneos, inhumanos; pero me falt la voz, y
habrian sido en balde mis gritos. Quando os hubiron azotado  su
sabor, decia yo entre m: Cmo es posible que se encuentren en Lisboa
el amable Candido y el sabio Pangls; uno para llevar doscientos
azotes, y otro para ser ahorcado por rden del ilustrsimo Seor
inquisidor que tanto me ama? Qu cruelmente me engaaba Pangls,
quando me decia que todo era perfectsimo!

Agitada, desatentada, fuera de mi unas veces, y murindome otras de
pesar, tenia preocupada la imaginacion con la muerte de mi padre, mi
madre y mi hermano, con la insolencia de aquel soez soldado bulgaro,
con la cuchillada que me di, con mi oficio de lavandera y cocinera,
con mi capitan bulgaro, con mi sucio Don Isacar, con mi abominable
inquisidor, con la horca del doctor Pangls, con aquel gran miserere
en fabordon durante el qual le diron  vm. doscientos azotes, y mas
que todo con el beso que d  vm. detras del biombo la ltima vez que
nos vimos. D gracias  Dios que nos volvia  reunir por medio de
tantas pruebas, y encargu  mi vieja que cuidase de vm., y me le
traxese luego que fuese posible. Ha desempeado muy bien mi encargo, y
he disfrutado el imponderable gusto de volver  ver  vm., de orle, y
de hablarle. Sin duda que debe tener una hambre canina, yo tambien,
tengo buenas ganas, con que cenemos ntes de otra cosa.

Sentronse pues mbos  la mesa, y despues de cenar se volviron al
hermoso canap de que ya he hablado. Sobre el estaban, quando lleg el
seor Don Isacar, uno de los dos amos de casa; que era sbado, y venia
 gozar sus derechos, y explicar su rendido amor.




CAPITULO IX.

_Prosiguen los sucesos de Cunegunda, Candido, el Inquisidor general,
y el Judo._


Era el tal Isacar el hebreo mas vinagre que desde la cautividad de
Babilonia se habia visto en Israel. Qu es esto, dixo, perra Galilea?
con que no te basta con el seor inquisidor, que tambien ese chulo
entra  la parte conmigo? Al decir esto saca un pual buido que
siempre llevaba en el cinto, y creyendo que su contrario no traa
armas, se tira  l. Pero la vieja habia dado  nuestro buen
Vesfaliano una espada con el vestido completo que hemos dicho:
desenvaynla Candido, y derrib en el suelo al Israelita muerto,
puesto que fuese de la mas mansa ndole.

Virgen Santsima! exclam la hermosa Cunegunda; qu ser de
nosotros? Un hombre muerto en mi casa! Si viene la justicia, soy
perdida. Si no hubieran ahorcado  Pangls, dixo Candido, el nos daria
consejo en este apuro, porque era eminente filsofo; pero pues el nos
falta, consultemos con la vieja. Era esta muy discreta, y empezaba 
decir su parecer, quando abriron otra puertecilla. Era la una de la
noche; habia ya principiado el domingo, dia que pertenecia al seor
inquisidor. Al entrar este ve al azotado Candido con la espada en la
mano, un muerto en el suelo, Cunegunda asustada, y la vieja dando
consejos.

En este instante le ocurriron  Candido las siguientes ideas, y
discurri as: Si pide auxlio este varon santo, infaliblemente me
har quemar, y otro tanto podr hacer  Cunegunda; me ha hecho azotar
sin misericordia, es mi contrincante, y yo estoy de vena de matar;
pues no hay que detenerse. Fu este discurso tan bien hilado como
pronto; y sin dar tiempo  que se recobrase el inquisidor del primer
susto, le pas de parte  parte de una estocada, y le dex tendido
cabe el Judo. Buena la tenemos, dixo Cunegunda: ya no hay remision;
estamos excomulgados, y es llegada nuestra ltima hora. Cmo ha hecho
vm., siendo de tan suave condicion, para matar en dos minutos  un
prelado y  un Judo? Hermosa seorita, respondi, quando uno est
enamorado, zeloso, y azotado por la inquisicion, no sabe lo que se
hace.

Rompi entnces la vieja el silencio, y dixo: En la caballeriza hay
tres caballos andaluces con sus sillas y frenos; ensllelos el
esforzado Candido; esta seora tiene moyadores y diamantes; montemos 
caballo, y vamos  Cadiz, puesto que yo no me puedo sentar mas que
sobre una nalga. El tiempo est hermossimo, y da contento caminar con
el fresco de la noche.

Ensill volando Candido los tres caballos, y Cunegunda, l, y la vieja
anduviron diez y seis leguas sin parar. Mintras que iban andando,
vino  la casa de Cunegunda la santa hermandad, enterrron  Su
Ilustrsima en una suntuosa iglesia, y  Isacar le tirron  un
muladar.

Ya estaban Candido, Cunegunda y la vieja en la villa de Aracena, en
mitad de los montes de Sierra-Morena, y decian lo que sigue en un
meson.




CAPITULO X.

_De la triste situacion en que, se viron Candido, Cunegunda y la
vieja; de su arribo  Cadiz, y como se embarcron para Amrica._


Quin me habr robado mis doblones y mis diamantes? decia llorando
Cunegunda; cmo hemos de vivir? qu hemos de hacer? donde he de
hallar
inquisidores y Judos que me den otros? Ay! dixo la vieja, mucho me
sospecho de un reverendo padre Franciscano que ayer durmi en Badajoz
en nuestra posada. Lbreme Dios de hacer juicios temerarios; pero l
dos veces entr en nuestro quarto, y se fu mucho ntes que nosotros.
Ha, dixo Candido, muchas veces me ha probado el buen Pangls que los
bienes de la tierra son comunes de todos, y cada uno tiene igual
derecho  su posesion. Conforme  estos principios, nos habia de haber
dexado el padre para acabar nuestro camino. Con que no te queda nada,
hermosa Cunegunda? Ni un maraved, respondi esta. Y qu nos harmos?
exclam Candido. Vendamos uno de los caballos, dixo la vieja; yo
montar  las ancas de el de la seorita, puesto que no me puedo
sentar mas que sobre una nalga, y as llegarmos  Cadiz.

En el mismo meson habia un prior de Benitos, que compr barato el
caballo. Candido, Cunegunda y la vieja atravesron  Lucena,  Cilla,
y  Lebrixa, y llegaron en fin  Cadiz, donde estaban armando una
esquadra para poner en razon  los reverendos padres jesuitas del
Paraguay, que habian excitado  uno de sus aduares de Indios contra
los reyes de Espaa y Portugal, cerca de la colonia del Sacramento.
Candido, que habia servido en la tropa bulgara, hizo  presencia del
general de aquel pequeo exrcito el exercicio  la bulgara con tanto
donayre, ligereza, maa, agilidad y desembarazo, que le di este el
mando de una compaa de infantera. Htele pues capitan; con esta
graduacion se embarc en compaa de su Cunegunda, de la vieja, de dos
criados, y de los dos caballos andaluces que habian sido del seor
inquisidor general de Portugal.

En la travesa discurriron largamente cerca de la filosofa del pobre
Pangls. Vamos  otro mundo, decia Candido, y sin duda que en el es
donde todo est bien; porque en este nuestro hemos de confesar que hay
sus defectillos en lo fsico y en lo moral. Yo te quiero con toda mi
alma, decia Cunegunda; pero todava llevo el corazon traspasado con lo
que he visto, y lo que he padecido. Todo ir bien, replic Candido; ya
el mar de este nuevo mundo vale mas que nuestros mares de Europa, que
es mas bonancible, y los vientos son mas constantes: no cabe duda de
que el nuevo mundo es el mejor de los mundos posibles. Plega  Dios,
dixo Cunegunda; pero tan horrorosas desgracias han pasado por mi en el
mio, que apnas si queda en mi corazon resquicio de esperanza. Vms. se
quejan, les dixo la vieja; pues sepan que no han experimentado
desventuras como las mias. Sonrise Cunegunda del disparate de la
buena muger que se alababa de ser mas desdichada que ella. Ay! le
dixo, madre,  mnos que haya vm. sido violada por dos Bulgaros, que
le hayan dado dos cuchilladas en la barriga, que hayan demolido dos de
sus granjas, que hayan degollado en su presencia dos padres y dos
madres de vm., y que haya visto  dos de sus amantes azotados en un
auto de fe, no se como pueda haber corrido mayores borrascas: sin
contar que he nacido baronesa con setenta y dos quarteles en mi escudo
de armas, y he sido cocinera. Seorita, replic la vieja, vm. no sabe
qual ha sido mi cuna; y si le enseara mi trasero, no hablaria del
modo que habla, y suspenderia el juicio. Excit esta rplica fuerte
curiosidad en los nimos de Candido y Cunegunda, y la vieja la
satisfizo en las siguientes razones.




CAPITULO XI.

_Que cuenta la historia de la vieja._

No siempre he tenido yo los ojos lagaosos y ribeteados de escarlata;
no siempre se ha tocado mi barba con mis narices, ni he sido siempre
criada de servicio. Soy hija del papa Urbano X y la princesa de
Palestrina. Hasta que tuve catorce aos, me criron en un palacio al
qual no hubieran podido servir de caballeriza todas las quintas de
barones tudescos, y era mas rico uno de mis trages que todas las
magnificencias de la Vesfalia. Crecia en gracia, en talento y beldad,
en medio de gustos, respetos y esperanzas, y ya inspiraba amor.
Formbase mi pecho; pero qu pecho! blanco, duro, de la forma del de
la ve nus de Medicis; y qu ojos! qu pestaas! qu negras cejas!
qu llamas salian de las nias de mis ojos, que eclipsaban el
resplandor de los astros, segun decian los poetas de mi barrio! Las
doncellas que me desnudaban y me vestian se quedaban absortas quando
me contemplaban por detras y por delante; y todos los hombres se
hubieran querido hallar en su lugar.

Celebrronse mis desposorios con un prncipe soberano de Masa-Carrara.
Dios mio! qu prncipe! tan lindo como yo; ayroso, y de la condicin
mas blanda, del mas agudo ingenio, y perdido por mi de amores: yo le
amaba como quien quiere por la vez primera, esto es que le idolatraba.
Dispusironse las bodas con pompa y magnificencia nunca vista: todo
era fiestas, torneos, peras bufas; y en toda Italia se hiciron
sonetos en mi elogio, de los quales ninguno hubo que no fuera rematado
de malo. Ya rayaba la aurora de mi felicidad, quando una marquesa
vieja,  quien habia cortejado mi prncipe, le convid  tomar
chocolate con ella, y el desventurado muri al cabo de dos horas en
horribles convulsiones; pero esto es friolera para lo que falta.
Desesperada mi madre, puesto que mucho mnos desconsolada que yo,
quiso perder de vista por algun tiempo esta funesta mansion. Tenamos
una hacienda muy pinge en las inmediaciones de Gaeta, y nos
embarcmos para este puerto en una galera del pais, dorada como el
altar de San Pedro en Roma. Hete aqu un pirata de Sal que nos da
caza y nos aborda: nuestros soldados se defendiron como buenos
soldados del papa, es decir que tirron las armas y se hincron de
rodillas, pidiendo al pirata la absolucin _in articulo mortis_.

En breve los desnudron de pis  cabeza, y lo mismo hiciron con mi
madre, con nuestras doncellas, y conmigo. Cosa portentosa es de ver
con qu presteza desnudan estos caballeros  la gente; pero lo que mas
extra, fu que  todos nos metiron el dedo en un sitio donde
nosotras las mugeres no estamos acostumbradas  meter mas que cautos
de xeringa. Parecime muy rara esta ceremonia; que as falla de todo
el que no ha salido de su pais: mas luego supe que era por ver si en
aquel sitio habamos escondido algunos diamantes, y que es estilo
establecido de tiempo inmemorial en las naciones civilizadas que andan
barriendo los mares, y que los seores religiosos caballeros de Malta
nunca le omiten quando apresan  Turcos  Turcas, porque es ley del
derecho de gentes, que nunca ha sido quebrantada.

No dir si fu cosa dura para una princesa joven que la llevaran
cautiva  Marruecos con su madre; bien se pueden vms. figurar quanto
padeceramos en el navo pirata. Mi madre todava era muy hermosa;
nuestras camareras, y hasta nuestras meras criadas eran mas lindas que
quantas mugeres pueden hallarse en el Africa toda; y yo era un
embeleso, el eplogo de la beldad y la gracia, y era doncella; pero no
lo fui mucho tiempo, que el arraez del barco me rob la flor que
estaba destinada para el precioso prncipe de Masa-Carrara. Este
arraez era un negro abominable, que crea que me honraba con sus
caricias. Sin duda la princesa de Palestrina y yo debamos de ser muy
robustas, quando resistmos  todo quanto pasmos hasta llegar 
Marruecos. Pero vernos adelante, que son cosas tan comunes que no
merecen mentarse siquiera.

Quando llegmos, corrian rios de sangre por Marruecos; cada uno de los
cincuenta hijos del emperador Muley-Ismael tenia su partido aparte, lo
qual componia cincuenta guerras civiles distintas de negros contra
negros, de negros contra moros, de moros contra moros, de mulatos
contra mulatos; y todo el mbito del imperio era una continua
carnicera.

Apnas hubimos desembarcado, acudiron unos negros de una faccion
enemiga de la de mi pirata para quitarle el botin. Despues del oro y
los diamantes, la cosa de mas precio que habia ramos nosotras; y
presenci un combate qual nunca se ve igual en nuestros climas
europeos, porgue no tienen los pueblos septentrionales tan ardiente
la sangre, ni es en ellos la pasion  las mugeres lo que es entre los
Africanos. Parece que los Europeos tienen leche en las venas, mintras
que por las de los moradores del monte Atlante y paises inmediatos
corre fuego y plvora. Peleron con la furia de los leones, los
tigres, y las sierpes de la comarca, para saber quien habia de ser
dueo nuestro. Agarr un moro de mi madre por el brazo derecho, el
teniente del barco la tir hcia el por el izquierdo; un soldado moro
la cogi de una pierna, y uno de los piratas asi de la otra; y casi
todas nuestras doncellas se encontrron en un momento tiradas de
quatro soldados. Mi capitan se habia puesto delante de m, y
blandiendo la cimitarra daba la muerte  quantos  su furor se
oponian. Finalmente vi  todas nuestras Italianas y  mi madre
estropeadas, acribilladas de heridas, y hechas tajadas por los
monstruos que batallaban por su posesion; mis compaeros cautivos, los
que los habian cautivado, soldados, marineros, negros, blancos,
mestizos, mulatos, y mi capitan en fin, todos furon muertos, y yo
qued moribunda encima de un monton de cadveres. Las mismas escenas
se repetian, como es sabido, en un espacio de mas de trescientas
leguas, sin que nadie faltase  las cinco oraciones al dia que manda
Mahoma.

Zafme con mucho trabajo de tanta multitud de sangrientos cadveres
amontonados, y llegu arrastrando al pi de un naranjo grande que
habia  orillas de un arroyo inmediato: all me ca rendida del susto,
del cansancio, del horror, de la desesperacion, y del hambre. En breve
mis sentidos postrados se entregron  un sueo que mas que sosiego
era letargo. En este estado de insensibilidad y flaqueza estaba entre
la vida y la muerte, quando me sent comprimida por una cosa que
bullia sobre mi cuerpo; y abriendo los ojos, vi  un hombre blanco y
de buena traza, que suspirando decia entre dientes: _O che sciagura
d'essere senza cogl...._




CAPITULO XII.

_Donde prosigue la historia de la vieja._


Atnita quanto alborozada de oir el idioma de mi patria, extraando
empero las palabras que decia aquel hombre, le respond que mayores
desgracias habia que el desman de que se lamentaba, informndole en
pocas razones de los horrores que habia sufrido; despues de esto me
volv  desmayar. Llevme  una casa inmediata, hizo que me metieran
en la cama, y me dieran de comer, me sirvi, me consol, me halag, me
dixo que no habia visto en su vida criatura mas hermosa, ni habia
nunca sentido mas que le faltara lo que nadie podia suplir. Nac en
Npoles, me dixo, donde capan todos los aos dos  tres mil
chiquillos: unos se mueren, otros sacan mejor voz que las mugeres, y
otros van  gobernar estados. Me hiciron la operacion susodicha con
suma felicidad, y he sido msico de la capilla de la seora princesa
de Palestrina. De mi madre! exclam. De su madre de vm.! exclam l
llorando. Con que es vm. aquella princesita que cri yo hasta que
tuvo seis aos, y daba nuestras de ser tan hermosa como es vm.!--Esa
misma soy, y mi madre est quatrocientos pasos de aqu, hecha tajadas,
baxo un montn de cadveres...... Contle entnces quanto me habia
sucedido, y el tambin me dio cuenta de sus aventuras, y me dixo que
era ministro plenipotenciario de una potencia cristiana cerca del rey
de Marruecos, para firmar un tratado con este monarca, en virtud del
qual se le subministraban navos, caones y plvora, para ayudarle 
exterminar el comercio de los demas cristianos. Ya est desempeada mi
comision, aadi el honrado eunuco, y me voy  embarcar  Ceuta, de
donde la llevar  vm.  Italia. _Ma che sciagura, d'essere senza
cogl...._

Dle las gracias vertiendo tiernas lgrimas; y en vez de llevarme 
Italia, me conduxo  Argel, y me vendi al Dey. Apenas me habia
vendido, se manifest en la ciudad con toda su furia aquella peste que
ha dado la vuelta por Africa, Europa y Asia. Seorita, vm. ha visto
temblores de tierra, pero ha padecido la peste? Nunca, respondi la
baronesa.

Si la hubiera padecido, confesaria vm. que no tienen comparacion los
terremotos con ella, puesto que es muy freqente en Africa, y que yo
la he pasado. Fgurese vm. qu situacion para la hija de un papa, de
quince aos de edad, que en el espacio de tres meses habia sufrido
pobreza y esclavidud, habia sido violada casi todos los dias, habia
visto hacer quatro pedazos  su madre, habia padecido las plagas de la
guerra y la hambre, y se moria de la peste en Argel. Verdad es que no
me mor; pero pereci mi eunuco, el Dey, y el serrallo casi todo.

Quando calm un poco la desolacion de esta espantosa peste, vendiron
 los esclavos del Dey. Comprme un mercader que me llev  Tunez,
donde me vendi  otro mercader, el qual me revendi en Tripoli; de
Tripoli me revendiron en Alexandra; de Alexandra en Esmyrna, y de
Esmyrna en Constantinopla: al cabo vine  parar  manos de un ag de
genzaros, que en breve tuvo rden de ir  defender  Azof contra los
Rusos que la tenian sitiada.

El ag, hombre de mucho mrito, se llev consigo todo su serrallo, y
nos aloj en un fortin sobre la laguna Metides,  la guarda de dos
eunucos negros y veinte soldados. Furon muertos millares de Rusos,
pero no nos quedron  deber nada: Azof fu entrada  sangre y fuego,
y no se perdon edad ni sex: solo qued nuestro fortin, que los
enemigos quisiron tomar por hambre. Los veinte genzaros jurron no
rendirse; los apuros del hambre  que se viron reducidos, los
forzron  comerse  los dos eunucos, por no faltar al juramento; y
al cabo de pocos dias se resolviron  comerse las mugeres.

Tenamos un iman, varon muy po y caritativo, que les predic un
sermn eloqente, exhortndolos  que no nos mataran del todo.
Cortad, dixo, una nalga  cada una de estas seoras, con la qual os
regalaris  vuestro sabor; si es menester, les cortaris la otra
dentro de algunos dias: el cielo remunerar obra tan caritativa, y
recibiris socorro. Como era tan eloqente, los persuadi, y nos
hiciron tan horrorosa operacion. Psonos el iman el mismo ungento
que se pone  las criaturas recien circuncidadas, y todas estbamos 
punto de muerte.

Apnas habian comido los genzaros la carne que nos habian quitado,
desembarcron los Rusos en unos barcos chatos, y no se escap con
vida ni siquiera un genzaro: los Rusos no parron la consideracion
en el estado en que nos hallbamos. En todas partes se encuentran
cirujanos franceses; uno que era muy hbil nos tom  su cargo, y nos
cur: y toda mi vida me acordar de que, as que se cerrron mis
llagas, me reqest de amores. Nos exhort luego  tener paciencia,
afirmndonos que lo mismo habia sucedido en otros muchos sitios, y que
esa era la ley de la guerra.

Luego que pudiron andar mis compaeras, las conduxron  Moscou, y yo
cupe en suerte  un boyardo que me hizo su hortelana, y me daba veinte
zurriagazos cada dia. A cabo de dos aos fu desquartizado este seor,
por no se qu tracamundana de palacio; y aprovechndome de la ocasion,
me escap, atraves la Rusia entera, y serv mucho tiempo en los
mesones, primero de Riga, y luego de Rostoc, de Vismar, de Lipsia, de
Casel, de Utrec, de Leyden, de la Haya, y de Roterdan. As he
envejecido en el oprobio y la miseria, con no mas que la mitad del
trasero, siempre acordndome de que era hija de un papa. Cien veces he
querido darme la muerte, mas me sentia con apego  la vida. Acaso esta
ridcula flaqueza es una de nuestras propensiones mas funestas; porque
donde hay mayor necedad que empearse en llevar continuamente encima
una carga que siempre anhela uno por tirar al suelo; horrorizarse de
su exstencia, y querer exstir; halagar en fin la vbora que nos est
royendo, hasta que nos haya comido las entraas y el corazon?

En los paises adonde me ha llevado mi suerte, y en los mesones donde
he servido, he visto infinita cantidad de personas que maldecian su
exstencia; pero no han pasado de doce las que he visto que daban
voluntariamente fin  sus cuitas: tres negros, quatro Ingleses, quatro
Ginebrinos, y un catedrtico aleman llamado Robel. Al fin me tom por
su criada el Judo Don Isacar, y me llev, hermosa seorita,  casa
de vm., donde no he pensado mas queen la felicidad de vm.,
interesndome mas en sus aventuras que en las mias propias; y nunca
hubiera mentado siquiera mis cuitas, si no me hubiera vm. picado cun
poco, y si no fuese estilo de los que van embarcados contar cuentos
para matar el tiempo. Seorita, yo tengo experiencia, y se lo que es el
mundo: vaya vm. preguntando  cada pasagero uno por uno la historia
de su vida, y mande que me arrojen de cabeza en el mar, si encuentra
uno solo que no haya maldecido cien veces la exstencia, y que no se
haya creido el mas desventurado de los mortales.





CAPITULO XIII.

_De como Candido tuvo que separarse por fuerza de la hermosa
Cunegunda y la vieja._


Oda la historia de la vieja, la hermosa Cunegunda la trat con toda la
urbanidad y decoro que se merecia una persona de tan alta gerarqu y
tanto mrito, y admiti su propuesta. Rog  todos los pasageros que
le contaran sus aventuras uno despus de otro, y Candido y ella
confesron que tenia la vieja razon. Qu lstima es, decia Candido,
que hayan ahorcado, contra lo que es prctica, al sabio Pangls en un
auto de fe! Cosas maravillosas nos diria cerca del mal fsico, y del
mal moral, que cubren mares y tierras, y yo tuviera valor para hacerle
con mucho respeto algunos reparillos.

Mintras contaba cada uno su historia, iba andando el navo, y al fin
aport  Buenos-Ayres. Cunegunda, el capitan Candido y la vieja se
furon  presentar al gobernador Don Fernando de Ibarra, Figueroa,
Mascareas, Lampurdan y Souza, el qual seor tenia una arrogancia
que no desdecia de un sugeto posesor de tantos apellidos. Trataba 
los hombres con la mas noble altivez, alzando el pescuezo, hablando en
tan descompasadas y recias voces, y en tono tan altivo, y afectando
ademanes tan arrogantes, que  quantos le saludaban les venan
tentaciones de hartarle de bofetadas. Era con esto enamorado hasta no
mas, y Cunegunda le pareci la mas hermosa criatura de quantas habia
visto. Lo primero que hizo fu preguntar si era muger del capitan.
Sobresaltse Candido del tonillo con que acompa esta pregunta, y no
se atrevi  decir que fuese su muger, porque verdaderamente no lo
era; ni mnos que fuese su hermana, porque no lo era tampoco; puesto
que esta mentira oficiosa era muy freqentemente usada do los
antiguos: pero el alma de Candido era tan pura que no pudo desmentir
la verdad. Esta Seorita, dxo, me debe favorecer con su mano, y
suplicamos mbos  Vueselencia que se digne ser padrino de los
novios. Oyendo esto Don Fernando de Ibarra, Figueroa, Mascareas,
Lampurdan y Souza, se alz con la izquierda mano los bigotes, se ri
con ademan burlon, y mand al capitan Candido que fuera  pasar
revista  su compaa. Obedeci este, y se qued el gobernador 
solas con la baronesita; le manifest su amor, previnindola que el
dia siguiente seria su esposo por delante  por detras de la iglesia,
como mas  Cunegunda le potase. Pidile esta un quarto de hora para
pensarlo bien, consultarlo con la vieja, y resolverse.

Entrron Cunegunda y la vieja en bureo, y esta dixo: Seorita, vm.
tiene setenta y dos quarteles y ni un ochavo, y est en su mano ser
muger del seor mas principal de la Amrica meridional, que tiene unos
estupendos bigotes, y as no viene al caso echarla de incontrastable
firmeza. Los Bulgaros la violron  vm.; un inquisidor y un Judo han
disfrutado sus favores: las desdichas dan derechos legtimos. Si yo
fuera vm., confieso que no tendra reparo ninguno en casarme con el
seor gobernador, y hacer rico al seor capitan Candido. As decia la
vieja con toda aquella autoridad que su prudencia y sus canas le
daban, y mintras estaba aferrando ncoras un navichuelo que traa un
alcalde y dos alguaciles; y era esta la causa de su arribo.

No se habia equivocado la vieja en sospechar que el ladron del dinero
y las joyas de Cunegunda en Badajoz, quando venia huyendo con
Candido, era un frayle Francisco de manga ancha. El frayle quiso
vender  un diamantista algunas de las piedras preciosas hurtadas, y
este conoci que eran las mismas que le habia comprado  el propio el
Inquisidor general. Fu preso el santo religioso, y confes de plano 
quien y como las habia robado, y el camino que llevaban Candido y
Cunegunda. Ya se sabia la fuga de mbos: furon pues en su seguimiento
hasta Cadiz, y sin perder tiempo sali un navo en su demanda. Ya
estaba la embarcacin al ancla en el puerto de Buenos-Ayres, y acudi
la voz de que iba  desembarcar un alcalde del crmen, que venia en
busca de los asesinos del ilustrsimo Seor Inquisidor general. Al
punto di rden la discreta vieja en lo que habia que hacer. Vm. no se
puede escapar, dixo  Cunegunda, ni tiene nada que temer, que no fu
vm. quien mat  Su Ilustrsima; y fuera de eso el gobernador
enamorado no consentir que la toquen en el pelo de la ropa: con que
no hay que menearse. Va luego corriendo  Candido, y le dice:
Escpate, hijo mio, si no quieres que dentro de una hora te quemen
vivo. No daba el caso un instante de vagar; pero cmo se habia de
apartar de Cunegunda? y donde hallaria asilo?




CAPITULO XIV.

_Del recibimiento que  Candido y  Cacambo hiciron los jesuitas
del Paraguay._


Se haba trado consigo Candido de Cadiz uncriado corno se encuentran
muchos en los puertos de mar de Espaa, que era un quarteron, hijo de
un mestizo de Tucuman, y que habia sido monaguillo, sacristan,
marinero, metedor, soldado y lacayo. Llambase Cacambo, y queria
mucho  su amo, porque su amo era muy bueno. Ensill en un abrir y
cerrar de ojos los dos caballos andaluces, y dixo  Candido: Vamos,
Seor, sigamos el consejo de la vieja, y echamos  correr sin mirar
siquiera hacia atrs. Candido vertia amargas lgrimas diciendo: Oh
mi amada Cunegunda! con que es fuerza que te abandone quando iba el
seor gobernador  ser padrino de nuestras bodas? Qu va  ser de mi
Cunegunda, que de tan ljos habia trado? Ser lo que Dios quisiere,
dixo Cacambo: las mugeres para todo encuentran salida; Dios las
remedia; vmonos. Adonde me llevas? adonde vamos? qu nos haremos
sin Cunegunda? decia Candido. Voy  Santiago, replic Cacambo; vm.
venia con nimo de pelear contra los jesuitas, pues vamos  pelear en
su favor. Yo se el camino, y le llevar  vm.  su reyno; y tendrn
mucha complacencia en poseer un capitan que hace el exercicio  la
bulgara; vm. har un inmenso caudal: que quando no tiene uno lo que ha
menester en un mundo, lo busca en el otro, y es gran satisfaccion ver
y hacer cosas nuevas. Con que tu ya has estado en el Paraguay? le
dixo Candido. Friolera es si he estado, replic Cacambo; he sido
pinche en el colegio de la Asuncion, y conozco el gobierno de los
padres lo mismo que las calles de Cadiz. Es un portento el tal
gobierno. Ya tiene mas de trescientas leguas de dimetro, y se divide
en treinta provincias. Los padres son dueos de todo, y los pueblos
no tienen nada: es la obra maestra de la razon y la justicia. Yo por
m no veo mas divina cosa que los padres, que aqu estan haciendo la
guerra  los reyes de Espaa y Portugal, y confesndolos en Europa;
aqu matan  los Espaoles, y en Madrid les abren de par en par el
cielo: vaya, es cosa que me encanta. Vamos apriesa, que va vm.  ser
el mas afortunado de los humanos. Qu gusto para los padres, quando
sepan que les llega un capitan que sabe el exercicio bulgaro!

As que llegron  la primera barrera, dixo Cacambo  la guardia
avanzada que un capitan queria hablar con el seor comandante. Furon
 avisar  la gran guardia, y un oficial paraguays fu corriendo 
echarse  los pis del comandante para darle parte de esta nueva.
Desarmron primero  Candido y  Cacambo, y les cogiron sus
caballos andaluces; introduxronlos luego entre dos filas de
soldados, al cabo de las quales estaba el comandante, con su bonete
de Teatino puesto, la espada ceida, la sotana remangada, y una
alabarda en la mano: hizo una sea, y al punto veinte y quatro
soldados roderon  los recienvenidos. Dxoles un sargento que
esperasen, porque no les podia hablar el comandante, habiendo mandado
el padre provincial que ningn Espaol descosiese la boca como no
fuese en su presencia, ni se detuviese arriba de tres horas en el
pais. Y donde est el reverendo padre provincial? dixo Cacambo. En
la parada, desde que dixo misa, y no podrn vms. besarle las espuelas
hasta de aqu  tres horas. Si el seor capitan, que se est muriendo
de hambre lo mismo que yo, dixo Cacambo, no es Espaol, que es Aleman;
con que me parece que podemos almorzar mintras llega Su
Reverendsima.

Fuse incontinenti el sargento  dar cuenta al comandante. Bendito sea
Dios, dixo este seor: una vez que es Aleman, bien podemos hablar;
llvenle  mi enramada. Llevron al punto  Candido  un retrete de
verdura, ornado de una muy bonita colunata de mrmol verde y color de
oro, y de enjaulados donde habia encerrados papagayos, pxaros-moscas,
colibres, gallinas de Guinea, y otros pxaros raros. Estaba servido
en vaxilla de oro un excelente almuerzo; y mintras comian granos de
maiz los Paraguayeses en escudillas de palo, y en campo raso al calor
del sol, se meti el padre reverendo en la enramada. Era este un mozo
muy galan, lleno de cara, blanco y colorado, las cejas altas y
arqueadas, los ojos despiertos, encarnadas las orejas, roxos los
labios, el ademan altivo, pero no aquella altivez de un Espaol, ni la
de un jesuita. Furon restituidas  Candido y  Cacambo las armas que
les habian quitado, y con ellas los dos caballos andaluces; y Cacambo
les ech un pienso cerca de la enramada, sin perderlos de vista,
temiendo que le jugaran alguna treta.

Bes Candido la sotana del comandante, y se sentaron mbos  la mesa.
Con que es vm. Aleman? le dixo el jesuita en este idioma. S, padre
reverendsimo, dixo Candido. Mirronse uno y otro, al pronunciar estas
palabras, con un pasmo y una alteracion que no podian contener en el
pecho. De qu pais de Alemania es vm.? dixo el jesuita. De la sucia
provincia de Vesfalia, replic Candido, natural de la quinta de
Tunder-ten-tronck. Dios mio! es posible? exclam el comandante. Qu
portento! gritaba Candido. Es vm.? decia el comandante. No puede ser,
replicaba Candido. Ambos  dos se tiran uno  otro, se abrazan, y
derraman un mar de lgrimas. Con que es vm., reverendo padre? vm.,
hermano de la hermosa Cunegunda; vm., que fu muerto por los Bulgaros;
vm., hijo del seor baron; vm., jesuita en el Paraguay! vaya, que en
este mundo se ven cosas extraas. Ha Pangls, Pangls, qu jbilo
fuera el tuyo si no te hubieran ahorcado!

Hizo retirar el comandante  los esclavos negros y  los Paraguayeses,
que le escanciaban vinos preciosos en vasos de cristal de roca, y di
mil veces gracias  Dios y  San Ignacio, estrechando en sus brazos 
Candido, mintras que por los rostros de mbos corrian copiosos
llantos. Mas se enternecer vm., se pasmar, y perder el juicio,
continu Candido, quando sepa que la baronesita su hermana,  quien
cree que le han pasado el vientre, est buena y sana.--Adonde?--Aqu
cerca, en casa del seor gobernador de Buenos-Ayres, y yo he venido
con ella  la guerra. Cada palabra que en esta larga conversacin
decian era un prodigio nuevo: toda su alma la tenian pendiente de la
lengua, atenta en los oidos, y brillndoles en los ojos. A fuer de
Alemanes, estuviron largo espacio sentados  la mesa, mintras venia
el reverendo padre provincial; y el comandante habl as  su amado
Candido.




CAPITULO XV.

_Que cuenta la muerte gue di Candido al hermano de su querida
Cunegunda._


Toda mi vida tendr presente aquel horrorosa dia que vi dar muerte 
mi padre y  mi madre, y violar  mi hermana. Quando se retirron los
Bulgaros, nadie pudo dar lengua de esta adorable hermana, y echron en
una carreta  mi madre,  mi padre, y  m,  dos criadas, y tres
muchachos degollados, para enterrarnos en una iglesia de jesuitas, que
dista dos leguas de la quinta de mi padre. Un jesuita nos roci con
agua bendita, que estaba muy salada; me entrron unas gotas en los
ojos, y advirti el padre que hacian mis pestaas un movimiento de
contraccion; psome la mano en el corazon, y le sinti latir: me
socorriron, y al cabo de tres semanas me hall sano. Ya sabe vm.,
querido Candido, que era muy bonitillo; creci mi hermosura con la
edad, de suerte que el reverendo padre Croust, rector de la casa, me
tom mucho cario, y me di el hbito de novicio: poco despues me
environ  Roma. El padre general necesitaba una leva de jesuitas
alemanes mozos. Los soberanos del Paraguay admiten lo mnos jesuitas
espaoles que pueden, y prefieren  los extrangeros, de quien se
tienen por mas seguros. El reverendo padre general me crey bueno para
el cultivo de esta via, y vinimos juntos un Polaco, un Tirols, y yo.
As que llegu, me ordenron de subdicono, y me diron una tenencia:
y ya soy coronel y sacerdote. Las tropas del rey de Espaa sern
recibidas con bro, y yo salgo fiador de que se han de volver
excomulgadas y vencidas. La Providencia le ha trado  vm. aqu para
favorecernos. Pero es cierto que est mi querida Cunegunda aqu cerca
en casa del gobernador de Buenos-Ayres? Candido le confirm con
juramento la verdad de quanto le habia referido, y corriron de nuevo
los llantos de entrmbos.

No se hartaba el baron de dar abrazos  Candido, apellidndole su
hermano y su libertador. Acaso podrmos, querido Candido, le dixo,
entrar vencedores los dos juntos en Buenos-Ayres, y recuperar  mi
hermana Cunegunda. No deseo yo otra cosa, respondi Candido, porque me
iba  casar con ella, y todava espero ser su esposo. T, insolente!
replic el baron: tener descaro para casarte con mi hermana, que
tiene setenta y dos quarteles! y tienes avilantez para hablarme de
tan temerario pensamiento! Confuso Candido al oir estas razones, le
respondi: Reverendo padre, no importan un bledo todos los quarteles
de este mundo; yo he sacado  la hermana de vuestra reverencia de
poder de un Judo y un inquisidor; ella me est agradecida, y quiere
ser mi muger: maese Pangls me ha dicho que todos ramos iguales, y
Cunegunda ha de ser mia. Eso lo vermos, picaruelo, dixo el jesuita
baron de Tunder-ten-tronck, alargndole con la hoja de la espada un
cintarazo en los hocicos. Candido desenvayna la suya, y se la mete en
la barriga hasta la cazoleta al baron jesuita; pero, al sacarla
humeando en sangre, ech  llorar. Ay, Dios mio, dixo, que he quitado
la vida  mi amo antiguo,  mi amigo y mi cuado! El mejor hombre del
mundo soy, y ya llevo muertos tres hombres, y de estos tres los dos
son clrigos.

Acudi  la bulla Cacambo que estaba de centinela  la puerta de la
enramada. No nos queda mas que vender caras nuestras vidas, le dixo su
amo; sin duda van  entrar en la enramada: muramos con las armas en la
mano. Cacambo que no se atosigaba por nada, sin inmutarse cogi la
sotana del baron, se la ech  Candido encima, le puso el bonete de
Teatino del cadver, y le hizo montar  caballo: todo esto se execut
en un momento. Galopemos, Seor: todo el mundo creer que es vm. un
jesuita que lleva rdenes, y ntes que vengan tras de nosotros,
estarmos ya fuera de las fronteras. Todo fu uno el pronunciar estas
palabras, y volar gritando: Plaza, plaza al reverendo padre coronel.




CAPITULO XVI.

_Donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantes con
dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados Orejones._


Ya habian pasado las barreras Candido y su criado, y todava ninguno
en el campo sabia la muerte del jesuita tudeseo. El vigilante Cacambo
no se habia olvidado de hacer buen repuesto de pan, chocolate, jamon,
fruta, y botas de buen vino, y as se metiron con sus caballos
andaluces en un pais desconocido, donde no descubriron sendero
ninguno trillado: al cabo se ofreci  su vista una hermosa pradera
regada de mil arroyuelos, y nuestros dos caminantes dexron pacer sus
caballeras, Cacambo propuso  su amo que comiese, dndole con el
consejo el exemplo. Cmo quieres, le dixo Candido, que coma jamon,
despus de haber muerto al hijo del seor baron, y vindome condenado
 no volver  mirar  la bella Cunegunda? Qu me valdr el alargar
mis desventurados aos, debiendo pasailos ljos de ella en los
remordimientos y la desesperacion? Qu dir el diarista de Trevoux?

Dicho esto, no dex de comer. El sol iba  ponerse, quando  deshora
oyen los dos asendereados caminantes unos blandos quejidos como de
mugeres; pero no sabian si eran de gusto  de sentimiento:
levantronse empero  toda priesa con el susto y la inquietud que
qualquiera cosa infunde en un pais no conocido. Daban estos gritos
dos mozas en cueros, que corrian con mucha ligereza por la pradera, y
en su seguimiento iban dos ximios dndoles bocados en las nalgas.
Movise Candido  compasion; habia aprendido  tirar con los
Blgaros, y era tan diestro que derribaba una avellana del rbol sin
tocar  las hojas; cogi pues su escopeta madrilea de dos caones,
tir, y mat mbos ximios. Bendito sea Dios, querido Cacambo, dixo,
que de tamao peligro he librado esas dos pobres criaturas: si comet
un pecado en matar  un inquisidor y  un jesuita, ya he satisfecho 
Dios, librando de la muerte  dos muchachas, que acaso son seoritas
de circunstancias; y esta aventura no puede mnos de grangearnos
mucho provecho en el pais. Iba  decir mas, pero se le hel la sangre
y el habla quando vi que las dos muchachas se abrazaban
amorosamente de los monos, inundaban en llanto los cadveres, y
henchian el viento de los mas dolientes gritos. No esperaba yo tanta
bondad, dixo  Cacambo; el qual le replic: Buena la hemos hecho,
Seor. Los que vm. ha muerto eran los amantes de estas dos nias.
Amantes! cmo es posible? Cacambo, tu te ests burlando: cmo
quieres que tal crea?' Seor amado, replic Cacambo, vm. de todo se
pasma. Porqu extraa tanto que en algunos pases sean los ximios
favorecidos de las damas, si son quarterones de hombre, lo mismo que
yo quarteron de Espaol? Ha, repuso Candido, bien me acuerdo de haber
oido decir  maese Pangls que antiguamente sucedian esos casos, y que
de estas mezelas procediron los egypancs, los faunos, los stiros,
que viron muchos principales personages de la antigedad; pero yo
todo lo tenia por fabuloso. Ya puede vm. convencerse ahora, dixo
Cacambo, de que son verdades, y ya ve los estilos de la gente que no
ha tenido cierta educacion: lo que me temo, es que estas damas nos
metan en algun atolladero.

Persuadido Candido por tan slidas reflexones, se desvi de la
pradera, y se meti en una selva, donde cen con Cacambo; y despues
que hubiron mbos echado sendas maldiciones al inquisidor de
Portugal, al gobernador de Buenos-Ayres, y al baron, se quedron
dormidos sobre la yerba. Al despertar sintiron que no se podian
menear; y era la causa que por la noche los Orejones, moradores del
pais,  quien habian dado el soplo las dos damas, los habian atado con
cuerdas hechas de cortezas de rboles. Cercbanlos unos cincuenta
Orejones desnudos, y armados con flechas, mazas y hachas de pedernal:
unos hacian hervir un grandsimo caldero, otros aguzaban asadores, y
todos clamaban: Un jesuita, un jesuita; ahora nos vengarmos, y nos
regalarmos;  comer jesuita,  comer jesuta.

Bien le habia yo dicho  vm., seor, dixo en triste voz Cacambo, que
las muchachas aquellas nos jugarian una mala pasada. Candido mirando
los asadores y el caldero, dixo: Sin, duda que van  cocernos 
asarnos. Ha, qu diria el doctor Pangls si viera lo que es la pura
naturaleza? Todo est bien, norabuena; pero confesemos que es triste
cosa haber perdido  mi Cunegunda, y ser espetado en un asador por
unos Orejones. Cacambo, que nunca se alteraba por nada, dixo al
desconsolado Candido: No se aflija vm., que yo entiendo algo el
guirigay de estos pueblos, y les voy  hablar. No dexes de
representarles, dixo Candido, que es una inhumanidad horrible el cocer
la gente en agua hirviendo, y accion de mal cristiano.

Seores, dixo alzando la voz Cacambo, vms. piensan que se van  comer
 un jesuta; y fuera muy bien hecho, que no hay cosa mas conforme 
justicia que tratar as  sus enemigos. Efectivamente el derecho
natural ensea  matar al prxmo, y as es estilo en todo el mundo: y
si no exercitamos nosotros el derecho de comrnoslos, consiste en que
tenemos otros manjares con que regalarnos; pero vosotros no estais en
el mismo caso, y cierto vale mas comerse  sus enemigos, que abandonar
 los cuervos y las cornejas el fruto de la victoria. Mas vms.,
seores, no se querrn comer  sus amigos; y creen que van  espetar 
un jpsuita en el asador, mintras que el asado es vuestro defensor, y
enemigo de vuestros enemigos. Yo soy nacido en vuestro mismo pais;
este seor que estais viendo es mi amo, y ljos de ser jesuita, acaba
de matar  un jesuita, y se ha trado los despojos: este es el motivo
de vuestro error. Para verificar lo que os digo, coged su sotana,
llevadla  la primera barrera del reyno de los padres,  informaos si
es cierto que mi amo ha muerto  un jesuita. Poco tiempo ser
necesario, y luego nos podeis comer, si averiguais que es mentira;
pero si os he dicho la verdad, harto bien sabeis los principios de
derecho pblico, la moral y las leyes, para que nos hagais mal.

Pareci justa la proposicion  los Orejones, y comisionron  dos
prohombres para que con la mayor presteza se informaran de la verdad:
los diputados desemperon su comision con mucha sagacidad, y
volvieron con buenas noticias. Desatron pues los Orejones  los dos
presos, les hiciron mil agasajos, les diron vveres, y los
conduxron hasta los confines de su estado, gritando muy alegres: No
es jesuita, no es jesuita.

No se hartaba Candido de pasmarse del motivo porque le haban puesto
en libertad. Qu pueblo, decia, qu gente, qu costumbres! Si no
hubiera tenido la fortuna de atravesar de una estocada de parte 
parte al hermano de mi baronesita, me comian sin mas remision. Verdad
es que la naturaleza pura es buena, quando en vez de comerme me lian
agasajado tanto estas gentes, as que han sabido que no era jesuita.




CAPITULO XVII.

_Cuntase el arribo de Candido con su criado al pais del Dorada, y
lo que alli viron._


Quando estuviron en la raya de los Orejones, Ya ve vm., dixo Cacarnbo
 Candido, que este hemisferio vale tan poco como el otro; crame, y
vlvamnos  Europa por el camino mas corto. Cmo me he de volver,
respondi Candido, ni adonde he de ir? Si me vuelvo  mi pais, los
Abaros y los Bulgaros lo talan todo  sangre y fuego; si  Portugal,
me queman; si nos quedamos en este pais, corremos peligro de que nos
asen vivos. Mas cmo nos hemos de resolver  dexar la parte del mundo
donde reside mi baronesita?

Encaminmonos  Cayena, dixo Cacambo; alli hallarmos Franceses, que
andan por todo el mundo, y que nos podrn valer: y acaso tendr Dios
misericordia de nosotros.

No era cosa fcil ir  Cayena: bien sabian,  poco mas  mnos, hcia
que parte se habian de dirigir; pero las montaas, los rios, los
despeaderos, los salteadores, y los salvages cran en todas partes
estorbos insuperables. Los caballos se muriron de cansancio; se les
acabron las provisiones; y se mantuviron por espacio de un mes con
frutas silvestres. Al cabo se hallron  orillas de un riachuelo
poblado de cocos, que les conservron la vida y la esperanza.
Cacambo, que era de tan buen consejo como la vieja, dixo  Candido: Ya
no podemos ir mas tiempo  pi, sobrado hemos andado; una canoa vaca
estoy viendo  la orilla del ro, llenmosla de cocos, metmonos
dentro, y dexmonos llevar de la corriente: un ro va siempre  parar
 algun sitio habitado; y si no vemos cosas gratas,  lo mnos
vermos cosas nuevas. Vamos all, dixo Candido, y encomendmonos  la
Providencia.

Navegron por espacio de algunas leguas entre riberas, unas veces
amenas, otras ridas, aqu llanas, y all escarpadas. El ro se iba
continuamente ensanchando, y al cabo se encaaba baso una bveda de
espantables breas que escalaban el cielo. Tuviron mbos caminantes
la osada de dexarse arrastrar de las olas debaxo de esta bveda; y el
ro, que en este sitio se estrechaba, se los llev con horroroso
estrpito y no vista velocidad. Al cabo de veinte y quatro horas
viron otra vez la luz; pero la canoa se hizo aicos en los baxos, y
tuviron que andar  gatas de uno en otro peasco una legua entera:
finalmente avistron un inmenso horizonte cercado de inaccesibles
montaas. Todo el pais estaba cultivado no mnos para recrear el gusto
que para satisfacer las necesidades; en todas paftes lo til se
maridaba con lo agradable; vanse los caminos reales cubiertos,  por
mejor decir ornados de carruages deforma elegante y luciente materia,
y dentro mugeres y hombres de peregrina hermosura: tiraban con raudo
paso de estos carruages unos avultados carneros encarnados, muy mas
ligeros que los mejores caballos de Andaluca, Tetuan y Mequinez.

Mejor tierra es esta, dixo Candido, que la Vesfalia; y se ape con
Cacambo en el primer lugar que top. Algunos muchachos de la aldea,
vestidos de tis de oro hecho pedazos, estaban jugando al tejo  la
entrada del lugar; nuestros dos hombres del otro mundo se divertian
en mirarlos. Eran los tejos unas piezas redondas muy anchas,
amarillas, encarnadas y verdes, que despedian mucho brillo: cogiron
algunas, y eran oro, esmeraldas y rubes, de tanto valor que el de
mnos precio hubiera sido la mas rica joya del trono del Gran Mogol.
Estos muchachos, dixo Cacambo, son sin duda los infantes que estan
jugando al tejo. En esto se asom el maestro de primeras letras del
lugar, y dixo  los muchachos que ya era hora de entrar en la
escuela. Ese es, dixo Candido, el preceptor de la familia real.

Los chicos del lugar abandonron al punto el juego, y tirron los
tejos, y quanto para divertirse les habia servido. Cogilos Candido,
y acercndose  todo correr al preceptor, se los present con mucha
humildad, dicindole por seas que sus Altezas Reales se habian dexado
olvidado aquel oro y aquellas piedras preciosas. Echse  reir el
maestro de leer, y las tir al suelo; mir luego atentamente  Candido
 la cara, y sigui su camino.

Los caminantes se diron priesa  coger el oro, los rubes y las
esmeraldas. Donde estamos? decia Candido: menester es que esten bien
educados los infantes de este pais, pues as los ensean  no hacer
caso del oro ni las piedras preciosas. No estaba Cacambo mnos atnito
que Candido. Al fin se llegron  la primera casa del lugar, que tenia
trazas de un palacio de Europa;  la puerta habia agolpada una
muchedumbre de gente, y mas todava dentro: oase resonar una msica
melodiosa, y se respiraba un delicioso olor de exquisitos manjares.
Arrimse Cacambo  la puerta, y oy hablar peruano, que era su lengua
materna; pues ya sabe todo el mundo que Cacambo era hijo de Tucuman,
de un pueblo donde no se conocia otro idioma. Yo le servir  vm. de
intrprete, dixo  Candido; entremos, que este es un meson.

Al punto dos mozos y dos criadas del meson, vestidos de tela de oro,
y los cabellos prendidos con lazos de lo mismo, los convidaron  que
se sentaran  mesa redonda. Sirviron en ella quatro sopas con dos
papagayos cada una, un buytre cocido que pesaba doscientas libras,
dos monos asados de un sabor muy delicado, trescientos colibres en un
plato, y seiscientos pxaros-moscas en otro, exquisitas frutas, y
pastelera deliciosa, todo en platos de cristal de roca; y los mozos y
sirvientas del meson escanciaban varios licores sacados de la caa de
azcar.

La mayor parte de los comensales eran mercaderes y carruageros, todos
de una urbanidad imponderable, que con la mas prudente circunspeccion
hiciron  Cacambo algunas preguntas, y respondiron  las de este,
dexndole muy satisfecho de sus respuestas. Quando se acab la comida,
Cacambo y Candido cryeron que pagaban muy bien el gasto, tirando en
la mesa dos de aquellas grandes piezas de oro que habian cogido; pero
soltarn la carcajada el husped y la huspeda, y no pudiron durante
largo rato contener la risa: al fin se serenron, y el husped les
dixo: Bien vemos, seores, que son vms. extrangeros; y como no estamos
acostumbrados  ver ninguno, vms. perdonen si nos hemos echado  reir
quando nos han querido pagar con las piedras de nuestros caminos
reales. Sin duda vms. no tienen moneda del pais, pero tampoco se
necesita para comer aqu, porque todas las posadas establecidas para
comodidad del comercio las paga el gobierno. Aqu han, comido vms.
mal, porque estan en una pobre aldea; pero en las demas partes los
recibirn como se merecen. Explicaba Cacambo  Candido todo quanto
decia el husped, y lo escuchaba Candido con tanto pasmo y maravilla
como tenia en decrselo su amigo Cacambo. Pues qu pais es este,
decan ambos, ignorado de todo lo demas de la tierra, y donde la
naturaleza entera tanto de la nuestra se diferencia? Es regular que
este sea el pais donde todo est bien, aadia Candido, que alguno ha
de haber de esta especie; y diga lo que quiera maese Pangls, muchas
veces he advertido que todo iba mal en Vesfalia.




CAPITULO XVIII.

_Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado viron._


Cacambo di parte de su curiosidad  su husped, y este le dixo: Yo
soy un ignorante, y no me arrepiento de serlo; pero en el pueblo
tenemos  un anciano retirado de la corte, que es el sugeto mas docto
del reyno, y que mas gusta de comunicar con los otros lo que sabe.
Dicho esto, llev  Cacambo  casa del anciano. Candido representaba
la segunda persona, y acompaaba  su criado. Entrron mbos en una
casa sin pompa, porque las puertas no eran mas que de plata, y los
techos de los aposentos de oro, pero con tan fino gusto labrados, que
con los mas ricos techos podian entrar en cetejo; la antesala
solamente en rubes y esmeraldas estaba embutida, pero el rden con
que estaba todo colocado resarcia esta excesiva simplicidad.

Recibi el anciano  los dos extrangeros en un sof de plumas de
colibr, y les ofreci varios licores en vasos de diamante, y luego
satisfizo su curiosidad en estos trminos. Yo tengo ciento setenta y
dos aos, y mi difunto padre, caballerzo del rey, me cont las
asombrosas revoluciones del Per, que habia el presenciado. El reyno
donde estamos es la antigua patria de los Incas, que cometiron el
disparate de abandonarla por ir  sojuzgar parte del mundo, y que al
fin destruyron los Espaoles.

Mas prudentes furon los prncipes de su familia que permaneciron en
su patria, y por consentimiento de la nacion dispusiron que no
saliera nunca ningun habitante de nuestro pequeo reyno: lo qual ha
mantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. Los Espaoles han
tenido una confusa idea de este pais, que han llamado _El
Dorado_; y un Ingls, nombrado el caballero Raleigh, lleg aqu
cerca unos cien aos hace; mas como estamos rodeados de intransitables
breas y simas espantosas, siempre hemos vivido exentos de la
rapacidad europea, que con la insaciable sed que los atormenta de las
piedras y el lodo de nuestra tierra, hubieran acabado con todos
nosotros sin dexar uno vivo.

Fu larga la conversacion, y se trat en ella de la forma de gobierno,
de las costumbres, de las mugeres, de los teatros y de las artes;
finalmente Candido, que era muy adicto  la metafsica, pregunt, por
medio de Cacambo, si tenian religion los moradores. Sonrojse un poco
el anciano, y respondi: Pues cmo lo dudais? creeis que tan
ingratos somos? Pregunt Cacambo con mucha humildad qu religion era
la del Dorado. Otra vez se abochorn el viejo, y le replic: Acaso
puede haber dos religiones? Nuestra religion es la de todo el mundo:
adoramos  Dios noche y dia. Y no adorais mas que un solo Dios?
repuso Cacambo, sirviendo de intrprete  las dudas de Candido. Como
si hubiera dos,  tres,  quatro, dixo el anciano: vaya, que las
personas de vuestro mundo hacen preguntas muy raras. No se hartaba
Candido de preguntar al buen viejo, y queria saber qu era lo que
pedian  Dios en el Dorado. No le pedimos nada, dixo el respetable y
buen sabio, y nada tenemos que pedirle, pues nos ha dado todo quanto
necesitamos; pero le tributamos sin cesar acciones de gracias. A
Candido le vino la curiosidad de ver los sacerdotes, y pregunt donde
estaban; y el venerable anciano le dixo sonrindose: Amigo mio, aqu
todos somos sacerdotes; el rey y todas las cabezas de familia cantan
todas las maanas solemnes cnticos de acciones de gracias, que
acompaan cinco  seis mil msicos.--Con que no teneis frayles que
enseen, que arguyan, que gobiernen, que enreden, y que quemen  los
que no son de su parecer?--Menester seria que estuviramos locos,
respondi el anciano; aqu todos somos de un mismo parecer, y no
entendemos que significan esos vuestros frayles. Estaba Candido como
exttico oyendo estas razones, y decia para s: Muy distinto pais es
este
de la Vesfalia, y de la quinta del seor baron; si hubiera visto
nuestro
amigo Pangls el Dorado, no diria que la quinta de Tunder-ten-tronck
era lo mejor que habia en la tierra. Cierto que es bueno viajar.

Acabada esta larga conversacion, hizo el buen viejo poner un coche
tirado de seis carneros, y di  los dos caminantes doce de sus
criados para que los llevaran  la Corte. Perdonad, les dixo, si me
priva mi edad de la honra de acompaaros; pero el rey os agasajar de
modo que quedeis gustosos, y sin duda disculparis los estilos del
pais, si alguno de ellos os desagrada.

Montron en coche Candido y Cacambo; los seis carneros iban volando, y
en mnos de quatro horas llegron al palacio del rey, situado  un
extremo de la capital. La puerta principal tenia doscientos y veinte
pis de alto, y ciento de ancho, y no es dable decir de qu materia
era; mas bien se echa de ver quan portentosas ventajas sacaria  los
pedruscos y la arena que llamamos nosotros oro y piedras preciosas.
Al apearse Candido y Cacambo del coche, furon recibidos por veinte
hermosas doncellas de la guardia real, que los llevron al bao, y los
vistiron de un ropage de plumion de colibr; luego los principales
oficiales y oficialas de palacio los conduxron al aposento de Su
Magestad, entre dos filas de mil msicos cada una, como era estilo.
Quando estuviron cerca de la sala del trono, pregunt Cacambo  uno
de los oficiales principales como habian de saludar  Su Magestad; si
hincados de rodillas  postrados al suelo; si habian de poner las
manos en la cabeza  en el trasero; si habian de lamer el polvo de la
sala; finalmente quales eran las ceremonias. La prctica, dixo el
oficial, es dar un abrazo al rey, y besarle en mbas mexillas.
Abalanzronse pues Candido y Cacambo al cuello de Su Magestad, el qual
correspondi con la mayor afabilidad, y los convid cortesmente 
cenar. Entre tanto les enseron la ciudad, los edificios pblicos que
escalaban las nubes, las plazas de mercado ornadas de mil colunas, las
fuentes de agua clara, las de agua rosada, las de licores de caa, que
sin parar corrian en vastas plazas empedradas con una especie de
piedras preciosas que esparcian un olor parecido al del clavo y la
canela. Quiso Candido ver la sala del crimen y el tribunal, y le
dixron que no los habia, porque ninguno litigaba: se inform si habia
crcel, y le fu dicho que no; pero lo que mas extra y mas
satisfaccion le caus, fu el palacio de las ciencias, donde vi una
galera de dos mil pasos, llena toda de instrumentos de fsica y
matemticas.

Habiendo andado en toda aquella tarde como la milsima parte de la
ciudad, los traxron de vuelta  palacio. Candido se sent  la mesa
entre Su Magestad, su criado Cacambo, y muchas seoras; y no se puede
ponderar lo delicado de los manjares, ni los dichos agudos que de boca
del monarca se oan. Cacambo le explicaba  Candido los donayres del
rey, y aunque traducidos todava eran donayres; y de todo quanto pasm
 Candido, no fu esto lo que le dex mnos pasmado.

Un mes estuviron en este hospicio. Candido decia continuamente 
Cacambo: Ello es cierto, amigo mio, que la quinta donde yo nac no se
puede comparar con el pais donde estamos; pero al cabo mi Cunegunda no
habita en l, y sin duda que tampoco  t te faltar en Europa una que
bien quieras. Si nos quedamos aqu, sermos uno de tantos; y si damos
vuelta  nuestro mundo no mas que con una docena de carneros cargados
de piedras del Dorado, sermos mas ricos que todos los monarcas
juntos, no tendrmos que tener miedo  inquisidores, y con facilidad
podrmos cobrar  la baronesita. Este razonamiento pet  Cacambo: tal
es la mana de correr mundo, de ser tenido entre los suyos, de hacer
alarde de lo que ha visto uno en sus viages, que los dos afortunados
se determinron  dexarlo de ser, y  despedirse de Su Magestad.

Haceis un disparate, les dixo el rey: bien se que mi pais vale poco;
mas quando se halla uno medianamente bien en un sitio, se debe estar
en l. Yo no tengo por cierto derecho para detener  los extrangeros,
tirana tan opuesta  nuestra prctica como  nuestras leyes. Todo
hombre es libre, y os podeis ir quando quisireis; pero es muy ardua
empresa el salir de este pais: no es posible subir el raudo ro por el
qual habeis venido por milagro, y que corre baxo bvedas de peascos;
las montaas que cercan mis dominios tienen quatro mil varas de
elevacion, y son derechas como torres; su anchura coge un espacio de
diez leguas, y no es posible baxarlas como no sea despendose. Pero,
pues estais resueltos  iros, voy  dar rden  los intendentes de
mquinas para que hagan una que os pueda transportar con comodidad; y
quando os hayan conducido al otro lado de las montaas, nadie os podr
acompaar; porque tienen hecho voto mis vasallos de no pasar nunca su
recinto, y no son tan imprudentes que le hayan de quebrantar: en
quanto  lo dems, pedidme lo que mas os acomode. No pedimos que
Vuestra Magestad nos d otra cosa, dixo Cacambo, que algunos carneros
cargados de vveres, de piedras y barro del pais. Rise el rey, y
dixo: No se qu, pasion es la que tienen vuestros Europeos  nuestro
barro amarillo; llvaos todo el que querais, y buen provecho os haga.

Inmediatamente di rden  sus ingenieros que hicieran una mquina
para izar fuera del reyno  estos dos hombres extraordinarios: tres
mil buenos fsicos trabajron en ella, y se concluy al cabo de quince
dias, sin costar arriba de cien millones de duros, moneda del pais.
Metiron en la mquina  Candido y  Cacambo: dos carneros grandes
encarnados tenian puesta la silla y el freno para que montasen en
ellos as que hubiesen pasado los montes, y los seguian otros veinte
cargados de vveres, treinta con preseas de las cosas mas curiosas que
en el pais habia, y cincuenta con oro, diamantes, y otras piedras
preciosas. El rey di un carioso abrazo  los dos vagamundos. Fu
cosa de ver su partida, y el ingenioso modo con que los izron  ellos
y  sus carneros  la cumbre de las montaas. Habindolos dexado en
parage seguro, se despidiron de ellos los fsicos; y Candido no tuvo
otro hipo ni otra idea que ir  presentar sus carneros  la
baronesita. A bien que llevamos, decia, con que pagar al gobernador de
Buenos-Ayres, si es dable poner precio  mi Cuncgunda: vamos  la isla
de Cayena, embarqumonos, y luego vermos qu reyno habernos de poner
en ajuste.




CAPITULO XIX.

_De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizo Candido de
Martin._


La primera jornada de nuestros dos caminantes fu bastante agradable,
llevados en alas de la idea de encontrarse posesores de mayores
tesoros que quantos en Asia, Europa y Africa se podian reunir. El
enamorado Candido grab el nombre de Cunegunda en las cortezas de los
rboles. A la segunda jornada se atollron en pantanos dos carneros, y
pereciron con la carga que llevaban; otros dos se muriron de
cansancio algunos dias despues; luego pereciron de hambre de siete 
ocho en un desierto; de all  algunos dias se cayron otros en unas
simas: por fin  los cien dias de viage no les quedron mas que dos
carneros. Candido dixo  Cacambo: Ya ves, amigo, que deleznables son
las riquezas de este mundo; nada hay slido, como no sea la virtud, y
la dicha de volver  ver  Cunegunda. Confiselo as, dixo Cacambo;
pero todava tenemos dos carneros con mas tesoros que quantos podr
poseer el rey de Espaa, y desde aqu columbro una ciudad, que presumo
que ha de ser Surinam, colonia holandesa. Al trmino de nuestras
miserias tocamos, y al principio de nuestra ventura.

En las inmediaciones del pueblo encontrron  un negro tendido en el
suelo, que no tenia mas que la mitad de su vestido, esto es de unos
calzoncillos de lienzo crudo azul, y al pobre le faltaba la pierna
izquierda y la mano derecha. Dios mi! le dixo Candido, qu haces
ah, amigo, en la terrible situacion en que te veo? Estoy aguardando 
mi amo el seor de Vanderdendur, negociante afamado, respondi el
negro. Ha sido por ventura el seor Vanderdendur quien tal te ha
parado? dixo Candido. S, Seor, respondi el negro; as es prctica:
nos dan un par de calzoncillos de lienzo dos veces al ao para que nos
vistamos; quando trabajamos en los ingenios de azcar, y nos coge un
dedo la piedra del molino, nos cortan la mano; quando nos queremos
escapar, nos cortan una pierna: yo me he visto en mbos casos, y  ese
precio se come azcar en Europa; puesto que quando en la costa de
Guinea me vendi mi madre por dos escudos patagones, me dixo: Hijo
querido, da gracias  nuestros fetiches, y adralos sin cesar, para
que vivas feliz; ya logras de ellos la gracia de ser esclavo de
nuestros seores los blancos, y de hacer afortunados  tu padre y  tu
madre. Yo no se ay! si los he hecho afortunados; lo que se es que
ellos me han hecho muy desdichado, y que los perros, los monos y los
papagayos lo son mil veces mnos que nosotros. Los fetiches holandeses
que me han convertido, dicen que los blancos y los negros somos todos
hijos de Adan. Yo no soy genealogista, pero si los predicadores dicen
la verdad, todos somos primos hermanos; y cierto que no es posible
portarse de un modo mas horroroso con sus propios parientes.

O Pangls, exclam Candido, esta abominacion no la habias t
adivinado: se acab, ser fuerza que abjure tu optimismo. Qu es el
optimismo? dixo Cacambo. Ha, respondi Candido, es la mana de
sustentar que todo est bien quando est uno muy mal. Vertia lgrimas
al decirlo contemplando al negro, y entr llorando en Surinam.

Lo primero que preguntron fu si habia en el puerto algun navo que
se pudiera fletar para Buenos-Ayres. El hombre  quien se lo
preguntron era justamente un patron espaol que les ofreci
ajustarse en conciencia con ellos, y les di cita en una hostera,
adonde Candido y Cacambo le furon  esperar con sus carneros.

Candido que llevaba siempre el corazon en las manos cont todas sus
aventuras al Espaol, y le confes que queria robar  la baronesita
Cunegunda. Ya me guardar yo, le respondi, de pasarlos  vms. 
Buenos-Ayres, porque seria irremisiblemente ahorcado, y vms. ni mas ni
mnos; que la hermosa Cunegunda es la dama en privanza de Su
Excelencia. Este dicho fu una pualada en el corazon de Candido:
llor amalgamente, y despues de su llanto, llamando aparte  Cacambo,
le dixo: Escucha, querido amigo, lo que tienes que hacer; cada uno de
nosotros lleva en el bolsillo uno  dos millones de pesos en
diamantes, y tu eres mas astuto que yo: vete  Buenos-Ayres, en busca
de Cunegunda. Si pone el gobernador alguna dificultad, dale cien mil
duros; si no basta, dale doscientos mil: tu no has muerto  inquisidor
ninguno, y nadie te perseguir. Yo fletar otro navo, y te ir 
esperar  Venecia; que es pais libre, donde no hay ni Bulgaros, ni
Abaros, ni Judos, ni inquisidores que temer. Parecile bien 
Cacambo tan prudente determinacion, puesto que sentia  par de muerte
haberse de separar de amo tan bueno; pero la satisfaccion de servirle
pudo mas con el que el sentimiento de dexarle. Abrazronse derramando
muchas lgrimas; Candido le encomend que no se olvidara de la buena
vieja; y Cacambo se parti aquel mismo dia: el tal Cacambo era un
excelente sugeto.

Detvose algn tiempo Candido en Surinam, esperando  que hubiese otro
patron que le llevase  Italia con los dos carneros que le habian,
quedado. Tom criados para su servicio, y compr todo quanto era
necesario para un viage largo; finalmente se le present el seor
Vanderdendur, armador de una gruesa embarcacion. Quanto pide vm., le
pregunt, por llevarme en derechura  Venecia, con mis criados, mi
bagage, y los dos carneros que vm. ve ? El patron pidi diez mil duros,
y Candido se los ofreci sin rebaxa. Hola, hola! dixo entre s el
prudente Vanderdendur, con que est extrangero da diez mil duros sin
regatear? Menester es que sea muy rico. Volvi de all  un rato, y
dixo que no podia hacer el viage por mnos de veinte mil. Veinte mil
le dar  vm., dixo Candido. Toma, dixo en voz baxa el mercader, con
que da veinte mil duros con la misma facilidad que diez mil? Otra vez
volvi, y dixo que no le podia llevar  Venecia si no le daba treinta
mil duros. Pues treinta mil sern, respondi Candido. Ha, ha, murmur
el holands, treinta mil duros no le cuestan nada  este hombre; sin
duda que en los dos carneros lleva inmensos tesoros: no insistamos
mas; hagamos que nos pague los treinta mil duros, y luego vermos.
Vendi Candido dos diamantes, que el mas chico valia mas que todo
quanto dinero le habia pedido el patron, y le pag adelantado. Estaban
ya embarcados los dos carneros, y seguia Candido de ljos en una
lancha para ir al navo que estaba en la rada; el patron se aprovecha
de la ocasion, leva anclas, y sesga el mar llevando el viento en popa.
En breve le pierde de vista Candido confuso y desatentado. Ay!
exclamaba, esta picarda es digna del antiguo hemisferio. Vulvese 
la playa anegado en su dolor, y habiendo perdido lo que bastaba para
hacer ricos  veinte monarcas. Fuera de s, se va  dar parte al juez
holands, y en el arrebato de su turbacion llama muy recio  la
puerta, entra, cuenta su cuita, y alza la voz algo mas de lo que era
regular. Lo primero que hizo el juez fu condenaile  pagar diez mil
duros por la bulla que habia metido: oyle luego con mucha pachorra,
le prometi que exmininaria el asunto as que voliera el mercader, y
exgi otros diez mil duros por los derechos de audiencia.

Esta conducta acab de desesperar  Candido; y aunque  la verdad
habia padecido otras desgracias mil veces mas crueles, la calma del
juez y del patron que le habia robado le exltaron la clera, y le
ocasionron una negra melancola. Presentbase  su mente la maldad
humana con toda su disformidad, y solo pensamientos tristes revolvia.
Finalmente estando para salir para Burdeos un navo francs, y no
quedndole carneros cargados de diamantes que embarcar, ajust en lo
que valia un camarote del navo, y mand pregonar en la ciudad que
pagaba el viage y la manutencion, y daba dos mil duros  un hombre de
bien que le quisiera acompaar, con la condicin de que fuese el mas
descontento de su suerte, y el mas desdichado de la provincia.
Presentse una cfila tal de pretendientes, que no hubieran podido
caber en una esquadra. Queriendo Candido escoger los que mejor
educados parecian, seal hasta unos veinte que le parecieron mas
sociables, y todos pretendan que merecan la preferencia. Reunilos
en su posada, y los convid  cenar, poniendo por condicion que
hiciese cada uno de ellos juramento de contar con sinceridad su
propia historia, y prometiendo escoger al que mas digno de compasion
y mas descontento con justicia de su suerte le pareciese, y dar  los
demas una gratificacion. Dur la sesion hasta las quatro de la
madrugada; y al oir sus aventuras  desventuras se acordaba Candido de
lo que le habia dicho la vieja quando iban  Buenos-Ayres, y de la
apuesta que habia hecho de que no habia uno en el navo  quien no
hubiesen acontecido gravsimas desdichas. A cada lstima que contaban,
pensaba en Pangls, y decia: El tal Pangls apurado se habia de ver
para demostrar su sistema: yo quisiera que se hallase aqu. Es cierto
que si est todo bien, es en el Dorado, pero no en lo demas de la
tierra. Finalmente se determin enfavor de un hombre docto y pobre,
que habia trabajado diez aos para los libreros de Amsterdan,
creyendo que no habia en el mundo oficio que mas aperreado traxese al
que le exercitaba. Fuera de eso este docto sugeto, que era hombre de
muy buena pasta, habia sido robado por su muger, aporreado por su
hijo, y su hija le habia abandonado, y se habia escapado con un
Portugus. Le acababan de quitar un miserable empleo con el qual
vivia, y le perseguian los predicantes de Surinam, porque le tachaban
de sociniano. Hase de confesar que los demas eran por lo mens tan
desventurados como l; pero Candido esperaba que con el docto se
aburriria mnos en el viage. Todos sus competidores se quejron de la
injusticia manifiesta de Candido; mas este los calm repartiendo cien
duros  cada uno.




CAPITULO XX.

_De lo que sucedi  Candido y  Martin durante la navegacion._


Embarcse pues para Burdeos con Candido el docto anciano, cuyo nombre
era Martin. Ambos habian visto y habian padecido mucho; y aun quando
el navo hubiera ido de Surinam al Japon por el cabo de Buena
Esperanza, no les hubiera en todo el viage faltado materia para
discurrir acerca del mal fsico y el mal moral. Verdad es que Candido
le sacaba muchas ventajas  Martin, porque llevaba la esperanza de
ver  su Cunegunda, y Martin no tenia cosa ninguna que esperar: y le
quedaba oro y diamantes; de suerte que aunque habia perdido cien
carneros grandes cargados de las mayores riquezas de la tierra, y
aunque le escarbaba continuamente la bribonada del patron holands,
todava quando pensaba en lo que aun llevaba en su bolsillo, y hablaba
de Cunegunda, con especialidad despus de comer, se inclinaba al
sistema de Pangls. Y vm., seor Martn, le dixo al docto, qu piensa
de todo esto? qu opinion lleva cerca del mal fsico y el mal moral?
Seor, respondi Martin, los clrigos me han acusado de ser sociniano;
pero la verdad es que soy maniquo. Ese es cuento, replic Candido,
que ya no hay maniquos en el mundo. Pues yo en el mundo estoy, dixo
Martin, y es la realidad que no est en mi creer otra cosa. Menester
es que tenga vm. el diablo en el cuerpo, repuso Candido. Tanto papelea
en este mundo, dixo Martin, que muy bien puede ser que est en mi
cuerpo lo mismo que en otra parte. Confieso que quando tiendo la vista
por este globo  glbulo, se me figura que le ha dexado Dios 
disposicion de un ser malfico, exceptuando el Dorado. Aun no he visto
un pueblo que no desee la ruina del pueblo inmediato, ni una familia
que no quisiera exterminar otra familia. En todas partes los menudos
excran de los grandes, y se postran  sus plantas; y los grandes los
tratan como viles rebaos, desollndolos y comindoselos. Un millon de
asesinos en regimientos andan corriendo la Europa entera, saqueando y
matando con disciplina, porque no saben oficio mas honroso; en las
ciudades que en apariencia disfrutan la paz, y en que florecen las
artes, estan roidos los hombres de mas envidia, inquietudes y afanes,
que quantas plagas padece una ciudad sitiada. Todava son mas crueles
los pesares secrets que las miserias pblicas; en una palabra, he
visto tanto y he padecido tanto, que soy maniquo. Cosas buenas hay,
no obstante, replic Candido. Podr ser, deca Martin, mas no han
llegado  mi noticia.

En esta disputa estaban quando se oyron descargas de artillera. De
uno en otro instante crecia el estruendo, y todos se armron de un
anteojo. Veanse como  distancia de tres millas dos navios que
combatan, y los traxo el viento tan cerca del navo francs  uno y 
otro, que tuviron el gusto de mirar el combate muy  su sabor. Al
cabo uno de los navios descarg una andanada con tanto tino y acierto,
y tan  flor de agua, que ech  pique  su contrario. Martin y
Candido distinguiron con mucha claridad en el combes de la nave que
zozobraba unos cien hombres que todos alzaban las manos al cielo dando
espantosos gritos; en un punto se los trag  todos la mar.

Vea vm., dixo Martin, pues as se tratan los hombres unos  otros.
Verdad es, dixo Candido, que anda aqu la mano del diablo. Diciendo
esto, advirti cierta cosa de un encarnado muy subido, que nadaba
junto al navio; echron la lancha para ver que era, y era uno de sus
carneros. Mas se alegr Candido con haber recobrado este carnero, que
lo que habia sentido la prdida de ciento cargados todos de diamantes
gruesos del Dorado.

En breve reconoci el capitn del navo francs que el del navo
sumergidor era Espaol, y el del navo sumergido un pirata holands,
el mismo que habia robado  Candido. Con el pirata se hundiron en el
mar las inmensas riquezas de que se habia apoderado el infame, y solo
se libert un carnero. Ya ve vm., dixo Candido  Maitin, que  veces
llevan los delitos su merecido: este pcaro de patrn holands ha
sufrido la pena digna de sus maldades. Est bien, dixo Martin, pero
porqu han muerto los pasageros que venian en su navo? Dios ha
castigado al malo, y el diablo ha ahogado  los buenos.

Seguan en tanto su derrota el navo francs y el espaol, y Candido
en sus conversaciones con Martin. Quince dias sin parar disputron, y
tan adelantados estaban el ltimo como el primero; pero hablaban, se
comunicaban sus ideas, y se consolaban. Candido pasando la mano por el
lomo  su carnero le deca: Una vez que te he hallado  t, tambien
podi hallar  Cunegunda.




CAPITULO XXI.

_Donde se da cuenta de la pltica de Candido y Martn, al acercarse
 las costas de Francia._


Avistaronse al fin las costas de Francia. Ha estado vm. en Francia,
seor Martin? dixo Candido. S, Seor, respondi Martin, y he corrido
muchas provincias: en unas la mitad de los habitantes son locos, en
otras muy retrecheros, en estas bastante bonazos y bastante tontos, y
en aquellas lo dan por ladinos. En todas la ocupacion principal es
enamorar, murmurar la segunda, y la tercera decir majaderas.--Y ha
visto vm.  Paris, seor Martin?--He visto  Pars, que es una
menestra de pxaros de todas clases, un caos, una prensa, donde todo
el mundo anhela por placeres, y casi nadie los halla,  lo mnos segun
me ha parecido. Estuve poco tiempo; al llegar, me robron quanto traa
unos rateros en la plaza de San German; luego me reputron  mi por
ladron, y me tuviron ocho dias en la crcel; y al salir libre entr
como corrector en una imprenta, para ganar con que volverme  pi 
Holanda. He conocido la canalla escritora, la canalla enredadora, y la
canalla convulsa. Dicen que hay algunas personas muy cultas en este
pueblo, y creo que as ser.

Yo por mi no tengo hipo ninguno por ver la Francia, dixo Candido; bien
puede vm. considerar que quien ha vivido un mes en el Dorado no se
cura de ver cosa ninguna de este mundo, como no sea Cunegunda. Voy 
esperarla  Venecia, y atravesarmos la Francia para ir  Italia: me
acompaar vm.? Con mil amores, respondi Martin; dicen que Venecia
solo para los nobles Venecianos es buena, puesto que hacen mucho
agasajo  los extrangeros que llevan mucho dinero: yo no le tengo,
pero vm. s, y le seguir adonde quiera que fuere. Hablando de otra
cosa, dixo Candido, cree vm. que la tierra haya sido antiguamente
mar, como lo afirma aquel libro gordo que es del capitan del buque? No
por cierto, replic Martin, como ni tampoco los demas adefesios que
nos quieren hacer tragar de algun tiempo ac. Pues para qu fin
piensa vm. que fu criado el mundo? continu Candido. Para hacernos
dar al diablo, respondi Martin. No se pasma vm., sigui Candido, del
amor de las dos mozas del pais de los Orejones  los dos ximios, que
cont  vm.? Muy ljos de eso, repuso Martin; no veo que tenga nada de
extrao esa pasion, y he visto tantas cosas extraordinarias, que nada
se me hace extraordinario. Cree vm., le dixo Candido, que en todos
tiempos se hayan degollado los hombres como hacen hoy, y que siempre
hayan sido embusteros, aleves, prfidos, ingratos, ladrones, flacos,
mudables, viles, envidiosos, glotones, borrachos, codiciosos,
ambiciosos, sangrientos, calumniadores, disolutos, fanticos,
hipcritas y necios? Cree vm., replic Martin, que los milanos se
hayan, siempre engullido las palomas, quando han podido dar con ellas?
Sin duda, dixo Candido. Pues bien, continu Martin, si los milanos
siempre han tenido las mismas inclinaciones, porqu quiere vm. que
las de los hombres hayan ariado? No, dixo Candido, eso es muy
diferente porque el libre albedro..... As discurrian, quando
aportron  Burdeos.




CAPITULO XXII.

_De los sucesos que en Francia aconteciron  Candido y 
Martin._


No se detuvo Candido en Burdeos mas tiempo que el que le fu necesario
para vender algunos pedernales del Dorado, y comprar una buena silla
de posta de dos asientos, porque no podia ya vivir sin su filsofo
Martin. Lo nico que sinti fu tenerse que separar de su carnero, que
dex  la Academia de ciencias de Burdeos, la qual propuso por asunto
del premio de aquel ao determinar porque la lana de aquel carnero era
encarnada; y se le adjudic  un docto del Norte, que demostr por A
mas B, mnos C dividido por Z, que era forzoso que fuera aquel carnero
encarnado, y que se muriese de la monia.

Todos quantos caminantes topaba Candido en los mesones le decian:
Vamos  Paris. Este general prurito le inspir al fin deseos de ver
esta capital, en lo qual no se desviaba mucho de la direccin de
Venecia. Entr por el arrabal de San Marcelo, y crey que estaba en la
mas sucia aldea de Vesfalia. Apnas lleg  la posada, le acometi
una ligera enfermedad originada del cansancio; y como llevaba al dedo
un enorme diamante, y habian advertido en su coche una caxa muy
pesada, al punto se le acercron dos doctores mdicos que no habia
mandado llamar, varios ntimos amigos que no se apartaban de l, y dos
devotas mugeres que le hacian caldos. Decia Martin: Bien me acuerdo de
haber estado yo malo en Paris, quando mi primer viage; pero era muy
pobre, y as ni tuve amigos, ni devotas, ni mdicos, y san muy
presto.

Las resultas furon que  poder de sangras, recetas y mdicos, se
agrav la enfermedad de Candido. Al fin san; y mintras estaba
convaleciente, le visitron muchos sugetos de trato fino, que cenaban
con l. Habia juego fuerte, y Candido se pasmaba de que nunca le
venian, buenos naypes; pero Martin no lo extraaba.

Entre los que mas concurrian  su casa habia un cierto abate, que era
de aquellos hombres diligentes, siempre listos para todo quanto les
mandan, serviciales, entremetidos, halageos, descarados, buenos para
todo, que atisban  los forasteros que llegan  la capital, les
cuentan los sucesos mas escandalosos que acontecen, y les brindan con
placeres  qualquier precio. Lo primero que hizo fu llevar  la
comedia  Martin y  Candido. Representaban una tragedia nueva, y
Candido se encontr al lado de unos quantos hypercrticos, lo qual no
le quit que llorase al ver algunas escenas representadas con la mayor
perfeccion. Uno de los hypercrticos que junto  el estaban, le dixo
en un entre-acto: Hace vm. muy mal en llorar; esa comedianta es
malsima, y el que representa con ella peor todava, y peor la
tragedia que los actores: el autor no sabe palabra de arbigo, y ha
puesto la escena en la Arabia; sin contar con que es hombre que cree
que no hay ideas innatas: maana le traer  vm. veinte folletos
contra l. Caballero, quantas composiciones dramticas tienen vms. en
Francia? dixo Candido al abate; y este respondi: Cinco o sis mil.
Mucho es, dixo Candido; y quantas buenas hay? Quince  diez y seis,
replic el otro. Mucho es, dixo Martin.

Sali Candido muy satisfecho con una cmica que hacia el papel de la
reyna Isabel de Inglaterra, en una tragedia muy insulsa que algunas
veces se representa. Mucho me gusta esta actriz, le dixo  Martin,
porque se da ayre  Cunegunda; mucho gusto tendria en hacerle una
visita. El abate, se brind  llevarle  su casa. Candido criado en
Alemania pregunt qu ceremonias eran las que se estilaban en Francia
para tratar con las reynas de Inglaterra. Distingo, dixo el abate: en
las provincias las llevan  comer  los mesones, en Paris las respetan
quando son bonitas, y las tiran al muladar despus de muertas. Al
muladar las reynas! dixo Candido. Verdad es, dixo Martin; razon tiene
el seor abate: en Paris estaba yo quando la seora Monima pas, como
dicen, de esta  mejor vida, y le negron lo que esta gente llama
_sepultura en tierra santa_, lo qual significa podrirse con toda
la pobretera de la parroquia en un hediondo cementerio, y la
enterrron sola y seera en un rincon de su jardin, lo qual le caus
sin duda muchsima pesadumbre, porque tenia muy hidalgos
pensamientos. Accion de mala crianza fu en efecto, dixo Candido. Qu
quiere vm., dixo Martin, si estas gentes son as? Imagnese vm. todas
las contradicciones, y todas las incompatibilidades posibles, y las
hallar reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias,
y en los espectculos de esta donosa nacion. Y es cierto que en Paris
se re la gente de todo? Verdad es, dixo el abate, pero se ren
dndose al diablo; se lamentan de todo dando careajadas de risa; y
rindose se cometen las mas detestables acciones.

Quin es, dixo Candido, aquel marrano que tan mal hablaba de la
tragedia que tanto me ha hecho llorar, y de los actores que tanto
gusto me han dado? Un malandrin, respondi el abate, que gana la vida
hablando mal de todas las composiciones dramticas y de todos los
libros que salen; que aborrece  todo aquel que es aplaudido, como
aborrecen los eunucos  los que gozan; una sierpe de la literatura,
que vive de ponzoa y cieno; un folletista. Qu llama vm. folletista?
dixo Candido. Un compositor de folletos, dixo el abate, un Freron, 
un Ostolaza. As discurrian Candido, Martin y el abate en la
escalera del coliseo, mintras que iba saliendo la gente, concluida la
comedia. Puesto que tengo muchsimos deseos de ver  Cunegunda, dixo
Candido, bien quisiera cenar con la primera trgica, que me ha
parecido un portento. No era hombre el abate que tuviese entrada en
casa de la tal primera actriz, que solo recibia sugetos del mas fino
trato. Est ocupada esta noche, respondi; pero tendr la honra de
llevar  vm.  casa de una seora de circunstancias, y conocer 
Pars all como si hubiera vivido en el muchos aos.

Candido, que naturalmente era amigo de saber, se dex llevar  casa de
la tal seora: estaban ocupados los tertulianos en jugar  la banca, y
doce tristes apuntes tenian en la mano cada uno un juego de naypes,
archivo de su mala ventura. Reynaba un profundo silencio; teido
estaba el semblante de los apuntes de una macilenta amarillez, y se
lea la zozobra en el del banquero; y la seora de la casa, sentada
junto al despiadado banquero, con ojos de lince anotaba todos los
parolis, y todos los sietelevares con que doblaba cada jugador sus
naypes, hacindoselos desdoblar con un cuidado muy escrupuloso, pero
con cortesa y sin enfadarse, por temor de perder sus parroquianos.
Llambanla la marquesa de Paroliac; su hija, muchacha de quince aos,
era uno de los apntes, y con un guiar de ojos adverta  su madre
las picardigelas de los pobres apuntes que procuraban enmendar los
rigores de la mala suerte. Entrron el abate, Candido y Martin, y
nadie se levant  darles las buenas noches, ni los salud, ni los
mir siquiera; tan ocupados todos estaban en sus naypes. Mas corts
era la seora baronesa de Tunder-tentronck, dixo entre s Candido.

Acercse en esto el abate al oido de la marquesa, la qual se
medio-levant de la silla, honr  Candido con una risita agraciada, y

Martin hacindole cortesa con la cabeza con magestuoso ademan; mand
luego que traxeran  Candido asiento y una baraja, y este perdi en
dos tallas diez mil duros. Cenaron luego con mucha jovialidad, y todos
estaban atnitos de que Candido no sintiese mas lo que perdia. Los
lacayos en su idioma lacayuno se decan unos  otros: Preciso es que
sea un mylord ingls.

La cena se parecia  casi todas las cenas de Paris; primero mucho
silencio, luego un estrpito de palabras que no se entendian, chistes
luego, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos raciocinios,
algo de poltica, y mucha murmuracion; despues hablron de obras
nuevas. Pasron luego  tratar de teatros, y el ama de casa pregunt
porque habia ciertas tragedias que se representaban con freqencia, y
que nadie podia leer. Un hombre de fino gusto que habia entre los
convidados, explic con mucha claridad como podia interesar una
tragedia que tuviera poqusimo mrito, probando en breves razones que
no bastaba traer por los cabellos una  dos situacones de aquellas
que tan freqentes son en las novelas, y siempre embelesan  los
oyentes; que es menester novedad sin extravagancia, sublimidad 
veces, y naturalidad siempre; conocer el corazon del hombre y el
estilo de las pasiones; ser gran poeta, sin que parezca poeta ninguno
de los interlocutores; saber con perfeccion su idioma, hablarle con
pureza, y con harmona continua, sin sacrificar nunca el sentido al
consonante. Todo aquel que no observare todas estas reglas, aadi,
muy bien podr componer una  dos tragedias que sean aplaudidas en el
teatro, mas nunca pasar plaza de buen escritor. Poqusimas tragedias
hay buenas: unas son idylios en coloquios bien escritos y bien
versificados; otras disertaciones de poltica que infunden sueo, 
amplificaciones que cansan; otras desatinos de un energmeno en estilo
brbaro, razones cortadas, apstrofes interminables  los Dioses no
sabiendo que decir  los hombres, falsas mxmas, y lugares comunes
hinchados.

Escuchaba con mucha atencin Candido este razonamiento, y form por l
altsima idea del orador; y como haba tenido la marquesa la atencion
de colocarle  su lado, se tom la licencia de preguntarle al oido
quien era un hombre que tan de perlas hablaba. Ese es un docto, dixo
la dama, que nunca apunta, y que me trae  cenar algunas veces el
abate, que entiende perfectamente de tragedias y libros, y que ha
compuesto una tragedia que silbron, y un libro del qual un solo
exemplar que me dedic ha salido de la tienda de su librero. Qu
varon tan eminente! dixo Candido, es otro Pangls; y volvindose hcia
l le dixo: Sin duda, Caballero, que es vm. de dictmen de que todo
est perfectamente en el mundo fsico y en el moral, y de que nada
podia suceder de otra manera? Yo, caballero! le respondi el docto;
nada mnos que eso. Todo me parece que va al revs en nuestro pais, y
que nadie sabe ni qual es su estado, ni qual su cargo, ni lo que hace,
ni lo que debiera hacer; y que excepto la cena que es bastante jovial,
y donde la gente est bastante acorde, todo el resto del tiempo se
consume en impertinentes contiendas; de jansenistas con motinistas,
de parlamentarios con eclesisticos, de literatos con literatos, de
palaciegos con palaciegos, de alcabaleros y diezmeros con el pueblo,
de mugeres con maridos, y de parientes con parientes; por fin una
guerra perdurable.

Replicle Candido: Cosas peores he visto yo; pero un sabio que despues
tuvo la desgracia de ser ahorcado, me ense que todas esas cosas son
dechado de perfecciones, y sombras de una hermosa pintura. Ese
ahorcado se rea de la gente, dixo Martin, y esas sombras sen manchas
horrorosas, Los hombres son los que echan esas manchas, dixo Candido,
y no pueden hacer mnos. Con que no es culpa de ellos? replic
Martin. Bebian en tanto la mayor parte de los apuntes, que no
entendian una palabra de la materia; Martin discurria con el hombre
docto, y Candido contaba parte de sus aventuras al ama de la casa.

Despues de cenar, llev la marquesa  su retiete  Candido, y le sent
en un canap. Con que est vm. enamorado perdido de Cunegunda, la
baronesita de Tunder-ten-tronck? S, Seora, respondi Candido.
Replicle la marquesa con una amorosa sonrisa: Vm. responde como un
mozo de Vesfalia; un Francs me hubiera dicho: Verdad es, Seora, que
he querido  Cunegunda, pero quando la miro  vm., me temo no
quererla. Yo, Seora, dixo Candido, responder como vm. quisiere. La
pasin de vm., dixo la marquesa, empez alzando un pauelo, y yo
quiero que vm. alce mi liga. Con toda mi alma, dixo Candido, y la
levant del suelo. Ahora quiero que me la ponga, continu la dama, y
Candido se la puso. Mire vm., repuso la dama, vm. es extrangero:  mis
amantes de Paris los hago yo penar  veces quince dias seguidos, pero
 vm. me rindo desde la primera noche, porque es menester tratar
cortesmente  un buen mozo de Vesfalia. La buena caa que haba
reparado en dos diamantes enormes de dos sortijas del extrangero buen
mozo, tanto se los alab, que de los dedos de Candido pasron  los de
la marquesa.

Al volverse Candido  su casa con el abate, sinti algunos
remordimientos por haber cometido una infidelidad  Cunegunda; y el
seor abate tom parte en su sentimiento, porque le habia cabido una
muy pequea en los diez mil duros perdidos por Candido al juego, y en
el valor de los dos brillantes, medio-dados y medio-estafados: y era
su nimo aprovecharse todo quanto pudiese de lo que el trato de
Candido le poda valer. Hablbale sin cesar de Cunegunda, y Candido
le dixo que quando la viera en Venecia, le pediria perdon de la
infidelidad que acababa de cometer.

Cada dia estaba el abate mas corts y mas atento, interesndole todo
quanto deca Candido, todo quanto hacia, y quanto quera hacer. Con
que est vm. aplazado por la baronesita para Venecia? le dixo. S,
seor abate, respondi Candido, tengo precision de ir all  buscar 
Cunegunda. Llevado entnces del gusto de hablar de su amada, le cont,
como era su costumbre, parte de sus aventuras con esta ilustre
Vesfaliana. Bien creo, dixo el abate, que esa seorita tiene mucho
talento, y escribe muy bonitas cartas. Nunca me ha escrito, dixo
Candido, porque se ha de figurar vm. que quando me echron de la
granja por amor de ella, no le pude escribir; que poco despus supe
que era muerta, que despues me la encontr, y la volv  perder, y que
le he despachado un mensagero  dos mil y quinientas leguas de aqu,
que aguardo con su respuesta.

Escuchle con mucha atencin el abate, se par algo pensativo, y se
despidi luego de mbos extrangeros, abrazndolos tiernamente. Al otro
dia, ntes de levantarse de la cama, diron  Candido la esquela
siguiente: "Muy Seor mi, y mi querido amante: ocho das hace que
estoy mala en esta ciudad, y acabo de saber que se encuentra vm. en
ella. Hubiera ido volando  echarme en sus brazos, si me pudiera
menear. He sabido que habia vm. pasado por Burdeos, donde se ha
quedado el fiel Cacambo y la vieja, que llegarn muy en breve. El
gobernador de Buenos-Ayres se ha quedado con todo quanto Cacambo
llevaba; pero el corazn de vm. me queda. Venga vm.  verme; su
presencia me dar la vida,  har que me muera de alegra."

Una carta tan tierna, y tan poco esperada, puso  Candido en una
imponderable alegra, pero la enfermedad de su amada Cunegunda le
traspasaba de dolor. Fluctuante entre estos dos afectos, agarra 
puados el oro y los diamantes, y hace que le lleven con Martin  la
posada donde estaba Cunegunda alojada: entra temblando con la ternura,
latindole el corazon, y el habla interrumpida con sollozos; quiere
descorrer las coitinas de la cama, y manda que traygan luz. No haga
vm. tal, le dixo la criada, la luz le hace mal; y volvi  correr la
cortina. Amada Cunegunda, dixo llorando Candido: cmo te hallas? No
puede hablar, dixo la criada. Entnces la enferma sac fuera de la
cama una mano muy suave que ba Candido un largo rato con lgrimas, y
que llen lurgo de diamantes, desando un saco de oro encima del
taburete.

En medio de sus arrebatos se aparece un alguacil acompaado del abate
y de seis corchetes. Con que estos son, dixo, los dos extrangeros
sospechosos? y mand incontinenti que los ataran y los llevaran  la
crcel. No tratan de esta manera en el Dorado  los forasteros, dixo
Candido. Mas maniquo soy que nunca, replic Martin. Pero, seor,
adonde nos lleva vm.? dixo Candido. A un calabozo, respondi el
alguacil.

Martin, que se habia recobrado del primer sobresalto, sospech que la
seora que se decia Cnnegunda era una buscona, el seor abate un
tunante que habia abusado del candor de Candido, y el alguacil otro
tuno de quien no era difcil desprenderse. Por no exponerse  tener
que lidiar con la justicia, y con el hipo que tenia de ver  la
verdadera Cunegunda, Candido, por consejo de Maitin, ofreci al
alguacil tres diamantillos de tres mil duros cada uno. Ha, seor, le
dixo el hombre de vara de justicia, aunque hubiera vm. cometido todos
los delitos imaginables, seria el mas hombre de bien de este mundo.
Tres diamantes de tres mil duros cada uno! La vida perderia yo por
vm., para lue le lleve  un calabozo. Todos los extrangeros son
arrestados, pero dxelo por mi cuenta, que yo tengo mi hermano en
Diepe en la Normanda, y le llevar alla; y si tiene vm. algunos
diamantes que darle, le tratar como yo propio. Y porqu arrestan 
todos los extranjeros? dixo Candido. El abate tomando entnces el
hilo, respondi: Porque un miserable andrajoso del pas de Atrebcia
[Footnote: Artois. Daiuieu, el que hiri  Luis XV, era natural de
Arras, capital del Artois.], que haba oido decir disparates, ha
cometido un parricidio, no como el del mes de Mayo de 1610, [Footnote:
Francisco Kavaillac mat  Henrique IV de una pualada en Mayo de
1610.] sino como el del mes de Diciembre de 1594, [Footnote: Juan
Clialel, en Diciembre de 1594, hiri  Henrique quarto; pero la herida
no fu de peligro.] y como otros muchos cometidos otros aos y otros
meses por andrajosos que habian oido decir disparates.

Entnces explic el alguacil lo que habia apuntado el abate. Qu
monstruos! exclam Candido. Cmo se cometen tamaas atrocidades en
un pueblo que canta y bayla? Quando saldr yo de este pais donde
azuzan ximios  tigres? En mi pais he visto osos; solo en el Dorado he
visto hombres. En nombre de Dios, seor alguacil, llveme vm. 
Venecia, donde aguardo  mi Cunegunda. Donde yo puedo llevar  vm., es
 la Normanda baxa, dixo el cabo de ronda. Hzole luego quitar los
grillos, dixo que se habia equivocado, despidi  sus corchetes, y se
llev  Candido y Martin  Diepe, entregndolos  su hermano. Haba un
buque holands pequeo al ancla; y el Normando, que con el cebo de
otros tres diamantes era el mas servicial de los mortales, embarc 
Candido y  su familia en el tal navo que iba  dar  la vela para
Portsma en Inglaterra. No era camino para Venecia; pero Candido crey
que sala del infierno, y estaba resuelto a dirigirse  Venecia luego
que se le presentase ocasion.




CAPITULO XXIII.

_Del arribo de Candido y Martin  la costa de Inglaterra, y de lo
que all viron._


Ay Pangls amigo! ay amigo Martin! ay amada Cunegunda! lo que es
este mundo! decia Candido en el navo holands. Cosa muy desatinada y
muy abominable, respondi Martin.--Vm. ha estado en Inglaterra: son
tan locos como en Francia?--Es locura de otra especie, dixo Martin; ya
sabe vm. que mbas naciones estan en guerra por algunas aranzadas de
nieve en el Canad, y por tan discreta guerra gastan mucho mas que lo
que todo el Canad vale. Decir  vm.  punto fixo en qual de los dos
paises hay mas locos de atar, mis cortas luces no alcanzan  tanto; lo
que s s, es que en el pais que vamos  ver son locos atrabiliosos.

Diciendo esto aportron  Portsma: la orilla del mar estaba cubierta
de gente que miraba con atencion  un hombre gordo [El almirante
Byng], hincado de rodillas, y vendados los ojos, en el combes de uno
de los navos de la esquadra. Quatro soldados formados en frente le
tirron cada uno tres balas  la mollera con el mayor sosiego, y toda
la asamblea se fu muy satisfecha. Qu quiere decir esto? dixo
Candido: qu perverso demonio reyna en todas partes? Pregunt quien
era aquel hombre gordo que acababan de matar con tanta solemnidad. Un
almirante, le dixron.--Y porqu han muerto  ese almirante?--Porque
no
ha hecho matar bastante gente; ha dado una batalla  un
almirante francs, y hemos fallado que no estaba bastante cerca del
enemigo. Pues el almirante francs tan ljos estaba del ingls como
este del francs, replic Candido. Sin disputa, le dixron; pero en
esta tierra es conveniente matar de quando en quando algun almirante
para dar mas nimo  los otros.

Tanto se irrit y se pasm Candido con lo que oa y lo que va, que no
quiso siquiera poner pi en tierra, y se ajust con el patron
holands,  riesgo de que le robara como el de Surinam, para que le
conduxera sin mas tardanza  Venecia. A cabo de dos dias estuvo listo
el patrn. Costeron la Francia, pasron  vista de Lisboa, y se
estremeci Candido; desembocron por el estrecho en el Mediterrneo,
y finalmente aportron  Venecia. Bendito sea Dios, dixo Candido
dando un abrazo  Martin, que aqu ver  la hermosa Cunegunda. Con
Cacambo cuento lo mismo que conmigo propio. Todo est bien, todo va
bien y lo mejor que es posible.




CAPITULO XXIV.

_Que trata de fray Hilarion y de Paquita._


Luego que lleg  Venecia, se ech  buscar  Cacambo en todas las
posadas, en todos los cafs, y en casa de todas las mozas de vida
alegre; pero no le fu posible dar con l. Todos los dias iba 
informarse de todos los navos y barcos, y nadie sabia de Cacambo.
Con que he tenido yo lugar, le deca  Martin, para pasar de Surinam
 Burdeos, para ir de Burdeos  Paris, de Paris  Diepe, de Diepe
Portsma, para costear  Portugal y  Espaa, para atravesar todo el
Mediterrneo, y pasar algunos meses en Venecia, y aun no ha llegado la
hermosa Cunegunda, y en su lugar he topado una buscona y un abate!
Sin duda es muerta Cunegunda, y  mi no me queda mas remedio que
morir. Ha, quanto mas hubiera valido quedarme en aquel paraiso
terrenal del Dorado, que volver  esta maldita Europa! Razon tiene
vm., amado Martin; todo es mera ilusion y calamidad.

Acometile una negra melancola, y no fu ni  la pera  la moda, ni
 las demas diversiones del carnaval, ni hubo dama que le causara la
mas leve tentacion. Dxole Martin: Qu sencillo es vm., si se figura
que un criado mestizo, que lleva un millon de duros en la faltriquera,
ir  buscar  su amada al fin del mundo, y  trarsela  Venecia; la
guardar para s, si la encuentra, y si no, tomar otra: aconsejo 
vm. que se olvide de Cacambo y de su Cunegunda. Martin no era hombre
que daba consuelos. Crecia la melancola de Candido, y Martin no se
hartaba de probarle que eran muy raras la virtud y la felicidad sobre
la tierra, excepto acaso en el Dorado, donde ninguno podia entrar.

Sobre esta importante materia disputaban, mintras venia Cunegunda,
quando repar Candido en un frayle Francisco mozo, que se paseaba por
la plaza de San Marcos, llevando del brazo  una moza. El Franciscano
era robusto, fuerte, y de buenos colores, los ojos brillantes, la
cabeza erguida, el continente reposado, y el paso sereno; la moza, que
era muy linda, iba cantando, y miraba con enamorados ojos  su
diaguino, el qual de quando en quando le pasaba la mano por la cara.
Me confesar vm.  lo mnos, dixo Candido  Martin, que estos dos son
dichosos. Mnos en el Dorado, no he encontrado hasta ahora en el mundo
habitable mas que desventurados; pero apuesto  que esa moza y ese
frayle son felicsimas criaturas. Yo apuesto  que no, dixo Martin.
Convidmoslos  comer, dixo Candido, y vermos si me equivoco.

Acercse  ellos, hzoles una reverencia, y los convid  su posada 
comer macarrones, perdices de Lombarda, huevos de sollo, y  teber
vino de Montepulciano y _lcrima-cristi_, Chipre y Samos.
Sonrojse la mozuela; admiti el Franciscano el convite, y le sigui
la muchacha mirando  Candido pasmada y confusa, y vertiendo algunas
lgrimas. Apnas entr la mozuela en el aposento de Candido, le dixo:
Pues que, ya no conoce el seor Candido  Paquita? Candido que oy
estas palabras, y que hasta entnces no la habia mirado con atencion,
porque solo en Cunegunda pensaba, le dixo: Ha, pobre chica! con que
t eres la que puso al doctor Pangls en el lindo estado en que le vi?
Ay, seor! yo propia soy, dixo Paquita; ya veo que est vm. informado
de todo. Supe las desgracias horrorosas que sucediron  la seora
baronesa y  la hermosa Cunegunda, y jrole  vm. que no ha sido mnos
adversa mi estrella. Quando vm. me vi era yo una inocente; y un
capuchino, que era mi confesor, me enga con mucha facilidad: las
resultas furon horribles, y me vi precisada  salir de la quinta,
poco despus que le ech  vm. el seor baron  patadas en el trasero.
Si no hubiera tenido lstima de mi un, mdico famoso, me hubiera
muerto; por agradecrselo, fui un poco de tiempo la querida del tal
mdico: y su muger, que estaba endiablada de zelos, me aporreaba sin
misericordia todos los das. Era ella una furia, el mas feo el de los
hombres, y yo la mas sin ventura de las mugeres, aporreada sin cesar
por un hombre  quien no poda ver. Bien sabe vm., seor, los peligros
que corre una muger vinagre que lo es de un mdico: aburrido el mo de
los rompimientos de cabeza de su muger, un dia para curarla de un
resfriado le administr un remedio tan eficaz, que en menos de dos
horas se muri en horrendas convulsiones. Los parientes de la difunta
formron causa criminal al doctor, el qual se escap, y  mi me
metiron en la crcel; y si no hubiera sido algo bonita, DO me hubiera
sacado  salvamento mi inocencia. El juez me declar libre, con la
condicion de ser el sucesor del mdico; y muy en breve me sustituy
otra, y fu despedida sin darme un quarto, y forzada  emprender este
abominable oficio, que  vosotros los hombres os parece tan gustoso,
y que para nosotras es un pilago de desventuras. Vneme  exercitar
mi profesion  Venecia. Ha, seor, si se figurara vm. qu cosa tan
inaguantable es halagar sin diferencia al negociante viejo, al
letrado, al frayle, al gondolero, y al abate; estar expuesta  tanto
insulto,  tantos malos tratamientos; verse  cada paso obligada 
pedir prestado un guardapesillo para que se le remangue  una un
hombre asqueroso; robada por este de lo que ha ganado con aquel,
estafada por los alguaciles, y sin tener otra perspectiva que una
horrible vejez, un hospital y un muladar, confesaria que soy la mas
malbadada criatura de este mundo. As descubria Paquita su corazon al
buen Candido, en su gabinete,  presencia de Martin, el qual dixo: Ya
llevo ganada, como vm. ve, la mitad de la apuesta.

Habase quedado fray Hilarion en la sala de comer, bebiendo un trago
mintras servian la comida. Candido le dixo  Paquita: Pues si
parecias tan alegre y tan contenta quando te encontr; si cantabas y
halagabas al diaguino con tanta naturalidad, que te tuve por tan feliz
como dices que eres desdichada. Ha, seor, respondi Paquita, esa es
otra de las lacras de nuestro oficio. Ayer me rob y me aporre un
oficial, y hoy tengo que fingir que estoy alegre para agradar  un
frayle.

No quiso Candido oir mas, y confes que Martin tenia razn. Sentronse
luego  la mesa con Paquita y el frayle Francisco; fu bastante alegre
la comida, y de sobremesa hablron con alguna confianza. Dxole
Candido al frayle: Parceme, padre, que disfruta Vuestra Reverencia
de una suerte envidiable. En su semblante brilla la salud y la
robustez, su fisonoma indica el bien-estar, tiene una muy linda moza
para su recreo, y me parece muy satisfecho con su hbito de diaguino.
Por Dios santo, caballero, respondi fray Hilarion, que quisiera que
todos los Franciscanos estuvieran en el quinto infierno, y que mil
veces me han dado tentaciones de pegar fuego al convento, y de
hacerme Turco. Quando tenia quince aos, mis padres, por dexar mas
caudal  un maldito hermano mayor (condenado el sea), me obligron 
tomar este excrable hbito. El convento es un nido de zelos, de
rencillas y de desesperacion. Verdad es que por algunas malas
misiones de quaresma que he predicado, me han dado algunos quartos,
que la mitad me ha robado el guardian: lo restante me sirve para
mantener mozas; pero quando por la noche entro en mi celda, me dan
impulsos de romperme la cabeza contra las paredes, y lo mismo sucede 
todos los demas religiosos.

Volvindose entnces Martin  Candido con su acostumbrado relente, le
dixo: Qu tal? he ganado,  no, la apuesta? Candido regal dos mil
duros  Paquita, y mil  fray Hilarion. Yo fo, dixo, que con este
dinero sern felices.

Pues yo fo lo contrario, dixo Martin, que con esos miles los har vm.
ms infelices todava. Sea lo que fuere, dixo Candido, un consuelo
tengo, y es que  veces encuentra uno gentes que crea no encontrar
nunca; y muy bien, podr suceder que despus de haber topado  mi
carnero encarnado y  Paquita, me halle un dia de manos  boca con
Cunegunda. Mucho deseo, dixo Martin, que sea para la mayor felicidad
de vm.; pero se me hace muy cuesta arriba. Malas creederas tiene vm.,
respondi Candido. Consiste en que he vivido mucho, replic Martin.
Pues no ve vm. esos gondoleros, dixo Candido, que no cesan de cantar?
Pero no los ve vm. en su casa con sus mugeres y sus chiquillos, repuso
Martin. Sus pesadumbres tiene el Dux, y los gondoleros las suyas.
Verdad es que pesndolo todo, mas feliz suerte que la del Dux es la
del gondolero; pero es tan poca la diferencia, que no merece la pena
de un detenido exmen. Me han hablado, dixo Candido, del senador
Pococurante, que vive en ese suntuoso palacio situado sobre el Brenta,
y que agasaja mucho  los forasteros; y dicen que es un hombre que
nunca ha sabido qu cosa sea tener pesadumbre. Mucho diera por ver un
ente tan raro, dixo Martin. Sin mas dilacin mand Candido  pedir
licencia al seor Pococurante para hacerle una visita el dia
siguiente.




CAPITULO XXV.

_Que da cuenta de la visita que hiciron Martin y Candido al seor
Pococurante, noble veneciano._


Emarcaronse Candido y Martin en una gondola, y furon por el Brenta al
palacio del noble Pococurante. Los jardines eran amenos y ornados con
hermosas estatuas de mrmol, el palacio de magnfica fbrica, y el
dueo un hombre como de sesenta aos, y muy rico. Recibi  los dos
curiosos forasteros con mucha urbanidad, pero sin mucho cumplimiento;
cosa que intimid  Candido, y no le pareci mal  Martin.

Al instante dos muchachas bonitas y muy aseadas sirviron el
chocolate: Candido no pudo mnos de elogiar sus gracias y su
hermosura. No son malas chicas, dixo el senador; algunas veces mando
que duerman conmigo, porque estoy aburrido de las seoras del pueblo,
de su retrechera, sus zelos, sus contiendas, su mal genio, sus
nimiedades, su vanidad, sus tonteras, y mas aun de los sonetos que
tiene uno que hacer  mandar hacer en elogio suyo: mas con todo ya
empiezan  fastidiarme estas muchachas.

Despues de almorzar, se furon  pasear  una espaciosa galera, y
pasmado Candido de la hermosura de las pinturas, pregunt de qu
maestro eran las dos primeras. Son de Rafael, dixo el senador, y las
compr muy caras por vanidad, algunos aos ha; dicen que son la cosa
mas hermosa que tiene Italia, pero  mi no me gustan: los colores son
muy denegridos, las figuras no estn bien perfiladas, ni salen lo
bastante del plano; los ropages no se parecen en nada  la ropa de
vestir; y en una palabra, digan lo que quisieren, yo no alcanzo  ver
aqu una feliz imitacion de la naturaleza, y no dar mi aprobacion 
un quadro hasta que me retrate la propia naturaleza; pero no los hay
de esta especie. Yo tengo muchos, pero no miro  uno siquiera.

Pococurante, ntes de comer, mand que le dieran un concierto: la
msica le pareci deliciosa  Candido. Bien puede este estruendo,
dixo Pococurante, divertir cosa de media hora; pero quando dura mas, 
todo el mundo cansa, puesto que nadie se atreve  confesarlo. La
msica del dia no es otra cosa que el arte de executar cosas
dificultosas, y lo que no es mas que difcil no gusta mucho tiempo.
Mas me agradara la pera, si no hubieran atinado con el arte de
convertirla en un monstruo que me repugna. Vaya quien quisiere  ver
malas tragedias en msica, cuyas escenas no paran en mas que en traer
al estricote dos  tres ridiculas coplas donde lucen los gorgeos de
una cantarina; saborese otro en oir  un tiple tararear el papel de
Csar  Caton, y pasearse en afeminados pasos por las tablas: yo por
m, muchos aos hace que no veo semejantes majaderas de que tanto
se ufana hoy la Italia, y que tan caras pagan los soberanos
extrangeros. Candido contradixo un poco, pero con prudencia; y Martin
fu en todo del dictmen del senador.

Sentronse  la mesa, y despus de una oppara comida entrron en la
biblioteca. Candido que vi un Homero magnficamente enquadernado,
alab mucho el fino gusto de Su Ilustrsima. Este es el libro, dixo,
que era las delicias de Pangls, el mejor filsofo de Alemania. Pues
no es las mias, dixo con mucha frialdad Pococurante: en otro tiempo me
haban hecho creer que tenia mucho gusto en leerle; pero la repeticion
no interrumpida de batallas que todas son parecidas, aquellos Dioses
siempre en accion, y que nunca hacen cosa ninguna decisiva; aquella
Helena, causa de la guerra, y que apnas tiene accion en el poema;
aquella Troya siempre sitiada, y nunca tomada: todo esto me causaba un
fastidio mortal. Algunas veces he preguntado  varios hombres doctos
si los aburria esta lectura tanto como  m; y todos los que hablaban
sinceramente me han confesado que se les caa el libro de las manos,
pero que era indispensable tenerle en su biblioteca, como un
monumento de la antigedad,  como una medalla enmohecida que no es ya
materia de comercio.

No piensa as Vueselencia de Virgilio, dixo Candido. Convengo, dixo
Pococurante, en que el segundo, el quarto y el sexto libro de su
Eneyda son excelentes; mas por lo que hace  su po Eneas, al fuerte
Cloanto, al amigo Acates, al nio Ascanio, al tonto del rey Latino, 
la zafia Amata, y  la insulsa Lavinia, creo que no hay cosa mas fria
ni mas desagradable: y mas me gusta el Taso, y las novelas para
arrullar criaturas del Ariosto.

Me har Su Excelencia el gusto de decirme, repuso Candido, si no le
tiene muy grande en la lectura de Horacio? Mxmas hay en l, dixo
Pococurante, que pueden ser tiles  un hombre de mundo, y que
reducidas  enrgicos versos se graban con facilidad en la memoria;
pero no me curo ni de su viage  Brindis, ni de su descripcion de una
mala comida, ni de la disputa digna de unos mozos de esquina entre no
s qu Rupilo, cuyas razones, dice, _estaban llenas de podre_, y
las de su contrincante _llenas de vinagre_. Sus groseros versos
contra viejas y hechiceras los he leido con mucho asco; y no veo qu
mrito tiene decir  su amigo Mecenas, que si le pone en el catlogo
de poetas lricos, tocar  los astros con su erguida frente. A los
tontos todo los maravilla en un autor apreciado; pero yo, que leo para
m solo, no apruebo mas que lo que me da gusto. Candido, que se habia
criado no juzgando de nada por s propio, estaba muy atnito con todo
quanto oa; y  Martin le pareca el modo de pensar de Pococurante muy
conforme  razn.

Ha! aqu hay un Cicern, dixo Candido: sin duda no se cansa
Vueselencia de leerle. Nunca le leo, respondi el Veneciano. Qu
tengo yo con que haya defendido  Rabirio   Cluencio? Sobrados
pleytos tengo sin esos que fallar. Mas me hubieran agradado sus obras
filosficas; pero quando he visto que de todo dudaba, he inferido que
lo mismo sabia yo que l, y que para ser ignorante  nadie necesitaba.

Hola! ochenta tomos de la academia de ciencias; algo bueno podr
haber en ellos, exclam Martin. S que lo habra, dixo Pococurante, si
uno de los autores de ese frrago hubiese inventado siquiera el arte
de hacer alfileres; pero en todos esos libros no se hallan mas que
sistemas vanos, y ninguna cosa til.

Quantas composiciones teatrales estoy viendo, dixo Candido, en
italiano, en castellano y en francs! As es verdad, dixo el senador;
de tres mil pasan, y no hay treinta buenas. Lo que es esas
recopilaciones de sermones que todos juntos no equivalen  una pgina
de Sneca, y todos esos librotes de teologa, ya se presumen vms. que
no los abro nunca, ni yo ni nadie.

Repar Martin en unos estantes cargados de libros ingleses. Bien creo,
dixo, que un republicano se recrea con la mayor parte de estas obras
con tanta libertad escritas. S, respondi Pococurante, bella cosa es
escribir lo que se siente; que es la prerogativa del hombre. En
nuestra Italia toda solo se escribe lo que no se siente, y no son
osados los moradores de la patria de los Csares y los Antoninos 
concebir una idea sin la venia de un Domnico. Mucho me contentaria la
libertad que  los ingenios ingleses inspira, si no estragaran la
pasin y el espritu de partido quantas dotes apreciables aquella
tiene.

Reparando Candido en un Milton, le pregunt si tenia por un hombre
sublime  este autor. A quin? dixo Pococurante:  ese brbaro que
en diez libros de duros versos ha hecho un prolixo comento del
Gnesis?  ese zafio imitador de los Griegos, que desfigura la
creacion, y mintras que pinta Moises al eterno Ser criando el mundo
por su palabra, hace que coja el Mesas en un armario del cielo un
inmenso comps para trazar su obra? Yo, estimar  quien ha echado 
perder el infierno y el diablo del Taso;  quien disfraza  Lucifer,
unas veces de sapo, otras de pigmeo, le hace repetir cien veces las
mismas razones, y disputar sobre teologa;  quien imitando seriamente
la cmica invencion de las armas de fuego del Ariosto, representa 
los diablos tirando caonazos en el cielo! Ni yo, ni nadie en Italia
ha podido gustar de todas esas tristes extravagancias. Las bodas del
Pecado y la Muerte, y las culebras que pare el Pecado provocan 
vomitar  todo hombre de gusto algo delicado; y su prolixa descripcion
de un hospital solo para un enterrador es buena. Este poema obscuro,
estrambtico y repugnante, fue despreciado en su cuna, y yo le trato
hoy como le tratron en su patria sus coetneos. Por lo demas, yo digo
mi dictmen sin curarme de si los demas piensan como yo. Candido
estaba muy afligido con estas razones, porque respetaba  Homero, y no
le desagradaba Milton. Ay! dixo en voz baxa  Martin, mucho me temo
que profese este hombre un profundo desprecio  nuestros poetas
tudescos. Poco inconveniente seria, replic Martin. O qu hombre tan
superior, deca entre dientes Candido, qu ingenio tan divino este
Pococurante! ninguna cosa le agrada.

Hecho el escrutinio de todos los libros, baxron al jardn, y Candido
alab mucho todas sus preciosidades. No hay una cosa de peor gusto,
dixo Pococurante, aqu no tenemos otra cosa que frusleras; bien es
que maana voy  disponer que me planten otro por un estilo mas noble.

Despidironse en fin mbos curiosos de Su Excelencia, y al volverse 
su casa dixo Candido  Martin: Confiese vm. que el seor Pococurante
es el mas feliz de los humanos, porque es un hombre superior  todo
quanto tiene.

Pues no considera vm., dixo Martin, que est aburrido de quanto
tiene? Mucho tiempo ha que dixo Platon que no son los mejores
estmagos los que vomitan todos los alimentos. Pero no es un gusto,
respondi Candido, criticarlo todo, y hallar defectos donde los demas
solo perfecciones encuentran? Eso es lo mismo, replic Martin, que
decir que es mucho gusto no tener gustos. Segun eso, dixo Candido, no
hay otro hombre feliz que yo, quando vuelva  ver  mi Cunegunda.
Buena cosa es la esperanza, respondi Martin.

Corrian en tanto los dias y las semanas, y Cacambo no parecia, y
estaba Candido tan sumido en su pesadumbre, que ni siquiera not que
no habian venido  darle las gracias fray Hilarion ni Paquita.




CAPITULO XXVI.

_Que da cuenta de como Candido y Martin cenron con unos
extranjeros, y quien eran estos._


Un dia, yendo Candido y Martin  sentarse  la mesa con los forasteros
alojados en su misma posada, se acerc por detras al primero uno que
tenia una cara de color de hollin de chimenca, el qual, agarrndole
del brazo, le dixo: Dispngase vm.  venirse con nosotros, y no se
descuide. Vuelve Candido el rostro, conoce  Cacambo; solo la vista de
Cunegunda le hubiera podido causar mas extraeza y mas contento. Poco
le falt para volverse loco de alegra; y dando mil abrazos  su caro
amigo, le dixo: Con que sin duda est contigo Cunegunda? donde est?
llvame  verla, y  morir de gozo  sus plantas. Cunegunda no est
aqu, dixo Cacambo, que est en Constantinopla.--Dios mio, en
Constantinopla! pero aunque estuviera en la China, voy all volando:
vamos. Despues de cenar nos irmos, respondi Cacambo: no puedo decir
 vm. mas, que soy esclavo, y me est esperando mi amo, y as es
menester que le vaya  servir  la mesa: no diga vm. una palabra;
cene, y est aparejado.

Preocupado Candido de jbilo y sentimiento, gozoso por haber vuelto 
ver  su fiel agente, atnito de verle esclavo, rebosando en la
alegra de encontrar  su amada, palpitndole el pecho, y vacilante su
razon, se sent  la mesa con Martin, el qual sin inmutarse
contemplaba todas estas aventuras, y con otros seis extrangeros que
habian venido  pasar el carnaval  Venecia.

Cacambo, que era el copero de uno de los extrangeros, arrimndose  su
amo al fin de la comida, le dixo al oido: Seor, Vuestra Magestad
puede irse quando quisiere, que el buque est pronto; y se fu dichas
estas palabras. Atnitos los convidados se miraban sin chistar, quando
llegndose otro sirviente  su amo, le dixo: Seor, el coche de
Vuestra Magestad est en Padua, y el barco listo. El amo hizo una
sea, y se fu el criado. Otra vez se mirron  la cara los
convidados, y creci el asombro. Arrimndose luego el tercer criado 
otro extrangero, le dixo: Seor, crame Vuestra Magestad, que no se
debe detener mas aqu; yo voy  disponerlo todo, y desapareci.

Entnces no dudron Candido ni Martin de que era mogiganga de
carnaval. El quarto criado dixo al quarto amo: Vuestra Magestad se
podr ir quando quiera, y se sali lo mismo que los demas. Otro tanto
dixo el criado quinto al quinto amo; pero el sexto se explic de muy
diferente modo con el sexto forastero, que estaba al lado de Candido,
y le dixo: A fe, Seor, que nadie quiere fiar un ochavo  Vuestra
Magestad, ni  mi tampoco, y que esta misma noche pudiera ser muy bien
que nos metieran en la crcel, y as voy  ponerme en salvo: qudese
con Dios Vuestra Magestad.

Habindose marchado todos los criados, se quedron en alto silencio
Candido, Martin y los seis forasteros. Rompile al fin Candido,
diciendo: Cierto, seores, que es donosa la burla; porqu son todos
vms. reyes? Yo por mi declaro que ni el seor Martin ni yo lo somos.
Respondiendo entnces con mucha dignidad el amo de Cacambo, dixo en
italiano: Yo no soy un bufon; mi nombre es Acmet III; he sido gran
Sultan por espacio de muchos aos; habia destronado  mi hermano, y mi
sobrino me na destronado  m;  mis visires les han cortado la
cabeza, y yo acabo mis dias en el serrallo viejo. Mi sobrino el gran
Sultan Mahamud me da licencia para viajar de quando en quando para
restablecer mi salud; y he venido  pasar el carnaval  Venecia.

Despus de Acmet habl un mancebo que junto  el estaba, y dixo: Yo me
llamo Ivan, he sido emperador de toda la Rusia, y destronado en la
cuna. Mi padre y mi madre furon encarcelados, y  mi me criron en
una crcel. Algunas veces me dan licencia para viajar en compaa de
mis alcaydes; y he venido  pasar el carnaval  Venecia.

Dixo luego el tercero: Yo soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra,
habindome cedido mi padre sus derechos  la corona. He peleado por
sustentarlos;  ochocientos partidarios mios les han arrancado el
corazon, y les han sacudido con el en la cara:  mi me han tenido
preso, y ahora voy  ver al Rey mi padre  Roma, el qual ha sido
destronado as como mi abuelo, y as como yo; y he venido  pasar el
carnaval  Venecia.

Habl entnces el quarto, y dixo: Yo soy rey de los Polacos; la suerte
de la guerra me ha privado de mis estados hereditarios; los mismos
contratiempos ha sufrido mi padre: me resigno  los decretos de la
Providencia, como hacen el sultan Acmet, el emperador Ivan, y el rey
Carlos Eduardo, que Dios guarde dilatados aos; y he venido  pasar el
carnaval  Venecia.

Dixo despues el quinto: Tambien yo soy rey de los Polacos, y dos veces
he perdido mi reyno; pero la Providencia me ha dado otro estado, en el
qual he hecho mas bienes que quantos han podido hacer en las riberas
del Vistula todos los reyes de la Sarmacia juntos: tambien me resigno
 los juicios de la Providencia; y he venido  pasar el carnaval 
Venecia.

Habl por ltimo el sexto monarca, y dixo: Caballeros, yo no soy tan
gran seor como vms., mas al cabo rey he sido como el mas pintado: mi
nombre es Teodoro; fu electo rey en Crcega, me daban
_magestad,_ y ahora apnas se dignan de decirme _su merced_:
he hecho acuar moneda, y no tengo un maraved; tenia dos secretarios
de estado, y apnas me queda un lacayo; me he visto en un trono, y he
estado mucho tiempo en Londres en una crcel acostado sobre paja; y me
rezelo que me suceda aqu lo mismo, puesto que he venido, como
Vuestras Magestades,  pasar el carnaval  Venecia.

Escuchron con magnnima compasion los otros cinco monarcas este
razonamiento, y di cada uno veinte zeques al rey Teodoro para que
comprase vestidos y ropa blanca. Candido le regal un brillante de dos
mil zeques. Quin es este particular, dixron los cinco reyes, que
puede hacer una ddiva cien veces mas quantiosa que qualquiera de
nosotros, y que efectivamente la hace?

Al levantarse de la mesa, llegron  la misma posada quatro Altezas
Serensimas que tambien habian perdido sus estados por los acasos de
la guerra, y venian  pasar lo restante del carnaval  Venecia; pero
ne se inform siquiera Candido de las aventuras de los recien-venidos,
no pensando en mas que en ir  buscar  su amada Cunegunda 
Constantinopla.




CAPITULO XXVII.

_Del viage de Candido  Constantinopla._


Ya el fiel Cacambo haba concertado con el capitan turco que habia de
llevar  Constantinopla al sultan Acmet, que tomara  bordo  Candido
y  Martin; y mbos se embarcron, habindose postrado primero ante su
miserable Alteza. Candido en el camino decia  Martin: Con que hemos
cenado con seis reyes destronados, y de los seis  uno he tenido que
darle tina limosna! Acaso hay otros muchos prncipes mas desgraciados.
Yo  la verdad no he perdido mas que cien carneros, y voy  descansar
de mis fatigas en brazos de Cunegunda. Razon tenia Pangls, amado
Martin, todo est bien. Sea enhorabuena, dixo Martin. Increible
aventura es empero, continu Candido, la que en Venecia nos ha
sucedido; porque nunca se ha visto ni oido cosa tal como cenar juntos
en la misma posada seis monarcas destronados. No es eso cosa mas
extraordinaria, replic Martin, que otras muchas que nos han sucedido.
Con mucha freqencia sucede que un rey sea destronado; y por lo que
respeta  la honra que hemos tenido de cenar con ellos, eso es una
friolera que ni siquiera mentarse merece.

Apnas estaba Candido en el navo, se arroj en brazos de su criado
antiguo y su amigo Cacambo. Y pues, le dixo, qu hace Cunegunda?
es todava un portento de beldad? me quiere aun? cmo est? Sin
duda que le has comprado un palacio en Constantinopla. Seor mi amo,
le respondi Cacambo, Cunegunda est fregando platos  orillas de la
Propontis, en casa de un prncipe que tiene poqusimos platos, porque
es esclava de un soberano antiguo llamado Ragotski,  quien da el
gran Turco tres duros diarios en su asilo; y lo peor es que ha perdido
su hermosura, y que est horrorosa de puro fea. Ay! fea  hermosa,
dixo Candido, yo soy hombre de bien, y mi obligacion es quererla
siempre. Pero cmo se puede encontrar en tan miserable estado con el
milln de duros que tu le llevaste? Bueno est eso, respondi
Cacambo: pues no tuve que dar doscientos mil al seor Don Fernando
de Ibarra, Figueroa, Mascareas, Lampurdan y Souza, gobernador de
Buenos-Ayres, para alcanzar su licencia de traerme  Cunegunda? y no
nos ha robado un pirata todo quanto nos haba quedado? No nos ha
conducido dicho pirata al cabo de Matapan,  Milo,  Nicaria,  Samos,
 Petri,  los Dardanelos,  Mrmara y  Escutari? Cunegunda y la
vieja estan sirviendo al prncipe que llevo dicho, y yo soy esclavo
del sultan destronado. Quanta espantosa calamidad encadenada una con
otra! dixo Candido. Al cabo aun me quedan algunos diamantes, y con
facilidad rescatar  Cunegunda. Que lstima es que est tan fea!
Volvindose luego  Martin, le dixo: Quin piensa vm. que es mas
digno de compasion, el emperador Acmet, el emperador Ivan, el rey
Carlos Eduardo,  yo? No lo s, dixo Martin, y menester fuera hallarme
dentro del pecho de vms. para saberlo. Ha, dixo Candido, si estuviera
aqu Pangls, el lo sabria, y nos lo diria. Yo no poseo, respondi
Martin, la balanza con que pesaba ese seor Pangls las miserias, y
valuaba las cuitas humanas; pero s presumo que hay en la tierra
millones de hombres mas dignos de lstima que el rey Carlos Eduardo,
el emperador Ivan, y el sultan Acmet. Bien puede ser, dixo Candido.

A pocos dias llegron al canal del mar Negro. Candido rescat  precio
muy subido  Cacambo, y sin perder un instante se meti con sus
compaeros en una galera para ir  orillas de la Propontis en demanda
de Cunegunda, por mas fea que estuviese.

Habia entre la chusma dos galeotes que remaban muy mal, y  quien el
arraez levantisco aplicaba de quando en quando sendos latigazos en las
espaldas con el rebenque. Por un movimiento natural los mir Candido
con mas atencin que  los demas forzados, arrimndose a ellos con
lstima; y en algunas facciones de sus desfigurados rostros le
pareci que se daban un poco de ayre  Pangls, y al otro desventurado
jesuta, al baron, hermano de Cunegunda. Enternecido y movido 
compasin con esta idea, los contempl con mayor atencion, y dixo 
Cacambo: Por mi vida, que si no hubiera visto ahorcar  maese Pangls,
y no hubiera tenido la desgracia de matar al baron, creeria que son
esos que van remando en la galera.

Oyendo los nombres del baron y de Pangls, diron un agudo grito mbos
galeotes, se parron en el banco, y dexron caer los remos. Al punto
se tir  ellos el arraez, menudeando los latigazos con el rebenque.
Detngase, detngase, Seor, clam Candido, que le dar el dinero que
me pidiere. Con que es Candido? deca uno de los forzados. Con que
es Candido? repetia el otro. Es sueo? decia Candido; estoy en esta
galera? estoy despierto? Es el seor baron  quien yo mat? es
maese Pangls  quien vi ahorcar? Nosotros somos, nosotros somos,
respondian  la par. Con que este es aquel insigne filsofo? decia
Martin. Ha, seor arraez levantisco, quanto quiere por el rescate del
seor baron de Tunder-ten-tronck, uno de los primeros barones del
imperio, y del seor Pangls, el metafsico mas profundo de Alemania?

Perro cristiano, respondi el arraez, una vez que esos dos perros de
galeotes cristianos son barones y metafsicos, lo qual es sin duda
un, cargo muy alto en su pais, me has de dar por ellos cincuenta mil
zeques.--Yo se los dar, seor; llveme de un vuelo  Constantinopla,
y al punto ser satisfecho; pero no, llveme  casa de Cunegunda. El
arrez, as que oy la oferta de Candido, puso la proa  la ciudad, y
hacia que remaran con mas ligereza que un pxaro sesga el ayre.

Di Candido cien abrazos  Pangls y al baron.--Pues cmo no he
muerto  vm., mi amado baron? y vm., mi amado Pangls, cmo est vivo
habindole ahorcado? y porqu estn mbos en galeras en Turqua? Es
cierto que est mi querida hermana en esta tierra? dixo el barn. S,
Seor, respondi Cacambo. Al fin vuelvo  ver  mi caro Candido,
exclamaba Pangls. Candido les presentaba  Martin y  Cacambo: todos
se abrazaban, todos hablaban  la par; bogaba la galera, y estaban ya
dentro del puerto. Llamron  un. Judo  quien vendi Candido por
cincuenta mil zeques un diamante que valia cien mil, y el Judo le
jur por Abrahan, que no podia dar un ochavo mas. Incontinenti
satisfizo el rescate del baron y Pangls: este se arroj  las plantas
de su libertador, bandolas en lgrimas; aquel le di las gracias
baxando la cabeza, y le prometi pagarle su dinero as que tuviese con
que. Pero es posible, decia, que est en Turqua mi hermana? Tan
posible, replic Cacambo, que est fregando platos en casa de un
prncipe de Transilvania. Llamron, al punto  otros Judos, vendi
Candido otros diamantes, y se partiron todos en otra galera para ir 
librar  Cunegunda.




CAPITULO XXVIII.

_Que trata de los sucesos que pasron con Candido, Cunegunda,
Pangls y Martin._


Mil perdones pido  vm., dixo Candido al baron, mil perdones, padre
reverendsimo, de haberle pasado el cuerpo de una estocada. No
tratemos mas de eso, dixo el baron, yo confieso que me exced un poco.
Pero una vez que desea vm. saber como me he visto en galeras, le
contar que despues que me hubo sanado de mi herida el hermano
boticario del colegio, me acometi y me hizo prisionero una partida
espaola, y me pusiron en la crcel de Buenos-Ayres, quando acababa
mi hermana de embarcarse para Europa. Ped que me enviaran  Roma al
padre general, y me nombrron para ir  Constantinopla de capellan de
la embaxada de Francia. Habia apnas ocho dias que estaba desempeando
las obligaciones de mi empleo, quando encontr una noche  un icoglan
muy muchacho y muy lindo; y como hacia mucho calor, quiso el mozo
baarse, y yo tambien me met con el en el bao, no sabiendo que era
delito capital en un cristiano que le hallaran desnudo con un mancebo
musulman. Un cad me mando dar cien palos en la planta de los pis, y
me conden  galeras; y pienso que jamas se ha cometido injusticia mas
horrorosa. Ahora querria saber porque se halla mi hermana de fregona
de un prncipe de Transilvania refugiado en Turqua.

Y vm., mi amado Pangls, cmo es posible que le est viendo? Verdad
es, dixo Pangls, que me viste ahorcar; iban  quemarme, pero ya te
acuerdas que llovia  chaparrones quando me habian de echar  la
hoguera, y que no fu posible encender el fuego; as que me ahorcron,
sin exemplar, no pudiendo mas: y un cirujano que compr mi cuerpo, me
llev  su casa, y me disec. Primero me hizo una incision crucial
desde el ombligo hasta la clavcula. Yo estaba tan mal ahorcado, que
no podia ser mas: el executor de las sentencias de la santa
inquisicion, que era subdicono, es verdad que quemaba las personas
con la mayor habilidad, pero no entendia cosa en materia de ahorcar:
la soga que estaba mojada apret poco, en fin todava estaba vivo. La
incision crucial me hizo dar un grito tan desaforado, que atemorizado
el cirujano se cay de espaldas; y creyendo que estaba disecando 
Lucifer se escap muerto de miedo, y se volvi  caer de la escalera
abaxo. Al estrpito acudi su muger de un quarto inmediato; y
vindome tendido en la mesa con la incision crucial, se asust mas que
su marido, se escap, y se cay encima de l. Quando volviron algo en
s, o que decia la cirujana al cirujano: Quin te meti en disecar 
un herege? acaso no sabes que todos ellos tienen metido el diablo en
el cuerpo? me voy corriendo  llamar  un clrigo que le exrcize.
Asustado con estas palabras recog las pocas fuerzas que me quedaban,
y me puse  gritar: Tengan lstima de m. Al fin cobr nimo el
barbero portugus, me di unos quantos puntos en la incision, su muger
me cuid, y  cabo de quince dias estaba ya bueno. El barbero me
acomod de lacayo de un caballero de Malta que iba  Venecia; pero no
teniendo mi amo con que mantenerme, me puse  servir  un mercader
veneciano, y le acompa  Constantinopla.

Ocurrime un dia la idea de entrar en una mezquita, donde no habia mas
que un iman viejo y una santurrona moza muy bonita, que rezaba sus
padre-nuestros: tenia descubiertos los pechos, y entre las dos tetas
un ramillete muy hermoso de tulipas, rosas, anmonas, rannculos,
jacintos y aurculas. Caysele el ramillete, y yo le cog, y se le
puse con tanta cortesa como respeto. Tanto tardaba en ponrsele, que
se enfad el iman; y advirtiendo que era cristiano, llam gente.
Llevronme  casa del cad, que me mand dar cien varazos en los pis
y me envi  galeras, amarrndome justamente  la misma galera y al
mismo banco que el seor baron. En ella habia quatro mozos de
Marsella, cinco clrigos napolitanos, y dos frayles de Corf, que nos
asegurron que casi todos los dias sucedian aventuras como las
nuestras. Sustentaba el seor baron que le habian hecho mas injusticia
que  m; y yo defendia que mucho mas permitido era volver  poner un
ramillete al pecho de una moza, que hallarse en cueros con un icoglan:
disputbamos continuamente, y nos sacudian cien latigazos al dia con
la penca, quando te conduxo  nuestra galera la cadena de los sucesos
de este universo, y nos rescataste. Y pues, amado Pangls, le dixo
Candido, quando se vi vm. ahorcado, disecado, molido  palos, y
remando en galeras, pensaba que todo iba perfectamente? Siempre me
estoy en mis trece, respondi Pangls; que al fin soy filsofo, y un
filsofo no se ha de desdecir, porque no se puede engaar Leibnitz,
aparte que la harmona preestablecida, es la cosa mas linda del mundo,
no mnos que el lleno y la materia sutil.




CAPITULO XXIX.

_De como top Candido con Cunegunda y con la vieja._


Mintras se daban cuenta de sus aventuras Candido, el baron, Pangls,
Martin y Cacambo; mintras que discurrian acerca de los sucesos
contingentes  no contingentes de este mundo, que disputaban sobre los
efectos y las causas, sobre el mal moral y el mal fsico, sobre la
libertad y la necesidad, sobre los consuelos que puede recibir quien
est en galeras en Turqua, aportron  las playas de la Propontis,
junto  la morada del principe de Transilvania. Lo primero que se les
present fu Cunegunda y la vieja que estaban tendiendo unas
servilletas para que se enxugasen en unas tomizas. Al ver esta escena,
se puso amarillo el baron; y el tierno y enamorado Candido
contemplando  Cunegunda toda prieta, los ojos lagaosos, enxutos los
pechos, la cara arrugada, y los bazos amoratados, se hizo tres pasos
atras, y se adelant luego por buena crianza. Abraz Cunegunda 
Candido y  su hermano, todos abrazron  la vieja, y Candido las
rescat  entrmbas.

Habia un cortijillo en las inmediaciones, y propuso la vieja  Candido
que le comprase, nterin hallaba toda la compaa mejor acmodo.
Cunegunda que no sabia que estaba fea, no habindoselo dicho nadie,
acord sus promesas  Candido en tono tan resuelto, que no se atrevi
el pobre  replicar. Declar pues al baron que se iba  casar con su
hermana; pero este dixo: Nunca consentir yo en semejante vileza de su
parte, y tamaa osada de la tuya, ni nunca no podrn echar en cara
tal ignominia. Con que los hijos de mi hermana no podrn entrar en
los cabildos de Alemania? No, mi hermana no se ha de casar, como no
sea con un baron del imperio. Cunegunda se postr  sus plantas, y las
ba en llanto, pero fu en balde. Fatuo, sin seso, le dixo Candido,
te he librado de galeras, he pagado tu rescate, y el de tu hermana que
estaba fregando platos, y que es fea; soy tan bueno que quiero que sea
mi muger, y todava quieres tu estorbrmelo! Si me dexara llevar de la
ira, te matara segunda vez. Otras ciento me puedes matar, respondi el
baron, pero no te has de casar con mi hermana mintras yo viva.




CAPITULO XXX.

_Donde se da fin  la historia._


En lo interior de su corazon no tenia Candido ganas ningunas de
casarse con Cunegunda; pero la mucha insolencia del baron le determin
 acelerar las bodas, sin contar que la baronesita le apretaba tanto,
que no las poda dilatar mas. Consult pues  Pangls,  Martin y al
fiel Cacambo. Pangls compuso una erudita memoria, probando que no
tenia el baron derecho ninguno en su hermana, y que segun todas las
leyes del imperio podia Cunegunda casarse con Candido, dndole la mano
izquierda; Martin fu de parecer de que tiraran con el baron al mar; y
Cacambo de que se le entregaran al arraez levantisco, el qual le
volveria  poner  remar  la galera, nterin le enviaban al padre
general por la primera embarcacion que diese  la vela para Roma.
Pareci bien esta idea: aprobla la vieja; y sin decir palabra 
Cunegunda, se puso en execucion mediante algun dinero: teniendo as la
satisfaccion de jugar pieza  un jesuita, y escarmentar la vanidad de
un baron aleman.

Cosa natural era pensar que despues de tantas desgracias Candido
casado con su amada, viviendo en compaa del filsofo Pangls, del
filsofo Martin, del prudente Cacambo y de la vieja, y habiendo trado
tantos diamantes de la patria de los antiguos Incas, disfrutaria la
vida mas feliz; pero tanto le estafron los Judos, que no le quedron
mas bienes que su pobre cortijo. Su muger, que cada dia era mas fea,
se hizo de una condicion de vinagre inaguantable; y la vieja cay
enferma, y era mas regaona, todava que Cunegunda. Cacambo que cavaba
el huerto y llevaba  vender la hortaliza  Constantinopla, estaba
rendido de faena, y maldecia su suerte. Pangls se desesperaba, porque
no lucia su saber en alguna universidad de Alemania: solo Martin,
firmemente convencido de que en todas partes el hombre se encuentra
mal, llevaba las cosas en paciencia. Algunas veces disputaban Candido,
Martin y Pangls sobre metafsica y moral. Por las ventanas del
coitijo sovan pasar con mucha freqencia barcos cargados de efendis,
baxes y cades, que iban desterrados  Lemnos, Mitylene y Erzerum; y
llegar otros cades, otros baxes y otros efendis, que ocupaban el
lugar de los depuestos, y que lo eran ellos luego; y se van cabezas
rellenas con mucho aseo de paja, que se llevaban de regalo  la
Sublime Puerta. Estas escenas daban materia  nuevas disertaciones; y
quando no disputaban se aburrian tanto, que la vieja se aventur 
decirles un dia: Quisiera yo saber qu es peor, ser violada cien
veces al dia por piratas negros, verse cortar una nalga, pasar
baquetas entre los Bulgaros, ser azotado y ahorcado en un auto de fe,
ser disecado, remar en galeras, finalmente padecer todas quantas
desventuras hemos pasado,  estar aqu sin hacer nada? Ardua es la
qestion, dixo Candido.

Suscit este razonamiento nuevas reflexones; y coligi Martin que el
destino del hombre era vivir en las convulsiones de las angustias, 
en el parasismo del fastidio. Candido no se lo concedia, pero no
afirmaba nada: Pangls confesaba que toda su vida habia sido una serie
de horrorosos infortunios; pero como una vez habia sustentado que todo
estaba perfecto, segua sustentndolo sin creerlo. Lo que acab de
cimentar los detestables principios de Martin, de hacer titubear mas
que nunca  Candido, y de poner en confusion  Pangls, fu que un dia
viron llegar  su cortijo  Paquita y fray Hilarion en la mas
horrenda miseria. En breve tiempo se habian comido los tres mil duros,
se habian dexado y vultose  juntar, y vuelto  reir, habian sido
puestos en la crcel, se habian escapado, y finalmente fray Hilarion
se habia hecho Turco. Paquita segua exercitando su oficio, pero ya no
ganaba con el para comer. Bien habia yo pronosticado, dixo Martn 
Candido, que en breve disiparian las ddivas de vm., y serian mas
miserables: vm. y Cacambo han rebosado en millones de pesos, y no son
mas afortunados que fray Hilarion y Paquita. Ha, dixo Pangls 
Paquita, con que te ha trado el cielo con nosotros! Sabes, pobre
muchacha, que me tienes de costa la punta de la nariz, un ojo y una
oreja? Qu mudada que ests! vlgame Dios, lo que es este mundo!
Esta nueva aventura les di mrgen  que filosofaran mas que nunca.

En la vecindad vivia un derviche que gozaba la reputacion del mejor
filsofo de Turqua.

Furen  consultarle; habl Pangls por los dems, y le dixo: Maestro,
venimos  rogarte que nos digas para que fu formado un animal tan
extrao como el hombre? Quin te mete en eso? le dixo el derviche:
te importa para algo? Pero, reverendo padre, horribles males hay en
la tierra. Qu hace al caso que haya bienes  que haya males? quando
enva Su Alteza un navio  Egipto, se informa de si se hallan bien 
mal los ratones que van en l? Pues qu se ha de hacer? dixo Pangls.
Que te calles, respondi el derviche. Yo esperaba, dixo Pangls,
discurrir con vos acerca de las causas y los efectos, del mejor de los
mundos posibles, del origen del mal, de la naturaleza del alma, y de
la harmona preestablecida. En respuesta les di el derviche con la
puerta en los hocicos.

Mintras que estaban en esta conversacion, se esparci la voz de que
acababan de ahorcar en Constantinopla  dos visires del banco y al
muft, y de empalar  varios de sus amigos; catstrofe que meti mucha
bulla por espacia de algunas horas. Al volverse Pangls, Candido y
Martin  su cortijo ,`encontrron  un buen anciano que estaba tomando
el fresco  la puerta de su casa, baxo un emparrado de naranjos.
Pangls, que no era mnos curioso que argu-mentista, le pregunt como
se llamaba el muft que acababan de ahorcar. No lo s, respondi el
buen hombre, ni nunca he sabido el nombre de muft ni de visir
ninguno. Ignoro absolutamente la aventura de que me hablais; presumo,
s, que generalmente los que manejan los negocios pblicos perecen 
veces miserablemente, y que bien se lo merecen; pero jamas me informo
de los sucesos de Constantinopla, contentandome con enviar vender
all las frutas del huerto que labro. Dicho esto, convid  los
extrangeros  entrar en su casa; y sus dos hijas y dos hijos les
presentron muchas especies de sorbetes que ellos propios fabricaban,
kaimak guarnecido de cscaras de azamboa confitadas, naranjas,
limones, limas, pinas, alfnsigos, y caf de Moka, que no estaba
mezclado con los malos cafes de Batavia y las islas de Amrica; y
luego las dos hijas del buen musulman sahumron las barbas de Candido,
Pangls y Martin. Sin duda que teneis, dixo Candido al Turco, una
vasta y magnfica posesin. Nada mas que veinte fanegadas de tierra,
respondi el Turco, que labro con mis hijos: y el trabajo nos libra de
tres insufribles calamidades, el aburrimiento, el vicio, y la
necesidad.

Mintras se volvia Candido  su cortijo, iba haciendo profundas
reflexiones en las razones del Turco, y le dixo  Pangls y  Martin:
Se me figura que se ha sabido este buen viejo labrar una suerte muy
mas feliz que la de los seis monarcas con quien tuvimos la honra de
cenar en Venecia. Las grandezas, dixo Pangls, son muy peligrosas,
segun opinan todos los filsofos. Eglon, rey de los Moabita, fu
asesinado por Aod; Absalon colgado de los cabellos y atravesado con
tres saetas; el rey Nadab, hijo de Jeroboan, muerto por Baza; el rey
Ela por Zambri; Ocosas por Jeh; Atalia por Joyada; y los reyes
Joaqun, Jeconas y Sedecas furon esclavos. Sabido es de qu modo
muriron Creso, Astyages, Dario, Dionisio de Syracusa, Pyrro, Perseo,
Hanibal, Jugurta, Ariovisto, Csar, Pompeyo, Neron, Oton, Vitelio,
Domiciano, Ricardo II de Inglaterra, Eduardo II, Henrique VI, Ricardo
III, Mara Estuardo, Carlos I, los tres Henriques de Francia, el
emperador Heririque IV, el rey godo Don Rodrigo, Don Alvaro de Luna; y
nadie ignora... Tampoco ignoro yo, dixo Cundido, que es menester
cultivar nuestra huerta. Razon tienes, dixo Pangls; porque quando fu
colocado el hombre en el paraiso de Eden, fu para labrarle, _ut
operaretur eum_, lo qual prueba que no naci para el sosiego.
Trabajemos pues sin argumentar, dixo Martin, que es el medio nico de
que sea la ida tolerable.

Toda la compaa aprob tan loable determinacion; empez cada uno 
exercitar su habilidad, y el cortijillo rindi mucho. Verdad es que
Cunegunda era muy fea, pero hacia excelentes pasteles; Paquita
bordaba, y la vieja cuidaba de la ropa blanca. Hasta fray Hilarion
sirvi, que aprendi con perfeccion el oficio de carpintero, y par en
ser muy hombre de bien. Pangls deeia algunas veces  Candido. Todos
los sucesos estn encadenados en el mejor de los mundos posibles;
porque si no te hubieran echado  patadas en el trasero de una
magnfica quinta por amor de Cunegunda, si no te hubieran metido en
la inquisicion, si no hubieras andado  pi por las soledades de la
Amrica, si no hubieras pegado una birena estocada al baron, y si no
hubieras perdido todos tus carneros del buen pais del Dorado, no
estarias aqui ahora comiendo azamboas en dulce, y alfnsigos. Bien
dice vm., respondi Candido; pero es menester labrar nuestra huerta.

_Fin de Candido,  del Optimismo._




TABLA

DE LAS NOVELAS CONTENIDAS EN EL TOMO PRIMERO.

ZADIG,  EL DESTINO, historia oriental Dedicatoria de Zadig  la
sultana
Cheraah, por Sadi.

CAP. I. El tuerto
CAP. II. Las narices
CAP. III. El perro y el caballo
CAP. IV. El envidioso
CAP. V. El generoso
CAP. VI. El ministro
CAP. VII. Disputas y audiencias
CAP. VIII. Los zelos
CAP. IX. La muger aporreada
CAP. X. La esclavitud
CAP. XI. La hoguera
CAP. XII. La cena
CAP. XIII. Las citas
CAP. XIV. El bayle
CAP. XV. Los ojos azules
CAP. XVI. El bandolero
CAP. XVII. El pescador
CAP. XVIII. El basilisco
CAP. XIX. Las justas
CAP. XX. El ermitao
CAP. XXI. Las adivinanzas

COMO ANDA EL MUNDO, vision de Babuco, escrita por el propio MEMNON,
 LA CORDURA HUMABA LOS DOS CONSOLADOS HISTORIA DE LOS VIAGES DE
ESCARMENTADO, escrita por el propio.

MICROMEGAS, historia filosfica.

CAP. I. Viage de un raorador del mundo de la estrella Sino al planeta
de Saturno.
CAP. II. Conversacin del morador de Siriot con el de Saturno.
CAP. III. Viage de los dos habitantes de Sirio y Saturno.
CAP. IV. Que da cuenta de lo que les sucedi en el globo de la tierra.
CAP. V. Experiencias y raciocinios de ambos caminantes.
CAP. VI. De lo que les aconteci con unos hombres.
CAP. VII. Conversacin con los hombres.

HISTORIA DE UN BUEN BRAMA.

CANDIDO,  EL OPTIMISMO.

CAP. I. Donde se da cuenta de como fue criado Candido en una herniosa
quinta, y como de ella fue echado a patadas.
CAP. II. De lo que sucedi  Candido con los Bulgaros.
CAP. III. De qu modo se libr Candido de manos de los Bulgaros, y de
lo que le sucedi despues.
CAP. IV. De qu modo encontr Candido  su maestro de filosofa, el
doctor Pangls, y de loque le aconteci.
CAP. V. De una tormenta, un naufragio, y un terremoto. De los sucesos
del doctor Pangls, de Candido, y de Santiago el anabautista.
CAP. VI. Del magnfico auto de fe que se hizo para que cesara el
terremoto, y de los doscientos azotes que pegaron  Candido.
CAP. VII. Que cuenta como una vieja remedi las cuitas de Candido, y
como top este con su dama.
CAP. VIII. Historia de Cunegunda.
CAP. IX. Prosiguen los sucesos de Cunegunda, Candido, el inquisidor
general, y el Judo.
CAP. X. De la triste situacion en que se viron Candido, Cunegunda y
la vieja; de su arribo  Cadiz, y como se embarcron para Amrica.
CAP. XI. Que cuenta la historia de la vieja.
CAP. XII. Donde prosigue la historia de la vieja.
CAP. XIII. De como Candi lo tuvo que separarse por fuerza de la
hermosa Cunegunda y la vieja.
CAP. XIV. Del recibimiento que  Candido y Cacambo hiciron los
jesuitas del Paraguay.
CAP. XV. Que quenta la muerte que di Candido al hermano de su querida
Cunegunda.
CAP. XVI. Donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantes
con dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados Orejones.
CAP. XVII. Cuntase el arribo de Candido con su criado al pais del
Dorado, y lo qne all viron.
CAP. XVIII. Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado viron.
CAP. XIX. De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizo
Candido de Martin.
CAP. XX. De lo que sucedi  Candido y  Martin durante la navegacion.
CAP. XXI. Donde se da cuenta de la pltica de Candido y Martin, al
acercarse  las costas de Francia.
CAP. XXII. De los sucesos que en Francia aconteciron
 Candido y  Martin.
CAP. XXIII. Del arribo de Candido y Martin  la costa de Inglaterra, y
de lo que all viron.
CAP. XXIV. Que trata de fray Hilarion y de Paquita.
CAP. XXV. Que da cuenta de la visita que hiciron Martin y Candido al
seor Pococurante, noble veneciano.
CAP. XXVI. Que da cuenta de como Candido y Martin cenron con unos
extrangeros, y quien eran estos.
CAP. XXVII. Del viage de Candido  Constantinopla.
CAP. XXVIII. Que trata de los sucesos que pasron con Candido,
Cunegunda, Pangls y Martin.
CAP. XXIX. De como top Candido con Cunegunda y con la vieja.
CAP. XXX. Donde se da fin  la historia









End of the Project Gutenberg EBook of Candido, o El Optimismo, by Voltaire

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U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

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